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UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

CENTRO DE INVESTIGACIONES EN GEOGRAFÍA AMBIENTAL

2017
LA MEMORIA DE LOS NOMBRES:
LA TOPONIMIA EN LA CONFORMACIÓN HISTÓRICA
DEL TERRITORIO. DE MESOAMÉRICA A MÉXICO

Karine Lefebvre
Carlos Paredes Martínez
(Editores)

U N IVER SIDA D N A C ION A L A U T ÓN OM A DE M ÉX IC O


C EN T R O DE IN VESTIGA C ION ES EN G EOGR A FÍA A M BIEN TA L

2017
Lefebvre, K., Paredes Martínez, C. (2017) La memoria de los nombres: la toponimia en la
conformación histórica del territorio. De Mesoamérica a México, UNAM: CIGA, Morelia, 473 pp.

Todos los capítulos de este libro fueron arbitrados por pares académicos.

Primera edición, 2017

D. R. © 2017, Universidad Nacional Autónoma de México


Ciudad Universitaria s/n, Delegación Coyoacán, C.P. 04510, México, D.F.

Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental (CIGA-UNAM)


Antigua carretera a Pátzcuaro 8701,
Col. Exhacienda de San José de la Huerta,
C.P. 58190, Morelia, Michoacán, México
www.ciga.unam.mx

Diseño de portada: René Villegas Silva


Cuidado de edición: Francisco Javier Tapia R-Esparza y Karla Fabiola Contreras García

ISBN: 978-607-02-9048-0

Imagen de portada: Irimbo y Tzintzingareo (num. Catálogo: 2208),


Fondo Tierras, Volúmen 2809, foja 7.
Archivo General de la Nación

Este libro también se encuentra disponible para su descarga en:


www.ciga.unam.mx/publicaciones/
ÍNDICE

7 Introducción
19 Datos de autores
25 Abreviaturas más usadas

I. Normatividad y motivación en la denominación de los lugares

29 Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos en las


actividades de clasificación en campo que se realiza en el INEGI
Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI)

43 Toponimia purépecha. Del carácter plurilingüe y del cómo denominaban a los


pueblos en el Michoacán prehispánico
Carlos Paredes Martínez

65 Nombrar y definir el territorio en situaciones de expropiación: El reconocimiento y


reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y de la tradición oral
Juan Gallardo Ruiz

II. El cambio toponímico a través de la historia

87 Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México


Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI)

99 El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche


Lorraine A. Williams-Beck

125 Mitología de gigantes: El Cerro del Muerto desde el paisaje prehispánico de


Aguascalientes
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

151 Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental: ¿la absorción del


territorio guamare?
Fernando González Dávila

171 Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Allende, Guanajuato
Beatriz Cervantes Jáuregui, Rosa Brambila Paz
III. Los aportes y los tropiezos con la toponimia en la arqueología

191 Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan


María Eugenia Maldonado Vite

209 La toponimia frente a la Arqueología y la Historia: aportes sobre la ocupación de la


región de Acámbaro en el momento de la Conquista
Karine Lefebvre

231 Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de


Huapalcalco, Tulancingo Hidalgo y sus alrededores
Enriqueta M. Olguín

IV. Toponimia e historia a través de la iconografía y la cartografía


colonial

259 El repertorio hidráulico del centro de México a través de los glifos acuáticos como
topónimos: la presencia del agua
Elia Rocío Hernández Andón

283 El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala


Flor Yenin Cerón Rojas

309 La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán


Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

V. La toponimia desde el enfoque sociolingüístico

335 Los topónimos o’dam. Vida social y memoria de un pueblo del noroeste
mexicano
Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido

353 Toponimia en región otomí, siglo XVI. Una revisión semántica


María Elena Villegas Molina

363 La toponimia mazahua de San Simón de la Laguna


Michael H. Knapp

381 Geografía y trazos de Ocuilan: siguiendo la toponimia y composición de los


tlahuica (ocuiltecos)
Martha C. Muntzel, Osvaldo Sterpone
VI. Etnohistoria y antropología en el estudio de la toponimia

399 De parajes, linderos y pueblos viejos: la importancia de la toponimia para el


estudio de la territorialidad mixteca en época colonial temprana
Marta Martín Gabaldón

421 Evocación histórica a través de las memorias de linderos. El caso del Valle de
Etla, Oaxaca
Susana Gómez Serafín

447 Yucu Lloo, Yucu Nchii y Yucu Tachi: la Casa de la Luna, del Sol y del Viento
en los paisajes de la Mixteca Alta
Marcelo Ramírez Ruiz

459 Índice toponímico


INTRODUCCIÓN

El presente libro reúne una selección de ponencias presentadas en el coloquio “La memoria de los
nombres: la toponimia en la conformación histórica del territorio”, que se llevó a cabo del 3 al 5 de
junio de 2015 en el Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la UNAM campus
Morelia, organizado por Karine Lefebvre y Carlos Paredes Martínez, con el apoyo del CIGA-
UNAM, el CIESAS, el CEMCA, la ENES de la UNAM Morelia a través de la licenciatura en
geohistoria, la facultad de historia de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, el
INEGI y el H. Ayuntamiento de Morelia a través de su secretaría de turismo.
El evento académico reunió a cuarenta y cinco ponentes procedentes de varias
instituciones nacionales y diversas disciplinas, quienes presentaron sus trabajos de investigación en
torno a la toponimia de los sitios y regiones de estudio. Este encuentro tenía el objetivo de crear
un espacio de conocimiento y discusión acerca del tema de la toponimia y de llevar a cabo una
reflexión interdisciplinaria sobre las aportaciones, así como los límites en el estudio de este tema
como instrumento auxiliar en la investigación sobre las sociedades, el medio ambiente y el paisaje.
El tema de la toponimia ha estado presente en los estudios de las Ciencias Sociales y las
humanidades desde finales del siglo XIX. En aquel entonces, este “fósil de la geografía humana”,
según la expresión de Albert Dauzat (1947), se utilizaba para identificar, con mayor o menor
veracidad, zonas ocupadas por poblaciones especificas que las habrían marcado con los nombres de
lugares, lo que permitió establecer mapas de ocupación humana y su impacto en el paisaje.
De manera más específica, en México el interés por la toponimia también tiene una larga
tradición. Desde la época colonial, a través de las numerosas crónicas —en particular las escritas
por los religiosos— pero también en los documentos civiles y administrativos, tales como las
conocidas Relaciones geográficas del siglo XVI, se observa un gran interés por los topónimos. Sus

autores solían mencionar los nombres de pueblos o parajes referidos, indicando muchas veces el
origen lingüístico del vocablo y su interpretación en lengua española.
Desde el principio del siglo XX, los nombres de lugares procedentes de estas fuentes
primarias, lo mismo que los topónimos modernos, fueron objeto de estudios y análisis,

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La memoria de los nombres

principalmente lingüísticos y filológicos. Varios autores se aplicaron a establecer correspondencias


lingüísticas entre dos o más idiomas, muchas veces con el fin de identificar territorios, procesos de
migración, existencia de sociedades multiétnicas, contactos y relaciones interétnicas y otros temas
relacionados. De esta manera, podemos mencionar los trabajos pioneros de Antonio García Cubas
en su Diccionario geográfico, histórico y biográfico de los Estados Unidos Mexicanos (1889-1891); de

Antonio Peñafiel y la Nomenclatura geográfica de México (1895); de Nicolás León con la

Etimología de algunos nombres tarascos de los pueblos de Michoacán y otros estados (1888), de

Manuel Olaguíbel y su conocida Onomatología del Estado de México (1894); y de Cecilio A.

Robelo en la Toponimia tarasco-hispano-nahoa (1912), tan sólo por mencionar algunos. Desde

luego, los estudios sobre la toponimia han ido en aumento progresivo y con eso se multiplicaron y
se diversificaron los enfoques, abordando temas históricos, geográficos, antropológicos y
lingüísticos desde los años 1960.
Es para resaltar la labor desarrollada en esta temática durante largos años por parte de
Ignacio Guzmán Betancourt desde la década de 1980, y posteriormente, iniciando su destacada
labor con un curso y seminario que se realizó en el Instituto Politécnico Nacional. De este curso se
originó la publicación titulada De toponimia… y topónimos: contribuciones al estudio de nombres de

lugar, coordinado por Ignacio Guzmán Betancourt (1987), que reunió 14 contribuciones de

connotados investigadores como Leonardo Manrique y otros nóveles estudiosos, cubriendo un


amplio panorama de la toponimia en México.
En esa misma década también Miguel León Portilla publicó un trabajo en el que mostraba
los cambios toponímicos de México a través de su historia, desde las épocas más remotas hasta la
actualidad, relacionados estos cambios con las imposiciones de políticas del poder en turno y otras
influencias culturales. La obra que referimos es La multilingüe toponimia de México: sus estratos

milenarios (1983).

Otras obras que han planteado lo profundo y complejo que puede ser el tema de la
toponimia en México son: Historia del nombre y de la fundación de México (1993) de Gutierre

Tibón; Los nombres de México (1998), compilación del mismo Guzmán Betancourt; en 2010,

Martha C. Muntzel y María Elena Villegas Molina coordinaron un libro en homenaje a Ignacio

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Introducción

Guzmán Betancourt, titulado Itinerario toponímico de México donde se incluye las propias

contribuciones que el mismo Guzmán Betancourt había dejado inéditas después de su muerte y
que las editoras se encargaron de compilar, reuniendo once nuevos estudios sobre toponimia en la
República Mexicana, todos ellos de gran valor.
Durante el coloquio que nos convocó en 2015 los panelistas tuvimos la oportunidad de
conocer una primicia editorial sobre el tema de la toponimia: Toponimia indígena de Querétaro

siglo XVI (2015) de María Elena Villegas Molina, Rosa Brambila Paz y Juan Carlos Saint-Charles

Zetina, en el cual subrayan el multilingüismo de la toponimia en esta región e intentan identificar


los procesos político-culturales del origen de este.
Es imposible citar aquí el conjunto de los trabajos enfocados en la toponimia o
utilizándola como herramienta ya que son muy numerosos, pero con certeza, podemos afirmar
que la toponimia se volvió un elemento crucial en el estudio sobre las sociedades, el medio
ambiente y el paisaje.
Frente a la multiplicación de las publicaciones y el interés sobre el tema de la toponimia,
¿cuál es la contribución de este nuevo libro? El objetivo de esta nueva obra es el de confrontar a
varias disciplinas que hacen uso de la toponimia como herramienta y fuente de análisis: la
Historia, la Geografía, las Ciencias Ambientales, la Arqueología, la Antropología, la Etnohistoria,
la Sociología, la Política, la Iconografía. En efecto, hasta ahora, la mayoría de las publicaciones
dedicadas en la toponimia ha sido orientada en un aspecto o una disciplina. Por consiguiente, el
propósito es reflexionar colectivamente sobre las muy diversas aristas que ofrece el estudio de la
toponimia, presentar las diversas propuestas metodológicas y contribuir a una amplia discusión en
temas nodales de la toponimia, como la normatividad, motivaciones en la denominación
toponímica, metodología, usos, desusos y resignificaciones toponímicas; las relaciones con el
territorio, el paisaje, el espacio y el poder político; los recursos naturales, la cosmovisión, las
interrelaciones étnicas y lingüísticas a través de la toponimia.
La memoria de los nombres: la toponimia en la conformación histórica del territorio está

conformado por 21 trabajos dedicados al estudio de distintos sitios y regiones más amplias de
Mesoamérica y de México en la actualidad, distinción que hacemos en razón de que la mayor parte

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La memoria de los nombres

de los mismos se enfocan en los pueblos y las culturas que se desarrollaron en el territorio que se ha
identificado desde 1943 como Mesoamérica (Kirchhoff, 1943), y por otro lado, se presentan otros
trabajos, como los que están a cargo del INEGI, dirigidos a México como nación y no sólo a la
antigua Mesoamérica.
De esta manera, cada uno de los autores de esta publicación contribuye con trabajos
originales al conocimiento de la toponimia desde distintas disciplinas de las Ciencias Sociales, lo
cual de entrada constituye un valioso referente en la materia, confrontando las distintas
metodologías, cuestionamientos, fuentes, materiales de estudio y variedades culturales que
abordan los autores, en el vasto escenario multicultural y plurilingüístico de México en general y
de los pueblos indígenas del pasado y del presente en particular. Como lo ha dicho Miguel León-
Portilla (1983), el cambio toponímico ha estado presente en la historia de México desde el origen
mismo, y es producto, en parte, del intenso mestizaje, los contactos culturales y lingüísticos desde
épocas muy remotas en el periodo prehispánico y hasta el presente.
Preguntas pertinentes que permean varios de los trabajos aquí incluidos son: ¿qué motiva a
denominar a un lugar de tal o cual manera?, ¿Podemos saber si hay una determinada política de
denominación de los sitios, pueblos y ciudades que habitaron los hombres en distintas épocas
históricas?, ¿Cuáles han sido los aportes y los problemas que desde las distintas disciplinas se han
abordado a través de la toponimia, y cuáles sus contribuciones y revelaciones más importantes?
Estas son tan sólo algunas de las preguntas que plantean los autores en las contribuciones aquí
contenidas y que constituyen inestimables aportes al estudio de la toponimia en México.
Las áreas geográficas a los que están dirigidos los estudios abarcan regiones como el sur de
Durango y Aguascalientes; Guanajuato, Querétaro e Hidalgo; Michoacán; norte de Veracruz;
Morelos; Oaxaca y Campeche. Además dos trabajos comprenden un área mayor, uno de ellos por
parte del INEGI, el cual abarca la totalidad del territorio mexicano en el sentido de que dicta la
política denominativa oficial y establece las normas y metodología al respecto (dos trabajos) y el
otro de la autoría de Elia Rocío Hernández Andón, quien tomando como tema de estudio
específico el agua y como fuente de información básica los topónimos de glifos de códices de varios
lugares y regiones del país, principalmente del altiplano central y otras áreas de Mesoamérica,
comprende la interpretación toponímica de un espacio mayor a los estados ya señalados.

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Área de estudio

Elaboración propia. El mapa es sólo indicativo de las áreas y sitios abordados en esta publicación.
La memoria de los nombres

En este amplio territorio, los pueblos y las lenguas de sus habitantes que están comprendidos son
muy variados, lo cual confirma el carácter plurilingüe y multicultural que caracterizó a ese
territorio, elementos a los que ya nos hemos referido antes como fundamentales de la riqueza
cultural e histórica mesoamericana. Dichos pueblos y sus lenguas aquí representadas, en el orden
que aparecen en el texto son: purépecha, matlazinca, maya, guamare, pame, otomí, huasteco,
nahua, o’dam, mazahua, ocuilteco, mixteco y zapoteco.
Las disciplinas y especialidades en que se fundamentan cada uno de los trabajos son
diversas, como la Historia, Etnohistoria, Antropología, Lingüística, Geografía Histórica,
Estadística, Historia Oral, Arqueología, Iconografía, etc. Si bien es cierto que cada autor toma una
o más disciplinas para armar su discurso, el conjunto de la obra lo hemos dividido en seis grandes
apartados, no necesariamente ubicados sólo en una disciplina. A continuación hacemos una breve
presentación de cada uno de los trabajos incluidos.
El primer apartado lleva por nombre “Normatividad y motivación en la denominación de
los lugares”. Los tres trabajos que componen esta sección tienen el objetivo de responder a la
pregunta de la motivación para denominar a tal o cual lugar de determinada manera. El primero es
nada menos que por parte del INEGI, institución nacional que tiene a su cargo, entre muchas
otras funciones, la política de denominar toda la geografía mexicana en su expresión toponímica
mediante una metodología que aquí hacen explícita sus autores.
El segundo trabajo de la primera sección se debe a Carlos Paredes Martínez, quien
también se interroga sobre este tema, enfocado en la época prehispánica de Michoacán; el autor
parte de dos temas clave, por un lado la premisa de que este territorio era a todas luces multiétnico
y pluricultural, mientras que por otra parte, en base a una cita de la Relación de Michoacán, destaca

la política impositiva de los uacúsecha en sus guerras de conquista, que incluía entre otras acciones

la denominación de los lugares en su lengua y en honor de sus dioses o dirigentes guerreros.


El tercer trabajo de esta sección, bajo la autoría de Juan Gallardo Ruiz, aborda también la
toponimia purépecha de la meseta tarasca de Michoacán, pero en este caso referida al momento
contemporáneo, a través de la etnología y la antropología. Por medio de recorridos en campo y

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Introducción

entrevistas a los pobladores purépecha, se adentra en el tema de la resignificación de los sitios y


lugares del entorno habitado.
El segundo apartado se titula “El cambio toponímico a través de la historia” se presentan
cinco trabajos sobre diferentes épocas y regiones geográficas. Inicia con un segundo trabajo a cargo
del INEGI, esta vez para señalar el fenómeno de la pérdida de los nombres de lugar de origen
indígena por diversos motivos como la conquista y colonización, y recientemente por el
intercambio cultural entre los residentes y los migrantes mexicanos hacia los Estados Unidos.
La colaboración de Lorraine Williams-Beck contiene un espléndido recorrido por una
amplia región del Estado de Campeche a través de la Arqueología, la Lingüística, la Historia, la
Literatura y otras disciplinas que nos lleva a la reconstrucción toponímica de múltiples sitios, no
sólo los habitados y con una historia política ancestral, sino incluidos aquellos sitios de
importancia ecológica y productiva como los humedales, los canales de riego, los nacimientos de
agua, los promontorios, etc., destaca así el paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche, como una

forma de comprender un mundo aparentemente soslayado por la conquista española a partir de


1517, en un rincón sobresaliente de la cultura maya peninsular.
En el otro extremo de Mesoamérica, en una elevación montañosa cercana a la actual
ciudad de Aguascalientes, se ubica el llamado Cerro del Muerto, escenario de estudio de Felipe de
Jesús Sarabia Salmerón, quién se enfoca al estudio local y regional de esta parte de la llamada Gran
Chichimeca, poblada por diversos grupos hostiles a la conquista española en el siglo XVI, pero
también lugar de paso y de encuentro entre pueblos y culturas. En este sentido, la identificación
que hace el autor en el contexto de un estudio de la arqueología del paisaje es la del Cerro del
Muerto como un geosímbolo vigente en la memoria y la narrativa de los pueblos hasta el presente.
Los dos trabajos siguientes dentro de esta misma sección del cambio toponímico en la
historia abordan una región en común, también relacionada con la Gran Chichimeca, nos
referimos al actual estado de Guanajuato y parte de Querétaro, la puerta de entrada a este gran
territorio hostil, así considerada por los europeos durante las iniciales incursiones conquistadoras.
El primero de ellos es el de Fernando González Dávila sobre la colonización hispana de Querétaro
y Guanajuato oriental durante el primer período de irrupción (1540-1570). Con un amplio
corpus documental de mercedes de tierra y el análisis detallado de las fuentes y diccionarios de la

13
La memoria de los nombres

época, el autor muestra la imposición de los topónimos derivados de los apellidos de los propios
conquistadores y poseedores de tierras más importantes, paralelamente al desplazamiento de la
población guamare y parte de los guachichiles, y consecuentemente de sus topónimos que se
fueron perdiendo. El otro texto fue elaborado por Beatriz Cervantes Jáuregui y Rosa Brambila
Paz, refiriéndose a San Miguel Allende, Guanajuato. En este caso hacen notar la ausencia casi total
de topónimos otomíes a pesar de la evidente participación de este grupo étnico en el
acompañamiento de la colonización en el siglo XVI, así como también su permanencia en épocas
posteriores y hasta la actualidad, según evidencias etnográficas. El trabajo se acompaña de un
anexo con los múltiples topónimos de San Miguel Allende y su municipio.
La tercera sección, denominada “Los aportes y los tropiezos con la toponimia en la
arqueología”, se compone de tres trabajos que se enfocan en la confrontación de los nombres de
lugares con los datos arqueológicos, con el fin de discutir las ideas de percepción, apropiación y
organización de un territorio por los habitantes que vivían en él, pero también, las dificultades
vinculadas a la evolución de los topónimos a través del tiempo y su asociación a un grupo étnico,
muchas veces el origen de confusiones y malos entendidos por los investigadores. En el primer
artículo, María Eugenia Maldonado Vite aborda el tema de la toponimia como herramienta y
elemento clave en el análisis espacial de una región. A través de la identificación de nombres de
lugar registrados en la documentación etnohistórica y de su acercamiento con sitios arqueológicos,
la autora propone reconstituir los límites de la provincia tributaria de Tochpan, en el sur de la
Huasteca, así como su organización política, económica y cultural.
El segundo trabajo, bajo la autoría de Karine Lefebvre, se enfoca en el cotejo de los datos
toponímicos, arqueológicos e históricos para analizar los procesos de apropiación de un territorio,
tomando como caso de estudio la región de Acámbaro en víspera de la Conquista. Las relaciones
entre el origen lingüístico de los nombres de lugar, en este caso principalmente tarascos y en baja
proporción otomíes, y la cultura material observada, permite llevar a cabo una reflexión sobre los
procesos de expansión política y de control territorial en un contexto de cohabitación multiétnico.
El tercer artículo, elaborado por Enriqueta M. Olguín, destaca las dificultades vinculadas a
la evolución del registro histórico de los topónimos para su confrontación con los datos
arqueológicos en la zona arqueológica de Huapalcalco (Hidalgo) y algunas localidades aledañas. La

14
Introducción

autora demuestra cómo las modificaciones y las deformaciones que sufrieron varios topónimos, así
como los errores de identificación vinculados a la multiplicidad de nombres, han generado
confusiones en las identificaciones e interpretaciones de los vestigios arqueológicos del lugar.
Los tres trabajos que incluye la sección cuatro, bajo el rubro “Toponimia e historia a través
de la iconografía y la cartografía colonial”, toman como fuente de análisis precisamente códices,
mapas y lienzos, que a través del análisis iconográfico y fuentes históricas, nos revelan el amplio
conocimiento que está comprendido en la cosmovisión de los pueblos indígenas en temas del agua,
la geografía y el paisaje. El primero de ellos es de Elia Rocío Hernández Andón, dedicado al
estudio de los glifos en códices y mapas de la época colonial con representación del agua, que
remiten invariablemente a topónimos utilizados por los pueblos indios en la época de elaboración
de los documentos pictográficos, incluyendo algunos códices de la época prehispánica. La autora
se refiere al “centro de México”, sin embargo los códices utilizados y los glifos representados
abarcan un área más amplia como Veracruz, Guerrero, la Mixteca, Tlaxcala, Puebla, Morelos e
Hidalgo.
El siguiente trabajo es el de Flor Yenin Cerón Rojas, quién estudia el Mapa de Uppsala en

su sección noroeste del Valle de México, identificando la geografía actual correspondiente a parte
de los estados de México e Hidalgo. Se trata de un detallado estudio de un mapa de mediados del
siglo XVI, actualmente en la Biblioteca de la Universidad de Uppsala, Suecia, con la identificación
de topónimos, arquitectura religiosa, paisaje y accidentes geográficos, a través de imágenes y glifos,
recurriendo a la comparación con otras fuentes, así como también a través de mapas actuales y
recorridos de campo.
Finalmente el trabajo titulado “La ubicación de Tzicohuac en el lienzo de Tzoquitetlán”,
de Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez y Cristina García Pura, estudian el Lienzo

de Tzoquitetlán, identificado erróneamente como de Xochimilco. A través de un estudio

toponímico del lienzo, identifican la provincia, los pueblos, los caminos, los ríos, las montañas y
personajes históricos al sur de la Huasteca, destacando el topónimo de Tzicohuac como la
cabecera de la provincia conquistada por Ahuizotl en el año de 1486, convirtiéndose en el centro
recaudador de tributos de toda la provincia.

15
La memoria de los nombres

El quinto apartado, “La toponimia desde el enfoque sociolingüístico”, reúne cuatro


artículos cuyo tema central se enfoca en el estudio de los topónimos como producto de los
procesos culturales de las sociedades a partir de la sociolingüística. El primer artículo, autoría de
Antonio Reyes Valdez y de Gabriela García Salido, relaciona los topónimos o’dam (tepehuanes),
con la historia y cultura indígena en el sur del estado de Durango. Los autores subrayan la
necesidad de conocer no solamente el idioma, sino también la memoria misma de los pueblos,
para entender los nombres de lugar, los cuales resultan de distintos eventos y temporalidades, de
relaciones a la vez estéticas, sociales y de relatos míticos.
El segundo trabajo, presentado por María Elena Villegas, propone una revisión semántica
de la toponimia en la región otomí del centro-norte de México, procedente de fuentes
documentales del siglo XVI. Hace hincapié en la carga cultural importante de la toponimia, la
manifestación de las propiedades físicas del espacio geográfico y del paisaje, del uso del suelo y de
los conceptos mitológicos.
La tercera contribución, producida por Michael Knapp, se enfoca en la toponimia
mazahua de la localidad de San Simón de la Laguna en el Estado de México. A partir de un rescate
toponímico de la memoria colectiva y la historia local, el autor analiza los nombres de lugar en
términos lingüísticos; hace notar la relación entre la toponimia local y algunos eventos históricos
que permite reconocer los cambios socio-culturales, locales y regionales.
El cuarto trabajo, a cargo de Martha C. Muntzel y Osvaldo Sterpone, aborda el tema de
una reconstrucción histórica de un territorio en conflicto entre las comunidades de San Juan
Atzingo y Ocuilan, para ello combinan datos toponímicos, lingüísticos, documentos escritos y
cartográficos, así como tecnologías digitales, en particular imágenes satelitales de Google Earth.

La sexta y última sección de este libro se denomina “Etnohistoria y antropología en el


estudio de la toponimia”, y se enfoca en las relaciones entre la toponimia y el territorio, ya sea
administrativo o sagrado, a partir del examen de fuente etnohistóricas y antropológicas. Además
de su convergencia en estas disciplinas, los tres artículos que componen este apartado también
tienen la particularidad de enfocarse en dos regiones de Oaxaca: la Mixteca y el Valle de Etla. La
primera contribución, bajo al autoría de Marta Martín Gabaldón, analiza la toponimia procedente
de documentos etnohistóricos inéditos, archivos y códices coloniales, para confrontarlos con

16
Introducción

informaciones arqueológicas, cartografía histórica y moderna, así como datos etnográficos. La


autora examina la evolución del territorio y los cambios del paisaje que sucedieron tras los
procesos de congregaciones de los pueblos llevados a cabo a finales del siglo XVI y principios del
siguiente.
El segundo trabajo de este apartado, presentado por Susana Gómez Serafín, aborda el tema
de la memoria de los linderos en el Valle del Etla, Oaxaca. Este trabajo busca definir los límites
fronterizos de los territorios y su evolución desde la época prehispánica.
Finalmente, el último trabajo se debe a Marcelo Ramírez Ruiz, quien estudia la toponimia
sagrada de una parte de la Mixteca alta de Oaxaca. A partir de un análisis de fuentes
etnohistóricas, de la tradición oral y de observaciones de campo, el autor propone una explicación
del paisaje sagrado y demuestra cómo la toponimia constituye una herramienta clave para
comprender la cosmovisión antigua.
En el índice toponímico se han registrado prioritariamente los topónimos de todos los
trabajos aquí incluidos, incluyendo parajes, accidentes geográficos y variantes en la escritura de los
mismos topónimos; se han excluido los nombres de los estados o regiones que hacen referencia en
forma amplia o ambigua a un territorio.
Los editores de esta publicación queremos destacar el esfuerzo colectivo de todos y cada
uno de los participantes, tanto en el coloquio de junio de 2015, como en la presente labor
editorial, de manera que la suma de esfuerzos institucionales e individuales han permitido llevar a
buen puerto el objetivo trazado desde su inicio. También queremos agradecer al CIGA-UNAM,
campus Morelia, al CIESAS, a los numerosos dictaminadores anónimos que atendieron nuestras
peticiones sin restricciones, a los profesores y colegas que apoyaron en todo momento el evento
académico, a Daniel Ortíz por su colaboración en la revisión del índice toponímico, y
especialmente a Francisco Tapia, editor del CIGA, por su imprescindible y eficiente labor
editorial. A todos, reiteramos nuestro amplio agradecimiento.

Carlos Paredes Martínez y Karine Lefebvre


Morelia, Michocán

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La memoria de los nombres

Bibliografía

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UNAM: IIH, México.
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Villegas Molina María Elena, Rosa Brambila Paz y Juan Carlos Saint-Charles Zetina (2015)
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DATOS DE AUTORES

Ramón Becerra Guevara. Ingeniero Agrícola por la UNAM, Jefe del Departamento de
Georreferenciación de Rasgos Rurales en el INEGI, ha participado en la elaboración de
documentos metodológicos para la clasificación en campo de los elementos geográficos de la
cartografía topográfica en sus diferentes escalas, así como en el Diccionario de Datos Topográficos
escala 1:20 000 y en documentos normativos sobre la captación de nombres geográficos.
ramón.becerra@inegi.org.mx

Rosa Brambila Paz. Investigadora del INAH desde 1973, hasta 1985 se desempeñó como
curadora de las colecciones de Teotihuacán del Museo Nacional de Antropología, actualmente es
profesora investigadora de la Dirección de Etnohistoria de INAH en donde desarrolla el proyecto
“La provincia tributaria de Jilotepec”. Sus investigaciones están enfocadas desde el punto de vista
de la territorialidad de los grupos sociales. rmbrambilap@gmail.com

Flor Yenin Cerón Rojas. Etnohistoriadora egresada de la ENAH y pasante de maestría en


Estudios Mesoamericanos por la UNAM, actualmente investigadora independiente dedicada al
estudio de la etnohistoria, iconografía y escritura prehispánica y tradición oral de los estados de
Guerrero y México. Ha impartido el curso Historia y Cultura del Estado de Guerrero I y II en el
departamento de Educación Continua de la ENAH y es promotora de la divulgación de la
antropología e historia del país para todo público. azoyu1028@yahoo.com.mx

Beatriz Cervantes Jáuregui. Maestra en historia y profesora de investigación científica en el


Centro INAH Guanajuato. Actualmente su trabajo académico se desarrolla en torno a la historia
otomí en la región y el vínculo entre otomíes y franciscanos, durante el
virreinato. bcervantes45@hotmail.com

Constantino Cortés de León. Enlace de servicios del Departamento de Georreferenciación de


Rasgos Rurales de la Subdirección de Georreferenciación de Rasgos en el INEGI. Ha participado
en actividades geográficas desde el 1998 y en particular en la generación de documentos
metodológicos para la clasificación en campo de los elementos geográficos para la Carta
Topográfica escala 1:20 000 desde el 2004, así como en documentos normativos sobre la captación
de nombres geográficos. constantino.cortes@inegi.org.mx

Alma Rosa Espinosa Ruiz. Arqueóloga egresada de la ENAH con Maestría en Estudios
Mesoamericanos. Actualmente cursa el Doctorado en Arqueología Mesoamericana. Ha
participado en diversos proyectos arqueológicos del INAH en la zona de la Huaxteca así como en
el campo de la Etnohistoria. Posgrado de Estudios Mesoamericanos, FFyL, UNAM.
almarosaespinosa@gmail.com

19
La memoria de los nombres

Juan Gallardo Ruiz. Licenciado en Antropología Social por la UAM-Iztapalapa, Maestro en


etnología por el Colegio de Michoacán y Doctor en Ciencias Sociales por el Colegio de
Michoacán. Sus principales líneas de investigación son la Antropología Médica en sociedades
indígenas de México; la Cosmovisión y concepto de persona en pueblos p'urhépecha; el
Nahualismo y Chamanismo en pueblos p'urhépecha; y Etnoecología y patrimonio biocultural en
sociedades indígenas de Michoacán. Adscrito al INAH, Centro Regional Michoacán.
sikuame@hotmail.com

Agustín García Márquez. Historiador egresado de la Universidad Veracruzana, realizó la maestría


y el doctorado en Estudios Mesoamericanos en la UNAM. Actualmente se desempeña como
profesor en la Universidad Pedagógica Nacional y es articulista del diario El Mundo de Orizaba.
Su línea de investigación está centrada en la historia de la población indígena veracruzana. Entre
su obra destacan Los aztecas en el centro de Veracruz (UNAM, 2005), entre otros artículos en
revistas y capítulos de libros. garciamarquezmeb@gmail.com

Cristina García Pura. Licenciada en Historia con especialidad en Arqueología por la Universidad
Autónoma de Madrid, Doctora en Antropología por la Universidad de Granada, España. 17 años
de experiencia en trabajo arqueológico, ha colaborado en la publicación de varios libros y tiene
como primera autora varías publicaciones de artículos de investigación en revista de impacto.
Especialista en bioarqueología. cgpura@gmail.com

Gabriela García Salido. Doctora en Lingüística por la Universidad de Texas en Austin, y


actualmente es Profesora de Tiempo Completo “Asociado C” en el Centro de Estudios
Antropológicos en la UNAM. Es miembro del SNI y sus líneas de investigación son: Estudio de
Lenguas Indígenas, Estudio Comparativo de Lenguas, y Documentación lingüística. Entre sus
áreas de trabajo se encuentran: Morfosintaxis, Sintaxis, Tipología, y Gramaticalización.
ggsalido@politicas.unam.mx

Fernando González Dávila. Maestro en Historia por la UNAM, Profesor Investigador en el


Centro INAH Querétaro, Profesor-Investigador en la Escuela Nacional de Conservación,
Restauración y Museografía (ENCRYM), Profesor titular asignatura en el Colegio de Historia de
la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. fergonza333@hotmail.com,
fgonzalez.encrym@inah.gob.mx

Susana Gómez Serafín. Licenciaa en Arqueología por la ENAH, Maestra en Geografía por la
UNAM y Doctora en Prehistoria y Antropología por la ENAH. Su actual línea de investigación
se enfoca en la definición de la territorialidad prehispánica y su posible contrastación o diferencia
con las tierras de los pueblos de indios y el devenir histórico que estos tuvieron a lo largo del
virreinato. Centro INAH Morelos. xonaxi8@gmail.com

20
Datos de autores

Elia Rocío Hernández Andón. Doctora en Estudios Mesoamericanos, UNAM. Investigación y


docencia en instituciones como la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Sociedad
Mexicana de Geografía y Estadística, CIESAS, ENAH, INAH, ILCE, Consejo de la Crónica de la
CDMx. Docencia en historia, antropología y lengua nahuatl. Líneas de investigación: historia
indígena, el glifo del agua, códices y cartografía histórica e hidráulica, lengua indígena y
documentación colonial. Escuela Nacional de Antropología e Historia. thulip10@yahoo.com.mx

Michael Herbert Knapp. Estudió la licenciatura en lingüística en la Escuela Nacional de


Antropología e Historia y el posgrado en El Colegio de México. Ha publicado Fonología segmental
y léxica del mazahua (INAH, 2008), y Doctrina y enseñanza en la lengua mazahua. Estudio
filológico y edición interlineal del texto bilingüe de Nájera Yanguas (INALI, 2013), además de
varios artículos sobre aspectos de la descripción lingüística del mazahua. Trabaja como profesor-
investigador en la Dirección Lingüística del INAH, y ha recibido en dos ocasiones el premio
Wigberto Jiménez Moreno (1996, 2011) a la mejor tesis de lingüística. miheknari@hotmail.com

Karine Lefebvre. Doctora en Arqueología por la Universidad Paris 1 Panthèon-Sorbonne,


Francia. Investigadora del CIGA, UNAM. Colabora como docente en la ENES, campus Morelia.
Sus principales líneas de investigación son el estudio del territorio, del patrón de asentamiento y
del patrón agropecuario, la reconstrucción de las formas del paisaje, el cambio de uso de suelo en
una perspectiva histórica. Este acercamiento se realiza a través de la arqueogeografía y de la
geohistoria. karine.lefebvre07@gmail.com

María Eugenia Maldonado Vite. Maestra en Arqueología por la ENAH en la línea de


investigación Arqueología de Veracruz. Doctora en arqueología por la ENAH en la línea de
investigación sociedades Complejas y Profesora investigadora adscrita al Centro INAH Veracruz.
Ha trabajado principalmente en proyectos de salvamento arqueológico en obras de
infraestructura. Entre las temáticas de investigación más abordadas están el Posclásico en
Veracruz, unidades habitacionales y arqueología de la Huasteca. maldonadovite@hotmail.com

Marta Martín Gabaldón. Licenciada y Maestra en Historia por la Universidad Complutense de


Madrid, además Maestra en Antropología Social por CIESAS. Actualmente concluye sus estudios
de doctorado en Antropología en CIESAS-DF. Se ha especializado en la etnohistoria novohispana
de los siglos XVI y XVII, con especial atención a la región mixteca de Oaxaca y a la configuración
político-territorial del espacio. Uno de sus intereses metodológicos consiste en el estudio de
pictografías, lienzos, mapas y códices de tradición indígena. martamargab@gmail.com

Martha C. Muntzel. Investigadora de la Dirección de Lingüística del INAH. Sus líneas de


investigación son el estudio de las lenguas otopames, el pjyɇkakjo (tlahuica) en particular. Se dedica
a la descripción lingüística y a la lingüística aplicada al campo de la educación, al estudio de la
relación entre lengua, cultura y medioambiente, y está especializada en el desplazamiento y la
revitalización de lenguas. mmuntzel@hotmail.com

21
La memoria de los nombres

Enriqueta M. Olguín. Arqueóloga egresada de la ENAH, maestra en Historia de México y


Doctora en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigadora y docente del Instituto de
Artes de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Actualmente desarrolla tres proyectos
sobre Arqueología del estado de Hidalgo y uno sobre el Galeón de
Acapulco. kikiolguin@hotmail.com

Carlos Salvador Paredes Martínez. Doctor en historia por la UNAM. Investigador del CIESAS,
miembro de la Academia Mexicana de Ciencias y del Sistema Nacional de Investigadores. Se ha
especializado en temas de etnohistoria colonial y del período prehispánico en Michoacán y Puebla.
casapama@gmail.com

Marcelo Ramírez Ruíz. Licenciado en Geografía, Maestro en Estudios Regionales y Doctor en


Historia. Profesor Titular en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Sus líneas de
investigación son: el pueblo de indios novohispano; la Geografía histórica y cultural de la Mixteca
Alta; la Cartografía jesuítica novohispana; y la Cartografía histórica del Nuevo Mundo.
maramru52@gmail.com

Antonio Reyes Valdez. Doctor en Antropología Social y Estudios Amerindios por la Universidad
de St. Andrews. Investigador de tiempo completo del INAH Durango. Desde 1998 realiza trabajo
de campo en la región de los tepehuanos del sur de Durango, sobre los que ha realizado diversas
investigaciones en los temas de ritual, cosmovisión, mitología, arte y organización social, así como
en el campo de la antropología lingüística. odam_areyes@yahoo.com.mx

Susana Rodríguez Ramos. Licenciada en Geografía por la UNAM, Subdirectora de


Georreferenciación de Rasgos en el INEGI, representa a México en el Grupo de Expertos de las
Naciones Unidas en Nombres Geográficos, siendo desde 2007 Presidente de la División de
América Latina, en el INEGI coordina los trabajos de captación de nombres geográficos en campo
para la información topográfica en sus diferentes escalas. susana.ramos@inegi.org.mx

Felipe de Jesús Sarabia Salmerón. Estudiante en la Licenciatura de Arqueología en la Universidad


Autónoma de Zacatecas. Ha colaborado en diversos proyectos de investigación arqueológica así
como en la promoción y protección del Patrimonio Cultural e Histórico. Su más grande interés
son las tradiciones orales indígenas, la mitología antigua y el paisaje prehispánico regional del
Occidente y Norte de México. Antibala666@gmail.com

Osvaldo José Sterpone. Licenciado en la ENAH, y en proceso de titulación en la Maestría del IIA,
FFyL de la UNAM. Profesor Titular C en el INAH Centro Hidalgo, actualmente es miembro del
Consejo de Arqueología. Temas de interés y académicos desarrollados: Arqueología del paisaje.
Estudios arqueológicos sobre la organización político territorial mesoamericana. Teoría
arqueológica estratigráfica. osvaldo_sterpone@inah.gob.mx.

22
Datos de autores

José Manuel Torres Cabral. Licenciado en Urbanismo por la UAA, Enlace de operaciones del
Departamento de Georreferenciación de Rasgos Rurales en el INEGI, ha participado en la
elaboración de documentos metodológicos para la clasificación en campo de los elementos
geográficos de la Carta topográfica en las escalas 1:250 000, 1:50 000 y 1:20 000, así como en
documentos normativos sobre la captación de nombres geográficos para la información
topográfica. manuel.torres@inegi.org.mx

Martha Graciela Vaca García. Ingeniero Agrícola por la UNAM. Enlace Supervisor en el
Departamento de Georreferenciación de Rasgos Rurales de la Subdirección de Georreferenciación
de Rasgos en el INEGI. Ha participado en la elaboración de documentos metodológicos para la
clasificación en campo de los elementos geográficos de la carta topográfica en las escalas 1:250 000,
1:50 000 y 1:20 000, así como en documentos normativos sobre la captación de nombres
geográficos. martha.vaca@inegi.gob.mx

María Elena Villegas Molina. Investigadora del INAH. Egresada de la Universidad Autónoma de
Querétaro con estudios de posgrado en Lingüística. Colaboró como docente en la Universidad
Autónoma de Querétaro, Facultad de Lenguas y Letras. Es autora de diversos artículos y ha
participado en publicaciones como coordinadora y editora. mevillegas@hotmail.com

Lorraine A. Williams-Beck. Licenciada en Humanidades y Maestra en Estudios


Interdisciplinarios por la Oregon State University, y Doctora por el Instituto de Investigaciones
Antropológicas de la UNAM. Sus proyectos destacan la caracterización e identificación de
espacios naturales y culturalmente modificados; en la toponimia aplicado a estudios regionales; en
estrategias y prácticas de organización social y comunitaria maya; en el manejo integral sustentable
del patrimonio mueble e inmueble. Actualmente es Profesora Investigadora Titular C de Tiempo
Completo del Área Patrimonio y Desarrollo Sustentable del Centro de Investigaciones Históricas
y Sociales de la Universidad Autónoma de Campeche. lorrainewilliamsbeck@hotmail.com

23
ABREVIATURAS MÁS USADAS

AGN: Archivo General de la Nación


AGI: Archivo General de Indias
CIESAS: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social
ENAH: Escuela Nacional de Antropología e Historia
INAH: Instituto Nacional de Antropología e Historia
DE: Dirección de Etnohistoria
DEA: Dirección de Estudios Arqueológicos
DL: Dirección de Lingüística
INALI: Instituto Nacional de Lenguas Indígenas
INEGI: Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática
SIN: Sistema Nacional de Investigadores
UAZ: Universidad Autónoma de Zacatecas
UMSNH: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo
FH: Facultad de Historia
UNAM: Universidad Nacional Autónoma de México
CEA: Centro de Estudios Antropológicos
CIGA: Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental
ENES: Escuela Nacional de Estudios Superiores
FCPyS: Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
FFyL: Facultad de Filosofía y Letras
IIA: Instituto de Investigaciones Antropológicas

25
I

Normatividad y motivación en la
denominación de los lugares
NORMATIVIDAD Y METODOLOGÍA APLICADA EN LA CAPTACIÓN DE
NOMBRES GEOGRÁFICOS EN LAS ACTIVIDADES DE CLASIFICACIÓN EN CAMPO
QUE SE REALIZA EN EL INEGI

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)

Resumen

La creación y movimiento de los centros de población, la construcción de obras de infraestructura


y la dotación de nuevos servicios a las localidades, hacen que los nombres de éstas y de los rasgos
que conforman su entorno sean dinámicos. En este contexto, surge la necesidad de llevar a cabo la
recopilación de los nombres geográficos en forma permanente, a través de la actividad de
clasificación en campo, con el fin de registrar las modificaciones en la denominación de los
elementos geográficos que presentan cambios e incorporar los nombres de todos aquellos que
aparecerán por primera vez en la cartografía que genera el INEGI.

Abstract

The creation and movement of population centers, the construction of infrastructure and the
provision of new services to the localities, make the names of these and of the traits that make up
its environment to be dynamic. In this context, there is a need to carry out the collection of
geographical names on a permanent way through the activity of classification in field in order to
register the modifications in the designation of the geographical elements that have changes and
incorporating the names of all those who will appear for the first time in mapping generated by
the INEGI.

29
INEGI

Introducción

El hombre, en el desarrollo de sus actividades cotidianas de índole económico, social o cultural, se ve


en la necesidad de identificar con nombres propios los accidentes geográficos que lo rodean, y de esta
manera surgen los nombres geográficos, es decir, del mismo modo que a las personas se les asigna un
nombre para diferenciarlas entre sí, a los accidentes geográficos se les asigna un nombre específico que
permite identificarlos del resto de elementos de su mismo tipo, de manera que un nombre geográfico
debe ser considerado como un nombre propio con el que se designa a un objeto geográfico particular.
Los nombres geográficos son dinámicos como la vida misma; la sociedad los crea, los
transforma, los evalúa, los adopta y los olvida. Este proceso trae situaciones complicadas y problemas
que se deben resolver para prevenir posibles confusiones o contradicciones.
Hoy en día no se concibe el desarrollo de la vida moderna, las relaciones humanas, el
intercambio sociocultural o económico entre las diferentes naciones, sin los nombres geográficos. A
diario vemos o escuchamos la designación de los más diversos objetos geográficos de nuestro planeta
en periódicos y revistas, en la radio y la televisión, en los libros de texto, en Internet; de igual manera,
los nombres en la cartografía constituyen un elemento básico de su contenido, debido a que el valor
del mapa como fuente de datos depende, en gran medida, del cuidado con que los nombres
geográficos han sido recopilados y registrados en la misma.
La creación y movimiento de los centros de población, la construcción de obras de
infraestructura y la dotación de nuevos servicios a las localidades, hacen que los nombres de éstas y
de los rasgos que conforman su entorno sean dinámicos. En este contexto, surge la necesidad de
recopilar y actualizar los nombres geográficos en forma permanente a fin de registrar las
modificaciones en la denominación de los elementos geográficos que presentan cambios e
incorporar los nombres de todos aquellos que aparecen por primera vez en la cartografía.
En la Dirección General de Geografía y Medio Ambiente (DGGyMA), la captación de los
nombres geográficos en campo tiene una tradición que data desde la década de 1970. Las
actividades inherentes a la recopilación y actualización de nombres geográficos se contemplan en
el proceso de clasificación en campo que se lleva a cabo con el objetivo de mantener vigente la
información de las diferentes series de la cartografía topográfica que produce el INEGI.

30
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

Para alcanzar este fin, el INEGI se ha dado a la tarea de capacitar constantemente al


personal participante en esta actividad en temas como: cartografía, fotografía aérea, marco
geoestadístico, toponimia, geodesia, así como en el uso y manejo de equipo GPS, entre otros. De
estos temas, la toponimia, de la cual forman parte los nombres geográficos, es uno de los temas más
importantes debido a que a través de ésta se puede relacionar, identificar, ubicar y reconocer
elementos geográficos representados en las cartas topográficas y a los cuales se les ha asignado un
nombre.
Por lo anterior, en el presente documento se describe la forma en la que el INEGI, a través
de la DGGyMA, efectúa la recopilación y actualización de los nombres geográficos con la
finalidad, en primera instancia, de dotar de información para la generación de la cartografía
topográfica que produce el Instituto, así como las acciones que se están implementando para
homogeneizar al interior del mismo la utilización de las normas y procedimientos para la
recopilación, actualización y uso de los nombres geográficos.

Los nombres geográficos en el esquema de las actividades de clasificación en campo

El trabajo de campo es la acción de identificar y ordenar elementos geográficos en clases


predeterminadas de acuerdo a sus rasgos y características individuales, a través de un trabajo de
compilación y visitas de campo.
El objetivo de la clasificación en campo es identificar y ubicar las entidades geográficas con
sus atributos (entre los que se encuentran los nombres geográficos) y características
predeterminadas para su representación en la cartografía topográfica.
Por lo anterior, tenemos que dentro del proceso de generación de la cartografía
topográfica, la clasificación en campo ocupa un lugar de relevancia, considerando que al realizar
esta actividad obtendremos información actualizada, vigente y confiable, debido a que es en esta
etapa cuando se tiene la oportunidad de corroborar a través de visitas directas en campo o por
investigación en gabinete, la denominación que las autoridades y particulares han dado a todos los
elementos geográficos que son objeto por parte del Instituto de ser representados en la cartografía
topográfica.

31
INEGI

La clasificación en campo reviste especial importancia el que los nombres geográficos que
se verifican al realizar esta actividad cumplan con una serie de requisitos relacionados con su
denominación, escritura y sobre todo asignación correcta a los elementos geográficos que se tienen
en la realidad, dado que esta información, al aparecer en la cartografía topográfica que produce el
Instituto, tendrá una distribución para conocimiento del público en general a nivel nacional, lo
cual le da un carácter oficial y en muchos casos permanente.

Esquema de trabajo implementado para la captación de los nombres geográficos

Actualmente, el proceso para la captación y actualización de los nombres geográficos como parte
de las actividades de clasificación en campo, se realiza en un esquema descentralizado, el cual
involucra a los tres niveles operativos del Instituto: Oficinas Centrales, Direcciones Regionales y
Coordinaciones Estatales. Las funciones sustantivas que realizan cada una de las áreas son:

Oficinas Centrales. Elabora y define la metodología, la normatividad y el programa de trabajo

anual que aplicarán las áreas regionales y estatales en las actividades de clasificación en campo,
además proporciona a estas áreas los insumos cartográficos que requieren para efectuar su trabajo
de campo.
Es un sólo grupo que tiene su sede en la ciudad de Aguascalientes y está conformado por 10
personas.

Direcciones Regionales. El personal de las áreas regionales asesora y supervisa en una primera

instancia las actividades de clasificación en campo que realiza el personal de las coordinaciones
estatales, y de igual forma, se encarga de revisar y validar que la información generada por estas
áreas, producto de la clasificación en campo, cumpla con la metodología y normatividad
establecidas. Son 10 grupos que tienen su sede en los estados de Sonora, Durango, Nuevo León,
Jalisco, San Luis Potosí, Estado de México, Puebla, Oaxaca, Yucatán y el Distrito Federal, y están
conformados por 32 personas distribuidas en las 10 Entidades señaladas.

32
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

Coordinaciones Estatales. Son las encargadas de efectuar directamente la clasificación en campo de

las áreas que se les asignan para trabajar. Entre sus actividades está la captación y verificación de los
nombres geográficos en campo. Se tiene una representación en cada una de las entidades
federativas del país, es decir, se tienen 32 grupos integrados por 148 personas distribuidas en los 32
estados.

Captación de nombres geográficos durante el proceso de clasificación en campo

Las actividades que se realizan para la captación de nombres geográficos en campo se dividen
básicamente en actividades previas y actividades de compilación.
Las actividades previas tienen como objetivo dar al personal que participa en la
recopilación de campo, un tiempo específico para planear las diversas actividades que realizarán,
para efectuar su programación lo más adecuadamente posible y optimizar sus recursos.
Por su parte, en las actividades de compilación se inicia prácticamente la recopilación y
revisión de los nombres geográficos, debido a que es aquí donde se ubican, identifican y clasifican
los nombres que se tienen registrados en diversos materiales cartográficos. Estos materiales se
utilizan como insumos para las actividades de clasificación con la finalidad de iniciar el proceso de
verificación en campo de los nombres que así lo requieran, así como la detección de posibles
elementos geográficos que sean objeto de incorporación a la cartografía topográfica del país y
tengan un nombre asignado. Estos trabajos se realizan tomando como base la normatividad para la
recopilación de nombres geográficos, de la cual se hará mención posteriormente.
Los principales materiales cartográficos que se utilizan en esta etapa son las imágenes de
satélite (impresas o en formato digital), planos de localidades urbanas (impresas o en formato
digital), cartas topográficas a escala 1:50 000 (impresas o en formato digital), planos de localidad
rural, y listado de localidades.
Resultado de la etapa de compilación se obtienen nombres que por su antigüedad,
importancia y reconocimiento aún son vigentes y que no es necesario verificar en campo, así como
otros que debido a que presentan diferencias en los diversos materiales es prioritaria su
verificación en campo, además de aquellos elementos geográficos que aparecen en las imágenes de

33
INEGI

satélite y que es necesario investigar en campo si cuentan con nombre. Cabe señalar que todas
estas situaciones se documentan en un registro individual de cada elemento, además de señalarlas
en los materiales cartográficos y en las imágenes de satélite.
Las actividades de campo constituyen la parte fundamental del proceso, dado que es en
esta etapa donde se verifica en forma directa, a través de una investigación con los habitantes de la
zona así como con las autoridades locales, la veracidad, el arraigo, las variantes, la estructura, el área
de influencia, y en algunos casos, el origen y significado de los nombres, registrando además todos
aquellos cambios o modificaciones que los afecten; así mismo, se incorporan los nombres de todos
los elementos geográficos que se consideren de nueva creación.
En esta etapa es fundamental obtener la información de personas que sean originarios y/o
conocedores de la zona que se está trabajando, o de informantes claves tales como maestros,
sacerdotes, agentes municipales o comisariados ejidales, así como utilizar el apoyo de guías o
traductores, todo esto utilizando técnicas de entrevista que nos lleven a obtener información
fidedigna y sin inducir a los informantes a que proporcionen datos que no estén plenamente
fundamentados. El resultado del trabajo de campo se plasma en formatos individuales de cada
elemento y en las imágenes de satélite, esto con la finalidad de que en la siguiente etapa se trabaje
sobre ellos.

Actividades de Gabinete Posteriores a Campo

En las actividades de gabinete posteriores a campo se valida que la información recopilada cumpla
con las normas establecidas, además de revisar que los datos captados correspondan con los
elementos a los que se asignaron; se verifica su ortografía y que estén completos sus datos o que no
estén duplicados. Una vez concluida la validación, se procede a capturar la información contenida
en los registros de cada elemento con la finalidad de obtener un archivo digital que se utilizará en
procesos posteriores.

34
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

Captación de nombres geográficos en el proceso de clasificación en campo

Planear las diversas actividades que permitan realizar


una programación adecuada

- Carta topográfica Esc. 1:50 000


- Planos de localidad rural
Obtener los insumos necesarios para la recopilación
- Listado de localidades
de los nombres geográficos
- Imágenes de satélite
- Planos de localidad urbana

- Elementos geográficos con nombres


vigentes
Revisar y clasificar los nombres que se tienen
- Elementos geográficos con
registrados en los diversos materiales cartográficos
inconsistencias en su información
- Elementos de nueva creación.

Ubicar los elementos clasificados en las imágenes de


satélite

- Ratificación de nombres geográficos


Verificar a través de una investigación de campo la
- Alta de nombres geográficos
existencia de los nombres geográficos
- baja de nombres geográficos

Incorporar los nombres geográficos de los elementos


dados de alta en las imágenes de satélite y elaborar Alta de nombres geográficos
su registro respectivo

Validar que la información captada en campo cumpla


con las normas básicas vigentes

Capturar la información contenida en los registros de - Archivo digital con información de


cada elemento, con la finalidad de obtener un archivo elementos geográficos con nombre
digital que corresponda con la información contenida - Imágenes de Satélite con la ubicación
en las Imágenes de Satélite de elementos geográficos con nombre

Normatividad para la recopilación de nombres geográficos

Inicialmente la información relativa a la normatividad y especificaciones metodológicas para la


captación de los nombres geográficos se había presentando como parte del Manual de campo para

la clasificación en campo de la carta topográfica escala 1:20 000, pero con la finalidad de que el

personal técnico que participa en esta actividad contara con mejores herramientas para realizar las

35
INEGI

labores de captación y actualización de los nombres geográficos, que los lleve en la medida de sus
posibilidades y capacidades a contar con una mayor especialización en este tema, se elaboró un
documento específico para el tema de nombres geográficos denominado Normas, criterios y

lineamientos para la captación de Nombres Geográficos en las actividades de Clasificación en Campo

de la carta topográfica 1:20 000, el cual tiene una aplicación obligatoria en las actividades de

clasificación en campo que realiza el personal de las áreas regionales y estatales. Con la aplicación
de lo señalado en este documento se perseguía el objetivo de tener un mayor detalle en lo relativo a
la definición de normas, criterios y lineamientos en lo concerniente al tema de nombres
geográficos, además de que el personal de campo se fuera formando un criterio más homogéneo y
completo a nivel nacional, que se vea reflejado en la calidad de la información que se genera.
Los temas que se exponen en este documento son:

• Conceptos de toponimia
• Normas generales para la captación del nombre propio
• Estructura de los nombres geográficos
• Ortografía de las palabras que forman los nombres geográficos
• Nombres geográficos oficiales
• Nombres geográficos no oficializados
• Nombres personales
• Nombres indígenas
• Normas generales para la captación del nombre conocido
• Elemento geográfico localidad
• Elemento geográfico vialidad
• Lineamientos específicos para vialidades

Algunas de las principales normas que se indican en este documento señalan lo siguiente:

• Los nombres de los elementos se escribirán en letras mayúsculas y minúsculas.


• Todos los nombres geográficos contarán con una representación escrita que permita su
correcta pronunciación.

36
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

• En la escritura de los nombres se deberán incluir artículos, preposiciones y términos


genéricos cuando éstos formen parte del nombre.
• Los nombres geográficos presentarán un uso adecuado del género y número.
• En la escritura de los nombres geográficos se realizará una adecuada aplicación de las
contracciones.
• Se respetará la escritura de los nombres que no están apegados a las reglas del idioma
español, pero que por su origen y significado son correctos.
• Se mantendrán invariables los apellidos en nombres de elementos que hagan referencia a
miembros de una misma familia, o bien, a un conjunto de individuos que tienen el mismo
apellido.
• En los casos en que los elementos geográficos no cuenten con nombre o no se tenga una
certeza sobre el mismo, se indicará la ausencia de dato con la palabra Ninguno.
• Se permitirá la inclusión de números ordinales, cardinales y romanos cuando se determine,
a través de una investigación en campo, que forman parte del nombre; en estos casos se
aceptarán como se reconozcan localmente, en su forma numérica o textual.

Actividades realizadas por el INEGI relacionadas con los nombres geográficos

Generación de Productos Cartográficos como:

• Nomenclátor de las 32 entidades del País.


• Catálogo de claves de entidades federativas, municipios y localidades.
• Archivo histórico de localidades.
• Bases de datos con la información alfanumérica de la cartografía topográfica.
• Registro de nombres geográficos.

Participación en Reuniones como:

• Asistencia y participación en foros, congresos y reuniones de trabajo a nivel nacional con


especialistas en la materia.
• Representar a México en reuniones internacionales de nombres geográficos.
• Formar parte en diversas ocasiones del Grupo de Expertos de las Naciones Unidas en
nombres geográficos.

37
INEGI

Generación de Documentos Técnicos como:

• Elaboración de diccionarios de datos toponímicos (alfanuméricos) para la cartografía


topográfica en sus diferentes escalas.
• Metodologías relativas a la creación, recopilación y normalización de los nombres
geográficos (Manual para la Clasificación en Campo de la Carta Topográfica, Normas,
Criterios y Lineamientos para la captación de Nombres Geográficos).
• Elaboración de propuestas de normas técnicas y acuerdos (Catálogo de Términos Genéricos
de las Formas del Relieve Submarino, Registro de Nombres Geográficos Continentales e
Insulares con fines Estadísticos y Geográficos).

Convenios Interinstitucionales:

• Con el Servicio de Administración Tributaria (SAT), el Instituto Federal Electoral (IFE)


y Correos de México, en el sentido de generar un marco geográfico interinstitucional, en el
cual los nombres geográficos forman parte fundamental del mismo.

Elementos geográficos a los que se les capta su nombre en campo

Actualmente se captan en campo el nombre de 167 elementos geográficos, los cuales


corresponden a las siguientes clases:

Rasgos Orográficos Servicios e Instalaciones Formas del Relieve Submarino


Rasgos Hidrográficos Localidades Formas Litorales
Áreas de Referencia

38
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

La lista de elementos geográficos a los cuales se les capta su nombre

A C F M Q
Acueducto Cuchilla Falda Malecón Quebrada
Abismo o Sima Cueva Filo Manantial R
Acantilado o Cantil Cumbre Fondeadero Manglar Reclusorio
Acuario Caleta Fundidora Marisma Refinería
Casa de Repetidora de
Aeropuerto G Médano
la Cultura Fibra Óptica
Albufera Cascada Galgódromo Mercado Rinconada
Almacenes de
Caseta de Peaje Glorieta Mesa Río
Depósito
Antena de
Microondas de Caverna Grieta Meseta Risco
Telefonía
Antena de Radio Cayo Gruta Mina Roca
Antena de Mirador Rompeolas
Ceja H
Televisión Turístico o Escollera
Antena Terrestre de Monte o
Cementerio Hipódromo S
Telecomunicaciones Montaña
Hospital o Monumento u
Archipiélago Cenote Salina
Centro Médico Obelisco
Central de Hoya o
Arenal Muelle Selva
Autobuses Depresión
Central de
Arrecife I Museo Serranía
Bomberos
Central de
Arroyo Invernadero O Sierra
Policía
Centro Observatorio Sitio
Aserradero Isla
Comercial Astronómico Arqueológico
Centro de
Auditorio Islote P Sitio Histórico
Abasto
Centro de
Autódromo Istmo Pantano T
Investigación
Centro de
B J Parque Teatro
Rehabilitación
Centro
Bahía Jardín Península Templo
Vacacional
Peña o Peñasco Terreno Sujeto
Bajío Cerro Jardín Botánico
o Peñón a Inundación
Clínica o Centro Torre
Bajo L Picacho
de Salud de Microondas
Balneario Cordón Ladera o Cuesta Pico Túnel

39
INEGI

Pintura
Barra Cráter Lago V
Rupestre
Barranca D Laguna Pirámide Valle
Boca o Ría o Lienzo Planta
Dolina Varadero
Estuario Charro Automotriz
Bocana Dunas Localidad Planta Azufrera Vaso
Planta
Bolsón E Loma Velódromo
Cementera
Planta
Boquerón Ensenada Lugar Tratamiento Z
de Agua
Planta Zona
Bordo Escollo LL
Eoloeléctrica Arqueológica
Planta Zona de
Bosque Escuela Llano
Geotérmica Campamento
Estación de Planta
Llanura Zona Industrial
Ferrocarril Hidroeléctrica
Estación de Tren Planta
Zoológico
Metropolitano Nucleoeléctrica
Planta
Estadio
Petroquímica
Planta
Estero
Potabilizadora
Planta
Termoeléctrica
Playa
Plaza de Toros
Plaza o
Explanada
Poza
Planta
Automotriz
Planta Azufrera
Planta
Cementera
Planta
Tratamiento
de Agua

40
Normatividad y metodología aplicada en la captación de nombres geográficos

Fuentes

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) (2013) Diccionario de datos topográficos


escala 1: 20 000, México.
-------- (2014) Normas, criterios y lineamientos para la captación de nombres geográficos en las
actividades de clasificación en campo de la carta topográfica 1: 20 000, México.
-------- (2015) Manual para la clasificación en campo de la carta topográfica escala 1: 20 000,
México.

41
TOPONIMIA PURÉPECHA. DEL CARÁCTER PLURILINGÜE
Y DEL CÓMO DENOMINABAN A LOS PUEBLOS EN EL MICHOACÁN PREHISPÁNICO

Carlos Paredes Martínez *

Resumen

En este trabajo se señalan algunos de los problemas metodológicos más importantes para el
estudio de la toponimia en Michoacán. Enfoco el estudio en la época prehispánica, abordando dos
temas centrales: el carácter plurilingüe desde tiempos muy remotos y que se refleja de algún modo
en la toponimia existente, y en segundo lugar la política de denominación de los pueblos que
llevaron a cabo los uacúsecha, el grupo dominante en la última etapa del posclásico en Michoacán,

a partir de un breve pasaje de la Relación de Michoacán en el que se refiere a este tema. Especial

atención se dedica a la toponimia del Oriente de Michoacán.

Abstract

This work highlights some of the most important methodological issues in the study of the
toponymy in Michoacán. It focuses on the study of the pre-hispanic era, presenting two main
topics: the multilingual character of ancient times reflected in the current toponymy, and
secondly, the politics involved in the designation of the towns implemented by the uacúsecha –the

dominant group during the late postclassic era in Michoacán- based on a short passage of the
“Relación de Michoacán” which refers to this topic. We are specially focusing the toponymy in

western Michoacán.

*
CIESAS, casapama@gmail.com

43
Carlos Paredes Martínez

Introducción

El tema de la toponimia purépecha ha sido recurrentemente trabajado, principalmente a partir de


la lingüística, analizando la semántica de las palabras y su morfología; se ha interpretado el
significado de los nombres y comparado los términos con su equivalente en lengua náhuatl. Los
estudiosos de estos temas en esta lengua cuentan con artes, vocabularios, diccionarios, crónicas
coloniales, así como documentos de gran valor como la visita de Antonio de Carvajal de 1523-
1524 a varias poblaciones de Michoacán, todo lo cual proporciona información de primera mano
para su estudio e interpretación.
No obstante lo anterior, los problemas para su estudio no son sencillos, éstos han sido
señalados en un trabajo reciente de los autores Villavicencio y Nava (2010). Brevemente me
refiero a ellos para después dar entrada al acercamiento que hago y que se trata básicamente desde
un punto de vista etnohistórico, de interpretación de fuentes y de la etapa previa al contacto con
los europeos en el siglo XVI.
En el trabajo de Villavicencio y Nava se hace una revisión historiográfica muy amplia de
los aportes más importantes llevados a cabo en la época colonial, el siglo XIX y el XX. Un punto
central de su análisis plantea lo que “El estudio de la toponimia rebasa el campo de lo meramente
lingüístico y se adentra en dimensiones antropológicas y socioculturales. En un topónimo
convergen diversos factores lingüísticos y extralingüísticos que se tejen de una manera singular en
cada lengua y cultura dando una característica particular a la onomástica propia de cada pueblo”
(Villavicencio y Nava, 2010: 101).
En su análisis sobre la toponimia, estos autores advierten que los sufijos locativos en
purépecha son rho, to, o y ento, sin embargo han señalado que existen excepciones a esta regla, lo

que dificulta su estudio e interpretación, mismo señalamiento que hacía fray Juan Bautista de
Lagunas en el siglo XVI (Lagunas, 1983 [1584]: 181). Otro cuestionamiento que hacen los
autores citados, es el tema de si existe alguna lengua emparentada con el tarasco1 (“tarascana”), que

1
Sobre el uso del término tarasco o purépecha, este último escrito de diferentes maneras, existe una amplia polémica
que no abordaré ahora, aquí se utiliza indistintamente, en razón de que históricamente fue utilizado el término

44
Toponimia purépecha

hubiera dejado algunos topónimos o palabras arcaicas ya en desuso en el siglo XVI, cuando inició
propiamente el registro alfabético de esta lengua. Recordemos la tarasca es una lengua aislada, sin
filiación lingüística con alguna otra lengua; se han hecho estudios comparativos con el quechua en
Sudamérica, con el zuñi del suroeste de Estados Unidos, con el mixe y la familia maya, sin embargo
las comparaciones son muy limitadas y el posible contacto pudo ser sumamente remoto, de
manera que no se tienen conclusiones determinantes a la fecha (Monzón, 1997: 11; Chamoreau,
2009: 297-311).
Dos problemas más advierten Villavicencio y Nava: la forma del registro toponímico ha
sido muy variable desde el contacto con los españoles, que aún hoy en día persisten, de manera que
los interesados en el tema y los propios habitantes de los pueblos y ciudades se encuentran con dos
o más interpretaciones y formas de escribir un solo topónimo; finalmente, el tema de la repetición
de topónimos, tanto en territorio “michoacano” —me refiero al espacio dominado por los
uacúsecha al momento del contacto— como fuera de éste, por la ocupación que llegaron a tener

los hablantes de esta lengua en épocas anteriores al expansionismo uacúsecha (Villavicencio y

Nava, 2010: 104). Estas son sólo algunas ideas planteadas por los autores referidos y que aquí
destaco, en este valioso y bien documentado texto sobre toponimia purépecha.

El multilingüismo en Michoacán

Dos son las ideas centrales que se manejan en este trabajo sobre toponimia purépecha, por una
parte, el tema del carácter plurilingüe de Michoacán desde tiempos muy antiguos en la época
prehispánica; el segundo aspecto es, que como es evidente, en todo ese pasado el factor del cambio
toponímico está presente, porque como en todas las culturas, la imposición de un topónimo a los
asentamientos humanos, es por lo regular una forma de dominio (León-Portilla, 1983: 14;
Guzmán, 2010, 16), de dejar huella al paso del hombre, su cultura y su lengua, como dice el autor
canario:

tarasco, tarascos, durante siglos y sólo hasta entrado el siglo XX comenzó a prevalecer el término purépecha, como
parte de los movimientos de revaloración étnica y lingüística. Véase: Chamoreau, 2009: 21-37; Márquez, 2007.

45
Carlos Paredes Martínez

La toponimia de un territorio, cualquiera que sea, no es un conjunto léxico homogéneo desde el


punto de vista de su formación: en ella pueden detectarse los mismos estratos que se estudian en el
léxico de una lengua histórica. El acto de “bautizar” a la geografía ni se realiza de una única vez ni
los que ponen los nombres son tampoco los mismos. Y en esa diversidad diacrónica y en esa
heterogeneidad nominalizadora quedan plasmados los rasgos que identifican como particular la
toponimia de cualquier lugar (Trapero, 1995: 19).

En este sentido, y contrariamente a lo dicho por Manuel Gamio, la cultura purépecha tuvo
múltiples contactos con un sinnúmero de lenguas y pueblos, decía este autor en 1936: “en regiones
como la tarasca la cultura arcaica existió y se desarrolló aisladamente hasta el siglo XVI” (Véase
Gamio en García, 1974: 8). El territorio de Michoacán está permeado por el paso de múltiples
pueblos, culturas y lenguas que aprovecharon los corredores naturales que atraviesan el territorio,
aun cuando en forma un tanto lateral, es decir, los ríos Lerma o Grande, el Balsas y las costas del
Pacífico. Este escenario ya lo había planteado Wigberto Jiménez Moreno desde 1946 en relación a
la difusión de la lengua nahua en el Occidente de Mesoamérica, y en particular de Michoacán,
donde los pueblos nahuas usaron precisamente esas vías de comunicación (Jiménez, 1948: 217).
Desde el enfoque de la lingüística histórica, investigaciones más recientes también han
planteado el tema de las oleadas migratoria de varias familias lingüísticas en su paso por
Michoacán desde el clásico al posclásico, destacando desde luego la tarasca, la yutoazteca con el
náhuatl como principal representante, y la otopame, que pudo incluir las lenguas otomí, mazahua
y matlatzinca establecidas en el Oriente de Michoacán hacia el 400 d. C. (Manrique, 1988: 27, 34;
2000, 73).
Hoy en día tenemos tan sólo reductos de esos pueblos y unos pocos topónimos aún
presentes en las regiones geográficas donde se establecieron, como nahuas en la costa de
Michoacán, otomíes y mazahuas en el Oriente; el matlatzinca estuvo presente hasta las primeras
décadas del siglo XX a pesar de haber tenido un papel protagónico en buena parte del Oriente de
Michoacán en la última etapa de la época prehispánica y hasta el siglo XVII como mínimo
(Paredes, 2012: 188-225; Pascacio y Paredes, 2014).

46
Toponimia purépecha

Figura 1. Mapa de la toponimia purépecha

Elaboración de Patricia Torres Mejía


Fuente: Environmental Systems Research Institute (ESRI) e INEGI, con información del autor.

Es así como, presencia multilingüe y cambio toponímico en distintas épocas en el Michoacán


prehispánico, marcarían ambos factores una primera consideración de la complejidad en el estudio
de la toponimia en este escenario, enfocadas estas consideraciones a las etapas previas al
expansionismo conquistador uacúsecha de los siglos XIV al XV, al cual me referiré adelante.

Por ahora sólo doy dos ejemplos del carácter multilingüe de dos regiones ciertamente
periféricas de Michoacán, una del siglo XVI y otra del XIX. La primera es la del acucioso visitador
español Lorenzo Lebrón de Quiñones, quién en el año de 1554 durante su visita a Colima y las
costas de Michoacán decía: “hay muy grande diferencia de lenguas, que he encontrado dificultad
para darles a entender lo que V. A. manda […] y en diez leguas de comarca, haber treinta y tres
lenguas diferentes, que unos y otros no se entienden; en muchos pueblos pequeños, hay tres y

47
Carlos Paredes Martínez

cuatro diferentes modos de hablar” (Lebrón, 1988: 31). El segundo ejemplo es el que expone
Manuel Orozco y Berra, quién en su Carta etnográfica de México, publicada en 1864, señalaba que

en el estado de Guerrero ya habían desaparecido para entonces 17 lenguas, subsistiendo sólo el


mexicano, cuitlateca, tlapaneco, mixteco amuchco [sic. por amuzgo] y el tarasco (Orozco y Berra,

1864: 223). Este escenario es al que me refería antes, en el que está incluido la cuenca del río Balsas
en su paso por los actuales estados de Guerrero y Michoacán, desde la parte más alta en la llamada
montaña de Guerrero hasta su desembocadura en las costas del Pacífico, el antiguo Zacatula.

La denominación de los pueblos conquistados

El segundo aspecto que se aborda ahora está basado en una referencia de la Relación de Michoacán,

fuente imprescindible en la etnohistoria del pueblo y la cultura purépecha, redactada entre 1538 y
1541, con informantes de la elite y sacerdotes uacúsecha, en la que no sólo se mencionan múltiples

topónimos y antropónimos, sino además, en un pasaje nos habla brevemente cómo denominaban
a ciertos lugares, de ahí la segunda parte del subtítulo del presente trabajo. Dice textualmente esta
fuente:
Solía esta gente, en su tiempo, cuando los enviaba el cazonci o otro señor, a morar a otra parte, los
que iban llevaban alguna piedra que estaba con su dios o parte dél y donde asentaban punían
nombre del dios que llevaban de sus pueblos y le decían las mismas fábulas y hacían las mismas
fiestas que en sus pueblos propios (Relación de Michoacán, 2000: 423)

Para contextualizar históricamente esta referencia debemos recordar que se trata del último
período del México prehispánico en el posclásico tardío, cuando los grandes imperios como la
Triple Alianza del Valle de México y los uacúsecha emprendieron, desde el siglo XV, sus

respectivos expansionismos, conquistando e imponiendo tributos y servicios guerreros a los


pueblos sojuzgados. Aun cuando en la cita de arriba no se habla específicamente de guerra o
enfrentamientos, debemos tener presente que este tema de las conquistas a través de la guerra va a
permear todo el discurso de esta fuente, al menos desde el ascenso de Tariacuri hacia mediados del
siglo XIV.

48
Toponimia purépecha

Uacus significa águila y forma parte de toda la cosmovisión y religión de los tarascos, en la

que los uaúsecha son el linaje dominante en la última etapa de la época prehispánica y su dirigente

es representante del dios Curicaueri en la tierra. En este sentido, la denominación de un lugar, un

pueblo “donde asentaban”, debe ser entendido en su sentido amplio y contextual como un acto de
imposición y dominio al que “ponían nombre del dios que llevaban de sus pueblos”, es decir, como
lo han establecido los estudiosos de la toponimia, se trata de una “marca de identificación”
(Ullmann, 1965: 83, 87; Guzmán, 1987: 16-18), en este caso, a través de los uacúsecha en lengua

purépecha, de un dios, e inclusive de algún dignatario o jefe guerrero. 2


En el caso de la fundación de Pátzcuaro, el relato en la Relación de Michoacán es uno de los

mejor documentados respecto al vínculo de la deidad mayor de este pueblo con el acto de
fundación; nos dice cómo fueron guiados los hombres por los dioses, encontrando señales

inequívocas de su establecimiento, con los topónimos de los distintos lugares que iban recorriendo
en torno a la actual ciudad de Pátzcuaro, hasta que expresan que “ciertamente, aquí es, aquí dicen
los dioses que éstos son los dioses de los chichimecas, y aquí se llama Pazcuaro donde está este
asiento. Mirad que esta piedra es la que se debe llamar Zirita cherengue y ésta Vacúsecha, ques su
hermano mayor, y ésta Tingárata y ésta Mivequa ajeva. Pues mirad que son cuatro estos dioses”.

(Relación de Michoacán, 2000: 363). Se trata del reconocimiento de un espacio previamente

designado por los dioses, en el que los fundadores son guiados por éstos y se establecen en
“Pazcuaro”, donde se encuentran cuatro piedras con sus nombres, una de las cuales le da ni más ni
menos el nombre del linaje que perduraría hasta el siglo XVI en la época colonial: Vacúsecha.

El acto de fundación aquí reseñado no debe considerarse aislado, ni tampoco


intrascendente, al contrario, considero que formaba parte de la política de conquista y que el
protocolo incluía ceremonias, actos rituales complejos y muy representativos ante la sociedad,
según podemos reconstruir a través de la fuente que citamos. Luego de una conquista ejecutaban a
los dirigentes vencidos, nombraban a nuevos gobernantes locales, capturaban a quienes serían

2
La referencia a las fábulas y fiestas de la cita anterior también debió formar parte del ritual fundacional de los pueblos
y lugares de asentamiento de los uacúsecha, en el que a la manera en que se celebraba la fiesta de Equata Cónsquaro o
de las flechas, se narraba la historia oficial y se impartía justicia, al tiempo en que se establecían los nuevos gobernantes
enviados por el cazonci (Relación de Michoacán, 2000: 333, 525- 530).

49
Carlos Paredes Martínez

sacrificados —o bien eran convertidos en esclavos—, se imponían tributos y obligaciones laborales


y militares a los pobladores que quedan en el lugar, construían el templo en honor de sus dioses,
principalmente curicaueri representado por una obsidiana que podía ser divisible, realizaban sus

esculturas y demás objetos simbólicos, e imponían la denominación del lugar, un topónimo que
“restauraba” el poder del cazonci en las localidades, con la voz tarasquizada del lugar ya sea de un

dios, un dignatario, un jefe guerrero o el nombre del lugar mismo de procedencia del
destacamento guerrero, y de ahí explicaríamos el problema señalado al inicio, de la repetición de
topónimos dentro y fuera de Michoacán como se ejemplifica adelante.
Guzmán Betancourt ha planteado varios aspectos a tomar en cuenta sobre el acto de
nombrar un sitio. Dice que de ninguna manera debe considerarse al topónimo sólo para las
grandes ciudades, países o conglomerados humanos, también se aplica para cualquier sitio, aún
despoblado; añade que un principio que podría considerarse universal es el de la motivación, “un
signo lingüístico motivado”, refiriéndose “a la relación que existe entre la elección de una palabra
dada para designar un lugar, y ciertos aspectos no lingüísticos pero en estrecha relación con el lugar
que se pretende denominar”, y a la pregunta que este autor plantea sobre ¿quién crea los nombres
de lugar?, responde que por lo regular son sus moradores, los vecinos, los guías espirituales, los jefes
militares o los miembros del grupo que gozan de prestigio (ancianos por ejemplo), en el momento
de la fundación de asentamientos permanentes (Guzmán, 1987: 18). Este es el caso al que me
refiero en cuanto a la denominación de los lugares por parte de los uacúsecha en su política

expansiva y conquistadora.
Muy pocos son los testimonios subsistentes relativos a topónimos relacionados
directamente con los dioses, pero hay que tomar en cuenta dos factores: las fuentes de donde
provienen estos datos fueron proporcionados por los españoles en las Relaciones geográficas de

1579, de manera que el cambio toponímico colonizador, y sobre todo evangelizador, no sólo
imponía el santoral cristiano a los pueblos, sino que la supresión de los nombres de dioses formaba
parte de la erradicación de cualquier signo de la religión de los nativos; en segundo lugar, hay que
tomar en cuenta que las congregaciones de pueblos de indios en Michoacán tuvo una etapa muy
temprana, iniciadas desde los forcejeos políticos entre el virrey Antonio de Mendoza y el obispo

50
Toponimia purépecha

Vasco de Quiroga por la capital y sede del obispado entre 1538 y 1541, así como por los
requerimientos de trabajadores en las primeras explotaciones de minas, a fin de facilitar la
disposición de mano de obra en los centros mineros y el aprovechamiento de las maderas de los
bosques (véase Paredes, Ms.). Por ejemplo, sobre Pungarabato y Apatzingán se dice:

quiere decir en la lengua castellana “cerro emplumado”, y llámase así porque en su antigüedad,
dicen, tuvieron un ídolo que se llamaba Punguarancha, que quiere decir “ídolo emplumado”;
Cuzamala es en nombre mexicano y, en su lengua materna, que es la tarasca, se llama Apazingán,
que lo uno y lo otro, en lengua castellana, quiere decir lugar de comadrejas; llámase deste nombre
porque dicen que en su antigüedad, tuvieron un ídolo a manera de comadreja” (Acuña, 1987: 35-
36).

En un plano comparativo, Guzmán Betancourt plantea que Pallas-Atenea fue declarada


protectora de Atenas, y por tal razón se le dio ese nombre a la ciudad; de la misma manera,
Huitzilopochco (actual Churubusco), fue el lugar en el que los aztecas tenían consagrado al
supremo dios Hitzilopochtli. En cuanto a los personajes históricos, menciona a fundadores de
ciudades como Alejandro el Magno y de ahí la ciudad de Alejandría; Morelia, en honor de José
María Morelos y Pavón, etc. (Guzmán, 1987: 22-23). En cuanto estos personajes históricos o
mitológicos, en el Michoacán prehispánico son pocos los ejemplos, pero representativos para el
argumento que venimos planteando.
Hans Roskamp destacó el nombramiento de ciertas poblaciones de acuerdo a los
antropónimos de sus fundadores, que es común en las tradiciones históricas indígenas de
Michoacán. (Roskamp, 2013: 150-151). En el primer caso se trata de un dignatario de nombre
Taríyaran, quien encabezó un grupo de pobladores que abandonaron Mechuacan en torno al lago
de Pátzcuaro, para ir a fundar el pueblo de Taríaran Acuecizan Harocotin en la Tierra Caliente.

Este grupo adoraba a la diosa Xaratanga y la movilización de este grupo se debió a una crisis
política motivada por el agüero de la conversión de hombres en culebras (Relación de Michoacán,

2000: 350-352; Espejel, 2008, II: 242).


Sobre Tiripetío dice la fuente que fue fundado por un capitán del mismo nombre, quién
fue enviado por “el príncipe desta provincia de Mechoacan”, dicho vocablo lo traduce como cosa

51
Carlos Paredes Martínez

dorada o “atericiada”, y la misma fuente lo relaciona con un hombre feo, amarillo y atericiado,
“fantasma o diablo” que se le aparecía al capitán, que era del mismo color y con quién tenía
“particular amistad” (Acuña, 1986: 340, 348).
Carapan igualmente se refiere a la fundación de este pueblo por el cacique Carapu, o
Calapu, que de acuerdo a la genealogía de los caciques de Carapan, “el rey Calapu fue el primer
descendiente del dios del fuego y del sol Curicaueri”, de él, según esta tradición, descendieron

todos los señores uacúsecha que gobernaron Michoacán en el posclásico (Roskamp y Lucas, 2000:

164; Roskamp, 1998, 217-223).


Finalmente el caso del pueblo de Charo, fundado por el rey “niño Characu”, del que
derivó ese antropónimo y del cual abordaremos más ampliamente adelante (Basalenque, 1963:
148).
Sin pretender hacer una revisión exhaustiva de las fuentes, por ahora sólo señalo que los
casos de Aranza y Sevina en la sierra purépecha podrían corresponder a estos casos de fundaciones
a partir de nombramientos por capitanes y dignatarios guerreros, es decir, antropónimos, durante
la etapa expansiva de los uacúsecha a la parte de la sierra tarasca antes o durante el gobierno de

Tariacuri (Roskamp, 1998, 223-224).


Ahora bien, en esta época militarista del posclásico tenemos otros ejemplos que podrían
indicar también el nombramiento de los sitios y pueblos por parte de los uacúsecha, los cuales

podrían resolver el tema anteriormente señalado sobre la repetición de topónimos, o tal vez
antropónimos. Empiezo con los que se ubican fuera del actual estado de Michoacán, en el
territorio que tenemos la certeza de que, apenas unas décadas anteriores a la llegada de los
españoles, los tarascos mantenían una lucha por conquistar toda una región rica en sal, plata y
otros productos; me refiero a la parte sur del estado de Jalisco hasta la región de Ameca (González,
2012).
Un testimonio del cronista Antonio Tello menciona sobre Tlajomulco, al sur de
Guadalajara, lo siguiente: “Antes que los indios de este pueblo vinieran a poblar a él no había este
pueblo sino en el sitio un templo de ídolos a donde iban a sacrificar al demonio muchos indios de
otras partes, en particular los tarascos de Michoacán” (Tello, 1945: 141-142). En relación a la

52
Toponimia purépecha

toponimia, sin duda la presencia tarasca dejó huella en esta región en lugares como Cucumbaro,
cerca del Arenal en las cercanías de Tequila; Huansito, en la laguna de Buenavista o del Salitre,
cerca de Ameca; y Mechoacanejo, adelante de la lejana Teocaltiche, rumbo a Aguascalientes
(Amaya, 1983: 8182, 103-104; Razo, 1997: 22).
Cucumbaro, Huánsito y otros topónimos en lengua purépecha de Jalisco ¿representan
“marcas de identidad” de la cultura tarasca en tierra de Jalisco de aquella época o son claramente
antropónimos de jefes guerreros procedentes de las poblaciones michoacanas que fueron
bautizados así en honor de sus conquistadores tarascos? Si estas preguntas fueran correctas, habría
que pensar en la procedencia de la jerarquía militar de las poblaciones sujetas, o al menos de sus
dirigentes, y en los privilegios que podían obtener de parte de los uacúsecha al conquistar tal o cual

población o territorio por los medios políticos y sociales establecidos entre la élite gobernante para
realizar y consolidar sus conquistas, como es el caso del matrimonio con las mujeres y parientas del
cazonci, testimoniado por la Relación de Michoacán y otras fuentes.

¿Es el mismo caso de la repetición de topónimos dentro del territorio dominado por los
tarascos en la época prehispánica o inclusive allende sus antiguas fronteras? Tan sólo por citar
algunos ejemplos, tenemos los casos de Santiago Conguripo en la ribera del río Lerma, y también
con el mismo nombre en el río Balsas en la tierra caliente de Michoacán; o los casos de Maravatío y
Tupátaro, el primero en el oriente y repetido en dos localidades entre Yuriria y Salvatierra,
mientras que el segundo, cerca de Cuanajo, se repite cerca de Tlalpujahua. Otra hipótesis que
habría que sustentar mejor es el hecho de que también en la época militarista uacúsecha se

practicaban los traslados de poblaciones a lugares distantes a fin de reforzar tal o cual frontera y
con ello combatir a los enemigos, tal es el caso de los llamados pantecas de Zacatula en la costa de
Michoacán, llevados a Guayameo en las cercanías de Zirándaro, según se relata en la Relación

geográfica de 1579:

indios de otra lengua que se dicen apanecas, que, en tiempos pasados, vinieron de la provincia de
Zacatula. Y un señor de Mechoacan que se decía Tzitzispandaquare, abuelo del cazonci, los
recogió, a ellos y a otros de otra nación y lengua, y los mandó poblar y estar con este pueblo, y así
han estado, de tiempo inmemorial, juntos (Acuña, 1987, 262-263).

53
Carlos Paredes Martínez

Este tipo de traslados forzosos de población ¿implicaba trasladar el topónimo de origen al lugar de
destino? ¿esto se relaciona con la repetición de algunos topónimos? El otro tema que salta a la vista
con esta cita documental es el ya tratado al inicio y que tiene que ver con el multilingüismo en
Michoacán. Una cosa es cierta, el contacto lingüístico entre diversas lenguas es evidente en
distintos escenarios de la geografía michoacana, así como en épocas remotas o “cercanas” como es
el caso de la cita de arriba, correspondiente al período de gobierno de Tzitzipandacuare,
aproximadamente entre 1410 y 1479 según la cronología propuesta por Claudia Espejel (2008:
Tabla 4).
Al tema de la imposición toponímica uacúsecha en su lucha expansiva y de dominación,

habría que considerar también el contacto lingüístico con otras lenguas, como se planteaba al
inicio de este trabajo, y de ahí tan sólo una de las razones de la complejidad del estudio de la
toponimia tarasca.

El multilingüismo en el Oriente de Michoacán y la política denominativa toponímica bajo


los uacúsecha

Desde el periodo clásico el Oriente de Michoacán fue habitado por pueblos de la familia
lingüística otopame. Me interesa destacar en particular una de las lenguas de esta familia, la
matlatzinca, por la rica información elaborada en el siglo XVII que existe en esta lengua,
incluyendo una lista toponímica elaborada por el fraile agustino Diego Basalenque (1640).
La presencia de matlatzincas en el Oriente de Michoacán se muestra con el sitio de San
Felipe los Alzati, habitado durante el epiclásico y posclásico temprano (750-1250 d. C.), justo la
época en la que a raíz de la caída de Teotihuacán (hacia el 575 d. C.), tiene lugar la multiplicación
de sitios matlatzincas en el Valle de Toluca a más de 230, más del doble de los que había en
tiempos anteriores (Sugiura, 1998: 112). De esta manera, el Oriente de Michoacán, colindante a
esta región del Valle de Toluca, bien pudo ser escenario del poblamiento o repoblamiento de estos
grupos otomianos, particularmente matlatzincas, todo esto en una época anterior a la etapa
expansionista de los uacúsecha, de reacomodos de población en el altiplano de Mesoamérica.

54
Toponimia purépecha

En un periodo posterior, en el posclásico tardío, las fuentes históricas nos confirman


nuevos movimientos migratorios hacia el Oriente de Michoacán, procedentes tanto del Valle de
Toluca como de Huichapan, Hidalgo. Para esta época debemos considerar migraciones de pueblos
matlatzincas, otomíes y mazahuas, todos ellos de la familia lingüística otopame establecidos aquí
desde el epiclásico. Las fuentes básicas para el estudio de estos movimientos migratorios son el
cronista agustino Diego Basalenque, las Relaciones geográficas del siglo XVI, el Códice de Huichapan

(Ecker, 2003), documentos tempranos del año de 1524, así como otros cronistas coloniales.

La migración en esta época mejor documentada es precisamente la de los matlatzincas,


narrada por Basalenque quién pasó los últimos años de su vida (1637-1651) muy productivos
intelectualmente en la población de Charo, habitada precisamente por matlatzincas donde fue
conocedor, según nos dice, de “un libro antiguo de su lengua y nuestros caracteres” [latinos],
referente a la época prehispánica y su llegada a Michoacán. Con base en esta fuente, dice
Basalenque que los matlatzincas, huyendo de las exigencias tributarias y los malos tratos de sus
conquistadores los mexicas, aceptaron una invitación de los uacúsecha para combatir a los tecos,

(en otra obra Basalenque precisa que dicha guerra la tenían contra los “Tochos y Teucexes” [por
tecuexes], confirmando con ello que se trata de la región del sur de Jalisco) (Basalenque, 1975: 1),
de esta manera “pidióles socorro y salieron de Toluca seis capitanes”.
Terminada la batalla contra dichos enemigos, al poniente del territorio, dominado por los
tarascos, solicitaron al cazonci establecerse en el Oriente de Michoacán, “como habían

experimentado los buenos temples de la tierra y el agrado de los tarascos, trataron con el Rey que
les diese tierras en su reino y le servirían en las guerras que se le ofreciesen”. De esta manera, el
soberano les concedió un territorio entre Tiripetío e Indaparapeo para su establecimiento,
distribuyendo su población migrante en Charo, Santiago Undameo, Jesús y Santa María. Finaliza
este autor que, por haber escogido su asiento en “el medio del Reino se llamaron los pirindas” y
para honrar la cabecera se le puso el nombre de Charao, “que es tierra del rey niño” (Basalenque,
1963: 148-149).
Varios aspectos requieren ser aclarados sobre lo dicho por el cronista Basalenque, los
cuales se relacionan directamente con el topónimo actual de Charo y sobre el tema que se aborda

55
Carlos Paredes Martínez

ahora de la política de denominación de las poblaciones sometidas a los uacúsecha en el Oriente de

Michoacán. Tan sólo presento las ideas centrales, citando en su momento trabajos que abordan
puntualmente otros aspectos de la obra del fraile agustino.
En cuanto a lo señalado por Basalenque, sobre las razones de la llegada de migrantes
matlatzincas a Michoacán, no registra las fechas de tales eventos, sin embargo se refiere a los
tiempos de la “gentilidad” en la que gobernaba en Tzintzuntzan el Characu o rey niño. Como se
sabe, en la genealogía de los gobernantes uacúsecha no se registra alguno con ese nombre, no

obstante, como lo ha mostrado Hans Roskamp y ha sido la opinión de varios autores, dicho
gobernante debe relacionarse con Tzitzipandacuare, quien emprendió múltiples batallas a los
cuatro vientos en la etapa expansiva más importante de los uacúsecha.

En prueba de la identificación de este personaje en su acepción como Characu, Roskamp


presenta la imagen del escudo de armas de la ciudad de Tzintzuntzan de los tres reyes del año de
1802, en la que aparecen tres personajes coronados a la manera europea, identificados como los
tres últimos gobernantes prehispánicos del linaje uacúsecha antes de la llegada de los españoles y

los únicos que gobernaron en su sede de Tzintzuntzan, ellos son: Zuangua, Tzitzicha Tangaxoan y
el “Rey Characu”, situado este último gobernante en el lugar que ocuparía el antecesor de los dos
primeros, Tzitzipandacuare (Roskamp, 2013: 150-151; Silva, 2013: 31). 3
Basalenque y el Diccionario grande traducen la voz Characu como rey niño y “niño; niña

chiquitito”, respectivamente. Iconográficamente, y apoyado por la lingüística, Roskamp plantea


otro significado de la misma palabra: Charhahcu, que significaría “el que tiene rojo en la mano o el
de la mano rojiza”, y en este sentido el personaje en el escudo de armas de Tzintzuntzan porta una
flor roja en la mano derecha, así como también Pedro Márquez ha traducido el antropónimo
Zizípandáquare como “el rodeado de flores, el bello el guapo” (Roskamp, 2013: 151; Márquez,
2000: 726).
En décadas anteriores José Corona Núñez había identificado a Charo como “en la región
roja, o sea el oriente”, que está al oriente de Tzintzuntzan (Corona, 1992: 53-54; 1995: 184-185),

3
Gabriel Silva incluye en su trabajo una imagen, que reproduce el escudo que presenta Roskamp, al parecer una copia,
ubicada en el Museo Regional Michoacano de Morelia (INAH), en donde con mayor claridad se lee “El Rey haracu”.

56
Toponimia purépecha

esta es otra posibilidad de interpretar este topónimo, aun cuando no esté de acuerdo con varios de
los planteamientos que hace este autor descalificando a Basalenque. No es mi intención ahora
seguir en la discusión de la interpretación de este topónimo, sino fijar los planteamientos básicos
desde mi punto de vista sobre los hechos históricos con relación a los matlatzincas y la toponimia
fijada por ellos una vez asentados en Charo y otras poblaciones cercanas.
Concuerdo con el planteamiento de identificar a Tzitzipandacuare como el gobernante
que autorizó el ingreso y establecimiento de los matlatzincas en Charo; ubicaría temporalmente a
este gobierno entre los años 1410-1479, de acuerdo a la cronología de Claudia Espejel, y apoyado
en el Códice de Huichapan que fija la fecha de su muerte en “1 caña, 1479”, año en que dice: “Aquí

murió el Rapado [de la] tierra tarasca, señor del gran enemigo”, temporalidad diferente a la
propuesta por Roskamp (1460-1490) y ambas desde luego con fechas aproximadas (Roskamp,
2013: 151; Espejel, 2008: tabla 4; Ecker, 2003: 77).
De esta manera propongo que tal guerra con los tecos y tecuexes, así como los acuerdos
entre matlatzincas y Tzitzipandacuare, podría ubicarse entre los años 1420 y 1440, décadas del
expansionismo de los uacúsecha y en este caso también de defensa en el sur de Jalisco y región de

Chapala, a partir de lo cual este territorio del Oriente de Michoacán estaría poblado por
matlatzincas en poblaciones específicas, con obligaciones guerreras y evidentemente bajo el
poderío uacúsecha. En escenarios bélicos posteriores a este, y en los que se menciona a los

matlatzincas en la Relación de Michoacán como combatientes aliados a los tarascos, tenemos la

referencia que puede ser en forma general durante la fiesta de Hiquándiro, en donde dice la fuente:

“Iban a esta contienda los de Mechuacan y los chichimecas y otomíes quel cazonci tenía sujetos y
matlalzingas y vétamaecha y chontales y los de Tuspa y Tamazula y Capotlan”. Igualmente se les
cita al momento de la llegada de los españoles y en un primer momento en el que el grupo
dirigente se declaraba en su contra y con una posición beligerante hacia ellos: “Aquí están los
matalcingas y otomíes y bétama y cuytlatecas y éscamaecha y chichimecas que todos estos
acrecientan las flechas a nuestro dios Curícaveri” (Relación de Michoacán, 2000: 582, 661), no

obstante esta misma fuente no dice nada en relación a la guerra que sostuvieron los tarascos y
mexicas en el Oriente de Michoacán hacia 1477 donde resultaron victoriosos los ejércitos

57
Carlos Paredes Martínez

uacúscha y detuvieron el avance de la Triple Alianza del Valle de México, pero que debieron

participar por ser el escenario de la batalla justamente el Oriente del territorio, y situarse los
matlatzincas en esta parte de Michoacán.
Quiero dejar en claro que fueron distintos momentos en que los matlatzincas debieron
participar en eventos guerreros en favor de los uacúsecha, a partir de su alianza y establecimiento

en Charo y su región desde Tiripetío hasta Indaparapeo, en algún momento entre 1420 y 1440.
Finalmente, el tema de la toponimia en una región multilingüe como el Oriente de
Michoacán, caracterizada por los múltiples contactos culturales y lingüísticos y los materiales
escritos que existen en esa materia y que nos permiten asomarnos a la interacción entre lenguas y
tratar de responder a la pregunta de si los matlatzincas de Michoacán, pudieron hacer prevalecer
su nomenclatura toponímica en su lengua, en su condición de pueblo sometido a los uacúsecha.

En primer lugar, destaco el aporte de Diego Basalenque para el estudio de la lengua


matlatzinca, en particular una relación toponímica realizada en el año de 1640 inédita y que no
incluyó en ninguna de sus obras publicadas sobre el arte de la lengua. Esta relación está incluida en
su Arte de la lengua matlatzinca mui copioso y assi mismo una suma y arte abrebiado fechado en

1640, muy parecido a sus dos obras ya publicadas del Arte y vocabulario de la lengua matlatzinga

vuelto a la castellana y el Vocabulario de la lengua castellana vuelto a la matlatzinga de 1642, pero

sin las relaciones toponímica y otras listas de enfermedades y parentescos en lengua matlatzinca
(Basalenque, 1640). 4
La relación toponímica de Basalenque es el registro más sistemático que existe sobre
topónimos redactado en 1640 y que refiere el término en purépecha o náhuatl y su equivalente en
lengua matlatzinca y en castellano. En total se tienen 91 entradas, de las cuales 57 tienen su
correspondiente matlatzinca. La mayor parte se refieren a topónimos en Michoacán, 19 de ellos se
ubican en el Oriente, justamente el área de influencia de la cultura matlatzinca. En general hay
correspondencia entre los términos en tarasco con los de la lengua matlatzinca, con la clara
diferencia que en la primera lengua los locativos siempre aparecen como sufijos y en el matlatzinca
con el prefijo py. Basalenque, como profundo conocedor de la lengua matlatzinca, se ocupó

4
para un primer acercamiento al estudio de la lista toponímica de Basalenque, véase Pascacio y Paredes, 2014

58
Toponimia purépecha

igualmente de redactar un arte de la lengua tarasca basándose en Maturino Gilberti y Juan


Bautista Lagunas, respondiendo de esta manera a sus inclinaciones de auténtico lingüista de la
época y reflejo ni más ni menos de vivir en una región multilingüe como el Oriente de Michoacán
(Basalenque, 1994 [1714]: 27).
El punto central que quiero resaltar ahora es, que si bien en esta lista toponímica los
términos en matlatzinca aparecen con el prefijo py como en rigor se usa en esta lengua,

históricamente, en un documento muy temprano de 1524, nueve pueblos sujetos a Charo en ese
momento no contaba con el prefijo py, estos son: Uritla, Yrapeo, Moquenzan, Totula, Coyzola,

Necotan, Maratuhaco, Vichitepeque y Maritaro (Warren, 1963: 409).


En otra fuente, el cronista de la orden agustina, fray Mathías de Escobar (2006: 295),
registró en el siglo XVIII la voz Pantziyegui para referirse a Guayangareo, procedente de la lengua

purépecha. Ambos topónimos corresponden al mismo accidente geográfico, según el punto de


vista que se vea. Guayangareo ha sido traducido como “loma con hundimiento en ladera”,
mientras que en matlatzinca Basalenque lo traduce como peña alta, y Escobar como rincón o
rinconada. En cualquiera de los tres significados, el sitio del asentamiento describe el mismo
accidente geográfico: un rincón del valle donde abruptamente se levanta una ladera de cerro en
forma de acantilado, en clara referencia a una peña alta, donde tenemos precisamente una loma,
una ladera de cerro y una esquina que en forma de rincón se desplaza el valle de Guayangareo, y en
la parte alta lo que se conoce como Loma de Santa María, y abajo, el lugar preciso del primer
asentamiento del español Gonzalo Gómez antes de la fundación de la Nueva Ciudad de
Michoacán en 154,1 y lugar donde justo tiene su caída el agua del río Chiquito, de donde Gómez
aprovecharía el caudal para la construcción de sus industrias y lo que fue la primera etapa del caño
de agua o acueducto de la ciudad española.
Como en el caso del topónimo Charo, que con una u otra equivalencia responde a una voz
en purépecha, considero que la dominación uacúsecha impidió a los matlatzincas denominar a sus

pueblos y asentamientos con los topónimos propios de su lengua, y en cambio, el poderío tarasco
llegaba al punto de imponer una tarasquización en los pueblos sometidos, incluyendo el

59
Carlos Paredes Martínez

predominio de su lengua y sus topónimos en la forma en la que se abordó en la tercera parte de


este trabajo.
Como ha señalado Helen Pollard, la solución tarasca al cómo incorporar y mantener la
dominación a los pueblos conquistados, consistió en tres elementos: el alto grado de centralización
de las funciones administrativas, la construcción de una etnicidad tarasca en zonas de explotación
económica y la segregación étnica de la población en las principales fronteras militares (Pollard,
2003: 49). La imposición de topónimos por parte de los poderes imperiales no debe ser vista como
excepcional, ya que con la conquista e invasión por parte de los mexicas al Valle de Toluca,
residencia primordial del pueblo matlatzinca, sucedió el mismo fenómeno, imponiéndose en este
caso los topónimos y altepetl mexicas, desplazando la forma de organización social y la toponimia

matlatzinca en dicho valle (García, 1999: 66-86).

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63
NOMBRAR Y DEFINIR EL TERRITORIO EN SITUACIONES DE EXPROPIACIÓN:
EL RECONOCIMIENTO Y REAPROPIACIÓN DEL TERRITORIO P’URHÉPECHA A TRAVÉS
DE LA TOPONIMIA Y DE LA TRADICIÓN ORAL

Juan Gallardo Ruiz *

Resumen

La toponimia y la tradición oral explican el origen del nombre de los pueblos p’urhépecha y su
relación social y simbólica. Frente a situaciones de despojo de tierras y de recursos forestales, surge
la construcción de nuevos topónimos y narrativas que describen las transformaciones del
territorio, así como su reconocimiento y reapropiación, refrendándose nociones de totalidad y de
parcialidad que funcionan como demarcadores fronterizos e internos que lo circunscriben y lo
connotan. Con ello se reafirman sentidos de pertenencia e identidad, de “lo propio” y de “lo
nuestro”, y se busca recuperar la legitimidad sobre un territorio y de sus habitantes para ocuparlo y
aprovechar los recursos que han resguardado como bienes comunales.

Abstract

Toponymy and oral tradition explain the origin of the names of the p’urhépecha villages and their
social and symbolic relation.When communities face situations of land spoil and robbery of forest
resources, new names for places and narratives emerge and describe the transformation of the
territory. In the same way, they describe the processes of recognition and re-appropriation of the
communities on the basis of concepts of totality/partiality that are demarcations frontiers and
internals of the territory. Through these processes, feelings of belonging and identity are
reaffirmed. Moreover, these processes help communities in their struggle for recovering the use of
their territory and taking advantage of the resources that have been protected as communal goods.

*
Centro INAH Michoacán, sikuame@hotmail.com

65
Juan Gallardo Ruíz

Introducción

Si bien la toponimia refiere cosas relativas a las dimensiones sociales, culturales y ecológico-
ambientales del espacio, los topónimos no son rígidos ni absolutos pues su construcción por
medio del lenguaje forma parte de las dinámicas y procesos sociales y culturales, así como de
transformación del entorno natural que se habita, y que también se define, se caracteriza, se
significa y se apropia por medio de la narrativa. Es el caso de los pueblos p’urhépecha, donde la
toponimia y la tradición oral denotan determinados atributos y cualidades que caracterizan a los
pueblos y/o a sus habitantes.
En este escrito, y a partir de la toponimia y de la tradición oral, abordaremos el origen del
nombre de los pueblos p’urhépecha, su relación social y simbólica, y determinados procesos
socioculturales y de transformación de los espacios naturales, mismos que, a partir de la
construcción de nuevos topónimos y narrativas, son reconocidos y reapropiados en situaciones de
expropiación o despojo de tierras y de los recursos naturales que ahí se encuentran.
A partir de la toponimia y de la tradición oral, veremos cómo los pueblos p’urhépecha
viven y construyen parte de sus experiencias; cómo nombran, organizan y se apropian del espacio
que habitan refrendando y actualizando nociones de totalidad y de parcialidad que funcionan
como demarcadores fronterizos que circunscriben a su territorio, así como demarcadores internos
que lo connotan; cómo refrescan sentidos de pertenencia e identidad sobre aquello tenido y
referido como “lo propio” y “lo nuestro”, y buscan, frente a situaciones de despojo, recuperar la
legitimidad sobre un espacio y la legitimidad de sus habitantes para ocuparlo y aprovechar los
recursos naturales que históricamente han sabido resguardar como bienes comunales.
Describiré lo anterior en cuatro apartados: 1) área, periodo de estudio y metodología; 2)
algunas consideraciones sobre el abordaje de la toponimia p’urhépecha; 3) topónimos y narrativas
como medios mnemotécnicos reproductores de la historia local y de formas de reapropiación del
territorio, y 4) nuevas toponimias y narrativas que describen las transformaciones del entorno
natural derivadas de la deforestación.

66
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

Área, periodo de estudio y metodología

La investigación tuvo lugar en Cherán y en Sevina, pueblos ubicados en “la meseta” o “sierra”, que
es una de las cuatro subdivisiones que conforman el territorio de asentamiento p’urhépecha, y a la
que ellos, en su lengua, llaman de dos maneras: juatarhu o “en el cerro”, y p’ukuminturhu o “donde

hay pinos”, denominaciones nativas que aluden a su escabrosa topografía y a su riqueza forestal.
Mis estudios en el área p’urhépecha datan de 1997 y, desde entonces, he recopilado una
cantidad de topónimos así como diferentes versiones de mitos e historias locales relativas al origen
de los nombres de diferentes pueblos. 1
El objetivo general fue indagar acerca de la problemática en torno a la dimensión
patrimonial del territorio —del bosque en particular y de la biodiversidad en general—, teniendo
en mente la existencia de tres factores involucrados en ello: 1) el énfasis institucional que resulta
en su intervención para su presumible protección; 2) la emergencia de organizaciones tendientes a
su defensa en tanto resultado histórico y culturalmente reproducido por los pueblos; 3) las
experiencias y planteamientos sobre el “diálogo de saberes” en pos de su reconocimiento y
valoración, en este caso, encaminado a la búsqueda de estrategias de justicia social.
En Cherán, el objetivo fue identificar qué actores, acciones y valoraciones mediaban en la
constitución de la diversidad biocultural como patrimonio, y a partir de ello elaborar una
distinción entre lo que los p’urhépecha consideran y refieren como “lo propio” y “lo nuestro”, en
contraste con “lo ajeno”, como eje articulador de las problemáticas vinculadas a dicha
constitución, en tanto noción socialmente construida.
En Sevina me centré en la problemática socioambiental, en el marco de la aplicación de
políticas agrarias, agropecuarias y forestales orientadas al control, despojo o privatización de las
tierras y bosques, en beneficio de intereses particulares y en perjuicio tanto de las condiciones

1
Además de dicha información recopilada, también utilizó datos surgidos de dos líneas de investigación patrocinadas
por el INAH en el marco del proyecto nacional Etnografía de las Regiones Indígenas de México en el Nuevo Milenio,
líneas de investigación denominadas: “Etnografía del Patrimonio Biocultural de los Pueblos Indígenas de México” y
“Pueblos Indígenas y Procesos Socioambientales”, llevadas a cabo a partir de 2010, y en las que participé como
integrante del Equipo Regional Michoacán que, coordinado por Aída Castilleja, desarrolló, bajo esas dos líneas, sus
respectivos temas de investigación en las diferentes áreas indígenas de Michoacán.

67
Juan Gallardo Ruíz

ecológico-ambientales, así como de los pueblos que históricamente y por derecho consuetudinario
los han tenido y resguardado como bienes comunales.
En ambos casos busqué, entre otras cuestiones, caracterizar el territorio y el bosque a partir
de las categorías locales que los definen y detallan, en tanto que devienen en procesos de
apropiación-domesticación, y representaciones simbólicas que los concretan como patrimonio
colectivo o social, todo en un contexto de disrupción del sistema de conocimientos, creencias y
prácticas nativas referidas a la economía tradicional de policultivo, uso múltiple de sistemas, y
preservación de las condiciones ecológicas y medioambientales; sistema que, además, sostiene
sentidos de “lo propio” y de “lo nuestro” sobre el territorio vivido.
El trabajo de campo consistió en entrevistas concertadas y en pláticas informales,
buscando recopilar información sobre: las percepciones, atributos y definiciones locales acerca del
territorio; los tipos de tenencia de la tierra; áreas deforestadas; los cambios en el uso del suelo e
introducción de cultivos comerciales; conocimientos referidos a los sistemas tradicionales de
producción y de consumo; las geografías sagradas y la vida ritual entorno a ellas; sobre prácticas de
apropiación del territorio y de los recursos naturales que contiene.
En el caso particular de Cherán, conminamos a varios pobladores para hacer con ellos
algunos recorridos por diferentes transectos 2 al interior de los terrenos considerados como propios
del pueblo, con el objetivo de obtener testimonios respecto a los sitios y elementos topográficos,
ecológicos y paisajísticos. Posteriormente exhortamos a los pobladores para que elaboraran
representaciones gráficas de esos transectos, resultando mapas o eventuales etnocartografías que,
como se sabe, funcionan como ventanas para asomarnos simbólicamente al territorio por medio
de la forma en que es pensado, imaginado, significado, valorado, conocido y vivido por quienes lo
habitan. 3

2
Con el término transectos nos referimos a los senderos, caminos, veredas y/o trayectos que, mediante caminatas, los
habitantes emprenden con el propósito de llevar a cabo determinada actividad que involucra el acceso a los terrenos
del pueblo y, en su caso, el uso de los recursos naturales que ahí existen. Para el investigador se trata de una técnica de
observación y de recolección de datos al interior de un sendero que cruza dichos terrenos, mismo sendero que está
delimitado por un punto de partida y otro de llegada.
3
El concepto etnocartografías, o cartografías indígenas, conlleva una herencia académica, política y económica
relacionada a la dimensión histórica, social y cultural de la elaboración de mapas como medios de conocimiento
atravesado por relaciones de poder y de dominación; además de su elaboración como categoría conceptual, se ha usado
como argumentación teórica y como propuesta o herramienta metodológica. No abundaremos en lo anterior, pero

68
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

Los datos relativos a Cherán proceden de comuneros varones cuyo rango de edad va de los
50 a los 75 años, todos bilingües hablantes de p’urhépecha y de español. Según el caso, estos
comuneros desempeñan o desempeñaban actividades como curadores o especialistas rituales,
artesanos, campesinos, funcionarios del pueblo y “talamontes” retirados. Los testimonios
obtenidos en el pueblo de Sevina provienen de comuneros dedicados a la elaboración de artesanías
y al trabajo campesino; sus edades oscilan entre los 40 y los 60 años, también todos bilingües. En
ambos casos, los comuneros con quienes platicamos son casados y con hijos; la mayoría también
tiene nietos, excepto aquellos comuneros de Sevina cuya edad está en el rango de los 40 años.
Como en el caso de los comuneros de Cherán, con los de Sevina también hicimos
recorridos por diversos transectos interiores a los terrenos del pueblo y, excepto la elaboración de
las representaciones gráficas, de ellos obtuvimos datos referentes a los elementos ecogeográficos y
paisajísticos observados durante los recorridos. En ambos casos los recorridos que hicimos son los
mismos que los comuneros frecuentemente hacen en el marco de sus labores cotidianas de
subsistencia: como curadores en la búsqueda de farmacia natural y de allegarse a los sitios donde
ejecutan acciones rituales (curaciones, ceremonias petitorias y depósito de ofrendas), como
artesanos que buscan materia prima para su artesanía, como campesinos que cotidianamente se
trasladan a sus parcelas para la supervisión de las unidades de ganado que se encuentran pastando
en el monte (reses, caballos y asnos, cabras y borregos), así como para recolección de recursos
naturales de uso doméstico como la leña y el ocote, madera para la construcción, y recursos
silvícolas buenos para comer (setas, tubérculos y frutillas).

queremos puntualizar que son el resultado de un ejercicio de cartografía participativa o de mapeo social, por lo que
rompen con la monocultura cartográfica de orden cartesiano, toda vez que constituyen formas a través de las cuales los
propios habitantes construyen y explican su problemática espacio-temporal, y están basadas en el significado y el
sentido que tienen los distintos atributos geográficos (suelo, clima y seres vivos) para cada colectivo social, así como los
lazos que establecen los seres humanos con el espacio y la relación con su propio cuerpo e individualidad. En ellas se
representan los conocimientos locales del medio ambiente (paisaje, territorio, lugar), las fuentes de agua y de alimento,
los recorridos de la fauna, los espacios y ciclos de siembra, los sitios maderables, los patrones de asentamiento, la
migración, los espacios y rutas rituales, el paisaje, los espacios deforestados, las toponimias, etc; así mismo, en ellas se
evidencian las alteraciones al sistema territorial y las respuestas locales al respecto, en tanto que los sujetos, al mapear
los linderos, caminos y las comunicaciones en general, estarían cartografiando las disputas por la tierra y por los
recursos naturales. Por todo lo anterior, se trata de una práctica cartográfica que potencia el reconocimiento y la
valoración de “lo propio” como un ejercicio de empoderamiento, de encantamiento y de revelación de habitus; una
especie de ejercicio de ecología política en defensa de “lo nuestro”.

69
Juan Gallardo Ruíz

En los testimonios y en las etnocartografías se mencionaron y plasmaron elementos


diversos sobre la topografía, el paisaje, la biodiversidad y algunos topónimos concomitantes. En
función de lo anterior, pude entrever cierta valoración diferencial referida al territorio, al bosque y
otros recursos naturales, así como diversos sentidos de propiedad que repercuten en la
constitución de un sentido de “lo propio”, de “lo nuestro”, y de un “nosotros” representado en un
espacio geográfico considerado común, pero que también es espacio que suscita procesos
intercomunitarios de disputa por lo que contiene, lo mismo que acciones colectivas de defensa
frente a las regulaciones e imposiciones externas o institucionales orientadas a su control,
incluyendo acciones de despojo y de cohecho perpetradas por la delincuencia organizada.
Topónimos, testimonios y etnocartografías nos hablan de procesos temporales de desposesión y de
apropiación del territorio, del bosque y de la biodiversidad que allí se encuentra, así como de la
vigencia funcional de topónimos viejos y de la creación de topónimos recientes por los cuales, en
ambos casos, se denota cierto poder de propiedad o determinada hegemonía cultural sobre el
espacio ocupado.

Algunas consideraciones sobre el abordaje de la toponimia p’urhépecha

El antiguo territorio o “señorío” tarasco, hoy territorio p’urhépecha, dominó el occidente de


Mesoamérica abarcando tierras de media docena de los actuales estados mexicanos; a ese territorio
y a sus habitantes los otomíes prehispánicos le llamaron Amandahi o “tierra del viento” (Ecker,

2003: 55, 65, 70, 77, 80, 81), denominación que se aviene, por un lado, a las particulares
condiciones climáticas del territorio dada la presencia de constates corrientes de aíre al que llaman
taríata, y de “remolinos” llamados sevini, que son frecuentes en las zonas de mediana y mayor

altitud; por otro lado, dicha denominación prehispánica se aviene a los nombres igualmente
antiguos de cerros y lugares como Taríacaherio, Taríaran y Taríaran acuéziçan harócutin

respectivamente. 4 En todo caso, se trata de condiciones climáticas que inciden en diferentes

4
Taríacaherio: “sitio donde hace mucho viento”, “casa de gran viento”; taríaran: “lugar donde hace viento”, “hacer
viento”; Taríaran Acuéziçan Harócutin: “orilla del lugar donde hay víboras y hace viento” (Márquez, 2000: 718).
Cabe señalar que estos topónimos, de origen histórico, podrían guardar una relación semántica directa con nombres

70
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

ámbitos de la vida cotidiana y que, como referentes, se recuperan en las creencias animistas y
despiertan percepciones y significados que también se discurren en la tradición oral.
Como Amandahi, Taríacaherio, Taríaran y Taríaran Acuéziçan Harócutin, muchos de los

topónimos referidos al área p’urhépecha datan de la época prehispánica, y otros se han


incorporado al repertorio geográfico en la medida en que se hace un reconocimiento del espacio
en sus diferentes dimensiones que lo delimitan, sean agraria, jurídica, social y simbólica, y en sus
diferentes escalas que lo connotan, sean nichos ecológicos, territorios de género construidos por el
uso cotidiano que de ellos hacen las mujeres, así como territorios secuestrados y de riesgo, todos
mostrando determinados atributos, referencias históricas y simbólicas que se han establecido
como parte de la nomenclatura, así como del conocimiento geográfico de los habitantes de la área
p’urhépecha, a la que llaman p’urhépecherhu o “lugar donde viven los p’urhé” (Argueta, 2008: 26)

y, en este entendido, entre ellos cada integrante es identificado como un p’urhé: “gente, persona,
los que viven en la tierra”, certificaciones nativas que denotan cierto sentido de propiedad,
identidad y pertenencia grupal y hacia un territorio matriz.
De acuerdo con Villavicencio y Nava (2010: 100-101), una particularidad de la lengua
p’urhépecha es su carácter aglutinante y casi exclusivamente sufijante. Los topónimos
p’urhépecha, añaden estos autores, presentan la estructura propia de los nominales; sus palabras
nominales tienden a quedar integradas por una raíz, comúnmente verbal, seguida de uno o más
sufijos derivativos, más un sufijo nominalizador. La lengua p’urhépecha, continúan, cuenta con
mecanismos particularmente productivos para construir un topónimo, mecanismos que consisten
en añadir un sufijo locativo a una palabra nominal, reconociéndose tradicionalmente cuatro
sufijos derivativos con un claro valor locativo: rho, to, o y ento, cuya función es señalar el lugar

donde existe aquello que refiere el sustantivo, o el lugar donde se realiza la acción señalada por la

de señores “principales” y autoridades como Taríachu y Taríacuri, respectivamente; según la comúnmente


denominada Relación de Michoacán, documento de mediados del siglo XVI atribuido a fray Jerónimo de Alcalá
(Miranda, 1988: 64, 76, 90-91, 92, 154), Taríacuri fue hijo de Pauácume, señor de Uayámeo, y creció, preparándose
para ser “señor”, en un lugar llamado Tarimichúndiro, topónimo que, a decir de Villavicencio y Nava (2010: 103-
104), comienza igual que el nombre de otras localidades, como las dos primeras que mencionamos, y que son
escenario de la historia político-religiosa p’urhépecha. Así, continúan Villavicencio y Nava, el nombre propio de
Taríacuri y los topónimos asociados a su historia pueden ser entendidos en conjunto, por compartir la raíz tarhi:
‘ventear, hacer aíre’.

71
Juan Gallardo Ruíz

raíz o base a la que se unen; el significado de lugar se extiende hasta abarcar nociones de tiempo y
modo. Ya que estos cuatro sufijos locativos aparecen comúnmente en los topónimos de origen
p’urhépecha, se puede hablar de una estructura prototípica 5 que Villavicencio y Nava representan
de la siguiente manera:

[sustantivo + sufijo locativo]


Ch’anakwarho Maruatio
Ch’anakwa - rho Maruati -o
acto de jugar -LOC cosa preciosa -LOC
‘lugar de juego’ ‘lugar precioso’

Por su parte, Villar (s/f.: 1) señala que la abundante cantidad de toponimias que se desprenden de
la lengua p’urhépecha, y la importancia de este pueblo en la conformación de la identidad
michoacana, permite hablar de “pueblos michoacanos” apelando sólo al nombre del lugar.
Algunos términos y topónimos tienen ciertas terminaciones de acuerdo con la lengua, siendo los
más característicos los terminados en “cuaro”, y que son propios de la parte norcentral de
Michoacán.
Según señalan Villavicencio y Nava (2010: 101-106), algunos topónimos p’urhépecha
pueden tener un significado único o transparente, otros pueden postular varios significados siendo
topónimos dudosos, y el significado de otros más puede ser completamente oscuro. Así, para
entender a cabalidad el significado de los topónimos transparentes, para optar por uno de los
significados de los topónimos dudosos, y para avanzar en la comprensión de los que parecen
completamente oscuros, es necesario atender tanto el contexto lingüístico como el extralingüístico
o histórico-cultural. Sin embargo, atender los factores lingüísticos formales o la estructura
prototípica implica algunas limitantes como: a) el poco avance sobre el conocimiento de la
estructura morfológica; b) el cambio lingüístico; c) la variación dialectal existente en la zona (o

5
Al respecto, Villavicencio y Nava advierten que no todos los topónimos p’urhépecha corresponden a la estructura
prototípica, y que no todos los nominales que presentan dicha estructura pueden considerarse topónimos. Los autores
ofrecen una explicación más detallada sobre estos puntos, por lo que el lector interesado deberá recurrir al ensayo
citado.

72
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

aspectos etnográficos e históricos); d) la variación ortográfica en diferentes épocas; e) el cambio y


variación del nombre del lugar debido al contacto y prestamos lingüísticos (español-p’urhépecha).
Así entonces, en la toponimia p’urhépecha convergen diversos factores que hacen de su
estudio todo un reto, por lo que no bastaría el análisis morfológico o hacer la suma de los
significados de cada uno de los morfemas constituyentes de la palabra, pues ello derivaría en un
estudio simplista y, además, a las limitantes arriba mencionadas se agrega otra más: las diversas
convenciones ortográficas, asunto que también dificulta dar el significado a los topónimos. 6
En este caso, y puesto que aún para los lingüistas especializados el estudio de los nombres
topónimos es todo un reto, no propongo determinados significados, sino que, en general, acepto
los ya existentes dados por la historia, propuestos por los lingüistas y, en particular, los abordo a
partir de la etnografía que pondera la opinión de los habitantes que, a pregunta expresa, tienen
sobre dichos significados, así como aquellos que se postulan por la narrativa pasada y reciente
inscrita en la tradición oral. Se trata de topónimos que marcan, identifican o nombran una
población o delimitación político-administrativa, un área deforestada, un accidente geográfico,
una característica climática, una geografía sagrada, un nicho ecológico o un sitio considerado
“riesgoso”; en todo caso, son marcas por las cuales se identifican y reconocen las dimensiones y
escalas del territorio matriz.

Topónimos y narrativas como medios mnemotécnicos reproductores de la historia local y


de formas de reapropiación del territorio

El nombre topónimo y la tradición oral reflejan creencias animistas, percepciones sobre los
habitantes de los pueblos e historias locales, así como relaciones sociales, simbólicas y emotivas con
el espacio y con las condiciones ambientales, como en el siguiente relato que editamos a partir de

6
Esta última limitante o dificultad, así como la segunda y tercera, fueron anotadas por Villavicencio y Nava en una
versión previa del ensayo que aquí citamos, anotaciones que estos autores le reconocen a Eduardo Ruiz y que aparecen
en un estudio que él hiciera a finales del siglo XIX (ver: Villavicencio y Nava, 2003: 5). Así mismo, los autores (2010:
103) reconocen la cuarta limitante a Swadesh y Velásquez quienes la señalaran en un estudio de 1965. (Porque
Villavicencio y Nava le reconocen a autores diferentes y de época distinta, el señalamiento de las limitantes: ‘diversas
convenciones ortográficas’ y ‘variación ortográfica’, es que no me queda claro, según también mi lectura y falta de
especialización, si una y otra limitante son o no una misma).

73
Juan Gallardo Ruíz

cinco versiones locales, 7 donde se mencionan varias poblaciones p’urhépecha en las cuales los
vientos se perciben en su carácter dual (real y simbólico), por lo que ocupan un papel importante
en el sistema de creencias y en la visión del mundo y, por ello, intervienen en la vida cotidiana
siendo referentes en las historias locales sobre el origen y el nombre de los pueblos:

Y así es pues como te digo… ¡No es Cherán!, es chérani… ¡chérani es asustar!... es que ahí hay pues
gente conocida que son hechiceros. Nosotros decimos: ‘ireta chérani, chéranshki imá’, que es como
querer decir: chérani lo había asustado a aquel. Porque ahí en Cherán desde antes asustan… desde
antes entran de esos aires que aúllan como el eco, y que nosotros les decimos taríata, y de esos aires
como remolinos que les decimos siuíni. Es como con Sevina; Sevina es siuíni, que es como le
decimos en tarasco a esos aires-remolinos, pero otros también le dicen seviño. Porque antes se hizo
un siuíni acá pa’ Sevina… y ese aíre-remolino levantó a una muchacha de ahí; nosotros decimos
taríatatani nanákani ma… para decir que el aire-taríata la levantó a esa muchacha. Entonces la
levantó y la dejó caer allá en Cherán… pero estaba un señor por ahí pasando, y ese señor chérani…
¡se asustó!... porque no se esperaba a esa muchacha que se cayó. Entonces por eso dicen chérani,
¡chérani porque se asustó ese señor con ese siuíni en Cherán!, porque no se esperaba a esa
muchacha que se había caído en Cherán… iba en ese aíre-remolino chiflador que hizo chérani al
señor; porque en esos aires-remolinos van como viajeros, y ahí en Cherán esos siuíni los sueltan y
hacen chérani.

Donde quera hay pues historias que avisan… son historias pero al mismo tiempo son cosas ciertas;
por algo pues se llaman así los pueblos ¿verdad?… Así también está ese pueblo que es Jarántepacua;
esos también eran viajeros, nomás que esos eran de otros viajeros, como de esos que perjudican que
son como paracaidistas. Esos se vinieron a parar ahí mero en la brecha, en el lindero pa’ Turícuaro y
Comachuén, y acá pa´ Quinceo; y esos viajeros le dijeron a los que ya estaban ahí viviendo: ¡oigan
señores!, ¿nos dan tantito permiso pa’ nosotros quedarnos aquí?

Y aquellos que ya estaban les dijeron: noooo, pos aquí ya estamos nosotros, ¿y cómo pues quieren
quedarse?

Entonces dijeron los viajeros: ¡mira señores!, ¿por qué no nos hacen este favor?, pos nosotros vamos
por aquí nomás de paso. Eso les dijeron en tarasco: Achá, ¿jarháni o no jarháni? [señor, ¿estaremos
o no estaremos?]. Y los que ya estaban dijeron: ¡ah bueno!, pos si es que nomás van a estar de paso,
pos ya quédense pues. Entonces ya se resolvieron entre ellos, y ya les dieron ese permiso… ¿Jarháni o

7
Dichas versiones fueron narradas por Evaristo Herrera, Mardonio Fabián y Fructuoso Ramírez de Cherán; por
Clemente Valencia de Sevina y por Guillermo Huerta del pueblo de Santo Tomás.

74
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

no jarháni? quiere decir pues: ¿estaremos aquí o no estaremos?, ¡ehh!; por eso ese pueblo se llama
Jarántepacua. ¿Jarháni o no jarháni?, así es entonces como avisaron esos de Jarántepacua para
quedarse.
Bueno, pos les dieron ese permiso y se quedaron… pero se fueron quedando, se fueron quedando, y
ora ya después se hizo un pueblo. Entonces acá aventaron a Quinceo, a Turícuaro, acá aventaron a
otros que se fueron más lejos de Cherán que es el pueblo más grande. Bueno, ahí los de ¿jarháni o
no jarháni? se están haciendo grandes; ¿jarháni o no jarháni?, ¡fíjate bien!, ahí con eso de
¿estaremos o no estaremos? quiere decir que van a seguir abarcando tanto; es que quieren
ampliarse ahí ehh, ¡fíjate bien!, je, je, je; son viajeros que están pues perjudicando.

Pero ahí con eso de ¿jarháni o no jarháni?: ¿estaremos o no estaremos?, quiere decir que van a
quedarse, que van a seguir abarcando tanto; quieren quedarse y ampliarse pues ¡ehh!, ¡fíjate bien!
Igualmente Nahuátzen, ese pueblo tampoco es mero vecino de antes, ese es como paracaidistas
también. Empezaron ahí donde tienen el templo; hasta ahí era de Cherán, y de ahí pa’ abajo era de
Sevina.

Mero viejos vecinos son Pichátaro, Comachuén, Sevina y Cherán, y ese Cheranástico y Aranza de
por sí son también vecinos de más antes. Pá aquel lado están ese pueblo que es tucuru que quiere
decir tecolote, y que se le quedó Tacuro… y ese también tiene otro llegado de paracaidista que es
Carapan de abajo. Ese es como Jarántepacua y Nahuátzen que se hicieron población, y ahora como
vecinos son mucho como peleoneros. Esos de Jarántepacua querían un litigio con los que les
dieron permiso, pero entonces Cherán fue el que les contestó: ¡‘mira!, ustedes son pues
paracaidistas del ¿jarháni o no jarháni?, fíjense pues en eso; ¿ora por qué quieren abarcar tanto?’. Y
ahí está que esos de Cherán y de otros pueblos están todavía peleándose con Jarántepacua, porque
esos se quieren ampliar mas ahí en donde están.

Entonces por eso es que se llama ese Cherán que es chérani, porque es gente conocida de
hechiceros, por eso de que asustan como le pasó a aquel señor. Y ese Sevina es siuíni, porque ahí se
levantan esos remolinos de aire que allá se “apagan” en Cherán porque se asustan. Y Jarántepacua
porque ellos decían: ¿jarháni o no jarháni?: nosotros ¿estaremos o no estaremos?, ¿nos vamos para
allá caminando?… Y se fueron quedando, se fueron quedando, y ya se están ampliando pues je, je,
je. Donde quera hay pues historias ¿verdad?

En esta narración puede apreciarse una motivación mítica detrás de los nombres topónimos de
determinados pueblos, aunque en los casos particulares de Cherán y de Sevina se trata de nombres
históricos, según se consigna en la Relación de Michoacán (Miranda, 1998: 144, 166, 208, 210).

Cherán o “asustar”, y Sevina o “lugar donde se hacen remolinos”, reflejan, a través de sus

75
Juan Gallardo Ruíz

concomitantes topónimos y narrativas, conocimientos, creencias, percepciones y significados


sobre el espacio y sus condiciones medioambientales, así como sobre las personas que lo habitan y
que, a través del imaginario, lo significan, lo dotan de una historia singular, se identifican con él, lo
viven y se lo apropian. En tanto que la toponimia y la tradición oral transmiten temas y sucesos
relativos al lugar, estarían prolongando, refrendando y privilegiando versiones propias de la
historia local, donde los protagonistas son personas comunes y no líderes encomiados que, de
manera ególatra o mezquina, suele exaltar la historia oficial.
Cherán o “asustar” y Sevina o “lugar donde se hacen remolinos”, se conjugan con la
presencia de aires localmente percibidos en su carácter dual, y por ello humanizados según
creencias animistas que les confieren acción con intensión. Vemos que existe una correlación
simbólica entre ambos topónimos con los aires, con el territorio y con el clima o “temperamento”
del lugar. El nombre topónimo de estos pueblos, así como los mitos locales, transmiten
determinados mensajes que ponderan esas correspondencias originales, todo lo cual representa
poder de propiedad o determinada hegemonía cultural sobre el espacio ocupado.
La toponimia y la tradición oral tienen, entonces, la particularidad de cimentar
conocimientos, creencias y percepciones que, a través de la palabra, perduran en la memoria de las
personas influyendo en su subjetividad y en su conducta, frente a situaciones particulares dadas en
el marco de la cultura (Montemayor, 2001: 7-9), y exaltadas en la narrativa popular. Aunque
conformada por el idioma, la toponimia no siempre conlleva un significado único o transparente,
y aquello que la toponimia señala que existe o que se realiza en el lugar, se puede reflejar en el
pensar y en el sentir de las personas que lo habitan y lo nombran. En cierta medida, la toponimia y
la tradición oral reflejan conocimientos y creencias sobre lo que pasó, así como simbolizaciones
sobre el lugar, sus condiciones atmosféricas, y relaciones entre el medio ambiente y las personas
que lo habitan. La asociación entre las personas con el lugar de origen y residencia, y con el clima o
“temperamento” del lugar, refleja dominios extrahumanos y geografías sagradas intrínsecas en el
imaginario popular, coherentes con la toponimia y refrendados en la tradición oral, donde el
territorio, por ser la matriz, hereda su historia y/o algo de sí a las personas (Gallardo, 2016: 353 y
ss.).

76
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

La toponimia y la tradición oral, como medios mnemotécnicos contribuyen a finalidades


diversas; de acuerdo con Vancina (1966: 44), a establecer una cierta conexión con el lugar o con
los atributos a él adheridos; actualizar recuerdos que facilitan la memoria y la reafirmación del
sistema de creencias (animistas); reproducir una tradición que, en este caso, estaría constituida por
conocimientos esotéricos generacionalmente transmitidos que se tienen sobre los lugares y el
paisaje, y sobre lo que en tales lugares existe o sucede, o en donde se hallan partes de las tradiciones
y de la historia local que son recordados cuando se transita por ellos (Vancina, ibid). Lugares cuyos

topónimos y narrativas informan tanto sobre los patrones culturales del grupo como sobre la
mentalidad colectiva y que, como documentos culturales, describen la idiosincrasia y la cultura de
quien narra y de su grupo.

Nuevas toponimias y narrativas que describen las transformaciones del entorno natural
derivadas de la deforestación

Como se sabe y lo hemos señalado, los topónimos dan nombres específicos a los lugares, cuyas
singularidades topográficas, paisajísticas, ecológicas y ambientales, resultan, al ser observadas y
sentidas, en motivaciones o experiencias sugestivas, inquietantes, atractivas y/o emotivas para las
personas, según sus intereses sociales, políticos, laborales o económicos y culturales; son intereses
por los cuales se apropian de su medio geográfico, y de acuerdo a ciertos patrones visibles para cada
persona o grupo, mientras que los habitantes no indígenas de la región tienen otras formas de
nombrar según sus propias categorías, generalmente definidas por ciertas características de tipo
topográfico y poblacional, desde tenencias y rancherías, parcelas cultivables como maizales y
plantaciones de frutales y aguacate, hasta espacios mineros pasando por extensiones de vocación
forestal. Sobre este particular, encontré que la transformación del entorno natural, consecuencia
de la tala intensiva, conlleva la emergencia de nuevos topónimos y de narrativas que dan cuenta de
los cambios en el entorno natural; en el caso de los topónimos, su construcción implica la
castellanización de voces nativas, o la simbiosis entre la lengua castellana con la p’urhépecha, como
en los siguientes casos:

77
Juan Gallardo Ruíz

El topónimo Troncóniro, o “donde hay troncón”, se refiere a un espacio donde sobresalen

gruesos tocones residuales de árboles talados. Cruicíro, o “donde cruzan”, “crucero” o “cruce”,

alude a un puente de madera clandestino, construido por “talamontes” sobre un caudal ahora seco
como consecuencia de la deforestación. Nieverío, que refiere a “nieve”, es nombre que alude a una

cañada y ladera llana y fría, en la que ya no existen árboles que den sensación de cobijo; se trata de
un terreno donde circulan aires fríos que enferman al transeúnte, y se dice que en ello tiene que ver
la acción directa de la naturaleza concebida en su carácter animado, una naturaleza enojada por los
perjuicios de que es objeto, y que con climas extremos y enfermedades sanciona, sin distinción, el
mal uso o el abuso del bosque así como el allanamiento de los espacios sagrados y/o habitados por
entidades extrahumanas: potencias del mundo natural. Se trata entonces de un terreno
considerado peligroso o “riesgoso”, así tornado por la invasión depredadora en tanto detonante de
respuestas punitivas por parte de la naturaleza.
Kuarándo, o “donde (alguien) se cayó y se quebró la pata (cuando andaba trabajando)”, se

refiere a una pendiente terregosa y resbalosa, así transformada por la deforestación; se trata
también de un espacio actualmente percibido como peligroso. Kúchiro, o “donde hay cerdos”,

alude a un aguaje en la falda de un cerro antes ubicado distante del caserío, y ahora rebasado por
éste y vuelto lugar donde se revuelcan los cerdos o kúchi. Anteriormente se nombraba kuíshurhini

o “hincarse”, en tanto ahí las personas se arrodillaban y rezaban, tratándose de conductas


meritorias o deferentes frente a los aguajes y cerros tenidos como espacios sagrados que, por serlo,
devienen en espacios liminales, en los cuales, además, se presentan epifanías o sucesos numinosos
como apariciones marianas, voces susurrantes o sonidos misteriosos. Uarhátani o “sacudir o

sacudirse el árbol”, es nombre que, según creencias animistas, refiere a la acción, movimiento e
intención de un árbol que, agitando sus ramas ante la presencia humana, pide no ser talado.
Entre otros, estos son topónimos nuevos que dan cuenta de descripciones espontáneas y
reflexionadas de lugares antes no nombrados, o que formaban parte de un espacio mayor tenido y
referido como totalidad. En ellos se da cuenta de sucesos y circunstancias singulares de la historia
reciente, misma que está íntimamente relacionada con la vida de los entrevistados que los
enuncian y, por extensión, con la vida del grupo, en tanto que la historia de vida y el quehacer

78
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

personal de aquellos, sean curadores, artesanos, campesinos, autoridades tradicionales o


“talamontes” retirados, implica influir o intervenir en la vida de los demás, en su forma de pensar y
de ver el mundo que los rodea.
En la medida en que en dichos topónimos queda materializado tanto el tiempo y los
sucesos en los cuales se dieron determinadas transformaciones del entorno natural, así como la
historia individual y comunitaria, es que en unos y en otros topónimos subyacen elementos
componentes de la memoria que revelan las disputas con propios y con ajenos, lo que es fuente
para la construcción de la identidad y de eventuales estrategias de defensa de “lo propio” y de “lo
nuestro” en el presente. La relación tiempo-espacio-sociedad analizada desde el ámbito de la
memoria, permite acercarnos al proceso de transformación del paisaje y del grupo social, así como
a su co-determinación.
Entonces, la intervención depredadora del monte y del bosque por parte de las
instituciones o políticas públicas, redunda en diversidad de consecuencias en ámbitos diferentes:
en el desarrollo de la historia local o comunitaria; en las condiciones ecológicas y
medioambientales; en las creencias, percepciones y significados; en el lenguaje que caracteriza y
particulariza tanto a la biodiversidad, así como a los lugares o espacios a lo largo de los caminos.
Así mismo, la transformación del entorno natural, consecuencia de la tala inmoderada, incide en
el desuso de viejos nombres referenciales, o da lugar a nuevos topónimos y narrativas que exaltan
nuevas características o cualidades del lugar, y también transforma las relaciones y valoraciones
locales respecto al entorno natural y ello, además, provoca diversas respuestas por parte de la
naturaleza, misma que, abusada u ofendida, manifiesta su enérgica presencia tomando partido
sancionando a las personas, ya sea ocasionándoles accidentes y enfermedades, o enviándoles climas
extremos; con ello les recuerda que existen normas y prescripciones de acceso y de uso de los
recursos naturales.

79
Juan Gallardo Ruíz

Conclusión

De acuerdo con Villavicencio y Nava (2003: 5, 8; 2010: 101, 103, 105-106), detrás de cada
topónimo hay una larga historia lingüística y cultural, e intentar traducir sin considerar dicha
historia puede llevar a la creación de una simple lista de nombres con propuestas etimológicas y, en
consecuencia, a conclusiones simples o equivocadas. Así, atender el contexto histórico, social y
cultural en el cual se obtuvieron y/o emergieron los testimonios y se elaboraron las
representaciones gráficas del territorio, nos permite entrever las estructuras y relaciones sociales
subyacentes a espacios específicos, vislumbrar ideologías vinculadas a las percepciones y
representaciones del espacio, asomarnos a la significación de los espacios de representación, a las
condiciones o situaciones lingüísticas locales que determinan la construcción individual y social de
topónimos, a las historias locales individuales y colectivas relacionadas con el entorno que se
habita, a las relaciones de poder entre propios y entre propios y extraños.
A través de los correlatos espontáneos y reflexionados de los entrevistados se revelan
diferentes intereses sobre el territorio y los recursos naturales, y se asoman diversas emociones,
valores y sentidos ligados al espacio vivido y al espacio recordado, lo que denota una relación
cualitativa (simbólica y significativa), entre los sujetos, el tiempo y el espacio, que se expresa desde
la práctica social y desde la memoria. A través de los correlatos se develan ciertas cualidades del
territorio: como espacio de representación que guía prácticas y discursos asociados al sentido
propio de territorialidad; como sustrato de la memoria individual y colectiva donde el tiempo se
plasma y nombra, moldea y transforma el territorio.
La toponimia y la tradición oral suelen reflejar situaciones lejanas que no siempre fueron
reales ni vividas por el narrador, pero que, como señala Vancina (1966: 13-25), encuentran un
soporte esencial en la lengua que las dota de un significado especial, así como de un cierto crédito o
fondo de verdad. Es el caso de Cherán, de Sevina y de Arántepacua (Jarántepacua), cuyos
topónimos son concomitantes a situaciones, sucesos, creencias, percepciones y acciones que se
presentan como versiones propias de la historia local, misma a la que, de acuerdo con Sahlins
(1988: 9-12), le subyace una estructura ideológica que generaliza hechos y acciones de una figura o
situación, como forma y destino de la sociedad. Así mismo, el nombre de estos pueblos refleja una

80
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

realidad climática y cultural, donde no cabe la dicotomía naturaleza-cultura postulada por el


pensamiento occidental, y que impide entender la relación entre el hombre con su entorno
natural, relación que caracteriza al pensamiento indígena mesoamericano.
Como decíamos, la tradición oral transmite temas relativos al lugar, que son las versiones
propias de la historia local donde los protagonistas son personas comunes, y no líderes encomiados
que suele exaltar la historia oficial. En este sentido, para la historia y la cartografía oficial, no ha
sido importante tener claro un mayor número de términos que nominan a espacios de una región,
municipio o pueblo, sobre todo si son indígenas, resultando lo contrario para la etnocartografía,
sobre todo porque a través de ella se reconoce de mejor manera el territorio o el carácter
multidimensional y multiescalar del mismo. En algunos casos, de forma por demás desatinada,
tanto la historia oficial como la cartografía institucional han cambiado el nombre original del
lugar en lengua indígena por un término en castellano a partir de consideraciones banales, o
fundadas en intereses centrados en apoyar políticas de cosificación del territorio y de la
biodiversidad, atomizándolos para su explotación comercial.
El mismo proceso de mapeo social, de creación de nuevos topónimos y de narrativas por
parte de los habitantes, es una estrategia de apropiación del espacio ocupado, así como de
reafirmación del sistema ontológico sobre el mismo, lo cual, eventualmente, deviene en estrategias
de defensa, de reconocimiento y de reapropiación territorial, de vivir, sentir, representar y
relacionarse con sus diferentes espacios. Se trata, por lo general, de espacios rituales proveedores de
experiencias de vida individual y colectiva, de percepciones y valores que suscitan acciones de
obediencia o desacato, por las cuales las personas expresan sentidos diferentes de apropiación
referidos al territorio y a los recursos naturales que, en dado caso, se sobreexplotan o se pierden y,
con ello, se olvidan o desaparecen creencias, conocimientos y prácticas culturales de reciprocidad y
de empatía con el territorio matriz y/o comunitario.
El territorio y sus diferentes espacios con sus nombres, narrativas, sucesos, elementos
naturales, cualidades y/o simbologías y significaciones asociadas, conllevan, en tanto medios
mnemotécnicos, un cierto poder de reafirmación y de liberación de la memoria, que a su vez
detona en la codificación, almacenamiento y evocación de ideas, creencias y conocimientos
referidos a la cultura, a la sociedad, a la ideología local y, por supuesto, al territorio en el que se

81
Juan Gallardo Ruíz

nace y vive. Medios mnemotécnicos que abonan en la configuración de un modelo cultural que
contribuye a definir la filiación étnica y asumirla, sin estigma, frente al “otro”, el funcionario
extranjero o mestizo que irrumpe, con intensiones tanto depredadoras sobre la biodiversidad así
como polarizadoras de la sociedad, en los territorios comunitarios. Éstos, su geografía, paisajes y
biodiversidad, son entonces fuente de símbolos y espacios de reelaboraciones ideológicas sobre la
pertenencia y la identidad; en ellos está la pervivencia de la lengua y de otras formas culturales de
comunicación, y ahí se encuentran temas que actualizan la historia local y la memoria colectiva
(Gallardo, 2016: 369).
Finalmente, deseo mencionar que el trabajo de campo, y en particular los recorridos por
los caminos al interior de los terrenos de los pueblos, estuvieron condicionados por la
problemática forestal mediada por políticas públicas y por la presencia de la delincuencia
organizada apropiándose del territorio y de los bosques, situaciones que privan en el área de
estudio y que son problemas que todos conocemos. Así, por esta limitante que conlleva ciertos
riesgos al momento de internarse en el territorio y/o de transitar por los caminos interiores al
mismo, aguardo una nueva oportunidad de continuar con los recorridos y trabajos de
caracterización del territorio, en los cuales será imprescindible el acompañamiento de los
comuneros, así como la elaboración, por parte de ellos, de etnocartografías en las que se ha de
reflejar la toponimia y las categorías locales que definen y detallan al territorio, y que concretan
procesos de reconocimiento y de reapropiación del mismo, así como de la biodiversidad que allí se
encuentra.

Fuentes

Alcalá, J. (1988), La Relación de Michoacán, Miranda, F. (paleografía y edición), SEP, México.


Argueta Villamar, A. (2008) Los saberes p’urhépecha. Los animales y el diálogo con la naturaleza,
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82
Reconocimiento y reapropiación del territorio p’urhépecha a través de la toponimia y la tradición oral

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mundo subjetivo y la práctica de los curadores p’urhépecha, El Colegio de Michoacán,
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Villavicencio, F., Nava, F. (2003) “Toponimia purépecha: algunas observaciones generales”,
Ponencia presentada en la reunión del Grupo Kw’anískuyarhani de estudios del pueblo
purépecha, llevada a cabo en Pátzcuaro, Michoacán, en mayo de 2003.
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INAH (colección científica), México, pp. 89-108.

Fuentes orales

Elisa Herrera, Jovita Herrera, Evaristo Herrera, Adelaida Cucúe, José Luis Ramírez, Mardonio
Fabián y Fructuoso Campos de Cherán; Clemente Valencia, Cristobal Chávez, Serbando Chávez
y Wenseslao Jiménez de Sevina; Guillermo Huerta y Felipa Huerta de Santo Tomás.

83
II

El cambio toponímico a través de la historia


PERMANENCIA DE NOMBRES INDÍGENAS EN LAS LOCALIDADES DE MÉXICO

Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI)

Resumen

Al paso de los años ha mermado mucho el uso de los nombres indígenas de localidades debido a las
diversas situaciones históricas que ha vivido nuestro país. Con esta tendencia, en poco tiempo se
estará hablando de ellos como algo extinguido, situación lamentable porque además de haber
desaparecido nombres de localidades se habrán perdido también fuentes de información para
muchas ciencias como la lingüística, historia, geografía, entre otras. Es obvia la importancia que
tiene la conservación de estos nombres y que se deben de tomar acciones para evitar su pérdida,
ellos reflejan la personalidad de nuestros antepasados indígenas y forman parte de la esencia del
país.

Abstract

With the passage of time, the use of indigenous names of localities has much diminished due to
the different historical situations that our country has lived, with this trend in a short time we will
be speaking of them as something extinct. This is an unfortunate situation because besides
localities names will have disappeared, the information resources for many sciences such as
linguistics, history or geography will have been lost as well. It is obvious the importance of
conservation of these names and it must take action to prevent loss, they reflect the personality of
our indigenous ancestors and are part of the essence of the country.

87
INEGI

“los nombres de lugar son un importante elemento en el


contexto de la identidad nacional[…] Recorrer el
escenario geográfico de México es ir ‘leyendo’ no poco
de su historia[…], cambiar o alterar, sin ton ni son, la
toponimia es atentar contra la memoria histórica”

Miguel León Portilla

En nuestro país existe una amplia diversidad de recursos naturales con los cuales el hombre ha
establecido una relación por medio de la toponimia, asignándoles nombres que les permiten
identificarlos. Los topónimos, en su origen, son términos esencialmente descriptivos debido a que
en todos ellos hay información de los aspectos o acontecimientos que los originaron. Los pueblos
prehispánicos crearon topónimos para nombrar sus asentamientos, y a través de la descripción de
las propiedades y configuración del terreno, características climáticas, así como la flora y fauna del
lugar, pero también los dioses, los templos, las ceremonias religiosas, las conmemoraciones, las
conquistas y las guerras eran motivo para dar nombre a los lugares que habitaban.
En el transcurso de la historia del país han existido diversas etapas toponímicas que se
pueden diferenciar notablemente por las características intrínsecas de cada una de ellas: la primera
corresponde al período prehispánico y está representada por topónimos provenientes
principalmente de las culturas maya, tarasca, mixteca, zapoteca y totonaca; vendría después, con la
expansión del imperio azteca, una etapa representada en gran medida por topónimos de origen
náhuatl, los cuales fueron transformados de manera importante durante la conquista española
bajo tres contextos:

1. Una causa de la modificación de los nombres indígenas fueron las adaptaciones fonéticas
que hicieron los españoles. Esta situación se originó por la mala audición de una lengua
que les era extraña y que no alcanzaban a comprender provocando que trataran de imitar
los sonidos de las palabras que escuchaban, como Cuauhnáhuac (cerca, junto a los

árboles) que los españoles llamaron Cuernavaca.

88
Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México

2. Con la llegada de los misioneros evangelizadores se extendió la costumbre por parte de los
colonizadores de anteponer el nombre de algún santo al nombre indígena de las
localidades, por ejemplo: San Bernardino Citlaltépetl, Santa María Nenetzintla.
3. Finalmente, tenemos el caso de los nombres que sufrieron transformación por la
hibridación hispano-indígena, es decir, aquellos nombres a cuyas palabras les fue
adicionado un vocablo en español, como Cruztitla (lugar de cruces) o Tepuente (puente
de piedra).

En este lapso se sitúa entonces la primera transformación a los nombres indígenas, el olvido total
de algunos y la persistencia de otros en su afán de continuar contando la historia de México.
La época Colonial trajo consigo nombres de localidades relacionados con las actividades
económicas que tenían auge, ejemplos de ellos son relacionados con la minería y actividades
agrícolas: Muleros, Carboneros, Calera, La Nopalera, El Magueyal, La Labor, etc.; también se
integraron al país nombres de localidades homólogas en España, como Valladolid, antes
Guayangareo (loma larga y achatada) y Mérida, antes T-Ho’ (lugar de los cinco); además de los

topónimos que se fueron asignando derivados de los nombres de conquistadores y


evangelizadores, como Alvarado, llamada así por Pedro de Alvarado, antes Atlizintla (junto al

agua abundante), y Quiroga, en honor a Vasco de Quiroga, antes Cocupao, (lugar de recepción).

Así como los conquistadores extranjeros en su momento modificaron en México muchos


de los nombres indígenas de localidades, en etapas posteriores vendrían los nativos del país a
asignar nombres relacionados con los sucesos históricos de México, como la Independencia, la
Reforma y la Revolución Mexicana, todos ellos eventos que fueron semilleros de grandes héroes y
prohombres locales y nacionales; sin embargo, en esta ocasión, además de modificar un número
considerable de nombres de localidades, se desplazaron totalmente muchos otros sin contar
siempre con la aceptación de los habitantes, como Ciudad Guzmán, llamada así en 1856 en honor
del General Gordiano Guzmán, antes llamada Zapotlán el Grande y antes Tzapotlan (lugar de

frutas redondas y dulces); otro ejemplo es el área conocida actualmente como Delegación Álvaro
Obregón, asentamiento conocido en la época prehispánica con el nombre de Tenanitla (cerca de

89
INEGI

la muralla de piedra), pero que a la llegada de los españoles modificó el nombre como San Jacinto
Tenanitla debido a la presencia de los misioneros Dominicos y a la construcción de una ermita en
honor a San Jacinto. El pueblo mudó de nombre nuevamente a principios del siglo XVII cuando
frailes de la orden de los Carmelitas Descalzos, bajo la advocación de San Ángelo Mártir,
construyeron en esa área el Convento del Carmen, lo que ocasionó que a partir de esas fechas
fuera reconocida como San Ángel, sin embargo mudó nuevamente en 1932 cuando el presidente
Pascual Ortiz Rubio emitió un decreto para cambiarle el nombre de San Ángel (ya convertida en
delegación política) a Villa Álvaro Obregón ya que en 1928 este personaje fue asesinado en un
restaurante de San Ángel. Finalmente, en 1970 un nuevo decreto denominó la zona como
Delegación Álvaro Obregón. El nombre de San Ángel se ha negado a desaparecer y persiste en
varias colonias de la delegación, asimismo, el topónimo Tenanitla se ha utilizado para denominar
algunos servicios.
Por otra parte, se dio el caso de que un buen número de localidades ya establecidas
agregaron a sus nombres el de algún héroe de la nación a fin de rendirle un sentido homenaje, ya
fuera por ser el terruño de esos personajes o bien por ser testigos del paso y la acción de ellos, por
ejemplo Hidalgotitlán, Tixtla de Guerrero, Ixhuatlán de Madero y Minatitlán.
A la par de los eventos históricos también surgieron las nuevas localidades con nombres
que guardaban grandes expectativas, tal es el caso de El Porvenir, La Libertad, La Nueva
Esperanza, La Reforma, El Progreso, entre otros, así como aquellos nombres que hacían alusión a
los movimientos agrarios del país, como Ejido Tierra y Libertad, Emiliano Zapata, Nuevo Lázaro
Cárdenas o Francisco Villa, por señalar algunos.
Como información complementaria al tema en cuestión, en la publicación sobre las
Resoluciones relativas a historia y ciencias afines (1947, IPGH), tomadas en asambleas del Instituto

Panamericano de Geografía e Historia (1929-1946), se expresó que debe establecerse “el sano
principio de que sean conservados en todo el continente americano los nombres indígenas de las
localidades para que no se extinga hasta en los nombres geográficos la tradición de las razas
aborígenes de América, tan digna de aprecio como las de la cultura europea trasplantadas aquí”.
En relación a esto, en México se han llevado a cabo algunas gestiones ante las autoridades
gubernamentales con el fin de lograr que se restituya la escritura correcta de los topónimos

90
Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México

indígenas de las localidades debido a las descomposiciones en las que se han visto involucrados y
por las cuales hasta el significado les ha sido cambiado; por ejemplo, en el año de 1978 la
legislatura local de Xalapa (manantial en la arena), aprobó que el nombre deberá escribirse con X
en lugar de J, como se escribió a raíz de la castellanización que hicieron los españoles del nombre
de la localidad.
En relación a este tema y con base a los datos del Conteo de Población y Vivienda 2010, se

sabe que en México viven 6 millones 695 mil 228 personas de 5 años y más que hablan alguna
lengua indígena, lo que representa un 6.5% con respecto a la población total del país; así mismo, se
tienen contabilizadas 89 lenguas indígenas, de las cuales, las que presentan mayor número de
hablantes son: náhuatl, maya y lenguas mixtecas. Los estados que presentan los mayores
porcentajes de hablantes de lenguas indígenas con respecto al total de su población son: Oaxaca
(30.6%), Yucatán (27.4%) y Chiapas (23.7%), mientras que los estados con menor porcentaje son:
Aguascalientes (0.2%), Coahuila (0.22%) y Guanajuato (0.27%).
En México, a través de los años se ha incrementado paulatinamente el número de personas
de 5 años y más hablantes de las lenguas indígenas. De acuerdo a los datos del V Censo General de

Población, en 1930 existían en el país 2.3 millones de hablantes, y en el Censo de Población y

Vivienda 2010 se reportan 6.6 millones.

Aunque el número de hablantes de las lenguas indígenas ha crecido, el porcentaje de


hablantes con respecto a la población total del país ha decrecido notablemente; en 1930 el
porcentaje que se tenía era de 16.0%, y en 2010 se cuenta con 6.5%; esta considerable disminución
se debe a que el número de personas que sólo habla español en el país ha aumentado en un
porcentaje mayor.
Un factor que influye sobre la constancia y generación de los nombres indígenas es la
permanencia de las lenguas indígenas. En México se desconoce un número exacto sobre cuántas
lenguas indígenas han desaparecido a la fecha, pero se estima que a partir de la Colonia esta cifra
ha rebasado con creces la centena. En la desaparición de las lenguas indígenas han influido diversos
aspectos como el reducido número de hablantes, la dispersión geográfica, el contacto con una
cultura de acciones agresivas y castrantes, el número relativamente menor de habitantes con

91
INEGI

respecto a los hablantes del idioma español, y como causas actuales de mayor peso se tienen el
hecho de que existe una marcada negación de los hablantes de las lenguas indígenas a utilizarlas
debido a la discriminación, así mismo, también se tiene la circunstancia de que los hablantes son
predominantemente adultos y existe una tendencia de abandono a las estrategias de transmisión
de sus lenguas a las nuevas generaciones. Todos estos factores han influido en una u otra medida
para la extinción de algunas lenguas y para colocar a otras en riesgo de desaparición.

Figura 1. Evolución de la población de habla indígena respecto a la población total en México*

*Únicamente se considera a la población de 5 años y más


Fuente: INEGI, DGE, V Censo General de Población, 1930; INEGI, VII Censo General de Población,
1950; INEGI, DGE, IX Censo General de Población, 1970; INEGI, XI Censo General de Población y
Vivienda, 1990; INEGI, XII Censo General de Población y Vivienda, 2000; INEGI, II Conteo de Población
y Vivienda 2005; INEGI, Censo de Población y Vivienda 2010.

Otra situación que en la actualidad contribuye al desplazamiento u olvido de los topónimos


indígenas en México es la migración de la población otros países, especialmente a los Estados
Unidos. Cuando los migrantes regresan a sus lugares de origen traen consigo términos
procedentes del país al que viajaron y los utilizan para nominar a nuevas localidades, o bien para
renombrar algunas que anteriormente tenían topónimos indígenas, por ejemplo The Flower

Game, Nuevo Hawai, Rancho Little Joe, La Boca Ranch, Nueva Grecia, África, San Antonio Texas,

Happy Ranch. 1

1
La ubicación por entidad federativa de las localidades mencionadas se encuentra en la Tabla de ubicación de
localidades.

92
Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México

Es notorio además, que la tendencia en la asignación de topónimos hoy en día es muy


diferente a la que utilizaban nuestros ancestros, que se inclinaban por la descripción de los
elementos naturales cercanos o propios de su asentamiento, o bien a elementos integrantes del
contexto en que se desarrollaban. Así pues, al revisar el Catálogo único de Claves de Áreas

Geoestadísticas Estatales, Municipales y Localidades, tenemos una gran cantidad de nombres de

localidades que nos cuesta trabajo interpretar y responder al cuestionamiento de la razón que
pudo haber existido para decidir su nominación, estos nombres dicen mucho y a la vez nada en
específico.
Al encontrar una localidad denominada Las Maravillas, se abre a la imaginación un buen

número de posibilidades sobre el origen del nombre, desde creer que por las maravillas del mundo
es llamada así, por la vista de un paisaje extraordinario que sirvió de inspiración a sus habitantes, o
bien por una clase de plantas silvestres; y qué decir del enigmático nombre Salsipuedes, es para

pensarlo bien antes de entrar a esa localidad. Por otro lado, al llegar a La Gota de Oro, El Progreso o

al Pico de oro, las expectativas son de una vida fabulosa, pero hay que tener cuidado si se llega al

Rancho sin Fortuna y obviamente no esperar encontrar al personaje de localidades como La

Dinamita, El Conejo y El Pony.

Indudablemente la cultura popular ha llegado hasta la toponimia y tal vez levantemos la


ceja e incluso sonriamos ante la presencia de nombres aplicados a localidades utilizando palabras
que para algunas personas pueden sonar impertinentes, pero que en algunas zonas del país son
expresiones coloquiales entre los habitantes de las localidades, como Las Tetillas, La Verija, La

Chingada, El Chingadazo, Está Cabrón y La Nalga de Ventura)). Ante la evidencia de estos

nombres se puede objetar sobre la pérdida en la actualidad de la disposición descriptiva que


poseían los pueblos indígenas, debido a que no se tiene que utilizar mucho la imaginación para
comprender a que se hace referencia e irremediablemente se comparan, con cierta nostalgia,
nombres indígenas tan representativos como:

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INEGI

XOCHIMILCO (la milpa de flores) ITZTAPALAPA (río de las lajas o losas)


TENOCHTITLAN (donde abundan las tunas de CHAPULTEPEC (lugar del cerro del
piedra) saltamonte)
XCARET (pequeña caleta) COZUMEL (isla de las golondrinas)
NÁCORI (lugar del nopal) TZINTZUNTZAN (lugar de colibríes)
COMONDÚ (carrizal en cañada) TINGÜINDÍN (lugar de adoración)
ZACATECAS (tierra donde abunda el zacate) CITLALTÉPETL (cerro de la estrella)
TLATELOLCO (lugar de terraplenes artificiales) ACAPULCO (lugar de cañas gruesas)
HOPELCHÉN (lugar de los cinco pozos) TEMÓSACHI (tierras rodeadas de agua)

Como se puede observar, ejemplos anteriores son nombres que manejamos cotidianamente sin
reparar mucho en su fonética, pero que si nos detenemos un poco a analizarlos daremos cuenta de
su sonido estético y del valioso contenido que encierran.
Antes de continuar podemos decir que las siguientes son las principales causas que han
impactado la evolución de los nombres indígenas:

• La expansión del Imperio Azteca, teniendo como consecuencia la desaparición de


topónimos locales de las culturas vencidas e imposición de los suyos propios.
• La llegada de los conquistadores españoles asignando el idioma español ya sea a través del
desplazamiento de un nombre indígena o bien a través de su modificación parcial.
• La asignación de nombres de personajes destacados en los diferentes sucesos históricos del
país a localidades que inicialmente contaban con un nombre indígena.
• La dispersión de los integrantes de los pueblos indígenas existentes actualmente en el país.
• La desaparición de lenguas indígenas que pudieran ser generadoras de nuevos topónimos.
• La falta de apoyos y seguimiento para la transmisión de las lenguas indígenas de los adultos
hacia las nuevas generaciones.

Entonces, sería conveniente realizar aquí el cuestionamiento sobre el futuro de los nombres
indígenas ante la serie de factores a los cuales se enfrenta la supervivencia de los mismos.

94
Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México

Resulta contundente que el paso de los años ha mermado mucho el uso de los nombres
indígenas debido principalmente a las diversas situaciones históricas que ha vivido nuestro país,
pero de continuar con esta tendencia, en poco tiempo se estará hablando de ellos simplemente
como algo que se ha extinguido, situación realmente lamentable porque además de haber
desaparecido nombres de localidades se habrán perdido también fuentes de información para
muchas ciencias como la lingüística, historia, geografía, entre otras.
Los nombres nos cuentan la historia de un lugar, nombres como Chiautempan (en la orilla

de la ciénega), Huamantla (en el apiladero de maderas) o Cuautla (arboledas) nos relatan cómo

era el lugar en ese tiempo, aunque ahora sus características sean totalmente diferentes; los nombres
permiten indagar acerca de la formación de las palabras y datos de valor sobre aspectos de una
lengua; los nombres ayudan también a ratificar, a platicar los hechos históricos y cómo influyeron
en los nombres de esa época.
Es válido argumentar que al igual que sucedió en la época prehispánica los nombres
actuales tienden a ser parte del momento que se vive y que, nos gusten o no, forman parte de este
periodo histórico y de un proceso de evolución que se ha venido dando a través del tiempo y cuyo
inicio se remonta a la fusión de dos culturas representadas por nombres tan plausibles tanto de
una como de la otra, entonces ¿por qué pareciera ser que existe empeño a darle mayor peso más a
una? La mayoría de los habitantes de este país decimos sentirnos orgullosos de nuestras raíces, sin
embargo en diversos sectores de la sociedad se advierten acciones que muestran un rechazo hacia
las culturas indígenas, hacia sus costumbres y hacia sus lenguas, lo que ha ocasionado una clara
marginación contra estos grupos y provocando que, incluso, algunos de sus integrantes ante la
presión social muestren desapego a sus propias tradiciones y prefieran alejarse de ellas.
Es obvia la importancia que tiene la conservación de los nombres indígenas de localidades
y que se deben tomar acciones para evitar la pérdida de nombres que representan la personalidad
de los antepasados indígenas que finalmente son también los nuestros y que forman parte de la
esencia del país. Sería alentador que al leer este artículo y otros similares meditemos en la
posibilidad de contribuir, en la medida de lo posible, con nuestras propias acciones para evitar la
extinción de nombres indígenas; evitemos pensar que esto va dirigido a promover un

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INEGI

nacionalismo extremo en el afán de recuperar una cultura que ya ha evolucionado. Se trata de


conservar los testimonios, en este caso los nombres, que permitan una adecuada interpretación de
nuestro proceso histórico de cuyo origen debemos sentirnos orgullosos y por lo mismo mostrar
respeto a los grupos y personas que aún siguen hablando las lenguas indígenas.
Los nombres indígenas en México han subsistido a través de los años a las diversas acciones
gestadas en su contra, algunas de forma premeditada y otras de manera inconsciente, pero todas
han contribuido a desgastar su permanencia en el lenguaje cotidiano de los habitantes del país
¿Cuánto tiempo podrán resistir, cuánto tiempo más podrán seguir existiendo?, en nosotros, como
sucesores en parte de esta cultura, está la decisión y la respuesta a este proceso de sobrevivencia que
ha representado para los nombres indígenas encontrar un espacio que les ha sido limitado poco a
poco y que históricamente les pertenece.
Reflexionemos pues, sobre nuestra participación directa o indirecta, como individuos,
como sociedad, como gobierno, en el proceso de la conservación de los nombres porque forman
parte de nuestra historia, cuentan la historia, son la historia y según Helmut Kohl, político y
estadista alemán: “un pueblo que no conoce su historia no puede comprender el presente ni
construir el porvenir”.

Ma’ t’ aan chen k t’aanakeche je’ ebak tuukult táanil ba’ax ka wa’alik

[No hables sólo por hablar, sino piensa primero lo que dices]

96
Permanencia de nombres indígenas en las localidades de México

Tabla de ubicación de localidades

Nombre Estado Municipio


The Flower Game Jalisco Tlajomulco de Zúñiga
Nuevo Hawai Zacatecas Villa González Ortega
Rancho Little Joe Baja California Tecate
La Boca Ranch Coahuila de Zaragoza Sabinas
Nueva Grecia Chiapas Chicomuselo
África Puebla San Felipe Tepatlán
San Antonio Texas Guanajuato Silao de la Victoria
Happy Ranch Colima Coquimatlán
Las Maravillas Chiapas Jitotol
Salsipuedes Guerrero Acapulco de Juárez
La Gota de Oro Puebla Venustiano Carranza
El Progreso Chiapas San Fernando
Pico de oro Tabasco Centla
Rancho sin Fortuna Querétaro Amealco de Bonfil
La Dinamita Querétaro Pinal de Amoles
El Conejo Veracruz de Ignacio de la Llave Perote
El Pony Sinaloa Culiacán
Las Tetillas Michoacán de Ocampo Peribán
La Verija Michoacán de Ocampo Carácuaro
La Chingada Guanajuato San Miguel de Allende
El Chingadazo Tamaulipas Gómez Farías
Está Cabrón Veracruz de Ignacio de la Llave Jáltipan
Rancho de Guadalupe (La Nalga de
Guanajuato Valle de Santiago
Ventura)
Fuente: INEGI, Catálogo Único de Claves de Áreas Geoestadísticas Estatales, Municipales y Localidades.

97
INEGI

Fuentes

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Embriz Osorio, A., Zamora Alarcón, O. (2012) Lenguas indígenas nacionales en riesgo de
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98
EL PAISAJE SAGRADO DE COCHI[S]TAN, CAMPECHE

Lorraine A. Williams-Beck*

Resumen

En el libro clásico sobre la geografía política de los mayas de Yucatán (1957), Ralph L. Roys
reconstruye las jurisdicciones políticas autónomas independientes a través de topónimos y
personajes mencionados en los documentos históricos coloniales de la Península en los siglos XV y
XVI. En el caso de Campeche, el territorio abarcaba tres distintas entidades políticas o
cuuchcabalob: Ah Canul, Canpech y Chanputun, que se suponía fueran pares contemporáneos en
1517 cuando arribaron los europeos a esta región. A través del análisis etimológico de topónimos
mayas del área inmediata, de datos arqueológicos y de evidencia iconográfica se intenta aclarar
tanto la naturaleza ritual religiosa como la extensión del territorio y temporalidad de esta
“provincia” incógnita, cuya capital era denominada con el topónimo genérico de Dzaptun, pero
conocida también como la “Zeyba” o “Ceiba Cabecera” en los documentos colonialae tempranos.

Abstract

In the classic study The Political Geography of the Yucatan Maya, Ralph L. Roys (1957)
reconstructs autonomous and independent political jurisdictions, from Spanish references
through toponyms and protagonists mentioned in sixteenth and seventeenth-century Maya and
Spanish Colonial documents. Roys found regarding the current State of Campeche, this
geographical construct had three distinct political entities or cuuchcabalob: Ah Canul, Canpech,
and Chanputun, as contemporaneous peers at the time of European contact in 1517. One specific
indicator for Roys’ provincial classification includes each geopolitical units have a capital city.
Through an etymological analysis of Maya toponyms in the joint immediate area, and by
including archaeological and iconographic data for sites within this region, I attempt to clarify the
ritual religious, territorial, and temporal extensions for this little known “province”, whose capital
city not only illustrates a generic name, Dzaptun, but also is known as “La Zeyba” and “Ceiba
Cabecera” in Early Colonial Spanish and ecclesiastical documents.

*
Universidad Autónoma de Campeche, lorrainewilliamsbeck@hotmail.com

99
Lorraine A. Williams-Beck

El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

A través de topónimos y personajes mencionados en los documentos históricos coloniales


españoles y etnohistóricos mayas a finales del siglo XV y principios del XVI, Ralph L. Roys (1957)
reconstruyó las jurisdicciones políticas independientes y las denominó cuuchcabalob o provincias

autónomas. En el caso del actual estado de Campeche, este territorio abarcaba tres distintas
cuuchcabalob: la comarca Ah Canul en la zona noroeste, Canpech y Chanputun (Figura 1).

Figura 1. Mapa de las provincias Canpech y Chanputun

Retomado de Roys (1957:166)

100
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

Si bien una serie de hechos proporciona pistas pormenorizadas sobre la provincia Ah Canul,
separándola en dos componentes espaciales del norte (Roys, 1957) y del sur (Okoshi Harada
1992, 2009; Quezada, 1992), Roys se enfrentó a un enigma mayor cuando intentó delimitar las
provincias Canpech y Chanputun. Se le hizo imposible definir fronteras concretas entre estas dos
unidades, y entre ellas y sus vecinas localizadas al norte, noreste, este, sureste y sur, —algunas de las
cuales contaban con pueblos que parecían tener un nivel de organización política más complejo—
porque entre sus fuentes no había realmente mucha información al respecto (Chamberlain, 1982;
Gerhard, 1991; Roys, 1957: 166-169).
Esto se debió a que gran parte del área peninsular entre las cabeceras coloniales del área
Sudeste de la Nueva España: Santa María la Victoria, Tabasco y Mérida, comprendía una dotación
real que se le fue encomendada a don Francisco de Montejo, “El Adelantado”, por sus servicios
rendidos a Carlos V (De la Garza et al., 1983 I: XX-XXIII; Izquierdo, 1995, 1997; Williams-

Beck, Anaya Hernández y García Arjona, 2010). Es realmente difícil saber el tamaño exacto del
territorio bajo su protección, porque entre los mismos conquistadores españoles de la época hubo
forcejeos y procesos jurídicos en cuanto a las encomiendas conseguidas de la Corona y a menudo
los documentos no mencionan claramente los límites de sus tierras (Chamberlain, 1982; García
Bernal, 1978, 2006; Gerhard, 1991; González Cicero, 1978; Izquierdo, 1995, 1997; Scholes y
Roys, 1968). Sin embargo, en el año 1548 un juicio fiscal ante la Real Audiencia y por medio de la
Audiencia de Confines, todo ese territorio se le fue confiscado a “El Adelantado”, remitiéndolo a
la Corona para su administración (Izquierdo, 1995), de ahí que se perdiera el hilo conductor que
permitía identificar cuáles individuos se encargaran después de las diversas encomiendas y
estancias en esta zona.
Entre 1577 y 1579, durante el periodo del Rey Felipe II, el censo de las tierras de la Nueva
España tampoco esclareció la duda porque, por un lado, los predios de esta región ya le
pertenecían al Rey y, por otro, no hubo autoridad española en Campeche que obligara a acatar la
solicitud de contribuir los datos requeridos, hasta que se le nombrara a este distrito puerto oficial
de la zona sudeste de la Nueva España en 1639 (Chamberlain, 1982; López Cogolludo, 1955;
García Bernal, 1978, 2006; Williams-Beck, Anaya Hernández y García Arjona, 2010: 574-575).
No obstante la carencia de información documental sobre Canpech y Chanputun, Roys menciona

101
Lorraine A. Williams-Beck

que “los mexicanos se referían a esta región entera [como] la “provincia de Cochistan (sic.)…”

(Roys, 1957: 167), sin ofrecer una explicación mayor sobre el origen o sentido de este término.
Para conocer la historia regional, el primer intento realizado en el siglo XVII por el fraile
Diego López Cogolludo mostró un callejón sin salida. El fraile se resignó —al igual sufrimos
nosotros— por las lagunas en la memoria colectiva, no obstante, mirarla desde otra óptica, por
medio del perfil ambiental de esta región, de los topónimos mayas y de las raíces etimológicas para
registrar la memoria colectiva de estos lugares en el paisaje, se pueden obtener algunos atisbos
adicionales para salir del enigma que aún la rodea.

Marcos ambientales, espaciales y lingüísticos mayas de Cochi[s]tan

La provincia combinada de Cochi[s]tan 1 abarca un área geográfica de aproximadamente 4,800


km2 delimitados por dos ríos: el Homtun y el Champotón. El primer afluente, ubicado por el
costado norte, asemeja más bien a una serie de desagües topográficos de las tierras ligeramente más
elevadas desde el rumbo sur y sudeste; el río Champotón, rematando el lado sur, nace de
numerosos manantiales de agua dulce, y por medio una fractura en la corteza de la tierra aflora y
crece su caudal hasta llegar al Golfo de México, en lo que hoy día se reconoce como la ciudad de
Champotón y cabecera del municipio homónimo (Williams-Beck et al., 2010; Williams-Beck,

2011).
Sin poder especificar su extensión y límites tierra adentro, hasta hace poco el consenso
académico supuso que era una tierra de nadie, boscosa y desocupada, porque ninguna ciudad
capital prehispánica habría sido fidedignamente identificada por la presencia de conjuntos
arquitectónicos monumentales u otros restos de inmuebles concentrados en un núcleo con
características urbanas. El argumento de que estos centros fuesen desmantelados por completo
para levantar encima de sus cimientos las villas coloniales no está sustentado por restos culturales o
inmuebles concretos (Williams-Beck y López, 1999), a pesar de abogar por esta interpretación

1
La combinación lingüística consonante-consonante “s” + “t” no aparece en el idioma maya con variaciones locales
yucateca, chol-chontal o presumiblemente canpechta’an, por lo que esta amalgama podría pertenecer a otro idioma de
naturaleza no maya.

102
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

varios autores de renombre (Lanz, 1905; Chamberlain, 1982; Piña Chan, 1970, 1987; Roys,
1957; Ruz Lhullier, 1969). Tampoco hay facción política mayor mencionada en los documentos
sobre la geografía política autóctona peninsular del siglo XVI, que las reclamaba como suya o las
denominara, ni se puede confirmar que formaran parte de las redes de socios de la gran metrópoli
del periodo Postclásico tardío Mayapan (Roys, 1957, 1972).
Así que separar la historia verdadera de la leyenda creada por la versión oficial de sucesos
antiguos es tarea por aclarar, porque choca con el consenso histórico general, requiere consultar
múltiples fuentes, amarrar cabos sueltos e intercalar entre ellos sentidos comunes para urdir un
tapiz más completo del devenir multiétnico y multicultural para esta región (Williams-Beck y
López, 1999; Williams-Beck, 2013a, 2013b).
En un trabajo más detallado sobre esta leyenda histórica reforzada por interpretaciones
equívocas de las fuentes que narran el descubrimiento de Campeche, ya quedan completamente
resueltas las dudas sobre la localización de los sitios prehispánicos mayas e históricos españoles a
través de la evidencia arqueológica recabada en los últimos 25 años, que documentan obras
públicas realizadas en las ciudades cabeceras modernas de Campeche y de Champotón. Estos
espacios construidos no residen sobre los restos de sus capitales prehispánicas respectivas
(Williams-Beck y López, 1999; Williams-Beck, Anaya Hernández y Arjona García, 2010;
Williams-Beck, 2013b), esta dinámica urbana de asentarse en la costa se atribuye a los españoles
más que a las costumbres de los autóctonos mayas peninsulares.
La evidencia arqueológica e histórica concluye que el encuentro de españoles y mayas en
esta región creó una identidad propia, asentada en la memoria colectiva a escasos diez lustros
después de la separación de Campeche de Yucatán como estado peninsular libre y soberano
(Williams-Beck y López 1999; Williams-Beck 2013b). Los trabajos publicados nunca
cuestionaron los hechos narrados en los documentos ni de los testigos presenciales alegados del
momento de contacto. El supuesto carácter de zona despoblada para la región inmediata entre las
villas coloniales de Campeche y Champotón y tierra adentro, sólo fue desmentido recientemente
por investigaciones documentales e inspecciones terrestres (Williams-Beck y López, 1999;
Williams-Beck et al., 2010; Williams-Beck, 2011; Williams-Beck, Liljefors Persson y Anaya

Hernández, 2013).

103
Lorraine A. Williams-Beck

El medio natural de la provincia Cochi[s]tan proporciona un telón de fondo como pasaje


natural con parámetros especiales compuestos por dos nichos ambientales con términos
particulares a cada uno. El peten (Arzápalo Marín, 1995: 90; Astor-Aguilera, 2010: 240; Barrera

Vázquez et al. 1980: 90) se refiere a una especie de elevación topográfica menor insertando una

pequeña isleta de agua dulce en medio de un marisma costero de agua salobre (Figura 2) (Ayala
Pérez, 2010: 116-118; Torrescano Valle, 2010: 165-169); otra clase de peten parecida se

caracteriza por ser un humedal de terreno plano situado tierra adentro con elevaciones
topográficas parecidas (Williams-Beck, 2011; Williams-Beck y Geovannini Acuña, 2014). Ambos
albergan especies como tortugas, lagartos, peces y aves, así como bosques bajos mejor adaptados a
condiciones perennes de inundación o de temporal (Noriega-Trejo y Arteaga Aguilar, 2010: 148-
154; Williams-Beck y Geovannini Acuña, 2014).

Figura 2. Vista panorámica de la planicie costera, en donde se nota una elevación topográfica o peten en
medio de la marisma, nicho ecológico compuesto por un ojo de agua dulce, una acumulación de tierra y de
una comunidad selvática distinta al de su entorno medio salobre inmediato

Foto de la autora, 2010

104
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

El otro término para un nicho especial lo representa el vocablo ch’e’en (Barrera Vázquez et al.,

1980: 90; Arzápalo Marín, 1995: 90), que se refiere tanto a los manantiales de agua dulce que
brotan en medio del mar y alimentan los humedales costeros y de tierra adentro, como a las
infraestructuras edificadas para captar el líquido vital en la forma de pozos con bocas y cuellos
confeccionados de mampostería que penetraban el sustrato para acceder a los ríos subterráneos, o
también chultunob (Barrera Vázquez et al., 1982: 114, 822, 131) o cisternas prehispánicas cavadas

en los bancos de caliza polvorizada, llamada saskab (Ibid.: 719), revestidas con aplanados del

mismo material calcáreo para almacenar el agua de lluvia en las tierras bajas mayas de la Península
de Yucatán (Figura 3). Aparte de los sentidos científicos y ambientales estrictos, ambos vocablos
comprenden componentes simbólicos precisos de trascendencia mayor en la filosofía y
cosmovisión maya (Astor-Aguilera, 2010: 240; Tokovinine, 2013: 26; Williams-Beck, en prensa).

Figura 3. El término ch’e’en representado por dos soluciones arquitectónicas prehispánicas mayas: a la
izquierda el pozo, con boca y cuello de mampostería que accede el manto freático natural subterráneo
(Ceiba Cabecera 2014); a la derecha, el chultun, infraestructura arquitectónica edificada en plataformas
subestructurales en los conjuntos monumentales o en bancos calcáreos de piedra polvorizada, saskab, que
utilizan el mismo material para revestir e impermeabilizar el interior para almacenar el agua pluvial (sitio
arqueológico Kabah, Yucatán, julio 2015)

Fotos de la autora

Cercada en los extremos norte y sur por los ríos Homtun y Champotón respectivamente, la
provincia Cochi[s]tan cuenta con otros recursos hídricos, comunidades precisas del medio natural

105
Lorraine A. Williams-Beck

y relieves topográficos que caracterizan al entorno ambiental y parecen definir el límite oriental de
la misma (Williams-Beck et al., 2010; Williams-Beck, 2011; Williams-Beck, Liljefors Persson y

Anaya Hernández, 2013).


Por un hallazgo fortuito a finales de la década de 1960 cerca de Edzná, se localizó un canal
de 18 km lineales (Matheny et al., 1983; Matheny y Matheny, 2012) que se dirige al sur hacia la

laguna Niluum, como “la punta de la tierra” (Arzápalo Marín, 1995: 558, 473) que abarca un
enorme humedal con un xuch o “sumidero que se abre en los pantanos” (Barrera Vázquez et al.,

1980: 953) en el extremo norte del cenagal y se extiende rumbo al norte. Al término del mismo se
halla otro sistema hidráulico de trece acueductos, como rayos emanando de dos núcleos del sitio
en donde nace simbólicamente el sol, siendo infraestructuras construidas y/o naturales pero
adecuadas por los mayas durante la fase tardía del periodo Preclásico Medio, alrededor de 650 a
700 a.C. (Forsyth, 1983; Williams-Beck y Geovannini Acuña, 2014). Este sistema hidráulico unía
los orígenes de ambos ríos que brotan de múltiples ojos de agua al norte noroeste, al oriente y al
sur de la obra maya construida y/o modificada, creando así un perímetro que delimitaba una
región discreta con características ecológicas y topográficas particulares (Williams-Beck, 2011;
Williams-Beck y Geovannini Acuña, 2014).
Este medio natural ubicado hacia tierra adentro, compuesto de humedales, pantanos e
islotes o petenob, con elevaciones menores y descrito por una fuente mexicana anónima como una

provincia compartida, albergaba también a tres centros urbanos prehispánicos lo suficientemente


monumentales para considerarlos como capitales regionales, que estaban colocados
estratégicamente a lo largo del contorno hídrico que la delimitaba (Williams-Beck, 2011).
Donde nace el sistema de desagües y caudales del río Homtun, yace en el rumbo del
oriente también Edzná, cuyo núcleo monumental está rodeado por el complejo hidráulico
uniendo a éste con el río Champotón transformándolos en una especie de circuito acuático
(Figura 4). Al contrario de los hechos reportados por Lanz (1905), Piña Chan (1970, 1987) Roys
(1957) y Ruz Lhullier (1969), a través de las fuentes de la época de contacto, que la capital
regional de la entonces provincia Canpech era la capital actual de San Francisco de Campeche, en
realidad es el sitio arqueológico Acanmul (Williams-Beck y López, 1999; Williams-Beck, 2013b),

106
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

localizado a 23km de la primera y situado en la dirección del cenit del contorno acuático en el
ámbito regional (Williams-Beck 2011). Colocada a ambos lados del drenaje-cauce reconocido en
el Códice de Calkiní del siglo XVI (Okoshi Harada, 1992, 2009; Williams-Beck, 2013a, 2013b)

como homtun, el sentido de este término de la variante local canpechta’an maya recuerda el

“hundimiento en la tierra dejado por un acueducto de piedra preciosa” (Arzápalo Marín, 1995:
322, 731). Este caudal fungía también como la frontera entre las provincias Ah Canul localizada al
norte y Canpech situada al sur del mismo (Okoshi Harada, 1992; Williams-Beck y López, 1999;
Williams-Beck, 2011, 2013a, 2013b).

Figura 4. Ilustración del contorno acuático, reconstruyendo los tramos de la época prehispánica que unen
los ríos Champotón y Homtun a través del sistema hidráulico de Edzná

Elaboración propia

107
Lorraine A. Williams-Beck

Figura 5. Vista aérea de un tramo del sistema hidráulico del Valle de Edzná (lado izquierdo) y el gran
humedal de la Laguna Niluum (lado derecho) en donde este tramo termina

Fotos de la autora, 2010

El sector sur de esta región compartida está delimitado por el río Champotón, cuyo término en
maya es canpechta’an (Voss, 2007) y significa “no se escabulleron” o “no se nos zafaron” (sic.)

(Voss, 2004: 142), al referirse al conflicto bélico entre naturales y españoles liderados por
Hernández de Córdoba al concluir la batalla de 1517 en un predio desconocido todavía, pero
probablemente cerca del estero en donde fue mortalmente herido el Capitán (Williams-Beck et al.

2010; Williams-Beck, 2011; Williams-Beck, Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013).


Remontando el río dieciséis kilómetros tierra adentro se encuentran los barrios dispersos
colocados en la cima de tres colinas de la ciudad capital de la provincia Chanputun (Williams-
Beck, Anaya Hernández y Arjona García, 2009; Williams-Beck et al., 2010; Williams-Beck, 2011;

Williams-Beck, Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013). Situado justo enfrente del
promontorio mayor, conocido como la Porfía, se fundó en el siglo XVI el pueblo de indios
conocido como Ulumal, que significa “la tierra de los del oficio lunar”, topónimo que podría hacer
alusión a los ahkinob o cargadores del tiempo, que obraban en un barrio entre varios por delimitar

todavía en esta ciudad capital. El nombre de otro sector monumental ubicado en lo alto del río,
pa’ilbox, coincide cronológicamente con el socio contemporáneo de Mayapan y se parece al

108
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

apelativo de esta última gran metrópolis maya mencionado en los Chilam Balam como Ichpaa-

mayapan “centinela con vista panorámica” (Arzápalo Marín, 1995: 603, 93; Barrera Vázquez et

al., 1980: 614, 65). No se considera fortuito el hecho de que este lugar está localizado a igual

distancia de la orilla del mar hacia tierra adentro, en el contorno acuático como su par norteña
Acanmul, cuya voz significa “el vocero de la mancomunidad” (Arzápalo Marín, 1995: 11, 533).
Si es que esta federación histórica de tan solo 4,800 km2, supuestamente compartida entre
tres ciudades capitales de carácter reales rituales (Fox, 1977) es aquella que constituyera una de las
legendarias Chakan puut (ah) tun de las fuentes (Williams-Beck, Anaya Hernández y Arjona

García, 2009), su nombre se referiría también a su oficio: “el tiempo precioso que los [cahob] de la

sabana se carga a cuestas” (Arzápalo Marín, 1995: 228, 657, 731). El cah o pueblo, encontrado no

sólo en el espacio geográfico justo en medio, sino como el ombligo simbólico de esta gran
provincia, se llamaba genéricamente Dzaptun (Roys, 1957: 166), “preciosa piedra sembrada en la

tierra” (ts’ap del maya yucateco, Barrera Vázquez et al., 1980: 878, 822). Esta voz reitera una

acción que se realizará en los bosques de monumentos esculpidos del área peninsular maya del
periodo Clásico, pero cuyo término en la historia más reciente de la época de contacto español y
periodo Colonial señala a la comunidad principal en donde está asentado el calendario ritual
tzolk’in (Rice, 2004). El nombre propio del lugar aparece en los documentos coloniales españoles

como la “Zeyba” (Williams-Beck, en prensa) y años después Ceiba Cabecera (Williams-Beck,


Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013), recordando el gran árbol de la ceiba (Ceiba

pentandra) como metáfora del cosmos maya que no sólo era ciudad rectora de la provincia, sino

que también anclaba toda la comarca en el universo.


En el libro Chilam Balam de Chumayel (Roys 1933: 24 [26C], 86) se refiere al área de la

provincia Canpech como U chun luum (Figura 6), “la tierra del origen” que nació, de acuerdo con

la profecía, de responsabilidades compartidas por pares rituales por la duración de un periodo


completo del k’atun de 260 años, en el ciclo sagrado de creación, destrucción, muerte,

transformación y renacimiento del mundo.

109
Lorraine A. Williams-Beck

Figura 6. Escudo de armas de Yucatán donde se identifica a Campech [Campeche] como la “tierra de
origen”, u chun luum

Retomado del libro Chilam Balam de Chumayel (Roys 1933:24[26C], 86)

En esta jurisdicción compartida, los tres centros urbanos prehispánicos se colocaban


estratégicamente a lo largo del entorno acuático de acuerdo con los rumbos del cosmos y el cuarto
lugar como eje central del periodo Colonial (Williams-Beck 2011; Williams-Beck, Liljefors
Persson y Anaya Hernández, 2013). La evidencia arqueológica y arquitectónica analizada de dos
de ellas sustenta periodos precisos de auge que coinciden con proyectos arquitectónicos de
crecimiento masivo y obra pública para recibir las insignias del poder ritual del calendario
comenzando desde mediados del siglo VIII, cuando se promulgara probablemente el primer
calendario campechano (Rice, 2004) en el sitio de Edzná – Siyan ca’an, “nacido del cielo” (Barrera

Vázquez et al., 1980: 735; Arzápalo Marín, 1995: 107) (Figura 7). Este ciclo completo del

calendario ritual habría durado hasta escasamente un k’atun después de mil años de nuestra era, y

coincide también con la destrucción y/o desmantelamiento a propósito de varios contextos


arqueológicos y conjuntos arquitectónicos en esta capital, como señal fidedigna del final de su
periodo al frente del calendario ritual (Williams-Beck, 2011).

110
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

En otro artículo publicado por la autora, que ofrece detalles mayores sobre este momento
histórico (Williams-Beck, 2011), después del ocaso de Edzná, se trasladaron las insignias del poder
ritual religioso a Acanmul. Este cambio coincide también con el sentido recreando el paso solar
del cosmos maya, moviendo hacia el norte del contorno acuático. Para recibir las insignias de este
poder en Acanmul, se emprendió un plan maestro de modificación urbana contemplando la
construcción de grandes obras públicas monumentales, por medio de rellenar las estructuras del
periodo Clásico y erigir encima de ellas otras semejantes en corte y perfil a su par contemporáneo y
socio más cercano de Chichén Itzá (Williams-Beck, 2011; Williams-Beck, Liljefors Persson y
Anaya Hernández, 2013).
Al cabo de sustentar el cargo ritual, quizá por otro ciclo calendárico, a partir de finales del
siglo XII el poder se trasladaría a otros socios rituales asentados en tres colinas, como las tres
piedras del fogón en la creación del mundo maya, en el área champotonera de Porfía-Pailbox. Dos
de los múltiples conjuntos monumentales de estos barrios o cuchteelob (Arzápalo Marín, 1995:

144) se parecen en hechura y forma a un estilo arquitectónico del “minimalismo al máximo” que
caracteriza la última etapa constructiva de su par contemporáneo de Mayapan. Esta zona sagrada
es en donde la obligación del cargo o cuch (Arzápalo Marín, 1995: 140-141) del tiempo ritual se

quedaría en el centro ritual religioso en las tierras sureñas y cerca del Ulumal, primer pueblo de
indios establecido en la región inmediata, de esta “tierra de… aquellos del oficio lunar” (Arzápalo
Marín, 1995: 741,473, 54).
Permanecería el poder ritual en esta región tierra adentro de Chanputun hasta un k’atun,

y dos años después de la batalla, en 1517, localizado en un predio desconocido científicamente


todavía pero probablemente ubicado cerca del estero del río Champotón (Williams-Beck, Anaya
Hernández y Arjona García, 2009; Williams-Beck et al., 2010; Williams-Beck, Liljefors Persson y

Anaya Hernández, 2013). Estos actos bélicos pudieron provocar otra “especie de destrucción del
universo maya” por la llegada de los extranjeros, que coincidiría con que se acercara el final del
periodo del calendario ritual (Williams-Beck, en prensa). Con miras a que continuara el ciclo
agendado, y con ello el cosmos mismo a través de un plan de acciones decisivas para que se volviera
a fundar el universo, se sembraría la piedra de nuevo representando las insignias del poder ritual en

111
Lorraine A. Williams-Beck

otro paraje céntrico y sobre una especie de peten, ligeramente elevado colocado en medio de un

humedal tierra adentro de la provincia Cochi[s]tan, de acuerdo con lo que vaticinaba el Chilam

Balam de Chumayel, y quizá representada gráficamente también en el Códice de Madrid (Paxton,

2001, 2010; Vail, 2004, 2006; Vail y Aveni, 2004; Vail et al., 2003), oriunda de esta misma región

cercada por un contorno acuático (Williams-Beck en prensa).

Figura 7. Complejo monumental de la Gran Acrópolis de Edzná-Siyan ca’an

Foto de la autora, 2010

Evidencias del patrimonio mueble, inmueble y natural

¿Cuáles son los elementos materiales del registro arqueológico y del entorno natural y
arquitectónico que sustentan estos hechos narrados por leyendas y documentos etnohistóricos de
contenido esotérico? Resumiendo esto de otros trabajos recientes sobre el tema (Williams-Beck en
prensa, Williams-Beck, 2011; Williams-Beck, Anaya Hernández y Arjona García, 2009;

112
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

Williams-Beck, Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013), los tres centros urbanos
prehispánicos colocados en lugares estratégicos del contorno acuático y el eje central del periodo
Colonial, muestran periodos de auge y declinación a través de la evidencia arqueológica y
constructiva de grandes obras públicas que han sido registradas en cada uno de los cuatro socios
rituales de esta unidad geopolítica compartida. Comenzando en la cuenta regresiva de 1799, año
en que probablemente se acabó el periodo k’atúnico en Ceiba Cabecera, nos proporciona el

siguiente escenario de cambios de poder y la rotación de obligaciones rituales entre los cuatro
socios (Williams-Beck, Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013).
El trazo urbano y el periodo de mayor actividad constructiva sugieren que Edzná–Siyan

ca’an, “nacido del cielo”, ha de ser el lugar en donde arranca el calendario may campechano desde

759 a 1019 de nuestra era (Rice, 2004). En este momento de su historia la zona norte de la
provincia pudiera haber asumido el nombre propio Canpech, “ave acuática del cielo” (Williams-
Beck, 2013b) de la variante canpechta’an (Voss, 2007), señalada como la tierra de origen en el libro

Chilam Balam de Chumayel (Roys, 1933: 24, 26C, 86). Después del año 1019 y el ocaso de Edzná,

se trasladaría el poder a Acanmul, que ya había comenzado su planeación de la obra pública masiva
para recibir las insignias del poder del calendario may, compartiendo una afinidad estructural en

planta y perfil con su socios peninsulares más cercanos de la planicie costera al noroeste, del área
Puuc occidental campechana y de Chichén Itzá (Williams-Beck, 2011).
A partir del Postclásico temprano se remodelaba la arquitectura del periodo Clásico tardío
en Acanmul, tapando las bóvedas del Clásico y levantando en la cima de estas grandes plataformas
subestructurales, crujías dobles adosadas mirando un mismo rumbo, o de espaldas y con columnas
de fuste cilíndrico colocadas en el vano de acceso. Después de cumplir otro ciclo del calendario y
alrededor del año 1279, cuando también se le acabara el periodo como cabecera ritual del k’atun a

Chichén Itzá, los socios de la provincia Canpech pasarían la batuta al sector sureño de la provincia
Cochi[s]tan, conocido como Chanputun o Chakan puut (ah)tun, “poderosa piedra preciosa que

[las cah] de la sabana llevan a cuestas” (Arzápalo Marín, 1995: 228, 229, 657, 731) como

topónimo cuyo sentido se parece no sólo al concepto de múltiples generaciones, sino también al
cargador del tiempo, (Williams-Beck, Anaya Hernández y Arjona García, 2009; Williams-Beck,

113
Lorraine A. Williams-Beck

Liljefors Persson y Anaya Hernández, 2013) a Pailbox y los otros barrios aledaños, al igual que
Edzná y Acanmul, que se fundaron en la cresta de un peten edificado y rodeado por agua del río

y/o en medio de un humedal (Williams-Beck, en prensa). El mandato cíclico religioso que


colocaran a Porfía-Pailbox por encima de elevaciones topográficas considerables coincide con otro
topónimo mencionado en las fuentes mayas del Chilam Balam de Chumayel, Ichpaa-mayapan

(Figura 8), centinela con vista panorámica, como la sede de poder en este lugar en medio de un
mar primordial simbólico, que pronto esperamos reunir la evidencia arqueológica para poder
corroborar esta hipótesis.

Figura 8. Algunos inmuebles del periodo colonial temprano de la ex-Hacienda Ulumal, de los siglos XVI y
XVII (en el campo medio), con vista panorámica hacia el barrio prehispánico de Porfía (que incluye una
nivelación a propósito en ambas prominencias de la colina al fondo) para ubicarlo en esa atalaya en la vera
del costado norte del río Champotón

Foto de la autora, 2008

Al comenzar el K’atun 11 Ahau, en la segunda promulgación del calendario campechano paralelo

al de Mayapan en 1539 (Rice 2004), el lugar indicado para recibir las insignias de poder una vez
que se terminara el periodo de mando en Pailbox y sus barrios aledaños sería Ceiba Cabecera, el
ombligo del cuuchcabal compartido Cochi[s]tan (Williams-Beck, en prensa). Es el único pueblo

114
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

de indios fundado en el siglo XVI en toda la comarca que sustenta todavía dos inmuebles
religiosos del periodo Colonial temprano en pie, pero ambos sin iconografía católica pintada o
esculpida: los restos de una capilla abierta franciscana y al costado sur una iglesia mayor (Figura 9).
Los acabados en pintura mural, en el altar remitido de mampostería en forma de iik rodeado por

otras escenas pintadas sugieren que este inmueble religioso maya del periodo Colonial era una
Casa Florida dentro del paraíso llamado Mundo Florido, que encarna el lugar ancestral de origen y
retorno (Taube, 2004).

Figura 9. Los inmuebles religiosos de Ceiba Cabecera: restos de la espadaña, capilla y nave probablemente
del tipo “pajizo” del siglo XVI, después con muros laterales de mampostería probablemente del siglo XVII
(imagen del lado izquierdo); Iglesia Mayor (lado derecho), inaugurada en 1759

Fotos de la autora, 2014

Los Mundos Floridos se asocian con el andar solar en el cielo y asumen el papel de hogar para los
dioses y ancestros, como una manera para poder ascender hacia el reino del sol que se sitúa en un
paraíso terrenal con flores fragantes y trece componentes que representan el ool o esencia humana

del alma del maizal y de un bello jardín de flores, plantas y pájaros tropicales (Taube, 2004: 87;
2010: 147, 156-161; Knowlton, 2010). Asimismo, las flores de cinco pétalos identifican a este
lugar como un H’o H’anab Witz o 5 Montaña Flor, “…el axis mundi que soportaba el tronco del

árbol ancestral del maíz” en la época prehispánica (Taube, 2004: 81). En el contexto del periodo
Colonial temprano este ícono e imagen conceptual se relacionan con un lugar del amanecer, del
viento y del sector sagrado de contacto con el reino sobrenatural (Williams-Beck, en prensa).

115
Lorraine A. Williams-Beck

Figura 10. Imágenes iconográficas que identifican a una Casa Florida: la pintura mural con motivos florales
(un jarrón con cinco gajos de cedro tropical o de caoba adornados con trece flores plumarias [Plumeria
obtusa L.] con cinco pétalos y de color rojo sanguíneo) que adorna los pilastrones interiores de la nave; y un
nicho arquitectónico del altar en forma del símbolo ik, el espíritu, alma y/o aliento vital

Fotos de la autora, 2014

El altar remetido en forma de ik no sólo reitera los temas del viento, del alma y del aliento (Figura

10), también sugiere las fuerzas sobrenaturales involucradas directamente con la muerte y el
renacimiento, así como de la renovación de los dioses del sol y del maíz a diario o de temporada de
siembra-cosecha (Taube, 2010: 147). No es un hecho fortuito que la comunidad rural que se
encuentra a una distancia de 4 km del predio de la Iglesia Mayor y pueblo ya abandonados de
Ceiba Cabecera sigue conmemorando este pacto sagrado del ser-humano, las generaciones, los
ancestros y el maíz nativo por acobijar anualmente la tierra consagrada con este alimento preciso y
vital, por haber fungido como la sede del último calendario ritual maya conocido a la fecha en
Campeche.

Comentarios finales

De acuerdo con fuentes y leyendas sobre el tema (Landa, 1982; Chamberlain, 1982; Gerhard,
1991; López Cogolludo, 1955; Roys, 1957; Scholes y Roys, 1968), los primeros eruditos entre los

116
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

naturales fueron los “habladores” (ah canob) conocidos como voceros del pueblo, cuentacuentos y

poetas (Arzápalo Marín, 1995: 11) que amarraban datos sueltos e informaban a los residentes del
área inmediata, incluyendo algunos de ellos y sus lugares de origen en los relatos.
La toponimia es el estudio etimológico y del significado de los nombres propios para
lugares (Moreno Toscana, 1969). De estas raíces podría arrancar un proceso etimológico local del
nombre verdadero para un lugar. En el caso de las provincias Canpech y Chanputun, llegar a una
versión más transparente del devenir histórico y origen de los nombres propios para lugares
específicos en esta región pluricultural implica componer también los términos alterados por la
presencia de vocablos multiétnicos.
Pareciera ser que los topónimos que se refieren al paisaje natural o a los espacios
modificados por el ser humano, tenderían a ser los más antiguos que aquellos para aldeas en el
mismo entorno (Moreno Toscana, 1969). Entonces, los nombres para elementos acuáticos,
colinas, valles, humedales o islas, cobran mayor importancia para la gente a través del tiempo. El
ejemplo mencionado en el Códice de Calkiní (Okoshi Harada, 1992, 2011) del siglo XVI enfatiza

este tipo de arraigo: el río Homtun, cuyo sentido recuerda el “hundimiento en la tierra dejado por
un acueducto” (Arzápalo Marín, 1995: 322, 731) como límite entre las provincias Ah Canul y
Canpech, permanece todavía hoy día como topónimo entre las localidades en su alrededor.
Ahora bien, contemplar al área completa entre Champotón–San Francisco de Campeche
y los lindes hacia el norte y noreste como una provincia compartida llamada Cochi’tan, cuya voz en

maya significa “grano de maíz [en] la orilla [del mar] que contiene los cuatro rumbos [y el
ombligo] del cosmos” (Arzápalo Marín, 1995: 125, 236, 699) se traza en la conformación
geográfica de los lugares principales en esta región. Esta nueva interpretación, incluyendo los
topónimos de lugares precisos, brinda otros aspectos para redondear el panorama histórico del
área extensiva de sabanas, humedales, ojos de agua y elevaciones topográficas de menor alzado que
caracterizan a esta provincia compartida de antaño. Los núcleos urbanos de componentes
arquitectónicos, así como los espacios naturales y construidos de las tres ciudades reales rituales
prehispánicas y su par del periodo Colonial, estaban colocados a propósito en sitios precisos sobre
petenob o islas sagradas, inmersas en un mar primordial tierra adentro, de acuerdo con los ciclos de

117
Lorraine A. Williams-Beck

creación, destrucción y renacimiento del Chilam Balam de Chumayel (Knowlton, 2010). Las tres
protagonistas prehispánicas (Acanmul, Edzná y Porfía-Pailbox) y la de la época colonial (Ceiba
Cabecera como su ombligo), conformaban este territorio sagrado Cochi[s]tan, totalmente acorde
con los pronósticos katúnicos del calendario ritual t’zolkin de 260 años y de la filosofía e

iconografía del cosmos maya.


Tampoco resulta ser una casualidad entre los naturales desde la historia ancestral, que la
isla Jaina estaba conocida también como otro firmamento acuático y terrestre “nacido del cielo”, o
siyan ca’an, que rematara la provincia Cochi[s]tan inmediatamente al noroeste. Esta ínsula

comprende otro espacio sagrado, pero edificado, en medio del mar primordial rodeado por nueve
ojos de agua, como la apertura simbólica al inframundo. Su topónimo original es hina[h]

(Williams-Beck, 2013a, 2013b), conocido en los documentos etnohistóricos del Códice de


Calkiní como el lugar en donde se custodiaban las canoas de su batab principal Na Chan Canul

(Okoshi Harada, 1992, 2009). Esta misma isla artificial sería, a su vez, la troje metafórica en donde
se almacenaran las semillas del maíz–infantes, kehinah, para “suceder a otro en la muerte… es

profecía de los indios” (Arzápalo Marín, 1995: 419), conmuntando una chispa de energía pura
por otra con los dioses a través del rito ke’ex para asegurar el orden del cosmos (Williams-Beck,

2013a, 2013b). De acuerdo con la filosofía cósmica maya, el sol diurno pasaba por el cielo y se
ocultaba en el mar localizado al poniente por este portón al inframundo, con el topónimo Hinah,

en donde se atesorara y transformara la“simiente de la generación” (Arzápalo Marín, 1995: 349).


Como una metáfora edificada representando una gran troje de maíz o cumchee (Arzápalo

Marín, 1995:147), en este lugar se albergaban los restos mortales infantes que comprenden más
del 80% de los entierros documentados en este lugar a la fecha (Williams-Beck, 2013a, 2013b).
Esta isla artificial edificada justo en una combinación de los términos simbólicos de peten, rodeado

por nueve ch’e’enob u ojos de agua dulce que brotan en medio del mar, proporcionaría el medio

infinitamente sagrado para permutar la vida a través de la muerte no sólo de la raza humana, sino
del sol diurno de un estado difunto a otro vital para volver a nacer en el oriente en otro espacio de
portal hacia el alumbramiento en Tulum (Williams-Beck, 2013a, 2013b).

118
El paisaje sagrado de Cochi[s]tan, Campeche

Agradecimientos

Quisiera expresar mis más cumplidas gracias a Carlos Paredes Martínez, Karine Lefebvre y a todo
el comité organizador del coloquio en el Centro de Investigaciones en Geografía Ambiental de la
UNAM en Morelia, Michoacán.
Los permisos para llevar a cabo la investigación, el levantamiento arquitectónico y la
excavación controlada en el sitio Acanmul desde 1994 fueron otorgados a la suscrita por el
Consejo de Arqueología del INAH; el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT)
nos brindó gran parte de los recursos financieros para llevar a buen efecto las estrategias de mapeo
y levantamiento arquitectónico así como las excavaciones controladas en Acanmul en 2004.
Agradezco nuevamente al Consejo de Arqueología del INAH por otorgarnos permiso en
conjunto con la Dra. Helga Geovannini Acuña para levantar el plano topográfico nuevo del
complejo arquitectónico “La Fortaleza” en Edzná con nuestros alumnos en 2012.
Desde el año 2006 Dr. Javier Hirose López ha jugado un papel primordial como colega,
confidente y crítico académico acerca de los conceptos cosmológicos aplicados en contextos
arquitectónicos y en la geografía sagrada regional propuestos en este ensayo y durante las
investigaciones continuas en la provincia Cochi[s]tan, que abarca el área inmediata de los sitios
reales rituales de Acanmul, Edzná, Porfía-Pailbox y Ceiba Cabecera.
Quisiera agradecer de manera especial al Lic. Fernando E. Ortega Bernés, Gobernador del
Estado de Campeche de 2009 a 2015, por habernos patrocinado la investigación del Complejo La
“Fortaleza” en Edzná en 2012 y por proporcionar los medios financieros para asistir a dos
Congresos Anuales de los Mayistas Europeos en Cracovia, Polonia en 2009 y Bratislava,
Eslovaquia en 2012 con el fin de presentar avances de investigación del área inmediata.
Agradezco también al L.A.E. Gerardo Montero Pérez, Rector de la Universidad
Autónoma de Campeche, y su equipo de trabajo por su apoyo financiero y logístico en múltiples
viajes nacionales y al extranjero, así como para asistir al coloquio en Morelia con el fin de
compartir con los colegas los resultados del tema de investigación desde mediados de la década
1990 del área entre Champotón y San Francisco de Campeche, que probablemente se conocía por
cercanos y ajenos como la provincia Cochi[s]tan.

119
Lorraine A. Williams-Beck

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123
MITOLOGÍA DE GIGANTES:
EL CERRO DEL MUERTO DESDE EL PAISAJE PREHISPÁNICO DE AGUASCALIENTES

Felipe de Jesús Sarabia Salmerón *

Resumen

En este artículo haremos un acercamiento al imaginario y al efecto territorial que produjo el Cerro
del Muerto en las poblaciones prehispánicas. Recurriremos a la comparación etnográfica y al
análisis paisajístico para conocer el sentido simbólico de esta observación y apropiación indígena
de la naturaleza. Comprender su importancia permitiría a los arqueólogos e historiadores ordenar
la inherente multiplicidad y fluidez histórica de los paisajes arcaicos de Aguascalientes.

Abstract

In this article we are going to get close to the imaginary and the territorial effect produced by the
Cerro del Muerto on the precolonial villages. We will turn to the ethnographic comparison and
to the landscape analysis to recognize the symbolic sense of this observation and the indigenous
appropriation of the nature. Understanding its importance will allow to the archeologists and
historians to order the inherent historical multiplicity and fluidity of the archaic Aguascalientes
landscapes.

*
UAZ, antibala666@gmail.com

125
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

“Aquello es la majestad de la tierra antes del Hombre. Cuando ella reinaba sola e
inclemente, antes, siquiera, de los animales.”
José Revueltas

“…y con el tiempo la tierra fue poblada por gigantes.”


Leyenda seri

Introducción

A 10 km de la ciudad de Aguascalientes, rumbo al poniente, se erige el colosal Cerro del Muerto,


macizo montañoso cuyo contorno semeja la imagen de una persona acostada. En la época
prehispánica fue seguramente uno de los lugares más atrayentes del Noroeste de México, un
pequeño paraíso que permitió que se asentaran pueblos como los guamares, cazcanes, zacatecos,
guachichiles y muchas otras naciones chichimecas. Los datos arqueológicos corroboran una
ocupación prehispánica en los valles cercanos desde el período Epiclásico, entre el 500 y 900 d.C.
Si bien fue un lugar habitado continuamente, no hay ningún dato historiográfico que nos
revele cómo era nombrado este cerro por sus antiguos habitantes; no obstante, hay que reconocer
que por la misma autoridad que ejerce sobre el paisaje, sin duda alguna fue venerado como un
lugar geosimbólico, es decir, como punto geográfico que se honraba permanentemente, siendo un
espacio de inagotable sacralidad.
En este artículo haremos un acercamiento al imaginario y al efecto territorial que produjo
el Cerro del Muerto en las poblaciones prehispánicas; recurriremos a la comparación etnográfica y
al análisis paisajístico para conocer el sentido simbólico de esta observación y apropiación indígena
de la naturaleza ¿Qué distinguían aquellos pueblos cuando volteaban a ver a este macizo de piedra?
¿Acaso llegaron a vislumbrar la imagen de un gigante acostado? Tales respuestas confluyen en la
historia de la región, pero no como una historia continua y lineal, sino como ecos y remanentes del
pasado que van coincidiendo entre datos arqueológicos e historiográficos, e incluso, en las mismas
leyendas.

126
Mitología de gigantes

El Valle de los Ojos de Agua

Bajo el crisol de una serie de episodios volcánicos, el Cerro del Muerto se constituyó como uno de
los gigantes míticos que se petrificaron en el paisaje. Sus calderas se enfriaron completamente
hasta el Pleistoceno dejando un relieve montañoso de 5,862.034 has y con niveles que alcanzan a
medir hasta 2,440 msnm. Hoy en día, desde cualquier punto de la ciudad se puede observar su
perfecta forma humana. Al suroeste también se aprecia la Sierra de Laurel y la Sierra Fría. Los
arroyos que bajan de estas grandes montañas desembocan en el sistema hidrológico Lerma-
Santiago, sistema pluvial que logra atravesar el interior del valle, principalmente por el río San
Pedro, irrigando en su trayecto los bosques de encino, mezquite, el matorral y los pastizales. Como
muchos poblados del norte, la historia de Aguascalientes aparece y desaparece bajo las corrientes
de una historia convulsa.
La primera vez que se escribe del valle de Aguascalientes éste ni siquiera tenía un nombre
exacto, era un páramo más que se abría en el desértico camino hasta las recién descubiertas minas
de Zacatecas. Al principio se conocía como “Paso de los Romeros, tal vez por su carácter de
viandantes, y también como Paso de las Aguas Calientes, alusión clara a los manantiales de agua
termal que se localizan a sus alrededores” (Gómez, 2010: 27). Mucho tiempo antes, cuando
Cristóbal de Oñate salió de Tonalá y se internó por Teocaltiche, le dieron razón de este lugar que
era tan habitado de indios chichimecas, que el mismo capitán Chirinos, al pasar por aquí, no quiso
detenerse (González, 1992: 37). Como en Lagos, se fundó también una villa para sofrenar la
barbaridad de los indios. Recién fundada en 1575, los ataques chichimecas nunca cesaron: “más
que una villa animada por los cultivos y el tráfico de caminos, fue apenas un puesto militar […] En
1584, ya no tenía más población que los 16 soldados y el caudillo que resguardaban el sitio […] los
primeros doce colonos a los que se refiere la cédula de fundación en su mayoría abandonaron el
lugar” (Gómez, 2010: 28).
Hasta fines de 1546, el avance español en las provincias norteñas sucedió lentamente,
impulsado, sobre todo, por estancias ganaderas y por un puñado de frailes franciscanos. De pronto
llegaron noticias fantásticas, de esas que le dan un giro a los grandes acontecimientos: un grupo de

127
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

jinetes españoles dirigidos por Juan de Tolosa descubrieron un rico cerro de plata que sigue hasta
la fecha llamándose la Bufa. A partir de este momento, desde Michoacán o Querétaro, pasando
por Pénjamo, Comanja o Nochistlán, la colonización Tierra Adentro fue estrepitosa y se hizo
camino sobre estrechos senderos, que entre más lejanos, más peligrosos se volvían.
Cabe recalcar que, justamente, la Guerra Chichimeca estalló por un ataque de zacatecos
que se da dentro de lo que hoy es el estado de Aguascalientes, relativamente a pocas leguas del
valle, en la zona desértica, actualmente el municipio de Tepezalá. Ya existía un campamento
minero en este sitio que consecutivamente será arrasado o abandonado por el constante asedio de
indios hostiles, pero el gran conflicto chichimeca empieza cuando una caravana de tarascos que
cargaba paños de estimable cuantía “fuera interceptada en las inmediaciones, donde les dieron
muerte a cuarenta gentes.” Tres días después, a tres leguas de las minas de Zacatecas, volvieron a
atacar en un lugar llamado Cieneguilla del Monte: “Inmediatamente, la nación guachichil inició
una serie de depredaciones en el camino que partía de Ojos Zarcos hasta San Felipe”. Al sur, los
guamares, “como se hallaban más cerca de los asentamientos españoles, especialmente de las
estancias ganaderas, hicieron asaltos a tales sitios” (Powell, 1977:43-44). La última incursión
chichimeca que desoló Aguascalientes tuvo lugar en 1593.
En resumidas cuentas, la historia de Aguascalientes emerge en este choque de mundos. La
nueva vida colonial secará completamente la cultura chichimeca, no sólo por las campañas
militares a Sangre y Fuego, sino por las enfermedades desconocidas que irrumpieron

fatídicamente: la gente moría y no sabía por dónde se filtraba la maldición, vinieron los españoles
y junto a ellos, la sífilis, la viruela, la peste. “Matlazahuatl, cocoliztle”, susurraban los aires. Además,
con la tierra todavía caliente por el exterminio, ya la población de colonos europeos había
empezado a cambiar catastróficamente el paisaje con la introducción del ganado y con la actividad
minera. Desde el sur también llegó una presión demográfica de indios “mesoamericanos”,
principalmente de otomíes, tarascos y nahuas; ellos formarían después el barrio de indios de San
Marcos, cuyas primeras referencias documentales datan de 1622. Aunque los aires vaticinaron la
ruina de un recién descubierto mundo, como siempre, la atmósfera milenarista dio pie a que los
seres míticos siguieran acechando en las calles.

128
Mitología de gigantes

La leyenda del Cerro del Muerto y el mestizaje indígena

Existen muchos registros que de alguna manera nos inducen a un conocimiento de las culturas
antiguas. Particularmente la leyenda del Cerro del Muerto no es tanto una certeza histórica pero sí
responde a un pequeño recuerdo, a una fibra muy íntima que se tiene del pasado. Su narración
todavía hace memoria al origen fantástico respecto a los primeros indígenas que habitaron el Valle

de los Ojos de Agua.

Cuenta la leyenda que en tiempos muy remotos se reunieron los chalcas, los chichimecas y
los nahuatlacas para ponerse de acuerdo y establecer juntos un poblado. Cada grupo era liderado
por un sacerdote, quienes se distinguían por ser sabios y muy gigantescos. Después de la reunión,
el sacerdote de la tribu chichimeca fue a lo profundo del valle a sembrar ojos de agua, luego se
sumergió en un manantial sagrado y desapareció. Al pasar los meses y no ver regresar a su líder, los
chichimecas dudaron de las demás tribus y quisieron cobrar venganza. Sin avisar, les hicieron
guerra. Las tribus se enfrentaron volando flechas y pedernales, cuando en medio de la batalla
apareció el sacerdote; sin embargo, una flecha lo alcanzó y, sin decir palabra, cayó muerto. Era tan
gigantesco que su cuerpo sepultó a todo el pueblo chichimeca que lo seguía. Con todos estos
cadáveres se formó el famoso Cerro del Muerto.
Esta narración se la he escuchado a mucha gente, tanto a personas muy adultas como a niños
muy pequeños. Otra variación nos dice que todavía los chichimecas siguen bajando a la ciudad al
atardecer: “a pasito de indio recorren el barrio de San Marcos, Guadalupe, El Encino, La Estación,
hacen recuerdos y en la misma forma emprenden su regreso y desde el Cerro del Muerto cuidan la
ciudad” (Archivo Histórico de Aguascalientes, 2016). Las tradiciones orales sufren diferentes
variaciones según sus necesidades y posibilidades. Hay que tener claro que las leyendas son un
género narrativo que surge esencialmente en la Colonia, y que nacen de la ruptura y el sincretismo,
en un mundo que deja atrás a las civilizaciones prehispánicas pero que continúa siendo mágico y
más milenarista que nunca. Parte del pensamiento antiguo permaneció, al menos en el imaginario,
y la visión fantástica de algunos mitos se ancló a la experiencia narrativa de las leyendas y a los
pulsos de las celebraciones populares.

129
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Imaginemos ese Aguascalientes sin los edificios ni las amplias avenidas de concreto que
tiene ahora, pensemos cómo se hundía el pequeño poblado del siglo XVII a la vista de sus nuevos
habitantes. El Valle de los Ojos de Agua se precipitaba sobre un montón de rumores hostiles e

inexorables y sobre la magnificencia del más viejo de los cerros, con su perfecta forma humana, sus
pies, sus manos, su boca y nariz aguileña, surgía una y otra vez la visión inquietante de aquél
gigante de piedra envuelto en miles y miles de cadáveres como reza hoy el cuento popular.
Históricamente, después del exterminio chichimeca el barrio de San Marcos enmendó la
crisis demográfica que sufrió Aguascalientes, aportando un mestizaje muy significativo de indios
provenientes “de Nochistlán, Teocaltiche, Jalpa, Apozol y otros pueblos pertenecientes a la
jurisdicción de Juchipila, a los que se añadieron algunos purépechas, también otomíes que
señalaban a Querétaro como su lugar de origen, e incluso naturales que venían de lugares tan
distantes como Chapala, Zacoalco y Colima” (Gómez, 2010: 29). Los pocos chichimecas
lugareños que quedaron rehicieron su vida sobre el nuevo tejido que ofreció la Colonia, y de esta
forma creció Aguascalientes y adquirió el aspecto de verdadero pueblo.
Como vemos, el mestizaje fue un proceso histórico que no se dio en una tabla rasa. Es
evidente que existe un componente prehispánico muy profundo en nuestra cultura, y sin la
participación activa de los indígenas que fungieron como exploradores, guerreros, diplomáticos,
traductores, agricultores, cargadores, comerciantes, básicamente siendo los habitantes más
numerosos, no se puede concebir el proceso colonial de Aguascalientes, y en general, de toda la
frontera norteña: “la historiografía moderna poco a poco está reconociendo el papel de los indios
mesoamericanos en la construcción de toda la Nueva España” (Brambila, Villegas, Saint-Charles,
2015: 9).
Por otro lado, aunque los chichimecas no eran vasallos de la Corona, esto no significó que
fueran ajenos al dominio español: “la frontera colonial atraía una vida comercial donde los mismos
chichimecas vendían sus cosechas de calabaza, tomate, aguamiel, pulque, nopales, tunas, pieles de
venado y conejo, arcos y flechas; a cambio recibían mantas de algodón, huipiles, y sobre todo,
apreciaban mucho la sal” (Brambila, Villegas, Saint-Charles, 2015: 37), los rifles, los caballos y las
reses. Finalmente, después de cuarenta años de guerra, la diplomacia, la economía y la conversión
espiritual fue lo que terminó por pacificar la frontera Norte.

130
Mitología de gigantes

Lo dicho nos lleva a pensar en continuidades con una época mucho más antigua, muy
anterior a la Colonia, en la que las culturas mesoamericanas ya practicaban un fuerte comercio con
las naciones chichimecas, que obtenían y circulaban mercancías de todo tipo como turquesas,
pieles de tigre y costales de maíz. Asimismo, los comerciantes (pochtecas, por ejemplo), se
internaban en los pueblos norteños con la intención de establecer un intercambio a larga
distancia, pero también con la función de reconocer lenguas, recursos, formas de vida, personajes y
lazos políticos, lo cual informaban a sus soberanos, pues además de ser comerciantes, también
fungían como espías. Esto se debía a que el imperio azteca y el tarasco siempre mantuvieron un
gran interés con la Gran Chichimeca puesto que esta inmensa región se encontraba exactamente a
la puerta de sus dominios, además de que estaba habitada por culturas que no se dejaban
subordinar ni mucho menos pagaban tributo, lo que conllevaba el peligro latente de que estos
grupos cruzaran las fronteras para invadir. Esta expansión demográfica, cultural y política de los
chichimecas se atestigua en el simple hecho de que, desde el periodo Epiclásico, muchas ciudades y
pueblos mesoamericanos fueron “afectados” por su influencia, como bien lo documentan, por
ejemplo, las fuentes escritas de la Relación de Michoacán y la Tira de la Peregrinación.

Contrario a la mayoría de explicaciones que han formulado tanto historiadores como


arqueólogos, la Gran Chichimeca no era una región desolada o habitada solamente por indios
bárbaros. Todo lo contrario, era una región por la que se podía transitar fácilmente, un corredor
de muchísimas culturas muy diversas entre sí. Todavía en el siglo XVI, Fray Marcos de Niza
constata y cuenta que por el Norte transitaba una buena cantidad de gente y todos sus caminos
eran muy conocidos:

Y desde el primer día que yo tuve noticias de Cíbola, los indios me dijeron todo lo que hasta hoy he
visto, diciéndome siempre los pueblos que había de hallar en el camino y los nombres dellos: y en las
partes donde había de comer y dormir, sin haber errado en un punto, con haber andado ciento y
doce leguas y todos conformaban en una misma cosa y me decían la muchedumbre de gente y la
orden de las calles y grandezas de las casas y la manera de las portadas, todo como me lo dixeron los
de atrás” (Niza, Marcos de, fray. 1865:42).

131
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Nunca hay que olvidar que el Norte fue la región más amplia del México prehispánico, como lo es
hoy, cuando nos seguimos maravillando con lugares como la Sierra de Chihuahua, bosque de
espesos árboles que actualmente es hogar de la cultura rarámuri, o los valles de Durango, donde
habitan los pueblos o´odham. También hay que pensar a los desiertos norteños como un universo
en sí mismo que ofrece amplios recursos alimenticios y que por su propia atracción natural funge
como región sagrada: El Pinacate en Sonora, lugar de piedras volcánicas donde según los pápagos
apareció el creador, Iíto; Wirikuta en San Luis Potosí, lugar que concentra el mayor índice de
biodiversidad de cactáceas en el mundo y es centro sagrado de peregrinación de los pueblos
huicholes; Cuatro Ciénegas en Coahuila, cuyas enigmáticas dunas de yeso alrededor de monzones
de agua azul albergan especies naturales únicas en el mundo y que fue en la época prehispánica
hogar de las Culturas del Desierto, sociedades que tienen sus remotos orígenes en el Paleolítico.
Todos estos sitios se nos aparecen reminiscencias de lo que fue y testimonios de lo que sigue
siendo esta profunda región.

Paisaje chichimeca en Aguascalientes

Aguascalientes emerge en el Norte prehispánico como una encrucijada, como un ombligo que
colindó prácticamente con todas las principales culturas chichimecas del Centro-Norte: con los
zacatecos, guamares, guachichiles, caxcanes, todos ellos pueblos que tejieron en el corazón de este
pequeño lugar una larga y profunda historia. Imaginemos que al menos cada primavera llegaban
los viajeros y bajaban los aldeanos a celebrar el calor del mundo, a participar en celebraciones
multitudinarias, en los banquetes y mitotes. De hecho, los lugares con pozos termales presentan
un culto religioso de extraordinaria continuidad (Eliade, 1972:188): son aguas curativas y
oraculares, simbolizan la fuente de la vida y tienen un valor místico para invocar a la lluvia. Por
ello, tales pozos sagrados estaban protegidos por seres demoniacos y por los guardianes de los
montes. De tal manera, la prominente figura del Cerro del Muerto custodiaba el interior del
profundo valle mientras anunciaba a los viajeros que ya se aproximaban a los ojos de agua.
Existen en el mundo sitios que por su carácter sobresaliente en el escenario geográfico “son
revestidos a los ojos de ciertos pueblos y grupos con una dimensión que los fortalece en su

132
Mitología de gigantes

identidad” (Giménez, Héau, 2008: 71), estos lugares son nombrados por la arqueología de Paisaje
como geosímbolos. Desde esta perspectiva, la identidad “adquiere mayor fuerza y relieve cuando se

encarna o se fija en parajes concretos” (Giménez, Héau, 2008: 72), dando origen a santuarios de
peregrinación y contemplación, por ejemplo La Meca, el Camino de Santiago, los montes Fuji y
Koya, el desierto del Magreb, los campos de arroz de Yen Bái, el megalitismo de Stonehenge, la
Montaña Nevada de Acoma; todos los lugares en el mundo tienen algo que contar de nuestro
presente y nuestro pasado. Los geosímbolos pueden ser completamente artificiales como las
edificaciones y las ruinas, o también formaciones naturales como lagos y montañas; son lugares de
devoción donde se mezcla el tiempo y la historia, así, llegan a ejercer una atracción monumental
tan intensa que siempre harán referencia a cómo se concibe —o se concibió— el espacio y,
propiamente, el hogar en el mundo.
En efecto, el Cerro del Muerto se nos presenta como un geosímbolo, la capacidad que
tiene de reinventarse en la historia protege el recuerdo que nos queda de los antiguos reinos.
Comprender su importancia permitiría a los arqueólogos e historiadores ordenar la inherente
multiplicidad y fluidez histórica de los paisajes arcaicos, ya que para las culturas indígenas las
montañas siempre fueron por sí mismas un referente de la concepción mítica del tiempo y de la
fertilidad. Cabe aclarar que cuando hablamos de paisaje nos conducimos más allá del mero análisis

fisiográfico o ecológico, vamos hacia el dominio de la cultura por cuanto nos interesa profundizar
en sus procesos, pero desde sus transformaciones y relaciones en el espacio no consideramos a las
culturas aisladas, pues los individuos van creando grandes órdenes históricos que se desbordan
sobre la geografía y trascienden fronteras. El enfoque de Paisaje permite integrar perspectivas
diferentes con la intención de construir una idea más comprensiva de estos procesos culturales e
históricos (Sánchez, 2010: 144); de este modo “hay que demostrar la centralidad del contexto
cultural proporcionando explicaciones holísticas de cómo las personas y las sociedades han dado
forma y han significado su espacio".
En el caso particular del paisaje chichimeca de Aguascalientes nos enfrentamos al
problema de que se ha exagerado su representación bárbara y salvaje, de ahí que su imagen sea
“calcada con demasiada facilidad y fidelidad de la que se nos presenta en la literatura histórica”.

133
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Muchos historiadores y arqueólogos siguen poniendo en la base de sus interpretaciones al “indio


de guerra” como rasgo característico del paisaje norteño. En Aguascalientes se ha subestimado,
particularmente, la magnitud demográfica y malinterpretado la naturaleza de estos pueblos. Peter
Gerhard, a través de las fuentes escritas, contabilizó en el valle una población de 8,500 chichimecas
(Gerhad, 1996: 32-85), una tasa relativamente pequeña en comparación con otros lugares como
Lagos de Moreno, que triplicaba esta cifra. No obstante, tenemos que entender que estos grupos
estaban haciendo una ocupación organizada del territorio. Si bien no hay suficientes fuentes
históricas respecto a los que habitaron en esta localidad, existe en otros estados una variedad de
referencias a las complejas relaciones que unían en el espacio a las diferentes naciones norteñas.
Se dice por ejemplo que en Durango, en 1699, “los salineros del Tizonazo, salían a la sierra
hacer mezcal, y que en determinada estación del año, todos los indios de diferentes naciones se
reunían para practicar la caza” (Cramaussel, 2000: 279). Otro momento muy importante para los
chichimecas era la recolección de la tuna y el mezquite, después de la cual se desplazaban a sus
territorios para atender los cultivos domésticos en sus hogares, sitios fortificados con paredes de
piedra y adobe entre las cañadas. Otros grupos vivían en habitaciones más sencillas hechas de
estuco a lo largo de los márgenes de los ríos donde cultivaban maíz, frijol y algodón; también
cazaban, fabricaban mezcal y colectaban miel y cera: “algunos de estos productos eran
intercambiados por pescado y conchas de mar y por medio del trueque se adquiría pericos y
plumajes para la confección de vestimentas ceremoniales” (Cramaussel, 2000: 279).
A diferencia de las culturas mesoamericanas, los chichimecas cambiaban fácilmente de
territorio. Más allá de su simplificación, la organización geopolítica de éstos era muy compleja;
una nación chichimeca se componía por múltiples etnias, por ejemplo, la nación de los Conchos se
dividía en ocho “rancherías”: cacalotes, mezquites, posalmes, oposmes, cíbolos, poclames, julimes y
topalcomes. Su organización sociopolítica estaba básicamente relacionada por el parentesco,
siendo instrumento político para pactar alianzas, relaciones comerciales y declaraciones de guerra,
la celebración de matrimonios dentro y fuera de los grupos, como podemos observar en el caso de
Bartolomé Tucumudaqui, uno de los grandes jefes de la rebelión tepehuana de 1616-1619, quien
“pertenecía a la nación tepehuana aunque era tarahumar en sus costumbres” (Cramaussel, 2000:
282).

134
Mitología de gigantes

Existió una confederación entre guachichiles y zacatecos, territorio que abarcó desde el
pueblo de San Miguel, con los guachichiles, hasta los poblados de San Martín y Aviño para el caso
de los zacatecos. La confederación guamar estaba compuesta por cuatro grupos distintos:
los guaxabanes, los sauzas, los copuces y los chichimecas blancos. Los guamares se encontraban

principalmente en las sierras de Guanajuato extendiéndose al norte hasta San Felipe y Portezuelo,
colindando al este con el Reino de Jilotepec (actual estado de Querétaro), al oeste llegaban hasta
Lagos, y al noroeste hasta Aguascalientes. Como podemos observar, “no hay apropiación del
espacio como nosotros lo concebimos, la idea chichimeca de territorio no tiene límites específicos,
es más bien la de un área política en expansión máxima al interior de diversas geografías donde se
produce la movilidad” (Alvarado y Berrojalbiz, 2011: 395). Pedro de Ahumada llama tunales a las
correrías donde coincidían todas las culturas, “sitios de paso o de siembra de temporal, cercados
por montes que favorecían el escurrimiento, que servían de sustento a las parcialidades de
guachichiles, zacatecas, guamares y guaxabanes” (Guerrero, 1998: 47).
Según las fuentes escritas, Aguascalientes fue un territorio ocupado en gran medida por los
chichimecas blancos, a quienes se les llamaba así, no por su atuendo o color de piel, sino “por la

blancura alcalina de las tierras por donde solían moverse” (Powell, 1977:275). Por otro lado, los
guaxabanes eran un grupo indígena de lengua guachichil que se extendía desde San Luis Potosí y
Guanajuato, y que también llegaba hasta el mismo valle aguascalentense. A pesar de su
ascendencia guachichil, este grupo formó parte de la confederación guamare, especialmente se sabe
que eran aliados de los copuces. En general, la confederación guamare eran un conjunto de
pueblos que establecieron una especie de relación cooperativa de aldeas-estado que involucraba
una coordinación política y también ceremonial. Cuando llegaron los españoles, parte de su
territorio era conocido como Pechichitane o Chichimequillas (Lagos de Moreno).
Podemos entender que Aguascalientes se consagró dentro de este gran corredor
chichimeca por sus característicos ojos termales. No tenemos ninguna referencia directa de cómo
fueron los ritos que aquí se llevaron a cabo, pero las variadas alusiones de los misioneros en los
primeros años de la Colonia en otras partes del territorio norteño nos pueden dar algunos atisbos.
Por ejemplo, en fuentes del siglo XVII, se señala que los tepehuanos tenían la costumbre de salir

135
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

todos los sábados con el fin de hacer mitote. Estos ritos consistían en bailes en que los indios se
cubrían el rostro con yerbas y máscaras, algunos con cetros en las manos y otros vestidos de
demonios. A ello hay que sumar la veneración al peyote que era común en todos los pueblos
chichimecas, que tenían un gran conocimiento de las plantas y las raíces, de sus cualidades y sus
virtudes. Las danzas de embriaguez se efectuaban alrededor del fuego con un frenesí nacido de la
devoción a los dioses y para invocar a las fuerzas mágicas de la naturaleza.
También los ojos termales tuvieron una importancia primordial como lugares de
regeneración y bautismo. Para los indios norteños la inmersión en el agua fue la ceremonia más
sagrada: “Los jóvenes cazadores eran sumergidos en la sangre de la presa lavada en el arroyo.
Quienes miraban la ceremonia caminaban hacia el agua y la tocaban con los labios, luego tomaban
agua con sus manos y se lavaban con ella la cabeza y el pecho” (Preuss, 2008:106). Otras fuentes
explican que los chichimecas acostumbraban en el nacimiento de un primogénito que los
parientes y amigos hacían incisiones en el cuerpo del padre con instrumentos agudos, hasta que
quedara cubierto de sangre (Powell, 1977: 56). Por su parte, los tepehuanos se colocaban una
máscara de venado en el bautismo y echaban pedacitos de osamentas al fuego mientras bailaban, se
bendecía a los niños y se les comunicaba las virtudes de los cuerpos ágiles para la cacería.
En el caso del Cerro del Muerto, cabe destacar que a sólo ocho kilómetros, domina desde
la cima de los Tecuanes el sitio prehispánico del Ocote, en cuyas faldas existen manantiales y un
arroyo permanente de bajo caudal. Lo interesante del sitio es que presenta pintura rupestre
asociada espacialmente a terrazas, a plataformas y a estructuras (Pelz, 2007: 84). La expresión
rupestre reitera a estos lugares como “santuarios donde se llevaron a cabo ritos significativos en
términos de la cosmovisión y de la observación de la naturaleza” (Giménez y Héau, 2008: 74). Es
evidente que allí se dio una apropiación —y reapropiación— del espacio sagrado a través de la
peregrinación. En este sentido, el universo mitológico siempre estuvo vinculado con los lugares
reales de la geografía existente, y cada montaña, peñasco, río o lago, “no sólo conforman un rumbo
y una configuración en el espacio, sino también encarnan una temporalidad ancestral que
permitió rememorar el pasado mítico” (Zuleta, 2013: 336).
No es entonces descabellado afirmar que el principio de totalidad del Cerro del Muerto
sintetizó la geografía sagrada del Aguascalientes prehispánico, y que tuvo un carácter fundacional

136
Mitología de gigantes

de gran importancia para lo chichimecas porque señala la tierra donde se deben asentar los
señoríos. Los cerros, tanto pequeños como grandes, fueron divinizados ya que las aguas que
formaban ríos y fuentes se encontraban en sus entrañas; estos dones acuáticos eran cuidados por el
señor de los montes y de las cavernas, por el guardián de los manantiales, por los chanes y
representaba el umbral de los muertos. Los chichimecas iban al encuentro de tales deidades
sintiéndolas y festejándolas en sus formas más dramáticas dentro de los ciclos del nacimiento, de la
cacería y de los cultivos, mientras el Cerro del Muerto contemplaba.

El Valle desde la arqueología

Para conocer mejor el paisaje prehispánico de este valle proponemos ahora alejarnos de las fuentes
escritas y acercarnos más al registro arqueológico. El problema de analizar el tema de los
chichimecas en específico no sólo estriba en su fantasmal y casi nula presencia en las fuentes
historiográficas, sino en que tampoco es fácil definir a estas culturas desde la arqueología: la
naturaleza de sus restos materiales se vuelve esquiva al registro —los artefactos que se fabricaron,
en su mayoría, eran de material perecedero— y la huella que dejaron en el paisaje no llega a ser
perceptible a los ojos de los investigadores. Sin embargo, esto para nada quiere decir que se carezca
de información arqueológica de Aguascalientes. Más bien, todo lo contrario.
Aunque no se han confirmado en este valle temporalidades del preclásico, según los
investigadores, desde épocas muy tempranas (100 antes de nuestra era) ya se practicaba la
agricultura en las cuencas vecinas de los Altos de Jalisco, dando un crecimiento demográfico y un
desarrollo aldeano que principalmente aprovechó la Sierra Madre Occidental, pues esta serranía
funge como un gran corredor natural que provee una diversidad de recursos. Los datos
arqueológicos confirman que para el 500 d.C., las cuencas serranas, incluyendo las de
Aguascalientes, ya eran pobladas por un raudal de comarcas que estuvieron relacionadas con las
culturas Altos de Jalisco y Sur de Zacatecas, un paisaje regional típicamente agrícola.
En el Cerro del Muerto no se han registrado “oficialmente” asentamientos prehispánicos,
pero a sólo 8 km se encuentra el sitio del Ocote. Gracias al registro y estudio llevado a cabo por el
INAH Aguascalientes en este sitio y en el de Santiago, se ha demostrado y rectificado la

137
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

contemporaneidad de la región. Hasta ahora se han descubierto un centenar de sitios


arquitectónicos emplazados sobre toda la Sierra del Laurel y la Sierra Fría, con fechamientos de
carbono 14 contundentes del 500 al 900 d.C. Tales asentamientos se distinguen por conservar
una estrecha relación de cercanía entre sí y por estar acociados a expresiones gráfico rupestres. El
grado de integración de los sitios, es decir, la cercanía tan evidente entre uno y otro en el paisaje,
sumado a la estrecha relación de intervisivilidad (Macías, 2009: 275) pueden estar indicándonos
contemporaneidades. Es interesante cómo el Ocote, por ejemplo, mantiene una relación de
intervisibilidad con otro sitio rupestre que se emplaza hacia el norte llamado La Troja, y a medida
que se abre la gran Sierra Madre Occidental afloran más asentamientos, siempre próximos entre sí
y a manantiales de agua; nos hablan que estuvieron densamente poblados, emplazándose entre los
cerros y manifestando estilos y arquitecturas totalmente mesoamericanas, un paisaje indígena
completamente distinto al que tuvieron los pueblos chichimecas en el siglo XVI.
Gracias a los trabajos de Beatriz Braniff y de muchos otros arqueólogos, las conexiones
mesoamericanas entre el Noroeste de México y el Suroeste de Estados Unidos han sido
investigadas y analizadas, al menos la que se dieron hasta el siglo XIV, puesto que para este siglo un
gran número de centros mesoamericanos en el Norte son abandonados. No podemos responder -
por ahora- a la pregunta de cómo se dieron las continuidades y discontinuidades culturales entre la
mesoamérica septentrional y los pueblos chichimecas, pero lo que sí podemos asegurar es que en
Aguascalientes, y quizás en muchos lugares del Norte de México, los santuarios como los sitios
rupestres se siguieron reocupando, no del mismo modo, pero desde luego, de forma continua.
Hay que considerar siempre que la expresión rupestre desafía el tiempo con una clara
vocación de permanencia, sin olvidar que condensa metonímicamente el territorio e impone un
efecto humano permanente sobre el espacio (Giménez, Héau, 2008: 71). De esta manera, destaca
el hecho de que los santuarios rupestres en Aguascalientes estén circunscritos a formaciones
rocosas específicas y fácilmente delimitables, de lo cual deriva que su intervisibilidad pueda haber
permitido un involucramiento, un apego y apropiación étnica del entorno. Desde el enfoque de
Paisaje, se enfatizan aspectos como la visibilidad, las pautas de racionalidad y los elementos de
cohesión e identidad cultural (Sánchez, 2010: 144). En este sentido, la autoridad que ejerció el
Cerro del Muerto fue de carácter axial para que los pueblos prehispánicos se ubicaran dentro de

138
Mitología de gigantes

esta geografía, dentro de este paisaje que fue resultado de aquellos escenarios rituales que
enfatizaron su visibilidad y atracción simbólica. El paisaje, más allá de su realidad física, era una
realidad social que hacía referencia a las condiciones del entorno y a la relación con el mundo. En
él, las diferentes actividades adquirieron sentido. Por tanto, la concepción mítica y los aspectos
sagrados que incorporó el Cerro del Muerto exigieron todos los recursos sensoriales.
Además de esto, la mayoría de los arqueólogos coincidimos en explicar los lugares desde su
espesor histórico. El Cerro del Muerto emergió en un paisaje que puede definirse como en
“transición”, al cual las civilizaciones acudieron, chocando como olas contra el dominio de su
geografía, pero manteniendo intacto su sentido sagrado. Desde el periodo Epiclásico,
Aguascalientes se articulaba con otras culturas indígenas de Zacatecas, de los Altos de Jalisco, del
Bajío, de la Costa de Occidente y, posiblemente, con las del Southwest, sin ser por tanto un
espacio aislado, ya que “las regiones se vincularon entre ellas a partir de grandes focos de reacciones
e influencias […] sin olvidar que no existen fronteras para las culturas, sino transformaciones y
relaciones” (Bonfiglioli y Hers, 2011: 12).
Si bien hay mucho por discutir sobre las lagunas explicativas entre los chichimecas
históricos y las comunidades agrícolas mesoamericanas, sólo quisiéramos enfatizar que las
disciplinas de la historia y la arqueología todavía vienen cargando una serie de ideas de la década de
los setentas, muy propias del evolucionismo y de la ecología cultural, lo que ha llevado a que no se
explique de forma contundente qué separa culturalmente una época de otra. Cabe anotar que no
definimos al Norte como un área “a partir de rasgos comunes, sino como un sistema de
transformaciones donde el cambio de las expresiones culturales, antes que la similitud, permiten
identificar ideas comunes y por tanto categorías de pensamiento” (Bonfiglioli y Hers, 2011: 13).
Es así como podemos remitirnos a estructuras de larga duración.

Paralelismos míticos y paisaje de gigantes

Podemos hacer un gran esfuerzo interpretativo para conocer los nombres y significados que se le
confirieron al Cerro del Muerto en la época prehispánica, pero su dimensión simbólica no puede
ser entendida fuera del universo cultural en el cual tuvo su origen. Tras referirnos al contexto

139
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

arqueológico, deseamos hacer notar que es difícil tratar de guiar las interpretaciones sólo teniendo
éste a la mano; por ello, consideramos que el enfoque de Paisaje reivindica “una construcción del
conocimiento del pasado elaborada a partir de diferentes comunidades interpretativas” (Sánchez,
2010:139), misma que nos permite acercarnos a la dimensión simbólica del Cerro del Muerto.
Así, hay que estimular nuestra capacidad de responder a un espectro de preguntas cada vez mayor,
para lo cual los estudios comparativos llegan a ser de gran ayuda.
Por principio de cuentas, diversos investigadores, entre ellos la lingüista Jane Hill, sugieren
que los desarrollos prehispánicos dados por toda la Sierra Madre Occidental desde el Epiclásico,
descritos anteriormente, estuvieron vinculados con la difusión del cultivo del maíz y la expansión
acelerada del idioma proto-yutonahua (Neurath, 2002). Es decir, Aguascalientes existió dentro de
un inmenso desarrollo regional prehispánico que todavía se atestigua en las similitudes lingüísticas
y culturales presentes hoy en día entre los nahuas, huicholes, coras y tepecanos, hasta con los
tepehuanes, yaquis, tarahumaras y hopis. Antropólogos como Polly Schaafsma, Jane Young y Karl
Tube, ya habían planteado desde hace tiempo correspondencias entre los pueblos y los indígenas
de la Sierra del Gran Nayar: “Los discursos míticos de todas estas culturas son característicamente
similares tanto en los ritos de iniciación, como en la clara búsqueda de experiencias visionarias
para asegurar la fertilidad” (Neurath,2002: 99).
Los grupos indígenas del Noroeste de México constituyen un eslabón cultural entre
Mesoamérica y la Gran Chichimeca; Jane Hill da elementos para postular la existencia de una
cultura proto-yutonahua en el Epiclásico, cuya relativa homogeneidad pudiera ser reforzada con
más investigaciones. Por tal razón, si queremos conocer los diversos nombres que se le atribuyeron
antiguamente al Cerro del Muerto, hay que buscarlos en la memoria de aquellas culturas que aún
siguen vivas. Pensando desde su atrayente forma humana, nos damos cuenta de que este valle
desde hace ya tiempo estaba poblado por gigantes.
En efecto, los huicholes siguen nombrando y rindiendo culto a los cerros con formas
excéntricas y humanas, para ellos son los hewixi, gigantes a quienes se les concibe como los

primeros peregrinos que salieron del mar, y ya que emergieron de un espacio esencialmente
húmedo y oscuro, al acercarse al sol como primer elemento luminoso, se petrificaron (Zuleta,
2013: 333). Estos seres son entidades masculinas y acuáticas que despiden vapor que se convierte

140
Mitología de gigantes

en lluvia y acumulan en su interior grandes depósitos de agua. De hecho, las mujeres, en lugar de
petrificarse, se transformaron en manantiales y ojos de agua que acompañan a los propios cerros.
Asimismo, estos gigantes están estrechamente asociados a los vestigios arqueológicos y a las
manifestaciones rupestres. Los huicholes siguen visitando los petrograbados y los interpretan
como símbolos, o mejor dicho, como entidades de la lluvia, porque atestiguan la época cuando los
dioses crearon el mundo. Estos dibujos fueron arrojados en el primer peregrinaje junto con los
arroyos y ojos de agua, y “son las antiguas marcas dejadas por los gigantes cuando las rocas aún
estaban blandas, porque el mundo todavía no se endurecía por el sol” (Zuleta, 2013: 332).
De igual modo las comunidades tepehuanas siguen teniendo la misma devoción hacia la
naturaleza, mientras que las comunidades tohono o´odham de Arizona y Sonora la tienen al cerro
Baboquívari y los hiac´ed o´odham hacia el Pinacate (Alvarado y Berrojalbiz, 2011: 397). Como
todas las culturas mesoamericanas, también los cerros están presentes en los mitos fundadores
tepehuanos como refugio, o llegan a personificar al héroe civilizador, el hermano mayor I´toi. Las

correspondencias míticas se vuelven más relevantes cuando se describen a los antepasados


también como gigantes que se petrificaron en el paisaje porque se acercaron mucho a la deidad
solar, y estos cerros son llamados en su idioma Mo´Tam, y los que tienen una apariencia más

humana, Bokam-Tam, que significa “acostado”.

Es muy sugerente, por cierto, cómo en estas diversas mitologías se ven acentuados los
principales tópicos narrativos de la leyenda del Cerro del Muerto. Efectivamente, por un lado, los
antepasados se conciben como gigantes y juegan un papel primordial en la fundación de los
asentamientos, y por otro, como en la mitología huichola, también se plantea que estos
antepasados en su peregrinar crearon los manantiales sagrados asociados a los vestigios
arqueológicos. El tema de los gigantes sigue teniendo una gran popularidad en las referencias
orales de Aguascalientes. Por ejemplo, unas personas narran que las manchas de color rojo que
tiene la tierra del valle es la sangre del antiguo gigante herido, otros dicen que incluso se han
encontrado los inmensos arcos de éstos pero que se deshacen al sacarlos de la tierra. Hay otra
leyenda de Aguascalientes más peculiar que no se refiere al Cerro del Muerto, pero cuyo tema es
equivalente: habla de la historia del Cerro de los Gallos, otro cerro que se encuentra en la ciudad.

141
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Se explica que antes existía un gigante que en un primer momento era protector del pueblo pero
después se volvió un terrible déspota, cobraba impuestos a los chichimecas y los golpeaba
salvajemente con su gran macana. Un día el gigante se quedó dormido y los gallos, que eran
indígenas de complexión robusta y fuerte, se juntaron para enterrar vivo al gigante. Quedó tan
enterrado que en un último esfuerzo éste quiso liberarse pero no pudo, quedando atrapado para
siempre en las rocas que hoy forman el cerro del Chiquigüite, y el cerro donde se juntaron los
chichimecas se llama ahora el Cerro de los Gallos. Sin embargo, se profetiza que un día el gigante
se va a liberar y destruirá la próspera ciudad de Aguascalientes.
Suponemos que aún pervive en el relato popular una tenue continuidad con las creencias
indígenas, las tradiciones se fueron tejiendo con gran sabor y ahora existe entre ellas una serie de
referencialidades. La experiencia verbal ilustra muy a menudo sobre las transformaciones que el
propio mito pudo sufrir, aunque los narradores populares mantuvieron idéntica su noción
elemental, los usos fueron cambiando y desplazándose con el tiempo, hasta pulirse el relato como
hoy es conocido. Las leyendas conservan finalmente fragmentos de los grandes textos
mesoamericanos. Al respecto, la división binaria que separa lo oral de lo escrito ha resultado
particularmente inadecuada para aplicarse a la riqueza de los medios literarios de la América
indígena. En los textos que aparentemente son sólo orales, la literatura canónica sobrevive como
una codificación condensada y poética, en formas resistentes al tiempo.
De igual forma encontramos analogías narrativas en los escritos cosmogónicos de los
grandes textos nahuas. En La Historia de los Mexicanos por sus Pinturas se señala que en la Era del

segundo Sol, Ocelotonatiuh, existió una raza de gigantes que fueron devorados por los jaguares, y
muchos otros se petrificaron en forma de cerros: “la raza de gigantes se llamaba quinametin,
entonces el Sol no caminaba y cuando se oscureció, las gentes eran comidas…”. Dejaron dicho los
viejos que el saludo entre los gigantes era "no se caiga usted", porque el que se caía, se caía para
siempre. La caída debió ser tan grave que cuando se representan las imágenes de los soles en
el Códice Vaticano, el gigante dibujado se encuentra no de pie, sino derribado en el suelo. Entre los

otomíes se menciona que los gigantes eran altos como árboles, y lo eran tanto que tenían que
echarse al suelo cuando soplaba el viento para no ser derribados (López Austin, 2015: 182).

142
Mitología de gigantes

Por otro lado, consideramos que la aparición reiterada de una muchedumbre de indios
que tienen que enfrentarse al gigante o son aplastados por éste, es también un tema muy común de
la tradición mesoamericana. Precisamente en el Códice Vaticano, aparece que los toltecas
arrastraron el cuerpo muerto del gigante que abandonó Tezcatlipoca cerca de Tula. Cuando lo
arrastraban, se abrió en la tierra un precipicio en donde cayeron todos los indios que tiraban el
cuerpo.
En el mismo Popol Vuh se narra que Sipakná el gigante, se enorgullecía de ser él mismo el

creador de las montañas, y por esta soberbia, los cuatrocientos muchachos querían destruirlo,
aplastándolo con un palo en el fondo de un pozo. Sin embargo, Sipakná se liberó de su trampa y
derribó la casa de los cuatrocientos muchachos desplomando el techo para que murieran
aplastados. A su muerte, éstos subieron al cielo para convertirse en la constelación de las Siete
Cabrillas, que en maya se llama Motz y significa grupo o montón. Por consecuencia, los gemelos,
Junajpu e Ixb´alanke, vengarán la muerte de los cuatrocientos muchachos, dejando caer la punta
de un cerro sobre la cabeza del gigante: “ya no salió con vida Sipakná y se dice que se convirtió en

piedra, al pie del cerro Meaván”. Tanto Sipakná, el gigante de las montañas, como su hermano
Kab´raqan, gigante provocador de terremotos, juegan colosalmente a crear montañas y luego a
volver a derribarlas, y “así aluden a un mundo todavía no constituido donde las diferentes fuerzas
abrumadoras luchan provocando terribles cataclismos de agua, fuego y viento. Los dioses que
presencian y los héroes que participan en esta historia incluyen al sol, los pájaros del trueno, el
rayo, la abuela y los astutos gemelos” (Brotherston, 1997: 310). Todos los testimonios coinciden al
presentar un universo diluviano donde los gigantes construyeron los cerros, las pirámides y los
santuarios, fecha que marca el fin del ciclo anterior y la metamorfosis de los mismos "gigantes" en
forma de cerros.
En la obra de Sahagún hay una muy breve mención en la que se dice que los gigantes
fueron quienes fabricaron las grandes pirámides de Teotihuacán y Cholollan: “y aun parece ser
cosa increíble decir que son edificados a mano; y cierto, lo son, porque los que los hicieron
entonces eran gigantes, y aun esto se ve claro en el cerro o monte de Cholollan, que se ve claro
estar hecho a mano porque tiene adobes y encalado” (López Austin, 2015: 181).

143
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Según los tarascos, con el diluvio se extinguió la raza de los gigantes khuanhári, seres de

gran fuerza que antecedieron a los hombres en el mundo. Los khuanhári en su momento

construyeron los sitios prehispánicos y las iglesias, e instalaron en éstas las campanas. En su papel
de civilizadores, señalaron los linderos de los pueblos y les dieron sus nombres. Sin embargo, no
profesaban la verdadera religión, además de que andaban desnudos y eran caníbales. Cuando Dios
bendijo el mundo, su raza quedó destruida por un cataclismo; quedaron sepultados, convertidos
en piedra (López Austin, 2015: 183).
Dentro de las cosmogonías indígenas, en términos generales, al plantear el esquema de las
edades del mundo y la historia de los cataclismos y metamorfosis del paisaje, “una vez más
encontramos al terremoto como factor geológico en la lucha particular que desarrollan los seres
gigantescos que, una vez muertos, dejan su sangre como lava y sus miembros como formaciones de
roca volcánica”. La cosmogonía de Mesoamérica abarca en sus relatos eones de geología y de
evolución, en los que queda implícita una perspectiva evolucionista similar a las ciencias actuales,
aunque sólo sea por la mención de la geología. El factor de los movimientos de la corteza y las
erupciones volcánicas enmarcan la cara de la tierra en la Era de los primeros Soles donde los
gigantes hicieron sus actos de creación más significativos (Brotherston, 1997: 311).
Al igual que todos los nahuas, purépechas, otomíes, mayas, tepehuanos, huicholes;
también los seri al contar cómo su dios creador, Hant Caai, hizo el mundo, nos dicen que la tierra

era plana, “sin montañas ni dunas pero con el tiempo fue poblada por gigantes”, que se inundaba
seguido y las lluvias venían acompañadas de fuego, humo y terremotos. Hant Caai cantó su

canción para “proteger a la gente de tantas inundaciones […] y así se formaron los cerros y las
dunas” (Ramírez, 2014: 11). Como afirma Jacques Galinier, para las culturas indígenas los lugares
geográficos con formas excéntricas “constituyen marcadores espaciales de los cambios de ciclos y
son prueba de los cataclismos ligados a los periodos de ruptura entre un mundo en vías de
desaparición y otro llamado a nacer” (Zuleta, 2013: 329).
Dicha dimensión cosmogónica aparece a los cantos, portadores de un conocimiento que se
adquiere en trance tras una revelación, en un sacrificio o en un sueño. Los Akimel O’odham
tienen un mito de creación cantado a la manera antigua durante las ceremonias de pubertad de las

144
Mitología de gigantes

chicas, que era un verdadero festival de sueños. La canción transporta al momento cosmogónico
cuando las aguas barrieron las tierras: entonces uno de los dioses creadores, South Doctor, se paró
en la cima de Croocked Mountain —lugar sagrado pima que se encuentra en Arizona—
momentos antes de que los antepasados gigantes se convirtieran en cerros. El poderoso dios
prueba su fuerza contra el diluvio pero su cristal mágico pierde poder, entonces es arrastrado por
las corrientes de agua hasta al interior de las montañas para después emerger, en un acto
chamánico, con poderes más fuertes al sobrevivir al cataclismo. Los versos cantan:

Las aguas barren las montañas,


las aguas barren las tierras.
En Croocked Mountain me paro,
Intento dispersar las aguas.
Sin poder, sin poder, mi cristal mágico, sin poder.
Aguas corren…me elevan al cielo como si fuera nubes….
[Al salir de la olla terrestre donde se refugió]
Con poderes mágicos emerjo ¿Quién me hará compañía?
Mi vara y mi cristal estarán conmigo…
He llegado al Centro de la Tierra, veo la Montaña Central (Ramírez, 2012).

En este punto ya nos es posible establecer la relación cultural que une las narraciones actuales de
los huicholes, pimas y pápagos con los temas mesoamericanos que se vislumbran en los grandes
textos nahuas e inclusive mayas. Los paralelismos entre todos estos textos, rara vez utilizados en la
arqueología regional, nos permiten configurar un término de referencias desde el imaginario
indígena para acercarnos a los nombres que pudo haber tenido el Cerro del Muerto.
Particularmente el canto de creación pima aquí descrito nos da una idea de la naturaleza ritual y
los temas ceremoniales que se llevaron a cabo a la sombra de este gigante de piedra.
Como ya vimos, Aguascalientes no se mantuvo ausente de los procesos culturales de la
época prehispánica, puesto que fungía como un lugar sagrado para las sociedades antiguas por sus
nichos termales, allí se cantaban mitos en las largas veladas durante festividades como las
ceremonias de petición de lluvia, de bautismo y la pubertad de las chicas. Los cantos y las danzas,
junto con las sustancias psicotrópicas conducían al trance chamánico a los oficiantes y neófitos.

145
Felipe de Jesús Sarabia Salmerón

Éstos soñaban, o mejor dicho, viajaban al momento mismo de los cataclismos tectónicos, a la lluvia
de fuego y a las grandes inundaciones, en el momento cosmogónico de la creación del mundo. Lo
más probable es que los oficiantes se sintieron estremecidos con la visión mística del Cerro del
Muerto levantándose en medio de una lluvia de lava y terremotos. Sólo los cristales y las piedras
mágicas los protegieron de tal terrible espectáculo.

Conclusiones

Suponemos que aún pervive en el relato popular “algo” de las creencias indígenas, aunque esta
afirmación nunca se podrá comprobar del todo. No obstante, con este análisis, lo que sí podemos
asegurar es que el Cerro del Muerto, en sus diferentes niveles históricos, siempre fue considerado
como un gigante, ya fuera por los indios del barrio de San Marcos, o por los chichimecas que
durante mucho tiempo custodiaron el Valle de los Ojos de Agua, o incluso, por las poblaciones

mesoamericanas del Epiclásico. Todos los presentes venideros seguirán asistiendo a su perfecta
forma humana y a la profundidad de su espectáculo: el paisaje “es una constante interrogación a
los tiempos pasados en nombre de los problemas y curiosidades —e incluso las inquietudes y las
angustias— del presente que nos rodea y asedia” (Braudel, 1985: 9). Entre los ecos y remanentes
de la historia, las leyendas siguen habitando sus espacios vacíos.
Alguna vez un poeta de Aguascalientes escribió: “La ciudad es sueño del Muerto
convertido en cerro. El Chan del agua sigue deambulando por los túneles del drenaje. A ocasiones
sale, dicen, en tiempos de la feria. Hemos vuelto, en todos y en cada uno, sin vergüenzas, sin
codicias, al centro de los ojos” (De Ávila, 2004: 63). Hay que contar ahora la historia de
Aguascalientes ya no desde la visión colonizadora, en la cual se reduce a los indios chichimecas al
destino irreductible de ser exterminados, y comenzar desde esta memoria que ofrece su geografía,
sus símbolos, sus representaciones, inclusive, desde el cuento popular, no importa cuál sea el punto
de partida, ya que siempre habrá una oportunidad para sumergirse en la sucesión de los paisajes.
Otro de los cuentos de Aguascalientes narra que en tiempos primigenios existió una raza
de gigantes, quienes después de cataclismos tectónicos, se recostaron sobre la superficie dejando
pasar sobre ellos las estaciones, los años, los siglos y después los milenios. El paisaje los instauró en

146
Mitología de gigantes

forma de cerros para que, así, pudieran seguir contemplando a los transeúntes de las épocas. Eso es
precisamente el Cerro del Muerto: un mar sobre otros mares, una historia sobre otras historias
que este gigante sigue tejiendo mientras duerme. Esperemos un día verlo despertar.

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149
COLONIZACIÓN HISPANA DE QUERÉTARO Y GUANAJUATO ORIENTAL:
¿LA ABSORCIÓN DEL TERRITORIO GUAMARE?

Fernando González Dávila *

Resumen

Este artículo se ocupa del origen de tres topónimos de los estados de Guanajuato y Querétaro
(Puerto de Sosa, Puerto de Nieto y Jofre), a partir de su situación topográfica y los nombres de tres
colonos conquistadores de mediados del siglo XVI. Intenta explicar su importancia para controlar
el territorio ocupado por indios guamares, en un proceso que los llevó a su extinción.

Abstract

This article talks about the origins of three toponyms of Guanajuato and Querétaro States
(Puerto de Sosa, Puerto de Nieto y Jofre), based on the names of three conquerors-settlers and its
topographic location from middle of the 16th century. It tries to explain its importance to control
the territory occupied by Indians Guamares, in a process that lead to their extinction.

*
Centro INAH Querétaro, fergonza333@hotmail.com, fgonzalez.encrym@inah.gob.mx

151
Fernando González Dávila

Planteamiento del problema

Es característico de nuestro país que sus pueblos, sitios, parajes, poblaciones, cuevas, topografía,
hidrografía, accidentes geográficos, etcétera, mantengan denominaciones en las diversas lenguas
nativas, como también los espacios que fueron fundados, bautizados y renombrados por los
invasores europeos adquiriendo carta de naturaleza desde de la primera mitad del siglo XVI.
Recorriendo la geografía nacional, encontramos poblados con nombre indígena y un par
de kilómetros más adelante tenemos otro con fonética castellana, coexistiendo también, aquí y
allá, la combinación de vocablos nativos y europeos; casos hay como el de Querétaro, voz de origen
purépecha que en las fuentes tempranas del siglo XVI también se encuentra llamada en náhuatl y
otomí. De las denominaciones que aplicaron los conquistadores a los sitios que iban ocupando, se
puede decir que son constancia de sus propias procedencias desde la Península Ibérica y remiten a
regiones específicas. Montserrat o Durango, indicarían que, quienes así nombraron el lugar donde
se asentaron, provienen de un ámbito de habla catalana y otro vascuence respectivamente.
Ensayaré a continuación relacionar varias localidades con una serie de personajes muy
activos en el proceso de conquista, control y colonización del norte del estado de Querétaro y
centro y nororiente del de Guanajuato a mediados del siglo XVI, algunas de las cuales fueron
nombradas con sus apellidos desde entonces. Han perdurado Puerto de Nieto y Puerto de Sosa
(Mpio. de San Miguel de Allende, Gto., que se relacionan con Diego Nieto y Juan Alonso de Sosa
respectivamente), en tanto que Jofre destaca particularmente al contar tres localidades
homónimas (dos en Guanajuato y otra en Querétaro) a intervalos relativamente cercanos entre sí.
Se podrá atajar señalando que nada particular hay en que se dé un mismo nombre a distintas
localidades si tenemos miles de Santa María o San José, incontables San Miguel o San Bartolo,
centenas de Juárez o Hidalgo, El Huizache, Salitrera…, pero resulta que el origen de dicha
denominación no es ni un santo ni un héroe del panteón nacional, sino Martín Jofre, un
conquistador y colonizador de la zona de estudio.
Si esos lugares tomaron el nombre de aquellos individuos, pudo ser consecuencia
inmediata a su toma de posesión por ser los primeros hispanos en recibir la titularidad del derecho
a explotarlos en su beneficio, por reconocimiento del rey de España o por la necesidad de contar

152
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

con referencias puntuales para continuar y aumentar la dotación de terrenos ante el creciente
número de individuos que se sumaban a esa expansión. Pudo ser, ¿por qué no?, por tener cierto
renombre y relevancia social, como en su lugar se verá.
Para el siglo XVIII muchas de esas estancias se concentraban en pocas manos y formaron
extensas haciendas. Destacan los descendientes de Alonso de Villaseca y Agustín Guerrero. En un
litigio relacionado con sus derechos de posesión, el abogado de esta familia argumentó:

Justificó mi parte que los sitios de Jofre tienen esta genérica apelación, porque fueron de Martin
Jofre a quien se mercenaron: que son varios y distinctos logrando también cada uno su específico
nombre […] que fenecen en el Camino que va de esta ciudad a la de Zacatecas y a la villa de San
Miguel el Grande, que corre de Oriente a Poniente, y sale de Puerto de Pinto al de Nieto. (AGN,
Tierras, vol. 647, exp. 1, f 299v. cfr. Figuras 1, 5 y 6). 1

Planteo si inquirir sobre la razón de ser de un topónimo, por qué se llama así un lugar, permite

encontrar respuestas concretas sobre procesos de reacomodo poblacional, formas de apropiación,


cambios en el uso o aprovechamiento del suelo o, pensando en grandes extensiones donde
escasean denominaciones de origen indígena frente a otras donde es muy extendida su presencia, si
eso nos está dando una orientación sobre ciertas peculiaridades del desarrollo histórico de su
poblamiento. También puede preguntarse si la denominación con que hoy conocemos un lugar
esconde más o menos conscientemente una práctica, un hecho bien establecido tiempo atrás.

Área de estudio

La delimitación surge, fundamentalmente, de ubicar el radio de actividades y mercedes de tierras


recibidas entre 1540-1570 por Martín Jofre y Juan Sánchez de Alanís, resultando que haya sitios
de relevante posición estratégica, considerando que entonces transcurre el violento capítulo
conocido como “La Guerra chichimeca”. Su mayor extensión Sur-Norte la marcan Jofre, Mpio. de
Celaya (20º28´26”N/100º30´50” W) y San José Jofre, Mpio. de San Luis de la Paz (21º

1
He dejado al final un mapa actual del territorio que aquí se recorre, por si el lector quiere tomar referencias
modernas y hacer su propia comparativa.

153
Fernando González Dávila

17´54”N/100º30´50” W); casi a la mitad está Jofre, Mpio. de Querétaro (20º50´57”


N/100º25’11” W). Su parte más ancha la definen las actuales ciudades de San Felipe (21º12´42”
N/101º12´58” W) y Victoria, Gto. (antigua Xichú de Indios) (21º12´44” N/100º12´52” W),
donde Sánchez Alanís tuvo una participación significativa: al fundarse la primera (1562) fue su
alcalde, en tanto que en la segunda, estuvo en calidad de cura vicario entre 1566 y 1576. Cuando
en 1556 tuvo que testificar en el pleito jurisdiccional entre el arzobispado de México y el obispado
de Michoacán, lo encontramos radicando en la Villa de San Miguel (Jiménez, 2014: 175). Puede
extenderse la línea hasta las minas de Guanajuato, donde siendo teniente de alcalde mayor (1557)
mantenía su domicilio en aquella villa (Registro de las primeras minas…, 1992: 58-59).

Establecidos estos límites, resultó quedar comprendida enteramente en el ámbito donde


históricamente se ha reconocido que tenía “su habitación” la nación guamare, una de las
identificadas como chichimecas. Adiciono un testimonio contemporáneo, donde resalta la villa de
San Felipe como zona de transición del territorio guamare hacia los dominios de los guachichiles;
de acuerdo con una carta escrita por el prior del convento agustino de la villa, en 1571, ésta se
encontraba “a cincuenta leguas de México […] camino de los Zacatecas, y en el riñón de los

Chichimecas” y añadía que se asentaba:

en lo último de los chichimecas vamares, y a la entrada de los vachichiles, cuya provincia corre al
norte y aquilón, que no se sabe su fin, y está en el paraje de los cupuces, vaxabanes, vascanes, samoes
y salzas cuya derrota de estas naciones es la vuelta de Pánuco al oriente; y a todas estas gentes
procura el padre prior se les dé asiento para los poder doctrinar. (García Pimentel, 1904: 122)

Por el oriente resulta que la secuencia de mercedes identificadas desde Jofre/Celaya, hasta
Jofre/San Luis de la Paz, parece guardar cierta correspondencia con un probable límite territorial
con los pames; y, aceptando que eventualmente el límite poniente alcanzara más allá de la Sierra de
Guanajuato, resalta la centralidad del río Laja (Figura 1). 2

2
Son numerosos los indicios de las mercedes por Sánchez Alanís, Jofre y los demás sujetos de que iré haciendo
mención. La selección para este trabajo proviene de Archivo General de la Nación, Tierras, vol. 168, 2ª pte., exp. 5,
vol. 443, exp. 1, vol. 647, exp. 1, vol. 671, vol. 3663, exp. 2, y Mercedes, vols. 2, 3, 4, 5, así como las llamadas publicadas
por Gerhard, 1992, Zavala, 1982, e interpretadas por el autor en trabajo previo (2003).

154
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

Figura 1. Zona de actividad colonizadora y política de Martín de Jofre y Juan Sánchez Alanís

Villas Pueblos X Real Minero.


Sitios que conservan el nombre del concesionario original.
1) Puerto de Pinto. 2) Hacienda Buenavista. 3) Venta del Negro. 4) El Jovero. 5) San Sebastián del Salitre. 6) Capuli.
7) Carvajal. 8) Charcas (Doctor Mora). 9) Manzanares. 3 (Nombres de las haciendas como se conocen desde fines del
siglo XVII). Puertos: A) Puerto de Jofre. B) Portezuelo de Nieto. C) Puerto de Sosa. D) Puerto de Chamacuero
(Denominaciones ya establecidas en 1582).
Máxima extensión hipotética del territorio guamare hacia el sureste, este y norte.
Fuente: Elaboración propia.

3
Estoy revisando esta localidad en relación con las mercedes que recibió Joan de Manzanares, poseedor de estancias
desde 1556 en la zona. Las diligencias efectuadas para otorgarle una a Jofre señalaron: “…en la alda de una loma que
está en el camino que ba de Querétaro a Cichu, linde la estancia que fue de Joan de Manzanares…[y otra] que agora es
del dicho Martín Jofre, y de la estancia de Juan Sánchez Alanís,” (AGN, Tierras, v. 3663, exp. 2, f 6).

155
Fernando González Dávila

Desde Jiménez Moreno (1944) tenemos un ensayo satisfactorio ubicando los distintos territorios
chichimecas en un mapa (Figura 2), que siguió Powell (1984) y, en términos generales, continua
aceptándose, pues sus líneas fundamentales se nutren de fuentes primarias del siglo XVI, en
particular, los escritos de fray Guillermo de Santa María sobre la Guerra de los chichimecas.

Alberto Carrillo mantuvo el diseño de Powell en las ediciones que realizó sobre los textos del fraile
y otros contemporáneos (Santa María, 2003: 45; ver también Carrillo C. II, 2000). Ese material,
combinado con otra serie de fuentes (v.gr. mercedes y litigios de tierras, como las citadas en la nota

2) nos ponen en condiciones de mejorar y precisar las delimitaciones de todas aquellas naciones
indias que sucumbieron en la defensa de sus territorios. Así, el recorrido de estas líneas será por
territorio guamare.

Figura 2. Distribución de las naciones chichimecas del centro-norte, propuesta por Jiménez Moreno

Fuente: Jiménez Moreno, 1944.

Ocupación selectiva/¿ocupantes seleccionados?

El territorio guamare comenzó a ser horadado sistemáticamente a partir de 1550 de la mano de


dos procesos paralelos: el trazo y apertura del que se llamaría camino real de tierra adentro, que en

156
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

la zona de estudio conecta Querétaro-San Miguel-San Felipe siguiendo en general el curso del río
San Miguel (hoy Laja); y una serie bien identificada de mercedes para estancias ganaderas que
coincidiría —como ya adelanté— con una hipotética franja limítrofe con los pames.
No había acabado de decir el virrey Antonio de Mendoza que ya estaba habilitado el
nuevo camino, 4 cuando se sucedieron numerosas mercedes de tierras para asegurar su colonización
y sentar las bases efectivas del control de la comunicación a las minas de Zacatecas y el soporte para
extender la expansión cada vez más al norte en las próximas expediciones. Entre los principales
beneficiarios, hombres ya encumbrados, encontramos a Juan Jaramillo, capitán cercano a Cortés y
encomendero de Xilotepec, solicitando merced para 14 sitios (11 para criar ganados y 3 para
establecer ventas) abarcando su trayecto desde un punto cercano al actual Polotitlán, Méx.
(dentro de su propia encomienda), hasta donde se fundaría San Felipe. Aparecen también los
Ibarra y los Oñate, quienes, a los privilegios ya obtenidos como conquistadores, colonizadores,
autoridades en la Nueva Galicia y descubridores de las vetas zacatecanas, sumaron enclaves
importantes para beneficiarse de esa rúa.
La dotación de tierras recibidas entre 1550-1552 “en el camino nuevo que agora se hace”
entre Querétaro y Zacatecas (AGN, Mercedes, 3, f 54; cfr. Gerhard, 1992: no. 1596), les permitió

tender una red que enlazaba Zacatecas con los intereses de Cristóbal de Oñate en Tacámbaro
(encomienda y mineral), Zitácuaro —donde instaló sendos ingenios— (Navarrete Pellicer, 1990:
118), quien impulsó con Luis de Castilla, Alonso de Mérida, Alonso de Villaseca y Rodrigo de
Ribera, hacer un ramal que conectara Ixmiquilpan con el camino real cerca del pueblo de
Acagualcingo, al sur de San Juan de Río. 5
Ortuño de Ibarra tenía hacienda de minas en Ixmiquilpan y era regidor de Tlacintla. Para
1552 armaban caravanas de mercancías para surtir a Zacatecas, como la encargada a un vecino de

4
A fines de 1550 comunicó a su sucesor, que “Juan de Muñoz de Zayas, vecino de Panuco, por mi mandado fue á
descubrir el camino de los çacatecas, y está descubierto” (Instrucciones que los virreyes, 1873, I: 40).
5
En terrenos donde posteriormente se asentarían las haciendas de El Cazadero y El Ruano (González D., 2014: 112-
120; González D., 2015).

157
Fernando González Dávila

Puebla, de “cuarenta carretas con sus bueyes” (González D., 2003: 88-90). Al menos dos fueron
atacadas por indios guachichiles y zacatecos. 6
Alonso de Villaseca (considerado el minero novohispano más poderoso de entonces) y
Agustín Guerrero también se beneficiaron del reparto de mercedes y en la Pintura de San

Miguel… (1582) fueron consignadas algunas de ellas. Del primero, es la “Venta de Villaseca”; de

Guerrero son las estancias llamadas “de los Llanos” y de “San Sebastián” (Figura 3), y su estrecha
cercanía con el virrey Mendoza (era su mayordomo principal), se constata en el proceso de visita
(especie de auditoría de la época) a que éste fue sometido, señalándolo en varias acusaciones (Ruiz
Medrano, 1998: 28-29; García Icazbalceta, 2004, Colección de documentos, II). Sus apellidos se

enlazaron vinculando sus bienes raíces por vía de las uniones matrimoniales de sus descendientes.
En la última década del siglo XVII, el mayorazgo se extendía: “…en las jurisdicciones de
Querétaro, Cichú, o San Luis de la Paz, y de San Miguel el Grande, tiene quarenta y cinco sitios, y
varias cauallerias, que fenecen por un lado en las de Jofre lindando con Buenavista” (AGN,
Tierras, vol. 647, exp. 1; Tierras, vol. 168, 2ª parte, exp. 5). Algunas haciendas que entonces lo

integraban, eran: El Jobero, Jofre, Puerto de Pinto, Venta del Negro, San Sebastián del Salitre, San
Juan de los Llanos, Carvajal, Capuli “y demás mercedadas a Martín Jofre” (AGN, Tierras, v. 443,

exp. 1, f 31v-35v) (Figura 1, 3 y 4).

A fines del siglo XVI, los indios, sirvientes y españoles residentes en las estancias de Jofre,
San Sebastián, la “de Agustín Guerrero”, y la “de los Llanos”, dependían de la parroquia de San
Juan Bautista Xichú, 7 que tuvo cura al menos desde 1566 en la persona de Sánchez Alanís, hasta
su muerte, acaecida hacia noviembre de 1576 (F. Schwaller, 1981: xxxvi; cfr. Gerhard, 1986: 238-

9).

6
La toponimia local refleja su impronta en el límite interestatal Guanajuato-Jalisco: el pueblo de Ibarra (Mpio. de
Ocampo), Altos de Ibarra (Mpio. de San Felipe) y Río de Ibarra. Ibarra queda a unos 10km al oeste de la zona
arqueológica de El Cóporo, arrimada al poniente de la sierra de Santa Bárbara, y por su falda oriental caen los
escurrimientos que alimentan el río Laja o San Miguel, donde se sitúa San Felipe. Diego Ibarra casó con la hija del
virrey Velasco; su sobrino Francisco fue gobernador fundador y capitán de Nueva Vizcaya.
7
Parroquia de San Juan Bautista Victoria, Gto., Archivo Notarial, 1er libro registro de bautizos y nacimientos, 1590-
1659: f3, (1 jul1590); f 14 (29 jun 1594); f 16 (26 mar 1594), f26, 27 (mayo, sept 1598).

158
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

Figura 3. Pintura de San Miguel y San Felipe, 1580. Real Academia de la Historia, Madrid

Puertos: A) Puerto de Jofre; B) Portezuelo de Nieto; C) Puerto de Sosa (aproximación del autor, no viene en el
original); D) Puerto de Chamacuero; E) Cerro de la Margarita (Anotación del autor, no viene en el original).
Estancias: 1) Venta de Villaseca; 2) Estancia de los Llanos; 3) Estancia de San Sebastián [del Salitre].
Poblaciones: I) Pueblo de San Francisco Chamacuero; II) Villa de San Miguel; III) El texto sobre estas colinas dice:
“Caminando por este Rumbo hazia El norte se ba por los pueblos de Sichu y Xalpa A la guaxteca y provy[nci]a de
panuco”; IV) Villa de San Felipe.

159
Fernando González Dávila

Figura 4. Mapa de la región de estudio (1742), en el actual límite interestatal Querétaro-Guanajuato

1) “Cerranía de Jofre”, 2) “Camino q[u]e viene a este Rincón de Jofre”; 3) “Ruinas de la estanç[i]a de Jofre”; 4)
“Puerto de Carrossa”; 5) “haz[ien]da de Buena Vista”; 6) “Camino q[u]e viene de Queretaro para S[a]n Miguel el
Grande”; 7) “Puerto de Nieto alto”; 8) “Puerto de Nieto bajo”; 9) “haz[ien]da de Nieto”; 10) “Venta del negro”; 11)
Ubicación aproximada del actual San José Iturbide; 12) “Segundo Camino q[u]e viene para S[a]n Luis de la paz”; 13)
“Primero Camino q[u]e viene para S[a]n Luis de la paz”; 14) “Camino Real de los Carros”.
Fuente: AGN, Catálogo de Ilustraciones, MAPILU 00809.

Revisemos ahora que, si bien es privilegio recibir numerosas mercedes reales, implica la obligación
de poblarlas y hacerlas productivas; esto supone llevar personas que hagan habitaciones, cercas,
corrales, cuidado del ganado, etc. 8 Tales beneficiarios tenían capacidad de contar un número
significativo de dependientes o criados a su disposición. Por este tenor hay que entender las
frecuentes expresiones “sustentar casa poblada” y que a su “costa y minción” poblaron las estancias
que se leen en las relaciones de méritos presentadas ante el rey, para acreditar servicios y solicitar
más privilegios.

8
Era obligación poblar, marcar o cercar al año siguiente y no traspasarla a terceros antes de cuatro años.

160
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

De Hernán Pérez de Bocanegra, Luis de Castilla y Cristóbal de Oñate se cuenta que se


quitaban la capa para darla a un desamparado, recibían en sus casas a menesterosos y
empobrecidos recién llegados de España para curarlos y alimentarlos (Tello, 1973, II: 367-8;
Olveda, 1997: 46). El virrey Mendoza dejó constancia de la gran cantidad de personas pobres que
venían de España con mujer e hijos, a los que destinó partidas de ayuda del erario público
(Instrucciones, 1873, I: 30).

Desde 1540 preocupaba a las autoridades el problema del vagabundaje, y para 1551 ya está
arraigado y generalizado en todo el virreinato (Mercedes, 4, ex. 37). Se habla de indios y mestizos

vagabundos (AGN, Mercedes, 2, ex. 241, f 94, y ex. 674, f 268v; Mercedes, 3, ex 836, f 330v-331).

El virrey Luis de Velasco (1554) mandó confiscar armas a mestizos, negros, mulatos, prenderlos si
no tenían amo a quien servir o si eran sorprendidos jugando naipes y que los mozos fueran puestos
con algún español, “de manera que en esta çiudad no aya xente ociosa vagamunda y cada uno biba
con amo y tenga manera de bibir...”; si no, quedaba la cárcel como último recurso (Mercedes, 4, ex.

100, f 29rv). También mandó prender a mestizos y mulatos que anduvieran entre indios

(Mercedes, 4, f 185rv; Norman, 1957). Estamos frente al evidente potencial para captar brazos

destinados a las tareas necesarias en las estancias.

Topografía y toponimia

Trazar una línea que enlace las tres localidades Jofre sugiere una vía de comunicación continua
desde la zona de Celaya hasta el límite entre San Luis Potosí y Guanajuato. Las constancias más
precisas de mercedes de tierras en favor de Martín Jofre y Sánchez Alanís, entre 1543 y 1560,
tienen absoluta correspondencia con este corredor (Figura 1 y 4). La más antigua documentada
para cada uno lleva fecha 22-VIII-1543. La de Jofre corresponde con el lugar localizado sobre la
margen del río Laja, unos 7 km al sur de donde se fundaría Celaya en 1571 (AGN, Mercedes, v. 2, f

139v-140, ex 344 y f 154v-155, ex 373), y contiene la expresión, “que vos teneys asentada y
poblada una estançia...”, lo que nos advierte considerar que, con anterioridad, debió estar
explorando y reconociendo esa zona. De Alanís, selecciono las siguientes: en la década de 1550, la

161
Fernando González Dávila

merced para ganados mayor y menor, “el un sitio y estancia se llama la Solana, y la otra es
Situjurica, en términos de Querétaro…” (Zavala, 1982, p. 86); poco más adelante en “el camino
que ba desta villa [San Miguel] a la Ciudad de Mexico y junto a un m[on]te linde, por la una parte,
con estancia de diego nieto e por la otra, de juan sanches de alanis que al presente llaman estancia de

abrego...” (González D., 2003: 34); una más en “términos del pueblo de Cichu junto a un cerro
donde sale una fuente de agua […] junto a una sementera […] de la comunidad hacia unas encinas
que están de la banda de lo de Jofre” (AGN, Tierras, v. 3663, exp. 2, f 69-70v).

Jofre seguía recibiendo más estancias para ganados: junto a una que ya tenía “en términos
del Pueblo de Cichu, la qual por mi mandado y comisión fue a ver y vido Juan Sánchez de Alanís,
Theniente de Alcalde Mayor de la Provincia de Xilotepec” (AGN, Tierras, v. 3663, exp. 2, f 15-

16), y otra “entre el pueblo de Cretaro y entre Sichu y el termino de una estancia de Alonso de
Villaseca” (AGN, Tierras, v. 3663, exp. 2, f 1rv) (cfr. Figura 3). Los ejemplos pueden multiplicarse;

basten por ahora y con base en ellos, me detendré en algunas consideraciones sobre los lugares
claves en este relato.
Las mercedes a veces son ricas en dar algunas referencias que pueden ayudar a identificar
su ubicación original, indicando un arroyo, una cañada, un sitio arbolado, un manantial o una
elevación sobre el terreno. Los sitios en que ahora me enfocaré se componen de dos elementos: el
primero es, ya de suyo, una descripción de lugar propiamente dicho (un puerto), en tanto que el
segundo remite al nombre de una persona en específico.
Entre las distintas acepciones de la palabra puerto, desde los antiguos diccionarios,

comienzan con un lugar situado en la costa marítima o de los ríos, y de manera derivada su
definición pasa a una posición en tierra adentro o situación montañosa. Alfonso de Palencia
(1490, II) explica su carácter básicamente marino destacando la seguridad que ofrece, donde
embarcaciones y navegantes “pueden invernar sin incurrir peligro; y es logar [sic] donde no

pueden combatir los vientos”, el agua “sosegada y más segura”; añade que “muchas veces los
antiguos” igualaban decir “puerto por casa”, indicativo de lugar protegido y seguro, en un sentido
amplio. Antonio Nebrija (1495) sólo dio la equivalencia entre estas dos lenguas, en este orden:
“puerto de mar”, “puerto de boca de río”, “puerto de mar hecho a mano”, “puerto como ba[h]ia”,

162
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

“puerto de monte”, que sigue el vocabulario de Pedro de Alcalá (1505). Covarrubias (1611) anota
primero el “lugar en las riberas del mar” y reitera de Palencia la noción de protección a los buques,
para que no “sean fatigados de las tempestades”, pudiendo ser naturales o “hechos con la industria
de los hombres”. Habla de los “Puertos secos” como puntos limítrofes a semejanza de los puertos
marinos. 9 Autores extranjeros que elaboraron diversos diccionarios manejaron en general las
mismas equivalencias: por puerto debía entenderse, además del sentido marítimo primario, un
lugar protegido de peligros o de problemas, paso entre colinas, desembocadura de montaña,
estrecho o paso estrecho de montaña (Perceval, 1591; Oudin, 1607; Vittori, 1609).

La primera edición del Diccionario de Autoridades (1726-1739) afirma la idea de puerto

como lugar seguro del temporal marino y, del que revisamos, “Se llama tambien el passo o camíno
que hai entre montañas” y “Metaphoricamente se toma por asylo, amparo o refugio.
Latín. Portus”. Las variantes posteriores no hacen más que confirmar el sentido con el que se usa.

Núñez de Taboada señala: “Puerto […] El paso o camino que hay entre montañas […] Cualquiera
de las gargantas de los montes donde se pasa de una provincia o reino a otros [...] Asilo, amparo o
refugio […] Posada o venta […] En el concejo de la Mesta los pastos de verano. || PUERTOS O

PUERTOS SECOS, Lugares de las fronteras en donde están establecidas las aduanas” Y Escriche
(1851): “Cualquiera de las gargantas de los montes por donde se pasa de una provincia o reino a
otro”. También consigna “Puertos secos. Los lugares de la frontera en donde están establecidas las
fronteras”. Pero, independientemente de que hayan sido consignadas en un determinado
diccionario o vocabulario, la constatación del uso de la palabra puerto terrestre nos indica: un lugar

en puntos elevados que sirva de descanso y de refugio; paso por una serranía; denota el cambio de
una región a otra, un punto límite.
No extraña, pues, que las localidades aquí enunciadas, se llamen de esa manera.
Consideradas en el contexto de la invasión española a un territorio ajeno y la confrontación
inminente con los grupos nativos, tomamos conciencia que, efectivamente, resultó clave controlar
y dominar los lugares así definidos, en la progresión de la Guerra Chichimeca.

9
Dice en estos términos: “son los lugares de raya, que confinan con otro Reyno, en los quales están las aduanas, y se
registran las mercadurías, y pagan sus derechos, que llaman portazgo, y al que cobra portazguero, o dezmero”.

163
Fernando González Dávila

Vuelvo a la Pintura de San Miguel (Figura 3). Se advierte que ya quedó definida la

bifurcación del camino que, por el sur, viene de Querétaro y dirigiéndose hacia “Portezuelo de
Nieto” (Puerto de Nieto) lleva a San Miguel; 10 en tanto que yendo por “Puerto de Jofre” (Jofre,
Qro.), se adentra en lo que a la postre será el estado Guanajuato, siguiendo la extensa y uniforme
llanura que ahí inicia y atraviesa jurisdicción de los actuales municipios de Iturbide, Dolores y San
Felipe; junto, va la anotación de la dirección hacía Xichú, orientándonos hacia dónde ubicar el
conjunto de mercedes que expresan estar en “términos” o “entre” Querétaro y Xichú. Cada uno de
esos topónimos marca el paso entre evidentes rasgos cerriles y parecieran ser la puerta por donde se
accede de un escenario geográfico hacia otro.
El elemento topográfico sobresaliente entre esos Puertos, que semeja una “L” invertida en
la Pintura de San Miguel, corresponde con la Sierra de la Margarita, que, desde fines de la década

de 1570 ya llevaba este nombre. En la Relación Geográfica de Querétaro (1582) las autoridades de

este pueblo dieron cuenta de:

algunas sierras pequeñas q[ue] no se haze caso dellas, pero tiene una sierra q[ue] dista del dicho
pueblo quatro leguas y tendrá de box más de seis. Es muy agra y montuosa, los españoles la llaman
la margarita, los indios en lengua otomy abaxasni q[ue] quiere dezir sierra de çarças, en el q[ua]l
perpetuamente faltan indios de la naçion chichimeca por ser el pasaje para todas las tierras
pobladas de esta comarca, y de ally salen a hazer sus saltos, y como es tierra tan larga, pasan, sin
q[ue] los vean a hacer tantos daños como hacen. (Ramos de Cárdenas [1582], 2013: 125) 11

Como no aparece Puerto de Sosa todavía en la Pintura, sugiero su localización con la letra C.

Actualmente, en esta localidad, se aprecia una vetusta construcción que permite conjeturar fuera
la entrada a esta hacienda colonial, como estaría en el siglo XVIII (Figura 5ª). Por el oriente del
inmueble, sube una cuesta (Figura 5b) que llega a una meseta desde cuya altura, dirigiendo la
mirada al norte, se domina visualmente casi toda la planicie por donde la Pintura, ilustra el

trayecto de una caravana; hacia el este y sureste, la vista topa con la sierra de La Margarita.

10
Para 1557 Diego Nieto ya tenía al menos una estancia en “términos de la Villa de San Miguel junto a unos montes”,
teniendo como vecinos a Juan Sánchez Alanís y Pedro Hernández, cfr. González, 2003:34.
11
Otras ediciones para confrontar: Acuña, T. 9, 1987; Wright, 1989.

164
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

Figura 5. Puerto de Sosa

a) b)
a) Construcción antigua; b) Subida a la meseta. Al fondo se observa un camión de perfil, que permite relacionar el
trayecto de la actual carretera San Miguel-Los Rodríguez.
Fuente: Fotod de Fernando González

Conviene abonar a esta discusión el “Puerto de Chamacuero”, registrado en la misma Pintura. La

escena que ahí se desarrolla, presenta dos decapitados con rasgos propios de frailes, chorreantes
aún de sangre (Figura 6). El suceso lo narró Mendieta: los frailes Francisco Doncel (guardián del
convento de San Felipe) y Pedro de Burgos, regresaban de entrevistarse con el virrey Enríquez en
México; tomaron el camino por Celaya y antes de llegar a San Miguel, “al pasar por el portezuelo
que llaman Chamacuero, dieron sobre ellos unos indios chichimecos infieles […] y con mucha
crueldad los mataron con flechas” (Mendieta. 1980: 762). Este incidente y lo arriba citado
respecto de la Sierra de la Margarita, reflejan que los pasos por parajes serranos representó un alto
riesgo para los caminantes hispanos, lo que obligaba a tenerlos bajo control: en treinta años no
habían doblegado el vigor defensivo de los indígenas.

165
Fernando González Dávila

Figura 6. Pintura de San Miguel (1580), detalle.

Conclusiones y discusión

Con lo dicho, se puede ir entendiendo cómo dichos “Puertos”, resultaron un cerco al cerro La
Margarita para minar un bastión importante de los guamares, cerrando estos puntos de acceso al
centro de su territorio. Al usar la expresión “absorción” por parte del estado español, no desestimo
el componente de violencia e iniquidad que prevaleció en este proceso. Las voces en favor de la
moderación, de acciones más negociadas y diplomáticas, incluso contra del uso de la fuerza y la
penetración violenta, no fueron escasas ni de personajes de poca monta. 12 Empero, las
controversias y debates de los sabios no podían contener la oleada de gente que llegaba con
necesidad de espacios para combatir su propia pobreza o alimentar la ambición en otros.

12
cfr. Las ediciones de Carrillo Cázares ya citadas. Hanke (1977) desde 1947 reunió una interesante lista de 150
títulos sobre el asunto, correspondientes al siglo XVI. Ambos ofrecen un corpus sino exhaustivo, sí bastante ilustrativo.
Quiero destacar que la década que registra mayor de estos escritos es la de 1550, con 25 en tanto que de 1512 a 1519,
son 11. Destacan entre otros Las Casas, Zumárraga, fr. Domingo de Santo Tomás, fr. Miguel de Arcos, los oidores
Ceynos y Quiroga, etc.

166
Colonización hispana de Querétaro y Guanajuato oriental

El Camino Real de Tierra Adentro significó la desestructuración del territorio guamare,


atravesándolo por su centro, y la fundación de San Felipe, con su importante ubicación, apuntaló
el aumento de labradores y ganaderos rumbo al norte. El conjunto de mercedes vecinas que
recibieron “entre Querétaro y términos de Cichú”, Jofre, Sánchez Alanís, Juan Rico de Rojas,
Diego Nieto, Alonso de Sosa, Agustín Guerrero, Alonso de Villaseca, Juan Jaramillo el mozo, Juan
y Diego de Guevara, Joan de Manzanares, Pablo de Vargas, etc., propició el levantamiento de
cercas y corrales que, en tanto propiedades privadas, comenzaron a impedir el paso libre y el acceso
a arroyos y manantiales, recursos forestales, vegetales y espacios de caza que secularmente estaban a
disposición de los cazadores recolectores, dando ahora razón a reprimirlos, perseguirlos y matarlos,
por “invadir” las ahora llamadas posesiones de españoles. Siguiendo la pista de las mercedes
recibidas por esos hombres, se puede trazar una franja que coincide con el límite sugerido entre la
territorialidad guamare y pame hacia el este. Cabe decir que los tarascos y otomíes situados al sur
fueron involucrados en el proceso y fueron sólidos elementos de apoyo de la empresa española.
Asegurar, pues, el paso por los “puertos”, resultó clave para cortar sus desplazamientos
hacia importantes recursos hídricos, como el curso del río Laja (llamado de San Miguel en la
época), desde su nacimiento en San Felipe, donde un valladar de estancias fueron limitando el
libre acceso ancestral a sus riberas (González, 2003, 90-93 y mapa 3); y en Jofre, Qro., donde corre
un arroyo cuyo ojo de agua, poco menos de 4km al norte (en el límite con el estado de
Guanajuato), da origen al río Juriquilla, alimenta la Presa Santa Catalina y su corriente va a
reunirse con el río Querétaro-Apaseo hasta juntar aguas con el Laja cerca de Celaya. De aquí se
seguirían sus andanzas hasta Pénjamo, donde expresamente los frailes que trabajaron en su
conversión dicen que se extendía su territorio.
Constatamos así, que el modo como hoy se conocen localidades, parajes y otros elementos
del paisaje, refleja su apropiación por un grupo humano ajeno al que ancestralmente lo venía
ocupando, al grado de no quedar memoria de su idioma, pues no sobrevivió un solo nombre
nativo que nos recuerde cómo designaban los lugares donde transcurría su vida.
Ante lo expuesto, retomo la expresión “La memoria de los nombres”: la razón de ser de
esos topónimos identificados como puertos, evocan la irrevocable decisión de los invasores de
avanzar tierra adentro. Fueron, según parece, puntos clave de la trashumancia de aquellos

167
Fernando González Dávila

cazadores-recolectores. Deben recordarnos que, si la eliminación por la violencia, desplazamiento


forzoso, obstrucción de medios de subsistencia para todo un pueblo hoy se cataloga como
genocidio, ya nos estaremos apercibiendo de lo que constituyeron para los guamares esas campañas
predatorias conocidas como “guerra chichimeca”, que para 1592 en que se fundó San Luis de la
Paz, prácticamente ya habían sido borrados del mapa.

Fuentes

Archivo General del Gobierno del Estado, Registro de las primeras minas de Guanajuato y
Comanjá, 1556-1557.
Archivo General de la Nación, ramos de tierras, mercedes y catálogo de ilustraciones.
Archivo Notarial, Parroquia de San Juan Bautista Victoria, Gto. 1er libro registro de bautizos y
nacimientos, 1590-1659.
Acuña, R. (Ed.) (1987) Relaciones geográficas del siglo xvi: Michoacán, T. 9, UNAM, México.
Alcalá, P. (1505) Vocabulista arauigo en letra castellana, Granada, Iuan varela de salama[n]ca,
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170
LOS NOMBRES DE LAS COMUNIDADES OTOMÍES DE
SAN MIGUEL DE ALLENDE, GUANAJUATO

Beatriz Cervantes Jáuregui,


Rosa Brambila Paz *

Resumen

A partir de la evidencia histórica y etnográfica de la población otomí en el Bajío oriental, este


trabajo se pregunta por la ausencia de su huella en la toponimia actual del municipio de San
Miguel de Allende, Guanajuato.

Abstract

Based on the historical evidence and ethnographic of the otomi population on the Plateau of
eastern Mexico, this article question the absence of its trace into the current toponymy of the
municipality of San Miguel de Allende, Guanajuato.

*
Centro INAH Guanajuato, bcervantes45@hotmail.com; Dirección de Etnohistoria, INAH,
rmbrambilap@gmail.com

171
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Introducción

Entre 2012 y 2013, comunidades otomíes de San Miguel de Allende, Guanajuato, lograron
detener la construcción de la carretera Guanajuato-San Miguel de Allende. El proyecto propuesto
atravesaba gran número de centros ceremoniales e incluso escuelas y viviendas. El profesor
Magdaleno Ramírez Ramírez, Presidente del Consejo Estatal Indígena, decía:

Nuestra principal preocupación es que si se respeta el actual trazo, desaparecerá no solamente


nuestra historia a través de los lugares físicos, sino nuestras tradiciones, las que hemos conservado a
través de los años y de muchas críticas. […] Somos una comunidad unida […] el trazo que hoy
presenta la carretera daña sobre manera nuestras costumbres y tradiciones. 1

En la actualidad estos grupos no conservan la lengua pero hacen grandes esfuerzos por recuperarla;
sin embargo, Soustelle, en la década de 1930, registró la presencia de hablantes de otomí en las
inmediaciones del río Laja, del río Apaseo-Pueblito y al noreste de Guanajuato, continuándose
por la Sierra Gorda (Soustelle, 1993).
En la última década del siglo XX, oficialmente se reconoce una Ruta de Capillas de Indios
en San Miguel como atractivo turístico y patrimonio cultural (Hernández, 1998). Estos
monumentos arquitectónicos abundan en el territorio del municipio, particularmente en las
cercanías de corrientes de agua. Se componen de templos, calvarios, cruces, humilladeros y fueron
levantadas principalmente en el siglo XVIII, aunque hay algunas del XVII y otras del XIX. Son
construcciones dedicadas al culto familiar que se distinguen del resto de la vivienda por su mejor
factura.
Un registro de 1897 muestra la existencia de múltiples capillas en comunidades pequeñas,
es el caso de Peña Blanca o La Bandita, con ocho capillas cada una (Caballero, 1897). Actualmente
estas rancherías apenas alojan 200 habitantes. Antropólogos e historiadores coinciden en que esos
recintos tienen una raíz prehispánica incorporada al cristianismo. Soustelle propone que estos
oratorios domésticos materializan la institución del sistema de compadrazgo que ordena las

1
El dirigente Ramírez expresó en varios documentos la posición de su grupo, aquí nos referimos al leído ante la prensa
el 8 de agosto de 2013.

172
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

relaciones sociales basadas en el culto a los antepasados (Soustelle, 1935). Nahum Noguera
considera a estas construcciones como una versión de lo que en tiempos antiguos era la casa de
penitencia y que reproduce, a nivel doméstico, la expresión formal simbólica de los principales
centros religiosos (Noguera, 1994). Rossana Quiroz y Graciela Cruz, a través del análisis de la
disposición geográfica de las capillas en el territorio de San Miguel, su orientación astronómica y el
patrón de santos y su correspondencia con el calendario ritual más algunos elementos
iconográficos, corroboran que su factura es de grupos otopames (Quiroz y Cruz, s/f).
Estos lugares sagrados de indios fueron construidos en el ámbito doméstico y ocupan un
lugar relevante en el solar familiar. Actualmente, la capilla corresponde a un ámbito un poco
mayor pues, en su origen, pudo haber sido de una familia o grupos de familias que migraron del
centro de México en diferentes momentos. Con el paso del tiempo se convirtieron en capillas de
barrio o comunidad (Cervantes y Crespo, 2004). En ocasiones conservan en su nombre la
referencia al grupo familiar fundador como Los Florencio, Los López o Los Barrones.
En la búsqueda del territorio habitado actualmente por los otomíes se observaron fiestas y
tradiciones pues en las prácticas rituales se reconocen las identidades. Los ceremoniales de las
mesas de concheros —con su música y danza peculiares— y las mayordomías, cuyos rituales
reiteran la memoria de los orígenes indígenas como lo expresa el ceremonial de la festividad del
Señor de la Conquista, la del santo patrón de la ciudad o el relato del Día de Muertos, fueron los
elementos que permitieron detectar las comunidades de origen otopame (Cervantes y Crespo,
1999). Éstas se concentran en las márgenes del río Laja y sus afluentes San Marcos, San Juan y San
Damián, así como a través de las cañadas que el arroyo de Peña Blanca define. Cruz del Palmar es
la cabecera de la jurisdicción eclesiástica a la que pertenecen ahora estas comunidades.
En abril de 2011 se publicó en el Diario Oficial la Ley para la protección de los pueblos y

comunidades indígenas en el estado de Guanajuato. A partir de entonces se inició el proceso de

registro que aún no termina. Para octubre de 2012 se encontraban registradas 27 comunidades
indígenas en el municipio sanmiguelense: 1) Alonso Yáñez, 2) Banda, 3) Los Barrones, 4) Bordo
Colorado, 5) Capilla Blanca, 6) Ciénega de Juana Ruiz, 7) La Cieneguita, 8) La Cruz del Palmar,
9) La Cuadrilla, 10) Los Galvanes, 11) Guerrero, 12) Los Guerrero, 13) La Huerta, 14) Juan

173
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

González, 15) El Lindero, 16) El Lindero (Lindero de La Petaca), 17) Montecillo de la Milpa, 18)
Oaxaca, 19) La Palmita Dos, 20) Peña Blanca, 21) Presita de Santa Rosa, 22) El Salto, 23) San
Isidro de Bandita, 24) Tierra Blanca de Arriba, 25) La Vivienda de Arriba, 26) Vivienda de Abajo,
27) Tlaxcalilla (Periódico…, 2012).

Entre ellas se reconocen topónimos registrados a principios del siglo XVII, como Banda,
La Cruz, Guerrero, y Tlaxcalilla (López Lara, 1973). Asimismo, en el padrón de la parroquia de
San Miguel el Grande de 1747 se observan: El Salto, Tierra Blanca, La Milpa, Banda, La Cruz,
Juan González, Peña Blanca, Tlaxcalilla, Guerrero y Cieneguilla. 2 Todo indica que en el
transcurso de su historia permanecieron como pequeños asentamientos no muy alejados unos de
otros, como se observan a la fecha. Ninguno de ellos llegó a tener la categoría de pueblo. Su
ubicación en las zonas limítrofes de los arroyos muestra que surgieron como una labor o sitio de
labranza.
La presencia social e histórica de los grupos otomíes de San Miguel contrasta con la casi
total ausencia actual de topónimos en lenguas otopames. Si se considera a la toponimia como
marcador de los procesos de apropiación del territorio es obligatorio, entonces, plantearse varias
interrogantes al respecto, como ¿a qué pasado remiten esos nombres de lugar?, ¿cuándo y cómo se
formalizó el asentamiento de los grupos indígenas? A continuación se presentan algunos datos
para comprender el proceso de nombrar el territorio en San Miguel de Allende.

La toponimia en el municipio de San Miguel de Allende, Guanajuato

En el Censo de población de 2010 se registraron 518 nombres de localidades que se agruparon en:

nombres de animales (A), como El Coyote (15); de objetos o actividades humanas (H), como El
Cortijo (147); indígenas (I), como Atotonilco (18); de antropónimos (N), como Los Barrones
(103); de la hagiografía (S), como San Isidro (112); de paisaje (P), como La Ciénega (73); de
vegetación (V), como El Capulín (45); y otros inciertos (15).

2
Este Padrón, a través del registro eclesiástico, da cuenta de los poblados de San Miguel para este momento. Archivo
Casa de Morelos, Asientos, Padrones, 1747, San Miguel el Grande, caja 1284, exp. 149.

174
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

Figura 1. Clasificación de los topónimos y su frecuencia

% frec, a, 2.8%
% frec

% frec, i, 3.9%

% frec, v, 9.0%

% frec, s, 14.5%

% frec, p, 16.7%

% frec, n, 24.4%

% frec, h, 28.7%

a=animales; h=objetos y actividades humanos; i=indígena; n=antropónimo; p=paisaje;


s=santos; v=vegetación.
Fuente: Elaboración propia.

Los nombres indígenas se encuentran en náhuatl, tarasco, chichimeco y sólo dos otomíes (Xote y
Xido). 3 Claro está que existen combinaciones de estos grupos de nombres, por ejemplo, se une un
elemento topográfico con uno de vegetal en Biznaga de Cerro Grande; topográfico con un
antropónimo en Cañada de García; santo con una actividad humana en San Isidro Capadero; de
santo con un antropónimo en San José de los Allende; un antropónimo con una palabra indígena
en Don Juan Xido de Abajo; etcétera.
Agrupados, los topónimos con nombres de personas y de santos son los más abundantes.
En la heráldica se distinguen los apellidos por su origen, y en esa clasificación se encuentran los
llamados apellidos toponímicos que surgen del nombre de un lugar. En España este fenómeno fue
frecuente durante el largo periodo de expulsión de musulmanes y judíos, por ejemplo, un caballero
del linaje Santillán de Asturias adoptó el apellido Jerez por haberse distinguido en la toma de la
ciudad de Jerez de la Frontera, pasando a ser parte del nomenclátor onomástico. Participantes en
aquellas contiendas o sus descendientes pasaron a las Américas y bautizaron las tierras adquiridas
con sus patronímicos. Así, tenemos el fenómeno topónimo⇒antropónimo⇒topónimo. En San
Miguel de Allende algunos nombres de localidades del censo de 2010 son de este tipo: Alcocer,
3
Ver anexo.

175
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Barrón, Calderón, Landeta, Pantoja, Soria, Tapia, Tovar, Ugalde, Tejeda, o modificaciones, como
Marroquín derivado de Marruecos; apellidos de orígenes diferentes pero coligados a un topónimo
son Cabrera, Fajardo y Ortega (Celdrán, 2006). 4
Por número de ocasiones en que se presentan los topónimos de carácter hagiográfico,
destacan San José, San Antonio, San Miguel, la cruz y San Isidro, todos devociones franciscanas.
Según el censo de 2010 los lugares que más se repiten en el territorio municipal de San Miguel de
Allende en relación al nombre de santos o símbolos católicos son: José (14), Antonio (10); Miguel
(9); Cruz e Isidro (5); Francisco y Juan (4); Rafael, Teresita, Pedro, Martín y Elena (3); Vicente,
Clara y Rita (2), Marcos y Marquitos. En registros de 1631 ya se encuentran: Bárbara, Cruz,
Cristóbal, Damián, Juan, Marcos y en dos ocasiones Miguel (López Lara, 1973).
Al parecer, la devoción a san José, san Antonio y san Isidro se introdujo en la Nueva
España durante la primera mitad del siglo XVII, luego de ser canonizados o impulsada su
devoción por el papado. En muchos casos el culto a los santos que dan nombre a lugares se
relaciona con aspectos de protección; al buen tiempo, y por lo tanto buenas cosechas, como san
Isidro, san José, santa Bárbara, san Juan y san Pedro; a la salud, como san Damián; a la preparación
de alimentos, como santa Rita. A san José se le consideró modelo de paternidad y fidelidad, a san
Antonio de Padua como intercesor en causas perdidas y a san Antonio Abad de los animales
(Monterrosa y Talavera, 2002).

Los Otomíes en San Miguel

Tras la Conquista, los otomíes de Jilotepec se desplazaron desde épocas muy tempranas hacia los
territorios señoreados por los chichimecas. Al espacio sanmiguelense llegaron como grupos
familiares con una versión propia del cristianismo. La tradición oral hace coincidir la presencia de
los primeros otomíes que poblaron la zona con la del franciscano Juan de San Miguel (Maza,

4
Así se relacionan por su origen en España: Alcocer, varias poblaciones en la provincia de Guadalajara, en la provincia
de Alicante y en la provincia de Badajoz; Barrón, al sur de Bilbao, en el País Vasco; Cabrera, una isla de las Baleares;
Calderón, en la comunidad valenciana y al suroeste de Badajoz, en Extremadura; Fajardo, en la provincia de Alicante,
región de Valencia; Landeta, al sur de Bilbao, en el País Vasco; Ortega, en la provincia de Almería, en Asturias;
Pantoja, en la provincia de Toledo; Soria, que es la capital de la provincia del mismo nombre; Tapia, al oeste de Gijón,
en Asturias, Tejeda, en la provincia de las Palmas; Tovar, en la provincia de Burgos; Ugalde, al sureste de Bilbao.

176
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

1972). Arribaron organizadamente en forma independiente y en alianza con los españoles, por
ello se consideran a sí mismos conquistadores (Crespo, 2010; Crespo y Cano, 2006).
Con el virrey Velasco, los otomíes participaron en la fundación de poblados para
protección y avance hacia tierras de chichimecas hostiles. Cuando se creó la Villa de San Miguel en
1555, se indicó que las tierras otorgadas a españoles “han de ser fuera de las casas de los indios
tarascos, chichimecas y otomíes que en el dicho pueblo viven y de las sementeras que allí
tienen…”. 5 Más al norte, en el caso de San Luis de la Paz, la merced para el asentamiento de indios
otomíes menciona que “se les concede que el dicho pueblo se intitule y nombre la Nueva Villa de
San Luis de Xilotepeque y la advocación de la iglesia se nombre San Luis”. 6 Para San Felipe, se
afirma que el topónimo de la villa se adjudica tanto en honor al apóstol como a Felipe II, aunque
se fundó en 1562 sobre un asentamiento previo con ese nombre (Ibarra Grande, 1989).
Cuando otomíes ya cristianos y españoles se dirigieron hacia tierras chichimecas, algunos
de los nombres que impusieron a los puntos de avanzada muestran el deseo de sacralizarlos de
acuerdo a la tradición religiosa. Así, podemos observar el nombre de San Juan del Río, punto de
entrada a estas tierras chichimecas, que alude a San Juan Bautista.
Al llegar al actual territorio de Guanajuato, asignaron al lugar de estudio el nombre de San
Miguel, llamado en un principio San Miguel Frontera de Chichimecas o San Miguel de
Chichimecas, por el arcángel vencedor de Luzbel y para reconocerlo como tierra de los nómadas
salvajes. Más adelante impusieron el de San Luis en relación al cruzado rey francés y San Felipe al
hoy llamado San Felipe Torres Mochas, que tomó su nombre en honor al apóstol. Es probable que
la confrontación con grupos considerados no sólo infieles sino bárbaros, es decir, en la más baja
escala de la civilización, así como la presencia de frailes, particularmente franciscanos y agustinos,
hubiera dado lugar a la decisión de estos nombres iniciales (AGN, 1935; Bloch, 1940).
Es factible que la dificultad para ubicar los asentamientos otomíes a través de los
topónimos se deba, además de su carácter de fundaciones de migrantes empujados por la presión
española, a la circunstancia de ser un grupo subordinado.

5
El primer asentamiento indígena había sido reubicado cuando se funda la villa de españoles, AGN, Mercedes, vol. 4,
fs. 280v-281r.
6
AGN; Mercedes; vol. 5-6, 1ª pte; exp. 137; fs. 46r-47r;

177
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel

Diversas circunstancias históricas han transformado el hábitat original de las comunidades


otomíes. Como se anotó anteriormente, cabe destacar que muchos nombres de los asentamientos
derivan del propietario original español. Cuando se consolidaron las haciendas, éstas absorbieron
los pequeños poblados. Para 1777 una descripción de la Villa de San Miguel y su entorno detalla
que los indígenas “viven en las 48 crecidas pingües heredades o haciendas de ganado mayor, menor
y labranza de que está poblado el país en su territorio, acomodados unos de operarios y gañanes,
otros de arrendatarios de las tierras, y otros en los barrios de esta villa” y agrega que todos eran
hablantes de otomí (Díaz de Gamarra et. al., 1994). Más tarde, destacan los conflictos armados

que asolaron la región durante las luchas por la independencia; la construcción del ferrocarril
durante el porfiriato; tras la revolución de 1910, fenómenos como el reparto agrario y el conflicto
cristero; y la construcción de la presa Allende en la década de 1970. Hechos que dieron lugar a
desplazamientos y migración. Los ejidos y la reubicación de asentamientos facilitaron el
surgimiento de nuevos poblados que en muchos casos reprodujeron los topónimos originales
como es el caso de Begoña, San Marcos o Banda (antiguamente Banda Grande) que originó a San
Isidro Bandita y Rancho Nuevo de Banda. Otras rancherías fueron fundadas y separadas de
“Banda” entre los siglos XIX y XX.
Los escasos topónimos indígenas y casi nulos en otomí nos remiten a las preguntas
iniciales. Una posible respuesta se encuentra en el hecho de que los fundadores otomíes de San
Miguel eran indios ya cristianizados e inmersos en la institucionalidad española. La república de
indios se estableció en el poblado cabecera y por iniciativa de los caciques, y como estrategia para
afirmar su permanencia optaron por el uso del español para designar a sus localidades. No
obstante los topónimos que se refieren a las características naturales, a la flora y la fauna,
reproducen la tradición mesoamericana como se observa para la región queretana (Villegas et al.,

2015). Por último, si uno se pregunta ahora por las marcas vivas de los otomíes en el territorio,
éstas se pueden observar en las innumerables ocasiones en que por tradición y con motivo de las
festividades lo recorren, ya sea en ámbitos pequeños o más amplios hacia sus santuarios.

178
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

Anexo
Corpus de topónimos

De origen indígena
Dima La Pindicua (Las Loberas) Tenampa (Guadianilla) Xote
El Shotolar Lomas de Xido Tlacolula Zenzontle
El Tepehuaje Rancho Toñanes Tlaxcalilla
El Zenzontle Santuario de Atotonilco Viejo Cimatario
Jalpa Temaxcalli Xido

Relacionados con animales


Cobra El Tejón Fraccionamiento la Luciérnaga Los Tórtolos
El Águila El Tigre La Lobera Rancho Cascabel
El Coyote El Tigre Dos Las Golondrinas San José de Viborillas
El Gavilán El Venadero Las Golondrinas

179
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Relacionados con la vegetación


Biznaga de Cerro Grande El Huizachal La Palmilla Margarita
Biznaga de Jaral El Kiwi La Palmita Moral de Puerto de Nieto
Clavellinas Coyotes El Membrillo La Palmita Dos Moral de Puerto de Sosa
Castaño de Abajo El Mezquite Las Arboledas Palo Blanco
Castaño de Arriba El Ocote Las Cañas Palo Colorado
Cañajo El Saucillo Las Margaritas Palma Gorda
El Capulín El Vergel de los Laureles Las Margaritas Pinalillo
El Frijol La Hacienda (La Nogalera) Las Palmas Rosa Blanca
El Garbanzo La Hoja Seca Los Magueyes Tepozanes
El Girasol La Mora Los Olivos (Arturo Martínez) Tres Palmas
El Huizachal La Palma Los Órganos

180
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

Relacionados con el paisaje


Agua Salada El Pilón de los Oviedo La Purísima Montecillo de Nieto
Ampliación Cieneguita El Puertecito La Romita Ojo de Agua
Boca de la Cañada El Puerto de Calderón La Tinaja de los Rodríguez Ojo de Agua
Bocas El Quemado La Venturina Ojo de Agua (Ameyalli)
Cañada de San José El Salitre Las Adjuntas Pedregal de Jericó
Cañada de Santas Marías El Saltito Lira de Bocas Peña Blanca
Cañada de la Virgen El Salto Llano Blanco Peña de la Cruz
Cerrito de la Luz El Salto Loma Blanca de Tirado Peñón de los Baños
Cerritos Ex-Hacienda la Cieneguita Loma de Cabras Puerta del Aire
Cerro de las Tres Cruces Flores de Begoña Loma de Cocinas Puerto de Nieto
Cerro del Agua Laderitas Loma de la Purísima Puerto de Sosa
Cerro Grande Laguna Escondida Lomas de San José Puerto de Talayotes
Charco Azul Lagunilla Loma de San Miguel Puerto del Aire
Charco de Sierra La Angostura Loma de Tirado Rincón de Canal
Dos Arroyos del Refugio La Aurora Loma del Salto de Canal Rincón de San Antonio
El Alto La Ciénega Loma Linda Salto del Chiquihuitillo
El Cañón La Cieneguita Los Charcos Tierra Blanca de Abajo
El Colorado La Lagunita Majada Honda Tierra Blanca de Arriba
El Espejo La Loma Manantiales Tierra de Paz Casa Loma
El Nuevo Llanito La Mesita Mesa Alta
El Paraíso y la Ponderosa La Picuda Montecillo de Guzmán
El Pedregudo La Puerta Montecillo de la Milpa

181
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Relacionados con objetos


Ánima Sola El Progreso La Maroma Potrero de la Palma
Arquitos El Refugio La Medina Presa Allende
Artesano (La Luz) El Retiro La Minita Presa de la Estancia
Begoña de Progreso El Rosario La Mojonera Presa de Manantiales
Bonito El Rubí La Perla de Chipilo Presita de Santa Rosa
Bordo Colorado El Siete La Pilarina Providencia de Alcocer
Providencia de Sosnabar (El
Capilla Blanca El Sueño La Providencia
Bandolón)
Casa de los Milagros El Toreador La Providencia Providencia de los Urbina
Casa de San Miguel El Vértice La Venta del Refugio Puente del Carmen
Casa del Anciano Escondido (Codornices) La Soledad Purísima
Casa del Lobo Estancia de Canal La Talega Purísima de Ríos
Cinco Señores Estancia de San Antonio La Tinaja Quinta la Abuela
Corral Blanco (Gerardo Precoma) Feliz La Tira Rancho Dos Palmas
Corral de Piedras de Abajo Fraccionamiento Insurgentes La Trinidad Rancho del Sol Dorado
Corral de Piedras de Arriba Fraccionamiento la Lomita La Vivienda de Arriba Rancho el Refugio
Corralejo de Abajo Fracción Santa Anita Las Cruces Rancho los Labradores
Corralejo de Arriba Fracción Tres la Perla Las Hadas Madrinas Rancho Nuevo
Coto San Miguel Granja Número 23 Las Trojes de Belén Rancho Nuevo
Crianza de Caballos Granja R Número 21 Lindero Taboada Rancho Nuevo de Banda
Cruz del Mezquital Hacienda Prieta Los Adobes Rancho Nuevo de Galvanes
Cuatro Esquinas La Cabaña Los Dolores Rancho Nuevo de Guerrero
Cuatro Hermanos La Calera Los Reyes (La Vivienda) Rancho Nuevo de la Rosa
Dolor de Cabeza (Rancho el Indio) La Calera Los Ricos de Abajo Rancho Nuevo Tlaxcalilla
El Batán La Campana Los Toriles Rancho Nuevo Villa de Guadalupe
El Calvarito La Cantera Luz de Jacales (Guadalupe de la Luz) Rancho Segunda de Corralejo

182
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

El Cantador La Cruz del Palmar Maravillas Rancho Viejo


El Capaderillo La Cuadrilla Nigromante Salitrillo
El Carmen La Esquina Ninguno (Fábrica de Quesos) San Isidro Capadero
El Centenario La Forma Uno Ninguno (Jardín Botánico) Siete Hermanos
El Cortijo La Granjena (San Francisco) Ninguno (Permacultura) Tanque Blanco
El Embargo (Nuevo Cimatario) La Huertita Nombre de Dios Tetillas
El Fraile La Huerta Noria del Refugio Tres Marías
El Herrero Los Guías Nuevo Ranchito Veracruz (La Era)
El Lindero La Joyita Número 36 (Granja Avícola) Vista Hermosa
El Lindero La Luz de San Miguelito Oreadero Vivienda de Abajo
El Padre (Eduardo Obregón) La Marquesa Parada del Mezquite Vivienda de Abajo Urbana

Relacionados con nombres propios


Agustín González Eugenio Perea La Covadonga Marroquín de Abajo
Albertano Olvera Fajardo de Bocas La Chingada Micaela Ortega (Los Ugalde)
Alcocer Fajardo de Támbula La Esperanza Miguel Ramírez (Charcos Ejidal)
Alonso Yáñez Familia Bartning La Esperanza Mirandilla
Allende (Zona Ecológica) Fraccionamiento Francisco Villa La Esquina Montes de Loreto
Ángel Rico Guadalupe La Luz de San Miguelito (Los Urbina) Natalia Tovar Tovar
Bernardo Palma Guadalupe La Morera Nicolás Rosas Aguado
Bonifacio Alvarado Guadalupe (Guadalupe Bárcenas) La Ponderosa Nuevo Pantoja (Zona Ecológica)
Cabrera Guadalupe de Canal Lago Dorado Oaxaca
Calderón Guadalupe de Támbula Las Mercedes Palmita de Landeta
Cañada de las Flores Guadianilla Leonardo González Pantoja
Cañada de García Guanajuatito Los Barrones Paol Costas
Carlos Garay Guerrero Los Checos Poblado de Don Diego

183
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Ciénega de Juana Ruiz Granja Leticia Los Galvanes Pozo de Balderas


Colonia Esperanza Granja Lupita Los Guerrero Rancho de Nieto
Colonia Miguel Hidalgo Granja Santa Anita Los Hoyos Rancho Moesim del Limón
Colonia San Luis Rey Pepe Mercadillo Los Jerez Rancho Tejeda
Don Bosco Pozos de Liceas Los Jorges Sagrado Corazón
Cruz Caballero Los Torres Los Juárez Sagrado Corazón de Jesús
Don Chepe Los González Los López San Sebastián de Aparicio
Don Francisco Los Ortega Los Madrazo (La Laguna) Soria
Don Juan Jesús María Chiquito Los Martínez Venancio Espinoza (El Cortijo)
Don Juan (Cabras de Begoña) Jesús María la Petaca Los Rodríguez Villa de Santiago (San Lucas)
Don Raúl (Rancho Cardenal) Jesús Peña Los Tapia Villas de San Juan
Doña Juana Jorge Carreño Los Tovares Virginia Barajas Monjarás
Elvira Juan González Los Urbina Vista Hermosa de Santa Elena
El Carmen Juan Olvera María Luisa Zacatecas
El Cerrito de los Chávez Keller Esteban Marlusa
Enrique Villa La Candelaria Marroquín Chiquito

184
Los nombres de las comunidades otomíes de San Miguel de Guanajuato

Relacionados con santos


Fracción San José el Alto San Gerardo San Julián de Landeta San Vicente (Las Trojas)
Nuestra Señora de la Soledad
San Ignacio San Lorenzo (Baldomero Jiménez) Santa Amalia
(Monasterio)
San Agustín del Bordito San Isidro de Bandita San Lucas Santa Anita de la Luz
San Agustín Dos San Isidro de Ensaye (La Cuevita) San Marcos de Begoña Santa Bárbara
San Antonio San Isidro del Gatillal San Marquitos Santa Cecilia
San Antonio (Adolfo Guillén) San Isidro de la Cañada de la Virgen San Martín Santa Clara
San Antonio de Cruces San Javier San Martín de la Petaca Santa Clara
San Antonio de la Joya San Jerónimo de la Playa San Martín del Paredón Santa Cruz
Santa Elena de la Cruz (San José
San Antonio del Plan San Joaquín San Miguelito
de Laguna)
San Antonio del Varal San José San Miguelito Dos Santa Fe
San Antonio de las Cruces (La Troja) San José de Allende San Miguel Viejo Santa Rita
San Antonio de las Cuevitas San José de Corralejo San Pedro Santa Rita
San Benito San José de Gracia (Palo Dulce) San Pedro de las Flores Santa Teresita
San Bernardino San José de la Cruz San Pedro y San Pablo Santa Teresita de Don Diego
San Cristóbal San José de la Palma San Rafael Santa Teresita Dos Norias
San Damián San José del Llano San Rafael Santa Verónica
San Fernando San José del Membrillo San Rafael Chico Santas Marías
San Francisco San José de Palmas San Roque (Hacienda de Tirado) Santo Niño
San Francisco San Juan San Sebastián de Aparicio
San Francisco del Fraile San Juan del Carmen (La Mojonera) San Valente
San Francisco Javier de los Tovares San Juan Juvenal San Vicente

185
Beatriz Cervantes Jauregui, Rosa Brambila Paz

Fuentes

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187
III

Los aportes y los tropiezoz con la toponimia


en la Arqueología
LOS TOPÓNIMOS DE LA PROVINCIA TRIBUTARIA DE TOCHPAN

María Eugenia Maldonado Vite *

Resumen

A través de la identificación de los topónimos de los pueblos prehispánicos registrados en


documentos etnohistóricos es posible proponer la extensión que ocupó la provincia tributaria de
Tochpan, en el sur de la Huasteca. Ante la falta de documentos escritos y considerando el análisis
iconográfico, fonético y espacial de dichos topónimos, es posible proponer la correspondencia con
sitios arqueológicos y acceder al conocimiento de algunos aspectos de la organización política y
económica de esta poco conocida región mesoamericana.

Abstract

Through the identification of the toponymy of prehistoric villages recorded in ethnohistoric


documents it is possible to propose the extension that the tributary province of Tochpan
occupied, in the south of the Huasteca. In the absence of written documents and considering the
iconographic, phonetic and spatial analysis of these toponymy, it is possible to propose
correspondence with archaeological sites and to access to the knowledge of some aspects of
political and economic organization of this not known Mesoamerican region.

*
Centro INAH Veracruz, maldonadovite@hotmail.com

191
Maria Eugenia Maldonado Vite

Introducción

La importancia de los topónimos reside en la función descriptiva de los poblados con respecto a
una característica sobresaliente o conocida con la que pudo ser fácilmente identificado, la mayor
de las veces con respecto a rasgos geográficos del paisaje natural, y en menor medida, con
elementos más abstractos como condiciones ideológicas, políticas o culturales, así como eventos
históricos. En este sentido, los topónimos pueden también derivar de personajes de importancia o
guías que fungen como fundadores o deidades protectoras, y en algunos de los casos perpetúan su
linaje con personajes del mismo nombre (López Austin, 1973: 110).
La toponimia representa así, una herramienta útil para la arqueología, necesaria
especialmente para los que estudiamos sociedades que por su temporalidad (Posclásico Tardío
generalmente), podemos apoyarnos o contrastar el dato arqueológico con fuentes etnohistóricas
para acceder a la comprensión de la historia cultural de un pueblo o región.
Su inclusión en mapas y listas de tributos, así como su descripción en la glosa de
documentos etnohistóricos, nos ayuda a conocer aspectos diversos que pueden contrastarse con
los datos arqueológicos generales o específicos.
En términos de espacio, su utilidad va desde aspectos muy locales como la identificación
de su ubicación geográfica o su correspondencia con sitios arqueológicos, hasta aspectos regionales
como la jerarquía de cada poblado con respecto al resto ― dependiendo del tamaño en su
representación― , hasta contribuir al conocimiento de la distribución lingüística en la época
prehispánica. En términos temporales, es posible detectar algunos procesos de transformación
ocurridos a lo largo de la historia cultural particular o su caracterización en un momento concreto.
En este trabajo se presenta el análisis de los topónimos correspondientes a la provincia
tributaria de Tochpan con el objetivo de reconstruir su territorio y algunos aspectos de su
organización política y económica. Iniciamos con el análisis fonético de cada uno para ubicarlo en
el paisaje actual y acceder a la posible correspondencia con un sitio arqueológico particular. Con
esto logramos establecer la extensión de la provincia y algunas caracterizaciones políticas.
A través de las recientes investigaciones arqueológicas propias, se ha corroborado la
existencia de una jerarquía política y relaciones económicas que se dieron a su interior. Para tal

192
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

efecto se recurrieron a diferentes tipos de datos: la cultura material con indicadores arqueológicos
tales como la arquitectura y la cerámica, así como los pocos documentos etnohistóricos existentes
para la región, refiriéndonos especialmente al Memorial de Tlacopan (Carrasco, 1996) el Códice

Mendoza (1980), el Mapa Local y el Mapa Regional de la serie conocida como Los Lienzos de

Tuxpan (Melgarejo, 1970)

A partir del análisis de la estructura de la provincia tributaria de Tochpan y del análisis de


dichos documentos, se ha propuesto la existencia de una unidad política previa a la sujeción del
imperio, identificando algunas transformaciones que nos indican que no fue conformada con
fines administrativos para la organización del tributo como ha sido señalado por algunos autores.

La provincia tributaria de Tochpan

Tochpan es conocida en las fuentes etnohistóricas por ser una de las provincias de la Huasteca
sujetas a la Triple Alianza, ubicada junto a la “mar del Norte” (costa norte del Golfo de México).
Después de la formación de la Triple Alianza en 1428, cada uno de sus integrantes avanzó
en la conquista de nuevos territorios, y Texcoco lo hizo hacia la Huasteca (Barlow, 1992: 73-122),
elección obvia al tener una presencia en la región con anterioridad, como lo argumenta Ixtlixóchitl
(1975), cuando dice que Nezahualcóyotl recuperó la herencia de sus antepasados al someter a la
región que había sido dominada por los acolhuas, posiblemente desde el siglo XIV bajo el reinado
de Techotlala rey de Texcoco (Stresser-Péan, 1995: 85).
Según fuentes texcocanas, la conquista de esta región inició bajo el gobierno de
Nezahualcóyotl (1431-1472), quien sujetó entre otros reinos y provincias a “la grande Toxpan
que contiene siete provincias” (Ixtlixóchitl, 1975: 446), además de las provincias de la Quexteca,
que es Pánuco, sin dar fechas exactas, tal vez antes del entronamiento de Moctezuma Ilhuicamina
(1440), siendo probable la primera conquista entre 1431 y 1439, aunque las fuentes tenochcas no
mencionan conquistas en esta región.

193
Maria Eugenia Maldonado Vite

Este hecho explicaría la ausencia de topónimos de la región en las listas de los pueblos
conquistados por Moctezuma Ilhuicamina en el Códice Mendoza. Las numerosas reconquistas de

los pueblos huastecos por parte de los tlatoanis mexicas sólo se dan posteriormente al deceso de
Nezahualcóyotl, cuando Texcoco pierde su importancia frente a Tenochtitlan dentro de la Triple
Alianza. Así, los topónimos de los pueblos de la región sojuzgados por Axayácatl, Tízoc y Ahuízotl
fueron plasmados detallando el tipo y cantidad de bienes tributados por cada una de las provincias
que aglutinaban a los pueblos sometidos.
En la Matrícula de Tributos, los topónimos de dichos pueblos principales encabezan cada

lámina, mientras que el resto de los pueblos enlistados eran subcabeceras subordinadas, lo que
marca desde un primer momento la existencia de una jerarquización política interna.
En opinión de algunos especialistas, las provincias tributarias fueron creadas por el centro
para facilitar el control del excedente y no correspondían a unidades tradicionalmente
constituidas, es decir, a los pueblos que la integraban no los unía ninguna otra relación política,
étnica o económica, que el estar bajo un mismo centro en el aspecto tributario. Los gobernantes de
estas cabeceras recibían el nombre de tecuhtli (señor), y se encargaban de recibir el tributo que se

enviaría a las capitales imperiales; otra parte de éste era asignado directamente a su manutención y
pago de servicios, lo que evitaba la centralización de ciertos bienes y el gasto innecesario de su
transporte. Según Carrasco:

el análisis del Mendocino confirma, de acuerdo con Ramírez de Fuenleal, que las provincias
tributarias raramente coincidían con divisiones políticas locales y que los lugares que las integraban
no eran unidades políticas sino puntos para la recaudación de tributos. Si estas provincias eran
unidades políticas, lo eran en tanto que los calpixques u otros enviados imperiales tenían
atribuciones en el gobierno, no porque coincidieran con las unidades políticas subyacentes
conservadas por el Imperio. (Carrasco, 1996: 310).

El tipo de organización imperial fue hegemónico. Esta clase de imperios poseía varios atributos y
su forma de expansión es mediante la conquista militar, aunque su característica más sobresaliente
era que no tenía control directo en las regiones sometidas por la imposición de un gobierno; por lo
común ocurría simplemente un mecanismo de manipulación del sistema político local para servir

194
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

a las necesidades imperiales (Schreiber, 1992: 3). Así, esta forma de imperio centraba su atención
en los intereses económicos y controlaba la producción y distribución de los recursos que le
resultaban necesarios. Mediante estas estrategias se mantenía un control en las provincias con
poco costo para el imperio.
La administración imperial de la Triple Alianza en sus provincias por tanto fue laxa. Para
la recolección del tributo se retomaron las cabeceras de las unidades políticas existentes, que por lo
general eran los pueblos más grandes e importantes, donde residían los señores principales
originales; por ello también ahí residía el recaudador imperial (Carrasco, 1996: 308). Estos
pueblos tenían como obligación centralizar el producto de las comunidades incorporadas a su
unidad política, y fungir como responsables ante los funcionarios estatales. Según Ramírez de
Fuenleal, recibían el nombre de calpizcazgos (calpixcayotl) y el recaudador era el calpixqui. Por lo

tanto, la territorialidad de dichas provincias tributarias puede ser reconstruida a partir de la


referencia de los topónimos de los pueblos tributarios conquistados por la Triple Alianza que
tenían rango de altépetl.

Los topónimos y su correspondencia con sitios arqueológicos

En el caso de Tochpan, la cabecera también se llamaba Tochpan y las subcabeceras eran


Tlaltizapan, Cihuateopan, Papantla, Ocelotepec, Miahuapan y Mequetlan, (Figura 1).

Figura 1. Cabeceras o subprovincias correspondientes a los pueblos sujetos a Tochpan

Tomado y modificado de Arqueología Mexicana, 2003, edición especial, 14, p. 80.

195
Maria Eugenia Maldonado Vite

Así, en el Memorial de Tlacopan se enlistan, además de los siete pueblos principales de la provincia

de Tochpan, los topónimos de los pueblos sujetos a cada una, dando un total de 68 poblaciones
entre los que había ciertas partes y pueblos principales, “y allí estaban mayordomos mexicanos y de
Tezcuco y de Tlacopan que recogidos los tributos los repartían en tres tercios” (Memorial

Tetzcocano de Motolinía, Carrasco, 1996: 325).

Hasta ahora se han logrado identificar la cabecera y subcabeceras de Tochpan, ya que


algunos nombres actuales aún contienen reminiscencias del original y al mismo tiempo con sitios
arqueológicos del Posclásico Tardío; en otros casos, en cambio, se han propuesto por la
correspondencia geográfica aproximada en la actualidad y por su ubicación en los llamados
Lienzos de Tuxpan (Melgarejo, 1970). La identificación de los sitios arqueológicos y/o

poblaciones actuales o ya desaparecidas se inició con Melgarejo (1970) y Barlow (1992)


principalmente; sin embargo, no se ha realizado aún reconocimiento sistemático del total de tales
topónimos con sitios arqueológicos o poblaciones actuales.
El orden en que se enlistan los pueblos de cada provincia tributaria en el Códice Mendoza

implica aspectos de orden político y jerárquico, ya que en cada lámina el primer topónimo
plasmado corresponde a la cabecera de provincia; en este caso es Tochpan y los topónimos
restantes de las subcabeceras están ordenados de acuerdo a su ubicación geográfica real siguiendo
el sentido de las manecillas del reloj a partir de Tochpan (sitio Villas Tuxpan-club de golf), orden
espacial que nos ha ayudado a la identificación en campo de los sitios arqueológicos (Figura 2).

Tochpan. Se ha traducido como lugar o río de conejos, pero podría también referir la bandera o

estandarte del conejo. Proviene de tochtli (conejo) y apan (río), pantli (bandera) o pan (dentro,

sobre, en, durante o por) (Siméon, 2004). El glifo es frecuentemente sólo un conejo.
Tochpan ha sido identificado por casi todos los especialistas (Krickeberg, 1933; Ochoa,
1979; Gutiérrez, 1996) como el sitio arqueológico sobre la margen derecha del río Tuxpan,
aproximadamente a 5 km de su desembocadura en el mar; sin embargo, ese sitio conocido
actualmente como Tabuco no es el Tochpan prehispánico (Maldonado, 2014a). La prueba de tal

196
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

error está en su ubicación, la que dos de los documentos pictóricos de la serie denominada Los
Lienzos de Tuxpan (Melgarejo, 1970) nos proporcionan de manera gráfica, exacta y repetida.

En fechas recientes (Maldonado Vite, 2014b, 2014c) se ha identificado el sitio


arqueológico denominado Villas Tuxpan-Club de Golf, como el asentamiento prehispánico de
Tochpan plasmado en las fuentes, aunque aún no se hace ningún reconocimiento de superficie.
Sin embargo, como cabecera de provincia sí se ha trabajado ampliamente en ella, ya que como
veremos más adelante, esta distinción tiene un gran peso en la interpretación de las relaciones
políticas y económicas de la provincia tributaria y en la propuesta de una unidad política previa.

Figura 2. Propuesta de la ubicación actual de los siete pueblos de la provincia tributaria de Tochpan

Fuente: Captura de Google Eart modificada por los a autora.

Tlaltizapan (sobre la tierra blanca o tiza), deriva de tlalli (tierra, campo o propiedad), tizatl (tierra

blanca, tizate) y pan (dentro, sobre, en, durante o por) (Siméon, 2004). Su glifo es un círculo o

montículo punteado, convención para la tierra blanquecina denominada tízatl o tizate; en la

versión del Mendocino muestra una huella en la parte superior.


Por su nomenclatura, Melgarejo (1970) lo identifica como Tierra Blanca, población cerca
del actual puerto de Tuxpan; sin embargo, creemos que igual que en el caso anterior, la ubicación
espacial en dos de los Lienzos de Tuxpan parece ser un lugar diferente. Por sus características

197
Maria Eugenia Maldonado Vite

proponemos que se trata de un sitio arqueológico que he denominado Niños Héroes, cercano a
una comunidad registrada en los mapas actuales como Banco del calichar.

Cihuateopan, Teocihuatlan, Cihuatlan (en el templo de la mujer o señora), de cihua (mujer o

señora) y tlan (con, después de, cerca, en, debajo, entre, a, que está de parte de) (Siméon, 2004). Su

glifo es un templo de varios cuerpos en cuya cima está la cabeza de una mujer. También se puede
traducir como lugar, tierra o propiedad de la señora o mujer, o un lugar que está de parte de la
mujer (gobernante), seguramente refiriendo a un gobernante de sexo femenino, rasgo que entre
los huastecos y nahuas no era muy común pero sí se daba ocasionalmente. Este sitio debe
corresponder a uno desafortunadamente bastante destruido ya en las inmediaciones del actual
Tihuatlán; inclusive su escudo actual ha sido basado en dicho topónimo.

Papantla (lugar de papanes o donde abundan las banderas), deriva de papanauía (llevar mucha

gente sobre la barca o espalda), y pantli (bandera, estandarte, muro, línea, hilera) (Siméon, 2004).

Su glifo es una bandera con dos plumas adornadas, convención que representa una gran cantidad
de ellas. Recordemos que las banderas eran portadas para representar a diferentes grupos.
Posiblemente aluda a la representación de muchos grupos en ese lugar como punto de reunión.
Aunque no se conoce la existencia de un origen prehispánico del actual asentamiento de Papantla,
existe evidencia de materiales y sitios dentro del área urbana actual.

Ocelotepec, literalmente cerro del ocelote, proviene de ocelotl (ocelote) y tepetl (cerro). El glifo es un

cerro de cuya base sale un manantial y en su cima se ve la cabeza de un felino con manchas. Aún no
es identificado con seguridad el correspondiente sitio arqueológico, sin embargo pudiera tratarse
del cerro o ciudad (altépetl) del señor 13 Ocelote que aparece en el extremo sur de los Lienzos de
Tuxpan.

198
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

Miahuapan (río de las espigas de maíz), de miauatl (espiga y flor de maíz) y apantli (canal,

acequia). Su glifo consta de la convención de río o canal en corte conteniendo agua y dos espigas
de maíz dentro. Se trata de un sitio arqueológico ubicado en una curva de un pequeño arroyo, a un
lado de la actual autopista Tuxpan-México

Micquetlan. Se traduce como lugar o tierra de los que murieron, lugar cerca de los muertos, y

deriva de micque (murieron), tlalli (tierra, propiedad, campo) y tlan (con, después de, cerca, en,

debajo, entre, a, que está de parte de). Su glifo consta de un cuerpo humano extendido o de la
representación de un bulto mortuorio. Puede referir un hecho histórico memorable aún no
identificado. El sitio arqueológico corresponde a uno cercano a la actual población de Miquetla,
no a Castillo de Teayo como ha sido señalado.

Los indicadores arqueológicos y las fuentes

Los indicadores arqueológicos que nos permiten proponer que se trata de la cabecera y
subprovincias son cronológicos, es decir, todos los sitios debieron tener ocupación contemporánea
durante el Posclásico Tardío, por lo menos entre 1450 y 1521, porque fueron parte de una
estructura política tributaria; sin embargo, conociendo que la Triple Alianza utilizó las estructuras
políticas preexistentes y sólo adaptó o influyó en algunos elementos materiales, estos pueblos
debieron ser más antiguos en origen.
El principal indicador que observamos es la arquitectura, ya que para tal periodo es
frecuente observar en las plazas o áreas monumentales la existencia de estructuras con templos
dobles en sus cimas. Esta característica está relacionada con el tipo de organización económico-
política tributaria dual en algunas provincias, tal es el caso de Tochpan, que se rebeló varias veces;
al parecer, se trataría de la sede del cuauhtlatoa (gobernante) y del calpixque (administrador),

personajes que se encargaban de la recaudación de los impuestos. Esta característica arquitectónica


es tardía para la Costa del Golfo y responde a aspectos políticos diferentes a los preexistentes en
esta región multiétnica, de ahí su importancia.

199
Maria Eugenia Maldonado Vite

El indicador arqueológico tradicional es la cerámica, que nos refiere una cronología a


partir de formas, decorados y acabados con un fechamiento relativo por comparación, ya que en
esta zona carecemos de fechamientos absolutos. El problema con la cerámica es que se había
pensado en que debería ser de origen o influencia azteca, aludiendo a la imposición de elementos
materiales propios de los conquistadores como el tipo Azteca III negro sobre naranja, el cual se ha
encontrado en mínimas proporciones; sin embargo existe un tipo cerámico local denominado
tabuco negro sobre rojo (Wilkerson, 1972; Ortiz y Aquino, 1987; Maldonado Vite, 20012,
2014b, 2016), conocido también originalmente como las flores negro sobre rojo (Ekholm, 1944)
que se presenta en forma abundante en algunos de estos sitios y se confunde con el tipo Azteca III
negro sobre naranja. La confusión se da por su similar bicromía, aunque los motivos decorativos
son muy diferentes y el local es cronológicamente anterior, correspondiente al Posclásico
Temprano hasta el Posclásico Tardío, de clara influencia del Altiplano Central, probablemente
originado por la influencia del Azteca I (Maldonado Vite, 2016).
A falta de datos mayores y reconocimientos extensivos en la región, para cumplir el
objetivo planteado recurrimos a otros documentos pictóricos, más específicos y poco trabajados de
la región, los llamados Lienzos de Tuxpan.

Los Lienzos de Tuxpan, Tabuco no es Tochpan

Se trata de seis documentos pictóricos, tres originales: Mapa Local, Mapa Regional Primero y

Mapa Grande Segundo o Códice Dochna y sus respectivas copias (Melgarejo, 1970; Altamirano,

1982). En ellos se plasmaron diferentes aspectos geográficos, políticos, económicos y territoriales


de la región de Tochpan.
El Mapa Local (Figura 3) presenta de manera precisa la temática particular de la

producción textil en la región, distinguible por las plantas de algodón que habían sido confundidas
e identificadas por Melgarejo como cañas (ácatl) o no identificadas por otros especialistas

(Noguez, 2016); sin embargo, según nuestra interpretación, nos muestra una escena de los

200
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

diferentes pueblos que integraban una red productiva con su particular organización política y
económica, en algunos casos duales y en otros individuales.

Figura 3. Códice mapa local

Fuente: Tomado de Melgarejo (1970)

Mientras que el Mapa Regional (Figura 4) presenta una perspectiva regional bastante completa y

con claros límites geográficos representados por los topónimos de los pueblos ubicados en las
estribaciones de la Sierra Madre Oriental. La temática se centra en un problema de tierras del
pueblo de Tetzapotitlan, mostrando sus poblados menores sujetos.
En ambos casos los topónimos que se plasman no corresponden solamente a la cabecera y
subcabeceras, sino a otros pueblos más que estaban inmersos en la dinámica regional,
proporcionando una mayor información que nos es de suma utilidad.
Los tres documentos originales muestran la ubicación del Tochpan prehispánico sobre la
margen derecha del río Tuxpan; en el Mapa Local, por la escala representada, justo antes de la

confluencia del arroyo de Cañas. Esta referencia espacial es especialmente importante

201
Maria Eugenia Maldonado Vite

considerando que se ha confundido el Tochpan prehispánico con el antiguo Tabuco (Krickeberg,


1933; Ochoa, 1979; Maldonado, 2016).
Gracias a las prospecciones sistemáticas que hemos realizado en esa microrregión, los
levantamientos topográficos, recolecciones de materiales en superficie y excavaciones sistemáticas,
se propone que Tuxpan se encontraba justo en la desembocadura del Arroyo de Cañas (como se ve
en el Mapa Local) aunque gran parte del sitio se destruyó por la ampliación de la carretera para
hacer la autopista, un hotel, un club de golf y propiedades privadas.

Figura 4. Códice Mapa Regional

Tomado de Melgarejo (1970)

Para reforzar el argumento de que no debe confundirse Tochpan con Tabuco, en el Mapa

Regional aparece una vez más plasmado el topónimo de Tochpan, pero también el que

corresponde a los sitios arqueológicos de Tabuco, Tumilco y uno más que puede ser el actual

202
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

Cuatro Ciénegas (Maldonado, 2012), justo río abajo; de lo que se desprende que Tuxpan y
Tabuco fueron dos asentamientos diferentes aunque contemporáneos.
Las implicaciones políticas y económicas de esta clara distinción es que, a pesar de formar
parte de la misma unidad política y de una relativa cercanía, cumplían funciones diferenciadas
pero complementarias.
En el reconocimiento de superficie efectuado en el la microrregión de los manglares de
Tumilco (Maldonado Vite, 2010), se registraron tres sitios con grandes concentraciones de
materiales cerámicos del Posclásico Temprano y Tardío, así como numerosos conjuntos
arquitectónicos. Después de un amplio trabajo (Maldonado, 2016) se ha propuesto que esta
microrregión ambiental, donde se ubican los sitios de Tabuco, Tumilco y Cuatro Ciénegas,
corresponden a una zona de producción especializada o “zona capital”, modelo propuesto por
Stark (1999) para el Centro de Veracruz, donde cada uno de los asentamientos debió cumplir una
función complementaria; así, el asentamiento de Tumilco (tochtli-conejo y milli-milpa, “en la

milpa del conejo”; o tulli-tule y milli-milpa, “en la milpa entre el tule”) puede aludir a la zona de

producción agrícola en las tierras altas no inundables o en medio de los tules.


Tabuco, que se dice debe ser Tambuc, “lugar del siete” en teenek, debió ser la sede de la
élite que controló la zona productora contigua a los manglares y Tochpan, la sede del gobernante,
el cuauhtlatoa (el que tiene la palabra [con tocado de águila y la vírgula de la palabra]), y del

recaudador o calpixque de Tochpan (con el conejo en la parte trasera); ambos personajes

plasmados junto al topónimo de Tochpan, el conejo desde donde salen invariablemente los
caminos al resto de la unidad política, estableciendo con ello su estatus de cabecera de provincia y
el poblado más importante de la red comercial y política.
Haremos una pausa para reflexionar sobre el posible significado de Tochpan, posible lugar
del señor del estandarte o la estirpe del conejo. Acaso el asentamiento de los últimos descendientes
del célebre 13 conejo, último gobernante de El Tajín cuyas influencias escultóricas aún se
encuentran muy cerca de ahí, la famosa Lápida de Juan A. Moza con evidente estilo tajinesco
(Ochoa, 1979; Pascual Soto, 2009), así como la cerámica recuperada en Tabuco y Tumilco. Sea
cual fuere el origen, se trata de una rica zona medioambiental controlada por la élite local desde el

203
Maria Eugenia Maldonado Vite

Posclásico Temprano, o quizás antes, objeto de la codicia del Imperio por los bienes suntuarios ahí
producidos y motivo de la sujeción e imposición de la provincia tributaria.
El motivo de que los topónimos de estos sitios menores no aparezcan en las listas de los
pueblos sujetos es que formaban una misma unidad territorial correspondiente a la cabecera
(Tochpan), cuyo control de la producción textil estuvo en manos del gobernante o la élite local
posiblemente siglos antes de su conquista por la Triple Alianza.
En estos documentos pictóricos, que tuvieron seguramente un origen prehispánico a
juzgar por su estilo y la falta de glosa hispánica (Maldonado Vite, 2014a; Noguez, 2016), aparecen
algunos de los topónimos que se plasmaron en la Matrícula de Tributos como subcabeceras de

provincia, tal es el caso de Ocelotepec, que puede referirse por su recurrencia y ubicación como el
cerro o el altépetl del señor 13 Ocelote (en el Mapa Local junto a una planta de algodón indicando
seguramente que formaba parte de la red productora y posiblemente comercial de este textil), al
igual que Tlaltizapan cuya recurrencia en ambos mapas resulta lógica y debe haber sido también
uno de los pueblos de esta red productora de algodón (también el topónimo asociado a la planta y
a un par de personajes). Papantla, por el contrario, parece estar asociado a la cabecera de la
provincia porque su topónimo nunca aparece plasmado en los documentos, posiblemente sólo
representado por uno de dos personajes cercanos a Tlaltizapan. Miahuapan, Teocihuatlan y
Mequetla aparecen en el Mapa Regional Primero en el extremo oeste de la provincia tributaria y

más asociados con la zona de Tetzapotitlan en la discusión particular.


Esta variable inclusión o ausencia en los documentos nos hacen pensar en que su jerarquía
no era muy grande y que jugaron papeles más bien complementarios dentro de la organización
tributaria regional en diferentes momentos.

Conclusiones

A partir de la información derivada de la toponimia de la provincia tributaria de Tochpan y su


ubicación espacial apoyada en fuentes etnohistóricas, hemos podido conocer su extensión
circunscrita a una pequeña región ubicada entre los ríos Tuxpan por el norte, y Tecolutla por el

204
Los topónimos de la provincia tributaria de Tochpan

sur, delimitada al este por la Costa del Golfo de México y por el oeste la última parte de la llanura
costera antes de las primeras estribaciones de la Sierra Madre Oriental.
Podemos caracterizar esta pequeña parte de la planicie costera del Golfo como una
importante zona de producción especializada que debió haberse creado bajo el cuidado de una
unidad política previa a la sujeción de la Triple Alianza, la cual no sufrió grandes transformaciones
bajo la sujeción por presentar un alto grado de eficiencia productiva. Como caso excepcional,
mantuvo su estructura original y sólo fue aprovechada y se mantuvo controlada bajo un régimen
de gobierno dual debido al poder económico del cultivo del algodón y su procesamiento como
bien suntuario.
Con este trabajo podemos contribuir a la comprensión de cómo las sociedades
estratificadas de Mesoamérica percibieron sus territorios, cómo se apropiaban y organizaban. A
pesar de que el trabajo sistemático aún es muy poco para tener un panorama completo,
empezamos a tejer las redes de la dinámica regional con los datos que vamos produciendo día a día.
Este es un ejemplo de la importancia del estudio de la toponimia para lograr una mayor
comprensión de la dinámica política, económica y cultural que se vivía en las sociedades
prehispánicas, en nuestro caso, de la Huasteca.

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207
LA TOPONIMIA FRENTE A LA ARQUEOLOGÍA Y A LA HISTORIA:
APORTES SOBRE LA OCUPACIÓN DE LA REGIÓN DE ACÁMBARO

EN EL MOMENTO DE LA CONQUISTA

Karine Lefebvre *

Resumen

Las fuentes históricas no dejan lugar a duda sobre el carácter multilingüe de la región de Acámbaro
(Guanajuato) al momento de la Conquista española. En esta región, ubicada en la periferia del
reino tarasco, se registró la presencia simultánea de poblaciones tarascas, otomíes, chichimecas e
incluso mazahuas. A través del cotejo de los datos arqueológicos, históricos y toponímicos, este
trabajo pretende medir la influencia de cada grupo en la denominación de los asentamientos y de
los elementos geográficos. Lo anterior permitirá reflexionar sobre la política de expansión y el
nivel de control que los tarascos ejercieron sobre los territorios y las poblaciones sometidas.

Abstract

Historical sources leave no doubt about the multilingual character of the region of Acámbaro
(Guanajuato) at the time of the Spanish Conquest. In this area located on the periphery of the
Tarascan kingdom, the simultaneous presence of Tarascans, Otomi, Chichimecas and even
Mazahua was registered. Through the comparison of archaeological, historical and toponymic
data, this paper aims to measure the influence of each group in the name of settlements and
geographical elements. This will allow to reflect on the tarascan policy of expansion and their level
of control exercised over territories and populations.

*
CIGA, UNAM Morelia, karine.lefebvre07@gmail.com

209
Karine Lefebvre

Introducción

El estudio de la toponimia como “fósil de la geografía humana”, para usar la expresión de Dauzat
(1947), es explotado por lo menos desde el siglo XIX para identificar, con más o menos éxito, los
territorios ocupados por poblaciones específicas. Autores como Elizabeth Zadora-Rio (2001)
rechazan el uso exclusivo de los nombres de ciudades, pueblos y parajes como sustituto de fuentes
arqueológicas e históricas para el análisis de la Geografía Histórica, que por ejemplo llevó a
considerar la ciudad de Querétaro como limite septentrional del reino tarasco basándose
únicamente en el origen purépecha del topónimo.
Consciente de la manipulación delicada de la toponimia, el objetivo de este trabajo es
analizar el registro toponímico de la región de Acámbaro del siglo XVI, procedente de las fuentes
escritas de esta época con el fin de confrontarlo con datos históricos y arqueológicos referentes al
dominio tarasco. A través de esta metodología pluridisciplinar, la meta es evaluar en qué medida la
toponimia ayuda a entender el impacto de la conquista tarasca en esta periferia del reino.

El origen de una región multiétnica

Al principio del siglo XVI la región de Acámbaro era parte del reino tarasco. La Relación de

Michoacán (Alcalá, 2008), principal fuente escrita referente al pasado prehispánico del antiguo

reino del Cazonci (soberano tarasco), cuenta que esta ocupación se remonta a la mitad del siglo
XV, hacia 1440, cuando la región fue conquistada por la coalición de los tres soberanos, Hiripan,
Tangaxoan e Hiquingaje, y sus aliados. Desde luego que este sector —ubicado a unos 130 km al
noreste de la cuenca de Pátzcuaro (corazón del reino), en el valle del río Lerma— se convirtió en
una zona de frontera para frente al imperio mexica al este, y contra los chichimecas al norte
(Figura 1); sin embargo, investigaciones arqueológicas llevadas a cabo durante la última década,
pusieron de manifiesto que no toda la región cayó bajo control tarasco, sino solamente la orilla sur
del río Lerma, mientras que la norte se quedó vacía de asentamientos permanentes, sirviendo de
zona “tapón” entre las distintas poblaciones (Lefebvre, 2012).

210
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

Figura 1. Patrón de asentamiento de la región de Acámbaro durante el Posclásico Tardío

Elaboración propia

Una de las características de la conformación de reino tarasco era su carácter multiétnico, y según
numerosas fuentes históricas, la región de Acámbaro no fue una excepción a este fenómeno. Este
aspecto fue recién estudiado, 1 por lo tanto sólo comentaremos los principales hallazgos de esta
investigación necesarios para entender el contexto histórico-social general de la zona de estudio.
Varios documentos no dejan lugar a duda de la situación social compleja de la zona en la
cual convivían poblaciones tarasca, otomí, chichimeca, mazahua y matlaztinca. Aunque esta
plurietnicidad se menciona en las fuentes escritas coloniales, el patrón de distribución de las
poblaciones parece ser anterior a la Conquista. Su presencia resultaba del proceso de asentamiento
previo a la ocupación tarasca, donde las poblaciones se integraban al reino a través de la conquista
militar, pero también otros grupos fueron desplazados por la presión que ejercían los reinos
mexica y tarasco al crecer (Lefebvre, en prensa). Las Relaciones Geograficas, y en particular la que se

refiere a Acámbaro (Acuña, 1987), presenta fases de integración sucesivas del reino:

1
Para más informaciones sobre el carácter multiétnico de la región de Acámbaro, recomendamos al lector interesado
el artículo: K. Lefebvre, en prensa, “Espacio y Sociedad: la región de Acámbaro del Posclásico reciente al siglo XVI”,
en: Hans Roskamp y Sarah Albiez Wieck, Nuevas miradas sobre los antiguos michoacanos, Colegio de Michoacán.

211
Karine Lefebvre

de muchos a[ñ]os a esta parte, cuatro principales, con sus mujeres según su ley, partieron
de un sujeto de la provincia de Xilotepeq[ue] llamado Hueychiapan, y éstos trujeron
consigo hasta sesenta indios, ansimismo casados, los c[ua]les eran de nación otomí (y esa
lengua hablan); y estos cuatro principales, con los d[ic]hos indios, se fueron derechos al rey
y s[eño]r que en aquella sazón señoreaba la provincia que dicen de Mechoacan, y le dijeron
que ellos eran de nación otomí y que querían estar en su servicio, q[ue] les diese y señalase
lugar y tierras donde poblasen. El cual, admitiéndolos, les señalo un sitio junto a la ciudad,
que dicen Guayangareo, y ahí poblaron y estuvieron algunos días. Y, no hallándose bien, se
vinieron de en lugar en lugar, hasta llegar al río grande que pasa por este d[ic]ho pu[ebl]o,
y allí poblaron, gobernándose por las d[ic]has personas otomíes, no embargante q[ue e]l
reconocimi[en]to tenían al d[ic]ho s[eño]r de Mechoacan. El cual, desde a ciertos a[ñ]os,
envió a este d[ic]ho pu[ebl]o cuatro personas casadas, de su nación tarascos, mandándoles
q[ue] viniesen a poblar a donde estos otomíes estaban. Los c[ua]les vinieron y poblaron a
la falda del cerro que este d[ic]ho pu[ebl]o tiene, y, estando poblados, envió después [a]
otro principal que mandase y gobernase a los d[ic]hos tarascos, y este postrero q[ue] vino
trujo por mujer [a] una india llamada Acamba ; y, estando ella una vez bañándose en el río,
se ahogó, y, por memoria de la d[ic]ha india, pusieron por nombre a este lugar Acamba y,
[y]éndose corrompiendo la letra, le han venido a llamar Acámbaro, y éste es su origen. Y
[dicen] que el s[eño]r que entonces gobernaba en Mechoacan se llamaba Tariacure, y
entonces, por la orden q[ue] los otomíes les poblaron en este d[ic]ho pu[ebl]o, poblaron
ansimismo los indios que dicen chichimecas, los c[ua]les tuvieron siempre los
gobernadores del d[ic]ho Mechoacan, puestos en frontera para defensa de sus tierras
contra los indios mexicanos y otros enemigos suyos. (Acuña, 1987: 60-61)

Esta mención testimonia una verdadera secuencia cronológica del poblamiento de la región en la
cual aparecen varias etapas de migración: 1) la llegada de los cuatro principales otomís y sus sujetos
(60 familias) procedentes de Hueychiapan (Huichapan) y su asentamiento cerca de Guayangareo
durante un tiempo breve (“unos días”); 2) sus desplazamientos múltiples hasta llegar al “rio grande
que pasa por este dicho pueblo”, el cual podemos suponer que se trata de Acámbaro; 3) el envío
por el Cazonci, “señor de Mechoacan”, de otros cuatro tarascos (es decir, de cuatro linajes) para
poblar; 4) envío de “otros” tarascos (linajes) para gobernar.
Esta breve reseña histórica subraya un periodo relativamente largo durante el cual
ocurrieron varios movimientos migratorios hacia Acámbaro y toda la parte septentrional y

212
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

oriental del reino. Por estar muy cerca de su asiento de origen, se trataba principalmente de grupos
de la familia otopame (otomies, mazahuas, matlatzincas), y los denominados “chichimecas”.
No obstante, la dimensión temporal durante la cual sucedieron estos eventos queda
confusa. De acuerdo a la Relacion Geografica de Acámbaro, estos hechos sucedieron durante el

reinado de Tariacuri (1360-1420, según la cronología establecida por Claudia Espejel, 2008); sin
embargo, este indicio cronológico debe ponerse en tela de juicio ya que la Relación de Michoacán

(Alcalá, 2008) fecha la conquista de la región, por los tarascos, hacia la mitad del siglo XV,
posteriormente al reinado de Tariacuri. Este último es considerado como el héroe principal de la
Relacion de Michoacán, y de la historia tarasca en general, por ser el origen de la creación del reino;

sin embargo, es realmente después de su muerte, bajo el reinado de Hiripan, Tangáxoan y


Hiquíngaje, hijos y sobrino de Tariacuri respectivamente, que el territorio alcanzó su mayor fase
de extensión, en particular hacia el noreste y la zona de Acámbaro, por lo tanto, la referencia a
Tariacuri podría resultar de un simple error o de una voluntad de volver más antigua la
pertenencia al reino. En efecto, la Relacion Geografica de Taymeo (Taimeo) fecha estos

movimientos de población en una época más recientes, durante el reinado de Tzitzipandacuare


(mitad del siglo XV):

[Los Otomis] Solían ser naturales de tierra de México, y, en el tiempo de su infidelidad,


siendo maltratados por los Reyes Mexicanos, se vino un principal que se decía Timax, y
trató con un señor que había en esta provincia q[ue] se decía Chichispandaquare, padre de
Cazonci, que él quería poblar en esta provincia y tributarle como los demás pueblos, que le
diese donde hiciese asiento y poblase. Y, ansí, el Chichispandaquare, como señor que era
de toda esta provincia, le señaló y dio este sitio de Taymeo donde poblase” (Acuña, 1987:
276).

Esta controversia histórica no cuestiona ni afecta la dimensión temporal de estos movimientos


migratorios. Según las fuentes escritas, cada uno de los grupos étnicos presentaba un nivel de
integración distinto, gozando de privilegios particulares (autonomía administrativa o de culto)
más o menos importantes en función de su papel dentro del reino, protección de las fronteras o
explotación de los recursos naturales (Lefebvre, 2012).

213
Karine Lefebvre

A pesar de su multiplicidad, y aunque todos fueron reunidos bajo la autoridad del


Cazonci, estas poblaciones no se mestizaron, incluso vivían en asentamientos distintos. El estudio
de la documentación administrativa colonial (en particular del ramo Congregación) indica que
esta segregación entre grupos todavía permanecía durante el siglo XVII (Lefebvre, en prensa), por
consiguiente, a cada asentamiento le correspondía una población específica.
Aunque las fuentes históricas son unánimes en este tema para la época prehispánica, desde
el punto de vista de la arqueología esta separación espacial de los grupos es todavía difícil de
afirmar, en parte debido a que la cultura material local aún es mal conocida. Además de la
presencia de navajas prismáticas con talón abrasado, técnica de fabricación característica del
Posclásico tardío, los sitios de esta época se identifican principalmente por la presencia de tipos
cerámicos y de pipas tarascas importados desde el corazón del reino; no obstante, estos vestigios
cerámicos se encuentran principalmente en los asentamientos mayores, tales como los centros
administrativos o religiosos de primera importancia, que mantenían fuertes vínculos económicos
con el corazón del reino. En los sitios de menor importancia, identificados como pueblos sujetos,
sólo se encuentran cerámicas tarascas en menor proporción e imitaciones de estas mismas vasijas
realizadas con materiales locales, con una arcilla idéntica a la empleada para la cerámica común.
Shirley Gorenstein y Christine Hernández identificaron un tipo cerámico de producción
otomí que denominaron Ojo de Agua en el valle del Lerma (Gorenstein 1985: 45, 98) y Niveo Red

Banded en la sierra de Ucareo (Hernández, 2000: 281-282). Este tipo de cerámica podría permitir

reconocer los asentamientos de estas poblaciones y confrontar la información con los datos
históricos; sin embargo, numerosas dudas fueron emitidas en cuanto a este supuesto origen, y de
manera más general, sobre la posibilidad de distinguir estas poblaciones a través de su cultura
material. Los análisis cerámicos de estos dos estudios se basan principalmente en recorridos de
superficie y, en menor proporción, en sondeos de pequeña dimensión. Para sustentar esta
hipótesis serían necesarias excavaciones extensivas con técnicas de fechamiento absoluto de
muestras fiables.

214
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

Mientras la falta de pruebas materiales impide ir más allá en el estudio del patrón de
asentamiento bajo la dominación tarasca, la multiplicidad de poblaciones produjo una sociedad
multilingüe. Desde luego, es interesante ver cómo eso se reflejó en la toponimia local.

La toponimia de la región de Acámbaro

La toponimia del antiguo reino tarasco sólo es asequible a través de las fuentes coloniales dado
que, como lo señala el cronista franciscano Jerónimo de Alcalá (2008: 5), “esta gente no tenía
libros”. Así pues, es necesario explotar la información temporalmente más próxima, como los
escritos de conquistadores y los primeros colonizadores europeos, redactados en los años y décadas
posteriores a su llegada. Los primeros registros toponímicos surgieron en los meses que siguieron a
la conquista de los distintos reinos, a través de las expediciones militares primero, y luego en las
encuestas administrativas realizadas con el fin de obtener mejor conocimiento de los nuevos
territorios y favorecer su repartición en encomienda, la explotación de los recursos naturales y de
las poblaciones, así como la recaudación de los tributos. La diferencia de temporalidad debe ser
considerada durante el análisis, puesto que en el momento del registro ya aparecían los primeros
cambios a nivel social y administrativo, y obviamente, la toponimia no quedó exenta de estos
cambios.
Las fuentes históricas que se refieren a la región de Acámbaro durante el primer siglo de la
época colonial son relativamente numerosas, lo que permite establecer un registro toponímico
bastante completo y, sobre todo, de un alto valor para el periodo que nos interesa. En este sentido,
varios tipos de documentos fueron consultados, en primer lugar, las crónicas elaboradas por los
frailes predicadores, tales como la Relación de Michoacán (Alcalá, 2008) ya evocada, o el relato del

fray Antonio de Ciudad Real (1976) quien acompañó al padre Ponce de León, en ese entonces
nombrado comisario general de la orden de San Francisco en la provincia del Santo Evangelio,
durante su visita a los conventos e iglesias de Nueva España entre 1584 y 1589, y contó el viaje en
forma de relato etnográfico, describiendo cada etapa de la expedición.
Sin duda alguna, la fuente más importante por la cantidad y calidad de información que
proporciona es la amplia documentación administrativa producida por las autoridades españolas.

215
Karine Lefebvre

Esta sociedad fue muy burocrática y realizó varias encuestas con el objetivo de reajustar la
organización administrativa y económica, y de ello se desprenden documentos como la Tasación

de Tributos de Ortega (AGI, Justicia, leg. 135, n°3, en Warren, 1985: 128), la Suma de Visitas de los

Pueblos (Paso y Troncoso, 1905) y las Relaciones Geográficas, en específico las de Acámbaro y

Taymeo (Acuña, 1987: 59-68, 275-278).


Además, la actividad burocrática produjo un importante corpus de actas, hoy en día
conservado en el AGN (de México). En el marco del estudio de la toponimia, resultan interesantes
los ramos Mercedes (referente a la otorgación de tierras), Tierras (sobre conflictos agrarios) y
Congregaciones (acerca de las reducciones de pueblos), dado que estos documentos se enfocan en
asuntos territoriales y por lo tanto describen y nombran los distintos elementos antrópicos y
naturales. Los documentos del Ramo de Indios, referentes a asuntos administrativos y de gobierno
del ámbito indígena, también pueden proporcionar informaciones relevantes, aunque en menor
medida.
El examen de este amplio corpus escrito permitió establecer una lista que cuenta con 118
entradas 2 (Tabla 1), que se organizaron de la manera siguiente: 63 son nombres de asentamientos
humanos, y 55 se refieren a elementos o lugares geográficos, principalmente a relieves (34), a
parajes (11) y a ríos (10).

2
Dentro de los topónimos recolectados, tomamos en cuenta que el nombre de un mismo lugar podía escribirse de
distintas maneras ya que la ortografía de esta época era muy fluctuante.

216
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

Tabla 1. Lista de los topónimos coloniales colectados en las fuentes históricas del siglo XVI
Asentamientos humanos
1- Abingao 22- Indaparapeo * 45- San Mateo Coseo
2- Aguas Calientes * 23- Iramuco * (Yramuco) 46- San Mateo Tocuaro *
3- Aguaroneo 24- Jerécuaro * 47- San Miguel Tzurumbaro
4- Andocutín * 25- Jucapataro 48- San Miguel Uruciaquaro
5- Angunzeo 26- Los Chochones * 49- (San Nicolás) Huatzindeo *
6- Apeo * 27- Los Pescadores (Guatzindeo)
7- Apicaro 28- Mangungao 50- (San Pablo) Pejo *
8- Aramataro (Axamotaro) 29- Menguaro * (Emenguaro) 51- San Pedro
9- Arandaro 30- Oçumatlan * (Otzumatlan) 52- San Pedro Guingeo
10- Araró * 31- Paraquaro * 53- Santa Catalina
11- Bocaneo * 32- Paquisihuato * (Paquiguato) 54- (Santa Clara) Piucheo * (Piritzeo,
12- Cinapécuaro * (Zinapécuaro, 33- Pío * Pexiçeo)
Tzinapécuaro) 34- Puruagua * 55- Santa María
13- Chupícuaro * 35- Quérendaro * 56- (Santiago) Puruanciquaro *
14- Corao 36- Quineo (Puriantzicuaro)
15- Coroneo * 37- San Antonio 57- Taymeo * (Taimeo)
16- Curinguato * 38- San Bartolomé 58- Tarandaquao *
17- Curio 39- (San Francisco) Acámbaro * 59- Tarimbaro
18- Çiriçicuaro * (Ziritzicuaro, 40- (San Francisco) Inchamacuaro * 60- Tucura (sujeto de Indaparapeo)
Tziritzicuaro) 41- San Juan Bautista Maravatío * 61- Tzintzimeo * (Zinzimeo)
19- Guarameçeo 42- (San Juan) Tepacua * 62- Ucareo *
20- Guarunco 43- San Lucas 63- Yrapeo
21- Iciquaro 44- San Marco
Parajes
64- Cuarindameo 68- Paso de las Ovejas * 72- Xenapetaquaro
65- El Jaral * 69- Petemoxo 73- Yrapueo
66- Las cruzes * 70- Taximuango 74- Zaracuaro
67-Los Guiçales (Huisaches) 71- Tequirpio
Elementos geográficos
Cerros Elementos hidráulicos
75- Aberuato 92- Matzua 108- Caparra (río)
76- Acao 93- Onxequaro 109- Guiramidiro (río)
77- Arameguaro 94- Orireo * (Uerireo, Urireo) 110- Las Parras * (La Parra) (río)
78- Asomecuaro 95- Purucuado 111- Los Sauces (río)
79- Barajas 96- Quanaseo 112- Paquistaro (pantano)
80- Bermejo 97- Quirio 113- Pateje * (ojo de agua)
81- Cerro Chaparo 98- Santa María 114- Río Grande * (que viene de
82- Cerro Grande de Acámbaro * 99- Tarequane- Tariacachereo Toluca)
83- Cerro Gordo 100- Taringuaneo 115- San Miguel (río)
84- Chapata 101- Tecexio 116- Umbapeo (ojo de agua)
85- Cicicio 102- Tembendao 117- Vriaguao (río)
86- Ciguapo 103- Tocopani
87- Cinatio (Agustin) * 104- Tuaro
88- Cotzintiguato 105- Xacuynguato
89- Dos Tetillas * 106- Xanapetaquaro
90- Guanao 107- Yracho
91- Las Calexas (Las Caleras)
Los topónimos señalados * están representados en la figura 1 de este mismo artículo.

217
Karine Lefebvre

La toponimia: una herramienta de cristianización de los pueblos

Desde el punto de vista del origen lingüístico, 93 de los asentamientos registrados tienen nombres
de origen indígena (o en parte indígena), y 40 en español (o en parte en español). Durante el
periodo colonial, la gran mayoría de los nombres de asentamientos se componían de una parte
europea (un nombre de santo) y otra indígena (en memoria del antiguo asentamiento). Esta
combinación característica resulta de las transformaciones llevadas a cabo en el patrón de
asentamiento por los españoles. Al desplazar a los pueblos prehispánicos desde los cerros, donde se
encontraban en vísperas de la Conquista, hacia las planicies donde se facilitaba su control, los
colonos cristianizaron el nombre indígena adjuntándole un hagiotopónimo.
Esta modificación ocurrió rápidamente en los años que sucedieron a la llegada de los
europeos y la evolución del topónimo aparece como una acción simbólica destinada a santificar el
lugar, ya que a través de ésta todo el pueblo se cristianizó; sin embargo, esta acción no fue la única
realizada con este fin, ya que se acompañó de la construcción de capillas, iglesias y conventos y del
bautismo de las poblaciones, participando de esta manera en una política de cristianización
generalizada.
Los ejemplos de esta asociación toponímica son numerosos: San Francisco
Inchamacuaro, 3 San Miguel Uruciaquaro, 4 San Pedro Uripitio, 5 San Miguel Curinguato 6… La
adjunción de un hagiotopónimo afecta de manera similar a todas las clases de asentamientos, tanto
a los pueblos mayores (cabeceras o centros religiosos importantes: San Francisco Acámbaro, San
Juan Bautista Maravatío), como a los pueblos sujetos (Santa Clara Piucheo, 7 San Pedro
Guingeo 8). A lo largo del tiempo, y a veces en un periodo muy breve después de su establecimiento
(a partir de los años 1540), muchos de estos topónimos perdieron alguno de sus componentes
europeo o indígena. No parece que hayan existido reglas que expliquen la elección de la parte
conservada (el tamaño o la importancia administrativa de la población, el papel en la jerarquía

3
AGN, Mercedes, vol 17, exp. 107, fs. 33v-34
4
AGN, Mercedes, vol 18, fs. 107-107v
5
AGN, Congregaciones, vol. único, exp. 169 fs 89v - 90
6
Ídem.
7
AGN, Mercedes, vol. 19, fs 246-246v
8
AGN, Mercedes, vol. 20, f. 179

218
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

religiosa, tampoco una repartición geográfica que hubiera reflejado una moda local), ya que
algunas veces se conservó el nombre indígena, como en el caso de (San Mateo) Tocuaro, 9 o (San
Francisco) Acámbaro, 10 mientras que en otras ocasiones sólo permaneció el hagiotopónimo, como
en San Juan (Tepacua). 11
La conservación del nombre indígena podría revelar la persistencia de la denominación
usada desde la época prehispánica pero, ¿cómo explicar la preferencia por el hagiotopónimo? Por
otro lado, es importante señalar que, si bien en la documentación oficial aparece claramente la
elección entre uno u otro de los componentes toponímicos, con frecuencia vuelve a aparecer el
nombre completo años, o incluso décadas después, lo que demuestra que se trata de un topónimo
atrofiado y no de un cambio o una sustitución. 12
Este apartado enfocado en la toponimia colonial puede parecer fuera de los alcances de
este trabajo, sin embargo demuestra una permanencia de la toponimia durante el primer siglo de la
época colonial, y por lo tanto, manifiesta que este corpus puede ser utilizado para el estudio del
periodo anterior.

Análisis de la toponimia local

Tras estas primeras observaciones del registro toponímico pueden destacarse varios puntos. En
primer lugar, la mayoría de los topónimos registrados se refieren a asentamientos, lo cual se explica
por la importancia de los pueblos como puntos de referencia para ubicar administrativamente las
tierras otorgadas o en litigio. Por lo general, se hace referencia, en orden de prioridad, a un
referente antrópico (pueblo, propiedad de un tercero), a unos elementos geográficos (cerros,
barrancas, ríos), y por último, a la presencia de una especie vegetal específica. En cambio, es más

9
AGN, Mercedes, vol. 15, fs. 190-190v
10
AGN, Mercedes, vol.3, exp. 443, f. 187v
11
AGN, Mercedes, vol. 17, exp 105, fs. 33-33v
12
Un caso particular es el de Santa Clara Piucheo, pueblo sujeto de Acámbaro (AGN, Mercedes, vol. 19, fs 246-246v).
Su nombre completo pocas veces aparece en la documentación colonial. Ya desde los años 1580, se realiza un apócope
del nombre de santa (Santa Clara), de esta manera, el pueblo será conocido como Pirihtsio en la Relación Geográfica
de Acámbaro (Acuña, 1987: 62) y como Piriseo en un mapa fechado de 1579 conservado en el AGN (AGN, Tierras,
vol. 2809, exp. 27, fs 13). Sin embargo, es interesante observar que hoy en día, este mismo pueblo está registrado bajo
el nombre de Santa Clara. Entonces, existe una verdadera fluctuación de las denominaciones a lo largo del tiempo.

219
Karine Lefebvre

escaso el uso de un micro topónimo para ubicar un lugar determinado. Esta “casi ausencia” de
nombre de paraje resulta un problema ya que, o no existían o eran poco numerosos, lo que parece
poco probable. Se puede afirmar con certeza que éstos no fueron registrados por los españoles.
En segundo lugar, se puede observar que las transformaciones toponímicas se
manifestaron de manera temprana. Primero, a través de la combinación ya mencionada
(hagiotopónimo y topónimo indígena), que por lo general ocurre en los primeros años de la
colonización, cuando desplazaron a los pueblos; pero también aparecen verdaderas sustituciones,
es decir, reemplazos del nombre indígena por una palabra española. Estas transformaciones
afectan principalmente a los nombres de elementos geográficos. Aunque los ejemplos colectados
fueron poco numerosos, revelan que estos cambios sucedieron más tarde, muchos de ellos incluso
más de medio siglo después de la llegada de los primeros colonos. Por ejemplo, en 1583 una acta
del ramo Mercedes del AGN menciona a un cerro llamado “Cinatio y por otro nombre Agustín”
(AGN, Mercedes, vol. 11, fs. 265v-266). A partir de esta fecha, esta sierra, hoy en día llamada Los
Agustinos, siempre aparece en las fuentes históricas con su denominación española. 13 Se trata del
único ejemplo de identificación concreta de una transformación toponímica radical.
El corpus colectado contiene otros nombres de elementos geográficos, pero éstos aparecen
de manera exclusiva en idioma indígena o español, sin que se pueda hacer un vínculo entre ellos y
así poner de manifiesto su evolución. Es de destacar que los nombres en español se registraron
principalmente a partir de los años 1560-1570, pero nombres de elementos geográficos en idioma
indígena van a seguir utilizándose a lo largo del siglo XVI e incluso durante el XVII. Por otro lado,
es interesante observar que en el caso de Cinatio/Agustín, el cambio no resulta de una traducción
sino de una nueva nominación, sin que exista cualquier vínculo aparente entre los dos topónimos.
A pesar de esta evidencia, no se debe generalizar este fenómeno con base en tan pocos elementos.
Finalmente, el porcentaje de los idiomas en este corpus también resulta ser un punto
relevante. El español representa un 30% y los idiomas indígenas un 70%, pero dentro de este
segundo grupo, el purépecha es claramente mayoritario (91 sobre 93), tanto para los
asentamientos como para los elementos geográficos. Sólo fueron registrados dos nombres de lugar

13
Este documento se refiere a un cerro denominado Agustín, sin embargo actualmente el conjunto de la sierra es
llamado Los Agustinos.

220
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

en otomí: Tocopani, corresponde a un cerro 14 no muy lejos de la sierra de Los Agustinos; el otro es
Pateje, un ojo de agua localizado próximo al pueblo de Puruagua.

La toponimia frente a la arqueología y a la historia

Confrontados con fuentes históricas y vestigios arqueológicos, los datos toponímicos permiten un
mejor conocimiento de las políticas de dominación de los tarascos en las regiones periféricas del
reino.
Dentro de los topónimos de asentamientos registrados durante el principio de la época
colonial, con certeza cinco corresponden a pueblos en los cuales se registró la presencia tarasca, o
mejor dicho, la presencia de poblaciones procedentes del corazón del reino. Tras sus conquistas,
los tarascos mandaban a sus emisarios en los centros mayores para sustituir a la élite local y
asegurar la dominación de las poblaciones 15 (Alcalá, 2008: 155). Así, la Relación Geográfica de

Acámbaro confirma que “desde [h]a ciertos a[ñ]os, [el cazonci] envió a este d[ic]ho pu[ebl]o

cuatro personas casadas, de su nación tarascos” (Acuña, 1987: 61). En la expresión “personas
casadas” hay que entender la presencia de verdaderos linajes tarascos en estos pueblos cabeceras, es
decir los emisarios, pero también su familia y su cuerpo auxiliar, lo que amplía el número de
“huéspedes permanentes” o “advenedizos”. Estos linajes son los que vinieron a gobernar y a
representar al cazonci en la región, por lo tanto, el uso de topónimos en idiomas purépechas para
los asentamientos de Acámbaro, Maravatío, Ucareo, Indaparapeo, Taimeo y Araró podría resultar
de la presencia de estos representantes, y por lo mismo, coincidir con la abundancia de cerámica
tarasca importada desde la zona núcleo.
Algo similar ocurrió en Zinapécuaro, que fue uno de los principales centros religiosos de la
región por acoger el templo de la diosa Cueráuaperi, madre de todos los dioses (Alcalá, 2008,

14
“a la halda de un cerrillo redondo que llaman en lengua otomite tocopani” (AGN, Mercedes, vol. 18, exp. 577, fs.
154v-155).
15
“Y no hacían asiento los pueblos, como no tenían regidores y cabezas, que se meneaban los pueblos y no estaban
fijos, y de contino estaban temiendo y alterados. Y entraron en su consejo Hiripan y Tagáxoan y Hiquíngaje y dijeron:
‘hagamos señores y caciques por los pueblos, que placerá a los dioses que sosiegue la gente’. Y fueron por todos los
pueblos y hicieron caciques, y los isleños tomaron una parte en la tierra caliente y los chichimecas otra parte a la
man[o] derecha, en Xénguaro, Cherani, Cumachen; y así sosegaron todos. Y se hizo un reino.”

221
Karine Lefebvre

capítulo XIX: 232-239). La importancia de este culto implicaba la presencia de sacerdotes


tarascos; sin embargo, el empleo de nombres de lugar en lengua purépecha se extiende más allá,
dado que concierne al conjunto de los topónimos indígenas vinculados con asentamientos.
En los pueblos menores, donde la presencia tarasca no es certera e incluso resulta poco
probable, parecen haber seguido un esquema similar. En particular es el caso del pueblo sujeto de
Piucheo, 16 cuyos vestigios arqueológicos atestiguan un asentamiento de muy pequeña dimensión,
en el cual no se encontró material importado, sólo imitaciones locales de los artefactos más
característicos de la cultura material tarasca: pipas con mango largo, olla con asa de estribo y
vertedera tubular, cuenco trípode con pie en forma de campana…, lo que demuestra una clara
influencia de la presencia tarasca a pesar de la ausencia de vínculos económicos fuertes y directos
entre este pequeño asentamiento y el corazón del reino. En este caso, la presencia de emisarios en
las cabeceras circunvecinas y de religiosos tarascos en el centro religioso de Zinapécuaro, muy
cercano, con certeza tuvo una repercusión en la cultura material local.
El uso del purépecha para denominar a los lugares también hace caso omiso del origen
étnico de las poblaciones establecidas en el sitio. Como lo explicamos previamente, a cada
asentamiento de la región le correspondía una población específica, no obstante, un documento
del ramo Congregaciones del AGN fechado el 30 de enero de 1604, indica que en los pueblos de
Pateo, Tupatero, Tungareo y Cengio vivían poblaciones otomíes 17 (AGN, Congregaciones, vol.
único, exp. 136, fs 77-77v). De esta manera, a pesar de que las poblaciones fueran distintas de la
tarasca, desde la invasión llevada a cabo por el triple reinado se impusieron los topónimos
purépecha, y estos mismos permanecieron y fueron registrados por la administración española en
la época colonial.
Por consiguiente, ni la posición en la jerarquía de los asentamientos, ni el origen étnico de
la población que en ellos reside, tienen una influencia en la formación lingüística del nombre del
pueblo tal como aparece en la documentación registrada por los españoles.

16
El pueblo prehispánico de Piucheo domina al asentamiento colonial de Santa Clara Piucheo. Se encuentra en la
cima de un cerrito ubicado al norte de la dicha aglomeración.
17
“los naturales de los pueblos de Pateo Tupatero Tungareo y Cengio de la doctrina de Marabatío en la provincia de
Michoacán me an hecho relación de que por ser de nación otomí distinta de la tarasca les fue concedido se
congregasen en un puesto y barrio distinto del pueblo de Maravatío en un sitio llamado Puquichamuco”.

222
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

El impacto tarasco en el patrón de asentamiento

El conjunto de los topónimos listados resulta expresado en el idioma de la etnia dominante en este
momento, es decir, de los tarascos. Este dato es tanto más importante ya que la hegemonía tarasca
fue breve en la región, unos 80 años. Los datos arqueológicos demuestran que la imposición
uacusecha sólo introdujó cambios menores en el patrón de asentamiento local ya que tomaron
posesión del territorio y se apoyaron en la estructura existente, conservando los pueblos cabecera,
la organización administrativa general y los vínculos de jerarquía establecidos (Lefebvre, 2012).
La Relación de Michoacán (Alcalá, 2008: 154, 156-157) subraya que las cabeceras Araró,

Maroatio [Maravatío], Hucario [Ucareo] y Acánbaro [Acámbaro] fueron conquistadas bajo el


triple reinado de Hiripan, Tangáxoan y Hiquíngaje, lo que les confiere una cierta antigüedad, o
por lo menos una ocupación anterior a la presencia tarasca. Desde el punto de vista arqueológico,
los sitios identificados como Maravatío 18 (Michoacán, Santa Rita), Acámbaro (Cerro El Toro) y
Araró (Estación Huingo) atestiguan fases de ocupación anterior que pueden remontarse al
periodo Chupícuaro, aunque sin excavaciones extensivas es imposible afirmar que hubo
continuidad de ocupación desde estas épocas antiguas. También presentan material Epiclásico en
gran cantidad, generalmente seguido de una interrupción temporal que corresponde al Posclásico
temprano, sin embargo, esta interrupción debe considerarse con precaución ya que el material
arqueológico de esta época es poco conocido en la región.
Esta persistencia del asentamiento en un mismo lugar también se observa en sitios
menores (pueblos sujetos). Paralelamente, unos cuantos sitios que no presentan vestigios
anteriores fueron creados fuera de toda ocupación previa. Se trata generalmente de sitios de
pequeña dimensión, con poco o nulo material importado, tal es el caso del sitio de Piucheo ya
mencionado.
Los sitios preexistentes a la ocupación tarasca tenían necesariamente nombres en un
idioma distinto del purépecha, propio de las poblaciones previamente establecidas, que fue

18
Existe en la región, varios lugares denominados Maravatío: Santiago Maravatío y Maravatío del Encinal, ambos
localizados cerca de Salvatierra, y Maravatío de Ocampo (Michoacán). A este último nos referimos ahora, sin embargo
cabe subrayar que pueblo sufrió varios desplazamientos desde la época prehispánica.

223
Karine Lefebvre

substituido por los nuevos dirigentes, quienes una vez en posesión del territorio los renombraron
todos, independientemente del grupo étnico presente y de su antigüedad.

¿Una documentación oficial, una verdad histórica?

Los actos administrativos del siglo XVI analizados para registrar los nombres de lugar,
proporcionan una toponimia que podemos considerar de “oficial”, es decir, la que los mismos
dirigentes de la zona transmitieron a los conquistadores europeos, la usada por su administración
o para narrar la historia de los tarascos, tal como la contaban una vez al año durante la fiesta de
Equata Consquaro, cuya tradición oral sirvió de base para la redacción de la Relación de Michoacán

(Alcalá, 2008). Paralelamente a esta documentación, que registró de manera exclusiva los
topónimos de asentamientos en idioma purépecha, algunas fuentes escritas parecen indicar que
podían existir varios topónimos referentes a un mismo lugar.
Un primer ejemplo procede de la transcripción del acto de fundación del pueblo de
Acámbaro, incluido en la obra del fray Pablo Beaumont (1932, T. II: 298-306), el cual indica que
“[el] pueblo de San Francisco de Acámbaro Nuevo Pueblo, le dicen en Otomi Maguadan, y en
lengua tarasca, Acámbaro”. Estos dos topónimos tienen un significado similar: “lugar de los
magueyes” en su idioma respectivo, sin embargo, este caso de doble denominación para un mismo
asentamiento debe ser considerado con precaución, ya que en la década de 1520, durante la
conquista de la zona por los españoles y su establecimiento en Acámbaro, éstos fueron
acompañados por aliados otomíes procedentes de la zona de Jilotepec, que les apoyaron durante
sus avances (Beaumont, 1932, T. II : 298-299), por lo tanto, es difícil asegurar que esta doble
denominación existía previamente a la conquista española, o si por el contrario, resultó del
establecimiento de esta población alóctona.
Otro documento, redactado por el fraile agustino Diego de Basalenque en 1640, recién
estudiado por Etna Pascacio Montijo y Carlos Paredes Martínez (2014), coincide con esta idea de
pluridenominación. Este manuscrito fue escrito en la población colonial de Charo (Michoacán),
asentamiento multiétnico ― principalmente matlatzinca― , ubicado al oriente de Michoacán,
región de múltiples migraciones de pueblos de la familia otopame en los siglos XIV y XV. El

224
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

religioso se retiró en este pueblo a partir de 1636 y aprendió los idiomas matlatzinca y tarasco,
para los cuales redactó un diccionario y una gramática. El manuscrito de 1540 proporciona una
lista de 91 topónimos en purépecha o en náhuatl, varios de los cuales tienen un equivalente en
matlatzinca. Dentro de este corpus documental, 12 asentamientos se encuentran en nuestra zona
de estudio: Acámbaro, Indaparapeo, Emenguaro, Huatzindeo, Huripitio (Uripitio), Mauatio
(Maravatío), Pío, Queréndaro, Ucareo, Bocaneo, Tzinapécuaro (Zinapécuaro), Tziritzicuaro
(Tabla 2). Todos, con excepción de Huatzindeo y Pío, presentan un equivalente en matlatzinca.
De acuerdo con Pascacio y Paredes (2014), en estos casos precisos existe una
correspondencia entre los significados como en el caso de Acámbaro presentado por Beaumont. El
conjunto de los topónimos indígenas registrados se forma de un locativo (el sufijo “-ro” en el caso
de los nombres tarascos, y el prefijo “py-” en el de los matlazinca) y un nombre relacionado con
una característica del lugar que sea orográfica, hidrológica o vinculada con la vegetación o la fauna.
En el caso de las parejas toponímicas listadas por Basalenque, se observan dos tipos de relaciones
(Pascacio Montijo y Paredes Martínez, 2014). En primer lugar, las traducciones literales, por
ejemplo, en purépecha Acámbaro: “acamba” (akamba) que significa maguey, y el locativo “-ro”; y
en matlatzinca Pyxumi: con el locativo “py-” y “xumi” (sumi), que también significa maguey. En
segundo lugar, las correspondencias de las ideas expresadas, que representan una porción más
importante. Un ejemplo es el caso de Huaniqueo, que en tarasco significa “donde tuestan el maíz”,
mientras que en matlatzinca es “py tuhumi” (“la troje de maíz”). Esta sociedad multiétnica es al
origen de una toponimia compleja en la cual los pares (o más 19) tienen un mismo sentido, o
parecido, en su idioma respectivo.
La distribución de los topónimos dentro de la pirámide administrativa es interesante:
cuatro de estos pares toponímicos se refieren a sitios cabeceras (ya desde la época prehispánica):
Acámbaro, Indaparapeo, Maravatío, y Ucareo; Zinapécuaro remite a uno de los principales
centros religiosos de la región; mientras que los siete últimos son asentamientos menores. Esta
“toponimia plural” concierne a las distintas clases de asentamientos, cualquiera que sea el origen
étnico de sus residentes, ya que en este caso se otorgan nombres matlatzinca incluso a las cabeceras

19
En el caso de Acámbaro, registramos hasta ahora tres variantes del nombre de un mismo lugar: en purépecha, otomí
y matlatzinca.

225
Karine Lefebvre

en las cuales vivía población purépecha. Lo mismo pasa en Tziritzicuaro (Ciricicuaro), igualmente
denominado Py Ntehegti en matlatzinca según el documento de Basalenque, mientras que su
población es otomí.
Es importante subrayar los límites de la explotación de este documento, y por lo tanto de
las hipótesis y planteamientos basados en la lista elaborada por Basalenque en 1640, más de un
siglo después de la Conquista española. En efecto, como lo menciona con toda razón C. Paredes
(comunicación personal, 2015), en otra documentación colonial difícilmente encontramos
topónimos matlatzincas que inicien con el locativo “py-”, por lo tanto, otra vez es difícil afirmar si
esta doble toponimia se remonta a la época prehispánica o si al contrario, es el resultado de una
traducción realizada por Basalenque que, cabe recordar, hablaba a la vez purépecha y matlatzinca.
La administración española sólo registró y conservó los nombres purépecha (a través de la
composición hagiotopónimo - topónimo indígena). Estos topónimos probablemente fueron
proporcionados por las autoridades que entonces estaban en el poder, es decir, por los tarascos,
pero si consideramos valida esta hipótesis de pluritoponimia, los otros grupos étnicos (otomís,
matlatzincas, “chichimecas”) tenían un equivalente en su propio idioma, no solamente para los
sitios en los cuales estaban establecidos, sino también para los otros pueblos ocupados por
poblaciones distintas. La lista de Basalenque sólo registra 13 asentamientos de los 42 identificados
en la región, proporcionando así una muestra muy débil; sin embargo, nos da a entender que este
fenómeno debía de ser generalizado a la casi totalidad, o incluso a la totalidad de los pueblos.
Por otro lado, la sustitución toponímica realizada por los tarascos al conquistar la región
no se concentra exclusivamente en los asentamientos, sino que se extiende al conjunto de los
elementos antrópicos y naturales, dado que también afecta a los relieves y a los parajes cuyos
topónimos son casi todos en purépecha. Los dos únicos topónimos registrados en otomí,
referentes a un cerro y a un ojo de agua, se encuentran en la orilla norte del rio Lerma, es decir, en
la zona de transición vacía de población durante el Posclásico tardío, mientras que todos los demás
se registran en purépecha. Estas dos excepciones podrían resultar de una evolución colonial, y
particularmente del desplazamiento de población otomí que ocurrió durante el siglo XVI. Los
españoles llevaron a cabo una importante redistribución de las poblaciones con vista a favorecer la
colonización y la explotación (ganadera y luego también agrícola) de este amplio territorio.

226
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

Tabla 2. Lista de topónimos de la lista de fray Diego de Basalenque ubicados en la zona de estudio
(extracto de Pascacio y Paredes, 2014)
Purépecha Matlatzinca
<Acambaro> <py xumí>
Acámbaro 'lugar de magueyes' 'en los magueyes'
<acamba> akamba 'maguey' <xumí> šumi 'maguey'
BS: 'el maguey, planta de la tierra
*<Andaparapeo> <py ntihitzoni>
Indaparapeo, Andaparapeo 'lugar de juego' <ntihi> (n)thihi 'juego'
<andaperaqua> andaperakua 'tipo de juego <tzoni> ?
<Emenguaro> <py xíthuhui>
'lugar donde se da pronto el maíz', 'Sementera de riego' 'en el maiz'
(D.G.) <xi> ši 'hierba'
<thuhui> thuwi 'maiz'
BS: in thuhuí 'mazorca de maíz seco'
<Huatzindeo>
<Huripitio> <py pathahui>
Podría relacionarse con <huritzeni> 'calentar al sol' 'en el agua caliente'
(Gilberti) <pa> pa 'caliente'
<thahui> (n)tawi 'agua'
BS: ni te panthahuí 'donde se calienta el agua'
<Maruatio> <py ntunibi>
Maróatio 'en la piedra preciosa'
maruuati 'cosa preciosa' <ntunibi> (n)tonibi 'piedra preciosa'
(n)to 'piedra'
nibi 'preciosa' ?
BS: ni thonibi 'piedra preciosa'
<Pío>
Piyo, 'nombre del acompañante del intérprete
<Querendaro> <py beyehui>
'Lugar de peñascos' 'en el lugar de la peña'
querenda 'peñasco' <be> be 'locativo'
<yehui> yewi 'peña'
<Uquareo> <y buhami> ?
'lugar de uquares'
uquar 'valeriana tolucana'
ro 'lugar de'
Puede también derivarse de <hucareni> 'fructificar los
árboles'
<Vocaneo> <py tabetzata>
<tabe> ?
<tzata> 'fiera, bestia'
BS: <in tzata> 'bestia trabadora'
<tzínapequaro> <py nuchobi> ?
'lugar de obsidiana' <nu> nu 'cabeza, punta'
tzinapu 'obsidiana' <chobi> čobi 'navaja, obsidiana' (?)
BS: <in chobí> 'la navaja'
<tzíritzequaro> <py ntehegti> ?

227
Karine Lefebvre

Una huella de la dominación tarasca

Estos registros dan a pensar en la manera en que los tarascos concebían y administraban sus
territorios. Los representantes tarascos mandados por el cazonci en las regiones conquistadas no
sólo sustituyeron a la élite local con su presencia “permanente”, también tuvieron una incidencia
en los topónimos; mientras que el patrón de asentamiento no resultó muy afectado por esta
dominación, los tarascos procedieron a una sustitución sistemática de los topónimos. Según los
ejemplos colectados, si consideramos válida la lista proporcionada por Basalenque, este cambio no
resultaba de una adaptación fonética o de un cambio total de sentido (como lo ocurrido tras la
conquista española con el caso del cerro Agustín), sino de una traducción de los nombres o de las
ideas cargadas por el topónimo; sin embargo, el nombre original no desaparece pero su uso se
vuelve más local, mientras que el topónimo oficial permanece en purépecha. Además, los distintos
movimientos de poblaciones que ocurrieron bajo la dominación tarasca siguieron acentuando esta
diversidad toponímica, proporcionando nombres en purépecha, otomí, matlatzinca,
prácticamente a todos o casi todos los pueblos.
Esta conversión de los nombres de lugar impuesta por los tarascos contribuyó a la política
de control y sujeción de la región conquistada y de sus habitantes, de la misma manera que la
sustitución de la elite local, la introducción de la cultura tarasca a través de la importación de
artefactos procedentes del corazón del reino a través del comercio, e incluso de su imitación local
para que llegaran hasta los asentamientos más pequeños y rurales. El hecho de que se trata de una
traducción de los nombres locales permite establecer paralelos con el manejo del patrón de
asentamiento, que se entiende como el dominio de las estructuras preexistentes.
Este fenómeno de transcripción toponímica concuerda con los datos proporcionados por
la Relación Geográfica de Acámbaro: “hablan [las] lengua[s] tarasca, otomí, chichimeca y mazahua.

La lengua tarasca es la general” (Acuña, 1987: 63). Así, distintos idiomas eran usados de maneras
simultáneas en esos territorios, pero el purépecha fue presentado como el “oficial” de la
administración, de la política y, de manera más general, del poder central. Lo anterior explica por
qué los españoles sólo registraron y conservaron “la voz tarasca”.

228
La toponimia frente a la Arqueología y la Historia

Conclusión

Las investigaciones enfocadas en los vestigios arqueológicos y en la documentación histórica


demuestran que, a pesar de la presencia de sus representantes en la región de Acámbaro, los
tarascos otorgaban a las poblaciones sometidas y recién incorporadas al reino una cierta
autonomía administrativa y de culto, en contraparte de su papel en la defensa del reino. En
cambio, la toponimia local demuestra una visión distinta, la de una influencia fuerte en el
territorio.
En lo que respecta al patrón de asentamiento, sólo sufrió la sustitución sistemática de los
nombres de lugares (asentamientos y elementos geográficos), por su equivalente purépecha, lo que
atestigua un verdadero control de este territorio por la elite. El hecho de que estos nombres
parecen haber tenido equivalente en idioma no purépecha, usados por las poblaciones locales y
quienes transmitieron su toponimia propia hasta la época colonial, igualmente deja pensar en una
libertad de acción de las poblaciones locales, pero la toponimia que se transmitió a la
administración colonial ―la oficial― fue la del poder central. De esta manera, aun siendo una
región periférica del reino, habitadas por poblaciones multilingües, la zona de Acámbaro era
claramente parte integrante del reino.
Desde el punto de vista metodológico, este estudio atestigua la importancia del análisis
toponímico como una herramienta más para entender la influencia de una población en un
territorio conquistado y sus poblaciones. Aunque no puede sustituirse a las fuentes arqueológicas e
históricas, la toponimia, muchas veces desatendida, permite completar el panorama general.

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229
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230
PROBLEMAS EN LA EVOLUCIÓN DE LOS TOPÓNIMOS DE LA ZONA ARQUEOLÓGICA
DE HUAPALCALCO, TULANCINGO HIDALGO Y SUS ALREDEDORES

Enriqueta M. Olguín *

Resumen

En la Arqueología es crucial el estudio de la topografía y la toponimia, primero, porque de esto


depende la localización de información histórica referente al lugar en que se inscriben los restos
arqueológicos; en segundo lugar, porque en México la toponimia suele sugerir la filiación
lingüística de algún pueblo en específico, así como las relaciones políticas, económicas, sociales y
culturales que imperaron en determinados momentos de su desarrollo; en tercer lugar, la
ignorancia sobre la evolución de la toponimia suele obstaculizar conclusiones a propósito de los
lugares que exploran los arqueólogos. Aquí las consideraciones principales que motivaron la
elaboración de este texto sobre la actual Zona Arqueológica de Huapalcalco.

Abstract

In terms of archeology to study topography and toponymy is crucial, first, because of this depends
the location of the place regarding the place in which the archaeological remains are inscribed
upon; secondly because in Mexico, the place names often suggest the linguistic affiliation of some
specific human village, as well as, political, economic, social and cultural relation that prevailed at
certain times of development; third, because ignorance on the evolution of place names often
hinder their conclusions about the places the archeologist explore. These are the main
considerations that led the development of this text on the current Huapalcalco Archeological
Zone.

*
Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, Instituto de Artes, kikiolguin@hotmail.com

231
Enriqueta M. Olguín

Introducción

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (2014), la Historiografía se define

como el estudio bibliográfico y crítico de los escritos sobre historia y sus fuentes, así como de los
autores que han tratado estas materias. Ahora bien, en tanto los arqueólogos hacemos estudios
bibliográficos y críticos sobre lo escrito en las fuentes históricas, en los informes arqueológicos
editados e inéditos y sobre las interpretaciones arqueológicas que integran los antecedentes de un
lugar arqueológico que se ha detectado, recorrido superficialmente o excavado, puede decirse que
los arqueólogos hacemos Arqueografía.
La Arqueografía de la Zona Arqueológica de Huapalcalco ha obligado a notar y a llamar la
atención sobre numerosos cambios y errores en su toponimia. Los nombres de la propia zona, de
los elementos topográficos que la integran y de aquellos que existen en sus alrededores se han
sustituido, sobrepuesto, confundido, cambiado o perdido al interior y al exterior de dicha zona y
en una buena parte de su paisaje. Las modificaciones de la toponimia, no siempre registradas en los
archivos municipales, históricos y arqueológicos, llegan a dificultar la administración oficial del
municipio de Tulancingo de Bravo, Hidalgo, —al que pertenece Huapalcalco—, y a confundir los
antecedentes históricos de ese lugar, de ahí la importancia de registrar dichos cambios.
Estas transformaciones también tienen implicaciones en lo que corresponde a las
interpretaciones arqueológicas sobre las relaciones que establecieron los habitantes de la época
prehispánica con el espacio que aprovecharon y con su paisaje. Con este trabajo se desea dejar por
sentado la existencia de los cambios de la toponimia en Huapalcalco aclarando en lo posible su
evolución y esperando motivar a otros especialistas para que abunden sobre la materia y sobre los
problemas derivados de la misma. De igual modo, se explicitan dos problemas centrales en torno al
topónimo de Huapalcalco. De ambas interrogantes derivan otras que sólo se mencionarán en el
presente en términos muy generales.

232
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

El topónimo “Huapalcalco”

El topónimo de Huapalcalco (el lugar de la casa de tablas) entraña ya de por sí confusiones en las

fuentes históricas y en los trabajos arqueológicos por varias razones. El primer problema consiste
en la confusión que surge al asumir que el topónimo de Huapalcalco tiene una identificación

directa con el de Tulancingo, debido a la interpretación de varios textos históricos; el segundo

problema surge de la ignorancia a propósito del topónimo, el cual compartieron varios lugares
durante diferentes tiempos y en distintos espacios.
Ha de observarse que el primer problema deriva de la información histórica sobre los
toltecas y Quetzalcoatl. Ixtlilxóchitl (1985, T. I: 268,) afirma que: “Cumplidos los veinte y seis
años [los toltecas] se volvieron a Tulantzinco, en donde hicieron una casa muy grandísima de
tablas en que cabía toda la gente y estuvieron aquí casi diez y seis años…”. Sobre esta cita hay que
decir que ni antes ni después de ella Ixtlilxóchitl habla de una estancia previa de los toltecas en
Tulancingo. El mismo autor tampoco dice hacia dónde se fueron y desde dónde regresaron esos
toltecas, como bien observó Wigberto Jiménez Moreno (1999a: 11), quien elaboró una solución
hipotética para subsanar esta falta de información.
Según la hipótesis de Jiménez Moreno, durante el Epiclásico y hacia el fin de Teotihuacán
III (750-800 d.C.), los olmecas históricos invadieron Cholula desplazando a los pipiles y a sus
sabios (tlamantinos), quienes se fueron hacia el sur de Veracruz, el Soconusco y finalmente a los

Altos y la costa de Guatemala, para luego regresar por la costa del Golfo de México, vía
Coatzacoalco, Tuxtepec, Zempoala, Huejutla, Ixtatexotla, Tulancingo y Tula. Esto coincide con
la época en la que cobró importancia Cacaxtla (650-800 d.C.), gracias a la llegada de gente de la
costa del Golfo (Piña Chan, 1998: 17, 25, 32). En ese lapso también cobraron relevancia
Xochicalco, El Tajín y Huapalcalco. De acuerdo con esta hipótesis, aquellos toltecas huyeron de
los olmecas históricos y luego regresaron pasando por Tulancingo.
En los Anales de Cuauhtitlán (1975: 8) se afirma que Quetzalcoatl llegó a Tollantzingo, y

que ahí permaneció cuatro años, viéndose obligado a construir su casa de ayunos, una edificación
de tablas verdes. En ninguna de las dos citas se especifica desde dónde llegó Quetzalcoatl a

233
Enriqueta M. Olguín

Tulancingo, pero es importante tener presente que aquella estructura arquitectónica se hizo de
tablas verdes, color que en la iconografía de Huapalcalco es especialmente importante. 1 En
adición, en la Historia Tolteca-Chichimeca se dice que los toltecas permanecieron en Tulancingo y

que ahí construyeron una “casa muy grandísima de tablas…” (Kirchhoff, et al. 1976: 144, 268).

Lo primero que destaca en las citas anteriores es la ausencia del topónimo Huapacalco, en

su lugar se hace referencia al de Tulancingo, sin embargo, resulta evidente que en esas fuentes se

describe una construcción arquitectónica que remite al significado etimológico del topónimo
Huapalcalco, derivado de Uapalcalli, que se compone de uapalli (madera, tablón, viga pequeña),

de calli (casa), y el locativo co (lugar de), por lo que Huapalcalco quiere decir tienda, pabellón o

casa de madera;

Figura 1. Glifo del topónimo Huapalcalco que figura en el Códice Mendocino (1925: f. 28)

Fuente: Dibujo de Enriqueta M. Olguín

Antonio Peñafiel (1885:115) tradujo el topónimo náhuatl como tienda o casa de tablas, así que el
nombre Huapalcalco puede traducirse como lugar de la casa de madera o lugar de la casa de tablas
(Figiura 1), lo que conduce a interpretar las citas anteriores como que cuando Quetzalcoatl llegó a

Tulancingo, se construyó Huapalcalco. Esto también explica cómo es que fray Bernardino de
Sahagún relacionó de manera directa a Huapalcalco con Tulancingo:

1
Los colores verde y azul, en diferentes tonos, que se han encontrado en distintas piezas arqueológicas procedentes de
Huapalcalco, se refieren a una iconografía en la que el ciclo del agua era muy importante (Olguín, 2014ª, 2014 b).

234
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

Primeramente los toltecas, que en romance se pueden llamar oficiales primos, según se dice, fueron
los primeros pobladores de esta tierra, y los primeros que vinieron a estas partes que llaman tierras
de México, o tierras de chichimecas; y vivieron primero, muchos años en el pueblo de
Tullantzinco, en testimonio de lo cual dejaron muchas antiguallas allí, y un cu que llamaban en
indio Uapalcalli el cual hasta ahora, y por su tejado de piedra y peña ha durado tanto tiempo.
(Sahagún, 1979: 613). 2

Queda claro entonces, que en las referencias hasta ahora citadas Tulancingo y Huapalcalco se
utilizan como sinónimos, y que ambos se relacionan con Quetzalcoatl, deidad presente en la mayor

parte del tiempo y de los espacios mesoamericanos, y que luego aparece como un personaje
referido en la segunda parte de la historia de los toltecas, como afirmó el maestro Wigberto
Jiménez Moreno (1999a: 9). El nexo entre Tulancingo, Huapalcalco y Quetzalcoatl de ningún

modo se contrapone a la interpretación geográfica e histórica de Jiménez Moreno sobre la


ubicación de Tula Xicocotitlán, donde residía el Quetzalcoatl histórico (1999a, 3-6). A tal

relación se debe el que Jiménez Moreno esperaba que los trabajos de Florencia Müller y César
Lizardi en Huapalcalco llenaran el hueco de información existente en las fuentes históricas sobre
la presencia de los toltecas en Tulancingo:

Generalmente casi todas las demás versiones de Ixtlilxochitl comienzan con la emigración [de los
toltecas] desde Huehuetlapallan, en la zona de Coatzacoalco y después la migración continúa hasta
ciertos lugares como Tuxtepec, Quiahuiztlan, ya muy cerca de Zempoala, y luego a Zacatlán en la
Sierra Norte de Puebla, etc., hasta ir a dar a Huejutla, Ixtatlexotla, de allí a Tulancingo y
finalmente a Tula. Es uno de los primeros problemas que se nos presentan porque no coincide con
los datos arqueológicos y los demás datos históricos esta versión de Ixtlilxóchitl.

Podría pensarse quizá que algunos de aquellos pipiles que emigraron hacia Chiapas y de ahí a
Guatemala, hubiesen regresado por esta vía desde la zona de Coatzacoalco para llegar a Tulancingo
y finalmente a Tula, es una posibilidad naturalmente, que podemos tomar en cuenta. Hay además
la circunstancia de que posiblemente cuando Ixtlilxóchitl nos habla de unos toltecas reinando ya
en Tula, quizá haya querido darnos más bien una pista de que se trata de los de Tulancingo. Los
jeroglíficos de los dos sitios son muy semejantes, tienen un elemento común y es una posibilidad
que no podemos completamente descartar, sin que yo quiera decir que ya está resuelto el problema
en esa forma. (Jiménez Moreno, 1999 a: 11).

2
Llama aquí la atención la contradicción que implica la etimología del topónimo con la clase de materiales que
describe el franciscano para el caso del “tejado” del “cu”, asunto que necesariamente ha de tratarse en otro lugar.

235
Enriqueta M. Olguín

[...] las fuentes insisten en que por algunos años antes de ir a Tula estuvieron los toltecas en
Tulancingo. Algunas fuentes dicen cuatro años de residencia en Tulancingo, otras dicen
cuatrocientos, que es una manera de decir innumerables. Como desgraciadamente hasta ahora
[1954-1955 ] empezaremos a saber algo de Tulancingo pues la señora Müller y el señor Lizardi
apenas nos van a dar a conocer los resultados de sus investigaciones en el lugar, no puedo anticipar
que se ha encontrado cerámica tolteca allí, que comprueba la presencia de los toltecas en ese sitio.
(Jiménez Moreno, 1999ª: 10).

En 1938, Wigberto Jiménez Moreno (Enciclopedia de México, 1978:862) 3 afirmó que en

Tollantzinco confluía gente de varias culturas, en especial de Michoacán y de El Tajín, debido a la

ubicación geográfica del actual valle hidalguense como paso natural de tránsito entre las costas y el
altiplano, conclusión a la que llegó considerando las exploraciones que realizaron Carlos Margáin,
César Lizardi Ramos y Florencia Müller. Aquí es necesario destacar que cada vez que el estudioso
se refiere al valle de Tulancingo en realidad alude a los trabajos de exploración arqueológica en el
sitio llamado Huapalcalco, pues ahí fue donde los demás investigadores citados trabajaron de
manera más intensa (Jiménez Moreno, 1999 b: 10), de manera que el ilustre maestro reforzó el
uso de ambos topónimos como sinónimos.
La hipótesis de Jiménez Moreno obliga a observar que según las citas históricas, es
indudable que existió una relación estrecha entre Huapalcalco y Tulancingo. Para entenderla es
necesario realizar un trabajo arqueológico muy intenso en ambos asentamientos, que hasta ahora
se evidencian como muy distintos arqueológicamente; sin embargo, antes de entrar en el ámbito
arqueológico deben abordarse los problemas que surgen a partir de las confusiones que se dan
entre ambos asentamientos porque ese es uno de los objetivos del presente.
En la actualidad se sabe muy poco sobre la arqueología de todo el valle de Tulancingo.
Florencia Müller (1956-1957: lám.1) dio cuenta de los sitios localizados en la parte norte del valle

3
En julio de 1938 la Sociedad Mexicana de Antropología (fundada en 1937), organizó una serie de conferencias, que
como la dictada en 1937, no revistió formalismo alguno. La serie de conferencias de 1938 se centró en el tema de
Tula. Durante su desarrollo, Enrique Meyer, Enrique Juan Palacios y Wigberto Jiménez Moreno sostuvieron tesis
diversas sobre cuál sería la verdadera ciudad de los toltecas (Bernal, 1962:12; Arrechavaleta, 1988: 124, 126). De ahí la
importancia de la cita de Wigberto Jiménez Moreno en la Enciclopedia de México.

236
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

de Tulancingo, a saber: El Pizarrín, trabajado por Luis Aveleyra, Robert Cobean y Margarita
Gaxiola (1979: 65); Zupitlán; Jaltepec y Huajomulco. A esta lista se sumaron el Rancho de
Tenango, Tepalcinco y El Encinal (Gaxiola, 1979); Cebolletas (F2 Loc. 7 ladera Norte del Cerro
de la Mesa, Postclásico, según Aguirre, 1976) y Teteles (Aguirre, 1976: ff. 1-2). En el extremo sur
del Valle de Tulancingo se detectaron Santiago Tulantepec (Müller, 1956-1957.), que Aguirre

(1976) llama concretamente Zazacuala y Hueyapan. Sobre Zazacuala, existe el reporte de Aguirre
(1976), el de Müller (1986), los trabajos de Alicia Islas López (2013) y César Vázquez (2015).
Al poniente del mismo valle, Oscar Aguirre (1976) identificó el sitio de Huajomulco
como F4 Loc. 8 y lo caracterizó por presentar escultura hecha en piedra redonda; luego, Carlos
Hernández Reyes (2014) describió algunas esculturas arqueológicas de ese sitio.
En la ciudad de Tulancingo, Oscar Aguirre (1976) registró el sitio que se encuentra atrás
de la capilla del Barrio de la Expiración, al sur de la ciudad de Tulancingo, junto al panteón, donde
pudo observar cerámica del clásico y del postclásico (cerámica mazapa). Ya Julio Ortega había
mencionado ese lugar (1970: 48).
Sobre la arqueología de la ciudad de Tulancingo, Carlos Hernández Reyes ha
proporcionado informes técnicos (Archivo Técnico del Centro Regional Hidalgo, 1993, 1995) y
brindó algunas otras informaciones en entrevistas periodísticas (Hernández en Peréa, 1993:
primera plana y p. 2, y en conferencias de divulgación). Las exploraciones, salvamentos y rescates
arqueológicos que practicó este arqueólogo se publicaron en un periódico y dan cuenta de
cerámica muy extraña y particular, Chupícuaro (Archivo Técnico del Centro Regional Hidalgo,
1995). Guadalupe Islas y Carmen Lorenzo (2011), han sacado a la luz cerámica olmeca, cerámica
azteca y cerámica virreinal del subsuelo de la Catedral de Tulancingo, materiales que apenas han
sido mencionados y estudiados.
A pesar de todos estos trabajos, la investigación arqueológica en el valle de Tulancingo es
insuficiente para comenzar a entender cómo se dio la presencia tolteca. La información recabada
hasta ahora impide saber quiénes se encontraban en el valle cuando los toltecas llegaron y cuáles
fueron las razones por las que finalmente decidieron abandonar las excelentes tierras de cultivo del
lugar, —junto con sus bosques, aguas, yacimientos de cal, obsidiana, basaltos y riolitas—, para
mudarse al terreno de clima árido y semiárido donde se ubicaría Tula. Este asunto cobra

237
Enriqueta M. Olguín

dimensiones especiales que aún en Tollan no se han podido comprender y que ha comenzado a

atender Xavier Noguéz (1995: 196).


Se espera averiguar quiénes permanecieron ocupando el valle de Tulancingo y los sitios
precisos donde esto ocurrió durante el desarrollo del Epiclásico y del Postclásico para, de esta
forma, entender la dinámica de las poblaciones que migraban, interactuaban y luchaban entre sí,
reacomodándose desde todos los puntos cardinales hacia la costa del Golfo de México, la Sierra
Madre Oriental, el Altiplano Central y viceversa, entre el 800 y 1292 d.C. (Jiménez Moreno,
1999a: 7-8; Lameiras, 1999: 45-46).
Por el momento, la arqueología de Huapalcalco avanza de manera lenta. Se sabe que el
sitio está fechado por radiocarbono entre el 650 y 900 d.C., con un traslape con la fase Metepec de
Teotihuacán (700-750 d.C.) (Gaxiola, 1999: 45-46). Entre 1983 y 1985 se hicieron hallazgos
arqueológicos cuya cronología corresponde hacia 780-990 d.C. (Ca 14) (Archivo Técnico de la
Coordinación de Arqueología del INAH, 2008: 71, 81), por lo que no cabe duda que
Huapalcalco data del Epiclásico.
Las evidencias arqueológicas en Tulancingo apuntan a una serie de ocupaciones
cronológicamente más variadas que van desde el Preclásico (con la presencia de Chupícuaro) hasta
el Postclásico con la abundancia de cerámica Azteca III.
Durante la primera década del siglo XVI Tulancingo seguía siendo muy importante en
materia de tributación, pues en la Matrícula de Tributos (f. 10; Sepúlveda, 1991:106; Castillo,

1991: 54) y en el Códice Mendocino (f.30; Sepúlveda, 1991; Castillo, 1991), Tulancingo formaba

parte del dominio tezcocano y estaba incluido en la provincia tributaria mexica de Atotonilco el
Grande (Barlow, 1990: t. 3, 140, 144-145, Mapa: “Las Provincias Septentrionales del Imperio de
los Mexicanos”; Carrasco, 1991: 180, 184-185, nota 36) (Figura 2).
Jiménez Moreno (Marquina, 1964: 146), encontró en el Archivo General de la Nación un
mapa que data del siglo XVIII en el que se ubica un asentamiento llamado Huapalcalco, cerca de
Tula. Es posible que éste sea el Huapalcalco en el que trabajó Jorge Acosta (1941: 245; 1987:43,
45, 53; Moedano, 1945-1946), y al que años después Eduardo Matos (1974: 61; 2001: 322) le
cambiara el nombre por el de “Tula Chico” (700-900 d.C.), debido al parecido del plano

238
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

arquitectónico y de la distribución de edificios que encontró en ese lugar, con los mismos planos
que observó en Tula. Es posible que este Huapalcalco sea el mismo que el que aparece como
tributario en el C. Mendocino (f. 28; Sepúlveda, 1991; Castillo, 1991).

Figura 2. Consignación de los tributos que Tulancingo entregaba en el siglo XVI.


El glifo de Tulancingo señalad con el círculo

Fuente: Página 30 del Códice Mendocino (tomado de Ross, 1978)

Atendiendo a la existencia de dos lugares denominados Huapalcalco ya referidos, se hace necesario


tener mucha cautela en el manejo de la información de las fuentes históricas, pues existe cuando
menos otro Huapalcalco más. Diego Muñoz Camargo (1979: 19-21) y fray Juan de Torquemada
(1975: 353-359, t. I), describen otro Huapalcalco que se localizaba en el territorio del actual
estado de Tlaxcala. El primer autor dice que ese Huapalcalco estaba cerca del poblado actual de
239
Enriqueta M. Olguín

Santa María Natividad; Torquemada dice que se encontraba junto a la ermita de la Santa Cruz “al

cual llaman los naturales Texoloc, Mizco y Xiloxuchitla, donde ahora es la ermita de San Vicente y
el cerro de Xochitecatl y Tenayacac, donde están otras dos ermitas, a poco trecho una de la otra,
que las llaman de San Miguel y de San Francisco”. Román Piña Chan (1998: 40) concluyó que la

descripción de Torquemada corresponde a Cacaxtla. 4


El Huapalcalco del Valle de Tulancingo fue reconocido oficialmente como zona
arqueológica en 1975 y comprende 39 hectáreas, según el Registro Público de Monumentos y
Zonas Arqueológicos del INAH (Cortés y Orta, 1975), pero las medidas que corresponden a los
predios de propiedad privada y ejidal5 — que se encuentran dentro de la zona arqueológica, según
las escrituras legales de las distintas propiedades— corresponde a una superficie de 42 hectáreas
(Figura 3). El 88.09% del sitio arqueológico, oficialmente reconocido, está comprendido entre la
falda occidental del Cerro de la Mesa, y el filo oriental de la carretera Tulancingo-Huapalcalco.
La entrada a la Zona Arqueológica de Huapalcalco está en el km 140 de la carretera
México-Tuxpan, 4 km al norte del centro de la ciudad de Tulancingo (Müller, 1960: 601), y más
específicamente, 4 km al norte del cruce de la avenida Juárez y de la calle Hidalgo de dicha ciudad.
Posiblemente ambas vías formaron parte de los ejes virreinales que regían la traza virreinal de la
ciudad de Tulancingo (Figura 4). Administrativamente, Huapalcalco forma parte del municipio
de Tulancingo de Bravo. 6

4
Margarita Gaxiola (comunicación personal, noviembre 23, 2004) suponía que existieron cuando menos otros dos
lugares ubicados en distintas geografías que recibieron el nombre de Huapalcalco, sin embargo se carece de un texto de
su autoría sobre este particular. Es posible que con la denominación del topónimo Huapalcalco se haga referencia a
distintos lugares, de manera similar a como sucedió con el vocablo Tollan, (Wigberto Jiménez Moreno, 1998: 14;
1999a: 3-4), idea que adoptó y resumió Román Piña Chan (1988: 66-68).
5
Es pertinente observar que en dos textos distintos (Núcleos Agrarios. Tabulados Básicos Ejidales por Municipio,
Hidalgo y Programa de Certificación de Derechos Ejidales, Titulación de Solares Urbanos, PROCEDE) que se
publicaron en 1992 (INEGI) y 1998 (Gobierno del Estado de Hidalgo, H. Ayuntamiento Constitucional de
Tulancingo e INEGI), no hay noticias sobre el Ejido de Huapalcalco. Sólo se menciona la existencia del Vivero de
Zototlán y los Ejidos de San Nicolás y de Cebolletas, lugares cercanos a Huapalcalco y a San José Caltengo.
6
La historia sobre la urbanización moderna de la actual zona arqueológica es complicada en tanto que la información
es de carácter oral y especulativo, más que documental. La primera noticia sobre la existencia de la zona arqueológica
de Huapalcalco data del día 8 de noviembre de 1933 y figura en un oficio que los representantes de la Cámara
Nacional de Comercio e Industria en Tulancingo, los señores Eutimio Arreola y Felipe Vargas (1933: f. 1), dirigieron
al arquitecto Ignacio Marquina, a la sazón encargado de estos asuntos. A raíz de esta noticia, la zona arqueológica
comenzó a recibir visitantes especializados, tales como los arqueólogos Carlos Margáin, Florencia J. Müller y César
Lizardi Ramos entre 1954 y 1958.

240
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

Figura 3. Plano de la zona arqueológica de Huapalcalco

Florencia Müller y César Lizardi registraron algunos datos sobre la historia oral de Huapalcalco y
averiguaron que el terreno, que luego fuera oficialmente registrado como zona arqueológica,
pertenecía al señor Carlos Maycotte, que en 1954 era vecino de la ciudad de Tulancingo. El
nombre con el que se conocía el terreno era “El Coyote” (Archivo Técnico de la Coordinación de
Arqueología del INAH, 1954: f. 2r.). Según la tradición oral de Huapalcalco, Carlos Maycotte
decidió vender porciones de su propiedad a un grupo de ejidatarios para que ahí se establecieran
dos colonias, la de Huapalcalco y la de Caltengo, pues en esos terrenos solían esconderse
malhechores que cometían asaltos y otros delitos (Archivo Técnico de la Coordinación de
Arqueología del INAH, 1954).
Así se formó la Colonia Huapalcalco, que adquirió ese nombre “acaso por la vecindad de
la casa que fue parte de la Hacienda Huapalcalco (propiedad de Ignacio del Villar), acaso porque

241
Enriqueta M. Olguín

[antes] sus terrenos hayan pertenecido a esa finca” (Archivo Técnico de la Coordinación de
Arqueología del INAH, 1954, ff. 1-2; 1955a: f. 2r; 1955b: ff. 1r-2 r; 1957: ff. 34r-41r). 7

Figura 4. Croquis de localización de la Zona Arqueológica Huapalcalco

El arqueólogo César Lizardi afirmó que la superficie total comprendida en los límites de la colonia
Caltengo se vendió en lotes de 250 m2 a personas que comenzaron a construir ahí sus casas
(Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 1968: ff. 10-11; 2000: 22).
Lizardi y Müller afirmaron que tanto el terreno de las colonias Huapalcalco y Caltengo (conocida
también como colonia San José Caltengo o colonia Cuauhtémoc) se estableció sobre lo que luego
fue oficialmente registrado como la Zona Arqueológica de Huapalcalco.

7
Esta cuestión está aún por dilucidar. El nombre de lo que ahora se llama “Rancho Huapalcalco” era, en 1800,
“Hacienda de Pura y Limpia Concepción, alias Huapalcalco…” y se trataba de una de las muchas haciendas que se
distribuían en todo el valle de Tulancingo (Felipe, 2014: 54).

242
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

La colonia Huapalcalco incluye parte de la colonia Caltengo, otro problema a esclarecer.


En 1954 César Lizardi (Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH: ff. 2-3)
excavó en la porción del asentamiento moderno de Huapalcalco, que recibe a veces el nombre de
colonia San José Caltengo, o lo que es lo mismo, colonia Cuauhtémoc (Archivo Técnico de la
Coordinación de Arqueología del INAH, 1957: f. 34). 8 Según el arqueólogo, esta colonia se
ubicaba, en 1957, en el área comprendida entre el límite occidental del camino real Huapalcalco-
Tulancingo, llamado por él “Camino Real de Zototlán” (hoy conocido como la “carretera vieja a

Santa Ana Hueytlalpan, a Cebolleta y a Zototlán”), 9 y la vía del tren. Sin embargo, los límites de la
colonia San José Caltengo han sido imprecisos. Desde el año 2002 era difícil definir sus límites,
pero es seguro que esta última colonia está incluida dentro de la otra, la colonia Huapalcalco, pues
el delegado municipal de Huapalcalco en el 2002, Porfirio Cárdenas Soto, 10 describió parte de los
límites de San José Caltengo, los cuales coinciden con los que mencionó Lizardi (1956-1957:113,
fotos 1-4; 1958: 111-113; 1968: f. 10). 11

8
El nombre de “colonia Cuauhtémoc” ya no se emplea en Huapalcalco. Algo similar ocurre con el apelativo de la
“colonia San José Caltengo”. De acuerdo con el Lic. José Santos Marroquín Morato (comunicación personal, 30 de
mayo del 2015), hay que distinguir entre lo que fue la hacienda de Caltengo y la colonia San José Caltengo. El casco
de la hacienda se encontraba muy cerca del crucero del camino de Zototlán y la actual carretera Tulancingo-Tuxpan
(no se trata del libramiento actual). Los terrenos de la hacienda incluían aquellos donde se asienta el fraccionamiento
La Morena, hacia el poniente del crucero, y el rancho Aldana, muy próximo a la Zona Arqueológica de Huapalcalco y
tal vez sobrepuesto en parte. Sobre los límites de la colonia San José Caltengo, sigue habiendo imprecisiones.
9
Los topónimos Supitlán y Sototlán se presentan escritos con ‘S’ en varios informes y publicaciones. Atendiendo a las
raíces, posiblemente nahuas de tales topónimos (tzopitl, zopilote, y tlalli, tierra), aquí se escriben como en la Carta
Topográfica Tulancingo (INEGI, 1994: F14D82T), con ‘Z’, como se refiere en un documento del año 1800, cuando
se habla de San Sebastián Zopitlán (Felipe, 2014: 54). Lo mismo sucede con el topónimo Sototlán.
10
Comunicación personal, 15 de agosto del 2002.
11
Caltengo comprendía el declive más postrero del Cerro de la Mesa, la ladera baja, que se suavizaba cuando llegaba a
la vía del tren Tulancingo-Honey, y que quedó fuera del área oficialmente reconocida como la Zona Arqueológica de
Huapalcalco (Figura 3). El mismo Lizardi afirmó, erróneamente, que sobre la ladera baja del Cerro de la Mesa se
encontraba la zona habitacional del Huapalcalco prehispánico. Esta aseveración contrasta con las descripciones de los
objetos arqueológicos que él mismo encontró en la que supuso zona habitacional, y con su observación en el sentido
de que los hallazgos arqueológicos del Grupo I de Huapalcalco fueron más importantes que los restos que se
encontraron en la Zona Arqueológica del Pedregal de Santiago. A la fecha, los vecinos aceptan que el límite oeste de la
Colonia San José Caltengo era la vía del tren, pero sus otras fronteras aún no son del todo reconocidas. Algunos
habitantes del lugar dicen que la colonia sólo consiste en el conjunto de casas y de comercios modernos que están
donde se encontraron los restos del Grupo I entre 1954 y 1985 (Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología
del INAH, 2008), y que Caltengo limita al oriente con el borde de la carretera Tulancingo-Huapalcalco; otros vecinos
afirman que la colonia comprende incluso terrenos que se encuentran ya dentro de la zona arqueológica y que su
extensión se inicia en el borde norte de la carretera México-Tuxpan, justo donde está su entronque con la vía que
comunica Huapalcalco con Tulancingo.

243
Enriqueta M. Olguín

En el extremo occidental del lugar, sobre una parte de la zona arqueológica, pasaba la vía
del ferrocarril Tulancingo-Honey (Figura 5), ya que en 1894 Ignacio del Villar vendió una franja
de terreno a la empresa Ferrocarril de Hidalgo (ARPPMT, 1893-1896: f. 15, t. IX). 12

Fifura 5. Croquis de los grupos arquitectónicos localizados por Florencia Müller en 1956

Fuente: Müller, 1960: 602.

12
Cortesía de la Lic. Gloria Valencia Vargas. En 2004 la vía del ferrocarril, según información local, se desmontó y su
lugar fue ocupado por la carretera Tulancingo-Acocul, que comunica a la ciudad de Tulancingo con la Universidad
Politécnica de Tulancingo, y hacia el libramiento a Tuxpan que se pavimentó durante el primer semestre del año
2009. Según los vecinos más ancianos, al oeste de la vía del tren estaban terrenos que desde la década de 1930 se
declararon pequeñas propiedades y que no pertenecían ni a la colonia Huapalcalco ni a la colonia Caltengo. La
ocupación moderna se ha extendido más al norte y noroeste de la Zona Arqueológica de Huapalcalco, sobre terrenos
adyacentes, para establecer colonias nuevas como la Napateco. El viejo camino real a Zototlán sigue comunicando a
Tulancingo con Huapalcalco y con Cebolletas, atraviesa el sitio arqueológico de sur a norte. Por ella circulan unidades
de transporte colectivo, autobuses y camionetas.

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Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

El Cerro de la Mesa

El Cerro de la Mesa separa la parte sur del Valle de Metepec del Valle de Tulancingo. Hacia el
norte de este cerro ambos valles se unen en un mismo plano (Archivo Técnico de la Coordinación
de Arqueología del INAH, 1969: 3). El límite oriental de la zona es el acantilado del Cerro de la
Mesa. 13 Los límites norte y sur de la zona arqueológica se marcaron con mojoneras, mientras que
el límite occidental es el filo oriental del viejo camino a Zototlán.
La arqueóloga Florencia Müller (1956-1957:129; 1960: fig. 1), observó que el Cerro de la
Mesa en realidad se compone de dos prominencias separadas por una cañada, por lo que utilizó el
apelativo de Cerro de la Mesa para la prominencia norte y Cerro del Huiztli para la prominencia
sur; 14 sin embargo, según la información oral, el topónimo Cerro del Huiztli se aplica a otra
formación topográfica distinta, se trata de aquella en la que ahora se ubica la colonia La Cañada, 15
de Tulancingo, que dista entre 2 y 3 km (en línea aérea) hacia el sureste del Cerro de la Mesa.
El Cerro de la Mesa recibe diferentes nombres. El arqueólogo César Lizardi lo llamó
indistintamente Cerro de la Mesa o Cerro del Huiztli (Archivo Técnico de la Coordinación de
Arqueología del INAH, 1968: ff. 11 r). 16 La arqueóloga Cinthya Irwin (1959-1960: 20; 1969: 20)
le llamó “Cerro Pelado”, y los arqueólogos Elizabeth y Michael Snow (Archivo Técnico de la

13
El Cerro de la Mesa es el límite topográfico oriental del centro cívico-ceremonial de Huapalcalco; la zona
arqueológica incluye tres hectáreas de la cumbre, casi plana, de ese cerro; en la superficie superior del cerro la zona está
delimitada por mojoneras, pues cerca del acantilado de la prominencia topográfica se encuentran dos conjuntos
arquitectónicos prehispánicos, el Grupo VII o la Iglesia Vieja y el Grupo VIII, según Müller y Lizardi (Archivo
Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 1955b: f.10; Müller, 1956-1957: 129; Lizardi, 1956-1957:
114-115; 1968: f.21 r; 2000: 28).
14
Sobre cada prominencia se encuentran los sendos conjuntos arqueológicos citados en la nota anterior.
15
A propósito de la colonia La Cañada, que nada tiene que ver con la cañada que forma parte de la zona arqueológica
de Huapalcalco, en 1994 se regularizaron los predios que ahí existían y que eran utilizados para la construcción de
casas. En 1984 y 1985 quien suscribe realizó un sondeo arqueológico en varios de esos predios y se encontró un poco
de material arqueológico de arrastre. Nunca se realizó proyecto alguno, ni excavaciones intensivas por parte del
INAH. Junto con los predios de La Cañada se legalizaron los de las colonias Las Arboledas, Lomas del Progreso y
otras que se ubican a espaldas de la Central Camionera de Tulancingo, cuyo frente da hacia la carretera vieja
Tulancingo-Tuxpan, que nada tiene que ver con el libramiento (Moreno, 1994: primera plana, esquina superior
derecha y pág. 4).
16
Fotocopia de este manuscrito citado se resguarda en la Biblioteca Peñafiel (Exconvento de San Francisco), Pachuca.
En la copia y en el documento de archivo hay correcciones hechas por el autor quien afirma que éste es un trabajo en
el que se amplía el texto que se publicó en 1958 (Lizardi, 1958). El autor entregó un original de ese texto para su
publicación a la Universidad Autónoma de Hidalgo en 1968, la que se realizó, con varios errores y de manera
incompleta en el año 2000 (Lizardi, 2000), pero ahí figuran las ilustraciones de las que carece el original.

245
Enriqueta M. Olguín

Coordinación de Arqueología del INAH, 1969: ff. 9r-10r) le denominaron “Cerro del Tecolote”.
Los lugareños y otros arqueólogos denominan a dicha formación con los nombres de Cerro de la
Mesa o Cerro del Tecolote, mientras que en la Carta Topográfica Tulancingo (INEGI, 1994: F14

D82T) se le llama “Cerro del Jagüey Chico” 17 y en la Carta Geológica Pachuca (SPP, 1983: F14-

11) “Cerro del Jagüey Grande”. Es posible que esta confusión se deba a que sobre la cumbre del
Cerro de la Mesa hay dos depresiones o jagüeyes donde se almacena agua. Hacia 1956 los
rancheros de San Alejo y de Santa Ana Hueytlalpan llamaban al Cerro de la Mesa Cerro del
Jagüey Grande. 18

La Cueva Quemada del Chivo, Cueva del Chivo o Cueva del Tecolote, y ¿La Rinconada del
Tecolote?

En el Cerro de la Mesa existen varias cuevas y abrigos rocosos que aún esperan figurar en el registro
de algún especialista. Una cueva en especial tiene importancia arqueológica pues su estratigrafía y
los hallazgos que se han hecho sugieren que es un lugar con una ocupación continua, tal vez desde
la prehistoria. Florencia Müller afirma que excavó en la Cueva Calcinada del Chivo, pero esta
formación geológica se conoce localmente como la Cueva Quemada del Chivo. No existe ningún
topónimo como el que usa la citada arqueóloga (Müller, 1956-1957: 129; 1961: 322; González
Rul y Colbs., 1988: 630). 19 César Lizardi acortó el nombre de la oquedad al afirmar que “La
verdadera Cueva del Chivo queda cerca de la cumbre del Cerro del Napateco, ubicado 5 km al
norte de la zona arqueológica de Huapalcalco...”, ahí se realizaban ceremonias “al diablo”, a decir
de algunos lugareños (Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 1955 a:1-
3; Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 1968:f. 29r; 2000: 31). 20

17
Lic. Gloria Valencia Vargas, (comunicación personal, 20 de enero del 2012).
18
Ibídem.
19
Florencia Müller y César Lizardi excavaron entre 1954 y 1958 (Lizardi, 1958: f. 13 r; 1968: f. 85 r; 2000: 59). La
arqueóloga hizo en 1954 un sondeo en la entrada de la Cueva Quemada del Chivo, que luego exploró Cinthya Irwin
(1959-1960; 1969).
20
Señor Primitivo Morgado, nativo de Huapalcalco, comunicación personal, septiembre 5 del 2002.

246
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

Considerando la distancia que media entre la Cueva del Chivo y la Cueva del Napateco,
según el cálculo que hizo Lizardi y los testimonios sobre la celebración de ceremonias dentro de la
oquedad, es necesario precisar que César Lizardi confundió ambas cavidades. 21
Los especialistas han llamado a la Cueva Quemada del Chivo simplemente Cueva del
Chivo. La arqueóloga Cynthia Irwin Williams (1969: 19-20), le llamó Cueva del Tecolote debido
a la gran cantidad de lechuzas que habitaban en los peñascos que rodean tal formación rocosa,
pero localmente la cueva no se conocía con ese nombre, hasta después de 1971, cuando los
arqueólogos Elizabeth y Michael Snow (Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del
INAH, 1969: 16; 1970; 1971) habilitaron el núcleo del centro cívico-ceremonial de Huapalcalco
para hacer posible que los turistas visitaran la zona. Antes de esa fecha, los lugareños utilizaron la
denominación de Rinconada del Tecolote a una curvatura del Cerro de la Mesa, que se encuentra
inmediatamente al noreste de la entrada de la cueva, en el exterior, donde los Snow encontraron lo
que dieron en llamar Montículo VIII, siguiendo el texto que Florencia Müller publicó en 1960.
Tanto Florencia Müller como César Lizardi hablan de otra oquedad, la Cueva del Coyote,
de existencia incierta (Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 1955a: 1-
3), pues la historia oral de la localidad nunca menciona un lugar llamado así, aunque da cuenta de
la existencia de La Coyotera, que se ubicó entre las faldas del Cerro de la Mesa y el poblado actual
de Santa Ana Hueytlalpan, tal vez en el puerto que hay entre dicho cerro y el Cerro del Napateco.
La historia oral refiere que en La Coyotera había una trampa para coyotes y consistía en una zanja
circular profunda que se hizo en el terreno, dejando un islote en el centro. La zanja se camuflaba
bien con ramas y tierra, en el islote se amarraba un borrego como cebo y cuando los coyotes se
presentaban para darle muerte al borrego, caían en la zanja, donde los campesinos podían darles
muerte. 22
La relación entre La Coyotera y el paraje llamado El Coyote, donde según el Sr. Carlos
Maycotte se resguardaban malandrines que perpetraban fechorías, es incierta hasta ahora. Podría

21
Es en la Cueva del Napateco donde, en efecto, los otomíes de Santa Ana Hueytlalpan llevan ofrendas al cerro,
pasando antes por la Peña Blanca (Galinier, 1990:560-569). Ahora, una parte del cerro es de propiedad privada y los
indígenas difícilmente pueden transitar por donde antes lo hacían.
22
Sr. Pedro Flores, oriundo de Huapalcalco, comunicación personal, 28 de julio de 1990; Sr. Primitivo Morgado,
comunicación personal, febrero 17 del 2004.

247
Enriqueta M. Olguín

ser que el nombre de El Coyote no sólo se aplicara al terreno donde está la Zona Arqueológica de
Huapalcalco, sino a una cueva de gran profundidad y amplia entrada que se encuentra en la
vertiente sureste del Cerro de la Mesa. Esa cueva, según la historia oral, albergaba a bandidos que
solían robar diligencias y habitar ahí; se dice que en tiempos revolucionarios la entrada de la cueva
fue guarnecida por una gran reja de madera, y que siempre había guardias custodiándola porque
ahí escondían armas. Ahora la cueva se utiliza para realizar ceremonias por parte de indígenas y
mestizos.

La Laguna de Huapalcalco

Según César Lizardi y Florencia Müller, en la época prehispánica Huapalcalco contaba


periódicamente con los recursos que ofrecía la laguna de Zupitlán (Müller, 1960: 601), con una
altura de entre los 1,000 y los 2,000 msnm, y de crecimiento intermitente, asunto ya tratado en
otro lugar (Olguín, 2015).

Conclusiones

La primera conclusión es que falta de conocimiento sobre el origen y la evolución de las


toponimias propias de la actual Zona Arqueológica de Huapalcalco y de sus alrededores, así como
la carencia de su registro, ha provocado el surgimiento de un problema en materia de Arqueología:
se han utilizado como sinónimos los nombres de Huapalcalco y de Tulancingo, cuando en
realidad se trata de asentamientos contiguos pero con diferentes cronologías. Para comenzar a
sistematizar un conocimiento cabal sobre las diferentes ocupaciones humanas y sus respectivas
cronologías en el valle de Tulancingo es necesario realizar exploraciones en los sitios hasta ahora
detectados.
La segunda conclusión es la identificación del problema que surge al reconocer, hasta
ahora, la existencia de tres sitios arqueológicos que comparten el topónimo Huapalcalco, dos de
ellos se localizan en diferentes regiones del actual estado de Hidalgo: uno en Tula (hoy
denominado Tula Chico) y otro en el valle de Tulancingo (Huapalcalco); y un sitio más se

248
Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

encuentra en el actual estado de Tlaxcala (Cacaxtla). En consecuencia, es necesario tener mucha


cautela en el manejo de la información de las fuentes históricas que proporcionen informaciones
sobre Huapalcalco.
La tercera conclusión es que, al investigar en las fuentes históricas, debe esperarse el
hallazgo de otros sitios denominados con el mismo topónimo de Huapalcalco para establecer el
significado preciso de ese término, relacionándolo con elementos topográficos y culturales
comunes en todos esos lugares. Sólo así podrán establecerse rasgos diagnósticos susceptibles de
rastrarse en el espacio y en el tiempo para comprender dos asuntos: si el uso común del topónimo
Huapalcalco tenía un significado pan-mesoamericano, como en el caso del topónimo Tollan; y si

dicho rastreo da cuenta de la evolución de los asentamientos que compartieron el topónimo, las
interrelaciones que mediaron entre ellos.
La cronológica entre Tula Chico y Huapalcalco coincide, es necesario comparar
detenidamente los materiales arqueológicos de uno y de otro lugar para definir sus relaciones y
poderlas establecer de modo certero. Hasta ahora, la relación cronológica entre Huapalcalco y
Cacaxtla fue directa, a juzgar por su cerámica (Gaxiola, 1999), su pintura mural y su escultura
(Archivo Técnico de la Coordinación de Arqueología del INAH, 2008). Conociendo estas
relaciones, se hace necesario plantear toda una serie de proyectos arqueológicos que permitan
obtener mayor información sobre tales nexos.
En cuarto lugar, se concluye que en términos particulares la investigación arqueológica en
el valle de Tulancingo apenas comienza a conocerse y se vislumbra su aspecto multicultural.
Mientras tanto, es difícil entender cómo se dio la presencia tolteca en el valle de Tulancingo; aún
se ignora quiénes se encontraban ahí antes de la llegada de los toltecas y cuáles fueron las razones
por las que los toltecas abandonaron las excelentes tierras de cultivo del buen valle para mudarse al
terreno de clima árido y semiárido donde se ubicaría Tula. Este asunto cobra dimensiones
especiales que todavía se ignoran y que ha comenzado a atender Xavier Noguéz (1995: 196).
Por otra parte, falta indagar qué grupo o grupos etno-lingüísticos permanecieron en el
valle de Tulancingo luego de la salida de los toltecas. Desde esta perspectiva, el conocimiento sobre
la evolución y registro de la toponimia del valle de Tulancingo constituye un apoyo relevante.

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Enriqueta M. Olguín

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Problemas en la evolución de los topónimos de la Zona Arqueológica de Huapalcalco

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255
IV

Toponimia e Historia a través de la iconografía y la


cartografía colonial
EL REPERTORIO HIDRÁULICO DEL CENTRO DE MÉXICO
A TRAVÉS DE LOS GLIFOS ACUÁTICOS COMO TOPÓNIMOS: LA PRESENCIA DEL AGUA

Elia Rocío Hernández Andón *

Resumen

En el estudio de los glifos del agua se han abarcado la cosmovisión y la utilización práctica del agua
que los pobladores mesoamericanos del centro de México conformaron en la contemplación y
definición del paisaje y el territorio. Son numerosos los topónimos en náhuatl que incluyen la
presencia del agua para manifestar variables importantes: ubicación, abundancia, escasez, calidad,
características físicas, formas de circulación, el ciclo hidrológico, la descripción del paisaje, las
formas de utilización por parte del hombre, la interrelación del agua con otros elementos naturales
y con el hombre. Se estudiaron algunos códices y mapas de tradición prehispánica y novohispana
para analizar los topónimos, que en este caso van de la mano con los glifos o dibujos.

Abstract

In the study of the aquatic glyphs it is considered the world view and the human utilization of
water performed by the ancient Middle American Indians, who developed these in the
observation and definition of landscapes and territory. Here we present the analysis of place
names related to glyphs or drawings. Place names in Nahuatl language are numerous and they
express the presence of water in relevant issues: localization, abundance, scarcity, quality, physical
characteristics, fluidity, hydrologic cycle, landscape descriptions, the human use, the interaction
between water and other natural resources and the man. The study includes glyphs and place
names from precolonial and colonial codex and maps.

*
Escuela Nacional de Antropología e Historia, thulip10@yahoo.com.mx

259
Elia Rocío Hernández Andón

Introducción

En la actualidad hay una gran preocupación acerca del uso y deterioro paulatino de los recursos
naturales en todo el mundo. El agua es uno de esos elementos y se están llevando a cabo una serie
de propuestas, proyectos y acciones encaminadas a su preservación y uso razonable. Dos de las
cuestiones que resaltan en el estudio del agua es la disponibilidad y la escasez, tanto por la
intervención de la mano del hombre como por el aparente desequilibrio ambiental, palpable en la
atemporalidad de las estaciones del año, en la frecuencia de las inundaciones en zonas rurales y
urbanas, o en la desecación de numerosos cuerpos de agua.
El análisis del uso del agua desde un enfoque histórico y cultural debiera tener gran
presencia en esta contemplación, ya que parte de la pérdida de los recursos naturales se debe al
desconocimiento de esta información, es decir, de la cultura ambiental que existió en tiempos
ancestrales, de cuyas prácticas algunas se preservan y otras no. En los nutridos estudios que se
realizan en diversos organismos, estos conocimientos podrían representar un respaldo en las
indagatorias y reflexiones que se lleven a cabo.
El territorio nacional de México contiene numerosos nombres de lugar que hacen
referencia a la presencia y la circulación, así como a la ausencia y escasez del agua, cuyas
características y modos de fluir están descritas en sus nombres mismos. Se ha dicho con cierta
frecuencia que las reservas de agua se están agotando paulatinamente y que llegará el día en que
será una de nuestras grandes preocupaciones. Esto es verdadero hasta cierto punto, ya que, de
acuerdo con algunas investigaciones de geofísica, mientras no se sepa la cantidad real de agua
subterránea que existe en nuestro país, no se podría afirmar con certeza que el líquido se esté
agotando.
Son numerosos los topónimos que incluyen su presencia para manifestar variables
importantes acerca de la ubicación de manantiales, disponibilidad del líquido, calidad del agua,
formas de circulación, tamaños y colores, cualidades físicas, interconexión de los cuerpos de agua,
caídas, filtraciones y otras características como el estudio del ciclo hidrológico, la descripción del
paisaje, las formas de utilización por parte del hombre y la interrelación del agua con otros
elementos naturales.

260
El repertorio hidráulico del centro de México

Presento información referente a los topónimos registrados en lengua náhuatl como parte
de un estudio más amplio (Hernández, 2009) que incluye los glifos acuáticos de tradición
prehispánica representados en códices y mapas en diversas tradiciones culturales de la zona central
de la antigua Mesoamérica, y su preservación, transformaciones y adaptaciones durante la época
colonial. Se abarcaron algunas cuestiones de la cosmovisión sobre el agua que los pobladores
mesoamericanos tuvieron y conformaron en la contemplación y definición del paisaje y el
territorio. Se ubicaron y describieron los elementos básicos que componen al glifo y sus
variaciones, así como el contexto histórico-social en que fue representado. A partir de ello, se logró
conocer los diversos cuerpos de agua en lo que se considera su estado natural, por lo que se
corrobora que todos los estados físicos se representaron, y también las formas de circulación de lo
que ahora conocemos como ciclo hidrológico.
De manera alterna, también se investigó la forma en que el agua fue utilizada en
numerosas obras hidráulicas tanto de la tradición prehispánica como de la colonial y su
combinación, así como el aprovechamiento en diversas unidades productivas.
El glifo del agua se compone de varios elementos: 1) un cuerpo central que puede ser
circular, alargado o en un contenedor en corte transversal; 2) su color básico es el azul turquesa y
cielo, con variaciones de otros colores; 3) puntas o extensiones hacia los lados; 4) caracoles,
conchas, círculos, chalchihuites y ojos en esos remates; 5) espuma; 6) trazos concéntricos en
espirales circulares y/o cuadradas; 7) líneas internas de diversos grosores; 8) un ombligo o centro
en algunos cuerpos circulares. Cada componente se halla presente o ausente según diversas
combinaciones y su simbolismo atiende a este hecho, representando tanto funciones rituales como
expresiones de la presencia o la ausencia del agua.
Cabe destacar que algunos de estos glifos y topónimos han perdurado en varias regiones, se
utilizan en diversos ámbitos de la vida moderna y también son registrados (como nombres) en los
mapas modernos, aunque es claro que con el tiempo tienden a perderse paulatinamente.

261
Elia Rocío Hernández Andón

La calidad del agua

Hay varios topónimos que evidencian la atención que se puso a la calidad del agua, que nos
expresan que se trata de aguas buenas, dulces o potables, amargas, delgadas, gruesas, saladas o de
varios colores. Ahuelican es un topónimo que se halla en varios territorios de Puebla y Morelos

expresando “el lugar del agua buena”, representadas en su calidad por el glifo de un rostro que la
saborea (Figura 1), y es tan estimada que se procuró su resguardo (Figura 2). Y si se trata de
calidades, en Atlihuayan (Morelos) debe haberse puesto énfasis en su bondad, por el acto de beber

(lugar donde se bebe agua, de atl: agua, i: beber, hua: marca de participio, yan: lugar donde se

realiza esa acción). 1

Figura 1. Atlhuelic, “Agua sabrosa” (atl: Figura 2. Manantial de Ahuelican que


agua, huelic: sabroso, bueno) nace entre árboles. Oaxtepec, Morelos

Matrícula de tributos, lám. 7 1795. AGN, núm. De catálogo: 1319

Un tlacuilo colonial representó al agua delgada o apitzactli como un cuerpo sencillo con

ondulaciones, y le imprime el significado de “delgadez” o “ligereza” del líquido al trazar un


recuadro estrecho que contiene la imagen (Figura 3). Aquí se conjugan los diseños europeos con
los indígenas. En topónimos como Apizaco se utilizaría una imagen como ésta. Una de las

representaciones del agua caliente se halla por medio de una olla de barro que contiene agua, ya
que se aprecian los brazos de la corriente saliendo por la parte superior, y para aludir a la
característica de lo caliente, se significó con la presencia de dos piedras que están remitiendo al

1
El desglose y análisis de los nombres en náhuatl es propio.

262
El repertorio hidráulico del centro de México

acto de prender fuego y que sirven para apoyar la olla. Está implícita la idea de calentar en el
topónimo de Atotonilco (Figura 4).

Figura 3. Apitzactli, “Agua delgada” (atl: agua, Figura 4. Atotonilco, “lugar de agua caliente”
pitzahuac: delgada, tli: sufijo de sustantivo) (atl: agua, totonqui: caliente, co: lugar)

Códice florentino, libro 11, Figura 840 Matrícula de tributos, lám. 10 (versión redibujada)

En cuanto a las aguas saladas, tenemos algunos ejemplos como Alpuyeca (“lugar de agua salada”,

atl: agua, puyetl: sal, can: sitio) o Iztapan (Figura 5, “en la sal”, iztatl: sal, pan: encima), que

constituyen territorios salinos, o los salitrosos como en Tequixquipan, Tequixquiac y

Tequixquinauac (Figuras 6 a 8), donde se aprecia la eflorescencia salina denominada tequixquitl.

En todos los casos la salinidad fue representada con puntos negros.

Figura 6. Figura 7. Figura 8.


Figura 5.
Tequixquipan. Tequixquiac, “en el agua Tequixquinauac, “lugar
Iztapan
Ciutlahuac, D.F. 1579. de tequixquitl” rodeado de tequesquite”

Matr. de tributos, lám. 18 AGN, no. de cat.:1596 Matr. de tributos, lám. 9 Códice Cozcatzin, lám. 9v,

263
Elia Rocío Hernández Andón

El color

En el sentido ambientalista el color alude a su tono clásico en azul cielo y turquesa como los más
comunes, y otras tonalidades que son significantes de las cualidades del tipo de suelo donde se
ubica el agua, de algunas propiedades minerales e incluso de la coloración que le imprime la
profundidad (como en el caso del azul oscuro). En su sentido simbólico, el azul turquesa (Figura
9) y cielo (Figura 10) expresan la estimación del agua, considerada un elemento precioso.
Con respecto a los colores y tonalidades del verde (Figura 11), amarillo, café y gris, se
relacionan con características naturales del suelo que puede mostrar un aspecto amarillento y seco,
ser azufroso, sulfuroso o arenoso. El amarillo, en topónimos como Acoxpan, Alcozauhcan (Figuras

12 y 13) denota el color como tal (en el agua amarilla, amarillenta), y también es alusivo a la
temperatura caliente del agua en algunas regiones, por ser un color que se halla en documentos
pictográficos en cuestiones que tienen que ver con el sol y la idea de lo caliente, y también en la
noción de sequedad. El color café se apreciará en algunas barrancas así como en el contexto de las
gotas de agua expresadas en su calidad de dureza al referirse al granizo (teciuitl, Figura 49), en

donde la gota se halla atravesada por bandas café con amarillo, rememorando la representación de
las piedras (tetl).

El color blanco se presenta en sitios salinos como el ya comentado topónimo de Istapan o

en Iztacalco (“en las casas de la sal”, de iztac: blanco, iztatl: sal, calli: casa, co: lugar, y rememoran a

los molinos de sal), así como en territorios donde la tierra y el agua se ven blancos como en
Atliztac (“en el agua blanca”, atl: agua, iztac: blanco), Tlalistacapan (Figura 14, “sobre el agua de la

tierra blanca”, tlalli: tierra, istac: blanco, atl: agua, pan: en, sobre). Un tercer significado del color

blanco es como alusión a la ausencia del agua o a su presencia temporal, que se comenta
brevemente un poco más adelante.
El color negro tiene un simbolismo ritual por su relación con Tezcatlipoca, y es un

referente ambientalista cuando la calidad y color del suelo hacen que el agua parezca oscura, o
cuando son aguas muy profundas. En el glifo de Tlilhuacan (Figura 16), la idea de negrura se

representó agregando un círculo de tinta negra al manantial azul por medio de una línea (tliltic:

264
El repertorio hidráulico del centro de México

negro, tlilli: tinta, hua: participio, can: lugar, “en la negrura”); en tanto, en el glifo de Tlilapan

(Figura 17) el cuerpo de agua está elaborado en esa tonalidad (“en el agua negra”, tliltic: negro, atl:

agua, pan: en, sobre).

Tabla 1. Los colores del agua

Figura 9 Azul turquesa y Figura 10 Azul cielo

Historia Tolteca Chihimeca, ms. 46-50, f. 29v Tepexi, Hidalgo, 1601.


AGN, núm. de catálogo: 2016
Figura 11. Verde Figuras 12 y 13. Amarillo

Acoxpan, Veracruz. Alcozauhcan, Guerrero.


Tezontepec, Hidalgo, 1571. Matrícula de Matrícula de Tributos,
AGN, núm. de catálogo: 1240 Tributos, lám. 27 lám. 19

Figura 14. Blanco o ausencia de color


Figura 15. Rojo

Atlatlauhcan, Morelos.
Tlaliztacapan, Hidalgo, 1579. Matrícula de Tributos, lám. 7
AGN, núm. de catálogo: 1279
Figura 16 y 17. Negro

Tlilhuacan, Xocotitlan, Ixtlahuaca, Estado de Tlilapan, Oaxaca. Rel. geográfica de Amoltepec


México, 1597. AGN, núm. de catálogo: 2081 (1580), Acuña (1984)

265
Elia Rocío Hernández Andón

El rojo de las corrientes en imágenes rituales remite a la sangre como un fluido, y en términos
ambientalistas se encuentra en sitios donde los suelos rojizos otorgan esa tonalidad al líquido,
como sucede en Achichilco (Tlalancalco, Puebla) ante la presencia de los suelos de almagre u óxido

de hierro (Hernández y Carro, 2009: f. 85; Hernández, 2011: 6), con las raíces de atl: agua,

chichiltic: colorado, rojo co: lugar. Circunstancia semejante en el glifo de Atlatlauhcan (Figura 15,

atl: agua, tlatlauhqui: enrojecido, rojo), del cual comentó Robelo (1900: 52): “Las tierras de color

rojo que circundan el pueblo de Atlatlauhcan (lo que se puede observar por los viajeros del
ferrocarril de Morelos, desde el pueblo de Nepantla), deben enrojecer las aguas de aquellas
barrancas”. Cabe recordar además, que en el mundo prehispánico el rojo en composición con el
color azul simboliza la idea de fertilidad.
El volumen está representado, según mi consideración, por medio de líneas de distintos
grosores y tintas remarcadas que contrastan con el fondo, y se complementan con los elementos
gráficos que las acompañan; el hecho de que se haya enfatizado un mayor tamaño de un
manantial, río u otro caudal, es indicativo del volumen e importancia en el entorno.

El movimiento

Para detallar las expresiones de circulación del agua cabe decir que hay varios significantes para
representar el movimiento; los trazos básicos están presentes en el glifo del agua (puntas o
extensiones a orillas del cuerpo central, las espirales o remolinos, las líneas onduladas, las
torceduras, las olas, la espuma ocasionada por la fluidez). Por el significado de la composición de
los glifos y sus nombres sabemos que hay algunos matices en la idea de circulación, a continuación
algunos ejemplos.
El topónimo de Olac (Figura 18) rememora la idea básica de la circulación: “lugar donde el

agua se mueve” (oloa: moverse, atl: agua, c: en), y el movimiento está enfatizado por un círculo

oscuro en medio del agua a la manera en que se presenta en algunos remolinos. Atlicholloayan

(Figura 19) “donde el agua corre o salta” (atl: agua, i: acción de beber, choloa: huir, correr, saltar,

yan: sufijo que indica lugar donde se realiza una acción), en el que la idea de correr o saltar se

266
El repertorio hidráulico del centro de México

representó además con la pata de un animal, al parecer de un venado, junto al glifo acuático.
Robelo (1900: 49) situó etnográficamente este topónimo en el contexto del agua que corre a
chorros, por ejemplo en las sementeras, pero no como una caída natural de agua: “En las haciendas
del Estado de Morelos se llaman achololes (atlichololiz, chorro del agua) a los residuos del agua que

corre[n] por los surcos de las sementeras de riego”. Por su parte, Siméon (1984) registró el
término chololiztli como “huida, salto, caída, corriente”, y en Molina (2001) se agrega para choloa:

“saltar o chorrear el agua”.

Figura 18. Olac, D.F. Figura 19. Atlicholloayan, Morelos

Matrícula de tributos, lám. 4 (versión redibujada) Matrícula de tributos, lám. 6

Los lugares con caídas o cascadas se representaron de varias maneras, una de ellas es con la
denominación en náhuatl como Atlihuetzian (Figura 20) “donde el agua cae” (atl: agua, huetzi:

caer, yan: lugar donde se realiza una acción), y vemos al glifo constituido por el líquido que se

desliza sobre las rocas, al igual que en el glifo de la Figura 21 en cuyo cerro con textura dura se
derrama, ya que es impermeable y no la filtra. 2 Otra forma de denominar a las cascadas la vemos en
el topónimo de Atzompa (Figura 22) “en el cabello del agua” (atl: agua, tzontli: cabello, lo

numeroso, lo incontable, pan: en, sobre), del cual vemos la comparación entre el glifo toponímico

tal cual en la Matrícula de Huexotzinco y una composición semejante en un personaje del Códice

Selden (de la región mixteca, Figura 23).

2
Orozco y Berra (1871: 4) clasificó a las superficies que tienen este diseño de líneas que se cruzan diagonalmente y
forman cuadros en la superficie del cerro, como tepetatosas, lo cual es muy probable, ya que corresponde al diseño de
la piel del cipactli o monstruo de la tierra, cuya naturaleza es dura.

267
Elia Rocío Hernández Andón

Figura 20. Atlihuetzia,


Figura 21. Cascada
Tlaxcala
Rel. Geográfica de Atengo y
Reyes, 1993 fig.
Mizquiahuala, Acuña
XXXVIII, Lienzo de
(1985)
Tlaxcala

Figura 22. Atzompan u Figura 23. Personaje con


Ozumba cabello de agua

Matrícula de Códice Selden, lám. 2


Huexotzinco, retomado
de Tomás Jalpa (2012)

El ciclo hidrológico

Me he basado en el esquema del ciclo hidrológico para acercarme al conocimiento y análisis de los
glifos y topónimos acuáticos, pues los diferentes estados del agua y formas de circulación facilitan
su entendimiento y nos permiten además, apreciar la cosmovisión que acerca de ello tenían los
indígenas mesoamericanos. A continuación puntualizo las formas en que encontramos el agua en
la naturaleza y su ciclo natural, recordando que una de las definiciones del ciclo hidrológico alude
a la distribución y movimiento continuo del agua entre la tierra y la atmósfera, y es lo que da pie a
que la hallemos en sus diferentes formas. Es importante detallarlas porque de esa manera se hace
más evidente su relación con los elementos naturales básicos como el aire, la tierra y el sol.

El brote

En la tipología de cuerpos de agua el nacimiento ha sido siempre un aspecto muy importante para
los seres humanos de todo el mundo. En Mesoamérica se produjeron infinidad de
representaciones de los manantiales u ojos de agua. Nombres como Ameyalco, Amalacatzinco,

268
El repertorio hidráulico del centro de México

Axictla, Axochco, Axuchitlan, Atlixco, Almolonca, Almoloya, Amomolulco nos refieren a esto

mismo: lugar donde el líquido brota, donde se mueve en forma rotatoria, es un ombligo de agua, la
flor del agua, en el ojo de agua, donde mana, donde hierve a borbotones. Y en la forma de
representar esto se puso particular énfasis en las formas envolventes, trazos circulares, con
espirales, donde el glifo muestra el impulso del brote a través de los brazos que sobresalen de la
corriente (Figuras 24 a 27). A partir de ahí fluye hacia otros lados y se conecta con otros caudales.

Figura 24. Ameyalco,


Estado de México Figura 25. Manantial que
(“lugar donde brota el emerge de las fauces de
agua”, atl: agua, meya: una cueva
brotar, co: lugar)
Códice Vindobonensis, lám.
Matrícula de tributos, lám. 39
12
Figura 26. Manantial en Figura 27. Manantial
Temazcaltepec y Tecocoxpa (“en las piedras
Xilotepec amarillas”, tetl: piedra,
coztic: amarillo, pa: en)
AGN, no. de catálogo
1868 Atlaltaucan, Tlayacapan,
Morelos, 1539. AGN, no. de
catálogo 546

Sumideros

El agua no sólo emerge de la tierra, también se regresa, usualmente en forma de remolino pero con
sus brazos orientados hacia el lado opuesto de como se aprecia en la mayoría de los manantiales.
Nos referimos a los sumideros (Figuras 28 a 31), en los que la presión de la superficie llega a ser
mayor que la subterránea, por lo que con movimiento rotatorio desciende hacia el interior de la
tierra en donde pasan a formar parte de los caudales subterráneos y constituyen un punto de
partida de las reservas no visibles del agua (además de la existencia de las aguas filtradas). Así,
tenemos topónimos como Chicoloapan, Atitalaquia, Atlitlalacyan y Pinaguac, que denotan el

retorno del agua, que se regresa, que se torna atrás, que entra a la tierra.

269
Elia Rocío Hernández Andón

Chicoloapan (Figura 29) es el “agua que se torna al revés” y descompone sus raíces en chico:

ir hacia atrás, lo: marca de participio, atl: agua, pan: en, sobre; cuyo glifo se enfatiza fonéticamente

por la presencia del pájaro chicoalotl. Atitalaquia y Atlitlalacyan significan “en donde entra el

agua” (Figura 30), formándose de atl: agua, tlalli: tierra, aqui: entrar, yan: donde se realiza una

acción. El topónimo de Pinaguac está relacionado con el nombre que recibían los caudales

Apinauiztli y Pinauizaatl (Figura 31) que significan “el agua que siente vergüenza” al salir y por

ende se regresa, y es un indicativo de la calidad anímica del agua en el pensamiento indígena.


Pinauatl es descrita por Sahagún (1979 y 1982) como la “fuente intermitente”, y pinauizatl, de

acuerdo con fray Agustín de Betancourt 3, era una corriente que salía del monte Nappatecutli. 4

Figura 28. Figura 29. Manantial y


Sumidero sumidero en Chicoloapan

Historia tolteca- Relación geográfica de


chichimeca, ms. 46- Chicoloapan (1579-1582),
50, f. 31r. Acuña (1985)

Figura 30. Atlitlalacyan Figura 31. Pinauizatl,


“agua vergonzosa” que “deja de correr o se seca”

Biblioteca Nal. de Francia, documento no. 035-036, f. 9v. Códice florentino e Historia general, libro XI, cap. 12

Este hecho hace que las corrientes de agua puedan estar así presentes o ausentes tanto en forma de
manantiales como de ríos, correspondiendo a su fluidez como caudales intermitentes o bien como
perennes. Los mesoamericanos plasmaron este acto dinámico del agua registrando y

3
Betancourt, Arte de lengua mexicana (1673) apud Rémi Siméon, 1984.
4
Nappatecutli era “el señor de los cuatro lados” y así se les llamaba a varios cerros en Mesoamérica, como
personificación del dios Tlaloc. Como ejemplo hay algunos glifos del monte conformado por algunas escalinatas
cuadradas en la Historia Tolteca Chichimeca (1976). En la descripción de Betancourt pudiera referirse al pico de
Orizaba en Veracruz, pero también quedaría para la región de Texcoco, ya que en un mapa del siglo XVIII se puede
localizar al cerro Tláloc muy cerca de una cañada llamada Pinaguac (AGN, mapa núm. 2526).

270
El repertorio hidráulico del centro de México

desapareciendo alternadamente los componentes básicos del agua: forma, color, líneas internas,
remolinos, puntas a los lados y remates de caracoles y conchas (Hernández, 2007: 10-12).

Escurrimiento

Fluidez y acumulación

Las formas en que el agua se acumula se manifiestan en muy diversos cuerpos que si bien fluyen, se
caracterizan por la cantidad de líquido reunido: lagunas, ciénegas, mares, salinas, pozos. Las
lagunas (Figuras 32 a 35) se ilustraron profusamente ocupando mucho del espacio representado y
se observan en topónimos como Atezcahuacan, Atezcapan, Hueyapan.

Figura 32. Atezcahuacan,


Puebla (“lugar de los espejos Figura 33. Hueyapan,
de agua”, atl: agua, tezcatl: Hidalgo (“en la laguna”,
espejo, hua: marca de huey: grande, atl: agua,
pertenencia, can: lugar) pan: en)

Matrícula de tributos, lám. 22 Matrícula de tributos, lám. 10

Figura 34. Laguna de Figura 35. “Alaguna”


México Atlatlaucan, Tlayacapan,
Morelos, 1539.
Relación geográfica de
Iztapalapa, Acuña (1985) AGN, no. de catálogo 546

La intermitencia de sus crecidas y disminuciones da paso a las ciénegas, pantanos o lodazales


figurados en topónimos como Zoquitzinco, Zoquiac, Zoquiapan, Zoquipan (Figuras 36 y 37). El

mar también fue representado y puede abarcar una gran área en algunos mapas.

271
Elia Rocío Hernández Andón

Figura 36. Zoquitzinco, Estado de México (“lugar del Figura 37. Zoquitl (lodo)
lodazal”, zoquitl: lodo, Tzinco: en la base)

Matrícula de tributos, lám. 13 Códice florentino, libro 11, fig. 873.

Fluidez y derivación

La fluidez está presente en todos los cuerpos pero se maneja aquí en el sentido de ser corrientes
que van de un lado a otro. Con frecuencia en los mapas se observan grandes ríos que se diferencian
de los arroyos por la anchura, en tanto algunos ríos superficiales se contrastaron respecto a los
ubicados en el subsuelo, y los permanentes se distinguieron de aquellos que sólo fluyen por
temporadas. En algunas crecidas de los ríos hay arrastre de partículas que se concentran en
bancales de arena, por lo que los lechos pueden cambiar su curso para fluir por superficies que
quedaron más profundas.
La Tabla 2 se presentan algunos glifos toponímicos relacionados con los cursos de agua y
sus ramificaciones, que fungieron en algún momento como denominadores de esos territorios
(Figuras 38-45).

272
El repertorio hidráulico del centro de México

Tabla 2. Topónimos relacionados con ríos y sus derivaciones

Figura 38. Xalapan, Figura 39. Aculco, D.F. (“en


Veracruz (“río arenoso”, donde se tuerce el agua”, atl:
xalli: arena, atl: agua, pan: agua, coloa: torcerse, dar vuelta,
en) co: lugar)

Matrícula de tributos, lám. 8 Tira de la peregrinación, lám. 4

Figura 40. Anenecuilco, Figura 41. Cuiluco, Puebla,


Morelos (“donde el agua se 1579 (“donde se tuerce [el
tuerce”, atl: agua, necuiloa: se río]”, cuiloa, se da vuelta, es
tuerce, co: lugar) torcido, co: lugar)

Matrícula de tributos, lám. 7 AGN, núm. de catálogo 2109

Figura 42. Amaxac (“en Figura 43.


donde el agua se Atlamaxac, Hidalgo,
bifurca”, maxaliui: 1580.
dividirse el camino,
ramificación; maxactli:
muslo, pierna, Relación Geográfica de
entroncamiento” Cempoala, Acuña
(1985)
Matrícula de Tributos, lám. 19

Figura 44. Atlzayanca


(“en el agua desgarrada, Figura 45.
partida”, atl: agua, Atzayancan, 5Tlaxcala.
tzayana: rasgarse,
desgajarse, can: lugar). Reyes García, 1993. Mapa
XXXII, p. 270
Historia Tolteca Chichimeca, ms. 46-50, f. 35v

5
La palabra Atzayancan llamó mi atención porque tzayana se utiliza para definir algo que se rasga como las telas, o se
divide desgajándose como las ramas de los árboles. Podría haber algún paralelismo entre la textura de las telas y “el
manto” de agua, ya que otra palabra como Apapatztla (traducida por Molina, 2001 y Siméon, 1984, como
“manantiales de agua”), parece tener relación con la idea de exprimir algo (patzca: exprimir el jugo, apretar, torcer la
ropa mojada, patzaua: apretar estrujar, comprimir, exprimir el jugo).

273
Elia Rocío Hernández Andón

Precipitación

Esta fase del ciclo hidrológico tiene tres manifestaciones: en forma líquida como gotas de lluvia,
sólida con la formación de hielo, granizo y nieve (estado de congelación del agua), y por
condensación: rocío (característica de humedad). Las gotas se representaron como círculos y
chalchihuites en color blanco, unidos a una pequeña porción del agua que es una franja de color

azul (Figura 46). Los colores y texturas de las gotas varían dependiendo de la característica del
agua: si expresa granizo, su textura será alusiva a las piedras, por lo que se incluye ese glifo, mientras
que si son blancas o azules manifiestan la presencia clásica de la lluvia. Presento algunos ejemplos
de glifos y su inclusión en topónimos (Figuras 47 y 48):

Figura 46. Glifo de una Figura 47. Quiyauhteopan (“en el Figura 48. Tlachquiauhco
gota de agua templo de la lluvia”, quiahuitl, (año 11 caña o 1503)
quiyahuitl: lluvia, teopan: templo)

Códice Telleriano Remensis, Matrícula de Tributos, lám. 20 Códice Telleriano Remensis,


lám. 41r lám. 41r

Congelación

El estado sólido del agua se manifiesta en forma de nieve, hielo y granizo. Los tres cuerpos se hallan
representados como pequeñas rocas y bolas de color blanco como elementos individuales, y en
forma acumulada con diminutos puntos agrupados. Algunos territorios gélidos reciben nombres
como Cepayautla, “lugar donde hay nieve” (cepayauitl: nieve, tla: lugar, abundancia de), o

Teciuhtlan (Figura 49), “entre el granizo” (teciuitl: granizo, piedra fría, tlan: entre), cuyo glifo se

274
El repertorio hidráulico del centro de México

configura como el de las gotas, con caída sin color y el círculo de agua que debía estar en su remate
la constituye una piedra, como alusión a la dureza del granizo.

Figura 49. Teciuhtlan, Figura 50. Xochiauachtli Figura 51. Tlacuechahuayan,


Puebla Oaxaca

Matrícula de Tributos, lám. 29 Aubin (2000), signo núm. XVIII, p. 54 Matrícula de tributos, lám. 24

Condensación

Como resultado de la acción de los vientos y la variación de la temperatura, el agua presente en el


aire se condensa y se precipita, manifestando lo que conocemos como una forma de humedad que
es el rocío. Ambas ideas fueron ilustradas como gotas con sus correspondientes variaciones en
topónimos como Xochiauachtla, a partir del glifo del xochiauachtli (Figura 50), “el rocío de las

flores”; Aubin (2002) diferencia el rocío de la lluvia por los elementos que acompañan a las gotas:
en el caso de la lluvia las ubicó junto a una representación de la trompa de Tlaloc, mientras que
aquí está en composición con una flor para formar xochiauachtli. El topónimo de la Figura 51

manifiesta la característica de humedad, Tlacuechauayan, “donde se humedece” (tla: pronombre

indeterminado -algo; cuechahua: mojarse, estar húmedo, humedecer; cuechtli: caracol largo; yan:

locativo para indicar el lugar donde se realiza una acción).

Filtración

Es la característica de comportamiento del agua que hace posible que se traslade de la superficie al
subsuelo. Aunque se observa poco en su representación, se llega a conocer por los nombres con

275
Elia Rocío Hernández Andón

que se le definió, por ejemplo, en los topónimos que aluden a la idea de que el líquido se va
metiendo entre las rocas, la arena o la tierra en pequeñas cantidades.
Como ejemplos tenemos el topónimo de Ixicayan (Figura 52) (“lugar donde se rezuma o

filtra el agua”, ixica: rezumar, gotear, destilar; yan: locativo), y en este caso las gotas escurren desde

el cerro en su paso hacia el interior de la tierra. El topónimo de Achichipico (Figura 53 es el “lugar

donde el agua gotea” (atl: agua, chipinia: gotear de forma menuda, co: lugar), es representado como

un cerro con un escurrimiento en su superficie a manera de chorro azul, y para resaltar su


significado se cuenta con datos etnográficos valiosos como el que aporta Robelo (1900: 36), quien
menciona que “en el pueblo de este nombre del Estado de Morelos, hay un chorro de agua que
brota de las peñas, y que, al caer sobre una gran piedra, se esparce en multitud de gotitas”.

Figura 52. Ixicayan, Oaxaca Figura 53. Achichipico

Matrícula de tributos, lám. 20 Relación geográfica de Acapiztla, Acuña (1985)

Evaporación

Esta manifestación hidrológica se encuentra gráficamente como nubes en color blanco y se asocia
también a la idea de humedad representada por pequeños puntos. La ilustración del agua como
vapor se halla dentro del estilo de las emanaciones o exhalaciones del cuerpo como el aliento, la
inspiración, la palabra, el suspiro (en una palabra, el ihiyotl y sus múltiples significados), que si

bien son manifestaciones incorpóreas o intangibles, sí se configuraron plásticamente.


La vírgula de la palabra es de hecho la forma mínima de estas emanaciones por
representarse como una voluta que contiene una forma torcida o doblada, presente en elementos
considerados anímicos como las personas, los árboles, las piedras, los cerros, las cuevas, el agua.

276
El repertorio hidráulico del centro de México

Esas “torceduras” son muy obvias en la representación de las nubes y los vapores, como en el
topónimo de Temazcalapan (Figuras 54 y 55), “en el agua del temazcal o baño” en donde el vapor

se dibujó saliendo del agua caliente.

Figuras 54 y 55. Temazcalapan, Estado de México

Matrícula de tributos, lám. 5 (original y versión dibujada)

Glifos toponímicos relacionados con obras hidráulicas

Por último, se presentan en el cuadro 3 algunos ejemplos de glifos que se derivan a partir de la
presencia de estructuras que conducían agua, en este caso un estanque, un canal, un dique y dos
versiones de compuertas. Son los topónimos de Tlecaxapa (Figura 56) “en el agua del cajete de

fuego”, que se refiere a la presencia de un incensario en la cima del cerro del sitio, en el cual se
hacían algunos rituales desde la época prehispánica, y el día de hoy contiene materiales y restos
arqueológicos; se representó con una fuente o estanque (se desglosa como tletl: fuego, caxitl: cajete,

recipiente, atl: agua, pan: en, sobre). Teacalco (Figura 57) “en la canoa de piedra, en el canal” (tetl:

piedra, atl: agua, calli: casa, acalli: canoa, co: sitio), y se exhibe como canal en corte transversal; en

varias regiones de México se le denomina canoas a los canales. El glifo toponímico de Atenanco

(Figura 58) significa “en el muro del agua” (atl: agua, tenamitl: muro, co: lugar), y lo considero el

referente de los albarradones o diques construidos para manejar los niveles de agua.
Otros topónimos como Atzacualco, Atzacualoyan, Atzacan hacen referencia a sitios donde

el agua se cerraba por medio de compuertas, para regular los flujos, traduciéndose como “en donde
el agua se cierra” (atl: agua, tzacua: cerrar, can: lugar); en los glifos de las Figuras 59 a 61 se

277
Elia Rocío Hernández Andón

ejemplifica una manera de cerrar el flujo “tapando” los canales o bajando un implemento para
disminuir la corriente.

Cuadro 3. Glifos toponímicos y obras hidráulicas

Figura 56. Tlecaxapa, Hidalgo. Figura 57. Teacalco, Estado de Figura 58. Atenanco, Guerrero.
Relación Geográfica de México. Matrícula de Tributos, Matrícula de tributos, lám 17
Cempoala, Acuña (1985) lám. 5 (versión redibujada)

Figura 61. [A]tzacualco, D.F. (ca


Figuras 59 y 60. Atzacan, Veracruz. Matrícula de tributos, lám. 2 1572)
(original y versión redibujada)

Códice Cozcatzin, lám. 6

Reflexiones finales

Cabe decir que es recomendable complementar este análisis histórico, lingüístico y geográfico de
los topónimos con observación y reconocimiento de los sitios, y con las descripciones que los
pobladores locales ofrecen sobre el significado, ya que las estructuras lingüísticas por sí solas no
explican la totalidad del conocimiento de los territorios, de las cuestiones geográficas,
meteorológicas o del uso de los recursos naturales, como tampoco acerca de la cosmovisión que
sobre algunos elementos se crearon desde tiempos antiguos.
Hemos visto parte del espectro que puede ofrecernos el estudio de los nombres de lugar
relacionados con el agua, tanto para conocer su calidad, forma o color, como su funcionamiento
en tanto sistema, las manifestaciones del ciclo hidrológico, la relación del agua con otros
elementos y su expresión en obras hidráulicas. Seguirá siendo esencial retomar estas erudiciones

278
El repertorio hidráulico del centro de México

para el reconocimiento del paisaje, la configuración histórica de los territorios y para cavilar sobre
las políticas que se aplican tanto al uso de los mismos como de los recursos naturales implicados.
En el desequilibrio ambiental actual, una de las reflexiones importantes por rescatar es que
el agua en realidad no está desapareciendo, sino que está cambiando de lugar, está cambiando su
territorio al acumularse más en sitios donde antes no se encontraba y se está ausentando de otros.
Por ello la sabiduría indígena plasmada en los documentos antiguos es relevante, ya que las
anotaciones en los nombres de lugar nos dan cuenta de las formas de su circulación, y debía ser un
indicativo actual, una pista para todos aquellos que desean saber o hacer algo con el agua; la
palabra misma nos lo está diciendo. Es el acto de nombrar.
Los reservorios subterráneos constituyen un gran caudal que podría no ser aprovechado
del todo por el desconocimiento de cómo se encuentran esas aguas y hacia donde fluyen, si bien ya
no a la superficie de muchos lugares, pero que por razones topográficas irían a emerger en otros
sitios, en donde las condiciones climáticas también las afectarían. Se hace necesaria entonces esta
conjunción entre los conocimientos de la Geografía, la Geofísica, la Ingeniería Hidráulica, la
Historia, la Antropología y la Lingüística.
De la información presentada es importante resaltar el equilibrio hidrológico natural que
implica la existencia de manantiales y sumideros, ya que se neutraliza la presión ejercida entre lo
subterráneo y lo superficial, alternándose en ocasiones un mismo cuerpo de agua para brotar y
regresar. Otras manifestaciones de aumento y disminución alternada del líquido permiten la
presencia de ciénegas que también son aprovechadas, por ejemplo, para ciertas actividades
agrícolas o para formar ladrillos en el caso de los lodazales de barro.
Relevante ha sido recopilar y comparar suficientes imágenes del periodo prehispánico y
colonial para poder observar cómo se representó pictográficamente la presencia y la ausencia del
agua, al disminuir o perderse el color azul en corrientes subterráneas y en las estacionales,
recuperándolo después al brotar de nuevo en la superficie, al igual que mostrar y perder otros
elementos básicos como las líneas internas, las espirales y los remates de agua en forma de caracoles
y conchas. Este acto dinámico en la representación del agua es concordante con la observación de
la naturaleza llevada a cabo por estos pueblos del centro de México, cuyos glifos se han podido
apreciar y situar desde la costa del océano Pacífico hasta la costa del Golfo de México; se ha

279
Elia Rocío Hernández Andón

trabajado con información gráfica de pueblos nahuas, mixtecos, zapotecos, otomíes, totonacos y
huastecos. Aquí se analizó lo referente a los topónimos en náhuatl, aunque los elementos
pictográficos se comparten entre estas culturas con algunas variaciones.
El glifo del agua se adaptó y mezcló estéticamente con otros glifos para combinar las ideas
que se fueron expresando a través de los nombres de lugar, logrando así plasticidad para
transformarse, como en el caso de la gota de granizo en forma de gota-piedra. Si bien cada uno de
los componentes básicos del glifo del agua son esenciales, se puede considerar que los más
representativos de lo acuático fueron las espirales y la gota de agua, esta última a veces sola y a veces
como remate de los ríos y manantiales, con conchas y caracoles. La gota fue la inspiración para
moldearla a varios de sus estados físicos al ser líquida, sólida y como emanación, fue uno de los
elementos acuáticos que provenía desde tiempos muy antiguos y que se preservó hasta avanzado el
periodo colonial.

Fuentes

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280
El repertorio hidráulico del centro de México

-------- (2009) Aspectos sociales y económicos de la representación pictográfica de elementos


hidrológicos e hidráulicos en mapas coloniales, 2 vols. Tesis de Doctorado en Estudios
Mesoamericanos, UNAM: FFL,
[http://132.248.9.195/ptd2009/octubre/0650327/Index.html].
-------- (2011) “Configuraciones simbólicas del espacio en el Mapa de San Matías Tlalancalco,
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busca y consulta de testimonios de mercedes de la comunidad de Santiago Tlatelolco (siglos XVI,
XVIII y XIX). Documento núm. 419_1 de la Biblioteca Nacional de Francia, edición
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Fondo de Manuscritos Mexicanos de la BNF,
[http://www.amoxcalli.org.mx/facsimilar.php?id=419_1].
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Molina, A. de. (2001) Vocabulario en lengua castellana y mexicana y mexicana y castellana, Porrúa,
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Orozco y Berra, M. (1871) Materiales para una cartografía mexicana, Ediciones de la Sociedad de
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Tlaxcala: dos mil años de experiencia mesoamericana, CIESAS, UAT, México.
Robelo, C. A. (1900) Nombres geográficos indígenas del Estado de México, Luis G. Miranda
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General de la Nación, México.
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Siméon, R. (1984) Diccionario de la lengua nahuatl o mexicana, Siglo XXI, México.
“Tira de la peregrinación o Códice Boturini” (2007) edición facsimilar especial: Arqueología
Mexicana, 26, México.

Mapoteca del Archivo General de la Nación, Ciudad de México

Atlatlaucan, Tlayacapan, Morelos, 1539. Núm. de catálogo: 546


Cuiluco, Puebla, 1579. Núm. de catálogo: 2109
Cuitlahuac, D.F. 1579. Núm. de catálogo: 1596
Oaxtepec, Yautepec, Morelos, 1795. Núm. de catálogo: 1319
Temazcaltepec y Xilotepec, Estado de México, 1579. Núm. de catálogo 1868.

281
Elia Rocío Hernández Andón

Tepexi, Hidalgo, 1601. Núm. de catálogo: 2016


Tezontepec, Hidalgo, 1571. Núm. de catálogo: 1240
Tlaliztacapan, Hidalgo, 1579. Núm. de catálogo: 1279
Xocotitlan, Ixtlahuaca, Estado de México, 1597. Núm. de catálogo: 2081

282
EL NOROESTE DEL VALLE DE MÉXICO EN EL MAPA DE UPPSALA

Flor Yenin Cerón Rojas *

Resumen

El siguiente trabajo es un análisis iconográfico y etnohistórico de la sección IV del Mapa de

Uppsala, elaborado en el siglo XVI y en donde se aprecia la geografía del Valle de México. En este

estudio se presenta una propuesta de ubicación de los pueblos que se plasmaron en la sección
noroeste del documento que corresponde actualmente a los Estados de México e Hidalgo. †

Abstract

The following paper is an iconographic and ethno-historical analysis section IV of Map of

Uppsala, which was developed in the sixteenth century and where the geography of the Valley of

Mexico is appreciated. In this study a proposed location of the towns that were embodied in the
northwest section of the document that currently corresponds to the states of Mexico and
Hidalgo is presented.

*
Investigadora independiente, azoyu1028@yahoo.com.mx

En el año 2003 estudiantes de la materia Escritura, cosmovisión e imagen en Mesoamérica de la ENAH, impartida por
la maestra Laura Rodríguez Cano, realizamos un trabajo sobre el Mapa de Uppsala. El objetivo consistió en realizar
una investigación cartográfica, histórica e iconográfica de las diferentes regiones representadas en el mapa, a partir de
una copia resguardada en el Museo Nacional de Antropología. De este trabajo en conjunto se desprende la versión
aquí presentada.

283
Flor Yenin Cerón Rojas

Introducción

El Mapa de Uppsala (MU) es un documento indígena que fue hecho a mediados del siglo XVI

(1550), probablemente por alumnos del Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco, en el que se
combina la tradición indígena de escritura con la cartografía europea. Se cree que Alonso de Santa
Cruz, cosmógrafo real, lo envía como regalo a Carlos V porque en la parte inferior derecha se
encuentra una dedicatoria al soberano español. Aunque se le había asignado erróneamente la
autoría, él sólo lo tuvo en su poder por breve tiempo. En su obra Islario General del Mundo, que se

encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid, aparece otro mapa muy parecido del cual se cree es
una copia (Medina, 2007).
El mapa se resguarda actualmente en la Biblioteca de la Universidad de Uppsala, en
Suecia. Mide 114 x 78 cm (Apenes, 1984) y conserva en su mayoría los colores originales. La
primera reproducción apareció en 1889 por Adolf Erik Nordenskiöld y Erik W. Dahlgren, la cual
se trasladó a la Ciudad de México y es la que se conserva ahora en el Museo Nacional de
Antropología (Medina, 2007: 8). Antonio de Peñafiel (1899) también publicó esta reproducción
en su obra Documentos para la Historia Mexicana. En los años recientes el Museo Etnográfico de

Estocolmo, con el apoyo técnico de la Universidad de Helsinki, emprendieron el proyecto de la


digitalización del Mapa, el cual se puede consultar en línea. 1
El Mapa de Uppsala es un documento de gran valor histórico, que se ha estudiado desde

diferentes ángulos históricos y cartográficos. Para efectos de este trabajo, es importante señalar que
en su estilo iconográfico concierta elementos de la escritura indígena prehispánica y la cartografía
europea, que debe tomarse en cuenta en su interpretación iconográfica. Otro aspecto importante
para la localización de los topónimos y lugares representados es, que las dimensiones del espacio y
distancias expresadas en el mapa corresponden a una lógica particular donde el “autor” quiere
resaltar cierta información geográfica. 2

1
Página oficial del proyecto del Mapa de la Universidad y Biblioteca de Uppsala: http://sysrep.aalto.fi/mexico/
2
El paisaje no sólo es la representación pictórica de la realidad natural que nos rodea, sino que en este ámbito es una
categoría antropológica que nos permite entender la forma en que las sociedades perciben su entorno natural y
espacial, construyendo a partir de ello su cosmovisión. Es así que, de acuerdo con Iwaniszewski (2011: 26) “Para la
[antropología] del paisaje el referente natural es el humano, ya que sin el hombre no puede existir el paisaje. Esta

284
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

La sección estudiada comprende los actuales municipios de Tepotzotlán, Chapa de Mota,


Jilotepec, Coauhtitlán, Tulancingo, Tequixquiac y Huehuetoca en el Estado de México;
Atotonilco de Tula, Tula de Allende y Tepeji del Río en el de Hidalgo. Esta área corresponde a la
división que propone Sigvald Linné (1948) en El Valle y la Ciudad de México en 1550, para los
cuadrantes IV y VIII que se encuentran en la parte superior derecha del mapa (Figuras 1 y 2).

Figura 1. Sección IV del Mapa de Uppsala

Fuente: Linné (1948)

El objetivo principal de este trabajo es presentar una propuesta de ubicación geográfica en la


cartografía actual de los topónimos que se representan en las secciones del Mapa arriba
mencionadas, a partir del recorrido de campo y del análisis iconográfico comparativo de los
topónimos. El estudio de la evolución histórica de los nombres de las poblaciones aquí analizadas
corresponde a un trabajo posterior, y es importante decir que lo aquí expuesto está abierto a una
discusión y revisión posterior por aquellos interesados en este tipo de estudios.

constatación separa la [antropología] del paisaje de los estudios geográficos y ecológicos del paisaje, que más bien se
proponen estudiar la parte física o material del entorno humano y tienden a ignorar su dimensión social, significados
inmanentes o simbólicos.”

285
Flor Yenin Cerón Rojas

Figura 2. Sección VIII del Mapa de Uppsala

Fuente: Linné (1948)

Este trabajo comprende los siguientes puntos:

1 Geografía y paisaje. Se aborda la geografía general en el MU, se compara con los datos
obtenidos en el recorrido de campo, y para el caso de la poblaciones de Tula y Tepeji, se
compara con mapas coloniales que se conservan en el Archivo General de la Nación
(AGN) y publicados por Feldman y Mastache (1990) en el Índice de documentos sobre

el Centro de México y cartografía antigua del área de Tula. Estudios Sobre Tula 1 3,

además de mapas modernos.

3
Se puede consultar la digitalización en:
http://bdmx.mx/detalle_documento/?id_cod=44&codigo=imagen26&carp=04

286
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

2 Arquitectura religiosa. En este punto se discute la localización de las construcciones


religiosas que se representan en el documento, para poder determinar la ubicación de
los lugares estudiados.
3 Topónimos. Se analizan tanto los glifos toponímicos como las glosas que los
acompañan a partir de la comparación con otros documentos o estudios. El trabajo
principal, que retomo como punto de referencia para la discusión de las
interpretaciones y conclusiones sobre la localización de los topónimos, es el de Carmen
Aguilera y Miguel León Portilla (1986) titulado Mapa de México Tenochtitlan y sus

contornos hacia 1550. En cada lugar descrito coloqué tablas comparativas de la

representación de los topónimos estudiados con otros documentos de tradición


indígena, como la Matricula de Tributos, el Códice Mendocino, el Códice Osuna o la

Historia Tolteca Chichimeca.

4 Mapas. Se presentan los dos cuadrantes revisados del MU de acuerdo a la división


propuesta por Linné (1948) y un mapa actual de la zona de estudio.

Tepotzotlán

Geografía y paisaje

En la actualidad un municipio que colinda al norte con Huehuetoca y Coyotepec, y al sur con
Cuauhtitlán y Tultitlán, tal como lo muestra el MU. Respecto al paisaje representado en el mapa,
uno de los caminos que llegan a esta población corresponde a la actual carretera federal, paralela a
la Autopista México-Querétaro, que proviene de Coauhtitlán se desvía por la entrada principal al
pueblo (Av. Insurgentes) que conduce al centro del municipio. Sobre el camino representado en el
MU hay un cargador que lleva leña. Hacia el oriente, frente a la plaza principal, se localiza la Sierra
de Tepotzotlán, que en el MU se representa por dos elevaciones con un paisaje boscoso del cual
aún se puede apreciar en la geografía real. Al parecer, el afluente que nace del lago de Zumpango y
que pasa por un costado Tepotzotlán, alude al Río Cuauhtitlán (Naime, 1992: 19).

287
Flor Yenin Cerón Rojas

Arquitectura Religiosa

La construcción más importante del municipio es el Museo Nacional del Virreinato, que en la
época novohispana fungió como el Colegio Noviciado de San Francisco Javier, de la orden de la

Compañía de Jesús, fundado en 1586 pero edificado a inicios de 1606 (INAH, 1981: 13), por lo
que no aparece ningún edificio religioso en el MU, sólo se observan casas alrededor del topónimo,
lo que implica un asentamiento importante.
Topónimos
El glifo toponímico de Tepotzotlán es un hombre jorobado, de perfil y con medio cuerpo
empotrado en el cerro (Tabla 1). El topónimo está acompañado por la glosa tepuztlan,

regularmente traducido al español como junto al jorobado o lugar del jorobado pues se compone
de Tepotzolí (jorobado o garboso) y el sufijo locativo tlan 4 (GEM, 1988: 479). Tepotzotlán

también se representa en el Códice Osuna (1947: F. 35) con un hombre de perfil con su joroba,

sentado sobre un cerro o tepetl y con la corona real para denotar su rango como señorío

independiente. 5 Se puede apreciar que en el MU el cerro donde se encuentra el topónimo es parte


del paisaje, aludiendo más a la tradición europea, mientras que en el Códice Osuna la

representación es más cercana a la convención indígena prehispánica (Tabla 1).

4
“Tepotzotlán. (San Martín) (Pueblo). Tepotztli, corcova; tlan, Junto a la corcova, elevación o montículo de tierra. En
otomí se Nccogüe” (Olaguibel, 1975: 27).
5
La población originaria de Tepotzotlán es la otomí. Se considera a Quinantzin III como el fundador de señorío
independiente de Tepotzotlán, el cual inició en 1460 a causa de las constantes peleas con los tepanecas de
Azcapotzalco (GEM, 1988: 479). Gibson (1977: 43) señala que esta población correspondía a una larga tradición de
tlatoanis tepanecas, por lo cual, después de la conquista obtuvo el rango de cabecera.

288
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

Tabla 1. Topónimo de Tepotzotlán (Tepuztlan)

Mapa de Uppsala Códice Osuna Propuesta de Aguilera (1986)

Tepotzotlan+G (4-13)
Sentido fonético, tepoz_ on (tli) tlan,
“en el camino encorvado o torcido” (p. 50).

El siguiente topónimo que corresponde a esta área es una especie de diadema o tocado, que
Aguilera (1986: 50) identifica como “forma curva con 5 círculos” (Tabla 2). Para poder

identificarlo se recurrió a la monografía de Tepotzotlán (Neri, 1986: 21-23) donde se registran


cinco topónimos de los barrios sujetos a la cabecera de este municipio, pero ninguno tiene relación
con esta representación. Se podría pensar que por los cinco puntos este glifo representa un
numeral, por lo que se propone el nombre en náhuatl de macuiltepec. También puede tratarse de

una hierba muy parecida a la que lleva el signo del día mexica conocido como malinalli, pero hasta

el momento es una propuesta de lectura. 6 Por otro lado, muchos de estos lugares perdieron su
nombre náhuatl u otomí y fueron cambiados por nombres de santos cristianos.
El siguiente topónimo es un cerro que tiene varios círculos sobrepuestos de color rojo en la
cima, que asemejan un cumulo de piedras pero también podría ser una mazorca; Aguilera (1986:

52) lo nombra Tlatlauhquitepec. 7 Dentro del paisaje del MU este topónimo se encuentra hacia el

norte de Tepotzotlán. Debido a la etimología del nombre de este cerro y por su ubicación
geográfica, me parece que este lugar se trata de una elevación conocida como El Sincoque, 8 que se
encuentra entre Tepotzotlán y Huehuetoca (Tabla 2).

6
Neri (1986: 21-23) presenta 6 nombres de lugar correspondientes a los poblados sujetos de Tepotzotlán los cuales
aún conservan el glifo toponímico; el primero de ellos es Tlacateco (donde se mataron o despedazaron hombres);
Texcacoa o Tezcacoac (serpiente de espejo); Capula o Capulla (capulinar); Xuchimanga, que proviene del náhuatl
xochimanque (los que se ocupaban de las flores o ramilleteros); Chitela (Barrio de Las Animas, cuya traducción sería
lomerío o pequeños montes); Xóloc o San Mateo (Xólotl es el nombre que se les da en náhuatl a las plumas de los loros
también llamados toznene...); Cuatlalpan o Santiago Cuautlapan (tierra poblada de arboles).
7
Tlatlauhquitepec, Tlatlauhqui-tepec (lugar de la tierra roja) (Peñafiel, 1885: 215).
8
Para la etimología de la palabra Sincoque, Cecilio Robelo (1966: 210) dice: “Sincoc. Cinco es palabra castiza y
significa: ‘En las mazorcas’, Tzintli, como sustantivo. Sincoc es corrupción de Cincolotl, granero. No es cincolotl sino

289
Flor Yenin Cerón Rojas

Tabla 2. Otros topónimos de la población de Tepotzotlán

Mapa de Uppsala Matrícula de tributos Códice Mendocino Propuesta de Aguilera (1986)

Tlatlauhquitepec? (4-14).
Un monte con un montón de
piedras rojas en la cima puede
indicar un Tlatlauhquitepec
(lugar del cerro rojo) (p. 52).

Forma curva con cinco círculos


(4-6)

Jilotepec

Geografía y paisaje

Jilotepec colinda al sur con Chapa de Mota, y al Norte con Tepeji del Río (Hidalgo). Es uno de los
municipios más grandes del Estado de México y se caracteriza por extensos valles verdes y zonas
boscosas. Actualmente cuenta con 85 poblaciones de filiación otomí.
En el MU se representó un río que crece en las cercanías de Jilotepec y que pasa por atrás
de la iglesia representada. En la geografía real, en la calle Ignacio Allende que corre detrás de la
construcción religiosa se encuentra el arroyo Río Coscomate (Huitron, 1999: 25), que se
encuentra entubado. También se comprobó que en la desviación de la autopista que lleva al centro
se encuentra la Presa el Arco, al parecer corresponde a uno de los manantiales que se representa en
el mapa. El Valle de Jilotepec está rodeado por una pequeña sierra llamada de Jilotepec y de San
Andrés (Huitrón, 1999: 23), también representados en el documento. Respecto al camino que

tzincolotl, de que se ha formado el aztequismo sincolote, y no significa granero. El tzincolotl (zincolote) es una especie de
cesto o cuévano, tejido de palma, que sirve para recoger las mazorcas en las cosechas de maíz”; Por su parte, Manuel
Olaguibel (1975: 25) señala que: “Sincoc (Barrio). Puede derivarse de tzintli, falda o tzinco, que es lo mismo, con la
preposición c, en. En la falda del cerro. No dista mucho de ese lugar el cerro del Sincoque o Sincoc, cerca del Desagüe
Real, desde cuya altura se disfruta esplendida vista del valle de México. Hay quien diga que viene el cincolotl, granero.”

290
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

conduce a esta población, probablemente se trate de la actual carretera federal que llega a Tepeji
del Río.

Construcciones Religiosas

En el Mapa se señala una construcción religiosa que corresponde al convento franciscano


construido hacia 1527 y que se encuentra en el centro del pueblo, este edificio contenía una de las
capillas abiertas más grandes del Valle de México (INAH-GEM, 1986). En la actualidad, este
edificio se conoce como la Iglesia de San Pedro y San Pablo y su estado no corresponde al del siglo
XVI porque se quemó en 1560 y posteriormente fue reconstruida, sin embargo conserva
elementos de la primera etapa como una pila bautismal y una cruz atrial (Huitron, 1999: 163).

Topónimos

El topónimo principal y que le da nombre a la población (Tabla 3) se representa por una planta
que se encuentra en la naciente del río que atraviesa a Jilotepec. Aguilera (1986: 50) lo identifica
como dos xilotes o dos mazorcas. 9 El topónimo oficial y actual del municipio se compone por un

cerro con dos xilotes en la cima que fue retomado del Códice Mendocino. En el mapa aparece la

glosa gilotepec, que en náhuatl significa en el cerro de los jilotes (GEM, 1988: 238), lo cual ayudó a

confirmar la identificación del lugar. Este nombre fue impuesto por los tenochcas ya que en otomí
es Ma-Denxi que se traduce como lugar de jitomates tiernos o de cebollas (GEM, 1988: 233).

9
La etimología de Jilotepec de Cecilio Robelo (1966: 135) es: “El nombre propio mexicano es Xilotepec, que se
compone de xilotl, de que se ha formado el aztequismo “jilote” espiga o mazorca de maíz, cuyos granos no están
maduros, y particularmente las hebras o cabellitos de la mazorca; de tepetl, cerro y de c en; y significa: “En el cerro de
los jilotes.” El Sr. Dr. Peñafiel cree que el lugar de que se trata estuvo consagrado a la diosa Xilo Xilomen Centeotl, la
Cibeles mexicana, y que el nombre significa: “Lugar consagrado a Xilo”. La diosa Centeotl lo era de la tierra y del
maíz”. Por su parte, Olaguibel (1975: 58) señala que: “En idioma otomí Jilotepec, toma el nombre de: Madonxi. De la
cual se puede sacar las siguientes etimologías: Ma-Denxi. “lugar de jitomates tiernos o de cebollas.” Demixhi. Significa
en otomí “Tomate.” Denxie. Corrupción de Denxhí, que significa en otomí “Cebollas”.

291
Flor Yenin Cerón Rojas

Tabla 3. Topónimo de Jilotepec: Gilotepec

Mapa de Uppsala Matrícula de tributos Códice mendocino Propuesta de Aguilera (1986)

xilotepec+G
(4-4)

Otro topónimo es el que se localiza al inicio del río que rodea a Jilotepec y que es identificado
como una planta, pero no se sabe a cuál se refiere, por lo que se espera encontrar bases para una
interpretación más clara en un futuro (Tabla 4).

Tabla 4. Otros topónimos del pueblo de Jilotepec

Mapa de Uppsala Propuesta de Aguilera(1986)

Planta (4-5)

Chapa de Mota

Geografía y paisaje

Chapa de Mota 10 corresponde a la población cuya glosa se lee chiazingo. 11 La identificación de esta

población fue tanto por su ubicación geográfica en el MU como en las cartas actuales. Este lugar

10
De las diversas formas en que en los documentos coloniales se mencionaba a Chapa de Mota, Rosa Brambila (2008:
43) menciona que: “el topónimo de Chapa, Chiappan, Chiapa, se repite en varias regiones, e incluso en el mismo
territorio de la gran provincia de Jilotepec; en algunas ocasiones se puede confundir con Huey-Chapa o con Chapan-
tongo.”

292
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

colinda con el estado de Hidalgo al norte, y al sur con el municipio Villa del Carbón. En el mapa
aparece un río que pasa por el lugar, “es importante hacer notar que en el municipio de Chapa de
Mota y Villa del Carbón, se origina el nacimiento del Río Pánuco, con los ríos de San Rafael y de
San Jerónimo, mismos que alimentan a la presa de Taxhimay, concesionada al estado de Hidalgo”
(GEM, 1986: 143), es probable que éste sea el representado en el mapa. El lugar se encuentra
rodeado por bosques y está construido sobre un cerro, tal como se muestra en el MU.

Arquitectura Religiosa

En el MU se representa una iglesia rodeada por casas, la cual podría corresponder con la Parroquia
de San Miguel y la capilla de San Miguel, al parecer, del año de 1563 (INAH-GEM, 1986: 361), lo

cual ayudó a determinar que la población Chiazingo se trata de Chapa de Mota.

Topónimos

Localidad era de origen otomí llamada Nonthé (sobre el cerro) que describe perfectamente la

geografía del lugar, pero al ser conquistada por los mexicas su nombre y topónimo cambió por el
de Chiapan que significa “en el río de la Chía” (GEM, 1986:142). En el recorrido de campo, los

pobladores mencionaron que el río más cercano se encontraba a una media hora de camino y su
nombre actual no corresponde con el topónimo de la población, puede ser tanto el río San Rafael
como San Jerónimo, que confluyen y nacen del Río Pánuco.

11
Referente a la etimología de la glosa del mapa que reza chiazingo, Robelo (1966: 89) señala: “Chiautzingo.
Chiahuactzinco. Para la primera el nombre sería Chiauhtlatzinco (V. Acacingo): y para la segunda, Techiauac o
Chiahuatetla. El nombre correcto mexicano es Chiauhtzinco, que se compone de chiahuitl, que tiene tres
significaciones: una especie de víbora: pulgón que roe las viñas.” Este mismo autor (Op.cit.: 87-88) al referirse a
Chapa de Mota señala: “Chiapa: El nombre mexicano es Chiapa ó Chiapan, que se compone de chian o chia, el cual
nombre se ha conservado en castellano para designar la semilla indígena de que se extrae aceite y con la que se hace
agua fresca; de atl, agua, y de pa o pan, en o sobre; y significa: ‘En el agua o rio de chia’. Al sobrenombre de Mota le dan
los cronistas diverso origen. El Alcalde Mayor de Querétaro, Hernando de Vargas, dice: “De sus dioses (habla de los
otomites), llamados padre viejo y madre vieja, venían todos los nacidos; y que estos habían procedido de unas cuevas
que están en un pueblo que se dice Chiapa, que ahora tiene en encomienda Antonio de la Mota, hijo de conquistador,
que está dos leguas de Jilotepec”.

293
Flor Yenin Cerón Rojas

En el MU este topónimo es un círculo azul (pozo de agua que salpica), y que


probablemente represente el Río de la chía (Tabla 5). Comparando con el del Códice Mendocino y

retomando a Peñafiel (1885), se puede decir que en este topónimo existe diferencia de estilos pero
se conserva la idea de agua.

Tabla 5. Topónimo de Chiapa de Mota: Chiazingo

Mapa de Uppsala Códice mendocino Propuesta de Aguilera (1986)

Chiauhtzinco (4-2)
En lo que toca al glifo de Chiauhtzinco,
consiste en lo que parece una mancha o
salpicadura de agua de color azul…
probablemente quiere decir “En las ciénagas
pequeñas…” (p. 36).

El otro topónimo dibujado en esta área es una planta que remata al final del río a la derecha de la
población; no se identificó a qué topónimo se refiere. En el extremo superior izquierdo existe otra
imagen que podría ser otro topónimo; Aguilera (1986) lo identifica como “rectángulo con
salientes”; aún no se ha podido dar una interpretación de este glifo, pero se realizó una
comparación entre las representaciones de la Matricula de Tributos que se asemejaran, la cual es

muy parecida a una base piramidal pero no terminada (Tabla 6).

Tabla 6. Otros topónimos de la población de Chiapa de Mota

Mapa de Uppsala Matrícula de tributos Propuesta de Aguilera (1986)

Rectángulo con salientes (4-1)

Planta? (4-3)

294
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

Tequixquiac

Limita al norte con los municipios de Apaxco y Hueypoxtla; al noreste con Atotonilco de Tula en
el estado de Hidalgo; al sur con el municipio de Zumpango; al oriente con el municipio de
Hueypoxtla; y al poniente con el municipio de Huehuetoca. Tequixquiac se une a la población de
Amuluaca (Atotonilco de Tula) por medio de un afluente, y los extremos de este río se

representan los topónimos de estos dos lugares. Tequixquiac tiene varios afluentes que cruzan la
población, como el río Salado que nace en el manantial de Hueypoxtla; el río El Grande, el río
Xoté, la Presa de Dolores, la presa del Bermejo, la presa del Salto en Tlapanaloya, y la presa de la
barranca de la Arena en los límites con Apaxco.

Arquitectura Religiosa

En el MU se representa a Tequixquiac con una iglesia, la cual se fecha hacia el siglo XVI. Los
franciscanos fueron los encargados de la construcción del templo de Santiago, que en 1590 se
convirtió en Parroquia.

Topónimos

El topónimo se compone de un pozo de agua o manantial que en la cima tiene un círculo blanco
con puntos para representar la sal que se secaba de las aguas salitrosas y que es una parte
característica de la región norte del Estado de México (Tabla 7). En el Códice Mendocino el

topónimo consiste de un río que en medio tiene dos bolitas amarillas aludiendo al tequezquite. En

el Códice Osuna el topónimo es más parecido al del MU, se compone de un cerro, y en la cima agua

con dos bolas blancas que representan la sal.

295
Flor Yenin Cerón Rojas

Tabla 7. Topónimo de Tequixquiac

Mapa de Uppsala Códice mendocino Códice Osuna Propuesta de Aguilera (1986)

Tequizquiac +G (7-2) “Sobre el


agua de tequezquite o sal.” Su glifo
es muy similar al anterior, excepto
que el recipiente blanco en el
interior está salpicado de puntitos
negros y así el material se reconoce
como sal” (p. 56).

Tula de Allende

Geografía y paisaje

En el MU aparece la glosa que dice tolanzingo; podría tratarse del actual municipio de Tulancingo

en Hidalgo, pero por los topónimos que colindan con esta población se propone que se trata de
Tula de Allende. 12 Para poder establecer esta propuesta me basé en:
1) Tulancingo se encuentra al sureste de Hidalgo, por su lejanía no colinda con las otras
poblaciones representadas en la región de estudio del mapa, correspondientes en su mayoría entre
los límites del Estado de México e Hidalgo, en específico Tepuztlan (Tepotzotlán), cuyo camino

conduce directamente hacia Tolanzingo. Otro lugar colindante es çuapango (Zumpango), que

también se localiza en el Estado de México y que en el MU se conectan estas dos poblaciones por
un camino; por lo tanto, geográficamente se descarto que Tulancingo fuera la localidad
representada en el MU.
2) Se buscó alguna relación con la arquitectura religiosa representada en el documento,
pero tanto Tula como Tulancingo tienen construcciones del siglo XVI que corresponden a la
fecha de elaboración del MU (Azcue y Mancera, 1942), por lo tanto se tomo como punto de

12
Quisiera recalcar que aquí sólo se propone una primera aproximación geográfica que es importante corroborar con
un estudio más profundo basado en fuentes históricas del lugar.

296
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

partida la geografía y se concluyó que Tolanzingo13 es otro de los nombres de Tula, pero que es

necesaria una investigación más sistemática y profunda para llegar a una conclusión más
acertada. 14

Tula colinda al sur con Tepeji del Río, al este con Atitalaquia y Atotonilco en Hidalgo, y al oeste
con el Estado de México. Se caracteriza por ser un valle extenso rodeado por algunas elevaciones,
Cerca de la población pasa el Río Tula, su cauce corresponde con el paisaje representado. En el
centro se localiza el convento franciscano y hacia el sur se encuentran dos elevaciones que orientan
la traza del lugar. Para comparar la representación del paisaje y ubicación de Tula en el MU revisé
un mapa de 1579 para pedir una estancia de ganado, el cual se conserva en el AGN con el numero
de catalogo 1279, recopilado por Feldman y Mastache (1990: 419). Este documento conserva
elementos de la tradición indígena, en la representación de los cerros, los caminos y los ríos, así
como dos topónimos. El templo y algunas edificaciones están dibujados de manera occidental, con
textos en español. En la parte inferior hay una iglesia y del lado izquierdo se encuentra el
topónimo, señalado por un tepetl que en la cima tiene unos tules. Enfrente de la iglesia se

encuentra el Río Tula, que se alimenta de un caudal que nace de tres cerros que están
representados a la manera indígena, que de igual manera se puede observar en el MU.

13
Respecto a la etimología de Tulancingo, Peñafiel (1885: 224) dice: “Tulantzinco… Un manojo de tule, tollin, que
dice Tollan, unido a la terminación tzinco, diminutiva, forma la palabra que significa ‘el pequeño Tollan’. Respecto de
este lugar dice nuestro distinguido historiador, el Sr. Orozco y Berra lo que sigue: Tollantzinco ‘el manojo de Tollin,
nombre de la ciudad de Tollan, con el fonético tzin, en el fin de los nombres de lugar tzinco, con el significado de
atrás, detrás, a la espalda.’ Por lo que cabria la posibilidad de que las manos que sostienen a los tules refuerce la lectura
de “manojos de tule”. Para Tula, este mismo autor propone: “Tollan. Tol-lan. Tula. Una planta de tollin o tullin:
Tolan ‘junto o cerca del tule o del tular’. Vetancourt dice que significa: “pueblo de mucha gente”.
14
Tula fue muy importante para la historia prehispánica del Altiplano Central, me limitaré a mencionar que la ciudad
se origina en el posclásico temprano (900-1250 d.C.). Aquí coexistían varios grupos culturales como teotihuacanos,
grupos procedentes de Xochicalco, otomíes, chichimecas y nahuas (Gobierno del Estado de Hidalgo, 1992: 364). En
el año en que se realizó el MU, San José de Tula estaba bajo el mando del contador Real Rodrigo de Albornoz y los
pueblos sujetos eran Yezotitlan, Santa María Nativitas Ilucan, Santa Ana Ahuehuepan, Los Reyes Tepeitec, San
Pedro Alpuyeca y La Lagunilla (Feldman y Mastache Alba, 1990:17).

297
Flor Yenin Cerón Rojas

Arquitectura Religiosa

El exconvento franciscano, ahora llamado Catedral de San José, se encuentra en el centro de la


ciudad. Es una construcción que asemeja un castillo medieval rodeado por una fortaleza: “La
fachada principal es catalogada junto a las de Zempoala, Tepeji y Alfajayucan como de formas
clasicistas sobrias, siendo para Kubler la de Tula la más elegante de rasgos toscano” (Gobierno del
Estado de Hidalgo, 1992: 377). El atrio es también de grandes proporciones y conserva la cruz
atrial del siglo XVI.
La evangelización del lugar corrió a cargo de fray Alonso de Rangel y fray Antonio de
Ciudad Rodrigo, en el año de 1529, ellos probablemente construyeron una capilla abierta cuyas
ruinas se encuentran dentro de la zona arqueológica. 15 Para el año de 1550 se comenzó a construir
la iglesia bajo las órdenes de fray Alonso de Motolinia y en 1585 se concluyó la construcción
(Gobierno del Estado de Hidalgo, 1992: 377).
En el MU se representa, muy cerca del poblado, otra construcción religiosa que lleva la
glosa xapanja; no existe en el municipio algún poblado con este nombre y que además tenga una

iglesia del siglo XVI. Probablemente esta población se trate de la exhacienda de Jalpa, 16 en
Huehuetoca (Estado de México), habría que realizar una investigación más exhaustiva sobre este
punto.

Topónimos

El topónimo consiste en dos manos que sostienen un objeto redondo de color azul, semejante a
una bellota, pero que está representando un manantial de agua del cual salen unas ramas, estas

15
Soto López, Francisco. Tríptico Histórico del Ex convento Franciscano de San José de Tula.
16
Tanto en la monografía del municipio de Huehuetoca como por el recorrido de campo que se realizo en el lugar se
pudo comprobar que en el poblado de San Pedro Xalpa existe una exhacienda, ahora propiedad de Maseca, que fue
construida en el siglo XVI propiedad de los Jesuitas. Lo que ahora se conserva es el casco, que en su interior conserva
pintura mural, tal y como lo comenta el trabajador del lugar, el señor Jacobo Barroso.

298
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

podrían ser los bejucos de los tules 17 (Tabla 8). Aguilera (1986: 57) propone la lectura de

“pequeño lugar de espadañas”. Algunas de las representaciones de Tula en la Historia Tolteca

Chichimeca 18 se asemejan a la del MU, como la que se encuentra en el folio 5r, en donde los tules

surgen de una piña, mientras que en el folio 7v de este mismo documento aparece un brote de
agua azul con los tules arriba. Por otro lado, quizás las manos que contienen al topónimo 19
refuerza la lectura de “manojo de tules”, como lo menciona Peñafiel (1885, 224) en su etimología
para Tulancingo; el Códice Xolotl (1996: 18-19) también hace la misma lectura para topónimo de

Tula. 20

Tabla 8. Topónimo de Tula

Propuesta de Aguilera
Mapa de Uppsala Códice mendocino Códice Osuna
(1986)

Tulanzinco +G. (4-5).


Dos manos sosteniendo
una matita podría ser el
glifo de Tulatzinco,
“pequeño lugar del tule
o espadañas” (lugar de
abundancia, donde hay
vegetación). Muy
diferente es el glifo
tradicional de las
espadañas con el signo
de agua (p. 57).

17
El elemento constante del topónimo de Tula son las plantas del tule, mientras que para Tulancingo está
representado por la misma planta con el trasero de un hombre que le da el sentido fonético de “atrás de los tules” o “El
pequeño Tular.”
18
Ver http://amoxcalli.org.mx/laminas.php?id=046&act=pri
19
En el Coloquio La memoria de los nombres: la toponimia en la conformación histórica del territorio (CIGA, UNAM
Morelia, 3 a 5 de junio 2015), Luis Manuel Gamboa y Martha García en su ponencia “Las referencias geográficas y sus
toponimias en el descubrimiento de la ciudad arqueológica de Tula”, mostraron las representaciones del topónimo de
Tula, de las que destacan las que se encuentran en el Códice Tovar donde los señores de Tula sostienen entre sus
manos los tules, lo cual permite compararlos con el representado en el MU, en donde los tules están entre las manos
representadas.
20
Agradezco a Luis Mauricio García el dato de esta lectura para la Historia Tolteca Chichimeca y del Códice Xólotl.

299
Flor Yenin Cerón Rojas

Atotonilco de Tula

Geografía y paisaje

Amluaca es la siguiente glosa. Para localizar este lugar buscamos si existía algún sitio que llevara un

nombre parecido a la glosa, lo cual no fue posible, por eso se determinó geográficamente cuáles
poblaciones que colindaran con Zumpango y Apasco, como en el orden en el que aparece en el
MU, podrían ser; buscamos en los catálogos de monumentos históricos alguna construcción
religiosa cuya fecha de edificación correspondiera con la realización del documento estudiado;
situamos la creciente de un río que dentro del paisaje del MU funciona como topónimo y que se
conecta con Tequixquiac. Concluimos que se trataba de Atotonilco de Tula 21 ya que este lugar
reunía todas estas características antes mencionadas.
Atotonilco colinda al norte con Atitalaquia y Ajacuba, al oeste con Tula de Allende y
Tepeji del Río, y al sur con Tequixquiac; se caracteriza por ser un lugar árido y plano que se
encuentra a la orilla de un afluente del Río Tula, el cual pasa atrás de la iglesia en una barranca.
Enfrente del rió, hacia el norte, se pueden observar los cerros en la lejanía. Este lugar es conocido
por las aguas termales que alimentan a este río. Preguntando a los habitantes de Atotonilco en
dónde se encontraba la naciente del río, señalaron que en la población de Vito existía aguas
termales que brotaban para alimentar el afluente, incluso existe una hacienda del siglo XVI
llamada Hacienda de Baños (Gobierno del Estado de Hidalgo, 1992: 139).
En el MU también se representan algunas actividades humanas. Sobre el camino se puede
ver a una persona sosteniendo una red para atrapar aves. Linné comenta (1948: 131): “lo primero
que capta nuestra atención son unas singulares redes extendidas sobre estacas. Más tarde, al enfilar
rumbo sur, percibimos otros dos arreglos del mismo tipo: son redes para capturar pájaros”.
Durante el recorrido de campo observamos parvadas de garzas y otras variedades de aves.

21
La cultura originaria del municipio era otomí y en la época prehispánica Atotonilco fue un centro de recaudación
de tributos para la Triple Alianza, esto queda confirmado en la lámina 30 de la Matricula de Tributos. En la época
colonial Santiago Atotonilco tenía como pueblos sujetos a Jomiltongo, San Gabriel Tepetitan, Santa María
Zacamulpan, San Pedro Zayotla y Santa María Talistaca (Feldman y Mastache, 1990: 16). Muchas de las poblaciones
actuales del municipio aún conservan su nombre en otomí.

300
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

Construcciones Religiosas

En la representación del MU, se puede observar una iglesia que acompaña al lugar. Atotonilco de
Tula cuenta con un exconvento franciscano, hoy Iglesia de Santiago, que se encuentra en el centro
de la población. La iglesia aún conserva un retablo barroco con temas de San Ignacio de Loyola y el
arco de la entrada tiene relieves. Esta construcción se asemeja a una fortaleza de estilo medieval
muy parecida en estilo a la de San José en Tula.

Topónimos

El topónimo que aparece en el MU asemeja la naciente de un río. Aguilera (1986: 56) señala que:
“está formado por chorros de agua que se unen sobre un rectángulo. La glosa cercana reza algo
como Amlenca o Amlanca, que podría ser Ameyalco o Amealco ‘Lugar del Manantial’. En realidad

se trata de un sumidero, donde se pierden en la arena varios ríos”. 22 (Tabla 9). Lo anterior tiene
mucho sentido ya que en la geografía de Atotonilco el río que pasa por la población está en un
sumidero, y Atotonilco significa “lugar de aguas termales”, y como se mencionó anteriormente, en

el lugar hay naciente de este tipo de aguas. Por otro lado, el topónimo convencional con el que se
identifica Atotonilco es tomado de la Matricula de Tributos, que se compone de un jarrón del cual

le brota agua. Aunque en la representación del MU no se dibujó el jarrón, se conserva la idea de


manantial y brote de agua, rasgo característico tanto del topónimo como de la geografía de
Atotonilco.

22
Robelo (1966: 55) presenta la siguiente lectura para Atotonilco. “El jeroglífico de estos pueblos consiste en una vasija
colocada en el tlecuili u hogar, en la cual hierve el agua atl. Se compone el vocablo, en mexicano, de atl, agua; totonilli,
caliente, y co, en; y significa: “En el agua caliente”, esto es, “Donde hay aguas termales”. Y para la glosa que reza amluaca
en el mapa esta la siguiente etimología del mismo autor: “Amomolulco. Se compone en mexicano de atl, agua; momololo,
hervidero; derivado de momoloca, bullir o hervir y manar el agua en las fuentes con la arena, y co, en; y significa: “En los
borbollones del agua”, esto es, “Donde mana el agua con fuerza”. También se da a esta clase de manantiales el nombre de
Momoluca o Momoloco, “En el hervidero de agua”.

301
Flor Yenin Cerón Rojas

Tabla 9. Topónimo de Atotonilco

Mapa de Uppsala Códice mendocino Propuesta de Aguilera (1986)

Sumidero (4-18).
“…el quinto está formado por chorros de
agua que se unen sobre un rectángulo. La
glosa cercana reza algo como Amlenca o
Amlanca, que podría ser Ameyalco o
Amealco ‘lugar del manantial’. En realidad se
trata de un sumidero, en donde se pierden
en la arena varios ríos.” (p. 56.)

Tepeji del Río

Geografía y paisaje

La siguiente, Metztitino, fue otra población difícil de ubicar; podría tratarse de Metztitlan

Hidalgo, que de igual manera conserva una construcción religiosa del siglo XVI contemporánea al
MU; sin embargo, este lugar se encuentra más al norte de la región estudiada colindando con
Veracruz, por tal motivo se buscó una población más cercana, y el elemento determinante para
identificar este lugar fue el topónimo que se representa en el MU, que corresponde a Tepeji del
Río.
Al determinar que Tepeji 23 correspondía a la población de Meztitinoc realizamos un

recorrido de campo para comprobar con el espacio físico real. En el Posclásico, Tepeji estaba
dividido en los pueblos de Otlazpan, que era el señorío otomí, y Tepexic, 24 el señorío nahua. Los
atraviesa un río que pasa junto a la entrada del centro del pueblo actual, quedando la parte nahua

23
En los primeros años de conquista y de la colonia Tepeji fue muy importante y parte de su historia novohispana se
encuentra en el Códice de Otlazpan, del cual Birgita Leander (1967) hace un análisis. Parte de este documento se
refiere a una matrícula de tributos que conserva la tradición prehispánica de escritura y con caracteres latinos en
náhuatl.
24
En relación a la etimología de Tepeji, Peñafiel (1885: 193) señala: “Tepexic. Tepexi-c. Un cerro con una partidura o
división en la cima, ideográfico de tepexitl, “peñasco”, es la primera radical y la terminación c, expresada por la misma
figura dan el significado de “lugar peñascoso”.

302
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

en el lado oeste y los otomíes del lado este. El señor Zambrano (1989: 22), cronista del pueblo,
señala que Otlazpan pertenecía a una zona otomí invadida por los mexicas poco antes de la
Conquista. Agrega que Otlazpa actualmente es el barrio de San Juan, y al parecer Tepexic y
Otlazpan se unieron bajo el proceso de evangelización por parte de los franciscanos. De igual
manera, señaló que este lugar tiene una gran cantidad de zonas arqueológicas, algunas todavía no
estudiadas.
Este municipio se caracteriza por tener un terreno accidentado, el centro del pueblo, que
conserva mucho de la traza colonial y destaca la construcción religiosa franciscana, se encuentra en
la cima de un lomerío. Al llegar a Tepeji lo primero que se observa es el cerro donde está asentada
la población y cuyo río divide a la ciudad, tal y como el pintor del mapa lo representó. Este aspecto
de la geografía fue un punto importante para determinar que Meztitinoc era Tepeji.

Feldman y Mastache (1990) registran cuatro mapas de Tepeji para el siglo XVI. 25 Para el
propósito de la siguiente comparación entre estos mapas con el de Uppsala, se tomarán en cuenta
tan sólo los dos que tienen más elementos del sistema de escritura indígena. El primero se trata de
las poblaciones de Hotlazpan y Santa María Estancia, realizado en 1580 26 con la finalidad de pedir

una merced de caballerías (Feldman y Mastache, 1990: 423). Para orientar el mapa se colocó un
sol del lado superior derecho que indica el oriente y en lado inferior derecho una luna. Siguiendo
esta orientación, en la parte superior izquierda hay una iglesia a la manera europea con una glosa
que dice Cavecera Hotlazpan. Atrás de esta iglesia se representa un río que rodea al mapa y termina

su cauce en un cerro que se encuentra en el centro. Un camino dibujado a la manera indígena


(marcado por huellas de pies) pasa por enfrente de la iglesia atravesando el río. Del lado derecho
hay otra iglesia de menor proporción a la primera con casas a su alrededor y tiene una glosa que
dice Sta. Maria Estacia, a cuyo lado derecho hay unos cerros dibujados a la manera europea. Tanto

el río como el camino corresponden al paisaje real de Tepeji.

25
Ver clasificación de Feldman y Mastache, 1990: 421-424, 491-500, 503 504 y 507-508.
26
Número de catálogo: 1931.

303
Flor Yenin Cerón Rojas

El siguiente mapa 27 se realizó en 1601 y corresponde a la población de Tepexe (del Río)

Hgo. 28 Fue hecho para pedir una merced para caballerías (Feldman y Mastache, 1990: 507). En la

parte superior se dibujó un sol que indica el oriente; los caminos y algunos cerros están
representados a la manera indígena mientras que el río, las poblaciones y las mojoneras están
dibujadas a manera occidental. En la parte inferior derecha está la iglesia con una glosa que reza
tepexi, frente a ella pasa un río con el puente para poder atravesarlo (en la actualidad existen sólo

ruinas), de igual manera aparece un camino con huellas humanas. En el extremo inferior izquierdo
hay otro camino que se cruza con el primero el cual tiene pisadas de hombres y de caballo que llega
hasta la parte superior derecha y se divide en las poblaciones de Santa María, San Juan, San Luis y
San Pedro, las cuales también se representan por las iglesias y las glosas que llevan su nombre.

Arquitectura Religiosa

La construcción religiosa más importante es el templo de San Francisco de Asís, el cual se terminó
de construir en 1585 y aún conserva frescos en blanco y negro que datan del siglo XVI. Se pueden
observar elementos pictográficos de la tradición indígena en los muros del atrio como almenas,
cráneos, orejeras y palabras en náhuatl como chtli, tquiotl, tlasaloa (Zambrano, 1989: 37). Con la

construcción del convento y con la congregación de los otomíes, los frailes unieron en uno a dos
estancias que en época prehispánica estaban divididas.
Topónimos

El topónimo es un cerro dividido en dos y es muy parecido al que se representa en la Matrícula de

Tributos, sin embargo, este último corresponde a Tepeji de Rodríguez en Puebla (Secretaría de

Hacienda y Crédito Público, 1991: 30). En la lámina 35 del Códice Osuna aparece el glifo de

Tepeji junto al glifo de Otlazpa y la glosa otlazpan y huan tepesic ce comendero. Otlazpan también

27
Número de catalogo: 2016.
28
Se puede consultar en: http://bdmx.mx/detalle_documento/?id_cod=44&codigo=imagen26&carp=04

304
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

está representado en la Matricula de Tributos (lámina 30) y significa en el lugar de los otates

(Tabla 10).

Tabla 10. Topónimo de Tepeji del Río: Metztitino


Propuesta de
Mapa de Matrícula de
Códice mendocino Códice Osuna Aguilera
Uppsala tributos
(1986)
Tlapanicytal
n (4-7).
“Entre el
meztitinoc.
cerro
partido”, de
tlapani,
partir o
romperse
algo, y tlan,
entre.
(p. 51).

Tabla 11. Otros topónimos de Tepeji del Río: Metztitino


Mapa de Propuesta de Aguilera
Mapa de Uppsala Propuesta de Aguilera (1986)
Uppsala (1986)
Tlacatlauhco? (4-10).
Anillo (4-8). Hondonada señorial. (p. 53)

Chalchiuhtlauhco (4-9).
Forma triangular (4-12)
Barranca de jade. (p. 53)

Los siguientes topónimos aparecen del lado derecho, junto al margen del mapa. Al parecer se trata
de nombres de montañas o cerros, puesto que se encuentran sobre la representación de ellos; sin
embargo, aún no se han encontrado relación con la geografía real. El primero es un círculo con un
aro hacia abajo, Aguilera (1986: 53) sugiere que es un anillo. Proponemos que este glifo se trata
más bien de un tecomate, ya que se encontró un logograma parecido en la Matricula de Tributos.

305
Flor Yenin Cerón Rojas

El siguiente es un jade sobre una cañada, del cual Aguilera propone el nombre de Chalchiuhtlaco

(1986: 53). Una cabeza sobre la montaña es el siguiente glifo, de esta figura se encontraron varios
ejemplos en la Matricula de Tributos que se podrían comparar con el primero y pueden tener

varios significados, Aguilera sugiere una lectura de Tlacatlauhco (1986: 53). Para el último glifo se

propone la representación de una flor.

Comentarios finales

Los mapas novohispanos, como el de Uppsala, deben estudiarse desde diferentes ángulos y
perspectivas debido a la complejidad que puedan presentar. Para este caso particular,
desconocemos cuál fue el propósito de su confección, sin embargo, su riqueza cartográfica,
histórica e iconográfica es invaluable. El objetivo de este trabajo fue realizar una primera
aproximación geográfica de algunos topónimos representados esperando que en futuras
investigaciones se realice una discusión sobre lo propuesto, ya que son pocos los trabajos que han
abordado el estudio de este documento. Considero que si bien la localización de la mayoría de los
lugares puede ser coherente con la cartografía actual, es necesario continuar con la investigación
pasando a un análisis de fuentes y de la geografía histórica que pudiera arrojar más datos sobre el
mapa y los topónimos representados.

306
El noroeste del Valle de México en el Mapa de Uppsala

Figura 3. Ubicación de los pueblos estudiados en la geografía actual

Fuente: INEGI modificado por la aurtora.

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Flor Yenin Cerón Rojas

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308
LA UBICACIÓN DE TZICOHUAC EN EL LIENZO DE TZOQUITETLÁN

Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez,


Cristina García Pura *

Resumen

En 2012 la historia cambió para el Lienzo de Tzoquitetlán al salir a la luz lo que en verdad

representa, los límites de la provincia huaxteca de Tzicohuac, la ubicación de su cabecera


homónima, así como la de los pueblos y caminos que conformaron. La toponimia presente en
este lienzo, tanto de glosa como glífica, ha sido contundente para referir el establecimiento de
Tzicohuac cabecera, ubicación cuestionada por los especialistas de la Huaxteca. Gracias a los
estudios realizados desde 2012, se ha dado el nombre correcto al sitio arqueológico que
corresponde a la Tzicohuac cabecera, que albergó uno de los grandes mercados huaxtecos
durante el Postclásico tardío. Esta revelación es dada gracias a la toponimia que contiene el
Lienzo de Tzoquitetlán, propuesto a renombrar como Lienzo de Tzicohuac.

Abstract

In 2012 the story changed for the Lienzo de Tzoquitetlan when it came to light what really

represents, the limits of Huaxtecan province of Tzicohuac, the location of its country town
that has the same name, as well as the towns and roads they formed. The present toponymy
this canvas, both glossed glyphic place, has been forceful to refer to the establishment of
Tzicohuac country town, location questioned by specialists Huaxteca. Thanks to studies from
2012 to date, has been given the correct name to the archaeological site corresponding to the
Tzicohuac country town, which housed one of the great Huaxtecs markets during the Late
Post Classic. This revelation is given through place the toponymy content in this Tzoquitetlan

canvas, proposed to rename as Lienzo Tzicohuac.

*
Posgrado de Estudios Mesoamericanos, Universidad Nacional Autónoma de México,
almarosaespinosa@gmail.com; Universidad Pedagógica Nacional, Plantel Orizaba, Veracruz,
garciamarquezmeb@gmail.com; Departamento de Toxicología, Medicina Legal y Antropología Física,
Universidad de Granada, España cgpura@gmail.com

309
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

La directriz del estudio

La importancia de la toponimia en el estudio de los documentos antiguos es vital, tal como lo


muestra la revelación del verdadero contenido del Lienzo de Tzoquitetlán, o Lienzo de

Xochimilco. La toponimia es el estudio de los glifos y su significado. Nos permite conocer las

formas como fueron registrados los nombres de lugares y la simbología de ellos, casi siempre
relacionada con la geografía del sitio o bien con las actividades en los mismos. Existen varios
métodos para su estudio, algunos sólo describen los elementos de cada topónimo según su
valor fonético o jeroglífico (Peñafiel, 1885; Galarza, 1979), otros fragmentan el topónimo
desde su raíz náhuatl y luego su representación glífica, generando con ello un significado en
español (Dibble, 1940); también se estudia los nombres de personajes llamados antropónimo,
lo cual permite conocer el registro histórico y genealógico de cada personaje en los códices.

La aparición

El Lienzo de Tzoquitetlán, o Xochimilco, se encuentra resguardado con el número 35-96 en el


acervo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia desde 1934, fecha en que fue
donado sin datos de su procedencia. Fue elaborado en cuatro tiras de tela de algodón que,
cosidas entre sí, dan un ancho de 242 cm por 300 cm de largo, lo cual lo hace el lienzo más
grande del Estado de Veracruz. La tela se conserva relativamente íntegra pero los dibujos
sufrieron fuerte deterioro con el tiempo. La simbología que se puede observar con escritura
náhuatl enmarca temporalmente a los primeros años posteriores a la Conquista, aunque
también se observan glifos plasmados a la usanza prehispánica.
El Lienzo fue incluido en diversos catálogos que actualizaron el inventario de la
Biblioteca Nacional de Antropología e Historia. En 1964 John Glass lo catalogó basado en las
glosas en náhuatl que aparecen al centro del documento y lo nombró Lienzo de Xuchimilco o

Tzoquitetlán, sin reparar en su toponimia general; esto a pesar de que en su descripción el

mismo Glass destaca y describe la presencia de los glifos de mayor tamaño observables,
Metlalteocan y Tzicohuac. En el catálogo de Glass y en otros posteriores lo citan como un
documento cartográfico-histórico según la clasificación de códices (Glass, 1964; Glass y

310
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

Robertson, 1975; Guzmán y Mercader, 1979; Oudijk, 2010 quien de forma electrónica
actualizó el trabajo de Glass conformando la página web Wiki-Filología; García Márquez, en
su Proyecto Códices de Veracruz, en Academia.edu 2014).
Desde su llegada al Museo Nacional de Antropología e Historia, y posteriormente al
acervo de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia, el lienzo quedó resguardado bajo
el nombre Xuchimilco o Tzoquitetlán, así permaneció inédito y por su nomenclatura de
catalogación asociado al pueblo de Xochimilco, ubicado al sur de la Ciudad de México.
Bajo esta errónea adjudicación de procedencia, en 1978 se mandó reproducir una
copia fiel al que se encuentra en el acervo de la Biblioteca Nacional de Antropología,
adoptándolo como representativo de la localidad. Dicha copia se encuentra exhibida en el
interior del museo arqueológico de Santa Cruz Acalpixca, localidad de la misma delegación de
Xochimilco, a escasos 10 km del centro de pueblo que lleva el mismo nombre. Esta
reproducción mide 4 m de largo por 2.4 m de ancho, casi exacta al original, y fue realizada en
tela de algodón por la pintora Rina Lazo por encargo de la señora Dolores Olmedo.

La justificación y antecedentes

De lo mencionado resalta la importancia del estudio de la toponimia y las consecuencias de su


falta de aplicación sobre este Lienzo de Xuchimilco o Tzoquitetlán. La forma errónea de

catalogación al ignorar sus topónimos evitó que hubiese sido visto y asociado a su verdadero
contenido, quedando alejado de la región a la cual verdaderamente pertenece.
En el año 2012 Espinosa Ruiz publicó lo que representa el lienzo: los límites de lo que
fue la Provincia huaxteca de Tzicohuac, la ubicación exacta de su cabecera, y la ubicación de
pueblos y caminos registrados en el códice. Después de esta noticia se han realizado otras
publicaciones que acreditaban lo que este lienzo contiene (Espinosa 2012, 2013; Espinosa et

al., 2015). Actualmente este lienzo forma parte del Proyecto Rescate de la memoria histórica

Huaxteca: códice Tzoquitetlán, investigación auspiciada por el Consejo Nacional de Cultura y

las Artes (CONACULTA), y el Instituto Veracruzano de la Cultura (IVEC) a través del


Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias (PACMyC-2013), con la
finalidad de llevar un facsímil del lienzo a cada uno de los municipios que hoy en día se ubican

311
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

sobre el espacio geográfico que ocupó la provincia de Tzicohuac. Con este esfuerzo se pretende
rescatar la memoria histórica de la región a partir de la entrega del códice a las escuelas de los
mismos municipios.

Figura. 1. Mapa que muestra los límites de la Huaxteca. Al Sur se enmarca el área donde se ubicó la
Provincia de Tzicohuac y su cabecera, también la ubicación de los mercados de Tuxpan y Temapache

Fuente: tomado de Ochoa, 2008 y modificado para esta publicación.

La Huaxteca

Uno de los estados donde se desarrolló la cultura huaxteca fue Veracruz, sin embargo, la región
a la que nos referimos en este texto se ubica al sur de este estado (Figura 1). La cultura
huaxteca ha sido objeto de diversos estudios, sobre todos los enfocados a la época Posclásica

312
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

(1150 a 1521 d.C.), espacio temporal al cual varios arqueólogos (Lorenzo Ochoa, Diana
Zaragoza, Patricio Dávila, Guy Stresser-Pèan, William Sanders, por citar algunos) identifican
como el momento en el que se desarrollaron y consolidaron las características que diferencian
esta región de las otras áreas culturales de Mesoamérica, como por ejemplo sus centros
ceremoniales urbanizados con una arquitectura de basamentos cuadrangulares y circulares en
torno a plazas abiertas, la escultura, la pintura mural, el tallado de la concha, el tejido de
algodón, la alfarería decorada en negro sobre blanco con las vasijas efigies, la deformación
cefálica tabular erecta, la mutilación dentaria, los entierros sedentes y la presencia de cráneos
trofeo, por citar algunos datos (Ochoa, 2001: 41).
La cultura huaxteca se caracterizó por mantener un desarrollo económico que
interactuó con su medio ambiente, de donde obtuvo una gran producción de maíz, cacao y
algodón, complementado con la explotación de ríos, lagunas y productos del mar. Esta
actividad económica provocó en el Posclásico tardío la codicia del pueblo mexica debido a la
fama del intenso intercambio que se efectuaba al interior de los mercados de Toxpan,
Tzicohuac y Temapache.
Se sabe por fray Bernardino de Sahagún (2000: II, 968) que la producción
sobresaliente de mantas de algodón, llamadas centzontilmatli, hizo famosos a los huaxtecos.

Otros productos no menos importantes para el comercio fueron el pescado y camarón, los
cuales salaban y secaban al sol para poder comerciar por todos los rincones de la costa y la
sierra, ocupando las rutas de comunicación de ríos y caminos terrestres, mismos que, en
algunos casos, se mantuvieron hasta la época colonial (Ochoa, 2001: 51).
De esta importante actividad comercial se da fe en el Códice Mendocino y en la

Matrícula de Tributos, donde se cita que Netzahualcóyotl aplicó el impuesto de más de 2,000

mantas de algodón cada seis meses (Códice Mendoza, 1980: láms. 54v y 54r). Otros impuestos
citados, además de las mantas de algodón, son mencionados por Alba Ixtlilxóchitl y Alvarado
Tezozómoc: 400 cueros de venado, 100 venados vivos, 100 cargas de chile, 100 cargas de
pepita, 100 papagayos grandes, 40 costales de pluma blanca y 40 costales de plumas de colores
(Ixtlilxóchitl, 1985: 107). Con esta importancia comercial la provincia de Tzicohuac fue
conquistada por Ahuízotl en 1486, y pasó a engrosar las filas de los pueblos tributarios (Códice

313
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

Mendoza, fol. 13v), citando a su cabecera como el centro recaudador de impuestos de esa

provincia.

La controversia

Con estos datos podemos visualizar la importancia de lo plasmado en este lienzo, y más porque
la ubicación exacta de su extensión y de su cabecera fue estudiada y cuestionada intensamente
desde mediados del siglo pasado, llevándola a una intrincada polémica porque para poder
ubicar geográficamente los límites de la provincia y de su cabecera, diversos investigadores
escudriñaron en los datos de las listas de tributación en el Códice Mendocino, en las del

Memorial texcocano de Motolinia, en los Anales de Cuauhtitlán y en el Memorial de Tlacopan,

así como diversa documentación de cédulas reales y documentos de tierras y en el Archivo


General de la Nación (AGN) (cf. Carrasco, 1996: 516-530).

De estos investigadores destaca la presencia de Joaquín Meade y José Luis Melgarejo


Vivanco, quienes desde sus respectivas trincheras propusieron la extensión que abarcó la
provincia y la ubicación de su cabecera, creando dos líneas de discrepancia en su estudio.
Joaquín Meade mencionó por primera vez en 1942 la ubicación de la cabecera de la
Provincia (Meade, 1942: 289-290), al citar un documento de las cédulas reales (vol. 42,
AGN), donde se menciona al pueblo de Chicoac o Chicontepeque, el cual relaciona con las
ruinas situadas sobre la Mesa de Cacahuatenco. Años más tarde, en 1962, con documentos del
AGN (Meade, 1962: 100-103) afirma que en los siglos XVI y XVII a la Mesa de
Cacahuatenco se le llamaba Mesa de Zicoac. Con esta nueva cita Meade afirma la ubicación y
nombre correcto de la hoy mal llamada Mesa de Cacahuatenco, y por ende del sitio cabecera
del pueblo huaxteco.
En 1945 José Luis Melgarejo Vivanco dio una nueva línea de ubicación cuando revisó
los estudios que efectuó Eduardo Fages en 1854, 1 en donde describió a la población de
Temapache en el Departamento de Chicontepec, y en ella a la población de Xicoaque o San
Isidro. Melgarejo tomó este dato como la primera prueba de la ubicación de la cabecera de la
Provincia de Tzicohuac, interpretando el dato de Xicoaque como un equivalente de

1
Eduardo Fages escribió Noticias estadísticas sobre el Departamento de Tuxpan en 1854, en donde describió el área
del actual Temapache, al norte de Tuxpan.

314
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

Tzicohuac. Años más tarde, relacionó los datos del Mapa de la Comisión Geográfica-

Exploradora de 1907 y posteriormente en la información del Censo de 1930, la existencia de

Xicoaque o San Isidro, argumentando que la cabecera de Tzicohuac se ubicó en lo que hoy es
la población de Doctor Montes de Oca, al oriente de Toxpan, actual Municipio de Álamo.
Así se expresaron las dos propuestas sobre la ubicación, de las cuales,
desafortunadamente, las aportaciones de Meade quedaron a la zaga, dejando el paso a
Melgarejo, quien a partir de la identificación de los pueblos tributarios mencionados en el
Códice Mendocino, en la Cuenta de Texcoco, en los Anales de Cuauhtitlán, en Motolinia y hasta

en la Nómina de Tacuba publicó el primer mapa de los límites de la Provincia de Tzicohuac y

de la ubicación de su cabecera (Melgarejo, 1945: 36), acercándose a lo que en realidad había


sido la extensión geográfica de la Provincia tributaria de Tzicohuac, no así de la real ubicación
de su cabecera.
Ante este panorama de divergencias, algunos huaxtecólogos aceptaron que la cabecera
de la Provincia Tzicohuac era el asentamiento ubicado sobre la Mesa de Cacahuatenco; entre
ellos se encuentran Jiménez Moreno y Lorenzo Ochoa, quiénes en repetidas ocasiones
afirmaron en cursos y conferencias, que ese sitio ubicado sobre la Mesa de Cacahuatenco era el
sitio de Tzicohuac, donde se efectuaba uno de los grandes mercados huaxtecos.
Años más tarde, Guy Stresser-Pèan (1998: 195-203), quien a partir de una amplia
descripción de antecedentes e interpretaciones sobre Tzicohuac, afirmó contundentemente
que la cabecera de la provincia huaxteca fue el sitio ubicado sobre la llamada Mesa de
Cacahuatenco. Stresser-Pèan interpretó los límites dados en la Suma de Visitas de Pueblos (en
los Papeles de Nueva España) trazando con ellos la extensión tentativa del pueblo huaxteco de

Tzicohuac (Stresser, 1998: 196 y 201, Fig. 49).


A partir de dichas propuestas de ubicación otros investigadores especularon en torno a
la extensión de la provincia, tal fue el caso de Robert Barlow (1949: 81), quien utilizó las
posturas de Meade de 1942 sobre la Mesa de Tzicoac o Cacahuatenco, y la de Melgarejo 1945
en Dr. Montes de Oca (antes San Isidro) para proponer la extensión de su provincia.
Posteriormente, Nigel Davis (1968: 35) retomó la cita de Meade de 1962 y se une a citar que
Tzicohuac se encontró al sur de lo que fue su provincia. Por su parte, Peter Gerhard citó la
provincia cuando describió la alcaldía Mayor de Guayacocotla, y al hablar sobre la población y

315
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

asentamiento da puntual referencia a la cabecera de Cicoac y afirma que “la Cicoac original
estaba probablemente sobre el río Vinazco cerca de la unión con el Tuxpan”, dato que se
acerca a la propuesta de Melgarejo (Gerhard, 1986: 137).
Nos referimos a lo expresado sobre los lienzos de Tuxpan, en los cuales la mención
pictográfica del topónimo de Tzicohuac se aprecia en sus Mapas Regionales Primero, Segundo
y Tercero (Melgarejo, 1970: Mapa regional Primero, detalles 1 y 2), siempre en el margen
superior derecho al lado del de Metlaltoyuca, ambos rodeados de los ríos Vinazco y Pantepec
(Figura 2).

Figura. 2. Mapa Regional Tercero. Lienzos de Tuxpan

En el margen superior derecho se observan, al centro de las dos corrientes de agua, los topónimos de Tzicohuac y
Metlaltoyuca, ambos como pueblos limítrofes con la Provincia de Tuxpan. La ubicación de ambos en torno a los
ríos que corresponden al Vinazco y Pantepec, muestra el dato exacto de la ubicación de Tzicohuac cabecera.
Fuente: Melgarejo, 1970.

Desafortunadamente este dato fue ignorado por Melgarejo en su interpretación, quien lo


calificó como un error de ubicación. Tal postura siguió siendo ignorada por los proyectos
auspiciados por la Universidad Veracruzana: Proyecto Tzicohuac 1994, a cargo de José Luis

Melgarejo Vivanco; Proyecto de investigación en la zona denominada Cacahuatenco, 2000,


dirigido por los investigadores Alfonso García García, Rufina Hernández Martínez y Luis

316
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

Sánchez Olvera; Proyecto El asentamiento Oriental de la Mesa de Cacahuatenco, Ixhuatlán de

Madero, Veracruz, 2008-2009, bajo el cargo de Luis Sánchez Olvera.

El protagonista

La geografía política actual y lo plasmado en el Lienzo de Tzoquitetlán nos permite decir que

sus límites geográficos abarcarían parte de los actuales municipios de Ixcatepec, Chicontepec,
Benito Juárez, Ilamatlán, Huayacocotla, Texcatepec, Tlachichilco y Álamo Temapache, así
como todo Ixhuatlán de Madero (Figura 3).

Figura 3. Mapa que muestra la geografía política de la región del norte de Veracruz, correspondiente al
sur de la Huaxteca

Con línea roja se enmarcan los límites de lo que fue la Provincia de Tzicohuac. Basado en lo plasmado en el
Lienzo de Tzoquitetlán-Tzicohuac. Elaboración propia, tomado de: Espinoza, 2015.

En cuanto a su composición, el rectángulo que conforma el lienzo está orientado de noreste a


suroeste; en sus esquinas, con glosa de caracteres latinos, se marcan los puntos cardinales (el
norte a la derecha) (Figura 4).

317
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

Figura 4. Lienzo de Tzoquitetlán, tomado de Espinoza 2015.

318
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

La composición está enmarcada por un camino que rodea a la provincia, el cual aparentemente
marca los límites de ésta; sobre este camino resaltan las huellas de pisadas que lo siguen y la glosa
en náhuatl quaxochtli (Figura 4**) que se repite dieciocho veces a lo largo y al margen de ese

camino. Se observa que el camino desaparece cuando topa con algún río, pero las huellas van sobre
el río. Este último dato confirma que la ubicación de la palabra quaxochtli [mojonera], se relaciona

con la delimitación de la provincia.


Se observa que los límites fueron borrados y cambiados, hecho que hemos interpretado
como los diversos momentos históricos de la región, primero como pueblo huaxteco, después
cambios en la extensión de la provincia como tributaria de Texcoco, y posteriormente bajo el
dominio tributario del Imperio Azteca.
Por la conformación del relieve de la zona resalta la abundancia del recurso hídrico, dato
que en el lienzo fue claramente plasmado. Aunque no se usó el glifo prehispánico característico de
agua para señalarlos, sí se resaltó su jerarquía en función del ancho de los cauces. Se han
identificado:

1) Río Vinazco (Figura 4b) en el lienzo, su presencia corrobora la extensión de la provincia en


los municipios de Zontecomatlán, Tlachichilco y Texcatepec con los que es frontera natural;
posteriormente su cauce confirma el espacio correspondiente al municipio de Ixhuatlán de
Madero, para unirse en Álamo con el río Pantepec y conformar ambos el cauce del Tuxpan,
del cual sólo se aprecia una porción muy corta que queda fuera de los límites de la provincia.

2) Río Pantepec (Figura 4c), nace en el estado de Puebla y en el lienzo se observa formando la
frontera sureste de la Provincia, con sus afluentes importantes el Arroyo Grande (Figura 4 c1)
y el Beltrán (Figura 4 c2), de este último río destaca la simbología que se utilizó para
mostrarlo: dos glifos de piedra amarrados. El río Pantepec tiene confluencia con el Vinazco,
en el municipio de Álamo, para continuar ambos como río Tuxpan, del cual en este lienzo se
observa muy poco trayecto.

319
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

3) Los ríos Zontecomatlán y parte del Calabozo (Figura 4d) forman parte de la frontera
noroeste de la provincia. En la actualidad corren en los municipios de Huayacocotla,
Zontecomatlán y Benito Juárez.

Además de estos ríos se aprecian muchos otros de menor tamaño que remiten al paisaje
hidrológico de la región con gran exactitud.
La composición en general gira entorno a la imagen de un cerro con forma de serpiente en
el cual se puede leer con glosa latina la palabra Tzicohuac. En su conjunto este topónimo

representa la cabecera de la provincia de Tzicohuac, y su ubicación geográfica, como ya se


mencionó, corresponde a la elevación llamada hoy en día Mesa de Cacahuatenco, en el municipio
de Ixhuatlán de Madero.
El topónimo de Tzicohuac muestra en su cola dos grandes crótalos que nos remite a una
de las serpientes más comunes y venenosas en ese espacio geográfico, “la Nauyaca o la Labaria”
(Bothropsatrox) conocida en la región Huaxteca como cuatro narices. Entorno a la composición
de este topónimo se observan los glifos de piedra que se repiten siete veces en torno al cuerpo de la
misma (Figura 5 a1). Su cabeza de perfil muestra el ojo abierto, conformado por el glifo de una
pequeña piedra asociada al de una nube (Figura 5 a2). La nariz al frente está representada por un
gancho que remite, nuevamente, al glifo de nube (Figura 5 a3). De entre sus fauces se deja ver
cerca de la comisura su colmillo, al mismo tiempo que se observa la proyección al exterior de su
lengua bífida (Figura 5 a4).

320
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

Figura 5. Dibujo copia fiel del Lienzo de Tzoquitetlán

Topónimo central del discurso del códice. Representa la cabecera de la Provincia Huaxteca, Tzicohuac. Se aprecia en
él los elementos glíficos que componen la imagen de la gran serpiente (Dibujo de Martín A. Espinosa Ruiz).

Sobre el lienzo se muestra una red de caminos marcados con huellas de pies que indican el rumbo
de su destino; su presencia y ubicación en este documento da fe del control que tenía la cabecera
de Tzicohuac, al salir y llegar éstos de ella. Como anteriormente se citó, el comercio huaxteco que
se efectuaba en sus mercados tuvo gran auge porque se apoyaba en una red de comunicación
terrestre y fluvial.
Esta característica comercial sigue viva hoy en día en el área que nos ocupa, la presencia de
los mercados itinerantes y fijos (f en Figura 4) llamados tianguis, da fe de la supervivencia de esta
práctica prehispánica. El glifo con el cual se identifican estos tianguis se encuentra repetido en
varios puntos de este lienzo, reafirmando con ello la existencia sobre la cabecera del gran mercado
de Tzicohuac, tan citado en las fuentes (Hernán Cortés, Fray Diego Durán, Alvarado de
Tezozómoc, Códice Mendocino, Matrícula de Tributos, Bernal Díaz del Castillo, Fernando de Alva

Ixtlilxóchitl, Fray Bernardino de Sahagún, entre otros).


La toponimia presente en este documento es sumamente amplia, sin embargo y bajo el
entendido que este lienzo seguirá en estudio para difundir más datos, mencionaremos algunos de

321
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

los identificados hasta hoy en algunos de los municipios que abarcan este códice, algunos de ellos
han cambiado de nombre y en otros persisten:

Municipio de Chicontepec: Chicontepec (gg en Figura 4), se muestra con su glifo de siete círculos

que alude a los siete cerros que rodean a esta zona; al lado de ésta se observa una construcción
colonial, posiblemente un convento, debido a que enfrente de ella se observa una cruz que
pareciera ser atrial.

Municipio de Ixhuatlán de Madero: Imalontlan (q en Figura 4) e Izhuatlan (r en Figura 4) ambos

relacionados con Ixhuatlán; Tliltzapoapan referida en la Matricula de Tributos como

Tetzapotitlan población sujeta a la provincia de Atlan y hoy San Pedro Tziltzacuapan (s en Figura
4); Atlan, hoy Pisaflores (t en Figura 4), referido en el Códice Mendoza, Folio 13r, como territorio

que formó parte del reino huaxteco de Tzicohuac; Tecpamolanco, hoy Molango (u en Figura 4),
se observa el glifo de tianguis, mismo que actualmente tiene gran importancia en su región; Chilan
(v en Figura 4) destaca por la representación de guerreros que ostentan el clásico peinado
huaxteco; Xuchimilco, hoy Xochimilco (k en Figura 4); Tzoquitetlán (l en Figura 4); Moyotlan
(m en Figura 4) el cual ostenta el glifo de tianguis.

Municipio de Benito Juárez: Teopacacatlan (w en Figura 4); Municipio de Huayacocotla:

Tlecpacyocotla (y en Figura 4); Municipio de Zontecomatlán: Huilocuitlatla (z en Figura 4)

Municipio de Álamo Temapache: Buinaxco (aa en Figura 4), actualmente llamado Aguacate de

Vinazco, sobre la margen del río; Tigre (bb en Figura 4) localidad que conserva el mismo nombre
sobre el margen del río Pantepec.

Otro elemento que sobresale en el lienzo es la representación con forma humana y con marcadas
diferencias, entre la población indígena y los colonos. Existen dos ejemplos muy claros, nos
referimos a la representación de dos figuras humanas completas en diversas actitudes, y por otro

322
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

lado a la representación de bustos o simples rostros, en perfil su mayoría. En ambos casos las
características específicas que presentan han permitido diferenciarlos entre figuras que
representan a indígenas, a indígenas cristianizados y por último a los colonizadores. De ellas se
enfatiza en dos grupos, que son los que mejor se distinguen en el lienzo.
Dos individuos de sexo masculino (cc sobre Fig. 4). Por sus características físicas y sus
atavíos se propone que son personajes indígenas huaxtecos (Fig. 6): muestran en la cabeza lo que
identificamos que podría ser o el gorro cónico o bien la cabellera agarrada en una cola con una
pluma al final, característica forma de peinarse. En ambos casos queda reflejada también la
deformación craneal que los huaxtecos practicaban (Fig. 6a). Si nos fijamos en los rasgos faciales,
aunque están representados de manera muy sencilla con puntos y líneas, en el primer individuo se
llega a apreciar lo que podría ser la perforación de la nariz, propia de los huaxtecos (Fig. 6b), donde
se colocaban bien una pieza de oro o en algunos casos una pluma roja (Johansson, 2010; Sahagún,
2000; Códice Xicotepec, 1995). Se aprecia a simple vista que únicamente les cubre un maxtlatl o

taparrabos (Fig. 6c).

Fig. 6. Fragmento del Lienzo de Tzoquitetlán

Se aprecia dos personajes huaxtecos con atuendos característicos de los


guerreros, así como las huellas de las costumbres culturales huaxtecas.
Tomado de: Espinoza 2015.

323
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

En el segundo individuo (Figura 6), en la parte de la cintura, a la altura de las últimas vértebras
lumbares, se aprecia tenuemente un círculo, el cual podría formar parte de las sonajas de
caracolillos o de bronce que llevaban los guerreros huaxtecos (Códice Xicotepec de Stresser-Pèan,

1995; Johannson, 2010). Otro rasgo que permite identificar a los guerreros o cazadores es la lanza
que lleva el primero en su mano izquierda (Figura 6e), el segundo parece sostener en su mano
derecha un escudo (Figura 6g).
Muy cerca del topónimo de Chicontepec (ee en Figura 4), otro personaje en posición
erguida con las piernas juntas y portando algún objeto en su mano izquierda (Figura 7a) aparece
vestido con una especie de camisola o tilmaque que le cubre todo el cuerpo, vestimenta indígena

muy característica de los de los primeros años de la Colonia. Junto a él otros dos personajes
(Figura 7b), de los cuales sólo se aprecian sus cabezas. En estos últimos se puede ver el peinado
característico huaxteco coronado por una pluma (Figura 7c); parecen indígenas adoctrinados
dado que la religión católica no permitía la desnudez, la cual era otra costumbre que los nahuas del
Valle de México le atribuyeron a los huaxtecos. El lienzo muestra una convivencia en su
pictografía de dos momentos, el indígena huaxteco con prácticas asociadas a su cultura y la
presencia de la iglesia católica, ambos recuerdan la efervescencia que se vivió en la zona durante los
primeros años posteriores a la Conquista.
La jerarquía indígena de la zona no podía faltar (u en Figura 4), nótese al gobernante de
Tecpamolanco, hoy Molango (Figura 8), el cual fue conquistado por Ahuízotl en el año 8-ácatl; se
representa sentado sobre su tlatocaicpalli (silla real, Figura 8a) custodiando su tecpancalli (casa de

gran señor, Figura 8b), además se observa su peinado que ostenta la costumbre huaxteca,
recordando la pertenencia de esa población al poderío huaxteco. Tecpamolango se puede traducir
literalmente como lugar de la casa real de Molango.

324
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

Fig. 7. Fragmento del Lienzo de Tzoquitetlán

Se observan personajes cuya vestimenta nos permite identificar el


momento de contacto durante los primeros años de la Colonia. Tomado
de: Espinoza, 2015.

Otro personaje relevante es el que se observa custodiando lo que fue la provincia de Atlan también
representada en el lienzo (t1 en Figura 4). Atlan, con el glifo de ojo de agua (Figura 8 c), muestra a
un personaje que no es huaxteco, de pie, el cual se encuentra coronado por una diadema señorial
con un dardo o tlacochtli (Figura 8d), que significa jefe con título de tlacochteuctli, el que se

encargaba de prevenir revueltas en las provincias conquistadas y garantizar el cobro de tributos


para los aztecas.
Atlan, hoy Pisaflores (Figura 8e), fue referido en el Códice Mendoza (folio 13r), como

territorio que formó parte del dominio huaxteco de Tzicohuac, el cual fue conquistado por
Ahuízotl en el año 8-ácatl (1487) para fundar ahí la guarnición azteca.
En la Matrícula de Tributos se cita a Tliltzapoapan como Tetzapotitlan, población sujeta a

la Provincia de Atlan, hoy San Pedro Tziltzacuapan (Figura 8f). Este lugar en el lienzo muestra a
su mandatario sentado custodiando su calli, pero en este caso se aprecia que su peinado no lo

remite a la costumbre huaxteca.

325
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

Figura 8. Dibujo fiel de la sección Sur del Lienzo de Tzoquitetlán

Se aprecia los glifos y antropónimos del territorio dominado por los huaxtecos y posteriormente por los aztecas
(Dibujo de Martín A. Espinosa Ruiz).

Otro territorio conquistado por los mexicas en tiempos muy tardíos, como se cita en el “Memorial
de los pueblos de Tlacopan” (Epistolario de la Nueva España, vol. XIV: 118-122), también fue

pintado en este lienzo como Metlalteocan, hoy Metlaltoyuca (g en Figura 4), representado por el
gran cerro en forma de media herradura, sobre el cual se observa su topónimo de un metate
(Figura 9g). Su ubicación geográfica exacta se muestra en este lienzo con el segundo glifo más
grande dentro de éste, en el que se pueden apreciar dos antropónimos que hemos identificado
como Netzahualcóyotl (Figura 9 g1), dado que se aprecia en su antropónimo la diadema
jerárquica y el glifo de un coyote, ambos asociados al significado de su nombre: Nezahual.cóy
ō.tl
“coyote que ayuna”; delante un segundo personaje lo acompaña con un glifo que bien podría ser su

326
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

hijo o posiblemente su nieto Ixtlilxochitl que significa: cara hermosa como una flor, o flor obscura
de fibra (Figura 9 g1*).
La presencia de estos dos personajes dentro del topónimo de Metlateocan se ha
relacionado con lo pintado en el Códice de Xicotepec, sección 10, el momento en que

Netzahualcóyotl realizó la conquista de un pueblo de la Huaxteca en la fecha 4 Tecpatl (1444)


(Stresser-Pèan, 1995: 94).

Fig. 9. Dibujo fiel de la sección Sur-Este del Lienzo de Tzoquitetlán

Se aprecian los topónimos de las provincias limítrofes de Tzicohuac: Metlaltoyuca y Tuzapan


(Dibujo de Martín A. Espinosa Ruiz).

El acontecimiento referido puede explicar la presencia de estos dos antropónimos en el lienzo de


Tzoquitetlán dentro del topónimo de Metlaltoyuca y también que sea esa la fortaleza de
Metlaltoyuca a la que se hace referencia en la sección 10 del Códice de Xicotepec. Continuando
con lo representado en esta sección del lienzo, donde se aprecian los topónimos de Tuzapan
(Figura 9 g2) compuesto por una tuza, como parte de los pueblos limítrofes de Tzicohuac.
La lista de todos los glifos y topónimos observables en el Lienzo supera la extensión del
presente texto, sin embargo, lo presentado hasta aquí aporta datos valorables de este documento,
dejando en el tintero muchos más en proceso de estudio que se plasmarán en un futuro trabajo.

327
Alma Rosa Espinosa Ruiz, Agustín García Márquez, Cristina García Pura

Comentarios finales

La interpretación de la toponimia presente en este lienzo, tanto de glosa como glífica, ha sido
contundente para poder referir la ubicación exacta de Tzicohuac cabecera y de los límites de su
provincia, ubicación sumamente cuestionada por los estudiosos de la Huaxteca.
Las relaciones prehispánicas entre cabecera y pueblos subordinados se basaban en los
compromisos entre los gobernantes de cada asentamiento. Guerras, conquistas, herencias, cambios
en los linajes de los gobernantes hacían que el territorio no fuera necesariamente continuo y las
jurisdicciones se traslaparan. Los españoles buscaron formar unidades territoriales compactas
mediante el reordenamiento territorial y la conciliación entre los referentes culturales europeos y
mesoamericanos (Martínez, 1984: 51-76; García Zambrano 1990). El cambio del altépetl a la
República de Naturales es un tema al que seguramente los estudios sobre el lienzo de contribuirán
en el futuro.
Por ahora, los estudios toponímicos han permitido dar el nombre correcto al sitio
arqueológico donde se ubicó la cabecera de Tzicohuac, la cual albergó uno de los grandes mercados
huaxtecos durante el Postclásico tardío.
La revelación gracias al estudio de la toponimia es la de descartar rotundamente la
ubicación de la ciudad de Tzicohuac propuesta por Melgarejo en el poblado de actual Doctor
Montes , municipio de Álamo, Veracruz.
Finalmente, como una conclusión preliminar del Lienzo de Tzoquitetlán-Tzicohuac, se

puede decir que, habiéndolo comparado con el mapa actual de esta región gracias a la toponimia
precisa y exacta que posee, la ubicación del elemento central de este lienzo frente al cerro de
Metlalteocan y entre los ríos Vinazco y Pantepec, corresponde a la geografía actual y exacta de la
Mesa de Cacahuatenco, lo que significa que el sitio arqueológico ubicado sobre esa mesa, según
este lienzo, correspondería a Tzicohuac, cabecera de la gran provincia huaxteca.

328
La ubicación de Tzicohuac en el Lienzo de Tzoquitetlán

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331
V

La toponimia desde el enfoque sociolingüístico


LOS TOPÓNIMOS O’DAM.
VIDA SOCIAL Y MEMORIA DE UN PUEBLO DEL NOROESTE MEXICANO

Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido *

Resumen

En este trabajo exploramos cómo los tepehuanos del sur de Durango establecen una relación
cultural e histórica con el paisaje a través de la designación de nombres de lugar. Desde lo cultural,
muchos topónimos son el reflejo de las apreciaciones estéticas, y de relaciones sociales de diversa
índole incluyendo a las deidades y a los ancestros. Desde la diacrónica, pueden referir a eventos de
un tiempo mítico o pasado remoto que hacen a estos nombres de lugar prácticamente
indescifrables. Además, su formación gramatical demuestra el paso del tiempo y el contacto con
otras lenguas. En base a esas dimensiones, establecemos una propuesta tipológica para describir la
toponimia de esta lengua.

Abstract

In this paper we explore how Tepehuans from southern Durango establish a cultural and
historical relationship with the landscape through designation of place names. Culturally, many
place names reflect aesthetic appreciation, and social relations of various kinds including the
deities and ancestors. Diachronically, they can refer to events of a mythical time or distant past
that make these place names practically indecipherable. In addition, their grammatical formation
shows the passage of time and the contact with other languages. Based on these dimensions, we
establish a typological proposal to describe toponymy in this language.

*
Centro INAH Durango, odam_areyes@yahoo.com.mx, odamareyes@gmail.com; CEA-FCPyS, UNAM,
ggsalido@gmail.com.

335
Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido

Introducción

Los topónimos son expresiones concretas y complejas de los pueblos acerca de su experiencia de
“habitar” el mundo (dwelling [Ingold, 2011: 153-287]) y de su relación con el paisaje. Éste

constituye un registro de la vida y el trabajo de las generaciones pasadas que lo han habitado y han
dejado algo de ellas en él (Ingold, 2011: 189). 1 No cabe duda que los nombres de lugar son uno de
sus testimonios más palpables, duraderos y reticentes al cambio, a tal grado que en ocasiones
resulta imposible descifrar sus significados que se encuentran perdidos en el tiempo.
En el presente texto nos tomamos en serio el título del coloquio que dio origen al mismo,
“La memoria de los nombres”, y nos preguntamos cómo se constituye esa memoria que se expresa
de manera concreta en los nombres de lugar.
Tomando como caso la experiencia de habitar el mundo desarrollado por los tepehuanos
del sur de Durango (o’dam/au’dam), queremos mostrar que la comprensión de las relaciones de los

pueblos con el paisaje expresadas a través de los topónimos no puede reducirse ni a un análisis
filológico, ni a uno geográfico, ya que se trata de experiencias completas de vida, cuyo significado
se encuentra en permanente “re-construcción” por cada generación, la cual decide qué elementos
de significado de la generación anterior conservar. 2 Asimismo, como ya apuntaba Basso (1988:

102) en su bien conocido texto Speaking with names, los “nombres de lugar” conforman dominios

semánticos diferenciados en cada lengua, los cuales tienen correlatos espaciales e históricos.
Consecuentemente, si partimos del presupuesto de que los topónimos constituyen dispositivos
para la memoria, 3 es necesario establecer el tipo de registros que permiten perpetuar y cuáles son
los mecanismos de los que se vale.

1
Ello se inscribe en lo que desde una perspectiva fenomenológica Ingold (2011: 189) denomina como dwelling
perspective.
2
Esta perspectiva contribuye a evitar los esencialismos culturalistas que encuentran problemas en explicar el cambio
cultural y los mecanismos de “transmisión de conocimientos”. Bajo la perspectiva de dwelling perspective, los
miembros de cada generación se conciben como organismos-personas que participan activamente mediante la
práctica, en la construcción de su forma de vida, de tal forma que “la cultura” no es simplemente “transmitida” por la
generación anterior, sino “reconstruida” por cada generación (Ingold, 2011: 5).
3
Entendemos por “memoria” o “arte de la memoria” el conjunto de técnicas de construcción de representaciones
memorables a través de la elaboración e interpretación de una iconografía” (Severi, 2010: 15).

336
Los topónimos o’dam

En el presente texto atenderemos tanto al análisis estructural desde el punto de vista


morfológico de los nombres de lugar, como a sus correlatos paisajísticos, sociales y mitológicos,
con lo cual esperamos explicar su significado literal y cultural. 4

Los topónimos tepehuanos y las estrategias de análisis lingüístico

Entre los tepehuanos del sur de Durango encontramos diversas estrategias para la construcción de
los nombres de lugar en los órdenes cultural y lingüístico, 5 atendiendo a factores estéticos,
históricos y sociales (cfr. Basso 1988), que en la mayoría de los casos son difíciles de disociar. En el

caso de la lengua o’dam y desde el punto de vista estrictamente lingüístico, su documentación es

bastante reciente. Ramírez y Willett (1989) 6 propusieron una clasificación morfológica de


topónimos en su texto intitulado como “expresiones locativas”, en el que incluyen cuatro tipos: 1)
sustantivo + posposición; 2) sustantivo + verbo; 3) sustantivo, adjetivo, o adverbio (solo o en
combinación); y 4) nombres cuyos significados se desconoce.
Por otra parte, no se puede dejar de mencionar la tesis de Licenciatura en Lingüística de
Soto (1999), quien documenta 378 topónimos en seis de las siete comunidades tepehuanas del
sur. La autora hace una clasificación lingüística basada en dos criterios: 1) distinción léxica y 2)
distinción morfosintáctica. Si bien estas propuestas no son erróneas, consideramos que su
clasificación es demasiado básica y su sistematización es muy limitada.
La tipología que proponemos a continuación refleja una organización más representativa
con respecto a la formación (estructural y gramatical), al sentido (incluyendo topónimos con
significado incomprensibles) y a la relación de cambio que impera en la lengua. Con respecto a

4
De manera similar y para citar un caso regional entre los vecinos de los tepehuanos del sur, Iturrioz et al. (2010: 127)
muestran cómo entre los huicholes el lugar llamado Tateikie fue rebautizado por los franciscanos en el siglo XVIII
con un nombre de santo al que luego se le añadió un nombre náhuatl resultando en “San Andrés Cohamiata”;
posteriormente, tanto su uso como asimilación fonológica dieron como resultado el nombre huichol Xanatirexi, lo
cual refleja implicaciones de formación de palabra, cambio o influencia por los grupos en contacto, así como la
reorganización interna por parte del grupo wixarika que subyace en una complejidad que sólo puede ser explicada por
la convergencia de diferentes aspectos sociales, prácticos y gramaticales, entre otros.
5
En este caso hacemos la distinción entre “cultural” y “lingüístico” tan sólo como una estrategia metodológica para su
clasificación.
6
Asimismo, Willett et al. (2013: 347-348) registran un total de 55 formas sobre la documentación de topónimos en el
apéndice del diccionario.

337
Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido

este último punto, actualmente el o’dam es una lengua con un orden de verbo inicial, pero aún con

ciertos remanentes a mostrar características de verbo final (García y Reyes, 2015). El análisis de los
topónimos sirve como evidencia para mostrar este orden antiguo a través de ciertos topónimos
como Kokol kik (chile parado, eufemísticamente conocido como Chilapa en español), en donde el

predicado tiene su posición al final y no al principio como se esperaría; o bien, en topónimos


constituidos por dos nombres dando como resultado una palabra compuesta como en Susak chiub

(Cueva del Huarache), en donde el núcleo del compuesto ocurre de nuevo en la segunda posición
como en lenguas de verbo final.
Lo anterior contribuye a mostrar otra evidencia más de que la lengua sigue teniendo
características de verbo final en los nombres de lugar, aunque sea considerada mayormente una
lengua con características de verbo inicial. La clasificación de estrategias toponímicas que
ofrecemos en nuestra propuesta se basa en dos tipos mayores de clases de palabras: 1) nominales y
2) verbales, que a su vez contienen subtipos.

Los nombres de lugar y la memoria de los ancestros

Gran parte de los nombres de lugar entre los o’dam aluden a características del paisaje que remiten

a lo que podríamos denominar como acontecimientos mitológicos, tales como el primer


amanecer, en que muchos seres de un pasado remoto quedaron petrificados (Figura 1) o bien, se
trata de vestigios de las acciones de los antepasados deificados en su paso por el mundo (Reyes,
2015: 134). En este orden de ideas, y toda vez que a los dioses se les reconoce el carácter de
ancestros, la distinción entre mito e historia es irrelevante ya que los hechos consignados en los
relatos corresponden con las acciones de los antepasados de los tepehuanos, sus dioses, los cuales
dejaron huellas en el paisaje que lograron trascender hasta nuestros días. 7

7
En años recientes el estudio de la toponimia en la región del Gran Nayar, en donde habitan coras, huicholes,
mexicaneros y tepehuanos del sur, ha cobrado un nuevo auge a partir de la incursión de diversos proyectos
desarrollados por entidades tanto estatales como privadas, los cuales en muchos casos han sido fuente de conflicto
ante la afectación de los llamados y mal entendidos “lugares sagrados”. Probablemente el caso reciente más
emblemático es el que afecta a Wirikuta, en el desierto potosino, atentando contra la reproducción cultural de miles
de indígenas. Uno de los principales puntos de conflicto es el de determinar cuál es con precisión el “lugar sagrado”.

338
Los topónimos o’dam

Figura 1. Mo’ tam (Las Cabezas)

Foto: Antonio Reyes (2012)

De esta manera, la mayoría de los nombres de lugar corresponden con registros de la historia,
muchas veces actualizados a través de la acción ritual que recrea las acciones de los dioses y las dota
de sentido. Por ejemplo, lugares cuyo nombre en español carecen de significado, como el de Los
Charcos (Susban tam, “el lugar de los sapos”) (Figura 2), nos cuentan cómo el sapo engañó a la

lluvia y consiguió traerla por primera vez al mundo durante una ceremonia agrícola. Asimismo, el
topónimo nos informa sobre la experiencia que los tepehuanos viven anualmente cuando son
precisamente estos anfibios los que anuncian la primera lluvia de la temporada con su canto
(Reyes, 2006: 240-242). Por esta razón, anualmente durante la ceremonia agrícola llamada xiotalh

del mes de mayo, los o’dam de Santa María de Ocotán peregrinan hasta ese lugar para llevar

ofrendas de pinole a la morada de los sapos para obtener su favor y conseguir las lluvias de la
temporada.
Desde el punto de vista estrictamente lingüístico, cabe resaltar que gran parte de los
topónimos tepehuanos tienen una construcción gramatical relativamente simple y fácil de
comprender. Nombres como el mencionado Susban tam o Yatui cha’m (cerro de las papas)

(Figura 3), recurren a la posposición -tam o su variedad fonológica -cham, 8 que significa “en el

Para los tepehuanos los llamados xidhukam tam, lo que traducen como “lugares benditos” son puntos o áreas en el
paisaje que personifica o constituye la morada de un ancestro familiar o comunitario. En ese sentido, los xidhukam
tam dan testimonio de las acciones de los antepasados de los tepehuanos en el paso por este mundo, lo cual, como
mencionaba líneas arriba, constituye la noción de paisaje.
8
Aunque ésta posposición no es la única que se utiliza en la formación de topónimos, es sin duda la más productiva.

339
Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido

lugar de” aludiendo a determinada característica del paisaje que da nombre al lugar. 9 Esta
estrategia se puede reconocer como la más productiva y compartida por otras lenguas yuto-aztecas
como el cora (Casad, 1989), el huichol (Iturrioz et al., 2010) y el náhuatl (León Portilla, 2010).

Figura 2. Susban tam (el lugar de los Sapos)

Foto: Antonio Reyes (2015)

Esta aparente simplicidad contribuye a que los tepehuanos tengan nombres en español para
muchos de estos lugares, y que en la mayoría de los casos sean traducciones casi literales de su
nombre indígena. No obstante, y en ello quisiéramos centrarnos en este artículo, los topónimos
asociados a algunos de los lugares más importantes desde el punto de vista social, político, ritual e
histórico, son precisamente los nombres más difíciles de descifrar. Se trata de nombres antiguos
cuyo sentido literal es prácticamente desconocido para los hablantes. Nos referimos a los nombres
de los centros ceremoniales que fungen asimismo como cabeceras comunales y que son la sede
tanto de los gobiernos indígenas como de las autoridades agrarias, destacando: Juktir (Santa María

de Ocotán); Mualhim (San Bernardino de Milpillas Chico); Kauxbilhim (San Francisco de

Ocotán); Mui’ncham (Santa María Magdalena Taxicaringa); y Chianarkam (Santiago Teneraca).

9
Así, de forma similar encontramos topónimos tales como Duiñkar tam (Las pipas o “en el lugar de la pipa”), en
ocasiones también llamado Duiñkar kat (pipa acostada) o nombres como Kokol kik, (Chilapa, literalmente “chile
parado”).

340
Los topónimos o’dam

Figura 3. Las Papas

Foto: Honorio Mendía (2016)

Con estos ejemplos quisiéramos resaltar dos cosas: primero, como adelantábamos desde la
introducción, que el conocimiento de la lengua no es suficiente para descifrar el significado de
estos nombres de lugar, los cuales son incomprensibles incluso para la mayoría de los hablantes
nativos que tienen problemas para entender o explicar su significado, y por esta razón es necesario
echar mano de otros recursos de la experiencia para comprenderlos; segundo, que estos nombres
de lugar constituyen dispositivos de memoria y que en estos ejemplos particulares podemos inferir
la temporalidad relativa de dichos topónimos, es decir, cuáles son de formulación más antigua y
cuáles son más recientes. Con esto en mano, en el siguiente apartado revisamos la propuesta sobre
la clasificación estructural.

Estructura gramatical de los topónimos o’dam

Nuestra clasificación identifica dos clases mayores de topónimos: los que involucran a un
sustantivo y los que involucran a un predicado. Esta división a su vez puede exhibir subtipos como
se muestra en la Tabla 1. Los rasgos que tomamos en cuenta para su clasificación son: 1) la
estructura formal y el sentido; 2) su correspondencia en cuanto a la sintaxis de la lengua (vo, ov); y
3) su posible identificación en la línea del tiempo, ya sean de estructura antigua o de estructura
reciente.

341
Antonio Reyes Valdez, Gabriela García Salido

Clasificación estructural de los topónimos dentro de la región tepehuana

Estrategia Cronología respecto al


Composición Ejemplo
nominal orden
Aicha’m (ai+ cha’m)
n+posposición
En el lugar de las lajas
Tipo 1 Antiguo
(* n puede ser simple o
Juktir (juk + tir)
compuesto)
Entre pinos
Mi’binat (mi’ + binat) Reciente (inclusión por
Subtipo 1a locativo+n
Ahí en la vinata préstamo)
Mambrash (ma-mbrash)
Subtipo 1b n (reduplicado) Reciente (¿?)
Las muñecas

Susak chiub (susak + chiub)


Tipo 2 n+n Antiguo
Cueva (del) huarache

Bi’dirba’ (bi’ + dirba’)


Subtipo 2a Adjetivo+n Antiguo
Tierra colorada
Alagun burush (alagun + burush) Reciente (inclusión por
Subtipo 2b n+n
Laguna del Burro préstamo)
Estrategia Cronología respecto al
Composición Ejemplo
verbal orden
Mua’lhim (mua’+ lhi+m)
Significado lexicalizado
Tipo I V intransitivo+lhi+m Antiguo
Kauxbilhim (kauxbi + lhi+m)
10

Significado lexicalizado
Kokol kik (kokol + kik)
Tipo II n+v Antiguo
Chile parado
Sirmimi (sir + mimi) (Inclusión por
Subtipo IIA n+v
Silla quemada préstamo)

v
intransitivo/transitivo+posp Bodam tam (bo+ dam + tam)
Tipo III Antiguo
osición+ El lugar del acostado
(posposición)

Miiñ’cha’m (miiñ’+ cha’m)


Subtipo IIIA v transitivo+posposición Antiguo
Lugar quemado

Reciente o tomado del


v Chianarkam (chia + na=r + kam)
alguna lengua vecina
Tipo IV transitivo+subordinante=co Lugar de las bendiciones o Lugar
(inclusión del sentido y
pula+posposición donde se pedía (oraba)
la estructura)
Fuente: Elaboración propia.

10
También existe la forma Koxbilhim, como lo dicen los habitantes de Santa María de Ocotán; no obstante,
preferimos conservar el nombre usado por los lugareños.

342
Los topónimos o’dam

Comenzamos con el topónimo Aicha’m que resulta ser el “más transparente” tanto en su sentido

literal como en relación con su correlato en el paisaje. Tal como lo reportara Carl Lumholtz
(1904: 446) a finales del siglo XIX, Aich’am significa literalmente “en el lugar de las lajas”, en

referencia a un tipo de piedra que abunda en el lugar. 11 En términos formales, con Aich’am se

utiliza la estrategia del Tipo 1, sustantivo más posposición 12 (n+posp), siendo ésta la estrategia
más productiva o recurrente en la formación de topónimos en esta lengua, y dentro de la familia
yuto-azteca. 13
Otro topónimo que se incluye dentro del Tipo 1 por su composición es Juktir (juk ‘pino’

+ -tir ‘posposición: entre’ = ‘entre pinos’), cuyo nombre en español es Santa María de Ocotán;

aquí se utiliza la posposición “entre” para referirse precisamente