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DEL CONOCIMIENTO A LA SABIDURÍA

Julio Olalla

Agradecimiento
Este libro, que recoge muchas de mis inquietudes como coach, vio la luz por primera vez hace 10 años en
una versión que se publicó en inglés. Mucho tiempo ha pasado, y ahora para esta edición en español varios
temas han sido actualizados y otros más se han agregado para entregar una reflexión más completa sobre
nuestra forma de aprender y de ver el mundo.

Este libro no hubiera sido posible sin la colaboración de mi querido amigo José Luis Varela, a quien le
agradezco su entusiasta dedicación a este proyecto.

Julio Olalla

Prefacio

En este libro exploro cómo nuestras formas tradicionales de aprender y saber son insuficientes para los
desafíos con los que debemos lidiar hoy en día. A lo que apunto es a una urgente necesidad de generar
nuevas prácticas que recobren el alma del aprendizaje y trasciendan el conocimiento para incluir la
sabiduría.

No se trata de un texto sobre “lo que debes hacer”; lo que este texto ofrece es una mirada histórica y
filosófica del camino del aprendizaje que nosotros, como cultura, hemos tomado y las consecuencias —en
ocasiones devastadoras— que eso ha provocado.

De entrada, hago una advertencia al lector: este texto es para iniciados. Es para aquellos líderes,
investigadores, educadores, entrenadores, consultores, coaches —todos quienes enseñen a otros o estén
interesados en el proceso del aprendizaje en sí mismo— ávidos de entender cómo nosotros, en la cultura
occidental, llegamos a nuestra forma predominante de ver el mundo hoy en día y las acciones que hemos
tomado y seguimos tomando de acuerdo con esa visión.

Introducción

Este libro es una exploración histórica y filosófica en las fuentes del coaching ontológico que he practicado
y enseñado por más de 30 años. Estoy convencido de que el coaching ontológico es una de las metodologías
más efectivas disponibles hoy en día tanto para la transformación personal como para la de las
organizaciones.

La palabra ‘ontología’ es extraña para muchas personas. De una manera simple es la rama de la filosofía que
trata al Ser en general y sus propiedades. La ontología es definida también como una teoría particular de la
realidad. También definimos el coaching ontológico como una práctica que permite la emergencia de nuevas
posibilidades en la vida personal y profesional de una persona (o de un grupo), haciéndole consciente de su
participación en la construcción y la creación de las realidades que percibe. Más simple aún, el coaching
ontológico se preocupa de acciones más efectivas al tiempo que incorpora el alma humana, frecuentemente
olvidada en nuestras prácticas de hoy.
Desafortunadamente el coaching es practicado hoy en día por personas sin credenciales ni estudios, que
ofrecen consultoría, entrenamiento o asesoría sicológica bajo la etiqueta del coaching. Son personas que
están en la misma trampa de pensamiento en que están inmersos los clientes a quienes quieren servir.

Comprendiendo y experimentando de primera mano la fuerza transformacional del coaching ontológico, me


siento en la necesidad de mostrar la base profunda del tipo de coaching que nosotros y nuestros alumnos de
Newfield Network practicamos.

A través de mi investigación y mi trabajo he llegado al convencimiento de que la práctica del coaching


ontológico nació como una respuesta intuitiva a la insuficiencia de nuestras actuales prácticas de
aprendizaje.

Y si bien este libro fue concebido inicialmente como una exploración en las bases filosóficas del coaching
ontológico, derivó en una reflexión más amplia y evolucionó hacia un estudio y una crítica sobre la manera
restrictiva como nuestra cultura actual está aprendiendo y las subsecuentes y devastadoras consecuencias
que está teniendo en nuestra habilidad para vivir y trabajar con sabiduría.

En mis investigaciones he llegado a la conclusión de que el aprendizaje contemporáneo no está


respondiendo a los pedidos de nuestro tiempo; lo que estamos aprendiendo y cómo lo estamos aprendiendo
es parte del problema y no de la solución.

De la misma manera que nosotros, como cultura occidental, creemos que mayores posesiones materiales nos
harán felices, creemos que más información nos traerá sabiduría. Confundir información con conocimiento
ha dejado por fuera las dimensiones estéticas y emocionales del conocimiento, además de los aspectos
espirituales e intuitivos de nuestra conexión con el mundo.

Hemos desarrollado nuestras prácticas de aprendizaje como una frenética persecución de mayor
información, relacionándonos con el mundo como si todo lo que debiéramos hacer es conocerlo y explicarlo
para utilizarlo, en un utilitarismo horripilante.

Creo que nuestra filosofía del aprendizaje y nuestras prácticas de aprendizaje deben trascender nuestra
preocupación por el conocimiento conceptual y la acción efectiva de tal manera que sean capaces de
iluminar el camino hacia la sabiduría y la buena vida.
¿Qué entendemos por buena vida? Es una distinción que los seres humanos hemos perdido en nuestro
tiempo. Cuando se piensa en ella aparece todo aquello importante y que hemos dejado de lado por ocuparnos
de lo que consideramos urgente. Me refiero al cariño, el buen comer, el cuidado de la Madre Tierra, el arte,
la comunidad, la justicia, la contemplación, la ternura, la alegría, la moderación, la reverencia al misterio, el
vivir el presente…

¿Y por qué hemos olvidado esto? Porque vivimos en un mundo donde somos atraídos a un insaciable deseo
de poder y posesiones. Es un mundo caracterizado por el consumismo, la explotación de la Tierra, el
individualismo exagerado, la constante búsqueda de la excitación, la adoración a la tecnología y la avaricia.

Esto tiene que ver con la forma de aprender de nuestro tiempo, totalmente desprovista de alma. Y cuando el
conocimiento está desprovisto de alma no puede nunca transformarse en sabiduría. Nosotros podemos tener
todo el conocimiento y sin embargo no podemos acceder a la sabiduría si no hay alma. Y como el alma —es
decir, el mundo de las emociones, de lo estético, el mundo de lo que es espiritual— está en el lado subjetivo,
en el lado despreciado por esa modernidad, no podemos meternos en el mundo de la sabiduría.

El tema central de la sabiduría es la capacidad de vivir una buena vida, y eso en el conocimiento de nuestro
tiempo no tiene lugar, se confunde con adquirir más, con producir más, con acumular. Muy pocos se
interesan hoy por explorar qué constituye una buena vida. La gran preocupación oficial de nuestro tiempo es
el crecimiento económico. Se supone que, si tenemos más, automáticamente tenemos acceso a una buena
vida. Más autos, más túneles, más barcos pesqueros, más aviones… ¿Qué quiero decir con esto? No se trata
de despreciar el conocimiento, es simplemente que para acceder a la sabiduría requerimos incorporar el
alma.

Hay un supuesto de que todo lo que hacemos lo hacemos para lograr un mejor vivir. Hace un tiempo estuve
con los indígenas del Perú y ellos me decían: “ustedes están tan preocupados de vivir mejor que no valoran
lo que tienen. Lo que realmente vale es lo que van a tener”. Y ellos me dijeron después “Y así andan
destrozándolo todo”. Ahí está el corazón de lo que quiero comunicar. Y tal cual, buscando esa vida mejor,
por la incapacidad absoluta de entender lo que es una buena vida, andamos destrozándolo todo. Este callejón
no tiene salida.

En el trabajo transformacional que hacemos en Newfield Network con individuos y organizaciones


sostenemos que la clase de observador colectivo e individual que somos define, con un alto grado de
importancia, la forma en que vivimos y decidimos nuestras acciones. Individuos diferentes, organizaciones
diferentes y culturas diferentes nos muestran mundos diferentes y formas de acción diferentes.

El aprendizaje transformacional —objetivo del coaching ontológico— representa un cambio en nuestra


coherencia que permite la emergencia de un nuevo observador, uno que sea capaz de abrazar el misterio de
la vida, sea consciente del poder y los límites del aprendizaje conceptual, y sea capaz de explorar nuevas
acciones y producir resultados inéditos mientras cuida por igual las preocupaciones colectivas e
individuales.

El coaching ontológico también requiere de una gran habilidad para reconocer las tradiciones históricas y
culturales que moldean nuestras formas de actuar. Es en ese terreno de historia y filosofía donde comienzo a
mirar para poner las bases del coaching ontológico. Lo que este estudio me reveló fue las significativas
tradiciones históricas y culturales que han moldeado la epistemología de nuestro sentido común y que
igualmente tienen una fuerte influencia en nuestra aproximación a la educación y el aprendizaje,
produciendo devastadoras consecuencias.

El conocimiento se ha convertido en una posesión y en objeto de avaricia. La sabiduría, por el contrario, no


puede ser una posesión. No puede ser comerciada, regulada o registrada. No puede ser atesorada por
ninguna persona pues vive en un territorio que no es exclusivamente humano sino compartido con los
dioses. La sabiduría no es lo que conocemos del mundo, es lo que el mundo nos revela. Si el conocimiento
vive en la avaricia, la sabiduría sólo puede vivir en la gratitud. Si el conocimiento pertenece a los
pensamientos, la sabiduría le pertenece al alma. Si el conocimiento crea compartimientos y divisiones, la
sabiduría integra. Si el conocimiento es saber acerca de algo, la sabiduría es ser.

La sabiduría tiene un sentido de relevancia y de la oportunidad que está oculto para el conocimiento. El
conocimiento puede negar el sentido, la sabiduría es inseparable del sentido. El conocimiento vive en el
dominio mental, la sabiduría vive en el alma y en el espíritu.

Las presunciones que dan forma al pensamiento del Establecimiento, que diseñan la educación formal, la
economía, la política, la medicina y otros dominios importantes de nuestra vida hacen parte esencial de lo
que llamo la epistemología del sentido común de nuestro tiempo.

El coaching ontológico es un esfuerzo para romper con las prácticas de aprendizaje que sostienen esta forma
de pensamiento. Pero el desafío hoy en día es mucho más grande pues debemos construir una nueva
epistemología, un nuevo discurso sobre saber y aprender.

“Lo que necesitamos hoy es una nueva corriente de energía similar a la generada durante el Renacimiento
pero más profunda y más extensa. Una necesidad esencial es soltarnos de la rigidez que nuestro contenido
intelectual imprime en la conciencia, junto con un ‘ablandamiento’ de nuestro corazón. Esta fusión en el
lado emocional puede, posiblemente, ser llamada el comienzo del amor genuino, mientras que soltarse de los
pensamientos es el comienzo del despertar de la inteligencia creativa. Las dos necesariamente van juntas”,
dice el filósofo William Keepin.

“Necesitamos una epistemología que sea potencialmente capaz de tomar en cuenta las increíbles
capacidades instintivas de los animales, el misterioso acertijo de la evolución, la maravillosa forma de las
flores, y además de eso el misterio de la conciencia y el espíritu humanos”, señalan los pensadores Willis
Harman y Elisabeth Sahtouris.

Veremos entonces en detalles los diferentes aspectos de esta crisis del aprendizaje con la esperanza de que
nuestra reflexión ayude a llevarnos a un nuevo y más vasto territorio donde toda la experiencia humana sea
considerada una legítima fuente de aprendizaje y donde todos podamos ser humildes conocedores del
misterio que llamamos realidad.

Capítulo 1: La crisis del pensamiento moderno

Nada vasto llega al territorio humano sin traer consigo su propia sombra
Autor anónimo

Varias señales muestran que el mundo, tal como lo conocemos, se avecina a puntos de no retorno por la
confluencia del aumento vertiginoso de la población, una economía voraz, un declive en la producción de
petróleo y la depredación de la Naturaleza. Vivimos en un mundo finito con recursos finitos y seguimos
comportándonos como si éstos no fueran a terminarse nunca.
No es una cuestión de economía sino de física elemental: terminaremos por chocar contra los límites del
mundo y nuestra forma de vida cambiará para siempre. La mayoría de nosotros sabemos esto, o al menos lo
intuimos, pero vivimos esta situación desde una cierta resignación (las cosas son así y no hay mucho que
podamos hacer para cambiarlas) o incluso desde un estado de negación al que, por cierto, contribuye un
sistema político y económico que de manera deliberada oculta o disfraza los hechos.

Todos podemos ver la presión que ejerce una población en alza; sabemos cómo los recursos se depredan,
entendemos la necesidad de la energía… Posiblemente lo que es difícil de entender para nosotros es la
velocidad a la que están ocurriendo las cosas, y allí tenemos una especie de ceguera cognitiva, muy
característica en el pensamiento moderno.

Pongamos un ejemplo. Cuando se dice que la población mundial crece a un ritmo de 1% anual, la cifra
parece pequeña, casi inofensiva. Pues bien, empezando con un millón de personas se requieren 694 años
para llegar a los 1.000 millones de habitantes. Para llegar a los 2.000 millones se necesitarán 100 años más.
¿Cuánto se necesita para llegar a los 3.000 millones? Sólo 41 años. Y de ahí en más, 29 años para los 4.000
millones, 22 años para el siguiente hito. La Tierra llegó a los 6.000 millones en 1999 (le tardó 18 años) y
finalmente en octubre de 2011, o sea 13 años después, llegó a los 7.000 que actualmente habitamos nuestro
planeta. Llegar a los 8.000 millones llevará tan sólo una década.

Al ritmo actual de crecimiento de la población es como si en el planeta aparecieran en un año 11 o 12


ciudades del tamaño de Lima o Bogotá. Esto, no nos olvidemos, en un mundo con recursos finitos y movido
por una lógica de consumir cada vez más para alimentar la máquina. Y en ese propósito de consumir no hay
límites: si hay que destruir se destruye, si hay que endeudarse se endeuda; si hay que pasar por encima, se
pasa por encima. Es una especie de “todo se vale”.

Para algunos filósofos y economistas el mundo está llegando a una orilla muy peligrosa por la acumulación
de estos factores y por tanto es necesario no ya corregir sino generar una forma nueva de pensamiento para
salvar al mundo: nuestra forma actual de ver y pensar el mundo nos está llevando a la destrucción. En
Occidente, luego de siglos de relativa estabilidad y consistencia en nuestra forma de pensamiento, estamos
empezando a mirar a nuestro alrededor en busca de otras posibilidades. Esta nueva apertura está claramente
ligada a esa sucesión de crisis —cada vez más graves, cada vez más seguidas— que han emergido en los
últimos años en la cultura occidental generando de manera inevitable un peligro real para el planeta.

Frente a estas crisis, nos aliviamos por la que acaba de pasar y esperamos no ser muy afectados con la que
está en curso o la que nos anuncian. Decimos: “el sistema político y económico se hará cargo y tarde o
temprano volveremos a la normalidad”.

Nuestra forma de ver las cosas

El mundo que hemos construido ha sido generado por una forma de pensamiento, de ver las cosas. Y es
importante entender de dónde viene ese pensamiento actual nuestro.

Consideremos por un momento el paradigma del hiper racionalismo que ha permeado la cultura occidental
desde Platón. Los resultados de este paradigma, que claramente se ven en los extraordinarios logros de la
ciencia (y en sus disciplinas hermanas, las matemáticas y la lógica), de la mano del uso del método
científico, seguramente no son debatibles. Sin embargo la extraordinaria evolución de la ciencia en
Occidente trae consigo dos creencias de gran significado.

La primera creencia es básicamente el cientismo (o cientifismo), es decir el postulado de que la ciencia y el


pensamiento científico pueden por sí mismos determinar lo que se acepta como real, al igual que
determinar el alcance de lo que puede ser conocido. Bajo esa presuposición, todo puede ser objeto de las
leyes de la física, química, biología y otras disciplinas científicas, o de lo contrario no puede ser considerado
como una experiencia ‘objetiva’. La espiritualidad (largamente vista con sospecha, cuando no con desprecio,
por la ciencia) e incluso la estética, la intuición y las emociones han sido reducidas al estado de funciones
variables de la interacción química del cerebro con ciertas leyes macrobiológicas de la evolución humana.
De esta manera el amor es reducido, por ejemplo, a una activación en nuestro cuerpo de dopamina,
fenitelamina, serotonina y otras sustancias, y el deseo de una pareja de permanecer unida es explicado
mediante la activación de la vasopresina, y así la experiencia de nuestras emociones y nuestras relaciones se
van convirtiendo en meras actividades químicas de nuestro cerebro.
Además de decirnos lo que debe ser conocido, la ciencia también nos ha dictado cómo esto debe ser
conocido. De esa manera la adquisición del conocimiento debe proceder según preceptos establecidos por el
método científico o de lo contrario es mirado como de una importancia menor o directamente como un
sinsentido.

Los tres parámetros centrales de ese método son el objetivismo (la premisa de que hay un universo objetivo
que puede ser explorado y conocido de manera científica), el positivismo (que postula que sólo lo que puede
ser observado cuenta como científicamente ‘real’) y el reduccionismo (la suposición de que la explicación
científica puede explicar los fenómenos más complejos en términos de otros más elementales, o —dicho en
otras palabras— el todo en término de sus partes).
Adherir a esos principios resulta en dominios completos de la experiencia humana que son dejados por fuera
o en el mejor de los casos bajo la creencia de que cualquier exploración sistemática en dichos dominios no
puede ser considerada como ‘conocimiento’ y por tanto carece de valor. Sin embargo, como seres humanos,
nuestro deseo más profundo de plenitud y sabiduría no queda satisfecho.

El biólogo Richard Dawkins escribió que “la ciencia es el método sistemático mediante el cual
aprehendemos lo que es verdad acerca del mundo en que vivimos. Si usted necesita consuelo o una guía
ética hacia la buena vida debe buscar en cualquier otro lugar (y muy probablemente quedará decepcionado).
Pero si usted quiere saber qué es verdad sobre la realidad, la ciencia es el único camino. Si hubiera una
mejor manera, la ciencia se acogería a ella”.

En esta frase podemos ver una de las más relevantes presunciones del cientismo: la creencia de que la
ciencia con su metodología es la única manera de aprehender lo que es verdad acerca de la realidad. Es una
forma de pensar que ha invadido el pensamiento de la sociedad occidental, si bien existen muchas figuras en
el campo de la ciencia que no comparten ese enfoque, pues aunque están conscientes del tremendo poder del
pensamiento científico, también están conscientes de sus límites.

Otra presunción que podemos encontrar en la citación de Dawkins es que propósito y valores son un
dominio diferente de lo que nosotros sabemos. Cuando dice que “el consuelo y una guía ética para la buena
vida hay que buscarla en otro lugar”, ¿qué nos está diciendo en la relación entre ética y conocimiento? ¿Lo
que está implicando es que podemos aprender sobre la realidad pero no podemos aprender de ella?
Aristóteles estableció cuatro causas para definir un objeto o un ser: la causa material (aquello de lo que está
compuesto): la causa formal (aquello que un objeto o sujeto es); la causa eficiente (aquello que produce o ha
producido ese algo) y la causa final (el propósito de ese algo).

El biólogo molecular Jacques Monod apoya claramente la presunción de Dawkins cuando


dice que “la piedra angular del método científico es la negación sistemática de que el
verdadero conocimiento pueda ser obtenido interpretando fenómenos en términos de causas
finales”, es decir niega el propósito o el sentido.
Esa ausencia de propósito nos “convierte en seres extraños y temerosos en un mundo que no hemos creado”,
según el escritor y pensador inglés A.E. Housman.

Esas presunciones se manifiestan en cada aspecto de cultura y sociedad, desde el impacto negativo de la
actividad humana sobre el medio ambiente hasta el desencanto de nuestros estudiantes en el sistema escolar.
Ellas definen, fundamentalmente, nuestra manera de estar en el mundo. Las consecuencias de esa forma de
pensamiento son devastadoras.

En su libro La Magia de los Sentidos, el filósofo y ecologista estadounidense David Abram observa que
“hoy nos relacionamos casi exclusivamente con otros humanos y con tecnologías hechas por el hombre. Es
una situación precaria dada nuestra milenaria reciprocidad con nuestros variados horizontes.
Aún necesitamos todo lo que no tiene que ver con nosotros ni con nuestras creaciones… Somos humanos
sólo en contacto y en convivencia con lo que no es humano”. Y agrega: “sin la respiración oxigenante de los
bosques, sin la gravedad y la mágica fuerza de los ríos no tenemos distancia de nuestras tecnologías y no
tenemos forma de ver sus limitaciones, no tenemos forma de evitar transformarnos en ellas”.
Dice Abram que “si la relativa sintonía con la naturaleza circundante manifestada por las culturas nativas
está vinculada a una forma de percepción más primordial y participativa, ¿cómo ha podido quedar la
civilización occidental al margen de esa reciprocidad sensorial? ¿Cómo es posible que nos hayamos vuelto
tan ciegos y sordos a la existencia vital de otras especies y sus hábitats como para convertirnos tan
alegremente en la causa de su destrucción? Nuestras formas de expresión niegan cualquier tipo de
inteligencia a las demás especies y a la Naturaleza en general”.

En otras palabras, no tenemos nada que aprender, imitar, respetar o admirar sino solamente a nosotros
mismos. Hemos terminado en un aprendizaje auto referencial, una arrogante forma de ver nuestro lugar en el
Universo. Hemos eliminado lo sagrado de lo cotidiano, y hemos llegado a lo que llamamos una
epistemología de la soledad.

La reflexión de Abram conecta con la segunda presunción epistemológica que atraviesa la ciencia
occidental: el conocimiento debe ser adquirido primordialmente mediante la manipulación del mundo
físico para dominar la naturaleza, tal como señalaba Francis Bacon, el padre del método científico. De esta
manera el Universo se ve simplemente como un recurso que debe ser explotado y por eso nuestro foco se
dirige a cómo llevar de la mejor manera esa dominación.
Paradójicamente nuestra obsesión por controlar y dominar la naturaleza nos está llevando a una situación
cada vez más peligrosa y difícil de revertir. Parece ser que fuéramos totalmente incapaces de detener nuestra
tendencia a contaminar la atmósfera, envenenar nuestros lagos y corrientes de agua, y diezmar nuestra rica
herencia de vida animal.

De una manera trágica casi hemos perdido nuestra más primordial visión del mundo como morada, un lugar
que podamos sentir como un hogar.

Un ejemplo de esto: en Chile, el país donde nací, se publicó hace unos meses un libro con más de un
centenar de fotografías sobre la belleza de sus paisajes, desde el desierto en el norte hasta los hielos del sur.
Pero lo que captó mi atención fue el título de la publicación: “Chile, todavía un paraíso”. Y en
ese ‘todavía’ hay otro supuesto brutal de la modernidad, el de que debemos apurarnos porque la destrucción
de ese paraíso viene en camino y llegará tarde o temprano…

El capitalismo, percibido como inevitable

Como resultado de esta postura hacia el mundo, nos hemos vuelto muy buenos en dos cosas: adquirir nuevos
conocimientos y actuar de manera efectiva para hacer uso de ese conocimiento. No es una sorpresa que la
tecnología y la gestión empresarial se hayan convertido en dos de las fuerzas modeladoras de nuestra
cultura. A medida que nos movemos en este nuevo siglo vemos cómo el impacto de esas fuerzas ha invadido
casi cualquier aspecto de nuestras vidas diarias.

El éxito de la economía basada en la tecnología —en otras palabras, el capitalismo moderno—


aparentemente no es cuestionado de la misma manera que no lo es el paradigma racionalista-científico que
lo sostiene. Desde la caída del Muro de Berlín en 1989, que significó el fin del comunismo y el colapso del
imperio soviético, el capitalismo emerge triunfante como el modelo inmutable a seguir, un modelo que
muchos países imitan, con Estados Unidos como el claro líder intelectual, político, tecnológico, industrial y
militar.

No es de extrañar que casi de inmediato tras la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama, un funcionario
del Departamento de Estado norteamericano, escribiera un controvertido libro que propugna “el fin de la
historia”, pues, en su visión, no existen alternativas viables al capitalismo como sistema económico,
mientras asegura que la idea occidental de consumo no solamente triunfó sino que se convierte en el único
camino posible a seguir.

Lo que se hizo inherente al capitalismo moderno fue un compromiso profundo para crecer —supuestamente
para su propio bien— y para la acumulación incesante de riqueza y poder, frecuentemente sin consideración
de otros valores. Lo que estamos viviendo ahora, como muchos pensadores han notado, es una brecha entre
ricos y pobres que se acrecienta cada día y que se aproxima a un peligroso punto de inestabilidad. Según un
reporte de las Naciones Unidas, el 1% de los hogares más ricos posee un 35% de la riqueza mundial. Una
quinta parte del planeta está en manos del 0,001% más pudiente, y en el otro extremo 1.200 millones de
personas —un 17% de los habitantes del Mundo— subsisten con menos de 1 dólar diario. Mientras tanto las
empresas están obsesionadas con un solo objetivo: tener tasas de crecimiento y beneficios cada vez más
grandes. Al contrario de la naturaleza, que aparece gobernada por una ley homeostática que dicta cuándo un
proceso de crecimiento o cambio debe avanzar, desacelerar o detenerse, el capitalismo de hoy en día no
parece reconocer un punto de “esto es suficiente”.

Esto convierte el nuestro en un mundo que se aproxima a un área de peligro. Ustedes han visto a los
políticos obsesionarse con el crecimiento. “Este año crecimos al 7% y el próximo al 8%, y llegaremos al
10%”, dicen con orgullo. Crecer, crecer… es el dogma, y lo aceptamos como nuestro único propósito.
Durante siglos el mundo ha hablado de desarrollo y crecimiento como si fueran sinónimos, y no lo son
necesariamente. Si un adulto ingiere más calorías de las que requiere, su cuerpo engorda. Es un crecimiento
que al cruzar cierto límite genera problemas. Eso no es desarrollo, es crecimiento no más. Y lo mismo
ocurre para el planeta.

Hasta ahora el crecimiento económico se podía asimilar al desarrollo pues había recursos abundantes y los
excesos apenas se notaban o podían ser corregidos. El problema es ahora cuando esos recursos, de energía,
agua y alimentos, están empezando a mostrar señales de escasez, presionados por un modelo económico que
para poder mantenerse necesita a toda costa seguir creciendo. No es sólo que quiera o haya escogido crecer,
es que… está obligado a crecer para evitar el colapso del sistema.

¿Crecer hasta cuándo? Las Naciones Unidas entregaron en 2012 un reporte según el cual los 7.000 millones
de habitantes que tiene actualmente el planeta consumen 30% de más de los recursos que el planeta produce,
y que de acá a 2040, cuando se hayas sobrepasado los 9.000 millones de habitantes, la situación será aún
más caótica. Según sus cálculos en 2030 —en menos de 20 años— el mundo necesitará 50% más de
alimentos, 45% más de suministro de energía y un 30% adicional de agua para el consumo.

Los 20 años siguientes serán capitales para este mundo: la confluencia de la velocidad del deterioro en el
planeta, del crecimiento económico y de las tasas demográficas genera un riesgo imposible de soslayar.

El concepto de “crecer” está tan enraizado en nosotros que no podemos imaginar un modelo que
recomiende decrecer. Y sin embargo ya hay una nueva camada de filósofos y economistas que consideran
que la única manera de salvar el planeta es dirigirse hacia un desarrollo sin crecimiento.
Uno de ellos es Chris Masterson, un financista norteamericano que se desencantó con el sistema, abandonó
su actividad en el mundo financiero y ahora se dedica a pensar el futuro y advertir sobre las calamidades que
está generando nuestro actual modelo político-económico.

En su libro The Crash Course, Masterson da un ejemplo de la diferencia entre desarrollo y crecimiento: una
familia con padre, madre y dos hijos tiene una entrada de dinero X. Al final del año los dos cabezas de
familia saben que tendrán un incremento en sus ingresos y deben tomar una decisión: tener un hijo más —lo
que significa crecer— o utilizar ese ingreso adicional para mejorar su condición actual, lo que significa
desarrollo. La decisión implica adoptar una —y sólo una— de las dos opciones. Y sin embargo —según
advierte— el mundo se empeña en tratar de desarrollarse y crecer al tiempo, con desastrosas consecuencias.
Willis Harman, un ingeniero y futurista estadounidense, escribe sobre el impacto de este pensamiento en la
economía. “El mundo industrializado habiendo perdido cualquier consenso en significado y valores, se guía
principalmente por señales económicas y financieras que sirven a pseudo valores”.

En su libro El Alma del Capitalismo, el periodista y pensador William Greider escribe sobre la forma como
opera actualmente la economía en Estados Unidos. “Mi objeción principal no apunta a los mecanismos
financieros sino al carácter estrecho del sistema de valores. Salvo algunas excepciones importantes, los
agentes del capital operan con una ceguera obsecuente que les impide ver los efectos colaterales del capital,
y con una indiferencia absoluta hacia el futuro de la sociedad. El sistema del capital no autoriza a los agentes
financieros a pensar en este tipo de cosas y puede castigarlos si se atreven a pensarlas. Sin embargo, el
capital financiero moldea y regula el contrato social en los Estados Unidos en forma mucho más eficaz que
el gobierno, que se ha apartado casi por completo de esa función”.
En Occidente nos hemos enfocado por siglos en separarnos del mundo, acumulando conocimiento para
entender y explotar mejor los recursos (incluyendo lo que en el mundo de los negocios se conoce como
recursos humanos). Esto se ha logrado gracias al uso del modelo científico-racionalista de pensamiento, que
se ha revelado extremadamente poderoso para llevar a cabo esa tarea.

Consistente con esto, no es sorprendente que Milton Friedman, economista laureado con el premio Nobel,
señalara en una ocasión que “la pregunta es si los ejecutivos corporativos, manteniéndose dentro de la ley,
tienen responsabilidades diferentes a hacer el mayor dinero posible para sus accionistas”. Y mi respuesta es
no, no la tienen. Por ello en las corporaciones, con esa sola responsabilidad en mente, el vacío del alma, las
enfermedades, la falta de sentido y el desespero no son extraños.

“La única responsabilidad social de la empresa es aumentar sus ganancias”. Empresa y sociedad se
entienden como dos entidades independientes, como si la empresa existiera en el vacío, separada de la
sociedad donde actúa y de la cual depende”, dice Friedman.

En Occupy World Street, el economista Ross Jackson cuenta que el líder espiritual estadounidense Andrew
Harvey escribió al director general de una gran multinacional del sector agrícola para advertirle que la
empresa a su cargo generaba grandes daños al planeta y devastaba la vida de miles de personas.
Como respuesta, ese director (cuyo nombre no es revelado) le indica al líder espiritual que “muchos de
ustedes realmente creen que si los directores como yo supiéramos el daño que estamos haciendo, nos
desharíamos de nuestros trajes Armani, nos quitaríamos los Rolex de las muñecas, nos pondríamos a llorar y
cambiaríamos nuestra forma de actuar. Eso es una locura”.

“Sé sé exactamente lo que mi compañía está haciendo y la devastación que está causando a miles de vidas.
Yo lo sé y no me importa. He decidido tener un estilo de vida de lujo, con las ventajas y aviones y
mansiones que acompañan ese estilo, y haré lo que sea necesario para obtener lo que quiero. Sé también que
a ninguno de mis accionistas le importa un comino lo que haga o cómo lo haga mientras a ellos les llegue
dinero”, es la respuesta de ese director, quien se muestra consciente de que algún día pagará el precio por
ello pero que eso no lo hará cambiar.

Para el siquiatra y filósofo australiano Roger Walsh “en nuestro mundo cada vez más materialista estamos
siendo llevados a un insaciable deseo de poder y posesiones. En ese vano recorrido nos perdemos en la
búsqueda de la paz interior o la felicidad mental. A pesar de la riqueza material, muchas personas
experimentan hoy en día insatisfacción, miedo, ansiedad y un sentido de inseguridad. Algo parece estar
faltando en nuestros corazones”.

La apertura de la mente moderna

No estamos solos en ver la posibilidad de un nuevo camino que nos saque de las crisis y los grandes
desastres que enfrentamos. Hay varios signos de que un cambio mayor en la conciencia se está
estructurando, en lo que podría llamarse una apertura de la mente moderna.

Provocada por pensadores como Martin Heidegger, Hans-George Gadamer, Willis Harman y, más cerca, las
extraordinarias ideas de Ken Wilber, una nueva rama de pensamiento está emergiendo. Esta tendencia
rechaza abiertamente el reduccionismo característico del racionalismo, se opone a sus inherentes tendencias
a la homogenización y busca restaurar a la experiencia humana su riqueza, profundidad, variedad y
multiplicidad. Estas ideas representan de muchas maneras el primer gran desafío que ha enfrentado el
pensamiento racional desde la muerte de Sócrates.

En otras partes, importantes grietas comienzan a aparecer en la fachada de la cultura occidental. Muchas
personas han iniciado una apertura hacia las riquezas espirituales de Oriente, especialmente el budismo y el
hinduismo. De la misma manera Oriente se ha convertido en una fuente de inspiración para ampliar nuestra
comprensión sobre salud, sanación y medicina.

En las últimas tres décadas hemos sido testigos de dos movimientos sin precedentes. Siguiendo las críticas
radicales de la francesa Simone de Beauvoir, Betty Friedan y otras feministas han tenido mucho impacto al
denunciar la represión del arquetipo femenino que ha prevalecido en prácticamente todas las culturas en los
últimos 500 años. Como señaló el filósofo Richard Tarnas en el epílogo de su magistral obra La Pasión de la
Mente Occidental, La crisis de la mente moderna viene desarrollándose durante 2.000 años de pensamiento
esencialmente masculino, que comenzó con Sócrates y continuó a través del tiempo con San Agustín, Tomás
de Aquino, Copérnico, Descartes, Kant, Darwin, Nietzsche, Freud y una serie de físicos, químicos y
biólogos del siglo XX.
Ahora, según sugiere Tarnas, hay muchos signos de la emergencia de un pensamiento y valores más
orientados a lo femenino. Entre estos signos, cita un nuevo interés en las cuestiones de género en colegios y
universidades, un gran énfasis en intuición y creatividad en los negocios a medida que más y más mujeres se
incorporan al mercado de trabajo y un incremento de discursos referidos a los aspectos femeninos de la
Deidad.

Tarnas apunta a que estamos de hecho dirigiéndonos a un muy significativo periodo de iniciación.
Adicionalmente a un desplazamiento hacia el yin (energía femenina), vemos un renovado interés en fuerzas
arquetípicas que trascienden el reduccionismo científico, particularmente en la renovada importancia que le
estamos dando al arquetipo de la Gran Madre.

Déjenme hacer una reflexión sobre el pensamiento femenino. Piensen en la edad media. El pensamiento
femenino era totalmente incomprendido por el pensamiento masculino dominante. Y eso derivó en Europa
Central y en Estados Unidos en la famosa caza de brujas, donde miles de mujeres —en su mayoría solteras o
viudas— fueron condenadas a muerte. Estas mujeres eran esencialmente sanadoras, comadronas o
cuidadoras de niños. Era inaceptable que ellas tuvieran conocimientos que escapaban al control de los
hombres. Cualquier mujer que tuviera algún tipo de independencia podía perturbar el orden social
establecido y por eso podían llegar a ser considerada brujas.

Otro cambio tectónico similar, iniciado por la ecologista Rachel Carson y al cual le dieron un enorme
impulso las fotos de la Tierra tomadas desde el espacio exterior, se ha puesto en movimiento en relación a
nuestra orientación hacia la naturaleza. A finales de los 60, el científico James Lovelock, expuso la hipótesis
Gaia, un nombre puesto en honor a la antigua diosa de la Tierra.

¿Qué es la hipótesis Gaia? Según Lovelock, toda la biosfera del planeta, hasta el último ser viviente que la
habita, es un único organismo con todas sus partes tan conectadas y tan independientes como están las
células en nuestro cuerpo.

Lovelock, considerado el padre del ambientalismo, señala en su tesis (que publicó en 1969 y fue objeto de
críticas de parte de los científicos más ortodoxos) que toda la vida de la Tierra en su conjunto interactúa y
tiene la capacidad de mantener un entorno de manera que sea posible la continuidad de la existencia. Si
algún cambio medioambiental afectara la vida en el planeta, éste actuaría para contrarrestar el cambio de la
misma manera que lo hace un termostato para mantener un espacio a la misma temperatura.

El movimiento ambientalista, que crece año tras año, ha tenido un importante aliado en las redes sociales,
donde ha desarrollado y divulgado una impresionante cadena de acciones en favor del planeta, movilizando
a millones de personas a través de internet, en un desarrollo tecnológico sin precedentes en la historia de la
humanidad y cuyos efectos futuros por ahora apenas podemos adivinar.

Gracias a ese desarrollo tecnológico, veo que se está formando un cerebro universal. Skype, Facebook o
Twitter conectan millones de veces al día a personas que viven en hemisferios distintos, con lenguajes y
culturas distintos. ONGs, fundaciones, pequeñas organizaciones que se crean para cuidar un parque, para
cuidar un orfanato, para evitar que se corte un árbol en tal parte. Son millones, literalmente millones de
organizaciones, que siguen creciendo y que se están conectando de una forma distinta. Y ya no pasan por el
poder tradicional, no son detectadas por los medios, no son detectadas incluso a veces por los gobiernos ni
los poderes públicos. De hecho, ese fenómeno es ignorado brutalmente por nuestros medios oficiales de
comunicación, y ni qué decir, por nuestro mundo político, pero los ambientalistas siguen reaccionando y
conectándose.

Pienso que con esa comunidad a través de internet no tenemos en este momento idea de lo que se está
armando aquí. Todo este poder electrónico, que incluso se salta las peores restricciones gubernamentales, no
tenemos idea de para dónde va, qué es lo que está abriendo, qué producirá.

Pero el poder político no reacciona de la misma manera: como dato significativo, durante las cuatro horas y
media de los tres debates televisivos que mantuvieron en 2012 Barack Obama y Mitt Romney en la campaña
electoral de Estados Unidos —el país que más contribuye a la contaminación ambiental en el
planeta— jamás mencionaron el tema de la crisis ambiental, y ni una sola vez se les hizo pregunta alguna al
respecto.
Aún si Obama sí se refirió al tema durante su Discurso a la Nación, en febrero de 2013, comprometiéndose a
acciones para reducir los contaminantes que generan calentamiento global, es significativo cómo el tema es
tratado de una manera más bien marginal en el país más contaminante del planeta junto con China.

Como cualquier nacimiento, todo este cambio en marcha puede ser doloroso al principio, pero eso no debe
sumirnos en un estado de ánimo de desesperanza. Debemos ser valientes pues no sabemos necesariamente
adónde esto nos está llevando. Como Jonás, el gran ejemplo de transformación en la Biblia, estamos ahora
en el vientre de la ballena, inseguros de cómo terminaremos y por ello debemos tener fe de que, atrapados en
una serie de desarrollos sobre los cuales tenemos apenas control, estamos avanzando hacia un cambio en la
dirección correcta.

Incluso si países como China —en la actualidad percibida como un gran coloso económico, que hace una
competencia feroz a Estados Unidos— parecen apuntar a modelos político-económicos similares a los de
Occidente, sus prácticas ancestrales en filosofía y sanación, para mencionar solamente dos ámbitos,
representan para las mentes occidentales grandes enseñanzas.

Si existe una nueva forma de describir el proceso global que está en camino es posiblemente señalando que
estamos frente a un nuevo discurso o serie de discursos que apuntan a la integración de las ontologías de
Oriente y Occidente. Tradicionalmente el pensamiento y la práctica de Oriente se han centrado en buscar la
sabiduría y el arte de vivir a través de la contemplación, la meditación, la cercanía con la naturaleza y, más
generalmente, en una aproximación mística de una conciencia cuya finalidad última es fundirse con el
absoluto.

Para terminar este capítulo quiero hacer una pequeña reflexión sobre una distinción que los seres humanos
hemos perdido en nuestro pensamiento moderno: me refiero a la buena vida.

William Greider —a quien citamos antes— se refiere a esto en sus propias palabras: “Más es la más
contundente expresión de cómo hemos definido la búsqueda de la felicidad”.
Creo que en los últimos siglos nosotros asumimos que al hablar de “más” estábamos hablando de la buena
vida. Bastaba decir “me interesa ganar más” para dar a entender que yo quería tener una buena vida. A eso
se redujo el discurso de lo que constituye una buena vida. Ganar más y más… Y el interés por la buena vida,
por el buen vivir, desapareció del horizonte de nuestro aprendizaje y de nuestro saber.

Capítulo 2: La crisis de la desconexión

“¿Quién me ha puesto aquí? ¿Por orden de quién me han sido destinados este lugar y este tiempo? El
silencio eterno de los espacios infinitos me aterra”
Blaise Pascal

Sostenemos que la forma de pensar y conocer de la modernidad nos ha generado una triple desconexión:
una desconexión con el universo en que habitamos, una desconexión con nuestra comunidad y una
desconexión con nosotros mismos.
Nicolás Copérnico, al desafiar en el siglo XVI el pensamiento tradicional que situaba la Tierra en el centro
del Universo, generó una revolución científica que marcó la división entre el Renacimiento y el
modernismo. Al romper la idea del hombre como centro del Universo, también acabó con el carácter
sagrado y misterioso de la Naturaleza, que de ahí en más ya no sería para escucharla sino para apropiarse de
ella.

A pesar de su brillante impacto tanto en la ciencia como en la filosofía, la revolución de Copérnico terminó
por dejarnos como habitantes de un frío universo sin sentido en el cual la Humanidad aparece únicamente
como un accidente cosmológico, apenas como un epifenómeno de la materia. Lejos de ser el centro de un
cosmos ordenado y divino, como se creía hasta entonces, de pronto nos encontramos radicalmente
descentrados, condenados a existir con los solos atributos ligados a la inteligencia y el propósito, pero en un
universo silente, mecánico, sin alma ni significado.

Desconexión con el universo

En muchas eras y culturas que nos precedieron los seres humanos tuvieron un profundo sentido de conexión
con el mundo, lo que se vio en su voluntad de escuchar las diferentes maneras como la Naturaleza tenía para
comunicarse con ellos. Inclusive en tiempos medievales el mundo natural era visto como una expresión de la
gloria y la benevolencia de Dios. Pero en nuestro mundo post-Copérnico, experimentamos una profunda y
cósmica soledad. La Naturaleza no tiene ya nada que decirnos y permanece silenciosa frente a nuestras
pruebas analíticas. A la deriva en un reino de espacio y tiempo sin límites, cada vez encontramos más duro
darnos un sentido o encontrar una razón para existir. El mundo se convirtió en objeto de desencanto.

Citamos de nuevo al ambientalista David Abram: “A lo largo de la mayor parte de nuestra existencia como
especie, los humanos hemos desarrollado relaciones con cada uno de los aspectos del entorno sensible que
nos rodea, intercambiando posibilidades con cada forma alada, con cada superficie texturada y con cada
entidad temblorosa sobre la que recayera nuestra atención. Todas ellas podían hablar, articulando en gesto,
canto o suspiro una voluble red de significados que podíamos sentir en nuestra piel, percibir con nuestro
olfato o distinguir con nuestros oídos. El color del cielo, el latir de las olas, cada aspecto de lo terrenalmente
sensitivo, era susceptible de conducirnos a una relación basada en la curiosidad y sazonada con el temor.
Cada sonido era una Voz, cada rasguño o tropiezo era un encuentro: con el Trueno, con el Roble, con la
Libélula. De todas y cada una de estas relaciones se nutría nuestra sensibilidad colectiva”.
Este tipo de conexión fue recreado por el cineasta James Cameron en la multimillonaria película Avatar, en
que los habitantes del planeta Pandora, humanoides de piel azul, se comunicaban con cada animal o planta,
sirviéndose para ello de sus colas que terminaban en unos conectores y generando un poderoso vínculo entre
ellos y con todos los elementos de la naturaleza.

Como humanidad, vivimos de una manera que sabe separada de lo que sabe, una humanidad que sabe
mucho acerca de todo pero se excluye de lo que sabe. Por ejemplo, yo aprendo acerca de los árboles pero no
dejo que ellos me enseñen. Una de las cosas más brutales de la forma de saber de la modernidad es que nos
separamos del mundo. Sabemos más del mundo, sabemos de la composición química de cada cosa, pero
sabemos desde el espacio de un explotador, no desde el espacio de un amante. Miramos los árboles como
pulgadas de madera, no los amamos.

Nuestro saber no viene de la emoción de la ternura, viene de la emoción de la avaricia, del deseo de poseer.
Mientras la emocionalidad de nuestra epistemología sea la de dominar, de predecir, de controlar, nosotros
vamos a seguir construyendo este mismo mundo. Creo firmemente que para saber de otra manera, para
construir una nueva manera de habitar el planeta, tenemos que saber desde la ternura, desde el cariño, desde
el sentirnos parte de lo que sabemos. Nosotros no somos entes ajenos al Universo, nosotros somos el
Universo.

¿Cómo sabemos tanto acerca de, por ejemplo, las minas o los recursos y cómo estamos destruyendo la
Tierra con ese saber tan desprovisto de cariño? Cuando llega el ingeniero de minas, dice “bueno, vamos a
tener que romper todo este cerro acá, acá vamos a poner esta planta, los residuos los mandamos para allá”;
sabe de geología, sabe eso, pero no sabe desde el amor. Nadie se preocupa de que eso vaya a destruir el
paisaje desde lo estético o lo va a destruir desde el punto de vista espiritual o la va a destruir poniendo en
riesgo la capacidad de supervivencia de las comunidades aledañas. “No, eso no importa, yo voy a hacer lo
que hago porque lo que yo sé es geología”.

Mi hacer en este saber tiene consecuencias, pero como estoy desvinculado del mundo éstas no me importan
mucho. Es lo que está pasando hoy día con la producción de gas a través del famoso fracking, que consiste
en inyectar cantidades ingentes de agua y arena a presión para poder extraer del subsuelo gas y petróleo
profundos. Miren el desastre: un pozo de gas puede requerir unos 12 millones de litros de agua que quedan
contaminados, la mitad de los cuales salen a la superficie y la otra mitad pasa a los cauces subterráneos, y
eso no importa, la lógica es que va a haber gas.

Hay que incluir el alma, hay que cambiar la emoción del saber, la emoción del aprender; en la actual
emoción sólo podemos producir lo que estamos produciendo. Podemos envenenar los ríos porque no
importa, son simplemente un recurso natural, y hay que usarlo y ya; y el mar cuando empiezan a escasear los
peces, no decimos “tenemos que aprender a cuidar los peces”; no, nuestra lógica nos lleva a fabricar barcos
más grandes para ir a pescar más lejos y más profundo y así compensar que destruimos los recursos que
estaban a la mano.

Al ir conectando estos fenómenos con un saber que está fuera del amor, del cariño, de la ternura, ¿qué es lo
que nosotros decimos? decimos que hay que volver a un saber amoroso. Que en realidad no es una novedad
en la Tierra porque muchas tribus amazónicas, los pueblos polinésicos y otras civilizaciones en la Tierra han
sabido y siguen sabiendo de esa manera; no se han desprendido de su saber.

Cada pueblo en la historia de la Tierra ha tenido una cosmología; es decir todo pueblo que ha vivido en la
historia de la humanidad ha respondido a la pregunta ¿qué es esto?, ¿qué es el universo? Unos lo han
respondido diciendo “el Universo es la Tierra y eso es todo”. Otros han dicho “el Universo es todo lo que se
ve y es la creación de un Dios”. Pero para otros, la Tierra tiene ánima, es un ser vivo. Y eso lo han dicho
hombres de la ciencia.

En la cosmología de la modernidad vivimos en un universo regido por las leyes de la física; el mundo es
materia, energía que se mueve, y eso es lo que le da orientación. Y no tiene propósito, no tiene sentido, no
tiene conciencia, está totalmente al azar. Y la vida es un accidente molecular o químico. Esa es la
cosmología de la ciencia en breve. Y es una cosmología.

Cada pueblo que ha vivido una cosmología cree que su cosmología es la verdad, no su cosmología. Y esta
cosmología de un universo regido por la física es la que domina hoy día; lo que estamos diciendo es que es
una de muchas maneras de mirar la Tierra. Pero en la modernidad no hay campo para otras cosmologías o
visiones.

Más allá de cualquier cosa hay una cosmología de un mundo separado de nosotros, y nosotros como
humanos somos percibidos como un accidente. Somos tan extraordinario accidente que tenemos la
capacidad de la conciencia. El mundo es inconsciente, sólo nosotros somos conscientes, lo que nos pone en
un caso excepcionalísimo de soledad. Somos una soledad absoluta.

Obviamente en un universo de ese tipo la emoción con la que vivo es miedo. Necesito aprovisionarme,
cuidarme porque es un universo indiferente, un universo ajeno. La ontología, el entendimiento del ser de
nuestro tiempo, es que todo está separado: ese es un árbol, esa es una casa, esa es una estrella, ese es un sol,
ese es un pato, ese es un niño, esa es una rana; todo está separado, todo tiene su vida pero está todo
separado. Nunca hemos entendido que todo se debe a todo, que todo está conectado con todo.

Eso de que el aleteo de una mariposa en Hong Kong puede convertirse en una tormenta en Los Angeles…
eso lo entendió la ciencia hoy día pero el sentido común no lo ha entendido. El sentido común sigue
diciendo: “bueno, es un problema del Perú, pero yo estoy en Estados Unidos”. Seguimos pensando así.
Recién ahora nos damos cuenta de que si China sigue haciendo ciertas cosas va a afectar hasta la Antártida.

La ontología de la separación, la ontología de que tú, lector, existes, independientemente del que te habla,
Julio, y que cuando conversamos eres tú allá y yo acá… y yo te digo una cosa, no nos damos cuenta de que
juntos estamos deviniendo, que no hay forma de separar donde empiezas tú y yo comienzo. Que no existe
una separación. Pero nos caímos en esa ontología de la separación que es brutal; porque bueno, lo que pasa
allá, pasa allá, no está pasando acá. Que mi vecino le eche a su jardín una serie de químicos y anti plagas, no
importa, yo en mi jardín no uso eso. Hacemos separaciones donde es imposible separar.

Este sentido de profunda y aparentemente imposibilidad de erradicar soledad y desconexión está


empezando a filtrarse en nuestros huesos. Eso puede verse de una manera práctica, por ejemplo, en la
epidemia de depresión que actualmente vive el mundo occidental. En Estados Unidos, país que marca
tendencias en casi todos los dominios, el consumo de antidepresivos aumentó 400% en los últimos 20 años.
Lo más perturbador es que uno de cada 10 estadounidenses toma este tipo de medicamentos a partir de los
12 años.

Desconexión con nuestra comunidad

También reconocemos estos síntomas en nuestra pérdida de vida comunitaria e incluso en las relaciones con
los demás.
Ken Wilber, uno de los nuevos filósofos que intenta conciliar el racionalismo y la espiritualidad, ha
desarrollado el concepto del holón. ¿Qué es un holón? Es un sistema o fenómeno que es todo en sí mismo y
a la vez es parte de un sistema mayor. En otras palabras, un holón está conformado por partes y a la vez hace
parte de algo.

Que todas las cosas sean holones significa que todas las cosas son contextos dentro de otros contextos y que
cada contexto aporta un significado nuevo y auténtico al holón.

Cuando hablamos de un ser humano decimos que la idea del individuo no se contrapone a la idea de la
comunidad. El individuo se entiende como un holón, en el sentido de que el individuo es un todo en sí pero
es incomprensible sin ser parte de… Es un total y ese total se comparte con un total mayor. Esa es la idea
básica.

Un individuo desconectado completamente deja de ser un individuo. Lo peor que le pueden hacer como
pena a un humano es que lo pongan en aislamiento; si el aislamiento dura determinados días se vuelve loco.
¿Por qué? Porque no puede continuar siendo sin la conexión con el otro. No hay tal cosa, es una falacia que
yo pueda vivir aislado. Si yo pudiera hacerlo, el aislamiento no sería problema, recibo comida, recibo todo…
Pero no, aíslan a la persona y ésta enloquece. Eso a mí me demuestra que nosotros nos alimentamos,
literalmente, de las conexiones con los demás, estamos deviniendo solamente en relación con otros.

Claro, yo puedo hacer una meditación, puedo estar en un aislamiento por un mes, me voy a rezar, pero
incluso en esos aislamientos yo me estoy conectando a través del espíritu. Pero cuando eso excede un cierto
tiempo, la locura es lo que viene.

El aislamiento llega también a las empresas, donde estamos fracasando en encontrar espacios que nos
llenen. Allí dejaron de importar las relaciones humanas, lo que ha traído la pérdida de la dignidad en el
trabajo. En cambio, nos hemos obsesionado con un juego llamado ‘Más, Más Rápido y Beneficios a Corto
Plazo’.

Incluso la medicina y algunas escuelas de sicología han contribuido a nuestra sensación de alienación y
desconexión del universo, despojando a los seres humanos de cualquier dimensión espiritual. Ya no
percibimos nuestra dependencia de otro ni del universo. Nuestro entendimiento integral de nosotros mismos
ha sido, como consecuencia, profundamente afectado. Estamos perdiendo nuestro equilibrio entre nuestra
individualidad, nuestra comunidad y la naturaleza.

Ciegos ante nuestras múltiples conexiones con el mundo, en vez de ver la vida como una posibilidad de
servir caemos en un modo de ingratitud. Nos consideramos merecedores de las riquezas y no nos
comprometemos con ninguna reciprocidad, dejando de lado cualquier forma de generosidad hacia la vida y
hacia nuestro planeta.

Curar, sanar, medicarse…

Podemos hablar del sistema de salud. Sanar en la cultura occidental se ha transformado en curar. Se ha
transformado en un problema físico, y está resuelto dentro del espacio materialista, positivista y
reduccionista. La medicina occidental es profundamente materialista. Concibe el organismo humano como
una masa material, una serie de órganos cada uno con una función especializada que es meramente
biológica. El corazón es una bomba… pumba, pumba, pumba, tire y saque para allá. Eso es lo que es el
corazón. El problema del hígado tiene que ver con que ciertas células están haciendo no sé qué cosas; tiene
que ver con cuestiones químicas, con que necesitas estas píldoras para tal cosa. ¿Tiene un valor eso? Lo
tiene, no podemos discutirlo. Pero la manera como opera la medicina dentro del reduccionismo le niega al
hígado su conexión con un millón de mundos.

Algo fascinante en la medicina china es que el hígado, como el riñón o el corazón no son percibidos en esta
tradición como ese objeto allí, sino que son un mundo dentro de una interconexión fabulosa tanto física
como emocional; por ejemplo, ciertos excesos o deficiencia hepáticas o renales implican tendencias a la ira
o el miedo. Es un mundo de conexiones exquisito.

Cuando alguien me habla de un tema de riñón, digo “para mí eso tiene que ver con cierta energía vital”. La
curación tradicional es entendida no sólo en el aislamiento y el reduccionismo de los órganos sino en el
reduccionismo de la mente de las personas y ahí lo que vemos es que tú sanas, tú, pero el tú que sana está
aislado del yo, del nosotros.

Entonces lo que digo es que nosotros al reducir el mundo de relaciones al espacio meramente material, y
dentro del espacio material al reducir esto sólo al espacio de la física o de la biología, en ese acto de
reduccionismo el sanar lo llamaría yo curar. Para mí la palabra sanar implica la incorporación del
alma pero no es de ahí de donde parte nuestra medicina. Es sabido que hay una gran conexión entre un
estado emocional de tensión y ciertos problemas, entre un estado de alegría y ciertas cosas, esas condiciones
ya no son un misterio en ninguna parte, sin embargo en la práctica están afuera.

Los indígenas achuar, en Ecuador, sanan mucho recurriendo a los sueños. Los sueños son un espacio vital
de interpretación de lo que está pasando en el mundo. Todas las mañanas ellos tienen sesiones donde
cuentan sus sueños y el chamán interpreta. Los achuar además cuando caminan en el mundo literalmente
todos lo ven, lo conciben, lo relacionan… esta yerbita, esta otra… o cuando el pájaro tal se posa cierta rama
viene una noche fría, hay que cuidarse, protegerse. Es decir, no hay ningún mundo que ocurra porque sí no
más. Todo es cuestión de una lectura.

Algo parecido me ocurrió con un señor de una cultura quechua. Él era el veterinario de la comunidad. Le
pregunté “¿dónde estudiaste?”. “No”, me dice, “yo no estudié en ninguna parte”, “¿Pero tú eres
veterinario?”. “Sí”, “¿Quién te enseñó?”, “Mi papacito que se encargaba de los animales y él después me
enseñó a encargarme”. “¿Pero tú operas? Yo sé que tú castras animales”. “Sí, yo opero y yo trato los partos”.
Y me dice “mira Julio, si es muy fácil”. Me invitó a caminar por el cerro. “Si el animal tiene inflamación
después de la operación, esta yerba es para la inflamación y se puede aplicar de esta manera. Si el animal
tiene una infección, se le pone tal hierba; si el animal lo ves tú que le cuesta reconstruir su fuerza después de
la operación está esta otra yerba que es para el vigor”. Su mundo era una farmacia impresionante. Entonces
el sanar, el intervenir, no está visto como un acto particular sino siempre dentro de una concepción de que
todo está conectado con todo y tú sólo privilegias ciertas conexiones porque no es más que eso.

Podemos hablar de otras sanaciones. Si ya salimos del espacio de la medicina y del tratamiento médico, la
sanación por ejemplo debe ayudar en la pena, en la desesperanza, en el miedo… Pero lo que hacemos es
recetar antidepresivos y así queremos salir del problema tratándolo de manera química. Yo no digo que no
haya un espacio en que eso pueda ser útil, pienso que hay ciertos grados de depresión que pueden necesitar
una ayuda química al comienzo pero la ayuda química puede ser para el despegue, no para sostener el vuelo.

Por eso no se trata de decir “Ah, esto está todo mal”. Esa no es mi visión. Creo que hay una parte legítima
de eso. Lo que sí veo es que las sanaciones del alma son reinserciones en el mundo del yo social. Nos
reinsertamos a ser parte. Todas nuestras separaciones pueden ser enfermedades. Pero yo veo que al final las
sanaciones del alma, más allá de la enfermedad de lo físico, son reinserciones del ser al espacio colectivo,
son abrir la puerta para que se incorporen en ti una multiplicidad de otras miradas, de otros sentires, de otros
mundos. Nosotros somos seres de la diversidad. En el mundo de hoy en que la diversidad la hemos ido
reduciendo tanto, nos estamos enfermando el alma como consecuencia de eso.
Cuando pensamos desde esa medicina, ¿qué pasa con la conciencia? La medicina dice que la conciencia no
es más que un epifenómeno de la masa cerebral, y con eso resuelve el tema, así tal cual nos reduce como
seres a ese mero espacio material, y eso es un achicamiento del ser humano.

Hay una chica colombiana que llegó a la sala en una sesión de coaching colectivo, y en la primera
interacción que tuvo conmigo me dijo “es que tengo una enfermedad”. No se atrevía a decir cáncer. Bueno,
en la sala hicimos un acto de sanación con ella. Le dije “imagínate que toda la fuerza, toda la salud, la
energía de toda esta gente te empieza a sanar tu cáncer. Imagínatelo”. Eso no quiere decir que no vaya a un
médico. Y empezamos a tener sesiones con ella en la sala, pero después poníamos una hora al día en que
todo el grupo le mandaba energía de sanación. Yo la mandé a ver a un médico, que le dijo “en el caso de tu
cáncer, no creo que sea un asunto que haya que hacer un tratamiento de medicina química”, por cualquier
razón, no sé por qué. “Yo quiero que sigas el tratamiento de sanación que estás haciendo en tu grupo”, le
recomendó. Al final del año no tenía cáncer, y hoy no tiene cáncer.

Hubo otra chica con enfermedad de cáncer. Hicimos lo mismo pero el médico dijo que ese cáncer sí
requería de intervención química, y le dio una cantidad de cosas, y también sanó pero ahí, por ejemplo, lo
veo como una conjunción de los dos ámbitos. Y hemos tenido otros casos en que ha habido cáncer y que ha
habido recurrencia y sanación, en distintos casos.

Hay un libro de un médico, Randolph C. Byrd, que hizo el siguiente experimento. Él era por entonces
director del hospital general de San Francisco. Byrd seleccionó grupos de gente para que rezaran. Gente que
orara por alguien. Entonces había gente que oraba en Australia, otro grupo en Europa, otro grupo en San
Francisco, otro grupo en otro lugar. Y pidió que orasen por un grupo de enfermos de un cierto tipo. Después
a otro grupo —ponte tú los australianos— aunque no conocieran a esas personas, él se los describía, les daba
toda la información y les decía oren por ellos, pidan por ellos, todos los días, a tal hora… Y había otro grupo
de enfermos por el que nadie oraba. El resultado fue que el grupo en que había gente orando por ellos —no
importa donde orasen, no importa dónde ni a qué distancia—, ese grupo tuvo una sanación de un 15% de
efectividad mayor del grupo donde nadie oraba.

Ese libro existe. El doctor Byrd muestra los resultados, hechos con toda la metodología científica, estudios,
grupos, el grupo que sabe que están orando por ellos, los que no saben… El autor les muestra los resultados
a sus colegas médicos. El autor dice “acá está toda la metodología”, los médicos lo ven y dicen “no cabe
duda de que está todo bien hecho pero no podemos experimentarlo”. ¿Cómo hacen para creer en eso?
Niegan el fenómeno porque no tienen explicación. Este es el caso más bonito y más documentado y sé que
hay muchos más.

Desconexión con nosotros mismos

De la misma manera que nos desconectamos de la naturaleza y de la sociedad, también comenzamos a


alienarnos de nosotros mismos, particularmente en cuanto tiene que ver con nuestras emociones y nuestros
cuerpos.

A primera vista esto puede parecer desconcertante en estos tiempos de la sicoterapia. O quizás más bien
deberíamos ver la creciente demanda de sicoterapia en sí misma como una medida del grado de malestar
físico y emocional que experimentamos. Lo que también ha crecido en respuesta a nuestro sentido de
alienación es el invasivo movimiento de auto ayuda. Cualquier persona que compre regularmente libros sabe
que la sección de auto ayuda en las librerías es generalmente la más grande. En 2011 se vendieron en el
mundo publicaciones de auto ayuda por un valor de 64 mil millones de dólares.
No hay ninguna duda de que en ese flujo de consejos sobre cómo vivir no todo está equivocado. Está claro
que hay mucha gente que es genuinamente ayudada por esa tendencia. Pero muchas de estas guías parecen
animadas con un sentido de manipularnos a nosotros mismos de la misma manera que nos hemos dedicado a
adquirir conocimiento para manipular y controlar la naturaleza.

La desconexión nos alcanza también en otros aspectos. Empujados por juicios sociales, hemos decidido que
ciertas emociones como la tristeza o la rabia tienen una connotación negativa y buscamos a como dé lugar
desterrarlas sin tratar de entender qué es lo que éstas tratan de decirnos.

Igual pasa con la intuición. Acostumbrados a las explicaciones, hemos perdido el contacto con nuestra
intuición.
La intuición para mí es una demostración de lo que hemos menospreciado, un fenómeno que está conectado
con todo. Lo que a mí me pasa en contacto con el espacio intuitivo es que veo allí un saber que nos acerca
más para el lado de la sabiduría que para el lado del conocimiento. Nos ayuda a leer un libro que no está
escrito por la mano humana.

¿Cómo intuimos realmente? Si tú preguntas, ¿cómo me explico la intuición? La verdad es que no tenemos
respuesta. Cuando una persona nos mira fijamente desde atrás, después de un rato “sentimos” que nos están
mirando. Nosotros nunca hemos podido explicar eso en el paradigma científico tradicional. Jamás. O por
ejemplo cuando digo “hace días no me llama mi mamá” y justo suena el teléfono y es ella… nunca hemos
podido explicar eso; decimos “es coincidencia”, es algo curioso” pero la verdad es que son fenómenos que
no hemos podido explicar porque en realidad no responden a una conexión mecanicista ni materialista de
ningún tipo.

Cuando yo intuyo que alguien va a decir tal cosa, y lo dice, ¿de dónde demonios viene eso? Entonces la
intuición resulta que tiene un rol importante en el saber humano, pero nosotros de alguna manera lo hemos
trivializado. ¿Por qué?, porque eso es lo que hacemos. Todo lo que no puede ser explicado adentro del
paradigma lo tratamos de obviar, negar o trivializar.

Para mí la intuición es fundamental como parte de nuestro saber. Pero nosotros sabemos que está ahí,
disponible, entregándonos un acceso a un saber diferente.

Me bastaría con decir que es imposible el saber humano desprovisto totalmente de la intuición. Y hay una
parte que se cumple. Las madres tienen unas increíbles intuiciones con los hijos. “Cuidado con el niño, y
justo pasó un camión”. Y lo sabemos y nos decimos “el poder de la maternidad”, y simplemente lo dejamos
ahí.

Sabiduría, asociada a conocimiento

La sabiduría tampoco es entendida porque sigue asociándose a conocimiento. Siempre digo que uno de los
viejos más sabios con que me he encontrado conoce poquito, o mejor dicho sabe poquito, para ser
consistentes con la frase. Yo conocí a ese viejo en Caburga, en el sur de Chile. Cuando voy, me siento a
conversar con él. Es un hombre tranquilo, “¿Cómo está don Raúl?”, le pregunto. “Bien los chanchitos, mi
mujer está contenta, los cabros (niños) andan bien, están trabajando”… “¿Y usted?”. “Acá tengo mi huerto,
estoy disfrutando los días que hemos tenido buenas aguas…” No hay ningún rasgo de ansiedad en el
mañana… Hay algo sobre el presente que es precioso; “Sí, no ha llegado agüita y mire hoy este vientecito
que anuncia tal cosa”. Es una lectura del mundo y es un vivir ahí. Jamás le escuché la frase “me gustaría
tener eso”. Nunca. Y he puesto atención. “Me encantaría tener esa otra parcela”. Nunca. “Mire como tengo
mi huerto, me han salido tan lindas las sandías este año, qué bueno”, es decir ese lenguaje de aprecio, tan
maravilloso, tan simple, y nosotros que andamos destruyendo, cortando, rompiendo, y no sabemos ni
siquiera para qué ni para quién. Que es para mí el profundo sinsentido de la humanidad. El profundo
sinsentido.

Construimos más edificios, más autos y después no podemos movernos en la ciudad porque los autos no
tienen lugar. Si uno lo piensa es una locura, completa. Con una quinta parte de los recursos que gastamos en
tantos autos podríamos tener un sistema de transporte colectivo impresionante. No, toda la gente con sus
autos. ¿Por qué? No porque no sepamos o no nos demos cuenta en términos numéricos, es porque toda la
deriva depende del “beneficio inmediato del mercado”.

Existe una obsesión brutal de la humanidad de nuestro tiempo con los productos de los humanos… el
progreso, la tecnología. Entonces, yo siempre digo, nos asombramos a morir con un iphone y hemos perdido
todo asombro con una naranja o un vaso de agua. Y esa obsesión egocentrista, humanocentrista,
antropocentrista, es parte de la separación. Se admira lo que hacemos nosotros y no somos capaces de
conmovernos con un pez, con un pájaro. Mi padre me lo enseñó un día. “Hijo mío, ¿qué es esto?” “Una
ensalada de tomate”. “No hijo, —me contestó— esto es un milagro”. Eso fue para mí el primer impacto
porque quiéralo o no, yo me pregunté qué quería decirme, por qué le daba tanta importancia. Por lo menos
abrió la pregunta…

Desafortunadamente nuestra forma actual de saber no es una manera efectiva para aproximarnos al
aprendizaje tal como lo necesitamos, precisamente porque se enfoca en el ser humano aislado. Es cierto que
todos nosotros somos seres individuales nacidos con predisposiciones particulares. Pero tendemos a olvidar
que cultura sociedad y naturaleza son también dimensiones del ser. Uno de los signos más claros del
empobrecimiento de nuestras raíces es una fuerte falta de pasión en nuestras vidas personales y
profesionales.

Hemos adoptado una visión que hace que la pasión sea lo opuesto de la inteligencia. Es frecuente encontrar
personas que nos consideran locos o ingenuos si mostramos pasión por cualquier cosa. La pasión puede ser
entendida como un acto místico que constituye nada menos que una predisposición a fusionarnos con el
mundo. Cuando nos embarcamos en una tarea en la que estamos fuertemente comprometidos, cuando nos
unimos con otra persona en el acto de hacer el amor, la pasión se muestra como una experiencia de unirnos
con nuestro entorno. La pasión es el lado opuesto del egocentrismo.

Servir a otros también engendra pasión, al convertirnos poco a poco en nosotros mismos en el acto de
ayudar o apoyar a otros. La pasión es entonces, la emoción de la conexión por excelencia.

De manera incuestionable necesitamos momentos de pasión para llevar una vida saludable, satisfactoria y
con sentido. Pero ¿cómo podemos experimentar la pasión cuando nos encontramos desconectados en un
mundo carente de sentido? Lo que nos queda con frecuencia es la pasión limitada al acto del sexo y poco
más allá, lo que nos lleva a una profunda insatisfacción. Pasa igual con la felicidad. Hemos dejado de
buscarla, y a cambio nos conformamos con estados de excitación, que encontramos en películas llenas de
efectos especiales y explosiones, en los deportes, en montañas rusas, videojuegos, drogas y otras
manifestaciones para llevarnos a puntos de euforia… que se alternan con depresiones.

Para ser más preciso, lo que estamos proponiendo acá es un reconocimiento de que los procesos de fusión y
separación constituyen el aspecto dinámico de lo que significa ser humano en este mundo. Cuando nos
fusionamos nos conectamos pero frecuentemente no somos conscientes de la intrínseca naturaleza de la
conexión. En la misma medida cuando nos convertimos en observadores nos alejamos del mundo para
entender y generar una acción efectiva. Para los desafíos de hoy en día requerimos manejar las dos
dimensiones de esta dinámica: debemos balancearlas, al tiempo que reconocemos el misterio que subyace a
ambas.
Finalmente el valor supremo que le damos a la razón (y por extensión al lenguaje) nos ha convencido de que
estamos solos en un mundo silencioso, material y carente de sentimiento, inteligencia o conciencia.

El resultado de esta línea de pensamiento es el refuerzo de nuestro sentido de aislamiento e insignificancia.


Solos en una materia fría, en un universo carente de sentimiento, no tenemos nada a lo cual conectarnos o de
lo cual aprender fuera de nosotros. Simplemente somos torbellinos de átomos dentro del vacío. Y, en la
ausencia de un contexto más grande para nuestras vidas, sentimos incluso con más fuerza la gravedad que
nos jala hacia un sentido de vértigo cognitivo, en el cual no hay conexiones significativas que nos ayuden a
dar sentido a nuestra vida y nos permita superar un sentimiento creciente de esterilidad.

Dentro de este panorama también hay señales de un resurgir de la espiritualidad, basado en un profundo
deseo de conectar con algo más grande que nuestros propios egos. Estamos aprendiendo a reconocer que no
estamos auto contenidos, que estamos conectados de muchas maneras a la naturaleza, conectados unos a
otros, y conectados al magnífico misterio que es el universo. Y de tales conexiones podemos comenzar a
recuperar el sentido de significado y propósito en nuestras vidas. Para hacer esto, necesitamos dar un giro
epistemológico, un genuino salto de conciencia. Debemos comenzar a abrirnos a algo que exceda el
materialismo, a otras formas de conocimiento que incluyen y transcienden lo meramente racional. Debemos
aprender a desarrollar otras formas de inteligencia, incluyendo la intuitiva, la emocional, la estética y la
espiritual.

La Necesidad de una Nueva Cosmología

En un ensayo sobre la espiritualidad en el tercer milenio, el escritor John Updike observó que, “desde
Galileo, la astronomía ha incluido la cosmología cada vez con más firmeza…” El comentario es sugestivo
pues tal vez lo que necesitamos es una nueva cosmología. La cosmología de la astronomía moderna es
realmente minimalista, incluye el ámbito exclusivo de los astrofísicos investigando los orígenes, la
estructura y el desarrollo del universo desde un punto de vista puramente material. En los tiempos pre
modernos, sin embargo la cosmología era el estudio del orden de las cosas en el sentido más amplio de la
palabra, incluyendo varias dimensiones, no solo el ámbito material de la naturaleza (sus orígenes y
desarrollo), sino también lo divino y el lugar de los seres humanos en un esquema más amplio de las cosas.
Parte de lo que nos hace sufrir es una cosmología radicalmente reducida, una que se permite solamente
hablar de dimensiones físicas.

Una cosmología nueva sería, igual que antes, multidimensional, intentando dar una explicación general de
las cosas en un orden que abarcaría varios niveles del ser. Comprendería varios objetivos. Buscaría restaurar
el significado, la conexión y el propósito de la existencia humana, reconociéndolos como fundamentales
para llevar una vida tranquila, satisfactoria y con bases emocionales. Reconocería el lugar y el papel que
juega la humanidad en el orden cosmológico de las cosas, y elucidaría formas de ser conscientes, de saber,
de pensar, de actuar y de producir futuras posibilidades que estén alineadas con una visión más amplia. Nos
daría la base para modelos de una buena vida que apunte hacia la sabiduría, el balance, la comunidad, y el
respeto mutuo, en oposición al control y la manipulación.

Epistemológicamente, la nueva cosmología estaría basada en el reconocimiento de que tanto como seres
biológicos, somos seres históricos. En otras palabras, el mundo se nos revela de acuerdo a ciertas
condiciones biológicas, históricas, sociales y culturales que dan forma al tipo de observador que somos.

Tal epistemología también estaría libre de la ilusión de ser neutral y alejada de inclinaciones. A cambio,
atendería, entre otras cosas, a las actitudes y estados emocionales en los que el conocimiento aparece, dando
crédito completo al hecho de que el conocimiento ocurre en un espacio emocional. En este respecto, estaría
abierto a otras actitudes fuera de control y certeza, tales como maravilla, aceptación, franqueza, respeto,
servicio, humildad, comunión y amor.
En la nueva cosmología, buscaríamos formas múltiples de saber y pensar: kinestésica, intuitiva, espiritual,
holística, metafórica, auto reflexiva, sistémica y práctica, por ejemplo.

Finalmente, la ética vendría de la base misma del ser. La ética de la nueva cosmología vendría de una forma
diferente de ser en el universo: no solamente aprenderemos acerca de éste, sino que también aprenderemos
de él.

Capítulo 3: El sentido común de nuestro tiempo

Cada sociedad que ha existido se ha apoyado en una serie de presunciones tácitas, básicas acerca de
quiénes somos, en qué tipo de universo estamos y qué es lo más importante para nosotros. Podemos
encontrar que algunas de estas presunciones son la base de las instituciones y costumbres, los patrones de
pensamiento y sistemas de valor que caracterizan a la sociedad.
Willis Harman

Una de las metas propuestas inicialmente al crear este libro era reconstruir los fundamentos y la base del
coaching ontológico en cuanto a práctica. Sin embargo un objetivo mayor apareció en el proceso: generar
una nueva forma de aprendizaje que integre lo interior y lo exterior, que esté construida sobre una nueva
cosmología, ontología y epistemología, y finalmente que rompa el postulado fundamental de la modernidad.

Para hacer esto es de gran ayuda repasar lo que la mayoría de la gente —o al menos la mayoría de los
occidentales educados que viven los inicios del siglo XXI— cree sobre lo que significa ser humano. Estas
creencias, pocas veces comprendidas conscientemente pero frecuentemente detectables por las acciones que
producen, en conjunto constituyen una especie de sentido común sobre la condición humana.

Al contrario de lo que postula una convicción mantenida por una gran mayoría de personas, este sentido
común no es ni universal ni parte de nuestra herencia innata. Y aún menos refleja verazmente “la realidad” o
“cómo son las cosas”.

Este sentido común no ha sido siempre así. Podemos observar, por el contrario, que ha variado
significativamente a través de los siglos. De hecho, como veremos, nuestro sentido común moderno
dominante —el de la cultura occidental (especialmente la versión norteamericana), que ha triunfado sobre
las demás desde el fin de la Guerra Fría y se ha convertido en un molde a imitar— data fundamentalmente
de los siglos XVII y XVIII.

Como coaches, consideramos absolutamente esencial tener la capacidad de identificar suposiciones,


discursos históricos y formas de explicar escondidas en la comprensión del mundo que nuestros
clientes consideran como “características obvias de la realidad”.

Nuestro trabajo es, entonces, esclarecer la amplia base subyacente del sentido común actual en Occidente.
Exploraremos primero algunas presunciones básicas de nuestro sentido común actual y luego una pequeña
reseña de cómo llegamos hasta aquí. Esa reflexión podrá darnos pistas para construir un sentido común
diferente que nos permita, tal vez, entender la crisis existencial en la que el pensamiento y la cultura
occidentales aparentemente se encuentran.
Presunciones de nuestro sentido común

Estas son algunas de las creencias en las que nuestra cultura occidental vive encasillada típicamente.

Individualidad
El núcleo de nuestro sentido de ser humanos es nuestra individualidad. En términos generales, nos
identificamos con nuestro cuerpo, que marca el límite de nuestra persona físicamente, y también con nuestra
mente, que incluye nuestras creencias personales, habilidades cognitivas y la forma en que pensamos.
Entonces nos vemos a nosotros mismos como auto contenidos dentro de nuestra mente y cuerpo. En una
sociedad occidentalizada, democrática y capitalista, también asumimos poseer ciertos derechos políticos y
sociales inalienables como ciudadanos individuales. Como consecuencia nos asumimos como altamente
responsables de lo que sucede en nuestra propia vida y por tanto el poder de cambiarla y darle dirección
reside principalmente en nosotros.

El ser y el cambio
Nos vemos como individuos distintos, cada uno con su “yo” único compuesto de carácter, personalidad,
habilidades, creencias, valores, temperamento y demás. Mientras que algunos aspectos evidentemente
cambian con los años, creemos también lograr cambios a través del “crecimiento personal” o la “auto
ayuda”, con libros y cursos, psicoterapia, prácticas espirituales y otros medios similares. Pero por otro lado
también vemos el cambio como algo que nos ocurre a través del tiempo de manera inevitable, sin ninguna
participación activa y nos negamos la posibilidad de dirigir el cambio hacia donde nosotros queremos.

Mente
Diferimos de otros mamíferos porque poseemos una mente caracterizada por la razón y el lenguaje. La
conciencia y el sentido de propósito son fenómenos completamente humanos. De forma similar, vemos la
inteligencia como una cualidad humana, mientras que las otras especies están gobernadas únicamente por
sus instintos. De esa manera hemos generado actitudes negativas o de desprecio hacia las emociones, los
instintos —que consideramos primitivos— o la intuición.

Racionalidad
Somos seres racionales, dotados de poder de razonar. Usamos la razón como la base de nuestras decisiones y
acciones individuales la mayor parte del tiempo y, más generalmente, como fuente y árbitro de nuestras
creencias y sentido común sobre el mundo, la sociedad y la cultura.

Lenguaje
Las operaciones primarias que realiza nuestro cerebro (como pensar, razonar, reflexionar, describir, evaluar,
deliberar, decidir, comunicar) funcionan mayormente con base en el lenguaje. Aparte de permitirnos
expresar nuestros sentimientos y emociones, la función primaria del lenguaje es permitirnos describir cómo
son las cosas en un mundo objetivo ya existente y comunicarlo a otros a través de la palabra y la escritura.
Usamos palabras para referirnos a objetos, y conceptos y frases para indicar cómo estas entidades están
conectadas.

La conciencia y el subconsciente
La conciencia, un desarrollo evolutivo reciente, es considerada un fenómeno secundario del cerebro. Como
resultado de estar dotados de razón y lenguaje, nosotros, como humanos, somos seres conscientes de
nosotros mismos, capaces de pensar, decidir y actuar a conciencia; de ser conscientes de nuestros
sentimientos y emociones, y de reflexionar sobre todo esto. Desde Sigmund Freud hemos reconocido que
una parte de nuestro comportamiento puede derivar de motivos e impulsos provenientes del inconsciente
pero asumimos que nuestro comportamiento proviene mayormente de nuestras creencias conscientes y actos
de voluntad, junto con un cierto número de hábitos y rutinas semiautomáticas (como cepillarnos los dientes).
Sujeto y objeto
Desde el siglo XVII, nuestro pensamiento ha estado basado en una división profunda entre la mente y el
mundo que ésta contempla. Como sujetos perceptivos, recibimos información sobre el mundo y la
procesamos. Acumulamos conocimiento y a partir de esto usamos nuestras habilidades racionales para
formar nuestras creencias, tomamos decisiones y actuamos. Creemos firmemente que el mundo existe
objetiva e independientemente de nuestras mentes, lo que resulta en un espacio irreductible entre el sujeto y
el objeto.

Asumimos de forma subyacente que nuestras percepciones de la realidad representan “las cosas como son”.
Reconocemos que el mundo existe independientemente de nosotros, pero creemos que podemos
comprenderlo a través de nuestros sentidos en conjunto con nuestro razonamiento.

Ciencia y conocimiento
Nuestro modelo para adquirir y validar el conocimiento es muy similar al modelo del método científico, es
decir, creemos que un fenómeno puede ser explicado a través de causa y efecto, y que la evidencia que nos
proveen los sentidos —junto con la razón— es suficientemente sólida para sostener nuestro conocimiento
del mundo.

Los límites del conocimiento


El conocimiento del mundo es finito y alcanzable, especialmente a través del progreso científico. Las
experiencias estéticas, intuitivas y místicas quedan por fuera del dominio del conocimiento. Existen
misterios, pero tiene poco sentido contemplarlos o tratar de relacionarlos con la forma en que sabemos y
vivimos.

Conocimiento y dominio de la Naturaleza


Usamos el conocimiento para dominar el mundo, a través de la ciencia, la tecnología y los negocios.
Perseguimos el conocimiento para ganarnos la vida, para ser productivos, para dominar la naturaleza.
Nuestra aproximación moderna hacia el conocimiento es utilitaria.

Verdad
El mundo objetivo existente puede ser conocido y consideramos que cuando tenemos evidencia que apoya el
conocimiento y la creencia, obtenemos una verdad. En términos generales, la verdad es objetiva y literal (en
el mismo sentido que lo es la ciencia).

Sabiduría
La sabiduría se adquiere con la edad y puede decirse que representa la acumulación de lo que hemos
aprendido a través de nuestras experiencias. A diferencia del conocimiento, la sabiduría rara vez se busca o
se adquiere deliberadamente y con propósito. Tampoco existe ningún método general (o ciencia) para
adquirirla.

Aprendizaje
Como seres humanos, tenemos dos formas primarias de aprender: física y conceptualmente. Adquirimos
habilidades físicas como caminar o tocar la guitarra a través de una combinación del uso de nuestras
posibilidades innatas, práctica y conocimientos impartidos por otros. El conocimiento conceptual se
adquiere a través de la aplicación de nuestros poderes de razonamiento a la información que obtenemos a
partir de nuestros sentidos. El aprendizaje ocurre en su mayor parte en la niñez y adultez temprana, sobre
todo en el colegio o en casa con nuestros padres. Actualmente, sin embargo, es cada vez más probable
encontrar profesionales que se embarcan en un aprendizaje constante para mantenerse al tanto del desarrollo
de su campo de trabajo. La gran mayoría del aprendizaje se centra en alcanzar el éxito en la vida,
particularmente con respecto a nuestro trabajo o nuestra vocación.
Emociones
Emociones y sentimientos ocurren como resultado de una causa externa que se identifica con claridad, y a
veces simplemente surgen dentro de nosotros, por ejemplo cuando simplemente caemos en un estado de
ánimo particular. En su mayoría, no están gobernados ni por la razón ni por el lenguaje, quedando separados
de éstos, y su aprendizaje ha sido dejado a la deriva. También se considera que las emociones son una
influencia negativa en el área del razonamiento. En otras palabras, debemos permanecer neutrales
emocionalmente para pensar con claridad.

Valores
Inicialmente adquirimos nuestros valores más que todo a partir de conocimientos impartidos por otros, como
la familia más inmediata, los profesores del colegio, ministros religiosos, políticos y demás figuras de
respeto y autoridad. Como adultos, sin embargo, los valores son más bien el resultado de una reflexión a
conciencia y una declaración por nuestra parte.

Cuerpo
Tendemos, especialmente en Occidente, a ver al cuerpo de una manera instrumental. Nuestro cuerpo es el
medio a través del cual alcanzamos y acatamos los deseos y decisiones generadas en nuestra mente.
Paradójicamente, por considerarnos seres altamente sofisticados psicológicamente y dotados de un cerebro
del que emerge la conciencia, la forma de pensar con respecto a nosotros mismos puede ser reducida a lo
que comprendemos de nuestra biología.

Alma y espíritu
El dominio del alma y el espíritu le pertenece principalmente a lo que llamamos religión. Nuestra
preocupación principal se basa en la forma en que vamos a encarar la vida después de la muerte y los
premios o castigos que recibiremos en ese momento, dependiendo de la bondad o maldad relativas con que
hayamos obrado en nuestra vida en la Tierra.

Comunidad
La comunidad moderna consiste típicamente en una serie de instituciones sociales (por ejemplo colegios,
Iglesias, gobierno local) con las que interactuamos de forma habitual. El sentido antiguo de comunidad que
parece haber existido en villas y pueblos pequeños en el pasado, que consiste en relaciones personales, lazos
sociales y familiares, interdependencia y cuidado mutuo entre los habitantes, está casi totalmente perdido
ahora.

Significado
El significado de la vida es un misterio, una pregunta que hemos relegado a los religiosos y líderes
espirituales. Algunas personas obtienen un sentido de significado de los valores que adoptan y con los cuales
viven.

Pasión
La pasión es una emoción que aparece sobre todo en el ámbito sexual. También admiramos a quienes viven
sus vidas y trabajan apasionadamente pero no son casos muy comunes. La pasión no parece ser algo que
pueda aprenderse sino más bien algo que aparece espontáneamente. La pasión, así como cualquier otra
emoción, se percibe como algo que nubla nuestra capacidad de ver las cosas objetivamente, como realmente
son.

Nuestro lugar en el universo


La vida en la Tierra puede ser meramente un accidente cosmológico o la creación de un Ser Divino, pero la
ciencia y la religión coinciden en mostrarnos que estamos solos por ser las únicas criaturas inteligentes en un
universo material y carente de sentido.
Salud
Nuestros cuerpos son parte del mundo físico material y, como tales, están sujetos a las leyes de la física, la
biología y la bioquímica. Enfermarse, por tanto, es visto como un problema que sólo concierne a lo físico.
Los médicos están al frente de una larga cadena de científicos y profesionales que apuntan a encontrar
maneras únicamente físicas de curar enfermedades.

Dinero
La acumulación de dinero es una parte esencial de la vida moderna. Entregamos dinero a cambio de los
bienes y servicios que necesitamos para vivir. Como estas necesidades no son cubiertas ni por la sociedad ni
por el mundo, la responsabilidad de cubrirlas es sólo nuestra. En la economía occidentalizada y capitalista
estamos obligados a competir con otros por el dinero finito que tenemos disponible para conseguir lo que
queremos. La escasez (en el sentido de falta de abundancia o de no tener nunca lo suficiente) es un hecho de
la vida. También creemos que el dinero tiene un valor neutral, simplemente es un modo efectivo de
intercambio.

Historia y cultura
Todos reconocemos la influencia de nuestra herencia cultural e histórica. Al mismo tiempo nos enfocamos
sobre todo en el futuro y no en el pasado ya que allí es donde radican nuestras posibilidades en la vida.
Especialmente en Estados Unidos creemos que podemos pasar por encima de esta herencia en cualquier
momento.

Crecimiento
Creemos mayormente que el crecimiento es algo bueno, y que aplicado a la vida, significa mejorar. Progreso
y crecimiento se consideran sinónimos cuando no lo son.

Cómo llegamos aquí

¿Cómo llegamos a esta serie de narrativas culturales, sociales e históricas; estas creencias, tradiciones,
instituciones y prácticas que gobiernan nuestro sentido común y nuestros pensamientos y acciones? ¿Cómo
evolucionó a través de los siglos la red de discursos en la que, conscientemente o no, vivimos? Nótese que
con sólo formular la pregunta de este modo sugerimos implícitamente que la condición humana no es
inmutable. Mientras exploramos estas cuestiones, podríamos comenzar a ver cómo abrir posibilidades
cualitativamente distintas respecto a lo que significa ser humano, que es la esencia misma de nuestra
búsqueda ontológica.

Este objetivo no es tan complejo como podría aparecer inicialmente. Al reflexionar sobre la lista de
presuposiciones y creencias de nuestro sentido común, encontramos que pueden ser útilmente clasificadas en
dos temas principales:

 Individualismo y nuestro sentido del ser


 La razón y el ascenso del pensamiento científico
Examinemos cada uno de estos temas con mayor detalle intentando revelar sus orígenes y su desarrollo en la
evolución histórica de la filosofía, la religión, la ciencia, el arte, la cultura y la sociedad moderna.
1. Individualismo y nuestro sentido del ser

Hace más de un siglo y medio, en su celebrado trabajo “Democracia en América”, Alexis de Tocqueville
hablando sobre la psique en Estados Unidos, hizo un comentario sobre la fuerza del sentido de
individualismo en ese país. Hoy en día se podría con toda certeza extender ese comentario a la mayoría de la
civilización occidental y tal vez incluso a la gran cantidad de personas alrededor del mundo que buscan
emular el estilo de vida norteamericano. Y no hay un aspecto más profundo y dominante de nuestra
conciencia que el sentido de nosotros como seres individuales.

Tanto filosóficamente como históricamente, podemos distinguir dos elementos separados de este
individualismo, uno socio-político y el otro cognitivo.

El primero tiene que ver con el desarrollo progresivo de nuestros derechos y responsabilidades como
ciudadanos y, más generalmente, con la evolución de la democracia. Es fascinante ver cómo la suma de
varias doctrinas —a lo largo de muchos siglos y desde culturas tan diversas— moldeó el pensamiento para
llevar hasta el individualismo imperante en la doctrina política, económica y social de nuestra época.

1. Individualismo Político y Social


Podemos identificar al menos nueve corrientes importantes ya incluidas en nuestro sentido de
individualismo político y social:

1. Judaísmo: La duradera influencia que el judaísmo ha ejercido en el mundo occidental, principalmente a


través de la evolución histórica de creencias judeo-cristianas, ha contribuido significativamente al
sentido occidental de la individualidad. Como religión, el Judaísmo hace énfasis en la relación del
individuo con Dios, particularmente con respecto a la expiación de pecados, y esta idea es transportada
al cristianismo: Cristo el redentor salva a cada individuo dependiendo de su fe personal y la gracia
inefable de Dios.
2. Homero y los Héroes Griegos: Los poemas épicos homéricos (probablemente escritos en el siglo VIII
A.C) retratan un mundo en el cual los humanos están casi totalmente a merced de destinos entregados a
ellos por veleidosos dioses como Afrodita, Zeus y Apolo. Advertidos por los dioses, Héctor y Aquiles
saben que morirán jóvenes y que nada pueden hacer para cambiar ese hecho. El coraje con que aceptan
su fatal destino y sus actitudes de grandeza individual contribuyen a su inmortalización como héroes.
Sus actitudes demuestran una grandeza individual superlativa frente a su destino. El mito del héroe se ha
transformado en una parte integral de la cultura occidental, designando a un individuo que a través de
extraordinarias virtudes y a pesar de grandes dificultades, logra metas que parecen estar más allá de las
capacidades del ser humano común.
3. Democracia griega: A partir del siglo V A.C., los hombres adultos (aunque no mujeres ni esclavos) en
Grecia disfrutaron de un rango creciente de responsabilidades y derechos políticos, sociales y legales
individuales mientras el ideal de democracia evolucionaba en el contexto de la polis (la Ciudad-Estado).
Aunque la democracia en Grecia decayó en el siglo IV, su ideal de respetar los derechos de un individuo
se ha convertido en una de las piedras angulares de nuestra civilización.
4. Cristianismo: Los primeros cristianos experimentaron la muerte redentora de Cristo en la cruz como
una liberación del creyente individual frente a las fuerzas opresoras del Estado romano. Sin embargo, ya
para el siglo IV, San Agustín había restado un poco de este sentido de libertad al exponer la doctrina del
pecado original y su firme insistencia en que la Iglesia tiene autoridad sobre el individuo en todos los
asuntos espirituales y en varios seculares. Al mismo tiempo, San Agustín debe ser acreditado por su
escrito Las Confesiones, el primer trabajo cristiano que expone las luchas del alma individual.
5. La Reforma Protestante: A comienzos del siglo XVI, el poder de la Iglesia Católica Romana era
percibido como igual de represivo que el del Imperio Romano en los primeros días del cristianismo,
especialmente en el norte de Europa, donde el principado alemán estaba expandiéndose. En 1517, Lutero
clavó sus 95 tesis a la puerta de una iglesia en Wittenberg, lanzando así la Reforma. El elemento central
de este acto y del desarrollo subsecuente del Protestantismo fue la proclama de Lutero de que la gracia
divina de Dios concede la salvación al individuo directamente y sin ningún intermediario, ni siquiera la
Iglesia, como proclamaba el Cristianismo. Cuando este énfasis en el individuo se combinó con la idea
derivada del calvinismo de que la prosperidad es un signo de esta gracia divina, nació la llamada “ética
de trabajo protestante”. Este principio dio poderosos incentivos a esfuerzos individuales que
eventualmente se transformaron en el capitalismo industrial.
6. Locke y la Independencia de los Estados Unidos: Durante un periodo de gran turbulencia durante la
guerra civil estadounidense y los años siguientes, el filósofo inglés John Locke escribió su Segundo
Tratado de Gobierno Civil, en que promulgaba los derechos del ciudadano individual frente al Estado.
Este trabajo influyó notoriamente en la forma de pensar de los Padres Fundadores cuando lanzaron la
Revolución Americana. Muchos de estos preceptos están consagrados en la Constitución estadounidense
y hasta el día de hoy constituyen la base de una amplia variedad de libertades civiles.
7. La Ilustración y la Revolución Francesa: Los filósofos franceses, tales como Rousseau, Diderot y
Voltaire, inspirados por las libertades civiles alcanzadas por los ingleses al otro lado del Canal de la
Mancha, comenzaron a publicar los documentos que formaron la base de un movimiento que en el siglo
XVIII alcanzó a toda Europa, llamado La Ilustración, o El Siglo de las Luces. Las doctrinas referentes a
la libertad individual que ellos expusieron, que se basaban en la razón y no en la autoridad,
eventualmente culminaron en la Revolución Francesa y sus ideales de liberté, égalité, fraternité.
8. Romanticismo, Capitalismo y la Revolución Industrial: La llegada de la Revolución Industrial a
Inglaterra en el siglo XIX llevó a una tremenda expansión de prosperidad y al surgimiento de una
creciente clase media que daba más importancia a la libertad individual que al poder aristocrático. Este
período coincidió con el romanticismo en las artes, el cual también buscaba celebrar el valor de los
sentimientos individuales en respuesta al racionalismo y la fe en la razón universal de la Ilustración. Un
resultado de esta sinergia fue el regreso de la figura del héroe griego como capitán de industria, o como
empresario (Estados Unidos), que alcanza logros sobrehumanos a pesar de las extraordinarias
dificultades. Trazos de este espíritu tenaz e individualista se pueden ver en el típico empresario moderno
de Silicon Valley y es exaltado en una gran mayoría de películas para el gran público donde el héroe
(protagonista) por su cuenta es capaz de sobreponerse a las más grandes dificultades.
9. Ciencia y Tecnología: Los últimos hilos que tejen nuestra red del individualismo occidental son la
ciencia y la tecnología. Grandes descubrimientos científicos aparecieron en el siglo XVII con Galileo
Galilei, Johannes Kepler, William Harvey y, sobre todo, Isaac Newton. Junto con estos descubrimientos
se estableció el método científico de Francis Bacon y otros, demostrando claramente el poder de la
mente individual de penetrar los misterios de la naturaleza, cuya revelación ya no dependía de la gracia
divina o de los postulados teológicos de la Iglesia. Nuestra fe moderna en el poder del razonamiento
individual tiene sus raíces en los logros científicos de ese “siglo de genios”, como lo llamó el filósofo
Alfred North Whitehead. La tecnología moderna ha extendido nuestro sentido de poder individual
liberándonos de la dependencia de elementos sobre los cuales teníamos muy poco control. Podemos
comparar, por ejemplo, la libertad que nos otorga una computadora portátil individual en relación a las
limitaciones de la computadora central. De forma similar, la tecnología médica moderna y un
mejoramiento gigantesco en la higiene en nuestras ciudades y hogares han permitido derrotar
enfermedades antes fatales, hasta el punto de que la expectativa de vida se ha doblado en los últimos
cien años.

Incluso esta rápida visión general nos muestra una amplia evidencia de que la búsqueda individual de
libertad, derechos y poder constituye una de las pasiones supremas de la mente occidental. Como
hemos visto, arte, religión, política, ciencia, filosofía y negocios han contribuido significativamente a esta
evolución histórica. Hoy, damos este sentido de libertad individual por sentado y seguramente nos sería
difícil imaginar que las cosas fueran de otra forma. Política y socialmente aún aparecen problemas de
libertad y responsabilidad individual, pero esto se da en el contexto de un sentido permanente que poseemos
como seres individuales de ser libres, de pensar, sentir, creer y actuar en gran parte como nos parezca.

1. Sujeto/Objeto—El Elemento Cognitivo del Individualismo


El segundo elemento claramente identificable en nuestro sentido actual de individualidad reside en nuestra
experiencia, aparentemente imposible de erradicar, de ser sujetos conscientes comprendiendo un mundo
objetivamente existente.

A nosotros nos parece obvio que hay un sujeto y un objeto y que están separados. Y existe una
presuposición de que el sujeto está acá, el objeto está allá y el sujeto puede conocer el objeto. Esa es parte de
la obviedad de nuestro tiempo. Cuando el sujeto conoce dice “esto lo conozco objetivamente”. Y nos
preguntamos, si quien conoce es un sujeto, ¿cómo puede conocer objetivamente?

Nosotros decimos que si el sujeto es el que conoce, lo subjetivo es inevitable. El que conoce, conoce desde
una emoción, desde un mundo de distinciones, desde una particular perspectiva, y después señala que eso es
objetivo como si el reclamo de objetividad negara al sujeto que conoce.

No hay tal cosa. Todo lo dicho u observado es dicho u observado por un sujeto, por lo tanto, la objetividad
es un juego artificial, es una movida que hacemos para reclamar la verdad. Todo lo dicho es dicho por un
observador, no es dicho por alguien que está por encima del sujeto-objeto.

El biólogo chileno Humberto Maturana señala que “todo lo dicho es dicho por un sujeto; no hay un
postulado, una afirmación, un juicio que no sea dicho por un observador, por lo tanto, todo reclamo de
objetividad está teñido de falsedad de partida porque cuando yo reclamo objetividad siento que el sujeto que
soy yo está por encima de los demás sujetos”. Por eso Maturana dice que la objetividad hay que ponerla
entre paréntesis.

Este “principio de realidad”, es decir la creencia de que el mundo real existe en gran parte como lo
experimentamos a través de la mente y los sentidos, parece irrefutable, sencillamente así son las cosas,
según el discurso actual. Sin embargo, podemos encontrar la raíz de esta creencia en el racionalismo del
siglo XVII.
Fue el filósofo francés René Descartes quien expuso sistemáticamente y por primera vez este dualismo
como una piedra angular de la epistemología. Descartes postuló dos formas básicas de sustancia (res
cogitans y res extensa, o mente y materia) que estaban sujetas a leyes radicalmente diferentes. La mente
obedecería las leyes de la razón, y la materia las leyes de la física.
La célebre afirmación de Descartes, Cogito ergo sum (Pienso, luego existo), fue un intento de fundamentar
la epistemología en la existencia de una mente propia que, incluso en el proceso de dudar acerca de todo, se
ve forzada a reconocer la existencia de una entidad pensante.
Los seres humanos reconocemos el mundo a través de nuestros sentidos, pero la información que nos
proveen los sentidos no es de confiar. Descartes postuló entonces que el conocimiento del mundo podría
obtenerse con seguridad solamente si los poderes de la razón (que él asumía eran innatos) operaban como
filtros de la información proveniente de los sentidos.

Dejemos en claro que al cuestionar el dualismo sujeto/objeto propuesto por Descartes no pretendemos
invalidar del todo la idea de una realidad “objetiva”. Cuando me golpeo el pie con un mueble, ni el dolor que
siento ni el mueble son ilusiones. Cuando cruzo la calle con un niño, me aseguro bien de que no vengan
carros por ninguno de los dos lados. Es decir, a un nivel práctico la visión que tenemos a través de nuestro
sentido común nos funciona bien. Lo que importa es que tomemos conciencia de las limitaciones que nos
trae esta visión, especialmente cuando la extendemos a cómo pensamos sobre nosotros mismos y cómo nos
evaluamos a nosotros mismos, a nuestro lugar en el mundo, y a nuestras posibilidades futuras.

¿Por qué fueron los argumentos filosóficos de Descartes sobre la mente y el conocimiento influyentes hasta
el punto de que incluso hoy podría decirse que, conscientemente o no, vivimos mayormente basados en los
preceptos de la epistemología cartesiana? En otras palabras, ¿Por qué aceptamos tan fácilmente la dualidad
sujeto-objeto, mente-materia, viéndonos a nosotros mismos como sujetos que usan el poder de la razón para
entender el mundo que nos rodea? Después de todo la gran mayoría de personas jamás leyeron a Descartes y
mucho menos comprendieron sus ideas.
Parece haber varias razones por las cuales nuestra experiencia en el día a día se corresponde de forma tan
precisa con la forma cartesiana de pensar. Primero que todo Descartes marca un punto de quiebre importante
en la historia de nuestra concepción de la mente. De hecho, Descartes jugó un papel decisivo en la creación
de la idea moderna de la mente que ahora domina la cultura y sociedad occidental, incluyendo nuestras
instituciones educativas.

Esencialmente Descartes creó una ruptura definitiva con las concepciones clásica y medieval de la mente y
de nuestro lugar como seres humanos en el cosmos. Platón había identificado la mente con el alma (Psique,
una conexión que sobrevive etimológicamente en la palabra psicología). A través de la razón, la mente era
capaz de descubrir verdades eternas e inmutables, términos que para Platón eran sinónimos de lo divino.
Los pensadores medievales, casi exclusivamente educados y empleados por la Iglesia, aunque reconocían el
poder del razonamiento humano en asuntos seculares, lo separaban del alma, que era relacionada con Dios y
con la verdad divina a través de la escritura y la fe. Esta división entre conocimiento exterior e interior ha
producido lo que yo llamo “esquizofrenia cognitiva”, y desde entonces, no hemos podido reunirlas.

A pesar de ser un cristiano devoto, con su corriente Descartes completó el proceso de secularización de la
mente. Ahora incluso la verdad divina, incluyendo pruebas de la existencia de Dios y las derivaciones
lógicas de sus cualidades, quedaron bajo el poder de la razón humana. Brevemente dicho, para Descartes y
sus sucesores de la Ilustración la mente humana, dotada de razón de forma innata, se transformó en el
órgano cognitivo más importante para toda la verdad, tanto secular como divina, tanto racional como
espiritual.

Uno de los ejemplos de cómo el racionalismo permeó el pensamiento del siglo XVII es la llamada apuesta
de Pascal. El matemático francés Blaise Pascal se preguntaba si era mejor ser o no creyente de un Dios, y
señaló que para un ser humano puesto en esa disyuntiva la mejor apuesta era creer. Según el razonamiento
de Pascal si Dios no existía, daba lo mismo creer o no creer, pero en caso de que Dios sí existiera la
ganancia sería para quien sí creyera, pues iba al cielo. Un argumento racional en pleno centro de la religión.

En el contexto de los extraordinarios avances científicos del siglo XVII y los avances históricos, sociales y
políticos del siglo XVIII engendrados por la superioridad (apoyada sin cesar por la Ilustración) de la razón
sobre la autoridad, la corriente de Descartes confirió un prestigio generalizado y sin precedentes a la mente y
sus poderes racionales. De esta manera la mente ganó mucho en autonomía pues si la existencia misma de
Dios estaba sujeta a prueba racional entonces no solamente nada quedaba por fuera del escrutinio de la razón
sino que, más importante aún, nada quedaba que tuviese poder suficiente para gobernar a la razón y sus
consecuencias.

Con el tiempo el dualismo cartesiano de mente y materia quedó firmemente incrustado no solo en la
filosofía sino también en la educación y por tanto se volvió parte del sentido común de la cultura occidental.
Evidentemente muchas de las prácticas que aprendemos durante nuestra educación ayudan a reforzar la
creencia básica de que somos sujetos autónomos, racionales e inteligentes que comprendemos y
manipulamos un mundo que objetivamente existe a nuestro alrededor a través de la interacción de nuestra
mente y nuestros sentidos.

La corriente de Descartes, que con una sola pincelada estableció firmemente la autonomía, poder,
racionalidad, secularidad y primacía de la mente, contribuyó de forma decisiva en la forma actual de percibir
nuestra existencia como seres individuales, reforzando poderosamente las fuerzas anteriormente
mencionadas que ya desde siglos atrás habían estado formando y desarrollando nuestras demandas sociales y
políticas de independencia.
1. La Razón y el Ascenso del Pensamiento Científico

El segundo punto clave que nos permite encontrarle un sentido a cómo funciona nuestro discurso es el
ascenso del pensamiento científico, que desarrollaremos con más detalle en el siguiente capítulo. Ya nos
hemos referido al rol que han jugado y siguen jugando la ciencia y la tecnología a la hora de establecer
nuestro sentido de independencia y nuestro dominio del mundo físico a través del extraordinario poder que
tiene la razón de revelar los secretos de la naturaleza.

Pero hay un tema relacionado que toca la sensibilidad de nuestro mundo occidentalizado moderno.
Actualmente, la ciencia es el árbitro del conocimiento. La ciencia nos dicta lo que es real y lo que no. La
mayoría de la gente educada, por ejemplo, tiende a despreciar de alguna manera los fenómenos “extraños”
que la ciencia no puede validar. Una vez más, es interesante y revelador preguntar, ¿por qué sucede esto?
Ciertamente ese no fue el caso siempre. Incluso Platón, la autoridad suprema de la razón en la era clásica,
permitía adicionar a la dialéctica racional (el tipo de argumentación cuidadosamente estructurada que usaba
Sócrates) el poder de la mente de intuir la verdad divina. Pero el hecho es que uno de los resultados del
ascenso del pensamiento científico, especialmente después de los descubrimientos del siglo XVII, fue la
devaluación de la intuición a expensas de la razón.
Esta devaluación comenzó con la Revolución Copernicana, que no alcanzó su máximo esplendor hasta que
la teoría de Galileo de un universo heliocéntrico (es decir, con el Sol como centro del sistema) vio la luz,
cerca de un siglo después de que Copérnico expusiera la suya. Nuestros sentidos, una de nuestras fuentes
principales de intuición, nos dice que el Sol gira alrededor de la tierra. Sin embargo, esta presunción no
explica los movimientos retrógrados de los demás planetas. Copérnico postuló que aunque un universo
heliocéntrico no podía ser observado directamente, si podía ser deducido racionalmente, y su explicación
tenía más sentido que la información astronómica disponible en ese momento. Conjeturas racionales basadas
en observación empírica funcionaron también como fuente tanto de la visión de Kepler de las órbitas
elípticas como de la teoría de la gravedad de Newton.

Claramente quedaba poco espacio para el conocimiento intuitivo dado el poder explicativo superior que la
razón demostraba con respecto al conocimiento empírico. Dicho esto, es interesante recordar que Kepler aún
creía que las estrellas vivían dentro de esferas de cristal, una idea proveniente de Grecia que tenía más que
ver con religiones mistéricas que con una especulación científica; y que Newton practicó la alquimia hacia el
final de su vida. Sin embargo, con el desarrollo de la revolución científica la razón poco a poco se
transformó en el único árbitro del conocimiento de nuestro mundo. Hoy día, el triunfo de la razón es
virtualmente absoluto en lo que concierne al mundo físico. Cuatro siglos de crecimiento extraordinario de la
ciencia y la tecnología han logrado que el pensamiento científico, basado en la razón, sea ahora el paradigma
para adquirir el conocimiento en general.

Nuestra creencia en nuestros derechos políticos y sociales como individuos, en la validez del
pensamiento científico y en nuestra creencia y experiencia de que somos individuos que observamos
un mundo ya objetivamente existente, forman el cimiento de nuestro sentido común con respecto a
nosotros mismos como seres humanos. Podemos notar que los dos últimos postulados provienen del
pensamiento del siglo XVII, y por tanto coinciden con el nacimiento de la “modernidad”. Notemos también
como los tres se refuerzan entre sí: Los actos en busca de independencia del Estado autoritario reforzaron
movimientos que con el tiempo llevaron a la separación de la filosofía y la ciencia de la religión.
Correspondientemente, las contribuciones en conjunto de estas disciplinas al triunfo de la razón sobre los
sentidos (cuerpo) y la intuición (espíritu), sumaron fuerza a las revoluciones políticas y sociales generadas
por la Ilustración y sus sucesores.
La mayor parte de nuestra sensibilidad occidental moderna deriva de esta base. Ya hemos tocado varios
temas: individualismo; libertad; mente; racionalidad; la dualidad sujeto-objeto y nuestra forma de
comprender la realidad objetiva; ciencia, conocimiento y dominio del mundo físico; y la naturaleza y
validación de la verdad. ¿Qué sucede con los elementos restantes?

Consideremos por ejemplo nuestro sentido del ser. Este está dominado, por supuesto, por nuestro sentido
inherente de individualidad. Pero incluso la noción actual del ser —compuesto por la integración de
carácter, personalidad, habilidades, valores, temperamento y creencias conscientes y subconscientes— viene
de estudios de psicología, psicoanálisis, psicoterapia, sociología y educación de los últimos dos siglos, los
cuales han tomado la metodología racionalista (a veces incluso imitándola ciegamente) de las ciencias “más
fuertes”. Inclusive nuestras posibilidades de cambio como individuos parecen quedar en su mayoría
limitadas a lo que puede ser traído a la conciencia y luego analizado a través de un proceso de evaluación
racional y una posterior toma de decisiones. El subconsciente puede ser irracional, como lo proclamaba
Freud, pero por esa misma razón, la salud mental se consigue sacando a la luz de la conciencia creencias
inconscientes.

El triunfo de la razón también nos ha enseñado a valorar el aprendizaje conceptualsobre otras formas de
aprendizaje como el corporal o estético. Estas habilidades no conceptuales por lo general no tienen valor
alguno en el mercado, tanto en términos monetarios como en cuanto a prestigio. La elevación del
aprendizaje conceptual a su vez ha estructurado de una manera específica la forma como se imparte
educación en colegios y universidades.
El prestigio de la razón, apuntalado por el de la ciencia, también nos lleva a sospechar de habilidades que no
pueden ser explicadas en términos racionales. En este grupo están incluidas algunas formas alternativas de
curación o poderes intuitivos que aparentemente podrían generar una forma de conocimiento pero que no
son tenidas en cuenta. Como resultado, tales habilidades no solamente están completamente ausentes del
plan de estudios de nuestras instituciones educativas, sino que además están vistas como “extrañas” o
“sospechosas”.

Como humanos no somos sólo mentes en un cuerpo. Tenemos cuerpos físicos y experimentamos emociones,
sensaciones e impulsos espirituales. Una vez más, sin embargo, nuestra visión de la razón como la única
fuente confiable de conocimiento y poder nos lleva a desvalorizar estas experiencias. Nos alejamos de
nuestras emociones y sentimientos porque tendemos a asociarlas con un cuerpo devaluado que debe estar
gobernado únicamente por nuestros únicos atributos humanos, la razón y el lenguaje.

Recuerden las advertencias de la Iglesia medieval en contra de sucumbir ante nuestras pasiones “animales”.
Por otro lado, desconfiamos de nuestra espiritualidad porque la realidad espiritual es de desconfiar ante los
ojos de la conciencia racional. Más generalmente, el alma en sí se ha convertido en un tema cada vez más
nebuloso, que tiene que ver en el mejor de los casos con la vida después de la muerte y, en el peor, en una
figura surgida de nuestra imaginación o nuestro inconsciente.

Nuestra visión de la medicina está basada tanto en el dualismo cartesiano como en la medicina científica
occidentalizada y la tecnología médica. Aceptamos el dualismo de Descartes que posiciona al cuerpo sólo en
el ámbito de lo físico. De ahí que la medicina occidental esté basada casi completamente en la bioquímica y
la biología molecular. Cualquier tema concerniente a la salud y a la cura de una enfermedad que se
encuentre por fuera del ámbito estricto de estos dos campos por lo general está visto como errado o
completamente fraudulento.

De una manera creciente parecemos vivir en una “cultura del dinero”. El ascenso del capitalismo, dirigido
por las fuerzas del desarrollo tecnológico y las aspiraciones individuales de poder y riqueza, ha resultado en
que los valores económicos sean ahora de la mayor importancia. El dinero no puede comprar el amor, como
dice la canción, pero en nuestra era moderna parece darnos el poder de conseguir casi cualquier otra cosa.
Aparentemente nada más en el mundo tiene un poder equivalente como para concedernos libertad e
independencia como individuos.

Prácticamente todas las ideas de nuestro sentido común con respecto al dinero, e incluso nuestras ideas sobre
cómo valorarlo y usarlo finalmente derivan de la economía, que se ha transformado en la más racional de las
ciencias sociales. La economía moderna basada en el mercado ha consagrado la competencia en mercados
libres como la gran verdad de verdades, y esto nos ha llevado a creer, primero, que el mundo está regido por
escasez más que por abundancia y, segundo, que es nuestra propia responsabilidad y de nadie más adquirir
tanta riqueza y bienes como nos sea posible en una feroz competencia con el resto de seres humanos.
En ese sentido, la palabra ‘cooperación’ está vista como un comportamiento anti-económico. En el diseño
general del modelo económico en que vivimos cada quien se preocupa por sí mismo. En varias comunidades
latinoamericanas, existía (y aún existe en pequeña escala) una institución llamada la minga, mediante la cual
una comunidad se volcaba a ayudar a un vecino que lo necesitaba, en una especie de “uno para todos y todos
para uno”. Esas relaciones comunitarias de cooperación tienden a desaparecer o son percibidas como
prácticas folclóricas.

En consecuencia, el carácter distintivo competitivo e individualista del capitalismo ha atentado contra de la


formación de la verdadera comunidad basada en patrones duraderos de relaciones humanas. La sociedad
moderna ha sido por tanto reducida en su mayor parte a un tema que tiene que ver con ciertas instituciones
civiles, democráticas y sociales y poco más que eso. Las fuerzas disruptivas de la economía también
debilitan nuestro sentido de significado, que en el pasado con frecuencia se apoyaba en la sensibilidad
colectiva. Explorar el “sentido de la vida”, por ejemplo, con frecuencia es un objeto de burla, tal vez en parte
porque el buscarlo parece representar un desafío demasiado grande para la psique individual.

La emergencia de valores económicos, cimentados en el racionalismo, hacia su posición actual de dominio


cultural, también ha contribuido al descenso de otros valores estéticos y espirituales, los cuales no son
considerados suficientemente importantes a nivel económico y no están apoyados científicamente. Por tanto,
también, nuestra admiración hacia el pasado ha disminuido a medida que nuestra fe en el progreso y en el
avance de la ciencia ha incrementado. Nuestra fe en la idea de que con el tiempo las cosas van a mejorar es
tan fuerte que virtualmente no nos podemos desprender de ella, tanto así que incluso nos referimos al tercer
mundo como “países en desarrollo”. Más aún, la economía mundial actual está cimentada en el concepto de
crecer a partir de la deuda, lo que configura una suposición de que el futuro será mejor y estará mejor
preparado para pagarla.

Esta, entonces, es la visión que tenemos de nuestra sensibilidad humana moderna como se manifiesta en
Occidente y cada vez más en otras partes del mundo que buscan imitarnos. Nos guste o no, esta es nuestra
herencia de 2.500 años de evolución cultural, social e histórica en Occidente. Constituye el sentido común
omnipresente con el que vivimos, sentimos, actuamos y creemos, y la raíz del problema en que se encuentra
el humano moderno. El reto que enfrentamos ahora es determinar si nuestra condición humana actual, sea
buena o mala, está relativamente petrificada, o si ya poseemos dentro de nosotros el poder de incluirla y
transcenderla.

El sicólogo estadounidense James Hillman, reflexionando sobre la condición humana actual, muy de
acuerdo con algunas de las ideas presentadas en este libro, dice estar en guerra “con los modos de
pensamiento y emociones condicionadas que prevalecen en la psicología y por tanto en la forma en que
pensamos y sentimos sobre nuestro ser. De estos condicionamientos, ningunos son más tiránicos que las
convicciones que asocian nuestras mentes y corazones con la ciencia positivista (genética, computación), la
economía (ultra capitalismo) y la fe ciega (fundamentalismo)”.

Nosotros, como observadores en cualquier momento en la historia, vivimos inmersos en presunciones


escondidas y no cuestionadas que nublan nuestras mentes y corazones. El verdadero aprendizaje requiere la
creación de contextos en los cuales nos desprendamos de tales presunciones para recrear nuestro sentido
común.

Esto es particularmente cierto en el mundo del trabajo. Los seres humanos no podemos seguir trabajando
solamente porque necesitamos llegar a fin de mes. Algo más grande tiene que entrar en el sentido común del
ser humano para que la vida pueda transcurrir con cierta plenitud.

Mucha gente manifiesta no estar feliz en el trabajo. Sí que hay gente contenta pero estamos generalizando.
Más bien el ir a trabajar para muchos es el yugo de la vida y creo que eso tiene que ver con que hemos
perdido el sentido de lo que hacemos, la ilusión de servir a otros. Trabajamos porque hay que ganar dinero
para vivir.
Por otro lado, nosotros estamos pidiendo a las personas en todos los niveles de la empresa que piensen, que
tomen decisiones. En otras palabras, se nos están planteando temas de un nuevo tipo. La estructura
tradicional de la empresa en el pasado dividía entre los que piensan y los que hacen. Estaba el grupo
pequeño de los dueños y los directivos y estaban después los que hacían. Y en esa estructura, el fenómeno
de la confianza tenía un lugar secundario. Pero hoy día el rol del profesional que trabaja en una empresa es
completamente distinto al que tenía un trabajador tradicional de la era industrial. Hoy día ese profesional
está diseñando, está relacionándose con el cliente, se le está pidiendo que decida, que tome iniciativas y por
lo tanto surgen fenómenos de confianza, de lealtad, de actitudes que antes eran irrelevantes.

Y los nuevos aprendizajes que eso determina están en un espacio distinto adonde nosotros estamos
acostumbrados a aprender. Un individuo en una empresa no va a cambiar su actitud, su capacidad de tomar
decisiones solamente porque tenga información, el aprendizaje que necesita no se satisface sólo con tener
información; se requiere un aprendizaje emocional diferente, un aprendizaje que integre todo el ser humano.
Si saber fuera igual a tener información, seríamos la sociedad más sabia de la tierra: entramos en internet y
encontramos todo lo que queremos. Pero no basta tener información para saber, saber es una cosa mucho
más grande que tener información y eso todavía en la tradición de las empresas no se toma en consideración,
recientemente se está empezando a considerar.

Yo creo que el aprendizaje que ahora es necesario en las empresas es un aprendizaje de un nivel muy
distinto, es ontológico, es integral y no sólo de carácter técnico. Un aprendizaje tecnológico es insuficiente
para lo que queremos que pase en el mundo. Y eso no quiere decir que no tengamos que aprender
tecnología.

Tiene que nacer un nuevo sentido común que se funde en una nueva forma de saber. Literalmente lo que
llamamos sentido común, lo damos por hecho porque como es sentido común, eso es lo que vale. Al término
de una era ese sentido común se agota y es necesario inventar un nuevo sentido común.

Capítulo 4: La transición del discurso científico

Necesitamos una epistemología que sea potencialmente capaz de tomar en cuenta las increíbles habilidades
instintivas de los animales, los misteriosos rompecabezas de la evolución, las impresionantes formas de las
flores y, por encima de todo, el misterio de la conciencia y el espíritu humano.
Willis Harman, Elisabeth Sahtouris

Uno de los regalos invaluables que el pensamiento científico nos ha dado es un método riguroso de
evaluación de nuestras inquietudes con base en evidencia y argumentos racionales. Tan solo con regresar a
inicios del siglo XVII encontraríamos un mundo en donde lo que se considera verdadero, correcto o justo
está determinado no por la razón sino por la autoridad de figuras clásicas como Aristóteles y Platón, los
poderes seculares del gobierno y, sobre todo, de la Iglesia.

Nos tomó casi dos siglos para que el método científico de explicación y justificación, basado en la
integración de un hecho empírico con un argumento racional, emergiera como la regla general para
establecer el conocimiento y la verdad. El triunfo de este modo científico de pensar nos libró de nuestra
dependencia ciega de la autoridad como único fundamento para nuestras creencias y convicciones. En
consecuencia, también nos libró de lo que estaba incluso fuera del poder de la autoridad, es decir, de la mera
superstición.
Como ha argumentado el pensador Ken Wilber, el ascenso de la ciencia también ha servido para enfatizar la
validez del mundo material. Desde sus inicios, el Cristianismo proclamó valores que se encontraban en el
más allá, insistiendo en que este mundo no era más que un lugar de sufrimiento, un “valle de lágrimas”. El
progreso de la ciencia y su forma de pensar ayudaron a contrarrestar esta idea. La ciencia nos dice que el
mundo físico es real, reconocible, y puede ser mejorado. La noción proveniente de la Ilustración de que los
individuos tienen el derecho de buscar su felicidad en esta vida, y no sólo en la vida después de la muerte,
está claramente enraizada en la visión confiada y optimista de la ciencia hacia el mundo material. Una de las
verdades irrefutables de la condición humana es que tenemos cuerpos físicos con su propio potencial para
estar sanos, contentos y sentir placer.

Podemos también reconocer en el discurso científico el valor de una forma de pensar de uso casi universal.
Hay un amplio consenso hoy en día en que tratar temas, resolver problemas y conseguir conocimientos se
hace a través de la combinación de hechos empíricos y argumentos racionales. Sin este acuerdo social de
reconocer la validez de formas de explicación y justificación empírico-racionales tendríamos una vez más
que recurrir al poder de decisión arbitrario de la autoridad, la tiranía (incluyendo la tiranía de la opinión de la
mayoría) y la superstición para decidir cómo debemos vivir, quiénes somos y qué posibilidades podemos
permitirnos.

Finalmente reconozcamos los enormes beneficios que nos ha traído la ciencia. La medicina moderna, junto
con una mejor nutrición conseguida gracias a grandes mejoras en la producción agrícola y la mejora en las
condiciones sanitarias, ha resultado en una expectativa de vida que alcanza el doble de lo que era antes. Por
su parte la ciencia médica ha mejorado notoriamente nuestra salud en general al proveernos con tratamientos
seguros y efectivos y en algunos casos incluso curas para enfermedades que causan gran dolor. Por ejemplo
el mortal azote de la viruela ha sido eliminado del todo. La ciencia también nos ha alertado sobre algunas de
las formas en que estamos dañando seriamente el medio ambiente, dando un sólido apoyo al movimiento
ambientalista. Tenemos mucho que agradecer e incluso mucho por lo que estar esperanzados mientras nos
movemos hacia el futuro.

En realidad, hay una serie de señales esperanzadoras. Aunque un capitalismo super competitivo e
individualista nos ha llevado a sobreexplotar nuestras selvas y océanos, envenenar el suelo y degradar la
belleza de la naturaleza, en respuesta ha emergido en los últimos años un movimiento ambiental dedicado y
vital que está comenzando a restaurar el sentido antiguo de la humanidad de respeto y de pertenencia hacia
la tierra.

Ahora vamos a enfocar nuestra atención en el carácter racionalista del pensamiento científico y su
penetrante influencia en la cognición (facultad de conocer a partir de la experiencia, la subjetividad y la
percepción) individual y social.

Nuestro Sentido Común heredado de la Ciencia

Ya hemos notado cómo el pensamiento científico, apoyado por el poder que la Ilustración dio a la razón por
encima de la fe y la autoridad, y por sus propios e impresionantes logros tecnológicos, se ha transformado en
el modelo base del pensamiento considerado correcto. Y para este momento ya está tan profundamente
arraigado en nuestra vida que se ha vuelto virtualmente invisible para nosotros. Simplemente es la forma en
que pensamos, es decir, es ahora una parte esencial del discurso en que vivimos y de nuestro sentido común.

Conscientemente o no, basamos muchos de nuestros juicios cognitivos en este modelo de sentido común
científico. Juega un rol muy importante para nosotros al determinar qué existe y qué no (las mesas y las
sillas sí; los ovnis y los fantasmas no); cuáles son nuestras creencias (creer en muebles es normal, en ovnis
es “raro”); y la forma en que basamos nuestras creencias (utilizando la razón junto con la evidencia de los
sentidos y no recurriendo a conocimientos especiales como la intuición, por ejemplo).

Nótese que el sentido común científico no coincide necesariamente con la práctica científica moderna. La
física cuántica ha generado un conocimiento que desafía a la física clásica y nos mete de lleno en un mundo
interpretativo fantástico del universo, como lo veremos más adelante en este capítulo, pero esos nuevos
descubrimientos científicos no han llegado todavía a ser asimilados por el sentido común. Podemos afirmar
que nuestro sentido común tiene sus raíces en la ciencia del siglo XIX más que en la de los siglos XX y
XXI.
A la vista de estos datos, sería razonable buscar en la ciencia cotidiana —que nos dice que el conocimiento y
la verdad deben estar basados en una mezcla entre evidencia física y argumento racional— nuestro modelo
base de pensamiento. Las demás alternativas (creencia irracional, aceptación de la autoridad y pura
superstición) resultan en realidad muy poco atractivas. Pero ahora tenemos un problema, y es que las cosas
no son tan sencillas. La ciencia ha expandido sus teorías de forma significativa, rebalsando sus fronteras más
allá de su mundo para convertirse en parte de nuestro sentido común en general.

La ciencia como árbitro de lo real

Sin duda un evento clave fue el triunfo, luego de una lucha amarga, de la visión de la humanidad de Charles
Darwin. Al aceptar su teoría de la evolución, pasaría a ser el trabajo de la ciencia, y no de la religión ni la fe,
decidir cuál es el lugar de la humanidad en el esquema general de las cosas. A partir de ese momento hemos
viajado a un lugar donde la ciencia está en gran parte aceptada como el árbitro de otros dominios, aparte del
puramente material, para guiarnos con respecto a lo que es real y cómo explicarlo.

El materialismo y el reduccionismo minucioso de la ciencia ahora son aplicados a todos los campos de la
experiencia humana, incluyendo emoción, psicología, espiritualidad y cultura. En principio, todo puede ser
explicado en términos de movimiento de átomos en el vacío, y lo que quede por explicar debe ser tomado
como mera superstición. Este tema está expresado muy directamente por Steven Weinberg, físico laureado
con el Nobel, en su libro Sueños de una Teoría Final. “Cuanto más comprensible parece el universo, tanto
más sin sentido parece también”, dice Weinberg.
Al otro lado del espectro hay oponentes del reduccionismo que están horrorizados por lo que ellos sienten
que es una ciencia moderna desoladora. Ellos se sienten minimizados por todo lo que pueda ser reducido a
partículas y campos y a la interacción entre ellos. Yo no intentaría responder estas críticas con una charla
motivadora sobre las bellezas de la ciencia moderna. La visión reduccionista del mundo es fría e impersonal.
Se supone que debe ser aceptada como es, no porque nos guste, sino porque tiene el poder de mostrarnos
cómo funciona el mundo realmente.

Dado su antagonismo histórico hacia la autoridad religiosa, no resulta sorprendente que la ciencia se muestre
reacia a aceptar temas espirituales como ángeles, la vida después de la muerte, e incluso la idea de una
creación con propósito. Pero, como nos sugiere la cita de Weinberg, la ciencia también busca desacreditar
explicaciones comunes o tradicionales sobre otros dominios de la experiencia humana. Por ejemplo, la
personalidad es explicada por la ciencia a través de factores genéticos y no en relación a factores
psicológicos como interacción social y crianza. Los sentimientos como gratitud, miedo, ansiedad, alegría y
codicia se ven reducidos a ciertas combinaciones de químicos en el cuerpo y el cerebro. Patrones culturales
de comportamiento como diferentes actitudes sexuales relacionadas con género, matrimonio trabajo o éxito,
entre otros, ya no son preocupaciones delegadas a antropólogos y psicólogos sociales, sino que deben ser
explicadas por biólogos sociales con base en la evolución determinada genéticamente.

Mucho de esto, por supuesto, es aún controversial. Pero tal es el prestigio alcanzado por la ciencia y el
pensamiento científico que prácticamente todas las cuestiones concernientes a la experiencia humana que no
pueden ser rigurosamente comprendidas a través de la ciencia son vistas como sospechosas. Y es por esto
que quienes se preocupan por estas cuestiones, generalmente profesionales como psicoterapeutas,
trabajadores sociales o incluso consejeros espirituales, tienden a estar a la defensiva.

El resultado de esta tendencia es una significativa limitación de lo que es aceptado como una experiencia
genuinamente humana. No solamente las experiencias espirituales, sino también intuitivas, estéticas,
kinestésicas y psíquicas se ven intervenidas por la fulminante mirada del materialismo, el reduccionismo y el
escepticismo científico.

Consideremos algunos ejemplos. Supongamos que me encuentro observando un atardecer particularmente


bello. En ese momento, no me digo a mí mismo “estoy mirando al cuerpo celestial que reside en el centro de
nuestro sistema planetario a X distancia de la tierra”. Ver este atardecer toca una dimensión de quien soy.
Algo me sucede en ese momento. Ahora, esto puede ser analizado científicamente a nivel fisiológico,
podríamos decir que mis glándulas están secretando a un nivel mayor del normal, mi presión sanguínea está
subiendo a cierto nivel y demás. Estos cambios están, en efecto, sucediendo. Sin embargo, al mismo tiempo,
hay algo en mi experiencia que no ha sido capturado en esta descripción. ¿Qué hago yo con esa experiencia?
¿Acaso la desecho como experiencia y como fenómeno? Seguramente no, pero mucha gente sí comete el
error de desestimar esta otra dimensión por ser subjetiva y por tanto de menor valor.

De forma similar, ¿qué me pasa cuando escucho una canción o alguna sección favorita de una sinfonía, y
todo mi cuerpo comienza a vibrar y, además, siento cómo surgen emociones de excitación o exaltación o
nostalgia? De nuevo, si quiero dar una explicación completa de esto, ¿cómo lo hago? ¿Cómo reduzco tal
respuesta a un pasaje musical? ¿Digo que una nota simplemente activó una respuesta en una célula, y ésta en
otra?

O, para mirar un ejemplo menos mundano, ¿qué pasa cuando me siento en una comunión mística con toda la
humanidad?; ¿acaso acepto el rechazo científico de esta experiencia sólo porque no puedo analizarlo en
términos meramente materialistas y reductivos? El problema es que si lo vemos de este modo perdemos la
imagen completa. Perdemos la capacidad de tomar seriamente varias dimensiones vitalmente significativas
de la experiencia humana, en particular en términos de estética y espiritualidad.

Veamos otro ejemplo que muestra el escepticismo científico: en los años 70 y 80, varias agencias
estadounidenses, incluyendo la CIA, la Agencia de Inteligencia de Defensa, el Consejo Nacional de
Seguridad y la NASA, secretamente invirtieron millones de dólares investigando la visión remota.

La visión remota se basa en el potencial de los seres humanos para recibir información detallada sobre un
objetivo distante, usando solamente su mente. Eso comprende la habilidad de sentir (ver, escuchar, oler)
cosas, eventos y gente en espacio y tiempo remotos. Según los estudios, siguiendo una serie de protocolos y
tras un entrenamiento, muchas personas pueden percibir psíquicamente cualquier información precisa sobre
sitios remotos.

El programa, llamado Project Stargate, produjo resultados espectaculares. ¡Visualizadores remotos


entrenados fueron capaces de describir con detalle el interior de fábricas de armas soviéticas que eran
inaccesibles a satélites espías, estando a 16.000 kilómetros de distancia! También probaron que es posible
viajar hacia el futuro y hacia el pasado usando las mismas técnicas de visión remota. Pero fue tal el nivel de
escepticismo de la comunidad científica ortodoxa en general que el proyecto fue cancelado bajo el pretexto
de que el gobierno estaba invirtiendo dinero de impuestos en una investigación fraudulenta o “extraña”.

Más generalmente, la ciencia se ha mostrado reacia a aceptar advertencias de personas que han reportado de
alguna manera “saber” intuitivamente que cierto evento iba a ocurrir (un accidente aéreo, por ejemplo) o que
un amigo o familiar acababa de morir, y experiencias similares. La misma lógica se aplica a experiencias
cotidianas como sentir que alguien nos mira fijamente, o que nuestros gatos o perros manifiestan de algún
modo saber que estamos llegando luego de un viaje largo.
Recuerdo claramente un acontecimiento de este tipo que me ocurrió cuando estaba de vacaciones en
Tunquén, en el centro de Chile. Yo estaba alquilando una casa, y la dueña nos informó que regresaría el
último día de la renta para recibir la casa de vuelta. Dos semanas después, temprano en la mañana de nuestro
último día, un pequeño perro negro entró a la casa y simplemente se acostó en el sofá, para nuestra completa
sorpresa, pues nunca lo habíamos visto antes. No sabiendo de dónde venía, gentilmente lo sacamos de la
casa, donde se quedó esperando justo fuera de la puerta de entrada.

Cuatro horas después, la dueña de la casa llegó y nos informó que el perro era suyo. Había dejado al perro
en la casa de un amigo, distante unos 5 o 6 kilómetros, y estaba sorprendida de que el perro estuviera allí. Y
sin embargo nunca habíamos visto al perro hasta ese día. Realmente parecía que el perro de alguna forma
sabía que su dueña iba a llegar ese día.

El biólogo inglés Rupert Sheldrake ha estudiado tales fenómenos de manera extensa, demostrando que este
tipo de comportamiento es típico de ciertos animales domésticos. La conclusión de Sheldrake es que tales
fenómenos—y comportamientos análogos como los patrones migratorios de varias especies de aves—son
una manifestación clara de conexión de un tipo que aún no podemos explicar. Estamos conectados de más
maneras de las que estamos conscientes, y esto parece ser la base de cierto conocimiento intuitivo en el cual
tenemos la sensación de saber algo sin ser capaces de decir de dónde viene este conocimiento. Por supuesto,
esto desafía nuestra comprensión científica tradicional, ya que no parece haber ningún medio físico de
conexión del tipo que la ciencia exige.

Un amigo me relató recientemente algo que le ocurrió: “Mi hijo es un joven músico, actividad que lo obliga
a muchas actividades nocturnas. Yo estaba acostumbrado a su ausencia en esas horas, pero hubo una noche
en que me sentía inquieto. No había ninguna razón particular para ello y sin embargo sentía que algo andaba
mal. Lo llamé a su celular y le envié varios mensajes de texto, sin respuesta. Eso en sí mismo no era
preocupante pues en sus ensayos o conciertos frecuentemente apagaba su teléfono. A las 2 de la mañana mi
inquietud se había convertido en alarma y tomé la decisión de ir a buscarlo. Aunque no tenía ni la menor
idea de dónde podía estar, algo me decía que debía ponerme en movimiento. Salí a las calles en mi auto,
tomé una avenida (como pudo ser cualquier otra) y 15 cuadras más adelante me topé con él. Cuando lo vi
estaba sentado en la vereda. Estaba pálido. Se sentía muy mal. Cuando me vio parecía como ido. Me pareció
extraño pues él odia el alcohol y la droga. Cuando me vio no podía creerlo. Yo tampoco entendí —y hoy
sigo sin entenderlo— cómo llegué justo adonde él estaba. Se había intoxicado con un alimento y necesitaba
atención médica”.

¿Qué tanto de todas las variedades de experiencia humana se dejan de lado e incluso se rechazan
simplemente porque parecen no coincidir con las presunciones fundamentales del sentido común de la
ciencia del siglo XIX? ¿Qué tanta información nos perdemos por estar fuera de los límites aceptables del
conocimiento? No solamente nos estamos negando a cierto tipo de experiencias sino que además estamos
oponiendo resistencia a lo que éstas pueden enseñarnos, y por tanto estamos restringiendo nuestro rango de
posibilidades de aprendizaje. Seguramente la inigualable riqueza que es la experiencia humana requiere
muchos tipos de aprender, de conocer y de comprender.

Además de invalidar o devaluar áreas enteras de los fenómenos humanos, la ciencia también se niega a tratar
con la conciencia. Dentro de la mentalidad del pensamiento cartesiano, la ciencia occidental asume que
únicamente dentro de la mente humana se encuentra la conciencia. Y como el propósito se toma como una
función que únicamente puede pertenecer a la mente, todo lo demás, al encontrarse carente de conciencia,
también carece de propósito.

El filósofo húngaro-inglés Michael Polanyi señaló algo que coincide plenamente con lo que acá decimos:
“En los días en que podía silenciarse una idea diciendo que era contraria a la religión, la Teología era la
mayor fuente de falacias. Hoy, cuando todo pensamiento humano puede desacreditarse calificándolo de no
científico, el poder ejercido previamente por la Teología ha pasado a la Ciencia; así la Ciencia ha llegado a
ser a su vez la mayor fuente de errores. Las destrezas humanas, los prejuicios y las pasiones no son defectos
sino que representan un papel importante y necesario guiando el descubrimiento y la validación”.

Este filósofo ha calificado como un error el hecho de que el método científico otorgue la verdad de manera
automática al científico, pues considera que todo el conocimiento es personal (de un observador, diríamos
nosotros) y por tanto depende de suposiciones falibles.

Los Límites de Nuestro Sentido Común Científico

Como ya hemos enfatizado, nuestra intención no es denigrar a la ciencia sino más bien establecer más
claramente el rango y los límites de nuestro discurso científico. Haciendo esto podemos comprender mejor
no solamente el rol que la ciencia puede y debería tomar de forma útil al dar forma a nuestra forma de
pensar acerca de nosotros mismos como seres humanos, sino también cuáles son sus limitaciones
intrínsecas. Con este objetivo en mente vamos a examinar dos presunciones básicas en las que se basa la
ciencia.

1. a) La ilusión de la neutralidad y primacía epistemológica de la Ciencia


De todas las declaraciones de nuestro sentido común científico ninguna es más poderosa y fundamental que
su presunción de neutralidad y primacía epistemológica. La ciencia es supuestamente imparcial en su
búsqueda por la verdad. Evitando recurrir a la fe religiosa, a la autoridad o a la motivación emocional,
avanza a través de razonamiento lógico y hechos empíricos, aparentemente dejando poco campo para que
sea cuestionada. Como Voltaire recalcó secamente, “no hay sectas en la geometría”.

Nuestro sentido común científico proclama una infalibilidad de una mera normalmente reservada por la
religión solamente al Papa. De hecho, aparentemente va incluso más allá que la Iglesia, pues mientras ésta
basa sus doctrinas en la fe, la ciencia nos hace creer que trata únicamente con la verdad objetiva, es decir,
con las cosas como realmente son.

Esta invulnerabilidad a la crítica toma dos formas principales. Primero, al sugerir que no se equivoca nunca,
nuestro sentido común nos señala que un eventual error de la ciencia solamente puede ser detectado o
corregido a través de alguna aplicación posterior del método científico en sí. Es, por tanto, inmune a la
crítica de reinos epistemológicos como la estética, la intuición o la espiritualidad.

Segundo, nuestro sentido común científico supuestamente excluye cualquier injerencia de la emoción, lo
cual nos lleva a pensar que es por tanto libre del prejuicio humano. La presumida universalidad de la razón
nos asegura que sus argumentos no favorecen a ningún individuo o grupo social. El mensaje que todo esto
nos da, finalmente, es que la ciencia se ve a sí misma como una forma de saber que está por encima de
fuerzas sociales, espirituales o emocionales.

Como resultado hemos dejado de cuestionar el estatus de la ciencia y la verdad científica casi por completo.
Simplemente aceptamos a la ciencia como es porque no vemos ninguna forma de desafiarla. Y el increíble
éxito de la tecnología moderna no ha hecho más que reforzar esta situación: la ciencia y la postura científica
hacia la verdad están tan profundamente arraigadas en nuestro sentido común que prácticamente se han
vuelto invisibles de una forma tal que no nos permite ver hasta qué punto forman parte de nuestra reflexión
sobre lo que significa ser humanos.
Dado el precio que evidentemente pagamos por dar a la ciencia un poder tan grande como el de determinar
lo que aceptamos como la verdad, ¿tenemos alguna manera de desafiar la inmunidad auto proclamada de la
ciencia a la crítica y la evaluación? Yo creo que la hay. De hecho las presunciones metodológicas de la
ciencia parecen estar seriamente equivocadas en varios aspectos. Una vez que los tengamos claros podremos
abrirnos a otras posibilidades cognitivas, preservando al mismo tiempo lo que es bueno y útil del
pensamiento científico moderno.

Antes que nada, debemos revisar nuestra creencia común sobre la supuesta neutralidad de la ciencia.
Operando con base en razón y hechos, y rechazando todo argumento que tenga que ver con emociones, la
ciencia parece asegurarse a sí misma una libertad de prejuicio que ninguna otra forma de conocimiento se
atribuye. Internamente, dentro de los confines estrictos de las teorías y los experimentos, puede que sea así,
al menos en principio. Sin embargo, en un contexto más grande vemos que no funciona de la misma manera.
De hecho, la ciencia opera a partir de dos actitudes que prevalecen en todos sus movimientos: control y
certeza. Ya que ninguno de los dos puede justificarse a sí mismo, tenemos derecho a preguntarnos a qué
propósito sirven, y si operar desde otras actitudes sería posible e incluso igual o más valioso.

Señala el filósofo argentino Enrique Marí que “cuando Otto Hann descubrió en 1938 la fisión del uranio que
condujo en última instancia a la bomba atómica, atravesó por tres etapas. En la primera, al bombardear con
neutrones el núcleo atómico más pesado, el del uranio, su preocupación básica estaba orientada al
conocimiento. En la segunda, tuvo la voluntad de acceder a una aplicación revolucionaria: el acceso a una
fuente energética, con una cascada de fisiones, liberando cantidades de energía inagotables. Esta fue ya una
etapa “positiva” de aplicación y no remitida a la sed de conocimientos. En la tercera, se le abrieron dos vías
distintas: una que conducía a un reactor atómico, la otra a la bomba atómica. No está aquí el subproducto
fortuito, inesperado, de una investigación orientada al conocimiento, sino una investigación gigantesca con
el fin de fabricar la bomba y ninguna otra cosa”.

En otro ejemplo, indica que “el empleo de la clonación en la raza humana, ya sea con la posibilidad de crear
Einsteins o Frankensteins, escapa a la tradición humanista, además de no ser segura a largo plazo. La vida ha
evolucionado en un delicado balance cuyos equilibrios entendemos solo oscuramente. Reemplazar criaturas
(e incluso vegetaciones) por formas inventadas por los seres humanos a su voluntad puede implicar el
colapso futuro del sistema ecológico que constituye nuestro nicho. ¿Cómo reaccionarán los seres humanos
cuando adviertan que sus genes son el producto de decisiones sociales o de decisiones secretas de científicos
que trabajan para el poder?”

Eliminando el contexto emocional de sus propios métodos y actividades, la ciencia ha logrado exitosamente
ganarse un estatus especial como el único modelo cognitivo neutral disponible para nosotros.
Completamente alineado con las metas de una clase media en ascenso, el pensamiento científico ha quedado
incrustado en nuestro discurso moderno. Claramente, retar la neutralidad cognitiva de la ciencia nos llevaría
a reexaminar las bases epistemológicas de nuestra forma de vida materialista del presente, lo cual tal vez
explique nuestra renuencia a librarnos del mito de la imparcialidad de la ciencia con respecto a la verdad y
la acumulación de conocimientos.

1. B) La Búsqueda de Control y Certeza


Al comienzo de la revolución científica en los siglos XVI y XVII, Francis Bacon, uno de los padres del
método científico, dejó claro el objetivo de la investigación científica y la experimentación: dominar la
naturaleza. Sin duda él fue influenciado en parte por las nuevas posibilidades que ofrecían los enormes
territorios por conquistar en la era del descubrimiento y la expansión imperial. Hoy en día, a pesar de
encontrarnos en un momento diferente en la historia de la humanidad, la ciencia continúa enfocándose en el
deseo de controlar y manipular el mundo natural. La evidencia más clara de esto es nuestra incesante
fascinación con la tecnología, desde los automóviles hasta el computador, las cosechadoras o los láseres
quirúrgicos, todo lo cual aumenta nuestros poderes naturales y nos asegura un control significativo de
nuestras vidas cotidianas.

Mucho de nuestro ambiente natural ahora puede ser manipulado con éxito para crear un cierto nivel de
seguridad, comodidad y recursos. Pero nuestro deseo de control también se extiende al tiempo. Buscamos
ser capaces de predecir. Queremos estar seguros de que cada experimento científico va a producir resultados
iguales con cada nueva repetición; que cada pieza tecnológica va a funcionar de la misma manera cada vez
que la usemos; que cada teoría económica va a permitirnos pronosticar (y por tanto probablemente
enriquecernos con) tendencias y eventos futuros.

Aquí encontramos la base de la segunda actitud dominante de la ciencia. Vemos en la ciencia la posibilidad
de alcanzar el nivel deseado de predicción a través de su promesa implícita de certeza. El método científico
garantiza resultados —los mismos resultados una y otra vez— para la satisfacción de todos los concernidos.
Más allá de esto, el progreso científico parece estarse acelerando, lo cual implica que el grado siempre
creciente de predictibilidad y control va a ser empujado hacia dominios cada vez más grandes tanto en el
mundo natural como en nuestras vidas sociales y personales.

Continuar afirmando que la ciencia es neutral en presencia dominante de estas actitudes es ciertamente una
falsedad. Ahora podemos preguntarnos de forma legítima por qué estas actitudes —y no otras, como la
gratitud, el servicio o la generosidad— emergieron como las dominantes en la ciencia. Al reflexionar, sin
embargo, encontramos que este hecho no es ninguna sorpresa: la ciencia ganó su superioridad
epistemológica actual como parte de una conjunción poderosa entre racionalismo, tecnología, capitalismo e
individualismo. El gran aparato del capitalismo y la tecnología de rápido crecimiento durante la Revolución
Industrial permitieron que miembros de una clase media en alza acumularan poder, dinero e influencia en el
mundo.

En este contexto el control y la capacidad de predecir eran metas naturales para una ciencia en expansión
permanente. No resulta sorprendente entonces, en una era moderna aún regida por el crecimiento económico
y la tecnología, que las actitudes de control y certeza ahora sean presunciones virtualmente transparentes en
nuestro sentido común científico. Debido a esta transparencia estas presunciones en esencia no han sido
desafiadas. La ciencia ha podido, por tanto, continuar reclamando su altamente deseable, aunque falaz,
estado de superioridad epistemológica.

Presunciones sin examinar de nuestro discurso científico

Pagamos un alto precio por el conformismo con que miramos los principios de la ciencia, que nos trae cada
vez una sensación mayor de soledad y falta de significado. Si nos abrimos a buscar diferentes posibilidades
como seres humanos, entonces debemos examinar cuidadosamente no solamente las metas tácitas y
actitudes de la ciencia, sino también las muchas presunciones metodológicas que implica tenerla como
modelo cognitivo.

Es significativo que muchas de esas presunciones aparentemente son aceptadas sin ser cuestionadas, sobre
todo porque no existen alternativas aparentes, incluso para los mismos científicos. Es como si simplemente
se encogiesen de hombros y dijeran: “¿de qué otra manera podría ser?” Como veremos, hay una ceguera
perturbadora que restringe seriamente nuestras posibilidades como seres humanos. Consideremos
brevemente algunas de las presunciones más importantes del discurso científico.

1. El conocimiento es finito y podemos alcanzarlo


Una de las grandes ilusiones de nuestro sentido común científico moderno es pensar que hay una realidad
finita que puede llegar a conocerse en su totalidad. De una manera despreocupada asumimos que es cuestión
de tiempo para llegar a conocer todo lo que se puede conocer y, más allá de eso, que la forma en que lo
estamos intentando es la correcta. Y sin embargo no hay ninguna forma racional de sustentar esta
presuposición. No se nos ocurre que puede haber otras formas igualmente validas de conseguir el
conocimiento, y aún menos que algunos aspectos del ser siempre serán un misterio. O tal vez simplemente
no nos hemos atrevido a aceptar que simplemente no sabemos. Nos falta la humildad para admitir que
nuestro conocimiento es limitado y en algunos aspectos siempre lo será. Un ejemplo de ello es que hemos
podido observar tan sólo el 4% del Universo, pero lo describimos y sacamos conclusiones como si
conociéramos el 100%.

2. Un solo nivel de realidad—una sola dimensión de la verdad


La orientación positivista-objetivista de la ciencia moderna nos lleva directamente a una doble serie de
presunciones: primero, que solo hay un nivel de realidad, el material; y segundo, que éste puede ser
objetivamente investigado por medios científicos para producir una serie unificada de verdades integradas.
En otras palabras, que LA VERDAD es una sola y se puede alcanzar.
Una vez más, estamos tratando con presunciones que prácticamente no hemos examinado. Parte del
problema parece ser que la ciencia se queda atrapada en la literalidad de su propio pensamiento. La ciencia
pone en duda la validez de la información puramente sensorial y sin embargo presume que hay una realidad
empírica que puede ser conocida objetivamente. En otras palabras, nuestros sentidos nos están diciendo que
hay algo más allá de nuestras mentes, mientras la razón nos dice que finalmente este algo debe ser conocido
de la misma manera por todos los observadores.

Esto es tan sospechoso empíricamente como epistemológicamente simplista. Empíricamente, no toma en


cuenta la posibilidad de que existan otros niveles de realidad aparte de la material que es comprendida a
través de nuestros sentidos. Y sin embargo valida todo ese mundo subatómico que no puede ver a través de
los sentidos, por ejemplo. Como solía decir el filósofo estadounidense William James en referencia a lo que
él llamaba empiricismo radical, si queremos ser empíricos, hagámoslo por completo. No puedes elegir qué
experiencias empíricas quieres incluir o excluir antes de tenerlas.

Ken Wilber ha señalado en varios de sus libros que todas las culturas han reconocido al menos cinco niveles
distintos de realidad: el material, el corporal, la mente, el alma y el espíritu. Muchas personas pueden
reportar experiencias que relacionan dos o tres de estos niveles, o incluso todos. Sin embargo, la ciencia
occidental sigue insistiendo que solamente un nivel existe, el material. Por supuesto la ciencia no tiene por
qué investigar ninguno de los otros niveles pero tampoco tiene ninguna base para negar su existencia.

La ciencia también está siendo simplista al asumir que la razón aplicada a los asuntos relacionados con
hechos empíricos constituye el único camino hacia la verdad sobre el mundo y nuestra experiencia como
humanos. No hay una base sólida para descartar otras formas de conocimiento —como la intuitiva o la
relacionada con prácticas espirituales— que pueden ser más útiles que el análisis racional para examinar
estos otros niveles. Dados los múltiples niveles de la realidad, es natural esperar encontrar también múltiples
niveles de verdad, incluso con respecto a una misma situación.

Cuando miras un fenómeno a un nivel, puedes tener una explicación específica que funcione en ese nivel en
particular. Cuando cambias de contexto (de nivel, por ejemplo), sin embargo, esa misma explicación puede
ya no tener sentido. Supongamos, por ejemplo, que dices estar enfermo por tener un virus. En cierto nivel
esa explicación es válida. Pero tal vez también crees que has tenido el virus en tu cuerpo todo el tiempo, y
así se amplía el contexto, convirtiéndose la pregunta ahora en por qué el virus te enfermó en éste momento
en particular. “Bueno, dices tú, supongo que mi sistema inmune se debilitó”. Y, por supuesto, puedes
cambiar de nivel de nuevo y preguntar por qué eso pasó: tal vez piensas que estás deprimido por el cáncer de
tu padre o porque no estás contento en el trabajo. En cada nivel, en cada contexto, una forma distinta de
pensar es válida. En algún punto, el pensamiento científico no puede darnos una explicación satisfactoria.

En estos días parecemos estar enfrentando más y más situaciones en las cuales la explicación científica
resulta insuficiente para los quiebres que se nos presentan. Esto es especialmente cierto en los niveles
superiores de la mente, el alma y el espíritu. Entonces siempre tenemos que revisar la validez de nuestra
forma de pensar en términos de las presunciones que estamos haciendo en comparación con el nivel en que
la estamos aplicando. Entre más subimos en la escala del ser, la insuficiencia del tipo de explicación usada
en un nivel más bajo se hace más evidente.

Usemos un ejemplo distinto, uno que ilustre nuestro uso típico del concepto de voluntad como una fuerza
explicativa. La ciencia materialista tiende a resistirse a invocar un concepto tan abiertamente mental para
explicar el comportamiento humano. Incluso la psicología y el psicoanálisis, los cuales se sienten más
cómodos postulando explicaciones no materiales, no están muy seguros de qué decir al respecto.

Pero vamos a ver. Recientemente me encontraba de viaje en California y vi a dos mujeres de mediana edad
en medio de una caminata. El pensamiento que cruzó mi mente en ese momento fue que estaba viendo a dos
típicas señoras californianas retiradas. Ahora, la razón por la que pensé esto fue porque las vi vestidas de una
forma particular, con su cabello arreglado de una forma particular, y moviendo su cuerpo de una forma
particular. Si yo les preguntara, “¿Por qué se visten así?” o “¿Por qué se han peinado de esa forma?”
probablemente me dirían “Porque lo escogí, porque me gusta, porque siempre lo hago de esa forma”. O tal
vez se lo atribuirían al frío o al calor, o a que era lo único disponible en la tienda al momento de comprar.

En ese contexto, podríamos decir que la razón de su forma de vestirse y peinarse fue su propia voluntad. A
ese nivel, su explicación ciertamente tiene validez. Pero, ¿será eso lo único que podemos decir?
Seguramente no. Cuando lo pensamos desde un contexto más social, podemos decir que se visten así porque
es como usualmente se visten las mujeres norteamericanas de cierta edad y clase social que viven en
California. Ambas explicaciones son válidas. Notemos de todos modos que a cada una le falta algo. A la
interpretación social le falta el elemento de elección personal, o, en otras palabras, voluntad. Mientras tanto
a la explicación individual le falta revelar el sentido en el cual ellas no tenían opción en ciertos aspectos:
ellas no eligieron cierta forma de verse en general, se podría decir que esa cierta forma de vestir las eligió a
ellas.

El punto es que las situaciones humanas están sujetas a múltiples interpretaciones válidas, dependiendo del
nivel de realidad que elijamos. Por ejemplo, hemos tendido a confiar en la voluntad para explicar el
comportamiento humano cotidiano. Esta explicación no es incorrecta, pero tampoco es suficiente.

3. El fenómeno y la explicación
Dentro de nuestro sentido común, una vez que damos una explicación a cierto fenómeno, tendemos a creer
que la explicación es parte del fenómeno y nos olvidamos que la explicación pertenece a quien está
explicando. Esto es muy relevante para todos aquellos que se preocupan por aprender. Podemos incrementar
nuestra habilidad de explorar otras formas de explicar cualquier asunto que nosotros (u otras personas)
podamos estar enfrentando una vez que seamos libres de la creencia de que la explicación forma parte del
fenómeno.

También hay una presunción tácita aquí de lo que podríamos llamar observador
universal. Explicación=Conocimiento=Verdad, y únicamente una serie de verdades pueden ser válidas
para un fenómeno dado. Pero, de nuevo, esta presuposición no tiene base alguna. Como hemos estado
mostrando, diferentes verdades (o interpretaciones basadas desde un punto de vista diferente) emergen a
diferentes niveles, o incluso al mismo nivel. En otras palabras, múltiples observadores válidos pueden
convivir juntos, cada uno contribuyendo con algo distinto para una comprensión más completa del
fenómeno.
Cuando nos olvidamos de lo que estamos explicando y nos ponemos a pensar que la forma en que lo
estamos explicando es como realmente es, dejamos de estar conscientes de nosotros mismos como
observadores. Nuestras presunciones, nuestros antecedentes culturales y nuestros discursos históricos y
sociales se vuelven invisibles para nosotros. Todas estas dimensiones son factores que tienen una tremenda
influencia en nuestras explicaciones de lo que vemos. No somos los observadores puramente objetivos que
nos gustaría pensar que somos.

Las explicaciones nunca son inocentes o neutrales. En principio, siempre nos inclinan hacia una serie de
acciones en particular, aunque casi siempre nos mostramos ciegos ante esta forma de movernos.
Supongamos que yo digo que mi hija sacó malas calificaciones en el colegio porque ella le cae mal a una
profesora, o porque ella no estudió, o porque ella tiene una discapacidad de aprendizaje, o porque su inglés
no es muy bueno. Cualquiera de estas explicaciones nos trae una serie completamente distinta de acciones
posibles.

Para usar un ejemplo totalmente diferente, imaginen comparar diferentes explicaciones sobre cómo vuelan
los pájaros. En la Antigüedad decían que un pájaro podía volar porque tenía un alma voladora. Hoy decimos
que es por el movimiento del aire que pasa por sus alas y demás. La segunda explicación nos da el poder de
construir aviones. La primera no, pero sí podría abrir una reflexión filosófica y espiritual que podría estarle
faltando a la otra. Nuestra explicación está conectada con nuestra capacidad de acción.

4. Explicación y significado
Explicar es una actividad humana muy poderosa y omnipresente. Tiene un impacto muy directo en nuestra
capacidad de acción, lo cual es evidente. Pero, así como tendemos a perder de vista un fenómeno dándole
más importancia a la explicación, también asumimos que la explicación contiene un significado, y una vez
hallado, nos detenemos, no vemos más allá. Decimos “Yo sé por qué o cómo pasó determinada cosa y eso
tiene tal significado. Y punto”. Haciendo esto confundimos el conocimiento explicativo con el significado.
Pero si prestamos atención de cerca, podemos darnos cuenta de que el significado NO reside en la
explicación. El problema radica en que el significado no es una construcción meramente conceptual, es un
lugar emocional, aparece cuando algo tiene importancia para nosotros. Si las explicaciones nos dan poder al
señalarnos diferentes acciones posibles, el significado nos da poder motivándonos a actuar.
En el mundo de la modernidad todo se puede explicar mecánicamente. Pero el sentido o significado de las
cosas requiere una mirada de otro nivel. Como decían los pensadores Harman y Sahtouris, la ciencia nunca
entendió la vida, entendió ciertos mecanismos… señala que esta célula produce tal cosa, aquella célula tal
otra. Pero nunca explicó la vida. Que tú expliques los mecanismos del ente vivo no significa entender la
vida: encontrar el significado o el sentido de la vida corresponde a una dimensión diferente. Por ejemplo, la
ciencia descubre que las galaxias se atraen pero que esta atracción no logra explicarse con la materia que
nosotros vemos. La explicación es la existencia de una materia oscura.

Ahí tienes una cosa extraordinaria: si lo miras desde un punto de vista mecánico eso explica la atracción
galáctica, pero si lo miras desde un punto de vista espiritual puedes verlo como que lo oscuro y lo claro
pertenecen a la vida, y podríamos entrar en un tema bien espiritual de que los viajes profundos a los espacios
oscuros en la vida humana producen el sufrimiento y a veces una gran claridad en el otro lado. Entonces tu
puedes tomar eso en un sentido completamente distinto a como lo explica la ciencia.

5. Causalidad lineal
En nuestro sentido común científico, tendemos a explicar las cosas en términos de causa y efecto, y más allá
de eso, a asumir que solamente existen causas materiales. El pensamiento sistémico (que contempla el todo
y sus partes, así como las conexiones entre éstas) ha comenzado a señalarnos las grandes limitaciones de
nuestra creencia en la causalidad lineal como la única forma de explicación para cualquier fenómeno. Pero
nuestro sentido común científico permanece en su mayor parte inflexible en lo que respecta a la materialidad
de las fuerzas naturales. Y aun así, muchos estudios serios sobre la conciencia nos están dando evidencia de
que hay más fuerzas que las puramente materiales, que la conciencia tiene sus propias leyes no materiales,
incluso si no las podemos ver a través de patrones particulares de células cerebrales.

El pensamiento sistémico tampoco refuerza las causas finales que Aristóteles propuso —y que vimos en un
capítulo previo— y que desaparecieron de la ciencia una vez que Descartes cuestionó su validez. Sin
embargo, una vez que vamos más allá del nivel puramente material, y ascendemos en la cadena del ser,
podemos comenzar a reconocer la eficacia explicativa de la causalidad teleológica, es decir su fin o su
propósito. No existen a priori bases para excluir las causas finales al estudiar fenómenos de la mente, el alma
o el espíritu. Más bien al contrario, como muchos investigadores han mostrado, postular este tipo de causa
muchas veces crea una mejor explicación, y nos entrega una visión más amplia, y a veces incluso sabiduría.

En este respecto, ¿realmente nos vemos forzados a asumir, como cada físico y biólogo desde Darwin, que el
universo, la Tierra en sí y todos sus habitantes hemos evolucionado de una manera completamente aleatoria
sin ningún propósito ni diseño? El asunto del diseño ha comenzado a preocupar a cosmólogos de nuevo
recientemente, pero hasta ahora hay pocos indicios de que la comunidad científica quiera levantar la
prohibición a considerar que el universo tenga un propósito.

Revisemos lo que hemos estado diciendo sobre el sentido común científico:

Hemos estado sugiriendo que nuestro discurso científico privilegia ciertas formas restrictivas de
comprensión que disminuyen considerablemente tanto nuestra forma de saber cómo nuestra forma de
conectarnos con el mundo. Invalida una gran parte de la experiencia humana común, y devalúa el
conocimiento intuitivo, estético, psíquico y espiritual. También considera al cosmos estéril y sin propósito,
por tanto, separándonos de una enorme fuente de significado potencial. Como resultado, nos sentimos
empobrecidos, dándonos cuenta de que basamos nuestras ideas, juicios y acciones en una idea incompleta de
lo que es la experiencia humana. Al mismo tiempo, abrumados por el enorme prestigio y poder que tiene el
pensamiento científico, y la aparente credibilidad de sus explicaciones de los fenómenos humanos, nos
sentimos impotentes, inseguros con respecto a las alternativas que tenemos para lo que podría ser un nuevo
sentido común actual, y ciegos ante la omnipresencia de este pensamiento científico en nuestra experiencia
diaria y nuestra visión del mundo.

Esta insuficiencia del sentido común científico nos lleva a examinar más de cerca algunas de sus
presunciones metodológicas subyacentes. En particular, encontramos razones para cuestionar los límites del
conocimiento, la existencia de un solo nivel de realidad y de la verdad, la identificación de un fenómeno con
nuestra explicación del mismo, el confundir la explicación con el significado y la postulación de la
causalidad lineal como una forma de explicación. Lo más importante de todo es que expusimos la falacia de
la supuesta primacía y neutralidad epistemológica de la ciencia, sugiriendo más bien que la ciencia ha
perseguido el conocimiento siempre desde tres actitudes principales, predicción, control y certeza, con el
poder y dominio de la naturaleza como objetivos.

En cada caso, entonces, estas presunciones pueden ser vistas, máximo, como seriamente restrictivas, e
incluso simplemente falaces y sin una base que las apoye. Estando juntas, vemos como limitan radicalmente
la visión de la ciencia como modelo para comprender la experiencia humana, sus acciones y posibilidades.
Necesitamos algo nuevo aquí.

Digamos, por otra parte, que el propósito, el sentido de la existencia, es un tema que parece eludir a la
ciencia, y esto se debe a que el propósito o sentido es fundamentalmente una función valórica, y los valores
—según esa percepción—pertenecen y deben ser entendidos a través de la filosofía y no de la ciencia.
Una apertura de la ciencia, que se desafía a sí misma

Si, nuestro sentido común se nutre de los paradigmas impuestos por la ciencia objetivista y determinista en
los siglos XVII y XVIII, los físicos en el siglo XX y comienzos del XXI entregan una visión del universo
revolucionaria y fascinante, que desafía muchos de los postulados centrales que la física clásica venía
sosteniendo hasta entonces.

La ciencia moderna, particularmente la gente que está estudiando la física cuántica, empieza a romper con la
vieja epistemología de la ciencia, con investigadores que empiezan a pensar “amigos, parece que el asunto
es más grande que nuestras explicaciones y el materialismo es un limitante demasiado extremo”.

Estamos viendo en la ciencia signos de evolución hacia un nuevo discurso. Yo veo que dentro de la misma
ciencia ya se empiezan a producir cuestionamientos del paradigma y se han conseguido cosas fantásticas.
Por supuesto que hay sectores que van a morir con las botas puestas, pero ya hay sectores de la ciencia que
empiezan a mirar más allá y han generado una verdadera revolución en la forma de concebir el Universo.

El físico austriaco Fritjof Capra es uno de los científicos que considera necesario un cambio de paradigma
en la ciencia. “Para contribuir significativamente al gran desafío de generar un futuro sostenible, los físicos
necesitarán reconocer que su ciencia jamás dará lugar a una ‘teoría de todas las cosas’, sino que es tan sólo
una de las muchas disciplinas científicas necesarias para comprender las dimensiones biológica, ecológica,
cognitiva y social de la vida”, dice.

“Los nuevos descubrimientos exigen profundos cambios conceptuales del espacio, del tiempo y de la
materia, que modifican la visión del mundo mecanicista introducida por Descartes, que separó al hombre de
la naturaleza”, según Capra.

Cuando hablamos de nuestro sentido científico actual nos referimos a la ciencia que se enseña en el colegio,
y que es una ciencia absolutamente materialista, privada de sentido. Pero está apareciendo otra ciencia, llena
de nuevas interpretaciones sobre la realidad y llena de nuevas posibilidades para la conciencia humana. Es
por eso que sostenemos que esa apertura que nosotros preconizamos no es de ninguna manera contra la
ciencia y, por el contrario, va a ser junto con la ciencia.
La teoría cuántica, que busca la naturaleza última de la materia, ha demostrado que algunos conceptos que la
física clásica considera como irrefutables, resultan insuficientes para aplicar al mundo subatómico, un
universo a una escala tan minúscula que no es percibido por los sentidos y solamente es detectado a través
de las consecuencias de determinados resultados. Esto genera un desajuste pues entre más se adentran los
científicos en la profundidad de la materia más es necesario abandonar las ideas y los métodos que se
conocen hasta ahora.

Mucha de la teoría moderna de la física como la espuma cuántica, los agujeros de gusano, la teoría de
cuerdas y la no localidad han estremecido los cimientos de la física clásica, haciendo que la información
empírica sirva apenas como un punto de partida para los elevados vuelos que la imaginación científica
emprende en sus intentos de encontrar una historia coherente acerca de los aspectos más misteriosos de la
naturaleza.

La llamada teoría de cuerdas, por ejemplo, explica toda la materia del universo como pequeñas partículas de
energía que vibran como la cuerda de una guitarra. Esas partículas vibran de diferentes maneras para formar
todos los componentes de la naturaleza, lo que haría del Universo una especie de sinfonía cósmica.
Por su parte los agujeros de gusano (que son teóricos) son un atajo en el continuo del espacio-tiempo que se
producirían por la hiper-gravedad y que permitirían viajar en segundos a distancias siderales. Este modelo
teórico no es ni más ni menos que una máquina del tiempo.

La física cuántica se ha convertido para los científicos en una verdadera caja de sorpresas, con
descubrimientos que no solamente tienen implicaciones para la ciencia misma al desafiar preceptos de la
física clásica que se creían inamovibles, como el tiempo y el espacio, sino que ha generado una revolución
en el pensamiento filosófico sobre lo que llamamos realidad.

Para entrar a ver estos desafíos de la física cuántica, déjenme recordar algunos de los postulados básicos de
la física clásica.

La física clásica ve la realidad de una manera determinista (el universo funciona como una máquina donde
todos los objetos pueden ser estudiados para poder predecir su comportamiento posterior); con continuidad
(cada movimiento es continuo en tiempo y espacio); objetivista (la realidad es independiente de nosotros
como observadores); materialista (todo está hecho de materia) y localidad (la acción de un objeto se propaga
de una manera lineal en tiempo y espacio hasta afectar a otro objeto).

Si al final del siglo XIX la partícula más pequeña era el átomo (que etimológicamente significa que no se
puede dividir), la física cuántica, que empezó a abrirse paso en la primera mitad del siglo XX, descubrió
elementos aún más pequeños, que además se comportan de una manera “extraña”. De una forma muy
resumida, los científicos descubrieron que los electrones y otras partículas subatómicas a veces se
comportaban como onda y a veces como materia y que su posición no se podía predecir. A lo más que se
podía aspirar era a establecer posibilidades de que dicha partícula estuviera acá o allá en un momento
determinado.

Un experimento, llamado de la doble rendija, dejó perplejos a los científicos: al bombardear una pantalla con
electrones a través de una placa con dos rendijas, el comportamiento del electrón correspondía al de una
onda, como el agua, por ejemplo. El patrón que registraba la pantalla tras el bombardeo de electrones sólo
podía lograrse si el electrón pasaba simultáneamente por las dos rendijas de la placa. ¿Se dividía el electrón
para pasar por las dos rendijas? ¿Cómo podía ser esto?

Para más perplejidad, cuando se puso en la entrada de las rendijas un aparato para poder ver el paso de los
electrones, éstos dejaron de comportarse como ondas y sí como materia, con lo cual el patrón en la pantalla
cambió por completo. Y la conclusión de este experimento, que se ha realizado cientos de veces, es que las
partículas subatómicas tienen la propiedad de estar en varios lugares al mismo tiempo y se concretan en un
punto determinado… ¡sólo cuando se observan o se miden! Lo cual quiere decir que su existencia en un
punto determinado depende del observador. Dicho de otra manera, la realidad de esa partícula depende de la
observación que se hace de ésta.

En resumen, estas partículas —tan diminutas que su existencia sólo se intuye por el rastro que dejan en los
aceleradores de partículas— existen como materia solamente a partir del momento en que son observadas.
En ese momento la onda de energía (invisible) se convierte en algo material. El observador es quien crea
algo por el simple hecho de observarlo. Este comportamiento desafía toda la lógica con que vemos el
mundo, y se requirieron décadas y cientos de experimentos para mostrar que la cosa funcionaba así.

Esta conclusión está en línea con la creencia de muchas culturas antiguas, que afirmaban que no estamos
separados de lo que observamos. Además rompe con todo el esquema sujeto-objeto de la ciencia clásica.

Desde 1935 el físico Erwin Schrödinger notó una propiedad peculiar en la materia subatómica a la que
llamó” entrelazamiento” (entanglement, en inglés). Esto es que existen partículas que pertenecen a un
mismo sistema y que están conectadas, aún si están lejos unas de las otras, como si fueran parte de un todo
indivisible.
Un experimento del físico francés Alain Aspect en 1982 confirmó esa propiedad de las partículas.
Trabajando en el entrelazamiento cuántico, Aspect demostró que si una partícula es dividida en A y B y se
llevan a distancia la una de la otra (puede ser un metro como un millón de kilómetros) cuando se aplica una
acción que modifica a A en un lugar, B registra el mismo cambio de manera simultánea. Según Aspect estas
partículas son capaces de comunicarse de manera instantánea unas con otras independientemente de la
distancia que las separa, lo que ha sido calificado como un caso de tele transportación.

Muchos años antes de este experimento de Aspect, la intuición le sugirió al físico danés Niels Bohr que el
motivo por el cual las partículas subatómicas quedan en contacto, independientemente de la distancia que las
separa, reside en el hecho de que su separación es una ilusión. En un cierto nivel de realidad, tales partículas
no son entidades individuales sino extensiones de un mismo “algo” fundamental.

Si la separación entre las partículas subatómicas es solo aparente, eso significa que, a un nivel más profundo,
todas las cosas están conectadas infinitamente. Los electrones de un átomo de carbono del cerebro humano
están conectados a las partículas subatómicas que se encuentran en cada águila que vuela, en cada cerebro
que piensa y en cada árbol sobre el planeta.

Albert Einstein fue un escéptico con las implicaciones de la mecánica cuántica y durante muchos años
mantuvo un debate público con Bohr acerca de cómo interpretar los resultados de ciertos experimentos de la
física cuántica, y consideraba que esos resultados tan desafiantes se debían a que no se había avanzado lo
suficientemente para encontrar alguna explicación coherente con los postulados de la física clásica. No
podía concebir un mundo en que la realidad no pudiera predecirse y sólo pudieran calcularse probabilidades,
y lo expresó en su célebre frase “Dios no juega a los dados con el Universo”. Y sin embargo las
investigaciones hasta ahora siguen manteniendo los postulados de la cuántica y han desmentido a Einstein.
Por cierto Bohr, uno de los grandes artífices de la física cuántica, contestó a Einstein diciéndole: “Señor
Einstein, deje de decirle a Dios lo que debe hacer”.

La física española Sonia Fernández Vidal, experta en cuántica de la Organización Europea para la
Investigación Nuclear (CERN, por sus siglas en inglés), es una científica muy consciente de cómo todos los
cambios aportados por esta nueva ciencia impactan en el pensamiento y en la forma de interpretar el mundo.

“Las partículas fundamentales se comportan de una forma extraordinaria, casi podría decirse mágica.
Pueden atravesar paredes, pueden teletransportarse, pueden estar en varios sitios al mismo tiempo; las cosas
son blancas y negras al mismo tiempo y una partícula cuántica puede tomar el camino de la izquierda y el de
la derecha simultáneamente. Esto choca con nuestro pensamiento lógico y lineal; hay muchas cosas que no
se pueden comprender”, dice Fernández Vidal.

“La física cuántica fragmentó esa estructura de pensamiento de los científicos mecanicistas porque los quitó
de ese altar de conocimiento completamente objetivo y los interrelacionó con el mundo que intentaban
describir. Es decir si al observar un experimento o no observarlo estás modificando el resultado, ¿cómo los
científicos pueden definir lo que es la realidad? Ya no disponemos de esa capacidad que teníamos antes de
decir ’bueno, la ciencia es objetiva plenamente y por tanto puede describir esa realidad’ sino que debemos
enfrentarnos a una realidad donde múltiples posibilidades están existiendo simultáneamente. Y debemos
aprender a trabajar con este universo tan fantástico y a la vez tan chocante con nuestro sistema lógico de
pensamiento”, agrega.

¿Cómo enfrentar esta nueva forma de ver la realidad?

La física española cree que “de momento la ciencia está muy lejos de explicar todos estos fenómenos. Pero
lo que sí es cierto es que así como los científicos de finales del siglo XVIII creían estar explicando la verdad
con la ciencia, una de las cosas que nos ha brindado este cambio de paradigma con la física cuántica es que
al menos estamos conscientes de que no estudiamos la realidad o esa verdad ultima, y eso nos da, en cierto
modo, una lección de humildad”.
Y concluye señalando que “una de las cosas que nos regala este cambio de paradigma, es que el universo ya
no funciona como una maquinaria enorme donde todo está predeterminado y en donde queda la sensación de
que nosotros jugamos un papel insignificante. Ahora nuestra observación y nuestra conciencia juegan un rol
fundamental en esta visión del universo. Creo que eso es bonito y poético”.

Sobre esto mismo, el galardonado físico británico James Hopwood Jeans señala que “el conocimiento se
enfrenta a una realidad no mecánica: el universo empieza a parecerse más a un gran pensamiento que a una
máquina. La mente deja de parecer un intruso accidental en el reino de la materia… deberíamos, en cambio,
honrarla como a creadora y gobernadora del reino de la materia”.

Es esa idea de un mundo interconectado la que inspiró al biólogo Rupert Sheldrake en su teoría de los
campos mórficos, que postula la existencia de un patrón o estructura energético que organiza la vida de los
miembros de todas las especies existentes.

“La materia ya no es el principio explicativo fundamental. Ahora son los campos y la energía. La
propia materia se compone de campos y energía. Y, según la física moderna, en toda la naturaleza están
presentes esos campos invisibles alrededor de los cuales se organizan todas las cosas, incluida la materia”,
dice Sheldrake.
“Algo que me interesa desde hace años son las formas de conciencia más allá del nivel humano. ¿Y si todos
los niveles del universo tuvieran algún tipo de conciencia? ¿Y si los planetas, las estrellas y las galaxias
fueran conscientes? ¿Y si todo el universo estuviese lleno de conciencia, en lugar de ser simplemente
materia inanimada? Para mí, es la perspectiva más interesante de la ciencia. La idea de que el universo es
inanimado e inconsciente es una mera presunción de la teoría mecanicista de la vida y la naturaleza. Y esa
propia teoría no es más que un dogma que era útil en el siglo XVII y ha sido un método de trabajo
productivo para la ciencia durante bastante tiempo. Pero creo que ha llegado el momento de superarlo. La
existencia de otras formas de conciencia de niveles superiores en el universo es una cuestión que la ciencia
todavía no ha empezado a explorar, pero creo que lo hará tarde o temprano”, concluye.
Todos estos nuevos conceptos y teorías pueden derivar en una nueva forma de ver nuestro Universo, y sin
embargo ese nuevo discurso científico no toca todavía el pensamiento de la humanidad. Por eso decimos que
las raíces de nuestro sentido común se encuentran más en el siglo XIX que en el siglo XX.

Conclusión y utopía

A pesar de sus muchos triunfos y logros claramente benéficos, nuestro pensamiento occidental moderno
parece de muchas maneras haberse agotado a sí mismo. Su cosmología se ha empobrecido: su ontología,
epistemología y ética son simplemente insuficientes para resolver la crisis en que nos encontramos. Lo que
necesitamos es un salto de conciencia que puede venir desde la misma ciencia.

Podemos terminar con una pregunta. ¿Cómo hubiera sido una ciencia al servicio de la generosidad?
¿Podemos imaginar un escenario así?

Una ciencia basada en la ternura y envuelta en la generosidad, haría que pensáramos e hiciéramos las
distinciones sobre el mundo desde un espacio natural de cuidar, de acoger, de preservar. Pero una ciencia
que se funda en una lógica que pretende estar desprovista de toda emocionalidad lo que está haciendo es
describir y explicar un mundo ajeno y separado del que sabe, de su natural cuidado y amor por la Madre
Tierra, y la existencia toda.

Si yo conozco mi jardín desde la ternura, mi ser con el jardín es totalmente diferente si mi conocerlo sólo
tiene una intención de beneficio económico, por ejemplo. En un caso soy parte de él, en el otro un mero
usuario de un “recurso” natural.
Otro ejemplo: la cultura piel roja en Estados Unidos tenía una tremenda devoción por los búfalos, y cuando
cazaban un búfalo realizaban una ceremonia en que agradecían a la vida por el búfalo. Cuando pasaban los
primeros trenes que se establecieron en Estados Unidos, desde los trenes los cowboys les disparaban a los
búfalos y los mataban por deporte. Los indios y los cowboys conocían a los búfalos pero desde una emoción
totalmente distinta. Para unos eran benditos, tenían que ver con el espíritu de la vida, para los otros eran
animales al servicio de los humanos.

Si la ciencia mirara el mundo desde un saber y un crear con ternura, estoy seguro de que haríamos cosas
muy distintas.

Capítulo 5: Un Nuevo Discurso en el Aprendizaje

Quien no puede buscar lo imprevisto no ve nada, pues el camino conocido es un impase.


Heráclito

Pocas cosas en la vida son más importantes que aprender. El tiempo empleado en aprender es probablemente
la inversión más valiosa que podemos hacer porque tiene el poder de dar forma a todo lo que decimos y
hacemos, y afecta profundamente la calidad de nuestras vidas.

Nuestra sociedad le presta mucha atención a la educación, sobre todo para niños y jóvenes. Sin embargo rara
vez miramos profundamente al aprendizaje en sí mismo para preguntarnos ¿qué es?, ¿cuáles son sus metas?,
¿qué cambios se podrían realizar?, ¿qué es el aprendizaje en relación al conocimiento? ¿En relación a la
sabiduría?

En nuestra visión, coaching es aprendizaje. Para el coach ontológico cuidar, prestar atención y crear un
contexto para el aprendizaje del cliente, es su responsabilidad más grande. Un coach debe, por lo tanto y por
encima de todo, ser maestro en el dominio del aprendizaje y un voraz estudiante de las consecuencias (luces
y sombras) de los discursos del aprendizaje. Lo mismo se puede decir de managers, líderes, maestros, o
cualquiera que tenga por trabajo llevar a otros a nuevas formas de pensar y nuevas acciones.

Nuestro discurso actual sobre aprendizaje (textos, instituciones, principios, teorías, prácticas) está
naturalmente centrado en su mayoría en la educación formal. Hasta hace relativamente poco se asumió de
una manera general que la mayoría de nuestro aprendizaje se produce entre la edad de 5 y 18 años, en otras
palabras, entre el kínder y el bachillerato, a lo cual se suman algunos años para los que van a la universidad.
Incluso hoy, cuando el aprendizaje de toda la vida comienza a ser reconocido como una necesidad para
mantenernos a flote en una sociedad cuyo cambio cada vez se acelera más, para la mayoría de la gente sus
años de colegio representan de lejos el período más largo e intenso de aprendizaje.

Presunciones Actuales sobre el Aprendizaje


Revisemos brevemente las presunciones subyacentes del aprendizaje actual, con el objetivo de comprender
mejor las fuerzas de su discurso, los quiebres que parece engendrar, lo que puede estar faltando y qué
alternativas podemos considerar.
Por debajo de las muchas ideas y principios que, tácita o explícitamente, caracterizan la tradición occidental
de educación y aprendizaje, hay tres presunciones claves:

1. Aprender es individual, no comunal


Aunque el aprendizaje escolar típicamente ocurre en un ambiente grupal, la información y el conocimiento
son transmitidos básicamente en un modelo individual. Quiere decir que esencialmente lo que se aprende
son materias que pueden ser usadas independientemente por cada estudiante de forma individual, y no
habilidades relacionadas con interacción en grupo (como, por ejemplo, formas de conectarse
emocionalmente). Simultáneamente el objetivo de la mayoría de nuestra educación es impartir el
conocimiento y las habilidades que nos van a permitir conseguir nuestro éxito personal en la vida,
particularmente en el trabajo y la carrera. La consecuencia de un aprendizaje individual es que estimula la
competencia. Un aprendizaje comunal llevaría a pensar más en términos de cooperación.

1. La verdad existe objetivamente


En su mayoría, el conocimiento es enseñado y aprendido dentro de un marco epistemológico tácito en el
cual lo que se aprende se considera correspondiente a la realidad, a “la forma en que las cosas son”, y por
tanto a la verdad objetiva. Consecuentemente, el foco de atención está centrado en qué aprendemos más que
en cómo lo aprendemos.

1. El aprendizaje es fundamentalmente lingüístico y científico-racional


Prácticamente todo nuestro aprendizaje en el colegio es cerebral, es decir lingüístico. Tanto el uso de libros
de texto como el funcionamiento de métodos de enseñanza se centran en trasmitir información y
conocimientos en la forma de ideas, conceptos, teorías, hechos, descripciones, procedimientos y prácticas
que se comunican a través del lenguaje, junto con diagramas y otras ayudas visuales de relevancia
lingüística.

En contraste, piensen en las habilidades kinestésicas requeridas para aprender un instrumento musical, o las
habilidades emocionales necesarias para escuchar con empatía. Ambas requieren tipos de aprendizaje muy
diferentes a las que se enseñan en la educación formal. Además, bien sabemos que el aprendizaje de valores
como el respeto, la admiración, la lealtad, la honradez, la perseverancia y muchas otras, es
fundamentalmente emocional. Más allá de esto, la mayoría de lo que se aprende se asume como estructurado
analíticamente. Como resultado el enfoque primario que se usa en la enseñanza es el científico-racional en el
cual el todo es reducible a sus partes.

Es difícilmente un accidente que estas presunciones en particular gobiernen nuestro modelo actual de
educación y aprendizaje. Están claramente basadas, como era de esperarse, en los tres discursos principales
de la cultura occidental: individualismo, epistemología de sujeto-objeto y racionalismo que hemos estado
examinando en los otros capítulos.

Quiebres

No hay duda de que el modelo de aprendizaje moderno sí funciona, tanto en la teoría como en la práctica,
hasta cierto punto. Cumple un buen trabajo dándoles a los individuos el conocimiento factual básico sobre la
historia y la cultura de la sociedad en la que crecen e imparte suficiente conocimiento conceptual y
habilidades analíticas para que los estudiantes tengan acceso a una educación más alta y/o se embarquen en
una carrera profesional. Desde una perspectiva más amplia, ha sido el motor del progreso de las artes y las
ciencias en Occidente por varios siglos, y es directamente responsable de una gran parte del crecimiento
económico y el avance científico-tecnológico conseguido por nuestra sociedad moderna.

Al mismo tiempo ha producido quiebres tremendos en nuestra sociedad. El más visible es la actitud negativa
que muchos niños y adolescentes demuestran hacia su educación. Para ellos el colegio es aburrido o
directamente una actividad soporífera. Toda la alegría y el interés han sido suprimidos del colegio así que
para muchas personas sus días de colegio son simplemente una pérdida de tiempo. Esta postura con respecto
al aprendizaje seguramente contribuye a comportamientos dañinos como las drogas, el abuso en el alcohol o
la violencia física (a veces mortal), por ejemplo, que han sacudido a nuestros colegios y universidades en las
últimas dos décadas.

Lo que es menos obvio —pero no menos importante— son los varios tipos de quiebres que ya hemos
sugerido que también han sido engendrados por los tres metadiscursos del modernismo occidental. Estos
quiebres incluyen la soledad, la ausencia de significado, la falta de balance y un profundo sentido de
desconexión.
Necesitamos un nuevo discurso en el aprendizaje. En el trabajo que hacemos con tantos individuos y
organizaciones alrededor del mundo hemos encontrado que las personas consideran insatisfactorio e
innecesariamente estrecho el discurso actual y están dispuestos a adoptar un nuevo modelo de aprendizaje
más amplio y profundo. Necesitamos aproximarnos al aprendizaje de una nueva manera que nos permita
resolver algunos de los quiebres que durante mucho tiempo nos han impedido llevar vidas más satisfactorias.

Lo que requerimos es un discurso que incluya de forma genuina el espectro completo de la experiencia
humana, en vez de privilegiar un segmento estrecho de ella. El fenómeno humano, por su riqueza y
profundidad, requiere un rango amplio de enfoques para el aprendizaje que integre muchos otros aspectos,
muchas otras formas: nuestras experiencias estéticas, intuitivas, espirituales o místicas deberían ser una parte
tan fundamental de nuestra educación como nuestra lógica, análisis y experiencia material.
Decimos entonces que el aprendizaje debe dirigirse no sólo a nuestra mente sino también al cuerpo, el alma
y el espíritu. Debe encontrar un balance entre lo lingüístico-conceptual por un lado, y lo emocional y físico
por el otro, para así comenzar a descubrir las coherencias intrínsecas entre estos niveles de experiencia.

Hay una gran cantidad de peso muerto alrededor de nuestra interpretación tradicional de educación y
aprendizaje. De hecho a la escuela tradicional no le interesa prepararnos para la vida, le interesa prepararnos
para ganarnos la vida que es diferente. Hoy día la crisis de la educación en casi todas partes pero en Estados
Unidos en particular, nos dice que ese colegio no nos sirve, está preparando gente para un mundo que se
acabó.

El nivel de inversión de la empresa privada en la educación está siendo más grande que la inversión del
Estado y eso es porque las empresas tienen que reeducar a la gente: lo que traen del colegio no les sirve.
Entonces ¿qué está pasando?, la empresa tiene que reeducar y el colegio tenía la ilusión que te educaba para
ganarte la vida. Algo está fallando allí.

¿Qué materias incluiría yo? Hace tiempo atrás leía a Cicerón, quien mencionaba tres grandes cosas que si no
las teníamos en la vida no podíamos ser felices: una es tener amigos, otra tener libertad y tener paz en la
reflexión. No decía que esto fuera lo único pero que si esto falta, no se puede ser feliz.

En el mundo de hoy la amistad le está dando paso a otra cosa que son los conocidos, las relaciones que son
“útiles para”. En nuestras relaciones de hoy estamos privilegiando al conocido, a la relación puntual que
tiene que ver con los temas laborales pero el amigo, ese fenómeno profundo de la amistad, lo hemos dejado
de cultivar. El amigo no es simplemente útil, llega mucho más allá. Yo diría que este es un fenómeno
fundamental de nuestro tiempo.
El otro es el proceso de reflexión. Pienso que hay muy pocos espacios de reflexión entre nosotros. Estamos
tan orientados a la acción que consideramos la reflexión como una pérdida de tiempo, como si el reflexionar
no fuera parte de un proceso de vida sana y además de creatividad. Yo enseñaría a la gente a tener ocio que
es lo contrario del negocio: la negación del ocio es el negocio. No quiere decir que esté mal estar ocupado,
es muy importante estar ocupado, pero también hay que tener el espacio de la contemplación, del tiempo
libre para mirar las estrellas.

La otra cosa que creo importante es el desarrollo de la gratitud. Los seres humanos debemos mirar el mundo
no como aquello que te debe sino a lo que le debes. Mientras no cambiemos la relación con el mundo,
mientras no lo miremos desde la gratitud, el aprendizaje ciertamente no será completo. ¿Por qué no pensar
qué le puedo yo dar al mundo en vez de estar esperando siempre qué es lo que el mundo me dé a mí?
Mientras no cambiemos la relación emocional con el mundo, no estamos aprendiendo a vivir.

Así es que prepararnos para la vida implica un aprendizaje emocional, un aprendizaje reflexivo y también un
aprendizaje tecnológico. Un nuevo discurso basado en estos objetivos puede restaurar algo de alegría,
gratitud y paz, y así comenzar a elevarnos del predicamento en que nos encontramos entrampados en el siglo
XXI.

Un Nuevo Discurso Sobre el Aprendizaje

Rara vez reconocemos el hecho y mucho menos cuestionamos las ventajas y desventajas inherentes de
nuestro actual enfoque sobre el aprendizaje. Parecemos asumir que el rango variado de formas de que
disponemos en cuanto al aprendizaje y el conocimiento, la forma cómo llegamos a saber lo que ya sabemos
y la cuestión de qué deberíamos saber y aprender son obvias y que no tiene mucho sentido explorar estas
materias más profundamente. Sin embargo, esta falta de voluntad de mirar, de examinar las presunciones
tácitas y explícitas de nuestro enfoque del aprendizaje, y de considerar posibles alternativas tiene un gran
costo para nosotros.

No podemos esperar resolver la multitud de quiebres que ahora estamos enfrentando a menos que estemos
dispuestos a dar un paso atrás y revisar ciertos temas fundamentales. La gran debilidad de nuestra visión
actual del aprendizaje es su relativa superficialidad y estrechez.

Como bien señala el británico Ken Robinson, uno de los mayores expertos mundiales en educación, “el
actual sistema educativo fue estructurado y diseñado para una época diferente. Fue concebido en la época de
la Ilustración y en las circunstancias económicas de la Revolución Industrial. Antes del siglo XIX no había
educación pública ¿Cómo fue diseñada la escuela? A través de un modelo intelectual de la mente que
esencialmente es la visión que la Ilustración tenía de la inteligencia. La verdadera inteligencia consistía, en
esa visión, en nuestras capacidades de razonamiento deductivo, y el conocimiento de los clásicos y sus
nombres. Eso es lo que vinimos a definir como habilidad académica. Y lo que está en lo profundo de los
genes de la educación pública es que hay gente académica y gente no académica, gente inteligente y gente
no inteligente, y eso lleva a muchas personas brillantes a pensar que no son inteligentes porque han sido
juzgados por esta particular visión de la educación”.

Como seres humanos, con seguridad necesitamos un enfoque del aprendizaje mucho más amplio y profundo.
Lo que falta es un discurso capaz de contener la plenitud, variedad, profundidad y unidad de la experiencia
humana; de investigar nuestros modos de aprender; y de aspirar a engendrar sabiduría, bienestar, y
capacidad de vivir en armonía con otros.

Para elaborar tal discurso, necesitamos basar nuestras reflexiones desde la perspectiva de las tres disciplinas
filosóficas básicas: ontología, epistemología y ética. No solamente estas tres perspectivas están
interconectadas sino que, finalmente, son diferentes maneras de ver la unidad fenomenológica del
aprendizaje como un aspecto fundamental de la condición humana.

¿Qué es Aprendizaje?

Antes de ir más lejos, necesitamos definir brevemente el aprendizaje. Hay, por supuesto, varias formas de
hacerlo.

1. a) Desde la perspectiva de nuestro comportamiento, basándonos en criterios externos e individuales


de la acción, aprender es comprometerse en prácticas que nos permitirán hacer algo o realizar acciones
que antes no podíamos.
2. b) Desde una perspectiva social, basándonos en criterios colectivos y externos de la acción, aprender es
practicar algo que nos va a permitir interactuar con otros de una manera que antes no podíamos.
3. c) Desde un punto de vista personal, —nuestras interpretaciones, emociones, alma y espíritu,
basándonos en criterios individuales e internos de lo que queremos ser— aprender es alterar el
observador que hemos sido. Es la creación de una nueva relación con el mundo o una nueva forma de ser
parte de él. También es dominar prácticas espirituales y explorar nuevos dominios de la reflexión.
4. d) Desde un punto de vista cultural, basándonos en criterios colectivos e internos, aprender es
desarrollar una nueva visión del mundo común, una nueva y compartida serie de interpretaciones.
Construyendo un nuevo discurso para el aprendizaje, deberíamos tomar en cuenta no sólo la educación
formal sino todas las formas en que sabemos y aprendemos, muchas de las cuales no necesariamente nos son
enseñadas explícitamente o adquirimos de forma consciente. Claramente sólo un porcentaje relativamente
pequeño de nuestra capacidad de comportarnos, desempeñarnos y actuar es adquirido dentro de los confines
de nuestro aprendizaje convencional.

Nuestra meta es concebir un aprendizaje que vaya más allá de lo meramente utilitario que consiste en
empaparse de conocimiento con el único objetivo de acciones efectivas. Es a través de nuestras acciones en
una amplia variedad de entornos sociales que construimos nuestros proyectos de vida. Por tanto, nuestra
definición de aprendizaje pretende subrayar que no sólo aprendemos para cuidarnos a nosotros mismos, sino
también para cuidar a otros y al mundo en que vivimos.

Perspectiva Ontológica: Dominios del Saber y el Aprender

Adoptar una perspectiva ontológica es buscar las formas del conocimiento y el aprendizaje humano que son
constitutivas del tipo de seres que somos. En nuestra era de educación en masa la mayor parte del
aprendizaje, tanto formal, en la escuela, como informal, con nuestra familia, amigos y conocidos, sucede
durante la niñez y adultez temprana. Dedicamos largos años de preparación en la juventud esperando
adquirir el conocimiento y las habilidades necesarias para producir un éxito consistente en nuestras vidas.
Hasta aquí no vemos un problema. Sin embargo, esta visión del aprendizaje ignora dimensiones completas
de nuestro ser, lo que nos deja lejos de una preparación adecuada para el futuro que nos espera.

No somos simplemente seres humanos sino también seres lingüísticos que vivimos en el lenguaje y lo
usamos para comunicarnos y coordinar con otros. No somos meramente individuos sino también seres
sociales pertenecientes a una amplia variedad de grupos y comunidades sociales, intentando encontrar
propósito y satisfacción en servir, vivir armoniosamente, y conectarnos con otros a través del amor.
No somos solamente criaturas dotadas de razón, también somos seres emocionales que vivimos nuestras
vidas con una amplia gama de emociones y estados de ánimos. Y somos seres físicos cuyos cuerpos son
profundamente coherentes con nuestras otras dimensiones del ser. Incluso, más allá de esto somos seres
espirituales atraídos hacia la trascendencia, buscando estar conectados y encontrar sentido en algo más
grande que nosotros para experimentar a través de la estética, de la intuición y de la práctica espiritual un
nuevo sentido de unidad y totalidad con otros, con la Tierra, e incluso con el Cosmos.

Nuestro discurso modernista sobre el aprendizaje es inadecuado para enfrentarnos a estas dimensiones del
ser humano, dejándonos en la oscuridad en cuanto a cómo movernos de forma efectiva en los contextos
lingüísticos, sociales, emocionales, físicos y transcendentes que encontramos en nuestra vida cotidiana. Un
discurso que pretenda ser ontológico debe tomar en cuenta todas las dimensiones del ser.

Perspectiva Epistemológica: Cómo Llegamos a Saber lo que sabemos

En el corazón de cualquier discurso sobre aprendizaje se presenta una tarea epistemológica central: discernir
cómo llegamos a saber lo que sabemos. En nuestro modelo actual, sin embargo, esta tarea básicamente es
ignorada, lo cual tiene dos razones aparentes: primero, porque la explicación racionalista del conocimiento
ya está asumida, y segundo, por la aparente simplicidad de la tarea de aprendizaje en sí. Aparentemente el
éxito en el aprendizaje actual yace esencialmente en la memorización de los conceptos requeridos y el
conocimiento factual (basado en el lenguaje) junto con la adquisición de cierta cantidad de habilidad en el
análisis. Nuestra aproximación al aprendizaje, como veremos, requiere que reformulemos completamente lo
que significa aprender y adquirir conocimientos.

Saber Versus Observar


El filósofo Immanuel Kant en esencia mostró que no podemos saber las cosas directamente. Lo único que
podemos saber es cómo observamos esas cosas. Antes de considerar las implicaciones de esta afirmación en
detalle, dejemos claro lo que quiere decir con un par de ejemplos.

Consideremos la cata de vino. Probablemente todos hemos visto algo como esto: el catador toma una copa y
sirve un poco de vino en ella, luego lo huele, toma un sorbo, y dice ‘1992.’ Luego uno mira el vaso y no
puede imaginarse de donde salió este número. Pero no es sólo eso, el catador toma un segundo sorbo y dice
“Chardonnay del condado de Mendocino”. Para ese momento piensas que el catador está jugándote una
broma. ¿De dónde saca ésta información? Así que haces una prueba. Tomas un sorbo y todo lo que puedes
definir es si es blanco o tinto.

Desde una perspectiva fisiológica —papilas gustativas, sistema neuronal— tú y el catador probablemente
funcionen de manera muy similar. La diferencia está en que el catador puede hacer distinciones que tú no
puedes. Si aprendieras estas distinciones, entonces también podrías hacer las mismas observaciones.

Tomemos otro ejemplo. Al observar el cielo en una noche estrellada, ¿qué ves? Probablemente un montón
de puntos de luz, tal vez también la luna. Pero supongamos que estuvieses acompañado de un astrónomo.
Ahora todo cambia. El astrónomo te ayuda a diferenciar las estrellas de los planetas. Ahora ves lo brillante
que es Venus, y lo rojo que se ve Marte, además de darte cuenta del recorrido de los planetas sobre la
eclíptica. Y él o ella también te mostrará ciertas constelaciones de estrellas, así que ahora puedes ver el
cinturón de Orión, la Osa Mayor, y demás.
Estos son dos ejemplos simples y cotidianos de cognición, y sin embargo nos muestran una profunda verdad
sobre cómo vemos el mundo. El hecho es que diferentes observadores, operando con distinciones diferentes,
hacen diferentes observaciones. Nótese que no estamos diciendo que una observación es verdadera y otra es
falsa. En cada caso, cada observador ve lo que él o ella ve, y lo que para él o ella es real es su ‘realidad.’ Un
observador puede ser capaz de hacer distinciones más refinadas o sofisticadas que otro de acuerdo con
ciertos niveles de calidad, llevando al observador a acciones más o menos efectivas, pero esto no hace que
uno esté en lo correcto y el otro equivocado.

Podemos reconocer esto muy claramente si pensamos en un astrólogo mirando exactamente el mismo cielo
que el astrónomo. El astrólogo verá agrupaciones diferentes, notará tal vez que cierto planeta corresponde a
cierta casa astrológica, y demás. El astrónomo y el astrólogo simplemente están motivados por propósitos
distintos, operan con distinciones diferentes y se basan en sistemas de pensamiento diferentes, y como
resultado, ven mundos diferentes.

De lo que hemos estado diciendo, se desprenden dos conclusiones:

Primero, podemos ahora ver que las distinciones con las que operamos —las cuales en parte constituyen el
observador que somos— son generativas, es decir que ayudan a generar la realidad que comprendemos, y
por tanto constituyen lo que para nosotros es conocimiento. En otras palabras, lo que conocemos depende de
qué distinciones podamos hacer, y éstas, a su vez, constituyen el tipo de observador que somos.

Todos somos observadores en este mundo y como tales actuamos y nos conducimos. Como consecuencia
del actuar se producen ciertos resultados. Ahora bien, cuando este observador actúa nosotros, ya sea como
individuos o como organizaciones, decimos: “Estoy contento con los resultados” o “No estoy contento con
los resultados”. Y si no estamos contentos con los resultados revisamos la acción. Es lo que hacemos
normalmente.

Decimos: “Hagámoslo de esta otra manera; hagamos más de esto o hagamos menos de aquello”. Muy
raramente se nos ocurre cuestionar al observador que somos, a nuestra visión del mundo, nuestro nivel de
consciencia. Ahora bien, si pones atención sólo en la acción, lo que sucederá es que tienes un rango de
acciones disponibles para ti dado el observador que eres. No importa qué es lo que intentes, para ti esas son
las acciones que te son identificables, posibles. Puedes corregirlas, modificarlas, mejorarlas, pero siguen
siendo esas acciones. No obstante, si cambias tu punto de vista, cambia el observador que eres, aparecen
nuevas acciones disponibles para ti, acciones que eran impensables antes de que cambiases al observador
que eres.

En segundo lugar, la cultura representa una fuente significativa de distinciones automáticas, que son tan
transparentes para nosotros que pocas veces estamos conscientes de estarlas usando. Como sabe cualquiera
que haya aprendido una lengua extranjera, cada lengua divide la realidad de una forma diferente. El inglés,
por ejemplo, es particularmente rico en palabras que connotan cierto tipo de movimiento, como slip, slide,
skid, skate, slither y glide, mientras que un hablante francés debe usar glisser. Es razonable suponer que el
primero percibe las sutiles diferencias entre los tipos de movimiento, mientras que el segundo no está
consciente de ellas.
Los esquimales, por ejemplo, distinguen una treintena de tonalidades distintas del color blanco y muchos
tipos distintos de nieve y de hielo, lo cual les sirve para evitar caer en una grieta, saber dónde deben romper
el hielo para sacar un pez o para distinguir un oso polar. De esa distinción depende su supervivencia en
regiones que están todo el año en temperaturas bajo cero, al igual que para un automovilista es preciso
distinguir el verde y el rojo en un semáforo.

Ese es el valor de las distinciones. En la medida en que tenemos más distinciones, somos parte de una
realidad más rica.
De forma similar, las culturas nos llenan de una serie de distinciones automáticas que van moldeando
imperceptiblemente la forma en que percibimos lo que sabemos sobre el mundo en que vivimos. La cultura
puede ser vista como un observador colectivo ya incluido en nosotros. Nacemos en una comunidad que
opera dentro de una serie de distinciones que son invisibles para nosotros como miembros de la misma.

Solamente obtenemos la experiencia de otro observador cuando nos encontramos con alguien que opera en
base a distinciones completamente distintas a las nuestras. Si por ejemplo nos hemos entrenado en la
medicina occidental y tenemos la oportunidad de hablar con alguien que ha sido entrenado en la tradición
médica china, reconoceremos rápidamente que él o ella no escucha al cuerpo de la misma forma que
nosotros porque está operando con una serie de distinciones distintas y por tanto es un tipo de observador
diferente, que interviene de una forma muy diferente.

En general una cultura nos provee con varias distinciones a través de diferentes vías, como textos de
importancia histórica y social, libros de enseñanza, costumbres, prácticas, leyes, creencias y una multitud de
tradiciones sociales e históricas o, para usar un término más teórico, discursos. Juntas, estas distinciones
determinadas culturalmente dan forma a nuestros pensamientos, comportamientos y acciones, y por tanto al
observador que somos.

Es importante que quede claro que el observador automático que una cultura construye para nosotros no es
cuestión de distinciones lingüísticas, por muy importantes que éstas sean. También incluye emociones y
estados de ánimo. Naturalmente tendemos a pensar en éstos como parte intrínseca de nuestra más profunda
personalidad individual pero el hecho es que diferentes culturas generan diferentes estados de ánimo que a
su vez crean diferentes tipos de emociones.

Un ejemplo muy claro de esto fue la Alemania Nazi en 1933. El uso de ciertos símbolos, colores o
arquetipos en sus grandes concentraciones estaban diseñados a la perfección para manipular el
subconsciente colectivo poniendo a las personas en un estado de ánimo de dominio y superioridad racial.
Este estado de ánimo, en el cual un gran porcentaje de la población se encontró sumido, permitió la
emergencia de ciertas emociones como miedo, odio y violencia.

Podríamos también comparar la era de George W. Bush con la era de Bill Clinton en Estados Unidos o la
emoción de un mismo país en democracia o en dictadura, y encontrar actitudes muy diferentes. Incluso se
puede decir que ciudades engendran cierto tipo de actitud: consideremos, por ejemplo, las diferencias entre
San Francisco a mediados de los 60—nacimiento del Verano del Amor—y Nueva York en la actualidad,
atrapada en un desespero por hacer dinero. O Caracas, cercana al mar, en comparación con La Paz, a casi
4.000 metros de altura.

Sin embargo, éste fenómeno, que puede ser descrito en términos de campos emocionales generados social e
históricamente, es un fenómeno ante el cual la gran mayoría de personas permanecen ciegas. Los psiquiatras
y psicoterapeutas, por ejemplo, parecen no tener conciencia en absoluto de esta dimensión de los estados de
ánimo y las emociones, tratándolos como si pertenecieran a un individuo específico. Por supuesto que a
cierto nivel sí experimentamos estos sentimientos individualmente pero si agrandamos el contexto
comenzamos a ver que nuestro estado de ánimo —y por tanto el aspecto emocional del observador que
somos— está conectado con algo más grande que nuestro estado emocional en un momento dado.

De forma similar el observador social-cultural que somos también está construido en y a través de nuestros
cuerpos. Sostenemos nuestros cuerpos —incluyendo la postura y la respiración— de una forma muy
diferente en una cultura u otra. Si observamos a personas del Caribe notamos cómo suelen mover sus manos
de una manera muy particular, mientras que los habitantes de las Islas Vírgenes caminan y mueven su
cabeza y su cuerpo de una forma totalmente distinta a como lo haría alguien de Canadá, por ejemplo.
Hagamos una pequeña recapitulación de lo que estamos diciendo hasta acá.

Nuestro principal postulado es que lo que observamos está en gran parte determinado por el observador
que somos. El observador que somos está construido en gran parte automáticamente, sin conciencia de
nuestra parte, a un nivel más colectivo que individual, a pesar de que vive de forma completa en cada
individuo. Está construido a través de las distinciones que heredamos de nuestro lenguaje y nuestros
discursos culturales, y también a través de campos emocionales y patrones de movimiento corporal.
Este observador automático, construido por una mixtura particular de la sociedad, historia y cultura en que
estamos inmersos, juega un papel dominante en la forma en que conocemos la realidad, y por tanto en el
desarrollo de nuestros pensamientos, creencias, juicios, comportamiento, decisiones y acciones. En síntesis,
forma el contexto subconsciente de gran parte de nuestras vidas como individuos, y por tanto es una fuente
de significado para nosotros. Y sin embargo nuestra adherencia al discurso del sentido común científico nos
hace ciegos ante este hecho y seguimos asumiendo que la realidad se puede reconocer y obtener de ella
significado independientemente de cualquier inclinación cognitiva, emocional o física que tengamos
individualmente. En otras palabras, continuamos pensando ‘así son las cosas,’ en vez de pensar ‘esta es la
forma en que el mundo se me revela’. Imaginamos una sola verdad, nuestra verdad.

Esto no tiene una importancia meramente filosófica. Basándonos en nuestra definición de aprendizaje, solo
convirtiéndonos en un observador nuevo pueden aparecer ante nosotros nuevas oportunidades de acción.
Creamos nuestro futuro a través de las acciones que se hacen posibles por el observador que somos, que a su
vez está constituido por las distinciones y discursos en que estamos inmersos. Parte de la posibilidad de
transformación, por tanto, yace en ser observadores astutos y sabios del observador que somos, y reconocer
la ceguera intrínseca que produce ser cierto tipo de observador. El psicoanalista inglés R.D. Laing
elegantemente hace un comentario parecido en uno de sus poemas:

El rango de lo que pensamos y hacemos

está limitado por lo que no notamos.

Y porque no notamos

lo que no notamos,

hay poco que podamos hacer

para cambiar

hasta que notemos

cómo el no notarlo

da forma a nuestros pensamientos y acciones.

Perspectiva Ética: Lo que Necesitamos Aprender


No es una sorpresa que nuestro enfoque sea de nuevo bastante diferente al de la ética tradicional, que se ha
enfocado mayormente en determinar códigos morales de conducta para el individuo.

Consideraremos que la ética principalmente se ocupará de la cuestión de cómo podemos llevar como seres
humanos vidas ricas, efectivas y satisfactorias conviviendo armoniosamente con otros seres humanos y con
la Tierra misma. En el contexto del discurso sobre el aprendizaje, nuestra investigación entonces debe estar
enfocada a aquellas áreas y formas de conocimiento que son relevantes para este objetivo, y lo que
necesitamos aprender para progresar hacia alcanzarlo.

Como veremos, este enfoque a la dimensión ética de aprender trae consigo grandes cambios tanto en la lista
común de áreas del aprendizaje como en la visión convencional de cómo ocurre el aprendizaje. Una vez más
el discurso racionalista resulta inadecuado para la tarea de sustentar un discurso del aprendizaje que sea
completamente apropiado para el tipo de seres que en realidad somos.

Consideremos ahora cinco dimensiones básicas de nuestro ser —lenguaje, sociedad y cultura, emociones,
cuerpo y espíritu— desde una perspectiva ontológica, epistemológica y ética. Por cada dimensión nos
preguntaremos cuáles son las áreas constitutivas del conocimiento y el aprendizaje, cómo llegamos a saber
lo que sabemos, y qué deberíamos saber y aprender.

Lenguaje
Si hay una dimensión de nuestro ser que el discurso actual parece reconocer es la lingüística. Pasamos la
mayoría de nuestra niñez e incluso nuestra adultez aprendiendo a leer y escribir para adquirir conocimientos
y habilidades basados en lo lingüístico. Típicamente nuestro aprendizaje se balancea entre conceptos
abstractos e información meramente factual, junto con algún razonamiento y habilidades de conversación
muy básicos.

Todo esto, por supuesto, es necesario para desarrollarnos en el mundo. Pero concentrarnos en este único
enfoque del aprendizaje deja fuera dos áreas constitutivas de nuestra habilidad lingüística muy importantes:
la habilidad de hacer distinciones para comprender el mundo, y la habilidad de coordinar acciones a través
de actos hablados.

El discurso del racionalismo insiste en que el mundo existe objetivamente y puede ser comprendido de
manera independiente por seres dotados de forma innata con los conceptos y habilidades analíticas de la
razón universal. El lenguaje, por lo tanto, juega el rol de ‘vestir nuestro pensamiento’ (para usar la
terminología de la Ilustración), dando nombres a las cosas que nuestra mente ya ha distinguido.

Como ya hemos visto en nuestra definición del observador, estamos adoptando una visión muy diferente del
rol del lenguaje. Dentro de la ontología de la mente que estamos aceptando aquí, nuestros hábitos
lingüísticos compartidos socialmente son justamente los que permiten que el mundo se nos revele. El
lenguaje juega un papel vital permitiéndonos diferenciar fenómenos de nuestra experiencia de acuerdo con
las distinciones que el mundo codifica y pone a disposición de nosotros.

El reconocimiento del origen social de muchas de nuestras distinciones cognitivas (o, en términos
tradicionales, ‘conceptos’), claramente tiene implicaciones éticas importantes para nuestro discurso del
aprendizaje. Primero, apunta hacia la necesidad de enfrentar el problema de nuestra ceguera cognitiva. Las
distinciones se nos revelan, pero también se ocultan. Las distinciones del doctor occidental no le permiten
ver lo que el doctor chino ve, y viceversa.

Si vamos a expandir nuestro aprendizaje por el bien del desarrollo y la transformación personal y social,
necesitamos, como dijimos antes, transformarnos en observadores capacitados del observador que somos.
Sólo cuando reconozcamos verdadera y acertadamente el lugar desde el que estamos observando podemos
comenzar a observar desde otro lugar. Nuestro discurso racionalista del aprendizaje ha ignorado casi del
todo esta habilidad de reconocer y cambiar nuestro observador, ya que, en efecto, postula un solo observador
universal que llama ‘la verdad.’

Segundo, sustenta una regla ética clave, el respeto y la aceptación del otro como un otro legítimo. Para
decirlo de otra forma, debemos aprender a respetar otros observadores que ven el mundo de una manera
diferente. Al contrario de lo que dicta el racionalismo, ningún individuo, sin importar cuán inteligente o
hábil sea al razonar, puede afirmar tener conocimiento de la verdad universal y el poder que
tradicionalmente se le asocia. Si queremos vivir juntos en paz, debemos aprender a mostrar la debida
consideración para los valores y formas de vida y conocimiento de otras personas que son diferentes a
nosotros, y trabajar sobre soluciones mutuamente aceptables cuando surja el conflicto.

Nuestro enfoque común actual del lenguaje es que comunicamos, al hablar y escribir, con el objetivo
principal de compartir información. Lo que falta de esta visión es el hecho de que el lenguaje nos permite,
como dice el filósofo J.L. Austin, “hacer cosas con palabras”. El habla es acción e interacción (como la
escritura). Dicho de otro modo, el lenguaje no cumple solamente una función descriptiva de la realidad
existente sino que es capaz de generar realidades. Un ejemplo de ello es la palabra ‘loser’ (perdedor) en
inglés, que ha creado toda una categoría de seres humanos que son juzgados por otros como fracasados.

Como nos ha mostrado el filósofo John Searle, construyendo sobre el trabajo de Austin, comunicar es entrar
en un compromiso implícito con el escucha o lector que puede ser caracterizado en una serie de actos
hablados. Incluso comunicar información constituye un acto de afirmar que trae consigo su propio
compromiso de dar evidencia, si es necesario.

Claramente nuestra visión actual del lenguaje es bastante pobre e inadecuada al intentar representar de forma
completa lo que sabemos y aprendemos como seres lingüísticos. Es razonable asumir que, como muchas de
nuestras habilidades lingüísticas básicas, nuestra habilidad de crear actos hablados es innata, y por tanto es
una característica humana universal no aprendida. Lo que puede ser aprendido es la habilidad de usar actos
hablados para coordinar acción con otros. Si queremos hacer esto más efectivamente, entonces necesitamos
transformarnos en observadores experimentados del dominio completo de los actos hablados. Debemos
aprender a diferenciar entre el tipo de compromiso que son las peticiones y promesas, las afirmaciones y
declaraciones, y volvernos hábiles al fijar y negociar condiciones de satisfacción.

El racionalismo ve al lenguaje como mayormente transparente en relación a la realidad. Por un lado, si las
palabras representan objetos y conceptos que existen y son comprensibles independientemente del lenguaje,
entonces el lenguaje en sí no es de gran importancia intrínseca. Por otro lado, si el lenguaje en sí es
generativo, si es a través de las palabras que usamos que el mundo se nos revela, entonces necesitamos
cambiar nuestra atención a la forma en que nuestro mundo es engendrado. En otras palabras, necesitamos
reflejar cómo el uso recurrente de distinciones que son inherentes a nuestro lenguaje es constitutivo del
observador que somos.

Por razones similares, si la coordinación efectiva de una acción depende en parte del uso hábil de actos
hablados (una conexión ante la cual la comprensión tradicional del lenguaje ha sido ciega), entonces de
nuevo necesitamos hacer del lenguaje mismo un objeto de estudio, exploración y aprendizaje.

Sociedad y Cultura
Somos de manera inherente seres sociales. Vivimos, aprendemos y trabajamos en grupos. Y sin embargo (tal
es la fuerza del discurso individualista) continuamente nos olvidamos de la dimensión social de nuestro ser.
Creemos confiadamente, por ejemplo, que los pensamientos, creencias opiniones y valores que tenemos,
junto con las acciones que de ellos emergen, son completamente nuestros. No reconocemos cuánto de lo que
pensamos, decimos y hacemos es nuestra cultura e historia hablando y actuando a través de nosotros. En
otras palabras, ignoramos el contexto que de una manera invisible configura un marco completo de
presunciones y convenciones tácitas para nuestros pensamientos, puntos de vista y acciones.

Por ejemplo, podemos declarar nuestra creencia firme en la idea de que el problema actual de violencia letal
en colegios es causado por una falta de leyes estrictas de control de armas. Lo que no vemos es que nuestra
propia tendencia a pensar en estos términos está probablemente basada en la predisposición de nuestra
cultura a buscar causas físicas y técnicas para enfrentar las enfermedades sociales. No se nos ocurre que lo
que tomamos como nuestra opinión personal ha sido formado por nuestra inmersión en el positivismo de
nuestro sentido común científico, que nos inclina automáticamente a pensar de esta forma. Menos aún
vemos cómo la fuerza invisible pero penetrante de este discurso nos ciega ante la posibilidad de que otros
factores menos tangibles pueden estar trabajando aquí.

No se nos ocurre, por ejemplo, considerar la idea de que, como lo dice el investigador John Naisbitt,
intoxicados por la tecnología, terminamos aceptando la violencia como algo normal; o que los tiroteos
escolares que han afectado a varias escuelas pueden ser una manifestación de una mayor sensibilidad de la
juventud hacia la falta de significado endémico en una cultura que está destruyendo o impidiendo
sistemáticamente conexiones significativas entre individuos.

Parte de un nuevo discurso del aprendizaje, por lo tanto, tiene que trabajar hacia el reconocimiento de cómo
los discursos sociales, culturales e históricos dan forma a nuestros pensamientos, acciones y formas de
conocimiento.

Debemos comprender que todas las culturas proporcionan una narrativa que es preexistente a nosotros, que
ya estaba allí cuando nacimos y en la que de alguna manera nos vemos inmersos. De manera que la forma en
que nos explicamos las cosas está coloreada o afectada por nuestra cultura.

Si escuchas a alguien de América Latina, de Africa o de Asia hablando del mundo, la forma en que él o ella
ve las cosas, será muy diferente de la forma en que los norteamericanos lo hacen, porque la única forma en
que hacemos sentido del mundo es mediante narrativas, y las narrativas provienen de la cultura. Cuando
trabajo en empresas o con grupos en Estados Unidos es evidente para mí que ellos tienen muchas narrativas
diferentes provenientes de los diversos contextos de los que proviene cada cual, mas esto no es por lo
general considerado por ellos como un plus. Más bien se le ve como un costo. Se preguntan ¿cómo
podremos alguna vez lograr algo cuando trabajamos con personas que piensan y ven las cosas de manera tan
diferente a como las vemos nosotros?

También necesitamos aprender a tomarnos seriamente nuestros deseos más profundos de encontrar
significado y conexión en nuestra comunidad. Uno de los resultados claros del individualismo que
caracteriza los hábitos típicos de aprendizaje que encontramos en la mayoría de nuestros colegios y
universidades, es que hemos olvidado el enorme poder educativo que tiene la comunidad. La comunidad en
sí misma es un campo emocional con enormes posibilidades de aprendizaje.

Como miembros de una comunidad, podemos aprender las emociones —sumamente importantes— de
pertenencia, un sentido de solidaridad y lealtad, gratitud, respeto mutuo y confianza, y el sentido de
significado que de éstos surge. En una comunidad todos podemos aprender a un nivel emocional lo que
podríamos llamar ‘la insuficiencia sana de mí mismo.’ Porque, en una comunidad, nos damos cuenta de que
una tarea, cualquiera que sea, no puede llevarse a cabo sin la ayuda de otros.

Emociones
Enraizado en el racionalismo de Platón y Descartes, nuestro discurso actual sobre el aprendizaje ha tendido
naturalmente a ignorar la dimensión emocional de nuestro ser y de nuestro saber. Para un racionalista
mantener una actividad cognitiva completamente libre de emociones es un ideal al cual todos deberíamos
aspirar. Desde nuestro punto de vista, esta es una idea profundamente equivocada. La emoción se puede
definir como una predisposición física y lingüística para la acción.

Además, no sólo el cuerpo está permanentemente inclinado hacia la acción, sino que también, como vimos
antes, el lenguaje en sí es una forma de acción. Por tanto, siempre nos encontramos en medio de alguna
emoción o estado de ánimo, incluso cuando hablamos o pensamos. Hemos prestado tanta atención a nuestra
área conceptual que nos hemos olvidado de que cada concepto, cada parte del conocimiento y cada
comprensión conceptual también viven en un estado de ánimo particular, y si cambiamos el estado de ánimo
en que sostenemos lo que sabemos, también estamos cambiando lo que sabemos.

El discurso del individualismo también ha jugado un rol muy limitante para nuestra comprensión del
aprendizaje emocional. En general, hemos tendido a considerar la vida emocional desde el punto de vista
individual y sicológico, y no social. Lo que hace falta aquí es reconocer que muchos estados de ánimo y
emociones, como mencionamos antes, se generan dentro de un contexto grupal. En algunos casos, este
grupo es la familia. Por ejemplo, los niños de familias ricas que han heredado o esperan heredar grandes
sumas de dinero muchas veces sufren de una falta de confianza en sí mismos y de autoestima que pueden ser
atribuidas en parte a su situación: vivir en una familia donde los esfuerzos de una generación previa
generaron la riqueza produce una tremenda desconfianza en su propia capacidad de construir cualquier cosa
porque todo les fue entregado ya hecho, ya trabajado.

En conexión con la dimensión social del aprendizaje emocional, es interesante reflexionar sobre la noción de
la enseñanza del carácter. Tradicionalmente, éste estaba interpretado como la construcción de un ser
emocional basado en valores sociales previamente inculcados como lealtad, honestidad, solidaridad, gratitud
y demás. Hoy, en nuestra era post-freudiana que tiene un enfoque persistente en la psique individual,
raramente hablamos de carácter. En vez de eso, hablamos de personalidad, un término que prácticamente no
tiene connotaciones sociales o morales.
Pero creemos en las ventajas de una atención renovada al carácter en la educación no sólo por los beneficios
obvios desde una perspectiva moral sino también porque las bases emocionales que implica la construcción
de carácter forman un contexto excelente para el aprendizaje en general. Nos orientan hacia la comunidad, y
nos proveen con un sentido de propósito. Creemos que es precisamente la falta de orientación de este tipo
que despoja de su significado al aprendizaje en la escuela para tanta gente joven hoy en día.

Como demuestran los ejemplos que hemos discutido, no aprendemos emociones de la misma forma en que
aprendemos conceptos y habilidades como individuos. Hace poca diferencia, por ejemplo, si hay dos
personas o veinte en una clase de matemáticas; así como el carácter social de los participantes es de poca
importancia. Cada persona en el grupo, si se aplica, puede adquirir el conocimiento apropiado. Pero en el
caso de los estados de ánimo y las emociones, nuestro aprendizaje depende de forma crucial en la naturaleza
misma (y en algunos casos del tamaño) del grupo en que nos encontramos. Necesitamos estar expuestos a la
emoción que se crea dentro del grupo mismo. Claramente éste no es el caso en el aprendizaje basado en
conceptos o habilidades donde el contexto grupal es, de lejos, menos relevante. Y más allá de eso, la
recurrencia —estar inmersos en lugares y contextos sociales-históricos, y por tanto expuestos a los
discursos, formas de ser, prácticas, narrativas históricas, convenciones culturales, etc., que los constituyen—
es esencial. El aprendizaje emocional requiere de mucho tiempo.

Evidentemente el aprendizaje emocional no puede incluirse fácilmente en nuestro modelo educativo actual.
Necesitamos un cambio epistemológico incluso para implementar una aproximación a este componente
básico del aprendizaje. La fuerza del discurso individualista nos ha impedido explorar campos emocionales.
Mi propia experiencia me ha demostrado una y otra vez cómo es creado ese campo emocional cuando gente
dispuesta a aprender se reúne y celebra ciertos rituales. Tales rituales, cuyos orígenes se remontan a
ceremonias de iniciación bastante primitivas, incluyen, por ejemplo, crear un espacio separado y excluir a
quienes no están comprometidos con el proceso de aprendizaje.
Desde el punto de vista de la evolución, por ejemplo, la emoción precede al lenguaje, y está, por tanto, más
profundamente enraizada en nuestra humanidad. Además, el significado reside en el espacio emocional.
Podemos consumir grandes cantidades de conocimientos e información pero éstos no pueden generar el
sentido de significado que surge espontáneamente en nosotros como padres cuando nuestro hijo corre hacia
nosotros y nos da un gran abrazo. En ese momento, experimentamos un sentido de significado y conexión
que simplemente no puede ser reproducido de ninguna otra manera.

Uno de los retos más profundos que enfrentamos en nuestra cultura hoy en día es cómo lidiar con el vacío y
falta de significado que surge del aprendizaje conceptual y factual emprendido sin ningún sentido de
propósito o conexión. Por eso si nuestro objetivo es tener vidas en paz y satisfactorias necesitaremos dar una
atención renovada al campo completo del aprendizaje emocional.

El trabajo pionero del psicólogo estadounidense Daniel Goleman (quien introdujo el concepto de
inteligencia emocional) y de otros nos ha ayudado a comenzar a reconocer la importancia de esta área
abandonada desde hace tanto tiempo, y necesitaremos ir mucho más allá de lo que él ha propuesto antes de
decir que tenemos una comprensión adecuada de este aspecto tan profundamente importante de nuestro ser.

Muchos de los mayores quiebres de nuestra sociedad moderna pueden ser enfrentados, desde nuestro punto
de vista, sólo cuando comencemos a tomar las emociones y los estados emocionales seriamente como un
dominio central del aprendizaje. Sabemos poco sobre cómo distinguir entre estados emocionales y
emociones, de cómo reconocer los discursos sociales que los influencian, y de cómo entender e incluso
diseñar campos emocionales. En la ausencia de tales conocimientos, continuamos con toda probabilidad
nuestro camino de creciente desconexión y falta de significado entre la gran mayoría de la población,
quedando así alienados de una parte muy importante de lo que significa ser humano en su totalidad.

Es fácil contactarnos con el hecho de que el mundo nos parece muy diferente cuando estamos en campos
emocionales diferentes. El mundo es distinto si estamos deprimidos o si nos sentimos bien. Es un mundo
enteramente diferente y es un territorio que tendemos a evitar.

No sabemos ni cómo comenzar a hablar de ello. Por ejemplo en el medio empresarial, lo más sofisticado que
se dice con respecto a las emociones es que “la moral en el trabajo está baja o que está alta”. No es de
extrañar entonces la inmensa dificultad con que en ese mundo se enfrentan temas como la resignación, el
resentimiento, la desconfianza o la deslealtad.

Mas cuando comenzamos a tomar conciencia de que esto es parte del observador que somos, empezamos a
darnos cuenta de que toda cultura, toda organización, tiene estados de ánimo. Cuando entras a una
organización puedes escuchar, sentir la presencia de la resignación, del entusiasmo o del resentimiento. Si lo
escuchas también, verás la diferencia de lo que es posible en uno u otro campo emocional.

Entiendo el campo emocional como nuestro mundo de predisposiciones para la acción. De manera que
cuando estás en diferentes estados de ánimo estás predispuesto también a actuar de manera diferente. La
cultura también te proporciona estados de ánimo y emociones. El campo emocional con que me encuentro
en Australia, en Chile o en España, es muy diferente del que encuentro por ejemplo en Buenos Aires, Rio de
Janeiro o Bogotá. Y este campo emocional es un territorio que poco indagamos o consideramos. La
Modernidad dejó el mundo emocional fuera del dominio del aprendizaje. El mundo emocional es visto como
sospechoso, no confiable.

Este es un tema al que presto gran atención en mi trabajo y no creo que podamos dejar de lado el territorio
emocional, en particular porque la mayoría de las personas y las organizaciones con que trabajo actualmente
viven en el sufrimiento. Y no estamos enfrentando ese sufrimiento, lo hemos incorporado como una faceta
lamentable e inevitable del “sacrificio” que es el trabajo.
La forma en que enfrentamos emocionalmente lo que sabemos cambia lo que sabemos. En un determinado
equipo hay una cantidad de talento presente que, con un entrenamiento adecuado, se mantendrá
probablemente en niveles más o menos constantes. Pero si lo que cambias es el campo emocional del
equipo, lo que es posible para ellos es entonces enteramente diferente. Cualquier amante del deporte sabe
que algunos equipos logran derrotar a equipos a priori más fuertes gracias una motivación adecuada (más
ganas o más entusiasmo, por ejemplo).

Cuerpo
¿Qué ocurre en nuestra fisiología cuando aprendemos? Desde el mero aspecto corporal, ¿qué es aprender?

Junto con la forma en que nuestro ser emocional ha sido ignorado por nuestro discurso occidental del
aprendizaje, el dominio del cuerpo ha sido en su mayor parte también descuidado. Todo aprendizaje también
ocurre como una transformación física de algún tipo. Si aprendemos pesimismo, nuestros cuerpos se
comienzan a formar consistentemente con esa emoción: los hombros se encorvan, el pecho se desinfla, la
cabeza se inclina hacia abajo y los músculos pierden tensión. Muchas veces la mayor dificultad de aprender
algo es que el cuerpo está moldeado en contra de esa posibilidad.

Parecemos habernos olvidado de cómo escuchar a nuestro cuerpo por el bien de nuestra salud y nuestro
bienestar. Hemos perdido la habilidad de comprender la conexión cercana que existe entre nuestro cuerpo y
nuestros estados emocionales, la cual ha sido demostrada como altamente coherente a través de estudios. De
forma similar no reconocemos cuánta de nuestra salud física puede depender de las historias y narrativas que
nos decimos a nosotros mismos para dar un poco de sentido a nuestras vidas.

Seguramente no es una mera coincidencia que en una era en que tanta gente está comprometida con una
incesante acumulación de riqueza nos veamos enfrentados a una epidemia de cáncer —una enfermedad de
crecimiento incontrolable— que se toma tantas vidas. No es difícil hacer conjeturas basadas de forma
similar sobre el rol de narrativas sociales y personales en otras grandes enfermedades. Durante los años 30 al
50, cuando la humanidad estuvo inundada de dictaduras (Salazar, Franco, Stalin. Mao, Duvalier, Tito, y
tantos otros) nos faltó aire y tuvimos una epidemia pulmonar, la tuberculosis.

Consideramos nuestro cuerpo como algo que andamos trayendo o que nos sigue de un lado a otro. En mis
cursos hago ejercicios con las personas en las que les pido que hablen respecto a algo, y luego que cambien
la postura de su cuerpo, y su discurso comienza a cambiar. ¿Por qué ocurre eso? ¿Qué es lo que está
sucediendo? Creo que entre estos tres territorios de los que estoy hablando —el emocional, el lingüístico y el
corporal— se crea una suerte de coherencia. De manera tal que cuando tenemos ciertas interpretaciones a
nivel del lenguaje sobre un determinado asunto, tendemos a tener emociones que son coherentes con esas
interpretaciones y el cuerpo a su vez se moldea a esas interpretaciones.

La forma corporal de alguien que tiene resentimiento comienza a ser coherente con ese resentimiento y con
las interpretaciones lingüísticas que le corresponden. Por lo que si me ves caminar de un lado al otro con los
hombros caídos y la cabeza gacha y dices “Julio, ¿en qué estas pensando?” y yo contesto “estoy pensando en
lo maravilloso que es el mundo”, no me creerías, porque de alguna manera sabes que mi respuesta es
incoherente con mi expresión corporal.

Espíritu
No somos meramente seres dotados de un cuerpo, una mente y emociones. También somos seres
espirituales. Para mí el espíritu es inmanente y trascendente. Y esto que digo no lo quiero poner al servicio
de ninguna particular creencia espiritual o religiosa. Simplemente lo digo porque para mí pertenece al
Misterio, a lo que sospechamos que emerge en todo lo que nace.
Encontrarnos en contacto con la belleza es una forma fundamental de conexión. Nos encontramos elevados
por la belleza y a veces incluso en una misteriosa armonía con el cosmos. Incluso en esta era en que el arte
corre peligro de transformarse tan sólo en un bien de consumo más, aún parecemos capaces de encontrar
significado y conexión a un nivel más alto de realidad en la experiencia estética.

Mientras la religión convencional occidental continúa su largo descenso de la cima que alcanzó en la Edad
Media, mucha gente está buscando otros caminos espirituales que ofrecen la posibilidad de librar al
individuo de la carga del ego a través de prácticas que abren el camino a una mayor conexión con planos
más elevados de realidad. Lentamente estamos reconociendo que somos parte de una unidad mayor cuya
vastedad y profundidad escasamente pueden ser comprendidas.

Estamos comenzando al menos a vislumbrar algunas de las fuerzas arquetípicas que están formando al alma
humana, nuestra psique como parte del subconsciente colectivo, y comenzando a ver que el camino a la
sabiduría yace en comprender y abrirnos a estas fuerzas. Incluso comenzamos a concebir que el Cosmos es
consciente en sí mismo, y que somos parte de esa conciencia.

Aquí, también, un cambio de enfoque epistemológico es requerido. Como nos ha mostrado Ken Wilber, una
visión científica no es en absoluto incompatible con el compromiso a un camino espiritual, esto si la ciencia
reconoce que es absurda su insistencia en el materialismo y reduccionismo en un ámbito de experiencia no
materialista y holística.

Equilibrio de los Campos Básicos del Aprendizaje

El modelo actual del aprendizaje ha apostado todo a la acumulación y manipulación de conocimiento


conceptual y factual, mayormente para fines utilitarios de enriquecimiento y éxito personal. Si el objetivo de
un nuevo discurso en el aprendizaje es finalmente la sabiduría, o en otras palabras vivir efectivamente, lo
que necesitamos ahora por encima de todo es recuperar el sentido de equilibrio. Este punto emerge muy
claramente si revisamos brevemente qué debemos aportar a las áreas principales del aprendizaje que hemos
venido considerando:

Ontología
 Tomar en cuenta todas las dimensiones del ser.

 Cambiar el propósito del aprendizaje de aprender para la acción efectiva a aprender para vivir
efectivamente, del conocimiento a la sabiduría.

Epistemología
 Reconocer cómo el observador está incluido en la construcción del lenguaje, las emociones y el cuerpo,
sobre todo a través de la inmersión en discursos sociales, históricos y culturales.

 Observar el observador que somos nosotros y los demás.

 Comprender cómo al cambiar el observador cambia el rango de acciones disponibles.


 Tomar en cuenta las coherencias intrínsecas entre las variadas dimensiones del ser.

 Reconocer las diferentes formas de aprender, incluyendo campos emocionales generados socialmente y
patrones corporales.

Ética

 Adoptar, como objetivo de nuestro aprendizaje, vivir sabiamente y en armonía con otros seres y la tierra.

 Ampliar el campo de nuestro modelo de aprendizaje para incluir todas las dimensiones del ser.

 Recuperar la construcción de conectividad y significado.

También debemos considerar los siguientes elementos o dimensiones del ser:

Lenguaje
 Reconocer el rol generativo del lenguaje

 Comprender cómo el observador está constituido mayormente por distinciones lingüísticas.

 Usar actos hablados de manera efectiva a través de nuestra comprensión del rol del compromiso al
coordinar acciones.

Sociedad/Cultura
 Reconocer los discursos y narrativas sociales, culturales e históricas en que vivimos, y el rol que éstos
tienen en la sustentación de nuestras interpretaciones.

 Ser conscientes de los discursos y narrativas importantes y recurrentes en el comportamiento social e


individual.

 Desarrollar habilidades de construcción de la comunidad.

Emociones
 Distinguir entre estados de ánimo y emociones y cómo moldean el observador que somos.

 Distinguir tipos recurrentes de estados de ánimo y emociones, incluyendo los generados socialmente.

 Recuperar el sentido de cómo el significado y la conexión se generan a un nivel emocional.

Cuerpo
 Estar sintonizados con la conexión entre el cuerpo y la naturaleza.

 Reconocer la coherencia intrínseca entre el cuerpo y otras dimensiones del ser.

 Centrar el cuerpo.

Trascendencia
 Tomarnos seriamente nuestro llamado hacia la trascendencia, hacia conectarnos con algo más grande
que nosotros.

 Comprender cómo las fuerzas arquetípicas moldean nuestro ser.

 Reconocer el rol de la estética para traernos armonía y conexión trascendente.

El coaching y el aprendizaje que transforma

A primera vista me parece que la humanidad ha llegado a un punto en que comenzamos a darnos cuenta de
que las interpretaciones en las que hemos estado viviendo se han vuelto insuficientes para afrontar las crisis
que la vida nos presenta.

No es sólo nuestro saber el que es insuficiente sino también nuestras ideas acerca del saber. Necesitamos
tomar conciencia de que no bastan nuestras interpretaciones ni nuestra enseñanza. Estamos buscando formas
de aprender en un mundo en el que nuestras viejas interpretaciones sobre el saber ya no funcionan.

En ese sentido el coaching está al servicio de algo mucho más grande que la transformación personal de un
particular personaje. Es la transformación personal en el sentido de una transformación colectiva.

El coaching surge como una necesidad práctica en nuestro tiempo de desafiar la epistemología presente.
Y es un acto espontáneo, casi desesperado, porque nos vemos enfrentados a la necesidad de incorporar toda
la dimensión del saber humano y no sólo la exterior. Entonces cuando esta práctica surge, lo hace para
hacerse cargo de ese déficit. Y surge espontáneamente. No surge como una escuela de pensamiento, sino
espontáneamente para colmar la necesidad de ir incorporando los dominios del mundo interior en el acto de
aprender, en el acto de saber.

Diría que el coaching es fundamentalmente una práctica de aprendizaje conversacional que no deja de lado
los dominios del cuerpo y lo emotivo. Esa es la gracia. Y que el coaching apunta al final a la creación de este
nuevo sentido común, de este nuevo discurso. El coaching es una práctica que surge al servicio del nuevo
discurso, del discurso que se adivina, de un discurso que se intuye pero que todavía no está completamente
articulado. Que el coaching sí sabe que el discurso de la modernidad, con todo lo que nos ha traído hasta
ahora, está colapsando. Eso lo sabe el coaching y no lo sabe académicamente.

Permítanme recalcar que la palabra clave acá es observador, alguien que ve el mundo de una determinada
manera. Si yo hablo contigo, lector, te aseguro que no ves el mundo como yo. Y esa diferencia la podemos
apreciar en las distintas conductas que observamos. ¿Y cómo resolvemos esa diferencia? Muy simple,
decimos “esa persona está equivocada” y con eso resolvemos todo. En la historia tenemos ejemplos de
personas a quienes se quemaba cuando no compartían la mirada oficial, y hoy hay quienes afirman que en
nuestros manicomios hay gente que está allí porque están sufriendo crisis espirituales o simplemente ven lo
que para la mayoría es todavía invisible.
Por eso vivimos en esas eternas conversaciones de quién tiene la razón y quién está equivocado. El hecho es
que si conversamos más, muy pronto nos vamos a dar cuenta de que no vemos el mundo igual. Y no estoy
diciendo que uno lo ve mejor y el otro peor, sólo he dicho que no lo vemos igual.

Esto es coaching. El coaching tiene que ver con cambiar de lugar, desplazar al observador que somos, de
manera tal que se le posibilite desarrollar un nuevo conjunto de acciones. Por cierto que es más complejo
que esto, pero ello no quita que para mí este sea uno de los principios fundamentales de lo que es el
coaching.

Y luego tenemos la coherencia entre lenguaje, emociones y cuerpo, que vimos más arriba en este capítulo.

El coaching es, en un sentido muy básico, la creación de nuevas coherencias en las personas. Cuando
hacemos coaching estamos generando un contexto en el cual pueden surgir nuevas coherencias. Eso es todo
lo que en realidad podemos hacer: crear un contexto en el que pueden suceder “buenos accidentes”. No
podemos definir el resultado. Sólo podemos definir el contexto. Aunque si adquirimos algo de maestría en
definir contextos, encontraremos que podemos comenzar a predecir resultados que es más probable que
ocurran.

Ahora bien, en nuestra cultura no estamos acostumbrados a prestar atención a los contextos emocionales,
corporales, sociales, culturales. Nuestra atención se centra en el texto. Le prestamos muchísima más
atención al texto que al contexto. Y digámoslo claramente, el texto no tiene significado sin contexto. Estoy
pensando en el caso del liderazgo. El liderazgo es el arte de crear contextos. Si en una organización las
personas dicen “esta es nuestra Visión, para allá es donde queremos ir”, y emocionalmente están yendo en
una dirección diferente, entonces tenemos un pequeño problema. Les preguntamos: “¿Tienen clara cuál es la
Visión de la empresa?” Y ellos dicen, “Sí, sí. Está escrita en el cartel que hay a la entrada”. Y lees la Visión
y miras las caras de las personas y te das cuenta de que hay una gran, pero gran, brecha entre ambas.

La teoría de los actos del habla es un territorio fantástico para el coaching, y tiene que ver con lo siguiente:
cuando hablamos, actuamos. Cuando hacemos una petición, no sólo estamos haciendo posible una acción a
futuro, la petición en sí misma es una acción. Cuando hacemos una promesa, no estamos solamente
especificando un cierto futuro. Estamos cambiando el presente. Hacer una promesa es cambiar el presente.
Toda la realidad, cuando se toma en serio una promesa, cambia. Cuando declaramos lo que es realidad,
cuando hacemos afirmaciones o simplemente cuando hacemos juicios o evaluaciones, estamos de alguna
manera alterando nuestra realidad.
Cuando comprendes esto, comienzas a descubrir los juegos que solemos jugar. Por ejemplo, el siguiente
juego: estás resentido con alguien porque no se atrevió a adivinar la petición que no te atreviste a hacer.
¿Conocen el juego? Cuando las personas son capaces de ver el juego se han adelantado mucho para trabajar
sobre el sufrimiento.

Otro juego es el de la incapacidad de hacer peticiones claras porque estás a la espera de que los demás
adivinen lo que quieres pedir. Y este otro, el del miedo a ser evaluado negativamente. Empezamos a hacer
aquello que, suponemos, resultará en una evaluación positiva de parte de los demás. Y luego cambiamos
nuestra conducta según las distintas personas que la evaluarán de distinta manera. Para mí el coaching tiene
que ver con desmantelar estos juegos de manera respetuosa, y por sobre todo, de manera abierta, en público.

Según mi visión toda organización es una red de conversaciones. Una buena parte de lo que hacemos es
sostener conversaciones. Puede que sea a través del correo electrónico, directamente o por teléfono.
Hablamos. Pero hemos desarrollado tantas incapacidades para hablar y para conversar que el flujo colapsa y
se hace presente el sufrimiento. Este es para mí, en breve, el campo del coaching. Es un territorio que evoca
pasión. Y me estaba olvidando un pequeño detalle. No trabajo en organización alguna sino después de haber
tratado con lo que llamo los enemigos del aprendizaje.

Déjenme ponerlo de la siguiente manera. Todas las culturas desarrollan adversarios del aprendizaje, barreras
que son transparentes para esa cultura. En Boston los enemigos del aprendizaje son distintos que en San
Francisco o en París, y podría contarles sobre algunos de ellos. Por ejemplo, en Boston decir “no sé”, es algo
más difícil que en San Francisco. En algunos lugares decir “no sé” es realmente una hazaña. Ahora bien, sin
la capacidad de decir no sé, empezar a aprender se vuelve muy difícil. Y es una hazaña, porque todo lo que
dicen es dicho desde ese marco transparente y, por lo demás, no son ellos los que lo dicen.

He desarrollado una lista de cerca de 45 enemigos del aprendizaje, aunque normalmente trabajo con
alrededor de 23 de ellos. Así que déjame contarte acerca de algunos de los enemigos con que trabajo, y
entonces cuando las personas finalmente logran verlos, les hace sentido. Les proporciono ejercicios y las
personas comienzan a hablar de sus propios enemigos, pero sin juicios de valor, sino simplemente
reconociendo el fenómeno. Por ejemplo, uno de los enemigos claves del aprendizaje que yo he encontrado
es la ceguera cognoscitiva, y necesito decir algunas cosas sobre eso.

No cabe duda de que nuestra incapacidad para aceptar y reconocer que no sabemos es un fenómeno clave en
el aprendizaje. Hacerle coaching a alguien que se las sabe todas puede ser bien duro. ¿Y qué sucede cuando
no sabes que no sabes? Eso es la ceguera cognoscitiva. Cuando no sabes que no sabes, ni siquiera esperas
aprender. No tienes preguntas que contestarte. Cuando no sabes que no sabes vives de manera muy
semejante a como si supieras. Y, por lo tanto, no te haces preguntas. No abres un área a la investigación.
Otro enemigo es querer tenerlo todo claro, todo el tiempo. Cuando quieres tenerlo todo claro todo el tiempo
no te atreves a estar confundido. No puedes atreverte a entrar a la oscuridad del no saber, no te atreves a
hacer las preguntas. Quieres tenerlo claro.

Como lo teníamos en Chile cuando nos matamos unos a otros, lo teníamos tremendamente claro. Yo tenía
tan claro que esos eran los malos de la película y que nosotros éramos los buenos. Miren lo que sucede en
cada rincón del mundo. Las personas tienen todo claro, y nos estamos matando unos a otros. Preferiría que
viviésemos juntos un poco más confundidos.

¿No es acaso fascinante ver cómo, cuando entramos en un grupo o en una organización muy luego nos
encontramos haciendo las cosas a su estilo? Simplemente nos deslizamos a él. El comportamiento humano
tiene mucho que ver con los sistemas en los que nos ubicamos. Por ejemplo, cuando los hombres de
negocios norteamericanos van a Sudamérica lo primero que observan es que se sienten como “un elefante en
la vidriería” en términos emocionales, lingüísticos y corporales. Llevan consigo un discurso, una manera de
hacer las cosas diferentes a la de este otro mundo.
En el coaching las personas se reencuentran con el gozo de aprender. Esto, te lo puedo garantizar, va a
ocurrir. Fíjate que la mayoría de la gente cuando le hablas de aprender reaccionan diciendo ¿Cómo?, ¿tengo
que estudiar más? No miramos el aprendizaje con alegría, lo miramos casi como un peso. Entonces aprender
con alegría es un resultado muy concreto. Las personas se enamoran de nuevo con el aprender, y eso se nota.
Los alumnos de nuestros programas comienzan a leer, y comienzan a juntarse y a hacer sesiones de trabajo,
y aun cuando el programa termina continúan manteniendo sus grupos, grupos de estudio y semejantes, así
que ese, es uno de los resultados.

Segundo, claramente se realzan las habilidades comunicativas. Las personas comienzan a hablar de manera
diferente, y te daré un ejemplo de ello. En Chile, por ejemplo, hay una forma en que las personas manejan lo
que es desagradable y es que lo trivializan. ¿Saben qué hacen? Hacen un chiste al respecto, un chiste a costa
del que habla, por supuesto, y no a costa de ellos mismos. ¿Y saben qué pasa? La cultura trata los asuntos
difíciles de esa manera, se les trivializa en la conversación. Y la creatividad no puede sino colapsar porque
nadie dice lo que piensa. Sólo dicen lo que es adecuado decir porque no quieren que se rían de ellos, que se
les ridiculice. Cuando tienes una cultura en la que no puedes decir lo que piensas, no puedes hablar en serio,
no puedes enfrentar los temas, tampoco los temas difíciles. Les digo, la creatividad desaparece. Las personas
no dirán lo que piensan, lo que es la fuente de toda creatividad. Así que un segundo resultado que busco es
que las personas comiencen a hablar de manera diferente.

Y un tercer resultado al hacer coaching, y éste tiene que ver con las organizaciones, es que la productividad
sube, a veces de manera muy misteriosa. A veces las organizaciones con que trabajo son tan exitosas, son
tan productivas, pero las personas se están cayendo a pedazos por todos lados. Las personas se están
enfermando. Cuando nos llaman nos dicen que las cosas no están yendo bien, que nos buscan porque
nosotros manejamos algunos temas de la comunicación y lo demás. Eso es prácticamente todo. Tengo estos
tres resultados, que son los que busco.

Esa clase de interrogantes iluminarán posibilidades que de otra forma no tendríamos. En muchos países, las
personas están siendo exitosas en los negocios y están viviendo unas vidas miserables. Han logrado todo lo
que es signo de éxito, pero están vacías por dentro, y eso sucede masivamente en los Estados Unidos.

Yo he estado haciendo coaching a un ejecutivo de una gran compañía en los Estados Unidos. Es una persona
exitosa de acuerdo a todos los parámetros, y cuando voy a su casa es como un niño. Me dice: “Julio, ¿cuál es
el significado de todo esto? Y lo primero que hice con él fue decirle: “Escucha, deja que escuchemos qué es
lo que la vida te está diciendo a ti. Comencemos desde ahí. Comencemos por legitimar el lugar donde estás
ahora”.

Creo que hay una obsesión con la acción en el mundo empresarial, una obsesión con actuar. Pero hay
cambios. He estado en empresas en que la clase de conversaciones que se está dando es asombrosa. Las
personas están comenzando a ver. Respecto a los resultados, si el único resultado que una empresa considera
es su cuenta corriente, entonces no importa que las personas sean quemadas o trivializadas. No importa. Lo
único que importa es el resultado. Pero cuando empiezas a incluir otros resultados como importantes, puede
suceder algo diferente.

Personalmente estoy muy preocupado, por ejemplo, con lo que le estamos haciendo al planeta. Fui a Chile
luego de 11 años de ser refugiado, o como quiera llamársele, y cuando llegué allí fui al sur, a ver los
bosques. Lo que encontré fue tierra erosionada. Fue una de las cosas más devastadoras para mí.

Actualmente hay países muy exitosos económicamente. Si se les mide en términos puramente financieros
han sido un éxito. Pero podemos considerar seriamente que hay otras formas de medir, como construir algo
mejor para nosotros, un mayor bienestar, un buen vivir.

Esta reflexión podría llevarnos a muchos lugares diferentes, pero por alguna razón mientras escribía pensé
en esto: una de las cosas que nos pasa cuando tenemos una experiencia, es que tendemos a desligarnos de la
experiencia y la reemplazamos con evaluaciones de la experiencia. De manera que la mayor parte del tiempo
no estamos en contacto con la experiencia sino con nuestra evaluación de la experiencia. Por lo tanto ni
emocional, ni corporal, ni lingüísticamente estamos en contacto con lo que sucedió, y en vez tendemos a
caer rápidamente en la evaluación de lo que ocurrió. No nos damos el tiempo de enfrentarla. Sólo nos damos
tiempo para tratar con la evaluación de esa experiencia, y la evaluación proviene de la cultura. Por lo tanto,
repetimos las mismas cosas, una y otra vez.

El significado comienza a aparecer cuando no sólo mides en términos de resultados. Hay otras cosas que
entran en juego. Ahora bien, los ejecutivos duros dirán que eso es muy bonito pero debemos ser viables
económicamente. Nunca dije que no debamos considerar el éxito financiero, sólo estoy diciendo que no es la
única medición. El significado se puede construir de diferentes maneras, imaginen no más el valor de un
trabajo con pasión.

La pasión… ¡Me encanta el tema! Allí tendemos a asociar pasión con sexo, a restringirla a ese territorio, y
aún allí, me parece que la pasión es la emoción que nos aúna, nos integra con aquello que hacemos, con los
otros, con el mundo. La pasión es mística ya que disuelve las dualidades, nos hace ser uno con lo amado.
Además, nos hace vivir otras emociones de tal manera que podemos escuchar sus mensajes. Cuando pienso
en la pasión pienso en personas que viven en forma auténtica cada emoción que viven.

Esto me lleva a lo siguiente: muchas personas, cuando trabajan con las emociones, lo que quieren es librarse
de su tristeza, por ejemplo, en vez de escuchar lo que la tristeza tiene para decirles. Y cuando la escuchamos
sabemos de alguna pérdida importante y significativa. En otras palabras, la tristeza escuchada con pasión
nos comunica sentido, nos da a saber lo que realmente nos importa.

Pero en la mayoría de los casos no escuchamos lo que la pena nos está diciendo. Así que hemos decidido
que algunas emociones son buenas y otras malas; algunas son legítimas y otras no lo son. Ahora bien. ¿Qué
haces cuando te impacta una emoción ilegítima? Entonces necesitas comenzar a jugar, y lo primero de lo
que descartas es tu autenticidad. Y necesitas decir algo que le reste importancia a tu experiencia. Cuando
estás triste es probable que prendas la tele o hagas cualquier otra cosa, pero no que trates con tu emoción.
Aun cuando la depresión te golpea puedes preguntarle qué es lo que la vida te está diciendo. Cómo es que la
vida usa este último recurso, de deprimirme, para decirme algo. En cambio, lo que queremos es librarnos
rápidamente de ella.

En la enseñanza tradicional lo que importa es transmitir información. Lo que nosotros estamos diciendo es
que ni la mirada sólo en la acción ni la mirada sólo en la información, producen el aprendizaje que es
necesario hoy día en el mundo. Nosotros creemos que el aprendizaje que hoy es necesario en el mundo tiene
que incluir al Ser, tiene que incluir a quien aprende, no sólo lo que se aprende. Y en el sentido de que
incluye al Ser, al que aprende, eso se llama ontológico Por tanto el coaching ontológico no se preocupa sólo
de la acción efectiva ni sólo de la información.

En muchas disciplinas sólo es importante la acción efectiva, y muchas veces se produce acción efectiva
aunque se le rompa el alma a la gente. Nosotros decimos que la acción efectiva es importante pero si no está
enfocada a generar un vivir efectivo, un vivir pleno, no tiene sentido. Es un poco lo que nos está pasando. La
conexión entre el Ser y la acción, entre el hacer efectivo y el vivir efectivo, eso es coaching ontológico.

Conclusión

Deliberadamente he cubierto temas que abarcan un espacio muy grande. El aprendizaje es el cimiento de
todo lo que conocemos, y lo que hemos estado diciendo pretende servir de fundación para la exploración
futura, y para aquellos interesados en diseñar nuevas prácticas de coaching y liderazgo.
El proceso de aprender a veces se asemeja al de nacer. El gran reto y oportunidad que encaramos es
tomarnos seriamente la elaboración de un nuevo discurso sobre el aprendizaje que sea nuevo,
multidimensional y que esté bien sustentado, uno que pueda enfrentar las preguntas, de importancia
fundamental, de lo que significa ser humano, cómo deberíamos vivir y como abrirnos paso hacia alcanzar
nuevos niveles de conciencia con los cuales conectarnos con nuestros mundos en una multitud de formas
nuevas.

Debemos llevar nuestro discurso del aprendizaje a audiencias más grandes. Debemos sacarlo de manos de
los especialistas, y entregárselo a todo el mundo. Tenemos que quitarle la gravedad al aprendizaje y hacerlo
menos sombrío, y demostrar que realmente se puede aprender con alegría, ligereza y profundidad.

Epílogo: Hacia un Pensamiento Integral

Hemos visto a lo largo de este libro cómo las formas de saber, de pensar, de conectarnos y de aprender han
generado el tipo de mundo que hoy tenemos. Hemos visto la forma como el racionalismo científico ha
permeado nuestra cultura, y también signos de que esa forma de vivir el mundo no sólo es insuficiente para
los grandes desafíos que tiene por delante la Humanidad sino que incluso genera peligros para su propia
supervivencia.

Ya en la segunda mitad del siglo XX una corriente filosófica, el post modernismo, empezó a cuestionar el
modelo racional y ha hecho notar algunas de las insuficiencias que hemos señalado en este libro. Este
movimiento señala básicamente que el pensamiento moderno ha fracasado convirtiéndose en un proyecto
inacabado, carente de sueños e incapaz de conducir a la Humanidad a ese propósito de un progreso
ilimitado.

Así como el modernismo excluyó a Dios y al poder de la Iglesia como fundamentos para explicar o dar
sentido a la realidad, el post modernismo desconfía de los grandes discursos históricos, señala la
imposibilidad de hablar de una sola realidad (tal como postula la ciencia) y más bien se refiere a distintas
perspectivas, en una línea más acorde a lo que en este libro sostenemos. Lo que el postmodernismo ha
hecho, de alguna manera, es cuestionar el racionalismo y sus historias monolíticas, señalando la importancia
de ver el mundo desde distintas perspectivas. Los distintos observadores, diríamos nosotros.

Si bien el post modernismo ha dejado en evidencia varios de los cimientos racionalistas, como escuela de
pensamiento ha sido incapaz de construir un pensamiento alternativo, cayendo en una especie de pesimismo
con brotes de cinismo. Aunque aún es muy influyente en algunas trincheras intelectuales, creemos que su
tiempo ha pasado.

Pienso que hay signos crecientes de un nuevo pensamiento que pueden ayudarnos a paliar las insuficiencias
del sentido común de nuestra epistemología, entre ellos los estudios innovadores sobre la evolución de la
conciencia, una disciplina que está contribuyendo enormemente a la expansión de nuestro entendimiento de
lo que nos constituye como observadores.
Varios pensadores coinciden en que la conciencia humana ha evolucionado a lo largo de su existencia en
etapas. Cada una de estas etapas —desde el hombre de las cavernas hasta el ser humano actual— ha tenido
su propia ontología y epistemología, su propia forma de leer el mundo.
Lo que he definido a lo largo de este libro como nuestro sentido común epistemológico hoy en día es
básicamente la epistemología de la etapa dominante de la conciencia en este momento de la historia: una
etapa científica, materialista y racionalista.

En palabras del estadounidense Clare W. Graves, pionero de las teorías sobre la evolución de la conciencia,
si bien en 30 a 50 mil años del hombre moderno el cerebro se ha mantenido casi inalterado, la conciencia de
los seres humanos ha tenido una evolución sostenida en ese lapso… y seguirá evolucionando.

Graves y sus seguidores han identificado hasta ocho estados de conciencia desarrollados por la Humanidad a
lo largo de su historia que configuran el patrimonio actual de todos los seres humanos y son un punto de
partida para entender las enormes desigualdades que nos encontramos en los sistemas de valores de nuestro
mundo actual, global y desequilibrado.

Esos estados van desde el arcaico minimalista (el primero que tuvo la Humanidad y cuyo único objetivo era
sobrevivir), hasta el holístico —al que no hemos llegado—, consistente en vivir la totalidad de la existencia
a través de la mente y el espíritu. Todo ser humano, según esa teoría, tiene más o menos desarrollados cada
uno de esos ocho estados de conciencia.

No es coincidencia que los diferentes niveles de conciencia humana consignados por estos teóricos han sido
previstos y descritos por todas las grandes tradiciones espirituales.

Según Graves, en una tesis luego desarrollada por Chris Cowan y Don Beck, la etapa de conciencia actual
—materialista, preocupada por la imagen y orientada al crecimiento— será reemplazada por una conciencia
de igualitarismo y revalorización de los sentimientos, una etapa que sería seguida por una conciencia
ecológica centrada en el respeto a la Naturaleza y a nuevas formas de conocimiento.

Estas revelaciones sobre la forma como evoluciona la conciencia humana han probado ser de una
importancia tan crítica que, como dice Ken Wilber, esto “significa que cualquier intento por entender la
lucha de la humanidad para llegar a la integralidad debería tomar en cuenta estos estudios”.

Wilber, uno de los grandes filósofos de nuestro tiempo, centra principalmente su trabajo en ese concepto de
integralidad, promoviendo una aproximación entre la ciencia y la espiritualidad y analizando los elementos
comunes a las tradiciones espirituales de Oriente y Occidente. Esa aproximación, que él llama pensamiento
integrador, permite que al ver cualquier manifestación del mundo, todos los enfoques (científicos y
espirituales, por ejemplo) sean tomados en cuenta.

Y eso va de la mano con lo que en este libro hemos pretendido llevar como mensaje: una forma de ver el
mundo, de aprender y de conocer que tenga en cuenta la enorme riqueza de los distintos niveles de lo que
llamamos realidad.

Las distinciones que nos proveen las teorías de la evolución de conciencia y el enfoque integral expanden
enormemente los horizontes de las reflexiones dadas en este libro. Proveen otro lente a través del cual mirar
al aprendizaje en sí, junto con una mejor comprensión de la constitución del observador, una conciencia más
amplia de lo que provoca cambios, y un sentido más claro de la dirección hacia donde se dirige ese cambio.
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