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Autenticidad y

veracidad de
los Libros del
Viejo y Nuevo
Testamento
Lucas José Pérez
A U T E N T IC ID A D Y V E R A C ID A D

DE LOS LIBROS

DEL VIEJO Y NUEVO TESTAM ENTO:

QUE EN OBSEQUIO

á la E ncíclica de nuestro Santísimo Padre Gregorio xvi


de S de M ayo úEtimo condenando las apócrifas Biblias
que circu la n ,

DEDICA

X LA ESTUDIOSA JUVENTUD

Sü A P A S IO N A D O

EL DOCTOR DON LUCAS JOSÉ PE R E Z ,


CANÓNIGO DE L A SANTA. IGLESIA METROPOLITANA
DE JSAKACOZA.

N oviem bre 1844.

Z arago za: Im prenta de Cristóbal iVLagaTTon.


Testimonia tua credibilia fa c ta sunt nimis:
^fxfxíx/x/xivrx/xivixrw /w x/x/x/x/x/

I N D IC E
d e los c a p ít u l o s d e e s t e tom o.

------= s< £ i ;<&•:xí)«=--------

Prólogo......... ........i......4...i..4..i...é..4...Págé III-


CAPITULO I.
De la Autenticidad de los libros del
Piejo Testamento.*... ..... .......... ........ 3.
CAPITULO II.
De la Autenticidad de los libros del
Nuevo Testamento.............................. 30.
CAPITULO i i i .
■£>e la Feracidad de los libros del Vie-
^o Testamento ...... ............................. * •.
CAPITULO IV.
t)e.la¡ Feracidad de los libros del Nue-
a> Testamento ...................................... 118.
CA PITU LO V .
&e la Propaganda r e v o lu c io n a r ia .. 149.
CAPITULO IV .
Infeliz vida y muerte de los impíos
propagandistas al frente de la del
verdadero católico........... ................... “ 0
III

I N T R O R lk ir a m

T o d a s las grandes y sublimes verda­


des tienen entre sí una concatenación
tan maravillosa, que no puede com­
prenderse una , sin que se. conciban y
penetren las sucesivas; de tal suerte,
que no se llegará ú formar sistema de
las unas , hasta que de ellas se conoz-
can los principios, las relaciones, las
consecuencias y el orden. Nosotros
pues , que por el solo y singular be­
neficio de la Divina Providencia ,
luego que abrimos los ojos á la luz
siendo adornados de entendimiento
y razón, al llegar el momento de
IV
,
advertirlo sentimos una mocion de
reconocimiento y respeto hacia aquel
que hdbia sido el origen de nues­
tro ser ,y una pasión razonable pa­
;
ra nuestra felicidad y así como
estos dos grandes móviles gravados en
nuestro corazon por el Autor de la
,
naturaleza forman la cadena de mu­
,
chas verdades que una cual los ani­
,
llos en aquella sigue enlazada á la
,
otra sería imposible el poder llegar
á adquirir el medio de reconocer d
,
nuestro Hacedor ó de procurarnos la
,
felicidad sin elevarse al conocimiento
,
de todas las verdades y por consecuen­
cia del sistema que en sí las mismas
encierran. Todas las naciones del mun­
,
do, escepto el pueblo hebreo erraron
en este sistema, y los mismos hebreos
le habrían seguido., si Dios no liubie-
V
ra inspirado á Moise's el escribir la
creación d el inundo, su propagación ,
los accidentes que ocurrieron , y las le­
yes que habían inviolablemente de ob­
servarse , para que como debia se re­
conociese su soberana autoridad , ¡y úl­
timamente se obtuviese la fe licid a d , á
cuya posesion todas se sienten movidas
por un fuerte y vehemente deseo. Y
para que ninguno pudiese dudar del
verdadero , entretantos sistemas que ha
sabido inventar el corrompido corazon
humano , el mismo Dios nos dio ideas
las mas puras y perfectas , y las re­
glas para nuestra conducta las mas
justas y exactas.
E n fin no hay religión que en la
creencia n i en la práctica se iguale n i
aun se aproxime á la nuestra , conte­
nida en la Santa E scritura , y por
VI
consecuencia no existe libro que en su
interior sea tan escelente, n i compa­
rarse pueda con nuestra B iblia . Libro
que Dios le hizo escribir para noso­
tros; y siendo como una carta que el
mismo D ivino Señor nos ha dirigido
desde el cie lo , aun osan la sociedad
titulada Alianza cristiana y sus adic­
tos con sus adulteradas Biblias fr a ­
guadas en el averno, y condenadas por
Ntro. SS/no. Padre el Pontífice rey-
nante , conculcar si posible fuera aque­
lla bajada del empíreo , suplantando
y divulgando sus apócrifas para fasci­
nar el corazon particularmente de la
im bécil ju v en tu d , con el tósigo que
encierran. N ó , m i predilecta juventud
estudiosa, no ensucies tus inocentes ma­
nos con tan hediondas producciones,
que por no haber llegado á las mías
VII
para confutarlas según á m i poquedad
hubiera sido dado , (pues Su Santidad
lleno de dolor nos lo inculca en su
E ncíclica de 8 de Mayo último ) , me
propuse explanar , sosteniendo la V era­
cidad y Autenticidad de los libros del
Viejo y Nuevo Testam ento como lo ha­
go aunque en bosquejo, con el objeto
de excitar á nuestros sabios sed p r e ­
cipuo in sortem Dom iui v o ca tis, pa­
ra que llenen m i comenzada plana en
obsequio de nuestra divina Religión
y consuelo del supremo Pastor, tan
contristado como vejado por sus ingra­
tos , espurios y aun apóstatas hijos ,
guien aun desea se impugne el indi­
ferentismo religioso, que hice ya en
los capítulos V i l del primer tomo , en
e l X IX d el tercero de mis obras ti­
tuladas Defensa C atólico-D ogm ática
V III
y capítulo I I d e l Apéndice á la V in ­
dicación del Celibato eclesiástico donde
puede verse.
Cuyas tareas , con una reseña de
la Propaganda Revolucionaria , sus
progresos, peculiar vida y retractación
de algunos socios, como acostumbra,
te ofrece mi fino afecto: aconsejando-
/<?, s/ quieres obstruir los caminos
que pueden conducirte á la increduli­
dad , súí/í Gregorio te dice 51Stude ergo,
quaeso, et quotidie Creatoris tui ver.ba
m editare, disce cor D ei in verbis D ei.”
Y Su Santidad concluye la Encíclica
anhelando se invoque a l efecto la
piadosísima intercesión de la Biena­
venturada siempre Virgen M a ría , á
quien se ha dado destruir todas las he-
regías en el orbe entero• i ¿dónde, j u ­
ventud amable , dónde podrás con ma­
IX
yor fervor y fruto verificarlo , que en
el Angélico Propiciatorio que posees,
tan privilegiado de la misma divina
Señora , que cual oficiosa Abigail y
bella Ester á ello te invita, y en pie
desde su sagrada é incontrastable co­
lumna , á cuyo culto , sin mérito al­
guno me cabe el honor de hallarme
asignado ?
í ^ iu renunciar á (oda la fe divina y
humana jio puede dudarse, que seme­
jantes sagrados v oí tímen es sean autén­
ticos y genuiuos. ¿Cómo sabemos que
de Platón, Aristóteles, Cicerón y V ar-
ron son los libros que existen y se leen
bajo su nom bre, sino porque una cons­
tante y succesiva tradición á estos gran­
des hombres tales obras atribuye? Así
arguye contra el maniqueo Fausto san
Agustín, ( i ) y si no nos fijamos en estos
fundamentos y principios, diremos, que
la historia de Heródoto fue escrita en
tiempo de Costantino como quiere Ja-
cobo G uadeiro, que la Eneida de
Virgilio es parto é invención de los
Benedictinos, como sonó el Arduino, y
apenas nos asiremos á lo que vemos
y tocamos con las manos.
Los libros del Viejo Testamento se­
guramente existían antes d é la venida
de Jesucristo. E n los Evangelios y de­
más libros del Nuevo repetidas veces
se citan el G én esis, E xodo, los N iím e-
3
r o s , L e v ítico , Deuteronomio, Salmos,
Isa ía s, Jerem ías, Oseas y otros pro­
fetas, señal evidente, que las tales es­
crituras son mas antiguas que la era
cristiana. D e Moisés proceden los pri­
meros cinco libros ó sea el Pentateuco,
á quien principalmente atacan los in­
crédulos bien penetrados de que adm i­
tida la autenticidad del Pentateuco,
110 puede negarse la de los demás li­
bros que forman cuasi una cadena,
continuación y seguida. Unos sostienen,
que Moisés no escribió ni dejó libro
alguno, otros que escribió, pero que
sus producciones han sido después a l­
terad as; y hay quien, para salir del pa­
so , niega hasta la existencia de M oi­
sés , creyéndole un fingido personage,
faltando poco para negar la existencia
de los hebreos, y aun el que se diga
4
ser ésta una nación im aginaria. Si hu­
bo tal pueblo hebreo, tuvo le y e s, go­
bierno y Religión, debió aun necesaria­
mente tener un legislador y un cabeza:
dígasenos pues quién fue, sino existia
M oisés: qué pruebas se aducen que
puedan destruir el testimonio de una
nación que reclama su fundador. Cuan­
do se trata de los libros sagrados de
las otras naciones chinesas, indianas,
y persianas, se nos dice que debemos
observar aquellas naciones sobre la an­
tigüedad y autenticidad de sus libros
á que 110 podemos contestar, que la
historia de un pueblo no se puede sa­
ber mejor que de los anales, memorias
y tradiciones del m ism o, que una fa­
milia interesada en la conservación de
sus derechos debe saberlas mejor que
los estrados. ¿Por qué pues no se pro­
5
cede bajo los mismos principios res­
pecto al pueblo hebreo? Si se quie­
ren aun testimonios estrados, Diodoro
de Sicilia, S trabo n , Ju stino, Ta'cito,
Juvenal y Longino hacen expresa men­
ción de M oisés, á quienes pueden aña­
dirse muchísimos otros autores latinos,
griegos, egipcios, fenicios y caldeos de
antiguo referidos por Josefo hebreo, (2)
Eusebio (3) y nuevamente del Ilu e -
cio (4).
Cuantos hablan de Moisés lo ha­
cen aun de sus escritos y de la ley d a ­
da por él á los hebreos. Diodoro de
Sicilia que le nombra como hombre
superior á otros y de un genio extraor­
dinario, dá una idea de su doctrina (5).
Strabon hace igualmente un estrac-
t o , (6) J u stin o , ó sea T rogo P om -
peyo haciendo elogios de Moisés por
6
sus luces y sabiduría, alaba la consti­
tución de la república judaica por es­
tar enlazada y unida la justicia con la
R eligión, (y ) y solo se engaña haciendo
á Moisés hijo de Josefo. Estableciendo
Moisés una forma de gobierno y pres­
cribiendo las funciones del cu lto , cere­
m onias, fiestas y sacrificios, no es po­
sible que quisiese abandonar el todo
á la simple memoria y volubilidad de
los succesores sin un cuerpo escrito;
era pues necesario un libro que contu­
viese los reglamentos y decretos , sin
peligro de alterarse ó perderse , á los
que el pueblo se conformase.
Si Moisés no hubiese dejado es­
critos , ninguno de la nación habría
ign orad o, que los tales no existían.
Sería de una notoria publicidad, que
este grande hombre solo á viva voz hu­
7
biese dado y promulgado su legislación.
¿Cómo pues un impostor hubiera podido
hacer pasar cualquier libro bajo su
nombre? E l propio pueblo no le ha­
bría recibid o, y mucho menos conte­
niendo mandatos en sumo grado gra­
ves y difíciles á que debía sujetarse;
y además el mismo pueblo, nó, ni aun
admitiría un tal lib ro , al observar
las muchas y grandes reconvencio­
nes que en él se hallan de infidelidad,
sediciones, murmuraciones y susurros,
y por las terribles amenazas y predic­
ciones de las futuras calamidades y des­
gracias en vista de la continua perfi­
dia. L a misma parcialidad, el p rivi­
legio y singular prerogativa de la tri-
Im de L e v í le habría proscrito y he­
cho desaparecer. Si pues el libro no
solo ha sido recib id o , sino que desde
2
8
el principio se le ha mirado con un
respeto de que no hay egem plo, for­
zoso es confesar, que su autenticidad
ha sido mas que cierta y conocida.
E l mismo contenido del Pentateuco
nos hace conocer la mano del director
y legislador de los hebreos. Vése en él
una precisa descripción y exacta del
cam in o , campamentos y puntos, ó lu­
gares ocupados por cada tribu luego
que salieron del E g ip to : allí se refie­
ren los nombres de los cabezas ó ge-
fes que m andaron, y sus genealogías,
con un detai sobre la construcción del
T abern áculo, su dimensión y medida,
materiales em pleados, altares, cande-
le ro s , vasos y ta n ta s, tantas otras m i­
nuciosidades en él se le e n , que solo
pueden convenir á los templos de la
prim era institución. Un autor m oder­
9
no no se habría fijado en tales parti­
cularidades objeto ú observables solo
al principio.
¿Como negar que el Pentateuco sea
obra de Moisés ? Josué su inmediato
succesor no hace otro que seguir su ley
sin dejarla de la b o ca , y sintiéndose
próximo á la muerte recomienda á los
israelitas su observancia (8). E l libro
de los Jueces muchas veces se refiere á
la historia y legislación de Moisés (9).
David en sus salmos continuamente re­
clama la ley de Moisés, (10 ) y Salomon
próxim o á la muerte exhorta á cam i­
nar por la via del S eñ o r, y d observar
sus cerem onias, preceptos y resolucio­
nes, según lo que se halla escrito en la
ley de Moisés ( 1 1 ) . Samuel y los pro­
fetas aun ellos con suma frecuencia re­
piten la le y , la ley de M oisés , el l i -
§
10
bro ele Moisés; y Huecio con cuidado ha
reunido los pasages. E n suma todos
los libros subsiguientes se atienen á los
de Moisés, como á su base y funda­
mento , siendo como radios que se re­
fieren y dirigen al centro común. Y
aun hay relaciones de hecho. Los he­
breos han siempre observado cuanto se
prescribe en el P entateuco, sin que ja ­
más hayan tenido otras p rácticas, usos
y costumbres. E s pues evidente ser
aquel el código prim itivo y el escrito
original del fundador. ¿Qué mas? H a­
biendo Moisés ordenado, que su libro
se colocase y custodiase en el A rca
(12 ) despues de la ocurrida mudanza
en la restauración del tem plo, bajo el
reino de Josías, fué vuelto por el Pon­
tífice Elcías y llevado al rey, quien
viendo el propio original de M oisés, (13 )
11
lleno de gran veneración rasgó sus ves­
tiduras y volvió á llevar el pueblo por
las vias del Señor.
Aun hay quien pretende que sea
Esdras autor del Pentateuco despues
de la esclavitud de B abilonia, y que
Jeremías pueda haber contribuido á la
coinposicion, (1 4 ) Jerem ías, quien ha­
cia mas de cien años que habia muer­
to antes que Esdras apareciese en Je»
rusalen. Esdras no podia fingir los li­
bros de M o isé s, sin inventar ó croar
todos los demás del Viejo T esta­
m ento hasta aquella é p o ca ; pero la
gran variedad del estilo que allí se ob­
serva, manifiesta ser ello obra de mu­
chos, y 110 la impostura de uno solo.
¿Cómo pues era posible inventar y fin­
gir tantas genealogías de fam ilias, di­
visiones de tierras y títulos particulares
n
de posesiones? ¿Cómo el insertar y crear
profecías aun 110 confirmadas de las
que se esperaba su advenimiento? Esdras
era doctor de la le y , no profeta. Mas
¿por ventura los judíos antes de su es­
clavitud 110 tenían constitución, leyes
y gobierno? Si lo tenían, para perder
la mem oria era necesario, que en el
espacio de setenta años que duró la es­
clavitud , fuese todo el pueblo exterm i­
nado, y que los padres 110 refiriesen á
sus hijos nada de lo pasado. Mas aun;
en aquel aciago é infeliz tiempo se ob­
servaba la ley de Moisés. Los profetas
B a ru ch , Ezequiel y Daniel no se ocu­
paban m asque en predicar la ley, re­
cordándola á la memoria del pueblo
(15 ). Añádase, que cuando los judíos fue­
ron presos y llevados esclavos á Babilonia,
muchos se ocultaron y huyeron de la per-
13
secucion; quedándose en la Judea ba jo el
mando de G od o lía, y allí permaneció
Jerem ías para consolarlos é instruirlos
en la l e y , que el Señor habia dado á
sus padres (16 ). Antes de Esdras hubo
allí muchos con el permiso de Ciro
conducidos por Zorobabel y hasta el
numero de cuarenta y dos m il, quie­
nes principiaron á restablecer el culi
to de D io s , según está escrito en la
ley de Moisés (1 7 ) . ¿ Cóm o pues á
esta porcion de gente se la podría
subyugar? E n el cisma de las diez tri­
bus muy anterior los israelitas rebe­
lados aun se llevaron consigo el P en ­
tateuco, al que tributaron siempre
la m ayor veneración, aun cuando
se sometieron á la idolatría. ¿C óm o
Esdras podia componer un lib r o , que
hacia siglos existía entre la porciou
14
fiel del pueblo? Esdras enviado á Je-
rusalen para poner en vigor la ley,
que en aquella desolación y dispersión
del pueblo se descuidaba, no hizo mas
que recoger y reunir todas las escrituras
en un solo cu erp o, despucs de haber
buscado los egemplares mas correctos y
exacto s, dándoles aquel orden que hoy
forma el canon de los heb reos, y m u­
dando las antiguas letras hebreas en
caldaicas, que en la larga esclavitud se
habían hecho mas fam iliares al pue­
b lo , por lo que no solo enteramente,
sino aun con m ayor facilidad se lee el
sagrado código (18 ) y fue tan grande
el ardor y el celo que persuadió á
abandonar y devolver las mugeres estran-
geras con que los suyos se habian desposa­
do; á lo que los maridos no se habrían
ciertamente acomodado, si la ley de M oi­
15
sés que espresamente lo m andaba, no
fuese por ellos conocida y respeta­
da ( i 9).
No es p ues, ni puede ser el Penta­
teuco supuesto ni aun alterado. E l ce­
lo demasiado conocido y fidelidad con
que los hebreos guardaban sus libros
y conservaban el depósito de las escri­
turas en su integrid ad , excluye y no
da lugar á alguna alteración que se
intentase probar. Confíadoseran los libros
á la autoridad p ú b lica , con una seve-
rísim a prohibición de añadir ó quitar
una palabra, (20) y los sacerdotes y pro­
fetas vigilaban en su custodia. E l ori­
ginal de Moisés estaba colocado en el
A r c a , otra seguridad m ayor era esta
para que el texto 110 pudiera alterarse:
jama's se ha conocido libro mas inte­
resante ni mas popular. E ra el código
16
c iv il, crim in al, p olítico, religioso; y
según él se regulaban y resolvían todos
los asuntos públicos y privados. Los ca­
bezas de la nación , cuando recibían el
m a n d o , debían copiarle de su propio
puño. Los m agistrados, sacerdotes y
levitas de aquel tie m p o , tomaban la
regla para sus funciones. Los particu­
lares aun se interesaban en conocerle
para los diversos derechos y títulos de
posesiones, establecimientos y genealo­
gías de Jas fam ilias. Cada siete años
en la fiesta de los tabernáculos por
mandato del mismo Moisés debia leer­
se públicam ente al pueblo. Todos es­
taban obligados á saber la le y , im p ri­
m irla en la m en te, y enseñarla á sus
propios h ijo s, para que todos de cual­
quier ra n g o , grandes y pequeños tu ­
viesen conocimiento de los hechos, dog­
17
m a s , rito s, m ora!, y todo lo demás
establecido y prescrito (2 1). No era
pues posible que allí se hiciese la mas
mínima m udanza, pues habría pro­
ducido y excitado una universal recla­
mación.
L o que con la m ayor claridad m ani­
fiesta Josefo hebreo sugelo científico
particularmente de las leyes, usos, cos­
tumbres patrias, y del espíritu nacio­
n a l, quien nos asegura, que en el tras­
,
curso de tantos siglos que existia su
,
nación no hahia aparecido alguno ,
,
que hubiese osado añadir cambiar ó
quitar la mas mínima cosa de los
,
santos libros y que los judíos esta­
ban tan tenazmente, asidos á ellos ,
que por defenderlos y sostener su creen­
,
cia habrían sufrido cualquier su­
plicio (22). ¿Con cuanta diligencia y
18
precaución no se hizo y finalizó la
versión griega bajo el reinado de T o-
Ioraeo Piladelfo? Fueron escogidos pa­
ra ello los mas ancianos, doctos, é ins­
truidos , se les dio un egemplar escri­
to en letras de o r o , con orden de
volverlo concluida la traducción. F i ­
nalizada la obra se leyó publicam en­
te en la Sinagoga de A leja n d ría , pa­
ra hacer las necesarias correcciones por
si el texto en cualquier lugar 110 se
hallase bien exp licad o , mas se vio
la unánime aprobación , como sabemos
por el mismo Josefo (23). No menos
que los h ebreos, los cristianos han m i­
rado siempre los libros del Viejo T es­
tamento como d iv in o s, donde no es
perm itido mudar una p alab ra, sílaba,
ni punto. Los Masoretos con inmen­
sa fatiga numeraron y notaron todas
19
las le tra s, no menos que los versícu­
los , capítulos y libros de la E scritura.
¿Se atreverá la incredulidad á inducir
aun sospecha, despues de tanta exac­
titud , previsión y escrúpulo?
Desde la mas remota antigüedad y
acaso antes de la venida de Jesucristo los
judíos que fueron á establecerse en la
C h in a , llevaron consigo la B ib lia , don­
de la conservaron, y es conforme á
la de los otros hebreos. Habiendo ade­
más de la versión griega muchas otras
versiones como la ca ld c a , la siríaca,
a rá b ig a , persiana, etió p ica, la latina
ítala, y nuestra vulgata , todas igual­
mente se com binan; y la caldáica es
mas antigua que la griega, pues se fi­
ja al tiempo próxim o á Esdnis. F i­
nalmente lo mas relevante e s , que con­
cuerda maravillosamente el código sa-
20
maritano que se remonta á la época
de la división y separación de los dos
reinos de Israel y de Judá. Habernos di-
cho que los israelitas, que se rebela­
ron teniendo el libro de la le y , con­
tinuaron custodiándolo y venerándolo.
Pasó después el tal libro á los Cúteos,
pueblos asirios, á quienes Salmanasar des­
truido el reino de Israel y trasportados en
otros puntos sus habitantes, mandó á re­
poblar las desamparadas poblaciones, las
que asociándose á los pocos israelitas
que allí habían quedado, hicieron una
mezcla de religión hebraica é idolátri­
ca, y tomaron el nombre de sam arita-
nos de la capital llam ada Sainaría.
E xisten aun en Palestina algunos des­
cendientes de los samaritanos y con­
servan el sagrado código con los m is­
inos primeros caractéres que al p rin ci-
21
pió fué escrito. Se ha hallado aun
este código y muy semejante (24) no
obstante ser enemigos acérrimos los sa-
maritanos siempre de los hebreos, sin
que jam ás hayan convenido con ellos,
por lo que no puede creerse, que se
pudiesen unir para hacer alguna varia­
ción. Luego desde los tiempos de Jero-
boan correctas seguramente nos vie­
nen las escrituras, y hénos aquí en los
dias de Salomon y David bajo de cu­
yos reinados florecía la nación y se con­
servaba el original de Moisés en el
santuario del tem p lo, con el objeto de
que sirviese de norma y confrontación
con las copias.
Internémonos aun mas: ¿quién seria
tan temerario y atrevido que se presentase
á corromper y d e p ra b a re l sagrado texto
poniendo en él su sacrilega mano? Uno
22
solo ? Todos los demás tumultuados se le
habrían opuesto y jam ás habría consegui­
do el recoger todas las copias esparcidas
y suprimirlas. ¿Una unión ó conspiración
de gente taimada y dispuesta? Cuantos
no hubiesen entrado en la liga, habrían
frustado el designio, descubierto el en­
gaño y reventado la mina. ¿El cuerpo en­
tero sacerdotal? Además de la dificultad
para m i insuperable de que los levitas
de todas las clases estuviesen unánimes,
el pueblo luego habría tenido conoci­
miento de la variación, tratándose de
la le y , que no solo le era conocida y
sabida y cada siete años oían leerla.
M as aun se practicaba: ínterin no se reu­
niesen todos á cometer tan grande de­
lito, no podia ser la falsedad asequible.
¿En qué parte pues se haría la al­
teración? E n la histórica, dogmática 6
23
legislativa? E s tal la liga que presenta
la una con la o tra , que forman un
todo inseparable. Los hechos dan lu­
gar á los establecim ientos, las solemni­
dades , las fiestas se introducen con la
ocasion de cualquier prodigio. M enes­
ter sería no haber leído loa santos li­
b ro s , para no comprender que seria
m as fácil refundirlos que alterarlos,
componerlos de n u evo, que insertar,
ariadir ó quitar algún artículo. Si algu­
no hubiese retocado la Escritura, habria
quitado aquellas infam ias y vergonzo­
sas cosas que allí se hallan de los he­
breo s, habria puesto un orden m etódi­
c o , se veria mas arte y estudio, y no
habria en el Pentateuco tantas repe­
ticiones, trasposiciones y exhortaciones,
que del solo Moisés podían ser pro­
pias. Evidente seíial es pues e sta , de
3
24
haberse conservado la obra en su p ri­
mera y nativa simplicidad ó pureza.
¿ E n qué tiempo dígase por ultim o,
pudo ser la innovación? N o en segui­
da á la muerte de Moisés y viviendo,
y aun gobernando los jueces, acaecería.
E ra entonces demasiado fresca la m e­
m oria de las cosas, y la tradición se
conservaba en su nativa pureza. No ba­
jo los reyes anteriores á Josías. E l en­
gaño se descubrid á la confroutacion
.con el código original que reinando Jo­
días fue hallado. Adem ás habiendo si­
do ya verificada la separación de las
diez tribus, si en Israel se hubiese he­
cho la alteración, la de Judá no habría
callado, si en ésta, la de Israel no guar­
daría silencio, odiándosela una y la otra
recíprocam ente; siguiéndose de ello el
hacerse m as difícil el atentado. No
25
obstante que todos los días se multi~
plicaban y esparcían las copias, se hicie­
ron las traducciones de la Biblia que
quedan notadas, la primera del hebreo
al caldeo, lengua hecha vulgar despues
de la esclavitud de B abilon ia, despues
en griego para el uso y comodidad de
los hebreos de Alejandría. Bajo los rna-
cabeos ó poco despues se levantaron
entre los judíos las diferentes sectas
de saduceos, fariseos y esenios, otro
obstáculo invencible á la alteración de
las escrituras pues que siendo las
tales sectas riva les, si una hubiese ten*
tado la mas m ínim a m udan za, la
otra luego habria publicado la infideli-
la d ; y aun estaban los samaritanos que
en todo caso habrían reclam ado, quie­
nes jam ás con los hebreos han anda­
do de acuerdo. Finalm ente despues de
26
la venida de Jesucristo la alteración
se ha hecho imposible, pues se ha tra­
ducido la Biblia en lodos los idiomas,
y las copias se hallan multiplicadas ai
infinito, y tanto los cristianos como los
hebreos siguen, permaneciendo siempre
alerta y vigilantes para que el sagrado
texto no se altere y menos corrom pa.
No puede pues asegurarse un tiempo,
en que la alteración haya podido su­
ceder.
L os anales judáicos formando una
historia continuada y nada interrum ­
pida no eran al principio distintos y
divididos en libros, lo que fue hecho
para m ayor orden y claridad, y en­
tonces fue cuando al fin del libro de
Moisés se puso la relación de su muer­
t e , el tiem po en que cesó el m a n á , y
cualquiera otra particularidad poste-
27
riorm enté acaecid a: de cuyos hechos
principia Josué su narración. A sim is­
mo al fin del libro de Josué se refirió
su muerte y sepultura, cjtie se des­
cribía por el historiador subsiguiente
do los jueces. ¿ Llam árase alteración , el
poner algún versículo y aun un cap í­
tulo entero al fin mas bien de un li­
b r o , que al principio del otro? Des­
pues de la versión griega principiaron
á observarse los nombres de Génesis,
E x o d o , N ú m ero s, L evítico y D eute-
ronomio , llamándose indistintam ente
el P entateuco, prim ero la le y , el li­
bro de la ley y el libro de Moisés
sin otra especificación. ¿Será aun esta
una alteración?
Pero se hallan muchas variaciones
en las diversas versiones de la B i­
blia. ¿Q ué libro aun menos antiguo
23
se conoce y de que haya menos
copias y traducciones, en que no se
hallen variaciones en grandísimo nú­
mero? E n tantas copias pues y tra­
ducciones de la Biblia no es m a­
ravilla hayan ocurrido algunos erro­
res , ya por la inadvertencia cuasi
enevitable de los copiantes, ya por
cualquier sentido no bien entendido
por los traductores, un punto, una lí­
n e a , una inflexión en las letras orien­
ta le s, un diverso método de abreviar,
el mismo pronunciamiento podia vol­
ver ambigua y equívoca la lección. M as,
las tales variaciones bien miradas 110
json sustanciales sino de p alabra, y á lo
m as tienden á la cronología, por lo de^
m ás en todo se halla el mismo fondo,
igual serie de h ech o s, y la idéntica doc­
trin a, por lo que 6 yo m e engaíío, d
29
ésta es una nueva prueba 6 invencible
de la autenticidad de los libros del
V iejo Testam ento. Desde el tercer si­
glo de la iglesia se propuso Orígenes
la idea de una Poliglotta de las que
boy abundamos. Confrontando con es­
tas colecciones la uniform idad de los
diversos textos forzosa es la adm iración.
N ó : en todo el mundo no se hallan li­
bros antiguos m as auténticos y genuinos.
30

CAPITULO II.
de)# L íXuleuliciócxD de íod íiCtoó

de C g)X?h cdo ísñilauieulo.

jos libros del Nuevo Testamento


como mas modernos deberían estar
menos sugetos á la censura y crítica
de su autenticidad. IVTas como los in­
crédulos no omiten esparcir aun sobre
estos d udas, conviene igualmente vin­
dicarlos. R epiten las mismas reflexio­
nes y aun con m ayor v ig o r , tratándose
de una época mas próxim a tí nosotros.
31
Tem erario es el no querer reconocer
como auténticos estos lib ro s, respecto
á que por tales están admitidos de los
cristianos. No pretendo aquí el juicio
de la iglesia como una autoridad divi­
na ; juzgúese su creencia como una sim­
ple autoridad hum ana, mírese la au­
tenticidad de nuestros sagrados libros
como la de los profanos, como la au­
tenticidad de los libros de M ahom a,
Zeroastro y Confucio respecto á quie­
nes se qu iere, que debemos estar á la
creencia de aquellas naciones á que d i­
chos libros pertenecen, y que cuando
se cuestiona de los títulos fundam enta­
les y constitutivos de una sociedad, de los
escritos que contienen las leyes y las
reglas, conviene o irá aquella misma so­
ciedad y seguir su parecer. ¿Cómo pues
con los hebreos y cristianos se muda
32
de Ienguage? Los m ahom etanos, per-
sianos, indianos y chinos ¿merecen mas
Crédito que los nuestros? Cuando los
cristianos aun divididos en diversas sec­
tas todos siguen igualmente acordes en
este p u n to, de que los libros del N ue­
vo Testamento son obras de los após­
toles y discípulos, de quien llevan el
n o m b re, no cabe lugar á disputa, y
usamos de nuestro derecho, cuando de­
cim os, se nos preste fé en e llo , pues
la sociedad cristiana no debe ser m e­
nos privilegiada que las o tra s, y me­
nos aceptable la creencia de la misma.
Tam bién alguna vez la fé publica en
estas materias es decisiva, y de nin­
gún autor antiguo estaremos seguros,
sino tenemos por guia la contestación
seguida y progresiva de los tiempos,
que hasta nosotros se han sucedido.
33
Crece además la autoridad y fuerza
de la tradición á medida de la im por­
tancia y mérito del libro, y ¿cuál mas
importante para los cristianos, quién
mas relevante que este sobre el que es­
tá fundada la nuestra fé , la regla y
norma de la vida presente, el destino
y suerte de la futura?
Hasta los tiempos apostólicos su-
3)iendo de siglo en siglo se remonta la
tradición. Nosotros leemos los libros del
Nuevo Testamento como se leian en
el siglo pasado , en este se leian , có­
mo habian sido trasmitidos do los an­
teriores, y asi pasando de mano en
m ano, llegamos á los siglos tercero,
segundo y p r i m e r o y aun á los discí­
pulos de los apóstoles, y á estos mis­
mos por una série jam ás interrum pida,
série ciertísim a y contestada de quien la
34
sucesión- del ministerio y de íá doctri­
na no admite dada. O p ín e se , que
nuestros evangelios no lian sido cita­
dos por autores contem poráneos: el Kou
Iving de Gonfucio, el Zend-Avcsta de
Zeroastro, el alcoran de M a liorna por
ventura ¿presentan los autores contem­
poráneos ó sus testimonios? Y no obs­
tante nuestros contrarios no dudan de
sü autenticidad. Si necesario fuese ci­
tar autores contem poráneos, no se ha-
llaria cuasi libro alguno profano anti­
guo que se pudiese afirmar ser autén­
tico. De los poemas de Homero y de
Hesíodo el primero que habló fue H eró-
doto, quien vivió cerca de quinientos artos
despues de ellos. Podrá llamarse á es­
te un escritor contemporáneo?
M a s, oportunamente tenemos d i­
chos y autoridades de autores aun con­
35
temporáneos. Om ito la carta atribui­
da á san Bárnaba contemporáneo de
los apóstoles, la otra de san Clem en­
te P a p a , y el libro intitulado el Pas­
tor de H erm as, que muchos ponen en­
tre los discípulos del R eden tor, por no
dar lugar á inútiles contestaciones.
San Ignacio contemporáneo y discípu­
lo de san Juan en una carta á los de
Esm irna refiere muchos pasos del evan­
gelio de san Juan su m aestro, Papías
otro discípulo de san Juan en un
fragmento de Eusebio ( i ) hace expre­
sa mención del evangelio de san M ar­
cos, y por el m ism o Eusebio sabe­
m o s , (2) que P a u te n o , maestro de
Clem ente Alejandrino, siendo Cómodo
em perador, pasó á predicar Ja religión
cristiana á las Indias, dónde halló el evan­
gelio de san Mateo escrito en hebreo,
36
dejado allí por el apóstol san Bartolo­
m é , y san Gerónimo y Rufino aña­
den , que Panteno á su regreso lo lle­
vo consigo á Alejandría* San P olicar-
po discípulo de san Juan y ultimo
de los padres apostólicos en una carta
á los filipenses que en tiempo de san
Gerónimo se leia publicamente en Asia,
reúne y alega varios textos de san M a­
teo. San Iren eo, discípulo de P olicar-
po refiere extensamente el tiem p o, el
lugar é idioma en que san M ateo, san
M a rco s, san Lucas y san Juan escri­
bieron y publicaron sus evangelios (3):
y san Ireneo por la edad en que vivió
y los hombres que conoció y trató,
hablaba seguramente de cierta ciencia,
y puede creérsele un testigo cuasi con­
temporáneo. San Justino m ártir coe­
táneo que aun consiguió la palm a del
37
m artirio antes que san Poli carpo, no
solo alega el E v a n g e lio , sino que
refiere la costumbre de leerle íos do­
mingos en las sagradas reuniones(4).
N o eran estos, nó , escritos nuevam en­
te dados á la lu z, se hallaban ya reci­
bidos y venerados en todas las igle­
sias. Una costumbre tan universal en
tantos diversos y remotos p aises, en la
I ta lia , en G recia, en las G alias, en
la Asia menor y en otras partes del
mundo 110 se establece en menor es-?
pació de cuarenta á cincuenta artos,
y al caso tenemos á san Juan apóstol
que vivió cuasi hasta el fin del prim er
siglo, cuarenta ó cincuenta artos antes
de San Justino.
Adem as de Jos nombrados padres
línanse ahora otros tantos del siglo se­
gundo san A p o lin ario , Teófilo Antio-
38
cheno , C u ad rato , A rístid es, Agrippa,
E g esipp° judío convertido, Atenágoras,
que despues de haber sido filósofo se
hizo cristian o , y al fin del siglo se*
gundo publicó una concordancia de cua­
tro evangelios; añádanse los otros pa­
dres del siglo tercero Clem ente A le ­
jandrino, san Dionisio Alejandrino, san
C iprian o, H ipólito, A p ollon io, P olí-
cra to , M inucio F é lix , A rn o b io , T er­
tuliano y Orígenes quien d ic e , que en
su tiempo los cuatro evangelios eran
mirados y admitidos en la universal
iglesia de Dios sin la menor contro­
versia (5). Júntense aquellos que suce­
dieron en el cuarto siglo y posterio­
res hasta el presente sin interrupción
ni vacío algu n o, y no sé quién pueda
o s a r , ni atreverse á escitar cuestiones so­
bre la autenticidad de nuestrosevangelios.
39
Los bereges mas antiguos y con­
temporáneos de los padres apostólicos
aun reconocían los evangelios y las
otras divinas escrituras, y admitían la
autenticidad, mas interpretaban el sen­
tido á su modo (6). Los Gnósticos mismos
no negaban, que los evangelios fuesen au­
ténticos y genuinos, pues solo decian,
que contenían una doctrina destinada
para la gente vulgar. Los judíos y pa­
ganos odiaban ferozmente á los cris­
tianos, y sin cesar les calumniaban,
pero ni los unos ni los otros alegaron
jam ás la pretendida falsedad de los li­
bros evangélicos, aunque se advirtiesen
en ellos y especialmente los judíos cu­
biertos de infam ia; pero por todos los
demás caminos atacaban la naciente
religión. E n los escritos de los rabinos,
en los dos T a lm u d , y disputa del judío
4
40
Trifon con san Justino de todo lo de­
más se habla. Juliano uno de los mas
acérrimos enemigos del cristianism o,
Porfirio antes que é l, y Celso aun an­
tes en su rabia y furor no impugna­
ban , ni atacaban la autenticidad de
los libros del N uevo Testam ento, citan
sí y refieren muchos pasos para adul­
terarlos. Celso que vivia bajo el im pe­
rio de Adriano ochenta ailos cerca des­
pues de la muerte de Jesucristo, y por
consecuencia en un tiempo próxim o á
su nacimiento ó principio, se alababa
de tener un pleno conocimiento de
nuestras escrituras. H e inos pues reu­
nido hereges, ju díos, y paganos, quie­
nes deponen á favor de los libros del
Nuevo Testam ento, y causa admiración,
que aun aquellos, que refutaban la au­
toridad, 110 negaban que fuesen com­
41
puestos por los apóstoles y sus discí­
pulos.
Bastaría lo dicho hasta aquí para
convencer aun al mas obstinado, pero
internémonos m a s , ya que se quiere
un minucioso exam en si bien no ne­
cesario. E ra bien natural que los após­
toles y discípulos de Jesucristo ó al­
guno de ellos, escribiesen la vida, he­
ch o s, y doctrina de su m aestro, por­
que no se perdiese la m em o ria : tam ­
bién lo e r a , que los apóstoles á las
iglesias que fundaban dejasen cualquie­
ra instrucción, y que no pudiendo es­
tar presentes en todas p arte s, hallán­
dose distantes escribiesen algunas car­
tas para ex h o rta r, confortar, amones­
tar y confirmar en la fé á los nue­
vamente convertidos. E ra aun natural
que fuesen consultados de los tales fie-
§
42
le s, y se les diesen luces ó aclarase
cualquier artículo de doctrina y de m o­
ral. Si los apóstoles y evangelistas 110
hubieran dejado escrito alguno á la im ­
prevista aparición de escrituras bajo
su nom bre, ¿cómo era posible que los
cristianos 110 solo las hubiesen recibi­
d o , sino aun venerado como sagradas
sin haber jam ás tenido noticia? ¿Con
qué prestigio se habrían todos fascina­
do? ¿Cómo imponer á tantos? ¿Cómo no
hubo quien de la novedad movido es­
plorase el origen y descubriese la im ­
postura? Los romanos por egemplo
¿habrían recibido y aceptado una carta co­
mo escrita á ellos por san Pablo, si por
éste no les hubiese sido dirigida? L03
corintios, tesaloniccnses y galacios ha­
brían sido igualmente estúpidos? En
las suposiciones, téngase presente por
43
lo menos la verosim ilitud, y el que
ficta sint próxima veris como á los
mismos poetas inculca y prescribe H o­
racio : (7) mas aqui de lo verisím il
aun estamos muy distantes.
Auméntase el argum ento por los
hechos que se refieren. E s increíble
que se recibiesen libros en que se
atestasen milagros jam ás oid o s, m ara­
villas , prodigios que un impostor con
su fecunda mente hubiese inventado
y que tales libros sin contradicción se
acogiesen, é inundase rápidam ente la
iglesia entera. P ara que tuviese efecto,
debían todos los fieles por lo muy
grande que fuese su num ero, ó cons­
pirar en el engaño, ó dejarse llevar
de él. E l uno y el otro supuesto es no
solo im posible, sino una verdadera es-
travagancia. Peor pues si en dichos
44
libros se viesen insertos y promulga­
dos dogmas no conocidos, no oidos, ni
admitidos. Qué tum ulto, qué de recla­
maciones no se habrian excitado! Si
los escritos hubiesen sido conformes á
la común creencia, no habría enton­
ces razón de repetir bajo nom bre su­
puesto una historia conocida , una
doctrina ya profesada, y á la im postu­
ra la habría faltado el objeto y el fin.
E n vez pues de ayudar la invención,
habría perjudicado y acarreado descré­
dito. A ñ ád ase, que del principio al fin
inspiran semejantes libros odio y abor­
recimiento á la m en tira, é inculcan
lealtad , honestidad, buena fé y sin­
ceridad. Luego ninguno se persuadi­
r á , y repugna absolutam ente, que pre­
ceptos tan santos, advertencias tales,
y tan vivas vengan de un impostor,
45
y que un falsario cometa una falsedad
al mismo tiempo que la proscribe y
condena.
Viviendo los apóstoles y sus discí­
pulos no pueden haber sido hechos los
libros evan gélicos, porque entonces
ellos mismos habrian reclamado y el
fraude seria manifiesto. Mas los dis­
cípulos de los apóstoles vivieron hasta
algo mas del siglo segundo, y cuando
ya los libros evangélicos estaban por
todas parles esparcidos, se leian en
las publicas reuniones, y por los pa­
dres se citaban y comentaban. Nece­
sario es pues inquirir sus autores. ¿Y
cómo no? Si uno hubiese sido el impos­
t o r , no se observaria allí aquel esti­
lo tan diferente el uno del o tr o , que
por poco sensato que uno sea , luego
reconoce uua diversa m a n o , ni se ve­
46
rían las tan aparentes contradicciones
y variedades sobre las que tanto los
censores vociferan. Si muchos hubie­
ran sid o , no se hallaría allí aquella
admirable conformidad en las relacio­
nes, orden y diseno, y comunmente en
las frases. Testigos solo oculares po­
dían en aquel modo escribir. Dígase lo
mismo del minucioso detai y particu­
lares circunstancias, que se advierten,
las que á solo los testigos de vista
podían ser conocidas.
N ada se vé en los libros evangé­
licos , que huela á artificio, ó pue­
da llevarse á una data posterior. T o ­
do corresponde á la h istoria, á las
costum bres, y á los usos de los tiem ­
pos apostólicos. E n ellos se manifiesta
el estado de la Judea , el dominio de
los rom an os, la posicion de los pue-
47
L ío s, y el gobierno civil con sus d i­
visiones y a lte rn a tiv a s, com o ocurrían
en aquel tiem po. U n falsario es d i­
fícil no tenga un m om ento de distrac­
ción, que queriendo recorrer ó traspor­
tarse á épocas lejanas y r e m o ta s , se
olvide enteram ente de los objetos que
le ro d e a n , y no se le escape cualquier
anacronism o. Considérense adem ás al­
gunos p a so s, los cuales absolutam en­
te no pueden menos de ser originales.
La predicción de la ru in a de Jerusa-
len ¿sería descrita en aquellos térm inos
com o se lee en los evangelios de san
M a te o , san M arcos y san L u c a s , si
aquellos libros fuesen posteriores y para
seducir com puestos por un im postor?
A llí ¿se r e fe rid a la controversia m o vi­
da en la iglesia de Jerusalen sobre la
observancia de las cerem onias m osaicas
43
com o aun no term inada ? ¿Q uién otro
que san P ab lo hubiera hablado á los
galatas con aquella fuerza y vehem en­
cia con que se m anifiesta en su carta
reprobándoles sus defectos y crueldad?
¿Y quién sino el m ism o A póstol
respondería y satisfaria las diversas
cuestiones, que se le hacían sobre las
carnes inm oladas á los íd o lo s, sobre
la v ir g in id a d , sobre los deberes m atri­
m oniales , sobre los derechos de los m i­
nistros e v a n g é lic o s , las disposiciones
para el sacram ento de la E u caristía y
otros puntos de d is c ip lin a , y de fé?
E uego los libros del N uevo T estam ento
cuando no tuviesen otra prueba evid en ­
te de autenticidad , llevan dentro de
sí m ism os el sello y la im ágen.
Pero han circulado evangelios
apócrifos. M uy b ie n : y que mas?
49
¿Cuántas obras se hallan supuestas y
cuántos escritos falsificados? ¿Todos pues
deberánse creer adulterinos, y ningunos
verdaderos y legítim os? Consecuencia
d ig n a de nuestros críticos. M as con­
testem os á la objecion. L a existencia
de los evangelios apócrifos prueba la
existencia de los gen u in o s, pues nadie
habria atribuido á san J u a n , san P e ­
d ro, y san P ab lo cartas y escritos,
si no se hubiese sabido que aun ellos
los habían com puesto. Pero alguno
j)or los evangelios apócrifos podía ser
ensañado: s í , cualquiera m al en tera­
do ó poco c u e r d o , no o tr o s , y la no­
vedad m ism a desm entiría las nuevas
escrituras. N ad a pues m as fácil que
d iscern ir las obras legítim as de las es­
p u r ia s , y san A gu stín que vivía al fin
del cuarto siglo lo exam in a, y con las
50
leyes de pura crítica m ostró la autenti­
cidad de nuestros evan gelio s, y la pro­
bó con la tradición universal y cons­
tante que tom aba desde el tiem po de
los apóstoles, y con la perfecta unifor­
m idad de las relaciones y doctrinas, co­
m o de la boca m ism a de los apósto­
les toda la iglesia co n serva , y con ta ­
les señales las germ inas escrituras el
santo D octor de las falsas y supuestas
distingue (8). A ntes que san A gu stin
T ertu lian o habia vindicado la autentici­
dad, insistiendo p rin cip alm en te sobre
la prescripción, ó sea la continuada po-
sesiou en que los fieles habían estado
de tales escrituras desde la p rim era
edad del c ris tia n ism o , que justam en te
reputaba un argum ento inven cible (9).
¿ D espues de diez y nueve siglos se
sabrá h oy m as que en los prim eros
51
tiem p o s, cuando m as p róxim o se es­
taba al n a c im ie n to , y m as exactas y
exquisitas podian tenerse las noticias?
L u ego no puede tener lugar el error ni
el engaito.
C om o no puede dudarse, que los
libros del N uevo T estam en to sean obras
de los apóstoles y los discípulos de Je­
sucristo , así igualm ente es cierto h a­
ber llegado á nosotros en toda su in ­
tegrid ad (10 ). La veneración de los
cristianos á este sagrado depósito,
com o la de los judíos a los lib io s de
la antigua le y , principalm ente nos lo
asegura. N o existia com o al presente
m ayor ju r a m e n to , que el de por los
santos evangelios. Cuando D iocleciano
en aquella su terrib le persecución o r­
d en ó , que se quem asen nuestros san­
tos lib r o s , y los idólatras hacían las
52
m as rigurosas p esq u isa s, los fieles p re­
ferían m as b ien encontrar la m uerte,
que presentar y abandonar tan am ada
prenda. ¿Cuán celosos pues no debian
ser en custodiar y conservarlos ilesos
é intactos? Si ninguno hubiera osado
el tocar las escrituras por el respeto,
m uch o m enos habría podido aten ­
tarlas por su pub licidad. Las copias
do quiera se hallaban esp arcid as, y no
cesaban cada dia de m ultiplicarse. Se
veian versiones en todos los idiom as,
leíanse p úb licam en te en las reuniones
religiosas por los eclesiásticos destina­
dos especialm ente para e llo , conocidos
con el nom bre de lectores en hom ilías,
instrucciones , com entarios y tratados:
el N u evo T estam ento servia siem pre
de te x to ; en las obras aun de los an­
tiguos padres se hallaban copias de
53
enteros p erío d o s, refiriendo quien un
p a s o , y quien o tr o , de suerte, que si
por un im posible el N u evo T esta m en ­
to desap areciese, con recoger y unir
todas las c it a s , noticias y dem ás do­
cum entos esp arcid o s, se podria fá c il­
m ente en la m ayo r parte ordenar y
restablecer. F in alm en te por m uchos si­
glos en las iglesias fundadas por los
a p ó sto les, se conservaron los m ism os
originales de las c a r ta s , que se las h a­
b ía d irig id o , y al leerlas, según T e r ­
tuliano ( n ) , parecía oir la v o z , y ver
la cara y persona de los m ism os fu n ­
dadores del cristianism o. En E feso ,
según nos dice P ed ro obispo de A le ­
jan d ría , en el sexto siglo existia aun
el autógrafo del evangelio de san Juan
( 1 2 ).
A u n cuando se hubiese querido, >10
54
podía suceder el corrom per y alterar
los evangelios y dem ás escritos apos­
tólicos, pues cualquier aunque leve
m udan za h abría excitado un grito y
clam or universal. E n e fe cto , habiendo
un obispo de C h ip re predicando c i­
tado uu te x to , y por adaptar i una
palabra m as vulgar otra m as elegante,
aunque en la sustancia fuese lo m ism o,
de tal suerte escan d a lizó , que el santo
viejo S p irid io n , que fué despucs uno
de los padres del concilio N iccn o,
debió rep ren derle publicam ente de
ello ( 1 3 ) . L o m ism o sucedió en A fr i­
ca en tiem po de san A g u stín , donde
solo p or un térm ino nuevo que se creia
m as al caso, ocurrió allí cuasi una su­
b le v a c ió n , y el obispo que proponía
la tal lección fué obligado á corregirla
y volver á la a n tig u a , p or tem or de,
55
sino lo verifica b a , ser por su pueblo
abandonado ( i 4 )- San G erónim o no
obstante la orden del P ontífice D a m a -
so , tem blando se prestó á una nueva
versión ( 1 5 ) ,
N o puedo dejar de repetir las p re­
guntas á las que no veo respuesta: ¿quién,
en qué tiem po y en cual parte h a b ria
alterado y corrom pido nuestros sag ra ­
dos lib ro s? ¿quién se m anifestaría a u ­
tor de un tal atentado ? ¿Uno solo? ¿Un
pequeño n u m e ro , ó grande? M il voces
resonarían por el a yre publicando la
in fid e lid a d , siendo una em presa ente­
ram ente im p o sib le , el corrom per en
todas partes la religión de los pueblos,
sorprender la vigilancia de los pasto­
r e s , é im pon er silencio a toda la tier­
ra. N o resta m as que suponer una
universal co n sp ira ció n : pero un con-

5
56
cierto entre pueblos d ista n te s, viv ien ­
do bajo diversos g o b ie rn o s, de ín do­
le s , co stu m b re s, ó inclinaciones ente­
ram en te diferentes es una aun m a -
vo r estravagancia. U na de las im p u ­
taciones que se nos h a c e n , es la m ul­
titud de las disputas que siem pre han
o c u r r id o , y dicen haberse suscitado por
obgetos aun frívolos. P ero ¿cómo se
acuerda con un tal carácter una co­
lusión tan m onstruosa? Y debiendo ade-r
m ás c re e rs e , que generalm ente se h a ­
llase so fo ca d o , y aun estinguido todo
sentim iento de p ro b id a d , ¿cómo pues
guardar por tan dilatado tiem po el
secreto? S i entre pocos es difícil con­
servarle, ¿podría ocultarse entre m iles
y m iles y aun m illones de p retendi­
dos cooperadores ? ¿ N o habria habido
uno , que por escrúpulo de conciencia,
57
ó aun por m alicia é in te r é s , hubiese
alguna vez descubierto el fra u d e , y
m anifestado este m isterio de iniquidad?
M as su p o n gam o s, que estos hubiesen
sido siem pre todos ca tó lic o s, ¿h abrían
callado los hebreos? D esde el principio
del cristianism o aparecieron diferentes
sectas ; su r iv a lid a d , anim osidad y
celos era un ó b ic e , ó grande obstácu­
lo p ara entenderse y m utuam ente u n ir­
s e , n i una tram a es presum ible entro
quienes no solo no convienen entre sí,
sino que m ortalm en te aun se odian y
com baten.
¿E n qué tiem po secundariam ente
pedia ser seguida la alteración? No
verdaderam ente en vida de los após­
toles y sus d iscíp u lo s, cuando existían
los m ism os au to res, m odernos eran
los o rigin ales, y resonaba aun en los
58
oiilos la voz de los prim eros predica­
dores del c ris tia n ism o , de cuya ense­
ñanza y doctrina no podia ser d iver­
sa la escritu ra. N o después en la se­
gunda y posterior edad cuando ya se
h ab ían m u ltip lic a d o , y en todas p a r ­
tes extendido los ejem plares, cuando 30
h allab an hechas las versiones en di­
versos id io m a s , é infinitos textos se
leian citados en las obras de los P a ­
d res. H ub iera sido necesario falsificar,
no solo los ejem plares que se tenian
entre m a n o s, sino cuantos circulaban
por el m u n d o , arrancándose de las igle ­
s ia s , a rc h iv o s , bibliotecas y casas par­
ticu la re s; no en un solo p u eb lo , sino
por todos, m an dan do por todas partes
em isarios y satélites con el m ism o
inten to y designio. N o b a s ta ; co n ve­
n ia adem ás refo rm ar todas las obras
59
(¡ti los P a d r e s , ó por m ejor decir re­
fundirlas , ó renovarlas enteram ente,
pues que sirvien do los textos que ale­
gaban para la autoridad y prueba
de las te s is , ó por fundam ento y ba­
se d e ios ra c io c in io s, no h abrían si­
do bien aplicadas ni correspondientes,
y menos resultaría el apetecido senti­
do ni conexión. Según que nos sepa­
ram os de los tiem pos apostólicos, c re ­
cían los obstáculos para alterar las
E s c r itu r a s , aum entándose siem pre m as
ei núm ero en las c o p ia s , traducciones
y citas de las nuevas obras cristianas
que se daban á luz.
¿E n qué parte finalm ente de las
E scritu ra s se baila com etid a la fa l­
sificación? N o basta a fir m a r , necesa­
rio es p ro bar. D eb ería d e c ir s e , he
aqu í un paso que no estaba, y ha s i-
60
cío añ a d id o ; ved otro que e s ta b a , y
le han quitado. E ste sería el tínico
m edio de cerrarnos la boca y conven­
cernos. M as aun por nosotros se e x ­
clu ye la p osib ilid ad . L o s hechos están
sum am ente coligados y la historia con
la doctrina se halla de tal suerte unida,
que es necesario, ó recib ir y ad m itir to ­
do el libro com o verdadero y auténtico,
ó despreciarle y desecharle com o idea­
do y supuesto. N ingun o h ab ría ade­
lantado nada con falsificar uno ó dos
lu g a r e s , volviéndose á hallar lo m ism o
en ciento y m il pasos. ¿Con qué m oti­
vo pues u objeto se h ab rían variado
y alterado las E scritu ra s? ¿Se inten ta-
lía acaso con ello fa v o r e c e r , <5 dañar
al cristia n ism o ? Si d a ñ a rle, ¿para qué
dejarle aquellos m ila g ro s, aquellas m a­
ravillas , aquellos d o g m a s , por los que
m
triunfa nuestra R eligió n ? Si favorecer­
le , ¿ por qué no su p rim ir una de las
dos genealogías de J e s u c risto , ó aña­
d ir cualquier palabra que hiciese m as
fácil la c o n c ilia ció n , y por qué no
quitar las otras aparentes dificultades,
que allí se hallan ? C reyén d ose adem ás
ayu dar al cristia n ism o , se h ab ria m as
bien preparado la r u in a , d esacred i­
tándole con una vergonzosa falsifica­
ción del lib ro m as sagrado y respe­
tab le; in fam ia que por m ucho tiem po
no h ab ria podido p erm anecer oculta,
en lo que los judíos recibirían un gran
c o n te n to , y los paganos nada m enos,
para poder atacar á los fieles por es­
ta p a rte.
Pero los liereges han intentado
muchas veces echar mano de las Es­
crituras, para variar su sentido. C u an ­
62
do lo han v e r ific a d o , podian haberse
contentado con h acerlo solo en los
ejem plares que tenían , y no en aque­
llos que con tanto cuidado y veneración
se conservan en tre los c a tó lico s, ó se
retenían aun de las otras sectas sepa­
radas de su com unión. M as para sos­
tener sus e rro re s , y hallar cualquier
apoyo á la novedad que querian in ­
tr o d u c ir , no h ab ia otro m edio que el
de trun car el te x to , y poner lo que á
ellos agradaba y acom odaba ( 1 6 ) , con
lo que m u y luego contribuyeron á su
c a íd a , pues reclam ando altam ente los
defensores y vindicadores de l a verda*
dera doctrina , y oponiéndose con san­
to celo y justo enojo al sacrilego aten ­
tado , con la sim ple ó sencilla confron­
tación de los m as antiguos y nada sos'-
pechosos m a n u s c rito s , hacían ayer-?
63
gonzar y confundían á los audaces. N a ­
ce de aquí una nueva prueba y con­
firm ación de la im posibilidad del suce­
s o , y la m ism a tentativa servia de
ocasión p a ra estar m as a te n to s , y po­
ner de m anifiesto la verdadera lección.
Mas el emperador Anastasio al
principio del siglo sexto en Constan-
tinopla ordenó , que se corrigiesen y
enmendasen los evangelios , por haber
sido compuestos por personas ilitera­
tas é idiotas. Si es cierto el h ech o ,
que se h alla referido solo en la cró n i­
ca de V itto re de T u m is ó sea T u n o n e,
copiado por Isidoro de S e v illa , esto no
m irab a m as que al sim ple e stilo , so­
b re el que solam ente com o dem asiado
bajo y poco co rrc c to , y no sobre el
fondo y la sustancia se h abría verifi­
cado la reform a. P ero el proyecto no
64
tu vo e fe c to , ni podia tenerle. A n a sta ­
sio m an daba en C onstantinopla. Po­
d ia á lo m as Iisongearse de ser obe­
decido en sus e s ta d o s , pero 110 fuera:
n i T eod orico en occidente con quien
no tenia arm onía alguna jam ás á ello
h aliria a d h erid o : ni a ú n e n el occiden­
te era la cosa fácil. Tratándose de li­
bros p e rte n e c ie n te s á la R e lig ió n , ¿quien
h ab ria osado sacrificar la propia con ­
cien cia á un p rín cip e secu lar? E u t i-
quiano sospechoso de m aniqueism o se
adquirid el odio y execración de sus
m ism os pueblos. Si lo concertado hu­
biera surtido efecto , los historiadores,
que 110 han despreciado la m em oria
d e A n astasio y tan m al h a b la n , 110
h ab rían dejado de to m ar aun de esto
m otivo para c e n s u ra rlo : m as no h a y
necesidad de raciocin ios. E l sagrado
65
texto aun confirm a la ta l sencillez y
negligencia de e s tilo , que A nastasio se
proponía enm endar. E n las obras de
los P ad res griegos y latinos anteriores
al siglo de A nastasio se hallan in fin i­
tas citas del N uevo Testam ento, y to ­
das corresponden al texto que tenem os.
N o puede pues d u d a rse , que nuestros
actuales ejem plares están perfectam en­
te conform es á los de la m as rem ota
antigüedad. L a traducción de san G e ­
rónim o data cuasi dos siglos anterio­
res y e s t í intacta.
R estan los varian tes, quienes en
ve z de op o n erse, confirm an siem p re
m as y m as la identidad de los libros
evangélicos. P o r m as cuidado y aten­
ción que se ponga en las c o p ia s, siem ­
p re salen con algún defecto. M as las
diferencias no acontecen en cosas esen-
66
cíales á la R e lig ió n , y son do aquel
genero que se hallan en todos los libros,
ios que á ninguno por ello jam ás se le ha
a d vertid o derogar. E l doctor M ili con
una ím proba fatiga é inútilísim a de trein­
ta aríos h a form ado un grueso volum en
de tales v a ria n te s ; las diferencias las
m as pequeñas y ligeras en la ortogra­
f í a , en los a rtícu lo s, partículas, dispo­
sición y orden de las palabras fo r­
m an p ara él otros tantos varian tes,
sin que h aya dejado en el tintero las
síla b as, vírgulas y puntos. Sí se m i­
rasen eon la m ism a delicadeza y e x a c­
titud y aun escrúpulo los ejem plares de
los libros p ro fa n o s, se hallarian en
ellos variantes aun en m ayor núm ero.
B e n tle y en sus apuntes sobre la obra
de C ollíns ( 1 7 ) o b s e r v a , que h a b ie n ­
do confrontado m uchos m anuscritos
67
de T e re n c io , notó en ellos veinte m il
lecciones diversas , y añade que si
se hubiesen m irado otros m anuscritos
con la m ism a m inuciosa precisión adop­
tada para el N uevo T e s ta m e n to , los
variantes de este libro aunque pequeño
excederían de cincuenta m il.
Si no hubiese m as que un solo
m anuscrito de una o b r a , no h ab ría
ciertam ente variantes : m as por el co n ­
trario los defectos y errores que en
ella se hallasen , no se rem ediarían .
A si Y e le y o P aíereu lo entre los latinos,
E úq uio entre los g rieg o s, no obstante
todo el conato de los inas juiciosos
com entadores, en m uchos lugares 110 se
halla sentido. R eú n an se tres ó cuatro
co p ias, todas ellas contendrán m uchos
y e rr o s ; pero al m ism o tiem po ta m ­
bién m as m edios p ara corregirlas con
68
la m utua con fr o litación; siendo m uy
n atu ral, que algún ejem plar haya con ­
servado la verdadera lección en una
p a rte , y otro en otra. A m edida pues,
que m as se consultan los m anuscritos,
se aum enta proporcionalm ente el nú­
m ero , no m enos de los variantes , que
de los m edios para hacer el texto m as
co rrecto , y presentar la verdadera lec­
ción. E n vista de la prodigiosa m u l­
titu d de ejem plares del N u evo T esta ­
m ento esparcidos por todo el globo con­
vien e d e c ir, que siem pre se ha tenido
gran d e atención y cuidado en copiarlos.
E n tre los variantes cuenta e l doc­
to r M ili las citas de los P ad res que
no corresponden cul verbum. P ero es­
tos no son v a rian tes; m uchas veces
los P ad res recitaban de m em oria, bas­
tándoles m an ifestar el sentido en el
69
discurso que e x p o n ía n ; así de los m is­
m os escritores del N uevo T estam ento
las citas del V iejo no siem pre son
verbales. P on e aun en su lista y cata­
logo el autor inglés aquellas variacio­
nes , que se hallan en las versiones
v u lg a ta , itá lic a , s ir ía c a , á ra b e , a rm e ­
nia , c o fia , etió p ica, gótica y sassone,
las que igualm ente ha querido con-*-
fr o n ta r , pero cada lengua tiene su
diferen te m odo de expresarse. N o todo
lo que en las diversas lenguas no com ­
b in a , puede llam arse varian te. A n tes
de san G e ró n im o , por el conocim iento
vu lgar y com ún que entonces se tenia
de la lengua griega com o al presente
de la fran cesa, cuasi todo el que to ­
m aba en la m ano el texto griego lo
traducía en la tín ; de lo que justam en te
se queja san A gu stín , porque no to­
70
dos lo hacían con gran cordado (18 ),
y cualquiera que aun hoy emprendiese
el traducir del hebreo ó el griego el
Nuevo Testamento, no combinaría m u­
chas frases y espresiones: mas esto
¿qué im porta? A l fondo y sustancia
debe m irarse, pues en cualquier ejem ­
plar que se elija de uno lí otro idioma
es lo m ism o, porque en todos ellos
se halla cuanto es necesario para la
fé cristian a: las críticas pues y censuras
malignas sobre nuestros santos libros en
lugar de causarles algún p erjuicio, no
han servido mas que para darles ma­
yor realce, y hacer mucho mas res­
plandeciente la fidelidad (19 ).
CAPÍTULO III.
( D o C* czcccidcid íoA liCtoA

Set V . ejo írcátctmetilo»

S u p u e s t a ya la autenticidad de los
libros del Viejo y Nuevo Testam ento
se deduce <
¡ que se les deba toda la fé
y creencia. Si leo á Tito L iv io , no so­
lo creo que él sea el autor del libro
que circula bajo su nom bre, mas igual­
mente lo que me refiere, si por otra
parte no m e consta la falsedad. Sa­
bido e s , que existió llóm u lo funda-
72
dor de R om a, y no por otros que
por los h isto riad o res, m as no contem ­
poráneos ni p ró xim o s. Si no se presta
fé á las relacion es y m em orias trans­
m itid a s , no h abrá existido Sesostris,
no C ir o , n i A lejandro y desaparecerá
toda la h istoria.
V o lvie n d o al V iejo T e s ta m e n to , te­
nem os para deberle prestar fé m as de
lo que co n c u rre , y se requiere en cual­
quier historia p rofan a. Los escritores
son coetán eos, y adem ás hom bres d is­
tintos por su g r a d o , ta le n to , virtu d
y lu c e s ; en él se h allan legisladores,
generales de ejército , r e y e s , profetas,
ju e c e s , los p rim eros cabezas y g o b e r­
nadores de la n a c ió n , quienes hablan
y escriben de asuntos acaecidos en su
tie m p o , y en los que m uchos h ab ían
aun tenido p a r t e ; cuánto realce y fuerr-
73
za esto dé, á ninguno se le oculta.
Por esta razón G e n o fo n te , P o lib io y
C ésar son m as que los otros estim ados,
y ninguno pone en duda la guerra de
C a rta g o , la retirada de los d iez m il y la
conquista do las G alias com o de tales
autores vienen referidas. N i h ay razón
alguna para c re e r, que los autores sa­
grados h ayan querido con ficciones y
sueños im poner m aliciosam ente al pú­
blico ; y si consideram os el tiem po en
que escrib iero n , y la publicidad de los
acontecim ientos que r e fie r e n , puesto
que debia aun h aber testigos oculares,
h ubiera sido fácil desm entirles y con ­
vencerles de fa lse d a d , y la vergüen za
y el desprecio seria e l digno p rem io
de su im p ostu ra. L u ego pues que sus
historias se recibieren com o verdaderas
y dignas de fé por aquellos m ism os
§
74
que se hallaban con m ayo r autoridad
p ara ju z g a r la s , no puede darse m a­
y o r prueba de la verd ad del contenido.
L o s libros de M oisés se asen p rin ­
cipalm ente á la co stu m b re , por lo que
si son v eríd ico s, es lo dem ás consi­
g u ien te, no siendo m as que una co n ti­
nuación y seguida de los anales de la
n ació n . C o n tra M oisés pues y el P e n ­
tateuco siem pre se h an dirigido las
censuras; pero en vano. M oisés no solo
es contem poráneo sino aun el prin cip al
au lor de la historia que nos ha dejado,
esceptuando solo el G énesis, ó sea el li­
b ro sobre el origen del m u n d o , en el
que solo podia M oisés ser ayudado de
la tradición trasm itida de los prim eros
h om bres que vivieron largos an os, y
pudieron de propia boca traspasar las
n oticias á la m as rem ota posteridad.
75
Scm hijo de N o e habia vislo á M atu ­
s a lé n por m uchos arios contem p orá­
neo de A dán, y so b revivió hasta los
tiem pos de A b r a h a m , éste m urió n a ci­
do y a J a c o b , quien vió los que aun
viv ía n cuando nació M oisés. C on po­
cas generaciones se rem on ta 110 solo al
dilu v io , sino aun á la creación del
m u n d o.
A d em ás de las tradicion es p a tria r­
cales existieron en tiem po de M oisés
m on u m en to s, que perpetuaban la m e ­
m oria de hechos principales y m as
m em orables. E x istía n los sepulcros de
A b ra h am , I s a a c , Jacob, y J o s e p h , e l
m onte sobre el cual fué A b ra h a m p ara
sacrificar el h ijo , á quien por lo m is­
m o le dió el nom bre de M o ría , y aun
asi continuaba llam ándose. E l lago A s -
faltites ó sea el m ar M u erto , era un
76
testim onio igu alm ente ilu stre y p eren ­
ne de la r u in a , é incendio de S o d o -
ma y G o m o rra, y según las relacio­
nes de los viageros m odernos, aquel in­
feliz lugar despues de tantos siglos se
h alla b a en el m ism o estado ( i ) . D e la
torre de B ab el que dio ocasion á la
confusion de las lenguas y dispersión
de los hijos y descendientes de N o e , per­
m an ecía aun cualquier vestigio, y el m is­
m o n om b re de B ab el que significaba
confusion, de donde fue' llam ada B a ­
bilonia la capital a llí fa b rica d a . Por
lo que m ira en especie la propia nación,
sin hablar de la c irc u n c is ió n , el pue­
blo llevaba en sí una m arca nada equí­
voca de su origen con el asum to n om ­
bre de Israel y H eb reo.
Lo m as im p o rtan te y de m ay o r
in te ré s, que se contiene en el G e n e -
77
sis es s a b id o , que el m undo no sea
eterno, que ha sido cread o , y cuál sea
su d ala no a d m ite d u d a , y de lo m ism o
desciende una nueva prueba de la lealtad
y buena fé de M oisés. Si hubiese querido
im p o n e r, lejos de hacer el m undo nue­
v o , h ab ria prom ulgado la antigüed ad ,
seguro de no poder ser co n tradicho en
la oscuridad y abism o de los siglos á
que hubiese recurrido. C orresponden las
m as antiguas tradiciones de los dem ás
pueblos aunque desfiguradas y envueltas
en m uchas fábulas. E l estado p rim iti­
vo del h om b re, su caid a, y la larga edad
de los p atriarcas son verdades cono­
c id a s , y contestadas por cuasi todas
las naciones (2 ). A quella áurea edad
que sobre la huella de la teología p a ­
gan a nos describen los poetas antiguos,
¿ á que otro a p e la , sino al p rim er es­
78
tado de felicid ad é inocencia? Z o ro -
astro hace un dogm a de su religión
(3 ). S trabon en su geografía (4) in ­
troduce un indiano que habla y des­
crib e el uno y otro estado del h om bre
puro y corrom p id o. Aun h ay cierta
idea en los o ten to tes, quienes entre
tanta b arb arid ad de costum bres toda­
vía conservan algunas antiquísim as tr a ­
diciones de sus m ayores (5 ). Igual o b ­
jeto se advierte en los salvajes h a b ita n ­
tes en la A m érica s e p te n trio n a l, á
quienes las nociones 110 pueden h ab er
llegado de estran gero s, con quienes en
lo pasado jam á s han tenid o co m er­
cio (6). L a s T a b la s chinesas nos p o ­
nen al fren te la creación del cielo y
d é l a tie r r a , la form ación del h o m b re
y de Ja m u g e r , divisándose un vis­
lum bre de lo que nos dice M oisés. L a
79
sem ana, ó sea el uso de contar los dias
por s ie le , fue y a conocido de los a n ti­
guos c h in o s , a s irio s , fe n icio s, persia-
iio s , indianos y c e lta s , 110 menos que
de los griegos y la tin o s : en la descu­
b ierta de A m érica fué hallado en el
P e r ií, y en algunos pueblos del N o r­
te (7 ). L a guerra de los gigantes con­
tra el cielo es aun una alusión de
la van a y necia em presa de B ab el.
A b id en o h ab lab a de la torre de Babel
cuasi com o M o is é s , y no diversam en­
te E u p olem o (8). T am b ién se observa,
que cuanto m as se rem on ta la a n ti­
g ü e d a d , m as se presentan puras nocio­
n es, y no se distinguen sino ad m itien ­
do el que todos procedem os de un
tronco y com ún origen .
E l gran d e acontecim iento en el G é ­
nesis es el d iluvio universal; para sos­
80
ten er la eternidad del m undo se su­
ponen in fin ito s ; p ara contradecir á
M oisés se n ie g a , y ni uno quiere ad­
m itirse. T a n coherentes son los im p u g ­
nadores de la R e lig ió n . Q ue la tierra
h aya una vez sido sum ergida de las
a g u a s, consta no solo de M oisés, sino
de la tradición cuasi universal y de las
observaciones físicas. C uasi todos los
pueblos han conservado la m em oria de un
diluvio y de la regeneración de la es­
pecie h u m a n a ; Beroso c a ld e o , A b id e -
no a s ir io , G erón im o e g ip c io , M ateo y
N icolás de D am asco hablan de una m a­
nera m uy con form e á la relación de
M oisés (9 ), haciendo m ención del arca,
y de una fam ilia s a lv a d a , por m edio
de aquella sobre la cum b re de un m on­
te. O v id io , P lu ta rco y L u c ia n o , des­
crib en aun el d ilu vio universal y
81
L ucian o adem ás no olvida la circunstan­
cia de los anim ales introducidos en el
a r c a , y la salida de la palom a cesadas
las aguas (10 ). L o s indios aludieron á
esto con aquella m aravillosa barca del
dios V ich n o u trasform ado en p e z , en
la que se salvó S a ttiav arli am ado de
los dioses en 1111 m onte (n ). Es cé­
lebre entre los chinos el diluvio que
dicen acaeció bajo Y a o , y según ellos,
las aguas se elevaron sobre las m o n ­
tanas y aparecía que sum ergiesen el
cielo ( 1 2 ) . F ern an d o C ortés halló en
M égico la tradición del diluvio u n i­
versal , con la circun stan cia de que los
nuevos h om bres aprendieron á h ab lar
de una p alom a. E n tre los A lgonchinos
habitantes entre el rio O nton al y el
lugo O n tario h ay ¡a m ism a tradición,
de que el género hum ano pereció su­
82
m ergido bajo las a g u a s , y que el m un­
do fué despues repoblado por M essou
de una m anera extrao rd in aria. L o s sal­
vajes de las A n tillas conservan una
confusa m em oria de una antigua in u n ­
dación, que h ab ia cam biado aquella
parte del m undo ( 1 3 ) .
E l globo no m enos nos ofrece ves­
tigios y señales clarísim as de un dilu­
vio u n iv e rsa l; cuanto nos dice Bufón
de los encadenados m o n te s , collados,
sus a'ngulos, la d ir e c c ió n , la lín e a , va­
lles interpuestos del m ar, sus ondas,
peces p etrifica d o s, conchas y otros tes­
táceos, que do quiera se hallan en el
seno de los m as altos m o n te s , ¿110 son
en verdad una prueba evidente, que
a llí h ayan sobrepujado las aguas del
m a r , y que con razón llam a F o n te -
nelle ¿í tales producciones m arinas
83
m edallas del diluvio? En el d is tri­
to de san C h au m on t en el Leonés pe­
trificadas se encuentran plantas e x tra n -
g e r a s , que se producen solo en las
indias orientales y en los cálidos cli­
m as de A m é rica. P o r el contrario 110
se advierte allí petrificada n i una plan­
ta indígena del pais ó regiones con­
vecinas ( 1 4 ) . ¿ C óm o pueden h aber si­
do allí trasportadas sin una p orten to­
sa catástrofe y general ex ten sió n , que
con una violenta m ocion los frutos
de A sia y de A m érica se confundiesen
con los de E u r o p a ? E n la Sibería se
hallan fracm entos de gruesos elefantes
m ezclados con pequeñas alm ejas calci-
n o sa s, se ha exh um ad o un esqueleto
de un rinoceronte aun con su piel en ­
te r a ; lo que convence que el m ovi­
m iento de la inundación debió ser de
84
los m as rá p id o s, p ara poder tran sp or­
ta r cadáveres antes de la corrupción,
que el clim a de aquella región ya en ­
tonces era frió y elad o , para po­
derse conservar aquellos sin corrom ­
p erse; finalm ente que del m ediodía al
norte venian tales cosas trasportadas,
dilatánd ose con tal dirección la furia y
tem pestad.
P a ra eludir la fuerza de una p rue­
b a palpable y de hecho se pretende,
que la m ar cubriese gradual y sucesi­
vam ente todas las partes del globo,
atribu yén dole unos un lento derram e
de oriente á o c c id e n te , otros p or el
contrario de occidente á o rie n te , y
aun otros un trasversal del sudoeste al
n o r t e , por lo que una hipótesi destruye
la o tr a , lo que bastaría para despreciar­
las todas com o absurdísim as, que re al­
85
m ente lo son. T a l es la cum b re y eleva­
ción de m uchos m ontes que naturalm ente
la m ar no puede haberles jam ás superado
y 'scííoreádose. E l P ico de T en erife en las
C anarias es altísim o y cuasi sobrepuja
las nubes. E l O p h ir com o le titu lan
los europeos en la isla S u m a tra , y el
P e p p e r en la isla de G íava en A sia son
aun de m ayor elevación. A l C h im b o -
raco del P ertí que se eleva m as de tres
m il y doscientas varas sobre el nivel de
la m ar, ¿có m o ha podido superar­
los? A d em ás si fuese cieito este len­
to progreso de I'a m a r , á m edida que
se retirase de una p a r te , deberia d ila ­
tarse de o tra ; si abandonaba las costas
sep ten trion ales, h ab ría de in va d ir las
m eridionales y así algunas otras. ¿Q ué
direm os pues de que ínterin un grande
espacio de las costas de Italia y P r o -
86
venza perm anece en juto, las playas de
B erb ería y del E gip to se inundan? M u ­
chas costas p or el contrario subsisten
al presente com o estaban hace m il años,
m uchos puertos conservan la antigua
profundidad sin industria alguna, ni
o b ra del arte.
Confróntense la3 cartas geográficas
m odernas con las hechas sobre los
m odelos de Strabon y de Pom pouio M e-
la , verem os á C alp e ó G ib ra ta r, á
C a rta g e n a , B arcelona y C onstantinopla
en los m ism os é idénticos lugares y
puestos dónde se hallaban en tiem po
de aquellos antiguos geógrafos. N o se
debe pues a trib u ir á causas perpetuas y
g e n e ra le s, lo que puede ser producido
de causas particulares. P o r egem plo las
in u n d a cio n es, la caida de piedras ó tier­
ra de la cim a de las m o n ta ñ a s, la em -
87
to c a d u ra de los rios llenan y o b stru ­
y en . Si la m ar se fuese retirando in ­
sensiblem ente , ocupando un punto y a ,
y desam parando otro, m illones de siglos
pasarían antes de poder navegar sobre
iodo el actual c o n tin e n te , ni aun el
género hum ano se habria destruido,
porque los hom bres no habrían hecho
m as que de m ano eu m ano trasp lan ­
tarse á los países m as habitables. ¿C ó­
m o pues la h isto ria , los m onum entos,
las artes y las ciencias no sobrepujan
la época del diluvio ? L a sola y sim ­
ple transm igración no h ab ria podido
dism in uir los conocim ientos y m onu­
m entos de los siglos anteriores. L a fa l­
ta pues de m em orias m as antiguas con­
firm a el d ilu v io , y exclu ye hasta la
evid en cia la im agin ad a m arch a len ta
de la m ar. Y la reunión de tantos
7
88
m ateriales etero gén eos, de sustancias
terrestres y m a rin a s, de elefantes, co n ­
chas d iferen tes, y exóticas produccio­
nes en los m ism os lugares ¿cómo h abrá
a c a e c id o , ó qué razón se nos dará j a ­
m ás de e llo , sino se ad m ite una te rri­
b le y extrao rd in aria revolución, y des­
concierto del o rb e te rrá q u e o , un tras­
p o rte im petuoso y violento de toda suer­
te de c u e rp o s, un m ovim iento rap idí­
sim o de las aguas de la m ar, com o
en efecto ha debido acaecer durante el
d ilu v io ? E sto s son efectos de la confu­
sion y del desorden, y no de la regu ­
la r seguida de la naturaleza ( 1 5 )- C on
una quietud n atu ral y tranquila ha­
b rían podido p etrifica rse, donde el agua
insensiblem ente se retirase, peces nativos
indígenas connaturalizados y a , no los
estrados ni de lejanos m ares, y m ucho
89
m enos anim ales silvestres y cu ad rú ­
p ed os, sino consideram os aun á estos
h ab itan tes de la m ar.
V ie n e ah o ra la otra paradoja de
que. los m ontes se han form ado en el
seno de la m ar, por lo que no es
una m a r a v illa , que en las m as eleva ­
das cim as se hallen producciones m a­
rin as. E stan d o los m ontes por todo es­
p a rc id o s , y form ando en cierto m odo
la osatura de la tie r r a , seria necesario
vo lver á la h ip ó tesis, de que la m ar ha
existid o ab razándolo to d o , lo que es-
c lu id o , falta el fund am ento p ara a tri­
b u ir al m ar las m ontanas. M as ¿á qué
ta l absurdo de este otro supuesto? Si
las m ontanas fuesen trabajo ó hechura
de la m a r , ¿cómo se h abrían tanto ele­
vado? ¿P o r ventura el agua tiene la
fuerza de elevar y sostener siem p re a l-
§
90
zada una m ole ó cuerpo de sí tan p e­
sad a? ¿ C ó m o el fo rm arle? ¿Cóm o de
un elem ento fluido resultar un sólido,
ante quien el fluido se esparce y rompe?
N i las tierras de una sola especie co m ­
ponen las m ontañas sino diversns, y ;í
veces tan eterogéncas que no tiene» re-
b e io n alguna. L o s g ran ates, basaltes,
pórfidos y m árm oles negros que consti­
tuyen gran parte de las m ontañas del
alto E g ip to , son dem asiado duros
p a ra im p regnarse ó fom entarse en ellos
las conchas y o s tr a s , y si estas fueseu
producciones del fuego com o los m as
c r e e n , m uch o m enos pueden ser p ro ­
ducciones del agua. Todos pues adm i­
ten m ontañas p rim itivas y secund arias,
y con respecto á las p rim itivas ni aun
B ufón Ies a trib u ye el honor á las os­
tras de h ab erlas p roducido.
91
N o es exacta la observación de las
diferentes p roducciones, pues si p ro vi­
niesen de la m ar no serian d isím ile s,
ni sobre una p o rcio n de tierra argillo -
sa se h allaría una otra de tierra c a l­
cárea ó v o lc á n ic a , ni se a d ve rtiría,
aquí un conjunto considerable de testá­
ceos por dos ó tres leguas com o en los
bancos de la T o u r a in e , allí una can ­
tera de piedras p e d e rn a le s, y acullá á
larga distancia una can tidad y gran m o­
le de p rim itiva creta. M uch o m enos se
hallarían en un punto caracoles de m ar
envueltos en flu v ia le s, en otro anim ales
terrestres m ezclados con peces , árboles,
p la n ta s , no solo nuestras , m as aun de
las indias y A m é rica ; fenóm eno que no
puede d eriva r de la sucesiva y lenta
deposición de las a gu a s, y sí debe n e­
cesariam ente p ro ven ir de la in u n d a-
cion del diluvio universal.
P ero de ¿dónde tanta agua p ara
cu b rir y anegar toda la tierra liasla
quince codos sobre las m as altas m o n ­
tanas? S i a llí e s tu v o , debia aun e x is­
tir en el m ism o lu g a r, supuesto que la
evaporación no la e x tin g u e , ni hace
m as que disolverla y elevarla en p a r­
tículas ó vapores vescicalares, que de
nuevo se reúnen y condensan en el a yre,
y en llu via vuelven sobre la tierra co­
mo los experim entos quím icos nos lo
m anifiestan dem asiado. Infinitas h ip ó ­
tesis se hacen p ara ex p licar la posibi­
lidad del diluvio; quien recurre á la
cola de un com eta al encontrarse con
la tierra de regreso de su período (1 6 ),
quién supone torcido el eje de la tier­
ra antes p erp en d icu lar ¿í la E clíp tic a ,
lo suficiente p ara sum ergirla enteramen-»
93
te(iy)i quien liace g ira r el globo con
sum a prontitud y celeridad donde las
aguas por la fuerza centrífuga se ele­
v a se n , quién por una ferm entación en
las aguas de la m ar y de los rios ra­
refactas por el calor in fu n d id o , infla­
m ándose y creciendo en volum en se e s-
pam liesen debordándose (18 ), quién
pretende que prim ero un hem isferio y
despues otro se anegase ó sum ergiese
don de la m enor m itad de la agua
fuese necesaria, Pero á ¿qué perder m as
tiem po en hipótesis? C uenta M oisés que
á la voz de Dios se rom pieron las fuen­
tes del abism o y ab riero n las catara­
tas del C íe lo , de cuyo concurso de
aguas superiores é inferiores se sum er­
gió la tierra y form ó el diluvio (1 9 ).
Sin duda es in avor el espacio cubierto
d e agua que el lib re de ella ó enjuto,
94
y aun h ay m ucha en las entrañas de
la tierra y esparcida en el ayre. E ste
m ism o según nos dicen los m odernos
quím icos puede ser convertido en agua,
y si ésta del oxígeno é hidrógeno se
f o r m a , ¿qué abundancia y copia 110 p o ­
dría h ab er? C o m o q u ie ra que sea, ya ó
em please D ios solas las aguas de la
m a r y de los rios haciendo saliesen
otras por m edio de tu rb io n e s, tem pes­
tades , y torm entas de sus senos é in ­
ternos í'eceptáculos, y furiosa é im p e­
tuosam ente se extendiesen y anegasen,
lí otras que elevadas en el a y re vol­
viesen á caer precipitándose en to r­
rentes , ó y a cam bian do aun en agua
una porcion de la a tm ó sfe ra , ó au­
m entando su cu a n tid a d ; el diluvio es
un m ila g ro , y repugna el indagar las

'» t
cau sasn atu rales de un acaso sobrenatural,
95
A esta otra d e m a n d a , de cóm o en
el a rca podían contenerse todas las es*
pecies de anim ales con sus provisiones,
cóm o de todo el m undo pudieron ir,
cuánto tiem po los anim ales m as tardos
ó pesados em plearon en el viage y co­
sas sem ejantes; m uchos han em p ren ­
dido exám en es y detalles para respon­
der y satisfacer á estas dificultades (20 ),
fatiga inútil y aun presuntuosa. Si to­
do es m ila g ro , ¿cóm o habrán de exp li­
carse tales portentos naturalm ente? Uno
ó m as m ilagros para el Señor es una
m ism a c o s a , pues no le cuesta m as que
un sim ple acto de v o lu n ta d , y es bien
singular queram os ex igir una cuenta de
las operaciones extrao rd in arias de D ios.
E l hecho es c ie r to ; y no m enos de las
tradicion es de los pueblos que de los
m onum entos físicos, se c o n te s ta : luego
96
siendo cierto el h e c h o , no h ay necesi­
dad del cóm o acaeció.
S e m aravillan algunos del num ero­
so pueblo y en tantas partes dilatado y
rep a rtid o , pues dicen hubo tres ó cua­
tro siglos despues del d ilu v io ; pero
¿có m o se prueba esta gran m u ch e­
d u m b re? ¿Q ué m onum entos h a y , ó qué
autores lo refieren ? H eródoto historia-^
dor el m as antiguo despues de M oisés
apareció en el m undo cerca de dos m il
arios despues del diluvio. A un h ay quien
calculando con la progresión a ritm éti­
ca han em prendido d em o strar, que en
solos ciento cincuenta arios despues del
diluvio la E u r o p a , el A sia, y el A frica
h abrían podido contener cuatrocientos
treinta y dos m illones de hom bres, e n ­
tonces m as larg a la vida y m enores las
enferm edades. E n vez de ciento cin ­
97
cuenta anos redoblem os el tiem po, y
hagam os el curso da tres siglos, y en
lugar de cuatrocientos treinta y dos m i­
llones de hom bres dism inuyase el n u ­
m ero por m itad , dism inuyase aun por
dos te r c io s , y resaltará siem pre tanto,
que excede para dar razón de la p o­
b la c ió n , cuando sea verdadera la de la
A s ir l a , E g ip t o , la C h in a y otras m ag ­
níficas regiones. U n solo h om bre lla­
m ado F in és inglés arrojado de edad
de veinte anos por una tem pestad en
una isla desierta con cuatro m ugeres
que solas con él pudieron salvarse del
n a u fra g io , en sesenta anos hizo una po­
blación de siete m il y noventa y nue­
ve personas entre varones y h em b ras:
lo que se averiguó por un buque holan­
dés ú quien una torm en ta le arrojó al
m ism o p u n to , de cuyas resultas se
98
dio á la ta l isla el m ism o nom bre de
P in é s , y se b aila á los vein te y ocho
grados de latitud pasada la línea equi-
nociul hacia el m ediodía (2 1 ) .
Ni faltan otras ocurrencias de la
h istoria de M oisés por los tiem pos á
él a n terio res, pues el m ism o refiere
el origen de los pueblos y naciones, por
lo que en seguida tenem os la descrip­
ción en los historiadores p ro fa n o s, don­
de separando el laberinto de las fá ­
bulas que estos no dejan de insertar
p ara servir á la v u lg a rid a d , y acom o­
dando al propio idiom a los nom bres
que los hebreos escrupulosos custodios
siem p re c o n se rv a ro n ; la vida pastoril
en los prim eros tiem pos era la m as co­
m ú n ; la riqueza de los príncipes co n ­
sistía en criados y g a n a d o , y lo m is­
m o la de los p a rtic u la re s : los reyes
99'
eran cabezas de pequeñas poblaciones
com o los señores y varones entre no­
sotros: todo esto se halla igualm ente
en las historias sagrada y p ro fa n a , y la
h ospitalid ad se tenia por el deber m as
relig ioso, no conociéndose entonces po­
sadas publicas para los viajantes: A b ra ­
ham en el G é n e s is , y A quiles en
la llía d a vese que de igu al m odo ejer­
cieron tal oficio. T od o pues conspira á
m ostrar el G é n e sis, plenam ente v e rí­
dico.
V eam os lo que M oisés refiere ob ra­
do por s í , ií ocurrido en su tiem po:
siendo el m ism o testigo de vista y ac­
to r , para no creerle deberá evid en te­
m ente probarse su m ala fé , de lo que no
solo no h ay el m enor in d ic io ; sino que
su carácter m oral é insigue p ro b id ad
y virtud nos garantizan dem asiado su
100
sinceridad. N o se propone M oisés otro
objeto que el de fo rm ar y d irigir los
hebreos á la p ráctica de los necesa­
rios d eb eres; la r e lig ió n , la honesti­
dad , la justicia y el am or de Ja virtud
aparecen en todos sus escritos. R e n u n ­
cia á las grandezas que podia esperar
de la h ija de F araó n á quien m ira ­
b a com o m a d re , amando mejor, dice
san P ablo , el ser afligido y sufrir
con su pueblo , que gozar las pasa-
geras dulzuras del pecado (2 2 ). Ja­
m ás se cansa de ayu d ar y ser ú til á
su n a c ió n ; su celo es s in g u la r : am a n ­
te y celoso del bien publico no tiene
m iram ien to alguno con su sa n g re ; en
la elección de sucesor deja el m ando
á Josu é, la p reem in en cia y superio­
ridad á la tribu de J u d á , el sacer­
docio á la fam ilia de A a r o n , y sus h i­
101
jos qued an confundidos entre el vulgo
y la obscuridad. U na tan grande a l­
m a podia ser cap az de algún engaito?
E n su m ism o estilo luego se a d ­
v ierte el can d o r, M oisés no engalana
su h isto r ia , sin a d o rn o s, sin gracejos,
sin alliagos refiere con sencillez los m as
sorprendentes p rodigios, sin afectación
y con la confianza de un h om bre que
no tem e ser desm entido (2 3 ). ¿Q uién
m as leal y sincero que M oisés ? E11 vez
de alhagar y adular al pueblo , le tr a ­
ta com o un in g r a to , m urm urador é in ­
crédulo , le reprende la dureza del co-
razo n , la idolatría y la infid elidad, le
predice castigos terribles y severísim os
por los succesivos pasos la cau tivid ad ,
la dispersión y la in fam ia. H ablan do
de los antecesores recuerda los defec­
tos y las v ir tu d e s , 110 calla la sagaci­
102
dad y destreza no siem pre laudable de
J a c o b , el incesto de T a m a r , la violen ­
cia de L e v í y de los herm anos con
los habitantes de S ic h e n , los celos y
traición usada con José, los excesos
con las hijas de M adian y M o a b , y
tantos, tantos otros hechos deshonrosos
p ara la n a c ió n , no om ite la p revarica­
ción de A aro n su herm ano y de M a ­
ría su h e rm a n a , no disim ula finalm en­
te ni aun sus propias debilidades y
defectos, y no quiere que la posteri­
dad ignore de haber el m ism o m ereci­
do ser excluido de la tierra p ro m eti­
da. E l lenguage pues de M oisés es el
de la v e r d a d , no el de las pasiones.
Y siendo a s í , ¿negarem os qué los
h ebreos estuvieron en E g ip t o , que del
salieron, y en seguida em prendieron su
ca m in o , y que conquistaron despues y
103
habitaron en la Palestina ? Si esto nin­
guno osa n e g a r, ¿ dígaseme por qué
los hebreos partieron de E g ip to , cómo
los egipcios permitieron que se despo­
blase su p a is , de qué modo se valie­
ron para alimentarse en la emigración
y viago, cómo finalmente hicieron pa­
ra ocupar el nuevo pais? Los milagros
pues no pueden desunirse, y están de
tal suerte ligados con el resto de la
h istoria, que si en parte se adm ite,
debe enteramente ser verdadera.
Todo cuanto refiere Moisés haberle
ocurrido viene contestado de Josué au­
tor contemporáneo y testigo de vista,
(24) y se presenta como cierto y digno
de memoria bajo los jueces, y cuantos
despues han continuado los anales de la
nación todos han hablado uniformemen­
te, sin que haya habido quién excitase
8
104
dudas ni sospechas (25). N i se trata ya
de cosas privadas y ocultas, no son ni los
pasatiempos de N um a con E g eria , ni
los coloquios de Minos con Júpiter, o de
Licurgo con Apólline en el interior de los
bosques, en secreto y cubiertos con el
m isterio, debiéndose creer solo bajo su
palabra. Trátase de hechos públicos,
grandiosos y notorios de que el mismo
pueblo había sido espectador, hechos, que
siendo algunos permanentes y de larga
duración , era imposible hacer ilu ­
sión (26). ¡Cuánto hay de maravilloso y
extraordinario en la historia de Moisés!
M as toda dificultad que se presenta
como dudosa, es luego demostrada y
confirmada mas veraz. ¿ Cómo hacer
creer la conversión de las aguas en san­
g r e , las tinieblas que por tres dias
cubrieron el E g ip to , la muerte de los
105
prim ogénitos, que ocasionó á los egip­
cios un duelo universal, el paso á pie
enjuto del mar rojo, la sumersión del
ejército de F araón, el maná que por
cuarenta anos cayó en el desierto, y
que servia de alimento , y otros tantos
tantísimos portentos que se Icen en el
Pentateuco? ¿Cómo el persuadir á mas
de seiscientas m il personas haber visto
lo que no habían presenciado, ni era
jam ás acaecido? Continuamente se atie­
nen los hebreos á lo que había pasa­
do bajo sus ojos, era pues precisa una
singular im pudencia, para que M oi­
sés digese al inmenso numero de sus
secuaces, traed á la memoria lo que el
Señor ha obrado para vosotros en Egip­
to , cómo trató á Faraón y d sus
adictos ; recordaos de los otros prodi­
gios obrados en vuestra presencia (27).
106
Luego no es la simple narración de un
historiador, sino el testimonio de una
nación entera.
Figémonos de nuevo en las absur­
das relaciones. E l hecho por ejemplo
de C o ré, D athan , y Abiron tragados
por la tierra en presencia de todo el
pueblo ¿podría jam ás referirse sino hu­
biese sido cierto? Cuando algunos hubie­
sen callado, la tribu de Rubén de la
que eran Dathan y A b iro n , y la de
L e v í de laqu e era Coré habrían perm i­
tido , que se insertasen en los fastos
p ú b lico s, y se trasmitiesen á la poste­
ridad mentiras que las deshonraban?
¿qué decis señores escépticos? Desvane­
cen finalmente toda duda constituyendo
una verdadera certeza los monumentos
existentes y las fiestas comemorativas.
L a solemnidad de la Pascua ó sea del
107
pasage perpetuaba la memoria del res­
cate de Israel de la esclavitud del
Egipto (28). E l cántico magestuoso y
sublime que compuso y cantó Moisés
al salir del mar R o jo , y se aprendía de
mem oria por padres é h ijos, puede
con razón llamarse un monumento vivo
y parlante de aquel gran prodigio (29).
L a fiesta de los tabernáculos represen­
taba una imagen de la permanencia de
los israelitas en el desierto bajo los p a­
bellones ó tiendas. L a otra fiesta de
Pentecóstes era el aniversario de aquel
gran d ia , en que Dios publicó su L ey
en el monte Sínai. A los dias de ale­
gría precedian los de luto y los ayu­
nos por la adoracion del becerro de
oro, por las tablas de la ley rotas por
M o isés, por la muerte del espía man­
dado á la tierra prom etida, y otros
108
delitos que habían excitado la divina
venganza, y fueron severamente casti­
gados. ¿Cuando se ha visto que se
lloren delitos no com etidos, y se re­
cuerden castigos no sufridos é im agi­
nados? D el mismo modo el a r c a , el
T ab ern ácu lo , la urna del m aná, la
vara de A a ro n , las planchas de oro y
la serpiente de bronce recordaban otros
tantos prodigios. E ntre los monumen­
tos pueden tam bién contarse los nom­
bres dados á algunos lugares en ocasion
de cualquier hecho singular. Despues
de la victoria obtenida sobre los am a-
lecitas levantó Moisés un a lta r , inscri­
biendo: E l Señor es mi estandarte (30).
A dónde los hebreos en los llanos de
R ephidim comenzaron á murmurar por
la falta de a g u a , llamó Moisés á aquel
sitio la tentación y á los otros dos
109
puntos dio el nom bre de incendio y
sepulcros de la concupiscencia por alu­
dir á los castigos, que siguieron á la
ingratitud y rebelión del pueblo (3 1 ).
S on , puede decirse dos historias,
que se unen y corresponden, una es­
crita y la otra esculpida y grabada en
perenes monumentos. No se nos opon­
ga el que los paganos teniau también
fiestas para celebrar aventuras fabulo­
sas (32). Aquellas no se remontaban á
la época de hechos, las fiestas hebreas
por el contrario tenían la misma da­
ta que los acontecim ientos, y por M oi­
sés habían sido ordenadas, é institui­
d a s , para que el pueblo tuviese pre­
sente siempre las gracias recibidas y no
se separase del recto camino (3 3), que­
riendo además que los padres instruye­
sen á los hijos del o rig en , objeto y fin
110
de tales establecimientos (34)» Pues si
semejantes ritos, usos, prácticas y ce­
remonias no fuesen así antiguas como
Jos hechos, ¿de qué m anera, en qué
ocasion, por qué causa, ó por mejor de­
cir por qué frenesí habrían tenido prin­
cipio? O no son pues verdaderos los
referidos m andatos, que son verísiinos,
y despues de tantos siglos se observan
todavía por los hebreos, ó no puede
desearse mas para la certeza de he^
chos.
L a m ism a religión judáica es una
prueba convincentísima d é lo s prodigios
de Moisés obrados, y de la creencia
de sus contemporáneos israelitas: de
otro modo 110 se habrían estos some­
tido jam ás á las leyes duras y seve­
ras, que se Ies había impuesto. Un deís­
ta inglés confiesa, que los hebreos eran
111
estúpidos, que no podían ser persua­
didos , ni conducirlos sino en fuerza de
portentos y m ilagros: ¿Como pues él
los niega? (35) Si los hebreos obede­
cieron á M oisés, y se sugetaron á cos­
tumbres y prácticas duras é incómo­
d a s, y algunas aun hum illantes, en
expiación de sus defectos y pecados,
debieron haber creído: si creyeron, sin
duda tocaron las mismas cosas con su
m a n o , lo que solo podía moverles. L a
verdad pues de la historia de Moisés
evidentemente se confirma del suceso,
sin el cual, el establecimiento de la re­
ligión judaica sería un efecto sin cau­
sa y un fenómeno inexplicable.
E l silencio que se exagera de los
autores profanos, si fuese verdadero,
110 sería de algún peso. Para desacre­
ditar á los h ebreos, no se cesa de re­
112
p e tir, que eran odiados y desprecia­
dos de las otras naciones, que nin­
guno se dignaba instruirse de sus he­
chos y costumbres. ¿Por qué pues m a­
ravillarse , que los prodigios acaecidos
entre los hebreos, no se hallen refe­
ridos por los escritores gentiles? Los
egipcios debían aun por un segundo
fin ocultar lo que miraba á ellos,
por no llenarse de vergüenza é infamia
por sí misinos. Pero contestemos mas
perentoriamente á este ultimo y dé­
bilísimo ataque de los incrédulos, pa­
ra destruirle. ¿No dicen e llo s, que
han perecido todos los libros mas an­
tiguos ? Voltaire deplora sobre esto la
pérdida literaria. Gran desventura di­
ce él (3 6 ), que la mitad de la famo­
sa biblioteca de los tolomeos fuese que­
mada en la guerra de César, y la
113
otra mitad sirviese para calentar los
baños de los musulmanes, cuando Ornar
subyugó al Egipto ! y en otra parte:
(37) t°d°s t°s libros egipcios perecie­
ron , la lengua ha tenido la mis­
ma suerte: carecemos de los auto­
res persas, caldeos y sirios que nos
habrían podido instruir. ¿ Como pues
irónicamente se m aravilla del silencio
de los autores paganos sobre los milagros
obrados de Moisés? ¿Cómo sabremos si
los autores paganos hicieron ó no men­
ción de ellos, cuando nos faltan sus
escritos y obras, permaneciendo ape­
nas de estos cualquier pequeño discur­
so inserto en los autores mas moder­
nos? H é aquí la siempre coherencia
y semejanza de nuestros adversarios.
M as para confundir la increduli­
dad , apesar de las pérdidas y faltas,
114
la Providencia nos lia conservado en­
tre los m isinos paganos algunos testi­
monios nada equívocos de la verdad
de la historia de M oisés; pues muchos
le tenian por un famoso mago (38) ad­
mitiendo, que habia obrado prodigios
propios de tal arte. A rta p a n o ^ g ) re­
fiere una antigua tradición de algunos
pueblos del Egipto sobre el paso del
m ar Rojo en todo conforme con la
relación de Moisés. Diodoro Sículo
(40) cuenta una otra semejante de un
pueblo sitiado distante de la playa oc­
cidental del m ar Rojo. Herddoto (4 1)
dice varias cosas sobre las m aravillas
y prodigios que ocurrieron bajo el rei­
nado de Faraón. Numenio (42) nom­
bra los magos que los egipcios eli­
giero n , y creyeron mas sabios en su
a rte , y capaces de resistir á Museo,
115
y hacer cesar los castigos que afligían
al Egipto. Trogo Pom peyo compendia­
do de Justino (43) habla de la fuga
6 sea salida de los hebreos del E gip ­
to conducidos por M o isés, del cami­
no emprendido hacia la antigua patria
de A b rah am , y de una solemnidad y
consagración en el monte Sínai. Tácito
(44) en medio de la fábula distinta­
mente recuerda, la fiera plaga de que
fué herido el E gip to , la libertad de los
hebreos > la conducta de Moisés , el
giro por el desierto, y el estableci­
miento fijado en una lengua de fierra
entre la F e n icia , la S iria , la Arabia
y el Egipto. Pueden aun verse otros
autores en Josefo h ebreo, Eusebio y
Orígenes. ¿Qué mas? Aun hoy aque­
llos lugares por los que según la E scri­
tura pasó Moisés con su p ueblo, lia-
116
mánse por los árabes el camino de
los israelitas (45)*
Vindicado el Pentateuco, lo demás
es, ó viene en consecuencia, por lo
que es inútil entrar en otros detales.
Adviértase solo, que Josué habla igual­
mente de hechos públicos acaecidos
bajo los ojos de todo el pueblo , co­
mo la distribución de las tierras de
uno y otro lado del Jo rd án , las doce
piedras colocadas en el seno de éste
por donde pasaron los israelitas, y la
ciudad del refugio para los homicidios
involuntarios son monumentos que to­
dos confirman su historia. Sin añadir
m a s , basta se tenga presente ser tal
la relación y conexion de lo que si­
gue con lo que precede, para que ó to­
do necesariamente se adm ita, ó todo se
desprecie. Uno solo de los sagrados es­
117
critores á quien se preste fé autoriza
á todos los d em ás, un solo milagro en
el Viejo Testamento que sea cierto,
constituye á todos los otros ciertísimos.
CAPITULO IV.
(Qc L ^^efcacidad de fots ^ 0 6

deC c) b uevo (íw lá m e n lo .

C u a n t o se ha dicho del Viejo Testa­


mento apliqúese igualmente al Nuevo,
en quien concurren cualidades y cir­
cunstancias mucho mas relevantes.
Ocho son los escritores del Nuevo T es­
tam ento y todos contemporáneos, san
M a te o , san M a rco s, san L u ca s, san
J u a n , san P e d r o , san P a b lo , san T ia -
go , y san Judas. ¿Qué otra historia se
119
vanagloria de tantos escritores contem ­
poráneos? L a de Alejandro conquista­
dor del Asia no fué escrita por algún
autor que viviese en aquel tiem p o, ni
aun la de A u g u sto , ni menos otras
muchas. L a historia pues evangélica
tiene una superioridad inmensa sohre
todas las del mundo. ¿Cómo pues los
incrédulos se atreven á negarla la fé,
al misino tiempo que ciegamente pres­
tan su creencia á las fabulosas cró­
nicas bab ilón icas, e g ip cia s, chinas
y ta'rtaras, y tienen por infalibles las
relaciones de los mas sospechosos via-
geros? Pero que debia así suceder lo
predijo san Pablo ( i ) . E n lo que fa­
vorece á la religión se acude al pir­
ronism o, y 110 se creen las mas acrisola­
das verdades; mas en lo que se la opone
ó es con trario, se adoptan y sostienen
9
120
las fábulas mas pueriles (2).
N o solo ios ocho escritores evan­
gélicos referidos fueron contemporáneos,
sino aun testigos de vista, ó la m a­
yor parte al menos presentes á ¡os he­
chos que refieren. San Lucas comienza
su evangelio así. Habiendo yo visto
todo desde el principio , he tenido por
oportuno el escribirlo (3). San Juan ha­
bía constantem ente acompañado al Se­
ñor desde el principio de su m iniste­
rio hasta su Ascensión y refiere cuan­
to había v is to , oído y tocado con las
propias manos (4). San Pedro y los de­
m ás apóstoles dicen lo mismo. E n m a­
teria pues de hechos y testigos son
mas dignos de fé los oculares. Mo es­
cribieron todos unidos y en un tiempo,
sino en diversos y diferentes lugares,
pues se hallaban ya dispersos por el
121
m undo, y no obstante cada uno según
su estilo refiere y contesta las mismas
cosas. ¿Como pues negarles la creencia?
L a fuerza solo de la verdad podia h a­
cerles tan concordes.
Si los apóstoles y evangelistas eran
viles y de baja condicion como por
C e lso , Juliano y otros antiguos enemi­
gos del cristianismo continuamente se
les zahiere, tanto mas verdadero de­
be ser lo que refieren , pues, por el
contrario , ¿ quién habria prestado fé á
personas plebeyas y oscuras, si la ver­
dad de los hechos no hubiera sido no­
toria? M a s , siendo aquel un siglo de
los mas ilustrados, era el menos pro­
pio para esparcir fábulas** y consejas
imaginarias. ¿Qué hechos referían? ¿Por
ventura eran antiguos, de millares de
anos ha sucedidos, ó en lugares re-
§
122
motos acaecidos, de que no fuese fá­
cil probar la fa lsed a d , ó descubrir la
impostura? N o ; hechos se narraban
m uy m odernos, ocurridos en aquellos
mismos lugares, y se llamaba para.ates­
tiguarlo á la misma Judea. ¿Pero delira­
rían los apóstoles, y evangelistas hasta el
grado de presentar como públicos y no­
torios, hechos de que ninguno tuviese cer­
teza y ni aun noticia? Vuelve aquí la refle­
xión hecha del antiguo Testam ento. E3
im posible el p ersu ad ir, no digo ya á
una nación en te ra , sino ni á un solo
hom bre de haber visto, lo que 110 ha
presenciado, y menos hacérselo creer.
L a historia evangélica indica frecuen­
temente en especie los tiem pos, luga­
re s , circunstancias, y ocasiones de los
sucesos. E n ella se leen los nombres
de las personas, las datas de los tiem­
123
p os, las preguntas, las respuestas y
otras particularidades. L a averiguación
era luego facilísim a. Si no hubiese sido
cierto que Herodes habia hecho m orir
tantos niííos inocentes, los habitantes
de Belen que despues de treinta y tres
ó treinta y cuatro anos sobrevivían, hu­
bieran desmentido el relacionado suceso.
L o mismo debe decirse de tantos pro­
digios que se refieren como públicos y
conocidos de inumerables gentes.
No solo se trataba de hechos públi­
cos y notorios, sino interesantes y de
la m ayor im p ortan cia, cuyas conse­
cuencias en la vida y en las m áxim as
arriesgaban una revolución universal*
Todos pues debían tener empeño en co­
nocer la historia evan gélica, y aun de
emprender su mas riguroso exám en.
Una sola falsedad habria quitado la fé
124
á todo el resto , y arruinado la m á­
quina sin remedio. N o es pues verisí­
m il que los apóstoles y evangelistas qui­
siesen exponerse á inventar fábulas, de
las que descubierta u n a, luego queda­
rían desenmascarados, y la impostura
se baria publica. La mentira Ies era
severamente prohibida. Habían apren­
dido de su m aestro, y ellos repetían,
que la verdad debe comunicarse cual es,
que en los discursos conviene im itar la
simplicidad de la paloma, y que es peor
m entir una vez , que el que todo
el mundo se desplome. ¿Pudo ser ja ­
más este el lenguage de la impostura?
No á otro se aplicaban, que á reformar
las costum bres, é inspirar la caridad,
la pied ad, el amor de D io s, el del
prógimo y toda otra virtud como se ve­
rá. ¿ E s , ó jam ás habrá sido este el ca­
125
rácter de un impostor? H uya pues has­
ta la sombra y sospecha de la falsedad.
Si los apóstoles y evangelistas hu­
biesen conspirado para engañar y sedu­
c ir , ¿cómo no hay alguno que m o­
vido de los rem ordim ientos de la con­
ciencia , jam ás hablase descubriendo el
fraude? E s necesario no conocer los
h om b res, para suponer un complot tan
permanente de malvados. ¿P o r qué
motivo pues habrían así tan indigna­
mente maquinado? ¿A qué fin ensalzar
tanto á Jesucristo, y deshonrar la na­
ción , diciendo el haber condenado á
muerte al Mesías? ¿Q ué podían espe­
rar? N ada de su maestro, quien ya no
existía, nada de la Sinagoga, porque la
afrentaban y a b a tía n , nada del paga­
nismo, que le acometían y destruían.
No podían esperar mas que odios, opro-
126
L íos , persecuciones y suplicios. Y será
posible que muchas personas se unan
y acuerden para inventar y publicar
falsedades, de las que no solo no esperen
obtener provecho alguno, sino infam ia,
pérdida de sus bien es, fortuna y aun
de la vida? Mentecatos y furiosos no
llegan á tal e x tr e m o , pues la natu­
raleza lo repugna.
Mas ábranse y lean los libros. ¡Qué
noble sencillez, qué candor, qué nar­
ración tan natural é in gén u a! No se vé
en ellos cosa alguna que infunda sospe­
ch a, no preám bulos, no reflexiones,
ni raciocinios. Se refieren los sucesos
mayores sin m a ra villa , ni sorpresa;
las persecuciones, calumnias y denun­
cias sin enojo, é invectiva. E n todo
se deja ver la sinceridad, ya hablen
los historiadores de Jesucristo, ya do
127
sos com pañeros, ó de sí mismos. E n
cuanto á Jesucristo exponen la oscuri­
dad de su nacimiento , el humilde de­
curso de su v id a , las injurias que re­
cib ió , y la muerte ignominiosa á que
fue condonado. Por lo que m ira á sus
personas y á los demás discípulos, no
disimulan cuanto puede humillarles a
los ojos de los hom bres, lo humilde
de sus oficios, la ignorancia y defectos.
D e aquí la traición de Judas, la nega­
ción de Pedro, la incredulidad de Tom as,
la deserción y fuga universal abando­
nando á su propio maestro en el peli­
g ro , ocupan una parte de su historia
como las acciones mas laudables y v ir ­
tuosas. ¿Qué necesidad habia de expo­
ner al público debilidades y hechos tan
humillantes , si hubiesen tenido inten­
ción de im p on er, y hacerse respetar?
m
¿Era acaso este el modo de conculcar
la obstinación de los judíos, abatir el
orgullo de los filósofos, y adquirir cré­
dito y autoridad ? Personas incapaces
de ocultar su verdadero proceder mu­
cho mas deben serlo con relación á
otras. N i porque algunos omitan he­
chos y circunstancias, que otros refie­
ra n , por ello se contradicen, pues mas
bien muestra e sto , que no escribían
de concepto ni entre sí se com unica­
ban , y s í , que cada uno de buena fe
refería los hechos que sab ía, eon aque­
llas particularidades que tenía mas pre­
sentes (5). E l hilo de la historia es uno
é individual entre todos, y forma una
cadena tan bien enlazada y unida, que
la fábula y ficción no hallan lugar ni
aun resquicio alguno, para introducirse.
Adm itida que sea una sola parte
129
de la historia evangélica, dehe reco­
nocer se toda por verdadera, y una par­
te no se impugna por los incrédulos
mas obstinados. Ninguno pone en du­
da que haya existido Jesucristo, que
fundase una religió n , y fuese crucifica­
do en Jerusalen. ¿Cómo pues se nie­
ga lo dem ás? Tam bién hay mucho en
el evangelio, que tiene relación con
la historia del sig lo , y esto es igual­
mente uniforme y com bina. Mas si
en tantas partes la historia evangélica
se halla sincera y veríd ica, dehese
creer enteramente t a l , y esta es una
contraseña ó señal evidente, y aun bas­
taría la verificación en una, aunque m í­
nim a parte, cuando no aparezca cosa
en co n tra rio , y no se manifieste en las
otras partes la falsedad. L as prediccio­
nes de Jesucristo en los escritos evan-
130
gdlicos son una otra piedra de paran­
gón. Todas exactam ente se confirm a­
ron como se verá en su lugar. Si no
fuesen predicciones de Jesucristo, lo se­
rian de los mismos sagrados escrito­
r e s , que habrían sabido unir á la im ­
postura la profecía. ¡Qud monstruosi­
dad ! A l referir pues las predicciones
de Jesucristo ó sean los futuros acon­
tecimientos , no im p on en , no engañan;
¿por qué decir que lo hacen al narrar
los hechos y demás cosas pasadas? T e ­
nemos tam bién como en el Viejo T es’
lam ento monumentos perenes, el D o­
mingo y otras fiestas que desde el p ri­
mer origen del cristianismo fueron ins­
tituidas en mem oria de hechos y su­
cesos principales -y mas memorables;
tenemos el bautismo y otros sacramen­
tos , que nos llam an dem asiado á los
131
actos mas esenciales de nuestra reli­
gión contenidos en el evangelio. El
campo comprado con el dinero res­
tituido por el traidor Ju d as, fue por los
mismos llamado haceldama d sea cam­
po de sangre; el Calvario ó Gólgota
se observa aun en el dia hendido de
un modo extraordinario, como se di­
ce en el evangelio que tuvo efecto en
la muerte del Redentor (6).
L a historia evangélica se ha m i­
rado como verdadera, y ha sido ple­
namente como tal recibida de cuan­
tos se empellaron el escudrinar sus he­
ch os, quienes la habrían desmentido,
si la hubiesen hallado falsa. L a histo­
ria evangélica viene confirmada de la
tradición , nacida con los acontecimien­
tos y trasm itida de ancianos á jó ve­
nes sucesivamente hasta nosotros, acom-
132
paria y comprueba maravillosamente la
historia escrita. Los primeros padres
de la iglesia san Clem ente p ap a , san
Ignacio obispo de Antioquía, y san
Policarpo obispo de E sm im a contem­
poráneos de los apóstoles y sus discí­
pulos nos hablan de la encarnación del
Y e r b o , del nacim iento, v id a , m uer­
te y resurrección de Jesucristo, con las
m ismas circunstancias que se refieren
en el evangelio, y la historia es idén­
tica. Son pues estas nuevas ratifica­
ciones.
E s una invención no menos falsa
que in ju riosa, que la historia evangé­
lica combatida se hallaba en libros que
fueron suprimidos por los primeros
cristianos. ¿Con qué fundamento se su­
pone , que libros que ninguno ha
visto ni leido pugnasen y negasen
1.33
los hechos históricos del evangelio?
¿En qué tiempo y por qué aventura
acaecería la pretendida supresión? No
seguramente en los primeros tres siglos,
en que siendo los cristianos perse­
guidos, 110 podían tener eficacia ni
aun fu e rza , para ocultar las obras de
los hebreos y gentiles, quienes enton­
ces prevalecían. No en los siguientes
siglos porque establecido ya el cristia­
nismo , no tenian necesidad los cristia­
nos de estos miserables recursos, y si
]os contrarios escritos no habían podido
dañarles cuando estaban en boga, y to­
do se oponía á los progresos de la igle­
sia , mucho menos debia temerse des­
pués de haber caído en descrédito, y
liéchose superiores á los demás obstá­
culos. Los primeros cristianos y aun
los sucesores no suprimían lo que no
134
estaba en su poder como las obras
de sus contrarios, mas las confutaban á
cuyas confutaciones y respuestas debe­
mos los muchos opúsculos que nos
han dejado. Si han desaparecido algu­
nos libros compuestos contra la reli­
gión cristiana , han aun perecido apo­
logías y obras consagradas á su defen­
sa de A ristíd e s, C u ad rato, Claudio
Apolinar, M eliton, M elcíades, del már­
tir san Luciano y tantas otras (7):
pérdidas infinitas en las revoluciones
de los siglos ha sufrido siempre la re­
pública literaria, por lo que todo se
debe á las humanas vicisitudes é inju­
ria de los tiempos (8).
E s falso que los hereges del prim e­
ro y segundo siglo opugnasen las ver­
dades evangélicas, pues los tales dis­
cordaban solo en la doctrina, no en
135
los hechos 4 y esta es una nueva con­
firmación de la verdad histórica del
N uevo T estam en to, porque si bien es­
taban divididos en diversas sectas, to­
das no obstante reconocían los sagra­
dos libros, y íí ellos en sus disputas
y controversias apelaban. Adem ás de
los hereges viéronse apóstatas desde
el prim er origen del cristianismo (9).
¿Por ventura hubo quien revelase el se­
creto de la naciente sociedad, y la fal­
sedad de la historia de Jesucristo, su­
ministrando las pruebas? Sería esto
para los judíos y paganos el m ayor de
los triunfos y un golpe fatal para los
cristianos. Mas no solo no aconteció es­
to , sino por el contrario muchos que
por debilidad y tem or se habian sepa­
ra d o , volvieron al seno de la iglesia
é hicieron p en itencia, por lo que fué
10
136
necesario establecer los cánones (10 ) pa­
ra su absolución. ¿Qué más? Los mis­
mos apócrifos evangelios sobre los que
tanto se declam a, convienen en el fon­
do de la historia y sobre los hechos
princip ales, por lo que en lugar de
dañar favorecen.
Pero los historiadores son cristianos:
¿y por eso qué? ¿No se admiten las
historias de la patria escritas por na­
cionales ? Los monumentos de los im ­
perios ¿no se toman del fondo de aque­
llos mismos imperios? ¿ N o es esto lo
que incesantemente se repite por nues­
tros sabios para las historias chinas,
indianas y persas? Cuanto mas instrui­
do está el historiador, tanta mas creen­
cia m erece, y exige. P or lo que en
vano se buscan testimonios estraños, y
si los historiadores profanos 110 hicie­
137
sen mención alguna del cristianismo
110 debería causar m aravilla, ya por
ser cosas agenas de su plan é insti­
tu to , ó ya porque los cristianos eran
al principio m uy despreciados para que
los demás se empellasen en saber no­
ticias de ellos. Bastaría pues que en
la historia profana no se hallase cosa
que contradigese. Pero no fallan es­
critores que hacen mención del cris­
tianismo , y lo que dicen es análogo.
Calcidio filósofo platónico comentando
el Tim eo de Platón habla extensamente
de la estrella que apareció á los M a­
gos en el nacimiento del R edentor, de
la adoracion de los m ism os, y dones
que le ofrecieron ( n ) . M acrobio en sus
Saturnales, refiriendo un dicho de A u­
gusto indica no oscuramente la m o r­
tandad ocurrida de los Inocentes (12 )..
§
138
L a huida de Egipto es un hecho
tan constante, que Celso de acuerdo en
ello con los judíos imputa á Jesucris­
to un d e lito , y le acusa de haber
aprendido allí la mágia (13 ). Flegon-
te liberto de Adriano en su historia
de las olim píadas refiere, que el ano
cuarto de la docentésima segunda
olim píada que corresponde al aiío
diez y ocho del im perio de Tiberio y
muerte de Jesucristo, hubo un eclip­
se de sol al m ediodía, el mas gran­
de que jam ás se habia v is to , sien­
do la obscuridad t a l, que se m anifes­
taron las estrellas del cielo, y que un
terremoto en Bitinia arruinó muchos
edificios en la ciudad de N icea (14)-
T allo autor griego del prim er siglo
antes que Flegonte habia notado el
m ism o prodigio en el tercer libro de
139
sus historias siríacas. Hállase sem ejan­
te hecho registrado en los anales de
los archivos públicos del im p erio , á
quienes apelan Tertuliano en su cele­
bre apologético, dirigido á los m agis­
trados romanos, ( 1 5 ) y san Luciano
m ártir de Nicomedia al ser pregunta­
do por el juez de su religión (1 6 ). In ­
terin estos grandes hombres querían
confundir los contrarios con sus propios
m onum entos, ellos mismos se habrían
quedado llenos de confusion, si el
hecho no hubiera sido verdadero ni
ciertos sus registros. Aun en los ana­
les y memorias astronómicas chinas
fué notado en aquel tiempo un deli­
quio solar 6 sea eclipse de sol e x­
traordinario , como se vé en la histo­
ria de la China de Adriano Greslon.
Continuem os: Suetonio da noticia
140
de Jesucristo (17 ); pero con m ayor
extensión T á c ito , quien despues de
exponer los suplicios que por Nerón
se imponían á los cristianos, añade,
que tomaban el nom bre de Cristo su
a u to r, el cual bajo el im perio de T i ­
berio por el procurador Poncio P ilo­
to fue condenado á muerte (18 ). A llí
debian existir los autos de Pilatos,
pues que todo gobernador de provin­
cia solia m andar relaciones á R o m a,
de lo que acaecía en su departamento
que mereciese la atención (19)» Jus­
tino m ártir en su primera apología
invita á Antonino Pió el emperador y
al senado á leer tales au to s, para sa­
ber las maravillas obradas por Jesu--
cristo (20); mas, ¿habria tan claram en­
te hablado, si semejantes autos no hu­
bieran ex istid o , ó fuesen apócrifos?
141
Aun Tertuliano los cita en su Apologéti­
co (2 1 ). Se vieron en seguida bajo
el nombre de autos de Pilatos muchos
suplantados e scrito s, pero no deben
confundirse con los que existieron en
tiempo de Justino y T ertu lian o , y que
tan distintamente reclaman. L a ver­
dad seguramente del hecho puede ha­
ber dado ocasion, para componer y
esparcir autos apócrifos en lugar de los
genuinos.
Autores judíos de aquellos tiempos
se cuentan, á Josefo, F iló n , y Justo de
Tiberíades. Si ninguno de ellos hubie­
se hablado de los hechos de Jesu­
cristo , el silencio m ism o, cuál la fa­
m a , lo anunciaría. No podian ellos
ignorar la acusación que los cristianos
hacían á los ju d ío s, de haber conde­
nado á muerte al M esías, y cuanto
142
publicaban de su poder y virtud. C e­
losísimos del honor de la propia na­
ción que procuraban justificar en un
todo, habrían sufrido una tan detestable
difamación y que el error se acredi­
tase , si hubiesen podido destruir la
notoriedad de los hechos ? Pero Josefo
hebreo no ha callad o , y no puede
ser mas claro é ilustre el testimonio
que nos dá del eáracter, adm irables
obras y resurrección de Jesucristo (22),
Lóense igualmente en el hebreo Josefo
el incesto de Herodes con Ilerodíades,
la orden dada por Augusto á Cirino,
ó Q uirino, gobernador de la Siria de
numerar los ju d ío s, los nombres de
los pontífices A n a s , C a ifa s, Arquelao,
y el rey A g rip a , y los gobernadores
Félix y Feeto y otras particularidades
coherentes á la historia evangélica (23).
143
Pero á ¿qué buscar escritores no
cristianos? San Pablo no era cristiano
sino perseguidor del cristianismo: mas
convicto de la verdad de los hechos,
no solo cre yó , sino que se trasformó
en ser apóstol de las gentes. San Cle­
m ente, san Ignacio, san Policarpo, san
Dionisio A reopagíta, Atenágoras, M i-
nució F é lix , C u a d ra to , Aristídes y
o tro s, no eran cristianos sino gentiles,
y lo que aun es peor fdósofos, y lejos
de favorecer al cristianismo le eran
contrarios. ¿Cuál fué pues el móvil para
que á la predicación de los apóstoles y
sus discípulos y en un tiempo en que
tan moderna era la m em oria de los
h ech os, se convirtiesen, abandonasen
la idolatría y abrazasen la fé? ¿No m a­
nifiesta esto una persuasión ín tim a , fir­
m e, razonada, y un exam en maduro,
144
que Ies movió ¡í m udar de costumbres
y religió n , y que no otro Ies habria
impulsado á dar este gran paso? Si
Josefo hebreo hubiese abrazado el cris­
tianism o, por ventura ¿ no sería de una
gran consideración y crédito su testi­
monio? L a autoridad pues de los gen­
tiles convertidos debe prevalecer á la
de los mismos quedados en el paga­
n ism o , pues que no siendo del p a r­
tido de los cristianos, y sí por la
educación, por los principios, estu­
dios, é interés, inclinados y movidos á
despreciar y burlarse de la nueva
secta , la certeza solo de los hechos y
la fuerza de las pruebas puede haber­
les determinado (24). Únase ya pues
to d o , y dígasenos si la historia evan­
gélica puede ser mas cie rta , y si an­
te su frente radiante y hermosa pue­
145
de presentarse sin rubor algnna h is­
toria profana. Los hechos de Sócra­
tes son mas inferiores que los de Je­
sucristo. Sería mas inconcebible que
muchos hombres de acuerdo hubiesen
compuesto este santo libro , que el que
uno solo suministrase el objeto. Ningún
autor hebreo habría jamás expresado
aquel tono, ni aquella moral, pues
el evangelio tiene caracteres de ver­
dad tan grandes, tan vivos , y tan
inimitables , que el invertor sería mas
sorprendente que el mismo héroe (25)*
J o confieso, que la magestad de las
escrituras me sorprende, y la santi­
dad del evangelio habla á mi cora-
zon. [Cuán pequeños son los libros de
los jllósofos al lado y confrontación
de éstel Un libro tati sublime como
sencillo ¿será acaso obra de los hombres?
146
¿Ycreeremos solo hombre al héroe, cuya
historia se refiere? ¿ Es por ventura
aquella la locucion de un entusias­
ta , de un ambicioso 6 de un sec­
tario? \Qué dulzura ! ¡ Qué pureza en
sus costumbres! \Qué gracia tan insi­
nuante en sus instrucciones! ¡Qué subli­
midad en sus máximas ! ¡ Y cuán pro­
funda sabiduría en sus discursosl
Interin los tan decantados sabios entre
sus bellas máximas frecuentemente
caen en errores , el evangelio es él
solo en cuanto á la moral siempre se­
gurei, siempre verdadero, siempre úni­
co, y siempre semejante á sí mismo\
lo que prueba el carácter mas cier­
to , é infalible de la divina revela­
ción , ¡y envuelve en sí mismo una
prueba , que diferencia de todas las
demás (26).
147
He aquí célebre Veishaupt (2 7) y
sublimes colaboradores, cómo vuestro
patriarca Rouseau tan acérrimo en otros
p u n to s, impugnador de la Religión re­
velada, acaba de explicarse* M as, pues
seguís aferrados en vuestras trece, y re­
corriendo el globo propagando la in­
fernal doctrina bajo el especioso t í­
tulo de Alianza cristiana, habéis, se­
gún Su Santidad indica, aparecido en
la Nueva Y o rk esparciendo viciadas
Biblias que acabo de ver, sin nombre
como acostumbráis, del autor, im pre­
s o r , ni pueblo de su orig en , dónde
truncando el sagrado texto omitís los
libros de T o b ía s , Ju d it, el Eclesiásti­
co , la Sabiduría, cinco capítulos del
de E sté r, el profeta B aruch, los ca­
pítulos trece y catorce del profeta D a­
niel , el prim er verso del capítulo ca­
148
torce de O sea s, y los dos libros de
los M acabcos tan clásicos todos, que
por el concilio de Trento están decla­
rados por canónicos, para que sea
notorio vuestro ardid , ninguno os des­
conozca y do quiera detesten como ta­
les ; voy á hacer una breve reseña de
vuestra cu n a, que aun enlutasteis(28),
m isión , atroz tendencia, progresos,
célebre v id a , ruidosa muerte y aun
retractación de varios socios; leed.
CAPÍTULO V.
Gc)e Pee. íPcopotq cuida, wocüucioiiccxico.

i n f in it o se ha hablado de la revolu­
ción francesa que tuvo su funesto
principio el ano de 1789, parto digno
de la im piedad, ó diré mejor la im ­
piedad m ism a en acción. Por acto
prim ordial la asamblea parisiense dijo:
la república no reconoce religión al­
guna dominante, que fue sancionar la
aholicion de todas, no siendo la espre-
150
sion dominante otra cosa que un afec­
tado adjunto como todos conocian.
Pues á la verdad en la inmensa m ul­
titud de actos legislativos, ordenanzas
y decretos que circularon no se vid,
nunca se o y ó , ni jam ás se leyó el
nombre de D ios, ó cosa alguna que á
ello aludiese: m uy al contrario, cuan­
tos pretendían em pleos, debían mani­
festar no tener R eligión, ó el haber de
ella públicamente apostatado.
Reservado fué á nuestros dias el
constituir un gobierno sin relación al­
guna religiosa, desatando y truncando
toda unión con el cielo. ¡Ejem plar
único y singular en los anales de mun­
do ! Veam os ahora su estabilidad y
firm eza , siendo nivelada esta nueva
república con el compás filosófico, fa­
bricada con la masónica p aleta, presi-
151
dida y dirigida por los principales ilu­
minados y todos los espíritus fuertes, no
dudaban dejase de ser etern a: lison-
gcándose tanto de ello los promotores
y sectarios* que juzgaban haber ya lle­
gado á tocar el colmo de sus deseos^
hé aquí el título con que llenos de en­
tusiasmo la decoraron en seguida R e­
pública eterna. Mas existió cual un
relám pago, transivi, et ecce non erat.
En el giro de pocos anos la eterna
república n a ció , v iv ió , y m u rió ; na­
ció en el lodo y fango de la mas hor­
rible carnicería y del abominable y
horroroso atentado contra su mismo
soberano príncipe óp tim o; vivió lu­
chando y vacilando * ya hácia la anar­
q u ía, ya hácia el poder arbitrario,
y murió finalmente * ó mas bien fué
conculcada por un férreo despotismo*
ii
Í52
Congratulábanse los sediciosos re­
publicanos de una feliz y general aco­
gida de sus sistemas desorganizadores,
y de que el pueblo, que jam ás ve las
consecuencias, entraría fácilmente en
el fanatismo de hacerse soberano,
de revindicar sus naturales derechos, y
de sacudir todo cuanto se dice yugo,
pues para quien no raciocina es un gran­
de incitativo ó estímulo el fantasma de
libertad é igualdad; á la gente baja
y vulgar debe agradar que desapa­
rézcanlas distinciones y diferentes clases
de ciudadanos , la plebe odia natural­
mente los que ó por facultades, 6
por nacimiento la son superiores y
cuesta m uy poco el encenderla y po­
nerla en ferm entación. Seguros pues
los sectarios de que sus m áxim as se­
rian abrazadas establecieron, una Pro-
153
pagancla para mandar emisarios á
. todas p artes, con el objeto de re­
clutar y comunicar su sedicioso espí­
ritu á toda clase y género de personas,
y según la debilidad ó flaco de cada
..una in d u cirla, ya con persuasiones, ó
ya con incitativos, promesas y sobor­
n o s, á la abolicion de todo eullo, pa­
ra que allanado de tal suerte el ca-
. m in o , siguiesen finalmente sin hallar
obstáculo á la destrucción de todo go­
bierno , según el plan acordado.
Luego que el 21 de Setiembre de
1792 , en medio del fu ro r, alarmas
y occisiones fué decretada la abolicion
de la monarquía y sustituido el gobier­
no republicano, el famoso Gregorio
obispo intruso agregado á la secta pro­
nunció la seductora mocion diciendo:
Que todas las dinastías eran una ra-
§
154
za de hombres devoradores, quienes
no se alimentaban mas que de carne
humana, que los reyes en el órden jno-
ral eran lo que los monstruos en el
órden físic o , y que su historia era el
martirologio de las naciones ( i) . Jac­
tábanse los jacobinos de que la Fran­
cia no habia sido elegida mas que pa­
ra el teatro donde debia darse el pri­
m er im p ulso, y llevar á efecto la pri­
m era explosion, pues los propagan­
distas preparaban j a los pueblos bajo
todas las zonas, por hallarse sus em i­
sarios esparcidos en las cuatro partes
del mundo. A l salir uno de un con­
g reso , 6 fuese club dijo á un am igo,
que sin manifestarle en detai los se­
cretos , ¡'jodia asegurarle que se tra­
maba una conspiración tan bien orde­
nada y profunda , que sería muy d i-
A t í *0
loo
ficil el que la religión y los gobiernos
no sucumbiesen. Otro escribía igual­
mente á un confidente dicienclole: Los
asuntos de la revolución van cada
dia mejor en Francia ; yo espero que
dentro de pocos anos la tal llama se
extenderá por todas partes, y que el
incendio sellará universal. Entre las le­
yes de la segunda asamblea se halla
e sta : La república toma á su cargo el
ayudar con todas sus fuerzas á cual­
quier pueblo que quiera esforzarse pa­
ra recobrar su primitiva libertad. Y
en otro decreto d e cía : Cualquiera que
libre la tierra de un tirano , será tres
veces declarado ciudadano francés. li é
aquí como se excitaba á los pueblos á
' revelarse, y á tratar á sus soberanos,
como la Francia habia hecho con el suyo.
Con tales fanfarronadas y con ideas
156
tan vastas en la apariencia ¿cómo la
república francesa se dirigía interior­
mente y sostenía? Cayó pues m i­
serablemente bien pronto, y aun en
el corto intervalo de su vida cambió
de forma cinco veces, pasando del
gobierno democrático al aristocrático,
de este al oligárquico de cinco, bajo el
título de directorio, despues al oligár­
quico de tres, con el nombre de con­
sulado, y finalmente abrogándose uno
solo la autoridad, se constituyó monar­
ca declarándose emperador y rey; y exi­
giendo el juramento de fidelidad de aque­
llos mismos que poco antes habian jura­
do odio á la monarquía, quedó en segui­
d a , no solo subyugado y sú b d ito, sino
enteramente esclavo, el pueblo que
se jactaba de soberano. Mas ¡qué ha­
bia de suceder! ¿Cóm o podrá regirse
157
un gobierno sin el grande apoyo de
la Religión? ¿Cómo se mantendrá en
píe un edificio ■
sin su base? Políticos,
abrid una vez vuestros ojos sin preven­
ción á la hermosa luz que con sumo
interés busca ilum inaros, y advertiréis
el precipicio á que os conducen los
nuevos desorganizadores sistemas.
Los sectarios daban á entender á los
pueblos, que serian felices con un gobier­
no de nuevo cuno, estudiado, é inventado
por ellos, Dupuis en su delirante obra
sobre el origen de los cultosencoinia la
revolución, por haber, según indica, re­
ducido el santuario y el trono á la
impotencia de dañar. ¿Fué acaso mas
feliz la suerte de la Francia bajo el ce­
tro republicano? ¡Com o! A nadie pue­
de ocultarse que en tan desgraciada
época co m a la sangre por todas par­
158
te s , siendo degollados á nombre de
la razón los ciudadanos de cualquiera
clase y distinción. Do quiera se fijaba
la vista no otro se observaba, que vio­
lencias, opresiones, concusiones, devas­
taciones, saqueos, despojos y rapiñas, y
no solo se veian desconcertados sino aun
i
rotos y conculcados los principios del or­
den y de la justicia. L a hoz de la
igualdad segaba indistintamente cuanto
existia por poco que se elevase sobre
el plano orizontal. P ara presentar hom­
bres lib res, se constituían asesinos y
verdugos. L a posteridad debe enfure­
cerse al recordar tales y tantos horro­
res. N o creyendo el infierno del otro
m u n d o, se le habían los revoluciona­
rios anticipado, revocándole á este. ¡O
tiempos de vergüenza eterna] exclamó
Luciano JBonaparte desde la trib un a, el
159
pueblo mas dulce de la tierra pare­
ce ya destinado á tomar parte en la
ferocidad de las ?nas bárbaras nacio­
nes (2). ¿ Qué diré pues de los manan­
tiales de la riqueza y demás recursos
públicos extinguidos y aun devorados
por las imposiciones fiscales, de las
artes decaídas, la agricultura abando­
nada y el comercio destruido? ¿Qué de
las violentas y crueles conscripciones por
las que entre bayonetas la juventud ma­
niatada, era á la fuerza conducida á sus
ejércitos? ¿Q ué de las continuas ynu>
merosas emigraciones ? ¡No puede dar­
se situación mas deplorable! ¿Qué mas?
Los mismos cabezas de la secta, los
jacobinos que tenían el m ando, no se
empleaban mas que en asesinar para
íufrir ellos igual suerte en seguida.
Perdida enteramente la tranquilidad
'160
pública, en punto ninguno se hallaba se­
gu rid ad , y sí solo una precaria exis­
tencia. E s pues evidentemente cierto
que todo estado que abandona á Dios,
recibe igual recompensa.
Amaestrados finalmente los france­
ses por tan triste experiencia, motu
propio principiaron á condolerse y a'
Teconoeer la necesidad de llamar aque­
lla Religión que insensatamente los
•propagandistas se empeñaron en des­
tru ir, desengañados de que solo ella
podría poner fin á sus desgracias, y
detener cual una torre de bronce el
tartáreo torrente que todo lo im pelía,
envolvía, y tras sí llevaba. Tiempo es
y a , resonaban por todas partes los
ecos y voces de las asambleas departa­
m entales , ya es tiempo , que las teo­
rías callen al frente de los hechos:
161
anúleme las instituciones de los diez
años , es pues necesario volver á co­
locar la Religión por base , sin la
cual las costumbres degeneran al gra­
do de bárbaras y facinerosas, y de
feroz el pueblo (3)- Cuando en segui­
da se llevó á París la discusión de es­
te grande asunto, antes de deliberar
se consultó con los mas sagaces y pro­
fundos políticos de m ayor crédito y que
gozaban de grande influencia en el go­
bierno. ¿M as cuál fué su o pin ion? Sin
detenerse, ni discordar, unánimemente
d igero n , que luego , sin la menor d i­
lación debían volverse á abrazar los
establecimientos religiosos, y levantar
la Base Eterna , declarando acordes y
proban doque la Religión es defensa
y escudo de la autoridad , fuente de
la fidelidad y de la ju sticia , porque
162
sin ella no se dá estabilidad , ni se­
guridad en ningún estado, por ser el
muelle y rueda que dá y conserva el
movimiento á la máquina social (4).
N o pudieron ser mas enérgicos y con­
vincentes los discursos y resolución,
por lo que fué con grande aplauso
generalmente acogida.
Los mismos filósofos á despecho su­
yo debieron al fin retractarse. R ainal
tuvo 110 sé si diga la suerte ó desgracia
de vivir para ver por sí mismo las con­
secuencias de sus insanas lecciones, y es­
cribió á la asamblea constitucional p a ­
ra contenerla, sintiéndose reo por ha­
ber puesto las armas en la mano de
la libertad y del delito. F ran klin , otro
libre pensador, se vió obligado á confe­
sar en las memorias de su v id a , lo
m uy nocivos que son á la sociedad los
163
nuevos ya propagados sistemas. M a r-
montel abjuró publicamente aquella fi­
losofía de que antes babia hecho tanto
a la rd e , y honró el fin de su vid a , no
ya con vanos y aparentes remordi­
mientos y estériles retractaciones , sino
con un verdadero arrepentimiento y
con señales de la mas sólida piedad.
L a -H a rp e no solo se convirtió, sino
que de filósofo transformado en céle­
bre apologista de la Religión católica,
com batió vigorosamente á los filósofos,
á su falsa sabiduría, é hizo una muer­
te santa. Eayle hablando del famoso
Bione de Boristene, dice, que habiendo
gravem ente enfermado en Calcida se
llenó de tem or, le ocupó la palidez,
y se acogió al m om ento, é hizo votos
á aquel mismo D io s, de quien con
la m ayor impudencia y osadía antes
164
s e habia m ofado; añadiendo el mis­
m o Bayle ser esta la conducta ordina­
ria de la m ayor parte de los impíos (5).
El rey Federico en una carta á V o l-
taire, dice a s í: V?reis varios, que al
aproximarse á la muerte se convierten
en supersticiosos, y fallecen hechos ca­
puchinos (6). E n tre los muchos ejem­
p la re s tanto antiguos como modernos,
<jue e n confirmación de lo dicho p o­
dría al egar, presentaré por ultimo solo el
del fa,moso Toussaint tan conocido por
su pe .rnicioso libro de las costumbres.
P ró x ii mo á la muerte este filósofo no
solo s e refractó solemne y publicam en­
te de todos sus errores, sino que lia—
m am 'Jo ante sí á su h ijo , le hizo el
sigo .ierrte tan tiern o , como enérgico y
p a' ¿ético discurso; Oye, hijo mío, la
Vi rilad que aunque tarde quiero de­
i65
clararte en este momento i oh)¿da las
lecciones que tan sensible y doloroso
me es haberte dado ; arrodíllate, une
tus súplicas á las de las personas que
me escuchan y ven ; promete á Dios,
que te aprovecharás de mis últimos
recuerdos y ruégale con todo tu cora-
zon me perdone (7). ¡Propagandistas;
antiguos y modernos , detened, un m o­
mento vuestros pasos, y ved lo que
os dicen los móviles de las inicuas doc­
trinas que sembráis!
¡Grande escuela á la verd ad , lec­
ción grande fue para todos la revolu­
ción de F ra n cia ! Ijiterin se vanaglo­
riaba la secta de ilum inar el mundo,
no hacía otro que incendiarle: mas sin
duda le ha ilum in ad o, pues el ofusca­
miento revolucionario producido y d i­
fundido por el filosofismo fue el mas efi­
166
caz y poderoso antídoto contra el mis­
m o. H é aquí obtenido un eficacísimo
y saludable remedio de los Venenos
mas activos y m ortíferos: m a s, que
tal debía suceder que la iniquidad no
triunfaría mucho tiem po, el mismo
Rousseau que sin ser de la liga concur­
rió al objeto de la m ism a, lo habia
predicho en uno de aquellos momentos,
en que su fantasía se hallaba libre y
sin prevención. L a profecía se lee en el
diálogo tercero inserto en sus obras
postumas, y dice así: La Europa en
combustión y robada tiene dueños
aconsejados por sus mismos fundado -
res de no admitir otra guia que su
interés, n i otro Dios que sus pasiones.
Ya con gran mafia por caminos cu­
biertos ó á la sordina empobrecida,
ya abiertamente asolada, inundada
167
toda de soldados, de cárnicos, de
mugeres públicas , de libros corrom­
pidos , de los vicios mas asquerosos,
hediondos y destructores, viendo nacer
y perecer en su seno una casta Índigo
na de vivir, sentirá pronto ó tarde
en sus desgracias el fruto de las nue­
vas instituciones, y juzgando por ellas
sus funestos efectos, se horrorizará al
observar tan infernales doctrinas , que
dejando al hombre bajo el imperio ab­
soluto de sus sentidos, y limitándolo
todo á los placeres de esta efímera
i'id d , constituyen el siglo en que rei­
nan tan infeliz como abominable.
Ninguno de nosotros lo habría segu­
ram ente pintado con mas vivos colo­
res. Pero dice aun m a s , y no es me­
nos enérgica y precisa su locucion:
véase: No creáis que todos los córn-
\%
168
plices de una execrable trama puedan
vivir y morir siempre con reposo en
su delito', cuando los que las dirigen ,
no inciten mas la pasión que los ani­
ma, cuando esta se haya suficiente­
mente saciado , hasta ser despreciado
el objeto con gran tedio , la natura­
leza entonces recobrará insensiblemen­
te su imperio: los que no cometieron
la iniquidad , no sentirán su insopor­
table peso, si á su memoria no aque­
ja otro delito ; y los que fueron sim­
ples espectadores sin haber tomado par­
te alguna , recordando la seductora
ilusión atestarán lo que vieron , saben,
y entendieron, volviendo su tributo á
la verdad (8).
N o se engarió ni aun al principio
la C ó rceg a , pues aun viendo subyu­
gada la F r a n c ia , tuvo valor en una
169
asamblea general celebrada en Corte
el aito de 1794 , de separarse en la m a­
nera mas solemne de aquella gran na­
ción,- y entre los motivos que para
ello espuso, fue uno: E l universal sis­
tema desorganizador de todo princi­
pio social, y especialmente la abju­
ración forzada de toda religión y de
todo culto , y el ateísmo predicado
con impiedad , y mandado con atroz
resolución (g). E l acta se im prim id y
publicó, insertando en la constitución
ei siguiente a rtícu lo: La Religión ca­
tólica , apostólica, romana, en toda
su pureza evangélica será la sola na­
cional (10 ).
170

CAPÍTULO VI,
cJu|efí-Z' viDa. ^ imieúe c)e Poó impioA

j 3topa.^fta^u)fcocá ocf |tenle c)c fo, ¡)cC

vetdixdefco ccttófico.
— *»•»»(í»!33íJ3í's;XSí)®(*«

!§ i la R eligión es necesaria para el


edificio social de quien es la base y
so sten , 110 lo es menos para los indi­
viduos particulares. L a Religión es pues
esencial al hom bre considerado como
m iem bro de la sociedad, recibe prin­
cipalmente de la misma su seguridad,
considerado en si mismo: por la R c li-
171
gion adquiere la tranquilidad de espí­
r itu , la calm a de la conciencia y los
m as dulces consuelos. ¿ Cuál será el
mortal que no sufra alguna vez y que
no se halle expuesto á enfermedades,
persecución de sus enem igos, envidio­
sos n otras desgracias? No solo 110 lo
niegan los incrédulos, sino que mas
Lien son los primeros declamadores
de los males y miserias humanas. E l
que tiene pues Religión se sostiene, na­
da le arredra, vá adelante y la cer­
teza de la divina protección, asi como
la esperanza de la bienaventuranza in­
mortal y eterna le 'aleg ra, suaviza y
aun dulcifica las mas intolerables atro­
ces y graves penas. ¿Sufre una injusti­
cia ? E l Ser justo y benéfico que lo vé,
y habita en lo alto, d ice, sabrá in­
dem nizarm e. Pero el im p ío , el ateo
172
abandonado a sí m ism o, aislado, vil
juguete y burla del azar y de una fa­
tal necesidad se encuentra sin apoyo al­
guno y sin recurso. E n la actualidad
nada ve que pueda consolarle, en lo
porvenir no se le presenta mas que una
total destrucción, ó un perpetuo pe­
n a r; debe pues necesariamente entre­
garse á la desesperación.
Los im p íos, digan lo que quieran,
jam ás gozan la dulce paz y tranquili­
dad interior ( i ) . Ipocondríacos atravi-
liarios se odian á sí mismos y á los
d em ás, nunca están contentos, buscan
la soledad, se causan, huyen y fasti­
dian de e lla, se internan en el gran
m u n d o, procuran en él distraerse, to­
do lo observan, lo tocan todo, nada
llena su insaciable, hidrópico, y aun in­
cógnito prurito: se enfurecen y fluctuan
173
ú la manera que el tempestuoso mar
que siempre está en una continua agi­
tación (2). Hé aquí algunas de las sabi­
das m áxim as de su venerado oráculo
el político Maquiavelo adulando á los
monarcas: Un príncipe que quiera con­
servarse , debe aprender á no ser vir­
tuoso sino cuando lo pida la necesi­
dad ; debe guardar cuidadosamente
sus bienes particulares y prodigar los
del público ; no ha de obligarse al
cumplimiento de la promesa sino cuan­
do pueda hacerlo sin pérdida de sus
ventajas ; no ha de ser virtuoso, sino
aparentarlo; debe mostrar ser bueno,
justo y religioso, pero ha de aprender
á ser lo contrario ; no podrá observar
todo lo que hace pasar á los demás
hombres por buenos, porque las ne­
cesidades del estado le obligarán mu­
174
chas veces á obrar contra la humani­
dad y contra la R eligión ; debe in­
clinar su espíritu según sople el vien­
to de la fortuna , sin alejarse del
bien mientras pueda , pero sin ha­
cer escrúpulo de cometer el mal, cuan­
do le sea provechoso. Estos desgracia-?
dos seres no pueden sufrir el ver á los
demás disfrutar tranquilamente lo que
poseen, los devora la r a b ia , enloque-?
cen á v e ce s , y se vuelven furiosos vo­
mitando indistintamente su venenosa
bilis contra el cielo y la tierra, y á
esto puede atribuirse aquella horrorosa
rabia, aquel frenético deseo y fuñe-,
bre placer de ver los pueblos tumuU
tu a d o s, las naciones desorganizadas,
oscilar y desplomarse el universo (3).
Parece que el demonio habita en el
corazon de los enemigos de Dios para
175
anticiparles su merecido infierno. E n
suma no se halla mas que tristeza, re­
mordimientos é infelicidad en toda su
marcha (4); pero esto no debe m aravi­
llarnos, porque despues de sus medi­
taciones y reflexiones, compadecen
infinito la suerte de los hom bres, y
envidian la condicion de los brutos ir­
racionales : concretándose á sí mismos
tienen razón, justísimas son las que­
ja s , juzgan según viven y hablan por
experiencia.
Todo consuelo desaparece, es muer­
to para los que no reposan en el se­
no de Dios. E n sus mismos escritos
continuamente se ven ideas tétricas,
m elancólicas, el mal humor y tristeza
que no pueden ocultar. ¿Por qué los mas
de ellos acousejan y predican el suicidio?
La muerte, dice el auLor del sistema
176
de la naturaleza, es el remedio úni­
co cuando el mundo abandona y vuel­
ve la espalda; entonces el hierro es el
único amigo y consuelo que le queda
á un infeliz (5). W eisaupt fundador
del moderno iluminísmo respondía á
sus cohermanos cuando se quejaban
de su desgraciada suerte; Patet exi-
tus , aludiendo á lo misino. Pero nun­
ca como en nuestros días ha sido ce­
lebrado y aplaudido el suicidio, y es
sin duda porque jam ás ha estado tan
en voga como en nuestra edad el ateís­
m o; pues hasta una ilustre literata ha
querido emplear para defenderle su
gracioso estilo (6).
Ciertamente que es un lindo rem e­
dio en los infortunios y desgracias qui­
tarse la vida. E l mismo autor del sis­
tema de la naturaleza conviene en que
177
solo los locos se privan de la vida (7).
¿Deberémos pues alistarnos entre los
frenéticos y buscar motivos para au­
mentar su niímero? Seria contra el
huen sentido, escribe el Moralista uni­
versal , combatir el suicidio con los
raciocinios (8). E l que no tiene difi­
cultad de atentar contra su propia v i­
d a , mucho menos la tendrá para d i­
rigirse contra las de otras; véase aquí
uno de los perversos efectos de aquel
funesto atentado, porque cuesta menos
el clavar un puñal en el pecho de otro,
que el volverle contra sí mismo, pues
repugna esto á la misma naturaleza.
Antes que uno de estos resuelva dar­
se la m uerte, asesinará si le a g ra d a d
tiene interés, á quien le parezca , y
cometerá cualquier otro d e lito , pues
está en su mano el sustraerse del cas-
m
tíg o , y ninguno estará mas salvo y
seguro. Se decanta y caracteriza al
suicidio maliciosam ente por superiori­
dad y grandeza de ánimo. Mas nó, no
lo es á la verd ad , es sí cobardía y
pusilanimidad. No reconozco un héroe
en C a tó n , porque despues de la m uer­
te de Pom peyo en Útica desesperado se
suicidó; y así César en su Anti-Caton
lo censura y reprende. Superioridad y
grandeza de ánimo es sí el no desm a­
yar y abatirse en la adversidad (9).
E l suicidio es un delito , nunca pue­
de ser un heroísmo. Decía Napoleon y
añ ad e: ¿Qué valor es el que tiembla
delante de un revés de la fortuna?
E l verdadero heroísmo está en hacer­
se superior á los males de la vida .
Continua el mismo. Es ridículo afec­
tar el desprecio de la vida ; la gran
179
ley es de vivir : lo que importa es sa­
ber sufrir los males inevitables (10 ).
Jamás á la verdad le creí mas gran­
de á Napoleón que cuando así habla-
h a y obraba en la adversidad, aban­
donado de la fortuna y aun de sus m a­
yores amigos que acaso levantó del
polvo.
El autor de las cartas persianas
indica un remedio mas fácil en los
reveses de la fortuna para auyentar la
tristeza. Aconseja bebidas fuertes y
espirituosas capaces de turbar la dis­
posición de nuestros órganos, y de in­
fundirnos una violenta y forzada ale­
gría. Menor mal seguramente es que
el suicidarse; ¿pero podrá darse m a­
yor necedad y locura? ¿Privar á un
hom bre de sus sentidos y ponerle fue­
ra de reflexión será consolarle? Inter­
180
rum pirle por algunas horas la reminis­
cencia de su inicua suerte, suspender
por algunos momentos la opresion del
espíritu, será librarle? Se añadirá sí un
nuevo m al en tal caso por el descon­
cierto inevitable de la máquina. Solo
los sentimientos religiosos, y no otros,
son los que eficazmente pueden conso­
larnos en los m a les, riesgos ó alter­
nativas de la suerte 6 fortuna adversa.
Sin la esperanza de una mejor vida,
sin fijar la consideración en una pro­
videncia sabia y benéfica el ánimo opri­
m ido no halla alivio y menos puede
recrearse. E l mismo autor del sistema
d é la naturaleza confiesa, que la es­
peranza es el bálsamo de todos los
males ( i i ) . ¡Bárbaro recurso es el en­
tregarse á un cord ial, que solo dulcifi­
car puede las porciones amargas que
181
se sorben! Cuando la tal esperanza no
fuese mas que una ilusión, como en
la realidad es una verdad ciertísima,
convendría á los infelices por compa­
sión y piedad.
E l hombre sin Religión se ve p ri­
vado del inas poderoso auxilio en su3
aflicciones y penas; es inapreciado de
los que la siguen, y está rodeado de pe­
ligros entre los suyos; para los unos
indiferente, y de los otros debe des­
confiar , pues á los incrédulos Ies cos­
tará poco ó nada el formarle una
negra calumnia. A cualquier punto que
m ire el que renuncia á D io s , vé su
precipicio. Figurémonos que un incré­
dulo viviese en el deseado y amado es­
tado de naturaleza, tendría no obs­
tante necesidad del socorro y auxilio de
la R elig ió n , porque en tal estado no
182
hallaría un equivalente á e lla, que le
pudiese proteger y defender de las in­
jurias. Quitados los establecimientos ci-*
viles y políticos ¿queda algo que pue­
da contener á los hombres sino la R e-1
ligion? Pero subyuga los espíritus, se
dice: y se contesta, que mas bien los
engrandece y eleva, pues remontándo­
nos con nuestro espíritu á Dios, nos
hacemos superiores á nosotros mismos,
y ninguno osará llam ar cadenas ser­
viles á los dictámenes de lo re cto , ho­
nesto y ju sto , así como á las leyes
que proscriben el v icio , y vedan las
infames acciones.
E l ateísmo lejos de ser como se
cree un antídoto contra el m iedo, le
aumenta al infinito. L a maldad por su
naturaleza es siempre cobarde y lleva
consigo el testimonio de su condena-
183
d o n , figurándose continuamente cosas
adversas una perturbada conciencia(12 ).
L a inisma sabiduría nos lo ensena: Sí,
de todos los hombres los ateos son los
mas pusilánimes y cobardes. Epicuro
mas que los otros temia los dioses y
la muerte (13 ). Espinosa era medrosí­
sim o: Obbes no dormía de noche (14 )
por temor de los espíritus: Tolando no
negaba su perplcgidad é inquietud (15 ).
Suprímase pues el dictado que hasta
ahora se ha dado á tal gente de espí­
ritus fuertes, aunque, según dice la
Bruyese, sepan ellos que se les ha tri­
butado por ironía (16 ). N o son pues
espíritus fuertes, sino muy débiles y
que todo hasta su sombra los sobre­
coge y espanta.
Nada hay mas tím ido y pusiláni­
me que el m alvado; huye sin que na-
13
184
¿lie le persiga (1 7 ). Se pone pálido y
tiembla aun estando solo, le parece
estar siempre oyendo un tétrico y es­
pantoso sonido , creele tener pegado
á sus oidos y cuando menos motivo
h a y , sospecha le persiguen (18 ). Una
oja agitada, una vo z, un s ilv o , nó, 110
es necesario un huracan , un relámpa­
go , un trueno tí furiosa tempestad,
bastan aquellos débiles agentes para
inm utar su físico, esparcir el terror
por todas sus venas, la amarillez y espan­
to en su rostro. L a quietud, la p az, la
seguridad y la calm a, señores míos, 110
h ay que cansarse, en vano se busca
en otra parte que en la dulce unión y
amistad de D io s, todos los libertinos
que han vuelto á asirse de la Religión,
confiesan sin cesar, que jam ás pudie­
ron verse tranquilos en la increduli­
185
d a d , pues se encontraban siempre tur­
bados, agitados, y que interiormente
se sentían atormentados, porque sus
entrañas siendo roidas como de un gu­
sano no disfrutaban ni noches apaci­
bles, ni dias serenos.
S i en vida el estado de los im ­
píos es in fe liz, ¡cuál será en el am ar­
go acto de la muerte! ¡Terrible y muy
terrible (19)! Se persuaden que en mu­
riendo el hombre enteramente desapa­
rece , reduciéndose á la n a d a : no pue­
den seguramente fijar su consideración
en un fin tan funesto y trágico sin eri­
zárseles el cabello y llenarse de horror.
Si han gozado y atesorado grandes ho­
nores y riquezas, les incomodará el mo­
rir por lo que deben dejar; si pade­
cían escaseces, trabajos, é infortunios
será aun m ayor su desesperación, pues
§
186
en lugar de nn premio 6 recompen­
sa por sus penalidades y sufrimien­
tos , inminente y preparado se vé un
m al m ayor, y á la verdad el m ayor
de tod os, cual es el desaparecimiento y
aniquilación del propio ser. ¡Tanto el
hom bre se ama á sí mismo y la pro­
pia existencia! E l que 110 conoce otra
vida que la presente, debe por necesi­
dad estar sumamente adherido á ella, y
al considerar que de un momento á
otro quedará reducido á la nada, su
fantasía atormentada se llenará de es­
panto y de terror.
Pero si al incrédulo le asaltare la
idea de haber errado, y que despues
de la muerte aun hay otra vida y un
Juez soberano invisible, que prem ia á
cada uno según sus obras, ¡qué esta­
do tan cruel no sería el suyo, cuál ac­
187
tivo tósigo podria envenenar mas su
muerte! E s un hecho que muchos li­
bertinos , como ya lo hemos visto, vién­
dose próximos á la m u erte, desmienten
su ca rá cter, pues de soberbios y orgu­
llosos que eran, se desdicen, se arre­
pienten y 110 solo admiten D ios, y
reconocen su om nipotencia, sino que
se abaten hasta las mas necias supers­
ticiones. L o observó en sus dias L u ­
crecio , quien cutre otras cosas refiere,
que en aquellos extremos se habla de
veras sin miramiento alguno, pues to­
dos se quitan la máscara (20).
M a s , ¿por qué no se adoptan en
vida aquellos sentimientos con que se
desea morir? ¿Qué razón hay para re­
tractarse en el ultimo extrem o? Si el
impío no teme mas que á los hombres,
muriendo vá á sustraerse de todo el
188
m undo, y no debe quedarle motivo
alguno de tem or. Pero teme muy m u­
cho y aun tiembla en aquel terrible
instante. Tem e pues, y le espanta la
eternidad, mostrando que la fé en él
no se habia extinguido, sí solo escon­
d ido, y que á la vista del peligro re­
vivía. M uy mal les saben, lo sé, á los
sectarios tales retractaciones, tanto me­
nos sospechosas, cuanto mas sinceras,
por cuya razón, al momento que cual­
quiera de ellos gravemente enferma,
concurren los cofrades, le rodean, y
cierran la entrada al párroco y m inis­
tros del S eñ or, para no dar lugar á
que el moribundo manifieste su dolor
reconciliándose, ó por lo menos que­
de oculto el arrepentim iento, y estos
son los últimos auxi/ios de la mutua
caridad que se p restan, el impedir no
189
lleguen los socorros de la iglesia á
quien quiere m orir como cristiano y
no como desesperado (2 1). ¡Infelices,
esta será vuestra horrorosa suerte dig­
na verdaderamente de llorarse por to­
do corazon sensible!
N o puede darse m ayor atrevimien­
to , insensatez y descaro que hacer
alarde de bravo y grande contra Dios,
dice Pascal (22). Afecten como quie­
ran los impíos valor é intrepid ez; si
D ios truena sobre e llo s, luego, luego
tiemblan aunque no quieran (23). ¿Po­
drán engañar, 6 distraer su imagina­
ción al ocurrirles la tétrica idea de en­
contrarse de un momento á otro con­
vertidos en la n ad a, ó atormentados
para siempre? Para el incrédulo nada
mas queda que infierno, ó la nada.
H é aquí la perspectiva de la incredu-
190
lija d •) vida miserable y llena de agi­
taciones y tem or, muerte espantosa en­
tre la incertidum bre del total aniqui­
lamiento , ó un penar sin fin. No es­
peren pues á reconciliarse en el últi­
mo m o m en to, porque cada instante
puede se rlo , y á nadie lo es dado
el conocerle.
Hasta aquí he bosquejado la m uer­
te del im p ío, voy como prometí á con-
tinuar con la del católico. Hasta en los
lílti mos momentos de la vida disfruta­
mos los beneficios y auxilios de la divina
R eligión cristiana, y aun entonces es cuan*
do con mayor grandeza y generosidad
manifiesta y desenvuelve su virtud.
Se contrista y desfallece el enfermo
por la gravedad del m a l, y no \6 re­
medio para huir del d u ro , é inevita­
ble paso.
191
E l deseo connatural á todos de la
propia conservación les hace mirar con
horror su próxima destrucción. En
aquel momento se ve mejor que nun­
ca la vanidad de las cosas de este mun­
do. Nada valen las atesoradas rique­
zas , los honores, los mas elevados
em pleos, los parientes, ni los amigos,
es preciso m orir. E l cristiano pues
como antes aun en tan doloroso esta­
do halla su apoyo y favor. Dios acu­
de en su socorro al lecho del dolor,
le sostiene, le muestra la gloria ce­
lestial, donde vá aproxim ándose, le
anima y le conforta.
Todo el que mira la muerte, no
como el fin de su existencia, sino co­
mo el principio de una nueva y mejor
v id a , no solo no la aborrece, sino
que la desea y se alegra, al anun­
192
ciársela (24). L a muerte para los bue­
nos es una ganancia (25). E l sepul­
cro m ism o , la tumba en nuestra R e ­
ligión vivifica, pues encierra en sí los
gérmenes de la inmortalidad. Pero
¿qué no padece, no se contrista y an­
gustia el cristiano moribundo? S í pa­
d e ce , sí se conduele, sí pena, porque
es hombre como los demás y debe
sentir, y probar de las humanas fla­
quezas; pero no se a r re d ra , no se
a b a te , y la idea que le acompaña de
ir á disfrutar del paraíso le es de un
sumo consuelo, y mezcla en el cáliz
una tal dulzura que abundantemente
corrige lo amargo. La esperanza es
nuestra medicina saludable que ador­
mece las heridas sino puede sanarlas;
y no se diga que á esta esperanza vá
unido el temor de una miseria eterna.
193
Pues ¿quién debe temer? E l malvado, no
el hombre virtuoso y de bien. V ívase
como cristiano, y todos podrán repe­
tir con D a v id : aun cuando caminare
entre las sombras de la muerte , no
temeré mal alguno (26).
E l cristiano está en la firme per­
suasión y creencia que ya se viva, 6
ya se muera (27), siempre somos del
Señor. L a vida le es pues indiferente
por hallarse siempre con Dios. E l cris­
tiano en manera alguna está asido al
m u n d o, ó sea, el mundo no es el
objeto de sus deseos. Luego no le es
•violento el dejarle. Sabe que la vida es
un peregrinage, que somos unos via-
geros en este gran v a lle , ciertamente
de lágrim as, dónde tantos y tan té­
tricos espectáculos se presentan á nues­
tra vista, que nuestra patria es el cié-
194
lo, y á di debemos aspirar y dirigirnos,
por lo que con placer y apresurado
corre al tan deseado térm ino que se le
aproxim a. Cuanto mas pesada haya si­
do en vida la cadena de sus males,
tanto mas 1c consuela la proxim idad
á la muerte y la confianza de un por­
venir mas feliz. En medio de sus do­
lo res, penas, congojas, aflicciones y
suspiros fija su vista en los sangrientos
despojos del hijo de D io s, y sobre
aquel sublime modelo hace con toda
voluntad la oblacion y el sacrificio de
sí mismo. E n las ultimas penosas con­
gojas y agonías la extrem a unción in­
funde nueva gracia y derrama en el al­
ma del agonizante el bálsamo de la vi­
da , de tal manera, que lleno del gran­
de objeto de la eterna beatitud , recor­
re y goza antes de espirar, las deli-
495
cías celestiales que espera, por lo que
tranquilamente y en una dulce paz des-:
cansa. ¡O! dichosos y bienaventurados
los que mueren en el Señor! (28).
P ara conocer mas y mas el valor
y ventajas de nuestra R eligión , veá-
mos de nuevo cuáles sean los consue­
los , "cuál el apoyo que ofrece la tan
falsa sabiduría, con que se enmascara
la incredulidad. ¿Que nos promete esta
despues de la muerte que calm ar pue­
da nuestro furor? E l horrible abismo
de la nada. Pero esta ¿es acaso una
esperanza agradable que proporcionar
pueda algún consuelo? ¿Se halla acaso
el incrédulo totalmente convencido de
encontrar la quietud en un tan ruinoso
recurso? Y si vive con la mas mínima
duda ¿ésta sola no será bastante p;ira
atormentarle su corazon, roérsele y an­
196
ticipar el infierno? Figurémonos tener
á la vista dos enfermos que igualmen­
te se aproximan á aquel gran momen­
to , que separa el tiempo de la eterni­
dad. E l uno sostenido de la divina
Religión conserva una serenidad admi­
ra b le , el otro abandonado á sí mismo
se vuelve y revuelve en el lecho sin
hallar paz ni sosiego, y aun cuando
quiera ostentar va lo r, el mismo afec­
tado heroísmo le abandona, y su sem­
blante se llena de espanto y terror. Uno
con jubilo vuela hacía la región de la
inm ortalidad, el otro atormentado se
siente arrastrar á su destrucción, y en
vano llam a en su favor á la nada que
no le oye ni responder le puede: aquel
ve sobre sí el cielo abierto para reci­
b irle, y este mira bajo sus pies ensan­
charse el báratro para tragarle. Por lo
197
que los impios, ó mueren desesperados,
ó con la divina gracia abjurando sus
errores, se arrepienten y reconcilian
con Dios. E n suma el verdadero cató­
lico no se tu rb a , no se entristece, no
deja dominarse de la m elancolía, ni en
vida ni en el artículo de la muerte;
vive cuerdo, sufre como héroe y espira
santificado (29).
(1) Platonis, Aristótelis, aliorumque ejus-
lnódi auctorein libros unde noverunt hoini-
n e s , qu od ipsorum sin t, nisi eádem tein-
porum sibimet succedentium contestatione
continuá? Undé Constat quid cujusque sit,
nisi quia liis tcniporibus, quibus ea quis­
que scripsit, quibus p otu it, insinuavit, at-
q u e ed id it, et in a lios, atque alios con ti-
n u a ti noticia ^ latiusque fonnatá ad posteros
ctiam usquc ad nostra témpora pervenerunt?
L ib . X X X III. cap. 6 .
(2) L ib. I. contro Appione cap. 5 . e segg.
(3) Pneparat Evangel. L ib 8 . et 9.
(4) Demonst. Evangel. tom . I. cap. 2.
(5) Focio Biblioth. cap. 2 44.
( 6) Geogr. L ib . X V I.
(7) Justitia Religione permixta. Hist. Lib.
X X X V I . cap. 2.
( 8) Josué I. cap. 23. et 24.
(9) Jud. cap. I. v. 20. cap. 3. v. 4 ed altrov.
14
( 10) Salm . 77. 104. 105. 106. 113 & c .
(11) Paralip. I. cap. 28. 29.
(12) Tollite librum istu m , et ponite eum
in latere Arcae foederis Dei vcstri. D eut. cap.
X X X I . v. 26.
(13) Librum Legis D om ini per manuin
M oysi. Reg. L ib I V . cap. 22. v . 8 .e t seq. Pa­
ralip. L ib . II. cap. 34 v. 14. et seq.
(14) L ’ autore ascoso sotto il nome di
B olingbroke nell’ Esame importat. cap. 4.
(15) Baruch cap. 1. v . 3. Ezch. cap. X X .
v. 10 et seq. cap. X L IV . v. 1 7. et seq. Da­
niel cap. IX . v . 11.
(16) Jeremi. cap II. v. 34. 39.
(17) Esdr. L ib. I. cap. 3. 6 . 7 .
(18) W a lton Proleg. IV . Calui. Dissert.
in L ib . Esdrae.
(19) Esdr. L ib. I. cap. 10.
(20) N on addetis ad verb u m , qu od vobis
lo q u o r, nec a ufe retís ex eo. Deuteron. cap.
IV . v. 2.
(21) Deuter. cap. 6 . 1 1 . 17. 31.
(22) L ib. I. n. 8 . contro Appione.
(23) Ant. Judaic. Lib. X I . cap. 2 . edit.
H averc. Amst. 1726. in f.
(24) W alton Proleg. X I I M orino. Exercit
in Pentateuc Samarit.
CAPITULO II.

(I) L ib. 3. Histor. cap. 39.


(-2) Euseb. Histor. L ib . V . cap. 10.
(3) Ireneo Lib. III. contr. Haeres. cap. T.
(4) S. Justino A pol, I. Edit. M aurin.
París 1742. in f .
(5) Sicut ex. traditione accepi de quatuor
E vangeliis, quoe sola in universa Dei Eecle-
sia , qnoe sub coelo est, citra controvcrsiam
admittuntur. Eusebio Lib. 6 . Hist. cap. 25.
(6) Tanta est autem ciíca Evangelium fir-
m itas, u t et ipsi iiseretici testimoniutn red-
dant e i , et ex ipsis egrediens unusquisque
eoruin conetur suam confirmare doctrinain...
Quando ergo h i, qui contradicunt nobis,
testimonium perhibent, et utuntur h is , fir­
ma et vera est nostra de illis ostensio. S. Ire­
neo Lib. III. contra haeres. X I. n. 7.
(7) Arte Poética, v. 337.
( 8) Contra Faustum Lib. X III. cap. 4,
L ib . X X V III. cap. 2. Lib. X X X II. cap 16.
L ib . X X X III. cap; 6 . contra adversar. Legis
et Prophet Lib. I. cap. 2 0 . edit. M aurin.
V en. 1732, in IV
(9) Ego ineum dico v e íu in , M arcion
Euum. Ego Maicionis allirnio adulteratum ,
M arcion meum. Quis inter nos determinabit,
nisi temporis ratio ei praescribens auctorita-
tem , qu od antiquius reperietur, ct ei p r a -
judicans variationem , qu od posterius, re-
vin cetu r? In su mina si constat id verius,
qu od antiquius, id p riu s, quod et ab in i-
t i o , id ab initio quod ab apostolis, pariter
utiquc con stabit, id cssc ab apostolis traili-
tu m , quod apud ecclesias apostolorum fuerit
sacrosanctum. Contra M arcion. Lib. IV . cap.
4 ...5. de Preescript. Hseretic. cap. 15. et seq.
edit. Rigaltii París 1619. in f.
(10) N ihil milii videtur impudentius di-
c i , vel, u t mitius lo q u a r, incuriosius, et ira-
becillius, quam Scripturas divinas esse corru­
ptas. S. A ugust.de utilit. credendi cap. 3 .n . 7 .
( 1 1 ) Per curre ecclesias apostólicas, apud
quas ipsse adbuc catliedrae apostolorum suis
locis priesident, apud quas ipsie autentbiese lit-
terae eorum recitantur sonantes v o ce m , et
representantes faciera uniuscujusque. De
Praescript. cap. 36.
(12) Cbron. Alex. a Radero editum.
(13) Sozom. Hist. Eccles. L ib. I. cap. II.
edit. Reading August. 1747 in f.
(14) S. August. Epist. 71 et 82.
(15) Pins la b or, sed periculosa pr.xsum-
ptio. . Quis enim doctus pariter, vel indo-
ctus cum in manus volum en assumpserit, et
á saliva, quam semel ira b ib it, viderit dis­
crepare, qu od lectitat, non statiin crum pat
in v o ccm , rae falsariura, rae clamitans esse
sacrilegu m , qui autleam aliqukl in veteri-
bus líbris adciere, mutare, eorrigere? Preefat.
in Evang. acl Damasuin. edit. Maurin. Pa­
rís. 1693. in f.
(16) Quibus fuit propositum aliter docendi,
eos necessitas coegit aliter disponeudi instru­
menta doctrinoe; alias eniin non potuissent
aliter docere, nisi aliter haberent, per qu;e
doeerent. Sicut illis non potuisset succedere
corruptela doctrinre sine corruptela instrumen-
toruin eju s, ita et n obis, et a nobis integritas
doctrinoe non competisset sine integritate e o -
ru m , per quae doctrina tractatur. Tertulian,
de Praescrip. cap. 38.
(17) Critique du Discours sur la liberté
de penser. t. I.
(18) De Doctrina Christiana. Lib. II.
cap. II.
(1 9) Si contra los sofismas de Tolando se
desea aun mas, y contra los de V oltaire, du
M arsais, Freret y otros, véanse 1’ Abbadie
D itto n , H ou tteville, G aucliat, D u v o is in ,y
lo sP P . Fabriey Valsecclú, Fassini, Spedalieri..

C APITU LO III.

(1) Vedile risposte criticbe di M . Bullet 1.1 .


(2) Grocio de veritate R elig. Cbríst. L ib .
I . cap. \ 6 , B eroso, M anetone, Massimo T i­
r io , D iodoro de Sicilia, Sanconiatone...
(3) Zond-Avesta tom . II.
(4) L ib . 15.
(5) Andrea Kolben nella descrizione d el
Capo di Buona Speranza tom . I . cap. 5.
Amst. 1741. in 8?
( 6) Voyages au Nord tom . V . de la Luisien.
(7) Si veda la Storia del Calendario, e
M . Goguet Origine delle L e g g i, delle Arti,
e delle Scienze Toin. II. art. 2. púg. 61.
edit, di Panna 1802. in 8?
( 8) Cosí Abideno: I. primi uom ini sortiti
dalla térra fieri della loro forza e statura, e
credendo essere pitf possenú degli D e i, ave-
vano intrapreso di costruire una torre al
medesimo sito, ov ’ ora é B abilonia, ma a
niisura che la torre s’ inalzava verso il Cielo,
gli Dei avevano suscitato una violenta tem ­
pesta , che fece crollar la torre e rimanervi
g li operaj sotto le ru in e, e quindi gli u oin i-
ni parlaron diversi lingqaggi; ed Eupolem o:
Babilonia fabbricata fu dai giganti, che d o-
po la caduta della torre di Babele si disper-
sero peí M on d o: presso Euseb. Praep. E van-
gel Lib. IX . cap. 14. edit. Vigerii Paris 1628
in s. Cirilo contra Jul. lib . I.
(9) Sono questi autori reportati da G iu
seppe Ebreo delle anticlutd Giudaiche Lib.
I. cap. III. v. 6 . . . 9 es da Eusebio Prsep.
Evang. Lib. IX . cap. 11. e 12.
(10) De Dea Syria, edit. Frid. R citzii
Amst. 1743 in 4?
(11) Ezour vedam tom. TI.
(12) K ou-K ing cap. I. Hist. Siniae lib. I.
(13) Hist. des Etabliss. tom . IV .
(14) Hist. d e l ’ Academ. ann. 1718.
(15) M . de L u c nelle sue lettere sulla
Storia della térra e d ell’ uomo tratta a ine-
raviglia questa materia.
(16) W iston.
(17) Buffon.
(18) A questa descrizione allude Beroso:
tutti i mari fra térra, fuim i e fonti vollemio
dal fondo coprirono le alte m ontagne, ag-
giungendovisi le molte pioggic, che oltre il
naturale modo scesero dal cielo. A nliq. lib. I.
(19) Seneca Quaes. Nat L ib. 111 cap. 2 7 .
edit Gronov Amst. El zevir 1672 in 8 Obrutis
óm nibus terris, coelo ipso in terrain rúente.
(20) W illcins, Pelleticr, Cappello, Buther.
(21) B allet Repons.crítiq. t. 3. p. 46 y sig.
(22) H ebr. X I. v 24 et 25.
(23) Quseeumquse dicit plus habent fi-
ducire, quam curse. Séneca Epist 115. cu yo
dicho puede aplicarse á Moisés.
(24) Josué cap. 2. 19 y 24.
(25) Jud. II. v. 7. 12. cap. VT. v. 9. I
R eg. cap. IV . J u d ith , V . David. Salm. 7 7 .
104. 105. 106. 134. Malach. IV . 4.
(26) Non enim populus Israel sic M oysi
credidit, quemadmoduui suo L ycurgo L ace-
daemomi, q u od í J o v e , seu Apolline leges,
quas condiilit accepisset. S. August. de C i-
vit. Dei lib. X . cap. 13.
(27) Deut. cap. I. v 30. 31. cap. V i. y.
22. cap. V III. v. 15 et seq. cap. X . v v 2 1 ,
cap. X I. v . 2. 3. cap. X X I X . y. 2. 3. Éxod,
cap. X IX . v. 4.
(28) ijíxodo X II.
(29) Exodo X V .
(30) E xodo X V II.
(31) N um eri X I.
(32) Voltaire Philosoph. de I’ Hist. chap,
24 edit. del 1785. en 8?
(33) Vosotros celebráis todos los años la
Pascua, porque Dios para sustraeros de las
manos de Faraón y de los egipcios,, os abrid!
un paso en medio del mar rojo,. Exodo cap.
12. Deut. cap. 16. Vosotros consagrasteis á
Dio? vuestros primogénitos, porque él entre­
gó á la muerte los primogénitos, de los egip­
cios, y conservó los vuestros. E xodo, cap. 13.
Levit. cap. 2.
(34) Si vuestros hijos en adelante os pre­
guntaren diciend o: ¿que significan estos pre­
ceptos, estas cerem onias, estas ordenanzas?
responderéis: nosotros éramos esclavos de Fa­
raón en el E gip to, y el Señor nos sacó de
allí por una mano fu erte, y lia obrado ba­
jo nuestros ojos grandes milagros y terribles
prodigios contra Faraón y su casa. Y el Se-
flor nos ha m andado observar todas estas
leyes. D euteron. cap. V I.
(35) Morgan. Philosoph moral, tom. I I .
(36) Philosoph. de 1’ Hist. chap. 2 1 .
(37) Dieu et les Hommes chap. 14.
(38) Plinio Hist. Nat. X X X . cap. I. edit.
Harduini. Paris 1723 f e da Apuleyo Apol. II,
(39) Ensebio Praeparat. Evangel. L ib IX .
cap. 27. in fi.
(40) Lib. III. cap. 3. edit Petri W esse-
lingii Amst. 1745 in fi.
(41) L ib. II. cap. 111. edit W esselingii
Amst. 1745 in fi.
(42) Eusebio Prreparat. Evangel, Lib. IX . c. 8.
(43) L ib. X X X V I. cap. 2. edit. Thysyi.
L . Bat. 1650 in 8?
(44) Hist. L ib. V . n. 3. et seq. edit.
Gronov. Amst. Elzevir. 1673. in 8?
(45) Schavv V oy ages de Barbarie, et da
Lcvant. Tom . II. Buílet Repons. Crítiq, t. I.

C APITU LO IV .

(1) A veritate quidem audituin avcrtent,


ad fabulas autcm convertentur, II Tiinoth.
cap. v. 4.
(2) Pleins de credulité pour des faits ri-
dicules.-E t sur tout autre objet sottement in-
crcdules. Palissot nella coinmd. Le Satiriq.
Act. I Scen. II. Paris 1788 in 8?
(3) Si Lucas cap. I. v . 3.
(4) Quod au divim us, quod vidimus o c a -
lis nostris:....et inanus nostroe contrectaverunt
de Verbo vitae testamur, et anunciamus vo-
bis. Joan. Epist. I. cap. I.
(5) Sobre las aparentes variedades pue­
den verse los com entadores, y sobre todo á
S. Agustín d e Concord. Evangelist. y al P .
A ntonio Perez Benedictino en su libro que
lleva el mismo título.
( 6 ) M illa r, Fleming M aundrell, Scliaw
et altri viaggiatori tanto storici, che filoso'fi
1’ hanno osservato. V edi Bullet Repons
Critiq. tom . I.
(7) Fabrizio nella sua Biblioteca tom . V II
nc forma un Jungo catálogo.
( 8) Fozio nella sua Biblioteca ci dá no­
ticia de moltissimi lib ri, che ora non ci son
c o g n iti, che dall’ estratto e giu d izio, che egli
ne rende.
(9) S. Juan Ep. II. v. 7. 9.
(10) De Lapsís can. V . causa 16. 9. 6 .
(I I) Est qu oque alia sanctior, ac vene-
rabilior H istoria, quse perhibet ortum stellre
cujusdain non m orbos, mortemque dcnun-
tiantem , sed descensum Dei venerabilis ad
liuirianae conservationis, reruinque m orta-
lium gratiam ; quam stellam cuín nocturno
itinere suspexissent CUaldaeoruin profecto sa­
pientes v ir i, et consideratione rerura coele-
stiuin satis exercitati , qusesisse dicuntur re-
centern orturn D e i, repertdque illa m i -
jestate pnerili veneratos esse, et votaD eo tan­
to convenientia nuncupasse. Calcid. Com m ent.
in Timacum.
(12) Cuín audisset ínter pueros, quos in
Syria Herodes rex judaeorum intra bimatum
jussit interíici, filium qu oque ejus occisum,
a it: melius est, Herodis porccum esse quara
filiuin. M acrob. Saturnal. L ib II. cap. 4 .
edit. Gronov. L . Bat. 1670 in 8?
(1 3) Presso Origene contr. Cels. L ib. I. n.
3 8 .6 6 . edit. Caroli Delaure Paris 1733 in fir.
(14) Quarto anno ducentesimse secunda:
Olympiadis, magna et excellens inter omnes,
quae ante cam acciderant, defectio solis fa-
cta. Díes hora sexta ita in tenebrosam n o -
ctem versus, ut stelloe in Coelovisae sint, ter-
rícque inotus in Bitliynia Nicioae urbis inultas
aedes subvertit. Phlegon. Annal. en Eusebio.
lib 13.
(15) Eodem momento dies médium o r-
bem signante solé subducta est. E um mun-
di casum rclatum in Areliivis vestris lia-
Betis. Tertullian. Apologet. 21.
(16) R equinte in Annalibus vestris, in -
venietis temporibus Pilati, Cliristo patiente,
fugato solé, interruptum tenebris diem. R u -
fiin. Hist. Ecles. Lib. IX . cap. 6 .
(17) Sueton cap. 25. edit- Babelouii. Bass.
I

1787. in 4?
(18) A uctor nominis ejus Christus, qui
Tiberio imperante per procuratorein P on-
tium Pilatum supplicio affectus erat. T áci­
to A nn. L ib. X V . n. 44.
(19) Eusebio Hist. Eccl. lib. II. cap. 2.
(20) S. Justino. A polog. I.
(21) T ertu ll. Apolog. cap. 21.
(22 ) Antiquit. Judaic. lib. 18. cap. 3 .n .3 .
(23) Antiquit. Judaic. lib. 18. 19. 20.
(24) Nisi aperta res esset, et luce ipsá,
quem adinodum d icitu r, clarior, numquam
rebus Iwjusmodi credulitatis suae comm odas-
sent assensum. A rnobio adver. Gentes. L .
liat 1651. in 4.
(25) Rousseau Bell’ Em ilio tom. 3. edit.
d ’ Amst. 1766.
(26) Y en su tercera carta titulada de
la Montana página 78.
(27) A utor del moderno iluminismo.
(28) Véase la Gaceta de M adrid de 24
de Abril de 1833.

C A P IT U L O V .

(1) Véase el M onitor Seance du 21 Sep-


tembre 1792 . pág. 1 1 2 5 .
( 2) Véase el discurso en la edición M i-
lanesa del concordato entre la Santa Sede y
el gobierno francés pág. 1 x 1 .
(3) E n el volum en dicho donde se halla
inserto el concordato. P ág. 32.
(4) Véase el mismo volum en.
(3) D ic. crit. A rt. Bion.
(6) CEubres post. tom. 9. pág. 370.
(7) M . T rib au li uno de los que presen­
ciaron tan patética escen a, y autor segura­
m ente nada sospechoso lo refiere en su obra
titu la d a: Mes souvenirs de vin g ans a B er­
lín . Véanse tambien:=gU A n n a li Letterarj é
M orali París 1804. tom . 2. pág. 564. alia. 568.
(8) Con mas estension lo refiere el S. M u z-
z a re llin N e lle M emorie estratte d a ll’ opere di
Rousseau pág. 87. é seqq.
(9) Processo verbale de 1’ Assam blea ge-
nerale di Corsica tenuta in Corte il giorno
10. e sequenti d i G uigno. 1794 , nella stain-
peria del Goberno di Corsica.
(10 ) A rt. 1. nel citato processo pág. 39.

C A P IT U L O V I .

(1) N on est pax im p iis, dicit D om inus:


Isaías cap. 48. v . 22.
(2) Im p ii quasi mare ferven s, quod quie-
scere non potest. Isaías cap. 5 7 . v . 20.
(3) Praestolatio im piorum furor. P rov. 1 1 .
v . 23.
(4) Contrítio et infelicitas in viis eorum .
Sal. 13 . v. 7 .
(5) Sistema della N atura P art. I. cap. 14 ,
(6) M adam a Stafel de B ólstem .
(7) Sist. della N atura part. 2. cap. 3.
( 8) M oral Univer. chap. g.
(9) R ebus in angustis í'acile est conte*
m nere vitam .
F ortius ille facit, q ui miser esse potest.
Sprezzar la vita é facile
!Nella contraria sorte:
C h i misero esser puo
Q u egli é piu forte.
(10) M a x im : s u i: 16 9 : y 283. pág.
(1 1 ) S is t.della N atura, p. i.c h a p . i4 .in fin e .
( 1 2) C u m sit enim tím ida n e q u itia , dat
testiinonium condem nationis; Sem per enim
praesumit aseva perturbata concientia. Sapient.
cap. 17 . v . io .
(13 ) N ec quem qnam v i d i , q u i magis ea,
quse timen da esse n egaret, tim e re t, inortein
d ic o , et déos: Cicero de N atu ra deorum . 1.
1 . cap. 3 1 .
(14) CEuvres posthum es de Frederic. I I .
tom . 9. pág. 14 7 .
(15 ) D ialogues sur 1’ Am e pííg- 64.
(16) L es Sprits forts aavent-ils, q u ’ on les
appellc ainsi par ironic! L es caracteres de ce
siecle chap. 1. Des Sprits forts.
(1 7 ) F u g it im pías nemine pc-ísccuente.
P rov. 28. v. 1.
(18) Spnitus terroris semper in auribus
illiu s , et cum pax s i t , ille semper insidias
suspicatur. Job. cap. 15 . v . 2 1.
(19 ) M ors im piorum pessim a, psalm . 33 .
v . 22.
(20) N ain verse voces tu m dem um pe-
ctore ab imo
E jiciuntu r et eripitur persona, m anet res:
lib . 3. v. 58. et 59.
(21) E l mismo Rousseau declam a contra
este indigno artificio. Véase il C h i M u zare-
lli Mein, estratte d a ll’ opere di R ousseau,
pa'g. 82 y sig.
(22) P ensieri.......cap........ 1 .....
(23) D om inum form idabunt inim ici ejus,
et snper ipsos in coelis tonabit. R egu m . 1.
cap . 2. v . 10.
(24) Lcetatus sum in b is , qu:e dicta sunt
m ih i; in dom um D om ini ibim us. Salm . 1 2 1 .
(25) M orí lu cru m . P h ilip , cap. 1. v. 2 1 .
(26) Si am b u laveroin medio umbrae m or-
t i s , non tim ebo m ala. Salm . 22. v. 4.
(27) Nem o nostrum sibi v i v i t , ct nemo
sibi m oritur. Sive enim vivim u s, Dom ino v i ­
v im u s , sivc m orim ur D om ino m orim ur. Sive
ergo vivim us, sive m orim ur, D om ini sum us.
R o m . cap. 14 . v . 78.
(28) Beati m o r tu i, q u i in D om ino m o-
riu n tur. A pocal. cap. 14. v. 13.
(29) D. Autore delle Nocioni filosofiche
pág. 69 y demas son dignas de leerse.