Está en la página 1de 3

Estudiante : Iván Fernández

Profesor : Claudio Barrientos


Ayudante : Sebastián Pérez
Cátedra : Historiografía

TERCER INFORME DE LECTURA


Cien años de propuestas y combates. La historiografía chilena durante el siglo XX

El siguiente informe de lectura será realizado en base al texto de Julio Pinto Vallejos,
“Cien años de propuestas y combates. La historiografía chilena durante el siglo XX”. El autor
básicamente en esta obra analiza la evolución de la historiografía chilena en el siglo XX
destacando las escuelas surgidas y el sustento ideológico en el cual se afirman, que
principalmente son extranjeros, como en el nacionalista-conservador, de influencia
spengleriana o la segunda generación de historiadores, teniendo al materialismo histórico
(marxismo) como influencia, incluyendo a la escuela de los Annales.

La historiografía es hija de su tiempo o como expone el autor: “La historiografía de


Chile, como la de cualquier país, es hija directa de su historia”1. Pinto argumenta que en
Chile esta disciplina se ha mostrado tensionada, introspectiva y desafiante, inclinada a
relecturas del pasado y al análisis crítico del presente. Esta disciplina historiográfica hace eco
de las renovaciones que esta sufre desde las influencias externas y se ha introducido en el
debate acerca del tipo de sociedad que se requiere, por lo que se puede decir que la disciplina
histórica en Chile es más un campo de batalla que una torre de marfil, “más enfrentamiento
político mero ejercicio académico”2. Por lo tanto, Pinto describe las principales corrientes
que dominaron el arte de hacer historia. Es posible entonces reconocer, en base a lo expuesto
por Pinto, las escuelas historiográficas surgidas en el país. Es en pleno siglo XIX cuando
surge así la primera corriente historiográfica denominada (ampliamente) como historiografía
liberal. Esta es la primera escuela disciplinar en ser desarrollada en el país, siendo cultivada
por historiadores pioneros tales como Diego Barros Arana, Manuel Luis Amunategui y
Benjamín Vicuña Mackenna. Cabe recalcar que es en este periodo de tiempo en el que se
establece la constitución política chilena (1833) y el país genera una riqueza en lo que
respecta al monopolio del salitre.

Posteriormente Pinto expone sobre la siguiente escuela que surge terminando el siglo
XIX, la corriente nacionalista-conservadora. Esta escuela historiográfica surge comenzando
el siglo XX durante una época de apogeo económico, pero con un estado de ánimo que intuye
la crisis. Esto por la amenaza del poder oligárquico que caracterizó esta época, una riqueza
económica y material que se apoyaba sobre la débil base del modelo mono-exportador de
materias primas, una “paz” política que escondía corrupción e inoperancia administrativa y,
un creciente malestar social que desafiaba la pretendida “unidad nacional”3. Los intelectuales
e historiadores que analizaron y trabajaron durante este periodo y el denominado malestar
social fueron Enrique Mac Iver, Luis Orrego Luco, Nicolás Palacios, Alejandro Venegas y

1
Pinto, Julio, “Cien años de propuestas y combates: la historiografía chilena del siglo XX”. México:
Universidad Autónoma Metropolitana, 2006. P. 21
2
Ibíd. P. 21
3
Ibíd. P. 25
desde una posición de izquierda el reconocido Luis Emilio Recabarren. Bajo este clima se
configura así la primera escuela historiográfica del siglo XX, cuyo influjo ha sido
concluyente en toda la historia que vendría.

Esta escuela surge desde la cuestionada clase oligárquica y que si bien, compartía el
sentido nacionalista y elitista de los liberales, abandonaban y criticaban los ideales acerca del
individualismo, utilitarismo y laicismo que estos proyectan como los principales
responsables de la decadencia del país. Dentro de los cultores más destacados de esta escuela
se encuentran Alberto Edwards Vives, Francisco Encina y Jaime Eyzaguirre, siendo Edwards
una especie de fundador de dicho grupo. Su pensamiento se puede asociar y recibe la
influencia de Oswald Spengler (La decadencia de occidente) en cuanto considera la pérdida
del orden tradicional como un claro síntoma de la decadencia del mundo moderno4. Para
Edwards Chile es un caso especial en América Latina por la predominancia del elemento
“blanco”, que aseguro casi la ausencia de lucha entre conquistadores y conquistados, y por
la característica específicamente nacional del poder y orden jerárquico e institucional.
Considera que esta particularidad chilena es producto de una aristocracia mixta, burguesa y
consolidada que debido a sus características era la mejor preparada para dirigir los asuntos
del país5.

Posteriormente la disciplina historiográfica es utilizada como instrumento de cambio


en los años 50. Esta corriente historiográfica nace después de la gran depresión y los cambios
efectuados para subsanar sus consecuencias. Esto se trata de alguna forma con un nuevo
diseño social caracterizado en Chile por un “estado de Compromiso” que se manifiesta en la
creación e instauración del I.S.I (La industrialización por sustitución de importación), un
nuevo régimen político con una nueva constitución (1925), la reconfiguración de los partidos
políticos (tres tercios) y la integración de sectores postergados e invisibilizados de la sociedad
a la vida pública6. Todo esto al calor de hechos internacionales que afectan directamente en
Chile, como son la guerra fría y la lucha ideológica entre oriente y occidente. Dentro de ese
contexto nace la segunda corriente historiográfica del siglo XX en Chile, que desafía a la
historiografía nacional-conservadora en el plano de los objetos de estudio y la metodología
utilizada, con dos propuestas historiográficas, los historiadores marxistas “clásicos”
(políticamente activos) y los historiadores con carácter “estructuralista”, inspirados en la
escuela de los Annales (orientación academicista)7.

Los historiadores de esta escuela se deslizan desde los sectores obreros hasta los
partidos políticos como culmine de este proceso de asociación. La culminación de las
investigaciones de esta escuela se da con la obra de Luis Vitale, “Interpretación Marxista de
la Historia de Chile”. Por otra parte los estructuralistas se caracterizan por la orientación
academicista de sus investigaciones y de sus cultores, siendo menos militantes que la escuela
“marxista” clásica. Careció esta escuela de un escrito fundacional como lo fue “La Fronda
Aristocrática” de Edwards o el “Ensayo Critico del Desarrollo Económico y Social de Chile”

4
Pinto, Julio, “Cien años de propuestas y combates: la historiografía chilena del siglo XX”. México:
Universidad Autónoma Metropolitana, 2006. P. 29
5
Ibíd. P. 31
6
Ibíd. P. 39
7
Ibíd. P. 68
de Julio Cesar Jobet, lo más parecido a esto podría ser el libro de Sergio Villalobos “Historia
del Pueblo Chileno”.

El golpe de Estado de 1973 significó una fractura en la disciplina historiográfica y en


su crecimiento8. Los historiadores se dieron a la tarea de interpretar estos hechos bajo sus
respectivas ideologías de fondo para comprender el proceso. Se potencia la historiografía
estructuralista y surge una nueva propuesta historiográfica como lo es el taller de nueva
historia y la nueva historia social. Cabe destacar que el funcionamiento de esta corriente
historiográfica se dio clandestinamente en diversas ONG’s. Finalmente al recuperarse la
democracia, la historiografía vio un futuro aparentemente auspicioso para su desarrollo,
dando fin a las trabas en la investigación, retornando así investigadores exiliados y se
restableció el contacto académico a nivel internacional. El hecho más destacado fue la
detención de Pinochet en Londres, lo que permitió que de ambos lados del espectro social se
destrabaran recuerdos y se llamara a la disciplina histórica para el análisis de dicho periodo9.

Concluyendo, el cultivo de la Historia de Chile se ha desarrollado a la par con el


desarrollo social y político del país, reflejando las opciones y propuestas que los distintos
sectores sociales formulan como proyecto de sociedad. Los historiadores han sido proclives
a la participación activa en estos proyectos, destacando sus facetas de académicos y
militantes de las ideas que propugnan. También se echa de menos un análisis más profundo
de la escuela liberal que aunque no propiamente del siglo XX también debió tener
continuadores, en este caso habría que preguntarse quieren y como trataron de actualizar sus
planteamientos. Caso análogo sucede con los marxistas clásicos, la nueva historia social es
un intento de renovación de la historiografía de la izquierda pero ¿nadie continuó la línea
trazada por Vitale, Necochea y Jobet?

8
Pinto, Julio, “Cien años de propuestas y combates: la historiografía chilena del siglo XX”. México:
Universidad Autónoma Metropolitana, 2006. P. 69
9
Ibíd. P. 101