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 Bibliografía: Eric Weitz, La Alemania de Weimar. Capítulo 1.

I. Un comienzo agitado
El 10 de diciembre de 1918, con sólo un mes en el cargo, Frederich Elbert,
presidente del Consejo de Representantes del Pueblo, afrontó el discurso de bienvenida
a los soldados derrotados que regresaban a casa. Tuvo él que encargarse de darles la
noticia de que el pueblo alemán se había desecho de sus propios gobernantes y de que
entonces, sobre las ruinas, construirían una nueva Alemania.
Durante la primera guerra mundial, más de trece millones de hombres alemanes
fueron llamados a las filas, esto equivalía al 19.7 por ciento de la población masculina
de la Alemania de 1914. Para cuando se firmó el armisticio el 11 de noviembre de 1918,
seguían en activo casi ocho millones. No todos los alemanes se mostraron dispuestos a
ir a la guerra, pacifistas y socialistas radicales no dudaron en hacer pública su oposición
al conflicto, pero sus voces quedaron silenciadas por el llamamiento a la guerra del
káiser Guillermo II. A pesar de que había avanzado la democracia en las décadas
anteriores a la guerra, el Ejército y el Gobierno sólo obedecían a las órdenes del káiser,
no a las que procedían del Reichstadt.
Con la guerra, unos dos millones de alemanes perdieron la vida, y alrededor de
cuatro millones doscientos mil resultaron heridos. Muchos supervivientes padecieron
durante el resto de su vida heridas físicas y psicológicas. Los médicos tendrían que
afrontar una nueva “enfermedad”, la neurosis de guerra, el autismo y los terrores que los
soldados habían desarrollado a los incesantes bombardeos.
Las mujeres habían tenido que hacer frente a otros horrores: el racionamiento de la
primavera de 1915, el invierno de los nabos de 1916 a 1917, el arduo trabajo en las
industrias metalúrgicas y armamentísticas o en alguna otra fábrica, la infructuosa
búsqueda de comida y el dolor de perder a sus seres queridos.
La locura de la guerra se llevó por delante muchas de las convenciones sociales y
artísticas. Y entonces, arraigó el sentimiento profundo del carácter efímero de la
existencia, un intenso deseo de aferrarse a la vida en todas sus manifestaciones y de
sentir: el amor, el sexo, la belleza y el poder. La guerra echaría por tierra los conceptos
tradicionales de respeto y sumisión ciega a la autoridad y desataría en muchos alemanes
el desprecio hacia sus dirigentes, hasta el punto de que, durante los catorce años de la
república, jamás logró imponerse nada parecido a la obediencia o el respeto.
Las ofensivas emprendidas por el ejército alemán en 1918 fueron todas de gran
desgaste y poco avance. Para los últimos días de septiembre, la situación era tal, que los
dos máximos responsables del Alto Estado Mayor, el mariscal de campo Paul von
Hindenburg y el general Erich Ludendorff fueron a ver al Káiser, para exponerle la
necesidad de que Alemania solicitara un armisticio. Los dos primeros sabían que la
única esperanza de una paz aceptable para Alemania estaba en manos de los
norteamericanos y al mismo tiempo pretendían que la responsabilidad de la derrota,
lejos de atribuírsele al Káiser o al Ejército, recayera sobre el Parlamento. Sólo cuando
se vieron acorralados, estos despóticos generales, iniciaron un proceso de
democratización.
El 3 de octubre de 1918 el Káiser nombró canciller al príncipe Max von Baden, de
ideas liberales, quien constituyó un nuevo gobierno contando con la mayoría de los
partidos representados en el Reichstadt. A finales del mismo mes, las autoridades
emprendieron una serie de cambios que hicieron de Alemania una monarquía
constitucional con un gobierno que tenía que rendir cuentas al Parlamento antes que al
Káiser, y se emprendió asimismo una reforma del sistema electoral. Y el Gobierno del
príncipe Max inició contacto con el de Estados Unidos, solicitando el cese inmediato de
las hostilidades, de acuerdo con los Catorce Puntos establecidos por el presidente
Wilson.
En los últimos días del mes de octubre, los marineros alemanes del puerto de Kiel
recibieron órdenes de sus almirantes de atizar las calderas y hacerse a la mar, sin duda
los almirantes trataban de librar una gran batalla naval contra los británicos para
demostrar el temple de la armada alemana y asegurarse un futuro, y con esto pretendían
además, dar fin a las conversaciones con Estados Unidos porque valía más morir en el
mar que aceptar una paz que era una derrota. Pero los marineros no secundaron a sus
almirantes, y el 29 de octubre de 1918 se amotinaron en la ciudad portuaria de Kiel.
Aquella ciudad prendería la mecha de la revolución que acabaría con la Alemania
imperial. Los cuarteles de tierra y los trabajadores de cada ciudad, pronto imitarían a los
marineros.
En un intento por frenar la situación, partió para Kiel una delegación del gobierno, y
ésta lo primero que oyó de los marineros amotinados fue una petición de mejora de sus
miserables condiciones, pero sus exigencias no tardaron en revestirse de un matiz más
político, exigiendo el fin de la guerra y la abdicación del káiser. Pocos días después,
marineros, soldados y trabajadores tomaron la ciudad de Kiel. Los marineros lograron
algunas concesiones y fueron también los instauradores del comité (que llegaría a ser
una de las instituciones democráticas más sobresalientes de la revolución / originarios
de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, luego se instauraron en otros países
europeos).
Los comités se elegían durante asambleas de trabajadores, de soldados, o de artistas.
Los delegados se encargaban de negociar con las fuerzas del orden, y de luego
informarlo con sus compañeros. Estos comités o asambleas constituyentes fueron una
manifestación rudimentaria, pero muy importante, de democracia popular, que permitía
una participación política mucho más amplia. Una vez institucionalizados, los comités
se limitaron a supervisar a los funcionarios civiles o los directores de fábrica. En
Alemania, fueron la vida definitiva para llevar la democracia y el socialismo.
La revolución con epicentro en Kiel se propagó muy rápidamente por el ferrocarril.
Así, para el 9 de noviembre de 1918, miles de personas estaban reunidas en plazas
públicas en el centro de Berlín, y fue entonces, en un intento desesperado por mantener
el orden, que el príncipe Max puso la cancillería del Reich en manos de Friederich
Ebert, jefe del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD). El mismo día, el Káiser abdicó.
Y el 11 de noviembre, Ebert y los suyos formaron un nuevo Gobierno, pero no pudieron
pudieron saborear el éxito de al fin tener el poder, porque aquél era un momento crítico
de la historia de Alemania, cuando las compensaciones por la guerra y el desánimo de la
derrota empañaban cualquier idea.
Ebert se emplazaría en el poder con hombres de su partido y con sus
correligionarios más cercanos y radicales: el Partido Socialdemócrata Independiente
(USPD). Y ambos partidos pusieron todo su empeño en llevar adelante la democracia
con una avalancha de decretos:
o Libertad de expresión y de religión.
o Libertad de prensa.
o Sufragio universal y equitativo, también para las mujeres.
o Amnistía para los presos políticos.
Alemania, depósito sus esperanzas en el presidente Wilson y aceptó las exigencias
fundamentales de los norteamericanos, para poner fin a las hostilidades. Y así, el 11 de
noviembre de 1918 una representación del nuevo gobierno se desplazó a Compiègne en
Francia, para firmar el armisticio que pondría fin a las hostilidades. Y entonces, ¿a qué
se dedicarían los soldados cuando regresaran a la patria? Atormentados por la
incertidumbre del futuro, muchos de ellos pasaron a engrosar las filas de esa generación
perdida de alemanes incapaces de integrarse. Otros, sin embargo, encontraron en la
política una forma de rehacerse.
El mismo día que Ebert se instauró en el poder, Scheidemann, dirigente del SPD
anunció desde la balconada del Reichstag proclamó la República, al mismo tiempo,
Karl Liebknecht, conocido socialista radical y antibélico, proclamaba la república
socialista. Si bien Ebert ni siquiera había autorizado tales proclamaciones. Ebert era de
la opinión de que el Gobierno debía legitimarse mediante procedimientos democráticos:
las urnas, antes que nada, y tenía miedo de que la revolución que había instaurado la
República, se pareciera mucho a la revolución rusa. Para él, los comités no eran la
forma embrionaria de una sociedad plenamente democrática, sino, más bien, un
peligroso experimento radical con resabios de bolchevismo, había pues que eliminarlos,
pero no en la crítica situación de 1918-1919.
Con suerte, unas elecciones y una Asamblea Constituyente, mejorarían tal
situación. . Pero los socialdemócratas no podían afrontar solos semejante tarea, porque
si bien eran el partido más importante de Alemania, debían de lidiar con otros cinco
partidos. Ebert estableció entonces, compromisos con los oficiales del ejército, los
capitalistas y los funcionarios de alto rango, ofreciéndole a cada grupo determinados
privilegios, para ponerlos al servicio del Gobierno. Estos privilegios tenían el propósito
de alejar a Alemania del caos y de la revolución, y de adentrarse en la democracia y la
recuperación económica, pero no por eso resultaron menos fatídicos.
A mediados de diciembre, se reunió el Congreso General de Comités de Obreros
y Soldados, para discutir qué sería de la revolución alemana, cuestión en torno a la cual
se compartieron múltiples opiniones. Max Cohen explicó la posición del gobierno
insistiendo en la necesidad de orden, productividad y disciplina, porque sólo se llegaría
al socialismo cuando se alcanzase el máximo nivel de productividad. Proponía entonces
que para convencer a las multitudes de las bondades del socialismo, había que celebrar
unas elecciones libres para la Asamblea nacional constituyente. Muchos se opusieron a
esto, proponiendo soluciones mucho más radicales como establecer una alianza con la
Rusia bolchevique. Los socialdemócratas salieron fortalecidos de aquel congreso y
fueron capaces de refrenar el radicalismo de los comités.
Ante esto, los trabajadores más radicales de Berlín y el incipiente Partido
Comunista, protagonizaron una revuelta armada en enero de 1919, que sólo sirvió para
marginar aún más a la extrema izquierda. Durante la represión de la revuelta, cayeron
asesinados los principales dirigentes comunistas: Liebknecht, y Rosa Luxemburgo. Dos
meses después, gobierno dejó como permitido disparar contra toda persona que se
enfrentara con las armas a las tropas gubernamentales.
En tal situación, los alemanes fueron llamados a las urnas y el 19 de enero de
1919 acudieron en masa a las urnas para elegir la Asamblea constituyente. Para que
Alemania se adentrase por la senda del orden democrático, el Partido Socialdemócrata
Alemán (SPD) se coligó con el Partido Democrático Alemán (DDP) y el Partido del
Centro Católico. Fue esta la llamada coalición de Gobierno de Weimar. En Weimar, los
representantes electos comenzaron a trabajar en el borrador de una constitución, que
sería proclamada formalmente el 11 de agosto de 1919, ésta, consagraba las libertades
fundamentales (de expresión/de prensa/igualdad) establecía el derecho al sufragio
universal y libre de todos los ciudadanos alemanes desde los 21 años, y reconocía al
Estado Federal Alemán como uno encabezado por el canciller que respondía ante el
Parlamento. Cada 7 años se elegiría un presidente que debía designar al canciller y a los
miembros del gobierno.
Al tiempo que los diputados alemanes esbozaban la constitución, se reunían en
París las grandes potencias para redactar los tratados que, desde su visión, servirían de
instrumento definitivo para garantizar la paz en un futuro. Recién a finales de abril de
1919, los vencedores citaron a los delegados alemanes en Versalles, donde tuvieron
ocasión de comprobar el escaso valor de las promesas de Wilson. Y cuando por fin se
les presentaron las condiciones, los representantes alemanes no salían de su asombro.
Los alemanes disponían de dos semanas para dar una respuesta y, en tan breve periodo,
fueron capaces de reunir la documentación pertinente y preparar argumentos para
mostrar su oposición a los exigentes términos del tratado. Pero eso no valió de nada,
Alemania quedó condenada a duras condiciones, y en tal punto el rechazo al tratado era
imposible, porque habría implicado el avance de los ejércitos aliados.
Se dio entonces otro ultimátum a Alemania: disponían de cinco días para firmar
el tratado. Con la amenaza de la invasión sobre sus cabezas, el gobierno y el mando
militar dieron su consentimiento, y la Asamblea Constituyente lo aprobó. Así, el 28 de
junio de 1919 fue firmado el tratado de paz. Mientras en el pueblo alemán crecía el
sentimiento de que tal tratado era profundamente injusto, y eso no contribuyo más que a
debilitar la ya frágil República de Weimar. Pero, a pesar de todo, y como consecuencia
de la Revolución, los alemanes vivieron entre 1918 y 1933 la situación política más
democrática que habían vivido hasta entonces, y esto a su vez, se presentó como un
importante periodo de creatividad artística e intelectual.