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Una de esas discusiones tan populares es la de hablar del tamaño de Estado medido como

porcentaje del PIB. En estos casos, algo a lo que se suele recurrir con frecuencia es a comparaciones
entre países para sugerir que tal o cual país tiene un sector público demasiado grande o demasiado
pequeño. La hipótesis que subyace en este tipo de ejercicios es que, de alguna forma, el Sector
público debería ser igual de grande en todos sitios. Inevitablemente, la discusión suele politizarse,
argumentando que lo único que el hecho de que dos países tengan dos niveles de gasto distinto
implica automáticamente que uno es más justo o está mejor gestionado que otro.

La primera premisa es que el Estado es uno de los muchos mecanismos que existen para asignar
recursos (producir y distribuir bienes y servicios) y existe en principio una forma de evaluar, de forma
independiente de las convicciones morales de cada cual, qué recursos se gestionan mejor dentro
del Estado y qué recursos se gestionan mejor con mecanismos alternativos (el mercado
fundamentalmente, pero también la familia y otras instituciones intermedias). Dependiendo de la
ventaja comparativa del Estado y los otros mecanismos, hay bienes que son privatizables y otros
que no. Esto es algo relativamente indiscutido; lo que es discutido y discutible es cuáles de esos
bienes corresponden a cada ámbito lo cual es fundamentalmente un debate de tipo técnico que se
puede evaluar de forma objetiva.

Una vez que hemos dividido el conjunto de bienes que se producen dentro de una economía entre
bienes gestión pública y bienes de gestión privada, todo lo demás es un ejercicio de libro de micro
intermedia: cruzar curvitas de oferta y demanda, agregar consumidores y empresas y sacar
cantidades.

Vamos a suponer una economía simplificada en la que solo se demandan dos bienes de consumo:
sanidad (que por hipótesis asumiremos que se produce mejor de forma pública) y patatas
(producido de forma privada). Para simplificar, supondremos que todos los ciudadanos son iguales
de forma que podemos tratar los gustos de la población como si fueran los del ciudadano medio. En
esta economía es muy fácil determinar cuál debería ser el tamaño del Estado: dependerá de qué
parte de la renta desee nuestro ciudadano medio gastar en su salud y en su alimentación.

Posibles fuentes de variación del Estado:

Las necesidades relativas de los ciudadanos entre los bienes de producción pública y privada.

Los valores o la cultura de la gente. Se puede argumentar que en ciertos países existe una cultura
más individualista dónde la gente valora menos asegurarse contra el riesgo de ponerse enfermo, así
que prefiere gastar menos en sanidad que en patatas. O pensad que el bien producido de forma
pública fuera la defensa: un país con ciudadanos “pacifistas” podría querer gastar más en patatas
que en tanques. Esto no es algo, necesariamente, concreto solo que este tipo de cosas puede tener
una importancia.

Factores más objetivos: La localización geográfica o el clima del país. Si nuestros consumidores
viven en un país periódicamente sujeto a epidemias, querrán gastar más dinero en sanidad aunque
tengan que comprar menos patatas. Un ejemplo más realista es el caso en que el bien público de la
defensa: si un país está rodeado de países hostiles que amenazan con invadirlo, es lógico que los
ciudadanos prefieran dedicar una parte mayor de su renta a la defensa (es decir, gestionarla de
forma pública). Si un país está internamente muy bien comunicado de forma natural (por ejemplo,
por río) es posible que necesite invertir menos en carreteras o ferrocarriles y pueda permitirse
gastar en patatas. Otro ejemplo es el del paro: si la tasa de paro de un país es relativamente alta de
forma estructural, es probable que los ciudadanos estén dispuestos a pagar una cantidad mayor
para asegurarse en caso de perder su empleo.

Un factor explicativo adicional tiene que ver con la demografía del país. La producción de muchos
bienes tiene lo que en economía se llama “costes fijos”, es decir, que son independientes de la
cantidad producida. Si los costes fijos son altos, entonces los costes medios suelen ser decrecientes
y el coste a repartir es menor. Vamos a suponer que la sanidad solo tuviera costes fijos y las patatas
solo costes variables y que tenemos dos países, el país A con un solo ciudadano y el país B con dos
ciudadanos. Si el ciudadano del país A quisiera tener “algo” de sanidad, tendría que pagar
exactamente el doble que cada ciudadano del país B. En estas circunstancias, aunque los ciudadanos
del país A y del país B valoren igual la sanidad es posible que simplemente al primero no le salga a
cuenta y a los segundo sí. Esto explica que el tamaño del Estado (óptimo) pueda depender de la
población. Pero también, y esto es importante, de la estructura de costes: es posible que distintos
estados del mundo tengan burocracias con eficiencia variable, de forma que producir bienes es más
o menos costoso según el caso. Cuando la burocracia es relativamente eficiente y barata, sería mejor
producir más bienes de forma pública y a la inversa.

Un último factor explicativo que podemos introducir es lo que se suele llamar la “Ley de Wagner”
y que tiene que ver con el nivel de desarrollo del país. Antes de nada, pensad en vuestros hábitos
de consumo: conforme uno se va haciendo más rico, uno varía la proporción de renta que gasta en
distintos bienes. Cuando uno es pobre, gasta casi todo lo que gana en comida y el alquiler; cuando
uno se va haciendo más rico típicamente no compra más comida, sino comida de mejor calidad (deja
de consumir un producto para pasar a consumir otro) y empieza a irse a la playa en vacaciones. Esto
marca una diferencia entre lo que en economía se llaman “bienes de primera necesidad”, cuyo
consumo aumenta menos que proporcionalmente con la renta, y bienes de lujo, cuyo consumo
aumenta más que proporcionalmente con la renta.

La hipótesis de Wagner fue que existe una mayor proporción de bienes de lujo entre los que se
producen de forma pública que entre los que se producen de forma privada- al menos para
determinados tramos de desarrollo. Aunque la hipótesis es antigua, Peter Lindert tiene un par de
libros más o menos recientes que vienen a sugerir que explica bastante bien la historia. La
consecuencia es que la demanda de bienes de tipo público en relación con los bienes de tipo
privado es cada vez mayor con la renta de la gente y, por tanto, cuanto más rico es un país, mayor
debería ser su sector público. Esto explicaría que, en términos históricos, los Estados no empiezan
a crecer como proporción del PIB realmente hasta que alcanzan cierto nivel de renta per cápita. Esta
hipótesis es por supuesto discutible, pero la imagen que hay detrás es la que ponía en el ejemplo
idiota de arriba: la gente no empieza a preocuparse por ir al médico y al colegio y por tener calles
y carreteras bien asfaltadas hasta que no gana lo suficiente para tener un plato de patatas todos
los días en la mesa.

Un aspecto interesante de saber cómo varía la demanda de bienes de tipo público y privado con la
renta tiene que ver con los ajustes del gasto durante las recesiones. Cuando la renta del país cae,
aunque sea temporalmente, abstrayéndonos de consideraciones redistributivas ¿qué es mejor,
reducir el gasto público y los impuestos o aumentarlos? Si pensamos que el ciudadano medio
demanda más bienes públicos cuando aumenta su riqueza, entonces la respuesta sería “bajarlos” y
al revés si pensamos que demanda menos.

Digo que esto es interesante porque es un caso en el que pensar de forma coherente contradice los
prejuicios ideológicos, sean cuales sean; a priori, uno podría pensar que creerse la ley de Wagner
nos sitúa en una perspectiva más “intervencionista”; sin embargo, la ley funciona en los dos
sentidos: aumentar el tamaño del Estado cuando el país crece, disminuirlo cuando cae en
recesión; ¡y al revés!: uno no puede sugerir, al mismo tiempo, que ahora que somos más pobres
hay que adelgazar (engordar) el Estado y que una economía desarrollada requiere un Estado más
pequeño (grande).

A la hora de determinar como de grande debe ser el Estado, no existe ninguna presunción de que
éste deba ser igual de grande en todos sitios, sino que depende, al menos en parte, de factores
externos, como las necesidades del país y lo eficiente que sea el Estado produciendo bienes y
servicios públicos. Lo mismo se aplica a la distribución del gasto público entre partidas
presupuestarias: hay países que, por razones técnicas, deben gastar relativamente más en defensa
que en educación, que otros.

Baltasar Gracián lo hubiera formulado de esta manera: si el Estado es malo, es preferible que
sea pequeño. Si es bueno, en cambio, podemos discutir el monto de los impuestos.

Es decir, cuanto peor lo haga el gobierno, más dinero necesitará. Más dinero recaudará. Más
poder económico impondrá tener, y tendrá. Cuanto mejor lo haga menos dinero necesitará y
menos presencia económica tendrá. Parece un complicado conflicto de intereses, ¿no?

La Curva de Rahn NO dice que el país con poco gasto público es rico. Dice que poco gasto público
GENERA riqueza, esté el país en el nivel que esté. Crece más rápido. Si este es rico, lo será más
aún. Si es pobre, saldrá de pobre. Un país rico con un muy elevado gasto público sí quedará
ahogado y congelado en el tiempo, retrocediendo económicamente, o no avanzando ni siquiera al
ritmo al que crece la población. Los mejores ejemplos de esto están en Europa continental
occidental (Italia, Francia, Suecia, Alemania, etc.) y en Argentina, que son todas poblaciones que
necesitan un rescate urgente que no pinta que vaya a suceder.az