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Hombre de celuloide

El diluvio de la verdad

Este lugar ya no es lo que solía, dice uno de los personajes de Cuernavaca de Alejandro
Andrade. Y es verdad: todo ha cambiado, también nuestro cine que ¿quién lo diría?, mejoró.
Porque Cuernavaca no es aún todo lo que prometen los directores que usan el estímulo de
Eficne, pero se acerca. Es una historia íntima y poética. Permite asegurar que si Andrade sigue
explorando sus temas podría volverse un director de cine de arte; uno de esos que, nos guste o
no, conforman lo que llaman los críticos “cine nacional.” Para ello, claro, tiene que seguir
filmando. Esto es lo que habría que promover ahora desde el Eficine. Un seguimiento a quien
entregue productos notables. Ayudarles a seguir trabajando. Lo mejor de Cuernavaca no es el
niño que habla poco. No es la espectacular presencia de Carmen Maura, abuela tóxica en torno
a quien gira un universo disfuncional: el padre ausente, los sirvientes sumisos y una mujer con
Síndrome de Down. Lo mejor de Cuernavaca no es el diseño sonoro que consigue ponernos en
un jardín de Cuernavaca, lleno del ruido de insectos y pájaros y agua. Tampoco el guión que
transita en torno a los paradigmas de Oliver Twist y Pinocho: luego de un accidente Andy tiene
que ir a vivir con la abuela a su casa en Cuernavaca. Ahí encuentra a un muchacho moreno y
fuerte, aventado y asertivo que tiene algo del Dodger en la novela de Charles Dickens y algo del
Gato y el Zorro en el cuento de Carlo Collodi. A sus ocho años Andy comienza a dejarse seducir
en el más amplio sentido de la palabra, no sólo empieza a beber y a fumar, le entra también al
complot para asaltar una casa y, a juzgar por la imagen de la despedida, empieza también a
tener sueños en los que un muchacho que simboliza a Cuernavaca (con toda su violencia y su
belleza indígena) lo abraza mientras riega un jardín. Sugestivo. Pero por más que la película le
hubiera gustado a Pasolini, la seducción es platónica. Porque el guión tampoco quiere
escandalizar o pontificar y no sigue el aburrido esquema de tres actos que vuelve tan predecible
al cine de Hollywood; está abierto y uno tiene que interpretar. Eso sí, el espectador puede
interesarse todo el tiempo. Pero el guión no es lo mejor de Cuernavaca. Tampoco la producción
de Ariel Gordon, promesa que en 1997, cuando en México no existía el Eficine, se abrió paso en
la burocracia del IMCINE para filmar el cortometraje Adiós Mamá. Parece que este corto que le
abrió las puertas al cine le permitió encontrar su vocación y a juzgar por Cuernavaca Gordon
halló que lo suyo era la producción que tampoco es lo mejor de la película. Lo realmente
extraordinario en Cuernavaca es que todos los creativos en torno al director han conseguido
transmitir la inquietante sensación de que los adultos mienten. Uno tiene ocho o nueve años y ha
llegado a la edad en que comienza a investigar la verdad. Se encuentra demasiado pequeño
para aceptar que no existen los súper héroes y demasiado grande para aceptar que nadie dice la
verdad. El trayecto de Andy va más allá del propuesto por Campbell en 1949 y que se ha
convertido en paradigma de todo el cine comercial. El accidente de Andy es como un diluvio que
está a punto de ahogarlo en la depresión, que lo lanza a los infiernos de la casa de su abuela y
le enseña algo: que no hay peor mentiroso que el que se miente a sí mismo. En ello estriba lo
hermoso de la escena final. Andy puede llorar y puede consolar a su padre porque ha
comenzado a aceptar la verdad sobre sí mismo.

Cuernavaca. Dirección, Alejandro Andrade. México, 2018.

Fernando Zamora

@fernandovzamora

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