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Autor: Dra.

Mariana De Ruschi Crespo | Fuente: Jornadas de Psicología Cristiana

LA AMISTAD COMO CAUSA DE DISCERNIMIENTO EN PSICOTERAPIA

La amistad espiritual sólo puede sustentarse en la amistad con Dios y esto porque Dios
quiere ser Amigo nuestro

Me alegra estar aquí y tener esta oportunidad para explicar de


que se trata una amistad “causa de discernimiento” Me parece
un tema magnífico y le agradezco al Padre Ignacio el habérmelo
sugerido.

Comienzo por señalar su cualidad más fundamental, que es de


índole teológica. La amistad espiritual sólo puede sustentarse en
La amistad como causa la amistad con Dios y esto porque Dios quiere ser Amigo nuestro.
de discernimiento en Si nos cabe procurar, iniciar y desarrollar una relación de amistad
psicoterapia con el paciente, nuestra tarea consistirá en imprimir la “forma”
de la amistad en el encuentro con el otro, de modo análogo a
como fue impresa en nuestro corazón por el mismo Señor que nos da Su Amistad. En el
Horeb, el Señor se da a conocer a Moisés como Quien estará siempre con él. Luego, en el
Evangelio , Jesús nos promete su amistad hasta el fin de los tiempos : una compañía que
despierta y llama a una reciprocidad de amor, por la cual el deseo de Bienaventuranza que
brota de Su Corazón radica en el nuestro. En definitiva, nuestra salvación consiste en la
unión de amistad con el Amigo divino que se manifiesta y se acrisola en las amistades
humanas. Es en este contexto que se sitúa nuestra función terapéutica: la salud no puede
tener otro origen ni otro fin. La terapia misma llegará a ser una participación siempre
renovada, intencional, quizás ardua y dolorosa, en esa Amistad que llegó a la muerte en
Cruz. No es estrictamente mi tema, pero déjenme decirlo: La amistad es terapéutica
porque enseña amistad, y nuestra salud es vivir en amistad tanto como nuestra salvación,
nuestro fin último, es la Amistad con Dios.

La amistad terapéutica encuentra su identidad en el mandamiento de la Caridad y se


modela según el ejemplo de la Amistad de nuestro Señor. Hemos de observar su
prohibición explícita de la enemistad, prohibición que incluye sus más ínfimas y sutiles
tensiones y expresiones. Luego nos invita a una benevolencia a ultranza y permanente con
nuestros pacientes: debe ser así justamente porque deseamos su bien, coincidente con el
nuestro en virtud del amor. La amistad terapéutica nos exige, por ejemplo, guardarnos
interiormente de los sentimientos de enojo o las quejas aparentemente más justificadas…
Me parece imprescindible para alcanzar esta benevolencia como terapeutas, el cultivo
perseverante de la humildad en el trabajo esforzado. Nuestra posibilidad de dar ayuda
eficaz atrae en ocasiones admiradores, y la admiración alimenta el orgullo , por lo que
deberemos considerar como muy oportunas y convenientes todas las humillaciones que
recibimos en el ejercicio de nuestra práctica ,y fuera de ella, para mantenerla fuerte a
salvo del orgullo Humillaciones aceptadas y desatención constante y silenciosa de los
halagos, como método para mantenernos en la humildad, base y principio de nuestra
Amistad con Dios, como dijimos , fundamento de toda amistad espiritual . La propia
disposición o capacidad del paciente para la amistad con el terapeuta , será relativa a las
diversas vicisitudes de su vida, especialmente de su infancia, pero también relativa a sus
elecciones a favor o en contra de las virtudes que hacen a la amistad con sus prójimos, el
cuidado de su amistad con Dios, o su situación de enemistad con Él y con los demás .Si
bien casi todos desean la amistad , no todos son capaces de recibirla o de generarla : el
“reclamo” de amistad se deberá al egocentrismo de la patología, justamente como una
falta de humildad y de la fortaleza para sostener la propia vida a lo largo del tiempo en la
dinámica de la amistad . Ante esta vida del paciente, como ante la suya propia, el
terapeuta podrá discernir acerca de las dificultades y su rectificación, sólo merced a su
receptividad de la Caridad. Esto merece explicaciones antropológicas, que luego me
detendré a ofrecerles.

Hemos esbozado el ämbito para nuestro estudio. Es el mismo que el psicoanálisis cubre en
su teoría, con los conceptos de transferencia y contratransferencia. En esta relación
afectiva “contrariada” se elude la posible unión de los actores en bienes reales, pero
mediante este contexto transferencial, le sería otorgado al psicoanalista el supuesto
conocimiento de lo que le ocurre al paciente Parodiando el discernimiento por la amistad,
el psicoanálisis reclama para su praxis esta vinculación entre afectividad y conocimiento,
inoperante por su racionalismo. El “territorio” de la relación terapéutica que está
ordenado a la sacramentalidad de la experiencia amistosa, suele quedar arrasado por su
cientificismo y por su descrédito de la libertad, del amor puro y la benevolencia.
Señalemos por ejemplo, la cualidad de origen biológico que atribuye el psicoanálisis a una
vida afectiva signada por la necesidad y la carencia: su fin es “descarga” y no el bien. O el
consentimiento de los sentimientos viciosos de toda índole en el análisis, tanto de parte
del terapeuta como del paciente. Estas escuelas al negar la espiritualidad, descreen de la
perfección y de la plenitud posible. Descreen así de una verdadera amistad causa de
discernimiento, pero mantienen nociones confusas acerca de la necesidad de los
elementos afectivos para entender.

Veamos de que manera el racionalismo daña el discernimiento, tanto de los terapeutas


como de sus pacientes. En la autonomía que se le adjudica a la racionalidad, ella busca la
verdad partiendo del pensamiento, de cualquier idea más no de la realidad. Se acerca al
mal desvinculado del bien y de su verdad correlativa, con lo cual se incita la curiosidad, se
construyen sistemas arbitrarios y se concluye en métodos para ejercer poder: el intento es
estéril en frutos para el bien común y muchas veces excesivo para las fuerzas naturales.
Sin detrimento para el ejercicio de nuestro intelecto especulativo, en diagnóstico y
psicoterapia, la consideración de la patología, debe sostenerse en su relación a la salud del
paciente. De lo contrario el terapeuta corre el riesgo de errar en sus juicios y de perder la
vinculación amistosa hacia sus pacientes.. El juicio del mal ha de hacerse con moderación,
inclinándose valorativamente ante la superioridad del bien verdadero y bello. Nos interesa
saber cómo desactúa este determinado mal una cierta potencialidad de bien para el
paciente. Nuestra mirada ha de considerar el mal sólo en tanto impedimento u obstáculo
para la salud o el bien del paciente, en pos de la rectificación de una vida según su
vocación particular. En cuanto al daño del racionalismo para la posiblidad de
conocimiento prudencial en nuestros pacientes, el problema es especialmente notable en
el caso del obsesivo.

El defecto del obsesivo consiste en partir del error y del mal deseando entender. Aplica su
racionalidad redundantemente al misterio del mal presente en su realidad, sin el
resultado que espera. Parte de un silogismo errado, de una ficción, con su malicia
implícita. Parten de un lugar privado de bien y de verdad: “por qué Dios es injusto
conmigo”, ”si no soluciono el sufrimiento de la humanidad, soy culpable” “no me muevo
hacia el futuro si no estoy segura de que esto va a funcionar” Y se sigue un camino en
redondo hilando pensamientos recurrentes… Muy cerca de allí, en la misma situación que
observan , se iniciaría para ellos el camino correcto, en una realidad , en una evidencia
sencilla, tal vez desdeñada por su sencillez y por la sencillez del bien al que los vincula.
Problema del orgullo ante lo sencillo y ante lo evidente … Desde la evidencia con su
sencillo bien , la inteligencia avanza rápida y gozosamente, los apetitos se ordenan , la
acción se sigue con fluidez. Pero el racionalismo, por esta malicia que es falta de humildad
y que acompaña su pérdida de realidad ,vicia la apetitividad y hace imposible ese juicio
recto de la razón práctica, ese discernimiento que procuramos para los pacientes tanto
como para nosotros mismos en psicoterapia .

Aristóteles dice que “el bueno juzga bien todas las cosas y en todas ellas se le muestra la
verdad”. Como terapeutas tenemos experiencia de que la benevolencia, resultante de una
lucha por vivir virtuosamente, limpia la mirada intelectual y permite discernir. En este
contexto, la compasión por el sufrimiento del paciente, la alegría por el bien de su vida
capaz de tantas perfecciones y la esperanza en su curación, serán los primeros indicios de
una amistad que discierne y sana. El bien, lugar para la unión amistosa entre el terapeuta
y su paciente será la realidad misma cuya evidencia causa estos afectos y nos permite
unirnos y fundar allí nuestra amistad. Porque el paciente puede connaturalizar,
lentamente quizás, con los bienes que, cuando aparecen, se le muestren .Hay una gratitud
del paciente hacia quien le indica su propia cualidad de ser amable, y hay una gratitud del
terapeuta al Señor por permitirle descubrir Sus dones en la vida de los pacientes. También
une amistosamente, el bien que merece la gratitud, y el bien mismo de la gratitud. El
terapeuta podría enunciarlo ante el paciente y ante Dios del siguiente modo: “Procuro tu
salud porque eres amado por Dios y es en ese amor que veo y quiero tu bien. Dios nos
invita a mirar tu realidad juntos, bajo su propia mirada, compasiva y esperanzadamente”.
De pronto vemos como la amistad está efectuando la terapia, porque el amor es eficacia y
porque la amistad es pedagógica. Es maestra de todas las virtudes que ella encierra y que
son…todas las virtudes, puestas en juego en la relación amistosa.

Esta amistad que se imprime en el corazón del paciente sana desde allí todas las
enemistades en su vida. Como vimos, por la Amistad de Dios hacia nosotros, aprendemos
a vivir en amistad con Él y con el prójimo. La amistad es difusiva Por medio de nuestra
amistad el Señor, sana a nuestros amigos y por ellos llega la salud a los amigos que estos
hagan a su vez. En psicoterapia, enseñamos siendo amigos, la amistad: alcanzarla coincide
con la salud del paciente, fin de toda psicoterapia. Si, por su enfermedad ha sustituido la
dinámica de la confianza y del amor por la de la sospecha y la rivalidad, el miedo y la
inquietud, la relación amistosa con su terapeuta será el medio de reinstaurar la dinámica
para la que fue creado. Es así como experimentamos ellos y nosotros, ese gozo que según
Aristóteles es el gozo superior de la vida humana: el gozo de la amistad. Amistad con Dios,
amistad con mis amigos. Yo y mis pacientes, porque todos hemos pecado y hemos sido
justificados, y devueltos a la amistad con Dios en Cristo, por el Espíritu Santo.

Hago una última consideración antes de concluir esta introducción antropológico-


teológica a nuestro tema. Porque hemos sido hechos a semejanza de Dios, nos inhiere un
dinamismo cuyo fin es reflejar la realidad divina .Este fin, que mueve desde el principio
nuestra existencia, implica una imitación de la naturaleza trinitaria toda ella Amor y
Amistad . Sin embargo, esta imitación es una imitación interior que requiere de nuestra
libertad y que nos transforma real y profundamente. Pues bien, la salud psicológica es
inseparable de esta transformación real y profunda Entonces le corresponde al psicólogo
ofrecer a su paciente medios adecuados para que se disponga a este itinerario que excede
tanto al terapeuta como a su paciente. Siendo el fin último, una vida de amistad, la
amistad constituirá el medio sin el cual los demás “medios” ofrecidos al paciente para su
salud serían infecundos.

Pasamos ahora a tratar cuestiones más estrictamente filosóficas y psicológicas:

Santo Tomás en su “Comentario a la Primera Carta a Los Corintios” sigue el pensamiento


de Aristóteles en su Etica a Nicómaco y nos dice :”En todas las cosas el que está
rectamente dispuesto , tiene un juicio recto respecto de todas las cosas singulares . Pero
el que padece en si una falta de rectitud, falta también en el juicio” Y agrega más
adelante: “Por lo cual el Filosofo dice en el quinto libro de la Etica que el virtuoso es regla
y medida de todas las cosas humanas. Tal son las realidades singulares, cual el virtuoso
juzga que ellas son” y siguiendo a San Pablo agrega que esto es así porque “el hombre que
tiene el intelecto ilustrado y el afecto ordenado por el Espiritu Santo, tiene un recto juicio
acerca de las cosas singulares que corresponden a la salvación” Con más fuerza y
autoridad , Jesús nos dice en Mateo 5, 14 : “Vosotros sois la luz del mundo” Sabemos que
no podemos ser luz sino en la Luz , y que esto exige una vocación a la santidad unida a
nuestra profesión de psicólogos que es, de este modo santificante, para nosotros y para
nuestros pacientes . Nuestra vocación conjuga la investigación y la profundización de
nuestros conocimientos con la entrega de nuestras cualidades naturales y sobrenaturales
a la amistad terapéutica. Es especialmente necesaria para la práctica terapéutica, la
invención creativa y prudente de los medios que elijamos para contribuir a ese
discernimiento que la amistad favorece y causa. La amistad no tolera ciertos medios pero
encuentra otros muy adecuados. Me refiero a todo aquello que haga al arte o técnica de
nuestro quehacer: hay medios aceptables para el diagnóstico y tratamiento de nuestros
pacientes, otros no, unos lo son para ciertos pacientes y no para otros. El arte del
psicólogo tiene necesidad de elaborar instrumentos de discernimiento diagnóstico y de
intervención terapéutica según su juicio prudencial. El psicólogo se forma como el
“instrumento” privilegiado de la tarea psicoterapéutica Porque no se trata sólo de dar
información o aconsejar al paciente. El mismo terapeuta sabe que su propia salud
personal depende de una esforzada transformación interior acompañada de necesarios
gestos y actos externos. Sólo así podrá acompañar a su paciente en esa rectificación
profunda de su habitualidad, en pos de su integración ordenada por la recta razón.

Entre las potencias la imaginación merece por su importancia una atención especial y un
especial cuidado para que sus productos favorezcan la vida intelectual y afectiva sobre las
que tanto influye, y que estos productos sean verdaderamente “simbólicos”, es decir
según la Creación y su orden. Las ficciones, las fantasías neuróticas acompañan
verdaderas cosmovisiones y autopercepciones fallidas que han de ser rectificadas por una
iluminación racional que se exprese o manifieste en imágenes verdaderas que a la inversa
de las fantasias patógenas, transforman saludablemente la vida interior, por el bien, la
belleza y la verdad que le aportan.

El título de mi ponencia exige que avancemos algo más para precisar en que consiste
“discernir” en psicoterapia. El discernimiento es una virtud intelectual. Es un acto del
intelecto práctico. En los datos, las señales, las palabras, la realidad misma del paciente,
hay un sentido profundo e incluso misterioso que iluminar. Pero no es una realidad
estática y su movimiento se manifiesta en una comunicación. Es en la cercanía afectiva del
diálogo permanente que se sitúa nuestra comprensión: esto le exige a la inteligencia
“estar allí” de la mano de la benevolencia. . La comprensión es estrictamente imposible
sin esta “connaturalidad” que permite el amor benevolente al otro y sin la connaturalidad
con las virtudes que nuestro paciente requiere y que habremos de mostrarle justamente
como bienes amables. Sin embargo en un alma humana prima siempre el misterio que le
pertenece exclusivamente a su Creador y nuestro discernimiento guarda ese respeto,
respeto también por el misterio de la libertad en la vida del otro. El que puede y sabe es el
Señor, nosotros lo servimos mejor en la medida en que participamos por la caridad en su
Sabiduría .En primer lugar entonces, nuestra gratitud al Señor por el don de la Caridad de
la que seremos siempre “barrosos portadores” Porque por encima de todo lo que hemos
de ofrecer a nuestros pacientes, prima nuestro amor que los mueve, los alegra y alienta
espiritualmente.

Hemos de volver al tema de nuestra inteligencia…. La inteligencia nos da el conocimiento


de lo universal, pero pasando a lo particular, tal como es es el objeto de nuestro quehacer
profesional, se distrae en lo accidental. La virtud de la prudencia y el don sobrenatural de
consejo remedian esta debilidad para sostenernos en el discernimiento requerido. Por la
prudencia , la inteligencia nos permite “hacernos otros en tanto otros” reconociendo la
particularidad , por ejemplo del donde y del como se perdió la dirección al fin saludable en
la vida de nuestros pacientes , o las causas que impiden u obstaculizan la marcha hacia ese
mismo fin .El discernimiento nos permite ese saber prudencial para alentar o desalentar,
mostrar esto o aquello , privilegiar un tema u otro , uno ahora , otro luego , una anécdota
en este momento , un ejercicio imaginativo en aquel .

Santo Tomás define en la cuestión 23 de la II IIae, la Caridad como amistad del hombre
con Dios. Por esta amistad participamos en el amor de Dios y en su misma esencia. Dios,
Caridad increada, ama al hombre, luego el hombre realiza un acto de caridad creada,
amando a Dios , al prójimo y a si mismo con el amor de Dios y por amor a Dios. Es una
participación gratuita en la naturaleza divina por la cual amamos con el mismo amor con
que Dios nos ama, fundamos amistad como Dios la funda con nosotros. Es este amor , esta
amistad, el fin último y beatificante al cual todos tendemos el que hace o hará la salud y
felicidad de nuestros pacientes.

Este amor que es amistad implica una connaturalidad con la persona misma del amigo y
una connaturalidad con los bienes que se le desean. En la cuestión 25 de la secunda
secundae de la Summa , Santo Tomás nos recuerda que el amor comunica el bien , que la
amistad da el bien poseído al amado , “hace” o constituye el bien ,en alguna medida, en la
vida del amigo porque el bien es en si mismo difusivo . El terapeuta cristiano:

1- en primer lugar, pide, obtiene, y acrecienta laboriosamente, como un proceso de


conversión personal, los Dones y virtudes para el ejercicio de la profesión. Muchos de
estos bienes sólo se alcanzan a lo largo del tiempo como fruto de una purificación de
nuestra vida. Algunos pacientes requieren una mayor caridad, una voluntad de amistad
más probada: los más soberbios, desconfiados, contestatarios, agresivos, displicentes … Si
el corazón se mantiene incondicionalmente abierto a la caridad y a la amistad con ellos y a
medida que la amistad progresa se hace la luz en la inteligencia acerca de la realidad de
sus vidas . Si no nos desasimos de consideraciones racionalistas sobre su patología, se
enturbia nuestra inteligencia y no comprendemos de qué manera particular necesita
rectificarse la vida del paciente.

2- En segundo lugar, esta amistad así fortalecida, permite reconocer y expansionar los
bienes incipientes, ocultos o sofocados en las vidas anímicas de los pacientes Por la
amistad se realiza la comunicación de bienes recibidos de Dios por el terapeuta y se
imprime en los pacientes su propia voluntad amistosa disponiéndolos a la confianza y la
docilidad … aún a quienes presentan , por ejemplo , indudables rasgos paranoides o la
agresividad de un trastorno bipolar.

3- Cabe, como tercera consideración, la experiencia de “hacerse” terapéuticos para cada


uno de nuestros pacientes en tanto se desarrolla el don de hacerse amigo de cada uno de
ellos particularmente. Así ensancha el terapeuta su receptividad de la Caridad sin dejar
nunca de ser … su barroso recipiente… Como ya dijimos siguiendo a Santo Tomás la
amistad comunica el Bien que proviene de Dios y que es el mismo Dios, el bien
beatificante, cuya posesión nos hace felices … Este bien es el que entregamos por y en el
amor de Dios a nuestros pacientes para que participen de una misma bienaventuranza.
Existe una relación directa entre enfermedad y pérdida de la capacidad para la amistad, y
entonces también, entre la enfermedad por pérdida de capacidad de amistad y la pérdida
de discernimiento o prudencia en la enfermedad. Nuestra cultura de la muerte incita
permanentes deslizamientos de nuestros sentidos sobre los objetos de consumo y las
novedades que nos ofrece. Estos deslizamientos constantes exteriorizan nuestra facultad
cognoscitiva, y así arrastran fuera nuestros apetitos, dejando un vacío abismal donde
debería constituirse nuestra interioridad. La exteriorización descentra la vida personal de
su “yo” y causa que todo lo externo, corporal, material pierda su aptitud de expresar y
concretar lo espiritual. Por otro lado, la exteriorización priva a las realidades externas de
su valor de medio para la entrega amorosa, el aprendizaje, la interioridad. Todo esto
debilita las amistades, las dificulta gravemente. La interioridad, que permite pero a la vez
exige una vida virtuosa, es también y justamente el lugar de la amistad : la amistad
espiritual con uno mismo y con los prójimos (amistad que me permite saber de mi mismo ,
sabiendo del otro y , fundamentalmente , sabiendo ambos de nuestra vocación a la
benevolencia) y la amistad con Dios (en Quien se plenifican , simultáneamente la
interioridad y el amor ,para que desde allí se haga íntima y amistosa ) Nuestra existencia
terrenal nos invita a un trato amistoso con todas las cosas . Si sólo Dios nos conoce en
profundidad y conoce la verdad sobre nuestras vidas que permanece misteriosa para
nosotros, y si nos conoce en su Amor, podemos deducir que no conocemos al hombre sino
en tanto lo amamos. En la amistad con el paciente hemos de estar atentos al bien por el
cual el mismo Dios es su amigo: está creado a imagen y semejanza suya, fue redimido por
Cristo y está llamado a su bienaventuranza eterna. De estos bienes tan verdaderos,
dimana una conmovedora e indestructible belleza, capaz de movernos a amar
indefectiblemente.

Vemos como la enfermedad se agrava por la incapacidad de dar o recibir en amistad. En


los impasses de la exteriorización , surge la experiencia de un vacio en el lugar que le es
debido a la interioridad , y aparece la sensación fantasiosa de soledad cuando en realidad
no estamos solos , simplemente impedidos de la experiencia de la amistad por este deficit
de interioridad y de virtudes que permitan descubrir la “expresividad de las cosas”: la vida
amistosa requiere que la corporeidad , las palabras y los gestos den cuenta de la vida
espiritual , La angustia y la depresión son los afectos que acompañan las fantasias de
soledad y de vacío La terapia se constituye entonces en el ámbito privilegiado para
recuperar en su dinamismo intelectual , la interioridad y la vida de amistad .

Discernimiento y amistad indisolublemente unidos, conocimiento y amor . Esto tiene por


nombre en antropología y en teología “conocimiento por connaturalidad” Y nos ofrece la
explicación filosófica de cómo sólo la connaturalidad o el amor benevolente o de amistad ,
hace posible el “discernimiento” diagnóstico o terapéutico .

En primer lugar, el “verum” propio del conocimiento especulativo no es sino el “bonum”


para el conocimiento práctico. Según Santo Tomás, la inclinación natural es un criterio de
verdad en el órden práctico. Una adaptación entre dos naturalezas permite este tipo de
conocimiento: el sujeto es connatural a su objeto. Hay una connaturalidad sobrenatural
mediante las virtudes infusas , en el plano de la Gracia y una connaturalidad en el plano
natural , pero dado que nuestra naturaleza es espiritual , esta connaturalidad , en tanto
dirigida a un conocimiento intelectual excluye toda conveniencia o complementariedad
sensible : lo útil y lo gustoso no necesitan estrictamente “connaturalidad” sino una
aplicación de la cogitativa . Por otro lado hay una adecuacion entre el sujeto y el objeto
que se dan en el plano sensible por repetición de actos. La connaturalidad es espiritual

Nuestra apetitividad concuerda, es decir, tiene connaturalidad, tanto con el objeto “que
es” como con el que “debe ser” En el primer caso se trata de la connaturalidad del amor
por la cual el amado se hace forma del amante, uniéndose con él y Santo Tomás cita a
Aristóteles que dice “el amigo es otro yo” y a san Pablo en la carta a los Corintios en que
dice que quien se une a Dios es un espíritu con El. El segundo caso, es la connaturalidad
con el objeto de las virtudes. Para Santo Tomás la connaturalidad en el plano natural es
sólo esta porque la del amor corresponde plenamente al plano sobrenatural por las
virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo . Entonces, si existe un conocimiento por
connaturalidad que se fundamente en el amor, necesariamente se trata de un amor
humano infundido por la Caridad. La connaturalidad con el objeto de las virtudes
condiciona nuestros juicios prácticos. El perfecto uso de la razón está favorecido por las
virtudes intelectuales, pero la rectitud del juicio práctico viene dado por una
connaturalidad con el bien, connaturalidad debida a las virtudes morales y al amor de
caridad. Santo Tomás contrapone la Sabiduría Don, relacionado con el conocimiento por
connaturalidad, de la sabiduría-virtud intelectual.

Ocurre que la connaturalidad pertenece a la esencia del amor: hay un movimiento hacia el
objeto amado y un descanso en el. El amor es una unión o connaturalidad en si mismo
entre el sujeto que ama y el objeto amado. En este sentido el amor es una naturaleza, un
principio de operaciones hacia un fin bueno o conveniente para el mismo sujeto amante. .
El bien es propiamente la causa del amor, essu objeto, lo connatural, conveniente,
proporcionado al sujeto. Esta conveniencia o connaturalidad indica una semejanza
entitativa entre el apetito espiritual o amor y el bien, entre el sujeto y su objeto.
Finalmente hemos de concluir que lo que es connatural, el bien connatural, es la propia
perfección, en definitiva el propio ser fundamento de cualquier otra perfección. Pero si,
por esta semejanza con el objeto, descubro el bien de un semejante o prójimo, lo
descubriré como “otro yo mismo” y será amable y connatural en un doble sentido: el de la
perfección y el de la similitud de naturalezas. De esto trata Santo Tomás en las cuestiones
26 a la 32 y en la 45 a la 50 de la secundan secundaen y dirá que cada cual ama lo
semejante a si mismo lo que explica el amor de Dios Padre por Dios Hijo, por ejemplo. El
“otro” me es connatural cuando posee lo que yo poseo (somos ambos hijos de Dios , o
ambos coincidimos en una misma verdad .Pero también hay uan cierta connaturalidad en
el dar benevolente al otro carenciado y entonces ,a menor dependencia y mayor libertad
en el dar más perfección en ambos seres , a mayor complementariedad o amor de
concupiscencia , mayor egocentrismo y menor perfección del amor , y la connaturalidad
se torna mera complementariedad Ha de perseguirse el bien del amado , lo cual garantiza
plenamente el bien del amante mismo.

El amor de amistad se explicará justamente por la connaturalidad ya que incluye un acto


de benevolencia hacia si mismo que no termina en uno mismo sino en el otro En
psicoterapia me perfecciono perfeccionando y oriento al otro a su fin, orientándome a mi
mismo Son dos las semejanzas o connaturalidades que fundamentan el amor: una
connaturalidad como individuo con todos mis semejantes, y otra que proviene de una
similitud más íntima o que se descubre por una mayor intimidad y espiritualidad. Esta
última ocurre en psicoterapia en los momentos de encuentro con el paciente sobre un
determinado bien que se conoce, en una cierta verdad que se encuentra como un don,
experimentando que esta connaturalidad requiere la participación en la Caridad por obra
de la Gracia. Si el conocimiento por connaturalidad se funda en la inclinación espiritual
amorosa a la verdad en tanto buena, la verdad es presentada como bien espiritual que ha
de ser conocido así, en esta relación al bien,por el intelecto práctico. Como vemos la
comprensión de las realidades simbólicas, es decir, de las realidades analogantes de
bienes más altos espirituales, naturales o sobrenaturales, requieren también de una
connaturalidad previa o concomitante.

El conocimiento por connaturalidad del objeto de las virtudes, como dijimos, permite el
recto juicio de la razón práctica sobre la propia vida y la vida del otro. Pero , si bien la
virtud o el mismo deseo de ella, limpia la mirada para ver la realidad la realidad del
paciente, es la connaturalidad de la Caridad en tanto virtud sobrenatural del amor ,la que
nos da el conocimiento más profundo del prójimo. Es una mirada limpia como la que
permite la connaturalidad con el objeto de la virtud, pero mirada divinizada por la Caridad
, mirada unida a la mirada de Dios sobre nuestropaciente El vicio del paciente sólo se ve
perfilado `por toda la belleza de la creatura a la que daña , el daño se ve como un llamado
vehemente a la misericordia , la misericordia como el servicio debido a la perfección
propia del ser del paciente . La psicoterapia se sitúa así en el camino entre la perfección
dada y la perfección por alcanzar. Es como si el mal que vicia la vida del paciente fuese
una funcionalidad desordenada, un uso torpe de sus bienes que impide y desactúa de un
modo particular su vocación a la amistad consigo mismo, con el prójimo, con Dios. Esta
amistad , como vimos, implicará una “coaptatio” o adecuación , una connaturalización con
los bienes amables, lo cual suele comenzar de un modo muy imperfecto y que se cumple a
lo largo del tiempo.

Si bien hemos hablado de una cercanía amorosa antecedente al conocimiento por


connaturalidad , también sabemos que el conocimiento es anterior al afecto , siempre .
“Nihil volitum nisi praecognitum” El amor mismo es una señal de un conocimiento
intelectual de las cosas que se aman: el bien no puede ejercer su causalidad sobre la
potencialidad apetitiva si no se lo capta intencionalmente. El bien causa el amor si es
aprehendido. En los comentarios a la Etica a Nicómaco nos dice Santo Tomás que “Lo que
mueve la voluntad no es simplemente el bien sino el bien que aparece” Es decir que como
terapeutas nos cabe , como ya se ha dicho, aplicar nuestra inventiva a hacer “aparecer el
bien” y mostrarlo a nuestros pacientes . Los parábolas y también los cuentos y las fábulas ,
los dibujos y esquemas , los breves cuestionarios y ejercicios imaginativos , los episodios
de la vida de los Santos y también las anécdotas , e incluso la mímica y el humor, son
recursos válidos para permitirles conocerlo , connaturalizar con el , conocerlo en la
connaturalidad , para operar luego desde este “amor que sabe”. Entonces ,1-la
connaturalidad es un efecto del amor de benevolencia 2-que permite una continuidad
cognoscitiva 3-por el nexo dado por la unión afectiva. Es decir que el amor es causa de
discernimiento. Hemos llamado a este amor “amistad” siguiendo de cerca a Santo Tomás
quien en sus comentarios a la Etica Nicomaquea, donde simplemente llama amistad al
hábito del apetito espiritual atribuyéndole una permanencia superior a otros afectos,
procurando con los beneficios de una “simpatía activa” su transformación profunda. Es
propio de la amistad “elegir “ser amigo del amigo y la permanencia en el vínculo amistoso
amando lo virtuoso, que es de por si permanente, estable. Con toda espontaneidad
podemos afirmar que esta es exactamente nuestra experiencia en psicoterapia.

Cuando Jesús nos llama “amigos” la amistad cobra dos dimensiones visibles en el caso
de la “amistad terapéutica”:

1- La amistad de Dios con nosotros que permite nuestra amistad con El y por la cual se
permanece en la amistad con quien el Amigo ama y se ama en el lo que ama el Amigo.

2- La amistad con el semejante, con el prójimo-paciente, tal vez imperfecta y que se signa
en ciertas virtudes que permiten la elección del otro como amigo y la permanencia en la
relación amistosa: estas virtudes serían la voluntad de conocer los bienes necesarios para
la salud, la aceptación recíproca de la realidad del otro, la esperanza de curación. Son
signos de amistad el acuerdo en los horarios, la justicia en la retribución del servicio, el
respeto . Todo ello constituye una primerísima forma de amistad porque, como dice Santo
Tomás, alguien es amigo “cuando elige lo mismo.”

En cuanto a la amistad como causa de discernimiento creemos que ambas dimensiones


están relacionadas entre si y relacionadas con el discernimiento del terapeuta;

1- Ambas formas de amistad aumentan la cercanía al paciente y favorecen las operaciones


del conocimiento práctico que permite la rectitud de nuestros juicios acerca de el.
2- La amistad con Dios nos permite llevar la Caridad a la relación con el paciente. para
acercarnos a “conocer como somos conocidos” La amistad con Dios es causa de
discernimiento para el terapeuta , pero en virtud de su amistad con el paciente y según el
grado de amistad entre ambos y con Dios El discernimiento del terapeuta es a la vez, o
llega a ser, discernimiento o luz para el paciente mismo.
Lo dicho constituye la experiencia corriente de los terapeutas en el intento de cultivar la
Amistad con Dios y con nuestros pacientes.

Nos impone condiciones obligatorias o inapelables que contribuyen tanto al


perfeccionamiento de la vida amistosa como al discernimiento propio y del paciente
Paso a enumerar las más significativas:

1- Adecuación flexible y permanente a los diversos aspectos que constituyen la realidad


de los pacientes: frecuencia de los encuentros, definición de los honorarios , elección de
los temas a discernir, elección prudencial de los medios para el diagnóstico y para el
tratamiento de sus dificultades
2-Lucha perseverante por cultivar todas las virtudes, particularmente en el seno mismo de
la relación con el paciente: la humildad al recibir elogios o para soportar molestias ,
silencio interior evitando todo juicio crítico del paciente y también de uno mismo .
Renuncia a encontrar cualquier forma de éxito profesional visible, en la abnegación
conciente de sí mismo. Aceptación de los padecimientos que conlleva en ocasiones la
atención del paciente.
3- Entrega completa de todas nuestras capacidades a Dios y a cada paciente durante el
tiempo de nuestro trabajo y compromiso de rezar por ellos en el tiempo dedicado a la
oración.
4- Aceptación indeclinable de la limitación, a veces aparentemente inamovible, en nuestra
comprensión del paciente. La luz sobre sus vidas no depende de nuestros recursos que
sólo son medios para que la Gracia obre en ellos lo necesario para cada tramo del camino
terapéutico.
5- Trabajo intelectual permanente, estudio y reflexión para formar nuestra inteligencia de
modo de hacerla más apta para su instrumentalización por parte del Terapeuta Divino.
6- Libertad a favor del bien del paciente cuando se trata de idear y de proponer medios
diagnósticos o terapéuticos quizás poco convencionales pero necesarios.
7 – Firmeza y amor al paciente en la terapéutica de la corrección, ponderando la cualidad
de su confianza, especialmente a la hora de decirle, por ejemplo, que está haciendo
trampa en tal o cual situación, que se está engañando o engañando a los demás , que lo
que hace lo daña .O cuando nos toca afear ante sus ojos sus vicios más notorios y así
ayudarlo a liberarse de ellos .Con amabilidad y dulzura.
8- Compartir con ellos, sincera y prudentemente todas las luces sobre su situación que el
Señor nos conceda. Esto especialmente en el proceso diagnóstico, en el cual, paso a paso,
todo puede ser explicado y “devuelto” sin reservas porque todo es del paciente y puede
redundar en su bien inmediatamente por, dándole la posibilidad de hacer todas las
correcciones y transformaciones interiores posibles merced al esclarecimiento recibido.
9- Elegir con sumo cuidado los medios de diagnóstico y de tratamiento, discerniendo su
cualidad salutífera para el diagnosticando o el paciente. Considerar todo lo que las
ciencias psicológicas nos ofrecen, para elegir lo adecuado, lo mejor . Pueden incluirse
todos los medios que contribuyan al discernimiento y todos lo que guarden un valor
terapéutico en el contexto del encuentro amistoso , manteniendo siempre su primacía el
diálogo .La presencia , el “ presente” de dos reunidos en el bien que reúne , tiene de por si
una virtud terapéutica . Deberán excluirse los medios condicionados por una filosofía o
ideología desacralizada que conciba, por ejemplo , que el ser humano no se rige por su
inteligencia-voluntad , que no existe la vida de amistad con Dios en la cual deseamos
introducirlos , que todo contenido psíquico es resultante de una represión, que toda
representación es de cualidad sexual , que la verdad sobre la persona se encuentra en sus
aspectos sensibles o viciosos, que el inconsciente con su legalidad tanática rige la vida
anímica , que lo desestructurado es lo originario : sería ineludible al aplicar estos medios o
técnicas ,subrayar aspectos patógenos en detrimento de otros más saludables , o incitar al
paciente a adecuarse a estas ideologías o al menos a detener distorsivamente su
funcionalidad psíquica para seguir las consignas correspondientes a estas técnicas . Todo
esto es francamente inadmisible en el cuidado de un amigo.
10- Renunciar a todo ejercicio de la curiosidad, a toda procura de poder intelectual o
fáctico . Aceptar el misterio del otro y cuidarse de la negación del misterio, cuidarse del
deseo de alcanzar visiones diagnósticas racionalistas …supuestamente fiables
.Recordemos que ya hemos recibido y seguiremos recibiendo suficientes dones para el
ejercicio de nuestra vocación , para mantenerla vigente en el seno de la amistad con Dios
y con el prójimo . La Gracia nos permite ver a los pacientes con mirada limpia y satisfacer
nuestra inteligencia en este conocimiento prudencial de sus vidas, según lo permite el
Señor y en función del bien de ellos. Luego, hemos de sentirnos agradecidos y confiados
en las luces que así alcancemos y que seguiremos alcanzando con fruto para la
santificación de ellos y la nuestra.
11- No desechar los medios más sencillos para la terapéutica recordando que lo menor en
el orden de los seres es el analogánte más cognoscible y quizás más expresivo para
comprender lo más alto y espiritual. No desechar el humor, que permite relativizar
situaciones absolutizadas y hacer retornar a los pacientes a las experiencias saludables
más cercanas.
12- Cuidar como un sacramental el valor del diálogo, la receptividad amorosa en la
comunicación, la belleza y suavidad de las palabras, dichas en la Palabra hecha Carne.

En definitiva se trata de refinar nuestras actitudes profesionales según la Caridad Se trata


de que sea Ella la que oriente nuestras decisiones en relación a diagnosticados y
pacientes. Sólo podremos ofrecer cumplidamente esta vocación al Señor que nos la dio,
sirviendo en Amistad, a sus amigos nuestros pacientes.
Autor: Zelmira Seligman | Fuente: Jornadas de Psicología Cristiana
Las virtudes necesarias en el vículo amistoso

Trataré de analizar algunas virtudes que me parecieron más importantes en relación al tema
de la amistad, y contrapuestas al problema de la neurosis y al sufrimiento psíquico en esta
cuestión

Trataré de exponer – de una manera más bien práctica, y


fundamentado en mi experiencia de largos años en la psicoterapia
– el tipo de vínculo amistoso que tiene el neurótico y por el que
sufre constantemente debido a su conflictividad. Lo haré
contraponiéndolo a las actitudes sanas basadas en las virtudes y
su expresión en la vida social.

Siempre se les pregunta a los que buscan ayuda psicológica, si es


que tienen amistades; y podría decirse que la mayoría ha
Las virtudes necesarias en el establecido este tipo de vínculos, aunque no siempre en estas
vínculo amistoso amistades se ven con claridad la benevolencia y concordia
recíprocas que – según Santo Tomás – las caracteriza. Algunos tienen muchos amigos,
otros pocos, pero en general, todos reconocen tener “amigos” y valorar la amistad. Sin
duda, como decía Aristóteles, nadie elegiría vivir sin amigos. Son pocos los que concurren
con este motivo explícito de consulta, o sea con su sufrimiento por no tener amigos, ni
lograr hacer amistades a pesar del esfuerzo que ponen por obtenerlas y, cuando tienen
amigos, hacen cualquier cosa por mantenerlos, pero aún así no lo consiguen y sufren
mucho por esto. Sin embargo, la mayoría no traen este problema como motivo de consulta,
pero tienen verdaderos trastornos en las relaciones amistosas y – en sentido estricto – se
puede decir que no tienen amigos con todas las características de la amistad como hablaba
Aristóteles y después completó Santo Tomás, al incluir en el tema la riqueza de la
Revelación.

Entonces podríamos preguntarnos ¿porqué algunos tienen buenos amigos y para otros es
tan difícil disfrutar de este inmenso bien? ¿porqué algunos pueden mantener esas
amistades por largos años y otros son tan inestables y cambiantes?, pero sobre todo habría
que preguntarse si – en la mayoría de los casos – se trata de verdaderas amistades o si sólo
puede hablarse de conocidos, simpatías, cómplices, compañeros de aventuras, etc.

Aquí pretendo analizar algunas características que debe tener la personalidad para
establecer amistades, siguiendo la experiencia propia y la ajena: desde la sabiduría de
Aristóteles y Santo Tomás hasta el pensamiento de psiquiatras del siglo XX, como son
Adler y Allers. Para tal fin voy a partir del principio dado por Santo Tomás al comentar la
Ética a Nicómaco de Aristóteles, donde dice que la virtud es causa de la verdadera
amistad (1)y aún más, la amistad se fundamenta en la virtud y es efecto de la misma.
La personalidad virtuosa tiene ya lo básico para establecer verdaderas amistades, porque la
amistad perfecta se da entre los que se asemejan según la virtud.(2)

Los virtuosos quieren el bien del amigo en cuanto son buenos en sí mismos (3) ; el que se
quiere bien a sí mismo, quiere bien al otro. Quieren el bien mutuo, y esta amistad es
estable y duradera como permanente es la virtud.(4)

Recordemos que la virtud es un hábito que nos induce a obrar el bien porque nos conecta
rectamente al fin. Cito a Santo Tomás donde dice: «Como la verdadera amistad se
fundamenta sobre la virtud, todo lo opuesto a ésta es un impedimento para la amistad, y
todo lo virtuoso sirve para acrecentarla».(5)

Trataré de analizar algunas virtudes que me parecieron más importantes en relación al


tema de la amistad, y contrapuestas al problema de la neurosis y al sufrimiento psíquico en
esta cuestión. Veremos virtudes más fundamentales como la caridad y la humildad, y otras
que podríamos decir que son secundarias, pero que también regulan la sana relación entre
las personas. Asimismo podemos afirmar que la amistad es psicoterapéutica, porque si la
virtud es causa de la verdadera amistad, podemos decir que la amistad cura las
enfermedades del alma en la medida en que requiere del desarrollo de las virtudes y de su
auténtica expresión.

Siendo esto así, podríamos comenzar diciendo que la amistad más importante es con Dios,
ya que Dios es el amigo que nos comunica sus bienes(6) , y esto se da en la virtud teologal
de la caridad (7) . La personas que se perfeccionan y alcanzan altos grados de caridad
(pensemos en los santos), por su amor a Dios, aman también a aquellos que Dios ama y
tienen verdaderos amigos, que son “como otro yo” para el que se quiere todo bien.(8)

La primera virtud que hay que tener para fundamentar sólidas amistades, es la caridad. O
sea, las amistades humanas deben cimentarse en esa amistad con Dios, que es la caridad. Y
como cuando es muy grande el amor al amigo, uno ama también a sus allegados, asimismo
en la caridad, cuando el amor a Dios es muy grande, se ama también mucho a los que son
amigos de Dios y a todos los que Dios ama(9).

Por eso podemos afirmar que la amistad es la virtud curativa por excelencia si se
fundamenta en la caridad, porque ordena toda la personalidad respecto del fin último del
hombre, y su relación con los demás. Sin duda no existirían las neurosis si todos
obráramos con amor de caridad, y viviéramos de la caridad (como sucede en la felicidad
del cielo).

Santo Tomás (siguiendo a Aristóteles) dice que hay una doble amistad (10)

1) una que consiste en los afectos con que se ama a otra persona, consiguiente a la virtud,
y a esta pertenece la caridad de la cual recién hablamos;
2) y otra que consiste en hechos, palabras, conductas y manifestaciones que – si bien no es
la amistad perfecta – es una virtud que ordena las relaciones recíprocas y los vínculos
amistosos.

La virtud de la amistad, y otras virtudes añadidas a ésta, son también necesarias para
expresar y mantener viva la caridad. Es más, si no se tienen en cuenta estas virtudes, y la
persona se deja llevar por los vicios contrarios, corre el riesgo de perder no sólo los
amigos, sino hasta la misma caridad.

La amistad como virtud es parte de la justicia y – si bien no se rige por un débito estricto y
legal – hay una exigencia de orden moral, de un deber natural de honestidad que obliga al
virtuoso al buen trato, a la afabilidad, a la delicadeza para con su prójimo(11). Sin lugar a
dudas, en los neuróticos donde prevalece el egocentrismo – y esto ha sido bien estudiado y
confirmado por el psiquiatra A. Adler, que era de origen judío –, no se puede dar la
amistad en su sentido más propio. Algunas corrientes de psicología hablan incluso de
narcisismo, expresando así una más profunda atención y encierro en el propio yo
neurótico. El que se ama desordenadamente a sí mismo y busca sólo su propio bien no
puede establecer verdaderas amistades. Como dice Santo Tomás: «si no queremos el bien
para las personas amadas, sino que apetecemos su bien para nosotros, como se dice que
amamos el vino, un caballo, etc., ya no hay amor de amistad sino de concupiscencia». (12)

Hay casos en que la persona psicológicamente enferma – y que no es capaz de ver sus
intenciones más profundas relacionadas con su egocentrismo – dice buscar amistades y sin
embargo sólo pretende satisfacciones y deleites sensibles y egoístas. Obviamente su afán
de amistades quedará siempre vacío, porque lo más elevado, lo espiritual de la amistad, no
se puede dar si la intención es sólo buscar el propio placer.

También podemos considerar otro aspecto de este tema, desde el punto de vista
psicológico, y es que el bien exige un cierto orden. En las personalidades muy
desequilibradas, donde las pasiones no se ordenan a la recta razón y la patología se afirma
con ciertos vicios que la estructuran, es difícil lograr la amistad con otras personas, porque
ello requiere de lo racional del hombre. Es necesario comprender que la amistad no es una
pasión o algo solamente sensible, sino una virtud.

Por eso puede hablarse de una virtud capaz de cambiar una personalidad enferma, y
sanarla, porque debe ejercitar cierta racionalidad que obra por el verdadero fin.
Y justamente por su valor en la salud mental, quisiera hablar de una virtud también
necesaria para el establecimiento de vínculos amistosos y para su estabilidad: es la virtud
de la verdad o veracidad(13).

Esta virtud moral exige que las palabras y las conductas sean conformes a la realidad; es
preciso que haya una manifestación al exterior de lo que se es interiormente, ni más ni
menos. Como vicio contrario a la verdad está la mentira. Según el psiquiatra católico
Rudolf Allers, en el carácter neurótico se da siempre una subversión del orden de la
realidad, que es fruto de una rebeldía, sea consciente o no, pero que conduce a la mentira.

Podría decirse que el neurótico vive una “mentira existencial” por la no-aceptación de la
realidad que le toca vivir, la cual se manifiesta en el rasgo más característico de la
neurosis, que es la inautenticidad. El hombre está obligado por cierto deber de honestidad
a decir y vivir la verdad frente a los otros. Y hasta es una exigencia de orden social; pues
no es posible vivir en sociedad sin la verdad.

Dice Santo Tomás:


«es necesario para tal convivencia el dar mutuo crédito a las palabras y creer que nos dicen
la verdad» (14) .

Sin la virtud de la verdad o veracidad, no se pueden establecer verdaderas amistades,


pues se lesiona gravemente la confianza. Para consolidar una amistad es necesario creer en
el otro. En la mentira se falsea la realidad, se engaña al otro, se muestra lo que uno no es.
Por el contrario en la amistad, la benevolencia mutua no es oculta, no se finge, no se
distorsiona según las ventajas que pueda sacar cada uno para sí mismo sin pensar en el
bien del otro. Para Allers el neurótico siempre es artificioso, construye un mundo propio,
vive una ficción que dirige su comportamiento y toda la personalidad.

A la virtud de la verdad, está unida la simplicidad, que se opone a los dobleces, que es
una manera rebuscada de aparentar algo diferente de los que se es, de manifestar algo
distinto de lo que realmente se piensa. Y también así se destruye la amistad. Lo propio de
la simplicidad es preservar del engaño al que tiende la mentira(15).

Asegura Allers que los neuróticos son siempre complejos; y afirma: «Se dice que los
neuróticos son de naturaleza complicada; sería más justo decir que las naturalezas
complicadas están amenazadas por la neurosis»(16).

También se daña la amistad con otros vicios relacionados a la mentira y contrarios a la


virtud de la verdad, que son la jactancia (vanidad, petulancia, pedantería, arrogancia) y la
ostentación. La jactancia consiste en ensalzarse a sí mismo, elevarse a sí mismo, hablando
de sí por encima de lo que es en realidad (17). La persona se arroga interiormente una
superioridad ficticia, imaginaria, y hace ostentación externa de cualidades mayores de las
que en realidad tiene. «Porque, como dice Aristóteles, “el jactancioso se ensalza a sí
mismo sobre la realidad, a veces sin ningún motivo, otras por motivo de gloria o alabanza,
o también, finalmente por interés de lucro”»(18). Igualmente siempre es una mentira y un
engaño. Dice Santo Tomás que su causa es la soberbia y la vanagloria (19). Confirmando
esta tesis del santo Doctor, los psiquiatras del siglo XX: Adler, Allers, y las escuelas que
de su pensamiento surgieron, vieron la centralidad de estos vicios (soberbia, la vanagloria)
en la causalidad de las patologías psíquicas(20).

Santo Tomás también cita el libro de los Proverbios donde dice que «el hombre
jactancioso y codicioso suscita litigios» (21). Por eso también podemos relacionar esto con
otro mal contrario a la virtud de la amistad, y que se da con bastante frecuencia, y que es la
pelea, el litigio, el pleito (22). Hay personas que traen a la consulta su imposibilidad de
tener amigos y se ve que siempre pelean, contradicen, disgustan a los demás, que
lógicamente terminan alejándose. Los enojos, los caprichos, están siempre presentes en el
neurótico porque no acepta las cosas como son, y eso despierta su ira.

Aristóteles contrapone directamente el litigio a la amistad, que significa convivir


agradablemente con otros. Esta discordia puede nacer de la falta de caridad, porque
ciertamente no se ama al prójimo y no le importa disgustarlo, afligirlo y hasta hacerle la
vida imposible. Dice Santo Tomás siguiendo a San Pablo (II Tim. 3,2) «el litigio desdice
más que nada del estado espiritual» (23).

Pero vemos también que el neurótico se enoja mucho cuando percibe un impedimento en
la consecución de sus caprichos, que son contrarios a la realidad que no acepta. Asimismo
se irrita cuando imagina que lo menosprecian, que no lo quieren, que no lo valoran lo
suficiente, aunque esto no sea real; porque en muchas patologías la persona está siempre
atenta a la imagen que causa en los otros, al afecto que despierta, y a menudo piensa que
quieren hacerle daño y que los demás están pendientes de ella. Estas actitudes deterioran
las amistades o directamente impiden tenerlas.

Dice Santo Tomás – comentando a Aristóteles – que los ásperos, los díscolos, los que
tienen recelo de los demás, hoy en día diríamos los amargos, los antisociables, no tienen
amigos (24).

Sin embargo, hay que aclarar que también la adulación (25) es un defecto contrario a la
virtud de la amistad, porque si bien uno tiene que agradar a los que nos rodean, no debe
temer el desagradar al amigo si hay que evitar un mal o conseguir un nuevo bien.
Recordemos que es una exigencia de la caridad la corrección fraterna que nos enseña el
Evangelio. Sin duda la alabanza es buena si hay que animar al prójimo a las buenas obras
o alentarlo a progresar en la virtud, pero cuando esa alabanza es exagerada porque no
responde a la realidad, incita a la vanagloria, es adulación, y esto es malo.

Otra virtud que es muy importante para mantener el vínculo amistoso, es la gratitud o
agradecimiento. (26) Como en la amistad hay una donación de bienes, ésta se afianza por
la retribución o recompensa de los beneficios dados gratuitamente. Y esta retribución no se
limita a devolver igual que lo recibido – lo cual sería como una paga de los favores – sino
que requiere agradecerlo con creces, exceder lo que nos dieron generosamente. Esta virtud
especial pertenece también a la justicia, aunque – como la misma virtud de la amistad – no
se fundamenta en una obligación legal, sino más bien en un débito moral, de honestidad.
Gratitud debemos a nuestros bienhechores, a aquellos de quienes recibimos beneficios
especiales y con quienes tenemos una obligación personal. Santo Tomás afirma que es de
orden natural el ser agradecidos en todo, y no sólo exteriormente cuando la persona puede
oírnos porque está presente, sino en todo lugar, pero principalmente con el afecto. Porque
lo principal de la gratitud está en el afecto y el reconocimiento de los beneficios que
hemos recibido de los otros sin que ellos tuvieran obligación de dárnoslos. Por eso
también se debe honrar y dar testimonio de la excelencia de esa persona, mediante
palabras, signos exteriores o mediante obsequios y regalos (27).Inclusive si la
circunstancia lo requiere, de debe prestar apoyo y auxilio de una manera especial a aquel
amigo de quien hemos recibido los bienes.

Contrariando esta virtud los neuróticos piensan que todo lo que hacen los demás por ellos,
es porque se lo merecen; y que siempre los que están en deuda, son los otros.

La deuda de la gratitud nace de la caridad y es cada vez más exigente. Por eso dice San
Pablo: «Nadie tenga deudas con otros, a no ser la del amor mutuo».(28) La ingratitud(29)
es una falta muy grave que lesiona o destruye la amistad, incluso la amistad con Dios que
es la caridad, como hemos dicho.
Ya que nos hacemos deudores de los demás cuando recibimos sus beneficios, quiero
considerar de una manera especial una virtud muy olvidada en nuestros días, que es la
piedad (30).Se refiere principalmente a Dios, a la patria a y los padres. En este culto de los
padres, se incluye el de los cosanguíneos; y en el de la patria se incluyen los
conciudadanos y los amigos (31).

Es interesante hacer una ampliación de esta virtud a los amigos, porque la comunicación
que existe entre ellos, se parece a una generación o principio del ser en cuanto uno crece
con los bienes que recibe en la amistad. Pero además creo que podemos plantear aquí un
tema muy difícil en la psicología contemporánea, y es el de la amistad entre padres e hijos.

Desgraciadamente el psicoanálisis ha pervertido este bien inmenso, llevándolo a la


máxima conflictividad, hasta el punto de que parecería absolutamente imposible dicha
amistad. La cultura contemporánea se ha hecho eco de estas nefastas teorías y ha
polarizado los grupos y unificado las relaciones, las cuales parece que sólo pueden darse
“entre pares”: entonces todo debe ser “de jóvenes” o “de adultos”. La cultura actual ha
limitado la amistad a las edades biológicas y no quiere referirse al nivel de virtud o nivel
espiritual. Por eso hoy en día lo que llaman “amistades” son sólo relaciones superficiales,
que fracasan fácilmente, y se disuelven en simples conocidos o compañeros “de la vida”.

Para Aristóteles – y el comentario que de la Ética hace Santo Tomás – la amistad perfecta
es la que se da la semejanza según la virtud (32).Las personas siendo buenas, se quieren y
quieren el bien del otro, en cuanto son buenos en sí mismos. En la verdadera amistad, sólo
pueden hacerse amigos los que son buenos, porque hay una razón para quererse (33). El
que es bueno, hace también el bien a su amigo.(34) Por eso Aristóteles considera la
posibilidad de la amistad entre desiguales respecto de determinadas diferencias (como
padre e hijo, rico y pobre, etc.), siempre y cuando se dé al otro lo que le corresponde y se
requiera del otro lo requerible (35). O sea, la igualdad necesaria para fundamentar la
amistad, la hace la virtud que ambos poseen, y que despliegan en la debida proporción
según a cada uno le corresponda. Por eso el buen padre puede y debe ser amigo de un buen
hijo, en la medida en que hay bienes que se dan mutuamente porque llevan una vida
virtuosa, el padre como padre y el hijo como hijo. Y un abuelo puede y debe ser amigo de
su nieto si a ambos los une la virtud. Es más, la amistad se da muchas veces como
recompensa por los beneficios recibidos (36). Una persona, al reconocer todo lo que el
otro le ha dado, quiere ser buena y virtuosa para merecer esa amistad. Y esto puede pasar
con los hijos, los nietos, los sobrinos, etc. respecto de sus mayores.

Pero recordemos además que la amistad supone una concordia recíproca por esa donación
mutua de bienes, y ésta ha sido destruida en sus mismos cimientos por el psicoanálisis, al
poner en tela de juicio la relación amistosa y benévola paterno-filial. Para el psicoanálisis
el complejo nuclear, el más básico, es el que reproduce el conflicto de Edipo, donde –
como ustedes sabrán – el hijo mata al padre. Y la resolución de este conflicto se da cuando
el hijo se identifica con el padre y se pone en su lugar, luego del “parricidio”. Vemos con
horror cómo las personas que han tenido largos años de psicoanálisis no logran
“reconciliarse” con sus padres (interiormente con la gratitud, demostrarles afecto y
cariño); no logran ver ni siquiera el bien que significa el haberles dado la vida. Ya de por
sí los neuróticos, con su egocentrismo, son muy exigentes con los demás, y siempre se
sienten acreedores, como si sólo a ellos les debieran todo. Pero el psicoanálisis aumenta
este sentimiento desordenado, llevándolo – en algunos casos – hasta el odio.

No podemos desconocer que también estamos sumergidos, en la sociedad actual, en


debates como el del aborto, donde los padres no desean a sus hijos y los matan,
cometiendo el más atroz de los homicidios, muchas veces apoyados por los consejos de
algunos profesionales y – en algunos países – hasta amparados por la ley positiva. Aún así,
dice Santo Tomás que si nuestro bienhechor se ha pervertido, debemos agradecerle
igualmente, procurando que vuelva al buen camino. (37) . Hay personas que han
sobrevivido al intento de aborto, aún quedando con lesiones graves y, sin embargo, han
sabido perdonar y reconciliarse (al menos interiormente) con sus padres.
Por último quiero analizar otra virtud fundamental en el desarrollo de la vida mentalmente
sana y virtuosa – necesaria para entablar amistades verdaderas – y es la humildad. Y me
parece importante hablar de ella porque como dice el psiquiatra Allers: «Para curar una
neurosis es necesaria una verdadera metanoia, una revolución interior que sustituya el
orgullo por la humildad, el egocentrismo por el abandono» (38).

La virtud de la humildad significa un rebajarse a sí mismo, reprimiendo el deseo de la


propia excelencia, de manera que no se busquen cosas que – aún siendo buenas – superan
el orden de la razón, confiando en las propias fuerzas.(39) Este rebajarse no puede hacerse
como un puro formalismo exterior (que sería hipócrita), como pasa en la falsa humildad
que, en el fondo, no es más que una gran soberbia, como dice San Agustín, porque se
busca la propia gloria (40). Se puede aspirar a grandes bienes confiando en el auxilio
divino; por eso cuanto más nos acercamos a Dios y nos sujetamos a Él, más humilde se es.
(41)La humildad dispone para los bienes espirituales y divinos. Esta virtud consiste en una
actitud interior en la que es necesario el reconocimiento de los propios defectos, los
propios límites y lo que excede a las propias fuerzas, de manera de saber realmente lo que
a uno le falta para alcanzar la perfección de la virtud y de lo que es incapaz de lograr por sí
mismo (42).

La humildad, en cuanto expulsa a la soberbia, hace que el hombre sea “ubicado”


podríamos decir, que reconozca su lugar de “creatura” y el del Creador, que se someta a
Dios y a lo que Él manda (43). Por eso esta virtud es el fundamento del edificio espiritual
y el principio de la salud mental. El psiquiatra Alfred Adler afirma que en el fondo de toda
enfermedad psíquica, hay siempre una postura falsa y perniciosa, como es el “exaltado
afán de autodivinización” (44).

Dice Santo Tomás que: «la humildad como virtud especial, considera principalmente la
sujeción del hombre a Dios, en cuyo honor se humilla sometiéndose incluso a
otros»(45).La humildad, así como nos ubica en la relación con Dios, también nos enseña la
relación que debemos tener con los demás hombres. Se pregunta Santo Tomás si por la
virtud de la humildad uno debe someterse a los demás. Y contesta diciendo que en el
hombre se pueden considerar dos cosas: lo que tiene de Dios (toda perfección y gracia) y
lo que es propio del hombre (lo defectuoso y limitado). Por eso concluye, que así como
por la humildad nos sometemos a Dios, también debemos someternos a los hombres, en lo
que tienen de Dios. Es también posible suponer que los demás tienen más bondad que
nosotros o que nosotros poseemos más defectos, y justamente por eso, pensar en su
superioridad (46).

El neurótico se compara siempre con los demás y, con su afán de dominio y voluntad de
poder – características bien analizadas por Adler – desprecia al prójimo buscándole
siempre los defectos, para resaltar así la propia excelencia y superioridad. Respecto de esta
soberbia y su causalidad en las enfermedades mentales, afirma Echavarría: «Adler se dio
cuenta que este objetivo de superioridad no se encontraba solamente en lo que
comúnmente se reconoce como neurosis, sino en otros cuadros que generalmente se
separan (o hasta se contraponen a la neurosis) como las perversiones y algunas psicosis,
como así también en las personalidades de los alcohólicos, antisociales, delincuentes, etc.
La voluntad de poder aparece en la obra de Adler como una patología central, que causa (a
modo de fin) toda una serie de conductas y rasgos de carácter de muy diferente tipo (e
incluso contrarios entre sí), pero siempre orientados a este mismo objetivo de
superioridad» (47).

Estos rasgos neuróticos terminan inevitablemente en el choque con las otras personas, no
sólo espantando las amistades, sino también perturbando el orden familiar y social. Por eso
Adler considera el carácter neurótico como una patología del sentimiento de comunidad,
como un problema que trastorna la relación con los demás (48). Afirma: «La
desvalorización del semejante es el fenómeno más común en los enfermos neuróticos»
(49). Contrariamente a esta actitud negativa, podemos asegurar con Allers, que la
humildad no sólo nos garantiza la salud mental, sino también la vida virtuosa que es
fundamento de la amistad.

Para concluir citaré un sermón de San Gregorio Nacianceno recordando su amistad con
San Basilio Magno (Padres Capadocios, ambos santos obispos y doctores de la Iglesia del
siglo IV). La Iglesia misma considera el modelo de esta amistad, por lo cual ha instituido
su fiesta el mismo día (2 de enero). Podemos ver con un testimonio vivo y en unos pocos
renglones, las características fundamentales de la amistad que analizamos siguiendo a
Santo Tomás de Aquino.

Como si una misma alma sustentase dos cuerpos De los sermones de san Gregorio
Nacianceno, obispo

Sermón 43, en alabanza de San Basilio Magno, 15. 16-17. 19-21

Nos habíamos encontrado en Atenas, como la corriente de un mismo río que, desde el
manantial patrio, nos había dispersado por las diversas regiones, arrastrados por el afán de
aprender, y que, de nuevo, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, volvió a unirnos,
sin duda porque así lo dispuso Dios. [...]

[Basilio] fue casi el único, entre todos los estudiantes que se encontraban en Atenas, que
sobrepasaba el nivel común y el único que había conseguido un honor mayor que el que
parece corresponder a un principiante. Éste fue el preludio de nuestra amistad; ésta la
chispa de nuestra intimidad; así fue como el mutuo amor prendió en nosotros.

Con el paso del tiempo, nos confesamos mutuamente nuestras ilusiones y que nuestro más
profundo deseo era alcanzar la filosofía, y, ya para entonces, éramos el uno para el otro
todo lo compañeros y amigos que nos era posible ser, de acuerdo siempre, aspirando a
idénticos bienes y cultivando cada día más ferviente y más íntimamente nuestro recíproco
deseo.
Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y,
sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación.
Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién
cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia.

Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos. Y, si no hay que dar
crédito en absoluto a quienes dicen que todo se encuentra en todas las cosas, a nosotros
hay que hacernos caso si decimos que cada uno se encontraba en el otro y junto al otro.

Una sola tarea y afán había para ambos, y era la virtud, así como vivir para las esperanzas
futuras de tal modo que, aun antes de haber partido de esta vida, pudiese decirse que
habíamos emigrado ya de ella. Ése fue el ideal que nos propusimos, y así tratábamos de
dirigir nuestra vida y todas nuestras acciones, dóciles a la dirección del mandato divino,
acuciándonos mutuamente en el empeño por la virtud; y, a no ser que decir esto vaya a
parecer arrogante en exceso, éramos el uno para el otro la norma y regla con la que se
discierne lo recto de lo torcido.
Y, así como otros tienen sobrenombres, o bien recibidos de sus padres, o bien suyos
propios, o sea, adquiridos con los esfuerzos y orientación de su misma vida, para nosotros
era maravilloso ser cristianos, y glorioso recibir este nombre.

Notas

1.SANTO TOMÁS DE AQUINO, Comentario de la Ética a Nicómaco, CIAFIC, Buenos


Aires, 1983, nº 1538
2. 1574
3. 1575
4. 1576
5. S. Th. II-II q 106 a 1 ad 3
6. Cf. S. Th. II-II q 23 a 1
7. Cf. S. Th. II-II q 23 a 1
8. 1543
9. Cf. S. Th. II-II q 23 a 1 ad 2
10. Cf. S. Th. II-II q 114 a 1 ad 1
11. Cf. S. Th. II-II q 114 a 2 corpus
12. S. Th. II-II q 23 a 1 corpus
13. Cf. S. Th. II-II q 109
14. S. Th. II-II q 109 a 3 ad 1
15. Cf. S. Th. II-II q 111 a 3 ad 2
16. RUDOLF ALLERS, “El amor y el instinto, estudio psicológico”, en ANDEREGGEN-
SELIGMANN, La psicología ante la gracia, EDUCA, Buenos Aires 1999, 336.
17. Cf. S. Th. II-II q 112 a 1.
18. S. Th. II-II q 112 a 2 ad 3
19. Ibid
20. Cf. La obra de Alfred Adler y Rudolf Allers. Ver el extenso y profundo estudio de
MARTÍN ECHAVARRÍA, “La soberbia y la lujuria como patologías centrales de la
psique en A. Adler y Santo Tomás”, en ANDEREGGEN-SELIGMANN, La psicología
ante la gracia, EDUCA, Buenos Aires 1999.
21. S. Th. II-II q 112 a 2 . Cita Prov. 28,15
22. Cf. S. Th. II-II q 116
23. S. Th. II-II q 116 a 2 sc
24. 1607
25. Cf. S. Th. II-II q 115
26. Cf. S. Th. II-II q 106
27. Cf. S. Th. II-II q 103
28. Rom. 13,8. Citado en S. Th. II-II q 106 a 6 ad 2
28. Cf. S. Th. II-II q 107
29. Cf. S. Th. II-II q 101
30. Ibid, a 1 corpus
32. 1574 - 1575
33. 1591
34. 1605
35. 1629
36. Cf. S. Th. II-II q 106 a 5 corpus
37. Cf. S. Th. II-II q 106 a 3 ad 5
38. RUDOLF ALLERS, El amor y el instinto, 336.
39. Cf. S. Th. II-II q 161 a 1
40. Cf. S. Th. II-II q 161 a 2 ad 2
41. Cf. S. Th. II-II q 161 a 2 ad 2
42. Cf. S. Th. II-II q 161 a 2 corpus
43. Cf. S. Th. II-II q 161 a 5 ad 2
45. ALFRED ADLER, El carácter neurótico, Barcelona 1994, 8.
46. S. Th. II-II q 161 a 2 ad 5
Cf. S. Th. II-II q 161 a 3 corpus
47. MARTÍN ECHAVARRÍA, “La soberbia y la lujuria como patologías centrales de la
psique en A. Adler y Santo Tomás”, en ANDEREGGEN-SELIGMANN, La psicología
ante la gracia, 54.
48. Cf. ALFRED ADLER, El carácter neurótico
49. ALFRED ADLER, Práctica y teoría de la psicología del individuo, Buenos Aires
1967, 204.

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