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AGRADECIMIENTOS:

A mi más queridos familiares.


A la edición especializada de la Master
Mercedes Cespón.
Al aporte bibliográfico del Licenciado
Francisco Ramos.

2
El negro curro del Manglar en Cecilia Valdés
―Así pensó Villaverde al escribir su famosa novela, a cuyo escena-
rio saca el negro curro; así pensamos nosotros un siglo después,
cuando aún en nuestra tierra no ha muerto del todo el hálito de la
currería‖. (Don Fernando Ortiz, 1995:2) 1

La novela Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, del cubano decimo-


nono Cirilo Villaverde, ha sido objeto de innumerables interpretacio-
nes y enjuiciamientos críticos, con más o menos requerimientos de su
importancia o interés. Determinados personajes elaborados con agu-
do realismo, aparecidos en las páginas de esta singular ficción, han
resultado, sin embargo, poco o mal avalados; porque carecen de una
certera confrontación valorativa que justiprecie todas y cada una de
sus aristas y objetivos.
Uno de estos personajes citadinos que se introduce en el discurso,
con esos desaciertos de apreciación, es el negro curro del Manglar,
nombrado Polanco, así nada más, y que apoda Malanga; histórica-
mente estigmatizado por una bibliografía enfermiza desde sus inicios.
A esta particular figura de hervor criollo, debió conocer de primera
mano Villaverde o tener una buena información; ceñida su existencia
social al tiempo real en que transcurren los hechos que narra, tiempo-
novela que especifica, se restringe a la segunda y tercera décadas del
siglo XIX, y más específicamente: de1812 a 1831.
Es evidente que la obra cimera del escritor Villaverde,2 Cecilia Val-
dés, traspasa los angostos límites de una mera literatura de costum-

1
Dr. Fernando Ortiz Fernández. La Habana, (1881-1969). Etnólogo, antropólogo, jurista,
arqueólogo, periodista... Estudioso de las raíces histórico-culturales afrocubanas. Por su
labor investigadora, como por la amplitud y profundidad de sus temas de estudio es co-
nocido como el tercer descubridor de Cuba. Investigó especialmente la presencia africana
en la cultura cubana. Indagó y profundizó en los procesos de transculturación y formación
histórica de la nacionalidad cubana e insistió en la especificidad de lo cubano.
2
El escritor Cirilo Villaverde y de la Paz (1812-1894), había nacido en el poblado de San
Diego de Núñez, provincia de Pinar del Río, Su principal obra es la novela Cecilia Valdés

3
bres, con sus naturales pretensiones de absorber y describir cada
una de las posible usanzas y tradiciones, con que recomponer la his-
toria de un pueblo. Además de relatar los sucesos naturales o extra-
ordinarios acaecidos dentro de un período, no muy extenso en el
tiempo, justifica la existencia de una entidad humana prototípica, co-
mo el curro, con ubicación específica en la metrópoli antillana. Con la
propuesta de cada personaje paradigmático pretendía una represen-
tación ideoestética más abarcadora de la sociedad cubana toda; que
no obviara proyectos de orden filosófico, ni contrapunteos moralizan-
tes que en ocasiones fueron de ―élite clasista‖.
El criterio que asume de introducir dicho personaje de la farándula
habanera coincidente con el parámetro temporal que se impone, apa-
rentemente anodino dentro de la sociedad suburbial capitalina, puede
parecer inconsistente; no obstante, de la manera en que lo hizo, su-
pone la pervivencia de otro ente social originario del siglo XVIII. De
hecho, debieron permanecer aún vivos algunos de aquellos negros
curros sevillanos, a quienes imitaron históricamente los criollos como
Malanga; que los cataloga el autor de Cecilia Valdés de majos3, como
lo hizo con términos descriptivos y enunciadores con suficientes ar-
gumentos para aseverar que debió también conocer de ellos.
El propio fenómeno social que se crea a consecuencias de la exis-
tencia de estos curros en la barriada capitalina, obliga por nuestra par-
te, a contextualizar la originaria inmigración y la consecuente réplica
con imitación sevillana, de honda repercusión en la cultura nacional;
que muy particularmente y digamos con sobriedad, aunque con rea-
lismo incisivo, Villaverde no olvida incluir en su novela ejemplar. Ello

o la Loma del Ángel, que luego de una primera edición y versión, en 1839, sale la obra
definitiva en 1879, en la ciudad de Nueva York. Está considerada la obra histórico-
costumbrista más destacada del siglo XIX y quizás la más editada y divulgada cubana.
3
Majo, término propio de la norma lingüística andaluza//El Majo bravucón de Andalucía //
Ricamente vestidos, majos y majas andaluzas

4
explica las derivaciones que ha tenido dicho relato en obras posterio-
res, incluso en campos de la etnología, el folklore, la lingüística o la
antropología; pero que en su mayoría cargan con obcecaciones acu-
muladas, por repetir las proferidas interpretaciones de crónicas perio-
dísticas o literarias con significativos desaciertos; las que permearon,
desde sus inicios, la propia publicación. Es que en sentido general,
han sido pobres las valoraciones de lo que apuntó certeramente Villa-
verde, porque mal se interpretó.
Valga el propósito entonces de enmendar entuertos, si ello nos es
posible. Obligará recomponer muchos espacios hoy casi olvidados,
o/y tergiversados, para una historiografía que procure incluir las perife-
rias, como a la sociedad toda, de nuestra pasada edad colonial. Por
ello es que hemos dedicado atención a lo que enmarca con significa-
ción trascendente ese fenómeno, temporal en su ejecutoria, pero in-
temporal en sus resonancias; en un medio con un régimen esclavista
instituido, en el que sin estar el curro legitimado; a partir del funesto
fenómeno social, económico y por demás político de la esclavitud, le
pervive fatal y lo afecta en todo lo que le sucede. Vincula muy espe-
cialmente en lo racial, el nefasto contexto que la esclavitud irradiaba
a cualquier hombre negro discriminado.
Oportuno entonces explorar los antecedentes africanos en España,
de esos curros, incluso de su historia posterior, porque los curros sevi-
llanos venidos a La Habana, no fueron traídos como esclavos, a la
manera de los que llegaban a costas cubanas en función de la trata
directos de territorios subsaharianos. El grupo emigrado original de
negros curros vino desde su oriunda Sevilla como personal laborante;
con cierta o esmerada calificación para oficios remunerados, espe-
cialmente en la carena y armado de bajeles como mano de obra pro-
ductiva.

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Agregado a ello, esos llamados negros curros sevillanos, llegaron de
forma y manera que provocaron una especial altisonancia entre los
aún limitados espacios poblacionales capitalinos del siglo XVIII. Por
las singulares características que les comprometieron, sin obviar el
propio acontecimiento, puede entenderse el estridente nivel de propa-
gación que tuvo este personaje afrodescendiente, aunque vinieran en
una migración limitada de la metrópoli andaluza.
Considérese que incursionaron incluso en la prensa periódica de la
época, por lo que se desprende de lo que se constata en textos im-
presos, desde los primeros números conocidos en el Papel Periódico
de La Havana, (sic) aparecido en 1790.
Se produjo una avalancha de décimas entre otras colaboraciones,
que son aportes indudables a una cultura nacional en formación. A
ellas nos referiremos con detalle, porque además fueron décimas que
en un momento les sirvieron para defenderse al denunciar las formas
de exterminio, que con incendios provocados, buscaron deshacer sus
condominios cuando ya sin respaldo no hizo falta su mano de obra
especializada y barata. El poder y la élite colonial tratan de esta forma
indigna de deshacerse de los negros curros del Manglar y quedan de
estas páginas de sus historias de vida, las voces que alzan emplean-
do la décima como defensa.
Fueron el resultado de un proyecto de importación de mano de obra;
en principio, una idea noble, sabia, ilustrada, y económica, del rey
Carlos III con que satisfacer la premura por la entrega de barcos, ne-
cesitados por la Armada; a fabricar en el Real Arsenal antillano a don-
de iban asignados. Mano de obra que aportaría la migración laborante
dirigida, del tipo que el monarca ya había puesto en ejecución en la
España peninsular, a la que igualmente nos referiremos.

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Los curros a su llegada construyeron también un teatro; lo llamaron
circo; como las instalaciones romanas; el primero que tuvo el país y
en el primer barrio obrero: Jesús María y lo hicieron cuando en Espa-
ña esos espacios para el disfrute escénico eran clausurados --por im-
píos y por ilustrados--, en virtud de las acciones en su contra em-
prendidas por la curia católica, en Sevilla, de donde provenían y en
toda España.
De ello da cuenta, en la capital andaluza, el Intendente Pablo de
Olavide, que construía uno de tablas, muy similar al de los curros en
el arrabal habanero. Se hacían el Circo de Marte, como así se llamó el
teatrico de Jesús María; de gran historia nacional, lo que procurare-
mos contrastar, y describir. Tampoco Villaverde olvidó reseñar a su
manera este acontecimiento sociocultural, recordándolo ligado al Cu-
rro del Manglar!
La solución para contrarrestar la prematura existencia de este teatro
de negros, por las élites coloniales y la Ilustración de estado, fue
mandar a construir, rapidito, un coliseo4 habanero a imitación del Coli-
seo San Carlos madrileño, nombrando el sitio a la manera romana y
siguiendo los cánones del que poco antes ordenara erigir Carlos III.
Vale insistir en las diferencias historias de las instalaciones nombra-
das. Del coliseo, señala el Diccionario de la RAE (Madrid, 1950): ―Tea-
tro destinado a las representaciones de tragedias y comedias. Tras
su origen del anfiteatro Flavio, delante del cual se puso una estatua
colosal de Domiciano‖. Así, atenidos a tal definición, se le integraban
factores colosales… que se avenía al gigantismo y la colosalidad pro-
pio de Carlos III, entre otras consideraciones.

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Vea que establecieron las diferencias entre Circo y Coliseo conque nombraron los tea-
tros…

7
Los curros sevillanos ya en la capital antillana, quisieron disfrutar de
la escena como Olavide y el rey Carlos III en Sevilla y en Madrid, a
despecho de la curia reaccionaria, y se hicieron un teatro, entre sus
primeras e ilustradas ideas. Por cierto, que a Olavide5, las iniciativas y
buenos deseos, le costarían, en la ya España moderna, el enjuicia-
miento y condena a mano de la Santa Inquisición. No tenemos muy
claro, que los fuegos atizados por la autoridad colonial habanera para
que carbonizaran los curros del Manglar y otras familias negras en su
habitad de Jesús María, respondiera a propuesta similar a la que en la
España imperial incitara siniestros propósitos que acallaron al Inten-
dente Olavide, al ministro Esquilache y a otros tantos.
A pesar de querer borrar sus huellas, se extendieron por la barriada
habanera y el país las tradiciones de que era portadores, entre otras
la versificación en décimas. Es necesario indagar ¿qué significación
tuvo en todo ello el otro curro, el criollo, el nombrado del Manglar de
apelativo por apropiación, mostrado por Cirilo Villaverde en Cecilia
Valdés?...Porque lo hizo como pocos autores en la isla y los caracteri-
za desde su esencia misma.
Queda establecer, entre otras cosas, el entorno contextual de La Ha-
bana, en los años de 1760 hasta 1770, al arribo de la oleada emigran-
te de curros. Existía una concentración poblacional y avecindada al-
rededor del Real Astillero –luego Real Arsenal--, integrada por perso-
nas negras, llamadas entonces de color en mayoría, que trabajaban,
desde antes en él. Había razones indudables para que se produjeran
asientos habitacionales, adjunto al emporio fabril con sus trabajado-
res; teniendo en cuenta que el núcleo de la urbe habanera como tal,
5
D. Pablo de Olavide y Jáuregui, ilustrado y muy voluntarioso funcionario real en época
de Carlos III. Fue Intendente en Sevilla para las mejoras públicas. Se conoce que inició
su mando redactando y publicando un Reglamento general de la ciudad. Luego ejecutó
otras tareas del interés del monarca Carlos III, entre las que sobresale la preservación del
teatro. Finalmente acosado y condenado por la Santa Inquisición.

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en esos tempranos años coloniales del siglo XVIII, era pequeño y dis-
tante. Al Real Astillero luego Arsenal, lo limitaban zonas boscosas y
poco pobladas por tres lados y mar por el otro; era desconocido el
transporte público, existiendo una ausencia total de seguridad y pro-
tección en los caminos enlodados, entre otras dificultades. Así que, el
Jesús María, fue el habitad en sus inicios de los trabajadores por una
necesidad inminente en todos los órdenes. Allí su vecindario erigió los
espacios sociales donde establecer su medio.
Debemos insistir, en que fue ahí, en esa parte de la bahía habane-
ra, dentro de los límites de lo que integraba el barrio Jesús María,
donde se avecindaban negros criollos, libres, o esclavos, desde épo-
cas tempranas; en que se desarrolla una mano de obra para la ca-
rena en un inicial astillero, e incluso, para el laboreo en los muelles de
embarque o desembarque en la bahía.
Solo quedaba como espacio desocupado, el área pegada al borde
marino dentro de la tupida vegetación ribereña, franja que cubría el
litoral. Fue la zona donde se hacinaron –o fueron hacinados--, los ne-
gros curros transportados desde Sevilla; porque no encontraron otro
lugar donde guarecerse. Esto ocurría pasada la segunda mitad del
siglo XVIII, en funcionamiento ya el nuevo Real Arsenal y devuelta La
Habana a España de mano inglesa.
Al lugar se le llamó El Manglar… por la vegetación abundante y a los
primitivos curros que lo vivieron: negros curros del Manglar; a sus su-
cesores criollos en el siglo XIX, ya no nacidos o viviendo allí necesa-
riamente, se les nombró igual: negros curros del Manglar; como Ma-
langa, el curro de Villaverde en Cecilia Valdés; a quien dedicaremos
atención especial en el presente texto.
Tengamos muy presente, que los negros curros sevillanos para salir
adelante en La Habana, debieron valerse de ardides. Uno destacado

9
fue el servirse de la barroca e improvisada décima para comunicarse
como ya hemos señalado. Les socorrían razones y recursos para ha-
cerlo. Así se justifica el uso que dieron de la décima como medio locu-
tivo en resistencia... ¿Hicieron en Sevilla empleo de ella así, o la em-
plearon para esos fines ya en La Habana? Queda la respuesta entre
los acertijos no comprobados históricamente.
De la existencia habanera del curro, expresa Fernando Ortiz: ―un día
revivirán las figuras del negro curro y de su negra curra como curiosí-
simos personajes de positivos valores estéticos, ¡…y también éticos!
Se perfilan los aportes en primera instancia del original curro ilus-
trado de Sevilla y ya su versión criolla transculturada, versión presen-
tada por Villaverde, ambos con rasgos igualmente ilustrados.

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CAPÍTULO I. El ilustrado curro en La Habana

Del intrépido monarca ilustrado Carlos III


Amaba la agricultura, las artes y sobre todo las fábricas, y con
exceso el edificar, de modo que el marqués de Esquilace le de-
cía: Que el mal de piedra le arruinaba. (Ferrer del Río,1856:10)

Al tema de la Ilustración en España y al monarca Borbón Carlos III,


dedicaremos particular atención pues fue una de las más destacadas
figuras dentro de esa tendencia. La propia migración curra a La Haba-
na del siglo XVIII, estuvo dentro de las políticas ilustradas proyectada
por el monarca hacia la colonia. Poco estudiado por la historiografía,
al menos lo que involucra a ciertos sectores sociales comprendidos
dentro de las periferias; vale redefinir propuestas en esa línea que ex-
pliquen aspectos de los fenómenos culturales que ocurren en época
de la colonia, como la aparición como institución del teatro en los es-
pacios marginales que muestra Villaverde.
Para entender esas incidencias ilustradas a clarificar en la novela,
obliga hacer apartes en los resortes del sostén monárquico en esa
época de gestión colonial; cuando en España el factor promocional de
la Ilustración recaía en el ilustrado, borbón: Carlos III. Esta figura ame-
rita especiales valoraciones, incluso, defensa a ultranza de algunas de
sus reivindicaciones, conceptuales o pragmáticas; por lo que hizo, por
lo que indujo hacer, o por lo que permitió que otros hicieran, todo en
aras de la consecución de la Ilustración, ese particular fenómeno mo-
tor de transformaciones en la historia moderna que acogió con singu-
lar convicción.
Para avalar los temas que venimos develando, nos serviremos de la
historiografía de época. Así, como del tomo dedicado al Rey Carlos III

11
que escribe Manuel Danvila y Collado (1891). De Danvila estas refe-
rencias al ilustrado Borbón:

y á los trece años, después de poseer los idiomas francés, ita-


liano y latín, estudiaba matemáticas, llegando á poseerlas tan á
fondo, como lo demostró en Barcelona á su paso para Italia.
Discutía con los sabios españoles, cuyo mérito admiraba y re-
conocía…(1891:45)6

Durante un tiempo largo el Rey Carlos III estuvo casado por una
única vez, con María Amalia de Sajonia; desde 1737 hasta que enviu-
dó en 1760. Del matrimonio tuvo 13 hijos, de los que 8 vivieron. Pre-
viamente fue rey de Nápoles y de Sicilia durante 25 años, un territorio
donde la presencia española se remontaba, en sus diversas etapas, a
los siglos XIII-XIV, por lo que sus poblaciones mantenían históricos
lazos.
Fue monarca de España desde 1758, hasta su muerte en 1788. Su
coronación le llevó trasladarse desde los territorios gobernados al sur,
italianos, hasta la capital hispana sin antes transitar por Barcelona;
haciendo del evento una historia que repite resuellos en los aconteci-
mientos socio políticos actuales. Vale recordar la majestuosa entrada
por los territorios al norte, a tono con unas intenciones reconciliadoras,
subsanando las naturales crispaciones.
Hay que destacar que el nuevo Rey Carlos III, halló la nación impe-
rial en un estado de ―poderío y prosperidad‖, solo comparable con el
lapso de Felipe II; que le permitió gobernar con una relativa paz y su
principal fuerza, la Real Armada, se fortaleció de una manera impo-
6
Reinado de Carlos III. Tomos I-V, 1891. Madrid. Editorial El Progreso. Historia General
de España. Escrita por Individuos de número de la Real Academia de Historia bajo la
supervisión de su director: D. Antonio Cánovas y del Castillo.

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nente, a la altura de los adelantos marinos modernos,7 con una perti-
naz preocupación para el resto de Europa.
A su llegada al poder, el monarca designa ministro para Hacienda y
Guerra, al marqués de Esquilache8 que lo acompañaba desde su re-
gencia en los reinados en territorio italiano, cuando una importante re-
vuelta sacude a Madrid y a otras provincias del país. El principal ele-
mento esgrimido se refería a determinadas medidas que se promul-
gaban a instancias del ministro Esquilache, prohibiendo el uso de las
capas largas y los sombreros de alas anchas; se argumentaba era
una moda extranjera y excusa para delincuentes según el marqués y
sus seguidores. Otras medidas que repercutieron en el gusto y coste
de los ciudadanos, llevaron a protestas violentas, recogidas por los
historiadores.
Tras el regreso del rey a Madrid, de donde había huido por las re-
vueltas que se habían provocado y/o hostigadas por fuerzas encubier-
tas; pues la investigación que mandó inculpar a los jesuitas, que fue-
ron expulsados de facto de los territorios hispánicos. Se formaron pro-
cesos a los alborotadores detenidos y se hicieron redadas de margi-
nales; detrás de quienes se escondían las intrigas de las élites loca-
les manipuladas por el clero, parte de los nobles y militares, como re-
sistencia del tradicionalismo a la construcción de un estado moderno.
El rey dispuso poderes a Aranda, un ilustrado a medias, que fue pro-
caz represor.

7
Datos tomados de la Historia de Guiteras, (pág. 246). (Guiteras, Pedro José, 1866):
Historia de Cuba. La Habana: Biblioteca de clásicos cubanos. Primeros historiadores del
siglo XIX. Tomo II. (Edición digital)
8
Este personaje político de origen italiano, de ideas reformadoras; es mejor conocido por
el título nobiliario, en español, de marqués de Esquilache, aunque pueda aparecer, en
diferente bibliografía en su correspondiente italiano de: Squilacce o Squilace, incluso
completo de: marqués de Vallesantor y Squilace.

13
Realmente, los compromisos de la Compañía de Jesús, con los su-
cesos ligados a Esquilache, eran objetivos y muy relacionados a estos
sucesos, se daban expulsiones similares en Portugal y Francia.9

Con la "Ilustración" se relanzaron las actividades encamina-


das al conocimiento y la modernidad: expediciones, experimen-
tación, enseñanza etc...; las reformas lograron desacreditar a
los Colegios, ya tocados por su vinculación con los expulsados
jesuitas, y en el siguiente reinado fueron abolidos e incautados.

Visto, en síntesis, y por ello con un enfoque susceptible de profundi-


zar; se concluye que aunque fue todo un largo proceso de estabiliza-
ción inicial que acontece desde la instauración del monarca Carlos III;
a nuestro interés, vierte luz en los procesos sociales que concurren
dado el tema que nos ocupa; por lo que, de ellos, necesariamente,
tendremos que reflexionar.
Con la "Ilustración" se relanzaron las actividades encaminadas al
conocimiento y la modernidad como se adelantó: expediciones, expe-
rimentación, enseñanza. Sin embargo, fueron más evidentes los resul-
tados con las escuelas especializadas que en la enseñanza básica.
En estas se implantó la enseñanza del castellano y la historia nacio-
nal, antes que el tradicional latín. Aunque, en definitiva, a muy pocos
integrantes de las élites sociales les interesaba satisfacer la demanda
de instrucción del pueblo, salvo los imbuidos en las ideas ilustradas
que se abrían camino. Les eran indiferentes a muchos, incluido el ré-
gimen liberal.
Dentro de todas esas propuestas, al monarca no le fue un problema
apostar por migraciones dirigidas,10 eventos que movieron a cientos
9
Tomado de: http://www.nucleosoa.org/Nosotros/DocsHistoria/CarlosIII.htm

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de familias para repoblar territorios dentro o cercanos de la propia An-
dalucía. A mencionar Sierra Morena, La Carolina, Jaén; migraciones
para las que, incluso, fueron del proyecto trasladar personas de otros
territorios europeos; con buenos resultados mostrado en los nuevos
avecindamientos.

Óleo del monarca Carlos III

La migración de los negros curros sevillanos hacia La Habana fue


igualmente dirigida. El mísero o ningún apoyo que recibieron ya en la
capital antillana por los altos funcionarios públicos del país; de la pro-
10
Vea, antes, el dibujo de las provincias de Andalucía y de los nuevos asentamientos
gracias a las migraciones dirigidas, a indicaciones del Ilustrado Carlos III

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pia Real fábrica a donde iban asignados y mucho menos por las élites
sociales criollas que emergían con la racialidad del esclavismo.
La migración de negros curros a La Habana fue típica por enjambre;
que según definía el etnólogo Argeliers León, eran muy característi-
cas en época del coloniaje hispano, y argumenta: ―...el poblamiento
español siempre se produjo por oleadas…‖ (1981: 93) .En esto vamos
a insistir porque no habría otra opción para entender la presencia cu-
rra tan activa, integral, unitaria e influenciadora en un momento preci-
so del tiempo, pero con una tremenda resonancia en el porvenir, den-
tro de las periferias habaneras de ―este negro, que ya español, se
traslada o era traído a las Indias‖; (Ortiz, 1995: XXVIII) destacamos, a
La Habana.
Arroja luz favorable a las circunstancias migratorias antillanas, que
los afrodescendientes cubanos; incluso los de nación, esclavos o li-
bres; les habían sido muy fieles a la Corona en la reciente refriega
contra los ingleses en la capital caribeña. Carlos III demostraba que lo
apreciaba, además de pensar como ilustrado que era. De manera que
también hizo propicios los particulares miramientos --para decirlo de
alguna forma--, con que este ―ilustrado‖ monarca había asumido la
figura del negro en la Cuba de estos años. Es que la historia le había
demostrado a Carlos III, lo meritorio que había resultado la bravía en-
trega de que habían hecho gala los contingentes militares de negros
y mestizos, en las guerras en que se involucró la monarquía para
mantener las posesiones adquiridas en los cercanos territorios de
América del Norte.
Era, en definitiva, la etapa floreciente del Real Arsenal, que necesi-
taba promover hacia sus instalaciones habaneras, un importante mo-
vimiento migratorio; cuando, igualmente, otras razones favorecen que
ese contingente fuera integrado por afrodescendientes, pues satisfa-

16
ce la demanda de fuerza de trabajo preferentemente especializada, o
al menos conocedora, del oficio marino.
Volviendo al tema polémico, o hecho polémico por fuerzas interesa-
das en ello, el ministro italiano marqués de Esquilache fue cesado;
pero, a pesar de ello, hay referencias favorables en la bibliografía de
época que reafirman estos hechos:

Hallábase el rey Carlos de las Dos Sicilias ocupado con su


ministro el marqués de Tanacci, y un joven, de gran distinción y

En verde claro las nuevas poblaciones, por migración dirigida, creadas por Carlos III

talento, á quien protegía por haber secundado perfectamente su


pensamiento de embellecer á Nápoles, y que todas las tardes
iba con él á inspeccionar los trabajos que se estaban haciendo
para descubrir las ruinas de las ciudades destruidas en tiempo
de los romanos por una erupción del Vesubio, Pompeya y Her-
culano […] El joven director de estas obras era don Leopoldo
de Gregorio y de Paterna, marqués de Vallesantor y de Squi-

17
lache, que ha de jugar un gran papel histórico. Personaje que ha
sido muy calumniado por los historiadores modernos Lafuente y
Ferrer del Río, y que, empero, no merece tales censuras, pues
así como á su iniciativa se debe el embellecimiento de Nápoles,
Madrid debe á su iniciativa los mejores monumentos que exis-
ten, tales como la antigua casa de Correos, hoy ministerio de la
Gobernación, la Aduana, hoy ministerio de Hacienda, el Museo
de Pinturas, la Puerta de Alcalá y el salón del Prado […] Á los li-
teratos los protegió lo mismo que á los escultores y pintores, y á
él se debe la publicación de la Embriología Sagrada, impresa á
su costa, y que tantas polémicas ha ocasionada entre la Iglesia y
la ciencia médica. […] También, de Don Leopoldo de Gregorio y
de Paterna, marqués de Vallesantor y de Esquilace , se debe la
presentación de un joven: Pablo de Olavide, a quien el rey
comisionó para la repoblación de Andalucía, fundando las colo-
nias bávaras de La Carolina ó Guromán, Bailen, La Luciana, Tri-
llo y La Isabela en la provincia de Guadalajara, para lo cual se le
autoriza á emplear y sacar cuantas maderas de construcción se
necesitaran de los pinares de Sierra Segura, Cazorla y Quésada
para la de Andalucía, y para la de Trillo y La Isabela la de los pi-
nares de Cogoyudo y Pastrana. […] Este joven fué Olavide, el
autor tan perseguido por la Inquisición y la Compañía de Jesús
por su obra El Evangelio en triunfo.(Se ha respetado la orto-
grafía. Los subrayados y destaques son nuestros)(8 y 9)11

Se esclarecen con la cita muchos de los criterios contradictorios que


abundan en la bibliografía acerca del marqués de Esquilache; perso-

11
Tomado del libro del: Conde de Fabraquer: ―La expulsión de los jesuitas‖. (Edición sin
fecha). Valencia. F. Sempere y Compañía, Editores.(pp.8 y 9)

18
naje removido y perseguido, que escapa con vida, gracias a las accio-
nes que en su favor ejecuta el propio monarca. La cita corrobora la
fuerte actividad reformista o ilustrada que realizó desde su ministerio
en los reinos italianos de Nápoles, Sicilia y luego en la propia España,
como el proyecto de las migraciones que ocuparon a Olavide, que por
lo visto fue quien lo recomendó al Rey, que bien aprovechó sus ges-
tiones y de resultas, lo que nos ocupa en La Habana de Villaverde.

El Intendente Pablo de Olavide

Pablo Antonio de Olavide y Jáuregui se llamó este otro ilustrado per-


sonaje al servicio de Carlos III. Era oriundo de Lima, Perú; nacido en
enero de 1725. Los altos estudios los había realizado en la primada
Universidad de San Marcos, donde obtuvo el doctorado en Cánones
Sagrados en la cátedra de Teología y por méritos, Felipe V le nombra
miembro de la Real Audiencia de Lima y auditor general de guerra del
Virreinato del Perú. Esta
carismática figura, que
muy pronto se vinculará al
monarca Carlos III, acu-
mulaba dudosas referen-
cias. Cuando luego del
poderoso terremoto que
en la época destruyó zo-
nas peruanas contentivas
de valiosos fondos patri-
moniales, fue encargado
de su rescate. Entrega to-

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dos los patrimonios resguardados que tenían dueños establecidos;
pero con los que no los tenían, Olavide los reconvirtió en recursos con
los que edificó –o reedificó--, una iglesia y un teatro, inaugurado en
1749, dato trascendente a tener en cuenta. Sin embargo, a muchos
interesados todo no les pareció bien y le achacaron turbios manejos y
no solo levantaron calumnias, sino denuncias, que lo llevaron a tener
que comparecer ante los tribunales establecidos. Sobre ello, afirma el
historiador Danvila: ―… en 1749 Olavide fué suspenso de los cargos
que desempeñaba y llamado á la corte de España…‖(Danvila,1891:7)
Repuesto de las pasadas contrariedades, se matrimonia con una
―opulenta viuda de dos maridos, que ofreciéndole su mano y su fortu-
na, facilitó a Olavide el pago de sus deudas y la declaración de su
inocencia‖. (Idem:8) A pesar de ello, no tardó en ocupar puesto en la
corte, siendo famosa su casa, ocupada por la alta sociedad con todo
lujo y elegancia donde se compartía con las principales figuras del en-
ciclopedismo12 francés; todos personalidades ―notables en política, en
ciencias, artes y letras, y hasta en la incredulidad […] y donde contra-
jo estrecha amistad con Diderot, D'Alembert y Holbach…‖(Idem:7)
Olavide también se dio a conocer gracias a su actividad de traductor
de obras del teatro francés que se representaron en Madrid. Sus rela-
ciones le llevaron hasta el conde de Aranda, que le encomendó infor-
mes sobre la educación de la juventud. Por su parte, al propio rey Car-
los III le interesó sus criterios ilustrados, que incluían lo que se de-
batía de las migraciones dirigidas, propuestas al monarca por el ale-
mán Kaspar Thürriegel.
Otro hecho de interés de un aspecto muy poco especificado por la
historia es cuando Olavide, establece relación con el ministro de Mari-
12
―…un «impío», que es el calificativo que más reiteradamente se aplica a los enciclope-
distas‖. Arias de Cossío, Ana M.: La escenografía teatral en el Madrid de Carlos III. Edi-
torial U.C.M.

20
na y Colonias, Julián de Arriaga, con quien se reúne y del conciliábulo,
emiten un dictamen en el que se establecía: ―que debía abrirse la
mano á la introducción de los negros‖.(Ídem: 8)
Esa es la fecha, cuando son enviados en una emigración, también
sin historiar lo suficiente: negros curros sevillanos a La Habana; mi-
gración donde se prefieren afrodescendientes españoles; profesiona-
les del Arenal en las riberas sevillanas del río Guadalquivir, principal-
mente; el lugar que había sido destino de la Flota desde América en
los primeros siglos de la carrera de Indias... Se enviaban los curros
como mano de obra conocedora de la carena y de la misma construc-
ción de barcos, ideales para cubrir la mano de obra en el Real Arsenal
de La Habana, que producía los buques para la Armada. Referimos
algo más de lo que se ha historiado de este personaje Olavide:

1775. ―El Asistente D. Pablo Olavide, persona notable cosmo-


político y hombre de Estado, á quien Sevilla debió grandes re-
formas en todos los ramos de su administración municipal, ha-
bía sido nombrado Superintendente de las colonias de Sierra-
Morena y Andalucía, fundadas en 1766, á instancias de un ofi-
cial bávaro, que viniera á establecerse á España. (Danvila,
1891:7-9)

De manera que designado por el propio monarca como Intendente


para ese importante proyecto ilustrado de las migraciones desde
Andalucía con el tiempo y las necesidades de la corte Ilustrada, aporta
otra importante migración ilustrada a La Habana. Esta nueva migra-
ción, como ya se ha adelantado, llevó a cientos de curros de Sevilla
hasta la capital de la isla caribeña.

21
Vale aclarar, que el gran proyecto llevado a cabo por Olavide de las
migraciones a Andalucía y Sierra Morena; históricamente, no fueron
inicialmente proyectadas hacia esos territorios peninsulares. El muy
ilustrado plan, realmente, estuvo dirigido a promover migraciones en
territorios americanos. Expresa una reseña de las migraciones anda-
luzas:13

El primero era Puerto Rico: sin embargo, los ministros de Car-


los III no querían que los nuevos colonos engrosaran la lista de
blancos ociosos de la isla —recordemos que los negros eran
los que trabajaban— y por tanto se descartó. Luego se escogió
la Patagonia: el sur de la actual Argentina pero no tenía pobla-
ción española que la reclamara en caso de invasión extranje-
ra…

El proyecto real que se ejecutaba de la mano de Pablo de Olavide,


se iniciaba hacia 1767 y referenciamos:

Su creación se debe a un proyecto ilustrado elaborado por


Campomanes14 y encomendado a Pablo de Olavide, que con-
sistía en poblar las grandes extensiones despobladas existen-
tes en el curso del Camino Real de Andalucía: el desierto de
Sierra Morena o de la Peñuela, en el reino de Jaén, el desierto
de La Parrilla, entre Córdoba y Écija, y el desierto de la Mon-

13
Cita ON LINE. Tomada de Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Nuevas_ Poblacio-
nes_de_Andaluc%C3%ADa_y_Sierra_Morena
14
Don Pedro Rodríguez, conde de Campomanes, fue uno de los asesores más allegados
al monarca Carlos III en proyectos Ilustrados. La gran pluma de Campomanes fundamen-
talmente, junto a Aranda. Durante algunos años, el binomio Aranda—Campomanes tuvo
todo el apoyo real, no porque Carlos III estuviera interesado en el teatro, sino porque sus
ministros lo convencieron de que su autoridad estaba en juego. Aranda impulsó los bailes
de máscaras en Madrid y otras ciudades. Y Campomanes incitó a restablecer el teatro en
las ciudades donde había sido suprimido.

22
clova, entre Écija y Carmona. El objetivo era favorecer la segu-
ridad del tráfico de personas y mercancías que circulaban por
el camino de Andalucía, especialmente de los peligros deriva-
dos del bandolerismo. Para ello se fomentó en esos lugares la
agricultura y la industria, atrayendo colonos centroeuropeos ca-
tólicos, principalmente alemanes, flamencos y suizos. Los pri-
meros colonos fueron traídos por el aventurero bávaro Johann
Kaspar Thürriegel.(8)

Monumento en La Carlota: Carlos III, acompañado de Campomanes, cuando en-


trega la Real Orden a Olavide para los nuevos asentamientos.(Wikipedia)

El resultado de todas estas empresas ilustradas de promover emi-


graciones, es que se propició la presencia en La Habana de curros.
Hay algo más que relaciona a Olavide con esos curros del Arsenal
habanero en la segunda mitad del siglo XVIII: el teatro. Es que el In-
tendente Olavide tuvo como actividad primordial también, como buen
Ilustrado, la existencia y funcionamiento de la institución teatral y de
sus instalaciones en España y muy particularmente en Sevilla, cuando
se interpusieron a su existencia y desarrollo importantes fuerzas anti-

23
rreformistas de la sociedad de la época. En Cuba, las situaciones se
daban de particular manera, lo que se profundizará posteriormente.

El ilustrado pardo sevillano en La Habana.


―…pretendía Ortiz estudiar el hampa de Cuba a partir del análisis
de grupos como "Los negros curros", "Los negros ñáñigos", "Los
negros criminales", "La negra prostituta", y "La mala vida de los
chinos en Cuba". (―De criminología y penología‖. Madrid, 1906),

Del tema que nos ocupa, el negro curro del Manglar, que presentó
Cirilo Villaverde en su novela Cecilia Valdés, hemos adelantado algu-
nas reflexiones, aunque un tanto someras. Este importante novelista
del siglo XIX caracteriza, esencialmente a los curros criollos, con crite-
rios genuinos: ―…la vera efigie de un curro del Manglar… No es nues-
tro original el majo que viste traje andaluz…‖ (1985:tomo II,160)
Por otro lado, a los originales curros sevillanos, los hemos encontra-
do definidos por una literatura de la época, de una evidente marginali-
dad, como se asevera en la siguiente cita: ―…y por los manólos y ma-
nólas de los barrios bajos de Madrid, y los curros de Sevilla y demás
pueblos de Andalucía…‖ (Danvila, 1891b:472)Continúa argumentan-
do: ―El tipo de la desenvuelta manóla y del majo bravucón y barate-
ro…‖(477) En las referencias se identifican los apelativos curro y majo,
donde se refleja la procedencia lindante de un curro de la Sevilla de
entonces, con las referencias de majo como brabucón y baratero, y
semejantes a otros marginados de Madrid: los manolos y manolas; lo
que dio pie, no cabe otra, a una muy generalizada opinión bibliográfi-
ca entre los cronistas caribeños definitivamente negativa; la cual de-
bió servirse de fuentes historiográficas como esta y que puede resu-
mirse así:

24
Eran negros y mulatos libres oriundos de la región de Andalu-
cía, España, de la provincia de Sevilla. Se asentaron en la par-
te sur extramuros de la antigua ciudad de La Habana, a inicios
del siglo XVIII. Por la versión de algunos cronistas Costumbris-
tas del siglo XIX, se distinguieron de los demás negros por la
forma de su lenguaje, lo llamativo de sus indumentarias y acce-
sorios, por sus andares y mala vida de crímenes. Asimismo, su
base económica estaba sustentada en la delincuencia y estu-
vieron estrechamente relacionados con la prostitución.(Sarduy,
2016)

Sin embargo, la realidad fue no necesariamente esa en su habitad


habanero del barrio de Jesús María. Diferente, en sentido general,
porque dicho barrio, fundado adjunto al Real Arsenal, era el sitio-
vecindario obligado para los que trabajaban en dicho emporio fabril;
cuando, a la llegada de los curros sevillanos como proyectados obre-
ros también, debieron buscar –o les buscaron-- allí su habitad, y lo
encontraron, aunque en el campo cenagoso del Manglar: el orilleo
marino no ocupado del Jesús María. Laboraban en el Arsenal cuando
se botó airoso al agua, el Santissima Trinidad.
Hay una realidad y es que en esos años, particularmente entre
1765 y antes de 1789, fecha de la entrada de la migración curra al
país, el monarca hacía importantes inversiones en los avíos del Arse-
nal habanero como consecuencia principalmente, de la captura ingle-
sa de La Habana; momento en que alcanzó su nivel más alto la cons-
trucción de buques para la Armada. Se produjeron allí, diez y nueve
navíos de línea; de estos, había cinco de primera clase —los de más
de 100 cañones— incluido el gigantesco y mayor de su época: el Tri-
nidad mencionado.

25
Es en la Habana donde la Corona se interesaba por garantizar el
abaratamiento de la construcción de los navíos de la flota; en el Real
Arsenal recién transformado en la bahía capitalina, y donde, el flujo
continuo y variado de la mano de obra negra criolla ya había sido muy
productiva a pie de grada. Esta gigantesca fábrica naval-militar y de
transporte de la época, era en esencia ya, parte importante del siste-
ma táctico del poder colonial.
Los Negros curros sevillanos enviados al puerto habanero de acuer-
do a lo proyectado, debían mejorar o sustituir a los criollos en el Arse-
nal de La Habana y no por meras coincidencias. Estos también eran

Óleo de Antonio de Brugada Vila. El navío de línea al medio: el Santissima Trinidad

de mayoría afrodescendientes; sin contar, que los negros criollos ha-


baneros, allí estaban bien organizados –o se organizaron-- para la
ocasión, sin dejarse arrebatar empleo alguno… ¡Y se organizaron en
las tierras o potencias Abakuá! Así que esto fue también razón, para
que muchos no pudieran encontrar plazas para trabajar, ni viviendas
para habitar. No existen los datos para confirmar que el color de la piel

26
influyera en tan mal recibimiento, cuando fueron a parar al arbóreo
lodazal con el nombre que trasciende de El Manglar.
Sin embargo, es también objetivo que se produjó un chasco o faro-
lazo con el traslado de los curros sevillanos a la Habana y que todo lo
acontecido tuviera que ver con su tez negra. A pesar de todo, las tra-
diciones de que eran portadores se extendieron por la barriada haba-
nera y hasta mucho más allá, con una inusitada reverberación.
Y hay matices que estigmatizaron, para algunos, El Manglar; y aun-
que el novelista Villaverde no lo captara así, traspasa la historia; por lo
que no lo pasaremos por alto.

La currería sevillana
15
…en la morena Andalucía. (Don Fernando Ortiz)

Los curros de ascendencia africana, llegaron a la Cuba colonial des-


de la sudiberia, en tal caso Sevilla; por lo que es importante estable-
cer razones de su temprana presencia en el mediodía peninsular, del
que era oriundo. Con la llegada histórica de los viajes descubridores al
nuevo continente, muchos se ocuparon en la sureña Andalucía en los
oficios que brindaba la carena de las flotas; particularmente en el co-
nocido Arenal ribereño del Guadalquivir en Sevilla, donde el puerto
madre de ese primer encuentro colonial. En su mayoría carpinteros
de ribera, calafates, toneleros, emplomadores y demás; por lo que
muchos ofrecieran sus servicios en las también conocidas Ataraza-
nas.16

15
Tomado de: ―Poesía y Canto de los negros afrocubanos‖ 1994, p. 7.
16
Las Atarazanas Reales de Sevilla fueron los astilleros que en la Edad Moderna sirvieron al Puer-
to de Indias. Se levantaron en el barrio de El Arenal 17 enormes naves en sentido perpendicular al
Guadalquivir, donde los carpinteros de ribera se esforzaban en la construcción de barcos y los
pescadores y almacenistas se dedicaban a la salazón del pescado. En 1762 comienzan las gran-

27
Por lo que, a nuestro caso e interés, fueron también especiales por-
tadores de fuentes de cultura. A ellos debemos en Cuba, como insis-
tiremos, de un temprano e importante aluvión de la décima, en mano
de afro-descendientes, naturales que eran de la tierra de su destaca-
do cultivador Vicente Espinel. Fue de la populosa y babilónica Sevilla
del siglo XVIII: ―…la morena Andalucía‖ al decir de Fernando Ortiz, de
donde se produjo ese avalancha inmigrantes, que todo indica, res-
pondió a intenciones e intereses del monarca reinante Carlos III.
Debemos adelantar de primero, datos para una visión, aunque ex-
pedita, de esa importante ciudad de España y del mundo de la época
colonial. Así se describe Sevilla a la vera del Guadalquivir:

… Capital del territorio de Andalucía, a 80 kilómetros del mar


Atlántico; la antigua Híspalis, que la rodeaba un muro. El empe-
rador romano Julio César había decidido convertirla en una
plaza fortificada, amurallándola… Y el río Guadalquivir, a su
paso por Sevilla, constituyó no solo una amenaza permanente
por sus enormes riadas, también un motivo de ocio para bañis-
tas los días calurosos del verano y la vía principal de su comer-
cio. La relación de Sevilla con el río ha marcado una lucha se-
cular por la preservación de la navegabilidad. En el siglo XVIII,
era una de las ciudades más populosa y próspera del mundo
superando a París o Roma. …Sevilla pierde su monopolio con
América aunque siguió siendo una ciudad privilegiada, aprove-
chó el urbanismo ilustrado y mantenía importantes monopolios
reales como el tabaco, la fundición de cañones, la fábrica de la
moneda y la del salitre. En 1726, coincidiendo con el denomi-

des reformas del Cuerpo de Artillería que influirán decisivamente en el futuro de estas
instalaciones.

28
nado Lustro Real, en el siglo XVIII la corte de Felipe V residió
en Sevilla. —Una síntesis de: ―Evolución de Sevilla intramuros
en el Siglo XVIII‖. (Publicado por Jmmag Partners, 2009).

Para una historia del así llamado en La Habana negro curro sevillano
en su hábitat originario, no hay mucho que quedara escrito. Aunque,
buscando en la literatura de época es fácil presuponer características
de este personaje que proviene del mayor centro comercial y farandu-
lero de España y de la Europa de su tiempo.
El hombre descendiente negro en la península, procedía del África
subsahariana mutilada; muchos llegaban en condiciones invariable-
mente de esclavitud. De manera que el africano arribaba --o era traí-
do--, a la urbe hispalense que vivía en verdadera riqueza; téngase
presente que hasta 1765, no salió un solo barco hacia América que
no fuera fletado particularmente desde Sevilla.

El Arrabal, zona de actividad portuaria de Sevilla cuando el Sistema de Flotas.


Óleo de finales del siglo XVI, de Antonio Sánchez Cohello (1531-1588).

29
Esto lo favorecía la Real Cédula de los Reyes Católicos que le pre-
servaba el comercio con dicho territorio. Así las cosas, los negros de
ascendencia africana que vivían en Sevilla eran una institución de
mucho tiempo establecida allí; con especiales características y consi-
deraciones. Las primeras cofradías de negros de que se tienen cono-
cimientos, en tierra peninsular, son las de Sevilla y de la variada
afluencia con que se engrosaban aclara una estudiosa: ―llegaron ne-
gros traídos por los árabes […] A partir del siglo XV llegaron esclavos
africanos facturados por los portugueses‖. (Vílchez, 2009: 192)
Existe una información que obliga pensar de las relaciones del curro
con la única hermandad o cofradía de mulatos en Sevilla de esa épo-
ca; ya que ésta acusa su extraña desaparición en fecha que coincide
con las posibles rachas migracionales de curros a La Habana; afirma
Lutgardo García: ―la última salida en Semana Santa de la Hermandad
de los Mulatos fue en 1731, entrando en fuerte declive y desapare-
ciendo de hecho por los años 1760‖.17 Es que hay una importante
presencia afro-esclava o de sus descendientes, en la propia realidad
infrahistórica hispana específicamente en el sur andaluz; de quienes
luego, irían o serían llevados al Caribe, como sucede al ―negro curro
sevillano‖; que bien pudo ser con fines de apoyo a la carpintería de las
naves en el Real Arsenal o para la peonería en las grandes obras de
fortificaciones militares, a consecuencia de la toma de la Habana por
los ingleses, en la segunda mitad del siglo XVIII.
De hecho la mayor migración sevillana a Cuba desde territorio anda-
luz se produce de manera destacada durante la década del 70 del si-
glo XVIII, aunque ya desde la década anterior se empezaba a dar un
17
La Hermandad de los Mulatos, de San Ildefonso. En: ―La Introducción de esclavos des-
de Sevilla…‖ de Lutgardo García Fuentes. En WEB: http://dspace.unia.es/bits-
tream/10334/416/1/12JITI. Pdf) Pero, sin embargo sucedió a la larga, que la actitud elitis-
ta ilustrada llevó también a la prohibición de las formas más aparatosas de la religiosidad
popular: los Corpus, de Hermandades...

30
significativo crecimiento, incluso superior al importante dado en la an-
terior década del 30 en el propio siglo18. ¿Fueron 4000 negros sevilla-
nos los que llegaron a La Habana?
Llegaron para trabajar en el Real Arsenal (ya no al Real Astillero que
como tal existiría antes de 1724 a 1748. Según la Dra. Barcia en Los
Ilustres Apellidos…: ―Entre 1773 y 1774 entraron en la ciudad 4003
africanos, de ambos sexos…‖ (2009:27)
En esta misma dirección otro historiador también refiere, que con el
propósito inmediato de reanimar las defensas de la plaza, se comenzó
la reconstrucción del Morro y la fabricación de los nuevos castillos de
La Cabaña y Atarés; obras a las cuales se sumaron prontamente la
de un arsenal que sustituyera al antiguo astillero destruido por los in-
gleses, antes de retirarse, para impedir la construcción de nuevos.
Más de 4000 hombres fueron empleados continuamente en los traba-
jos de restauración, entre ellos, un millar de presidiarios sacados de
otras colonias. (Portuondo,2016:214)
Hay fechas que podrían ser probables, para establecer estas migra-
ciones, la ya mencionada de entre 1773 y 1774, en que aparecen
registrados 4003 africanos que entran a La Habana y que coincide
con los momentos de auge económico que propicia al gobierno del
Marqués de La Torre.19 Otro cronista emite como fechas probables
1766-1769: ―edad de oro del Arsenal‖; y agrega: ―Al margen del per-
sonal especializado, perteneciente al fuero de la Marina, el resto de
los trabajadores eran dependientes de la Compañía (de Comercio de
18
Consultar tablas sobre la emigración andaluza durante el XVIII que reseña el libro: La
emigración andaluza a América siglos XVI y XVIII, de Lourdes Díaz-Trechuelo, (1921-
2008) (Coord.) Sevilla, 1992, pp. 66-75.
19
El Marqués de la Torre: Felipe Font de Viela, Teniente General gobernó la Isla de 1772
al 1777 y al cual debe la Habana la Plaza de Armas, Viela nació en Zaragoza y murió en
Madrid en 1784. Al Marqués de la Torre, debió la Habana uno de sus primeros teatros
llamado Coliseo, luego Principal, destruido por el huracán de 10 de Octubre de 1840. En
11 de junio de 1777 fue relevado al marqués de la Torre en el gobierno por el teniente
general don Diego Navarro.

31
La Habana, que en un momento había tenido el asiento del Arsenal).
Esta utilizará, inicialmente, hombres libres… ―(Pere Molas,2004:9). (La
Nota aclaratoria, entre paréntesis, es nuestra). En esta dirección hay
una cita del investigador Reynaldo González que aporta:

Más de cuatro mil peones se ocuparon de rectificar las fortifica-


ciones, reconstruido el Morro y la Punta, concluye la gigantesca
obra de la Cabaña, los Castillos del Príncipe y Atarés, las bate-
rías de la Pastora y la Pólvora […] Circulaban grandes sumas
de dinero en La Habana y su jurisdicción… (González,
2009:171)

Otras razones pueden disminuir posibilidades de que el curro no lle-


gara contratado –o con potencialidad de ser contratado--, es que, en
1772 se militarizó el Arsenal. Por otra parte, si se consultan las tablas
sobre la emigración andaluza durante el XVIII que reseña Lourdes
Diaz-Trechuelo,20 se podrá apreciar que: ―el incremento se produce en
función de la cercanía de Sevilla, que proporcionó casi el 69% de los
que fueron a Cuba‖ (1992:67)
¿Y cuándo deben disminuir las posibilidades de entrada al país de
estos potenciales laborantes para el Arsenal? En 1783 se celebró la
paz de París, entre Inglaterra y España, tras los sucesos en Gibraltar;
motivo por el cual se reducen las tenciones militares y el sector de la
Armada, aplazara o eliminara sus pedidos al Arsenal de nuevos bar-
cos artillados. Otros sucesos que debe juzgar la historiografía para
proponer verdaderos criterios, es que José Romero de Landa es de-
signado Ingeniero General de Marina, lo que coincide con una etapa
de crisis económica, la que se mantendrá hasta finales de siglo. En
20
Del libro: La emigración andaluza a América siglos XVI y XVIII. La Habana, 1992.

32
esta etapa es que llega la Orden de suprimir los Mascarones21 de Ta-
jamar (o proa), a lo que no referiremos con más detalles luego.
Hay que insistir en que para el propio Rey Carlos III, sus discordias
contra Inglaterra fueron casi una obcecación personal y no solo por lo
que representaba de negativo para la misma integridad española. La
pugna personal anti-inglesa le duró de por vida al hispano Carlos III.
Así las cosas, fue imperiosa la demanda técnico-material de una po-
derosa flota militar capaz de enfrentar la enemiga Inglaterra. Puede
entonces comprenderse, que al retomar España La Habana por el
Tratado de París en 1762, procuró el Rey con rápidas medidas, re-
sarcir los enormes daños provocados, no solo en la fábrica-arsenal de
la Armada sino en los buques en grada allí existentes; por el hundi-
miento de las naves que fondeaban recién armadas en la bahía.

Sobre construcción se habían dado algunos pasos felices pa-


ra añadir velocidad á los navíos sin menoscabo de su solidez y
resistencia: faltaba apurar los medios tocante á economía,
promoviendo la construcción por parte de las Compañías de Fi-
lipinas y la Habana, del Banco, de los Gremios y otros cuerpos
fuertes, y nombrando personas prácticas é imparciales que
sorprendieran en los departamentos á los empleados y depen-
dientes y lo examinaran todo, porque en ramo como el de mari-
na, el más vasto y dispendioso de la Corona, cualquiera abuso,
fraude ó desperdicio multiplicado producía pérdidas importan-

21
El Mascarón de Tajamar (o de proa), era la talla con una representación-símbolo, que
se fijaba en la parte sobresaliente de la proa de los barcos veleros fundamentalmente,
militares o no, que fue desapareciendo con los nuevos buques de vapor del siglo XIX,
más veloces y con mayor necesidad de visibilidad para el piloto. La medida afectó los
tallistas criollos negros en Cuba, entre ellos es de asegurar, que José Antonio Aponte y
un grupo cercano a su conspiración que mostraban descontento; por lo que es de supo-
ner la medida fuera razón, o de la razón de la medida…

33
tes, y cualquier ahorro repetido en las cosas más pequeñas im-
portaba al año sumas enormes…22

Con los nuevos movimientos, se convertía la capital cubana en toda


una base logística estratégica española en todos los órdenes. Sin
exagerar mucho, en 1769, lo que hoy llamaríamos en el orden des-
tructivo, una ―bomba madre‖, en cierta medida se logró, con la botadu-
ra al agua del Santísima Trinidad, el mayor arbolado que existiría en
la historia de estos navíos de vela militares de todos los tiempos, sin
olvidar que a la par se erigía la súper base militar de la Cabaña, ma-
jestuosa en su tipo arquitectónico militar.
La historiografía de la época destaca, cómo Carlos III creyó conve-
niente hacer una demostración de la importancia que daba a la restau-
ración de La Habana y quiso que este acto fuese revestido de gran
solemnidad y aparato.
Al efecto nombró para el gobierno superior de la Isla a uno de sus
más destacados allegados, de excelente carácter y jerarquía, el te-
niente general Ambrosio Funes Villalpando, conde de Ricla y Grande
de España de primera clase; así como para el cargo de inspector ge-
neral, al mariscal de campo don Alejandro O‘Reilly y para la organi-
zación que debía darse al ejército y los trabajos de fortificación, se
destinaron los brigadieres Silvestre Abarca y Pascual Jiménez de Cis-
neros.(Guiteras, 1866: 278)
Así las cosas, el gobierno del borbón ilustrado Carlos III, dictaminó
enviar una fuerte cantidad de mano de obra para apurar y abaratar la
fabricación de nuevos buques militares en el laborioso Real Astillero-

22
Tomado del libro de D. Manuel Danvila y Collado (1891): Reinado de Carlos III. T: VI,
cap. IV. Madrid. El Progreso Editorial.

34
Arsenal antillano y por las razones argumentadas con anterioridad, el
personal idóneo, incluyendo el factor racial, lo encontraron en las ribe-

La monumentalidad de La Cabaña: enormes rampas, nada comparable en América.

ras activas, de carena y todo tipo de carpintería de ribera que se ofre-


cía en el gran puerto, hasta ese momento márgenes del Guadalquivir,
a su paso por Sevilla.
Debió preferir el Monarca los trabajadores pardos y morenos sevilla-
nos, por varias razones que hemos tratado de aclarar e ilustrar, ade-
más de la baratura que se lograba con ello; porque buscaba que
cohonestaran, al menos en lo racial, con los profesionales afro-
criollos, especialistas en mayoría del Real Arsenal habanero. Hay que
añadir, que al tomar el poder como Rey, Carlos III, el Arsenal se le-
vantó bajo un respaldo diferente del que antes tenía; la mayoría en la
sombra, no había otra alternativa, en un mundo de gruesos escollos
para el hombre pardo.
Carlos III, monarca que rige hasta su fallecimiento en 1788, era por
cierto, dado a las portentosas construcciones, al gigantismo, de lo que

35
La Habana, en ese momento fue testigo de obras con esas pretensio-
nes, como las que hemos señalado.
El nuevo Real Arsenal antillano alcanza tal desarrollo que lo convier-
te en una verdadera industria naval y con la mejor tecnología del
XVIII. Aportó, ―el mayor número de navíos de línea‖ a la Marina del
Imperio; cuya transformación y efectividad se había convertido en
preocupación de los Ilustrados Borbones desde Felipe V. Así llega a
ser el principal astillero español que, en 97 años, construye 197 na-
víos; el Fénix de los Astilleros Reales, expresión con la que el Monar-
ca Carlos III calificó, al en su momento, flamante Arsenal. Los recur-
sos naturales ricos de Cuba y sus fuerzas defensivas la hicieron el si-
tio ideal para la fabricación de bajeles.
El propio rey Carlos III expresó por su parte:

«Siendo como es, y debe ser, la España potencia marítima por


su situación, por la de sus dominios ultramarinos, y por los in-
tereses generales de sus habitantes y comercio activo y pasivo,
nada conviene tanto, y en nada debe ponerse mayor cuidado
que en adelantar y mejorar nuestra marina». (Instrucción, núm.
159, pág. 183-188)

Un historiador decimonono con criterios bastante precisos del tema,


plantea que el Real Arsenal de la Habana: ―…de repente (sic), á prin-
cipios de 1773, tuvo que emplear gran número de brazos para cons-
truir más de 40 buques de guerra desde aquel año‖. (Pezuela, 1871:
102)
En definitiva es una razón para mostrar la urgencia con que había de
enviar al Real Arsenal caribeño, obreros de bajo coste, pero especia-
lizado en el armado de buques fundamentalmente militares. Con todo

36
y demanda, el contingente de negros curros enviado, no tuvo asegu-
rada condiciones de estadía; sin embargo, en esa década en el Arse-
nal habanero se construyeron 4 de los 6 barcos españoles gigantes
de 112 cañones; los otros dos, en El Ferrol: El Mejicano, 1786; El
Conde de Regla, 1786; El Real Carlos, 1787 y El San Hermenegildo,
1789. Era la época del encargado real, Ingeniero general de Marina:
D. José Romero Fernández de Landa.
El gran estudioso cubano de los negros curros en Cuba, el doctor
Fernando Ortiz, sin valorar la presencia habanera de estos en función
del Real Arsenal, se cuestionaba la razón de por qué, ―…pudo existir y
mantenerse bastante tiempo con caracteres bien definidos […]una vi-
da ostensiva y ruidosa…‖ (1981-66) Continúa planteando a renglón
seguido: ―son insuficientes las razones para considerar que solo tuvie-
ran el trabajo manual…‖ única actividad laboral el hombre de la raza
etiópica libre. Ortiz se responde: ―el negro curro solo encuentra una
vía en el extraño ambiente delincuencial […] y factores sociales que
ya se venían creando que favorecieron cristalizara…‖(1981:66) Es que
los originarios negros curros sevillanos llegaron de forma y manera
que provocaron un especial impacto sociocultural entre los aún limi-
tados espacios de los pobladores capitalinos, no necesariamente
hamponesco.
El otro importante currólogo, el costumbrista del siglo XIX, José Vic-
toriano Betancourt, escribe crónicas del tema que recoge Ortiz,23 refi-
riéndose a los que se avecinan en el Manglar, la parte cenagosa del
barrio Jesús María, como personajes de época. Explicita Ortiz en su
libro ―Los Negros Curros del Manglar, ―son famosos en los anales del
Jesús María por sus costumbres‖ y agregamos son relevantes ante-

23
Ortiz, (1995): Los Negros Curros. Texto compilado, y con prólogo y notas aclaratorias
por Diana Iznaga. La Habana. Editorial Ciencias Sociales.

37
cedentes a los acontecimientos que tienen lugar dentro de la novela
histórico-costumbrista de Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde.
Retomando el tema de los sucesos provocados en la urbe metropoli-
tana española con las pretendidas transformaciones a las costumbres
en la vestimenta por el ministro Esquilache; a la par, sucedía algo
comparable en la colonia antillana, con la llegada de la migración diri-
gida e Ilustrada de los negros curros a puerto habanero, exhibiendo
un glamuroso vestuario.
José Victoriano Betancourt satanizaba al curro del Manglar --aunque
en ocasiones Betancourt confunde límites entre unos y otros--, parti-
cularmente con el criollo. En uno de sus artículos críticos, con una
parodia relata cómo dos jóvenes de la élite blanca se preparan para ir
una fiesta:

--De negro curro, chico, es el más decente, Y que ya me cuesta


más de tres onzas, sin contar las hebillas doradas de los
zapatos. Pero me voy a divertir como un bárbaro; ya me tengo
aprendidas unas décimas, que no las sabe nadie más que yo.
¿Te acuerdas el año pasado en casa de las Petacas, aquello
de: Yo soy el negro Potoco…?
--Yo también voy de negro curro y me voy a aprender las déci-
mas de ―la negra María Liboria‖, y voy a bailar rumba, que es
un gusto. ¿Hay cosa mejor que bailar, chico?. (12).

Sobran comentarios con lo que ilustra la crónica del vestuario y sus


del curro y sus influencias en el contexto habanero; incluso, dentro de
las clases más pudientes de la sociedad. Resulta relevante cuestionar
si tuvo ese híper vestuario curro algo que ver con las propuestas del

38
ministro Esquilache que sobre la moda promulgara. A ellas nos referi-
remos al tratar la ilustración del pardo curro.
Un destacado cronista plástico avanzado el siglo XIX, el vizcaíno Víc-
tor Patricio Landaluze, legó imágenes coloridas, de esa figura dieci-
ochesca, la que solo le llegaba de oídas y por las limitadas referen-
cias bibliográficas.
La visión de Landaluze, ofrece una imagen gráfica de época, como lo
hace el artista con otros personajes, incluyendo la mulata que prota-
goniza la novela Cecilia
Valdés de Cirilo Villaverde.
El curro, galante, con su
típica vestimenta, cortejan-
do en el Manglar la negra
que lo acompaña, nos tipi-
fica lo que los críticos y na-
rradores costumbristas a-
bordan en su literatura, con
trazo colorido, plasmando
en la pintura y la gráfica, la
complejidad social de La
Habana de entonces.
Del negro curro llevó a sus lienzos insuperables escenas donde, más
que todo, refleja su singular vestuario como figura social, porque no
era comparable con el que la élite criolla, con riqueza amasada en el
trapiche o la trata esclava, hacía vestir como reflejo de opulencia a su
calesero o principales domésticos.
Todavía hoy se encuentran divulgados digitalmente copias de este
cuadro, El Negro Curro, el que mostramos como ejemplo de lo argu-
mentado con anterioridad.

39
Como consecuencia del mestizaje y la transculturación se originó un
sector social libre negro, mulato, de artesanos, que en el siglo XVIII
dominó casi todos los oficios urbanos, incluyendo los más exclusivos
como la música, la escultura, pintura, talla en madera (Arrate,1760),
con capacidad económica, que integró los batallones de ―pardos y mo-
renos libres‖. Hay un dato de la época muy interesante que demues-
tra, que a pesar de este crecimiento migracional, llegado a las costas
de la Habana y a su Real Fábrica de bajeles, se estaba dando una crí-
tica situación económica que obligaba recortes, incluso que afectaba
los asientos que costeaban las construcciones de las embarcaciones
en el Real Arsenal. Lo muestra la Ordenanza 1782 que recibe los
mandos oficiales en La Habana: ―…que a partir de ese momento des-
aparezcan de las maestranzas todos los individuos dedicados a la fá-
brica de esculturas y decoraciones de las embarcaciones, ya que en
lo adelante las popas de los navíos serán lisas por no incidir en el
buen gobierno de los buques y al fin de abaratar los costes…‖24
¡Asombroso para la época: nada menos que quitar los mascarones, el
adorno en todo tajamar de velero!25

La suerte de los talladores en La Habana

¿Cuáles fueron las razones para la eliminación de la talla y de los ta-

24
Del Archivo marino D. Álvaro Bazán,(AMAB), Ingenieros, legajo 3437. (En: Viso del Mar-
qués, Ciudad. Real.
25
En otra ocasión habrá necesidad de volver sobre los ―tallistas‖, en definitiva los obre-
ros-artistas que esculpían esas figuras que adornaban la proa de todo barco velero. En
La Habana eran, en su mayoría, mulatos y, aunque no existan todas las referencias, no
caben dudas que entre los despedidosestuvo el luchador José Antonio Aponte, quien al
no tener un tajamar para fijar sus tallas, a finales del S. XVIII la puso en el dintel de su
puerta, lo que dio nombre luego al lugar: Jesús Peregrino.

40
lladores del Real Arsenal? Técnicamente, se comprende que a finales
del S. XVIII, la marinería se abría a los nuevos cambios en el orden
constructivo de las naves militares. Se imponía la velocidad, la manio-
brabilidad y para ello una mayor visibilidad del piloto. Los materiales
para construir los cascos se potencian; incluso ya aparecía el motor
de vapor, que sustituiría los arbolados para los velámenes, lo que co-
mo impulsor de las embarcaciones sería finalmente sustituido. De he-
cho, la Armada era dirigida por el grupo del Ingeniero jefe que había
distribuido la Real Orden de suprimir los mascarones, tallados, de
proa o tajamar, por lo que disminuye el trabajo para el curro.

Réplica del mascarón de proa o tajamar del Santísima Trinidad: un león rampante
Si el marco de tiempo en que se situaba la novela Cecilia Valdés, se
iniciaba en 1811; al año, en 1812, la historia nacional recogía los su-

41
cesos insurreccionales tempranamente proindependentista, que ter-
minaron con los siniestros enjuiciamiento de varios complotados, lide-
rados por varios tallistas habaneros, al frente de los cuales estaba
José Antonio Aponte.
Precisamente el máximo responsable, de tal masacre era el gober-
nador de la Isla, el marqués de Someruelos; que cesaría en su cargo
unos meses después, en el propio 1812. Sin embargo, Cirilo Villaver-
de, en su panorámica habanera novelada, ignora la cruenta sentencia.
Aponte era un conocido escultor-tallista y carpintero ebanista, devoto
de la Virgen de los Remedios y antiguo miembro del Batallón de Mo-
renos Leales de La Habana. En su casa le incautaron un gran número
de documentos. Una biblioteca de una docena de volúmenes y dos
libros manuscritos de autoría del propio Aponte, llamados: Libro de
pinturas y Libro de arquitectura, relacionados con su desempeño. [Pa-
vés,2011]
A principios de 1812 ocurría la Conspiración de Aponte, cuando va-
rios grupos de esclavos y de negros libres se levantaron contra el go-
bierno colonial en la región occidental de la isla y La Habana. Las au-
toridades condenaron a muerte al negro libre José Antonio Aponte,
considerado como el principal líder y a los cabecillas del levantamien-
to. Algunos historiadores dan por definitiva su filiación Abakuá; es
que la propia profesión que tenía Aponte de carpintero tallador, había
sido alcanzada dentro de la Real fábrica de bajeles y tanto sus creen-
cias como su ideología estuvo forjada en los contextos descritos.
La historiadora Carmen Barcia señala, tomando como referencia la
figura del luchador mulato José Antonio Aponte, lo siguiente: ―Aponte
era criollo, razón por la cual pertenecía a algún juego Abakuá –más
adelante aclara— la certeza de la presencia de los juegos Abakuá no
se ubica hasta los años treinta del siglo XIX; no obstante, en diversos

42
expedientes aparecen elementos que permiten avizorar su presencia
anterior‖. (2012: 18)
El investigador chileno Pavés26 destaca las repercusiones apontianas
en sectores de la cultura nacional y de forma indirecta en grupos co-
mo los Abakuá. Citamos:

El Libro de Pintura y las visiones geo históricas de Aponte […]


para los trabajadores ñáñigos (Abakuá) constituirá una senda
que ampliarían al extremo [...] desarrollando una escritura jero-
glífica [...] instituyendo una ritualidad y una organización africa-
na del secreto […] el Libro de Pintura de Aponte constituye un
nudo clave para la comprensión de los desarrollos que tendrá
la textualidad afrocubana. (Pavés, 2006:689-90)

Se refiere al singular libro de láminas de Aponte con setenta y dos


láminas en total; criptográfico, cargado de simbología y con objetivos
didácticos, divulgadores y propagandísticos. Dicho libro, no sólo apor-
tó a la sublevación antiesclavista e independentista que encabezaba
--le achacaban infidencia con razón--; estaban además los aportes ar-
tísticos propios de sus habilidades plásticas, incluyendo las reconoci-
das como tallador.
El cronista español Justo Zaragoza, quien cita el historiador José Lu-
ciano Franco,27 nos confirma cómo juzgaba de negativo a Aponte el

26
Jorge Pavés Ojeda. Investiga el tema desde la Universidad de Santiago de Chile. Su
Tesis de Doctorado se tituló: ―Africanismes à Cuba. Textes, images et clases (1812-
1917)". Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales, 2007. Ya conocido en Cuba por
sus importantes investigaciones de tema afrocubano. De los que aprovechamos sus tra-
bajo sobre el luchador negro supliciado a inicios del siglo XIX José Antonio Aponte, y el
tema de los Abakuá, en lo que llama Laboratorio de Desclasificación Comparada.
27
Don José Luciano Franco (1891-1989), funda en 1936, junto a Emilio Roig de Leuchs-
enreing (1889-1964) y Fernando Ortiz, la Sociedad de Estudios Afrocubanos. Con el
triunfo de la Revolución, trabaja en el Instituto de Historia de la Academia de Ciencias de
Cuba, en la Universidad de la Habana, en el Instituto Pedagógico Enrique José Varona‖ y

43
poder colonial en aquellas circunstancias: ―un negro libre, de capaci-
dad no común en los de su raza, y de tan perversas condiciones de
carácter…‖(2006: 21).
Retomando la problemática de la talla, los obreros-artistas que es-
culpían esas figuras que adornaban la proa de todo barco velero en el
Real Arsenal habanero, eran en su mayoría, mulatos y aunque no
existan todas las referencias, entre los despedidos estuvo el luchador
José Antonio Aponte, quien al no poder desempeñarse en encargos
para elaborar los mascarones de tajamar, debió encontrar donde fijar
sus tallas: las clavó en el dintel de su puerta, la que dio nombre luego
al lugar: por el Jesús Peregrino, barrio de Jesús María.
Finalmente, puede ayudarnos a entender lo afirmado, un apunte refe-
rido a implicados en la conspiración antiesclavista del tallista Aponte
en los primeros años del siglo XIX: León Monzón, tallista, capitán del
Batallón de Pardos Leales de La Habana, apresado igual. De ello un
historiador señala: ―agrupaba a casi todos los carpinteros o tallistas
como él, que representaban en la causa, el sector más peligroso, no
sólo por su condición de militares, sino por poseer mayores conoci-
mientos y relaciones políticas que los otros grupos‖; (Pavés, 2006:
685) y que habían estado vinculados, de alguna manera, al Real As-
tillero, sufriendo ahora las consecuencias económicas del despido.

Instituciones solariegas en el entorno ceciliano

En definitiva, a finales del siglo XVIII, las grandes producciones del


Real Arsenal iban desapareciendo, paulatina y casi definitivamente y

en el Archivo de Nacional de Historia. Escribe importantes libros para la historiografía


cubana y continental, entre ellos: ―La Conspiración de Aponte‖ en 1963.

44
las condiciones en La Habana fueron empeorando para el negro en
sentido general; aunque para el emigrante negro sevillano, las adver-
sidades les habían sido familiares desde su arribo a puerto habanero.
Vale destacar que lo que quedó en funcionamiento del Arsenal con-
tribuyó a que una parte del éxodo migratorio franco-haitiano, propicia-
do por los sucesos independentistas de 1790, también se direccionara
hacia La Habana, siempre esperanzados estos en encontrar en el
Real Arsenal algo de las riquezas que produjo en los pasados años de
glorias fabriles. Dicha emigración facilitó la efervescencia francmaso-
na –muy activa en los territorios ultramarinos franceses— en la capi-
tal cubana.
De hecho, tal migración no afectaba la base sociocultural que se
formaban con los afrodescendientes, porque los sostenía un impor-
tante corpus de tradiciones. A la larga, no afectó el corpus de la ―sevi-
llanía‖, ni del curro criollo, pues no era transitorio ni efímero, sino que
se consolidaba.
Por otro lado, las páginas de la novela por antonomasia de Cirilo Vi-
llaverde; de manera consciente o no, reflejan aspectos penetrados de
concepciones vía inmigración franco-haitiana, que aúpa una masone-
ría. Puede mencionarse la conformación del personaje músico, José
Dolores Pimienta, entre otras cosas por su preferencia por el instru-
mento típico masón, el clarinete.

Bueno recordar, que el perfeccionamiento definitivo del instru-


mento lo recibe en la interpretación preferencial que alcanzó en
las universales creaciones para dicho instrumento del masón
genial Amadeus Mozart. En ello destaca la obra de la "Gran
Partita", donde fue quizás, el principio de la gran relación del
compositor con el clarinete y de éste con la masonería. Mozart

45
elaboró un sin número de composiciones en función del cere-
monial masónico para que su amigo masón, el clarinetista Antón
Stadler las interpretara. Se introducía así el instrumento.

Se dio la situación que Villaverde para el personaje que cierra trián-


gulo amoroso con la figura principal Cecilia Valdés; que describe y da
a la prensa en la versión anticipada de 1839, como lo señala Esteban
Rodríguez Herrera28, es un personaje mulato músico que llamó Águe-
do Falcón Pimienta, y presenta inicialmente el violín como instrumen-
to. Pero como por algún motivo, ese masoneísmo se hace definitiva-
mente evidente para la versión que da finalmente a la prensa avan-
zada la segunda parte del propio siglo XIX; el músico que entonces
dibuja su pluma para ese personaje, que ahora llama José Dolores
Pimienta, es un consagrado intérprete de clarinete: ―el célebre toca-
dor de clarinete‖; (tomo I: 279) instrumento con unas híper-glamurosas
cualidades en mano del nuevo personaje, el eterno enamorado de la
ebúrnea Cecilia Valdés en adjetivo del trovador Manuel Corona. Re-
cortamos de las páginas de la novela, las frases indicativas de cuali-
dades del masónico instrumento:

―Pimienta, el clarinete, se mantenía en pie a la cabeza (como

director) de la, orquesta, tocando su instrumento favorito‖(138);


―el clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variacio-
nes…‖(139); ―bien claro decía el clarinete en sus argentinas no-
tas: caramelo vendo…‖(160); sus penas ―encontraron desaho-
go por la llaves del clarinete, se exhalaron… según lo peregrino
y suave de las notas que el sacaba…‖(161).

28
Esteban Rodríguez Herrera en la edición crítica que hace de la novela de Villaverde
en 1972,

46
Nada parecido sucedía con los otros instrumentos, incluido el contra-
bajo que ejecutaba el afamado Claudio Brindis. Además aparecen
elementos masónicos como el número siete: la cantidad de los inte-
grantes del grupo musical…
Para apreciar la concepción de ser ―Abakuá‖ con sus implicaciones,
sucede la puñalada típica que dio Pimienta al esclavo Dionisio y que
así la reconoció el curro Malanga: ―--¡Guenajería! Se conoce que el
pardito sabe su oficio…‖ (Villaverde, 1986: tomo II,164)
El mulato ceciliano José Dolores Pimienta, personaje definitivo de Vi-
llaverde, asume el clarinete29 como instrumento para él imprescindi-
ble, porque le facilitaban su blanqueo racial, en el que los presupues-
tos masónicos concretan.

Lo que no se contó en Cecilia Valdés

La novela de Cirilo Villaverde, Cecilia Valdés no contó de los incen-


dios en Jesús María, cuando algunos de ellos se acaecieron en el
tiempo que se correspondía con los hechos narrados. Para entender
de estos siniestros provocados, vale partir del fenómeno social que los
curros propiciaron, en resistencia en los espacios suburbiales capitali-
nos con el uso prolífero de la décima.
El estudioso Menéndez Alberdi afirma que una parte importante de
las primeras décimas de que se tienen noticia, aparecieron desde

29
Frase con que en Cecilia Valdés se refiere del Clarinete: ―Pimienta, el clarinete, se man-
tenía en pie a la cabeza (como director) de la, orquesta, tocando su instrumento favori-
to‖(138); ―el clarinete ejecutaba las más difíciles y melodiosas variaciones…‖(139); ―bien
claro decía el clarinete en sus argentinas notas: caramelo vendo…‖(160); sus penas ―en-
contraron desahogo por la llaves del clarinete, se exhalaron… según lo peregrino y suave
de las notas que el sacaba…‖(161). Y nada parecido con los otros instrumentos, incluido
el contrabajo que ejecutaba el afamado Claudio Brindis.

47
1790 en el recién fundado Papel Periódico de la Havana30. El pri-
mer periódico nacional, en que sus páginas dieron cuenta de una pro-
fusa publicación de décimas, ―a granel‖; (1986: 36) poesía, que en su
inmensa mayoría, ha desaparecido.
El tema merece algunos comentarios más. En el documentado libro:
La Poesía Lírica en Cuba (tomo I),31 José M. Carbonell señalaba de
la aparición pública del Papel Periódico de la Havana: por especial
interés del entonces Capitán General de la Isla de Cuba, el ilustrado
Luis de las Casas. Era la primera publicación de carácter noticioso,
literario y económico en el país. Carbonell plantea que lo citado por
Menéndez era una fuente abundante de nuestra poesía y en particu-
lar de décimas. Agregaba: ―…es que a partir de 1790 comienza nues-
tra historia‖; en este caso como nación, porque antes recalca, ―la
poesía lírica no había florecido en el país en el por fenecer siglo
XVIII‖. (Carbonell, 1928: tomo I, 92)
Las pesquisas de Carbonell fueron más allá al agregar, al delimitar
los ―puntos de vista‖ que mostraba la importancia de la poesía apare-
cida en el Papel Periódico. La primera muestra que en cantidad se
destacaba, estaba cargada de sátiras contra la mujer.(Ídem, 92) y lo
más importante: el segundo tipo en proporción, de esa poesía publi-
cada en el Periódico, según el balance hecho por el polígrafo Carbo-
nell, era dentro de otros, y citamos: ―el incendio de Jesús María, trata-
do en décimas anónimas o firmadas con seudónimos. Las décimas
que se adjudicaban firmantes eran de otros temas, hechas por espa-

30
El primer número apareció el 24 de octubre de 1790.
31
Colección de varios tomos que con el título: Evolución de la Cultura Cubana (1608-
1926), escribe en 1928 Don José Manuel Carbonell y Rivero, Presidente de la Academia
Nacional de Artes y Letras, miembro de la Academia Cubana de la Lengua y Correspon-
diente de la Real Academia Española, a solicitud del entonces presidente General Gerar-
do Machado para un evento Panamericano en La Habana.

48
ñoles‖ –concluye la cita de Carbonell. (93)(Los subrayados son nues-
tros)
La décima, compuesta por el ―andaluz Vicente Espinel‖, –a criterio
de Carbonell--, ― era el metro generalizado,lo mismo entre los improvi-
sadores de zambras y festines, que entre los que maduraban sus pro-
ducciones […] Igualmente para la musa campestre que entonaba
canciones al rumor del tiple y el güiro adoptaba la décima para sus
guajiras criollas‖. (93) Valoremos algo más, en los finales de ese Pri-
mer Tomo, Carbonell incluye del también poeta Ramón de Palma y
Romay un apéndice: Cantares de Cuba, donde, al finalizar, afirma:

―La décima es el género de composición más popular en Cuba,


y es tan común versar en este metro, que a todo se aplica, y se
necesita cuidado para no confundir las glosas de los guajiros
con las décimas que a cada paso se improvisan en las ciuda-
des, y las que hace los versistas de pueblo en conmemoración
de algún hecho escandaloso.‖ (Ídem: 321) (Palma firma el tra-
bajo en 1854) (El subrayado es nuestro)

De hecho, dice Emilio Roig , historiador de la ciudad de La Habana:


argumenta que para la ―colaboración y comunicación espontánea con
el público‖, desde el primer número del Papel Periódico de la Havana,
se creó una caja, a manera de «cepillo de ánimas», en que se echa-
ban los artículos, poesías, cartas etc., estando el propio Capitán Ge-
neral de la Isla, Don Luis de las Casas, de redactor. La selección a
publicar de estas colaboraciones la hacía además, el redactor. La ca-
ja se suprimió en 1809: ―porque se había convertido en un depósito de
libelos infamatorios‖, argumento que esgrimió, para suprimirla, el re-
dactor de turno: Don Tomás Agustín Cervantes‖.(1966: tomo I, 215)

49
En definitiva puede que más que infamatorios fueran inflamatorios;
precisamente, por referirse a los incendios del Jesús María en la plu-
ma de los curros; razón también, para el cambio de nombre que su-
frió el Papel Periódico de La Havana, denominado como Aviso para
limitarlo. Debe añadirse, que en el primer número, en 1790, para
anunciar la señalada sección que aportaba la caja, decía: ―los aficio-
nados que quieran adornarla con sus producciones se servirán poner-
los en la librería de D. Seguí…, conservando oculto o publicando el
nombre del autor según este lo previniere‖. (Ídem: 217)
El negro curro se las valió para con su décima denunciar el plan
macabro de la oligarquía y sus representantes oficiales, de quemar lo
que resonara a los cultivadores de la dignidad humana, a su expre-
sión mediante la décima y de la mala etnia aun cuando fueran nativos
españoles, dándole fuego al barrio Jesús María que incluía el inhóspi-
to Manglar.
Si no hubiera sido tan intensa la difusión que hicieron los curros con
sus décimas de esos aparentemente anodinos incendios, como se
constata en el Papel Periódico de la Havana, hoy no tendríamos
ningún conocimiento de ello, a pesar de lo opaco de su recuerdo.
Consideraba Carbonell al afirmar que a la historia cubana, le da
inicio la década de 1790, cuando aparece el periódico en la Habana,
porque antes –citamos textualmente--, ―…se perdía en la noche de la
más negra ignorancia…‖(92) De manera que el primer factor coadyu-
vante era la ―fuente abundante de nuestra poesía‖, publicadas en el
primer medio impreso; agregamos, como las inspiradas en el incendio
del Jesús María, ¡incluidas entre las segundas en importancia! . De
una manera u otra, los afrodescendientes curros y criollos, con sus
décimas espinelianas en resistencia, están bien representados en
nuestros primeros alientos poéticos y formación de la nacionalidad.

50
Cuando el destacado folklorista Samuel Feijóo en su libro Lírica Crí-
tica, introduce a los dos grandes poetas exponentes de la décima
―culta‖ del siglo XIX cubano, Poveda y Milanés; intercala una informa-
ción sin aparente relación con lo que escribe y tal es así, que lo inclu-
ye entre paréntesis, como la reproducimos: ―(Hay glosa32 ya al incen-
dio del barrio Jesús María a finales del siglo XVIII)‖. (1982: t.I, 260) (El
subrayado es nuestro)
El cronista costumbrista decimonono José Victoriano Betancourt,
inscribe el tal –o los tales— incendios a inicios del XIX, a diferencia de
lo que dice Feijóo. Ortiz, por su parte, divulga hechos dramáticos rela-
cionados con los curros, de la autoría de Betancourt: ―El Manglar era
el Hampa de la Habana […] asquerosas pocilgas, donde vivían en
mezquinas casuchas una numerosa población casi toda africana, an-
tes del incendio que la convirtió en cenizas el año 1802‖. (Ortiz:15)33
Este primer incendio sucede siendo Gobernador de la Isla el marqués
de Someruelos.34El historiador Valdés lo describe dudando de la bue-
na fe de lo que, en favor de los afectados, hace el marqués:

―…los pobres… que padecieron en el incendio que en del ba-


rrio de Jesús María, acaso porque entonces no le importuna-

32
Estructura poética que integran décima sobre un pie forzado, hoy de uso no frecuente.
33
La cita la toma Ortiz de ―Los curros del Manglar‖, Artículos de costumbres. Publicacio-
nes del Ministerio de Educación. La Habana, 1941, p. 133.
34
El tristemente célebre Someruelos. Su nombre era: Don Salvador de Muro y Salazar
(1799-1812). De él ampliaremos cuando se aborde al patriota José A. Aponte. 62Lydia
Cabrera(1899,La Habana-1991,Miami) fue una excelente portavoz de la cultura afrocuba-
na y fiel rescatadora de las creencias y prácticas religiosas en Cuba. En 1927 viaja a Pa-
rís, estudia en l'École du Louvre. Comienza a investigar en 1928y después de dos meses
en Cuba regresa a París y publica cuentos negros en Cahiers du Sud, Revue de Paris, y
Les Nouvelles Littéraires. Se ganó la confianza de los afrocubanos, lo que le permitió en
1950 recorrer todo el país y recopilar información sobre rituales y mitos conocidos por po-
cos. Su libro "El Monte" es considerado por muchos una especie de Biblia de las religio-
nes afrocubanas. Escribió además: La sociedad secreta Abakuá, narrada por viejos adep-
tos; Otán Iyebiyé, las piedras preciosas; Anaforuana: ritual y símbolos de la iniciación en
la sociedad secreta Abakuá; La Regla Kimbisa del Santo Cristo del Buen Viaje, entre
otros.

51
ban, lo cierto es que habiéndose incendiado el referido barrio a
la 1 del día, el 25 de abril de 802, consumió el fuego194 casas,
en que vivían más de 11 300 personas, casi todas infelices, y el
gobernador movido del estado deplorable a que consignaba la
suerte aquellos desgraciados, salió de puerta en puerta a pedir
una limosna, para resarcirles sus bienes perdidos del mejor
modo posible‖. (Valdés, 1813:142)

Como resultado de las limosnas que revela la cita, levantó viviendas,


o en realidad Barracones. A otro de estos incendios se refiere Lydia
Cabrera, quien nos relata lo ocurrido, pero ya con nuevas considera-
ciones, incluso ampliando el tiempo y la denuncia:

―Un tremendo incendio, en 1826, después de otros fuegos


ocurridos en aquella peligrosa barriada, cuenta que privó de
sus escondites a estos pícaros, que la mano dura, pero eficaz
del General Tacón, arrojó de allí. Pero Jesús María fue, y es
aún, "barriada abakuá". (1969b: s/p)

Salvando las imprecisiones, el Gobernador de la Isla de 1823 a 1832


fue el también tristemente célebre, D. Francisco Dionisio Vives.35 La
etnóloga Cabrera armó muchos de sus trabajos con entrevistas de in-
formantes mayores, que conservaban frescas referencias orales de
los hechos; estos no dudaron en llamar de ―pícaros‖ a los curros.
Aunque igualmente, no explican el por qué y por quiénes, aparecieran
décimas con el incendio del barrio donde vivían en mayoría, los traba-
jadores negros del Real Arsenal.

35
D. Francisco Dionisio Vives, gobernador de la Isla de Cuba de 1823-1832; fue conoci-
do por su lema: Vive como Vives vive y vivirás.

52
Las citas las completan los criterios que propagaron los medios de
información de la época, achacando lo endeble y efímero del bohío de
yaguas y guano, y más contados con tabla, propio de las edificaciones
de estos barrios, con la situación socioeconómica de sus habitantes.
Una investigadora norteamericana escritora de temas cubanos; muy
citada por el historiador de la ciudad Emilio Roig de Leuchsenreing,
Irene A. Wright,36 decía de las casuchas de pobre:

―A causa de sus materiales las viviendas se quemaban fácil-


mente... Era el argumento de mayor peso en boca de las auto-
ridades, desde épocas tempranas de la Habana colonial, para
que fueran trasladados y eliminados de los entorno de blancos;
porque –añadían--: «los negros serán ocasión de muchos ma-
les». (Roig,1966: t I,38) (El subrayado es nuestro)

Otra reseña, diríamos confidencias de cronista, es la manera cómo


exterioriza Ortiz lo del incendio en esta cita: ―El negro curro fue lla-
mado del Manglar, porque en esa parte del barrio Jesús María tuvie-
ron su principal asiento, hasta que se incendió‖.(1987: 91) Lamenta-
blemente el cronista no añade juicio alguno del hecho y solo se con-
forma con: ―y se incendió‖. No muchas más, fueron las citas que apa-
recieron en los medios difusores de estos incendios. La Dra. Barcia
reconoce un personaje negro ―ilustre‖, importante entre los miembros
de cabildos habaneros, de nombre Juan Nepomuceno Diez, capataz
del cabildo carabalí isuama ibi desde 1802; ex esclavo muy rico, de

36
Irene Aloha Wright, como historiadora de la capital publicó entre otros: Historia docu-
mentada de San Cristóbal de la Habana en la primera mitad del siglo XVII. La Habana.
Imprenta Si Conferencias que dio Ortiz en el Ateneo de la Habana que tituló Los negros
curros, y que publicó, en un libro que tituló ―Entre cubanos. Psicología tropical‖, escritos
los trabajos entre los años de 1906 y 1911. Tomado de la edición de 1987, de la editorial
de Ciencias Sociales.

53
quien relata: ―conduciría la imagen de Santa Bárbara […] en la Iglesia
Auxiliar Jesús, María y José, en extramuros […] Su casa, el cabildo,
ubicada en El Manglar, había sido afectada por el incendio sufrido por
la barriada de Jesús María, y que debido a esos se había quemado‖;
(2009:185) se refería a un documento que le había dado el Obispo…
Todo contribuye a indicar existieron grandes y graves incendios en
Jesús María, en 1802, en 1826 y en 1828, quizás otros. De este último
nos ofrece datos el Emilio Roig de Leuchsenreing, cuando se discutía
mantenerle o no, el nombre a la Calzada de Vives: ―Porque se cons-
truyó, después del segundo incendio de Jesús María, en 1828, de
Capitán General de la Isla Dionisio Vives…‖ (Roig,1966: Tomo II,52)
De los incendios dieron cuenta los bomberos de La Habana y que
reseñó en trabajo leído en la Sociedad de Higiene de La Habana el
Dr. D. Antonio de Gordon y Acosta: ―En la tarde del 25 de Abril de
1802 siendo Gobernador de la Isla el Marqués de Somerue-
los…(1894:16) (referencia que ya relatamos antes…) en la misma pá-
gina y sólo con la reseña de otro incendio de por medio, trae la infor-
mación del nuevo: ―El 11 de febrero tuvo lugar el segundo incendio del
barrio Jesús María, el cual no fue menos desastroso que el anterior,
pues fue grande el daño que ocasionó‖.(16)
La décima en mano curra fue arma de denuncia al plan de desapa-
recerlos, con fuegos sucesivos, del Jesús María. Obligada pregunta
sería: ¿Si los incendios no hubieran existido, se habría luego dado el
uso profuso de la espinela en la cultura nacional? Es casi imposible
encontrar claros rastros de incendios en los medios; solo se conoce
de los hechos por informaciones escuetas y por las décimas…

54
Aparece igualmente tratada la problemática en las obras escritas
por el teatro cubano dedicadas a velorios37en Jesús María: Un velorio
en Jesús María. (J. A. Millán, 1848); Un velorio en El Manglar. (Miguel
V. Machado, 1870) (Leal, 1975: 276-277). El primer drama conocido
que se escribe para el teatro con el tema, es del gran comediógrafo,
surgido en Jesús María, Francisco Covarrubias con el título: Velorios
de la Habana. Igualmente llama la atención que el cronista que tanto
habló mal de los curros, J. V. Betancourt, en 1848, escribiera: El triple
Velorio, que destaca en su libro Leal.(Ídem) De ellos dice: ―iniciado
en una larga tradición costumbrista y local; seguidora, del sainete de
Covarrubias y luego de su historiador, el comediógrafo José Agustín
Millán‖.(276) ¿Qué tanto significaba el velorio en el imaginario popu-
lar del Jesús María que motivó los velorios de sus dramaturgos?
Ortiz cita uno de los diálogos con que estructuraba sus crónicas J.
V. Betancourt; en el que uno de los personajes invita al otro: ―a visitar
donde viven los negros curros y ver cómo acostumbran celebrar el
tercer velorio(sic), de un parvulito hijo del mulato Timoteo Pereyra […]:
--él es curro del Manglar, allí observarás las costumbres del canalla.‖
(1995:15) Y el destacado costumbrista no podía dejar de dedicar un
artículo al ―velorio curro‖ y al incendio en Jesús María; que llamó pre-
cisamente: ―Los curros del Manglar. El triple velorio‖.
El término, triple velorio apareció en la publicación, El Artista (tomo
I, núm. 21, domingo 31 de diciembre de 1848): ―la costumbre --termina
diciendo el artículo-- de los curros del Manglar y el triple velorio‖. De-
bemos añadir, además, que en el propio trabajo Betancourt al referirse
al lugar de La Habana que van a visitar para el velorio, añade lo si-
guiente: ―…y llegamos al Manglar, situado al sur de la población de
37
―Velorio. La acción y efecto de Velar en reunión a persona difunta […] en La Habana
vulgar, (sic) también hay Velorio de Mondongo o Lechón asado…‖ Del Diccionario PI-
CHARDO NOVISIMO (1836). Versión de 1953. Matanzas. Imprenta de la Real Marina.

55
Jesús María […] donde vivía en mezquinas casuchas una numerosa
población, casi toda africana, antes del incendio que la convirtió en
cenizas el año 1802…‖ Por los títulos de las obras señaladas, el tema
fue abordado, en varios momentos por la dramaturgia nacional.
Un dato final de interés a señalar es lo que hace el conde de
Mompox y Jaruco, que un historiador recoge: 38 ―contribuyó al estable-
cimiento en el Mariel y en Matanzas de las familias que de resultas del
primer incendio de Jesús María, se hallaban errantes é indigentes‖
(sic). De manera que el plan de las oligarquías funcionaba: alejar de
La Habana estas figuras, a todas luces: indeseables cerca… el histo-
riador de la cita no podía obviar agregar que la hija del conde, Doña
Mercedes Santa Cruz, luego Condesa de Merlín: ―ese mismo día, 25
de Abril, con 13 años de edad, abandonaba su país de 1802, en na-
ves de la escuadra del Almirante Gravina: el mismo día en que el ba-
rrio Jesús María perdía por incendio 1,332 casas у 1.265 accesorias y
cuartos, donde habitaban 11,350 personas‖. Así, con ese encono lo
contaba D. Rosain en su libro Necrópolis de la Habana.(322)
En definitiva, Cecilia Valdés no trae a relato los incendios en Jesús
María, pero si del teatro que se quemó en el incendio de 1802, y res-
taurado debió conocer Malanga, su personaje curro, al vivir puerta con
puerta con él, el llamado: Circo de Marte… con sus Velorio y Mila-
gros… El amplio mosaico social que presenta Cirilo Villaverde no en-
fatiza en su amplitud en la situación del curro, solo en lo que el cos-
tumbrismo de la época o artistas plásticos como Landaluze mostraron,
pero sí crea personajes que los tipifica, dada su importancia en el so-
ciocultural en la Cuba de entonces.

38
Conde de Mompox y de Jaruco, Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, nació en la Ha-
bana el10 de Setiembre de 1769 y dedicado á la carrera de las armas… Tomado Edición
digital del libro: Necrópolis de la Habana, de Domingo Rosain, 1875, pp.176-177.

56
CAPITULO II: El primer Teatro en Jesús María

El teatro y la España de los siglos XVIII y XIX…

Merece referir en página aparte, las enormes dificultades que con-


temporáneamente a los hechos narrados en La Habana por Villaver-
de, se daban contra el teatro como institución en toda la España del
siglo XVIII. Una razón de las esgrimidas para suprimir las actuaciones
públicas del teatro se refería a las fuertes y mortales epidemias que
azotaban el país; enfermedades castigos que se argumentaban para
condenar, en un culto de represión religiosa al teatro, sus funciones; y,
además, a los curros de Sevilla. Lo recogía así el historiador Guichot:

Con motivo de la epidemia que afligió a Sevilla y gran parte de


Andalucía en el año 1679, los misioneros, teniendo aquel azote
por castigo del Cielo, predicaron con tanto calor contra los tea-
tros y las comedias, que el Ayuntamiento suprimió unos y otras
por tiempo ilimitado. No llevó á bien esta supresión el pueblo
de Sevilla, que siempre se había manifestado amante de esta
clase de espectáculos, y que en ocasiones había mantenido
hasta dos compañías de buenos actores que representaron en
distintos teatros; mas tuvo que hacer de la necesidad virtud, y
resignarse…39 (Se respeta la ortografía)

39
Tomado de D. J. Guichot, (1882): Historia de la ciudad de Sevilla. Madrid. Imp y Lit. de
JOSÉ M." ARIZA, Sierpes 19.(Edición digital Biblioteca Nacional, Madrid) T.IV, p. 402

57
Sin embargo, para la tendencia ilustracionista, el teatro era mucho
más por sus valores trascendentes, lo que Villaverde percibe. Teóri-
camente, en muchos de esos años en España, como en otros países
europeos, se extendían las ideas y aplicaciones que sustentan ese
espacio renovador de la sociedad:

La fe en la eficacia de la instrucción es, pues absoluta y, como


uno de sus instrumentos más poderosos, los ilustrados descu-
bren el teatro, en el que ven un incipiente medio de comunica-
ción de masas de indudable fuerza. «... El teatro es el primero y
más recomendado de todos los espectáculos; el que ofrece
una diversión más general más racional, más provechosa y por
lo mismo, el más digno de la atención y desvelos del gobierno.
Los demás espectáculos divierten hiriendo frecuentemente la
imaginación con lo maravilloso o relegando blandamente los
sentidos con lo agradable de los objetos que presentan. El tea-
tro, a estas mismas ventajas que reúne en grado supremo, jun-
ta la de introducir el placer en lo más íntimo del alma, excitando
por medio de la imitación todas las ideas que puedan abrazar
el espíritu y todos los sentimientos que puede mover el corazón
humano...» Tomado de: Inés M. Arias de Cossio: ―La esceno-
grafía teatral en el Madrid de Carlos III: un intento de renova-
ción‖. Revista de la Universidad Complutense de Madrid.

Al analizar el problema concluimos que hubo una batalla, con indu-


dable trasfondo anticlerical de índole política; conducida destacada-
mente y durante varios años, en defensa del teatro en general y con el
apoyo real, por los ministros Aranda y Campomanes. Ya hemos indi-
cado que alguna bibliografía para atacar el criterio sustentador y su

58
universalidad, han pretendido desconocer los esfuerzos del monarca
en defensa de esa actividad que se convertía en fundamental para los
reformistas. Hay que recordar que una de las primeras Órdenes de
Carlos III, a su llegada como rey por Barcelona en 1759, estaba dirigi-
da a levantar la prohibición que tenía el teatro en Zaragoza; de fecha
el 26 de noviembre, sin haber tomado aún posesión del reino en Ma-
drid.
Es que, para el hombre de ideas ilustradas, el teatro, como acción
artística, era una diversión loable y necesaria, escuela de virtudes ciu-
dadanas, que debía depender sólo de la autoridad civil. Tal actitud
tenía que conducir a un choque con los representantes religiosos.
Se produjeron choques quizás también buscados por aquellos dos
ministros, que apoyaban al monarca; convencidos de la participación
de los jesuitas y de otros elementos de la Iglesia. Se mantuvo el inte-
rés del equipo ilustrado por restablecer las representaciones teatrales
y vencer la resistencia de los enemigos de las mismas. Se atacaba de
hecho, al Gobierno e incluso a su ―majestad real, a propósito de per-
mitir las comedias‖. Esto se mostraba en el texto de muchas coplas
satíricas como estas:

Acudid a las comedias que es consentimiento real, azeros afi-


cionados como lo es Su Majestad. Estribillo: Comedianta boni-
ca y madama, de las tablas caliente a la cama. El Rey lo man-
da Esto es bueno, y si fornicar mandara, también dixeras lo
mesmo. Comedianta... Quítesele a Dios el culto en parte de
Religión y entren pues los comediantes que traen real permi-
sión. Comedianta...

59
Los cómicos en los pueblos, y fuera de ellos los frailes. Así lo
manda el Monarca porque es mejor tabla y bailes. Comedian-
ta... Auméntense los teatros, quítense iglesias de España, y
pues que lo manda el Rey todo lo demás es zambra.40

Campomanes extendió sus propuestas sobre la base de que el Go-


bierno formara buenos músicos y declamadores y convertir el teatro
en una escuela de buenas costumbres y también del buen gusto lite-
rario, evitando las faltas contra la verosimilitud y las reglas. Encontra-
mos similitudes en el documento suscrito en La Habana por el mar-
qués de la Torre, al proponerse construir un teatro-coliseo a la manera
del Coliseo San Carlos de Madrid.
Sin muchos cambios, los conflictos contra la teatralidad continuaron;
situación que repercutió de muchas maneras, en las colonias america-
nas:

Después de la restauración de las actividades teatrales en


Andalucía por el impulso de los ministros de Carlos III (funda-
mentalmente Aranda y Rodríguez, conde de Campomanes),
Andalucía volvió a quedar casi totalmente privada de espec-
táculos a fines del siglo XVIII. En el resto de España quizás no
fue tan violenta la ofensiva eclesiástica contra el teatro […] Se
trataba de un aspecto más de aquel cambio de rumbo que ha-
bía conducido a la Iglesia española a olvidar los grandes temas
doctrinales en los que había brillado la ciencia de los teólogos
del siglo XVI, para confinarse en un moralismo exagerado y, a
la larga, contraproducente. Peligroso, además, en un siglo co-

40
―La batalla del teatro en el reinado de Carlos III‖. De: Antonio Domínguez Ortiz. (Cartas
de España, carta 4.a A. H. N., Consejos, 1.305-16).pág. 132

60
mo el XVIII en el que el absolutismo regio llegó al ápice, porque
siendo el teatro una actividad sujeta primordialmente a la auto-
ridad civil, la intromisión eclesiástica tenía que dar lugar a cho-
ques jurisdiccionales que pondrían a la Iglesia en una posición
falsa, circunstancia que no dejaron de aprovechar los ministros
ilustrados para sus propios fines. (Ídem: 130)

Ahora bien, como habíamos dicho al inicio del capítulo, muchos cro-
nistas que atacaban al teatro argumentaban que a Carlos III nunca le
interesó el teatro ni gustó de la ópera, y que las arengas de Campo-
manes sobre su sentido político, educativo y cultural debían importarle
poco. Un monarca que había sido –según esos ideólogos, repeti-
mos--, ―supervalorado; cuando era un hombre mediocre, desinteresa-
do de los libros y de las artes, a quien sólo la caza le procuraba un le-
nitivo al aburrimiento‖.41 Además, sostenían que el teatro que tenían
en la Corte se conservaba por tradición, no porque experimentara al-
gún placer al asistir a las funciones. En una palabra, procuraban sa-
tanizarlo.
No interesaba a los críticos de entonces que Carlos III se había ocu-
pado de enviar a La Habana como Capitán General, al ilustrado el
marqués de la Torre, quien demoró muy poco en erigir un magnífico
Coliseo en La Habana, como tantos otros en América… ¡nada, que
de acuerdo con lo historiado ,a Carlos III le salían estas muy sobera-
nas ideas por una abulia real que le era característica..! No debió ser
así: se erigieron, por decreto real, coliseos similares, en casi toda las
capitales de América hispana: La Paz, (1796); Caracas, (1794); Gua-
temala, (1794); Bogotá, (1793); Lima, (1749); Montevideo, (1793);

41
Tomado de: La batalla del teatro en el reinado de Carlos III. Madrid: p136

61
Puebla, (1761) y otros prueba suficiente que consideraba esta mani-
festación del arte como necesidad espiritual. (Ver: Leal, 1975:165)
Además, pasada la impresión de temor y desconfianza que produje-
ron alborotos y que ciertos ministros se esforzaron en aplacar, algu-
nos prelados, con el tiempo y la presión, aceptaron el teatro. La cam-
paña contra la ópera comenzó inmediatamente, llegando a negar los
obispos y ministros de la iglesia la absolución de pecado a muchos,
por haber asistido.

Poco partidario de las soluciones drásticas, Carlos III liberó a


Campomanes… pero, quien no tenía vocación de mártir de una
idea, percibió el cambio de viento y arrió velas… Se dice que
menudean en estos años finales del reinado de Carlos III las
peticiones, no sólo de eclesiásticos sino de ayuntamientos y
particulares para que no se permitan comedias…1791-92 se
tomaran acuerdos contradictorios. Vencieron, finalmente, los
partidarios de la prohibición, y en 18 de febrero de 1793 el co-
rregidor recibió orden real de no permitir las representaciones.
El rey carecía de criterio propio en esta materia y no encontra-
ba apoyo en el Consejo de Castilla, donde Campomanes había
abandonado ya su guerra particular en pro del teatro. Murió
Carlos III dejando el teatro español en un estado caótico, y su
sucesor, tan indiferente como él a las Bellas Letras, tampoco
hizo nada por establecer una normativa de las representacio-
nes teatrales. Los esprits forts a la manera de Olavide eran
muy raros, y esto es lo que explica las divisiones en el seno de
las corporaciones municipales y sus frecuentes cambios de
opinión. – Tomado de: La batalla del teatro en el reinado de
Carlos III. pp: XIII y XIV.

62
.
Veamos con detenimiento que pasaba con el teatro en Sevilla, lo que
de alguna manera incidió en el teatro habanero mostrado por Cirilo
Villaverde. Una cita tomada de: D. J. Guichot, amplía el criterio de las
ilustradas gestiones:

…el Rey había expedido una Real Orden, por la que se alza-
ba toda prohibición que existiera en la materia, y autorizando la
representación en Sevilla de tragedias y comedias bajo deter-
minadas condiciones. Sin embargo, las cosas permanecían en
el mismo estado, venciendo injustificadas preocupaciones lo
que la razón y la justicia reconocía por lícito.
Así las cosas, el Asistente Olavide, conociendo lo que aquella
prohibición perjudicaba á la cultura de Sevilla y la imperiosa
necesidad de proporcionar á nuestra populosa ciudad diversio-
nes tan honestas como instructivas, como son las que ofrece el
teatro, desempolvó aquella Real Orden, y autorizó las repre-
sentaciones escénicas en la población, y dio el ejemplo man-
dando construir un teatro provisional de madera en la calle de
San Eloy, con puertas al dormitorio de San Pablo, en el que
empezaron á representarse comedias en el mes de Diciembre
de este año, con sujeción á un reglamento que publicó…(Se
42
respeta la ortografía original) –Guichot (1882): Tomo IV, p.
420.

Este historiador de Sevilla describe con bastantes detalles la penosa


situación entre otras cosas, de las representaciones públicas del tea-

42
Guichot, D. J., (1882): Historia de la ciudad de Sevilla… Obra escita e ilustrada por su autor,
Académico de número. Sevilla. Imp. y Lit. de JOSÉ M." ARIZA, Sierpes 19. 1SS3. Tomo IV.

63
tro, los tipos de espectáculos y cómo en ocasiones variadas compa-
ñías de buenos actores, no se representaban en los distintos teatros;
de manera y así lo manifiesta: ―tuvo que hacer de la necesidad virtud,
y resignarse…‖ el Intendente Olavide, al estar convencido de que
aquellas venales prohibiciones, perjudicaban la cultura a la populosa
ciudad de Sevilla; y limitaban de diversiones ―tan honestas como ins-
tructivas, como son las que ofrece el teatro‖. Siguiendo la Real Orden
que le facultaba autorizar las representaciones escénicas en la po-
blación y agrega el historiador: ―y haciendo de tripas corazón, mandó
construir un nuevo teatro, provisional, de madera: …en el que empe-
zaron a representarse diferentes obras, sujetas, dijo: ―a un reglamen-
to…―para el buen orden de los espectáculo‖; para que no tuvieran los
eclesiásticos de que preocuparse ni argumentar inmoralidades. El
subrayado es nuestro, para hacer notar, que este reglamento de Ola-
vide será repetido en el Bando de La Habana por el marqués de la To-
rre, con las diferencias e intenciones propias de las circunstancias.
El asunto del teatro fue objeto de situaciones controvertidas en más
de una ocasión en Sevilla. No fue tan venturoso para el hermoso tea-
tro que por iniciativa del Intendente Pablo Olavide empezaba a cons-
truir; teatro que según memorias de aquella época, estaba llamado a
ser uno de los mejores de Europa y digno en tal virtud de la capital de
Andalucía, pero que: ―desde el proceso que la Inquisición instruyó a
Olavide, habían quedado paradas las obras, á pesar de hallarse tan
adelantadas que solo faltaban, para dar por terminada ― (Guichot,
1882:441) (Se respeta la ortografía original)
Avalamiento sobre un Sermón impreso en 1780:

…en pláticas y sermones tronaban contra toda innovación en


el modo de ser de nuestra antigua sociedad; y señaladamente

64
contra los teatros. El proceso y la sentencia que el Santo oficio
fulminó en el año anterior contra el Asistente D. Pablo Olavide,
encendió la vigilancia de los predicadores que ya no solo ex-
tremaron sus censuras contra las representaciones escénicas,
porque, decían, corrompían las costumbres, sino que hicieron
extensivas sus censuras á la Escuela de declamación fundada
en Sevilla por Olavide, y de la que habían salido buenos ac-
tos.43

De hecho, vale insistir en el tema coincidiendo con la presencia en el


barrio Jesús María en La Habana, de los operarios negros curros del
Real Arsenal, en particular en las décadas que van desde 1760 hasta
1770; cuando se ha asentado allí, en el espacio de los manglares, la
gran inmigración de negros curros sevillanos. Es cuando aparece en
su calle central, un teatro erigido por estos pardos sevillanos, coinci-
diendo con las luchas de Olavide y con las mismas intenciones del
ilustrado monarca Carlos III.
La existencia de teatros y sus funciones, había sido una realidad a la
cual no podía dejar de referirse el novelista Villaverde. De manera
que, en la propia vivienda de Malanga, adjunta y como dependiente a
ella, ubicaba Villaverde el teatro de Jesús María, en Cecilia Valdés. A
su curro personaje, al nacido a la vera del Manglar criollo. Incluso,
como aclara: ―ya no el majo que viste andaluz‖. Puerta con puerta al
primer teatro habanero y cubano, a la manera de una ciudadela, tenía
su casa de tabla, –como las que le dieron candela en 1802--, el curro
Malanga. Era, y sería ese teatro, ¡el gran teatro del barrio Jesús Ma-

43
De la supresión del Teatro en el XVIII español en el que está implicado Olavide. Toma-
do de: Sermón impreso en 1780, 55 páginas. Cartas de España, carta 4.a A. H. N., Con-
sejos, 1.305-16

65
ría! el formador de artistas geniales y de otras muchas contribuciones
a la cultura nacional.
Por considerarlo oportuno, aclaramos que el teatro donde Malanga
era el segundo teatro en dicha barriada, reedificado; pues, el primero,
había sido arrasado por las llamas siniestras de 1802.

“El Circo” en Jesús María. El marqués de la Torre.

Retornando a los momentos de la llegada al puerto habanero de los


negros curros sevillanos, es coincidente en tiempo real, con los fieros
ataques que recibían las funciones de teatro en Sevilla. Por ello, nos
hacemos la pregunta ¿Ese primer teatro habanero en Jesús María fue
consecuencia de una opositora ―animosidad‖ escénica de los llegados
negros curros ante los absurdo hechos prohibitivos que habían vivido
en la Sevilla y que dejaban atrás? ¿Pudieron hacer en la barriada ha-
banera lo que no habían podido libremente en España? La historia re-
coge lo sucedido, en definitiva, lo más importante es que el teatro
que se conoció como El Circo en el barrio Jesús María, --vaya Circo,
más modesto y popular que el Coliseo; diferenciado para las élites--, y
que refrendó Villaverde en su novela, había abierto de primero sus
puertas en dicho barrio insigne, con el asiento de los grupos inmigra-
dos de negros Curros sevillanos.
Hay una cita a Arrom, que hace Leal, muy sugestiva cuando, a fina-
les de la década de 1780, con un público muy reducido, teatros como
el Coliseo, entraban en ruinas: 44

44
Algo que también suena contradictorio: el Coliseo en ruina en 1780, y en una cita se
dice que lo había entregado nuevo, en 1777, el año en que el marqués de la Torre entre-
ga la gobernación de la Isla.

66
Desde esa época, se puede decir que no hay representacio-
nes en La Habana. Muchos de los cómicos pasaron a México y
los que quedaron representaron en el Arrabal, en una choza
harto indecente. Pasaronse después a la ciudad donde fabrica-
ron un Teatro provisional… y los actores son malos, a excep-
ción de los que quedaron del Teatro antiguo.45(El subrayado es
nuestro)

Aclara Leal a continuación, ese teatro provisional era el Circo, a final


de la calle Jesús María… (Leal, 1975:174) De manera que había
existido un Teatro antiguo antes, ¿el del Arrabal en una choza harto
indecente?
Hay algo más que merece ser relacionado; es que en La Habana
existieron dos teatros que se reconocieron a sí mismos con el epíteto
de circo: El Circo de Marte y el Circo, luego Teatro Villanueva. Coinci-
día la época también con la existencia del originario Coliseo, que eri-
giera el marqués de la Torre. De estos varios Coliseos que se erigie-
ron en Hispanoamérica, teniendo como principal antecedente el Coli-
seo San Carlos de Madrid, decía el cronista Arrom: ―Alrededor de es-
tos teatros o coliseos que viene a ser su seudónimo obligado, nace el
movimiento escénico americano‖46
¿Existía alguna diferencia en la utilización de ambos vocablos, Circo
y Coliseo, para sus originarios creadores: griegos y romanos? De he-
cho, el escenario glamuroso y popular romano fue el circo. Del Circo,

45
La cita es de Ferrer en el Regañón, ya citado, p. 316
46
José Juan Arrom, (1943): Voltaire y la literatura dramática cubana. The Romanic Review
[Separata]. Número de Octubre. p

67
nombre y apelativo que fuera del luego teatro Villanueva,47argumenta
la siguiente crónica del teatrólogo Rine Leal:

―Nunca fue un teatro de grandes éxitos. El edificio era de ma-


dera, en forma de circunferencia, alterado el circulo por un por-
tal de tejas al frente […] y un techo en forma de cono o embudo
invertido, pintado a rayas azules, rojas y blancas […] con su in-
terior bien distribuido en dos órdenes de palcos abalconados,
con capacidad para 1300 espectadores, pero carecía de bue-
na acústica por lo que era preferido para el drama y el circo.
[…]me imagino que los Habaneros lo consideraron siempre: un
Teatro de pobres… Y Hazard48 hablara de ―su casi pobre apa-
riencia‖[…] Los grabados nos ofrecen la visión de una sala no
muy amplia, con columnas y palcos lunetarios de escasa be-
lleza… En 1853 cambia su nombre y se transforma en: Teatro
Villanueva.[…] Era el Circo habanero, que parecía recordar al-
Circo de Marte en 1800…(Leal:1975:365-366-367)(El subraya-
do-destaque es nuestro)

¿Y dónde mejor cabe la décima del fin de la carrera como dramatur-


go, ya viejo, de Panchito Covarrubias, es aquí, a manera de testamen-
to, la noche de su último beneficio en el gran Circo, luego teatro Villa-
nueva? Esto arroja luz, incluso, sobre la manera de cómo describe Vi-
llaverde al curro Malanga:

En un Circo que de Marte

47
Del teatro Villanueva la historia nacional guarda recuerdos de cuando el joven patriota
José Martí. Hordas de voluntarios arremetieron contra el público enardecido con la obra
que se dramatizaba con texto que promovía los sentimientos independentistas.
48
Samuel Hazard, Cuba a Puma y Lápiz, La Habana, 1924, p. 151

68
en el campo, se formó
mi carrera principió
en el dramático arte.
Ya de ella en la última parte
a otro nuevo Circo49 pasó,
y esto me parece, acaso,
será, el destino lo intente,
que en un circo sea mi Oriente
y en otro circo mi Ocaso.

De manera que el escenario de la calle de Jesús María es de inolvi-


dable existencia para los cubanos, pues allí apareció e hizo los prime-
ros ensayos de su carrera artística, el cómico genial: Francisco Cova-
rrubias…50 No solo escribió las piezas teatrales sino que las interpre-
taba y las amenizaba, cantando en los entreactos décimas satíricas
que componía. Este personaje del primigenio teatro cubano, en el
entronque de los siglos XVIII y XIX, hizo las primeras puestas escéni-
cas en el asiento poblacional de los curros sevillanos y de los mulatos
criollos en mayoría Abakuá, en el barrio de Jesús María.
Hay que precisar algo en aras de cumplimentar la historia: el teatro
donde se iniciaba Panchito (Covarrubias) era el segundo que aparecía
allí, como señalábamos antes; cuando ya de los curros sevillanos
quedaban solo las resonancias ideoestéticas. Sin embargo, Leal afir-
ma que Covarrubias tenía contactos con el teatro desde 1791,
(1975:141) y amplía diciendo que sus ―primeras actuaciones fueron en
―un teatrico de la calle Jesús María‖. Más adelante insiste: ―en 1800
Covarrubias entra en el teatro de Campo de Marte‖… (141) ―De este
49
Se refiere con el nuevo Circo, Covarrubias, al teatro Villanueva que llevó también el
nombre de Circo; teatro donde los sucesos luego, de Martí con los voluntarios….
50
Francisco Covarrubias, había nacido en la Habana el año 1775 y fallece en 1870.

69
teatro de Campo de Marte sí se conoce fue hecho por Eustaquio de la
Fuente‖. (177)
Cuando el teatrólogo Rine Leal51 nos adelanta el perfil físico del «ca-
ricato» Francisco Covarrubias, resalta aspectos que trasmiten rasgos
de alguien con alguna sangre mestiza: ―era de un color moreno bas-
tante pronunciado […] la boca, nariz ancha y los labios grue-
sos‖.(1985:136) Y agrega: ―el ídolo del teatro habanero, el nombre
obligado de todas las temporadas […] deja más de una docenas de
títulos; y una buena colección de décimas…‖ (137) La gran escuela de
los verseadores curros sevillanos de la espinela encontraba un
alumno aventajado y futuro propagador en Covarrubias.
Así las cosas, cabe una nueva pregunta: ¿Por qué Villaverde en Ce-
cilia Valdés ubica su escena del curro del Manglar y el esclavo Dioni-
sio puerta con puerta con al teatro de Jesús María? ¿Su propósito era
insuflarle al curro Malanga una imagen de persona cercana a las me-
jores tradiciones culturales propias de tal institución de aire Ilustra-
do..? O, mejor, ¿pretendía, como lo haría el marqués de la Torre en
sus argumentos, ratificar lo negativo del teatro de Jesús María?
La historia va sucediendo y pronto, como réplica, se edificará un
nuevo teatro, el que se construirá cerca; casi en tiempo inmediato: era
el oficial y para caucásicos. Lo erige el propio Capitán general de la
Isla, el ilustrado marqués de la Torre; quien le puso el nombre de Co-
liseo, que le inspirara el propiciado por el monarca Carlos III en Ma-
drid: igualmente llamado Real Coliseo de San Carlos…, porque al pa-
51
Rine Leal (La Habana, 1930-1996). Crítico e investigador teatral. Entre 1959 y 1960
estudió en La Sorbona. Realizó extraordinaria labor para conocer el devenir de nuestro
teatro. Profesor de varias generaciones de dramaturgos, críticos y teatristas. Titular del
Instituto Superior de Arte, donde imparte Historia del Teatro Cubano, así como Seminario
de Crítica Teatral. Publicaciones nacionales y en medios internacionales. Casa de las
Américas, La Gaceta de Cuba, Unión, Tablas, Letras Cubanas, Islas, Anuario L/L, San-
tiago Revista Iberoamericana y Ollantay (ambas de los Estados Unidos). Su libro La Sel-
va Oscura, es obra fundamental de la historiografía del teatro cubano que publicó en
1982.

70
recer también inspiró antes Carlos III, el de los curros sevillanos en
Jesús María. En el fondo, ambos teatros respondieron también a la
necesidad de disponer de una cultura y entretenimiento, como previe-
ra el Intendente de Sevilla Pablo de Olavide , aunque la curia se opu-
siera y conforme a los intereses ilustrados. Cirilo Villaverde52 tenía que
contar en Cecilia Valdés, que al negro curro del Manglar, Malanga, le
era propio vivir puerta con puerta con el teatro de Jesús María!, por-
que este detalle mostraba la importancia del personaje y la valía del
curro en la cultura nacional.
La ensayista y escritora Emilia Bernal, refiriéndose al teatro cubano y
sus orígenes, escribía:

―Pero, aunque el teatro había alcanzado un tan alto vuelo en


Cuba con la obra el Príncipe Jardinero o Fingido Jardinero,53
surcaba los mares y era representado aquí y allá […] en Cuba
aún no se formalizaba la profesión de actor ni había teatro
permanente […] El primero de esta clase se sabe que estuvo
en la calle de Jesús María, un barrio… extraviado y muy po-
bre,54 pero que quizá, en la época en que se abrió ese teatro,
sería lo contrario‖. 55 (El subrayado y cursiva es nuestro).

Los datos de doña Emilia son sumamente curiosos, aunque quizás


necesitan precisión; lo intentaremos, mientras la reseñamos: ―el barrio
hoy es de un vecindario muy pobre; pero cuando se abrió ese teatro -
-décadas del 1760 y 1770--, allí, prosperaban adinerados…‖ Induda-
52
El pasaje en cuestión de Villaverde, en su novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel;
aparece en el tomo II, de la edición de la Editorial Pueblo y Educación, La Habana. 1985,
pp.153-172
53
Obra dramática cubana que aparece inicialmente publicada en Sevilla, con el autor
Santiago Pita (y para otros: Fray Rodríguez, el Padre Capacho), en 1730-1733.
54
Recuerde que el libro es de la segunda década del pasado siglo XX.
55
Tomado de su libro Cuestiones Cubanas, Madrid, 1925. (p: 104)

71
blemente que sí; los avecindados entonces eran los negros curros se-
villanos, y criollos; beneficiados por los buenos salarios del Arsenal.
¿Pero, que intenta decir con lo de ―barrio extraviado‖? Puede que los
vecinos negros curros sevillanos allí, debieron representar formas de
erudición diferente; portadores que eran, además, de la culta décima
entre otros referentes culturales, traídos de España, que parecieran
extravíos para los criollos de élite en Cuba.
Hay algo más que decir de este vernáculo teatro habanero, El Circo,
en el barrio Jesús María, del que ofrece el periódico El Regañón de la
Habana la siguiente noticia: ―De España las «relaciones» viajaron a
Cuba‖, completa la idea en Memorias inéditas que luego publicara el
propio periódico: ―que por 1800 los concurrentes al Circo, se compla-
cían en aprender de memoria, y relatar reproduciendo luego en sus
casas, trozos de aquellas «relaciones», que más les agradaban‖56 y
de las tales relaciones, Leal amplía: (1980: 74) ―eran obras en un acto,
serias o cómicas, representadas por negros, que hacían sobre la du-
plicación de una obra dramática importante de blancos: una suplanta-
ción como con los santos (del santoral católico, en los altares de las
religiones sincréticas en Cuba cuando se ponía –que bien podía ser
una estampita de la Virgen de la Caridad, que suplantaba a la diosa
yoruba Yemayá a quien en realidad se adoraba)‖.
¿Qué pensaron las élites oficiales de este primer teatro, que hizo la
dramaturgia llegada de la Metrópoli; y, que sucedió en manos del ve-
cindario, mayoritario negro, del barrio Jesús María y con diferentes
concepciones, pero igualmente culto?
Otra interesante versión sobre esto, la da el también historiador y
cronista de la época, Antonio José Valdés, que señala como palabras
56
La Nota en cuestión, aparece en El Nuevo Regañón de La Habana, el número 65,
del 24 de enero de 1832, de donde lo toma Rine Leal en su libro consultado La Selva
Oscura (1980).

72
dichas por el propio marqués de la Torre lo que recoge y reproduci-
mos:

―Hacer un coliseo donde se representen las comedias, que


provisionalmente se están haciendo en una casa particular, con
mucha incomodidad del numeroso concurso de espectadores.
Esta obra es necesaria, porque conviniendo que en una ciudad
tan populosa como La Habana haya diversiones públicas intro-
ducidas en todas las poblaciones bien arregladas […] debe
procurarse que se disfrute no sólo con unas reglas que aparten
de ella cuanto sea nocivo, sino también con unas comodidades
corporales que la pongan en la clase de verdadero entreteni-
miento público, y libre en cuanto sea posible de molestias y
pensiones. Esto segundo no es asequible sino por medio de un
coliseo capaz de contener mucha gente sin opresión, distribui-
do con las debidas separaciones para las distintas clases del
vecindario […] adornado con la decencia que corresponde a la
brillantez de este pueblo…‖ (Valdés, 103-104)

No lleva muchas más aclaraciones lo que dice --según Valdés--, el


propio marqués, el nuevo Capitán General de la Isla, Felipe Fonsde-
viela,57 quien sustituía en el alto cargo al conde de Ricla, que lo había
sido luego que el inglés abandonara La Habana en 1762. Fonsdevie-
la, marqués de la Torre, construye el primer paseo habanero, la Ala-
meda de Paula; donde, en uno de sus extremos erigió, en 1776 –se-
gún criterio oficial y generalizado--, el primer teatro que el propio mar-
qués llamó Coliseo. El término de origen romano se refería a la gran-

57
Para algunos la escritura del apellido es: Fons de Viela. Había nacido: De 1771 a 1776
es Capitán General de la Isla; con graduación militar de Teniente General.

73
deza, más espléndida, que el teatrico que tenían los curros en Jesús
María conocido por el Circo; así llamado, porque mezclaban represen-
taciones de ese género también.
La historia nos tiene algo más de lo señalado al inicio del capítulo por
la escritora de finales del siglo XIX, Bernal. Otro historiador y cronista
de la época, Guiteras, señalaba:

―Una de sus diversiones favoritas era el teatro. El que existía a


la llegada del marqués de la Torre, no correspondía a la cultura
de los habaneros, y éste logró construir otro que entonces se
estimó como un gran adelanto; pero como siguiesen patroci-
nando esta honesta, instructiva y agradable diversión, Casas
se ocupó de darle mayor extensión y comodidades.‖ (Guiteras,
1866: 203) (El subrayado es nuestro)

También Guiteras deja claro, que existió uno primero, no especifica


cuál como los otros, pero igualmente señala que antes de la llegada
del marqués que hace el Coliseo; que por supuesto, el oficialismo
consideró el primero y que el marqués entrega nuevo en junio de
1777.
Como para otros historiadores del teatro y de la época que se pre-
senta en la novela Cecilia Valdés de Villaverde, el primero fue el del
Callejón de Jústiz, criterio que también Leal trae a su Selva Oscura,
(1975) .Ese primero debió ser en la casa del callejón de Jústiz y toma
lo que dice Boato,58 incluso afirma Leal es el que menciona el mar-
qués de la Torre, pero lo presenta distorsionado en su cita de 1975.
Lo veremos textualmente: ―La primera cuadra, con una sola casa, la

58
Es lo que cita Leal de Manuel Pérez Beato: para demostrar de un teatro primigenio en
el callejón de Jústiz…y que estuvo el teatro de comedias o Coliseo en casa del señor
Mazorra… (Leal,1975:168)

74
número 2, fue la del marqués de Casa Jústiz […] En esta calle estuvo
algún tiempo el teatro de comedias o Coliseo, localizado en la casa
que fue del señor Mazorra...‖ (Ídem) Esta interesante cita repite datos,
aunque los nuevos que aportaron son igual de contradictorios, de he-
cho menciona al teatro de Campo de Marte allí:

…y el primer teatro se estableció con el nombre de «Casa de


Comedias» en el Callejón de Jústiz, casa del Sr. Mazorra, el
cual pasó á(sic) la Alameda y después estuvo en el hoy Campo
de Marte. Aquí abrió su carrera, dramática Cobarrubias,(sic)
que en 1800 formó parte de la compañía de aficionados con
que se inauguró el teatro, entre nosotros. Llegado el actor Prie-
to á la Habana, en 1810, ingresó en su compañía Panchito y
desde esa fecha trabajó en los teatros de esta ciudad, inaugu-
rado el de Jesús María en 1827, en la calle de Cienfuegos.
(Rosain,1875: 313)

Villaverde, ya antes de escribir Cecilia Valdés, se había referido a


este teatro en Jesús María de una interesante manera: ―Resucitando
la edad de los griegos, a campo raso y a la luz declinante del día, se
daban representaciones cómicas en el Campo de martes‖.59 Abarcaba
el criterio que de teatro tenía dicho espacio en Jesús María al decir
de Villaverde, cuando de primero relacionaba lo del teatro en la edad
de los griegos: con lo de circo asumido por este primigenio teatro, con
la presencia de animales como en el antiguo.
Aprecia el lector que de manera concluyente en Jesús María hubo en
el decursar del tiempo, más de un teatro; pero a todos los acompañó

59
Tomado del trabajo: ―Paseo pintoresco por la Isla de Cuba‖, ―Campo de Marte‖ o ―Cam-
po militar‖. (1841), p.186.

75
el mismo patrón y una no bien esclarecida divulgación. Las razones ya
la hemos explicado, pero insistimos en la discriminación racial. Vale
mostrar otra nota que precisa datos sobre el teatro en Jesús María,
variante del primero: ―En 1827 surgiría como otro nuevo teatro en la
calle Cienfuegos, en el barrio pobre de Jesús María […] mezquino tea-
tro provisional, que tenía su entrada por la calle transversal de Apoda-
ca.‖60 Aunque el tema de los teatros en Jesús María es polémico, co-
mo todo lo relacionado a lo negro porque se olvida o se ignora; este
pródigo barrio no dejó de tener su teatro como diversión y expresión
artística.
Lo interesante de ello es que Villaverde conocía de ese teatro y
quienes estaban cerca de él, plasmándolo ingeniosamente en su no-
vela Cecilia, cuando Malanga, el curro del Manglar lleva al esclavo he-
rido a su casa, la cuartería contigua al teatro del Jesús María. (Villa-
verde, 1985. Tomo II: 167). En ese primigenio y peculiar teatro haba-
nero del Circo, en Jesús María, iniciaba igualmente su vida el teatro
bufo cubano, de la mano de Covarrubias, (1982:147)De él decía otro
teatrólogo de la época Aurelio Mitjans: ―Fue realmente más actor que
poeta, aunque no podamos juzgar directamente sus numerosos saine-
tes, ni sus décimas jocosas… con más ímpetu de improvisador que
reflexión de literato‖, más adelante ampliaba: ―lo que sobresalía de su
copiosa obra son sus décimas […] que revelan… un excelente sentido
paródico, el choteo, llevado a la vida doméstica, una especie de cróni-
ca burlona, de la vida habanera…‖61 ¿Y qué habría detrás, en el fon-
do, de ese tono burlesco? ¿No sería la desgracia que vio y vivió allí, el
hombre marginado negro curro o Abakuá, en el Jesús María; pero en

60
La nota se ha tomamos de Jacobo de la Pezuela, cronista de la época: Diccionario
geográfico, estadístico, histórico de la Isla de Cuba. Madrid, 1863, Tomo III: p 177
61
Aurelio Mitjans: Estudio sobre el movimiento científico y literario en Cuba, La Habana,
1963; pp.: 115-116.

76
donde hubo de primero un Teatro, en el que pudo iniciarse con ideas
creativas? La sátira y personajes como el negrito y el gallego son con-
secuencia de estos primeros divertimentos teatrales.
Hay otro dramaturgo que marca la historia de esos primeros lustros
del teatro habanero que igualmente anima nuestro interés, porque es-
tuvo ligado a estos sucesivos escenarios erigidos en el barrio de Je-
sús María. Nos referimos a Francisco Poveda y Armenteros; nacido
en la capital en 1792, este comediante reconocido por el apelativo del
«trovador cubano», llega a ser director del teatro ubicado en la calle
Cienfuegos,62 del barrio Jesús María en 1828, cuando sus instalacio-
nes eran reedificadas por los incendios que allí se produjeron provo-
cados, como hemos venido refiriendo. Poveda, se destaca por ser un
furibundo verseador, particularmente de décima. Estas eran de conte-
nido populista y vernáculo al decir de Rine Leal; pero le abren las
puertas al teatro.(1985:224) Murió pobre en Sagua La Grande, en
1881.
Volvamos al ilustrado gobernador de la Isla, el marqués de la Torre,
quien había asumido el alto cargo a fines de 1771. De él dice el histo-
riador de la época Guiteras, que estaba ―…dotado de un talento e ilus-
tración superiores… fue el que más se ocupó de las mejoras interiores
y el que dejó más interesada la gratitud de los cubanos por sus servi-
cios en favor del país‖.(Guiteras,1866: Vol. II: 5) La compañía de tea-
tro que había en los tiempos de este general era la de Lucas Sáez,
que entretenía al público dos veces a la semana, los jueves y domin-
gos y consistían las funciones en una composición dramática, gene-
ralmente cómica, una pieza corta en el primer intermedio, y en el se-
gundo una tonadilla, o unas seguidillas. Solían suprimirse a veces es-

62
Esta calle principal en el barrio Jesús María, tomaba el nombre de Cienfuegos, ape-
llido del que fuera Capitán General de la Isla.

77
tas piezas, concluyendo con una tonadilla y un sainete. En la del 29
de enero de 1792 dice el aviso: ―Se dará fin a esta función con una
pieza nueva, crítica, intitulada ‗Elegir con discreción, y amante privile-
giado‘, hecha por un ingenio de esta ciudad, don Miguel González‖, el
autor de la ‗Expresión fúnebre‘ de que ya tiene noticia el lector‖. (Gui-
teras, 1866: 203)
Debe valorarse el papel desempeñado por el Circo de Marte, como
así se llamó el primigenio de los teatros en Jesús María, que se reco-
ge en Cecilia Valdés de Villaverde; en el que se dijo desde sus tablas
tanta décima suelta como textos dramatúrgicos, según se puede co-
rroborar y en cuyo escenario se desarrollaron actores, genios del tea-
tro cubano como Francisco Covarrubias, para quien actuar era repre-
sentar un buen sainete, o en su lugar y ocasión, improvisar una déci-
ma. Hay que decir además, que se representaron las primeras ―rela-
ciones‖63 del teatro negro. Además, potenció otras actividades inicia-
les a nuestra historia cultural nacional, como el genésico grupo cómico
y el primer negrito en escena; para algunos incluso antes que en los
Ministrels norteamericanos, de la mano de Covarrubias. Por lo que
quizás sea pertinente no obviar, que sugiere Fernando Ortiz:

―La tendencia del negro a la parlería cómica, solaz, dichara-


chera y epigramática, así como a la altisonante oratoria y ―ca-
tedrática‖, ya observada por los escritores de España en los si-
glos XVI y XVII, desde Lope de Rueda […] o sea del negrito
paluchero,[…] se mantiene en el teatro popular de Cuba‖.
(1995:162)

63
La «relación», a lo que nos referimos y volveremos a hacerlo más adelante, era, en el
vocabulario teatral, un poema dramático, trozo largo que dice un personaje, ya para na-
rrar o contar una anécdota, ya con cualquier otro fin.

78
El curro y la Ilustración

La propia presencia del negro curro sevillano en La Habana fue un


pleno acto de Ilustración, independientemente que su presencia fuera
necesaria para cubrir escasez de mano de obra en el Real Arsenal
antillano.
Al menos tres condicionantes cumple la presencia de los curros en
La Habana dentro de las iridiscencias del Ilustracionismo español.
Primero: ser parte de las migraciones dirigidas a encomienda del rey
Carlos III; segundo, ser parte del teatralismo inducido a tenor con las
acciones que en este sentido se producían en España, en particular la
Sevilla en época del ilustrado Pablo Olvide y tercero, el vestuario o
vestimenta funcional que practicaron los adeptos al ministro de Carlos
III, el italiano Esquilache.
A propósito del factor vestuario, veamos detalles investigados en
quienes lo usaron en La Habana colonial; resultaba glamuroso, pero
especialmente práctico y así lo entendía el curro sevillano ya en la
barriada antillana.

―Pantalón de pierna ancha, copia del usado por el tipo espa-


ñol, llamado flamenco, y camisa amplia del mismo origen;
abundancia en pañuelos, signo de riqueza dentro de la cultura
negra en Cuba pero también de posible influjo andaluz [...] La
ostentación de los negros curros en sus vestidos y adornos te-
nía aún una acentuación más intensa por la significación social
que en ellos adquirían tales indumentos…‖ Diana Fernández.
Profesora del Centro Superior de Diseño de Moda, adscripto a

79
la Universidad Politécnica de Madrid.64

Fue una vestimenta a todas luces mañosa, al decir andaluz; que te-
niendo en cuenta la posible ostentación y pintoresquismo del perso-
naje, como se ha insistido desde los cronistas costumbristas decimo-
nónicos, ha dejado su impronta, más profusamente, con los años, en
los encargos especializados para representaciones folkloristas o para
turistas; y, en la propia vestimenta de entes sociales, aún ya lo muy
diluido de lo que pudiera quedar.
Villaverde, refiriéndose al curro del Manglar, Polanco, de sobrenom-
bre Malanga, daba los siguientes rasgos de su vestimenta típica:

―Era un tipo sui generis; marcado, tanto por el traje que vestía,
como por sus acciones y su aspecto. Componíase aquél de
pantalón es llamado de campana, anchote por la parte de la
pierna, estrechos en la garganta del pie, lo mismo que hacia el
muslo y las caderas; camisa blanca con cuello ancho y dientes
de perro en vez de borde; pañuelo de algodón tendido en ángu-
lo a la espalda y atado por delante sobre el pecho; zapatos tan
escotados de pala y talón, apenas le cubrían los dedos ni le
abrigaban el calcañar, de modo que los arrastraba cual si fue-
ran chancletas; y un sombrero de paja montado en un zarzal de
trenzas de pasas, que tras de abultarle la cabeza demasiado,
afectaban la forma de los cuernos retorcidos de un borrego pa-
dre. Pendían del lóbulo de sus orejas dos lunas menguantes
que parecían de oro, pero que, tocados en la piedra de toque,

64
Versión de una investigación que abarca tanto el período colonial como el republicano.
Tomado de la Revista Opus Habana. (on-line) En pantalla el 26/12/2009.

80
estamos seguros, el más inexperto platero los habría declarado
de ordinario tumbaga‖. (Villaverde, 1985: 160)

Aún el detallismo que abunda en la descripción, que en momento


desborda al mismo Malanga; sí vale recordarlo en la escena de la cu-
ración del herido con el uso, muy práctico, que le da a los abundantes
pañuelos, que había parecido sobraban en su indumentaria:

―--¡Hombre! –le interrumpió el herido con voz desmayada--


¿Por el amor de Dios y la Virgen Santísima!, no hablemos más
de eso. Si Ud. Es una persona caritativa y quiere favorecerme,
quesea pronto porque me voy en sangre.
--Le amarraré un pañuelo pa que no saiga la sangre…(163)
Luego que le lavó la herida, es decir, que se la empapó por
encima de la camisa, que se la vendó lo mejor que supo y pudo
con dos pañuelos…‖ (167)

De manera que refiere de una vestimenta donde abundan los pañue-


los, como prendas de vestir coloristas, típicas del curro y utilitarias a la
vez. Por su parte, el estudioso de los curros Fernando Ortiz, refiere de
esos valores de la vestimenta y sus implicaciones, más que prácticas:

―Mostrarle cómo al imitar los gestos, las costumbres, el voca-


bulario y la vestimenta de los negros curros, contribuía a exaltar
sus formas de comportamiento y desvirtuar los suyos.‖ (Ortiz,
1981 :4)

Ya antes nos referíamos a un engendro muy posterior de curro, que


se daba aun en los estadíos suburbiales ya no habaneros, sino de la

81
cercana Matanzas, de donde es el relato de comienzos de siglo XX:

―fueron los negros curros en las carnestolendas(carnavales).


motivo de mí mayor admiración. Por lo regular, negros criollos
muy ladinos, desempeñaban airosamente el papel. Teñíanse el
rostro aún más negro, resaltando la blanca córnea del ojo. Ves-
tían caprichosamente de blanco, pantalón muy ceñido y bom-
bache (sic) desde las rodillas, desapareciendo el pequeñísimo
pie en la exagerada medida con que terminaba, calzados como
estaban, por sueltos pantuflos. La camisela de exagerada
blancura llena de rizados tufos (sic) y bullones, lo mismo que
las anchas mangas…El sombrero de fina jipijapa… El pañuelo
desplegado de extraordinarias dimensiones era lo único que en
la mano llevaban.--- María de Dolores Ximeno y Cruz: ―Aquellos
tiempos… Memorias de Lola María...‖ (1930). La Habana. Im-
prenta y Librería: El Universo. [Colección Cubana de Libros y
Documentos Inéditos o Raros dirigidos y prologado por Fer-
nando Ortiz]. Tomo II, p.138.

La Ilustración modificó radicalmente los gustos artísticos, promocionó


la industria del libro y se estimularon los viajes al extranjero para el
estudio; se fomentaron las ciencias y reorganizaron los estudios milita-
res. Con su preocupación por la educación, por el servicio a la nación
y el reformismo legal, la monarquía ilustrada española estaba inaugu-
rando el Estado moderno y abriendo paso a la liberalización, porque
esta sería la base ideológica de la que nacería el liberalismo del siglo
XIX, diferente sólo en el carácter, menos reformista y más ideológico.
En la época se sucedieron: ―algunos sonados procesos abiertos por
la Inquisición a destacados ilustrados —como a Pablo de Olavide, que

82
fue condenado a 8 años de reclusión por "heterodoxo" y por leer libros
prohibidos— fueron una prueba del poder que todavía mantenía el
Santo Oficio‖. (Guichot, 1882: tomo 4: 413)
Las iniciativas españolas de la Ilustración pretendieron implantar una
nueva organización social liberada de las restricciones que mantenía
del antiguo régimen. La primera obligación del Intendente de dichas
poblaciones en Andalucía y Sierra Morena debían elegir los sitios en
que se podían establecer los nuevos asentamientos; que fueran sa-
nos, bien ventilados, sin aguas estancadizas que ocasionasen enfer-
medades; pero, por otro lado no podían superar las propias limitacio-
nes que tenían: el artículo 75 del Fuero de las Nuevas Poblaciones
establecía: ―No habrá estudios de Gramática…, y mucho menos de
otras Facultades mayores, en observancia de lo dispuesto en la ley
del Reyno, que con razón les prohíbe en lugares de esta naturaleza,
cuyos moradores deben estar destinados a la labranza, cría de gana-
dos, y a las artes mecánicas, como nervio de la fuerza de un Esta-
do...‖65
Todo lo anterior que da una visión esclarecedora para entender las
relaciones del negro curro con su ámbito sociocultural y el papel
desempeñado en el contexto de la llegada de la Ilustración a la isla.

Incidencias Abakuá en la novela de Villaverde

Del conglomerado sectario Abakuá, el etnólogo Argeliers León hace


precisiones: ―sus ceremonias inicíacas y la real hermandad de sus

65
Artículo 75 del Fuero de las Nuevas Poblaciones. Tomado de la Real Cédula de su
Majestad y señores de su Consejo que contiene la Instrucción y fuero de población, que
se debe observar en las que se formen de nuevo en Sierra Morena con nativos y extran-
jeros Católicos, año 1767 en Madrid. Real Cédula de su Majestad (Madrid: Antonio Sanz).
1797. OCLC 428020697.

83
asociados, hicieron del ñañiguismo una verdadera masonería popular.
(1989:266)El gran intelectual latinoamericano José Martí, aprovechó la
circunstancia de reconocer en las páginas del periódico que dirigía:
―Patria‖, a uno de los luchadores negros de la contienda contra Espa-
ña: Tomás Surí. El anciano pertenecía a ―una secta secreta‖, los Aba-
kuá, que elogia Martí; y una de las razones, además de su incorpora-
ción a la contienda independentista que lideraba, era el que dicha sec-
ta requiriera del aspirante a obtener el tercer nivel en dicha logia; de,
al menos, tener concluido, el tercer grado de instrucción. (Martí, O.C.:
tomo 5, 324)
Y Martí, para explicar la favorable opinión que profesaba de la secta
habanera Abakuá, de mayoría afrodescendientes; partió de la contras-
tación de opiniones como lo hacía Villaverde en su novela: de los ar-
gumentos satanizadores a los positivos, que eran en realidad. Vea
como lo dice: ―de una misteriosa, peligrosa, funesta orden secreta es
Tomás Surí, donde el tercer grado no lo puede tomar quien no sepa
leer…‖ (324)
Los Abakuá, integrantes en un principio del conglomerado negro, en
mayoría de origen carabalí; que se incorporan como secta, cuando
prestaban sus servicios al Real Astillero luego Arsenal, y al incipiente
puerto de la Habana, desde temprano en el siglo XVIII. Con el tiempo,
ya terminado el siglo, al suceder los intencionados incendios en el ba-
rrio de Jesús María para blanquearlo, debieron cruzar la bahía y gua-
recerse de la batida, en la muy extramuros barriada de Regla.
Y allí reaparecen, de manera ―legal‖, institucionalizados en ―logias‖
--también nombradas potencias o tierras--; cuando estas justamente
pudieron hacerlo, avanzada la tercera década del siguiente siglo XIX.
Debe insistirse en establecer clara, la demarcación del Manglar dentro
del entorno del «Jesús María», espacio habitacional que fue por exce-

84
lencia de los negros curros sevillanos, donde también tuvieron los
miembros de la Confraternidad Abakuá asentamiento poblacional. La
intención es insistir en ese entorno coligado al antiguo astillero, luego
al Real Arsenal. Vale en tal sentido lo que de ello dice, y cómo lo dice,
la etnóloga Lydia Cabrera:

―En el de Jesús María, (los Barracones)66 donde brillarían los


Barondó, los Eforiankómo, se distinguieron los Curros, petulan-
tes y rijosos, pavoneándose con sus anchos cinturones de cue-
ro, sus divisas de cintas rojas y azules, y promovían tales es-
cándalos y derramaron tanta sangre con sus puñales o navajas
–cuyo uso prohibía a pardos y morenos el Bando de Buen Go-
bierno del Conde de Sta. Clara–, que los vecinos lo fueron
abandonando por el terror que inspiraban a todos estos negri-
tos Candela de rompe y raja.‖ (Cabrera, 1969 b:s/p)

Lo meritorio de la cita es precisamente la obligada referencia a las


poderosas potencias Abakuá mencionadas (Barondó y Eforiankómo),
y a la posibilidad de que estas cohabitaran con los curros en dicha ba-
rriada. Algo interesante de la cita es lo que aparece entre paréntesis:
barracones, que efectivamente fue el sitio que el marqués de Some-
ruelos habilitó para los negros, curros entre otros, que fueron víctimas
de los incendios que provocó en Jesús María, aspecto al que ya nos
hemos referido.

66
Y vale la ocasión para traer a nota la definición de época que da de Barracón el Noví-
simo Pichardo: ―…vasto paralelogramo con tantas habitaciones como siervos, las cuales
dan al patio interior; cerradas las puertas de esta especie de cuartel, quedan aquellos en
completas seguridad durante las horas de sueño.(El dato dice, se tomó de: J. García Ar-
boleya: Manual de la Isla de Cuba. 2da. Edición,1859) [Aclaratoria: Someruelos les cerra-
ba la puerta desde las 3 pm a la manera de una prisión]

85
Mapa actual del barrio Jesús María

La cita incluye dos tiempos según los verbos empleados por la auto-
ra; en Jesús María brillarían las potencias Abakuá, en las que se dis-
tinguieron los curros. Por tanto, de primeros llegaron los curros y lue-
go con ellos las potencias Abakuá. No se debe olvidar que el Manglar
fue sólo un espacio dentro del barrio mayor de Jesús María; el asiento
original, de las confraternidades67 Abakuá; que como gremios labora-
ban en el Real Astillero, luego transformado en Arsenal ya en la se-
gunda mitad del siglo XVIII.
En definitiva, estos fueron, en más o menos proporción, los parajes
que debió conocer el prolijo costumbrista Villaverde para que, en sus
suficientes y definidos espacios ubicara el hábitat de su curro del
Manglar, Malanga --y no necesariamente dentro ese entorno--, en su
novela Cecilia Valdés.

67
Aclaratoria: El término Confraternidad alternará con el de Abakuá en muchos momen-
tos.

86
La historiografía más generalizada al tratar los sectores Abakuá, los
ubican, de siempre, dentro de la barriada de Regla igualmente en la
bahía habanera; a la que les unen definidas interrelaciones como las
que ve este estudioso: ―primero en Regla, en su ribera, luego, se des-
parramaron por los otros barrios marinos de la urbe, como Jesús Ma-
ría, Carraguao, Luz, Atares, etc… Y ellos mantuvieron la tradición de
que el juego siempre estaba en un fondeadero de la marina, o sea ba-
rrio junto al mar‖. (Ortiz: 16)
Aquí hallamos un entuerto: no fue de primero el poblado de Regla,
como antes señalamos, el lugar del origen y de más larga estancia,
incluida la integración de sus principales logias, también llamadas tie-
rras o potencias. Desde sus comienzos, la secta Abakuá se caracteri-
zó por ser una confraternidad de socorro mutuo laboral; asimismo co-
nocida por ñáñiga y sus integrantes al igual denominados. En Regla
aparecen posteriormente dentro de la legalidad, así como en otros de-
terminados barrios periféricos de La Habana. Inicialmente los integra-
ron los colectivos empleados en el dieciochesco Real Arsenal, porque
según concluye Sosa68: ―en la práctica el Jesús María, asiento pobla-
cional de los obreros del Astillero fue territorio ñáñigo, con numerosas
sociedades fuertes, belicosas, como Ibondá, Kodón dibbó, Ekerewa
Menú, Anandibá, Ibiabangú, Borondó, Orú Appapa…‖(1982:196)
Fernando Ortiz contrapone a los negros curros con los ñáñigos o
Abakuá, para plantear una suerte de evolución en las formas de iden-
tificación de los negros: a los curros definidos por una performance
vestimentaria, un dialecto castellano ostentoso expresado fuerte y pú-
blicamente, un exacerbado individualismo y una filiación sevillana; a
los que sucederían los negros ñáñigos, cultores de la discreción y el

68
De Enríquez Sosa Rodríguez, es el libro, Premio Casa de las Américas, 1982: ―La le-
yenda ñáñiga en Cuba: su valor documental‖, de donde se toma la cita.

87
secreto, corporativistas, de filiación lingüística y ritual africanas. (Pa-
vés, 2006: 665)
Cuando compara Ortiz al curro con el Abakuá, señala: ―todo (del cu-
rro) era siempre público y ostensible, exhibicionista, con imitación de
tipos hampones de España […] siempre era negro o mulato… […] los
curros jamás guardaron rituales ni tuvieron puñaladas típicas como se
decía de los ñáñigos‖. (Ortiz, 1995:5-7). Existieron las puñaladas,
dentro del convivir del curro, considerando concepciones y comporta-
mientos sociales en la relación propia entre integrantes de colectivos
humanos y no cómo se quiere estatuir, solo a mano de curros ham-
pones en una supuesta manera de actuar de los individuos sevillanos
del Arsenal. Villaverde en Cecilia Valdés no los concibió así, aunque
como nota de interés señalemos que: aún puede oírse aún en Cuba,
el término de sevillana, para nombrar un arma blanca similar a la na-
vaja, que debió extenderse en la norma cubana de algunos margina-
les y provenir de estos sucesos.
Y vale referirnos a las cuchilladas, que nunca dio el curro Malanga en
Cecilia Valdés, pero las que sí dio el prospecto Abakuá, José Dolores
Pimienta; en particular, la que dio al esclavo huido, Dionisio Gamboa o
Jaruco y que muy justamente valora el curro Malanga: ―--¡Guenajería!
Se conoce que el pardito sabe su oficio…‖ (Villaverde, 1986: tomo II,
164) Y, la mortal, que finalmente asestó el clarinetista, a la figura eje:
Leonardito Gamboa.
Muchas de estas confraternidades tuvieron, dentro de sus motivacio-
nes, además de la propia mutualidad entre los adeptos, redimir escla-
vos al comprar su libertad con el dinero colectado entre los miembros.
Se conformó una secta-mutual en el medio y con predominio del labo-
rante y sus capataces, a pie de grada en el Arsenal. La mutual, secta
–logia, potencia, o tierra--, Abakuá o de ñáñigos, fue primero mulata y

88
luego multiétnica; por razones propias de su expansión en el medio
criollo.
Las cuadrillas de obreros en el Real Arsenal se habían ido nutriendo,
mayoritariamente, con los mulatos y morenos; quienes rápidamente
se aplicaron a casi todas las actividades que generaba el Arsenal,
dentro y fuera de sus instalaciones oficiales; toda vez que el español
que arribaba desde la Metrópoli evitaba desempeñar profesiones arte-
sanales.
La complejidad de la mano de obra que tenía el obrero específico del
Real Astillero luego Arsenal, no suponía iguales características al de
los muelles, incluso para el dedicado de siempre a la carena y repara-
ción de embarcaciones menores en el puerto habanero. De forma que
no era el mismo sector laboral ni tenía iguales prerrogativas e intere-
ses, aún económicas. Sin embargo, las mutuales Abakuá que surgie-
ron dentro del Real Arsenal, terminaron por absorber a muchos.
Ortiz en su libro: Poesía y canto de los negros afrocubanos, trae a
colación la reseña de una incursión de los Abakuá en el uso de la dé-
cima como rima poética; una información que llama a la reflexión, es
lo planteado: ―Por rareza –asegura el antropólogo—, […] tenemos una
curiosa versificación cubana del siglo XIX, escrita en el lenguaje Aba-
kuá o ñáñigo, con la forma estrófica castellana de la décima o espine-
la, tan arraigada en Cuba desde hace tantos siglos. Pero ése, –
termina diciendo el antropólogo—es un caso excepcional, quizá úni-
co." (Ortiz,1994: 93) Destaca Fernando Ortiz al curro como «único»,
quizás sí, o… no; pero lo importante es que el autor no pudo dejar de
resaltar que el Abakuá encontró también acomodo para expresarse en
la tal forma tradicional poética española, a la manera como lo veía y
oía hacer, a sus convecinos en Jesús María (y el Manglar): los negros
curros sevillanos.

89
Para muchos estudiosos las agrupaciones Abakuá, tenían en África
sus orígenes y de allí habían venido; porque desde sus inicios, mos-
traron muchas relaciones con los esclavos de las tribus carabalíes,
oriundas del Kalabar, en el África subsahariana. Argumentaciones
vertidas facilitaron el esquematización del tema:

―Un gran número de hombres (esclavos negros y mulatos li-


bres) que pertenecían a cabildos carabalíes trabajaba en las
áreas portuarias de La Habana organizados en cuadrillas bajo
control cuasi-militar […] las condiciones […] motivaron el sur-
gimiento de un tipo de asociación […] basadas en representa-
ciones animistas y vínculos de ayuda mutua y socorro... ―(Álva-
rez, 2009: s/p)

Realmente una nueva liturgia, incorporó tambores y sonajeros to-


mados de las distintas etnias africanas para los oficios sacramentales
y para su más importante ritual: la iniciación, propia de una sociedad
secreta, de protección gremial. Fernando Ortiz en su libro póstumo El
negro curro,(1995) aborda también el fenómeno del ñáñigo y hace
afirmaciones que merecen reconsiderarse:

No se puede señalar que el ñáñigo cubano hoy día sea tal


cual fue en sus orígenes. Los fines sociales que en África hicie-
ron surgir el ñáñigo […] jamás pudieron realizarse plenamente
en Cuba, el impacto de esas instituciones tribales africanas con
las troncalmente hispánicas de los cubanos, las hizo buscar re-
ajustes, transculturaciones para poder pasar de la cultura negra
de su oriundez a la cultura blanca de su adaptación […] aun
cuando siguen siendo […] de asistencia mutua […] han perdido

90
las motivaciones y los procedimientos […] en su existencia afri-
cana y que fueron siempre innecesarios, inútiles e inadaptables
en el ambiente social de Cuba […] Cuando existía la infame tra-
ta negrera, las sociedades secretas (ñáñigas) 114 de esa re-
gión de los kalabares (sic), servirían en los embarcaderos de
las costas de intermediarios entre los negros y los puestos del
interior‖ (239).69

No están bien aclaradas las fuentes de donde se sirvió Fernando Or-


tiz para fundamentar todas sus aseveraciones, que a nuestro juicio
pierden objetividad en algunas a partes; porque, ¿cómo los supuestos
ñáñigos, de viles ―corredores‖ de la trata de negros en África, ya acá
integrados a las confraternidades, fueron al contrario, defensores de
los intereses del inmigrante forzado hijo de África y de sus descen-
dientes? La secta-fraternidad Abakuá –o de ñáñigos--, fue siempre
parte de la barriada capitalina. De esta inclusión en la ‗periferia‘ mu-
chos historiadores se han expresado como lo hace Torres Zayas: ―La
Sociedad Abakuá se articula con los integrantes de la sociedad haba-
nera […] se identifican pronto con el barrio al cual pertenecía. Y en-
cada barrio, cercano al puerto sobre todo, surgiría uno o varios juegos
como el sello tipificador que lo representaba.‖ (2006: 16)
El Abakuá surgió en esencia, repetimos, del negro y mulato descen-
diente africano, dueño casi de la fuerza laboral y técnica a pie de gra-
da en el Real Arsenal de La Habana; donde en ocasiones, pudieron
ser los únicos que cubrieran los puestos de trabajo como mañosos
carpinteros, tallistas, calafateros, capataces, del Astillero convertido
en la gran industria naval del Imperio español en América. La historia-
69
Esta cita que utilizamos es parte de un artículo: ―¿Dónde hay ñáñigos?‖ que Ortiz pu-
blicara antes, en la revista cubana Bohemia, La Habana, 42: 4-5, 144-145, 156; del 22 de
octubre de 1950

91
dora Carmen Barcia señala refiriéndose a la figura del luchador mulato
José Antonio Aponte, como mostramos antes; que, por ser criollo, per-
tenecía a algún juego Abakuá –aunque aclara— ―la presencia de los
juegos Abakuá no se ubica hasta los años treinta del siglo XIX; […]
aunque aparecen elementos de su presencia antes‖. (2012: 18)
A la secta se integró una importante música profana, incluso superior
a la utilizada para el ritual secreto y ese particular cancionero Abakuá
fue parte de sus concepciones sociales de blanquear, de adquirir re-
presentatividad en un medio social colonial y de élite de blancos euro-
peos; incluso, cuando devengaban sustanciosos salarios en el Real
Arsenal.
Los Coros de clave, fueron su principal aporte en esta dirección y es-
tos coros de clave, llegaban en ocasiones a elaborar textos en décima
para la letra de sus cantos, como sus compadres los Curros sevilla-
nos…al entonar sus Guaguancós. En otros pasajes se sintetiza, en
esencia, ese necesitar ser el otro, del Abakuá. ¿Ritualidad Abakuá?
Refiere Ortiz: ―que esa primigenia música y cantos del Abakuá, de
evidente ascendencia africana, […] por muchas razones, se conside-
raban atemperados rítmicamente si se les comparaba con las referen-
cias, que en tal sentido, mostraban las demás etnias africanas presen-
tes en la Isla‖.
En su libro Poesía y canto de los negros africanos (1994), afirma
que: ―…los ritmos Abakuá no son tan variados‖.(39) Y agrega: "en las
ceremonias religiosas de los lucumíes, los ararás y los congos, a cada
numen se le dedican uno o varios ritmos [...] para facilitar la "subida"
del Oricha, o del engueye [...] para ello, acentúan y apresuran el ritmo
de los rezos o de los tambores, "cantan duro-duro‖, ―tocan bravo", en
definitiva, la insistencia en la sugestión provocadora del trance a ve-

92
ces alargada con una forma rítmica invariada‖.70
La idea la culmina Ortiz diferenciando a los Abakuá de tales compor-
tamientos, por lo que tajante, afirma: ―entre los Abakuá o ñáñigos no
hay posesos ni se conoce la "subida" del santo a la cabeza‖.(24) (El
subrayado es nuestro)
Ahora bien, refiriéndose a la ejecutoria profana de la música Abakuá,
dice Ortiz: ―en esta secta, no aparece el canto asociado al baile…‖
(86). No ha quedado esclarecido el por qué, en las festividades no ri-
tuales, en lo que fue muy activo el primitivo Abakuá –a mencionar los
Coros de clave--, no le incluyeron el baile, ¡ningún tipo de danza!;
mientras que los afrodescendientes que le fueron tan cercanos en La
Habana como los negros curros, sí unen la música al baile. Es a ellos
a quienes, sin ningún lugar a dudas les adjudicamos el guaguancó,
tuvo una magnífica danza, incluso tan susceptible al medio, que con el
tiempo y las circunstancias, fue contaminando –y contaminándose--,
con los importantes elementos de las tradiciones afrocriollas, proceso
que continúa hasta nuestros días.
En el artículo del periódico Patria que escribe Martí en referencia a la
institución ñáñigo o Abakuá, ya citado, dice:―…una tremenda orden
secreta de africanos, con ordenanza y quién sabe qué, que dejó ir a
unos hermanos porque querían aún el tambor, los demás no querían
ya tambor en la orden, sino escuela (O:C: 1963: Tomo 5, p.324) Muy
claro y evidente lo expone Martí para elaborar su contundente artículo,
valorando con justeza al Abakuá.
En cuanto a los tambores, añadimos que fueron a capella sus Coros
de clave, sin tambor, como señala Martí. Sí vale la corrección, a la
afirmación en el artículo de que la Orden de ñáñigos o Abakuá era de

70
Fernando Ortiz: Poesía y canto de los negros afrocubanos, La Habana, 1994, páginas
36-39.

93
africanos y se nutrió, en su inmensa mayoría de afrodescendientes
desde sus inicios y de esclavos o libertos en menor proporción; nunca
de un originario africano excluyente, ni por religión ni por etnia, no tar-
dando en incluir en sus logias a otras razas, y grupos sociales…
Surgió en Jesús María, antes que llegara el curro sevillano y perma-
neció allí hasta tanto pudo, cuando las quemas limpiadoras sometie-
ron ese barrio. Razón por lo que aparecieron en el siglo XIX en Regla
y también en otras barriadas habaneras y de Matanzas, tema al que
ocasionalmente volveremos.

Las jergas

Se hace obligatorio dedicar espacio a reflexionar en este aspecto con


que se arropó y se arropa al negro curro en cualquiera de sus mani-
festaciones sociales, el habla. Villaverde lo percibió y le dedicó espe-
cial atención y trato ideo-literario, como se irá analizando.
De la jerga del negro curro hay mucha información acumulada en
la papelería del etnólogo Ortiz, para quien este ―histriónico‖ personaje
era de lo peor que podía mestizar el cruce de Andalucía y África. Co-
mo el curro sevillano procedía de esa, la zona más hampona conocida
de aquel entonces; con las normas del habla más relajada propia de
la babilónica ciudad, como afirma dicho estudioso; sin dudas trae con-
sigo el curro su jerga!
Aunque merece opinar, que lo de babilónico bien incluía la estancia
también de figuras universales de la literatura y el buen saber y habla;
pero, ¿es que no ocurrió, que al gran artífice de la dicha versión ba-
rroca de la décima, Vicente Espinel, le fuera muy solazado el tal sola-

94
riego mundo sevillano?71 ¿Por qué no aceptar que a los dos les dio
igual por hablar en décima y no jerga? ¿O que la jerga fuera a la espi-
neliana?
Ese negro curro vino a laborar en la construcción de los buques de
la Real Armada, tenía oficio y cierta cultura. Era un profesional que
arribaba a todas luces oficialmente, a lo máximo en fábrica que tenía
España… y Europa. En esto insistiremos como esencial; sin embargo
72
Ortiz reproduce las ―evidencias‖ esgrimidas por los costumbristas;73
quienes, ¡aunque sí reconocían la práctica de dicha parla en décimas
por los curros!; estas empero, eran en unas ―décimas‖ como las del
«Negro José del Rosario», de ―deliciosa lectura‖, pero que reprodu-
cen un habla jergal extravagante y antojadiza, en la forma de cómo lo
dice y en el contenido de lo que dice, de un supuesto curro, pero sin
confirmar lo de oriundo sevillano…. Para demostrarlo Ortiz escoge
una particular décima, en jerga de José del Rosario:

XX
Ma no poi esto se achica
Este negro pregonao,
que aunque me vena sí aislao,
traigo siempre mi puntica.
71
El propio Espinel reconoce haber estado en Sevilla embriagado por los dañinos place-
res de la poltrona, dado al juego alcohol y mujeres, envuelto en pendencias y juergas
estudiantiles…Tesis Doctoral de: María Luisa, Peña Tristán, (2012): ―La esclavitud en la
literatura española de los Siglos de Oro. Univ. Complutense, Madrid.
72
En su libro: Los Negros Curros (1995) incluye largas consideraciones sobre esta ―jerga
curra‖; y, las 26 décimas que componen este poema citado sus décimas están jergadas,
copia del cronista ―costumbrista‖. (Vea en su libro las páginas 225-233)
73
A la tendencia ideoestética del Costumbrismo en Cuba, volveremos en el trabajo en
repetidas ocasiones. Muy difundida entre escritores, cronistas, artistas, representó el
pensamiento de ―la élite letrada y política de la oligarquía criolla del siglo XIX cubano,
insistiendo en los valores del catolicismo, la moralidad y la cultura europea, en un intento
de controvertir y diseñar relaciones sociales a partir de lo que suponía instituciones supe-
riores, heredadas… y que debían servir de ejemplo a otras etnias…, y con el pretexto de
liberar al país de elementos exógenos…‖(On line:Camacho,2005:1)

95
Ai curro José Gatica
poi palabra ma o meno
le dije: olé, olé, moreno,
y ai punto se me achicó
poique sabe que soy yo
ma caliente que un veneno.

XXI

Toos saben aquí, soy rongo


y gato bomba de incendio,
que no soy ningún lipendio
ni me han echao vilongo.
Limpiai pa mi un momdongo
Con lapunta de mi espina
no es cosa muy pelegrina,
y si atomai llego ei tole
no me dicen ni quitole
los curros de la Marina.
(Ortiz, 1995:225)

Evidentemente existió una jerga curra en Cuba, pero no tan abarca-


dora ni altisonante como pretende demostrar Ortiz e incluso otros crí-
ticos, en muchos espacios de su libro, además del intensivo capítulo
alusivo al tema, El Lenguaje, dedicó disímiles argumentos para de-
mostrar la existencia de una ―jerga curra‖, la que no llega a ser de uso
y discurso tan abarcador como quiso que eliminaría el recurso de la
décima suficientemente generalizado por dicha figura social.

96
La investigación orticiana descansa en supuestos porque no hay
documentación objetiva que la avale. Son términos o vocablos, que
pueden o no ser de ellos, porque en primer lugar, no se corresponden
con lo manifestado por el propio folklorista acerca de la finura del Cu-
rro sevillano, de lo que el propio Ortiz es defensor.
¿Hasta qué punto puede aceptarse una figura curra así entendida?
Para los costumbristas que sucedieron al sevillano en el siglo XIX, ese
negro, atestiguaban, sí conocía para expresarse la improvisación en
décima, porque la tal manera de versear era otro de sus recursos de
manufactura andaluza en el ―culto‖ sentido de la palabra, para mos-
trar una proclamada personal ostentación, en defensa de su identi-
dad. Siguiendo el mismo orden de ideas, fundamenta Ortiz:

―Sería absurdo suponer que los negros curros llegaran a


desafricanizarse por completo, adoptaran un lenguaje criollo y
que este no fuera el propio de los criollos nativos; cabe afirmar
que el lenguaje de los curros era el de los más antiguos guaji-
ros, era el producto de la natural y antigua corrupción del len-
guaje castellano en contacto con los indios y con los africanos‖.
(82)

Es el asunto señalado antes, en lo que insiste el libro referido una


una y otra vez, como aparece expresado a manera de pregunta:

―¿Por qué el negro curro habanero, al querer traducir su exhibi-


cionismo en un lenguaje desusado, adoptó el consabido, distin-
to del vernáculo empleado por los blancos y los negros boza-
les, ladinos y criollos, pero idéntico o aproximado al de los jíba-

97
ros y guajiros de los siglos primeros del poblamiento de estas
Antillas?‖(83)

Se impone otra pregunta: ¿podría objetivamente un emigrante lle-


gado a La Habana, en etapa aún naciente de su poblamiento –ha-
blamos de la centuria del 1700--, hacerlo desde Sevilla, la urbe euro-
pea más cosmopolita e importante de su momento y al llegar borrar el
habla que trae como tradición y ponerse a buscar otra para imitar, la
de un jíbaro y guajiro74, quizás de alguien que poblara algún oscuro
sitio en las periferias habaneras para dedicarse a estudiar e incorporar
su supuesto y específico lenguaje ―de guajiro antiguo‖ y adquirir esa
anodina jerga? ; ¿No es mucho más factible pensar que las preten-
siones de los curros fueron mejor resueltas comunicándose en déci-
mas cercanas a cualquier sevillano? Incluso, para Ortiz afirmar tan en-
fático tales ideas, no encontró manera de demostrar lo contrario y
como que se contradice cuando señala el sabio:

―oír recitar… a varios morenos algunos versos de currería…


consistente en pronunciar las palabras, afectando excesiva
frescura y corrección en el lenguaje y atiplando la voz, aproxi-
mándola al falsete… Quería distinguirse… ser un distinguido
muy ―fizno‖, alejado del negro bozalón y aun del ladino y del
criollo‖. (Ortiz, 1995:68) [El subrayado es nuestro]

Esto que Ortiz afirma, es parte de la jerga en el sentido que fue


descrita en el propio capítulo ―El lenguaje‖ de su libro Los negros cu-
rros. (68-79) donde menciona los ―versos de currería‖ .Está aceptan-

74
¡Muy especial la referencia!, porque para el diccionario de la RAE jíbaro es un campe-
sino silvestre… inculto, agreste y rústico.

98
do que el curro hace versos y continúa: ―…afectando excesiva frescu-
ra y corrección…‖. En definitiva, aquí estamos más cercanos a una
décima que a otra cosa, no caben dudas; es una definición para la
época –y para hoy--, de una buena espinela..! Termina la cita de un
modo muy preciso, que repetimos por lo que interesa: ―muy alejado
del negro bozalón, y aún del ladino y del criollo‖, porque puede enten-
derse que era del curro natural de Sevilla al que se refería y no del cu-
rro criollo.
Dice Fernando Ortiz en Quiénes fueron los Negros Curros: ―Con el
tiempo los negros se fueron trasformando en un bribón disimulador
[…] pasó a ser una figura de los callejeros divertimentos […] y gene-
ralmente pacíficos aunque con sus típicos desplantes retadores que
traducían en versos de desafíos…‖ (1995:3) El subrayado es para
que se reflexione en su típico lenguaje. Se añade lo citado antes por
concluyente: ―consistente en pronunciar las palabras, afectando exce-
siva frescura y corrección en el lenguaje‖, por un: ―distinguido muy
«fizno»…‖
Expresa de inmediato un atinado criterio cuando establece compa-
raciones y expresa: ―Pero el habla individualmente caprichosa, retor-
cida y grotesca caprichosamente dislocada de los llamados Negros
Catedráticos y el lenguaje fijo y permanente de los negros curros no
hubo nexo alguno‖; (85) aunque, en este caso, sí había relación entre
ambos personajes. Observe que cataloga el lenguaje de los negros
curros de ―fijo y permanente…‖; porque no era entonces un engendro
casual, ni circunstancial y por tanto, sí un sector social, con un deter-
minado comportamiento regular y reconocido por un medio. Son todas
citas en fin de una autoridad, aunque en algunos pareceres muestren
contradicciones o solo hagan referencia indirecta de la décima sin uti-
lizar el término.

99
Jerga del catalán Juan y la del curro Malanga.

Otro de los temas polémicos que llevó Villaverde a su novela Cecilia


Valdés fue el del factor, en ocasiones pudiera considerarse discrimina-
torio de las jergas; que para el diccionario (RAE, 1955) se define como
el lenguaje especial que usan los individuos de diferentes profesiones
y oficios; aunque, de manera general, se extiende a toda persona ex-
tranjera con diferente lengua o idioma y que imitan la de su nuevo
medio para ellos, desconocida y en consecuencia, deben hacerlo con
dificultad. En la mayoría de las ocasiones, discurre una jerigonza difícil
de entender. Sucedió esto con la inmensamente grande inmigración
forzada desde África, para someterla a esclavitud; migración que duró
hasta avanzada la segunda parte del siglo XIX.Más de una demostra-
ción de diferentes jergas, aparece en la novela Cecilia Valdés.
Relacionadas con los curros, se desarrollan jergas con una importan-
te consideración crítica del tema; para que provoquen la interesada
reflexión que busca Cirilo Villaverde en el lector como propuesta
ideológica. Esto ocurre, cuando en el capítulo primero de la cuarta
parte, que se desarrolla en el segundo tomo; el curro Malanga debe
dirigirse a la taberna cercana del catalán don Juan para conseguir al-
gunas bebidas que reanimen al apuñaleado esclavo huido Gerónimo,
a quien ha llevado a su casa. Esta escena se dilata con el diálogo, a
puras jergas que promueve el encuentro, narrado por el novelista:

―No había de ser un ladrón quien lo sacaba de la cama de


aquel modo en horas tan avanzadas de la noche. Por precau-
ción, sin embargo, no abrió ni el postiguito enrejado; contento
con echar la voz con acento puro catalán por el ojo de la llave,
preguntando:
100
--¡Oya! ¿Qui est?
--Yo, ño Juan.
--Ma, ¿qui est jo?
--Malanga, ño Juan, ¿no me conose? Abra la puelta.
--¡Abrit le portá! ¡Vota va Deus! ¿Y per questa embajat m‘ha
fet salir del cama? Andat, andat tu camin, Malangue. Jo no abri-
rat le porta. ¡Que cinih descaro!
--Abra, ño Juan, pol er amol de su maire. Ahí está un pobre
moreno jerio.
--¿Ferido dises? Pera el diable que te abra. ¡Mare de Deu! ¡La
justicia! ¡Perderat cuant jo tinga! ¡Meus dinés! Bona nit, noy.
--Oiga, oiga, ño Juan. Yo no dentraré. Abra la gatera. Aquí
hay mejengue.
--¡Ah, ese‘s altre cantare. Vinga lo diné.
--Dando y dando, ño Juan. Déme una boteya de bino seco. No
mojao ¿Entiende? Y un vaso del que quema.
--Done, done.
--¿Cuánto?
--Un pese fort et mitje.
--Tenga una amarilla chiquita.
--Ten la boutelle et ten lo vaso. Et ten el volte. Per caridat te
sirve esta vegada, noy. (Villaverde, 1985: tomo II, 166)

Vuelve Villaverde a valerse del contraste entre dos figuras muy pro-
pias del arrabal capitalino, que les facilitan muchos elementos para
acomodar su reflexión. La jerga del curro era elemento recurrente dis-
criminatorio en manos de su gran oponente social, el ideólogo cos-
tumbrista; criterios discriminatorios que llegan a nuestros días. Sin
embargo como contraste, ésta se da al parejo con otra jerga. ¡Y buena

101
jerga, pero que nadie osaría discriminar de un vendutero catalán…!
ciudadano del norte rico peninsular y que puntualiza Villaverde, desde
antes del diálogo e insiste el novelista: jerga de la que está consciente
el catalán, como lo dice –y el subrayado, es nuestro--: ―contento con
echar la voz con acento puro catalán…‖
En una bien elaborada, larga, e intencionada conversación –y que
poco se entiende--. ¡Porque, si al curro le ―placía y procuraba‖ una
jerga, en opinión costumbrista, pues al puro catalán, también y, ¿cuál
es la diferencia… nos obliga preguntarnos Villaverde? ¿Por qué de-
bemos juzgar como impropia la jerga del curro?

Fiesta habanera ausente en la novela.

El Guaguancó, la fiesta del negro curro sevillano y del habanero del


Manglar, no se presentó, ni se menciona dentro de las fiestas popula-
res que se incluyeron en la novela Cecilia Valdés. Sin embargo, los
hechos demuestran que el guaguancó se desarrolló muy rápidamente
en las costumbres y tradiciones populares de La Habana y de la cer-
cana Matanzas, ya desde los finales del siglo XVIII. Es que, además,
en las canturías que se celebraban alrededor del guaguancó estaban
presentes muchos de los elementos que se daban, al igual, en los
llamados zapateados, guateques guajiros; actividades como las con-
troversias y las improvisaciones, incluyendo los ajetreos de la pareja
con el pañuelo lanzado a los pies, como lo muestra el grabado de
Mialhe; algunas de estas fiestas muy bien representadas en Cecilia
Valdés. En fin, muchas de las modalidades fiesteras criollas de la
época en La Habana, son descritas por Villaverde, desde una u otra
óptica, menos el guaguancó curro; aunque al curro del Manglar le de-
dicara un importante espacio.
102
La modalidad del guaguancó fue muy extendida en la barriada haba-
nera desde sus mismos inicios. De ahí su arraigo y persistencia de
sus variantes en el tiempo, incluso, cuando otras fiestas o jolgorios,
como el zapateo, desaparecieran. Sus compositores populares, en los
orígenes, negros curros sevillanos, incorporaron la décima a sus letras
como un recurso suficientemente expresivo y representativo... Del
guaguancó es muy difícil determinar su trayectoria, aun haciendo un
esfuerzo bibliográfico de dónde, cómo y cuándo se inició el uso gene-
ralizado de la décima para sus composiciones y hasta cuando sobre-
vivió ella como tal; porque ya hoy, de aquel primer orfeón y baile, no
se practica ni sobreviven ejemplos, aunque no se haya podido borrar
su hija la rumba, que ha adquirido nombre y características diferentes
de acuerdo al medio --preferentemente de afrodescendientes--, don-
de se desarrollara.
El etnólogo Argeliers León apunta criterios de ese antiguo pasado
del guaguancó, como de los períodos posteriores y los contemporá-
neos al etnólogo, con bastante precisión; generalizado el nombre de
rumba como genérico. Refiriéndose a esa longevidad decía: ―Una se-
rie de rumbas, a las que se le atribuye gran antigüedad que se les di-
ce rumbas de tiempo ʹEspaña (sic), son altamente miméticas en los
bailes de pareja‖.(1985:142) , por lo que puede estar refiriendo a la
antigüedad como al factor estético antecedente. Igualmente Fernando
Ortiz logra establecer similares prioridades temporales sin definir fe-
chas: ―Todavía en las habaneras y danzones del siglo XIX no apare-
cen los tambores, ni siquiera en las rumbas de antaño…‖ (1995:
185)(El subrayado es nuestro) .Al respecto debe tenerse presente el
artículo citado de Martí sobre la secta Abakuá en relación al rechazo
de esta al tambor.

103
Ortiz llega a precisar el lugar originario de muchas de estas festivida-
des y su organigrafía, plantea: ―instrumentos musicales salieron del
Arsenal‖. Profundiza el que fuera historiador de La Habana Emilio
Roig: ―Las «claves», instrumento de percusión muy usado en nuestra
música popular, no son otra cosa que las «clavijas», de madera dura,
fijadas a golpe de mano por los carpinteros de ribera para asegurar
las ensambladuras, tablas y cuadernas de las naves, y que la pobla-
ción negra de La Habana, que en mucha parte residía por entonces
en El Manglar, barrio de extramuros, cerca de los astilleros, ideó utili-
zar para acompañamiento de sus cantos y bailes […] la clave es ge-
nuinamente habanera.‖(1966: Tomo III, 121)(El subrayado es nuestro)
Ortiz cierra la panorámica con otras precisiones: ―claves cantadas
en coro, que abandonaron pronto el Real Arsenal y el puerto habane-
ro, para incorporarse a las fiestas populares o jolgorios de los barrios
y poblaciones cercanas de La Habana‖ (1984:82).
De esta fiesta igualmente define categórico Argeliers León: ―la rum-
ba no era ya producida como música ritual; sino producidas como
música profana, y en un plano urbano o suburbano, […] para divertir-
se, de entretenimiento […] en colectividad […] más que baile o que
canto, es un tipo de fiesta…‖ (1981:139): abunda en el tema: ―en estos
coros llega a perfilarse la afinación, hasta producen movimientos pa-
ralelos de las voces por terceras, sextas y octavas, sin faltar quien ha-
ga de falsete‖.(87) Volvemos a la pregunta inicial: ¿Por qué no incluyó
Villaverde, la fiesta del guaguancó, rumba o/y coro de Clave, existen-
tes de antes del tiempo de su novela en el barrio habanero; donde es-
taba enclavado, física y humanamente, el teatro y la adjunta ciudade-
la: el hábitat del curro, ¡a quien si incluye!? Sean cuales fueran sus
causas, lo que no se puede negar es la significación del guaguancó
para la cultura cubana.

104
Capítulo III: Los Curros y Villaverde

El Curro Samaritano en la novela de Villaverde

Es de general aceptación que el escritor quiso que el relato que con-


taba su novela insigne de la familia Gamboa y su entorno, represen-
tase a la nación cubana que se establecía con todos sus ingredientes.
Dicho autor remarca la probidad de retratar la sociedad colonial que
el mismo incluso vivió, sin dejar fuera señalamientos críticos a esa
realidad por la que también luchaba cambiar. Sin embargo, para mu-
chos estudiosos: ―…el racismo, asomó en las descripciones de perso-
najes mestizos, por el excesivo cuidado puesto en detectar las mixtu-
ras raciales, las repeticiones de criterios predominantes sobre los ne-
gros y la exageración de los defectos…‖ (Manzano,2010: 236)
Por supuesto, partimos de la clara referencia al tratamiento que de
manera ambivalente, el novelista da a personajes como el curro del
Manglar, Polanco; aunque evidentemente, pues no todo es así catalo-
gable. Hay factores de impronta violencia moral, de intención escan-
dalizante, que llevan a Villaverde a sostener imágenes literarias que
compelían concepciones que él deseaba atacar como los amores in-
cestuosos de Leonardito y Cecilia. Sin embargo hay muchas escenas
en que se describen hechos de hondo humanismo como el asamari-
tanado curro del Manglar; cuya imagen por el tema, puede que escri-
biera para un lector de confesión protestante, adecuada al público nor-
teamericano donde daba el manuscrito a la publicidad y no, a la in-
terpretación propia de un público católico como el español.
Muchos sobrevuelan de prisa, las páginas de la novela insigne Ceci-
lia Valdés del costumbrista decimonono cubano Cirilo Villaverde y de-

105
jan de apreciar la versión de un curro criollo a lo samaritano-
villaverdiano; al que por demás, se le ubica en el Manglar.
El tema nos obliga a reflexiones cuando el novelista, haciendo gala
de sus observaciones pormenorizadas de las costumbres de la socie-
dad y de la época que le tocó vivir, de su afán de redimensionar la es-
timación del hombre africano y su descendencia en esa realidad; da
una imagen edulcorada al presentarnos al ‗Curro del Manglar‘ cual
Buen Samaritano a la manera bíblica.
Las cosas no suceden hasta los finales de la novela (Cuarta parte,
Capítulo I), cuando el eterno enamorado y clarinetista Pimienta desja-
rreta, de una limpia cuchillada, al esclavo fugitivo de los Gamboa,
Dionisio Jaruco o Gamboa y lo deja tirado como muerto. Si en la pa-
rábola bíblica argumentada por Jesús al farisaico doctor judío; de los
tres personajes que toparon con el hombre herido y robado en el
camino de Jerusalén a Jericó: uno era un sacerdote, el otro una exce-
lencia levita y el tercero, el Samaritano75 --persona esta que los judíos

75
Mostramos del texto bíblico que cuenta de la parábola dicha por Jesús que debió apro-
vechar Villaverde, en su versión ceciliana, del curro del Manglar samaritano: Malanga
(Polanco), tal como aparece en el Capítulo I, IV Parte, de su novela ejemplar. Y para fa-
vorecer criterios, accedimos a una versión antigua de Los Evangelios bíblicos, lo más
cercano en fecha al tiempo de vida del escritor, para contar con lo más aproximado a lo
que debió leer, que le sirviera para ofrecer su versión curresca del Buen Samaritano:
El verso 29 del Evangelio San Lucas Apóstol. (No se varía la ortografía)
29. Y él, [se refiere a un doctor de la ley] queriendo justificarse á sí mismo, preguntó á
Jesús: ¿y quién es mi prójimo?
30. Y tomando Jesús la palabra, dijo: bajaba cierto hombre de Jerusalén á Jericó, y cayó
en manos de unos ladrones que le robaron; y habiéndoles hecho muchas heridas, mar-
charon dejándole medio muerto.
31. Y sucedió que vino por aquel camino un sacerdote; y viéndole, pasó de largo.
32. Y de la misma suerte un levita que llegó cerca de aquel paraje, habiéndole visto: pasó
adelante.
33. Pero un samaritano que iba de camino, llegó cerca de él; y viéndole fue movido de
compasión: .y acercándose, echó aceite y vino en sus heridas, y las vendó, y poniéndole
sobre su jumento, le llevó a un mesón donde tuvo cuidado de él.
34. Y el día siguiente sacó dos denarios [monedas de la época] y los dió al mesonero,
diciendo: ten cuidado de este hombre; y todo lo que gastare de más, yo te pagaré cuando
vuelva.
35. ¿Quién de esos tres te parece fue el prójimo de aquel que cayó en manos de ladro-
nes?

106
odiaban--; a Villaverde se le antojó sustituirlos: al primero por un per-
fecto y atlético ex esclavo aguador-carretillero, y de pies descalzos;
quien, al pasar, ve tirado al hombre herido, pero sigue de largo, mur-
murando: ―--¡Matá! Dio me librá‖ (algo así como: Un muerto, ¡Dios me
libre!). Al segundo, a la manera del levita del ―Evangelio San Lucas
10‖, pasaje de la Biblia que lo cuenta; lo representa el novelista por un
civilizado mulato, nada menos que de oficio músico; trajeado y aún
con el instrumento enfundado en su bayeta bajo el brazo; quien, al
pasar, igualmente de largo, dice ‗compasivo‘: ―--¡Pobre! ¡Qué mojáa le
han dao! […] ¡Allá su arma su parma!..‖Nótese que ha seguido el en-
tramado del discurso bíblico, su ordenamiento y lenguaje.
Para el tercero escoge que represente nada menos que al buen Sa-
maritano de la parábola de Jesús, a un ‗curro del Manglar‘ habanero:
―hombre asimismo de color […] que, resueltamente –cuenta Villaver-
de--, se dirigió al herido…‖
No creo le fuera fácil a Villaverde decidirse para hacer tal compara-
ción; pero la hace, aunque para ello como que apaña la intención
cuando inicia el relato--que a muchos ha confundido--, con una perfec-
ta descripción del ostentoso vestuario curro, a la que siguen unas re-
ferencias pormenorizadas de su ‗habitual comportamiento‘, a todas
luces hampona a lo costumbrista. Parece querer adelantar que no ha-
bía ‗peor negro‘ en los arrabales de la sociedad capitalina.
Todo se nos transforma cuando los tan apreciados pañuelos de la
vestimenta del curro, les son muy apropiados para vendar y aliviar al
congénere esclavo apuñaleado. Cuando nos hacemos la idea, inten-
cionalmente sugerida por el escritor, de que va a esquilmar al prófugo
esclavo Dionisio Jaruco; ―el supuesto curro hampón‖, saca de sus

36. Y respondió el doctor: el que usó de misericordia con él. Y le dijo: Jesús: vé, y obra tú
de la misma suerte. [Las reflexiones corren a cargo del lector.]

107
ahorros y paga los gastos que este ha infringido; claro, ahorros pro-
ducto ¿de un robo?, así es, lo obtenido por la venta del reloj sustraído
al niño Leonardito y pareciéndole poco, al final, el curro le encuentra
empleo en la tienda del gaito Gabriel Sosa, que lo capacita profesio-
nalmente.76 De manera que, la ‗historia‘ le ha servido a Villaverde
para poner en duda lo de la hamponería curra
Volviendo al tema, lo que a Jesús le llevó unos pocos versículos, a
Villaverde le toma todo el primer capítulo de la cuarta parte y no lo
concluye. Que no quepan dudas, la versión villaverdiana debió re-
sonar de muchas maneras, pues facilitaría comportamientos de ex-
celsitud y lirismo.
Debe añadirse a esta parte de la muy apropiada selección por Villa-
verde de la Parábola bíblica; porque aún dadas las posibles interpre-
taciones teológicas a lo que hizo Jesús, la que dio Villaverde no tenía
base teologal, no implicaba supuestos divinos. Del discurso bíblico
expresa: ―el que usa misericordia…, al alcance de un enemigo de lo
judío como el samaritano de la época…‖; para Villaverde, está muy
claro: confraternidad, solidaridad, propias de cualquier ser humano,
aún las más abismales diferencias, incluidas las raciales.
En otro orden de ideas, en su importante libro Contradanza y Latiga-
zos, de Reynaldo González (2012), alude al personaje del curro en
una ocasión--al que dedica Ortiz su libro Los Negros Curros--, para lo
que hace claras referencias a pasajes de la novela de Cecilia Valdés.
Lo crea con una cita precisamente y con el siguiente intitulado: ―El ne-
gro curro habanero, ¿de ascendencia ilustre?‖. El término de negro
curro, no lo alude González de sí propio, aparece en la cita que se ex-
trae de Villaverde y que le sirve para ―ilustrar‖ la existencia del mismo.

76
Esta parte del relato se toma de las páginas de la novela ―Cecilia Valdés…‖, de Cirilo
Villaverde; edición de 1977, tomo II; pp.163-176.

108
Menciona González una cita que describe un negro curro que toma
del diccionario de Esteban Rodríguez Herrera (1959:306-307),77que
dice: ―…por innata piedad sea mantenido libre de funestos contagios;
el cimarrón, el guardiero, el volandero, el negro curro o del manglar,
antecesor del ñáñigo‖. Error craso, el ñáñigo o Abakuá existía en La
Habana desde antes del curro; integrado a tales confraternidades
gremiales, creadas en defensa de la inmigración de sevillanos en
tiempo de Carlos III.
Villaverde en su novela se encarga de esclarecer las diferencias,
como históricamente se dieron, entre dos tipos curros, en la apoteosis
de detalles que expone en la obra de Cecilia Valdés‖ .El curro Polanco
–Malanga--, era la réplica criolla que no podía mostrar los atuendos y
decires a la manera de los originarios negros curros sevillanos; por-
que el de Villaverde ni era un llegado peninsular, ni trabajaba en el ya
histórico Real Arsenal y así lo hace ver: ―No es el de nosotros el origi-
nal, el majo que viste traje andaluz…‖ (1977, tomo II:163) Era la répli-
ca criolla, que no podía ni tenía para usar esos trajes, a la manera de
los curros capacitados careneros, migrados de Sevilla… Era una es-
tampa curra criolla y habanera, que tuvo vida en gran parte del siglo
XIX… ¡Y no eran tampoco ñáñigos!‖
En el relato que narra la singular novela decimonona cubana de Ciri-
lo Villaverde, se abren párrafos para detallar un curro de: ―tipo sui ge-
neris‖ (sic); marcado tanto por el traje que vestía, como por sus accio-
nes y aspecto:

―Trazamos ahora aquí con brocha gorda la vera efigie de un


curro (sic) del Manglar, en las afuera de la culta Habana […]
matón perdulario, sin oficio ni beneficio, camorrista por índole y
77
Léxico mayor de Cuba. (Tomo II). La Habana, Edición Lex. 1959.

109
por hábito, ladronzuelo de profesión, que vive en la calle, que
vive de la rapiña y que desde su nacimiento parece destinado a
la penca,78 al grillete o a la muerte violenta‖. (Villaverde: 160-
161)

Sin embargo, el tal curro muestra comportamientos diametralmente


diferentes a mucho de lo conjeturado, que son los aspectos que no
debemos pasar por alto en la novela. Antes de entrar en el tema son
pertinentes algunas interrogantes sobre los recursos descriptivos que
aplica el novelista al personaje del curro Polanco, Malanga, para la
descripción de los pies. ¿Por qué le interesa al escritor describir esta
parte del cuerpo de entre otros miembros y elementos físicos y de de-
terminados personajes, en la obra Cecilia Valdés?
De los pies de Malanga, dice: ―Dábanle en el barrio el apodo de Ma-
langa por ser él desmalazado de porte y carácter, por tener lo zancos
y los brazos largos, en contraste con el tronco, y sobre todo los pies
grandes y gruesos‖? (Villaverde,1985: tomo II,m165)
De hecho, adelantaba Villaverde predicciones antropológicas, con
más o menos eficacia. El tema ya se abría paso y no obstante lo con-
jetural, le venía bien a la hora de tipificar personajes en los que quería
abundar en aspectos que creía básicos a sus caracterizaciones.
No a todos los personajes que representa en su novela les describe
esa parte del cuerpo, aunque reseñe otras. En ocasiones las referen-
cias de esta región son tan específicas que sobresalen; incluso, repite
aspectos como el arco del pie, a lo que le atribuye una importancia,
que no deja siempre muy clara su relación a la personalidad del indi-
viduo que le pertenece. Ni tampoco deja muy claro el por qué de los
que escoge para referir de sus pies; qué los une o diferencia y por
78
Penca, del vocabulario curro que puede significar azotar; azotado por el verdugo y similares.

110
qué… Así refiere de los pies del maestro sastre Francisco de Paula
Uribe:―…llevaba chancletas de cordobán, dejando al descubierto unos
pies que no tenían nada de chiquitos, ni bien conformados, porque
sobre mostrar demasiados los juanetes, apenas formaban puentes‖.
(Villaverde, 1975: tomo I, 281)
Otro que toma para referirse a sus pies es la importante figura dentro
del entramado del relato del mulato José Dolores Pimienta. En esta
ocasión se detiene más en la razón de las características que tienen
las formas de estas sus extremidades inferiores y las compara con
su compadre el maestro mulato Uribe. Ilustramos con los párrafos de
la novela: ―…en Pimienta y Uribe concurrieron por igual la raza blanca
y negra, pero Pimienta sacó más sangre de la primera que de la se-
gunda…, y citamos: ―circunstancia a que deben atribuirse el color me-
nos bilioso de su rostro, aunque pálido, la regularidad de sus faccio-
nes, la amplitud de su frente, la casi perfección de sus manos y la pe-
queñez de sus pies, que así en la forma como en el arco del puente
podían competir con los de una dama de raza caucásica.‖ (Idem:286)
(El subrayado es nuestro)
Otro personaje que toma para un análisis de los pies, es el de nom-
bre Padrón, un preso condenado a presidio cuando el gobierno de la
Isla del Capitán General Dionisio Vives quien, por influencias de alle-
gados suyos, lo traslada de la prisión y pone al frente de su gallería;
lugar típico y de costumbre criolla, que tenía Vives para las peleas ga-
llos finos. De Padrón citamos: ―Los zapatos de vaqueta que apenas
cubrían los pies pequeños y el empeine arqueado como de mujer, y
sin calcetines […] Era de talla mediana, enjuto,(sic) musculoso, fuerte
y pálido, de facciones menudas y podía contar con 34 años de edad‖
(Ídem: 396) (Los subrayados son nuestros.) ¿Y de Padrón, qué de-
bemos entender por tener los arcos de los empeines altos y definidos

111
como los de dama? O, ¿si no tuviera los pies planos se entendía que
era un mulato adelantado? O, ¿que en cuerpo de mujer tenía corazón
de asesino?.., porque en Cecilia Valdés, todos tenían algo de bueno y
algo de malo.
En definitiva, de los ejemplos tomados podría establecerse que tanto
en el caso del curro Polanco de sobrenombre Malanga, como en el del
sastre Uribe, eran mulatos con mayor presencia sanguínea etíope79;
los pies eran mayores, gruesos, tendientes a lo deforme y sin arco de
puente. En el de los otros casos: el clarinetista y artesano, eterno
enamorado José Dolores Pimienta y los del penado por homicida ale-
voso, el cría gallos del Capitán General Vives, Padrón, eran arquea-
dos los empeines, como los de una dama.
En dichos casos, se establece del mulato Pimienta el predominio en
la mezcla racial del factor sanguíneo caucásico, algo que no queda
muy claro al establecer semejanzas y/o diferencias con el homicida
penado, a cargo y doctrina de gallos, Padrón… (Ídem: 396)
Subsisten las dudas, de por qué no describió los pies de alguna de
las damas, incluso los pies de la propia Cecilia Valdés. Indiscutible-
mente en todos estos entresijos está la cuestión racial con el negro,
con el que se trajo o descendía de África. ¿Logró superar esa pande-
mia el novelista?
Volvamos al tema del comportamiento asamaritanado de Malanga,
personaje como lo perfila Villaverde, ―…propio de las afueras de la
culta Habana […] Y como no era el único curro pues abundaba la es-
pecie en la época mencionada…‖ (163) deja bien aclarado, era un
afrodescendiente cubano el que podía igualmente mostrar comporta-
mientos de excelsitud y lirismo.

79
Epíteto generalizado para referir del africano de piel negra

112
Malanga fue el personaje curro comodín en Cecilia Valdés. A él, ca-
taloga Villaverde en varias oportunidades como: ―alma caritativa‖…
Aparece dentro de un mini relato con que se introduce en la novela al
atípico personaje negro, de la barriada habanera de la época; relato
donde además se ofrece de él una aparatosa descripción física, de
atuendo y de hábitos detallada y a todas luces, inverosímil.
En una de las ocasiones en que esto ocurre de arrimarle la voluntad
caritativa sucede en boca del esclavo huido Gerónimo, doméstico de
la familia rica Gamboa, quien ha sufrido una acuchillada y de la que lo
salva el curro Malanga. En esos ajetreo están cuando le dice Geróni-
mo: ―Si Ud. es una persona caritativa y quiere favorecerme que sea
pronto…‖(165)
El relato aporta nuevos detalles; lo detiene el escritor para insistir en
la reflexión que hace con una pregunta: ―¿Pero de dónde nacía la no
vista amabilidad que desplegó aquella alma de cántaro,80 el malvado
Malanga, en tan crítica ocasión?‖.(167) Véase que Villaverde pone
una buena cualidad, pero dos malas, como que ni el mismo Villaver-
de se cree lo del buen comportamiento del curro.
En definitiva, no deja tampoco de referirse al posible lado negro de
Malanga, para quien, el dinero que ofrecía caritativamente a Dionisio
para pagarle su cura, a lo samaritano, era producto del robo, que ha-
bía hecho de un reloj a Leonardito y después una regular que amorti-
gua pesares; es que a su vez, el dinero que tenía Dionisio en el bolsi-
llo tampoco era limpio.
De nuevo se insiste en rasgos positivos que se contrastan con los
negativos: ―A este fin primordial llevó Malanga más adelante todavía
sus buenos oficios para con un hombre que le era enteramente des-

80
―Alma de cántaro‖, uno de los tantos dichos, o sabidurías populares con que entreteje
la narrativa. Según el Dicc. de la RAE (1955): persona falta de discreción y sensibilidad.

113
conocido. (167), seguimos leyendo: ―cedióle la cama‖…; continúa: ―Y
a la mañana siguiente muy temprano fue […] donde vivía el cirujano
romancista… lo despertó, y, quiera que no lo condujo hasta el joven‖.
A la larga, hizo más que el samaritano en ideas de Jesús. De todo
ello se desprenden preguntas que deberán responderse: ¿Por qué Vi-
llaverde prefirió al curro criollo del Manglar y no al andaluz?. ¿Por qué
le era más importante la imitación criolla que el original sevillano que
tenía todos los atuendos de la tradición? ¿Y, por qué, en definitiva,
resultó Malanga el mejor de los personajes afrodescendientes que
mostró su novela?
El otro aspecto a valorar es cuando los enseguida consortes: Malan-
ga y el esclavo huido Dionisio Jaruco y Gamboa, se dedican mientras
dura la convalecencia de éste, a intercambiar anécdotas. Malanga,
cual buen cuentero a lo Quijote, narra mil batallas; donde llega, como
dice en su jerga costumbrista: ―mestá mar en desislo, je birao más de
uno de esos cangrejos…‖81 Aunque, en todas las páginas del dicho
capítulo villaverdiano, la sangre en las acciones del curro no llega al
río, valga el refrán, no mata ni a una mosca y como ladrón, otro tanto.
Sin embargo, debemos reconocer, que ya este afrodescendiente
criollo, imitador de segunda generación del curro sevillano, no pudo
incorporar el uso de la décima a su parla como su predecesor el ―majo
andaluz‖, dadas sus evidentes limitaciones culturales y de presupues-
tos ideoestéticos. No hay dudas, Villaverde sabía del otro curro, del
andaluz; del que éste criollo, el suyo, Malanga, era una singular répli-
ca –y de los que había muchos en La Habana, decía el propio Villa-

81
Villaverde utiliza la jerga que los Costumbristas le arriman al negro curro del Manglar,
donde predominan las corruptelas fonéticas por cambios de letras entre otras. Lo puesto
en boca de Malanga, quien diría: ―me está mal el decirlo, he matado a más de una de
esas personas‖.

114
verde--; de los que para versear en décima tenían que procurárselas
escritas… porque de lo de samaritano le sobraba.
Aunque a decir verdad, Villaverde, como para responder a nuestras
patrióticas inquietudes de sus valores y aportes culturales; puso el há-
bitat del curro en su Cecilia Valdés, pegado al teatro de Jesús María,
puerta con puerta, nada por medio, como para que no hubiera alguna
intromisión estraña. No desconocedor el novelista, que este era el
primer teatro ilustrado en el país, cuando en la Metrópoli, luchaba has-
ta el rey por la supervivencia de la dramatúrgica institución.

El discurso villaverdiano. El asunto confesional.


La religión en Cecilia Valdés no tenía implicaciones en lo divino.

Villaverde considera en el Prólogo de su novela que al escribirla es-


tuvo influenciado por una literatura que conoce y se refiere, señalada-
mente, a dos autores: el norteamericano Walter Scott y el italiano
Alessandro Manzoni82. De Scott se dice: ―Durante toda la historia
burguesa, la autonomía del arte, simplemente tolerada, se ha visto
acompañada por un momento de falsedad que por último se ha desa-
rrollado en la liquidación social del arte. Beethoven mortalmente en-
fermo, que arroja lejos de sí una novela de Walter Scott exclaman-
do:¡Éste escribe por dinero!‖83
El lector versado –diría Alexander Pushkin—―sabe bien que tanto
Shakespeare como Walter Scott han mostrado a sus sepultureros co-
mo personas alegres y dadas a la broma, para así, con el contraste,

82
Alejandro Manzoni (1785-1873). Dice de él César Cantú en su Historia Universal: ―cantó
a la religión, la virtud y la patria; escudriñó seriamente la verdad en los dogmas, en la
historia y en los sentimientos y en los Prometidos esposos creó caracteres de insuperable
naturaleza y vida‖. Escribió la famosa novela Los Novios, entre otras.
83
Tomado de: Horkheimer, M. y Adorno, T. W.: (19): Dialéctica del Iluminismo.

115
sorprender nuestra imagina-
ción‖.84 Agrega: ―Es posible
que, como Balzac asegura,
el plan de calificar su obra
en una serie orgánica se lo
sugiriera la lectura de nove-
las de Walter Scott, advir-
tiendo que faltaba en ellas
una idea central, un principio
ordenador que colocara las
diferentes piezas como par-

Walter Scott
tes integrantes de una totalidad.‖ De Scott comenta Cesar Vallejo:85

―Los literatos que más han influido para la producción del Ro-
manticismo en España, han sido Shakespeare, Milton, Lord By-
ron y Walter Scott.(p31) Y más adelante Vallejo amplía: ...La
novela de Walter Scott extendida tan prodigiosamente en los
países europeos suscitó en la literatura española el gusto por el
color local, el sentimiento de la naturaleza a la que el hombre
confía sus efusiones y los secretos más íntimos de sus sue-
ños‖.(p.33)

Por otro lado y sobre la otra predilección literaria que señala Villaver-
de le marcó de alguna manera, el discurso en su novela, menciona
otra figura de cierta contemporaneidad: el italiano Alessandro Manzo-

84
―El fabricante de ataúdes‖. Traducción de Ricardo San Vicente (1993). Editorial Planeta
S.A.
85
Tomado de Cesar Vallejo: ―El romanticismo en la poesía castellana‖.

116
ni, conocido por sus recurrencias al siglo anterior al suyo, el XVII, en
sus novelas. A él dedica algunos trabajos el novelista y ensayista, de-
fensor de la semiótica, Umberto Eco:

―Si Manzoni hubiese querido responder al pedido del público,


tenía la fórmula a su disposición: la novela histórica de ambien-
te medieval, con personajes ilustres, como en la tragedia grie-
ga, reyes y princesas (¿qué otra cosa hace en Adelchi?), y
grandes y nobles pasiones, y empresas guerreras, y alabanza
de las glorias itálicas en una época en que Italia era tierra de
fuertes. […] ¿Qué hace, en cambio, Manzoni? Escoge el siglo
XVII, época de esclavitud, y personajes viles, y el único espa-
dachín es un traidor, y no narra batallas, y se atreve a cargar la
historia con documentos y bandos... Y gusta, gusta a todos,
acultos e incultos, a grandes y pequeños, a beatos y a come
curas. Porque había intuido que a los lectores de su época ha-
bía que darles eso, aunque no lo supiesen, aunque no lo pidie-
ran, aunque no creyesen que fuera comestible. Y cuánto traba-
ja, con la lima, la sierra y el martillo, y cómo pule su lengua, pa-
ra que el producto resulte más sabroso. Para obligar a los lec-
tores empíricos a transformarse en el lector modelo que había
soñado‖.(Eco,1986:Edición digital)86

El español Benito Pérez Galdós también tiene claros criterios de


Manzoni. Reconoce en la siguiente cita: ―Esa es buena; pero déjala

86
Eco, Umberto, (1986): Entre Mentira e Ironía. (Traducción de Helena Lozano Miralles)
Editorial Lumen. (EL LENGUAJE MENDAZ EN LOS NOVIOS DE MANZONI. Ponencia
presentada en el ciclo de conferencias sobre La semiótica dei «Promessi sposi», Univer-
sidad de Bolonia, 1986. Publicada sucesivamente como «Semiosi naturale e parola nei
Promessi sposi» en Leggere«I promessi sposi», a cargo de Giovanni Manetti, Milán,
Bompiani, 1989.)

117
por ahora... Aquí han entrado pocas novelas. De la basura que dia-
riamente han producido en cuarenta años Francia y España, no halla-
rás una sola página... De lo bueno hay algo, poco... Me parece que en
algún rincón encontraremos a Chateaubriand, a Gulliver, a Bernardino
de Saint-Pierre y antes que a ninguno, a mi idolatrado Manzoni‖.87
Otro pensador y cronista de la época, José de la Luz y Caballero
hace referencia del novelista Manzoni: ―Qué nuevas formas no ha to-
mado el arte, cuando ya se creían agotadas sus fuentes, en manos de
los Goethe, los Schiller, los Scott, los Byron, los Manzoni, los Lamarti-
ne y los Hugo. Pero ¡qué digo nuevas formas!, nuevos asuntos nunca
tratados, y que tanto caracterizan la época en que vivimos, han sido
admirablemente manejados por esos preclaros ingenios…‖Continúa
sus criterios Luz y Caballero: ―Qué nuevas formas no ha tomado el
arte, cuando ya se creían agotadas sus fuentes, en manos de los
Goethe, los Schiller, los Scott, los Byron, los Manzoni, los Lamartine y
los Hugo. Pero ¡qué digo nuevas formas!, nuevos asuntos nunca tra-
tados, y que tanto caracterizan la época en que vivimos, han sido ad-
mirablemente manejados por esos preclaros ingenios…‖
¿Pero qué aprovecha Villaverde de las indagaciones que le pudiera
haberle trasmitido las enjundiosas lecturas de las obras de Manzoni
y Scott, a la hora de dar soluciones ante propuestas puramente litera-
rias o éticas, en su novela Cecilia Valdés? Vea:

Alessandro Manzoni, aunque dedicara en sus ensayos pági-


nas mucho más complejas al lenguaje, en Los novios sugiere
una oposición entre lenguaje verbal, vehículo de mentira y tro-
pelías, y signos naturales, a través de los cuales los humildes

87
Tomado de: Benito Pérez Galdós. Gloria. Primera Parte 1876. Gloria. MADRID. Marzo.-
Abril. -Mayo de 1877.

118
comprenden, incluso cuando los poderosos los engañan con su
latinorum. Manzoni toma partido, con indignación, por los po-
bres que sufren los atropellos del lenguaje de los poderosos
(p.3)

Villaverde desarrolló en su novela otro punto enunciado por Anselmo


Suárez anteriormente: el uso de la religión como un elemento justifi-
cador y mantenedor de ese orden social que él y su grupo querían es-
88
tablecer. Rosa Sandoval aludía con insistencia a los preceptos de la
religión católica pues el autor quería ejemplificar en ella las caracterís-
ticas, a su juicio, típicas de un ama de esclavos a quien la argumenta-
ción religiosa le sirvió para amparar la explotación de la plantación y la
trata de esclavos.
En este mundo, la religión se entendía como instrumento de poder y
compulsión ideológica en un entorno de agudas desigualdades.89 La
imagen idealizada de un ama de esclavos bondadosa, (Isabel Ilinche-
ta) lo prueba. Igualmente se menciona ―el practicismo‖ a que llegó el
catolicismo en el emporio azucarero que quedó ejemplificado en la:
Explicación de la doctrina cristiana acomodada a la capacidad de los
negros bozales, una obra de Antonio Duque Estrada. (1823)
Sitúa temporalmente la fiesta de Navidad en las páginas de la nove-
la, cuando los invitados de la familia Gamboa aprovechan una visita al
interior del ingenio; para observar su funcionamiento el mismo día de
Navidad, porque no se ha suspendido el trabajo. Allí se recibe la noti-
cia del suicidio del cimarrón Pedro el Carabalí. El 26 de diciembre Isa-
bel y el grupo de jóvenes que se divierten en un paseo a caballo dan
con el cuerpo de Pablo, otro cimarrón que se ahorcó. Las fiestas de la
88
Rosa Sandoval citada por González (20
89
(Véase carta de Domingo del Monte a José Luis Alfonso, La Habana 2 de diciembre de
1839, en Biblioteca Nacional José Martí, Sala cubana, Monte.) (González,1983: 228-265).

119
familia contrastan con este mundo de suicidios y castigos, que por los
nombres apostólicos de los cimarrones muertos, tienen un aire bíblico,
de ritual, de sacrificio…90
Todo lo expuesto, nos lleva a referirnos a otra alusión religiosa. Ya
iniciamos capítulo con el uso expreso de un texto bíblico del llamado
Buen Samaritano, donde Villaverde ofrecía su verdadero enjuiciamien-
to del hombre en esclavitud al hacer su parodia del curro. Parodia no
a la manera de la moral católica tipo J.V. Betancourt, sino invocando
páginas de una religión que le facilitaran redimir a un hombre racial-
mente discriminado.
Indiscutiblemente, son dos religiones a las que nos enfrentamos y
en eso sí estamos de acuerdo, en que Villaverde no cabía dentro de
las filas del costumbrismo criollo decimonono, pues lo trasciende des-
de un realismo que aporta personajes típicos en circunstancias típi-
cas. Lo triste es que aún hoy muchos no ven esos rasgos de magnifi-
cencia en Cecilia Valdés.
Villaverde en su particular prólogo, señalaba insistente que la acción
de su novela la situaría en ―el teatro habanero y época corrida del
1812 a 1831‖, con la voluntad de prescindir de lo que dentro de dicho
espacio - tiempo no ocurriera. En el discurso literario de Cirilo Villa-
verde en su novela ―Cecilia Valdés o la Loma del Ángel‖ muchas de
las acciones se dan continuadas, cargadas de honda significación
ideológica sobre el medio en que las concibe. Una parte de su mensa-
je que refiere la esclavitud puede resumirse dentro de un convicción
humanista que continuamente necesita argumentar, sobre la base de
identificar los valores morales del esclavo que no duda en contrastar
con el amo que incluye la propia clase oficial y las élites del poder.

90
Tomado de: Roberto González Echevarría: Fiestas cubanas: Villaverde, Ortiz, Carpen-
tier. Literatura: teoría, historia, crítica 4 (2002): pp.11-36 Universidad de Yale.

120
Puede que las principales acciones se dan en ámbitos a los que habi-
tualmente concurren diferentes estratos sociales para disfrutar el es-
parcimiento. Muy recurridos los espacios cuando estos ejecutan baila-
bles. En funciones que animan los más variados fines e interesantes,
como sus participantes para la época en que enclava los principales
acontecimientos que ocurren en la novela en parte del siglo XIX haba-
nero. De manera que se presenta las funciones de la Sociedad Filar-
mónica,91 principal punto de recreo de las clases acomodadas en la
que obligadamente, participan los actores vinculados a las élites de
poder y riquezas y desde muy cerca le acompañan quienes le sirven,
adulan o que, de alguna otra manera, les son dependientes. El de es-
ta ciudad es la Sociedad Filarmónica. (Ídem)
De manera que se presentan las funciones de la Sociedad Filarmóni-
ca, en la que obligadamente, participan los actores vinculados a las
élites de poder y riquezas y desde muy cerca le acompañan quienes
le sirven, adulan o que de alguna otra manera, les son dependientes.
Pero volvamos a la novela.
El bailable que se muestra en el Capítulo Quinto del primer tomo;92
es una escena relatada que ocurre en el exterior del recinto, donde se
aglomeran las calesas y quitrines de las familias adineradas; el ojo vi-
sor del escritor puede ofrecer cómo disfrutan de un especial bailable
los conductores, en mayoría esclavos domésticos dedicados a dichas
funciones. Estos danzan al acompañamiento de un apropiado instru-
mental que ellos mismos transportan en sitio disimulado del vehículo.
No agota recursos el novelista para describir ejecuciones maestras,
pasos, movimientos a ritmos insuperables, con una plasticidad que
logran mostrarlo en medio del aparcamiento de sus calesas; donde los

91
La sociedad Filarmónica de La Habana
92
La Habana. Ediciones Huracán, Instituto Cubano del Libro. 1972

121
esclavos conductores ejecutan un zapateado, baile típico y de gran
arraigo en el país. La exquisitez que muestra al detallar los no muy
abundantes elementos con que los describe, le facilita hacer evidente
su interior intención, de mostrar las similitudes contrastantes con el
otro baile que debió realizarse dentro de la Filarmónica.
Con detalles muy precisos, delinea un verdadero cuadro propio del
gran cultor del grabado cubano de la época: Federico Mialhe, en el
que participan los esclavos con un perfecto ritmismo, apoyado en
sus rutilantes atuendos, que en definitiva le ponen, cual maniquíes,
sus ricos amos.
Se ensombrece el espectáculo con el otro factor que introduce y con
el que cierra capítulo: el trato inhumano al hombre esclavo; con el que
vuelve a la realidad cuando, el destacado bailarín-calesero, conductor
del quitrín de los Gamboa, debe responder a su airado amo que le te-
nía en pronóstico un cruel castigo a látigo y que cumplía.
Villaverde, para darle toda la fuerza de la barbarie del mismo, fue ex-
haustivo en su descripción del hecho; cuando ya en los patios de la
mansión manda descamisar al indefenso calesero para recibir el bru-
tal designio; que es tal que el propio gran amo Cándido, lo debe sus-
pender con gritos, cuando el niño Leonardito latíga insoportable sus
oídos.
Así elabora su libro Villaverde. Ha hecho contrastar las dos grandes
religiones: la de los que sufren de los inhumanos designios y la de los
que los producen.

Cirilo Villaverde y el costumbrismo.

El escritor Cirilo Villaverde y de la Paz (1812-1894), había nacido en

122
el poblado de San Diego de Núñez, provincia de Pinar del Río, Cuba.
Estudió las primeras letras en su pueblo natal, trasladándose luego a
La Habana, donde continúa estudios en el Seminario San Carlos y
concluye estudios de Bachiller en Leyes. Se dedicó a la enseñanza y
a escribir novelas y otros relatos, muchos con fines folletinescos para
publicaciones seriadas y otras.
La situación política de enfrentamiento a la metrópoli colonial involu-
cra a Villaverde; apresado y enjuiciado, donde incluso se le pide pena
de muerte; finalmente condenado a pena de diez años, logra escapar
de la cárcel y viajar a los Estados Unidos donde permanecerá el resto
de su vida.

Cirilo Villaverde (Ingenio Santiago, Pinar del Río, 28.10.1812-


Nueva York, 23.10.1894). Cursó las primeras letras en San
Diego Núñez, pueblo cercano al lugar de su nacimiento… Es
un prolifero escritor de novelas y folletines; pero, la obra que
sintetizaría las corrientes principales de nuestra novelística del
siglo XIX y vendría a darnos una visión totalizadora de la so-
ciedad reflejada en ella (1812-1831), es Cecilia Valdés (1882).
Villaverde resulta el autor que mejor ejemplifica en su obra la
conjunción de elementos románticos y realistas que hemos de-
jado señalada. Esta unión de elementos se observa en novelas
como La joven de la flecha de oro (1841), El guajiro (1842), La
peineta calada (1843), Dos amores (1843), El penitente (1844),
La tejedora de sombreros de yarey (1844-1845) y sobre todo
Cecilia Valdés, verdadero centro de su obra novelística, que
pese a toda la suerte de reparos imputables es el más realista
tableau de la sociedad decimonónica cubana que nos haya si-

123
do legado por nuestras letras. --Tomado del Diccionario de la
Academia Literatura y Lingüística cubana.

Su principal obra Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, luego de


una primera edición y versión en 1839, sale definitiva en 1879, en la
ciudad de Nueva York. Considerada la obra histórico-costumbrista
más destacada del siglo XIX y quizás la más editada y divulgada, cu-
bana. Cirilo Villaverde, de Vueltabajo ; en 1823 ya en La Habana,
asiste a la escuela de Antonio Vázquez donde se relaciona con cronis-
tas de la época como José Victoriano Betancourt. Culmina estudios a
la manera de entonces: Filosofía en San Carlos y Dibujo en San Ale-
jandro.
Cuando ya Villaverde había escrito y dado a la publicidad la primera
parte de su novela Cecilia Valdés, en los finales de la década de
1830; aparecía una de las primeras colecciones de artículos de cos-
tumbres que circuló en el país en 1840; con el nombre de Escenas
cotidianas, de Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño.
La tendencia ideoestética del costumbrismo en Cuba fue muy difun-
dida entre escritores, cronistas, artistas:

…representó el pensamiento de ―la élite letrada y política de la


oligarquía criolla del siglo XIX cubano, insistiendo en los valo-
res del catolicismo, la moralidad y la cultura europea, en un in-
tento de controvertir y diseñar relaciones sociales a partir de lo
que suponía instituciones superiores, heredadas… y que de-
bían servir de ejemplo a otras etnias…, y con el pretexto de li-
berar al país de elementos exógenos…‖(Camacho,2005:1)

124
Por su parte, consideraciones más recientes de la literatura señala-
ban, que el término costumbrismo refería de aquella forma de la litera-
tura realista, característica de la burguesía en ascenso, que se preo-
cupa por retratar y describir los tipos representativos de esa misma
clase y sociedad.
En todas las etapas y géneros de la literatura se han dado eventua-
les descripciones de costumbres, de modos de existencia colectiva y
de personajes representativos de las diversas clases sociales.93 No
obstante, desde los mismos inicios de la literatura nacional, obras co-
mo el Espejo de paciencia, en 1608, fueron un excelente resumen de
costumbres criollas. El costumbrismo, como tendencia y forma pecu-
liar de expresión literaria con caracteres propios, no florecerá sino con
el apogeo de la burguesía decimonona. El costumbrismo puede ser
considerado ―como una etnografía que se desarrolla paralelo a la an-
tropología carentes de algún método específico‖ cuando estas inda-
gaciones no sobrepasaban los estadíos experimentales. Tiene su con-
texto en un medio social con una distribución racial de abismales dis-
tanciamientos, pretendidos caucásicos, negros de directa procedencia
africana y sus bien definidas actitudes discriminantes; restos incluso
de otra marginada población residual, los indígenas.
El costumbrismo se propuso mostrar los diferentes sectores cultura-
les sus rituales desconocidos, incluso, por los representantes de la
cultura occidental que imponía sus intereses y costumbres. En defini-
tiva se correspondía con una etnografía que se aplicaba de manera
práctica y local, en parte importante del siglo XIX y territorios de Es-
paña y América Latina.94 Figuras como el pintor Víctor Patricio Landa-

93
Diccionario de la Academia Literatura y Lingüística Cubana. 1998. La Habana. Editorial
Academia.
94
Consultar: González Echevarría, Roberto, (2002) Fiestas cubanas: Villaverde, Ortiz,
Carpentier Literatura: teoría, historia, critica…, pp.11-36

125
luze, de origen peninsular, llevó a sus lienzos escenas y personajes
desde motivaciones costumbristas aun pesándole una imaginación
romántica, de lo que resultó un pintoresquismo exótico. Aunque Villa-
verde no siempre fuera acogido por los teóricos de dicho movimiento,
Cecilia Valdés o la Loma del Ángel, no le es ajeno al mismo.
Se consideran autores propiamente costumbristas a José Victoriano
Betancourt, Anselmo Suárez y Romero, Francisco de Paula Gelabert,
Juan Francisco Valerio, Luis Victoriano Betancourt, entre otros; como
por momentos, el escritor de filiación modernista Julián del Casal,
cuando los críticos argumentan: ―de una manifiesta sátira social tan
específica y hasta de interés personal inclusive, sin dejar de configurar
a una pintura genérica, de tipos‖. Sobre la temática se afirma:

―El primer álbum de costumbristas, titulado: Los cubanos pin-


tados por sí mismos. Colección de tipos cubanos;95 es una co-
lección de artículos de diversos autores (Zequeira, Cárdenas y
Rodríguez, José V. Betancourt, etcétera), recogidos y prologa-
dos por un editor español. Pero lo interesante es que este es-
pañol -Blas San Millán-, realizó su colección de artículos par-
tiendo del concepto correcto de la estrecha relación entre el
costumbrismo y la conciencia de la nacionalidad […] Pero es
indudable que todos estos hombres que integraron el movi-
miento costumbrista, que lo hicieron desde el ángulo literario, y
también desde el punto de vista plástico, son factores importan-
tísimos en la formación de la conciencia cubana. […] Por el
vasto panorama social que presenta el novelista Cirilo Villaver-
de y por la minuciosidad con que fue pintada la sociedad colo-
nial cubana, la misma está clasificada como novela histórico-
95
La Habana, Imprenta y Papelería de Barcina, 1852.

126
costumbrista. Lo cierto es que ella puede compararse con las
grandes novelas hispanoamericanas del siglo xix.‖ (Tomado de:
José Abreu Cardet y otros: 380)

Una visión costumbrista del curro

Como se ha mostrado no se incluye a Villaverde en el listado de cos-


tumbristas cubanos; quien se supondría de hecho parte del movi-
miento. ¿Qué razones se esgrimen? Por otro lado, el negro se convir-
tió para Villaverde en uno de sus grandes centros de aten-
ción;(2002:14) y de manera particular para nuestro interés, el de los
suburbios habanero llamado curro del Manglar.

―Entre otras cosas les inquietaba del curro [a los Costumbris-


tas habaneros], esa mezcla inédita de lo europeo y lo africano
[…], y se propuso cambiarla el Costumbrismo decimonono […]
el más destacado José V. Betancourt critica el vocabulario
―del manglar‖, que va haciéndose cada vez más popular entre
los jóvenes de la isla. Fustiga el que los jóvenes hablen con el
lenguaje propio de los negros y que, de esta forma, la sociedad
se africanizara. […] la religión africana, sus costumbres ―amo-
rales‖ y el vocabulario de los negros, era algo que había que
atacar, con el objetivo de que el mal no se expandiera. […]
Mostrarle cómo al imitar los gestos, las costumbres, el vocabu-
lario y la vestimenta de los negros curros, contribuía a exaltar
sus formas de comportamiento y desvirtuar los suyos.‖ (Ortiz,
1981:4)96

96
Tanto aquí como en otras citas del trabajo, se incluye lo consultado en el artículo de
Jorge Camacho (2005), donde afirma, que los Costumbristas predicaron un furioso di-
dactismo encaminado a blanquear el país.

127
Se ha considerado al escritor decimonono José Victoriano Betan-
court el más célebre y argumentado cronista del tipo social negro cu-
rro del Manglar, particularmente del criollo; aunque puede que en oca-
siones confunda límites entre unos y otros. Reconoce Fernando Ortiz
de Betancourt al cronista de curros más versado del siglo XIX, porque
él era el gran conocedor de curros del XX.
De Betancourt, presentamos una de esas parodias que añade a sus
artículos críticos, por su valor ilustrativo del tema donde describe a
dos jóvenes que se preparan para ir una fiesta, así:

―-De negro curro, chico, es el más decente, Y que ya me cues-


ta más de tres onzas, sin contar las hebillas doradas de los
zapatos. Pero me voy a divertir como un bárbaro; ya me tengo
aprendidas unas décimas, que no las sabe nadie más que yo.
¿Te acuerdas el año pasado en casa de las Petacas, aquello
de: Yo soy el negro Potoco…?
―-Yo también voy de negro curro y me voy a aprender las dé-
cimas de ―la negra María Liboria‖, y voy a bailar rumba, que
es un gusto. ¿Hay cosa mejor que bailar, chico?‖. (12).

Repare en el fragmento de la parodia de Betancourt la conversación


entre jóvenes habaneros elaborada para su crónica: ―…y voy a bailar
rumba, que es un gusto. ¿Hay cosa mejor que bailar, chico?‖. De
hecho los costumbristas reconocían al recurso festivo de la rumba,
con ese nombre y como preferido por los mulatos de Sevilla en La
Habana y luego por sus continuadores; nombre con el que se estaban
refiriendo al guaguancó. Tanto José Victoriano Betancourt, su hijo Luis
y otros, veían por ello, a sus criterios, como se homogenizaba la so-
ciedad habanera con la entrada de los curros: ―un signo de violencia

128
cultural en detrimento de la europea". (Ídem) Uno de los factores que
destacaban en sus críticas era la frecuente utilización por estos afro-
sevillanos en Cuba, de la métrica culterana justipreciada por Lope con
el epíteto de espinela. Gracias a Ortiz tenemos esas referencias a las
décimas o versos de currería carnavalesca que incluían en sus cróni-
cas los costumbristas --y que él muchas transcribe-- y son, dice: ―de
época posterior de la que daremos números y conocidísimos ejem-
plos…‖ (1995:72) (El subrayado es nuestro)
Las primeras crónicas del tema muy documentadas, se correspon-
den a escritores del costumbrismo cubano; tendencia de larga data en
el siglo decimonono. Del tema comentan los estudiosos Jorge e Isa-
bel Castellanos, quienes, sin detallar mucho, abordan el asunto como
tendencia y se refieren de los casos mejores tratados por la crítica.
Lo introducen en el tomo El Negro en la poesía cubana.97 Dichas co-
rrientes del humorismo utilizaron la ironía, la sátira, el sarcasmo, la
crítica mordaz y además, transitaron por vías diferentes en cuanto a
medio expresivo; prefiriendo unos personificar los instrumentos forma-
les fonéticos de supuestos linguo-parlantes de procedencia africana,
quienes aún no habían eliminado los acentos imprecisos propios de
un natural recién arribado de costas africanas, los comúnmente cono-
cidos por bozales.
El poeta y cronista José Victoriano Betancourt publica, con dichas
características, las décimas de cuyo título ya adelantamos mención:
José del Rosario, en 1948:98

―Yo nasí en Jesú María


En el famoso Manglai
97
El negro en Cuba, 1492-1844. En 4 tomos (1988-1994). Miami. Edición Universal.
98
Apareció en la publicación habanera ―El Artista‖ (26 décimas), el 31 de diciembre de
1848.

129
Fui Perico, no hai dudai,
Y a ningún cheche temía.
Poi que tan grande conseto
En la caisel yo tenía
Que apenas me distinguía
La gente de la buitrera
Poi capatá de galera
el alcaide me pedía.‖

Otros títulos de poemas en décima, con iguales características que


publica Ortiz, son: Un Negro Criollo en Carnaval; El Negro Cicuta; El
Negro Potoco; toda una tipología cargada de corruptelas fonéticas: si
así hablaban igual se debía escribir. Características que por demás,
intentaban producir humor al destacar carencias culturales en tanto su
convivencia en espacios de la población blanca. Pretendían demostrar
cómo, esas figuras de color, atentaban, contra la cultura establecida
considerada superior criterio de los que opinaban a título oficial.
A estos costumbristas regresamos, por su intrínseca relación con los
negros curros, en particular el caso de J. V. Betancourt; por lo que in-
sistiremos en algunos aspectos. Se caracterizaron por ser defensores
a ultranza de todo lo mal hecho mientras blandían particulares crite-
rios; quizás por eso algunos fueran patriotas en las confrontaciones
independentistas, aunque los principios ideológicos no les sustentaran
los objetivos perseguidos y no siempre en correspondencia con com-
portamientos éticos comprobados.
Luchas convocadas, desde sus inicios, por figuras como Carlos Ma-
nuel de Céspedes son de señalado antiesclavismo. Recordemos que
la primera acción subversiva contra el poder colonial fue dar, preci-

130
samente la libertad a sus esclavos y facilitarles su integración; ya li-
bertos, en igualdad de condiciones, a las filas rebeldes.
El ―humor‖ que se provoca imitando carencias culturales, como su-
cedía con la parla-jerga mostrada en un supuesto lenguaje de los ne-
gros curros del Manglar; era en definitiva un humor satírico; que apa-
rece en los poemas seleccionados por Ortiz, antes mencionados.
Piénsese que pasarían muchos años antes que se llegara a hacer al-
gún tipo de estudio lingüístico científico de grupos sociales, sobre
marginados, esclavos o hijos de esclavos.
De manera que de ellos, solo pudieron haber quedado algunas locu-
ciones de interés literario o turístico. La otra cuestión es, que no se
permitió y de hecho no se hizo divulgación por medio alguno, de la
literatura que estos hijos de África pudieran haber elaborado. Las ex-
presiones en sí encierran toda una tendencia a restarles prestigio y
valores, con particulares fines discriminatorios. Al conjuro de unas
décimas elaboradas por los propios poetas costumbristas, elaboraron
un vocabulario que pretendía ser por imitación del bozal o nación;
como también prefirió el literato o periodista de entonces, tomar como
objeto de su crítica, al negro curro del Manglar, al criollo, trazado para
un retrato propio de un curro viviendo en una Habana de mediados
de siglo XIX y que habitara el barrio emblemático de estos curros, el
Jesús María.
El recurso utilizado por estos costumbristas fue publicar, tal una
campaña publicitaria, décimas con estos formatos lingüísticos que
nada tenían que ver con el parlo-discurso de un afrodescendiente de
cualquier barriada suburbial metropolitana. Todo ello alcanzó acumu-
lar una destacada producción, como nos lo demuestra el que Ortiz
pudiera proponerse dedicar espacio en Los Negros Curros para in-
cluir varias de estas glosas con cuantiosas décimas.

131
El entramado argumental en Cecilia Valdés

En el artículo de Roberto González Echevarría (2002): Fiestas cuba-


nas: Villaverde, Ortiz, Carpentier, se señalan aspectos que arrojan
nueva luz:

Cecilia Valdés (1882) es una obra tan importante que casi pu-
diera decirse que, con respecto a la fiesta, todo ya está en Vi-
llaverde, y que tanto Ortiz como Carpentier sólo refinan o am-
plían lo planteado en su gran novela… Cecilia Valdés transcu-
rre en un período cuidadosamente demarcado que abarca poco
más de un año: de fines de septiembre de 1830 a principios de
noviembre de 1831. Esos catorce meses están jalonados por
una sucesión de fiestas que culminan con la boda de Leonardo
Gamboa e Isabel Ilincheta, en la que el joven es asesinado por
Pimienta, su rival. La descripción de las fiestas, y de su prepa-
ración, ocupa buena parte de la obra, y cada fiesta es coyuntu-
ral en el desarrollo de su complejo y bien trabado argumento.

El baile de la gente de color el 23 de diciembre, es como una repeti-


ción paródica de la fiesta de San Rafael; que culminó –en la novela--,
con una trifulca racial: la riña entre Dionisio y Pimienta. La pelea lleva
a un encuentro casual, en la calle, entre el esclavo de los Gamboa,
Dionisio, y el samaritano negro curro del Manglar, Malanga.
La mulata Cecilia es quien desata el altercado que enfrenta a Dioni-
sio y Pimienta. Dionisio, cocinero de la familia Gamboa, se ha fugado
durante las celebraciones del Adviento99 cuando sus amos se ausen-

99
El significado de Adviento: fiesta católica que se celebra desde el cuarto domingo ante-
rior a la Navidad y que culmina con la vigilia de esta fecha. (Dicc. RAE.1950)

132
tan para viajar a la finca en Vuelta Abajo. Se convierte Dionisio en un
cimarrón urbano. Cecilia lo desaira en la fiesta al negarse a bailar con
él. La pelea es a cuchillo en la oscuridad de la noche, cuando: ―Pi-
mienta le da una puñalada a Dionisio y lo deja por muerto‖. El inciden-
te arroja a Pimienta al clandestinaje --dice el comentario que citamos--
al mundo de hampones y negros curros de donde emerge para ultimar
a su rival y doble, Leonardo Gamboa‖. (González, 2002: 9)
Pimienta --craso error del crítico--, no es arrojado, ciertamente, al
mundo del hampa de los curros del Manglar. Al que se muestra coha-
bitando en el hampa de Malanga es al esclavo Dionisio. Visto así, esto
contribuye a sustentar el criterio de la versión hampona que se da de
Polanco (Malanga); pero de un curro hampón, en definitiva, a la mane-
ra de un Buen Samaritano. Realidad, a todas luces paradójica, pero
que sí deja clara Villaverde.
―La minuciosidad con la que Villaverde analiza estas luchas, y su re-
lación con la trama amorosa de la novela, son su mejor logro.‖(Ídem:
23) Las fuentes que nutren de información y pareceres de Villaverde
las comparte de Ortiz. El novelista escribía en Nueva York la versión
definitiva de Cecilia Valdés y de seguro, se valió, además de su prodi-
giosa memoria, de informes de la prensa cubana que le llegaban de la
Isla, puede que contaminados algunos ideo-estéticamente, al dar la
caracterización de sus personajes.
Cecilia Valdés se escribe sobre un amplio abanico de informaciones
con referencia directa en la sociedad cubana del siglo XIX; para Villa-
verde de historia pasada; como de prácticas no vigentes ya de sus le-
gados y referencias, que el escritor aspira a rescatar.
El entramado argumental de Cecilia Valdés, con asiento en la se-
gunda y tercera década del siglo XIX, se verá afectado de los presu-
puestos ideo-estéticos que del Arsenal y sus instituciones permearon

133
todo el hálito vital de la tradiciones en el ámbito suburbial. Aún lo poco
que quedó entonces, contribuyó a un éxodo migratorio franco-haitiano
propiciado por los sucesos independentistas de 1790, direccionado
hacia La Habana; siempre esperanzado, una parte, en encontrar algo
de las riquezas que produjera el Arsenal en los pasados años de glo-
rias fabriles. Dicha emigración facilitaría una efervescencia francma-
sona.
De hecho, tal migración afectaba la base de tradiciones que se for-
maba de una cultura con fuerte presencia de afrodescendientes y has-
ta ese momento, de criollos e hispanos. A la larga, un importante cor-
pus de tradiciones se consolidaba y de paso, reafirmaba el criterio que
hemos venido argumentando; al que se sumaba una ―sevillanía‖ cu-
rra, de origen esencial que para nada era transitoria o efímera.
De ellos justipreció de particular manera el tercer descubridor, don
Fernando Ortiz, unas sobrias pinceladas a manera de reflexiones,
que han facilitado comprender mejor el entramado argumental de la
novela:

--―Un día revivirán las figuras del negro curro y de su negra cu-
rra como curiosísimos personajes de positivos valores estéticos
–y éticos--, e histriónicos de La Habana colonial‖ (1995:3).
--―Así pensó Villaverde al escribir su famosa novela, a cuyo
escenario saca el negro curro; así pensamos nosotros un siglo
después, cuando aún en nuestra tierra no ha muerto del todo el
hálito de la currería‖. (Don Fernando Ortiz, 1995:2)
--―…pudo existir y mantenerse bastante tiempo con caracteres
bien definidos […] con una vida ostensiva y ruidosa…‖
(1981:66)

134
--―de allí los trajeron y no fueron aquí inventados por criollos
libertos‖.(1986:8)
--En La Habana se hicieron famosos –dice Ortiz--, porque muy
pronto la ciudadanía los estigmatizó dadas sus peculiaridades,
costumbres, el vestir y el caminar; con las largas trenzas ca-
yéndoles sobre la frente y hombros y pantalones —a lo cam-
pana—, de colores muy escandalosos y abundantes pañuelos
anudados en diferentes partes de la indumentaria. En la consi-
deración del etnólogo: ―era un tipo todo fachenda, todo petu-
lancia y alarde‖. (1995: 38)

Personajes insignes de Jesús María

Piñeiro, procedente del Jesús


María, fue un destacado paradig-
ma de la música nacional y uni-
versal cubanas; resonancia de la
obra curra y sus infinitas interrela-
ciones. Fue Piñero, cultivador tan-
to del Guaguancó, como de los
Coros de clave y ligado, de mu-
chas maneras, a la Trova tradicio-
nal de Manuel Corona y María Te-
resa Vera, en el Occidente.
El caso del genial sonero Igna-
cio Piñeiro, quien inicia su carrera musical en los Coros de clave y
Guaguancó de La Habana, en el oficio de componer o improvisar
(versear) décimas, así llamados: decimistas; es digno de destacarse
.Se fue inclinando hacia formas menos melódicas y más rítmicas, va-

135
riantes de los coros de Guaguancó ya afrocubanizados con el paso
del tiempo, para entroncar con el Son. Más que crear una ―nueva‖ cla-
ve ñáñiga --llamada así esa otra forma de Coros de clave--, recrea y
populariza el canto y danza del Guaguancó con elementos rítmicos
afroides criollos, activos igualmente en los Coros de Clave Abakuá;
porque también Piñeiro da forma a nuevas maneras de hacer la can-
ción clave100. De él diría el doctor Argeliers León: ―Ignacio Pinero de-
cimista de la clave El timbre de oro, fue un caso de excepcional ca-
pacidad creadora‖. (1981: 142)

―Ignacio Piñeiro había nacido en Jesús María, la academia de


música popular más grande del mundo, y con una densidad
inaudita de población de origen africano. En dichos barrios
convivió con el guaguancó como bien lo expresa su lira: […]
―Nació en el mismo solar que yo nací/ es buena como yo, / le
encantan las melodías de los suburbios, / y da su cora-
zón/cuando siente este cantar.// 101Autor de valiosas letras, me-
rece un aparte especial este genial músico y compositor. (Los
subrayados son nuestros)

Se da un caso muy curioso en La Habana de entonces, con un per-


sonaje de evidente linaje curro, avecindado en Jesús María:

―Nació Juana Pastor en la barriada de Jesús María, donde


pasó toda su existencia. Allí en aquel barrio pobre, y rodeada

100
O sea la canción clave, como lo recoge el Diccionario de la Música de Orovio-1981-
era el canto propio de los Coros de Clave, hoy desaparecidos; conservándose en los re-
portorios limitados de los grupos folks.
101
Ignacio Piñeiro, tomado del artículo publicado on line por Ramón Fernández-Larra.
(2006) En Kabiosile, blogs de Gladys Palmera, C/. Roger de Llúria, 128, 4º 4ª. C.P.:
08037 Barcelona (España)

136
de la más humilde clase de nuestra sociedad […] Se ignora
cómo pudo adquirir educación tan esmerada […] pues en
aquella época no se sabe en qué colegio pudiera lograr su inte-
ligencia los conocimientos que poseía […] Una alta autoridad
eclesiástica estableció contra ella guerra sin cuartel para que
en si escuela no enseñase a los varones… […] era poetisa re-
pentista […] Son en mi poder algunas espinelas de la descono-
cida poetisa…‖102

Juana Pastor, conocida como ―la Avellaneda negra,‖ escribió poesía


103
y prosa en La Habana durante el siglo XVIII. Antonio López Prieto
en, ―Parnaso cubano‖, menciona a una ―Dama y Profesora Doña Jua-
na Pastor‖, mestiza, quien además de ejercer su profesión de magis-
terio dándole clases de lectura, escritura, aritmética y doctrina cristia-
na a niños de todas las razas y sexos en la barriada de Jesús María,
escribía sonetos y décimas, incluso hasta en Latín. Como en España,
la maestra Juana Pastor, nuestra primera poetisa, mulata, de fines
del siglo XVIII en Jesús María fue, como los ilustrados, perseguida por
la curia eclesiástica. Nada puede resumir mejor nuestras intenciones
que lo que tan precisa y preciosamente dijera, por su parte, la extraor-
dinaria estudiosa camagüeyana Emilia Bernal,104 refiriéndose al teatro
nacional, cuando escribía algo que, en parte, adelantamos:

―Pero, aunque el teatro había alcanzado un tan alto vuelo en

102
Tomado del libro ―Jenios olvidados‖ de Francisco Segura Delgado. [Noticias biográ-
ficas…]. ―Con una Presentación por Martín Morúa Delgado‖. La Habana, Impreso en el
―Comercio Tipográfico‖, en 1895, pp. 27-29.
103
Ver Mirian De Costa-Willis, Daughters of the Diaspora: Afra-Hispanic Writers. Kingston: Rand-
le, 2003. Impreso. pp. 27-29
104
Tomado de su libro Cuestiones Cubanas, Madrid,1925. (p: 104)

137
Cuba con la obra el Príncipe Jardinero o Fingido Jardinero,105
surcaba los mares y era representado aquí y allá […] en Cuba
aún no se formalizaba la profesión de actor ni había teatro
permanente […] El primero de esta clase se sabe que estuvo
en la calle de Jesús María, un barrio… extraviado y muy po-
bre,106 pero que quizá, en la época en que se abrió ese teatro,
sería lo contrario. (El subrayado es nuestro).

El Jesús María es el barrio habanero, la gran escuela de los versea-


dores curros sevillanos de la espinela; en donde y para ilustrarlo me-
jor, encontraba los recursos necesarios un alumno aventajado y futuro
propagador de saberes, Francisco Covarrubias. En ese primigenio y
peculiar teatro habanero del Circo, en Jesús María, iniciaba su vida el
teatro bufo cubano de la mano de Covarrubias, de quien Rine Leal,
cada vez que lo traía a análisis y comento, lo hacía ligado a la impor-
tante producción versal que tenía en décimas principalmente. ―Su
nombre, dice Leal, aparecía regularmente en los anuncios de las
obras, sus décimas se publicaban en sus beneficios, su presencia es
sinónimo de éxito popular, su figura símbolo del teatro nacional‖.
(1982:147) Y de las páginas del Diario de la Marina: ―De una gracia
inimitable, versificaba con agudeza‖107; no superada en calidad y can-
tidad por la punteada casual campestre.
En el acercamiento, real y espiritual, al teatro de Jesús María, encon-
tró Villaverde al gran curro Malanga, para que testificara de sus nobles
sentimientos, sobre todo, los solidarios. Dar una nueva imagen que
valore con otra perspectiva a este personaje es un acierto de Cirilo

105
Obra dramática cubana que aparece inicialmente publicada en Sevilla, con el autor
Santiago Pita (y para otros: Fray Rodríguez, el Padre Capacho), en 1730-1733.
106
Recuerde que el libro es de la segunda década del pasado siglo XX.
107
En el Diario de la Marina: La Habana, 26 de junio de 1850.

138
Villaverde. Acercar al lector a su novela Cecilia Valdés y a los aportes
socioculturales del curro es el objetivo de este texto crítico que pone-
mos hoy a su disposición.

A: Emilia Bernal, la historiadora

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146
ANEXO

El otro Manglar de Jesús María

Para algunos estudiosos todo indica existieron fuentes directas licen-


ciosas cuando en el ámbito barrial citadino, pululaban figuras y com-
portamientos como la del afamado en esos menesteres: curro del
Manglar. Al respecto interesa un artículo que publica Luis Toledo
Sandé, en el que discurre una valoración etimológica del término ―ba-
yú‖ --o puti-club--, hábitat propio para ejercitar la prostitución.
Toledo relaciona el término con la antigua locación del Manglar, es-
pacio barrial del puerto habanero, donde sus moradores los curros,
facilitaban se ejerciera la tal profesión. Al respecto sugiere: ―a los Cu-
rros del Manglar, los chulos de entonces‖. El eje era la Calle del Man-
glar; en la época, el pantanoso orilleo marino de la bahía habanera,
donde: ―las mujeres ejercían el oficio en huecos del arbusto marino
pisado‖. (Toledo,2005)
La cuestión que aborda el trabajo aparece en blogs de Toledo San-
dé108 dedicado en dilucidar etimologías de palabras en uso de la len-
gua. Así, luego de agradecerle a su colega Pedro Martínez Píre,
quien le hizo llegar la notas de un lector con el seudónimo de: ―Duen-
de gallego‖ con cierta palabra. El término era ―bayú‖ referido a los es-
tablecimientos dedicados al comercio de la prostitución.
El comentario que aparece en el blogs explica que: ―el gallego refutó
desde Madrid al digital, a quien le había atribuido origen francés por

108
Luis Toledo Sandé Subdirector de la revista Casa de las Américas. Ha publicado nu-
merosos libros en diversos géneros: uno de los más recientes, Cesto de llamas. Vea
blogs: ―Cuba-La seriedad etimológica‖. Caribenet.info. En pantalla: www. cubarte.cult.cu.
7 de Febrero de 2005.

147
bayou, término que dice no existe en ese idioma, ―pero sí es la fuente
del bayú cubano‖. Pero no queda ahí, porque el Duende Gallego, pa-
ra explicarse mejor, lo hizo con el argumento del comportamiento de
los Curros del Manglar, en La Habana… Más menos así: ―El eje de
aquel barrio era la Calle del Manglar, que en la época sólo tenía casas
a un lado. Y la acera de enfrente era eso: un manglar donde las muje-
res ejercían el oficio más antiguo del mundo en unos huecos de man-
gle pisado. Cada una tenía el suyo‖.
―Háyalo dicho con sorna o de cualquier otro modo… --responde To-
ledo Sandé de lo dicho por el Duende gallego--, se refería de un per-
sonaje real o heterónimo de perspectiva verosímil […] los Curros del
Manglar, los chulos de entonces‖ De manera que, por este criterio, los
curros tenían sus vivienda en las casas de la acera de enfrente en la
calle, única, del Manglar y, en el otro frente mantenían un puti-man-
glar; actuando como buenos proxenetas.
Sandé le aclara a dicho Duende, con citas de Fernando Ortiz, (1995)
que: ―en general, dichos personajes debieron su renombre a su vida
hampona, en ambiente de cuchilladas, prostitución y otras lindezas.
No eran esclavos ni africanos, ni siempre negros ―de pura raza‖; sino,
―por lo general‖, criollos, ―es decir, nacidos en tierras de blancos‖, en
España o en la propia Cuba, y con ―una previa y larga aculturación al
ambiente hispánico‖, donde se perfilaron sus rasgos distintivos… que
la urbanización de la ciudad eliminó hasta los mangles del célebre ba-
rrio que, por ser uno de sus escenarios distintivos, suscitó que a los
negros curros también se les llamara del Manglar, y cuyo nombre
quedó perpetuado en apenas un tramo de calle.
En definitiva, la prostitución debió ejercitarse en diversas zonas del
espacio suburbial habanero, desde los mismos inicios de la llamada
Carrera de Indias; cuando, la flota española, en los primeros siglos de

148
colonia, partía o llegaba al puerto de La Habana y, debió incrementar-
se, con la erección del Real Astillero en el XVIII. El factor del negro
curro sevillano, un producto igualmente de la existencia del Real Ar-
senal, no necesariamente fue otro impulsor de tal comercio en la ba-
rriada capitalina. No existe la información consensuada que de sus-
tento a una generalización barrio-prostitución, que englobara la inte-
gridad social toda, del gran vecindario negro que pobló estos espacios
habaneros. Todo lo que justifica el esfuerzo de los que como Villaver-
de han abiertos otros horizontes de eventos más humanos y apega-
dos a las realidades.

149
ÍNDICE

El negro curro del Manglar en Cecilia Valdés……….……3

CAPITULO I:El Ilustrado curro en La Habana

1. Del intrépido monarca Carlos III……………………….11


2. El Intendente Pablo de Olavide y las migraciones......19
3. El ilustrado pardo sevillano en La Habana………...…24
4. La currería sevillana…………………………………….27
5. La suerte de los talladores en La Habana……………40
6. Instituciones solariegas en el entorno del Manglar….44
7. Lo que no se contó en Cecilia Valdés………………...47

CAPITULO II: El Teatro de Jesús María


1. Teatro y la España de los siglos XVIII y XIX…..……...57
2. ―El Circo‖ en Jesús María. El marqués de la Torre…..66
3. El curro y la Ilustración………………………….……....79
4. Incidencias Abakuá en la novela de Villaverde………83
5. Las jergas………………………………………………...94
6. Jerga del catalán Juan y la del curro Malanga……....100
7. Fiesta habanera ausente en la novela……………….102

CAPÍTULO III. Curros y Villaverde


1. El Curro Samaritano en la novela de Villaverde…...105
2. El discurso villaverdiano. El asunto confesional...….115
3. Cirilo Villaverde y el costumbrismo……………….....122
4. Una visión costumbrista del curro…….……………...127
5. El entramado argumental en Cecilia Valdés……….132
6. Personajes insignes en Jesús María……………......135

7. BIBLIOGRAFÍA…..…………………………………….140

8. ANEXO
El otro Manglar de Jesús María…………..………….147

150

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