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 Según Romano y Tenenti. Los fundamentos del mundo moderno.

Capítulo 5. Ed. Siglo xxi, 1980, Buenos Aires.

I. Humanismo y Renacimiento
Los autores mencionan que Renacimiento es el apelativo que se le ha puesto al
conjunto de tendencias culturales y corrientes artísticas revolucionarias que se
impusieron entre mediados del siglo XV y mediados del XVI en casi todo Occidente. La
rapidez, amplitud, importancia y calidad de las expresiones artísticas condujo a la
utilización del mencionado apelativo. Respecto al mismo, los autores sostienen que
está cargado de un apriorístico juicio de valor (que conduce) a una mistificación
historiográfica, según la cual el Renacimiento no puede ser más que algo
absolutamente positivo. “El renacimiento aparece como momento privilegiado de la
humanidad occidental, como una especie de anuncio de una revelación laica, el largo
instante de concepción de mundo moderno” (p. 128). Por esto mismo es que quieren
evitar ese término, al considerarlo ya desde un principio comprometido y equívoco,
fuente inevitable de confusión.
También critican que se lo asocie a una caracterización ideal, una serie de
valores espirituales homogéneos que se manifiestan en el conjunto de Europa, cuando
en realidad los contenidos son heterogéneos y están lejos de predominar en
Occidente.
Por otra parte, se hace mención de que muchas veces se ha utilizado este
apelativo como sinónimo de Humanismo, considerando los autores que es preferible la
utilización de este último para aludir a las altas creaciones culturales aparecidas en
occidente en los siglos XV y XVI. Deciden definir como período humanístico el sistema
cultural entre 1450 y 1550.
El aporte fundamental de los humanistas a la cultura occidental fue, según
aprecian los autores, “su tendencia a la universalidad y su capacidad de expresar
valores adecuados a un tipo de sociedad en desarrollo dinámico (…) al margen de sus
particulares formas éticas, artísticas o literarias iniciales, tal movimiento acertó a ser
históricamente funcional, y sin duda alguna, su grandeza y su fecundidad derivaron del
hecho de que quiso claramente serlo”. (p. 130-131). Se busca, por ende, romper con
los esquemas intelectuales y morales fuertemente jerarquizados y centrados en Dios,
para dar lugar a una concepción en la que se reivindica la dignidad del individuo y
humanidad, y de la naturaleza en la que está asentado. Es una cultura abierta, libre y
dinámica, consciente de que es puramente humana y que, como tal, no puede imponer
al hombre opresiones o alienaciones fundamentales.
El humanismo quiso responder a necesidades terrenas y socialmente precisas
entregándose a reivindicar principalmente valores ahistóricos y válidos para el hombre
en sí. Esta idealización de la humano va a terminar siendo su mayor fuerte y su mayor
debilidad. Esta cultura de los humanistas no representó una verdadera revolución
metal, ya que su tendencia a lo perfecto y a lo excelente, en general, no pudo
traducirse socialmente más que a dimensiones aristócratas y nobiliarias. Esto los lleva a
afirmar a Tenenti y Romano, que, por el reflejo de su desigual aceptación en la
sociedad, llegó a resultados muy valiosos, pero frecuentemente inorgánicos.
Se plantea que el campo en el que el humanismo tuvo sus mayores y más
prematuras realizaciones fue el artístico, respecto al cual el campo de lo filosófico-
literario estaba muy rezagado, lo que se debe fundamentalmente a la gran influencia
de la tradición. Por otra parte, también hay una diferencia en el desarrollo del
humanismo entre las distintas regiones de Europa, lo que en buena medida se explica
en que “el proceso por el que se diferencian entre sí las diversas entidades históricas
de Europa está muy avanzado ya y repercute necesariamente en sus formas y en sus
desarrollos culturales”. Esta es la ideología de un organismo social maduro, pero de
tendencia estática, minado por una profunda crisis, y que se dirige hacia su ocaso sin
tener conciencia de ello.

II. El arte del “Quattrocento” en Italia.

En relación con las diferencias existentes entre entidades históricas europeas en


cuanto a sus expresiones artísticas, lo más significativo se vincula con Flandes y la
Florencia. En este sentido, los autores sostienen que, si bien en un principio pueden
constatarse ciertas similitudes, luego comenzaron a apreciarse algunas diferencias:
“mientras los flamencos continuaron desarrollando su representación de la realidad –
divina, humana y natural, a un tiempo- (…) los florentinos perfeccionaron un sistema
completo de representación artística no subordinado ya a los valores religiosos
cristianos” (p. 133) Las obras de los pintores flamencos siguieron teniendo un
contenidos fuertemente religioso, pero incorporándolo a un ambiente en el que la
naturaleza adquiría mayor relevancia. Romano y Tenenti afirman a este respecto que
“…ellos fundieron, de un modo único, los valores luminosos, especiales y coloristas,
desconocidos en el período precedente, con un contenido aparentemente tradicional,
pero la capacidad de creación espiritual que esta fusión implica no es propia más de un
ambiente cultural. Para los flamencos, todo el mundo de aquí abajo participa en la
relación interior, íntima y enteramente vital entre naturaleza, hombre y Dios: lo sacro y
lo terreno no divergen, sino que se encuentran, compenetrándose en un sentido ético
más orgánicamente humano”. (p.135)
En el arte italiano, los artistas florentinos ven a su arte sobre todo como una
creación intelectual, y el sentido fundamental que emplean es el de la vista. Hay una
solución inversa a la de los flamencos: en vez de humanizar y profundizar
psicológicamente en lo divino, quieren idealizar y expresar de un modo arquetípico lo
humano. Esto se vincula a una disociación respecto a los modos de actuar y de pensar
predominantes hasta entonces, dando lugar a una mayor confianza a las capacidades
de creación del hombre, de la conciencia adquirida de la propia autonomía humana. Se
buscó un modo efectivo, una cultura y un arte no anclados ya en una visión que
contradecía las conquistas terrenales en las sociedades urbanas, haciendo así que
surgiesen individuos capaces de traducir al plano mental las profundas modificaciones
que se habían operado en el conjunto de la sociedad. En este campo se aprecia un
claro triunfo de lo terreno sobre lo divino, que sin embargo no se expresa en el campo
de la literatura, la filosofía o la política.
El artista del Quattrocento alcanza el pleno sentido de su función autónoma e
indispensable en la comunidad humana. Casi único creador en una sociedad más bien
estática y dentro de una cultura en muchos aspectos retórica, el artista,
inevitablemente, se conforma cada vez más con sus formas, con el bello ideal que el
sabe retratar con maneras maravillosas y siempre nuevas. El malestar con los
sentimientos religiosos tradicionales es profundo y cada vez más evidente, sin
embargo, continúa traduciendo sus anhelos y sus sensibilidad a su conveniencia, ya
que había una exigencia en representar una escena, personaje, al estado de las ideas y
de los sentimientos establecidos.
El artista de este siglo, muy sensible a los valores éticos, tanto en el plano
formal como en el del contenido. A su vez, si los temas cristianos constituyen todavía
una porción notable de las composiciones pictóricas, la vaga y difusa religiosidad que
sus autores tratan de trasfundir, es difícilmente relacionable con una sensibilidad
colectiva real.
Componentes constantes del arte florentino son los de la tendencia ideal a
realizar representaciones de pura belleza, atributo divino, y su perfecta visión, gracias
al saber perspectivo. Es el más alto fin del artífice. A su vez, el dominio del espacio y de
los valores plásticos hace más rica a estas producciones artísticas. El valor de la luz, que
también raramente llega al claroscuro, es un elemento fundamental en la disposición
de las masas y de los colores desde el comienzo. Pero además de en la zona florentina,
en otras regiones italianas se alcanzaban originales y más audaces resultados, tanto en
el plano del empleo de la luz y del color, como en el modo de tratar los volúmenes y el
espacio.

III. La visión humanística del mundo

El pensamiento humanista se aspira a una visión universal, una búsqueda de la


verdad en todas sus dimensiones, pero sin estar provisto de un sistema filosófico.
Según los autores, los propios humanistas no tomaron cabal conciencia del cambio
intelectual que suponían sus posturas. Consideraron que sus innovaciones se trataban
fundamentalmente de las formas y no de la sustancia misma.
El Humanismo parte del camino que conduce al saber laico y a la reflexión
crítica de los siglos siguientes, así como el modo de pensar propio de aquel
movimiento fue de capital importancia.
Lo que caracteriza la cultura humanística es precisamente su afirmación a través
de las realidades intermedias, a modo de espejos o de modelos; es el hacer valer
exigencias históricas y concretas mediante modelos remotos o entendidos como
universales. La cuestión iba mucho más allá del estilo o de los colores y de las
estructuras arquitectónicas: estas nuevas manifestaciones anunciaban e implicaban
una completa mutación de la civilización occidental. Creyeron que no atacaban la visón
cristiana con su exaltación de lo terreno, estimaron que no debían modificar
seriamente la estructura de la sociedad, aunque no guardase mucha correspondencia
con sus ideales, y en general, consideraron que esa su deber el de servir fielmente a los
poderes de todos modos establecidos.
El Humanismo supuso una reconciliación con el pensamiento especulativo, es
decir, una recuperación de los postulados filosóficos de la Antigüedad, pero se
entregaron al placer de gustar sus fruto más que la de producir otros, ya que los
clásicos decían precisamente lo que a ellos les interesaba entender. Ni quiera había,
para los hombres de letras, la urgencia de un concreto y gran problema a resolver, la
exigencia de luchar contra algún enemigo determinado.
Una de las grandes resultados positivos de la nueva actitud filosófica va a ser
que tuvieron suficiente empuje intelectual para captar su fuerza autónoma y negra
progresivamente las distorsiones que de ellos se había hecho. Los humanistas se
revelaban, al menos, como válidos interlocutores de los antiguos, demostraban haber
encontrado la medida interior para determinar la validez autónoma del pensamiento
humano, más cercano que la verdad revelada (punto central en el pensamiento
medieval).
Otro de los resultado es en cuanto a la centralidad del hombre. Romano y
Tenenti advierten que, si bien representa una postura novedosa, no hay que dejarse
seducir demasiado, porque al centrismo del hombre aún va unido en la mente de la
mayoría, incluidos los menos tradicionalistas, la de la Tierra respecto al universo, tan
lejana del mayor logro científico de la primera mitad del siglo XVI.

IV. Las concepciones éticas

Una de las intenciones del Humanismo fue “restablecer el equilibrio armónico


de la criatura, hasta entonces metafísicamente escindida en materia y forma, y, más
aún, en alma y cuerpo” (el carácter revolucionario de esta concepción queda de
manifiesto si lo comparamos con la concepción del cuerpo predominante en la Edad
Media, en el que se lo considera el escenario de los pecados).
Por amplio que pueda haber sido el apoyo que los humanistas encontraron en
la sociedad laica, y a veces también en la eclesiástica, es preciso reconocer que,
respecto a los artistas contemporáneos suyos, tuvieron que vencer obstáculos y
dificultades incomparablemente mayores. Esta lucha prolongada ayuda a comprender
mejor la relativa improductividad creadora de los literatos y de los pensadores
humanistas del siglo XV, en comparación con la más libre actividad de arquitectos,
pintores y escultores. Es por esto que en casi todo el siglo XV faltan sistemas filosóficos
y grandes escritos especulativos y obras literarias altamente originales
Esto dio lugar a que algunas personalidades destacadas comenzaran a percibir
diferencias importantes entre sus ideales de convivencia social y las características de
la sociedad en la que vivían. Ejemplos de ello son el inglés Tomás Moro (1478-1535) y
el holandés Erasmo (1466-1536), que publican escritos en los que se contraponen
juicios éticos laicos a los cristianos. Desde esta corriente intelectual se entiende que “la
virtud tiene su centro en el individuo, gracias a él se hace realidad la exigencia universal
de obrar el bien (…) un sentido autónomo de felicidad que no debe esperar, por lo
tanto, de nadie ni buscarlo en otro mundo”.

V. La Historia y la política

En este campo se destaca la labor del florentino Francesco Guicciardini (1483-


1540), imprimiéndole a la Historia un carácter racional, restándole importancia a la
exaltación de los hechos y al mero relato de estos. En vez de concentrar sus habilidades
intelectuales en la indagación positiva de los hechos, restringe su eficacia al aplicarlas
todas al plano político-diplomático, y aminora su acción por su particular concepto de
fortuna, y, por último, las esteriliza tratando de proyectarlas sobre un plano meta
histórico. Allí encuentra él un sentido al conjunto de vicisitudes que acaba por hacer
vanos, cristianamente, los propósitos y las acciones de la ciudad terrenal. Sin embargo,
en su producción historiográfica aún hay rémoras de la mentalidad cristiana, como el
escaso vigor analítico y la ausencia de juicios independientes de criterios moralistas y
religiosos. Si bien reconoce que la política se desarrolla en una dimensión acristiana, no
admite que Dios se mantenga al margen de esta.
El que verdaderamente revoluciona este campo del saber en este período es
Nicolás Maquiavelo (1469-1527), que propuso como principal objetivo desentrañar la
oculta racionalidad de la Historia, para comprenderla como pasado y poder crearla, al
mismo tiempo, como porvenir. Para llevar a cabo dicho propósito tomó se basó en el
concepto de “naturaleza”, tal como lo hicieron los artistas del Quattrocento florentino,
entendía la naturaleza humana como realidad orgánica, regida por determinadas y
rigurosas leyes, y funcionando según un complejo, pero racional mecanismo.
El pensamiento de Maquiavelo es el fruto maduro del Humanismo del siglo XV y
de las más altas expresiones de su fuerza y sus limitaciones. Según su concepción, Dios
estaba excluido de toda participación o intervención en los procesos históricos; hay un
rechazo a la visión teológica y moralista de las relaciones humanas, sosteniéndose a
este respecto que no puede entenderse la conducta del hombre en sociedad sin tener
en cuenta sus fuerzas motoras, como el deseo de poder y de riqueza, el instinto natural
de dominio y de expansión prepotente, la búsqueda de lo útil y de lo cómodo. A su vez,
reduce la religión laicamente a elemento de la vida colectiva, como suprema adhesión
moral a un sistema de ritos y de símbolos que plasma en los miembros de cada
comunidad la más alta voluntad de defenderla, catalizadora de las energías más toscas,
pero también más vigorosas, de las multitudes.
Sostienen los autores, que, si bien el pensamiento de Maquiavelo no tuvo
inmediata repercusión debido al clima conservador imperante en Europa, marcó un
gran precedente y fue una referencia ineludible para toda la reflexión político ulterior

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