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El SECRETO
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DEL TIEMPO
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Arturo Hernández Jiménez

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I

Miré dentro del cajón y escarbé con mis manos entre los
distintos objetos que había dentro, buscaba una de las pelotas
de tenis que mi padre guardaba en el, por fin di con ella, cerré
el cajón y salí pitando hacia la calle.
El barrio del Ventorro del Chaleco no era el mejor barrio de
Madrid, la mayoría de las calles estaban sin asfaltar, excepto
las calles Maquina y López de Hoyos, todas las demás eran
de tierra en verano y de barro en invierno, corría el año 1972,
yo tenía entonces siete años.
Como era un barrio pequeño nos conocíamos todos los
vecinos y el ambiente era bueno en general, casi todos los
vecinos éramos de clase trabajadora y por ende pobres en
general, excepto algún vecino que marchaba un poco mejor
como la señora virtudes que tenia una tienda de ultramarinos
donde se vendía prácticamente de todo, recuerdo cuando iba
con mi madre a comprar bacalao salado, latas de conserva,
jabón para lavar la ropa o una tripa de chorizo.
Mis padres, mi hermana y yo vivíamos en la calle López
de Hoyos, que era la calle principal del barrio ya que
comunicaba Ciudad Lineal con el centro de Madrid.
Nuestra casa estaba en una finca con un patio al que
daban todas las puertas de las viviendas, y al que se accedía
desde la calle por una puerta común, todos los vecinos
vivíamos de alquiler y la convivencia era armoniosa, como si
fuesemos una gran familia que se auto ayudaba cuando hacía
falta. Teníamos un aseo colectivo para los vecinos que no

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disponíamos de cuarto de baño en nuestra casa, y las noches
de verano salíamos al patio a tomar el fresco, Los pequeños
jugábamos mientras los mayores charlaban después de la
cena.
Fueron buenos tiempos para mí y para los míos, aunque
las condiciones de vida no eran demasiado buenas, no nos
faltaba que comer gracias al esfuerzo de mi padre que
trabajaba doce horas diarias en una fábrica de tubos de hierro
en la Avenida de Aragón.
Mi casa estaba situada al final del patio en una
construcción de dos plantas, nosotros vivíamos en la de abajo
y la Sra. Carmen vivía encima de nosotros, siempre que
podían se juntaban a charlar o a mirar cómo podían arreglar
tal vestido o pantalón o cualquier otra prenda, ya que mi
madre había sido costurera y era hábil en el manejo de la
aguja y el dedal. El señor Monedero, que era el marido de
nuestra vecina de arriba trabajaba cerca del barrio en una
carpintería que alguna vez visitábamos mi padre y yo cuando
necesitábamos algún trozo de madera para reparar alguna
cosa, en aquellos tiempos tenia uno mismo que arreglar
algunas cosas de la casa para ahorrarse unos duros.
En la casa de enfrente vivía la señora María y el señor
Apolinar que eran dos valencianos ya mayores. Apolinar
trabajaba vendiendo lotería porque que le faltaba una
pierna, era como los piratas de la isla del tesoro, andaba con
dos grandes muletas de madera y tenía una pata de palo digna
del bucanero mas intrépido de los mares del sur.
Al lado de la señora María vivían “la Isabel” y sus dos
hijos, Juanito y Carlitos que eran más o menos de mi edad, la
verdad es que nunca vi a su padre, no sé si es que no tenían o

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es que no lo veíamos porque trabajaba muchas horas pero yo
no recuerdo haberle visto nunca por allí. Carlitos era un niño
bueno, pero Juanito era el típico matón infantil, recuerdo que
una vez de las muchas que jugábamos juntos, habíamos
encontrado un eje trasero de un triciclo con una rueda, y
estuvimos enredando con el nuevo juguete hasta que a
Juanito le entro el instinto criminal y me lanzo el eje con tal
precisión que aunque yo intente zafarme del lanzamiento
olímpico de disco de triciclo y puse pies en polvorosa en
dirección a mi casa, el efecto del proyectil consiguió darme
de lleno en la coronilla ocasionándome un descalabro de
grandes dimensiones que a su vez provoco un disgusto
grandísimo a mi madre y a “la Isabel” que era la madre de
Juanito el bárbaro infantil.
Mi mejor Amigo era Javi “el cojo”, que vivía detrás de la
panificadora “La luna”, que era la fabrica más conocida de
todo el barrio y que olía que era una maravilla cuando
entrabas en la tahona a comprar el pan con tu madre, yo
siempre salía con un colín en mis manos que para mí era la
golosina del día, recuerdo que nos despachaba Juanito que
era un joven panadero. (Por supuesto que no tenía nada que
ver con Juanito el bárbaro de mi vecino).
Javi era cojo, no como el Señor Apolinar, pero cojo al fin
y al cabo, a Javi no le faltaba media pierna ni llevaba pata de
palo, pero como había tenido la poliomielitis de pequeño se le
había quedado una pierna unos centímetros más corta que la
otra, lo que hacía que fuera andando como si esquivara las
baldosas, pero su pequeño defecto no mermaba su capacidad
de correr y saltar o bajar y subir escaleras, era capaz de hacer

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lo mismo que yo pero con un movimiento pendular muy
particular.
Nuestro territorio de juego se limitaba a varias zonas
adyacentes a nuestras casas, por un lado estaba el solar
situado frente a la casa de Javi, un solar grandísimo cercado
por vallas de cemento pero con algún que otro hueco que nos
permitía el acceso a la finca, por otro lado estaba el otro solar
repleto de grandes bloques de piedra de granito que estaba
junto a mi casa, y en tercer lugar y nuestro preferido era el
arroyo Abroñigal y su puente, en el que nos metíamos debajo
a jugar con la fina arena que se concentraba en este arrastrada
por el agua.
El arroyo no corría a no ser que estuviera lloviendo, por
lo que era nuestro cuartel general en tiempo seco y caluroso
ya que nos proporcionaba sombra y frescura.
A parte de estos tres sitios entrabamos de vez en cuando
en el jardín del bar “La Curva”, que era un bar conocido por
sus chuletas de cordero y por los bailes que se organizaban
los sábados por la tarde en dicho jardín, en este maravilloso
lugar rodeado de arboles y fuentes se encontraba uno de
nuestros juegos preferidos, bajando las escaleras hacia el
jardín estaba “la rana”, un artilugio de hierro con una rana en
el centro que tenia la boca abierta, en la cual había que
introducir una ficha lanzándola desde una distancia
determinada.
Un día observamos a los mayores como jugaban y Javi y
yo decidimos intentarlo, como no teníamos fichas para jugar
buscamos chapas de botellas que para el caso nos servían de
igual manera ejerciendo de fichas improvisadas, disfrutamos
de aquel maravilloso artilugio hasta que nos descubrió el

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camarero de la barra que había bajado a por unas botellas al
almacén y nos puso de patitas en la calle cortando así nuestro
descubrimiento del anfibio metálico.

II

Era un día de junio poco antes de las vacaciones, yo me


encontraba en la mesa del comedor terminando los deberes
que nos había puesto el maestro, mi madre estaba cosiendo
una falda a mano mientras en la radio sonaba la sintonía de
Elena Francis, que era lo que escuchaban en aquella época
todas las madres españolas. En ese momento se escucho caer
algo del tejado a un callejón que separaba mi casa de la casa
de al lado, Salí a mirar y era lo que me suponía, cuando caía
algo desde el tejado solía ser una pelota de tenis.
Ese milagro ocurría de vez en cuando porque cerca de
casa había un club de tenis. Yo gracias a los tenistas tenía
varias pelotas de tenis, un pequeño tesoro que crecía a
medida que los tenistas fallaban en sus saques o en sus
reveses.
Cogí la pelota y entre en casa, después de examinarla
minuciosamente por unos momentos para averiguar si tenía
algún defecto, comprobé que estaba en perfecto estado, la
deje con las otras y volví a la mesa para terminar la tarea. Mi

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hermanita dormía la siesta en el sofá cama que había junto a
la ventana.
Como hacía calor teníamos la puerta abierta de par en par,
digo la puerta porque la de la calle era la única puerta de la
casa ya que para separar la cocina, el comedor y el dormitorio
disponíamos de cortinas en lugar de puertas.
Alguien golpeo con los nudillos en la puerta, solo se po-
día llamar de esa forma o gritando el nombre del inquilino en
cuestión, o diciendo “¿hay alguien en casa?”, ya que no te-
níamos timbre.
-¿Esta Carlos?, - era mi amigo Javi que venía a buscarme
para ir a jugar.
- Si pasa Javi, - dijo mi madre.
- ¿Has terminado los deberes?
- Si señora ya los he hecho, venía a ver si sale Carlos a
Jugar.
- Bueno iros a jugar pero tener cuidado y volver antes de
se haga de noche.
- Si mami no te preocupes, vamos Javi,- dije yo.

Amontone los libros y el cuaderno en una esquina de la


mesa plegable del comedor y cogí la pelota del cajón de un
pequeño mueble donde estaba la televisión y las pocas cosas
que había en casa.

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- Mira que pelota ha caído en el callejón, esta nuevecita.
- Que chorra tío, a mi no me caen pelotas en el patio,
- dijo Javi.
- ¿Vamos al solar a buscar chapas y nos hacemos un
equipo de futbol?
- Vale, vamos a por chapas.
El acceso de la calle al patio era un pasillo de poco más
de un metro de ancho al que daba la puerta de la primera casa
del vecindario, en esta casa vivían dos hermanas muy
mayores, digamos que la limpieza no era la mayor virtud
de estas ancianas, por lo que mi amigo Javi y yo cuando
llegábamos a la altura de su puerta, que siempre estaba
abierta, conteníamos la respiración y acelerábamos el paso
para no sufrir el hedor insoportable que emanaba de aquella
vivienda.
Recuerdo que a veces una de las dos hermanas entraba
en mi casa para pedir a mi madre algún ingrediente culinario
o a que la hiciera algún cosido o algún hilván, y lo mismo
que tardaba en entrar esa buena señora en mi casa, tardaba
yo en iniciar la huida hacia el patio y allí esperaba a que
saliera y a que se ventilara la casa.
Cuando salimos a la calle y nada más llegar a la esquina
nos sorprendió un corro de gente agolpada cerca de la puerta
de la panadería “La luna”.
-¿Qué pasara ahí?,- me dijo Javi sorprendido.
-Ni idea, vamos a ver.

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Al acercarnos metimos la cabeza entre los cuerpos de los
mayores que estaban mirando alrededor de aquel evento, ha-
bía un señor con una motocicleta en la que había acoplado
una especie de maleta en la que portaba toda clase de
artilugios tales como peines, cepillos de dientes, hojas de
afeitar, cortaúñas y todo tipo de artículos. Como no nos
intereso mucho después de mirar durante unos minutos
sacamos las cabezas de allí y nos marchamos comentando el
poco interés que nos despertaba la venta de peines.
Nada mas bordear la nave de la panificadora llegamos a
la casa de Javi que estaba en frente del solar donde íbamos a
recoger chapas.
Era una casa de una planta pero no como la mía, esta
tenía un pequeño jardín rodeada por una valla de ladrillo y
reja, tenía un seto por dentro de la valla que cubría todo el
frontal de la pared excepto la puerta, tenía también un
manzano y un lilo del que llevábamos a la virgen de la
iglesia un ramo cada año en primavera, en aquella época era
obligatorio tener buena relación con la Santa madre iglesia, y
más nosotros dos que íbamos a un colegio religioso.
La casa era pequeña pero no tanto como la nuestra y
además disponía de un aseo para ellos solos con bañera
incluida, evidentemente era mucho mejor que la mía.
-Espera un momento, - me dijo mi amigo, -Voy a por unas
rosquillas que ha hecho mi madre esta mañana, veras que
ricas son.
Entro en su casa y mientras salió yo me entretuve
mirando un insecto que estaba recortando una hoja de un
rosal con una perfección que rayaba lo creíble, ¿Cómo era

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posible que un bicho tan minúsculo corte con esa
perfección?, la verdad es que soy bastante propenso a
quedarme anonadado observando cualquier situación
desconocida para mí.
Salió por la puerta esquivando la cortina con una rosquilla
en cada mano, me entrego una y nos sentamos en la parte
exterior de la valla de su casa a comérnoslas, mientras
comentábamos si con las chapas haríamos unos equipos de
futbol para jugar con un garbanzo o nos descartaríamos por
hacer equipos ciclistas para celebrar la vuelta ciclista del
arroyo del Abroñigal, decidimos que como hay muchas
chapas en ese solar haríamos las dos cosas.
La calle donde estaba la casa de mi amigo era la calle
Cerezos, estaba sin asfaltar y justo enfrente de su puerta
comenzaba una cuesta bastante empinada que llevaba a la
valla del solar.
Subimos por la rampa y cuando llegamos al agujero del
cercado asomamos nuestras cabezas para mirar lo que había
dentro, cuál fue nuestra sorpresa, nos quedamos ciegos al
descubrir un montón de juguetes o restos de juguetes que
alguien había tirado allí, nos miramos los dos y sin pensarlo
disputamos la carrera de los cincuenta metros lisos hacia ese
maravilloso tesoro que nos esperaba impaciente. Cuando
estábamos a punto de echar mano a alguno de esos trastos,
nos sorprendió un grito de un hombre que nos dio el alto,
miramos hacia él y descubrimos a un tipo barbudo, sucio y
con mala pinta que se estaba comiendo un trozo de pan con
una navaja de tamaño imponente.
Nos miramos el uno al otro y sin mediar palabra salimos
pitando hacia el agujero de la valla y el salió corriendo detrás

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de nosotros gritando – Ladrones, ladrones – bajamos la
rampa sin tocar el suelo con los pies, si al entrar habíamos
corrido para llegar a los juguetes, para salir habíamos volado
en nuestra huida desesperada.
Al llegar a la casa de Javi, que el pobre corría moviendo
sus caderas con un vaivén que no sé cómo no se desarmo el
pobre muchacho, nos escondimos en su jardín debajo de un
seto, el tipo que nos perseguía entro en el jardín tras nuestra
estela y se dirigió a la puerta de la casa.
-¿Hay alguien?,- grito el tirano.
La madre de Javi salió a ver qué pasaba.
Al preguntarle al barbudo que quería, este la pregunto que
si había visto a dos ladronzuelos que acaban de entrar en la
casa y que le querían robar sus cosas que tenía en el solar.
-Son dos uno rubio y otro moreno, el moreno además es
cojo, como los pille les voy a cortar las orejas.
La madre de Javi que ya sabía que los fugitivos éramos
nosotros dos por la descripción de nuestro perseguidor, lo
invito a que se fuera de su casa o llamaría a la policía.
El tipo se marcho refunfuñando y diciendo barbaridades,
en ese momento aprovechamos la marcha nuestra amenaza
para salir corriendo y meternos en casa de mi amigo.
Cuando estuvimos a salvo la madre de Javi nos aplico el
tercer grado, en estos casos las madres son especialistas en
técnicas interrogatorias, así que nos sentó en dos sillas y nos
hizo contar una y otra vez nuestra versión de los hechos, y
parece que la convencimos porque no nos aplico el cuarto
grado que significaba algún tipo de penitencia.
Mi madre por ejemplo aplicaba el cuarto grado de una
forma digna de cualquier deportista lanzador de disco o de
jabalina, cuando descubría que no la decía la verdad o que me

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merecía un cuarto grado te miraba con los ojos fijos en tu
cerebro atravesando tus ojos como si fuera un rayo laser
de superhéroe, y yo que me conocía que el siguiente paso iba
a ser una colleja salía corriendo, ella salía corriendo detrás de
mí y sin parar de correr que es lo que a mí más me
sorprendía, se quitaba la zapatilla del pie derecho y me la
lanzaba con tal precisión que acertaba en medio de la cabeza
sin margen de error posible.
Yo creo que las madres nacen con el instinto del
lanzamiento de zapatilla igual que nacen con el instinto de
protección o el instinto femenino, además de otros muchos
instintos que el ser humano no llegara a comprender nunca.
Después del gran susto que nos llevamos con el individuo
del solar, la madre de mi amigo no me quiso dejar volver solo
a casa, así que decidió que me acompañarían los dos, yo me
resistí varias veces a que me pusieran escolta porque sabía
que cuando se juntaran las dos madres y comentaran nuestra
hazaña aventurera tendría todas las papeletas para que me
aplicaran el cuarto grado y podría salir con algún que otro
pescozón, pero no hubo forma así que mi sequito y yo
salimos hacia mi casa.
Javi y yo al llegar a la entrada de mi patio contuvimos la
respiración y aceleramos el paso como de costumbre, yo
seguí corriendo hasta mi casa con el fin de llegar antes que
mi guardiana para darle un beso a mi madre y amortiguar así
los efectos de la sentencia que me impusiera el juzgado
maternal al enterarse de nuestro espíritu aventurero.
Después de saludarse amigablemente como siempre
nuestras madres y aunque yo no oía la conversación, ya que
me había retirado prudentemente en el rincón más lejano de
la casa para poder salir airoso de una posible embestida del
poder maternal, empecé a notar movimientos en mi madre de
esos que quieren decir “se va a enterar este” y efectivamente

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me entere porque vino hacia mí y me reprimió verbalmente y
con algún movimiento amenazante de su mano derecha.
Afortunadamente no me aplico el cuarto grado y todo
quedo en una orden de alejamiento al solar en cuestión, yo
por supuesto acepte las condiciones y me rendí sin rechistar.
No las tenía yo todas conmigo de momento, porque no es
lo mismo cuando hay gente que cuando te quedas solo con la
autoridad, pero me equivoque afortunadamente ya que a mi
madre se le ocurrió que como era pronto podíamos ir a
esperar a mi padre a la parada del autobús, cosa que hacíamos
muchas veces.
El autobús paraba en la confluencia de las calles López de
Hoyos con Arturo Soria, recuerdo que había un cine donde yo
me entretenía mirando los fotogramas de las películas que
ponían cada semana, haciéndome más corta la espera del
autobús.
Cuando mi padre bajo del autobús corrí hacia él como
siempre para darle un beso de bienvenida, el pobre venia
cansado pero mi padre ha sido siempre un hombre muy
valiente y muy trabajador y no le he visto nunca descansar,
así que me dio dos besos y después de besar a mi madre y
achuchar un poco a mi hermana, la cogió en brazos y nos
bajamos hacia casa por López de Hoyos.
Antes de llegar entramos en la vaquería del tío Isidro a
por un litro de leche. La vaquería del tío Isidro era una
maravilla porque solo tenía cuatro vacas y esas vacas daban
leche para todo el barrio, siempre que íbamos a por la leche
te encontrabas al tío Isidro removiendo un cubo de leche con
un palo, el decía que era para que no se hiciera nata, pero
todos sabíamos que era para disolver leche en polvo para
hacer mas litros, también me da por pensar a veces las
escasas condiciones higiénicas de la leche en aquella época,
cuando te llenaba el cacharro de leche colocaba un colador y

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vertía el lácteo a través de él, quedando en el filtro del
colador una colección de moscas y pelos que en la
actualidad escandalizarían a cualquiera, pero así era la vida
entonces y se supone que el poder desinfectante del hervor de
la leche era eficaz, ya que nunca tuvimos ningún problema
por esa cuestión.
Había también en la cuadra varias ovejas a las que mi
padre, que en su juventud había sido esquilador, las pegaba
un repaso a tijera mientras yo asistía como espectador a aquel
espectáculo de refresco de los animales junto a un loro que
también era propiedad del vaquero, y que no sé si porque era
muy listo o por que no le gustaba que pelasen a sus vecinas
las ovejas, obsequiaba a mi padre con diversos insultos que
habría aprendido de sus dueños y que provocaban en mi
ataques de risa.
Llegamos a casa y mientras mi madre preparaba la cocina
de carbón y astillas para hervir la leche y preparar la cena yo
jugaba con mi hermanita y mi padre hablaba con el Sr.
Apolinar que ya había vuelto de vender los boletos de lotería.
Mañana es sábado y mi padre trabaja hasta las dos y ha
dicho que por la tarde iremos a las fiestas de San Juan, a
pasar un buen rato y a montar en alguna de las atracciones, ya
hemos ido otros años antes de que naciera mi hermana, y
recuerdo una vez que me quisieron montar en el tren de la
bruja y según dicen entre en estado de pánico y tuvimos que
desistir del intento.
A la mañana siguiente me levante pronto, me había
despertado con la ilusión de que al llegar la tarde me llevarían
a las fiestas de San Juan, mi madre me preparo la taza de
leche y las galletas de todos los días y tras desayunar me
entretuve jugando un rato con un cohete espacial que me
habían regalado en la parroquia en una campaña que hacían
todos los años para los niños pobres.

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Cuando dieron las señales horarias de las diez en la radio
que tenía puesta mi madre, cogí una pelota de tenis y me fui a
buscar a Javi a su casa.
Nada más llegar a la puerta de su jardín lo encontré
jugando con una peonza, como no me había visto el a mí, le
sorprendí con un grito -¡Alto villano ríndete al capitán
trueno!- El se dio la vuelta y contesto:
-No pienso rendirme, tendrás que luchar con migo que
soy el guerrero del antifaz.
-A por ellos mis valientes- grite yo- y me abalance sobre
él.
Jugamos unos minutos a espadachines hasta terminar los
dos en el suelo con un ataque de risa infantil.
Cuando nos levantamos del suelo nos dimos un abrazo e
hicimos las paces entre caballeros guerreros.
-¿Vamos al puente del arroyo?- dijo Javi
-Podíamos ir al pinar, mola más.
-Es que el pinar está lejos- replico mi amigo.
-No esta tan lejos y además podemos tirar las piñas con
las piedras- dije yo.
Al final decidimos irnos al pinar a tirar piñas y comernos
los piñones, el pinar se encuentra a unos 800 metros de mi
casa. Lo bueno que tenia aquella época para nosotros es que
una vez que salías de casa no tenias que volver hasta la hora
de comer y que se vivía con mucha tranquilidad, había pocos
coches y no teníamos muchos problemas de delincuencia.
Salimos andando, pasamos por delante de mi casa y
bajamos al arroyo Abroñigal que era el camino que nos
llevaba al pinar.

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Antes de continuar nuestra ruta hicimos una parada bajo
el puente de López de Hoyos, que estaba tan atascado de
arena que nosotros tocábamos el techo de su bóveda con la
punta de los dedos, unos años, mas tarde se produjo una
inundación debido a la rotura de un colector que estaba un
poco más arriba y estuvo a punto el agua de saltar por
encima de la carretera y de entrar en nuestra casa.
Cuando nos quedaban unos cincuenta metros para llegar,
Javi salió corriendo gritando - ¡yo llegare primero!- yo como
es natural en cualquier chico de siete años no me resistí al
reto y menos sabiendo que mi pobre contrincante daba tres
cuartos de zancada de cada vez. Salí tras él y no conseguí
llegar antes, quizás por no humillarle, la cuestión es que llego
antes que yo por una cabeza de ventaja.
Llegamos a nuestro destino y plantamos nuestras
posaderas sobre una raíz gigante que salía del suelo y
nuestras espaldas en el tronco de un pino tan gordo que no lo
abarcábamos los dos con nuestros brazos.
-Que bien se está aquí, - dijo Javi mientras se reponía de
la carrera jadeando.
El bosque de pinos no era muy grande, tendría una
hectárea más o menos, pero en algunas zonas estaba bastante
tupido y la mayoría de los pinos eran bastante viejos que se
alternaban con algunas rocas de granito de distintos tamaños.
Después de reposar el esfuerzo de la carrera que
habíamos disputado mi amigo Javi y yo, recogimos algunas
piñas de las que habían caído de los pinos y nos retiramos a
una roca bastante grande para cachar los piñones sobre ella.
Una ardilla comenzó a bajar por el tronco de uno de los
arboles que estaban frente a nosotros. Javi me dio un codazo
advirtiéndome con un gesto la presencia del animal frente a
nosotros. Nos quedamos completamente quietos los tres
durante unos segundos, la ardilla y nosotros dos, hasta que el

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animal decidió emprender una carrera campo a través, y
nosotros tal buenos perros de caza, salimos persiguiéndola
tras su rastro.
Nos llevo a unos matorrales que había al lado de unas
grandes rocas y comenzamos a buscarla revolviendo con un
palo la maleza y la hierba seca que había junto a los arbustos.
De la ardilla no encontramos ni rastro, pero descubrimos
que detrás del matorral había una especie de gruta entre dos
grandes piedras por la que seguramente habría entrado la
ardilla para protegerse de sus perseguidores.
-Esto parece una cueva, ¿podíamos mirar a ver qué hay?-
dije yo.
-Eso está muy oscuro tío, a mi me dan mucho miedo las
cuevas, seguro que está llena de arañas o de serpientes
venenosas- contesto mi amigo.
-Eres un “cagao”, y le dije después musitando “gallina,
gallina, capitán de las sardinas”, seguido de una carcajada.
El, medio refunfuñando y medio sonriendo, contestó - yo
no soy miedica, entra tu si eres tan valiente y yo entro detrás
de ti.
A mí me daba más miedo que a él seguramente, pero me
podía más el amor propio que la razón y empecé a meterme
en la gruta poco a poco. La verdad es que entraba sin que me
sobrara mucho espacio, metí medio cuerpo y extendí el brazo
hacia delante a ver si tocaba el final de la cavidad, pero no
toque nada, aquello era más profundo de lo que había
imaginado.
Di marcha atrás y saque la parte del cuerpo que tenia
dentro.
-¿Qué pasa?, ¿no te atreves?- dijo Javi.

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-No es que no me atreva - alegue yo con aires de persona
importante- es que no se ve nada, tenemos que volver con
una linterna.
Mi compañero de aventuras estuvo de acuerdo con mi
conclusión, y por si acaso hubiera un tesoro o algo importante
dentro de la cueva, me sugirió que volviéramos a tapar la
gruta con la maleza que habíamos retirado unos minutos
antes, cosa que hicimos dejando la grieta completamente
cubierta.
Salimos andando hacia mi casa, mientras caminábamos
fantaseábamos sobre el tesoro de algún pirata o de algún
villano que habría escondido allí su botín para recogerlo más
tarde, o sobre la cueva de Aladino y la lámpara maravillosa.
La cuestión es que el viaje de vuelta se nos hizo cortísimo
gracias a la ilusión que nos hacia el descubrimiento de la
cueva.
Al llegar a la puerta del patio nos miramos los dos,
cogimos aire, y echamos a correr hasta pasar la zona fétida de
la entrada, que podría actuar como escudo protector oloroso
contra cacos de apéndices nasales sensibles.
Entramos en casa y con la escusa de coger una pelota de
tenis del cajón del mueble del comedor, eche mano a una
linterna de petaca que tenía mi padre en el mismo cajón para
cuando se iba la luz, cosa que en aquella época era bastante
habitual.
Mi madre estaba en la cocina preparando la comida con
mi hermana en brazos y aunque nos vio no nos dijo nada, era
normal que entráramos de vez en cuando a coger o dejar
alguna cosa para jugar, por lo que no le dio importancia a
nuestra fugaz incursión, solamente al salir nos dijo que no
fuéramos lejos.
La entrada de la gruta estaba tal y como la habíamos
dejado, después de retirar los matorrales que habíamos

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colocado para camuflar la entrada, cogí la linterna y empecé a
entrar. Con la luz artificial se veía bien, era un pasadizo de un
metro y medio más o menos de largo por uno de ancho, que
terminaba en una especie de habitáculo de unos cuatro metros
cuadrados, estaba escavada en la tierra, lo único que había de
piedra era la gruta que se veía desde fuera.
Salí a buscar a Javi para que entrara con migo.
-Eh Javi, entra que no hay ni arañas ni serpientes
venenosas.
Dudo un poco pero al fin se atrevió a entrar conmigo en
la cueva.
Examinamos minuciosamente cada rincón y no
encontramos nada interesante, no había ningún tesoro ni
ninguna lámpara maravillosa, pero resultaba interesante tener
un sitio tan secreto como ese donde no nos encontrara nadie.
Estuvimos un buen rato sentados dentro de la caverna, se
estaba fresquito, pero decidimos salir, teníamos esa sensación
entre placer y peligro que provocan las nuevas experiencias.
Salió Javi primero, el llevaba la linterna y yo detrás de el,
cuando estaba a punto de salir vi algo en la pared del túnel,
era como un ladrillo de adobe incrustado en la pared de la
cueva, y le pedí a Javi que me alumbrara con la linterna.
Mi amigo metió la mano desde fuera y alumbro la zona
que le indique. En efecto era un adobe de barro, escarbe un
poco con los dedos y enseguida hice hueco para poder tirar
del bloque de barro, lo extraje y metí la mano en el hueco que
había detrás, tantee con la mano y descubrí un objeto, lo
saque y vi que era un paquete de papel con algo alargado en
su interior que pesaba bastante para lo pequeño que era.
-He encontrado algo- le grite a Javi.
-¿Qué es?- contesto él.

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-Es un paquete de papel, voy para fuera.
En el momento en que me disponía a salir, algo se movió,
sentí como un terremoto y la cueva se vino abajo, note un
fuerte golpe en mi cabeza y caí desplomado al suelo sin
conocimiento.

III
Cuando me desperté no sabía dónde estaba, ni siquiera
sabía quién era yo, ni que hacia allí, estaba muy oscuro no se
veía prácticamente nada, solamente un poco de luz que
entraba entre las piedras derrumbadas de la entrada de la
cueva.
Note un dolor fuerte en la parte superior de mi cabeza,
me toque con la mano y note que tenía una herida con una
costra de sangre que me había pegado los pelos.
Comprendí que estaba bajo tierra y que se había
derrumbado algo, pero no sabía ni quién era yo, ni recordaba
absolutamente nada, había perdido la memoria por completo.
Me puse a gritar pidiendo auxilio durante un tiempo pero
nadie me escuchaba, no había nadie por allí, la luz que
entraba entre las piedras era tan tenue que parecía ser de
noche y la poca luz que se reflejaba en las piedras la
proporcionaba el brillo de la luna.
Comencé entonces a escarbar desesperadamente con las
manos, pero no conseguí nada más que destrozarme los
dedos, me hice tanto daño que termine por rendirme y la
fatiga y el cansancio pudieron conmigo.

20
Cuando desperté entraba algo más de luz, debía haber
amanecido, pedí socorro desesperadamente durante un buen
rato sin resultado alguno, la cabeza me dolía menos pero
seguía preguntándome quien era yo y que hacia allí.
Baje la mirada al suelo y descubrí un paquete de papel a
mis pies, era un paquete de unos quince centímetros de largo,
atado con un hilo y con algo pesado en su interior, lo abrí y
comprobé que dentro del papel había una llave muy vieja y
bastante grande. La acerque a un rayo de luz que entraba por
las rendijas que quedaban entre los restos del derrumbe y no
vi nada especial en ella, pero decidí guardármela en el
bolsillo del pantalón junto con el papel en el que estaba
envuelta.
Me puse a quitar tierra y las piedras que podía de la
entrada, y conseguí hacer un hueco por el que me cogía la
mano, pero no conseguía mas por mucho que me esforzaba,
te- nía las manos llenas de sangre de las heridas que me había
producido al escavar en la tierra.
Cuando me había dado por vencido escuche una
conversación, parecían varios hombres que venían
acercándose, así que me puse a pedir socorro
desesperadamente y saque la mano entre las piedras.
No tardaron mucho en escuchar mis llamadas de auxilio y
escuche su respuesta.
-¿Dónde estás?
-¿Qué te pasa?
Les conteste ilusionado por saber que me habían
escuchado.
-¡aquí! estoy aquí debajo de las piedras, no puedo salir.
Por el sonido de mis gritos desesperados se acercaron al
lugar donde estaba y enseguida vieron mi mano, la cual

21
agitaba continuamente para llamar la atención de mis
salvadores.
-Es un niño, vamos, deprisa hay que sacarlo de ahí.
-Tranquilo hijo, no te preocupes que te vamos a sacar
pronto- dijo uno de los hombres.
-Sáquenme de aquí por favor- dije yo.
-Paco, vete a buscar a Mariano y a Leandro que vamos a
necesitar ayuda para mover estas piedras, pesan mucho para
nosotros solos, traer los caballos y una soga – dijo el hombre
que estaba a mi lado.
-Voy Luis no tardo nada – contesto el otro.
Mientras volvían los demás hombres entable una pequeña
conversación con el hombre que se quedo conmigo.
-¿Cómo te llamas chiquillo?
- No lo sé, no recuerdo nada, me desperté aquí con un
golpe en la cabeza y no recuerdo nada más.
-No te preocupes, en cuanto vengan mis hombres con los
caballos te sacamos de ahí.
-Gracias, señor muchas gracias.
- No hay de qué. “pa eso estamos”, hijo
En esto se escucharon pisadas de varios caballos que
venían hacia donde estábamos nosotros.
-Ya están aquí, te vamos a sacar rápido, ya verás.
Escuche como hablaban entre ellos y como estaban
preparando la forma de retirar las grandes piedras que
impedían mi rescate, el hombre que se había quedado
conmigo se acerco hacia mí y metió la punta de una soga por
el agujero por donde yo había sacado la mano.

22
-Chiquillo, ¿ves la punta de la soga que he metido por el
agujero?
-Si, si que la veo.
-Vale, pues cógela y tira de ella.
Así que comencé a tirar de la cuerda hasta que el me dijo.
-Bueno no tires más, ahora la tienes que meter por otro
agujero que tienes a tu izquierda un poco más arriba que el
otro, ¿lo ves?
Busque el orificio que me dijo y metí la punta de la
cuerda como él me había indicado.
-Ya esta majete, ahora suelta la cuerda que vamos a tirar
de ella, vete lo más atrás que puedas y tapate la cabeza con
los brazos.
Me aleje lo que pude y me acurruque contra la pared del
fondo que estaba intacta.
Los hombres ataron la cuerda a la montura de uno de sus
caballos y tiraron de ella, las piedras no tardaron en moverse
y en un par de intentos más despejaron el camino hacia mi
libertad.
Cuando Salí de la cueva no entendía nada, todo me
resultaba extraño, permanecí paralizado durante unos
segundos hasta que reaccione a las palabras de mis
rescatadores.
-¡Eh chico!, di algo hombre que ya ha pasado todo,
vamos que ya estas a salvo – decía uno de ellos mientras me
zarandeaba para provocar mi reacción.
Salí de mi perplejidad y observe con cierta incertidumbre
a los cuatro hombres que estaban junto a mí, llevaban
pañuelos en la cabeza y chaquetillas cortas, alguno llevaba
también una especie de sombrero encima del pañuelo.

23
Me llamo mucho la atención que iban armados con
pistolas y navajas, aparte de otras armas más grandes que
tenían en los caballos.
El hombre que había estado conmigo durante mi rescate
se acerco a mí, puso una rodilla en el suelo y me cogió de los
hombros, me dedico una sonrisa que por cierto me tranquilizo
mucho y me reviso de arriba abajo durante unos segundos.
-¿Todavía no recuerdas nada?, me dijo.
-No señor, estoy confundido.
-No te preocupes, veras como dentro de poco empezaras a
recordar.
-¿Y usted como se llama?, pregunte con interés.
-Me llamo Luis, y estos que están conmigo son Paco,
Mariano y Leandro.
Estos se acercaron a saludarme, se presentaron diciendo
cada uno su nombre e intentaron tranquilizarme, Paco se
dirigió hacia mí y dijo:
-A este chico hay que llevarlo a que lo laven y le curen las
heridas que está hecho un trapo y además había que buscarle
un poco de ropa porque esta que lleva está destrozada.
-Creo que teníamos que llevarlo a la venta del tío chaleco,
porque si es del barrio seguro que le tienen que conocer, y si
no alguien que este por allí a lo mejor sabe algo – dijo
Leandro que era el más fortachón de los cuatro.
-Pues eso es lo que vamos a hacer – dijo Luis, que parecía
ser el líder del grupo – Vosotros tres esperadme en casa del
tío Pablo, yo me voy a acercar a la venta con el pequeño y a
la tarde nos encontraremos en la vaquería.
-Entonces te esperamos allí, ten cuidado porque desde
que echamos a los franceses los soldados de Fernando VII

24
están empeñados en acabar con nosotros como sea – dijo
Paco.
Luis era un hombre alto y de aspecto agradable, vestía
una chaquetilla marrón que tenían bordados dorados en las
mangas y en la espalda, los pantalones eran también del
mismo color, le llegaban por debajo de las rodillas de donde
colgaban unos adornos en forma de bolas hechas con cordón
dorado que contrastaban con las botas altas negras y con las
espuelas brillantes y plateadas, llevaba también una faja de
tela de color rojo donde portaba una navaja grandísima y una
pistola.
Luis se subió a su caballo blanco y le dijo:
-Leandro, alcánzame al chico que nos vamos ahora
mismo a ver al tío chaleco.
Me subió a su caballo y me sentó en la silla delante de él
y cruzo su brazo por delante de mi barriga para sujetarme.
Nos pusimos en marcha entre los pinos, mientras los
demás hombres subían a sus monturas y tomaban camino
hacia el lugar donde habían quedado con Luis, la casa del Tío
Pablo.
Cuando salimos del pinar Luis comento que bajaríamos
por el arroyo Abroñigal, que como en esta época bajaba seco
seria el camino más corto para llegar a la venta.
En algún momento cuando Salí de la cueva me sentí
inseguro por la compañía de aquellos hombres, pero ahora
me sentía tranquilo. Luis me trataba cariñosamente y eso me
ha-cía sentirme bien.
El arroyo Abroñigal estaba completamente seco, había
niños jugando cerca de las casas que bordeaban las orillas y
algunos árboles y arbustos dispersos a lo largo del cauce.

25
Luis paro el caballo y llamo a una cuadrilla de chavales
que jugaban cerca de allí.
-Chicos, venid un momento.
Los chicos se acercaron sin pensarlo, por lo que entendí
que no era la primera vez que lo veían.
-¿Conocéis a este chaval?
Todos hicieron gestos de negación con la cabeza y uno
algo más mayor que los demás dijo:
-No lo conocemos – y pregunto -¿Quién es?
A lo que Luis contesto:
-Eso quisiera yo saber, hijo – les dio las gracias, se
despidió de ellos y seguimos camino hacia la venta.
No tardamos en llegar, era un edificio de dos plantas con
una puerta con soportales y varias ventanas, Al lado derecho
había una escalera que bajaba a una zona arbolada que daba
al arroyo, y al lado izquierdo había una entrada de un patio en
el que parecía haber una zona de caballerizas y establos.
Un mozo de cuadras salió a recibirnos y saludo a Luis
mientras sujetaba las riendas del caballo.
-Anda ayúdame a bajar al chico – dijo Luis.
El mozo se acerco a mí, tendió los brazos y me bajo de la
montura.
-¿Qué te ha pasado chiquillo?, estas hecho una pena
preguntó el mozo.
-Lo hemos sacado de una cueva derrumbada en el pinar,
pero no recuerda nada, debe ser por el golpe que tiene en la
cabeza- respondió Luis.

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- Llévate el caballo, dale de beber y algo de comida pero
no le quites la silla que nos iremos pronto, solamente se la
aflojas un poco.
El mozo asintió con la cabeza y entro con el caballo en el
patio de las caballerizas.
Luis me puso las manos en los hombros y me condujo a
la entrada de la venta, abrió la puerta y entramos en la
taberna.
Era una sala bastante grande y con poca luz, había mesas
de madera tosca y sillas de asiento de mimbre, al lado
derecho había una barra con varias tinajas de barro al fondo y
al lado izquierdo una escalera de madera que subía al piso
superior que debían ser habitaciones donde pernoctarían los
caminantes o los viajeros que les cogía la noche es esta zona.
En seguida nos vio una mujer joven muy guapa, que salió
a recibirnos, era morena con el pelo largo, rizado y unos ojos
azul claro que cautivaban a los hombres que la miraban.
Saludo a Luis y se quedo mirándome fijamente.
-Esta mujer tan bonita es Rosa, ¿No te suena? – me
pregunto Luis.
-¡Anda!, ¿y de que le tengo yo que sonar yo a este
muchacho tan guapo? – dijo ella.
-Es que lo hemos rescatado de un derrumbe en una cueva
del pinar y ha perdido la memoria, no se acuerda de nada y
no conoce a nadie, ni siquiera sabe cómo se llama, así que
había pensado que si era del barrio a lo mejor lo conocíais
vosotros y por eso lo he traído.
-Pues no lo he visto nunca, pero vamos a ver si te
arreglamos, déjamelo un rato que le voy a curar al pobre las
heridas, a darle un baño y a llenarle el buche con un estofado

27
que tengo en la cocina que le va a dejar como nuevo, ya verás
como luego te acuerdas de todo.
Yo me fui con Rosa mientras Luis se quedo hablando con
el tabernero, que según me explico mi nueva amiga era el Tío
Chaleco, su padre, por lo visto lo llaman así porque su abuelo
siempre llevaba chaleco, ya fuese en invierno o verano, y por
herencia se quedo con el mote de su padre.
Me llevo a la cocina, me sentó en un escaño de madera y
me dio un trozo de pan y un poco de jamón que corto de una
pieza que tenía encima de la mesa tapada con un paño para
que no se posaran las moscas.
Mientras yo reposaba mis fatigas ella preparaba una
palangana con agua y jabón, saco un trozo de gasa blanca de
un cajón de la alacena que había frente al escaño y la corto en
varias tiras.
Yo era pequeño pero Rosa era una de esas mujeres que un
hombre no puede dejar de mirar, aunque yo intentaba mirar a
otro lado mis ojos siempre intentaban cruzarse con los suyos,
además de hermosa se estaba ocupando de mí, lo que me hizo
ponerla en un pedestal y que fuera aun mas adorable.
-Hijo, como tienes las manos, ¿Qué has hecho con ellas?
-Pues quitar piedras y tierra para poder salir, pero no po-
día, pesaban mucho.
-Pues te las has dejado hechas un Cristo, pero tu tranquilo
que cuando te las cure yo en unos días estarás nuevo.
-Gracias Rosa, hoy todo el mundo me está tratando bien,
si no hubiera sido por Luis y sus amigos todavía estaría en la
cueva- comentaba yo entre bocado y bocado de aquel jamón
que me estaba sabiendo a gloria.
-¿Sabes tú quien es el que te ha rescatado?

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-Si, es Luis y me trata muy bien, el me ha traído aquí a
caballo.
-Pues tu amigo se llama Luis Morales y es un buen
hombre y aunque lo busque la justicia por ser bandolero, es
muy bueno, jamás ha matado a nadie y ayuda mucho a la
gente.
-Yo escuchaba atentamente todas y cada una de las
palabras de Rosa mientras terminaba de curarme las heridas.
-¿Y que es un bandolero?- pregunte yo.
-Pues un bandolero es un ladrón que roba a los ricos y
ayuda a los pobres.
Yo me quede un poco frio, ahora comprendía por qué
Luis llevaba la pistola, pero Rosa volvió a tranquilizarme y
me dijo que confiara en el porqué él nunca me haría daño.
-Lo que te he contado no se lo digas a nadie porque si la
gente se entera le podrían hacer daño a Luis- dijo Rosa.
Yo asentí con la cabeza y prometí no contárselo a nadie.
Cuando termino de lavarme las heridas me dijo que iba a
prepararme un baño calentito y que cuando terminara me
pondría unas gasas en las manos y en la cabeza.
Yo seguí terminando de comerme el jamón y el pan
mientras Rosa preparaba mi baño en un barreño que habían
fabricado con la mitad de un tonel de vino.
-Ale, vamos al baño, por cierto que no sabemos cómo te
llamas así que habrá que ponerte un nombre, digo yo-
Comento Rosa mientras me miraba de frente con los brazos
en jarra y sus manos en la cintura.
-A ver qué te parece si te llamamos Sancho, como mi
padre.

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-Sancho no sonaba mal, así que acepte mi nuevo nombre
de buen grado y más habiendo salido la idea de mi nueva
madrina.
Después de bañarme y vendarme las heridas me trajo un
pantalón corto gris y iba camisa blanca que según me dijo
eran de un sobrino suyo que vivió en la venta con ella y con
su hermana.
Me vestí y cuando termine, Rosa se agacho y me dio un
beso en la frente que no olvidare jamás.
Anda que ya estás listo, vete al salón y siéntate con Luis
que ahora os llevo la comida.
Salí deprisa hacia la mesa, pero me acorde en ese instante
de que me había dejado en el bolsillo del viejo pantalón la
llave que había encontrado en la cueva antes de derrumbarse,
di media vuelta y corrí hacia donde había dejado la ropa
vieja, metí la mano en el bolsillo y saque aquel pequeño
tesoro, lo guarde en mi nuevo pantalón y volví salir al
comedor.
A mitad de camino me encontré con Rosa que estaba
emplatando nuestras patatas estofadas, me pare a su lado y
me quede mirándola.
-¿Qué quieres Sancho?
-¿Me das otro beso?
-Pues claro que si, como no te voy a dar un beso con lo
majete que eres.
Y me dio el beso y un cachete en el culo mientras me
mandaba a la mesa con Luis.
El comedor de la venta estaba casi vacío, solamente había
tres hombres con aspecto de campesinos cerca de la puerta y
un arriero que había parado para refrescar los animales y de

30
paso intentar venderle al Tío Chaleco algún producto de los
que llevaba en el carro.
Nuestra mesa estaba al fondo del salón, a nuestras
espaldas había una cortina, intente averiguar qué era lo que
había detrás pero no se veía nada, estaba muy oscuro.
Luis estaba sentado a mi lado, tomábamos un vaso de
vino mientras esperábamos a que Rosa nos trajera la comida.
Volví a fijarme en la pistola que llevaba en la faja y se dio
cuenta ya que trato de cubrirla con su chaquetilla, yo le mire
con cara de complicidad ya que sabia por que llevaba esa
pistola y él me respondió con una sonrisa como queriendo
decirme que era muy pequeño para esas cosas.
Me puso la mano en el hombro y me dijo:
-Las pistolas no son buenas, pero algunos las tenemos que
llevar por nuestro oficio.

Yo le mire a los ojos y le hice un gesto con la mano para


que acercase la cabeza para decirle una cosa al oído.
Me acerque a su oreja y le dije muy bajito para que nadie
escuchara nuestra conversación:
-Ya sé quién eres.
El se retiro un momento y volvió sonriendo a mi oído a
decirme:
-¿Ah, sí?, ¿y quién soy?
-Eres un bandolero muy bueno que roba a los ricos y
ayuda a los pobres.
El sonrió con un gesto entre contrariado y sorprendido.
-¿y cómo sabes tú eso?

31
-También se que te llamas Luis Morales y que no tengo
que contarle esto a nadie para que no te hagan nada. Me lo ha
dicho Rosa.
-A Rosa la voy a tener que llamar al orden- dijo Luis
mientras se reía.
-Lo que sabes tiene que ser un secreto, recuérdalo
siempre- me susurro Luis al oído.
Yo me sentía orgulloso de compartir un secreto tan
importante, era como si ahora fuese parte de la banda de
bandoleros de Luis.
Luis se volvió hacia atrás y cogió la cortina con las
manos.
-¿Sabes para que sirve esta cortina?
Yo imagine que como me había visto antes mirando
detrás de ella me querría desvelar otro secreto y así sucedió.
-No, he mirado antes pero está muy oscuro- le conteste yo
esperando con impaciencia su respuesta.
-Siempre que venimos aquí nos sentamos en esta mesa y
si vemos que hay peligro salimos por detrás de la cortina, hay
un pasillo que lleva directamente a las caballerizas.
Se me pusieron los ojos como platos mientras escuchaba
aquel secreto que me estaba revelando mi amigo Luis. En
muy pocas horas había pasado de no saber quién era a tener
una nueva vida con un nuevo nombre y nuevos amigos, nada
menos que había pasado a ser cómplice del bandolero Luis
Morales.
-¿Sabes Luis?- le dije – ya sé cómo me llamo.
-No me digas que has recobrado la memoria.

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-No, pero Rosa me ha dicho que como no me acordaba de
mi nombre que me iba a poner ella uno.
-Bueno, ¿y cómo te llamas entonces?
-Ahora me llamo Sancho.
-¿Y a ti te gusta ese nombre?- dijo Luis mientras se
rascaba la ceja con la punta del dedo índice.
-A mi sí.
-Pues entonces ya esta, amigo Sancho como diría
Cervantes.
Nos echamos a reír los dos, y vimos acercarse a Rosa con
nuestros platos de comida.
-Bueno, aquí tenéis, que aproveche guapetones.
Luis la cogió suavemente del brazo y la sentó encima de
sus piernas.
-Contigo tengo yo que hablar- la dijo mirándome a mí
con cara de complicidad.
-¿Ah, sí?, pues tú dirás- replico ella.
-Resulta que mi amigo Sancho me ha dicho que le has
contado una cosilla.
Yo agache la cabeza imaginando que aquello podía ser el
final de la amistad con mi madrina, la adorable Rosa que
hace un rato me estaba curando las heridas y a la que yo
había delatado al confesar el secreto que prometí no contar.
-Si, pero le he dicho que eres buena persona y que confié
en ti – contesto ella mientras se levantaba.
-Anda zalamera, que si no fueras quien eres te ibas a
enterar.-dijo Luis.

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-Por mí no hay inconveniente, ya lo sabes- dijo ella
mientras sonreía con cara de picara, - tu y yo no somos
familia ¿no?
-No, pero tu padre es uno de mis mejores amigos y yo soy
un caballero, porque si no lo fuera…. , lo dicho.- y se echo a
reír también.
Yo aunque no entendía bien la situación interprete que
había cierta complicidad entre los dos y me eche a reír
también.
Ella se fue a la cocina y nosotros nos quedamos
comiendo, no volvimos a cruzar palabra hasta que no
terminamos de llenarnos las barrigas.
Cuando terminamos de comer Luis se sirvió un poco de
vino que quedaba en la jarra de barro, me miro y me dijo:
-Anda, ve a despedirte de Rosa que nos vamos a ir, y
luego te vas a las caballerizas y le dices al mozo que me
prepare el caballo, yo voy enseguida.
Así lo hice, a partir de ahora yo me sentía un hombre de
Luis Morales, así que obedecí, me acerque a la cocina a
despedirme de la que era según Luis, la mujer más bella de
Chamartín de la Rosa, y no era para menos.
-Ya nos vamos Rosa- la dije yo con cierto aire de tristeza.
Ella se acerco, y se agacho frente a mí, me dio dos besos
en las mejillas y se sonrió.
-Tienes que venir a verme de vez en cuando, no te olvides
de tu madrina, ¿vale?
-No me olvidare, si puedo vendré a verte- la dije yo.
Me dio una palmadita en el trasero y nos despedimos.
Cuando iba a salir de la venta escuche su voz que me llamaba
por mi nuevo nombre.

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-¡Sancho!, espera un momento.
Vino hacia mí y me dio algo envuelto en un trapo, era
como un frasco o un vaso pequeño.
-Toma, esto es un ungüento para las heridas, úntate un
poco después de lavarte las manos por la noche antes de
acostarte.
Yo sonreí agradecido y seguí mi camino hacia las
caballerizas.
La entrada al patio donde estaban las cuadras era
estrecha, poco más de un metro de ancho y las caballerizas
estaban justo enfrente al final del patio. Enseguida vi al mozo
de cuadra que estaba cepillando un caballo negro muy
grande, me acerque a él y le dije:
-Dice Luis que nos prepares nuestro caballo que nos
vamos ya.
El asintió con la cabeza y se fue a por el animal que
estaba debajo de un soportal, le coloco las bridas y se acerco
a mí.
-Toma, aquí lo tienes.
Me lo entrego y yo Salí tan orgulloso como un caballero
sujetando las riendas de su montura.

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IV
La vaquería estaba en el camino que unía el pueblo de
Chamartín con el de Hortaleza, a unos dos kilómetros de la
venta del tío Chaleco, era la única construcción que había en
unos trescientos metros a la redonda y estaba al lado de un
pinar bastante más grande que el bosque donde me rescataron
de la cueva.
La valla de la vaquería era de ladrillo y tenía unos dos
metros de altura durante todo el perímetro. En el centro de la
pared que daba al camino había una puerta de madera de
doble hoja con un tamaño suficiente para pasar con un
carruaje, en una de sus dos divisiones tenía otra puerta
pequeña para pasar sin necesidad de abrir la grande.
La puerta pequeña estaba abierta así que desmontamos
del caballo y entramos al recinto, Luis me entrego las riendas

36
del caballo para que yo lo llevara, se había dado cuenta en la
venta de que me gustaba hacerlo.
Nada más entrar se veía un patio de grandes dimensiones
con un pozo y un abrevadero en el centro.
A la derecha nada más entrar se encontraba la vivienda,
era una construcción solida de piedra de granito, en la
fachada principal tenía un soportal para la puerta y a los lados
había dos ventanas. En las dos esquinas al lado de las
ventanas había dos grandes tinajas de barro en las que habían
plantado sendas parras que subían por una estructura de
madera que sujetaba las plantas y servía de sombra en el
soportal en verano.
En la otra fachada de la casa que daba también al patio
había una construcción de pequeño tamaño que servía de
almacén de herramientas de trabajo y seguidamente estaban
las cuadras de las vacas lecheras de tío Pablo.
A lo largo del interior de la valla se encontraban también
las caballerizas y un granero. También había un chamizo con
el techo construido con postes y ramos que servía de
resguardo del carro de caballos. Los hombres de Luis habían
aprovechado la sombra que proporcionaba el chozo para atar
allí sus cabalgaduras.
Al entrar salieron a recibirnos amigablemente dos
mastines que ayudaban a su septuagenario amo a mantener la
seguridad de la finca y de los animales.
Mariano, Leandro y Paco se dieron cuenta de nuestra
presencia y salieron a saludarnos.
-Bueno, parece que el chico ha cambiado a mejor- afirmo
Paco- ¿habéis averiguado algo?
-Algo nuevo si sabemos pero la situación sigue igual, Eso
si ahora ya sabemos cómo se llama nuestro amigo – contesto

37
Luis- pero no es que se haya acordado, es que se lo ha puesto
la hija del tío Chaleco.
-¿Y cómo se llama ahora el lebrel?- Pregunto Leandro.
Yo que estaba deseando abrir la boca salte antes de que
contestara Luis- Sancho, me llamo Sancho.
-Ah, ¿como Sancho Panza no?- dijo Leandro antes de
echarse a reír.
-No – conteste yo con mucha euforia – ¡Sancho Panza
no!, solo Sancho.
-Bueno, no te enfades que estos guasones te quieren liar,
pero no sufras que en el fondo son buena gente- dijo Luis.
- Por otro lado el señorito Sancho también se ha enterado
de quienes somos nosotros, pero ha jurado lealtad, así que
ahora es como uno de nosotros.
Esas palabras de mi amigo Luis me hicieron crecer por lo
menos dos o tres centímetros de la alegría que me dio oírle
decir que era uno de los suyos.
Nada más terminar la conversación apareció por detrás de
nosotros el tío Pablo.
-Valla, valla, buena gente se ve por aquí de vez en
cuando, ¿como estas Luis?
Los dos hombres se fundieron en un abrazo que más que
de amigos parecía que era de padre e hijo
El abrazo fue largo y se dieron palmadas en la espalda
mientras duro.
-Vienes poco a verme Luis, tienes que venir mas – dijo
Tío Pablo.

38
Se hace lo que se puede amigo, hoy ha sido por culpa del
muchacho, pero ya tenía yo ganas de echarme un vino
contigo- contesto Luis.
-Ya me han contado estos lo de la criatura, pobrecillo, si
no es por vosotros no lo cuenta.
Luis me hizo un gesto para que me acercara y yo obedecí
al instante.
-Mira tío Pablo, este es Sancho.
El tío Pablo me miro de arriba abajo y me dio una
palmadita en la mejilla.
-¿Pero, no decíais que no sabíais como se llamaba?-
pregunto el Tío Pablo.
-Si, pero es que le ha bautizado hace un rato Rosa la del
tío Chaleco- contesto Luis.
-Eso está bien, un hombre sin nombre no es nadie- dijo el
Tío Pablo- ¿y qué vais a hacer con él?, porque es muy
pequeño para andar con vosotros por la sierra.
Aquella pregunta provoco un sobresalto de mi sistema
nervioso, yo sí que pensaba que seguiría con ellos, pero
aquello me puso en guardia esperando la respuesta de Luis
Morales.
-Pues… - apenas había empezado a hablar Luis cuando le
corto el tío Pablo.
-Podíais dejarlo aquí con migo, a mi me haría compañía y
yo podría enseñarle muchas cosas, ¿Qué os parece?, ya sabes
que estoy solo con mi criado Julio y con Dolores que me
atiende la casa, porque mi hijo que es un sinvergüenza viene
poco y cuando viene es para hacerme sufrir y darme
disgustos.

39
-Precisamente te lo iba a pedir yo, pero no pensaba que
fueras a estar tan convencido, de todas formas habrá que
preguntárselo a Sancho- dijo Luis.
Se agacho a mi lado y me dijo:
-Ya nos has escuchado, sabes que a mí me gustaría
llevarte conmigo, pero eres muy pequeño, es mejor que te
hagas un poco mas mayor para venir con nosotros, si quieres
aquí vas a estar muy bien, no te va a faltar comida y te
cuidaran bien, además podrás ir a ver a Rosa cuando el tío
Pablo valla a la venta a por vino, ¿Qué te Parece?
Yo me había quedado un poco cabizbajo, pero en el fondo
comprendía que tenían razón, la vaquería me había causado
buena impresión y el tío Pablo parecía cariñoso, además
podría ver a mi amiga Rosa, así que asentí con la cabeza.
-Bien Sancho- dijeron todos mientras me zarandeaban
cariñosamente.
Tío Pablo me cogió de la mano con cuidado para no
hacerme daño en las heridas y dijo:
-Luis, vosotros entrad en casa y tomaros un vino que
nosotros vamos a ver la finca mientras vuelve julio con las
vacas del pasto.
Salimos andando hacia el pequeño almacén donde
guardaban los aperos y las herramientas. Abrió la puerta y me
mostro los útiles de medida y de trabajo que tenia, había
jarras para medir líquidos, fanegas, medias fanegas cuartillos,
etc. Además de todo tipo de herramientas como guadañas,
hoces, azadas, palas etc. Todo estaba muy limpio y muy
ordenado.
Cerró la puerta y seguimos andando hacia el edificio más
grande de la finca, era una construcción tosca con una puerta
bastante grande y unas ventanas formadas por pequeños
cuadros de cristal sujetos con estructura de madera.

40
Entramos dentro y me mostro los comederos de las vacas,
estaban hechos de madera y cada uno de ellos tenía una
argolla con unas cadenas que servían, según me dijo, para
atar a los animales mientras ordeñaban.
A un lado de la cuadra había una especie de reservado
donde esperaban las cantaras de latón y los cubos de ordeño,
limpios y preparados para llenarse de leche de las vacas.
También había unas banquetas para sentarse a ordeñar.
Me estuvo explicando durante un buen rato como se las
daba de comer y como se limpiaba la cuadra mediante una
acequia que cruzaba el local de lado a lado detrás de las vacas
y como se sacaba de ahí la basura que generaban los
animales. Parecía como si el buen hombre quisiera que yo me
quedara atendiendo la granja cuando el no estuviera.
Me enseño también una carretilla de madera con una
rueda de hierro que tenia para sacar el estiércol, y que según
él la carretilla pesaba más que el contenido.
Seguimos hacia el granero que era una construcción
bastante alta, tenía dos plantas, la primera estaba construida
con piedra y la segunda de madera. En la parte de abajo había
un establo para el caballo y una zona para almacenar la paja y
heno en haces que colocados unos sobre otros llegaban hasta
el techo, y en la parte de arriba había unas trojes para
almacenar trigo, cebada y pienso que transportaban mediante
una polea que colgaba de la viga principal del edificio.
También me mostro un gallinero, un establo pequeño
donde tenía cuatro ovejas y tres cabras y una pequeña pocilga
donde engordaban varios cerdos.
-Bueno Sancho, pues esto es casi todo lo que tengo,
cuando venga Julio con las vacas veras como se ordeñan,
pero antes te voy a enseñar dónde vas a dormir.

41
Nos acercamos a la casa y entramos ladeando la cortina
de la puerta que se encontraba abierta. Nada más entrar había
una alacena con una colección de platos y vasos, justo
enfrente me llamo la atención una cantarera con dos cantaras
para el agua y un botijo entre las dos.
Atravesamos la antesala y pasamos por la puerta de la
cocina donde estaban mis amigos conversando y tomando
unos vinos y un tentempié que les había servido la mujer que
atendía la casa de tío Pablo.
Pablo volvió a salir de la cocina y fue a por Dolores que
así se llamaba esa buena mujer.
-Dolores, ven un momento que te voy a presentar al
nuevo inquilino de la casa.
Dolores era una señora de unos 45 años, de mediana
estatura y de complexión fuerte, que según me conto tío
Pablo había quedado viuda en la guerra de la independencia
contra los franceses, el la había acogido a trabajar en la
vaquería hasta que cogió a Julio, desde entonces solo se
dedicaba a la casa poco menos que voluntariamente ya que
tío Pablo no tenía dinero para pagarla un salario.
Entro en la cocina, llevaba una falda larga y un delantal
que la llegaba casia hasta el suelo, una blusa de color blanco
arremangada por encima de los codos y una redecilla en el
pelo.
Se acerco y me miro con cara sonriente - ¿así que tu eres
Sancho?, ¿no?
Yo asentí con la cabeza mientras observaba la chimenea y
los cacharros de cocina que colgaban de las paredes.
-Pues por lo que me han dicho vamos a ser casi familia,
porque te vas a quedar a vivir con nosotros, pues seas
bienvenido hijo, ale vente con migo que te voy a enseñar
dónde vas a dormir.

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Se dirigió a una puerta que había al final del pasillo y yo
seguí sus pasos.
-Ven Sancho, que vamos a subir al desván – dijo mientras
abría la puerta.
Subimos por la escalera y llegamos a un espacio entre el
tejado y el techo de la planta de abajo donde había dos
divisiones, en un lado había un apartado con cacharros de
cocina, una artesa para la matanza y unos palos sujetos con
cuerdas de donde colgaban algunas tripas de chorizo y un
jamón, además de varias ristras de ajos y algunas cestas con
cebollas y manzanas. En la otra parte había dos camas, una de
hierro forjado y la otra de madera, que según dijo Dolores
esta ultima era la mía.
Al lado de mi cama había un ventanuco sin cristal que se
podía cerrar con una puertecilla de madera y desde la que se
veía parte de la vaquería y el pozo con el abrevadero.
-¿Te gusta la cama? – Me pregunto Dolores.
-Si, está bien – conteste yo.
- Pues tienes suerte que tiene colchón de lana, porque era
la única que no lo tenía hasta hace pocas semanas, el tío
Pablo se lo cambio a una del pueblo por unos vestidos de su
viuda que guardaba desde hace años.
Yo me senté en el colchón y comprobé que era muy
cómodo.
-Mira, cuando subas, como será de noche, te traes una
lámpara y la cuelgas aquí en este clavo que hay en la biga,
pero la apagas antes de dormirte, si tienes que encenderla en
esa caja de lata hay cerillas, pero ten cuidado y apágalas bien.
Mire con detenimiento durante algunos segundos mis
nuevas dependencias y la pregunte a Dolores que quien
dormía en la cama de hierro.

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-Hay duerme Julio el criado de tío Pablo, es buen chico y
si te hace falta puedes recurrir a él – contesto ella – por
cierto, debajo de la cama tienes un orinal por si te dan ganas
de orinar durante la noche.
-Bueno, ¿Qué pasa?, ¿no vas a probar la cama?- dijo
Dolores – Venga túmbate a ver si estas a gusto.
Yo obedecí y me eche encima de mi cama, estaba muy
blanda y mi cuerpo quedaba prácticamente embutido en el
colchón de lana, ella se sentó a mi lado y me pregunto qué
era lo que llevaba en la mano envuelto en un trapo.
-Es un ungüento que me han dado para que me cure las
heridas – dije yo.
-¿Es verdad que no te acuerdas de nada?
-Si, es verdad, solo recuerdo desde que me desperté en la
cueva después del derrumbe.
-A lo mejor algún día te acuerdas de todo, aquí estarás
bien, el tío Pablo es muy buen hombre y nos trata bien a
todos, mejor que su hijo que es un sinvergüenza , ese mejor
que no venga.
Según me conto después, el hijo de tío Pablo era un
vividor que solo pensaba en jugar y en emborracharse y solo
venia cuando se quedaba sin dinero para sablear a su padre lo
poco que tenia, ya que la vaquería solo daba para sobrevivir
dignamente, pero para nada más.
Bajamos a la cocina con todos, estaban conversando
sobre política y sobre el Rey Fernando VII, que por lo que
decían estaba reinando con mucha mano dura y con mucho
abuso.
Cuando me vio aparecer Luis me llamo a su lado, me dio
un trozo de lomo en aceite que cogió de un plato que les ha-
bía sacado Dolores antes de subir con migo al desván, me dio

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también un trozo de pan y una pequeña navaja que saco de
uno de los bolsillos de su chaquetilla.
-Toma, esta navaja es para ti, ten cuidado con ella que
corta mucho – me cogió el lomo y el pan, me enseño a
cortarlo y después me lo devolvió todo.
Me comí aquel bocado con mucha satisfacción, rodeado
de amigos y escuchando como seguían descalificando al
monarca y su corte.
Al poco rato de terminar mi merienda entro el tío Pablo a
buscarme.
-¡Sancho!, vente para fuera que ya vienen las vacas.
Yo salí corriendo de la casa, el tío Pablo estaba abriendo
las dos las dos hojas de la puerta de la finca para que pasaran
las vacas.
Se escuchaban los cencerros que llevaban algunas de
ellas, empezaron a entrar en el patio y se encaminaron
directamente al abrevadero que había en el centro del recinto
y que previamente había llenado tío Pablo a base de sacar
cubos de agua del pozo.
Me llamo la atención el tamaño de las ubres de las vacas,
eran grandísimas y parecía que les estorbaban para andar
debido a su gran tamaño.
Me puse a contar las vacas, conté diez blancas y negras y
dos marrones además de un ternero de una de ellas. Después
entro Julio con un caballo sujeto por las riendas, pero sin
montura, lo dejo suelto y el solo se fue hacia el abrevadero.
Julio era un hombre de unos cuarenta años, con el pelo
rizado y grandes patillas, iba vestido con una blusa y un
pantalón que le llegaba por debajo de las rodillas y unas
alpargatas de tela con la suela de esparto, llevaba un

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sombrero de paja en la cabeza, un morral colgado del hombro
y una larga vara en la mano.
Cuando entraron todos los animales cerraron las puertas
entre los dos y vinieron a verme.
-Julio, te presento a Sancho, a partir de ahora vivirá con
nosotros, como ves está un poco magullado, así que hay que
cuidarlo bien hasta que se recupere y nos pueda ayudar, ¿Qué
te parece?
Julio se sonrió y me saludo – Hola Sancho, bienvenido –
miro al tío Pablo y le dijo:
-¿Y de dónde ha salido este muchachote?
-Me lo han traído Luis y sus hombres, lo han rescatado de
un derrumbe y el pobre ha perdido la memoria, el nombre se
lo ha puesto Rosa la del tío Chaleco, así que ya vez al final ha
terminado aquí con nosotros.
-Pues seguro que estará bien y nosotros también porque
un muchacho seguro que le dará a usted ganas de vivir tío
Pablo que falta le hace con lo que tiene usted.
Tío Pablo le puso la mano en el hombro y asintió con cara
de resignación por lo de su hijo.
-Bueno, vamos a ordeñar que ya va siendo hora, vete a
comer algo y a refrescarte, yo las voy ordeñando que luego
tienes que salir a repartir.- le dijo tío Pablo a Julio.
Julio se llevo el caballo al establo y lo hecho de comer y
beber antes de ir a casa a reponerse de la jornada.
Las vacas fueron entrando solas en la cuadra y yo detrás
de ellas con tío Pablo, cuando llegamos ya estaban colocadas
cada una en su pesebre, cosa que me sorprendió, cada vaca
sabia donde tenía que ponerse.

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Nos metimos entre ellas y fue atándolas con las cadenas
que tenia cada una en su pesebre, una vez que termino las
sirvió a cada una su ración de paja y pienso.
Tío Pablo cogió un cubo de chapa y un banco de madera
de tres patas para sentarse, se puso en la cabeza una boina
que llevaba en el bolsillo y se puso a ordeñar la primera vaca.
-Fíjate bien Sancho, cuando se te curen las heridas te
dejare que ordeñes tu alguna, ¿Te parece bien?- dijo Tío
Pablo mientras exprimía con sus manos los pezones de la
vaca.
-Si, yo quiero ayudarte a ordeñarlas, me guasta mucho
como sale la leche – le dije yo ilusionado mientras miraba
entusiasmado como chocaban los finos chorros de leche
contra las paredes del cubo de chapa.
Uno de los chorros cambio su trayectoria y en lugar de ir
a su destino vino a impactar sobre mi cara y tío Pablo se echo
a reír al comprobar cómo me había sorprendido su broma y
yo me reí con él, parecía que aquel hombre y yo teníamos una
conexión especial.
En esos momentos Luis entro en la cuadra y se acerco a
nosotros que estábamos al fondo de la misma.
-¿Estas aprendiendo Sancho? – dijo Luis.
-Si, estoy viendo como lo hace tío Pablo porque cuando
me cure lo voy a hacer yo también.
-Eso está bien hijo, tienes que aprender todo lo que
puedas.- dijo Luis.
-Al menos el muchacho pone interés que es muy
importante - alego tío Pablo.
-Bueno tío Pablo, nosotros nos vamos ya para aprovechar
la tarde, ya queda poco para que sea de noche y eso nos
favorece, así que ya nos veremos- dijo Luis.

47
Por fin llego el momento que sabía que llegaría, pero que
no quería que fuese tan pronto.
-Anda Sancho, sal a despedirte de estos, que están ahí
fuera.
Yo Salí al patio y me acerque a Paco, Leandro y Mariano
que estaban esperando a Luis con sus caballos en el
abrevadero, me despedí de ellos aguantándome las lágrimas
que se me escapaban de los ojos.
Luis salió de la cuadra y vino hacia nosotros, se quito el
pañuelo que llevaba puesto en la cabeza y se agacho para
hablarme.
-Nos vamos Sancho, no te preocupes que cualquier día
nos pasamos por aquí a verte – cogió el pañuelo y me lo puso
en la cabeza –así estas más guapo- me dijo.
Me puso las manos en los hombros y me dio un abrazo al
que yo correspondí con todas mis fuerzas, nos separamos y
sin soltarme me dijo:
-Recuerda esto que voy a decirte, si pasa algo o necesitas
ayuda te vas a la venta del tío Chaleco, ya sabes que se va por
el arroyo Abroñigal, se lo dices a Rosa o a su padre que ellos
saben cómo encontrarme, ¿lo has entendido?
-Si Luis – le dije yo, repitiéndole todo lo que él me había
dicho.
-Así me gusta- dijo Luis.
Salieron andando hasta la puerta y yo les acompañe,
montaron en los caballos y se fueron galopando campo a
través, yo me quede allí hasta que los perdí de vista. Estaba
triste porque aunque resultase extraño eran lo único que tenia
además de Rosa y tío Pablo.
Cuando entré Julio estaba preparando el caballo para
atarlo al carro.

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-¿Tu también te vas Julio?- le pregunte.
-No, yo me voy ahora a repartir la leche a Chamartín,
pero vuelvo pronto, luego te veo, si quieres otro día cuando te
cures te vienes conmigo a repartir.
Me gusto la idea de montar en el carro y le dije que si, me
despedí de él y volví a la cuadra.
En el camino me entretuve un rato jugando con los dos
mastines a los que les debía caer bien porque se mostraban
cariñosos conmigo y me seguían a todas partes.
Cuando llegue a la cuadra tío Pablo estaba terminando de
llenar la ultima cantara con lo que quedaba en el cubo de
ordeñar a la ultima vaca.
-¿Ya estás aquí Sancho?- me pregunto con gesto sonriente
cuando me vio entrar.
-Si, he estado con los perros y con Julio, me ha
preguntado que si quería ir con él a repartir otro día.
-¿Y tú que le has contestado?
-Yo le he dicho que si, así monto en el carro.
-Pues entonces cuando te cures si quieres te puedes ir con
él a repartir.
Saco las cantaras de leche que había llenado a la puerta de
la cuadra y otra más pequeña la dejo apartada.
-Ahora voy a limpiar la basura de las vacas y nos vamos a
descansar, espera por aquí que termino enseguida- dijo tío
Pablo.
Mientras esperaba llego Julio con el carro y cargo las
cantaras de leche y varias medidas para venderla, después
cogió la otra cantara de menor tamaño y la llevo a casa,

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entendí que esa seria para nosotros. Cuando salió se fue a
abrir las puertas de la calle y volvió a por el carro.
-Bueno chico, me voy a hacer el reparto que luego
enseguida se me hace de noche.
Yo le acompañe hasta la salida y me quede mirando cómo
se alejaba el carro cargado con la leche.
El tío Pablo salió con el carretillo lleno de los
excrementos de los animales y se dirigió a la puerta.
-¡Vamos Sancho!, vente conmigo que vamos a tirar esto
al muladar.
-¿Muladar?, ¿Qué es un muladar?- pregunte yo.
-El muladar es un montón de estiércol, que es esto que
llevo en el carretillo y que más adelante nos servirá para
abonar la tierra y el huerto.
Yo la verdad es que no había entendido muy bien eso de
abonar la tierra, pero asentí como si lo hubiera comprendido
todo.
Bordeamos la pared de la valla y fuimos a un terreno que
lindaba con la finca de la vaquería y que estaba vallado con
postes de madera y palos, era una finca bastante grande con
varios zonas arboladas y mucha hierba ya que pasaba por allí
otro arroyo que desembocaba en el Abroñigal, aunque en esta
época estaba casi seco.
-¿Ves este prado?- me pregunto tío Pablo.
-Si, ¿es tuyo?- conteste yo con esta pregunta.
-Si, esto también es mío, aquí nos vamos a venir tú y yo
mañana por la mañana cuando nos levantemos, ¿te parece
bien?
-Vale, ¿Y qué vamos a hacer?

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-Pues estar aquí con las vacas para que estén tranquilas y
no las hagan nada.
Volcó el contenido de la carretilla en el montón de
estiércol y volvimos para casa.
El día había sido muy largo y muy intenso, yo estaba
cansado y me senté en la pared de la casa mientras tío Pablo
se lavaba en el abrevadero, los dos perros me vieron y
vinieron a hacerme compañía, así que jugué un rato con ellos.
Dolores saco una silla y se sentó a mi lado.
-Que día más intenso tienes que haber pasado, ¿eh,
Sancho?, tienes que estar cansado de tanto ajetreo, ¿no?
-Si, estoy cansado y tengo sueño.
-Aguanta un poquito más que ya tengo hecha la cena y
cuando venga Julio nos vamos a cenar y luego si quieres te
pongo el ungüento en las heridas y te duermes, ¿Qué te
parece?- me dedico una sonrisa y me acaricio la cabeza.
-¡Oye Dolores!, ¿Cómo se llaman los perros?- pregunte,
mientras acariciaba a los dos grandes canes que se habían
tumbado a mi lado, parecía como si alguien les hubiera dado
instrucciones para que cuidasen de mi.
-Mira,- dijo Dolores – este que es un poco más oscuro y
que tiene una mancha en la oreja, ¿la ves?
-Si, ya la veo- conteste después de revisar las orejas de
los dos perros.
-Pues ese se llama Teo, y la otra que es mas clarita se
llama Blanca.
-Ah, entonces tu eres Teo y tu Blanca- dije yo mientras
los acariciaba- pues yo soy Sancho- les indique a modo de
presentación.

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Dolores se echo a reír y yo reí con ella durante un rato.
Julio tardo poco tiempo en llegar del reparto de la leche,
desato el caballo del carro y lo llevo al establo, tío Pablo salió
a descargar las cantaras para lavarlas en la pila y volver a
utilizarlas el día siguiente.
Cuando terminaron los dos se fueron a cerrar la puerta
con un travesaño de madera que colocaban en las puertas y en
dos estructuras de hierro que estaban incrustadas en la pared
a cada lado de la puerta que con este sistema se convertía en
una barrera prácticamente inviolable.
Después de finalizar todas las tareas entramos todos en
casa y nos acomodamos en la cocina, unos nos sentamos en
el escaño y otros en sillas alrededor de la mesa que Dolores
había preparado antes de salir a tomar el fresco conmigo.
El tío Pablo saco su navaja y la puso encima de la mesa,
yo hice lo propio con la que me había regalado Luis hacia un
rato y comenzamos a cenar. En el centro de la mesa había un
plato con torreznos de gran tamaño y algunos trozos de
chorizo frito, también había un buen trozo de queso
manchego que olía que alimentaba, una jarra de barro con
vino y otra con agua además de cuatro vasos de cerámica.
En esos momentos se me había pasado el sueño, me podía
más el hambre, así que me dedique a saciar el apetito,
mientras cenábamos los demás comensales conversaban
amigablemente sobre varios temas, por ejemplo el calor que
estaba haciendo estos últimos días, las tareas que había que
realizar mañana o lo maja que se estaba poniendo la
muchacha del tío Jacinto, que según decían la rondaba un
mozo del pueblo de Vicalvaro que se dedicaba a traer vino
desde Arganda del Rey a la capital y que también serbia a la
venta del tío Chaleco y cuando venia aprovechaba para
visitarla.

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Antes de terminar de cenar Dolores se levanto y nos puso
un cuenco con leche, azúcar y miga de pan a cada uno, este
fue el postre de todas las cenas que tuve el gusto de disfrutar
con esta buena gente durante un tiempo muy agradable para
mí.
Pasaba una media hora desde que termine de apurar las
últimas gotas de mi ración de leche y había entrado en un
estado de somnolencia bastante evidente, yo intentaba
escuchar la conversación de los demás, pero mi cabeza se
balanceaba lentamente hacia delante hasta que mi barbilla
tocaba el pecho y automáticamente un mecanismo intentaba
que mi cuello se volviera a enderezar para volver a iniciar
nuevamente el mismo ciclo.
Ellos se dieron cuenta de mi tortura por intentar mantener
la vigilia y Dolores me despertó suavemente.
-¡Eh! Sancho, vamos que hay que dormir en la cama, ven
que te voy a poner el ungüento y te acuestas.
Aquellas palabras fueron gloria para mí, estaba deseando
que alguien las pronunciara, me levante, di las buenas noches
a Julio y a tío Pablo y salí andando casi por inercia detrás de
Dolores siguiendo la tenue luz que daba la lámpara de aceite
que llevaba en la mano.
Me quito la ropa y me puso una blusa suya ya que no te-
nian camisones de mi medida, cosa lógica al no haber niños
en la casa desde hace muchos años.
-Anda túmbate en la cama que te voy a quitar las vendas
dijo ella.
Yo me tumbe y al poco tiempo me quede profundamente
dormido, no me entere de las curas que me hizo dolores y
cuando desperté ya entraba un poco de luz por el ventanuco
que tenía al lado de la cama.

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Tenía que ser muy temprano porque julio aun dormía
profundamente, recordé que tenía en el pantalón la llave que
había encontrado en la cueva.
La ropa estaba encima de un pequeño arcón que había
cerca de la cama, me estire todo lo que pude y cogí el
pantalón, metí la mano en el bolsillo y saque el paquete de
papel que envolvía la llave.
No se veía casi nada así que abrí un poco la puerta de la
ventana, extendí el papel y saque la llave, la mire durante un
rato preguntándome que puerta seria la que se abriera con esa
llave y decidí volver a guardarla.
Al extender el papel me sorprendieron unas anotaciones
que había escritas en él y que antes fuese por los nervios o
por la intensidad de los acontecimientos no me había
percatado de las mismas.
Había unas palabras escritas que no tenían ningún sentido
para mí.
“Capricho, La alameda, ruina”
No encontré sentido a esas palabras por lo que decidí
volver a guardar el papel y la llave en el bolsillo del pantalón.
El gallo comenzó a cantar y Julio tardo poco tiempo en
despertarse, después de bostezar y estirarse un poco miro
hacia mi cama y me vio despierto.
-Buenos días Sancho, ¿has dormido bien?
-Si, he dormido como un lirón- conteste yo.
-Pues vístete que el tío pablo no tardara en salir con las
vacas.
Al escuchar esas palabras recordé que tenía que ir al
prado con las vacas, me vestí rápidamente y baje a la cocina
bajando los escalones de dos en dos.

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Tío Pablo estaba levantado preparando un zurrón con la
comida y una bota de vino.
-Así me gusta Sancho, que no haga falta llamarte por las
mañanas, ¿quieres un vaso de leche?- dijo tío Pablo.
Yo le dije que si con un movimiento de mi cabeza.
Me sirvió el vaso de leche y lo puso sobre la mesa junto a
un trozo de pan, yo no tarde mucho en dar cuenta de aquel
alimento y en unos pocos minutos hice desaparecer la leche y
el pedazo de pan.
Tío pablo cogió el zurrón, la bota de vino y un recipiente
fabricado con una calabaza para llevar agua a modo de
cantimplora y salió al patio.
Se fue a la cuadra y los animales fueron saliendo uno por
uno derechos al abrevadero. Después se fue al establo a por el
caballo, mientras tanto Teo y Blanca ya habían venido a
saludarme y me dieron unos cuantos besos de esos que dan
los perros con sus lenguas.
Dolores salió con un cántaro apoyado en la cadera para
llenarlo de agua en el pozo.
-Vamos Sancho que voy a soltar las vacas- dijo tío Pablo.
-Hola Sancho, que sueño tenías anoche, te quedaste
dormido en un suspiro- dijo ella.
-Si, tenía mucho sueño, he dormido muy bien.
- Me alegro mucho, las heridas están muy bien, esta
noche te vuelvo a dar el ungüento y quizás mañana te quite
las vendas que a las heridas las viene bien que las de el aire.
-Me voy con tío Pablo al prado con las vacas.
-Pues espera un momento que te voy a dar un sombrero, a
ver si te vale- dijo Dolores.

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Entro a la casa y salió al poco tiempo con un sombrero de
fieltro, me lo puso y me lo ajusto un poco ya que me quedaba
un poco grande, después metió la mano en el bolsillo de su
delantal y saco una rosquilla.
-Toma, cométela, que no queda nada más que esta.
Me comí la rosquilla en dos bocados mientras tío Pablo
volvía del establo con el caballo.
-¿Quieres montar Sancho?- dijo tío Pablo.
Yo no sabía que contestar, por un lado si me apetecía,
pero por otro me daba cierto respeto lo grande que era aquel
animal para mí, me quede unos momentos con esa cara de
indecisión que se le queda a uno en estas situaciones de
incertidumbre.
-Vamos, decídete que es para hoy- Insistió tío Pablo.
Al final me pudo mas mi instinto aventurero que el
miedo, como era costumbre en mí y acepte el reto.
-Bien pues ven aquí, súbete al abrevadero que te voy a
colocar a Rufo.
-¿Se llama Rufo?- conteste yo.
-Si señor, se llama Rufo y es muy tranquilo, no tengas
miedo.
Coloco al caballo junto al borde del pilón y me ayudo a
subir al caballo.
-¿Ves que fácil?, sujétate a las crines- me indicó el.
Yo comencé a buscar las crines, pero como no sabía lo
que eran y el caballo no tenía nada encima salvo el correaje
que tío Pablo sujetaba tuve que preguntar.
-¿Dónde están las crines?- dije yo pensando que las crines
serian algún tipo de correas o algo así.

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Tío Pablo se echo a reír, y me indico que las crines eran
los pelos que tenían los caballos en el cuello, así que
comprendí y me así fuertemente a las crines del caballo.
Echamos a andar, tío Pablo empezó a hacer unos ruidos
extraños con la boca, una especie de castañeó que después
hacia yo también imitándolo, ya que al parecer esos sonidos
servían para que las vacas comenzaran a andar.
Salieron las vacas delante y nosotros y los dos mastines
detrás.
Tío Pablo llevaba en una mano las riendas de Rufo y en la
otra mano una vara bastante larga que utilizaba para guiar el
ganado.
Como la puerta del prado había quedado abierta cuando
sacaron las vacas ayer, las vacas entraron directamente y se
repartieron por toda la finca.
Tío Pablo cerró las puertas y nos dirigimos a un conjunto
de arboles que había más o menos en el centro de la dehesa,
me bajó del caballo y extendió en el suelo una manta que
llevaba al hombro.
-¿Te ha gustado montar a caballo?- pregunto mientras le
quitaba el bocado al animal.
-Si tío Pablo, me gusta micho montar.
-Pues entonces un día de estos le ponemos la silla y te
enseño a montar.
Yo me quede pensando lo bien que iba a ir yo montado a
caballo con la silla como hacia Luis y sus hombres.
Dejo el zurrón colgado en el árbol a la sombra y corto un
trozo de rama con su navaja, la quito los nudos, la pulió un
poco y me la entrego.

57
-Toma Sancho, esta es tu vara de arrear el ganado,
quédate por aquí con los perros que yo me voy a acercar a la
parte del rio a ver si coloco un poste que está casi caído, no
tardare mucho.
Cuando tío Pablo se fue, decidí ir a probar si mi vara
funcionaba como la suya y me acerque a dos vacas que
estaban cerca de nosotros, los animales no se movieron de su
sitio y seguían pastando como si nada, así que levante mi
vara de arrear e hice unos chasquidos con la boca. Y
funcionó, ya lo creo que funcionó, en el momento que
levantaba la vara las vacas me obedecían, así que me
entretuve un buen rato probando la eficacia de mi vara
vaquera con los demás animales y todos respondieron
satisfactoriamente.
Tío Pablo volvió pronto y pasamos el día hablando,
riendo y jugando. Comimos las viandas que llevábamos en el
zurrón y dormimos la siesta bajo la sombra de los arboles.
Así felizmente pase los siguientes tres meses desde que
tío Pablo me acogió en su casa, en ese tiempo aprendí
muchas cosas sobre animales y sobre personas, sobre la vida
y sobre la naturaleza, aprendí a ordeñar, a vender la leche, a
dar de comer a los animales, y todo lo que el pobre viejo
pudo enseñarme durante ese periodo de tiempo. Fueron tres
meses muy buenos para mí, las cuatro personas que
formábamos esa especie de familia convivíamos en armonía
y no tuvimos ningún problema durante ese tiempo.
Yo seguía sin recordar nada anterior al derrumbe de la
cueva, aunque de vez en cuando tenía la sensación de haber
vivido antes ciertas situaciones, pero no dejaban de ser meras
sensaciones.

58
V
Una tarde después de volver del prado con las vacas, yo
había subido al desván a dejar una cazuela que mi había dado
Dolores para que la pusiera en la parte del mismo donde
teníamos los enseres que no utilizábamos.
Se escucharon unos cascos de un caballo que entraba por
la puerta, Dolores se asomo y vio que era José María, el hijo
de tío Pablo del que tantas cosas malas había oído hablar
durante estos meses. Subió Dolores las escaleras del desván a
toda prisa.
-¡Sancho!,!Sancho!, no bajes, quédate aquí hasta que se
valla ese hombre y no hagas ruido- me dijo dolores muy
bajito para que no la escucharan.
Dolores bajo y cerró la puerta del desván, yo me quede
sentado en el suelo y afinando el olido todo lo que pude para
averiguar qué era lo que podía pasar.
Se escucharon unos pasos y Dolores salió al pasillo a
recibirle.
-Hola José María, cuánto tiempo sin verte- dijo ella con
voz tímida y entrecortada.

59
Él ni siquiera la contesto, solamente pregunto con aires de
superioridad que donde estaba su padre, que tenía que hablar
con él.
En esos momentos tío Pablo que le había visto llegar a
casa entro por la puerta.
-Hola hijo, ¿que tal estas?- pregunto tío Pablo, también
con voz tímida como si quisiera que su hijo viera que el tenia
buena voluntad para que todo fuera bien.
-Voy tirando- contesto José María fríamente.
-Bueno, ven vamos a tomar un vaso de vino hijo mío,
siéntate.
El viejo se mostraba sumiso para suavizar el carácter de
su hijo, pero de poco servían los esfuerzos de tío Pablo, José
María tenía un carácter autoritario y agresivo.
Yo para seguir escuchando lo que pasaba en la cocina me
moví unos pasos para situarme justo encima de ellos y
aproveche un hueco de un nudo en uno de los tablones del
suelo para acercar mi ojo y observar lo que pasaba ahí abajo.
Dolores les sirvió una jarra de vino y dos vasos.
-Veras padre, necesito que me dejes algo de dinero.
-Ya me parecía a mí que no venias a verme, siempre que
apareces es para sacarme lo poco que tengo, ¿y se puede
saber que has hecho con lo que te llevaste la ultima vez?, que
no fue poco, me dejaste sin nada y ahora vuelves a lo mismo-
dijo tío Pablo.
-¡No he venido a que me eches sermones!, dame lo que
tengas y se acabara la discusión- dijo José María levantando
la voz a su padre.
-¿Y para que te hace falta el dinero?

60
-Es que…, he tenido una mala racha y debo dinero a
varios tipos- contesto el hijo.
-Supongo que será para el vicio del juego como siempre,
¿no?- pregunto Tío Pablo.
-¡No tengo que darte explicaciones!.¿me lo das o no?-
dijo José María mientras golpeaba con fuerza el vaso sobre la
mesa tras apurar el último trago.
Yo en algunos momentos sentía miedo por el tío Pablo, ese
tipo se comportaba de forma violenta y cada vez que hablaba
yo instintivamente retiraba la cara del tablón en que la tenía
apoyada.
-No pienso darte ni un real para que te lo gastes en juego
y en vino, si quieres dinero gánatelo, coge la pala y limpia la
cuadra o ponte a ordeñar, si no, lárgate y no vuelvas hasta que
no cambies de actitud- dijo tío Pablo.
Estas palabras le sentaron como un tiro a su hijo y se
levanto, cogió el vaso y lo tiro con ira contra la chimenea
haciéndolo mil pedazos, salió por la puerta a toda velocidad y
después de montar en su caballo se marcho al galope.
Tío Pablo se quedo en la mesa quieto, sin decir nada hasta
que Dolores se sentó a su lado y lo intento animar, entonces
el viejo se echo a llorar y a dar golpes de desesperación
contra la mesa.
Yo baje corriendo los escalones hasta llegar a la puerta
del desván, la abrí y salí deprisa hasta la cocina, me abrace a
tío Pablo con todas mis fuerzas como queriéndole decir que
no se preocupara que yo estaba allí para ayudarle.
El me abrazo al instante, sus lagrimas se mezclaron con
las mías y así permanecimos los tres abrazados durante unos
minutos.

61
-Tu sí que eres bueno Sancho, es un orgullo que estés
conmigo- me dijo tío Pablo mientras intentaba recuperar la
compostura.
Se seco las lagrimas y después seco las mías también, que
falta me hacia porque había estado llorando a moco tendido
durante un buen rato junto a él.
Dolores se levanto también y después de darnos un beso a
cada uno se puso a recoger los pedazos del vaso que había
hecho añicos el hijo de tío Pablo.
-Vamos Sancho, que voy a terminar de ordeñar para que
os valláis a repartir- dijo el viejo.
Salí detrás de él y cuando llegamos a la cuadra Julio
estaba terminando la faena del ordeño.
Cuando estuvo todo listo Julio y yo salimos como todos
los días con el carro a vender la leche a Chamartín.
Volvimos del reparto y nos sorprendió al entrar un caballo
que estaba atado junto al pilón del abrevadero. Yo me baje del
carro y entre en casa, y no vi a nadie. Salí de casa y fui a la
cuadra a ver a tío Pablo.
Antes de llegar a la puerta escuche la voz de un hombre
hablando agitadamente, era el mismo que había venido esa
tarde y al que había escuchado desde el desván, el hijo de tío
Pablo.
Me acerque a la puerta y me asome un poco para ver qué
pasaba, el tío Pablo y su hijo José María discutían sobre el
mismo tema que habían hablado horas antes. Tío Pablo se
negaba a darle dinero a su hijo y este se mostraba cada vez
mas soberbio.
Discutieron airadamente durante unos minutos, José
María llego a alzar la mano a su padre en actitud violenta en
varias ocasiones y el viejo termino por ordenarle que se

62
marchase inmediatamente de su casa, se dio la vuelta y se
puso a ordeñar una de las vacas. José María se dirigió hacia la
puerta haciendo gestos de desprecio y de ira, yo me retire de
la entrada para esconderme, pero cuando pase por la ventana
vi a ese tipo como golpeaba a su padre mientras ordeñaba con
la pala de limpiar la cuadra, le golpeo en la cabeza con saña
varias veces. Yo quede totalmente paralizado durante unos
segundos, hasta que vi al asesino correr hacia la puerta,
entonces salí corriendo y me metí en el chozo de las
herramientas, me escondí allí acurrucado sin saber qué hacer,
no entendía como había podido pasar aquello, supuse que tío
Pablo estaba muerto y que ese criminal podría matarnos a
nosotros también.
Me quede en un rincón temblando de miedo, mientras mi
cerebro se empeñaba en recordarme cada vez que cerraba los
ojos, como ese criminal golpeaba sin compasión a mi querido
tío Pablo.
A los pocos minutos escuche al asesino pedir socorro.
-¡Socorro, socorro!, ¡Julio ayúdame!- gritaba el asesino.
Me asome a la puerta y vi a Julio que salía corriendo del
establo hacia la cuadra.
-¡Ven Julio, a mi padre le ha golpeado una vaca y está en
el suelo y no responde!
Yo aproveche y Salí corriendo hasta la casa, entre derecho
a la cocina, vi a Dolores que estaba preparando la cena, seguí
corriendo hacia ella y me abrace a su cuerpo temblando y
llorando desesperadamente.
Estaba muy nervioso y no pude articular palabra alguna,
ella trato de tranquilizarme pero yo lo único que hacía era
mover la cabeza intentando negar aquella atrocidad que
habían presenciado mis infantiles ojos.

63
Se agacho para ponerse a mi altura y me pregunto una y
otra vez que era lo que me pasaba, pero yo seguía sin
reaccionar.
Julio entro en casa y se acerco a nosotros con la cara
desencajada, Dolores lo miro y grito.
-¡Que demonios está pasando aquí!
Julio se abrazo a dolores y dijo- tío Pablo ha muerto, por
lo visto le ha dado un golpe muy fuerte una vaca.
Dolores se sentó lentamente en el escaño y tras
permanecer unos segundos con la mirada perdida me abrazo
y me acaricio la cabeza.
-¿Eso es lo que querías decirme?, ¿verdad Sancho?- dijo
mientras se secaba las lagrimas con su delantal.
Yo negué con la cabeza.
-No fue la…- No pude terminar la frase, deje de hablar al
ver entrar en la cocina al malvado José María.
El asesino se acerco a julio y le dijo que le acompañase a
la cuadra para traer a su padre a casa.
Dolores se fue a buscar un traje para ponérselo a tío Pablo
y yo me quede sentado en la cocina sin saber qué hacer,
pensé que si le decía a Dolores ó a Julio lo que había visto se
enfrentarían a él y podría matarlos a ellos también, por lo que
decidí guardar silencio. Vi pasar a los dos hombres con el
cadáver de tío Pablo hacia su alcoba, vi también a dolores
que bajaba con un traje del pobre viejo.
Cuando lo dejaron en su cama escuche a nuestro nuevo
amo ordenar a Julio que se acercase a Chamartín a buscar al
párroco del pueblo.

64
Dolores se había cambiado la ropa que llevaba puesta por
otra de color negro y se había cubierto el pelo con un pañuelo
del mismo color.
Mi cabeza no paraba de darle vueltas a lo que había
pasado con el tío Pablo, las lagrimas corrían continuamente
por mis mejillas mientras recordaba lo bueno que había sido
ese hombre para mi, durante el poco tiempo que pude estar
junto a él. Mis sentimientos en esos momentos eran una
mezcla de desesperación por la pérdida de tío Pablo, de rabia
porque sabía quién lo había asesinado y de terror por lo que
nos pudiera pasar a nosotros.
Dolores y José María seguían en la alcoba del difunto y
escuche que estaban hablando de mí.
-Oye Dolores, ¿y ese crio que está en la cocina de quién
es?- dijo el malvado José María.
-Pues…, es de mi hermana que está enferma y no se
puede hacer cargo de él, me lo ha traído para que lo cuide
hasta que ella se pueda valer, pero no se preocupe que es un
buen chico y ayudaba mucho a su padre con el ganado-
contesto Dolores.
Supongo que se invento lo de su hermana para que no se
enterase de que me había traído Luis.
Cuando terminaron de preparar la habitación para el
velatorio salieron los dos de casa.
Yo me levante del escaño y Salí andando despacio,
tímidamente hacia la alcoba de tío Pablo. Estaba tumbado en
su cama con los brazos cruzados y con un pañuelo blanco en
la cabeza atado por debajo de la barbilla, la habitación estaba
iluminada por velas distribuidas por toda la habitación. Me
acerque a él, alargue mi mano y le toque la mejilla, me retire
rápidamente debido a la sensación que me produjo la frialdad

65
de su piel, estaba completamente helado ó al menos esa fue
mi impresión.
Ya había anochecido cuando llegaron Julio y el cura, se
habían unido al cortejo varios vecinos de Chamartín
conocidos de tío Pablo, entraron en la casa y se pusieron a
rezar todos juntos, las puertas de la finca quedaron abiertas
durante toda la noche y poco a poco iban llegando más
vecinos para despedir al pobre vaquero.
Yo me había metido en la cocina porque me daba cierto
miedo aquel escenario lleno de mujeres vestidas de negro
rezando y rezando continuamente en voz alta.
Dolores entro en la cocina con otra señora y me vieron
allí sentado, se sentaron a mi lado y me hicieron algunas
carantoñas para intentar animarme.
-¿Tienes hambre Sancho?- pregunto Dolores.
-No, no tengo hambre- conteste yo.
-De todas formas te voy a preparar un poco de leche, te la
tomas y si quieres te vas a la cama- dijo ella.
-Yo me encogí de hombros como aceptando su
ofrecimiento.
Estaba deseando decirla lo que había visto, pero como
nunca estaba sola no tuve ocasión, pensé que se lo diría
cuando pasara todo esto, pero me seguía dando miedo que
Julio ó ella intentaran hacer algo y salieran mal parados,
guarde pues mi secreto aunque me quemaba dentro al no
poder contarlo.
Tome una lámpara de la cocina que estaba encendida y
subí al desván, aunque me acosté rápidamente e intente
dormir no hubo forma de conciliar el sueño, desde allí se
escuchaban los rezos, los lamentos y las conversaciones de

66
los que estaban abajo acompañando en el sentimiento al hijo
asesino de tío Pablo.
Ya de mañana me había quedado medio dormido cuando
escuche que entraba en el patio un carro, abrí la puertecilla
del ventanuco y vi como descargaban una caja de madera
para el entierro de tío Pablo.
Lo enterramos en el cementerio de una iglesia no muy
lejos de la vaquería, al finalizar el sepelio la veintena de
personas que habían asistido se fueron marchando después de
dar el pésame al hijo del difunto sin saber que estaban
consolando a su asesino.

VI
A partir de entonces todo fue mucho peor que antes,
dolores seguía atendiendo la casa y Julio y yo nos
encargábamos de los animales y de las labores de la granja,
pero la convivencia con el amo no era buena, cuando se
emborrachaba que era bastante a menudo, nos maltrataba y
gastaba lo poco que daba la vaquería en sus juergas y sus
borracheras. Nosotros íbamos subsistiendo ya que Dolores
sabia donde guardaba tío Pablo el poco dinero que había
ahorrado y sacaba de ahí para comprar la comida que hacía
falta, el amo pensaba que la comida salía de la miseria que
nos daba el, que en realidad no llegaba ni para el pan.
Tuve que ver en varias ocasiones como ese tipo pegaba a
Dolores porque la comida estaba fría, o como insultaba a
Julio acusándole de guardarse dinero de la venta de la leche,
cosa que era falsa porque yo iba todas las tardes a repartir con
Julio para evadirme durante unas horas del maltrato del
tirano, y Julio entregaba siempre todo lo que sacábamos del
reparto.

67
Una tarde después de comer el amo le dijo a Julio que
cogiera el carro y se fuera a la venta del chaleco a por un
pellejo de vino.
-Procura estar de vuelta pronto para que ordeñes las
vacas- le dijo también.
Yo me ilusione porque si iba con Julio podría ver a mi
amiga Rosa de la que me acordaba un día sí y otro también,
me levante de la silla y me ofrecí para acompañar a Julio.
-¿Puedo ir yo también?- dije.
-¡No!, tu harás lo que me dé a mí la gana, así que tú te
quedas aquí y trabajas que no te ganas ni el pan que te comes-
me contesto mientras me empujaba fuera de la cocina.
-¿Pero cómo?, si no puede hacer mas el pobre, si es un
niño- dijo Dolores.
-¡Tu te callas zorra!, ¿te he mandado yo acaso que lo
defiendas?, aquí se hace lo que yo diga y punto- respondió el
malvado José María.
Salí de casa y me fui al prado con las vacas y los perros
que estaban con ellas y que eran los únicos amigos que tenia
para jugar. Cuando estaba en el campo con el ganado era
libre, el asesino no se acercaba nunca por allí y además
estaban Teo y Blanca que me obedecían siempre todo lo que
los mandaba y si podían venían tras de mí, de hecho desde
que murió tío Pablo cuando salíamos a repartir la leche se
venían siempre con nosotros.
Me senté bajo un árbol y me quede dormido apoyado en
los perros que me hacían compañía. Cuando desperté
descolgué la calabaza del agua para echar un trago, pero
estaba vacía, la di la vuelta y cayó al suelo la última gota que
quedaba en su interior.

68
Deje a los perros cuidando el ganado y baje a la vaquería
a llenar la cantimplora en el pozo, fui directamente al cubo
del pozo que siempre solíamos dejar lleno de agua, sumergí
la calabaza en él y cambie las burbujas de aire que salían de
su interior por agua fresca, la saque y eche un buen trago.
Cuando volví a meter la calabaza en el cubo escuche unos
gritos que venían de la casa, me pareció que era Dolores, me
quede parado un instante y volví a oírla gritar, no se entendía
lo que decía pero parecía desesperada. Solté la calabaza y salí
corriendo hacia la casa, los gritos venían del desván, así que
subí las escaleras rápidamente y encontré al malvado amo
tumbado encima de Dolores en mi cama, ella intentaba
librarse de él pero él la pegaba y la sujetaba fuertemente.
Mire a mi alrededor buscando algo con que defenderla y
vi una sartén colgada de un clavo, era una sartén con patas
que se utilizaba para cocinar en la lumbre de la chimenea, la
cogí del mango, Salí corriendo hacia ellos y estrelle las patas
de la sartén contra la espalda del agresor. Este se quejo con
mucha rabia y se volvió hacia mí, solté la sartén y salí
corriendo escaleras abajo mientras escuchaba los gritos de
Dolores.
-¡No!, ¡a él no! Hazme a mí lo que quieras pero a él no-
dijo Dolores llorando.
Intente huir, pero me dio alcance antes de llegar a la
puerta de la vaquería, me lanzo una patada y caí al suelo, me
siguió pegando durante un buen rato, yo me acurruque para
protegerme pero era inútil, me caían golpes por todas partes.
Mientras estaba en el suelo escuche a Dolores que vino a
defenderme, abrí los ojos y vi como la golpeaba a ella
también, me fui arrastrando hacia la puerta de la calle y
cuando estaba a punto de llegar volvió a por mí, me cogió del
brazo y me zarandeo mientras me insultaba, me lanzo hacia la

69
calle fui a caer unos dos metros por delante de la puerta y el
la cerro de un portazo.
Estuve un rato tumbado en medio del camino y cuando
pude me levante y salí andando muy despacio huyendo de
aquel asesino.
Anduve durante un rato hasta llegar al desvió del camino
del arroyo Abroñigal, en ese lugar había un pequeño bosque
de pinos, me interne en él y busque un lugar para descansar y
recuperarme de los golpes de aquel salvaje.
Permanecí allí durante unas horas, me quede traspuesto
hasta que me sorprendió el sonido de un carro, me asome y vi
que era Julio que volvía de la venta con el pellejo de vino,
hice un intento de llamarle, pero pensé que sería peor, además
yo no quería volver allí.
Julio se alejo hacia la vaquería y yo pensé en llegar a la
venta del tío chaleco a pedir ayuda.
Encontré un palo y lo utilice a modo de bastón y comencé
mi camino. Me dolía todo el cuerpo, cada vez que daba un
paso era un infierno, me había dado golpes en cada
centímetro de mi pequeño cuerpo y tenía varias heridas en la
cara y en la cabeza. Me pregunté que habría hecho yo para
que me pasaran todas estas cosas tan horribles.
Descansé muchas veces durante el trayecto, tenía la boca
seca como un corcho y la fatiga cada vez era mayor, pero
después de pasar muchas penurias divisé el puente del
camino que había junto a la venta, subí la cuestecilla que
llevaba a la puerta y cuando llegue arriba tuve que volver a
echarme al suelo, mientras jadeaba vi la puerta de la venta y
dije – ¡ya he llegado!
Me incorporé y nada más hacerlo vi a Rosa que salía por
la puerta.
-¡Rosa, Rosa, ayúdame!

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Rosa se volvió hacia mí, me vio y salió corriendo en mi
dirección, mientras tanto yo me derrumbe al saber que estaba
a salvo.
-¡Sancho, que te ha pasado!, ¿Quién te ha hecho esto?,
dios mío otra vez- exclamo ella mientras me sujetaba en sus
brazos.
Yo intentaba explicárselo pero estaba exhausto y no tenía
fuerzas para articular palabra alguna.
-Déjalo hijo, ya me lo contaras luego, ahora vamos a
curarte.
Me llevo en brazos a la venta y me tumbo en una cama de
una de las habitaciones que había en la planta de arriba.
-Estate aquí quietecito, no tengas miedo que aquí estarás
bien, ahora subo para lavarte las heridas y con algo de comer.
Por fin respire tranquilo, estaba a salvo y con gente que
me quería, me dolían todos y cada uno de los huesos y estaba
tan cansado que pese al dolor el sueño podía conmigo.
Rosa subió con una bandeja con un caldo caliente, un
poco de agua, un trozo de pan y un pedazo de queso. Me
incorporo en la cama y me puso la bandeja encima de las
piernas.
-Comete esto que te vendrá bien, yo voy mientras a por
una palangana y unos paños limpios para lavarte un poco y
curarte esas heridas, vengo enseguida- me dio un beso y se
fue.
Yo empecé a comer aquel tentempié mientras pensaba
que al fin y al cabo aquella paliza, aunque me dolía todo el
cuerpo, había servido para sacarme de aquella pesadilla y
llevarme junto a Rosa.
Volvió al poco tiempo, dejo la palangana en el suelo y
recogió la bandeja de mi comida.

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-A ver, túmbate que te voy a curar las heridas de la cara-
dijo Rosa.
Fue decir eso y caer fulminado en un sueño profundo,
parecía que había escuchado la voz de algún hipnotizador,
dormí durante toda la noche y no me entere de los cuidados
que me aplico mi amiga Rosa.
A la mañana siguiente me encontraba bien, o eso creía yo,
abrí los ojos y comprobé que estaba en la habitación de la
venta, lo cual me tranquilizo bastante, di un suspiro de alivio
e intente levantarme, fue ahí cuando me di cuenta de que no
estaba bien todavía, me seguía doliendo el cuerpo, pero solo
si me movía, así que opte por esperar tumbado a gusto a que
viniera Rosa a verme. Tenía ganas de contarla todo lo que
había hecho aquel tipo despreciable que me había dejado en
aquellas condiciones.
No tardo en subir mi amiga con el desayuno.
-Buenos días, ¿Cómo esta mi Sancho esta mañana?
-Bien, pero no me puedo levantar, todavía me duelen los
golpes.
-Pues comete esto que te traigo que te irá bien, no te
preocupes, te curaras pronto, pero te tendrás que quedar hoy
en la cama y mañana quizá te puedas levantar- dijo Rosa.
Me incorpore con dolor pero algo mejor, y me puse a
desayunar, me había traído un tazón de leche y un trozo de
bizcocho.
-Rosa, tengo que contarte una cosa- la dije mientras
masticaba el bizcocho.
-Cuenta, Sancho, cuenta.
-¿Tu conocías a tío Pablo?- pregunte yo.

72
-Si, claro que le conocía, pobrecillo, precisamente hoy ha
venido su criado a por vino y me ha contado que ha fallecido,
dice Julio que fue una vaca que le dio un golpe muy fuerte.
-Pues no fue la vaca, yo lo vi.
-¿Y qué fue lo que viste?- pregunto ella intrigada.
-Fue su hijo José María, yo fui a ver si tío Pablo estaba en
la cuadra y vi a su hijo discutir con él. Le había pedido dinero
y tío Pablo le dijo que se marchase, yo me fui de allí cuando
José María se acerco a la puerta y cuando pase por la ventana
vi como su hijo cogió una pala y le golpeo varias veces en la
cabeza, luego me escondí.
-Madre de Dios, ¿y no se lo has dicho a nadie más?
-No, porque pensé que si se lo decía a Dolores ó a Julio
les haría algo a ellos también.
-¿Y lo tuyo quien te lo ha hecho?- volvió a preguntar
Rosa.
-Fue el también, estaba pegando a Dolores en mi cama y
yo le di con una sartén para que la soltase, pero me cogió a
mí y me dio muchas patadas y a Dolores que intento
ayudarme la volvió a pegar.
-¡Valla un bicho ese José María!, pues se va a enterar de
lo que vale un peine cuando se entere Luis.
-¿Va a venir Luis?- pregunte yo ilusionado.
-Pues claro que va a venir, ahora ya no está en la sierra,
han disuelto la banda y ahora vive como un señor en la calle
Tudescos en el numero 5, se hace pasar por un señorito que
ha vuelto del Perú con muchos reales, y como los tiene pues
va hecho un pincel, el único que sigue con Luis es Leandro
que se hace pasar por su criado.

73
-¡Que bien!, ¿entonces ya no le persigue la ley?- pregunte
yo.
-No, ya no, ahora hasta se codea con gente de postín- dijo
ella sonriendo.
-¿Y cuándo va a venir?- pregunte yo con insistencia.
-Pues supongo que esta tarde o mañana, porque voy a ir
yo a verle cuando termine de servir la comida, tú tranquilo,
desayuna bien, a ver si mañana te puedes levantar. Ya verás
que cambio a pegado Luis cuando le veas vestido de señorito
– dijo Rosa.
Estuve allí todo el día, pensando en cuando vendría Luis
y en que haría cuando se enterara de lo que había hecho ese
tipo con su amigo Pablo. Comí en la cama también y solo me
levante por la tarde para orinar, y ya me encontraba algo
mejor.
Rosa volvió tarde de dar el recado a Luis, su nueva casa
estaba a varios kilómetros de la venta, nada más llegar subió
a verme a la alcoba.
-¿Cómo esta mi niño?
-Bien, estoy mejor, me duele menos, ¿has visto a Luis?
-No, no lo he visto, pero le he dejado una nota debajo de
la puerta para que venga en cuanto la lea.
Tenía muchas ganas de volver a ver a Luis, y más ahora
que había cambiado de vida, trate de imaginármelo vestido de
fino pero me dio la risa al pensarlo.
Esa noche dormí plácidamente pensando en que Luis
leería la nota de Rosa y vendría a verme. Desperté y comencé
a estirarme, los golpes del cuerpo todavía me dolían pero
menos que antes, había mejorado bastante aunque mi aspecto
seguía dando lastima debido a los moratones y las heridas.

74
Esperé despierto observando las vigas del techo y los
pocos muebles que había en el dormitorio que se limitaban a
una cama, una pequeña mesa al lado del cabecero y un
pequeño y viejo armario.
Al poco tiempo subió Rosa con mi desayuno.
-Hola Sancho, ¿Qué tal has dormido hoy?
-Bien, muy bien- conteste yo.
-Me alegro mucho- dijo Rosa, me dio un abrazo y se
sentó a mi lado con la bandeja sobre sus piernas.
-Ale, siéntate y tomate esto que te tienes que poner
bueno.
-¿Me vas a dejar levantarme hoy?
-¿Tu tienes ganas de levantarte?- respondió ella.
-Yo sí.
-Bueno pues cuando te tomes el desayuno te levantas un
poco a ver qué tal vas.
Yo me incorpore y me desayune con la leche y las dos
rosquillas que me había preparado mi ángel de la guarda.
-¡Ya está¡, ¿me levanto?- dije yo con insistencia.
Rosa cogió la bandeja y la puso en el suelo mientras su
cara expresaba una sonrisa alegre.
-A ver, vete levantando poco a poco, sin correr.
A mí me dolía todo el cuerpo, pero podían mas mis ganas
de salir de la habitación que los dolores de mis heridas, me
senté en la cama y baje al suelo.
-¿Qué tal Sancho?- dijo Rosa.
-Bien, me duele menos que ayer.

75
-Bueno, anda un poco a ver cómo te manejas.
Fui hasta la puerta y volví, los dolores no eran muy
fuertes a no ser que hiciera algún movimiento brusco.
Rosa me miro, después de quedarse pensativa unos
segundos dijo:
-Pues como parece que estas mejor te voy a vestir y nos
vamos a bajar a la taberna, pero te vas a quedar sentado en
una mesa de momento, que no estás para mucho trasteo.
Yo asentí ilusionado, y alcance la ropa que estaba en la
silla, al coger el pantalón se salió del bolsillo el paquete con
la llave y sonó en los tablones del suelo.
-¿Qué se te ha caído?- pregunto Rosa.
Me agache despacio, cogí el paquete y se lo entregue a
ella.
-¿Qué es esto?
-Es una llave que encontré en la cueva que se derrumbo,
hay una llave dentro y unas palabras escritas.
Rosa abrió el paquete, saco la llave y la examino
detenidamente, después extendió el paquete y layo en voz
alta las palabras escritas en el.
-“CAPRICHO, LA ALAMEDA, RUINA”. ¿Qué querrá
decir esto?, parece como si fuera una clave para encontrar
algo que hubieran escondido, desde luego tiene su misterio,
¿verdad Sancho?- dijo Rosa.
-Si que es misterioso- dije yo.
-Mira que si esta llave guardara un tesoro y nos hacemos
ricos- dijo Rosa mientras reía a carcajadas.
Rosa volvió a empaquetar la llave y me la metió en el
pantalón.

76
-Habrá que decírselo a Luis, que él sabe mucho de estas
cosas- dijo mi amiga.
Cuando termino de vestirme nos bajamos los dos a la
taberna, me sentó en una mesa y saco una baraja de naipes
del delantal.
-Toma Sancho, juega un poco con las cartas, yo me voy a
la cocina.
No había nadie en la taberna excepto Rosa, el tío Chaleco
que estaba vaciando unos pellejos de vino en una tinaja y yo,
me puse a jugar con la baraja un rato, estaba contento porque
Rosa cuidaba muy bien de mi, pero había otra parte de mi que
se acordaba continuamente de tío Pablo y de lo que había
pasado en la vaquería.
Tío Chaleco paso a mi lado y dejo un plato pequeño con
un trozo de queso en la mesa.
-Vamos lebrel, levanta el ánimo que aquí no te va a hacer
daño nadie, y además me ha dicho Rosa que va a venir tu
amigo Luis a verte- dijo tío Chaleco mientras salía de la
taberna.
Me confortaron las palabras del viejo, al fin y al cabo
tenía suerte de tener a esta gente que cuidaba de mí y que me
protegía, pegue un suspiro de alivio y consumí la cuña de
queso que me había traído.
No paso mucho tiempo cuando las pisadas de unos
caballos llamaron mi atención, me levante de la silla para ver
si veía algo mas, dos siluetas aparecieron en la puerta de la
taberna, me quede mirando pero no veía nada ya que sus
figuras se dibujaban al contraluz del sol que brillaba por
detrás de ellos, me quede mirando hasta que escuche la voz
de mi amigo Luis.
-¡Sancho¡, ven aquí amigo mío –grito Luis.

77
Yo salí corriendo hacia él como una bala, en ese momento
no me dolía nada, me abrace a sus piernas, el se agacho y su
sonrisa se borro de su cara al ver las marcas que tenía en mi
rostro y en mis brazos.
-¡¿Quién te ha hecho esto?¡-pregunto Luis.
-¿Cómo se puede ser tan animal y hacerle esto a un niño?-
dijo Leandro.
Yo me quede inmóvil al observar lo serios que se habían
puesto mis amigos, y antes de que me diera tiempo a
responder intervino Rosa.
-Hola chicos, ya veis como han dejado al pobre Sancho-
dijo ella.
-¡Dime quien ha sido que voy a ajustarle las cuentas a ese
criminal¡- dijo Luis alterado mientras se ponía de pie.
-Vamos a sentarnos en la mesa y hablamos mas
tranquilamente, porque desgraciadamente tengo que darte
peores noticias- dijo Rosa.
Nos sentamos los cuatro alrededor de la mesa en la que
había estado jugando a las cartas, Rosa le cogió la mano a
Luis y comenzó a contarle lo que había sucedido en la
vaquería.
Veras Luis, lo que tengo que decirte es muy triste, hizo
una pausa y mirándole a los ojos le dijo:
-Tu amigo Pablo ha muerto.
Luis dejo caer su mano sobre la mesa y se quedo inmóvil
durante unos segundos.
-Pero, si estaba bien de salud, ¿Qué le ha pasado?-dijo
Luis con voz triste y entrecortada.

78
-La verdad es que no ha sido de muerte natural, ni de un
accidente, lo ha matado su hijo José María- dijo Rosa.
-¡Maldito malnacido¡, ya sabía yo que ese malnacido
algún día haría algo así, yo le ajustare las cuentas.
-Tranquilo Luis, que ya le daremos su merecido a ese
pisaverde si no se lo da antes la justicia- dijo Leandro.
-Todo paso en la cuadra de la vaquería, por lo visto según
me ha contado Sancho, José María fue a casa de su padre a
pedirle dinero y tío Pablo se lo negó, cuando Sancho volvió
de repartir la leche fue a buscar al viejo a la cuadra y les
encontró a los dos discutiendo. Dice Sancho que cuando el
hijo se marchaba cogió una pala, se volvió y le pego al viejo
varias veces en la cabeza hasta que lo mato, menos mal que a
Sancho no lo vio y le dio tiempo a esconderse- le conto Rosa
mientras acariciaba su mano.
-¡Maldito hijo de Satanás¡. Esta la paga, te lo juro,
¿supongo que lo denunciarían Julio y Dolores?- dijo Luis.
-Pues no- respondió Rosa –resulta que Sancho es el único
que lo sabe, para los demás todo fue un desgraciado
accidente, su hijo salió gritando de la cuadra pidiendo ayuda
y diciendo que a su padre le había golpeado una vaca, por lo
que hubo velatorio y entierro como se acostumbra, somos los
únicos que sabemos lo que paso gracias a Sancho.
-Pues habrá que ir a hacer justicia, esto no se puede
quedar así, ¿y a este pobre quien le ha hecho esto?- dijo Luis
señalando mis heridas.
-El mismo que viste y calza, veras, resulta que el pobre
escucho gritar a Dolores y se encontró al cabron ese
abusando de la pobre mujer en la cama, y este como es tan
buen chico agarro una sartén y se la estampo al violador en la
espalda, salió huyendo, pero el animal ese lo atrapo justo

79
antes de llegar a la puerta y le pego tal paliza que llego aquí
de milagro huyendo de el- dijo Rosa.
-Valla con el déspota ese, no le vale con un muerto parece
que va a necesitar que le den una lección- dijo Luis mientras
me abrazaba.
-Pues ya sabéis todo lo que paso, lo que si os pido es que
penséis bien lo que tengáis que hacer y que no os precipitéis,
de momento quedaros aquí que voy a por unos vinos y algo
de comer- dijo ella.
Rosa tardo un poco en volver con las viandas y se volvió
a sentar con nosotros.
-Ahora tenemos que pensar en otra cosa, hay que buscar
un sitio para que Sancho viva en condiciones, ¿no os parece?-
pregunto Rosa.
Yo, que pensé que me quedaría con ella agache la cabeza
pensando donde iría a parar esta vez, no era justo, con lo bien
que estaba allí con Rosa.
-Yo creo que se va a venir con Leandro y conmigo a
nuestra casa, pero me tienes que dar un tiempo para buscar a
alguien que se haga cargo de él y de la casa, ¿Qué os parece?-
dijo Luis.
Yo levante la mano con alegría y grite- ¡a mi bien¡.
Todos se echaron a reír y estuvieron de acuerdo con la
decisión de Luis.
Rosa se acerco a Luis, le puso los brazos alrededor del
cuello y le dio un beso en la mejilla.
-Que bueno eres Luis, no tienes precio, estoy pensando
que porque no me voy yo con vosotros a vuestra casa una
temporada, ahora mi padre y el chico se apañan bien sin mí,
hay poca clientela y a mí me gustaría cuidar de Sancho- dijo
Rosa.

80
-¡Si. Si, por favor déjala que se venga con nosotros¡ -
grite yo de nuevo.
-Bueno, a mí me parece bien, pero el que tiene que
decidir es su padre, hablare con él cuando vuelva y dejaremos
que él decida- dijo Luis.

VII
Leandro y Luis se marcharon poco después de dar cuenta
de la comida y bebida que les había servido Rosa.
Yo pase el resto del día entre la mesa de la taberna y la
cocina, jugando con los naipes o entretenido pensando en
Luis y en el misterioso asunto de la llave de la cueva,
La luz de la mañana me despertó al día siguiente, no ha-
bía hecho más que incorporarme en la cama cuando se abrió
la puerta de la habitación y entro Rosa como todas las
mañanas.
-Vamos Sancho, hay que levantarse que tenemos que ir tu
y yo a hacer unos recados.
-Estire los brazos para espabilarme y exprese mi pereza
con un sonoro bostezo.
-¿Qué tal ha dormido hoy mi hombretón?
-Bien, muy bien, me he despertado ahora mismo.

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-Pues ale, a levantarse, vístete y baja a desayunar que
después nos vamos a la capital tu y yo.
Me ilusiono la idea de ir a Madrid, y volví a preguntar- ¿a
Madrid?
-Si, señorito, nos vamos a Madrid a comprarte ropa
nueva, ordenes del Señor Morales.
Al parecer Luis le había dado a Rosa trescientos reales
para que los invirtiera en adecentarme el vestuario y el
calzado, ya que el Luis Morales de ahora no era el bandolero
de siempre, sinó un señor que había marchado a Perú hace
muchos años y allí le había sonreído la fortuna, con la cual
había regresado a la madre patria y se había afincado en el
número cinco de la calle Tudescos.
Ahora el mítico bandolero se llamaba Luis Álvarez de
Cobos y era un ciudadano decente y de buena reputación al
que acompañaba normalmente su criado Leandro.
Cuando Rosa y yo salimos de la venta el carro ya estaba
listo, lo había preparado el sirviente del tío Chaleco que nos
estaba esperando junto a él.
-Vamos Sancho que te vas a los mandriles.
-Yo asentí inclinando la cabeza mientras se me escapaba
una sonrisa.
El carro era de los de dos grandes ruedas, sin asientos
para las personas, tenía una caja cerrada por detrás y por los
lados pero delante quedaba el suelo del carro libre para poder
sentarse en el.
Subimos por el camino de Hortaleza y atravesamos varias
fincas de secano donde pastaban las ovejas la paja que había
quedado después de la cosecha, poco después entramos en
una zona donde casi todo el terreno estaba cubierto por el

82
color verde de las huertas y los árboles frutales a los que les
quedaba poco tiempo para perder sus hojas.
Poco después el camino se hizo más ancho y había
arboles a lo largo de sus dos lados, empezamos a cruzarnos
con otros carros que salían de Madrid, carros como el nuestro
algunos y otros más grandes con tiros de cuatro caballos.
A medida que nos hibamos acercando nos encontramos
con más gente, llegamos a la puerta de Recoletos, había una
pareja de guardias que controlaban la carga de los carruajes
que entraban y salían.
A nosotros nos mandaron pasar sin pararnos, teniendo en
cuenta que el carro iba vacio y que sus pasajeros éramos una
bella mujer y un niño no debíamos suponer ninguna amenaza
para la seguridad de la ciudad.
-Ya estamos en Madrid Sancho.
-¿Hemos llegado ya?
-No hijo, es que Madrid es muy grande, pero no queda
mucho.
Seguimos por el mismo camino, había edificios grandes a
ambos lados y se veían iglesias suntuosas, conventos y
muchos jardines, pasamos cerca de la plaza de toros que
estaba junto a la puerta de Alcalá.
En ese momento sentí la sensación de que aquello no me
resultaba extraño, fue como si ya hubiese estado allí, pero fue
solo eso, una sensación.
-Ya queda poco, vamos a una calle que se llama Virgen de
los peligros- dijo Rosa.
-¿Y qué hay ahí?
-¡Anda este!, pues que va a haber, ¿a que hemos venido?

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-A comprarme ropa.
-Pues eso, ahí está la sastrería donde le hacen los trajes a
Luis, y a ti que vas a ser su hijo.
-¿Voy a ser su hijo?-pregunte yo con sorpresa, como Rosa
bromeaba muchas veces no sabía si lo decía en serio o en
broma.
-Pues si, a partir de ahora y para todos los que no nos
conocen tu vas a ser el hijo de Luis Álvarez.
-¿Luis Álvarez?
-Si, ¿No te acuerdas de que ahora Luis Morales se llama
Luis Álvarez?- contesto Rosa
- Es verdad, es que no me acordaba- y nos echamos a reír
a carcajadas.
-Mira ¿ves ese convento que hay a la derecha?
-si, ¿es ahí?
-No tonto, ese es el convento de las calatravas, cuando
pasemos el convento viene la calle donde está la sastrería.
Dejamos el carro en la puerta de la sastrería y entramos
en la tienda, al abrir la puerta sonó una campanilla que tenían
en el marco, y enseguida salió una señora a atendernos.
Mientras la dependienta hablaba con Rosa yo me
entretuve mirando los vestidos pomposos, los trajes y los
sombreros que había por la tienda.
-Sancho, ven que te van a medir –dijo Rosa.
Entramos en una habitación donde había una mesa muy
grande con varias reglas de madera y telas extendidas
encima.

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Un Señor mayor vestido de traje negro me hizo un gesto
para que me acercase a él, cogió una cinta métrica que
llevaba colgada de cuello y después de ponerse unos anteojos
redondos comenzó a tomarme las medidas, cada vez que
media le dictaba a la señora de la tienda lo que tenía que
apuntar y así sucesivamente hasta que termino de tomar todas
las medidas.
-Ya esta, pequeño- dijo el sastre.
Después yo seguí curioseando por allí mientras Rosa
terminaba de concretar los detalles del pedido, que por lo que
escuche eran cuatro pantalones, cuatro camisas, dos
chaquetillas y un abrigo tres cuartas.
-¿Ahora qué?- Pregunte yo cuando salíamos de la tienda.
-Pues ahora Señor Sancho nos vamos a la calle de las
carretas a comprar zapatos.
-La calle de las carretas no estaba lejos, solo tuvimos que
cabalgar hasta una plaza que estaba un poco más arriba en la
misma calle de Alcalá, al llegar vi un letrero que ponía
“Puerta del Sol”.
Bajamos de carro y Rosa se quedo parada un momento.
-¿Sabes Sancho? Ahí enfrente, donde esta esa obra antes
había un convento, y a la grada de este convento venían los
madrileños a despotricar y a cotillear sobre los políticos y los
reyes, lo llamaban el mentidero de San Luis.
-¿Es que siempre mentían?
- Pues mas mentían que decían verdades- se echo a reír.
Al fin llegamos a la zapatería, y salimos con cuatro pares
de zapatos que eligió rosa de los muchos que me probé.

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Regresamos a casa por el mismo camino que habíamos
venido y me despedí de aquella gran ciudad que dentro de
poco tiempo iba a ser mi ciudad y la de Rosa.

VIII
Hacía ya más de una semana que no veía a Luis, mi vida
transcurría felizmente junto a Rosa y a tío chaleco, ayudaba
en lo que podía en la taberna, limpiaba las mesas, recogía los
cubiertos e incluso servía algún plato.
No me falta en ningún momento la atención de mis
anfitriones y algunos clientes del barrio me han cogido
aprecio.
Hoy tengo un motivo especial para estar contento, esta
mañana cuando baje a la taberna me llamo tío chaleco y me
dio una moneda de un Real. Según me dijo, era porque me
estaba portando muy bien y estaba ayudando mucho en el
trabajo. He guardado la moneda en el bolsillo junto a la llave,
ya tengo dos tesoros de mi propiedad.

86
No había ningún cliente en la taberna por lo que he
aproveche la ocasión para hacer un solitario con los naipes,
escuche como se acercaba un carruaje y Salí a ver quien
venía.
Me lleve una sorpresa por que no pensaba que Luis
pudiera venir en coche de caballos, estaba acostumbrado a
verlos sobre los lomos de sus monturas, pero así era, traían
una calesa muy elegante, con asientos para cuatro personas,
cubierta con una capota de cuero negro y tirada por dos
preciosos caballos blancos. Leandro venia delante
conduciendo el carro y Luis venía detrás.
Salí corriendo hacia ellos, hice un saludo con la mano y
una sonrisa a Leandro y subí a la calesa para abrazar a Luis.
Me eche a sus brazos y mientras le apretaba fuertemente
le dije:
-Te he echado de menos todos estos días.
-Hola Sancho, ya lo sé, yo también he pensado en ti,
¿Cómo estas?
Muy bien, ¡que carro tan bonito tienes!, ¿es tuyo?-dije yo.
-Entonces, ¿te gusta el coche? eh, pues sí, es nuestro, y
me parece que a partir de ahora vas a montar mucho en el.
-Ah, entonces, ¿voy a ser tu hijo, Luis Álvarez?
-Pero bueno, yo que te iba a dar una sorpresa.
-La sorpresa me la dijo Rosa el día que fuimos a encargar
la ropa, me dijo que voy a ser tu hijo y que por eso tenía que
vestir de señorito, como tu.- dije yo.
-Esta Rosa no puede estar callada, si no la quisiera tanto
la daba dos azotes en el trasero- dijo Luis, y los tres nos
echamos a reír.

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-Anda Sancho, ve a buscar a Rosa, dile que hay un
hombre en un carro que quiere verla, pero no la digas que soy
yo.
Baje de la calesa y Salí pitando hacia la venta y entre en
la cocina.
-Rosa, hay un señor ahí fuera que dice que salgas.
-¿Un señor?
-Si, está en un carro y dice que quiere hablar contigo,
-Bueno, pues vamos a ver que quiere.
Yo Salí detrás de ella, riendo por lo bajo para que Rosa no
descubriera la sorpresa.
Se acerco al carruaje y nada mas asomarse reconoció a
Luis.
-¿Así que un señor eh?, te voy a dar yo a ti, pequeñajo-me
dijo Rosa.
Yo me partía de risa mientras observaba la escena.
-Anda sube que quiero decirte una cosa- dijo Luis.
Rosa subió al coche y se sentó junto a el, y yo subí tras
ella y me senté frente a ellos, pero Luis me hizo un gesto que
me indicaba que yo tenía que bajarme, cosas de mayores
supuse yo, así que baje del carruaje y me coloqué
estratégicamente detrás del carro junto a la capota para
escuchar la conversación.
Acerque mi oreja al fondo de la capota pero,
extrañamente no se escuchaba hablar a nadie, así que me fui
deslizando como una lagartija hasta donde pude mirar lo que
pasaba den-tro, y descubrí que se estaban besando igual que
se besan los novios. De repente sentí una mano que me cogía

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del hombro por detrás, era Leandro, me hizo un gesto y nos
marchamos los dos sonriendo hacia la taberna.
Nos sentamos en nuestra mesa como siempre.
-Bueno Sancho, ya veo que te van bien las cosas- dijo
Leandro.
-Si estoy muy bien con Rosa, me ha dicho que nos vamos
a ir a vivir con vosotros.
-Pues parece que va a ser así y por lo que yo sé creo que
os vais a venir hoy mismo.
-¡Bien!, dije yo.
Me levante y me acerque a la barra a por una jarra de vino
y dos vasos, los deje en la mesa y me volví a sentar.
-A sí que ahora sabes servir a los clientes- dijo Leandro.
-Si, ayudo al tío chaleco.
-Pues lo haces muy bien, pero, ¿no te parece que eres un
poco pequeño para beber vino?
-¡Que no es para mí!, que es para cuando entre Luis- dije
yo arrugando el entrecejo.
Leandro se reía a carcajadas- ya lo suponía hijo, era una
broma.
En ese momento entraron Rosa y Luis y al escuchar
nuestras carcajadas dijo Rosa:
-Valla, ¿ya os habéis emborrachado los dos?, eh, es que
no os podemos dejar solos.
-Que no estamos borrachos- dije yo- y reímos todos
durante un minuto.
Rosa estaba especialmente contenta, no sé de que habla-

89
rían en la calesa pero tuvo que ser algo bueno, porque no
dejaba de mirar a Luis que la sonreirá continuamente.
-Bueno Sancho- dijo Luis –Hemos venido para
acercarnos a la vaquería, vamos a ver a Dolores y Julio, y si
aparece el tipo ese le leeremos la cartilla, ¿Quieres venir con
nosotros?
-Si, claro que quiero ir a ver a Dolores.
-No sé si será buena idea que valla Sancho –dijo Rosa.
-No te preocupes mujer, al vicho ese nos lo hemos
cruzado hace un rato y por supuesto que no nos ha conocido,
ósea que ahora no estará allí.
-Bueno, pero tener mucho cuidado, por favor.
-Tranquila, volveremos pronto, y vete preparando el
equipaje que nos vamos a Madrid esta tarde.
Todo iba viento en popa, Rosa y Luis se querían, yo era
feliz y nos íbamos todos a vivir a casa de Luis, mejor no po-
día ser.
Me quite un pequeño delantal que me había cosido mi
amiga y salí zumbando hacia el carro, Luis subió y se sentó a
mi lado y Leandro se puso a las riendas de los caballos.
Tardamos poco en llegar a la vaquería, dejamos el coche
fuera a unos treinta pasos de la puerta.
-Chicos, voy a entrar yo solo de momento, no vaya a ser
que haya vuelto ya ese tipo, si no está os llamo para que en-
treis, pero si no ahí quietecitos los dos. ¿Entendido?-dijo
Luis.
-Entendido – dije yo.

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Luis se acerco a la puerta de la vaquería vigilando por si
hubiera algún peligro, entro y lo perdimos de vista durante
algunos minutos.
Yo no deje de mirar a mi alrededor por si veía al asesino
de tío Pablo, no tenía miedo porque estaba con Leandro pero
estaba nervioso y no dejaba de mover mis pies golpeando
repetidamente la suela de mis alpargatas contra el suelo de la
calesa.
Leandro se dio cuenta de mi estado y se volvió hacia mí.
-Sancho, anda ven, súbete aquí delante conmigo que
estaremos mejor los dos juntos.
Obedecí, me senté con él en el banco del cochero y
esperamos charlando a que Luis saliera de la finca.
Por fin se asomo Luis a la puerta y nos hizo un gesto para
que fuéramos hacia allí.
Cuando entramos nos acercamos hacia la puerta de la
casa y Dolores salió a recibirme.
-¡Sancho!, ven aquí dame un beso, que alegría de verte,
he rezado todos los días por qué estuvieras bien.
Corrí hacia ella y nos fundimos en un largo abrazo
mientras se nos saltaban a los dos las lagrimas de la alegría
de volver a vernos.
-Venga para dentro los tres que os pongo algo de picar
dijo Dolores.
Nos sentamos en la cocina y durante un largo rato fueron
contando entre ellos las novedades que habían sucedido a uno
y otro lado del arroyo Abroñigal.
Dolores les conto a Leandro y a Luis que desde que murió
Tío Pablo aquello era un sin vivir, el tirano de su hijo les
trataba cada vez peor, el dinero que sacaban de la vaquería lo

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fundía en sus vicios y ellos iban tirando gracias a los pocos
ahorros del viejo que había dejado escondidos en la casa y
que su hijo no había descubierto.
Decía Dolores que Julio y ella estaban pensando en
marcharse de la vaquería, pero Luis la dijo que no hicieran
locuras que la solución a sus problemas no tardaría en llegar,
hablaron sobre la muerte de tío Pablo y sobre lo que me hizo
a mi ese malnacido.
Llevábamos un buen rato en la casa cuando se escucharon
los pasos de un caballo.
-¡Esconderos!, puede ser el- dijo Dolores en voz baja.
-Yo no me tengo que esconder de un tipejo como ese,
conmigo no será tan valiente como con el pobre Sancho-dijo
Luis.
-Bueno, pero el niño que se suba al desván que no quiero
que este por aquí, esto es cosa de mayores- dijo Dolores.
Obedecí al instante, aunque ellos pensaban que yo arriba
no me enteraría de lo que pasara estaban equivocados. Yo
como buen bandolero tenía mis argucias para saber lo que
sucedería, tenía un visor en uno de los tablones del suelo del
desván que consistía en un nudo de la madera que podía
quitar y poner a mi antojo, dejando libre el hueco para mirar
por el lo que pasaba en la cocina.
Por otro lado tenía el ventanuco que daba al patio y al
abrevadero por lo que mi posición se convertía en una de las
más privilegiadas para no perder detalle de los
acontecimientos que podían suceder.
Me fui arrastrando como una lombriz hacia el tablón del
suelo donde estaba la apertura secreta de la tabla, quite el
nudo con cuidado y deje al descubierto mi objetivo.

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Preste atención y escuche como Luis le decía a Dolores
que no saliera de la casa que Leandro y el iban a encargarse
de darle un escarmiento a ese bribón.
José María entro andando con el caballo detrás de el
sujeto por las riendas, atravesó el patio y se detuvo en el pilón
mientras el animal se refrescaba con el agua del abrevadero,
después se dirigió al establo para guardar al equino.
Yo estaba asomado al ventanuco del sobrado cuando vi a
Leandro y a Luis cruzar el patio y dirigirse al abrevadero.
Se pararon el el pozo y esperaron a que saliera el hijo de
tío Pablo del establo.
Abrí la ventana para poder escuchar lo que decían y en
ese momento vi salir al malvado de José María.
Se quedo quieto al verse sorprendido por la presencia de
mis amigos.
-¿Qué hacéis vosotros aquí?, ¿Qué queréis?
-Ya sabemos que en esta casa no se nos recibe igual desde
que murió tu padre, pero es que nos manda un amigo para
darte las gracias por lo bien que te has portado con él, le
dijimos que pasaríamos por aquí y nos pidió que te
saludáramos de su parte- dijo Leandro.
José María se quedo pensando en quien podía ser ese tipo,
y como no se fiaba de Luis y Leandro comenzó a ponerse
nervioso y a caminar de un lado hacia otro.
-No caigo en quien puede ser pero podíais decirme de
quien se trata.
-Por supuesto que podemos, no faltaba más, ¿te suena
Sancho?- dijo Luis.

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Se quedo quieto y su semblante palideció, ya sabía que
hablaban de mi y en consecuencia a que habían ido mis
amigos.
-No se….., no sé de quien habláis- dijo temblando.
-Pues lo conoces bien, piensa un poco, a ver si te aclara la
memoria que tiene ocho años, rubio y que tiene heridas por
todo el cuerpo.
-Dejadme en paz, yo no conozco a ningún niño que se
llame Sancho, marchaos de aquí, no sois bienvenidos.
-No te preocupes, que nos vamos a marchar pronto, pero
antes de marcharnos vamos a ver si eres tan valiente con un
hombre como con un niño- dijo Luis.
-Juegas con ventaja Luis, sois dos y vais armados, si eres
hombre lucha conmigo sin armas- dijo José María.
-Precisamente eso había pensado yo, me parece que sería
poco castigo para el asesino de tío Pablo pegarte un tiro, te
mereces más sufrimiento, voy a luchar yo solo contigo, y sin
armas, de igual a igual- dijo Luis mientras sacaba una
pequeña pistola que llevaba escondida a la espalda, y la
depositaba en la tapa del pozo.
Leandro también saco su pistola y la puso en el borde del
abrevadero cerca de él.
Luis y José María comenzaron a dar vueltas mirándose a
los ojos y enseñándose los puños, comenzaron a pegarse, la
pelea estaba bastante igualada pero Luis tenía más maña en
estos lances y poco a poco fue tomando ventaja.
-Vamos valiente, esto no es lo mismo que con sancho,
¿no?- dijo Luis.
El malvado se enfureció y arremetió contra Luis con tal
fuerza que lo derribó, se echo encima de él y le propino

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varias andanadas de puñetazos poniendo el combate a su
favor.
Yo me eche las manos a la cara y me puse a gritar,
¡sueltalo!,!sueltalo!
José María me escucho y miro hacia mí, Luis aprovecho
su descuido para deshacerse de él y ponerse en pie.
La pelea no iba bien, Luis estaba en peor estado y
Leandro intento abalanzarse sobre José María, pero Luis le
hizo un gesto para que no interviniera.
En uno de los envites de Luis, José María cayó sobre el
pozo, cogió la pistola y la guardo en su faja, fue hacia la
puerta del establo y cuando pudo saco la pistola y apunto a
Luis con ella.
Leandro cogió la suya, pero el asesino lo vio y cambio su
objetivo hacia él. Leandro intento una escaramuza y
rápidamente se tiro al suelo mientras dirigía el cañón de su
pistola hacia el malvado José María. Las dos pistolas se
dispararon a la vez, y José María cayó al suelo con un tiro en
el pecho.
-¿Estas bien Leandro?- dijo Luis mientras corría hacia su
amigo.
-Si, no te preocupes, no me dio.
-Maldito bicho, ha estado a punto de mandarnos con tío
Pablo-dijo Luis mientras se abrazaba a Leandro.
Se levantaron los dos y se acercaron al cuerpo de su
enemigo para comprobar si estaba muerto, en efecto lo
estaba, así que cogieron la pistola de Luis y vinieron hacia la
casa.

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