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Creating new heights

Nuevo Montblanc 1858 Geosphere. Spirit of Mountain Exploration.

montblanc.com/1858

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09.2018

HISTORIA DE UNA CARA

El trasplante revolucionario que le dio a una joven una segunda oportunidad

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NATIONAL

GEOGRAPHIC

CONTENIDO

TESTIMONIOS

10

Cohetes para todos

Cada año en el desier- to de Nevada, los afi- cionados se reúnen para lanzar proyectiles de alta potencia a mi- les de kilómetros hacia el cielo.

FOTOGRAFÍAS DE ROBERT ORMEROD

EMPRENDE

17

REFLEXIONES

Bacterias resistentes

La resistencia a los antibióticos aumenta, gracias a un truco evolutivo.

P O R DAV I D Q UA M M E N

ADEMÁS

Rastreo de ballenas Reciclar las redes de pesca

SEPTIEMBRE

DE

2018

En portada

Katie Stubblefield posó para este retrato antes de pasar por un trasplante facial. Muestra su rostro con daños severos, pero la fotógrafa Maggie Steber también quería capturar “su belleza interna, su or- gullo y su determinación”.

MAGGIE STEBER

EXPLORA

24

DECODIFICADOR

Vida en el queso

Las bacterias y hongos que viven en la corteza del queso podrían lle- var a resolver algunos de los grandes proble- mas del mundo.

POR DANIEL STONE

A TRAVÉS DE LA LENTE

Vista mortal

Un fotógrafo creyó co- nocer todos los peligros de una cueva llena de murciélagos y víboras.

POR JOEL SARTORE

ADEMÁS

El primer nodosaurio mexicano Pasión por el panda rojo

SEPTIEMBRE

|

CONTENIDO

ARTÍCULOS

La nueva cara de Katie

 

El cálao de yelmo

Las cabezas de estas

Identidad. Experiencia. Emoción. El rostro hu- mano expresa todo

Pasaje a otros tiempos

Caminata entre los picos de Asia central.

lucha por sobrevivir

aves extrañas se vol-

esto y mucho más.

POR

PAUL

SALOPEK

 

vieron un objetivo para

Como resultado de un

F OTO G R A F Í A S

D E

los traficantes.

acto impulsivo, una ado-

MATTHIEU

PALEY

 

POR

RACHAEL

BALE

lescente perdió su ros-

P. 84

F OTO G R A F Í A S

D E

tro. Avances médicos

TIM

LAMAN

P. 110

y cirujanos talentosos

Balleneros

 

hicieron posible que ella obtuviera uno nuevo.

Los restos de un galeón Vasco arrojan luz sobre

 

P

O R

J OA N N A

C O N N O R S

la vida de los ballene-

F

OTO G R A F Í A S

D E

ros del siglo XVI

M AG G I E

JOHNSON

S T E B E R

Y

LY N N

P. 36

POR FERNANDO G.

BAPTISTA

P. 100

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SEPTIEMBRE

|

ARTÍCULO DE PORTADA

POR

EDITORIAL

UNA ASIGNACIÓN EXTRAORDINARIA

SUSAN

GOLDBERG

EDITORA

EN

JEFE

(NGM)

UNA TRABAJADORA SOCIAL de sesenta y tantos años recibió el corazón de Adrea Schneider. Un hombre de 66 años, su hígado. Una mujer de 51, su pulmón derecho; una de 62, el izquier- do. Sus riñones y córneas fueron donados. Su útero se empleó para realizar una investigación médica sobre la infertilidad. Katie Stubblefield recibió su cara.

Esta es la historia de ese rostro, el regalo de una mujer joven que murió a una mujer de 21 años, quien se con- virtió en la receptora más joven de un trasplante de cara. Es una historia sobre la ciencia de punta y los doctores, las enfermeras y los cirujanos que produjeron un milagro médico. Es una historia sobre, quizá, la parte más característica de nuestro cuerpo y la propia naturaleza de la identidad humana. Es una historia sobre segundas oportunidades. La historia comienza con dos trage- dias. La primera fue la de Katie: un impulso adolescente que cambió su vida y la de su familia para siempre. Un intento de suicidio con un rifle. La descarga le destrozó la nariz, la boca, la mandíbula, la parte frontal de la cara y parte de la frente, y perdió bue- na parte de la vista. La segunda tragedia, cerca de tres años después, fue la de Sandra Ben- nington: perdió a su nieta Adrea, de 31 años, a causa de una sobredosis de drogas. Adrea había decidido ser do- nadora de órganos, pero fue Sandra quien dio el asombroso paso de donar la cara de su nieta a Katie. Adrea “ya no podía utilizar su cara. Cuando vamos al cielo, recibimos un cuerpo nuevo… Fue duro, por supues- to, pero pensé, Dios mío, esta chica necesita un rostro. Sería maravilloso. Me dio la impresión de que estaba es- crito”, dice Sandra.

National Geographic dedicó más de dos años a documentar el trasplante de cara de Katie y detalló el procedi- miento como nunca antes se había hecho. La Clínica Cleveland, en Ohio, Estados Unidos, donde se realizó el trasplante, nos brindó un acceso sin precedentes, pero el más importante fue el de Katie y sus padres, Alesia y Robb Stubblefield, así como el de San- dra Bennington. Confiaron en que conduciríamos, con total precisión y sensibilidad, a millones de lectores

Robb y Alesia Stubblefield posan a ambos lados de su hija Katie. Detrás de ellos, las dos colegas de National Geographic que cubrieron la historia de Katie durante más de dos años: la escrito- ra Joanna Connors (izq.) y la fotógrafa Maggie Steber.

FOTO: MAGGIE STEBER

SEPTIEMBRE

|

EDITORIAL

por el viaje que convirtió a Katie en la cuadragésima persona en el mundo en recibir un trasplante de cara. Katie y su familia permitieron este contacto íntimo, incluido el permiso para entrevistar a sus médicos a pro- fundidad, porque buscan sacar algo positivo de la catástrofe. “Quería que las personas supieran lo maravilloso que es este procedimiento y lo bella que es la vida –contó Katie–. Lo más im- portante: quiero ayudar a la gente”. Nuestra escritora, Joanna Connors, y nuestras fotógrafas, Maggie Steber y Lynn Johnson, convivieron cientos de horas con Katie, sus padres y sus mé- dicos. Estuvieron presentes en las ci- rugías que condujeron al trasplante de cara. Fueron testigos del dolor profun- do de Katie y documentaron los incan- sables esfuerzos de Alesia y Robb para consolarla. La acompañaron a sus citas médicas y convivieron con la familia en su hogar temporal, en la Casa Ro- nald McDonald. Estuvieron en los quirófanos para la cirugía de 31 horas de Katie. Estuvieron presentes cuando la familia de Katie vio su nuevo rostro por primera vez. “Desde que conocí a Katie y a sus padres, me asombró la convicción de los padres de que Katie tendría una nueva cara y que recuperaría su vida –indicó Steber–. Empecé a considerar- los guerreros…, guerreros por su hija”. Esta carta editorial estaría incomple- ta si no incluyera una advertencia. Se trata de una historia que para algunos será muy difícil de ver. Es duro mirar las fotografías de Katie, sobre todo antes de su cirugía. Las fotos de la operación pueden conmocionar a algunos lecto- res. Sin embargo, decidimos contarla porque es relevante. El trasplante de cara de Katie se lo- gró llevar a cabo gracias a los fondos del Departamento de Defensa de Es- tados Unidos. Las aseguradoras no cubren los trasplantes de cara porque se consideran experimentales. El ejér- cito financió esta cirugía, tal como fi- nancia otros trasplantes, por medio del Instituto de las Fuerzas Armadas para Medicina Regenerativa, porque quiere mejorar el tratamiento para los miembros del ejército que han sido heridos en batalla.

E S T A

E S

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H I S T O R I A

Q U E

A L G U N O S

S E R Á

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S O B R E

T O D O

A N T E S

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SU

CIRUGÍA.

PERO

CON-

TARLA

PORQUE

ES

DECIDIMO S RELEVANTE.

Ha habido numerosos avances en la medicina como respuesta a las heridas

y las enfermedades producidas en tiem-

pos de guerra. Como afirma Connors en su historia: “A los 21 años, con una cara severamente herida por un trauma balístico, el Pentágono encontró en Ka- tie a la representante más fiel de sus guerreros heridos”. La historia también es importante porque destaca los avances científicos que han logrado los médicos. Buena parte del trabajo que le permitió a Ka-

tie volver a respirar por la nariz, comer

y hablar empezó en la Clínica Cleve-

land en 1995, en el laboratorio de la cirujana y científica Maria Siemionow. Mientras que muchos en la comunidad médica desdeñaron el esfuerzo, Sie- mionow se centró en la investigación elemental; realizó el primer trasplante de cara en ratas en 2003 y, en 2008, el primer trasplante de una cara humana en Estados Unidos. Como verán en esta historia, el ca- mino de Katie ha sido extraordinario

y arduo. Aún no termina: le esperan

más cirugías. Dependerá, de por vida, de medicamentos muy potentes. Pero podrá salir a la calle para compartir un mensaje importante, que le ha costado mucho aprender, con los jóvenes que sienten que no pueden seguir viviendo. “Pueden superar cualquier cosa que suceda en sus vidas. La vida es un re- galo hermoso”, dice Katie. Katie tiene un mensaje conmovedor para Sandra Bennington y Adrea Sch- neider: “Gracias por ser tan amorosas, generosas y empáticas. Me devolvieron la vida. Siempre las amaré y estaré

agradecida por este hermoso regalo”.

*** Muchas gracias por leer National Geographic.

N AT I O N A L

TESTIMONIOS

G E O G R A P H I C

FOTOGRAFÍAS

DE

ROBERT

ORMEROD

LA TIERRA VISTA DESDE TODOS SUS ÁNGULOS

Grant Thompson, quien tiene un canal de ciencia tipo “hazlo tú mismo” en YouTube, batalla con el peso de

COHETES PARA LA GENTE COMÚN

En el desierto de Nevada, aficionados lanzan sus cohetes caseros a la atmósfera.

VOL.

43

NÚM.

3

un cohete durante el lanzamiento anual de la Asociación de Cohetería Tripoli, en el desierto de Black Rock.

TESTIMONIOS

La Administración Federal de Aviación de EUA permite lanzar objetos hasta una altura de 150 kilómetros.

Los participantes buscan construir cohetes que conforme se elevan dejan una estela de condensación vertical.

SEPTIEMBRE

DE

2018

13

TESTIMONIOS

Desde 1991, aficionados, científicos y estudiantes como Jake Warshawsky, de 13 años –con el Green Machine–, y Leif

Jurvetson, de 16 –con Nike Ska–, se han reunido en el desierto de Black Rock para lanzar sus proyectiles caseros.

SEPTIEMBRE

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TESTIMONIOS

LA HISTORIA DE FONDO

UN

FOTÓGRAFO

SE

ENCUENTRA

SUEÑO

DE

REALIZAR

VUELOS

EL CALOR Y LOS REMOLINOS de polvo

se ciernen sobre la tierra agrietada del noroeste de Nevada. En el otoño de 2016, el fotógrafo Robert Ormerod se desvió de la carretera en dirección al lecho seco de un lago en el desierto de Black Rock, en busca de un sitio para lanzamiento de cohetes. Vislumbró una hilera borrosa de casas rodantes de los asistentes a una famosa convención de cohetería amateur. Desde 1991, la Administración Fede- ral de Aviación de Estados Unidos le ha permitido a la Asociación de Cohetería Tripoli lanzar cohetes hasta una altura de 150 kilómetros. Es una de las pocas ocasiones en las que pueden lanzarse cohetes de gran altitud de forma se- gura y legal, por lo que entre 100 y 200 aficionados se reúnen anualmente para poner a prueba sus creaciones. Un ingeniero instaló una cámara GoPro en su cohete; le mostró a Orme- rod imágenes que la cámara capturó desde las alturas. Desde el centro de

CON

PERSONAS

EN

ESPACIALES

QUE

LA

VIVEN

TIERRA.

SU

control se escucha un conteo regresivo:

5, 4, 3, 2, 1. Los cohetes despegan y des-

pués flotan suavemente de regreso a la Tierra en paracaídas, si no fallan. De niño, a Ormerod le gustaban los astronautas y la ciencia ficción, pero nunca imaginó que podría salir de la Tierra. “Cuando solo un porcentaje diminuto de personas puede ir al espa- cio, ¿qué hace el resto que sueña con eso?”, se preguntaba. Después, duran- te un lanzamiento de cohetes en su natal Escocia, encontró la respuesta:

cumplen sus sueños interestelares en tierra. Poco después ya seguía a un gru- po de científicos hasta un terreno que simulaba Marte, en Utah, Estados Uni- dos, y a cazadores de auroras boreales en la espectral costa de Islandia. Más adelante visitará a entusiastas de los

círculos en cultivos, ubicados en Rusia,

y a astrónomos en Sudáfrica. “Estos

aficionados son gente común, pero están despegando hacia el espacio ex- terior”,aseguraOrmerod. —NINASTROCHLIC

Peter Thoeny lleva un cohete que fabricó su hijo, Alexis, estudiante de ingeniería aeroespacial.

EMPRENDE

LOS

DESCUBRIMIENTOS

DE

NATIONAL

GEOGRAPHIC

HOY

QUE

DEFINIRÁN

EL

MUNDO

DE

MAÑANA

VOL.

43

NÚM.

3

Las bacterias contraatacan

LA RESISTENCIA DE LAS BACTERIAS A LOS ANTIBIÓTICOS AMENAZA LA VIDA Y ES UN FENÓMENO QUE SE PROPAGA CADA VEZ MÁS LEJOS Y MÁS RÁPIDO, GRACIAS A UN TRUCO EVOLUTIVO POCO CONOCIDO.

E

POR

DAV I D

Q UA M M E N

ES UN MUNDO PELIGROSO, como sabemos, pero aún más porque algunos riesgos no dejan de evolucionar. El virus del Ébola y varios tipos de influenza se pue- den adaptar. ISIS puede cambiar de tácticas, mientras que Kim Jong Un puede cambiar de rumbo de ma- nera radical. Y ahora los expertos advierten que hemos entrado a la “era postantibióticos”, durante la cual cada vez más personas –cientos de miles– sufrirán y morirán cada año tras ser infectadas por bacterias que alguna vez se controlaron fácilmente con antibióticos. La Organización Mundial de la Salud considera que la resistencia a los antibióticos es una de las mayores amenazas del siglo XXI. Tan solo una de estas ame- nazas microbianas, Staphylococcus aureus, resisten- te a múltiples fármacos, ocasionó más de 11 000 decesos en Estados Unidos solo en 2011 y, junto con otros microbios resistentes, es responsable de cientos de miles de muertes cada año en todo el mundo.

SEPTIEMBRE

DE

2018

17

EMPRENDE

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REFLEXIONES

¿Cómo sucedió? Gracias a una combinación de selección natural darwiniana (ataca a una población de bacterias con un antibiótico y sobrevivirán las más aptas) y un mecanismo evolutivo descubierto en fechas mucho más recientes, un fenómeno tan contradicto- rio que Charles Darwin ni siquiera lo imaginó: la trans- ferencia genética horizontal. Significa que los genes se desplazan lateralmente y cruzan fronteras: entre individuos, entre especies, incluso entre reinos de la naturaleza. La secuencia del genoma revela que esa transferencia horizontal de ADN ha sido primor- dial en la historia de la vida y es especialmente común entre las bacterias, lo cual tiene implicaciones par- ticulares en la propagación de los genes responsables de la resistencia a los antibióticos.

UN CIENTÍFICO JAPONÉS de nombre Tsutomu Wa-

tanabe lo anticipó a principios de los años sesenta. La labor de los japoneses comenzó tras la Segunda Guerra Mundial. Fue una respuesta al incremento de los casos de disentería bacilar. Es posible que la escasez, el desplazamiento y la interrupción de los servicios de salud y sanitarios tras la guerra hayan agudizado el problema, sin embargo, el factor causal fue la infección por bacterias del género Shigella. Para tratarla se emplearon sulfonamidas, pero cuan- do las cepas de Shigella se mostraron resistentes, la comunidad médica se vio obligada a recurrir a nuevos antibióticos, como la estreptomicina y la tetraciclina. Para 1953, las cepas de Shigella también mostra- ron resistencia a esos dos antibióticos. Sin embargo, cada cepa bacteriana era resistente solo a uno de esos medicamentos. Todavía podía combatirse con los otros. Después, en 1955 una mujer japonesa re- gresó de un viaje a Hong Kong con disentería y la Shigella en sus heces resultó resistente a múltiples antibióticos. Desde ese momento, la resistencia se propagó rápidamente y, para finales de los cincuen- ta, Japón sufrió una ola de brotes de disentería cau- sados por supermicrobios de Shigella resistentes a cuatro tipos de antibióticos: las sulfonamidas, la estreptomicina, la tetraciclina y la cloromicetina. La alarma aumentó cuando investigadores descu- brieron que el fenómeno no era exclusivo de Shigella. Algunos cultivos de Escherichia coli provenientes de pacientes con Shigella resistente a los antibióti- cos mostraron resistencia al mismo antibiótico. Parecía que E. coli y Shigella compartían genes. Al parecer, todo un paquete de genes de resistencia a los antibióticos se había desplazado lateralmente, tal vez en las profundidades de los intestinos de los pacientes, de una bacteria a otra. Y el intercambio no se limitaba a Shigella y E. coli. Una investigación ulterior demostró que el paquete podía cruzar fron- teras entre otras especies, incluso de un género a otro, entre casi todos los grupos de bacterias enté- ricas, una extensa familia de microbios que vive en el intestino humano. ¿Qué era exactamente este paquete de genes que cruzaba fronteras con tanta facilidad? Watanabe y

Microbios contra antimicrobios: una carrera armamentista

En 1928 se descubrió la penicilina y se desarrolló para su uso médico a principios de los cuarenta, como un arma potente para combatir distin- tos tipos de Staphylococcus. Para 1955 empezaron a aparecer cepas de Staphylococcus resistentes a la penicilina, sobre todo en hospita- les, desde Sídney hasta Seattle.

En 1959, la meticilina salió al merca- do; era particularmente útil para combatir Staphylococcus aureus, resistente a la penicilina. Sin em- bargo, para 1972 ya había aparecido una variedad de Staphylococcus aureus resistente a la meticilina en Inglaterra, Estados Unidos, Polonia, Etiopía, India y Vietnam.

En 1972, la vancomicina salió al mercado; recibió su nombre en vir- tud de su capacidad para derrotar microbios resistentes a medica- mentos anteriores. Pero, para fina- les de los ochenta, había aparecido la resistencia a la vancomicina en la bacteria Enterococcus, adoptando la forma de un gen denominado vanA y, al cabo de otra década, el gen vanA ya había dado un salto lateral de Enterococcus a Staphylo- coccus, incluida Staphylococcus aureus. Para 1996 se registraron infecciones de Staphylococcus re- sistentes a la vancomicina y, a prin- cipios del siglo XXI, en Estados Unidos también se registró esa resistencia. Y ese fue solo el principio. —DQ

La artista Victo Ngai quiso ilustrar una “ironía es- calofriante”. Los antibióticos que alguna vez diezmaron las bacterias han ayudado a los micro- bios a ser resistentes a los medicamentos. Aquí, un puñado de antibióticos administrados en un estómago da origen a una “superespiroqueta mucho más grande que sus contrapartes –afirma Ngai–. Está compuesta por un conjunto de mu- chas pastillas, lo cual demuestra que la toma ex- cesiva de antibióticos fortalece las bacterias”.

ILUSTRACIÓN: VICTO NGAI

EMPRENDE

|

REFLEXIONES

un colega, Toshio Fukasawa, aventuraron una hi- pótesis: era un episoma, una suerte de elemento genético autónomo, que existe y se replica dentro de una célula, independientemente del cromosoma de la misma. Codifica características que pueden ser innecesarias para la vida cotidiana, pero que son útiles en emergencias, como la tolerancia a la sequía y la inmunidad al veneno. En su estudio de 1963, Watanabe le expuso al mundo científico lo que ya había declarado en ja- ponés junto con Fukasawa: la multirresistencia a la estreptomicina y a los otros tres antibióticos se co- dificaba en un episoma. Ese episoma explicaba cómo era posible que bacterias inocuas como la E. coli común pudieran transmitir, en un abrir y cerrar de ojos, genes que codifican la multirresistencia anti- biótica entre distintas especies y pasarlos a bacterias peligrosas, como Shigella dysenteriae. Posterior- mente, la palabra “episoma” se sustituiría con un sinónimo, “plásmido”. Ahora, los científicos consi- deran que los plásmidos son un mecanismo para transferir genes de resistencia antibiótica –a veces paquetes enteros de genes de multirresistencia– de una especie de bacteria a otra. Entre los avances recientes más preocupantes está la declaración de un equipo de científicos chi- nos que hace dos años descubrió un gen que codi- fica la resistencia a la colistina –un antibiótico de último recurso que se había considerado “crucial para la medicina humana”– en una cepa de E. coli aislada de un cerdo. Llamaron al gen mcr-1. La razón por la que su descubrimiento fue en particular es- calofriante fue porque el mcr-1 viajaba en un plás- mido, es decir, podía pasarse fácil y rápidamente de una especie de bacteria a otra por medio de la transferencia horizontal. Poco después del anuncio chino se produjo una oleada de publicaciones de otros grupos de cientí- ficos que declaraban que ellos también habían encontrado el gen mcr-1. Esto quiere decir que, dentro de poco, la colistina también puede ser in- eficaz para combatir muchas clases de bacterias multirresistentes.

M I E N T RA S TA N TO, la influencia de Tsutomu Wata- nabe había llegado muy lejos. En 1962, un joven estadounidense de nombre Stuart B. Levy sabía de su existencia y dispuso todo para trabajar un par de meses en el laboratorio de Watanabe, en la

LOS

ANTIBIÓTICOS

AUMENTA-

RON

LA

CALIDAD

Y

DURACIÓN

DE

TALECIERON

NUESTRA

VIDA,

A

PERO

NUESTROS

BACTERIANOS.

ENEMIGOS

FOR-

Universidad de Keio en Tokio. Fue una experiencia formativa. Stuart Levy, ahora doctor en medicina, es profe- sor en la Facultad de Medicina de la Universidad

Tufts y una autoridad internacional en cuanto al uso, abuso y resistencia de los antibióticos. Cuando

lo visité en su oficina, recordó a Watanabe.

Era un hombre de baja estatura, pocos centímetros más bajo que Levy, cuyo inglés era impecable y tenía una actitud directa con los alumnos y posdoctoran- dos. En el campus se trasladaba en bicicleta en com- pañía de sus colegas de menor rango y a veces los llevaba a un bar para una noche de karaoke. Durante un viaje a Filadelfia para una reunión científica, Wa- tanabe se quedó en casa de los padres de Levy, quie-

nes vivían cerca. “Yo estaba encantado porque lo idolatraba, a un grado inusual”, comenta Levy. Era un mentor alegre, un científico centrado y solemne. Me pregunté qué había sido de él. “Falleció de cáncer de estómago –cuenta Levy–.

A sus cuarenta, principios de los cincuenta”. Cuando Levy concluyó sus estudios médicos, se

involucró en una misión vitalicia para intentar pro- teger el mundo de los supermicrobios bacterianos. En 1992 publicó un libro titulado The Antibiotic Paradox, en el cual la paradoja es que estos medi- camentos, que durante el siglo XX mejoraron la calidad y prolongaron la duración de las vidas hu- manas, también han fortalecido a nuestros enemi- gos bacterianos, obligándolos a adaptarse al desafío evolutivo. Levy escribió que, en la época de Wata- nabe, la proliferación de la transferencia de genes codificadores de resistencia por plásmidos “les ad- virtió a los microbiólogos y a los científicos médicos del alcance de la propagación de genes, hasta en- tonces inimaginable”. En aquel tiempo no se comprendieron amplia- mente las implicaciones, pero hoy día sí: recorren

el planeta con la misma velocidad que un gen pue-

de dar un salto lateral.

Investigación “enmarañad

El primer artículo del colaborador de National Geographic, David Quammen, sobre una enfer- medad infecciosa fue “Contacto mortal”, publi- cada en la edición de octubre de 2007 de la revista. Este ensayo es una adaptación del libro The Tangled Tree, © 2018 de David Quammen, publicado en agosto de 2018.

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HALLAZGOS

E

N V Í O S

D E S D E

L A

VA N G U A R D I A

Y

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C I E N C I A

I N N OVAC I Ó N

ANIMALES

DONDE VAGARON LAS ANTI- GUAS BA- LLENAS

L

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P E R C E B E S

C

O N T I E N E N

C L AV E S

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O B R E

L O S

F L U J O S

Etiquetar y monitorear las ballenas puede revelar sus rutas migratorias, pero no qué tan lejos vagaron sus ancestros hace cinco millones de años.

Larry Taylor, investigador de la Univer- -

a

sidad de California en Berkeley, sabía que las conchas de los percebes act les toman átomos de oxígeno con u peso diferente según los cuerpos a c feros. Eso crea un registro de los m en los que han estado como pasaj e de las ballenas. Taylor hizo una ca c

ría de fósiles que vivieron en las pri

ras ballenas jorobadas y, lotería, tenía

conchas de percebe. Ahora espera

e

Una teoría fresca sobre el maíz

Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts plantea que los climas del cinturón maicero se alteran por el mis- mo maíz: millones de hectáreas de plantas que consumen bióxido de carbono y luego expulsan agua, lo que causa temperaturas más bajas y más lluvia.

AMBIENTE

Red de triunfos para los océanos

La gran mancha de ba- sura en el Pacífico con- tiene al menos 80 000 toneladas de plástico y casi la mitad de ellas son redes de pesca. Una compañía llamada Bureo intenta resolver el problema del plásti- co en los océanos al reciclar las redes en patinetas, quillas para tablas de surf y gafas para el sol. En sus insta- laciones de California y Chile, Bureo procesa las redes en perlas, luego se aplica presión y calor mientras se inyectan los fragmentos en mol- des, lo que representa un triunfo en la guerra contra la contamina- ción por plásticos. LC

MIGRATORIOS arrojar luz sobre los flujos de las balle- nas prehistóricas, así como sobre la evolución de los mares. —LORI CUTHBERT

FOTOGRAFÍAS: MASA USHIODA, WATERFRAME/BIOSPHOTO (BALLENA); CHRISTA NEU, UNIVERSIDAD LEHIGH (PATINETA); MARK THIESSEN (NGM).

EXPLORA

ESCLARECER LOS MISTERIOS Y LAS MARAVILLAS Y QUE ESTÁN A NUESTRO ALREDEDOR

NATIONAL

Geotrichum candidum (hongo)

GEOGRAPHIC

COUPOLE

La corteza de este queso cremoso de Vermont está dominada por un hongo. El moho le da a la costra una apariencia arrugada. Mientras que el interior es sua- ve y alimonado, la corteza es potente e intensa, “como una flatulencia dulce y mantecosa”, comenta el microbiólogo Benjamin Wolfe.

Staphylococcus succinus, S. xylosus (bacteria) y Penicillium commune (hongo)

AZUL BAYLEY HAZEN

Esta variedad de queso azul desborda un comportamiento microbiano único. Los hongos libran una batalla abierta por el territorio al producir compuestos anti- bacterianos. Los investigadores también documentaron que algunos microbios cambian con cada nueva generación.

VOL.

43

NÚM.

3

Mucor lanceolatus (hongo) y Serratia proteamaculans (bacteria)

DECODIFICADOR

Vibrio casei, Psychrobacter sp., y Halomonas sp. (bacteria)

T OMME O DE SABOYA

Las bacterias en este queso francés y suizo

usa an los mohos como avenidas para espar-

cirs se por su superficie, ejemplo de cómo

hon ngos y bacterias trabajando juntos. Este

que eso es bajo en grasa, de la cual se alimen-

tan las bacterias, lo que reduce la extensión

y el ritmo de la actividad microbiana.

O R

P O

DANIEL

STONE

L QUESO

El queso está lleno de ho ongos y bacterias. Cómo

int teractúan podría resolver

pr eguntas científicas.

FABRICAR QUESOS es un arte, pero tam- bién una ciencia. Al igual que otros alimentos fermentados el queso es un producto derivado de bacterias y leva- duras, además de moho. En su mayoría se trata de leche cuajada, pero añadir un cultivo único de microbios deter- mina su textura y sabor. En su corteza abundan los microbios, que lo mani- pulan y ayudan a crear una cubierta para mantener la humedad adentro.

El laboratorio del microbiólogo Ben- jamin Wolfe, en la Universidad Tufts, estudia cómo interactúan las bacterias

y los hongos en los ecosistemas del que-

so. “Hay guerra y paz en estas costras

de queso”, comenta Wolfe. Entender qué influye en el comportamiento mi- crobiano arrojará luz sobre cómo ma-

nipularlo y diseñarlo. Eso podría llevar

a fármacos más efectivos, a nuevas

maneras de inocular cosechas contra enfermedades e incluso a un futuro de microbios colonizadores de otros pla- netas. Sin mencionar un mejor queso.

WINNIMERE

Este queso de Vermont contiene una mez- cla de levaduras y bacterias. El Winnimere hospeda bacterias marinas, con probabili- dad de las salmueras y sales marinas que se utilizan para producirlo. El producto hú- medo y salado ofrece condiciones óptimas para la proliferación de estos microbios.

FOTOGRAFÍAS: REBECCA HALE (NGM); BENJAMIN E. WOLFE (MICROBIOS)

EXPLORA

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PALEONTOLOGÍA

EL CONOCIMIENTO SE EXPANDE

POR

L U I S

E R N E S T O

N AVA

EN DICIEMBRE DE 2017, National Geogra-

phic en español cubrió el hallazgo de un nuevo dinosaurio, tanto en género como en especie: el Yehuecauhceratops mudei. Ahora tenemos otro nuevo dinosaurio, en territorio mexicano, también en género y especie, apenas consignado hace un par de meses. El equipo formado por Héctor Rive- ra Sylva y Rubén Guzmán Gutiérrez, con el apoyo del Museo del Desierto, prota- gonizó el hallazgo del Acantholipan gonzalezi (nombrado así en honor del director del museo, Arturo H. González González). Se trata del primer dinosau- rio nodosáurido nombrado en México, lo que lo hace también el representante más sureño de este grupo de dinosaurios acorazados que habitó el subcontinen- te de Laramidia (lo que hoy es América del Norte occidental) durante el Cretá- cico superior. Es decir, hace unos 85 millones de años. Héctor Rivera nos comenta: “Gracias a las características en sus huesos, nos dimos cuenta de que se trataba de un

nodosaurio. Sin embargo, tenía una espina cónica que nos permitió pensar que el dinosaurio era nuevo, ya que una espina como esa no estaba presente en otros dinosaurios de la misma familia y periodo. Sin embargo tuvimos que comparar la ulna (uno de los huesos del antebrazo) con las de otros nodo- saurios, para poder sustentar que poseía características únicas”. La importancia de este descubrimien- to radica en que el ejemplar es nuevo en cuanto a género y especie, lo que sugiere altos grados de especiación; en palabras de Rubén Guzmán: “La pre- sencia de un nuevo género y especie de dinosaurio nodosáurido en Coahuila brinda evidencia adicional de la exis- tencia de un endemismo en lo que hoy es el noreste de México. Este fenómeno consistente quizá en barreras geográfi- cas aún no identificadas que aislaban las poblaciones de dinosaurios que se encontraban en la parte sur de Larami- dia, lo que provocaba que se diferencia- ran de las que habitaban otras regiones”.

Es descubrimiento del Acantholipan gonzalezi, un nodosaurio nuevo en género y especie en el sur de lo que fuera el continente de Laramidia, apunta a un alto grado de endemismo entre los dinosaurios de esta región de Coahuila en México.

ILUSTRACIÓN: SERGIO DE LA ROSA

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EXPLORA

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A

TRAVÉS

DE

LA

LENTE

Una mirada que pudo haber sido mortal

TEXTO

Y

FOTOGRAFÍAS

DE

JOEL

SARTORE

H AC E VA R I O S A Ñ O S , en una asignación para Natio- H nal Geographic, me aventuré dentro de una cueva en Uganda para fotografiar un conglomerado de aproximadamente 100 000 murciélagos egipcios de la fruta. Los murciélagos son comunes en toda África, pero esta cueva era especial: tenía la forma de un arco y por ambos extremos entraba la luz. El techo de roca se encontraba a poca altura, lo que significaba que los murciélagos estarían cerca y la sesión fotográfica sería relativamente fácil. El único peligro real, pensé, serían las pitones y cobras de bosque que se deslizaban en el suelo de la cueva en busca de cadáveres de murciélagos. Esta- ría a salvo siempre y cuando tuviera cuidado al ca- minar. O eso creí. Después de trabajar algunas horas, salí de la cueva al atardecer. Estaba sucio y cansado, pero emociona- do por las imágenes que había tomado y porque a los murciélagos pareció no importarles mi presencia. A unos 100 pasos de la cueva, escuché un tremen- do estruendo mecánico sobre mi cabeza. Después se levantó una ráfaga de viento impregnada de olor

a amoniaco, al tiempo que los murciélagos en la

cueva salían en masa hacia el crepúsculo para iniciar su búsqueda nocturna de alimento.

Miré hacia arriba, solo un segundo, y un pequeño trozo de guano fresco me cayó en el ojo izquierdo. Estaba caliente y ardía. Supe de inmediato que se trataba de un “contacto húmedo”, en potencia tan peligroso como una mordida. He fotografiado animales desde hace décadas y conozco muy bien este trabajo: lo más peligroso no son los osos ni los leones, sino lo más pequeño. Se me han enterrado larvas de éstridos en las manos

y la espalda baja. Una vez contraje leishmaniasis

EN UNA MISIÓN DENTRO DE UNA CUEVA LLENA DE MUR- CIÉL AG O S Y SERPIENTES, UN FOTÓ GRAFO CREÍA CONO CER LO S PELIGRO S L ATENTES, PERO ARRIES G Ó SU VIDA CUANDO SALIÓ DE LA CUEVA.

SEPTIEMBRE

DE

2018

29

EXPLORA

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A

TRAV É S

DE

LA

LENTE

Para un artículo sobre la vida silvestre en la falla Albertina de África, Joel Sartore fotografió murciélagos egipcios de la fruta que habita- ban en una cueva en Uganda. Cuando abandonó la cueva, puso en peligro su vida al dirigir la vista hacia el cielo.

mucocutánea, enfermedad causada por un parási- to que se alimenta de la piel, que requirió un mes de quimioterapia. De vuelta en el campamento llamé de inmediato a la oficina local de los Centros para Control y Preven- ción de Enfermedades de Estados Unidos, para saber si la agencia conocía el tipo de enfermedades conta- giosas que estos murciélagos podían portar. “No debió haber entrado a ese lugar –advirtió el hombre–. En esa cueva se encuentra el virus de Marburgo”. El virus de Marburgo ocasiona una muerte terrible

y complicada. Causa una especie de fiebre hemorrági-

ca (traducción: sangras por todas partes) muy similar

a la que ocasiona el virus del Ébola (con la diferencia

de que algunas veces te mata un poco más rápido). No existe un análisis sencillo para detectar el virus de Marburgo. Si estaba infectado, los síntomas se presentarían entre tres días y tres semanas después:

dolores de cabeza intensos, insuficiencia orgánica y una fiebre tan severa que no recordaría mucho, en caso de que sobreviviera. En algunos brotes, el núme- ro de víctimas mortales ha alcanzado 90 %. “Regrese a casa ahora mismo –me dijo el representante de la agencia–, antes de que pueda volverse contagioso”. De vuelta en Nebraska, comencé un periodo de cuarentena dentro de mi propia casa. Por primera vez pensé en la muerte constantemente. Recuerdo que los días eran soleados, las aves cantaban, el ca- mión de la basura pasaba por el vecindario. De hecho, el mundo seguía su curso como si nada en absoluto estuviera mal. Pensé, ¿acaso no saben lo que sucede aquí dentro? Era obvio que no. Si lo supieran, sería

motivo suficiente para salir en las noticias en cade- na nacional. Durante tres semanas me mantuve alejado de mi familia. Encontraba mis comidas en una bandeja fuera de mi puerta, aunque no comía mucho. Me quedaba sentado pensando: “¿Tengo calor? ¿Me due- le la cabeza?”. Me tomaba la temperatura 50 veces al día. Al menor indicio de fiebre tenía planeado con- ducir de inmediato al hospital más cercano, ubicado a pocos kilómetros, en donde ya me habían prepara- do una habitación de aislamiento con presión de aire negativa (para evitar que el virus se esparciera). Den- tro de esa habitación, imaginé, habría también una carpa con presión de aire negativa alrededor de mi cama para aislarme aún más. Hasta ese momento, el encargo de capturar en imá- genes la vida silvestre en la falla Albertina de África había sido una experiencia emocionante. Habíamos colocado cámaras trampa en abrevaderos y cadáveres, con las que tomamos imágenes de hipopótamos, hie- nas y leopardos a centímetros de distancia. Pero eso había sido entonces, parecía a un mundo de distancia. Aquí, en Lincoln, Nebraska, el tiempo se arrastraba en mi pequeña habitación. Me pregun- té si mis fotografías eran lo suficientemente buenas. Me pregunté qué fotografías me había perdido por no permanecer en Uganda hasta el final de mi estancia programada. Pero, más que eso, me pregunté si, una vez fuera de peligro, apreciaría todo lo que tenía: mi familia, mi vida y el privilegio absoluto de tratar de salvar las últimas zonas silvestres del mundo con mis fotografías, algo a lo que aún no puedo creer que me haya dedicado. El día 22, el último de la cuarentena y sin señales de la enfermedad, por fin pude salir. Me senté en mi pro- pio comedor por primera vez desde que partí rumbo a África.MiesposaKathyynuestrostreshijospreparaban una comida especial para celebrar el final de mi cua- rentena. Entonces, alguien prendió la licuadora. Por un instante, en la habitación reinó el sonido de un millar de murciélagos emprendiendo el vuelo. Cerré los ojos con fuerza, por si acaso.

El fotógrafo Joel Sartore es fundador de Photo Ark, un proyecto plurianual en asociación con National Geographic para crear un archivo fotográfico de cada especie animal en cautiverio.

C A

ASIA

UGANDA

OCÉANO

ÍNDICO

8 362

Número de especies y subespecies que Sartore ha fotogra- fiado hasta la fecha.

FOTOGRAFÍA: CHARLES RASH; NGM MAPS

EXPLORA

|

INSTINTOS

BÁSICOS

PREPARADOS PARA EL SEXO POR 24 HORAS, UNA VEZ AL AÑO

FOTOGRAFÍA

DE

JOEL

SARTORE

ÉL SE LLAMA SUNDAR ; ella es Khusi. Los casamenteros en Nueva Zelanda los presentaron en el hábitat para pandas rojos del Zoo- lógico de Wellington. El objetivo: su reproducción. Las redes globales de programas de reproducción en cautive- rio comparten y emparejan animales con la esperanza de reponer las especies en riesgo y fomentar la diversidad genética. En 2015, cuando Sundar y Khusi llegaron a Wellington desde otros zooló- gicos, “se llevaron muy bien”, comenta Maxine Jenkins, líder del equipo de carnívoros del parque. Aun así, comenzar una familia de pandas rojos puede tomar tiempo, porque las hembras solo están en celo una vez al año y únicamente durante 24 horas. Un día de julio de 2017, los cuidadores notaron comportamien- tos de cortejo: vocalizaciones ruidosas, Sundar obligaba a Khusi a bajar de un árbol al suelo, la seguía durante horas y luego… la consumación, o varias. Pocos meses después hubo más señales reveladoras: Khusi parecía un poco más pesada y recolectaba varas y hojas para un nido. El 17 de diciembre, Khusi dio a luz una cría, Ngima, que en ne- palí significa “sol en el cielo”. Algún día, afirma Jenkins, Ngima podría “también ser parte del programa de crianza”. —PATRICIA EDMONDS

HÁBITAT / TERRITORIO

El Ailurus fulgens (conocido

por los nombres de panda rojo

y panda menor) vive en partes

de China, Bután, India, Birmania

y Nepal. Su hábitat preferido:

estribaciones con pendientes

ligeras, bosques templados

y un sotobosque de bambú

(su principal alimento).

E STA D O D E

CONSERVACIÓN

La Unión Internacional para la

Conservación de la Naturaleza evalúa al panda rojo como en peligro de extinción. Las esti- maciones de sus números en libertad van desde 2 500 hasta 10 000. Su hábitat se degradó

y fragmentó por la actividad

humana; es cazado para el trá- fico de mascotas y resulta vul- nerable a enfermedades transmitidas por el ganado.

OTROS DATOS

En Bután, algunos lugareños creen que los pandas rojos son reencarnaciones de mon- jes budistas y ver uno es un buen augurio.

Este ejemplar fue fotografiado en el Zoológico de Virginia.

PUBLIRREPORTAJE

Aventúrate al extranjero

Visitar un país nuevo siempre es una aventura en sí, pero residir en el extranjero y experimentar la vida de los lugareños es una experiencia que no puedes perderte.

D ejar las comodidades de casa y entrar en contacto con una cultura distinta, aprender un nuevo idioma, superar la barrera de comunica- ción y entablar amistades nuevas son algunas de las experiencias que te aguardan fuera del país. Residir en el extranjero significa muchas

cosas más que solo visitar un país ya que, ante todo, te llevará a conocer nuevas facetas de ti mismo mientras aprendes de los demás. Tareas sencillas como encontrar un alojamiento, y actividades como socializar en otro idioma con personas que piensan diferente se vuelven desafiantes, ya que ponen a prueba tu capacidad de adaptación, resiliencia y autosuficiencia mientras aprendes de las diferencias culturales y a comprender el contexto social, e histórico de otra nación. A cambio, la estadía te regala un nuevo panorama de la vida: abre tu mente mientras enriquece tu vida con gustos, historias y experiencias inigua- lables. Estudiar de intercambio, sobre todo en un país anglófono, no solo brinda plusvalía en el mercado laboral, sino que te ayuda a comunicarte con todo aquel que no domina el español. Por ello, el British Council, la organización del Reino Unido para el intercambio

cultural y educativo, ofrece desde hace más de 75 años productos y servicios, como los intercambios, para quienes desean aprender el idioma, sin importar la edad. Desde cursos para niños, adultos principiantes y avanzados, hasta la preparación para los IELTS y los exámenes de Cambridge, hay un opción para cada persona.

Visita britishcouncil.org.mx para conocer más sobre cómo realizar una estancia en el extranjero para perfeccionar tu inglés.

Facebook: British Council Mexico

Twitter: @mxbritish

Instagram: @mxbritish

NASACORTESÍA

NASA

BIRKENSTOCK

PULSO

GLOBAL

EVENTOS

Y

OPORTUNIDADES,

ANUNCIOS

Y

PROMOCIONES

ICARUS, los ojos del espacio

Este mes comenzará una nueva etapa en el estudio de la fauna para la conservación alrededor del mundo. ICARUS, la Cooperación Internacional para la Inves- tigación con Animales Utilizando el Espacio, entrará en funcionamiento luego de que cosmonautas rusos instalen el sistema de telemetría satelital más avan- zando del mundo en la Estación Espacial Internacio- nal, durante la caminata espacial de seis horas que realizaron el pasado 15 de agosto y que pudo ser vista en vivo desde la web de NASA. Entrenados desde diciembre del año pasado, los astronautas Oleg Artemyev y Sergey Prokopyev die- ron inicio al mayor experimento de geolocalización desarrollado por el Instituto Max Planck de Ornitolo- gía, el Centro Aeroespacial Alemán y la agencia espa- cial rusa Roscosmos, para estudiar el comportamiento de, posiblemente, cualquier animal en la Tierra. Desde criaturas tan diminutas como abejas, sal- tamontes y otros insectos, hasta comunidades ente- ras de aves, reptiles, mamíferos e incluso especies marinas, el proyecto podrá trazar rutas migratorias y proporcionar datos cada dos o tres segundos –como velocidad de traslado, altura, profundidad, tempera- tura y patrones de alimentación, entre otros– para comprender a los seres con los que compartimos el planeta y lograr proteger su integridad con apoyo de la última tecnología (icarusinitiative.org).

EL FORO DE ASTROBIOLOGÍA “En buscadel origen, evolución y destino de la vida en el universo” se llevará a cabo los lunes del 27 de agosto al 12 de noviembre de 2018, de 17:00 a 19:00 horas, en Astrolab, Casita de las Ciencias, a un costado del museo Universum, en la Zona Cultural de Ciudad Universitaria, en CDMX. Los temas se tratarán a nivel divulgación, por lo que no se requieren conocimientos previos (universum.unam.mx).

Prepárate para caminar por horas con las sandalias que combinan todos los beneficios de los zapatos or- topédicos con la comodidad y frescura que necesitas. Con más de un siglo de historia, las sandalias alema- nas Birkenstock siguen vigentes gracias a su suela de corcho –que desde 1897 las posicionaron como uno de los calzados más eficientes del mercado– en diseños que siguen las tendencias de moda contemporánea. Materiales de alta calidad, una construcción deta- llista y diseño que proporcionan confort y durabilidad explican por qué Birkenstock se ha convertido en uno de los calzados más deseables del planeta.

La noche anterior a la cirugía, Katie, cuya cara dañada habían reconstruido, ges- ticula para manifestar la emoción de recibir una cara nueva. Comparte el mo- mento de alegría con Diana Donnarum- ma, una amiga que hizo en la Casa Ronald McDonald, y la asistente de enfermería Karnyia Wade.

LYNN JOHNSON

Es difícil mirar este reportaje. Pero, te pedimos que nos acompañes en el extraordinario viaje de una joven que recibió un trasplante de cara, porque revela algo muy profundo sobre nuestra humanidad. La cara comunica quiénes somos al transmitir toda la gama de nuestras emociones.Es nuestroportal hacia el mundo sensorial, ya que nos permite ver, olfatear, saborear, escuchar

y sentir la brisa. ¿Podríamos afirmar que somos nues-

tras caras? Katie Stubblefield perdió la suya cuando tenía 18 años y los médicos le dieron una cara nueva

a los 21. Esta es una historia de sufrimiento, iden- tidad, resiliencia, devoción y milagros médicos.

FOTOGRAFÍA: FAMILIA STUBBLEFIELD

FOTOGRAFÍAS DE

POR J OANNA

MAGGIE

CONNOR S

Y

STEBER

LYNN

JOHNSO N

U NA

CARA

NUE VA

37

Transcurridas 16 horas de una cirugía de tras- plante en la Clínica Cleveland, en Ohio, los cirujanos terminan la compleja tarea de retirar la cara de una donante de órganos. Impresionados por la imagen y la solemni- dad de su trabajo, los integrantes del equi- po guardan un repen- tino silencio mientras miembros del perso- nal documentan el tránsito de la cara en- tre sus dos vidas. Los cirujanos pasarían otras 15 horas fijando la cara en Katie Stubblefield.

LYNN JOHNSON

Con la cara donada co- locada casi por comple- to en Katie, los cirujanos se disponen

a retirar su frente si-

guiendo la línea traza- da en la piel. Habían

empezado por el cuello

y trabajaron hacia arri- ba, conectando vasos

sanguíneos y nervios,

y fijando huesos. Para

unir los vasos y los ner-

vios, especialistas en microcirugía utilizaron suturas del calibre de un cabello humano.

LYNN JOHNSON

La cara yace sobre una bandeja quirúrgica, con los ojos vacíos y la boca abierta, como si excla- mara “¡Ah!”.

Hace 16 horas, los cirujanos de la sala de ope- raciones 19 de la Clínica Cleveland iniciaron la delicada labor de retirar la cara de una mujer de 31 años, quien fue declarada legal y médicamen- te muerta tres días antes. En breve, se la llevarán

a una joven de 21 años que ha esperado más de

tres para recibir una cara nueva. Por el momento, la cara reposa en soledad. En repentino silencio, cirujanos, residentes y enfermeras observan impresionados a los miem- bros del personal de la clínica que, cual papara-

zzi inusitadamente corteses, se aproximan con sus cámaras para documentarla. Desprovista de sangre, la cara palidece. Con cada segundo tras el desprendimiento, semeja cada vez más una máscara mortuoria del siglo XIX. Frank Papay, cirujano plástico veterano, le- vanta cuidadosamente la bandeja con sus manos enguantadas y camina hacia la sala de operacio- nes 20, donde aguarda Katie Stubblefield. Katie será la receptora más joven de un tras- plante de cara en la historia de Estados Unidos

y su trasplante –el tercero efectuado en la clíni-

ca y el cuadragésimo conocido en el mundo– será uno de los más extensos, por lo que se convertirá en sujeto permanente de estudios sobre esta cirugía aún experimental. Al mirar la cara que transporta, Papay experi- menta una profunda admiración. Piensa en las cosas asombrosas que algunas personas están dis- puestas a hacer por los demás, como entregarles el

Una vez concluido el procedimiento de 31 horas, un residente de cirugía inmoviliza la ca- beza de Katie mientras la instalan en la unidad de cuidados intensivos. Los cirujanos cerraron y suturaron los párpados para proteger sus ojos. Después del trasplante, Katie requerirá opera- ciones adicionales y muchos meses de rehabilitación.

LYNN JOHNSON

UNA

CARA

NUEVA

43

corazón, el hígado e incluso la cara. En silencio, eleva una oración en agradecimiento y lleva la cara hacia su siguiente vida.

Un año, un día antes del trasplante de Katie

Katie y sus padres, Robb y Alesia Stubble- field, aprovechan un soleado día de prima- vera para dormir la siesta en un parque próximo a la Clínica Cleveland. Con Katie en una silla de ruedas, el trío exploró el parque, paseando entre árboles en flor y aves canoras. La excursión ocurrió después de que Katie pasara un mes hospita- lizada. Para reubicar sus ojos se sometió a una operación para implan- tar lo que se conoce como un dispositivo de distracción osteogéni- ca. En los tres años pre- vios al trasplante, Katie fue hospitalizada más de una docena de veces.

MAGGIE STEBER

S OMOS MIEMBROS de un grupo exclusivo:

los animales que reconocen sus caras en un espejo. Además de nosotros, los úni- cos otros animales capaces de reconocer- se son los grandes simios, los elefantes

asiáticos, las urracas y los delfines nariz de bote- lla. Hay delfines de apenas siete meses que posan,

giran y acercan un ojo a un espejo para contem- plar sus caras. Sin embargo, solo los humanos

pueden expresar consternación al ver sus reflejos. Mientras escudriñamos nuestros rostros en busca de arrugas y defectos, a veces no notamos

el maravilloso órgano que es la cara. Es la parte

más distintiva de nuestro cuerpo visible, un mo- saico misterioso que combina lo físico y lo psico- lógico. Las caras son los trabajólicos de nuestros

cuerpos: confieren y confirman la identidad, expresan emociones, comunican significados,

realizan las funciones básicas indispensables para

la vida y nos permiten experimentar el mundo

por medio de los sentidos. Nacemos buscando caras. Los recién nacidos se vuelven hacia las caras tan pronto como salen del útero. Los bebés observan, responden e imi- tan nuestras expresiones como si fuera su trabajo.

Y

entender el extraño negocio de ser humanos

mediante el detallado escrutinio de las caras. En términos evolutivos, estas nos ayudaron a con- vertirnos en animales sociales. Toma un momento para mirarte en el espejo. ¿Qué ves? La mayoría respondería “A mí”.

A mí. El yo interior. Nuestras caras son la ima-

gen exterior que vinculamos con nuestro senti-

do interior del yo, con quiénes somos y con el lugar que ocupamos en el mundo. La cara nos afianza a nuestra cultura, a los rituales y a las reglas que dictan cómo nos presentamos y cómo percibimos a los demás. Algunas culturas velan

y ocultan las caras. Otras dirigen la atención

hacia la cara con despliegues de tatuajes, per- foraciones y escarificaciones. En el mundo contemporáneo, las caras suele ser lienzos en blanco que manipulamos con cirugía cosmética, inyecciones y complicadas técnicas de maqui- llaje aprendidas en YouTube. Si las dejamos en- vejecer, nuestras caras relatarán las historias de nuestras vidas. Nos conectan con el pasado por

lo es, de cierta manera. Todos empezamos a

UNA

CARA

NUEVA

45

medio de nuestros ancestros y con el futuro me- diante nuestros hijos. En el nivel de identidad más elemental, nues- tras caras actúan como la fotografía del pasa- porte ante el resto del mundo. Aunque también son el vehículo con el que los demás intentan conocernos más profundamente, para descu- brir quiénes somos detrás de esa foto. En el libro Survival of the Prettiest, Nancy Etcoff, psicóloga de la Escuela de Medicina de Har-

No obstante, la evidencia fotográfica no con- vencía a Katie. “Nunca me consideré hermosa”, me dijo un día, pocos meses después de cono- cernos. El comentario no sorprendió a Alesia, su madre, quien afirmó que Katie era una perfec- cionista: “Katie tiene un gran corazón para los demás, pero siempre fue muy dura consigo misma”. Cuando vuelvo a mirar las fotografías, distingo un asomo de fragilidad en su cara, un indicio del precio de ser perfecta.

vard, escribe: “El aspecto es la parte más pública del yo. Es nuestro sacramento, el yo visible que el mundo asume como un espejo del yo interno

Olivia McCay, su hermana mayor, me contó que Katie fue una niñita irrefrenable. “Era teme- raria, muy intrépida y divertida”. Desarrolló un

e

invisible”.

sentido del humor ágil y sarcástico, rasgo que

Vuelve a mirarte en el espejo. Piensa en todo lo que puedes hacer con esa cara. Te permite besar

compartía con su hermano Robert. Pero Olivia señaló que, conforme crecía, Katie comenzó a

a

tus seres queridos, morder una manzana, cantar

presionarse mucho en cuanto a logros. “Quería

y

suspirar. Puedes oler la hierba recién cortada o

contemplar a tu recién nacido y rozar su mejilla con la tuya. Más allá de expresar (o no) emocio- nes, la cara enriquece nuestra capacidad para comunicarnos con el lenguaje. Sonreímos, frun- cimos la nariz, guiñamos, gesticulamos, hacemos incontables expresiones mientras conversamos, muchas veces sin siquiera darnos cuenta. Ahora, visualiza lo que ocurre bajo esa cara extraordinaria. Tenemos 43 músculos miméticos para expresar emociones y articular el habla. A cada lado de la cara hay cuatro grandes músculos que mueven las mandíbulas, además de múscu- los linguales complejos que nos permiten de- glutir y hablar. La cara también está compuesta de capas de vasos sanguíneos, nervios motores y sensoriales, cartílago, hueso y grasa. Los ner- vios conocidos como pares craneales controlan los músculos motores y conducen información sensorial al cerebro, lo que nos permite ver, ol- fatear, saborear, oír y percibir sensaciones tác- tiles con la piel. Regresa al espejo una vez más. Observa tu in- creíble cara. Imagina lo que significaría perderla.

K

ATIE TENÍA APENAS 18 años cuando

perdió la suya. Hoy, esa cara solo exis- te en fotografías. En un giro cruel de las transformaciones “antes y des- pués” para la telerrealidad e Insta-

gram, sus fotos de “antes” muestran a una chica con amplia sonrisa y piel perfecta, una mucha- cha tan joven y hermosa que podría haber figu- rado en la portada de la revista Seventeen.

El médico se preguntó si sobreviviría. Era una chica diminuta, de 48 kilogramos. Y, aunque sobreviviera, ¿habría suficiente tejido para reconstruir su cara?

ser la mejor en todos esos deportes que jamás había practicado –recuerda Olivia–. Y quería ser la mejor académicamente. Pasaba horas con los libros, siempre estaba estudiando”. Cuando Katie cursaba la preparatoria, la fa- milia tuvo que hacer dos mudanzas importan- tes. En el primer grado, emigraron de su natal Lakeland, Florida, a Owensboro, Kentucky. Katie apenas empezaba a establecerse cuando, al año siguiente, volvieron a mudarse, ahora a Oxford, Mississippi. Alesia y Robb –su padre, quien era ministro y educador– habían aceptado empleos de enseñanza en una pequeña acade- mia cristiana. Katie se inscribió en el segundo grado de preparatoria y se enamoró de un com- pañero de clase. Muy pronto empezaron a ha- blar de matrimonio. “Era demasiado seria para su edad –asegura Olivia–. Ese año creció muy rápido”. Después de tantas mudanzas, “me

parece que necesitaba algo de estabilidad y un poco de permanencia”, agrega. Pero no las consiguió. Llegado el tercer año de preparatoria, el mundo de Katie se vino abajo. Había empezado a lidiar con problemas gas- trointestinales crónicos y cirugías. El año ante- rior le sacaron el apéndice y las complicaciones ocasionaron que le extirparan la vesícula en enero, durante el último grado de preparatoria. Dos meses después, el director de la escuela les informó a los Stubblefield que no renovaría sus contratos y entonces, de manera repentina, despi- dió a Alesia. Katie se sintió traicionada, pues había depositado su confianza en el director. Luego, el 25 de marzo de 2014, Katie tomó el celular de su novio y encontró textos de otra chi- ca. Su familia cuenta que, cuando lo enfrentó, el muchacho rompió con ella. Dolida y furiosa, Katie fue a casa de su herma- no Robert, en Oxford, donde no dejaba de enviar textos y caminaba de un lado a otro. Robert le llamó a su madre. Mientras los dos se encontra- ban afuera hablando de lo alterada que se encon- traba Katie, esta se encerró en el baño con el rifle de caza de Robert, un arma calibre .308. Puso el cañón bajo su mentón y tiró del gatillo. Cuando Robert derribó la puerta de una patada, encontró a su hermana menor cubierta de sangre. “Y su cara había desaparecido”, recuerda, aún estreme- cido por la escena.

L A BALA FUE una ladrona muy perniciosa.

Para darte una idea de lo que le robó a

Katie, pon las manos en tu cara, con las

palmas hacia fuera, los pulgares bajo el

mentón y une los índices entre las cejas.

Tus manos están enmarcando la zona de la cara que perdió Katie. Desaparecieron parte de la frente, su nariz y los senos paranasales, su boca, excepto por las comisuras de los labios, y gran parte de los maxilares inferior y superior, los huesos que forman la mandíbula y la parte an- terior de la cara. Aunque conservó los ojos, estos estaban desviados y muy dañados. Más de cinco semanas después, esas eran las condiciones en que Katie llegó a la Clínica Cleve- land, en Ohio, institución fundada en 1921 por cuatro médicos, tres de los cuales prestaron ser- vicio juntos durante la Primera Guerra Mundial y regresaron a casa inspirados por el modelo militar

de los equipos de especialistas. Katie había sido intervenida inicialmente en Memphis, Tennessee,

donde, contra todo pronóstico, los médicos logra- ron salvar su vida, si bien fracasaron al utilizar injertos de tejidos abdominales para cerrar la enorme herida. El médico que recibió a Katie en la clínica fue Brian Gastman, quien la transfirió a una camilla preguntándose si sobreviviría. Era una chica diminuta, con un peso de apenas 48 kilogramos. Y, aun cuando sobreviviera, el médico dudaba de que tuviera suficiente tejido para todo el tra- bajo reconstructivo que requería. “Lucía muy mal –reveló Gastman–. En esencia, el cerebro estaba expuesto y, por supuesto, tenía convul- siones, infecciones y todo tipo de problemas. Olvídate del trasplante de cara, hablamos de mantenerla con vida”. Gastman aseguró que, en sus 27 años de capa- citación y práctica, aquel fue uno de los peores traumatismos faciales que jamás hubiera visto. Además de la herida en la cara, Katie presentaba traumatismo cerebral provocado por la fuerza contundente de la bala contra el lóbulo frontal, el nervio óptico y la glándula pituitaria. Y el daño de la pituitaria había desequilibrado sus niveles hormonales y de sodio, situación que puede ser mortal. Al hacerse cargo de la atención de Katie, Gastman organizó un equipo multidis- ciplinario de 15 especialistas que abordarían todos los problemas, desde endocrinológicos hasta psiquiátricos. Gastman, de 48 años, da la impresión de que siempre llega tarde y afirma que tiene una perso- nalidad con trastorno por déficit de atención. Si no fuera broma, tendría sentido, considerando sus numerosas funciones. Es especialista en cánceres de alto riesgo en cabeza, cuello, piel y tejidos blandos. Como cirujano plástico, extirpa los tumores y hace las reconstrucciones de se- guimiento. También es codirector del programa de melanoma y cáncer cutáneo de alto riesgo, y dirige su propio laboratorio de investigaciones. Robb, Alesia y Katie suelen decir que Gastman quiere a Katie como a una hija y le pregunto al respecto. Mi pregunta le causa incomodidad y hace una pausa antes de responder. “Para em- pezar, no soy un tipo sensiblero, trátese de los miembros de mi familia o de Katie –informa, cauteloso–. Pero me siento muy responsable de ella. Esta es la misión de mi vida. Alguien tan joven como Katie es el pináculo. Para esto debe servir mi entrenamiento”. “Katie adora al doctor Gastman –asegura Ale- sia–, pero tiene un enamoramiento juvenil con

UNA

CARA

NUEVA

47

Un año, dos días antes del trasplante de Katie

Durante una de las hos- pitalizaciones, Alesia asea y consuela a su hija después de una co- mida. Katie bebía de un vaso para bebés con pajilla porque, sin la- bios, tenía dificultades para evitar que escu- rrieran los líquidos. Para acercar sus ojos, un médico la visitaba todos los días y ajusta- ba el dispositivo de distracción osteogéni- ca, el cual estaba sujeto a su maxilar superior, el hueso ubicado en el centro de la cara.

MAGGIE STEBER

SUPERIOR

Nueve meses, 21 días an- tes del trasplante de Katie

Alimentan a Katie con sopa durante el al- muerzo. Debido a su vi- sión limitada, tenía dificultades para encon- trarse la boca. Ese día no le permitieron comer sólidos a causa de una operación reciente: los médicos habían retirado el dispositivo de dis- tracción osteogénica, el cual desplazó sus ojos a una mejor posición.

INFERIOR

Seis meses, cuatro días an- tes del trasplante de Katie

En una sala de revisión, Katie sostiene un instru- mento para medir su agudeza visual. Robert Engel, optometrista de la Clínica Cleveland, evaluó sus córneas y también reemplazó el lente de contacto de un ojo. Dichos lentes sir- ven para proteger sus córneas de las abrasio- nes que causan las pes- tañas invertidas.

SUPERIOR

Seis meses, tres días antes del trasplante de Katie

Katie se reúne con los dos primeros recepto- res de trasplantes de cara de la clínica: Shaun Fiddler y Connie Culp, quienes le brindan con- suelo y momentos hu- morísticos. “Es normal que tengas miedo –le dijo Fiddler–. Pero las cosas mejoran. Solo hace falta tiempo”. Culp bromeó: “No te preocupes. ¡Solo evita las arrugas!”.

INFERIOR

Seis meses, un día antes del trasplante de Katie

Mientras celebran los 21 años de Katie, su ma- dre le dice que pida un deseo y apague la vela. La familia frecuentaba restaurantes donde, a veces, Katie oía que la gente murmuraba acerca de su cara. Eso la molestaba, pero fin- gía no escucharlos. Quería decirles: “Sufrí una lesión, pero estoy mejorando”.

UNA

CARA

NUEVA

51

el doctor Papay”. Este médico, de 64 años, dirige el Instituto de Dermatología y Cirugía Plástica de la clínica, y es un elegante contrapunto de Gast- man, con su cabello canoso y su actitud bon vivant. Asimismo, sus años de práctica en trasplantes de cara lo han convertido en la voz de la expe- riencia y de la sabiduría en el equipo de trasplan- te de cara de la clínica. “Todos creen que somos los tipos de la cos- mética, los estilistas de la cirugía, los que estira- mos caras y aumentamos senos –explica–, pero los cirujanos plásticos somos los innovadores, los arreglatodo. En especial ahora, con los trasplan- tes de cara”. En el transcurso de numerosas cirugías, Gast- man y un equipo de especialistas estabilizaron

a Katie y parcharon su cara. Retiraron y repara-

ron los huesos destrozados. Crearon un conduc- to nasal y protegieron el cerebro, para lo cual Gastman usó tejido evertido del muslo para mo- delar una nariz rudimentaria y el labio superior. Para formar el mentón y el labio inferior utilizó un fragmento del tendón de Aquiles. A partir de un modelo tridimensional producido con escaneos

de la mandíbula de Olivia, los médicos usaron titanio y un pedazo de peroné que conservaba parte del tejido blando para crear un maxilar inferior nuevo. A fin de acercar los ojos de Katie, colocaron un dispositivo de distracción osteo- génica en su cráneo, el cual ajustaban todos los días. Fue una labor muy complicada, y Gastman estaba orgulloso. Katie nunca vio esta cara, pero se familiarizó con ella mediante el tacto: el tubo de carne tor- cido en el centro, el mentón abultado. Sabía que tenía los ojos como si alguien hubiera sujetado sus mejillas y tirara de una hacia arriba y hacia abajo de la otra. A esta cara, la segunda de su corta vida, le dio el nombre de Shrek.

P ARA KATIE , 2014 fue un año perdido. No

recuerda nada del intento de suicidio ni

de las cirugías posteriores. Sus padres

tuvieron que contarle lo ocurrido y que-

dó horrorizada. “Jamás pensé en hacer

algo así y, al escucharlos, no supe cómo asimi- larlo –confiesa–. Me sentí muy culpable por el

dolor que le había causado a mi familia. Me sen-

terrible”. Los Stubblefield no regresaron a Oxford. Robb

y

Alesia se mudaron cerca de la clínica, a la Casa

Nueve meses, 22 días antes del trasplante de Katie

En el hotel Tudor Arms de Cleveland, Katie y su padre cantan “Have I Told You Lately That I Love You?”, mientras bailan. “Antes de esto, nunca pasaba tanto tiempo con mis pa- dres”, confiesa Katie, quien reconoce que su amor y dedicación con- tribuyeron a salvarle la vida. “¿Seguimos des- truidos por todo este asunto? ¡Por Dios, claro que sí! –exclamó Robb–. En la vida ocurren cosas que nos hacen peda- zos, pero lo importante es levantarse y seguir adelante”.

MAGGIE STEBER

UNA

CARA

NUEVA

53

Ronald McDonald, donde ocuparon una habita- ción del tamaño de un estudio, con una cocina improvisada. Katie calificó para Medicaid y la clínica cubrió gran parte de su atención con fon- dos federales destinados al estudio de trasplantes de cara. En cuanto al día a día, los Stubblefield subsistían de la generosidad ajena: familia y ami- gos enviaban dinero, organizaban recaudaciones de fondos y lanzaron campañas en línea. Robb tomaba empleos temporales pintando casas o como guardia de seguridad. Katie se volvió el trabajo de tiempo completo de los Stubblefield. Cuando la hospitalizaban, casi siempre había alguno de ellos a su lado, día y noche. Si no se encontraba internada, los días de la familia estaban saturados con citas médi- cas, sesiones de rehabilitación y la incesante búsqueda de algo nuevo que pudiera ayudarla:

acupuntura, masajes, quiropráctico, entrenador personal, nutriólogo, musicoterapia, servicios espirituales y de sanación. Buscaban informa- ción en internet, posteaban actualizaciones para sus amigos en una página de Facebook y usaban un pizarrón blanco como calendario para llevar la agenda. Dos años después de que Katie llegara a la clíni- ca, me reuní con ella y sus padres en la sala de espera del departamento de cirugía plástica, una habitación espaciosa y soleada que señala una de las numerosas encrucijadas de la medicina es- tadounidense moderna. Allí, los pacientes que presentan desfiguraciones o cicatrices faciales importantes esperan turno junto a pacientes ele- gantes y acicalados, que han ido a consultas de estiramiento facial y a recibir inyecciones de botox. Katie llegó en una silla de ruedas que empujaba su padre. Llevaba una mascarilla quirúrgica que cubría la mitad inferior de su cara y una pañoleta colorida en la cabeza. Daba la impresión de ser pequeña y vulnerable, aunque pronto descubrí que no lo era. Estrechó mi mano y saludó con tono alegre; mientras charlábamos, me percaté de que parecía completamente cómoda, al menos en ese lugar. Tal vez porque no sobresalía. Y es que, de una u otra manera, todos los presentes estaban insatisfechos con sus caras. Cuando visitaba a la familia en la Casa Big Mac –como la llama Robb–, Katie casi siempre se en- contraba en un sillón reclinable, recostada y cu- bierta con mantas de polartec. Alesia la atendía sin cesar. Katie solía limitarse a escuchar la conversación, aunque en ocasiones interponía algún comentario

El día antes de conocer

a Katie, Sandra Benning-

ton llora al hablar de su

nieta, Adrea Schneider

(arriba). Sandra accedió

a donar la cara de

Adrea cuando esta no logró recuperarse de una sobredosis de dro- gas. Adrea tuvo una vida difícil, explicó San- dra. Su hija, la madre de Adrea, también fue adicta y Adrea nació con drogas en el orga- nismo. Antes de morir, Adrea estuvo en reha- bilitación y volvió a es- tablecer contacto con Sandra. “Venía a visitar- me y reíamos y hacía- mos tonterías; ya sabes, como hermanas”.

MAGGIE STEBER (IZQ.); FAMILIA BEN- NINGTON (ADREA SCHNEIDER EN 2017)

UNA

CARA

NUEVA

55

Los médicos principales de Katie, Brian Gastman (atrás) y Frank Papay (centro), tenían proyecta- do un trasplante parcial que conservaría sus meji- llas, cejas y frente. Pero, al desarrollarse la inter- vención, se dieron cuenta de que luciría mejor con un trasplante completo, porque la cara de la do- nante era más grande y la tonalidad más oscura. Para mostrarles a los pa- dres de Katie cuál sería el resultado, Gastman y Papay tomaron fotos con la nueva cara en su sitio.

LYNN JOHNSON

o un chiste, brindándome un atisbo de la Katie graciosa que su familia describía a menudo. Un día hablamos de religión, tema fundamen- tal en sus vidas. Lo ocurrido a Katie sacudió su fe, pero no la extinguió. Tampoco acabó con el matrimonio, una consecuencia frecuente cuan- do un hijo muere o presenta problemas médicos abrumadores. Mientras que Alesia suele ser emocional, Robb tiende al discurso intelectual. Una barba abundante acentúa su apariencia apacible y, cuando Alesia se enardece, su marido la observa con una tierna sonrisa. Una noche, Alesia reveló que su situación aún le parecía irreal. Nunca temió que Katie se me- tiera en dificultades. Su hija era sensible y algo melancólica, ciertamente, pero también poseía un sentido del humor muy mordaz. La noche anterior al disparo se negó, en broma, a recoger los trastes después de la cena y, en vez de ello, tomó una marioneta de cordero y dijo, con voz de caricatura: “Esto está ma-a-a-a-a-l”. ¿Qué pistas pasó por alto? Alesia suele caer en crisis por la culpa y el dolor, pues siente que le falló a su hija. Vive aferrada a algo que le dijo Ka- thy Cofman, una psiquiatra de la clínica. El in- tento de suicidio –Alesia casi siempre lo llama “el accidente”– fue un acto impulsivo. Cinco minutos después, o cinco minutos antes, y tal vez Katie no habría tomado el rifle. “Fue un momento –me señaló Alesia–. Un momento, 20 segundos, y la vida cambió”.

A PENAS EN 2004, la cara que Katie de- nominaba Shrek era lo mejor que has- ta los cirujanos plásticos más diestros podían ofrecerle a un paciente tan gravemente lesionado como ella. Du-

rante el resto de su vida, Katie habría de usar mascarillas quirúrgicas y pañoletas para ocultar lo que pudiera de su cara y tendría que esforzar- se para hablar y comer. Ese lóbrego destino cambió en 2005, cuando cirujanos franceses realizaron el primer tras- plante parcial de cara en el mundo. Con todo, fue una científica de la Clínica Cleveland quien incursionó en el procedimiento luego de años de investigaciones para demostrar que era posi- ble trasplantar caras, igual que se hace con los corazones y las manos. Hay un refrán en la clínica: los trasplantes de cara pueden tener muchos padres, pero solo una madre. El esfuerzo de la institución fue encabezado

por Maria Siemionow, médica elegante y reser- vada, nacida y educada en Polonia. Siemionow llegó a la clínica en 1995 y, en 2004, se convirtió en la primera especialista del mundo que obtuvo la autorización institucional oficial para realizar esta innovadora intervención en sujetos huma- nos. Transcurridos cuatro años, un equipo de cirujanos de la Clínica Cleveland –que incluyó a Siemionow– realizó el primer trasplante de cara en Estados Unidos. Siemionow –quien hoy trabaja para la Univer- sidad de Illinois, en Chicago– me dijo que la pri- mera vez que pensó en trasplantar una cara fue en 1985, cuando viajó a México. En aquella opor- tunidad tuvo que operar a algunos niños con quemaduras tan graves que los dedos de sus ma- nos se habían fusionado.

“De manera subconsciente, comencé a pregun- tarme, ‘Si hacemos algo por sus manos, ¿qué po- dríamos hacer por sus caras quemadas?”, recordó. Los cirujanos han trasplantado órganos internos desde 1954, tras el primer trasplante renal exito- so. El fin del siglo XX trajo consigo el alotrasplan- te compuesto vascularizado, término que se refiere al trasplante de caras, manos y otras par- tes del cuerpo que no son órganos sólidos. Sin embargo, para muchos, la idea de que resultara posible trasplantar caras no dejaba de parecer descabellada. Gastman me contó que Siemionow fue objeto de las burlas de la mayor parte del mundo mé- dico, pero no se dio por vencida y llevó a cabo centenares de experimentos. Hizo pruebas con técnicas quirúrgicas y patrones de sutura en

Al salir un momento del quirófano, Papay (senta-

do junto a Alisa) y Gast- man (junto a Robb) muestran las fotografías que acaban de tomarle

a Katie y hablan de las

ventajas y los riesgos de usar toda la cara dona- da. Un trasplante com- pleto le daría mejor aspecto y haría que Ka- tie se sintiera más có- moda en situaciones sociales. Sin embargo, trasplantar tanta piel podría aumentar el ries- go de un rechazo. Robb

y Alesia decidieron que

Katie querría lucir tan

bien como fuera posible.

LYNN JOHNSON

anastomosis –la unión de dos nervios o vasos sanguíneos– y desarrolló estrategias inmunosu- presoras innovadoras para evitar el rechazo de la compleja diversidad de tejidos que componen la cara. Fue la primera que informó de un tras- plante de cara animal exitoso, cuando le puso una nueva cara a una rata. Las ratas tenían un aspecto sorprendente, con caras que combina- ban pelaje claro y oscuro. Siemionow llamó Zo- rro a una rata blanca, debido a la apariencia de máscara que resultó tras el trasplante de una cara parda. “Hasta mis amigos me decían ‘Maria, estás per- diendo el tiempo’”, me contó Siemionow, quien, entonces, comenzó a publicar sus resultados. Para 2002, médicos e investigadores ya no descartaban la idea. The Lancet, revista médica

UNA

CARA

NUEVA

59

Poco después de la

operación, Robb, Alesia

y su hijo Robert obser-

van, por primera vez, la nueva cara de Katie, quien sigue sedada en la UCI. Parados junto

a la cama, murmuran

sobre su aspecto. Más tarde, Robb dijo que le parecía surrealista ver a su hija con la tercera cara de su vida. Alesia opinó que lucía muy bien, no tan inflamada como esperaba, aun- que también se pre- guntaba “¿Dónde quedó Katie?”. Robert notó un rasgo nuevo:

un hoyuelo en el mentón.

LYNN JOHNSON

Un año, nueve meses, 18 días antes del trasplante de Katie

La familia de Katie terminó por amar su cara reconstruida, como testimonio de los esfuerzos extraordinarios que hicieron sus médicos para salvarle la vida. Los Stubblefield opinan que es indispensable ver esta cara para entender la historia de su hija. No obstante, vivir con una cara que ella misma llamaba Shrek era un tormento para Katie. “Sentía que los demás iban a mirarme y pensarían que era un cíclope o un fenómeno”, dijo.

CLEVELAND CLINIC

Un año, 29 días después del trasplante de Katie

Katie puede cerrar los ojos, fruncir la nariz y los labios, y, según dice Gastman, “tiene una sonrisa por ahí”. En este tiempo, los cirujanos han ajustado su maxilar inferior y probablemente adelgazarán su cara, reducirán las cicatrices y mejorarán los párpados. Su cara seguirá recuperando la función con el paso del tiempo. “No es como mi cara normal –dice Katie–, pero parte de mí está en el proceso de ‘Es mi cara. Ahora es mi cara’”.

MARTIN SCHOELLER

Construcción de la nueva cara

En 2014, Katie Stubblefield perdió casi toda la cara cuando se pegó un tiro. La estabilizaron en un hospital de Memphis, Tennessee, pero, como no pudieron cerrar la herida, fue trasladada a la Clínica Cleveland de Ohio. Una vez allí, comenzó el viaje para reconstruir su cara, el cual incluiría un trasplante de cara completa que duró 31 horas.

Piel del

muslo

Construcción del conducto nasal

Enrollan un injerto cutáneo del muslo de Katie y forman un nue- vo conducto nasal. El extremo superior del tubo sella el cere- bro, protegiéndolo de infeccio- nes. El extremo inferior se convierte en el labio superior.

Nuevo

pasaje

nasal

PRIMER ESCANEO 8 DE MAYO DE 2014

1

Mantenerla viva

Cuando Katie ingresó por primera vez en la Clínica Cleveland, ya se había someti- do a numerosos procedimientos para estabilizarla. La clínica prosigue con esa tarea: retiran los huesos destrozados de su mandíbula y cráneo, mantienen abierta la tráquea para que respire y cubren sus heridas para que sanen.

2

Reconstrucción de la nariz y el cráneo

Los médicos construyen una cavidad nasal, la cual evitará infecciones cerebrales y permitirá que Katie coma y respire con más facilidad. Ex- traen las placas y los tornillos de las operacio- nes anteriores, y sellan la herida abierta de la cara. Retiran huesos infectados del cráneo.

Cirugía

Hospitalización/complicación

2014

2015

ENERO

JUNIO

ENERO

25 de marzo de 2014

Autolesión con arma de fuego en la cara.

2 de mayo de 2014

Transferencia a la Clínica Cleveland.

16 de abril de 2014

Un intento fallido para cerrar el con- ducto nasal provoca su transferencia.

22 de agosto de 2014

Transferencia a rehabili- tación; mudanza de los padres a la Casa Ronald McDonald, en la Clínica Cleveland.

Diciembre de 2014

Alta de Katie a la Casa Ronald McDonald, lue- go de más de 250 días en el hospital.

Maxilar

Injerto de

peroné

Tenn de

Aquiles

Escaneo del cráneo de la hermana de Katie

Dimensionar la mandíbula

Reducen 2.5 % el escaneo del maxilar inferior de la hermana de Katie para que el modelo coincida mejor. Toman tejidos de la pierna y parte del pero- né para formar la mandíbula con base en el modelo digital.

Modelo del

maxilar inferior

Malla de

titanio

3

Refinar la mandíbula

La mandíbula de Katie requiere soporte para estabilizar la cara. Hacen escaneos de su hermana para obtener las dimensiones necesarias y construir una mandíbula del ta- maño adecuado, hecha de titanio e injerto óseo de la pierna. Utilizan tejidos compues- tos de músculo, piel y parte del tendón de Aquiles para formar el labio inferior.

4

Reparación del cráneo

En una cirugía anterior abrieron el cráneo de Katie para retirar los tejidos dañados e im- pedir que el cerebro se inflamara. Dicho ori- ficio estaba en riesgo de infectarse. Colocan un implante de malla de titanio hecho a la medida, el cual se adapta perfectamente a la anatomía de Katie y ayuda a evitar la exposición y las infecciones.

Fractura y modelado

Los médicos practican inci- siones quirúrgicas en los huesos que rodean los ojos. Cada día, dichas incisiones se amplían un milímetro y se rellenan con hueso de nuevo crecimiento.

5

Reposicionar los ojos

Los ojos de Katie están desalineados

y demasiado separados. Como prepara-

ción del cráneo para recibir una cara donada, los cirujanos emplean un mé- todo llamado distracción osteogénica. Los cirujanos remodelan el hueso cortán-

dolo con una sierra y controlan su forma

y longitud conforme crece.

 

2016

JUNIO

ENERO

JUNIO

Complicaciones

posquirúrgicas

La glándula pituitaria, que ayuda a regular el metabo- lismo de Katie, sigue dañada y es una posible causa de convulsiones.

Terapia

Recibe terapia física, ocupacional, del habla y para la visión, y se so- mete a una evaluación como candidata para trasplante de cara.

Octubre-diciembre de 2015

Debido a sus bajos niveles de sodio, sufre otra convulsión y presenta más problemas:

una posible infección bacteriana en la me- jilla izquierda, mareos y un trastorno intestinal.

Marzo de 2016

Katie ingresa en la lista para trasplante de cara.

Alcance del

transplante

completo

Cambio de último minuto

Los cirujanos pretenden usar solo parte de la cara de la do- nante, pero la piel más oscura y un tamaño mayor orillan a op- tar por un trasplante de cara completa, más riesgoso.

Plan original

de transplante

Nervios

faciales

Arteria carótida externa (a la cara)

Arteria carótida interna (al cerebro)

Estratificación de los ojos

Ya que los músculos palpebra- les de Katie aún funcionan, el equipo decide superponer los músculos oculares donados a los de Katie, lo que aumenta sus probabilidades de gesticular.

6

Trasplante de la cara

Encuentran una donante con compati- bilidad tisular y de género. En la sala de operaciones contigua a la de Katie, los cirujanos retiran la cara de la donante junto con la porción inferior del cráneo. También eliminan gran parte de la cara reconstruida de Katie (etapas 1-5).

Entrenamiento para el trasplante

Durante 14 meses, los cirujanos realizan prácticas regulares con cadáveres y mo- delos tridimensionales de caras.

4-5 de mayo de 2017

Trasplante de cara.

2017

ENERO

JUNIO

Más de 14 meses hasta encontrar donador

1 de agosto de 2017

Alta de Katie en la Clínica Cleveland.

Vasos de

Katie

Vasos del

donador

Suturas

Conexión de vasos

En una etapa crítica del proce- dimiento hay que conectar rá- pidamente los vasos sanguíneos para limitar el tiempo que la cara donada permanece sin san- gre oxigenada.

8 milímetros

 

Nervios

de Katie

Nervios del

donador

 

Suturas

Conexión de los nervios

Una vez unidos los vasos sanguíneos, conectan los troncos del nervio facial de Katie con los de la cara donada:

uno de cada lado. Conservan los nervios de sus músculos oculares, los cuales puede controlar.

2 milímetros

Grapas de

titanio

mantienen los

huesos juntos

Refuerzan las

cavidades orbitales

Mover el maxilar hacia atrás

Lo donado

Los componentes de la cara trasplantada incluyen piel,

músculos, maxilares superior

e inferior, dientes, cartílagos, paladar blando, vasos sanguí- neos y nervios.

7

Refinar el trasplante

Tras la cirugía, los médicos vigilan a Katie para detectar signos de rechazo. Los nervios requieren más de un año para recuperarse. Las cirugías postrasplante buscan acercar la lengua a los dientes, alinear la mandíbula y remodelar las cuencas para que los ojos que- den correctamente ubicados.

ÚLTIMO ESCANEO 5 DE ENERO DE 2018

Lengua

Espacio

Lengua y habla

Luego del trasplante, la lengua de Katie no toca sus dientes ni el techo de la cavidad oral, lo cual le impide producir los so- nidos z, d, n, l y s. También tie- ne dificultades con p y b.

2018

Recuperación posquirúrgica

Katie conserva toda su capacidad cognitiva

y continúa con las terapias física y ocupacio- nal. También trabaja con un terapeuta del habla y toma lecciones de braille.

JUNIO

Tratamiento actual

Informada de que ahora es una “paciente profe- sional”, Katie toma medicamentos inmunosupre- sores; también vigilan sus niveles hormonales. Está aprendiendo a controlar su nueva cara mientras recupera la habilidad para comer y hablar.

JASON TREAT Y RYAN T. WILLIAMS (NGM) ILUSTRACIÓN: BRYAN CHRISTIE FUENTE: CLÍNICA CLEVELAND

británica, publicó un artículo titulado “Trasplan-

te de cara: ¿fantasía o futuro?”. “El concepto puede

parecer impresionante”, escribieron los autores.

A pesar de eso, declararon que los trasplantes de

cara no solo serían el futuro, sino que también cabía la posibilidad de que se convirtieran en un deber de los cirujanos que trataban pacientes gravemente desfigurados. Intervinieron los éticos, muchos de los cuales arguyeron que los trasplantes de cara, como los de manos, no estaban dirigidos a preservar la vida y exponían a los pacientes a muchos riesgos graves solo para facilitarles la existencia. La propuesta de trasplantar partes visibles del cuerpo conllevaba también un “factor de asco” tremendo, término que los bioéticos utilizan, realmente, para describir la intensa respuesta emocional del público ante las innovaciones biotecnológicas. Después de todo, nadie ve un corazón trasplantado, ni siquiera el propio pa- ciente, mientras que una cara trasplantada hace una evocación de Contracara, thriller de 1997 en el que John Travolta, que interpreta a un agente del FBI, cambia de cara con el terrorista Nicolas Cage. Papay siguió de cerca las investigaciones de Siemionow, ofreciéndole su apoyo. Y tan pronto como fue elegido presidente del instituto de ci- rugía plástica, como él mismo revela, “Fui a ver- la y le dije ‘Hagámoslo’”.

¡ E STAMO S LISTO S!”, anunció Gast-

man al irrumpir en la habita-

ción de Katie la mañana del 4 de

mayo de 2017. Pasó casi toda la

noche en vela, bebiendo Diet

Coke para mantenerse despierto mientras aten- día los detalles de último minuto. Al entrar en el cuarto, repleto de amigos y familiares de Katie, sintió que ingresaba en un campo deportivo des- pués de cruzar por el túnel de un estadio. Las minúsculas comisuras de la boca de Katie

se elevaron sugiriendo una sonrisa. Al fin reci- biría una nueva cara. Gastman le recordó a Katie que lo que hacía no era solo para ella, sino también para otros que estuvieran en su situación en un futuro. “Estás ayudando a volver realidad estas reconstruccio- nes y esto hará que mejoren –prosiguió–. Apren- demos mucho con cada caso. Y, con el tuyo, lo haremos mejor que hace 39 trasplantes de cara, porque hemos aprendido tanto”.

Diecinueve días después del trasplante de Katie

Katie toma un momen- to a solas en su habita- ción, algo que pocas veces ocurre en el hos- pital, ya que médicos y demás suelen detener- se a comprobar su evo- lución. Todavía con las suturas, su nueva cara sigue muy inflamada.

MAGGIE STEBER

UNA

CARA

NUEVA

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Las aseguradoras Medicare y Medicaid no cos- tean los trasplantes de cara porque aún se consi- deran experimentales. No obstante, la Sociedad Estadounidense para Trasplantes Reconstructi- vos ha allanado el camino para el pago de las aseguradoras, al proponer directrices para deter- minar la necesidad médica. El Departamento de Defensa hizo posible el trasplante de Katie por medio del Instituto de las Fuerzas Armadas para Medicina Regenerativa (AFIRM), el cual también ha contribuido a los trasplantes de mano. Establecido en 2008, ese consorcio de institu- ciones militares y privadas contaba con un presu- puesto de 300 millones de dólares, de los cuales 125 millones procedían del ejército y, el resto, de otras fuentes. AFIRM puso en la vía rápida los trasplantes y otras investigaciones innovadoras sobre regeneración tisular y ósea, así como nue- vas terapias inmunosupresoras. Joachim Kohn, uno de los primeros directores de los proyectos de investigación de AFIRM, explicó que lanzaron la iniciativa después de la segunda batalla de Faluya, el conflicto más sangriento de la Guerra de Irak. “Cientos de militares regresaron a Esta- dos Unidos gravemente quemados y lisiados”, indicó. Un artículo publicado en 2015 informó que 4 000 miembros de las fuerzas armadas que prestaron servicio en las guerras de Irak y Afga- nistán sufrieron lesiones de cara, alrededor de 50 consideradas catastróficas. La Clínica Cleveland ha recibido 4.8 millones de dólares y destinó dos millones a la investiga- ción en trasplantes de cara. Si bien, hasta el mo- mento, ningún militar ha recibido uno de esos trasplantes, Siemionow dijo que ha entrevistado a candidatos, pero decidieron no seguir adelan- te con la operación. “Son gente muy recia –co- mentó–. Consideran que sus heridas son un honor y desean volver al frente”. Pero un tras- plante de cara lo impediría, debido al requisito de inmunosupresión vitalicia. Con 21 años y la cara gravemente dañada por el traumatismo balístico, Katie era lo más apro- ximado que el Pentágono jamás tendría para sustituir a sus combatientes heridos. Aun así, antes de que Katie pudiera participar como vo- luntaria en una investigación humana, Gastman, Papay y otros miembros de la clínica dedicaron muchas horas a explicarles a los Stubblefield lo que la nueva cara significaría para su hija. La familia nunca había oído hablar de los trasplan- tes de cara hasta que un médico de Memphis les contó sobre el trabajo de la clínica.

Papay me dijo que restaurar la función –la capacidad de comer, hablar, respirar por la nariz, parpadear– es mucho más importante que la apariencia. Eso me dio entrada para abordar un tema delicado. Muchos pacientes con trasplan- tes de cara no tienen buen aspecto. Sus caras parecen un poco paralizadas, como máscaras, y algo torcidas. “¿Soy demasiado cruel o crítica?”, pregunté. “No. Me parece que eres sincera. Creo que tie- nes razón –respondió–. Nunca volverán a tener el aspecto de antes, ¿de acuerdo? Deben lucir presentables en público, pero ¿van a tener la apa- riencia de antes? No. Lucen mejor que con su desfiguración, pero el grado de mejoría es muy variable”. Papay agregó que uno de los mayores desafíos para el equipo es responder a las expec- tativas de los pacientes en cuanto a su apariencia posterior. “Debes ser sincero, en extremo, pecar de honesto. Y también debes ser extremadamen- te realista y transparente. De lo contrario, estás haciendo algo que, para mí, es terrible”. Cofman, la psiquiatra, quien ha trabajado con los tres pacientes que han recibido trasplantes de cara en la clínica, ayuda a seleccionar a los candidatos para el procedimiento, por lo que debe asegurarse de que sean psicológicamente estables, que entiendan todos los riesgos y los imprevistos, que sean confiables para observar el régimen medicamentoso y que, realmente, puedan dar un consentimiento informado. La actitud terapéutica de Cofman es serena y se muestra muy protectora con Katie, a quien visi- ta todos los días cuando está hospitalizada. Un intento de suicido complica las cosas, seña- ló Cofman, mientras hablábamos de uno de los primeros pacientes trasplantados: un hombre que se disparó en la cara. Realizado por un equipo parisino que dirigió Laurent Lantieri, el trasplante fue exitoso y el paciente tenía buen aspecto. Pero, unos tres años después de la operación, el hom- bre se suicidó. “Fue devastador para todo el equipo –prosiguió Cofman–. En diversas conferencias, el doctor Lantieri manifestó la opinión de que no haría otro trasplante de cara a quien lo requiriera por un intento de suicidio”. Lo cual nos llevó al caso de Katie. “Eso te deja la enorme responsabilidad de determinar si Ka- tie volverá a intentarlo, ¿no es cierto?”, pregunté. “Así es”, respondió la psiquiatra. Pese a ello, se- ñaló que Katie actuó de manera impulsiva y nada indicaba que hubiera contemplado el sui- cidio antes de aquel día. “Considero que ha sido

muy estable –añadió–. Está medicada y, desde entonces, nunca ha manifestado ideaciones sui- cidas. En términos generales, es una persona muy optimista”. Como parte del protocolo para el consenti- miento informado de Katie, Cofman y los demás describieron los riesgos. Uno de los más graves era el potencial de rechazo. Los trasplantes de cara son más riesgosos que los de órganos sóli- dos, pues implican muchos tipos de tejidos, que incluyen músculos, nervios, vasos sanguíneos, huesos y piel. Además, Katie tendría que com- prometerse a tomar potentes medicamentos inmunosupresores durante el resto de su vida, lo cual también aumentaría los riesgos, ya que se volvería mucho más vulnerable a infecciones y enfermedades, sobre todo linfomas, otros tipos de cánceres y diabetes.

Alesia pensó en lo que Katie le había dicho:

“Quiero salir y ser una cara en la multitud en la que nadie repare”.

En 2016, Cofman asistió a una conferencia en París, en la que un integrante de un impor- tante equipo de trasplantes de cara propuso una moratoria. Su argumento fue que los pacientes tenían más dificultades de las esperadas con el medicamento inmunosupresor y necesitaban más cirugías de seguimiento. Por otra parte, la tasa de mortalidad también era alarmante: de los 36 pacientes trasplantados hasta entonces, seis habían muerto. A su regreso, Cofman su- girió que Katie quizá debería esperar cinco años. “Fue bastante enfática en cuanto a que conoce los riesgos y que es consciente de la mortalidad –recordó Cofman, quien también se refirió a su juventud–. Esta en esa edad do- rada cuando no siempre piensas que la morta- lidad te afectará”. Una y otra vez, Cofman y los demás les expli- caron a Katie y a sus padres que era una cirugía experimental y, puesto que no requería la inter- vención para vivir, se consideraba una cirugía electiva. Para Katie, no tenía nada de electiva.

A L A S 7:30 A.M., 11 cirujanos se reunieron en la sala de operaciones 20. Por última vez, Gastman repasó cada etapa del pro- cedimiento en una lista de verificación impresa sujeta a una pizarra. En diversas

ocasiones, Gastman y Papay me aseguraron que el éxito de la clínica en los trasplantes de cara se debía a la estrategia del equipo quirúrgico. “Te- nemos una genialidad colectiva como equipo”, declaró Papay. Cada dos semanas, a lo largo de dos meses, los cirujanos practicaron con cadá- veres en el anfiteatro de la clínica, donde un equipo retiraba la cara de un “donante” y otro la fijaba al “receptor”. Unos 10 minutos más tarde entraron con la donante en la sala de operaciones 19 y la trans- firieron a una mesa de operaciones. Para man- tener la viabilidad de los órganos, un respirador administraba oxígeno mediante una mascarilla. Tenía la piel tersa y algo morena, una linda nariz y el cabello oscuro. Un miembro del personal de Lifebanc, organización para la obtención de ór- ganos en el noreste de Ohio, le informó al grupo que, luego de retirar la cara de la donante, ciru- janos de la clínica y de otros hospitales recupe- rarían el hígado, los riñones, los pulmones, el corazón y –para fines de investigación– el útero. Los cirujanos faciales procederían primero. Sin embargo, ya que los órganos son muy valiosos y los trasplantes de cara no salvan vidas, si la con- dición de la donante comenzaba a deteriorar- se, el equipo tendría que abandonar su trabajo y permitir que los otros cirujanos recolectaran los órganos donados. A las 8:17 a.m., Gastman practicó el primer corte en la donante: una incisión en el cuello para introducir un tubo de traqueostomía y ad- ministrar oxígeno. Tras retirar la mascarilla, las enfermeras limpiaron y prepararon la cara de la donante, y rasuraron el nacimiento del pelo. Para dirigir los bisturíes de sus compañeros, Gastman trazó líneas a los lados de la cara y de oreja a ore- ja. Durante las 16 horas siguientes, de tres a cua- tro cirujanos, todos con lupas quirúrgicas –gafas adaptadas con lentes de aumento– permanecie-

ron encorvados sobre la donante, cual joyeros examinando una gema preciosa. A su alrededor, los residentes observaban cada movimiento, absortos; algunos estaban parados en taburetes para tener una vista más clara. Primero, los cirujanos retiraron los ojos para recuperar las córneas. Luego comenzaron la lar- ga y minuciosa tarea de aislar y disecar el par

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craneal VII. Este nervio está formado por fibras motoras que controlan los músculos de la expre- sión facial y también tiene fibras sensoriales, las cuales proporcionan el sentido del gusto a la lengua y estimulan las glándulas que nos per- miten salivar y llorar. Después continuaron con lo que Papay llamó los “cortes óseos”. Disecó todo el maxilar supe- rior y parte del inferior, para transferirlos a Katie; la mayor parte de los pómulos; parte del hueso frontal, que cubre los senos frontales, así como el piso de las órbitas y los huesos lagrimales con- tiguos a las cuencas oculares. Donde el hueso era visible, empleaba una gran variedad de sie- rras, incluida una que utiliza ultrasonido de alta frecuencia. En las zonas donde el hueso no que- daba expuesto usaba el osteótomo, un instru- mento parecido a un cincel. “Para mí, esto es trabajo burdo –reveló Papay–. Trabajo manual, nada estético”. Por último se concentraron en los vasos san- guíneos, los cuales debían dejar para el final con objeto de limitar el tiempo que pasaría la cara sin suministro de sangre. Disecaron venas y ar- terias, y las identificaron con suturas de distintas longitudes para hacerlas coincidir con los vasos sanguíneos de Katie. Transcurridas casi cuatro horas de haber ini- ciado la cirugía en la donante, cuando estuvie- ron seguros de que se encontraba estable y de que no tendrían que abandonar este procedi- miento, estuvieron listos para empezar con el trasplante. Al mediodía, los médicos llevaron a Katie al quirófano adyacente, la sala de opera- ciones 20. “Katie, vamos a cuidarte de una ma- nera increíble –le prometió Gastman–. Y el objetivo es que despiertes y digas ‘¿Cuándo va- mos a empezar?’”. Cuando la anestesia durmió a Katie, Gastman trazó líneas en su cara para marcar las incisiones y procedió con la primera, también una traqueos- tomía. Luego, con ayuda de otros dos cirujanos, Gastman empezó a desmantelar casi todo el tra- bajo reconstructivo que realizó en Katie durante los dos años anteriores. Los residentes también se arremolinaron en torno de esa mesa quirúrgi- ca. Pasaban las horas. Los monitores emitían sonidos con regularidad. Los cirujanos hablaban en voz baja mientras trabajaban. Las enfermeras se movían sin cesar, manipulaban instrumentos, revisaban monitores. En la sala de operaciones 19 eran las 12:11 a.m. del día siguiente cuando Papay y el equipo

Veinte días después del trasplante de Katie

En una de sus cami- natas diarias por los pasillos, Katie canta mientras se ejercita con la terapeuta física Becky Vano (izq.) y la estu- diante de terapia física Nicole Bliss. Antes del trasplante, Katie tuvo que aprender a cami- nar de nuevo para so- breponerse a la espasticidad de las extremidades que pro- vocó la contusión cere- bral. Después del trasplante tuvo que volver a fortalecer sus piernas.

MAGGIE STEBER

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Siete meses, 16 días después del trasplante de Katie

En su primer viaje lejos de la Clínica Cleveland

y de la Casa Ronald

McDonald, Katie visita

a su hermana Olivia

McCay, en Peoria, Illi- nois, donde sostiene en brazos a su sobrino Luke. El niño nació casi seis meses después del trasplante de cara de Katie. “Espero seguir sanando, para que no se asuste cuando me vea”, dice la flamante tía. Los ojos de Katie suelen resecarse y causarle dolor, por lo que a ve- ces los cubre con una película protectora de plástico para retener la humedad.

LYNN JOHNSON

Ocho meses, 22 días después del trasplante de Katie

En su primera reunión con Katie, Sandra estu- dia su cara, la cual le perteneció a su nieta. “Luces hermosa”, dice Sandra. Si bien Katie no era idéntica a su nieta, Adrea, Sandra pudo vis- lumbrarla en la nariz y en la boca. Antes del encuentro, Katie lloró debido al nerviosismo. Después comentó: “Sen- tí como si fuera mi abuela. Me sentí muy amada”. Más tarde, San- dra reveló que quiso pedirle a Katie que la llamara Amma, el nombre que Adrea le había dado.

MAGGIE STEBER

seccionaron el último vaso sanguíneo y retiraron la cara de la donante. Con la pieza quirúrgica en la bandeja, Papay entró en la sala de operaciones 20, donde los mé- dicos colocaron la cara sobre Katie y, de inmediato, empezaron a conectarla con sus vasos sanguí- neos. Una vez que terminaron con el lado izquierdo

y despinzaron los vasos de Katie, la sangre co-

menzó a fluir. La cara se ruborizó. Cuando termi- naron el otro lado y despinzaron, toda la cara adquirió una tonalidad perfectamente rosada. “Todos los cirujanos lanzamos un enorme suspi- ro interior de alivio”, recordó Gastman. Fijaron la cara empezando por el cuello, invir- tiendo los pasos que habían dado para retirarla. Comenzaron con los huesos de la donante, para lo cual utilizaron tornillos y placas osteointegradas para unirlos a los huesos de Katie. Luego reconec- taron los nervios, que son paquetes de fibras en- vueltos en vainas. Especialistas en microcirugía unieron los extremos de las vainas con suturas del calibre de un cabello humano, evitando dañar las finísimas fibras del interior. “Los nervios se conec- tarán después, como si se besaran”, explicó Papay.

Solo suturaron los nervios motores y dejaron

que los nervios sensoriales se reconectaran por

sí solos. Sucedió que, durante su primer trasplan-

te de cara, no conectaron el quinto par craneal, el nervio sensorial más importante de la cara y la cabeza. Pese a ello, la paciente recuperó gran par-

te de su función sensorial, lo que los sorprendió

y desconcertó. “No tenemos la menor idea de

cómo ocurre”, confesó Papay. Al parecer, en me- dio de tanta precisión médica, todavía hay cabida para los portentos.

P OCO DESPUÉS del amanecer, Papay y Gastman salieron de la sala de operacio- nes 20 para hablar con Robb y Alesia, quienes, aguardando noticias y angus- tiados, no habían dormido en 24 horas o

más. Gastman les aseguró que todo iba bien, aun- que había una discrepancia en el tamaño de las caras y era necesario tomar una decisión crucial. Durante los meses de debates y cirugías de práctica con los cadáveres del anfiteatro de la clínica, el equipo había decidido corregir la enor- me herida triangular con un trasplante parcial de cara, el cual le daría a Katie nuevos nariz, boca, dentadura y mentón, así como el hueso ubicado por debajo de las cuencas oculares y la mayor parte de los dos maxilares.

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CARA

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Optaron por no tocar las mejillas, la mayor par-

te de la frente, sus cejas y párpados, y tampoco los lados de la cara. Querían conservar tanto como fuera posible de la cara de Katie para preservar los rasgos “que hacían que siguiera pareciéndose

a Katie”, según la expresión de Gastman; además,

disminuiría el riesgo de un rechazo, ya que limi- tarían la cantidad de piel trasplantada, la parte más antigénica del cuerpo. Pero, al colocar la cara donada sobre Katie, los cirujanos se percataron de que el triángulo no quedaba bien situado. La cabeza de Katie era más pequeña que la de la donante y el tejido ci- catricial ocupaba mucho espacio. No podían dar cabida a todos los músculos y vasos sanguíneos de la donante. Por otra parte, la piel de la donan- te era más oscura y la diferencia de tonalidades haría que el trasplante destacara. Los cirujanos deliberaron y algunos interrum- pieron el trabajo para examinar los modelos tridimensionales que habían creado con las to- mografías computarizadas de las dos cabezas. La mayoría opinó que debían trasplantar toda la cara de la donante, pues era evidente que Katie luciría mucho mejor. Algunos miembros del equipo arguyeron que más tejidos y piel la obligarían a tomar dosis más altas de los potentes medicamentos inmuno- supresores que habría de utilizar el resto de su vida. Peor aún, en caso de que ocurriera un re- chazo tan agudo que hiciera necesario retirar la cara, Katie no tendría suficiente tejido en el cuer- po para una cirugía reconstructiva. Gastman y Papay les explicaron las opciones

a Robb y Alesia durante aquella primera visita y varias más, conforme la mañana daba paso a la tarde y la cirugía proseguía. Les mostraron las fotografías que habían tomado con sus celulares de la cara donada completa sobre la de Katie. No obstante, se abstuvieron de decirles que Gast- man prefería realizar el trasplante completo porque Katie era una joven que se interesaba en su apariencia, mientras que Papay quería usar tan poca piel donada como fuera posible para minimizar los riesgos y conservar las funciones que aún quedaban. En la cuarta entrevista, mientras los médicos explicaban los pros y contras de cada opción, Alesia comenzó a ponerse tensa. Se movía con- tinuamente en su asiento, retorcía sus brazos y dedos, cruzaba y descruzaba las piernas. Aunque menuda, es una mujer enérgica y, pese al agota- miento y la angustia marcados en su semblante,

puedes ver su belleza natural; la misma que he- redaron sus dos hijas. “Cualquier decisión que tomen en este mo- mento será la correcta –les prometió Gastman a los Stubblefield–. Pero siempre persistirá una duda en sus mentes. Por ello, ‘¿Qué te dice el corazón, realmente?’ podría ser la mejor mane- ra de responder a ‘¿Qué crees que quiera ella? ¿Con qué sería más feliz?’”. Tras una larga pausa, Robb murmuró: “Me parece que querría la completa, la cara comple- ta”. Alesia lo miró sorprendida y, entonces, pa- reció a punto de echarse a llorar. Comenzó a retorcerse mucho más. Quería gri- tar: “No, no, no. Este es su campo. Ustedes deben tomar la decisión. Por supuesto que no quiero que Katie muera o que tenga más probabilidades de morir. Pero desea encajar en este mundo, quiere tener la posibilidad de salir y ser parte de él”. Gastman y Papay les dieron media hora más para pensar. Cuando estaban por marcharse, Alesia señaló a Gastman y le preguntó: “¿Cuál es tu opinión, tu corazonada?”. “Como dije, creo que cualquiera de las opciones es correcta”, repuso Gastman con serenidad. “¿Podría equivocarme con cualquiera de ellas?”, insistió la madre. Cuando los médicos los dejaron solos, Robb y Alesia imaginaron lo que opinaría Katie si des- pertaba con un trasplante parcial, con las cica- trices más visibles y el tono de piel desigual. “Diría: ‘¿Así que pude haber lucido mucho mejor que esto y decidieron no hacerlo?”, comentó Robb. Alesia pensó en lo que Katie le había di- cho: “Quiero salir y ser una cara en la multitud en la que nadie repare”. Ya tenían su respuesta. A las 3:oo p.m., 31 horas después de que co- menzara la cirugía de la donante, los cirujanos terminaron de suturar la capa superficial de la piel, después de trasplantar toda la cara. Enfer- meras, residentes, miembros del personal y mé- dicos aplaudieron. La cara, ahora de Katie, había perdido su expresión de azoro. Parecía serena. Gastman se reunió con la familia para infor- mar del éxito de la cirugía. Les dijo que se mar- chaba a casa para darse una ducha, besar a sus hijas y llorar. Cuando los padres y el hermano de Katie fue- ron a verla en la unidad de cuidados intensivos, se detuvieron en silencio junto a su cama, con- templando la nueva cara. Robb, quien había vis- to las fotografías de Gastman, no se sorprendió.

Robert comentó que su hermana menor tenía un rasgo nuevo, un ligero hoyuelo en el mentón. “Como Kirk Douglas”, bromeó su padre. Alesia acarició el brazo de Katie y pensó: “Tuviste una cara hasta los 18 años. Tuviste otra desde los 18 hasta los 21. Y ahora tienes esta cara”. Intentó visualizar a Katie en esa cara, pero no lo consi- guió. Anhelaba ver a su hija.

U NA MAÑANA, mientras Katie seguía hos-

pitalizada, Alesia despertó sintiéndose

extraña. No sabía qué pensar del tras-

plante. Estaba desconcertada: cuando

miraba a Katie, sabía que veía la cara de

otra persona. ¿Acaso Katie seguía allí? “¿Y si Katie desarrolla una personalidad dife- rente? –le preguntó a Robb–. No quiero que eso suceda. Amo a Katie por lo que es en su interior”.

“Cualquier decisión que to- men en este momento será la correcta –les prometió Gastman a los Stubblefield–. Pero siempre persistirá una duda en sus mentes”.

“Alesia –la interrumpió Robb–, esto no es una película de ciencia ficción”. Era comprensible que a veces se sintieran en una película de ciencia ficción. En la atiborrada habitación de la unidad de cuidados intensivos, conectada a un respirador, con una sonda intra- venosa y una colección de monitores haciendo ruido, Katie parecía el sujeto experimental que, de hecho, era. Asimismo, su reposo inducido con sedantes tenía algo de majestuoso, impresión que acentuaban la tiara de suturas irregulares que surcaba su cabeza rapada y las enfermeras, los residentes y los médicos que la asistían cual lú- gubres cortesanos. Hacia la segunda semana después de que los doctores sacaran a Katie del quirófano, una tera- peuta física la hizo abandonar la cama y caminar por los pasillos; la señorial procesión iba encabe- zada por un poste engalanado con bolsas de

medicamentos. A pesar de estar en movimiento, Katie tenía la impresión de haber dormido la ma- yor parte de mayo, o de estar en una película, apenas consciente de las personas que iban y venían, pero nunca completamente alerta. La primera vez que tuvo conciencia de tocar su cara, la sintió muy inflamada y redonda. Pa- pay le dijo que había recibido una nariz muy linda y que se parecía a la de su madre. Katie le preguntó a Alisa si la nueva cara era lo bastante agradable para que la gente dejara de mirarla como si fuera un fenómeno. Como siempre, los días de hospitalización se hicieron eternos. Katie tuvo días malos y peores, cuando el dolor era insoportable. Conectada a un tubo de alimentación, gemía y, en ocasiones, gri- taba de hambre. No podía hablar, en absoluto, de manera que Alesia llevó un marcador y una piza- rra en la que su hija garrapateaba “puré de patatas”, “te amo”, “duele”. Robb o Alesia –muchas veces los dos– se quedaban con ella. Katie siempre correrá el riesgo del rechazo cró- nico, pero no sufrió episodios tempranos de rechazo agudo durante sus casi tres meses de internamiento. En el siguiente año y medio tendría que someterse a tres cirugías mayores. Primero, los médicos limpiarían sus senos para- nasales e insertarían implantes de malla de tita- nio bajo los ojos, con objeto de elevarlos en las cuencas y hacerlos avanzar. En la segunda ope- ración retirarían parte de la piel y los tejidos adicionales que habían dejado ante la eventua- lidad de un rechazo, procedimiento que Gast- man equiparó con un estiramiento facial. Por último, en la tercera cirugía acortarían el maxi- lar inferior, harían avanzar la lengua y colocarían un implante en el techo de la cavidad bucal, con el cual los médicos esperan que Katie pueda ha- blar con más claridad. “¿Recuerdas todas esas fotos de personas que han recibido trasplantes de cara y lucen muy bien? Pues todas las fotografías se hicieron des- pués de todas estas cirugías de revisión –explicó Gastman en una de sus frecuentes visitas–. Hace falta tiempo”. “Doctor Gastman –respondió Katie–, cuando me estire la cara, también quiero un aumento de pechos”. Alesia soltó una carcajada, se inclinó hacia su hija y susurró algo. “¡Ay, lo hice ruborizar, doctor Gastman!”, ex- clamó Katie. El médico se ruborizó aún más.

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Solemos pensar que la curación es una activi- dad pasiva, la cual ocurre mientras yacemos en cama atiborrándonos con programas de televi- sión terribles y esperando a que el sistema in- munológico obre su magia invisible. Pero el 1 de agosto de 2017, al recibir el alta del hospital, el descanso se acabó para Katie. “En el futuro pre- visible, eres una paciente profesional”, le advir- tió Gastman el día antes de que abandonara la clínica. Todos se sintieron liberados cuando Katie re- gresó a la Casa Big Mac. Pero no eran libres. En adelante, Alesia y Robb serían el personal de enfermería de Katie, un trabajo de 24 horas. Vol- vieron a casa con dos y media páginas impresas que enumeraban los medicamentos diarios. Al revisar la lista, la farmacéutica indicó dos veces el inmunosupresor Prograf. “El medicamento más importante”, enfatizó. El calendario gigante de la pared se llenó con citas: terapia física dos veces por semana, trabajo con un entrenador per- sonal dos veces por semana, terapia ocupacional una o dos veces por semana, lecciones de braille dos a tres veces por semana, terapia del habla cuatro veces por semana. El habla resultó particularmente ardua. Casi toda la boca era de la donante, pues Katie solo había conservado su lengua y el paladar blando, los cuales no funcionaban adecuadamente. La lengua no tocaba los dientes. Si bien era difícil entender a Katie antes de la cirugía, después fue casi imposible. Alesia y Robb interpretaban lo que decía, pero, a veces, incluso ellos tenían que adi- vinar. El problema del paladar le confirió a su voz un fuerte timbre nasal y, cuando Katie escuchó una grabación, declaró: “Sueno como una rana”. Había perdido casi 100 % de su musculatura facial y la reemplazaron con la donada, de ma- nera que debía ejercitar esos músculos sin sentir que se movían. Los nervios –que, según Gast- man, crecerían alrededor de tres centímetros al mes y, a la larga, le proporcionarían sensación y control motor– demorarían al menos un año en regenerarse. Algo tan simple y automático como mantener la boca cerrada cuando no hablaba o comía no ocurría de manera natural; los demás tenían que recordárselo y, entonces, Katie ponía un dedo bajo el mentón para elevarlo. Tenía que hacer un esfuerzo enorme para sonreír o fruncir los labios, sin grandes resultados. Aun cuando Katie aprendió braille y recibió capacitación en el Cleveland Sight Center, los Stubblefield no renunciaban a la esperanza de

Ocho meses, 23 días después del trasplante de Katie

Decididos a ayudarle a Katie a llevar una vida tan normal y valiosa como sea posible, Robb y Alesia interrum- pen las suyas durante más de cuatro años. A pesar de su agotamien- to, con la fe depositada en Dios, acompañan a su hija durante intermi- nables citas y sesiones de terapia. Ya están buscando la manera de mejorar la visión de Ka- tie, incluida la posibili- dad de trasplantes de ojo. En el futuro inme- diato pretenden per- manecer en Cleveland, cerca de la clínica y de los médicos de Katie.

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que recuperara la vista. Citaron la investigación del Centro Médico de la Universidad de Pittsbur- gh, donde un equipo financiado por el Departa- mento de Defensa pretende realizar trasplantes de ojo completos en un plazo de 10 años. Los Stubblefield se entusiasmaron con la predicción que hizo el director del equipo de investigación:

es probable que los primeros receptores de ojos sean pacientes con trasplantes de cara.

V EÍAN LA CARA DE LA DONANTE todos los

días, pero la mujer aún era un misterio

para los Stubblefield. Conocían su edad,

sin embargo desconocían su nombre y

no sabían cómo murió ni cómo vivió.

Katie pensaba a menudo en ella y en su familia. Fue la tercera donante que encontraron durante el tiempo que Katie esperó una cara. Identifica- ron donantes en dos ocasiones y la clínica aler- tó a los Stubblefield. Pero, en ambos casos, las donantes no funcionaron. Para los pacientes que aguardan recibir un órgano interno, los úni- cos requisitos de compatibilidad son tamaño, tipo sanguíneo y, en ciertos órganos, tipificación tisular. En el caso de las caras, también debe corresponder el género, el tono de la piel debe ser similar y la edad razonablemente aproxima- da. Todo eso, además de la necesidad de encon- trar un donante en las cercanías, reduce mucho el panorama. Y la juventud de Katie lo hizo aun más pequeño. En Estados Unidos, más de 120 000 personas esperan todo tipo de órganos, pero son muy es- casos. En promedio, cada día mueren 20 pacien- tes mientras esperan. Las caras fueron incluidas en el listado de órganos del sistema nacional de trasplantes en 2014 y la espera es imprevisible, debido a que el número de candidatos es muy reducido y la familia del donante potencial debe otorgar su autorización para utilizar la cara, aun- que la persona se haya registrado como donante de órganos. Los médicos de Katie informaron que era muy probable que la donante fuera una mujer que hu- biera muerto por una sobredosis de drogas, dado

que la epidemia de opioides ha sido particular- mente grave en Ohio. Dicha epidemia ha resultado en un incremento en la cantidad de órganos dis- ponibles en todo el país: un estudio reciente de- mostró que la cifra de donantes fallecidos por sobredosis aumentó más de 10 veces entre los años 2000 y 2016. Y resultó que, en efecto, la

donante de Katie murió por una sobredosis, pero no la mataron los opioides, fue la cocaína. Lifebanc, la organización para obtención de órganos en la región, mantiene la confidencia- lidad de los donantes y los receptores, incluso entre ellos. Si una de las partes escribe una car- ta para contactar a la otra, Lifebanc la entrega. La otra parte puede optar por responder o no. Una vez establecido el contacto, ambas partes deben acceder a la entrevista. Por esta correspondencia, los Stubblefield se enteraron de que Katie tenía la cara de Adrea Schneider y de que su abuela, Sandra Benning- ton, estaba deseosa de conocerlos. La mañana de un domingo de enero, Katie y sus padres se reunieron con Sandra por primera vez. Estaba nerviosa, lo que a ella misma le pareció absurdo. La mujer llegó tirando del tanque de oxígeno que requiere por su enfermedad pulmonar y avanzó despacio por la sala de estar hasta donde Katie aguardaba sola en el sofá. Katie también se sen- tía nerviosa. Se había puesto un vestido nuevo y llevaba unas modernas gafas de sol para cubrir sus ojos, los cuales aún lucían dañados. Sandra ya había visto una foto de Katie, toma- da en el momento en que salía de la cirugía de trasplante, cuando su aspecto era mucho más parecido al de Adrea. Aquella foto provocó algo en Sandra. Pensar en Katie y en su recuperación le ayudó a superar su duelo. Los receptores de trasplantes de cara experi- mentan una metamorfosis conforme sanan y la cara se adapta a su estructura facial. Según la ex- plicación de Papay, la nueva cara se convierte en una matriz, no es una cara ni la otra, sino una composición. Y Katie ya no se parecía a Adrea. Sandra se sentó junto a Katie y tomó su mano. “Es un gusto conocerte –dijo–. Luces hermosa”. Katie respondió: “Le agradezco mucho el regalo que nos dio”. Sandra se inclinó hacia Katie, sin entender lo que había dicho, y Alesia lo repitió. Adrea era una donante de órganos registrada, pero cuando el enlace de apoyo familiar de Li- febanc preguntó por la cara de Adrea, Sandra no supo qué hacer, al principio. “De pronto me di cuenta de que, bueno, ¿por qué no la cara? –les relató a Katie y a sus padres–. Adrea quería que alguien tuviera sus otros órganos. ¿Por qué no su cara también? Así que esa fue mi respuesta. Estoy muy satisfecha de haberlo hecho”. Robb y Alesia se unieron a ellas en el sofá y Sandra les habló un poco de Adrea. No reveló cuán difícil había sido la vida de su nieta, desde

el momento en que nació de una madre adicta, con drogas en el organismo. Tampoco les dijo que ella crio a Adrea desde los cuatro años y que la adoptó a los 11, o que la madre de Adrea había muerto cuando la niña tenía 13 años. En vez de eso, les contó que Adrea amaba los caballos, los perros y a los niños. Les habló del hijo de Adrea, quien contaba 15 años cuando ella murió. Añadió que el chico no estaba enterado del trasplante de cara, pues Sandra no sabía cómo decirle que otra persona tenía la cara de su madre. Cuando Sandra se percató de lo protectores que eran Alesia y Robb con Katie, pensó en Adrea, quien tuvo dificultades, pero también fue una buena persona. Pensó que, si Adrea conociera a Katie, estaría entusiasmada de haberla ayudado. Al mismo tiempo –y Sandra lloraba cada vez que pensaba en ello–, Adrea habría deseado ser Katie, para tener padres y hermanos amorosos.

Los receptores de trasplan- tes de cara experimentan una metamorfosis. La nueva cara se convierte en una matriz: no es una cara ni la otra, sino una composición.

Sandra tocó la cara de Katie. “Luces muy linda”, le dijo. La miró más de cerca y pudo ver un poco de Adrea, en el hoyuelo del mentón y en la nariz; igual que le ocurría a Alesia, quien, a veces, podía distinguir un poco de Katie cuando sonreía. Sandra quería pedirle a Katie que la llamara Amma, el nombre que Adrea usaba en vez de grandma (abuela). Pero no lo hizo. Fijó la mirada en la boca de Adrea –ahora, la de Katie– y obser- vó sus labios. Vio que estaban agrietados y ex- perimentó el intenso deseo de curarlos.

K ATIE PASARÁ el resto de su vida como un experimento sobre la longevidad de los trasplantes de cara. Los adelan- tos médicos son acelerados y ni siquie- ra sus doctores pueden predecir lo que

le depara el futuro. Con 2.8 millones de dólares

en fondos del ejército, Siemionow está investi- gando una opción a los medicamentos inmuno- supresores. Espera encontrar lo que muchos científicos consideran el Santo Grial: una célula quimérica, parte donante y parte receptor, la cual hará que el sistema inmunológico acepte nuevos tejidos como propios y volverá innece- sarios los medicamentos para evitar rechazos. Catorce meses después del trasplante, los mé- dicos de Katie habían concluido las tres cirugías mayores de revisión, aunque es probable que también adelgacen la cara, reduzcan las cicatri- ces y mejoren los párpados. Papay dijo que estaba satisfecho con la adap- tación de Katie a su nueva cara y con la calidad de su nueva piel. “Estoy muy contento de que no haya tenido rechazos –agrega–. Aunque no lo estoy con sus órbitas. Esperábamos que tuvie- ra mejor visión. Y, estéticamente, podríamos mejorar la posición de sus ojos”. Gastman concordó con Papay. “A todos nos gusta la nariz y los labios son bonitos –comen- ta–. Sabemos que hay cosas que van a mejorar cuando las modifiquemos, como la reducción de la mandíbula. Pero hay otras que solo pode- mos coseguir una mejoría leve. Es posible que su lesión haya sido la peor herida que jamás haya visto en una cirugía de trasplante de cara. No podremos conseguir que todos sus múscu- los vuelvan a moverse. Su lengua no funciona bien porque perdió mucho músculo y los ner- vios linguales”. Katie pretende retomar su vida en el punto en que se interrumpió, empezando con la uni- versidad: primero en línea y, luego, quizá una carrera en asesoría. “Muchas personas me han ayudado y ahora quiero ayudar a otras perso- nas”, declara. Tiene la intención de hablar con adolescentes acerca del suicidio y del valor de la vida. Por lo pronto está dedicada a su recuperación. “No estoy del otro lado”, le dijo a su madre, hace poco. “¡Ay, hija! –respondió Alesia–. Tu historia to- davía no ha terminado”. j

Joanna Connors es reportera del Plain Dealer de Cleveland y autora de Te encontraré: en busca del hombre que me violó. National Geographic le otorgó a su colaboradora habitual, Maggie Steber, el título Woman of Vision, debido a su trabajo en reportajes humanitarios, culturales y sociales. Des- de hace 35 años, la fotógrafa Lynn Johnson, quien también es colaboradora habitual, ha documenta- do la condición humana en todo el mundo.

UNA

CARA

NUEVA

83

Por PAUL SALOPEK Fotografías de MATTHIEU PALEY

Paso a otra época

UNA CAMINATA ANGUSTIOSA E INSPIRADORA REVELA UN AFGA- NISTÁN EN PAZ… Y RECUERDA TODAS LAS TENSIONES DE HOY.

FOTO ANTERIOR

En una lucha contra la nieve, el frío y un burro cansado, Paul Salopek da sus últimos pasos en el corredor de Wakhan en Afganistán, mientras él y el fotógrafo Mat- thieu Paley suben por el paso Irshad hacia Pa- kistán. Se suponía que el ascenso tomaría tres horas, pero al final fue- ron nueve. En la parte superior del paso, las nubes se aclararon al ponerse el sol. “A pesar del cansancio, la luz me sorprendió –dice Salo- pek–. Era el tipo de luz que se asocia con el na- cimiento, luz en la que se nace”.

IZQ.

En el corredor de Wakhan, Sidol (izq.), Ju- magul (centro) y Assan Khan (der.) regresan en sus yaks tras supervisar el crecimiento de los pastos en elevaciones más bajas. Los rebaños se mantendrán fuera de esos pastizales para que los pastos puedan ser cosechados, seca- dos y utilizados por los wajíes como forraje en los meses de invierno.

PASO

A

OTRA

ÉPOCA

87

Fuera del Edén

PARTE

SIETE

Tenía el pelo teñido de color púrpura. Vestía ropa de licra.

La travesía a pie de Paul Salopek por las tierras altas de Asia central no tiene precedentes para los extranjeros en la historia reciente. Sigue la narración de su reco- rrido mundial en línea en OutofEdenWalk.org y en Twitter (@PaulSalopek).

Bailaba sola, la joven extranjera, balanceándose descalza sobre el techo de un automóvil en un

confín remoto del corazón rocoso de Asia, a la ori-

lla del río Panj, que separa Tayikistán de Afganis-

tán, un paraíso muy conocido de traficantes de opio en el extremo sur de las montañas del Pamir. El automóvil tenía placas de la Unión Europea. Pero, ¿quién era ella? ¿Una peregrina trasnochada

en el antiguo sendero hippie? ¿Mística? ¿Adicta?

¿Turista? ¿Aventurera? Era imposible saberlo.

Levanté mi sombrero empapado en sudor en señal de saludo, mientras pasaba arrastrando los pies y arreando un burro de carga cansado, con

mi piel agrietada por el viento y el estómago vacío

por acampar más de un mes entre los riscos de Asia central. Camino por el mundo. Durante cinco años he recorrido la Tierra como parte de un pro- yecto llamado Caminata fuera del Edén, una pe- regrinación narrativa tras los pasos de los primeros ancestros que exploraron el planeta durante la Edad de Piedra. Caminar de esta forma –de ma- nera continua, día tras río, mes tras continente por una ruta que, al final, abarcará 34000 kilómetros– es vivir en un estado de asombro diario. Así que la danzante en el descampado no fue realmente una

sorpresa. Tampoco yo la sorprendí. No me vio. Perdida en los ritmos tecno que salían del estéreo de su automóvil, ni siquiera abrió los ojos. “Me hace sentir viejo”, se quejó el fotógrafo Matthieu Paley después de que habíamos cami- nado penosamente por la sucia carretera cons- truida por los soviéticos.

En la aldea de Qalah-ye Panjah, los niños se reú- nen temprano por la mañana durante la im- portante festividad mu- sulmana de Eid al-Adha, la Celebración del Sa- crificio. Esperan ansio- samente compartir la carne de una oveja sa- crificada. Los wajíes rara vez comen carne por- que no tienen manera de conservarla fresca.

Paley se me había unido para un excepcional cruce a pie por el corredor de Wakhan en Afga-

nistán, reducto olvidado y escondido detrás de

las murallas montañosas del Hindú Kush. Por las

mañanas hacía yoga en el camino para aliviar una

espalda achacosa. Las tipografías agrandadas en

mi computadora portátil eran mis propias conce-

siones a la mediana edad. Pero no me sentía viejo. Recorrer la Tierra te vuelve niño otra vez. Cuando

llegue por fin a Tierra del Fuego, mi destino dentro

de seis o siete años, seré un recién nacido.

Miré hacia atrás. Paley hacía ahora una danza wají, remaba con

los brazos y meneaba las caderas a lo largo de las

desoladas orillas del Panj. Al otro lado de las co- rrientes glaciales, en Afganistán, unos pocos

pastores wajíes contentos, vestidos con shalwar kameezes marrones por la mugre, se congregaron para imitar sus movimientos. Todos bailan en Afganistán. Durante la guerra, a principios de los años dos mil, había bailado en Kabul con una columna de las tropas de la Alianza del Norte, con pasos cuidadosos tras un tanque T-55 para evitar las minas terrestres: una línea de conga de com- bate. Fue antes de que empezara realmente a caminar, cuando tenía un millón de años o más.

E l corredor de Wakhan en Afganistán es uno

de los parajes deshabitados más remotos de

la Tierra. Se extiende unos 320 kilómetros

entre Tayikistán y Pakistán para lindar con las murallas cubiertas de hielo del oeste de China.

PASO

A

OTRA

ÉPOCA

89

Creado por Rusia y Gran Bretaña como una zona de amortiguamiento para separar sus imperios asiáticos en el siglo XIX, el corredor permanece como un apéndice olvidado de Afganistán. Al- rededor de 17 000 agricultores y nómadas toda- vía viven en estos pastizales medievales y aldeas amuralladas con rocas. Era mi rampa de salida hacia Asia del sur. Cruzamos la frontera con Tayikistán en Eška- šem. Habían pasado 16 años desde que pisé el polvo de Afganistán como corresponsal de guerra. No era el país que recordaba. Mis recuerdos afganos viraban entre hombres armados en camionetas Hilux y las conmociones cerebrales por las bombas de 230 kilogramos. En contraste, el corredor de Wakhan –pobre, extre- madamente aislado y protegido de la violencia por el Hindú Kush– parecía un oasis de paz. Ca- minamos sin miedo por campos de trigo madu- ro, donde unos hombres guiaban en círculo grupos de bueyes que trillaban gavillas de ma- nera bíblica. Norias antiguas molían su harina. Los agricultores wajíes locales eran ismaelitas amigables y las mujeres no llevaban velo. Leo- pardos de las nieves, y no milicianos, patrulla- ban los picos nevados. Nadie portaba armas. Era el Afganistán rural como debía ser. “Estamos en nuestros tiempos de gloria –dijo Dervish Ali, un pastor de ovejas–. En los noven- ta, ni siquiera podíamos comprar té. Ahora la vida es buena”. La amable esposa de Ali, Kushnamamash, nos horneó pan naan –sin levadura–, caliente y gru- moso. Montamos nuestras tiendas en la estre- cha terraza de césped de la pareja. Las filas de álamos susurraban con una brisa fresca. El aus- tero Wakhan experimentaba una revolución verde. Arboledas daban sombra a los fondos del cañón antiguamente desnudos y algunos wajíes proba- ban sus primeros tomates y calabazas de cosecha propia. Fue el cambio climático. Los albaricoques florecían dos meses antes y una repentina ola de deshielo glaciar facilitaba el riego. No durará, por supuesto. Algún día, los glacia- res del Hindú Kush y del Pamir desaparecerán, y volverán las antiguas hambrunas. Pero, para aquellos días brillantes a pie, los valles sin cami- nos del Wakhan se sentían como un lugar hacia el que había caminado toda mi vida sin saberlo. Los guijarros de pizarra del río sonaban como monedas bajo los pies. Los cuervos daban rápidas vueltas en un cielo azul sin nubes. En septiembre, los altos pastizales de los nómadas kirguisos en

90

N ATIO N AL

GEOGRAPHI C

el este del Wakhan reflejaban el fuego del sol como ámbar antiguo. Peñascos del tamaño de casas brillaban como espejos colosales en las la- deras de las áridas montañas: sus superficies ha- bían sido pulidas suavemente como el vidrio por paredes de hielo desaparecidas hacía tiempo. Las edades de hielo vienen en ciclos. La próxi- ma empujará los escombros de nuestras ciuda- des hacia latitudes más bajas. Las edades de hielo eliminarán todos los indicios de la frágil arboleda de Ali y borrarán fácilmente las huellas de tanques que dejaron los soviéticos en los pasti- zales del Wakhan hace casi 40 años. Los surcos parecen nuevos. Y al final aparecerá otro wají para trillar, para arrear sus bueyes sobre el trigo corta- do, 3600 rotaciones, según mi cálculo, por cada disco de pan. Todo es un círculo. Mi caminata también es un círculo, aunque su radio es el del mundo.

E n la mañana del 23 de septiembre, bajo una bruma áspera de hielo, partimos con dos burros cargados para escalar el paso Irshad,

un pasaje alto y desolado cerca de donde el Hin- dú Kush se encuentra con la cordillera de Ka- rakórum, que separa Afganistán de Pakistán. Escalar una montaña en tales condiciones es una experiencia extraña y desorientadora. Es como escalar un mar congelado y peligrosamen- te inclinado. Las crestas azotadas por el viento ondulaban la superficie de la nieve. Golpeamos las puntas de los pies en las olas diamantinas con nuestros ridículos zapatos de verano. La nieve ocultaba grietas mortales. A veces, los bu- rros caían en la costra de hielo y se negaban a levantarse. Nos metíamos bajo sus vientres hu- meantes y poníamos a los animales de pie. Este ritual agotador ocurría una y otra vez. A menu- do, nos perdíamos. El paso Irshad se encuentra a 4979 metros so- bre el nivel del mar. Llegamos por fin a él al atar- decer. Paley se aventuró a ejecutar una débil danza de victoria. Tragué aire tan enrarecido y metálico que cortó mis pulmones como hojas de afeitar. Sin refugio ni leña, era un lugar peligroso para acampar. Pero no teníamos muchas opcio- nes. Una oscuridad amarga se levantaba rápida- mente desde los valles profundos. Clavamos las estacas de nuestra tienda en tierra fría como el

National Geographic Society, organización sin fines de lucro que trabaja para conservar los lugares silvestres de la Tierra, ayudó a financiar esta historia.

CLARE TRAINOR (NGM). IMÁGENES: NASA WORLDVIEW

ompletada

A

Ruta

planeada

ierro. Mis panta ones conge a os nunca se es-

con e aron, ni siquiera entro e mi o sa e ormir. Salí tambaleándome a la noche aullante o o una vez ara envo ver a os urros en onas

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revoloteaban. Los o os negros de los animales

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erna de minero. No pude mirarlos. as fuerzas de se uridad pakistaníes, con tra es de civil, nos confrontaron la noche siguiente

mientras acampábamos en el extremo oriental

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Omina Begum descansa en una choza sobre el techo de su casa en Wuch Urgunt. La estruc- tura temporal, hecha con ramas, hojas y pas- tos, se llama kapa. En los meses de verano pro- porciona sombra duran- te el día y un sueño más cómodo por la noche.

Aziz Begum, de nueve años, se ajusta el pañue- lo. Los wajíes se adhieren a la rama ismaelita mo- derada del islam, que no requiere que las mujeres usen velo. Pero los pa- ñuelos para la cabeza forman parte de la vesti- menta habitual.

PASO

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ÉPOCA

93

En Qalah-ye Ust, Bibi Hawa se ocupa del fue- go mientras prepara té con leche y lo mez- cla con un trozo de sal para agregarle sabor. Las ollas de agua –utili- zadas para cocinar, beber o lavar– perma- necen en ebullición sobre los hornos tradi- cionales durante todo el día en las cocinas wajíes. Los wajíes inva- riablemente son hospi- talarios con los visitantes y cualquiera que pase por sus aldeas.

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OTRA

ÉPOCA

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Kosim Mohammed y su hijo Ato acaban de to- mar un baño en las aguas termales cerca de la aldea de Shirk. Muy pocas casas del corredor de Wakhan cuentan con agua corriente, así que tener una fuente de agua caliente durante todo el año es un lujo.

En la aldea de Wuch Urgunt, Bibi Bejold carga a su hijo Javed. Los cerca de 70 000 wajíes viven en las montañas que se elevan entre Afganistán, Tayikistán, Pakistán y Chi- na. Su lengua indoeuro- pea, llamada wají, está emparentada con el farsi, hablado por los iraníes.

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Cerca del extremo oriental del corredor deshabitado de Wakhan, donde los ca- minos se reducen a senderos, una niña le tuerce la cola a la vaca de la familia para apre- surarla de camino a su casa en la aldea de Nishtkhowr. Los muros distantes de las monta- ñas, iluminados por el sol en la última hora de la tarde, son adonde se dirige Salopek en su singular odisea narrati- va por la Tierra.

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A

OTRA

ÉPOCA

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PUERTO DE PASAJES, ESPAÑA

DE CACERÍA CON LOS BALLENEROS VASCOS

Tras el descubrimiento del naufragio de un galeón vasco frente a la costa de Terranova, Canadá –posiblemente el San Juan–, National Geographic escribió acerca de su exploración en la edición de julio de 1985 (izq.). En esta ocasión repasamos la historia del navío del siglo XVI para ilustrar lo que hemos apren- dido acerca de los riesgos que enfrentaron los vascos, así como sobre las recom- pensas que obtuvieron. Su presa: las ballenas barbadas y el aceite de su grasa.

POR

FERNANDO

G.

PREPARACIÓN PARA EL VIAJE

La tripulación se sostenía con toneles re- pletos de frijoles, chícharos secos, tocino y galletas marineras (galletas hechas con harina y agua). Acompañaban sus copiosas comidas con vino y sidra fuerte, y, cuando había, las complementaban con bayas, pescado y carne de ballena.

BAPTISTA

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Armamento pesado Los barcos disponían de ar-

tillería –incluidos falconetes

y cañones– para proteger

las aguas de cacería y pro- yectar su soberanía frente

a los rivales europeos.

Galeón

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Artículos personales Empaquetaban peines, cal- zas bombachas, medias de lana, zapatos y botas de cuero, así como demás equipo básico en barriles o baúles pequeños.

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Cronograma de un ballenero

1 Aprovisionamiento

2

Navegación

3

Caza de ballena y

procesamiento del aceite

4

Navegación

ENE.

UNA PERSECUCIÓN LEJANA

La pesca de bacalao en Amé- rica del Norte fue lo primero que llevó a los vascos al terri- torio para caza de ballenas, a más de 3 200 kilómetros de su hogar.

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Golf

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Zona ballenera o de pesca vasca (1530–1760)

Islandia

Otra zona ballenera vasca

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Ciudad importante para el comercio de aceite

Groenlandia

44

22

IsIsslss a deeeee e

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Pasajes