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EL ALCAZAR DE LOS AUSTRIAS

Alicia Cámara
Publicado en:
“El Alcázar de Madrid”. Descubrir el Arte, año III, nº 36, febrero 2002, pp.
60-68.

La residencia y sede del gobierno de los Austrias en Madrid entre 1561 y


1734 guardó la historia de la evolución del gusto regio en ese periodo hasta
que un incendio destruyó este alcázar en la Nochebuena de 1734. Aunque
sus restos condicionaron la obra del nuevo palacio, casi pareció un alivio
librarse de un edificio que se había ido reformando por partes a partir del
alcázar medieval, como un puzzle en el que cada monarca hubiera ido
añadiendo piezas para aproximarlo a la imagen de grandeza que cabía
esperar de la residencia del rey en la capital de todos sus reinos.
Sin embargo, probablemente ese carácter fragmentario de su imagen,
que sólo desapareció con la fachada proyectada por Juan Gómez de Mora
en el siglo XVII, sea lo que haga de él un edificio excepcional para estudiar
la arquitectura cortesana de su tiempo. Había sido construido en el siglo IX
por el emir de Córdoba Mohamed I, y tuvo una larga historia como
residencia regia antes de que Felipe II trasladara en 1561 la corte a Madrid
convirtiéndolo en corazón de la monarquía. Los Trastamara, sobre todo
Juan II, lo habían transformado hasta convertirlo en uno de sus palacios
favoritos, recubriendo los techos con ricos artesonados de madera, las
paredes con yeserías y los zócalos con azulejos, todo lo cual será
cuidadosamente restaurado y conservado por el emperador Carlos V
cuando en 1536 decida reformarlo. La disposición del alcázar de los
Trastamara condicionará las intervenciones a lo largo del siglo XVI, pues
no se modificará la ubicación de espacios como el de la capilla, que quedó
en el eje central del palacio tras la ampliación de éste con un segundo patio
e incluso conservó su artesonado hasta finales del siglo XVII.

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Los dos arquitectos encargados por el emperador de renovar el
alcázar fueron Luis de Vega y Alonso de Covarrubias. El primero era el
arquitecto favorito del secretario del emperador, el poderoso Francisco de
los Cobos, para quien proyectaría palacios como el de Úbeda, y dirigió las
obras de las casas reales de Carlos V. El segundo fue el responsable de
renovar la imagen de Toledo como ciudad imperial, con sus obras en el
alcázar, la puerta de Bisagra, o los patios y escaleras monumentales de
grandes edificios públicos de esa ciudad. Estos dos arquitectos fueron
capaces de integrar la vieja residencia de los Trastamara en un nuevo
diseño con el que satisfacer las necesidades de un alojamiento imperial. El
patio de armas de la antigua fortaleza pasó a ser el patio del Rey, y a
continuación se construyó el patio de la Reina, lo que obligó a destruir
parte de la muralla, ya que el alcázar formaba parte del recinto defensivo
como atestiguan los cubos de su fachada oeste que tan bien se aprecian en
las vistas de van den Wyngaerde. La vieja capilla y la nueva gran escalera,
que unía funcionalmente el nuevo edificio con el antiguo, quedaron en el
centro, y el deseo de regularidad y proporción, tan característico de la
nueva arquitectura renacentista, llevó a unificar visualmente los dos patios
que eran de medidas distintas mediante un sistema modular de arquerías
similar en ambos. La reforma se completó con una fachada con el escudo
imperial entre dos grandes torres medievales. La tradición mudéjar se
fundió en este alcázar con el nuevo lenguaje del Renacimiento, y las armas
del emperador se trenzaron con las yeserías.
Felipe II trajo nuevos gustos. Por un lado, un gusto por el arte
italiano más avanzado que se tradujo en la decoración al fresco de algunas
de las estancias, ahora abovedadas y pintadas por un buen conocedor del
arte romano como fue Gaspar Becerra, y a su muerte por el Bergamasco,
muchos de cuyos temas fueron mitológicos siguiendo la moda de las cortes
italianas. Por otro lado, una fascinación por el arte flamenco e inglés, que

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Felipe II había conocido bien en sus viajes, y que se reflejó en la famosa
Torre Dorada que construyó en el ángulo sudoeste del alcázar, en ladrillo,
cuajada de balcones y con cubierta de pizarra al modo de esa arquitectura
del norte de Europa. Ésta influirá también en los remates del edificio de las
caballerizas y armería que construyeron al otro lado de la plaza Gaspar de
Vega y Juan Bautista de Toledo, a quien recordemos que se debe el
proyecto para el monasterio de El Escorial, y que fueron los arquitectos que
más intervinieron en el alcázar durante este reinado.
*La Torre Dorada construida por Felipe II fue llamada así por ser
dorados los balcones, veletas y bolas que la adornaban, y es llamada la
Torre Dorada II porque hubo otra con el mismo nombre en el ángulo
noroeste, llamada también Torre de Francia porque en ella estuvo preso el
rey Francisco I tras ser capturado en la batalla de Pavía. La Torre Dorada II
se conocía también como Torre del Despacho, porque en ella tenía Felipe II
su lugar preferido de trabajo, con su pequeña biblioteca (pequeña sobre
todo si la comparamos con lo que fue la Biblioteca de El Escorial), al modo
de los studiolos de los príncipes del renacimiento italiano. La biblioteca de
la Torre Dorada se mantendría también como lugar de retiro y reflexión del
monarca en tiempo de Felipe IV, y en ella se guardaban algunos de los
archivos que más lamenta la historia que se perdieran en el incendio.
Las extraordinarias vistas sobre el río y hacia la sierra justifican la
cantidad de balcones que permitían al rey disfrutar desde la Torre Dorada
de la contemplación de la naturaleza. La vida privada de Felipe II se
desarrolló en las estancias de esa fachada del alcázar hacia la Vega. En su
deseo de perfeccionar la naturaleza con el artificio creando jardines, no es
extraño que Felipe II privilegiara especialmente aquello que veía desde esa
fachada, y así convirtió en un enorme parque privado toda la ladera hasta el
Manzanares y compró a Vargas la Casa de Campo al otro lado del río.
Convertida en villa destinada al recreo como prolongación del alcázar, los

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jardines de la Casa de Campo fueron alabados hasta la desmesura y durante
este reinado se pensó en unirla con el alcázar mediante un fantástico
pasadizo proyectado por Patricio Cajés que en nada hubiera desmerecido
por su refinamiento ante cualquiera de las villas que por esos años
construían los Medici, los Farnesio o los Gonzaga. Otra fachada en la que
se pudo crear un jardín fue la fachada norte, con el Jardín de la Priora, en el
que hubo incluso un órgano de agua, y al que daban las estancias utilizadas
durante el verano, por ser las más frescas.
Además de la necesidad del jardín para la vida de corte, en el alcázar
de Felipe II encontramos otros muchos puntos en común con lo que se
estaba llevando a cabo en otras cortes europeas. Allí guardaba parte de sus
colecciones de objetos científicos y de maravilla: relojes, piedras preciosas
talladas en extrañas formas, corales, camafeos, cuernos de rinoceronte... y
por supuesto lo que ya era una de las más extraordinarias colecciones de
pintura de su tiempo, además de la gran colección de tapices que adornaba
muchos de sus muros. Las pinturas al fresco con grutescos y temas de las
Metamorfosis de Ovidio, historias de Troya, de Ulises... los lienzos con los
retratos de emperadores romanos, de reyes de Castilla, de victorias del
Imperio..., o los mapas y vistas de ciudades que decoraban sus muros
llevaban a una reflexión que fundía mitología e historia a la mayor gloria
de la que era considerada todavía la monarquía más extensa y poderosa del
orbe católico.
Las colecciones de pintura se ampliaron a lo largo del siglo XVII, y a
las obras de van Eyck, El Bosco, Antonio Moro o Tiziano se añadieron
nuevas obras de pintores venecianos, de Rubens y de Velázquez, así como
de otros muchos pintores que no es el caso citar aquí. Muchas de estas
pinturas se perdieron (más de quinientas), y otras se deterioraron en el
incendio. Entre las perdidas se encontraban la serie de los emperadores
romanos pintada por Tiziano y dos de las cuatro “Furias” que pintó, con los

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suplicios de Tizio, Tántalo, Ixión y Sísifo, y si las cito es porque ambas
temáticas inciden sobre lo ya apuntado acerca del carácter simbólico de la
decoración del alcázar, pues si en una serie se recuerda al imperio romano
como referente universal en el que reconocerse, con las Furias se avisa a
los enemigos de la monarquía del castigo que merecen los rebeldes,
traidores y malvados.
Fue el palacio de un rey oculto y distante de sus súbditos, pero
también fue el centro administrativo de la monarquía, así que la vida
cotidiana penetró irremediablemente en sus muros. En estancias en torno a
los patios del Rey y de la Reina tenían su sede los distintos Consejos de
gobierno del monarca, lo que llevaba a un continuo trasiego de gente, a
veces incluso no muy recomendables si recordamos alguna denuncia por
robos, y allí se podían vender mercancías o jugar a las cartas, como
sabemos por las prohibiciones al respecto: nada que ver con el augusto
aislamiento del monasterio de El Escorial. Las funciones que en él se
centralizaron exigieron cada vez más espacio, así que se adquirieron las
casas hacia el este, en la calle que llevaba hasta el monasterio de la
Encarnación fundado en tiempo de Felipe III, y allí estuvo la llamada Casa
del Tesoro, alojamiento para los artistas de la corte, entre otros de
Velázquez. Un pasadizo de amplias estancias, adornado de pinturas y que
acabó albergando la Biblioteca Real a comienzos del siglo XVIII, cuando
Felipe V la hizo pública, unía al alcázar con la Encarnación, un pasadizo le
unía al Juego de Pelota, otro se pretendió que le uniera con la Casa de
Campo, y otro se pensó para unirle con la catedral que se propuso construir
a comienzos del siglo XVII en el lugar de la Iglesia de santa María,
pasadizos efímeros unían el alcázar con la iglesia de san Gil en los
bautismos reales... El rey y su corte se desplazaban por ellos ocultos al
pueblo, y con ellos los tentáculos del alcázar abrazaron todo su entorno y,
de una manera muy especial, la plaza ante su fachada.

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La fachada que heredó el siglo XVII era un desastre desde el punto
de vista de los principios de simetría y proporción que regían la
arquitectura áulica del Renacimiento. Francisco de Mora, el sucesor de
Juan de Herrera, había intentado regularizarla proyectando una torre igual a
la Torre Dorada II en el otro extremo, pero será su sobrino, Juan Gómez de
Mora, responsable de algunos de los edificios más emblemáticos y
determinantes de la arquitectura del Madrid de los Austrias, quien
finalmente configure la imagen definitiva del alcázar hacia la plaza. En la
nueva fachada un primer piso sirve de basamento para los dos principales
en los que la sucesión de huecos con frontones entre pilastras crea un ritmo
uniforme que ayuda a enfatizar el gran cuerpo central con la portada. Esa
portada central se pensó en principio flanqueada por dos grandes torres
nuevas en el proyecto de Gómez de Mora. Es una fachada que actúa como
pantalla de lo que fue el alcázar del XVI: la portada antigua estuvo
retranqueada entre dos torres, y ahora, al avanzar buscando la regularidad,
permite crear en el espacio interior que se genera el famoso Salón de los
Espejos o Salón Nuevo. La uniformidad buscada en la nueva fachada
obligó lógicamente a derribar las dos torres medievales, pero sólo hacia el
exterior, pues la Pieza Ochavada, cuya traza se ha atribuido a Velázquez,
estuvo en el interior de una de las torres. La reforma de Gómez de Mora
permitió magnificar los espacios ceremoniales del alcázar que se ubicaban
tras la fachada principal. Detrás del Salón de los Espejos estaba el Salón de
Comedias, o Salón Dorado, que ya existía en el siglo XVI aunque con otro
nombre. En el Salón de los Espejos el rey recibía a cortesanos y visitantes
ilustres, y en el de Comedias se bailaba (Felipe IV fue un gran bailarín)
además de representarse en él obras de teatro.
Fue tan determinante del cambio de imagen del alcázar la fachada de
Gómez de Mora que no sólo se hizo de ella una maqueta, que se conserva
en el Museo Municipal de Madrid, sino que el rey Felipe IV tenía en su

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biblioteca, con sus libros, pinturas y otros objetos preciosos, un modelo
coloreado hecho de cera y cartón de esta fachada, flanqueada por las dos
torres, y con la plaza ante ella llena de figuras a pie y en coche. Lo destaco
porque refleja una de las características de la historia de este alcázar, que es
la integración de la fachada con la plaza, que aparece desde las primeras
intervenciones en el siglo XVI. Una de las primeras reformas fue
precisamente crear esa plaza, derribando la iglesia de san Gil que estaba
delante del alcázar para trasladarla a uno de los lados, donde desembocaba
la calle de san Juan. En el lado de la plaza opuesto a la fachada se hicieron
como dijimos las caballerizas reales, y sobre ellas la gran sala de la
Armería en tiempo de Felipe II. Este edificio de las caballerizas demuestra
cómo desde el principio se quiso una plaza perfectamente delimitada
delante del palacio, pues hubo que derribar casas e indemnizar a los
propietarios de los terrenos para poder construirlas en ese lugar.
El alcázar se volcaba hacia una plaza que era suya. Lo hizo con la
galería que se construyó en tiempo de Felipe II entre la Torre Dorada y la
del Homenaje, que permitía a la corte asistir a las fiestas que se celebraban
en la plaza tal como vemos en el grabado de L’Hermite (aunque se haya
cuestionado ese uso pensando que la galería tuvo una utilización más
privada que pública), lo hizo cada vez que se adornaba la fachada con
tapices para las Fiestas y procesiones, lo hacía también cuando construía
pasadizos efímeros sobre ella para mantener la privacidad del espacio
cortesano, y lo tuvo en consideración Gómez de Mora en su proyecto, pues
desde el balcón central, que se correspondía con el Salón de los Espejos,
los Reyes veían pasar la procesión del Corpus Christi.
El grabado que representa la llegada del Príncipe de Gales al alcázar
muestra esta fachada en construcción desde la lejanía que permite la plaza,
y ya en el siglo XVII dos galerías laterales cerrarían ese espacio cortesano.
La que regularizaba la plaza sobre la cortada del Manzanares, se había

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proyectado ya en el siglo XVI, pero dejando fuera del marco urbano el
extremo de la fachada, donde se hizo el jardín de los emperadores al que
daban las “Bóvedas del Tiziano”. Sólo a finales del siglo siguiente las dos
galerías laterales, adornadas con bustos de emperadores romanos,
abrazaron todo el frente de la fachada y la plaza adquirió un carácter
cerrado con el arco que se hizo entre las caballerizas y las casas al otro
lado de la entrada sur a la plaza. Los deseos de magnificar este espacio
áulico llevaron a colocar durante un tiempo la famosa estatua ecuestre de
Felipe IV rematando la fachada del palacio.
La llegada de los Borbones supuso la introducción del gusto francés
por ejemplo en la disposición en hilera de los salones, o en las “chinerías”
y otras decoraciones que se proyectaron siguiendo la moda europea. Felipe
V e Isabel de Farnesio visitaron el alcázar el 13 de diciembre de 1734 para
ver la marcha de la nueva decoración, y pocos días después todo
desaparecía pasto de las llamas. En el mismo lugar se construyó el Palacio
Real que, con un lenguaje arquitectónico completamente distinto, modificó
la imagen internacional de la monarquía hispana.

BIBLIOGRAFÍA

- Veronique GERARD, De castillo a palacio. El Alcázar de Madrid


en el siglo XVI. Bilbao, Xarait, 1984.
- Steven ORSO, Philip IV and the Decoration of the Alcazar of
Madrid. Princeton University Press, 1986.
- José Manuel BARBEITO, El Alcázar de Madrid. Madrid, COAM,
1992.

8
- Catálogo de la Exposición El Real Alcázar de Madrid. Dos siglos
de arquitectura y coleccionismo en la corte de los reyes de España.
(Dir. Fernando CHECA). Madrid, Nerea, 1994.