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La novela histórica de finales del siglo XX y las nuevas

corrientes historiográficas
1. Introducción

En las últimas décadas del siglo XX, la novela histórica ha ocupado un lugar preeminente
en la producción literaria de América latina. Dichas novelas históricas, lejos de retomar las
convenciones del género instaurado en el siglo XIX, se apartan notablemente de la novela
histórica tradicional, tanto por su contenido como por su forma. Este hecho ha dado lugar a
una discusión sobre si nos encontramos frente al nacimiento de un nuevo género o de si se
trata simplemente de una renovación o continuación del mismo, a partir de un análisis de
los elementos nuevos y viejos que se encuentran en la producción contemporánea. Sin
embargo, la sola comparación de las novelas históricas contemporáneas con sus antecesoras
decimonónicas (o los epígonos más o menos recientes de las mismas) pierde de vista la
inserción de las novelas históricas en el marco de los dircursos contemporáneos en los que
por definición se inscrinbe: el de la novela y el de la historiografía. El de la novela, porque
es el género literario a cuyas convenciones está sometida, y el de la historiografía, porque
con ella comparte tema y objetivo: la escritura de la historia.

Esto es fundamental ya que, como he mencionado, las innovaciones en la novela histórica


conciernen tanto las caracterísitcas estructurales y formales de la misma como la manera de
narrar la historia. Es decir que si la relación de la novela histórica contemporánea con la de
la novela histórica decimonónica es explícita, no lo es menos su relación con la llamada
nueva novela latinoamericana o con la historiografía contemporánea.

Los puntos de contacto entre las novelas históricas de los últimos años y la nueva novela
latinoamericana no han sido pasados por alto por los estudiosos del fenómeno. Se trata
fundamentalemte de la implementación de técnicas narrativas experimentales e innovativas
como los monólogos interiores, el dialogismo, la parodia, la multiplicidad de los puntos de
vista, la reflexión metatextual del proceso de la escritura y la intertextualidad, para nombrar
algunos de las más importantes. Como se ve, esta coincidencia en cuanto a procedimientos
narrativos va más allá de los límites de América latina ya que se encuentra en la narrativa
contemporánea en general.

No es de extrañar que así como la novela histórica del siglo XIX se inscribe por sus
procedimientos narrativos en el discurso del realismo, las novelas históricas actuales se
inserten en el discurso novelístico contemporáneo. Eso significa que la novela histórica a
finales del siglo XX no recurre a la retórica ni se refugia en los conceptos de la novelística
de otra época, sino que se vale de recursos narrativos acordes a sus necesidades expresivas.
En este sentido, David Bost aporta una idea fundamental, para comprender por qué y con
qué objeto la novela histórica contemporánea se vale de los procedimientos arriba citados.
Según este autor, los novelistas contemporáneos perciben la realidad -ya sea presente o
pasada- como un todo complejo, problemático, ambiguo y contradictorio que no puede ser
aprehendido con certeza y por ende se han visto obligados a abandonar las técnicas y el
lenguaje del realismo, que reflejan la creencia en una realidad ordenada, cuyo sentido
puede ser traspasado inequívocamente al papel.
La conciencia de que la elección de los procedimientos narrativos está estrechamente ligada
a la problemática del conocimiento de la realidad (histórica en este caso) y de las formas
posibles de plasmar dicho conocimiento en el papel nos lleva sin duda un paso adelante, ya
que plantea que el conocimiento histórico es un producto de la escritura de la historia.

Así, la distorsión consciente del pasado en la novela histórica (una de las seis características
fundamentales de las nuevas novelas históricas según lo ha demostrado Seymour Menton)
pone en jaque conceptos realistas de referencialidad, al mismo tiempo que propone
focalizar la atención en la escritura como instrumento constitutivo del conocimiento de la
historia. Ahora bien, la idea de que la escritura de la historia debería renunciar a sus
pretensiones positivistas ha sido defendida por teóricos de la historiografía en las últimas
décadas, como por ejemplo Hayden White o Jaques Le Goff. Esto nos lleva a ver la
relación existente entre las novelas históricas de la actualidad y la historiografía
contemporánea, relación esta, en la que quiero centrar el presente análisis.

En una palabra se puede afirmar que la noción de la historia y las estrategias discursivas
implementadas en la novela histórica dependen, la primera, de las concepciones de la
historia y, la segunda, de las corrientes estéticas de su época.

Refiriéndose a las novelas históricas decimonónicas Raymond Souza puntualiza que:

" Con la Independencia, los escritores aportaron elementos para la


definición de las naciones recién creadas, y parte de este proceso fue un
examen del pasado. [...] Muchas novelas históricas de la época servían a
tales propósitos, y algunas sostenían que la idea que se tenía de la historia
en el siglo XIX era una prueba del progreso del hombre. "

Del mismo modo que él reconoce el rol fundamental de la novela histórica decimonónica
en la constitución de la identidad de las incipientes naciones latinoamericanas a través de
una escritura del pasado que correspondía a los presupuestos positivistas y realistas de la
época; de ese mismo modo, creo poder mostrar concretamente los puntos de contacto entre
el discurso de las novelas históricas y de la historiografía de fines del siglo XX.

En este contexto no debe olvidarse lo siguiente: mientras la novela histórica surgió en una
época, el siglo XIX, en la cual la historia como ciencia desarrolló una metodología de
trabajo "científica" según las normas del positivismo que garantizaba el acceso al
conocimiento histórico por medio de la objetividad y que creía firmemente en la noción del
progreso, la novela histórica de las últimas décadas participa en una discusión sobre la
función de la ciencia histórica, cuestiona la posibilidad del conocimiento histórico objetivo
y contribuye a redefinir objetivos, metodología y lenguaje de la historiografía.

En el ámbito de la historiografía voy a centrarme en la coriente crítica que surgió con la


fundación en 1929 de la revista Annales díhistoire économique et sociale, por Marc Bloch y
Lucien Febvre, y desde cuyo seno se comenzó a impulsar un cambio radical en el
pensamiento historiográfico. Esta tendencia, conocida como la nueva historia, encuentra
actualmente en Jacques Le Goff uno de sus representantes más significativos. En el
volumen titulado La Nouvelle Histoire (París 1978), del cual es coeditor, plantea las
insuficiencias del positivismo realista y se pronuncia por una escritura de la historia capaz
de articularse en términos de la gramática del sueño. Luego, en 1986 publicó una
monografía dedicada al estudio de la relación entre historia y memoria, como categoría
central de la reflexión histórica, en el que sostiene que uno de los grandes desafíos de la
historia es el de adaptarse a las exigencias de los pueblos, las naciones y los Estados, que
esperan de ella que se constituya en un elemento fundamental de la identidad individual y
colectiva, que cada país, lleno de incertidumbre, busca.

La otra corriente de pensamiento historiográfico a la que me voy a referir es la de Hayden


White, cuyo pensamiento teórico está desarrollado fundamentalmente en los volúmenes
Tropics of discourse y The Content of the Form: Narrative Discourse and Historical
Representation.

En cuanto a las novelas históricas contemporáneas, voy a presentar ejemplarmente aspectos


específicos de la novelística histórica latinoamericana, para mostrar cómo sus
procedimientos narrativos, su lenguaje y su estructura constituyen afirmaciones sobre
diversas maneras de acceder al conocimiento histórico por medio de la narración al mismo
tiempo que critican el concepto positivista de la historia ligado a la idea de objetividad y
que proponen sus propias versiones del pasado.

2. La historia como escritura

La actual novelística histórica se inscribe -en varios niveles- en el debate sobre las bases
epistemológicas del conocimiento histórico. Primero, y por su simple práctica, la novela
histórica es una afirmación de la narración como estructuradora del material histórico y
como productura de sentido. De esta manera la novela histórica per se constituye una
respuesta positiva a la teoría de Hayden White sobre el rol de las figuras retóricas -
metáfora, metonimia, sinécdoque e ironía- en el discurso (histórico) como productoras de
sentido en tanto y en cuanto son capaces de realizar el pasaje de lo desconocido a lo
conocido. Dado que White sitúa el proceso de la comprensión en el lenguaje, postulando
para el discurso histórico a nivel formal no una función de mero vehículo de un
conocimiento producido en otra parte, sino la de productor de sentido en forma de una
explicación histórica a través de la organización argumentativa y figurativa del material en
cuestión, su teoría ofrece una justificación epistemológica para la novela histórica.

La idea de que el conocimiento histórico se produce en y por el lenguaje implica sin lugar a
dudas una revolución para las concepciones tradicionales de la historia. Es más,
probablemente la característica más importante del cambio de paradigma en la historia
como ciencia en la segunda mitad del siglo XX consista en definir a la historia como
discurso y no como suceder. Esto no significa, como muchas veces se ha sugerido, que se
ponga en cuestión la existencia del pasado, sino que expresa la convicción de que el pasado
sólo es cognoscible a través del discurso. De ello se deduce que es el relato del pasado el
que lo convierte en historia.

La novela Réquiem en Castilla del Oro (Managua 1996), del escritor nicaragüense Julio
Valle-Castillo, es mucho más que una nueva lectura de la conquista de Nicaragua y del
papel que en ella ocupó Pedro Arias de Avila: es una puesta en escena del lenguaje como
estructurador de la realidad. Así, nos encontramos frente a varias voces narrativas, que se
expresan en distintos lenguajes, cada uno de las cuales transmite su propia cosmovisión. Y
todos ellos están enmarcados por la música del réquiem, por lo que la música fúnebre le
confiere el tono a la orquesta de lenguajes que narran -construyen- la historia de la
conquista y de la vida en Nicaragua bajo el signo de Pedrarias, una vida plagada de muerte,
muerte augurada y ejectuda en el tema del réquiem. El otro lenguaje, que junto al musical,
estructura el relato es el de la liturgia católica cuyo ritmo y cuyo vocabulario atraviesan
toda la novela, imponiéndose como macroestructura en la tercera parte, titulada "Santa
Misa Exequial", en la que la narración está supeditada a las reglas y al desarrollo de la
misa. La fuerza sugestiva de la novela reside en narrar recreando la lengua del siglo XVI, y
en darle un lugar preponderante al lenguaje que marcó los términos y parámetros de la
conquista y la colonización: el lenguaje de la iglesia católica. Ese lenguaje es a su vez
subvertido por el lenguaje de los conquistados que, en contrapunto, cuentan su versión de la
historia. (Las voces de los indígenas sólo en partes fragmentarias se valen del náhuatl, y
usan en general un castellano al que le imprimen su ritmo y sus imágenes.)

Así como al paso de la procesión fúnebre encabezada por la cruz, se levantan "los
degollados y aperreados, las mujeres ciegas y los viejos tuertos por el polvazal de difuntos
y las abuelas arrebujadas en sus rebozos, que yacían aterradas, soterrados, semienterrados,
muertos o como muertos" (pág. 170), así, las voces de los indígenas responden a la letanía
litúrgica en latín, cantada por mercedarios, franciscanos y dominicanos. Unos, uniéndose a
los rezos y orando por Pedrarias: "-De todo mal -Líbralo señor, -de tu ira -Líbralo señor[...],
-Del rayo y de la tempestad, -Del castigo del terremoto, -De la peste, del hambre y de la
guerra "Líbralo señor" (pág. 176); otros en cambio, socavando el discurso de la iglesia y de
la conquista:

-La muerte no es tenderse, nunca es tenderse en un zurrón de cuero. Nuestra


muerte no es esta muerte. La muerte de los castellanos no es nuestra muerte.
La muerte es un viaje a la tierra.

-El viaje no es a la iglesia de su Dios y volver a la Casa del gobernador y


seguir siendo y altivo y tronante.

[...]

-El gobernador es vivo y va muerto. El tastuanes muerto es vivo. El difunto


no es difunto. El descarnado tiene carnes. Nada es verdad entre los señores
principales. Todo es mentira entre los cristianos. (pág. 179)

En los ejemplos citados se observan distintos grados de distanciamiento de los aborígenes


frente a la creencia y el lenguaje de los españoles: en el primer caso adoptan el rezo pero ya
hacen el pasaje del latín al castellano; "señor" está escrito con minúscula, lo que indica un
cambio en la relación entre el creyente y dios y; por último, se perfila ya un cierto grado de
sincretismo en la introducción de fenómenos naturales (rayo, tempestad, terremoto) en la
oración. En el segundo caso la distancia es mucho más notable y se vuelve crítica abierta
del simulacro de Pedrarias al marcar el límite entre los españoles y los indios por medio del
uso diferenciado de los pronombres posesivos: "nuestra muerte", "su Dios". Esta estrategia
sirve además para puntualizar que ni las experiencias, como la de la muerte, ni las creencias
son compartidas. Las frases finales expresan por último un descreimiento explícito y
general respecto del universo español y cristiano.

A nivel simbólico, la novela codifica la realidad del pasado desde diferentes discursos (el
de los indígenas, el de los conquistadores, el de los contemporáneos) que encarnan maneras
alternativas -y a veces contrarias- de entender dicha realidad, creando por lo tanto versiones
propias de la historia de dicho pasado. A su vez, la orquestación de todas las voces en una
"máquina de ficción" (pág. 15) o novela es una propuesta de escribir la historia con todos
los lenguajes que han participado y participan de la aprehensión y estructuración de la
realidad.

Esta perspectiva coincide con la teoría tropológica del discurso histórico de Hayden White,
que postula que una explicación del pasado no pertenece unívocamente a la categoría de lo
verdadero o a la de lo imaginario, sino que debe ser juzgada por la fuerza explanatoria de
las metáforas contenidas en ella. Según esta concepción, el discurso de la historia no es
verdadero o falso, sino que funciona como una gran metáfora, cuya fuerza simbólica
permite comprender el pasado desde un punto de vista determinado, que nunca es el único
posible. Por lo cual Hayden White agrega que a la hora de escribir sobre el pasado

no se trata de elegir entre la objetividad o una visión distorsionada, sino


entre diversas estrategias para la constitución de la "realidad" en el
pensamiento, y luego manejar dicha realidad de diferentes maneras,
teniendo en cuenta que cada manera posee sus propias implicaciones éticas.
(pág. 34)

Queda claro entonces, que el recurso de valerse de diversos tipos textuales o de varios
narradores a fin de producir un relato polifónico de la historia obedece a la intención de
recoger múltiples perspectivas del pasado con todas sus consecuencias tanto éticas como
políticas.

La afirmación de que "la historia se descubre como un saber científico y la novela como un
saber narrativo" no se sostiene, porque la historiografía, en tanto que narración, se vale de
los mismos mecanismos que la novela para construir un relato del pasado que únicamente
se constituye en historia en y por su escritura.

3. El lugar desde el cual se escribe la historia. La escritura desde abajo

Una vez creada la conciencia de que la objetividad de la historiografía es un eufemismo, se


plantea la cuestión de el o los lugares desde los cuales se escribe la historia, y ligado a ello
de las intenciones de cada discurso. La novela histórica de las últimas décadas se ha
instituido como un lugar de reflexión de la escritura, cuestionando los procedimientos
narrativos de la historiografía tradicional. A su vez, la práctica de la escritura de la historia
desde la novela le disputa a los textos históricos no literarios la hegemonía en la producción
y transmisión del saber histórico.
La novela del escritor mexicano Fernando del Paso Noticias del Imperio (Madrid 1987),
que cuenta la historia del efímero reinado de Maximiliano de Austria y Carlota de Bélgica
en el México del siglo XIX, saca a relucir, en un diálogo entre el entonces presidente
Benito Juárez y su secretario, la concepción de la historia de la época:

" Sabe usted mucho de historia Don Benito..."

"No se crea. Pregúnteme usted los nombres de las seis esposas de Enrique
VIII, y verá que me acuerdo, si acaso, de dos o tres de ellas como máximo.
Tengo grandes lagunas." (pág. 158)

La idea de que la historia es fundamentalemente lo que hoy llamamos historia política, es


decir la historia de reyes y gobernantes, la suma de batallas y fundaciones, corresponde a
los parámetros de la escritura de la historia del siglo XIX. Jacques Le Goff, en su ensayo
sobre la nueva historia, plantea la necesidad de que la historia no sea reducida a la historia
política y en el peor de los casos únicamente diplomática, ya que para dar un panorama
cabal de una época es necesario tomar en cuenta sus estructuras socioeconómicas y sus
manifestaciones culturales. Para Le Goff la historia no se limita al conocimiento de las
clases hegemónicas sino de toda la sociedad y de todos los aspectos de la misma
incluyendo la sexualidad, la locura, las mentalidades, etc.

Sin embargo, en su búsqueda de la escritura de una historia total, Le Goff reconoce que tal
vez no sea posible escribir historia, sino más bien historias. Este acercamiento a la escritura
de la historia ha sido asímismo adoptado por numerosas novelas históricas durante las
últimas décadas. En Noticias del Imperio, por ejemplo, nos encontramos frente a dos líneas
narrativas, la primera -correspondiente a los capítulos impares- es la voz de Carlota de
Bélgica, que desde su locura y su encierro en el castillo de Bouchout en el año 1927, relata
en primera persona, en un monólogo en el que fluye libremente su conciencia; y la segunda
-correspondiente a los capítulos pares- narra cronológicamente los sucesos acaecidos entre
1861 y 1927, año de la muerte de Carlota, exactamente 60 años después del fusilamiento de
su marido. Ahora bien, la voz del narrador omnisciente de tercera persona de los capítulos
pares es atravesada e interrumpida por una gran cantidad de otras voces y textos que
quiebran la neutralidad y objetividad del narrador. La narración comprende corridos
mexicanos, poemas, cartas, los relatos de mensajeros y cronistas participantes de la guerra,
pregones, citas de otros libros, creando un mosaico de voces que hace palpable la
materialidad y subjetividad del discurso histórico. Lo narrado está ligado
irremediablemente al narrador y a los intereses e intenciones del mismo. La novela de
Fernando del Paso pone en escena una escritura de la historia polífona y controversa,
señalando la relación del narrador con el discurso que produce y cuestionando de ese modo
una escritura de la historia que tradicionalmente ha intentado borrar su propia materialidad,
para crear una ilusión de referencialidad.

Por medio de un procedimiento diferente, la novela Un baile de máscaras (México 1995)


del escritor nicaragüense Sergio Ramírez también propone una alternativa a la historia
entendida como recuento de las hazañas de los próceres de la patria.
Esta novela pone en práctica una escritura de la historia desde abajo, en contraposición a la
historia política, en donde la vida privada y las costumbres son el centro del relato y sirven
para conocer un lugar y una época que son percibidos por el novelista como parte de la
historia, y que contribuyen tanto o más a comprender el pasado que la miscelánea de
acontecimientos de los que hablan los titulares del diario del 5 de agosto de 1942 que lee
Teófilo Mercado de camino a su casa. En el diario se encuentran, mezcladas, noticias sobre
el avance de la guerra en Europa y sobre un presunto atentado antisemita en Argentina,
avisos publicitarios, la crónica social del cumpleaños de una dama de la alta sociedad
nicaragüense y la cartelera del cine, entre otras. La lectura del diario al comienzo de la
novela sirve para situar el relato en el marco de los acontecimientos de la época, y no sólo
de los sucesos políticos nacionales e internacionales, sino también socioculturales, para
luego concentrarse en lo local y particular.

La escritua desde abajo, polifónica, que intenta captar múltiples perspectivas sobre el
pasado y que amplía la visión de lo que es considerado como histórico a la vida privada y a
lo cotidiano, es uno de los caminos que han encontrado las novelas históricas para
recuperar el pasado no canonizado, dándole lugar a las voces desoídas por la "historia
oficial" que aportan aspectos fundamentales en la constitución de las identidades colectivas.

4. El cuestionamiento de la historiografía oficial

Como explica Jacques LeGoff en un análisis de la historia de la historiografía y del


pensamiento político,

el culto del pasado constituyó a finales del siglo XIX y


principios del XX uno de los elementos fundamentales de las
ideologías de derecha[...]. Todavía hoy coincide ese culto del
pasado con el conservadurismo social. (1992, pág. 44)

La historiografía oficial en América latina forma parte de ese culto del pasado destinado a
canonizar a los considerados héroes de la conquista y de la independencia y aún hoy
continúa aferrada a los preceptos de la historiografía decimonónica. Los libros de historia
constituyen, junto con archivos, museos, fiestas nacionales y monumentos, los pilares en
los que los gobiernos apoyan su construcción de una memoria colectiva dedicada a
preservar el recuerdo de aquellos que son vistos como dignos predecesores. Cada nuevo
gobernante busca inscribirse en la línea de los héroes nacionales en la que las figuras de los
llamados padres de la patria como Bolívar o San Martín y los primeros conquistadores
españoles como Pizarro, Cortés o Pedrarias ocupan un lugar privilegiado, puesto que tanto
unos como otros juegan un rol fundamental -y las más de las veces traumático- en la
constitución de las identidades nacionales y en la identidad americana en general. La
historia oficial, entonces, preocupada por canonizar y establecer una genealogía de próceres
inmaculados presenta versiones reductoras y maniqueas del pasado, más preocupada por
consagrar que por conocer.
Las novelas históricas, en cambio, a través de la polifonía, la intertextualidad y la apertura
de la narración histórica al ámbito de lo particular, local y cotidiano logran recuperar y
formular aspectos del pasado nacional censurados o simplemente no tenidos en cuenta por
irrelevantes por los tratados históricos tradicionales. Así lo entiende Fernando Ainsa, quien
reconoce que en la nueva novela histórica

se vertebran con mayor eficacia los grandes principios identitarios


americanos o se coagulan mejor las denuncias sobre las "versiones
oficiales" de la historiografía, ya que en la libertad que da la creación se
llenan vacíos y silencios o se pone en evidencia la falsedad de un discurso.
(Ainsa, págs. 113-114)

La novela El general en su laberinto (Madrid 1989) de Gabriel García Márquez presenta a


un Simón Bolívar enfermo, desvalido, autoritario y contradictorio al cual la gloria "se le
[ha] salido del cuerpo" (pág. 23). El autor elige narrar el viaje final de Bolívar por el río
Magdalena, concentrándose en la vida privada, las frustraciones, los desvaríos y los
recuerdos del general moribundo, lo que le permite subvertir la imagen tradicional y oficial
del héroe de la independencia. Bolívar parte de Bogotá a lomo de mula y una vez llegado al
puerto a orillas del Magdalena quiere continuar el viaje en un barco a vapor pero no lo
consigue. El narrador explica que el comodoro Elbers, dueño de la compañía de buques a
vapor, no lo deja tomar uno de sus barcos para vengarse de una vieja afrenta: durante su
presidencia, Bolívar le había quitado el monopolio de la navegación y había declarado la
libertad de navegación fluvial en todo el país, por lo cual Elbers se negó a poner un barco
suyo a disposición de Bolívar y éste no tuvo más remedio que seguir camino en un
champán. La ironía contenida en este hecho es explotada en toda su fuerza expresiva por las
posibilidades que ofrece la ficcionalización de la historia en el siguiente episodio:

La navegación era más rápida y serena, y el único percance lo ocasionó un


buque de vapor del comodoro Elbers que pasó resollando en sentido
contrario, y su estela puso en peligro los champanes, y volteó el de las
provisiones. En la cornisa se leía el nombre con letras grandes: El
Libertador. EL general lo miró pensativo hasta que pasó el peligro y el
buque se perdió de vista. "El Libertador" murmuró. Después, como quien
pasa a la hoja siguiente se dijo:

"Pensar que ése soy yo!" (pág. 134)

En el ejemplo citado no es importante saber si realmente ocurrió la anécdota relatada o no y


mucho menos comprobar si Bolívar pronunció las mentadas palabras; lo fundamental es
que esa situación tragicómica sirve para mostrar la brecha entre el hombre -Bolívar- y su
imágen canonizada -el Libertador-.

Otra novela histórica contemporánea que se avoca a la tarea de reescribir una figura central
de la conquista es la ya mencionada Réquiem en Castilla del Oro. La omnipresencia y el
peso de Pedrarias en la conciencia colectiva nicaragüense se condensan en dos leitmotivs
de la novela: el de las falsas muertes sucesivas de Pedrarias con sus correspondientes misas
fúnebres y el de la continuación de Pedrarias en cada nuevo dictador. La novela
funcionaliza a Pedrarias como metáfora productiva del abuso de poder, la tortura, la
violencia, el autoritarismo y la aniquilación sistemática de la cultura y la sociedad
indígenas. A su vez, esta estrategia permite establecer una correlación entre la aniquilación
de los indígenas durante la conquista y durante la dictadura de los Somoza. Veamos dos
ejemplos:

-Aquellos son los caminos por donde antes íbamos a servir a los cristianos y
volvíamos a nuestras casa y a nuestras mujeres e hijos; pero hoy vamos sin
la esperanza de volver.

-Prósperos repartimientos, ricas encomiendas que hoy son campos de


concentración en la región norte y atlántica del país.

-Nos trasladaron a esos campos bajo el cargo de pertenecer a la guerrilla -


dice una familia entera-. Pero es que no queremos vender las tierras
heredadas de nuestros tatas y abuelos, a los oficiales de la Guardia
Nacional. (pág. 233)

La primera frase corresponde a la voz de los indígenas durante la conquista, la tercera a una
familia del siglo XX y la segunda hace de puente entre ambas, produciendo el pasaje de una
voz a la otra a través de la comparación entre la institución de la encomienda y los campos
de concentración.

Más adelante, durante el Responso, a los ruegos de Pedrarias, Alvarez de Osorio e Isabel
Bobadilla ("-Kyrie eleison/-Christe eleison/-Señor ten piedad del capitán general y
gonernador, Pedro Arias de Avila", pág. 281) se les contrapone una doble respuesta. En
primer término, la de los indios que sufrieron la conquista en carne propia, quienes
reclaman:

" -Señor, no has tenido piedad de nosotros quince mil naturales a la llegada
del capitán Hernández de Córdoba y de los cuales, hoy, seis años después,
muertos de dolor de costado, cazados, embarcados, aperreados y agónicos
de hambre, sólo sobrevivimos unos tres mil viejos y ancianas y hembras que
se niegan a ayuntarse para no preñarse ni parir criaturas a más dolor y
muerte." (pág. 282)

Y en segundo término la de los que se ven confrontados a uno de los continuadores de


Pedrarias: "Piden piedad y ni él ni ellos la tienen con nadie, afirma un dirigente de la
confederación general del trabajo de Carazo, capturado el 7 de febrero de 1975, en
Diriamba [...]" (pág. 283)

En ambas novelas encontramos una escritura de la historia que busca incorporar la mayor
cantidad de perspectivas, de lenguajes posibles para comprender mejor los mitos
articulados en la construcción de las identidades nacionales.
Lejos de sumergirse en un culto del pasado como camino para evadirse del presente, la
reescritura del pasado implica la apertura de un debate sobre el lugar desde el que se escribe
la historia y sobre sus consecuencias éticas y políticas.

Por eso es posible afirmar junto a María Cristina Pons que

Más allá de marchar a la par de las tendencias más radicales de la


historiografía contemporánea, en la novela histórica latinoamericana
reciente se trata específicamente de un cuetionamiento al discurso
historiográfico en cuanto discurso producido desde los espacios
hegemónicos de poder y su producción de las versiones oficiales de la
Historia. (pág. 259)

5. La relación entre el presente y el pasado. El rol de la imaginación

La escritura de la historia, ya sea en la novela o en un ensayo historiográfico, intenta


entender el pasado para aprender de él y así comprender los procesos que contribuyeron a
formar las sociedades actuales. Partiendo de la idea hegeliana de que la integración de la
conciencia del pasado es necesaria para entender el presente, Hayden White desarrolla su
teoría de que recién la necesidad de determinar cuán significantes son los sucesos pasados
para una cultura o grupo que escribe su propia historia posibilita una presentación de los
hechos reales en forma narrativa. En consecuencia, la escritura de carácter histórico,
funciona como construcción y memoria colectiva de los hechos del pasado y por lo tanto es
uno de los pilares en los que se asienta la identidad nacional. Los sucesos por sí mismos
carecen, según White, de significado y es la narrativización de los mismos (por medio del
argumento y de los tropos del discurso), la que les otorga una dimensión moral.

La novela El misterio de San Andrés (México 1996) del escritor guatemalteco Dante Liano
es un ejemplo de hasta qué punto un mismo suceso -la quema de la municipalidad de San
Andrés- tiene un significado completamente distinto para los indios y para los ladinos.
Mientras que para los primeros representa la pérdida de los títulos de sus tierras (que se
encontraban allí a pedido de un funcionario) y por lo tanto conlleva una amenza existencial,
para los segundos es un símbolo del triunfo de la revolución frente al gobierno de Ponce.
Probablemente por eso, el autor ha elegido escribir la historia de la época de la dictadura de
Ubico hasta la revolución de 1944, centrándose en la masacre de Patzicía, desde dos
perspectivas distintas que se alternan a lo largo de la novela: las de Benito y Roberto, un
indio y un ladino. Aunque contemporáneos y partícipes de los mismos acontecimientos, el
indio y el ladino no viven la misma historia. Como lo explica Werner Mackenbach en su
análisis de la novela

son dos mundos diferentes con sus propias tradiciones, idiosincrasias y


verdades que existen paralelamente dentro del mismo país, casi sin
comunicación y sin entenderse. Hasta en su estructura la novela refleja este
paralelismo: De capítulo a capítulo alterna entre las historias paralelas y
separadas de Benito y Roberto. Y aunque las dos tramas de la narración se
juntan en cuatro ocasiones, los dos mundos, las dos culturas siguen
existiendo sin unirse.
En los dos capítulos en los que ambos protagonistas se cruzan es interesante constatar que
el narrador omnisciente comparte su horizonte con Roberto pero no con Benito, porque
ambos encuentros se producen dentro de los capítulos dedicados a Roberto, lo que explica
que estén escritos desde una mirada ladina. En el epílogo se recupera la narración paralela y
alternada de los primeros capítulos.

Sin embargo, la elección de escribir la historia de esa época a partir de ambas visiones nos
indica que el camino propuesto por esta novela en la escritura de la historia es la suma de
las distintas construcciones del pasado, en la creencia de que la identidad de Guatemala es
tanto ladina como india. El narrador describe las sensaciones de Roberto luego de haber
entrevistado a Benito del modo siguiente:

Lo que le había contado Benito Xocop era notable y verdadero; Roberto


conocía demasiado bien a su gente como para atribuir mentira a las
palabras del principal de San Andrés. Al menos, con él mismo, no podía ser
hipócrita. Lo que le fastidiaba era la sensación de estar fuera de todo: no
podía sentir más que simpatía por los indios, pero no podía sentir lo que
ellos mismos sentían, ni aún proponiéndoselo: siempre sería ladino, aunque
en el extremo del ridículo se enfundara un traje típico y se fuera a vivir
entre los indígenas. Siempre sería ladino, pero luego de esa conversación
no podía seguir creyendo las historias que los ladinos se contaban a sí
mismos.

El hecho de que Roberto tenga la lucidez de entender que ni su simpatía por los indios ni su
convencimiento de que la versión de Benito es la verdadera lo convierten a él, Roberto, en
indio, es una metáfora lúcida de la dualidad irreductible de la identidad guatemalteca,
puesta en práctica en la estructura narrativa de la novela.

Pero mientras en la novela los medios de comunicación no dan cabida a versiones


disidentes del pasado, El misterio de San Andrés, en tanto que novela, sí puede permitirse
expresar la verdad de Roberto y Benito, rechazada por los periódicos y censurada por el
gobierno. En cuanto a la caducidad del discurso tradicional de la historia y de la política,
ésta es puesta en escena a través de la figura del maestro de escuela, cuyo discurso
pronunciado para festejar el triunfo de la revolución es un calco de otro que había
concebido años atrás en homenaje a Ubico.

Hayden White explica que para poder representar la realidad, sobre todo en el caso de los
discursos históricos que intentan representar el pasado de la humanidad, es indispensable la
imaginación. Ya que sin la ayuda de la imaginación sería imposible reconstruir en la
conciencia y en el discurso un pasado compuesto por hechos, procesos y estructuras que no
podemos percibir ni experimentar directamente.

Espero haber podido mostrar que la novela puede, por su caracter ficcional, explotar
libremente la imaginación como medio de acceso al pasado y a través de ella escribir una
historia que le dé sentido al pasado, de un modo en que la historiografía no siempre ha
logrado hacerlo.
Quizás sea el desengaño de la retórica anticuada y vacía que no logra dar sentido al pasado
de tantos tratados de historia lo que llevó a numerosos autores latinoamericanos a buscar
formas experimentales e imaginativas de escribir la historia desde la novela.

Si Jacques Le Goff está convencido de que "la historia y sólo la historia está en condiciones
de permitirnos vivir en este mundo de inestabilidad definitiva y duradera con otros reflejos
que no sean los del miedo", las novelas historícas contemporáneas demuestran que la
historia que se escribe desde la literatura está tanto o más capacitada para responder a las
grandes preguntas de nuestra época.

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