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La Revolución Francesa, iniciada en 1789, no sólo marca un

límite entre una época y otra por los cambios políticos,


económicos y sociales que produjo, además, supuso el comienzo
de la realización de una utopía que llega hasta nuestros días. La
promulgación revolucionaria “Libertad, Igualdad y Fraternidad”
hizo arrancar una etapa insólita en la historia de la humanidad,
con un modo distinto de concebir el mundo que nos rodea y
nuestro papel en el interior del mismo.

Acontecimientos no menos significativos que siguieron a esta


Revolución, como la conquista de Europa emprendida por el
autoproclamado emperador Bonaparte, el desarrollo de la
industria en Gran Bretaña y la consolidación de los Estados
Unidos de América, situaron a los intelectuales europeos frente
a un escenario desconocido hasta el momento. Una generación
de artistas, músicos, filósofos y poetas, se encontró en la difícil
pero privilegiada situación de interpretar con sus propios medios
el ocaso de un mundo y el nacimiento de una nueva era, la era
Contemporánea.

Con un marcado individualismo de todos los creadores


novecentistas, en la pintura se relevan varias corrientes con una
única variación temática. Bajo la estética de la Antigüedad ya
conocida, en las obras neoclásicas de principios de siglo se
advierte la tensión reinante en ese periodo de transición. Pronto,
el arte encontrará una expresión propia de su tiempo,
rompiendo para siempre con toda norma academicista y dando
rienda suelta a los sentimientos. El Romanticismo representó
todas las huidas posibles del desencantado mundo occidental,
en unos casos temporales (hacia el pasado medieval) y
espaciales (hacia el exotismo de territorios lejanos), en otros,
espirituales bien hacia mundos extrasensoriales y ocultos o
hacia mundos interiores y oníricos. La huida introspectiva de
pueblos enteros, que sobresaltó el fervor nacionalista tras la
derrota de Napoleón, también formó parte de la iconografía
romántica.

A medida que la ciencia se iba desarrollando y desempeñando


un papel predominante, se fueron agotando los antiguos mitos
de la fantasía romántica y la realidad objetiva se reveló de
imperiosa necesidad.

El Realismo, surgido en Francia, rescató el sentido naturalista


del arte que el clasicismo y el romanticismo habían desterrado.
Se asumió la realidad actual como tema digno de representación
prescindiendo de un embellecimiento idealista, sin correcciones,
tratando los temas de la vida contemporánea e introduciendo
como intérpretes a todas las clases sociales, preferentemente a
las más desheredadas. La sensibilidad subjetiva legada por el
romanticismo se muestra
ahora en la sinceridad de
cada artista ante la
naturaleza con absoluta
libertad en la elección del
motivo a reproducir.

París se convirtió en el
centro del arte
internacional y a la capital
peregrinaban los artistas
en busca de inspiración tal
como lo hicieran siglos
antes a las ciudades
italianas. Los pintores
autóctonos fueron los que
demostraron mayor
valentía y temple moral al
llevar al lienzo esta
impopular corriente
democratizadora.
Honoré Daumier (1810 –
1879), hombre liberal, de
izquierdas y luchador
implacable contra la
burguesía reaccionaria, se
convirtió con su pintura en
el desmitificador de la sociedad francesa de su tiempo. Fue
terriblemente cáustico y mordaz con las clases adineradas y
tiernamente dramático con las humildes, a quienes representó
en sus quehaceres cotidianos, como en “La Lavandera” de 1863,
a la izquierda, o en la resignación con la que afrontaban su
malestar como en el óleo “El Vagón de Tercera Clase”, de 1862,
debajo. En esta pintura no hay nada místico ni forzadamente
patético, sólo una penosa realidad que es presentada sin
alegorías ni sobreentendidos. El simple hecho de su exhibición la
convierte en denuncia social.
Por su parte, Jean-François Millet (1814-1875) pareció ignorar el
problema social y se refugió en un arte que, partiendo de la
naturaleza, buscó la calma y el silencio de los bosques y campos
donde situó al trabajador como héroe moral sometido al destino.
Recreando la realidad en el campo omitió la diversificada
iconografía que brindaba el ámbito urbano, claro representante
de la era contemporánea.

En “Las Espigadoras” (debajo), de 1848, Millet trata de una


forma romántica y llena de solemnidad la fatiga del trabajo en
los campos de trigo. El artista unifica así los dos estilos
pictóricos predominantes en su tiempo.
Por encima de Daumier y de Millet, Gustave Courbet (1819-
1877) encarnó mejor que ningún otro artista de su época el
espíritu realista de esta generación, realismo
como lenguaje, como actitud y como técnica.
El pintor decidió ser “testigo de su tiempo” y
participar activamente en la conciencia social
que intentaba barrer al sistema económico
capitalista y burgués establecido, cada vez
más opresivo para la clase popular y

trabajadora. Courbet era un hombre del pueblo y para él trabajó


directamente. Cuando se le tildaba de socialista, Courbet
respondía: “Acepto con gusto esta denominación. Yo soy no
solamente socialista, sino demócrata y republicano, en una
palabra, partidario de toda revolución; y, por encima de todo,
realista... porque ser realista significa ser amigo sincero de la
auténtica verdad” Su arte fue una verdadera profesión de fe del
realismo, arremetiendo contra los convencionales y cobardes
arquetipos tanto del clasicismo como del romanticismo,
levantando la bandera del único arte dispuesto a ponerse al
servicio y al nivel del hombre.

Los temas acometidos por Courbet eran de lo más variopintos


(“Os aseguro que yo miro a un hombre con el mismo interés que
a un caballo, a un árbol o a cualquier otro objeto de la
naturaleza. A mi me da exactamente igual situarme en un sitio o
en otro, porque cualquier sitio es bueno con tal de que mis ojos
puedan contemplar la realidad”), siempre temas triviales y
negándoles la idealización academicista a sus formas (“El fondo
del realismo es la negación total. Negando el ideal, y todo lo que
le sigue, yo llego a la plena emancipación del individuo, y
finalmente a la democracia. El realismo es, por esencia, el arte
democrático.”) Los sagrados monumentos levantados a la
belleza y al ideal, que tan airosamente habían resistido al
tiempo y a la progresión de estilos, se veían ahora amenazados
por este supuesto culto a la fealdad y la banalidad.
Courbet rehusó ilustrar sus cuadros con motivos que no conocía
o no existían (“Mostradme un ángel y yo pintaré uno”) Pintó la
realidad de su entorno más inmediato, y no exageraba cuando
decía que todo lo que veía era merecedor de protagonizar una
pintura, como se puede advertir en las imágenes de la página
anterior. En estas pinturas, que forman parte de la obra menos
divulgada del autor, la puerta de una humilde casa, unas vacas o
un único roble reemplazan con eficacia a la figura humana, al
paisaje y a todo lo que antes se consideró propiamente bello o

sublime. Como es lógico, estos originales planteamientos


provocaron numerosas y despiadadas críticas, aunque nunca
lograron desanimarle.
El realismo lo consiguió en ocasiones retratando a sus paisanos;
aldeanos que jamás se hubieran imaginado posando en calidad
de protagonistas de un cuadro de inspiración costumbrista,
como en “Entierro en Ornans” (encabezando la página anterior),
pintado por Courbet entre 1849 y 1850, asegurando que bien
podía simbolizar el entierro del Romanticismo. En las escenas de
género de los maestros holandeses ya aparecían representadas
personas anónimas, aunque tales representaciones se limitaban
a cuadros de pequeño formato. Las increíbles proporciones de la
tela de Courbet fue lo que suscitó la polémica y el rechazo del
público y de los críticos. En otros casos, mostró sin elocuencias
los aspectos más cotidianos de la muerte, en contraposición con
las melodramáticas escenas que ofrecía la pintura romántica,
como en “Vistiendo a la Muchacha Muerta (Vistiendo a la
Novia)”, al pie de la página anterior.
La esclavitud y dureza del trabajo manual no era algo exclusivo de
los agricultores. “Los Picapedreros” (arriba), de 1849 (destruida
durante la Segunda Guerra Mundial), y “Las Cribadoras de Grano”
(al lado), de 1855, fueron realizados por Courbet con absoluta
objetividad, en abierta polémica con el misticismo romántico que
proponía Jean Millet.