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LA PILETA

Monólogo
De María Rosa Pfeiffer
La mujer observa los productos puestos a la venta en el negocio.
- Deme cinco litros de cloro, tres pastillas multiacción y …¿cada cuánto me dijo que
tenía que ponerle el clarificante? Ah, precipitante. ¡Qué términos! Parecen de un
lenguaje astrológico, metafísico.
Sí, ese día que vine desesperada por el verdín pensé que iba a tener que vaciarla. La
verdad que ese producto es mágico. Impactante cómo a la mañana siguiente el agua se
volvió cristalina. Sólo que la capa de mugre en el fondo era como de cinco centímetros.
Le pasé el limpia-fondo cuatro veces el primer día y tres veces el segundo.
No sabe, la primera vez tenía la manguera puesta hacia adentro de la pileta y empezó a
salir un chorro oscuro marrón verdoso. ¡La angustia que me dio! Pensaba ¿qué hace el
filtro que no se guarda toda esa porquería? No anda, me estafaron. Tal vez es al
principio nomás. Esperé, como diez minutos, y seguía saliendo igual. ¿Qué sentido
tiene? me dije, estoy sacando la basura y vuelve a entrar, pero más finita. Me sentí como
Sísifo. Sísifo, el de la mitología griega. Un hombre condenado por los dioses a subir una
piedra hasta lo alto de la montaña. Cuando llega se le cae. Él la tiene que volver a subir.
Y así. Lo que nunca supe era si la piedra caía del mismo lado que él la subía, o se iba
por otras laderas. Porque vio que una montaña generalmente tiene varias pendientes.
Unas más largas, otras más cortas. Depende si está pegada a otras montañas, o no.
Después leí las instrucciones y ví lo del retro-lavado.
Lo que son las cosas. A los doce años mi papá me preguntó qué prefería, si una pileta de
natación en el patio de mi casa o un curso audiovisual de inglés, con título de validez
nacional. Me moría de ganas de tener la pileta, vio cómo son los chicos, pero mi sitial
de abanderada en séptimo grado me hizo inclinar hacia el curso de inglés. La razón
pudo más que el deseo. Aunque ahora, con el tiempo, creo que debe haber pesado
también en mi decisión alguna fantasía remota de viajar al extranjero.
Un año nomás viví en Buenos Aires, capital. Pero no resistí. Sí, estoy en la casa que era
de mi mamá. Y… es más tranquilo. No hay punto de comparación entre un pueblo y …
Le contaba del curso de inglés. Cuando recibí el material quedé fascinada. Había un
diccionario gigante ilustrado, cajas con discos y cuadernillos de ejercitaciones.
Dos veces por semana nos reuníamos con Elsita Meyer, la hija del Coco. El que tenía la
pompa fúnebre ¿se acuerda? Ah, claro, ustedes no eran de acá, cierto.
¿Sabe que tiene un aire a Brad Pitt usted? (Se queda mirándolo). Bueno, a Elsita
también le habían comprado el curso, entonces nos encontrábamos para estudiar.
A los tres meses viajamos a la ciudad a rendir. Mi papá nos llevó en la Argenta. Nunca
pudimos dar nuestro primer exámen. Ni los siguientes. La dirección que nos habían
dado no existía. Esa fue la primera estafa que sufrí en mi vida. Mi papá ya contaba con
varias en su haber. Debe ser genético. Por eso lo que le dije antes del filtro ¿vio? Lo
primero que se me viene a la cabeza cuando algo no funciona, es que me estafaron.
La cuestión es que a pesar de la desilusión, seguimos estudiando. Pero qué sé yo, la falta
de incentivo, la sensación de engaño, pudieron más que las ganas de aprender. Y las
cajas, los libros, el diccionario, fueron a parar a un ropero que había pertenecido a mi
abuela. La mamá de mi mamá.
Usted sabe que por más que intenté estudiar inglés en otras oportunidades, inclusive en
el secundario tuve, y después en el profesorado también, nunca pude aprender. Por
despecho, creo. Con el tiempo fui alimentando un odio intenso hacia ese idioma. ¿Vio
que los ingleses siempre fueron ladrones? Sin ir más lejos, Isabel de Inglaterra, la
“reina virgen”, fue la que inventó la piratería. Dicen que sublimaba su erotismo
esperando a los piratas en el puerto, que a cuanto mayor volumen de mercancía robada a
los españoles, mayor condecoración. Morgan era uno. Famoso. ¿No oyó hablar del
pirata Morgan? Debían de tener miradas profundas los piratas. Se me hace. Así, como
usted. (Se lo queda mirando).
La pileta es de fibra. La instalaron en un solo día. Cavaron el pozo doce hombres con
palas. Empezaron a las 7 de la mañana, y a las 5 de la tarde ya le estaban echando agua.
Ocho metros de largo, tres de ancho, 1,60 en la parte más profunda, tres escalones.
22.000 litros si se llena. Grande, porque yo lo que quiero es nadar. Haciendo 130 piletas
más o menos cubro los mil metros que solía nadar en el club. Y no tengo que soportar la
música de los altorparlantes, los pibes cruzándose en el medio, el bullicio, la gente.
Tengo la pileta sólo para mí, el silencio de mi patio, los árboles, las nubes, la luna, el
idílico celeste con reminiscencias de mar.
¡Ah! ¡A mí el mar me encanta! Pero queda tan lejos… Yo hubiera tenido que nacer en el
mar. Pero no en el argentino. Es muy ventoso, frío. En el Caribe. Sí. Hubiera tenido que
nacer en algún mar del Caribe. No vaya a pensar que no amo a mi país. No, no se
equivoque. Pasa que me siento ante todo latinoamericana. No. Digo mal, debiera decir
“habitante del mundo”. ¡Ojo! Que no se vaya a confundir con “globalización”. Eso es
otra cosa.
El cloro sólido ¿es más efectivo? Me dijeron. El día que le agarró el verdín me arrepentí
de haberla puesto. Pensar que había soñado tanto con tenerla. Regalo para mis
cincuenta, me dije. Y qué ironía, más que un regalo parece un castigo. “Da trabajo una
pileta” me decían, pero yo hacía oídos sordos, arrastrada por mi ilusión.
Siempre me pasa lo mismo. Lo de Buenos Aires fue así también. Pero para qué le voy a
contar. Usted tendrá cosas que hacer. Y yo acá, haciéndole perder el tiempo.
La estafa y la ilusión parece que siempre van juntas.
Le creí. Él era de acá. Había estado un tiempito en Córdoba. No le fue bien. Se separó
de la mujer. Volvió. Y me encontró a mí, que ya venía de varios desengaños. Imagínese,
soltera a los 46. El amor siempre me quitó la visión. Quizás tenga que ver con mi
miopía. (Ríe). Me propuso vender el campito. Tuve una oferta de arrendamiento para
sembrar soja, pero me negué. Por una cuestión de principios. Lo ayudé a instalarse en la
capital con una consultora. Yo de negocios nunca entendí mucho. Confié en él. Me
parecía tan inteligente. Finalmente no anduvo eso. Ni la consultora. Ni la relación.
Por suerte no vendí la casa de acá. Si no, ahora estaría en la calle. Volví a la biblioteca.
Parece que la chica que me reemplazó ese año no era muy eficiente. No es mucho, pero.
Para pagar a alguien que se ocupe del patio y la pileta no me alcanza. Por eso me tengo
que poner al tanto ¿vio?
Las veces anteriores me atendió su señora. Ah ¿no es su señora? Su hermana, claro.
Ahora que dice, tienen un parecido. ¡Unos ojos hermosos! ¡Es viudo! Mire usted. Lo
lamento. ¿Hace mucho? Yo siempre pensé. No sabía. Como ustedes no eran de acá.
Y dígame ¿usted se ocupa así de ir a ver, controlar el PH del agua? Bueno, si un día
tiene tiempo. No importa la hora, cuando cierre el negocio. De paso me muestra cómo
es lo del retro-lavado del filtro.
En un momento pensé “¿Si la lleno de tierra y hago un cantero de rosas?”. Hasta en
enterrarme abajo pensé. Pero después me dije “No, tengo que poder”. De última es
cuestión de tiempo. Y voluntad. ¿No? Yo soy un poco así, impulsiva, apasionada.
Pero si hay una virtud que me pinta de cuerpo entero es que pase lo que pase, nunca
pierdo la ilusión.
Gran suspiro seductor.
¿En serio nunca oyó hablar del Pirata Morgan?