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López, López, Ancona - Desarrollo sustentable o sostenible, una definición conceptual

El concepto de desarrollo sustentable o sostenible está aún en construcción y una de las críticas que se han
manifestado es en relación a los matices contradictorios que hacen los economistas y los ambientalistas.
Una de las principales dificultades que enfrentan quienes intentan hacer un riguroso análisis de estos
conceptos es que estos se han convertido en una definición de moda para acompañar discursos políticos
o incluso como eslogan de diversas empresas que al usarlas de manera deleznable pierden significado.
La definición de desarrollo sostenible se ha ido ajustando gradualmente al irse incrementando condiciones
sociales en donde el ser humano es parte de un sistema y no dueño del mismo, en un proceso que
armonice el crecimiento económico, la preservación de los recursos naturales, la reducción del
deterioro ambiental, la equidad social todo en un contexto político a todos los niveles, local, regional,
nacional y global.
Según este reporte, el desarrollo económico y social debe descansar en la sustentabilidad y como
conceptos claves en las políticas de desarrollo sostenible (Enkerlin, 1997), en el cuál se identificaron los
siguientes puntos:

− La satisfacción de las necesidades básicas de la humanidad: alimentación, vestido, vivienda, salud.


− La necesaria limitación del desarrollo impuesta por el estado actual de la organización tecnológica
y social, su impacto sobre los recursos naturales y por la capacidad de la biosfera para absorber dicho
impacto.

Desde la Conferencia Mundial de Estocolmo en 1972, hasta la Cumbre Mundial sobre desarrollo sostenible
Johannesburgo 2002, pasando por la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992, las naciones se han
planteado un doble discurso, por un lado los países desarrollados han apostado por un desarrollo
sustentable como estrategia de bienestar al fortalecer su economía, suponiendo así aumentar la calidad
de vida al crear trabajo, reducir los costos y procurando controlar la contaminación con tecnologías,
normas y leyes, de tal manera que el termino además de fortalecer la economía le resuelva a la
población su búsqueda de “sustento” alimenticio y de subsistencia (vestido y vivienda).
Visto de esta manera, con una visión liberal característica de una ideología dominante, la cual se orienta
mas hacia el crecimiento económico mas no a la preservación del medio ambiente, el ecosistema, la
cultura, la equidad, la naturaleza, etc., lo no nos permite hablar de otro desarrollo que no sea capitalista
acorde al neoliberalismo hegemónico.

Los términos sustentable, sostenible, sustentabilidad, desarrollo, solos o combinados aparecen en los
discursos como una forma de conciliar el crecimiento económico y el equilibrio del ecosistema y su
connotación en los espacio académicos, políticos, económicos, en grupos ecologistas, ambientalistas,
indígenas, etc., implica diferentes características como podrían ser una elevada capacidad productiva
determinada por una compleja estructura de producción competitiva y capaz de sostener un desarrollo, una
eficiencia en el uso y la utilización de los recursos naturales para evitar su extinción e incluso el
mejoramiento de los niveles de vida o bienestar de los seres humanos. Pero a partir de estas
características surge una clasificación que diferencia su significado hacia un doble discurso, el de los
países desarrollados y “ricos” y el de los subdesarrollados y “pobres” en donde el desarrollo
sustentable para unos es el de conservar los recursos naturales para sus generaciones futuras y para
otros simplemente el de sobrevivir, podríamos decir entonces que la sustentabilidad no se origina a
partir de preocupaciones teóricas o académicas, sino que se ubica como un proceso generado por
movimientos ciudadanos sociales, compuesto por ecologistas, campesinos, indígenas, mujeres,
consumidores, etc., quienes en diversas partes de mundo han vivido y sufrido los efectos del desarrollo
En otros espacios, vemos que la definición de desarrollo sustentable según Madrigal (1995) tiene dos
objetivos, el de mejorar la calidad de vida de todos los habitantes y el segundo objetivo que consiste
en no comprometer el futuro de las futuras generaciones, mientras que Rafael Negrete (En: Tibán, 2000)
corrobora al mencionar que entre los dos términos: sostenido y sostenible, existe una diferencia.
Menciona que el desarrollo no debe ser sostenido, sino sostenible.
menciona que sustentar, es mantener firme una cosa, además de otras acepciones como son la de dar
sustento, sin embargo al anteponerle la palabra “desarrollo”, hace que sostenimiento o sustentación
representen por un lado mantenerla, de sostenerla y de asegurar su continuidad, mientras que la
segunda trata de que se mantenga, se conserve, e incluso continué.

Verificando otra fuente escrita, por ejemplo, el Diccionario de Sociología de (Giner et al. 1998) en España,
utiliza el concepto del desarrollo sostenible, al igual que en la mayoría de las traducciones oficiales de
organismos internacionales, en donde el desarrollo económico y social de los pueblos depende del
sostenimiento de su capacidad productiva, mientras que en las tribunas de la política internacional para
América Latina, el sonido que se escucha con mayor frecuencia es el de “desarrollo sustentable”, es
decir, para los lideres mundiales; presidentes, ministros, alcaldes y candidatos de las mas variadas
ideologías y partidos no pueden dejar a un lado en sus discursos el controvertido y actual asunto del
desarrollo sustentable, quizás para estar de acuerdo en una noción generalizada, en la cual el desarrollo
económico va por encima de la protección al ambiente y de los recursos naturales, de donde se sostiene la
vida del planeta.
Por lo anterior, pareciera ser que en el desarrollo sustentable, la palabra “sustentable” es un anglicismo de
la palabra sustentar y tiene como esencia “la satisfacción de necesidades” donde los obstáculos son
principalmente los problemas sociales, como por ejemplo, la pobreza extrema. MacNeill (1989) afirma
que si la pobreza no se reduce, no podrá existir ninguna forma de detener la destrucción de bosques, suelos,
agua y otros recursos que utilizan los pobladores en las comunidades campesinas e indígenas y traería
consecuentemente la destrucción de especies y la vida misma. Para lo cual para reducir la pobreza es
necesario incrementar la actividad económica actual, en 5 a 10 veces, lo que significaría también un fuerte
impacto sobre los recursos naturales que paradójicamente traería las mismas consecuencias, sin embargo,
sabemos que gran parte del acelerado proceso de deterioro de los recursos naturales se debe a la existencia
de políticas económicas que favorecen la sobreexplotación, es decir, el uso irresponsable de los países
desarrollados que de continuar así, reducirán de manera mas drástica estos recursos y en un menor tiempo.
El uso abusivo de su aplicación ha puesto estos conceptos al borde de la retórica (Alemán, 2005), sin
embargo, cuando alguien utiliza el termino como sostenible, la hace con la base del conocimiento que posee
y no existe una sostenibilidad a largo plazo, mientras que sustentable aparece en el discurso como una
forma de conciliar el crecimiento económico expresado en términos de desarrollo versus equilibrio del
ecosistema, lo que implica mantener una elevada capacidad productiva y proteger a la vez los recursos
naturales, lo que sería prácticamente contradictorio si no sabemos cuanto tenemos que conservar y de que
manera, por lo anterior, de todos depende que el desarrollo sea sostenido y sustentable, pero lo mas
importante es que los principios que los originaron se apliquen y no caigamos en el babelismo (Boada,
1994), entendido como la confusión conceptual y técnica, lo que se concreta en explicar las mismas cosas
con lenguajes distintos y que además dejamos de considerar el antropocentrismo como estrategia y tratar
de alcanzar una verdadera sustentabilidad.
MAIRA VIDAL - LA RESPONSABILIDAD SOCIAL EMPRESARIAL COMO PARTE DEL
PROYECTO POLÍTICO Y ECONÓMICO NEOLIBERAL

En organismos internacionales como la ONU, la OIT y la OCDE tuvieron lugar en los años setenta
intensos debates sobre las responsabilidades sociales de las compañías transnacionales a nivel
global. En estos debates se planteó la idoneidad o no de establecer una guía o regulación de sus
actividades en materia de derechos humanos y laborales fundamentales. Aún así, las propuestas en
aras de una regulación internacional que se realizaron en ese momento no llegaron a buen
término. Esto fue debido a las presiones de las empresas, sus asociaciones y determinados
gobiernos occidentales. En su lugar la OCDE publicó las Directrices para empresas
multinacionales, en 1976, y la OIT la Declaración Tripartita de principios sobre las empresas
multinacionales y la política social, en 1977, que tienen carácter voluntario (Hernández
Zubizarreta, 2009; Utting y Marques, 2010).

Es en estos años que aparecieron de manera importante los códigos éticos o de conducta2 de
muchas compañías en Estados Unidos. El 75% de las empresas estadounidenses que formaron
parte de la clasificación de las 500 compañías más grandes del mundo de la revista Fortune en
1986 elaboraron uno. El objetivo era mostrar la aceptación empresarial de la idea general de
que estaban su-jetas a responsabilidades, pero no era preciso establecer nuevas regulaciones
de ámbito nacional o internacional. En este sentido, las compañías y sus asociaciones expresaban
su preocupación porque se estableciesen nuevas obligaciones jurídicas (Jenkins et al., 2002;
Rodríguez Garavito, 2007).

No obstante, los organismos internacionales, así como las instituciones públicas de las economías
centrales, retoman el debate en los años noventa recurriendo a un término que no había formado
parte del mismo anteriormente, el de Responsabilidad Social Empresarial, y que encaja
perfectamente dentro del proyecto neoliberal. El término Responsabilidad Social Empresarial
(RSE), o Responsabilidad Social Corporativa (RSC)3, había surgido en Estados Unidos en los
años cincuenta del siglo xx en el contexto de la segunda postguerra mundial. La publicación del
libro Social Responsibilities of businessman de Howard Bowen en 1953 fue todo un hito en
aquellos años, en los que la RSE hacía referencia, al igual que hoy en día, a las
responsabilidades de carácter ético que las empresas asumen voluntariamente y no
constituyen una forma de responsabilidad jurídica (Barañano, 2009; Aparicio y Valdés, 2009).

se hace una más que evidente apuesta desde sus inicios por no establecer una regulación y por la
voluntariedad de los nuevos compromisos a asumir por las empresas (Hernández Zubizarreta, 2009; Utting
y Marques, 2010). Tal y como veremos, tanto el Pacto Mundial de
De esta forma se ha dado un paso más en la construcción de una globalización y una Unión Europea de
corte neoliberal en lo que respecta al cumplimiento de los derechos fundamentales a nivel
supranacional.
Prácticamente todas las grandes transnacionales españolas han realizado códigos de conducta
unilaterales, sin contar con sus grupos de interés4, desde entonces.
En este artículo analizaremos el surgimiento del campo de la Responsabilidad Social Empresarial como
parte del proyecto político y económico neoliberal que han asumido en las últimas décadas buena parte de
las economías centrales y los organismos internacionales. Tal y como se ha referido, el surgimiento de este
nuevo campo respondería a la pretensión de evitar (nuevas) regulaciones en materia de derechos humanos,
laborales y medioambientales tanto a escala supranacional como nacional.

Las características de la escala global de la economía se han fraguado a partir de la interacción de


los mercados, los gobiernos de las economías centrales y las instituciones financieras
internacionales (El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y la Organización Mundial
del Comercio, entre otras).

En todo caso, es de la mayor relevancia resaltar que se han constituido, en muy buena parte,
políticamente. En este sentido, han sido clave las políticas de desregulación de los mercados
financieros en la mayoría de los países y la liberaliza-ción de las transacciones financieras, las
inversiones y el comercio de ámbito internacional. Este tipo de políticas neoliberales se iniciaron
en Estados Unidos en los años setenta, en Gran Bretaña en los primeros ochenta y se difundieron
por toda la Unión Europea, además de otros países, a lo largo de esta última década (Navarro,
2000; Castells, 1999).

La gran empresa integrada característica de la sociedad fordista ha dado paso en estos años a la
empresared descentralizada, en ocasiones transnacional, como paradigma de la sociedad post-
fordista globalizada (Castells, 1999; Held, 2002; Alonso, 2007). Las pruebas empíricas sobre la
creciente importancia de las em-Lan Harremanak/28 (2013-I) (100-122)

La responsabilidad social empresarial como parte del proyecto político y económico neoliberal

La división del trabajo en el interior de las empresas fue sustituida en estos años por la división del trabajo
entre empresas, en ocasiones localizadas en muy distintos puntos del planeta. En este sentido, las
corporaciones transnacionales se han convertido cada vez más desde entonces en redes descentralizadas
situadas en distintos países, formando cadenas de producción planetarias5 en las que determinados
riesgos y costes se desplazan hacia abajo, hacia las empresas filiales, subcontratadas o proveedoras
situadas en las economías emergentes, semi-periféricas o periféricas.
Así, las deslocalizaciones productivas se realizan tomando como referencia unos niveles de salario y
protección bajos6, elevando la tasa de explotación de los trabajadores, transformando la fuerza de
trabajo en un recurso global e in-ternacionalizando la competencia entre trabajadores a unos niveles
desconocidos hasta la fecha.
Por consiguiente, las corporaciones no se responsabilizan ni de la gestión de buena parte de su mano
de obra ni de garantizar sus derechos. Las deslocalizaciones productivas permiten que las empresas
cabeza eviten y fracturen la responsabilidad jurídica sobre las condiciones en las que se lleva a cabo
la producción que se ha externalizado (Hernández Zubizarreta, 2009; Hammer, 2009; De la Fuente, 2009;
Baylos, 2009; Daugareilh, 2009; Aparicio y Valdés, 2011).
han irrumpido como poderosas autoridades privadas y están en ocasiones fuera del alcance de los sistemas
jurídicos estatales. De esta forma, el poder de las empresas transnacionales no sólo se manifiesta mediante
su hegemonía como agente económico global, sino también a través de su influencia sobre la producción
normativa de los diversos Estados. Esto se hace muy evidente en aquellos países con una necesidad
desesperada por atraer inversión extranjera directa y que, por tanto, evitan adoptar medidas jurídicas poco
atractivas que incidan en el coste de las actividades empresariales (regulaciones laborales,
medioambientales, etc.). Asimismo, este tipo de empresas se encuen-tra también en cierta posición de poder
con respecto a determinados Estados y organizaciones sindicales nacionales e internacionales a la hora de
negociar condiciones de todo tipo bajo la constante amenaza de una deslocalización produc-tiva8 (Castells,
1999; Baylos, 1999, 2009; Rodríguez Garavito, 2007; Alonso, 2007; Shamir, 2007; Daugareilh, 2009;
Barañano, 2009; Flores, 2010; Luengo, 2010; Teiltelbaum, 2010).
Es en este contexto en el que surge el debate sobre la Responsabilidad Social Empresarial, y en el que el
entonces Secretario General de Naciones Unidas Kofi Annan inauguró en el año 2000 el Pacto Mundial de
Naciones Unidas , con el que emplazaba a las empresas transnacionales a que se adhirieran voluntariamente
a nueve principios relacionados con los derechos humanos, los derechos laborales, la no discriminación y
el medio ambiente (más adelante se añadiría el principio número diez, relativo a la corrupción). Cientos de
empresas se suma-ron a este Pacto animadas por la Cámara Internacional de Comercio, puesto que 7 Sin
embargo, no existe una «desterritorialización» total de las actividades de las compañías transnacionales que
las haya convertido en su firma sólo implica la obligación de presentar Informes Anuales de Progreso
cuyo cumplimiento no es verificado. En este sentido, esta iniciativa está rodeada de cierta polémica desde
su creación, ya que algunas de las compañías que par-ticiparon en su lanzamiento o se han adherido a la
misma más tarde, como por ejemplo British Petroleum, Total, Nike, Shell, Inditex o Novartis, y por lo tanto
cuentan con el aval de Naciones Unidas, han sido objeto de demandas o denuncias por violaciones de
derechos humanos y laborales o por desastres medioambientales.
Además, en 2005 Kofi Annan nombró Representante Especial, para estu-diar lo relativo al papel social de
las corporaciones transnacionales en el contexto de la globalización, a John Ruggie, su principal asesor en
el Pacto Mundial. En 2006 Ruggie realizó un informe, que presentó a la Comisión de Derechos Humanos
de la ONU, en el que está muy presente la ideología neoliberal imperante en este organismo
internacional en las últimas décadas. En este Informe se hace hincapié en que los gobiernos son
incapaces de solucionar los problemas de desigualdad económica existentes desde hace tiempo, así
como en el importante papel que juegan las empresas en este sentido. En la misma línea, el segundo Informe
que el Representante Especial llevó a cabo, presentado al Consejo de Derechos Humanos de la ONU en
2007, desarrollaba argumentos en contra de que las sociedades transnacionales estuviesen obligadas
por el derecho internacional a cumplir los derechos humanos y laborales fundamentales, y defendía
que lo más apropiado era que éstas realizasen declaraciones de buenas intenciones, como los códigos
de conducta9

Dicho todo esto, la definición de la globalización económica actual como neoliberal es una generalización
en la que hace falta introducir matices que son relevantes. Así, es interesante comparar, por una parte, la
debilidad normativa del derecho internacional de derechos humanos y el derecho internacional del
trabajo, en relación a la regulación de las actividades de las corporaciones transnacionales, con, por
otra, la fortaleza del derecho internacional del comercio que protege los intereses y los derechos de
las compañías. Este último es defendido por la Organización Mundial de Comercio (OMC), los
Tratados Regionales y Bilaterales de Comercio e Inversiones y el Banco Mundial a través de tribunales
arbitrales que emiten sanciones coercitivas. En este sentido, los derechos y los intereses de las empresas
son defendidos por un derecho imperativo, coercitivo y sancionador con plena exigibilidad jurídica,
mientras sus compromisos en materia de derechos fundamentales se insertan en el campo de la
Responsabilidad Social Empresarial y no son obligatorios

En la sociedad fordista el bienestar social se concebía como una responsabilidad de las


instituciones públicas, que creaban seguridad garantizando derechos12

a través de los que se eliminaban o minimizaban las consecuencias de determinados riesgos que
habían sido socializados (la pobreza, el desempleo, la enferme-dad, etc.). Sin embargo, en las
sociedades post-fordistas se ha realizado determinada transferencia de los riesgos que eran
asumidos por el Estado al individuo y la empresa. Cada vez se hace más hincapié en el
emprendizaje (o autoempleo) o la empleabilidad como responsabilidades del trabajador y en la
autorresponsa-bilidad ética de las empresas, en que éstas asuman voluntariamente nuevos
compromisos sociales (Shamir, 2007)

Por lo tanto, se ha llevado a cabo una cesión de poder y legitimidad desde los actores públicos
a los privados, puesto que la definición y consecución de objetivos sociales, laborales y
medioambientales está dejando de ser principalmente potestad estatal, para pa-sar a ser un
proceso negociado entre diversos actores. Estos procesos se materia-lizan en partenariados
público-privados formados por instituciones públicas y privadas de distinto tipo en los que, tal y
como comentaremos, se obvian las relaciones de poder entre los distintos agentes

Este Centro sirve de intermediario entre las instituciones públicas, las empresas, los agentes sociales y las
organizaciones del tercer sector. La RSE se ha planteado en esta línea como parte de una nueva gobernanza
social y ha sido utilizada por las empresas para aumentar su legitimidad social y mejorar su capacidad
de negociación con otros actores (Ortega, 2009; Lozano, 2005).
No obstante, es importante hacer hincapié en que los Estados no están desapa-reciendo ni están dejando
de intervenir en la economía, tal y como algunos expertos anuncian, sino que son un agente dinámico a
nivel político y económico tanto en el ámbito nacional como en el global. El adelgazamiento del Estado
se manifiesta sobre todo en lo que concierne a su vertiente de Estado de bienestar y determinadas
regulaciones, pero no en lo que se refiere a otras funciones. Así pues, esta institución sigue interviniendo
en la economía de muy distintas maneras. Determinados Estados promueven, por ejemplo, la expansión
internacional de las empresas transnacionales con sede en el país, y algunos impulsan la inversión
extranjera directa a través de la creación de zonas francas, la exención de impuestos, la inversión en
determinadas infraestructuras, una legislación laboral y medioambiental restrictiva que reduzca los
costes de las compañías, etc. Las distintas políticas dependen de la posición de las diferentes economías
nacionales en la estructura económica internacional pero, en cualquier caso, no encajan dentro del papel
abstencionista que el discurso liberal otorga al Estado. En este sentido, no existen menos normas, sino que,
por lo general, en un contexto en el que la balanza de poder se ha inclinado de manera muy clara a favor
del capital en los últimos años, se crean regulaciones fa-vorables y menos constrictivas con las
empresas y se eliminan o flexibilizan las que protegen a los ciudadanos y los trabajadores. En esta
línea, las empresas no deman-dan que se cesen de regular las relaciones de trabajo, sino que se
desregulen o regulen de otra manera, una que les beneficie, lo que de una manera u otra requiere de
la intervención del Estado (Crouch, 2010; Teitelbaum, 2010; Barañano, 2009; De la Fuente, 2009;
Rodríguez Zubizarreta, 2009; Rodríguez Garavito, 2007).

El proyecto neoliberal, la teoría de los shareholders y la teoría de los stakeholders

El movimiento empresarial por la responsabilidad social empresarial ha impulsado la teoría de los


stakeholders 13, que se extendió en los años noventa como un pequeño «ajuste» de la teoría de
los shareholders 14, que a su vez ha-bía surgido en los años ochenta como parte del paradigma
neoliberal. Esta última teoría tiene como objetivo recuperar el concepto de management que im-
peraba antes de los años de entreguerras, de acuerdo al cual las empresas deben dar absoluta
prioridad a los derechos e intereses de los accionistas e inversores (dejando de lado los de los
trabajadores, las comunidades locales, etc.) y maxi-mizar todo lo posible sus beneficios. Esta
teoría, que acompaña a las políticas públicas de corte neoliberal, se ha extendido entre las empresas
de los países miembros de la Unión Europea en los últimos tiempos, y defiende que priori-zar a
los accionistas e inversores tendrá consecuencias positivas sobre la eficien-cia, el crecimiento y
la competitividad de la compañía y, en último término, sobre sus grupos de interés y la
sociedad en su conjunto (Cuervo, 2008; Ireland y Pillay, 2010; Palpacuer, 2010).

Por otra parte, de acuerdo con Paddy Ireland y Renginee Pillay, la teoría de los stakeholders se
extendió en los años noventa después de que numerosas de-13 La traducción al castellano es teoría
de los «grupos de interés». El principal teórico y precur-sor de esta teoría ha sido Edward
Freeman, cuya obra de referencia es Strategic Management. A Stakeholder Approach, de 1984.
Esta teoría hunde sus raíces en la Escuela de Relaciones Humanas de Elton Mayo, psicólogo y
sociólogo industrial de principios del siglo xx que defendía que los intereses de las empresas y
los trabajadores son los mismos y que, por lo tanto, es factible incentivar la colaboración
entre ambas partes y las buenas relaciones en los centros de trabajo.

No obstante, las tesis defendidas en la actualidad por la teoría de los stakeholders no son
exactamente las mismas que se mantuvieron desde los años veinte hasta los setenta. Entonces
se reconocía abiertamente que existían relaciones de dominación y conflictos de intereses entre,
por un lado, las empresas y, por otro, la ciudadanía y los trabajadores. Un tipo de relaciones y de
conflictos que había que intentar solucionar a través del diálogo, la negociación y la mediación y
las regulaciones de las instituciones públicas. En la actualidad, sin embargo, los teóricos de este
corriente ignoran la existencia de una determinada estructura económica y social en la que
existen profundas asimetrías de poder, así como conflictos, entre las distintas instituciones y
actores. Asimismo, no se reclama un papel central a las administraciones públicas como
mediadoras y reguladoras. En contraposición, se alude a los partenariados constituidos
voluntariamente entre las empresas y sus grupos de interés (entre ellos los trabajadores, los
sindicatos, las organizaciones sociales, las instituciones públicas, los proveedores, etc.) como si
estuviesen formados por partes iguales que comparten intereses, colaboran hori-zontalmente
y alcanzan metas que son siempre, y en todo caso, beneficiosas para toda la sociedad en su
conjunto. Se promueve el diálogo entre estos actores e instituciones apelando a la buena
voluntad y la ética, no a un marco de negociaciones institucionalizadas y formalizadas de
acuerdo con una legislación (Freeman, 1984; Prieto-Carrón, 2006; Blowfield y Murray, 2008;
Palpacuer, 2010).
De esta forma, se obvia que los actores con más poder tienen mucha capacidad para modificar
o influir en las posiciones de actores más débiles, que en muchas ocasiones se subordinan a
los primeros. Los intereses y el poder del capital logran imponerse de este modo disimulando las
relaciones de fuerza existentes y, por ejemplo, se ignoran las relaciones de conflicto en el
ámbito laboral (Freeman, 1984; Ramiro, 2009; Fernández Rodríguez, 2007; Ortega, 2009;
Romero, 2009).

Así, muchas empresas europeas y españolas han adoptado en el campo de la RSE un enfoque
integrador y ético en los últimos años que se enmarca dentro de la teoría de los stakeholders. Estas
empresas anuncian que han puesto en marcha una perspectiva ética que integra a las partes
interesadas, puesto que dialo-gan y negocian con ellas y tienen en cuenta sus demandas. De esta
forma, estos planteamientos defienden que tanto la empresa como todos sus grupos de interés
se benefician de las políticas socialmente responsables. Esto es lo que se ha denominado el
enfoque «win-win» (todas las partes involucradas ganan), defendido por Porter y Kramer (Porter
y Kramer, 2006).

Sin embargo, aunque la teoría de los stakeholders y el enfoque integrador y ético se extienden de
manera importante entre los discursos empresariales a partir de los años noventa, no se llevan a
cabo en la mayor parte de los casos. La mayoría de las empresas han adoptado esta teoría y enfoque
en su discurso, pero no los han traducido en prácticas reales (Maira Vidal, 2012). Por tanto,
podemos concluir que éstas son unas tesis a las que se recurre como fuente legitima-dora del
paradigma neoliberal imperante desde los años ochenta, después de que la teoría de los
shareholder s haya recibido importantes críticas en las últimas dos décadas. El objetivo final
es continuar aplicando en la práctica la teoría de los shareholders, por la que los intereses de
los accionistas e inversores son una prioridad absoluta (Sum, 2010).

5. El proyecto neoliberal y la responsabilidad social empresarial El campo de la


Responsabilidad Social Empresarial (RSE) es sumamente útil para extender las tesis neoliberales
a favor de la reducción o no ampliación del papel del Estado y las instituciones internacionales y
sus regulaciones en determinados ámbitos (el de protección de los trabajadores, el medioambiental,
etc.). De esta forma, se propone que las (potenciales) regulaciones públicas sean sustituidas
por normas privadas de RSE elaboradas por las propias empresas y que se caracterizan por
su voluntariedad, unilateralidad y autorregulación (Baylos, 1999; Hernández Zubizarreta et al.
, 2009; Ireland y Pillay, 2010; Fuchs y Kalfagianni, 2010).

Llama la atención cómo, en este sentido, y en lo que se refiere al contexto supranacional, uno de
los objetivos de la RSE es que las empresas se conviertan en productoras y ordenadoras de normas
a nivel global, otorgándoles la facul-tad de elegir qué derechos respetar «a la carta» y bajo
qué circunstancias lo ha-rán. Esto muestra, por lo tanto, una tendencia a la «privatización»
del derecho internacional (Blowfield, 2010; Ireland y Pillay, 2010; Utting y Marques; 2010;
Sum, 2010; Teitelbaum, 2010; Daugareilh, 2009; Hernández Zubizarreta, 2009; Jiménez y
González Reyes, 2009; Murray, 2002). Como
Así pues, hoy en día las compañías transnacionales se rigen a nivel global, en el ámbito de los
derechos humanos, laborales y medioambientales, por instrumentos realizados en privado
(códigos éticos, memorias de RSE o sostenibilidad, etc.), por contratos morales, en vez de por
criterios jurídicos y normaliza-dos y contratos legales. Asimismo, cooperan con los grupos de
interés elegidos por ellas mismas según su conveniencia y, en los casos en los que recurren a
una verificación externa de sus iniciativas, ésta es realizada por una empresa auditora
privada en vez de por una inspección pública (Palpacuer, 2010; Fuchs y Kalfagianni, 2010;
Ireland y Pillay, 2010; Romero, 2009).

No es una coincidencia que las políticas socialmente responsables de las compañías ha-yan
surgido en unos tiempos en los que existe una importante ofensiva por parte de muchos
gobiernos y el mundo empresarial hacia los sindicatos y la negociación colectiva. En este
sentido, la RSE forma parte de una estrategia con la que se pretende terminar con el papel
regulatorio del Estado en determinados ámbitos y debilitar la negociación colectiva,
trasladando lo legislado y lo pactado en convenios colectivos al terreno de la voluntariedad,
la unilateralidad y la autorregulación.

engloban actualmente una variedad que va desde los códigos éticos o de conducta, las memorias
o informes de RSE o sostenibilidad, las declaraciones sobre la misión de las entidades, los
planes estratégicos y las políticas socialmente responsables concretas. Estos instrumentos son
una muestra de su preocupación porque se establezcan nuevas obligaciones jurídicas, las cuales
intentan evitar. Todos ellos son de carácter voluntario, unilateral y autorregulado, que es lo
que interesa a las compañías (Rodríguez Garavito, 2007).

Los instrumentos más destacados son los códigos éticos o de conducta y las memorias o
informes de RSE o sostenibilidad. Los códigos suponen la asun-ción, autorregulación y
autoverificación por parte de la empresa de una serie de principios y compromisos éticos a
nivel global, aunque incurren en contradicciones en muchos casos, haciendo alusión al mero
cumplimiento de las legislaciones nacionales. Son redactados en la mayor parte de los casos de
una manera muy general y suelen hacer alusión a la seguridad y salud laboral, el medio ambiente,
la calidad de los productos o servicios, la corrupción y a algunos de los principios y derechos
fundamentales en el trabajo de la Declaración de la OIT de 1998 (la abolición del trabajo infantil,
la abolición del trabajo forzoso y la no discriminación17) (Maira Vidal, 2012).

Por otro lado, la publicación de un informe o memoria de RSE o sostenibilidad anual se ha


extendido también entre las grandes empresas europeas y españolas. El cumplimiento de los
compromisos que se anuncian en los mismos no es tampoco, por lo general, verificado por terceros.
Su objetivo es publicitar y dar difusión externa a las iniciativas socialmente responsables de
la compañía.

De esta forma, hay grupos de interés que declaran que las iniciativas de RSE tienen como fin
desviar la atención de las cuestiones empresariales más críticas y evitar regulaciones públicas y
negociaciones con los sindicatos y las organizaciones sociales (Rodríguez Garavito, 2007; Sáez et
al. ; 2008). Por lo tanto, reclaman a las compañías que negocien con ellos los compromisos a
adquirir, que los pongan en marcha de manera efectiva, que su ámbito sea global (muy en especial
el de aquellos que abordan el cumplimiento de los derechos fundamentales) y que su desempeño
sea verificado por terceros.

la RSE no trata tanto de transformar las prácticas de las compañías como de modificar la manera
en que éstas son percibidas por la sociedad.

Baraño - Contexto, concepto y dilemas de la responsabilidad social de las empresas


transnacionales europeas, una aproximación sociológica

Ello es así no sólo por el interés y el protagonismo contemporáneos de la responsabilidad social


empresarial, sino también porque, como aquí se sostiene, esta cuestión, en sus versiones actuales,
pone de manifiesto de manera nítida muchos de los rasgos más expresivos de nuestro tiempo. Así,
son frecuentes las referencias a la versatilidad, fluidez, vaguedad e indeterminación que rodea
a responsabilidad social empresarial actual, lo que resulta particularmente significativo en
el caso de las múltiples ambivalencias, paradojas y hasta contradicciones que han
acompañado a su expansión reciente. Algo parecido sucede con los dilemas que articulan los
debates, más normativos, acerca de cuál debería ser su diseño actual o su evolución futura, lo que,
por cierto, enlaza, asimismo, con un problemática de creciente actualidad, a saber, la referida a la
nueva legalidad cosmopolita y sus posibles modalidades2.

El análisis de esta relevancia y significatividad es la que guía el hilo conductor del análisis
sociológico que sigue. La responsabilidad social empresarial se aborda así, en primer lugar, como
una herramienta característica de nuestro tiempo, pero también como una cuestión en disputa,
que moviliza hoy las prácticas, los discursos, las iniciativas, los intereses y los imaginarios de
una multipli-cidad de agentes sociales, algunos de ellos relativamente nuevos, otros “históricos”,
unos más poderosos y otros mucho más “vulnerables”, pero todos enfrentados a las nuevas
posibilidades y riesgos del complejo mundo global actual3.

Este trabajo sintetiza los términos de esta disputa en una serie de dilemas, cuyos polos enfrentados
son la concepción voluntaria u obligatoria de la responsabilidad empresarial; su definición,
diseño, seguimiento o control de carácter unilateral o multilateral; la apertura a la
participación de las partes interesadas o la negación de la misma; su aplicación sólo en los
países europeos en los que tienen su sede central las corporaciones nacionales o en toda la
cadena de producción transnacional; o, en fin, la autorregulación de las empresas en este
terreno o la corregulación bajo distintas versiones. Estos dilemas delimitan el marco en el que se
producen, asimismo, procesos de desregulación o, en sentido contrario, de constitución de
nuevas regulaciones, o de coexistencia de éstas con nuevas re-regulaciones. Por regla general,
en este ámbito de la responsabilidad social empresarial la presión “por abajo” de los agentes
sociales pugna por lograr el mayor grado de “dureza”, o, al menos, la mayor “exigibilidad”
de las regulaciones y de los instrumentos empleados así como su máxima participación en la
concepción, diseño, aplicación y verificación de los mismos. También es frecuente la defensa
de la intervención vigilante y vinculante de los distintos organismos internacionales y de las
diferentes administraciones públicas en estas cuestiones, en colaboración con las partes
interesadas y con las propias empresas. Las grandes corporaciones, por su parte, defienden su
capacidad de autorregulación en este ámbito, así como su derecho a la configuración
unilateral de su responsabilidad social, remitiendo, en todo caso, la evaluación de sus
iniciativas en este campo a las que suelen citar como las únicas o principales entidades competentes
al respecto, esto es, las agencias independientes expertas. No obstante, entre ambos extremos de
los dilemas citados se abren toda una variada gama de posibilidades intermedias, producto del
enfrentamiento y/o negociación entre estos discursos, representaciones y prácticas en tensión.

las disquisiciones sobre la materia serían casi tan antiguas como las reflexiones sobre la función
social de la empresa, o acerca de las relaciones entre la actividad económica, la vida social y el
derecho6. En cualquier caso, el abordaje en la literatura académica y del management de esta
cuestión remite de modo preferente al contexto anglosajón, y a las últimas seis décadas, a contar
sobre todo a partir de 1953, año en que H. R. Bowen le dedicara su conocida obra7. Es interesante
que este texto vincula estrechamente el concepto de responsabilidad social empresarial con la
personalidad y filosofía del fundador de la corporación, algo que destacan también estas
entidades en sus relatos sobre los orígenes de la responsabilidad social en sus respectivas
compañías. Será posteriormente, esto es, en los años sesenta, o entrados los setenta, cuando la
responsabilidad social empresarial inicie una nueva fase, continua-da en los ochenta. Esta
segunda etapa se caracteriza por el alejamiento de la perspectiva más personalista anterior,
así como por la progresiva localización de esta cuestión en el ámbito de la gestión y la cultura
empresarial, y por su contextualización en una aproximación más general al compromiso o el
deber de la empresa con la sociedad.

Esta fase coincide con una notable expansión de las corporaciones multinacionales y

La expansión de la responsabilidad social no cristaliza hasta más tarde, esto es, a partir de la década
de los noventa del pasado siglo, cuando los nuevos riesgos asociados a la entronización de los
procesos de globalización y transnacionalización entran en escena. Efectivamente, en estos
años estallan algunos de los más importantes escándalos financieros, medioambientales, y sociales,
de carácter transnacional o global, que inciden de forma directa en la reputación de las grandes
compañías afectadas. En este contexto se reabre el debate relativo a la necesidad de controlar
estos nuevos riesgos, y de implicar a todos los agentes sociales, incluidas las empresas, en la
consecución de un modelo desarrollo sostenible. La noción de sostenibilidad, referida, a su vez,
a múltiples aspectos, desde el respeto del medio ambiente o el modelo de producción y consumo,
hasta la propia pervivencia de la empresa, emerge con fuerza entonces y, junto a ella, avanza la
consideración favorable a las empresas socialmente responsables. A partir de entonces se consolida
el protagonismo de la responsabilidad social empresarial en los discursos, reseñable ya desde
los noventa, y entronizado sobre todo en los primeros años de este siglo.

Pero ello no es óbice para que la responsabilidad social empresarial se convierta en estos años en
una cuestión casi de moda, como producto, entre otros aspectos, de la importancia creciente de la
imagen en el mundo económico. Los más reticentes insistirán a partir de entonces en la
reducción la responsabilidad social empresarial a una simple cuestión de marketing, más o
menos pasajera, e incluso otros llegarán a presentarla como un señuelo destinado a encubrir
el progresivo “ablandamiento” de las normativas laborales y de los acuerdos colectivos de
naturaleza jurídica, característico, a su vez, de la desregulación en marcha. Desde otras
perspectivas, se ha apuntado, sin embargo, no sólo este riesgo, sino también las oportunidades
derivadas de este nuevo protagonismo. La perspectiva sociológica perseguida en este trabajo
pretende, antes que nada, comprender esta relevancia actual de la responsabilidad social como
parte de las transformaciones registradas en este período y como expresión de las nuevas
configuraciones de lo social y de las modalidades normativas y regulativas de nuestros días.

La atención creciente de las grandes empresas transnacionales a su imagen y reputación y su


preocupación por controlar los riesgos en este terreno, nos conducen a la consideración de dos
temas estratégicos para comprender la expansión de la responsabilidad social empresarial y las
modalidades que la misma está adoptando hoy. En primer lugar, conviene referirse a los factores
que han actuado como detonantes de esta expansión, presentes en casi todos los casos, más allá
de los desarrollos específicos, propios de unos u otros contextos. Estos factores, así como la
trayectoria de la responsabilidad social en nuestros días deben comprenderse, en segundo lugar,
en el marco de las transformaciones más amplias asociadas a la llamada globalización,
entendidas aquí como un conjunto de procesos multidimensionales, multidireccionales y
multiescalares.

Entre los desencadenantes del protagonismo actual de la responsabilidad social empresarial


destacan, en primer lugar, la importancia creciente concedida a la imagen corporativa, y, en
segundo, el papel atribuido a esta herramienta en el aseguramiento frente al riesgo
reputacional. Los discursos de muchas de las grandes empresas transnacionales confirman la
relevancia de estos factores 13 , reiteradamente señalada, asimismo, en muchos de los documentos
y análisis de mayor impacto sobre el tema. Este es el caso, por ejemplo, del famoso Libro Verde
de la Comisión de las Comunidades Europeas, según el cual un número creciente de empresas de
este continente consideran la responsabilidad social empresarial como “parte de su identidad14.
En este texto se alude al papel de esta herramienta en la gestión de los riesgos, así como en la
minimización de la incertidumbre, algo que también está presente en los relatos de las empresas
y en muchas de sus iniciativas en este ámbito15. Algunas de éstas fundamentan este tratamiento
de la responsabilidad social en la necesidad de no carecer de la herramienta que tienen todas
las demás compañías16. Más allá de las actuaciones de las grandes empresas en relación con esta
cuestión de la imagen y la reputación, tanto por lo que hace a su promoción como a la preven—
ción de su posible daño, hay que señalar que la importancia de la misma hoy está estrechamente
relacionada con la actuación de otros agentes sociales, algunos de ellos “nuevos”, otros ya
conocidos, pero casi todos ellos incluidos en los que se ha llamado las “partes interesadas”. Estos
agentes han venido ejerciendo una presión externa, las más de las veces “desde abajo”, en
relación a algunas de las consecuencias más negativas de tipo social, medioambiental, laboral o
estrictamente económico, derivadas de las nuevas formas productivas transnacionales. En esta
presión han participado organizaciones no gubernamentales –sobre todo las internacionales-,
sindicatos, movimientos de consumidores u otros agentes, recurriendo tanto a la negociación

como al conflicto abierto, sin excluir la denuncia y la confrontación. Sus actividades han logrado
impactar, en algunos casos, a escala transnacional o incluso global, como expresión de la
emergencia creciente de la opinión pública y de la sensibilización a escala planetarias. Algo,
que, a su vez, hay que entender en el marco de las nuevas posibilidades de almacenamiento y
transmisión de la información, así como de reflexividad social. Esto implica que lo ocurrido en
una localidad remota puede acabar trasladándose a nivel mundial, y que, como ya se ha comentado,
casi nada queda “fuera” ya de la nueva cadena de interconexiones globales. En este contexto, la
responsabilidad social se convierte en un medio eficaz para evitar el daño de la reputación
corporativa, anticipándose incluso a los riesgos e incertidumbres “fabricados” (Giddens:
2000),

las cuestiones de imagen y reputación, en sentido positivo y negativo, en concreto en el mundo


de la empresa o del management, cobran una nueva relevancia, como han contribuido a poner de
manifiesto especialidades sociales muy distintas17. Algo que alcanzaría, una dimensión aún más
señalada en la fase actual de “capitalismo líquido”18 o “desorganizado” (Lash, S. y Urry, J.: 1987),
y de empresas “flex” o derecho “soft” de nuestros días. En este contexto, la importancia del
“storytelling” (Salmon, C. 2007), de la “retórica” (Zolleto, D., 2005, Leghissa, G., 2005), o de
las representaciones simbólicas e imaginarias en la reconstrucción de la historia, del presente
o de las “identidades” de las empresas y de sus actividades, así como la circulación casi
inmediata de todos estos elementos a escala transnacional o global, adquieren una dimensión
sin precedentes.

Importantes organismos internacionales, así como muchas de las grandes corporaciones y otros
agentes sociales, atribuyen además una dimensión económica a la imagen y reputación. Así, el
Libro Verde Fomentar un marco europeo para la responsabilidad social de las empresas, presenta
la responsabilidad social empresarial como una “inversión estratégica” y no como un gasto,
que permitiría aumentar la competitividad de las empresas y contribuir a su gestión de la
calidad (Comisión de las Comunidades Europeas, 2001: 4). Esta institución reitera, asimismo, en
su comunicación posterior de 2002 sobre el tema la relación entre la responsabilidad social
empresarial y la , algo, que, según este documento, sostienen también las empresas19. La
apreciación de muchas de las grandes corporaciones transnacionales entrevistadas coincide en
este planteamiento, añadiendo además la consideración de la responsabilidad social como
una “ventaja competitiva”.

en el marco la controversia, más amplia, acerca del carácter obligatorio o voluntario de la


responsabilidad social, de una parte, o de la prioridad de los beneficios de la empresa o del
control de los impactos sociales o medioambientales del desarrollo, de otra20. Así, ha sido
frecuente que la consideración de la responsabilidad social como un valor añadido en el marco
de la creciente competitividad mundial se haya acompañado de la defensa de su voluntariedad
por parte de las empresas, argumentando que, de resultar obligatoria, dejaría de ser una
ventaja diferencial. La relación en este tema entre la rentabilidad económica y la social ha dado
también lugar a tensiones, puesto que, según sectores de las partes interesadas, lejos de prevalecer
el equilibrio entre ambos aspectos, la balanza se habría inclinado en muchas ocasiones de parte del
primero, relegando el segundo a una cuestión sin sustancia o impacto real.
La información extraída de las investigaciones en la que se apoya este trabajo pone de manifiesto,
de otro lado, que sigue habiendo una gran diversidad de concepciones sobre esta cuestión. Esta
diversidad no sólo remite al tipo de variaciones contextuales mencionadas por la Comisión
Europea, sino que, asimismo, tiene que ver con la pluralidad de perspectivas sostenidas al respecto
por los agentes más relevantes en esta materia, desde las partes interesadas hasta las instituciones,
públicas o privadas, nacionales e internacionales, o, en fin, las propias empresas, sobre todo las
grandes corporaciones transnacionales. La responsabilidad social empresarial carece hoy por
hoy de una definición unívoca, como tampoco se han establecido con precisión sus contenidos
o los procedimientos de su diseño o de su aplicación y verificación. De ahí muchas de las
reticencias que

4.2.- Pluralidad de perspectivas y concepciones sobre la responsabilidad social empresarial

A) La responsabilidad social empresarial como plus normativo

La concepción más extendida de la responsabilidad social empresarial es la que la considera como


un plus normativo que va más allá de la legislación vigente. La responsabilidad social se distingue
así de la jurídica, lo que suele ir unido al carácter voluntario de la misma, presentándose, en
consecuencia, como un valor añadido. Esta perspectiva se apoya estrechamente en el Libro Verde
de la Comisión Europea, que ya en 2001 insistía en la voluntariedad de esta herramienta, así como
en su apertura a los stakeholders30. Más tarde, esta institución ha vuelto a reiterar la importancia
de “la acción conjunta de todas las partes” (Comisión de las Comunidades Europeas, 2002: 3),
poniendo en marcha iniciativas, como el Foro Multilateral Europeo sobre la responsabilidad social
empresarial. La definición del Libro Verde ha tenido un importante impacto en los desarrollos de
la responsabilidad social empresarial en distintos países europeos, siendo ampliamente citada tanto
por las instituciones públicas como sobre todo por las grandes empresas transnacionales.31. El
Pacto Mundial es también ampliamente considerado por las empresas transnacionales europeas,
un número creciente de las cuales son además firmantes de sus propuestas. La concepción de la
responsabilidad social presente en esta iniciativa mundial comparte importantes
denominadores comunes con la sostenida por la Comisión Europea, al tiempo que encaja en
esta primera definición de la misma distinguida aquí, esto es, como compromiso de
naturaleza voluntaria que va más allá de la responsabilidad jurídica32. En ella se recuerda,
por tanto, que la responsabilidad social no es un instrumento legal o jurídico, sino voluntario.
En ambas definiciones, por otra

parte, se plantea la apertura a las partes interesadas, consideradas protagonistas


imprescindibles de la responsabilidad social empresarial33. Es cierto, no obstante, que éste
último aspecto contrasta con el hecho de que la mayor parte de las empresas transnacionales
europeas defienden su capacidad de autorregulación en lo relativo a su responsabilidad
social. De acuerdo con esta última versión, las partes interesadas se entienden como receptoras
y beneficiarias de la misma, más que como agentes que deban participar en el diseño,
seguimiento, aplicación o control de la responsabilidad social de las empresas. Esta
concepción de la responsabilidad social, hegemónica entre las empresas, la concibe así de modo
autorreferencial, y como producto unilateral de la empresa, lo que se aleja de lo sostenido en
las fuentes citadas y en muchos otros documentos y declaraciones, nacionales e internacionales.
32 Concretamente, como se expone en la Presentación, debida a K. Annan, “El Pacto Mundial no
es un instrumento normativo: no ejerce funciones de vigilancia, no impone criterios y no evalúa la
conducta ni las acciones de las empresas”, Naciones Unidas (2000), p. 2
(http://www.unglobalcompact.org ) 3

B) La responsabilidad social como el cumplimiento de la ley y la acción social de la empresa


u otras acciones de filantropía

Una segunda concepción de la responsabilidad social sostenida por algunas empresas


transnacionales europeas es la que la identifica con el cumplimiento de la legislación vigente, a
lo que se añaden, por lo general, otras componentes, como distintos desarrollos en el ámbito de
la acción social o de la filantropía de la empresa. Éstas últimas suelen consistir en programas
sociales, culturales o formativos, dirigidos bien a los empleados de la empresa, o a actividades
exteriores a la misma, sobre todo en relación con localidades o medios desfavorecidos. En algunos
casos se incluyen también iniciativas de carácter medioambiental u otras. Esta concepción de la
responsabilidad social suele apoyarse en la totalidad de los casos, en la defensa de su
voluntariedad y unilateralidad. Se concibe, en consecuencia, como un producto de la
autorregulación de la empresa, de quien dependería por completo la decisión de incorporarla,
así como todo lo relativo a su diseño o aplicación. La participación de los partes interesadas no
suele entenderse, entonces, como imprescindible o necesaria en ninguna de las fases de la
incorporación de la responsabilidad social por parte de la empresa. No obstante, esta consideración
de la responsabilidad social es compatible con la colaboración de las empresas con algunos
stakeholders, sobre todo con los de carácter nacional34. No parece, por otro lado, que la misma
suela acompañarse de cambios significativos en el modelo de gestión empresarial o en la cultura
de la corporación, como ponen de manifiesto las empresas que sostienen esta concepción
estudiadas hasta la fecha.

C) La perspectiva de las partes interesadas sobre la responsabilidad social empresarial

Las partes interesadas han venido concediendo una importancia creciente a la responsabilidad
social empresarial, así como a su implicación en las diversas fases de diseño o de aplicación de la
misma, de ahí su denominación como tales y su relevancia en el debate referido a esta
herramienta35. Bajo este concepto, por otra parte, se agrupan agentes muy heterogéneos, que van
desde las llamadas partes interesadas internas -como los trabajadores-, hasta las externas, en las
que se suelen incluir tanto los consumidores, accionistas, proveedores, consultoras, o bien las
organizaciones no gubernamentales, las sindicales, o los movimientos de diversos tipo atentos a
las repercusiones de la actividad de la empresa. En definitiva, en una definición amplia, las partes
interesadas abarcan prácticamente al conjunto de la sociedad civil, que, en último extremo, se ve
afectada por el impacto de la actividad empresarial.
ñe- Responsabilidad social empresarial y pacto globa, bases para la refelxion conceptual

En los años 90, los debates científicos se centraban, algunos de ellos, en la discusión con relación
a las denominada “reestructuración productiva”, y se apelaba a una suerte de neotaylorización, a
partir de la extendida doctrina flexibilidadora, que precarizaba condiciones de trabajo, de
empleo y excluía en forma sistemática a los trabajadores de las fábricas. Sin embargo, otras
investigaciones, recuperaban el sentido modernizante de los aires de “oriente” y señalaban las
bondades de las doctrinas manageriales autodenominadas 2 participativas que reducirían las
distancias entre concepción y ejecución e instalarían un clima de cordialidad entre jefes y
empleados apelando a la armonía y paz social.

La Responsabilidad Social Empresaria (RSE) tiene aproximadamente medio siglo de existencia,


pero cobra fuerza en los años 80, marco en el cual el neoliberalismo del Estado mínimo -en
solidaridad con el toyotismo modernizante-asume especial protagonismo. La fuerza discursiva
de la RSE encontrará, solo hacia finales del milenio, fuerzas hegemónicas renovadas para afincar
su lenguaje en articulación con prácticas corporativas que ya estaban aggiornadas en los espacios
de trabajo.

En el escenario de origen del embate neoliberal en la región, la invocación al beneficio social y la


responsabilidad social en pos del orden público, distaba de cristalizarse, en el marco de las
exclusiones sistemáticas de trabajadores de las fábricas, de las formas variadas de precarización
laboral y de las sangrientas dictaduras militares en el cono Sur. Las fuerzas del capitalismo
“modernizantes” hacían estragos en el corazón del proceso de trabajo, no sin aceitar un discurso
que apelaba a la colaboración de los trabajadores para prestar cooperación y consentir las
nuevas formas de organizar la producción y el trabajo (Figari, C., 2007).

Los dispositivos de control y disciplinamiento laboral reenvían a una matriz corporativa de


época, que trasciende las empresas situadas, pero que se especializa en contextos específicos de
emplazamiento de las plantas productivas. La especialización situada sofistica los dispositivos
que se implementan en distintas áreas: la organización del trabajo, la formación laboral y la
comunicación. Asimismo, estos dispositivos se despliegan dentro y fuera del lugar de trabajo. Uno
de estos dispositivos es la Responsabilidad Social Empresaria que está destinado a la
construcción de una imagen –en sentido amplio-específica de empresa, que pone el acento en la
praxis comunicacional corporativa, que se materializa en los Reportes de Sustentabilidad.

Las referencias bibliográficas acerca de la Responsabilidad Social Empresaria son muy amplias,
aunque mayormente de carácter propagandístico. Conceptualmente, encontramos dos vertientes
filosóficas en donde abreva la RSE: la conductista anglosajona, con una perspectiva
tecnocrática (sobre esta vertiente se configuran los manuales de implementación de políticas y
prácticas de RSE) y la que proviene de la Doctrina Social de la Iglesia (Giniger, 2014).

El corpus conceptual de la RSE contiene algunas categorías centrales que se expresan en los
propios fundamentos del Pacto Global de la Organizaciones de Naciones Unidas, como veremos
más adelante. Identificamos tres categorías centrales en la terminología de la RSE:
Responsabilidad sustentable o sostenible, Stakeholders y Voluntariedad.

Acerca de la Responsabilidad Sustentable o Sostenible, Bilbao y Miazzo (2007) plantean que


“en el año 2000, en la Cumbre de Lisboa, la comunidad [europea] se planteó el objetivo estratégico
de convertir a la Unión Europea, para el 2010, en 'la economía del conocimiento más competitiva
y dinámica del mundo, capaz de crecer económicamente de manera sostenible con más y mejores
empleos y con mayor cohesión social”. Según los autores, la concepción de desarrollo
hegemónica del siglo XX estaba orientada hacia la rentabilidad a corto plazo y la
maximización del valor, y esto trajo serios problemas ambientales y sociales. Actualmente,
siguen los autores, por el contrario, existiría una nueva concepción que está desplazando la
anterior, que se basa en la sostenibilidad, que satisface el presente sin poner en riesgo el futuro,
es decir, la capacidad de las próximas generaciones de atender sus propias necesidades. De
esta forma, la sostenibilidad, en la clave de la hegemonía empresarial -en la fase actual del
desarrollo capitalista-conlleva la posibilidad de seguir haciendo negocios. La mera hipótesis que
la crisis actual ponga en discusión (ni siquiera ya en riesgo) la permanencia del capitalismo,
dinamiza por parte de los sectores económicos y políticos más concentrados una compleja
arquitectura ideológica que plantea un futuro sin riesgos, tanto respecto a los trabajadores
como al medio ambiente.

Contrariamente a estos enfoques, Delgado (2007) propone que la RSE forme parte de la ofensiva
capitalista política-cultural. La estrategia empresarial discursiva consistiría entonces en
agregarle "socialmente responsable" a ideas que implican mayor explotación y acumulación
de capital2. La empresa “social” o con “sensibilidad social” consigue el predominio sobre el
consumo, porque la empresa se pone a su “servicio”: la idea de que la ganancia empresaria se
sostiene en fundamentos morales es una idea fuerza, orientada a debatir con las posiciones
críticas respecto a la explotación, pero también apunta a pintarle un rostro más amable a
contextos de pobreza y precarización laboral.

La Voluntariedad implica que la RSE no es una política por imposición, las empresas adhieren
voluntariamente. Es decir, las “buenas prácticas” propugnadas por la RSE son de compromiso
voluntario de las empresas, sin mediaciones impositivas que las movilicen. Sobre la idea de
voluntariedad, Ardu (2007) discute con la propuesta de las normas ISO 26000, basadas en la
adhesión voluntaria como clave de la potencialidad de la RSE. Para la autora, la voluntariedad de
la implementación de las políticas de RSE constituye la bisagra que la diferencia de las
concepciones de “trabajo decente” promovidas por la OIT, porque hay un único sujeto
decidor e interventor: las empresas. En este sentido, el principio de voluntariedad tiraría por la
borda la tradición del tripartismo promovida por OIT. Sin embargo, estas críticas que la autora
realiza, no apuntan directamente al carácter de política empresaria, sino a la falta de regulación
de la implementación de la misma y la práctica del laissez-faire que la RSE voluntaria
promueve. En este sentido, algunas centrales sindicales del mundo se oponen a la regulación
voluntaria que promueve la ISO 26000, ya que suponen un doble estándar con las regulaciones de
la OIT.
EL PACTO GLOBAL Y LAS RECOMENDACIONES HACIA LAS EMPRESAS

La modernidad se tejió sobre la base del dominio capitalista que demandó prolíferas agencias
de control político-cultural e instaló núcleos de sentidos “modeladores del sujeto civilizado”.
Estos sentidos fueron amplificados a partir de múltiples marcos institucionales que postularon la
noción de ciudadanía junto a una ética y a una “moral cívica” que conllevaba la de igualdad4.
Esta idea fuerza fue tejida en el marco de filiaciones teóricas-conceptuales que ya encontraron en
Kant (2004) y especialmente en Rousseau los basamentos conceptuales que el liberalismo político
amplificara a medida que afincaba la idea del sujeto civilizado en la sociedad industrial. Las
fundamentaciones morales y la necesidad de acceder socialmente a la “conciencia moral” son
las bases fundantes del Contrato Social promovido por Rousseau, en el siglo XVIII. Lo moral es
base para la acción y para el deseo e implica la disciplina social como un elemento
interiorizado. De esta forma, la voluntad general no se moldea sobre la base de la coerción
(o al menos, no solamente), sino a partir de la disciplina interiorizada basada en la conciencia
moral.

Ese Pacto social y las formas de producción hegemónicas en el desarrollo de las fuerzas
productivas en el capitalismo ha sido renovado, aggiornado y hasta re-fundado en diferentes
períodos históricos, especialmente en instancias de crisis estructurales. Desde esta perspectiva, el
nuevo milenio encuentra un tempo propicio para re-fundar ese contrato social en clave
global, sobre la base del dominio de las grandes corporaciones transnacionales en el concierto
mundial. El gobierno de las grandes corporaciones en la globalización y la interlocución que
asume el Pacto, hacia ellas, a través de un conjunto de principios y recomendaciones, establece
bases para configurar una suerte de “Pacto social corporativo”.

Es en este escenario que la instancia reificadora del dominio del capital se fortalece y reconfigura
forjando instrumentos sofisticados y articulados entre sí con alcance mundial (Lukacs, 1985;
Mészarós, 2004). En el marco de los procesos que venimos caracterizando, aún quedaban
pendientes y/o eran débiles, las estrategias de legitimación social y cultural de las grandes
corporaciones. En los albores del milenio, el Pacto Global aporta bases fundamentales en ese
proceso de legitimación social. En las recomendaciones hacia las empresas el lenguaje de la
RSE cobra protagonismo y se constituye en el discurso oficial empresarial. De esta forma, la
noción de RSE aporta un núcleo de sentido medular en la construcción hegemónica
empresarial.

El Pacto Global persigue el siguiente propósito: Se trata de incorporar a través del compromiso
voluntario de las empresas una nueva cultura corporativa en la manera de gestionar los negocios.
Y la verdadera naturaleza del Pacto Global es la de crear una red de trabajo en constante
crecimiento que pueda apoyar a las empresas a través del aprendizaje-que es la focalización de
esta iniciativa (Waddok, 2003)-, del conocimiento de las experiencias a ejercer un liderazgo como
ciudadano empresarial, y, de ese modo, puedan influir sobre otros a través de sus comportamientos
(Fuertes y Goubury, 2004). En pocas palabras, el Pacto Global es la contribución del sector privado
a los objetivos el milenio (Gardetti, 2005:2).

Así, compromiso, nueva cultura corporativa (a escala mundial), aprendizaje y ciudadanía


empresarial, expresan en la cita anterior (pero también en los fundamentos del Pacto) los alcances
del contrato social capitalista, que nos permite postular que es un Pacto Social Corporativo.
Su implementación es considerada como necesaria para garantizar los negocios y también para
alcanzar credibilidad. Adherir al Pacto es ser parte de un orden cívico/público que
garantiza/legitima el beneficio privado.

Como se expresa en estas citas, el propósito del Pacto Global es poner en sintonía una propuesta
ética de capitalismo global, que implica los beneficios de las empresas en un marco ético que
refiere a principios consensuados históricamente (respeto a los derechos humanos, “trabajo
decente”, protección del medio ambiente y evitar la corrupción). Los principios del Pacto Global
articulan de forma orgánica la ganancia empresaria y los valores sociales consensuados,
justificando los parámetros del “capitalismo con rostro humano”5.

LA IMPLEMENTACIÓN DEL PACTO GLOBAL: LOS REPORTES DE SUSTENTABILIDAD COMO

PRAXIS COMUNICACIONAL CORPORATIVA

De los principios del Pacto Global se derivan un conjunto por demás prolífero de recomendaciones
hacia las empresas orientadas a: 1) crear institucionalidad regional y local, 2) impulsar procesos
de transposición vía la formación, 3) crear potentes dispositivos comunicacionales, 4) informar, y
5) evaluar.

Del Pacto Global también se derivan las recomendaciones para realizar las denominadas
Comunicaciones de Progreso (CoPs). Éstas constituyen informes anuales que deben presentar
las empresas divulgando todo el quehacer realizado con el fin de implementar los principios que
sustentan al Pacto. Estas Comunicaciones de Progreso se articulan con la propuesta del Global
Report Initiative (GRI), que recomienda los formatos más adecuados para informar en forma
conveniente. La implementación del Pacto dinamiza un complejo herramental que compromete
actores empresariales, organismos internacionales, públicos, de representación empresarial,
sindicales y de la sociedad civil.

Una cuestión clave que se pretende es avanzar en el fortalecimiento de una trama que articula
a múltiples actores y desde allí generar una fuente fértil en la creación de legitimidad del
orden capitalista en su fase actual.

Ruiz - Influencia de la internacionalización de la empresa en la implementacion de los 10


principios de pacto mundial de naciones unidas.

Una síntesis conceptual de las diferentes acepciones del proceso de internacionalización podría
ser la planteada por Vil arreal (2005, p.58): la internacionalización de la empresa es una estrategia
corporativa de crecimiento por diversificación geográfica internacional, a través de un
proceso evolutivo y dinámico de largo plazo que afecta gradualmente a las diferentes actividades
de la cadena de valor y a la estructura organizativa de la empresa, con un compromiso e
implicación creciente de sus recursos y capacidades con el entorno internacional, y basado en un
conocimiento aumentativo.

Más recientemente, destaca la definición de lo autores Ortega y Espinosa (2015) que definen la
internacionalización empresarial como "aquel proceso cultural del ámbito empresarial por
medio del cual las empresas desarrol an capacidades para hacer negocios en diversos países
que constituyen mercados distintos a su entorno geográfico natural". Para los citados autores
la internacionalización empresarial implica que la empresa desarrolle actividades con otros países
distintos al país de origen de la compañía. Estas actividades pueden ser de distinta índole, siempre
y cuando exista relación con otros mercados. La internacionalización abarca actividades tales
como la exportación de productos y/o servicios, importación de productos y/o servicios,
implantación comercial a través de filiales o sucursales o inversión productiva en el exterior.

Para de la Cuesta y Valor (2003), la gestión de la RSC supone reconocer e integrar en la gestión
de la empresa y sus operaciones las preocupaciones de índole social, laboral, medioambiental
y de respeto a los derechos humanos. Con el objetivo de satisfacer dichas preocupaciones, las
empresas generarán políticas, estrategias y procedimientos que además configurarán sus
relaciones con sus interlocutores.

El Libro Verde de la Comisión Europea (2001) define la RSC como “la integración voluntaria,
por parte de las empresas, de las preocupaciones sociales y medio ambientales en sus
operaciones comerciales y en sus relaciones con todos sus interlocutores”.

En España, el Foro de Expertos convocado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales


desarrol ó en 2007 (Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales, 2007, p. 7) con más detal e esta
definición: la Responsabilidad Social de la Empresa es, además del cumplimiento estricto de las
obligaciones legales vigentes, la integración voluntaria en su gobierno y su gestión, en su
estrategia, políticas y procedimientos, de las preocupaciones sociales, laborales, medio
ambientales y de respeto de los derechos humanos que surgen de la relación y el diálogo
transparentes con sus grupos de interés, responsabilizándose así de las consecuencias y los
impactos que se derivan de sus acciones. Una empresa es socialmente responsable cuando
responde satisfactoriamente a las expectativas que sobre su funcionamiento tienen los distintos
grupos de interés.

Para la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2010), la RSC conlleva el conjunto de
acciones que toman en consideración las empresas para que sus actividades tengan
repercusiones positivas sobre la sociedad y que afirman los principios y valores por los que
se rigen, tanto en sus propios métodos y procesos internos como en su relación con los demás
actores.

La RSC puede definirse, por tanto, como la contribución activa y voluntaria al bienestar social,
económico y medioambiental por parte de las empresas más al á de las exigencias legales
(Kolk y Van Tulder, 2010).

Los 10 Principios fueron seleccionados por su relevancia para la elaboración de normas


internacionales, su importancia en el avance de los temas sociales y medioambientales y en el
grado en el que tenían apoyo intergubernamental (Kel y Levin, 2002). Específicamente, los 10
Principios del PM en materia de DDHH, NNLL, MA y AC gozan de consenso universal y se
derivan (Kel y Levin, 2002) de los principios establecidos en la Declaración Universal de los
Derechos Humanos, la Declaración de la OIT relativa a los Principios y Derechos Fundamentales
en el Trabajo, la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrol o y la Convención de
las Naciones Unidas contra la Corrupción.

A diferencia de otras iniciativas de RSC, el PM no tiene la intención, ni la capacidad, de obligar o


medir el comportamiento de las entidades firmantes (Ayuso et al., 2016). Esta voluntariedad, en
ocasiones, plantea controversia y, por el o, la iniciativa ha recibido ciertas críticas (Dasí et al.,
2015).

El enfoque voluntario y la relación del PM con ciertas empresas multinacionales han sido el
principal foco de crítica de la iniciativa (Whitehouse, 2003). Los comentarios críticos se originan,
en ciertos casos, desde distintas ONGs que han advertido sobre el abuso de ciertas empresas
aprovechando la reputación de la ONU para mejorar su imagen sin mejorar sus esfuerzos en
RSC(Arévalo et al., 2013). Algunas ONGs también han criticado la falta de transparencia en
relación al cumplimiento de los 10 Principios(Hughes et al., 2001, Ruggie 2001, Hemphil 2005).

Diversos autores (Bansal, 2005; Perrini et al., 2011) señalan las presiones recibidas por parte de
los diferentes grupos de interés para que las empresas internacionales l even a cabo
comportamientos socialmente responsables.

Para Aguilera-Caracuel et al. (2014), las empresas internacionalizadas pueden optar por
homogeneizar las iniciativas sociales en los diferentes países en los que opera la empresa y como
resultado, las empresas lograrían reforzar su transparencia (Christmann, 2004) reputación y
legitimidad (Bansal, 2005). Aguilera-Caracuel et al. (2014), destacan que la reputación y
legitimidad tienen un gran peso especialmente en empresas con presencia internacional y
están directamente vinculadas con la puesta en marcha de prácticas de RSC avanzadas
(Fombrun, 1996).

Knight, Smith - The Global Compact and its critics, activism, power realations and corporate
social responsability

The Global Compact represents what is to date the most ambitious attempt to institutionalize
CSR as a dimension of global governance.

the rationale of the code was to establish commitment to and consensus around universal principles
at a global as opposed to national or regional level.

The GC was designed primarily as an instrument of socialization, a means to humanize and


moralize the cold calculus of market rationality and its principal agents, transnational
corporations (TNCs) (Williams 2004);

The GC is an instrument of socialization in the double sense. It is designed to encourage social


learning based on the best practices model of corporate performance, and to incorporate its
participants into networks of interdependency and co-operation realized chiefly through
communicative action

In the spectrum of CSR initiatives the GC is best characterized as a promotional endeavour. It


relies on voluntary compliance and self-policing on the part of its corporate participants, and
does not entail any mechanisms of external monitoring, verification or sanctioning to ensure
the latter are actually living up to their commitments and claims. The GCtypifies the attempt
to develop alternative mechanisms of corporate governance to fill the gap created by the roll-
back of state-centred forms of regulation in the face of neoliberal hegemony, the growth of
corporate power, and the emergence of new issues and problems resulting from globalization
(Paine 2000). The initiative is a largely top-down attempt to generate a hybrid, voluntary system
of engaging TNCs in socially and environmentally responsible practices in what has been termed
the “new global public domain” by John Gerard Ruggie (2004), an academic who is the recently
appointed U.N. special envoy on business and human rights and a former special advisor on the
GC.

Since its inception, however, the GC has been subject to wide-ranging criticism. These criticisms
fall into three related areas. The first is ideology. Many activists see the GC as another step in
the direction of the U.N. becoming closer to the interests of TNCs, a process that began in earnest
in the early 1990s with the closure of the U.N.’s Centre on Transnational Corporations.

ACFUN and other activist organizations see the GC as compromising the political and ideological
neutrality of the U.N. while providing an opportunity for participating TNCs to exploit the
U.N.’s prestige for symbolic capital and public relations gains. Drawing on the
communicational repertoire of the environmental movement, ACFUN and other critics have
charged TNCs affiliated with the GC with “blue-washing,” wrapping themselves in the U.N. flag
as a way to enhance their public image as ethically responsible (Transnational Resource and
Action Center 2000; CorpWatch 2002). Rather than representing an unconditional capitulation
to an untrammelled ideology of corporate neoliberalism, however, others see the GC as
redolent of ‘third way’ politics that have attempted to give neoliberalism a more social
democratic face (Hughes and Wilkinson 2001).

The second area of criticism concerns the institutional implications of the GC. Observers from
different political perspectives acknowledge that globalization has been accompanied by the
expansion of corporate rights and power by making nation state boundaries more permeable
to economic transactions of all kinds (cf. Hughes and Wilkinson 2001; Paine 2000). This process
is best symbolized by the growing importance of the World Trade Organization (WTO) and
its ability to impose legally enforceable constraints on national governments. There have,
however, been no comparable institutional developments with respect to corporate
obligations and responsibilities. As an attempt to address these obligations and responsibilities,
the GC in no way matches the authority and capacity of the WTO. Equally importantly, the
formation of the GCrepresents an institutional separation of rights and responsibilities on
terms that are not only uneven but also free the WTO from the need to concern itself seriously
with the social, environmental, and ethical side-effects of neoliberal economics. While this
institutional separation may diminish to some extent the WTO’s legitimacy, it nonetheless
simplifies its remit in terms of business as usual. The GC becomes the premier global forum in
which these issues are taken up, but chiefly in the form of communicative rather than material
action.

The third area of criticism concerns the specifics of the GC’s aims, structure and procedures.
The focus of criticism here has been largely what is missing, what the GC does not and cannot
do, but should nonetheless be done. The core criticism here is that the GC is just yet another
scheme that relies on voluntary participation and self-policing by TNCs. It lacks any legally
binding, enforceable mechanisms to ensure TNCs are accountable for their actions and
inactions. From the criticism of voluntarism flows a host of other reservations: viz. the GC lacks
a system to monitor corporate behaviour, to ensure participating TNCs report on their
conduct in an objectively measurable, transparent, and verifiable way, and to ensure that
problems are rectified successfully (Martens 2004; Simons 2004) . Putting the accent on
promoting corporate responsibility through socialization and communicative action means
that the GC fails to achieve corporate accountability in a legally effective way (Williams
2004). The ideological and institutional critiques of the GC converge with these organizational
and procedural criticisms.

The most comprehensive and sustained criticism, however, has come from social activists who see
voluntary CSR schemes as simply a means to reproduce and legitimate existing power relations
rather than bring about social and economic development of a more equitable and sustainable kind.

As Foucault has argued, modern forms of power in particular consist of more than simply
practices of constraint and deprivation. Power is productive inasmuch as it brings about new
forms of social interaction, relationship, knowledge, and capacity, and this productivity
consists in the ways that the exercise of institutional power generates challenge and resistance

Foucault’s conceptualization of power is particularly germane to understanding the struggle over


issues such as corporate responsibility and accountability because it captures the dynamic,
contentious and agonistic nature of power relations. This fluidity distinguishes relations of
power from relations of domination, which are solidified, immobile and immune to resistance
(Foucault 1988a). While relations of domination do not disappear in modern society, relations of
power become increasingly prevalent inasmuch as social and political forces and capacities
are focused on enhancing, shaping, and directing life and the social conditions of life, rather
than on limitation and deprivation. Both power relations and relations of domination entail
subjugation, but the two vary considerably in the ways that they function. Domination is
unilateral, coercive and total; it functions through imposition; and its logic is repressive. Power,
on the other hand, is the product and medium of social contingency (and the expansion of
contingency is a defining feature of modernization). Power only functions in situations where
those on whom it is exercised have the possibility of reacting otherwise. Contingency
presupposes the possibility of different courses of action, and can therefore only be directed at
those who exercise a measure of freedom over their actions. Those who exercise power may seek
to totalize its effects, but these effects are never exhaustive as the contingency of power relations
allows for resistance and even reversal. Power relations are multilateral and open-ended inasmuch
as contingency multiplies the techniques and instruments of power and changes its operational
logic from imposition to intervention. Power functions primarily not through constraining and
preventing, though it may result in these effects, but through producing new patterns of social
practice together with discourses of knowledge and truth that legitimate and objectify these
practices in an effective way.

power functions continuously because the objective of producing and shaping conduct means
that the exercise of power is more than a self-referential undertaking. The function of
domination is to reproduce domination; the function of power is to produce something new, to
induce, encourage, incite, and direct. Power is not a commodity that can be possessed and
accumulated; it is a kind of energy that only exists in its exercise and ramifications (1980b).
The exercise of power, moreover, is targeted not at people, but at their actions or conduct.
Foucault (1988a) defines power in terms of the reflexivity of action, as an action upon action,
whether someone else’s or one’s own. This means that the exercise of power seeks to internalize
its effects in the subjectivity of those to whom it is directed, and become self-activating.
Power, for Foucault, is about how we are made subjects in the dual sense: on the one hand, actors
capable of self-reflection and rational conduct, of knowing and being known; on the other hand,
actors marked by subjugation, bound to themselves and others in relations that are
asymmetric or hierarchical (1980a).

There are three aspects of Foucault’s analysis of the power/struggle nexus that are valuable for
understanding contention around the GC and the struggle for corporate accountability. Firstly,
power relations are bound up with the process of social problematization (Foucault, 2000). The
exercise of power presupposes that some condition, event, or mode of action is problematic in
some way, and is capable of resolution or improvement. It is through problematization that the
exercise of power is tied to the mobilization of ethical values and the production and
circulation of knowledge in which the problematic is framed and explained.

Secondly, Foucault (2003) argues that power does not function without resistance, struggle,
and confrontation. The exercise of power is always (potentially) contentious. Power is leaky; the
problems it addresses and seeks to subsume can escape its embrace to some extent, not the least
because the exercise of power itself can be reflexively and contingently problematized. The
organization and focus of resistance and struggle, thirdly, are determined by the particular ways
that power is exercised. Power does not have a single, unitary identity or modality. It is finely
differentiated in terms of the techniques through which it is exercised, the problems it addresses,
and the ways that it can be resisted and attacked. Given the contingent nature of power, these
techniques may complement one another or they may clash. Resistance and struggle are possible
inasmuch as any technique of power can be challenged by deploying the same or some other
technique of power as the basis for counter-claims, counter-demands, and counter-action.

The morally self-righteous language has since largely disappeared, but the essential narrative
remains untouched: like philanthropy before it, CSR is a supplement and complement to market
relations. What has changed, however, is the scale of the problems. Globalization has closed off
the opportunity for the problematic side-effects of market relations to be externalized; there are
no more empty spaces in which to relocate the system’s unwanted by-products, be they surplus
populations or toxic emissions (Beck 1992). Appeal to the enlightened self-interest of global
capital can no longer be confined to the local level. The globalization of problematic side-effects
has given rise to a new discourse oriented around sustainability, or rather the unsustainabilty
of business-as-usual practices concerned only the maximization of short-term profit and
shareholder value. Sustainability has obvious environmental connotations, and it signifies the
way that the rhetoric of environmental responsibility has become a common aspect of the
legitimation and reputation strategies of TNCs. Sustainability is also broad enough to subsume
social as well as environmental problems but without the need to reform radically the
imperatives, objectives or structures of the market system. Sustainability means simply
finding less problematic ways to ensure system continuity and stability under conditions
where externalizing social and environmental costs is less of an option. This turns CSR into
a kind of prospective and pre-emptive form of crisis management.

In the case of the GC the problem is framed primarily in terms of rights and the responsibility
of TNCs to respect and support these rights. The assumption behind the Compact is that
respecting and supporting human, labour and environmental rights will help ensure long-
term viability of the global market system, enhance corporate legitimacy and enable TNCs
to see the rational benefits of ethical practices. The GC rightly assumes that human,
environmental, and labour rights are constantly under threat of violation and abuse. The notion of
respecting and supporting rights, however, frames the relationship between TNCs and rights
abuses in an indirect way, as complicity or ignorance rather than intent or indifference. In
practice, therefore, respecting and supporting rights translate chiefly into better avoidance
behaviour: avoiding situations in which one might benefit from abuses carried out by others (such
as host governments). Even in the case of labour rights, where TNCs are most likely to be in a
position to commit violations, the problem is still defined in terms of avoidance: avoiding the use
of forced labour, interference in workers’ attempts to unionize, and discrimination in hiring and
iring. To respect, even to support workers’ right to freedom of association does not per se
mean taking active steps to ensure that employees are unionized. Rights are notional. They
entail the freedom to make claims or demands without fear of harm or disadvantage, but the
realization of these demands is not necessarily guaranteed simply by the act of claims making.

For critics of CSR and the GC the problem is a mixture of excess and lack: excessive power
and autonomy on the part of TNCs and lack of a framework to ensure and enforce TNC
accountability on the part of the GC. Criticism of the GC is part of a larger opposition on the
part of the global social justice movement to neoliberalism and the growing autonomy of the
market sphere at the expense mechanisms of social control and democratic accountability.
While social movement activists also tend to frame the problem through the lens of rights, their
argument is that voluntary, self-policing systems of CSR like the GC are seriously inadequate
as they amount simply to a public relations exercise by TNCs whose public image is a
primary ingredient of their marketing and consumer relations strategies. CSR simply
continues earlier practices of corporate philanthropy by softening symbolically the hard edges of
market-generated inequalities and inequities, and generating additional forms of social dependency
on the interests of organized capital. For activists, then, the problem with CSR is threefold: it is
far too weak a mechanism for controlling corporate power and conduct; it reinforces
relations of social dependence that are not subject to democratic decision-making; and it
functions as a way to enhance the commercialization and corporate control of the public
sphere where debate over social issues is distorted by the power of public relations.

Struggle and Strat

Sustainability and Environmental Sociology: Putting the Economy in its Place and Moving
Toward an Integrative Socio-Ecology

We argue that many mainstream conceptions of sustainability—and the related concept of


sustainable development—are mired in a “pre-analytic vision” that naturalizes capitalist social
relations, closes off important questions regarding economic growth, and hinders socio-
ecological analysis.

Modern theories of sustainability and sustainable development appear in the post-Second


World War era [1,14]. This particular period in world history influenced the institutional
framework, meaning, and application of these concepts, especially in relation to increasing
concern regarding the vast inequality between nations [11,12,15,16]. Specifically, the United
Nations and other global institutions, such as the World Bank, helped construct what was
meant by sustainable development in major debates and discussions regarding economic
development. Within universities, scholars of development studies and development economics
incorporated the concepts into their evaluation of the global political-economic system. Both
modernization theory and development theory became the leading social science approaches
for understanding and addressing the problems of the “Third World” [1]. These theoretical
perspectives were rooted predominantly in neoclassical economic theory, which had several
implications for the policies they informed and for the definitions of development and
underdevelopment [14].

Some major tenets of neoclassical theory are that economic growth (or the expansion of market-
based economic activity with a resulting increase in gross domestic product) will have beneficial
effects on all sectors of society, that markets are self-regulating (i.e., market equilibrium will
produce optimal utility), and that rational actors make cost-benefit decisions that will maximize
utility. Development theorists operating in a neoclassical economics paradigm argued that what
was essentially needed for social progress in the formerly colonized societies was an
unleashing of capital in the parts of the world where capital had not yet fully made its mark.
This would increase the potential for expansion and economic efficiencies. They maintained that
policies encouraging such actions would have the desired effects of propelling these areas into
new, grander “stages” of economic growth that would result in progress toward “mature”
societies [17].

Environmental problems gained more social attention in the latter part of the twentieth
century, many of which could be directly tied to the global expansion of industrial capitalism.
Some institutions, such as the United Nations, began to consider that environmental issues might
need to be addressed within development models and funding plans. As a result, the
mainstreaming of the concept of sustainable development is borne largely out of U.N. projects
[18].
In 1972, the United Nations Conference on the Human Environment was held in Stockholm,
Sweden. This was the initial conference in a series organized by the United Nations on
development and the environment that took place over the next 40 years. These conferences were
commissioned to examine the escalating environmental impacts occurring throughout the
world and to work toward developing new global legal frameworks that could better address
the growing environmental and social concerns associated with capitalist development. The
initial Stockholm conference resulted in the creation of the United Nations Environment Program
(UNEP) whose mission is “to provide leadership and encourage partnership in caring for the
environment by inspiring, informing, and enabling nations and peoples to improve their quality
of life without compromising that of future generations” [19]. This statement contained a
preview of the popular conceptions of sustainable development.

Over the next 40 years, the United Nations hosted a series of conferences, including the well-
known meeting in Rio de Janeiro, Brazil, in 1992 (i.e., Rio Summit or Earth Summit), where
“sustainable development” was the central theme. In 1992, the Commission on Sustainable
Development was established out of proposals in Agenda 21 [20,21]. The best-known definition
of sustainable development was a product of the U.N. World Commission on Environment and
Development (WCED), which was formed in 1983 and is also known as the Brundtland
Commission. The Report of the WCED, “Our Common Future”, was published in 1987,
creating a pleasingly formulaic definition of sustainable development as “development that
meets the need of the present without compromising the ability of future generations to meet
their own needs” [22].

Thus, for more than four decades the United Nations has been promoting a vision of
development that has included a conception of sustainability. This process can be regarded as
the greening of development theory, where the goals of economic development began to take
ecological concerns into account [23]. While the new development model attempted to address
physical realities associated with environmental degradation, the focus on economic growth
did not change significantly, if at all. A common critique of the U.N. approach to sustainability
is that it merely tacks on the term “sustainable” to the traditional economic development
model in order to advance an era of neo-liberalism [15,18]. While the Brundlandt Report [22]
does begin to address fundamental ecological and social concerns, and can be commended for
some of its inclusive language and creative vision, it has been argued that the sustainability
programs and initiatives created under the auspices of the United Nations have been nothing
more than hollow efforts and platitudes for addressing ecological concerns [11,23,24]. Critics
of the sustainable development approach have suggested that it fails to integrate ecological
realties and the interdependence of humans with the rest of nature [25].

As discussed, the development project emerged from a set of historical circumstances that resulted
in a definition of the concept that is largely a plan to expand the scope and scale of global
capitalism. At the United Nations, resolutions and humanitarian goals, which are at the core of
their mission, were often placed in a context of expanding industrialization, and ultimately
global economic growth and modernization. Consequently, many view U.N. summits as key
mechanisms through which transnational corporations have become principal contributors
to the strategy, goals, and practices set forth for achieving sustainable development [11,24].
As discussed, by the 1980s, the private sector, particularly large corporations, became more
involved in environmental policy conversations, in large part to protect their economic interests.
At the 1984 meetings of the Organization for Economic Co-operation and Development (OECD),
the position that the economy and environment are “mutually reinforcing” was established as
a focal point for sustainable development [31]. This proposed compromise between economic
development and environmental protection served as the basis of the Brundtland Report.
Along with the previously mentioned definition, this report stated that “The concept of sustainable
development does imply limits—not absolute limits but limitations imposed by the present
state of technology and social organization on environmental resources and by the ability of
the biosphere to absorb the effects of human activities. (…) These positions reveal the taken-
for-granted epistemic presuppositions that are found in the mainstream neoclassical
economics tradition, which influence many conceptions of sustainability and sustainable
development.

For example, environmental economist David Pearce indicates that “most economists” define
sustainability entirely in terms of economic growth, monetary wealth, and consumption,
without any direct reference to the environment. From this perspective, sustainable
development is really sustainable economic development, which necessitates “continuously
rising, or at least non-declining, consumption per capita, or GNP” [32]. Indeed, economic
development becomes the central feature of sustainable development, and nature becomes a
secondary consideration, at best. Consequently, economic models predicated on the growth
imperative are central to modern economics and dominate policy discourse. Ecological economist
Herman Daly points out that the ecological fact that the earth is essentially a closed and limited
system, in which there are absolute limits as determined by natural science, runs contrary to
the dominant economic paradigm [33].

Mainstream economics and policy operating largely within the neoclassical economic
paradigm generally conceive of nature as a subsystem of the economy. In this view, the macro-
economy becomes the primary point of analysis, which subordinates ecosystems. Everything,
including biophysical nature, falls within the dynamic of the macro-economy [33]. This
perspective has had a long history in economic thought, going back to the classical economists
who regarded nature as providing “free gifts”, and up until the present period where some modern
economists argue that everything in nature can be substituted with the help of technology.
For example, Robert Solow, a Nobel laureate in economics, argued that “if it is very easy to
substitute other factors for natural resources, then there is in principle no ‘problem’. The world
can, in effect, get along without natural resources, so exhaustion is just an event, not a
catastrophe” [34]. Such notions of endless substitutability and rejection of ecological limits
are characterized as “weak sustainability”, at best.

n fact, we draw directly from heterodox economists, including Herman Daly and others, who argue
that neoclassical economics omits essential conceptual categories for understanding the
relationship between economic and ecological systems.
The business community has adopted this perspective, labeling it the “triple bottom line”,
consisting of people, planet, and profits [41,42]. The triple bottom line view has received
significant attention as a sensible approach toward sustainability [43]. Government agencies,
international organizations, businesses, and universities alike employ these heuristic devices and
depictions to plan and communicate their sustainable philosophies and practices [37]. For example,
the OECD states: “All of the economic, social and environmental systems must be
simultaneously sustainable in and of themselves. Satisfying any one of these three sustainability
systems without also satisfying the others is deemed insufficient” [44]. In other words,
environmental policies are deemed acceptable so long as they create opportunities for
economic growth.

While these three pillars are obviously important, there are critical flaws in the pre-analytic vision
garnered from neoclassical economics. One central problem is that what constitutes the
economy—within the three pillars conception—is limited to a growth-oriented market
system. As we will elaborate in the next section, neoclassical economic assumptions are based on
a pre-analytical vision in which the economic order of capitalist growth is naturalized.
Therefore, its central relationship as a driver of environmental degradation falls outside of the
analysis. Economist John Kenneth Galbraith proposed that this “innocent fraud” avoids the
importance of conceiving of capitalism as a historical system, preventing an adequate
analysis and understanding of the forces shaping the world [47].

do we prioritize sustaining the economy or sustaining the environment? In much of the sustainable
development literature, it is commonly assumed that there should be a focus on both sustaining the
environment and the economy. We argue this seemingly sensible and balanced approach has
been largely a pretext for furthering business as usual, since the economy is conceived of as
always consistent with capitalist preconditions.

Polanyi asserted: “the drive for a competitive market system acquired the irresistible impetus
of a process of Nature. For the self-regulating market was now believed to follow from the
inexorable laws of Nature, and the unshackling of the market to be an ineluctable necessity”
[50]. (…) that the capitalist economy is guided by laws comparable to those of governing
nature [49,50,51].

Economist E.K. Hunt explains that this move to naturalize capital and the system was crucial
to the new science of economics that took shape in the late nineteenth century, under the
theoretical guidance of those who ushered in what is commonly referred to as “the marginalist
revolution” [52].

In this view, the modern global economy, based in commodity production and exchange value,
is universalized and theorized as a natural system, akin to biophysical systems. Accordingly,
“a new abstract universal, namely ‘the economy’” was objectified, which reified modern social
relations as relations between things [54].
Paradoxically, while neoclassical economic theory tended to naturalize the existing economic
order, the material basis of economic development was torn from its ecological foundations.

Economist Paul Sweezy elaborates, “it is this obsession with capital accumulation that
distinguishes capitalism from the simple system for satisfying human needs [as] it is portrayed
in mainstream [neoclassical] economic theory. And a system driven by capital accumulation is
one that never stands still, one that is forever changing, adopting new and discarding old methods
of production and distribution, opening up new territories, subjecting to its purposes societies too
weak to protect themselves.

As Sweezy clearly describes, capitalism is a dynamic system, with a general character rooted
in endless accumulation.

Prior to this development, Polanyi argues, economic systems of production and consumption
were clearly embedded within the institutions and cultural practices of societies. (…) In other
words, people, customs, and social institutions set limits and regulated economic productive
activities, directing them to serve particular ends, such as human needs.

What is common in these analyses is the recognition that human economies and its
organizations are embedded within society and, we emphasize, the larger ecological complex
that support life.

Polanyi, similar to Marx, explains that under a capitalist market economy, all aspects of social
life become subordinated to the requirements of the economic realm. He maintains that “all
transactions are turned into money transactions”—in order to meet the needs of capital [49,50].
The emergence of an all-encompassing self-regulating market “disembedded”—in terms of
coming to dominate and alienate social relations—practical human activity from its foundation
in the broader sociocultural and natural conditions. As a result, market activity directed by
commodity production “acquired the irresistible impetus of a process of nature”.

Drawing from these social theorists it is clear that conceptualizing the economic sphere in a
way that detaches it from society and/or nature results in a flawed understanding of social
relations and ecology. Consequently, the economic system can be easily formulated as an
autonomous self-governing force, and meeting economic needs can become separated or
“divorced” from social and ecological concerns. The divorcing of ecology from the economy is
consistent with neoclassical economic theory and political ideology that prioritizes specific
economic (class) interests and universalizes capitalist social relations, turning
comprehension of issues such as sustainability inside out

This is the case with the sustainable development project, which essentially uses the template of
the traditional development project whereby economic growth and free trade are the
foremost goals, reflecting the priorities of global capitalism [1,18].

The array of environmental problems we confront is in part a consequence of this economic


system and its inherent drive to constantly increase the accumulation of capital.
his requires calling into question the pre-analytic vision that supports maintaining the capitalist
market as a cornerstone, or further, a precondition of sustainability.

5. Towards an Integrated Socio-Ecological Approach

Environmental sociology provides necessary insights for developing a rich understanding of


sustainability. We elaborate on specific approaches that emerged in the United States. The sub-
discipline arose as a field of study in the 1970s, proposing that the biophysical world must
also be a realm of social inquiry.

pre-analytical vision within neoclassical economic thought, were “human exemptionalist”, and
implied that society existed outside and/or largely independent from relationships with the
biophysical world [69,70].

We will briefly discuss three prominent theoretical approaches—human ecology, treadmill


of production, and social metabolic analysis—and emphasize the contributions that
environmental sociology can make to sustainability science.

These scholars incorporate feedback loops into their studies, emphasizing that the larger
biophysical environment also constrains and influences social conditions

These scholars propose that modernity’s exceptional rates of population and economic growth
have generated unparalleled resource demands and waste and that it is a primary social
driver of environmental degradation and the accumulation of carbon dioxide in the atmosphere,
contributing to ecological overshoot [75,82].

Treadmill of production scholars also situate the economic system within the larger Earth system.
They primarily provide a political-economic analysis of the historical development of modern
industrial society, particularly the demands that the capitalist economic order places on the
environment, and the consequences of its operations.

They argue that private capital, the state, and labor depend on economic growth for profits,
taxes, and wages, creating a type of path dependency with an array of social and ecological
consequences.

Similar to treadmill of production scholars, theorists and researchers in the social metabolic
tradition analyze capitalism as a historically specific regime of accumulation that drives the
growth imperative.

This system fundamentally shapes material exchanges with the environment.

They suggest that more efficient resource usage can often increase aggregate consumption of
that particular resource—creating a socioeconomic dynamic known as the Jevons paradox,
named after the nineteenth-century economist William Stanley Jevons [105,106,107,108].
(…) The most efficient nations are often found to be the largest consumers of natural resources
[111].
As a growing area of interdisciplinary environmental research, sustainability science “seeks to
understand the fundamental character of interactions between nature and society” [112].
Here we briefly mention two prominent approaches: Coupled human-natural systems (CHANS)
and resiliency. These overlapping multidimensional approaches have done much to advance
sustainability science. CHANS and resiliency scholars analyze interconnected complex
systems [113].

Unlike neoclassical economics, that models linear changes in simple cause-and-effect


relationships, these approaches highlight the complexity of interacting systems, that systems
can be subsumed in other systems, and multi-scalular effects. CHANS scholars emphasize that
changes can occur at different levels of a system and can cascade up or down [114]. Further, these
systems-based approaches stress that coupled human and natural systems or “social-ecological
systems” are highly dynamic and heterogeneous [115,116].

Resilient systems are understood as systems that can maintain their structure and capacity
for long-term renewal, even in the face of various impacts, shocks, or disturbances
[115,116,117,118,119].

These two approaches are very important, yet they do not adequately address the general and
specific characteristics of the socio-economic system, especially its inner driving force. Thus,
sustainability science must better integrate critical political-economic insights, which
environmental sociology can offer, such as the dynamics associated with the growth imperative of
capital, the social and ecological contradictions that arise from commodity production
systems, technological innovation and the Jevons paradox, power and inequality, and the
institutional conditions that produce social tendencies toward particular ecological outcomes
[96,103].

Banerjee- Corporate Social Responsibility, the good, the bad and the ugly

This seems to imply that corporate strategies of wealth creation (including corporate social
responsibility) are zero sum games, which is a debatable point. In this article I discuss some
cases where this is indeed the case – corporate actions and strategies that serve the corporate
interest at the expense of segments of society. I describe and critique emerging discourses of
corporate citizenship, social responsibility and sustainability. I discuss some of the key
assumptions that frame these discourses. I argue that despite its emancipatory rhetoric,
discourses of corporate citizenship, social responsibility and sustainability are defined by
narrow business interests and serve to curtail interests of external stakeholders. I provide an
alternate perspective, one that views discourses of corporate citizenship, corporate social
responsibility, corporate sustainability as ideological movements that are intended to legitimize
the power of large corporations (Mitchell, 1989). These discourses address a common theme:
the relationship between business and society. Whereas the primary relationship between
business and society has been and continues to be an economic one, rising public concern about
the social and environmental impacts of economic growth and increased legislation in areas of
social welfare and environmental protection have led many corporations to assess the social and
environmental impacts of their business activity. However, these discourses as Windsor (2001)
argues always represent and construct the relationship between business and society based on
corporate interests, not societal interests.

However, by the end of the 19th century, restrictions around incorporation had all but
disappeared. As Perrow (2002: 41) argues, this was not ‘a mistake, an inadvertence, a
happenstance in history, but a well-designed plan devised by particular interests who needed a
ruling that would allow for a particular form of organization’

the modern corporation essentially removed all major restrictions around corporate activity
and rules of incorporation.

Any reference to ‘social good’ was at best symbolic and derivative in that the economic function
provided the social good. The separation of the economic from the social in defining
corporate identity, in itself a political process, also mirrored the tenets of economic theories of
the time – the notion of ‘externalities’ for instance, where governments and other agencies, not
economic actors were responsible for managing the negative social and environmental effects
of economic growth.

The landmark decision of the US Supreme Court that bestowed property rights on private
corporations was Dartmouth College v. Woodward in 1819. The case typified the inherent
ambiguities that arise in defining the role of a corporation, ambiguities between the economic
and social that are yet to be resolved today. Lawyers for Dartmouth Corporation in its move to
free itself from state control argued that the rights of private corporations and private rights
in general must be ‘protected from the rise and fall of popular parties and the fluctuations
of political opinions’ (Perrow, 2002: 41). Chief Justice John Marshall concurred, declaring that
‘a corporation is an artificial being, invisible, intangible. And existing only in contemplation of
law’ (Chief Justice John Marshall, Dartmouth College v. Woodward, 1819). Establishing the
legitimacy of a ‘fictitious legal person’ or an ‘artificial legal entity’ distinct from its owners and
officers (Hessen, 1979: xiv) had two effects: first, it effectively put an end to the argument that
the corporation was a creature of the state thus limiting public representation and second, by
conferring private rights on corporations, rights normally held by individuals, the court
automatically guaranteed a system that would protect those rights. Thus, an artificial legal
entity like a corporation is entitled to protection under the 14th Amendment of the US Constitution.
As we shall see these legislative requirements were designed to protect private interests, often
at the expense of the public. The legal personality of the modern corporation was created by
certain interests to deliver specific outcomes that needed a particular form of organization and a
strong state presence was inimical to these interests.
If a corporation had the legal right to externalize the social and environmental costs of its
business activity with impunity, its responsibility to the larger community was less clear and
definitely not one mandated by law in the new regime of incorporation. While the property rights
of the private ‘agents of transportation’ had to be respected, the ‘necessary externalities’ should
be dealt with not by the corporation but by someone else.

Thus, social responsibility, an integral part of a corporation’s identity and existence in the 1800s
now becomes an activity devolved to the corporation, a strategic choice influenced by market
and competitive factors. This process of redefinition was an exercise of political and economic
power by a minority interest group promoting a particular ideology that ‘redefined the
character of the Republic in order to justify the new opportunities that the corporation
offered for the accumulation of private wealth’ ( Harvard Law Review, 1989: 1886–7). Changes
in the legal environment also shifted the onus of addressing the ‘social’ from corporations to
governments. However, while new organizational forms were proving to create wealth for the
few people that owned them, social and environmental costs continued to be passed off as
externalities. There was little recognition, at least in legislative circles, that the kind of
organization profit-seeking corporations build ‘determine social costs that the society will bear,
and the powers and freedoms that the organizations will have’ (Perrow, 2002: 143).