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“Opinar”: ¿Negación Del Pensamiento?

“¿Tu verdad? No, La Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.


El problema que queremos abordar.

Es bastante frecuente, hoy en día, conseguirnos en los centros de estudio de


nuestro país, con una situación que a ratos conspira contra la buena disposición a
la sana discusión, al diálogo, al aprendizaje, a la reflexión seria y sólida y, en fin, a
la “producción de conocimiento”. Incluso, eso que tan a menudo oímos, o leemos,
de que hoy día el asunto es “aprender a pensar”, con lo que ahora vamos a plantear
pasa a ser un simple saludo a la bandera, una frase hecha, sin contenido.

Frecuentemente el estudiante liquida su responsabilidad de leer a los autores y dar


cuenta de ello en clase espetando la respuesta, o excusa, de que lo que él está
diciendo es “su opinión”. Dicho de otra manera, frente a la tarea encomendada por
el profesor de leer concienzudamente un determinado texto o autor, para luego ser
discutido en clase, por lo general, y salvo honrosas excepciones, el grueso de la
clase llega al salón sin haber leído, o habiendo mal leído fragmentos del texto, por
lo general los que corresponden a la primera página del material de lectura
previamente asignado. Todo esto trae como consecuencia que el estudiante no esté
en la posibilidad real de intervenir en clase con argumentos sólidos, por lo cual sólo
se limita a hacer amagos de interpretación de la lectura, a echar mano de alguna
anécdota y/o a “dar su opinión”.

Este “decir la opinión” se ha convertido además en un punto de honor que,


comúnmente, parece intocable, por ello de que “hay que respetar la opinión del
otro”. Este estado de cosas, como es lógico, hace imposible cualquier posibilidad
de generar, o favorecer, procesos reales de aprendizaje. Asistimos entonces a un
evento paradójico puesto que se supone que los estudiantes acuden a la
universidad a “estudiar” (vaya tautología), es decir, a incorporar a su bagaje
intelectual nuevos conocimientos, nuevos saberes y nuevas perspectivas, pero,
resulta que, ya de entrada hay una negación tajante a todo ese acontecimiento por
cuanto hay un desacato total a la invitación que había escuchado San Agustín en la
antigüedad de labios angelicales: “Toma y lee”.

No se detiene aquí el menudo problema que nos plantea “la opinión” de nuestros
discípulos contemporáneos. El docente, que no queda perplejo ante el desparpajo
estudiantil de pretender despachar al preceptor con aquello de que “es que yo leí
en el libro de la vida profe”, trata de sortear el escollo y seguir adelante, pero
inmediatamente se consigue con un nuevo obstáculo.

Al tratar de plantear al estudiante argumentos y razones sustentadas acerca de los


aspectos tratados en clase conseguirá más de un alumno que sencillamente le dirá
“es que cada cabeza es un mundo”. Dicho esto, el desenvuelto estudiante dará por
concluido el asunto. De nuevo no podemos dejar de preguntarnos: ¿no vino ese
estudiante a recibir algo? ¿por qué se niega entonces de esa manera? ¿sobre que
base asienta su resistencia a aceptar lo que plantea el profesor? Al buscar ese
basamento nos damos de nuevo golpes contra la pared. Los argumentos no
aparecen, las razones brillan por su ausencia. Lo que conseguimos en el que nos
dice que esa es “su opinión” es el puro capricho, la arbitrariedad llevada hasta las
antípodas, aunque no será raro que sea él precisamente el que acuse al profesor
de arbitrario y de querer imponerle su criterio. Comúnmente esa “opinión” está
basada en lugares comunes, en frases trilladas, mil veces repetidas pero que, al
buscarle contenido, nos hallaremos con un cascarón vació: palabras, sólo palabras.

El efecto de esta grave situación la podemos cartografiar en la manera como se


conduce y se expresa el egresado de nuestros centros de estudios superiores. Nos
conseguiremos con profesionales universitarios que se expresan deficientemente
sea en lo oral o en lo escrito; incapaces de responder adecuadamente ante una
situación problemática planteada; con serias deficiencias para asumir roles de
liderazgo y conducción, etc.

Los que nos dice nuestra realidad universitaria.

Como es natural inferir detrás de ese “dar la opinión” aparece la poco o nula
disponibilidad para leer y para enfrentarse, con seriedad y disciplina, a las ideas
planteadas por un autor. Quien esto escribe se ha dedicado a explorar las distintas
variables que se pueden conseguir de esta problemática en el aula de clase con
estudiantes de educación en la UPEL-Maracay.

A continuación se da cuenta de la experiencia hecha con siete secciones de la


universidad antes mencionada que cursaron durante el semestre 2008-II la
asignatura de Filosofía de la educación; dichas secciones pertenecían a las
especialidades de “Educación Inicial”, “Educación Especial”, “Enseñanza de la
Biología”, “Enseñanza del inglés”, e “Informática” (esta última dentro del Programa
de profesionalización que desarrolla la institución). La segunda semana de clases
se les indicó a los estudiantes que una de las actividades que se ejecutarían, como
estrategia didáctica y evaluativa, era la lectura de un libro titulado “El valor de
educar”, del filósofo español Fernando Savater. La edición que se utilizo fue la
número 18 que tiene unas 222 páginas repartidas en: prólogo, seis capítulos y un
apéndice con textos de autores destacados que desarrollan la reflexión sobre el
problema educativo. Se le explicó además a los alumnos que se discutiría un
capítulo del libro en cada clase y que se empezaría por el prólogo, de manera que
tendrían ocho días para leer, en forma personal, cada capítulo.

Acordado esto se llegó a la tercera semana de clase y docente abrió con la pregunta:
¿cuál es el planteamiento central del autor en el prólogo leído a lo largo de la
semana? La respuesta fue silencio total y reiterado en todas secciones antes
mencionadas. Para tratar de facilitar el intercambio el docente reformuló la pregunta:
¿cuál es la idea central de lo leído? Unos pocos estudiantes se adelantaron a
intervenir. La regla general fue que para ellos la idea principal o el planteamiento
general del autor era la idea que desarrollaba en las dos primeras páginas. Hay que
acotar que el análisis concienzudo de dicho prólogo arroja doce aspectos
desarrollados por el autor que construyen luego la idea global que el autor quería
exponer, que no era sino anunciar que su libro a analizar de manera general y
esencial el asunto educativo.

Se les llamó la atención a los grupos de lo inexacto del análisis por ellos expresado;
a esto respondieron algunos estudiantes que “la idea principal de un texto depende
de la interpretación de cada uno”, o dicho de otra manera, cada quien tiene su
“opinión”. Se les inquirió también acerca del método que habían empleado para leer
el material asignado, inicialmente no se comprendió la pregunta por lo que el
docente tuvo que explicar que es un “método” (estamos hablando de estudiantes de
segundo semestre que vienen de cursar, y aprobar materias tales como introducción
a la investigación, introducción a la filosofía, etc., y que además, no debemos
olvidarlo, vienen de once años de bachillerato); sólo así respondieron algunas
voces: “me acosté en mi cama puse música y me puse a leer”; “leí mientras viajaba
en la camioneta de pasajeros”. Se les pregunto también cuanto tiempo le habían
dedicado a la lectura, a lo cual contestaron: “diez minutos”, “media hora”, etc. Nunca
más de dos horas.
Es evidente que de una aproximación al texto como esta que acabamos de describir
no se puede esperar ningún análisis sólido y sostenible; ¿consecuencia de esto?,
el estudiante, para tratar de salir del atolladero, comienza a aventurar afirmaciones
sin fundamento alguno pero, además, trata de imponerle al docente la creencia de
que lo que está diciendo es resultado de la lectura que supuestamente ha hecho;
como efecto de esto tenemos que lo que el estudiante llama expresar “su opinión “
no es sino un conjunto de lugares comunes y frases hechas que no conducen, ni
parten, de lugar alguno. La sesión de clase se precipita así a una deriva en la que
se habla de todo y no se habla de nada; allí todos opinan pero no se concreta ni se
concluye nada que tenga cierta definición; derrapamos pues a lo que mi viejo y
experimentado profesor de administración y curriculum llamaba la más pura y burda
“opinática”, término que nunca pude conseguir legalizado por las academias en el
diccionario pero que dibuja muy bien el caso al que nos referimos.

Buscando una definición.

La pregunta que corre la cortina a este punto es: ¿es esta una significación
novedosa del vocablo “opinión”? ¿Qué se ha entendido por tal hasta ahora?
Comencemos desde lo más más básico, veamos cuál es la definición que nos trae
el diccionario. Según la edición más actualizada del DRAE que conseguimos en
línea. “Opinión” vendría de ser: “1. f. Dictamen o juicio que se forma de algo
cuestionable y 2. f. Fama o conceto en que se tiene a alguien o algo”
(http://buscon.rae.es/drae/). Como podemos apreciar nos estamos batiendo en las
arenas movedizas de la subjetividad que en dictamen ……..espacio que no se lee
en la copia……… Aquí la equivalencia entre juicio (termino que nos tentaría a
pensar en rigurosidad y solidez) y manera de pensar no deja lugar a dudas, la
opinión viene a ser pues una postura muy ligera en la cual caben muchas cosas,
incluso contradictorias entre sí.

Preguntando a la filosofía

Quizá valga la pena, para valorar en su justa medida el problema que estamos
dirimiendo, remontarnos al nacimiento del pensamiento occidental, suelo sobre el
que aún pisamos y, sin darnos cuenta la gran mayoría de las veces, nos movemos
epistemológica y ontológicamente. El filósofo griego Parménides nos anuncia muy
poéticamente en uno de los pocos fragmentos que de él conservamos lo siguiente:
Bienvenido seas, joven a quien acompañan las aurigas inmortales, y a quien este
carro trae hasta mi morada. Porque no es una suerte funesta la que te hizo tomar
este camino tan alejado de los caminos frecuentados por los mortales, sino el amor
a la justicia y a la verdad. Es necesario que aprendas a conocerlo todo, tanto el
inconmovible corazón de la bien redondeada verdad, como las opiniones de los
hombres. A estas no hay que concederles ninguna convicción verdadera. No
obstante, es necesario que las conozcas también, a fin de saber por medio de una
información que lo abarque todo, qué juicio debes formarte sobre la realidad de
estas opiniones. (subrayado nuestro). (Fragmentos y números de Diels, Fragmente
der Vorsokratiker, R. Verneaux, Textos de los grandes filósofos: edad antigua,
Herder, Barcelona 1982, 5ta ed.. p. 13-16, citado por Diccionario de filosofía CD-
RO. Copyrigth © 1996. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos los
derechos reservados, ISBN 84-254-1991)

Podemos notar acá como el pensador griego establece en su texto una clara
distinción entre lo que es la “opinión” y lo que es la “verdad”. Es cierto que el discurso
parmenídeo sólo se comprende desde su visión aristrocrática de la realidad y que
cuando habla, o escribe, está combatiendo la entrada, en el juego político – social,
de las clases que querían desplazar a la aristocracia que, como descendientes
directos de los fundadores de la polis, se sentían como los gobernantes legítimos y
naturales. Más allá de eso que evidentemente tiene su peso, podemos constatar
que tanto en el mundo griego como en el nuestro, la opinión, como moneda de uso
corriente, tiene un rasgo característico que les une: va a estar basada siempre en
la creencia, en el pre-juicio, que no es sino la generalización de ciertos rasgos, como
cuando decimos, por ejemplo, que todo aquel que tenga ojos rasgados es chino,
excluyendo de ese conjunto al resto de los asiáticos que pudieran contar en su
fisionomía con esa característica.

En este sentido también Platón, en el pensamiento griego, nos deja un elocuente


texto:

-¿Mantendremos, pues, con firmeza que lo que existe absolutamente es también lo


absolutamente cognoscible y que lo que existe en modo alguno es del todo
incognoscible?
- Ciertamente.
- Bien, y si hay algo que es y no es, ¿no estará en medio de lo que existe
absolutamente y de lo que meramente no existe?
- Estará entre lo uno y lo otro.

- Así pues, si hay conocimiento de lo que es e ignorancia necesaria de lo que no es,


¿referente a esto intermedio que hemos dicho hay que buscar también algo
intermedio entre el saber y la ignorancia, si es que tal cosa puede existir?
- ¿Diremos que existe algo así como la opinión?
- ¡Claro!
- ¿Pero acoso vale igual que el conocimiento o se diferencia de él?
- Es algo distinto.

- Una cosa es pues, el conocimiento y otra distinta la opinión; cada cual con su
propio sentido.
- “Exactamente” (República, libro V, 477 a-b. Centro de Estudios Constitucionales,
Madrid 1981, p. 164-165. Citado por Textos de Diccionario Herder de filosofía).

También Platón nos dice acá cómo la opinión es una posición intermedia que no es
ni saber ni no saber; nos movemos pues en la pura indefinición, en la ambivalencia
que no nos aporta la más mínima seguridad. La opinión, tanto Platón como en
nuestra época, se maneja en el mundo de las puras “apariencias”. Es verdad,
sostendrá Platón, que como conocimiento de las apariencias no puede ser
simplemente desechada, puesto que esta es la primera aproximación sensorial que
tenemos del mundo, pero, según Platón, el filósofo se caracteriza precisamente por
no ser amigo de la opinión; dicho de otro modo, si algo define al sabio es el buscar,
en forma continua y sostenida, la inalterable esencia.

Para la escolástica, en la opinión existe siempre un consentimiento, pero éste,


vamos a hallar continuamente un temor por la aseveración antitética. Es decir,
nunca podrá el que opina estar seguro de que su planteo va a tener solidez frente
a los demás, antes bien, continuamente tendrá la espada de Damocles pendiendo
sobre sí por cuanto su afirmación puede ser descalificada siempre por el otro, por
cualquiera en realidad.

De lo que llevamos dicho podemos derivar pues que la opinión es un saber muy
poco seguro que, en nuestros días, atenta una y otra vez contra ese proceso, tan
típicamente nuestro, que es el aprendizaje y que conlleva a su vez, a consolidarnos
como personas, como sujetos en continua formación y crecimiento. Pero, en lo
concreto, ¿contra qué conspira esa opinión que se va convirtiendo en esa suerte de
pesada niebla que lo oscurece y deforma todo? Atenta, por ejemplo, contra el
proceso de “pensar”. Puesto que partimos siempre del supuesto de que todos
pensamos, debemos formularnos la pregunta: ¿qué significa pensar? ¿”Piensa” el
que apela a la “opinión” para zanjar una situación problemática? Esa es
probablemente la cuestión.

El pensar como alternativa

¿Qué estamos entendiendo acá por “pensar”? de partida diremos que pensar es lo
que el docente debe enseñar a hacer a sus discípulos; es esa la tarea por
excelencia; en el camino tendrá también que informar, orientar, acompañar, instruiré
incluso que modelar, aun cuando no se lo proponga, pero su papel fundamental es
enseñar al otro a usar su intelecto. Lo que estamos entendiendo acá por pensar es
ese proceso en el cual, frente a las múltiples posibilidades y objetos que me
presenta mi entorno, que tengo frente a mí; de cara a las distintas problemáticas
que me plantea la cotidianidad, yo soy capaz de asumir una postura; soy capaz de
asumir una posición. La realidad es que la escuela nuestra no nos ha enseñado
esto, ni parece que lo esté haciendo en la actualidad.

La educación escolarizada se ha estructurado y desempeñado tradicionalmente de


un modo tal que lo que más cultiva es la repetición y lo que menos incentiva es el
pensamiento. Dicho de otra manera, “la escuela premia al que repite y castiga al
que piensa”. En los últimos cuarenta años del siglo XX la escuela venezolana diseño
un enfoque curricular basado en objetivos que terminaron dando más importancia
al contenido, y a la lección a enseñar, que al proceso real de aprendizaje, de
pensamiento, que el muchacho pudiese haber hecho. Eso por una parte, pero
además, el aprendizaje escolarizado se organiza de tal manera que después de la
primera lección, viene la segunda, y después la tercera; y así sigue, de tal manera
que en el mundo de la escuela todo es muy coherente y ordenadito, siempre en el
plano superficial del puro fenómeno, pero resulta que cuando el muchacho sale a
su realidad, las cosas no se dan de esa manera. En el mundo al que pertenece el
muchacho la primera lección no es seguida por la segunda, no; allí las situaciones
son encontradas, problemáticas, contradictorias. ¿Qué ocurre cuando nuestros
niños, jóvenes y adultos se enfrentan al mundo real? Pues que no les sirve de nada
lo que han aprendido en la escuela puesto que lo que le han enseñado se lo han
comunicado de tal manera que se convierte en un lujo que a lo sumo podrá ser
exhibido pero no usado.
A nuestros estudiantes pues se les ha enseñado a “repetir” lecciones “ordenadas”
artificialmente que no tienen funcionalidad ni conexión alguna con el día a día.

¿Qué hacer entonces? ¿Será la salida acabar con la escuela, desconocerla o


ignorarla acaso? Nos parece ésta una salida romántica y bastante irresponsable. Lo
que en Venezuela ha ocurrido en los últimos diez años en la educación da cuenta
de esto.

Muchos de los que hoy administran nuestra educación, o fueron grandes críticos del
sistema escolar en el pasado reciente, o fueron beneficiados y entusiastas
defensores de todo ese “movimiento antipedagógico” al que se le puede poner fecha
de nacimiento en el verano francés del 69´. Hemos sido testigos en los últimos
tiempos de cómo se ha pretendido hacer la “revolución educativa” prescindiendo de
buena parte del conocimiento, experiencia e historia que nos precede.

El eslogan de “aprender a aprender” se ha convertido en muchos casos en política


de Estado para la cuestión educativa. Se repite la frase pero no se le da ningún
contenido; se ha pretendido reformar el curriculum y pensa de estudios eliminando
lo anterior y dejando a estudiantes y docentes en la más desolada y anárquica
deriva postmoderna. El así llamado “bachillerato bolivariano” ha derivado en una
“construcción del curriculum” sobre la marcha que a fin de cuentas ha resultado ser
la versión más acabada de aquella nada filosófica sentencia de que “como vaya
viniendo vamos viendo” que popularizo hace ya unos años el personaje de
telenovela, Eudomar Santos. Ante el fracaso y desatino del experimento de marras,
la educación venezolana oficial no tuvo más remedio que regresar a una aún peor
versión de esa escuela que tanto criticamos en las postrimerías del siglo pasado.

En resumen, veníamos de una “educación formal” (el lector sabrá perdonar el


anacronismo) que sí por algo se caracterizaba era precisamente por su “formalidad”
(esto es, pura forma y muy poco de contenido), que definitivamente lo que menos
enseñaba era pensar, y aterrizamos aparatosamente en una “educación bolivariana
y revolucionaria” que, en los trazos finos no sabe a dónde quiere ir y, en los gruesos
vuelve al guion de adoctrinar y premiar al sumiso, ahora mucho más vulgar y simplón
puesto que los agentes de la ideología educativa chavista no han tenido ningún
escrúpulo en vociferar a los cuatro vientos que la educación por ellos propuesta es
ideológica, política y socialista . en breve, fuimos de mal a peor. En el momento en
el que se escribe este texto el proyecto revolucionario de educación está
engavetado, producto de la presión que ejerció la población ante el evidente
carácter panfletario y manipulador de ese proyecto.

Este estado de cosas, como es de inferir, nos aleja mucho más de cualquier
posibilidad que nos diga de una educación que promueva el pensamiento, la
reflexión, el conocimiento fundamentado y sustentable. No puede entonces ser
ninguna sorpresa el que el resultado de una escolarización como al que hemos
descrito sea una generación de estudiantes, e incluso profesionales, que sólo
cuentan con la “opinión” (en el sentido antes desplegado) para poder expresarse.

Una, vamos a llamarla, “didáctica del pensar”, pasaría entonces por dejar de lado
los romanticismos y los discursos anti-academicistas de cuño “izquierdoso”; así
también habría que desechar las rigideces y conservadoras prácticas “derechosas”
(espero que los puristas del lenguaje perdonen las transgresiones, aunque si no las
perdonan tampoco es que vaya a dejar de disfrutar el arroz con pollo del almuerzo).
Implicaría además un compromiso real del docente y de los estudiantes en “leer”,
“comprender” y “discutir” a los autores y a los textos,recordando aquello que nos
decía Freire de que leer no es pasear la mirada por las palabras, sino que es más
bien re-leer e incluso re-escribir el texto.

Todo esto nos coloca frente a un gran reto: o nos tomamos en serio lo que implica
ofrecer a nuestras jóvenes generaciones un ambiente escolar en el que realmente
se trabaje en el tema de conocimiento y del aprendizaje o seguimos sumergidos en
una escuela, en una sociedad y en una “opinión pública”, que, todas juntas, terminan
siendo una gran mentira. No se trata pues de tumbar las escuelas, se trata más bien
de re-pensarlas, de re-significarlas, de darles contenidos, contenidos que estén
ligados al estudio serio de la cultura occidental y de la cultura venezolana;
entendiendo por cultura no sólo lo exquisitamente intelectual ni tampoco lo
puramente folklórico o rural, o pasado. Entendiendo aquí por cultura todo lo que
hace, dice y piensa un pueblo en el contexto; esto es, lo bueno y lo malo.

Quizá así podamos salir de ese marasmo de opinión, del “todo vale” y de
indiferencia en el que nos hemos ido sumergiendo institucional, académica y
socialmente (basta escuchar a algunos colegas que liquidan el problema diciendo:
“yo no me doy mala vida”). Sólo así, a nuestro modo de ver, dejaremos de negar y
re-negar de nuestra propia inteligencia. En buena medida, el programa que aquí
pudiésemos trazar sería el de la irreverencia frente a lo académico, frente a los
autores, frente a las verdades incuestionables y a los hechos consumados; las
afirmaciones que se legitiman porque las dice un líder carismático; o alguien con
poder; acá necesariamente todos estos despropósitos deben ser puestos en
cuestión. Pero no hay que olvidar que, ser irreverentes no significa para nada ser
caprichoso: pues éste último es arbitrario, pretencioso y narcisista. Definitivamente
no es de eso de lo que estamos hablando.