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“Las Humanidades en la universidad del siglo XXI”

Transcripción parcial de la conferencia dictada por Roberto Algaze en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de
Bayamón, 12 de noviembre de 2009.

Me honra la invitación que me ha hecho el Departamento de Humanidades para


conversar acerca de “las Humanidades en la universidad del siglo XXI”.

Recuerdo que al recibir la invitación, esa misma tarde, ya andaba yo cavilando acerca de
que en Bologna hace ya casi diez siglos que están enseñando gramática, retórica y lógica;
que esas disciplinas no sólo rondan hoy por ahí, sino que están hasta de moda, y
empezaba yo a armar un contrapunto lindísimo entre la universidad naciente del siglo 11
y la que debería nacer con el siglo 21. Pero pronto descarté esa idea. Pensé: “si hasta este
cambio de milenio ya pasó, ¡cómo voy a hablar del anterior! Hablemos de hoy. ¿Que
pasa hoy en Puerto Rico?, no hace mil años en Italia.

Si se me plantea el título de este coloquio a modo de pregunta: ¿las Humanidades en el


currículum durante el siglo 21?, sin titubeos contestaría “Sí, sí… yo estoy a favor…
Humanidades en el currículum… y el día de las Madres en el calendario. ¿Cómo pensar
que no?” Pues bien… lo del Día de las Madres no tiene problema. Lo de las
Humanidades en la universidad no está tan claro. Como pregunta se plantea, y la propia
gente de Humanidades teme por la permanencia de sus cursos y, en consecuencia, de sus
profesores… Y con motivo.

Y es que la universidad misma, pensada como la Castalia de Herman Hesse, pensada


como albergue de nutridos departamentos de filosofía, de historia y de artes… en donde
eruditos catedráticos vitalicios iluminan las vidas de los estudiantes que les atienden y
escuchan con admiración… esa universidad… casi, casi… se acabó. Comprobado quedó
el otro día cuando nos lo recordó el profesor Francisco Cátala a los poquísimos que
acudimos a escuchar su lección magistral.
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Hablemos de eso… Teniendo tan poco tiempo, me limitaré a lo justo. ¿Qué está pasando?
Trataré de puntuarlo:

1. Los gobiernos neoliberales han sido siempre gobiernos confundidos. Confunden la


necesidad del Estado con la necesidad del estado eficiente, pensando que si el Estado no
es eficiente, entonces ya no es necesario. Por otra parte, se identificó a la empresa –por
eficiente– como el modelo para el Estado. Se trata de una falacia casi trivial. Usar tenis
no me convierte en baloncelista.

La eficiencia es buena para la empresa y para el estado, pero esas instituciones son
distintas porque sus fines son distintos: la empresa eficiente usa pocos recursos para
concentrar la riqueza. El estado eficiente usa pocos recursos para repartirla, tocando más
a todos.

Así, también la universidad ha sido confundida con la empresa. Y la universidad tiene la


función de generar y transmitir conocimiento, no dinero. Para ella el dinero es un medio,
no un fin.

2. Así, confundiéndose el estado y la empresa, las universidades con las corporaciones,


también se confundió
• la carrera con el carrerismo
• el conocimiento con las destrezas
• el valor con el costo
• los profesores con los instructores itinerantes
• los estudiantes con los clientes
• las substancias con las formas
• los fines con los medios.

Se trata entonces de una inmensa, inmensa confusión. El asunto no es de tipo económico.


Es mucho más grave, pues es de tipo lógico. No nos arropa una economía deficiente, lo
que nos arropa es la sinrazón.
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¿Qué hacer? Eso… ¿qué hacer? Nosotros, profesores ¿qué debemos hacer? No tengo la
solución, pero si creo que tengo unas pocas pequeñas soluciones, todas insuficientes,
todas de plazo más largo del que querría, pero son las que tengo. Son las que hago.
Tienen, al menos, la bondad de ser practicables por cada uno, personalmente. Veamos:

Queremos restaurar la cordura y la claridad, de manera que debemos asegurarnos de ser


nosotros cuerdos y claros. Y como lo que hacemos es enseñar, aprovechémoslo. Tenemos
todos que enseñar:

1. Haciendo ver a nuestros estudiantes que el conocimiento científico es fundamental,


necesario, robusto, demostrable, insustituible… pero no es el único conocimiento. Las
artes capturan la realidad y nos dan conocimiento de lo que existe. Así, por ejemplo, de la
naturaleza humana, he aprendido más en Amor en Tiempos de Cólera que en Scientific
American. Y –como el conocimiento científico– el conocimiento que nos proporcionan
las Humanidades es también conocimiento fundamental, necesario, robusto e
insustituible. No es demostrable… pero pregúntenme lo que me importa. De las
estaciones me han enseñado Vivaldi y Galileo. El entender es siempre sintético, no
analítico.

Cuando el escultor talla la piedra o cuando la escritora talla las palabras, captura la
realidad mejor que el científico. Insisto: el sentido está en la síntesis, no en el análisis.

Y den ejemplos… No, mejor… den ejemplo.

2. No nos limitemos a predicar a los acólitos… busquemos conversiones. Las


humanidades son fascinantes… fascinemos.

Enseñemos literatura a los químicos, música a los contadores, historia a los gerentes.
Como se dice, hagámoslos cultos… humanistas. Si lo llegan a ser ellos, y sus hijos, ya
también le estará yendo mejor a la universidad.
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3. Hagamos lo posible por abandonar el complejo de inútiles… pues lo somos. Acéptenlo


alegremente. Como dicen los gurús de autoayuda: abracen su inutilidad. Las
Humanidades son inútiles. Lo dice mi Diccionario de María Moliner. Cito:
“humanidades. Conocimientos o estudios que enriquecen el espíritu, pero no son de
aplicación práctica inmediata; como las lenguas clásicas, la historia o la filosofía.”
Acéptenlo. Alégrense. No tienen que justificarse.

Todo lo útil lo es para algo. Las humanidades, por inútiles, son su propio fin. Su bondad
radica en sí misma. Ahora bien. Tres cosas:

• una cosa es ser inútil y otra muy distinta es ser irrelevante.

• Dice María Moliner que las humanidades no son de aplicación práctica


inmediata. Pueden entonces, eventualmente, ser útiles, pero serlo no es su fin. No
es una preocupación del aquí y ahora. Si lo son después, estupendo. En ello no
son distintas a las ciencias fundamentales. La investigación básica, sea en física o
en escultura, en astronomía o en literatura, es desinteresada. De nacimiento, la
astronomía es tan inútil como la literatura.

• Son inútiles las Humanidades, pero no tienen que serlo los humanistas. Así, una
persona muy culta que sepa algo de finanzas será mucho mejor director de un
banco que un especialista en finanzas que apenas sea culto. En Bologna se
estudiaba gramática y lógica para luego ser lo mismo arquitecto que poeta en
Florencia (como Alberti y Dante). Y también, con perdón, se hacían abogados:
muchos abogados y de los que hoy llamaríamos ejecutivos agresivos, que luego
trabajaron en las navieras y en los contratos y seguros de la archiempresarial
Venecia.

Bernard Madoff nunca estudió finanzas. John D. Rockefeller es Bachiller en Artes de


Brown. Carly Fiorina, la súperejecutiva de ATT, Hewlett Packard y Lucent
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Technologies, estudió filosofía e historia medieval en Stanford. Su padre es un profesor


universitario y su madre pintora abstracta.

El otro día nos decía el profesor Cátala que sólo en Puerto Rico se usa la voz
“académico" como sinónimo de inútil. Se me ocurre que con el mismo significado
podríamos añadir el calificativo de “filosófico”. No lo permitamos. La filosofía no
persigue utilidad, pero la tiene; particularmente la ética. Mejor nos iría si nuestros
gobernantes y representantes la conociesen. ¿Cómo es entonces que prestamos tan poca
atención a la filosofía y al pensamiento racional en la formación de nuestros jóvenes?

4. Enseñemos las humanidades, literalmente: mostrémoslas. Usemos la tecnología y a la


universidad misma para que nuestros estudiantes vean pinturas, oigan música, presencien
obras de teatro. Muchas y buenas. Que nuestras clases no sean memoristas y tediosas.
Que brille el significado.

5. Seamos tolerantes, excepto con los impostores. Hay quienes realmente desacreditan las
humanidades. Son los falsos, los vividores de las humanidades.

Encuentro que así como hay pseudociencia –astrología, parapsicología, y medicina de


cuarzos y chakras– también hay pseudohumanidades practicada por pseudointelectuales
que dicen ocuparse de disciplinas que han llamado, por ejemplo, Criticismo Literario
Deconstruccionista, Estudios Culturales, Filosofía Postmoderna.

Los humanistas –los investigadores literarios, los historiadores, los filósofos, y


notablemente los lingüistas– realizan investigaciones que no son ni punto menos formales
o rigurosas que las de las ciencias “duras”. La seriedad de la argumentación y la
minuciosidad del análisis de la información les llevan a formular juicios tan trabajados
como los de, digamos, un físico o un biólogo molecular.

Los grandes problemas de las humanidades y de las ciencias son de dificultad y dignidad
comparable y así tienen que verse en la universidad. No me refiero –o no tan sólo– a las
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clásicas preguntas platónicas de qué es la bondad o la belleza. Me refiero más bien a


planteamientos operacionables de primera importancia. Mis favoritos son de la
lingüística: uno, la extrañísima relación entre lógica y lenguaje. A cada rato leo y oigo
cosas que quieren decir exactamente lo contrario a lo que dicen: un bumper sticker que
decía “Dios es increíble” o un lema de autoayuda que avisaba que “la felicidad se
esconde tras las vueltas de la vida”. Otro problema, que parece casi sacado de la
termodinámica estadística, consiste en dilucidar la demarcación, la frontera, entre
fonemas, palabras y proposiciones y en qué parte de esa cadena emerge el significado.

Los lingüistas, los pintores, los astrónomos, los biólogos y los novelistas saben cosas.
Muchas. Y esas cosas se generan, se cultivan y se cuidan en la universidad. Las
Humanidades nos hacen pensar. Y pensar con claridad. Más que cualquier otra disciplina,
hacen posible encontrar las conexiones. De ahí su profunda pertinencia en la universidad
del siglo XXI.

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