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“La desnaturalización del contexto socio-cultural adverso

desde los modos de Gestión Institucional”.

El siglo XXI, nos resulta desconocido e incierto, pero habiendo transcurrido la


primera década logramos hacer ciertas lecturas. Por un lado, apreciamos los impactos
sorpresivos de los que no podemos abstraernos, aunque también por ciertas
anticipaciones a manera de profecías, frente a las cuales, las personas tendrán
oportunidades de actuar, si es que están formadas para hacerlo. Además será preciso
contar con la “actitud” de querer hacerlo. Resulta sorpresivo el incremento consistente
en la expectativa de vida de las personas, se agregan años a la vida, pero además se
agrega vida a los años. El conocimiento crece vertiginosamente al igual que las
comunicaciones, éstas modifican profundamente las relaciones entre los hombres e
incrementan su movilidad como “migrantes” en concordancia con la movilidad de los
capitales económicos, buscando mejores estándares de vida.

Centrándonos en este último punto, éste fenómeno produce incremento de las


interdependencias con una marcada competitividad que trasciende los diferentes
estados-nación, así como una diversidad de desigualdades en la forma en que cada
país, grupo social, y persona se ubica en la dinámica de interdependencias. Lo
antepuesto constituye el marco de la determinación socio-económica y cultural para la
educación. Ejercen presión para que la escuela actúe de otra manera, muchas veces
generando profecías que se autocumplen, pero también ofrecen pistas para pensar en
el sentido de esa educación, porque dejan un amplio margen para el ejercicio de la
libertad y de la voluntad.

Creemos, sin embargo que para poder utilizar ese margen y esas pistas es
necesario desnaturalizar todas aquellas tendencias del desarrollo económico-
político-social y cultural que se presentan de manera “natural” e inevitable,
cuando en realidad esas tendencias son el resultado de la acción humana y
pueden ser cambiadas por la misma acción humana.

Mantener la creencia que la profundización de las desigualdades son inevitables


como consecuencia del “mercado”, resulta una aceptación natural cuando dicha
profundización no es el efecto de un desarrollo natural, si no es el producto de una
cantidad de decisiones que se pueden cambiar. Cuando se logra que en forma
conjunta entren varias personas o grupos sociales existe la necesidad de alcanzar la
tarea de lograr la modificación de tales decisiones.
El sostenimiento de explicar que en contextos adversos, la persistencia e inevitable
profundización de la violencia hay que entenderla como tal y trabajar para combatirla
es “naturalizar” en primer lugar su existencia como proceso social desajustado, cuando
en realidad la violencia es también un producto de configuraciones que se van dando
en cuanto a la organización social, como maneras de expresión de las desigualdades
sociales, de las respuestas esteriotipadas, y prejuiciosas propias de determinadas
ideologías hegemónicas. “…En el escenario de las escuelas estos efectos se
cuelan en el fracaso escolar, en los trastornos de aprendizaje, en la inadaptación
escolar, en la pérdida del sentido del trabajo, en la indisciplina, en la violencia,
en el ausentismo docente, en la apatía….”1 En otros términos, los síntomas
señalados, se presentan como problemas de mayor o menor envergadura en las
organizaciones escolares, en función de la ausencia de opciones de incorporación a
la estructura social - laboral y la realidad social que se va configurando con diversidad
de respuestas, nuevas formas de pensar, de sentir y de hacer. “ …salen del off en que
habitualmente permanecen…”12 , haciéndose visibles.

Frente a éste y otros panoramas, el ámbito educativo se presenta como un universo


heterogéneo de respuestas, aunque nadie se opondría abiertamente a una
formulación que afirme que la educación le tiene que servir a las personas y a los
grupos para operar en el mundo y para sentirse bien operando en éste. Sin embargo,
esto no resulta sencillo, implica un cierto conocimiento del mundo, tal como es hoy y
como será en el futuro, así como una reflexión respecto de como se sienten las
personas en ese planeta y en este siglo, de cuál es la capacidad que se atribuyen de
cambiarlo y de hacerse un lugar en él.

Como señala Paulo Freire en su libro Pedagogía del oprimido: “La


deshumanización, que resulta del orden injusto no puede ser razón para la
pérdida de la esperanza, sino por el contrario, debe ser motivo de una mayor
esperanza, la que conduce a la búsqueda incesante de la instauración de la
humanidad negada en la injusticia”, desde esta perspectiva, si
acentuamos nuestra mirada en organizaciones escolares situadas en contextos
adversos. Algunas escuelas refuerzan los procesos de exclusión social y marginación,
otras buscan caminos alternativos, cuestionan, se preguntan, abren nuevos
horizontes, interceptando la polarización cada vez más amplia existente entre quienes

1
Lucìa Garay. Pensando las Instituciones. Buenos Aires. Paidós, 1993 p132.
2
Ob.cit. p.131
tienen un acceso restringido a la educación y a los bienes culturales, y quienes logran
acceder a ellos sin mayores impedimentos. Tanto en uno como en otro grupo social,
se generan “realidades” que se instalan y se configuran con diversidad de respuestas.

Partiendo del reconocimiento que los sectores urbano-marginales son capaces de


“producir culturalmente”, tienen sus propios códigos, y son generadores también de
cultura, pensar el contexto como factor que limita las posibilidades de educación
conlleva al cercenamiento de la opción de que la escuela se constituya en un
lugar de construcción de espacios de oportunidades.
Desde este lugar, queremos destacar que lejos está la intencionalidad de minimizar la
adversidad de aquellos contextos socio-culturales adversos, en lo que a grandes
urbes se refiere al utilizar la palabra DESNATURALIZAR. Con otras palabras,
planteamos este término para interpelar lo que parece desde un primer momento
“incuestionable” y que culmina condicionando toda posibilidad de hacer que las cosas
puedan suceder a pesar de tanta inequidad y consecuente turbulencia. Pretendemos
que las dificultades que generan malestar o crisis institucional no sean significadas de
manera inamovible o estanca, aceptándolas sin capacidad de reacción, de manera
pasiva y predeterminada, sino con la convicción de cuestionar esa realidad,
problematizándola, es decir, descomponerla para entonces hacer el intento de
comprenderla Y así, efectuando un análisis complejo de esa realidad, recomponerla
para su abordaje, porque entendemos que no es con una visión pesimista y escéptica
que debamos ver la realidad.

Surgen así interrogantes que nos movilizan a aquellos que creemos en el desafío de
gestionar en estas condiciones. ¿Qué modos de gestión institucional, pueden
generarse en determinadas organizaciones escolares para hacer que las cosas sean
vistas y tratadas en un marco de complejidad? ¿Qué estrategias de conducción
directiva en las escuelas pueden generarse para que todos los actores institucionales
puedan abordar datos inciertos, aceptar determinados criterios pedagógicos, confiando
en la voluntad de comprender? ¿Cómo crear una nueva racionalidad basada en la
inestabilidad y la incertidumbre que permita a los diferentes actores institucionales,
desde sus diferentes roles hacer frente a problemáticas cada vez más complejas?
¿Cómo se posicionan las escuelas frente a estas realidades? ¿Quedan condicionadas
ante estas dificultades las gestiones escolares de igual manera y ante una trampa sin
salida? ¿Frente a la adversidad, existe un solo modos de gestión escolar para sortear
estos inconvenientes?
Si existiera un común denominador ante lo expuesto; ¿Cómo se explica que
determinadas instituciones, aún en condiciones de extrema pobreza y
marginalidad, no solo logran viabilidad de los objetivos propuestos, sino que
además, dichos objetivos como “retrospectiva” intentan dar sentido a lo que
ocurre en la institución? ¿Cómo algunas instituciones, a partir de la lectura de la
complejidad, comprenden que la escuela no es modelo de armonía natural, ni
opera en un medio estable y previsible y desde ese posicionamiento, logra
mantener su capacidad de seguir haciendo y existiendo?

Muchas investigaciones, e infinidad de escuelas en las que podemos apreciar su


dinámica institucional, por suerte para todos los que aún creemos en las utopías,
demuestran a través de la propia experiencia cotidiana, que no solo resisten a la
cultura de la resignación, sino que de manera “natural” han asumido la adversidad
como un camino de lucha, considerando a la organización escolar como un conjunto
que se integra con el aporte de una diversidad de grupos internos y externos, con sus
respectivos intereses, posiciones e influencias.

El desafío entonces es construir un proyecto compartido, aún sin anular sus


diferencias. Aquí juega un rol preponderante el equipo de conducción directiva quien
liderará un modelo de gestión que parta de una concepción abierta de organización,
mediando y facilitando la fluidez comunicacional como vehículo para el logro de la
participación de todos los actores institucionales, donde las fronteras se desdibujen y
no haya para los participantes un “adentro” y un “afuera” . Será necesario fijar la
atención en las formas relacionales y en las actividades cooperativas que permitan
atender necesidades irresolubles en el plano individual y grupal, instando a no perder
la capacidad de preguntarse, nombrando lo que sucede. Que inviten a la toma de
decisiones conjuntas en principio para “ver” la realidad siempre en situación, no de
manera ingenua y meramente contemplativa, sino por el contrario, compleja, difícil,
pero que ello sirva como desafío para lograr el desarrollo de estrategias que tiendan a
explicar el juego de las oposiciones. Será necesario afinar la lente en lo que sucede en
los vínculos, en como se habita la escuela, dando lugar a nombrar lo innombrable y
que lo que acontece en la escuela sea un problema a resolver que implique una
invitación al razonamiento, como señala Silvia Duschatsky: “ donde anclar sentidos”
para enfrentar los problemas y hallar ciertas vías de superación dando lugar a: “(…)
una organización flexible y heterodirigida, que no solo acepta el desafío del
entorno sino que es capaz de aprovecharse de él como motor de transformación
institucional” (Aguerrondo, 1996, p.27)