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La verdad a medias de la monarquía parlamentaria

Javier Pérez Royo (/autores/javier_perez_royo/) 08/09/2018 - 20:34h


Argumentar que, puesto que la Constitución de 1978 fue sometida a referéndum y en ella
figuraba la Monarquía definida como parlamentaria, la Monarquía ya se ha sometido a referéndum,
es una parte de esa verdad a medias en que nos hemos instalado “La forma política del Estado
español es la Monarquía parlamentaria”, dice lapidariamente el artículo 1.3 de la Constitución. No
debería, en consecuencia, poderse poner en cuestión que es así. Y sin embargo, nos enteramos, por
ejemplo, en información de eldiario.es publicada el pasado miércoles, que la amante del Rey Juan
Carlos, Corinna, acompañada del embajador de España en Arabia Saudí, se había reunido con uno
de los príncipes de la Casa Real de aquel país, en representación del Rey de España, para entablar
negociaciones de naturaleza económica, en las que no queda claro dónde empiezan y acaban los
intereses del Rey y los intereses del país.
Esto no es que sea imposible, sino que es inimaginable en una Monarquía Parlamentaria. Una
reunión del amante de la Reina de Inglaterra o de la amante del Rey de Bélgica, acompañados del
embajador correspondiente, con un príncipe saudí para hablar de negocios en representación de
cualquiera de ambos monarcas, no es posible ni en una obra de ficción, porque carecería de la
verosimilitud mínima para que pudiera ser efectiva.
La relevancia de la información publicada en eldiario.es, así como las informaciones que van
apareciendo en este y otros medios de comunicación sobre las andanzas del Rey Juan Carlos I y
Corinna, no es tanto de naturaleza penal como constitucional. Se podrá discutir si las conductas que
figuran reflejadas en esas informaciones son constitutivas o no de delito y, si en el caso de
que lo fueran, estarían o no protegidas por el principio de inviolabilidad del monarca, pero lo
que no se puede discutir es que constitucionalmente son inaceptables, que son incompatibles con
el artículo 1.3 de la Constitución.
Las conductas de las que estas publicaciones nos informan, que se refieren temporalmente a
los últimos años de la ejecutoria del Rey Juan Carlos I, pero que nadie duda de que son conductas
que se han venido sucediendo a lo largo de toda ella, se aproximan a la conducta de su abuelo
Alfonso XIII y, en cierta medida, a la de su tatarabuela Isabel II. Son episodios propios de una
Monarquía
Constitucional, pero predemocrática, y no de una Monarquía parlamentaria.
Obviamente estos episodios no han sido la norma de la conducta del Rey Juan Carlos I. La
Monarquía definida como “parlamentaria” en la Constitución de 1978, no es la Monarquía
definida como “española” en las Constituciones de 1845 y 1876. Con la Constitución de 1978
la Monarquía ha convivido con el principio de legitimación democrática formulado en el artículo
1.2 CE. Y con un principio de legitimación democrática que ha operado como principio dominante
en el sistema político. Desde esta perspectiva, la diferencia entre la Monarquía “parlamentaria” del
78 y la Monarquía “española” del 45 y del 76 es una diferencia real, no cosmética.
Por eso hablo de “verdad a medias”. En mi opinión, no cabe duda de que los elementos propios
de la Monarquía parlamentaria han estado presentes durante el reinado del Rey Juan Carlos I. No
cabe
duda de que han estado, además, de manera dominante. Pero no de manera exclusiva y
excluyente. No se ha producido la negación del principio monárquico como un principio de
legitimidad, que es
lo que ha ocurrido en todas las Monarquías parlamentarias sin excepción.
El Estado Constitucional democrático es compatible con una magistratura de carácter
hereditario en la Jefatura del Estado. No es compatible con un principio de legitimidad monárquico
que
haga competencia de manera subrepticia al principio de legitimidad democrático. Esto es lo
decisivo. La Democracia como forma política no puede tolerar la existencia de algún principio de
legitimidad alternativo al principio democrático.
Esto es lo que no ha ocurrido nunca en la historia de España, con la excepción, obviamente, de
la Segunda República. Jamás se ha extendido el poder constituyente del pueblo español a la
institución monárquica. De una manera inequívoca en la Primera Restauración. Y de una
manera “encubierta”, pero también inequívoca en la Segunda. La Monarquía siempre ha sido previa
e indisponible para el poder constituyente del pueblo español. En la Primera Restauración el Título
de la Monarquía de la Constitución no se sometió siquiera a la discusión de las Cortes
Constituyentes
de 1876. En la Segunda no se llegó a tanto, pero el Rey Juan Carlos I, que había jurado lealtad
a las Leyes Fundamentales del Régimen del general Franco, no juró nunca lealtad a la Constitución
de 1978.
No es ella la que me ha traído a mí, sino que soy yo el que la ha traído a ella. Con esta
ambigüedad se ha organizado política y jurídicamente la democracia española.
En España tuvimos una Primera Restauración acompañada de una fórmula constitucional
liberal, predemocrática, que se podía en cierta medida homologar con lo que ocurría en el
constitucionalismo europeo anterior a la Primera Guerra Mundial, pero que no podía serlo después
de la Gran Guerra. Su incapacidad para transitar de la Monarquía Constitucional a la Monarquía
Parlamentaria la condenó de manera inexorable. De ahí que, aunque la Monarquía no
desapareciera hasta 1931, desde 1917 no hizo más que vivir en un estado de agonía. Hemos tenido
una Segunda Restauración acompañada de una fórmula constitucional democrática, que se puede
homologar con lo que ocurre en el constitucionalismo europeo posterior a la Segunda Guerra
Mundial, pero contaminada por restos del pasado, que vienen en parte de la vieja “Monarquía
Española” y en parte de las Leyes Fundamentales del Régimen anterior. Los efectos de dicha
contaminación han sido tolerables durante los primeros cuarenta años de vigencia de la
Constitución, pero ha dejado de serlo.
Sin un referéndum sobre la Monarquía no es posible salir de la situación a la que hemos
llegado. Una democracia no puede operar con ambigüedades sobre el principio de legitimidad en el
que
descansa su sistema político. Las dudas tienen que ser despejadas y solamente hay una forma
de hacerlo. Argumentar que, puesto que la Constitución de 1978 fue sometida a referéndum y en
ella
figuraba la Monarquía definida como parlamentaria, la Monarquía ya se ha sometido a
referéndum, es una parte de esa verdad a medias en que nos hemos instalado.
Cuanto más tiempo se tarde en entenderlo, peor.