Está en la página 1de 11

ENSAYO EL SEXTO DE JOSE MARÍA ARGUEDAS

INTRODUCCIÓN

José María Arguedas, poseía un estilo antiguo y su obra implica lo poético, lo social y
cultural, proponiendo nuevos enfoques en una Nación donde hay mucha diversidad pero a
la vez hay hostilidades y discriminaciones entre unos y otros. Tal vez, el mestizaje para
Arguedas, estuvo por encima de todo porque buscaba que haya una igualdad entre
todas las gentes del Perú, y que no exista esa desigualdad que hasta nuestros días
permanece donde unos salen más beneficiados que otros a costa del sacrificio de la
mayoría.

Sabemos que José María Arguedas era una persona mestiza, que vivió en dos mundos
diferentes, pero siempre le dio mayor interés al mundo andino debido a que era el más
desvalorizado. Sus obras narrativas serían una apuesta por el diálogo.

José María Arguedas tuvo una mirada profunda a la literatura ya que en sus obras, plasma
todo sus sentimientos y todo lo que vivió en sus tiempos. Para él nuestro país el Perú
engloba una infinidad de culturas y lenguas. Inspirándose en ello con el propósito
de cambiar al país a través de la literatura.
Pues muchas personas no tenemos aún claro que todos somos iguales, que todos somos
peruanos, que tenemos un mismo pasado histórico y glorioso que marcó el destino de
nuestro país. Por ello nosotros debemos sentirnos orgullosos de ser peruanos y valorar lo
que tenemos. Por estos y otros motivos debemos valorar la importancia literaria de José
María Arguedas, y el presente ensayo fue elaborado con ese propósito.

FUNDAMENTOS

En la obra El Sexto, cuenta las experiencias de Gabriel durante su prisión en la conocida


cárcel limeña. La fetidez, el aspecto sombrío, el envilecimiento de la persona son las notas
primeras que diseñan la forma de la cárcel y su mundo cerrado. Gabriel ingresa en ella a
causa de su actividad como líder estudiantil: al hacerlo, tiene la impresión de haber
penetrado en una ciudad turbulenta y desconocida. Los personajes que encuentra
(criminales, maleantes, degenerados, presos políticos y estudiantes), su conducta, los
hechos insólitos convertidos en norma carcelaria, la estratificación del penal –especie de
jaula rectangular dividida en tres pisos horizontales– en donde se distribuyen, de abajo hacia
arriba: vagos y asesinos, maleantes no avezados, y detenidos políticos; la noche y la
mañana contempladas desde la celda, todo esto, por fin, en frente de Gabriel, y al mismo
tiempo en su entorno, lo impele a buscar perspectivas –íntimas y externas– para ordenar la
secuencia de figuras disformes que lo cercan.

Esa realidad –que no es paisaje natural– cosificada en el volumen oscuro de la cárcel, lo


incita al recuerdo de la infancia serrana, bajo el sol brillante que fustiga el campo. La lluvia
menuda, el cielo descolorido le recuerdan que la cárcel está en Lima; el ruido de los
automóviles, la torre de la iglesia cercana, no obstante su proximidad, le recortan el espacio
y lo insertan en el paisaje de la prisión, crucero principal de la ciudad moderna. El Sexto,
erguido y voluminoso, se le asemeja un monstruo que tritura a sus huéspedes
imperturbablemente. En diálogo con Cámac, su compañero de celda, sindicalista minero,
intuitivo y serrano como él, Gabriel aprende las más claras lecciones sobre la cárcel y la
vida. Cámac tenía un ojo enfermo que le supuraba sin pausa; pero por el sano irradiaba una
luz convincente, de tenaz rebeldía. La opacidad y el fulgor de sus ojos impresionan a Gabriel
y trasuntan la lucidez y el desvarío de las pláticas; entretanto, el monstruo cosificado
adquiere otra significación: en él se apretuja la estructura humana y económica del Perú
contemporáneo, sólo que, paradójicamente, el sector popular ocupa el nivel más alto, cual
si se hubiese invertido la pirámide social.

Gabriel ensambla su análisis con las desordenadas observaciones de Cámac, y reconoce


que le confieren razón al minero; mas, aparte el acuerdo conceptual, percibe que una fuerza
emotiva, lo aproxima a éste y otros hombres de distintos credos, y que en cambio lo separa
del frío sustento analítico que caracteriza a los dirigentes de los partidos organizados en el
penal. En la tabulación de las costumbres carcelarias, de la conducta de los reclusos, y de
las amistades y los odios, entra en juego un conjunto de apreciaciones y sentimientos
pertinazmente serranos. Las tres figuras capitales: Gabriel, Cámac, Juan, son de origen
andino. La intuición y el sentimiento, la reminiscencia y la furia despojada de doctrina,
hermanan a estos hombres en su percepción del país como secuencia de espacios (sierra-
costa), y como espacio con profundidad, en el prisma de base rectangular que es el Sexto y
todo el Perú.

La vida carcelaria debería ser entonces una experiencia compartida, mas, puesto que en
ella se revelan igual que al microscopio los vicios y virtudes del país, Gabriel descubre que
el suyo, como el problema de los otros políticos, no es un caso personal, no es un caso de
conciencia, y sin embargo está anegado de individualismo. "La soledad no se goza; la
soledad se sufre": junto a la escoria humana, en El Sexto se hallan los seres más idealistas
del país; sin embargo, la discrepancia en las cuestiones prácticas aleja a los hombres más
que las ideas, y lo que distingue a la persona, –para Gabriel ¡intelectual!– no son las teorías,
sino la conducta. Frente al monstruo cosificado, los hombres se autodefinen y desunen, a
pesar de haber comprendido el secreto de la cárcel y de la sociedad.

Después de oír las opiniones de Cámac sobre el estado del Perú y el remedio de su crisis,
Gabriel comenta: "Aun en la cárcel me parecían temerarias esas palabras". "Tenía 23 meses
de secuestro en el penal y había recuperado allí el hábito de la libertad". No se había juzgado
con tan punzante amargura a nuestros regímenes dictatoriales; en ellos, la cárcel, negación
de la persona, disforme reflejo de la sociedad, le ofrece al hombre lo que la vida ciudadana
le arrebata: la libertad de comprender y de expresarse; le promete, en fin, el sueño de un
nuevo país. Y aunque sólo sea en el plano simbólico, esta realidad se desborda del prisma,
y expande e incorpora las secciones parciales del territorio en un nuevo "todo" ideal. Ese
ideal habita en el Sexto; en ese sentido uno de los reclusos dirá "Esta es nuestra casa…".

CONCLUSIÓN
Gabriel ingresa en ella a causa de su actividad como líder estudiantil: al hacerlo, tiene la
impresión de haber penetrado en una ciudad turbulenta y desconocida. Los personajes
que encuentra (criminales, maleantes, degenerados, presos políticos y estudiantes), su
conducta, los hechos insólitos convertidos en norma carcelaria, la estratificación del
penal.

Las tres figuras capitales: Gabriel, Cámac, Juan, son de origen andino. La intuición y el
sentimiento, la reminiscencia y la furia despojada de doctrina, hermanan a estos hombres
en su percepción del país como secuencia de espacios (sierra-costa), y como espacio con
profundidad, en el prisma de base rectangular que es el Sexto y todo el Perú.
En El Sexto se hallan los seres más idealistas del país; sin embargo, la discrepancia en las
cuestiones prácticas aleja a los hombres más que las ideas, y lo que distingue a la persona,
–para Gabriel ¡intelectual!– no son las teorías, sino la conducta. Frente al monstruo
cosificado, los hombres se autodefinen y desunen, a pesar de haber comprendido el
secreto de la cárcel y de la sociedad.

Arguedas define a "El Sexto" como una escuela del vicio, pero a la vez como una escuela
de generosidad. Y es que en ese lugar el escritor encontró lo peor que la sociedad ha parido
pero a la vez la esperanza de quienes luchaban por cambiarla, sufriendo no solo la privación
de la libertad sino torturas y sufrimientos. Al margen de las menudas disputas doctrinarias
que se dan entre los presos políticos, existe ideales comunes que en determinados
momentos hermana a todos ellos: la lucha contra una dictadura totalitaria y el deseo por
implantar en el país la justicia social.
El Sexto
Ir a la navegaciónIr a la búsqueda

El Sexto

de José María Arguedas

Género Novela

Subgénero Literatura carcelaria y autobiografía

Tema(s) El Sexto

Idioma Español

Editorial Juan Mejía Baca (Lima)

Fecha de publicación 1961

Formato Impreso

Serie

Todas las
Los ríos profundos(1958) El Sexto
sangres (1964)

[editar datos en Wikidata]

El Sexto es la cuarta novela del escritor peruano José María Arguedas publicada
en 1961 y que mereció el Premio Nacional de Fomento a la Cultura Ricardo Palma
en 1962. Es una breve novela basada en la experiencia carcelaria del autor en la prisión
limeña del mismo nombre, entre los años de 1937 y 1938, bajo la dictadura de Oscar R.
Benavides. Aunque ambientada en un contexto urbano y con personajes mayoritariamente
costeños y criollos, no deja de tener elementos en común con sus anteriores novelas
neoindigenistas, en especial con Los ríos profundos, pues su protagonista-narrador (que
usa el sobrenombre de Gabriel) es también un ser marginal, sensible e idealista, escindido
entre dos mundos (el serrano-andino y el costeño-criollo) y entre dos culturas (la quechua
y la castellana). Asimismo la novela es un cuadro descarnado de la vida carcelaria, que se
desarrolla en un edificio lóbrego donde conviven presos comunes con presos políticos. El
dolor, la angustia, el sufrimiento y la muerte, son los elementos vitales que giran alrededor
de la obra.
Índice
[ocultar]

 1Tema central
 2Contexto político
 3Contexto ideológico
 4Escenario
 5Personajes
o 5.1Principales
o 5.2Secundarios
 6Resumen
 7Crítica
 8Mensaje
 9Referencias
 10Bibliografía

Tema central[editar]
La denuncia del horror carcelario, las experiencias del estudiante universitario Gabriel. En
este lugar será testigo de las injusticias y demás aberraciones que se cometen dentro de
una prisión, como el dolor, la angustia, el sufrimiento y la muerte.

Contexto político[editar]
En el epígrafe de la primera edición de la novela, Arguedas afirma que decidió escribirla
en 1939, no bien salió de la cárcel, pero que solo empezó a poner en práctica esta idea
recién a partir de 1957.

General Óscar R. Benavides, presidente del Perú entre 1933 y 1939.

El escritor tenía 26 años cuando vivió dicha experiencia carcelaria. Ocurrió durante la
dictadura del general Oscar R. Benavides (aludido en la novela como El General), bajo la
cual se hallaban fuera de la ley los partidos aprista y comunista. En realidad, Arguedas
nunca fue un activo militante partidario, pero sus simpatías estaban del lado del
comunismo y en contra del fascismo, pues se había formado intelectualmente con las
lecturas del amauta José Carlos Mariátegui. Fue por eso que cuando en 1937 se anunció
la visita del general italiano Camarotta (representante del dictador Benito Mussolini) a la
sede de la Universidad de San Marcos, un grupo de estudiantes sanmarquinos se puso de
acuerdo para organizar una protesta; entre ellos se encontraba Arguedas. Todos ellos eran
partidarios acérrimos de la Segunda República Española y como tales, opositores
declarados de la dictadura italiana, que por entonces apoyaba al bloque fascista en
plena guerra civil española. En el fragor del acto, los estudiantes rodearon al general
Camarotta e intentaron arrojarlo a la pila del patio de Derecho, hecho que fue impedido por
un grupo de profesores. La embajada italiana protestó enérgicamente ante el gobierno
peruano, y el general Benavides, a fin de dar un escarmiento ejemplar, ordenó la prisión de
todos los estudiantes involucrados. Fue así como Arguedas fue a dar en El Sexto (prisión
llamada así por estar aledaña a la sexta comisaria "Alfonso Ugarte" de Lima), donde pasó
once meses, de noviembre de 1937 a octubre de 1938.

Contexto ideológico[editar]
El mundo de los presos políticos en el Sexto refleja la realidad peruana de la década de
1930: comparativamente, los apristas son mayoría y los comunistas solo una minoría.1
Estos partidos, de carácter revolucionario, habían surgido en los años 1920 con la
pretensión de transformar radicalmente al país; pero fue el APRA, fundado por Víctor Raúl
Haya de la Torre, que al comenzar la década de 1930 irrumpió como un partido de masas,
apoyado por obreros, campesinos, estudiantes y la clase media. Participaron en las
elecciones generales de 1931, que perdieron frente al teniente coronel Luis Sánchez
Cerro; no reconocieron el resultado y pasaron a la más desaforada oposición, cuya cima
alcanzó con la llamada revolución de Trujillo de 1932, ferozmente reprimida por el
gobierno. Apristas y comunistas fueron perseguidos y puestos fuera de la ley bajo una
norma de la Constitución de 1933 que proscribía a los partidos de carácter internacional;
de esa época data la acuñación del término apro-comunismo. Las cárceles se llenaron de
presos políticos, situación que no varió tras el ascenso al poder de Óscar R. Benavides
luego del asesinato de Sánchez Cerro en 1933 a manos de un militante aprista. La novela
es un eco de la lucha de los apristas y comunistas contra el régimen dictatorial de
Benavides, pero a la vez refleja el enfrentamiento de ambos grupos en el plano doctrinario.
Los apristas acusan a los comunistas de estar al servicio de la Unión Soviética y de ser
antipatriotas; a la vez los comunistas consideran a los apristas como intrigantes al servicio
de los intereses de los explotadores para frenar así la auténtica revolución. Frente a esta
disputa, el joven Gabriel se muestra como un individualista acérrimo: no comparte ninguno
de esos fanatismos extremos, aunque se siente más cercano a los comunistas. Se podría
definirlo como un independiente.

Escenario[editar]
Los hechos narrados transcurren en el interior de El Sexto, una prisión situada en el centro
de Lima, en la Av. Bolivia con Alfonso Ugarte. Al inicio del relato, el joven Gabriel cuenta
su llegada luego de abandonar la Intendencia; tras cruzar un patio inmenso fue conducido
hacia el tercer piso o pabellón de los presos políticos. En el primer piso se hallan los
presos comunes más peligrosos (asesinos, ladrones prontuariados) y en el segundo los no
avezados (violadores, estafadores, ladrones primerizos).
El nombre de la prisión se debía a que el edificio estaba aledaño al cuartel a la sexta
comisaria "Alfonso Ugarte" de Lima.

Personajes[editar]
Principales[editar]

 Gabriel, el narrador-protagonista, es un joven estudiante, originario de la sierra


peruana, artista, idealista, apolítico. Es natural del pueblo de Larcay, cerca
de Chalhuanca. No se alínea ni con los apristas ni con los comunistas, pues siente
aversión por las doctrinas y disciplinas políticas que, según él, limitan su libertad.
Prefiere juzgar a los individuos no por sus diferencias políticas, sino por su
personalidad, y es así como se hace amigo por igual del comunista Cámac y el aprista
«Mok’ontullo». Es muy sensible y le atormentan las terribles escenas que ve en la
cárcel. En los momentos de mayor angustia recuerda las bellas y apacibles imágenes
de su tierra natal, a manera de paliativo.
 Alejandro Cámac, hombre maduro, alto, flaco, serrano, campesino de origen,
carpintero de minas, sindicalista y comunista. En Morococha (región minera en la
sierra central del Perú) había sufrido encierro y torturas, antes de ser trasladado a
Lima. Compañero de celda de Gabriel, quien llega a admirarle por su sentido de
justicia, que estaba por encima de su militancia partidaria. Muere en prisión y sus
camaradas lo homenajean, sumándose incluso los apristas al acto, pues todos le
reconocen como un gran luchador social. Pedro, el líder de los comunistas, pronuncia
un discurso en su honor.
 Juan, apodado «Mok’ontullo», joven, alto, blanco, arequipeño y aprista. Es la
esperanza de su partido, aunque él se define solo como el músculo del mismo, siendo
otros los cerebros. Empero, no es fanático y hace amistad con Gabriel.
 Francisco Estremadoyro, apodado «Pacasmayo», por ser natural del puerto de ese
nombre, situado en el departamento de La Libertad, donde tenía un negocio de
lanchas. Estaba como acusado de aprista, pero en realidad era apolítico y según su
versión su encierro era obra de un diputado liberteño a raíz de una disputa por el amor
de una mujer. Es muy jovial, conversador y lleno de energía, pero de pronto es
aquejado de una extraña enfermedad que le hace enrojecer el rostro. Ello, sumado al
deprimente espectáculo de la prostitución de un muchacho apodado Clavel en plena
cárcel, hace que enloquezca y se suicide arrojándose contra los barrotes de la celda
del muchacho.
 El piurano Policarpo Herrera, natural de Chulucanas. Es un hombre alto y fornido,
pequeño propietario, agricultor cañavelero, que según su versión estaba en prisión por
su enemistad personal con el subprefecto de su provincia. Como todo hombre andino
siente aversión hacia la homosexualidad; detesta por eso al Rosita y a los violadores
como el Puñalada y su banda de negros.
 Maraví, delincuente de alta peligrosidad, gordo, bajo y achinado. Es uno de los jefes
de El Sexto, rivalizando con Rosita y Puñalada por el control de los negocios en el
interior del penal.
 Puñalada, es un negro ladrón y asesino. Es alto, corpulento y con mirada de caballo.
Es jefe de una de las bandas que existen dentro de la prisión. Es también el
encargado de llamar a los presos desde la puerta del penal. Controla el negocio de
prostituir a un joven llamado Clavel, así como el tráfico de alcohol, hojas de coca y
droga dentro de la prisión. Se enamora del Rosita pero éste lo rechaza.
 Rosita, homosexual y travestido, quien purga prisión por ladrón y asesino. Es otro de
los líderes del Sexto, en rivalidad con Maraví y Puñalada. Es hábil con la navaja y muy
respetado por todos. Su pasatiempo favorito es el canto que entona con delicada voz.
Convive en su celda con «el Sargento», un preso común condenado por estupro.
Secundarios[editar]

 Luis preso político, natural de Cutervo en el departamento de Cajamarca. Es el líder


de los apristas. Estos, que entre sí se tratan de «compañeros», son los más
numerosos (más de 200).
 Pedro, preso político, viejo, limeño. Es el líder de los comunistas, que conforman una
minoría entre los presos políticos (unos 30 «camaradas»).
 Torralba, preso político, obrero fornido, serrano y comunista.
 «El Clavel», un muchacho homosexual, de tez clara, que es traído de la calle y
encerrado en una celda donde el Puñalada y su gente lo prostituyen, cobrando a cada
usuario diez soles. Enloquece y los guardias lo sacan de la prisión, desconociéndose
su final. Se decía que era hijo de unos inmigrantes serranos instalados en Cantagallo,
quienes lo abandonaron aun niño.
 «El Pianista» o «el Músico», es un preso vago, quien sufre de maltratos,
humillaciones y violaciones de parte de Puñalada y otros presos avezados, y termina
por enloquecer. Se le ve en los pasillos simulando tocar el piano en el suelo y en los
barrotes. Termina por enfermar gravemente y Gabriel trata de paliar su sufrimiento
regalándole ropa y dándole comida, pero después aparece muerto en su celda. Se
contaba que antes de recalar en la prisión había sido, en efecto, un estudiante de
piano, que de día trabajaba de dependiente en una tienda.
 «El Japonés», es un preso vago, de ascendencia oriental, quien es objeto de la burla
y el maltrato de parte del Puñalada y otros presos. Una de las torturas a la que le
sometía el Puñalada consistía en impedirle que defecara tranquilamente, haciendo que
se revolcara en su suciedad.
 Un negro idiota y exhibicionista, que enseña su enorme miembro viril a cambio de
unos centavos. Él es quien, al final de la novela, mata al Puñalada cortándole en el
cuello.
 Libio Tasaico, un muchacho de 14 años, serrano y sirviente, quien llega al Sexto
acusado por su patrona de robar un anillo costoso. Llevado a una celda, es abusado
sexualmente por Puñalada y otros negros. Rechaza el dinero que Puñalada le quiere
dar. Se hace amigo de Gabriel, de quien era paisano. Al día siguiente sale en libertad
pues su patrona avisa que ya encontró su anillo.
 «El Pato», inspector de la policía y soplón (informante o delator al servicio del
gobierno), odiado por los presos políticos, que es muerto de una cuchillada por el
Piurano, al final de la novela.
 «Pate’Cabra», otro de los líderes del primer piso de El Sexto, aunque no tiene
protagonismo en el relato.
 Los vagos, son presos comunes encerrados por vagancia y por andar
indocumentados; algunos se ponen al servicio de los delincuentes más avezados,
como mandaderos o guardaespaldas.
 Los paqueteros, vagos al servicio de Puñalada, Maraví y el Rosita.
 El Comisario de la prisión, que es un mayor de la policía, algo loco y abusivo.
 El Cabo, el Sargento, el Teniente y los guardias de la prisión.

Resumen[editar]
La novela empieza con el ingreso del joven Gabriel a la prisión de El Sexto, en pleno
centro de Lima, donde oye los cánticos de los presos políticos: los apristas cantan a todo
pulmón «La marsellesa aprista» y los comunistas el himno de «La Internacional». Gabriel
es un estudiante universitario involucrado en una protesta contra la dictadura que rige al
país y por ello es conducido al pabellón destinado a los presos políticos, situado en el
tercer piso del penal. Es introducido en una celda, que compartirá en adelante con
Alejandro Cámac Jiménez, un sindicalista minero de la sierra central, preso por comunista.
Cámac se convierte para Gabriel en el guía y consejero en ese submundo donde se
encuentra «lo peor y lo mejor del Perú». La cárcel está dividida en tres niveles: en el
primer piso se encuentran los delincuentes más peligrosos y prontuariados; en el segundo
están los delincuentes no avezados (violadores, ladrones primerizos, estafadores, etc.) y
en el tercero se encuentran, como ya queda dicho, los presos políticos. Gabriel va
conociendo uno por uno a los presidiarios. Pedro es el líder de los comunistas y Luis el de
los apristas; estos últimos son los más numerosos (más de 200, frente a 30 comunistas).
Destacan también el aprista Juan o «Mok’ontullo» y el comunista Torralba. Otros
«políticos» como el «Pacasmayo» y el piurano Policarpo Herrera se consideran apolíticos
y aducen estar en prisión por venganzas personales. De entre los delincuentes del piso
inferior Gabriel conoce a los que son los amos del Sexto: Maraví, el negro Puñalada y el
Rosita, este último un travestido. Otro grupo lo conforman los vagos, algunos de los cuales
son pintorescos, como el negro que enseña su pene, «inmenso como el de una bestia de
carga», a cambio de diez centavos; pero otros son verdaderos espantajos humanos,
víctimas de la burla y el sadismo de los más avezados, como el Pianista, el Japonés y el
Clavel.
Lo ocurrido en torno a Clavel ejemplifica en su máxima expresión el horror carcelario.
Clavel es un muchacho homosexual quien luego de ser violado por los presos, es
encerrado por Puñalada en una celda obligándolo a prostituirse, todo ello con la
complicidad de los guardias y las autoridades penitenciarias. Clavel termina por
enloquecer.
Otra escena nos permite conocer el alma bondadosa de Gabriel. Cuando el Pianista
agoniza en el pasillo víctima de los maltratos sufridos, Gabriel, con ayuda de
«Mok’ontullo», lo recoge, lo regresa a su celda y lo abriga con su ropa. Inesperadamente
se acerca el Rosita ofreciendo ayuda y protección al Pianista. Pero éste aparece muerto al
día siguiente y algunos presos acusan a Gabriel de ser responsable de su muerte,
presumiendo que las ropas que le regaló habían atraído la codicia de los vagos quienes en
el forcejeo para quitárselas lo habrían ahorcado. Esto provoca una disputa entre apristas y
comunistas; los primeros acusan a los segundos de provocar el incidente, para enredar a
«Mok’ontullo» con Rosita, y así ensuciar la trayectoria de quien era considerado como la
esperanza del partido, por su juventud y entusiasmo. Este incidente provoca una serie de
discusiones entre los militantes de cada partido. Los apristas se consideran los verdaderos
representantes del pueblo peruano y acusan a los comunistas de estar al servicio de
Moscú; por su parte, los comunistas acusan a los apristas de ser intrigantes y actuar solo
como instrumentos de la clase oligárquica para frenar la revolución auténtica. Ante tal
discusión, Gabriel no tiene reparos en decir abiertamente que no comulga con ideologías y
disciplinas politizadas que, según él, limitan la libertad natural del ser humano. Los demás
comunistas le responden que es un idealista y soñador, y que le faltaba compenetrarse
más con la doctrina del partido.
Mientras tanto, el Clavel continúa siendo prostituido en su celda, lo que conmueve y
repugna a los presos políticos. El más afectado es «Pacasmayo», quien para colmo es
presa de una extraña enfermedad que le hace enrojecer el rostro, ante la indiferencia del
médico de la prisión, quien se limita a decirle que solo es un mal pasajero. El piurano
también demuestra abiertamente su aversión hacia todos los actos homosexuales y de
violencia sexual que se practican en la cárcel. Los líderes de los presos políticos se ponen
de acuerdo y solicitan una entrevista con el Comisario del penal; asimismo le envían un
petitorio donde exigen que se ponga fin al tráfico sexual y se trasladen a otra prisión al
Puñalada, Maraví y Rosita. Firman la solicitud Pedro, Luis y Gabriel (este último en nombre
de los universitarios e independientes). El Comisario llama a todos ellos a su despacho;
luego de leer el petitorio, lo rechaza iracundo, aduciendo que la cárcel era precisamente
para eso, para que los presos se jodieran entre ellos, y que debían estar más bien
agradecidos los políticos de que no fueran encerrados en el primer piso, lo cual sería,
según él, el verdadero castigo, por traidores a la patria. Luis y Gabriel no se contienen y
responden digna y airadamente; ante lo cual el Comisario llama a los guardias y ordena
que los golpeen y los devuelvan a sus celdas.
Poco después fallece Alejandro Cámac en brazos de Gabriel. En los últimos días su salud
se había quebrantado y perdido la visión de un ojo. Todos los políticos, apristas y
comunitas rinden homenaje a quien consideran un gran luchador social. Pedro da un
vibrante discurso. El cadáver es sacado y los presos lo despiden cantando a toda voz sus
himnos respectivos. El teniente es enviado a acallar a los presos, pero no logra su
cometido. La muerte de Cámac coincide con la del Japonés, víctima del hambre y los
golpes; ambos cuerpos son sacados del penal en el mismo camión.
Otro suceso que conmueve a Gabriel es el ocurrido en torno a Libio Tasaico, un muchacho
serrano y sirviente, de 14 años, quien llega a la cárcel acusado por su patrona de robarle
una joya costosa. Esa misma noche Puñalada y otros negros violan al muchacho, quien
amanece llorando desconsoladamente. Gabriel trata de calmarlo; lo lleva a su celda y le
cuenta sobre la vida de su pueblo situado también en las serranías, donde los hombres
son valientes y no lloran a pesar de latiguearse en las festividades patronales. Libio siente
entonces alivio al encontrar a una persona que le habla con el idioma del corazón. Poco
después la patrona del muchacho avisa que ya encontró la joya perdida y pide que le
entreguen a Libio, pero éste no quiere regresar donde ella. Gabriel le convence entonces
para que se vaya de la prisión y lo despide afectuosamente, dándole la dirección de un
amigo donde lo alojarían y darían trabajo.
Este último incidente convence a Gabriel que el negro Puñalada debía morir y pide al
Piurano que lo asesine. El piurano promete hacerlo y se consigue un enorme cuchillo. Una
noche, Gabriel escucha los gritos de Pacasmayo; al asomarse por la baranda, lo ve
arrojarse desde lo alto contra las rejas de la celda del Clavel, rompiéndose el cuello. No
repuesto de la impresión, al poco rato Gabriel escucha al Puñalada gritando de dolor y lo
ve desplomarse sangrando, con un enorme corte en el cuello. Gabriel cree al principio que
es obra del piurano pero éste se acerca y le asegura que otro se le había adelantado. El
teniente, el cabo y los guardias irrumpen y encuentran al negro exhibicionista con un
cuchillo en la mano; asumen que es el asesino del Puñalada y lo arrestan. También llevan
como testigos a Gabriel y al piurano; Gabriel cuenta a los policías que Pacasmayo se quitó
la vida al no poder soportar el abominable espectáculo del muchacho prostituido, pero el
cabo supone que el motivo más probable sería un sentimiento de celos por el maricón, lo
cual indigna a Gabriel y al piurano. Ambos son devueltos a la cárcel, pero cuando
atraviesan el patio se les acerca «el Pato», un inspector, quien pistola en mano amenaza
al piurano y lo insulta, llamándolo cholo asqueroso. «El Pato» era un soplón o delator al
servicio del gobierno y como tal odiado por los presos políticos; el piurano no soporta la
ofensa y con un movimiento veloz saca su cuchillo y le da un tajo en el cuello. «El Pato» se
desploma muerto ante la estupefacción de todos. Gabriel sube al tercer piso y anuncia a
toda voz el suceso; todos celebran y dan vivas al piurano. El relato termina cuando, al
amanecer siguiente, Gabriel despierta al escuchar una voz que llamaba a los presos desde
la puerta de la prisión, imitando al Puñalada. Era un negro joven, que relevaba así al amo
fallecido.

Crítica[editar]
Según el análisis de Mario Vargas Llosa, desde un punto de vista formal esta novela es la
más imperfecta de las que escribió Arguedas. Hace notar que en lo que respecta a la
anécdota, hay demasiados cabos sueltos, episodios como la disputa entre los apristas y
comunistas por el incidente del Pianista, que carecen de poder de persuasión, o que no
armonizan con el contexto como el discurso a la muerte de Cámac, o momentos que
debieron ser de gran dramatismo pero que no lo son por estar mal resueltos, como la
muerte de Puñalada a manos del negro que exhibe su miembro viril. Agrega también que
muchos de los personajes son borrosos y que la historia transcurre sin soltura, pues el
tiempo narrativo no está bien estructurado.
Empero, Vargas Llosa señala también sus aciertos. Según su criterio, lo mejor sería «la
parte estática del libro, el ambiente de rutina embrutecedora, envilecimiento y
podredumbre que sirve de marco a la acción.» Otro de los aciertos serían los «personajes
colectivos», «entidades gregarias en las que el individuo es absorbido y borrado por el
conjunto, que funciona como el sincronismo de un ballet.» Entre esas tropas humanas la
más vívidamente representada sería la de los vagos, en quienes, pese a su repulsión,
Arguedas consigue preservar un relente de humanidad, y sus apariciones provocan,
además de disgusto y pavor, compasión y hasta ternura.Principalmente por la economia
alta de llosa que no se podria comparar con las obras de Arguedas que son de la clase
baja y que llosa no conoce los lugares donde Arguedas narra toodas sus obras. 2
El libro ha sido construido a base de diálogos; la parte descriptiva es menos importante que la oral.
Esto significó un cambio en la narrativa de Arguedas. En Yawar Fiesta había ensayado con acierto
una reelaboración castellana del quechua para hacer hablar a sus personajes indios, y ese estilo
mestizo alcanzaba un alto nivel artístico en Los ríos profundos. En El Sexto, con una sola excepción,
quienes hablan no son indios sino limeños, serranos que se expresan ordinariamente en español y
gentes de otras provincias de la costa. Arguedas trató de reproducir las variedades regionales y
sociales —el castellano de los piuranos, de los serranos, de los zambos, de los criollos más o
menos educados— mediante la escritura fonética, a la manera de la literatura costumbrista, y
aunque en algunos momentos acertó (por ejemplo, en el caso de Cámac), en otros fracasó y cayó
en el manierismo y la parodia. Esto es evidente cuando hablan los zambos o don Policarpo; esas
expresiones argóticas, deformaciones de palabras trasladadas en bruto, sin recreación artística,
consiguen un efecto contrario al que buscan (fue el vicio capital del costumbrismo): parecen
artificios, voces gangosas o en falsete.
De todos modos, aun con estas limitaciones, por su rica emotividad, sus hábiles contrastes y sus
relámpagos de poesía, el libro deja al final de la lectura, como todo lo que Arguedas escribió, una
impresión de belleza y de vida.3

Mensaje[editar]
Arguedas define a "El Sexto" como una escuela del vicio, pero a la vez como una escuela
de generosidad. Y es que en ese lugar el escritor encontró que les pasa a las personas
que cometen errores contra la sociedad pero a la vez la esperanza de quienes luchaban
por cambiarla, sufriendo no solo la privación de la libertad sino torturas y sufrimientos. Al
margen de las menudas disputas doctrinarias que se dan entre los presos políticos, existe
ideales comunes que en determinados momentos hermana a todos ellos: la lucha contra
una dictadura totalitaria y el deseo por implantar en el país la justicia social.

Referencias