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Benito Juárez,
el liberalismo y
los Estados Unidos
J. Omar Ramírez Peraza*

“El pastor de ovejas puede llegar a pastor de hombres”.

Andrés Henestrosa

INTRODUCCIÓN: Las ideas liberales en México durante el siglo XIX

H
ace dos siglos, el 21 de marzo del año 1806 en San Pablo Guela-
tao, Oaxaca, nació Benito Pablo Juárez García, conocido también
como el “Benemérito de las Américas”, por su defensa de las liber-
tades humanas, que sirvió de ejemplo a otros países latinoamericanos.
También por su pensamiento y acción política llevada a cabo con tesón,
constancia, firmeza y honestidad; atributos extraños en los políticos de
hoy, donde las convicciones y los principios son puestos en venduta. Se
trata de poner a este personaje en su justa dimensión histórica, sin ala-
banzas exageradas y sin ataques infundados, como un hombre de
Estado, un político de acción firme, en un México convulsionado por la
constante guerra civil, amenazado por el desmembramiento territorial y la
interven- ción extranjera.

Juárez fue un político en toda la acepción de la palabra, en su ejercicio


del poder podemos hacer un balance positivo; los aciertos fueron
mayores que los errores, y ambos fueron dados por las circunstancias
políticas y la correlación de fuerzas de su tiempo, en un período histórico
de un México
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ingobernable; hundido en el caos, en donde era necesario consolidar el
poder del Estado mexicano emanado de la independencia nacional, que
establece en la Constitución de 1824: una República Representativa y
Federal. El conocido benemérito creía en la fuerza del derecho, y no en el
derecho de la fuerza, como pensaban sus enemigos políticos, los miem-
bros del partido conservador.

Benito Juárez vivió como un hombre comprometido con el pensamiento


progresista de su época, y con la situación política y económica, donde
las circunstancias históricas lo ligan con la causa de la democracia, en un
mundo donde el sistema democrático y capitalista liberal es mucho más
que un discurso; es una realidad floreciente y dominante. Baste señalar
que en ese entorno se perfiló un nuevo modelo de relaciones de
reconoci- miento a los incipientes estados nacionales de América Latina.

Una apología de Juárez, sin más, sería un equivoco de la historia, si no


entendemos el contexto de una República Mexicana en consolidación,
que se debate en guerra civil, para darle sentido político a la nación. En
esos momentos se discutía el futuro de la nueva República, en relación
con la perduración del antiguo régimen colonial. Las Leyes de Reforma
por las que estalló una guerra, atentaban contra los poderes fácticos;
como el de la iglesia, que constituía un dominio decimonónico de
grandes proporcio- nes.

Esta investigación es una provocación reflexiva sobre un personaje de la


historia de México, sobre el cual no podemos negar que se ha convertido
en un icono de la nación. Pero más allá de la historia oficial, que apren-
demos en la educación básica, Juárez fue un hombre de compromiso,
convencido de los valores democráticos que se expandían en el mundo
occidental. Un heredero de la ilustración francesa y española, hijo de Vol-
taire, pero también de Feijó; a quienes estudió en sus años de formación.
Juárez creció en un país que luchaba por definir su identidad
independien- te y libertaria.

Observaremos a un Benito Juárez como un gobernante de leyes; y cómo


a
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partir de ellas va construyendo el cimiento del federalismo mexicano; pero
también como un líder político liberal y pragmático, que dedicó su vida a
establecer la libertad y la justicia como pilares de la sociedad mexicana.

Para llegar a cumplir con los cargos públicos que desempeñó, Juárez re-
corrió varios caminos – parafraseando a Andrés Henestrosa – para crecer
y desarrollar su vida productiva como hombre público; primero tuvo que
enfrentar el sistema de injusticias hacia los indígenas heredado de la era
colonial, y luchar contra caducas tradiciones parroquiales, anquilosadas
en el pasado, desde lo social pasando por lo económico, para culminar
con lo político. Juárez estaba convencido de que primero era fortalecer la
democracia y el Estado de Derecho, creando las instituciones que cum-
plieran con la Constitución.1 Juárez va escalando niveles en el servicio
público a la nación, pero sus derroteros están determinados tanto por co-
yunturas, como por su tacto y experiencia política.

Hablar de las ideas liberales en México que llegaron desde Europa y Es-
tados Unidos; es explicar la concepción y la conformación de una genera-
ción de políticos liberales que hicieron posible la Reforma como la
primera revolución social mexicana que posteriormente sentó la
estructura del Es- tado moderno en México.

El liberalismo corresponde a una nueva valoración del individuo como tal,


frente al poder público, cuyos orígenes se remontan al Renacimiento y la
Reforma religiosa en Europa. Esta revolución de la conciencia representa
la oposición radical a los criterios de autoridad y de tradición, en las
formas del pensamiento y la conducta humana imperantes en la Edad
Media y que se convierten en la transición del sistema feudal al
capitalista, que busca en el individuo, y no fuera de éste, la explicación
del mundo y la sociedad, se divide el territorio de la expresión divina y
terrenal del individuo.

Al producirse este cambio donde el sujeto se convierte en el foco de aten-


ción de los asuntos sociales, separándolo de los religiosos; se establecen
los principios necesarios para el desarrollo del individualismo.
1
Nos referimos a las Constituciones Federales de 1824 y 1857.
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Para decirlo con otras palabras: no hay poder humano que pueda preten-
der autoridad sobre la conciencia del individuo. Aparece dibujada la pri-
mera libertad constitutiva del liberalismo: la libertad de conciencia, como
un derecho fundamental del individuo para gobernar su propia vida sin
injerencia externa, ni humana ni divina. Estos son los términos filosóficos
del liberalismo.

El liberalismo en América Latina respondió a la lucha por superar el


pasado colonial en toda la región. Pero sus orígenes se remontan a la
ilustración francesa, sin embargo, su referente inmediato es la
ilustración española y el constitucionalismo de Cádiz. Los primeros
liberales en México como Valentín Gómez Farias, impulsaron una gran
variedad de reformas dise- ñadas para acabar de raíz con esa herencia.
Otros liberales como el Doc- tor José María Luis Mora o Lorenzo de
Zavala consideraban este legado colonial como el mayor obstáculo para
el progreso y el desarrollo.

Existe otro asunto de suma importancia en la política latinoamericana del


siglo XIX, rasgo fundamental para entender las relaciones sociales pos-
coloniales; se trata del localismo y la regionalización de la política, fenó-
meno que llevó “involuntariamente” al predominio del culto a la persona-
lidad o personalismo. En México su característica principal la constituyó
el clientelismo en formas de redes patrón–cliente de gran alcance social.
Mediante este mecanismo los caudillos adquirían poder y fortaleza en sus
propias localidades. Frecuentemente estas relaciones hacían las veces
de sustituto de las instituciones públicas formales. La regionalización de
la cultura política, sobre todo en el período comprendido entre 1810 y
1910, realzó esta tendencia al culto de la personalidad.

En América Latina se tenía una economía urbana manufacturera donde


la industria es incipiente; en este período inicia el ascenso de talleres y
factorías pequeñas, pero con escalas productivas que rebasaban el auto-
consumo. Esto es suficiente para ir creando una clase trabajadora y otra
comercial. Este proceso fue el que generó esa disociación social que se
intensificó con la división de clases propiciada por la puesta en marcha de
las políticas liberales en la economía; apertura total de los mercados, más
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libertad para la inversión extranjera -claro que con sujeción a la ley. Pero
el Estado es el que promueve la creación del mercado y no a la inversa
como sucedió en Europa.

La presión de Estados Unidos sobre la nueva República se extendió des-


de la tercera década independiente de México. Pese al regionalismo en
el siglo XIX, México tenía que arreglárselas para responder cohesiona-
damente a las intervenciones constantes de su Vecino del Norte, en una
forma desconocida para cualquier otro país de América Latina, durante el
mismo período histórico.

Curiosamente los tres primeros cuartos del siglo XIX fueron desastrosos
en términos económicos para México, y resultaron excelentes para Esta-
dos Unidos; significaron el desarrollo y el ascenso necesario para conver-
tirse en una potencia industrial, una vez que la Confederación del Norte,
industrial y liberal, venció a la del Sur agraria y esclavista, en la Guerra de
Secesión. Es paradójico que Estados Unidos representara para los libe-
rales mexicanos una amenaza y al mismo tiempo el paradigma político y
económico a seguir.

La fuerza de los liberales de tres generaciones se enfocó en la construc-


ción y consolidación del Estado en México hacia la década de 1870. La
Reforma fue un verdadero movimiento político que profundizó en la imple-
mentación de las medidas liberales. Una verdadera Reforma del Estado,
y al mismo tiempo su afirmación como República Representativa y Fede-
ral.

El regionalismo y el caudillismo, una combinación frecuente y poderosa,


frustraron los sucesivos intentos de establecer un gobierno constitucional
en el país. Unos pocos años después de la consumación de la indepen-
dencia; desde la década de 1830 hasta la de 1870, los dos bandos políti-
cos: conservadores y liberales, lucharon incesantemente para establecer
un modelo estatal monárquico o republicano.

La obra de Juárez representó un intento concertado para sentar una base

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jurídica para el gobierno; la supremacía del poder civil y el imperio de la
ley. Para lograr esto fue necesario un doloroso tránsito desde el
absolutismo colonial a la República Constitucional que tanto anhelaban
los liberales del siglo XIX y que costó mucha sangre en todas las regiones
del país.

I. Años de estudio

Desde su infancia Benito Juárez enfrentó muchas adversidades. La pri-


mera y fundamental es la lucha contra su propia pobreza, el niño Benito
quedó huérfano a la edad de tres años, permaneciendo bajo la protección
de su tío Bernardino Juárez, que lo empleó en las labores del campo,
entre ellas la de pastor, así que Juárez desde muy pequeño aprendió a
pastorear, a ser un guía y un cuidador; elementos ambientales que forjan
el carácter.

Su primer maestro fue la naturaleza - comenta Henestrosa – maestro que


todos los pedagogos ambicionan para los niños. “La proximidad de la pie-
dra azul del cielo lo hizo duro, rígido el frío de la montaña”.2 Asegurar que
el rebaño no se desperdigara fue una de las primeras tareas de quien
posteriormente se convirtió en líder de toda una generación de hombres
ilustres. El buen pastor es aquel que puede llevar a su grupo con sólidos
y firmes argumentos hacia tierras más fértiles. “Supo que el hombre
puede ser el guía y el protector de las criaturas más indefensas, y que
condu- cirlas por sendas seguras es el primer signo de su
responsabilidad y su grandeza”.3

A la edad de doce años, el niño Juárez parte rumbo a la ciudad de


Oaxaca, donde era costumbre ponerse al servicio en la casa de una
familia acomo- dada. En la casa de Don Antonio Maza, donde su
hermana trabajaba de cocinera, sirvió por una semana en una granja con
un sueldo de dos rea- les diarios, pero el joven Juárez tenía un deseo
vehemente por instruirse, en principio aprender a hablar, leer y escribir el
idioma español.

174 Rc et Ratio
2
Andrés Henestrosa, Los caminos de Juárez, Fondo de Cultura Económica, (FCE), México, 1972, p.7.
3
Ibid., p. 8.

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Al poco tiempo se colocó para trabajar con el señor Salanueva, encuader-
nador, a quien le ayudaba en el oficio de encuadernación. Éste lo
inscribió en la escuela donde debía aprender a leer y escribir; pero por
aquella época la instrucción escolar estaba dominada por la iglesia, y la
única posibilidad que se le presentaba al joven zapoteca de Guelatao era
la oportunidad de ordenarse como sacerdote, cuestión que no le
interesaba mucho, pese al empeño de su padrino. Sin embargo, una vez
que él mis- mo aprendió correctamente la lectura y escritura, entró al
seminario como la opción para hacerse de una educación en su condición
de indio zapote- ca, ya que era la única considerada para los indígenas.

A los quince años entró en el seminario con todo el anhelo de adquirir co-
nocimientos, y así poder influir, y servir a su patria que veía nacer.
Cuando el ejército trigarante entró en Oaxaca triunfante, el joven Juárez
aún no descollaba, pero sus deseos de sobresalir en favor de su patria
eran cada vez más intensos. Andrés Henestrosa lo explica así:

Hace tres años que ha llegado a la capital oaxaqueña; viste calzones y


camisa de manta, todavía calza huaraches. Forma la valla alborozada, se
suma al coro de los vivas, los vítores, acaso, otra vez lo ciegue el espec-
táculo de la gloria, se renueva en él el sentido de servir a su patria
cuando sea hombre.4

En el seminario dio nuevas muestras de su interés por el conocimiento y


de su decidido empeño por aprender en poco tiempo, el joven indio za-
poteca concluyó los estudios de gramática latina, pero su protector Sala-
nueva quiso que continuara con teología moral, sin embargo, eso iba en
contra de los deseos del joven oaxaqueño que una vez terminados estos
propósitos, se graduó de bachiller en el año de 1827, para después inscri-
birse en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca (fundado por liberales)
contra la opinión de su padrino y protector.

Aquí se revelaron sus dotes latentes y la índole natural de su inteligencia


ante el convencimiento de que sólo la educación escolar sería capaz de
4
Ibid., p. 48.

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transformar su realidad y su entorno social. En tal sentido Ralph Roedor
–su principal biógrafo extranjero- comenta:

…de esa satisfacción era imposible renegar y con ese incentivo poco le
importaban las penalidades con tal de mejorar su situación social.5

Así pues, a lo veintidós años, reinició su educación en el instituto, la cien-


cia que le ofrecía éste era superior a lo que le había ofrecido el
Seminario, en lugar de gramática latina, enseñaban las lenguas vivas del
siglo XIX (inglés y francés), en vez de filosofía escolástica, economía
política, la metafísica fue sustituida por la ciencia del derecho y su
jurisprudencia, rama que Juárez eligió para hacer carrera, los
conocimientos sociales se expandían con el pensamiento liberal
decimonónico europeo, que consti- tuía la vanguardia de las ciencias
humanas en el mundo occidental.

En materia de jurisprudencia, el instituto puso a su alcance las disciplinas


del derecho natural, civil y constitucional, mermando el concepto de au-
toridad religiosa o divina sobre los asuntos terrenales del hombre. Desde
aquí se empieza a vislumbrar su idea de la separación de la iglesia y el
Estado.

En 1831, ya como pasante de derecho, resultó electo regidor del H. Ayun-


tamiento de Oaxaca, dando inicio a su carrera política, ascendiendo por
el primer escalón, el del municipio. Cabe destacar que los caminos a la
po- lítica eran pocos e indirectos, y prácticamente exclusivos para
mestizos y criollos quienes podían acceder a los cargos públicos. Ahí
supo que esta- ba en la senda para iniciar su carrera de transformación
de los atavismos heredados de la tradición colonial.

Para el joven Juárez esto significó un gran esfuerzo de ahínco y tesón,


además de tener meridiana claridad de su objetivo, que era cambiar la fi-
sonomía de la sociedad en que nació: costumbrista y tradicional, cerrada
e injusta; atrasada social, económica y políticamente, donde sobre los
5
Ralph Roedor, Juárez y su México, Tomo I, SEP. Segunda edición, México, 1958, p.
61.
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indios pesaban fuertes contribuciones personales para servir a los
patrones.

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Estos eran los restos del gobierno colonial que impedían la consolidación
de un nuevo gobierno independiente y republicano, como lo dictaba la
Constitución de 1824.

Huérfano, sin hablar español, inmerso en la penuria y el aislamiento fami-


liar; refugiándose en una casa que a pesar de la bondad de los patrones,
se conducía bajo el signo de la servidumbre y la marginación. En una ciu-
dad que le parecía grande y extraña apenas con doce años de existencia,
el rostro de la discriminación en la piel y en la fisonomía; ansioso de
saber, huraño y desconfiado, pero lleno de vitalidad y fuerza interior, así
era el joven Juárez que rozaba el inicio de un futuro de historia
legendaria, hoy cargada de simbolismo, por lo que significa para el
servicio público de la Nación, un hombre que ascendió del México
profundo, para erigirse en un político estadista, que puso los cimientos del
estado moderno mexicano, cobijado con el manto de las ideas liberales,6
que luchó desde todas las trincheras que pudo, ya sea como estudiante
de derecho, regidor, diputa- do local, gobernador, diputado federal,
ministro de justicia y presidente de la República, cargos que la
administración pública le permitió realizar.

Sin embargo, hablar de hombres predestinados resulta ligero, inexacto e


incluso anticientífico; el líder popular, el político verdadero, más que po-
seer condiciones, se hace y se va haciendo conforme sea fiel a sus
princi- pios e ideales, a su vocación de servicio a la nación, su liderazgo,
y cierto, a sus habilidades para manejar las circunstancias políticas.
Juárez pensó actuando y actúo para aplicar lo que pensaba, y siempre
con la certeza de contar con la fuerza de la ley.

En parte lo hizo pensando y apoyado en el ejemplo de sacrificio de sus


grandes admiraciones: Morelos y Guerrero, el primero por su
pensamiento político y su genio militar, el otro por su constancia y
humildad, y ambos
6
Queremos aclarar al lector que las ideas liberales del siglo XIX no se han modificado en sus apotegmas ori-
ginales. Los principios básicos siguen siendo los mismos que utilizan los neoliberales de hoy: (democracia)
7 elección de los representantes mediante el voto libre, directo y secreto. La división de poderes, en adminis-
Ralph Roedor, Juárez y su México, Tomo I, SEP. Segunda edición, México, 1958, p.
tración (ejecutivo), orden jurídico (legislativo), e impartición de justicia (judicial). Junto con este Estado un
61.
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modelo de regulación económico de Laissez faire Laissez passer (dejar hacer y dejar pasar) dejando muy
claro el papel del Estado como precursor de la economía y no como motor.

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por su sacrificio a favor de la naciente sociedad mexicana.

Hoy al dirigir una mirada al pasado podemos observar la lucha y el es-


fuerzo que motivó a Benito Juárez a no claudicar en su empeño por hacer
algo en favor de la construcción del Estado-Nación sobre la base del libe-
ralismo. Así, México comenzó la lucha por la forma de gobierno que
debía establecerse a partir de la década de 1830.

El país heredó un sistema colonial construido básicamente a partir de la


si- guiente idea: Los misioneros predicaban el cielo y la salvación de su
alma a los indios, mientras los encomenderos se apropiaban de sus
tierras y de su trabajo, bajo la égida de la servidumbre. La situación de
México en el siglo XIX era complicada, ya que en este sentido el objetivo
era eliminar todo el modelo de inequidades e injusticias construido en la
colonia para reemplazarlo por uno republicano.

Con precisión, Roeder explica la importancia que tiene el aprendizaje en


la vida de Juárez:

Para un pasante de leyes con aptitudes para la física experimental, que


realizaba sus primeros pasos políticos, tanto su afición como su profesión
facilitaron su iniciación política. Todo estaba por hacerse o rehacerse. La
nación era un laboratorio de ensayos, y un principiante de leyes tenía to-
das las posibilidades para investigar los principios de la autonomía políti-
ca, participando en el experimento, observando diariamente la acción y la
reacción, computando las fuerzas naturales, y analizando las propiedades
físicas del proceso constitutivo de un nuevo cuerpo social. La demostra-
ción se realizó en el momento más propicio, en sus años de estudio, y
con una evidencia tan clara que las leyes científicas saltaron a la vista.7

Rafael de Zayas Enríquez, biógrafo juarista lo escribió así:

Juárez resolvió por sí mismo el primer problema de su vida, cuando prefi-


rió la ciudad al campo; de la misma manera resolvió el segundo
7
Ralph Roedor, Juárez y su México, Tomo I, SEP. Segunda edición, México, 1958, p.
63.
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problema,

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más complicado, cuando optó por el Instituto, abandonando el Seminario
por la vida civil, dejando de lado la eclesiástica.8

Innegablemente la carrera científica de Benito Juárez comprueba que el


ser humano se propone metas que pueden cumplirse con firmeza, volun-
tad, sacrificio, decisión, y ante todo sin claudicar frente a los principios e
ideales. Él realizó esto a conciencia y con empeño.

Los caminos y las circunstancias no fueron fáciles, Oaxaca era el santua-


rio indígena de México, veinte etnias y lenguas distintas, sin minas que
moviesen la ambición del colonizador, alejada de la Ciudad de México por
caminos insalvables dentro de una tradición centralista, una ciudad
blanca y española educada en la tradición de la orden dominica.
Acompañada por un mosaico indígena que solamente estaba vinculado
por la adopción del cristianismo, donde la mayoría vivía bajo el signo de
la dominación.

En este ambiente: un indígena puro proveniente de la vieja nobleza de los


de su raza, -de los que mandaban- convertido en pastor sin saber
español; encerrado en su propia lengua, sintió el irresistible deseo de
escapar hacia el español, el mestizaje, la ciudad y el futuro. El haber
destacado en el me- dio social oaxaqueño, venciendo todas las
adversidades que se imponían desde fuera, lo convirtió en un indio que
nunca volvería a bajar la mirada.

II. La primera experiencia: gobernador de Oaxaca

Un año después de haber sido regidor abandonó el cargo para buscar


una diputación local acompañado por sus compañeros políticos, muchos
coterráneos que ya reconocían su actitud trabajadora y honesta. En el
bienio 1833-1834 realizó su trabajo en la legislatura local como diputado.
Así, aprovechando la tribuna liberal presentó una iniciativa para celebrar
solemnemente la memoria de Vicente Guerrero, hombre admirado por él,
9
y al que convirtió en célebre independentista, e hijo predilecto de
Oaxaca.
9
Ralph Roedor, Juárez y su México, Tomo I, SEP. Segunda edición, México, 1958, p.
8
63.Rafael de Zayas Enríquez, Juárez, su vida / su obra, Editorial Sepsetentas, tercera edición, México, 1972, p. 59.
178 Rc et Ratio
9
Para la exaltada juventud federalista oaxaqueña, Guerrero era un santo, un símbolo, una bandera. Reunía aquellas tres
san- gres que José María Luis Mora propuso como constitutivas de la raza mexicana: la india, la española y la negra: era el
mexi- cano en cabalidad. Andrés Henestrosa , Los caminos de Juárez, Fondo de Cultura Económica, (FCE), México, 1972,
p. 50.

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Logró que las autoridades todas: civiles, militares y aún eclesiásticas rin-
dieran tributo al caído a traición en Cuilapan.

También relevante fue una segunda iniciativa, proponiendo al Congreso


la confiscación de los antiguos bienes de Cortés en beneficio del Estado.
Este otro acto demuestra las claras intenciones de irle restituyendo las ri-
quezas que por origen le correspondían al pueblo. Aunque al final no
pasó de ser un gesto formal o simbólico; constituyó en su momento
histórico, un ejercicio de patriotismo retrospectivo. Lo que resalta ante
estos actos formales con impacto real, es la vocación patriota del
Benemérito en un momento de definiciones ideológicas para la nación
mexicana.

Este periodo fue en el que la verdadera personalidad de Juárez se mostró


por primera vez en su accionar político, en tal sentido su talante se des-
cubrió:

…no descolló por las galas de su palabra, que era llano en el decir; ni por
la brillantez de su ingenio, que era reflexivo; ni por la vehemencia de sus
opiniones que era sereno.10

Al referirse Benito Juárez a España en 1840 durante el aniversario de la


independencia, el 16 septiembre; le parecía claro que los peninsulares
habían legado a México un sistema político guiado por prácticas antiso-
ciales; ante todo: descuido de la educación, imposición de doctrinas de
ciega obediencia, implantación de clases con intereses creados, así como
el aislamiento, la corrupción, la intimidación y la división de la sociedad
colonial.

Un condiscípulo suyo, Miguel Méndez, que murió a temprana edad, cuan-


do el joven de Guelatao era diputado local exclamó:

“Y éste que ven ustedes, reservado y grave, que pareciera inferior a


noso- tros, éste será un gran político, se levantará más alto que nosotros,
llegará

180 Rc et Ratio
10
Ibid., p. 63.

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a ser uno de nuestros grandes hombres y la gloria de la patria”.11

Méndez no se equivocó, la historia le concedió la razón del oráculo, ya


que notó que Juárez, siendo un pensador, sus ideas se formaban por
cris- talización; esto da solidez y perduración en el tiempo, gracias a que
su carácter era justamente reflexivo y sereno.

Estos momentos de batalla en su estado natal fueron templando su ca-


rácter político, y normando sus convicciones liberales, de tal manera que
ni sus convicciones lo abandonaron, ni él abandonó jamás los principios
liberales. La situación política en su estado para el año de 1833 pintaba
mal; al cerrar sus sesiones la Cámara de Diputados de Oaxaca, Juárez
describió así la situación:

“Las opiniones encontradas, exaltadas las pasiones, el poder ejecutivo


vacilante y sin prestigio, la administración de justicia en su total
abandono, exhausto el erario, la milicia reducida a una completa nulidad,
el Estado todo muy parecido al esqueleto de un gigante: he aquí el
aspecto triste y melancólico que presenta la cosa pública”.12

Su reaparición en la actividad pública se produce en 1841 cuando es


nom- brado juez Civil y de Hacienda, Juárez prestó sus servicios de
abogado por una causa noble, la de los desvalidos: los pobres del país,13
que no recibían más que las injusticias del orden social del siglo XIX.
Juárez siem- pre culpó a la ignorancia y a la miseria como resultado de
las aberraciones de la conducta humana.

Después de una negociación para equilibrar las fuerzas locales, entre los
dos partidos enfrentados, el liberal y el conservador, Juárez asume la se-
cretaría de gobierno en Oaxaca. La idea era contemporizar para llevar un
gobierno de paz, pero por diferencias políticas e ideológicas con el Gene-
11
Benito Juárez, Angel Pola (compilador), Exposiciones como se gobierna, tomo I, Instituto de Estudios de
la Revolución Mexicana, Secretaría de Gobernación, 2ª edición, facsimilar, México 2000, p. 24.
12
Ibid., p. 28 y 29.
13
Nombrado juez de primera instancia en 1841, Juárez prestó servicios a la comunidad con una probidad
inta-
chable que bastaba para convertir el favor político en beneficio público. Ralph Roedor, op. cit, p. 91.
182 Rc et Ratio
ral Antonio León renuncia al cargo para ser nombrado después Fiscal del
14
Tribunal Superior de Justicia de su Estado.

Enrique Krauze –conocido historiador–lanza un dardo envenenado dicien-


do:

Juárez navegó en la política de esos años con pericia, sin mayor apego a
los principios liberales o federalistas, en apoyo irrestricto al poder de he-
cho que encarnaba Santa Anna.15

Esta aseveración causa desconcierto pero se puede entender por la sen-


cilla razón que en la década de los cuarenta del siglo XIX, ser santanista
significaba defender la independencia, la libertad y la integridad de la pa-
tria; seguir al caudillo, confiar en él por ser un guía, ha sido parte de
nues- tra conducta política tradicional.

En perspectiva histórica, las circunstancias políticas de la época, en pri-


mera instancia, no permitían mucho margen de acción para oponerse al
poder del caudillo, que era real y tenía peso. Podía ser incluso contrapro-
ducente tomar una acción de riesgo para resistirse a los poderes fácticos.
Algunos principios del pragmatismo político que acompañó a Juárez en
su vida política, le sirvieron para cumplir pequeños objetivos y avanzar
paso a paso en la senda de la transformación.

El mismo Krauze se da respuesta al escribir:

“Sin la antigua legitimidad monárquica, sin la incipiente y frágil legitimidad


legal, ¿Dónde se afianzaría el principio de poder? Solo en los rasgos per-
sonales del caudillo.16
14
Op. cit., Benito Juárez, Angel Pola (compilador) y Rafael de Zayas Enríquez, Juárez, su vida / su obra.
15
Según el historiador los biógrafos omiten los incómodos datos de este periodo; como son sus elogios pú-
blicos y sus manifestaciones de lealtad para el héroe que enterró su pierna. Expresa que los documentos son
ciertos y existen. Termina afirmando: “Por sentido común, por incapacidad para el idealismo, por apego al
hombre fuerte, por las mismas razones que todo México, también Juárez fue santanista”. En Enrique Krauze,
Siglo de caudillos. Biografía política de México (1810-1910), Tusquets Editores, Barcelona, 1994, p. 214.
16
Ibid., p. 134. Lorenzo de Zavala, escritor liberal yucateco, describe a Santa Anna así: “Es un hombre que
tie-
ne en sí un principio que le impulsa siempre a obrar, y como no tiene principios fijos, ni un sistema arreglado
Rc et Ratio 183
“Terminada la lucha de las armas había comenzado una nueva lucha,
mucho más profunda y peligrosa: la de las azarosas diferencias de opi-
nión. Santa Anna dibujaba los dos extremos, dando a ambos una
implícita
17
razón”.

En cambio la postura de sus biógrafos nacionales coincide con lo que


Ral-
ph Roedor sintetiza en estas palabras:

“Más aparentes que reales, sus inconsecuencias políticas no pasaban de


ser meras concesiones a la conveniencia y la contemporización”.18

Al aceptar la posición de Secretario de Gobierno al lado de un


gobernador que era un satélite de Santa Anna, ¿qué tan comprometedor
resultó este ascenso? Con el propósito de señalar la flexibilidad de sus
convicciones, Roedor acusa a Juárez de oportunista. Pero cuando se
trató de firmar una orden del gobernador, consignando a los tribunales
que se negaban a pagar los diezmos eclesiásticos, Juárez renunció.19 Su
ingenio fue ob- tener varias ventajas a partir de las concesiones. Pero
también lograr una posición para conciliar, negociar o contemporizar, e ir
minando las viejas tradiciones del régimen colonial, y demandar a las
instituciones eclesiásti- cas que cumplieran el nuevo orden jurídico.

A Juárez no le convenía rebelarse contra el orden político imperante, su


idea fue no violentarlo, sino al contrario establecer uno nuevo a partir de
la práctica de las normas, tarea que no fue suficiente mediante la inequí-
voca aplicación de la ley, ya que la costumbre muchas veces ganaba a la
norma.

Otro acontecimiento que algunos de sus biógrafos destacan como una


decisión que le atrajo el escalonamiento a cierto nivel social, fue el ha-
berse casado con Margarita Maza, hija de un español de origen italiano,
de conducta pública, por falta de conocimiento, marcha siempre hacia los extremos en contradicción consigo
mismo. No medita las acciones ni calcula los resultados”.
17
Ibid., p. 136.

184 Rc et Ratio
18
Ralph Roedor, Juárez y su México, Tomo I, SEP. Segunda edición, México, 1958, p. 91.
19
Ibid., p. 91y92.

Rc et Ratio 185
que paradójicamente es el dueño de la casa, en donde su hermana sirvió
como cocinera.

La familia Maza se contaba entre los españoles más respetables de


Oaxa- ca y la gente de “bien” recibió el enlace con la misma sencillez que
Mar- garita. La joven pintó a su pretendiente con dos frases: “es muy feo,
pero muy bueno”.20 El indio que conquista a la mujer de raza blanca y se
casa, tiene descendencia mestiza. Mesticismo que hoy no alcanza a
resolver su profunda raíz histórica que deviene de la fusión indígena y
española.

Este proceso de emancipación social que le produjo su matrimonio lo


puso en una intersección; todo conspiraba para conciliarlo con el orden
impe- rante, compenetrarlo de sus ventajas, y reducirlo al igual que otros
idea- listas al aprecio sensato de lo posible y no de lo deseable, sin
embargo, Juárez decidió luchar por los ideales liberales, en pro de la
consagración de la nación. Aunque eran tiempos difíciles navegó con
pericia para no sucumbir en su empeño de cambiarle el rostro a su país.

Su llegada a la gubernatura se da una vez más por una transacción políti-


ca, las circunstancias así lo demandaban. Una junta legislativa nombró un
triunvirato, compuesto por Fernández del Campo, José Arteaga y Benito
Juárez, no obstante, la fórmula no funcionó ya que en última instancia el
origen de este órgano transitorio que había surgido de una rebelión en
una guarnición militar, era ilegal.

Por lo tanto, la transición hacia el federalismo carecía de legalidad


estatal, ya que la Constitución de Oaxaca de 1825, reconocía como
legítimos sólo a los gobiernos civiles que hubiesen llegado al poder como
resultado de un proceso electoral. Se halló una salida a este brete
mediante una acción ejecutiva en el nivel federal. El presidente Mariano
Salas ordenó a José Arteaga que asumiera el puesto de gobernador del
estado. Con la diso- lución del triunvirato, éste último ocupó el poder
formalmente. Pasó poco tiempo cuando Arteaga nombró a Juárez como
Presidente del Tribunal

186 Rc et Ratio
20
Ibid., p. 91.

Rc et Ratio 187
Superior de Justicia del estado de Oaxaca.21

En 1846 con base en la Constitución de 1824 se convocó a elecciones


y Juárez resulta electo diputado al Congreso de la Unión, que se reunió
en la capital de la república el mismo año. Momentos difíciles ya que en
ese instante la nación se encontraba enfrascada en una guerra cruenta e
injusta contra los Estados Unidos. En 1847, año terrible como se le deno-
minó, el General Antonio López de Santa Anna, que detentaba el poder
ejecutivo, peleaba en la Angostura contra el ejército invasor. Mientras en
el Congreso mexicano se votó una ley que ordenaba hipotecar los bienes
de manos muertas del clero, para conseguir 15 millones de pesos y
continuar la guerra contra los norteamericanos.22

En estos momentos aciagos la República corría un gran peligro, la in-


gobernabilidad era patente, el clero y los conservadores unían fuerzas y
conciliaban con Santa Anna, y éste que había abandonado el campo de
batalla disolvió el Congreso y eliminó políticamente a Gómez Farías, vice-
presidente en funciones y reconocido liberal reformador, el más
constante, honrado y antiguo liberal que tenía México.

Se inician revueltas y levantamientos en diferentes puntos del país, uno


de ellos se escenifica en Oaxaca. Triunfan los liberales, Arteaga
renuncia y la legislatura local nombra a Benito Juárez gobernador
Constitucional del Estado, llegando al puesto más encumbrado al que
podía acceder en su entidad natal.

Finalmente en febrero de 1848 se firma el Tratado Guadalupe–Hidalgo


que puso fin al estado de guerra entre México y Estados Unidos, la gran
tragedia se había consumado. El territorio nacional cercenado en más de
la mitad, pues se perdieron todos los territorios del norte y noroeste de
21
Margarita Urías, “Militares y comerciantes en México 1830-1846”, en Florescano, Enrique (ed.),
Orígenes y desarrollo de la burguesía en América Latina 1700-1955, México, Siglo XXI, 1985, pp. 87-90.
22
Op. cit., Ángel Pola. El artículo principal de la ley iniciada por los señores Lazo, Alcalde, Othon y
Perdigón, dice: “Se autoriza al gobierno para proporcionarse, por los medios que crea convenientes, hasta 15
millones de pesos, para continuar la guerra contra los Estados Unidos del Norte, pudiendo aún hipotecar o
vender bienes de manos muertas por esa cantidad”, p. 32.

188 Rc et Ratio
México (California, Arizona y Nuevo México, además de la anexión de
Texas). La capital ocupada por las tropas norteamericanas y bajo su con-
trol los puertos y las aduanas del país. El tratado no era más que la
expre- sión formal de la derrota; la legalización de una conquista
territorial.23

En todo este trance Santa Anna, derrotado y denostado, separado del


mando del ejército de la república, huye de la capital del país y llega a Te-
huacan para de ahí dirigirse a la capital del estado de Oaxaca. Como esta
noticia resucitaba la agitación local, Juárez tomó medidas preventivas:

Entonces ordené al gobernador del departamento de Teotitlán, que en


caso de que el general Santa Anna se internase en el territorio del
estado, le hiciese saber que podía pasar y permanecer en cualquier
población del mismo, menos en la capital y sus inmediaciones. 24

Santa Anna entró en territorio de Oaxaca, precisamente a Teotitlán en


donde permanece unos días y después se retira hacia Orizaba sin exigir
nada.

Santa Anna nunca le perdonó esta negativa para recibir asilo en el


estado.
Años más tarde el mismo general veracruzano recordaba:

…nunca me perdonó haberme servido la mesa en Oaxaca, en diciembre


de 1829, con sus pies en el suelo, usaba todavía camisa y calzón de
manta, en la casa del licenciado don Manuel Embides…Asombraba que
un indígena de tan baja esfera hubiera figurado en México como todos
23
El Tratado Guadalupe-Hidalgo constituía la ambicionada posesión de Estados Unidos sobre las tierras del
norte de México, siguiendo los límites trazados cincuenta años atrás por los fundadores de la Federación
Norteamericana. Los acuerdos también estipulaban las condiciones legales en las que quedarían los
habitantes mexicanos de estas regiones, que de pronto se convirtieron en extranjeros en su propia tierra,
extraños a las leyes, el idioma y la cultura que se les imponía. Los enviados mexicanos a la firma del Tratado
hicieron todo lo posible por proteger de alguna manera a los compatriotas de los territorios perdidos. En los
artículos VIII y IX se garantizaba a los mexicanos el respeto inviolable a sus propiedades, la protección en el
goce de su libertad, el libre ejercicio de su religión y el amparo de la Constitución de los Estados Unidos.
Este es el comienzo de una larga historia de desavenencias entre mexicanos y estadounidenses. Gilberto

Rc et Ratio 189
López y Rivas, La guerra del 47, Editorial Nuestro Tiempo, México, 1976, p. 88.
24
Op. cit., Rafael de Zayas Enríquez, p. 68.

190 Rc et Ratio
saben.25

Estas palabras llenas de desprecio muestran la animadversión que sentía


el general Santa Anna por el indio oaxaqueño que empezó a despuntar
como gobernador de su estado. Este descrédito con el que estigmatiza
al zapoteca, es el inicio de una relación que termina mandando al exilio a
Juárez.

Otro hecho de esta época es la solicitud que el gobernador Juárez hizo al


clero oaxaqueño para cooperar en la defensa de la patria y la religión.
Las autoridades eclesiásticas contribuyeron al esfuerzo con prédicas
patriotas en los púlpitos y donando las campanas de los templos para la
fundición de los cañones.

El periodo constitucional de gobernador terminó en 1849 y se procedió


a nuevas elecciones, el zapoteca se presentó como candidato para un
cuatrienio más, lo que permitía la constitución estatal, obtuvo la victoria
y comenzó un segundo período de gobierno. Vale destacar que durante
estos cinco años de gobierno el benemérito se catapultó como una figura
nacional notable y conocida por sus obras en el estado.

Al frente del gobierno de Oaxaca comenzó a hacer realidad sus ideales


liberales, con pensamiento y acción. Tomó las riendas de su estado, en
el que encontró las arcas vacías y agobiadas por las deudas. Sin embar-
go, al concluir su administración informó que habían sido saldadas esas
obligaciones y cubierto el presupuesto de egresos, dejando un superávit
de cincuenta mil pesos, lo que prueba el orden y el buen manejo de las
finanzas públicas, así como sus conocimientos económicos.

Como gobernante de su estado, bajo rigurosos y transparentes principios


económicos, logró grandes avances; su filosofía de trabajo fue:

“A fuerza de economías bien entendidas y de cuidados incesantes es


muy capaz de admirables progresos la hacienda pública”.
25
Op. cit., Ralph Roedor, p. 103.

Rc et Ratio 191
“La hacienda pública necesita, para sus adelantos, de un orden estable
en que reciba constantemente el aliento que sólo sabe darle el celo por la
observancia estricta de un plan fijo”.

“Al gobierno cumple cuidar que los caudales públicos sean manejados
con pureza y que no se inviertan en objetos que la ley no haya
señalado”.26

En el primer punto es visible el principio de austeridad. En el segundo


prin- cipio, queda clara la determinación de metas, planes o programas
para al- canzarlos, y, por último, un acucioso trabajo en el manejo de los
recursos públicos para evitar actos de corrupción o enriquecimiento ilícito.

En tal sentido el propio gobernador lo expresaba así con una visión de


transparencia y rendición de cuentas que deja asentado su talante de
polí- tico comprometido, leal y honesto con la administración que llevó a
cabo:

Como gobernante de un pueblo libre bajo el sistema republicano, repre-


sentativo, popular, federal no debo ocultar mis operaciones oficiales.
Debo de dar cuenta a los representantes del pueblo de los actos de mi
gobierno, para que conociéndose hasta que punto he correspondido bien
o mal a la confianza ilimitada que en mí depositó el cuerpo legislativo,
pueda apro- barse o reprobarse mi conducta, y también para que
poniéndose a la vista los obstáculos que han impedido o retardado los
progresos de los distintos ramos de la administración, puedan los
legisladores removerlos por medio de leyes justas y sabias.

Otra de las causas que han contribuido eficazmente para afianzar el or-
den, es la confianza que se ha procurado inspirar en los ciudadanos, con
hechos más que con promesas, de que sus personas y sus intereses es-
tán al abrigo de las leyes y vigilados y defendidos por las autoridades. Al
efecto, mi primer cuidado ha sido crear y organizar una fuerza pública
que, por su moralidad, por su disciplina y por su equipo, pueda ocurrir
pronta- mente a prestar el auxilio conveniente en cualquier punto del
estado, sin
192 Rc et Ratio
26
Ibid., p. 73.

Rc et Ratio 193
extorsionar a los pueblos.27

Otro aspecto relevante y vanguardista es la importancia que le brinda a la


mujer dentro de la sociedad. En un periodo donde la participación política
de la mujer era nula, el benemérito no olvidó la importancia de la educa-
ción femenina:

“Formar a la mujer con todas las recomendaciones que exige su


necesaria y elevada misión, es formar el germen fecundo de
regeneración, mejora social. Por esto es que su educación jamás debe
descuidarse”.28

Al concluir su último período gubernativo, había en el estado 8 escuelas


normales, 699 municipales, a las cuales concurrían 25,637 niños y 4,429
niñas. Durante su etapa como gobernador de Oaxaca trabajó por mejorar
las condiciones de vida de su pueblo. Combatió las causas de la pauperi-
zación, porque sabía que la miseria extingue todas las energías, lo mismo
las materiales que las psíquicas. Así que un pueblo sin energías no
puede ser libre.

El verdadero poder político es eficaz si se apoya en el orden jurídico. Se


pueden tener las ideas más operativas, el más claro conocimiento de los
problemas y la concepción más adecuada del programa a seguir; pero si
como lo exige la política, no se saben tratar, acordar y manejar recursos
humanos -ya que estos no son objetos insensibles- por lo general se fra-
casa.

Juárez heredó el asunto del Istmo de Tehuantepec en 1847, un tema


añejo que básicamente consistía en un problema de tenencia de las
tierras. En
1842 la situación en el istmo adquirió importancia nacional cuando Santa
Anna otorgó una concesión a José de Garay, un empresario adepto al ré-
gimen, para la construcción de un ferrocarril o un canal que conectase el
Golfo de México con el Océano Pacífico, proyecto al cual se opusieron
los grupos indígenas: Chontal, Zapoteca y Zoque.29
27
Ibid., pp. 69-72.

194 Rc et Ratio
28
Op. cit., Rafael de Zayas Enríquez, p. 78.
29
Aunque Juárez era zapoteca, provenía de una cultura diferente y de un grupo lingüístico distinto de los

Rc et Ratio 195
Surgió un líder dotado de experiencia militar y astucia política: José Gre-
gorio Meléndez, que jugó un papel importante en la política de la región
(Juchitán y Tehuantepec). La rebelión que organizó en 1847 coincidía con
la presencia de las tropas norteamericanas aún en campaña en territorio
mexicano. El gobernador Juárez vio un peligro inmediato en vista de los
designios estadounidenses con respecto a la posible ruta de tránsito por
el istmo.30 Quiso acabar con el conflicto en la región ante la posible
presen- cia de las tropas del Vecino del Norte.

El zapoteca se encontró con una situación que no cedía ante su particular


combinación de principios y flexibilidad. Juárez carecía de raíces en el
istmo y también de experiencia política en conflictos armados. Cometió
errores de cálculo. Nombró a Meléndez coronel de la guardia nacional de
Tehuantepec con el objetivo de repeler cualquier fuerza norteamericana.
Al mismo tiempo, nombró a Máximo Ortiz, un acérrimo enemigo de
Melén- dez, gobernador del Departamento.

Los motivos eran distintos, quería distanciar al gobierno de los intereses


empresariales privados en el istmo, neutralizar a Meléndez con la ocupa-
ción de un cargo público y oponerlo a Ortiz. No logró ninguno de estos
ob- jetivos. No logró mantener el imperio de la ley en la región y, por lo
tanto, perduraron los derechos de propiedad privada, pero atribuía la
rebelión a la ejecución arbitraria de las demandas de los nuevos
administradores de la propiedad. Esto trababa la posible resolución al
conflicto de la pertenen- cia de la tierra en la región del istmo.

Mientras el conflicto avanzaba Juárez determinó enviar la fuerza pública


para aplacar el conflicto en 1850, sin embargo, Meléndez unió fuerzas
con Ortiz, y sacó un plan que proponía la separación del istmo del estado
de Oaxaca. Juárez ansioso por resolver la crisis solicitó una autorización
al Congreso estatal para viajar personalmente al interior de la región, pero
no alcanzó grandes resultados, en cuanto regresó a la capital del estado
la violencia se desató.
zapotecas del Istmo.
30
Gilberto López y Rivas, La guerra del 47, op. cit, p. 56.

196 Rc et Ratio
Juárez terminó sus funciones en el cargo de gobernador y el asunto
quedó inconcluso. El fracaso en el istmo se debió a que Juárez no
entendió las verdaderas intenciones de los líderes disidentes, y los
sentenció como simples criminales: ladrones, contrabandistas y
defraudadores fiscales. Aplicó el principio de ejecución de la ley que
implicaba el uso de las fuer- zas armadas estatales para imponer una
solución al problema, pues quería acabar con la costumbre de llegar a
componendas con la criminalidad.

En este afán de resolver la crisis en el istmo durante su gobierno, mandó


tres expediciones, las cuales únicamente lograron utilizar el brazo arma-
do del estado, disfrazado como ley, para matar indios de su propia etnia
y promover los intereses privados en la región.31 Juárez intentó sin éxito
alcanzar un equilibrio entre los empresarios, en nombre del progreso, y
los pueblos de campesinos y artesanos, en nombre de la justicia.

Cuando terminó el encargo de gobernador, el zapoteca evitó la escisión


del estado de Oaxaca, pero no pudo resolver el problema de tenencia de
la tierra en el Istmo de Tehuantepec. Aunque en 1853 tras reconocer al
gobierno de Santa Anna, que se había instalado otra vez en la capital de
la República mexicana, a Meléndez le valió la creación del Territorio del
Ist- mo de Tehuantepec, separado del estado de Oaxaca.32 Este
problema re- sucitaría años más tarde y culminaría con el Tratado Mc
Lane–Ocampo.

En 1852 Benito Juárez se separa del cargo de gobernador al terminar su


segundo mandato y regresa como director del Instituto de Ciencias y
Artes de Oaxaca. Retirado momentáneamente del servicio público el
oaxaque- ño vuelve a desempeñar su profesión de abogado.

III. Juárez y la Revolución de Ayutla

La revolución llamada “Plan de Guadalajara” triunfa en la capital de la Re-


pública y Antonio López de Santa Anna es llamado por los
conservadores,

Rc et Ratio 197
31
Leticia Reina, Historia de la cuestión agraria mexicana: Estado de Oaxaca, México, Juan Pablos Editor,
1988, 2 vols., I, pp. 194-197.
32
Ibid., pp. 201-204.

198 Rc et Ratio
y regresa a ocupar la presidencia, éste no olvida que Juárez en su
período de gobernador del Estado de Oaxaca, no le permitió llegar a la
capital cuando fue denostado, después de la derrota frente al ejercito
norteame- ricano y en un afán de venganza, Santa Anna toma preso al
zapoteca y lo envía al exilio. Juárez se refugia en Nueva Orleans junto
con otros libera- les como Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga y José
María Mata, quienes se autodenominaron junta revolucionaria en el exilio.

Con el regreso de Santa Anna al poder, el caudillo ocupó la presidencia


en alianza con Lucas Alamán y los conservadores de 1853 a 1855. Dos
años gobernó sin ninguna Constitución, ya que la de 1824 la suspendió
hasta el punto de llamarse asimismo Su Alteza Serenísima.

Después de año y medio de exilio, trabajando como torcedor de cigarros,


el “Benemérito de las Américas” decide regresar a México para unirse al
Plan de Ayutla, concebido por el General Juan Álvarez, héroe de la inde-
pendencia nacional, quien luchó al lado de Guerrero, y fue secundado
por el coronel retirado, Ignacio Comonfort en 1854, un liberal moderado,
hacendado de Puebla que había llegado a ser administrador de la
Aduana de Acapulco.

Así comenzó una revolución con fuertes tintes reformadores, no solo con
el deseo de acabar con la dictadura de Santa Anna. El levantamiento ar-
mado contenía un plan de acción con la idea de llevar a cabo el programa
de políticas liberales que había sido postergado e interrumpido por la
reac- ción conservadora apoyada en los grandes poderes fácticos: la
oligarquía y el clero.

Se describía en el plan que las instituciones liberales eran las únicas ca-
paces de poner las reglas del juego sociopolítico y lograr la tan ansiada
gobernabilidad.

El primer paso fue destituir a Santa Anna y excluir al círculo de empresa-


rios, terratenientes y clérigos que lo rodeaban, para lo cual se requería de
un amplio consenso entre la naciente clase política liberal. El plan salió
de
Rc et Ratio 199
la Hacienda La Providencia, propiedad de Juan Álvarez y fue puesto en
marcha por el coronel Florencio Villarreal, gobernador civil y comandante
militar de la Costa Chica, y su legión multiétnica conocida como “Los Pi-
nitos”.

El movimiento era una respuesta al intento de Santa Anna de reconstruir


el sistema centralista, en particular, el reclutamiento militar obligatorio, el
sistema de la gleba que arrancaba a los padres de sus hogares. Además
de la pesada carga del impuesto de capitación.

Todavía Santa Anna tuvo tiempo de cometer otro atropello contra la na-
ción: la firma del Tratado de Gadsden.33 El acuerdo estaba pendiente en
el senado norteamericano, y convenía otra cesión territorial a los Esta-
dos Unidos. Con la venta del territorio de La Mesilla -como se conocía en
México- en la cantidad de siete millones de pesos, se perpetraba la última
transferencia territorial real para el país y sus habitantes, a favor de los in-
tereses estadounidenses, que tenían proyectado la vía del ferrocarril que
uniría las dos costas: la del Pacífico y la del Atlántico; base para que los
Estados Unidos se convirtieran en un futuro, no lejano, en potencia impe-
rial transoceánica.

Poco a poco la mecha de la revolución se fue extendiendo por el territorio


nacional, Manuel Doblado en Guanajuato, Juan José de la Garza en Ta-
maulipas, Santos Degollado en Jalisco, el joven Porfirio Díaz en Oaxaca,
De la Vega en San Luis Potosí, Miguel Negrete en Michoacán e Ignacio
de la Llave en Veracruz.34 El movimiento era ya imparable y la caída de
Santa Anna parecía inminente. Ante la agitada Revolución proclamada en
Ayutla, deja el mando militar y abandona la capital, en Perote pública un
33
Ralph Roeder, Juárez y su México, I SEP, México, 1957, pp. 153 y 154. Benítez comenta una anécdota sig-
nificativa por lo que representa en términos de ética y responsabilidad e incluso resulta bochornosa y risible.
Gracias a la venta del territorio de La Mesilla, el cónsul Francisco de Paula Arraingoz, tomó setenta mil
pesos producto de la transacción territorial como parte de sus honorarios por la comisión de la venta y dijo
que esta acción no la había realizado como cónsul, sino como particular. La opinión pública se indignó y
reprobó el he- cho, Santa Anna lo destituyó, y Arrangoiz con lo embolsado se fue de inmediato a Europa.
Fernando Benítez, Un indio zapoteco llamado Benito Juárez, Punto de Lectura, México, 2006, pp. 87 y 88.
34
Clyde G. Bushnell, La carrera política y militar de Juan Álvarez, Editorial Porrúa, México, 1988, pp. 213
y 214.

200 Rc et Ratio
manifiesto, renunciando a la Presidencia de la República y se embarca
para Turbaco en Colombia, lugar del que ya no regresaría.

Cuando Juárez llegó al puerto de Acapulco, en Guerrero, para ponerse a


las órdenes del General Álvarez, éste no lo reconoció como un hombre
de armas, sino como un hombre de ideas y acción política, como lo que
ya era a sus 49 años, un liberal al que los historiadores no pueden identi-
ficar, ni con moderados ni con radicales. Juárez cooperó con quién en su
opinión era necesario colaborar en cada momento sin que le importara
facción o partido.

Este pragmatismo político lo va acompañar el resto de su vida. Gracias a


esta actitud política supo poner los intereses de la nación por encima de
los del partido. Aunque esto suele ser controvertido pues hay quien
piensa que la actitud de Juárez fue en beneficio personal por la misma
acumula- ción de poder que llegó a concentrar.

Existe una anécdota del regreso de Juárez a México antes de incorporar-


se a la Revolución de Ayutla. Después de su desembarco en Acapulco
so- licitó audiencia con el General Juan Álvarez, pero al encontrarse
ausente, fue recibido por su hijo Diego Álvarez a quien le dijo:

Porque sabiendo que aquí se peleaba por la libertad, había venido a ver
en que podía ser útil.35

Juárez empezó su labor como escribano en la secretaría del general


Álva- rez. Tiempo después llegó un paquete desde la ciudad de México
rotula- do: para el Señor Licenciado Benito Juárez, entonces Álvarez lo
reconoció y le dijo: “¿Con qué es usted el que fue gobernador de
Oaxaca? Sí señor,
¿por qué usted no me había dicho esto? ¡Para qué! Qué tiene ello de
particular”,36 replicó Juárez. Esta respuesta muestra la humildad y la
sen- cillez del Benemérito.

35
Rafael Zayas Enríquez, Benito Juárez su vida /su obra, Sepsetentas, México, 1971, p. 87.
36
Ibid., p. 88.
Rc et Ratio 201
La Revolución de Ayutla abrió una prolongada lucha por el poder que
duró dieciséis meses. Santa Anna demostró su incapacidad para detener
el movimiento armado que se expandió hasta el Norte con Vidaurri,
cacique militar de Nuevo León y Coahuila, y que se levantó en armas con
la guar- dia nacional en contra de la última dictadura del caudillo de
Veracruz.

Los límites del movimiento armado al sur llegaban hasta la mixteca en


Oaxaca y a Michoacán en el oeste. La Revolución representaba la
alianza tácita de todas las fuerzas del país que querían terminar con el
estilo per- sonal de gobernar de Santa Anna, quien para el desempeño de
su gestión había suspendido la Constitución de 1824.

Ante todo debe reconocerse que la coalición de Ayutla tomó el poder en


la capital de la República con la anuencia del ejército regular, que se pro-
nunció por el Plan de Ayutla. Una semana después Comonfort entró en
Guadalajara y emitió una circular proclamando a Juan Álvarez como pre-
sidente interino.

En Cuernavaca el General suriano convocó al prometido Congreso para


la elección presidencial en 1855, resultando él mismo elegido. Posterior-
mente trasladó su gobierno a la Ciudad de México y formó su gabinete.
Relaciones Exteriores: Melchor Ocampo; Justicia, Negocios Eclesiásticos
e Instrucción Pública: Benito Juárez; Gobernación: Miguel Arrioja; Hacien-
da: Guillermo Prieto; Fomento: Ponciano Arriaga; y Guerra: Ignacio Co-
monfort.

Así que desde que Juárez se hizo cargo de esta cartera se propuso aca-
bar con la prepotencia del clero y el militarismo, por medio de una ley que
les quitase sus fueros; momento que le pareció el más propicio puesto
que la Revolución de Ayutla había tomado fuertes tintes reformistas. El
paso que dio Juárez no podía calificarse menos que audaz, ya que el
clero go- zaba de gran prestigio y respeto tanto entre las clases altas
como en las bajas, y el ejército desmoralizado por el abandono en el que
lo dejó su jefe máximo Santa Anna, además de sus pésimos
antecedentes, constituía una fuerza que manejada por el clero podía
202 Rc et Ratio
provocar graves conflictos en

Rc et Ratio 203
lo sucesivo.

La idea del Benemérito era precisamente restar poder a estas dos insti-
tuciones decimonónicas de gran fortaleza. Es cierto que el gabinete de
Álvarez podía considerarse republicano y liberal de lo más avanzado,
pero tenía en contra al más prestigiado y poderoso general, Comonfort, el
ver- dadero autor del Plan de Ayutla, quien ejercía bastante influencia en
el presidente Álvarez. Elegido Presidente Interino de la República por una
junta nombrada por él mismo, el caudillo delegó sus facultades en Co-
monfort, quien se encargó de organizar el gobierno y se instaló en la capi-
tal como árbitro de la situación. Si Comonfort hubiera sido un ambicioso,
poco esfuerzo le habría costado acaparar el poder; pero, generoso y sin
experiencia, acogió con agrado la colaboración de los recién llegados.37

Sin embargo, esa naturaleza que sirvió para defender a los liberales exi-
liados en Nueva Orleans, después funcionó para transigir con la
oposición y ceder en temas que no apoyaban las reformas liberales en el
ámbito político.

Ralph Roeder, historiador estadounidense, escribió sobre esta debilidad


de Comonfort para prestarse a transacciones:

“En lo personal, poco dejaba que desear: desinteresado, honrado, escru-


puloso y leal, Comonfort era sin duda, uno de esos mexicanos sincera-
mente dispuestos a posponer su ambición al bien público; pero propenso
a transigir”.38

Desde la formación de este gabinete se comprendió que era imposible


su subsistencia por mucho tiempo pues las diferencias del grupo liberal
no tardarían en manifestarse, además la avanzada edad del prestigiado
general Juan Álvarez, hacía imposible que este tuviese el suficiente
nervio para decidirse entre las opuestas posiciones de Comonfort y
Juárez.39 En
37
Ralph Roeder, op. cit., pp.165 y 166.
38
Ralph Roeder, op. cit., p.166.
39
Benito Juárez, Angel Pola (compilador), Exposiciones como se gobierna, tomo I, Instituto de Estudios de
la Revolución Mexicana, Secretaría de Gobernación, 2ª edición, facsimilar, México 2000, pp. 42 y 43.
204 Rc et Ratio
tales circunstancias parecía poco plausible llevar adelante una reforma
favorable para los liberales radicales, sin usar alguna estratagema.
Juárez lo comprendió así, y aprovechó el momento en que Comonfort se
ausen- tó tres días de la capital, para obtener del presidente Álvarez la
firma de aprobación de la Ley de Administración de Justicia, mejor
conocida como Ley Juárez, primera de las Leyes de Reforma.

En lo fundamental esta nueva ley se proponía establecer principios de


igualdad suprimiendo los tribunales especiales, tanto eclesiásticos como
militares. Se traducía en someter a las clases privilegiadas a la
jurisdicción de los tribunales civiles como máxima y única autoridad
pública. La inten- ción fue acabar con fueros y canonjías de clérigos y
militares para lograr que estos fueran jurídicamente responsables de sus
acciones dentro de la sociedad. Pero dejemos que lo explique el mismo
Juárez:

“Desde entonces manifesté que, en mi concepto era indispensable intro-


ducir en el ramo de la administración de justicia algunas reformas, dero-
gando o modificando por lo pronto, las disposiciones que daban
existencia a los tribunales especiales, por ser notoriamente nocivos a la
sociedad, por el abuso de las clases a cuyo favor se dictaron y por estar
en pugna abierta con el principio de igualdad que la Nación, en la última
revolución que acababa de triunfar, se había propuesto a hacer
efectivo”.40

Además de tocar intereses económicos y políticos, el establecimiento de


esta ley fue considerada una intromisión del poder civil de los liberales,
con el objetivo de instaurar una sociedad laica.

Juárez también hizo otro planteamiento en la Ley sobre Administración de


Justicia, el cual tenía que ver con la elección de magistrados nombrados
para la Suprema Corte de Justicia. En el momento que la Ley sobre Ad-
ministración de Justicia entró en vigor, (noviembre de 1855), los ministros
serían electos por el ejecutivo federal. Esta decisión era contraria a las
especificaciones de la Constitución de 1824, que disponía que los magis-
trados de la Suprema Corte de Justicia serían seleccionados, a través de
Rc et Ratio 205
40
Rafael Zayas Enríquez, Benito Juárez, op. cit., p. 92.

206 Rc et Ratio
los congresos legislativos locales que proponían candidatos, mismos que
después eran elegidos por el congreso federal.

La acción de Juárez no solamente golpeaba la independencia del poder


judicial, sino que también el tradicional papel que jugaba el legislativo en
los niveles estatal y federal, en la selección de los ministros de la Corte.
A éstos se les pidió que jurasen lealtad al Plan de Ayutla. Esta medida
rápida y profundamente política impuesta por Juárez pasó por encima de
las peticiones de los magistrados, quienes solicitaban la restauración de
la independencia e integridad judicial, después de los intentos de Santa
Anna de llenar la Corte de partidarios suyos. Pero la decisión de Juárez
revelaba claramente su creencia en que solamente una fuerte autoridad
ejecutiva podría llevar a cabo el programa liberal.41

Como se comprometió en el Plan de Ayutla, el 30 de agosto de 1855, la


administración de Álvarez lanzó la convocatoria para la elección de dele-
gados al Congreso Constituyente, que formularía una nueva Constitución
en sustitución de la de 1824. El edicto eliminó el derecho de representa-
ción del clero en el Congreso constitutivo. Según Juárez, la intención no
fue excluir a los miembros de la iglesia católica permanentemente del de-
recho a ejercer el sufragio, sino garantizar la eliminación de los diputados
del clero para que no obstruyesen el proceso de creación del nuevo
orden político: republicano y democrático. Una vez consolidado este
sistema po- lítico, se les permitiría a los clérigos participar como
ciudadanos.42

El General Álvarez renunció a la presidencia en favor de Ignacio


Comonfort,43 a quien nombró como presidente substituto, de esta forma
los moderados del partido liberal lograban su propósito de colocar en la
cúspide del poder a un hombre afín a sus intereses. Así fue como los
moderados tomaron
41
Linda Arnold, “La política de la justicia: los vencedores de Ayutla y la suprema corte mexicana”,
Historia
Mexicana XXXIX, ii (octubre-diciembre, 1989), pp. 43-49.
42
Clyde G. Bushnell, La carrera política, op. cit., p. 246.
43
Al abandonar la presidencia el general Juan Álvarez pronunció estas palabras: “Pobre entré en la
presidencia y pobre salgo de ella; pero con la satisfacción de que no pesa sobre mí la censura pública, porque

Rc et Ratio 207
dedicado desde mi tierna edad al trabajo personal, sé manejar el arado para sostener a mi familia, sin
necesidad de los puestos públicos, donde otros se enriquecen con el ultraje de la orfandad y de la miseria”.
Citado en Fernando Benítez, Un indio zapoteco llamado Benito Juárez, Punto de Lectura, México, 2006, pp.
103 y 104.

208 Rc et Ratio
por asalto la presidencia de la República.

En el gabinete se hicieron patentes las divisiones al interior del partido.


Guillermo Prieto y Melchor Ocampo renunciaron.44 Benito Juárez fue el
único que permaneció en el gabinete de Comonfort con el objetivo de dar-
le seguimiento a la nueva Ley sobre Administración de Justicia y
continuar con las reformas liberales contempladas en el Plan de Ayutla.

Sin embargo, temeroso de la influencia de Juárez entre los legisladores


liberales que discutían la nueva Constitución, Comonfort pensó en
alejarlo de la capital y en enero de 1856 le ofreció la gubernatura del
estado de Oaxaca. Juárez aceptó y dejó la cartera de Justicia. Así fue
como Comon- fort supuestamente se deshizo del autor de la controvertida
Ley que había disminuido la total inmunidad del clero.

El 2 de febrero de 1856, el recién nombrado gobernador de Oaxaca mani-


festó públicamente su apoyo a la finalización de la Revolución de Ayutla,
cuyo propósito -escribió en un manifiesto- era “respetar y hacer respetar
las garantías constitucionales del hombre y el ciudadano”, tales como la
libertad de expresión y la igualdad ante la ley, entre otras.

IV. Juárez segunda vez gobernador

Juárez llegó al estado de Oaxaca y en Tehuacan se entera del llamado


Plan de Uraga, secundado por el coronel Villarreal, el cual desconoce su
autoridad. Los mandos y la guarnición que habían servido al gobierno de
Santa Anna se pronunciaron contra la Ley Juárez, y su pronunciamiento
asentaba:

44
Melchor Ocampo como hombre radical del partido liberal no transigió con el gobierno y al renunciar al
gabinete esgrimió estos argumentos: “Como me explicó de plano Comonfort que la revolución seguía el
camino de las transacciones y como soy de los que se quiebran pero no se doblan, dejé el ministerio…Dudo
mucho que con apretones de mano, como Comonfort me dijo que había apaciguado a México y se proponía
a seguir gobernando, pueda conseguirlo, cuando yo creo que los apretones que se necesitan son de pescuezo.
El tiempo dirá quién se engañaba”. Citado por Enrique Krauze, Siglo de Caudillos, Tusquets, México, 1994,
pp. 223 y 224.

Rc et Ratio 209
Considerando que si llegará a tomar el control del gobierno Don Benito
Juárez causaría incalculables desgracias a los habitantes de Oaxaca,
por- que siendo el autor de la ley antieclesiástica es claro que querrá
hacerla cumplir; considerando, en fin, que la nación de día en día camina
a su ruina: se desconoce al señor Benito Juárez.45

Las fuerzas militares que lo acompañaban se encargaron de convencer a


los sublevados quienes depusieron su actitud hostil hacia el gobernante.

A su llegada Juárez encontró su tierra natal en un estado lamentable, y


prácticamente anulados todos los beneficios de su anterior gobierno. Re-
abrió el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, su alma mater, que
había sido degradada a escuela preparatoria, la cual cesó sus funciones
por un decreto de Santa Anna.

Juárez comenzó por aplicar las primeras leyes de Reforma en el estado:


la Ley Juárez y la Ley Lerdo, la primera suprimía privilegios y la segunda
ata- caba un problema añejo; la propiedad de las tierras ociosas en
manos de la iglesia y la aristocracia.46 El Benemérito aplicó la Ley Lerdo
en Oaxaca, donde procuró aclarar los procedimientos y amortiguar para
las comunida- des indígenas los gastos y desventajas que pudiera
causar. Estos fueron los primeros efectos prácticos de las Leyes de
Reforma, que acabarían enconando al país.

A fin de contar con los medios prácticos para promover el proyecto liberal,
Juárez restableció la Guardia Nacional de Oaxaca, misma institución que
había sido acusada de ser su brazo armado para imponer otras leyes an-
teriores. Exigió la disolución de lo que quedaba del ejército regular con el
argumento de que no era probable que lo apoyase en su labor de gobier-
no. Como él mismo lo expresó en sus apuntes:
45
Citado en Fernando Benítez, op. cit. p.105.
46
Se refiere a la Ley Lerdo cuyo nombre oficial era Ley de Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas
Propiedad de las Corporaciones Civiles y Religiosas. La medida privatizadora de Lerdo lanzó al liberalismo,
en su forma más controvertida, a la arena rural. Lerdo veía la propiedad corporativa como un obstáculo para
el desarrollo económico. Por este motivo, buscó con esta ley una transformación radical de la relación
jurídica en torno a la posesión de la tierra, que tenía consecuencias económicas y sociales de gran alcance.

210 Rc et Ratio
“…porque aquella clase de fuerza, viciada en los repetidos motines en
que jefes ambiciosos y desmoralizados como el general Santa Anna la
habían obligado a tomar parte, no daba ninguna garantía de estricta
obediencia a la autoridad y a la ley y su existencia era una continua
amenaza a la liber- tad y al orden público”.47

El otro problema que enfrentó fue el asunto pendiente del Istmo de Te-
huantepec, que había proclamado en 1855 el establecimiento de la región
en territorio federal. Los habitantes de la zona ya habían manifestado su
deseo de volver a unirse a Oaxaca al poco tiempo del fin de la revolución
liberal de Ayutla, pero el gobierno había retrasado la cuestión hasta des-
pués de la promulgación de la nueva Constitución. A este respecto, el go-
bernador Juárez trabajó estrechamente con los diputados constituyentes
oaxaqueños para la restitución de los territorios. El zapoteca logró que el
Congreso Constituyente de 1856-1857 acordara la reincorporación de los
territorios de Tehuantepec y Juchitán al estado de Oaxaca.48

Al deteriorarse la situación política al interior del partido liberal con res-


pecto a la reacción de los conservadores por la puesta en marcha de la
segunda Constitución mexicana, Comonfort empezó a buscar aliados que
le ayudasen a salvar el cargo de presidente. Volvió a llamar Juárez a la
ca- pital de la República, para que tomara el cargo de secretario de
Goberna- ción en su gabinete. Le pidió específicamente que le ayudara a
reconciliar a las facciones enfrentadas dentro del partido liberal
(moderados contra radicales) en un tiempo de profunda crisis nacional,
donde el clero y el partido conservador estaban en pie de guerra contra
las reformas liberales y la nueva constitución.

Previo a su designación como ministro de Gobernación, Juárez había


sido nombrado en las elecciones nacionales, presidente de la Suprema
Corte de Justicia de la Nación, cargo que de acuerdo con la
Constitución de
1857 le hacía sucesor a la presidencia del país, si llegara a faltar el presi-
47
Benito Juárez , Los apuntes para mis hijos, Centro Mexicano de Estudios Culturales, México, 1968, p. 37.
48
Edmundo O’Gorman, Historia de las divisiones territoriales de México, Editorial Porrúa, Colección “Sepan
cuantos”, México, 1973, pp. 116-119.
Rc et Ratio 211
dente por cualquier motivo. Esta posición le resultaría muy benéfica en el
futuro. El Zapoteco dejó Oaxaca en octubre de 1857 para nunca volver.

V. Juárez y la Constitución de 1857

El año del Congreso Constituyente corrió de febrero de 1856 a febrero


de 1857. Estaba conformado por 155 diputados encargados de diseñar
la nueva Constitución que regiría a la República. Era un Congreso unica-
meral, no hubo Senado desde que Santa Anna abolió todos los órganos
representativos del sistema federal, en diciembre de 1853, hasta que en
1874 Sebastián Lerdo pudo restablecer el Senado.

Los defensores de esta Constitución, entre los que se encuentra Juárez,


la veían como un instrumento que vendría a terminar con la política per-
sonalista y a establecer la supremacía de la ley. Sus autores, escritores,
abogados, periodistas, todos ellos progresistas, pretendían transformar lo
que quedaba de la herencia colonial en una sociedad moderna fundada
en principios de igualdad ante la ley, soberanía del pueblo, derechos del
hombre y propiedad privada, fundamentos centrales del liberalismo deci-
monónico.

Los liberales, autores de la Constitución, identificaban dos problemas ca-


pitales en México: el centralismo y la hegemonía del ejecutivo. La Carta
Magna de 1857 aportaba elementos para la disminución del poder del
ejecutivo nacional, y la supremacía del poder legislativo en una estructura
federal de gobiernos y constituciones estatales.

La Constitución de 1857 fortaleció el cargo de gobernador estatal. Éstos


nombran a los administradores de distrito, mejor conocidos como “jefes
políticos”, que eran sus agentes ejecutivos. El “jefe político” era identifi-
cado como el “mandamás” del lugar, y ejercía una variedad de poderes
que iban desde, ejercer control sobre los municipios, decidir en caso de
elecciones reñidas, reclutar para el ejército permanente y administrar las
tierras baldías desocupadas.49
49
J. Lloyd Mecham, “The Jefe Politico in Mexico”, Social Science Quarterly XIII, 4, (marzo 1993), pp.

212 Rc et Ratio
La organización de los municipios había sido el primer gran intento de
transformar el orden de los pueblos. El nuevo sistema constitucional, qui-
taba autonomía a las comunidades y las subordinaba al Estado central.
El cambio no fue fácil, y, por décadas, la organización de los municipios
estuvo “viciada” por la persistencia de prácticas tradicionales, y la lucha
por mantener la autonomía de otro tiempo. Inventar las instituciones era
una cosa, transformar el espíritu público de los campesinos era otra muy
distinta, y mucho más difícil.

El problema clave aquí, es la inexistencia de ciudadanos identificados con


la constitución diseñada y la sociedad que propugnaban los liberales. Lo
que teníamos era un Estado demasiado débil para servir de mediador,
pero demasiado fuerte para extorsionar a los pueblos. A esto hay que
sumar la tradición corporativa y paternalista heredada de la Colonia. Las
comunidades buscan su espacio de subsistencia en la competencia de
las autoridades, y aspiran siempre a que la autoridad suprema intervenga
como mediadora en los conflictos. Este es un signo palpable de nuestra
cultura política.

La constitución incorporaba las leyes Juárez y Lerdo. La primera excluía


a todos los miembros del clero de la posibilidad de ocupar un escaño de
diputado y suprimía todos los fueros del clero y el ejército. Así lo expresó
Juárez en sus memorias:

“Imperfecta como era esta ley, se recibió con grande entusiasmo por el
Partido Progresista; fue la chispa que produjo el incendio de la Reforma
que más adelante consumió el carcomido edificio de los abusos y preocu-
paciones…desafío que se arrojó a las clases privilegiadas y que el
General Comonfort y todos los demás, por falta de convicciones en los
principios de la revolución, o por conveniencias personales, querían
detener el curso de aquélla transigiendo con las exigencias del
pasado…”50

La Ley Lerdo disponía de la utilización de tierras ociosas, para promover


333–352.
50
Benito Juárez, op. cit., p. 35.
Rc et Ratio 213
la propiedad privada. Liquidaba los bienes raíces del clero y así minaba el
monopolio territorial más extenso en México durante el siglo XIX. Satisfa-
cía tanto la demanda de subdivisión, como de explotación de los terrenos
baldíos en beneficio de la clase media.

La disolución de las comunidades indígenas era un objetivo explícito de la


política de desamortización. El modelo liberal de Estado exigía la supre-
sión de las viejas lealtades comunitarias locales, y la uniformidad frente a
la autoridad estatal. Necesitaba fundar su dominio sobre una sociedad de
individuos convertidos en ciudadanos. No podía negociarlo con
comunida- des relativamente autónomas en principio, que se oponían al
Estado:

Incuestionable es que no debe tolerarse la existencia de comunidades


indígenas, procurándose por el contrario la repartición de los bienes de
que han sido propietarios, y éste es cabalmente uno de los principales
preceptos de la ley.51

Es indudable que había una tendencia, muy lenta y desigual, pero persis-
tente, a la disolución de las comunidades. El modelo clásico del funciona-
miento de las comunidades supone que eran “sistemas sociales
limitados”, con fronteras bien definidas y una conciencia sólida de
identidad. Cada comunidad conservaba sus propias costumbres,
tradiciones y lengua, se rodeaba con una muralla de desconfianza y
hostilidad hacia los extraños. Un conjunto de esas comunidades podía
estar subordinado a una hacien- da que se encontrara valle abajo, pero
conservaba al mismo tiempo, un fuerte sentido de diferencia cultural y
social con respecto a la población de la hacienda.52

La garantía de subsistencia de las comunidades indígenas, está en la


base de su orden tradicional: la fuerte cohesión interna, autogobierno,
tierras comunales y servicios religiosos. La noción de justicia -tan
maltratada- es asociada por las comunidades, con la idea de
subsistencia, y con el crite-
51
Carta del Ministro de Hacienda, Miguel Lerdo de Tejada, al gobernador de Michoacán, sobre la aplicación
de la ley de desamortización en 1857. Citado por Fernando Escalante, Ciudadanos Imaginarios, El Colegio

214 Rc et Ratio
de México, México, 1986, p. 65.
52
Eric R. Wolf, Las luchas campesinas del siglo XX, Editorial Siglo XXI, México, 1985, p.17.

Rc et Ratio 215
rio moral básico que es la reciprocidad.53

La tercera ley de Reforma que componía el tridente reformador, fue la


ela- borada por José María Iglesias, misma que llevaba su nombre, (Ley
Igle- sias). Esta ley de abril de 1857 aumentaba los temores del clero, ya
que secularizaba los cementerios y regularizaba la cantidad y cobros de
los honorarios del clero por sus servicios. La Ley sobre Aranceles y
Obven- ciones Parroquiales, considerada como otro atentado contra los
derechos de la iglesia, estableció la obligación de los sacerdotes de
colgar en los templos el costo por sus servicios.

El defecto cardinal de la nueva constitución, es que careció de cimientos


económicos, y que salió sobrecargada con derechos políticos, que habían
de convertirse, en deberes más que en haberes. La Carta Magna de 1857
abría con veintinueve artículos que definían los derechos del hombre y
señalaban las garantías individuales. El sufragio universal, el derecho de
acusar a los funcionarios públicos, los derechos de petición, de reunión,
de amparo constitucional, de jurado, la libertad de enseñanza, de prensa,
de imprenta, de opinión, de comercio, y la libertad de conciencia, este últi-
mo un derecho fundamental en las sociedades democráticas liberales, ya
que significa la libertad de pensamiento. Juárez así lo escribió:

Libre, y para mí muy sagrado, el derecho de pensar.54

Las discusiones en el Congreso Constituyente fueron acaloradas e inten-


sas pero el momento culminante llegó cuando se discutió el tema de la
libertad de cultos. Previamente se discutió la libertad de conciencia que
no pasaría sin oposición por parte del clero y los clericales, sin embargo,
no fue obstáculo alguno en la discusión. El verdadero alegato se dio con
el asunto de la libertad religiosa, el debate se prolongó ocho días y puso
53
La obligación de la reciprocidad es el principio moral por excelencia, y se aplica con la misma fuerza a las
relaciones entre iguales y entre desiguales. Es entonces lógico que, en su conducta política, los campesinos
busquen y prefieran los vínculos personales con hacendados o caciques, con quienes pueden mantener rela-
ciones de reciprocidad. Ibid., p 61.
54
Benito Juárez, Flor y Látigo. Ideario político, selección y prólogo de Andrés Henestrosa, Columna Liberal
del Estado de México, Toluca, 2005, p. 32.

216 Rc et Ratio
de relieve los talentos más caracterizados de la asamblea.

La tarea mayor era la de enfocar el problema en sus justas dimensiones y


disociar el ataque al exclusivismo religioso católico de todo lo que pudiera
parecer un ataque a la fe. Ignacio Ramírez “El Nigromante”, insistió que
era un contrasentido hacer compatible la “democracia religiosa” con el
régimen teocrático que dominó durante el siglo XIX. Al discurrir sobre el
artículo 15 que tocaba este tema, el Nigromante, único ateo confeso en la
asamblea constitutiva de 1856 expresó:

En 1824 cuando aún estaban humeantes las hogueras de la inquisición,


con uno de sus tizones mal apagados se escribió en la Constitución de la
república el artículo que estableció la intolerancia religiosa, y este artículo
es el que venimos hoy a borrar en nombre de la humanidad, y sí es posi-
ble, a costa de nuestra sangre.55

Ante esta posición de los radicales, los moderados del partido liberal
argu- mentaron que “no era tiempo”, al objetar que las ventajas de la
libertad de cultos eran remotas y problemáticas, y en un país saturado de
catolicismo, los peligros que podían correr eran muchos, entre ellos una
guerra civil. Con voz de profeta Ignacio Ramírez planteó el escenario que
le esperaba a la República mexicana.

El 5 de febrero de 1857 se proclamó la segunda Constitución de México,


acompañada de un manifiesto que presumía los logros de la nueva Carta
Magna:

La igualdad será de hoy en adelante la gran ley de la república; no habrá


más mérito que el de las virtudes; no manchará el territorio nacional la
esclavitud, oprobio de la historia humana; el domicilio será sagrado; la
propiedad inviolable; el trabajo y la industria libres; la manifestación del
pensamiento sin más trabas que el respeto a la moral, a la paz pública y
a la vida privada; el tránsito, el movimiento sin dificultades, el comercio,
55
Discurso pronunciado por Ignacio Ramírez en la asamblea constituyente de 1856, periodista, maestro,
escri- tor y liberal que perteneció al ala radical del partido. Citado por Ralph Roedor, op. cit., p. 187.

Rc et Ratio 217
la agricultura sin obstáculos; los negocios del Estado examinados por los
ciudadanos todos; no habrá leyes retroactivas, ni jueces especiales, ni
confiscación de bienes, ni penas infamantes, ni se pagará por la justicia,
y en México, para su gloria ante Dios y ante el mundo, será una verdad
práctica la inviolabilidad de la vida humana.56

Finalmente la constitución de 1857 resultó un polvorín para el gobierno


de Comonfort. La excitación que vivía la sociedad hacía temer a cada
instante, acontecimientos graves que provocasen una explosión social
ge- neralizada. La puesta en marcha de la Carta Suprema fue el
instrumento jurídico que sentó las bases para establecer el estado laico y
abandonar el estado teocrático, además de poner los cimientos de la
estructura jurídica de las instituciones del Estado mexicano.

Sin embargo, ya desde fecha muy temprana, la cuestión de si la constitu-


ción podía funcionar suscitaba opiniones encontradas dentro del partido
liberal. La esencia del problema residía en el agotamiento deliberado del
ejecutivo y la concentración de poder a favor del legislativo, además de
la presencia de gobiernos estatales fuertes en las distintas regiones del
país.

Sólo veintiún diputados del Congreso Constituyente fueron reelegidos,


muchos de los nombres famosos quedaron fuera: Gómez Farías, Francis-
co Zarco, Ocampo, Ignacio Ramírez, Ponciano Arriaga, Santos Degollado
y José María Lafragua. Comonfort interpretó los resultados de las eleccio-
nes como una derrota de la Constitución. Los verdaderos ganadores eran
los liberales radicales de los estados, quienes pretendían aprovechar esta
anulación del poder central para disponer de las propiedades que aún le
quedaban a la iglesia y para asegurarse el control de todos los recursos
federales que pudiesen. Así que lejos de representar una derrota de la
constitución, era su consecuencia lógica.

VI. Juárez y la guerra de Reforma


Lilia Díaz, “El liberalismo militante”, en Historia General de México, tomo 3, El Colegio de México,
56

México, 1976, p. 103.

218 Rc et Ratio
La división interna del partido entre liberales puros y moderados, sobre el
asunto de reformar la nueva Constitución, sirvió de trasfondo al autogolpe
de Estado, conocido como Plan de Tacubaya, donde Zuloaga, militar de
la guarnición de la Ciudad de México, acordó con Comonfort, según los
tér- minos del Plan, gobernar con poderes ejecutivos omnímodos,
prescindir del Congreso, así como convocar a un nuevo Congreso para
formular una Constitución práctica y viable.

Una de las consecuencias del golpe simulado fue la detención de miem-


bros del gabinete, entre ellos Juárez57, quien permaneció arrestado en
Pa- lacio Nacional desde la noche del 17 diciembre de 1857 al 11 de
enero de
1858. Burlado y confundido, Comonfort había llegado hasta donde podía
llegar con sus últimas acciones, a la dictadura personal y el aislamiento
político. Después de haber puesto todos los instrumentos del gobierno de
lado de los reaccionarios; de haber traicionado sus juramentos y sus obli-
gaciones desconociendo la Carta Magna para gobernar, se ajustó al Plan
de Tacubaya.58

En enero de 1858 el general Félix Zuloaga desconoció a Comonfort como


presidente. Éste, desengañado, desconfiado y desacreditado, creyó
hacer un mal a la causa de los amotinados restituyéndole a Juárez su
libertad, lo cual permitió al oaxaqueño lo que por derecho constitucional le
corres- pondía: la presidencia de la República, al haber sido elegido
Presidente
57
Existe una buena cantidad de preguntas, que pone a Juárez en una difícil situación en el momento del golpe
de Estado. Ellas son: ¿Cuánto sabía o cuánto quería saber de la conjura incipiente? En los primeros días,
queda en duda; pero de todos modos, si ignoraba una maniobra que era un “secreto a voces” o se abstuvo a
sa- biendas de investigar y comprobarla. Cuando Comonfort le comunicó su intención de cambiar de política,
ya con conocimiento del Plan de Tacubaya, Juárez no hizo nada, su reserva resultó perjudicial para él, su
partido, el Congreso y finalmente el país, que caminaba inexorablemente hacia una guerra civil. ¿Por qué?
¿Le pareció inútil intervenir? ¿O más útil callarse? ¿A qué motivo obedecían su discreción, su inactividad,
su pasividad ante el peligro? ¿O se dejó arrastrar por las circunstancias siendo incapaz de impedir la
catástrofe? De aquí viene su fama de hombre circunspecto e impasible. Sin emba rgo, todas estas parecen ser
dudas insondables que permanecerán. Ralph Roeder, op. cit., p. 220.
58
Los principales artículos del Plan, lanzado el 17 de diciembre de 1857, fueron estos: “Art.1 Desde esta
fecha cesará de regir en la República la Constitución de 1857. Art. 2 Acatando el voto unánime de los pue-
blos, expresado en libre elección que hicieron de Ignacio Comonfort presidente de la República, continuará
encargado del mando supremo con facultades omnímodas, para pacificar a la Nación, promover sus

Rc et Ratio 219
adelantos y progreso, y arreglar los diversos ramos de la administración pública”. Tomado de Ángel Pola,
(compilador), op. cit., p. 51.

220 Rc et Ratio
de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como lo establecía la
Cons- titución recién aprobada.

Comonfort abandonó el país para dirigirse hacia Estados Unidos con la


anuencia de los reaccionarios. Juárez huyó de inmediato, primero a Que-
rétaro y desde ahí a Guanajuato, donde puso su empeño en restablecer
el régimen liberal y lanzó un manifiesto en el que expresó:

El gobierno constitucional de la república, cuya marcha fue interrumpida


por la defección del que fue depositario del poder supremo, queda resta-
blecido. La Carta Fundamental del país ha recibido una nueva sanción,
tan explícita y elocuente, que sólo podrían desconocerla los que volunta-
riamente cierren los ojos a la evidencia de los hechos.59

En la capital de la República los conservadores levantaban otro gobier-


no que se proponía encumbrar el régimen de “religión y fueros”. Estos
acontecimientos, que llevaron al establecimiento de dos gobiernos
rivales, abrieron el período de tres años conocido como Guerra de
Reforma, que en los hechos fueron diez debido a la intervención
francesa.

El triunfo del partido conservador se manifestó en la invalidación de la


Constitución. Las clases reaccionarias no gustan de transar. Cuando ce-
den lo hacen obligadas por la fuerza, pero siempre soñando en recuperar
lo perdido. Anhelan conservar todo cuanto tienen. Siguen con la mente
fija en los privilegios del ayer. En esta tesitura, los conservadores estaban
dispuestos a dar la batalla para desintegrar el régimen liberal y recobrar
los beneficios de antaño.

Después de un periplo por el centro y occidente del país, Juárez esta-


bleció su gobierno en Guadalajara, mientras recuperaba la capital de la
nación en manos de los golpistas de Tacubaya. El gabinete que formó
en la capital de Jalisco se componía así: Relaciones y Guerra: Melchor
Ocampo, sabio y filósofo de la escuela estoica; Gobernación: José
Santos Degollado, un apóstol, casi un iluminado, héroe de todas las
derrotas y
Rc et Ratio 221
59
Tomado de Zayas Enríquez, op. cit., p.110.

222 Rc et Ratio
las reorganizaciones; Justicia, Negocios Eclesiásticos e Instrucción Públi-
ca: Manuel Ruiz, un liberal sin tache, y un hombre de profunda reflexión;
Hacienda: Guillermo Prieto, un idealista, casi un soñador; Fomento: León
Guzmán; un jacobino intransigente. 60 El mando del ejército se le entregó
al General Anastasio Parrodi.

El golpe de Estado dado por Zuloaga el 17 de diciembre de 1857, supu-


so el punto de inflexión en las relaciones Iglesia-Estado. El motín generó
un profundo sentimiento anticatólico entre los liberales moderados, que
después de la desastrosa alianza de Comonfort y Zuloaga socavó la cre-
dibilidad moral de los moderados propensos a transigir con la reacción.
Por el contrario esta actitud alimentó la guerra civil y encendió el ánimo
revolucionario de los liberales radicales.

En Guadalajara Juárez pretendía convocar al Congreso para expedir las


leyes orgánicas de la Constitución, y llamar a elecciones de presidente,
ya que manifestó que no quería prolongar un solo día el corto período de
su administración transitoria, y así lo expresó:

Llamado a este difícil puesto por un mandato constitucional y no por el


mandato de las facciones, procuraré, en el corto periodo de mi adminis-
tración, que el gobierno sea el protector imparcial de las garantías indivi-
duales, defensor de los derechos de la nación y de las libertades
públicas. Llamaré al orden a los que con las armas en la mano o
cualquier manera niegan la obediencia a la ley y a la autoridad.61

Una parte de la guarnición de Guadalajara se pronunció por el Plan de


Ta- cubaya. En palacio detuvo a Juárez junto con su gabinete, a quienes
pre- tendían fusilar. Les salvó la vida la elocuencia de Guillermo Prieto,
quien se dirigió a los soldados que iban a cometer el crimen. En aquel
momento de zozobra, las siguientes son las conocidas palabras que el
inspirado discurso de Prieto pronunció:
60
Así fue como calificó a los hombres de este gabinete de guerra, Rafael de Zayas Enríquez, biógrafo de
Juárez, en op. cit., p.110.
61
Ibid., p. 111 y 112.

Rc et Ratio 223
Aquella terrible columna hizo alto frente a la puerta del salón… y sin
espe- rar y sin saber quien daba las voces de mando, oímos
distintamente: “¡al hombro! ¡presenten! ¡apunten!...” y ahogando la voz de
fuego que tronaba en aquel instante, grité: “¡levanten esas armas!
¡levanten esas armas! ¡los valientes no asesinan…!” y hablé y hablé.62

El gobierno, después de firmar una capitulación con las fuerzas


sediciosas resolvió salir de Guadalajara rumbo a Colima. Desde esta
ciudad, Juárez y sus ministros decidieron, por términos estratégicos,
trasladar el gobierno constitucional a donde las comunicaciones fueran
más ágiles, este punto fue la ciudad de Veracruz. Así que se
embarcaron en Manzanillo rumbo a Panamá donde siguieron hasta llegar
al puerto jarocho. Finalmente en esta ciudad quedó establecido el
gobierno constitucional de Juárez.

Las tropas liberales dirigidas muchas veces por oficiales de guerra impro-
visados, lucharon durante un año contra un ejército profesional con tropas
disciplinadas y oficiales de carrera. El entusiasta ejército liberal sufrió in-
numerables derrotas, lo cual hizo más difícil la administración de
Veracruz. Las tensiones dejaron sentirse al interior del gabinete de Juárez
por la tardanza en la aprobación de las Leyes de Reforma.

El primer año de guerra para los liberales fue desastroso en términos mi-
litares. Los generales Miramón y Márquez obtuvieron grandes victorias
en los combates de Puerto de Carreras, San Luis Potosí; Barranca de
Atenquique, Colima; Acámbaro, Guanajuato y Poncitlán, Jalisco. Todas
estas batallas fueron libradas por el hombre de las mil derrotas: Santos
Degollado, quien no ganó ninguna trascendental frente a los oficiales con-
servadores Miramón, Mejía y Márquez.

En diciembre de 1858, gracias al Plan de Navidad, Miguel Miramón des-


conoció tanto a Juárez como a Zuloaga, y fue elevado a la presidencia en
febrero de 1859, por la elite del ejército y el clero. Considerado un exce-
lente militar se lanzó contra Veracruz pensando que si se apoderaba de
la ciudad, la lucha civil terminaría. Marchó a sitiar la plaza, pero recibió la

Rc et Ratio 211
62
Tomado de Fernando Benítez, op. cit., p. 137.

212 Rc et Ratio
noticia de que Santos Degollado estaba asediando la Ciudad de México
donde tenía su gobierno.

Mientras Leonardo Márquez salió de Guadalajara en auxilio de la capital,


Miramón, al no encontrar abastecimiento para sus tropas, comenzó la re-
tirada. El apoyo solidario de las clases populares al gobierno de Juárez
no le permitió absolutamente nada, no logró tomar Veracruz y regresó a
la capital de la República.

La tensión dentro del gabinete del gobierno de Veracruz iba en aumento,


por la imposibilidad de publicar las Leyes de Reforma. La presión de Ler-
do sobre Juárez para la promulgación de las citadas leyes se hacía más
intensa. La pretensión de Lerdo era la realización de un decreto para la
inmediata expropiación de las propiedades eclesiásticas, y así utilizar los
recursos obtenidos por las ventas como garantía para la obtención de un
préstamo que aspiraba a negociar con el gobierno de los Estados Uni-
dos.

De aquí se desprenden dos decisiones fundamentales. La primera fue la


promulgación de las Leyes de Reforma, a través de un decreto presiden-
cial; que nacionalizaba los bienes del clero, base y cimiento de las demás
leyes. La segunda corresponde precisamente al déficit fiscal del gobierno
liberal, que necesitaba ser cubierto, pues las penurias del tesoro obliga-
ban a actuar de inmediato, a efecto de continuar la guerra contra los con-
servadores y atender las necesidades primarias del gobierno de Juárez.

La publicación de las Leyes de Reforma fue precedida por un Manifiesto


a la Nación firmado por Juárez, Ocampo, Ruiz y Lerdo el 7 julio de 1859,
hace 150 años, y significó el punto de inflexión ideológico y moral en la
guerra civil. A pesar de que a lo largo de los desastrosos meses de 1858,
en los que todas las ciudades principales del centro–norte del país se ha-
bían perdido a manos del ejército conservador comandado por Miramón,
parecía que la causa liberal iba a claudicar, sin embargo, en la práctica, la
iniciativa ya la habían tomado los gobernadores de los estados adeptos a
la doctrina liberal. Estos hombres, generalmente caciques o caudillos,
que
Rc et Ratio 213
se habían hecho del poder y el control regional, apoyaban las reformas
liberales, porque veían en ellas una manera de restarle fuerza al clero.

El manifiesto reafirmaba los principios de la Constitución de 1857. Bus-


caba someter al clero al poder civil en todo los asuntos temporales, ya
que los miembros de la iglesia católica debían de ser considerados ciu-
dadanos ordinarios en una República, en vez de ser poseedores de un
privilegio corporativo de una entidad supranacional bajo dominio absoluto
del Papa.

El régimen liberal pretendía privar al clero de los recursos económicos


que pudiera convertirlo en un poder independiente, capaz de cuestionar
la supremacía del Estado. El Manifiesto planteaba la separación total
entre Iglesia y Estado.

A partir de entonces, los miembros de la iglesia católica tendrían que vivir


de las aportaciones que pagasen los fieles, debido a que se suprimió toda
obligación civil que permitiese el pago de esta cuota. Las contribuciones
voluntarias serían suficientes.

La separación de la Iglesia y el Estado quedó expresamente clara cuando


arrancó a los ministros del culto católico la facultad única de celebrar los
matrimonios,63 y el papel tanto en el registro de nacimientos como en el
de fallecimientos, transfiriendo estas disposiciones a un registro civil.
Como ejemplo, Benito Juárez registró a uno de sus doce hijos, en el
registro civil que se estableció en Veracruz y en toda la zona liberal del
país.

De acuerdo con el manifiesto, los objetivos de las Leyes de Reforma per-


seguían la división y separación de funciones entre el Estado y la Iglesia.
Entre ellos destacan la prohibición de la intervención del clero en los lu-
gares y las ceremonias de enterramiento. También prohibían la asistencia
oficial de los servidores públicos a los actos religiosos. Las ceremonias
63
Respecto al matrimonio existió un fenómeno curioso. Muchas personas deseaban casarse, pero como
habían sido excomulgados por haber jurado la Constitución de 1857, se les había negado el sacramento del
matrimo- nio, para lo cual retiraban su juramento y hasta entonces eran casados por la Iglesia, renovando su

214 Rc et Ratio
juramento después de casarse.

Rc et Ratio 215
religiosas quedaron eliminadas fuera de los templos; la vestimenta
clerical se suprimía en público y los miembros de la iglesia tendrían que
pagar impuestos al igual que los demás ciudadanos. Posteriormente el 4
de di- ciembre de 1860 se garantizó la libertad de culto y religiosa. La
extensión de la educación primaria libre sería la meta para los tiempos de
paz, según lo vaticinaban los liberales.64

Con respecto a la educación el manifiesto de las Leyes de Reforma de-


cía:

“En materia de instrucción pública, el gobierno procurará, con el mayor


empeño, que se aumenten los establecimientos de enseñanza primaria
gratuita, y que todos ellos sean dirigidos por personas que reúnan la ins-
trucción y moralidad que se requieren, para desempeñar con acierto el
car- go de preceptores de la juventud, porque tiene el convencimiento de
que la instrucción es la primera base de la prosperidad de un pueblo, a la
vez que el medio más seguro de hacer imposibles los abusos de poder”.65

En 1860, ya con más claros conocimientos y con mayor experiencia, las


tropas constitucionalistas hicieron cambiar el curso de la guerra. Todo co-
menzó con el vigor y el empuje del ejército juarista, a partir de junio. Mira-
món, en marzo de ese año, fracasó por segunda vez en su intento por to-
mar Veracruz. Poco a poco, su gobierno espurio fue perdiendo el territorio
conquistado. El general Jesús González Ortega derrotó a Miguel Miramón
en Silao, Guanajuato, lo que permitió a los liberales apoderarse de este
estado y de todo El Bajío.

El general Ignacio Zaragoza venció a Leonardo Márquez en Zapotlanejo,


Jalisco; dos días después de esta batalla el general conservador Severo
del Castillo abandonó Guadalajara, reduciendo el control de los rebelados
del Plan de Tacubaya al Valle de México y Puebla. Su causa a todas lu-
ces estaba pérdida y en diciembre de 1860 se dio la batalla decisiva en
64
Anne Staples, “El Estado y la Iglesia en la República Restaurada”, en Staples Anne, (ed.), El dominio de
las minorías. República Restaurada y Porfiriato, Colegio de México, 1989, México, pp. 18–19 y 30.
65
Ángel, Hermida Ruiz, Juárez y la reforma, Universidad de Veracruz, México, 1965, p. 256.

216 Rc et Ratio
Calpulalpan, cerca de la capital de la República, donde González Ortega
se impuso a Miramón nuevamente. Tres días después entró triunfante el
ejército liberal a la Ciudad de México, que se entregó sin poner oposición
alguna. Miramón, Márquez y Zuloaga, desaparecieron de la escena en
vertiginosa huída.

Así el período que va de 1859 a 1861, y que empezó con la aprobación


de las Leyes de Reforma, terminó con el triunfo del ejército
constitucionalista y el retorno a la capital del gobierno de Juárez.

Sin embargo, ahí no terminaron las desgracias para México, la reacción


aún daría su último combate, para defender lo que quedaba del antiguo
régimen colonial, y, por supuesto, preservar los viejos privilegios e injusti-
cias, a favor de una minoría que pretendía ser dominante.

El 1º de enero de1861 la nación inició un nuevo rumbo con el triunfo libe-


ral en la guerra de Reforma. Juárez y su gabinete regresaron a la capital
mexicana, la recepción que se les hizo fue solemne, sin que faltaran las
manifestaciones de júbilo popular. El presidente expidió un manifiesto a la
nación, que expresaba con claridad su política radicalmente liberal y
refor- madora. Juárez y su grupo lograron la independencia de las
conciencias. Desde que se planteó el proceso de Reforma, somos
verdaderamente mexicanos y distintos sociológicamente de los
españoles.

VII. Juárez y los Estados Unidos

Es no sólo necesario sino indispensable hacer una revisión de la contra-


dictoria relación que México ha mantenido con Estados Unidos, desde la
década de 1820 –época en que se logró la consumación de la indepen-
dencia nacional- hasta nuestros días.

Cuando Benito Juárez intentaba la transformación del antiguo régimen


co- lonial, para lograr la gobernabilidad de la nación, Estados Unidos se
con- virtió en un referente básico para el incipiente Estado liberal
mexicano.
Rc et Ratio 217
Las relaciones entre México y Estados Unidos continuaron siendo
incómo- das tras la guerra de 1846-47 y el Tratado de Guadalupe-Hidalgo
de 1848, que concedió la mitad del territorio nacional. La profunda
desconfianza desatada en virtud de los designios de la doctrina Monroe,
garantizaba la presión estadounidense para lograr más concesiones
territoriales (como la de La Mesilla) y derechos de tránsito por el Istmo de
Tehuantepec. Los distintos gobiernos mexicanos veían las manos de los
expansionistas su- reños estadounidenses detrás de la guerra de 1846-
48 y de las presiones- que siguieron.66

En 1859 el gobierno de Juárez enfrentaba un doble reto, internamente


hacía frente a una lucha cruenta y fraticida contra los reaccionarios del
partido conservador, que buscaban constituir su poder en contra de la
autoridad legalmente establecida por los liberales. La partición político-
ideológica de ambos grupos generó un caldo de cultivo que propició dos
visiones del mundo que eran irreconciliables.

La Guerra de Reforma añadió más problemas financieros y económicos


al gobierno constitucional de Veracruz, por lo que se hizo indispensable
solicitar un préstamo al gobierno de Estados Unidos. Esta circunstancia
generó la oportunidad propicia para presionar a México sobre otra cesión
territorial.

La administración del presidente norteamericano James Buchanan pre-


tendía la compra de Baja California. La situación era propicia, pues el go-
bierno de Juárez buscaba afanosamente el reconocimiento del gobierno
norteamericano, en virtud de una política interna mexicana que va desde
la década de 1850 hasta 1940, y que se mueve en el péndulo del recono-
66
John Forsyth, hombre de singular carácter y talento diplomático, presentó sus credenciales al todavía go-
bierno del General Ignacio Comonfort en 1856; a su llegada a la Ciudad de México, dedicó su tiempo a leer
la correspondencia oficial de su predecesor Gadsden, en cuyo acervo encontró valiosas enseñanzas para su
actuación posterior. En particular una: “México es un pueblo que solo responde a dos estímulos: el dinero o
el temor; la bolsa o la espada” (the purse or the sword). Forsyth nunca se apartaría de dicha enseñanza, que
convertiría en norma de su conducta, primero coincidiendo con el fin de la administración Pierce, sacudía la
bolsa de dinero, y posteriormente en la era Buchanan, la caída del gobierno en manos de los conservadores,
le prestaría la ocasión para blandir la espada. En, José Fuentes Mares, Juárez, los Estados Unidos y Europa,
Edit. Grijalbo, México, 1983, p. 59 y 60.

218 Rc et Ratio
cimiento o el rechazo al régimen político establecido en el país.

En el siglo XIX esto podía determinar la supervivencia interna y la credi-


bilidad internacional de los distintos regímenes. Este factor clave de la
política exterior de México resultaba significativo para el gobierno de Juá-
rez en Veracruz. Sin embargo, el reconocimiento siempre tenía un precio,
que por primera vez apareció durante la guerra civil de Reforma, pues a
lo largo de 1858, ninguna nación, e inclusive Estados Unidos, reconoció a
la errabunda administración Juárez como el gobierno legítimo de México.
El fracaso fue evidente, ya que en ese año el enviado de Juárez a
Washing- ton, José María Mata, no consiguió ni un préstamo ni el
reconocimiento del Vecino del Norte.

Las ingentes necesidades financieras del gobierno de Juárez, exigieron


la consecución de un préstamo por 25 millones de dólares, necesarios
para ganar la guerra en el campo de batalla. Para tal caso, Juárez había
ofrecido como aval la hipoteca de los bienes de la iglesia que pretendía
nacionalizar. Estados Unidos mantuvo su escepticismo con respecto a la
duración del régimen liberal, y, en todo caso, sólo le importaban las
venta- jas que pudiera obtener del conflicto interno en México.

Los norteamericanos, en ejercicio de la doctrina Monroe, presionaron e


in- dujeron al gobierno mexicano, para que realizara concesiones
territoriales y de tránsito a cambio de su reconocimiento y apoyo
financiero. En 1857, el secretario de Estado del gobierno norteamericano,
Lewis Cass, comen- zó a idear un plan con el cual persuadir a México
para que renunciara a la península de Baja California, y de otros
segmentos de Sonora y Chihu- ahua, además del derecho a perpetuidad
de tránsito a través del Istmo, a cambio de 15 millones de dólares cuando
mucho.

El gobierno del presidente Buchanan, ansioso por obtener dichas auto-


rizaciones, nombra a un agente confidencial en México que investigue y
analice la situación imperante. El encargado fue William M. Churchwell,
quien sustituyó a Forsyth. Después de unas cuantas semanas de
estancia en México, el enviado especial estadounidense manda un
Rc et Ratio 219
memorando al

220 Rc et Ratio
presidente Buchanan advirtiendo:

La condición presente proporciona la mejor y tal vez la última ocasión que


se presentará a los Estados Unidos para pactar un tratado que asegure
concesiones sobre la soberanía de Baja California, una zona más valiosa
que la Alta California, sino también el proyectado ferrocarril desde Texas
hasta el golfo de California atravesando por el norte de Chihuahua y So-
nora, así como el derecho perpetuo de vía a través del Istmo de Tehuan-
tepec.67

Éstas fueron las pretensiones de Washington y al mismo tiempo las con-


diciones para brindar el reconocimiento, el apoyo financiero y la
asistencia militar estadounidense a la causa liberal. La cuestión adquirió
un matiz crítico en 1859, después de las sucesivas derrotas del ejército
liberal, du- rante el año anterior.

Curiosamente, hacia finales de 1858, ambos grupos políticos en pugna


buscaron la “protección” de sus anhelos políticos en el exterior. Los libe-
rales voltearon hacia Estados Unidos en busca de soporte y los conser-
vadores pusieron sus ojos en Europa, específicamente en España y su
majestad católica Isabel II.

Para Juárez la cuestión del reconocimiento resultaba un asunto de mayor


importancia, significaba la garantía de la seguridad marítima de Veracruz,
ya que Miramón tenía sitiado el puerto por tierra, en espera de la ayuda
de España para atacar por mar. Esta situación bélica hacía indispensable
el apoyo de la armada estadounidense, para evitar la caída del puerto y
en consecuencia del gobierno liberal apostado en esa plaza.

El asedio por tierra fue motivo suficiente para solicitar el apoyo y la nece-
saria protección de los norteamericanos. El mismo Churchwell recomen-
daba a su gobierno reconocer a Juárez como la única autoridad legal del
país. Su labor se veía coronarse con las condiciones del reconocimiento,
asignadas en un memorando dirigido al presidente Buchanan, en febrero
67
Ibid., pp.105 y 106, ver Ángel Hermida, op. cit., p. 286.

Rc et Ratio 221
de 1859, que incluía la pretensión de comprar la Baja California, en “co-
rrespondencia” al reconocimiento y apoyo dado al gobierno encabezado
por Juárez.

En dicho memorando se incluye una nota personal de Churchwell, en la


que define al Benemérito de las Américas:

“El presidente Juárez es un hombre de unos cuarenta y cinco años, indio


de pura sangre, bien versado en las leyes del país, prudente jurisconsul-
to aunque tímido y desconfiado como político, austero e incorruptible, de
condición benigna y suave, y en su trato, modesto como un niño. Tiene
voz en el gabinete, y se le escucha con respeto, pero carece de influencia
sobre sus ministros, bajo cuyo absoluto control se halla, posiblemente sin
darse cuenta”.68

Esto es lo que escribía el enviado especial del presidente Buchanan, la


misma fecha que, aunque no fuera más que para engañarlo, le habían
prometido –como prometen los mexicanos- vender la Baja California y
ceder a perpetuidad los derechos de tránsito de la frontera norte al mar
de Cortés y de un océano a otro, en el Istmo de Tehuantepec.

Churchwell regresó convencido a Estados Unidos de que logró arrancar


al gobierno constitucional un importante compromiso en cuanto a la
cesión de territorio. La práctica política de dilación, comenzó a ser una
estrategia de Juárez y Ocampo, frente a la política territorial expansionista
norte- americana del siglo XIX. Sin embargo, esta acción resultó ser
riesgosa en términos políticos, ya que la amenaza de Miramón de
asegurar la ayuda española para sitiar Veracruz, hizo indispensable para
Juárez obtener el apoyo de Estados Unidos. La única forma que encontró
para lograrlo, fue aparentar que un desesperado régimen liberal estaba
dispuesto a conce- der derechos territoriales y de tránsito a favor de
Estados Unidos. Puesto que esos derechos no se habían obtenido para
los conservadores, la ad- ministración de Buchanan consideró seriamente
reconocer el régimen del gobierno constitucional.
68
Citado en José Fuentes Mares, op. cit., p. 106.

222 Rc et Ratio
El nuevo ministro plenipotenciario que representaría los intereses de
Was- hington, Mr. Robert Mc Lane, recibió instrucciones sobre las tareas
a rea- lizar, se le dijo que tenía libre albedrío, nada menos que en el
asunto del reconocimiento. En este tema -se le decía- “la mejor guía será
el criterio de usted”.69 La labor consistió en llevar al cabo negociaciones
para la re- gulación de las nuevas fronteras –con la propuesta de pagar
10 millones de dólares por la península de Baja California- y la definición
de los dere- chos de tránsito a perpetuidad.

El gobierno constitucional gozaba de la simpatía del presidente


Buchanan, aunque no con el reconocimiento oficial del gobierno de
Estados Unidos. Éste debía venir por la aprobación del Congreso
estadounidense, que se encontraba enfrascado en un enfrentamiento
entre esclavistas y antiescla- vistas, y que amenazaba con una guerra
civil.

Por su lado, los conservadores estimaron ventajosa la reanudación de las


relaciones con España mediante un tratado celebrado en septiembre de
1859 entre Juan Nepomuceno Almonte –hijo ilegítimo de Morelos- y mi-
nistro plenipotenciario del gobierno conservador, junto con Alejandro Mon
comisionado para tal efecto por la reina Isabel II de España.

Por medio del tratado Mon–Almonte, los conservadores reavivaron un


convenio de 1853 firmado con Santa Anna, donde se obligaba a pagar
una suma considerable por indemnización contra delitos cometidos a súb-
ditos españoles, en San Vicente y San Dimas, Durango. Al final el
Tratado Mon-Almonte fue en realidad el pago por el reconocimiento de
España al gobierno de Miramón y el precio para participar en el terreno
diplomático europeo.

Dicho terreno resultaba complicado para la nueva nación, pues el juego


de reconocimientos y apoyos del exterior, necesitaba de principios y
metas claras por parte de liberales y conservadores. Sin embargo, el
pragma-
69
“El primer problema que tendrá que resolver a su llegada a México será el de reconocer allí un gobierno

Rc et Ratio 223
con el cual poder tratar. La cuestión de si un gobierno existe o no, no es una materia de derecho sino de
hecho, y la investigación de este hecho, en México, se deja a su discreción”. Ibid., p. 109.

224 Rc et Ratio
tismo se hacía patente gracias a la coyuntura entre una posible invasión
extranjera de índole europea o americana, agregada a la guerra civil in-
terna.

La apuesta principal del gobierno de Juárez, era evitar a toda costa una
intervención extranjera pactada con los conservadores. Esta situación re-
sultó propicia para la falaz diplomacia estadounidense. En la búsqueda
vehemente de sus objetivos, la administración Buchanan por medio de
Mr. Forsyth se acercó primero a los conservadores, quienes rechazaron
las propuestas norteamericanas de compra territorial y cesión a
perpetuidad de los derechos de vía por el Istmo.

Al enterarse Miramón del reconocimiento del gobierno estadounidense,


en abril de 1859, al gobierno constitucional de Juárez, instruyó a su mi-
nistro Diez Bonilla para que protestara por el reconocimiento al gobierno
de Veracruz, y pusiera a la luz pública toda la trama de las negociaciones
entre Forsyth y el gobierno conservador para ceder territorio. El ministro
conservador, apuntó:

Habiendo sido rechazadas tales proposiciones como injuriosas para el


buen nombre y vitales intereses de México, el ministro de los Estados
Unidos cambió de política y principió a provocar dificultades a la adminis-
tración.70

La publicación de la correspondencia cruzada entre Forsyth y el gobierno


conservador, puso en un brete a Mc Lane y Ocampo, ya que en un gesto
desesperado Miramón sacó la ropa sucia que manchaba al gobierno de
los Estados Unidos, e incluso tocaba a los liberales si aceptaban las mis-
mas propuestas que Mc Lane les hizo.

La clave para los liberales estaba en lograr un acuerdo entre Estados


Unidos y México. La idea del arreglo llevaba implícita para el gobierno
de Juárez, una virtual alianza ofensiva-defensiva, capaz de facilitar una
colaboración práctica entre ambos países, y suponía la defensa mutua en
70
José Fuentes Mares, op. cit., p. 114.

Rc et Ratio 221
territorio del otro, si uno de los dos lo solicitaba; el artículo segundo del
tratado Mc Lane-Ocampo así lo proponía:

Si la autoridad, el nombre, la bandera, las fuerzas armadas de mar y tie-


rra, los hombres de ciencia, los puestos o territorios, las maestranzas,
armas y municiones de guerra de cualquiera de las dos naciones llegaran
a ser necesarias para que alguna de ellas se defienda del ataque…la otra
tendrá obligación de darlas eficaz y oportunamente, tan pronto como la
necesitada lo requiera y pida.71

Para Estados Unidos esto no significaba ningún aliciente, los estadouni-


denses ambicionaban más cesiones territoriales que mecanismos de co-
operación, Cass, secretario de Estado, así lo veía:

Si solo significa que este gobierno se considere en libertad de entrar en


México al llamado de sus autoridades, y con el fin de proteger los dere-
chos y los ciudadanos de los Estados Unidos, no veo inconveniente en
tal estipulación…Pero si se pretende que nos obliguemos mediante un
tratado a intervenir en México cuantas veces nos llame su gobierno para
imponer el orden, tal cosa resultaría por completo inadmisible. 72

El primer paso que siguió el señor Mc Lane fue corroborar si las asevera-
ciones de Churchwell estaban bien fundadas. Quería saber en concreto si
se respetarían o no los términos del memorando. Pues particularmente le
interesaba asegurar la adquisición de Baja California, como parte de una
estrategia que pretendía la reelección del demócrata Buchanan.73

Ante la insistencia de Mc Lane de firmar un convenio incluyendo la venta


de Baja California, Ocampo le propuso un trato separado entre este asun-
to y el de los tránsitos ya convenidos por Santa Anna, en el tratado de La
Mesilla o Gadsden de 1853. Sin embargo, las suspicacias saltaron inme-
71
Ibid., p.121.
72
Ibid., p.125 y 126.
73
“…que este señor Presidente –escribía José Ma. Mata a Ocampo- tiene grande empeño en señalar su
período con algún negocio que dé grandes resultados para crearse popularidad y probabilidades de ser
reelecto. Esta es la clave”. Ver Ángel Hermida Ruiz, op. cit., p. 291.

222 Rc et Ratio
diatamente, Buchanan desconfiaba de las autoridades mexicanas, así lo
expresó José María Mata ministro plenipotenciario en Washington:

“…la idea que se tiene formada de nosotros (es de) ambiciosos y astutos
en la diplomacia, y creen que la proposición de separar los tratados
prece- de a la intención de rehusar lo relativo a California más adelante”.74

Mc Lane mantuvo buen tiempo esperanzas en poder obtener Baja Califor-


nia, las vicisitudes económicas y militares de los liberales hacían
presagiar que, tarde o temprano, cederían a su demanda de adquirir la
península. Y a cambio, poder prestarles apoyo militar a los liberales en
contra de los conservadores e inclinar la balanza a favor de los primeros.
En tanto el gobierno de Veracruz eludía el tema de Baja California en las
conversacio- nes con el señor Mc Lane; Mata escribió al ministro de
relaciones exterio- res Ocampo quien se negó a hacer más concesiones
que las convenidas por administraciones anteriores:

Si el señor Mc Lane ha comunicado al presidente la manifestación de us-


ted frente a los límites, creo que ha de estar disgustado. Es una especie
de manía la que este señor tiene de señalar su período con alguna adqui-
sición territorial, y como su proyecto respecto a Cuba ha sido para él un
terrible fiasco quisiera hallar la compensación del lado de México.75

A los ojos de Juárez la estrategia era clara, se trataba de demorar el tiem-


po, pues mientras la cámara de representantes de Estados Unidos no
discutiera el tratado y lo votara, el documento no tenía ninguna validez.
Juárez sabía de la tensión interna que se vivía en Estados Unidos entre
los estados del norte y el sur, y que podía estallar en una guerra civil.

Pero más allá de estos acontecimientos, el gobierno constitucionalista


sostuvo que el desmembramiento del país era contrario al movimiento de
Reforma. Ocampo, en su tarea de continuar ganando terreno y tiempo,
propuso la mencionada y fracasada alianza defensiva y ofensiva, entre
74
Ibidem.
75
Ibid., p. 292.

Rc et Ratio 223
ambas naciones en torno a los postulados republicanos fundados en la
consolidación de los principios democráticos y la libertad constitucional.

Al concluir las negociaciones entre ambos ministros, acordaron un tra-


tado que lleva sus apellidos: Mc Lane-Ocampo. En él se otorgan varias
condiciones violatorias de la soberanía nacional y, por ello, se afirma que
contradecían el espíritu de la Constitución de 1857, y la misma lógica de
los liberales. Ceder el derecho de tránsito a perpetuidad por el Istmo de
Tehuantepec; y otra vía al norte del país que iba del puerto de Guaymas,
en Sonora, hasta el rancho de Nogales en la frontera con Arizona, a cam-
bio de la negación extrema de enajenar más territorio a favor de Estados
Unidos, finalmente resultó de los males, el menor.

Sin embargo, el tratado fue objeto de una fuerte acusación de traición


con- tra Juárez, pues aceptar los términos de este tratado, suponía
demeritar la soberanía nacional. La decisión de seguir el camino de la
transacción frente a Estados Unidos no fue una opción fácil.

El gabinete estaba dividido entre quienes apoyaban la postura de vender


Baja California, a cambio del auxilio económico y militar inmediato, y quie-
nes pensaban posible otro tipo de cesión para lograr esa misma ayuda
del Vecino del Norte. El más destacado fue Miguel Lerdo, quien tenía
mucha influencia sobre Benito Juárez. Convenció al de Guelatao, que lo
más con- veniente era lograr una especie de protectorado, que “obligara”
a Estados Unidos a intervenir en México para imponer el orden interno a
favor del gobierno legalmente constituido.

Esa era la propuesta de Lerdo ante la cual Juárez tuvo que vencer escrú-
pulos, vacilaciones y resistencias mentales, pues no le agradaba la idea
de un protectorado, pero sí veía la ingente necesidad de las armas norte-
americanas para ganar la guerra interna. La coyuntura no era favorable
para los liberales, pero la bancarrota y la necesidad de apoyo militar era
grande y, el tiempo, en este caso, no era un aliado, pues en el campo de
batalla se debilitaba.

224 Rc et Ratio
Lerdo comprendía que la venta de Baja California produciría la deshonra
del gobierno, y determinaría incluso su caída, sin producir ventajas a
cam- bio. Sabía que la venta de La Mesilla vino a ser el golpe final para
Santa Anna y si ahora no se aprovechaba la lección, y se repetía el
mismo error con la península, sería la ruina de Juárez.

A Lerdo se le consideraba un hombre práctico en busca de remedios radi-


cales, y no de curas ocasionales. Tenía la convicción de que querer resol-
ver el problema de México en ese momento, con la venta de la península,
sería tanto como pretender curar una gangrena con alcohol.

La situación menguaba la fuerza del gobierno constitucional en la nego-


ciación del tratado y lo ponía a merced de los deseos estadounidenses.
De hecho, con lo que se negoció, se abrían las puertas para que Estados
Unidos interviniera en México, en defensa de los derechos de tránsito
pac- tados y la seguridad de sus conciudadanos.

Existe un acontecimiento muy importante para el resultado de la negocia-


ción. Contra las esperanzas de muchos, en el Ministerio de Relaciones
hubo un cambio intempestivo, el de Ocampo por el señor De la Fuente,
quien se negó terminantemente a hacer cualquier tipo de concesión.

La negativa implacable de De la Fuente argumentaba que su gobierno


rehusaba todo convenio en el que la soberanía de México sobre su terri-
torio se viera menoscabada. Esta postura obligó a Mc Lane en
septiembre de 1859 a regresar a Estados Unidos para disfrutar de unas
merecidas vacaciones y reflexionar acerca de las diferencias entre
Ocampo y De la Fuente; el primero de un espíritu abierto y el segundo un
hombre chapado a la antigua.

En noviembre regresó a Veracruz cuando en el frente doméstico se ha-


bían consumado hechos decisivos; la firma del Tratado Mon-Almonte y el
regreso de Ocampo al ministerio de relaciones exteriores. Para el 14 de
diciembre de 1859, se celebraba la convención Mc Lane-Ocampo donde
las negociaciones terminaron y Ocampo calzó con su firma el convenio.

Rc et Ratio 225
Juárez y sus compañeros suponían que una vez suscrito en Veracruz, al
tratado solo le bastaría la ratificación del Senado de Estados Unidos. Sin
embargo, sus gestores jamás imaginaron que el tratado no sería
ratificado por el senado estadounidense, ya envuelto en los
prolegómenos de la guerra de secesión.

Los argumentos esgrimidos durante las sesiones de discusión dentro del


senado resultaron insultantes. Mr. Wigfall, representante demócrata del
sur, mostró una postura racista:

No había ningún gobierno de México capaz de concertar un tratado o de


cumplir con sus condiciones, si fuese concertado. No queremos a México
ni a su población cruzada. Juárez y su pandilla india no sabrían gobernar-
se, y puestos en contacto con nuestro pueblo lo contaminarían. 76

El senador republicano Mr. Simmons terminó el debate sobre el tratado


con este razonamiento económico:

La nueva Inglaterra no tiene interés alguno, ni inmediato ni remoto, en


este tratado; todo lo contrario. Es sustancialmente el comercio con
México lo que nos obligaría, conforme a la cláusula insertada, relativa a la
admisión de cada nación en igualdad de condiciones con la nación más
favorecida, a pedir los mismos privilegios, y tendría como resultado la
ruina de nues- tras rentas, obligándonos a recurrir a los impuestos
directos.77

Quedó claro tanto para los representantes republicanos como para los
de- mócratas, que no había nada en el tratado que favoreciera sus
intereses. El diario norteamericano New York Tribune declaró al tratado
“más muer- to que Julio César”. No era un asunto partidista, pues varios
senadores demócratas persuadidos por el presidente Buchanan para
votar a favor del tratado, y dispuestos a vencer los prejuicios, se pasaron
del lado del bando republicano, que dentro de sus filas estaban
preparados a rematar el tratado.
76
Ralph Roedor, op. cit., p. 321.

226 Rc et Ratio
77
Ibidem.

Rc et Ratio 227
La cuestión mexicana fue debatida, no en relación con la política exterior
de los Estados Unidos; de no inmiscuirse en los asuntos domésticos de
otras naciones, sino respecto a los problemas internos que centraban la
atención en el tema de la secesión del país en aquella época. La
discusión del tratado se complicaba por los problemas intrínsecos que
traía la escla- vitud en la llamada Unión Americana.

La disyuntiva al interior del Congreso estadounidense estaba entre la


con- quista de México y la no intervención en los asuntos mexicanos,
según apuntaba el diario New York Tribune con tendencia republicana:

En última instancia, la razón que determinará la absorción de México por


los Estados Unidos será el espíritu inquieto y acaparador de nuestro pue-
blo; si no fuera porque su territorio ofrece un campo magnífico para el
trabajo forzado, en que nuestros negreros se afanan, por motivos pecu-
niarios y políticos, en aumentar el número de estados esclavistas. ¿Cómo
permitir que los esclavos ahí transportados viesen a sus mismos
inferiores disfrutando de libertad personal? 78

El desprecio de la sociedad norteamericana por los indios de México,


que-
da manifiesta en el mismo diario:

Los indios mexicanos constituyen una raza muy diferente de los indios
que hemos exterminado o cazado hasta los confines remotos del oeste.
Los indios mexicanos forman un pueblo triste, supersticioso e inerte, obra
maestra de la dominación española, y aún suponiendo que no se inten-
tara esclavizarlos, no por eso, sería menos segura la condenación de su
raza.

Los blancos que vendrían en tropel a México, una vez conquistado por
los americanos, mirarían a los indios con sentimientos de aversión muy
fuertes; odiándolos no sólo porque son indios, lo que sería razón suficien-
te, sino como competidores en las industrias, dispuestos a trabajar con
sueldos bajos, siendo pocas sus necesidades e insignificante el costo de

228 Rc et Ratio
78
Ralph Roeder, op. cit., p. 325.

Rc et Ratio 229
su mantenimiento.79

El resultado final de la votación en el Congreso norteamericano, como


se esperaba, resultó contrario a lo que ambos presidentes pretendían. El
tratado no fue ratificado por el senado con 27 votos en contra, frente a 18
a favor.

Según el corresponsal del New York Times, Edward Dunbar, gran culpa
de la derrota del tratado la tenía la manipulación del pacto y la demago-
gia partidista. Sin embargo, en última instancia, la responsabilidad no era
únicamente de los partidos que desvirtuaron su política hacia México y
ca- recían de fuerza moral; los demócratas, persiguiendo los fines
predatorios de la doctrina Monroe y, los republicanos, con una política
cerrada y con- servadora hacia fuera. Sumado a esto, la ignorancia del
pueblo estadouni- dense, que carecía de conocimiento sobre la cuestión
mexicana, no tenía convicciones propias, producto de su indiferencia
hacia los mexicanos.

De acuerdo con Dunbar:

Mucha de la indiferencia y, podemos decir, la aversión a los asuntos


mexi- canos en general se debe, sin duda, al carácter de la
correspondencia mexicana que aparece en la prensa. 80

Ya sea que el fracaso del tratado se debió a la ignorancia, la apatía, el


partidismo político o la falta de simpatía sincera para la causa liberal
mexi- cana; la derrota constituía una profunda decepción para los
liberales de parte de la democracia norteamericana. El tratado tuvo en su
contra a la mayoría del senado estadounidense, y, según la teoría
democrática, la mayoría tiene razón.

La cuestión de la crisis interna mexicana evocaba todos los demonios de


la democracia norteamericana que no habían sido expulsados: el espíritu
de libertad pervertido por el espíritu del imperialismo; el espíritu inmundo
79
Ibid., p. 326.
80
Ibid., p. 330.

230 Rc et Ratio
del racismo; la gestación del gobierno de los más ricos (plutocracia), con-
tra la creación del mito popular; el espíritu raquítico de la opinión pública
y el espíritu idólatra del régimen mayoritario.81 La mayoría tenía, si no la
razón, sí la fuerza preponderante.

Con la firma del tratado, México obtenía, por un lado, el gran objetivo que
se trazó Lerdo -por parte de Estados Unidos lograba establecer un
protec- torado perpetuo- y, por el otro, México se doblegaba a todo lo que
Was- hington deseaba, a excepción de la venta de Baja California. Cada
parte transigió en algo y también cada uno se llevó lo suyo. Ahora sí
parecía un pacto entre caballeros, sin embargo, a pesar de obtener la
protección es- tadounidense, consustancialmente se lesionaba la
soberanía de la nación mexicana.

La derrota definitiva del controvertido tratado Mc Lane-Ocampo, en el


seno del congreso estadounidense, salvó a Juárez, y a los liberales, de
la posibilidad de cometer un oprobio a la nación. La negativa del senado
norteamericano invalidó la inequidad del tratado que, según Justo Sierra,
“anulaba la figura de los hombres de la Reforma”. Finalmente quedaba
para la historia en tentativa de crimen en primer grado.

Según el historiador José Fuentes Mares:

Ni Santa Anna en sus peores días; ni los notables que en Miramar ofre-
cieron a Maximiliano la corona de México, se habían atrevido a tanto. Si
la convención y el tratado no hubieran sido rechazadas por el senado
ameri- cano, Juárez sería hoy la figura más negra de la historia de
México.82

Definitivamente Juárez dudaba sobre la suerte del convenio, pero


suponía que por las ventajas concedidas, era fácil que el congreso
norteamericano lo ratificara. Jamás esperó una negativa que evitaría
incluso elegir de los males el menor, opción por la que se había decidido
en ese momento de crisis.
81
Ibid., p.334.

Rc et Ratio 231
82
José Fuentes Mares, op. cit., p.143.

232 Rc et Ratio
Pero además había otro escollo, la inexistencia de un congreso mexicano
que ratificara el tratado como lo exigía la Constitución de 1857. No obs-
tante, esta una razon que el gobierno estadounidense estaba dispuesto
a pasar por alto. Las únicas facultades extraordinarias que tenía Juárez
para aprobar el tratado, eran las que le reconocía su amigo, el presidente
Buchanan, que afanosamente buscaba otra adquisición territorial.

En los hechos, el Benemérito comenzó poco a poco a acumular poder


personal, punto en el que coincide Justo Sierra:

Él (Juárez) era todo el derecho porque ningún órgano de la soberanía


constitucional estaba en aptitud de funcionar; reasumió todo el poder, y
fue a un tiempo pueblo, ejecutivo, legislativo y judicial esto no lo había
previsto la Constitución, más estaba en la fuerza incontestable de las
cosas.83

El gobierno norteamericano intentó allanar el camino hacia la ratificación


reconociendo “facultades extraordinarias” en Juárez, a cambio de la ce-
sión de Baja California, sin embargo, el de Guelatao se salió con la suya
pues no vendió este territorio, y sí le reconocieron facultades para ratificar
el tratado.

Esto significaba un suicidio histórico frente a Estados Unidos. Aceptar los


términos del artículo primero del tratado fue ponerse el grillete que nos
encadenaba a la Doctrina Monroe. Aunque el secretario de Estado Cass
negó esta observación al decir que del mensaje de Monroe no se puede
concluir una obligación para que Estados Unidos interviniera en México. 84
Pese a lo anterior la historia comprueba la constante intromisión de Esta-
dos Unidos en los asuntos mexicanos.
83
Ibid., p.150.
84
El tratado Mc Lane–Ocampo decía en su artículo primero: “Si cualesquiera de las estipulaciones vigentes
entre México y Estados Unidos fueren violadas, o el resguardo y seguridad de los ciudadanos de cualquiera
de las dos Repúblicas fueren arriesgados en el territorio de la otra, y que el gobierno legítimo y reconocido
de ella no pueda, por cualquier motivo, ejecutar tales estipulaciones o prevenir tal resguardo y seguridad,
será obligación de aquel gobierno solicitar el socorro del otro para mantener la debida ejecución de ellas, y
también el orden y la seguridad en el territorio de aquella República en donde tal violación y desorden su-
ceden; en cada caso especial semejante, los gastos serán pagados por el tesoro de la nación en cuyo territorio

Rc et Ratio 233
tenga lugar la intervención”. Ibid., p. 153 y 154.

234 Rc et Ratio
Para Estados Unidos, los fines del pacto estaban relacionados directa-
mente con la violación de derechos y la seguridad de los ciudadanos nor-
teamericanos en México. Si el gobierno legítimo no pudiera proporcionar
la seguridad debida, ese mismo gobierno tendría la obligación de recurrir
al de Estados Unidos para que éste les ayudara a ejecutar lo pactado, y a
mantener el orden y la seguridad de su propio territorio.

Entonces, en virtud del tratado, el gobierno de Juárez tenía la obligación


de recurrir al de los Estados Unidos para cumplir lo pactado. A esto se
obligaba Juárez porque eso era precisamente lo que quería: contar con
las armas americanas para llevar adelante sus objetivos. Como finalmen-
te ocurrió tres meses después en el incidente de Antón Lizardo, cuando
orilló a los norteamericanos a intervenir en el conflicto interno a favor del
gobierno constitucional.85

La Reforma fue un movimiento de una élite política, intelectual e ilumina-


da, y un grupo de militares liberales novatos, que tuvieron su primera ex-
periencia bélica en la guerra de tres años. Todos estos hombres estaban
resueltos a inaugurar otro México, sobre nuevas bases sociales. Figuras
como Juárez, Ocampo, Miguel Lerdo, Iglesias, Arriaga, Degollado, Gon-
zález Ortega, etc., entregaron su vida por el nacimiento de un quimérico
México democrático.

Desde 1859, cuando se firmó el polémico tratado, hasta 2009, justo han
pasado 150 años de un acto que resucita la controversia sobre el papel
de Juárez y los liberales de la Reforma en aquella coyuntura histórica.

Al final de todo, el tratado quedó sin efecto, por el rechazo del senado
nor-
85
Aleccionado por su experiencia en el segundo sitio de Veracruz, el general Miguel Miramón buscó cerrar
el cerco por mar. A los cuatro días de empezar los bombardeos por tierra, se avistaron dos pequeños vapores
comprados y equipados en Cuba, que pasaron sin bandera hacia el fondeadero de Antón Lizardo, situado al-
gunos kilómetros del puerto de Veracruz. El gobierno constitucional los declaró piratas y solicitó la ayuda de
la armada americana para detenerlos, la petición fue aceptada y el comandante naval procedió y la
expedición méxico–americana volvió con los vapores presos. En Roedor, op. cit., p. 315. Se sabe que esta
intervención norteamericana a favor de Juárez fue decisiva en la guerra de Reforma, pues mantuvo en pie de
lucha el ba- luarte que significaba Veracruz, y anuló la posibilidad de capturar a Juárez y demás liberales

Rc et Ratio 235
para seguramente fusilarlos.

236 Rc et Ratio
teamericano. Pero no por ello, en términos reales, disminuyó la continúa
injerencia de Estados Unidos sobre los asuntos mexicanos. Al contrario,
a partir de esa fecha, Washington se interesó cada vez más en su Vecino
del Sur, ya que en cada crisis mexicana, Estados Unidos obtiene siempre
algún beneficio; sobre todo, compromisos políticos y económicos que se
incluyen en la agenda del gobierno.

Comentarios del autor

En este ensayo sobre Benito Juárez y la Reforma liberal, queremos recal-


car que la hazaña de este hombre fue romper con la condena con la que
prácticamente había nacido, ser un indio en el siglo XIX, ya que aún en el
XXI significa desesperanza para el futuro, marginación, reducción de las
oportunidades, discriminación y aislamiento.

Si los seres humanos no tienen motivos para trascender y alcanzar méto-


dos capaces para lograr lo mejor de la conducta; no se obtiene la evolu-
ción social.

Tanto en la vida política como en la natural, todo organismo que no se


desarrolla, tiende a degenerar.

Es necesario expresar que los partidos decimonónicos mexicanos: el con-


servador y el liberal, tuvieron que desarrollarse, ya que ambas institucio-
nes no constituían propiamente organizaciones políticas estructuradas,
como las conocemos hoy, sino movimientos políticos desarticulados y ex-
cluyentes. Juárez fue la excepción, pudo en su vida dedicada al servicio
público, llegar al cargo de gobernador de su estado natal y catapultarse a
la presidencia de la República. Siendo indio de cepa, conquistó su acceso
al poder público, y conforme su aprendizaje se hacía mayor, le permitió
abrirse espacios casi vedados para los indígenas, dueños originales de
estas tierras.

En México hubo una intensificación del conflicto entre partidos desde la


mitad de la década de 1830 hasta mediados de la de 1870. La
polarización
Rc et Ratio 237
ideológica, la política de los partidos, el conflicto social y el caudillismo o
cacicazgo iban todos de la mano en aquel tiempo. Bustamante, Paredes
o Santa Anna no intervinieron por ambiciones personales, sino para
resistir los embates de políticos civiles. La rivalidad era frecuentemente el
medio político en el que se disputaban las cuestiones sociales. Hoy
parece que esta forma de hacer política ha perdurado en el tiempo y las
contiendas personales continúan en el centro de la discusión.

Juárez tuvo como prueba el reto de gobernar Oaxaca, y el desempeño


como gobernador marcó su carrera política. Luego de convertirse en cau-
dillo regional, supo esperar el tiempo oportuno. Aquí se nota la sagacidad
política que siempre acompañó al oaxaqueño, pues su objetivo era llegar
al poder; sí, pero para desde ahí transformar el curso de la realidad social
del México recién independizado.

Siempre que le fue posible, buscó la vía institucional y no las armas,


como se acostumbraba en aquel periodo histórico, donde podemos
recuperar de memoria cruentas e injustas guerras en infinidad de planes y
promul- gaciones.

No podemos dejar de señalar que Juárez veía los intereses indígenas a


partir de los preceptos liberales, no coincidía con los puntos de vista de
los pueblos indios, puesto que le parecían contrarios al avance político y
el desarrollo económico. Soñaba con hacer realidad los intentos de
Hidalgo, Morelos y Guerrero; construir un Estado mexicano soberano
asentado en los conceptos de una República Federal.

Nueva España, la colonia más rica de la corona española: fundada sobre


los dominios del imperio azteca y gobernada durante trescientos años de
acuerdo con los mandatos del absolutismo monárquico español, generó
una sociedad viciada, de costumbres autoritarias, llena de injusticias y
privilegios, que después de la consumación de la independencia en 1821
se enfrentó a sí misma.

Es un hecho que en las cinco décadas siguientes a la independencia,

238 Rc et Ratio
existió una confrontación abierta de los dos bandos políticos, donde cada
grupo buscaba la eliminación del otro. Esta política de intolerancia derra-
mó mucha sangre durante los primeros cincuenta años de vida indepen-
diente de México, y no logró la coexistencia pacífica, sino hasta la década
de 1870.

Benito Juárez es un indiscutible símbolo histórico. Más allá de la historia


oficial, representa el esfuerzo por construir a la nación mexicana
mediante el camino de la transformación social, de lucha incansable y
tenacidad, en años de profundos conflictos sociales y políticos. Simboliza
al indio en una incipiente sociedad occidental en latinoamérica, que se
debate por definirse políticamente, y es Juárez quien abandera la causa
democrática liberal mexicana.

Los principios liberales mexicanos tienen una clara procedencia de la


revo- lución francesa y de la norteamericana, así como del liberalismo
español. La expresión de los fundamentos liberales entraba en conflicto
con la rea- lidad mexicana. Esto no quiere decir que el liberalismo fuese
una doctrina totalmente desconocida, que una élite política miope de
civiles citadinos quisiera imponer a una gran masa incomprensiva que se
resistía.

Esto puede ser una propuesta tentadora, sin embargo, no tiene en cuenta
que el enfoque liberal mexicano esta fundado en un modelo que adoptó
políticas patrimoniales y corporativas en el sistema, que aún perduran en
el México contemporáneo. El dominio clientelar de las élites regionales
significaba socavar la autoridad del Estado mexicano. Ello mostró la debi-
lidad del sistema federal y las frecuentes incursiones de caudillos
militares en la toma del poder.

Su exilio en Nueva Orleans, la adhesión al Plan de Ayutla, las Leyes de


Reforma y su significado, la guerra del mismo nombre, y la siempre com-
pleja relación con Estados Unidos constituyeron enormes retos para el
zapoteca.

La generación de liberales que luchó en la Reforma es un grupo que per-


Rc et Ratio 239
tenece a la inmediata era poscolonial; que peleó por establecer las bases
de una República basada en los principios liberales de la democracia, y
que terminó por imponer a una sociedad colonial costumbrista, que aún
se resiste a adquirir la ciudadanía completa.

La función pública no fue para Benito Juárez un escalón para la riqueza,


pero si para la acumulación de poder. Acabó consolidando la figura presi-
dencial tan cuestionada los primeros cincuenta años de vida independien-
te. El Benemérito estaba seguro de la fortaleza de los ideales liberales
para el establecimiento de un Estado democrático y justo. Pensaba que
esto era posible.

No obstante, los hombres fuertes o caudillos no se oponían a las ideo-


logías dominantes, sino que participaban de ellas. Dos ejemplos claros
complementan esta tesis. Dos talantes y dos proyectos políticos los
repre- sentan Juárez y Santa Anna, quienes fueron protagonistas
centrales en
50 años de guerra civil, y desde luego, basados en su historia personal,
significaron también los dos extremos sociales de la época.

La historia política del siglo XIX no debe observarse desde un punto de


vista maniqueo. Los liberales son los buenos y malos los conservadores,
ambos son grupos políticos que defendieron un modelo de Estado. Los
primeros una república federal, mientras que los segundos estaban por
un sistema centralista promonárquico. El problema fue que los conserva-
dores pretendieron mantener el antiguo régimen colonial con todos sus
privilegios para una minoría.

El enfrentamiento entre las dos facciones políticas, generó una especie


de caos social, que después de la Revolución de Ayutla hizo insostenible
la paz nacional y acarreó una guerra civil, para determinar el carácter final
del Estado mexicano en el siglo XIX: republicano y liberal.

Otro tema polémico que tiene una profunda raíz histórica es el papel de la
iglesia católica, que para el siglo XIX acabó desvirtuando sus sanos pre-
ceptos en América Latina.
240 Rc et Ratio
Las ex colonias hoy convertidas en estados nacionales han cargado con
la permanente intromisión de los clérigos en asuntos que tienen que ver
con las definiciones del desarrollo político.

El caso de México resulta paradigmático ya que la continua intervención


de la iglesia intentó pervertir los principios de los liberales, llamándolos
herejes y contrarios a la voluntad de Dios, justo cuando atacaron con las
Leyes de Reforma el estatus quo que favorecía sus intereses
económicos. Los liberales veían en la postura de la iglesia un obstáculo
para la emanci- pación del intelecto y para la modernidad de la sociedad
poscolonial.

Estas dos visiones de la vida han estado enfrentadas históricamente. Am-


bas son posiciones frente a los asuntos sociales y el fuero interno de las
personas. Cada una tenía sus propios símbolos, ceremonias y sistema de
creencias que se reflejaban en decisiones para sus partidarios. El peligro
es que las disposiciones respondan mayoritariamente a las percepciones
e imágenes de los decisores, es decir, a una percepción particular del
mundo y la realidad.

Los liberales se veían derribando las estructuras religiosas y jurídicas he-


redadas de la época colonial, sin embargo, esta tarea no resultó nada
fácil, pues cambiar las prácticas sociales significaba conseguir nuevos
afectos y simpatías. Nación sustituiría a iglesia, libertad a mandamientos,
sin embargo, aún quedaba espacio para la religión dentro de los nuevos
confines.

Juárez y los liberales no querían un Estado confesional, sino uno laico,


donde la fe se expresara libremente como derecho individual.
Simplemen- te porque la libertad de conciencia es la base del liberalismo.
Recordemos que la discusión central y más polémica, durante el
Congreso Constituyen- te de 1857, fue la libertad de cultos. Para la iglesia
católica la pluralidad de creencias representaba la pérdida de la
identidad religiosa mexicana y la oportunidad para la entrada del
protestantismo estadounidense en el país.

Rc et Ratio 241
Con la educación laica, el liberalismo mexicano procuró promover los va-
lores de esta ideología. Asentados en el republicanismo, la identidad na-
cional y las virtudes cívicas, que servirían para la expansión de una
nueva moralidad social.

Juárez no tuvo ningún enfrentamiento fuerte con la iglesia y la religión


como tales, sin embargo, en este sentido, su conducta estuvo marcada
por la intención de establecer la supremacía del poder civil, y por la
abolición del monopolio del clero en la educación, que obviamente no era
liberal.

Juárez tomó una postura implacable ante la desobediencia a la ley por


parte de cualquiera de los habitantes del país, por el hecho de que tenían
que comportarse como ciudadanos de una república; ser leales y
obedien- tes al Estado, sin importar su origen social o étnico, y tampoco
su posición dentro de la comunidad a la que pertenecieran.

Desde la negociación del tratado Mc Lane-Ocampo, la sombra del Coloso


del Norte se cierne sobre la nación mexicana. El necesario
reconocimiento de la influencia estadounidense sobre nuestra política
interna y fragilidad diplomática, perduran hasta hoy.

Para el gobierno de Juárez la circunstancia no había podido ser peor en


el exterior, pues hacía frente a dos amenazas: la intervención directa de
alguna potencia europea y la posibilidad de perder soberanía y territorio
a manos norteamericanas. Y por último la lucha interna contra las fuer-
zas que representaban el atraso, porque privilegiaban la vieja tradición
colonial con todas sus prebendas. Negaban la eventualidad de un nuevo
gobierno civil que seguía una ideología liberal.

El Vecino del Norte siempre ha representado el lado de la ambigüedad


de la política exterior de México en la relación entre ambas naciones, y
tambien siempre ha mostrado su rostro de hipocresía. La época de Benito
Juárez no fue diferente, en distintos momentos existieron avenencias y
desavenencias.

242 Rc et Ratio
La constante división política irreconciliable en México sirvió de asidero
para imponer los intereses norteamericanos. Desde la guerra de Texas
hasta el muro de George W. Bush en la frontera norte.

Tristemente, desde mediados del siglo XIX se empezó a perfilar la


relación de subordinación de México hacia Estados Unidos.

Juárez intentó digamos hasta de una forma bucólica incorporar a las co-
munidades indígenas al desarrollo social y económico que prometía el
liberalismo. Sin embargo, la dureza de la realidad del campo mexicano
resultaba muy compleja por tantos años de “vicios” coloniales.

La ciudadanía mexicana durante dos siglos ha permanecido en un nivel


“infantil” y espera siempre que “papá gobierno” le resuelva sus problemas
y subsidie sus necesidades y servicios.

El hecho es que doscientos años después seguimos con un gran contin-


gente de ciudadanos imaginarios que están a la zaga de la modernidad.

El pesimismo hacía muy fácil desacreditar a cualquier gobierno, y suma-


mente difícil defender a ninguno. Los vencedores llegaban cada vez repi-
tiendo que había pasado “una época terrible” donde se estableció el reino
de la “anarquía y la inmoralidad” y al poco tiempo una acusación parecida
les caía encima.

En todo se veía el fracaso y el desconsuelo. Por eso eran los políticos, y


los letrados tan proclives a la idea de regeneración nacional. Es decir, ha-
bía que hacer de nuevo a la patria entera, porque esa era la única
solución para la desilusión generalizada.

Ahora nos preguntamos, ¿dónde están esos progresistas liberales que


dicen defender los mismos principios por los que Benito Juárez pugnó y
combatió desde hace más de 150 años? La Reforma fue fruto de lucha-
dores ilustres, de toda una generación de hombres convencidos de princi-
pios como la honestidad, la justicia, la libertad, la igualdad y muchos otros

Rc et Ratio 239
que conforman el cuerpo del pensamiento liberal.

Efectivamente, sin Juárez no puede entenderse la historia del siglo XIX,


pero tampoco entendemos de cultura política mexicana, si no revisamos
las conductas y las acciones políticas de este período. No hacerlo nos
cierra una puerta de explicación a los acontecimientos de hoy. Y como el
mismo Juárez lo dijo en una carta a Maximiliano:

Pero hay una cosa que esta fuera de la perversidad, y es el fallo


tremendo de la historia. Ella nos juzgará. 86

*Es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de


Cien- cias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM, en donde
también ha sido profesor en las carreras de Relaciones
Internacionales y Ciencia Política. Obtuvo una beca para estudiar
maestría y doctorado en el Instituto Universitario de Investigaciones
Ortega y Gasset, adscrito a la Universidad Complutense de Madrid.
Se desempeñó como inves- tigador visitante en el Colegio de México
(Colmex) y colaborador del diario Milenio nacional.

86
Benito Juárez , Los apuntes para mis hijos, Centro Mexicano de Estudios Culturales, México, 1968, p. 49.

238 Rc et Ratio