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Espíritu nuevo y presencia

Podemos encontrar en la vía escollos , como por ejemplo, mantener la idea de


que la práctica de la Vía está para desarrollar el espíritu del despertar.

Por supuesto, podemos cultivar la aspiración al despertar (la realización de


nuestra realidad profunda), y así darle vida a ese espíritu del despertar. Podemos
crear las condiciones más favorables practicando regularmente la meditación y
cultivando la presencia plena en cada momento de nuestra vida. Pero, ¿cómo
podríamos desarrollar lo que siempre ha estado ahí ?

La práctica de la meditación sentada es fundamentalmente una práctica de


despojamiento. Despojamiento en el sentido de soltar presa, de dejarse
abandonar de todo aquello que creemos conocer, del saber sobre nosotros
mismo, sobre los demás, sobre el mundo, sobre la Vía. Dejando así espacio libre
para el advenimiento de la dimensión trascendente de nuestra realidad de ser. Y
eso es un verdadero camino interior, « el reto sagrado » del viaje espiritual.

También, muchos practicantes piensan que en la práctica de la Vía, uno de los


aspectos más difíciles son los dolores que pueden aparecer en la práctica de la
meditación sentada, o en la confrontación con la agitación del sistema mental, o
también el estado de ánimo inverso que es el sopor, el adormecimiento.
Por supuesto son aspectos dolorosos que hay que atravesar, pero lo más difícil
de realizar en la Vía y en la propia vida, es un espíritu nuevo, una mente fresca a
cada instante, un espíritu acorde con la novedad de cada instante. Un espíritu
que no se coagula en lo que fue, ni que tiende hacia lo que será. En cierta forma
un espíritu que tiene la capacidad de asombrarse.

Y ese asombro no es compatible con un estado de ánimo que se estanca en los


hábitos.
Incluso si eso puede durar solo un instante, ese asombrarse ocurre cuando la
mente no está apegada a experiencias pasadas, y que no esta coloreada por la
espera de un futuro que se presupone mejor. Ese asombrarse es goce de ser. Un
goce de ser que no permanece circunscripto a uno mismo, a su bienestar
personal sino que es un verdadero alimento para el mundo.

El acorde con el movimiento, con la novedad del momento presente llama,


“exige” una extraordinaria agudeza de la mente, pero también una ligereza, una
apertura del corazón para poder “seguir” sin resistencias el cambio incesante de
la corriente de la existencia.
Cuando estamos acordes con la novedad de cada instante, con la realidad
viviente del momento presente, no puede subsistir ninguna espera. Cuando no
hay ninguna espera, ninguna impaciencia, ningún aburrimiento puede sobrevenir.
Cuando no hay ninguna espera el espacio interior esta abierto, disponible. El
espacio interior esta abierto, disponible al intemporal presente. El intemporal
presente que no es un lugar, un tiempo solidificado en el que podamos
instalarnos, quedarnos fijos, sino que es un movimiento cambiante sin cesar.

La realización de una mente nueva, de un espíritu fresco “pide” liberarse del


estado de ánimo de la espera. Y para liberarse es importante observar nuestra
forma de funcionar en la existencia. Muchos más que vivir la vida en sí, la
piensan. Y así esperan para comenzar a vivirla. Podemos esperar días mejores,
una situación mejor, condiciones de vida más favorables, la iluminación, etc… Es
decir, que un reflejo condicionado nos empuje a desear mañana, a desear lo que
será. La espera, sensiblemente, sutilmente, genera una tensión, un conflicto
interior.
Un conflicto interior entre la realidad viva del aquí y ahora y la proyección de un
envidiado futuro mejor. Cuando estamos prisioneros de ese conflicto, la calidad
del ser, la calidad de nuestra vida se altera fuertemente, porque ya no estamos
en contacto con el presente actual. El presente actual, en donde estamos
plenamente vivos, en donde la dimensión trascendente de nuestra existencia
puede manifestarse.

De ahí la importancia en la vida, cuando hay la percepción de que nos


deslizamos hacia la espera, de no permanecer en ella, sino movilizarnos para
relacionarnos con el momento presente, para habitar el instante con el cual nos
comprometimos. Si en vuestra vida os dais cuenta que os deslizáis hacia el
estado de ánimo de la espera, no permanezcáis en él. Movilizaos para conectaros
a vuestras sensaciones, con la respiración, que se manifiestan en el momento
presente ; para habitar las acciones, los gestos con los cuales os habéis
comprometido. Es en esa calidad del ser que puede cultivarse un espíritu nuevo.
Ese espíritu nuevo, ese espíritu fresco acorde con cada instante, está en
interdependencia con nuestra capacidad de estar instaurado en una atención, en
una presencia que no interviene, que no se escapa de lo que es. Es decir, que no
se aferra a nada y que no rechaza nada. Una presencia que no juzga, que ni
analiza ni interpreta.

Esa calidad de presencia no es pasiva, no es resignada. Es una presencia viva,


acorde con lo que es tal cual es, sin apegarse, sin identificarse. Hay simplemente
presencia.
Es en el corazón de la presencia donde podemos liberarnos de la influencia del
sistema de identificación. Porque en el corazón de la presencia que no se fija en
lo que ha sido y que no se proyecta hacia el futuro, ese sistema que tiene, entre
otras cosas, como base de oscilación entre la añoranza de lo que fue, y el deseo
de lo que yo quisiera que fuera, no tiene ningún apoyo, ningún alimento. No hay
nada entonces en lo que apoyarse para que quede cristalizado.
Es en el corazón de esa atención, en esa calidad de presencia donde puede
revelarse lo que Ejo llamaba la “Luz espiritual”, o lo que yo llamo a veces la
inteligencia del corazón.
La dimensión transcendente de nuestra realidad de ser.

¡Os deseo una bella práctica! De corazón a corazón,

Patrick