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Las ciencias ambientales: ¿multidisciplinarias o


interdisciplinarias?
Roger Strand 9/05/02

Ecotropía (Barcelona). El tema de este artículo se centra en la gran variedad de concepciones que
hay sobre la esencia de las ciencias ambientales: cómo son hoy, y cómo deberían ser idealmente.

¿Qué son las ciencias ambientales? Se podrían definir las ciencias ambientales simplemente como la
totalidad de la producción de conocimientos académicos con el objetivo de informar sobre nuestras
actuaciones hacia los problemas ambientales. La naturaleza de estos problemas se ha discutido a
menudo, pero en esta exposición tan sólo será necesario que supongamos su existencia.

Los jóvenes investigadores debemos tener en cuenta que los problemas ambientales son
reconocidos como tales desde hace poco tiempo. El libro de Rachel Carson1 se consideraba el
iniciador de la “era ambiental” aunque existen algunos precursores. Por tanto, no debe coger a
nadie por sorpresa el hecho de que todavía no haya ningún consenso sobre el carácter de las
ciencias ambientales. Las discusiones aparecen, sobre todo, en lo que se refiere a las relaciones
entre la ciencia ambiental y las distintas disciplinas tanto de las ciencias naturales como de las
ciencias sociales.

En este pequeño ejercicio de reflexión quisiera discutir acerca de dos concepciones de dichas
relaciones: a) la multidisciplinariedad, es decir, la inclusión de distintas disciplinas, y b) la
interdisciplinariedad (O’Riordan 1995)2, cuya esencia es la verdadera colaboración entre los
científicos de las diferentes disciplinas. Al final, veremos que esta reflexión también puede motivar
visiones más innovadoras, como la “ciencia posnormal”.

La ciencia ambiental como una ciencia multidisciplinaria

Algunos problemas ambientales pueden ser tan simples que una única disciplina sea suficiente
para resolverlos. Por ejemplo, si hay un caso de contaminación atmosférica en un punto
determinado, los ingenieros químicos pueden medir la contaminación, descubrir sus fuentes y
proponer las medidas necesarias.

Sin embargo, a menudo hay preguntas importantes que los químicos no saben resolver: ¿se
acumulan sustancias en la vegetación o en los animales por culpa de la contaminación? ¿Cómo
los afectan? ¿Hay daños o riesgos sanitarios? ¿Cómo pudo ocurrir y quién tiene la

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responsabilidad? ¿Cómo reaccionará la población afectada? Todas estas preguntas nos muestran
que este tipo de problemas tienen que estudiarse desde varias disciplinas como las ciencias
naturales, las ciencias sociales, la medicina, el derecho, etc.

Podríamos diseñar el estudio de nuestro caso como un gran proyecto dividido en pequeñas
partes: un subproyecto botánico, uno zoológico, uno de medicina, uno de derecho etc. Y delegar
cada parte al departamento apropiado: los botánicos estudiarían los aspectos botánicos, los
zoólogos se ocuparían de los efectos sobre los animales, etc; todo con los métodos correctos de
la disciplina respectiva, la “ciencia normal” en palabras de Kuhn (1970)3.

Este ejemplo sirve para explicar el concepto de multidisciplinariedad. Siendo un poco severo
con esta forma de trabajar, podría decir que la multidisciplinariedad se reconoce en los informes
finales en los que cada aspecto del problema tiene su propio capítulo, pero con poca integración
entre los diferentes aspectos y perspectivas científicas.

La interdisciplinariedad es la apertura de discursos metodológicos

Es posible que nuestro proyecto multidisciplinario sea suficiente para resolver el problema que
nos hemos imaginado. Seguramente, en muchos casos será mejor que un trabajo
unidisciplinario.

No obstante, cuando hay una colaboración entre científicos de disciplinas muy diferentes, se crea
una cantidad enorme de conocimientos, de los que el individuo puede aprender muchas cosas
interesantes. La pregunta es si estos conocimientos serán también útiles para atacar al problema
ambiental. Creo que sí, y en este sentido podríamos definir la interdisciplinariedad como una
colaboración en que científicos de una disciplina participan y contribuyen en deliberaciones
metodológicas de otras disciplinas. Para dibujar una situación muy concreta: en un trabajo
interdisciplinario, los sociólogos, los botánicos y los zoólogos se meten mutua y continuamente en
los asuntos de los otros, a la vez que crean un ambiente de compañerismo en que el sociólogo
puede hacer “preguntas ignorantes” al zoólogo, y viceversa.

¿Para qué sirve la interdisciplinariedad?

Por un lado, la interdisciplinariedad genera progresos metodológicos como consecuencia directa


del aprendizaje mutuo entre los colaboradores. En particular, la interdisciplinariedad me parece
importante como una fuente de reflexividad, es decir, una fuente de atención y reflexión de los
supuestos metodológicos en que las investigaciones se fundamentan, sobre todo de los elementos
contextuales de los supuestos.

Si volvemos al caso de la contaminación atmosférica y nos centramos en cómo monitorizarla,


podríamos preguntarnos, por lo que respecta a las mediciones químicas, ¿dónde mediremos?
Obviamente, los químicos tienen que tomar decisiones difíciles. Los monitores químicos no son
baratos y se deben realizar las mediciones más relevantes. Pero, ¿relevantes para quién? ¿Para
las personas adultas, 170 cm sobre el suelo? ¿Para los niños, 100 cm sobre el suelo? ¿Para los
bebés en sus cochecitos? Si la contaminación está producida por cenizas, por ejemplo, la

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concentración de partículas puede variar mucho según la altura.

Y aún más, ¿pondremos los monitores a través del terreno de una manera cartesiana y
“objetiva”, como una cuadrícula, o buscaremos los sitios más relevantes? ¿Qué sitios frecuenta la
gente y cuándo? ¿Dónde juegan los niños? ¿Hay especies animales o plantas que sean
susceptibles? Y en tal caso, ¿dónde están? Para contestar estas preguntas juiciosamente, se
necesita tener conocimiento de la naturaleza y los hábitos de la gente.

Pero aún hay más indicadores de contaminación: las medidas de sabor y olor; la presencia de
unas u otras especies indicadoras ecológicas; la frecuencia de enfermedades respiratorias en la
población local. Las informaciones epidemiológicas serán muy interesantes y relevantes para
nuestra investigación. Sin embargo, su interpretación depende de condiciones sociales y
culturales, así como de aspectos laborales, de la atención (o ansiedad) a la supuesta
contaminación, etc.

En resumen, en investigaciones aparentemente sencillas, a menudo deben decidirse aspectos del


diseño de la investigación que dependen de suposiciones sobre las circunstancias y los hechos
que pertenecen al ámbito de otras disciplinas.

Además, las contribuciones de otras disciplinas no sólo son importantes para buscar el diseño
“correcto” de la investigación, sino que pueden mostrarnos que la idea de un único diseño óptimo
es demasiado sencilla. Por ejemplo, si el sociólogo aplica sus métodos para analizar nuestras
mediciones del aire, podría descubrir relaciones entre nuestra metodología y algunos intereses
sociales o políticos (nuestros o de otros). Si consideramos la importancia de la colocación de los
monitores químicos, vemos que se relaciona con los intereses (en este caso una consecuencia de
la altura) de los hombres, las mujeres, los niños y los animales que viven en el suelo. Las
personas y los lagartos no inspiran el mismo aire; tampoco los hombres y las mujeres, no sólo
por la diferencia de altura sino también por varios aspectos sociológicos.

Este ejemplo es muy sencillo y quizás no convence a nadie de la gran importancia de analizar
investigaciones científicas desde una perspectiva sociológica. Otro ejemplo más convincente es el
trabajo del sociólogo Brian Wynne y sus compañeros (Shackley et al. 19984; van der Sluijs et
al. 19985), en el que han analizado algunas de las decisiones metodológicas más importantes de
la ciencia del cambio climático.

De un modo parecido, las investigaciones del mundo social tampoco se pueden realizar sin
suposiciones. Aunque el papel y el valor del conocimiento de las ciencias naturales para las
ciencias sociales son muy controvertidos, me parece evidente que la aportación de pruebas
químicas de la presencia de tóxicos en el aire será información relevante para el diseño de una
investigación sociológica sobre la ansiedad de la población. Sin ningún conocimiento ni contacto
con las ciencias naturales, el científico social se expone al peligro de ser un instrumento de
intereses particulares o simplemente de equivocarse. Sin embargo, esta es una cuestión difícil
(Tàbara 2001)6.

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La interdisciplinariedad, definida así, cuesta de asimilar y aplicar. Los científicos tienen que
aprender algo sobre otras disciplinas y, lo que es más importante, tienen que crear su forma de
comunicación a través de las barreras tradicionales del mundo académico. Por eso, la
interdisciplinariedad no sólo exige conocimientos, sino también ánimo, buena voluntad y, sobre
todo, confianza mutua. En mi opinión, la interdisciplinariedad verdadera todavía es infrecuente.
Debemos introducir esta visión en la gestión de las investigaciones ambientales, y quizás una
visión de la transdisciplinariedad, en la que los límites tradicionales entre las disciplinas se
disuelven en formas de trabajo nuevas e innovadoras. Puede ser que los nuevos “ambientólogos”,
con una educación que abarca las ciencias naturales y sociales, sepan cómo mejorar la gestión de
las investigaciones ambientales. O así lo espero.

La normatividad y la ciencia posnormal

Volvamos otra vez a las difíciles decisiones sobre el diseño de nuestras mediciones del aire. Ya
hemos visto que las decisiones dependen de suposiciones sobre varias circunstancias para hacer
mediciones relevantes. Pero cuando preguntábamos “¿relevantes para quién?” no contestamos,
sino que insinuamos que más conocimiento e interdisciplinariedad podrían ayudarnos a contestar.

Es cierto que los conocimientos ayudan. Sin embargo, el conocimiento por sí solo no puede
darnos la respuesta, ya que la pregunta realmente es una cuestión normativa. El valor relativo (y
por eso, su relevancia para el diseño de la investigación) de la salud de hombres, mujeres y
lagartos, es un asunto político y ético. En un ejemplo más actual, la importancia de la frecuencia
de enfermedades respiratorias también es un asunto normativo: ¿es válido un caso de enfermedad
que pueda ser causada por la sinergia entre contaminación y tabaco?

De hecho, la normatividad penetra las ciencias de varias maneras. Por ejemplo, cuando hacemos
mediciones, tenemos que analizarlas. Principalmente queremos saber si los resultados indican
daños, contaminaciones o riesgos verdaderos, o si las tendencias que vemos son causadas por el
azar. Estadísticamente, la pregunta es si los datos aportan valores “significativos”. El nivel de
confianza que se utiliza normalmente es de un 95%, es decir, se acepta un riesgo del 5% para
llegar a la conclusión falsa de la existencia de un efecto (daño, contaminación) si el efecto
realmente no existe. En tal caso se ha hecho un “error de tipo 1” (error de primera especie). Este
nivel del 95% (5%) es una convención que propuso el gran estadístico Ronald Fisher hace unos
setenta años; más tarde se convirtió en un símbolo científico. El “error de tipo 2” se define como
la conclusión falsa de la ausencia de efecto cuando realmente existe. De esta manera, una actitud
prudente hacia los errores de tipo 1 (es decir, prudencia para no rechazar demasiadas hipótesis
de nulidad, de no efecto) implica que se ignorarán más tendencias e indicaciones de un efecto, y
por eso, existirá un riesgo elevado de hacer errores de tipo 2.

Las precauciones están relacionadas con los peligros. Los peligros de tipo 1 son las
reclamaciones falsas de un efecto (daño, contaminación) y las imposiciones ilegítimas e
innecesarias de indemnización dirigidas hacia una fábrica o empresa. Por eso, el riesgo de tipo 1
se llama a veces el “riesgo de los productores”. El peligro de tipo 2 es que un efecto del medio se
ignore. Por eso, se llama el “riesgo del consumidor”. Fisher, cuando propuso la convención del
95%, recomendó que se usase con juicio y discreción, sabiendo que la decisión sobre el nivel de

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confianza realmente distribuye los riesgos entre las partes interesadas.

La comprensión de los aspectos normativos de la metodología científica tiene importantes


implicaciones. Creo que la mayor parte de las investigaciones ambientales evitan este problema
ignorándolo o suponiendo que los científicos pueden decidir legítimamente sobre asuntos políticos
o éticos. Pero a algunos les parece una conducta bastante tecnocrática y antidemocrática. Por
eso, intentan crear alternativas, como la “ciencia posnormal” (Funtowicz & Ravetz 19937, 19948,
20009; Tàbara & Querol 199810), una teoría sobre la producción de conocimientos bajo
normatividad, desacuerdo, incertidumbre y urgencia. De gran importancia en la ciencia posnormal
son la comunicación de la normatividad e incertidumbre y la participación de los ciudadanos en
las decisiones normativas sobre el diseño de la investigación ambiental, la distribución de los
riesgos metodológicos, y la calidad y relevancia de los hechos. Una pregunta interesante es si la
visión posnormal se puede aplicar dentro de nuestras instituciones actuales, por ejemplo
incorporándola a instrumentos de gran actualidad como la “Agenda 21 local”.

Conclusiones

1. Para tratar los problemas ambientales se necesitan conocimientos de muchas disciplinas


académicas.
2. La multidisciplinariedad, es decir, la colaboración entre disciplinas sin abertura de los discursos
metodológicos, es a veces inadecuada porque los asuntos de una disciplina pueden ser
importantes para el diseño metodológico de otra disciplina.
3. La interdisciplinariedad verdadera exige un ambiente de compañerismo muy abierto y lleno de
confianza. Exige una visión interdisciplinaria de la gestión de la investigación ambiental.
4. A veces, el problema ambiental está lleno de normatividad. El discurso metodológico debe
extenderse a los ciudadanos, como se propone en la ciencia posnormal.

Roger Strand es doctor en bioquímica. Investigador del Centre for the Study of the Sciences
and the Humanities de la Universidad de Bergen (Noruega) e investigador invitado del Centre
d'Estudis Ambientals de la Universitat Autònoma de Barcelona

Nota
Agradezco a Mireia Fontcuberta i Famadas y Sílvia Cañellas i Boltà por sus valiosos comentarios
y sugerencias durante la preparación del presente trabajo.

Referencias

1. R. Carson: Silent spring, Penguin Books, Londres, 1962.


2. T. O’Riordan: Environmental Science for Environmental Management, Longman Group
Ltd., Burnt Mill, 1995.
3. TS. Kuhn: The structure of scientific revolutions, 2 ed., University of Chicago Press,
Chicago, 1970.
4. S. Shackley, P. Young, S. Parkinson, B. Wynne: «Uncertainty, complexity and concepts of
good science in climate change modelling: Are GCMs the best tools?», Climatic Change 1998,
38: 159-205.

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5. J. van der Sluijs, J. van Eijndhoven, S. Shackley, B: «Wynne anchoring devices in science for
policy: The case of consensus around climate sensitivity», Social Studies Of Science, 1998, 28:
291-323.
6. J.D. Tabarra: «La medida de la percepción social del medio ambiente. Una revisión de las
aportaciones realizadas por la sociológica», Revista Internacional de Sociología 2001,
28:127-71.
7. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: «Science for the post-normal age», Futures, 1993, 25: 739-55.
8. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: «The worth of a songbird - ecological economics as a post-normal
science», Ecological Economics 1994, 10: 197-207.
9. S. Funtowicz, J.R. Ravetz: Ciencia con la gente. La ciencia posnormal, Icaria, Barcelona,
2000.
10. J.D. Tàbara, C. Querol: «Evaluación integrada del cambio climático: Experiencias de grupos
de discusión en el área metropolitana de Barcelona», En: Pardo M. (ed.): Sociología y Medio
ambiente: Estado de la Cuestión, Madrid, Fundación Fernando de los Ríos, 1998: 339-356.

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