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BOLIVIA

Selección y prólogo de

Homero Carvalho Oliva

Segunda edición
2018

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Índice
Presentación
Erich Fisbach
Ramón Rocha Monroy

Prólogo

Poemas:

Eliodoro Aillón Terán


Pido la palabra

Óscar Alfaro
Bolivia

René Antezana Juárez


País del vértigo (1988)

Marcelo Arduz Ruíz


Tiwanaku

Miguel Ángel Asturias


Meditación frente al lago Titicaca

Alejandra Barbery
Era otro siglo

Yolanda Bedregal
Bolivia (Cantata)

Héctor Borda Leaño


Presencia de la Coca

Ricardo José Bustamante


Bolivia a la Posteridad

Octavio Campero Echazú


Porque van diez años

Jorge Campero
El estercolero, la República y la adorable Margot

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Homero Carvalho Oliva
Herencia
Wuliwya

Ruber Carvalho Urey


Ayúdenme a buscarlo!

Matilde Casazola
El regreso

Óscar Cerruto
Cantar
Patria de sal cautiva

Gamaliel Churata
Matinas

Rubén Darío
A Bolivia

Roberto Echazú Navajas


Tríptico del hombre y de la tierra

Elvira Espejo Ayca


Cantos

María Virginia Estenssoro


Yo tuve también un hijo preso

Allen Ginsberg
Esfínter
A Frank O’hara & John Ashbery & Kenneth Koch

Alberto Guerra Gutiérrez


Lento asombro de paloma herida

Nicolás Guillén
Guitarra en duelo mayor

Alfonso Gumucio Dagrón


Test

Óscar Gutiérrez
La patria que yo he visto

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Ramiro Jordán
Mi patria

Jorge Mansilla Torres


El brindis boliviano

Eduardo Mitre
Razón ardiente

Pablo Neruda
Melgarejo
Bolivia (22 de marzo de 1865)

William Ospina
Bolivia

Raúl Otero Reiche


Cantemos a Bolivia

Jaime Sáenz
Presencia de la montaña

Manuel Scorza
Canto a los mineros de Bolivia

Pedro Shimose
American Way of Life / Bolivia
Tierra inocente y Hermosa

Jorge Suárez
Boliviano

Gigia Talarico
Chacaquita, Chuquisaca

Franz Tamayo
La Khantutas

Jesús Urzagasti
El país natal

Gonzalo Vásquez Méndez


Mi país

Julio de la Vega

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Del León de Iberia y de la Orquídea de la Selva

Cuentos:
Mario Benedetti
Un boliviano con salida al mar

Juan Bosch
El Indio Manuel Sicuri

Jorge Guzmán
El capanga

Augusto Monterroso
La vaca

Luis Sepúlveda
El campeón

Artículos y Ensayos:

José María Arguedas


Una isla de humana hermosura

Mariano Baptista Gumucio


Memorias bolivianas de Volodia Teitelboim

Adolfo Cáceres Romero


Bolivia: una literatura en cuatro lenguas

Lupe Cajías
De Antofagasta a La Paz

Pablo Cingolani
Bolivia según los otros

José Luis Exeni


Saramago, Chile, robó a Bolivia

Eduardo Galeano
El país que quiere existir
La segunda fundación de Bolivia

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Vicente Huidobro
Un puerto para Bolivia

Gonzalo Mendieta Romero


¿Cómo suena Bolivia?

Carlos D. Mesa Gisbert


Democracia: Treinta años después

Keith Richards
El Gordo de La Paz: Ficción Contemporánea de Bolivia

Ramón Rocha Monroy


¿De quién es el país?

Jackeline Rojas Heredia


Alma boliviana

Miguel Sánchez-Ostiz
Una atracción engañosa

Mario Vargas Llosa


Italia no es Bolivia
Bolivia

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La diversidad de Bolivia

“Bolivia es sinónimo de diversidad, resistencia y profundidad cultural” escribe el argentino


Pablo Cingolani. Los textos reunidos en este libro por Homero Carvalho, de treinta y nueve
poetas, cinco cuentistas y catorce ensayistas son otras tantas facetas de un país en el que
cohabitan múltiples culturas, lenguas, paisajes que moldearon una particular idiosincrasia,
un compromiso con la patria, la tierra de los antepasados. Los Andes, el Illimani, el Titicaca,
el altiplano, los ríos amazónicos, el Ñancahuazú, Calama, Villa Montes, Catavi, Teoponte,
Huanuni, el Chaco y muchos otros nombres van construyendo una geografía a la vez mítica
e íntima, cuna de un pueblo sufrido, valiente y generoso.

Los textos seleccionados por Homero Carvalho para esta antología por su diversidad formal,
por el origen de los autores, forman una imagen caleidoscópica de Bolivia, una mirada
multifacética sin concesiones, sin ocultaciones, que resalta un profundo amor por esta tierra
y por su pueblo: el minero, el soldadito boliviano, la mujer india…

Autor profundamente comprometido con su país, con su patria y con la literatura, Homero
Carvalho supo reunir textos disímiles que son verdaderos cuadros de una exposición que
reflejan la diversidad del país, diversidad que constituye su riqueza y su unidad.
Erich Fisbach
Professeur de littérature hispano-américaine
UFR Lettres
Université d'Angers

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Una antología caleidoscópica

Homero Carvalho Oliva tiene dos méritos paralelos: su profundo amor por el país y el haber
dado consistencia de movimiento a la legión de poetas del Oriente boliviano, incorporados
por Homero a la poesía amazónica, que trasciende ampliamente nuestras fronteras. Si los
poetas altiplánicos tienen una causa común, ésta no es visible en los poetas cochabambinos,
tan desarticulados y solitarios que cada uno tira por su lado, como decía un buen amigo de
su relación conyugal. A Don Homero le corresponde el honor de que lo llamen así, cuando
quizás jamás lo llamaron igual al aeda griego. Su amor por Bolivia ha sido ratificado en un
libro que tuve el honor de presentar en La Paz, titulado “Bolivia, Tu voz habla en el viento”.
En él ha reunido una antología caleidoscópica de 40 poetas, 5 cuentistas y 15 ensayistas,
del total 16 son de países amigos. Todos ellos escriben sobre Bolivia y lo hacen conmovidos
por aquello que el finado Julio Mantilla llamaba Unidad en la Diversidad. Un país donde
nacen todas las aguas de todas las cuencas marítimas, donde se dan cita 36 culturas,
algunas de ellas proyectadas allende nuestras fronteras, no podía ser sino múltiple y diverso
y nunca mejor descrito que con el apelativo de “culturas” y no de “cultura”, como decidieron
los bolivianos a principios de siglo.(…) El libro de Homero Carvalho nos recuerda que el
destino de Bolivia está marcado por su situación en Sudamérica, pues lo que no soluciona
la política, lo soluciona la economía y lo que no soluciona la historia lo soluciona la geografía.
Bolivia es la nuez donde nacen todos los ríos, es la cintura estrecha de Sudamérica y es un
eje integrador del subcontinente, que puede negociar con provecho salidas a ambos océanos
por su ubicación central en el Continente.
Ramón Rocha Monroy
Escritor, cronista y periodista boliviano.

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Para Gigia Talarico (Chile), Walter Chávez (Perú) y
Pablo Cingolani (Argentina), escritores, poetas, libertarios y
amigos que eligieron habitar y ser habitados por Bolivia.

Para Adolfo Cáceres Romero, el mayor historiador de


la literatura boliviana y gran escritor. Con admiración y
cariño.

Para Pablo Groux, Mónica Politi y Herman Müller,


decididamente amigos.

Y para Ricardo Paz y Carlos Cordero, amigos


incondicionales desde la temprana juventud.

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Tu voz habla en el viento

Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete


que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días
(…).
Nadie es la patria, pero todos lo somos.
La patria, Jorge Luis Borges

Sabemos que antes de la llegada de los españoles a este continente que se llamaba Abya Yala,
y que luego de la conquista se llamó América, ya había grandes civilizaciones en las
montañas y los valles y pequeños pueblos que recorrían la selva y las llanuras, libres ellos.
Sabemos también que estas culturas poseían sus cosmogonías, sus maneras de ver y entender
el mundo, así como sus mitografías. Nadie niega que durante la conquista se estableció un
dominio y un orden colonial diferente y monopólico, pero también sabemos que siempre
hubo resistencia cultural tanto en la Colonia como en la República y que esa resistencia fue
creando lo que ahora somos: Un país en permanente proceso de construcción con un
abigarrado conjunto de etnias.

Son más de treinta etnias reconocidas oficialmente las que habitan nuestro territorio. La
Constitución Política del Estado señala que “son idiomas oficiales del Estado el castellano y
todos los idiomas de las naciones y pueblos indígena originario campesinos, que son el
aymara, araona, baure, bésiro, canichana, cavineño, cayubaba, chácobo, chimán, ese ejja,
guaraní, guarasu'we, guarayu, itonama, leco, machajuyai-kall-awaya, machineri, maropa,
mojeño-trinitario, mojeño-ignaciano, moré, mosetén, movima, pacawara, puquina, quechua,

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sirionó, tacana, tapiete, toromona, uru-chipaya, weenhayek, yaminawa, yuki, yuracaré y
zamuco”. Las más numerosas son la aymara y la quechua, le siguen la guaraní y la chiquitana.
En la región amazónica, propiamente dicha, se cuentan decenas de pueblos de origen guaraní,
arawaks o caribeños y en algunos casos, como mi pueblo movima, sus orígenes se pierden
en la memoria de los llanos, haciendo soñar a varios investigadores con civilizaciones míticas
como los atlantes, entre ellos a mi padre, Antonio Carvalho Urey, quien afirmaba que
descendemos de esa mítica civilización. En los últimos años los idiomas originarios cobraron
importancia y se están produciendo textos en sus propias lenguas, lo que está permitiendo
conocer una gran diversidad mítica y legendaria que nos identifica como una maravillosa y
mágica nación de naciones.

Bolivia es un país complejo pero no incomprensible como algunos quisieran clasificarnos.


En el territorio boliviano, pues, existen diversas culturas indígenas, cuyas prácticas, saberes
y quehaceres, se han expandido por todo el país, impregnando a los sectores sociales urbanos
que las han ido heredando y trasmitiendo a sus descendientes.

En la actual sociedad boliviana la presencia de lo indígena u originario está vigente en lo


cotidiano, aún en aquellos sectores que somáticamente no son mestizos, pero sí lo son en la
cultural. En la complementariedad de los opuestos y como parte de la interculturalidad,
también lo occidental lo está en el mundo indígena, un ejemplo pintoresco es la vestimenta
de la chola en todas sus expresiones regionales cuyos orígenes son españoles o el tipoy en el
oriente impuesto por los jesuitas.

Tal vez el ejemplo más claro del sincretismo cultural entre lo occidental y lo indígena, sea la
religión popular, cuya matriz de origen cristiano ha sido reinventada y reinterpretada de
acuerdo a las raíces de cada cultura americana. En la parte occidental de Bolivia, el símbolo
más evidente de este proceso es la Virgen María, Madre de Dios y la Pachamama, la Madre
Naturaleza. La imagen que gráfica esta simbiosis es la mágica “Virgen del Cerro” cuyo
original se conserva en la Casa de Moneda de Potosí.

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Otra muestra del sincretismo lo encontramos en las misiones jesuíticas, las danzas, las
artesanías, la música, los tejidos, la cosmovisión de estos pueblos están hilvanados con el
espíritu religioso impuesto por los jesuitas. La religión católica es algo más que un simple
credo entre la población indígena u originaria del Oriente boliviano, es parte de su vida.

Los españoles trajeron su lengua y con ella su manera de entender al universo y sus palabras
se mezclaron con las palabras y el entendimiento de los pueblos indígenas. Tenemos pues la
palabra y el ser que habita el lenguaje. La mayoría de los escritores latinoamericanos
escribimos en castellano usando giros lingüísticos propios de cada una de nuestras regiones.
Giros y palabras de origen nativo que han enriquecido el castellano, lo han revitalizado y lo
han renovado creando una maravillosa literatura, que en la década de los sesenta, cambió
para siempre la literatura escrita en este idioma.

El poder de la palabra
Los seres humanos tenemos un profundo sentimiento de pertenencia a un lugar, de poseer un
origen, y ese sentimiento se expresa de muchas maneras, en los escritores se expresa a través
de las palabras. Llega un día en el que los poetas deciden cantarle a su patria, escribirle a su
país, poetizar su nación. Ese día el poeta mira dentro de él y dice lo que ve, esa es la patria,
el país y la nación que luego describe, con amor, con odio, con pasión, con sufrimiento, pero
nunca con indiferencia; porque no podemos ser indiferentes ante algo que somos nosotros
mismos. Los ejemplos son muchos y van desde los poetas consagrados hasta aquellos que
simplemente lo hacen para homenajear a su patria en un día cívico, desde una escuelita de
provincia, sin mayor esperanza que el reconocimiento de los niños o de los vecinos.

El destino del poeta es el de sus palabras y, quizá, por eso queremos dejar testimonio acerca
del lugar donde nacimos, donde crecimos y donde frutecieron o se secaron nuestras ilusiones.
Octavio Paz, nos dice: “bajo mis ojos te extendías, / país de dunas -ocres, claras. / El viento
en busca de agua se detuvo, / país de fuentes y latidos. / Vasta como la noche, / cabías en la
cuenca de mi mano” y Julio Cortázar, a su vez, declara: “Te quiero, país tirado más abajo del
mar, pez panza arriba, / pobre sombra de país, lleno de vientos, / de monumentos y
estamentos, / de orgullo sin objeto, sujeto para asaltos, / escupido curdela. Inofensivo/

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puteando y sacudiendo banderitas, / repartiendo escarapelas en la lluvia, / salpicando de babas
y estupor/ canchas de fútbol y ringsides”.

Un ejemplo magnífico es La suave patria, largo y épico poema del mexicano Ramón López
Velarde.

A veces, solo a veces, creo que si la filosofía nos ayuda a formular las preguntas concretas,
la poesía nos ayuda a resolverlas; aunque a veces, y solo a veces, también creo que es a la
inversa. De cualquier manera también creo que la poesía nos libra de las falsificaciones de la
historia, o de la historia oficial, la que nos contaron en la escuela bajo banderitas y
escarapelas; la poesía nos da la posibilidad de crear otra memoria nombrando lo que creemos
es verdad, lo que sentimos real. Al fin y al cabo la historia nos habita. Como lo escribió Derek
Walcott en un poema: “Ahora no tenía más país que la imaginación. / Como los blancos,
tampoco los negros me quisieron / cuando llegaron al poder. / Los primeros encadenaron mis
manos y se disculparon, / ‘Es la historia’; / los otros dijeron que no era bastante negro para
su orgullo”. Así pues resulta que nuestra verdadera patria es la imaginación y la palabra que
de ella deriva, porque todas las cosas fueron creadas para ser nombradas.

La literatura crea un imaginario colectivo, consolida la identidad nacional y nos brinda una
ficción vital para creer en lo nuestro. Sin embargo existe una historia oficial, impuesta para
ciertos intereses hegemónicos y es contra la historia oficial que algunos poetas escribimos
nuestros poemas a la patria, al país, a la nación, revelando sus secretos, provocando la
urgencia subversiva del verso que libera de las ataduras cívicas y de lo que se considera
políticamente correcto. La memoria idea de los poetas abre una ventana desde nuestro propio
interior y desde allí nos miramos a nosotros y al país. Ese es el ser transcendental del poeta
y lo asume como tal, aún a riesgo de su propia vida.

Dicen que los bolivianos no sabemos habitar otro paisaje que el nuestro, que nos cuesta
mucho acostumbrarnos a vivir lejos de nuestra tierra, de nuestras montañas, de nuestros
valles, de nuestros llanos, de nuestros ríos, de nuestras plazas, de nuestras avenidas, de
nuestras calles… Tenemos una profunda idea de la patria con toda la sangre y la cultura que

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conllevan generaciones o simplemente haber nacido o haberse criado desde niño en un lugar.
Antonio Machado dice: “En estos campos de la tierra mía, / y extranjero en los campos de
mi tierra / —yo tuve patria, donde corre el Duero / por entre grises peñas, / y fantasmas de
viejos encinares, / allá en Castilla, mística y guerrera, / Castilla la gentil, humilde y brava, /
Castilla del desdén y de la fuerza—, / en estos campos de mi Andalucía, / ¡oh tierra en que
nací!, cantar quisiera.”

Nuestra memoria imagen alberga rostros, palabras, paisajes, músicas, comidas que nos
identifican como nacidos o criados en tal región, en tal ciudad, en tal pueblo, en tal
comunidad, de un país llamado Bolivia. Santayana decía que “la primera ocupación es la
ocupación de la lengua. Y el primer desarraigo es también el desarraigo de la lengua”: nuestra
manera de hablar, de decir las cosas nos hace ser y estar en algún lugar. Ese lugar nos habita
a través de la lengua con los giros y acentos propios de cada región, de cada país. Y así como
para los músicos su patria es la música, para los poetas lo es la palabra, por eso la buscamos
en el poema y nos sirve para expresar lo que creemos de la otra patria, de la de nacimiento.
Yo nací en el papel y eso lo afirmo en un poema titulado Patria: La página en blanco/ es la
patria del poeta/ habrá de liberarla/ poblándola de versos/ o morirá en el intento. Alejandra
Pizarnik, lo expresa de esta manera: “Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la
música para tener una patria. (…) Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte? Tal vez
en este poema que voy escribiendo”. Y otros escritores, entre ellos Rainer María Rilke, han
afirmado que la única patria posible es la infancia.

Augusto Céspedes, el mayor de los cuentistas de Bolivia a decir de René Zavaleta Mercado,
alguna vez dijo que “los hombres nacemos con un destino de palabras y mientras no lo
hayamos vaciado, no podremos morir porque aún no habremos vivido. Nuestro mundo existe
durante un millonésimo de segundo para dar lugar al nuevo hecho, pero los renglones lo
pueden enjaular y entonces el hecho –dolor, sombra o muerte– ya es nuestro, ya es
permanente y manso”.

El poema es la patria.

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Recuerdo que cuando era joven, me enamoré perdidamente de una muchacha de mi barrio, a
tal punto que un día le dije que no amaba a Bolivia, que la amaba a ella, que ella era mi patria.
Lo dije con cierta soberbia adolescente y tardé años en comprender que lo que había dicho
encerraba una gran verdad. La patria no es otra cosa que la sangre y los deseos compartidos
y como dice el maestro Borges: “Nadie es la patria, pero todos lo somos”.

En el caso de los poemas o prosas a nuestra patria o al país, veremos que los ejemplos que
he elegido han cumplido una función humanamente liberadora. El compromiso de los poetas
incluidos en esta muestra es con la vida, con su propia realidad y la mayoría de los elegidos
se han despojado de excesos retóricos para hacer del poema su territorio nacional.

Hemos tenido cuidado del patriotismo vacío, porque como nos advierte Mario Vargas Llosa
en la novela Los cuadernos de don Rigoberto: “El patriotismo, que, en realidad, parece una
forma benevolente del nacionalismo —pues la «patria» parece ser más antigua, congénita y
respetable que la «nación», ridículo artilugio político-administrativo manufacturado por
estadistas ávidos de poder e intelectuales en pos de un amo, es decir de mecenas, es decir
de tetas prebendarias que succionar, es una peligrosa pero efectiva coartada para las guerras
que han diezmado el planeta no sé cuántas veces, para las pulsiones despóticas que han
consagrado el dominio del fuerte sobre el débil y una cortina de humo igualitarista cuyas
deletéreas nubes indiferencian a los seres humanos y los clonizan, imponiéndoles, como
esencial e irremediable, el más accidental de los denominadores comunes: el lugar de
nacimiento”.

Un ejemplo extremo de esta liberación nos brinda el poeta tarijeño Julio Barriga cuando nos
dice, irónicamente, en un fragmento de su poema El fuego está cortado: “Aún pediré otro
premio a la nación y es que se baje su calzón”, irreverencia pura, parafraseando el famoso
pedido de José Antonio de Sucre, protomártir de la independencia (como gustan decir en la
horas cívicas) que dice: “Aún pediré otro premio a la nación y a sus administradores, el de
no destruir la obra de mi creación, de conservar entre todos los peligros, la Independencia de
Bolivia”.

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Muchos de los poetas incluidos en esta compilación eran o son militantes de izquierda,
escribieron sus textos en tanto se encontraban bajo regímenes dictatoriales o en el exilio,
convirtiendo al verso en la historia prohibida; la poética de la patria articula sentimientos,
historia, ideología, saberes y memorias. Sus visiones, ya sean creaciones en la misma patria
o recreaciones de la patria en el exilio son dolidas, trágicas, dramáticas como el caso de
Eliodoro Aillón y Gonzalo Vásquez Méndez cuyos poemas escritos en dictaduras son
también las voces de otros, son las del pueblo, de la historia y las de la política. Un canto de
esperanza como el poema de Óscar Alfaro, el poeta de los niños, el poeta de la nación
sentimental. René Antezana, poeta y artista plástico nos ofrece una mirada desencantada del
país en el inicio del ciclo neoliberal, 1988, ingresando al vértigo de la oferta y la demanda.
Marcelo Arduz Ruíz, poeta tarijeño, tiene un poemario dedicado a Bolivia, a la esencia
andina, de ese libro elegimos el que homenajea a las culturas de Tiwanacu. Miguel Ángel
Asturias, premio Nobel de literatura, se arroba ante el lago mayor de Bolivia y reflexiona
sobre sí mismo y sobre el destino del indígena. Alejandra Barbery nos sorprende con un breve
poema sobre la patria y su nostalgia. Imágenes oníricas las de la hermosa cantata de Yolanda
Bedregal, poesía cargada de imágenes y símbolos. Un homenaje a Bolívar el de Ricardo José
Bustamante. Héctor Borda escribió su poema a la coca en un época en la pocos hablaban de
esta hoja sagrada, que se ha transformado en un símbolo nacional. Poemas nostálgicos como
el de Octavio Campero Echazú que rememora el tiempo y espacio que perdió lejos de su
pago u otro tipo de nostalgia como la de Ruber Carvalho, en la que el personaje poético está
cansado y su visión es más evocadoramente política. Jorge Campero, como siempre,
irreverente, su poema es un sarcasmo a la clase alta. De Homero Carvalho un poema sobre
la patria que les hereda a sus hijos y otro sobre Bolivia según un aymara. Hicimos un
homenaje con doña Matilde Casazola, incluyendo su hermoso poema-cueca El Regreso, todo
un canto de amor que interpreta a aquellos que viven lejos de la patria, ya sea por necesidad
o por obligación. Óscar Cerruto nos llega directo al corazón recordándonos la ausencia del
mar. Del peruano Gamaliel Churata incluimos dos poemas, escritos en Potosí, en los que
fusiona el vanguardismo con el indigenismo. Rubén Darío, el inmortal, nos regala un soneto
a la gloria de los incas. El poema de Roberto Echazú Navajas nos provoca cierta desazón
filosófica respecto a nuestro destino libertario. Elvira Espejo es la voz de la tierra, la que nos
recuerda de donde somos. María Virginia Estenssoro nos recuerda que la realidad siempre

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tiene otra cara y ella se lo cuenta a la madre de Regis Debray que vino a Bolivia a pedir la
libertad de su hijo. De Allen Ginsberg, el gurú de los beatnik norteamericanos, incluimos un
poema icónico de su estilo, donde habla abiertamente de su homosexualidad y un hallazgo
que permaneció inédito hasta que lo publicamos en la revista Piedra de Agua. Alberto Guerra
Gutiérrez, como si fuera un cronista, hace un inventario de las derrotas y de los dolores.
Alfonso Gumucio nos prepara un tropo poético para preguntarnos qué es Bolivia. Óscar
Gutiérrez, romántico él, nos muestra que la patria se transfigura en la amada y está en las
mujeres hermosas y las cosas bonitas; en la misma línea se encuentra el poema de Ramiro
Jordán. Jorge Mansilla aporta con el humor, su poema es un recorrido por los tragos y las
ilusiones de los bolivianos. Eduardo Mitre desde París recuerda a la patria humillada por la
dictadura de 1980, la historia y el exilio, la sangre y los lugares queridos. Pablo Neruda nos
recuerda un episodio de nuestra historia marcado por dos personajes: Melgarejo y Belzu y un
poema sobre los dictadores escrito poco antes de morir. Del colombiano William Ospina un
poema Titulado Bolivia, en el que presenta su enfoque estético del altiplano y del lago
Titicaca. Del cruceño Raúl Otero Reiche presentamos un poema alegórico, un canto a la
patria y al Libertador con versos contenidos e intensos. De Jaime Sáenz, el gran poeta paceño,
elevado a la categoría de mito urbano, elegimos Presencia de la montaña, porque no es
solamente alegórico al Illimani, sino a todas las montañas de Los Andes bolivianos. De
Manuel Scorza una oda a los mineros insurrectos. Pedro Shimose ataca las ambiciones del
imperio de que todos vivamos a su manera y en el poema Tierra inocente y hermosa se
pregunta por la libertad. De Jorge Suárez, uno de los poetas más musicales de Bolivia,
elegimos su poema Boliviano, del libro Serenata, un paseo musical y mágico por América
latina reafirmado nuestra identidad cultural. Gigia Talarico, siguiendo la línea de Asturias,
reflexiona de manera metafórica ante una montaña. De don Franz Tamayo, una de las señeras
cumbres de la poesía boliviana elegimos el poema La Khantuta, símbolo nacional. De nuestro
entrañable amigo, Jesús Urzagasti, incluyo su poema El país natal, una visión descarnada de
Bolivia desde el Chaco boliviano. Julio de la Vega, con un lenguaje preciso ensueña la patria
conquistada en la selva. En todos ellos hay una necesidad de ser escuchados, de llegar al otro,
para hacerle sentir su necesidad de comunicación.

De la ficción y la realidad

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Algunos de los grandes escritores del mundo también se han ocupado de Bolivia en su
cuentos o en sus ensayos, aunque sea como una referencia geográfica como en el caso de
Julio Verne, en su novela Un capitán de quince años, que ahora sirve de alegato en la
demanda presentada por el Estado Bolivia ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
En el punto 1.7 denominado Documentos efectuados por terceros, la demanda dice
textualmente:

“Como instrumentos probatorios efectuados por terceros, y con carácter de mera


referencia respecto a los derechos bolivianos en la costa del Océano Pacífico, antes
indicados, se citan los siguientes documentos elaborados, repito, por personas ajenas
a las Repúblicas de Chile y Bolivia:

1) Informe Sobre Bolivia, elaborado por Joseph B. Pentland, efectuado en 1826, por
el mencionado explorador, y elevado a conocimiento del Exmo. Ministro de Negocios
Extranjeros de Londres por el Sr. Cónsul Británico de su Majestad para el Perú: C.M.
Rickets, cuyo contenido, en cuanto al ejercicio de los derechos bolivianos en estos
territorios, sostiene: …” Bolivia se separa de la República del Bajo Perú por la rama
oriental de la Cordillera de los Andes, por el gran lago mediterráneo de Titicaca y por
la Cordillera Occidental de los Andes hasta el límite Sud del Bajo Perú, donde entra
la Provincia Boliviana de Atacama que confina con la Provincia Chilena de Copiapo

Puede verse por este detalle que Bolivia forma un gran Estado en el interior del
Continente Sudamericano, cuya única parte que toca con el mar es la Provincia de
Atacama, en una extensión de 220 millas desde Punta de Duende hasta el río Loa en
el límite Norte de Chile en la Latitud 25° 40 Sud.”

Este Informe, es un documento que data del año del nacimiento de la República de
Bolivia, que en cuanto a su geografía y organización describe el inglés Pentland,
detallando su salida al Océano Pacífico, además de indicar hasta donde llegaban los
dominios de la nueva República y su límite con la República de Chile.

2) Julio Verne, a favor de Bolivia.- Julio Verne, el gran geógrafo y escritor francés,
legó a la humanidad diversas obras en las que narra aventuras, las que, en cuanto a

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los viajes de sus personajes corresponde, guarda una relación con la descripción
geográfica.

Es así que en su obra “Un Capitán de 15 años”, se dedica a narrar la aventura de sus
personajes: Dick Sand, la Señora Weldon, Harris, el viejo Tom, y otros que naufragan
en el Océano Pacífico en la nave que los transportaba el “Pilgrim”; al encontrar tierra,
los náufragos no conocían en territorio en el que se encontraban, y por ello, Verne a
través del ocasional habitante de aquel lugar Harris, explica lo siguiente:

- “Nuestra primera pregunta – prosiguió la Sra. Weldon – ha de ser para preguntarle


donde estamos.

- Pues están ustedes en el Litoral de América del Sur – respondió el desconocido


(Harris), que parecía sorprendido ante la pregunta - ¿Pueden tener alguna duda a
este respecto?

- Si señor, porque la tempestad había podido desviarnos de nuestra ruta, que no he


podido determinar con precisión – contestó Dick Sand (el capitán de 15 años).

Ahora he de preguntarle donde estamos con exactitud,… supongo que nos hallamos
en la costa del Perú.

- ¡No joven amigo, no!, (respondió Harris), ¡Un poco más al Sur!,…Han encallado
ustedes en la Costa Boliviana, y se encuentran en la parte meridional de Bolivia que
confina con Chile.

- … Dicks Sand reflexionaba acerca de lo que acababa de escuchar. Aquello no le


extrañaba mucho, pues su cálculo podía haberle engañado en lo que concernía a las
corrientes; … en efecto, teniendo en cuenta el sitio donde había dejado la isla de
Pascua, debía hallarse entre el vigésimo séptimo y trigésimo quinto paralelo, sobre
poco más o menos, y había encallado en el vigésimo quinto paralelo

- … Caballero - dijo entonces Dick Sand- de su respuesta deduzco que nos


encontramos a gran distancia de Lima.

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- Sí, Lima está lejos,… por allá, por el Norte.

- … (la Sra. Weldon) Nadie nos conoce en esta parte de la baja Bolivia. - Pues bien
Señora Weldon, Usted y sus compañeros verán un singular país, que contrasta de un
modo extraño con las regiones de Perú, del Brasil o de la República Argentina. Su
flora y su fauna causarían el asombro de un naturalista ¡Ah! …, Puede decirse que
han naufragado ustedes en un buen lugar, y si no fuera importuno, podrían dar
gracias al destino.

- Creo que no ha sido el destino el que nos ha traído aquí, dice la Sra. Weldon a
Harris, sino Dios”.

Hasta aquí el fragmento de la demanda oficialmente presentada en La Haya.

Julio Verne, el gran escritor y geógrafo tenía también otra particularidad, era un
visionario, de algún modo, como sucedió en las descripciones del Submarino del
Capitán Nemo o del Viaje a la Luna, podía prever o deducir el futuro; en el caso que
corresponde a Bolivia, dejó claramente sentado, con justo fallo, que el territorio
boliviano comprendía hasta las costas del Pacífico, y que este límite estaba próximo
al paralelo 25 de latitud meridional. Julio Verne, fue invocado por la Representación
Chilena dentro del conflicto de límites con la República Argentina respecto a
dominios del Pacífico Sur, por la referencia que hace a estas en Los náufragos del
Jonathan”.

Así concluye esta parte en la que una obra de ficción sirve para alegar una verdad histórica,
como también lo hace Herman Melville en Moby Dick, la ballena blanca, citado por Pablo
Cingolani en el artículo que incluimos de él.

La ruta de las palabras

Algunos escritores visitaron nuestro país, como los franceses Alcide D’orbigny y Henry
Michaux, el sueco Erland Von Nordeskiold, el guatemalteco Augusto Monterroso, vivieron
en Bolivia, así como el dominicano Juan Bosch; los uruguayos Juan Carlos Onetti y los
peruanos José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Manuel Scorza y Gamaliel Churata que

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vivió muchos años en Potosí, muy recordado por su obra poética recogida en El pez de oro.
El norteamericano Paul Theroux, los argentinos Ciro Torres, Rodolfo Kusch, Enrique Molina
y el Che Guevara, entre otros. De este último Cingolani, en su hermoso y revelador texto que
incluimos, afirma que “sobre El diario del Che en Bolivia, más allá de las inexistentes
estadísticas que poco importan, habría que afirmar para situarlo que debe ser el libro sobre
Bolivia más leído en el mundo entero; a su manera el testimonio de combate del guerrillero
es el gran best seller con tema boliviano de la historia”. Cingolani también nos regala un
extraño pasaje de Bram Stoker sobre el lago Titicaca en Bolivia.

Jorge Luis Borges, archicitado en todos los estudios literarios, no podía faltar en este prólogo,
con la alusión a la simpatía que sentía por el poema Siempre de Ricardo Jaimes Freyre, uno
de los poetas mayores de Bolivia, por quien el argentino profesaba una gran admiración.

Juan Carlos Ramiro Quiroga, poeta boliviano, me hizo recuerdo que el famoso Allen
Ginsberg, poeta norteamericano de la generación Beat, también estuvo por suelo boliviano.
Se dice que intento reunirse con Jaime Sáenz, pero que el poeta paceño no quiso recibirlo. Se
compró un par de botas usadas por los mineros y escribió un poema, Esfínter, muy a su estilo,
sobre su estadía en nuestro país.

El uruguayo Mario Benedetti, escribió Un boliviano con salida al mar, un hermoso cuento
que tomó como referencia un tema tan arraigado en nuestro imaginario cívico. El dominicano
Juan Bosch, a quien tuve la suerte de conocer en New York el año 1989, ocasión en la que
me contó que había vivido en Bolivia, logra penetrar el hermético mundo andino aymara en
el cuento El Indio Manuel Sicuri, transcrito tal como lo escribió el gran cuentista. El chileno
Jorge Guzmán narra una historia en la que también es protagonista el río Mamoré, el gran río
del Beni, columna del ser amazónico de Bolivia, este cuento obtuvo un importante premio
en Santiago de Chile. Augusto Monterroso, con quien conversé en México, afirma que el
breve cuento La vaca se le apareció en un viaje por el altiplano, entre La Paz y Oruro, cuando
vivía ejerciendo de cónsul de su país en 1956. De Luis Sepúlveda, premiado escritor chileno,
incluimos una historia que mezcla la política con los sueños.

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Acerca de Juan Carlos Onetti, autor de la emblemática novela Juntacadáveres, el académico
y crítico uruguayo, Jorge Ruffinelli, citado por Ana Gallego Cuiñas, afirma:
“en una entrevista, menciona un truculento episodio en el que su particular sombrero
fue agujereado por una bala. Parece que el tiroteo ocurrió durante un viaje del
uruguayo a Bolivia en 1956. Onetti explica: «De lo que me acuerdo es de eso: de tener
a un indio con el rifle apoyado en mi barriga mientras me dice exaltado: «Te voy a
matar, hijo de puta [...] Y la mujer atrás, llorando: «No lo matés, por favor, no lo
matés». Yo tenía una indiferencia total, no de coraje, sino como un estado
psicológico; ni sombra de miedo, como si estuviera soñando. Lo único que atinaba a
decir era: « ¡Pero cómo me vas a matar a mí, si soy uruguayo!»» (1976: 218). A
continuación, le pregunta Ruffinelli: « ¿Y el agujero en el sombrero?», y responde
Onetti: «Debió ser un fragmento de la bala, que me tocó el sombrero. Luego, claro,
la leyenda va creciendo, como el brazo de Valle Inclán» (1976: 218). Esta anécdota,
además de dar buena cuenta del humor e ironía de nuestro autor centenario, refleja
perfectamente los rasgos de su narrativa: la evasión hacia el sueño, la fragmentación,
y la presencia de agujeros y puntos ciegos en sus textos, que paulatinamente van
creciendo. Como señala Fernando Aínsa, se trata de «Una narrativa aposentada en un
agujero cuya irresistible atracción gravitatoria nos empuja desde la oquedad de El
pozo a la del húmedo nicho en «el cementerio marino» de la última página de Cuando
ya no importe»

James Joyce y Bolivia

A finales de los años setenta ya había decidido ser escritor y, como el Dios los cría y el Diablo
los junta, me junté con otros jóvenes que también querían serlo con los que publicábamos
efímeras revistas. Fueron años feroces de lucha contra las dictaduras, pero también de
bohemia desenfrenada que provenía de la mitificada idea de los poetas malditos. En esa
época, muchos de mis amigos hablaban del Ulises, de James Joyce, como una novela
fundamental para entender la literatura moderna, el nombre de la obra y de su autor eran
como una fórmula oscura para iniciados. Así que un día, le pedí dinero a mi madre y me
compré la famosa novela.

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La verdad es que, después de varios intentos no pude pasar de las primeras veinte páginas,
era pesada y densa, así que atendiendo el consejo de Borges de que se debe leer por placer y
no por obligación no persistí y acepté que había fracasado. Décadas después, en la ciudad de
Santa Cruz de la Sierra, encontré una edición en la librería de Peter Lewy, la compré y decidí
enfrentar de nuevo al monstruo de más de setecientas páginas, esta vez, para sorpresa mía, la
leí en cinco días seguidos. Llegué al final y se me vino a la mente otra vez de Borges: “Si
Shakespeare les interesa, está bien. Si les resulta tedioso, déjenlo. Shakespeare no ha escrito
aún para ustedes. Llegará un día que Shakespeare será digno de ustedes y ustedes serán
dignos de Shakespeare, pero mientras tanto no hay que apresurar las cosas”, consejo que se
cumplió a cabalidad con el Ulises.
En esta obra, el autor de Retrato del artista adolescente, narra un día en la vida de Leopoldo
Bloom, Molly, su esposa, y el joven Stephen Dedalus, en la ciudad de Dublín, desde la
mañana del 15 de junio hasta la madrugada del día 16 de junio de 1904. Recuerdo que cerré
el libro con sentimientos encontrados, porque descubrí páginas realmente extraordinarias en
las que Joyce trabaja el lenguaje de manera prodigiosa y otras que se pueden obviar sin alterar
la narración, en fin…así son muchas obras maestras de la literatura, me dije y recordé las
charlas de mi juventud y me entró la sospecha de que muchos de ellos no la habían leído
siquiera, que al igual que los clásicos universales como El quijote, Romeo y Julieta, Hamlet
y otros, que muchos aseguran haberlos leído, en realidad no lo hicieron y repiten de memoria
algunas frases, ideas, diálogos apócrifos que han escuchado o leído por ahí. Mi sospecha se
fundamenta, entre otras cosas, en un fragmento del Ulises en el que un personaje habla de
Bolivia, mención tan curiosa que no hubiera pasado desapercibida para ningún boliviano.

La importancia de llamarse James Joyce


Sin embargo, antes de hablar de ese pasaje en particular, hablemos un poco de la obra que
está considerada como la más grande novela del siglo XX. El escritor Felipe Foncea, afirma
que: “La importancia del Ulyses de Joyce radica en la forma como utiliza el lenguaje para
narrar situaciones, experiencias y voces internas, la que se caracteriza por una impresionante
atención al detalle en la narración, atención que se mantiene en cuanto a las divagaciones de
los personajes, lo que lleva al lector a “montarse” en la mente del narrador y alejarse con él
del hilo clásico que consideraría una narración tradicional. Todo esto, por supuesto, hace que

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el texto sea extremadamente difícil de seguir, lo que lo hace un libro no sólo poco leído, sino
que hasta “odiado” por lectores que no están dispuestos a seguir el “juego” que propone
Joyce”.
Para otros, como Kiko Amat, que escribió un artículo en la revista Babelia, titulado “Ni Joyce
sabía de qué iba su ‘Ulises’”, afirma que: “Hay muchas razones por las cuales la gente cree
que hay libros que “deben” leerse”, afirma Mikita Brottman en Contra la lectura, “pero
sospecho que (…) pueden resumirse en inseguridad intelectual, esnobismo, temores
residuales de clase, egoísmo y una especie de folclore supersticioso arraigado en la
tradición”. (…) Uno acude a los clásicos canónicos por culpa y compromiso, sin esperanza
de diversión, igual que a misa del gallo. Es una paradoja. A nadie se le ocurriría escuchar
música pop para no pasarlo bien. Sin embargo, aquí tienen a Ulises, la segunda novela de
James Joyce. Un libro que solo puede leerse sufriendo”. La opinión de Amat me trajo a la
memoria a mis primeros fracasos ante tamaña obra. La verdad es que ahora solamente
recomiendo su lectura en mis talleres a quienes quieren ser escritores, en ella hay mucho que
aprender como el monólogo de Molly Bloom, que se estudia como una técnica denominada
el fluir de la conciencia o el discurso interno, en este caso escrito sin respetar ningún signo
de puntuación que, por cierto, ya otros autores lo hicieron antes de Joyce y algunos lo
siguieron haciendo como Saramago.
El Ulises y Bolivia
Ahora veamos el diálogo que tanto me llamó la atención. En el capítulo 3 del Ulises,
publicada en 1922, un marinero recién llegado a Dublín da cuenta de sus sorprendentes
aventuras por los mares del mundo. He aquí parte del diálogo con W. B. Murphy, el marinero:
“–Bueno, contestó el marinero después de pensárselo, he circunnavegado un poco desde que
me enrolé.
Estuve en el Mar Rojo. Estuve en China y Norteamérica y Sudamérica. Fuimos perseguidos
por piratas en una travesía. He visto icebergs a montones, de los temibles. Estuve en
Estocolmo y en el Mar Negro, los Dardanelos con el Capitán Dalton, el mejor hijodeputa
que jamás haya echado a pique un barco. He visto Rusia. Gospodi pomilyou. Así es como
rezan los rusos.
–Ha visto sitios raros, no me diga lo contrario, intervino un calesero.

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–Bueno, dijo el marinero, cambiándose el andullo parcialmente masticado. He visto cosas
raras desde luego, aquí y allá. He visto a un cocodrilo morder la uña de un ancla lo mismo
que yo masco esta mascada.
Se sacó de la boca la pulposa mascada y, colocándosela entre los dientes, mordió
ferozmente.
–¡Kjaán! Así. Y he visto devoradores de carne humana en el Perú que comen los cadáveres
y los hígados de caballo. Miren. Aquí están. Que un amigo mío me mandó.
Rebuscando sacó una tarjeta postal con vistas del bolsillo interior que parecía ser a su
manera una especie de almacén y la empujó a lo largo de la mesa. La letra impresa en la
misma consignaba: Choza de Indios. Beni, Bolivia.
Todos fijaron su atención en la escena mostrada, un grupo de mujeres salvajes con
taparrabos a listas, agachadas, mirando con asombro, amamantando, con el ceño fruncido,
durmiendo en medio de un hormiguero de niños (tenía que haber su buena veintena de ellos)
delante de unas chozas primitivas de mimbre.
–Mascan coca sin parar, añadió el comunicativo cimarrón. Estómagos como ralladores de
pan. Se cortan los pechos cuando no pueden tener más hijos. Ahí las tienen sentadas en
pelotas comiéndose el hígado crudo de un caballo muerto.
La tarjeta postal se convirtió en el centro de atención para los señores simplones durante
varios minutos si no más.
– ¿Saben cómo ponerlos a raya? interrogó en general.
Al no ofrecer nadie una respuesta hizo un guiño, diciendo:
–Anteojos. Los deja de piedra. Anteojos.
Mr. Bloom, sin manifestar sorpresa, sin ostentación le dio la vuelta a la tarjeta para
examinar la dirección y el matasellos parcialmente borrados. Decía lo siguiente: Tarjeta
Postal, Señor A. Boudin, Galería Becche, Santiago, Chile. No había nada escrito
evidentemente, como pudo muy bien apreciar.”
Es innegable que en la historia del marinero existen muchas contradicciones, por ejemplo
que los indígenas del Beni no mascaban coca, por lo menos no esa época y otras. Lo invitos
a ustedes, lectores amigos, a releer el fragmento y a obtener sus propias conclusiones.

Es probable que el gran autor irlandés haya escuchado está historia tal y como lo cuenta en
lo que se considera la mayor novela del siglo veinte. Yo nací, justamente, en el Beni, territorio

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amazónico de Bolivia y en la época referida no existía por esos lados la coca que es de la
parte andina. Y es que nuestro país no ha tenido mucha suerte en algunas obras literarias.
Existe una marcada imagen negativa, insólita y hasta absurda sobre nuestro país que se repite
en películas y series de televisión.

Otros escritores

El gran José Saramago, se refiere a nuestro país en una nóvela inconclusa. Al respecto cito a
José Luis Exeni

El escritor argentino Bruno Morales (pseudónimo de Sergio Di Nucci), escribió Bolivia


construcciones, novela con la que obtuvo el Premio La Nación Editorial Sudamérica
2006/2007, en la que dos bolivianos que viven en Buenos Aires son los protagonistas. Luego
volvió a publicar otra novela con personajes bolivianos: Grandeza boliviana.

En el año 1957, Ernesto Giménez Caballero, publicó Bolivia maravillosa, libro en el que
entre otros temas, se refiere a la supuesta relación entre nuestro país y el Quijote, así como a
la ciudad de La Paz y a la Puerta del sol.

En 1952 el escritor chuquisaqueño Guillermo Loayza escribió el poema épico La Boliviada,


en el que cuenta la historia no oficial de nuestro país. Este poema ha sido llevado al teatro en
varias oportunidades.

Hace un par de años, el escritor Ramón Rocha Monroy escribió un artículo titulado ¿De quién
es el país? en el que proponía que así como había países que eran la expresión de sus
escritores, Nicaragua es el país de Rubén Darío, Borges es de la Argentina y García Márquez
es de Colombia, en Bolivia eso no se daba con ningún escritor o intelectual. “Admitamos,
pues, que no hay artista ni literato que sirva para identificarnos”, afirma el autor de la novela
Potosí 1600 dejando entrever que se debe a nuestra actitud mezquina y, luego, concluye que,

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en la actualidad, nuestra “epopeya colectiva tiene un héroe. Un héroe que no nació en pañales
de seda ni en clínica privada, sino en una choza de un ayllu de un cantón de una provincia
perdida”: Rocha Monroy no dice su nombre porque asume que sabemos quién es.

El gran escritor indigenista peruano José María Arguedas, nos presenta un extraordinario
relato de la ciudad de La Paz, en el que se destaca la presencia del Illimani, la montaña que
repite tres veces su hermosura y el destino de los bolivianos. Este texto también apareció con
el nombre de La ciudad de La Paz. Una visión general y un símbolo y se publicó por primera
vez en el periódico La Prensa de la ciudad de Lima, el 18 de febrero de 1951 y luego fue
incluido en el libro Señores e Indios editado por Calicanto, en Buenos Aires, 1976.

Adolfo Cáceres Romero, otro de los grandes escritores de Bolivia, el único que ha realizado
una verdadera historia de la literatura Boliviana a decir de Luis H. Antezana, nos entrega una
breve reseña de nuestra literatura en cuatro lenguas. Pablo Cingolani hace un ilustrado, como
detallado, recuento de escritores que visitaron Bolivia. Eduardo Galeano que se define a sí
mismo como un “sentipensante”, con su prosa poética nos cuenta nuestra propia historia
desde los socavones de angustia y la apoteosis del ascenso de Evo Morarles, un indígena, a
la presidencia de Bolivia. Gonzalo Mendieta Romero ensaya cómo suena Bolivia desde la
nostalgia, la calle y el pasado.

Incluyo un extraordinario artículo de la periodista y escritora Lupe Cajías sobre la


permanencia en nuestro país del poeta español León Felipe, quién dejó su testimonio en un
poema. Lupe dice en su artículo que “quizá sería útil reunir en un solo volumen a todos esos
autores como parte del nuevo Festival Internacional de la Poesía que ya anuncia para
mayo…”, pues bien, creo que cumplí su deseo y con creces.

Del gran poeta chileno, Vicente Huidobro, incluyo un pequeño pero contundente alegato
sobre nuestra salida al mar. Escrito que sirvió para que, hace unos años, un grupo de poetas
chilenos y bolivianos lo tomen como bandera.

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Otro español. Conocí a Miguel Sánchez-Ostiz el año 2010, en la Feria Internacional del Libro
de Santa Cruz, un escritor español que ama a nuestro país y así lo ha expresado en su
Cuaderno Boliviano, en los que va narrando sus recorridos por varias ciudades bolivianas,
así como sus encuentros con la gente, sus costumbres y el paisaje. Miguel también se ha dado
a la tarea de comentar generosamente las obras de escritores bolivianos. En Cuaderno
boliviano, Miguel habla del escritor francés Jean-Edern Hallier, en los siguientes términos:
“Hallier escribió una novela Chagrin d’amour, en la que hay páginas dedicadas a
Bolivia –La Paz y Potosí– a un Valparaíso que resulta irreconocible (…) Hallier es
un ejemplo de cómo Bolivia ha venido siendo la lejanía, lo mítico, lo improbable, el
lugar donde todo era o parecía posible, la mesa de los compromisos políticos de los
que se podían desertar antes de que tuvieran consecuencias irreparable (Regis Debray
sería la excepción) y el paraíso de la cocaína”.
El texto de Miguel que incluimos en esta selección narra su particular y mágica visión de
Potosí.

Incluyo, también, un artículo de Carlos D. Mesa, sobre los treinta años de democracia
ininterrumpida, en el que marca cinco momentos clave en su desarrollo desde 1982 a octubre
del 2012.

Del inglés Keith Richards, estudioso de la literatura y del cine boliviano, incluyo un
comentario sobre la antología de cuentos The fat man from La Paz, compilada por Rosario
Santos y publicada en los Estados Unidos. Richards aporta una mirada interesante sobre los
narradores del Oriente boliviano.

“Cultura y modernidad en la literatura del oriente boliviano”


Y hablando del oriente, Saulo Gomes de Sousa, escritor, poeta y fotógrafo brasileño, obtuvo
su Maestría en Historia y estudios culturales, por la Universidade Federal de Rondônia,
Núcleo de ciências humanas, con un trabajo de investigación titulado “Literatura na
Amazônia: cultura e modernidade na literatura do oriente boliviano”. Un notable estudio
sobre un tema que ni siquiera en nuestro país se ha realizado, porque esta región -que es más
del sesenta por ciento del territorio nacional- sigue siendo olvidada por la cultura y la

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academia oficial. Es bueno para nuestra literatura que se ocupen de ella en el exterior y por
eso quiero destacar este estudio.
La tesis se abre con un epígrafe de João de Jesus Paes Loureiro: “La Amazonia parece ser un
gran signo modulado por el tiempo”, que sigue vigente hasta hoy. En su tesis Gomes de Sousa
se “propone traer a la luz la importancia de conocer a las representaciones literarias
amazónicas, no restringidas solamente al contexto amazónico brasileño. Su objetivo es
discutir por medio de la literatura amazónica boliviana, los aspectos culturales y las
relaciones sociales en la región. Se investiga en ellas las posibilidades de formas expresadas,
y de cómo ella reescribe la historia y la cultura en este espacio geográfico. En la investigación
se analiza en las siguientes obras: Siringa, Memorias de un colonizador del Beni, de Juan
Bautista Coímbra (1972); Inundación, de Luciano Durán Böger (1965); y Los reinos
dorados, de Homero Carvalho Oliva (2007); además de los aspectos culturales, sociales y
ambientales que surge de la Modernidad analizando el aporte literario y cultural de Ana
Pizarro (2012) y de Nicomedes Suárez Araúz (2012); y en su aspecto ideológico en Terry
Eagleton (2009). De esta manera, presento la literatura amazónica tras la frontera a los
estudios académicos brasileños, destacando su importancia como elemento para conocer la
dinámica pan-amazónica y al mismo tiempo visibilizar, por medio de las obras mencionadas,
la posibilidad de investigar cómo la cosmovisión y el lenguaje literario de sus autores
reescriben la historia y cultura amazónica y latinoamericana”.
Gomes de Sousa, logra ampliamente sus objetivos a través de un meticuloso levantamiento
bibliográfico, que le permite reflexionar sobre nuestra literatura y su importancia como
referencia cultural de esta región, así como fuente de entendimiento de la dinámica
amazónica latinoamericana. Aportando a la construcción de una masa crítica sobre esta
literatura en sus potencialidades para el contexto literario amazónico como región, para
nuestro joven autor su investigación espera contribuir a la crítica especializada, por medio de
la reflexión sobre la literatura tanto amazónica como latinoamericana, por ello sus citas
bibliográficas son abundantes.
Gomes de Sousa elige esas tres obras porque sostiene que son “representativas dentro de la
literatura boliviana en la ocasión de la discusión cultural y literaria de su Amazonia y que
trazan en el plano representativo la historia de la región, dialogando con los referentes
simbólicos y míticos dentro del imaginario amazónico”. Y hace pequeñas introducciones que

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le servirán de guía para desarrollar su investigación; empieza con la obra de Juan B. Coímbra:
“Siringa describe, hasta entonces, una visión local e inédita de un oriente amazónico ignorado
por los bolivianos, diferenciándose de Páginas bárbaras (1914), de Jaime Mendoza. Que hasta
entonces se constituía como una de las primeras fuentes sobre la región amazónica o para los
bolivianos el oriente boliviano, una de las primeras obras a tratar las formas de trabajo en la
Amazonia boliviana. Pero es en Siringa que la experiencia del colonizador se presenta de
modo vivo dado que su autor vio y vivió la experiencia y la transmutó en literatura. La obra
es de acuerdo con Coll: ‘Novela autobiográfica, testimonial y regional. Interesante relato de
la selva tropical, hacia al Amazonas, con sus páginas vigorosas sobre la barbarie y la grandeza
del lugar. El poblador del Beni es un hombre victorioso sobre lo salvaje y destructor de la
selva, con sus grandes ríos, con sus ciudades, sus explotadores del caucho y sus filibusteros,
su mito y su folklore (Coll, 1992, p.39)’”, cita Gomes. Edna Coll, es una investigadora que
publicó en 1992 el Índice informativo de la novela hispanoamericana V. Río Piedras: Puerto
Rico. Editorial Universidad de Puerto Rico, esta literata y otros afirman que Siringa es una
novela, a diferencia de Pedro Shimose que le niega ese valor literario.
Respecto a la novela Inundación, de Luciano Durán Böger, señala que “aborda la lucha por
la supervivencia en un ambiente hostil; el escritor comparte por medio del lenguaje y su
experiencia cultural sin detenerse en un regionalismo exacerbado, sino que pretende
representar las relaciones sociales que hacían sombra a aquella sociedad, se expresa más bien
más como un reflejo de las reacciones sociales de América latina de aquel período. La obra
se encamina como contestaria, una obra de protesta social” y en lo que se refiere a Los reinos
dorados, de mi autoría señala: “La perspectiva del lector al leer Los reinos dorados es de un
reencuentro con un ambiente nostálgico y remoto, que todavía está en construcción en el
presente y en el futuro. El extenso poema de Carvalho traza un camino que mezcla lo irreal
y lo real, apoderándose de contextos basados en la realidad como por ejemplo la incursión
incaica en el territorio de Mojos y la invasión española. La poesía se establece como
documento de la identidad mitológica y cultural de los pueblos del Beni, se configura también
como legado para las generaciones futuras que habitan este espacio cultural y mitológico”.
La investigación de Gomes de Sousa es un desafío a la academia para invitarlos a revisar la
historia y cultura de este espacio cultural por medio de su literatura. Investigar la literatura
amazónica nos proporcionará subsidios para comprender la dinámica cultural y discutir las

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relaciones históricas del pasado y compararlas con el presente. Gomes finaliza su tesis
advirtiendo que: “La literatura del oriente boliviano, región formada por los departamentos
de Pando, Beni y Santa Cruz, viene incorporándose a las antologías nacionales, ganando así
mayor representatividad de su expresión. Pero eso se debe a un proceso de legitimación, por
medio de embates entre el espacio andino y amazónico. (…) En ese sentido, se entiende que
el presente estudio no se finaliza aquí. Es una pequeña contribución para el estudio literario
y cultural de esta región, cabe aún mucho que investigar con relación a la cultura y literatura
en la Amazonia, y sobre todo sobre el ser amazónico”.

Mario Vargas Llosa


Cerramos esta selección con Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura, que siempre
ha reconocido que aprendió a leer en Bolivia a los cinco años, en la clase del hermano
Justiniano, en el colegio de la Salle en Cochabamba, asegura que fue la cosa más importante
que le ha pasado en su vida y muestra su cariño y conocimiento de nuestra historia en el
artículo titulado Italia no es Bolivia y con otro titulado simplemente Bolivia, un alegato de
apoyo a nuestra salida al mar.

No sé muy bien por qué hice esta compilación, tal vez desperté un día y me sentí como
Francisco de Quevedo cuando escribió: “Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo
fuertes ya desmoronados, / de la carrera de la edad cansados, / por quien caduca ya su
valentía”.

Para titular a esta selección elegí un verso del poeta Raúl Otero Reiche: “Tu voz habla en el
viento”, porque creo resume el objetivo de la misma: que las voces de los escritores vayan
por la tierra anunciando nuestra patria. Dividí en tres partes la muestra: Poesía, en la que
incluyo a poetas extranjeros y bolivianos; Cuento, solamente extranjeros porque son muchos
los autores nacionales y las narraciones en las que el país está presente de manera explícita
y, por último, Artículos y/o ensayos en la que también incluyo a bolivianos y a extranjeros
hablando de Bolivia de una manera especial, diferente de lo cotidiano.

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Debo aclarar también que, en esta selección en la que trabajé cerca de varios años revisando
libros, revistas, páginas web y consultando a amigos, entre ellos a los poetas Marcelo Arduz,
Rubén Vargas y Juan Carlos Ramiro Quiroga. Solamente he incluido poemas, cuentos y
ensayos de escritores, no así otros textos de otro tipo de viajeros que pasaron por Bolivia y
que dejaron sus testimonios en artículos de prensa, revistas, diarios o libros. El escritor
boliviano Mariano Baptista Gumucio ha realizado una extraordinaria labor rescatando este
tipo de textos en una colección sobre las ciudades de Bolivia que abarca los nueve
departamentos.

En este libro incluimos a sesenta autores: cuarenta poetas, cinco cuentistas y quince
articulistas y/o ensayistas; del total veinte pertenecen a extranjeros, entre ellos a tres premios
Nobel de literatura, a saber: Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda y Mario Vargas Llosa.
Creo que, pocas, veces, tantos escritores reconocidos han escrito sobre un país. Algo mágico
y maravilloso debe tener el nuestro que ha fascinado y fascina a tanto buen escritor. Leamos,
pues, a nuestro país.

Es probable que falten algunos poemas, cuentos y prosas, vendrán otros investigadores y la
complementarán, pero quizá nunca sea completada porque siempre habrá algún escritor
desconocido aún o ya famoso, deslumbrado por nuestra gente y/o por el paisaje, escribiendo
sobre nuestro país. Valga este esfuerzo por mostrar cómo nos ven y cómo nos vemos. Bolivia
es la materia de este libro. Vale.

Homero Carvalho Oliva

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No sé qué podría decir del país donde nací.
Que es hermoso todo el mundo lo sabe
menos sus habitantes. Quizás por eso perdimos
la mitad de nuestro territorio en el Cono Sur.

El país natal
Jesús Urzagasti

El atractivo de Bolivia como espacio de lejanía, como confín, pero un confín muy
distinto al que puede sentirse en Magallanes o Tierra del Fuego, un confín que más tiene
que ver con la idea del abismo en el que desaparecer y de verdadero corazón de las
tinieblas ¿No fue en el parque Kempff donde Conan Doyle situó el escenario perdido de su
novela Un mundo perdido?

Cuaderno boliviano
Miguel Sánchez-Ostiz

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POESIA

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Eliodoro Aillón Terán
(Sucre, Bolivia, 1930-1992)

Pido la palabra

Ciudadanos del mundo,


en nombre de mi patria,
pido la palabra.
En nombre de mi pueblo,
sencillo como el agua de la acequia,
pido la palabra.

En mi pequeña morada comenzó la patria


allí todos gritaban en las noches
cuando el puño del alcohol,
caía sobre el rostro de mi madre,
recuerdo la sangre y los nervios,
los nervios en angustia de alambres aprensados;
en las noches ondas, pobladas de llanto
y el miedo de los pequeñitos allá,
en la esquina más dolorosa de mi sangre,
comenzó la patria.

La escuela vino después,


también la patria estaba allí avergonzada, humillada;
ocultando en los rincones más apartados,
sus pies descalzos.
Y la patria me miraba acongojada
desde mis propias pupilas nubladas,
desde mis manos vacías y mis sueños enturbiados.
A mí me mostraban la escuela poblada de azules campanas

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y la patria cuajada de campos abiertos,
pero, pero mi patria gemía a 4000 metros sobre el nivel del hambre,
hombres que crecía como piedras paridas por la montaña,
desnudos y fríos como peces muertos,
moviéndose a penas, llevando a cuestas su grito
trancado como una roca clavada en lo más hondo,
en lo más duro de la tierra.

No señores,
la patria no era solamente la escuela poblada de altas campanas
ni la tierra salpicada de lagos felices,
no era solamente los montes incrustados de cielo,
ni los desfiles en los días de fiesta,
era también la impotencia del hombre
cuando el pan se convierte en gemido detrás de las puertas,
era la muchacha que buscaba su vestido dominguero en la esquina de la noche;
eran las manos crispadas en los mercados,
y el llanto, extendido en las estaciones.

Mi padre borracho era la patria que pesaba sobre mis pupilas,


sobre mis labios, sobre mis zapatos rotos;
y con esa patria a cuestas yo asistí a la escuela.
La maestra, me mostraba siempre una patria
y un cielo a los que nunca pude comprender.
Una patria con héroes, con cerros de plata,
con tierras llenas de árboles frutales;
pero yo tenía que regresar a mi casa en las noches,
y allí estaba la patria,
en el pan para dos que nunca satisfacía a cuatro,
en las pupilas de mi padre abiertas
como dos diablos encendidos en medio de los niños.

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No señores, no.
La patria no sólo estaba en los salones,
ni en los discursos de los presidentes,
ni siquiera en la bandera y sus colores.
Yo encontré a la patria botada en mitad de las calles,
mientras la lluvia cercenaba sus carnes.
Yo la vi desgarrarse por coger un pedazo de carne y otro poco de pan,
y lloré su tragedia, porque teniendo hambre, se comió su libertad.

Y mentidme a mí ahora, mentidme.


Yo vi a mi patria en todos sus confines,
la sentí como un garfio clavado en mitad de mi angustia,
la llevé como túnica de yeso por todos mis caminos,
la sentí como el peso de dios sobre el pecado y busqué su voz
para multiplicarla sobre las campanas del tiempo.

Yo vengo en nombre del obrero y sus overoles manchados,


en nombre de mi padre y su vicio,
pagado con la desnudez de sus hijos,
en nombre de mi madre y su voz callada,
en nombre de los niños yo vengo,
en nombre de mi patria estrujada por manos sin salario.
Yo no vengo a pedirles nada, nada que les pertenezca.

Mi pueblo, mi pueblo quiere su paz,


quiere su barco para recoger de playas lejanas un canto de gaviotas nuevas,
quiere sembrar su trigo y levantar sus fábricas,
quiere que sus niños rían,
jueguen y salpiquen los campos como las gotas de rocío al alba,
quiere que todos crezcan a lo largo de los ríos como el trigo,

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y que todos se hinchen de sol y de lluvia como las uvas,
en la cuenca dilatada de los valles.

En nombre de mi pueblo,
humilde como la hierba, sencillo como el agua de la acequia,
ciudadanos del mundo,
pido la palabra.

(De Pido la palabra)

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Óscar Alfaro
(Tarija, Bolivia, 1921-1963)

Bolivia

Patria de laurel y olivo,


Del cóndor que se levanta.
De la montaña que canta,
Patria de color nativo...

Abecedario de cimas,
Que se siente palpitar.
Y muestrario de los climas,
Pero sin beso de mar.

Dulce patria prisionera


Sobre la torre serrana,
Ya clarea la mañana
De tu libre primavera.

Corazón del continente,


Que se desangra en la cumbre
Y por su herida reciente
Arroja chorros de lumbre...

Patria por siglos dormida,


¡Oh madre convaleciente!,
Ya despiertas a la vida,
Como la Bella Durmiente!

Bolivia chola y andina,

40
Mira el cóndor que se eleva,
Alza tu sol y camina,
¡Comienza la vida nueva!

(De Ronda de paz)

41
René Antezana Juárez
(Oruro, Bolivia, 1953)

País del vértigo (1988)

“este país no-país”


Roberto Echazú

UNO

País ensanchado por el destierro


Que llenaste mis sueños con pesadillas
De viejos dioses olvidados
Y por tu geografía de sangre te justificaste
Como una cueca en el centro del delirio
Para jugar siempre siempre
Con las voces de la ignominia
Despertando en cada puerta ángeles sin sombra
Que cubren los velos de tu rostro
Rostro que he imaginado sin rostro
Olvido dispersión nadería
Fuente de actos sin actores
Brazos saludándote en una despedida

Porque eres un irte sin remedio


Una cacharpaya
Un final de fiesta
Un retumbar de alas buceando en el recuerdo
Corazones desgajados y viejos rencores de muerte

42
Un socavón que se ahoga llevando en la garganta
Las caricias que hicieron de tu cuerpo
El más hermoso de todos los cuerpos
Ahora repartido
No como el pan

Porque en ruido de tus planetas sin órbita


Estalla mi máscara
Y es una vieja estela de palabras que dejas
Viejo y amado cometa
País del vértigo

Abrazo el semen y la vulva de tu idioma


Lenguas que se atan y desatan
Como fuego enloquecido
Como pasos de diablo
Despertando las almas de su noche fija y sola

Así te celebro y te canto


Me adormezco en el paisaje de tu vientre encandilado
A la hora donde surge mi enojo
Mi rabia de ser todas las pasiones

Y se astillan los huesos de mis muertos


Se afilan los recuerdos
Y caen tus apariencias de doncella ninfómana

Te he lucido como un poema maldito


Vi tus despojos de niña muerta de asombro

43
Visión del amor que esparciste sobre tu pueblo
Ahora colgando
Como una lágrima en el vacío

Alma en pena
Aullido de perro a medianoche
Más no cantar de gallo
Sino infinito horizonte donde se funden
Los rojos claveles de la muerte
Con los azules velos donde te ocultas

Como las palabras de este tardío afán


Música de trenes cortando el paisaje
Desde donde escucho el latido de tu más allá
Y adivino el puente que has tendido
Las señales las sombras
El tejido que desato como el cuerpo de mi amada
Donde todo se agiganta
Y son sólo los sentidos del sentido
Por los que huelo palpo presiento

Recostado en los médanos en las arenas


Que otra vez son las hormigas
Prendiendo y desprendiéndose
Del cuerpo mítico que me atormenta
Son carne que se despoja del tiempo
Y se viste con tus esmeraldas de sospecha
Con tus brillantes de pez
Restituyendo la conversación entre los hombres
La cocina universal de los astros mínimos
De los actos mínimos

44
A la luz de un candelabro
O de una música de fondo

Es cuando miro los cielos que te otorgaron, país


Y siento en mí ser una banda de música
Viejas melodías que cruzan a vuelo
El mar donde reflejas la noche
Aves musicales al son de un piano milagroso
Desde donde torpe, dulce y felizmente
Nace un universo sin las palabras del despojo
Y tu geografía es entonces un territorio tendido
Como una manta hecha de pañuelos con cueca

Y así, enfilo hacia la multitud


Saltan los dados del poema
La calle es la fiesta
Por la que hechos de figura y fantasía
De sueños inconclusos y brazos líquidos
Atravesamos en un vuelo
El viejo festín de los nombres transfigurados

DOS

Ahora pienso país


Que tú silencio al despegar del abandonado puerto
Desde donde te despido
Ha crecido al revés:
Ensanchándose hacia lo voz interminable de tus olvidos

45
Olvidos que han hecho de ti un otro país
Espejo y frontera
Sombra apenas intermedia
Donde los rostros han perdido consistencia
Y saltan de las bocas palabras
Escupitajos sonoros
Ecos resonando en la lluvia horizontal
Que nos perfora el alma

Y sombra sombrías llegamos con pañuelos negros


Para decirte adiós
Porque en la última travesía de tus sueños
Los múltiples rostros que te perdonan la lujuria de ser
Se desvanecen como paisajes derrumbándose
En este vertiginoso viaje de adioses
De dados cargados como revólveres

La muerte sin embargo


Es una forma de nosotros mismos
Nostalgia perezosa que se ocupa del exilio
Río sin barcas
Apenas golondrinas que cortan en dos el día de la noche

Hasta que nada más que la imagen de la luna


Ardiendo en el charco
El pez navegando sobre una nube
Esta chicha por la que tu lecho es el mar de mi piratería
Donde un disparo sonará como un beso

Y nada quede

46
Sólo ver pasar el todavía.

(De El labrador insomne)

47
Marcelo Arduz Ruiz
(Tarija, Bolivia, 1954)

Tiwanaku

Ciudad de piedra y de luz, tu


no has muerto, no: ...eres viviente piedra!
En tu derredor
Silente la luz danza
e inmaterial
recorre tus resquicios,
lame asperezas y se fusiona
a tus muros que te contienen
para vernos desde tu vida íntima.
Eres escondido paraíso
separado
de tu antiguo esplendor
cuando eras
Patria feliz-imperio completo
alejado ahora de tus vasallos:
los labradores de las terrazas de maíz,
los sacerdotes que ofrendaban sacrificios,
las hermosas vírgenes que guardaban tu culto.
Los puentes colgantes sobre los desfiladeros.
Los canales que domeñaban las aguas.
Las carreteras que comunicaban al mundo.
Con los chasquis y quipus.
Los signos escalonados.
El puma,
el rayo.
Todo fue devastado, todo

48
...y el viento
fatídicamente dispersa a tu pueblo.
Pero el tiempo no pudo silenciarte:
tu realidad de piedra se levanta
ante la irrealidad
de otra alborada.

...Se desentierran tus sagrados muros,


templos,
palacios,
fortalezas,
escalinatas,
poco a poco resucitan
y reunifican al sol.

...Silencio y armonía absolutas!


El viento azota el ensanchado horizonte.
A tus plazas y desiertas avenidas no llega
el bullicio del mundo.

Inaccesible a los nuevos conquistadores


estercoleros,
buscadores del reluciente oro.
Indiferentes a las cámaras de turistas
que no pueden atrapar tu misterio.

Ajena a todo,
a la ambición,
a la usura,
el despotismo,
y las desenfrenadas ansias del poder...

49
Como antes
el viento te saluda:
"Ama Shua-Ama Khella-Ama Lhulla"
y el eco responde:
"k'jampys Khyquyllanta" (tú también)

Tu espíritu te eleva
y acerca a los dioses.
Recogiste la sangre real de inkas,
ñustas, guerreros, sacerdotes
y del pueblo
que se disgregara por los cuatro Suyos.
Duermes ahora un largo sueño de piedra,
perdida entre siglos,
guardando silencios
ante el tiempo que acumula frío
y alaridos
en tus pétreas entrañas.

La piedra ahora
reemplaza el destierro de tus hijos
para perpetuar la escondida
dinastía de la luz.

...Tu tarea se eterniza,


tu interrupción
prolongada al infinito reclama
tu cosmos perfecto -tu cosmos pleno.
Eres símbolo trascendente de lo etéreo,
anticipo luminoso de la ciudad de siempre,

50
preparación escondida a vida nueva:

Y un día acumulada la luz


romperá tus muros
y tu puerta equinoccial se abrirá de nuevo
¡para reanudar el ciclo del tiempo!

(De Jiwasanaca)

51
Miguel Ángel Asturias
(Guatemala, 1899-1974)

Meditación frente al lago Titicaca

Aquí viene el presuroso correo de las siembras


a descalzar sus cartas que llegan en zapatos
de sobres de semillas, a la boda del mástil
y el perfil del indígena troquelado en la luna:
por espinas sus dientes y el blanco de sus ojos
abiertos para mirar, para mirar, para mirar a todos
los que lo atan, lo humillan y lo muerden;
por aletas el silbo de sus pulmones, mares de fatiga,
y por su estar siempre salóbrego, en piel de sal,
de sal de él mismo que se sale en la sal de su cansancio,
cuando enjuga el cielo la sombra de la tierra
y a él le muda ese pellejo de hombre trabajado,
por un dulce sentido, fresco baño de serena y madura
manera de alba y fruta.

El que es indio sabe bien lo que esto significa:


es ser de aquí, de donde es América;
la primera cosquilla del llanto y de la brisa,
lo que combate en fauces de la duda,
lo que desemboca desbocándose,
amasado con todo lo que alienta, desalienta y conduce
a la bondad profética del hombre
que al ver, suelta los ojos, al oír suelta el oído
y al sentir se suelta él mismo de sus entrañas mudas
a las suaves y astutas vecindades
del agua recostada en su aliento.

52
No sé por qué he venido a estudiar el trino,
si aquí se estudia miel, la miel del cielo,
aquí bajan reflejos de los montes
olorosos a yerbas veteranas...
(¡Oh la libre raíz de un pensamiento
de flor en manos del aroma!)
No comprender el duelo en que se vive lo gozado.
Se va quedando el gozo atrás de uno
y el gasto de las uñas que se cortan y cortan
igual que los cabellos, con tijeras.

La vida de la puna en el paisaje


va de viaje conmigo, hoy mismo, hoy mismo,
comunicadlo a mis amigos,
a los espectros de mis estudiantes y mis niños,
a las mujeres de mi carne
y a la humedad del suelo que llevo
en la planta de los pies cicatrizada,
después que me arrancara de mi tierra
al costo de no estar nunca en un sitio,
por el peligro de volverme árbol.
Corro el peligro de volverme árbol y por eso me voy,
mañana mismo, hoy mismo, en este instante
que puede ser fatal para el que vive
con la piel de la hoja siendo humano.

¡Cortad, cortadme las raíces con los filos más hondos,


con las hachas más duras, y cortadme las ramas
con los filos del canto,
para que no se multipliquen mis raíces aquí,

53
mis raíces de subconsciencia vegetal,
porque mi ser ha sido humus:
tiene la piel quemada de corteza,
la saliva de jugo de fatiga,
las narices de zumo,
el pelo de pelo de nopal,
ya cabellera de cacique,
y todo el engranaje de los dientes
de risa de mazorca conseguida a favor de los tomillos,
la tímida hondonada y la honda de pita pendenciera!

¡Cortadme las raíces, las ramas y la sombra!

(De Mensajes indios)

54
Alejandra Barbery
(Santa Cruz, Bolivia, 1973)

Era otro siglo

Era otro siglo.


Lleno de recuerdos.

Era la patria.
Multiplicada:
Un amor,
Una bandera.

Sin mínimos
Sin distancias.

(De Ánima)

55
Yolanda Bedregal
(La Paz, Bolivia, 1916-1999)

Bolivia
(Cantata)

Invocamos el espíritu de América


alcemos la canción
en llamarada de gratitud
y de emoción,
la canción de gratitud y de emoción,
la canción de la patria.
Las voces misteriosas,
murmurantes, retumbantes
de los vivos elementos ¡escuchad!
la voz humana dice
tierra, tierra
el espíritu dice
cielo, cielo,
la sangre contesta
fuego, fuego.
Tierra, cielo
viento, agua,
sangre, fuego, agua, viento.
Cantad, cantad voces,
yo escucho.
Con pies de agua
por el aire columpiando
subo a tocar mi cabeza con la nube.
En limpia lluvia me descuelgo al suelo,
y hago ríos en la tierra

56
ríos en la tierra
ríos sonoros en la tierra.
gracias aire, agua, cielo,
por vosotros mi corteza se ha mojado
y se viste el Altiplano
con aguayos y verdura.
Por el agua y por el aire y por el cielo
elevo cantos que son árboles y flores.
Doy el fruto madurado por vosotros
gracias cielo
por el agua y por el aire.
Por el cielo elevo cantos
que son árboles y son flores.
Yo contemplo desde lo alto el campo verde
y el río de oro
los montes de alta nieve
me desprendo y hago lago lagos
y los lagos son los ojos del paisaje.
Todo canta en mis pulmones,
cielo y agua
tierra y fuego.
Soy el sol de los mayores
soy la savia de la tierra.
Agua y tierra mis hermanas
son mi fuerza y por mi viven.
Oh, sol, oh, sol
en el aire, en el fuego
en la tierra todo canta.
La canción es llamarada
que corona todo el Ande.
Nada vive sin lo humano.

57
Desde el fondo de los oscuro
surgen halos de los muertos.
Padre y madre invocamos
vuestro aliento para el canto
para el canto de mañana.
Desde siglos ya lejanos
con vosotros habitamos
nuestros muertos siempre viven.
Recordamos vuestro nombre, Manco Kapac,
Mama Ocllo, ñustas, incas,
vuestro templo está en la sangre de nosotros.
Recordamos el martirio y la conquista,
vuestra sangre de kantutas nos alienta
y en el lago Titicaca vivís siempre.
Recordamos vuestro nombre, capitanes
que trajiste una cruz con la espada
y la lengua de Castilla a nuestros labios.
A la sombra del pasado
nuestro canto se alza ahora,
y en el nombre de Bolívar y de Sucre
a los héroes de la patria veneramos.
Padre y madre de lo humano
un llanto amargo os hace tristes.
Tenéis roto el corazón.
Siento llanto de mis hijos.
Son quejidos que en las guerras escuchamos todavía.
No lloréis, madres, hijos,
no lloréis su muerte.
Han vivido, han luchado
por la tierra, por la patria
y la gloria cobraron sus hazañas

58
sus proezas son las perlas radiantes
gloriosa diadema de Bolivia tan amada.
Reposada en paz eterna
héroes en esta tierra
madre que os dio vida,
¡en su seno reposada!
Inmortales quedaréis en nuestros corazones
inmortales en el alma
como estrellas del recuerdo.
La aurora viene,
se alza el sol
y nuestro día se convierte
en manto de oro.
¡Mirad el cielo!
Los paisajes son arcoíris que se acercan
va subiendo en la mañana un canto de oro.
Canta el monte con campanas de cristal
en lengua sonante.
cantan los valles y los ríos.
Y en el monte que es más blanco siembra un himno:
La esperanza.
Juventud alza la frente
un paisaje el sol corona.
Los niños le rodeaban como un cerco
que protege de flores a un gran roble
y recibían de su labios bienes
que, más que mieles, esta vida endulzan.
El medio día de su vida cae
como una sombra de semana santa,
pero su espíritu como una llama se alza
en lo que tiene eternidad y aliento,

59
semilla el corazón en la bondad
y germen de la esperanza su ideal.

Tierra entre sus manos…

(De Obra completa)

60
Héctor Borda Leaño
(Oruro, Bolivia, 1927)

Presencia de la Coca

Ha de bajar por un secreto canal


de rutas capilares
cerrando las heridas,
amansando la dolorosa gestación de los sueños.
Por las orillas del hambre y del cansancio
ha de ir tejiendo su ramazón
de obnubilaciones y lamentos.
Ha de ir cayendo gota a gota,
destilándose finamente
por las arterias del hombre dolorido,
hasta llegar en comunión de maleficios
al supay mineral
y en la agraria desolación de Pachamama
ha de volver por el camino
de la papa y la sara
hacia el cielo infinito.
La coca ha de pasar
bajo un sombraje de casiteritas,
de rosicleres inermes en la mano del tiempo
hacia la constelación de las leyendas,
la coca retornará hacia el pasado
volviendo a mensurar la impronta de los mitos
donde se guarecen los cóndores nocturnos
en el silencio en que florecen las piedras.
La coca junto a la mueca del desprecio
se ha de ir haciendo persistencia de dios

61
en las entrañas del hombre.
Una quebrada geografía caminará con paso solitario,
alqamaris nativos graznarán en la oreja
del perdido
cuando hormigas minerales,
sapos, cóndores, sierpes descabezadas,
hondas raíces corroídas por el agua,
nitros en corrosión
sochapen los ojos taumaturgos
a la piedra del tiempo
con brújula de soledad y de martirio,
y en la sensación del desvarío
por la wilancha y los sahumerios
la coca ha de volver al mismo sitio.
La coca ha de bajar como clepsidra
por un secreto canal de rutas capilares
socavando a la muerte
su angurria de paz
sin dejar más caminos que el sueño.

(De Presencia de la Coca)

62
Ricardo José Bustamante
(La Paz, Bolivia, 1921-1986)

Bolivia a la Posteridad

¡De América al gigante veis dormido!


Dios y la Libertad guardan su lecho.
De Iberia vencedor, venció al olvido
Dejando el solio de la gloria estrecho.
Mientras quede en la tierra algún latido
haya una fibra en el humano pecho,
Se han de inclinar los hombres ante el Hombre
Que dióle vida y me legó su nombre.

(De Poesías)

63
Octavio Campero Echazú
(Tarija, Bolivia, 1900-1970)

Porque van diez años

Porque van diez años


que dejé mi tierra,
ya nadie me quiere
conocer siquiera.

Es cierto, he cambiado,
mi madre está muerta,
la casa vendida y el molle –coplero
de notas de pájaros- convertido en leña.

Porque van diez años


que dejé mi tierra,
las gentes me miran
con ojos de ausencia.

Ayer una moza del campo


-ánfora de greda
colmada de soles y lluvias,
olor de tierra,
amancaya rosa, que invertida es una
lírica pollera-
no quiso conmigo
bailar a la rueda,
porque van diez años
que dejé mi tierra.

64
Pensar que yo pude colgar zarcillos
de dulces tonadas de Sella;
enflorar con rosas y risas
la flor de su oreja;
trenzarme a sus largos cabellos
color de tormenta
y aventar el trigo de sus sensaciones
en rosadas eras!…

Pero aquella moza,


fragante y huidiza como agua de acequia,
se me fue con otro…
-¡malhaya mi sed de querencia!-
porque van diez años
que dejé mi tierra.

(De Poemas)

65
Jorge Campero
(Tarija, Bolivia, 1953)

El estercolero, la República y la adorable Margot

Algunos cerdos viven sin hacer industria


Medrando prácticamente cualquier clase de pienso
Berracos todopoderosos
No sólo se alimentan de hierbas y suplementos proteicos
Engordan con patatas crudas nabos
Todos los marranos juntos y asociados son muy felices
Gustan de las alcachofas
Miríadas de lechones cruzan por nuestro ancho cielo
Cerdos perfumados paseando con flores
Negocios redondos los gordos encebados en la pensión del Estado
Chanchos masticadores de pobres
Retozando en los jardines de la República
La geografía nacional es su estercolero
Somos los primeros productores de compost del mundo
De detestables políticos corruptos dirigentes sindicales
Cerdos mundiales
Cerdos de campeonato
Cerdos de dios alimentados con oro en polvo
Revolcados en nuestro barro
Este país de la chancaca sabe a otros tan salado…
¿tendrá mejor destino que la adorable Margot?
-machorra trabajadora sexual-
Con melancolía dominguera.

(De Corazón ardiente)

66
Homero Carvalho Oliva
(Beni, Bolivia, 1957)
Herencia

Para Brisa Estefanía, Luis Antonio y Carmen Lucía


No vayan a creer
en Adán y su manzana
en los héroes de la historia oficial
en la solemne Constitución
y sus cuentos de Leviatán
en los pronósticos del fin del mundo
ni en las lágrimas de los políticos
cuando hablan de la patria
la patria no es otra cosa
que alguien a quien amar
una ciudad elegida para vivirla
una canción que nos convoca
un paisaje imprescindible
y los abrazos de sus padres
y por cierto los nueve meses
que maduraron cual simiente nuestra
en el vientre acuático de su madre
y el amor que se estremecía
haciéndonos balbucear de alegría
cuando pateaban la luna
anunciando que pronto nacerían
eso hijos míos y que sepan
que cuando nacieron
descubrimos que nosotros
éramos sus herederos.
(De Inventario nocturno)

67
Wuliwya

En el país de la memoria
donde las alpacas
y las vicuñas aún corretean
en el que todavía soy niño
recuerdo que
en un pequeño librero
perdido en la biblioteca
de la solitaria escuelita
del ayllu de Q’ara Qhatu
había un gran Atlas
de mapas un libro
decía el profesor
y una vez al año
para las fiestas de la patria
orgulloso nos mostraba
que entre sus ilustradas hojas
estaba nuestro país Bolivia
nosotros siempre dijimos
Wuliwya
yo tardé más de medio siglo
en pronunciar bien
el nombre de la patria
(nunca soñé con ella
porque nunca supe lo que era
y hasta ahora sigo esperando
que alguien me lo cuente)
en ese antiguo Atlas
y en el centro de Sudamérica
recortado por sus límites

68
con otros cinco países
esta nuestro país
en su interior se dibujan
la cordillera de Los Andes
y sus altas montañas viejos achachilas
el altiplano y el gran lago compartido
la inmensa llanura verde esmeralda
las manchas de los bosques húmedos
y como pequeñas serpientes
sobre el brillante papel
se trazan los fabulosos ríos amazónicos
lejos de sus fronteras está el mar
siempre pintado de color azul
de la esperanza su color diciendo
y más lejos aún estamos nosotros
de los ayllus sus habitantes
tan lejos que no nos vemos en ningún Atlas.

(De Quipus)

69
Ruber Carvalho Urey
(Beni, Bolivia, 1938)

Ayúdenme a buscarlo!

Dónde estará ese país, mi país…


Ya quizá ni me importe,
pero sigo buscando un país, mi país,
y no lo encuentro.

No el país de los héroes a caballo


ni el de los de la barba de los conquistadores.
Un país con sus pueblos y sus calles
y la gente en el barrio
y el árbol de mi casa.

Adónde nomás se iría ese país.


con su paisaje y polvareda?
Se perdió en la bruma del tiempo
y los olvidos,
y nada encuentro.

Busco en ignotos cementerios,


en panteones misteriosos en medio de la selva,
donde pudieran estar las tumbas
de los viejos abuelos
y de los abuelos de los primeros padres,
los que llegaron y los que estaban,
para decirle al viento que soy orgulloso de ellos,
que les tengo un altar en la esperanza
de luceros y relámpagos,

70
y nada encuentro.

Quizá en los cauces más profundos de los ríos,


en un puñado de arena
que se quedó escondido
y no pudo ser arrastrado hasta el mar…
Busco en la selva espesa
el árbol azul de las largas ramas
que dio fruto, cobijo y sombra
al caminante peregrino,
al explorador trashumante
en ese largo ir y venir
en los tiempos de aguas,
en los tiempos de quemas,
y nada encuentro.

Ya no escucho el balido
de la ganadería arisca deambulando en estampida,
sobre el llano;
sólo gritos lejanos de razas que se fueron
dejando camellones, islas de montes,
enjambres de palmares
curichis y lagunas.

Dónde estará ese país, mi país


que no lo encuentro!

Atascado quizá en la hojarasca de la nada.


Escondido en la historia oficial del odio
escrita por los “nadies” emboscados,
como hace cien años,

71
quinientos o mil
o 5521 años impostores.

Qué se llamaría antes de ayer


mi lejano país de aguas y de verdes,
de hombres bravíos y mujeres hermosas,
de jaguares de oro, de tordos blancos,
de serpientes de noche,
de luceros acampados en las madrugadas,
Junto a las once lunas del espacio.

Dónde estarán los inventores del arco y de la flecha,


los que nacieron con el ciervo, la garza y la torcaza,
los que deshojaron del tiempo la memoria
y se imaginaron los libros que nunca se escribieron.

Quizá ya no tendré el tiempo


de ver en sus fronteras
la inscripción en la piedra
de los padres argonautas de lejanos imperios.

Dónde nomás estará ese país, mi país.


No éste de odios plurinacionales y falsas geografías
que resiste la razón, la historia y el destino.

Dónde estará ese país


guardián de magias y memorias en la tumba de silencios.
Estará, quien sabe, preparando el retorno
que olvidó el olvido!

(Este poema circula en las redes sociales)

72
Matilde Casazola
(Sucre, Bolivia, 1943)

Desde lejos yo regreso


ya te tengo en mi mirada
ya contemplo en tu infinito
mis montañas recordadas
Desde lejos desde aquellos
horizontes que se escapan
hoy regreso a tu infinito
pachamama, pachamama

Yo no logro explicarme
con que cadenas me atas
con que hierbas me cautivas
dulce tierra boliviana

Desde lejos yo regreso


a tus tierras trabajada
por Titanes ignorados
que cobijan la altipampa
desde lejos como el viento
traigo nombres de otras patrias
pero busco en tu infinito las raíces de mi alma

Yo no logro explicarme
con que cadenas me atas
con que hierbas me cautivas
dulce tierra boliviana

73
Óscar Cerruto
(La Paz, Bolivia, 1912-1981)

Cantar

Mi patria tiene montañas,


no mar.
Olas de trigo y trigales,
no mar.
Espuma azul los pinares,
no mar.
Cielos de esmalte fundido,
no mar.
Y el coro ronco del viento
sin mar.

(De Patria de sal cautiva)

74
Patria de sal cautiva

Bosque de espumas talado


Mar encontrado y cedido.
Tu caracol rescatado
zumba de nuevo en mi oído.

De nuevo, titán herido,


pecho de varón, te has dado
a mi fervor, y en el ruido
de bronce encadenado
escucho tu voz que canta.
Se amotina tu onda, el viento
colérico se levanta

de tu hondo seno violento.


Y reconozco el acento
de la sangre en tu garganta.

(De Patria de sal cautiva)

75
Gamaliel Churata
(Perú, 1897-1969)

Matinas

tiembla la pulpa campestre


del polen de los surcos
y de la médula del viento
el aire pule con amor
el cero dulce
se abraza en el rumor de los trigos maduros
perfume silvestre
danza pastoril
el árbol preñez de canto
OH ANDINO SABOR DE FRUTA
CANCIÓN DESVANECIDA EN ÉXTASIS
¡Cómo se astillan el pedernal y el alma
en el efluvio que amanece!

(De El pez de oro)

76
Matinas

Castidad de la madrugada
en el fogón y la escarcha.
Con el potro relincha
el corazón de la montaña.
En la leche blanca
de la vaca bermeja
me bebo a sorbos la mañana.

(De El pez de oro)

77
Rubén Darío
(Nicaragua, 1867-1916)

A Bolivia

En los días de azul de mí dorada infancia


yo solía pensar en Francia y en Bolivia;
en Francia hallaba néctar que la nostalgia alivia,
y en Bolivia encontraba una arcaica fragancia.

La fragancia sutil que da la copa rancia,


o el alma de la quena que solloza en la tibia,
la suave voz indígena que la fiereza entibia,
o el dios del Manchaipuito, en su sombría estancia.

El tirso griego rige la primitiva danza,


y sobre la sublime pradera de esperanza,
nuestro pegaso joven mordiendo el freno brinca,

y bajo de la tumba del misterioso cielo,


si sol y luna han sido los divos del abuelo,
con sol y luna triunfan los vástagos del Inca.

(De el periódico La Patria, Oruro)

78
Roberto Echazú Navajas
(Tarija, Bolivia, 1937-2007)

Tríptico del hombre y de la tierra

Este país no-país,


camarada
de la tierra
del hombre
libre
de Ñancahuazú.
Este país no-país,
no libre
y tuyo
como tu canto,
Ñancahuazú
de viento
Ñancahuazú
de sangre
del hombre
de la tierra
libre
de Ñancahuazú.
Este país no-país,
palmo a palmo
tuyo,
codo a codo
nuestro,
Ñancahuazú
sin odio
con el fusil

79
y el canto
del hombre
de la tierra
libre
de Ñancahuazú.
Este país no-país
no libre
y tuyo
como tu canto,
Ñancahuazú
de montañas
Ñancahauzú
libre
como el viento
de la tierra
del hombre
libre
de Ñancahuazú

(De Morada del olvido)

80
Elvira Espejo Ayca
(Oruro, Bolivia, 1981)

Cantos

Ururu pampa rishaspa


Bolivia maskaspa
Dalias t’lkasta pallapa
Waqasqa purini

Caminando por las pampas de


Oruro
Buscando Bolivia,
Recogiendo flores de dalia
Llorando siempre he caminado

(De Kypi Jaqaypi/ Por aquí, por allá)

81
María Virginia Estenssoro
(La Paz, Bolivia, 1903-1970)

Yo tuve también un hijo preso

Madame Debray:
Yo tuve también un hijo preso
Porque no pensaba cual los otros;
Desde entonces mi alma es desierto
Donde no hay más la gota de una lágrima.

Diez años vivo lejos del suelo en que nací,


Se nace acaso, aquí, allá o más allá
La patria ¿dónde está?
¿Aquí dónde extienden sus manos las palmeras
En un donde las luces juegan en las ventanas
Con oro y lentejuelas?
¿O más lejos, en la gélida tierra
Que nos viste en el manto de la aurora boreal?
¿Por acaso la selva, con trote de elefantes
Y donde el sol nos tuesta la cabeza?
Al mediodía, el Austro, o quizá el Septentrión

Después de haber sentido el acre olor de estiércol


Y el asco de la mugre rezumando en la cárcel,
Después de haber temblado, humillada y vencida,
Después de haber enflaquecido quince kilos
Y no poder más andar;
Después de haber casi lamido las botas del verdugo
¿Qué más podía hacer
Sino irme lejos de mi misma y de todos?

82
Madame Debray:
Vos habéis venido de aquella dulce Francia
Que yo tanto amé.
Vuestro calzado fino y vuestros guantes claros
Se han hundido en la tierra de siglos
Donde el drama se congela de espanto
En las cumbres nevadas.
Vos habéis venido en pos del hijo,
Y habéis oído con pavor
Que otras madres indias claman y sollozan
Por el hijo muerto por causa de vuestro hijo.

Mas yo pienso, oh Dios, yo pienso,


Que no debe llorar ninguna madre,
Ni la blanca pagando por la negra,
Ni la asiática por causa de la rubia.
¡Así crece el torrente que nos anega en sal!

(De La poesía modernista y social del siglo XX, de Adolfo Cáceres Romero)

83
Allen Ginsberg
(Estados Unidos, 1926-1997)

Esfínter

Espero que mi viejo, que mi buen ojo del culo resista


En 60 años no se ha portado nada mal
Aunque en Bolivia una operación de fisura
Sobrevivió al hospital de altiplano -
Poca sangre, ningún pólipo, ocasionalmente
Una leve hemorroide
Activo, anhelante, receptivo al falo
Botella de coca, vela, zanahorias
Plátanos y dedos -
Ahora el Sida lo vuelve cauteloso, pero
Aún servicial -
Fuera el mal rollo, dentro el condón
Amigo orgásmico -
Aún elástico correoso,
Descaradamente abierto al placer
Pero en 20 años más, quién sabe,
Los viejos sufren todo tipo de achaques
Cuello, próstata, estómago, articulaciones -
Espero que mi viejo orificio se conserve joven
Hasta la muerte, dilatado

(nosvanaperdonar.blogspot.com)

84
A FRANK O’HARA & JOHN ASHBERY & KENNETH KOCH

Cuán real es Bolivia


Con sus nevados Andes que elevan la ciudad moderna
Ahora que uno está en La Paz
Que en inglés significa Peace
Aunque los nativos hablan su propia lengua
Especialmente las mujeres con sus sobreros bombín
Sentadas en el barro con las manos sobre sus narices
Vendiendo papas negras y cebollas azules
En el mercado que cubre un lado de la colina
Sobre la cual uno puede ver las torres eléctricas
y los aviones que aterrizan desde Santiago y Lima Caracas
Es extraño cuán real es Bolivia
Con su capital en una copa en un valle del Altiplano
A dos millas de altura en el cielo
Que me producen dolor de cabeza y tomo aspirina a cada rato
Que es relativamente cara aunque los taxis cuesten 10 centavos
Y la pobreza parece especialmente hecha para hacerme sentir un Príncipe
Con mi barba y mi sombrero negro y mi overol
Yendo por el mercado comprando moscas, arañas & mariposas de plata
Y los chales verdes y morados que usan las damas
Para cargar sus guaguas y la basura
Mientras las miro sobre enjundiosos guisos verdes de cerdo
En el restaurant rembrandtiano lleno de expectantes profetas barbudos
Harapientos con antiquísimos sombreros grises sobre sus blancos ceños
A pesar de todo, me siento fuera de lugar en Bolivia
Que era un hermoso nombre en mi libro de geografía
Flojeando en mi pieza de hotel con dos camas extras vacías
Aunque he visto a varios muchachos indígenas sin hogar
Con los cuales gustoso compartiría mi soledad, sin saber sus nombres—

85
y las hojas de Coca no me prenden tanto como esperaba
de modo que me masturbé tres veces esta semana
y escribí postales a todos mis amigos
en NY, París, Florencia & Kioto
—Creo que voy a viajar a Macchu Pichu
Que es una famosa y ruinosa ciudadela Inca en el Perú.

La Paz, abril, 1960

(Publicado en la revista Piedra de agua, no.- 6)

86
Alberto Guerra Gutiérrez
(Oruro, Bolivia, 1930-2006)

Lento asombro de paloma herida

Duele tu nombre desde adentro.


Duele tu sombra
que se llama historia;
la piedra que es tu canto
duele como duelen las cenizas
del amor y la porfía.
Duele Bolivia tu herida
que se hace sangre
en nuestra carne lacerada,
duele tu herida en la montaña,
duele tu herida en el sereno valle,
en la llanura fértil
y en la selva traicionada.
Duele desde adentro tu espesura
que se hace espera
en los andenes de la muerte,
en la ternura de tu lento asombro
de paloma herida;
duele tu sangre de Calama
y Riosinho,
tu petróleo en Picuiba
y Villa Montes,
tu estaño que es sangre
de fibra endurecida
duele en Catavi y en Milluni,

87
en Teoponte, en Matilde
y en Huanuni;
duele tu sangre que es savia
de amargos cañaverales
en la zafra de Tucumán
y la Esperanza;
duele el minero en su soledad
con su alcohol y su coca
que es la urgencia de otra herida,
duele el que ya no es pongo
por ser peldaño
de los que están arriba
—duele Terebinto y Ucureña—
duele el labriego
que no conoce la semilla,
duele el obrero,
duele el pueblo que es el yunque
de todas las mentiras.
Duele Bolivia tu sangre
que se llama historia
desde el motín a la emboscada,
desde Ingavi al cañón del Yuro,
de Yungay al "corralito",
desde las "Canchas de Potosí"
a la espesura de Ñancahuazu
y los pajonales del Chaco;
duele el soldado de corazón civil
y brazo uniformado,
duelen su bota y su fusil
hechos con sangre mercenaria
duele su mirada

88
de cuchillos extranjeros,
duele el paracaidista
de boina americana,
duele el "Rangers"
pisando suelo boliviano.
Duele el tiempo, la lluvia
y las campanas,
duele Castro desde Cuba
como una espina
y Chile también como un puñal
en media espalda.
Duele Bolivia tu sombra
que se llama historia
y duele tu destino
de lento asombro
de paloma herida.

(De Yo y la libertad en exilio)

89
Nicolás Guillén
(Cuba, 1902-1989)

Guitarra en duelo mayor

I
Soldadito de Bolivia,
soldadito boliviano,
armado vas con tu rifle,
que es un rifle americano,
soldadito de Bolivia,
que es un rifle americano.

II
Te lo dio el señor Barrientos,
soldadito boliviano,
regalo de míster Johnson,
para matar a tu hermano,
para matar a tu hermano,
soldadito de Bolivia,
para matar a tu hermano.

III
¿No sabes quién es el muerto,
soldadito boliviano?
El muerto es el Che Guevara,
y era argentino y cubano,
soldadito de Bolivia,
y era argentino y cubano.

IV

90
Él fue tu mejor amigo,
soldadito boliviano,
él fue tu amigo de a pobre
del Oriente al altiplano,
del Oriente al altiplano,
soldadito de Bolivia,
del Oriente al altiplano.

V
Esta mi guitarra entera,
soldadito boliviano,
de luto, pero no llora,
aunque llorar es humano,
aunque llorar es humano,
soldadito de Bolivia,
aunque llorar es humano.

VI
No llora porque la hora,
soldadito boliviano,
no es de lagrima y pañuelo,
sino de machete en mano,
sino de machete en mano,
soldadito de Bolivia,
sino de machete en mano.

VII
Con el cobre que te paga,
soldadito boliviano,
que te vendes, que te compra,
es lo que piensa el tirano,

91
es lo que piensa el tirano,
soldadito de Bolivia,
es lo que piensa el tirano.

VIII
Despierta, que ya es de día,
soldadito boliviano,
está en pie ya todo mundo,
porque el sol salió temprano,
porque el sol salió temprano,
soldadito de Bolivia,
porque el sol salió temprano.

IX
Coge el camino derecho,
soldadito boliviano;
no es siempre camino fácil,
no es fácil siempre ni llano,
no es fácil siempre ni llano,
soldadito de Bolivia,
no es fácil siempre ni llano.

X
Pero aprenderás seguro,
soldadito boliviano,
que a un hermano no se mata,
que no se mata a un hermano,
que no se mata a un hermano,
soldadito de Bolivia,
que no se mata a un hermano.
(De poesía completa)

92
Alfonso Gumucio Dagrón
(La Paz, Bolivia, 1950)
Test
¿Qué es Bolivia?
¿Un conglomerado de cadáveres?
¿Un colectivo lleno de militares?
¿Una masa enorme de tierra silenciosa?
¿Una planicie de rostros terrosos?
(Impasibles miradas cansadas de esperar)
¿Una altitud de cartón-piedra?
¿Una caída vertical de la pobreza a la nada?
¿Un grupo de niños pijes de anchas corbatas?
¿Una cadena de resentimientos y mentiras?
¿Un puñado de crímenes detrás de la basura?
¿Un niño muerto en una caja de zapatos?
¿Un libro de poemas que arde porque sí?
(Porque invade la sangre de quien lo lee)
¿Un escritorio, dos escritorios, tres escritorios?
¿Una tienda de campaña?
¿Una lluvia pasajera?
¿Un costal de títeres quemados?
¿Un periodista que siempre cae parado?
(Como trípode con un rollo de dólares
que le alegra el ano)
¿Una página menos, siempre tan lejos
de la historia?
¿Un grupo de universitarios confundidos?
¿Un poema, dos poemas, este poema?
Escoja solamente diecinueve respuestas.
Ni una menos.
(De Antología del Asco)

93
Óscar Gutiérrez
(La Paz, Bolivia, 1970)

La patria que yo he visto

La patria es una mujer delgadita


poseedora de múltiples rostros
desperdigada en todas partes
en la mirada de los niños analfabetos
y en los paisajes humanos de mil lugares.

La patria está
-cómo no-
en la bandera, en la escarapela, en el himno
pero también
sépalo usted
está en la calle
en la plaza
está en ese gol de Etcheverry al Brasil
en las piernas de la Morón
en la sonrisa de Desirée
en Guarachi subiendo a la cima del Everest
en nuestras abuelas que cocinan desde hace siglos…

La patria
ésta mujer de caderas de barrio
de tetas inverosímilmente generosas
está en cada uno de nosotros
en el gladiador
en el plomero
en el avaro

94
en el corrupto
en el lustrabotas.

La patria es cada uno


cada chofer de micro
cada escolar sin su borrador de miga de pan
cada soldado desarmado de odios
cada niña que abandona a la fuerza su ingenuidad.

La patria no está en el Palacio de Gobierno


ni en el Comité Cívico
la patria está
-de nuevo habrá que decirlo-
en todos los lugares donde suene una canción
se abra una puerta
y resucite la esperanza.

(De Sobrevuelo en la ciudad de los anillos)

95
Ramiro Jordán

Mi patria

Eres
las curvas sinuosas de mis ríos tropicales
las serranías donde capturábamos nubes y nos vestíamos de viento
la cumbre donde llegaban mis sueños y se marchaban llevando recuerdos
eres también la nostalgia de los amigos que se fueron y el café que ya no está
los amores recordados y olvidados
el pardo de tus montañas y el verde cruel de tu Amazonía
el roncar de las fieras en noches de luna llena y el llamado acuciante de llamas y
chinchillas
la sensación de tus flores en primavera
el atronador ruido de tus ríos que se derraman desde la cordillera
eres mi Bolivia cuando el astro rey brilla desde lo alto un día cualquiera
eres vida que acoge vida
eres la esperanza de enmendar errores, de recomenzar lo inconcluso y empezar de
nuevo una y otra vez
eres música andina de serranías y llanuras
me elegiste entre todos para iniciar este viaje eterno que empezó desde el principio

96
Jorge Mansilla Torres
(Potosí, Bolivia, 1940)

El brindis boliviano

Como una amarillosa flor del aire


flota el chuflay en la pequeña alquimia:
un chorro de singani sobre el hielo
y un chincherel para darle dulzura
al clima del compadre que hace gestos
cuando el limón se mueve en la inminencia
de ch'allar por tu suerte y por la nuestra.

¡Salud, salud! La vida da sus vueltas


a capricho de ella y siempre deja
una impronta en mitad de la alegría
que cuando venga el cambio sin revueltas
nos vamos a beber las utopías.

II

Para apartar la luz de las tinieblas


para vencer el frío de la noche,
despertale a la leche sus poderes
con algún batidor de aire suave
y que el pisco le pida a la canela
bailar el sucumbé junto a la hoguera
donde vemos arder nuestro silencio
las hojas secas de la despedida

97
para ver regresar la primavera.

¡Salud, salud! No dejes que la espuma


de la cerveza inunde tu cabeza
y te deprima en la nefasta bruma
de dispersarte el alma y la entereza.

III

Hablemos del yungueño y de los duendes


que según dicen flotan en la jarra
cuando el singani vence a la naranja
y el que te invita quiere verte tumbo
dejarte caña entre las soledades
que te harán sollozar por todo el mundo.

Salud, salud, incluso con tujsillo,


pócima vil. ¿Quién soy yo, compañero,
para juzgar a los que sin auxilio
quieren morir con grados de artillero?

IV

Me han de invitar los cambas una esencia


espirituosa del alba llanera
que se llama ambrosía santa mezcla
al despuntar el día con paciencia
es una leche recién ordeñada
remecida en alcohol de dulce caña.
y un poco de canela espolvoreada

98
sobre la piel del día y del trabajo
que nos da el patrón sol como aguinaldo.

¡Salud, salud! .Caray son muchos celos


para el poquito amor que siempre damos
hay que ser como el mar ancho de cielos
...o en un vaso de agua nos ahogamos.

Destapá otra botella de singani


que se llene de júbilo este encuentro,
debemos degustarlo con conciencia
porque es uva del sur más boliviano
el hombre es un sonoro campanario
para llamar al hombre que es su hermano
y el vino ha de apurar con su paciencia
la vanguardia del hombre libertario.

¡Salud, salud! El tiempo huele a chicha


maíz motivador de lo derecho:
chicha kulli o chuspillo con panales
sangre de tania náilon chicha buena…
dices bien amor mío calma chicha
que la verdad sea dicha sin la bruma
de la doble intención que sea plena
si en los ppuñus dormitan los misterios
que despierte la vida en la tutuma.

VI

99
Viva el país que tendrá mar y trigo.
Viva el maíz la caña y la cebada.
Viva la uva en su nivel de mosto.
Viva la patria y su noble destino.
Viva la gente nunca resignada.

Que el brindis boliviano el 6 de agosto


sea un motín de versos y guitarras
una cueca fusil que apunta y fuego
con el futuro alzado en los pañuelos.

Y se va la primera y vuelta y ahora.


salud, salud… ¡Un seco por el pueblo!.

(De Con premeditación y poesía)

100
Eduardo Mitre
(Oruro, Bolivia, 1943)

Razón Ardiente
a Nazri
París, invierno de 1980

Queridos pájaros ausentes


Barrios de nieve
Pinos
Pacientemente sentados
Desde la penumbra de un cuarto
A la luz de la lámpara
Solitaria
Como la Khiswara en el Altiplano
Inclinado sobre la página
El vertiginoso pasado
La infancia apenas un eco
Un silbido lejano
un río
De rostros distantes
O muertos
La patria:
Un río de nombres ensangrentados
No héroes ni hermanos:
Corderos sacrificados
Al buche de topos feroces
Renacerán con su pueblo
(¿Cuándo?)
Cae la nieve

101
nieva silencio
Así ha de nevar
-Ya está nevando-
También el olvido
No escribo para abolirlo
Para nosotros escribo
Elizabeth Peterson:
Nunca tendremos un hijo
En tu vientre hermoso
La cicatriz
Brillaba como un castigo
Y éramos inocentes
éramos dichosos
Ahora mismo recuerdo cómo
Del bosque dormido del diccionario
Una mañana de pronto
Tus labios finos me regalaron
Una palabra:
Mirabilia
Las cosas no son un misterio
Son un obsequio
Vivir
Prodigio de nuestros muertos
Elizabeth Peterson
al separarnos
No me fui solo: me fui contigo
En mi país ya era otro
mirando
El alba entraba a cuchillazos
En el cerro de Urkupiña
Sudor y plegaria

102
golpeaban
La roca de la injusticia
No se quebró para los pobres
(¿Se quebrará algún día?)
Armadas de su hambre
Cuatro mujeres
estrellas matutinas
Rompieron la noche de siete años
Nos abrieron el camino
Y no supimos caminarlo
¿O no pudimos?
17 de julio
Bajo un cielo purísimo
Envueltos en el impío
Polvo de la codicia
Llegaron los tenebrosos
Y un árbol joven que cae
El sacrificio
Del que dijo verdades
Y un pecho unánime el numeroso
De los que nunca dijeron nada
Recuerdo:
El miedo royendo las casas
Avergonzada de su cuerpo
El alma
No sabía dónde esconderlo
Cuerpos almas
Profanados por la saña
El resentimiento
Familias arrojadas
A las playas del exilio

103
Las únicas que siempre tuvimos
Nos falta
mar
interior
Queremos ídolos
Ignorar que somos divinos
Nuestro pecado mayor
Sopla el tiempo Brota el sol
La primera paloma: Primavera
Pinos gloriosamente sentados
Por la escalera en caracol
Bajas cantando
No hay más ascensión que hacia la tierra
Contigo baja la luz tintinea
en la tetera
Por calles y plazas nos lleva
Moviendo piernas brazos caras
-La muy traviesa titiritera-
A orillas del río se acuesta A tu lado
un viento adolescente
A punto de urdir pájaros
Se detiene
pasa
Un verso de Heráclito:
Nombre del arco: vida
Obra del arco: muerte
El viento recomienza
faldas risas de mujeres
Se desvanecen
Todo es tránsito
Como el Sena y el Choqueyapu

104
La luz se va lentamente
En tus ojos recojo sus agonías
Sus éxtasis
Allá es mediodía
Estarán poniendo la mesa
Y comerán solitarios
Con ellos estamos
Pese a la ausencia
Verde
Una luciérnaga:
Rosario de ocasos y amaneceres
La noche entra
Enciende astros y sexos
Los muertos se siguen muriendo
¿No hay sentido sólo término?
¿No hay pregunta bien hecha?
La vida es un entierro
Y una fiesta
Orfeo
orfeón
orfebre
Canta goza bebe La copa
la copla
la cópula del universo

París, primavera de 1980

(De Razón Ardiente)

105
Pablo Neruda
(Chile, 1904-1973)

Melgarejo

Bolivia muere en sus paredes


como una flor enrarecida:
se encaraman en sus monturas
los generales derrotados
y rompen cielos a pistolazos.
Máscara de Melgarejo,
bestia borracha, espumarajo
de minerales traicionados,
barba de infamia, barba horrenda
sobre los montes rencorosos,
barba arrastrada en el delirio,
barba cargada de coágulos,
barba hallada en las pesadillas
de la gangrena, barba errante
galopada por los potreros,
amancebada en los salones,
mientras el indio y su carga cruzan
la última sábana de oxígeno
trotando por los corredores
desangrados de la pobreza.

106
Bolivia (22 de marzo de 1865)

Belzu ha triunfado. Es de noche. La Paz arde


con los últimos tiros. Polvo seco
y baile triste hacia la altura
suben trenzados con alcohol lunario
y horrenda púrpura recién mojada.
Melgarejo ha caído, su cabeza
golpea contra el filo mineral
de la cima sangrienta, los cordones
de oro, la casaca
tejida de oro, la camisa
rota empapada de sudor maligno,
yacen junto al detritus del caballo
y a los sesos del nuevo fusilado.
Belzu en Palacio, entre los guantes
y las levitas, recibe sonrisas,
se reparte el dominio del oscuro
pueblo en la altura alcoholizada,
los nuevos favoritos se deslizan
por los salones encerados
y las luces de lágrimas y lámparas
caen al terciopelo despeinado
por unos cuantos fogonazos.
Entre la muchedumbre va Melgarejo,
tempestuoso espectro
apenas sostenido por la furia.
Escucha el ámbito que fuera suyo,
la masa ensordecida, el grito
despedazado, el fuego de la hoguera
alto sobre los montes, la ventana

107
del nuevo vencedor.
Su vida (trozo
de fuerza ciega y ópera desatada
sobre los cráteres y las mesetas,
sueño de regimiento, en que los trajes
se vierten sobre tierras indefensas
con sables de cartón, pero hay heridas
que mancillan, con muerte verdadera
y degollados, las plazas rurales,
dejando tras el coro enmascarado
y los discursos del Eminentísimo,
estiércol de caballos, seda, sangre
y los muertos de turno, rotos, rígidos
atravesados por el atronante
disparo de los rápidos rifleros)
ha caído en lo más hondo del polvo,
de lo desestimado y lo vacío,
de una tal vez muerte inundada
de humillación, pero de la derrota
como un toro imperial saca las fauces,
escarba las metálicas arenas
y empuja el bestial paso vacilante
el minotauro boliviano andando
hacia las salas de oro clamoroso.
Entre la multitud cruza cortando
masa sin nombre, escala pesadamente el trono enajenado,
y al vencedor caudillo asalta. Rueda
Belzu, manchado el almidón, roto el cristal
que cae derramando su luz líquida
agujereado el pecho para siempre,
mientras el asaltante solitario

108
búfalo ensangrentado del incendio
sobre el balcón apoya su estatura,
gritando: «Ha muerto Belzu», «Quién vive»,
«Responded». Y de la plaza,
ronco un grito de tierra, un grito negro
de pánico y horror, responde: «Viva,
sí, Melgarejo, viva Melgarejo»,
la misma multitud del muerto, aquella
que festejó el cadáver desangrándose
en la escalera del palacio: «Viva»,
grita el fantoche colosal, que cubre
todo el balcón con traje desgarrado,
barro de campamento y sangre sucia.

(De Canto general)

109
Las satrapías

Nixon, Frei, Pinochet hasta hoy, hasta este amargo

mes de setiembre

de 1973,

con Bordaberry, Garrastazú y Banzer

hienas voraces

de nuestra historia, roedores

de las banderas conquistadas

con tanta sangre y tanto fuego,

encharcados en sus haciendas,

depredadores infernales,

sátrapas mil veces vendidos

y vendedores, azuzados

por los lobos de Nueva York.

Máquinas hambrientas de dólares,

manchadas en el sacrificio

de sus pueblos martirizados,

prostituidos mercaderes

del pan y el aire americanos,

cenagales verdugos, piara

de prostibularios caciques,

sin otra ley que la tortura

110
y el hambre azotada del pueblo.

(En algún lugar de Chile, 15 de septiembre de 1973. Este poema, recogido por La
opinión el 20 de septiembre, fue repartido en forma de pasquín por las calles de Madrid
unos días después, y es una de los últimos, o tal vez el último, poema de Neruda.)

111
William Ospina
(Colombia, 1954)

Bolivia
Mucho antes que las dulces mujeres sin sonrisa
pasaran con sus faldas de colores y sus mantas espléndidas
y con esos oscuros sombreros diminutos;
mucho antes que los niños miraran desde el polvo,
el mar se abrió y las rocas sepultadas se alzaron,
llanos de sal se hundieron en el cielo,
y roca a roca y pliegue a pliegue y siglo a siglo,
ascendió ardiendo en rezo la piedra torturada
y el cielo del diluvio la llenó como un cántaro.

No fuimos invitados al relámpago.


De ese fragor ninguno fue testigo.

Algo fijó las rocas titánicas, sin árboles,


alguien trazó este llano polvoriento en el cielo
y sobre el yermo, a solas,
dictó esas cumbres blancas, los palacios helados,
cuya forma esta tarde le dio envidia a la luna.

Allá arriba yo vi dioses dormidos,


torsos de piedra, pechos de glaciar, seres pánicos
que besa y gasta el viento,
allá arriba, en el vuelo de la luz, en el grito
del enigma terrestre.

No hay bestias, no hay jardín, no hay amor, no hay pupilas,


sólo hay un duro, frío, vasto, verde silencio

112
que un terso cauce anula,
y arenales sedientos quebrantan los cañones.

Es domingo, y el agua muestra al Perú a lo lejos,


el agua nada sabe de estas fronteras mágicas
que inventó nuestro miedo,
y tal vez las dos alas de esa gaviota en lo alto
se apoyan cada una en un país distinto,
y una misma ciudad de piedra y oro miran
las moteadas truchas en el fondo del lago.

El trazo azul horizontal es puro,


aquí la tierra sabe de cansancio y paciencia,
pero también se duerme en su pureza,
trabaja en perfección, reza en zafiro.
Y todos somos niños en las balsas de juncos
desde donde buscamos nuestros nombres perdidos
y el alma que perdimos
y el dios solar que tiembla, como en el cielo diáfano,
en la roja y oscura jaula de nuestros pechos.

Todo es color de tierra en estos montes


menos la franja azul del Titicaca
besado por los paros entre estelas de barcas.
Todo es color de tierra, la hierba y los corderos,
las hondas viejas casas con sus dioses de barro,
los niños silenciosos de corazón de arcilla.
Todo es color de tierra
salvo la copa azul del lago aimara
y esas crestas inmóviles de blancura imposible
que son risas de dioses

113
donde acaba el esfuerzo y empiezan las estrellas.

Entre diademas blancas, besa el polvo del llano.


Aquí vivió una raza y el amor se hizo sangre
y en un cuenco de siglos todo fue polvo y tinta
para teñir los senos de tibias madres niñas.

El sol borracho y viejo duerme en la tierra seca.

La desdentada luna pasa envuelta en su manta.

Los viejos padres niños nacerán si murieron


y esta rosa de piedra que mis ojos no abarcan
dirá al cielo infinito que fue hermoso esforzarse,
que en la hierba que arrancan los dientes del cordero
tiemblan amores viejos y cristales de sangre.

Mediodía. La frontera con el Perú está cerca.


La trucha abierta es una mariposa.

Ya no está el Inca grande


cuya voz acataban los peñascos,
el que ordenó a los gallos
empujar en la aurora las islas con su canto.
Pero el barquero es nieto del sol, y tiene labios de agua,
y como las montañas tiene dientes perfectos.

Mañana no habrá azul en las pupilas,


mañana miraremos las ciudades fantásticas
que se van descolgando del cielo y cubren vivas
los cañones desiertos,

114
mañana anudaremos las barriadas geométricas,
el fango ruin escalonado en palacios,
las altas calles turbias que la blancura espía.

Dondequiera que vayas los dioses te vigilan,


asoman dulcemente sus duros rostros blancos,
te siguen basta el vértigo del cañón polvoriento
donde entre puentes y arcos la urbe gira y se esconde
para reaparecer disgregada en la hondura.

No serás la ciudad, pero con sus cornisas


tejerás en tu sueño nuevas zonas de tu alma,
sabrás por qué hay en ti tiempos sedientos
y empedrados caminos hacia amores que ignoras,
sabrás de qué manera el polvo es hielo
y el mar es piedra y la ebria luna es sangre.

Y el país dará forma a tierras íntimas


que debes inventar con el barro de tu alma,
te enseñará el tesoro que se esconde en los bosques,
abrirá minas hondas con cielos en su entraña.
Y hará de tu memoria un abismo que cambia
de sol a sol, de instante a instante,
y ce dará el consuelo feroz de ser quien eres
corno la piedra es piedra, corno la luna es sangre.

(De Poesía, Obra completa)

115
Raúl Otero Reiche
(Santa Cruz, Bolivia, 1906-1976)

Cantemos a Bolivia
I
Engastando la gema de su encanto
en un preñado anillo de granito,
ebria de luz, de espacio y de infinito
flota en el río de un sublime canto.

En la idea radiante del mañana


constela el Universo de miradas,
extendiendo sus ala aceradas
de horizonte a horizonte. Heraclena
fuerza retempla su febril pujanza,
con Dios, con fe, pues vive de esperanza,
reza, trabaja, lucha, canta, llora,
fijos los ojos en la eterna aurora
donde el sol tiene proyección de lanza.

En el arcano de su arteria de oro


sacia el futuro –el de la boca amarga-
su inexpresable sed. Una descarga
de vida agita en aluvión sonoro
la entraña de Los Andes corpulentos,
que en una pulmonada sulfurosos
hacen temblar la Rosa
de los Vientos.

II
La montaña es el músculo, y la idea

116
de la parábola fúlgida y febea
del tren que pasa despertando calmas
con la aguda estridencia de su alerta,
que recoge el clarín del firmamento
con escándalo azul.
Agitan palmas
los ríos en pascual florecimiento,
cristalizando hasta el menor reflejo,
para ofrecer al sol del nuevo día
el profundo remanso de un espejo
donde quiebra la luz su pedrería.

III
Salve, Bolivia. Tu inquietud palpita
como un ala potente que se agita
en órbitas ignotas. Se encabrita
el corcel desbocado del progreso
de una cima a otra cima, luego hincha
sus nerviosos ijares y relincha
echándose a tus pies como un sabueso.
En tus entrañas la ansiedad fermenta
sus cósmicos latidos de tormenta,
crispándose en el nervio que se adentra
en el inconmovible corazón
de la montaña viva, engendradora
del oro, fuego vivo de ilusión
y de la plata, lágrimas de aurora.

IV
También de hierro duerme negro y crudo
como blasfemia de la noche eterna

117
esculpida en la faz de la caverna
que aferró con un nudo
de silencio su prieta voluntad.

La gris enfermedad
del estaño enturbiado de tristeza
se hermana con la cándida pureza
del plomo de sensible castidad.

Luego el cobre de vena tropical,


envenenado de una verde angustia,
que con su aliento turbio opaca y mustia
la vida de la víctima fatal;
y como pena de sin fin derroche
sepultada sin féretro y sin cruz,
el carbón ciego que cegó la luz
por guardar el secreto de la noche.

La piqueta golpea, rompe, labra


con un toque orquestal de triunfo y gloria
la estrofa redentora de la Historia,
y acordando su ritmo en la palabra
vibra el himno inmortal de la victoria.

En el yunque del tiempo, lentamente


se forja la campana, cuyo son
tendrá el eco ancestral de un corazón
y el cósmico latido de la mente.

Su voz, la voz del mundo hecha marea,


ha de ser pauta universal, su voz

118
Con brío de águila y veloz
relámpago de idea.

V
En la pena sin llanto
de la llanura, el viento
tiene un dantesco espanto
como de alma en tormento.

A veces es tormenta
con trueno cavernoso
que retumba y revienta
o estalla en un sollozo.
A veces es un grito
largamente perdido
a veces el finito
responso del olvido.
Otra rebota hueco
de un promontorio a otro
y ora miente su eco
el galopar de un potro.

En cada piedra afila


sus puñales de frío
y con la sombra enhila
sus bandoleros líos.

En las abras espera


el paso peregrino
la garra artera
de un macabro destino;

119
y cuanto está sombrío
y adusto el horizonte,
ata en el hondo río
la furia Caronte.

Es la voz de la lucha,
músculo y pensamiento.
Raza naciente, escucha:
Tu voz habla en el viento.

VI
No fue la talismánica paloma
la mensajera de tu anunciación,
fue el que venció al león,
el que huracán y tempestades doma
con el radiante acero de su vuelo,
el que asombrando el tiempo raudo pasa;
fue el alma de la raza:
El Cóndor de Los Andes y del Cielo.

Y naciste divina, fuerte y bella


como naciera de la concha una
perla con luz de luna
y con sutil diafanidad de estrella.
Y por mirar de cerca tu beldad
en tu redor las cumbres se apiñaron,
y en un pasmo de asombro se quedaron
Extáticas para una eternidad.

Acaso el hombre que aventó en su entraña


el primer polen de la fe creadora,

120
ignoraba que en riente hora
nacerías divina de su hazaña.

Libertador, libertador, es ella,


tu hija vestida de aureolado manto.
Quiere ser reina ¡Ya ha brillado tanto!
Y en zodíaco de virtud destella.

Es el clarín su norte y es su guía


y unge su altiva frente virginal
como el bautismo de un Jordán astral
La sonrisa del día.

Ha de llegar al sol con las miradas


rayando esferas. Llegará, lo sé;
la fe conforta el alma, y por la fe
retemplan sus aceros las espadas.

(De Obras completas, Tomo II)

121
Jaime Sáenz
(La Paz, Bolivia, 1921-1986)

Presencia de la montaña

El illimani se está –es algo que no se mira.

En el Illimani, el cielo es lo que se mira; el espacio de la montaña. No la montaña.

En el cielo de la montaña, por la tarde, se acumula el crepúsculo; por la noche, se


cierne la Cruz del Sur.

Ya el morador de las alturas lo sabe; no es la montaña lo que se mira.

Es la presencia de la montaña.

(De Imágenes paceñas)

122
Manuel Scorza
(Perú, 1928-1983)

Canto a los mineros de Bolivia

Hay que vivir ausente de uno mismo,


hay que envejecer en plena infancia,
hay que llorar de rodillas delante de un cadáver
para comprender qué noche
poblaba el corazón de los mineros.
Yo fui a Bolivia en el otoño del tiempo.
Pregunté por la Felicidad.
No respondió nadie.
Pregunté por la Alegría.
No respondió nadie.
Pregunté por el Amor.
Un ave
cayó sobre mi pecho con las alas incendiadas.
Ardía todo en el silencio.
En las punas hasta el silencio es de nieve.

Comprendí que el estaño


era
una
larga
lágrima
petrificada
sobre el rostro espantado de Bolivia.
¡Nada valía el hombre!
¡A nadie le importaba si bajo su camisa
existía un cuerpo, un túnel o la muerte!

123
(De obra poética)

124
Pedro Shimose
(Beni, Bolivia, 1940)

American Way of Life / Bolivia

Te quieren hacer de nylon,


te quieren fabricar un corazón de plástico,
te filmarán la sonrisa,
te medirán el cráneo,
te vestirán de marines y bases militares,
codificarán tu amor para sus jaranas,
te harán bailar cuando les dé la gana,
strip-tease / American Dream Corp.,
cantarás huayños para La Voz de América
y contarás tu vida en el Reader’s Digest.
Fabricarán tus sueños en colores,
te darán sortilegios en conserva,
pop in out camp very good Batman yes!
reducción india week-end Made in USA
Visión publicará un reportaje con afiches de turismo,
te instalarán escaleras mecánicas de bajada
(nunca de subida)
enviciarán tu aire, tu cielo azul será un túmulo oscuro
y dirán BOLIVIA TYPICAL COUNTRY IT’S
WONDERFUL
crecerán rascacielos, te encerrarán en jaulas,
te enseñarán cómo se caza el dólar,
programarán tu alma
y tomarás píldoras para dormir, dormir, dormir...

(De Poemas)

125
Tierra inocente y hermosa
Esta tierra inocente y hermosa
HIMNO NACIONAL DE BOLIVIA

Bolivia es una república libre, independiente y soberana


CONSTITUCIÓN POLÍTICA DEL ESTADO

¿Dónde está tu libertad?


¿Esas montañas son, acaso, tuyas?
¿Por qué este exilio, el mar y las distancias?
¿Qué tienes tú que todo lo entristeces?
¡Oh patria hostil, amorosa, amarga, mía,
mi corazón restalla en el aceite y el fuego!

¿Dónde está tu libertad?


¿Es tuyo ese pedazo de mapa, tu corazón es tuyo?
¡Cuán solo sin ti, país terrible y bienamado!

Estoy loco de rabia por creer que eres libre.


Ya no sé dónde está lo sagrado de tu nombre,
así es de oscuro mi dolor, rumor de llanto.
Tu fealdad la llevo en mí como un duro secreto,
con tu noches profundas y con tus cielos límpidos.
Tu agonía canta en mi destierro.
Tu presencia me quema, tu dulce amor me quema.
Te llevo como una culpa y un destino en mi poemas.

Por la noche, en medio del silencio,


escucho el ruido de tu sangre
que gotea.

(De Poemas)

126
Jorge Suárez
(La Paz, Bolivia, 1931-1998)

Boliviano

Bombo que suena dentro,


dentro de la mina,
desde mi propio centro
mi voz camina.

Silbo que va enhebrando


fresco sirari,
va en el aire jugando
mi taquirari.

Bombo, quena infinita,


canto en la altura,
flauta con tamborita
de la llanura.

Yo no soy de este valle,


ni soy del llano,
y tampoco soy calle
del altiplano.

Bajo en sierpes andinas


de la montaña
y enredo neblinas
en la maraña.

Como es una la rosa

127
con el camino,
yo soy la misma cosa
con mi destino.

Yo empiezo en mexicano,
renazco en tico
y en Guatemala, en vano,
soy Puerto Rico.

Puerto Rico, si en Cuba


sigo naciendo
y en un canto yoruba
me voy creciendo.

Me voy alzando a un vuelo


venezolano;
¡Yo no tengo más cielo
que el colombiano!

Como tímida yedra


llego hasta el Cusco
y en mi muros de piedra
mi nombre busco.

Esa estrella encendida


sobre mi alero,
es la estrella perdida
del marinero.

Corazón que, al embrujo


de la macumba,

128
como se siente brujo
tumba y retumba.

Carne de carabela.
la carne mía,
yo trenzo en la favela
mi fantasía:

Bailan los engrillados


bajo la fronda,
sacudo mis candados
y entro en la ronda.

Yo no soy paraguayo,
si se desata
en mi voz un desmayo
de serenata,

Es les digo esa luna


que está en el río;
esa luna que es una
y es uno el río.

Cielo de los olvidos


donde navega
el rostro adormecido
de la refriega,

soy boliviano, suene


de la Argentina
el argento que tiene

129
voz potosina.

Suene tango en la nube,


samba en el zambo
y ese trueno que sube
con el malambo.

Y si de Chile siento
como de un ruedo
un repique violento
no tengo miedo;

saco el pañuelo y meta


con alegría
como una metralleta
bailo la mía;

bailo mi cueca ruda,


puro coraje,
con la planta desnuda
sobre el paisaje.

La cueca que es de todos


y de ninguno;
con sus distintos modos
el ramo es uno.

Más si por las artes


de la fortuna
yo soy de todas partes
y de ninguna;

130
Soy boliviano puro,
purititito,
un poquito de Oruro
con coctelito.

Esa bruma que miras


no sólo es bruma,
en cuanto te retiras
se vuelve un puma.

Pero si yo la miro
de madrugada,
se me vuelve un suspiro
con la mirada.

(De Serenata)

131
Gigia Talarico

(Chile, 1953)

Chacaquita, Chuquisaca

Virgen serena
que rodeada de belleza
bajo el sol implacable
descansa

Una piedra
rompe su escote
de montaña
y cae rompiendo
el silencio del reino
su morada

Desde la infinita
pequeñez de los mortales
elevo
una plegaria a la vida

(De La manzana dorada)

132
Franz Tamayo
(La Paz, Bolivia, 1879- 1956)

La Khantuta

Regia flor escarlata


del Ande innata,
su tinte en que el sol brinca
consagra al Inca.
Toda doncella
de fiera sangre India
renace en ella!

(De Poemas)

133
Jesús Urzagasti
(Tarija, Bolivia, 1941-2013)

El país natal

No sé qué podría decir del país donde nací.


Que es hermoso todo el mundo lo sabe
menos sus habitantes. Quizás por eso perdimos
la mitad de nuestro territorio en el Cono Sur.
Puesto que no tengo nada que decir
al menos puedo recordar la frontera donde crecí
entre toborochis y naranjales.
Allí me di cuenta de todo
sin darme cuenta de nada
como les sucede
a los fichados de antemano por la soledad
y les ocurre a los que van a sentir mucha pena
no por algo personal
ni por causa de los demás
menos aún por incapacidad de amar
sino por un anhelo
que no figura en ningún diccionario.
Si así es la cosa
dejémosla tal cual está
en el aire perfumado del invisible estanque de la noche.
Dicho sea de paso mucho se ha hablado
del efluvio de nuestras flores
en patios oscuros y jardines bajo la luna.

Siempre dorando la píldora.


Como si las reinas del colegio
no abrieran sus chupilas en primavera

134
para inaugurar un mundo sin palabras
y clausurar una indecisa temporada entre lianas.
Como si a los potros no les patinara el coco
al sentir la danza de las flores
en corredores invadidos por la lluvia azul.
Las diversas regiones del país
exhalan ese aroma encantado
que tiene mucho del oculto pasado
y no poco de llanto.
Por supuesto que no es un legado
aunque pesa más que un fardo
y explora nuestro silencio
en calidad de tábano.
Cada quien tiene el olor que se merece.
Ni vuelta que darle.
Fuimos a la guerra sin conocer los rosales
de nuestros sueños dorados.
Avanzamos al todo o nada
y volvimos con el perfume entero
de un patrimonio venido a amenos.
Siempre con el mismo o cuento.
a tiempo completo en el lamento
en bares de mala traza
en chicherías abarrotados
en salones de muerte natural.
Por eso digo lo que digo.
que no tengo nada que decir
del país donde nací.
Para evitar confusiones
y tomar el ají por el perejil
prefiero desembuchar el suceso fatal

135
de amar patas y todo a mi país.
¿Hubiera sido que zumbara
como abeja de cualquier colmenar
y me sintiera ofendido por haber nacido aquí
como si me echaran de menos en el paraíso
o me hubieran jugado sucio
los que tiran la suerte en nombre de Dios?
Resulta que me chifla el ají
y me encanta el perejil
porque me chocan confusos
y me ponen nervioso
los que no se parecen s nada
ni a la tunta ni al toronjil
ni al nabo ni a la chancaca
en fin sería de nunca acabar
seguir enumerando las virtudes
de tanto gallo sin anís.

(De Frondas nocturnas)

136
Gonzalo Vásquez Méndez
(La Paz, Bolivia, 1928-2000)

Mi país

Este país tan solo en su agonía,


tan desnudo en su altura,
tan sufrido en su sueño,
doliéndole el pasado en cada herida.
Su nostalgia se pierde
más allá de la piedra;
su metal designado estuvo ya en la sangre,
ardiendo en el destino de su nombre.

¿De dónde el río oscuro


que hace a su rostro duro como el aire,
hondo como el silencio de las rocas?

Este país sin nadie que acompañe


su tristeza,
sin mano que detenga
el viento de odio
que corre por sus calles.

En sus mejillas
hay lágrimas que bajan solitarias,
imágenes que horadan su pupila,
despavorido asombro de la historia.

Su corazón oculto
se ha gastado en la muerte;

137
sólo queda un hueco,
una negra caverna de gusanos.

Este país tan mío,


ha descendido al fondo de la pena . . .
Se lo reparten todos sin piedad por su grito,
con los oídos secos a su llanto.

Qué cristal destrozado el de su cielo,


qué densa la ceniza de su cuerpo
crucificado por la saña.

Es este mí país
nacido para el tiempo y la esperanza.
Hoy le queda tan sólo
su huérfana ternura,
su mestiza humildad,
su carne desgarrada y dolorida…!

(De La poesía modernista y social del siglo XX, de Adolfo Cáceres Romero)

138
Julio de la Vega
(Santa Cruz, Bolivia, 192-2010)

Del León de Iberia y de la Orquídea de la Selva

Después que hirieron las tormentas


el techo de años sin memoria
los macheteros de la selva
construyeron la aurora…
Donde se alzaban Reales renacieron las chozas
dentro de un collar de empalizadas
para iniciar aldeas de caoba
y puertos con palmeras…
Sobre el cadáver del jaguar pintado,
sobre la boa y el venado,
ante un paisaje de cañaverales
y oteando llanos ondulantes del León de Iberia
y de la Orquídea de la selva
escribieron la historia
sobre inmortal madera…
Ahora en el ojo de la selva canta la nueva raza:
Tú eres la tierra prometida
tambor de pastos y maizales,
zarzal que aplasta el puercoespín…
Tú eres la tierra prometida
vasto confín de verdes hojas.
Morenas trenzas al rocío,
melena negra en las hamacas…
Talle del mimbre en los bajíos,
llanos del búfalo y el tigre…

139
Tú eres la tierra prometida
canto de amor del taquirari,
cuando los altos totaíes
limpian el polvo de la luna,
tú eres la tierra prometida
¡País del Ojo de la Selva!

(De Lo nuestro, Poesía Cruceña)

140
Cuentos

141
Mario Benedetti
(Uruguay, 1920-2009)
Un boliviano con salida al mar

Nunca he podido confirmarlo, pero dicen que en plena guerra de las Malvinas le
preguntaron a Borges qué solución se le ocurría para el conflicto, y él, con su sorna
metafísica de siempre, respondió: “Creo que Argentina y Gran Bretaña tendrían que
ponerse de acuerdo y adjudicar las Malvinas a Bolivia, para que este país logre por fin
su salida al mar”.

En realidad, la ironía de Borges (siempre que la cita sea verdadera) se basaba en una
obsesión que está presente en todo boliviano, ese alguien que siempre parece estar
acechando el horizonte en busca del esquivo mar que le fue negado. Tiene el Titicaca,
por supuesto, pero el enorme lago sólo le sirve para que crezca su frustración, ya que
en vez de conducirlo a otros mundos, sólo lo conduce a sí mismo.

De todas maneras, cuando algún boliviano llega al mar, aunque éste sea ajeno, siempre
se trata de un blanco, nunca de un indio. Hubo un indio, sin embargo, nacido junto a las
minas de Oruro, que por un extraño azar pudo alcanzar el mar prohibido.

Debió ser un niño simpático y bien dispuesto, ya que una dama paceña, que estaba de
paso en Oruro y pertenecía a una familia acaudalada, lo vio casualmente y se lo trajo a
la capital, allá por los años cincuenta. Rebautizado como Gualberto Aniceto Morales,
aprendió a leer y aprendió a servir. Y tan bien lo hizo, que cuando sus patrones viajaron
a Europa, lo llevaron consigo, no precisamente para ampliar su horizonte sino para que
los auxiliara en menesteres domésticos.

Así fue que el muchacho (que para ese entonces ya había cumplido quince años) pudo
ir coleccionando en su memoria imágenes de mar: desde la tibieza verde del
Mediterráneo hasta los golfos helados del Báltico. Cuando al cabo de un año sus

142
protectores regresaron, Gualberto Aniceto pidió que lo dejaran viajar a su pueblo para
ver a su familia.

Allí, en su pobreza de origen, en la humilde y despojada querencia, ante la mirada


atónita y el silencio compacto de los suyos, el viajero fue informando larga y
pormenorizadamente sobre farallones, olas, delfines, astilleros, mareas, peces
voladores, buques cisternas, muelles de pescadores, faros que parpadean, tiburones,
gaviotas, enormes transatlánticos.

No obstante, llegó una noche en que se quedó sin recuerdos y calló. Pero los suyos no
suspendieron su expectativa y siguieron mirándolo, esperando, arracimados sobre el
piso de tierra y con las mejillas hinchadas por la coca. Desde el fondo del recinto llegó
la voz del abuelo, todavía inexorable, a pesar de sus pulmones carcomidos: “¿Y qué
más?”.

Gualberto Aniceto sintió que no podía defraudarlos. Sabía por experiencia que la
nostalgia del mar no tiene fin. Y fue entonces, sólo entonces, que empezó a hablar de las
sirenas.

143
Juan Bosch
(República Dominicana, 1909-2001)
El Indio Manuel Sicuri

Manuel Sicuri, indio aimará, era de corazón ingenuo como un niño; y de no haber sido
así no se habrían dado los hechos que le llevaron a la cárcel en La Paz. Pero además
Manuel Sicuri podía seguir las huellas de un hombre hasta en las pétreas vertientes de
los Andes y esa noche hubo luna llena, cosas ambas que contribuyeron al desarrollo de
esos hechos. El factor más importante, desde luego, fue que el cholo Jacinto Muñiz
tuviera que huir del Perú y entrara en Bolivia por el Desaguadero, lo cual le llevó a irse
corriendo, como un animal asustado, por el confín del altiplano, obsedido por la visión
de un paisaje que le daba la impresión de no avanzar jamás. El cholo Jacinto Muñiz fue
perseguido de manera implacable, primero en el Perú, desde más allá del Cuzco, y
después por los carabineros de Bolivia que recibían de tarde en tarde noticias de su
paso por las desoladas aldeas de la Puna. Jacinto Muñiz no podía liberarse de esa
persecución, pues había robado las joyas de una iglesia, y eso no se lo perdonarían ni
en el Perú ni en Bolivia; y para fatalidad suya era fácil de identificar porque tenía una
cicatriz en la frente, desde el pelo hasta el ojo derecho. Cuando llegó a la choza del indio
Manuel Sicuri, el cholo Jacinto Muñiz contó que ésa era la huella de una caída, lo cual
desde luego era mentira.
Manuel Sicuri cuidaba de un rebaño de ovejas y de nueve llamas; las ovejas llevaban
prendidas en la lana, a medio lomo, cintas de color azul, lo que servía para identificarlas
como de su propiedad. Esa medida sobraba, porque no era fácil que en aquella zona
sus ovejas se mezclaran con otras ya que no había más en millas a la redonda; pero era
la costumbre de los aimarás del altiplano y Manuel Sicuri seguía la costumbre. De
seguir la costumbre en todo su rigor, sin embargo, quien debía cuidar de los animales
era María Sisa, la mujer de Manuel, y además debía sembrar la papa y la quinua y la
cañahua —los cereales de la Puna—, pues el hombre debía irse a trabajar a La Paz o
tal vez a las minas. Pero resultaba que no sucedía así porque Manuel era huérfano de
padre y madre y tenía tres hermanitos —dos de ellos hembras— y él quería a esos

144
niños con toda la fuerza de su alma. Además María estaba embarazada. Propiamente,
María tenía siete meses de embarazo.
A medida que se extiende hacia el sudoeste, en dirección a las altas cumbres de la
Cordillera Occidental, el altiplano va haciéndose menos fértil. Es una vasta extensión
llana como una mesa. El aire transparente y frío es limpio y seco, sin gota de humedad.
Cada vez más, son escasas las viviendas, y cada vez más va acentuándose en la tierra el
cambio de color; pues hacia el Norte es gris y en ocasiones amarilla y verde, mientras
que hacia el Sur va tornándose parduzca. El grandioso paisaje es de una impresionante
hermosura y de aplanadora soledad. Cuando comienzan las primeras estribaciones de
la Cordillera hacia el sudoeste —que son sucedidas más tarde por otras eminencias
peladas de nevadas cumbres, y después por otras y otras más— comienzan también
las enormes arrugas en el lomo de la montaña, sin duda los canales por donde en
épocas lejanas corrieron aguas despeñadas.
Pero eso es ya cayendo hacia el lado de Chile; y Manuel Sicuri tenía su choza en tierras
de Bolivia. El indio podía tender la vista en redondo y durante leguas y leguas no veía
vivienda alguna. Su casa estaba hecha de tierra, y su propia madre había ayudado a
levantarla. No había ventana para que no entrara el viento helado de la Cordillera, y
sólo tenía una puerta que daba al Este. De noche se quemaba la boñiga de las llamas y
hasta de las ovejas, que Manuel iba recogiendo sistemáticamente día tras día; y su
fuego era la única luz y el único calor de la vivienda. No había habitación alguna, sino
que todo el cuadrado encerrado en las paredes de la choza era usado en común. Los
tres niños y el indio Manuel Sicuri y su mujer embarazada dormían juntos, sobre pieles
de oveja, en el piso de tierra. En un rincón había un viejo arcón en que se guardaban
ropas que habían sido del padre y de la madre de Manuel, cortos calzones de lana y
faldas y chales de colores, los zarcillos de oro de María y los trajes de boda de la pareja,
alguna loza de desconocido origen y un pequeño sombrerito negro de fieltro que usó
María en la peregrinación a Copacabana, a orillas del Titicaca. Encima del arcón se
amontonaban las pieles de las ovejas que habían muerto o habían sido sacrificadas el
último año. El arcón quedaba en el rincón más lejano de la izquierda, según se entraba,
en el primero del mismo lado estaba amontonado el chuño, y entre el chuño y el arcón,

145
la lana, la lana que pacientemente iba hilando María Sisa, la mayor parte de las veces
mientras se hallaba sentada a la puerta de la choza. Junto a la lana dormían los perros,
dos perros flacos, con los costillares a flor de piel, que no tenían función alguna y se
pasaban los días recostados o caminando sin rumbo fijo por el altiplano, a veces
corriendo tras las ovejas. En el primer rincón de la derecha, con el hierro contra el piso,
estaba el hacha.
Esa hacha, en realidad, no tenía uso ni nadie en la familia sabía por qué estaba allí. Tal
vez el padre de Manuel Sicuri, que vivió hacia el Norte, había sido leñador, aunque no
era posible saber dónde ya que en la zona no había bosques; tal vez se la vendió, a
cambio de una o dos parejas de llamas, algún cholo que pasó por la región. Pero el
hacha era reverentemente guardada porque cierta vez, estando Manuel recién nacido,
hubo un invierno muy crudo y los pumas bajaron de la Cordillera en pos de ovejas; y
en esa ocasión el hacha fue útil, pues con ella mató el padre a un puma que llegó hasta
la puerta misma de su choza. Eso había sucedido, desde luego, más hacia el Nordeste.
Una vez muerto el padre, al mudarse hacia el Sur, Manuel Sicuri se llevó el hacha. A
menudo Manuel jugaba con ella. Ocurría que en las tardes de buen tiempo él les
contaba a los yokallas y a María cómo había sido el combate entre la fiera y su tata;
entonces él mismo hacía el papel de puma, y se acercaba rugiendo, en cuatro pies,
dando brincos, hasta la misma puerta. Los niños reían alegremente, y Manuel también.
De pronto él salía corriendo, cogía el hacha y hacía el papel de su padre; se plantaba en
la puerta, daba gritos de cólera, blandía el arma y la dejaba caer sobre el cráneo del
animal; a esa altura, Manuel volvía a hacer el papel del puma, y caía de lado, rugiendo
de impotencia, agitando las manos y simulando que eran garras. Cuando el puma
estaba ya muerto, tornaba Manuel a ser el padre, sin perjuicio de que hiciera también
de oveja y balara y corriera dando los saltos de los corderos, imitando el miedo de los
tímidos animales. Toda la familia reía a carcajadas, y Manuel reía más que todos. En
realidad, Manuel reía siempre y a toda hora estaba dispuesto a jugar como un niño.
Uno de esos atardeceres, cuando la luz de julio en el altiplano era limpia y el aire
cortante, los perros comenzaron a ladrar. Ladraban insistentemente, pero no a la
manera en que lo hacían cuando corrían tras una oveja o cuando —lo que pasaba muy

146
pocas veces— algún cóndor volaba sobre el lugar dejando su sombra en la tierra, sino
que sus ladridos eran a la vez de sorpresa y de cólera. Entonces Manuel fue a ver lo que
pasaba. Dio la vuelta a la casa y al corral, que quedaba al oeste de la vivienda y era
también de tierra. Allá, a la distancia, hacia la caída del sol, se veía avanzar un hombre.
Ese hombre era el cholo Jacinto Muñiz. Cuando se acercaba, una hora después, casi al
comenzar la noche, Manuel, la mujer y los pequeños se reunieron tras el corral. Por
primera vez en mucho tiempo aparecía por allí un ser humano. Evidentemente el
hombre hacía grandes esfuerzos para caminar, lo cual comentaban Manuel y su mujer.
Los niños callaban, asustados. De haber sido un conocido, o siquiera un indio como
ellos, que usara sus ropas y tuviera su aspecto, Manuel hubiera corrido a darle
encuentro y tal vez a ayudarle. Pero era un extraño y nadie sabía qué le llevaba a tan
desolado sitio a esa hora. Lo mejor sería esperar.
Cuando estuvo a cincuenta pasos, el hombre saludó en aimará, si bien se notaba que
no era su lengua. Manuel se le acercó poco a poco. María espantó los perros con
pedruscos y pudo oír a los dos hombres hablar; hablaban a distancia, casi a gritos. El
forastero explicó que se había perdido y que se sentía muy enfermo; dijo que tenía sed
y hambre y que quería dormir. Su ropa estaba cubierta de polvo y su escasa barba muy
crecida. Pidió que le dejaran descansar esa noche, y antes de que su marido
respondiera María dijo, también a gritos, que en la vivienda no había dónde. Aunque
hablaba aimará se apreciaba a simple vista que ese hombre no era de su raza ni tenía
nada en común con ellos; pero además su instinto de mujer le decía que había algo
siniestro y perverso en ese duro rostro que se acercaba. Ella era muy joven y Manuel
no llegaba a los veinte años, y ante el extraño, que tenía figura de hombre maduro, ella
sentía que ellos eran unos yokallas, unos niños desamparados. Pero Manuel no era
como su mujer; Manuel Sicuri era confiado, de corazón ingenuo, y por otra parte sabía
que muchas veces Nuestro Señor se disfrazaba de caminante y salía a pedir posada;
eso había ocurrido siempre, desde que tata Dios había resucitado, y debido a ello era
un gran pecado negar hospitalidad a quien la pidiera. En suma, aquella noche el cholo
peruano Jacinto Muñiz, prófugo de la justicia en dos países, durmió sobre pieles de
oveja en la choza de Manuel Sicuri. María Sisa se pasó la noche inquieta, sin poder

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pegar ojo, atenta al menor ruido que proviniera del sitio donde se había echado Jacinto
Muñiz.
Pero Jacinto Muñiz durmió, y lo hizo pesadamente, con los huesos agobiados de
cansancio. Había bebido pitos e infusión de coca, que la propia María le había
preparado. Ni siquiera se quitó la chaqueta. Estaba durmiendo todavía cuando Manuel
Sicuri salió de la vivienda. Al despertar vio a María Sisa agachada ante una vasija de
barro que colgaba de tres hierros colocados en trípode, hacia el último rincón derecho
de la casucha; abajo de la vasija había fuego de boñiga de llamas. María cocinaba chuflo
con carne seca de carnero. Los tres niños estaban sentados junto a la puerta, charlando
animadamente. María se levantó y se dobló otra vez hacia el fuego, de manera que se
le vieron las corvas. Jacinto Muñiz se sentó de golpe y se pasó la mano por la cara. María
Sisa se volvió, tropezó con la cicatriz sobre el ojo y sintió miedo. El párpado estaba
encogido a mitad del ojo, y eso le hacía formar un ángulo; la parte interior del párpado
resaltaba en el ángulo, rojiza, sanguinolenta, y debajo se veía el blanco del ojo casi hasta
donde la órbita se dirigía hacia atrás. Aquello por sí solo impresionaba de manera
increíble, pero resultaba además que en medio de ese ojo desnaturalizado había una
pupila dura, siniestra, fija y de un brillo perverso. María Sisa se quedó como hechizada.
Entonces fue cuando el extraño explicó que se había hecho esa herida al caerse, muchos
años atrás. María esperó que el hombre se pusiera de pie, se despidiera y siguiera su
camino. Pero él no lo hizo, sino que se quedó sentado y mirándola con una fijeza que
helaba la sangre de la mujer en las venas. Ella estaba acostumbrada a los ojos honrados
de su marido y a los tímidos y tristes de las ovejas y las llamas o a los humildes y
suplicantes de sus perros. Para disimular su miedo se dirigió a los niños diciéndoles
trivialidades y su sonora lengua aimará no daba la menor señal de su terror. Pero por
dentro el pavor la mataba.
En cambio Manuel Sicuri no sintió miedo. Ese día volvió más temprano que otras veces,
y al ruido de las ovejas y al ladrido de los perros salió su mujer a decirle, con visible
inquietud, que el hombre seguía en la casa y que no había hablado de irse. Manuel
Sicuri dijo que ya se iría; entró, charló con Jacinto Muñiz como si se tratara de un viejo

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conocido y le ofreció coca. Después, sentado en cuclillas, oyó la historia que quiso
contarle el peruano.
—Vengo huyendo de más allá del Desaguadero, del Perú —explicó señalando
vagamente hacia el Noroeste— porque el gobierno quería matarme. Un gamonal me
quitó la mujer y las tierras y yo protesté y por eso quieren matarme.
Eso podía entenderlo muy bien Manuel Sicuri; también en Bolivia, durante siglos, a
ellos les habían quitado las tierras y las mujeres, y su padre le había contado que cierta
vez, cuando todavía no soñaba casarse con su madre, miles de indios corrieron por la
Puna, en medio de la noche, armados de piedras y palos, en busca de un presidente que
huía hacia el Perú después de haber estado durante años quitándoles las tierras para
dárselas a los ricos de La Paz y Cochabamba.
—Si saben que estoy aquí me buscan y me matan. Yo me voy a ir tan pronto me sienta
bien otra vez. Además, yo voy a pagarte —dijo el peruano.
Manuel Sicuri no respondió palabra. No le gustó oír hablar de que le pagaría, pero se
lo calló. ¿Y si resultaba que ese hombre, con su terrible aspecto, era el propio Nuestro
Señor que estaba probando si él cumplía los mandatos de Dios? De manera que se puso
a hablar de otras cosas; dijo que esa noche seguramente habría helada, porque había
cambio de luna de creciente a llena, y la luna llevaba siempre frío.
Con efecto, así ocurrió. Manuel oyó varias veces a las ovejas balar y se imaginaba la
Puna iluminada en toda su extensión mientras el helado viento la barría. Muy tarde se
quejó uno de los yokallas; Manuel se levantó a abrigar al grupo y el peruano preguntó,
en las sombras, qué ocurría. A Manuel le inquietó largo rato la idea de que el peruano
no estuviera dormido. Pero se abandonó al sueño y ya no despertó hasta el amanecer.
El frío era duro, y hasta el horizonte se perdían los reflejos de la escarcha. Había que
esperar que el sol estuviera alto para salir; y como se veía que el día iba a ser brumoso,
tal vez de poco o ningún sol fuerte, Manuel empezó a llevar afuera las papas de la última
cosecha para convertirlas en chuño deshidratándolas en el hielo.
En ese trabajo estaba, a eso de las siete de la mañana, cuando los perros comenzaron a
ladrar mirando hacia el Norte. También Manuel miró; un hombre se veía avanzar, un
hombre como él, de su raza. Manuel entró en su casa.

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—Viene gente —dijo, dirigiéndose más al cholo peruano que a su mujer.
Entonces Manuel Sicuri vio a Jacinto Muñiz perder la cabeza. Su miedo fue súbito; se
levantó de golpe, apoyándose en una mano, y sus negros ojos se volvieron, como los de
una llama asustada, a todos los rincones de la choza.
— ¡Tengo que esconderme —dijo—, tengo que esconderme, porque si me cogen me
matan!
—Aquí no —respondió calmadamente, pero asombrado, Manuel Sicuri—; aquí no es
Perú.
— ¡Sí, yo lo sé, pero es que yo herí al gamonal y parece que murió! ¡Si me cogen me
matan!
Manuel Sicuri y María Sisa se miraron como interrogándose. A partir de ese momento,
María sabía que sus temores eran fundados; y también a ella le dio miedo, tanto miedo
como al extraño. Manuel dudó todavía, sin embargo. Con indescriptible rapidez pensó
lo que debía hacerse; corrió hacia el arcón, tiró las pieles de ovejas en tierra y separó
el arcón de la pared en forma tal que entre el mueble y el rincón podía caber un
hombre.
—Ven aquí —dijo.
El cholo corrió y de un salto se metió allí; con toda premura Manuel fue tirando las
pieles sobre él y el arcón. Nadie podía sospechar que allí había un hombre. Luego,
volviéndose a los niños, que habían visto todo aquello en silencio, les ordenó que se
callaran y que a nadie dijeran nada; a seguidas volvió a su trabajo afuera, como si no
hubiera visto al indio que avanzaba por la alta pampa.
Resultó que el hombre era un chasquis, esto es, un correo enviado a recorrer las
distantes y perdidas viviendas de esa zona para informar que se buscaba a un cholo
peruano con una cicatriz en la frente; a juicio del mallcu, es decir, del jefe indígena que
había mandado al chasquis a ese recorrido, el prófugo buscaba cruzar hacia Chile, pero
en vez de dirigirse hacia el Suroeste desde el último sitio en que se le había visto,
caminaba en derechura al Sur, lo que indicaba que debía pasar por allí.
—No, no ha pasado por aquí —explicó Manuel.

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El chasquis se había sentado en cuclillas y bebía chicha que se guardaba en una vasija
de barro. María no hallaba donde poner los ojos, pero Manuel Sicuri se había vuelto
impenetrable. Estaba él también en cuclillas y preguntó al visitante de dónde venía y
cuánto hacía que se hallaba en camino y cómo estaban en su casa. Hablaba lentamente.
Se refirió a la helada y dijo que el invierno iba a ser muy duro. Demoró mucho en esa
charla antes de abordar el asunto; pero al fin lo hizo.
— ¿Por qué buscan a ese peruano? —preguntó.
—Robó una iglesia allá en su tierra —dijo el chasquis—; robó la corona de la Virgen y
el cáliz y el manto de tatica Jesús Nazareno, que tenía oro y piedras finas.
Manuel estuvo a punto de venderse. Vio a su mujer mirarle con una fijeza de loca y él
mismo sintió que la cabeza le daba vueltas. Tuvo que apoyarse en tierra con una mano.
¡De manera que el cholo Jacinto Muñiz había robado a mamita la Virgen! Pero ya él
había dicho que no había pasado por ahí, y decir lo contrario era probablemente
buscarse un lío con las autoridades. Con el pretexto de seguir regando las papas en la
escarcha, María salió. Manuel pensaba: “Si digo ahora que está aquí van a llevarme
preso por esconderlo; si no digo nada, tata Dios va a castigarme, se me morirán las
ovejas y las llamas y tal vez ni nazca mi hijo”. No descubría su emoción, no denunciaba
su pensamiento, pues seguía con su rostro hermético, sus ojos brillantes, sus rasgos
inmóviles, cerrada la boca que era tan propensa a la risa; pero por dentro estaba
sufriendo lo indecible. Entonces sucedió lo que más deseaba en tal momento: el
chasquis se levantó y dijo que iba a seguir su camino. Y he aquí que sin saber por qué,
aunque sin duda llevado a ello por el miedo, Manuel Sicuri se levantó también y explicó
que iba a acompañarle, que iría con él hasta una pequeña comunidad de cuatro chozas
que quedaba casi en las faldas de la Cordillera Real, cuyas nevadas cumbres se veían
en sucesión hacia el Este y el Sur. Tendría que caminar tres horas de ida y tres de
vuelta, pero Manuel Sicuri lo haría porque necesitaba saber qué pensaba el chasquis.
A lo mejor el chasquis había visto algo, sorprendido una huella, un movimiento
sospechoso bajo las pieles de oveja, y se iría sin dar señales de que sabía que el cholo
Jacinto Muñiz se hallaba escondido en la casa de Manuel Sicuri. Así pues, dijo que iría

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con él; y después de haber caminado unos cinco minutos dejó al chasquis solo y volvió
al trote.
—Cuando estemos lejos, a mediodía, sacas de ahí al peruano y que se vaya. Dile que
ande de prisa y derecho hacia la caída del sol; por ahí no hay casas ni va a encontrar
gente.
Esto fue lo que habló con su mujer, pero como el chasquis podía estar mirando, quiso
despistarlo y entró en su choza. Después explicó que había vuelto a la vivienda para
coger coca. Y sin más demora emprendió la marcha por la helada Puna en cuya
amplitud rodaba sin cesar un viento duro y frío.
Así fue como actuó Manuel Sicuri durante esa angustiosa mañana. De manera muy
distinta sintió y actuó el cholo peruano Jacinto Muñiz. En el primer momento, cuando
supo que llegaba un hombre, el miedo le heló las venas y le impidió hasta pensar. En
verdad, sólo se le había ocurrido esconderse, sin que atinara a saber dónde; y cuando
Manuel Sicuri eligió el escondite y le llevó allí, él le dejó hacer sin saber claramente lo
que estaba ocurriendo. Las pieles le ahogaban, aunque de todas maneras hubiera
sentido que se ahogaba aun estando a campo abierto. Él oyó al chasquis llegar y en ese
momento su miedo aumentó a extremos indescriptibles; le oyó hablar de él mismo y
entonces empezó a olvidar su terror y a poner toda su vida en sus oídos.
Cuánto tiempo transcurrió así, sintiéndose presa de un pavor que casi le hacía temblar,
era algo que él no podía decir. Pero es el caso que cuando Manuel Sicuri dijo que no
había pasado por allí sintió que empezaba a entrar en calor y cinco minutos después
estaba sereno, otra vez dueño de sí y dispuesto a acometer y a luchar si alguien
pretendía cogerle.
La conversación entre Manuel y el chasquis debió durar media hora, y antes de que
hubiera transcurrido la mitad de ese tiempo el cholo Jacinto Muñiz se sentía seguro.
Muchas palabras se le perdían, puesto que él no hablaba aimará como un indio, sino lo
necesario para entenderse con ellos; y mientras los dos hombres hablaban y él seguía
a saltos la charla, comenzó a pensar en otra cosa; sería más propio decir que comenzó
a sentir otra cosa. De súbito, y tal vez como reacción contra su pavor, Jacinto Muñiz
recordó a la mujer de Manuel Sicuri tal como la había visto el día anterior, agachada

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frente al fuego. Ella le daba la espalda y su posición era tal que la ropa se le subía por
detrás hasta mostrar las corvas. Jacinto Muñiz había pensado: “Tiene buenas piernas
esa india”, idea que le estuvo rondando todo el día y toda la noche, al extremo de que
lo tenía despierto cuando Manuel Sicuri se levantó para abrigar a los niños. Ahí, en su
escondite, Jacinto Muñiz veía de nuevo las piernas de la mujer e incontenibles oleadas
de calor le subían a la cabeza. Al final ya no tenía más que eso en la mente y en el cuerpo.
Pero Jacinto Muñiz no pensaba atacar a la mujer. En el fondo de sí mismo lo que le
preocupaba era huir, salvarse, alejarse de allí tan pronto como pudiera, sobre todo
después de saber que la mujer y su marido estaban enterados de cuál había sido su
crimen. La idea de atacarla le vino más tarde, cuando, a poco de haberse ido Manuel
Sicuri con el chasquis, la mujer retiró las pieles que lo cubrían y le dijo que saliera. Ella
le explicó que debía irse, y por dónde y a qué hora, y cuando él preguntó por Manuel
ella cometió el error de decirle que estaba acompañando al chasquis.
Con su repelente ojo de párpado cosido, Jacinto Muñiz miró fijamente a María. María
tenía el negro pelo partido al medio y anudado en moño sobre la nuca; era de piel
cobriza, tirando a rojo, de delgadas cejas rectas y de ojos oscuros y almendrados, de
altos pómulos, de nariz arqueada, dura pero fina, y de gran boca saliente. Era una india
aimará como tantas otras, como millares de indias aimarás, bajita y robusta, pero tenía
la piel limpia en los brazos y las piernas y era joven; estaba embarazada, ¿pero qué le
importaba eso a él, un hombre acosado, un hombre en peligro que estaba huyendo
hacía casi un mes? Sintiéndose fuera de sí y a punto de perder la razón, Jacinto Muñiz
dijo que sí, que se iría, pero que le diera charqui o quinua o cañahua, algo en fin con
que comer en el camino.
María Sisa también tenía miedo, como lo había tenido Jacinto Muñiz y como lo había
tenido Manuel Sicuri. Pero además María sentía asco de ese hombre. ¡Por la Virgen de
Copacabana, ese bandido había robado una iglesia y estaba en su casa! Lo que ella
quería era que se fuera inmediatamente.
—No hay charqui y tenemos muy poca quinua y poca cañahua —dijo secamente
mientras vigilaba los movimientos del cholo.
—Dame chuño entonces —pidió él.

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María quería decirle que no. Tata Dios iba a castigarla si le daba comida a su enemigo.
Pero tal vez si le negaba el chuño, que estaba a la vista en el rincón, el hombre diría que
no se iba. Llena de repulsión se encaminó al rincón y se agachó para recoger el chuño.
Para fatalidad suya los niños estaban afuera, regando papas sobre la escarcha.
El ataque fue tan súbito y los hechos se produjeron tan de prisa que María no pudo
describirlos más tarde. Cuando se agachaba el hombre se lanzó sobre ella y la agarró
fuertemente por los hombros, forzando estos de tal manera, hacia un lado, que María
cayó de espaldas. Como era una mujer joven y fuerte se defendió con las piernas, pero
al parecer aquello enfureció al peruano o sin duda lo excitó más. María levantó los
brazos y no lo dejaba acercarse. No gritó propiamente, porque en ese momento perdió
del todo su miedo y se sintió colérica, pero comenzó a decirle al atacante cosas en voz
tan alta que los niños corrieron y uno de ellos, el mayor, agarró al hombre por la ropa.
Jacinto Muñiz pegó al niño con un codo y lo lanzó a tierra. Había ocurrido que la vasija
con la chicha había sido dejada en el suelo cerca de la puerta, donde la había puesto
Manuel Sicuri después de haberle servido al chasquis; el atacante la vio y la tomó en
una mano. María quiso evitar el golpe porque pensó: “Va a matar a mi niñito”. “Mi
niñito” era, desde luego, el que llevaba en el vientre. Y ese pensamiento la turbó. No
tuvo, pues, serenidad bastante para defenderse, y la vasija golpeó sobre su frente,
rompiéndose en innúmeros pedazos. María sintió el deslumbramiento del golpe y algo
cálido que le corría a los ojos. Debió perder el conocimiento, puesto que a poco
comprendió que el peruano estaba violándola. Pero su indignación y su asco eran tan
grandes que ellos le dieron fuerzas, y logró, doblando la quijada del hombre, quitárselo
de encima. Entonces se puso en pie de un salto y corrió; corrió como despavorida a
través de la Puna, volviendo el rostro cada quince segundos para asegurarse de que él
no la seguía. El hombre salió a la puerta y comenzó a correr tras ella. Pero sucedió que
el llanto de los niños, las voces de María y el ruido de la lucha excitaron a los perros y
ambos se lanzaron tras Jacinto Muñiz. Éste se agachó varias veces para coger piedras
y tirárselas a los animales. Estaba como loco, y el rojizo párpado levantado se le veía
como una brasa en medio de la noche. Comprendió al fin que no podría alcanzar a
María Sisa; volvió entonces a la choza, recogió su sombrero, se llenó los bolsillos de

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chuño, sacó de las vasijas en que se guardaban coca y lejía y salió de nuevo. Desde lejos
María le vio salir y le vio irse huyendo por detrás del corral; hacia el Oeste, a toda
carrera, como espantado por algún enemigo invisible. En el día sin sol, pero sin niebla,
su figura se fue alejando, tornándose cada vez más pequeña, mientras la mujer lloraba
de miedo y de vergüenza sin atreverse a volver a su choza.
Todavía le quedaban a María Sisa —y sin duda también a los niños, si bien tal vez ellos
no comprendían lo sucedido a pesar de que veían a María sangrando por la frente—
unas cinco horas de angustia antes de que volviera Manuel Sicuri. Pero ocurrió que
Manuel retornó antes. Llevaba dos horas de marcha junto al chasquis y estaba ya
seguro de que éste no tenía sospechas de que el peruano se encontrara en su casa,
cuando le dio al propio chasquis por decir que quizá sería bueno que él volviera a su
vivienda.
—Tu mujer y los niños están solos, y ese mal hombre puede llegar allá. Estuvo preso
en su tierra por una muerte —me dijo el mallcu, y a eso se debe que tenga una cicatriz
sobre el ojo.
¿Sí? Manuel Sicuri se quedó mirando al chasquis. Éste no era capaz de adivinar lo que
estaba pasando en tal momento por la cabeza de Manuel Sicuri. Jacinto Muñiz estaba
en su casa y seguramente había oído desde su escondite cuanto ellos hablaron. Tal vez
le diera miedo a Jacinto Muñiz y por miedo de que le denunciaran matara a María y a
los yokallas. Era un hijo del demonio el hombre que había robado la corona de mamita.
¿Qué no sería capaz de hacer?
—Sí —dijo Manuel Sicuri—. Hablas bien, chasquis. Yo me devuelvo.
Se devolvió, pero no podía caminar a su paso normal, algo le hacía correr a trote corto,
algo que él no quería definir. Podía ser temor a tata Dios; quizá tata Dios iba a ponerse
bravo con él por haber dado auxilio al cholo. Podía ser un oscuro sentimiento con
respecto a María; no le había gustado el extranjero y se lo había dicho. ¿Qué hacía
Jacinto Muñiz despierto a medianoche?
Por momentos el indio Manuel Sicuri aumentaba la velocidad de su trote. Iba siguiendo
sus propias huellas sólo que al revés; otro acaso no las vería, pero Manuel Sicuri las
distinguía bien claras, sus huellas y las del chasquis, a veces desaparecidas donde había

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muchas piedras, esas menudas y abundantes piedras del altiplano, y a trechos
grabadas en el polvo o en las plantas rastreras que quedaban aplastadas durante largo
tiempo después de haber sido pisadas. El día iba aclarando lentamente, de manera que
de vez en cuando él podía ver su sombra, una sombra vaga, y calcular la hora. Era
bastante más allá del mediodía. El viento seguía fuerte y frío, pero el trote le producía
calor.
Poco a poco, a fuerza de atender a la regularidad de su paso, Manuel Sicuri fue dejando
de pensar. Pasada la primera hora de marcha alcanzó a ver su casa: se veía como de
humo, perdida en el horizonte y muy pequeña. No había nadie cerca; no se distinguían
ni las llamas ni las ovejas ni a María. Tal vez nada había sucedido. Mantuvo su paso.
Lentamente la choza fue destacándose y creciendo y la Puna ampliándose, a la vez que
la luz iba aumentando y los nacientes colores de la tierra, muy débiles de por sí, iban
cobrando seguridad. Oyó los perros ladrar y después los vio correr hacia él.
Cuando llegó a la puerta iba a reírse contento, pues nada había ocurrido; María estaba
en cuclillas, de espalda, y los niños, silenciosos, se agrupaban en un rincón. Pero
entonces María volvió el rostro y Manuel Sicuri vio la herida en su frente.
— ¿Cómo fue? —preguntó.
Su mujer empezó a llorar sin hacer gesto alguno.
— ¿El peruano, fue el peruano?
Ella dijo que sí con la cabeza; después, secándose las lágrimas, se puso a relatar el
atropello. Los niños la oían sin moverse de su rincón.
Al principio Manuel oyó a María sin decir palabra, pero el aspecto que iba cobrando su
rostro denunciaba fácilmente lo que sucedía en su interior. Comenzó como si un golpe
lo hubiera atontado, después los ojos se le fueron transformando y cobrando un brillo
metálico que nunca antes habían tenido; la boca se le endurecía segundo a segundo.
María Sisa contaba y contaba, con sus rutilantes y cortantes palabras aimarás, sin alzar
la voz, gesticulando a veces, señalando de pronto el rincón de los chuños donde había
sido atacada. Llevaba todavía la palabra cuando Manuel Sicuri vio el hacha, aquella
hacha con que su padre había dado muerte al puma; y dejó a María Sisa con la palabra

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en la boca antes de que se acercara al final del relato. De un salto Manuel Sicuri corrió
al rincón y cogió el hacha.
— ¿Por dónde se fue, por dónde se fue? —preguntaba el indio, con la ansiedad del
perro de caza que ha olfateado en el aire la presencia de la pieza.
Entonces el mayor de los yokallas, que había estado silencioso, intervino para señalar
con su bracito mientras decía que hacia allá, hacia la Cordillera Occidental. Manuel se
echó el hacha al hombro y corrió; dio la vuelta a la vivienda, pasó tras el corral, se
detuvo un momento para reconocer las huellas y emprendió de nuevo el trote. Ya no
perdería las huellas ni durante un minuto. De nada valió que María Sisa corriera tras
él y le llamara a voces. Animados como si se tratara de un juego, los perros corrieron
también, soltando ladridos, pero no tardaron en regresar. Por la alta planicie, a esa
hora iluminada en toda su extensión por el sol del invierno, se perdió Manuel Sicuri
tras las huellas de Jacinto Muñiz.
A la caída de la tarde alcanzó a ver una figura moviéndose en la lejanía. Pronto iba a
oscurecer, pero sin duda que ya estaba subiendo, tras las faldas de la Cordillera, la
enorme luna llena, la clara, la casi blanca luna llena invernal. Así, aquel hombre que
marchaba penosamente hacia el Oeste no se le perdería en las sombras. No tenía hacia
dónde ir que él no le viera. No había una casa, no había un árbol, no había una cañada
en toda la extensión, ni a derecha ni a izquierda, ni hacia atrás ni hacia adelante; no
había repliegue de terreno que pudiera ocultarlo; no había piedras grandes ni colinas
y ni siquiera pajonales en la dilatada llanura; no había gente que le diera amparo ni
animales entre los que ocultarse. Podía huir si le veía; pero acabaría cansándose, y él,
Manuel Sicuri, no se cansaría. Un indio aimará no se cansa a la hora de hacerse justicia;
puede esperar días y días, meses y meses, años y años, y no se apresura, no cambia su
naturaleza, no da siquiera señales de su cólera. No descansa y no se cansa. Aquel
hombre era el cholo Jacinto Muñiz, aquel hijo del demonio había muerto a otros
hombres y había robado a mamita la Virgen y a tatica Dios el Nazareno; aquel salvaje
había atropellado a María Sisa, su mujer, que esperaba un niño suyo, un varoncito
como él. Nadie podría salvar a Jacinto Muñiz. Y a fin de evitar que mientras la luna subía

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y aclarara la llanura el cholo peruano aprovechara la oscuridad para cambiar de
dirección, Manuel Sicuri apresuró el paso con el propósito de alcanzarle pronto.
En verdad, Jacinto Muñiz se sentía ya a salvo. Su plan era caminar toda esa noche. No
se cansaría, porque llevaba buena provisión de coca para mascar, y la coca le evitaría
el cansancio. Aprovecharía la luna y marcharía derecho hacia la cordillera. Allí podría
haber casas, tal vez algunas comunidades aimarás, y sin duda habrían enviado a ellas
también chasquis anunciando su probable llegada; y ahora tenía encima dos delitos;
uno en el Perú, el otro en Bolivia. Fue afortunado, porque María Sisa no había muerto;
sin embargo la había atacado y ya debía saberlo su marido y probablemente también
el chasquis, si había vuelto con él. De haber casas en las cercanías de la cordillera él las
alcanzaría a ver con tiempo, antes de amanecer, puesto que la luna alumbraría toda la
noche; en ese caso su plan era torcer rumbo al Sur, lo más al Sur que pudiera, hasta
alcanzar un paso hacia Chile. Jacinto Muñiz ignoraba que para bajar a Chile hubiera
debido tomar rumbo suroeste desde el primer momento, y que aun así no era fácil que
lograra salir de Bolivia sin ser apresado. No importaba; tenía coca y chuño, luego, podía
resistir mucho todavía. Tan seguro estaba de su soledad que no volvía la vista. Tal vez
de haberla vuelto otro hubiera sido su destino.
Oscureció del todo y la luna no salía. Durante media hora Manuel Sicuri trotó derecho
hacia el poniente. Sabía que esa era la dirección que llevaba el peruano y que no iba a
cambiarla; se lo decía su instinto, se lo decía el corazón. Arreció el frío; comenzó a
arreciar en el momento mismo en que el sol desapareció tras la mole de las montañas,
y Manuel Sicuri se dijo que esa noche habría helada otra vez. El frío le quemaba las
desnudas piernas, pero él apenas lo sentía; estaba acostumbrado y, además, esa noche
no le afectaría nada. Mientras trotaba volvía la mirada hacia la Cordillera Real, que le
quedaba a la espalda; sabía que la luna no tardaría en iluminar sus altos picos. Poco a
poco la luna fue mostrando su radiante y dulce faz; fue elevándose como una gran ave
de luz, apagando en sus cercanías las rutilantes estrellas que habían comenzado a
aparecer. En diez minutos más la enorme llanura, la fría, la solitaria Puna estaba llena
de luz de un confín a otro. Con gran sorpresa, Manuel Sicuri notó que había acortado
la mitad, por lo menos, de la distancia entre él y Jacinto Muñiz. Un indio del altiplano

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como él podía distinguir al otro claramente, con su traje negro destacándose sobre el
fondo de la Puna. Entonces Manuel apresuró su trote, exigió de sus duras piernas
mayor velocidad. De rato en rato iba pasándose el hacha del hombro derecho al
izquierdo o del izquierdo al derecho. En el mango y en el hierro del hacha destellaba la
luna.
Manuel Sicuri no habría podido calcular la distancia en términos nuestros, porque no
los conocía, pero a eso de las siete y media entre él y el peruano no había dos
kilómetros de distancia. La solitaria cacería se aproximaba, pues, a su fin. Él lo sentía;
él veía ya el final, y sin embargo su corazón no se apresuraba. Iba natural y
resueltamente a convertir su resolución en hechos, y eso no le excitaba porque él sabía
que así debía suceder y así tenía que suceder.
Pero cuando la distancia se acortó más aún —lo cual era posible porque Jacinto Muñiz
iba a paso normal mientras Manuel Sicuri corría al trote— el prófugo oyó las pisadas
de su perseguidor; o quizá no las oyó sino que intuyó el peligro. El caso es que se detuvo
y miró hacia atrás. Por el momento no debió ver nada, porque estuvo quieto, sin duda
recorriendo con la vista la llanura durante algunos minutos. Pero al cabo de rato algo
columbró; una mancha, de la cual salían brillos, marchaba hacia él. ¿Qué era? ¿Se
trataba de alguna llama que pastaba a esa hora en la Puna? Él no era práctico, no
conocía la vida del altiplano. Podía ser una llama o un hombre; podía ser incluso un
animal feroz, un perro perdido o un puma. Lo que se movía avanzaba rápidamente y él
lo veía sin distinguirlo. Sintió miedo.
— ¿Quién es? —gritó en castellano; y al rato preguntó a voces en aimará quién era.
Pero no le contestó nadie. Su voz se perdió desolada, trágicamente sola, en aquel
desierto enorme. La hermosa luz lunar hacía más patética esa voz angustiada.
—¿Quién es, quién es? —gritó de nuevo.
Manuel Sicuri avanzaba, avanzaba sin tregua. El monstruo estaba allí, parado, sin
moverse; estaba esperando, tatica Dios lo tenía esperando, clavado a la tierra. Nadie
salvaría a ese criminal que había robado a la Virgen y que había atropellado a María
Sisa, a su mujer María Sisa, que iba a tener un niñito suyo. Ya estaba a quinientos

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metros, tal vez a menos. Y Manuel Sicuri, que se sentía seguro de que la presa no se le
iría, gritó entonces, sin dejar de correr:
— ¡Soy yo, Manuel Sicuri, asesino: soy yo que vengo a matarte!
Claro, a esa distancia no era posible ver el rostro de Jacinto Muñiz, pero Manuel Sicuri
podía adivinar cómo se había descompuesto, pues para que sufriera le había dicho él
quién era, para que padeciera sabiendo que le había llegado su hora.
Jacinto Muñiz quedó confundido. Pensó que lo que llevaba el indio sobre el hombro era
un fusil, y en ese caso, ¿de qué le valía echar a correr? Pero vio que el indio seguía en
su trote; distinguía ya su figura, un ente casi fantasmal, azul gracias a la luz de la luna,
azul y negro; un ser terrible, una especie de demonio seguro de sí, cuyas piernas
brillaban; algo indescriptible y sin embargo espantoso, de marcha igual, inexorable,
mortal.
— ¡No, no me mates, hermano, hermanito, no me mates!
Jacinto Muñiz dijo esto en español, y a seguidas se tiró de rodillas, las manos juntas,
temblando, empavorecido. Toda esa noche era pavorosa, toda aquella inmensidad
solitaria aterrorizaba, toda la dulce luz de la luna era un espanto. Él mismo oyó su voz
como saliendo de otra parte.
— ¡No me mates, hermanito! ¡Te doy la corona, hermanito; toma la corona!
Así, de rodillas como estaba, y con Manuel Sicuri ya a veinte metros de distancia, metió
la mano en el pecho y sacó de él algo brillante, rutilante. Era la corona de la Virgen, la
que había robado. La joya destelló, y cuando Jacinto Muñiz la lanzó fue como un pedazo
de luna cayendo, rodando, saltando por la Puna. Pero Manuel Sicuri no se detuvo a
cogerla. Entonces el peruano se puso de pie y echó a correr.
Trazando círculos, unas veces hacia el Norte y otras hacia el Este, yendo ya al Sur, ya
de nuevo al poniente, ahogándose, loco de terror, Jacinto Muñiz huía. Pero he aquí que
a medida que huía aumentaba su pavor; su propia sombra moviéndose ante él cuando
se dirigía al Oeste, le llenaba de espanto. El helado viento zumbándole en los oídos
contribuía a su miedo. Por encima de ese zumbido oía claramente las regulares y
veloces pisadas de Manuel Sicuri, cuyo tremendo silencio era el de una fiera.

160
— ¡Hermanito, no me mates! —clamaba él, volviendo el rostro sin dejar de correr, más
aterrorizado al percatarse de que el indio no llevaba fusil, sino un hacha.
Pero Manuel Sicuri no contestaba, no decía nada; sólo le seguía, le seguía
infatigablemente, convertido por las sombras y la luz de la luna en un fantasma
tenebroso.
Jacinto Muñiz tropezó con algunos pedruscos, resbaló y se cayó. Manuel Sicuri se
acercó a diez pasos, tal vez a ocho. Jacinto Muñiz logró incorporarse, y se lanzó hacia
el Sur, derecho hacia el Sur. Él delante y Manuel Sicuri atrás, corrieron en línea recta
diez minutos, quince minutos, veinte minutos; y cada vez el indio estaba más cerca,
cada vez sus pisadas eran más fuertes. La gran llanura esplendía, cargada de luz y de
silencio. Manuel Sicuri no tenía que preocuparse; esto es, no se sentía preocupado. Era
una actitud muy aimará la suya, aunque no sea fácil de comprender. El indio Manuel
Sicuri iba a hacer justicia; estaba seguro de que no tardaría en hacerla. No había, pues,
razón para que se excitara. Ese hombre que corría no podría salvarse; huiría cuanto
quisiera, tal vez horas y horas, pero ellos dos estaban solos en la solitaria Puna, y él,
Manuel Sicuri, no se cansaría, no tropezaría con los khulas de la pampa, no caería; y
poco a poco iba acercándose al monstruo; pie a pie, pulgada a pulgada, iba llegando a
su meta. Jacinto Muñiz podía seguir huyendo. Eso no encolerizaba a Manuel Sicuri. Lo
único que tenía él que hacer era mantener su paso, su trote seguro y constante, y no
perder de vista al cholo.
El cholo volvió a tropezar y cayó de nuevo. Eso le ocurría porque volvía la cara para
ver a su perseguidor; le sucedía porque había sido perverso y tenía miedo. Manuel
Sicuri se le acercó a tres pasos. De no haber sido él un indio aimará, dueño de sí mismo,
le hubiera tirado el hacha y tal vez le hubiera herido. Pero podía también no herirle y
entonces el otro ganaría tiempo mientras él volvía a recoger el arma. No; no había por
qué adelantarse. Jacinto Muñiz caería en sus manos. Todavía podía esperar; es más,
podía esperar toda esa noche y todo el día siguiente y toda una semana, y un mes y un
año y una vida; lo que no podía hacer era actuar sin tino y perder su oportunidad.
Pero el minuto fatal se acercaba de prisa. Jacinto Muñiz empezaba a sentir que se
ahogaba, que perdía fuerzas. ¿Cuánto tiempo llevaba huyendo a locas por el iluminado

161
altiplano? No lo sabía, y sin embargo a él le parecía una eternidad. Por momentos
perdía la vista y toda aquella llanura le resultaba pequeña. Siguiendo círculos, dando
vueltas, doblando de improviso, volvía a pasar por donde ya había pasado. Alcanzó a
ver algo brillante ante sí y reconoció la corona. Pensó agacharse para cogerla, pero si
se agachaba el indio iba a alcanzarle. Gritó entonces:
— ¡La corona, mira la corona; te regalo la corona!
Y la señalaba con la mano, en un afán ridículo por distraer a Manuel Sicuri. Manuel
Sicuri sí la vio; podía hacer eso, podía distinguir la corona y seguir su carrera con los
ojos puestos en ella sin importarle si era una joya o no, propiamente sin pensar en ella.
Porque Manuel Sicuri no pensaba en nada, ni siquiera en María, ya había pensado
cuando cogió el hacha al salir de su casa. Lo que tenía que hacer ahora no era pensar,
sino actuar.
De manera inapreciable la luna había ido ascendiendo por un cielo brillante que iba
limpiando el aire frío. Subía y subía mientras abajo los dos hombres corrían. Al fin, a
eso de las diez, Manuel Sicuri se hallaba a un paso de Jacinto Muñiz. Pero ni aún en tal
momento pensó estirar los brazos y usar su hacha. Todavía no. Era necesario estar
seguro, golpear firme. Pero como el momento de actuar se acercaba se quitó el hacha
del hombro y la sujetó por el hierro con la mano izquierda y por el cabo con la derecha.
Jacinto Muñiz volvió una vez más la cabeza, y en ese instante comprendió que no había
salvación para él. Entonces retornó a ser, de súbito, el hombre audaz y duro que había
causado muertes y robado una iglesia. Lo pensó con toda rapidez, o quizá ni llegó a
pensarlo porque lo llevaba en la sangre; se dijo: “Sólo luchar puede salvarme”. Y de
golpe paró en seco y dio media vuelta.
Pero Manuel Sicuri había pensado que eso podía suceder o tal vez, como Jacinto Muñiz,
no lo había pensado sino que lo llevaba por dentro. Es el caso que cuando el otro se
detuvo él saltó de lado, con un brinco dado a dos pies, rápido como el de un bailarín. A
tiempo que daba ese brinco blandió el hacha, la revolvió por debajo y la alzó. En tal
momento Jacinto Muñiz se lanzó sobre él, y a la luz de la luna Manuel Sicuri vio algo
que brillaba en su mano. Como un relámpago le cruzó por la cabeza la idea de que se
trataba de un cuchillo, y como un relámpago también saltó hacia atrás y dejó caer el

162
hacha. El golpe fue seco, en el hueso del antebrazo, y Jacinto Muñiz cayó sobre su
costado derecho, aunque no del todo sino doblado, casi de rodillas. A seguidas el
peruano avanzó a gatas y con la mano izquierda se agarró al pie derecho de Manuel
Sicuri; se sujetó allí con la fuerza de un animal salvaje. Manuel Sicuri temió que iba a
caerse, y para librarse de ese peligro volvió a blandir el hacha y la dejó caer en el brazo
izquierdo del cholo. Lo hizo con tal fuerza que oyó el chasquido del hueso.
—¡Asesino! —gritó Jacinto Muñiz levantando la cabeza.
Manuel Sicuri le vio esforzarse por ponerse de pie, apoyándose en los codos. Estaba
ahí, pegado a él, con los brazos inutilizados, y todavía su siniestro ojo resplandecía y
en todo su rostro, iluminado por la luna, podían apreciarse el odio y la maldad.
Entonces Manuel Sicuri levantó de nuevo el hacha y golpeó. Esta vez lo hizo más seguro
de sí; golpeó en el cuello, cerca de la cabeza, inclinando el hacha con el propósito de
que por lo menos una punta penetrara algo en el pescuezo del cholo. La cabeza de
Jacinto Muñiz se dobló como la de un muñeco y golpeó la tierra. Manuel Sicuri se retiró
un poco y se puso a oír la sonora respiración del herido, los débiles gemidos con que
iba saliendo poco a poco de la vida, el borbotear de la sangre en su lento fluir. Tres o
cuatro veces el cuerpo de aquel hombre se agitó de arriba abajo; al fin extendió los
brazos y se quedó quieto, levemente sacudido por los estertores de la muerte.
Al cabo de un cuarto de hora, cuando comprendió que no había peligro de que Jacinto
Muñiz se levantara a luchar de nuevo, Manuel Sicuri se sentó cerca de su cabeza y se
puso a oír la cada vez más apagada respiración del moribundo. Puesto que iba a morir
ya, Manuel Sicuri no volvería a golpearle, pero no se movería de allí mientras no
estuviera seguro de que había expirado. La gran Puna se dilataba bajo la luna y el viento
frío sacudía la ropa del caído. Pero Manuel Sicuri no se movía; no se movería sino
cuando supiera a ciencia cierta que su justicia estaba hecha.
Casi a medianoche el ruido de respiración cesó del todo, el cuerpo se movió
ligeramente y sus piernas temblaron. Manuel Sicuri puso su mano sobre la parte del
rostro de Jacinto Muñiz que daba arriba y advirtió que ese rostro estaba frío como la
escarcha. Entonces, a un mismo tiempo, Manuel comenzó a preparar su acullico de
coca y ceniza y a pensar en María. En toda esa noche no había pensado en ella.

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Manuel Sicuri esperó todavía cosa de un cuarto de hora más, al cabo del cual,
convencido de que el cholo Jacinto Muñiz jamás volvería a la vida, se levantó, se puso
su hacha en el hombro y salió en busca de la corona. “Hay que devolvérsela a mamita”,
pensó. Y con la luna ya casi a medio cielo, el indio emprendió el retorno.
Su mal estuvo en que no trotó a la vuelta, porque pensaba que llegaría a su casa a la
salida del sol. Cuando fue a cruzar la puerta ya eran las siete y más, y allí estaba
acuclillado, tomando pito, el chasquis del día anterior. El chasquis había caminado de
noche para aprovechar la luna y arribó a la casa de Manuel Sicuri antes que él. El
chasquis vio el hacha ensangrentada y Manuel Sicuri sabía que a un indio aimará de
cuarenta años se le podía engañar una vez, pero no dos. Tuvo que contarlo todo, pues;
y al terminar sacó del seno la corona.
—Hay que llevársela a mamita —dijo—. Quiero llevársela yo mismo, yo y María.
Pero no pudo llevársela, porque así como él no podía engañar al chasquis, el chasquis
no podía engañar a su mallcu ni su mallcu a los carabineros ni estos al juez. El juez, a
causa de que la ley lo ordenaba, dijo que Manuel Sicuri debía ir a la cárcel.
En la cárcel de La Paz, un día, Manuel contaba a sus compañeros cómo su padre había
muerto un puma a hachazos. Él mismo hacía el papel de puma, y después el de su padre,
y los indios reían a carcajadas. Viéndoles reír, Manuel Sicuri se puso de pronto serio.
Ocurrió que en su cabeza estalló una pregunta, como de una tormenta estalla un rayo;
una pregunta para la cual él no hallaba respuesta. Pues sucedía que su padre había
muerto un puma a hachazos y nadie le había dicho nada y todo el mundo halló muy
bien que lo hubiera hecho y no lo separaron a causa de ello de su yokalla, de él, Manuel
Sicuri, que entonces estaba recién nacido. Con la misma hacha él había dado muerte a
una fiera peor que aquel puma, y he aquí que el juez lo había hallado mal y lo había
separado de su yokalla, tan pequeñito y tan desvalido.
—¿Por qué, tatica Dios, sucedían cosas así?
Pero Manuel Sicuri no hizo la pregunta en voz alta. Se había quedado súbitamente
mudo: se encaminó a una ventana, se sentó allí, junto a las rejas, extrajo de su bolsillo
coca y lejía y se puso a preparar el acullico.
Sobre los techos de La Paz comenzaba a caer en tal momento una lluvia fina.

164
(De Cuentos escritos en el exilio)

165
Jorge Guzmán
(Chile,

El capanga

Muchas cosas se contaban de Pablo en Guayará-Merim y también en otros lugares, pero


de cuanto se decía, lo único indudable era que había estado en el pueblo dos veces con
un intervalo de cinco años; que la primera, su presencia apenas se notó, y eso solamente
porque era muy rubio y algo tímido; que enfermó de paludismo, y que poco después
desapareció. Esto último dio origen a los primeros comentarios o a las primeras
conjeturas. Más tarde, mercaderes, viajeros y funcionarios trashumantes fueron
echando las bases de su leyenda, a la que de cuando en cuando daban autoridad los
relatos de transportadores de ganado y de buscadores de oro.
Parece cierto que durante esos cinco años hizo vida de vaquero en las llanada del
Yacuma. Si quienes sostenían esto tienen razón, se hace más fácil de creer la fama del
hombre terrible que Pablo se ganó en ese tiempo. Para resistir la vida de los vaqueros
de Mojos hay que estar hecho de material muy sólido: pelear a machete con el tigre,
descabezar víboras, disputarle se presa a un caimán, son cosas que consideran dentro
de su oficio y no reputan como hazañas. Pero aun entre esos hombres, Pablo ganó, si no
la gloria de valiente, que se descuenta, por lo menos la de ser más peligroso que la
cascabel, porque ésta siquiera hace ruido al atacar. Donde la vida humana no vale nada,
el número de asesinatos hace respetable al autor, y al machete de Pablo se le contaban
muchos destrozos ciertos y más atribuidos. Además, decían de él que era capaz de viajar
solo meses enteros por el monte, que era tan sobrio como resistente y muchas cosas de
esta especie, que cuando las dice quién sabe lo que es la selva, tiene el valor de un
inmenso homenaje
Como fuera, lo cierto es que no mataron al gringuito el paludismo, ni el sol de
fuego de la estación seca, ni las inundaciones con que el Beni origina, alimenta y mata a
sus hermosas criaturas. Lo cambiaron la extensión interminable de las llanadas, el
eterno crepúsculo húmedo y caliente de la selva, la necesidad de mantenerse
continuamente alerta, de vencer siempre o ser vencido para siempre.

166
¿Con qué fin regreso Pablo a Guayará después de tanto tiempo, y por qué no
permaneció allí tranquilo, sino que se metió al monte como si lo persiguieran? Nadie lo
sabe, pero desde entonces empezó a crecer su fama de asesino, de valiente y de matrero.
Lo apodaron con el terrible sobrenombre de Capanga, porque decían que mataba por
encargo.
Finalmente, dos cosas más llegaron a saberse sobre él: que violó a una muchacha
ciega que vivía en Guayará –lo que produjo un curioso sentimiento de horror y repudio
en una población donde semejante conducta era normal-, y que, por algún motivo, don
Miguel Azuela –uno de los vecinos más poderosos- tenía razones para suponer que su
tranquilidad peligraba si Pablo seguía suelto. El dinero y el miedo de don Miguel
perdieron al Capanga; lo cogieron dormido en el monte por traición de un arriero que
debía traerle azúcar y café, y le trajo, en cambio veinte fusiles. No tuvo tiempo de
defenderse: el terror que se había unido a su nombre y la dilatada impunidad le
adormecieron por un momento el instinto y éste se olvidó de advertirle el peligro.
En una palabra, la tercera entrada pública suya en Guayará-Merín fue de nuevo a
la luz del día, pero atado de manos y cuidado por veinte hombres, más dispuestos a
matarlo cuanto más le temían. Desde el momento que se vio cercado, no pareció pensar
en resistirse. Estuvo un rato mirando a don Miguel mientras lo ataban, pero no dijo
nada. En el pueblo lo metieron en la cárcel pública, pero como las paredes de cañas
revocadas con barro no ofrecían muchas seguridades, le pusieron cuatro centinelas de
vista; cada uno con un fusil y cada fusil con bala en boca. Los captores se concedieron el
medroso honor de cuidarlo por turnos, placer que ni siquiera don miguel rechazó por
no parecer que tenía miedo de un hombre atado e inerme.
Se calculaba que dentro de tres días estaría de regreso un mensajero que enviaron
al llegar y que traería algunos soldados para trasladar a Pablo a un lugar donde
pudieran juzgarle.
La captura sucedió en la mañana y el día fue transcurriendo lentamente. El
Capanga, tendido, dormitando, y sus cuidadores acuclillados frente a él, fumando y
mirándolo. Ya el atardecer, uno de ellos lio un cigarrillo y lo puso entre los labios
agrietados del bandido; éste se quedó observándolo unos segundos y le escupió en la
cara el cigarrillo y un salivazo.

167
El turno del siguiente correspondió a don Miguel y otros tres. Hasta entonces
nadie había escuchado la voz del cautivo, pero al ver que le debía su libertad, se
enderezó un poco en el suelo y dijo:
-Hola ¿ya no le campanean los pantalones?
La cólera de don miguel se encendió como si le hubieran dado un latigazo y hasta
hizo un ademán agresivo hacia Pablo, pero de pronto mudó el gesto y contestó con voz
amable; es decir, por lo menos al principio:
-Hijo, insolente habías sido, carajo, porque sabes que yo no soy de los que se
atreven con uno que esté amarrado, aunque sea un carajo como tú, que forzó a una
ciega.
-Oiga, mejor no me carajee, don, que mañana puede arrepentirse. Guarde la
valentía para cuando yo ande suelto. No la gaste ahora. mire, atienda que todavía falta
mucho para que me saque de aquí.
-¿Tú crees que vas a escaparte? –preguntó don Miguel, ya sin cólera.
-¿Cómo será, no? –contestó el otro desde el suelo.
Don Miguel se volvió hacia uno de los que lo acompañaban y lo mandó que traer
comida para el prisionero.
-¿Te das cuento de que no te tengo miedo? –le preguntó en seguida.
Pablo sabía que la comida no es como los cigarrillos. Sin éstos, se sienten ganas de
fumar; sin aquella, las piernas se ponen débiles y hasta puede que uno se muera si dura
mucho. Y ¿quién puede decir lo que va a suceder mañana? De manera que se hartó de
arroz con charqui sin decir palabra.
Cuando hubo terminado, don miguel mandó a un peón revisarle las ataduras de
las muñecas y éste encontró que de toda la soga de la mañana no quedaba sino un
cordelito sobre las manos de Pablo. Saltó hacia atrás apuntándole a la cabeza y
vociferando incoherencias.
El primer resultado de este descubrimiento consistió en que las ligaduras fueron
reforzadas con gran cuidado. El segundo, que el miedo de los captores y de toda la
población, que no perdía detalles del asunto, aumentó hasta la histeria. El tercero
demoró más, pero su primer indicio fue que don Miguel se puso pensativo y siguió así

168
cuando lo relevaron de su guardia. Con el amanecer, regresó; despertó al asesino,
estuvo un rato observándolo y dijo solemnemente:
-No vamos a esperar el regreso de nadie porque te zafarías en el camino.
Y se quedó esperando la respuesta, pero el otro no dijo nada.
-¿Sabes lo que vamos a hacerte?
-Claro que no.
-¿Y no te importa?
-¿Qué más da? –contestó Pablo-. Igual es morirse de cualquier manera. ¿Usted me
va a matar?
-No. Nadie te va a matar. Vamos a echarte al río, amarrado a dos troncos. si te
salvas será que Dios te sacó. Si te mueres…, pues, para que aprendas.
Cuando le separaron las manos para atárselas a la cruz de madera que ya estaba
preparada junto al agua, Pablo pensó que si resistía le darían un tiro allí mismo. Valía
más dejarse arrojar al agua, porque si las posibilidades de salir vivo eran casi nulas, por
lo menos las había. En cambio, con una bala en la cabeza no podía vivir nadie. de modo
que ni siquiera se necesitó forzarlo a tenderse de boca sobre los troncos.
Lo ataron fuertemente a la cruz con alambre de enfardar y luego fueron
empujándolo hasta que entró en el agua de cabeza. Entonces empezó a flotar y, por fin,
un último esfuerzo la separó de la orilla. Sobrenadó un momento indecisa y en seguida
se deslizó suavemente hacia delante.
Los hombres que lo miraban alejarse sintieron un profundo alivio por haber
entregado su prisionero al Mamoré.
Pequeña y como absurda se veía la figura en el agua grande. Y aún más
incoherente fue el rugido que llegó desde la corriente:
-Azuela, te juro que saldré vivo de aquí. Te mataré. Te mataré. Te llevaré al monte
y te amarraré al palosanto para mirar cómo te comen las hormigas. Te mataré, hijo de
perra, juro que te mataré…
Las últimas palabras se perdieron a lo lejos, pero aún en el sonido insensato, los
de la orilla sintieron furia que raspaba la garganta del Capanga. Empezaron a volver a
sus casas tranquilos ya.

169
Entretanto, en medio de la caliente y nublada mañana de la selva, Pablo bajaba
con el río.

Abatió la cabeza sobre la piel rugosa del cedro, cerró los ojos y se quedó un momento
sin pensar. Notó por primera vez el suave balanceo de su embarcación. Luego, sin más
que la mañana para oírle, volvió a estallar en alaridos de rabia.
Le parecía ver la cara del traidor que lo entregó; en seguida le pasaban por el
recuerdo como un relámpago las horas del cautiverio y se incrustaba los alambres en
los brazos tratando de coger esos cuellos odiados, pero entonces sentía su inmovilidad
y de nuevo la rabia le salía por la garganta en un rugido.
Se sentía manoseado como un animal doméstico. Aún le sonaba en los oídos la voz
del que lo ató.
-¡Voy a salir! ¡Tengo que salir vivo!
Y vociferaba una serie de insultos repugnantes, sin ilación, no dirigidos a nadie.
Apenas con el recuerdo de muchas caras odiadas.
La ira le apretaba las costillas, le pateaba la garganta haciéndolo gritar, le
quemaba los ojos que le goteaban lágrimas sobre el madero mojado.
Pensaba matarlos uno a uno, pero no con bala, no con machete. No. Lento habría
de ser; que vieran ellos mismos como morían. Las terribles imágenes que le aparecían
en el cerebro al pensar en esto lo calmaban un poco. Pero en seguida, como si se
empeñara en torturarlo, el recuerdo le arrojaba a la conciencia, casi como una
sensación, el contacto de las manos del que lo ató, la presión dura y humillante del fusil
que le apoyaron en la nuca al desatarlo, la voz de ese perro asqueroso cuando entró en
la prisión y le dijo con los ojos llenos de risa: “No vamos a esperar el regreso de nadie,
porque te zafarías en el camino”.
Entonces le parecía tenerlo delante, ahí mismo en el río.
-¿Crees que de esto no voy a zafarme? ¡Juro!, ¡juro!, juro que saldré vivo para
matarte…
La voz enronquecida por los gritos y las lágrimas espantaba las garzas y los patos
de la orilla, que se elevaba chillando en el aire gris y neblinoso de la mañana. Pero no
los veía Pablo, ni oía el retemblor de las alas asustadas y bulliciosas. Su tremendo deseo

170
de venganza lo llevaba al tiempo que transcurriría cuando hubiera salido del agua,
cuando hubiera reposado un poco y regresara a cumplir lo prometido.
Pero el dolor de los brazos y el pecho, que recién empezaba a insinuarse, lo trajo
a este tiempo que corría ahora y corría hacia la muerte. Pero no, él no, él no iba a morir
esta vez. Saldría, saldría, saldría vivo.
En verdad, cuando le anunciaron cómo harían para deshacerse de él, Pablo pensó
de inmediato que no debía ser tan difícil dirigir un tronco hacia la orilla con violentos
impulsos del cuerpo.
-¡Saldreeeeé! –gritó de nuevo, con una especie de alegría salvaje.
Miró hacia delante forzando el cuello. Navegaba con la cabeza en el sentido de la
corriente, de modo que podía ver el tramo que iba a recorrer en seguida. Volvió la vista
hacia la orilla y verificó que era llevado con bastante rapidez, por lo que decidió esperar
que el cauce se ensanchara un poco; entonces empezaría él a imprimirles lentos
cambios de dirección a los maderos hasta llegar a la orilla. Este pensamiento lo llenó
de una alegría que era como el otro extremo de la furia y el sentimiento de humillación
anteriores. Con el cuello tendido hacia delante observaba el enorme camino líquido por
donde era llevado y, de cuando en cuando, pensar que pronto él mismo detendría su
marcha, lo sacudía de alegría y lanzaba un gruñido suave por entre las mandíbulas
apretadas.
Quiso su buena suerte que la corriente fuera acercándolo más y más a la margen
derecha. Ya casi no divisaba más que una vaga línea verde de la otra ribera. En cambio,
de está ya distinguía hasta los hierbajos de la orilla. Los troncos de los árboles, casi
invisibles detrás de su vestidura de líquenes y enredaderas. Los pájaros parados
mirando el agua en las pequeñas playas que la vegetación dejaba libres. Sus ojos
conocedores llegaron a mostrarle hasta las ocultas sendas de las fieras que van a
abrevar, y entonces, como un golpe violento, se dio cuenta de su insensatez: tocar la
tierra era su muerte segura. ¿Qué iba a hacer una vez que los troncos dejaran de
moverse si tenía las manos atadas y sin duda por ahí no pasaba nadie sino animales
salvajes que lo atacarían en cuanto no taran que no podía defenderse? Entonces se dio
cuenta también de una verdad terrible: o lo sacaban seres humanos del río o estaba
condenado a morir. A morir, ¿cómo? Si ninguna otra cosa lo mataba antes, el hambre

171
haría su faena algún día. ¡Algún día! Y otra certeza más, aun peor, se le estableció en el
pensamiento: la de que no sabía cuánto tiempo estaría condenado a bajar por el agua
sin poder hacer nada, sin morir y sin saber en qué momento moriría. Por primera vez,
Pablo no tuvo ya rabia ni desesperación, sino un miedo insano.
-¡Las cachuelas! –gimió de pronto, porque le vino a la memoria el recuerdo de las
cascadas del Mamoré, por las que inevitablemente habría de pasar.
Pablo, como todos los hombres fuertes, había olvidado ese ejercicio a que se
entregan los impotentes y que consiste en imaginar que sin concurso de nuestra
voluntad ha de beneficiarnos. Así, perdida la posibilidad de actuar sobre la realidad, no
le quedaba sino la desesperación, el horror de hallarse entregado por entero al acaso.
Con el mundo reducido al espacio que podía separar su mejilla del madero, torciéndole
el cuello, y a lo que los ojos, forzados dentro de las órbitas, pudieran enseñarle de lo que
le rodeaba. Y, sin embargo, conservaba toda su capacidad de pensar y de recibir
impresiones, y, lo que es peor, de prever el destino de su viaje.
Desesperado, entregado ya a lo inevitable, sin hablar, casi sin pensar en nada que
no fuera una punzante certeza de su pérdida, las cuerdas del cuello laxas y la cabeza
colgante sobre el madero a unos centímetros del agua, fueron transcurriéndole unas
horas de las cuales casi no tenía conciencia.
Por entre su sopor le pareció notar que la extensión del agua se había hecho
interminable. Sólo allá, muy lejos, los ojos inertes le mostraban manchas de monte
espeso sobre la ribera izquierda, y unas islas que se adormecían navegando río arriba a
la luz del atardecer. De pronto, desde el fondo de la conciencia y con esa facultad que
nos da el nombre de las cosas antes aun de reconocerlas articuló en voz muy baja y sin
mover la cabeza:
-El Beni.
Y bruscamente comprendió que si no se equivocaba, estaba salvado, porque junto
a la embocadura está Villa Bella. No alcanzó a gritar porque mientras trataba de
encontrar una palabra que le permitiera pedir socorro, vio que dos lanchas se
acercaban desde la orilla: una más cercana, la otra muy distante todavía. Con los ojos
enormes abiertos se quedó mirándolas aproximarse, silenciosas y tranquilas. Por fin, la

172
primera llegó a su lado y un mestizo sacó medio cuerpo afuera por la borda; dio un
respingo y gritó hacia adentro:
-Che, si está atado. A ver, ayúdame a sacarlo.
-¿Cómo dices? –preguntó una voz desde arriba.
-Que me ayudes, porque está atado.
-Vaya –contestó la voz-, no seas, pues, zonzo; si está atado es que alguien lo ató.
Deja no más que se vaya.
Pablo no podía hablar, ni dejar de mirarlos. Vio el lento giro la proa hacia la orilla.
Oyó que al cruzarse con los otros les gritaban algo, y las dos embarcaciones empezaron
a alejarse.
Llegó la noche. Pablo notó como entre sueños que había cambiado de posición y
ahora navegaba con los pies en el sentido de la corriente. Tenía un dolor insoportable y
fatigoso en los hombros y en la espalda. Le pareció escuchar algo como un trueno lejano.
¿Sería trueno? Los troncos cabecearon suavemente y de pronto el Capanga sintió un
alivio infinito. Los mil ruidos que llegaban desde la orilla en tinieblas desaparecieron.
Ya no sentía dolor en ninguna parte del cuerpo. Casi tenía la seguridad de que le bastaría
querer mover un brazo o una pierna para conseguirlo inmediatamente. El rumor de
chapoteo del agua contra el tronco le pareció también infinitamente suave. Alguna vez
antes él se había sentido así. Como una dulce certeza de libertad, le volvía el deseo de
mover algo, un brazo o una pierna, pero no quería mover nada. Se sonrió con la cara
junto al agua. La noche estaba muy tranquila y fresca. Le pareció estar sentado a la
puerta de su casa, allá, cerca del mar; su hermana jugaba con aquella muñeca sin pelo,
esa con que la hacían llorar, diciéndole que tenía el cuerpo relleno de aserrín. El perrazo
-¿cómo se llamaba? “César”- salió corriendo y le robó la muñeca a la pequeña; ella
lloraba como una ratita, el perro sacudía entusiastamente la muñeca en su tremendo
hocico y él reía a carcajadas. La madre debe haber pensado que él la hacía llorar porque
lo llamó:
-Pablo… Pablo…
El seguía riéndose tranquilamente.
-Pablo… Pablo…

173
Había algo raro, algo extrañamente chocante en ese llanto, algo que no calzaba
bien en la situación. Además, sonaba demasiado cerca para venir desde dentro de la
casa.
El Capanga levantó la cabeza lentamente. Sintió un peso sobre la espalda y casi en
seguida un aleteo violento que se llevó el peso. Los gritos se fueron también detrás de
las alas. Aún le costó un momento volver a la realidad. Luego, bruscamente, se dio
cuenta de todo.
-Pájaro maldito –dijo en voz alta, y le resultó muy raro escucharse.
Había sido una “viuda” que se había detenido sobre él: el ave embrujada que en
las noches de la selva llama a su hombre con un grito lastimoso que semeja el nombre
del bandido.
De nuevo el dolor se había establecido sobre su pecho y a lo largo de todo el
cuerpo, desde la nuca hasta los talones. recordó lo que había soñado y le pareció
demasiado real para ser sueño. De repente se dio cuenta de que había estado a punto
de morir y morir de miedo. Hacia el horizonte del agua el cielo estaba tomando un color
ceniciento. Empezaba a amanecer. Sintió frío. Volvió a darse cuenta de que estaba atado.
Con un esfuerzo enorme hizo saltar los nervios dentro del cuerpo. Se dispuso a
repeler ataques. Aguzó los sentidos. Tocó la superficie del tronco con los dedos. Decidió
hacer variar de posición el tronco, no importa cuánto costara.
“No –se dijo a sí mismo-, no. Si te gastas ahora en hacer estupideces, luego no
podrás hacer otras cosas”.
En ese momento los troncos se estremecieron con un temblor extraño, porque
algún pez grane había pasado por debajo. La vibración sacó por entero a Pablo de su
sopor. Entonces, por fin, sintió que no moriría en ese estado. Ya que el río se había
puesto completamente claro. Si no hubiera sido por el pájaro, el pez que hizo temblar
los troncos…
-Gracias…, gracias… -articuló en voz baja.
Levantó un poco la cabeza y le pareció que el sol estaba demasiado alto para haber
amanecido apenas un momento antes.
“Sí. Estuviste a punto de morirte” –se dijo.

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El pensamiento claro de la muerte le dio por fin conciencia plena de lo que pasaba;
y le trajo juntamente el recuerdo de su captura y de los que lo habían puesto en el río.
Y entonces, ya sin el ardor insano del día anterior, se reiteró a sí mismo la promesa de
no dejarse morir, de esperar vivo cuanto fuera necesario para que alguien lo viera y
quisiera sacarlo del agua.
Un día el cobarde de Azuela sabría que el hombre que había echado al río estaba
de regreso en Guayará. Pablo lo veía con los mismos ojos que se le reían sin querer al
comunicarle su decisión, turbios y rojos por el miedo y el insomnio.
-No –dijo a la vez que una olita le mojaba la boca-. No puedo morirme, Azuela,
hasta que vuelva a verte.
Haría tal como prometió: lo llevaría al monte caminando muchas horas, hasta
encontrar un palosanto. Si lo hallaba antes de tiempo, antes de que Azuela hubiera
gemido y suplicado todo lo necesario, seguiría caminando con él, monte adentro. Y una
vez, elegido el tronco justo, lo ataría sólo de las manos, para que pudiera defenderse un
rato de las hormigas pateándolas, mientras él lo miraría todo, sentado y fumando. Y
cuando Azuela hubiera dejado de moverse, rojo de hormigas, volvería a Guayará a
cobrar el resto.
Por sobre el rumor del agua, un pequeño aumento de otro ruido, que hasta
entonces no había registrado su conciencia, empezó a llegarle ahora con claridad. Miró
alrededor y vio que el agua hervía, sonaba y se arremolinaba en toda superficie del
Mamoré, que se había estrechado mucho. los troncos empezaron a saltar sobre el agua;
se detenían y Pablo tenía la impresión de caer hacia delante; luego, con un cabeceo
violento, seguían su curso. La rapidez de la corriente aumentaba por momentos. Parecía
que la ribera derecha corría hacia arriba.
-Una cascada –dijo Pablo con una especie de alivio. Ya no sentía el miedo que lo
había entontecido cuando pensó que caería por ellas. Se le contrajo todo el cuerpo y
decidió otra vez-: No moriré –pero con un esfuerzo interior tan enorme, que la voz casi
era un susurro que él mismo no oyó, porque el rugido de la catarata disolvía en su
estruendo otro ruido. Estiró el cuello, y allá lejos, después de una curva muy lenta, vio
algo como una nube suspendida sobre el río. El estruendo del agua al caer y pulverizarse
abajo era terrible. Le parecía que todo su cuerpo sonaba y vibraba. Ojalá que los

175
maderos hubieran tomado por abajo bastante agua como para contrapesar su cuerpo si
salían verticalmente. No se le ocurrió que al caer podía perfectamente chocar contra
algo y destrozarse. Sólo reunía fuerzas para no perder el conocimiento con el golpe y
poder dirigir la salida de los troncos de manera de quedar él encima. Si no, moriría
ahogado.
Faltaban apenas unos cincuenta metros para llegar. Como él y su camino se
movían a la misma velocidad, no se daba cuenta de cómo corría, pero en un momento
llegó casi al borde. Instantáneamente notó que iba de cabeza al abismo y con sacudón
desesperado trató de variar un poco la caída. Los troncos se movieron levemente, y en
un solo momento Pablo vio los pies hirvientes de la cascada, el ruido aumentó hasta casi
lo inaudible y cayó al vacío. Sintió un golpe tremendo, pero no podía darse cuenta de si
había caído o no en el agua de abajo, porque no sentía el cuerpo mojado. Sólo los oídos
le sonaban extrañamente. Bajo el agua, los troncos se movieron como disparados hacia
delante. En seguida, como si una voluntad gigantesca y rapidísima lo llevara, se
inclinaron hacia el fondo, rozaron el lecho de roca, continuaron su curva y fueron a salir
a la superficie con tanta fuerza que casi volaron fuera del agua.
Pablo no había quedado completamente inconsciente, pero sólo después de un
largo rato notó que en realidad estaba respirando, que había quedado sobre el agua y
que ya, como si no se hubiera tratado más que de un sueño, el ruido del salto era apenas,
concentrando toda la atención en el oído, algo parecido al rumor de un trueno
lejanísimo. ¿Qué hora sería? El sol estaba a la izquierda del curso del río y le daba sobre
la mejilla derecha, lo que significaba que estaba flotando al revés. Si miraba por sobre
el agua hacia atrás, él hubiera dicho que era el mediodía, porque las orillas y el calor
tremendo del sol y la quietud de las cosas hablaban de almuerzo. Sólo de cuando en
cuando el grito de un papagayo invisible servía apenas para reforzar la impresión de
sosiego y descanso. El cauce se había ensanchado mucho y la corriente era lenta, casi
dormida. En la enorme extensión, no se sabía hacia dónde marchaba; en realidad, no se
sabía siquiera si se iba a alguna parte o no. Pero sobre la quieta superficie corrían unas
pequeñas corrientes más rápidas; algunas marchaban paralelas a las riberas invisibles,
otras se dirigían hacia ellas más o menos presurosas. En una de éstas entró Pablo y
sintió el tránsito del sosiego al movimiento, pero cerró los ojos y siguió descansando

176
sin preocuparse. Le dolían con fuerza las costillas por debajo de unos de los alambres;
respirar le producía algo así como una puñalada en el lugar del dolor. Pero estaba
contento; le había ganado al río la primera lucha. Notó que estaba por desmayarse,
porque le parecía girar suavemente en el borde de un gran círculo. Trató, ayudado por
el cansancio, de distender los músculos del lado dolorido; le pareció obtener con eso
cierto alivio. Seguía girando parsimoniosamente, como si ni los troncos ni él tuvieran
peso, como si estuviera por dormirse con toda comunidad. Aunque no eran semejantes,
la situación de ahora le hizo recordar el peligro de la noche pasada. La noche pasada…
¿Cuántas noches había pasado en el río? No supo contestar, pero antes de la cascada
había sucedido una noche en que casi murió. Abrió los ojos. Se le paralizó la respiración
porque iba derecho a la orilla. ¿Cómo había podido acercarse tanto si apenas un rato
antes no la veía? Para entonces notó que cambiaba constantemente de dirección y vio
que se encontraba en uno de los peores lugares en que podía haber caído: un remoline
lento cercano a la ribera. Justamente lo único que no había pensado. Él había visto
árboles enteros podrirse girando lentamente sin salir de su suave prisión. Y si un árbol
se deshacía, ¿qué le sucedería a un hombre?

En ese mismo momento los que lo pusieron en el río estarían tranquilos


caminando sobre la tierra firme, o fumando o tomando café tendidos en una hamaca.
Los mosquitos zumbaban furiosos clavándole las manos, el cuello, hasta los párpados
con sus agujas de fuego. No los sentía. Tampoco sentía las bandadas de papagayos que
pasaban como luz irisada y cuajada y gritona por sobre su cabeza. Giraba sin prisa: un
círculo sobre el anterior, y otro, y otro y otro… Allí en la orilla, una sombra moteada
lamía el agua ruidosamente, apenas a veinte metros de su prisión desesperante: un tigre
abrevando en el crepúsculo. Un grito espantoso salió de entre los árboles y se repitió
tres veces: un pájaro. Ruidos familiares. Pablo sentía vagamente la opresión del hambre
en el estómago vacío. Lo demás no lo sentía; eran sólo los ruidos de la selva que se
despierta al caer la noche para cazar, para matar, para morir, repetidos mil veces, oídos
siempre, siempre iguales. Ruidos amigos que no se notan e invitan al sueño. Pablo
giraba sobre sus troncos por el mismo camino invisible, sin demora ni apremio,
simplemente girando. Estaba muy cansado. Decidió dormir cuando ya casi estaba

177
dentro del sueño y se dejó ir. El tigre terminó de beber, salió del agua produciendo un
rumor mojado, sacudió las patas delanteras nerviosamente, hizo gorgoritear el gaznate
como si lo probara y, satisfecho, se metió entre los árboles. Desde las ramas, la “viuda”
llamaba a Pablo, pero el Capanga dormía tranquilamente sobre sus troncos, girando.

Despertó antes del amanecer. La noche estaba muy oscura, muy caliente, muy
húmeda. El descanso le devolvió el deseo de salir, pero también el dolor de las costillas
y un curioso ardor sobre la cara. No obstante, se hallaba en cierto modo satisfecho,
porque sentía las cosas claramente y podía pensar. El dolor era una prueba de que
estaba vivo y completamente despierto…, pero preso en un remolino lento. Sin
embargo, no le importaba: esperaría, esperaría vivo hasta que alguien pasara por el río
y quisiera sacarlo. Aunque quizá fuera posible hacer salir los troncos agitándolos.
Empezó a balancearse tratando de no oprimir con el alambre las costillas dañadas;
descubrió que dando cabezadas contra el agua el vaivén era mayor; en uno de sus
sacudones, tocó con la cara algo que flotaba; aguzó los ojos y distinguió vagamente el
vientre blanco de un pececito muerto. Intentó cogerlo con los dientes, pero había
cambiado un poco de posición y no lo alcanzaba. Desde entonces, todo su esfuerzo se
concentró en no perderlo de vista. Sabía que estaba condenado a girar sobre el agua
como él, de modo que cuanto debía hacer era esperar el momento en que pudiera
cogerlo, confiando en que no viniera otro pez y se lo comiera primero. Largo rato de
paciencia y dolor intolerable en el cuello le costó la cacería, pero el enorme
contentamiento que experimentó cuando por fin lo tuvo entre los dientes le hizo olvidar
el dolor. Lo puso sobre la madera y reposó un momento la frente junto a su presa.
Luego se lo comió lentamente, a conciencia, sabiendo que quizá no iba a repetirse
de nuevo semejante hallazgo. En seguida relajó el cuerpo para gustar el bienestar del
hambre satisfecha.
Algo lo inquietó de pronto. Algo había cesado. Algo faltaba para que todo estuviera
bien. La oreja, buida hacia las cosas, le dio la respuesta y la alegría consiguiente.
“Va a haber tormenta”, se dijo, como si informara a otro que debía alegrarse,
porque la lluvia haría subir el nivel del agua y lo sacaría de sus círculos.
Es que todo el rumor de la selva: los gritos, rugidos, silbos, trinos y todo el mundo
de sonidos de los animales que duermen o velan, se había detenido de pronto.

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-Va a hacer tormenta –repitió sin alzar la voz.
Un instante después, los ruidos de la orilla se restablecieron. Empezaba a clarear
el cielo. A lo lejos estalló el primer trueno, y casi de inmediato la noche se cerraba de
nuevo y la lluvia, la increíble lluvia de la selva, empezó a caer sobre el cuerpo del
Capanga.
El Mamoré se encrespó bajo la lluvia y los rayos encendían el agua hirviente de
luz azul. Un tirón violento y absurdo levantó a Pablo y lo arrojó en medio de la corriente.
Cuando callaba el trueno, por encima del retemblor de la lluvia se oían los gritos de
alegría del Capanga.
-¡Saldré vivo, mierda! ¡Saldré!
Sentía ramas pasar a su lado. Su embarcación temblaba, chocaba con objetos
invisibles, giraba como enloquecida, se detenía bruscamente y luego se lanzaba hacia
delante. Pablo, casi ahogado por la lluvia, tragaba, sin embargo, por boca y narices el
aire picante de ozono de la tempestad con una alegría salvaje.
Tal como había llegado se fue la lluvia. Un momento antes azotaba la piel violenta
del río y ya no. Seguía tronando, pero cada vez más lejos. El sol brillaba sobre el agua,
oblicuo y limpio.
La agitación de la tormenta y quizá también el haber comido revivieron en Pablo
la ira, pero ya sin desesperación. Ahora estaba seguro de salir vivo del río. Tendía la
vista sobre el agua y la veía llena de despojos, de ramas, de árboles enteros. Ya no estaba
solo. Dos manchas oscuras trajinaban, arrugando la superficie y partiéndola
suavemente delante de ellas, entre los objetos que la tormenta había regalado al agua.
Luego descubrió más: eran caimanes buscando alimento. Pero aún otro ser vivo llevaba
el río; un pecarí se equilibraba gritando sobre unas ramas. Pablo sintió simpatía por el
bicho. De haber podido, habría hecho algo por que llegara a la orilla, pero, por lo menos,
lo miraba afectuosamente.
No duró mucho el chanchito. El diestro coletazo de un caimán lo sacó de su
refugio; otro se precipitó a cogerlo y el río se agitó un momento con los bufidos de las
dos fieras después ambos asieron a un tiempo de la presa y desaparecieron bajo el agua
para ahogarla.

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El río reptaba ahora más rápido, calentándose al sol. Pablo se sentía más y más
afiebrado a medida que el día avanzaba. El dolor de cabeza lo obligaba a cerrar los ojos.
Entonces oía voces que decían desatinos a gritos; eran muchas, pero destacaban entre
todas unas cuyo timbre no hubiera hallado si lo hubiese buscado con la memoria. Eran
las de su hermana, de su madre, de gentes que lo rodearon en su infancia. Pero decían
necedades, gritaban, lo llamaban, se quejaban como si el dolor las torturara a ellas.
Pablo separaba los párpados y sobre las ondas del río aparecían las caras de sus
captores; la de don Miguel sonreía y le aconsejaba con tono paternal:
-Ya no luches más, hijo, déjate morir ¿Para qué tratas de seguir vivo si no puedes
moverte? Abandónate, descansa, muérete tranquilo.
Y Pablo sentía penetrar en su cerebro la persuasión de don Miguel. Al fin, ¿no
estaba él invitándolo a cumplir su propio deseo de reposo, de sabia tranquilidad?
Porque, en efecto, era hermoso abandonarse al amable cuneo del río. Entonces cerraba
los ojos para obedecerle, pero se lo impedían aquellas voces urgentes y sin sentido.
Bajaba Pablo con la corriente, entre las voces de su niñez que le impedían morir y
las de sus enemigos que le aconsejaban la paz definitiva. El no luchaba, no tomaba
partido, simplemente oía, corriendo y descorriendo la pesada cortina de sus párpados,
mientras los otros hablaban, aconsejaban o se quejaban y el río corría.
La oscuridad de la noche le devolvió un poco el sentido de las cosas, pero sólo lo
suficiente para decirse a sí mismo: “¿Estaré enloqueciendo?” –pregunta más bien
curiosa de saber que interesada.
“Si me vuelvo loco –pensó-, nunca saldré de aquí. Tengo que hacer algo.” Agitó los
troncos y metió la frente en el agua. La sacó chorreante y al abrir los ojos le pareció ver
luces a lo lejos de la ribera. Hundió de nuevo la frente y al sacarla comprobó que en
efecto eran luces y no imaginaciones.
Juntó aire en los pulmones doloridos y empezó a gritar:
-¡Aquí! ¡Auxilio!
Pero luego, pensando que estaba aún demasiado lejos para que pudieran oírle,
decidió esperar acercarse más. Largo se le antojó el camino del río hasta las luces, pero
cuando estuvo cerca, sintió tal alegría, que por sólo ese momento hubiera cambiado
otros tantos días de terror en el agua.

180
Gritó como loco hasta enronquecer, y aún después que ya no se veían las luces
siguió gritando y gimiendo. Insultando a los de la ribera que no habían querido
recogerlo. Barbotando incoherencias al agua negra que chapoteaba contra los ángulos
de sus troncos.
Ya nadie lo salvaría nunca. Podía bajar años enteros por las interminables aguas
del maldito Mamoré sin que nadie se fijara en el hombre que flotaba río abajo. Se
pudrirían sus huesos junto con la madera y ya no habría venganza posible, ni cambiaría
nunca la sonrisa inmunda de Azuela por el resto del miedo. Aquí, atado, solo, impotente,
gritando como un imbécil al que nadie quiere oír, tendría que morirse de hambre y de
fiebre. Y entonces, por primera vez, morir le dio miedo, porque ya no era sólo el fin de
la vida, sino el fin del hacer, la imposibilidad eterna de actuar sobre las cosas odiadas,
el aniquilamiento, la risa sobre de los que le debían esa misma vida. Y lloró el Capanga,
lloró de miedo de no ser y de impotencia. Lloró como una bestia herida, como lloraría
un árbol que cortan, si pudiera.
-Pero no, perros de mierda –sollozó-, no me voy a morir porque ustedes no
quisieron recogerme. Viviré hasta que alguien me saque y entonces los pondré a
ustedes en el río.
Se limpió la cara en la corriente y volvió a beber. El llanto pasado lo hacía hipar
como a los niños y le daba vergüenza.
Se dispuso a ser él mismo como el madero que lo llevaba. Morirían juntos o juntos
se salvarían. Tenía que resistir tanto como el leño. Mientras éste pudiera sostenerle, la
carga iría viva encima. Sabía que la capacidad del hombre para resistir el sufrimiento,
aunque es enormemente mayor de lo que se cree, no es ilimitada; de manera que
decidió acomodar su conducta a la de sus troncos y permanecer quiero mientras no
fuera inevitable hacer algo. No moverse, no sufrir, no pensar sino en que era necesario
seguir vivo.
Y así fue pasando la noche, navegándola lentamente por en medio de los ruidos y
la sombra. Si tenía de nuevo hambre, la resistía, él sabía que podía durar muchos días
simplemente bebiendo agua. Si había nuevas cascadas, caería y saldría vivo por el otro
lado. Si el dolor del pecho casi no lo dejaba respirar tragaría más lento el aire o
aguantaría el dolor. Si de nuevo veía luces, y de nuevo gritaba y de nuevo nadie quería

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recogerlo, esperaría aún más, hasta que por fin alguien lo sacara. Un leño sobre otro
leño, pero con la voluntad única de vivir por encima de todo y contra lo que fuera. Río
abajo. Le pareció que aún faltaba mucho para el alba. Mirando el cielo a ras del agua, se
le laxaron de pronto los músculos del cuello. Se había desmayado.
Fue abriendo lentamente los ojos. Creyó que estaba de nuevo alucinando, porque
veía lengüitas de fuego horizontales aparecer y disolverse rápidas y brillantes. ¿Qué
sería eso? Juntó los párpados con fuerza durante un rato y luego los separó de nuevo.
Allí estaban siempre moviéndose por miles en toda la extensión del río; eran el reflejo
del sol del amanecer que el agua al ondularse devolvía como un espejo negro.
“Más allá está algo esperándome. ¿Qué habrá más allá para mí?”. La luz seguía
encendiendo la enorme superficie rizada. Pablo volvió la cara hacia el otro lado. Allí
todavía quedaba noche, atenuada, azulosa, pero aún le daba volumen al monte ribereño.
Por encima de todo, flotaban las cansadas y lentas fantasmas de la niebla, iluminadas
ya, alzándose del río. Algunos patos trajinaban la mañana gritando. Dos garzas grandes
pasaron en silencio agitando la niebla, encendidas de sol; a lo lejos, también se pusieron
a gritar.
Pablo golpeó el tronco con la frente, con suavidad primero. Quería hacerlo sonar.
Después lo hizo con más fuerza. Sintió, como si se golpeará a sí mismo, el pequeño ruido
sordo en todo el cuerpo. Esto lo alegró: les tenía cariño a sus maderos.
“¿Qué irá a sucederme más abajo?”
Levantó los ojos de nuevo. La niebla estaba disolviéndose rápidamente. El sol
había subido. Junto a su cabeza, la sombra que proyectaban sus troncos se hundía en el
agua y alrededor la luz sumergida se abría en menudos abanicos. Se sentía frío mirando
esa sombra sesgada. Pero el sol subía más y más, se adentraba bajo la superficie e
iluminaba los corpúsculos suspendidos como si fueran oro. Sintió calor sobre el cuerpo
mojado. Él sabía que ya no habría de secarse hasta que pudiera cambiar de ropa.
Aunque sus recuerdos eran muy vagos, conservaba el de no haber estado seco desde
que cayó por la cachuela. Cuando la temperatura descendía un poco, eso le molestaba
tanto como el dolor de pecho.
“¿Qué habrá más allá para mí?”

182
Lanzó su imaginación hacia delante, río abajo y se contestó: “Otros días”. Después
respiró con más sosiego. Además, con el sol le dolían menos las costillas, pero estaba
también el dolor de la cara, pensaba que debería tenerla algo lastimada, aunque no
llegaba a explicarse por qué. También le dolía la piel del cuello al mover la cabeza.
“Seguramente el sol me ha quemado”, se dijo. Le volvió a la memoria el momento en
que lo pusieron en el agua, y por primera vez recorrió la escena completa, desde que
salió de la cárcel con las rodillas algo torpes, hasta que le oyó decir al que lo había atado:
“Ya está listo”.
Se sorprendió al advertir que no lo había enfurecido el recuerdo. Las imágenes
que evocaba no parecían tener significado angustioso ahora. Se trataba simplemente de
cosas sucedidas. Se preguntó con sobresalto si habría perdonado sin darse cuenta.
-No –dijo en voz muy alta-. Yo no perdono.
Al decir esto, todo se le ocurrió inmediatamente absurdo, mal encajado en el
orden de las cosas. Buscaba su furia, y no podía hallarla. Buscaba su odio contra los
culpables de que ahora se encontrara en el río, y no hacía más que recordar personas
insignificantes, palabras insensatas.
Abandonado por su ira, se sentía vacío e insatisfecho. Para recobrar la impresión
de que en verdad era importante cuanto le sucedía, se dijo: “Es imposible que muera
por esto”. Pero en lugar de un motivo para volver a sentir como antes, le sonó como una
declaración hecha hacia el futuro, como un reconocimiento de que podía esperar la
muerte entre los acontecimientos probables.
Volvió a pensar en su captura y concluyó, sin furor, en que don Miguel Azuela
había sido más matrero que él. Se sonrió, arrugando el dolor de las mejillas al pensar
que lo habían agarrado mientras dormía.
Pero puestas las cosas así, parecían tan elementales, tan desprovistas de
importancia, que a partir de ahí no se podía llegar a ninguna parte, menos a esto. Pero,
además, tampoco esto semejaba tener nada de particular. Era simplemente así: es decir,
flotar atado por una corriente de agua.
“Vamos a ver –se dijo enseguida-: ¿es malo matar por dinero? ¿Cómo será, no? ¿No
hacen todos más o menos lo mismo? Bueno, pero esto no importa nada; el asunto queda
igual: ¿es malo matar por dinero? A la gente le parece que sea pésimo matar por

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cualquier motivo. La verdad, matar es obligar a otro a hacer algo contra su voluntad.
Aquí está la cosa grave: la gente le tiene miedo a la muerte. Por eso se enojan. Pero, ¿qué
he hecho yo para merecer esto? Justamente eso: matar”.
Se admiró de nuevo, porque no podía ya enfurecerse.
“A las víboras tratan de matarlas, al tigre lo mismo; a las palometas, las hormigas
y los mosquitos, también los matarían, pero no pueden, porque son muchos y no se
terminan. A todos quieren matarlos, porque les tienen miedo”.
-A mí también –dijo como sorprendido.
El sol estaba muy alto. La niebla ya no se veía y la vista podía deslizarse
tranquilamente por encima de la corriente asoleada. El río estaba desierto y todo
parecía recogido en sí mismo, aletargado de sol.
Y el arrojarlo al agua, ¿estaba bien puesto en manos de quienes lo ejecutaron?
Había que reconocer que sí. Entonces, tuvieron razón al ponerlo sobre troncos.
-Tuvieron razón –dijo, e inclinó la cabeza para beber.
“Pero también yo tengo razón para querer salir de aquí y cobrárselo, porque al fin
y al cabo es mi pellejo el que tiraron. Pero esto sí: yo cobro si quiero, y si no quiero, no
importa. Tampoco me corresponde a mí perdonarlos o castigarlos. Lo mío es
simplemente matar o no matar”.
De pronto, sobre la alta ribera vio una mancha de color hacia la izquierda. Pero no
alcanzó a tratar de llamarle la atención, porque advirtió antes que se trataba de una
mariposa gigantesca, que levantó su vuelo desagradable de seda y se perdió de vista
arriba, entre el follaje. El corazón le quedó latiendo con fuerza. Semejaban latir la
madera, el agua turbia, el dolor del pecho y de la cara. Si esa mariposa hubiera sido una
persona… el cuerpo entero se le contrajo en un esfuerzo por detener el pensamiento.
Volvió a mirar la ribera cuidadosamente, obligado por una especie de
presentimiento que no se cumplió: no había nadie junto al río.
“Acaso muchas veces más veré cosas que me parecerán personas y sentiré lo
mismo que ahora. Acaso así se me vayan los días y no encuentre quién me saque. Acaso
muera.”
“Bueno, no hay que ser idiota. Si no me hubieran echado al río, ¿iba a ser eterno?
Oooh, alguna vez moriré de todas maneras”.

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-… de todas maneras –repitió con lentitud.
Esforzó el pensamiento para que le dijera claramente qué era morir. Él tenía una
idea formada de lo que era morir. Él había visto morir muchas cosas y cada uno tenía
su manera propia de sucederle el asunto. Revisó con la memoria una tras otra las vidas
que había visto acabarse, pero ninguna le dijo nada que pareciera interesante.
“Perdonar no es cosa mía, castigar tampoco. ¿Es cosa mía morir? Ahora estoy aquí
en este río, sobre estos troncos; después, ya no. Es como cuando caí por la cachuela;
hasta en el mismo borde pude hacer algo; después quizá será posible lamentarse o estar
alegre. Entre las dos cosas no puede haber nada que tenga que ver conmigo. Morir no
es cosa mía. Lo último que yo tengo que hacer no es morir. Pero todavía hasta un
momento antes, sin duda hay algo que yo pueda hacer. ¿Qué, qué puedo hacer antes de
morirme? Pero antes de morir es ahora mismo. No puedo moverme; no sirve quejarme.
Puedo, por lo menos, estar tranquilo. Es posible que me suceda de nuevo mil veces más
lo mismo que hasta ahora. Puedo engañarme, y caer, y aumentar el dolor y pasar junto
a alguien que no quiera recogerme mil veces más. Pero nada, absolutamente nada de
eso importa si yo estoy tranquilo”.
“Hay una sola cosa en verdad mía: querer algo o resistirlo, ganar o aguantar.
Aparte esto, todo lo que ahora ocurre en el río o en cualquiera parte no es mío. Ahora
yo deseo salir de aquí. Yo quiero vivir”.
-Querer o resistir .dijo con alegría.
Entonces advirtió que cuanto pudiera sucederle en el futuro tendría que alegrarlo
necesariamente, porque sería una oportunidad de probar su fuerza o su aguante. S la
fuerza no bastaba, resistiría; se le fallaba la resistencia, moriría. ¿Qué más? Nada más.
Eso era todo.
Estaba enormemente alegre. Si el dolor se lo hubiera permitido, se habría puesto
a cantar a gritos. Se preguntó, entonces, con cierto sobresalto, si el dolor podría quitarle
su contentamiento. Pero de inmediato se contestó que dejar de cantar no lo hacía menos
dichoso.
Tendió una vez más la vista con infinito gozo por sobre el agua y vagó los ojos
lentamente por su curso tranquilo, la orilla distante, el lejano cielo blanco de calor.
-Tenían razón al arrojarme. El río está bonito. ¿Qué habrá más allá…?

185
(De El cuento chileno actual 1950-1967. Tomado de la revista literaria boliviana
Correveydile)

186
Augusto Monterroso
(Guatemala, 1921-2003)
La vaca

Cuando iba el otro día en el tren me erguí de pronto feliz sobre mis dos patas y empecé
a manotear de alegría y a invitar a todos a ver el paisaje y a contemplar el crepúsculo
que estaba de lo más bien. Las mujeres y los niños y unos señores que detuvieron su
conversación me miraban sorprendidos y se reían de mí, pero cuando me senté otra vez
silencioso no podían imaginar que yo acababa de ver alejarse lentamente a la orilla del
camino una vaca muerta muertita sin quien la enterrara ni quien le editara sus obras
completas ni quien le dijera un sentido y lloroso discurso por lo buena que había sido y
por todos los chorritos de humeante leche con que contribuyó a que la vida en general
y el tren en particular siguieran su marcha.

(De La vaca)

187
Luis Sepúlveda
(Chile, 1949)

El campeón

La puerta del garaje estaba abierta como una invitación inocente, pero él no se atrevía
a cruzar la calle, dar los pocos pasos necesarios y atravesar el ancho portón de madera
de la entrada.
Pensaba en “el Lobo de San Pablo”. Lo imaginaba con su cara de borrachín
rehabilitado reuniendo las pertenencias del campeón para llevárselas a la familia, allá
en el sur.
La puerta del garaje estaba abierta, y porque habían transcurrido varios días
desde su regreso, aquella aparente normalidad conseguía aumentar la confusión que lo
atormentaba.
Decidió esperar. No tenía claro qué, ni por cuánto tiempo. “A veces la espera es
más peligrosa que la acometida”, se dijo, pero finalmente se convenció de que, en este
caso, era prudente y, así, pasó de largo caminando por la acera opuesta sin siquiera
atisbar el interior del garaje.
Le alegró comprobar que ya casi no cojeaba, aunque la herida dolía todavía. Fue
un tiro afortunado. Un proyectil de carabina Garand que entró y salió limpiamente por
el muslo sin comprometer ningún nervio.
Caminó hasta la esquina. Entró en el café y pidió una gaseosa mientras ordenaba
las ideas.
La mujer de detrás de la barra lo miró extrañada. Lo conocía. Lo había visto
muchas veces junto al campeón cuando pasaban caminando hacia el paradero de buses.
Sintió que cometía un error estúpido, un error de principiante, y él no lo era. El reciente
viaje de vuelta, más el balazo en el muslo, le conferían categoría de veterano. Pagó la
bebida y, con la botella en la mano, se marchó.
Luego de caminar un par de cuadras encontró un parquecito recién regado y se
sentó en una banca rodeada de matas de lirios. Apenas lo hizo le rodearon los gorriones.
Los más audaces le picoteaban la punta de los zapatos y buscó en los bolsillos del saco

188
sin encontrar migas, tan sólo, pegados a las uñas, restos de tabaco. Los pájaros
entendieron que perdían el tiempo con él y levantaron el vuelo perdiéndose entre las
copas de los acacias.
Se sintió a salvo, como antes, y pensó en el Lobo limpiando el cinturón del
campeón como si nada hubiera pasado.
El cinturón del campeón era pesado. Llevaba una banda tricolor de material
elástico, destinada a ceñir la cintura con elegancia, y una hebilla grande, de bronce, que
el Lobo de San Pablo se encargaba de mantener reluciente y en la que, en relieve, podía
leerse “VIII Juegos Olímpicos Panamericanos. Categoría Welter”, y la palabra CAMPEÓN,
así, con mayúsculas, escrita sobre un par de guantes cruzados.

El campeón. Al conocerlo, no le gustó del todo.


“Iván” le había encomendado la tarea de contactar con él, de olerlo, de dar los
pasos preliminares para determinar si el hombre era de confianza. Por entonces era
poco lo que se sabía de él: lo habían expulsado del Partido Comunista acusándolo de ser
un agente de la CIA, un provocador, en fin, las consabidas descalificaciones que se
esgrimían e aquel tiempo.
-Es fácil de reconocer –dijo “Iván-. Tiene el pelo motudo, mide algo así como uno
setenta, y en el ojo izquierdo tiene una manchita blanca. Otra cosa: es superfuerte.
Se habían citado en las parrilladas Roma, a comienzos de la Gran Avenida, en el
barrio del matadero. El lugar no le pareció muy adecuado para semejante encuentro,
pero acudió, y, mirando de reojo a los rostros de los obreros que devoraban carne asada,
lo identificó en una de las mesas del fondo.
-¿”Gonzalo”?
Éste le respondió indicando una silla.
-Me llamo “Pedro”. ¿No te parece mejor irnos a charlar a otro lado? Hay demasiada
gente aquí.
-Aquí estamos bien y podemos hablar de todo. ¿Nos comemos unos chunchulitos?
Yo invito, compadre.
Aceptó sintiendo que perdía un punto valioso. Era él quien debía controlar la
situación.

189
Hicieron el pedido y acordaron una cobertura.
-¿De qué se supone que hablamos? –preguntó “Gonzalo”.
-Decidamos. Un tema que los dos manejemos.
-¿Entiendes de box?
-Algo. No mucho.
-Bueno, de eso. ¿Te he explicado la diferencia de peso que hay entre un mosca y
un semipesado?
Le detalló con rapidez la escala ascendente de tres y tantos kilos que permite a los
púgiles cambiar de categoría, cada una con su designación.
Los chunchules llegaron humeantes sobre el braserito y le molestó la familiaridad
del mozo.
-¿Una botellita de tinto, campeón?
-¿Qué opinas?
-Sí, claro. Los chunchules hay que bajarlos con vino. Aquí te conocen, ¿verdad?
“Gonzalo” respondió que estaban en su barrio y que lo conocían en muchas otras
partes.
-Y eso de campeón, ¿de dónde sale?
Lanzó una carcajada antes de indicar que era en efecto un campeón. Hacía tres
años había conseguido el título panamericano de los welter, y hasta la fecha nadie se lo
había arrebatado.
Comieron en silencio. Buscaba las palabras iniciales para los argumentos que
debía exponerle, pero no las encontraba ni en los chunchules que desaparecía, ni en la
expresión alegre de “Gonzalo”.
-Bueno el vinito, ¿no te parece?
-Sí. Muy bueno.
-El dueño tiene una viñita cerca de Molina. De allá lo trae. Sólo para clientes de la
casa.
-Oye, no vine para conversar de vinos. En serio. Tenemos que ir a otra parte. Aquí
no puedo hablar y es importante.
“Gonzalo” lo miró atentamente mientras doblaba la servilleta.

190
-Tranquilo. “Iván” sabe que estoy de acuerdo. Quiero luchar. Eso es todo. No soy
un intelectual, no podría agregar nada a lo que tienes que decirme. Estoy de acuerdo y
estoy decidido. Eso es lo que importa. No nos conocemos y hablando tampoco
conseguimos hacerlo. Es en la cancha donde se ven los gallos. ¿Estamos?
Terminaron de comer y el campeón lo acompañó hasta el paradero de buses. En
el apretón de manos de la despedida sintió que llegaba la confianza.
A las pocas semanas el grupo contaba no solamente con un nuevo integrante, sino
que además, el garaje de reparaciones que poseía vino a enriquecer la infraestructura:
servía de lugar de reuniones, almacén de materiales de estudio y, por las tarde, lo
destinaban a las prácticas militares que en el futuro habrían de precisar.
“Gonzalo” vivía en un cuarto adosado al galpón y aceptaba de buena gana que lo
llamaran con ese nombre postizo, chapa por lo demás innecesaria, ya que bastaba con
asomarse a su vivienda para descubrir su nombre verdadero impreso en los trofeos
ordenados sobre una cómoda.
A veces algún cliente lo reconocía y, olvidando la avería, partía apresurado a
comprar unas cervezas y regresaba a sentarse sobre las cajas de herramientas
pidiéndole una y otra vez que le contase los tres rounds de la pelea por el título. Él le
daba el gusto y los demás disimulaban el nerviosismo.
La situación más crítica la tuvieron cierta tarde en que le metían diente a estudios
de cartografía y de pronto escucharon golpes en el portón. “Alonso” se paró a mirar por
la mirilla superior y casi se cae de espaldas al comprobar que afuera había una
patrullera. No les quedó más remedio que abrir el portón y esperar los acontecimientos.
Entraron dos carabineros seguidos por un suboficial que hedía a vino.
-Disculpen la molestia, pero se nos pinchó una… ¡Campeón! ¡Por la cresta! ¿No me
reconoces?
El suboficial se abalanzó sobre “Gonzalo”.
-Pero claro, mi sargento López.
-¡Suboficial López! –corrigió el uniformado enseñado las jinetas.
Los dos policías que lo acompañaban y el resto del grupo permanecían mudos.
“Gonzalo” se dejaba abrazar, dar golpecitos amistosos en el vientre, y finalmente sacó
el habla.

191
-Muchachos, les presento al suboficial López. Él me descubrió cuando recién me
ponía los guantes.
-Y eras un peso mosca –precisó el uniformado-. Eras un peso mosca, y desde que
te vi en el ring por primera vez, me dije: “El cabrito tiene pasta de campeón”. Ojo clínico
que tengo. Tenías pegada, pero ésa no era tu categoría. ¿Recuerdas lo que te dije?
“Cabro, el box es como el matrimonio. Si uno no está en el peso no puede ofrecer
un buen espectáculo.” ¿Y saben qué hice? –Se dirigió a sus acompañantes-. Me lo llevé
diariamente a comer a la comisaría. ¿Te acuerdas, campeón? ¿Te acuerdas de esas
criadillas asadas que te preparaba Moyita, el cocinero? ¿Te acuerdas de la sangre? Cada
viernes, medio litro de sangre pura, caliente todavía. ¿Te acuerdas campeón? Yo le decía
al matarife: “Ese corderito me lo trata, con cariño, para que marche al patíbulo bien
confiado y muera tranquilo, sin pánico, sin soltar adrenalina, mire que su sangre es para
endurecer el cuerpo de un cabrito que dará que hablar”. Qué mariconada con los pobres
bichos, pero valía la pena. Campeón, ¿dime si no fui un buen apoderado?
-El mejor del mundo –aseguró “Gonzalo”.
-¿Tienes aquí los trofeos?
“Iván” le guiñó un ojo indicándole que fuera a buscarlos y lo acompañó hasta la
vivienda.
-No es grave el asunto, pero puede ser conflictivo si empieza con preguntas
incómodas. Está en tus manos, “Gonzalo”.
-Tranquilo. Es un excelente tipo y yo manejo la situación.
Volvieron cargando los trofeos. El suboficial los contemplaba con una mirada
soñadora en tanto los dos carabineros regresaban de la patrullera con una botella de
pisco.
-Miren esto: “Campeón peso gallo. Campeonato de los barrios. Concepción”. Y esta
otra copa. Plata pura. “Campeón peso pluma”, también en Concepción. Y de ahí te
saltaste al norte, cabro, a mostrarle a los pampinos cómo pega un sureño. Aquí está la
prueba. “Campeón peso ligero”. En Iquique. –Al tomar el cinturón con la gran hebilla de
bronce, el suboficial no pudo contener las lágrimas-. Y llegaste lejos, cabro. ¡Mierda!
Escuchen esto y póngase de pie, huevones. “Octavos Juegos Olímpicos Panamericanos.
Categoría welter. Campeón.” Llegaste lejos, cabro. ¡Putas que llegaste lejos!

192
El uniformado lloraba a moco tendido abrazando a “Gonzalo” mientras los demás
bebían pisco de la botella y se pasaban los trofeos de mano en mano. Hacía varios meses
que funcionaban en el garaje y nunca se habían interesado por aquellos símbolos de
gloria, conseguidos en los tres minutos de un round , en la breve eternidad de la victoria
o la derrota. En eso llegó la pregunta inesperada.
-¿Y estos cabros, campeón? ¿Son operarios?
“Gonzalo” disparó la respuesta precisa.
-No, mi suboficial. Los muchachos también se ponen los guantes y estamos
formando un club de box en el barrio.
El uniformado se sintió en su elemento y, tratándolos de “peloduros”, les ordenó
ponerse en guardia.
-¿Peso?
-Sesenta y cuatro –dijo “Alonso”.
-Superligero –hipó el uniformado.
-¿Peso?
-Ochenta. Pesado –respondió “Iván”.
-Semipesado –corrigió el suboficial.
-¿Peso?
-Sesenta y tres –contestó “Pedro”.
-Sube dos kilos, cabro. Tienes buena pinta de medio y me gustan tus manos chicas.
Todos pensaban con alivio en la ausencia de “Paty”. La imaginaban declarando su
peso y al suboficial definiéndola como mosquita u otro bicho leve.
Luego de la visita de los policías se acostumbraron a la transparencia de
“Gonzalo”. Todo marchaba bien. Por una parte, él y “Alonso” se encargaban de hacer
funcionar el garaje y, por otra, los vecinos los consideraban como a un grupo de
entusiastas del cuadrilátero que el campeón formaba. Así, cada tarde limpiaban el
garaje y, con tres tambores de aceite más la desmontadora de ruedas, formaban un ring
de proporciones casi reglamentarias, en el que proseguían con las prácticas militares.
Para completar el camuflaje, adquirieron unos pares de guantes usados, y “Alonso”
colgó un enorme costal de arena para endurecer las manos. “Paty” se divertía viéndolos
sudar y señalaba que parecían personajes sacados de un cuento de Rind Larner.

193
Pasaban los meses y de Bolivia llegaban noticias cada vez más alentadoras. El grito
de “A las montañas volveremos”, lanzando luego de la muerte del Che, encontraba más
y más eco entre los campesinos, entre los mineros y los estudiantes. Así lo decían los
comunicados. Ahora sí que Bolivia sería el corazón del continente. Lo aseguraban los
comunicados de la organización, que también se referían a un contingente argentino, a
otro uruguayo, peruano, colombiano, que se sumarían a la lucha en las montañas y
selvas bolivianas. Hasta era posible contar con la participación de algunos cubanos,
veteranos de la Sierra Maestra, decididos a continuar el camino iniciado por el Che. Ellos
formaban el destacamento chileno y se preparaban en un garaje disfrazado de gimnasio
de box al atardecer.
El tiempo avanzaba y la fecha de salida parecía cada vez más cercana. La radio
entregaba informaciones sobre actividades guerrilleras en las proximidades de Santa
Cruz, y el gobierno boliviano ponía precio a la cabeza de “Inti” Peredo. “La cosa arde
arriba”, se decía. “La cosa arde arriba”, repetían los comunicados.
Así llegó el momento en que “Iván” anunció que por fin había contacto abierto
con la guerrilla, y la organización ordenaba empezar con los preparativos del viaje. La
primera meta era Oruro. Allí habrían de hacer enlace con gentes de las minas, quienes
los transportarían a través de la madeja clandestina hasta los frentes guerrilleros.
Disponían de una fecha tope para llegar a Oruro, puesto que el desarrollo de la lucha
significaría la militarización de las fronteras.
La cosa ardía arriba, y ninguno de ellos consiguió dormir aquella noche.
Recordó, mirando las matas de lirios suavemente mecidas por el viento, que
aquella noche se había detenido en ese mismo parquecito para fumar un cigarrillo y
controlar la euforia que lo embargaba. Luego había caminado sin rumbo despidiéndose
de Santiago, aquella ciudad que amaba en secreto, sin atreverse nunca a confesarlo. Era
verano. La noche suave y tibia envolvía sus pasos en un silencio felino, y se preguntaba
cuánto tiempo habría de durar la lucha en las montañas. Y después, ¿qué vendría? Todo
sería diferente. La guerrilla triunfaría en Bolivia y con ello los habitantes del continente
recuperarían una vocación de victoria. Qué honor era vivir en semejante época. “Porque
ahora la historia tendrá que contar con los pobres de América.”

194
Las calles parecían interminables. Cada detalle resultaba novedoso, desconocido
y bello. Caminó proyectando imágenes que se sucedían como planos vertiginosos de un
filme en rodaje. A esa hora sus compañeros de facultad dormían, soñaban, hacían planes
para el fin de semana con sus chicas, para el baile, el paseo a la playa; él, en cambio,
formaba parte de un grupo con planes diferentes. El Che, antes de caer en Ñancahuazú,
había escrito que el guerrillero alcanza la dimensión superior del hombre. El Hombre
Nuevo. ¿Lo conseguiría él también? De los demás estaba seguro. “Alonso”, a esas horas,
estaría con su madre, a la que comunicó su futura ausencia diciendo que se marchaba a
estudiar a Costa Rica. “Paty” se encargaría de hacerle llegar todos los meses una
modesta suma dispuesta por la organización para afrontar los gastos más inmediatos.
“Paty”, compañera de “Iván”, aceptó a regañadientes su obligación de quedarse. En el
último tiempo los había visto más juntos que nunca. Se amaban desde que se conocieron
como militantes en las Juventudes Comunistas, durante la marcha “Paz para Vietnam”,
de Valparaíso a Santiago. Juntos fueron expulsados del Partido, acusados de ultra
izquierdismo, y juntos ingresaron a la organización. “Iván” encabezaba el grupo. Era el
único que tenía experiencia militar y, al mismo tiempo, mayor capacidad política. Y
“Gonzalo”. Había sido minero, pescador, obrero de construcción, mecánico de autos y
campeón de box en medio de todo eso. “Iván” repetía que “Gonzalo” poseía disciplina y
carisma. Podía ser justo y riguroso al mismo tiempo. Todos sentían que “Gonzalo” era
el mejor. Algún día le hablaría de todo cuanto iba pensando por las calles dormidas de
Santiago.
Santiago. Los alemanes de la brigada Thelmann, ¿se despidieron también así de
Hamburgo, Berlín o Leipzig antes de marchar a España?
Santiago. Los yanquis de la brigada Lincoln, ¿recorrieron Chicago, Nueva Cork o
Cincinnati antes de partir al frente del Ebro?
Santiago. ¿Se despidió también el Che de Buenos Aires?

Unos días más tarde llegó el momento de reunirse, solucionados todos los problemas
personales, para partir en cualquier momento, aunque todavía no sabían cómo.

195
El entrar en el garaje, “Iván” y “Alonso” lo miraron con el mismo gesto de estupor
que él adoptó al ver al desconocido dando golpes al costal de arena. Era un hombre
fornido. La nariz achatada resaltaba aún más su rostro alcohólico. Tiraba las manos con
suavidad, pero se notaba la contundencia de sus puños. El saco no se balanceaba como
cuando uno de ellos lo golpeaba, se estremecía como un cuerpo colgado, atento al golpe
que seguiría, tensando los músculos de arena para soportar el castigo propinado por
aquellas manos certeras. El hombre respiraba acompasadamente y parecía estar
siempre parado sobre un solo pie.
-Vengan –llamó “Gonzalo”.
Se encerraron en la vivienda sin dejar de observar al desconocido a través de los
vidrios de la puerta.
-No me hagan preguntas hasta que lo haya explicado todo. Hasta ahora seguimos
con el problema del viaje sin definir. Es cierto que podemos hacerlo por separado y
reunirnos en Oruro, pero también es cierto que todos somos lo bastante llamativos, de
bolivianos no tenemos ni el olor, y seguro que ahora el ejército anda saltón con los
bichos raros que cruzan la frontera. Pienso que hasta el momento mi transparencia nos
ha sido muy útil, y creo que puede servirnos para llegar a Oruro sin dificultades.
Además, pienso en un tremendo golpe de propaganda, pero de eso les hablaré más
tarde. Por favor, no me interrumpan. En Oruro hay un campeón de los welter, y le he
desafiado. El hombre aceptó el reto. Es un púgil militar. La pelea será en tres semanas y
todos podemos viajar con esa cobertura.
Estaban tan sorprendidos que no atinaban ni a pensar. “Iván” le ordenó que
terminara de exponer su plan.
-Lo he preparado todo y contamos con el apoyo de la Federación Chilena de Box.
Conozco allí a varios tipos que quieren verme como profesional para ganar dinero a mis
expensas, y los he ilusionado diciendo que esta pelea con el boliviano tirará de nuevo
mi nombre a los comentaristas deportivos. Nos proporcionan los pasajes. En bus hasta
Antofagasta y de ahí en ferrocarril hasta Oruro. Antes les mencioné el golpe de
propaganda. Voy a ganar la pelea. ¿Se dan cuenta de lo que significa?
-Pero ¿y nosotros?

196
-Todo arreglado. “Iván” es mi manager. “Alonso”, mi ayudante, y “Pedro”, mi
masajista. De más está decir que debemos viajar con nuestros nombres.
-¿Y qué monos pinta el amigo de fuera?
-Es parte del golpe de propaganda. Lo necesito. El hombre de afuera es un
boxeador en desgracia. Lo conozco bien y no puedo encontrar mejor entrenador.
No precisaron de una larga discusión para aceptar el plan propuesto por
“Gonzalo”. Les permitía viajar limpios, legales, y, sobre todo, consideraron los efectos
del golpe de propaganda: un deportista que, luego de obtener un importante triunfo, se
pasaba a la guerrilla con todo su séquito.
Las semanas siguientes fueron frenéticas. Los vecinos supieron que el campeón
viajaba a Bolivia para defender su título y, aunque los entendidos alegaban que lo justo
hubiera sido tener al boliviano disputándoselo en casa, porque así lo dictaban las reglas
fijadas por el marqués de Queensberry, este viaje hablaba muy bien del coraje del
campeón, que salía a exponer el título, y todos se mostraban satisfechos con el Lobo de
San Pablo sirviéndoles en el ring.
Protegidos por la transparencia de “Gonzalo2, el grupo se encerraba en la vivienda
para revisar una y otra vez los conocimientos adquiridos. Cartografía, meteorología,
geografía, botánica medicinal, arme y desarme, el abc de la guerrilla, mientras afuera el
suboficial López se presentaba día sí día no a medir los progresos del campeón
portando siempre una canasta repleta de huevos de campo, indicándole que debía
comerlos crudos, con cáscara y todo, porque precisaba de mucho calcio, ajo y cebollas
crudas para resistir mejor la altura.
Desde el cuadrilátero llegaban las instrucciones del Lobo de San Pablo.
-A las cuerdas. A las cuerdas, campeón. Ahora. Impulso. Salga. Uno dos, uno dos,
atento a las piernas, uno dos, uno dos, uno dos. Vuelva a las cuerdas. Bloquee la cara.
Atento. ¡Ahora! Salga. Uno dos, uno dos, uno dos, ¡el gancho de izquierda! No, campeón,
gancho dije, no gualetazo. De nuevo a las cuerdas. Salga. Uno dos, uno dos, uno dos.
Atrás. Salga con un recto de derecha, cintura, cintura, ¡arriba! Y ahora, ¡a noquear! ¡salga
a noquear, campeón!
Así llegó la última tarde en Santiago. A la mañana siguiente saldrían a noquear.

197
Deseaban estar con las familias, o con los amigos, o solos. Cada uno había
imaginado de mil maneras ese atardecer. El secreto de sus vidas se rompería en poco
tiempo y ya entonces estarían lejos. Pese a la necesidad de comunión, fue imposible
evitar la fiesta que improvisaron los vecinos.
En pequeños grupos llegaron al garaje con pan amasado, un brasero, carne
condimentada, botellas de vino, longanizas, empanadas, cajas de cerveza, ensaladas
multicolores, y, antes de que pudieran reponerse de la sorpresa, dispusieron un mantel
blanco sobre el banco de trabajo. El presidente de la Junta de Vecinos habló del cariño
que todos sentían por el campeón, y por supuesto por sus colaboradores, del tremendo
orgullo que significaba para el barrio el tenerlo como vecino y de lo felices que se
sentirían con la victoria.
-Pero si la suerte le es adversa, campeón, si no gana, y el boliviano nos lo devuelve
con un ojo en compota, bueno, usted comprende mejor que nosotros el profundo
significado de la frase olímpica: “Lo importante no es ganar sino competir”. Si no gana,
campeón, sepa que nuestro cariño seguirá siendo el mismo, pero, como lo conocemos,
tenemos confianza en sus puños. He dicho.
Era generoso el vino y las mejores partes del asado fueron para “Gonzalo”. Se
miraban entre ellos y, sin decirlo, sabían que aquélla era la mejor despedida posible. Y,
en cuanto a la victoria, ¿quién podía abrigar dudas? Al final de la fiesta, el Lobo de San
Pablo se acercó a “Gonzalo” para asegurarle que durante su ausencia tanto el garaje
como los trofeos relucirían de limpios.
-Qué lástima que yo tenga problemas con la justicia y no pueda salir del país. Si
no, con qué gusto lo acompañaría para aconsejarlo desde el ring side. Cuídese de los
cabezazos, campeón. Los bolivianos son mañosos y tienen la testa dura. No sabe lo mal
que me siento por dejarlo solo. No es que piense mal de los muchachos, son entusiastas,
pero no tienen futuro tirando las manos. Quiero decirle algo más, y usted sabe que soy
hombre de pocas palabras. Gracias. Muchas gracias, campeón.
-Soy yo el que tiene que agradecer. Pero ¡qué diablos! Me cuida el garaje y estamos
a mano.
-No es tan simple. Usted sabe que me sacó de la mierda. Y qué honor para mí el
poder apoyarlo con lo poco que sé.

198
-Usted es muy bueno. Conoce técnicas y sabe aplicarlas en el momento oportuno.
Lobo, hay algo más. Es posible que no regresemos muy pronto, es posible que
enganchen en una gira. Esto debe quedar entre nosotros.
-Soy una tumba, campeón.
-Lo sé. Tengo una pregunta que siempre he querido hacerlo. ¿De dónde viene eso
de Lobo de San Pablo?
-Tiempos pasados. Es de cuando todavía era chiporro y tiraba las manos en el
México Boeing Club, de la calle San Pablo. Era joven entonces, y alguien advirtió que
cuando mejor atacaba era cuando me tenían contra las cuerdas, acorralado, como los
lobos. Pero eso pasó. Ahora estoy acabado. La piel de lobo le quedó grande a este perro
viejo. Yo colgué los guantes, campeón.
Las palabras del púgil se apagaron junto con las últimas brasas y una humareda
débil se confundió con las sombras.

Mirando las colillas que lo rodeaban supo que llevaba mucho tiempo sentado en el
parquecito. El amargo sabor que le inundaba la boca no provenía del tabaco. Supo
también que ya no quería a ese parquecito, ni a la ciudad. No se aman los lugares a los
que se regresa derrotado.
Se incorporó y echó a andar hacia el garaje. Al cruzar la calle, le dolió la herida. Se
la habían curado en un almacén de la guerrilla, con medios muy primitivos, y, al dejarlo
en un paso fronterizo, le advirtieron que no caminara demasiado.
Encontró al Lobo de San Pablo tomando mate en la cocina. El hombre se
sobresaltó al verlo, y no logró discernir si lo miraba con odio o simplemente
sorprendido, hasta que dejó la calabaza y lo abrazó sollozando.
-¿Es cierto, entonces?
-Sí, Lobo. Los mataron.
-Mataron al campeón…
-Y a “Iván”… a “Alonso”…
-… al campeón. Esos conchas de su madre mataron al campeón…
-¿Cuándo lo supo, Lobo?

199
El hombre no respondió. Las lágrimas le empapaban la nariz achatada y respiraba
con dificultad. Llorando fue hasta la cómoda sobre la que relucían los trofeos y de uno
de ellos sacó un recorte de periódico:
“Una delegación de deportistas amateur chilenos resultó muerta en la estación de
Oruro, Bolivia, durante un enfrentamiento entre guerrilleros del Ejército de la
Liberación Nacional y efectivos de las fuerzas armadas bolivianas. Según fuentes
militares del país vecino, los deportistas chilenos formaban parte de un comando
extremista ingresado en territorio boliviano para unirse a los subversivos que operan
en la región montañosa del Teoponte. El gobierno chileno ha solicitado a las
autoridades del país hermano una investigación exhaustiva del hecho. La delegación
deportiva, que viajó con el apoyo de la Federación Chilena de Box, estaba integrada por
el campeón panamericano de los pesos welter…”.
Le devolvió el recorte.
-¿Un mate?
-No, gracias, Lobo. Tengo que irme. Mire, aquí hay un poco de dinero. Encárguese
de llevar los trofeos a la familia. Usted sabe dónde viven.
El hombre asintió sin palabras.
-Adiós, Lobo. Buena suerte.
Empezó a caminar hacia la salida. En el galpón estaba todavía el cuadrilátero
formado por tres tambores de aceite y la desmontadora de ruedas. A un lado colgaba el
costal de arena. La voz del púgil lo detuvo.
-Espero un poco. No entiendo. A veces no entiendo muchas cosas. Debe de ser por
los golpes recibidos en la cabeza, pero yo lo quería al campeón, todavía lo quiero, y no
puedo creer que sea cierto.
¿Subió al ring?
-No. Los mataron antes. Apenas bajábamos del tren. Nos vendieron. Yo me salvé
por…
El hombre no lo escuchaba. Una expresión de dolor idiota surcaba su rostro de
alcohólico.
-Entonces sigue siendo el campeón –dijo y se marchó a darle golpes furiosos al
costal de arena.

200
(De Desencuentros. Tomado de la revista boliviana Correveydile)

201
Artículos y Ensayos

202
José María Arguedas
(Perú, 1911-1969)

Una isla de humana hermosura

La aparición de la ciudad de La Paz ante el viajero es quizás el más bello e impresionante


espectáculo que el hombre americano moderno puede ofrecer en el Nuevo Mundo.
¿Cómo es posible que esta aparición sorprenda al viajero después de haber andado bajo
los cielos de altiplano que no dejan descansar al corazón con su abrumadora y a veces
tenebrosa hermosura? El viajero sensible pasa cerca de los nevados cuya faz cambia
constantemente a causa de la luz de las nubes; cruza el lago verde oscuro que brilla con
resplandor religioso; atraviesa el altiplano cuyo silencio bebe incansablemente; y llega
al Alto de La Paz, conmovido hasta el mayor extremo, en ese estado de gozo y exaltación
que sólo se alcanza cuando la naturaleza ha estrujado el corazón humano con su
máximo poder. La imagen del paisaje se ha hundido en el ser; y el hombre llega al Alto
de La Paz con un mundo de aguas y de cielos, de llameantes montañas y vibradora luz
en lo interior.
Así, en tal extremo de enardecimiento, el viajero es sorprendido por la ciudad de La Paz.
Desde el borde cortado del altiplano se contempla en una hoyada increíble la sonriente
y épica ciudad. Ella, su luz inolvidable, sus dulces árboles, las torres y dentadas murallas
de greda que la circundan, calman e iluminan el alma del viajero. El lenguaje profundo
de la gran ciudad produce una especie de ordenamiento interior. Los hirvientes y
desgarradores paisajes de los Andes agitados por las tormentas de verano que el viajero
contempla, se aquietan, toman un lugar claro en la memoria, a la vista de la ciudad. Es
el hombre americano, el hombre de Bolivia, quien ha convertido el caótico suelo, un
campo atormentado que se afirma fue el cráter de un volcán, en una bella residencia, en
una ciudad cuya hermosura es el fruto del poder humano para aplacar a la naturaleza y
convertir sus lados aún feraces en canto eglógico.
La Paz contiene, en ese sentido, un símbolo, una significación especial y entrañable para
los hombres del Nuevo Mundo. Como el Cuzco, sigue en el lugar donde el hombre
americano antigua la fundó, ¿Por qué no la cambiaron de sitio los conquistadores? Los

203
españoles bajaron a sus valles, a las orillas de los ríos, las ciudades que ellos
encontraron en las cumbres o en los muy escarpados lugares. Sin embargo, a la antigua
e importante Chuquiago la dejaron entre varios torrentes, sobre el terreno más difícil;
teniendo hacia el sur esas formaciones de greda tan extrañas, tan estériles, que en los
tiempos de la conquista debieron ser contempladas con supersticioso terror.
El conquistador debió dejarse exaltar por el épico propósito de dominio de la
naturaleza; tarea exigente como la que él prefería. Debió sufrir también las mismas
transformaciones de espíritu que el viajero actual cuando descubre la ciudad, como una
isla de humana hermosura, después de haber trotado por la excesiva meseta donde los
ojos y el corazón soportan demasiada carga. ¿Cómo podría nutrirse esa frágil planta
junto al gran lago, las altísimas montañas y el fulgurante o tormentoso cielo que exige
del hombre el más bravío corazón?
El conquistador debió construir su morada en Chuquiago porque, a pesar de todo, era
un lugar adecuado para su característico espíritu de luchador. Luego fue tarea común
de indios, mestizos y españoles seguir domeñando el suelo difícil para abrir calles y
plazas en las escarpadas y rotas laderas. Hoy, esa admirable tarea se ha acrecentado, y
es la más semejante a la del hombre antiguo, de todas las obras que el americano actual
ha emprendido. Me refiero naturalmente al hombre de cultura latinoamericana.
El antigua hombre de los Andes sudamericanos, especialmente el de Tiahuanacu y el de
Tahuantinsuyu, construyó sus ciudades con un sentido religioso en que la belleza
excepcional del paisaje fue el motivo inspirador dominante, ¿En qué lugar se ve, se
escucha y se bebe más intensamente la hermosura del cielo y de la tierra? Allí debe vivir
el hombre, porque esa contemplación purifica y alienta.
El Illimani cambia de semblante desde la aurora hasta la noche y está siempre presente
en el hombre de La Paz. Aún es de tipo sagrado esa presencia. El visitante sufre la misma
conquista. Todos volvemos la cara hacia la gran montaña, que no es severa, como los
nevados que se contemplan desde cerca, sino que brilla con blanda y acariciadora luz
lejana, en la que, sin embargo, el misterio existe y se transmite. ¿Cuántas tiendas,
establecimientos populares, fábricas, camiones e instituciones llevan su nombre? Es
posible que algunos paceños muy occidentalizados hayan roto, para su desventura, su
maravilloso vínculo con el Illimani. Pero la multitud y el hombre sensible no perderán

204
jamás la amorosa comunión con ese noble ser majestuoso. Él es, principalmente, quien
convierte en paceños a los forasteros, disolviendo los humanos artificios.
Luego esas formaciones de greda, altísimas, que circundan la ciudad. La erosión ha
gastado los montes, los contrafuertes que bajan desde el altiplano ha formado unos
gigantes de arcilla, extrañamente enhiestos, a veces ensombrerados con inmensas
piedras. Esos tipos rodean la ciudad, torrente abajo, a la manera de un ejército
desordenado e inexplicable.
Una tropa de ellos se ha reunido, en la dirección del Illimani, a media distancia y forman
el llamado “Alto de las Ánimas”. En inolvidable contraste con los árboles y los sonrientes
campos sembrados, otras raras formaciones dan a la ciudad un penetrante aire de
encantamiento.
El boliviano actual acrecienta y embellece su capital con un sentido y un esfuerzo que
tiene que ser diferentes al de los hombres de otros países. No es igual construir en
México y en Lima que en La Paz. La tarea de los paceños nos recuerda entrañablemente,
como ya dijimos, la religiosa dedicación al trabajo del hombre del Tahuantinsuyu. He
ahí el ejemplo vivo de cómo deben crear y hacer los hombres que heredamos el
quebrado suelo del Tahuantinsuyu. Es una leyenda engañosa y negativa la de la
opulenta riqueza natural de nuestros países. Heredamos el suelo más difícil, el más
rebelde y duro de las Américas.
Suelo que requiere la mayor dedicación al trabajo; suelo para héroes y no para
holgazanes. Ni las montañas de faldas que son casi precipicios, ni los desiertos de la
costa, ni la selva, ni las pampas inclementes y heladas de la puna producen si el hombre
no las domina recurriendo a su máximo aliento. El hombre antiguo convirtió, por eso,
el trabajo en sagrada obligación. La ociosidad era la imagen de la muerte.
El paceño que convierte en risueños barrios las oquedades y barrancos del suelo sobre
el cual extiende cada vez más su morada; el ciudadano de La Paz que construye edificios
y avenidas en ese campo que era inclemente y rebelde, casi inconcebible para la gran
ciudad, ha heredado el coraje, la capacidad de convertir el abismo en jardín, la roca en
luminosa muralla, del hombre antiguo de esta parte de América.
¿Es por éste significado tan hondo de la ciudad que quienes alguna vez vivieron en ella
no la olvidan?

205
El “Korilazo” Gómez Negrón, un admirable charanguista de Chumbivilcas, que murió
hace poco en el Cuzco, víctima de sus incansables y jamás concluidos peregrinajes
artísticos, recordaba a La Paz con el mismo fervor que a su lar nativo; Alicia Bustamante,
Carlos Sánchez Málaga y Roberto Carpio la añoran con exaltado sentimiento; Arturo
Jiménez Borja habla de ella cálidamente; Federico Schwab, el bibliófilo y hombre cabal
que cruzó varios océanos y continentes y vivió en el África y en el Chaco, considera su
estancia en La Paz como el tiempo en que vivió más ilimitada y gozosamente. Tan solo
una mitad de mi experiencia de La Paz he intentado expresar en este breve trabajo. Me
falta hablar de La Paz como incomparable crisol de fusión de las culturas occidental y
americana. Con impaciente deseo trataré de hundirme en ese cautivante mundo
humano. Muy pronto y con mayor dedicación, trataré de dar testimonio de ese otro
aspecto, acaso más difícil de analizar.

(De Señores e Indios)

206
Adolfo Cáceres Romero
(Oruro, Bolivia, 1937)

Bolivia: una literatura en cuatro lenguas

Signados por un enigmático pasado precolonial --cuya grandeza nos llega a través de
una serie de vestigios arqueológicos-- buscamos una identidad que nos muestre dignos
herederos de sus valores culturales. Desde Tiawanaku –tierra del amanecer--, el
ancestro se abre paso a través de las cimas andinas y late el pulso de una raza que canta
con una parte de nuestra alma. Así el aliento aimara musicaliza el paisaje, animándolo
con la presencia de sus divinidades. El dios Sol marca su reino con wakas, preces y
canciones; la nieve aureola la quietud de esas cumbres desde donde el cóndor pasea su
sombra. Tamayo, nuestro más grande poeta andino, dice:
El alma de esos montes
se hace hombre y piensa.

Y ese pensamiento se extiende con voces secretas en aguayos y vasijas, junto a


misteriosos rostros de piedra que aguardan que alguien descifre su mensaje. La poesía
aimara se nutre de relatos míticos que nunca han llamado la atención de los cronistas
coloniales. Todo lo que de ella nos llega es circunstancial, junto a los cantos quechuas.
Dioses aimaras pueblan la naturaleza andina. Héroes quechuas se lanzan en su
conquista, creando el poderoso imperio incaico. Amautas y arawikus pregonan sus
hazañas por todo el Tawantinsuyu. Una voz poderosa esparce sus cantos, bajando de la
puna a los valles y los llanos, donde mojeños y chiruguanos son parte de nuestro
espacio. El rugido del jaguar estremece la espesura. Nuevos dioses con alma vegetal
irrumpen de las selvas. El canto oriental ilustra nuestro sentimiento, a partir de la
mítica existencia de los hermanos Tupí y Guaraní.

De pronto, cascos metálicos trisaron la hierba, emergiendo del mar. Así el acero hispano
se impuso, imponiéndonos su voz y sus costumbres. Desde entonces Bolivia canta a
cuatro voces. Adora al Dios cristiano en español y a los dioses de la naturaleza en
aimara, quechua y tupiguaraní. Rica polifonía de un país variado y heroico. País

207
plurinacional que comparte un solo destino. ¿Pero qué sabemos unos de otros?
Lamentablemente nuestro precario sistema educativo todavía no puede articularnos.
Sabemos más de otros países que de nosotros mismos. Collas, cambas y chapacos
procuramos entendernos sólo desde las ciudades, sin lograr consolidar la consciencia
nacional. Todavía avanzamos hacia una meta incierta, encandilados con la
globalización, al margen de nuestros auténticos valores.

De hecho, en el nuevo Estado plurinacional languidecen más de una treintena de


culturas, empezando por el Norte con los araonas, toronomas, pacaraguas, sirionos,
mojeños, yuracarés, chamas, tacanas, chimanes, movimas, siguiendo por el centro con
chuiquitanos, chiriguanos, chorotis, hasta los matacos, tobas y chulupis, en el extremo
Sur y esto sólo es una muestra de las culturas de la selva, porque en las alturas, aparte
de los aimaras y quechuas, están los kallawayas, chipayas, urus, pukinas y muratos. La
mayoría de estos núcleos humanos se autoabastece, explotando sus recursos naturales
para su propia subsistencia. No sabía de huelgas ni padecía ninguna depresión
económica o social, hasta que apareció el hombre blanco que, al invadir su territorio,
chaqueando y derribando árboles, los contaminó o aniquiló. En la práctica, a pesar de
las autonomías regionales, no existe ninguna política de integración que respete y
preserve sus valores. El avance de la civilización ha tenido y tiene un solo objetivo: el
exterminio. Junto a los guarasug’wé desaparecieron diversas culturas. Aquí
procuramos preservar algo de su creatividad con la palabra.

Por ello, antes de que el etnocidio se consuma; antes de que los depredadores de
nuestro espíritu --a pesar de la Ley contra el racismo y la discriminación— nos
impongan un nuevo estilo de vida, como el “halloween” y otras prácticas foráneas,
precisamos de un cambio sustancial; precisamos tomar consciencia de la
contaminación cultural en la que van creciendo las nuevas generaciones; precisamos de
un cambio que sólo puede darse con un sistema educativo que restituya el diálogo con
nuestras culturas originarias, situándonos en la perspectiva que nos muestra un nuevo
amanecer.

208
Por todo ello se da este libro, mostrando el auténtico camino de lo que es nuestra
literatura. Se da para los que buscan el conocimiento sustancial de nuestras bellas artes,
inclusive para los que todavía repiten la fórmula de que no tenemos voz propia; para
los que creen que lo que hacemos no es más que una mera imitación de lo europeo.

No fue fácil (pero valió la pena el esfuerzo) recuperar el espíritu y la palabra de nuestros
ancestros, que durante siglos permanecieron ignorados; sobre todo, luego del
exterminio de los kipukamayus. Todavía se duda de que sus amarros hubieran servido
para preservar el canto de los arawikus y el pensamiento de los amautas. Precisamente
mostramos, en la primera parte de esta Nueva Historia, la traducción del khipu
Pachakamaj, realizada en Alemania Federal, en 1985, por Jorge Miranda Luizaga y
Heiner Graemer, en su libro Das Sonnentor, donde se halla el código que nos permitió
acceder a una parte de su contenido.

(Introducción a la primera parte de la Nueva historia de la literatura boliviana)

209
Lupe Cajías
(La Paz, Bolivia, 1955)

De Antofagasta a La Paz

Un recorrido de León Felipe


Líber Forty es una de las pocas personas que recuerdan el paso del poeta español León
Felipe por La Paz, por Bolivia en 1947. Ambos estaban relacionados por su ideario
libertario y por su amor al teatro.
Forty, argentino de nacimiento y tupiceño desde edad escolar, había retornado al país
en 1946, después de recorrer el mundo con sus alpargatas de anarquista y croto. El
aviso invitando a una obra dramática, auspiciada por el Club The Strongest, decidió su
permanencia en el pueblo sudchicheño de su infancia y la fundación del elenco teatral
y cultural Nuevos Horizontes.
León Felipe era el nombre acortado de Felipe Camino Galicia de la Rosa, nacido en
España en 1884. Hijo de un notario, estudió para farmacéutico y como agente de
medicamentos inició su vida errante, casi al mismo tiempo que actuaba de cómico en
compañías de teatro. Pronto, su camino lo llevó por los versos y por una vida bohemia
alejada de su propia profesión.
A inicios de los años 20 fue a vivir a México, aquella ciudad esplendorosa de arte y
creación y fue parte de su ambiente intelectual. Retornó a su país como militante
republicano. Después de ser perseguido, fue asilado en su segunda patria, México,
donde murió en 1968. Es considerado parte de la Generación del 27, como se reconoce
a varios otros poetas, novelistas y filósofos de la España antes de la Guerra Civil.
León Felipe fue reconocido por el gobierno mexicano como embajador de la República
Española en el exilio, y en esa calidad viajó por varios países latinoamericanos. No
tenemos datos para suponer que llegó a Bolivia en misión oficial, probablemente ni
siquiera sus colegas escritores lo reconocían. Aunque ya era una persona mayor,
todavía no se valoraban sus versos libres, casi de prosa, como autoría de un poeta
mayor.

210
Él llegó a Bolivia en una época de grandes conflictos sociales, poco después de la
aprobación de la Tesis de Pulacayo y en vísperas del largo sexenio de revueltas mineras
y agrarias. En su encuentro, Forty regaló a León Felipe copias de los artículos de otro
anarquista, Rafael Barrett, ligado a las luchas en los yerbales paraguayos y uruguayos,
que tanto influyó en las federaciones obreras bolivianas (paceñas, orureñas y
tupiceñas).
El 30 de enero de 1947 León Felipe atravesó la frontera. Aprovechó el paisaje para
escribir, seguramente a mano alzada, en un papelito que luego imprimió la biblioteca
clásica y contemporánea de Editorial Lozada (Buenos Aires, 1957).
El poema lleva por título “De Anfogasta a La Paz; en el tren” y un añadido final: ¿en
Chile?; ¿en Bolivia? Como en buena parte de su obra, acá también aparecen el viento, la
luz, la nube. Felipe es el poeta caminante, el trovador sin patria y sin banderas, el croto
que viaja libre porque no tiene casa ni propiedades ni residencias.

“Va el tren como un gusano, empujado por el viento.

El Viento le grita,

Le aúlla,

Le aguija

El Viento es un gigante burlón que persigue a los trenes

Por las cordilleras solitarias

¡Corre, gusanito!...¡Corre que te pesca!

Huyo…huyo…huyo…

Voy huyendo del mar y del Viento

Quiero salir del alarido

Y del sollozo…

Volver a la nube…

Hay una nube quieta allá arriba, que me aguarda.

211
(…)

Desde esta ventanilla que enmarca el paisaje

Dentro de unas leyes rígidas…de orden andino,

Cósmico, primario…metálico…

Ser nube…y luego hombre…¡Ésta es la ronda:

Hombre…y después agua otra vez…Agua!

Agua esterilizada…y luego ¡Lágrimas!”

Sigue el poema asombrado por el paisaje de sal y de nieve, y el viento y la luz limpísima,
otra vez la nube, el viento, la luz, la nube, la lágrima. “Quiero mirarlo todo ya, otra
vez…ciego… ¡ciego!, desde los ojos vacíos de la nada”.
León Felipe no es el único forastero que resuelve en versos el impacto que le causa
contemplar el paisaje/espejismo del altiplano boliviano. Recordemos las odas del
colombiano William Ospina a La Paz, cuando llegó a la ciudad de luz el 2001. O al poeta
y escritor chileno/croata Antonio Skármeta, quien también partió en un tren desde
Antofagasta hasta Oruro en su primer viaje de aventuras y de amor juvenil.

Quizá sería útil reunir en un solo volumen a todos esos autores como parte del nuevo
Festival Internacional de la Poesía que ya anuncia para mayo, en Oruro, el poeta cruceño
Benjamín Chávez. Festival que ha dado lugar a otras composiciones sobre Bolivia.

(Suplemento Ramona, 12 febrero de2012)

212
Pablo Cingolani
(Argentina, 1963)

Bolivia según los otros

De Herman Melville al Che Guevara


A vuelo de pájaro, la imagen de Bolivia en la literatura internacional es variada y muta
de acuerdo a la personalidad de quien escribe.
Para la chilena light Marcela Serrano (en Nosotras que nos queremos tanto), Bolivia es
un buen lugar para escaparse y tener un romance prohibido en las mullidas camas de
un hotel cinco estrellas de la ciudad de La Paz pero eso sí, rociado con vino Undurraga,
contrabandeado desde el valle Central de su propio país.

Pero para la también trasandina y ecologista Malú Sierra (en Donde todo es altar), por
el contrario, Bolivia es sinónimo de diversidad, resistencia y profundidad cultural y a
pesar de haber sido tomada como rehén por los comunarios de Amarete, en la región
Kallawaya, ella los ama, ama a Tiwanaku, ama a la isla del Sol, hasta tuvo valor para
pedir mar para su vecino en medio de la dictadura de Pinochet. Luis Sepúlveda, que
andaba fugándose de las mazmorras del tirano, cuenta en su Patagonia Express que sólo
sintió peligro y lo vivió en carne propia en Villazón cuando fue detenido junto a un joven
Hare Krishna en peregrinaje a la India: los dos fueron expulsados por la policía
fronteriza y sus únicos recuerdos de Bolivia serán el duro piso de cemento de la estación
ferroviaria y el sol a matar al cual lo expusieron los soldados: nunca más volverá.

La mirada de los norteamericanos es igualmente diversa: desde un Waldo Franck que


se enamora del garbo de la chola paceña y de la caprichosa geografía donde está
asentada la urbe a un Paul Theroux –que cruza el altiplano en tren, en un periplo
iniciado en Boston- y que no cesa de espantarse, a cada rato, salvo para alabar a la
cerveza local. Saliendo de Viacha, escribió: Es igual vivir en una tierra trágica/ que vivir
en una época trágica. / Contempla las rocosas laderas/ y el río que se abre camino entre
piedras, / contempla las chozas de quienes viven en esta tierra maltrecha. Algo similar
le sucedió al francés Henry Michaux, célebre por sus relatos sobre el Extremo Oriente,

213
pero que ante la cordillera de los Andes se empequeñece y teme: "Fumamos aquí todo
el opio de la gran altura, / voz baja, paso corto, aliento corto. / Poco pelean los perros,
poco los niños, poco ríen". Su compatriota D´Orbigny, en uno de los clásicos de los
clásicos sobre literatura de Bolivia escrita por extranjeros, experimentaba todo lo
contrario: paisaje inconmensurable, energía vital, fortaleza de las gentes.

Pero la cita más extraña sobre Bolivia la escribió uno de los más famosos escritores de
todos los tiempos, el norteamericano Herman Melville y en su libro-río: Moby Dick o La
ballena blanca. Allí lanzó una hipótesis temeraria: la independencia de Bolivia fue
producto de los efectos benéficos de la caza de ballenas en el Pacífico Sur. El mérito es
que reconoce a Bolivia como un país marítimo. (1) Otra defensa inesperada del derecho
a costas boliviano lo hace otro francés: Jean Raspail. (2)

Los argentinos también mantienen una relación polisémica. Soriano, el gran Soriano,
construye en una de sus novelas (Una sombra ya pronto serás) una Bolivia mítica: un
edén tropical (aunque inalcanzable) donde las mujeres son hermosas y ardientes y
donde se gana dinero en carretilla, haciendo referencia a Santa Cruz de la Sierra. En la
misma dirección pero con pruebas y conocimiento de causa, hay una rareza
bibliográfica signada por Ciro Torres, un excéntrico y culto vagabundo argentino que
terminó escribiendo –con el dinero de Nicolás Suárez, el barón del caucho- un libro
inhallable e inclasificable que tituló Las maravillosas tierras del Acre y que es un, por
momentos delirante, alegato (¡y mamotreto de 747 páginas!) a favor de los caucheros
masacradores de etnias, editado en La Paz en 1930.

Rodolfo Kusch también construye una Bolivia extraordinaria y bucea en los significados
más humanos y más bellos de la cultura andina. De su experiencia boliviana, extrae el
material para sus teorías con relación al pensamiento popular latinoamericano: aquí
"descubre" que los indios (y en gran medida, los movimientos políticos nacionalistas y
populares del continente) expresan algo más trascendente que el "ser" occidental y que
es el "estar" nuestro. No fue el caso de otro gran referente de la literatura producida por
argentinos en torno a Bolivia como es, sin dudas, Ernesto Guevara De la Serna, más

214
conocido como el Che. Sobre El diario del Che en Bolivia, más allá de las inexistentes
estadísticas que poco importan, habría que afirmar para situarlo que debe ser el libro
sobre Bolivia más leído en el mundo entero; a su manera el testimonio de combate del
guerrillero es el gran best seller con tema boliviano de la historia.

Señal de cuerpo
Lo del Che seguirá siendo un enigma, más allá de que los libros de historia ya creen
certificar la traición del Partido Comunista Boliviano para explicar el fracaso local del
guerrillero más famoso de todos los tiempos. La tesis de la traición siempre me olió a
subestimación de Ernesto porque todo es más complejo: dos décadas después, Castro
le habló en privado a Gianni Miná, el más prestigioso de los periodistas italianos de final
de siglo, de la "pulsión de muerte" que también animaba a Guevara. Como sea,
Castañeda dixit, dicen que Guevara sorprendió a Mario Monje, el entonces secretario
general del PCB- con esta afirmación, dicha durante una plática en La Habana en 1964:
"Yo estuve en Bolivia, conozco Bolivia y es muy difícil hacer la lucha guerrillera en
Bolivia. Ha habido reforma agraria y esos indios no creo que se sumen a la lucha
guerrillera". Lo primero es cierto: Ernesto había llegado a La Paz cuando la pólvora de
las Jornadas de Abril de 1952 todavía estaba fresca: el mozo-icono del Eli´s, Don Max, te
cuenta cómo le servía café. El resultado de su segundo viaje al país fue desastroso. Uno
de sus captores en esos diálogos fragmentarios que todos aseguran haber tenido con el
prisionero de La Higuera dice que le preguntó: "¿Por qué Bolivia? Tengo la impresión
de que se equivocó desde el principio al elegir Bolivia para su aventura". El Che le
respondió altivo: "La revolución no es una aventura. ¿Acaso no se inició en Bolivia la
guerra para la independencia sudamericana? ¿Acaso no están orgullosos de haber sido
los primeros? Después, lo asesinaron pero quedó su Diario.

El libro más leído sobre Bolivia es un relato conmovedor de un viaje sin mapas y de la
ascesis incluso corporal de un individuo excepcional. Esta cita lo dice todo: "Al
comenzar esa caminata, se me inició un cólico fortísimo, con vómitos y diarrea. Me lo
cortaron con demerol y perdí la noción de todo mientras me llevaban en hamaca;
cuando desperté estaba muy aliviado pero cagado como un niño de pecho". El asma del

215
Che era tan crítico, que incluso la guerrilla tomó Samaipata, un centro urbano
importante, para procurarle medicamentos que, para colmo, no encuentra. Libro
agónico y estremecedor, es el ideal y el cuerpo del Che el que traza un itinerario
inverosímil en medio de una geografía durísima, extrema: allí quedaron inmortalizados
lugares como Ñancahuazú, Lagunillas, Jagüel (donde muere Coco Peredo), Pucara,
lugares que siguen allí, olvidados y desmintiendo la profecía del propio Che en Alto Seco
cuando en su único mitin del trip hacia su muerte (y presintiendo la derrota) les confesó
a un grupo de campesinos de los valles mesotérmicos de Santa Cruz que, por lo menos,
el paso de la guerrilla les traería ciertos progresos: agua, luz eléctrica, salud. Ni eso: lo
único que dejó la guerrilla en el sudeste fue su leyenda y esas páginas irrepetibles que
ya son parte del ajayu de uno de los territorios literarios por excelencia del siglo XX.

Señal de Cuerpo (2)


Hay otro libro que narra la ascesis de otro ser singular y que atraviesa Bolivia a pie. El
que publicó el canario Román Morales, titulado Buscando el Sur. Pero su camino en
búsqueda de la virtud, a diferencia de Guevara, refunda su vida, no su muerte.

El año 1990, Román se convierte en el primer hombre que encara el cruce caminando
en solitario del Salar de Uyuni. Autoridades del Instituto Geográfico Militar de La Paz y
los propios comunarios de Tahua, la aldea al borde del salar y del volcán Tunupa desde
donde inició su marcha, tratan de disuadirlo. "Es una locura", "quédate con nosotros",
le dicen unos y otros pero el igual lo encara ("Decidí retirarme temprano a dormir: al
alba empezaría a cruzar aquel océano de leche petrificada"). Ya muy cerca de llegar a
Atulcha y coronar con éxito, sufre una descompensación física brutal y cae a la sal,
fulminado. Siente, abandonado el calor del cuerpo, que la parca se lo quiero llevar y que
no había ch´allado lo suficiente con sus amigos indios. Siente que es el fin hasta que
recuerda que carga una chuspa con coca ("Si realmente sabéis dar la fuerza, dádmela
ahora") y comienza a consumirlas con amor ("masco y masco lentamente"), convencido
que la pequeña hoja le devolverá la potencia que precisa ("imagino que ese juguito que
ya corre garganta abajo contiene átomos llenos de fuerza, vitaminas salvadoras,
calorías, empujes mágicos"). Y el ritual funciona. Declara alborozado: "las hojas me han

216
salvado de quedarme en ese salar para siempre… (…) Atulcha: cuatro chozas, dos
familias". Se ha salvado. Volverá a La Paz para contarlo y celebrar la vida, no la muerte:
beberá cajones de Paceña con mi amigo Pedro Aramayo, el primero que me contó la
historia intrépida de Román.

Su libro es un raro libro, un homenaje "a esos hombres que habitan lo imposible, que
duermen entre las estrellas y el olvido (…) ¡Quechuas de la greda andina! ¡Pastores
aymaras del altiplano!! Mofletones coqueros de la oscura minería del estaño! ¡Chipayas
de la quinua auxiliadora! ¡Truequeros pobres del salar de Uyuni! ¡Danzarines potosinos
del tinku! (…) hermanos tremendos…". Un homenaje a Bolivia.

Bolivia es aventura
Hasta hoy, Bolivia ha conservado grandes santuarios de naturaleza virgen, vastos
territorios con escasa o nula población, paraísos en suma para aquellos que buscan vivir
aventuras que, como anotó Piglia, somos todos.

No es raro encontrar testimonios sobre esa mirada, incluyendo, desde ya, a varios de
los cronistas españoles de los siglos XVI y XVII. De estos, me gustaría rescatar a dos, sólo
porque sus crónicas hacen alusión a territorios marginales, a fronteras de guerra como
se los llamaba en tiempos coloniales. Se trata del Factor Lozano y de Juan Recio de León.

Lozano, funcionario de la corona asentado en Potosí a finales del siglo XVI, escribió la
primera crónica conocida sobre ese desierto misterioso que son Los Lípez, uno de los
techos del planeta Tierra. Además de hacer una descripción exhaustiva de la
demografía, la etnografía y los minerales de esa región singular (y como todo buen
estratega, trazar un plan de conquista a partir de un conocimiento desusado de la
geografía para esos tiempos, tomando en cuenta que el autor era un burócrata), narra
una anécdota deliciosa: cómo los caciques lipes embaucaron al Virrey Toledo en su
famosa visita y se eximieron de ser reclutados para la mita de las minas.

217
Juan Recio de León era el lugarteniente de Pedro de Leguí Urquizo, el primer español
que fundó pueblos en la tierra de los “chunchos”, ese impreciso territorio que
comenzaba al trasponerse los contrafuertes andinos y bajar hacia la Amazonia. A Leguí
se debe el primer intento de poblar el valle de Apolobamba (Apolo), Santísima Trinidad
de Yariapu (Hoy, Tumupasa) y San José de Uchupiamonas, la comunidad que en la
actualidad es propietaria del archifamosa albergue ecoturístico de Chalalán, a orillas
del río Tuichi. La única fundación que sobrevivió en el tiempo desde que dicho capitán
bilbaíno la fundara en 1617 fue la mítica San Juan de Sahagún de Mojos que hasta hoy
resiste a unos 100 kilómetros a pie desde Pelechuco. Juan Recio de León narra todos
estos sucesos y mucho más, desde cómo llegar al reino áureo del Paitití o localizar a las
temidas Amazonas, las mujeres guerreras de la gran selva sudamericana. Es interesante
anotar que sus exhaustivas descripciones de la flora y la fauna locales fueron leídas en
clave ecológica en el siglo XX y sirvieron para caracterizar ese mega parque nacional
que es el Madidi.

El verdadero Indiana Jones


Quien anduvo por allí y por todos lados en plan demarcación de límites y aventura pura
fue el célebre Teniente Coronel británico Percy Harrison Fawcett que recorrió Bolivia
en viajes sucesivos entre 1906 y 1914.

Sobre Fawcett se ha dicho de todo pero puntualicemos algunos datos. Es cierto que
inspiró el personaje de Indiana Jones, interpretado por Harrison Ford y que volteó
taquilla en los cines del mundo entero pero no fue Spielberg el que leyó sus
renombradas memorias sino el guionista del film: Rob Mac Gregor. Es cierto que
desapareció en Brasil en 1925 buscando una ciudad perdida que el asociaba con la
Atlántida de Platón y con antiguas civilizaciones prediluvianas que habrían vivido en la
actual América del Sur y que se organizaron numerosas expediciones en su búsqueda,
algunas de ellas también desaparecidas. Es cierto pero a esa historia -verdaderamente
de culto universal- le falta el dato certero de que fue justamente en Bolivia donde
Fawcett empezó a concebir sus hipótesis.

218
Dos temas lo impactaron de sobremanera: el silencio de Tiwanaku y la sabiduría de los
Kallawayas. Del sitio arqueológico, siempre supuso que era el nexo entre las antiguas y
las más pretéritas aún civilizaciones del continente y de los médicos naturistas
itinerantes de los Andes creyó que guardaban claves de ese saber ancestral e histórico
que había sobrevivido a los cataclismos naturales y al paso de los tiempos.
Como curiosidades bibliográficas o no tanto, habría que destacar en relación al tema, la
tesis de un joven periodista inglés de la universidad de Essex llamado Rob Hawke quien,
por primera vez, reivindica la matriz boliviana de las ideas y concepciones fawcianas y
un trabajo cuya autoría corresponde al griego Emmanouel P. Laleos donde se afirma
que cerca de Tiwanaku, en una piedra triangular, Fawcett habría escrito una cita donde
anunciaba el cambio de era astral y que eso sucedería en los montes Roncador del
Brasil, precisamente en el territorio donde luego desapareció sin dejar rastros.

De las memorias de Fawcett, recopiladas por su hijo Brian bajo el nombre de Expedición
Fawcett, un clásico de la aventura, vale la pena transcribir una de sus impresiones sobre
la ciudad de La Paz a principios del siglo XX: “La Paz, con sus tranvías, sus plazas,
alamedas y cafés, es, en esencia, una ciudad moderna. Extranjeros de todas las naciones
llenan sus calles. Se puede sentir plenamente la proximidad de los lugares salvajes. En
medio de las levitas y sombreros de copa de los hombres de la ciudad se ven los Stetsons
raídos y las botas de los exploradores; pero por alguna razón las suelas alambradas de
estos zapatos no se ven discordantes al lado de los escarpines de altos tacones de las
damas elegantes”. Debo confesar que esa fue una de las imágenes que poblaban mi
mente cuando arribé aquí en 1983 y que, como siempre, la realidad supera siempre con
creces todo lo narrado. Debo confesar también que sigo sorprendido de cómo hasta
ahora la figura de Fawcett sigue siendo aquí casi invisible y que los gobiernos de La Paz
y de Londres no hayan rendido el homenaje que el explorador se merece. Alguna vez leí
un artículo anti-Fawcett firmado por Pedro Shimose: es cierto que el inglés era un
hombre de su tiempo, la era de hierro de la expansión imperial, pero algunas de sus
ideas eran de avanzada, en especial cuando cuestiona amargamente las atrocidades
cometidas por los barones del caucho en las selvas de la Amazonía. Por otro lado, que
amo a Bolivia es indudable. El 2006 se cumplirán cien años de su llegada a Bolivia.

219
Primera ascensión al Illimani
En uno de los clásicos de la literatura de viajeros sobre Bolivia –el libro del francés
Charles Wiener: Perú y Bolivia, cuya primera edición la hizo Hachette en París en 1880-
es preciso rescatar la narración de la coronación de una de las cumbres del nevado más
famoso del país: el cerro Illimani. Es preciso exhumarla ya que es un lugar común
afirmar que fue el inglés William Conway el primero en subir con éxito la montaña y no
es cierto.

Wiener se propuso medir la altura del Illimani y llegar a alguna de sus cimas; parte para
ello de La Paz el 10 de mayo de 1877 en compañía de José María Ocampo, el ingeniero
Krumkow, un barómetro y un termómetro de ebullición. Luego de atravesar Obrajes,
pernocta “en el miserable villorio de Mecapaca” pero, como D´Orbigny treinta años
antes, se abruma y se sorprende con la orografía del valle del río Choqueyapu. Anotó en
su libro:”No he encontrado nunca, en mi largo viaje, pendientes tan abruptas como al
sureste de La Paz”. Siguen aproximándose a la mole, caminando por el lecho del río. El
segundo día arriban a la hacienda Cotaña, propiedad de Pedro Guerra: Wiener no deja
de asombrarse al ver naranjos, limoneros y bosquecillos de bananos frente “a las nieves
eternas y la espantable desnudez del Illimani”. Guerra le advierte de los fracasos
anteriores de los norteamericanos Pentland y Gibbon pero como Wiener no ceja, puso
a disposición del galo “siete vigorosos indios” para que lo acompañen en la ascensión.

El 19, a las 2 de la madrugada, ésta se inicia. Durante la misma, los participantes sufren
todo tipo de contratiempos hasta que los indios se niegan a continuar ya que “era ir
contra la voluntad del cielo atreverse a vencer el monte Illimani”. Eran las 3 y 20 de la
tarde y estaban a 19.512 pies de altura, quinientos pies más arriba del límite de la
vegetación y el inicio de los glaciares, según las mediciones de Wiener, pero resuelven
proseguir. Tres indios se mantienen fieles en el empeño y tras una hora y media más de
marcha extenuante, coronan el hasta hoy bautizado como “Pico de París”. Según
Wiener, se hallaban a 6131 metros de altura sobre el nivel del mar; según Bernardo
Guarachi el pico Norte o París del nevado se alza hasta los 6403 metros.

220
Como sea, se trató de una escalada exitosa. En el testimonio, Wiener, “el encargado por
el gobierno de la República Francesa de una misión científica en América Meridional”,
anotó los nombres de los “tres guías indios, Jerónimo Quispe de La Paz, Simón López y
Manuel Ttule de Cotaña”. El libro incluye los retratos de los tres. El gesto noble del
francés es menester destacarlo: hasta el presente, decenas de expediciones “científicas”
se valen de los conocimientos y destrezas de los indios para hacer sus
“descubrimientos” y “proezas” pero casi ninguna hace constar el aporte decisivo de los
originarios.

País sin neurosis


Para completar las miradas a esa diversidad y otredad bolivianas, habría que anotar al
sueco Erland Nordenskiöld, cuyos libros de viajes etnoarqueológicos son a la vez un
exquisito placer literario, así como las emotivas referencias al volcán Sajama de parte
del geólogo y geógrafo Federico Alhfeld o esa primera descripción histórica del salar de
Uyuni incluida en ese best seller (pirata) del siglo XVII: Arte de los metales del padre
Álvaro Alonso Barba, en su época la máxima autoridad en metalurgia del mundo entero.
Sus descripciones sobre las “tierras de colores” de Los Lípez- donde ejerció su
sacerdocio y desarrollo sus estudios mineralógicos por siete años- son inolvidables.
Insisto, esta lista es incompleta y por ello para terminar esa visión idílica, aventurera y
romántica sobre Bolivia, baste agregar esta perla: la cita incluida en Drácula de Bram
Stoker, una de las novelas más populares de todos los tiempos, aparecida en 1897. Allí,
un camarada de aventuras le escribe a otro: “Nos hemos contado historias sentados
junto al fuego de campamento, en las praderas; nos hemos vendado las heridas el uno
al otro, tras desembarcar en las Marquesas, y hemos brindado por nuestra salud a
orillas del Titicaca”. En esos años, recuerden a Stevenson y a Melville y sus peregrinajes
por las islas, las Marquesas –como Bolivia- eran para alguna gente sensible un
paradigma de un mundo utópico, ideal, lejano para esa mentalidad europea dominante
que se embarcaría pronto en la I Guerra Mundial.

221
Los años pasaron, vinieron las grandes guerras y el hijo de uno de los grandes
industriales que financió la victoria de la nueva gran potencia hegemónica, no sólo
rompió con los cánones familiares sino que se convirtió en uno de los grandes íconos
rebeldes del siglo XX: me refiero a William Burroughs.

Gran escritor y adicto frenético a las drogas, o viceversa, Burroughs tuvo un mérito
literario que pocos poseen: creo un mundo paralelo con o desde su escritura; el mundo
narrado de los “yonquis”, de los adictos a las “sustancias controladas”. Su interés por
Sudamérica nació de ello. Es natural: una de los estimulantes más potentes que se
conozcan se extrae de las hojas de una planta usada de manera milenaria en todo el
continente, me refiero –desde ya- a la cocaína. A la vez, su curiosidad con relación a los
rituales de los grupos étnicos (desde los Hopis de Nuevo México a los practicados en el
Viejo Mundo), lo llevó a devocionar el uso de ayahuasca entre los indios amazónicos. Su
influencia en el tema abarcó a toda la llamada beat generation norteamericana.

Su libro-imán es El almuerzo desnudo, aparecido en 1959. Libro escalofriante, inaugura


ese mundo reinventado que Burroughs llevaría al paroxismo a lo largo del resto de su
obra, literatura en su máxima expresión, una joya. Allí, en ese cóctel alucinante, hay una
referencia a Bolivia ineludible. Es cuando el “viejo Bill” se pone a explicar las relaciones
entre esquizofrenia y adicción. Entonces, se despacha con toda una declaración de
principios sobre la república y anota: “Oh, a propósito, hay una región de Bolivia en la
que no se dan psicosis. Gente cuerda del todo en esos montes. Quisiera ir allí antes que
se eche a perder con alfabetizaciones, publicidad, televisión y automóviles”. Siempre
pensé –es una hipótesis incomprobable- que hablaba de los Kallawayas y lástima
porque Burroughs nunca vino por Bolivia a verificar si todavía esos sitios donde no se
dan psicosis no se habían echado a perder. Conozco varios.

Varia invención
Hay una “cruceña” enigmática, sensual y atávica, en las novelas del jujeño Héctor Tizón
y hay unos poemas que destilan sangre, COB y alma proletaria que escribió el joven (y
después malogrado) peruano Manuel Scorza dedicados a la revolución de 1952. Por

222
analogía, hay un libro ultra famoso que habla de Bolivia (Torres) y de Perú (Velasco
Alvarado) y que lo firma el ex prisionero de Camiri y ex asesor de Francois Mitterand:
Regis Debray. Su título (casi) lo dice todo: ¿Revolución en la revolución?

Borges, en su cuento El congreso incluido en El libro de arena (1975), en ese foro que
se reunía en la Confitería del Gas con el propósito de representar a todos los hombres y
a todas las naciones, cita a “un boliviano señaló que su patria carecía de todo acceso al
mar y que esa lamentable carencia debería ser el tema de uno de los primeros debates”.

Arlt en Los lanzallamas (1931) pone a Bolivia como ejemplo de “un Estado atado de pies
y manos a los Estados Unidos”.

Final: Melgarejo. Hay dos libros. Uno lo signa un francés (Melgarejo por Max Daireaux.
No puedo dejar de apuntar una frase que le dedica a Alcides Arguedas que dice así: “este
país que aún no es nación y que siempre se denomina Alto Perú, no puede vivir sin
epopeya…”) y otro, Juan Carlos Martelli, argentino, autor de un librazo llamado Los
tigres de la memoria pero que, por encargo de una editorial argentina, en 1997, escribió
un volumen también titulado con el apellido del gobernante boliviano y que se
caracteriza por un erotismo subido de tono (pornográfico, dirían otros) donde abundan
los actos sexuales de todo tipo y las borracheras más indecorosas. Kaput.

Notas
(1) La cita es imperdible y la transcribo: "Fueron los balleneros los primeros en abrir una brecha en

la celosa política que la corona española mantenía con esas colonias; y si el espacio lo permitiera,
podría demostrarse claramente que gracias a los balleneros se logró al fin la liberación de Perú, Chile
y Bolivia del yugo de la vieja España, y se estableció la eterna democracia en esos países". Herman
Melville: Moby Dick o La ballena blanca. Traducción de Enrique Pezzoni. Ed. Sudamericana, Buenos
Aires, 1970, págs. 198-199.
(2) La historia merece ser contada: la nave de la Armada chilena que por décadas era la única que

patrullaba los confines australes del país llevaba un nombre de bautizo: Micalvi. Era el apellido de
un cabo muerto en la Guerra del Pacífico. A propósito, Raspail defiende los derechos bolivianos y se
inventa esta historia a propósito del día del mar que, por entrañable, vale la pena que anote aquí:
"Ese día, Chile abre magnánimamente su frontera y miles de bolivianos bajan en ómnibus hasta el
Pacífico perdido, donde avanzan hasta el mar derramando lágrimas de emoción…" En: Adiós, Tierra
del Fuego. El Ateneo, Buenos Aires, 2002, pág. 40.

223
224
Saramago: Chile robó a Bolivia

José Luis Exeni

Artur Paz Semedo trabaja en la fábrica de armas Belona S.A. Desde hace casi dos
décadas está en el servicio de facturación de armamento ligero y municipios. En esa
condición, por impulso de su exesposa Felícia, penetró en los archivos de la fábrica (Ah,
los misterios contables) para ver cómo Belona S.A. se había beneficiado, si acaso, de las
guerras de los años treinta. Siglo XX. Le interesaba en especial comprobar si la empresa
había vendido armas a los fascistas durante la Guerra Civil de España.

No sabemos si Belona S.A. hizo negocios con el dictador Franco. Pero lo que encontró
Paz Semedo en su búsqueda, con el aval del consejero delegado, es que esta histórica
fábrica estuvo muy atenta al conflicto bélico entre Paraguay y Bolivia. Incluso llegó a
contactar personas influyentes en ambos países. Se estima que Belona S.A. proveyó
armas a Paraguay, lo cual habría sido decisivo en el conflicto. No lo hizo con Bolivia,
según adujo la administración, por la falta de un puerto en el mar.

El mencionado relato es parte de la novela inconclusa del escritor portugués José


Saramago, que se acaba de publicar con el título Alabardas, alabardas, espingardas,
espingardas. Aunque el Nobel de Literatura, en sus últimos meses de vida, solo pudo
escribir los primeros tres capítulos y algunas notas, se trata de una notable invocación
contra la guerra. Una invocación que no podremos leer en su desarrollo y desenlace,
pero que se plantea como cuestión de vida. Más todavía: cuestión de coherencia.

Además de la citada referencia a la Guerra del Chaco entre paraguayos y bolivianos, el


narrador Saramago —ese conocido narrador “sabio, reflexivo y totalizador”— alude en
dos ocasiones, sin mencionarla, a la Guerra del Pacífico. En la primera señala que,
además del descubrimiento de petróleo en la región del Chaco boreal, la otra causa del
conflicto con Paraguay habría sido que Bolivia no tenía acceso al mar, “que de eso se
había encargado Chile hacía muchos años”.

225
La segunda alusión es más explícita. El buen Saramago, narrador de Alabardas,
conjetura que Bolivia podría tener una salida propia y directa al océano Pacífico si acaso
venciese a Paraguay, pero a renglón seguido señala la imposibilidad: “si Chile no le
devolvía a Bolivia lo que le había robado en el norte, menos aún le abriría graciosamente
un camino por el sur a través de los Andes”. Dispensando la imprecisión geográfica, su
mensaje incontrastable es que Chile robó a Bolivia y no tenía la intención de
enmendarlo.

Hasta aquí la “referencia boliviana” que bien puede quedar como curiosidad literaria o,
forzando en extremo, como respaldo póstumo a nuestra demanda marítima. Listo. Pero
sin duda lo más relevante de la última obra de Saramago es su interpelación, una vez
más, a la (no) humanidad.

Y es que la democracia no ha hecho absolutamente nada para prohibir las armas, que
se continúan fabricando, comprando y vendiendo en nombre de la “defensa del
territorio”. Es una democracia rehén de las poderosas Belonas S.A.

La motivación de Saramago para escribir la novela que no llegó a concluir era una
inquietud que le perseguía desde hace tiempo: “¿Por qué nunca hubo una huelga en una
fábrica de armas?”. Es una pregunta radical. Nunca. ¿Por qué? Pero si bien no se conoce
huelga en estas fábricas de destrucción y muerte, al menos hubo sabotaje: durante la
Guerra Civil española una bomba lanzada contra los republicanos no explotó.

Adentro había un papel escrito en portugués: “esta bomba no reventará”. No fue obra
de la ficticia Belona S.A., sino de la antigua Braço de Prata, hoy Centro Cultural.

En una de sus últimas apariciones públicas, hablando de Alabardas, Saramago cuenta


que su deseo era que la novela titulase Libro del Desasosiego. Claro que ese libro ya
había sido escrito por Pessoa. “Como no vivo sosegado —explicó José antes de partir—
quiero desasosegar a los otros, a los lectores”. Y aquí nos tiene, desasosegados.

(La Razón, 28 de diciembre de 2014)

226
Eduardo Galeano
(Uruguay, 1940)
El país que quiere existir

Una inmensa explosión de gas: eso fue el alzamiento popular que sacudió a toda Bolivia
y culminó con la renuncia del presidente Sánchez de Lozada, que se fugó dejando tras
sí un tendal de muertos.

El gas iba a ser enviado a California, a precio ruin y a cambio de mezquinas regalías, a
través de tierras chilenas que en otros tiempos habían sido bolivianas. La salida del gas
por un puerto de Chile echó sal a la herida, en un país que desde hace más de un siglo
viene exigiendo, en vano, la recuperación del camino hacia el mar que perdió en 1883,
en la guerra que Chile ganó.

Pero la ruta del gas no fue el motivo más importante de la furia que ardió por todas
partes. Otra fuente esencial tuvo la indignación popular, que el gobierno respondió a
balazos, como es costumbre, regando de muertos las calles y los caminos. La gente se
ha alzado porque se niega a aceptar que ocurra con el gas lo que antes ocurrió con la
plata, el salitre, el estaño y todo lo demás.
La memoria duele y enseña: los recursos naturales no renovables se van sin decir adiós,
y jamás regresan.

Allá por 1870, un diplomático inglés sufrió en Bolivia un desagradable incidente. El


dictador Mariano Melgarejo le ofreció un vaso de chicha, la bebida nacional hecha de
maíz fermentado, y el diplomático agradeció pero dijo que prefería chocolate.
Melgarejo, con su habitual delicadeza, lo obligó a beber una enorme tinaja llena de
chocolate y después lo paseó en un burro, montado al revés, por las calles de la ciudad
de La Paz. Cuando la reina Victoria, en Londres, se enteró del asunto, mandó traer un
mapa, tachó el país con una cruz de tiza y sentenció: “Bolivia no existe”.

227
Varias veces escuché esta historia. ¿Habrá ocurrido así? Puede que sí, puede que no.

Pero la frase ésa, atribuida a la arrogancia imperial, se puede leer también como una
involuntaria síntesis de la atormentada historia del pueblo boliviano. La tragedia se
repite, girando como una calesita: desde hace cinco siglos, la fabulosa riqueza de Bolivia
maldice a los bolivianos, que son los pobres más pobres de América del Sur. “Bolivia no
existe”: no existe para sus hijos.

Allá en la época colonial, la plata de Potosí fue, durante más de dos siglos, el principal
alimento del desarrollo capitalista de Europa. “Vale un Potosí”, se decía, para elogiar lo
que no tenía precio.

A mediados del siglo dieciséis, la ciudad más poblada, más cara y más derrochona del
mundo brotó y creció al pie de la montaña que manaba plata. Esa montaña, el llamado
Cerro Rico, tragaba indios.

“Estaban los caminos cubiertos, que parecía que se mudaba el reino”, escribió un rico
minero de Potosí: las comunidades se vaciaban de hombres, que de todas partes
marchaban, prisioneros, rumbo a la boca que conducía a los socavones. Afuera,
temperaturas de hielo. Adentro, el infierno. De cada diez que entraban, sólo tres salían
vivos. Pero los condenados a la mina, que poco duraban, generaban la fortuna de los
banqueros flamencos, genoveses y alemanes, acreedores de la corona española, y eran
esos indios quienes hacían posible la acumulación de capitales que convirtió a Europa
en lo que Europa es.

¿Qué quedó en Bolivia, de todo eso? Una montaña hueca, una incontable cantidad de
indios asesinados por extenuación y unos cuantos palacios habitados por fantasmas.

En el siglo diecinueve, cuando Bolivia fue derrotada en la llamada Guerra del Pacífico,
no sólo perdió su salida al mar y quedó acorralada en el corazón de América del Sur.
También perdió su salitre.

228
La historia oficial, que es historia militar, cuenta que Chile ganó esa guerra; pero la
historia real comprueba que el vencedor fue el empresario británico John Thomas
North. Sin disparar un tiro ni gastar un penique, North conquistó territorios que habían
sido de Bolivia y de Perú y se convirtió en el rey del salitre, que era por entonces el
fertilizante imprescindible para alimentar las cansadas tierras de Europa.

En el siglo veinte, Bolivia fue el principal abastecedor de estaño en el mercado


internacional.

Los envases de hojalata, que dieron fama a Andy Warlhol, provenían de las minas que
producían estaño y viudas. En la profundidad de los socavones, el implacable polvo de
sílice mataba por asfixia. Los obreros pudrían sus pulmones para que el mundo pudiera
consumir estaño barato.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Bolivia contribuyó a la causa aliada vendiendo su


mineral a un precio diez veces más bajo que el bajo precio de siempre. Los salarios
obreros se redujeron a la nada, hubo huelga, las ametralladoras escupieron fuego.
Simón Patiño, dueño del negocio y amo del país, no tuvo que pagar indemnizaciones,
porque la matanza por metralla no es accidente de trabajo.

Por entonces, don Simón pagaba cincuenta dólares anuales de impuesto a la renta, pero
pagaba mucho más al presidente de la nación y a todo su gabinete.

Él había sido un muerto de hambre tocado por la varita mágica de la diosa Fortuna. Sus
nietas y nietos ingresaron a la nobleza europea. Se casaron con condes, marqueses y
parientes de reyes.

Cuando la revolución de 1952 destronó a Patiño y nacionalizó el estaño, era poco el


mineral que quedaba. No más que los restos de medio siglo de desaforada explotación
al servicio del mercado mundial.

229
Hace más de cien años, el historiador Gabriel René Moreno descubrió que el pueblo
boliviano era “celularmente incapaz”. Él había puesto en la balanza el cerebro indígena
y el cerebro mestizo, y había comprobado que pesaban entre cinco, siete y diez onzas
menos que el cerebro de raza blanca.

Ha pasado el tiempo, y el país que no existe sigue enfermo de racismo.

Pero el país que quiere existir, donde la mayoría indígena no tiene vergüenza de ser lo
que es, no escupe al espejo.

Esa Bolivia, harta de vivir en función del progreso ajeno, es el país de verdad. Su historia,
ignorada, abunda en derrotas y traiciones, pero también en milagros de esos que son
capaces de hacer los despreciados cuando dejan de despreciarse a sí mismos y cuando
dejan de pelearse entre ellos.

Hechos asombrosos, de mucho brío, están ocurriendo, sin ir más lejos, en estos tiempos
que corren.

En el año 2000, un caso único en el mundo: una pueblada desprivatizó el agua. La


llamada “guerra del agua” ocurrió en Cochabamba. Los campesinos marcharon desde
los valles y bloquearon la ciudad, y también la ciudad se alzó. Les contestaron con balas
y gases, el gobierno decretó el estado de sitio. Pero la rebelión colectiva continuó,
imparable, hasta que en la embestida final el agua fue arrancada de manos de la
empresa Bechtel y la gente recuperó el riego de sus cuerpos y de sus sembradíos. (La
empresa Bechtel, con sede en California, recibe ahora el consuelo del presidente Bush,
que le regala contratos millonarios en Irak.)

Hace unos meses, otra explosión popular, en toda Bolivia, venció nada menos que al
Fondo Monetario Internacional. El Fondo vendió cara su derrota, cobró más de treinta
vidas asesinadas por las llamadas fuerzas del orden, pero el pueblo cumplió su hazaña.

230
El gobierno no tuvo más remedio que anular el impuesto a los salarios, que el Fondo
había mandado aplicar.

Ahora, es la guerra del gas. Bolivia contiene enormes reservas de gas natural. Sánchez
de Lozada había llamado capitalización a su privatización mal disimulada, pero el país
que quiere existir acaba de demostrar que no tiene mala memoria. ¿Otra vez la vieja
historia de la riqueza que se evapora en manos ajenas? “El gas es nuestro derecho”,
proclamaban las pancartas en las manifestaciones. La gente exigía y seguirá exigiendo
que el gas se ponga al servicio de Bolivia, en lugar de que Bolivia se someta, una vez
más, a la dictadura de su subsuelo. El derecho a la autodeterminación, que tanto se
invoca y tan poco se respeta, empieza por ahí.

La desobediencia popular ha hecho perder un jugoso negocio a la corporación Pacific


LNG, integrada por Repsol, British Gas y Panamerican Gas, que supo ser socia de la
empresa Enron, famosa por sus virtuosas costumbres. Todo indica que la corporación
se quedará con las ganas de ganar, como esperaba, diez dólares por cada dólar de
inversión.

Por su parte, el fugitivo Sánchez de Lozada ha perdido la presidencia. Seguramente no


ha perdido el sueño. Sobre su conciencia pesa el crimen de más de ochenta
manifestantes, pero ésta no ha sido su primera carnicería y este abanderado de la
modernización no se atormenta por nada que no sea rentable. Al fin y al cabo, él piensa
y habla en inglés, pero no es el inglés de Shakespeare: es el de Bush.

(Publicado en varios periódicos, 19, de octubre del 2003)

231
La segunda fundación de Bolivia

El 22 de enero del año 2002, Evo fue expulsado del Paraíso. O sea: el diputado Morales
fue echado del Parlamento. El 22 de enero del año 2006, en ese mismo lugar de
pomposo aspecto, Evo Morales fue consagrado presidente de Bolivia. O sea: Bolivia
empieza a enterarse de que es un país de mayoría indígena. Cuando la expulsión, un
diputado indio era más raro que perro verde.
Cuatro años después, son muchos los legisladores que mascan coca, milenaria
costumbre que estaba prohibida en el sagrado recinto parlamentario. Mucho antes de
la expulsión de Evo, ya los suyos, los indígenas, habían sido expulsados de la nación
oficial. No eran hijos de Bolivia: eran no más que su mano de obra. Hasta hace poco más
de medio siglo, los indios no podían votar ni caminar por las veredas de las ciudades.
Con toda razón, Evo ha dicho, en su primer discurso presidencial, que los indios no
fueron invitados, en 1825, a la fundación de Bolivia. Ésa es también la historia de toda
América, incluyendo a los Estados Unidos. Nuestras naciones nacieron mentidas. La
independencia de los países americanos fue desde el principio usurpada por una muy
minoritaria minoría. Todas las primeras Constituciones, sin excepción, dejaron afuera
a las mujeres, a los indios, a los negros y a los pobres en general.
La elección de Evo Morales es, al menos en este sentido, equivalente a la elección de
Michelle Bachelet. Evo y Eva. Por primera vez un indígena presidente en Bolivia, por
primera vez una mujer presidente en Chile. Y lo mismo se podría decir del Brasil, donde
por primera vez es negro el ministro de Cultura. ¿Acaso no tiene raíces africanas la
cultura que ha salvado al Brasil de la tristeza?
En estas tierras, enfermas de racismo y de machismo, no faltará quien crea que todo
esto es un escándalo. Escandaloso es que no haya ocurrido antes. Cae la máscara, la cara
asoma, y la tormenta arrecia. El único lenguaje digno de fe es el nacido de la necesidad
de decir. El más grave defecto de Evo consiste en que la gente le cree, porque trasmite
autenticidad hasta cuando hablando castellano, que no es su lengua de origen, comete
algún errorcito. Lo acusan de ignorancia los doctores que ejercen la maestría de ser ecos
de voces ajenas. Los vendedores de promesas lo acusan de demagogia. Lo acusan de

232
caudillismo los que en América impusieron un Dios único, un rey único y una verdad
única. Y tiemblan de pánico los asesinos de indios, temerosos de que sus víctimas sean
como ellos.

Bolivia parecía ser no más que el seudónimo de los que en Bolivia mandaban, y que la
exprimían mientras cantaban el himno. Y la humillación de los indios, hecha costumbre,
parecía un destino. Pero en los últimos tiempos, meses, años, este país vivía en perpetuo
estado de insurrección popular. Ese proceso de continuos alzamientos, que dejó un
reguero de muertos, culminó con la guerra del gas, pero venía de antes. Venía de antes
y siguió después, hasta la elección de Evo contra viento y marea.
Con el gas boliviano se estaba repitiendo una antigua historia de tesoros robados a lo
largo de más de cuatro siglos, desde mediados del siglo dieciséis: la plata de Potosí dejó
una montaña vacía, el salitre de la costa del Pacífico dejó un mapa sin mar, el estaño de
Oruro dejó una multitud de viudas.
Eso, y sólo eso, dejaron. Las puebladas de estos últimos años fueron acribilladas a
balazos, pero evitaron que el gas se evaporara en manos ajenas, desprivatizaron el agua
en Cochabamba y La Paz, voltearon gobiernos gobernados desde afuera, y dijeron no al
impuesto al salario y a otras sabias órdenes del Fondo Monetario Internacional. Desde
el punto de vista de los medios civilizados de comunicación, esas explosiones de
dignidad popular fueron actos de barbarie. Mil veces lo he visto, leído, escuchado:
Bolivia es un país incomprensible, ingobernable, intratable, inviable. Los periodistas
que lo dicen y lo repiten se equivocan de in: deberían confesar que Bolivia es, para ellos,
un país invisible.
Nada tiene de raro. Esa ceguera no es solamente una mala costumbre de extranjeros
arrogantes. Bolivia nació ciega de sí, porque el racismo echa telarañas en los ojos, y por
cierto que no faltan los bolivianos que prefieren verse con los ojos que los desprecian.

Pero por algo será que la bandera indígena de los Andes rinde homenaje a la diversidad
del mundo. Según la tradición, es una bandera nacida del encuentro del arcoíris hembra
con el arcoíris macho. Y este arcoíris de la tierra, que en lengua nativa se llama tejido
de la sangre que flamea, tiene más colores que el arcoíris del cielo.

233
(Publicado en IPS Venezuela, 25/01/2006)

Eduardo Galeano, fue uno de los escritores que más se refirió a Bolivia en muchos de sus
libros, he aquí una pequeña muestra de fragmentos.

Acerca de Potosí
“Aquella sociedad potosina, enferma de ostentación y despilfarro, sólo dejó a Bolivia la vaga
memoria de sus esplendores, las ruinas de sus iglesias y palacios, y ocho millones de
cadáveres de indios. Cualquiera de los diamantes incrustados en el escudo de un caballero
rico valía más, al fin y al cabo, que lo que un indio podía ganar en toda su vida de mitayo,
pero el caballero se fugó con los diamantes. Bolivia, hoy uno de los países más pobres del
mundo, podría jactarse -si ello no resultara patéticamente inútil- de haber nutrido la riqueza
de los países más ricos”. Las Venas Abiertas de América Latina (1971).

La Guerra del Pacífico


“Mientras los chilenos, los peruanos y los bolivianos intercambiaban balas en el campo de
batalla, los ingleses se dedicaban a quedarse con los bonos, gracias a los créditos que el Banco
de Valparaíso y otros bancos chilenos les proporcionaban sin dificultad alguna. Los soldados
estaban peleando para ellos, aunque no lo sabían”. Las Venas Abiertas de América Latina
(1971).

Los mineros
“Al fin y al cabo, el envase de hojalata identifica a los Estados Unidos tanto como el emblema
del águila o el pastel de manzana. Pero el envase de hojalata no es solamente un símbolo pop
de los Estados Unidos: es también un símbolo, aunque no se sepa, de la silicosis en las minas
de Siglo XX o Huanuni: la hojalata contiene estaño, y los mineros bolivianos mueren con los
pulmones podridos para que el mundo pueda consumir estaño barato. Media docena de
hombres fija su precio mundial. ¿Qué significa, para los consumidores de conservas o los
manipuladores de la bolsa, la dura vida del minero en Bolivia?”. Las Venas Abiertas de
América Latina (1971).

234
Vicente Huidobro
(Chile, 1893-1948)

Un puerto para Bolivia

Creo y afirmo como chileno y como ser humano que debemos entrar cuanto antes en
conversación con Bolivia y que ambos países deben y pueden resolver generosamente,
fraternalmente este gran problema de la salida al mar de la nación boliviana. No es
posible ahogar a una nación y sería inhumano hacerlo si fuera posible.
La generosidad debe ser igual por ambas partes para que así no existan sacrificios que
puedan crear resquemores y el germen de futuros resentimientos. Interpretaría mal
mis palabras quien creyera que yo pretendo que se debe entregar sin más ni más un
pedazo de nuestro territorio nacional. Lo que yo quiero decir es que se debe abordar
este problema cuanto antes y resolverlo de un modo que sea ventajoso para ambos
países.
Una opinión corriente en Chile sostiene que si entregásemos algo de nuestro territorio
a Bolivia, ésta nos reclamará mañana otros territorios y sólo despertaremos su apetito.
Esto es falso. No ha sido así con Perú y no hay razón para que suceda con Bolivia.
Además, esto depende de la solución que se dé al problema y de la forma del acuerdo,
que debe ser definitivo.
La salida al mar de Bolivia está en manos de Chile. Sería triste que Chile desoyera la voz
de su vecino. Bolivia necesita un puerto, para ella es cuestión vital, lo pide sin amenazas,
sin apelar a alianzas ocultas y maniobrar tenebrosas, lo pide en juego limpio,
caballerosamente, por medio de su Ministro de Relaciones Exteriores en el Congreso
Panamericano de Lima, a la luz del día. Es necesario estudiar una fórmula de
compensaciones que nos permita dar satisfacción a ese país hermano. No deseamos que
nuestros amigos bolivianos sean un día nuestros enemigos, deseamos que sean cada
vez más nuestros amigos.
(Publicado en el diario La Nación de Santiago de Chile, 28 de diciembre de 1938)

235
Gonzalo Mendieta Romero
(La Paz, Bolivia, 1969)

¿Cómo suena Bolivia?

No, no suena como el himno nacional, formalita y con español alambicado. Empezando
por lo desagradable, a veces suena prepotente como el Ministro ese (he silenciado su
apellido, que rima con “campana”, para que el Gobierno no me “suene”, como cuando
las caseras, estresadas, amenazan a sus guaguas). En general los bolivianos no sonamos
así, pero el insulto racista y el fraseo altanero son parte de nuestro pentagrama. Y nada
hacemos por abolir esos ruidos. A lo mucho parafraseamos al poeta y tarareamos que
la prepotencia es viento, y se dispersará como viento. Nos mentimos, esperanzados,
arguyendo que más importante que esos ruidos es el arrobo de oír llover en una
quebrada de los Yungas o de Cinti.

Nuestras ciudades despiertan con pajaritos, como todas, pero dan paso luego a las
bocinas, en El Prado de Cochabamba o La Paz, tipo una de la tarde. A esa hora el sol
exaspera y quema grave, como lupa de abuelo, a través de los vidrios de los minibuses.
Sus bocinazos se descifran entonces como un “¡apúrense, imbéciles!”, pero son más bien
un gemido de añoranza para que Dios nos escuche y nos devuelva a las rurales comarcas
y comunidades de las que los bolis provenimos, como la inmóvil San Javier de Chirca de
La Chaskañawi. Allí aún repican las campanas de Iglesia, festivas, avisando del
matrimonio de la hija del boticario y se denuncian, lejanos, unos charangos de chichería,
acompañando a los pitos de pastores que ahuyentan la intrusiva soledad del yermo,
como alguna quena también suelta por ahí.

Una soledad musical bien llevada, parecida a la de los pastores, es la de los heladeros,
hoy en extinción sin que ninguna ONG los proteja (prefieren las prioridades de algún
belga bienintencionado que no ha oído a un heladero Frigo en su vida). Con su carga en
bandolera, pero sin portar una ametralladora, el heladero no elige su destino, porque
para eso hay que ser dueño de la fábrica de helados, pero sí va por donde le canta
(verbos sonoros como éste vienen sopitas de libertad), anunciando su paso con un
claxon, esa cornetita atada a una bola de goma que la hace chillar. Los viejos

236
pronunciaban antes “claxon” con dejo boliviano, intentando abandonarlo sin lograrlo,
para habitar incómodamente el onomatopéyico y prestigioso inglés.

Una respuesta patriótica es que el país silba como el silencio de Tamayo que, de acuerdo
a su muy humilde (?) poema “Habla Olimpo”, era como el mar que canta. Quizá era el
silencio del ostracismo a que se sometió en su casa de la Loayza (donde está La Papelera
ahora). Testigos afirmaban que recorría los visillos al ver pasar a la gente, sin saludarla
para no violar el silencio del mar que canta lindo pero, ya lo saben, no tenemos.

La patria también suena como diablada en Oruro, donde se baila o, metafóricamente,


en las borracheras que nos damos como diablos, con trago o con el mefistofélico poder.
Lo que sí es fija es que Bolivia no corea como la barra brava –desprovista de genio
creador– del poderoso Tigre o de otros equipos menores, rugiendo las invenciones del
Río de la Plata.

Ésta es una tierra musical. Hay un mundo de derivaciones sonoras en el habla boliviana.
Volviendo al título de esta columna, en boliviano sería muy ominosa la pregunta
¿cuándo “sonará” Bolivia?: ¿cuándo caiga el MAS, el precio del gas o de los minerales?
Palabras semejantes, prueba de que la música tiene harto que ver con nuestra libertaria
indisciplina nacional, son las que Víctor Hugo Viscarra registra en su “Coba. Lenguaje
Secreto del Hampa boliviana”. Un “campana” es, en Coba, un cómplice que vigila en las
cercanías del lugar del delito para alertar a sus compañeros en caso de peligro. Y un
“bocina” es un delator, aunque es más caché su otra acepción, la de “chismoso”. Como
lo soy, no resisto contarles que la patria murmura como Nicolás Suarez en su último
disco de blues, despacito, muy despacito. Con un vinito (“tomátelo, hermanito”, dice),
Nicolás –junto a una conocida “pildorita”–, asaz boliviano, canta: “si no hay
ternura/nada perdura”.

(Publicado en el Periódico Los Tiempos, 8 de septiembre de 2013)

Carlos D. Mesa Gisbert


(La Paz, Bolivia, 1953)

237
Democracia: Treinta años después

Al atardecer del 10 de octubre de 1982, con el cielo del crepúsculo y una extraña luz
azul amarilla, miraba desde el centro de la plaza principal de La Paz, al Palacio de
Gobierno.
En el balcón central estaba el Presidente Siles con banda y medalla y su vicepresidente
Jaime Paz. El grito de ¡UDP, UDP, UDP…! rebotaba en los cuatro costados de la plaza y
en el fondo de mi corazón. Vivíamos una inmensa alegría que compartíamos con varios
periodistas amigos que habíamos seguido la epopeya de la reconquista de la
democracia desde los aciagos días de noviembre de 1979. Era como el contraste de una
foto en blanco y negro con otra en colores. Tres años antes, la sombra de los tanques
delante del Palacio Legislativo, los oficiales de boina desafiantes sobre los grandes
aparatos y la frustración por el tiempo de la esperanza quebrado una vez más. Ese día
teníamos la sensación de que se escribiría otra historia con el eje afincado en la nueva
generación que acompañaba al Presidente.
El 17 de octubre de 2003 a las 10 y 25 de la noche llegué a esa misma plaza. Era noche
cerrada, habían pasado veintiún años y siete días desde esa jornada augural. Llegaba a
jurar al cargo presidencial y otra vez, como en el 79, me había topado con tanques
resguardando las esquinas de la plaza, después de casi un mes de revueltas que
parecían interminables y amenazaban con convertirse en guerra abierta contra el
gobierno del Presidente Sánchez de Lozada. Estaba allí, en el centro geográfico del
poder ascendiendo los pocos escalones de mármol de ingreso al Palacio del Congreso.
Cuando entré al hemiciclo me pareció muy oscuro, tenebrista, como el escenario de una
obra teatral que requiere de un clima denso consonante con el dolor, la violencia y la
muerte que habían acompañado esos días. Nuestra democracia pasaba la peor de sus
pruebas desde 1982, pero fuimos capaces de superarla. Era el mismo mes de octubre,
pero otro octubre. Tan distinto al de un par de décadas atrás, tan cargado de desafíos,
que me electrizó de tal modo que me comprometí con una agenda que cambió de
manera profunda el país herido que me tocaba conducir. En enero de 2006 se produjo

238
un nuevo y fundamental giro, la llegada del primer indígena a la presidencia de la
Nación.
El balance de treinta años de democracia es tan complejo como complejo y paradójico
fue su desarrollo. En realidad no nos dimos cuenta de que los supuestos sobre los que
se armó el andamiaje democrático con imaginación y sentido de futuro, no tomaron en
cuenta que el 52 no había llegado a resolver algunas cuestiones esenciales. Los viejos y
profundos rencores, las cuentas no saldadas con la historia, la brecha entre unos y otros,
estaba allí con una fuerza solo contenida en los corazones de millones de compatriotas.
Casi todos quienes condujeron el gobierno y construyeron las elites de poder entre
1982 y 2003, dieron por hecho lo que no estaba del todo hecho. El debate, tan
característicamente ideologizado por la confrontación entre liberalismo y marxismo,
entre economía abierta y economía planificada, entre democracia liberal y socialismo,
era un debate que no consideró la insurgencia de nuevos actores sociales y políticos.
Pero a su vez demostró que era posible aplicar el texto constitucional, respetar las
libertades ciudadanas, garantizar la plena libertad de pensamiento y expresión y
construir institucionalidad. Reverso y anverso de un tránsito en el que los políticos
demostraron lo mejor y lo peor de sí mismos.
La democracia boliviana pos 82 tiene cinco momentos:
1.- 1982-1985, la construcción democrática real a costa de un descalabro económico
que puso al país al borde del colapso.
2.- 1985-1997, el giro histórico, la sustitución del Estado del 52 por una visión de
modernidad expresada en el 21060 y las reformas estructurales del periodo 1993-
1997, las más importantes realizadas desde la Revolución.
3.- 1997-2003, la crisis del modelo y de la propia democracia, la ruptura Estado-
sociedad y el hundimiento de un mecanismo que había construido importantes
columnas que lamentablemente tenían una base endeble.
4.- 2003-2006, cuando se articuló la Asamblea Constituyente, el Referendo y se dio un
giro de 180 grados en la política de hidrocarburos.
5.- 2006-2012, periodo en el que la nueva propuesta de democracia está en pleno
proceso, a partir de una nueva agenda con el concepto de participación y construcción
desde la base, y en el contexto de más incertidumbres que certezas.

239
Momentos que marcan los aciertos y errores de la democracia y explican las ideas
sobre las que se construyó. También permiten vislumbrar las debilidades que
hundieron el meticuloso andamiaje del poder político, económico y social de una nación
gobernada todavía por élites hasta el 2003.
Historia fascinante de la que debemos sentirnos orgullosos. Historia forjada cuatro
años antes (1978-1982), en los que el pueblo luchó con todo su vigor y su sangre para
tener una sociedad más justa, en el que la vida sea un valor supremo y la idea del vivir
bien sea una realidad.

(Publicado el 7 de octubre de 2012 en Página Siete, Los Tiempos, Correo del Sur
y El Potosí)

240
Keith Richards
(Inglaterra, 1953)

El Gordo de La Paz: Ficción Contemporánea de Bolivia. (*)

Bolivia fue dejada atrás durante el Boom en la ficción latinoamericana que se produjo
en los años 1960. En un momento en que otros países similarmente marginados
estaban encontrando voces y embajadores culturales (Perú con Mario Vargas Llosa,
Paraguay con Augusto Roa Bastos, por ejemplo), Bolivia permaneció como sinónimo de
enclaustramiento. Este perfil literario de poco augurio tuvo tanto que ver con las
condiciones sociales internas del país, como el analfabetismo y la falta de unidad
regional y étnica, como con factores externos de aislamiento cultural.
La imagen es también resultado de cierta mentalidad pueblerina por parte de países
latinoamericanos ansiosos por sentirse superiores a algún ‘pariente pobre’. Como en
los casos de Irlanda, Bélgica, y otras naciones pequeñas cuyos vecinos se otorgan a
veces una importancia hinchada, la producción cultural de esta población de unos ocho
millones es modesta en su volumen pero siempre interesante por su idiosincrasia y, a
menudo, sus perspectivas extrañamente privilegiadas.
Esta antología sugiere el tamaño de la exageración; Bolivia ha tenido, y sigue
produciendo, buenos escritores que sufren de una debilitante falta de publicidad. En los
países vecinos aludidos, además que en casa, estos escritores encuentran escaso
reconocimiento, poco estímulo en el sentido de atención crítica o hasta de debate.
Escribir en Bolivia es entonces dedicarse a un oficio doblemente aislado. A esta
colección de Rosario Santos se debe dar la bienvenida como escaparate que aparece en
buena hora para dar una idea de lo que es el trabajo de una comunidad literaria muy
poco valorada. La selección, que tiene la intención de dar una imagen general de lo que
produce el país, seguramente no carece de variedad – sea de tono, estilo literario,
ambientación geográfica u origen regional.
Hay un total de 26 cuentos, que reflejan las diferencias regionales del país sin caer en el
mero formalismo. Recuerda al lector extranjero que más del sesenta por ciento de
Bolivia consiste en selva tropical y llanura tropical. Es un hecho poco apreciado en el

241
extranjero, pues el país casi siempre se retrata como exclusivamente andino. Hace
mucho que la hegemonía de La Paz (sea real o percibida) sobre la ciudad de Santa Cruz
(más pujante económicamente) ha inhibido el desarrollo de varios aspectos de la vida
cultural y política del país. En este volumen el Oriente está muy bien representado por
algunos de sus más prestigiosos escritores (Blanca Elena Paz, Homero Carvalho, Manuel
Vargas), y al mismo tiempo se da espacio a otras figuras prometedoras más jóvenes
como Giovanna Rivero Santa Cruz. Esta no es escritura caracterizada por ningún
costumbrismo anecdótico; más bien, se enfrenta con las preocupaciones universales de
escritores quienes, simplemente, no residen en la ciudad más de moda. Paz contribuye
“Sacramento de las horas”, casi un soliloquio, cuya intimación de angustia y mezcla de
lo político y lo personal es uno de sus fuertes. “La Creación” de Carvalho es un tema
bíblico interesantemente aplicado a un contexto nacional. “El con caballo” de Vargas
utiliza la fuente de la tradición oral de su región pero sin sacrificar un fuerte dejo
moderno.

(*)The Fat Man from La Paz: Contemporary Fiction from Bolivia, Edited by Rosario Santos.
New York: (Seven Stories Press, 2000

(Publicado en Review: Latin America Cinema and Arts, # 63)

242
Ramón Rocha Monroy

(Cochabamba, 1950)

¿De quién es el país?

La pregunta del millón es de quién siempre es nuestro país; en otras palabras, si en casi
dos siglos de vida republicana hemos tenido una personalidad tan nítida que nos sirva
de patronímico.

Tengo una anécdota triste sobre el tema: cierta vez hizo una visita oficial a Bolivia el
Presidente de México Carlos Salinas de Gortari. Como nada se improvisa en estos casos,
leyó un discurso escrito y revisado por la Cancillería de su país que luego fue repartido
en folleto. Pues bien, para congraciarse usando una cita boliviana, repitió una sentencia
de Franz Tamayo; sólo que cambió sustancialmente el augusto nombre de nuestro
poeta y dijo: Fray Tamayo. ¡Le puso hábito de fraile al gran pensador aymara!

Esto nos muestra que quizá todos los bolivianos sepamos quién era Franz Tamayo,
aunque sus obras no sean muy leídas y poco editadas; pero en el continente, el gran
Tamayo ni siquiera es conocido.

Los poetas y críticos literarios dirían que somos el País de Sáenz, pero es poco probable
que la gente común del planeta identifique a Bolivia con ese nombre.
Alguna vez lamenté que no nos llamáramos República de Potosí, pues el nombre del
Cerro Rico y de la Villa Imperial figura en todos los libros de cuentas de los comerciantes
y banqueros de Europa desde el siglo XVII y, por supuesto, en las memorias de las casas
reales. No en vano se acuñó por entonces una exclamación generalizada: Vale un Potosí.
Quizá seríamos entonces El País de Arzánz, en homenaje al autor de la Historia de la
Villa Imperial, pero sin ninguna seguridad de ser reconocidos.

243
Admitamos, pues, que no hay artista ni literato que sirva para identificarnos. Incluso es
posible que veneremos la memoria de Andrés de Santa Cruz o la de Víctor Paz
Estenssoro, nuestros presidentes egregios. Pero el mundo tendrá dudas de
identificarnos como El País de Santa Cruz o el País de Paz Estenssoro.

Veamos las cosas desde otro ángulo. Carlos Montenegro, acaso el más grande prosista
de la literatura boliviana, divide su ensayo "Nacionalismo y Coloniaje" en capítulos que
titulan: epopeya, drama, comedia, novela. Como si se refiriera al tiempo que vivimos,
Montenegro escribe: "Este retorno a la realidad pone fin a la etapa histórica de la
comedia... Nuestra historia adquiere un poder de ilusión realizable, que no es ensueño
sino ansia de superación afirmativas, y se desarrolla con el proceso coordinado y
angustioso -tal es su humanidad-de un argumento novelesco, sin romper la
concordancia cosmológica preestablecida entre el hombre y su medio. La inspiración
central de este nuevo acontecer es también idéntica a la de la novela. De suyo, ella es un
anhelo de realizaciones existenciales, "la persecución de otra vida" -como Caillois ha
llamado al impulso creador de la obra novelesca... Las tendencias del alma popular
contemporánea -rebeldía, inconformismo con lo vigente, ansia de imperar en el futuro-
son señales de ese sentido vitalista que pugna por autenticarse... La novela, como la
historia, es una realización existencial que convierte en posibles los ensueños,
arraigándolos en la entraña de lo viviente... Todavía confusa, la aspiración boliviana de
nuestro tiempo se muestra resuelta a cumplir ese destino... Una inmensa mayoría del
pueblo ha reocupado la vieja posición del sentimiento de la nacionalidad frente a la de
la tendencia colonialista, que tampoco ha desaparecido... Jamás tuvo la República otra
noción de su existencia que la de la pelea. Por eso vivió con el nombre de patria, más
gloriosamente que nunca, en la edad de los guerrilleros, cuando no pasaba un día sin
matar y sin morir por la independencia del pueblo nativo."

Pero esa epopeya colectiva tiene un héroe. Un héroe que no nació en pañales de seda ni
en clínica privada, sino en una choza de un ayllu de un cantón de una provincia perdida.
Un héroe que no tiene abolengo ni apellido de casada, aunque algunos señoritos sonrían
con irónica complicidad y lo apelliden De mierda, y algunos desalmados lo apelliden

244
Cabrón y La puta madre que te parió, aunque su madre haya sido tan pobre que ni
siquiera pudo permitirse ser otra cosa que una santa. Un héroe que no tiene títulos
universitarios ni maestrías en el exterior, que no es PHD ni HDP, que no huele a after
shave exclusivo ni a desodorante de galán, que huele más bien a multitudes, a ayllu, a
tribu, a tierra, a monte, a sayaña, a pegujal, a cato de coca, a subsuelo, a socavón, a
Pachamama. Un héroe que huele a sudor, a ojotas, a tambo, a banda de música; que no
tiene grado superior sino de soldado raso, de dragoneante, cuando más, de cabo; que
no tiene premios literarios ni probablemente haya escrito nada, aunque es, a todas
luces, el héroe de esta novela. Los medios del mundo, los políticos del mundo, los
ciudadanos del mundo saben quién es. Ustedes saben quién es.

(Publicado en el periódico Los tiempos, 18 de agosto 2008)

245
Jackeline Rojas Heredia

Alma Boliviana

Llegué a la vida entre aromas florales y tierra húmeda de lluvia, arropada por el sol me
crie en medio de molles, eucaliptos, jacarandás y paraísos, luego, de la mano de mi
abuela bajé hacia el oriente y fui arrullada por el canto del guajojó, alimentada por los
mangos dulces, el guapurú y el totaí.
¡Cuántos juegos, cuántas palmeras, cuanto buscar entre las yerbas las víboras
escondidas y las lagartijas escurridizas!
Chuquisaca el recato, las letras, los libros de mi abuelo, la solemnidad, el silencio
invadido por el aroma a guayaba y chocolate. Dulce vida de infancia entre mote y queso
valluno, entre lo dulce y ácido de los frutos cítricos, entre la princesa y el bicho trepador
de árboles, amiga de nubes y aves.
La niñez se quedó enlazada a esos lugares, a esas pobladas soledades, a ese amanecer
temprano y anochecer de luciérnagas y estrellas, a las brisas calientes y tibias.
Y surgió la adolescente que casi inmediatamente fue mujer, el tiempo no la esperó y
entre días grises y dolores de parto, la vida se abrió paso, otra vez, al valle tibio.
Otros ecos, otras voces se cruzaron entonces y el Tunari despidió mis ojos y mi alma
recorrió los caminos más tristes y nostálgicos, las entrañas de mi patria, la mina, el
purgatorio, el aroma a copajira entremezclado con los dolores metálicos con los que
juega la muerte.
Y el Sumaj Orcko me dio la bienvenida y en su seno me cobijó durante días de inagotable
llanto, durante horas de terror y amé el Cerro Rico de Potosí, más que al Huayna, que a
veces dialogaba con mi alma.
Un día el viento sopló distinto y supe que era hora de seguir. Así llegué y te miré…
¡Cuanta belleza!, frente a vos quedé pasmada. ¡Illimani hermoso, fuerte y febril!
Si me quieres me quedaré, te dije y aún mis ojos se deleitan con tus nieves eternas, aún
me siento pequeña ante tu imponente presencia y a la vez, soy tu niña.

246
Esta es mi Bolivia, altiplano, oriente y valle, sus regiones, sabores, humores, su ser
indomable, duro y acogedor, piedra cálida que de noche entibia el sueño y en el alba
congela tus huesos, es su sangre mezclada que corre por mis venas, por las tuyas, por
las de quienes nacimos en esta sagrada tierra.

A La Paz
Cuando me alejo del bullicio y la tensión de tus calles,
del frío que me despierta viejas soledades,
llega la luz de una imagen, Illimani único,
esplendoroso, imponente
y eternamente hermoso,
comprendo entonces,
que el amor, sin tiempo ni edad, se revela
cuando mi mirada embelesada prendida de vos, se queda
y amo La Paz en sus oquedades,
en todas sus noches frías, cuando mi alma de niña,
mujer y anciana huye tras la blanca luz
de las eternas nieves de mi amado Achachila

247
Miguel Sánchez-Ostiz
(España 1950)

Una atracción engañosa

Dicen que en Potosí el diablo se disfraza de viento, ese que corre helado por la calle de
la Pulmonía y del que no puedes protegerte así te metas en la calle de la Puerta Falsa y
busques refugio en alguno de los patios virreinales por los que pasó, entre timbas y
cuchilladas, la Monja Alférez, al tiempo de la guerra entre vicuñas y vascongados,
cuando más furiosa fue la explotación de aquel cerro del que salía plata como agua.
Viento, un sol abrasador y el Cerro Rico, rojo, blanco, pardo, violeta, siempre presente.
En Potosí, la que fue una de las mayores ciudades del mundo, vayas por donde vayas
acabas tropezando con esa silueta cónica, descarnada y herida, cubierta de las marcas
de los socavones, los derrumbes y los caminos de extracción del mineral por donde ves,
diminutas, las siluetas de las palliris, las mujeres que arañan la plata de los escombros.
Más de cuatro siglos y medio de explotación feroz. Fue un símbolo mundial de riqueza
y hoy es un escenario de historias y leyendas de horror. “Vale un Potosí”, se sigue
diciendo, pero detrás de esa frase están todas las codicias, los abusos, las tragedias, las
supersticiones, los agravios imperdonables, las riquezas que chorrean sangre, que
tienen a ese cerro por escenario, en tiempos de la colonia y ahora mismo, cuando bajar
a las profundidades de los socavones donde el calor y la falta de oxígeno ahogan es una
“atracción turística” o una hazaña deportiva, de la que se regresa cubierto de tierra y
con el olor agrio de la dinamita y de la copajira en las narices.
Unos traguitos
El cerro está horadado a conciencia, como un termitero. Hubo explotación feroz de sus
entrañas en el pasado y la sigue habiendo en el presente, convertida en algunos
socavones en atracción turística con disfraces de “minerito” en los comercios de la calle
Hernández: hoja de coca (la de mejor calidad se vende en el Mercado Uyuni), dinamita,
alcohol Guariba de 90 grados “apto para el consumo” y visita ritual al Tío, señor de las
profundidades, pareja de la China Supay, al que los mineros ofrecen todos los días una
challa pidiendo su protección y favor, antes de ponerse a trabajar, mientras se arman el

248
primer bolo de hoja de coca (pijtu), echan unos traguitos y fuman un cigarrillo
tumbaburros. Los sábados de mayo son los de lawilancha, el sacrificio ritual de llamas
que esperan apelotonadas y decoradas con cintas en el mercado callejero. Las degüellan
a la entrada de los socavones, y el rociado de sangre por las bocaminas, previo a la
asadura de las entrañas y a los dinamitazos, es una fiesta de carcajadas y música de
acordeones y quenas, huaiños y yaravíes, buenos para tristear, que es lo propio de las
desolaciones rojizas.
A la vista de sus iglesias, de las fachadas y portaladas de las casas palaciegas, viajeros
entusiastas como Eugenio Noel o Ernesto Giménez Caballero dijeron que Potosí era la
ciudad más española de la América hispánica. Se olvidaron de cómo fue explotado el
cerro, de los mitayos indígenas y de su cuasi esclavitud. No hay cuidado, no hay quien
no te lo recuerde.
En Potosí, de la mano de Manuel Mujica Laínez y sus diablos voladores, Belcebú,
príncipe de la gula, baja a ponerse las botas en compañía del general Melgarejo, un
fantasma hecho de pólvora y locura, asistiendo a un festín digno del recetario de doña
Josepha de Escurrechea, condesa de Otavi, entre cuyas líneas quedan jirones de los
lujos, fastos, salas de baile y de juego, frontones de pelota vasca (todavía hoy) y escuelas
de esgrima, teatros, títeres, amotinados y amotinadorcillos, rescatadores y azogueros
que no siempre escaparon de la ciudad imperial con su botín a lomo de llama.
Otros tiempos, mejor perderse en los bulliciosos mercados: el Antofagasta; el Vicuña,
en cuya trasera atienden las k’awayos, las mujeres herboristas de saberes ancestrales;
o el Uyuni, el indígena, donde las burras se ordeñan en plena calle y los cueros de los
carneros dan prueba de lo fresca que es la carne que se vende. Mercados que no
defraudan, olor de especias, olor de asaduras, anticuchos de corazón de res y
menudencias, ajíes, salteñas, chambergos (rosquillas), kalapurka (sopa de carne a la
piedra rusiente) y pucheros que a 4.000 metros pueden tumbarte.
En Potosí tal vez no encuentres a las k’awayos que pueden curarte hasta de los males
que no tienes, pero como preguntes por un tapado te puede dar la del alba. Los tapados:
los tesoros ocultos y sus guardianes, prelados enjoyados en las profundidades de la
tierra, como el que encontró la madre del pintor potosino Cecilio Guzmán de Rojas,
casas encantadas, carruajes fantasmas, caballerías nocturnas que no hieren el

249
adoquinado, como las que utilizaba Juan de Lizarazu para sacar de la ciudad su mineral
de contrabando.
Adoración de los magos en la iglesia de San Lorenzo y máscara grotesca y festiva en la
entrada de esa Casa de la Moneda donde se conserva la maquinaria de la acuñación de
la moneda virreinal; riquezas y patios llenos de colorido del convento de Santa Teresa,
restaurado por una monja arquitecta sevillana, y reziris ciegos (rezadores por encargo
y eficaces intermediarios con el más allá) de los pasadizos del enrevesado mercado
artesano donde los peces tropicales se venden a la puerta de la sauna junto a la
vendedora de jugos y remedios “con sabor a selva”; charlatanes (pajpakos) del más allá
y fabulosas pinturas coloniales de la iglesia de Jerusalén; fachadas republicanas de
“maestros fachadistas” que esconden insondables patios donde el pasado virreinal
duerme en galerías y columnatas, escudos nobiliarios y monstruos de piedra; perros
bravos del Callejón de las Siete Vueltas, donde pasan hechos títeres de sombra los
cuchilleros y las mujeres de honor abollado, y golpes rituales de soroche que te hacen
caminar como si no pisaras el suelo. Estás lejos y estás muy alto, y al fondo de la calle,
sin escapatoria posible, el cerro, de día y de noche, a la luz de la luna o de las bombillas
que lo convierten en una engañosa atracción de feria.

(Periódico El país de Madrid, 1 de marzo de 2013)

250
Mario Vargas Llosa

(Perú, 1936)
Italia no es Bolivia

El 3 de octubre pasado, el portavoz del Gobierno italiano, señor Giuliano Ferrara, para
responder a las críticas de la oposición que acusaban al primer ministro Berlusconi de
actuar fuera del marco constitucional, exclamó indignado, en una conferencia de
prensa: "¿En qué país cree usted que vivimos? ¿En Bolivia?". Y, según leo en L'Espresso
del 21 de octubre, unos días después de aquella exclamación, el señor Ferrara reincidió,
pues, criticando al Concejo Superior de la Magistratura de Italia, lo definió como un
organismo "digno de un país sudamericano: piú precisamente, di una Repubblica delle
banane" (más precisamente, de una República bananera). El señor Giullano Ferrara
quería decir, simplemente, en ambas ocasiones: "Por favor, no olviden ustedes que
Italia representa la civilización y que por lo tanto ni su Gobierno ni sus otras
instituciones pueden o deberían actuar como los de aquellas republiquetas que
personifican la barbarie". Reconociéndole todo el derecho del mundo a criticar las
múltiples manifestaciones de barbarie que todavía aparecen por doquier en América
Latina, afirmo que el portavoz del Gobierno italiano es un hombre desactualizado, que
debería poner al día su información política, o una inteligencia asfixiada por
estereotipos que la privan de lucidez.

Porque, aunque muchas cosas andan todavía muy mal en los países latinoamericanos,
una de las que andan bien es que ya no hay entre ellos ninguno que pueda ser llamado
"República bananera". El único que se acerca a la ignominiosa calificación es Cuba,
desde luego, por la naturaleza pterodáctila del régimen que desde hace treinta y cuatro
años subyuga a la isla y porque Fidel Castro es el único superviviente de la dinastía de
sátrapas omnipotentes que encarnaron un Somoza, un Trujillo, un Batista o un
Stroessner, pero ni siquiera Cuba depende ahora de una potencia extranjera o de un
conglomerado económico como ocurría hace medio siglo, cuando, por ejemplo, la

251
United Fruit Company era el poder real en la mitad, por lo menos, de los países
centroamericanos y decidía qué leyes se dictaban, qué ministros se nombraba y quién
ganaría las elecciones. Esa dependencia respecto de una empresa extranjera brilla hoy
día por su ausencia también en América Central, gracias a la progresiva apertura de las
economías de aquellos países, a los que, abrirse al mundo de la competencia y de la
diversidad, les ha devuelto un margen de independencia que era inconcebible cuando
sus principales recursos eran explotados de manera monopolística por una sola
empresa. Un margen pequeño, desde luego, porque se trata de países todavía pobres y
la verdadera independencia sólo la garantiza la prosperidad. (Aunque se podría alegar
que, en el mundo inter-dependiente de nuestros días, ni siquiera los países más ricos
gozan de soberanía total).

Da la impresión de que el señor Giuliano Ferrara no se hubiera percatado de que, luego


de un puñado de países asiáticos, América Latina es hoy la región económica más
dinámica del mundo, por los altos índices de su producción de riqueza y por el volumen
de inversiones extranjeras que atrae -entre ellas, de un número creciente de inversores
italianos-, a tal extremo de que algunos países, como Chile y Argentina, comienzan a
tomar ciertas medidas para atenuar el ritmo, temerosos de que esa hemorragia de
divisas dispare una inflación que tanto sacrificio les costó sofocar. Naturalmente que
esta promisoria realidad -confirmada una vez más, hace pocas semanas, por los
informes del Fondo Monetario y del Banco Mundial y por el último balance de la
economía mundial preparado por la revista The Economist- no significa que la pobreza
haya desaparecido ya en América Latina, que es la acusación idiota con la que suelen
responder ciertos rezagados progresistas cuando oyen decir, por ejemplo, que el
desarrollo económico chileno es tan efectivo que ha creado un millón de empleos en
menos de cinco años. Que en ese país, pese a su formidable avance, queden todavía
intolerables bolsones de pobreza es, evidente. Pero también lo es, y eso es lo que
importa, que gracias a las reformas y al modelo económico sobre el que el pueblo
chileno se ha pronunciado ya en dos procesos electorales, Chile ha dejado de producir
pobreza y empieza a producir riqueza a un ritmo acelerado, cuyos beneficios alcanzan

252
ya -aunque no en la misma proporción- incluso a los sectores más deprimidos de la
sociedad.

Lo que ocurre en Chile está también empezando a ocurrir en una docena de países
latinoamericanos, y en los otros la tendencia general es la de optar por el modelo de
privatización de la economía, inserción en los mercados mundiales, presupuestos
balanceados y, en una palabra, el establecimiento de economías de mercado, que es lo
que permitió el despegue de aquella sociedad chilena a la que el resto del mundo
observa hoy con el respeto que merece un país que de mendigar hace cuatro lustros la
ayuda de los organismos internacionales para no desintegrarse, tiene hoy empresas que
están financiando el desarrollo de Perú, Bolivia y Argentina. Desde luego que hay
excepciones, manchas negras en lo que parece el renacimiento de un continente que
buena parte de su historia se empeñó en hacer todo lo necesario para estancarse o
retroceder. Y tina de ellas es Venezuela, país privilegiado si los hay que se empobrece
hoy a pasos acelerados con el tipo de políticas populistas nacionalizaciones, injerencia
creciente del Gobierno en la vida económica, controles, subsidios- que en las décadas
del sesenta y el setenta potenciaron la pobreza latinoamericana a extremos casi
apocalípticos.

Lo que más me ha sorprendido en la desinformación del señor Giuliano Fertara sobre


lo que pasa en aquellos países es que buen número de ellos ha hecho ya, y sin
demasiados traumas, lo que su propio Gobierno quiero decir, el que preside el señor
Berlusconi- está tratando de hacer en Italia, sin conseguirlo. Porque ¿acaso no asegura
en cada exposición el primer ministro italiano que si no se reduce drásticamente el
sector público jamás se reducirá el déficit fiscal en su país y que si no se abren a la
competencia jamás podrán las empresas italianas resistir airosas el desafío de una
economía mundial globalizada? Pues bien, muchas de las que el señor Ferrara llama
"Repubblica delle banane" lo han entendido así, han procedido en consecuencia y
comienzan en estos momentos a recibir los primeros frutos de la reforma.

253
Una de ellas es Bolivia. Estoy absolutamente seguro de que si el señor Giuliano Ferrara
supiera lo que allí ha ocurrido tendría por ese país el mismo respeto y la misma
admiración que yo le profeso. Hasta hace tres lustros, Bolivia era, en efecto, hablando
en términos políticos, la pura barbarie: desde 1835 el promedio de duración de sus
presidentes era de un año y su historia republicana, además de más de un centenar de
golpes de Estado, tenía el triste galardón de un puñado de dictaduras que batieron todos
los récords de salvajismo y de pintoresquismo en un continente en el que, como es
sabido, ellas abundaban. En 1982, el presidente civil Siles Suazo inauguró, en política
económica, unos excesos de incivilidad y estupidez comparables a las fechorías
políticas de un Melgarejo (el célebre tiranuelo que como es sabido, con gran despiste,
geográfico declaró la guerra a Inglaterra, lo que llevó a la reina Victoria a ordenar que
se borrara, a Bolivia de los mapamundis británicos). Es decir, empezó a imprimir
moneda frenéticamente para costear las no menos frenéticas medidas populistas que
adoptaba para satisfacer a todo el mundo. El resultado fue que Bolivia alcanzó una
hiperinflación de cincuenta mil por ciento y que todo su aparato productivo se
desintegró, a la vez que sus pobres, que eran la inmensa mayoría de esa nación del
Altiplano, se volvieron miserables y empezaron a morirse literalmente de hambre. Sin
entender lo que ocurría, y aun vociferando que la culpa de la tragedia la tenía el
tenebroso imperialismo, el patético demagogo se vio obligado a adelantar las
elecciones. Así subió al poder -por segunda vez en su vida- Paz Estenssoro. Tenía
credenciales peligrosísimas, pues, en la Revolución de 1952 que llevó al poder al
Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) había expropiado las minas de estaño,
que eran la principal riqueza del país, y nacionalizado las tierras, además de practicar
la política populista más ortodoxa en el ámbito social.

Pero, con los años, el viejo zorro se había vuelto lúcido y pragmático. En la primera
semana de su segundo Gobierno adoptó un paquete de medidas de una audacia y
trascendencia extraordinarias, que, además de yugular la inflación, liquidaron las
empresas públicas, es decir, las minas de estaño, fuente primera del inconmensurable
déficit fiscal que arrastraba desde hacía cuatro décadas el Estado boliviano. Al mismo
tiempo que ponía orden en las finanzas públicas, saneaba la moneda, clausuraba el

254
sector público deficitario, abría las fronteras de su país al comercio internacional y
llegaba a un acuerdo con los organismos internacionales de crédito para que Bolivia
abandonara la condición de país apestado -"no elegible", según la jerga del Fondo
Monetario- a que lo habían reducido los anteriores gobernantes.

Lo notable, más todavía que el radicalismo de estas reformas, es que ellas se hicieran
en democracia, respetando la libertad de prensa y los derechos de una oposición
política y sindical, y que, en gran parte, gracias al prestigió y al poder de persuasión de
Paz Estenssoro, el pueblo boliviano las respaldara y que surgiera en tomo de este
modelo un consenso que le ha dado una estabilidad que dura ya casi diez años. El
Gobierno de Paz Zamora, que sucedió al de Paz Estenssoro, y que contó con el apoyo del
ex dictador Banzer, lo respetó y ahora lo perfecciona el Gobierno de Gonzalo Sánchez
de Lozada (que fue el ministro de Economía de Paz Estenssoro en 1985), quien ha dado
un nuevo impulso a la modernización de la economía boliviana, integrándola a los
mercados mundiales. El gigantesco sacrificio que todo ello significó para el país
comienza a dar resultados, pues, luego del dificilísimo trance de la estabilización, ahora
Bolivia crece a un buen ritmo y es uno de los países latino americanos que, proporcional
mente, atrae más inversiones. Luego de siglos de: inmovilismo en la behetría política y
de sistemático empobrecimiento, Bolivia es en nuestros días un país sin inflación, de
presupuesto equilibrado, una democracia genuina, de instituciones más o menos
sólidas, que parece bien encaminado para dar la batalla contra el subdesarrollo.

Si uno examina su clase política, es verdad que encuentra a algunos bribones


conspicuos, como el ex dictadorzuelo García Meza -el primer mandatario
narcotraficante del hemisferio-, pero está preso en Brasil y los Jueces de este país han
acordado extraditarlo a Bolivia, donde, sin duda, pasará largos años a la sombra. Pero,
en general, parece una clase política bastante más respetable que la italiana, digamos,
donde uno buscaría en vano, aunque lo hiciera con poderosas linternas, alguien a quien
respetar tanto como al octogenario Paz Estenssoro, quien, pobre de solemnidad y
alabado por todos sus compatriotas, pasa sus últimos años en su modesta casita de
Tarija, regando su jardín. No hay nadie, entre los políticos y ex políticos bolivianos, por

255
ejemplo, capaz de emular a un Bettino Craxi, acarreador desaforado de dineros negros
y de barras de oro a cuentas secretas de Suiza, o a tanto ministro y ex ministro italiano
investigado hoy por la justicia por sus malas juntas con la Mafia y otras picardías. O sea
que, en cierto sentido, el distraído dottore Giuliano Ferrara tenía toda la razón: Italia,
no es Bolivia, por fortuna para los bolivianos.

(Publicado en El País, Madrid, 6 de noviembre de 1994)

256
Bolivia

Estudié los cuatro primeros años de colegio en Cochabamba, Bolivia, y recuerdo que
varias veces al mes, acaso todas las semanas, los alumnos de La Salle cantábamos
formados en el patio un himno reclamando el mar boliviano del que Chile se apoderó a
raíz de la guerra del Pacífico (1879). En ese conflicto Perú y Bolivia perdieron
importantes territorios, pero para esta última perder los 480 kilómetros de litoral
significó quedar convertida en un país mediterráneo, enclaustrado entre las cumbres
de los Andes, cortado del Pacífico, una mutilación a la que Bolivia nunca se conformó y
que ha seguido gravitando sobre la sociedad boliviana como un trauma psíquico.

El mar perdido ha sido una perenne nostalgia que impregna su literatura y su vida
política, al extremo de que hasta hace poco Bolivia tenía una simbólica Marina de
Guerra (acaso la tenga todavía), en espera de que, el añorado día en que accediera de
nuevo al mar, dispondría ya de un cuerpo de oficiales y marineros preparados para
tomar posesión inmediata de las aguas recobradas. Ha sido, también, el argumento
histórico esgrimido para explicar el atraso económico y la pobreza de Bolivia y el tema
al que recurrían los presidentes y dictadores cada vez que necesitaban conjurar las
divisiones internas o disimular su impopularidad. Porque, en efecto, el reclamo del mar
es en la historia de Bolivia uno de los pocos asuntos que consolida la unidad nacional,
una aspiración que prevalece siempre sobre todas las divisiones étnicas, regionales e
ideológicas entre los bolivianos.

La aspiración boliviana a tener un puerto marítimo merece la simpatía y la solidaridad


de todo el mundo ?de hecho, la tiene? y, desde luego, la de este escriba que recuerda los
diez años de su infancia boliviana como una Edad de Oro. Pero, a condición de no
plantear este asunto como un derecho imprescriptible que Chile deba reconocer,
admitiendo el despojo que cometió y devolviendo a Bolivia el territorio del que se
adueñó por un acto de fuerza. Porque si se plantea de este modo, Bolivia no tiene la
menor posibilidad de materializar su sueño marítimo y el resultado sería más bien
encender hogueras reivindicatorias de territorios perdidos por todo América Latina,

257
desde México, que podría reclamar a Estados Unidos la devolución de California y
Texas, hasta Paraguay, a quien la Triple Alianza -Brasil, Uruguay y Argentina-
encogieron como una piel de zapa. Sin ir más lejos, el Perú podría reclamar no sólo
Arica, sino todo Bolivia y todo Ecuador que en el siglo XVIII eran parte tan constitutiva
del Perú como el Cusco y Arequipa.

Cambian las geografías


Todas las guerras son injustas, ellas siempre dan la razón a la fuerza bruta y desde luego
que eso ocurrió en la guerra del Pacífico y en todos los conflictos armados que
ensangrientan la historia de América Latina. A consecuencia de ello la geografía política
del continente se ha deshecho y rehecho de mil maneras. Tratar de corregir a estas
alturas los entuertos, brutalidades, abusos e indebidas apropiaciones territoriales del
pasado no sólo es una quimera; es, también, la mejor manera de atizar los
nacionalismos, forma extrema de la irracionalidad política que ha sido, ése sí, uno de
los factores centrales del subdesarrollo latinoamericano, pues ha impedido que los
organismos de integración regional funcionaran, desencadenado las reyertas y
tensiones entre países que sirvieron para que se derrocharan inmensas cantidades de
recursos en la compra de armas y para convertir a los ejércitos en árbitros de la vida
pública y a todos los generales en potenciales dictadores. Ese es un pasado siniestro al
que América Latina no debe regresar, desoyendo la demagogia nacionalista que en
estos días, con motivo de la reivindicación marítima boliviana actualizada por el
gobierno de Carlos Mesa, comienza a hacerse oír aquí y allá, acompañada de un anti-
chilenismo interesado (encabezado por Fidel Castro y el comandante Chávez) que más
que solidaridad con Bolivia, expresa una condena del modelo económico liberal que ha
hecho de Chile la economía más dinámica del Continente y de la izquierda chilena
representada por Ricardo Lagos, la única que parece haber dado entre nosotros un paso
definitivo hacia la modernización, a la manera de los socialistas españoles y británicos.

Durante el siglo XX el anhelo boliviano de una salida al mar no tuvo casi ocasión de
concretarse. Bolivia vivía en una crónica inestabilidad, donde los gobiernos y las
revoluciones se sucedían a un ritmo de vértigo, lo que contribuyó a empobrecer al país

258
hasta reducir a su mínima expresión su capacidad de hacerse escuchar por la opinión
pública internacional. En 1975, hubo un asomo de diálogo sobre este asunto, cuando
los dictadores de ambos países, Hugo Banzer y Augusto Pinochet, se dieron el llamado
“abrazo de Charaña”. El dictador chileno propuso entonces ceder a Bolivia un corredor
de cinco Km de ancho y un puerto marítimo, contiguo a la frontera chileno-peruana, a
cambio de compensaciones territoriales equivalentes. Como según el Tratado entre
Chile y Perú de 1929 cualquier cesión chilena de territorios que pertenecieron antes al
Perú debe ser aprobada por éste, el Gobierno chileno hizo al peruano la consulta
pertinente. La dictadura militar de Morales Bermúdez respondió con una
contrapropuesta en la que el territorio cedido por Chile a Bolivia hubiera tenido una
soberanía compartida entre los tres países, lo que implicaba una revisión del Tratado
de 1929 que fijó los límites entre Chile y Perú. Santiago no aceptó la propuesta y el
proyecto quedó en nada. Poco después, Bolivia rompería relaciones diplomáticas con
Chile.

¿Tiene más posibilidades Bolivia en la actualidad que en el pasado de materializar su


sueño marítimo? Sí, las tiene, gracias a esa globalización tan denostada por los
oscurantistas y obtusos demagogos, una realidad que, a pesar de los gobiernos y de los
ejércitos y de la visión microscópica de los intereses nacionales, ha ido debilitando las
fronteras y tendiendo puentes, denominadores comunes y lazos económicos entre los
países, una de las mejores cosas que le han ocurrido a América Latina en los últimos
veinte años y gracias a lo cual, entre otros progresos, hay hoy en el Continente menos
dictadores que en el pasado y mejores costumbres democráticas. Sólo los
antediluvianos políticos son incapaces de comprender que, en nuestros días, un país
que no abre sus fronteras y trata de insertarse en los mercados mundiales está
condenado al empobrecimiento y la barbarización. Abrir fronteras quiere decir muchas
cosas y la primera de ellas es concertar las políticas económicas propias con las de sus
vecinos, la única manera de estar mejor equipado para conquistar mercados mundiales
para los productos nacionales y acelerar la modernización de la infraestructura interna.
A diferencia de lo que ocurría en el pasado, hoy Chile necesita a Bolivia tanto como
Bolivia necesita a Chile. Y el Perú, por su parte, necesita también de sus dos vecinos.

259
Acuerdo necesario
Un acuerdo es posible a condición de que se negocie en la discreción diplomática y en
la exclusiva perspectiva del futuro, sin volver la vista atrás. Esta debe ser, ni qué decir
tiene, una negociación bilateral entre los dos países, en la que el Perú sólo debe
intervenir una vez que haya acuerdo y éste afecte territorios que fueron peruanos en el
pasado. Es inevitable que así ocurra porque Chile jamás aceptaría escindir su territorio
-ningún país lo haría- como fórmula de solución. Bolivia es un país muy pobre pero con
un subsuelo con cuantiosas reservas de gas y con unos recursos hídricos que a ella le
sobran y a Chile le hacen falta para desarrollar la región desértica de su frontera norte.
El Perú, en vez de obstruir debe facilitar este acuerdo amistoso chileno-boliviano, que
sólo puede traerle beneficios, ya que toda la región peruana de esa frontera sur requiere
urgentes inversiones para desarrollar una infraestructura industrial, comercial y
portuaria que la saque del abandono en que se encuentra.

Los tres países cuentan en la actualidad con gobiernos democráticos (aunque la


democracia boliviana haya quedado algo maltrecha por la manera como fue
reemplazado Sánchez de Lozada por el actual presidente Mesa), lo que debería ser un
acicate para el acercamiento y la apertura de negociaciones. Pero para ello es
indispensable que el clima de crispación sobre este tema que se ha creado se vaya
apaciguando, lo que sin duda no será tan rápido. Porque en Chile hay ya un ambiente
pre-electoral, en el que el nacionalismo y el chovinismo siempre se ponen de moda, y el
candidato o partido que se atreviera a mencionar siquiera la posibilidad de dar una
salida al mar a Bolivia sería acusado de traidor y vendepatria por sus adversarios, y
porque al presidente Mesa le ha venido de perillas el escándalo internacional que
provocó: era, hace apenas un mes, un mandatario precario, sin fuerza propia, jaqueado
por Evo Morales y Felipe Quispe, que dominan las calles y podrían defenestrarlo con la
facilidad con que defenestraron a Sánchez de Lozada, y es ahora el estadista
consolidado que encabeza una gran movilización nacional en pos del más caro anhelo
del pueblo boliviano. Que se eclipsen los estribillos patrioteros y el asunto de la
mediterraneidad de Bolivia salga de la calle y las primeras planas periodísticas para

260
trasladarse al más sosegado ambiente de las cancillerías, donde se grita menos y se
razona más (a veces), se sopesan los intereses en juego y se entablan esos toma y daca
de los que resultan los acuerdos. Por primera vez desde la infausta guerra del Pacífico
hay unas circunstancias que podrían darle a Bolivia el puerto marítimo con el que
sueña. Que la visión del corto plazo, la mezquindad y la estupidez no las desaprovechen.
No sólo el comandante Chávez, yo también iré a darme un remojón en esas aguas
heladas del mar boliviano por el que canté tantos himnos en mi infancia cochabambina.

(Publicado en El País, 25/01/2004, con el título de Nostalgias del mar y luego en


Diccionario del amante de América latina con el título de Bolivia).

261
Los autores

Poemas:

Eliodoro Aillón Terán, Sucre, 1930-1992. Sus obras son: Poema ilustrado (junto a Juan
Wayar, 1958); Pido la palabra (1958); Para una voz del hombre (1958); Sobre la ruta del
hombre (1963).

Óscar Alfaro, Tarija, 1921-1963. El gran poeta de los niños y niñas. Sus mejores narraciones
breves están reunidas en Cuentos infantiles (1955) y Cuentos Chapacos (1963). Entre su
producción poética destacan Bajo el sol de Tarija (1947), Cien poemas para niños (1955) y
El circo de papel (1970). Diversos compositores han puesto música a varios de sus poemas.

René Antezana Juárez, Oruro, 1953. Poeta, artista plástico y gestor cultural. Entre sus libros
de poesía se destacan Imaginario (1976), Memoria de los cuatro vientos (1988), Viento
verbal (1988), La flecha del tiempo, Premio de literatura Franz Tamayo (1992) y Cielo
subterráneo (2008)

Marcelo Arduz Ruiz, Tarija, 1954. Poesía: Estrellas en el día (1977); Tras el vidrio del cielo
(1978); La tierra en uno (1985); Quince antipoemas de amor y dibujos (1989), Bolívar,
delirio del Ande (1980); Ascensión de la lluvia (1989); Hojas solares (1993); Poemas
lunáticos (1993), Poemas de cielo adentro (1994); Jiwasanaca (2000); Los niños de la calle
(2001).

Miguel Ángel Asturias, Guatemala 1899-1974. Uno de los grandes escritores del mundo.
Su primera obra importante es Leyendas de Guatemala (1930), conjunto de relatos que
apareció en París con un prólogo de P. Valéry, y que pertenece a su primer ciclo junto con El
Señor Presidente (1946) y Hombres de maíz (1949). En el género del cuento escribió además
Week-end en Guatemala, (1955), El espejo de Lida Sal (1967), Tres de cuatro soles (1971).
Además de las novelas mencionadas, publicó Viento fuerte (1950), El Papa verde (1954),

262
Los ojos de los enterrados (1960), El alhajadito (1961), Mulata de tal (1963), Maladrón
(1969) y Viernes de dolores (1972). Premio Nobel de literatura en 1967.

Alejandra Barbery, Santa Cruz de la Sierra, 1973. Poeta, ha participado en Breve Poesía
cruceña y en el libro Tres al hilo junto a Alfredo Rodríguez y Óscar Gutiérrez, está incluida
en la antología Poetas del Oriente boliviano y el poemario Ánima.

Yolanda Bedregal, La Paz 1916-1999. De las grandes y extraordinarias escritoras y poetas


de Bolivia, dejó una obra monumental que sigue siendo investigada y rescatada. Recibió
muchos premios tanto a su obra poética como narrativa. Ha publicado 20 libros entre poesía,
narrativa y antologías. Ella hizo la antología de la Poesía Boliviana tanto para la Universidad
de Buenos Aires como para la Enciclopedia Boliviana de los Amigos del libro. Poesía:
Almadía, Poemar, Ecos, en colaboración con su esposo Gert Conitzer, escritor y profesor
alemán, Nadir, Antología Poética Lírica Hispana (Caracas), Del Mar y la Ceniza, El Cántaro
del Angelito, poemas para niños. Narrativa: Naufragio, Bajo el Oscuro Sol, Calendario
Folklórico del Departamento de La Paz, 52 Artículos de Historia del Arte para Niños. Es
autora de Poesía de Bolivia (Editorial Universitaria de Buenos Aires) y de Antología de la
Poesía Boliviana (Colección Enciclopedia Boliviana, Editorial “Los Amigos del Libro”).

Héctor Borda Leaño, Oruro 1927. Su libro de poemas La Ch’alla mereció en 1967 el Primer
Premio de Poesía Franz Tamayo y en 1970 su poemario Con rabiosa alegría obtuvo el mismo
galardón. Ha publicado cuatro libros de poesía: El sapo y la serpiente (1965), En esta oscura
tierra (1972), Con rabiosa alegría (1975) y la antología Poemas desbandados (1997).

Ricardo José Bustamante, La Paz, 1921-1986. Poesías: "La Humanidad" (poema cíclico),
Hispanoamérica Libertada, Mas pudo el suelo que la Sangre (comedia histórica). Es autor
del Himno Paceño y del Epitafio del Libertador

Octavio Campero Echazú, Tarija, 1900-1970. Poesía: Arias sentimentales (1918);


Amancayas (1942); Voces (1950); Poemas (1958); Al borde de la sombra (1963); Aroma de
otro tiempo (1971).

263
Jorge Campero, Tarija, 1953. Fue director de la revista Camarada Mauser y Siesta Nacional
y El Cielo de las Serpientes. Su obra poética incluye Promiscuas (1976), A Boca de Jarro
(1979), Árbol Eventual (1983), Sumarium Común Sobre Vivos (1985), El Corazón Ardiente
(2001), Musa en Jeans Descolorido Premio Nacional de Poesía 2001 y Jaguar Azul, Premio
Nacional de Poesía 2002.

Homero Carvalho Oliva, Beni, 1957. Escritor y poeta, ha obtenido varios premios de cuento
a nivel nacional e internacional, dos veces el Premio Nacional de Novela con Memoria de
los espejos y La maquinaria de los secretos. Su obra literaria ha sido traducida a otros
idiomas y figura en varias antologías nacionales e internacionales de cuento y poesía como
Nueva Poesía Hispanoamericana. Entre sus poemarios están Los Reinos Dorados, Las
puertas y El cazador de sueños y está incluido en la antología Poetas del Oriente boliviano.
Premio Nacional de poesía 2012 con Inventario Nocturno. Es autor de la Antología poesía
amazónica de Bolivia.

Ruber Carvalho Urey, Beni, 1938. Periodista, poeta, narrador, pintor y ensayista, es uno de
los más destacados escritores bolivianos. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: Por
tu modo de andar y mi forma de mirarte, Canto cantum cantorum, Del tiempo de los exilios
(poesía), recogidos en el 2010 en un solo libro titulado Ya no me da dolor… solo cansancio,
que reúne su obra poética y las novelas Improperia y La mitad de la sangre que junto con el
Manual de historia de Bolivia han tenido mucho éxito y está incluido en las antologías Lo
Nuestro. Poesía cruceña y Poetas del Oriente boliviano.

Matilde Casazola, Sucre, 1943. Poeta y cantautora, es una de las más reconocidas poetas
bolivianas. Muchos de sus poemas fueron pensados como canciones o se transformaron en
canciones. Entre otros libros publicados tiene: Los ojos abiertos (1967); Los cuerpos (1976);
El espejo del Ángel (Sucre 1981); Amores de alas fugaces (1986); …Y siguen los caminos
(1990); Estampas, Meditaciones, Cánticos (1990); obra poética (1996); Las catedrales
subterráneas (2008). Obra musical publicada: Una revelación (1976); De regreso (, 1984);
Cuatro Estancias poético-musicales (Breve Antología de sus Canciones, 1988); Canciones
del corazón para la vida (1998); Matilde Casazola, (2002).

264
Óscar Cerruto, La Paz, 1912-1981. Uno de los grandes poetas de Bolivia. Entre sus libros
se cuentan a Cifra de Rosas (1957), Estrella segregada (1973), Reverso de la transparencia
(1975) y Cántico traspasado (1978).

Gamaliel Churata. Perú 1897-1960. Su nombre verdadero Arturo Pablo Peralta. Fundador
del grupo culturalista Bohemia Andina en 1915, de la revista literaria La Tea en 1917, del
Centro Cultural Orkopata en 1919 y del Boletín Titikaka en 1931, siendo así uno de los cuatro
grandes del movimiento indigenista peruano, junto a Manuel González Prada, su mentor
espiritual, José Carlos Mariátegui y Raúl Haya de la Torre. Su obra El pez de oro (publicado
en La Paz en 1957), Anales de Puno (1922), Resurrección de los muertos (2010, edición
póstuma)

Rubén Darío, Nicaragua, 1867-1916. El poeta creador del modernismo nació con el nombre
de Félix Rubén García Sarmiento. En 1892, el poeta viajó por primera vez a Madrid, dando
comienzo a una vida de trotamundos, alternando entre París, Madrid y países
latinoamericanos. Colaboró con periódicos importantes y desempeñó varios cargos
diplomáticos, entre ellos: cónsul honorífico de Colombia en Buenos Aires, ciudad en la que
publicó Prosas profanas y otros poemas; y embajador de Nicaragua en Madrid, donde
publicó Cantos de vida y esperanza (1905), entre sus libros más destacados se encuentra
Azul.

Roberto Echazú Navajas, Tarija 1937-2007. Poesía: 1879 (1961); Akirame (1966);
Provincia del corazón (1987); Morada del olvido (1989); Sólo indigencias (1989); La sal de
la tierra (1992); Gabriel Sebastián (1994); Camino y cal (1997); Humberto Esteban (1994);
Inscripciones (1997); Umbrales (1998); Poesía completa (2001); Memorias cercanas.
Memorias recurrentes (2002); Cercas de soledad (2003); Sobre las hojas de otoño (2006).

265
Elvira Espejo Ayca, La Paz, 1981. Poesía: Canto a las flores (2006) Kaypi Jaqaypi (2013).
Cuento: Ahora les voy a narrar (finalista en concurso de literaturas indígenas de la ‘Casa de
las Américas’ de cuba, 1994; Sawutug parla – Acerca de los textiles (2005).

María Virginia Estenssoro, La Paz, 1903-1970. Poesía: Ego Inútil (1971) y en Cuento: El
Occiso (1937); Memorias de Villa Rosa (1976); Cuentos y otras páginas (1988).

Allen Ginsberg, Estados Unidos, 1926-1997. Ícono de la generación Beat junto a Jack
Kerouac y William Burroughs. Publicó Aullido (1956), su gran obra; Sándwiches de realidad
(1963); Planet news (1968) y La caída de América (1972).

Alberto Guerra Gutiérrez, Oruro, 1930- 2006. Poesía: Gotas de Luna (1955); Siete poemas
de sangre o la historia de mi corazón (1964); De la muerte nace el hombre (coautor, 1969);
Baladas de los niños mineros (1970); Yo y la libertad en exilio (1970); Antología de la poesía
del amor (1971); Tiras de poesía Lilial (1978); La tristeza y el vino (1979); Manuel
Fernández y el itinerario de la muerte (1982); Hálito que se descarga en pos de la belleza
(1989); Égloga elemental y una revelación de íntimo recogimiento (2000); Obra poética
(2003). Antología: Antología de la poesía del amor (1971); La poesía en Oruro (coautor con
Edwin Guzmán, 2004).

Nicolás Guillén, Cuba, 1902-1989. Se le considera un genuino representante de la poesía


negra de su país. Motivos de son (1930), Sóngoro cosongo. Poemas mulatos (1931), West
Indies Ltd. (1934), Cantos para soldados y sones para turistas (1937), El son entero (1947)
y La paloma de vuelo popular (1958), mostró su compromiso con la patria cubana y
americana, con sus hermanos de raza y con todos los desheredados del mundo. Poema en
cuatro angustias y una esperanza (1937) acusó el impacto de la Guerra Civil española y el
asesinato de Federico García Lorca.

Alfonso Gumucio Dagrón, La Paz, 1950. Su testimonio La máscara del gorila obtuvo en
1982 el Premio Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes en México. Es
autor de la primera Historia del Cine en Bolivia (1983) y de un estudio biográfico: Luis

266
Espinal y el Cine (1986). Varias de sus obras han sido publicadas en francés y en inglés:
Bolivie (1981), Les Cinemas d’Amérique Latine (1981) y Popular theatre (1995). Sus cuatro
libros de poesía son: Antología del asco (1979), Razones técnicas (1980), Sobras completas
(1984) y Sentímetros (1990

Óscar Gutiérrez, La Paz, 1970. Ha publicado Tres al hilo (2003), y está incluido en
Antología de la poesía cruceña contemporánea (2004), y Breve Poesía Cruceña II (2005)
Sobrevuelo en la ciudad de los anillos fue elegido ganador del Concurso Nacional de
Literatura “Santa Cruz de la Sierra 2007”.

Ramiro Jordán, boliviano, escritor y poeta, ha publicado los poemarios Anoche el cielo se
incendió, Unicornio, y El latido de mis huellas libro de vivencias, de microrrelatos. Ha
participado en varias ferias libros y festivales de poesía.

Jorge Mansilla Torres, Boliviano, 1940, periodista, escritor y poeta. Egresado del Instituto
Superior de Ciencias y Técnicas de la Opinión Pública de la Universidad Católica Boliviana
(1969) y de la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México (1993).
Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde” por el Instituto Nacional de Bellas Artes
de México, Zacatecas, 1982; Premio Nacional de Literatura “Efraín Huerta” de Tampico,
Tamaulipas, 1982. Premio Nacional de Periodismo, Club de Periodistas 1992. Medalla de
Oro al Mérito Profesional y de Creación Intelectual “Franz Tamayo”, por la Asociación de
Periodistas de La Paz, 1996; Premio Nacional de Periodismo “Artículos de
Humorismo”, Club de Periodistas de México, 1996. Obra publicada: En verso y en
directo (poesía, Lima, 1978); Huelga de hambre, mujeres mineras (crónica, Lima, 1978); El
delito de ser periodista (ensayo, Lima, 1978); ¿Por qué la morenada? Una explicación sobre
su origen (ensayo, Llallagua, 1979); Arriesgar el pellejo. Biografía de Mauricio
Lefebvre (La Paz, 1983); Pienso, luego exilio (poesía, La Paz, 1986); De puño y
letra (poesía, La Paz, 1988); Con premeditación y poesía (La Paz, 1993); Son estos, sonetos
de la memoria (Cochabamba, 2000); Animalversiones, zoopatologías de ciertas
bestias (crónica de humor, La Paz, 2000).

267
Eduardo Mitre, Oruro, 1943. En Francia realizó estudios de literatura francesa. Radicado
posteriormente en los Estados Unidos, se doctoró en la Universidad de Pittsburgh con una
tesis sobre la poesía de Vicente Huidobro. Ha sido profesor en Columbia University de
Nueva York, en la Universidad Católica Boliviana de Cochabamba y en Saint John"s
University de Nueva York. Es además, Miembro de Número de la Academia Boliviana de
la Lengua. Su obra poética comprende las siguientes publicaciones: Morada en 1975,
Ferviente humo en 1976, Mirabilia en 1979, Desde tu cuerpo en 1984, El peregrino y la
ausencia en 1988, La luz del regreso en 1990, Líneas de otoño
en 1993 y Camino de cualquier parte en 1998. Como antólogo publicó, entre otros libros, El
árbol y la piedra referente a la poesía boliviana contemporánea.

Pablo Neruda, Chile, 1904-1973. Su nombre real fue Neftalí Reyes Basoalto, desde 1917
adoptó el seudónimo de Pablo Neruda como su verdadero nombre. Escritor, diplomático,
político, Premio Nobel de Literatura, Premio Lenin de la Paz y Doctor Honoris Causa de la
Universidad de Oxford, es considerado como uno de los grandes poetas del siglo XX. Militó
en el partido comunista chileno apoyando en forma muy decidida a Salvador Allende. De su
obra poética, se destacan títulos como Crepusculario, Veinte poemas de amor y una canción
desesperada, Residencia en la tierra, Tercera residencia, Canto general, Los versos del
capitán, Odas elementales, Extravagario, Memorial de Isla Negra y Confieso que he vivido.
Premio Nobel de literatura en 1971

William Ospina, Colombia, 1954. Está considerado como uno de los poetas y ensayistas
más destacados de las últimas generaciones de Colombia. En Novela ha publicado Ursúa
(2005, El País de la Canela (2008) Premio Rómulo Gallegos 2009, La serpiente sin ojos
(2012). En Poesía Hilo de arena (1986), La luna del dragón (1992), El país del viento (1992)
y en Ensayo ha publicado entre libros Aurelio Arturo (1991), Es tarde para el hombre (1994),
Esos extraños prófugos de Occidente (1994) y Los dones y los méritos (1995).

268
Raúl Otero Reiche, Santa Cruz, 1906-1976. Profesor titular en las materias de Gramática,
Historia, Literatura y Filosofía. Considerado el más grande poeta cruceño, publicó novela,
poesía, cuento, drama y ensayo. Entre sus obras publicadas se cuentan: Gabriel René Moreno
y sus obras, Alba, Carne de Política, Flores para deshojar, Poemas de Sangre y Lejanía, La
Virgen de los Llanos, Lira Maternal, Fábulas, Florilegio Escolar y Soledad Iluminada, Adiós
amable ciudad vieja, El ave de la sombra, Otra cosa es con Guitarra y Las Campanas.

Jaime Sáenz, La Paz 1921-1986. Poeta y novelista. Uno de los más emblemáticos escritores
bolivianos, con gran influencia sobre la poesía nacional. Entre sus obras se destacan los
poemarios El escalpelo (1955), Muerte por el tacto (1957), Aniversario de una visión (1960),
Visitante profundo (1963), El frío (1967), Recorrer esta distancia (1973) y la recopilación
Obra poética, que apareció en 1975. Su novela Felipe Delgado fue publicada en 1979 y
figura entre las 15 novelas fundamentales de Bolivia.

Manuel Scorza, Perú, 1928-1983. En 1956 recibió el premio nacional de poesía de Perú. Fue
un gran editor de libros populares. Dirigió la “Colección de Autores Peruanos”. Novelas:
redoble por Rancas, Historia de garabombo, el invisible; El jinete insomne; El cantar de
Agapito Robles; La tumba del relámpago. En poesía: Las imprecaciones, Los adioses,
Desengaños del mago y Réquiem para un gentilhombre.

Pedro Shimose, Beni, 1940. Poeta, narrador, periodista y dibujante. Es uno de los grandes
poetas benianos cuya obra ha trascendido nuestras fronteras. De su obra se han ocupado
destacados críticos y figura en varias antologías internacionales. En el año 1972 obtuvo el
Premio de Poesía Casa de Las Américas y en 1999 el Premio Nacional de Cultura, entre otras
distinciones locales, nacionales e internacionales. Además de libros de poesía, es autor de un
libro de cuentos, así como de varias antologías de poesía y del Diccionario de autores
iberoamericanos y de Historia de la literatura latinoamericana. Entre sus libros de poesía
figuran: Triludio en el exilio, Sardonia, Poemas para un pueblo, Quiero escribir pero me
sale espuma, Riberalta y Reflexiones Maquiavélicas.

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Jorge Suárez, La Paz, 1931-1998. Poeta, novelista y periodista. Publicó en poesía: Elegía a
un recién nacido (1964), Sonetos con infinito (1976), Serenata (1990); en narrativa: El otro
gallo (1991) considerado una de las novelas fundamentales de Bolivia y La realidad y los
símbolos (2001) y dirigió el Taller del cuento nuevo de Santa Cruz.

Gigia Talarico, Chile, 1953. Gestora cultural, escritora, poeta y novelista. Se dio a conocer
como una de las más destacadas escritoras de cuentos para niños. Ha obtenido varios premios
de literatura; y ha publicado: Comiendo estrellas, El caracol gigante, Los tres deseos; los
poemarios Ángeles de Fuego, Púrpura y la novela La sonrisa cortada. Fundó Arte poética e
integración, agrupación que se han realizado varios encuentros literarios con escritores de
otros países y está incluida en varias antologías internacionales de poesía como Nueva Poesía
Hispanoamericana y en la antología Lo Nuestro. Poesía cruceña. Reside en Santa Cruz.

Franz Tamayo, La Paz, 1879- 1956. Poeta, político y diplomático boliviano Entre sus obras
más importantes se encuentran "Odas", "Nuevos proverbios" y "Epigramas griegos"
Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917),
Nuevos proverbios (1922), Los nuevos rubayat (1927) Scopas (1939) Creación de la
pedagogía nacional (1910). Dirigió el periódico El Hombre Libre y fue fundador de El
Fígaro. Por su obra poética se le considera el máximo representante del modernismo en
Bolivia junto a otros poetas. Tamayo está considerado uno de los grandes poetas nacionales
con una obra sólida también en el ensayo.

Jesús Urzagasti, Tarija 1941-2013. Sin duda alguna uno de los escritores y poetas más
destacados de Bolivia. Publicó Tirinea (1969), En el país del silencio (traducida al inglés por
Kay Pritchett y publicada por la editorial de la Universidad de Arkansas/1994), De la ventana
al parque (1992), Los tejedores de la noche (1996), Un verano con Marina Sangabrie (2001),
El último domingo de un caminante (2003) y Un hazmerreír en aprietos (2006). Y en poesía:
Yerubia (1978), La colina que da al mar azul (1993), El árbol de la tribu (2004) y Frondas
nocturnas (2008), y una obra en prosa poética titulada Cuaderno de Lilino (1972).

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Gonzalo Vásquez Méndez, La Paz, 1928-2000. Formó parte del grupo ‘Gesta Bárbara.
Publicó: Alba de ternura (1957); Del sueño y la vigilia, Premio Municipal de Cochabamba
de 1965, ed. 1966; Del fuego y la ceniza (1984); Antología personal 1956-2000 (2000).

Julio de la Vega, Santa Cruz, 1924-2010. Dramaturgo, poeta y novelista. Está considerado
entre los grandes escritores bolivianos de la segundad mitad del siglo XX. Ha obtenido varios
premios literarios. Entre sus novelas se destacan Cantango por dentro y Matías, el apóstol
suplente; entre sus poemarios, Amplificación temática, Temporada de líquenes, y en teatro
La presa.

Cuentos:

Mario Benedetti, Uruguay, 1920-2009. En el año 2001 recibió el Premio Iberoamericano


José Martí en reconocimiento a toda su obra. Entre su obra se destaca: La casa y el ladrillo,
1977; Vientos del exilio, 1982; Geografías, 1984; Las soledades de Babel, 1991. En teatro
denunció la institución de la tortura con Pedro y el capitán (1979), y en el ensayo ha hecho
comentarios de literatura contemporánea en libros como Crítica cómplice (1988). Reflexionó
sobre problemas culturales y políticos en El desexilio y otras conjeturas (1984), libro que
recoge su labor periodística desplegada en Madrid. Su obra poética está reunida en los tomos
denominados Inventario.

Jorge Guzmán, Chile en 1930. Escritor y filósofo. Colabora con frecuencia como narrador
y ensayista en revistas y publicaciones latinoamericanas. Ha publicado libros de ensayo entre
los que destacan Una constante didáctico moral del Libro del Buen Amor (1963) y Contra el
secreto profesional; lectura mestiza de César Vallejo (1991). Entre sus novelas sobresalen
Job-Boj (1968) y Ay Mama Inés (1993). El Capanga ganó el concurso nacional de cuentos
de El Mercurio

Juan Bosch, República Dominicana, 1909-2001. Extraordinario cuentista, escribió un


manual. Entre sus obras se destacan Camino real (1933), Indios (1935), Dos pesos de agua

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(1941), Ocho cuentos (1947), La muchacha de la Guaira (1955), Cuentos escritos en el exilio
y apuntes sobre el arte de escribir cuentos (1962) y Más cuentos escritos en exilio (1966).
Entre sus obras históricas y políticas destacan títulos como Trujillo: causas de una tiranía
sin ejemplo (1961), Composición social dominicana (1978) y La guerra de la Restauración
(1982),

Augusto Monterroso, Guatemala, 1921-2003. Uno de los escritores latinoamericanos más


reconocidos. Vivió en México y entre sus libros se destacan: El concierto y el eclipse (1947),
Uno de cada tres y El centenario (1952), Obras completas y otros cuentos (1959), La oveja
negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1969), Animales y hombres (1971),
Antología personal (1975), Lo demás es silencio (1978), Las ilusiones perdidas (1985), Esa
fauna (1992) o La vaca (1998).

Luis Sepúlveda, Chile, 1949. Escritor. Premio Casas de Las Américas (1969), Premio
Gabriela Mistral de poesía 1976, Premio Rómulo Gallegos (1978), Premio Tigre Juan (1988).
Ha publicado entre otros libros La frontera extraviada (1994). Nombre de torero (1994),
Patagonia Express / Al andar se hace el camino se hace el camino al andar (1995), Komplot:
Primera parte de una antología irresponsable (1995), Historia de una gaviota y del gato que
le enseño a volar (1996).

Ensayo:

José María Arguedas, Perú, 1911-1969. Otro de los grandes escritores latinoamericanos.
Fue un gran escritor indigenista. Entre sus obras destacan: Los ríos profundos (1956), Todas
las sangres (1964) y El zorro de arriba y el zorro de abajo (1971). El sexto (1961), La agonía
de Rasu Ñiti (1962) y Amor mundo (1967). El Zorro de arriba y el zorro de abajo, que se
publicó póstuma quedó inacabada por el suicidio del escritor.

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Mariano Baptista Gumucio, Cochabamba, 1931. Estudió derecho. Fue subdirector de la
Biblioteca Nacional de Sucre, ministro de Educación y Cultura, embajador de Bolivia en EE.
UU., cónsul general de Bolivia en Chile y gerente general de la Empresa Nacional de
Televisión Boliviana (canal 7). Como director del matutino Última Hora, creó la Biblioteca
Popular de Última Hora, la cual editó 50 títulos de autores bolivianos. Publicó cerca de 70
libros, entre ellos Yo fui el orgullo. Vida y pensamiento de Franz Tamayo (1978), Biografía
de Palacio Quemado (1982), Mis hazañas son mis libros. Vida y obra de Augusto Guzmán
(1990), Historia gráfica de la guerra del Chaco (2003), La muerte de Pando y el fusilamiento
de Jáuregui (2009) y Busch, la flecha incendiaria (2011).

Obtuvo varias condecoraciones y fue galardonado con el Premio Nacional de Cultura de


Bolivia (1993), el Premio Nacional de Gestión Cultural Gunnar Mendoza (2004) y el Premio
Nacional de Periodismo (2011), entre otros.

Adolfo Cáceres Romero, Oruro, 1937. Narrador, profesor y crítico literario. Es uno de los
estudiosos más serios de la literatura boliviana. Premio Municipal de Literatura, con su libro
de cuentos Galar, 1967. En 1982 la Honorable Alcaldía de la Paz, le otorgó el Premio Franz
Tamayo, por su libro de cuentos Entre Ángeles y Golpes. Escribió las novelas: La Mansión
de los elegidos (1973), Las Víctimas (1978), Los libros de cuentos: Galar (1968), Copajira
(1975), Los Golpes (1983), La Hora de los Ángeles (1987), Poésie Bolivianne du XX. Siecle
(1987), Nueva Historia de la Literatura Boliviana Tomo I: Literatura Aborígenes Aymara,
Quechua, Callawaya y Guaraní (1987); Tomo II: Literatura Colonial de Bolivia (1990);
Tomo III: Literatura de la Independencia y del Siglo XIX (1995) y Poésic Quechua en Bolivia
(1990), Antología de la poesía quechua boliviana, en edición trilingüe: Quechua, Español y
Francés. Entre Ángeles y Golpes (2001), cuentos; La Saga del Esclavo. Octubre Negro
(2007), novelas; Cinco noches de boda (2009) y El despertar de la bella durmiente (2009),
cuentos. Diccionario de la Literatura Boliviana (2009) Tercera edición.

Lupe Cajías, La Paz, 1955. Periodista y escritora. Ha publicado las novelas Historia de una
rebeldía, Premio Nacional de Novela 1996; Morir en mi cumpleaños (2011) y los ensayos El

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Presente es de lucha, el futuro es nuestro (1983); la Biografía de Juan Lechín Oquendo
(1988) y el libro de cuentos Vecinos (2013)

Pablo Cingolani, Argentina, 1963. Vive en Bolivia desde 1987. Poeta, periodista y
explorador. Publicó: Todo por los Tapires, Toromonas. La lucha por la defensa de los
indígenas aislados en Bolivia, Amazonía Blues. Denuncia y poética para salvar a la selva y
Aislados.

José Luis Exeni, La Paz, Bolivia, 1968, comunicador social y politólogo. Autor de La difícil
democracia. Comicios mediáticos. Los medios en las Elecciones Generales 2009 en Bolivia.
La Paz: IDEA Internacional. La larga marcha. El proceso de autonomías indígenas en
Bolivia. La Paz: Fundación Rosa Luxemburg y Proyecto ALICE. Comicios mediáticos II.
Medios de difusión en las Elecciones Generales 2014 en Bolivia. La Paz, IDEA
Internacional. Democracia (im)Pactada en Bolivia. La Paz: Plural Editores, CLACSO e
IDEA Internacional.

Eduardo Galeano, (Montevideo, 1940-2015), periodista y escritor uruguayo, una de las


personalidades más destacadas de la literatura iberoamericana. Sus libros han sido traducidos
a varios idiomas. Sus trabajos trascienden géneros ortodoxos, combinando documental,
ficción, periodismo, análisis político e historia. Puede clasificarse como un periodista que
estudia la globalización y sus efectos negativos. Nació en el seno de una familia católica de
clase media con ancestros galeses, alemanes, españoles e italianos. Durante su adolescencia
desempeñó diversos trabajos: fue mecánico de coches, recaudador, pintor de carteles,
mensajero, mecanógrafo y cajero. Comenzó su carrera como periodista a principios de los
años 1960 como editor de Marcha (1960-64), un semanario que, bajo la dirección de Carlos
Quijano, ejerció fuerte influencia en el pensamiento uruguayo de la época. Durante dos años
editó el diario Época y trabajó como editor en jefe en la prensa universitaria. Obras: Las
venas abiertas de América Latina (1971) es su obra más conocida, un acta de acusación de
la explotación de Latinoamérica por poderes extranjeros a partir del siglo XV. Memoria del
fuego, obra ampliamente aclamada por los críticos, es un relato de la historia de América

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dividido en tres tomos. Sus personajes son figuras históricas, generales, artistas,
revolucionarios, obreros, conquistadores y conquistados, quienes son presentados en
episodios breves que reflejan a su vez la historia colonial del continente. Ha sido galardonado
con el Premio Casa de las Américas en dos ocasiones: en 1975 con la novela La canción de
nosotros, y en 1978 con Días y noches de amor y de guerra, de género testimonial.

Vicente Huidobro, Chile 1893-1948. De los grandes poetas, inventor del creacionismo. En
1911 publicó su primer poemario, Ecos del alma, con fuertes influencias modernistas. Ha
publicado Las Pagodas Ocultas (1914), Adán (1916), Horizonte Cuadrado (1917), Poemas
Árticos (1918), o Mío Cid Campeador (1929) y Altazor o El Viaje En Paracaídas (1931)

Gonzalo Mendieta Romero, La Paz, 1969. Es abogado y ejerce la profesión libre en su


ciudad natal. Además, es columnista de periódicos nacionales y autor de algunos textos
relacionados con el Derecho, la Historia y el análisis político. Sus aficiones literarias se abren
espacio ocasional público entre esas actividades.

Carlos D. Mesa Gisbert, La Paz, 1953. Historiador, periodista y escritor. Fundador y


director de la Cinemateca Boliviana (1976-1985). Trabajó en radio, prensa y televisión.
Realizó numerosos documentales de carácter histórico. Ha publicado varios libros entre ellos
Gran Poder: el cielo y el infierno (1988), Presidentes de Bolivia, entre urnas y fusiles (2006);
La Guerra del Chaco (1992); Más allá de los Andes (2005) y La sirena y el charango (2013).

Keith Richards, Inglaterra, 1953. Obtuvo su doctorado en literatura con un estudio sobre la
obra del novelista boliviano Néstor Taboada Terán, publicada con el título de Lo Imaginario
mestizo (1989). Es uno de los principales contribuyentes a la Enciclopedia de cultura popular
Latin America: Media Arts and Literature y es autor de la Antología Narrativa del trópico
boliviano (2004)

Ramón Rocha Monroy, Cochabamba, 1950. Escritor y periodista. Uno de los grandes
novelista de Bolivia. Su novela El run de la calavera integra la lista de 15 novelas que
seleccionó una reunión de 40 expertos convocados por el Ministerio de Culturas. Ha

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publicado también las novelas ¡Qué solos se quedan los muertos!, Potosí 1600 Premio
nacional de Novela, Ladies Night, La casilla vacía, Ando volando bajo y Allá lejos. Es
columnista de Los Tiempos, Opinión y La Prensa.

Jackeline Rojas Heredia, titulada en Ciencias de la Comunicación Social, editora del


suplemento cultural La esquina. Ganó el segundo lugar a nivel nacional en el concurso
periodístico sobre “Transparencia y Control Social”. Tiene un Diplomado en Violencia de
Género, Derecho de las Mujeres y Periodismo certificado – UPAL, Conexión (fondo de
emancipación) y Fundación para el Periodismo. Participó en la antología de microcuentos
organizada por la escritora cochabambina Gaby Vallejo Canedo con el título ¡Basta! Y ha
publicado el poemario Tinta violeta.

Miguel Sánchez-Ostiz, España 1950. Escritor, poeta y periodista, ha recibido numerosos


premios como el de la Crítica de Novela en 1987, el Herralde en 1989 y el Príncipe de Viana
de Cultura en 2001, Premio Eskaudi, 1990; Premio Navarra, 1981. Es autor, entre otras, de
la novelas Zarabanda, 2011; La calavera de Robinson, 2007; El escarmiento, 2013. En
poesía tiene publicados entre otros Invención de la ciudad, 1993, Carta de vagamundos,
1994.

Mario Vargas Llosa, Perú, 1936. Sin duda alguna uno de los grandes escritores del mundo.
Entre otras obras suyas se destacan Pantaleón y las visitadoras (1973), La tía Julia y el
escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981), en la que aborda la problemática
social y religiosa de Iberoamérica, y ¿Quién mató a Palomino Moreno? (1986), basada en
una investigación policial. La señorita de Tacna (1981), Contra viento y marea (1983),
Historia de Mayta (1984) y El hablador (1988). En 1994 recopiló sus colaboraciones
periodísticas en Desafío a la libertad y en 1997 apareció su novela erótica Los cuadernos de
don Rigoberto, en la misma línea de su anterior Elogio de la madrastra (1988). Obtuvo el
Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1986, el Premio Planeta de 1993 por Lituma en
los Andes y el Premio Cervantes en 1995. Desde 1984 es miembro de la Real Academia
Española. Premio Nobel de literatura 2010.

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