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La dictadura de los Jueces

Aquiles Faillace

La Ley de Amparo, Exhibición Personal y Constitucionalidad, de la cual soy


firmante en mi calidad de Diputado a la Asamblea Nacional Constituyente de
1985; ha sido transformada en un instrumento de poder del Tribunal
Constitucional, entidad la cual nunca fue concebida como un árbitro supremo
de la gobernabilidad del país, y el cual mediante la discrecional aplicación de
dicha ley se ha constituido en un supra poder no contemplado en la Constitución
Política de la Republica, logrando autoridad y ejecutando actos de poder sobre
los mismos poderes del estado. Entre el caos institucional, la desesperanza
ciudadana y la cultura del autoritarismo, vimos como a través del tiempo se
erigió un gran árbitro del actuar nacional mediante la aplicación de una ley, que
nunca tuvo la intención de lograr dicho propósito.
El artículo 9 de la ley en mención claramente enuncia el espíritu del
Constituyente al promulgar dicha ley: PODRA SOLICITARSE AMPARO CONTRA
EL PODER PUBLICO. Es decir, la intencionalidad es siempre una protección al
ciudadano contra el poder. Es un “dejar de hacer “y nunca el trasladar la facultad
de legislar de una Asamblea Constituyente, hacia el ente encargado de
resguardar dicho espíritu.
A través de un lento proceso de debilitamiento de la República, mediante un
proceso de judicialización de la democracia, vimos como el sistema para lograr
el bien común se ha ido desmoronando. Hemos sido testigos de cómo el mismo
poder público solicita amparo contra sí mismo. Es un contrasentido que
instituciones como la SAT, el Ministerio Público, los propios Diputados al
Congreso de la República, incluso la Vice-Presidente y los mismísimos
Magistrados de la Corte Suprema de Justicia, soliciten la protección contra el
poder público que ellos mismos representan y ostentan, y en el vacío generado
hábilmente a través de varios periodos, los magistrados a la Corte de
Constitucionalidad han ocupado ese espacio de poder absoluto, representado
por la frase: “Las sentencias de la Corte de Constitucionalidad se cumplen y no
se discuten”. ¿Cómo puede un tribunal Constitucional terminar por decidir
materia fiscal o penal? Es sin embargo la tesis del presentado que en dichos
casos se debe ejercer la política del “auto control”, es decir, la Corte tiene que
“poder decidir no decidir”. Esto se puede lograr mediante un procedimiento de
rechazo in limine de cualquier acción de amparo donde el solicitante sea o un
miembro o un representante de una institución del poder público.

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Es la definición de la legitimación para el planteamiento de dicha acción, la que
en el término inicial demarca la discrecionalidad del juez constitucional. ¿Cómo
puede un particular encontrar agravio en una acción general? Y ¿Cómo puede
justificarse el trámite de un proceso así? Y ¿Cómo puede justificarse que, en la
resolución de un planteamiento particular, el estado de derecho y la
constitucionalidad misma sean afectadas?
Y es en la resolución final de dichas acciones que la figura de una dictadura
emerge. Si las decisiones no son de índole política logradas mediante el consenso
sino sentencias unilaterales, ¿Cuál es la diferencia con una dictadura? ¿Nos
encontramos acaso en la disyuntiva del ejercicio sin límite del poder o al borde
de la ingobernabilidad?

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