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Sol Behar

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Noviembre, 25, 2008

El gran alcance de lo Real Maravilloso en la literatura


hispanoamericana

(El reino de este mundo y Cien años de soledad)

¿Pero que es la historia de América toda

sino una crónica de lo real-maravilloso?

- Alejo Carpentier

Toda literatura es un reflejo del individuo, pero también de la realidad y de la


sociedad de la que trata. La literatura hispanoamericana es un fenómeno cultural
que refleja no sólo los aspectos básicos de la vida cotidiana en América Latina sino
que también cada ámbito mítico, fantástico y más intimo de ella.

Al ser América Latina una zona geográfica que en general vivió una historia
similar, con problemas similares y situaciones similares, logró crear un sentido de
pertenencia latinoamericano, que enriquece esta literatura sin olvidar resaltar la
importancia de las diferencias que entre culturas y países siempre habrá. América
Latina, como otras zonas en diferentes partes del mundo, siempre ha sido un
especio mítico, donde la realidad occidental no cabe en su totalidad ya que se queda
corta con una realidad mucho más amplia y diferente que puede ser difícil de
entender y de creer en ojos extranjeros. Como mencionaba también Carpentier, la
imposibilidad del gran pintor francés André Masson de dibujar la isla de Martinica,
con toda su complejidad de plantas y frutos, que lo dejó “poco menos que
imponente frente al papel en blanco” ya que “la maravillosa verdad del asunto
devoró al pintor”, es un ejemplo de hasta qué punto lo que es una realidad
constante para unos puede llegar a ser incomprensible para otros (Carpentier, 7).

Es en esta última frase en donde se puede llegar a encontrar qué tan


enriquecedora puede ser la literatura hispanoamericana, al llevar al lector a abrir
su mente y ampliar sus horizontes hacia un nuevo realismo, un realismo poco
conocido para él, un realismo extranjero que no por ser extraño deja de ser un
realismo en sí. Es eso lo que la literatura hispanoamericana brinda con sus textos,
al relatar las costumbres, los mitos y las tradiciones de sus sociedades: una nueva
manera de ver la realidad bajo unos ojos menos científicos y más místicos, bajo una
mirada menos cuadrada y más flexible.

Las obras El reino de este mundo, de Alejo Carpentier y Cien años de


soledad, de Gabriel García Márquez son grandes ejemplos de lo que fueron y siguen
siendo sociedades latinoamericanas de regiones, tiempos y circunstancias
diferentes pero que a su vez comparten una magia semejante. Mientras la obra de
Carpentier se desarrolla en la evolución de un Haití a través de las rebeliones y los
años, la obra de García Márquez nos cuenta la historia, la genealogía, de la familia
Buendía a través de sus años en Macondo. Ambas historias relatan la vida día a día
de sus personajes, sus costumbres, sus creencias y más que eso: nos reflejan su
interior.

El reino de este mundo es la historia de Ti Noel, un esclavo negro que pasó


su vida siendo explotado, ya sea primero por los blancos, después por los mismos
negros y por último los mulatos. Una obra que a pesar de no ser historia per se,
cuenta la situación vivida por los esclavos dentro de la época del Haití esclavista. Ti
Noel nos enseña y resalta la imposibilidad del hombre de tener el poder y saber
usarlo. Al principio del texto, cuando los negros eran los sometidos por los blancos,
las épocas del mandinga Mackandal y del jamaiquino Bouckman, los negros se
enaltecían al recordar su esplendor en la lejana África, criticaban la crueldad de los
blancos y añoraban su libertad. Sin embargo, al adquirirla, no la saben utilizar y el
mismo rey Henri Christophe es quien martiriza y esclaviza a los de su misma raza
para poder construir sus caprichos (ej. Sans-Souci). Ti Noel nos remonta a un Haití
donde los verdaderos poderes no son ni el Dios occidental, ni el gobierno, ni mucho
menos, sino los mismos líderes negros al estilo Mackandal, que eran capaces de
transformarse en animales. El mandinga “reinaba ya sobre la isla entera. Ahora,
sus poderes eran ilimitados… Un día daría la señal del gran levantamiento… y la
sangre de los blancos correría hasta los arroyos” (Carpentier, 41).

Estos poderes sobrenaturales, poderes que a ojos de la mayoría de los seres


humanos actuales son imposibles, era la realidad para los esclavos negros del Haití
esclavista, eran sus creencias y era su esperanza para salir del yugo en el que se
encontraban. Pero esta realidad no es una realidad simple, sino una realidad poco
común, una realidad maravillosa. Es considerada así porque maravilla al lector,
maravilla a la persona que visite estos sitios y observe su cultura, maravilla a los
mismos habitantes de estos lugares donde la realidad va más allá de lo que los ojos
pueden ver y lo que las manos pueden tocar, y se convierte en una cuestión de lo
que los sentidos pueden apreciar.

Dentro del texto mencionado con anterioridad, las grandes y exitosas


rebeliones fueron organizadas por medio de los timbales, de los tambores que se
oían de montaña en montaña y se pasaba la señal de localidad en localidad, los
negros sacrificaban animales para llenarse de su sangre y por lo tanto de su fuerza y
así es como lograron vencer a los blancos, mediante una venganza basada en las
creencias en sus Dioses y no en tácticas profesionales de guerra. El jamaiquino
Bouckman es quien “dejó caer la lluvia sobre los árboles durante algunos segundos”
(Carpentier, 60) y hasta Paulina Bonaparte se mantiene a salvo de la peste
mediante los consejos de Solimán su masajista. En Haití, el poder lo tienen los
dioses africanos, como lo llega a aceptar Monsieur Lenormand de Mezy, cuando se
da cuenta de la ceguera de los blancos, al no poder ver como dentro de sus mismos
dominios un poder más fuerte que ellos estaba empezando a tomar lugar. La
realidad maravillosa de esta obra es una realidad donde lo místico toma fuerza y lo
común y corriente pasa a un segundo término, donde en “prodigiosas batallas los
animales habían ayudado a los hombres” (Carpentier, 20), y donde la naturaleza
estaba al servicio del hombre y el hombre al servicio de la naturaleza en una
perfecta armonía.

Cien años de soledad, por su parte, cuenta la genealogía de la familia


Macondo, comenzando con la 1era generación de Úrsula Iguarán y José Arcadio
Buendía, principales fundadores de Macondo, y terminando con Aureliano, la
séptima generación y el fin de la estirpe Buendía. La obra de García Márquez, autor
ganador del premio Nobel de la literatura en 1982, es una obra que combina desde
elementos realistas, críticos de una sociedad corrupta y superficial
latinoamericana, hasta elementos de lo más fantástico a impensable, como lo llegan
a ser la convivencia diaria con los muertos, los presagios constantes del Coronel
Aureliano Buendía (pero también otros miembros de la familia), y la lluvia que no
cesó durante “cuatro años, once meses y dos días” (García Márquez, 357).

Es aquí donde la subjetividad de la literatura latinoamericana entra.


Elementos de esta obra pueden llegar a ser vistos con ojos de realismo para quienes
habiten en un “Macondo” cualquiera, con un realismo mágico para quienes hayan
conocido o hayan sabido de la existencia de algo similar y hasta con ojos de
literatura fantástica para quien en su vida ha conocido o escuchar hablar de algo
similar.

Macondo es un pueblo con vida propia, a los que sus fundadores se apegan
pase lo que pase y observan con calma y serenidad los cambios que la vida les trae,
sin ellos hacer un esfuerzo por detenerlos o cambiarlos. La familia Buendía es una
familia donde claramente se repiten los patrones, donde la vida es cíclica como lo
menciona en ocasiones la matriarca Úrsula, “Es como si el mundo estuviera dando
vueltas”, al darse cuenta que la historia familiar se repite, es todo un ciclo, como los
ciclos de Borges, donde un final es un principio similar al principio pasado.

Los Buendía conviven diariamente con los miembros de su familia que se


encuentran físicamente en la casa, pero también con los miembros ya fallecidos, los
cuáles rondan en sus lugares predilectos, tal como Melquíades, que a pesar de no
ser un Buendía nato, lo era casi en práctica, aparecía de generación en generación
en el laboratorio de alquimia. Esa burla de la muerte que en Melquíades se ve clara
ya que desde un principio de la obra se declara inmortal y cuando muere, lo
anuncia con anticipación a Aureliano Babilonia. Esta presencia tan común de los
muertos en el hogar se remonta a la fundación de Macondo, pueblo que se inició
gracias a la huída de Úrsula y José Arcadio de su villa natal, donde por un insulto a
su virilidad, José Arcadio asesina a Prudencio Aguilar.

Aunado a esto, gran parte de la vida familiar de los Buendía es regida por
premoniciones. Éstas comenzaron cuando Aureliano predijo que la olla caliente se
iba caer y que persiguen a la familia a través de todos sus años. Es común, observar
en familias pueblerinas latinoamericanas y con tradiciones antiguas, la importancia
que se les da a los presagios, o a las famosas supersticiones; donde éstas rigen más
que lo que la razón les dice, y es exactamente espejo de esto, el valor que los
Buendía le dan a este tipo de señales.

El auge de esto, se logra apreciar cuando Amaranta se prepara desde el


principio del día para su muerte, desde hace meses tejiendo su mortaja y donde
toda la familia, exceptuando a los jóvenes Aurelio II, y su hija Meme (ya escépticos
a lo místico por su modernidad) creen que sucederá. Es tan así que cuando la
muerte se lleva a Amaranta, no hay sorpresa de nadie, como tampoco las hubo
cuando Rebeca esperaba en la ventana el fusilamiento de su hermano, para lograr
salvarle la vida, a pesar de lo ilógico que era que lo fusilaran a la vista de todos.

Sin embargo, en ocasiones estos presagios van más allá hasta convertirse o
parecer, según sea la creencia de la persona, en literatura fantástica, como es el
caso de cuando es asesinado José Arcadio, cómo el hilo de sangre recorre desde su
hogar, por debajo de la puerta de la recámara, recorriendo el pueblo hasta llegar y
detenerse en la cocina donde su madre, Úrsula, se encontraba cocinando. (García
Máruqez, 157).

Sin embargo, también dentro de la obra de García Márquez, a pesar de todo


lo mágico y lo maravilloso que caracteriza al relato, se puede encontrar también un
crudo realismo. Un realismo que delata la corrupción de las sociedades
latinoamericanas cuando el suegro del Coronel Aureliano Buendía, don Apolinar
Moscote, realiza un gran fraude electoral modificando las papeletas rojas de los
liberales, con un descaro tal, que cuando Aureliano le comenta su opinión sobre
esto lo único que le contesta es “Ay, Aurelito, si tú fueras liberal, aunque fueras mi
yerno, no hubieras visto el cambio de las papeletas” (García Márquez, 118).

Es aquí donde se deja ver una cruda realidad política latinoamericana, en


esta frase previamente mencionada, que a pesar de su corto tamaño, expresa la
facilidad de consciencia que se tiene para hacer fraude, que sobrepasa la
importancia de la familia (que cabe mencionar es sumamente grande en Macondo y
América Latina en general), para poder llevarse a cabo con tranquilidad. Esta obra,
refleja también la corrupción que hace José Arcadio con las tierras, que después
son restituidas por un mismo Buendía, y no se queda atrás con el personaje de
Fernanda, criticando la altivez y superficialidad de la oligarquía y la aristocracia.

Además, combinado con lo místico y la poca separación entre la vida y la


muerte, se combina también una línea del tiempo común a toda América Latina.
Comenzando con las pequeñas guerrillas de las revoluciones o guerras civiles, para
pasar después a la época de los caudillos con sus leyendas, tal como lo fue el
Coronel Aureliano Buendía, seguida por una época más moderna de lucha sindical,
para terminar en la era contemporánea.

Ambas obras reúnen acontecimientos históricos de una época, sin embargo,


suman también a esa historia lo místico y lo maravilloso de su realidad. Es aquí
entonces donde el lector puede ver más allá de lo que es la historia para lograr
adentrarse en lo más profundo del ser de los personajes y comprender su interior.

Dentro de El reino de este mundo y de Cien años de soledad, se puede


encontrar una literatura que le brinda al lector la oportunidad de vivir en mundo
donde morir de amor es posible, donde las mariposas te señalan a tu enamorado,
donde los timbales organizan las rebeliones y donde los humanos se convierten en
animales. Estos son también mundos reales, sin embargo poco valorados que
existieron y existen en América Latina.

Es en este momento, cuando por fin se puede entender a Jorge Enrique


Adoum cuando dice que “un tigre paseándose por una casa vacía, en lugar de un
gato, sólo es cuestión de geografía” ya que la literatura latinoamericana refleja y
representa las costumbres, valores y la vida de la sociedad latina, mediante una
búsqueda de identidad común, que es bien lograda en ambos textos aquí
presentados.

La literatura hispanoamericana mediante estas dos obras y muchas más,


permite ver la realidad de una nueva manera, una realidad maravillosa vista desde
unos ojos más flexibles y místicos, donde es posible desprenderse de la realidad
cotidiana para resaltar valores ya perdidos u olvidados, donde se convivía en
armonía con la naturaleza y donde el sexto sentido, la intuición, era uno de los más
importantes, logrando ampliar así, los horizontes del lector hacía una realidad
maravillosa nueva y desconocida.
Bibliografía

BHUSHAN, Choubey Chandra. Juan Rulfo: Lo Real, no lo Mágico. Tecnológico de


Monterrey. http://74.125.47.132/search?q=cache:x32pLNCqK-
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CARPENTIER, Alejo. El reino de este mundo. Ed. Booket. España:2005.

GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Cien años de soledad. Edición conmemorativa. Real


Academia Española. Asociación de academias de la lengua española.
México:Agosto, 2007.

El “realismo mágico” en la ficción hispanoamericana. El realismo mágico y otros


ensayos.