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Colegio Juan Moya Morales

“Un espacio de aprendizaje, buen trato y altas expectativas

Segundo Semestre 2018


PROYECTO LECTOR SEGUNDO CICLO
LECTURA SEMANA N° 8

NOMBRE ESTUDIANTE:
CURSO:

Objetivos:
OA6-OA11- Leer independientemente y comprender textos no literarios
OA 2 Reflexionar sobre las diferentes dimensiones de la experiencia humana, propia y
ajena. OA16- Escribir frecuentemente para compartir impresiones sobre sus lecturas.

Las 70 primaveras del Mono


González
Cristian González Farfán
Lunes 25 de septiembre de 2017

Alejandro González, quizá el mayor


referente del muralismo chileno,
celebró ayer sus siete décadas de vida.
El Mono, cuyo apodo le comió el nombre
de pila, sigue pintando y viajando por el
mundo, orgulloso de cómo sus trazos
han perfilado buena parte de la historia
social de Chile.

Mochila al hombro, sandalias, jeans desgastados y una polera verde alusiva a la


estética de la Brigada Ramona Parra. Así camina Alejandro González, el Mono, por
el Museo a Cielo Abierto de San Miguel, proyecto que él mismo dirigió en 2011.
Sencillo en el vestir, en el decir y en el obrar, el precursor y referente del

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muralismo chileno se sienta en una banca y elogia el mural de Los Prisioneros.


Dos cuadras hacia el poniente, por Avenida Departamental, señala, el block donde
vivió Pedro Lemebel, a quien originalmente se le rendiría un homenaje con un
mural sobre la literatura chilena.

“El grafitero se dibujó más a él mismo y Lemebel sale con letras, pero chiquito”,
lamenta el pintor, cofundador de la BRP y escenógrafo de cine y teatro. Militante
comunista de toda la vida, a través de sus trazos se puede leer la historia social
del país, pasando por Allende, la clandestinidad en dictadura y el retorno de la
democracia. A sus 70 años, cumplidos ayer, este trabajador del arte, que ha hecho
de la calle su medio de expresión, sólo ha cambiado la brocha por el rodillo, pero
sigue pintando.

Hace rato que el apodo le comió el nombre. “Muy poca gente me dice Alejandro”,
reconoce. Su nieto le dice Tata Mono. Ahora que está más viejo, confiesa, los
jóvenes le llaman Don Mono. Otros lo saludan de “Maestro”, como el presidente
de la junta de vecinos de la población San Miguel, que trabajó con González en el
museo sanmiguelino. Ambos se encuentran casualmente camino a Gran Avenida.
El dirigente le habla de un mural histórico de la BRP, dentro de la misma
población, que requiere una manito de gato, y de otro con el diseño de Colo Colo
que ha generado división en el sector. También conversan de un viaje.

“El check-in es fácil, puedes llevar tu carnet, pero yo siempre llevo mi pasaporte,
porque me gusta que me lo timbren”, ríe el Mono, frente al líder vecinal. Ambos
forman parte de una delegación de brigadistas que partirá el domingo a Argentina
para pintar murales en un pueblito cerca de La Plata. A mediados de este año lo
invitaron a Ucrania. Está a punto de cerrar un viaje a Canadá para celebrar los 150
años de la independencia de ese país. Dicta charlas en todo el mundo sobre
muralismo chileno. Aún pinta en universidades europeas, tiene su propia galería
en el persa Bío-Bío y se apronta a lanzar su libro Cuadernos de la piel.

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-¿Qué países le faltan por visitar?


-Hay un proyecto que quiero amarrar este año: quiero ir a pintar a una aldea en
Sudáfrica donde las mujeres pintan sus casas con un estilo muy parecido al mío,
pero con figuras geométricas. Voy a todas partes donde me inviten. Ahora
vengo llegando de Lota, donde restauré un mural de un sindicato histórico del
carbón.

-¿Aún tiene ganas de pintar a sus 70?


-Nunca pensé llegar a los 70, porque corrí riesgos, soy un sobreviviente. Me
pudieron pasar cosas como les pasó a muchos compañeros. Ahora, por ellos
hay que seguir pintando y levantarse. Yo sigo soñando con una sociedad más
solidaria. Por ejemplo, acá en el museo, empezamos con los murales, pero
ahora se restauran los techos, la luminaria, la plaza. La fuerza del mural no está
en la obra, sino en lo que sucede alrededor de ella.

-Entiendo que usted empezó a pintar paredes muy niño en su natal Curicó.
-Claro. Mi papá era militante comunista y yo no entendía bien por qué pintaban
tan escondidos. Yo me hacía la idea de que un club de amigos era para jugar
naipes o tomar vino, pero ellos estaban con papelitos y conversando. Y uno va
aprendiendo de esa escuela. Mi papá estuvo relegado un año en Isla de Pascua en
el segundo gobierno de Ibáñez. Uno nació dentro de ese ambiente; es sólo un
eslabón dentro de la historia.

-De todas maneras, la historia reciente de Chile se puede contar a través de su


figura, ¿o no?
-No lo siento así. Hay compañeros que han estado en cargos mucho más
representativos; lo que pasa es que yo como trabajo en el arte, estoy en esas
partes más sensibles. Hay que abrir esa opción, porque el arte sensibiliza a la
sociedad. Pero uno no puede hacerse a un lado de los hechos históricos.

-¿Qué tiene de especial el muralismo chileno?


-Que nace en la calle, de abajo hacia arriba. A mí nunca me gustó ese concepto

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de “arte para el pueblo”, es muy paternalista. En el muralismo mexicano tú


distingues a Siqueiros, Orozco y Guerrero; en Chile la gente ve la obra, no las
caras. Un mural colectivo es la suma de varios estilos. La gente va a ver murales
chilenos. Ya hay una identidad. Chile es conocido por eso. Y si se logró fue
porque se trabajó mucho con la reiteración en las calles.

-Usted ha dicho que el muralismo chileno nace con la asunción de Allende.


-Claro, porque antes era solo el rayado, la propaganda, pero ahí comenzamos a
incorporar la imagen. Algunos compañeros decían que malgastábamos los
materiales en “pintar monitos”, que lo importante era la letra pura, pero resulta
que la imagen también tiene un mensaje.

-¿Y siente que ese estilo responde a los tiempos de hoy?


-Puede que no, porque hay otros lenguajes en los jóvenes. Por eso me gusta
trabajar con ellos: descubro cosas nuevas y me mantienen vivo. Igual, el trato es
cada vez más impersonal por internet. A veces gente me dice que somos amigos
en Facebook, y yo les digo: “qué bueno, pero me gustaría conocerte de otra
forma”. No se ven las caras, te ponen “me gusta”, sientes que participas, pero
nadie se toca ni se da la mano.

-¿Qué calles se elegían durante la Unidad Popular para comunicar?


-Pintar la Alameda era muy importante, porque ahí pasaban tanto los de arriba
como los de abajo. Los de abajo que iban a trabajar al barrio alto, y los de arriba
que iban a trabajar a sus empresas. Por eso se hablaba de lugares estratégicos.
Siempre pensamos la brigada como un medio de contrainformación.

-¿Nunca pintó en el barrio alto?


-No, porque era ir a provocar. A nosotros nos interesaban los pobladores. Tú
trabajabas para convencer pero también para la gente que estaba convencida.
Igual, hace poco pinté en Alonso de Córdova: un amigo mexicano que instaló
ahí un restorán me pidió hacer algo ahí. No puse ni la firma, porque queda la

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presencia. Eso sí se puede decir que es una provocación, porque ahí mismo
están las galerías de arte. La academia ha menospreciado al muralismo.

-¿Esa ebullición cultural de los 60 e inicios de los 70 la vivió en otra época?


-Sí, la viví muy fuerte en la clandestinidad. Después del golpe me refugié en una
casa de seguridad en Maipú hasta que se levantó el toque de queda, y de ahí me
fui a otra casa. Nunca fui detenido. Usé otro nombre y trabajé como tramoyista,
haciendo volantes y apoyando a todos artistas que resistieron en Chile, como los
músicos de las peñas. Hasta el 80 las brigadas no hacían murales. Sí los propios
pobladores. Los murales les ayudaban a fortalecer la autoestima frente a la
represión.

-¿Alcanzó a conocer a Víctor Jara?


-Claro, yo era muy joven. Yo era estudiante de diseño teatral en la Chile, y él era
el director. Lo respetaba mucho, pero no lo conocía. Después de que él volvió
de ese viaje a Perú, se acercó a mí y me pasó una foto. “Mono, te mandaron esto
de Perú”, me dice, y era una reproducción de un mural al estilo de la Brigada
Ramona Parra. Esa fue la primera relación que tuve con Víctor.

-Pero también trabajó en el cine con Ricardo Larraín, Andrés Wood, Alejandro
Jodorowsky. ¿Qué tal fue eso?
-Tuve más relación con Ricardo y Andrés; con Jodorowsky siempre fue con más
distancia. En Machuca había un equipo de arte muy interesante. Yo estaba
trabajando en la escenografía cuando Andrés pidió a alguien del partido que lo
asesorara en el tema político, para recrear cómo eran las marchas y todo eso.
Los compañeros me dijeron que me ofreciera yo, por mi experiencia política.
Cuando llegué a contarle a Andrés, me dijo “pero si tú estás en la escenografía”.
“Bueno, vengo también por esto”, le respondí.

-¿Nunca dudó en participar en la escenografía de la campaña del NO?


-Nunca. Lo importante era sacar a Pinochet. Yo antes trabajé en otra campaña del
NO, la del PC: diseñé un NO que tenía un rojo y un azul. El NO de la Concertación

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era el del arcoíris. Ese no lo hice yo. Igual, tengo un diploma del arcoíris con la
firma de Ricardo Lagos que nunca lo muestro porque me da vergüenza. Lo que
vino después, esto de la medida de lo posible, nunca me gustó. Para mí todo tiene
que ser posible; una sociedad distinta debe ser posible.

-¿Qué significó hacer el mural en la estación Parque Bustamante?


-Fue un cuestionamiento, porque lo de la calle es espontáneo. En cambio en el
Metro tenía que demostrar oficio, reforzar la técnica, hacer algo más “académico”.
El ex presidente de la Asociación Chilena de Seguridad, Eugenio Heiremans, un
hombre de derecha que terminó siendo mi amigo, me ofreció pintar el mural, ya
que el Metro solo pone el espacio, no invierte plata.

-Al menos el mural quedará ahí.


-No sé si dure mucho.

-Pero, ¿y su obra?
-Eso queda en la memoria. Por eso son tan importantes los libros. El libro que
voy a lanzar ahora trata del amor de viejo, de las parejas que he tenido, que he
dibujado, porque los viejos también amamos.

-¿Siente que el amor de pareja como temática se pierde al abrazar causas


sociales?
-Todo lo contrario. Uno hace esto porque ama a los hijos, a las mujeres, no es
por beneplácito propio. Los hijos a veces sacan en cara que uno arriesgó la vida
para otros. Y nunca es para otros. No es mi causa, es de todos. Yo siempre hablo
en plural.

Fuente: http://www.lahora.cl/2017/03/las-70-primaveras-del-mono-gonzalez/

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Pregunta mediadora: ¿Qué te parece el trabajo realizado por el Mono


González en nuestro colegio? Justifica.
Comentario a partir de la lectura:
Recuerda que el comentario debe responder a las siguientes preguntas:

a) ¿De qué trataba la lectura? /b) ¿Me gustó? ¿Por qué?

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