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Uno de los temas más controversiales de la actualidad es la prostitución, he sido testigo de

auténticas batallas campales y, ciertamente, he aprendido un montón. En la discusión sobre este


oficio he hallado un concepto digno de mi atención: “cosificación sexual”.

Creo que hay un tesoro escondido en semejante frase, yo me voy a dedicar a excavarlo. La
palabra “cosificación” lleva implícita dos conceptos filosóficos: uno metafísico y otro epistémico;
estos son la existencia de una realidad en la que se haya un ente llamado Otro (con mayúscula
para diferenciarlo del pronombre indefinido) y que podemos, de un modo u otro, conocerlo.

La duda, entonces, surge espontáneamente: ¿Qué el Otro? La razón mundana nos dice que es
todo lo que no soy yo. Curiosa tendencia la de definir al Otro a través del yo, ¿no? ¿Yocéntrico?
Pareciera, también, que definirlo a través de las categorías del Yo anula su otredad. Bueno, no
es necesario inventarse palabras ni darle muchas vueltas a los conceptos para proseguir; una
definición del Otro más formal, que me voy a robar de Lévinas, sería algo cuya alteridad es
irreductible. Una definición un tanto circular, si cabe, pero funcional.

Yo no voy a seguir a Lévinas en sus pretensiones de hacer a la ética la filosofía primera en


oposición a la ontología y condenando a las ciencias en el proceso, tengo mis motivos para
defenderlas. No obstante, esto revela una verdad fundamental de cómo funciona el
entendimiento: cuando el yo intenta nombrar algo, está nombrando lo innombrable, aquello
que le excede por definición, el Otro.

Esto no significa que sea imposible hablar del otro, estos planteamientos categóricos tienen
problemas por eso mismo; tampoco es un disparate idealista, no digo que la realidad no existe
o que es solo algo que se aloja en la mente. Mi reflexión planea ser compatible con la abstracción
aristotélica, el idealismo trascendental kantiano, o cualquier sistema epistemológico que admita
algo más allá del yo, que talvez desconozca; esas son discusiones que me superan y, de paso,
son irrelevantes.

Habiendo establecido lo anterior, y con fe de que el lector no se haya abrumado de tanto


concepto filosófico, no es una insensatez la siguiente afirmación: en tanto yo intente entender
algo, de todas las formas posibles en las que se pueda interpretar entender, necesariamente
reduzco la alteridad del Otro porque lo remojo en la piscina del yo, le quito su esencia. O sea,
una impresión, en tanto impresión, no pertenece al Otro, no es parte del Otro, es parte del yo.
En sí misma, la idea del Otro que tengo en mi mente es una objetificación, una cosa que
necesariamente le quita alteridad.

Conviene ahora definir esa oración unimembre del principio, voy a citar a Wikipedia para que
no parezca que estoy caricaturizando los conceptos según le conviene a mi argumentación:
“(…) ocurre cuando se ve una persona como un objeto sexual dado que se han separado los
atributos sexuales y la belleza física del resto de la personalidad y existencia como un individuo,
y han reducido los atributos a instrumentos de placer por otra persona”.

Si mi interlocutor es perspicaz, ya sabrá por dónde va mi disconformidad con este aspecto de la


teoría feminista: hablar de cosificación desde sistemas que parten desde el lenguaje o la ciencia
es un ridículo pleonasmo. La cosificación (acá viene una crítica a Lévinas y a Kant, de paso) no es
buena ni mala en sí misma, es algo contingente que las personas hacen en todo momento sin
darse cuenta y que puede llevar a actos que sí podrían ser buenos o malos. La objeción ética es
vacía, ridícula, a mi entender.
El foco del dilema pasa ahora a la segunda palabra: sexual. Dejo para otro momento (y talvez
otros más capacitados) el determinar si lo sexual atenta de algún modo contra la moralidad, eso
ya excede los límites de este hilo. Mi análisis ha terminado.