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Reflexiones de un jurista sobre el derecho a la huelga.

Discurso de Miquel Falguera en


el acto del Paraninfo de la Universitat de Barcelona Miquel Falguera · · · · · 03/10/10

Permítanme que en este importante acto haga reflexiones de un simple jurista. Y permítanme
también que recuerde que los juristas no hablamos de dinero, sino de derechos. Que nuestra
razón de ser no pasa por el incremento de las riquezas, sino por el avance de la civilidad.
Tengo la impresión de que vivimos en unos tiempos tan inciertos en los que es necesario
recordar obviedades como, por ejemplo, recuperar el sentido de las palabras. Así, habrá que
recordar que, contra lo que se nos quiere hacer creer, la democracia no es sinónimo sólo de
libertad, sino algo más. Huelga decir que no existe democracia sin libertad, pero la democracia
es también igualdad. Y la democracia es también la fraternidad, esto es, el derecho de todos
los hombres y todas las mujeres a desarrollarse como personas, a partir del reconocimiento
social de unos mínimos de subsistencia. O, como afirmaban los padres constituyentes
norteamericanos, el “derecho a la felicidad”. Nadie puede ser libre si carece de la posibilidad de
desarrollar todas sus potencialidades como ser humano. De ahí que Aristóteles caracterizara la
democracia como “el gobierno de los hombres pobres libres”, a diferencia de la oligarquía - “el
gobierno de los hombres ricos libres”- .

De estos conceptos surgieron las ideas centrales de la Ilustración, de la que somos hijos. Y
habrá que recordar también, porque a menudo se olvida, que los actuales marcos
constitucionales no surgieron de la nada, sino que son fruto del inmenso esfuerzo de las
personas pobres - más o menos libres- durante dos siglos. Que son la consecuencia de la
lucha, de la sangre y el sufrimiento, de la pobreza laboriosa. Después de que dos generaciones
de trabajadores europeos y norteamericanos dejaran sus vidas en los campos de batalla en
dos guerras mundiales se logró un pacto social trascendental que implicó unas nuevas normas
en el reparto del pastel de la riqueza (que bien es cierto que obviaba la realidad de los países
menos desarrollados), recuperando un modelo social que ya había sido mínimamente diseñado
por las constituciones de Weimar y Querétaro.

No obstante, hace un cuarto de siglo - a raíz de la aparición de lo que se conoce como


neoliberalismo , las condiciones contractuales han cambiado y se han pervertido los valores
constitucionales. A pesar de que nadie lo diga, ocurre que los textos de nuestras cartas
magnas se han quedado en papel mojado, en meras declaraciones sin contenido. A lo largo de
estos años, los juristas hemos visto estupefactos cómo las anteriores conquistas de civilidad
eran puestas en solfa, cómo el derecho tenía que someterse a la economía.

Con demasiada frecuencia oímos discursos que cuestionan la igualdad y la fraternidad por
“antiguas” y reivindican una supuesta “sociedad del riesgo”, que implica la instauración del
neodarwinismo social. Actualmente somos más desiguales que hace unas décadas. En otras
palabras: los ricos son más ricos y los pobres, más pobres. Y ello no sólo a escala de los
países opulentos, sino también a nivel mundial, como constata la OIT. Discursos y políticas que
reclaman “menos Estado” y “menos regulación”, es decir, el abandono de la intervención de la
sociedad como colectivo en las relaciones privadas, de tal modo que los poderosos acaben
imponiendo sus intereses.

En este contexto, los juristas hemos asistido boquiabiertos a la negación de que la propiedad
tiene una finalidad social, tal y como afirma la mayor parte de los textos constitucionales
occidentales. Y, así, el triunfo en la vida parece pasar por el mero enriquecimiento un
enriquecimiento a cualquier precio y a costa de los demás , y no por la autoemancipación
individual y colectiva y la mejora de nuestras sociedades, por el declive del concepto de
ciudadanía social en favor del individualismo descarnado. Hemos asistido a la negación de los
derechos y los valores colectivos, contra lo que afirman las constituciones, en favor de este
individualismo. Son cada vez más frecuentes las políticas, declaraciones y normas que
cuestionan a los sindicatos, la negociación colectiva o el derecho de huelga. En estos precisos
momentos tenemos ejemplos claros. Se nos dice y se nos pretende hacer creer que estas
instituciones colectivas conquistadas por históricas luchas desiguales impiden el crecimiento
económico. Se ha recortado la solidaridad social a través de una política fiscal regresiva. Y eso
ha implicado el incremento de la desigualdad en derechos básicos, como el derecho a la
enseñanza, el derecho a la vivienda, el derecho a la tutela judicial efectiva, los derechos de
conciliación de la vida laboral y familiar o las situaciones de dependencia.

El sistema de la Seguridad Social la gran conquista de la pobreza laboriosa y el máximo


exponente de la fraternidad social es también negado, porque se nos dice que afecta a la
economía y que nos incapacita para afrontar los riesgos de las sociedades modernas.
Constantemente aparecen estudios directa o indirectamente pagados por entidades
financieras que indican la imposibilidad de pervivencia del actual modelo de previsión social y
que obtienen un gran eco en los medios de comunicación, que nada dicen de las elevadas
pérdidas de los sistemas privados de previsión. Mientras tanto, nuestras pensiones se van
reduciendo y los requisitos de acceso, endureciendo.

Con la excusa del empleo que la práctica ha demostrado falsa , llevamos veinticinco año de
recortes de derechos de los trabajadores ante los empresarios. Y asistimos a la regulación de
mayores facilidades para el despido, el abaratamiento de su coste para el empresario y a
graves limitaciones de control judicial posterior. Asistimos a un uso abusivo de la mano de obra
foránea, en un diseño consciente de reclutamiento de un auténtico ejército industrial de reserva
que abarate los gastos salariales. Y, en paralelo, asistimos también al preocupante incremento
de discursos xenófobos, con actuaciones de los gobiernos de los países ricos que incumplen
los tratados internacionales.

Pero ocurre que, contra lo que se nos repite, con estas políticas contrarias a la igualdad y la
fraternidad, somos cada vez menos libres, porque estamos en unos momentos en que el voto
de los hombres pobres libres no sirve en nada para delimitar las grandes políticas sociales y
económicas. Estas políticas se diseñan en organismos y empresas transnacionales que no ha
votado ni votará nadie. Y somos menos libres porque cualquier voz mínimamente crítica es
omitida, cuando no quemada inquisitorialmente en una plaza pública.

La actual crisis no es imputable a los trabajadores y a los hombres pobres libres, sino a estas
políticas neoliberales. No deja de resultar sorprendente que poco después del inicio de la crisis,
voces destacadas empezaran a hablar de reformar el sistema, de regular la economía. No
obstante, ésa fue una idea efímera. Una vez más los hombres pobres libres han pagado de su
bolsillo los excesos financieros, y la conclusión de los poderosos ha sido que dichas políticas
suicidas debían incrementarse. Decidieron que eran los pensionistas, los empleados públicos y
las personas dependientes quienes debían pagar las consecuencias, que la solución para la
crisis era menos igualdad y menos fraternidad, que había que seguir recortando derechos a los
trabajadores y a los sindicatos. Han omitido que la causa de la situación actual no es la
igualdad, sino precisamente el recorte de los derechos constitucionales, de los derechos de las
personas. Por eso mi asociación profesional, Jueces para la Democracia, ha decidido apoyar
públicamente la huelga general del próximo día 29 de septiembre, porque esencialmente
somos juristas y nuestra pasión es el derecho. Alguien podría dudar y pensar que los motivos
de la huelga no le afectan en nada, que eso es cosa de los trabajadores y de los sindicatos.
Quien piense eso se equivoca. Lo que nos jugamos el próximo día 29 es mucho más que el
redactado de unas leyes. Lo que nos jugamos es si nuestro futuro lo decidirán nuestros votos o
las organizaciones financieras internacionales. Lo que nos jugamos es si optamos por la
democracia o por la oligarquía.

Miquel Falguera es magistrado de la Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Cataluña