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Modernidad e independencia Guerra

A partir de 1808 se abre en todo el mundo hispánico una época de profundas transformaciones.
En España comienza la revolución liberal, en América el proceso que va a llevar a la independencia.
Fenómenos de una importancia fundamental que plantean varios problemas explicativos. El
primero es su relación recíproca.

Para los americanos, a través de las revoluciones de independencia, se trataba de legitimar la


emancipación de las nuevas naciones hispanoamericanas y la formación de regímenes políticos
modernos. Para los españoles, la revolución liberal era el tema central y suficiente para una
España desgarrada por un paso traumatizante a la modernidad. Se trata de un proceso único que
comienza con la irrupción de la modernidad en una monarquía del antiguo régimen, y va a
desembocar en la desintegración de ese conjunto político en múltiples estados soberanos, uno de
los cuales será la España actual.

El segundo problema atañe a la naturaleza de ese proceso. Para sus protagonistas, y para una
larga tradición historiográfica, se trata de un proceso revolucionario. Para los americanos, en
particular, se trata de la época revolucionaria por excelencia. La independencia en América trajo
pocas modificaciones sustanciales de las estructuras económicas o sociales profundas. La
revolución de independencia ha pasado a ser considerada como un fenómeno puramente político.

Reducir estas revoluciones a una serie de cambios institucionales, sociales o económicos deja de
lado el rasgo más evidente de aquella época: la conciencia que tienen los actores de estar funando
una nueva sociedad, un hombre nuevo, una sociedad contractual con un nuevo pacto social. La
revolución trae consigo ciertas cosas del antiguo régimen mientras que rompe con otras.

Queda un tercer problema: la relación entre la revolución hispánica y la revolución francesa que
sólo 20 años separan. El plantear el parentesco es inevitable ya que la revolución francesa trastocó
el equilibrio europeo y fue modelo de debate en aquella época. Se identificaba lo moderno con lo
francés y lo español con lo tradicional. Pero ningún país es homogéneo y la tarea del historiador es
captar y medir cada momento.

Las relaciones entre la revolución francesa e Hispanoamérica son uno de los lugares comunes de
la historiografía. Las ideas francesas están lejos de ser las únicas de la independencia. La España
peninsular va a recorrer la mayor parte del camino que la separa de la victoria de la modernidad
política. América sigue la evolución lógica de la península y pasa al mismo tiempo, en menos de
dos años (1808-09) de un patriotismo hispánico unánime y exaltado a una explosión de agravios
hacia los peninsulares.

La unidad del mundo hispánico es tan fuerte en esta época que la explotación sistemática de las
fuentes americanas puede ser muy útil para la historia de la misma España. El choque de 1808: el
acontecimiento que marca de manera definitiva a todo el mundo hispánico, son las abdicaciones
de Bayona de finales de mayo de 1808 por las que la corona de España pasa de los Borbones
españoles a José Bonaparte. Empiezan los levantamientos y se dan manifestaciones populares.
Estos hechos son sorprendentes: 1) la reacción no tiene precedentes 2) el origen popular del
levantamiento: las élites habían aceptado al nuevo monarca y 3) sorprende la identidad de
reacciones tanto en España como en América. Es difícil hablar de opinión pública aun pero hay una
difusión bastante amplia de las noticias que desempeñan un papel importante.

Las sociedades hispánicas que van a entrar en el proceso revolucionario son sociedades de
antiguo régimen pero sociedades cultivadas, con una educación de tipo antiguo en plena
expansión.

Constituir un gobierno legítimo: el rechazo del invasor y la fidelidad a Fernando VII fueron
fenómenos muy espontáneos, se presenta el problema que va a dominar toda la escena política
española y americana durante los años siguientes: quién gobierna y en nombre de quién? En todos
los casos hay un hecho evidente y fundamental: la ruptura con la teoría absolutista. Lo que la
revolución francesa había obtenido contra el rey, se obtiene en su nombre y sin combate en la
monarquía hispánica.

En efecto, legitimar los gobiernos provisionales por el retorno de la soberanía al reino o a la


nación lleva inmediatamente al problema de la representación política. Ciertas provincias reúnen
incluso antiguas instituciones representativas desaparecidas o que no habían existido nunca
aisladamente. Para crear un gobierno único que fuese capaz de dirigir la guerra hacía falta también
superar la fragmentación del poder. El debate sobre cómo constituir ese poder único e indiscutible
domina en la península durante el verano de 1808. La solución dada a estos problemas fue la
constitución en Aranjuez de 1808 que gobernará en lugar y nombre del rey como depositaria de la
autoridad soberana.

Reacciones americanas: todas las fuentes americanas muestran el patriotismo exaltado, la


fidelidad a Fernando VII y la resistencia al invasor. Como en la península, el primer reflejo ante las
abdicaciones es constituir juntas que reasuman el poder soberano dejado vacante por el rey. La
independencia no es una tentativa de secesión del conjunto de la monarquía, sino la manera de
librarse de la dominación francesa, la cual se cree que está por venir. La independencia se concibe
en referencia a francia y a los que en España colaboran con ella.

No hay en América ni tropas extranjeras, ni levantamiento popular, ni guerra próxima, es decir,


no existen las mismas circunstancias que han originado en la península los poderes insurrecionales
y después la formación de la junta central. La confusión que reinó en América en el verano de
1808 nos lleva a considerar el tema de la distancia: 1) carácter de la circulación de información
entre ambas riberas del atlántico 2) cuando llegan las noticias, llegan todas juntas, la prensa las va
dando poco a poco y 3) las noticias falsas, que siempre existen y son inverificables. En buena
parte, las reacciones americanas a los acontecimientos que estamos describiendo y a los que
vendrán después estuvieron subordinados a los azares de la información.

La acefalía del poder central es una certeza para la nueva España desde el principio, y contribuye
a explicar la reunión de juntas preparadas para un congreso de nueva España. Todas las
dificultades de comunicación se agravan en tiempos de crisis. Entre esos acontecimientos ocupa
un lugar muy importante la situación militar en la península. La coyuntura militar determina la
coyuntura política. Prácticamente durante todo el año de 1809 sólo Andalucía está en
permanencia libre de la ocupación francesa.

Con la junta central se resolvía en la práctica el problema de la unicidad del poder, y por eso fue
reconocida tanto por la península como por América, pero su legitimidad era al fin y al cabo
precaria, ya que emanaba solamente de la delegación de las juntas insurrecionales. De lo que se va
a debatir realmente durante los años siguientes es: qué es la nación? Cuál es la relación entre la
España peninsular y América? El primer tema ocupa el lugar central en el imaginario político
moderno y fue el tema central de la revolución francesa: la nación está formada por comunidades
políticas antiguas o por individuos iguales? Es producto de la historia o de una asociación
voluntaria? Reside en ella la soberanía?. El segundo tema plantea el peligroso problema de la
igualdad entre españoles y americanos que provenía de la época de la conquista.

El decreto que llama a los americanos a elegir sus vocales tuvo reacciones ambivalentes: por un
lado la satisfacción de poder participar por primera vez en el poder soberano, por otro una
profunda insatisfacción ante la desigualdad del trato que se le daba. Por el momento, aunque el
resentimiento vaya acrecentándose, toda América se lanza con ardor a la elección de sus
diputados para la junta central. El estudio de estas elecciones y las instrucciones que los cabildos
redactan sin una gran fotografía del imaginario y de las aspiraciones americanas, de la transición
entre el antiguo régimen y la modernidad.

En la parte política se encuentran expresados con solemnidad los sentimientos patrióticos de


estos tiempos de guerra: la libertad del monarca, la victoria militar y la prosperidad de la nación.
Las elecciones revelan un tradicionalismo muy extendido y un patriotismo hispánico muy
arraigado; pero también unas luchas políticas muy fuertes.

En la España peninsular hay una explosión de periódicos y se agrupan tres tipos de corrientes
políticas: los absolutistas ilustrados, los constitucionalistas históricos y los más revolucionarios. Las
mismas corrientes políticas existen en América, aunque cubiertas todavía en esta época. El debate
principal de estos grupos va a concentrarse en la convocatoria de las cortes, en su composición, en
la manera de deliberar y de votar, en los poderes. Con el lenguaje del constitucionalismo histórico
se anuncia que los acontecimientos en curso son una revolución.

El debate que tiene lugar en los meses siguientes, tanto en las comisiones preparatorias de las
cortes como en la prensa, opone ya a los constitucionalistas históricos con los futuros liberales. Al
igual que en francia, la victoria de los revolucionarios era una consecuencia de la imposible
restauración, sin ningún cambio de las antiguas cortes. La victoria política de los revolucionarios es
consecuencia de la victoria ideológica, de la que es un signo inequívoco e irreversible la mutación
del lenguaje.

América aparece desfasada en relación con la intensidad del debate peninsular. Las mutaciones
ideológicas acompañan la reinvindicación, por los americanos, de su igualdad respecto a los
peninsulares. Lo que antes se fundaba en antiguas leyes y privilegios, va ahora a fundamentarse
progresivamente en el derecho natural y la soberanía de los pueblos. El descontento y la
desconfianza hacia los gobiernos peninsulares crecen sin cesar en 1809 y llevan a tentativas de
juntas americanas. Algunas regiones americanas volverán a aceptar, como en 1808, el nuevo
gobierno peninsular y continuarán luchando por sus derechos dentro de la monarquía, sin romper
con la península. Sin embargo, la unidad moral del mundo hispánico está ya rota y la política
moderna en marcha. Los americanos empiezan a tomar mano en su destino, aunque tengan
todavía que transcurrir muchos años para que el paso a la política moderna sea total en América y
la separación con la España peninsular, definitiva y general.

Se olvidarán entonces estos dos años cruciales, en los que surgieron los agravios políticos que
llevaron a la independencia: los provocados por el fin del absolutismo y la irrupción brusca de una
necesaria representación política de los diferentes pueblos de la monarquía. Olvido necesario,
puesto que, para construir una explicación histórica de la ruptura, era necesario apelar a naciones
preexistentes, ya que sólo la nación podía, en un sistema de referencias moderno, justificar la
independencia.