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Retrospectiva de Salvador Sarmiento Rojas

¿Pero acaso las retrospectivas no son para los muertos, los que están por
morir o los excepcionalmente consagrados? A Sarmiento le falta un poco de todas
las anteriores, pero algo de todos tiene también como lo explicaré.
El trabajo de Sarmiento reflexiona como un uróboro en torno al dibujo:
mordiéndose la cola. Así es que cuando dibuja está revisando el acto de dibujar en
sí mismo, ironizándolo y encontrando en él mismo referencias a la historia del arte
y la historia del país que también parecen reiterarse. Después de todo Colombia,
como lo demuestra nuestra propia condena eterna, es un país que también se
muerde la cola cada tanto, casi cada cuatro años. Hace solo unos días parece que
regresamos a la Edad Media en un pestañeo. Y si la vida no dura tanto en estas
condiciones inciertas, por qué no plantearse la retrospectiva como un gesto de ironía
y a la vez de premonición donde la muerte lo coge a uno sin avisar. Entonces hay
en la idea de retrospectiva un gesto político.
Pero no por ello hay que comprender a Sarmiento como un artista panfletario,
no es ese el México que lo ha venido influyendo, no el de los muralistas mexicanos
sino tal vez el de los artistas que reflexionan lo político en la cotidianeidad, como el
maravilloso Francis Alÿs, ya a estas alturas más mexicano que belga. Sarmiento
disecciona el rutinario vivir en su dibujo a manera de ejercicio de diario y de
taxonomía, reconoce en la cotidianidad una suerte de Expedición Científica y de
inventario que viene a configurar un universo propio e identitario, pero a la vez de
memoria colectiva, donde una etiqueta de cerveza termina ligando una narrativa,
una alegoría, una analogía o cualquier semblanza con otro extremo del tiempo. El
burro que se posa expectante en la plaza de Tunja –o en el Zócalo en Ciudad de
México-, puede aludir tanto al siglo XXI y su precariedad como a los cargueros del
Paso del Quindío retratados en el siglo XIX. Por eso, su dibujo como uróboro se
muerde la cola al mirar al presente y al pasado todo aun mismo tiempo, como en
cualquier ensayo de Didi-Huberman. Por eso, cuidado cuando Sarmiento lo mire.
Tal vez este desdeñándolo al reconocer en usted a un fenómeno del Jardín de las
delicias, o tal vez este idealizándolo al pensarlo como algún prócer de la
independencia que se le asemeje a su rostro. O más posible aun, vea en usted a
uno de esos burros atemporales que ya son iconografía de su obra, y que son la
ironía nuestra de un país mestizo, recio, pero terco, sometido, obediente y estático.

Christian Padilla
Historiador de Arte
Doctorando de la Universidad de Barcelona

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