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VII

Cllegadesdelejos
uando el amor
«L lave del Nuevo Mundo» se consideró La Habana, por
su privilegiada situación en el crucero de muchas rutas. En sus
travesías marítimas, gente de todo el orbe ha tocado puerto en
La Habana, o por algún motivo se ha detenido en la ciudad,
quizás acudiendo al tácito reclamo del trópico, pregonado por
las leyendas y las imágenes que han regado marineros y turis-
tas por todos los meridianos. Entre esos viajeros —ya se ha ad-
vertido— ha habido muchos poetas que no resistieron el impulso
de cantarle como a una mujer seductora, ante cuyos encantos
es difícil permanecer indiferente.
En 1902, fresco aún el ingenuo júbilo por el establecimiento
de la ilusoria República, visitó la capital el poeta y dramaturgo
mexicano José Peón y Contreras (1843-1908), quien fuera ami-
go de nuestro José Martí y de la causa patriótica por la que él
cayera en combate. En cordial despedida, dio Peón a la revista
El Fígaro1 su composición «Postal. A la ciudad de La Haba-
na», fechada en septiembre de aquel año. De ella son estos frag-
mentos:

Yo no puedo arrancarme de tu seno


sin que te diga adiós, hermosa Habana;
sin dejarte unas frases de mis labios,
sin dejarte unas flores de mi alma!

3
¿Sientes?... Ya ves, ya ves cómo se agitan
en derredor de mí, tus leves auras,
y refrescan mi sien y revolando
sollozan en las cuerdas de mi arpa,
como si fueras mi leal amiga,
como si fueras mi gentil amada,
como si recordaras que hace tiempo
que estoy enamorado de tus gracias!
Veinte años hace que pasé a tu lado
unas horas no más; pero, me pasa
que te encuentro más bella y más que entonces
mi embebecido espíritu te ama!
Yo quisiera encontrar unos acentos,
yo quisiera inventar unas palabras,
para expresarte cuánto en ese tiempo
pensaba en ti, soñando con tus lágrimas;
y cómo suspiraba por tu dicha,
y cómo me dolían tus desgracias,
y cómo pedí al cielo que ciñeras
a la Victoria con tus verdes palmas!
¡Adiós! Qué pena sentirá mi pecho
cuando me encuentre sobre el mar mañana,
mirando que se borran lentamente
las líneas de tu alegre panorama,
después, la blanca cinta de tus playas,
y que se hunde, al fin, como si fuera
una esmeralda inmensa que naufraga,
entre el bullir de las azules ondas,
el verde cinturón de tus montañas.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

El fervor romántico alentaba aún en los versos del poeta al


ofrendar a La Habana «las flores de su alma». Otro sería el tono
del soneto «Habana» que años después, en 1910, publicó la
revista Letras.2 Lo firma Gustavo del Castillo y está fechado en
Bogotá, lo que hace suponer la nacionalidad colombiana del
autor. Es propiamente una postal de la ciudad, contemplada
con ojos amorosos, que sólo pudieron captar una imagen con-

4
vencional, dibujada con parca maestría artística, a pesar de su
nostálgico acento:

Ciudad de gracia heráldica; sobre sus torreones


se deshace una brisa perpetuamente azul;
es un París marítimo de eróticas fruiciones;
en su seno perfuman las rosas de Stambul.

Allí, bajo las palmas, en los atardeceres,


cada frágil castillo es como una ilusión
a cuyos ojos negros asoman las mujeres
para que entre su cárcel murmure el corazón.

Allí la espuma duerme sobre los arrecifes


y rozándola vagan los lánguidos esquifes
que al mundo entero dicen su mágico esplendor.

Allí, como en los brazos de una gentil sultana,


se duermen los poetas soñando con su Habana,
donde todas las cosas tan sólo hablan de amor.

Aquel mismo año de 1910, fue huésped de las sociedades


españolas de la Isla el poeta Salvador Rueda (1857-1933), en-
tonces en el apogeo de su fama como el más brillante exponen-
te del modernismo en España. Tuvo su noche de gloria el 4 de
agosto (semanas antes de su partida), al ser coronado en acto
solemne celebrado en el entonces Gran Teatro Nacional, del
Centro Gallego. (A fines de 1916, se detendría varios días en
nuestra capital, en tránsito hacia México.) Son numerosos los
poemas que escribió Rueda en Cuba, en ambas ocasiones, y
entre ellos no faltan sus madrigales a La Habana. Quizá fuera el
primero este soneto que tituló «Visión de La Habana, ciudad de
ciudades». 3

Meca de la ilusión, sublime Habana;


bajo el florón del sol te abres grandiosa,
y finges en lo azul, inmensa rosa
que cuajó el Oceano una mañana.

5
Beso tus áureos pies de soberana
viniendo de otra tierra milagrosa
a traerte una lágrima amorosa
de tu afligida Madre castellana.

Rasgando mares y salvando montes


al fin miro brotar tus horizontes
de un golfo de carmín, ensueño y oro.

Yo te saludo en todas tus mujeres;


Paraíso de luz ¡qué hermoso eres!
Jerusalén del mar ¡cuánto te adoro!

En «Las abejas criollas»,4 vuelve la ciudad a la poesía de Sal-


vador Rueda, con luz y dulzura singulares:

Del horizonte espléndido y sonoro


ha venido un enjambre al alma mía,
y en el romero azul de mi poesía
derrama el son de sus abejas de oro.

Oigo en mi pecho su divino coro


tejer las áureas celdas de ambrosía,
y al rumor de su santa letanía
labrar con rubias mieles su tesoro.

Tus abejas de luz, radiante Habana,


han entrado en mi pecho esta mañana,
viniendo de tus flores tropicales.

¡Ciudad que hace poesía cuanto toca:


lleva mi corazón hasta tu boca,
tú que lo has vuelto un vaso de panales!

Pero Salvador Rueda no sólo cantó a aquella Habana de su


calurosa presencia. También quiso dejar una visión profética
de su porvenir, en «La Habana futura», que publicó el diario

6
habanero La Discusión5 al informar sobre su acto de corona-
ción. La buena voluntad del augur parece que no fue defrau-
dada por la realidad, en algunos aspectos:

Llegarán los días de luz en que seas


¡Oh Habana famosa!
digna del atlántico que viene a engarzarte
con vientos, con olas,
con rápidas hélices de todos los climas,
de todas las lenguas y razas ignotas.
Pasador pareces de inmenso abanico
que abre su infinita vitela redonda,
y tiene en las aguas a modo de rutas
varillas grandiosas,
a las Cinco Partes lejanas del Orbe,
a las Cinco Partes del Orbe remotas.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Serás el bazar de los siglos,


el escaparate de la tierra toda,
la vidriera a que asomen sus ojos
América, Europa,
Asia, Oceanía, y el sol del Sahara
con sus caravanas, sus hombres de ébano, su fuerza y su pompa.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Explosiones de truenos tus cabrias


lanzarán cual chasquidos de bombas
deslizando cintas de largas cadenas
por los engranajes de ruedas briosas,
moverán tus vagones, uncidos
a los trenes de entrañas plutónicas
que vengan al borde del agua
cual serpientes sedientas y rojas
a arrastrar los frutos que crien tus campos,
café, miel, tabaco, tus cañas, tu azúcar, tus piñas hermosas.

7
Parece haber vislumbrado, con mirada zahorí, el inicio de un
libre desarrollo económico y de un activo intercambio comer-
cial con los demás países del mundo, que comenzó a fomentar
Cuba a partir de enero de 1959, y que fuera interrumpido tem-
poralmente por el desplome de la URSS y del campo socialista
y por el ilegal y abusivo bloqueo económico impuesto a nuestro
pueblo por el gobierno de los Estados Unidos.
Es interesante que en aquella fecha mencionara a Rusia en-
tre los países que establecerían relaciones con Cuba:

Y alzarás tu brindis
a Rusia gigante que llega a tus olas
envuelta en sus pieles de oso
y en vientos y en nieblas del Volga.

Semanas después de haber partido de Cuba Salvador Rue-


da, llegó a La Habana el gran poeta Rubén Darío (1867-1916),
ya en posesión de su magisterio lírico en todo el ámbito hispá-
nico. Rubén no dedicó versos a La Habana, pero en una de sus
correspondencias a La Nación, de Buenos Aires, bajo el título
de «Films habaneros» 6 trazó este sombrío aguafuerte de la ciu-
dad en 1910, con aspectos que no advertían o no querían ad-
vertir otros visitantes:
...Al llegar, vese desde a bordo la ciudad semicolonial,
semimoruna, la masa de nuevos edificios que pregonan su
origen yanqui. La bandera de las bandas y las estrellas flamea
aquí, allá y en una de las macizas y suntuosas fábricas fla-
mantes; brilla al sol, bruñido y firme, un áureo Mercurio de
Juan de Boloña. De antiguo quedan a la vista las casas poli-
cromas, las torres de las iglesias, una cúpula gris, una cúpu-
la rosada y el vasto panorama que se extiende hacia El
Vedado, en donde también lo moderno ha puesto su nota de
nuevas construcciones y extendido la curva cinta del male-
cón. Al desembarcar es un difícil ir y venir de carros y
vehículos de toda suerte, por las calles estrechas que dan a
la Machina y a la Aduana... Una vez en la ciudad es la sensa-
ción de factoría de tierra caliente, ciudad «colonial», la villa
del tabaco, del ron y del azúcar, bajo un sol abrasante en un

8
cielo claro y de azul milagroso. Se piensa en las viejas fraga-
tas que iban antaño a España con sus cargas ricas. El paso
de los negros y mulatos por las calles no evocará los pretéri-
tos tráfagos de los ingenios, olor a caña, a miel y a guarapo,
y el ébano de las tratas que fueron origen de la fortuna de
tanto hombre activo e importante. Los chinos dan su espec-
táculo particular en sus fruterías y ventas de comistrajos du-
dosos. Los tranvías, los automóviles, los hoteles de primer
orden, el aseo de ciertas partes de la ciudad demuestran la
excelencia del dólar y de la muñeca norteamericanos. El gran
Martí que tanto combatiera el peligro de ojos azules, no sabe
qué hacer en su mármol mediocre, en una plaza pública.
[...]
Le faltó al eximio poeta el sentido profético de Rueda. Enton-
ces habría previsto el proceso histórico donde Martí no ha deja-
do de estar presente: fue el autor intelectual del asalto al Cuartel
Moncada y no deja de permanecer en el curso victorioso de la
Revolución cubana.
Pero el embrujo tropical de la ciudad solía imponerse, y mu-
chas veces inspiró a otro poeta español que vivió en Cuba algu-
nos años de su juventud: Alfonso Camín. También a manera de
postal, por aquellos mismos años, dedicó su soneto «A La Ha-
bana»: 7

Paraíso de sol y azul bañado


que a martillo y cincel abrió el Progreso;
si un beso le da el mar sueña otro beso,
como el rumor de un órgano sagrado.

Dijérase que lo han improvisado,


unidos por amor, Minerva y Creso,
y que de una embriaguez en el exceso
de flores y de luz lo han circundado.

Señora de palacios y jardines


que al resonar de espléndidos violines
le dan cien besos en la faz las olas.
¡La sueño, cuando el mar borra sus brumas,

9
adormecida, en el silencio a solas,
cabe su regio tálamo de espumas!

Considerada plaza teatral de importancia en nuestra América,


La Habana acentuó ese carácter durante la época llamada «de
las vacas gordas» o «de la danza de los millones», en los años de
la Primera Guerra Mundial (1914-1918), cuando el alto precio
del azúcar en el mercado internacional fue signo de transitoria
prosperidad en el país. Era entonces frecuente en los escenarios
capitalinos la presencia de compañías teatrales extranjeras, par-
ticularmente españolas. En 1917, tuvo una larga temporada en
Cuba la célebre compañía de María Guerrero y Fernando Díaz
de Mendoza. Con ella viajó el dramaturgo y poeta español Eduar-
do Marquina (1879-1946), para asistir al estreno de su obra En
Flandes se ha puesto el sol. Ante su público, el conocido autor
dio lectura a su extensa composición «Salutación a Cuba», 8 don-
de hay una expresiva referencia a La Habana:
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Te han aislado en el mar y eres anuncio;


pero, a la vez, eres adiós...
La mano con que América nos ayuda a saltar
de la escalera del vapor
y la mano florida de rosas de La Habana,
que reclina sobre el Malecón,
con la punta del faro sabe agitar las nubes
como un lienzo blanco de adiós,
pedazo de tu cielo, hecho pañuelo,
que yo sabré llevarme atado al corazón!

También fue atraído a nuestras playas otro poeta y dramatur-


go español, Francisco Villaespesa (1877-1935), quien disputa-
ba a Salvador Rueda el cetro del modernismo en la Península.
Huella de su paso por la capital es su soneto «Adiós a Cuba».9

Con ternuras de madre y piedades de hermana


me ofreciste un oasis de paz en esta guerra,
por eso al alejarse la errante caravana,
tu recuerdo en el fondo del corazón encierra;

10
y con él las tristezas de su otoño engalana...
Pupila que la muerte sin mirarte se cierra
no sabrá qué es belleza, porque tú eres, Habana,
la ciudad más hermosa que floreció en la tierra.

¡En mi adiós, como ofrenda, te dejo el alma mía...!


¡Que los dioses te amparen, ciudad de encantamiento,
y que siempre contemple la pupila viajera
sobre el maravilloso cristal de tu bahía
fulgurar ondulante a la gloria del viento
la estrella solitaria que brilla en tu bandera!...

¡Noble y justo anhelo del fecundo poeta español, cuya reali-


zación ha sido, es y será deber y derecho que defiende y de-
fenderá el pueblo cubano con inextinguible pasión patriótica!

Se habrá advertido que hasta ahora prevalece un estilo poético


tradicional en los poemas dedicados a La Habana durante las
dos primeras décadas del presente siglo. Pero precisamente en
los años finales de la Primera Guerra Mundial, ya no eran las
orientaciones literarias idénticas a las que predominaban antes
de estallar el cruento conflicto bélico europeo. Profundas trans-
formaciones de toda índole se produjeron en aquella dramáti-
ca coyuntura histórica, que se manifestaron sensiblemente en
las expresiones artísticas y literarias, con el surgimiento de las
diversas tendencias de vanguardia.
Esa inquietud renovadora y experimental revistió las más va-
riadas formas y se definió en distintas teorías. Es sabido cuánto
influyó entonces la obra de Guillermo Apollinaire, especialmente
sus «caligramas», que fueron coetáneos de los «poemas
ideográficos» del poeta mexicano José Juan Tablada (1871-
1945). Uno de esos poemas experimentales de Tablada es el
que aquí reproducimos, «Impresión de La Habana», publicado
por la revista Social en 1919. 10 En él, los versos se estiran o
encogen hasta concretar las formas gráficas concebidas desde
la realidad.

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Aunque es como descifrar un jeroglífico, son legibles estos
versos de la sugestiva composición ideográfica, donde el faro
del Morro y la palma —y las olas y las gaviotas— se corporizan
con el texto. Se trata de una Habana externa, contemplada al
pasar, pero que marcó para siempre la sensibilidad del poeta
con «su cálido mar lleno de luz» y algunos de sus elementos
característicos, para dejar vibrando las notas de una canción
cubana de la época: «En el camino de mi vida triste hallé una
flor...» Sin duda, esa flor era La Habana.

Notas
1
El Fígaro. La Habana, septiembre 21, 1902, p. 452.
2
Letras. La Habana, septiembre 11, 1910.
3
Castalia. La Habana, No. 7, septiembre 15, 1920, p. 157.
4
Ibid. La Habana, No. 8, mayo 20, 1921, p. 160. De las tres composicio-
nes de Rueda dedicadas a La Habana, ésta es la única que incluye en
sus Poesías completas, Barcelona, 1911.
5
La Discusión. La Habana, agosto 5, 1910, p. 8.
6
La Nación. Buenos Aires, enero 1º, 1911. V. Cuba en Darío y Darío en
Cuba, por Ángel Augier. La Habana, Editorial Letras Cubanas, 1989,
pp. 244-245.
7
Actualidades. La Habana, octubre 12, 1913.
8
Social. La Habana, noviembre, 1926, p. 34.
9
Francisco Villaespesa. Poesías completas, t. II, Madrid, Aguilar, 1954.
10
Social. La Habana, enero, 1919, p. 15. V. El japonismo de José Juan
Tablada, por Atsuko Tanabe. México, 1981, p. 126.

13
VIII
C
uando desde lejos
llegamásamor
C omo anónimo viajero de tránsito cuando ya la fama inscri-
bía su nombre en relieve más allá de las fronteras de la URSS,
llegó Vladimir Maiakovsky a La Habana. Fue el primero y único
encuentro del gran poeta soviético con el trópico, con el Cari-
be, con la América Latina; y también su primer encuentro, no
exento de violencia, con los rigores del verano criollo, que él
calificó de «insufrible», para agregar en sus notas de viaje: «Por
la mañana, llegamos fritos, asados y hervidos al blanco puerto
de La Habana, rocosa y edificada.» Era el 4 de julio de 1925.
Quizá no habría quedado constancia escrita de la fugaz pre-
sencia habanera de Maiakovsky, a no ser por su hábito de ano-
tar las impresiones de viaje —que en este caso conformaron su
conferencia de irónico título: «Mi descubrimiento de América»—,
y gracias también a un poema que muestra su perspicaz visión
de la vida cubana, que se le ofreció durante las pocas horas en
que los pasajeros de primera clase del vapor francés «Espagne»,
de tránsito para Veracruz, fueron autorizados a visitar la ciudad.
Al descender del barco, cayó un típico aguacero de verano
que provocó esta regocijante observación del poeta: «¿Qué cosa
es la lluvia? Es el aire cargado de un poquito de agua. Pero la
lluvia tropical es un chorro poderoso de agua con un poquito
de aire.» Una escena callejera cerca del puerto es descrita al
natural, en sus vivos colores y como a brochazos: «Sobre un

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fondo de mar verde, un negro con pantalones blancos ofrece al
transeúnte un pescado rojo, alzándolo por encima de la cabe-
za.»1
Es evidente que Maiakovsky no se dejó impresionar por las
apariencias paradisíacas del trópico, aunque las reconociera.
La condición semicolonial del país —como le sucediera a Rubén
Darío quince años antes— se le reveló en los grandes letreros
en inglés sobre los principales edificios: Ford, Henry Clay & Bock
(el monopolio tabacalero), etcétera, que le parecieron «los pri-
meros signos palpables del dominio de los Estados Unidos so-
bre las tres Américas...»2
Para el poema que escribió entonces, Maiakovsky escogió
como título el nombre en inglés de una conocida marca de
whisky, «Black and White»,3 pero sin relación con ella. Se trata
de una alegoría burlesca de la lucha de clases en Cuba, con
una elemental contradicción del obrero negro cubano frente al
magnate blanco del monopolio azucarero norteamericano. Ini-
cio del texto:

A un vistazo, La Habana se revela


paraíso, país afortunado.
Flamencos en un pie bajo una palma.
Florece el coralillo en el Vedado.
En La Habana, las cosas son muy claras:
blancos con dólares, negros sin un cent.
Por eso Willy con su escoba barre
cerca de «Henry Clay and Bock, Limited».

Después de describirse la vida miserable del negro cubano


Willy, se advierte:

Junto a mí pasea el Prado suntuoso.


El jazz de pronto estalla y centellea.
Que en La Habana se encuentra el paraíso
un tonto solamente lo creyera.

Prosigue en tono de farsa, por supuesto, y los términos de la


lucha planteada entre Willy y el magnate azucarero son

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caricaturescos: al trabajador le toca la peor parte. Conclu-
sión:

Los jardines en torno florecían.


Los plátanos trenzaban sus penachos.
Sus blancos pantalones manchó el negro
de la sangre nasal que ardía en su mano.
Luego aspiró por las narices rotas,
la escoba recogió casi al tun-tún.
¿Cómo él podría saber que estas cuestiones
al Komintern plantéanse, en Moscú?

Eran los tiempos de la Internacional Comunista o Komintern.


Ignoro si el poeta llegó a saber que precisamente mes y medio
después de su inadvertida visita —el 16 de agosto de 1925—
quedó fundado en La Habana el primer partido comunista cu-
bano, afiliado al Komintern. Pero él enseñó que la clave del
éxito de la lucha proletaria y antimperialista es la organización
combativa de los trabajadores y la unidad nacional.
Una noción menos unilateral del paisaje y del paisanaje
habaneros habría de expresar un maestro de la cultura latinoa-
mericana, don Alfonso Reyes, el «mexicano universal», en «Trópi-
co».4 Desde el altiplano de Tenochtitlán viajó a Veracruz y le dedicó
el poema, pero en contraposición con el paisaje jarocho recuer-
da sus impresiones de La Habana, aunque las generaliza a Cuba:

La vecindad del mar queda abolida:


basta saber que nos guardan las espaldas;
que hay una ventana inmensa y verde
por donde echarse a nado.
No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
No es Cuba —que nunca vio Gauguin,
que nunca vio Picasso—
donde negros vestidos de amarillo y de verde
rondan el Malecón, entre dos luces,
y los ojos vencidos
no disimulan ya los pensamientos.

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No es Cuba —la que nunca oyó Stravinsky
concertar sones de marimbas y güiros
en el entierro de Papá Montero,
ñáñigo de bastón y canalla rumbero.

No es Cuba —donde el yanqui colonial


se cura del bochorno sorbiendo granizados
de brisa, en las terrazas del reparto;
—donde la policía desinfecta
el aguijón de los mosquitos últimos
que zumban todavía en español.

No es Cuba —donde el mar se transparenta


para que no se pierdan los despojos del Maine,
y un contratista revolucionario
tiñe de blanco el aire de la tarde,
abanicando con sonrisa veterana,
desde su mecedora, la fragancia
de los cocos y mangos aduaneros.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Después de estos versos transparentes, donde Alfonso Re-


yes dejó constancia de su nostalgia habanera, ofrecen algún
contraste los de otro huésped de aquellos años: el venezola-
no Andrés Eloy Blanco. Son versos ágiles y jocosos, que glo-
san el ambiente bohemio de la época, los de «El poema de
las tres velocidades. Cantos atropellados al automóvil de Mi-
guel Baguer». Dejaron memorable huella en círculos litera-
rios de entonces, al ser publicados por la revista Social. 5
Seleccionamos el fragmento más representativo del ambien-
te habanero:

TERCERA VELOCIDAD

Cesa la tos, y lentamente,


un gran resuello de asma nos prolonga el oído

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y en el motor afónico se adivina un gemido
lejano, como un parto en la casa de enfrente.

Bajamos por el Prado... Somos diez.


Volamos... Lucilo es amigo del Juez.

Somos diez y bajamos por el Prado.


Una mujer... y el auto se pone a andar de lado...
Houbigant... frases tontas... atmósfera de amor,
el auto corta su camino
y un vago arresto masculino
le emociona el carburador.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

El Malecón... Te quiero... ¿Me quieres?


Mujeres... Mujeres... Mujeres...
El auto de Miguel Baguer
se está sintiendo sin mujer
y en la noche del Malecón,
hace, con mirada indiscreta,
a una escuálida bicicleta
una infame proposición...

El Vedado... Otro choque... se vacía el neumático


y se llena algo más el saco aneurismático.

A la Playa... Sin faros, y el auto pide en vano


para andar por las sombras, un bastón mejicano.

Marianao... Perros calientes,


vocabulario híbrido... Señorita sin dientes.
El alba y el sol del regreso
y algo que lucha por ser beso
en la solar extenuación,
y largas ojeras de vaca,
y Guadalupe la chinaca
que va a buscar a Pantaleón.

21
Es un recorrido rápido y escandaloso por puntos claves de la
geografía urbana, en el que nos hace participar Andrés Eloy
Blanco. Sin embargo, con otro muy distinto acercamiento lírico
al mismo ambiente frívolo de La Habana de los años 20, tam-
bién logra nuestra participación en lo narrado el uruguayo José
María Delgado, en poema que acogió en sus páginas la muy
exclusiva Revista de Avance:6

LA HABANA

Uva de luz,
apretada por los labios del mar:
no te podré olvidar.

Saltaré, andaré, volaré,


pisaré mil distintos suelos,
pero una gota de tu zumo
perfumará siempre mis pañuelos.

Tus negros cantores, en la Playa,


bajo la luna tropical,
me regalaron una marimba,
una maraca y una clave,
y me enseñaron el «son».

Lo guardé bajo llave,


con su meneíto y su emoción,
junto a mi tango y mi pericón.

Me llevo tu joyería de llamas,


tus noches, calientes como carne de amor,
tus reliquias, tus mujeres, tu alegría,
a cambio de ese apogeo,
enviaré a tu Morro, todos los días,
un pájaro, desde Montevideo.

22
El vanguardismo, como es notorio, franqueaba libertades ili-
mitadas a los poetas en sus ángulos de visión y en sus juegos
metafóricos; también el francés Adolf de Falgairolles las apro-
vechó en su entusiasta «Poema a Cuba». Visitó La Habana como
delegado a un congreso internacional de periodistas en 1928,
que tuvo resonancia en la época, y sus versos, traducidos por
Eugenio Florit, fueron publicados también por la Revista de Avan-
ce: 7

Cuba, tus palmas —bocinas de gramófonos—


proyectan canciones sobre el suelo.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Tu Capital, Cuba, está dividida en rectángulos


como un billete de lotería.

El puerto de La Habana
hierve bajo las aletas de los tiburones,
ambiciones de los conquistadores que el barco,
al llegar,
arrojó al agua
confundidos con las basuras de a bordo.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Habana, me interesan las jaulas férreas superpuestas


de tus ascensores que suben y bajan
—especulaciones de cajas de caudales—.
Pero prefiero el malabarismo musical del negro
que agita esas bolas vegetales
rellenas de guijarros
como si fuera un Cristo moreno balanceando en sus manos
los dos hemisferios del Mundo que se ignoran.

Habana: tú descubres América a los europeos.


Al apretarte con mi pie
vi el barco cuyas chimeneas —cigarros embriagadores—
me fumaba.

23
Fuerte contraste con el tono deportivo de los versos que
acabamos de transcribir, presenta «Discurso académico en
La Habana», 8 de Wallace Stevens (1879-1955), considerado
por la crítica uno de los principales y más influyentes poetas
de su generación en los Estados Unidos, junto a Pound, Elliot,
Frost y Williams. Fue publicado por la Revista de Avance en
noviembre de 1929, sin consignar nombre del traductor. Sólo
se informa en una nota que el autor es norteamericano, que
ha publicado un libro titulado Harmonium y que el texto apa-
reció en la revista The Hor & Hound, de Cambridge,
Massachusetts. Stevens, ejecutivo de una empresa de segu-
ros, viajó mucho por las Antillas, cuyo ambiente reflejó en
su poesía. Creo que vale la pena ofrecer el poema «in ex-
tenso»:

DISCURSO ACADÉMICO EN LA HABANA

Canarios en la mañana,
orquestas en la tarde,
globos por la noche. Al menos
ya no se trata de ruiseñores,
Jehovah y la gran serpiente marina. El aire
no es tan elemental ni ya la tierra
tan cercana.
Pero el sustento de los bosques
no nos sostiene en las metrópolis.

II

Es la Vida un casino en un parque. Los cisnes


descansan sus picos en el suelo.
Un viento desolado ha aterido a la Roja Fátima
y en el frío se posa una gran decadencia.

24
III

Los cisnes... Antes de que sus picos se abatieran


sobre el suelo y antes que la crónica
de afectados homenajes disimulase tantos libros,
ellos vigilaron las pálidas aguas de los lagos
y los doseles de islas que estaban unidas
a aquel casino. Mucho antes que la lluvia
arrasara sus ventanas de tabla y que las hojas
llenaran sus incrustadas fuentes, ellos ataviaron
los crepúsculos del mítico Rey Maní.
Los siglos de excelencia por venir
surgieron de la promesa y devinieron augurio
de trombones flotantes en los árboles.
La fatiga
de pensar trajo una paz excéntrica
para el ojo y tintineante para el oído. Ásperos tambores
elevaron su ruido sin que la plebe se alarmara.
Las indolentes progresiones de los cisnes
hicieron que la tierra se ajustara; una parodia de maní
para gente de maní.
Y un más sereno mito
concibiendo desde su perfecta plenitud,
lozano como junio, más frutecido que las semanas
del más maduro estío, moroso siempre
por tocar de nuevo el más cálido brote, por pulsar
de nuevo la más larga resonancia, por coronar
la más clara mujer con apta palabra, por montar
al más fuerte jinete sobre el potro más robusto.

Este urgido, sabio, mas sereno mito


pasó como un circo.
El hombre político ordenó
la imaginación como el funesto pecado.
La abuela y su cesta de peras
tienen que ser el enigma de nuestros compendios.
Ése es mundo bastante y aún más, si se confinan
las hijas con las barraganas de melocotón y marfil

25
para quien se alzan las torres. El pecho del burgués
y no éter alguno sutil y cercado de estrellas
tiene que ser el lugar para el prodigio, a menos
que lo prodigioso sea truco. El mundo no es fantasía
de insomnes ni palabra
que deba importar sustancia universal
a Cuba. Apuntad estas lácteas cuestiones.
Alimentan Júpiteres. Su pezón casual
caerá como dulzura en las noches vacías
cuando queda anulada la rapsodia excesiva
y la plegaria espirituosa provoca nuevos sudores: así, así:
La Vida es un viejo casino en un bosque.

IV

La función del poeta es aquí mero sonido,


más sutil que la más historiada profecía
para rellenar el oído? Ella le lleva a hacer
su repetición infinita y sus amalgamas
del más selecto ébano y del mejor alción.
Le lastra de exacta lógica para los remilgados.
Como parte de la naturaleza, es parte nuestra.
Tus rarezas son nuestras: puede ella acceder
y reconciliarnos con nosotros mismos en esas
reconciliaciones verdaderas, oscuras, pacíficas palabras,
y las sabias armonías de su cadencia.
Cierra la cantina. Apaga el candil.
La luz de luna no es amarilla sino un blanco
que silencia la villa siempre fiel.
Qué pálida y posesa es esta noche.
Qué llena de las exhalaciones del mar...
Todo esto es más viejo que su más viejo himno
y no tiene más significado que el pan de mañana.
Pero dejad al poeta que en su balcón
hable y los que duermen se moverán en su sueño,
se despertarán y contemplarán la luna en el piso.
Esto puede ser bendición, sepulcro y epitafio.

26
Puede, sin embargo, ser
un encantamiento definido por la luna
—por mero ejemplo— opulentamente clara.
Y el viejo casino también puede definir
un encantamiento infinito de nuestro ser
en la gran decadencia de los cisnes muertos.

La crítica ha señalado que el tema fundamental de la poesía


de Wallace Stevens es la exploración de la experiencia estética
del hombre en su afán de acercarse a la realidad. En este poe-
ma, el yo lírico sueña y medita en la noche, a la luz de la luna
habanera, en el jardín de un casino donde hay fuentes y cisnes.
En aquella época, existían en Marianao el Gran Casino de La
Habana, con jardines y fuentes; el Summer Casino; el Casino
de la Playa y otros centros similares de atracción a los turistas
norteamericanos.
El trópico vuelve por sus fueros en otro poema que también
publicó la Revista de Avance en 1930, titulado «Sol, aguamar y
palmeras»,9 del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, maestro
de Poesía y de Conducta Cívica. Deslumbrado por la luz
habanera, dedica a la ciudad un madrigal pleno de música y
frescura:

Para nombrar a La Habana,


gloria morena y salada:
¡la espuma de las palabras!
Ya no caben los colores
en cielos, mares y tierras,
frutos, mujeres y flores.
Y un negro con su guitarra
la tarde clara desgarra:
desangra el paisaje sedas,
sol, aguamar y palmeras.

La mañana de platino
suave como tu aliento
¡oh! qué pura claridad

27
rasgada hasta el infinito.
Oros de sol y zafiros
recortan mi pensamiento,
tu perfil y la ciudad
y el dulce globo del día:
están mis ojos azules
de mirar el mar y el cielo!
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Cantos de grillos y estrellas


perforan la noche alta.
Visten no más las sirenas
largos cabellos de algas,
laberintos de sonrisas
y copos de espumas gualdas.
El Morro atisba la linda
lunada y lustrosa pierna
que en la onda verde libera
mil espasmos esmeraldas.

Un negro con su guitarra


la tarde clara desgarra:
desangra el paisaje sedas,
sol, aguamar y palmeras.
Llama roja de la rumba:
de tanto danzar se ha vuelto
toda la falda hacia arriba
desnudando el cuerpo esbelto.
Cantos de grillos y estrellas
alumbran la noche alta.

También de los años 30 son los versos a La Habana del ecua-


toriano Jorge Carrera Andrade, uno de los más destacados poe-
tas del vanguardismo sudamericano. Este primer texto es un
sugestivo apunte impresionista, captado desde el barco de trán-
sito en que viajaba:10

28
LA HABANA

La Habana cuenta sus frutas


y planta sus chimeneas,
inmensas cañas de azúcar.
Emigran los cocoteros.
Se van el ron y la rumba
y crecen los rascacielos.

Ante la ciudad, como turista armado de una cámara fotográfi-


ca, Carrera atrapó instantáneas de los lugares que visitaba, con
sus matices y rasgos peculiares, sin omitir las sugerencias de cir-
cunstancias del momento histórico, de lucha contra el tirano de
turno. Este otro poema se titula «Color de La Habana»:11

Sonando el tambor de sus hojas una tribu de cocoteros salvajes


mar de continuo parpadeo de fosforescencias.
La Habana sale todos los días a los muelles
a esperar la llegada de los barcos,
mientras sus nadadores sacan entre los dientes las monedas
que van a saludar a los peces en el mar antillano.
Sus tranvías aprenden el compás de las maracas,
sus arbolitos se alinean como borregos
y sus avenidas corren hasta encontrar una estatua.

Mujeres de piel de tabaco caliente y de canela.


Criollos con su sombrero de paja que el trópico madura.
Negritos cuya risa se abre como una sandía.
Cocos y guanábanas, despojos de la rumba.

En la Avenida de los Presidentes se multiplican los hongos


y los cañones del Parque Maceo bostezan su hambre
viendo saltar los peces en la bahía
cuya entrada prohíbe con su dedo en alto el Castillo del Morro.

Doscientos guardias se cuadran cada día


ante la mirada azul del diamante del Capitolio.

29
Letreros y ventanas dictan un curso práctico de inglés
en los cuadernos cuadriculados de los rascacielos.
Mas las flores son caras en la Avenida Veintitrés
y la luz tiene el color del maní y el aceite de girasol.
En la Avenida Ocho se ha encontrado una piña de fuego
madurando sus semillas de muerte junto a la casa del Fiscal.

Sin embargo, el aire destapa sus mariscos vivificantes en el


Malecón
y la vida se azucara en los jardines de La Tropical.
Nada pasa aquí sino una cadera de música
y unos brazos de fruta que hacen equivocarse a los pájaros.
Un aeroplano vestido de blanco va recortando el calor
con su ventilador ambulante.
Los barquichuelos dan su lección de sueño frente a la Cabaña
y los fleteros negros exhalan sus cantos de humo
hacia el horizonte donde empieza a piar el primer lucero.
No sorprende a nadie el atentado terrorista del crepúsculo.
Y la luna menguante cuelga como un plátano
del bananero del cielo.

El presente del poeta se nos aparece como un fragmento


del pasado de hace sesenta años, con todo su poder de evo-
cación, pero sin nostalgia, porque la realidad revolucionaria
satisface las aspiraciones de nuestro pueblo. Parte de esa rea-
lidad canta en breve pero elocuente apunte el poeta soviético
Lev Oshanin:12

LA HABANA

Habana, eres orgullosa y bella.


Me gusta —no lo he de ocultar—
ver cada ola que su hocico estrella
en tu Malecón al chocar.
Tú despides el sur tan cegador
que en los ojos duele el sol tropical.

30
Sólo de amigo se entra a tu calor,
como enemigo es imposible entrar.

Y ya que estamos ante la visita a La Habana de poetas extran-


jeros contemporáneos, no debemos ignorar la impresión del
norteamericano Langston Hughes, que estuvo en la ciudad en
1930, y volvió en la primavera de 1931, procedente de Cayo
Hueso y de tránsito para continuar viaje hacia Haití. Lo toma-
mos del libro Yo viajo por un mundo encantado, traducción de
la segunda parte de su autobiografía, cuyo título original es: I
Wonder as I Wander:
...Seguimos en tren hasta Cayo Hueso y desde allí navega-
mos hasta Cuba. Era la hora de la cena cuando llegamos a
El Morro, y en el crepúsculo La Habana surgía del mar, blan-
ca y morisca. La noche era caliente y la gente, entre la cual
había muchos negros retintos con ropas blancas, pululaba
por las avenidas. Los vehículos llenaban las calles angostas,
los automóviles hacían sonar las bocinas, tintineaban las cam-
panillas de los tranvías, y en las tabernas y puestos de venta
de jugos de frutas las radios palpitaban con el repique de
tambores y con los sonidos ondulantes de las maracas que
interpretaban rumbas interminables. La vida parecía fluida,
intensa y cálida en las calles bulliciosas de La Habana.
En 1930, si Cuba quedó fascinada por el genio y la gracia
de Federico García Lorca, este andaluz universal —que vive
para siempre como castigo eterno para los infames culpables
del crimen— quedó deslumbrado por La Habana y confesó
que sus días habaneros fueron de los más felices de su vida.
Estos apuntes poéticos sobre nuestra ciudad, rescatados de
entrevistas periodísticas, reflejan su emocionado recuerdo, de
color y de música:
La Habana surge entre cañaverales y ruidos de maracas, cor-
netas divinas y marimbas. ¿Y en el puerto quién sale a reci-
birme? Sale la morena Trinidad, de mi niñez, aquella que se
paseaba por el muelle de La Habana.
La Habana tiene el amarillo de Cádiz, el rosado de Sevilla
tirando a carmín, y el verde de Granada, con una leve fosfo-
rescencia de pez.

31
(Recuérdese que Rafael Alberti, en su poema «Cuba dentro
de un piano», también menciona a la bella Trinidad, personaje
de una canción cubana que se cantaba en España a principios
del siglo —llevada por los soldados del derrotado ejército colo-
nial— y cuya letra era: «Paseando una mañana / por el muelle
de La Habana / de improviso me encontré / con la bella Trini-
dad.» Esta versión se la escuchó Alberti a Eugenio D’Ors, según
cuenta Aurora de Albornoz en estudio preliminar de la obra del
poeta gaditano, 13 bandas y 48 estrellas (Madrid, Espasa Calpe,
Colección Austral, 1985, p. 23).
Cuando en abril de 1935 visitó La Habana por primera vez el
gran poeta español Rafael Alberti (1902), escribió su poema «Cuba
dentro de un piano», donde evoca recuerdos de su infancia rela-
cionados con la capital cubana: su madre solía interpretar al pia-
no las «habaneras» y «guajiras» que habían llevado a su natal Puerto
de Santa María (en la bahía de Cádiz) los gaditanos que regre-
saban a España en 1898, al terminar la guerra hispano-cubana-
norteamericana. Versos de esas canciones que quedaron
grabadas en la memoria los intercala en el poema, y las siluetas
de la fortaleza de La Cabaña y del Castillo del Príncipe se trans-
forman en sombras que discurren en el litoral del Puerto de San-
ta María, al conjuro de la lírica nostalgia no exenta de sutil
referencia al drama histórico del 98, tan desventurado para Es-
paña como para la nación cubana. El poema:

CUBA DENTRO DE UN PIANO

Cuando mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero


y el humo de los barcos aún era humo de habanero.

«Mulata vueltabajera»

Cádiz se adormecía entre fandangos y habaneras


y un lorito al piano quería hacer de tenor.

32
«...dime dónde está la flor
que el hombre tanto venera».

Mi tío Antonio volvió con aire de insurrecto.


La Cabaña y el Príncipe soñaban por los patios del Puerto.

(Ya no brilla la Perla azul del mar de las Antillas.


Ya se apagó. Se nos ha muerto.)

«Me encontré con la bella Trinidad»...

Cuba se había perdido y ahora era de verdad.


Era verdad,
no era mentira.
Un cañonero huido llegó cantándolo en guajira.

«La Habana ya se perdió.


Tuvo la culpa el dinero...»

Calló,
cayó el cañonero.

Pero después, pero ah! después


fue cuando al sí
lo hicieron yes.

Recordando esa su primera visita a La Habana en 1935, ex-


presa Alberti en la segunda serie de La arboleda perdida (Bar-
celona, Seix Barral, 1987) después de referirse al sórdido
ambiente de la dictadura batistiana: «Mientras La Habana era
maravillosa con su aire de gracia gaditana cimbreaban las infi-
nitas palmeras, y el lenguaje de los negros y mulatos tenía un
deje endulzado del habla de la Bahía.» Y, sin comentario, in-
cluía esta expresiva «estampa» de ágiles rasgos de su elegía
«Verte y no verte», escrita en La Habana:

En La Habana las sombras


de las palmeras

33
me abrieron abanicos
y revoleras.
Una mulata,
dos pitones en punta
bajo la bata.

La rumba mueve cuernos,


pases mortales,
ojos de vaca y ronda
de sementales.
Las habaneras,
sin saberlo, se mueven
por gaoneras.

Por su parte, otro alto poeta de la generación española del


27, Luis Cernuda, advirtió un ambiente menos localizado en su
artículo «El aire de La Habana»:
Quienes hablan de una ciudad sólo se refieren, por lo gene-
ral, a una parte de ella, esa que está en el suelo, con sus calles
y sus casas, como si nada tuviese que ver con otra aún más
importante, que es el aire y la luz que la envuelven. El aire y la
luz son parte integrante de la ciudad, y del modo, que son
ellos quienes le confieren a la ciudad su carácter singular,
quienes hacen de ella lo que la ciudad íntimamente es.
Luego de referirse a diversas ciudades que conoce, agrega
el poeta:
Antes de caer en La Habana, había yo visto tierras del trópi-
co, y aunque no mucho, lo bastante para percatarme de que,
al contrario de la creencia común, una de sus más elementa-
les características puede ser la mesura. La Habana me con-
firmó en dicha creencia, quedando ya para mí como ejemplo
de ella. Y es que paradójicamente, como ciudad, parece exis-
tir por su cielo y quien quiera hablar de ella no puede hacer-
lo sin antes hablar de su aire. Para conocerla hay que mirar
hacia arriba, y no en cualquier momento del día, sino de
preferencia al atardecer.
[...] en La Habana el atardecer es memorable: el aire ahí no
se ensancha tanto como se ahonda, entreabriendo camino,

34
como para unas olas, hacia el fondo mismo del cielo, en cu-
yas nubes, mejor en cuyos celajes, vibran los colores enar-
decidos. La silueta de la ciudad, entonces, al ahondarse de
tal modo el aire sobre ella, parece descansar, igual que la
superficie de una agua quieta, bajo la maravilla de su cielo.
[...] La Habana, en esa tamización final del recuerdo, con los
celestes, los violados, los grises, de su celaje crepuscular, de
una sin par delicadeza pictórica, ahondaba para mí el deco-
rado a lo Tiépolo de una Ascensión.
La Habana es su cielo, y éste no parece parte del cielo co-
mún a toda la tierra, sino proyección del alma de la ciudad,
afirmación soberana de ser lo que ella es. ¿No se diría que
hermosa, airosa, aérea: un espejismo?
En este fin del siglo XX, cuando La Habana antigua experi-
menta un renacer de su esplendor bajo el cuidado entusiasta e
inagotable de Eusebio Leal —digno continuador de Emilio Roig
de Leuchsenring como Historiador de la Ciudad—, otro poeta,
venezolano como Andrés Eloy Blanco, Gonzalo García Bustillos
(1928) —de tan fecunda ejecutoria como Embajador de su país
en Cuba—, captó y reflejó rasgos, matices, resplandores del
paisaje urbano habanero, en las ágiles estrofas de su poema
«El mamut en La Habana» (de su libro El mamut, La Habana,
1998).

EL MAMUT EN LA HABANA

De una palma real


viene el mamut.
Su olfato
de aguja azul
romanza
la ligereza
del cielo.

En la Habana Vieja
calle de Lamparilla
huele las columnas

35
de una mulata
zumbo de cebo de cabra
y ceniza de leña
camino de la Obra Pía
una mulata que sangra
puro son y pura piel
piel que lleva la intención
de pura miel.

El mamut
convertido en babalawo
invoca los espíritus:
Zarabanda tonga leña
Santo Niño de Elegguá
Lázaro de Babalú
La Candelaria de Oyá
Santa Bárbara Changó
Santa Regla Yemayá
Obatalá mamá Mercé
Ochún Ochún de la Caridá.

El blanco
de su tabaco
dispone la pleamar
que limpia el vacío.

Por el Palacio del Segundo Cabo


conoce fantasmas, algarrobos
y laureles vivos,
vivos en la sombra aneblada.

Ya todo es diferente.

Corre la playa
en la simetría
del dado oculto.

Ya todo es diferente.

36
El alboroto
de una burbuja
agita el Malecón
tambor de rosa viva
que hospeda la utopía.

La salamandra
cabalga
nube maestra
cuya vergüenza
suelta la vida.

Para coronar el hermoso conjunto de testimonios líricos de


ilustres visitantes de nuestra ciudad, nada mejor que este fino
madrigal de Juan Ramón Jiménez, maestro mayor de la poesía
por sobre límites de espacio y de tiempo, que tan profunda huella
dejara impresa en la cultura cubana, durante el exilio que le
impuso la guerra civil española. Él tuvo el secreto de todos los
misterios de las cosas y de las palabras, y la mágica facultad
artística de descubrirlas y revelarlas a sus semejantes en la más
pura transparencia. Así anotó en su Diario (1936) sus impresio-
nes de la conjunción de La Habana que trajo dentro de sí, con
la que le deslumbró en la realidad y en la esperanza, y que
debemos al recuerdo y devoción entrañables de Cintio Vitier:
La Habana está en mi imaginación y mi anhelo andaluces,
desde niño. Mucha Habana había en Moguer, en Huelva, en
Cádiz, en Sevilla. ¡Cuántas veces, en todas mis vidas, con
motivos gratos o lamentables, pacíficos o absurdos, he pen-
sado profundamente en La Habana, en Cuba! La extensa
realidad ha superado el total de mis sueños y mis pensa-
mientos aunque, como otras veces al «conocer» una ciudad
presente me haya vuelto al revés su imagen de ausencia y se
hayan quedado las dos luchando en mi cámara oscura. / Mi
nueva visión de La Habana, de la Cuba que he tocado, su
existencia vista, quedan ya incorporadas a lo mejor de mi
memoria. / Desde este diario íntimo, gracias también a La
Habana hermosamente escondida, al secreto de La Haba-
na, a la tercera Habana que acaso no «veré» nunca.

37
Notas
1
Vladimir Maiakovsky. Mi descubrimiento de América y otros escritos. Se-
lección de Esteban Llorach Ramos. La Habana, Editorial Gente Nueva,
1980, p. 53.
2
Ibid., p. 155.
3
Moscú-La Habana, La Habana-Moscú. Poetas cubanos y soviéticos. Mos-
cú, Editorial Progreso, 1977. Edición bilingüe, pp. 17 y 106. Traducción
de Ángel Augier.
4
Revista de Avance. La Habana, agosto 15, 1927, pp. 229-231. Al pie:
Veracruz, 1924. En otra versión de Buenos Aires, 1934, Reyes cambió el
título por «Golfo de México», señalando las partes que correspondían a
Veracruz y La Habana. Única variante: 4º verso de la 2a estrofa dice:
«donde negros vestidos de amarillo y de guinda».
5
Social. La Habana, octubre, 1925, pp. 30-31. Miguel Baguer fue un co-
nocido periodista habanero.
6
Revista de Avance, junio 30, 1927, p. 195.
7
Ibid., octubre 15, 1928, p. 281.
8
Ibid., noviembre 15, 1929, pp. 236-238. En nota se informa que es ver-
sión de «Academic discourse in Havana», publicado en la revista The Hor
& Hound, Cambridge, Mass., sin consignar nombre del traductor. Sobre
relaciones de Stevens con Cuba, v. introducción de José Rodríguez Feo
a su libro Mi correspondencia con Lezama. Ediciones Unión, 1989.
9
Ibid., febrero 15, 1930, p. 40.
10
Jorge Carrera Andrade. Edades poéticas (1922-1956). «Dibujos de ciu-
dades.» Quito, Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana, 1958, pp. 119-
120. Fechado en 1930.
11
Ibid., «El tiempo manual», pp. 131-133. Fechado en 1935.
12
Moscú-La Habana, La Habana-Moscú, ob. cit., pp. 83 y 171. Traduc-
ción de David Chericián.

38
IX
Epicanteyloca
sta ciudad
P ocos poetas cubanos han sentido y expresado la viva poe-
sía de La Habana de su tiempo con la profusión y la profundi-
dad de Federico de Ibarzábal, lo que puede apreciarse por las
muestras que se han ofrecido en el curso de este recuento. Él
mismo lo reconoce en los versos iniciales del libro que consa-
gró a la capital: Una ciudad del trópico (1919):

Esta ciudad picante y loca


que está engarzada en una roca
como un diamante colosal,
llena de luz mi poesía.
¡Alucinante pedrería!
¡Extraordinario pedernal!

Ante tus horas vespertinas,


tus elegancias femeninas,
tu cielo azul, tu malecón.
Superficial y pizpireta
vives tu vida de coqueta,
del albayalde al bermellón.

Vives en una carcajada,


una perenne mascarada

41
te hace reír, siempre reír.
Ríen tus lumias, tus beodos;
altos y bajos, porque todos
juegan dinero al porvenir.

Eres equívoca y absurda;


aristocrática y palurda,
algo moderna y algo cruel.
Bajo tu cielo yo he soñado,
paseando solo y encantado
tus avenidas de laurel.

El ambiente ligero, frívolo, se respira en esos versos. En otros


poemas del libro, asocia sus aventuras sentimentales con deter-
minados sitios del entorno urbano, como en el soneto «Sweater
rojo» —estampa femenina de subido color—, cuyo primer cuar-
teto transcribimos:

Yo he visto alguna vez la gracia de tu busto


surgir de la galante curva de un medallón;
y tus ancas fastuosas y tu seno robusto
me evocan una cita dada en el Malecón...

Pero en la percepción del ambiente habanero no queda a la


zaga Rubén Martínez Villena (1899-1934) con sus cuatro sonetos
antológicos que tituló «Sinfonía urbana»,1 escritos en 1921. Con
gracia y vigor insuperables refleja momentos de la vida citadina
de entonces, como una nueva versión del «Reloj de la Havana».

1. Crescendo matinal

Una incipiente lumbre se expande en el oriente;


unos tras otros, mueren los públicos fanales...
Ya la ciudad despierta, con un rumor creciente
que estalla en un estruendo de ritmos desiguales.

Los ruidos cotidianos fatigan el ambiente;


pregones vocingleros de diarios matinales,

42
bocinas de carruajes que pasan velozmente,
crujidos de madera y golpes de metales.

Y elévase en ofrenda magnífica de abajo


el humo de las fábricas —incienso del trabajo—;
rezongan los motores en toda la ciudad,

en tanto que ella misma, para la brega diaria,


se pone en movimiento como una maquinaria,
¡movida por la fuerza de la necesidad!

2. Andante meridiano

Se extingue lentamente la gran polifonía


que urdió la multiforme canción de la mañana,
y escúchase en la vasta quietud del mediodía
como el jadear enorme de la fatiga humana.

Solemnidad profunda, rara melancolía.


La capital se baña de lumbre meridiana,
y un rumor de colmena colosal se diría
que flota en la fecunda serenidad urbana.

Flamear de ropa blanca sobre las azoteas;


los largos pararrayos, las altas chimeneas,
adquieren en la sombra risibles proporciones:

el sol filtra en los árboles fantásticos apuntes


y traza en las aceras siluetas de balcones
que duermen su modorra sobre los transeúntes.

3. Alegro vespertino

¡Ocasos ciudadanos, tardes maravillosas!


Pintoresco desfile de la ciudad contenta,
profusión callejera de mujeres hermosas:
unas que van de compra y otras que van de venta...

43
Tonos crepusculares de nácares y rosas
sobre el mar intranquilo que se dora y se argenta,
y la noche avanzando y envolviendo las cosas
en un asalto ciego de oscuridad hambrienta.

(Timbretear de tranvías y de cinematógrafos,


música de pianolas y gaguear de fonógrafos.)
¡La noche victoriosa despliega su capuz,

y un último reflejo del astro derrotado


defiende en las cornisas, rebelde y obstinado,
la fuga de la tarde, que muere con la luz!

4. Morendo nocturno

Un cintilar de estrellas en el azul del cielo


y una potente calma de humanidad rendida,
mientras el mundo duerme bajo el nocturno velo,
como cobrando fuerzas para seguir la vida.

Alguna vaga y sorda trepidación del suelo


rompe la paz augusta que en el silencio anida,
y la lujuria humana, perennemente en celo,
transita por las calles de la ciudad dormida.

Ecos, roces, rumores... Nada apenas que turbe


el tranquilo y sonámbulo reposar de la urbe;
y todo este silencio de noche sosegada,

en donde se adivinan angustias y querellas,


es el dolor oculto de la ciudad callada
¡bajo la indiferencia total de las estrellas!

Hay que acreditar a Martínez Villena el haber incorporado a


la poesía la circunstancia cotidiana, rasgo que le distingue a él
y a algunos otros de su promoción posmodernista. Lo aparente-
mente prosaico descubre su recatada poesía. Así, las distintas

44
etapas del día habanero quedaron apresadas en esos bocetos
magistrales del poeta que también fue ejemplo excepcional de
patriota y combatiente revolucionario.
Alfonso Hernández Catá (1885-1940) es uno de los grandes
nombres de la narrativa cubana, que también labró discreta
obra poética. Parte de esta parcela de su escritura pudiera con-
siderarse su «Canto a La Habana», en sonora y rítmica prosa
lírica, que publicó la revista Social en 1926,2 del que tomamos
estos fragmentos:
Ciudad tutelar a la vez vieja y núbil; madre joven que aguar-
das aún el amor; a un tiempo raíz y fronda y flor y fruto; ciu-
dad-entraña, ciudad-corazón; heroica, hospitalaria,
perdonadora, íntima, ¡pues cupiste en mi alma, recógete para
poder estrecharte en mi voz!
¿Qué me dijiste al besarme, hechicera, que tu recuerdo
se hace en mí lágrima y canción? Con tu brazo moreno que
abraza el mar, ¡abrázame! ¡Fúndeme con tu sol! ¡Dame un
renuevo joven con tus mañanas rubias! ¡Tiñe la llama de mi
espíritu en la infinita irisación de tus crepúsculos! ¡Y en las
sedosas noches de tenebroso esplendor, acoge mi cabeza
fatigada por el anhelo de creación!... Ciudad buena del pan
y de la risa fáciles, ciudad-entraña, ciudad-amor!
Por tu sol, magnífico patriarca fecundo; por tu brisa, bal-
sámica hermana sin par; por tus luces doradas y
embriagantes, vino generoso de la ubérrima vid celestial; por
tu tierra pródiga, por tu puerto pródigo donde se vienen a
anudar los infinitos hilos que infinitos navíos traen de todos
los rumbos sobre el mar; por tus calles de expoliada factoría
que acecha la piqueta ya; por tus avenidas de progreso fan-
tástico que hacia el futuro van; por tu febril trabajo nutritivo y
tu voluptuoso descansar; por tu aire de fragua o de suspiro
suavísimamente letal; por tus mujeres —¡acude adjetivo im-
posible!—, por tus hombres, por la unidad que toman a tu
amparo todas las existencias; por tu poder de cubanizar...
¡bendita seas, Habana querida! ¡Bendita seas, luminosa ciu-
dad maternal!
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

45
Hernández Catá evoca La Habana colonial, «¡qué cerca y ya
por fortuna qué lejos!», y canta la ciudad de hoy y de mañana
con entusiasmo y devoción, para cerrar con un «Envío» cuyo
postrer deseo quedó consumado:

El férvido ritmo elogioso con ímpetu suene


y el ámbito inmenso del mundo traspase tu gloria.
Acoge benigna esta rama de mística unción,
y, en premio, depárame para cuando el canto expire en mis labios
un rincón florido bajo los cipreses de tu cementerio,
¡ciudad entrañable, ciudad amorosa, ciudad-corazón!

Es evidente que su estilo, en contraste con el de Martínez Villena,


es arcaico, más aún si lo comparamos con el de Sarah Méndez
Capote, a quien la revista Social también publicó, en 1930,3 su
«Poème de la Cité», escrito en francés. Está dedicado al señor
Roger de Lafflorest, «que connait ma chére petite ville». Es una
vívida estampa donde la hermana de Renée, «la cubanita que
nació con el siglo», logró plasmar —al igual que Martínez Villena
años antes— rasgos salientes de la ciudad de hace seis décadas,
aunque en otro idioma, y en otro estilo más despejado:

Un tranway passe en faisant du bruit.


Omnibus rouge et bleu. Des Fords se croisent vivement.
Un petit garçon pousse des cris: Mundoooo... Cartele...
C’est qu’il veut vendre des journaux!
Le klaxon d’un Packard sonne stridenment.
Un policemen siffle avec force pour arreter les gens
qui ne font pas attention aux véhicules.

Voilá un homme qui vend des fleurs: Floreroooo...


Il crit. Tout naturellment.
Des vendeurs aux voix sonores: Manguito, mango mangüe...
Tamalero, lo tamale pican... Empanadita calientessss...
Du bruit! Du bruit! (Tlan, tlan nos balayeurs des rues.)
Ce n’est rien. Nous y sommes habitués.

46
Ceci c’est La Havane...
La Havane, port de mer (Un cinema chaque deux blocks.)
Mer toujours bleue sous un ciel encore plus bleu.
Mais qui sait devenir noire quand le vent du Nord
nous visite en hiver.
Cigarettes, en profusion: Camel, Chesterfield.
Non, nous ne fumons pas des cigarettes cubaines.
Trop fortes pour nous...
Une femme passe. Des yeux noirs. Elle est brune.
Mais blanche, naturalement. Robe légere. Couleur criarde.
Un homme s’arrete. La regarde. Il continue son chemin.

Du soleil. Un soleil que brule la peau.


Une blanche coupole d’un grand edifice: le Capitolio.
Des arbres. Des arbres dans une ville? ¡Horreur!
Non, les arbres sont bons pour des petits villages...
De temps en temps on aperçoit un palmier,
un pauvre palmier que la vent de la mer
déchire peu a peu.

En hiver; un navire que la mer fait chavirer.


Tout le monde court au litoral.
(Nous vivons au litoral, en hiver.)
Tout d’un coup des chevaux piaffant dans la rue
on se retourne: c’est la Garde du Palais Présidentiel.
On regarde. Rien.
Un nouveau Ministre qui présent ses crédentiels.
Une bande de musique par ici,
une autre un peu plus loin.
Du bruit, toujours du bruit.
Ah ¿et du soleil?
Mais nous sommes tous si sympathiques...

Ceci c’est La Havane, port de mer.

47
Otra autora, Ana María Hidalgo —de quien no conocemos
otros poemas—, publicó en la revista Orto, en 1931,4 esta ama-
ble visión de una visitante a la ciudad:

LA HABANA

De los cielos dormidos surge La Habana nueva


colmada de inocencia, como el niño pequeño,
que entre sus brazos tiernos cándidamente lleva
su corazón de ángel, florecido de ensueño.

Y ha reído ¡es su risa la que ennoblece el día!


La ciudad ha reído con la sencilla gracia
de una dama que olvida su rancia aristocracia
por permitirse el lujo de una sana alegría.

La Habana, buena y mala, sencilla y complicada,


principio que destruye y sistema que crea;
un poco Buenos Aires y un mucho Nueva York.
El Capitolio aguza sin cesar su mirada,
y el alma de un muezín canta en cada azotea
su gran clamor: —¡Señor!

La Habana
buena y mala.
Porque confiando en ti
yo te ofrecí mi pena,
para mí
fuiste buena.
Encontré entre tus brazos el calor de mi hogar,
y de lo que he soñado
me has dado
cuanto tú puedes dar.

En ti se hace mi vida más ancha y más sonora.


Manantiales ocultos se están formando ahora

48
que darán en su día un copioso caudal.
Bajo tu amparo surge en mí un sentido nuevo,
y por la encrucijada de tu camino llevo
una rama de olivo y una orquídea fatal.

Nicolás Guillén (1902-1989), camagüeyano que vivió más de


dos tercios de su vida en la capital y en ella creó lo fundamental
de su obra, impregnó su poesía del ambiente general habane-
ro, particularmente en los «Motivos de son» y en poemas sueltos
de Sóngoro cosongo y otros libros. Una prueba de ello puede
ser esta estampa nocturna del puerto habanero:

EL NEGRO MAR5

La noche morada sueña


sobre el mar;
la voz de los pescadores
mojada en el mar;
sale la luna chorreando
del mar.

El negro mar.

Por entre la noche un son


desemboca en la bahía;
por entre la noche un son.
Los barcos lo ven pasar,
por entre la noche un son,
encendiendo el agua fría.
Por entre la noche un son,
por entre la noche un son,
por entre la noche un son.

El negro mar.

—Ay, mi mulata de oro fino,


ay, mi mulata

49
de oro y plata,
con su amapola y su azahar,
al pie del mar hambriento y masculino,
al pie del mar.

Pero en «Apunte»,6 hay una alusión más directa de la ciudad,


en rápida y sugerente captación:

La Habana, con sus caderas


sonoras,
y sus moradas ojeras
a todas horas.

Danza de pasos medidos


danza la Muerte,
y le cuidan el mar fuerte
seis marineros dormidos.

Hacía falta el reverso de la medalla, o sea, la visión del negro


mar nocturno de la bahía, para completar la otra imagen pre-
dominante, la del hermoso azul que ilumina desde su amplio
litoral. En cuanto a los «seis marineros dormidos» del «Apun-
te», es poética alusión a las viejas fortalezas coloniales insomnes
que velan el sueño de la ciudad: los castillos de La Fuerza, El
Morro, La Punta, La Cabaña, El Príncipe y Atarés, dormidos en
su anacronismo.
Pero la añoranza del pasado no deja de gravitar sobre mu-
chos espíritus, y la musa popular suele ser la que acoja esa
nostalgia. Fechadas en 1933, aparecieron estas simpáticas es-
tampas de A. M. Petit bajo el título de «La Habana Vieja», en la
revista Villa Blanca, de Caibarién (septiembre, 1950):

En la tarde tropical
San Cristóbal de La Habana
repicaba la campana
de su vieja catedral,
por su fiesta patronal

50
en vísperas, como antaño
se anunciaban en el año,
nuestras fiestas principales...
¡Costumbres tradicionales
abandonadas hogaño!
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

En el «Santísimo» entraron
unas cinco o seis beatas.
En la plaza, dos reatas
de acémilas se acercaron
a la fuente, y abrevaron
junto al penco de un «aliado»,
y a un mulo flaco y cansado
que le gritan: ¿Va pal Cobre?,
y llegó tirando, el pobre,
de un carro destartalado.

Escuchando la campana
que fundieron los gitanos,
entre recuerdos lejanos
que el modernismo hoy profana,
San Cristóbal de La Habana
pierde matiz colonial;
se oculta la Catedral
tras moderna arquitectura...
En verdad que fue locura
de locuras hacer tal.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Debajo de los portales,


junto al Callejón del Chorro,
no forman nutrido corro
las mulatas con sus chales,
y cuerpos monumentales
comprándole baratijas
a Claudio, para sus hijas;
ni de madrugada cruza

51
«el carro de la lechuza»
o el lechero y sus botijas.

Con su bata airosa y ancha


ya nunca Rosa «La China»
deja el solar de la esquina
y la batea y la plancha,
y «sandunguera» se engancha
del brazo de un señorón,
envolviendo en el mantón
su cuerpo de sabrosura,
para darle a la cintura
en los bailes de Tacón.

En otras décimas, el poeta siente nostalgia de que no se vea


«ni una criolla en volanta», que «va, en Carnaval, a mostrarle /
su gracia al Campo de Marte / y a la Calzada de Infanta»; re-
cuerda en otra el Arco de Belén, y el parque Luz Caballero;
aqui las niñas jugaban «papiriquén» y «la lunita», donde ya, «ni
un guardia dicharachero / le faja a una galleguita». Se duele
de que ya nadie acuda «a la retreta» del Malecón y de que «no
existe ya la Glorieta» de La Punta; echa de menos «aquel Ayer
tan sonoro, / con tantas leyendas de oro: / San Francisco y la
Alameda / de Paula, apenas nos queda / de tan valioso tesoro»,
para rematar con estas dos décimas —no las más afortunadas—,
luego de evocar numerosos pregones:

En la tarde tropical,
San Cristóbal de La Habana,
¡qué mal suena la campana
de tu vieja Catedral!
¿La habrán refundido mal,
o el tiempo apagó sus sones?
Ni siquiera los pregones
se escuchan: La Habana Vieja
rápidamente se aleja
con todas sus tradiciones.

52
¡Vieja Habana en que nací:
cúmulo de evocaciones
de mi niñez! ¡Callejones,
muelles, parques que corrí!
Cada rincón para mí
simboliza algún momento;
y en las piedras de un convento
derruido, creo que pierdo
con pedazos de recuerdo,
jirones de sentimiento.

Serafina Núñez (1913), nombre de excepción en la poesía


cubana, ha conservado florecido su jardín lírico, tan pródigo
de luz y de calor. Lo demuestra este hermoso poema a su ciu-
dad natal, de un libro inédito. Imágenes brillantes, luminosas,
le inspira la visión de y la devoción a La Habana, para gozo de
cuantos amamos la ciudad y percibimos su poesía, en lo evi-
dente y en lo recóndito de su presencia.

PALABRAS A MI CIUDAD

¡Ay mi amada ciudad de perros tristes


y de muchachas con olor a sueño!
Por tus brisas de eternas mansedumbres
pasean los recuerdos,
como dormidos pájaros que al alba
retoman ya su vuelo, y las pupilas
con su gesto de entonces,
de estar vivos...
—Fragmentados espejos— tu belleza
se posa acariciante en nuestros hombros,
paloma de inocentes enigmas fulgurantes.
El amor va quemando tus presencias,
Sulamita del Mar de las Antillas,
cervatilla de lánguidas dulzuras,

53
dulcísima señora, lumbre mía,
repartida en luciérnagas de gozo, de fiebres y de lágrimas...
No domino tu luz que es amenaza y es deleite,
tu luz de paravanes lentos,
de tiempos con cadencia de olas tiernas;
tu deseada luz que nos absorbe y nos consagra
como diosa a sus seres elegidos.
Por encontrar tu original efigie en algún camafeo sorprendente,
los pozos de tu alma
en tus calles, en tus laberintos,
bajo la piel del transeúnte impávido
circulando entre nieblas y costumbres,
apenas de su angustia penetrado,
ofreciera feliz a mis estrellas
pasaje al infinito.
—Islas de oros abismales—
tus crepúsculos,
de cielos perezosos en cambiantes rojos de realeza,
soñolientas violetas, grises evasivos,
nos abren sus alcázares secretos
en eterno esfumarse, quedarse, regresar
a su sitio de tardes.
Regalan a la vida, sin cansancio,
sus muertes y el prodigio.
Eres tú, mi ciudad, rosa velada,
enervante paisaje de nenúfares en el ojo del aire detenido.

El misterio de La Habana, como se sabe, también le fue reve-


lado al mago de la Calzada de Jesús del Monte. Es un ágil bo-
ceto trazado por Eliseo Diego, magistral como suyo, por su fuerza
de evocación:

Calle de Mercaderes y de Oficios,


de Soledad y de la Peña Pobre,
del Pequeño Universo y la Quimera,
del dios Neptuno y del Arcángel;
Puertas del Sol o de la Tierra,
nombres en que respira la ciudad oscura

54
eternamente igual, distinta siempre.
La ciudad contra el frío, cara al Tiempo.

Los poetas cubanos del siglo XIX invocaron con mucha fre-
cuencia las aguas del río Almendares para referirse a la ciudad
de La Habana. Entre los del siglo XX no se siguió esa tradición,
salvo escasísimas excepciones. Una, Dulce María Loynaz (1902-
1997), quien en su poema «Al Almendares»7 le rindió delicado
tributo a su ciudad natal:

Este río de nombre musical


llega a mi corazón por un camino
de arterias tibias y temblor de diástoles...

Él no tiene horizontes de Amazonas


ni misterio de Nilos, pero acaso
ninguno le mejore el cielo limpio
ni la finura de su pie y su talle.

Suelto en la tierra azul... Con las estrellas


pastando en los potreros de la Noche...
¡Qué verde luz de los cocuyos hiende
y qué ondular de los cañaverales!

O bajo el sol pulposo de las siestas,


amodorrado entre los juncos gráciles,
se lame los jacintos de la orilla
y se cuaja en almíbares de oro...
¡Un vuelo de sinsontes encendidos
le traza el dulce nombre de Almendares!

Su color, entre pálido y moreno.


—Color de las mujeres tropicales...
Su rumbo entre ligero y entre lánguido...
Rumbo de libre pájaro en el aire.

Le bebe al campo el sol de madrugada,


le ciñe a la ciudad brazo de amante.

55
¡Cómo se yergue en la espiral de vientos
del cubano ciclón!... Cómo se dobla
bajo la curva de los Puentes Grandes!

Yo no diré qué mano me lo arranca,


ni de qué piedra de mi pecho nace:
Yo no diré que él sea el más hermoso...
¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!

Otro poeta de promoción más reciente, Antón Arrufat (1935),8


también ha sido atraído por la magia de esas aguas sagradas
de la ciudad, cuya limpidez de antaño está en vías de ser resca-
tada. Con mirada y tono distintos, hace ofrenda de su devoción
con el viejo río, «el mismo que cantó José Victoriano Betancourt»
y cantaron otros vates de generaciones anteriores:

DEL ALMENDARES

Porque es mi alma y el cuerpo


de mi alma,
río que repartes la noche en las casas
y él descubre de pronto el otro cuerpo
oscuro, como si una mano de sombra
lo tocase entre su amor y las sábanas.
Ah, pero yo estoy solo, vigilándote.
No es para mí esa parte de la sombra.
Las patanas aúllan con sus luces, brazos
de hierro oxidado, fluyes
y golpeo en las puertas y los corazones
están en silencio.
Escombros, árboles que tiemblan,
mendigos que se mojan los pies, recuerdos...
No he dormido escuchando los ecos, palpando
el horror en las orillas, buscando las vidas
que remueven en tu fondo esos brazos de hierro.
Eres el mismo que cantó José Victoriano,

56
tus aguas lavaron a los obispos,
a los conquistadores y a mi madre muerta.
En ti hay algo de todos los ríos, unes
las vidas distintas de los hombres;
podrías llamarte el Amazonas, el Nilo, el Cauto.
Todas las aguas son tus aguas,
las cosas una sola
y nosotros.

Notas
1
Rubén Martínez Villena. Poesía y prosa. La Habana, Instituto Cubano del
Libro, 1978, t. I, p. 113. (Colección Letras Cubanas.)
2
Social. La Habana, septiembre, 1926, pp. 16 y 97.
3
Ibid., La Habana, mayo, 1930.
4
Orto, Manzanillo, agosto, 1931.
5
Nicolás Guillén. Obra poética. La Habana, Instituto Cubano del Libro,
1972, t. I, p. 252. (Colección Letras Cubanas.)
6
Ibid., p. 255.
7
Dulce María Loynaz. Poesías escogidas. La Habana, Editorial Letras Cu-
banas, 1984, p. 71.
8
Antón Arrufat. La generación de los años 50. Antología poética. La Ha-
bana, Editorial Letras Cubanas, 1984, p. 430.

57
X
E n la Calzada
deJesúsdelMonte
A sí, lenta, continuadamente, la ciudad ha ido revelándose
en su profunda poesía, a propios y extraños, en su conjunto y
en sus detalles, en su unidad y en su diversidad, en rasgos
huidizos y en imágenes que desafían el tiempo. Es siempre la
misma y sin embargo distinta, y antigua y moderna, frívola y
severa, cambiante como el día e inmóvil como las rocas en
que se asienta.
Los barrios, las calles, las avenidas, las esquinas, las plazas,
reservan su secreta magia para quienes logren trascender los
límites de lo cotidiano, las barreras de la costumbre y la vulga-
ridad, y descubran la sustancia poética de su medio habitual
como parte de sí mismos. Una de esas ocasiones excepciona-
les de consubstanciación poética con su más cercana cir-
cunstancia, se da en Eliseo Diego (1920-1994) en su libro En
la Calzada de Jesús del Monte (1949),1 considerado justamente
uno de los momentos más altos de la poesía cubana contem-
poránea.
La Calzada de Jesús del Monte, como se sabe, es una de las
más importantes vías de la ciudad. Debe su denominación
—según el historiador Emilio Roig de Leuchsenring2— «a la
ermita, luego parroquia, de ese nombre, situada sobre una emi-
nencia, a la vera de dicha calzada, en lo que era primitivamen-
te un caserío separado de la ciudad». Se inicia en la llamada

61
Esquina de Tejas, donde termina la Calzada de Infanta y conflu-
yen las de Monte y del Cerro.
La Calzada de Jesús del Monte es muy extensa y en sus
extremos, «a la altura del llamado Barrio Azul, se bifurca con
los ramales que conducen a Managua y a Bejucal». 3 Actual-
mente su nombre oficial es Calzada de Diez de Octubre, y
comunica con la ciudad los populosos barrios del sur: Víbora,
Santos Suárez, Lawton, parte de Luyanó, Los Pinos, Arroyo
Naranjo, etcétera.
No hay dudas de que se trata de una avenida de mucha per-
sonalidad propia, por su caprichoso trazado, serpeante y
en ascenso y descenso; por la abigarrada arquitectura de las
casas que la escoltan —donde predominan columnas y porta-
les—, sus establecimientos comerciales y el profuso y continuo
tránsito de vehículos y de transeúntes.
Desde su infancia, Eliseo Diego se familiarizó con la Calzada,
ese camino de todos y de todos los días, de tan peculiares carac-
terísticas urbanas, que fue creciendo lentamente en su sensibili-
dad hasta brotar en sus versos, no con ímpetu de catarata, sino
con sosiego de manantial, en tono de confidencia. La ciudad se
le revela líricamente en una de sus manifestaciones más vitales,
pero como algo propio, que forma parte integrante de su ser, de
su existencia diaria. Un breve poema en prosa lo explica:
Por la Calzada de Jesús del Monte transcurrió mi infancia, de
la tiniebla húmeda que era el vientre de mi campo al gran
cráneo ahumado de alucinaciones que es la ciudad. Por la
Calzada de Jesús del Monte, por esta vena de piedras he
ascendido, ciego de realidad entrañable, hasta que me co-
gió el torbellino endemoniado de ficciones y la ciudad ima-
ginó los incesantes fantasmas que me esconden. Pero ahora
retorna la circulación de la sangre y me vuelvo del cerebro a
la entraña, que es donde sucede la muerte, puesto que lo
que abruma en ella es lo que pesa. Y a medida que me vuel-
vo más real el soplo del pánico me purifica.

Y sin embargo, aún tiene tiempo la Calzada de Jesús del


Monte para enseñarme el reverso claro de la muerte, la ex-
traña conciliación de los días de la semana con la eternidad.

62
En el orbe tumultuoso si bien estático de sus velorios, me-
tido en el oro de su pompa, allí se abren por primera vez mis
ojos; de allí me vuelvo al origen.
Ya en «El primer discurso» del libro, queda estampada en toda
su intensa intimidad la «vena de piedras» recorrida:

En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte


donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo
cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,

y ya voy figurándome que soy algún portón insomne


que fijamente mira el ruido suave de las sombras
alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.

Cuánto abruma mi suerte, que barajan mis días estos dedos


de piedra
en el rincón oculto que orea de prisa la nostalgia
como un soplo que nombra el espacio dichoso de la fiesta.

Al centro de la noche, centro también de la provincia,


he sentido los astros como espuma de oro deshacerse
si en el silencio delgado penetraba.

Redondas naves despaciosas lanudas de celestes algas


daban ganas de irse por la bahía en sosiego
más allá de las finas rompientes estrelladas.

Y en la ciudad las casas eran altas murallas para que


las tinieblas quiebren,
¡oh el hervor callado de la luna que sitia las tapias blancas
y el ruido de las aguas que hacia el origen se apresuran!,
y daban miedo las tablas frágiles del sueño lamidas
por la noche vasta.
Mas en los días el vuelo desgarrador de la paloma
embriagaba mis ojos con la gracia cruel de las distancias.

Cómo pesa mi nombre, qué maciza paciencia para jugar sus días

63
en esta isla pequeña rodeada por Dios en todas partes,
canto del mar y canto irrestañable de los astros.

Calzada, reino, sueño mío, de veras tú me comprendes


cuando la demasiada luz forma nuevas paredes con el polvo
y mi costumbre me abruma y en ti ciego me descanso.

«Y la Calzada de Jesús del Monte —recuerda el poeta más


adelante— estaba hecha, aquel día cuando ascendí, por la
contemplación de la miseria, a ver la pobreza de mi lugar na-
ciendo; estaba hecha de tres materias diferentes: la piedra de
sus columnas, la penumbra del Paso de Agua Dulce y el polvo
que acumulaban sus portales.»
El yo lírico no se conforma con percibir las señales del con-
junto e indaga sobre la composición concreta de sus visiones,
sobre las diversas partes de ese pedazo de su ciudad que lo
envuelve como en un círculo mágico.

LAS COLUMNAS

En procesión muy lenta figuran las columnas el reposo


cuando cernidas sus semejanzas hallo
la permanencia real de la mañana.
Como el rostro de Dios pacífico resplandece pétreo el río
cuando ceñido por el instante trémulo
es la eternidad quien a sí misma contempla.
Semejantes al Padre Nuestro
cuyas palabras están contadas pero de pronto no pasará
ya nunca
sus columnas sostienen cuán poderosamente
la combada techumbre del día jueves
y en tal espacio se detuvo mi sangre
y un pánico tranquilo soplaba por las venas
en misteriosas mañanas de Domingo
por la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte.
Las hogueras nevadas en figura de torres

64
han extinguido la danza de las hojas
pero qué suave alabanza si abriesen la portada
sería la redonda meditación de las lomas
que contemplan los viajes y la desesperanza de mi puerto
para el dulce tamaño de la vida que miden estas lejanías.

Después de percibir el desnudo lenguaje de las columnas, el


poeta sigue el prolongado curso de la Calzada para detenerse
en el Paso de Agua Dulce, avenida transversal, que debe su
nombre a un arroyo que allí existió en lejana época. Es un pun-
to de referencia de todo habanero, que posee para Eliseo Diego
gran poder de evocación:

EL PASO DE AGUA DULCE

A veces en el Paso crepuscular de Agua Dulce ha despertado


(donde nunca las aguas están de sus cuerpos presentes)
aquel olor anciano a medicinas escarchadas
sobre madera tibia transformando la tierra
en estancia perfecta cuya penumbra mora en los sentidos,
y era detrás de las persianas y lejos
que tales aguas su claridad me proponían.

Y otras veces el Paso me deslumbró en su estricta intemperie


como aquel otro paso donde cegaron el caballo
de Blas González el Viejo cuando metió los cascos en la nada.

Quedábame vacío, uno por uno perdiendo mis recuerdos


como el vaso raído en la mesa de los pobres
y aquella luz no era la familiar de mis atardecidas
siendo, como lo era, el corazón mismo del día.

En demorado paseo el risueño café gallardo siempre


nostálgico miraba la estación primera de la noche,
a donde llegan esparciendo sus nieblas temblorosas
los trenes roncos en formidable plante,

65
humosos y especiales, llenos de miedos y de mentiras grandes,
poblados de penumbras, solemnes, y difuntas tardes.

Cruce de sol y pena, el campo, los caminos


y el sabor de la vida en mi lengua fantástica,
oscurecido mi nombre bajo las cejas cerradas,
que bien anochecían las aguas dulces en el filoso cauce,
sombra de aguas sola entre sombras cegadas.

Porque de cierto un arroyuelo muy profundo pasaba


entre las casas blancas, las tapias, las dolidas tejas,
porque de cierto es muchas veces peligroso
el cruce tan humilde, el ceniciento
Paso de nuestras Aguas Dulces, el siempre atardecido.

Allí hubo una pequeña estación del ferrocarril urbano, y los


recuerdos del arroyuelo de antaño se hacen leyendas para las
generaciones de habaneros que no llegaron a conocer esos
detalles borrados por el progreso.
En su plenitud poética se ofrecen los portales de la Calzada
de Jesús del Monte, y ellos se expresan también a nombre de
los demás portales de otras calzadas de la ciudad, aunque los
de aquélla conserven los peculiares matices que les descubrió
el poeta:

LOS PORTALES

Entre la tarde caldeados, desiertos fijamente, a solas


esparcían su ociosa figuración de la penumbra
los portales profundos, que nunca fueron el umbral
venturoso de la siesta,
la que rocía con dedos suaves los sonidos y ahonda
las estancias,
sino que arden hacia dentro como los ojos blancos de
los ángeles
en sus nichos de piedra que la lluvia rural va desgastando.

66
También la lluvia los oprime, también roe sus columnas
como vejez la lluvia
rodando sordamente por los aleros, son del tiempo, vasta
como el canto.
Y el sol, el rojo sol como garganta que un alarido raspa.
Es allí que alterna la majestad sombría de las bestias ocultas
en el húmedo patio
con la redonda gracia del almacén ungido por el sabroso humo
y el alimento espeso de la luz.
Melancólicamente las ventanas dormidas añoran la provincia,
las memorables fiestas de la brisa y el mundo,
en tanto las barandas de hierro, carcomidas por el aciago
fervor del polvo lento,
entre los aires tuercen alucinantes sueños y esperanzas.
También el aire, su demencia tranquila los recorre.
Y acumulaban polvo, eran lujosos en polvo como
los majestuosos pobres
cuando pasean los caminos cubriéndose de polvo desde
los anchos pechos
como si el polvo de la Creación fuese la ropa familiar
de un hombre,
con parecida simplicidad temible colmábanse los portales
de aquel polvo tan hondo, tan espeso, alucinante, agobio
de los ojos,
desde la fuente de Agua Dulce al nacimiento sombrío
del silencio.
Es allí que alterna la vejez de las tablas oscurecidas
blandamente
con la piedra rugosa, nevada y pontificia que coronan
las nubes con su purpúrea hiedra,
y el tumultuoso viento henchido de voces como
río que surca el escándalo bermejo de los peces.
La piel áspera y tensa del polvo nunca supo el alivio del árbol
ni la grácil ternura de las danzantes hierbas.
Corredores profundos atraviesan la tarde con un fervor
de soledad demente.
Ah de las puertas petrificadas bajo la canosa locura de su
nieve

67
cuando la brisa solitaria canta y las criollas tablas dulcísimas
y pobres se contestan.
Y aquel oro era tan suave, que ilumina el arrugado rostro
de los muros
como un fuego lejano que dibuja en el cristal las amorosas
nuevas del pan y la familia,
su pensamiento secreto nos ofrece como el oculto corazón
de Dios.

En su moroso y amoroso recorrido, no podía olvidar a otro


personaje4 importante de la Calzada de Jesús del Monte: la vie-
ja iglesia, empotrada en un promontorio que es apoyado desde
la Calzada por un espeso muro:

LA IGLESIA

Sobre la desolada perfección de lo pétreo


sin caridad elevan una muralla que no conoce término
para que la costumbre dulcemente bestial
que dimos al cansancio se rompa por la cuesta
con la sentencia insobornable de la cuesta
que deberán subir los ojos ensombrecidos por el macizo fuego
en penitencia del espíritu
que deberá cansarse cuando se cansa nuestro cuerpo.
Pero sobre los lomos de la roca que nadie
supo quién hizo por piedad gigantesca
como sobre la mano cuidadosa de nuestro padre
santificada por la noche púrpurea de los magos
hay una iglesia, unos álamos, unos bancos muy viejos
y una penumbra bondadosa que siempre
se ha prestado grave a los recuerdos.

En ese mundo agitado de la Calzada, los mayores vehículos


del transporte citadino —el ómnibus, el tranvía ya desapareci-
do— se le presentan como fabulosas especies de una fauna
especial:

68
El ómnibus oscuro y el tranvía
con su dorada magia polvorienta
vienen mugiendo por la tarde lenta
como en salvaje fiesta y viejo día.

Crujidores y espesos y a porfía


van devorando las horas cenicientas.
El ómnibus oscuro representa
qué vaga bestia, y el capaz tranvía

es como un buey cuya increíble forma


van reduciendo a sigilosa norma
la bendita costumbre y la pobreza,

y que al caer la noche y el descanso


lo va ilustrando como un fuego manso
qué servicial y mágica belleza.

Otra estación famosa de la extensa y sinuosa Calzada, es la


Esquina de Toyo, frente a la que comienza, como cortada a
cuchillo, la Calzada de Luyanó, afluente de la de Jesús del
Monte, que a su vez recibe la poderosa corriente de tránsito
que baja desde los barrios extremos de Arroyo Apolo y Arroyo
Naranjo y de villas cercanas como Santiago de las Vegas. Eliseo
Diego describe con visión de pintor cubista esa habanerísima
esquina:

EN LA ESQUINA

Desde lejos venían y se han cogido del brazo como libertadores


gigantescos
y prosiguen su marcha entre las casas que los miran azoradas
(vestidas de colores distintos, rojas unas, otras añiles,
una envidiosamente amarilla, violetas las más o pálidas)
Luyanó y Jesús del Monte resplandecieron sus torsos como
si fuesen dos ríos jóvenes crueles de transparencia y ruido,

69
el más pequeño cubierto del rocío dorado en las albas
a la intemperie de la isla
pero el otro con sombras aún en los ojos, sombras de los
recodos más que remotos de la provincia, sombras
del rincón de Apolo o de Santiago el de las Vegas.
donde los cielos son la fronda de un gran álamo o
framboyán que los cobija,
[...]

Las calzadas aparecen como libertadores ciclópeos —liberan


y encauzan el impulso vital de la urbe— que pasean tomados del
brazo bajo la mirada de azoro de las casas, que son como mu-
chachas de polícroma indumentaria. Poesía viva de la ciudad
que culmina espléndidamente en el canto final del poema:

Oigamos, calle mía, el golpe de tu abrazo fuerte,


mi sueño y la memoria, el corazón y la pobreza.

Las casas han reunido sus armoniosas pesadumbres


olvidando severas la tentación de las distancias,
finísimos brocados de la nostalgia y de la muerte,

mas a mi paso nombran atardecidos los tesoros


que les diera la infancia, con lentitud de monjes,
los portales, las manos rezadoras y sabias
cuyas cuentas de vivo coral los caminantes somos,

y por mis hombros crujen las libreas espléndidas,


añiles y escarlatas, de las vidrieras áureas,
las armas, las materias de mi baraja de semanas.

Siento ahora la lluvia lenta por mi rostro


como el llanto de un extraño a quien bendigo,
y entre las fibras del corazón, como la noche,
siento latir el tiempo de la madera.

Y mis antiguos gestos escucho ciegamente


que las tranquilas verjas de cada tarde cimbran,

70
en las campanas halla la lengua que la forma
esta indecible gravedad de mi gozo.

Las albas ciñen los agobiantes huesos míos,


viento y tiniebla son el resuello de mi boca,
el paso de los sueños estremece las tablas de mi rostro,
su estruendo, rojo tumulto de incesantes máscaras.
Sagrado imperio la sangre nuestra del sonido,
qué lejanía basta para saberlo cántico,
ni qué ocio profundo como las manos anchas
que cruza Dios sobre su pecho en calma.

Notas
1
Eliseo Diego. En la Calzada de Jesús del Monte. La Habana, Ediciones
Orígenes, 1949. (Hay una edición facsimilar de Ediciones Unión, 1987,
en el cuadragésimo aniversario de haber sido escrito el poema.)
2
Emilio Roig de Leuchsenring. La Habana. Apuntes históricos. 2da. ed.,
t. II, Editora del Consejo Nacional de Cultura, Oficina del Historiador de
la Ciudad de La Habana, 1963.
3
Ibid.
4
Otros personajes de la Calzada que el poeta incluye en su repertorio
poético son tipos populares anónimos: «El jugador», «El pobre», «El co-
merciante», etcétera.

71
XI
C
iudad de las columnas
ydelosorígenes
U no de los escritores cubanos que ha demostrado en su
obra literaria la mayor devoción por su ciudad natal, es Alejo
Carpentier (1904-1980). En su crónica «La Habana, ciudad sin
germinar. El amor a la ciudad» (1940),1 confiesa que es la ciu-
dad «que amo más que cualquier otra ciudad del mundo»; de
1939 es la sugestiva colección de crónicas publicadas en la
revista Carteles, que tituló «La Habana vista por un turista cuba-
no»,2 plena de deliciosos hallazgos, y en su conferencia «Sobre
La Habana (1912-1930)» evoca la ciudad de su infancia, ado-
lescencia y juventud con gracia y amor incomparables.3 Hay
otras muchas crónicas suyas donde también refiere costumbres,
hechos, lugares y tipos habaneros. En su novela El acoso, La
Habana es personaje tan importante como el protagonista, al
igual que en La consagración de la primavera.
Pero es en su ensayo La ciudad de las columnas4 donde en-
tona un bello canto a la capital cubana, al discurrir sobre deta-
lles arquitectónicos que la caracterizan. En su estilo barroco,
Carpentier comenta la profusión y el barroquismo de las co-
lumnas que predominan en la arquitectura habanera, y aun-
que las modernas tendencias de construcción han prescindido
de ellas, es indudable que no han perdido vigencia las agudas
consideraciones de aquel ensayo, donde abundan párrafos que
parecen estrofas de un poema a La Habana. No nos resistimos a
reproducir algunos fragmentos en esta compilación:

75
...Al principio fue el alarife. Pero las casas empezaron a cre-
cer, mansiones mayores cerraron el trazado de las plazas, y
la columna —que no era ya el mero horcón de los conquista-
dores— apareció en la urbe. Pero era una columna interior,
grácilmente nacida en patios umbrosos, guarnecidos de ve-
getaciones, donde el tronco de palmera —véase cuán
elocuentemente queda ilustrada la imagen en el soberbio
patio del convento de San Francisco— convivió con el fuste
dórico. En un principio, en casas de sólida traza, un tanto
toscas en su aspecto exterior, como la que se encuentra fren-
te a la Catedral de La Habana, pareció la columna cosa de
refinamiento íntimo, destinada a sostener las arcadas de so-
portales interiores. Y era lógico que así fuera —salvo en lo
que se refería a la misma Plaza de la Catedral, a la Plaza
Vieja, a la plaza donde se alzaban los edificios destinados a
la administración de la isla— en ciudad cuyas calles eran
tenidas en voluntaria angostura, propiciadora de sombras,
donde ni los crepúsculos ni los amaneceres enceguecían a
los transeúntes, arrojándoles demasiado sol en la cara. Así,
en muchos viejos palacios habaneros, en algunas ricas man-
siones que aún han conservado su traza original, la columna
es elemento de decoración interior, lujo y adorno, antes de
los días del siglo XIX, en que la columna se arrojara a la calle
y creara —aun en días de decadencia arquitectónica evi-
dente— una de las más singulares constantes del estilo ha-
banero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad
que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata
infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía, co-
lumnas que, por lo demás, al haber salido de los patios origi-
nales, han ido trazando una historia de la decadencia de la
columna a través de las edades. [...]
En cuanto a los millares de columnas que modulan [...] en
el ámbito habanero, habría que buscar en su insólita prolife-
ración una expresión singular del barroquismo americano.
Cuba no es barroca como México, como Quito, como Lima.
[...] Cuba no llegó a propiciar un barroquismo válido en la
talla, la imagen o la edificación. Pero Cuba, por suerte, fue
mestiza —como México o el Alto Perú. Y, como todo mestiza-
je, por proceso de simbiosis, de adición, de mezcla, engen-

76
dra un barroquismo, el barroquismo cubano consistió en
acumular, coleccionar, multiplicar, columnas y columnatas en
tal demasía de dóricos y de corintios, de jónicos y de com-
puestos, que acabó el transeúnte por olvidar que vivía entre
columnas, que era acompañado por columnas, era vigilado
por columnas que le medían el tranco y lo protegían del sol
y de la lluvia, y hasta que era velado por columnas en las
noches de sus sueños. La multiplicación de las columnas fue
la resultante de un espíritu barroco que no se manifestó
—salvo excepciones— en el atirabuzonamiento de pilastras
salomónicas vestidas de enredaderas doradas, sombreadoras
de sacras hornacinas. Espíritu barroco, legítimamente anti-
llano, mestizo de cuanto se transculturizó en estas islas del
Mediterráneo americano. [...]
No sólo las columnas inspiran el canto de Carpentier. Estimu-
lado por las fotografías de Paolo Gasparini, se detiene en las
rejas de las casas habaneras, uno de los motivos de orgullo del
ornato de la capital:
Decíamos que La Habana es ciudad que posee columnas en
número tal que ninguna población del continente, en eso,
podría aventajarla. Pero también tendríamos que hacer un
inmenso recuento de rejas, un inacabable catálogo de los
hierros, para definir del todo los barroquismos siempre im-
plícitos, presentes, en la urbe cubana. [...] ...la reja blanca,
enrevesada, casi vegetal por la abundancia y los enredos de
sus cintas de metal, con dibujos de liras, de flores, de vasos
vagamente romanos, en medio de infinitas volutas que
enmarcan, por lo general, las letras del nombre de mujer
dado a la villa por ella señoreada, o una fecha, una historicista
sucesión de cifras, que es frecuentemente —en el Vedado—
de algún año de los 70, aunque en algunas, se remonta la
cronología del herraje a los tiempos que coinciden con los
años iniciales de la Revolución Francesa. Es también la reja
residencial de rosetones, de colas de pavo real, de arabescos
entremezclados, o en las carnicerías prodigiosas —de la
calzada del Cerro— enormemente lujosas en este ostentar
de metales trabados, entrecruzados, enredados en sí mis-
mos, en busca de un frescor que, durante siglos, hubo de
solicitarse a las brisas y terrales. Y es también la reja severa,
apenas ornamentada, que se encaja en la fachada de ma-

77
dera de alguna cuartería, o es la que pretende singularizar-
se por una gótica estampa, adornarse de floreos nunca vis-
tos, o derivar hacia un estilo sorprendentemente sulpiciano.
[...] ...lo peculiar es que esa reja sabe enderezarse en todos
los peldaños de la escala arquitectónico-social (palacio,
cuartería, residencia, solar, covacha) sin perder una gracia
que le es propia, y que puede manifestarse de modo inespe-
rado, en la sola voluta de forja que cierra el rastrillo de una
puerta de pobrísima y despintada tabla.
Especial interés dedica Carpentier a un curioso derivado de
la reja, el guardavecinos, detalle muy peculiar de la arquitectu-
ra en La Habana:
Cuando, con este siglo, empezaron a crecer balcones en las
fachadas —obsérvese que en las viejas mansiones colonia-
les los balcones, por lo general, son escasos y exiguos, salvo
en las que lo tienen de sobradillo y balaustrada de made-
ra— enlazándose, en proceso de continuidad de una esqui-
na a otra, aparecieron esos elementos inseparables de la
rejería cubana que son los guardavecinos, puestos para des-
lindar las porciones del aéreo mundo destinado a los altos
municipales de éste o aquél. El guardavecinos fue como una
frontera decorativa puesta en el límite de una casa, o, en
todo caso, de un piso, repitiéndose en él —multiplicándose,
por lo tanto— toda la temática decorativa que ya había naci-
do en las rejas puestas al nivel de las calles, aupándose, ele-
vándose, con ello, el barroquismo de los elementos
arquitectónicos acumulados por la ciudad criolla al nivel de
la calle. Nacieron allí, en lo alto, nuevas liras, nuevas claves
de sol, nuevos rosetones, remozándose un arte de la forja
que estaba en peligro de desaparecer con los últimos
portafaroles [...]
En fin, en este brillante recuento de las peculiaridades arqui-
tectónicas de La Habana, no podía faltar un detalle pleno de
claridad y colorido como es el medio punto. También hay vibra-
ción poética en la prosa de Carpentier, al describirlo:
El medio punto cubano —enorme abanico de cristales abierto
sobre la puerta interior, el patio, el vestíbulo, de casas
acostilladas de persianas, y solamente presentado con ilumi-

78
nación interna, palaciega, en las ventanas señeras de edifica-
ciones de mucho empaque— es el brise-soleil inteligente y
plástico que inventaron los alarifes coloniales de Cuba, por
seguro razonamiento, mucho antes de que ciertos problemas
relacionados con la luz y la penetración de la luz preocupa-
ran, en Río de Janeiro, a un famoso arquitecto francés. Pero
cabe señalar aquí, de paso, que el brise-soleil de Le Corbusier
no colabora con el sol, quiebra el sol, rompe el sol, aliena el
sol, cuando el sol es, en nuestras latitudes, una presencia sun-
tuosa, a menudo molesta y tiránica, desde luego, pero que ha
de tolerarse en plano de entendimiento mutuo, tratando de
acomodarse con él, de domesticarlo en cuanto sea posible.
Pero, para entablar un diálogo con el sol, hay que brindarle
los espejuelos adecuados. Espejuelos que sirvan al sol para
ser más clemente con los hombres. De ahí que el medio punto
cubano haya sido el intérprete entre el sol y el hombre —el
Discurso del Método en plano de inteligibilidad recíproca. Si
el sol estaba presente, tan presente que a las diez de la maña-
na su realidad se hacía harto deslumbrante para las mujeres
de la casa, había que modificar, atenuar, repartir, sus fulgores:
había que instalar, en la casa, un enorme abanico de cristales
que quebraran los impulsos fulgentes, pasando lo demasiado
amarillo, lo demasiado áureo, del incendio sideral a un azul
profundo, un verde de agua, un anaranjado clemente, un rojo
de granadina, un blanco opalescente, que diesen sosiego al
ser acosado por tanto sol y resol de sol. Crecieron las mampa-
ras cubanas. Se abrieron, en su remate, los abanicos de cris-
tales y supo el sol que, para entrar en las viejas mansiones
—nuevas entonces— había que empezar por tratar con la
aduana de los medios puntos. Ahí estaban los almojarifazgos
de la luz. Ahí se pagaban, en atenuaciones, los derechos de
alcabala de lo solar.
Para Carpentier, los medios puntos habaneros «explican, por
su presencia a la vez añeja y activa, ciertas características de la
pintura cubana contemporánea. La luz, en los cuadros que esa
pintura representa, las vierte de adentro. Es decir: de fuera. Del
sol colocado detrás de la tela. Puesto atrás del caballete».
Si Carpentier ha hecho aflorar así, en su ágil prosa, rasgos
de la poesía de su ciudad natal, otro escritor habanero de no
menor dimensión universal, José Lezama Lima (1910-1976), tam-

79
bién la ha reflejado en su escritura con pareja devoción y con
otro matiz del barroco cubano. No sólo alienta La Habana en su
novela Paradiso y en crónicas y ensayos. Entre sus primeras com-
posiciones, que no publicó en libro, se ha encontrado la que él
tituló «Nacimiento de La Habana»,5 de 1932, que puede consi-
derarse un airoso madrigal dedicado a la ciudad, en su habi-
tual estilo abstracto:

¡Qué aire!
Camino de las playas, el aire
ciego.
¡Qué aire!
¡Pues mira qué aire!
Puñales, surtidores y tres llaves de oro
en el aire.
Pulseras, jacintos de torso acribillado,
de torsos embistiendo las estatuas
y de toros nadando por las fuentes
y por el halago del aire.
¡Pero mira qué aire!
¡Míralo. Enciérralo.
Discúlpalo!
Que el aire pesa como plata
hacia arriba.
Como brazos de nieve
hacia arriba.
Oye la nieve. Chupa el aire.
Avispa en una botella bajo el agua.
El aire bajo el agua.
Sobre el agua las estrellas
y el aire.
El aire ciego colocando su lengua
en el mármol.
Los peces ciegos.
Como peces y agujas en el aire.
El aire ciego.
¡Qué aire!
¡Pero mira qué aire,

80
con sus dedos y peces
y sus arpas dobladas!
El aire mirándolo clavado,
chillando en todos los ojos.
Sin que nadie coloque,
entre el campo y el aire,
el aire intacto sin colores.
Ahora sí que todos estamos comprometidos
con el aire.
Mira qué aire y aire liso.
Aire de pedernal.
Aterido recuerdo en el aire sin frente.
Olas de siesta acampan
inexorables en el aire.
Ya para siempre, silencio,
pájaros amarillos bajo el agua,
silencio, grises pájaros recuerdan
el aire.

Al igual que en Eliseo Diego, en Lezama nos llega la ciudad


como en espíritu, un espíritu fundido al del poeta, y decantado
en el crisol de la creación lírica.
«Bahía de La Habana»6 tituló Lezama otro poema de la mis-
ma época que el anterior, y en él ya aparece más definido el
sugerente estilo que caracteriza su poesía, donde la realidad
se traduce en sensaciones que se transforman en sucesivas y
caudalosas imágenes. El poeta no describe el paisaje, sino que
ante él deja desbordar su fabulosa fantasía, para entregárnoslo
en la forma alegórica e inasible de su original y hermético siste-
ma creador:

BAHÍA DE LA HABANA

Es el secreto poner dos dedos en la bola de cristal,


sortijas que se derriten

81
aplastadas por los automóviles o por la espuma
que aquí pesa porque es el único granizo,
las estatuas de humo
se enrollan como alfombras.
La ordenación que aquí se pide clasificación impensada,
hacen escuadras los delfines,
las pamelas tropiezan en las puertas del cine,
y los cisnes se han esclavizado voluntariamente para ofrecer
un simulacro de espera.
Solimán piensa en la sombrilla japonesa abandonada
en una planicie,
pero el chopo se abría en un sombrero o en jardín,
y el sabio hacía un saludo con una gran mampara blanca.

II

La costumbre se para por sentir las profecías,


el que juzga pierde, pero el que no duerme esperando nueve
meses, también pierde
y si pasan las banderas parará su máquina o seguirá
cantándole a la lotería.
Los peces de noche no dejarán pasar ningún navío,
—agujas desojadoras con sus lunas—,
y si llegaran a oprimir en las puertas cuando se acostumbran
las doncellas
a rendir peces y no a saber las horas por los encogimientos
de las arenas.
El trampolín no es eficaz ni vistoso,
el anillo se presentará para unir los sexos o para enseñar
los dientes de su redondez
y tendremos un circo ensangrentado o un día de lluvia.
Los mercaderes saben que ha de llegar la princesa agraciada.
Viva red crecida servirá de vitrina a los cuerpos,
movible colección de sellos
apartarán el reloj o el humo para sus juegos infieles.
La ordenación será el roce social.
Los automóviles han formado un anillo,

82
pero el agua que cae dentro busca una playa de muslos,
recoge con el oído la temperatura del agua.
Los timbres han sido inútiles para encontrar el cuerpo
y sus tesoros, pero una piscina azucarada ha reconstruido
los cuerpos,
cenizas grabadas de espadas,
y ya aburriéndose, perdidas
flechas con dominios por encima del lago de los suspiros
sin perspectiva, y en torno —dolor.

El revés de la sombra no el cuerpo ante el agua,


donde los siervos han creído ver un mar de petróleo,
helado jardín persiguiendo una rosa
hasta la terraza donde los turistas no quieren pagar.
Los pajes, los comunistas y los sultanes
han desfilado provocando la inclinación de las banderas
y el mes de los pendones.
El ruiseñor tiene su cuaresma,
—los cornetines han izado una muralla sin manchar
para que el flautido sea la hazaña que logra entregar su costa
no se le ve porque vive frente a las ventanas,
pero sus préstamos y cartografías
saben que las nueve musas son hijas de Nemósine y Júpiter.
Los lunares de fósforo
monstruos y cohetes,
para dentro el estallido de las salutaciones galantes,
son la vida paradojal en el derretido discurso de los cisnes.

Le habían caído todas las manos como el jamás especial


de los ríos,
cuando la luna se fija para el duelo de los periodistas,
como las abejas que recorren las estatuas
y saben que tienen que ir a un biombo.
Su juego de abstracción no será más que entregarlo todo
en una bandeja
y ya están corriendo todas sus manos como los ojos
de las cigüeñas.

83
La sombra dejará de ser ceniza y se contentará
con la tristeza del esqueleto que mira a una nube,
para ser humo le han sobrado todos los timbres de su espalda.
Ya no hay más que empezar a contar para sentir la alegría
final,
si empieza con un paseo acaba con una medicina,
preclaro pecho de bocina y de miel,
se acuesta su trabajo para el cielo,
para establecer definitivamente el campamento del cisne.

Un sacerdote poeta, que integró el grupo de Orígenes, el


presbítero Ángel Gaztelu (1914), no fue insensible al influjo
poético del puerto, con su «Romance de la bahía de La Haba-
na», que publicó en 1937 en la revista Verbum —primera que
dirigió José Lezama Lima:7

Las once en la noche. Cantan


claros canarios despiertos,
agonías de geranios
en los amarillos tiestos.
Son sirenitas del aire
componiendo en sus solfeos
reciente ausencia de nardos
sobre oscuros limoneros.
Címbalos finos de China
en los cimborios del cielo
suena concreta la hora
cortada al filo del tiempo.
Tersas gotas de campanas
en alcándaras de viento
vibran acendrados círculos
por cúpulas del silencio.
Cien rasgos estremecidos
lanzan al agua luceros:
cien culebrillas de azogue
trenzando el temblor del puerto.
Centinela en mi ventana
—en vértice el alma— velo

84
el hondo sueño del agua,
de faroles y veleros.
Por surcos de cal y esperma
—hervores y émbolos sueltos—
sale el barco taladrando
con su sirenar el viento.
Con sus roncas caracolas
anchos tritones frenéticos
rompen las flores de vidrio
de los nocturnos angélicos.
Y mientras que descendían
raudos arcángeles trémulos,
apagando los latidos
con palomitas de incienso,
sentí, al filo de sus olas,
abrirse de mi alma al centro
delgados cauces de plata
fluyendo el agua del sueño.

El puerto, la bahía... No es raro ni resulta excesivo que el


tema se repita y se prolongue en este recuento de la diversa
poesía de La Habana, porque es siempre un tema fascinante y
porque en la capital no nos cansamos de repetir la visita a esa
«parte más sensible y de mayor encanto» de la ciudad... Por eso
exhumamos de su tumba de olvido esta «estampa habanera», ya
desvaída entre las amarillentes páginas de la revista Ellas.8

EL PUERTO, O LA POESÍA DIVERSA

Abarcada amorosamente por el mar, con el constante


recado de música y espuma de sus olas lamiéndole la cos-
ta y con la vigilancia de su horizonte en la distancia azul,
La Habana es una ciudad cuyas calles corren hacia el lito-
ral como al encuentro de lo maravilloso, como secos ríos
que siguen el cauce señalado por la naturaleza, para de-
tenerse de pronto en el límite donde la luz y el aire quedan

85
flotando sobre el agua, para completar el signo de la in-
mensidad. Pero no llegan esos estrechos ríos hasta donde
comienza el mar, sin arrastrar entre sus piedras el caudal
humano que gravita hasta donde ésta tiene su parte más
sensible y su mayor porción de belleza y encanto.
Desde la residencia habanera del mar, la bahía sosega-
da, con su siembra de muelles y de embarcaciones hasta el
arenal de playas, siguiendo la blanca ruta del Malecón, se
siente la sangre de la vida urbana afluir como por su arteria
más vital, y a su más armonioso ritmo, de júbilo y de infinito.
Grandes núcleos de la población citadina se desplazan in-
variablemente, en horas de ocio o de meditación, de confi-
dencia o de solaz, hacia ese costado sinuoso de la urbe
inundada de reflejos, pródigo en oxígeno y poesía. Pero de
una poesía diversa como la viva y fluctuante del mar, o la
muerta e inmóvil de las piedras centenarias de La Cabaña.
O es el barco que traspasa la angosta boca del Morro de-
jando sabor de despedida y la nostalgia de otros horizontes,
y esa poesía de lo desconocido que se toca con cada viaje
que hacemos o vemos hacer... O es el barco que llega con
su poesía de lo imprevisto y el gusto del regreso o del en-
cuentro prometedor. O son los barcos que permanecen en
la bahía como contándose, en silencio, sus aventuras de mar
y de misterio, de tempestad y de añoranza.
Pero quizás no sea esto último lo más sugestivo de nues-
tro litoral, porque puede ser una pieza más de la poesía
común a todos los puertos. Habría que ir a aquello otro
que es propio sólo de la vida marinera de La Habana, a la
vida intensa que se desarrolla en la intimidad de la bahía,
plena de discreto pero profundo prodigio lírico. Cuando a
la ciudad le nazca el poeta de su existencia cotidiana, se
revelará entonces con más relieves la dimensión descono-
cida de esas lanchas —tranvías y guaguas marinas, como
las bautizara una niña de imaginación— que con su estela
de espumas, con el latido isócrono de sus motores, con su
travesía «de bolsillo», hacen el constante trasiego de viaje-
ros —trabajadores, turistas domésticos, fanáticos religio-
sos— entre el Muelle de Luz y Regla o entre el Muelle de

86
Caballería y Casa Blanca... Las lanchas que a los pasean-
tes domingueros con sus «fiñes» les ofrecen una especie de
«viaje de circunvalación» de la bahía que propicia la con-
templación no sólo del espectáculo impresionante de la
capital vista desde el mar, sino también ese otro espec-
táculo siempre renovado del crepúsculo habanero; el sol,
bañado de su propia púrpura, naufragando en el horizon-
te, y tiñendo con los reflejos de su agonía las nubes y las
azoteas y las olas, como un diario poema de despedida a
la ciudad.
Sin embargo, ese incesante tráfico de las lanchas que
hieren la carne del mar de una a otra orilla de la bahía ni
los barcos pesqueros que vacían sus vientres repletos so-
bre el hambre de la ciudad, ni los yates de lujo que se
balancean insolentes junto a los humildes botes de los pes-
cadores, tienen, para los que gustan de buscar la poesía
de las cosas, la esencia lírica, a fuerza de su propia humil-
dad, de los botes de remos —versión criolla de la góndola
veneciana— que prometen y reclaman desde el Muelle de
Caballería, el paseo hasta la boca del Morro, o el salto a
golpe de remo hasta Casa Blanca.
Son inconfundibles por sus colores, por sus arcos de
madera con intención de techo, y con sus nombres carac-
terísticos. Hasta que las lanchas motorizadas monopoliza-
ron el pasaje de la bahía, ellos pudieron subsistir en esos
menesteres de transporte, pero ya hoy, si no pueden com-
petir en rapidez ni en capacidad, sí compiten en sus con-
diciones intransferibles de poder propiciar un ámbito para
el instante confidencial. Por eso en las horas nocturnas son
más solicitados.
Antes hay una alusión a la góndola y a Venecia. Una
literatura erótica muy difundida ha hecho célebres los ca-
nales de la bella ciudad italiana, como escenario ideal de
los enamorados románticos, y aunque nuestra época ni
nuestro medio no son proclives al romanticismo, el canal
del puerto en ocasiones remeda a los de Venecia de cier-
tas novelas amorosas, no por la canción del «gondoliero»

87
—puesto que nuestros boteros no cantan— ni por el «puente
de los suspiros» —que habrá suspiros pero no puente—,
sino por la teoría de botes pintorescos que bogan hasta
llegar al Morro y regresan hasta el viejo muelle con parejas
que se arrullan, con parejas que quieren alejarse unos mi-
nutos de la tierra para imaginarse en breve y relativa sole-
dad, para repetirse la promesa y alentar la esperanza, la
ilusión y el furioso anhelo, el bello sueño y la impaciencia
en vigilia, sin más testigo que el mar... y el botero silencioso
y discreto que golpea el agua con lento afán, sin prisa pero
sin descanso, como para acompasar con la prisa incansa-
ble del amor que se sucede en su minúsculo territorio flo-
tante.
De noche, la bahía se puebla de luces que echa sobre
ella la iluminación eléctrica de la costa. Son caminos que
se agregan a la blanca acera que forma el reflejo lunar.
Alguna vez, cuando esa luna es de miel, riela en el agua
más radiante: quizás entonces la pareja ha de sentir más
hondamente la poesía del instante y del lugar, sobre todo
si ella jamás ha probado el sabor de la noche en el mar, ni
el breve espacio del bote en movimiento, desasida por pri-
mera vez de la residencia terrenal, estrenando una dimen-
sión física y emotiva imprevista. Mientras el anciano botero
desgranara alguna evocación ocasional, aparecería la pre-
sencia íntima, pero perdurable, del «Nocturno diferente»:9

Hay una noche limpia; la del mar y la luna.


Había un pueblo de luces en el agua tranquila,
con calles solitarias por donde, sin quererlo,
dejábamos vagar nuestra inquieta ternura.

Era una noche limpia, brillando entre las sombras.

Nos quedamos teñidos de luna y horizonte


al ritmo de los remos y la voz del botero.

Tú estrenabas tu júbilo en la noche del agua,

88
y a golpes de silencio yo apuraba tu júbilo.
(«Irnos por este enorme camino innumerable,
sin conciencia del tiempo, detrás de nuestras ansias!»)

Hasta las olas eran compañeras amables


siguiéndonos atentas con su dorada música.

Nos saludaba el aire de pura transparencia.

¡Y hubo un miedo muy grande de tu mano en el mar


y una inmensa alegría de amor en las estrellas!

Notas
1
Tiempo. La Habana, 10 de diciembre de 1940.
2
Alejo Carpentier. Conferencias. La Habana, Editorial Letras Cubanas,
1987, p. 181.
3
Ibid., p. 59.
4
Alejo Carpentier. La ciudad de las columnas. Barcelona, Editorial Lumen,
1970. Reproducida en A.C., Ensayos, Editorial Letras Cubanas, 1984,
p. 41, de donde tomamos las citas seleccionadas.
5
José Lezama Lima. Poesía completa. La Habana, Editorial Letras Cuba-
nas, 1985, p. 662.
6
Ibid., p. 651.
7
Verbum. La Habana, a. I, No. 2, jul.-ago. 1937, pp. 26-28.
8
Ángel Augier. «El puerto, o la poesía diversa». Ellas. La Habana, diciem-
bre, 1946.
9
Ángel Augier. «Nocturno diferente», en Canciones para tu historia. La
Habana, Imp. Úcar, García y Cía., 1941, p. 46.

89
XII
Tytodalapoesía
oda la ciudad
L a ciudad donde hemos nacido o ha transcurrido en ma-
yor proporción nuestra vida es parte tan íntima de ésta, que sus
calles, sus barrios, sus casas que alguna vez fueron nuestras tan-
to como suyas, no cesan de vivir en el recuerdo, sumergidos como
manantiales subterráneos que a veces fluyen a la superficie im-
pulsados por la nostalgia. Así evoca Fina García-Marruz (1923)
su casa en la habanera calle Neptuno, y el barrio, en cuatro
sonetos,1 de los que transcribimos el primero y el último:

EN NEPTUNO

La casa de Neptuno aún me guarda,


a mi difunta edad la ronda leve
guarda mi abrigo, mi cuaderno guarda
y mi oscuro paraguas cuando llueve.

Dícele al tiempo que otro rato arda


de la escalera en el descanso breve.
Ya su paso jadeante no conmueve.
¡Y el llamador allí! Cuánto se tarda.

93
Ven conmigo a cruzar, desconocido,
la calle nuestra. En la panadería
hablando todavía estoy contigo.

Verás el regresar dichoso y el


oscuro de aquel tiempo: el tranvía,
la acera, el rostro de Víctor Manuel.

¡Tranvías amarillos que al rumor


oscuro de la lenta madrugada
iban pasando! ¡Campanilla maga
del tráfico vacío en el albor!

¡Rural esquina en el urbano olor


de los comercios, las panaderías!
¡Dobles puertas de hierro descorridas
con golpe seco, gallo anunciador!

¡Bombillos encendidos todavía


que otra luz va, despierta, disolviendo!
¡Abierta llave, cucharillas frías

sonando y entreabriendo y despertando!


¡Casa de los polacos que veía
al fondo del pasillo azul temblando!

Más imágenes de La Habana de su infancia brotan desde


otra casa, la del poeta José Z. Tallet. La autora, que antes ha
evocado el rostro del pintor Víctor Manuel García, parece tra-
zar en rápidas pinceladas bosquejos fugaces de la ciudad. Son
fragmentos del poema «En casa de Tallet»:2

...tintineaban
la campanilla del tranvía, subiendo
por los comercios de Neptuno

94
y aún años más atrás; las calles
con charcos de charol y hojaldre
de la merienda, los neblinosos
cristales de la máquina lluviosa
bocetando fachadas de oscuros desniveles,
balcones bajos de copones curvos,
mágicos entresuelos,
casas que ostentan aún el año
de su construcción; me devolvían
el cuarto antiguo
el propio ser que abriga
su pobreza, como una paz dichosa
y quieta. Por la larga escalera
reclinada en la sala, por sus blancusos
escalones manchados de pintura,
daban lechada a las paredes de mi casa.
Tallet, mientras hablábamos.
Y era otra vez la luz entrada
de las diez y las once, por los barrios
del centro de La Habana. (Esa hora
es otra bien distinta en los repartos,
otra luz, otro aroma).
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

...mis diez años soplaban


las cretonas de su ventana
dando a un patio interior,
dando a un cajón de aire, ese cuadrado
desde donde se ve el piso de arriba
con las ropas colgadas
en el cordel: ventanales verdes
entonaban fragmentos de canciones,
azoteas rosadas navegando
por el cielo habanero papel china,
papalotes y tardes engolfadas
en las bahías del azul.
Usted iba mostrándonos las fotografías,
mientras veíamos entre los cascajos

95
de la playa algo hirsuta, la broma
de los portales, el muy serio
danzón en la azotea,
La Habana que inventó Carlos Miguel3
(la otra es española
o norteamericana), la del león
del Prado y la dorada
cúpula del Capitolio, la del muro
del Malecón y de la Carretera
Central (con sus pulgadas
robadas a los lados),
La Habana del Mercurio revolando
entre los rosetones y volutas
de los Centros Gallego y Asturiano,
como fachadas de teatro,
la del ala ligera, el cielo bajo,
la del tiempo que empieza
en la redacción de los periódicos
y acaba entre las mesas
de café y mármol blanco.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

También Fina García-Marruz apresó en su verso otro sitio co-


nocido de la capital, que hoy sólo es un recuerdo de la topo-
grafía urbana:

EL MERCADO DE CRISTINA4

Aquellas mañanas de dril y plátano


el sol antiguo del Mercado de Cristina
que tintinea aún, como un tranvía, al oro.

Aquel modo de ser de los ancianos


antes que amarillearan las fotografías,
sus diez de la mañana, sus cubiertos.

96
¡Oh solemnes, oh familiares, leves!
Esta plaza soleada los retiene
tal como eran entonces: se han quedado

en otro tiempo en medio de esta hora,


y nadie se da cuenta cuando pasa
por tu espacio cansado, por tus nadas

que rompe el amarillo, que te quedas


cuando ellos se van, aún recordando,
aún hablando, radioso, de la niebla.

Cleva Solís (1926-1998) también nos habla con gran sensi-


bilidad del entorno citadino que forma parte del propio ser y
estar. El plácido espacio de los parques se instala en su poesía:

LA PLAZA DE ARMAS5
(Fragmentos)

I
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

¿Has recogido
la desolación de la tarde
en sus azules desgarrados,
en el rosa suave del viento frío?
¡Ah! Entonces tú puedes entrar
no al paseo,
no al enunciado de ópalo,
sino al trastorno raro
de la Plaza,
y llegar hasta allí,
donde las garzas de los grises
abundan bajo la lluvia
y cruzan y picotean tu aniquilamiento!

97
II

¡El delirio florece!


¡La Casa del Segundo Cabo,
el Palacio de los Capitanes, el Templete
son los síndicos!
¿Pero hay un lugar para mí?
¡Ah! El idilio que llega peregrino
y endecha el oído para desgranar su alcor!
Puedo decidir que se derramen
las incertidumbres de las ánforas,
en el incienso del verano,
puedo asir los trajes
de los personajes raros,
la venia del más solícito,
distinguir la deuda
de mi puesto, de mi lugar sacudido de ansia,
estrechar la fila en el corazón
para que quepan todos,
y no se quede ni un destello
sin alumbrarme dentro,
puedo tocar sin despertar siquiera
la mina más sombría
más resguardada, con temor de no poder
sofocar el incendio de tal llamarada,
de tu umbral!
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

III

Ligero, fino, transparente paseo.


Los paseantes vislumbran
las toldillas naranja,
y sienten la gloria
de la tranquila calma.
Hacen sus confesiones: «Céspedes...»
Aturde. Abate. Sedimenta. Cuba.

98
¡Los niños
se tornan raudos, gráciles, sacuden los verbos
fríos, ateridos del hombre,
salen a jugar, danzar, reír, en prodigioso ir!
Alguien silba.
El sol cae
entre un verdoso y un ocre
lento,
cauteloso.
Una musiquilla
mordisquea,
defiende
el marco encendido
del jamás.
Yo no deseo alcanzar
otra hora más morada y sentenciosa.
¡Dame aquella torre de delirios, aquel humo.
Espera.
Esperar
es bello. Siéntate.Mira, vaga. Recoge
aquella onda lejana y sola!

Así se nos ofrece la vieja y serena Plaza de Armas, en el esce-


nario colonial que preside el antiguo Palacio de los Capitanes
Generales —hoy Museo de la Ciudad—, señoreada por la es-
tatua de Carlos Manuel de Céspedes, primer presidente de
Cuba Libre en Armas. Otro amplio parque habanero, vecino de
la Plaza de Armas, el de Luz y Caballero, que ella denomina
«de las estatuas» por las muchas allí erigidas, ha inspirado a
Cleva Solís:

PARQUE DE LAS ESTATUAS6


(Anfiteatro Nacional)

¡Un torbellino de polvo levanta


el asilo venturoso, con hojas

99
volcadas de primorosa danza,
con sacudimiento de saludos hondos!
¡Oh, tú de estatuas
guardas el hechizo
de dos poetas
que cantaron
sus éxtasis,
coronando
sus sienes
de anémonas
y estefanotes!
¡Oh, no me des los arcos
de los violines marciales,
los heraldos de los cobres y amarillos
trepando la zarza inmemorial!
¡Dame la noche fantástica
con tus árboles
como pájaros alucinados
posados en la niebla
venturosa.
Y las deidades latinas
amparadas en un hondo velo
de silencio y de muerte!
¡Las sibilas que un día
salieron de la piedra,
que se quedaron suspendidas
en un arpegio auroral,
sonríen y dibujan
cartas marinas, campánulas y asfodelos,
bajo el viento rosado de la noche,
mientras un verdoso tinte de la luna,
cae, todavía indeciso de la frente
de la mirada del verbo que reclama!

Otra impresión poética de la Plaza de Armas es la de Mario


Martínez Sobrino (1931). La composición la tomamos de su li-
bro Cuatro leguas a La Habana, título del primer poema de la
colección, donde un personaje enloquecido narra un delirante

100
y satírico recorrido desde el barrio de Lawton hasta otros céntri-
cos de la ciudad, y del que sólo queremos dar simple referen-
cia en esta selección. «Plaza de Armas» aparece en otra sección
del libro; en este texto, como en el anterior del mismo título de
Cleva Solís, el autor no describe el paisaje, sino que sintoniza
su sensibilidad con él, con sus elementos estéticos e históricos,
y deja fluir sus emociones, impresiones, recuerdos, en un verso
signado por el hermetismo propio de los misterios de la poesía:

PLAZA DE ARMAS7

En esta piedra o en esa otra


menos gastada
de esta calle gris de nuestra ciudad haciéndose
desde el mar
y algunas encendidas estelas
que no puede todavía acoger el silencio
quiero saltar una parte de oscuridad
en la armazón de polvo y susto
donde hay ahora amor
que mueve el tiempo.

Quiero dejar mi huella a que me evoquen.

Y vengo en el de la mano cuadrada


que imaginó sustituir un viaje por una casa muy grande,
el destierro.
El destierro por una fundación.

Está poniendo esta piedra.


Me golpea.
Fue él quien empezó los ruidos de esta calle.

Vengo
con ese hombre húmedo, de pie negro
que me frota, que toca esa puerta

101
y llevaba una cesta de panes al resisterio del Sol
y un aviso
que olvidamos
por el que debió morir al caer la noche.
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Traigo para la oscuridad el olor de esa sangre secada


que detiene a los amantes, que los vuelve
a esta armazón por donde ando.
Andan sobre el rastro de los que iban a las falsas celebraciones
y por el rastro del júbilo de los que fueron
más veloces los días de verdad
en Enero, juntos
juntos mis pasos, también mis pasos
en la primera fiesta a esta piedra
en que echo mis polvos de sus huellas tristes
a brillar en aquella menos gastada a su última fundación.

Por aquella mano, por el pie descalzo, con mi amor de árboles


¡hagan una estela que no se confunda!

La ciudad como ámbito espiritual y material innominado, como


peculiar espacio que determina un modo de vida y de conduc-
ta humana, está en el centro de la poesía de Francisco de Oraá
(1929). Su libro Ciudad ciudad (Premio Julián del Casal de la
UNEAC, 1978), caracteriza esa concepción tutelar o circuns-
tancial de ese entorno en un sentido generalizado. Pero, en
definitiva, es su ciudad, La Habana, la que se siente latir en sus
versos. De otro de sus libros seleccionamos el poema del que
son estos fragmentos:

CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD8

Hemos nacido, nos levantamos de la noche


tiempo adelante, muerte atrás, y nuestros ojos
han de nuevo nacido
y todas las cosas con ellos;

102
con alba ungimos ya los ojos de los seres,
con frescos nombres ungimos su
tiempo resplandeciente.

Pero no nos quedamos a nombrar sólo;


pensamos la ciudad:
la pared sea como mirada femenina,
las alcántaras como la raíz de la rosa,
el hormigón entienda a la alegría,
la dócil soga trate con la red,
la podredumbre ya como puerta del año,
la memoria de un paso al alba;

pensamos la ciudad, su joven vuelo:


los pies del sueño crecen con andamios,
el terco encabillado es la osatura
del vuelo, los encofrados, el hombro de la alegría,
los arquitrabes el desnudo pensamiento de la ciudad;
tocamos ya las vestiduras aéreas de la ciudad,
sus pies, los monumentos a su edad, luces de piedra
para sus cabellos;
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

entra en el tiempo la ciudad,


la ciudad se levanta,
se olvida el mar ya levantado, y danza ciega
sobre la eternidad, sobre la noche pero
sobre la tierra; mirada ígnea en el tiempo,
joven babel por cuántos ojos
de salidas al fuego,
y por su inagotable riñón el agua piensa
y por ciego cordón nutre la noche sus pies,
pero sobre la tierra;
como agua o sueño se transforma, y por sus ojos
toca el sueño las manos del sueño, la cabeza
del tiempo, sus ojos el tiempo;
y desde la cabeza de la ciudad, el agua
a ungir las alas de la alegría, el tiempo

103
de la sed; su creciente
cinturón es la noche:
debajo el cielo, más bella aun que el cielo la ciudad!
Y sobre la ciudad el transparente vuelo de las palomas.

No es éste el sucio espacio de la muerte,


cochino tiempo de los muertos,
sueño tullido del espejo enfermo
ni la gravitación del anciano hacia atrás
ni el tiempo de cemento del tullido;
allí de pie
la risa del hombre,
el día del hombre, la brisa del hombre,
el domingo de piedra del hombre!
Ciudad del hombre! Sueño de
todas las manos, hijo de
todas las manos, gozo de
todas las manos, para todos!
Sueño de todos los ojos
en espejo común.
Y casa de
la vida, que comienza con oficios,
que toma nombre con oficios,
nombres con la sustancia del sueño
a peso; el carpintero (parentesco: la vida)
que da al espacio su postura: el albañil
que da detenimiento frío al sueño
(parentesco: el poeta)
y el mecánico que guarda un secreto rítmico
y el que saluda desde la velocidad, traslada el sueño,
y el descubridor después de las imágenes,
y el maestro, el pariente del tiempo; el campesino
que participa misterios con el vientre de la vida
y oye agrandarse el sueño de la semilla, las hojas
negras del tiempo,
que con honor habremos de llamar;
el partero, el alimentador, el amistado
con el nutriente silencio, quien de la mano trae

104
la fresca sustancia antigua a nuestra boca;
y el pescador padre de aguas
extrayendo del fondo nocturno
la plateada cuerda de la vida;
y el juez de sitios y costumbres, distribuidor de
las satisfacciones,
y el panadero hermano de corderos,
y el que ata formas para recibir la luz,
y el que maneja el fuego de frente, y el minero
que se oscurece para sacar el día,
y el soldado que cuida las formas a la patria,
y el que inventa los nuevos oficios de la vida,
y aquel que con extraño oficio
y paso desconocido a nuestro oído,
con voz oculta en nuestras calles,
maneja noche, alza espacios a que la vida quepa,
hace volar nuestros ojos.
Saludos
a los que han puesto la belleza, nombrado espejos
a la sed de los ojos, a la alegría del hombre!
Nombres interminables como el sueño
—A ellos salud!
○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○ ○

Es la exaltación de la plenitud y la integración del hombre a la


ciudad, a una ciudad donde se lucha por crear una sociedad
con modos de vida acordes con la justicia y la dignidad humana.
Los nombres de las calles asumen la categoría de metáforas.
Con el de algunas de ellas, Francisco de Oraá juega a encon-
trarle sugerentes imágenes, identificándolas con su experien-
cia citadina o con su sueño de poeta:

LOS NOMBRES DE LAS CALLES9

Ciudad de ojos mohosos,


con piedras mira el tiempo aún,

105
agarrarse al instante, afincarse contra la muerte.
Y cuántas desventuras
y cuántos ojos apagados
chorrean de los nombres!

Calle del Empedrado —así de vidas el tiempo.


Neptuno, ciego, que no ve el mar.
Calle de los Oficios (el hombre es sus oficios).
Obrapía (¿qué obró el amor en tiempos de odio?
Y calle de las Ánimas —¿tus ánimas?—.
Amargura: basta tu ronco nombre.
Egido sin palomas, la blancura entre todos.
Y calle de la Espada, tácita herida.
No está la calle del espejo.
Del Hospital: miseria bajo flores.
Infanta (qué remota inocencia de tus aguas salobres).
Y de la Reina (tú, luna en el mar).
Calle del Monte a qué te empinas.
Y Rayos esperando bajo tu femenino corazón.
Del Indio (muerto ya, ciega nube).
Y del Marqués y del Marqués de infamias.
De la Muralla donde terminas en el tiempo.
Y de los Mercaderes de idiomas ácidos.
Y de los Ángeles (ya no hay la lucha con el ángel).
Calle de tus oscuros animales
y calle con claridad haces tu vida
y calles aturdidas de amor
y calles sordas y otras ciegas
o de no decir nada.
Y calle boca de tus frutas
y calle cesta de atravesables fuegos
o calle red de abstracción en tus aguas
y calles nombre de tu oliente dulzura
y la calle que nombra mi soledad
pero que callan un albañil y un carpintero
y no terminan en la muerte.

106
No podía faltar en la poesía de la ciudad la íntima vincula-
ción con el sentimiento amoroso de las calles y sus topónimos y
también de los medios de transporte y comunicación. Salvar la
distancia que nos separa del ser amado suele ser tarea difícil,
de placer y ansiedad al mismo tiempo. El poeta residía en la
barriada viboreña de Santos Suárez, y para llegar al hogar de
la novia debía hacer largo recorrido hasta la calle Galiano. Afor-
tunadamente, la Ruta 14 de los Ómnibus Aliados propiciaba el
viaje directo hasta la dicha: Calzada de Jesús del Monte, aveni-
da de Infanta, calles Benjumeda, Belascoaín y Zanja hasta des-
embocar en la de Galiano. Era recorrido rutinario de miles de
personas que no dejaron huella alguna de esa aventura coti-
diana, privilegio sólo reservado al milagro del amor y la poesía,
atributos unidos en una pareja excepcional —Cintio y Fina—
amada y admirada por nuestro pueblo. Bello poema el de Cintio
Vitier (1921), incluido en su libro Testimonios (1968):

EL ACORDEONCITO
(Ruta 14)

Esta guagua viejita,


comodona y llena de remiendos,
airosa todavía
en su madura lentitud indiferente,
es la misma que entonces
hace tantos años, amor, me conducía
con sus flamantes luces amarillas
haciéndome un hogar para los sueños,
a través de mi barrio
de nocturnas calles como patios,
por la Calzada grande, áspera y guajira
donde empezaban ya las aventuras
de la adolescencia, y por Infanta
vacía y funeral, hasta la curva
siempre un poco sobrecogedora
de la extraña Benjumeda, resurgiendo
a los faroles blancos de Belascoaín

107
más rápidos cada vez hasta caer
por la vaga y siniestra Zanja de los chinos,
y desembocar, al fin, sanos y salvos,
en la sencilla feria voluptuosa de Galiano,
preludio ameno, siempre repasado a pie,
de la secreta dicha,

emocionante oro de la Habana aquella


donde tú me esperabas,
línea destinada
de mi corazón al tuyo!

Este acordeoncito tierno,


cargado de rocío,
en que ahora vamos juntos al trabajo, amor,
tiene ruedas y timón de poesía.

Ya bien entrado este libro en los últimos detalles de su proceso


editorial, comenzó a circular con su resplandor de amable azul,
un bello libro de poesía de Fina García-Marruz, de quien ya he-
mos incluido momentos antes líricos reflejos de su entrañable
habaneridad. El título es, precisamente, Habana del Centro (Edi-
ciones Unión, 1997); pertenece al primer libro o ciclo de los diez
que contiene el volumen. Son dispersas remembranzas de la in-
fancia y de la adolescencia, de ellas emergen emocionadas imá-
genes de las calles y, en general, del entorno citadino vinculado
a instantes inolvidables o que tocan ocasionalmente una tecla
sentimental del pasado. En este reservorio de la poesía de La
Habana no podíamos prescindir de algunas muestras de esas
emotivas evocaciones, donde la ciudad se hace sentir en la más
alta y adorable intensidad poética.

HABANA DEL CENTRO

Manrique y Lealtad de mis niñeces,


Concordia, Malecón, Perseverancia,

108
bocacalle marina, junto a la droguería
Danhauser, con nombre de ópera.
Pequeños comercios de la calle transversa.
Campanillas del tranvía, entre la madrugada.
Ruido de la puerta de hierro de la carnicería.
Descascarados rosa y verde pálido
de la alta pared. Sombra amiga del libro
sobre el asiento de pajilla.
Almidón de los trajes colgados
en la lavandería de los chinos
(y el medio de galleticas de plátano).
Fuerte olor de algas podridas, costas.
Olas blancas batiendo el oscuro arrecife.
Y entre los azulejos verdiblancos,
el pescado en la gran pesa romana.
Cine Neptuno de los pastelillos.
Larga calle de Águila. Se «realizan» telas.
Tablas de «se alquila» en el balcón.
(Pasa el camión de la mudanza.)

Es como si la cámara cinematográfica fuera captando las imáge-


nes sucesivas, pero con la ventaja de que además de la rápida vi-
sión, alcanzamos a divisar —a sentir— otras dimensiones que ninguna
cámara —y sí la poesía— puede apresar —expresar. En la «poesía»,
la autora recuerda las puestas de sol habaneras que contemplaba
en su niñez, desde la azotea, cuando «derrochaba cataratas ígneas»,
o «sus derrumbes y erguimientos del naranja, / para abismarnos en
morados hondos, / como una mina que hubiera devorado un pala-
cio», espectáculo espléndido de cada crepúsculo de que La Haba-
na no ha cesado de ser pródiga. En fin, el delicado poema de la
Giraldilla, preciosa joya de poesía, como la diminuta y emblemática
que vigila siglos desde una torre del Castillo de la Fuerza:

LA NOBLE HABANA

¿Por qué, Señora,


el aire, el desafío,

109
pierna y botín robustos
y pecho de paloma?
¿Por qué, conquistadora,
sobre los raros farallones
de desiguales ángulos
te empinas, desdeñando
abajo el foso oscuro de las aguas?

Castillo de la Fuerza,
Giraldilla,
tu donaire y victoria.

¿Será por eso el acierto


de la profunda gracia del tamaño,
torneado y breve, combado
como jarra, hospedera?
¿Qué sabes tú, Señora,
de la Gran Llave,
apoyada en tu propia apertura
a los golfos abiertos?
¿Será lo abierto tu secreto,
noble Habana, Señora,
tu breve corpulencia,
tan graciosa,
tendrá por eso ese perfil de ave
—el pie bien afincado—
y ese ligero aire
fanfarrón?

Notas
1
Fina García-Marruz. Visitaciones. La Habana, Ediciones Unión, 1970,
p. 105.
2
Ibid., p. 115.
3
Alusión al Secretario de Obras Públicas del régimen de Machado (1925-
1933), Carlos Miguel de Céspedes, y su gigantesco plan de obras públi-
cas que lo enriqueció fraudulentamente.

110
4
Fina García-Marruz. Ob. cit., p. 109.
5
Cleva Solís. Los sabios días. La Habana, Ediciones Unión, 1984, p. 77.
6
Ibid., p. 81.
7
Mario Martínez Sobrino. Cuatro leguas a La Habana. La Habana, Edi-
ciones Unión, 1978, p. 93.
8
Francisco de Oraá. Con figura de gente y en uso de razón. La Habana,
Ediciones Unión, 1969, p. 147.
9
Ibid., p. 133.

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