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15/12/13 ¿Estados Unidos=Italia?

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¿Estados Unidos=Italia?
En muchos países avanza la 'vetocracia', un sistema político plagado de grupos, o hasta individuos,
que tienen la capacidad de vetar las iniciativas de sus rivales
MOISÉS NAÍM 19 OCT 2013 - 18:01 CET

Archivado en: Tea party Asociaciones políticas Deuda pública Estados Unidos Financiación déficit Partidos políticos Norteamérica Déficit público América
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Que Italia tenga periódicamente accidentes políticos que paralizan su gobierno no es una
sorpresa. Que eso le pase a Estados Unidos sí lo es. Y todo parece indicar que el más
reciente de estos accidentes en su gobernanza no será el último que sufrirá el gigante del
norte. Tampoco fue el primero. Entre 1976 y 1996, el Gobierno de EE UU dejó de funcionar 17
veces, siempre debido a la falta de acuerdo de los dos partidos. Ninguno de estos paros
gubernamentales duró más de tres semanas. Pero ninguno de los anteriores ocurrió en un
ambiente político tan conflictivo como el más reciente. Sabemos las causas: una minoría
obtiene los votos necesarios para tener representación en el Congreso y con ello el poder para
enredar, posponer, diluir o hasta frustrar las decisiones del Gobierno.

A estos actores no les interesa gobernar, sino bloquear. Su objetivo es impedir, a cualquier
costo, el éxito de sus adversarios, especialmente de aquellos que están en el poder. Y
justifican las consecuencias dañinas de sus actos como “daños colaterales” en aras de
objetivos más importantes para la nación. En la práctica, muchas veces estas conductas solo
sirven a los muy particulares intereses de los líderes de estos grupos, quienes enarbolan las
banderas del bien común para esconder el hecho de que los únicos beneficiados son ellos y
sus más cercanos aliados. Pero esto no solo ocurre en Italia o Estados Unidos: estos
accidentes de gobernanza se han convertido en una tendencia mundial.

Las democracias del mundo —tanto las más longevas y maduras como las más jóvenes y
menos institucionalizadas— muestran rasgos comunes en este sentido. Quizás el más
importante es que los márgenes de votación con los cuales se ganan las elecciones han
venido achicándose. Es cada vez menos frecuente que un candidato presidencial arrolle a sus
contrincantes. Lo normal es que los comicios se ganen con una ventaja muy estrecha.

En el mundo de hoy prevalecen los electorados polarizados y, en muchos casos, muy


fragmentados, cuyos votos no dan un mandato claro o posición dominante a ningún partido o
candidato. Por eso tantos países están gobernados por complejas, engorrosas e inestables
coaliciones formadas por grupos políticos que no solo tienen poco en común, sino que a
veces son claramente antagónicos.

En 30 de los 34 países más industrializados que forman parte de la OCDE, el


Gobierno se enfrenta a un Parlamento controlado por sus opositores

En 30 de los 34 países más industrializados que forman parte de la OCDE, el Gobierno se


enfrenta a un Parlamento controlado por sus opositores. En las democracias electorales, los
partidos minoritarios han venido ganando terreno desde la posguerra: entre 1944 y 2008, han
logrado de promedio más de la mitad de los escaños en los Parlamentos. En 2008, estas
formaciones que no representan a la mayoría de los votantes ocupaban el 55% de los asientos
de los Parlamentos del mundo.

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En Estados Unidos las posiciones políticas se han ido polarizando desde hace décadas y,
según las encuestas, ahora han alcanzado niveles sin precedentes. De acuerdo con Nate
Silver, uno de los más respetados analistas políticos de EE UU, esta polarización se debe
principalmente a que los republicanos han extremado más sus posiciones, mientras que los
demócratas solo se han movido muy ligeramente hacia la izquierda. Pero quizás lo más
importante es que los dos grandes partidos estadounidenses se han fragmentado y sus
dirigentes ya no logran imponer una posición común a sus militantes ni mantener una dosis
mínima de disciplina partidista. Las escenas de John McCain y otros exasperados líderes
republicanos apelando por televisión a Ted Cruz y a sus radicales colegas del Tea Party para
que abandonasen las posiciones recalcitrantes que estaban llevando al partido y al país al
precipicio han quedado grabadas para la historia.

El profesor Frank Fukuyama ha llamado a esta tendencia vetocracia, es decir, un sistema


político plagado de grupos, o hasta individuos, que tienen la capacidad de vetar las iniciativas
de sus rivales políticos. Muchos actores tienen el poder de trancar el juego y muy pocos el
poder de lograr que sus iniciativas y decisiones sean adoptadas.

Las fuerzas que estimulan la aparición de las vetocracias son muchas y variadas —de las crisis
económicas que disminuyen los estándares de vida y aumentan la impaciencia de los votantes
a los frecuentes escándalos de corrupción de políticos y gobernantes; de la revolución en las
comunicaciones y la información a los cambios demográficos—. Pero en todos los casos
conducen a la disfunción política, que ya forma parte del panorama de muchos países y cuyas
secuelas nos afectan a todos. El poder está cambiando de maneras sorprendentes y aún poco
comprendidas.
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