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Josep

Picó
Catedrático de Sociología de la Universidad de Valencia

Enric Sanchis
Profesor Titular de Sociología de la Universidad de Valencia

SOCIOLOGÍA Y SOCIEDAD
SEGUNDA EDICIÓN


Índice

Nota a la segunda edición


Presentación
I. Introducción
1. La Sociología como Ciencia Social
I. El contenido del análisis social: la sociedad industrial-capitalista
II. El método de análisis: la experimentación de los hechos y la razón
III. Diversas lecturas de la sociedad y de los hechos sociales
IV. La sociología como ciencia social
2. Tres clásicos de la Sociología. Tres formas de entender la sociedad
I. Karl Marx y el capitalismo
II. Émile Durkheim y la crisis de la sociedad liberal
III. Max Weber y la construcción racional de la sociedad
IV. La evolución de la teoría en el siglo XX

II. El grupo humano y la cultura


3. La cultura
I. El concepto de cultura. Aspectos materiales y simbólicos
II.Capitalismo y cultura burguesa
III. La crítica a la cultura burguesa: Marx, Freud y Simmel
IV. La sociedad de masas y la industria cultural
V. Multiculturalismo e integración social
VI. La cultura en la sociedad globalizada
4. El grupo humano y la socialización
I.El proceso de socialización
II.Etapas de socialización
III. Los agentes
IV.El grupo humano
V. Desviación y control social

III. La estructura social


5. Población y demografía
I.Conceptos básicos
II. La transición demográfica
III. La población mundial: problemas y políticas
IV. La población española
6. Ciudad y urbanismo
I. Nacimiento y muerte de la ciudad
II. La sociología urbana
III.Urbanismo y planificación urbana
IV. La realidad urbana española
7. La familia
I. Estructuras familiares, parentesco y matrimonio
II. De la familia tradicional a la familia moderna
III. La familia en la actualidad
IV. El feminismo
V. La familia en España
8. Clases sociales, estratificación y movilidad social
I. Desigualdad y clases sociales
II. La pobreza
III. Las clases medias
IV. La estratificación social
V. La movilidad social
9. Conflicto y cambio social
I. El conflicto social
II. El cambio: teorías evolucionistas y cíclicas
III. Teorías modernas del cambio social
IV. Factores, condiciones y agentes del cambio

IV. Las relaciones sociales


10. Trabajo e intercambio en las relaciones de producción
I. Trabajo y sociedad capitalista
II. Población activa y mercado de trabajo
III. La organización del trabajo en la empresa
IV. El futuro del trabajo
11. Imagen, palabra e intercambio en las relaciones de comunicación
I. El emisor
II. El análisis de contenido
III. Los medios de comunicación
IV. La audiencia
V. Los efectos
VI. La opinión pública
VII. Nuevas tecnologías y medios de comunicación
12. Política e intercambio en las relaciones de poder
I. Poder y autoridad
II. El Estado: teorías clásicas y modernas
III. Los partidos políticos
IV. Las elecciones
V. La violencia política
VI. Las élites y los grupos de presión

Anexo
Clases prácticas
I. Análisis de la prensa diaria
II. Comentario de texto
III. Fuentes estadísticas
IV. Biblioteca
Créditos
NOTA A LA SEGUNDA EDICIÓN

Hace unos años apareció la primera edición de este libro, que se presentaba
como un curso de introducción a la Sociología, es decir, al conocimiento de
algunos aspectos importantes que vertebran el comportamiento humano en la
sociedad.
En la revisión y ampliación de esta segunda edición hemos procurado corregir
algunas de sus limitaciones, y sin ampliar excesivamente el texto tratamos de
poner al día su contenido y bibliografía, añadiendo un apéndice que puede servir
de orientación para realizar las clases prácticas sobre la materia. En el contenido
hablamos más concretamente de algunos temas de discusión cotidiana, como la
globalización, el problema del medio ambiente, la dominación basada en el
género, los medios de comunicación actuales o los nuevos movimientos sociales,
sin restar protagonismo a lo que nos parece que es el cuerpo central de la
disciplina, al que hemos incorporado algunos de los escritos más recientes. En el
apéndice dedicado a las prácticas sugerimos ideas que nos han sido útiles a lo
largo de estos años para completar la formación de los estudiantes y ponerles en
contacto con los problemas reales de la sociedad moderna.
El resto del libro, tanto la presentación como los temas elegidos, nos parece
que continúa teniendo validez, aunque somos conscientes de que su enfoque
difiere del que presentan otros textos, y su didáctica se aleja sobre todo de los de
inspiración funcionalista, tanto por la lógica de exposición como por su carácter
instrumental y pedagógico.
PRESENTACIÓN

No deja uno de admirarse de la capacidad que tenemos los humanos de caer


en los mismos defectos que algunas veces hemos criticado. Viene esto a cuento
de esta introducción a la Sociología que, volens nolens, hemos ido elaborando
los autores del trabajo. Porque introducciones a la Sociología hay tantas, de tan
diversos colores y con tan distintas pretensiones que probablemente no cabrán en
la habitación del lector que dedica en estos momentos su atención a estas
páginas. Quizás por eso los profesores siempre nos hemos resistido, con razón,
al trabajo monótono, repetitivo y escasamente creativo de elaborar una
introducción o un manual de nuestra propia disciplina.
Sin ánimo de enumerar siquiera unas cuantas ni de hacer una clasificación de
sus contenidos o estilos, podemos decir que existen introducciones a la
Sociología como resultado de la adaptación de ejercicios de oposición a la
carrera académica, como nos parece que es la de Víctor Pérez Díaz o la de J.
Morales y L. V. Abad; otras son el resultado de una colaboración departamental
en aras de atender el programa común de la asignatura, como la que hace años
coordinó el profesor Salustiano del Campo en la Universidad de Madrid, la del
Departamento de Sociología de la Universidad de Barcelona —esta vez dirigida
por los profesores Juan Francisco Marsal y Benjamín Oltra—, o el caso más
reciente de la de Valencia coordinada por el profesor Manuel García Ferrando.
Algunas, muy pocas, son fruto de encargos «millonarios», como la que hace
pocos años encomendó una editorial norteamericana al profesor Anthony
Giddens; o de encargos «pobres» como la de Golthorpe destinada a los
estudiantes de las universidades africanas. Otras, en fin, constituyen verdaderas
piezas originales porque son trabajos congruentes con un proyecto teórico
original de autores consagrados: Mannheim, Elias, Berger...; o tienen un
marcado carácter ideológico, como las sociologías marxistas de Kelle o Cerroni.
Hasta es posible encontrar también introducciones a la Sociología que responden
a la necesidad de sistematizar y poner por escrito de manera más o menos
coherente y pedagógica largos años de docencia en la materia, como las de Mac
Iver y Page, Ferrarotti o Giner, si bien tal pretensión pedagógica no siempre
consigue materializarse a causa del hábito que tenemos los académicos de
escribir para nuestros colegas.
La que ahora presentamos responde más bien a esta última necesidad, para lo
cual nos hemos servido de una multiplicidad de textos con el fin de introducir al
lector en el conocimiento de algunas de las ideas, conceptos y estructuras que
nos parecen fundamentales en esta disciplina para explicar el funcionamiento de
los grupos humanos y de la sociedad en su conjunto.
De acuerdo con ello, hemos dividido el texto en cuatro bloques o apartados.
En el primero, que sirve de introducción, hemos querido dejar claro que el
contenido del análisis sociológico es la sociedad capitalista occidental
(industrial) como estructura y forma de vida, pero que esta sociedad es
susceptible de diversas lecturas, representadas originalmente por algunos de los
principales fundadores del pensamiento social. En el segundo bloque —el grupo
humano y la cultura— tratamos de proporcionar algunos de los conceptos
básicos de la materia aceptados hoy día por toda la comunidad científica. Estos
conceptos son necesarios para comprender las pautas y el marco de referencia
cultural en el que se desarrolla nuestra convivencia humana, así como las formas
de aprendizaje y el proceso de socialización mediante el cual nos incorporamos a
la vida cotidiana y nos integramos en la sociedad. Estos dos primeros bloques
han de dar una idea a los estudiantes de la amplitud y complejidad de la
disciplina.
En el tercer bloque nos adentramos en algunos aspectos de lo que se ha
convenido en llamar la sociología descriptiva o su equivalente la estructura
social. Se trata de explicar algunos de los aspectos fundamentales del
funcionamiento de la sociedad, de sus grupos, instituciones o dinámicas sociales.
Comenzamos con el análisis de la población y su distribución geográfica, que
tiene como centro neurálgico de su actividad el sistema urbano y la ciudad.
Pasamos después a discutir el funcionamiento y la evolución de la familia como
grupo humano primario y base en la que se sustenta la formación de otros grupos
e instituciones mayores de la sociedad. Las clases sociales, la estratificación y la
movilidad social son aspectos estáticos y dinámicos del funcionamiento y la
actividad de los grupos y personas que contribuyen al cambio social, que es el
último capítulo de este apartado y constituye una de las principales finalidades
del quehacer sociológico.
Este bloque sobre la estructura social se puede ampliar o abreviar a criterio del
profesor o en función de las pretensiones del curso. Así, se podrían haber
incluido temas tan importantes como la educación, la religión, el género o el
desarrollo económico. Nosotros nos hemos limitado a dar preferencia a la
población, la ciudad y el urbanismo como elementos sociodescriptivos de
cualquier sociedad, temas a los que hemos añadido la familia y las clases como
instituciones clave de la estructura social y una lección sobre la dinámica del
cambio social que cierra el bloque.
Por último, hemos dedicado el cuarto apartado a las relaciones sociales. La
Sociología estudia la sociedad en su globalidad a través de los grupos humanos y
de las instituciones que la conforman, pero todo ello queda cimentado a través de
las relaciones que los seres humanos establecemos entre nosotros. Estas
relaciones humanas son relaciones de intercambio en las áreas de producción,
comunicación y poder, es decir, intercambiamos bienes u objetos, símbolos y
poder. Por ello hemos dedicado un capítulo al trabajo y las relaciones de
producción, otro a la imagen y la palabra en las relaciones de comunicación y un
tercero a la política y las relaciones de poder.
Desde nuestra disciplina científica existen muchas formas de aproximarse a la
lectura de la sociedad. Por citar sólo algunos ejemplos, la corriente crítica del
pensamiento considera la sociedad como una forma alienada de la conciencia
tanto individual como colectiva; el funcionalismo la ve como un sistema social
en el que todos sus componentes se integran funcionalmente unos con otros; el
interaccionismo la describe como un orden social negociado y renegociado
continuamente por los actores sociales; para el positivismo es una estructura
compuesta de fenómenos sociales observables y medibles, y el estructuralismo la
considera como un sistema de signos, impreso en la mente humana, generados
por las estructuras fundamentales del comportamiento.
Por tanto hay una multiplicidad de perspectivas sin un canon que las unifique
cuando se trata de captar la idea de sociedad como un todo, su génesis y
funcionamiento, aunque muchas de estas lecturas comparten a veces una base
conceptual común.
Nosotros, más que inclinarnos por cualquiera de ellas, hemos preferido insistir
en tres ideas básicas de aproximación al conocimiento de la sociedad. La
primera consiste en subrayar el aspecto macrosociológico que nunca debe perder
de vista quien analiza los hechos sociales, es decir que toda lectura ha de tener
un marco de referencia general que es la sociedad industrial-capitalista en la que
vivimos. Marco de referencia que siempre han tenido en cuenta los autores
clásicos de nuestra disciplina por muy diferentes que fuesen sus teorías.
Segundo, que esta sociedad tiene unos elementos constitutivos básicos que es
necesario describir y analizar utilizando un conjunto de conceptos aceptados
ampliamente por casi toda la comunidad científica. Estos componentes son
algunos de los grupos humanos que conforman la estructura de la sociedad,
dinamizan su funcionamiento y contribuyen a su cambio y evolución. Y, tercero,
que la sociedad moderna tiene un carácter dinámico de intercambio que se
estructura alrededor de tres espacios sociales: el espacio material, el simbólico y
el del poder.
Con ello hemos pretendido que esta introducción a la Sociología no fuese un
mero acopio de materiales presentados de manera más o menos descriptiva sino
que tuviese un cierto hilo lógico de exposición, aun a riesgo de que la nuestra sea
también una mirada subjetiva, con la modesta intención de desvelar las
apariencias externas de los fenómenos sociales y contribuir a la mirada crítica de
nuestros lectores.
Aunque el libro es fruto del esfuerzo conjunto y debate de dos autores, la
redacción final se ha hecho lógicamente de manera individual. E. S. ha escrito
los capítulos 5, 6, 7, 10 y 11. El resto ha sido escrito por J. P. Ambos autores
agradecen la colaboración de José Manuel Vidagany en la transcripción del
texto.
J. P.
I. INTRODUCCIÓN
1. LA SOCIOLOGÍA COMO CIENCIA SOCIAL

Si quien se acerca a estas páginas ha nacido en España después de 1975, tiene


una elevada probabilidad de haberlo hecho en un hospital donde su madre fue
atendida por un grupo de profesionales equipados con medios técnicos muy
sofisticados. Ha pasado las primeras décadas de su vida en una unidad familiar
constituida por sus padres, él mismo y, a lo sumo, un hermano. Ha conocido a
sus cuatro abuelos y ve con frecuencia a los que siguen viviendo. Después de
superar las cada vez más benignas enfermedades infantiles para las que todavía
no hay vacunas, hacia los tres años empezó a ir a la escuela. En ella y otros
centros educativos ha vivido mucho tiempo en un mundo relativamente aislado
de los problemas y del trabajo adulto.
Quizás no sea muy grande el municipio donde reside, pero está bien
comunicado con otras poblaciones y él está familiarizado con la vida de la gran
ciudad. Aunque viva en un pueblo pequeño, ha hecho varios viajes, ha visto el
mar a pesar de que esté muy lejos de su casa y no tiene la sensación de vivir
aislado. La naturaleza que conoce es una naturaleza domesticada, dominada por
el hombre, a la que hay que tratar con cuidado porque no podemos vivir sin ella,
aunque de vez en cuando se desboque y provoque algún disgusto. En casa,
aparte de agua corriente y sanitario, tiene teléfono, televisor, varios receptores de
radio y hay algún diario. A través de estos medios técnicos recibe información
puntual de lo que ocurre en cualquier lugar del mundo, ha seguido en directo el
desarrollo de unos juegos olímpicos, la final del campeonato mundial de fútbol,
varias catástrofes y alguna acción bélica. En realidad tanta información le
abruma y muchas veces no distingue con claridad las noticias reales que le
sirven los informativos de los acontecimientos ficticios que le muestran otros
programas televisivos.
Si ha nacido mujer, sabe que tiene exactamente los mismos derechos que su
hermano, y a ambos les han inculcado desde muy pequeños que tienen que
estudiar para luego poder trabajar, porque el trabajo es una cosa muy importante
en la vida. Su padre trabaja a cambio de un salario, lo que le parece la forma más
normal de trabajar; su madre quizás no, pero porque en sus tiempos las cosas
eran diferentes. Ahora ella podrá trabajar igual que su hermano, quien colabora
en algunas de las tareas domésticas; al contrario que su padre, que cuando llega a
casa lo tiene todo hecho. No obstante, en su fuero interno abriga la sospecha de
que si hubiera nacido hombre las cosas le serían más fáciles en la vida. Nacer
hombre es una suerte, tienes más libertad para salir, no has de tomar tantas
precauciones en el juego amoroso y tu madre reclama menos tu ayuda en casa.
Naciera hombre o mujer, sólo le inquieta una cosa: el cambio es tan rápido que
no sabe muy bien lo que le deparará el futuro. Quizás por ello, cada vez vive con
más intensidad el presente.
En su municipio se vota al alcalde cada cuatro años y los españoles eligen sus
gobernantes a través de las urnas. Es la manera normal de organizar la vida
política. Vive en una sociedad en la que rigen unas normas de conducta que
sancionan la manera normal de comportarse, se celebran ciertos
acontecimientos, se respetan ciertos símbolos y se comparten determinadas
creencias y valores. La ciencia ocupa un lugar muy importante frente a otras
formas de pensamiento como el mítico, mágico o religioso; y la ciencia seguirá
encontrando respuestas a los problemas que nos preocupan, dominando la
naturaleza, inventando más cosas y erradicando enfermedades.
También hay problemas sociales (injusticias, desigualdades exacerbadas), pero
éstos son más difíciles de resolver. Muchos de sus mayores los ven con cierto
fatalismo: siempre ha habido problemas y siempre los habrá. Él (o ella) intuye
que las cosas no necesariamente tienen por qué seguir siendo así, porque si el
hombre ha sido capaz de hacer todo lo que ha hecho para mejorar sus
condiciones de existencia, podría aplicar todo lo que sabe a que las cosas fueran
de otra manera. Si no lo hace es porque en el fondo no quiere, aunque nuestro
lector no está seguro de por dónde habría que empezar a cambiarlas.
Lo primero que tiene que hacer quien se acerca por primera vez a un libro de
sociología es tomar distancia crítica respecto a la sociedad en la que vive, asumir
la actitud de extrañeza que adoptaría si de repente se viera transportado a otra
época o a cualquier punto fuera de la sociedad occidental, dejar de contemplar el
mundo en que vive como normal y aceptar el hecho cierto de que ese mundo es
excepcional. Hoy la mayoría de la gente vive de otra manera, y si hubiera nacido
en el mismo sitio un siglo antes habría comprobado que lo normal era otra cosa.
En primer lugar, habría nacido en su propia casa con la ayuda de una partera
asistida por otras vecinas; habría tenido cinco o seis hermanos, la mitad de los
cuales no llegarían a cumplir los cinco años. Quizás habría llegado a conocer a
alguno de sus abuelos, pero uno de sus padres moriría muy pronto.
Probablemente habría comenzado a trabajar antes de cumplir los diez años, y no
a cambio de un salario. Si fue muy afortunado, pudo frecuentar la escuela
durante cuatro o cinco años para ponerse a trabajar a los doce o trece.
Si nació en un pueblo pequeño, sólo lo abandonará para hacer el servicio
militar, que será la única experiencia viajera de su vida. Si nació mujer, esa
experiencia será todavía más limitada. A no ser que el hambre apriete
demasiado, en cuyo caso él no volverá de la mili y ella se irá a servir a la ciudad.
Allí esperará que alguien la requiera en matrimonio y pueda cambiar hijos y
cacharros ajenos por los propios. En todo caso, desde que de muy pequeña iba a
la fuente a por agua, habrá aprendido que los hombres son seres superiores y que
su vida será diferente a la de sus hermanos, porque siempre estará gobernada por
un hombre.
Si ella (o él) nació en una ciudad grande su horizonte vital será un poco más
amplio, no demasiado. Estará informado de lo que ocurre en el mundo a través
de los vecinos, pero la mayoría de la información se referirá a su mundo, a cosas
que afectan a la vida cotidiana. Si acaso se enterará de que el rey ha muerto o de
que los que mandan han cambiado al alcalde o al presidente del Gobierno.
Tampoco necesitará mucho más para saber lo que le deparará el futuro, porque
ya lo ha visto en las vidas de sus padres y abuelos: las cosas son como siempre
han sido y así seguirán siendo. La vida es una dura lucha por la supervivencia
diaria, siempre amenazada por una naturaleza enemiga y gobernada por fuerzas
misteriosas que escapan a la razón.
Si quien se acerca a estas páginas nació en España después de 1975, también
debe saber que muchas de las cosas que considera normales fueron conseguidas
por las generaciones anteriores a un precio muy alto y que la sociedad en la que
vive nació sólo hace dos siglos, alumbrada por la Revolución Industrial y por la
Revolución Francesa, aunque desde entonces no ha dejado de modificarse. Dos
siglos no son nada en la historia de la humanidad, apenas el último medio
minuto de las veinticuatro horas que lleva el hombre sobre la Tierra. Aquel
alumbramiento fue, pues, un acontecimiento excepcional que dio paso a la
sociedad moderna en la que vivimos. Inmediatamente después nació la
sociología con la pretensión de comprenderla y de descubrir las fuerzas que la
gobiernan y la dirigen hacia el futuro. Por todo ello, aunque este libro estudia el
comportamiento humano en la sociedad actual, comenzaremos por exponer el
pensamiento de aquellos autores que analizaron en profundidad las
características, circunstancias y consecuencias del nacimiento de la sociedad
moderna, porque estamos convencidos de que muchos de los aspectos de su
constitución todavía nos acompañan y perviven en nuestra vida diaria.

I. EL CONTENIDO DEL ANÁLISIS SOCIAL: LA SOCIEDAD


INDUSTRIAL-CAPITALISTA

El origen de la sociología se enmarca históricamente dentro del nacimiento


del capitalismo y el proceso de industrialización. Los primeros autores
considerados como los fundadores de la disciplina se enfrentaron al análisis de
esta nueva sociedad, su sentido, significado y evolución, y al intento de conocer,
aprobar o criticar las estructuras sociales que se formaron a lo largo de los siglos
XVIII y XIX en algunos países europeos. Ahí nacen y se desarrollan una serie de
teorías, conceptos y formas de pensar que han forjado el conocimiento que
tenemos actualmente sobre el comportamiento humano y la estructura de nuestra
sociedad y que son el objeto de este libro.
Creemos que no tiene sentido proporcionar al lector una serie de conceptos
fundamentales y de instrumentos analíticos para introducirle a la lectura de la
sociedad occidental si no damos primero una imagen global aunque sucinta de
ella. La descripción del aparato conceptual debe tener presente el ámbito de la
sociedad global al que se aplica y en el que toma sentido. Esto es lo que hicieron
los clásicos del pensamiento social y lo que vamos a intentar describir nosotros
de forma abreviada en los dos primeros capítulos de esta introducción.
Los siglos XVIII y XIX se caracterizan por el paso de la sociedad estamental
(feudal) a la sociedad burguesa. Como ha señalado, entre otros, Guy Palmade,
las características fundamentales de este proceso son: 1) la formación del
capital, que tiene como consecuencia el nacimiento de la burguesía y el
proletariado; 2) la emancipación de la ciencia, con el consiguiente proceso de
secularización y retroceso de la visión religiosa de la vida; y 3) el nacimiento del
Estado-nación con la consolidación de las libertades individuales y colectivas.
Desde el punto de vista de la formación del capitalismo como sistema
productivo, la sociedad estamental dio paso a un sistema de libre comercio,
donde la iniciativa privada y la competitividad promovieron poco a poco la
figura del empresario. El contrato social, la transacción económica en busca del
beneficio y el cálculo racional provocaron un crecimiento económico hasta
entonces insospechado que contribuyó a la expansión demográfica y dio pie a los
grandes movimientos migratorios, a la concentración urbana y al crecimiento de
las ciudades. Éstas se convirtieron en centros de producción, comunicación y
consumo. La ciudad estableció nuevas formas de convivencia, posibilitó la
diversificación de las pautas de comportamiento de las personas, de las
relaciones sociales y de los nuevos estilos de vida.
A partir de 1850 la economía europea se transforma; la energía motriz pasa del
estadio del caballo al del ferrocarril y, pronto, al del automóvil y el avión;
mientras tanto el progreso del capitalismo modifica profundamente el
funcionamiento de un sistema económico en el que la industria se afirma como
el sector dominante del futuro, imponiendo su ritmo de crecimiento y
fluctuaciones, modificando una sociedad donde la burguesía aparece poco a poco
como la clase dominante, apoderándose del poder político o asumiéndolo junto a
las antiguas elites aristocráticas.
Este período apareció ante los ojos de sus contemporáneos como una época de
prosperidad, de desarrollo económico más rápido y de progreso técnico. Se
produce una verdadera revolución de los transportes que crea en toda Europa
occidental una infraestructura que permite su unificación; pero también
evolucionan los sistemas de crédito bancario, que junto a la rápida mutación de
las estructuras económicas genera sus víctimas, los rechazados por el progreso, y
sus beneficiarios, los especuladores y los nuevos ricos. Los regímenes que
supieron sacar provecho de esta expansión fueron la Inglaterra victoriana, la
Francia del Segundo Imperio y la Prusia de la unidad alemana.
La Europa de mediados del siglo XIX —continúa Palmade— era todavía
esencialmente rural; todos los países a excepción de Gran Bretaña (más
avanzada) contaban por entonces con más de un 50 por 100 de población rural.
En los países más industrializados de la Europa continental, ésta representaba
cerca de las tres cuartas partes de la población total (el 75 por 100 en Francia en
1851, el 64 por 100 en Alemania en 1871); en la Europa mediterránea, central o
escandinava, esta proporción era muy superior. Pero el rápido crecimiento de la
población y la necesidad de mano de obra que abasteciese el ritmo creciente del
comercio y la industrialización dieron pie a un amplio éxodo rural hacia las
ciudades. De tal manera que a principios del siglo siguiente la situación había
cambiado de manera sustancial. El crecimiento urbano modificó la naturaleza y
funciones de la ciudad y transformó la vida y ocupaciones de sus habitantes: a
las amplias obras de urbanismo acompañaron también estilos diferentes de vida
urbana.
A su vez la emancipación de la ciencia, con la revolución científica y el
desarrollo de la técnica se aplicaron sistemáticamente al proceso productivo.
Las sucesivas etapas de la revolución industrial tendrán como punto de arranque
el descubrimiento de nuevos recursos energéticos que pasarán del vapor a la
electricidad y después al átomo. Cada período energético impulsará y
transformará el desarrollo de los sistemas de transportes y comunicaciones que
difundirán y aumentarán las relaciones comerciales, humanas y culturales por
todo el mundo. En 1850, más de la mitad del tráfico de mercancías y viajeros se
efectuaba todavía por carretera, como en la primera mitad del siglo. El resto del
tráfico, sobre todo el de mercancías pesadas, se hacía por barco. Pero desde el
decenio 1850-1960 el tráfico por ferrocarril tendió a superar al tráfico por
carretera. Desde 1880 a 1890, en la mayoría de los países de Europa, el
ferrocarril aseguraba la mayor parte de los transportes.
Dos rasgos caracterizan la evolución de la industria europea de 1850 a 1895:
por una parte, la aceleración del progreso técnico y la modificación de las
relaciones entre ciencia y técnica; por otra, la creciente concentración de la
producción. Las invenciones transformaron tres sectores industriales: la
metalurgia, la industria química y la energía. Esa aceleración se explica, en
primer lugar, por una mejor y más rápida difusión del progreso técnico gracias a
las publicaciones científicas y a las exposiciones universales, y también merced
a una relación más estrecha entre la ciencia básica y la técnica; finalmente por la
mejor organización de la investigación científica y tecnológica.
Al mismo tiempo se desarrolla cada vez más un proceso de secularización
caracterizado tanto por la progresiva separación de la Iglesia y el Estado como
ámbitos de poder y representatividad, como por la desacralización de las
creencias y valores religiosos que dan sentido a la vida de las personas y a su
explicación del universo. La religión es sustituida por una multiplicidad de
creencias e ideologías políticas y científicas (materialismo, evolucionismo, etc.)
que proporcionan universos simbólicos y culturales a muchos sectores de la
población que viven alejados de los programas escatológicos de las religiones.
Poco a poco la religión se refugia en el ámbito privado de las personas y grupos
sociales, y una cultura plural y laica se extenderá por toda la sociedad occidental
moderna.
Si desde el punto de vista de la producción este período se caracteriza por la
industrialización, la urbanización, el crecimiento del trabajo asalariado y la
expansión de la burguesía, en el campo político está marcado por el nacimiento
del Estado-nación, la consolidación de las libertades individuales y colectivas, y
la aparición de la democracia liberal. Ésta alcanza su plenitud cuando el cuerpo
electoral, que está compuesto sólo por varones, pues las mujeres están todavía
excluidas, es convocado a las urnas. El nacimiento y extensión de las libertades
dará lugar a los partidos políticos y los sindicatos, a luchas reivindicativas por la
extensión de los derechos ciudadanos que desembocarán —mucho más tarde—
en el acceso masivo a la educación, la sanidad y las pensiones y acabarán
desencadenando un proceso de institucionalización social que culminará con la
creación del Estado social moderno. Los derechos de las personas pasarán por
tres etapas en el desarrollo de su reconocimiento: derechos civiles (expresión,
igualdad ante la ley), políticos (voto, participación, asociación) y sociales
(jubilación, salud, educación), que conforman la estructura social moderna
llamada Estado de Bienestar.
Algunas de las características más importantes de la democracia liberal que se
va asentando alrededor de 1850 en estos países son las siguientes. 1) Monarquía
parlamentaria: Gobierno responsable ante el Parlamento; Parlamento compuesto
de dos cámaras, una de ellas destinada a representar el momento de la reflexión
y de la moderación. 2) Sufragio censitario, con un cuerpo electoral que
representa el 15 por 100 de los varones adultos y comprende a los individuos
«capaces», pero que será progresivamente ampliado. 3) Derechos del ciudadano:
igualdad ante la ley, libertades de opinión, prensa y reunión. 4) Administración:
acceso por concurso a la alta administración (según los méritos); elección de las
autoridades administrativas locales. 5) Principios de gestión: finanzas públicas
sanas y economías equilibradas (pues la presión fiscal «tolerable» no excede el
10 por 100 de la renta nacional); impuesto proporcional y no progresivo. 6)
Economía libre: supresión de las trabas a la libre competencia, tales como
concesiones, peajes y, dentro de ciertos límites, aranceles; abandono de los
monopolios industriales del Estado; elaboración de un nuevo derecho mercantil
(leyes sobre sociedades). 7) Concesiones a los trabajadores: libertad sindical,
derecho de huelga.
Dentro de este marco político y legal en el que se va fraguando la sociedad
moderna dos son sus grandes protagonistas: la burguesía y la clase obrera. A
decir verdad más vale hablar de burguesías que de una burguesía unida y
coherente, consciente de su poder. Una parte de la burguesía se aprovecha del
desarrollo capitalista, del que es el motor, y se sitúa en las esferas dirigentes de
la sociedad, al lado de la vieja aristocracia. Pero también subsiste una burguesía
más tradicional, en tranquilas y pequeñas ciudades de provincias, que vive de
rentas y se mantiene en contacto con el mundo rural sin embarcarse en empresas
audaces. En ese espacio se encuentran, además de algunos grandes industriales,
los dirigentes de los bancos, de las compañías marítimas, de las compañías de
ferrocarriles, los más importantes corredores y agentes de bolsa. Habría que
añadir a los médicos que «han triunfado», a los abogados eminentes, a los altos
funcionarios, a los políticos y a aquellos que son simplemente «propietarios» (de
tierras, de inmuebles urbanos). En las ciudades de provincias, la sociedad
burguesa se compone de empresarios, ingenieros, miembros de profesiones
liberales y rentistas. La burguesía se instala en la cúspide del poder y hacia 1880-
1890 está ya presente en todas partes. Sus valores triunfan por mediación de la
pequeña burguesía, categoría que da el tono a este fin de siglo, aunque esté
alejada de los verdaderos centros de decisión.
Otra clase social irrumpe y parece amenazar el orden establecido: la clase
obrera. Ha alcanzado su pleno desarrollo en Inglaterra en la primera mitad del
siglo XIX, un poco más tarde en Francia, y por último en Alemania. Entre 1850 y
1880 viene a representar entre la tercera y la cuarta parte de la población. Sus
condiciones de vida tienden a uniformarse con el ocaso del antiguo trabajo
artesanal y el paso del campo y el taller a la fábrica moderna. Esta clase ve
mejorar lentamente su condición al beneficiarse de una parte del aumento
general de la productividad, mientras que aparecen diferencias en su seno a
medida que se hace más numerosa.
Los obreros poco a poco se organizan. Éste es un hecho nuevo y esencial,
paralelo a la concentración de las grandes empresas. En el caso de Inglaterra se
manifiesta en el desarrollo del sindicalismo, reservado sin duda a una elite
obrera, pero una elite que aumenta hasta representar la tercera o cuarta parte de
los obreros. Pero el sindicalismo de la aristocracia obrera no tiene un fondo
político. Hacia 1860 cuenta con unos 800.000 miembros, siendo lo
suficientemente potente como para ejercer presión sobre la patronal. El primer
congreso de las trade-unions tiene lugar en 1868; los sindicatos tienen entonces
un millón de afiliados, lo que equivale casi al total de los obreros cualificados.
Las leyes de 1871 y 1876 aseguran definitivamente la libertad sindical y
consagran la idea de los contratos colectivos, negociados por los sindicatos en
nombre de sus afiliados, lo que representa una importante victoria sobre los
principios individualistas liberales.

II. EL MÉTODO DE ANÁLISIS: LA EXPERIMENTACIÓN DE LOS


HECHOS Y LA RAZÓN

Coincidiendo con estos cambios profundos en el sistema social se produce


también un cambio en las formas de observar, pensar y explicar los fenómenos
físicos de la naturaleza y los fenómenos sociales, formas que toman cuerpo y se
expanden a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Conviene recordar —como destaca Irving Zeitlin— que muchos de los
filósofos del siglo XVIII ya habían rechazado las interpretaciones teológicas y
metafísicas del mundo y, por tanto, toda explicación del universo basada en los
argumentos de la revelación teológica, la tradición o la autoridad. Para ellos sólo
había dos pilares sobre los cuales, a partir de ahora, se construiría toda
explicación de los hechos: la razón y la observación. Con estas dos armas
trataban de construir un mundo nuevo.
El rechazo de las creencias religiosas como fundamento de las instituciones
humanas y justificación de los valores sociales y su reemplazo por el uso de la
razón y la construcción científica sustituyó a Dios por el Hombre como centro y
medida de todas las cosas. La razón se convierte así en esta época ilustrada en el
principio «ergonómico» de la humanidad, una energía que tendrá efectos
devastadores sobre la tradición y construirá «la modernidad».
Kant (1724-1804), por ejemplo, en su definición de la Ilustración lo había
dicho con toda claridad: «La Ilustración es la libe- ración del hombre de su
culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su
inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no
reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí
mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! Ten el valor de servirte de tu
propia razón: he aquí el lema de la Ilustración».
El pensamiento ilustrado se basa fundamentalmente en la aplicación de la
razón y la observación al análisis de los hechos. Newton (1642-1727), que fue
uno de sus representantes más significativos, la aplicó a la observación de los
«hechos»; a los datos de la experiencia; los principios y el objetivo de sus
investigaciones descansaban, sobre todo, en la experiencia y la observación, es
decir tenían una base empírica. El fundamento de sus indagaciones era la
suposición de que en el mundo material rigen el orden y la ley universales. Los
hechos no son una mezcla caótica y fortuita de elementos separados; por el
contrario parecen incorporarse a ciertas pautas y presentar formas, regularidades
y relaciones definidas. El orden es inmanente al universo, creía Newton, y no se
descubre mediante principios abstractos, sino mediante la observación y la
acumulación de datos.
Algunos estudiosos de esta época exigen la aplicación de este nuevo método
como requisito para el progreso intelectual. Así pues, lo nuevo y original en el
pensamiento ilustrado es la adopción sin reticencias del modelo metodológico de
la física de Newton, que se aplica al resto de las disciplinas; y lo más importante
para nuestra consideración de los fundamentos filosóficos de la teoría
sociológica es el hecho de que, inmediatamente después de su adopción, su
empleo se generalizó abarcando otros ámbitos fuera de la matemática y la física.
De esta manera el método de las ciencias naturales llegó a ser una herramienta
indispensable para el estudio de todos los fenómenos. Todo el siglo XVIII
entiende la razón en ese sentido, no como un conjunto sólido de conocimientos,
principios y verdades de los que se deduce la explicación del universo, sino
como una especie de energía, una fuerza que sólo es totalmente comprensible en
su acción y en sus efectos aplicados a la observación de los fenómenos sociales.
Al mismo tiempo Locke (1632-1704), en su Ensayo sobre el entendimiento
humano, sostenía que las ideas no son innatas en la mente humana. Por el
contrario, cuando nacemos la mente es una tabula rasa, es decir, se halla en
blanco y vacía; sólo a través de la experiencia penetran en ella las ideas. La
función de la mente es reunir las impresiones y los materiales que suministran
los sentidos. Según esta concepción el papel de la mente es esencialmente
pasivo, con poca o ninguna función creadora u organizadora si no es a través de
los sentidos, y es evidente que tal punto de vista debía prestar gran apoyo a los
métodos empíricos y experimentales; sólo podía aumentarse el conocimiento
ampliando las experiencias de los sentidos.
Sin embargo otros autores —como Condillac (1715-1780)— afirmaban que la
mente, a partir de los datos sensoriales más simples que va recibiendo, adquiere
gradualmente la capacidad de concentrar su atención sobre ellos, de compararlos
y distinguirlos, de separarlos y combinarlos. Este autor atribuye, por tanto, un
cierto papel creador y activo a la mente y a su capacidad de razonamiento.
Mientras la teoría de Locke atribuía un papel pasivo al observador, Condillac
sostiene que, una vez que se despierta en el hombre la facultad de pensamiento y
de razonamiento, deja de ser pasivo y de adaptarse simplemente al orden
existente. Por tanto, la razón por sí sola no nos proporciona un conocimiento de
la realidad y éste tampoco puede lograrse a través del uso exclusivo de la
observación y experimentación. Por consiguiente, el conocimiento de la realidad
natural o social depende de la unidad de la razón y la observación en el método
científico.
Estas premisas del método científico de las ciencias naturales ya habían sido
aplicadas al análisis de la sociedad por algunos pensadores sociales precusores
de la sociología. Para Montesquieu (1689-1755), que trata de analizar los
sistemas políticos, la realidad social se nos muestra a través de una diversidad de
costumbres, ideas, leyes, instituciones..., aparentemente incoherentes, pero él
cree que hay una relación entre las condiciones naturales (clima, recursos,
economía...) y sociales (costumbres, instituciones...) de una sociedad y su forma
de gobierno. Su trabajo consistirá en establecer una tipología política que
clasifique las formas de gobierno por la relación que existe entre la morfología
social y la organización política de una sociedad determinada, que él denominará
en cada caso república, aristocracia, monarquía o despotismo, lo que le permitió
compararlas en algunos de sus aspectos más importantes. Analizó, además,
algunas de las causas que provocan el cambio social, como el crecimiento de la
población o la expansión de los límites geográficos, y habló de leyes de la
naturaleza de la vida humana que deben regular las actividades de los hombres.
Para Rousseau (1712-1778), otro representante del pensamiento ilustrado, el
principal objetivo de la razón era hallar un orden social cuyas leyes estuvieran en
la máxima armonía con las leyes fundamentales de la naturaleza, porque la
naturaleza se mantenía en un estado de equilibrio mientras que la sociedad era
una creación humana que había alterado el equilibrio del hombre en su estado
natural y había conducido a la desigualdad, la desigualdad a la guerra y la guerra
al Estado civil. Para que la sociedad volviese de nuevo a la armonía había que
instaurar el contrato social en el que cada persona dándose a todos no se dé a
nadie sino a la sociedad general. Esto permitiría absorber al individuo en la
voluntad común general, llegando así a una sociedad de iguales, igualdad que no
es diferente a la que tenía en su estado de naturaleza.
En el marco de este cambio profundo de una sociedad feudal a la sociedad
burguesa, cuyas coordenadas generales ya hemos enumerado, y de la revolución
que sufrió el pensamiento en su tarea de observar y explicar el universo físico y
el orden de las cosas, se produce el nacimiento de las ciencias sociales y entre
ellas la sociología.
La velocidad con que se produjeron estos cambios, la situación de sus
condiciones materiales y las repercusiones que tuvieron en las instituciones y en
la vida de las personas provocaron la reflexión de muchos pensadores que se
aplicaron a un conocimiento sistemático de la nueva sociedad. De este modo la
joven ciencia de la sociología intentaba ya en esos momentos analizar la
composición de la sociedad moderna, definir criterios que permitieran clasificar
a los individuos en grupos y a ser posible explicar su comportamiento y el
dinamismo de las fuerzas sociales.
Si los estudiosos de la naturaleza, al observar los fenómenos físicos, habían
llegado a la conclusión de que el mundo natural no era un caos sino que en él
pervivía un orden, un orden desconocido pero sometido a unas leyes que los
hombres podíamos descubrir a través del estudio y la investigación, ¿por qué no
podría ocurrir lo mismo en el caso de la sociedad o del comportamiento
humano? También los humanos teníamos unas reglas de comportamiento, unas
conductas repetitivas, que si las estudiábamos con un método adecuado
podríamos ser capaces de llegar a formularlas y a descubrir leyes similares en el
mundo social y cultural. Esta manera de enfocar la sociología, es decir, el estudio
del comportamiento humano con el método de las ciencias físicas o de la
naturaleza, fue el resultado del impacto que dichas ciencias naturales tuvieron,
en un primer momento, sobre las ciencias sociales.

III. DIVERSAS LECTURAS DE LA SOCIEDAD Y DE LOS HECHOS


SOCIALES

El paso de la sociedad feudal a la industrial había provocado, por tanto, una


alteración en todas las pautas de comportamiento, valores e instituciones
sociales, y esto despertó el interés de muchos estudiosos por analizar y
comprender las características de esa sociedad moderna que estaba naciendo.
Los precursores y fundadores de la sociología como ciencia de la sociedad
fueron un grupo nutrido y diverso, pero nosotros vamos a sintetizar su
aportación en tres corrientes o escuelas de pensamiento: el positivismo (con
Auguste Comte como precursor y Émile Durkheim como representante más
significativo), la sociología comprensiva (Max Weber) y el marxismo (Karl
Marx); aunque el cúmulo de interpretaciones y lecturas de la sociedad en ese
momento fue mucho más rico y complejo del que aquí exponemos. Estos autores
emprenderán el estudio de la sociedad capitalista, su estructura y evolución,
desde tres puntos de vista muy distintos, condicionados por su formación y
experiencia humana, su contexto histórico y su opción intelectual. En este
capítulo expondremos brevemente su aproximación metodológica dejando para
el siguiente una visión más cronológica y estructural de su análisis de la
sociedad.
La situación revolucionaria que vivieron algunos de estos pensadores en la
Francia del siglo XIX —dice Zeitlin— se creía que era el resultado de la difusión
de las ideas liberales de su tiempo, de tal manera que se había instaurado
permanentemente una lucha entre los defensores del orden tradicional, por tanto
de las instituciones heredadas, y los defensores del progreso, es decir de aquellos
que eran partidarios de cambiarlas. A fin de que en la sociedad moderna estos
dos conceptos sustentados por amplios grupos de población no estuvieran en
permanente conflicto, Comte (1798-1857) era partidario de conciliarlos, porque
sólo mediante una síntesis de ambos podría lograrse la armonía social.
El orden y el progreso representan para este precursor de la sociología los
aspectos estático y dinámico de la sociedad y no se han de considerar
antagónicos. El estudio de esta dinámica y de sus leyes «naturales» nos llevará a
conocer el funcionamiento de la sociedad y, por tanto, a prever y evitar las
situaciones revolucionarias.
La sociedad, según Comte, había pasado históricamente por tres etapas
evolutivas. En la primera los humanos explicaban y justificaban la realidad
social deduciéndola de un conjunto de premisas teológicas basadas en creencias
divinas; en la segunda lo hicieron recurriendo a un conjunto de doctrinas
filosóficas basadas en el discurso de la razón, pero de una razón metafísica, es
decir sin que dichas creencias o explicaciones fuesen contrastadas con el
funcionamiento positivo (efectivo) de la realidad social; por último, en la tercera,
todas las explicaciones del comportamiento humano debían tener un fundamento
positivo, es decir, contrastado empíricamente.
Esta forma empírica de conocer los hechos sociales con una metodología
derivada de las ciencias físicas o ciencias llamadas de la naturaleza (cuyo objeto
de conocimiento está fuera del hombre) fue definida por Comte como física
social.
La etapa metafísica del pensamiento fue necesaria porque resquebrajó el viejo
sistema teológico y preparó el camino para la etapa siguiente, la positiva, que
pondría fin al período revolucionario mediante la formación de un orden social
capaz de unificar los principios de orden y progreso.
Así pues, el orden y el progreso que los antiguos consideraban irreconciliables
deben unirse de una vez por todas. Para Comte la gran desgracia de su época era
que los dos principios se consideraban contradictorios y estaban representados
por partidos políticos opuestos. El partido retrógrado estaba por el orden
mientras que el partido anárquico estaba por el progreso. A su vez las clases
sociales existentes tendían a polarizarse apoyando a uno u otro. El resultado era
el conflicto de clases, el desorden y la anarquía.
El orden y el progreso son, sin embargo, los aspectos estático y dinámico de
una sociedad. El orden se refiere a la armonía que prevalece entre las diversas
condiciones de la existencia, mientras que el progreso apunta al desarrollo
ordenado de la sociedad de acuerdo con leyes sociales naturales. Así se
reconcilian los dos principios que antes eran antagónicos. Las partes del sistema
constituyen un todo armónico que carece de elementos conflictivos,
contradictorios y antagónicos. Debe haber siempre una armonía espontánea entre
el todo y las partes del sistema social.
Para este autor lo que distingue al espíritu científico positivo es la firme
subordinación de la imaginación a la observación y de la razón a los hechos. La
predicción —que él llama previsión— facilitará el control social, objetivo
primario y hasta exclusivo de su doctrina positiva. «Predecir para controlar», en
estos términos reside su concepción «científica» de la sociología.
Comte, inspirándose en el método de las ciencias de la naturaleza, en el valor
de la razón y en la necesidad de contrastación, destacó la importancia de las
técnicas de observación, experimentación y comparación para aproximarse al
estudio del comportamiento humano, subrayando que éste debe conocerse a
través de los hechos que nos vinculan a la realidad y, por tanto, a las leyes del
desarrollo social. Pero también añadió que la observación es imposible sin la
teoría, primero para dirigirla y después para interpretar lo observado. Los hechos
no pueden hablar por sí mismos, pues aunque estamos sumergidos en ellos no
podemos utilizarlos, ni siquiera tener conciencia de ellos, si falta una guía
especulativa con la cual examinarlos.
Esta lectura de la realidad basada en los presupuestos positivistas de un orden
necesario de leyes del comportamiento humano que la sociología debe investigar
y determinar buscando la previsión de los fenómenos sociales de la misma
manera en que se busca la de los fenómenos naturales, esta analogía comtiana
entre física y sociología, fue rechazada por la historiografía alemana del si- glo
XIX, que contraponía el método de las ciencias de la naturaleza al de las ciencias
del espíritu en virtud de la diferencia del campo de investigación, ya que estas
últimas —historia, economía, psicología— estudian los productos del discurrir
humano, resultado de la relación social entre los hombres, y no el mundo de la
naturaleza que es extraño al hombre y está fuera de él.
Partiendo de esta tradición Max Weber (1864-1920), que es el representante
más significativo de esta corriente de pensamiento en el campo de la sociología,
abandona el modelo positivo de explicación causal, adoptando un sistema de
explicación condicional. Las ciencias sociales no establecen factores
determinantes como causas para que se produzca un fenómeno social
determinado sino que ponen en evidencia un determinado grupo de condiciones
que, junto con otras, lo hacen posible. Así pues, para explicar-comprender los
fenómenos sociales, la relación de condicionamiento sustituye a la relación
causa-efecto. Comprendemos la conducta humana porque somos humanos, por
eso estas disciplinas utilizan categorías de análisis como las de valor, significado
y finalidad que no tienen un procedimiento de verificación empírica como el de
las ciencias naturales.
No obstante, las ciencias del espíritu, y entre ellas la Sociología, llevan a cabo
su tarea tanto a través del análisis de las regularidades del comportamiento
humano y de las recurrencias de los fenómenos históricos como a través de la
determinación de la singularidad que caracteriza a cada uno de ellos; orientación
general y orientación individual se presentan paralelas y conectadas. De esta
manera lo que distingue a las ciencias del espíritu de las ciencias de la
naturaleza, en el terreno metodológico, es la antítesis entre explicación y
comprensión, entre la causalidad positiva y el «comprender» humano. El hombre
comprende su mundo histórico-social porque forma parte de él y lo penetra
desde el interior; ello le capacita para explicarlo pero no a la manera causal de
las ciencias de la naturaleza, que establecen leyes de relaciones invariables, sino
a través de regularidades observables.
En esta forma de leer la realidad social, la relación de valores, es decir el
hecho de que la conducta humana esté motivada por valores, viene a designar la
dirección particular del interés cognoscitivo que estimula la investigación, es
decir el punto de vista específico en el que el investigador o el lector de la
realidad social se coloca, delimitando el propio campo. De ello deriva que cada
disciplina perteneciente al edificio del conocimiento histórico no tiene un ámbito
determinado a priori, sino que ese ámbito se constituye, por el contrario, sobre la
base de un cierto punto de vista o de un cierto conjunto de puntos de vista; la
conexión interna de sus indagaciones así como la relación con otras disciplinas
tiene una base no ya sistemática sino problemática. De ahí que la explicación de
un fenómeno social implique también una elección entre la multiplicidad de los
datos empíricos que nos ofrece la realidad y de las infinitas relaciones que
vinculan unos a otros.
De esta manera la carga objetiva que pretende tener el método positivo para
leer la realidad social se traduce aquí en carga subjetiva, ya que la lectura de los
hechos sociales estará condicionada por la delimitación del campo de
investigación y por el interés del estudioso. Para paliar esta carga subjetiva que
se rebela contra la objetividad de la ciencia, esta corriente de pensamiento aduce
que los resultados de su investigación son válidos en virtud de la estructura
lógica (del método: metá-odos) del procedimiento explicativo. Desde ese punto
de vista el objeto de la sociología resulta constituido por las uniformidades del
comportamiento humano en tanto que dotadas de sentido, es decir por formas
típicas del comportamiento que son accesibles a la «comprensión». Estas
uniformidades no son leyes en el sentido de la sociología positiva (relaciones de
causa-efecto), pero son uniformidades empíricamente constatables.
Una posición completamente distinta a estos dos autores la encontramos en el
pensamiento de Karl Marx (1818-1883). La vida de Marx se desarrolló a lo largo
del siglo XIX en diversos países europeos, porque aunque nació en Alemania fue
expulsado por sus ideas de carácter revolucionario a Francia y más tarde a
Inglaterra. Nacido en una familia de clase media y formado en la tradición
filosófica clásica, pronto se interesó por el pensamiento político francés
(Montesquieu, Proudon), y por los escritos de los economistas ingleses (Smith,
Ricardo...) que le proporcionaron las bases para el desarrollo de su teoría social.
Europa vivió aquellos años un estado continuo de agitación. Por una parte, en
casi todos los países se abrían paso los postulados de la Revolución Francesa de
1789 con las consecuentes luchas y turbulencias sociales; por otra, se extendía
también y trataba de consolidarse el proceso de industrialización que asentaba
las bases del capitalismo, con las subsiguientes desigualdades sociales, la
formación de un amplio proletariado y la extensión de la pobreza.
La tarea de Marx consistirá en analizar el capitalismo como forma de
producción y organización social que enmascara la dominación de unos seres
humanos sobre otros. Denunciando las condiciones de injusticia y explotación de
la clase trabajadora con un procedimiento científico podremos llegar a construir
una sociedad basada en parámetros justos y racionales.
Si en Comte la inspiración metodológica para analizar la sociedad y los
hechos sociales viene del campo de las ciencias naturales y sus descubrimientos
físicos, y en Weber de la tradición historiográfica alemana, en Marx nace del
análisis del sistema capitalista como sistema productivo y de la convicción de
que las relaciones que establecen seres humanos entre sí (relaciones sociales)
van intrínsecamente unidas a las relaciones que establecen con la naturaleza para
procurarse los medios de subsistencia (relaciones materiales), que determinan
todos los ámbitos de la vida humana. Para Marx la comprensión última de la
sociedad y de los procesos sociales, es decir, la formación de los grupos
humanos y las instituciones, debe buscarse en la forma en que los seres humanos
resuelven el problema de la subsistencia, es decir, en la forma que toman las
relaciones de producción, que son a la vez relaciones materiales (entre hombres
y cosas) y relaciones sociales (las que establecen los hombres entre sí en su
esfuerzo —trabajo— por apropiarse de la naturaleza para satisfacer sus
necesidades vitales). Desde este punto de vista Marx considera que el desarrollo
de las fuerzas productivas (el capital y el trabajo) es la causa explicativa última
de la vida social y humana en general.
En la producción social de su vida, es decir en la actividad que desarrollan las
personas para acercarse a la naturaleza y apropiarse de ella para ponerla a su
servicio a través del trabajo, los seres humanos contraen determinadas relaciones
necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que
corresponden a una determinada fase de desarrollo de las fuerzas productivas
materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura
económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura
jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia
social. El modo de producción de la vida material condiciona la vida social,
política y espiritual en general. De esta manera, no es la conciencia del hombre
la que determina su ser, su forma de pensar y actuar, sino, por el contrario, es el
ser, es decir, sus condiciones de existencia, lo que determina su conciencia. En
este planteamiento reside el núcleo central de lo que se llama el materialismo
histórico de Marx por contraposición al idealismo que defiende la tesis contraria,
es decir que es la conciencia del hombre la que determina su ser (su forma de
producir y organizarse).
Así pues, el método de Marx trata de descubrir la relación existente entre la
conciencia (lo que se piensa y se dice) y la existencia social (lo que se produce y
cómo se produce), una existencia marcada por la posición que ocupan las
personas en el sistema productivo. En su obra El Capital, Marx acomete el
análisis de las relaciones de producción en el marco de las cuales se desarrolla la
sociedad moderna.
Este proceso de desvelamiento de las relaciones materiales (de producción e
intercambio) que subyacen a las relaciones sociales entre los hombres lo realiza
mediante el método dialéctico. La dialéctica es el proceso lógico del
conocimiento que rechazando (negando) la sociedad tal como es (en sus
postulados, estructuras, etc.) trata de llegar a una sociedad mejor, que a su vez
negará de nuevo en su deseo de trascenderla para llegar a otra sociedad mejor, y
así sucesivamente. Contra lo que se pretende, no es cierto que las relaciones
sociales sean justas y objetivas, sino inhumanas, injustas y contradictorias,
porque tras esa aparente objetividad se ocultan los intereses personales y las
luchas materiales de los hombres. Solamente si denunciamos esas relaciones
seremos capaces de superarlas provocando la aparición de otra realidad superior
que desembocará en una situación social más justa, es decir menos condicionada
por las relaciones materiales. A través de las distintas negaciones de la
organización y la estructura desigual y contradictoria de la sociedad, tal como se
nos viene manifestando en las distintas etapas de la historia, la humanidad
llegará a liberarse de las relaciones materiales y alcanzará la justicia, la
emancipación, la igualdad y la felicidad de todos los seres humanos.
La metodología de Marx es eminentemente valorativa y finalista mientras que
las metodologías positivista y comprensiva tienen un carácter más interpretativo,
sirven como métodos para entender la sociedad pero en principio y
aparentemente no se pronuncian sobre su finalidad o moralidad. Es decir que
Marx en último término se aproxima al estudio de la sociedad para transformarla
y cambiarla, para que evolucione desde un sistema de dominación del hombre
sobre el hombre hacia un sistema más igualitario, mientras que las metodologías
positiva y comprensiva no conllevan esta pretensión y tratan de aproximarse al
estudio de los fenómenos sociales desde una actitud menos valorativa.
Vemos pues que en el primer momento del nacimiento de la Sociología como
ciencia existen ya tres enfoques (métodos), al menos, de aproximarse y leer los
fenómenos sociales y la sociedad en general, tres lecturas distintas que darán pie
posteriormente a seguidores y detractores y que se enriquecerán con otras
aportaciones teóricas y otras escuelas hasta llegar a la situación actual.

IV. LA SOCIOLOGÍA COMO CIENCIA SOCIAL

Visto el contexto histórico en el que nace la Sociología como disciplina y


habiendo analizado tres formas distintas de aproximarse a la lectura de la
sociedad convendría ahora fijarse en los rasgos fundamentales de toda ciencia
social como manera de observar y razonar sobre la realidad que va más allá del
sentido común.
Uno de los aspectos que aquí conviene resaltar es que la sociología es una
ciencia, es decir que se constituye como un cuerpo organizado y sistemático de
conocimientos que hacen uso de leyes o principios generales para explicar y
comprender los hechos sociales; un conocimiento acerca del mundo, en nuestro
caso acerca de la sociedad, que trata de explicar su funcionamiento con un
lenguaje común y universal para toda la comunidad científica.
Este conocimiento científico se adquiere con un método, es decir un conjunto
de reglas que sirven para observar los fenómenos sociales e inferir conclusiones
a partir de dichas observaciones. El método es un procedimiento regular,
explícito y repetible mediante el cual se llega al conocimiento de la realidad
social. Desde ese punto de vista la sociología, como casi todas las ciencias
sociales que surgieron en el Siglo de las Luces, sufrió la influencia metodológica
de la física de Newton cuyos pasos eran la observación, la descripción, la
medición o experimentación y la comparación con otros fenómenos, o con el
mismo fenómeno en otras circunstancias, a fin de averiguar las causas por las
que se producen los hechos físicos y de esta manera poder formular teorías para
explicarlos con el fin de prever sus consecuencias.
Visto desde la perspectiva positiva la mayor parte de las ciencias tienen como
finalidad última la explicación y la previsión de los hechos sean éstos físicos o
sociales. Por ejemplo, la teoría keynesiana trataba de explicar el funcionamiento
de la economía para evitar o prever otra crisis económica y social como la de los
años treinta del siglo XX; en el campo de la sociología, las teorías sobre el
comportamiento desviado o las generalizaciones sobre las consecuencias de los
movimientos migratorios tratan de conocer estos fenómenos sociales para poder
prever sus efectos negativos en la sociedad.
Esta finalidad de previsión, tradicionalmente vinculada a las ciencias
naturales, se ha demostrado enormemente ambiciosa en comparación con los
resultados alcanzados hasta nuestros días, y resulta todavía más pretenciosa e
inalcanzable en el campo de las ciencias sociales.
Pero ya hemos visto que la lectura positiva no es más que una entre las
diferentes maneras de aproximarse al conocimiento de los hechos sociales. Aun
así, tanto en el campo de la sociología comprensiva como en la aproximación
marxista, la observación, la recogida de datos, la descripción, medición y
comparación de los hechos y fenómenos sociales son pasos indispensables en
todo quehacer racional y científico que pretenda ir más allá de apreciaciones
meramente subjetivas o de sentido común sobre el comportamiento humano.
La aplicación del método científico a cualquiera de las lecturas o
interpretaciones de la sociedad posibilita un conocimiento que va más allá del
sentido común. El conocimiento de sentido común trata de explicar la realidad a
través de formulaciones amplias, confusas, inciertas y escasamente
demostrables. Arguye muchas veces a través del ejemplo, es decir que de un
caso particular pretende llegar a una proposición general, mientras que el
conocimiento científico trata de explicar los hechos a través de enunciados y
teorías demostrables y con pretensión generalizadora. El primero es un
conocimiento lleno de prejuicios, y no es inquisitivo ni autocrítico, mientras que
el segundo es sistemático, crítico, tiende a escuchar los argumentos contrarios y
a matizar las generalizaciones.
Ahora bien, si la Sociología cumple todos los requisitos del quehacer
científico, ¿cuál es su contenido?, ¿a qué tipo de ciencia nos referimos? La
Sociología es la ciencia que estudia el comportamiento humano en grupo y
también la sociedad como conjunto de los diversos grupos humanos en que se
constituyen las relaciones sociales, su cambio y evolución. Existen evidentes
regularidades y uniformidades en el desarrollo de las actividades humanas que se
pueden observar, describir, analizar e interpretar, como el nacimiento, la muerte,
el conflicto, las relaciones sexuales o el trabajo. Pues bien, la organización de
estos datos, su clasificación y su interpretación a través de teorías o
generalizaciones forman el contenido de la sociología.
Así pues, tanto las instituciones y grupos humanos como la familia, los
partidos políticos y las asociaciones recreativas, las acciones sociales colectivas,
la huelga, las elecciones, el comportamiento sexual o el análisis de la opinión
pública son objeto de la sociología.
Pero el estudio de los grupos e instituciones sociales y de la sociedad en
general, comporta una especial dificultad debido a: 1) la complejidad de las
relaciones sociales, 2) las múltiples causas o condicionamientos que intervienen
en la conducta de los seres humanos, y 3) la variabilidad e inestabilidad de
dicho comportamiento, es decir su condición de cambio continuo. La
complejidad se manifiesta a través de las múltiples y diferentes pautas de
conducta y pensamiento, coherentes o contradictorias, que inspiran la acción
individual y colectiva de las personas, lo que a su vez pone de manifiesto que
dicha conducta no tiene una motivación monocausal sino que está condicionada
por factores diversos y no siempre fáciles de cuantificar. Se dice a veces que la
delincuencia juvenil es debida al paro o al ambiente familiar o a la conjunción de
estas dos variables, pero los fenómenos sociales suelen ser más complejos de lo
que nos muestra su apariencia. Además, las sociedades modernas son sociedades
muy dinámicas y las libertades individuales y colectivas hacen que la
constitución de los grupos humanos o las acciones de los individuos estén
cambiando continuamente.
Teniendo en cuenta estas características de la sociología aceptadas por todas
las corrientes del pensamiento sociológico, sin embargo conviene señalar que la
manera de estudiar los fenómenos sociales difiere de unos autores a otros.
Para quienes son partidarios del enfoque positivo, las relaciones humanas, la
conducta de las personas, son hechos sociales que se pueden medir y cuantificar,
y a través de la investigación social podemos formular teorías o generalizaciones
que explican el comportamiento humano. De esta manera explicamos el suicidio,
la criminalidad o las migraciones. Tanto esta corriente como la sociología
comprensiva —al menos en principio y aparentemente— aceptan los hechos
sociales como son, la sociedad como es, y no se preocupan por formular cómo
debe ser, y bien sea a través de la explicación más o menos causal, bien a través
de la comprensión condicional tratan de leer la realidad social sin interpretarla a
través de un sistema de valores con voluntad de transformarla. Para ellos la
sociología no está encuadrada en ningún sistema particular de moral. El
sociólogo como científico, aunque no pueda evitar un juicio moral sobre las
culturas y sociedades que observa y analiza, no ha de permitir que los valores
personales condicionen su estudio de la sociedad. Por el contrario, aunque para
la corriente marxista la sociología es también el análisis científico de las
relaciones sociales, esto no implica una definición o aceptación positiva de la
sociedad sino una crítica a su organización, porque las relaciones sociales
esconden relaciones de poder, de influencia, de autoridad o de intercambio
desigual. Toda relación social, por tanto, lleva aparejada una relación de
dominación y conflicto y el sociólogo tiene la tarea de desvelar estas relaciones
conflictivas e injustas. Existe en esta corriente de pensamiento una toma de
posición ante los hechos sociales, una actitud de denuncia, de que no son como
aparecen y que para entenderlos (intus-legere = leer dentro o debajo de la
realidad aparente) hay que poner de manifiesto su cara oculta, vinculada siempre
a una estructura de poder y dominación.
Estas y otras corrientes de pensamiento que se han ido desarrollando a lo largo
del siglo XX han constituido un aparato conceptual, que es el que nos sirve
actualmente para captar la realidad social. Para conocer el comportamiento
social, analizarlo y comprenderlo necesitamos reducirlo a conceptos. El
contenido de la ciencia, es decir el conjunto de proposiciones y teorías a través
de las cuales explicamos una determinada realidad y sus fenómenos, es una
estructura formada por conceptos y una de las principales tareas de una
introducción a cualquier disciplina es ofrecer al principiante el aparato
conceptual con precisión y rigor.
Si bien es cierto que las diferentes lecturas de la sociedad han creado su
propio aparato conceptual, sin embargo todas ellas coinciden en una herencia
común. Unos, por ejemplo los críticos, no aceptarán el concepto de múltiples
estratos para medir la desigualdad social; otros, los positivistas, el de clase. Pero
ambas catego- rías constituyen ya patrimonio común de la sociología. Ahora
bien, antes de pasar a los conceptos y procesos que conforman el instrumental
básico de la sociología queremos explicar cómo entendieron la sociedad de su
tiempo algunos de los principales fundadores de la disciplina, porque no
conviene perder de vista que para la mayor parte de ellos, bajo la formulación de
sus teorías, su método y sus conceptos, subyacen siempre como horizonte los
procesos de constitución y cambio de la sociedad global y, por tanto, en la
sociedad moderna, el proceso de industrialización y la formación y estructura del
capitalismo.

BIBLIOGRAFÍA

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RICHARDS, S. (1987): Filosofía y sociología de la ciencia, Siglo XXI, Madrid.
WALLACE, W. L. (1976): La lógica de la ciencia en sociología, Alianza, Madrid.
WARTOFSKY, M. W. (1983): Introducción a la filosofía de la ciencia, Alianza,
Madrid.
WILLER, D. (1969): La sociología científica. Teoría y método, Amorrortu,
Buenos Aires.
ZEITLIN, I. (1968): Ideología y teoría sociológica, Amorrortu, Buenos Aires.
2. TRES CLÁSICOS DE LA SOCIOLOGÍA. TRES
FORMAS DE ENTENDER LA SOCIEDAD

Siguiendo el hilo lógico del capítulo anterior queremos observar que a las tres
formas distintas de aproximarse a la realidad social desde el punto de vista
metodológico corresponden tres formas de entender la sociedad, sus estructuras
y su evolución. Nosotros vamos a referirnos a tres autores clásicos que se
suceden en el tiempo; que son K. Marx, E. Durkheim y M. Weber, aunque
precursores y fundadores de la sociología hay algunos más. Cada uno de ellos
tiene un enfoque distinto sobre la formación, composición y evolución de la
sociedad industrial capitalista, sobre el desarrollo del proceso de
industrialización, sobre el papel o la función que desempeñan las instituciones
económicas y políticas en la sociedad y, en general, sobre las relaciones sociales
y la conformación de los grupos humanos.

I. KARL MARX Y EL CAPITALISMO

¿Qué relación hay entre Marx y la sociología? Si se piensa en la sociología de


Comte, la relación es de extrañeza y contraposición. Como ha señalado Karl
Korsch, entre la forma de entender la sociedad propia de los marxistas y la
ciencia positiva no hay relación teórica. Los marxistas han considerado a los
demás como ideólogos de la sociedad liberal burguesa porque no pretendían
cambiarla, y la misma acusación se ha producido en dirección contraria, puesto
que Marx era visto como un filósofo de la historia y un ideólogo político pero no
un científico en sentido estricto. Sin embargo ambas corrientes han tenido como
propósito común el conocimiento de la estructura y funcionamiento de la
sociedad, aunque partiendo de premisas muy distantes.
A Marx, ya lo hemos dicho, no le interesan sólo las leyes de la existencia y el
funcionamiento de la sociedad sino su transformación. Detrás de su actividad
intelectual existe una actividad revolucionaria muy en consonancia con la época
histórica que vive, la del siglo XIX, llamado por los historiadores el siglo de las
revoluciones.
Nos encontramos en los primeros momentos de la revolución industrial en
Inglaterra, Francia y Alemania, donde los ideales de libertad, igualdad y
fraternidad comienzan a abrirse paso. Y sobre todo ante la difícil, penosa y
trágica situación del mundo obrero que tenía como consecuencia la formación de
los movimientos sociales. El hacinamiento de la población en las grandes
ciudades, el trabajo penoso de las mujeres y los niños, la interminable jornada
laboral y en general las condiciones infrahumanas en que se desarrollaba el
proceso de producción conformaban un caldo de cultivo propicio para el
descontento y la revuelta.
En este ambiente Marx lleva a cabo el estudio de la sociedad capitalista, su
desarrollo y tendencias, cuya génesis él mismo está viviendo. Con una
formación básicamente filosófica, su aproximación al análisis de la realidad
comienza por contraponerse a la filosofía entonces vigente, explicada y
defendida por su maestro Hegel.
Para Hegel la historia, la realidad social, la constitución y evolución del
mundo desarrollado son un reflejo de la historia de la mente, de las ideas del
hombre, de su conciencia. Por tanto, la génesis y construcción de la sociedad son
el resultado de las objetivaciones (realizaciones) sucesivas de la mente. Es decir
que para Hegel el sujeto (el hombre) determina el objeto (el mundo, su
organización y evolución) y estructura la realidad, fortaleciendo de esta manera
una corriente filosófica de explicación, muy enraizada en la cultura germánica:
el idealismo alemán.
Recordemos, sin embargo, que para Marx no es la conciencia del hombre la
que determina su existencia, sino más bien todo lo contrario: son las condiciones
materiales y las relaciones sociales que establecen los hombres entre sí para
hacer frente al problema de la subsistencia las que determinan las formas de
pensar y actuar de los individuos y grupos sociales, dando así la vuelta al
planteamiento hegeliano desde presupuestos que en adelante se llamarán
materialistas.
Por tanto, si queremos estudiar y entender los grupos humanos y la sociedad
que conforman, el primer principio que hemos de tener en cuenta es el de la
especificidad histórica de todas sus relaciones materiales. Desde ese punto de
vista el ser humano en su relación con los demás ha ido respondiendo a un
conjunto de necesidades que sólo pueden ser satisfechas mediante el trabajo.
Según como se organice y resuelva el problema del trabajo tendremos un tipo u
otro de sociedad. La unidad de análisis de Marx es el homo laborans, es decir el
individuo y el papel o la posición que ocupa en la sociedad con respecto al
trabajo.
La concepción materialista de la historia y de la sociedad parte del principio
de la producción —proceso que transforma la naturaleza física para convertirla
en objeto útil para satisfacer las necesidades de los seres humanos—, y de las
relaciones de producción, es decir las relaciones que se establecen entre los
hombres con respecto al proceso productivo en cada momento histórico.
¿Cómo se estructura la sociedad? En todas las sociedades existen unas fuerzas
productivas que son: 1) los elementos que nos ofrece la naturaleza (materias
primas); 2) los medios técnicos de trabajo (herramientas, edificios, transportes);
y 3) la fuerza de trabajo (el hombre con sus diferentes conocimientos y
habilidades). Del nivel de desarrollo de las fuerzas productivas (lo que en
lenguaje actual, pero simplificando el concepto, podemos llamar tecnología)
dependen las distintas formas de organización del trabajo. De esta manera hemos
pasado desde el trabajo agrícola individual y la caza colectiva a la artesanía, la
manufactura, la fábrica, la automación y la explotación de la energía nuclear.
Las distintas formas que toma la organización de la producción según el grado
de desarrollo tecnológico implican ciertas relaciones de producción, las cuales,
junto a las fuerzas productivas, constituyen lo que se llama la infraestructura o
base económica de la sociedad. Sobre ésta y en función de ésta se construye el
resto de las instituciones sociales (culturales, jurídicas, políticas) que conforman
la superestructura y las formas de conciencia social (creencias, ideologías).
Ahora bien, para Marx las relaciones de producción son básicamente
relaciones de propiedad, de tal manera que en el proceso productivo aparecen
esencialmente dos grupos: los propietarios de los medios de producción (tierra,
máquinas, dinero) y los que no lo son. Estos dos grupos se constituyen como
clases sociales, que son antagónicas porque la mejor posición de unos implica la
peor de los otros. Por tanto están en conflicto permanente (manifiesto o latente).
De donde se deduce otro elemento básico en la interpretación marxista de la
sociedad: el conflicto como rasgo inevitable de la sociedad de clases y elemento
fundamental para su cambio y evolución.
Con la aparición del capitalismo (tras pasar por otras formas de organización
económica y social: comunismo primitivo, esclavitud, feudalismo) la sociedad se
divide esencialmente en dos grandes clases sociales: burgueses y trabajadores
asalariados; unos tienen el capital y otros sólo su fuerza de trabajo que pueden
vender «libremente» en el mercado. Pero esta relación laboral es
fundamentalmente injusta por la dominación que ejercen los que tienen sobre los
que no tienen e irá cambiando a través del conflicto y la lucha entre estas dos
clases sociales. El socialismo será en esta evolución histórica una etapa
intermedia en la que se agudizará la lucha de clases para obtener el poder del
Estado (que está al servicio de la clase dominante). Finalmente, el comunismo
supondrá el fin de la Historia, la sociedad perfecta donde la producción se
organizará de acuerdo con las necesidades humanas y no con la lógica irracional
del mercado, que sólo responde a la búsqueda del beneficio; no habrá propiedad
privada, no habrá clases y el Estado desaparecerá.
¿Cómo evolucionará la sociedad capitalista hacia el comunismo? El proceso
continuado de desarrollo de las fuerzas productivas en un momento determinado
entra en contradicción con las relaciones de producción. Esto provoca la
reestructuración de las diferentes clases sociales en dos clases fundamentales y,
por tanto, la agudización del conflicto y el desencadenamiento de la lucha de
clases. En ese momento se darán las condiciones objetivas que potenciarán el
desarrollo de las subjetivas (la conciencia de clase), lo que a su vez provocará el
cambio revolucionario. Piénsese en la transición de la sociedad feudal a la
capitalista. El nivel de desarrollo de las fuerzas productivas explica que la base
económica del feudalismo fuese fundamentalmente agraria y que el poder de la
clase dominante (aristocracia y clero) descansase en la propiedad de la tierra.
Con el progreso tecnológico, la base económica comenzó a ser cada vez más
industrial, a la vez que el poder económico se desplazaba hacia la burguesía. La
falta de congruencia entre esta nueva situación y las viejas instituciones jurídicas
y políticas feudales provocó un cambio revolucionario mediante el cual la
burguesía se convirtió en la nueva clase dominante.
Esta formulación, excesivamente simplista por nuestra parte, implica una
lectura de la génesis de la sociedad y de su evolución que conlleva una filosofía
de la historia determinada por el proceso productivo. Interpretar la historia desde
esta perspectiva llevaría al género humano a tomar conciencia de su situación
injusta y de dominación, a desvelar las causas de un comportamiento que no es
consciente de su situación (alienado), y a luchar por su emancipación.
Para Marx alienación significa aquella situación de los seres humanos en la
que han perdido su libertad, su propia autodeterminación, las personas no son
dueñas de sí mismas, de su propio destino, sino que están determinadas
(enajenadas) por fuerzas, creencias o cosas exteriores a ellas. En la sociedad
capitalista industrial el hombre está alienado por la religión porque proyecta en
ella su realización futura idealizándola (desplaza la felicidad y la justicia hacia el
más allá para no reivindicarlas en esta vida) renunciando así a su realización
actual. Estamos alienados por el trabajo porque encadenados a sus horarios y
exigencias somos esclavos tanto de los objetos que producimos (consumismo)
como de las personas que nos someten a él. Por tanto, las fuerzas del trabajo han
de emprender la tarea de denunciar este proceso de alienación a fin de cambiar la
relación desigual entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción
para liberar la condición humana de su sistema de dominación.
Esta lectura del origen, estructura, desarrollo y cambio de la sociedad supone
un concepto del ser humano que —según Marx— es perfectible; sus facultades
tienen una capacidad ilimitada de desarrollo, de tal manera que si no se
encontrase sometido al trabajo y al poder de los otros hombres podría cambiar su
situación alcanzando metas de creatividad y acción superiores a las actuales.
Ahora bien, estas facultades creadoras del hombre y su potencialidad para
organizar la sociedad de forma más justa y racional se hallan sofocadas y
reprimidas por la estructura desigual y de dominación que existe en la
sociedades clasistas (Zeitlin). Como nos recuerda Lefèbvre, el trabajo está
alienado, sojuzgado, explotado, se ha vuelto fastidioso, humillante. La vida
social, la comunidad humana, se halla dividida en clases sociales, enajenada,
deformada, su proyección en la vida política está falseada y dirigida por medio
del Estado.
La tarea de la ciencia social —afirma Lefèbvre— será desvelar las relaciones
económicas y de interés que subyacen a las relaciones sociales que mantienen
los grupos y las personas en la sociedad capitalista, relaciones que en su
substrato más profundo son contradictorias. Marx aplica el método dialéctico a
los hechos sociales tal como él los observa. Al estudiar la realidad objetiva,
analiza sus elementos y aspectos contradictorios. Pero no sólo se trata de
descubrir las relaciones que vinculan a los diversos elementos que componen un
fenómeno social en un momento histórico determinado sino la ley de sus
modificaciones y de su evolución. Este análisis halla en todas partes elementos
contradictorios indisolubles (producción y consumo, coste del trabajo y
plusvalía, etc.) y trata de describir sus conexiones y desarrollos.
Todas estas formas sociales contradictorias se ven reflejadas en la
superestructura, es decir en las instituciones jurídicas y políticas que las amparan
y protegen bajo la forma de Estado. El Estado liberal burgués es el principal
obstáculo contra el que hay que luchar porque legitima las relaciones de
producción en la sociedad capitalista. De esta manera el objetivo principal de la
clase revolucionaria será la conquista del Estado para su cambio y
transformación.
El marxismo se presenta así no sólo como un cuerpo de conocimientos o un
método que trata de analizar y desvelar la estructura de la sociedad capitalista
sino como una vasta concepción del hombre y de la historia y más aún como un
programa de acción política que pronto servirá a lo largo de la segunda mitad del
siglo XIX como banderín de enganche del conjunto de ideas que defenderán los
partidos socialistas y los sindicatos para cambiar las bases socioeconómicos de
la sociedad occidental en su intento de combatir y superar los presupuestos que
inspiraron la filosofía política liberal.
Esta lectura de la estructura social y de su evolución ha sido criticada desde
diversos puntos de vista. Por una parte, se le ha acusado de determinista, puesto
que no deja demasiado espacio a la libertad humana en la relación que existe
entre la infraestructura económica y la superestructura política. Por otra parte, ha
primado excesivamente la influencia que ejercen los factores económicos en las
relaciones sociales entre los hombres como causa principal de la desigualdad y la
dominación, y como cemento de la estructura social, descuidando el papel que
otras formas de la expresión humana —como las simbólicas y culturales—
desempeñan en la constitución de la sociedad, relegándolas a un segundo lugar.
Aun así el marxismo tanto en sus aspectos más filosóficos y políticos como en
los sociológicos ha tenido un gran impacto en el cambio de la sociedad
occidental a lo largo de los siglos XIX y XX.

II. ÉMILE DURKHEIM Y LA CRISIS DE LA SOCIEDAD LIBERAL

Si el contexto histórico de Marx estuvo marcado, sobre todo, por el


nacimiento de la sociedad industrial y el auge del idealismo como explicación
del mundo a comienzos del siglo XIX, el de Durkheim (1858-1917), que sigue la
línea de la sociología positiva entre los fundadores de esta disciplina, se enmarca
a finales de ese mismo siglo dentro de la crisis de la sociedad liberal, es decir de
la contraposición entre los postulados de la revolución francesa (libertad,
igualdad y fraternidad) y el auge de los congresos socialistas y del movimiento
obrero.
Conocedor de las ideas socialistas, contemporáneo de una Francia conflictiva
e inestable y seguidor de la tradición moralista francesa, la sociedad para
Durkheim, como para algunos de sus predecesores, es sobre todo una comunidad
de ideas, valores e instituciones. No un simple conglomerado de seres vivientes
cuyas acciones no tienen otra causa que la arbitrariedad de las voluntades
individuales, como afirman los utilitaristas ingleses; o un sistema de explotación
de la clase burguesa contra los asalariados, como afirman los socialistas. En la
línea de su predecesor Saint-Simon la sociedad es sobre todo una máquina
organizada, cuyas partes contribuyen todas, de manera diferente, al
funcionamiento de la totalidad. La unión de los hombres constituye un verdadero
ser, cuya existencia es más o menos segura o precaria en la medida en que sus
órganos desempeñen con mayor o menor regularidad las funciones que se les ha
confiado.
Para Durkheim, el individualismo utilitario de la economía política, como
figura general del comportamiento humano, en el que el orden deriva del propio
interés de los individuos o de sanciones impuestas externamente, era incapaz de
explicar la cohesión y el sistema normativo de la sociedad. El individuo no ha de
ser la base del análisis social, sino que por encima de él está la sociedad que lo
conforma y a la que debe someterse. La sociedad es algo más que la suma de
individuos que la componen. Durkheim compara a éstos con los átomos
inanimados que forman la célula viviente; como la célula es superior a los
átomos también la sociedad es superior a los individuos particulares.
El cemento que une esta sociedad es la conciencia colectiva, es decir un
conjunto de ideas y principios morales compartidos por todos. No puede
concebirse la sociedad sin este conjunto de valores morales, que no constituye
un sistema deducido de principios abstractos sino que se ha ido conformando, en
primer lugar, a través de la adhesión positiva de los hombres a un conjunto de
ideales y después debido al carácter obligatorio y coactivo que estas reglas
morales a través de las instituciones han tenido sobre los individuos, y que han
posibilitado la unidad moral y la continuidad de la sociedad. Existen además
otros condicionamientos no morales para establecer las condiciones de
colaboración y solidaridad entre los seres humanos, como son el desarrollo de
las ciencias y la industria, que han contribuido a una mayor interdependencia
entre los individuos y grupos dentro de la sociedad, y que constituyen la base de
una solidaridad nueva y superior. Por tanto, la creciente división del trabajo que
se produce a finales del sigloXIX y comienzos del XX como consecuencia del
desarrollo del sistema industrial conduciría no al conflicto de clases sino a la
solidaridad de los intereses de las distintas clases.
El gran tema de la sociología durkhemiana es la relación del individuo con el
fait-social (las instituciones, normas, valores...) y se fundamenta en el
presupuesto de que el hecho social es espiritual y moralmente superior al
individuo, el cual se siente obligado hacia él. Nuestro método —dice— tiene «la
ventaja de regular contemporáneamente el pensar y el actuar», pero esto es
gracias a que el objeto que presenta tiene carácter obligatorio. Durkheim recrea,
por tanto, la gran tradición de los racionalistas y moralistas franceses para
quienes la experiencia y la razón constituyen una unidad, no están en
contradicción.
Ahora bien, qué son esos hechos sociales que trata de estudiar, y que no
pueden reducirse a hechos individuales. En la vida social hay maneras de pensar,
de actuar y sentir que son externas al individuo y que poseen el poder de ejercer
coacción sobre él; por ejemplo, las observancias familiares y religiosas o las
normas de conducta profesional. Estas realidades son los hechos sociales que
constituyen el dominio propio del estudio sociológico. Por consiguiente, no
podría confundírselos con los fenómenos orgánicos, ya que consisten en
representaciones y acciones; ni con los fenómenos psíquicos, que sólo tienen
existencia en la conciencia individual. Constituyen, pues, una nueva especie, y
es a ellos a quienes se le aplica la calificación de sociales. Pero veamos cómo lo
expresa él con sus propias palabras en Las reglas del método sociológico.
El creyente encuentra al nacer sus creencias y prácticas completamente formadas: si
existían antes que él, significa que existen fuera de él. El sistema de signos del que me sirvo
para expresar mi pensamiento, el sistema de moneda que empleo para pagar mis deudas, las
prácticas seguidas en mi profesión funcionan independientemente del uso que yo haga de
ellos. Tenemos pues maneras de actuar, de pensar y de sentir que presentan la importante
propiedad de existir independientemente de las conciencias individuales.
Estos tipos de conducta o de pensamiento no sólo son exteriores al individuo, sino que
están dotados de un poder imperativo y coercitivo en virtud del cual se le imponen, queriendo
o no. Cuando me conformo a ellos de buena gana, esta coerción apenas se siente y resulta
inútil; pero no por ello deja de ser una característica intrínseca a estos hechos; la prueba está
en que se hacen más firmes desde el momento en que intento resistir. Si trato de violar las
reglas del derecho reaccionan contra mí para impedir mi acto o para hacérmelo expiar si no
puede ser reparado.
Hecho social es, pues, toda manera de comportarse, fijada o no, susceptible de ejercer una
coacción exterior sobre el individuo; o bien que es general en la extensión de una sociedad
dada, conservando una existencia propia independientemente de sus manifestaciones
individuales.

Las reglas morales (que se refieren al intercambio sexual, las relaciones de


producción...) se desarrollan dentro de la sociedad y están vinculadas a las
condiciones de vida social correspondientes a una época y lugar determinados.
Estas normas y reglas morales son hechos sociales que se imponen al individuo.
La sociología se propone, por tanto, observar, describir y clasificar las normas
morales como hechos sociales y analizar cómo las formas cambiantes de la
sociedad producen transformaciones en el carácter de estas normas. Así pues, las
normas, las reglas morales y las instituciones cuando se las considera como
creencias y modos de vida establecidos por la vida colectiva de los grupos
humanos son verdaderos hechos sociales, puesto que tienen una existencia
externa independiente del individuo y lo coaccionan. Por tanto, la sociología es
la ciencia que estudia la sociedad formada por las instituciones, su génesis y
funcionamiento.
Ahora bien, el problema al que se enfrenta la sociedad moderna consiste en
reconciliar las libertades individuales, que han surgido de la disolución de la
sociedad estamental, con el mantenimiento de la conhesión y el control moral
del que depende la existencia misma de la sociedad. Por eso para afrontar las
crisis que experimenta la sociedad moderna en su desarrollo industrial, con sus
convulsiones y cambios, Durkheim analiza algunos fenómenos fundamentales de
su constitución, como la división del trabajo social u otros que se presentan
como desviaciones del orden moral, como el suicidio. En su obra La división del
trabajo social Durkheim rechaza las doctrinas socialistas, que ven la
conflictividad y la lucha de clases como resultado del sistema capitalista.
Lo que nos muestra en La división del trabajo social es la evolución de
formas tradicionales de organización hacia formas modernas. El crecimiento del
individualismo ha ido acompañado ineludiblemente de la expansión de la
división del trabajo, pero eso no implica una disolución de la conciencia
colectiva sino el cambio de unas formas de esta conciencia a otras, es decir, de
un tipo de cohesión a otro o, como él las califica, de un tipo de solidaridad a otra.
Las sociedades simples, con formas primitivas de organización, estaban
formadas por conjuntos de grupos humanos pequeños en los que la división del
trabajo estaba poco desarrollada, las partes (los individuos) estaban poco
diferenciadas, realizaban funciones idénticas o muy parecidas, poseían
habilidades y aptitudes similares, compartían las mismas ideas colectivas y la
individualidad se identificaba con la colectividad, es decir con la sociedad. La
semejanza de funciones y la similaridad de las partes provocaba una solidaridad
mecánica que era lo que mantenía el orden social.
Sin embargo en las sociedades complejas, al crecer la población crece la
riqueza material y, por tanto, las posibilidades de interacción entre los
individuos: crece también la densidad moral y se hace posible y necesaria una
mayor división del trabajo; es decir, las partes, los individuos, comienzan a
realizar funciones diferenciadas. La solidaridad mecánica, basada en la
semejanza de funciones, desaparece, pero las diversas funciones diferenciadas
continúan siendo complementarias y todas contribuyen a la unidad y cohesión
del conjunto, están vinculadas por relaciones muy complicadas de
interdependencia y reciprocidad, y dan lugar a la solidaridad orgánica que
mantiene el orden social. El problema es que con la diferenciación de funciones
gana fuerza el individuo frente a la sociedad y la solidaridad orgánica (la
cohesión) no se consigue automáticamente, con lo cual aparece el conflicto. La
división del trabajo tiende a crear las normas que regulan la sociedad, pero la
industria se ha desarrollado tan rápidamente que aún no ha podido crear un
sistema de reglas adecuadas a ella. La falta de reglas es la anomia que provoca el
caos y la anarquía en las relaciones entre capital y trabajo. Así explica Durkheim
la conflictividad social en la Francia de su tiempo.
Si para Marx la división técnica del trabajo tiene efectos negativos, que se
superan eliminando la propiedad privada y con ella la división entre trabajo
manual e intelectual, para Durkheim la división del trabajo social tiene efectos
positivos y crea solidaridad, que se debe mantener mediante un sistema de reglas
y relaciones adecuadas entre individuos que desempeñan funciones diferentes,
que son necesarias para el equilibrio de la sociedad a fin de que todos sus
elementos se mantengan cohesionados.
Por tanto, aunque la división del trabajo puede ser coercitiva e injusta, el
problema se resuelve si cada individuo realiza funciones —superiores o
inferiores— adecuadas a sus cualidades e inclinaciones individuales. Por tanto,
si para Marx el problema del orden y la cohesión social se resuelve en una
sociedad distinta y más igualitaria, para Durkheim se resuelve en la sociedad
industrial o capitalista ya existente, a la que hay que dotar de un marco de
valores que sustente una moralidad social nueva y estable.
Por otra parte, en el trabajo sobre El Suicidio aplica las reglas de su método
positivo a este fenómeno social, tratándolo no como un hecho psicológico sino
como un fenómeno sociológico capaz de ser medido, analizado y explicado
como una desviación o falta de cohesión de la moral que integra a determinados
grupos sociales.
Recordemos que el final del siglo XIX es un período de cambios y turbulencias
políticas y sociales en toda Europa. La caída del imperio Austro-Húngaro supone
la desintegración de la cultura centroeuropea, la crisis de sus instituciones y el
cambio de los valores tradicionales anclados en la razón y la ley que habían
pervivido hasta ese momento. Los movimientos socialistas en Francia y
Alemania luchaban por subvertir el orden burgués y eran respondidos con
medidas políticas conservadoras. En Francia el florecimiento y la actividad del
anarquismo junto al persistente aumento de los problemas y reivindicaciones
sociales provocó una preocupación creciente por el control social. Esta situación
había impactado en la integración de los grupos políticos, religiosos y familiares
tradicionales y había dado pie a una mayor inseguridad individual que tenía un
indicador claro en el aumento de la tasa de suicidios.
Los estudiosos del siglo XIX pensaban que los índices de suicidio dependían de
fenómenos geográficos, biológicos o psicosociales y que se distribuían de forma
constante año tras año, mientras Durkheim pensaba que este fenómeno es un
hecho social que no se puede explicar solamente en base a factores psicológicos
sino que han de referirse necesariamente a la estructura de la sociedad y en
concreto a su grado de cohesión.
Durkheim y sus estudiantes recogieron muchos datos sobre suicidios en
diversas poblaciones y observaron lo siguiente: 1) las tasas de suicidios varían
mucho de un país europeo a otro, pero dentro de cada país son muy estables a lo
largo del tiempo; 2) las tasas aumentan con la edad y no guardan relación con el
clima; 3) la mayoría de los suicidios se producen durante el día, y menos en los
fines de semana; 4) las tasas descienden según el grupo religioso de pertenencia,
yendo de más a menos de protestantes a católicos y de estos a los judíos; 5) el
número de suicidios aumenta con la educación, es menor entre las mujeres y
hombres casados, y es menor todavía entre los hombres casados con hijos; y 6)
el número de suicidios se reduce también en tiempos de guerra.
Siendo coherente con su método de tratar los hechos sociales como cosas,
rechaza las interpretaciones psicológicas entonces dominantes y establece la
siguiente correlación: el suicidio varía en proporción inversa al grado de
integración religiosa, familiar y política, es decir al grado de integración de los
grupos sociales de los que el individuo forma parte (el protestantismo es más
individualista que el catolicismo; las comunidades judías subsisten por su fuerte
cohesión en un medio hostil).
Pero esto sólo explica un tipo de suicidio: el suicidio egoísta en el que la
creencia no se impone de manera adecuada sobre el sujeto y entonces prevalece
el individualismo sobre la cohesión social. Sin embargo hay otro tipo de suicidio
que se da en circunstancias diametralmente opuestas, es decir en las sociedades
fuertemente integradas, de solidaridad mecánica, donde la cohesión del grupo es
tan fuerte que el individuo se suicida en beneficio del grupo: por ejemplo, el
suicidio altruista de ancianos y enfermos ya no productivos, o el de viudas, o
siervos a la muerte del amo.
Finalmente se ocupa del suicidio anómico, que tiene puntos de contacto con el
egoísta. Los suicidios por otra parte aumentan en épocas de crisis y de
prosperidad rápida e inesperada, por tanto, concluye, aumentan en época de
cambios bruscos y de menor estabilidad social. La causa es que con los cambios
el individuo se plantea metas inadecuadas, no se conforma con su posición social
y estas circunstancias favorecen las conductas desviantes o anómicas que le
llevan a la infelicidad y la autodestrucción.
Por tanto Durkheim veía la sociedad capitalista como una sociedad más
heterogénea que la estamental, en la que el grado de complejidad iría en aumento
y provocaría en su cambio y evolución situaciones anómicas. La solución a estas
disfunciones que lleva consigo el desarrollo creciente de la sociedad industrial
moderna hay que buscarla en nuevas formas de solidaridad, de contrato social, y
en la búsqueda de una nueva cohesión de los valores morales a fin de preservar
el orden y la integración de los grupos e individuos en la sociedad.

III. MAX WEBER Y LA CONSTRUCCIÓN RACIONAL DE LA SOCIEDAD

Max Weber vive en la sociedad alemana entre los siglos XIX y XX. Alemania
acababa de terminar su unidad política y sufrió por esos años un proceso de
industrialización más rápido que Inglaterra y Francia, con la diferencia además
de que había sido impulsado fundamentalmente por el Estado a través de un
aparato burocrático consistente.
Aunque su obra es muy amplia y sobrepasa el breve comentario que haremos
aquí, vamos a resaltar algunos de los aspectos más importantes de su aportación.
Estos aspectos son: su concepción de la génesis y formación de la sociedad
capitalista, su discrepancia con otros autores respecto a la definición y el
procedimiento de la sociología para leer y entender la sociedad y su tesis sobre la
organización racional.
A diferencia de Durkheim que consideraba la sociedad como una unidad
moral y la sociología como una ciencia cuyo campo de acción era el estudio de
los hechos sociales como entidades morales empíricamente observables y
medibles, y a diferencia también de Marx para quien la sociedad era una
estructura de dominación basada en el proceso productivo y la tarea de la ciencia
social era desenmascarar y denunciar su mecanismo de funcionamiento para
llegar a una sociedad más justa e igualitaria a través de la lucha de clases, para
Weber la sociedad es el resultado de la acción del individuo y de los grupos
sociales, quienes mediante su comportamiento racional en persecución de fines
muy diversos generan una estructura organizativa cada vez más burocratizada. El
problema de la sociedad capitalista, más que la falta de consenso en torno a los
valores morales, o la dominación económica de unos hombres sobre otros, es la
aplicación de un proceso continuado de racionalización a todas las estructuras
sociales y formas de convivencia humana, que en lugar de liberar al hombre lo
convierten en su esclavo.
En su diálogo con la obra de Marx sobre el nacimiento y formación de la
sociedad capitalista en la que ahora vivimos su tesis básica es que las creencias y
valores que profesamos, es decir la conciencia del hombre en términos
marxistas, no está formada por meras superestructuras ideológicas como
resultado de un proceso productivo que la condiciona sino que tiene una
autonomía fundamental en la formación de los grupos humanos y la
construcción de la sociedad, y que esta conciencia, valores y creencias sirven
como guía que impulsa la acción humana.
En su obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo trata de mostrar
que la formación y acumulación del capital tiene su origen en el comportamiento
valorativo de un grupo determinado de personas y no en el simple crecimiento
global de la economía y en las ansias explotadoras de la burguesía, rechazando
así la visión economicista y monocausal de Marx. Lo que caracteriza a esta
forma de capitalismo moderno respecto a otras formas de búsqueda del beneficio
económico que se han dado en épocas anteriores es que ahora prevalece un tipo
ideal de acción social racional orientada hacia la consecución de unos objetivos
que no son meramente económicos sino que tienen una componente valorativa
de tipo religioso.
Para que se dé el capitalismo industrial moderno son necesarias ciertas
precondiciones materiales —y aquí comparte el enfoque marxista— pero que
según Weber actúan como concausas: 1) el desarrollo de la economía monetaria
que facilita el crecimiento de los intercambios, el cálculo aritmético de todas las
operaciones económicas, la contabilidad, etc.; 2) la libertad para el mercado de
trabajo, es decir la posibilidad de contratar obreros; 3) la libre competencia, que
hace posible y obliga a buscar la máxima racionalidad económica y la mejor
relación coste-beneficio; 4) el derecho racional, que permite prever la actuación
de los tribunales.
Ahora bien, ¿cómo se explica que aparezca el sistema capitalista en la Europa
occidental moderna y no en otras partes? Se explica teniendo en cuenta las
condiciones sociales antes citadas, pero sobre todo a partir de las consecuencias
prácticas de la ética protestante y en concreto del calvinismo, con su actitud ante
el trabajo y con su ideario en relación a las actividades económicas que, a
diferencia de la justificación religiosa del sistema de castas indio o de la
concepción católica, no consideraba el trabajo como un castigo, sino como la
búsqueda de la plena realización personal en esta vida y presagio, quizás, de la
futura.
Como observa Giddens, Weber constata un hecho estadístico, y es que en la
Europa moderna los protestantes, en relación con la población total, son el grupo
más numeroso que cuenta con el control y la posesión del capital, que figura en
los puestos más altos de la dirección y entre el personal técnico y comercial
mejor preparado de las empresas modernas. A su vez, en ese contexto las
máximas de Benjamin Franklin habían calado a fondo en la ética calvinista: el
tiempo es oro; el crédito es dinero; el dinero es por naturaleza fecundo y
productivo; quien paga puntualmente es dueño de la bolsa del otro. La habilidad
en la profesión es el alfa y el omega de la moralidad, y esa habilidad se muestra
en lo que se gana. De esta manera, la ética calvinista ensalzaba el trabajo
racional y sistemático en una profesión útil que pudiera interpretarse como
aceptable para Dios. La conducta recta es un signo legítimo de gracia, y el éxito
en una profesión mundana —siempre que sea legítimo— puede también ser
considerado como signo de gracia. Este ideario justificaba al hombre de éxito,
dándole buena conciencia acerca de sus ganancias.
Para estos grupos religiosos la ganancia, en la medida en que era un signo de
gracia, era un fin en sí mismo y no un medio para gozar de la vida. El espíritu
del capitalismo no nació de los que se abandonaban sin freno a la sed de oro.
Contra esto luchó el auténtico capitalismo que concebía el trabajo como una
vocación, un fin en sí mismo.
La consecuencia de este ideario es que las energías religiosas de los grupos
protestantes del centro de Europa tomaron una dirección activa y ascética más
que pasiva y mística. La vocación profesional del individuo consiste en cumplir
su deber para con Dios mediante la gestión moral de su vida de cada día. Esto
manifiesta el énfasis que pone el protestantismo en las tareas y solicitudes
mundanas, lejos del ideal católico de aislamiento monástico y su rechazo de lo
temporal.
Weber consideró la empresa organizada racionalmente como la unidad básica
del capitalismo que estaba orientada fundamentalmente hacia la obtención de
beneficios y hacia la explotación de todas la oportunidades en un sistema de
relaciones de mercado. El beneficio se establecía así como el fin regulador de la
acción cualquiera que fuese el motivo individual último.
Pero así como para Marx esta dinámica competitiva del beneficio generaba un
sistema económico irracional y contradictorio que dividía a los seres humanos
entre propietarios y no propietarios de los medios de producción y entre
dominadores y dominados, de tal manera que sólo el conflicto social y la lucha
por la igualdad nos conduciría a una sociedad socialista sin clases, para Weber el
rasgo central del capitalismo burgués era la organización racional del trabajo
que paulatinamente iba apoderándose e invadiendo todas las actividades de la
vida.
Para Weber el capitalismo moderno no es irracional; por el contrario, sus
instituciones son la propia encarnación de la racionalidad puesto que siempre
buscan la eficacia y la eficiencia de los individuos y grupos que las componen.
Por tanto lo que caracteriza a la sociedad moderna tanto en su versión capitalista
como en la socialista, que preconizan los marxistas, no es la propiedad o no de
los medios de producción, sea de los particulares o del Estado, sino la aplicación
continua y sistemática de la razón al sistema productivo y en general a todas las
facetas de la vida humana en la medida en que en todas ellas se promueve la
eficacia, la eficiencia, la precisión y el cálculo de los resultados.
Esta racionalidad formal aplicada de manera creciente a todos los aspectos de
la vida lleva al crecimiento de la organización burocrática como forma
predominante de relación y organización humana, cuya máxima preocupación es
la eficiencia del sistema, su preservación y crecimiento, aun a costa del bienestar
colectivo, lo cual acaba provocando la despersonalización de las relaciones
humanas y el reduccionismo individualista. Weber está convencido de que esa
racionalización formal del capitalismo industrial es la que impregna poco a poco
el destino colectivo de Occidente, y no la lucha por alcanzar otra realidad
histórica más justa e igualitaria. La dinámica central de nuestra sociedad en la
que el proceso de industrialización hunde cada vez más sus raíces no es la
dinámica de las clases sociales sino la burocratización del mundo.
Con la burocratización y la racionalización no desaparecen la dominación ni
los procesos de concentración del capital o de centralización jerárquica en la
escala social sino que estas formas de organización se aceptan y se consideran
legítimas por todos en aras de la planificación, la previsión y la seguridad de
nuestra vida cotidiana. La división cada vez mayor de las tareas, la separación de
sus contenidos, el sometimiento a una vida cronometrada y, en general, la
programación de todas nuestras actividades, someten la libertad humana en todas
las sociedades occidentales modernas independientemente del sentido que tenga
la dominación en ese mismo proceso productivo. De esta manera ni la sociedad
capitalista ni la socialista tienen argumentos de solución para este desarrollo
imparable. La vida de los seres humanos en este mundo hiperracionalizado se
convierte en una existencia mecanizada, despersonalizada y de una rutina
opresiva.
Por tanto, para Weber la diferencia básica entre la sociedad tradicional y la
moderna (el capitalismo industrial) es que en esta última prevalece la acción
social racional orientada hacia la consecución de unos objetivos, como forma
dominante de la conducta de los hombres y de la formación de los grupos
humanos, es decir una racionalidad formal que se fija en la eficacia de los
medios como su máximo objetivo más que en el valor de los fines. La expansión
paulatina de este fenómeno tanto en la vida privada como en la pública es un
signo evidente del proceso de deshumanización de la sociedad occidental.
En su obra se advierte una profunda preocupación por el hecho de que la
razón, en lugar de convertirse en un instrumento liberador del hombre, se
convierte al final en racionalidad técnica (instrumental), puesta al servicio
exclusivo de la producción y la transformación de la naturaleza, pero no de las
necesidades de los seres humanos como colectividad. Por eso los problemas de
la sociedad moderna no son propios del capitalismo como sistema productivo
sino, de la sociedad industrial y tecnológica moderna y no desaparecerán
tampoco con el socialismo.
A pesar del carácter pesimista de su diagnóstico sobre la sociedad y su
evolución futura, Weber fue siempre un defensor de las posibilidades de la
libertad individual y de la acción social y nos parece que no se le puede
considerar como un determinista histórico. Su opinión sobre la acción social es
que debemos permanecer siempre abiertos a la capacidad creadora de la libertad
humana y, por tanto, a nuevos datos que pueden invalidar una lectura demasiado
condicionada por el momento histórico en que vivimos. Por eso para él es
imposible conocer el sentido de la historia o las leyes que gobiernan la evolución
de la sociedad. Siempre hay un elemento que se nos escapa: la intencionalidad
subjetiva de la acción social. Por tanto es imposible predecir hacia donde vamos.
De ahí que la ciencia social no tenga una finalidad predictiva y moral como en el
caso de Durkheim, ni una finalidad emancipadora o liberadora como en el caso
de Marx.
IV. LA EVOLUCIÓN DE LA TEORÍA EN EL SIGLO XX

A lo largo del siglo XX se han dado otras formas de entender y leer la sociedad
y de analizar el comportamiento de los seres humanos. A casi todos los teóricos
de la sociología les ha unido el interés por conocer cómo se configura el orden
social y cuáles son los mecanismos que impulsan su cambio y transformación.
En esa tarea algunos —como el interaccionismo simbólico— se han limitado a
estudiar la actividad de grupos pequeños dedicando sus esfuerzos al análisis
microsociológico de la vida cotidiana, porque piensan que es en la acción
individual y la interacción humana donde se fragua el núcleo de los intercambios
que dan pie al marco institucional. Otros —que desconfían tanto de las grandes
generalizaciones sobre la sociedad, incapaces de explicar los comportamientos
cotidianos, como de aquellas que reducen su observación a elementos muy
primarios y pierden de vista el marco de referencia en que se desarrolla— han
apostado por describir y explicar las estructuras constitutivas de la conducta
social en grupos e instituciones más amplias, intentando elaborar teorías de
alcance medio. Por último, están quienes no han renunciado a dar una visión
global de la sociedad actual. En este caso el concepto de globalización o
sociedad globalizada se ha impuesto ya como marco de referencia inexcusable
de estas reflexiones y teorías. No se puede entender ya casi ningún aspecto de la
sociedad actual si no es a la luz de un escenario global que se ha constituido
como una red de interconexiones que alcanzan tanto al sistema productivo de
bienes materiales y servicios como al de los intercambios simbólicos a través de
las nuevas tecnologías y los grandes medios de comunicación de masas.
En ese marco las teorías o paradigmas que tratan de leer la realidad social se
han multiplicado. Algunas —el estructuracionismo— han incorporado
elementos novedosos, como los cambios que se han producido en la apreciación
del tiempo y el espacio en la sociedad moderna; o el concepto de reflexividad,
que ha modificado las formas de vida y la actividad de los grupos humanos en la
actualidad, y aventuran un porvenir de transformaciones sociales mayores. Otras
han evolucionado como resultado de la mezcla de elementos ya conocidos, con
la finalidad de salvar los vacíos de teorías precedentes y perfeccionar un cuerpo
de conocimientos capaz de abarcar todos los aspectos de la vida humana. Es el
caso del funcionalismo, que pretende formular un sistema teórico al que no
escape la comprensión de cualquier parcela de la actividad humana; para ello
incluye en su cuerpo teórico desde el estudio de la acción social más elemental
hasta el funcionamiento de la sociedad como macrosistema.
Los tres paradigmas que hemos descrito de manera muy breve en estos dos
primeros capítulos han continuado su andadura con fuerza a lo largo de todo el
siglo XX, pero también han sufrido transformaciones para adaptarse a los
cambios registrados durante todos estos años. El positivismo ha tomado
definitivamente un carácter deductivo abandonando sus orígenes inductivos y
adoptando la teoría como punto fundamental de referencia. El marxismo ha
renunciado al determinismo economicista y ha incorporado elementos de otras
ciencias, como la psicología de masas de Freud (la teoría crítica de la Escuela de
Frakcfurt) y la teoría de los juegos (marxismo analítico), que no había tenido en
cuenta en sus primeros análisis, muy condicionados por el momento histórico en
que apareció. Por último, la sociología comprensiva se ha diluido en otros
muchos paradigmas, porque ha sido adoptada por teorías que en un principio la
consideraban como excesivamente subjetiva y cargada de humanismo.
Acercándonos un poco más al desarrollo reciente de cada uno de estos tres
paradigmas, los positivistas coinciden en que la ciencia funciona mediante la
inferencia deductiva de hipótesis empíricas a partir de una teoría, inferencias que
han de probarse empíricamente, pero todavía existen entre ellos diferencias
importantes dentro de este postulado general que todos aceptan. Algunos
prefieren la verificabilidad como criterio de validez del conocimiento, mientras
que otros se remiten solamente a la falsación de las pruebas o argumentos. Para
los primeros un enunciado es verificable si se encuentran pruebas empíricas que
lo confirman, sin embargo para los otros este argumento no es suficiente porque
lo que hay que averiguar es su falsabilidad, y será falsable si su estructura lógica
nos permite hallar pruebas en su contra.
Esta corriente defiende todavía la unidad del método entre las ciencias
naturales y sociales; por tanto, estas últimas se han de fundamentar también en la
observación de los hechos y la causalidad, es decir en la regularidad de los actos
accesibles al observador que son susceptibles de ser explicados y previstos. Sin
embargo, para los positivistas el conocimiento de la acción social no nos permite
juzgar qué tipo de medios son los más apropiados para alcanzar determinados
fines, porque esa decisión está en función de la escala de valores de cada persona
o grupo social, y la ciencia no se pronuncia sobre los valores, que pertenecen al
ámbito moral o político. En ese sentido el positivismo del siglo XX se ha
distanciado de sus orígenes. Recordemos que para Comte la sociología era una
ciencia que debería servir para conocer la sociedad con el fin de prever el
comportamiento humano y controlar los cambios tan radicales que se estaban
produciendo en la sociedad francesa de su tiempo.
Recientemente dos autores han contribuido a la renovación de esta corriente
positivista: C. Hempel y K. Popper. El primero con su aportación del método
deductivo-nomológico, que parte de una lectura teórica de los hechos de la que
se deducen hipótesis que han de ser sometidas a comprobación. El segundo con
el postulado de la falsabilidad, que implica que las teorías sólo pueden
considerarse científicas en la medida en que las hipótesis que se deducen de ellas
sean susceptibles de ser falsables. Esto constituye un ataque directo a las lecturas
de la sociedad que, como el marxismo, contenían elementos imposibles de
demostrar, como su historicismo (la predicción del sentido de la historia) o su
método materialista y dialéctico que determinaba las leyes evolutivas del
desarrollo social, entre otros motivos porque mezclaba hechos y valores, y
postulaba fines emancipadores para toda la humanidad.
Éste es uno de los aspectos más importantes que diferencia el positivismo del
marxismo e incluso de otras corrientes de pensamiento, para las cuales los
valores son inseparables de los hechos en la acción social y, por tanto, también
en el conocimiento. En el caso del marxismo esta tesis ha ido siempre unida a la
convicción de que la tarea de la ciencia no es puramente instrumental, es decir
un instrumento cuya utilización está separado de sus fines, sino que va unida a
los valores que más se ajustan a su visión de la condición humana (libertad,
igualdad, solidaridad, etc.) y, por tanto, a la lucha por su emancipación.
Esta corriente de pensamiento, que en su origen había puesto un énfasis
absoluto en el análisis del sistema productivo y las relaciones de producción
como eje vertebrador de la constitución de la sociedad tanto en sus aspectos
materiales como simbólicos, fue criticada ya a comienzos del siglo XX por haber
descuidado otros aspectos fundamentales de la realidad social que no se habían
tenido en cuenta en su lectura inicial, quizás porque la sociedad del siglo XIX que
había analizado Marx había sufrido profundos cambios ya en el primer tercio del
siglo posterior. En esta crítica la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno,
Fromm, Marcuse), se constituyó como un conjunto de estudiosos que iniciarán la
revisión del marxismo tradicional.
Contra el positivismo defendían no solamente la unidad de hechos y valores
sino que la totalidad social debe tenerse en cuenta en el análisis de cualquiera de
sus aspectos, porque si no es así la lectura que se hace es distorsionadora, como
habían hecho también los marxistas ortodoxos al dar un peso excesivo a la
economía. De ahí su insistencia en tener en cuenta la interrelación entre todos los
fenómenos sociales y culturales. Además del trabajo y la productividad hay otros
factores, como los psicológicos (Freud), que contribuyen a conformar la
conducta humana.
Su objetivo principal fue la crítica al orden social desde la tradición marxista,
conscientes del fracaso del marxismo tradicional para explicar la sociedad
moderna, la transformación del movimiento obrero y el ascenso del fascismo.
Para ellos el mundo del trabajo ha sido permeado por los valores del capitalismo
y éste es capaz de resolver todas las contradicciones que subyacen a su lógica de
desarrollo a través de los nuevos medios de comunicación.
Cuando la expresión humana queda encerrada en el ciclo producción-
consumo, los hombres perdemos nuestras características más humanas en un
proceso de alienación y dominio. Ahora bien, la relación entre las fuerzas
productivas y las relaciones de producción ha cambiado de tal manera que estas
últimas se han modificado profundamente y en lugar de subordinarse a las
primeras han tomado el protagonismo de la sociedad moderna. Estas relaciones
sociales, separadas en parte del proceso productivo, están configurando una
sociedad en la que cada vez tienen más peso las relaciones extralaborales,
simbólicas y culturales en el amplio sentido de la palabra. De ahí la importancia
que van tomando los medios de comunicación de masas y la industria cultural en
general, que invaden todos los aspectos de la vida humana y se convierten en
instrumento de dominio no sólo a través del consumo de bienes sino de
imágenes, ideas y representaciones sociales.
En ese sentido a la cultura se le deben aplicar también las categorías marxistas
de producción, distribución y consumo, porque a través de la industria cultural la
conciencia de las masas es distorsionada, hasta el punto de destruir la capacidad
crítica de las personas con el fin de manipularlas. Por eso la cultura popular no
supone una democratización de la cultura sino que obedece a las leyes del
mercado y los mandatos ideológicos del poder establecido. Los objetos
culturales y los símbolos se convierten en mercancías, se les vulgariza y con ello
se hacen cómplices de la ideología dominante. De esta manera incorporan al
marxismo el análisis de la psicología de masas de Freud para estudiar los
fenómenos sociales que había aparecido a comienzos del siglo XX y llegan hasta
nuestros días.
Por su parte, el representante más significativo de la sociología política en el
siglo XX ha sido el francés Raymond Aron, que sigue los pasos de la herencia
francesa y la sociología weberiana. Aron toma de Weber sus aspectos
metodológicos más importantes: frente al enfoque unilateral y determinista del
marxismo, que considera las causas económicas como la variable determinante
del desarrollo, afirma que el desarrollo de las fuerzas y formas de producción
capitalista se debe no a uno sino a diversos factores sociales y culturales; y
contra la coacción durkhemiana de los hechos sociales opone el protagonismo
subjetivo de la acción social, privilegiando la acción política como elemento
decisivo del quehacer histórico.
Para este autor la originalidad de la contribución weberiana se manifiesta en
su empeño por clarificar las características de la acción social cuyo análisis es
necesario para abordar el conocimiento de la historia. Para él las ciencias de la
cultura (sociales) son indispensables para emprender cualquier acción. La
ciencia nos capacita para descubrir lo que podemos hacer, no lo que debemos
hacer, nos puede dar una idea de las finalidades que pretendemos y de las
razones de nuestras preferencias.
Aron, cuya obra se desarrolla entre 1950 y 1980, dedica buena parte de su
trabajo al análisis de la sociedad industrial moderna y se opone a las tesis del
análisis marxista que defienden la contradicción entre trabajo y capital, la lucha
de clases y la destrucción del Estado como elemento reproductor de la
desigualdad. Para él tanto el modelo de sociedad capitalista como el socialista se
asentaban sobre los mismos cimientos —el desarrollo tecnológico, el
crecimiento de la producción, la inversión en infraestructuras, la apropiación de
la plusvalía, etc.— y tenían por tanto un denominador común. La diferencia
fundamental estaba en el régimen de libertades y la democracia política, que
para Aron constituían los elementos fundamentales de la sociedad moderna. Son
las estructuras políticas, su autonomía y su capacidad de cambio, los elementos
que más afectan a la existencia humana y al desarrollo de la sociedad. La
política ejerce sobre el conjunto de la sociedad una influencia dominante. La
sociología ha de priorizar el estudio de la acción política y sus consecuencias
sobre la estructura y el cambio social.
En línea con la tradición francesa de Montesquieu y Tocque- ville prioriza los
aspectos políticos y culturales de las ciencias sociales. La política no es
reducible a la economía, tiene sus propias leyes de funcionamiento y desarrollo
aunque su autonomía está condicionada por otros subsistemas y circunstancias
culturales. De ahí la importancia del conocimiento de la cultura como conjunto
de elementos que conforman y condicionan la acción y las instituciones de todas
las sociedades.

BIBLIOGRAFÍA

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WEBER, M. (1998): La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Península,
Barcelona.
II. EL GRUPO HUMANO Y LA
CULTURA
3. LA CULTURA

I. EL CONCEPTO DE CULTURA. ASPECTOS MATERIALES Y


SIMBÓLICOS

La palabra cultura, tal y como nos ha sido legada por la tradición clásica,
significa el cultivo espiritual del individuo que aspira a desarrollar sus
potencialidades mentales. Decimos que una persona es culta cuando apreciamos
en ella una serie de conocimientos y valores que sobresalen del denominador
común de los demás. Pero la palabra cultura también se aplica a los distintos
pueblos y colectividades, en los que observamos diferencias de comportamiento
religioso, político o institucional como resultado de su tradición histórica.
Decimos de ellos que son culturalmente diferentes. Diferenciamos así no sólo las
culturas antiguas (Egipto) de las modernas (América) sino que aun dentro de
estas últimas sabemos distinguir las mediterráneas de las sajonas. Así pues, lo
que Cicerón llamaba cultura animi, es decir la necesidad que experimentan los
seres humanos de cultivar su espíritu y perfeccionarse mediante el desarrollo de
sus capacidades, se distingue conceptualmente del cultus vitae, que son las
múltiples manifestaciones materiales y simbólicas con las que un pueblo regula
sus formas de vida y alcanza una originalidad que lo distingue de otras
sociedades o pueblos.
Esta última definición de cultura, que ha tenido un desarrollo plural a lo largo
de los siglos, fue retomada por la antropología primero y más tarde por la
sociología. El antropólogo E. B. Tylor (1865) fue el primero en fijar una
definición más moderna al afirmar que la cultura tomada en un sentido
ampliamente etnográfrico es «aquella totalidad compleja que incluye el
conocimiento, la creencia, el arte, la moral, el derecho, el vestido y cualquier
otra capacidad o hábito adquirido por el hombre como miembro de una
sociedad». Con esto dio una definición de cultura que comprendía no solamente
las actividades específicamente intelectuales, como la religión, el saber
científico, el arte o el derecho, sino también, las costumbres, las formas
organizativas y las realizaciones materiales, como el vestido y todos los demás
objetos de la vida diaria de un pueblo. Esta extensión del concepto permitía
estudiar y comparar unas culturas con otras y los pueblos primitivos con los
modernos.
Ahora bien, el concepto de cultura se ha enriquecido posteriormente hasta el
punto de que en 1952 Kroeber y Kluckhohn analizando ciento sesenta
definiciones utilizadas por sociólogos, antropólogos, psicólogos y otros
científicos sociales llegaron a la síntesis de definirla «como un conjunto de
modelos de comportamiento, tanto implícitos como explícitos, adquiridos y
transmitidos a través de los símbolos que constituyen el patrimonio de los grupos
humanos incluyendo sus representaciones materiales y artísticas».

1. ASPECTOS MATERIALES

Tomando esta definición como punto de partida, podemos decir en términos


generales que cultura es el conjunto de aspectos materiales, organizativos y
simbólicos que caracterizan a un grupo humano determinado o a una sociedad.
Esto nos separa claramente del mundo animal, puesto que existe una diferencia
fundamental entre los humanos y los animales por su forma de adaptarse a la
naturaleza. Los animales se adaptan al medio ambiente pasivamente, mientras
que los humanos lo hacen activamente, modificándolo para adaptarlo a sus
necesidades. Esta acción que los humanos ejercemos sobre el medio produce
bienes, instrumentos de trabajo, maneras de organizarse, ideas, creencias, que
son los elementos que conforman la cultura. Por tanto una definición de este
término en sentido sociológico sería el conjunto de formas materiales y
simbólicas que producen los seres humanos en su lucha contra la naturaleza para
transformarla y adaptarla a sus necesidades. La cultura tiene un elemento
característico de transmisión y otro de integración; es decir, son elementos que
se transmiten de una generación a otra, y su aprehensión y conocimiento nos
sirve para integrarnos en la sociedad.
A medida que el hombre transforma la naturaleza va creando un nuevo tipo de
medio ambiente, que es cada vez menos natural y más artificial (cultural). Su
menor dependencia de la naturaleza implica una mayor dependencia de la
cultura de la sociedad en la que vive. El nuevo medio ambiente creado por el
hombre tiene un doble carácter material y simbólico. El carácter material son las
modificaciones físicas que el hombre introduce en la naturaleza: herramientas,
casas, ciudades, medios de comunicación. Es lo que algunos antropólogos
llaman la cultura material. Esta estructura físico-técnica puede sobrevivir a la
sociedad, y es la que ha permitido a los antropólogos y arqueólogos estudiar
sociedades primitivas o reconstruir culturas desaparecidas. Por ejemplo, el
descubrimiento de una herramienta de trabajo, un utensilio doméstico o un arma,
permiten precisar si una determinada sociedad ya desaparecida estaba más o
menos desarrollada, si conocía la agricultura, el pastoreo o el fuego, si su
alimentación era más o menos sofisticada, qué religión tenía, etc.
Para estudiar las sociedades primitivas, los antropólogos han definido
conceptos como: 1) el rasgo cultural, es la unidad más pequeña que identifica
una cultura determinada (el tótem, la flecha, la azada); 2) el complejo cultural, es
un conjunto funcionalmente integrado de rasgos culturales que persiste como
unidad en el espacio y el tiempo (el iglú esquimal o la alquería valenciana); 3) el
área cultural, se refiere a la intensidad con que se encuentra un rasgo o conjunto
de rasgos en un espacio determinado. Este concepto nos permite hablar de
culturas nacionales y regionales y de la relación que existe entre la geografía y el
tipo de sociedad.

2. ASPECTOS SIMBÓLICOS

Ahora bien, la lucha contra la naturaleza por la supervivencia no es una acción


individual, es una acción colectiva, es decir, una acción coordinada de un grupo
de personas. Para que ésta sea posible es necesario un sistema de comunicación
y establecer unas reglas del juego. El sistema de comunicación es el lenguaje,
que forma parte de la cultura y existe en todas las sociedades; por eso se dice que
es un universal cultural, es decir un elemento que aparece en todas las culturas.
A su vez, lo que hemos llamado reglas del juego implica, en primer lugar, un
sistema de valores, un acuerdo acerca de lo que es bueno o malo, acerca de qué
cosas o acciones son deseables o rechazables.
En relación con los valores todas las culturas establecen unas normas que
regulan la conducta y orientan sobre lo que se debe o no se debe hacer. Se fijan
también unas sanciones, que penalizan la desviación respecto a la norma y
estimulan su cumplimiento. Todo esto (el lenguaje, los valores, las normas, las
sanciones y otros símbolos) forma parte de la cultura en la misma medida que la
casa, el hacha o la barca de pesca, aunque pertenecen a un plano distinto: el
ámbito simbólico. Si la supervivencia del hombre primitivo depende del
resultado de su lucha con la naturaleza, la del hombre moderno depende de que
aprenda las reglas del juego para moverse en la sociedad. Todo esto constituye la
cultura inmaterial, es decir, los elementos no materiales o simbólicos de la
cultura, que comprenden desde las formas de cocinar, hasta el valor de la
disciplina en el trabajo, desde las formas de matrimonio hasta las normas de
urbanidad.
Hay varias formas de definir los valores sociales. Podemos comenzar diciendo
que son juicios de deseabilidad o de rechazo que se atribuyen a todo tipo de
objetos, ideas y hechos. Puede decirse también que son ideas abstractas acerca
de cómo deben ser las cosas. En todo caso, los valores son ideales colectivos
susceptibles de orientar la acción social. Todo grupo, toda sociedad, presupone
una cierta comunidad de valores. En el estudio de los grupos y de las sociedades
no podemos prescindir, por tanto, de los valores, tanto de aquellos que defienden
los diversos individuos, grupos o asociaciones como de los que son patrimonio
común de toda la sociedad. Los valores sociales ejercen una fuerte presión sobre
las personas para que éstas conformen su conducta a ellos. Esto quiere decir que
los valores actúan como criterios y guías del comportamiento de las personas;
por eso en sociología se les considera y analiza como hechos sociales. Además,
los valores están estrechamente relacionados con las pautas de comportamiento,
con los roles sociales y con los procesos sociales, así como con todo el sistema
de estructuración de una sociedad.
Al hablar de valores sociales estamos refiriéndonos en particular a la mayor o
menor aceptación de que gozan conceptos como individuo, familia, patria,
nación, mérito, competitividad, solidaridad, trabajo, ciencia, religión, ahorro,
tradición, seguridad, libertad, igualdad, lealtad, linaje, orden, innovación. Vemos
pues que los valores son abstractos y muchas veces ambiguos y contradictorios.
No todas las culturas atribuyen el mismo valor a los mismos objetos o elementos
sociales; y dentro de una cultura los valores se nos presentan jerarquizados, por
eso se habla de escala de valores y en un momento determinado unos valores
son dominantes y otros no lo son. Asimismo, dentro de una cultura es posible el
conflicto de valores, por su carácter contradictorio o bien porque los distintos
grupos sociales tienen escalas de valores diferentes o discrepan respecto a la
importancia de un mismo valor. La adhesión a los valores es en parte racional y
en parte emocional.
Mientras los valores son abstractos, las normas sociales son concretas,
podemos decir que son la materialización o la manifestación externa de los
valores, en función de los cuales se fijan. Las normas son criterios o reglas de
conducta que orientan la acción social, la manera de relacionarse los individuos
entre sí y con la sociedad. La vida social es inconcebible sin la existencia de
normas que la regulen.
La influencia del orden normativo sobre la vida social implica que los seres
humanos acompañan su forma de actuar con la reflexión acerca de sus actos y
formulan juicios y establecen normas y valores respecto a ellos. Por tanto, el
orden normativo se ha ido formando y consolidando a través de la convivencia y
consolidación de la sociedad y se ha hecho necesario para regular el
funcionamiento, el conflicto y la supervivencia de los grupos humanos.
De esta manera nuestro comportamiento se regula a través de normas que, con
el tiempo, han alcanzado un alto grado de interiorización. Estas normas
interiorizadas orientan y condicionan nuestros juicios acerca de los demás y de
nosotros mismos, conforman nuestra conciencia, nuestros sentimientos, nuestros
temores y esperanzas y en general orientan nuestra acción sin apenas percibirlo.
Por tanto, nuestra conducta se juzga la mayor parte de las veces por el grado de
adhesión a las normas o por el distanciamiento e infracción de las mismas.
Ahora bien, conviene tener presente que las normas no rigen por igual para
todos los miembros de una sociedad o para todas las situaciones a las que nos
enfrentamos a lo largo de nuestra vida, y dependen del estatus que las personas
ocupan en la sociedad y de los roles que desempeñan; lo que puede ser tolerable
en un anciano no lo es en un joven, lo que puede ser excusable en una persona
sin formación no lo es en otra formada. Las normas nos son transmitidas
mediante el proceso de socialización, del que hablaremos más adelante, el
sistema educativo y la convivencia social, con un sentimiento de obligación,
aunque según la función que desempeñan pueden ser más o menos permisivas,
porque no todas las normas tienen el mismo grado de obligación en su
cumplimiento.
Nuestra vida cotidiana está cargada, por tanto, de normas, valores y de otros
muchos elementos simbólicos. Debido a esto todo lo que nos rodea lo
percibimos como un mundo dotado de significado que no es un atributo
intrínseco a los objetos sino resultado del proceso cultural que debemos
interpretar en cada momento. Por tanto, la interpretación y el sentido de las cosas
es una característica eminentemente cultural. Aplicamos a todos los actos de
nuestra vida esquemas interpretativos que tomamos de nuestro universo
simbólico cultural, y los reforzamos a través de los rituales. Un ritual es el acto
formal que siguiendo un modelo de comportamiento repetible expresa valores,
significados y creencias comunes. Tienen la función de acrecentar la integración
del individuo en el grupo. Desde el punto de vista sociológico son procesos que
vinculan el individuo al orden moral de una comunidad. Por ejemplo, los ritos de
la política traducen las prácticas simbólicas vinculadas al poder, como el
congreso de un partido, cuya ceremonia regenera el sentido de pertenencia
política de sus afiliados o el deporte que reafirma los valores de las reglas, la
competencia, el autocontrol y el orden social.
Los valores, normas, símbolos y rituales abundan en nuestra vida cotidiana y
constituyen junto a los elementos materiales de nuestra existencia el cemento de
una cultura compartida.
Toda cultura dispone también de un conjunto de conocimientos y creencias.
En su lucha contra la naturaleza, el hombre adquiere experiencia, es decir se da
cuenta de que determinadas actuaciones le permiten satisfacer mejor sus
necesidades que otras. La experiencia permite acumular un saber que aumenta la
capacidad de dominio sobre la naturaleza. Ese saber (conocimientos objetivos
sobre la naturaleza y la sociedad) se transmite de generación en generación. En
su estadio más primitivo se trata de simples experiencias empíricas, en su estadio
más avanzado se convierte en ciencia. Ahora bien, el hombre no tiene
explicaciones científicas para todas las cosas que le rodean, le interesan o le
preocupan. Ante estas cuestiones el hombre responde con creencias:
convicciones sobre la naturaleza última de la realidad cuyo carácter verdadero o
falso no tiene por qué ser científicamente comprobable. La magia y la religión
forman parte de las creencias. Todas las culturas comprenden conocimientos y
creencias, aunque en proporciones diferentes.

II. CAPITALISMO Y CULTURA BURGUESA

La humanidad, por tanto, ha ido construyendo a lo largo de la historia un


sistema de objetos, símbolos y creencias que ha evolucionado hasta nuestros días
configurando diferentes áreas culturales más o menos homogéneas que, en
nuestro caso, llamamos, en un sentido muy amplio, cultura occidental. Esta
cultura ha pasado por diferentes etapas históricas desde la época clásica griega
hasta nuestros días. Pero ya hemos visto que a partir del Renacimiento el hombre
comienza a concebirse menos dependiente de la naturaleza y de
condicionamientos externos de tipo religioso, y más dependiente de sus propios
esfuerzos. Esfuerzos que toman dos sentidos: la acción práctica que dará pie a la
construcción de las instituciones políticas y sociales, y la reflexión racional que
provocará la irrupción de la ciencia aplicada a todos los campos del
conocimiento. Comienza así un período de emancipación social y política en el
que aumenta cada vez más la esperanza de que la libertad y la razón a través de
la ciencia nos llevará a una sociedad superior más humana.
En ese marco la cultura debía desempeñar un papel importante no sólo como
realización personal del espíritu sino como realización colectiva de una sociedad
más avanzada. Comenzaba así para muchos un proceso de civilización entendido
como el desarrollo y mejora de las instituciones, la legislación política y social,
la educación, etc., que debía extenderse poco a poco a todos los pueblos que
componen la humanidad. Para los representantes de la Ilustración la idea de
civilización iba asociada a la idea de progreso y al perfeccionamiento de la
humanidad y reflejaba una filosofía evolucionista de la historia que liderada por
la razón universal debería desembocar a la larga en un mundo más equilibrado y
feliz. Las sociedades más avanzadas deberían cumplir en ese sentido una misión
civilizadora respecto a los pueblos primitivos a quienes debía introducir en sus
leyes, costumbres y valores que eran considerados superiores a los de los demás.
Ahora bien, esta manera de entender la cultura y la civilización que cambió las
formas de organizar la sociedad, los valores y las relaciones e intercambios
sociales estuvo vinculada en ese momento histórico al nacimiento de la sociedad
industrial y a un grupo social determinado, que era la burguesía europea
ascendente, que empezó a generar una cultura material y simbólica de acuerdo
con las necesidades y ambiciones de esta clase social. Los productos culturales
(instituciones, adelantos científicos y tecnológicos, la arquitectura, el arte, etc.)
quedaron afectados inmediatamente por las leyes de la producción y el mercado.
Los bienes culturales tanto espirituales (valores, normas, instituciones) como
materiales se entrelazaron en nuevas relaciones de intercambio y dependencia.
El nacimiento de la imprenta, la Reforma religiosa, las nuevas formas de
intercambio comercial y económico repercutieron rápidamente en todos los
ámbitos de la vida. Los aspectos materiales y simbólicos de esa cultura se
convierten poco a poco en elementos de diferenciación cultural y de dominación.
No todo el mundo tiene acceso por igual a esos bienes culturales que se
convierten en objeto de discriminación social. La cultura, en lugar de ayudar a
resolver los problemas y contradicciones que presentaba la nueva situación
social, contribuye a agudizar las diferencias entre la burguesía y las clases
populares y restaura el sentido de subordinación y diferencia. Sólo las clases
bienestantes tienen derecho a la educación, a la práctica política, al bienestar y al
tiempo libre. La filosofía política que descansa en el liberalismo tiene como
valor último al individuo, su éxito o fracaso y el bienestar material, sin
importarle las consecuencias que acompañan al desarrollo económico de la
sociedad industrial capitalista, y que repercuten en las clases más desfavorecidas.
Toda la sociedad está impregnada del culto al individuo y del amor al dinero.
Todo se convierte en mercancía, desde la producción de objetos de arte hasta la
convicción y el pensamiento, dirán los novelistas más conocidos del siglo XIX
como Balzac, Flaubert o Dickens. Todo es válido con tal de lograr la riqueza
material, el poder sobre los demás y el disfrute de la vida.
La novela de todo ese período histórico denuncia las condiciones sociales de
las clases populares, la explotación, la injusticia, y los valores y exigencias
sociales que poco a poco invaden y se imponen en toda la sociedad occidental.
La industrialización rompe con los valores tradicionales y la transición al
capitalismo genera una razón instrumental que desemboca poco a poco en una
degradación espiritual y moral reflejada en la degeneración de las ciudades, la
extensión de la pobreza y la marginación, que contrastaban con las formas de
vida de los grupos sociales más bienestantes y adinerados. El resultado de todo
esto es una sociedad escindida y polarizada en clases sociales, una situación que
se convertía en el caldo de cultivo propicio para el conflicto social y la lucha
política.
La cultura entendida como producto de los hombres en todos sus aspectos
(organización económica, social y política, valores y creencias) para que sirva a
su felicidad y emancipación, se pone en tela de juicio y se somete a una crítica
sistemática tanto por la perversión de sus mecanismos de funcionamiento como
de sus resultados. Poco a poco toma cuerpo la idea de que el dominio del hombre
sobre la naturaleza se ha convertido en dominio del hombre sobre el hombre, y
que este proceso de dominación material y cultural se ha debido a una utilización
perversa del proceso racional de construcción de la sociedad. Si la razón tal
como ha sido utilizada hasta ese momento no se somete a un proceso de crítica y
revisión, el hombre acabará siendo dominado por sus propias obras, es decir, por
el proceso material y cultural que él mismo ha ido construyendo. En este ámbito
nacen las críticas a la cultura y al proceso cultural tal como se ha ido
configurando. Nosotros destacaremos tres argumentaciones representadas por
tres autores: Marx, Freud y Simmel.

III. LA CRÍTICA A LA CULTURA BURGUESA: MARX, FREUD Y SIMMEL

Uno de los primeros autores en denunciar la cultura como elemento de


división entre los seres humanos e incluso de explotación de unos sobre otros fue
Marx. Para Marx la cultura (instituciones, valores, objetos materiales, etc.) se
presenta aparentemente en la sociedad como un campo independiente y
autónomo de la actividad humana, explicable sólo en términos de sus propios
valores morales o conceptos estéticos, como si no tuviesen ninguna relación con
el sistema productivo económico ni con las relaciones sociales de producción.
De esta manera el vínculo que existe entre cultura y composición de las clases
sociales, estructura social e ideología ha sido ocultado, y desde ese punto de
vista la cultura es analizada exclusivamente según categorías idealistas y
ahistóricas. Pero la cultura para los marxistas no es un concepto neutral, y no
existe fuera de sus determinaciones específicas en una formación social: la
cultura se desarrolla a través de varios niveles o estructuras (económica, política,
educativa) que constituyen el conjunto de las relaciones y de las prácticas
sociales. A través de importantes instituciones sociales como son la familia, las
organizaciones religiosas, educativas, políticas y sindicales se transmiten valores
culturales, normas y convenciones que se asientan en la experiencia de cada día.
Un concepto idealista, ahistórico y abstracto de la cultura tiende a eliminar el
origen y la génesis de su análisis mientras que el materialismo histórico de Marx
está en la base de una interpretación cultural diferente, en la que se subraya la
importancia de las condiciones infraestructurales de la producción cultural. Es
decir, que en la base de las manifestaciones y producciones de la cultura están
los medios materiales que condicionan y determinan su producción y
reproducción.
Marx integra así todos los aspectos y manifestaciones de la cultura en su
interpretación materialista de la historia, denunciando su apariencia de ser un
ámbito social autónomo y postulando una teoría que desvele y denuncie las
relaciones que existen entre la cultura y la estructura productiva de la sociedad.
Si Marx trata la problemática de la cultura como impuesta al hombre desde
unas condiciones estructurales de producción que solamente se resolverán en la
sociedad sin clases, Freud pone el acento en la consideración de las causas
endógenas (internas) del conflicto cultural enraizadas en la psique del hombre
mismo. La cultura aparece a Freud como el conjunto de las producciones y las
instituciones sociales por medio de las cuales nuestra vida se aleja de la de
nuestros antepasados animales y que sirve a dos fines: a la defensa del hombre
contra la naturaleza y a la reglamentación de las relaciones recíprocas entre los
hombres.
Toda actividad cultural está orientada materialmente o idealmente, y sirve a la
doble finalidad de procurar al hombre utilidad y placer. El hombre debe conciliar
constructivamente estas dos aspiraciones que le someten a una dialéctica de
libertad (la aspiración de su propia realización) y necesidad (las limitaciones que
encuentra para la realización de esa libertad). Freud analiza y describe la historia
que conduce a la humanidad, desde sus principios culturales hasta la civilización
burguesa actual, como un proceso de autodisciplina individual y colectiva. De
esta manera el conflicto cultural se desarrolla bajo dos aspectos, el social y el
individual. Desde el punto de vista social, la cultura no ha mantenido de modo
adecuado la promesa de asegurar a todos los miembros de la sociedad una
liberación igual de las constricciones naturales porque la constricción del poder
primitivo de la naturaleza ha sido reemplazada por la constricción de la
autoridad cimentada en la jerarquía social, y desde el punto de vista individual
por la constricción de los seres humanos sobre sí mismos.
Desde ese punto de vista individual Freud estudia el aspecto psicológico del
conflicto cultural. Sitúa la característica general de la satisfacción cultural de los
seres humanos al nivel de los impulsos y de ahí deduce el carácter psicológico de
la acción cultural más allá de toda pertenencia a una clase. De esta manera
subraya la importancia que ha tenido a lo largo de la historia la renuncia a los
impulsos humanos, y considera que han sido transferidos de un placer alcanzable
inmediatamente hacia actividades sustitutivas compensadoras. De tal manera que
las energías de los impulsos, que dada su procedencia deberían ser gastados
eróticamente y sexualmente, son utilizados en otras ocupaciones específicamente
culturales; en primer lugar, en las ocupaciones con carácter productivo (trabajo).
Desde ese punto de vista la cultura aparece como una cadena de acciones que
sustituyen a los deseos impulsivos de origen erótico a los que se les niega una
satisfacción directa.
La cultura, por tanto, con su estructura de necesidades continuamente
refinándose ejerce una reducción sistemática de los espacios de la libertad
sexual. No queda ya más que un pequeño camino de erotismo regulado
culturalmente, el matrimonio y la familia, que representa solamente una
caricatura de la multiplicidad de los comportamientos que se pueden encontrar
en la naturaleza. La lucha contra los impulsos, culturalmente hablando, se
concreta en la presión institucionalizada de las restricciones sexuales, los
preceptos impuestos de solidaridad y, en general, la organización de toda la
actividad humana. La civilización sacrifica así la libertad y la felicidad en aras
de la estabilidad de la vida en común.
Por último —con Simmel— entramos ya a comienzos del siglo XX, en un
momento de la historia reciente con suficiente perspectiva para contemplar el
fracaso de los ideales emancipadores de la cultura de la Ilustración ante la
presencia de luchas obreras y conflictos bélicos. Simmel pretende salvar la
civilización burguesa (que no rechaza absolutamente) encontrando un concepto
central que le dé sentido. Según este autor el hombre adquiere valor, se
humaniza y se distancia de la condición animal, gracias a su esfuerzo cultural,
que se desarrolla en dos niveles: la acción y la reflexión. La acción es la
producción de un patrimonio cultural objetivo (nivel material de la cultura); los
objetos gracias a los cuales el hombre alcanza niveles de vida superiores. La
reflexión es la elaboración de un patrimonio cultural subjetivo (capacidad de
entender lo que está haciendo, la sociedad que ha heredado). Su incremento debe
permitir que los hombres, al perfeccionar las cosas, perfeccionen su vida interior
y desarrollen la razón.
El concepto central de Simmel es que el objetivo superior de toda cultura sería
el enriquecimiento de la sustancia individual del hombre, es decir, el desarrollo
de la cultura subjetiva (la cultura objetiva es sólo un medio). Este desarrollo se
mide en términos de participación del proceso vital psíquico de los individuos en
los bienes materiales. Por tanto, la cultura subjetiva y objetiva se desarrollan con
el objetivo común de perfeccionar el alma humana, el espíritu.
El mayor peligro que amenaza a la conexión necesaria entre cultura subjetiva
y objetiva es la excesiva autonomía que ha asumido la cultura objetiva. Cuanto
más se desarrollen en el interior de la cultura objetiva las leyes de producción y
distribución industriales (la lógica del mercado), menos capaz será de
suministrar los bienes que han de satisfacer las necesidades espirituales de los
individuos. La riqueza de la cultura objetiva aumenta cada día, pero la mente
humana sólo puede enriquecer las formas y contenidos de su propio desarrollo
distanciándose todavía más de esa cultura y desarrollando la suya a un ritmo más
lento. Además, la división del trabajo favorece la incongruencia entre la cultura
subjetiva y objetiva, y entre la cultura en su conjunto y la estructura social. El
resultado es que frente a la acción guiada por la reflexión se afirma una actitud
consumista determinada por el mercado que invierte la relación entre esas dos
actividades. La cultura objetiva se convierte en un fin y el hombre queda a
merced de su propia obra como antes lo estaba de la naturaleza.
Frente a la crítica radical de estos tres autores clásicos, la teoría evolucionista
progresiva de la sociedad de masas, protagonizada en el siglo XX por las obras de
Shils, Bell y Riesman, constituye un elemento importante en la reciente teoría de
la sociedad posindustrial y exalta la creación de un gran espacio para la
iniciativa humana, el desarrollo y la libertad generados con la aparición de la
industrialización y el progreso tecnológico.
Para esta escuela sociológica pluralista en el concepto «moderno» de cultura
hay que subrayar sobre todo sus dimensiones prácticas, sociales y políticas. La
visión crítica y pesimista ignora el hecho de que con el crecimiento de los
niveles de instrucción y con el aumento del tiempo libre y del bienestar, la
sociedad industrial contemporánea crea las condiciones para un consumo
elevado de masas: un número siempre mayor de personas adquiere experiencia
en el arte de consumir los productos de la «alta cultura», como testimonian las
ventas de los clásicos en literatura en ediciones económicas, y de discos de
música clásica. La cultura se estratifica y el consumo se diversifica. La cultura se
configura así como un ámbito específico de la producción y el consumo al que se
puede acceder a través de la igualdad de oportunidades que ofrece la sociedad
actual. Nadie, o casi nadie, queda al margen del acceso a los productos culturales
porque a través de su difusión masiva se ponen al alcance de la mayor parte de la
población.
Esta teoría de la sociedad se construye en torno a los conceptos de pluralismo
y de estructura de poder descentralizada. Estamos en una sociedad participativa
en la que las viejas clases dominantes han sido suplantadas por un estrato
interclasista de intelectuales, científicos y dirigentes cuya ideología se basa en la
profesionalización y no en el beneficio; la lógica de la industrialización es tal
que la clase obrera se reduce numéricamente y el rápido desarrollo del sector
servicios crea una nueva clase media de empleados y técnicos. La teoría de la
sociedad posindustrial, con su insistencia en el consumo más que en la
producción, no niega la existencia de elementos de corrupción presentes en toda
la cultura producida en serie (delincuencia, alienación), pero explica estas
características de la sociedad de masas como consecuencias no intencionadas del
proceso de industrialización.
Para muchos de estos autores la economía, la tecnología y la cultura
capitalista, lejos de degenerar en una barbarie insensata y en un declinar
irreversible, han alcanzado nuevas cotas de riqueza y diversificación en una
medida que no tiene parangón en la historia humana: al igual que no hay crisis
final en la economía capitalista no hay crisis final en la cultura.

IV. LA SOCIEDAD DE MASAS Y LA INDUSTRIA CULTURAL

Estas distintas formas de entender la cultura se han desarrollado a medida que


la producción cultural, sea en el campo de las instituciones, los valores o los
productos culturales, se diversificaba y extendía a la sociedad de masas que
irrumpió a partir de la segunda mitad del XIX y comienzos del XX.
H. Blumer nos ha dado una excelente descripción de las características de las
masas tal como se han venido configurando a lo largo del siglo XX. Entendemos
por masa un conjunto de personas que toman parte en un comportamiento
colectivo, como quienes se exaltan por algún suceso nacional, o los que
participan en el boom de un país, o quienes están interesados en un proceso de
asesinato seguido a través de la prensa, o aquellos que participan en una gran
migración.
Así concebida, la masa tiene una serie de aspectos evidentes. Primero: sus
miembros pueden provenir de todas las profesiones y de diversos estratos
sociales; puede abarcar personas con diferentes actitudes, diferente formación
cultural y diversas condiciones económicas. Segundo: la masa es un grupo
anónimo o, más exactamente, está compuesto por individuos anónimos. Tercero:
existe una mínima interacción o intercambio de experiencias entre los miembros
de la masa que, por lo general, están físicamente separados unos de otros y,
siendo anónimos, no tienen la posibilidad de mezclarse con los miembros de una
muchedumbre. Cuarto: la masa está organizada muy débilmente y no es capaz de
actuar con la unidad u homogeneidad que distingue a la muchedumbre.
De esta breve caracterización se puede concluir que la masa no tienen ninguna
organización social, ningún cuerpo de costumbres o tradiciones, ningún grupo de
reglas o rituales establecido, ningún conjunto de sentimientos organizado,
ninguna estructura de roles o de estatus, ningún liderazgo constituido. Consiste
únicamente en una agregación de individuos que están separados, divididos, son
anónimos y por eso homogéneos en lo que respecta a su comportamiento. Se
puede ver además que el comportamiento de la masa, por el mismo hecho de no
estar gobernado por reglas preestablecidas o por expectativas, es espontáneo,
natural y elemental.
En las condiciones de la vida urbana e industrial moderna —concluye Blumer
— el comportamiento de masa ha ido en aumento tanto en extensión como en
importancia. Esto se ha debido al conjunto de factores que han alejado a la gente
de su cultura específica y de su ambiente. Las migraciones, los cambios de
residencia, los periódicos, el cine, la radio y la educación han actuado para alejar
a los individuos de sus raíces y costumbres empujándolos hacia un nuevo mundo
más global y despersonalizado.
Con la irrupción de la sociedad de masas, determinados espacios de la cultura
se abrieron muy pronto a todo el público. El cine fue quizás el primero en reunir
en sus circuitos a espectadores de todas las clases urbanas y campesinas. La
prensa y, a partir de los años treinta, la radio invadieron también todo el campo
social y el binomio producción-consumo desembocó en lo que hoy llamamos
cultura de masas. Una cultura producida según las normas de la fabricación
industrial y divulgada mediante técnicas de masa dirigida a gigantescos
aglomerados de personas a través de un conjunto complejo de normas, símbolos
e imágenes que penetran en el individuo, estructuran sus instintos y orientan sus
emociones.
Para muchos estudiosos, la cultura de masas surgió no tanto como resultado de
la adhesión de la clase obrera a la producción de la industria cultural, como de la
integración de la clase media en los hábitos electorales, los estilos de vida, la
cultura y los valores de la nueva sociedad industrial capitalista. En ese sentido la
teoría de la cultura de masas subraya el momento del consumo aunque no deja de
lado el lugar y modo de su producción. En adelante la cultura de masas será un
elemento muy importante para todos los representantes del análisis social porque
desempeñará un papel fundamental para mediar la relación entre el individuo y
la sociedad total.
Con la llegada de los medios de comunicación, las raíces, las creencias e
incluso las diferencias de edad de los habitantes de las grandes o de las pequeñas
ciudades desaparecieron, porque sus productos culturales se dirigían a una masa
dispersa de la que no se tienen en cuenta la variedad de gustos, valores, hábitos.
Los mass-media encuentran así un enorme espacio para la política y el deporte,
para la ciencia y la fantasía, para el arte y la música, actividades que se presentan
sobre un idéntico plano. El público que recibe esta compleja variedad de
mercancías las acepta pasivamente como una serie de cosas buenas ante las que
tiene poca capacidad de discernimiento y elección, y con las que no puede
establecer ninguna relación significativa ni directa.
Las fronteras culturales caen ante el mercado común de los medios de
comunicación de masas. La estratificación se construye dentro de una nueva
cultura. Se puede decir que la industria cultural es el gran terreno de
comunicación entre las clases sociales y se puede entrever que esta nueva cultura
se mueve hacia la homogeneización de las costumbres. Este movimiento es tanto
más importante por cuanto va en el sentido de una evolución sociológica: la
formación de un gigantesco estrato salarial en el occidente industrial donde
confluyen, por una parte, el antiguo proletariado obrero, que accede a un
determinado nivel de consumo y a la garantía de su seguridad social y, por otra,
la antigua clase media que se fusiona con el asalariado moderno (Morin). Con
todo, lo que homogeneiza a estos estratos sociales no es solamente la condición
salarial (seguridad social, pensiones) sino la identidad en los valores del
consumo, y son precisamente estos valores comunes que transmiten los medios
de comunicación y esta unidad lo que caracteriza a la cultura de masas.
A la maquinaria industrial de producción y distribución que media entre la
creación cultural y el consumo se le aplica el concepto de industria cultural, en
la que —como en otros sectores de la economía privada— domina el monopolio
de los intereses económicos y sirve a la difusión de los valores de la clase
dominante, cuyo predominio ideológico trata de mantener y afirmar frente a
otros grupos sociales.
El hecho de ofrecer al público productos culturales cuya calidad ha sido
jerarquizada sólo sirve a una masificación más completa. Todo el mundo debe
comportarse espontáneamente según su nivel, determinado previamente por los
índices estadísticos, y dirigirse a la categoría de los productos de masa que ha
sido preparada para su nivel. Reducidos a material estadístico, los consumidores
se distribuyen, sobre el mapa geográfico de las oficinas de estudio, en grupos de
renta.
Las mercancías producidas por la industria cultural son producidas por su
valor en el mercado. El beneficio es el que determina la naturaleza de las formas
culturales. Desde el punto de vista industrial, la producción cultural es un
proceso de estandarización por el cual los productos adquieren la forma común
de todas las mercancías. Pero también se les da un sentido de individualidad en
la medida en que cada producto «tiene un aire individual». Esta atribución de
individualidad a cada producto y a cada consumidor sirve para desdibujar la
estandarización practicada por la industria cultural.
Para los representantes de la sociología crítica de comienzos del siglo XX, que
fueron quienes primero analizaron exhaustivamente este fenómeno, la cultura de
masas es un producto de la industria cultural, es decir, el intento de imponer
valores, actitudes y creencias a las clases subalternas mediante la emisión de
productos culturales, y la incitación a su consumo, que tendría como objetivo la
manipulación de las conciencias y el embrutecimiento de la razón para que se
acepte el sistema de dominación capitalista de forma conformista. Toda una
concepción de la cultura y del arte ha sido golpeada y modificada por la
irrupción de las técnicas industriales, por las determinaciones mercantiles y por
la orientación que se le da al consumo de la cultura de masas.
La industria cultural dirigida de forma autoritaria no desea la formación de
personas con criterios propios e independientes sino la estereotipación de
modelos individuales cuyo comportamiento se adecue a los estándares culturales
prefabricados. Estandarización significa, por ejemplo, que las canciones
populares se parecen cada vez más y sus componentes, letras y melodías, son
más intercambiables, mientras que la pseudo-individualización disfraza este
proceso haciendo que las canciones aparezcan más variadas y distintas. Los
oyentes de ese tipo de música tienen una mentalidad infantil y con ello tratan de
escapar del aburrimiento y del esfuerzo en su tiempo libre. La música popular
ofrece relajación porque no es difícil de entender y se puede escuchar de manera
distraída sin poner excesiva atención. Por eso los productos de la cultura de
masas dirigidos a un público vasto y homogéneo constituyen un
empobrecimiento de la materia estética porque convierten al consumidor en un
sujeto pasivo, fácil de manipular y controlar.
No sólo la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt tuvo una actitud crítica y
negativa respecto a los medios de comunicación de masas y la cultura que
difundían sino también otros grupos como los radicales americanos. Un ejemplo
fue D. MacDonald, quien retomando los tres niveles de análisis high, middle y
lowbrow (alto, medio y poco culto) cambia su denominación para afirmar que
contra las manifestaciones de un arte de elite y de una cultura propiamente dicha,
se erigen las manifestaciones de una cultura de masas que no es tal y que él
llama no mass culture sino masscult, y de una cultura pequeño burguesa que
denomina midcult. Son masscult los tebeos, el rock’n’roll o los peores telefilms,
y midcult las parodias y falsificaciones de la alta cultura producida con fines
comerciales. El punto fundamental de la crítica de McDonald no es que reproche
a la cultura de masas (mass cult) la difusión de productos de un nivel ínfimo y
sin ningún valor estético sino que acusa al midcult de explotar los
descubrimientos de la vanguardia cultural y de banalizarlos, reduciéndolos a
elementos de consumo (Moragas, 1982). Además la cultura de masas se impone
desde arriba, es fabricada por técnicos pagados por los hombres de negocios; su
audiencia son consumidores pasivos y su participación se limita a escoger entre
comprar o no comprar.
Otros autores han deplorado también la invasión de subproductos culturales
promocionados por la industria moderna como, por ejemplo, los espectáculos
deportivos, la telebasura, la literatura degradada que sólo sirve de evasión y no
requiere ningún esfuerzo crítico o racional por parte del lector. Es decir, todas las
formas de uso del tiempo libre que convierten a las personas sin criterio propio
en simples consumidores de las mercancías que ofrece la industria cultural y la
sociedad de consumo. Dicho en otras palabras el concepto de cultura de masas
descansa en una definición de las clases populares en términos de pasividad y
resignación, de aceptación de los puntos de vista de la clase dominante y de su
papel subordinado en el orden social. La cultura de masas sería la respuesta
histórica de la clase dominante al movimiento obrero organizado para manipular
su conciencia impidiéndole entender las posibilidades de transformar la
sociedad.
Algunos estudiosos han criticado la teoría crítica de la cultura de masas por
elitista y romántica: elitista, porque, en el fondo, hay cierto desprecio por la
sociedad de consumo de masas (la telebasura frente al teatro, la gastronomía
frente a la hamburguesería, el turismo de sol y playa frente al viaje cultural)
olvidando que la sociedad industrial ha puesto al alcance de las clases populares
el acceso a bienes materiales y culturales por primera vez en la historia;
romántica, porque trasluce cierta añoranza de un tiempo pasado mejor en el que
la «alta cultura» gozaba de mayor prestigio y difusión. Pero no está claro que ese
pasado haya existido alguna vez.
Es más, detrás de la sociedad de masas subyace en realidad la máxima
participación socio-política que jamás se ha dado en la historia. En palabras de
Shils (Mass society and its culture, 1964) desde el fin de la Primera Guerra
Mundial, sobre todo en los Estados Unidos, pero también en Gran Bretaña,
Francia, en la Italia septentrional, en los Países Bajos y en el norte de Europa y
Japón ha empezado a tomar forma un nuevo orden social. Este nuevo orden
viene comúnmente llamado sociedad de masas y genera en el individuo un
mayor sentido de integración en la sociedad y en su conjunto, y de afinidad con
sus semejantes.
La nueva sociedad es una sociedad de masas precisamente en el sentido de
que la masa de población se ha incorporado a la sociedad. El núcleo de la
sociedad —las instituciones más importantes y los sistemas de valor que guían y
hacen legítimas estas instituciones— ha ampliado sus fronteras. La mayor parte
de la población (la masa) se encuentra ahora en una relación más estrecha con el
centro de cuanto no lo fuese en las sociedades premodernas o en los primeros
estadios de la sociedad moderna. En las sociedades precedentes, grandes sectores
de la población, a menudo la mayoría, nacían y permanecían para siempre «fuera
de la sociedad».
De aquí que se haya ampliado y extendido la «civilización». El concepto de
civilización no es una creación moderna, pero ha encontrado su mejor
realización en la sociedad de masas. La idea misma de ciudadanía, sinónimo de
«población adulta», es uno de sus signos. Otro síntoma es el igualitarismo moral,
característica exclusiva de occidente, con su insistencia en el hecho de que los
hombres, precisamente porque son miembros de una misma comunidad y gracias
a su lengua común, poseen una dignidad irreducible. En la cultura de la sociedad
de masas las categorías fundamentales de la vida cultural son iguales en todas las
sociedades.
Shils se sitúa junto a estudiosos como Riesman o Bell, en la corriente
evolucionista-progresiva de la teoría de la sociedad de masas y su cultura, que
pone de relieve los aspectos positivos que ha generado la industrialización y la
tecnología. La sociedad y la cultura de masas no amenazan la democracia sino
que refuerzan las bases sociales del pluralismo político y cultural. El capitalismo
consumista, en lugar de crear una masa homogénea y culturalmente embrutecida,
genera diferentes niveles de gusto entre los consumidores y públicos
diferenciados. La cultura se estratifica y su consumo se diversifica.
Contra el carácter mitificante de esta conquista se opusieron también autores
como Hughes o Van der Haag. Para este último, por ejemplo, no es posible
extender un nivel de civilización alto a las clases más bajas sin bajar su calidad y
vaciarla de sus características más genuinas hasta frivolizarla. Las características
más comunes de la cultura de masas son concomitantes con la sociedad
industrial y con la producción masiva de bienes de las que se deducen sus
propiedades, que son: 1) la separación entre productores y consumidores de
cultura; la cultura se convierte cada vez más en un deporte de espectador; 2) la
estandarización es obligatoria y necesariamente niveladora; 3) la gente desea
distraerse de la vida y no conocerla en su complejidad; 4) la aprobación popular
se convierte en el único estándar moral y estético.
Por eso, según Alberoni, la cultura de masas fomenta el individualismo a
ultranza y se constituye en función de las necesidades individuales emergentes.
Si se considera que el hombre de la sociedad occidental basa sus preocupaciones
cada vez más sobre el bienestar y el standing, por una parte, y el amor y la
felicidad, por la otra, la cultura de masas ofrece los mitos que personifican las
aspiraciones privadas de la colectividad y a través de sus modelos de goce
inmediato, de ocio, de confort, de individualismo privado y de consumo, nos
ofrece los grandes modelos de las clases medias y de la burguesía,
descontextualizados tanto histórica y socialmente como nacionalmente, lo que
apunta ya a un sistema social cultural global.
V. MULTICULTURALISMO E INTEGRACIÓN SOCIAL

El multiculturalismo plantea el problema de las diferencias culturales, y con él


los derechos de las minorías con respecto a las mayorías o lo que es lo mismo el
de la identidad y el reconocimiento de aquéllas respecto de estas últimas.
Algunos autores (Kymlicka, 1996) distinguen entre el enfoque político y el
cultural de este fenómeno. En el primer caso se refieren a las reivindicaciones de
las minorías que tratan de obtener derechos político-administrativos en el seno
de un Estado nacional y hacen una distinción entre las minorías nacionales y los
grupos étnicos. Las minorías nacionales —como los corsos en Francia o los
catalanes en España— han sido objeto a lo largo de la historia de procesos de
conquista o de incorporación. Los grupos étnicos —como los musulmanes en
Francia o los gitanos en España— son el resultado de un proceso de inmigración
y constituyen comunidades más o menos homogéneas en base a criterios
geográficos, étnicos o religiosos. Los primeros reivindican una autonomía
político-administrativa que puede llegar hasta el federalismo o la
autodeterminación, los segundos reclaman el reconocimiento cultural y la
identidad del grupo.
El enfoque cultural del multiculturalismo se refiere no a los aspectos políticos
sino a los movimientos que se configuran alrededor de un sentimiento de
identidad colectiva en base a un sistema de valores compartidos, a un estilo de
vida homogéneo y a una conciencia de marginación o discriminación respecto de
otros movimientos o grupos sociales. A estos grupos —la juventud, el feminismo
— los llamamos subculturas, porque aunque comparten la preocupación por la
igualdad y la identidad de los grupos étnicos les separa al menos la dimensión
del territorio y la lengua típica de la etnicidad.
La etnicidad, en su vertiente política o cultural, se entiende como el
sentimiento de pertenencia a un grupo basado en la idea de un origen, historia,
cultura, experiencia y valores comunes. Se refiere a un proceso histórico real de
singularidad colectiva. Y, sobre todo, a las prácticas lingüísticas y culturales a
través de las cuales se produce un sentimiento de identidad colectiva que se
transmite de generación en generación. No hay que ignorar el significado
reciente de la identificación y movilización étnica en los países altamente
desarrollados para demostrar los vínculos entre etnicidad y poder. La etnicidad
sólo tiene un significado social y político cuando se vincula a procesos de
separación fronteriza entre grupos dominantes y minorías. Ser una minoría
étnica no es el resultado automático de la imaginación sino más bien la
consecuencia de mecanismos específicos de marginación que afectan a grupos
diferentes de manera también diferente (Castles y Miller, 1993).
Dentro de las diversas formas que se pueden registrar en el multiculturalismo
las más comunes que nos presentan los Estados modernos son los Estados
plurinacionales, en los que minorías autóctonas reclaman los derechos de su
propia cultura diferenciada, y los poliétnicos surgidos de la inmigración que
exigen el reconocimiento de su identidad colectiva (Kymlicka, 1996). En el
primer caso las minorías nacionales desean ser sociedades distintas y reivindican
formas de autogobierno y autonomía política, administrativa y cultural. En el
segundo desean el reconocimiento de su identidad étnica mediante la
introducción de nuevas leyes e instituciones que permitan reconocer y proteger
una diversidad cultural más amplia.
La idea de identidad cultural encuentra en este contexto su propia expresión:
preservar y exaltar la identidad cultural es una norma cuyo sentido es
predominantemente reivindicativo y se orientará preferentemente, en el plano
político, a través de la lucha por la consecución de un Estado nacional-cultural o
por la preservación del Estado nacional-cultural ya establecido. Karl Renner lo
formuló con toda precisión: «la nación es la comunidad de cultura propia de un
pueblo que está jurídicamente unido en virtud de un poder público que se ejerce
en un determinado territorio y que está delimitado precisamente por un lazo
cultural» (Bueno, 1996).
Pero la formación de los Estados-nación no fue igual en todas partes; en
algunos casos se hizo de grado como en Suiza pero en otros por la fuerza a
través de la conquista conformando estados multinacionales como España.
La segunda fuente de pluralismo cultural es la inmigración que se da sobre
todo en aquellos países que han aceptado gran cantidad de inmigrantes
procedentes de otras culturas y les han permitido mantener en alguna medida sus
peculariedades étnicas. Su especificidad se manifiesta en la vida familiar y en las
asociaciones voluntarias, muchas veces a través de los canales institucionales de
la cultura oficial (Kymlicka, 1996).
Los movimientos migratorios como consecuencia del colonialismo o como
respuesta al crecimiento demográfico, los cambios de clima o el desarrollo de la
producción y del comercio han formado parte de la historia de la humanidad y
han constituido la base y el substrato del fenómeno multicultural.
Muchas democracias occidentales son multinacionales y poliétnicas y
actualmente se encuentran sometidas a un proceso de ajuste de su diversidad
cultural. Quienes tienen problemas de nacionalidades históricas (Yugoslavia,
España...) han tenido que reconocer de manera violenta o pacífica los derechos
de autogobierno de sus diversas nacionalidades en un amplio abanico que va
desde la descentralización administrativa del Estado a la autodeterminación, tal
como es reconocida por la Carta de las Naciones Unidas. Este último es el caso
más claro de diferenciación ciudadana puesto que reclama derechos históricos,
territorio, competencias administrativas y estatuto político independiente del
Estado.
Multiculturalismo no es sinónimo de igualdad sino reconocimiento de la
diferencia, lo que en el mundo moderno supone, por una parte, la aceptación de
una cultura única y de un conjunto de derechos individuales que gobiernan el
dominio público y, por otra, una variedad de culturas que encuentran su lugar en
un espacio reducido. Para tales minorías la familia y la comunidad forman parte
de otro sistema social y otra cultura y en ellas se cumple la educación moral, la
socialización primaria y la inculcación de creencias y valores religiosos que
conforman la identidad del individuo.
Por tanto, el reconocimiento del derecho de las minorías —como la autonomía
territorial, el derecho al voto, la representación en las instituciones centrales y
los derechos lingüísticos— mitiga la vulnerabilidad de las culturas minoritarias
ante las decisiones de las mayorías, y además no crea desigualdades sino que las
elimina.
Para muchos es posible combinar el reconocimiento de la diversidad cultural
con la lucha por la igualdad individual, y sólo en el mantenimiento y
prosecución de esta ecuación el posible el multiculturalismo. La integración
social en las sociedades modernas complejas, plurales y democráticas no se
puede llevar a cabo ya con procesos uniformadores sino a través de la
asimilación de la diversidad cultural unida a una política de igualdad de
oportunidades y de reconocimiento de los derechos ciudadanos.
Pero la integración absoluta de una cultura es imposible, la integración de los
elementos constituyentes de la cultura no es cuestión de todo o nada, es una
cuestión de grados: unas culturas están más integradas o son más coherentes que
otras, pero la mayoría de las culturas están plagadas de contradicciones
evidentes. Así pues, la integración es una cualidad de la cultura que nunca es
perfecta pero que nunca está ausente. Una cultura humana perfectamente
integrada no es posible, porque en todo momento se está verificando algún tipo
de cambio que impide que todos los elementos estén perfectamente ajustados.
La noción de integración cultural tiene su origen en los estudios de los
antropólogos sociales sobre los pueblos primitivos, quienes, al comparar unas
culturas con otras, descubrieron sus diferentes grados de integración. Al
principio se consideró que un grado de integración elevado era un rasgo positivo
porque era el reflejo de una mayor armonía social. Pero posteriormente se ha
cuestionado este punto de vista, puesto que las culturas más integradas son
también las más cerradas mientras que las que tienen una integración menor son
más abiertas. Dicho en otras palabras, culturas muy integradas son típicas de
sociedades más aisladas, menos capaces de dejarse influir por otras culturas y,
por tanto, menos predispuestas a incorporar elementos de cambio social. Son
culturas más rígidas, cuya falta de flexibilidad puede llevarlas a la desaparición
cuando entran en contacto con culturas más dinámicas. Por el contrario, la
supuesta debilidad de las culturas menos integradas, abiertas y flexibles, es lo
que permite su supervivencia durante mucho tiempo. Un ejemplo típico de
cultura abierta es la americana, que ha sido invadida por otras muchas culturas
de inmigrantes, pero que, a su vez, influye sobre toda la cultura occidental.
Un grado de integración cultural muy alto puede llegar a ser un obstáculo a la
modernización de zonas atrasadas en países desarrollados (por su rechazo hacia
actitudes innovadoras, por ejemplo). También se ha visto que es negativo desde
el punto de vista del desarrollo de la personalidad individual, ya que implica un
mayor sometimiento a los modelos de conducta dominantes y menor tolerancia
ante los cambios y modificaciones de las pautas establecidas. En resumen, una
cultura menos integrada es una cultura más dinámica, más abierta al cambio,
más apta para el contacto con otras culturas. En relación con esto hay que tener
en cuenta dos conceptos: el de difusión cultural y el de aculturación.
La difusión cultural es la transmisión de rasgos de una cultura a otra. Con la
internacionalización de las relaciones económicas y sociales por medio del
mercado es cada vez más difícil captar la importancia de este fenómeno, pero
piénsese en lo que ha significado para las culturas tradicionales o primitivas la
incorporación a su patrimonio tradicional de objetos, creencias y pautas de
conducta propios de la sociedad industrial occidental. La aculturación es el
proceso de socialización que sufre un individuo o grupo que tiene ya unos rasgos
culturales definidos para adaptarse a otra cultura. Por ejemplo, los sicilianos que
emigraron a América o los andaluces que emigraron a Cataluña.
La integración ha recibido siempre una valoración positiva, pero ahora se ha
pasado al extremo contrario: se valora una integración menor como sinónimo de
flexibilidad, apertura y tolerancia hacia otras culturas, y se considera que la
diversidad cultural es una riqueza que se ha de proteger: consideremos, por
ejemplo, a España como conjunto de culturas regionales y nacionales, o la
constitución de una identidad cultural europea no negando sino respetando las
culturas de los pueblos que la conforman y potenciando su conocimiento mutuo.
La aparición de brotes racistas y xenófobos en Europa frente a la inmigración
en general, y la extraeuropea en particular, es también consecuencia en parte de
la falta de flexibilidad de las culturas de acogida. Frente a ello se reivindica
«igualdad para vivir, diversidad para convivir». Este postulado es fácil de
defender en términos abstractos y en algunos casos concretos, pero en otros
plantea problemas que no tienen todavía respuesta: en principio es fácil predicar
el respeto en la Europa cristiana frente a las prácticas religiosas islámicas de los
inmigrantes magrebíes, pero es difícil no considerar algunos rasgos de la cultura
europea occidental como superiores y dignos de tener validez universal, como,
por ejemplo, los postulados de la revolución francesa sobre la igualdad de todos
los ciudadanos ante la ley o el derecho de cada individuo a disponer de su propio
cuerpo.
Al igual que se habla de la existencia de grupos y subgrupos sociales, existen
también, culturas y subculturas. La falta de integración absoluta y homogénea de
todos los elementos que constituyen un sistema cultural es lo que permite la
existencia de subculturas. Son modos de vida, tradiciones, creencias, etc., de un
grupo específico dentro de una sociedad que suponen una variante o una
materialización concreta de las diversas posibilidades que ofrece la cultura
global en la que se integra dicha subcultura.
La relación entre cultura y subcultura se mueve entre la coherencia y la
contradicción. Ha de haber cierta coherencia entre ambas porque, si no,
tendríamos no una subcultura sino dos culturas diferentes. Pero la integración de
una en otra no es necesariamente armoniosa, puede haber contradicciones
provocadas por la falta de integración absoluta en la cultura global. Por ejemplo,
la subcultura puede poner un énfasis particular en determinados valores de la
cultura global en detrimento de otros.
Desde esta perspectiva, dentro de una cultura como es la española podemos
distinguir subculturas nacionales o regionales, de clase, étnicas, según edades,
urbanas o rurales (más moderna, más tradicional), etc. El desarrollo de la cultura
juvenil es uno de los ejemplos más significativos de este mundo subcultural.
Podemos hablar del incremento del poder adquisitivo de la juventud trabajadora,
la creación de un mercado específico diseñado por la industria para absorber esta
capacidad de consumo y los cambios que se han producido en el sistema
educativo.
La subcultura tiende a presentarse como un espacio cultural independiente que
funciona fuera del contexto político, económico y social, pero esto no es así
porque lo que en realidad se produce es una tensión o ansiedad entre los
miembros que forman parte de la subcultura y los valores dominantes en la
sociedad, en todo lo que concierne a las relaciones de clase, sexuales, familiares,
educativas o laborales. Estas tensiones marcan el grado de integración o
desviación de los grupos subculturales respecto al grado de cohesión y
coherencia de la sociedad en general.

VI. LA CULTURA EN LA SOCIEDAD GLOBALIZADA


El término globalización significa que en el mundo actual todo está cada vez
más interrelacionado, la conciencia personal percibe que nuestras vidas se
desarrollan en un sistema unitario y, por tanto, los hechos que ocurren lejos de
nuestro escenario cotidiano tienen una influencia en nuestra vida diaria. Este
fenómeno es el resultado de la mundialización de la economía, la política y las
comunicaciones.
Actualmente, el comercio, el conocimiento, las imágenes, el mundo de las
finanzas o del deporte han roto todas las fronteras nacionales y se extienden
continuamente a lo largo de todos los países que conforman la tierra. Esta
interconexión del mundo moderno alcanza también a los valores, las costumbres,
usos, experiencias y todas las manifestaciones culturales. La tecnología y los
medios de comunicación de masas han extendido y homogeneizado las
dimensiones espacio-temporales de los habitantes de la tierra. Las nuevas
tecnologías digitales, las redes telemáticas e Internet son considerados causa y
efecto de la globalización porque encarnan la compresión del espacio y del
tiempo que establece la reducción del mundo a una unidad compleja, una
megaestructura que conecta una tupida trama de relaciones culturales, políticas y
económicas.
Robertson afirma que «el mundo se ha condensado en un solo lugar», que ha
dotado a todos de un mismo marco de referencia político y económico que se
extiende poco a poco al ámbito cultural, aunque en este caso la unidad global no
equivale a uniformidad porque la globalización altera el contexto de
construcción de los significados, influye en el sentido de identidad de las
personas, la experiencia del lugar y del yo respecto al lugar, cuál es su efecto en
las interpretaciones, valores, deseos, mitos, esperanzas y temores compartidos
que han surgido alrededor de la vida localmente situada. Por consiguiente, la
dimensión cultural en la sociedad globalizada abarca lo que A. Giddens llamó
externalidad e internalidad de la globalización: la conexión entre las inmensas
transformaciones sistémicas y las transformaciones de nuestros «mundos» más
locales e íntimos de experiencia cotidiana (Giddens, 1994). Los productos
globalizados son interpretados por los individuos e incorporados a su vida
cotidiana. En cada uno de los contextos específicos de recepción las personas
recurren a sus medios interpretativos —vinculados a tradiciones específicas—
para apropiarse de los productos globalizados.
Ahora bien, la globalización es un fenómeno ambivalente porque une a las
personas al mismo tiempo que las divide. Si en el ámbito del consumo y los
estilos de vida asistimos a un proceso de occidentalización del planeta, esto no
supone una homologación de las culturas, sino al contrario crece la
heterogeneidad cultural, el mestizaje y la hibridación, tanto en el campo de la
literatura, como en el de la música, en el arte o en el cine. Por tanto
globalización no debe confundirse con uniformización de las diferentes culturas
porque el fenómeno no sólo es más complejo sino que contiene en sí una
diversidad de respuestas debido a que:

1) La globalización no es un fenómeno constante ni homogéneo. Las


sociedades o las culturas no se adhieren todas por igual ni tienen una integración
creciente sino que sufren avances y retrocesos.
2) Muchas veces contribuye a reforzar las culturas particulares más que a
asimilarlas.
3) Pone de manifiesto la pluralidad y la riqueza de las diversas culturas que
interaccionan entre sí en un proceso dialéctico.

El hecho de que los actos individuales estén relacionados con grandes


características estructurales e institucionales del mundo social por la vía de la
reflexividad, es decir de la conciencia que tenemos de estar interactuando en el
momento de la acción, significa que la globalización no es un proceso de
«sentido único» en la determinación de los acontecimientos por parte de las
enormes estructuras globales, sino que implica al menos la posibilidad de la
intervención local en los procesos globales (Tomlinson, 2002).
La dialéctica de la globalización ha propiciado por tanto una revitalización de
los escenarios locales, sus valores, usos y costumbres de la misma manera que
los ha modificado. Por tanto es un fenómeno que mantiene características de
integración con culturas más amplias, de enriquecimiento de nuevos valores y
costumbres, de respeto y dominación en esa ambivalencia que se detecta en casi
todos los fenómenos sociales que presentan una serie de posibilidades abiertas a
una mayor interrelación entre los distintos pueblos y sus culturas, pero que al
mismo tiempo pueden provocar situaciones de dominación y conflicto en una
sociedad compleja y altamente diferenciada.

BIBLIOGRAFÍA

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TOMLINSON, J. (2002): Globalización y cultura, OUP, Madrid.
4. EL GRUPO HUMANO Y LA SOCIALIZACIÓN

La cultura y la sociedad se encuentran interiorizadas en cada persona, y cada


uno de nosotros se integra de una manera u otra en la organización social. El
objeto de este tema es explicar por qué y cómo se interconectan lo individual y
lo sociocultural, a través de qué mecanismos y bajo la influencia de qué
ambientes y agentes la persona interioriza la cultura de una sociedad a la vez que
se incorpora a ella.
Cuando hablamos de cultura, socialización y personalidad nos referimos al
proceso de integración de la persona en una comunidad, que se presenta como
una dialéctica en la que el individuo adopta el comportamiento que le es
impuesto por métodos de socialización culturales, mientras desarrolla técnicas de
adaptación y realización autónoma. Este campo emerge en el terreno de la
antropología y más tarde será Parsons quien lo incorporará a su análisis de la
sociedad como sistema funcional en el que se distinguen tres subsistemas de
acción complementarios e interrelacionados: el sistema social, la cultura y la
personalidad. Estos tres sistemas están presentes en toda acción social humana.
Vamos a intentar esclarecer la relación entre la personalidad y los otros dos
sistemas a través del proceso de socialización, que es el que introduce a las
personas en la sociedad.
Socialización —según Rocher— es el proceso a través del cual la persona
humana aprende e interioriza, en el transcurso de su vida, los elementos
socioculturales de su medio ambiente, los incorpora a la estructura de su
personalidad, bajo la influencia de experiencias y de agentes sociales
significativos, y se adapta así al entorno social en cuyo seno debe vivir. Esta
definición sugiere tres aspectos fundamentales del proceso de socialización. En
primer lugar, es un proceso de adquisición y asimilación de los modelos, valores
y conocimientos de la sociedad en que se va a vivir, proceso que dura toda la
vida y que es especialmente intenso durante la primera infancia, por la cantidad
de cosas que se aprenden y por la aptitud especial para captarlas. En la sociedad
moderna, este pe- ríodo intenso tiende a prolongarse hasta la adolescencia, como
consecuencia de la generalización de la enseñanza. En segundo lugar, algunos
elementos de la sociedad y de la cultura pasan a formar parte integrante de la
estructura de la personalidad psíquica (las normas sociales, por ejemplo, se
convierten en normas «naturales» de conducta). Por eso el individuo en su
quehacer diario apenas nota el control y las exigencias que le impone el medio
social, puesto que su conformidad con la sociedad alcanza un alto grado de
interiorización. En tercer lugar, una consecuencia de la socialización es la
adaptación de la persona a su entorno social. Esta adaptación afecta a la
personalidad porque se produce en tres niveles, biológico, afectivo y mental. Nos
adaptamos a nivel biológico porque desarrollamos necesidades fisiológicas,
actitudes corporales y gustos que son satisfechos por el medio social. Afectivo,
porque la expresión y aun la represión de nuestros sentimientos se canaliza a
través de los modelos culturales; el matrimonio por interés ha sido durante
mucho tiempo una práctica generalizada que ha vetado el matrimonio por amor.
Mental, porque la sociedad establece unas «maneras de pensar» que son la base
del desarrollo de la inteligencia, la memoria y la imaginación. En definitiva el
resultado de la socialización es que produce un grado de conformidad suficiente
para que la persona se adapte y se integre en la colectividad con el fin de que
ésta pueda mantenerse, reproducirse y perdurar.

I. EL PROCESO DE SOCIALIZACIÓN

Siguiendo la exposición de H. M. Johnson, puede decirse que, cuando nace, la


criatura humana es incapaz de tomar parte en ningún tipo de sociedad. No
podemos conocer directamente cómo es su vida mental, pero sabemos que no
regula sus movimientos intestinales y no tiene el sentido de identidad suficiente
para ser consciente de las distintas partes de su cuerpo. No tiene tampoco el
sentimiento de un «yo propio», con deseos que pueden o no ser opuestos a los
deseos de otras personas. Por todo eso es incapaz de distinguir entre su propia
vida interna, presumiblemente vaga, y la «realidad» de los objetos que existen
independientemente de ella, ni tiene idea de que esta distinción sea posible.
La formación de su mentalidad, la manera de conocer, sus sentimientos y su
identidad van tomando cuerpo poco a poco a través de los mecanismos psíquicos
de la socialización humana. Aquí nos vamos a ocupar de dos procesos
fundamentales: el aprendizaje y la interiorización del otro. El aprendizaje
consiste en la adqui- sición de reflejos, hábitos y actitudes que se inscriben en el
or- ganismo y en la psique de la persona y orientan su conducta; la
interiorización es la incorporación de todos estos elementos del comportamiento
humano a la personalidad.
Ahora bien, para el niño recién nacido no hay realidad objetiva: no hay
espacio, ni tiempo, ni causalidad. El pecho de su madre, el biberón, un sonajero,
no son cosas en sí mismas, que existen independientemente de la propia
existencia del bebé: para él son algo así como imágenes sensoriales que vienen y
se van caprichosamente, imágenes no percibidas como objetos ni, posiblemente,
diferenciadas de actos como succionar, ver, escuchar y tocar. Es decir, que al
principio el bebé no distingue entre su propio percibir y los objetos percibidos.
Al no tener todavía autoconsciencia actúa como si el mundo entero al chocar con
él fuera parte de él mismo.
Según Piaget el niño atraviesa durante el primer año seis estadios diferentes
antes de convencerse de que existen objetos externos con existencia propia. En
el primer estadio, los reflejos como el mamar «producen» sensaciones de un
pecho y un pezón; no hay evidencias de que el bebé «piense» en estas
sensaciones como algo distinto de su propio acto de mamar. En el segundo
estadio, los hábitos motores simples, tales como mirar desde cierta perspectiva,
«producen» sensaciones o percepciones incipientes; pero el bebé parece
«pensar» que su acto de mirar produce algunas veces las imágenes deseadas y
otras no: no las buscará si desaparecen. En el tercer estadio, que a menudo
aparece entre el tercer y el sexto mes, el bebé agarra lo que ve si está a su
alcance. Comienza a coordinar la información obtenida a través de distintos
sentidos: la vista, el oído, el tacto y tal vez el olfato. Pero durante el quinto mes,
si un objeto cae directamente frente a él no hará ningún esfuerzo por seguirlo
con sus ojos: o bien continúa mirando esperanzadamente al sitio desde donde
cayó o su atención decae. Si está hambriento y se le da el biberón con la base
hacia él no le dará la vuelta para poder poner la tetina en su boca (aún no ha
«construido» el biberón). Durante el cuarto estadio (del noveno al décimo mes)
aprende a buscar un objeto que ha visto que un adulto colocó debajo de una
prenda y tratará de quitarla para descubrirlo.
¿Qué es un objeto interiorizado? En el nivel fisiológico puede ser concebido
como un grupo de células unidas en el cerebro; un conjunto de «huellas» dejadas
por la experiencia. Psicológicamente tiene dos aspectos: primero, es un mapa
«cognoscitivo» de un objeto exterior (o de una clase de objetos). El objeto en sí
mismo es «externo» en el sentido de que tiene una existencia objetiva,
socialmente reconocida; no es una invención de la imaginación.
Además del aspecto cognitivo del objeto interiorizado, hay un aspecto
emocional, el objeto interiorizado no es nunca un concepto emocionalmente
neutro porque está mediado por el agente socializador. Aun en su estado latente
(es decir, cuando el objeto exterior no es pensado, ni recordado, ni deseado, ni
percibido, ni gozado), el objeto interiorizado, como sistema de células reunidas,
está cargado de un potencial de energía emotiva, un conjunto de cargas positivas
y negativas.
Los cuatro mecanismos principales del aprendizaje son la repetición, la
imitación, los premios y los castigos. ¿En qué condiciones se realiza el
aprendizaje para que tenga «éxito»? Señalaremos cuatro: discriminación,
premios, castigos y frustraciones. El aprendizaje de nuevas pautas de conducta, o
la interiorización de nuevos objetos exige que la persona que es socializada sea
capaz de distinguir entre los objetos y pautas de conducta nuevos y aquellos con
los que ya está familiarizada. El agente socializante debe estar presente con
«estímulos» que le permitan discriminar el nuevo objeto como algo distinto de
aquellos con los que ya ha tratado hasta ese momento.
Ya hemos señalado que los objetos interiorizados van siempre acompañados
de cierta energía emotiva —latente o manifiesta— y que esa energía guía la
acción dentro de formas pautadas. Pero, además, el agente socializante debe
recompensar al niño por su «correcto» comportamiento y no recompensarlo o
castigarlo por el comportamiento «incorrecto». Se dice que las recompensas y
los castigos «refuerzan» la pauta de conducta deseada. Pero no ha de creerse que
las recompensas y los castigos deben ser objetos necesariamente tangibles: una
sonrisa puede ser más eficaz que un caramelo.
La teoría del refuerzo, que se basa en numerosos experimentos, sostiene que
para el aprendizaje son tan eficaces la recompensa como el castigo. Sin embargo,
algunas sociedades se apoyan más en uno que en otro. El problema que se
presenta es saber si la recompensa y el castigo son igualmente eficaces, si uno es
siempre mejor que el otro o si es mejor una determinada combinación. No hay
duda de que la recompensa puede ser muchas veces más efectiva que el castigo y
que es menos probable que produzca efectos secundarios indeseables para la
personalidad del individuo.
Antes de considerar los efectos del castigo, debemos hacer una distinción
entre castigo e imposición de frustraciones. La experiencia de la frustración es
necesaria para que se produzca el aprendizaje, aunque ésta sólo sea relativa. La
recompensa no tendrá el efecto deseado a no ser que las respuestas incorrectas
no sean recompensadas: en otras palabras, a no ser que el sujeto sea
recompensado por ciertas respuestas y frustrado por otras. El castigo,
estrictamente hablando, es una acción dolorosa que simboliza la actitud de
desaprobación del agente socializante. En la forma de castigar hay varios
peligros. Por una parte, el castigo puede ser excesivo tanto en relación a un
patrón de justicia como al nivel de tolerancia al dolor del sujeto que aprende; por
otra, el castigo desmesurado puede tener como consecuencia que el sujeto
«sobreaprenda». Es decir que pueda desarrollar tanta ansiedad en las formas de
comportamiento por las que ha sido castigado que inhibirá pautas de conducta
«normales» y deseables. Hay pruebas, por ejemplo, de que el castigo por
conductas «agresivas» puede producir ansiedad respecto a la autoexpresión
normal. Sin embargo, existen buenas razones para no suprimir el castigo durante
el proceso de socialización. Ciertos actos son peligrosos, y es mejor corregirlos
mediante castigos que dejar que el niño corra riesgos que no es capaz de
apreciar.
La otra condición para el aprendizaje es la frustración. Las limitaciones,
privaciones, rechazos y demandas del agente socializante deben parecer muy a
menudo arbitrarias, en el mejor de los casos, y en el peor injustas. En todo caso,
la frustración tiende a producir sentimientos agresivos y posiblemente
indignación. Si el agente frustrante —por ejemplo, la madre— es también
querido, el niño puede desarrollar mucha ansiedad por miedo a que la madre
disminuya su cariño y cuidados hacia él. Desde el punto de vista del agente
socializante, el peligro de estos sentimientos de indignación, agresión y ansiedad
es que provoquen que el niño sea incapaz o no quiera prestar atención a la
«tarea» del aprendizaje, incapacitándolo así para que sepa discriminar.
En cualquier circunstancia el niño debe aprender e interiorizar (socializarse) el
castigo y la frustración, porque la vida castiga y frustra, y el niño que no aprende
e interioriza esto no está bien preparado para convivir en la sociedad.

II. ETAPAS DE SOCIALIZACIÓN

El proceso de socialización se prolonga hasta la madurez de las personas,


pervive, en muchos aspectos, durante toda nuestra vida y durante los primeros
años el agente socializante no trata de enseñar todo de una vez sino que se
concentra en unas pocas tareas, porque la integración en la sociedad es un
proceso gradual. Durante las primeras etapas de la vida (infancia, niñez), la
socialización tiene lugar dentro de un mundo social «simplificado»; es decir, el
sistema social en el que el niño es entrenado es mucho menos complejo que la
sociedad global. Esta simplificación hace posible que el niño atienda a pocas
cosas al mismo tiempo.
Las etapas de la socialización difieren según los autores tanto en los recorridos
temporales como en la primacía que otorgan a un factor u otro como elemento
fundamental del desarrollo infantil. Freud, por ejemplo, subraya
primordialmente los aspectos sexuales del niño, y casi todo el resto del
comportamiento lo refiere a este factor básico de la conducta humana; Piaget, sin
embargo, se fija primordialmente en el desarrollo del conocimiento como hilo
conductor, mientras que recientemente el antropólogo Erikson, ha tomado la
transformación del cuerpo como instrumento para actuar en el mundo como base
para formular sus tres etapas de socialización. Nosotros vamos a fijarnos
solamente en los dos primeros autores.
Siguiendo a Freud las cuatro etapas del proceso de socialización, desde la
niñez al estadio adulto son: 1) el estadio oral; 2) el estadio anal; 3) el estadio
edípico, y 4) la adolescencia. En todas estas etapas, pero en especial en las tres
primeras, la familia es el principal agente socializante.

1. PRIMERA ETAPA

El niño al nacer se enfrenta ya a la primera crisis: debe respirar, aprender a


alimentarse, puede tener frío, humedad, y otras incomodidades; llora mucho. La
finalidad esencial de la primera etapa de la socialización es establecer la
dependencia oral. ¿Qué es lo que interioriza el niño? Es tan pasivo en relación a
la «madre» que se puede cuestionar si interioriza realmente dos roles. Es la etapa
llamada por Freud de «identificación primaria». En la personalidad del niño, su
propio rol y el de su madre probablemente no están diferenciados de forma clara.
La madre y el niño están «fundidos». Se establece cierto control sobre las
pulsiones del hambre, y el niño se ha sensibilizado al placer «erótico» del
contacto corporal con su madre. La construcción del sí-mismo y la construcción
de otros objetos interiorizados van, obviamente, juntos; si el propio ser no se
distingue aún como una unidad separada, no se pueden distinguir otros seres u
objetos como entidades separadas.
Muchos autores han señalado que el sí-mismo surge en la interacción del niño
con sus necesidades físicas. El bebé llora y la madre responde con leche, o
mimándolo, o cambiándole los pañales: responde con algo bueno. Si la madre
sigue respondiéndole con cuidados y cariño, el bebé aprenderá, eventualmente, a
distinguir entre el estado de cosas cuando su madre está presente y el estado de
cosas cuando no está. La madre será «interiorizada» de esta manera como un
sistema de objetos. Se establecerá así la primitiva comunicación simbólica. Por
ejemplo, el llanto del bebé llegará a significar «llamo a mamá». La conducta de
la madre llegará eventualmente a significar para él: «mamá está contenta
conmigo, mamá me quiere». Aquí ya tenemos el comienzo de un sí-mismo: yo
soy digno de ser querido, puedo influir sobre mamá. Conviene recordar que
desde el punto de vista sociológico, los roles sociales son uno de los objetos más
importantes que interiorizamos en el curso de la socialización.

2. SEGUNDA ETAPA

El momento en el que comienza el segundo estadio de socialización varía


según las sociedades, la clase social y la familia. En la clase media puede que
comience poco después del primer año de vida y se complete durante el tercero.
La crisis «anal», con la que comienza esta etapa, se debe a la imposición de
nuevas «demandas», especialmente a la exigencia de que el niño se cuide a sí
mismo hasta cierto punto. El aprendizaje de los hábitos de higiene es el principal
centro de atención. Durante esta etapa, el niño interioriza dos roles, el suyo y el
de su madre, ahora claramente separados. El niño no sólo recibe cuidados;
también recibe cariño, y a su vez da cariño. Los psicoanalistas han señalado que
para el niño, en esta etapa, las heces son un don, un símbolo del cariño que
siente por su madre. Por ejemplo, contener las heces o expulsarlas en un
momento «inadecuado» es una expresión de agresión (oposición). La sanción
positiva por las actuaciones correctas se transmite a través del cariño de la
madre. En las sociedades más severas se usa también el castigo para desalentar
las actuaciones incorrectas; pero en todas las sociedades se capacita al niño para
discriminar entre lo correcto y lo incorrecto; primero por los indicios que
observa en el agente socializante, y, también, a través de la recompensa por la
ejecución correcta o la desaprobación por la incorrecta.

3. TERCERA ETAPA

La tercera etapa edípica comprende desde el cuarto año hasta la pubertad


(doce o trece años). Durante este estadio el niño comienza a ser miembro de la
familia. Debe interiorizar los diversos roles familiares y sobre todo debe
identificarse a sí mismo con el rol social que se le adscribe sobre la base de su
sexo. Luego veremos qué significa esta «identificación». El «complejo de
Edipo», como Freud lo llamó, es el sentimiento de celos que se cree que el niño
tiene hacia su padre a causa de su rivalidad por la madre; y se considera que
estos sentimientos del niño son sexuales. Para la niña, el «complejo de Electra»
es el conjunto de sentimientos análogos porque se considera que ama a su padre
y por ello está celosa de su madre.
A partir de un determinado momento, se le imponen al niño muchas presiones
sociales para que se identifique con el sexo propio. Los varones comienzan a ser
recompensados por tener una conducta adecuada a la del varón (según la
cultura), y las niñas son recompensadas por comportarse como niñas. Los
juguetes que se dan a los varones son cada vez más diferenciados de los que se
les dan a las niñas. Las diferencias anatómicas, muy evidentes, hacen fácil la
correcta identificación; sin embargo, ésta es en gran medida un logro de la
socialización. Además, a pesar de las presiones sociales, algunos niños no se
identifican correctamente con su sexo, y otros construyen su identificación de
forma ambivalente.
Después el niño comienza a requerir un grado mayor de independencia. Debe
ir a la escuela, se reúne con grupos de compañeros de juego y en muchas
situaciones debe aprender a manejarse sin la guía inmediata o el apoyo de su
familia. En nuestra sociedad, este período corresponde a los años en que el
interés por el sexo opuesto (particularmente en los varones) tiende a ser
suprimido, hasta cierto punto, en favor de la dedicación a los problemas de saber
manejar sus habilidades. Sin duda los varones están luchando con la tarea de ser
varones y, por lo tanto, de ser distintos de su madre y sus hermanas; su rechazo
de las niñas es, hasta cierto punto, una reacción, una represión de sus
necesidades de dependencia «aniñadas» y una afirmación de masculinidad. En
este período el interés por el sexo opuesto es relativamente «latente» (oculto,
inactivo). Sin embargo, el llamado período de latencia no parece tener base
fisiológica y no ha sido hallado en todas las sociedades. Son los años de la
identificación consigo mismo. El mismo fenómeno ocurre con las niñas.
Ahora bien, el término identificación ha sido usado de distintas formas.
Nosotros lo utilizaremos para significar dos aspectos estrechamente
relacionados: 1) se dice que uno está identificado con un rol social si no sólo lo
interioriza, sino que lo adopta como propio, tratando de lograr las habilidades
necesarias para adecuarse a las normas del rol; 2) se dice que existe
identificación con un grupo social si uno interioriza el sistema de roles del grupo
y se considera a sí mismo como miembro de él. La identificación en el primer
sentido une a un chico con su padre y hermanos, pero no con su madre. En el
segundo sentido vincula a un chico con su familia, incluyendo ambos padres y
todos los hermanos.
Debemos enfatizar el carácter selectivo de la identificación. Al identificarse
con su padre, el niño no se transforma en su padre (ni siquiera en la
imaginación); quiere ser como su padre (y sus hermanos varones mayores) en su
rol sexual. Además, el «rol sexual» en este momento dista mucho de cumplir el
mismo papel que el «rol sexual» del adulto. La identificación con el propio rol
sexual puede ser o no completa o «profunda». La probabilidad de una
identificación con éxito es mayor: 1) si el modelo principal para el rol sexual del
chico/a (el padre, la madre) le muestra afecto; 2) si la interacción del niño/a con
el modelo de rol es íntima y prolongada; 3) si otras personas importantes (en
especial la madre, el padre) lo alientan para que tome como modelo a su padre o
su madre. Como es obvio, el reverso de cualesquiera de estas condiciones
tenderá a tener el efecto opuesto. Por ejemplo, si la madre muestra desprecio por
su marido, el niño entrará en conflicto respecto al objetivo de llegar a ser
hombre, por temor de llegar a ser «despreciable» como su padre.
4. CUARTA ETAPA

En general la adolescencia, que comienza aproximadamente en la pubertad, es


la etapa durante la cual el muchacho o muchacha se «emancipa» cada vez más
del control de sus padres. La «crisis» del período tiene su origen en la tensión
producida por demandas de independencia que en los adolescentes son cada vez
mayores, mientras que, al menos en la clase media de nuestra sociedad, el
adolescente permanece aún, en cierta medida, controlado por sus padres en
muchas actividades. Esto es especialmente así sobre todo en la actividad sexual.
Los cambios fisiológicos que acompañan a la adolescencia no producirían por sí
mismo problemas, si se permitiera a los jóvenes una actividad sexual completa,
pero puesto que no se les permite, estos cambios pueden intensificar la
ambivalencia con la que el adolescente se acerca a la etapa adulta, impaciente
por cortar con las restricciones, deseando independencia y, sin embargo, con
temor hacia esa libertad. En nuestra sociedad la adolescencia es difícil, porque se
exige que el individuo tome decisiones importantes más o menos por sí mismo
mientras que al mismo tiempo desconoce el alcance que estas decisiones tendrán
en su futuro inmediato.
Piaget, sin embargo, nos ofrece la evolución del niño y el adolescente desde el
punto de vista del desarrollo mental, tanto en su aspecto intelectual como en el
afectivo, así como en sus dimensiones individual y social. Siguiendo a este autor
con sus mismas palabras distinguimos seis etapas o períodos de desarrollo que
son: 1) La etapa de los reflejos o ajustes hereditarios, así como las primeras
tendencias instintivas (nutriciones) y las primeras emociones. 2) La etapa de las
primeras costumbres motrices y de las primeras percepciones organizadas, así
como los primeros sentimientos diferenciados. 3) La etapa de la inteligencia
sensorio motriz o práctica (anterior al lenguaje), de las regulaciones afectivas
elementales y de las primeras fijaciones externas de afectividad. Estas primeras
etapas constituyen por sí mismas el período del lactante (hasta la edad de un año
y medio a dos años, o sea anteriores al desarrollo del lenguaje y del pensamiento
propiamente dicho). 4) La etapa de la inteligencia intuitiva, de los sentimientos
interindividuales espontáneos y de las relaciones sociales de sumisión al adulto
(de los dos a los siete años, o segunda parte de la «primera infancia»). 5) La
etapa de las operaciones intelectuales concretas (inicio de la lógica), y de los
sentimientos morales y sociales de cooperación (de los siete a los once-doce
años). 6) La etapa de las operaciones intelectuales abstractas, de la formación de
la personalidad y de la inserción afectiva e intelectual en la sociedad de los
adultos (adolescencia).
I. El recién nacido y el lactante.Resumimos en este período las tres primeras
etapas que van desde el nacimiento hasta la adquisición del lenguaje (0-2 años),
y están caracterizadas por un extraordinario desarrollo mental que comprende el
ejercicio de los reflejos, de la organización de las percepciones y costumbres, y
de la propia inteligencia sensorio-motriz. La sistemática succión del pulgar, al
igual que los gestos de girar la cabeza en dirección a un ruido, o de seguir a un
objeto en movimiento, etc. pertenecen a este período.
Cuatro procesos fundamentales caracterizan esta revolución intelectual
llevada a cabo durante los dos primeros años de existencia: se trata de las
construcciones de las categorías del objeto y el espacio, de la causalidad y del
tiempo, todas ellas a título, naturalmente, de categorías prácticas o de acción
pura, pero aún no de nociones del pensamiento. Únicamente hacia el final del
primer año los objetos empiezan a ser buscados cuando acaban de salir del
campo de la percepción, y es con este criterio como puede reconocerse un inicio
de exteriorización del mundo material. Contrariamente, durante el segundo año
el niño reconoce las relaciones de causalidad de los objetos entre sí y objetiva y
especializa, por tanto, las causas.
A la segunda fase (percepciones y hábitos) así como en los inicios de la
inteligencia sensorio-motriz corresponden una serie de sentimientos elementales
o afectos perceptivos relacionados con las modalidades de la propia actividad: lo
agradable y lo desagradable, el placer y el dolor, etc., así como los primeros
sentimientos de éxito o fracaso.

II. La primera infancia de los dos a los siete años.Con la aparición del
lenguaje las conductas se modifican profundamente en su aspecto afectivo e
intelectual. Además de todas las acciones reales o materiales que es dueño de
efectuar al igual que durante el período precedente, el niño es capaz, mediante el
lenguaje, de reconstruir sus acciones pasadas bajo la forma de relato y de
anticipar sus acciones futuras mediante la representación verbal. De ello se
derivan tres consecuencias esenciales para el desarrollo mental: un posible
intercambio entre individuos, o sea, el principio de la socialización de la acción;
una interiorización de la palabra, o sea, la aparición del pensamiento
propiamente dicho, que tiene como soportes el lenguaje interior y el sistema de
signos; finalmente, y de forma primordial, una interiorización de la acción como
tal, que de ser puramente perceptiva y motriz, pasa a reconstituirse en el plano
intuitivo de las imágenes y las «experiencias mentales». Desde el punto de vista
afectivo, esto tiene como consecuencia una serie de transformaciones paralelas:
desarrollo de los sentimientos interindividuales (simpatías y antipatías, respeto,
etc.) y de una afectividad interior que se organiza de una forma más estable que
durante las primeras etapas.
El análisis de un gran número de hechos ha demostrado que el niño hasta los
siete años sigue siendo prelógico, y suple la lógica por el mecanismo de la
intuición, la simple interiorización de las percepciones y los movimientos bajo la
forma de imágenes representativas y de «experiencias mentales» que prolongan
de este modo los esquemas sensorio-motrices sin coordinación propiamente
racional.

III. La infancia de los siete a los doce años.En torno a los siete años se
produce un giro decisivo en el desarrollo mental. Desde el punto de vista de las
relaciones interindividuales, a partir de esta edad el niño es capaz, efectivamente,
de cooperar puesto que ya no confunde su propio punto de vista con el de los
demás, sino que disocia estos últimos para coordinarlos. Esto ya es perceptible
en el lenguaje entre niños. Surgen entonces posibilidades de discusión, que
implican la comprensión de los puntos de vista del adversario, y la búsqueda de
justificaciones o de pruebas respecto a la propia afirmación. Las explicaciones
entre niños se desarrollan en el plano del pensamiento y no ya únicamente en el
plano de la acción material. El lenguaje «egocéntrico» desaparece casi
totalmente y las frases espontáneas del niño testimonian en su propia estructura
gramatical una necesidad de conexión entre ideas y de justificación lógica.
Lo esencial de estas constataciones es que, en este doble plano, el niño de
siete años empieza a liberarse de su egocentrismo social e intelectual y es capaz,
por tanto, de nuevas coordinaciones que van a tener la mayor importancia tanto
para la inteligencia como para la afectividad. Por lo que respecta a la primera se
trata, de hecho, de los inicios de la propia construcción lógica: la lógica
constituye precisamente el sistema de relaciones que permite la coordinación de
los diversos puntos de vista entre sí, puntos de vista correspondientes tanto a
distintos individuos como a percepciones o intuiciones sucesivas de un mismo
individuo. Por lo que respecta a la afectividad el propio sistema de
coordinaciones sociales e individuales engendra una moral de cooperación y de
autonomía personal por oposición con la moral intuitiva característica de los
pequeños.

IV. La adolescencia.Comparado con un niño el adolescente es un individuo


que construye sistemas y «teorías». El niño no edifica sistemas, aun cuando
posea sistemas inconscientes o preconscientes, pero en el sentido de que son
informulables o informulados y que únicamente el observador exterior logra
captar mientras que el propio niño no los «reflexiona» nunca. Dicho de otra
forma, el niño piensa concretamente, problema tras problema, a medida que la
realidad se los propone y no relaciona las soluciones mediante teorías generales
que pondrían de relieve su principio. Al contrario, lo que resulta sorprendente en
el adolescente es su interés por todos los problemas no actuales, sin relación con
las realidades vividas diariamente o que anticipan, con una desarmante candidez,
situaciones futuras del mundo, que a menudo son quiméricas. Es decir su
facilidad para elaborar teorías abstractas.
Por tanto existe un egocentrismo intelectual en la adolescencia, comparable al
egocentrismo del lactante que asimila el universo a su actividad corporal y al
egocentrismo de la primera infancia que asimila las cosas al pensamiento
naciente (juego simbólico, etc.). Esta última forma de egocentrismo se
manifiesta mediante la creencia en el infinito poder de la reflexión, como si el
mundo debiera someterse a los sistemas y no los sistemas a la realidad. Ésta es la
edad metafísica por excelencia: el yo es lo suficientemente fuerte como para
reconstruir el universo y lo suficientemente grande para incorporárselo.
La auténtica adaptación a la sociedad se llevará a cabo, finalmente, de forma
automática cuando el adolescente cambie su papel de reformador por el de
realizador. Al igual que la experiencia reconcilia el pensamiento formal con la
realidad de las cosas, de idéntica forma el trabajo efectivo y seguido, a partir del
momento que es efectuado en una situación concreta y bien definida, hace que
todos estos sueños se desvanezcan. De esta manera según Piaget se desarrolla la
socialización de los seres humanos desde el punto de vista cognitivo.

III. LOS AGENTES

Dada la importancia y el protagonismo de las personas y los grupos sociales


en el proceso de socialización vamos a enumerar los agentes activos más
importantes. Previamente habría que distinguir entre la socialización de carácter
primario que se opera en el seno de grupos identificables, como la familia o la
escuela, y la de carácter secundario que se realiza de manera más difusa, a través
de la radio o la televisión. También hay que distinguir entre los agentes cuyo
objetivo explícito es precisamente socializar (el maestro) y los que solamente
ejercen esta función de modo instrumental, con miras a otros objetivos. Por
último, las instituciones socializadoras pueden formar grupos de edad
homogéneos o heterogéneos y también las dos cosas a la vez. Los movimientos
juveniles no son explícitamente socializadores pero también lo son de hecho, y a
veces tienen un papel muy importante. Funciones socializadoras de carácter
secundario se ejercen también en los centros de trabajo, sindicatos y otros grupos
sociales con el objetivo de que la integración del nuevo miembro revierta en el
mejor funcionamiento de la organización. Evidentemente los medios de
comunicación de masas desarrollan también funciones de este tipo. En
conclusión, podemos decir que los grupos explícitamente socializadores adoptan
una actitud global en esta tarea y tienden a socializar a la totalidad de la persona;
los otros grupos cumplen una función socializadora más restringida que afecta
sólo a un segmento de la personalidad. Además, la socialización no significa
sólo la transmisión de la cultura desde los adultos a los jóvenes, sino que
también se da entre personas de la misma edad.
La familia es el grupo natural de socialización porque satisface las
necesidades esenciales y primarias del niño desde su nacimiento, como la
seguridad, la tranquilidad o el amor. Cuando la familia no cumple estas tareas
puede provocar la inadaptación social de las personas. En ese sentido el papel de
los padres es fundamental como controladores, protectores y castigadores.
Según la actitud que adopten los padres respecto a sus hijos en este proceso,
algunos autores han establecido la siguiente tipología. 1) Los hiperexigentes, que
persiguen la perfección del niño, según su concepto particular de perfección,
empujándoles hacia metas que ellos mismos no han alcanzado. Estimulan al niño
a adquirir hábitos de pulcritud, silencio, puntualidad. Esto puede ocasionar un
carácter neurótico en el niño que le empuje a buscar la perfección, lo cual puede
provocar efectos diversos, como ansiedad, inseguridad, duda o tendencia a
encerrarse en sí mismo. 2) Los hiperindulgentes, que procuran siempre satisfacer
los deseos del niño y sus caprichos. Esta actitud se suele dar más frecuentemente
respecto a los hijos únicos. En estos casos los niños desarrollan una personalidad
despótica y son hostiles ante las frustraciones de la vida. 3) Identificadores, son
aquellos que consideran al niño una prolongación de sí mismos, olvidando que
tiene una personalidad propia. Empujan al niño a conformarse a sus ambiciones
y deseos. Estos padres necesitan el afecto del niño muchas veces como
compensación de las desilusiones conyugales. 4) Los dominantes, tienden a
dominar y controlar al niño de forma exagerada, pegándole, castigándole y
poniéndole en ridículo. Esto es debido a su incapacidad para educarle bien. Los
efectos sobre el niño son el ansia, la rebelión y la apatía.
La escuela ejerce también una influencia importante sobre la personalidad del
niño. Podemos hablar de escuelas donde se fomentan actitudes de tipo pasivo,
inadecuadas para estimular el pensamiento creativo, de escuelas en las que
prevalece un sistema disciplinario como fin en sí mismo, o de escuelas que
tienen como única finalidad el programa. Una buena escuela contribuye al
desarrollo armónico del niño, una escuela mal entendida u organizada aumenta
sus problemas. Un aspecto muy importante en la vida de la escuela es su
capacidad para fomentar experiencias de grupo, ya que el aprendizaje progresa
mucho en este tipo de actividades: el individuo desarrolla una mayor apertura a
través de la discusión, la experiencia de ayuda y la colaboración recíproca, lo
que supone muchas veces una conquista progresiva de autonomía personal tanto
en el plano moral como en el intelectual.
Otros agentes socializadores importantes son el trabajo o los medios de
comunicación de masas. El trabajo nos introduce en el mundo competitivo y de
la organización donde se siguen pautas vinculadas a la iniciativa, la cooperación,
la solidaridad que modelan muestra comportamiento social y condicionan otros
ámbitos de la vida cotidiana. Los medios de comunicación influyen desde
nuestra infancia en el mapa cognoscitivo de la sociedad global y nos presentan
continuamente formas de comportamiento, valores y modelos que fortalecen o
ponen en crisis el cuadro valorativo de nuestra personalidad.
Esta interacción que se produce entre la cultura y la socialización pone de
relieve la importancia de los grupos sociales, y las instituciones y la necesidad de
conocer su estructura y funcionamiento.
Ahora bien, puesto que un aspecto importante de la sociología es el estudio
del comportamiento humano a través de los grupos nos detendremos un
momento para definir y clasificar los diferentes grupos sociales en los que se
desarrolla nuestra conducta así como en los conceptos de rol y estatus que sirven
para identificar a las personas e integrarlas en su medio social, y son de gran
importancia para entender la acción social, su cambio y transformación.

IV. EL GRUPO HUMANO

Siguiendo a Fichter, el grupo se puede definir como una colectividad de


individuos identificable, estructurada y continuada, que desempeñan funciones
recíprocas conforme a determinadas normas, intereses y valores sociales para la
prosecución de objetivos comunes. Es identificable tanto por los miembros que
pertenecen a él como por los de fuera; es estructurada en cuanto comporta la
subordinación de unos miembros respecto de otros; ha de mantener una
permanencia en el tiempo; sus componentes interactúan y se relacionan a través
de la comunicación, y, por último, comparten en alguna medida intereses y
valores comunes y una finalidad también común.
La génesis y formación de los grupos humanos puede deberse a factores muy
diversos como la ascendencia común (familiares), la proximidad territorial (el
barrio), la comunidad de intereses (los partidos políticos), etc. Los grupos se
pueden clasificar también según su estructura, en función de que ésta sea más o
menos consistente (la familia o los amigos); según sus actividades sociales, que
pueden imponer más o menos exigencias a sus miembros (un partido político o
un club deportivo); según el tipo de sus relaciones recíprocas, a través de las
cuales pueden mantener una comunicación más o menos frecuente (un grupo de
trabajo o de ocio), o también según la finalidad y las normas de comportamiento
que pueden ser más o menos rígidas (un grupo religioso o un grupo sindical).
Ahora bien, las clasificaciones más usuales en el campo de la sociología se
refieren a los grupos primarios y secundarios, y a los grupos de referencia.
Grupo primario es un conjunto de personas numéricamente pequeño, que
mantiene frecuentes relaciones personales, con una estrecha adhesión y
sentimiento de solidaridad y comparten una serie de valores comunes. En este
tipo de grupo los individuos tienen un sentimiento fuerte de pertenencia que
tiende a considerar al resto de las personas que no forman parte de él como
ajenas a sus valores e intereses. Se cita como ejemplo paradigmático de este tipo
a la familia porque comparte como finalidad la satisfacción de las necesidades
básicas de las personas, se tiene un gran sentimiento de pertenencia y una gran
interrelación comunicativa.
Grupo secundario es una colectividad más amplia y menos unida que el grupo
primario. Su interrelación comunicativa es menos frecuente, lo mismo que el
sentido de pertenencia porque se pertenece a él muchas veces por voluntad
propia. Un ejemplo de grupo secundario es el grupo de trabajo donde las
relaciones entre sus componentes son menos vinculantes.
La formación de los grupos puede tener un carácter formal o informal. Grupos
formales son aquellos cuyas relaciones están reguladas por el derecho o por
normas o acuerdos que requieren cumplimientos formales y cuyas conductas se
someten a la aprobación formal de un código de sanciones; por ejemplo, la
familia, un grupo de trabajo. Grupos informales serán aquellos que no se rigen
por estas formalidades normativas aunque subyacen en ellos costumbres, normas
y sanciones no escritas que en determinadas ocasiones actúan sobre los
miembros del grupo. Un ejemplo son los grupos de amigos.
No se puede ser miembro de un grupo sin desarrollar un sentimiento de
pertenencia que, a su vez, implica otro de extrañamiento respecto a los grupos a
los que no se pertenece. El sentimiento de pertenencia permite distinguir entre el
grupo propio y el ajeno y, por tanto, entre un «nosotros» y un «ellos», los que
forman parte del grupo propio y todos los demás. Si el sentimiento de
pertenencia es tan fuerte que induce a considerar superior la cultura del grupo
propio, nos encontramos ante el etnocentrismo que, a su vez, suele generar
xenofobia (el sentimiento de extrañamiento se convierte en desconfianza,
rechazo o incluso desprecio de las otras culturas). No hay que confundir la
xenofobia con el racismo, que a lo sumo sería un tipo específico y extremo de
xenofobia. En algunos casos el sentimiento de pertenencia no se convierte en
etnocentrismo, sino en autoodio (y el orgullo de formar parte de un grupo en
vergüenza). Los ejemplos típicos son los del burgués enriquecido que aspira a
ser aceptado en la aristocracia y el campesino que intenta ocultar su origen
cuando emigra a la ciudad. Es el caso también de muchos valencianos que a
partir del siglo XVI comenzaron a abandonar voluntariamente su lengua para
adoptar la castellana, considerada superior; por lo que las estrategias coercitivas
de castellanización derivadas de acontecimientos históricos como la Guerra de
Sucesión y el franquismo no encontraron grandes resistencias (Ninyoles).
La conducta del individuo no sólo está condicionada por las normas y la
cultura del grupo al que pertenece sino también por las de algunos grupos ajenos,
en cuyo caso se convierten en grupos de referencia, es decir grupos a los que a
uno le gustaría pertenecer o al menos parecerse (grupo de referencia positivo) o
todo lo contrario (grupo de referencia negativo). Durante el franquismo, muchos
españoles anhelaban la «europeización» del país y que éste se liberara de su
legado «celtibérico», impropio de una sociedad civilizada. Es decir, estaban
utilizando como grupo de referencia positivo un concepto más o menos
idealizado de Europa (porque el grupo de referencia no tiene por qué ser
absolutamente real, en parte suele ser imaginario), y como grupo de referencia
negativo hasta cierto punto el propio. Un grupo de referencia puede utilizarse
también como criterio de comparación, de acuerdo con el cual el individuo se
evalúa a sí mismo y a los demás.
Conviene distinguir entre el grupo humano y el público. Este último es la
presencia esporádica o periódica de un determinado número de personas, que no
se basa en la interacción personal sino en el interés común ante ciertas
manifestaciones o estímulos sociales, como, por ejemplo, escuchar un concierto
o presenciar un juego. Tras esta forma de agregación sólo existe un tipo
elemental de organización y una rutina externa de horario y conducta, con una
duración temporal muy breve y esporádica.
También debe distinguirse el grupo de la multitud, que puede definirse, según
Mannheim, como una agregación física, compacta, de seres humanos llevados a
un contacto directo, temporal e inorganizado, que en su mayoría reacciona ante
los mismos estímulos y de una manera semejante. Es siempre una organización
transitoria e inestable que se acumula ante un incidente o acontecimiento social.
En general todas las inhibiciones mantenidas por los grupos primarios tienden a
aflojar su presión cuando se expresan en una multitud y la consecuencia de esto
es que facilita la regresión súbita a la reacción primaria, primitiva e incontrolada.
En tales condiciones la comunicación súbita, el contacto y la interacción de
las emociones produce una relajación del sentido de la responsabilidad y a veces
de la identidad. Esta relajación conduce a la destrucción de las reglas y hábitos
que se han desarrollado en el marco de los grupos primarios y permanentes. La
multitud desorganizada está sujeta usualmente a procesos en los que la emoción
aumenta a la par que se rebaja la capacidad de reflexión.
Otro elemento fundamental en el análisis de la sociedad son las instituciones.
Una institución es una estructura relativamente permanente de pautas, roles y
relaciones que las personas realizan según unas determinadas formas
sancionadas y unificadas, con objeto de satisfacer necesidades sociales básicas.
Por tanto sus características fundamentales son: 1) tiene una finalidad, 2) tiene
un contenido relativamente permanente, 3) sus componentes tienden a mantener
la cohesión y a reforzarse mutuamente, y 4) como estructuras unificadas, las
instituciones están dotadas de reglas de funcionamiento y códigos de conducta.
Hay que distinguir el grupo de la institución. El grupo es una pluralidad de
personas (los militares) que constituyen instituciones (el ejército) pero las
instituciones están dirigidas hacia metas reconocidas y valoradas por la sociedad,
por tanto tienen objetivos más universales. Según Barnes las instituciones
sociales son como el cemento de la estructura social y el soporte a través de las
cuales la sociedad organiza, dirige y ejecuta las múltiples actividades que se
precisan para satisfacer las necesidades humanas más fundamentales.
Las instituciones cumplen una función de estabilidad en la sociedad, de tal
manera que los individuos nos adaptamos a sus finalidades y adoptamos sus
comportamientos porque constituyen fórmulas ya regladas de las relaciones
sociales entre las personas. De alguna manera son las estructuras que guían
nuestro comportamiento regular colectivo. Esto da a la sociedad una carácter de
estructura estable y segura, pero al mismo tiempo estas características son las
que más persistentemente se resisten al cambio social y contribuyen a frustrar
muchas expectativas personales y colectivas.
Las instituciones pueden tener un carácter mayor o menor de universalidad en
función de que las necesidades o servicios que prestan a la sociedad tengan un
alcance colectivo mayor o menor, o su carácter sea más o menos social. En ese
sentido la instituciones económicas (la empresa), políticas (partidos, sindicatos),
o sociales (escuelas, hospitales) gozan de una valoración mayor o menor para el
conjunto de los ciudadanos.
Los grupos, las instituciones o la estructura social en general pueden ser
concebidos como un espacio dentro del cual el individuo ocupa un lugar
determinado. Ese lugar es la posición social, que la sociología analiza desde dos
perspectivas: 1) la categoría o prestigio que se atribuye a quien la ocupa (status),
2) la conducta que debe observar quien la ocupa (rol).
El status social es el puesto que ocupa una persona en la estructura social, tal
como lo juzga y lo valora la misma sociedad. Como destaca Deutsch, toda
persona ocupa posiciones sociales en varios sistemas de status. Un sistema de
status puede concebirse como un mapa multidimensional que relaciona
diferentes status entre sí y muestra cómo están interconectados. La posición o
status de una persona se representa por su ubicación en ese mapa. El status es un
concepto relacional; caracteriza a una persona por su situación en el grupo
humano en base a la escala de valores reconocida por el propio grupo. Estos
valores pueden referirse a la riqueza, la profesión, el grado de instrucción, la
raza, la edad, etc. Cuando estas características que reúne una persona han sido
recibidos por herencia hablamos de status adscrito, mientras que cuando esta
posición se ha conseguido con el esfuerzo del individuo para alcanzar una
determinada categoría social hablamos de status adquirido.
Cada persona tiene tantos status como grupos de los que forma parte, pero
también tiene un status principal que no depende solamente de su posición
económica, de su abolengo o de su cultura sino de un conjunto de valores que
son predominantes en una sociedad o en determinados grupos sociales y que por
lo general le confieren una posición de poder o influencia en dicha comunidad.
Ralph Linton, que fue quien primero acuñó los conceptos de status y rol,
define el status como un conjunto de derechos y deberes, y cuando un individuo
hace efectivos los derechos y deberes que constituyen el status está
desempeñando un rol. El término rol sirve para denotar el desempeño del
comportamiento de aquella parte del status que «prescribe cómo debe actuar el
ocupante del status frente a las personas con quienes sus derechos y obligaciones
de status lo ponen en contacto». Por ejemplo, el status de mujer casada tiene un
rol distinto respecto al marido, a sus hijos o a sus padres. El status de alcalde
tiene un rol distinto respecto a los concejales, los funcionarios del ayuntamiento
o los ciudadanos.
El rol se puede definir también como un conjunto orgánico de modelos de
comportamiento que, según las expectativas de la sociedad o de un grupo, un
actor social debe observar para cumplir su función institucional. De ahí que se
aplique a situaciones en las que las prescripciones para la interacción están
culturalmente definidas y son independientes de las relaciones personales
particulares que podrían existir entre las personas que ocupan las posiciones; por
ejemplo, entre un juez en el ejercicio de sus funciones y su hijo que comparece
ante la justicia.
Conviene distinguir también entre lo que los individuos hacen realmente en
cuanto ocupantes de una posición social y lo que se supone que deben hacer, es
decir entre las expectativas de rol y el comportamiento real. En ese sentido
predictivo el individuo es objeto de expectativas por parte de los demás respecto
de lo que él debe hacer en el desempeño de un rol específico que no tienen por
qué ser coincidentes con lo que él cree que debería hacer. La contradicción entre
diversas expectativas de tipo normativo, no siempre congruentes, puede ser
causa de conflicto intra-rol.
Así pues, las expectativas de rol aparecen frente al individuo como guías muy
generales y a veces también muy imprecisas, porque son el producto de un orden
social cambiante, generado y reconstruido cotidianamente por los miembros del
grupo social. Por eso la adaptación del individuo al rol no es fija, sino variable.
Como dice López Pintor, cada persona tiene una idea de lo que espera de los
demás, ya que de otra manera sus relaciones serían confusas y caóticas. Si esto
no fuese así no habría forma de que la interacción tenga un carácter regularizado.
Es precisamente esta regularidad de los comportamientos lo que hace posible,
por parte de los actores sociales, la predictibilidad de los mismos, o la
anticipación por el individuo de las respuestas de los demás. Por eso puede
decirse que los roles están más o menos estructurados o pautados, es decir que
existe un acuerdo bastante amplio con respecto al comportamiento esperado de
sus ocupantes.
El rol supone: 1) un comportamiento exigido sin el cual no se puede
desempeñar un papel; 2) un comportamiento permitido sobre el que la sociedad
no establece normas fijas o rígidas, y 3) un comportamiento prohibido contra el
que la sociedad actúa con penas o sanciones, es decir que tan pronto como los
actores sociales se tipifican como desempeñando «roles» su comportamiento se
vuelve ipso facto susceptible de coacción.
El hecho de que el conjunto de status de una persona abarque una amplia
variedad de relaciones de roles y expectativas implica la posibilidad de que esa
persona se encuentre ocupando posiciones con requerimientos incompatibles de
rol. A tal situación se le denomina conflicto de roles que pueden ser conflicto
intra-rol e inter-rol. El conflicto intra-rol aparece cuando un individuo se
enfrenta con expectativas de rol incompatibles entre sí y referidas a la misma
posición o status, por ejemplo, el conflicto del capataz entre las exigencias de
sus supervisores y la amistad con sus antiguos compañeros. El conflicto inter-rol
se da en aquellas situaciones en que los individuos se enfrentan a expectativas
contradictorias como resultado de ocupar simultáneamente dos o más situaciones
de status, por ejemplo, el profesor padre de familia que se ve obligado a
suspender a su hijo. También se da el conflicto entre roles complementarios
como, por ejemplo, entre el padre y la madre respecto a la educación de los
hijos.
V. DESVIACIÓN Y CONTROL SOCIAL

La vida social está gobernada por sistemas normativos, cuya violación


provoca ciertas reacciones que pueden ser de tolerancia, reprobación, rechazo,
etc. En todas las sociedades conocidas se establece una distinción entre el
comportamiento que se conforma con los convencionalismos y las normas
vigentes en la vida social, y el comportamiento que se desvía de ellos. Toda
sociedad, además, posee una serie de instituciones que se ocupan de las personas
cuyo comportamiento es considerado como desviado. Estas dos observaciones
proporcionan al campo de la sociología uno de los temas más interesantes que
inciden en la naturaleza misma del hombre como ser social.
Desviación indica indeseabilidad social, oposición al código moral y a las
convenciones sociales dominantes. De ahí que el concepto de desviación sea
normativo, porque es la violación de normas consideradas «justas», «sanas» y
«morales». La desviación es, pues, cualquier comportamiento que no satisface
las expectativas sociales y cualquier modo de conducta que no corresponde a los
valores y normas sociales vigentes. Por tanto, se consideran comportamientos
desviados las expresiones de la actividad humana que, en un contexto social
determinado, reúnan los elementos anteriormente mencionados. Por ello, al
hablar de desviación, se debe especificar el sistema cultural de referencia, ya que
un mismo comportamiento puede ser considerado desviado o no según sea el
sistema social al que pertenece el actor.
Por otra parte, hay autores que indican que ningún comportamiento es
desviado por sí mismo, sino que se considera desviado cuando se define como
tal. Desde esta perspectiva, Becker define la desviación del siguiente modo: «la
desviación no es una cualidad del acto que la persona comete, sino más bien una
consecuencia de la aplicación que otros hacen de reglas y sanciones al infractor.
El desviado es alguien al que esta etiqueta le ha sido aplicada con éxito; el
comportamiento desviado es el de las personas así califi- cadas».
Cuando la conducta desviada aparece expresamente tipificada y castigada por
uno de los tipos de normas sociales, las leyes penales, nos encontramos ante la
delincuencia. Se puede considerar a ésta como una subcategoría de la desviación
social, que vendría diferenciada del resto porque la reacción social que provoca
se concreta y se hace más dura que ante las otras formas de comportamiento
desviado. La expresión delincuencia deriva del concepto jurídico de delito,
referido a un acto concreto, y en relación a unas figuras legales. Delincuente es
quien comete un delito contemplado en un determinado código penal.
Hablar de desviación social no supone siempre la formulación de un juicio de
valor negativo. Junto a la desviación negativa existe también un tipo de
desviación positiva, que no suscita rechazo sino aprobación e incluso
reconocimiento entusiasta. Un ejemplo lo tenemos en aquella desviación que se
aparta de las pautas normales de comportamiento porque pretende realizar
fielmente los valores ideales que la sociedad dice aceptar, aunque no los siga en
la práctica. Este tipo de desviación distingue a algunos individuos de la mayoría
y hace de ellos personas extraordinarias por cuanto encarnan, en toda su
radicalidad, la coherencia de los ideales sociales (héroes, líderes carismáticos,
santos, etc.). Otro ejemplo de desviación positiva, frente a las pautas comunes de
comportamiento, es el de la innovación artística, literaria o científica que resulta
de un evidente valor positivo para el grupo social.
Ahora bien, para estudiar las diferentes perspectivas sociológicas desde las
que se ha afrontado el análisis de la desviación, son posibles diversos criterios de
ordenación. El criterio que se escoge aquí es el que agrupa las distintas teorías en
dos grandes orientaciones: la teoría de la integración o del consenso y la teoría
del conflicto. Para el modelo del consenso, el funcionamiento de una sociedad se
establece sobre la base de un acuerdo realizado por la mayoría de individuos en
torno a unos valores e intereses considerados comunes. La sociedad se presenta
de forma integrada y estable. Mediante el proceso de socialización el individuo
aprende y se conforma a las normas ya establecidas, pues existe un acuerdo
sobre lo que se considera lícito e ilícito. El origen de un comportamiento
desviado podría residir en un proceso de socialización insuficiente. Dentro de
este modelo teórico será Durkheim quien sustraiga el estudio de la desviación
del dominio de la medicina y del positivismo biológico, y lo sitúe en el ámbito
de la sociología. El delito es considerado como un hecho social y como tal es un
componente normal de la sociedad. El delito se produce en todos los tipos de
sociedades, aunque asume formas diferentes, según la diversidad de estructuras
sociales. Durkheim coloca el análisis de la desviación junto al de la evolución de
la sociedad, utilizando como punto de referencia básico los procesos de división
del trabajo que conllevan modificaciones en las normas y que provocan la
progresiva indeterminación de la conciencia colectiva. Conforme las sociedades
progresan hacia una mayor división del trabajo aumenta la conciencia individual
y surgen nuevas formas de solidaridad. Precisamente del conflicto entre la
conciencia colectiva y la individual surge la situación de anomia.
Anomia significa literalmente carencia de normas y, según Durkheim, se da en
aquellas situaciones en las que la jerarquía de valores de una sociedad ha perdido
vigencia sin que se haya instaurado todavía un nuevo sistema de valores. En
estas circunstancias se produce un vacío normativo merced al cual el individuo
carece de una orientación axiológica clara y coherente. La anomia suele ser
frecuente en situaciones de cambio social, en las que la inadecuación de las
viejas normas y valores a la nueva situación, exige su sustitución por otra escala
que todavía no ha logrado imponerse. El conflicto de normas y valores provoca
situaciones anómicas en los individuos, es fuente de desorganización social y se
traduce a veces en la aparición de conductas desviadas.
Después de la Segunda Guerra Mundial la teoría funcionalista, y de forma
especial R. K. Merton, fundamentándose en el desarrollo de las ideas de
Durkheim, sitúa el origen de la conducta anómica en la propia estructura social.
La conducta desviada surge, según la tesis mertoniana, cuando no hay
correspondencia entre las metas definidas socialmente y los medios que pone la
organización social a disposición de los ciudadanos para alcanzarlas. El origen
de la anomia nace, así, de la contradicción entre las metas a alcanzar y los
medios socialmente válidos para alcanzarlas.
Para explicar los diferentes modos de adaptación individual ante diferentes
situaciones, Merton elabora la tipología de modos de adaptación individual,
según la cual se pueden dar las siguientes situaciones:
Modos de adaptación


Modos de adaptación Metas culturales Medios institucionales

I. Conformidad + +

II. Innovación + –

III. Ritualismo – +

IV. Retraimiento – –

V. Rebelión – –

La conformidad es, el concepto teóricamente opuesto a la desviación. Supone


la aceptación, tanto de las metas culturales como de los medios
institucionalizados para alcanzarlas. En una sociedad estable y bien integrada, la
conformidad es la pauta más común y ampliamente difundida.
La innovación tiene lugar cuando el individuo asimila la importancia cultural
de la meta sin interiorizar igualmente las normas institucionales que regulan los
modos y medios para alcanzarla. En una cultura que, como la norteamericana,
concede una gran importancia al éxito económico, pero cierra el paso a la
mayoría de la gente en virtud de su estructura de clases, el recurso a conductas
delictivas puede ser una solución frecuente. Desde el robo del delincuente
común hasta la mafia y el crimen organizado, pasando por los denominados
«delitos de cuello blanco», expresan conductas en las que, en virtud de la
importancia máxima concedida al éxito económico y de la obstrucción de las
vías legales para conseguirlo, se recurre a conductas desviadas pero eficaces.
El ritualismo consiste en el abandono total de las metas culturales mientras se
permanece fiel a la observación de las normas. Puede parecer paradójico que
hablemos de ritualismo como una forma de desviación social, cuando lo propio
de esta actitud es la observación, a veces compulsiva, de todas las normas y
pautas de comportamiento social. Sin embargo, y aunque públicamente pueda no
ser reconocido como tal, el ritualista se aleja del sistema social en cuanto que
renuncia al logro de las metas que constituyen los ideales básicos de dicha
sociedad. Un ejemplo son aquellos funcionarios que ponen mucho más empeño
en las prácticas burocráticas que en la finalidad de la Administración Pública,
por ejemplo, las huelgas de celo.
El retraimiento se produce cuando el individuo rechaza tanto las metas
culturales como los medios institucionalizados. En realidad, este tipo de
individuos se sitúan al margen de la sociedad. Estrictamente hablando están en la
sociedad pero no pertenecen a ella; son los marginados sociales por
antonomasia: drogadictos, alcohólicos, vagabundos y toda suerte de proscritos
sociales.
Finalmente, la rebelión se refiere a la actitud según la cual no solamente se
rechazan las metas e ideales imperantes y las normas de conductas
institucionalizadas, sino que además se persigue una forma nueva de
organización social, la implantación de un nuevo sistema de valores y una
estructura social diferente. La actitud de rechazo nace de una crítica radical al
sistema imperante, en el que el rebelde ve el origen de todos los «males», y
frente al cual propone un nuevo modelo en el que, por contraposición, resume
todo lo que considera deseable.
Este esquema de Merton ha recibido muchas críticas, relacionadas con el
enfoque funcionalista que lo sustenta. Sobre todo porque su punto de vista
sacraliza el orden social imperante y se muestra escasamente crítico con él.
Desde la perspectiva pluralista, dentro del ámbito del consenso, el orden
social es entendido no como un acuerdo de todos los miembros de la sociedad en
torno a valores morales superiores, sino como un acuerdo en torno a reglas que
regulen el conflicto entre grupos con valores diferentes. Para este modelo, la
sociedad se compone de distintos y múltiples grupos cuyos intereses son
diferentes y, por tanto, pueden entrar en conflicto. El instrumento de regulación
de estos conflictos es el ordenamiento jurídico, de naturaleza técnica y neutral,
ya que no existe un acuerdo general sobre lo justo y lo injusto. Cada grupo social
define de forma distinta la licitud de las acciones, en función de los intereses que
persigue. Por ello, el sistema legal no es un valor que expresa los ideales de
justicia y libertad, como lo era en la concepción consensual. Es un mecanismo
que garantiza una relación pacífica entre los miembros de la sociedad, y esto lo
legitima. Ahora el desviado es quien infringe las reglas.
Para el modelo conflictual, la sociedad se compone de diversos grupos que
mantienen intereses distintos, que colisionan. La sociedad no se funda ya en el
consenso respecto a unos valores o unas reglas neutrales, sino que se organiza
sobre la base del conflicto y la coerción. La ley no es la expresión de unos
valores comunes, ni siquiera un instrumento de arbitraje. Es una prerrogativa de
quien ostenta el poder, y su inobservancia fruto de quien intenta conquistarlo; la
violación de las normas legales es consecuencia de la oposición abierta y
declarada al grupo dominante. En las teorías del conflicto el problema de la
desviación es, ante todo, una cuestión política, una manifestación más del poder
que se ostenta para hacer ilegal cualquier comportamiento contrario al interés
propio. Esta concepción de la desviación se basa en una interpretación
conflictiva de la organización social. La sociedad no está sustentada en un
consenso sino en el conflicto surgido por el interés de los diversos grupos que
luchan para imponerse a la mayoría, ya que el orden social se mantiene a través
de la coerción, no por consentimiento; el conflicto es entonces la causa que
determina la desviación. Por ejemplo, Marx consideró a los criminales como
procedentes, en su mayoría, de un lumpenproletariado marginado del sistema
social y siempre sospechoso de reaccionarismo. De esta manera se abandona una
concepción del ser humano como individuo atomizado, aislado de su entorno y
ajeno a las condiciones sociales. En resumen, la contribución más significativa
de los enfoques marxistas es la de integrar el estudio de la desviación en una
estructura social con determinantes políticos y económicos.
Si el fenómeno de la desviación es una constante universal, también lo es la
existencia de mecanismos de control mediante los cuales la sociedad induce a los
individuos a adecuarse a la norma. El control social es, por tanto, el conjunto de
mecanismos mediante los cuales la sociedad, por una parte, presiona al individuo
para adherirse a las normas y, por otra, reprime la manifestación de los
comportamientos desviados.
Sin embargo, uno de los elementos fundamentales del control social en
cualquier sistema no es el conjunto de instituciones explícitamente encargadas
de mantenerlo, sino más bien una red invisible de controles inconscientes que
lleva aparejada la vida cotidiana. De tal manera que el mecanismo más
importante de control social es la interiorización de las normas y valores de la
sociedad a que se pertenece. A través del proceso de socialización, la sociedad
va preparando al individuo para que ajuste su conducta a las normas sociales de
forma espontánea, y en la mayoría de las ocasiones de forma inconsciente. Los
mecanismos de autocontrol aprendidos a lo largo del proceso de socialización
son los más eficaces. En la teoría de Durkheim la «conciencia colectiva» induce
a los hombres a comportarse de determinadas maneras, por encima de los
intereses egoístas de cada uno. Así pues, una de las principales funciones de
instituciones sociales como la familia, el matrimonio y la religión radica en
aumentar el poder coercitivo de la «conciencia colectiva». Las instituciones son
sobre todo agentes de control social. Su virtualidad deriva, fundamentalmente,
de que el control que ejercen no se percibe como una imposición interna, sino
como una demanda del propio individuo. Es éste quien se adhiere
voluntariamente a la norma. A las personas, por tanto, se las controla,
principalmente, socializándolas, de tal manera que cumplan sus roles en la forma
esperada mediante el hábito o la preferencia.
La socialización, como hemos apuntado anteriormente, modela nuestras
costumbres, nuestros deseos y nuestros hábitos. Si todos los miembros de una
sociedad comparten una socialización similar, voluntaria e impensadamente
actuarán de manera muy semejante. Por otra parte, interiorizar las normas, los
valores y tabúes de la sociedad significa hacerlos parte de las respuestas
automáticas e inconscientes de cada uno. Las personas que interiorizan
completamente las normas y valores, los obedecerán aunque nadie les esté
viendo, porque la idea de violarlas no es probable que sea llevada a la práctica.
Esto es lo que sucede la mayor parte de las veces en una sociedad con una
cultura estable e integrada y en donde existe un consenso sobre los valores,
aunque también es verdad que pocas sociedades se ajustan perfectamente a este
modelo.
Ahora bien, la interiorización de los valores no es siempre una instancia capaz
de garantizar el control social. Por esta razón, todas las sociedades han generado
una serie de mecanismos externos de control que van desde los simples gestos de
desaprobación, hasta las formas de represión institucionalizadas. Cuando el
individuo no cumple las reglas, el grupo ejerce presión para obligarle. Esta
presión social es directamente proporcional al grado de importancia de la norma
no observada. Como han señalado J. Morales y L. V. Abad, prescindir de las
normas de etiqueta en una cena de gala provocará, indudablemente, miradas de
desaprobación, pero el robo, la violación o el crimen, se castigan con la cárcel.
En este ámbito conviene distinguir entre controles sociales informales,
controles sociales formales y autocontrol. El control social informal es aquel que
existe entre los miembros de un grupo, que comparten los mismos modelos de
comportamiento. En su interacción, los individuos dan vida a las instituciones
que constituyen la referencia fundamental para un control recíproco, elaborando
una concepción de lo que debe ser entendido como un comportamiento
«correcto» o «equivocado». El control informal está formado por aquellas
reacciones a la desviación que tienen como objetivo reforzar la conformidad y se
observa, sobre todo, en los grupos primarios, como la familia. Su importancia
radica en que se dirige al control de la vida cotidiana y se basa en la motivación
de ser aceptados en el grupo. El control social formal está integrado por las
reacciones sociales a los comportamientos desviados establecidos en las leyes y
en los reglamentos «oficiales», que se presupone que son aprobados y acatados
por todos los miembros de la sociedad. El autocontrol es la regulación
interiorizada del comportamiento, fundamentada en la socialización de cada
persona. Conceptualmente se refiere al sistema de la personalidad, mientras que
el control social formal e informal se refieren al sistema social. Solamente el
orden institucional dispone de controles sociales formales y de agentes de
control que tratan de reforzar modelos de comportamiento para toda la sociedad.
Los tres niveles de control se diferencian unos de otros, tanto en lo que se refiere
a las fuentes de la reacción social, como en lo concerniente a los agentes, a las
sanciones y a los mecanismos de control. En el cuadro siguiente se pueden
observar las diferencias mencionadas.
Formas de control social


Niveles de Fuentes de coacción social Agentes de control Sanciones y
control mecanismos de
social control

Controles Grupos primarios. Aquellos que interactúan con el ego y • Positivos:
informales para los que el comportamiento del amistad, amor.
ego es importante. • Negativos:
desaprobación,
ridículo.

Controles Instituciones legitimadas por la Agentes «legalmente» autorizados. • Positivos:
formales sociedad. Código penal, policía. reconocimiento
público.
• Negativo: cárcel,
tratamiento
médico.

Autocontrol Proceso de socialización por El ego mismo, que examina las • Positivos:
medio del cual el ego forma parte consecuencias. satisfacción,
de las instituciones. autocomplacencia.
• Negativos:
sentido de culpa,
vergüenza, duda.

Todas las normas sociales van acompañadas de sanciones que protegen a la


sociedad y a los individuos contra la inconformidad y la violación de las normas.
Una sanción es cualquier tipo de reacción de los otros ante el comportamiento de
un individuo o grupo, y cuyo objetivo es asegurar que se cumpla una norma
concreta. Las sanciones pueden tener un sentido positivo, como son las
recompensas, los premios, la persuasión, la aprobación social o la aceptación en
el grupo. En ocasiones, por el contrario, el control se ejercita mediante medidas
coactivas (control negativo), tales como la represión violenta, el castigo o el
rechazo social. En ambos casos, la sociedad induce al individuo hacia la
conformidad y hacia un comportamiento que se ajuste a las normas y valores
aceptados socialmente.
Para que la máquina del control social formal funcione es necesario que los
comportamientos que se consideren desviados estén definidos como tales. La
definición legal de la desviación depende, esencialmente, de la estructura de
poder específica que existe en cada sociedad.

BIBLIOGRAFÍA

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ROCHER, G. (1979): Introducción a la Sociología, Herder, Barcelona.
III. LA ESTRUCTURA SOCIAL
5. POBLACIÓN Y DEMOGRAFÍA

El hombre siempre se ha hecho preguntas acerca de la población en la que está


integrado. La primera de todas es indudablemente cuántos somos, cuya aparente
simplicidad esconde preocupaciones de diversa índole. Por ejemplo: ¿somos
demasiados en relación con los alimentos de que disponemos?, ¿demasiado
pocos para que la organización social pueda funcionar de manera aceptable o
para defendernos de agresiones exteriores? Independientemente de los que
seamos en un momento dado, ¿crecemos demasiado en relación con el
crecimiento previsible de los recursos imprescindibles para el mantenimiento de
la vida en condiciones aceptables?, ¿morimos más de los que nacemos y
acabaremos desapareciendo?, ¿se multiplican nuestros vecinos con más fuerza
que nosotros y acabarán invadiéndonos? A medida que las sociedades han ido
alcanzando grados más elevados de complejidad, las preguntas acerca de la
población se han hecho más sofisticadas: ¿a partir de qué cuota de inmigración
pueden empezar a producirse brotes xenófobos?, ¿disponemos de suficientes
plazas escolares para albergar a la próxima generación en determinadas
condiciones?; si se sigue prolongando la esperanza de vida al nacer ¿podremos
mantener el sistema de jubilaciones? La demografía —disciplina que tiene como
objeto específico el estudio de la población— es cuando menos el primer paso
en el intento de buscar una respuesta a todas estas cuestiones.
En efecto, considerar cualquier fenómeno social como un agregado de
unidades biológicas es la manera más abstracta de abordarlo; por ello la
población constituye el denominador común de todas las ciencias sociales. Los
datos sobre el número y características de las personas implicadas en una
situación social son el punto de partida de cualquier aproximación analítica que
se pretenda emprender. Suele decirse que la demografía se circunscribe a los
aspectos cuantitativos de la población y que, por tanto, es una disciplina
descriptiva más que explicativa. Aunque así fuera, no por ello debe
minusvalorarse la importancia del análisis demográfico; antes al contrario, la
simple descripción cuantitativa de las características de dos o más poblaciones
permite hacer una primera comparación que pone de manifiesto muchas cosas
acerca de las sociedades que se estudian. Además, los cambios demográficos han
resultado ser uno de los indicadores más importantes de cambio social. La
sociología pretende descubrir el significado cualitativo de los datos
demográficos y concibe la población como una de las causas que limitan o hacen
posibles los fenómenos sociales.
La palabra demografía aparece por primera vez en 1855, en el título de la obra
Éléments de statistique humaine ou démographie comparée de A. Guillard. Pero
el ascenso de la población al primer plano del interés científico data de medio
siglo antes, concretamente de 1798, año en que Thomas Robert Malthus publica
su Ensayo sobre el principio de la población. Fue este clérigo —preocupado por
el fuerte incremento que estaba experimentando la población de varios países
europeos— quien formuló la conocida tesis de que mientras la población tiende
a crecer en progresión geométrica los alimentos sólo pueden hacerlo en
progresión aritmética, de donde deducía que si no se ponía remedio la
humanidad se dirigía hacia la catástrofe. Si en el pasado la población no aumentó
tan rápidamente fue debido a la existencia de frenos positivos que mantenían alta
la mortalidad (hambrunas, guerras, epidemias), pero lo deseable sería sustituir
estos frenos por otros preventivos basados en el autocontrol moral (retraso en la
unión matrimonial) y la abstinencia sexual.
Desde que Malthus formulara su ley del crecimiento demográfico y casi hasta
nuestros días hay una polémica entre quienes —como él— conciben el problema
del equilibrio entre población y recursos poniendo el acento sobre factores
naturales y quienes —como Marx— enfatizan los factores sociales. El
planteamiento de Malthus describe las condiciones de vida de la mayor parte de
las poblaciones en el pasado y de muchas del presente, pero es simplista. En
efecto, la capacidad de un territorio para sostener un volumen de población
determinado no depende sólo de sus características naturales, sino también de la
forma como se organice la población para explotar el medio. Malthus no
ignoraba esta cuestión, pero consideraba el factor tecnológico-organizativo como
constante —lo que puede considerarse correcto en sociedades tradicionales— y
planteaba el problema a nivel local, de comunidades autárquicas, teniendo en
cuenta únicamente la variable alimentos. Para Marx, por el contrario, en la
comunidad humana no rige ninguna ley natural o general de población, sino que
cada modo de producción histórico tiene la suya propia. El capitalismo ha
demostrado con creces su capacidad de incrementar los recursos más deprisa que
la población; en consecuencia el bienestar de ésta no depende tanto de su tamaño
y de los recursos disponibles como de la posibilidad de acceder a ellos mediante
la obtención de un empleo. La clave del problema de la superpoblación
(desequilibrio entre población y recursos) está en el factor organizativo: es la
acumulación de capital —el cambio tecnológico— lo que convierte a una parte
de la población en sobrante. El exceso de población pasa, pues, a ser relativo,
depende de la forma concreta que asuma la organización de la sociedad, y es esta
variable la que puede provocar en un momento dado el desequilibrio entre
población y oportunidades de vida.
Valga esta breve referencia a dos de los grandes autores clásicos como
muestra de los encendidos debates que despierta el problema de la población en
ámbitos que van mucho más allá del puramente científico. Como veremos en su
momento, la polémica ha seguido viva, con matices diferentes, en las
conferencias mundiales de población que se celebran cada diez años desde hace
dos décadas.

I. CONCEPTOS BÁSICOS

La primera pregunta que se hace el demógrafo al estudiar una población es


cuántos efectivos la componen. Para poder responder a ella de manera precisa se
inventó el Censo de Población que, tal como lo define la ONU, es el proceso
total de recoger, compilar, evaluar, analizar y publicar o diseminar por cualquier
otro medio datos demográficos, económicos y sociales que comprenden en un
momento determinado a todas las personas de un país o de una parte bien
delimitada de un país. El primer Censo moderno, es decir, hecho con el propósito
de ser completo, total y repetible periódicamente, se realizó en Suecia en 1749.
En 1790 aparece en Estados Unidos y luego se difunde rápidamente por toda
Europa. A España llega en 1857, y se hace cada diez años desde 1900.
Hay que distinguir entre los censos de población, a cargo de la Administración
del Estado, y los padrones municipales de habitantes que elaboran los
ayuntamientos. El padrón es un registro administrativo en el que están inscritas
todas las personas que residen en un municipio, especificando su fecha y lugar
de nacimiento, sexo, nivel de estudios y nacionalidad. En España se hacían
tradicionalmente cada cinco años. Hoy, con el tratamiento informatizado de los
datos, se pretende que esté permanentemente actualizado.
Todo esto no quiere decir que no sepamos nada acerca del tamaño de la
población antes de la aparición de los censos modernos. Aparte de que la
demografía histórica dispone hoy día de instrumentos para hacer estimaciones
sobre el pasado, ya antes de la era cristiana se hicieron recuentos esporádicos —
más o menos sistemáticos— de la población en algunos lugares con diversas
finalidades. Pero el desarrollo del censo coincide con la aparición de la sociedad
industrial y de los estados nacionales. La multiplicación de los problemas
administrativos que originó la industrialización, así como la centralización del
poder político y económico, crearon una insaciable necesidad de información
sobre las características de la población.
Desde sus inicios el censo ha ido extendiéndose tanto en sentido horizontal
(número de países que lo realizan) como vertical (número de datos
suministrados). Mientras los primeros censos no ofrecían mucha más
información que la relativa al tamaño, edad y sexo de la población, en la
actualidad los censos más completos también suministran datos como el estado
civil, etnia, tamaño de las unidades familiares o su relación con la actividad
económica. Ahora bien, en la mayoría de los países en desarrollo el censo es un
fenómeno nuevo. En muchos países, sobre todo en África, el primer censo se
elaboró en los años setenta del siglo XX gracias a los esfuerzos desplegados en
este campo por las Naciones Unidas, y en algunos casos ha habido que esperar
hasta los años ochenta. En la actualidad puede decirse que en todos los estados
del mundo se ha realizado al menos un censo de población. Pero en los países en
desarrollo el censo ha de vencer enormes problemas: Administración
insuficiente, dificultades de comunicación, analfabetismo de la población y
ausencia casi total de tradición estadística, por no hablar de los intentos a veces
consumados de manipulación por parte del poder político. Esto puede dar lugar a
errores en los resultados globales superiores al 1 por 100, que es el margen
estadísticamente admisible. Sin embargo, como en la actualidad la demografía
dispone de diversos métodos para detectar y corregir errores y manipulaciones,
puede afirmarse con toda seguridad que las estimaciones y previsiones que lleva
a cabo la división de la Población de Naciones Unidas sobre el tamaño y
evolución de la población mundial son muy ajustadas.
Al demógrafo no sólo le interesa conocer el tamaño de la población en un
momento dado sino también su dinámica, es decir, ¿cómo crece, disminuye o se
estabiliza una población sometida al movimiento perpetuo de entrada y salida de
los individuos que la componen?, ¿cuáles son los mecanismos de esta evolución?
La demografía comienza verdaderamente con esta pregunta.
La diferencia entre el número de efectivos de una población al principio y al
final de un período temporal determinado es función del saldo entre
incorporaciones y abandonos. El nacimiento es la única manera de incorporarse
a una población cerrada, y la defunción la única manera de abandonarla. Por el
contrario, la dinámica de las poblaciones abiertas depende también de los
desplazamientos desde y hacia otras poblaciones, es decir de los movimientos
migratorios. La diferencia entre nacimientos y defunciones se denomina
crecimiento natural, que puede ser positivo o negativo; el intercambio entre
poblaciones (diferencia entre inmigración y emigración) se denomina saldo
migratorio.
Para medir la importancia de estos cuatro movimientos de entrada y salida se
calculan las tasas brutas de natalidad, mortalidad, inmigración y emigración,
comparando su frecuencia con la población total media durante el período de
referencia. Todas estas tasas suelen presentarse, no en porcentaje sino en tanto
por mil. La diferencia entre las tasas brutas de natalidad y mortalidad
proporciona la tasa de crecimiento natural, y la diferencia entre las tasas de
inmigración y de emigración da la tasa de inmigración neta.
Ahora bien, la capacidad de reproducción y el riesgo de muerte no son
atributos de las poblaciones sino de los individuos que las componen, y
dependen de manera crítica de la edad de éstos; por tanto, las tasas brutas de
natalidad y mortalidad de la población total son indicadores poco finos de los
fenómenos que se pretende analizar. El cálculo de las mismas tasas pero
teniendo en cuenta la edad de los individuos nos proporciona una rica
información adicional. En el caso de la mortalidad el procedimiento es bien
sencillo, para calcular las tasas de mortalidad por edades basta con sustituir el
total de defunciones por las de una edad determinada y relacionarlas con la
población total de esa edad. Así, por ejemplo, junto a la tasa bruta de mortalidad
de la población española en un año dado (o la tasa anual media durante el último
período intercensal), podemos calcular la tasa de mortalidad de la población de
35 años, la del grupo de 20 a 24 años de edad o la tasa de mortalidad infantil.
Esta última es particularmente relevante y se calcula relacionando los fallecidos
antes de cumplir un año con los nacidos vivos durante ese mismo período.
En el caso de la natalidad la situación se complica, ya que la fecundidad
depende de tres elementos: la capacidad para procrear de las mujeres, la de los
hombres y la formación de parejas. Por razones operativas, las tasas de
fecundidad por edades se calculan relacionando los nacimientos clasificados
según la edad de la madre con la población femenina de la misma edad.
Lógicamente, el valor de esta tasa es nulo antes de la pubertad y después de la
menopausia; la franja de edades útiles se sitúa aproximadamente entre los 15 y
los 49 años.
Las tasas de mortalidad y fecundidad por edades representan, para cada
individuo, la probabilidad de muerte o de tener un hijo durante cada uno de los
años de su vida. Son las llamadas leyes de la mortalidad y la fecundidad, «leyes»
que evidentemente no rigen en el mismo sentido en que lo hacen las de la
naturaleza pero que permiten a los demógrafos construir otros indicadores
valiosos: la tabla de mortalidad y la esperanza de vida, por una parte, y la tasa
total de fecundidad o número medio de hijos por mujer, por otra.
Supongamos que un grupo de mil jóvenes españolas que en 1990 tenían 15
años van a mantener a lo largo de su vida fértil, es decir hasta que en 2024
cumplan 49 años, las mismas tasas de fecundidad por edades que en 1990
registraban efectivamente las españolas de 16, 17, 18 años, etc. La tasa total de
fecundidad nos da el número de hijos que ese grupo de mujeres habría tenido
entre 1990 y 2024. Dicho en otras palabras, la tasa total de fecundidad es una
estimación del número de hijos que tendría una cohorte de mil mujeres si a lo
largo de sus años fértiles su fecundidad se sujetase a las tasas específicas por
edad que prevalecen en un tiempo determidenado. Una manera más sencilla,
pero menos precisa, de calcular la tasa total de fecundidad es relacionar (siempre
en tanto por mil) el total de nacimientos en un período dado con el total de
mujeres en edad fértil.
Si aplicamos las sucesivas tasas de fecundidad por edades a una sola mujer, en
vez de a la cohorte de mil, obtenemos el número medio de hijos por mujer. Este
indicador —también llamado índice sintético de fecundidad— tiene la ventaja de
ser más expresivo que la tasa total de fecundidad. En efecto, el valor que registre
puede ser comparado directamente con 2,1, que es el llamado umbral de
reemplazo de generaciones, es decir, en las condiciones de mortalidad vigentes
actualmente en los países desarrollados, el número medio de hijos por mujer por
debajo del cual no es posible el reemplazo estricto de generaciones.
Lógicamente, en países menos desarrollados, con tasas de mortalidad infantil
más altas, dicho umbral es más elevado.
¿Hasta qué edad vivirían los individuos de una generación que estuviera
sometida, hasta su extinción, a las tasas de mortalidad por edades
correspondientes a su año de nacimiento? Para responder a esta pregunta habría
que conocer la proporción de ellos que hubieran muerto en el primer, segundo,
tercer, etc. año de vida. Las tasas de mortalidad por edad no nos permiten saberlo
directamente ya que nos dan el riesgo que corre un individuo de morir en el año,
mientras que lo que necesitaríamos saber es la probabilidad de que un individuo
vivo en el momento de alcanzar una edad dada muera antes del cumpleaños
siguiente. Los demógrafos han resuelto el problema a través de un procedimiento
de cierta sofisticación que permite obtener la tabla de mortalidad. Ésta nos
proporciona precisamente dicha probabilidad, la evolución de un grupo
generacional —en términos de mortalidad— desde su nacimiento hasta su
extinción completa, y la esperanza de vida. Este indicador señala los años que
—estadísticamente— le quedan por vivir a un individuo de una edad
determinada. La edad que más se utiliza como referencia en las comparaciones
internacionales es el momento del nacimiento. Así, la esperanza de vida al nacer
es la media de edad en la que moriría una generación de recién nacidos que
siguiera hasta su extinción la ley de mortalidad por edades vigente en el año de
su nacimiento.

La pregunta que ahora se plantea es por qué todos estos fenómenos


relacionados con la vida y con la muerte —y, por tanto, en principio puramente
biológicos— interesan a la sociología. La respuesta es sencilla: porque están
fuertemente condicionados por factores sociales. Mientras que la fertilidad
(capacidad potencial de procrear) de la especie humana es muy elevada, la
natalidad (o la fecundidad) real de las sociedades humanas ha sido siempre muy
inferior a la biológicamente posible. Una mujer en buenas condiciones de salud
podría tener casi un hijo al año a lo largo de su vida fértil, pero de hecho tiene
muchos menos y la diferencia es tan notable que para explicarla hay que recurrir
a las variables sociológicas. Hasta una variable tan claramente biológica como es
la salud, no puede desligarse de una serie de factores (alimentación, vivienda)
que están inevitablemente condicionados por la organización social.
Dicho brevemente, la fecundidad humana es función de factores biológicos y
sociológicos. K. Davis y J. Blake, teniendo en cuenta las etapas necesarias para
la llegada de un niño al mundo, identifican tres grupos de factores que inciden
sobre la fecundidad:
1) Factores que afectan a las relaciones sexuales, como la edad media a la que
se contrae matrimonio y la frecuencia con que se producen éstos, los divorcios,
la viudedad y las segundas nupcias, así como la frecuencia de las relaciones
sexuales dentro de las parejas ya constituidas (abstinencia voluntaria e
involuntaria).
2) Factores que afectan a la concepción, como la esterilidad voluntaria o
involuntaria o el uso de anticonceptivos.
3) Factores que influyen sobre la gestación, es decir la mortalidad fetal tanto
voluntaria como involuntaria (aborto). El recurso al aborto continúa siendo
probablemente el sistema de control de natalidad más utilizado en el mundo,
lógicamente por su uso en aquellos países no desarrollados donde el acceso a los
métodos anticonceptivos modernos no es fácil. En estos países se suele practicar
en condiciones muy precarias, acabando con la muerte de la mujer en muchos
casos. También se sigue recurriendo al infanticidio, en particular de las niñas.
Esta práctica ha sido más frecuente en la sociedad occidental de lo que
comúnmente se cree, aunque hoy en día está casi absolutamente erradicada.
La intervención de tantos factores hace pensar que la fecundidad varía
considerablemente de unas sociedades a otras y de unas mujeres a otras en un
mismo contexto social. Así ocurre efectivamente, y mientras en algunos casos la
tasa de natalidad ha llegado a alcanzar el 60 por 1.000 anual, en otros registra
mínimos del 10 por 1.000.
La noción de fecundidad diferencial hace referencia precisamente a las
variaciones observadas en la natalidad (o en la fecundidad) al comparar países,
regiones o clases y grupos sociales dentro de cada país. Estas diferencias se
aprecian incluso cuando se comparan sociedades que no practican la
planificación familiar. Así, por ejemplo, en la Europa preindustrial —debido a
factores como los matrimonios tardíos y la significativa proporción de solteros
definitivos— la natalidad (en torno al 40 por 1.000) nunca fue tan alta como lo
es o ha sido en los países subdesarrollados a lo largo del siglo XX (entre el 45 y el
55 por 1.000). Esto explica el interés de otros dos conceptos muy utilizados en
demografía: la edad media de los esposos al contraer matrimonio y la tasa bruta
de nupcialidad, que es la relación entre el número total de matrimonios
celebrados a lo largo de un año en un país determinado y la población total
media correspondiente. Pero cuando se habla de fecundidad diferencial el objeto
preferente de análisis son los efectos de los comportamientos voluntarios en
materia de procreación, es decir, la contraconcepción y el aborto.
En todos los países, la natalidad se reduce a medida que aumenta el nivel de
desarrollo, y en los países desarrollados virtualmente todas las parejas practican
la anticoncepción. Por tanto puede decirse que, dentro de cada país, la caída de
la natalidad es consecuencia de la propagación de las prácticas de limitación de
los nacimientos a través de los diversos grupos sociales. Ahora bien, cada grupo
tiene su propia historia y ha asumido estas prácticas en diferentes momentos del
tiempo y con ritmos también diferentes. Por ejemplo, las aristocracias inglesa y
francesa fueron pioneras en el control de la natalidad, mientras que los estratos
campesinos suelen ser los que más tarde y con menos fuerza se suman a esta
corriente. Más en general, desde la perspectiva de los niveles de renta de los
distintos grupos sociales, la caída de la natalidad parece que ha pasado por las
fases siguientes: 1) todos los estratos tienen la misma natalidad o tasas que
varían en correlación directa con los ingresos; 2) la natalidad comienza a caer
afectando con más fuerza a los estratos más altos; 3) la natalidad de los estratos
más altos sigue cayendo hasta alcanzar un mínimo; la de los más bajos —que
había comenzado a caer más tarde— sigue reduciéndose hasta alcanzar un
mínimo todavía más bajo; por tanto, se recupera la correlación directa entre
natalidad y renta. Otras variables, como la religión o el nivel educativo, también
parece que influyen sobre la fecundidad diferencial, pero es muy arriesgado
establecer conclusiones generales ya que —como ocurre en el caso de los
ingresos— las correlaciones entre variables no siempre se han mantenido
estables.
Consideraciones similares pueden hacerse en relación con la mortalidad: no es
cierto que todos los hombres seamos iguales ante la muerte y esta desigualdad
no puede explicarse únicamente en función de factores físicos. Sin embargo, la
desigualdad social ante la muerte, es decir, la mortalidad social o diferencial es
un fenómeno reciente en la historia de la humanidad, y la conciencia de esa
desigualdad es todavía más reciente. En efecto, hasta hace pocos años se
subrayaba el hecho de que ricos y pobres, poderosos y miserables, todos eran
iguales ante la muerte. Esto ha sido cierto durante mucho tiempo, ya que las
desigualdades sociales no agravaban más que muy moderadamente los riesgos
de mortalidad de las clases desfavorecidas: la ineficacia de la medicina no
suponía ninguna ventaja para quienes podían recurrir a ella y las epidemias no
hacían distinciones en la medida en que los ricos no se distinguían por su
higiene. Ciertamente, los ricos no tenían problemas de alimentación, pero en
cambio sus hábitos alimenticios eran desastrosos. La mortalidad social es un
fenómeno que se pone en evidencia al caer la tasa de mortalidad con motivo de
la revolución industrial.
Durante los últimos siglos, en los países actualmente desarrollados, la
mortalidad ha caído desde un nivel muy elevado (en torno al 33-35 por 1.000)
hasta situarse por debajo del 10 por 1.000 en nuestros días. Esta evolución es
consecuencia de los adelantos tecnológicos ligados a la industrialización que, al
repercutir sobre la abundancia y disponibilidad de alimentos y otros productos
esenciales, redujeron la incidencia de la insalubridad y la enfermedad en la
población. Ahora bien, el riesgo de muerte no se redujo de manera homogénea
entre los diferentes grupos sociales, sino de forma discriminatoria provocando la
aparición de la mortalidad social. Ésta alcanzó su máximo esplendor durante el
siglo XIX, cuando los estratos altos comenzaron a beneficiarse de los progresos
de la medicina y de la higiene mientras que, por otro lado, aparecía un
proletariado urbano miserable. Los primeros datos que permiten estudiar este
fenómeno son de 1840, fecha a partir de la cual se observan diferencias en la
esperanza de vida de la población de Inglaterra y Gales y la nobleza británica.
Mientras entre los hombres nobles superaba los cincuenta años, entre el resto de
los hombres no llegaba a los cuarenta; en cuanto a las mujeres, la esperanza de
vida de las aristócratas casi alcanzaba los sesenta años, mientras que el resto a
duras penas superaba los cuarenta. Datos relativos a la burguesía de Ginebra
permiten extraer la misma conclusión. Asimismo, durante la primera mitad del
siglo XIX, en París la mortalidad cayó con mucha más fuerza en los barrios ricos
que en los pobres.
La situación actual en los países desarrollados se caracteriza por una sensible
disminución de la mortalidad diferencial. Pero lo más significativo es que la
escala de mortalidades parece que ya no se corresponde con la de las clases
sociales, mientras que tradicionalmente la tasa de mortalidad ascendía al
descender en la escala social. Además, esta discordancia es más evidente en las
edades avanzadas. Sin embargo, siguen observándose diferencias sociales en
cuanto a las causas de la muerte. Por ejemplo, entre los adultos, a medida que se
desciende en la escala social aumenta la incidencia de enfermedades como la
tuberculosis, la úlcera de estómago o la bronquitis, mientras que la diabetes y las
relacionadas con el corazón son más frecuentes entre las clases altas. Del mismo
modo, entre los trabajadores manuales tienen mayor incidencia todas las
enfermedades relacionadas con el consumo de alcohol. Pero el dato más
interesante que se desprende de las comparaciones internacionales es que la
esperanza de vida deja de ser función del grado de desarrollo económico una vez
que éste supera cierto umbral que se alcanza relativamente pronto. Otro rasgo
diferencial de los países desarrollados es la elevada mortalidad masculina en
relación a la femenina: la vida media de los hombres es seis o siete años más
corta que la de las mujeres, mientras que en clave biológica sólo podría
explicarse una diferencia de unos dos años.
En todo caso, la incidencia de la mortalidad está fuertemente condicionada por
la edad. En la medida en que las observaciones que hace J. Vallin a partir de
datos franceses de 1989 sean generalizables, puede afirmarse que en los países
desarrollados la mortalidad es muy débil hasta los cincuenta o sesenta años (por
debajo del 10 por 1.000), aumentando después muy rápidamente con la edad.
Pero como la muerte no depende sólo del envejecimiento, no deja de ser
sorprendente la regularidad con que crece la tasa de mortalidad según va
aumentando la edad. Sin embargo, dos excepciones alteran esta regla: 1) en los
primeros años de vida la mortalidad disminuye con la edad aproximadamente
hasta los diez años, fenómeno que tiene una explicación biológica sencilla: las
defensas del niño aumentan rápidamente a medida que crece; 2) en torno a los
veinte años se aprecia un incremento desproporcionado de la mortalidad que no
tiene nada que ver con la biología, sino con los accidentes de tráfico.
Si la primera pregunta que se hace el demógrafo al estudiar una población es
con cuántos efectivos cuenta y la segunda cuál es su dinámica, la tercera pero no
menos importante se refiere a la composición. Una población no puede
comprenderse totalmente si no se contemplan las características diferenciales de
los elementos que la constituyen. Ahora bien, las características susceptibles de
ser analizadas son muy variadas (sexo, edad, estado civil, etnia, religión,
ingresos, ocupación, nivel educativo, etc.), por lo que en cada caso hay que
determinar cuáles son las que efectivamente deben ser consideradas. Piénsese,
por ejemplo, en la distinta relevancia que tienen la etnia y la religión en la
composición de las poblaciones española y estadounidense. Sin embargo, hay
dos características que se presentan en todas las poblaciones, que participan
directamente en su dinámica y que constituyen la estructura biológica básica
sobre la que se levanta la organización social: el sexo y la edad.
Para visualizar este aspecto fundamental de la composición o estructura de
una población, los demógrafos han inventado un esquema de representación
específico que se ha hecho muy popular: la pirámide de edades o de población.
La pirámide está formada por dos diagramas de barras enfrentados, uno para
hombres y otro para mujeres. Cada barra representa un grupo de edad, estando
los más jóvenes en la base y los más viejos en la parte superior. Por tanto, la
edad se coloca en ordenada en el eje vertical y los efectivos de cada edad en
abscisa sobre el eje horizontal, los hombres de derecha a izquierda y las mujeres
de izquierda a derecha. La superficie de la barra o rectángulo correspondiente a
cada grupo de edades de cada sexo es proporcional a su número de efectivos.
Para comparar la composición de dos poblaciones de tamaños diferentes se
sustituyen los efectivos absolutos por sus proporciones. En definitiva, la
pirámide ofrece una descripción instantánea de la composición por sexos y
edades de la población a la que se refiere.
Una pirámide normal tiene forma de triángulo y representa la estructura de
una población cerrada que ha estado sometida durante varias generaciones a las
mismas leyes de mortalidad y fecundidad. En efecto, en ausencia de
movimientos migratorios y con fecundidades y mortalidades constantes, al
desplazarnos hacia lo alto de la pirámide las barras se van haciendo progresiva y
regularmente más cortas, ya que la mortalidad va reduciendo los efectivos de los
distintos grupos a medida que envejecen. Poblaciones con las mismas leyes de
mortalidad y fecundidad pero con pirámides diferentes, tendrán tasas brutas de
mortalidad y natalidad también diferentes. Ahora bien, como demostró A. Lotka
en 1934, dos poblaciones cerradas con estructuras por edades completamente
diferentes, si registran durante mucho tiempo las mismas leyes de mortalidad y
fecundidad, tienden automáticamente a una misma estructura por edad. La
estructura inicial desaparece completamente. Además, a partir de ese momento,
las dos poblaciones tienen las mismas tasas brutas de natalidad, mortalidad y
crecimiento natural, y estas tasas son religiosamente constantes. En este caso la
población se ha hecho estable; todos los indicadores demográficos son
constantes; sólo varía el efectivo total si la tasa de crecimiento no es nula. Si lo
fuere, la población sería no sólo estable sino también estacionaria.
La pirámide llamada normal tiene un 22 por 100 de población joven (menos
de 15 años), un 12 por 100 de población vieja (más de 64 años) y un 65 por 100
de población adulta. La relación entre los sexos es muy curiosa y varía en cada
grupo de edad: nacen más hombres que mujeres pero, como los primeros tienen
tasas de mortalidad más altas, al final quedan más mujeres que hombres. La
distribución por sexo de los nacimientos es uno de los datos más constantes en el
tiempo y en el espacio. En todos los sitios y en todas las épocas nacen más o
menos 105 niños por cada 100 niñas pero, a causa de la mortalidad diferencial,
en torno a los 50 años los efectivos de ambos sexos están equilibrados, y a partir
de esta edad los hombres son una minoría cada vez más reducida: a los 75 años
hay menos de 80 hombres por cada 100 mujeres. A nivel global, la relación por
sexos sería de 98 hombres por cada 100 mujeres.
Pero la pirámide normal es excepcional, se trata más de un artilugio teórico
que de la representación de un caso real. La composición de la población no sólo
es el resultado de las leyes de mortalidad y fecundidad; además, éstas
difícilmente se mantienen constantes durante largos períodos. En la forma de una
pirámide se encuentra inscrito lo esencial de la historia de los últimos ochenta
años de la población que representa, y esta historia no suele dejarse encajar en la
perfecta simetría del triángulo. En todo caso, el artilugio es muy útil ya que
permite valorar la forma más o menos irregular de las pirámides reales. Tres
tipos de desviaciones muy corrientes respecto de la pirámide normal nos definen
poblaciones envejecidas, adultas y jóvenes. Entre los fenómenos sociales que
están tras estas modificaciones podemos citar la emigración, que incrementa la
proporción de viejos; la in- migración, que refuerza la presencia de adultos; la
guerra convencional, que reduce los efectivos de hombres adultos y puede
provocar también muescas en las barras inferiores como consecuencia de una
caída coyuntural de la natalidad; o la caída estructural de la natalidad, que
convierte la pirámide en una especie de copa de árbol. Por otra parte, en función
del porcentaje de población menor de 15 años nos encontraremos con
poblaciones progresivas (40 por 100), estacionarias (27 por 100) y regresivas (20
por 100).
Pirámides de población de las ocho regiones geopolíticas del mundo (1990)
La forma de la pirámide de edades tiene implicaciones socioeconómicas
numerosas y relevantes. Para simplificar, recordemos que los tres grandes grupos
ya mencionados corresponden aproximadamente a los períodos de formación,
actividad económica y jubilación. Económicamente hablando, el primero y el
tercero están a cargo del segundo. En Europa y en Norteamérica, el 67 por 100
de la población tiene entre 15 y 65 años, mientras que un 20 por 100 tiene menos
de 15 años y un 13 por 100 más de 65 años. Por el contrario, en África, más del
45 por 100 de la población tiene menos de 15 años y sólo un 51 por 100 entre 15
y 65 años. Dicho en otras palabras, en el primer caso, los dos tercios de la
población tienen a su cargo a un tercio, mientras que en el segundo caso sólo la
mitad de la población está en edad de satisfacer las necesidades de la otra mitad.
En cualquier circunstancia, este tipo de análisis no debe hacernos caer en una
especie de catastrofismo demografista muy popular en los países desarrollados
—por ejemplo cuando se estudia el futuro de los sistemas de jubilación— ya que
la pirámide de edades sólo es uno de los factores que intervienen en la definición
de los problemas.
Como ya se ha apuntado, los movimientos migratorios repercuten sobre la
dinámica y composición de las poblaciones abiertas, que son la mayoría. La
ONU define el movimiento migratorio como el conjunto de desplazamientos,
con traslado de la residencia habitual, entre un lugar de origen y otro de destino.
Desde la perspectiva del lugar de origen, se habla de emigración; desde la del
lugar de destino, de inmigración. Dicho de otra forma, el conjunto de
movimientos migratorios supone unas salidas (de emigrantes) y unas entradas
(de inmigrantes); si el saldo favorece a las salidas se habla de emigración neta, y
en caso contrario de inmigración neta. Desde el punto de vista demográfico, el
estudio de las migraciones tropieza con dos dificultades específicas. Por una
parte, el arsenal estadístico que permite observar el fenómeno está menos
desarrollado y funciona peor que el que da acceso a los nacimientos y
defunciones. Por otra parte, a diferencia del movimiento natural, en todo
movimiento migratorio no hay una sino al menos dos poblaciones implicadas. El
procedimiento más utilizado para calcular el saldo migratorio es comparar dos
censos de población sucesivos para obtener el crecimiento intercensal total y
corregirlo con el saldo entre nacimientos y defunciones.
Habitualmente los estudiosos de las migraciones distinguen entre las externas
y las internas, según se produzcan entre dos lugares situados dentro de un mismo
territorio o entre dos territorios diferentes (por lo general dos estados soberanos,
en cuyo caso se habla de migraciones internacionales). En general, las
migraciones internas han sido más importantes que las externas y suelen estar
relacionadas con el éxodo rural y el proceso de urbanización, ya que la mayoría
de los desplazamientos tienen como punto de partida poblaciones más pequeñas
que las que tienen como punto de llegada. Otros criterios de clasificación han
dado lugar a diversas tipologías de los movimientos migratorios. Así, por
ejemplo, se habla de migraciones voluntarias o forzadas, individuales (aunque
puedan llegar a ser masivas) y colectivas, regulares, irregulares, laborales, de
ocio (desde los largos viajes veraniegos hasta los desplazamientos de fin de
semana), ilegales, permanentes, temporales, estacionales, definitivas, pendulares
(las que se producen diariamente en las áreas metropolitanas entre el lugar de
residencia y el de trabajo), o de refugiados.
Tras los movimientos migratorios puede haber factores de índole política, que
dan lugar al drama de los refugiados, personas que dejan sus países de origen por
un miedo bien fundado a la persecución racial, étnica, religiosa, nacional,
política o social. Desde el final de la Primera Guerra Mundial han supuesto la
mitad de toda la migración internacional y aunque hasta mediados de los años
sesenta la mayoría procedía de Europa, hoy lo hace de todos los lugares del
planeta. Pero la palanca más importante que mueve la migración son los factores
de tipo económico, es decir, las diferencias de riqueza y de oportunidades de
vida entre el punto de origen y el de destino. En general, puede afirmarse que
cuanto mayor sea la distancia económica y menor la distancia geográfica y
sociocultural entre dos territorios, mayor será el flujo migratorio de uno a otro.
Aunque el ser humano ha sido siempre migratorio, la intensidad que registra este
fenómeno en la actualidad es relativamente reciente. Durante el siglo XIX y hasta
la Segunda Guerra Mundial el movimiento más significativo fue el de europeos
hacia América. Después de la guerra y hasta el estallido de la crisis económica
de 1973, en Europa se registraron fuertes corrientes migratorias desde el Sur
hacia el Norte, de carácter predominantemente laboral. Los países de origen eran
principalmente Grecia, Italia, Portugal, España y la antigua Yugoslavia; los de
destino Bélgica, Francia, Alemania, Holanda y Suiza. Al mismo tiempo, en
países como Francia, Italia y España se produjo un importantísimo éxodo rural
desde las áreas subdesarrolladas hacia las regiones más industrializadas. En la
actualidad, mientras Europa ha dejado de ser emisora de población, los flujos de
los países subdesarrollados a los desarrollados se han acelerado mucho en todo
el mundo.

II. LA TRANSICIÓN DEMOGRÁFICA

Como ya se ha dicho, la especie humana posee una tremenda capacidad de


multiplicarse y ha demostrado muchas veces que es capaz de duplicarse en el
curso de una generación. Sin embargo, entre los demógrafos tiene cierta
credibilidad la idea de que la población tiende al equilibrio y, de hecho, a lo
largo de la historia de la humanidad la población mundial se ha mantenido
relativamente estable durante milenios. A principios de nuestra era se calcula que
el mundo estaba habitado por unos 250 millones de personas, casi exactamente
los mismos que mil años después; fue necesario esperar hasta bien entrado el
siglo XVI para que esta cifra consiguiera duplicarse, y unos tres siglos más para
alcanzar los 1.000 millones. Sólo unas décadas después, es decir en vísperas de
la Segunda Guerra Mundial, ya éramos 2.000 millones, en 1980 superábamos los
4.000, en 1990 los 5.000 y en la actualidad ya superamos los 6.000 millones de
habitantes en el planeta. Por tanto, el fortísimo crecimiento que ha
experimentado la población mundial durante los dos últimos siglos es un hecho
excepcional en la historia de la humanidad que necesita ser explicado. Para ello
los demógrafos han elaborado la teoría de la transición demográfica.
En 1934, A. Landry publicó su libro La Révolution démographique. Études et
essais sur les problèmes de la population, en el que explicaba la evolución de las
poblaciones europeas. Apoyándose en su tesis, después de la Segunda Guerra
Mundial varios autores norteamericanos intentaron explicar la evolución
demográfica de los países en vías de desarrollo y establecer hipótesis sobre su
futuro, acuñando la expresión transición demográfica. En esencia, esta teoría
defiende que la explosión demográfica que han conocido todas las sociedades al
acercarse a la modernización no sería más que una fase transitoria —la
transición demográfica— entre un equilibrio primitivo, mantenido a causa de las
oscilaciones de una elevada tasa de mortalidad en torno a una elevada tasa de
natalidad, y un equilibrio moderno (el de las sociedades postransicionales) que
sería el resultado del ajuste de la fecundidad a la mortalidad, siendo esta última
casi invariable y en todo caso muy baja.
Como ha señalado J. Vallin, durante miles de años las poblaciones humanas
han padecido un régimen demográfico cruel en el que sólo una fuerte fecundidad
permitía compensar la fuerte mortalidad, en el que el excedente de nacimientos
sobre defunciones era muy modesto y en el que este tenue crecimiento natural se
veía interrumpido periódicamente por graves crisis. Todo transcurría como si,
por el juego de este equilibrio «natural» entre fecundidad y mortalidad, el
crecimiento demográfico, siempre débil, estuviera regulado por las condiciones
de subsistencia. Cuando la conquista de nuevos espacios o el descubrimiento de
nuevas técnicas permitían aumentar la cantidad de alimentos disponibles, la
población podía crecer para conseguir un nuevo techo de densidad. Pero cuando
éste se superaba, la crisis, bajo una forma u otra, era inevitable. Así, durante
miles de años, los hombres crecieron en número, lenta e irregularmente,
poblando poco a poco todas las superficies habitables del planeta y mejorando
progresivamente el control de los recursos de los que obtenían su subsistencia.
El gran cambio tiene lugar en Europa durante el siglo XVIII. La revolución
industrial y la transformación social y cultural que la acompañan modifican
radicalmente las condiciones del crecimiento demográfico. Los progresos de la
medicina y de la higiene y también el desarrollo económico y la mejora de la
alimentación inducen un descenso profundo y duradero de la mortalidad,
mientras que la evolución de la familia y de las costumbres llevan a la
fecundidad por el mismo camino pero con cierto desfase temporal.
Iniciado en el norte, el movimiento alcanza rápidamente a todos los países
europeos, que en un siglo o dos pasan del régimen demográfico antiguo al
moderno. Así, por ejemplo, en el noroeste de Europa la tasa de mortalidad, que
hacia 1700 estaba situada en torno al 33 por 1.000, comienza a bajar a partir de
1750, mientras que la natalidad se mantuvo en el 35 por 1.000 hasta un siglo más
tarde. Hacia 1930 natalidad y mortalidad volvieron a encontrarse de nuevo.
Aunque la natalidad evolucionó bajo condiciones sociales, económicas y
demográficas diferentes en cada país, lo significativo es que se redujo
drásticamente en un período de tiempo relativamente breve, sobre todo entre
1880 y 1910. El resultado final del proceso es que mientras a principios del siglo
XVIII la esperanza de vida al nacer era inferior a 30 años y el número medio de
hijos por mujer casi seis —como en la prehistoria—, hoy la esperanza de vida se
acerca a los 80 años, la mortalidad no está muy lejos del 10 por 1.000 y el
número medio de hijos por mujer apenas llega a dos. Suponiendo que las leyes
de mortalidad y fecundidad se mantuvieran constantes durante el tiempo
suficiente, la población europea alcanzaría la estructura estable con unas tasas
brutas de natalidad y mortalidad equilibradas en torno al 12,5 por mil y con una
tasa de crecimiento natural nula, es decir prácticamente como antes de la
transición demográfica. Pero durante la transición ocurrió algo más.
Lo que efectivamente alteró la historia de la humanidad fue que, entre finales
del siglo XVIII y mediados del XX, el descenso de la mortalidad precedió al
descenso de la fecundidad provocando un crecimiento de población sin
precedentes. Mientras la mortalidad fue cayendo a medida que se dispuso de
medios eficaces para combatirla, la idea de limitar los nacimientos sólo ha
podido germinar en el contexto de un profundo cambio de las estructuras
sociales. Este cambio fue provocado por la revolución industrial y en él
desempeñó un papel decisivo el descenso de la mortalidad al cambiar
radicalmente las condiciones de constitución de las familias. Pero la reacción a
dichos cambios no se produce de inmediato, ya que pasa por la transformación
de las mentalidades. Mucho más que los avances tecnológicos o que el
descubrimiento de los anticonceptivos, el control de la natalidad es deudor de un
cambio cultural fundamental que sólo se ha podido producir después de un
tiempo de incubación. De ahí el retraso entre el descenso de la mortalidad y el de
la fecundidad, variable de un país a otro pero, con raras excepciones, lo
suficientemente importante como para provocar la explosión demográfica:
mientras que la expansión demográfica del neolítico, por muy decisiva que fuese
en su tiempo, sólo se produjo a un ritmo del 0,2 por 100 anual, durante el siglo
XIX y principios del XX las poblaciones europeas crecieron a ritmos del orden del
1-1,5 por 100, es decir de cinco a siete veces más rápido.
Esta explosión demográfica coincide en el tiempo con la dominación del
mundo por parte de las potencias europeas. Una vez superada la fase devastadora
de la colonización, durante la cual muchas poblaciones autóctonas fueron
diezmadas e incluso aniquiladas, la dominación europea se vio acompañada en el
campo sanitario de progresos muy rápidos en la medida en que se utilizaban
técnicas ya ampliamente experimentadas. Inmediatamente después de la
Segunda Guerra Mundial estos progresos se aceleraron con la invención de
medios sencillos de lucha contra las enfermedades infecciosas y parasitarias y el
desarrollo de programas concertados, especialmente con la intervención de la
Organización Mundial de la Salud. Así, países como Sri Lanka o México han
ganado, en una o dos décadas, tantos años de esperanza de vida como Suecia en
un siglo.
Sin embargo, frente a esta caída tan rápida de la mortalidad que alcanza en
buena medida al conjunto de los países del Tercer Mundo, hasta finales de los
años sesenta del siglo XX no se ha experimentado ningún descenso de la
fecundidad. Una cosa era importar técnicas médicas que permitieran reducir la
mortalidad y otra muy distinta copiar los esquemas culturales europeos que
habían llevado a las familias a limitar el número de hijos. Mientras la esperanza
de vida en muchos países pasaba en muy poco tiempo de 30 a 50 ó 60 años e
incluso más, la fecundidad, con siete u ocho hijos por mujer, seguía elevada,
mucho más de lo que lo había sido en la Europa preindustrial. En consecuencia,
la tasa de crecimiento alcanzó frecuentemente el 3 por 100 anual, es decir de dos
a tres veces más que en Europa durante la transición; en concreto, durante los
años sesenta del siglo XX la población mundial crecía a un ritmo del 2 por 100
anual. A dicho ritmo se multiplica por dos en 35 años y, de hecho, entre 1950 y
1987 la población mundial pasó de 2.500 a 5.000 millones. Ahora bien, en la
mayoría de los países del Tercer Mundo la fecundidad ya ha comenzado a bajar
y la transición demográfica que tuvo lugar en Europa parece que se abre paso en
ellos. Sólo el África subsahariana no ha visto descender su fecundidad de forma
decisiva, aunque en algunas regiones ya se manifiestan los primeros signos.
Así pues, la transición demográfica aparece cada vez más como un modelo
universal de paso de un régimen demográfico primitivo a otro moderno,
transición que sólo puede hacerse al precio de una aceleración del crecimiento
natural. En la actualidad constituye una sólida teoría que, aunque sigue
suscitando controversias, puede explicar la historia demográfica mundial de
estos últimos siglos y ofrecer un cuerpo de hipótesis bastante consistentes para
hacer previsiones de población. El modelo admite diversas variantes en función
del contexto histórico en que se inscriba. Según la duración del período de
transición, según la rapidez del descenso de la mortalidad, según el tiempo de
desfase entre éste y el descenso de la fecundidad, la población podrá
multiplicarse por 2, 5, 10 o incluso más al pasar de un régimen a otro. Este
multiplicador transicional es claramente mayor en los países subdesarrollados
que en los desarrollados. Por ello, aunque la teoría de la transición demográfica
nos anuncie una estabilización de la población mundial en el futuro, también nos
dice que hay que contar todavía con un crecimiento importante.
El nuevo equilibrio demográfico que se alcanza en las sociedades
postransicionales tiene diversas consecuencias para la estructura social. Algunas
de ellas merecen ser comentadas. En primer lugar, si observamos cómo ha
evolucionado la composición de la población en las sociedades avanzadas,
aparece inmediatamente el fenómeno del envejecimiento. A principios del siglo
XIX la población menor de 20 años oscilaba entre el 40 y el 50 por 100, mientras
que la mayor de 60 años era ligeramente inferior al 10 por 100. La población
adulta constituía del 40 al 50 por 100 restante. En la actualidad, la participación
de la población adulta ha variado poco, constituyendo aproximadamente la
mitad, mientras que en las edades extremas se han producido cambios
importantes: los jóvenes sólo suponen aproximadamente el 30 por 100 del total y
los viejos se acercan cada vez más al 20 por 100. Se calcula que, en las
sociedades industrializadas, vamos hacia una situación en que la esperanza de
vida al nacer estará en torno a los 80 años, con un 25 por 100 de jóvenes y otro
tanto de viejos. En segundo lugar, gracias a la fortísima caída de la mortalidad,
en la sociedad moderna y por primera vez en la historia la muerte deja de estar
en el centro de la vida humana. J. Fourastié explicó de manera contundente, hace
más de tres décadas, las implicaciones de este cambio sobre el desarrollo de la
vida familiar.
A finales del siglo XVII la vida de un padre de familia medio, casado por
primera vez a los 27 años, podía ser esquematizada así: nacido en una familia de
cinco hijos, sólo vio llegar a la edad de 15 años a la mitad de sus hermanos; y de
los cinco hijos que él mismo tuvo sólo dos o tres le verán morir. Este hombre,
que vivirá como media hasta los 52 años, ha visto morir en su familia directa a
una media de nueve personas: aparte de hijos y hermanos, a sus dos padres y al
único de sus abuelos que llegó a conocer. Hoy —continúa Fourastié— un
hombre medio de 50 años ha nacido en una familia de tres hijos, se casó a los 26
años con una mujer de 24, sólo ha visto morir a sus cuatro abuelos y tiene un 50
por 100 de posibilidades de vivir más de 26 años todavía. Ayer, a causa de la
mortalidad infantil, la mitad de los niños fallecían antes que su padre, y la mitad
de los restantes quedaban huérfanos antes de alcanzar la mayoría de edad. La
edad media de los hijos al perder al primero de sus padres era 14 años. Mañana,
el hijo «medio» tendrá 55 ó 60 años cuando muera su padre.
La retirada de la muerte del centro de la vida social tiene repercusiones de
todo tipo. Por ejemplo, el patrimonio familiar hereditario será casi siempre
propiedad de hombres o mujeres de más de 60 años, y más de la mitad de la
riqueza privada de una nación estará en manos de ancianos de más de 70 años.
Una sociedad envejecida es, por definición, una sociedad menos dinámica,
menos dispuesta a generar o aceptar cambios.
Otra cuestión que ha sido objeto de controversia en el contexto de las
sociedades postransicionales se refiere al comportamiento de la fecundidad.
Mientras la teoría de la transición demográfica presume que la tasa de natalidad
se estabilizará en un nivel muy próximo al de la mortalidad, la evolución
reciente de los países industrializados no sigue este esquema de ningún modo.
Tras un brusco aumento en los años cuarenta y cincuenta del siglo XX en todos
los países desarrollados, la fecundidad disminuyó de nuevo profundamente en
los años setenta. Para poder predecir si la fecundidad volverá a aumentar
garantizando el reemplazo de generaciones o caerá todavía más llevando a las
poblaciones de los países industrializados al declive, es necesario interpretar este
amplio movimiento pendular.
El economista norteamericano R. A. Easterlin es quien ha ofrecido la
explicación más atrevida del comportamiento de la natalidad en la sociedad
moderna. En pocas palabras, el argumento de Easterlin es que la fecundidad
depende de la situación económica relativa de los jóvenes adultos. La
fecundidad de una pareja sería función de dos factores: el nivel de consumo
deseado (definido a partir de la experiencia vivida en la familia de origen) y los
ingresos realmente obtenidos al incorporarse a la vida activa. Cuando los
ingresos no lo permitan directamente, el nivel de consumo deseado intentará
alcanzarse limitando el número de hijos. Si la generación de la joven pareja es
corta, en comparación con la anterior, la competencia en el mercado de trabajo
en el momento de incorporación a la actividad económica será menor y las
posibilidades de hacer una buena carrera profesional mayores. En consecuencia,
todos querrán tener más hijos, que durante su infancia disfrutarán de una
situación familiar cómoda pero que, al ser una generación larga, van a pasar toda
su vida hacinados: tendrán problemas al principio en la escuela, a causa del
déficit de equipamientos, y al final con las jubilaciones. Al llegar al mercado de
trabajo, la competencia exacerbada entre ellos les impedirá mantener el nivel de
vida que conocieron en su infancia. Entonces decidirán tener pocos hijos, que
constituirán una generación corta y así sucesivamente. Por esta vía se acaba
afirmando que la fecundidad de una generación es función inversa de su
importancia numérica relativa, es decir de su tamaño respecto a la generación
anterior, de donde se deduce un comportamiento cíclico indefinidamente
repetitivo de la fecundidad postransicional. La carga neomalthusiana no puede
ser más explícita.
El planteamiento de Easterlin es sumamente atractivo y además se adapta
bastante bien a una parte de la historia demográfica norteamericana reciente. Sin
embargo, J. C. Chesnais lo ha criticado con dureza, sobre todo por lo que se
refiere a sus pretensiones generalizadoras. Basándose en sus propias
observaciones sobre dieciocho países postransicionales, Chesnais llega a la
conclusión de que resulta prematuro afirmar la existencia de ciclos y de
mecanismos autorreguladores de la fecundidad: la fecundidad es el resultado de
un abanico complejo y cambiante de factores para cuya evolución no existe una
explicación simple y generalizable, sus resortes escapan en parte a la
racionalidad.
En definitiva, el modelo de Easterlin supone que existe, por una parte, cierta
simetría entre la reciente caída de la fecundidad y su recuperación de posguerra
y, por otra, una analogía entre la experiencia de los años treinta del siglo XX y la
actual. Puestos a aventurar explicaciones de la evolución de la natalidad todavía
no susceptibles de contrastación empírica rigurosa, frente a la construcción
mecánica y ahistórica de Easterlin, Chesnais propone la siguiente. Durante los
años treinta, en un contexto en el que desempleo era sinónimo de miseria,
muchos países conocieron tasas de paro superiores al 20 por 100. La dureza de
esta experiencia y la tragedia de la guerra que siguió marcaron una profunda
huella en las mentalidades colectivas. El radical contraste provocado por el fin
de la guerra y la llegada del pleno empleo habría podido entrañar un cambio en
el estado de ánimo de la población, tanto más acentuado cuanto más grave era la
situación de la que se salía. Así, la violenta recuperación de la fecundidad
durante la posguerra sería en gran parte resultado de la simple acumulación de
los nacimientos anteriormente impedidos o diferidos por las circunstancias
adversas. Por el contrario, la caída de la fecundidad durante las últimas décadas,
en la que convergen rápidamente países que al acabar la guerra registraban
tendencias importantes hacia la diversificación, podría ser el resultado de
transformaciones profundas en los modos de vida por encima de las fronteras
nacionales. Tal convergencia, hacia la que se encaminan países que mantienen
diferencias considerables en el nivel de vida, en las tasas de crecimiento
económico, en las de actividad femenina o en el grado de exposición a la crisis
económica internacional, parece descartar los intentos de explicación en
términos puramente económicos. En todo caso —concluye Chesnais— parece
dudoso que una misma lógica haya podido funcionar a la vez en la recuperación
y en la recaída de la fecundidad.

III. LA POBLACIÓN MUNDIAL: PROBLEMAS Y POLÍTICAS

Ya sabemos cuántos somos: más de 6.000 a comienzos del siglo XXI. Sabemos
también cómo hemos llegado a estas cifras: la teoría de la transición demográfica
nos ofrece una explicación muy convincente. Ahora pasaremos revista a algunas
de las características más siginificativas de la población mundial y definiremos
los problemas más relevantes que tiene planteados así como las políticas que se
discuten en los foros internacionales para hacerles frente.
La población del planeta está distribuida de manera muy desigual. Sólo en
China e India —los dos estados soberanos más poblados de los casi 200
actualmente existentes— se concentra el 37 por 100 de la población mundial; y
entre los seis países más poblados —los dos citados más Estados Unidos,
Indonesia, Brasil y Rusia— reúnen el 51 por 100. Si agrupamos todos los países
en las ocho grandes regiones geopolíticas definidas por la ONU y comparamos
la distribución porcentual de la población mundial con la de la riqueza,
obtenemos resultados muy significativos. El conjunto de los países ricos
(Europa, antigua URSS, Norteamérica, Japón, Oceanía y países productores de
petróleo de Arabia), donde vive menos de un cuarto de la población mundial,
dispone de cerca del 85 por 100 de la riqueza. Por el contrario, los países pobres
(Asia oriental menos Japón, Asia del Sur salvo países petrolíferos de Arabia,
África y América Latina), donde viven los otros tres cuartos de la humanidad,
disponen apenas de algo más del 15 por 100 de la riqueza. Europa y
Norteamérica —que sólo cuentan con un 9 por 100 y un 5 por 100 de la
población mundial respectivamente— se llevan cada una más del 30 por 100 de
la riqueza. Por supuesto estas grandes regiones no son homogéneas y esconden
grandes desigualdades en su interior.
Por lo que se refiere al número medio de hijos por mujer, el valor medio
mundial (3,4) abarca realidades muy diferentes. El bloque de países
industrializados se caracteriza por su gran homogeneidad y por que, en las
condiciones actuales, no tiene garantizado el relevo generacional. Sin embargo,
aunque este bajo nivel de fecundidad se ha instalado en Europa y Norteamérica
desde hace más de diez años, son raros los países en los que la población
comienza a disminuir, no tanto en razón de la inmigración como de la forma de
la pirámide de edades, inflada en las edades fecundas por el baby boom de los
años cincuenta y sesenta del siglo XX. Por el contrario, los países en desarrollo
muestran una gran divergencia: mientras algunos países tienen una descendencia
media similar a la europea, otros, con siete u ocho hijos por mujer, viven todavía
en régimen de fecundidad natural, es decir, la de una población sin prácticas
anticonceptivas eficaces. Entre ambos extremos, la inmensa mayoría de los
países en desarrollo parecen haber iniciado el camino que les conducirá al
control de la natalidad. Mientras llega ese momento, la población mundial
seguirá creciendo con fuerza.
La misma impresión de diversidad se obtiene si nos fijamos en los indicadores
de mortalidad. Frente a una esperanza de vida al nacer de casi 64 años para el
conjunto de la población mundial, mientras los países industrializados forman un
bloque bastante homogéneo en torno a los 74 años, la media de los países en
desarrollo (61 años) oculta grandes diferencias, que van desde apenas más de 50
años en África hasta más de 70 años en Asia oriental. En países como
Afganistán, Sierra Leona o Guinea la esperanza de vida no supera los 40 años,
mientras que en China sorprendentemente casi llega a 69 años. La tasa de
mortalidad infantil registra variaciones de rango similar. En Japón, de cada mil
recién nacidos sólo cinco mueren antes del año; en la mayoría de los países del
Sur asiático o de África mueren casi 100, en muchos países más de 120 y en
algunos muy desfavorecidos incluso más de 150. Hay países donde las
defunciones infantiles y juveniles llegan a constituir casi la mitad del total de
fallecimientos.
Población (1992), indicadores demográficos (1985-1990) y producción (1991) por grandes regiones del
mundo


Región Población N.º de hijos por Esperanza de vida Tasa de mortalidad PNB per
(millones) mujer al nacer infantil capita ($)

África 682 6,3 51,7 103 620

Asia Oriental 1.388 2,3 70,3 31 2.900

Asia 1.845 4,5 58,6 88 613
Meridional


América 485 3,4 66,5 53 2.160
Latina

Norteamérica 283 1,9 75,2 10 21.700

Europa 512 1,7 74,4 12 13.140

Antigua 285 2,4 69,1 24 5.500
URSS

Oceanía 28 2,5 71,5 25 11.300

Total mundial 5.479 3,4 63,3 68 3.800

Países en 4.234 3,9 60,7 76 763
desarrollo

Países 1.245 1,9 73,8 15 14.600
desarrollados

FUENTE: J. Vallin.

El estado actual de la población mundial no es, pues, precisamente


satisfactorio. Sin embargo es el futuro lo que despierta mayor preocupación y las
polémicas más encendidas. Los temores han ido incubándose desde mediados
del siglo XX, cuando la ONU comienza a hacer previsiones de población cada
vez más ajustadas y se adquiere conciencia plena de lo que puede llegar a
significar la explosión demográfica. No se trata simplemente de que hacia 2050
la población mundial habrá alcanzado con gran probabilidad los 10.000 millones
de efectivos; el problema es sobre todo que, de ellos, sólo poco más de 1.000
millones vivirán en países actualmente desarrollados, proporción que no parece
compatible con la distribución actual de la riqueza mundial.
Este tipo de consideraciones delimitan a grandes rasgos el campo en el que se
celebró, en 1974, en Bucarest la primera Conferencia Mundial organizada por
Naciones Unidas sobre los problemas de la población. La convocatoria se hizo a
instancias de los países ricos, preocupados por el crecimiento demográfico de los
países pobres, y las jornadas se caracterizaron por la violencia de los
enfrentamientos ideológicos. Caricaturizando las posiciones más extremadas
podríamos decir que, en un polo del espectro, los países ricos advertían sobre la
imposibilidad de iniciar el despegue económico sin una contención del consumo
—y, por tanto, de la natalidad— que facilitara el crecimiento de la inversión, y
pedían permiso para seguir entrando en los países pobres repartiendo
anticonceptivos a manos llenas. Así, de paso, conseguían reducir una presión que
podía llegar a poner en peligro el statu quo mundial. En el otro polo, los países
pobres respondían que su número era una parte importante de su fuerza, que el
control de la natalidad era consecuencia —y no causa— del crecimiento
económico, y que lo que había que hacer era plantear las relaciones
internacionales en términos menos imperialistas para que por fin pudieran
desarrollarse.
Más allá de estos discursos, lo que se hizo efectivamente en Bucarest fue
aprobar por amplia mayoría un plan mundial de actuación basado en el juicioso
reconocimiento de una doble imposibilidad: la de resolver el problema
demográfico sin desarrollo económico y social y la de salir del subdesarrollo sin
controlar el crecimiento demográfico. Una vez reconocida la evidencia, se
propuso una serie de recomendaciones, prudentes y adaptables a los distintos
contextos nacionales, que tenían en común la insistencia en la necesidad de
progresar en todos los frentes a la vez. Sin exagerar las virtudes del plan, puede
afirmarse que los gobiernos encontraron en él un estímulo para suscribir las
ideas propuestas en la conferencia, especialmente cuando se debatía su
aplicación en foros regionales mucho más discretos.
En 1984, cuando la ONU convocó una nueva conferencia mundial en México,
esta vez a petición de los países en vías de desarrollo, parecía que los papeles se
habían invertido completamente. Teniendo como telón de fondo la crisis
económica internacional, los países en desarrollo —que mientras tanto habían
podido medir el peso y el coste del crecimiento demográfico— pedían ayuda
para sus programas de planificación familiar; en cambio los países desarrollados,
ahora más tacaños con sus fondos y preocupados por la amenaza de
desmoronamiento de sus niveles de fecundidad, se mostraban mucho menos
entusiasmados a colaborar. El consenso volvió a encontrarse en la reafirmación
de la filosofía del plan mundial de actuación y en el reforzamiento de algunos de
sus aspectos: papel de las mujeres en el desarrollo, y especialmente su derecho al
trabajo, necesidad de modificar la fecundidad aunque no hubiera esperanzas
inminentes de desarrollo económico, relación aún más estrecha entre mejora de
la sanidad, desarrollo social y control de la natalidad. Dicho consenso se vio
apuntalado también por la posición oficial que había adoptado la Organización
Mundial de la Salud algunos años antes a favor del control de la natalidad en el
marco de una estrategia para mejorar la satisfacción de las necesidades
elementales de la población.
La tercera conferencia mundial sobre la población, celebrada en El Cairo en
1994, supone, en contra de las apariencias, la ampliación y profundización del
consenso internacional respecto de las cuestiones fundamentales. En primer
lugar, se entierra definitivamente la contraposición tradicional entre desarrollo y
políticas de población, es decir, la polémica acerca de si el desarrollo debe
preceder a la desaceleración demográfica o si ésta puede adelantarse a aquél. En
la actualidad es un hecho demostrado que las políticas de población no necesitan
esperar al desarrollo para ser eficaces y, al mismo tiempo, que los progresos en
la evolución de la economía contribuyen positivamente al cambio demográfico.
Como ha señalado J. Arango, es muy significativo que en la primera
recomendación del plan de acción allí aprobado se afirme que el desarrollo
económico y social es un factor clave para la solución de los problemas
demográficos, sin olvidar que los factores demográficos son muy importantes en
los planes y estrategias de desarrollo; en consecuencia, las políticas de desarrollo
deben formularse sobre la base de un enfoque integrado que tenga en cuenta las
interrelaciones entre población, recursos, el medio ambiente y el desarrollo. De
hecho, algunos de los países que en Bucarest defendían que «el desarrollo es el
único anticonceptivo eficaz», en El Cairo prefirieron proclamar que «la
planificación familiar también es desarrollo».
En segundo lugar, se enfatiza una concepción preferentemente cualitativa del
desarrollo —que se define como desarrollo humano y reposa menos en la renta
per capita al tiempo que se insiste en la educación, la salud y la participación de
todos los miembros de la comunidad—, de la que es parte integral, causa y
consecuencia a la vez, el cambio demográfico. El plan de acción se propone
definir un conjunto de políticas prioritarias para promover el desarrollo
sostenible a través de la combinación del crecimiento económico, la reducción
de la pobreza, la educación y la planificación familiar, englobada esta última en
el concepto más ambicioso de salud reproductiva. Este concepto incluye todo lo
referente a la salud en materia de sexualidad, concepción y alumbramiento, y
atañe a hombres y mujeres, jóvenes y viejos. El acento recae en la libre elección
de los individuos y las parejas, incluidos los adolescentes, en la capacidad de
decidir por sí mismos en materia de sexualidad y reproducción, tratando de
impedir que las decisiones —incluyendo la ausencia de opción— les vengan
impuestas y que sigan dependiendo del azar. Así se devuelve la planificación
familiar a su condición de instrumento y se contribuye a superar la «crudeza
demografista» en favor del énfasis en el incremento del bienestar personal de
mujeres y hombres.
Aunque se reconoce la necesidad de frenar el rápido crecimiento de la
población, en El Cairo se han dejado en un segundo plano las amenazas que se
ciernen sobre el futuro para poner el acento en las dramáticas consecuencias que
dicho crecimiento está teniendo ya en los países pobres que lo padecen. Así, el
plan no se propone tanto alcanzar metas demográficas como atender las
necesidades actuales de los hombres y las mujeres considerados
individualmente. Tras este planteamiento hay razones de prudencia y buen gusto,
pero también la consciencia de que una serie de mejoras materiales y sociales
suelen acabar entrañando la libre adopción, por parte de los individuos y de las
parejas, de estrategias reproductivas más racionales que determinan menos
nacimientos y más hijos y madres supervivientes con mejor salud y mejores
oportunidades de vida.
En tercer lugar —y es uno de los objetivos más precisos— el plan de acción
se propone que en 2015 todos los habitantes del mundo puedan acceder a la
planificación familiar, ya que se tiene la certeza de que el uso de anticonceptivos
es el principal determinante inmediato de la tasa de fecundidad. Ahora bien, más
allá de la provisión de los instrumentos, la generalización de las prácticas
anticonceptivas depende de manera crítica de la educación y participación de las
mujeres en la actividad económica remunerada; de ahí el énfasis del plan en la
necesidad de aumentar su capacidad de decisión. Y esto sí que es una auténtica
novedad, de trascendencia histórica, de la conferencia de El Cairo: hacer del
progreso de las mujeres, con sus fuertes repercusiones sobre la mejora de la
salud materno-infantil, el elemento central de las estrategias de desarrollo, lo
cual supone en última instancia una mayor igualdad entre los géneros.
La historia de las tres conferencias mundiales de población es, pues, la de un
discurso que ha ido perdiendo virulencia mientras ganaba matices y se hacía
mucho más articulado. Este proceso se ha visto facilitado por la reducción
paulatina que ha experimentado el ritmo de crecimiento de la población mundial
a partir de 1974, desde el 2,1 por 100 al 1,6 por 100 anual. Gracias al número
cada vez mayor de países en desarrollo que practican políticas efectivas de
planificación familiar, el estado estacionario comienza a vislumbrarse como una
realidad posible de alcanzar. No debe olvidarse, sin embargo, que, aunque el
ritmo de crecimiento siga remitiendo, durante las próximas décadas la población
mundial seguirá creciendo con fuerza y que, como ya se ha dicho, en 2050 los
habitantes del mundo seremos con gran probabilidad 10.000 millones. Ahora
bien, en la actualidad el problema de la población ya no se plantea
predominantemente en términos del número máximo de habitantes que puede
soportar el planeta y de si estamos acercándonos peligrosamente al punto de
saturación. Desde la perspectiva más serena que permite una fecundidad en
descenso, el problema de la población es que a largo y muy largo plazo sólo
tiene sentido apostar por una población estacionaria: ni la población de los
países en desarrollo puede seguir creciendo indefinidamente, ni la de los países
ricos decreciendo hasta su extinción.
Frente a algunas voces que defienden la no intervención en materia
demográfica confiando en que la población sabrá encontrar de nuevo sus propios
mecanismos de autorregulación, en general los demógrafos, los gobiernos y las
instituciones internacionales consideran que es necesario definir políticas de
población con dos objetivos globales: asegurar el reemplazo generacional en los
países desarrollados y reducir el crecimiento en los países en vías de desarrollo.
Estas políticas deben ser articuladas de manera que la búsqueda del interés
colectivo no entre en colisión con los derechos individuales; lo cual implica, en
particular, poner al alcance de todas las personas y parejas la posibilidad de
controlar su fecundidad, y en general que dichas políticas puedan ser discutidas
en un marco de libertades democráticas.
A través de un proceso jalonado de dificultades, poco a poco se ha ido
asentando un amplio consenso en torno a la necesidad de llevar a cabo políticas
de población. Sin embargo, según nos alejamos del dominio estricto de la
demografía y nos adentramos en el terreno de la economía política, donde se
plantea el problema de las relaciones Norte-Sur y de la redistribución de la
riqueza, ese consenso se va debilitando.

IV. LA POBLACIÓN ESPAÑOLA

La población española ha conocido una profunda transformación a lo largo del


siglo XX. Durante este período —por tanto, con cierto retraso respecto a las
sociedades más avanzadas— se produce la transición demográfica en nuestro
país, proceso que registran sin lugar a dudas todos los indicadores demográficos.
Como ha señalado J. Nadal, los hitos más importantes de este proceso son: 1) la
desaparición virtual de la mortalidad catastrófica típica de las sociedades
tradicionales con el cambio de siglo, 2) la aceleración de la caída de la
mortalidad ordinaria y de la natalidad a partir de la segunda década del siglo y
con un desfase temporal muy corto, 3) el envejecimiento de la población a partir
de la segunda mitad del siglo, y 4) la desaceleración del crecimiento y la
tendencia al estancamiento que se aprecia en fechas recientes.
Entre 1900 y 2001 la población española se ha más que duplicado, pasando de
18,8 millones a 28,8 en 1950 y a casi 41 al final del período. La natalidad, por su
parte, que a mediados de siglo superaba el 20 por 1.000 situándose así a medio
camino entre las bajas tasas de los países más avanzados y las altas tasas
latinoamericanas, en fechas recientes se ha colocado en torno al 10 por 1.000,
uno de los valores más bajos del mundo. La evolución del índice sintético de
fecundidad, que desde principios de los años ochenta no garantiza el reemplazo
generacional, confirma este dato. En 2000 cada mujer en edad fértil tuvo,
estadísticamente, 1,23 hijos. La mortalidad se mantiene prácticamente estable
desde 1960 en torno al 8 por 1.000, algo inferior a la media europea aunque
tendiendo a aumentar por efecto del envejecimiento. En relación con este
fenómeno debe destacarse que la población española disfruta de una de las
esperanzas de vida más altas del mundo. Durante el último período intercensal
(1991-2001) la población ha crecido un 5 por 100, lo que se debe sobre todo a la
inmigración, aunque la natalidad se ha recuperado ligeramente en los últimos
años.
La caída de la natalidad durante las últimas décadas ha sido espectacular.
Mientras en 1965 venía al mundo la generación más larga de la historia de
España —675.000 nacimientos—, en 1991 éstos se quedaron por debajo de los
400.000. Tan impresionante evolución, además desarrollada en un país de
tradición católica como España, aunque en Italia se registra un fenómeno similar,
ha suscitado el interés de los estudiosos. Conscientes de la complejidad de la
cuestión, los autores del V Informe Foessa invocan múltiples causas: laborales
(el paro juvenil), culturales (las ideologías sobre la infancia), informativas
(accesibilidad a sistemas eficaces de anticoncepción), sociales (incorporación de
la mujer al trabajo extradoméstico), económicas (incrementos en los costes de
los hijos), matrimoniales (reducción de la nupcialidad, incremento de la edad
media de la madre al nacimiento del primer hijo), ideológicas (secularización de
la sociedad), asistenciales (prestaciones por natalidad), urbanísticas (precio de la
vivienda, disponibilidad de servicios y equipamientos para la infancia) e incluso
políticas (desaparición, con la democracia, de la presión natalista y familista del
franquismo). Esta misma complejidad debe ser utilizada para matizar las
previsiones más alarmistas sobre el futuro de la población española. En este
sentido el caso de Francia es paradigmático: tradicionalmente preocupada con su
pobre crecimiento vegetativo, en la actualidad cuenta con una tasa de natalidad
sensiblemente superior a la española.
La población española en el siglo XX. Evolución de los principales indicadores demográficos y
comparación con la Unión Europea


España U.E.

1900 1950 1960 1970 1980 1990 1990

Población total (millones) 18,8 28,8 30,9 34,0 37,2 38,9 325,2


Tasa de mortalidad (‰) 28,8 11,6 8,6 8,3 7,7 8,6 10,1

Tasa de natalidad (‰) 33,8 21,4 21,6 19,6 15,2 10,3 11,9

Crecim. vegetativo 7,1 9,2 13,0 11,3 7,5 1,7 1,8

Hijos por mujer 3,9 2,7 2,9 2,8 2,2 1,4 1,6

Esper. de vida al nacer (años):

—Hombres 34 60 67 70 72 73 72

—Mujeres 36 64 72 75 79 79 78

Estructura de edades (%):

—0-14 34 26 27 28 26 21 18

—15-64 61 67 65 62 63 66 64

—65 y más 5 7 8 10 11 13 14

Total 100 100 100 100 100 100 100

FUENTES: Instituto Nacional de Estadística, Eurostat.

Por lo que se refiere a los movimientos migratorios a lo largo del siglo XX,
como han señalado R. Castelló y otros se observa un doble proceso. El primero,
de tipo interno, redistribuye la población en función de dos pautas: la del éxodo
rural (paso de medios rurales a capitales de provincia) y la que despuebla el
interior (con la excepción de Madrid) y congestiona la periferia. El segundo
proceso migratorio español es el de la salida al exterior, fundamentalmente en
dos direcciones que se suceden en el tiempo: hacia Sudamérica durante la
primera mitad del siglo y hacia la Europa del Mercado Común a partir de los
años sesenta. En conjunto, la movilidad de la población ha sido muy importante.
Según datos del INE, más de 15 millones de españoles mayores de diez años, es
decir más del 40 por 100 de la población, han tenido alguna experiencia
migratoria a lo largo de su vida, dentro o fuera de España, en la mayoría de los
casos por motivos de índole económica-laboral. Así, en cuanto al éxodo rural, en
la década de los sesenta cambiaron de residencia más de cuatro millones de
personas, más de tres millones en la década de los setenta y más de dos en la de
los ochenta. Como consecuencia de este proceso, en la actualidad más del 70 por
100 de los españoles residen en municipios de más de 10.000 habitantes. Sin
embargo, debe destacarse como novedad que, desde los años ochenta, los
principales núcleos industriales y urbanos que fueron centros de acogida en
décadas anteriores se están convirtiendo ahora en puntos de salida de la
población. Simplificando podría decirse que los centros de atracción más
importantes se están desplazando desde el Norte hacia la costa mediterránea.
Natalidad y mortalidad en varios países (1991)


Tasa de natalidad (‰) Tasa de mortalidad (‰)

Unión Europea 11,6 10,1

Bélgica 12,6 10,5

Dinamarca 12,5 11,6

Alemania 10,5 11,5

Grecia 10,1 9,4

España 9,9 8,6

Francia 13,3 9,2

Irlanda 15,0 8,9

Italia 9,7 9,5

Luxemburgo 12,9 9,7

Holanda 13,2 8,6

Portugal 11,8 10,6

Gran Bretaña 13,8 11,3


Estados Unidos 16,5 8,7

Japón 9,9 6,7

FUENTE: Eurostat.

En cuanto a las migraciones exteriores el dato más relevante es que España ha


dejado de ser un país de emigración y ha pasado a ser un país de inmigración. Se
trata de un cambio histórico significativo ocurrido en los años ochenta y que
continúa hasta hoy. En efecto, el crecimiento de la población se ha producido a
pesar de que el saldo migratorio ha sido negativo durante la mayor parte del
siglo. Así, durante los años sesenta y setenta casi cuatro millones de españoles se
vieron obligados a emigrar a Europa. Aunque muchos de ellos acabaron
regresando al cabo de cierto tiempo, durante los años noventa sigue habiendo
más de un millón y medio de españoles residiendo en el exterior. Sin embargo,
en la actualidad las salidas son mínimas mientras que, por el contrario, el
número de residentes extranjeros en nuestro país supera el millón y medio de
personas, cifra que incluye parte de la inmigración irregular (censo de 2001).
Durante el último período intercensal la población extranjera residente se ha
multiplicado por cuatro, pasando a representar el 3,8 por 100 del total de
residentes, porcentaje relativamente bajo en relación con otros países europeos.
Los colectivos foráneos más numerosos son los marroquíes (casi 250.000), los
ecuatorianos (más de 210.000) y los colombianos (más de 150.000).
La evolución de la estructura de la población por edades puede analizarse
utilizando dos indicadores: la tasa de dependencia y la proporción de población
menor de 15 años. El primero nos da la relación porcentual entre la población en
edad laboral (convencionalmente el grupo de 16 a 64 años) y el conjunto de la
población. El segundo —como ya hemos señalado— permite distinguir tres tipos
de población: progresiva (40 por 100 de población infantil), estacionaria (27 por
100) y regresiva (20 por 100). La población dependiente se ha mantenido
prácticamente estable desde 1950, representando aproximadamente un tercio del
total (32,67 por 100 en 2001). Lo que ha cambiado es el peso relativo de jóvenes
y viejos a favor de estos últimos. Esta situación es similar a la media europea,
aunque el grado de envejecimiento de la población española es todavía
ligeramente inferior.
En cuanto al carácter progresivo, estacionario o regresivo de la población
española, es evidente que nuestra pirámide demográfica ha evolucionado desde
la forma triangular clásica hacia otra más bien regresiva que acusa el
envejecimiento y no garantiza el reemplazo generacional. Si comparamos la
pirámide de 1991 con la de 2001, se aprecia claramente el efecto envejecimiento.
En diez años la población en edad escolar (hasta 15 años) se ha reducido en más
de 1,8 millones (del 21,1 por 100 al 15,6 por 100) mientras que la de 65 y más
años ha pasado de representar el 13,8 por 100 al 17 por 100, superando al grupo
de menores. Se trata de un problema típico de la mayoría de las sociedades
industriales que ya ha hecho alzarse algunas voces entre nosotros en demanda de
políticas pronatalistas de apoyo a la familia.
Pirámide de la población española (1991)

FUENTE: Instituto Nacional de Estadística.

Pirámide de la población española (2001)


FUENTE: Instituto Nacional de Estadística.

Evolución de la estructura de la población española por edades


Año Proporción de población (%)

0-14 (infantil) 15-49 (genésica) 50 y más (senil)

1900 33,5 48,6 17,9

1930 30,7 51,0 18,3

1950 26,2 53,7 20,1

1960 27,4 50,1 22,5

1970 27,9 48,0 24,2

1991 19,8 50,2 30,0

2001 14,5 52,5 33,0

FUENTE: A. de Miguel y elaboración propia.

BIBLIOGRAFÍA

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VALLIN, J. (1995): La demografía, Alianza, Madrid.
— (1995): La población mundial, Alianza Madrid.
6. CIUDAD Y URBANISMO

I. NACIMIENTO Y MUERTE DE LA CIUDAD

Hace aproximadamente doce mil años el hombre aprendió a cultivar la tierra y


a domesticar animales, dejó de ser sólo cazador y recolector y comenzó a
combinar estas actividades con la agricultura y el pastoreo. Esto redujo la
relación entre el número de personas y la superficie de tierra necesaria para
asegurar su subsistencia, permitiendo una mayor concentración de población y la
aparición de los primeros asentamientos humanos estables, poblados por muy
pocos centenares de habitantes. Aproximadamente cinco mil años después, el
desarrollo de la agricultura puso las bases para un aumento de la población, cuya
concentración en algunos puntos del territorio dio lugar al nacimiento de las
ciudades: asentamientos constituidos por varios miles de habitantes. Desde
entonces y hasta nuestros días el número de ciudades no ha dejado de crecer, ni
su tamaño ni la proporción de población que vive en ellas.
El proceso de urbanización, es decir, de concentración de la población en las
ciudades, ha experimentado diversas vicisitudes a lo largo de la historia. Hasta
los albores de la revolución industrial fue muy lento y atravesó largos períodos
de estabilidad. De hecho, antes de 1850 la población urbana no superaba a la
rural en ningún país del mundo. Desde esa fecha y hasta hoy se ha desarrollado
con enorme intensidad y puede decirse que es uno de los hechos más
significativos que afectan a la vida humana en la actualidad. A partir de la
revolución industrial el proceso de urbanización sigue una evolución semejante
en todos los países, aunque desfasada en el tiempo. En un primer momento la
población urbana crece rápidamente hasta constituir la mitad de la población
total; alcanzado ese umbral, el proceso pierde fuerza y tiende a estabilizarse
cuando tres cuartas partes de la población están ya instaladas en las ciudades. En
los países actualmente desarrollados la urbanización se vio fuertemente
estimulada por el proceso de industrialización, sin embargo en muchos países del
Tercer Mundo el éxodo a las ciudades se ha producido y se sigue produciendo a
pesar de que no haya tenido lugar la industrialización. Inspirándonos en J. J.
Macionis y K. Plummer podemos decir que el proceso de urbanización ha
conocido tres momentos clave (tres revoluciones urbanas) a lo largo de su
historia.

1)Aparición de las primeras ciudades con el descubrimiento y desarrollo de la


agricultura; en primer lugar, en Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates,
actual Irak; posteriormente, en otros tres puntos del planeta. Se trata por lo
general de ciudades muy pequeñas, pero la ciudad estado de Atenas llegó a tener
unos trescientos mil habitantes en la época de máximo esplendor de la Grecia
clásica. Aproximadamente los mismos que tenía Tenochtitlán (actual ciudad de
México), capital del imperio azteca, cuando se la encontró Hernán Cortés a
principios del siglo XVI. El caso más impresionante es el de Roma, que en el
momento cumbre de su imperio rozó el millón de habitantes. En el siglo XV la
ciudad europea más grande era París, con un cuarto de millón de habitantes; y a
principios del siglo XVIII Londres, con más de medio millón.
2)A partir de 1750, con motivo de la revolución industrial, el proceso de
urbanización experimenta un fuerte impulso en Europa. A principios del siglo
XIX sólo la décima parte de la población europea vivía en ciudades, a principios
del siglo XX la tercera parte, a finales del siglo XX dos terceras partes. Pero
después de la Segunda Guerra Mundial aparecen tendencias descentralizadoras y
el crecimiento de las grandes ciudades europeas se desacelera e incluso se
invierte. Durante los años setenta ciudades como París y Londres pierden
alrededor de un 20 por 100 de su población. En general hoy las ciudades
europeas suelen ser más pequeñas que las que han aparecido en los países de
industrialización reciente.
3)Desde mediados del siglo XX la urbanización crece sobre todo en los países
menos o poco industrializados. Hacia 1950 sólo la cuarta parte de la población
de estos países vivía en ciudades; en la actualidad lo hace probablemente más de
la mitad. En 1950 sólo siete ciudades del mundo superaban los cinco millones de
habitantes, dos de ellas situadas en países pobres o en vías de desarrollo; en 1995
eran treinta y siete, veinticinco de las cuales en estos países. En 1950 sólo
Londres y Nueva York tenían más de ocho millones de habitantes; en 1990
veintiuna ciudades superaban este tamaño, dieciséis de ellas en países en
desarrollo.

¿Cuáles son las condiciones que han hecho posible el desarrollo de la ciudad?
La vida urbana transcurre casi por definición al margen del trabajo agrícola. Por
tanto, una condición previa para que pueda nacer la ciudad es la existencia de un
nivel técnico y una organización social que permitan la producción de un
excedente fuera de la ciudad y la apropiación del mismo por parte de la
población urbana. En las civilizaciones antiguas estos recursos se lograban
principalmente mediante la esclavitud y los tributos impuestos por los
conquistadores o la clase gobernante. Así, desde el principio, las ciudades fueron
centros de almacenamiento, intercambio y redistribución de mercancías, pero
también de concentración del poder militar, burocrático y religioso detentado por
una minoría dominante no productiva.
Pero la vida urbana se desarrolló muy lentamente durante siglos. En la Europa
preindustrial las ciudades de más de cincuenta mil habitantes eran excepcionales;
las de veinte mil, mucho más frecuentes, podían considerarse como centros de
primer orden; y a principios del siglo XIX sólo una veintena escasa de ciudades
superaban los cien mil habitantes. Tres barreras impidieron durante mucho
tiempo el crecimiento de las ciudades por encima de estas modestas magnitudes:
1) la escasa productividad de la agricultura, que obligaba a gran parte de la
población a procurarse directamente sus alimentos y, por tanto, a vivir en el
campo; 2) el problema del transporte y conservación de los alimentos, que
limitaba el área de influencia de la que la ciudad podía obtener sus recursos; 3)
las precarias condiciones de salubridad de la vida urbana, que provocaban tasas
de mortalidad superiores a las del campo y epidemias periódicas en las que la
ciudad podía llegar a perder hasta dos tercios de sus efectivos; de hecho durante
siglos las ciudades sólo pudieron mantener su tamaño gracias al aporte constante
de población procedente del campo circundante. La ruptura de este triple corsé
con motivo de la revolución industrial disparó el proceso de urbanización.
Asumiendo el criterio de la ONU, que considera urbana a la población
residente en núcleos de más de veinte mil habitantes, durante la segunda mitad
del siglo XX la población urbana mundial se ha triplicado, y se calcula que a
principios de este siglo la mitad de la población del planeta vive ya concentrada
en ciudades. Las más grandes seguirán ejerciendo una poderosa atracción y
creciendo en número y tamaño, y en muchas de ellas viven entre quince y treinta
millones de personas. Este crecimiento se está produciendo sobre todo en los
países pobres, particularmente en África, cuya población urbana se ha triplicado
entre 1950 y 1975 y probablemente ha vuelto a hacerlo desde esta última fecha.
La concentración de la población en las ciudades está conduciendo a una
situación nueva en la historia de la humanidad y provocando unos problemas
también nuevos y en algunos casos muy graves. Todo ello justifica el interés que
el fenómeno urbano despierta entre las distintas disciplinas sociales.
¿Pero qué es la ciudad, dónde acaba lo rural y comienza lo urbano, qué
concentración de población es necesaria para que un «pueblo» se convierta en
«ciudad»? Esta pregunta no tiene respuesta concluyente. El criterio utilizado por
la ONU es tan bueno como cualquier otro y de hecho no es el único que se
utiliza en urbanismo. El problema es que no hay una cifra exacta de población
que separe la aldea de la ciudad pequeña o a ésta de la gran capital. La ciudad es
sobre todo una forma específica de vida comunitaria. Por tanto, el concepto de
ciudad no puede apoyarse sólo en indicadores cuantitativos, porque hace
referencia también a una realidad cultural. Lo que caracteriza históricamente a la
ciudad y la distingue del medio rural es el dinamismo que impregna todas las
relaciones sociales que tienen lugar en ella; un dinamismo que tiene su origen en
un grado de división del trabajo que, para poder desarrollarse, requiere co-
laboración y comunicación, pero que simultáneamente provoca competencia y
conflicto. Evidentemente el tamaño es una condición importante —incluso
necesaria— para que aparezcan formas de vida urbana, pero de hecho es posible
encontrar poblaciones pequeñas más «urbanas» que otras de tamaño superior.
Así pues, sin renunciar a cierto grado de imprecisión, diremos que una población
se convierte en ciudad cuando su tamaño y una determinada densidad de las
relaciones sociales que en ella se desarrollan le permiten alcanzar el umbral
urbano: el punto a partir del cual aparece lo que A. Pizzorno ha llamado el efecto
urbano, es decir, el motor que desencadena el proceso dinámico característico de
la ciudad. Pero ese umbral, insistimos, no puede fijarse de manera precisa en
términos exclusivamente demográficos, depende también de una multiplicidad
de factores complejos en función de los cuales se explica que en la periferia de
algunas metrópolis modernas no sea posible localizar el efecto urbano, mientras
que éste puede estar manifestándose con toda su fuerza en poblaciones mucho
más pequeñas.
¿Por qué crecen las ciudades? Si convenimos que el hombre escoge
libremente el lugar donde desea vivir —lo cual no es absolutamente cierto—
podríamos decir que si las ciudades crecen es porque la gente las encuentra
particularmente atractivas para vivir. Son muchos los factores que contribuyen a
explicar este crecimiento. Uno de los más significativos es la tendencia a la
concentración de las actividades productivas, que tiene su origen en la existencia
de las llamadas economías de aglomeración: una serie de ventajas de las que
disfruta un agente económico por el simple hecho de desarrollar su actividad
junto a otros agentes del mismo o distinto sector. Este proceso multiplica las
posibilidades de empleo y, por tanto, el atractivo de la ciudad. Pero en ella se
buscan también mejores servicios de todo tipo, relaciones sociales más variadas
y más intensas, es decir todos aquellos elementos generados por el efecto urbano
que la distinguen de la monotonía y de las escasas alternativas existenciales
características de la vida rural.
Ahora bien, a medida que prosigue el crecimiento parece como si la ciudad
alcanzara un segundo umbral que vamos a llamar umbral posurbano, tan
impreciso como el primero, a partir del cual el efecto urbano deja de funcionar:
comienzan a aparecer deseconomías de aglomeración, que fuerzan a muchas
actividades a desplazarse hacia el exterior, y las relaciones sociales se deterioran.
Muchas grandes ciudades actuales han empobrecido, aislado y atomizado a sus
habitantes hasta tal punto que su calidad de vida es inferior a la de muchas zonas
rurales. Cuando el efecto urbano pierde intensidad se pone en marcha un proceso
de decadencia que puede acabar en el colapso y muerte de la ciudad. Síntoma de
ello es el hecho ya apuntado del estancamiento de las grandes ciudades de los
países desarrollados. El mapa urbano actual tiene muy poco que ver con el de
principios del siglo XX, cuando las ciudades más grandes del mundo eran
Londres con seis millones y medio de habitantes, Nueva York con cuatro y París
con tres y medio.
Todas las ciudades —y cuanto más grandes peor— han de hacer frente a
diversos tipos de problemas, que podemos resumir en cuatro.

1) El casco antiguo, que suele coincidir con el centro de la ciudad, ve cambiar


su fisonomía. La presión especulativa expulsa los usos menos lucrativos y
modifica el carácter y funciones del centro. El aumento de la intensidad de
utilización del suelo incrementa la circulación viaria y la demanda de
accesibilidad, la calle se convierte en carretera y muchos espacios libres de uso
público en aparcamientos. El proceso se repite, a menor escala, en los barrios
adyacentes y tanto en éstos como en el mismo centro las condiciones de
habitabilidad se hacen cada vez menos atractivas: precios exorbitantes, ruidos,
congestión, escasez de equipamientos y de áreas de esparcimiento. Las grandes
intervenciones encaminadas a redefinir y rehabilitar la trama urbana de ciertos
núcleos históricos, están consiguiendo recuperarlos para determinados usos
ciudadanos y salvar las «piedras», pero no a las personas que las habitaban. El
caso del área portuaria de Londres, al este de la ciudad, es paradigmático. La
vieja zona degradada ha pasado a albergar todo tipo de comercios florecientes,
equipamientos culturales y apartamentos de lujo, pero ni sus antiguos moradores
ni la gente corriente puede vivir en ella.
2) La periferia soporta una fuerte presión demográfica, provocando una
urbanización caótica que es el resultado de múltiples actuaciones inconexas a las
que se pretende hacer frente desde los poderes públicos. El caso extremo es el
del chabolismo con todas sus graves secuelas, que en las grandes ciudades de los
países menos desarrollados alcanza dimensiones explosivas. En España este
fenómeno fue importante durante los años sesenta y setenta del siglo XX,
coincidiendo con las grandes migraciones interiores; en la actualidad se
mantiene relativamente controlado. Su erradicación completa es muy difícil
hasta en las sociedades más desarrolladas, entre otras razones porque la vivienda
(como la educación y la sanidad) es uno de los dominios donde el mecanismo
del mercado se muestra más torpe: el libre juego de la oferta y la demanda no
garantiza el acceso a una vivienda digna para todos.
3) Distancia cada vez mayor entre lugar de residencia y lugar de trabajo. La
especialización del territorio en polígonos industriales y zonas residenciales, los
precios prohibitivos de la vivienda en los centros comerciales y administrativos
y las dificultades crecientes de las unidades familiares para cambiar de
residencia siguiendo el itinerario de las actividades descentralizadas, son algunos
de los factores que explican la intensidad del tráfico cotidiano entre vivienda y
lugar de trabajo característico de todas las grandes ciudades. El coste que
provocan estas migraciones pendulares es enorme tanto para la ciudad, que debe
proveer y mantener unas infraestructuras cada vez más complejas, como para los
ciudadanos, muchos de los cuales ven alargarse su jornada laboral en dos, tres o
más horas diarias.
4) Gestión y eliminación de los residuos, que están provocando alteraciones
en muchos casos irreversibles del medio ambiente. Todas las ciudades tienen
problemas para procesar las toneladas de basura que generan diariamente, pero
la situación alcanza el paroxismo en las del Tercer Mundo. Millones de personas
no tienen agua corriente en sus casas ni servicio de alcantarillado, y al menos
millares de ellas habitan literalmente en los basureros con la esperanza de
encontrar allí lo suficiente para sobrevivir un día más. El Ensayo sobre la
ceguera de José Saramago es entre otras cosas una impresionante metáfora de la
muerte de la ciudad, que acaba sucumbiendo bajo sus propios detritos.

El deterioro de la trama urbana no es sino la manifestación externa de otros


cambios más significativos desde la perspectiva sociológica: el deterioro de la
calidad de vida y de las relaciones sociales ciudadanas. Las explosiones de
violencia urbana que periódicamente arrasan barrios enteros de algunas ciudades
del primer mundo son un indicador de hasta dónde están llegando las cosas.
Nueva York, que sigue siendo la capital económica y cultural del mundo, es
también el paradigma de lo que no debería ser el futuro de las ciudades
desarrolladas: riqueza y pobreza, bienestar y degradación, oportunidades vitales
y de empleo, criminalidad, tecnologías avanzadas, narcotráfico, personas sin
hogar, segregación social y rentabilidad económica registran allí sus valores
máximos. Dos datos bastan para hacernos una idea de la situación: en algunos de
sus barrios la esperanza de vida es menor y la mortalidad infantil mayor que en
algunos de los países más pobres del mundo. En definitiva, si la ciudad ha sido
durante siglos una referencia para el desarrollo de la vida humana por su
idoneidad para establecer relaciones sociales de todo tipo que hacían la
existencia más plena y fecunda, cabe preguntarse hasta qué punto sigue siéndolo
en la actualidad. Lo que no admite duda es que el efecto urbano ni se alcanza
automáticamente ni puede darse por descontado; es un objetivo a conquistar y a
conservar, tarea en la que tienen mucho que decir los mismos ciudadanos.

II. LA SOCIOLOGÍA URBANA

La distinción entre lo rural y lo urbano como formas diferenciadas de vida


social —afirma R. Nisbet— es una de las aportaciones más importantes de la
sociología al análisis de la sociedad. El hecho es que todos los grandes
pensadores del siglo XIX y principios del XX han utilizado algún tipo de
dicotomía rural/urbano para describir los cambios experimentados por la
sociedad como consecuencia de la revolución industrial y el éxodo masivo de
población hacia las ciudades. Y en este caso las diferencias metodológicas e
ideológicas que atraviesan toda la reflexión sociológica no han impedido la
coincidencia en un punto fundamental: la ciudad es el lugar por excelencia
donde toma cuerpo la nueva sociedad capitalista o industrial. El punto de partida
de esta reflexión podemos situarlo —como en otras ocasiones— en los filósofos
de la Ilustración quienes, en general, tienden a resaltar los aspectos positivos de
la vida urbana y, en algunos casos, incluso a idealizarla. Voltaire llegará a
afirmar que Londres —con su desarrollo comercial, político y cultural— se
había convertido en la Atenas de la Europa moderna.
Para comenzar debemos distinguir claramente entre la sociología europea de
la ciudad y la norteamericana, pues responden a preocupaciones teóricas y
realidades históricas muy diferentes. En Europa el fenómeno urbano tiene siglos
de existencia y se remonta a la ciudad medieval. Una realidad incluso
físicamente diferenciada, pues tiene puertas y murallas, en la que comienza a
gestarse lentamente un modo de vida que acabará destruyendo la sociedad
feudal. La ciudad es el soporte espacial en el que se desarrollan los conflictos
que impulsan el cambio hacia la sociedad moderna y su evolución. Por el
contrario, la ciudad americana es joven, nace virtualmente de la nada merced a
un crecimiento demográfico muy intenso, que se produce durante un período
relativamente breve, protagonizado por inmigrantes de origen muy diverso. El
desorden social correspondiente absorberá la atención de los sociólogos urbanos
estadounidenses, cuya preocupación fundamental será cómo conseguir la
integración social de grupos humanos culturalmente tan heterogéneos. Inspirada
originariamente en la reflexión europea, la sociología urbana americana pronto
desarrollará un pensamiento original que será dominante durante buena parte del
siglo XX.
A finales del siglo XIX otro gran autor clásico —el sociólogo alemán
Ferdinand Tönnies (1855-1937)— estudió las características de las nuevas
metrópolis industriales comparando la vida urbana y la rural mediante dos
conceptos que han pasado a formar parte del vocabulario sociológico:
Gemeinschaft y Gesellschaft (comunidad y sociedad). Comunidad es un tipo de
organización social en la cual la gente está unida fuertemente por lazos
familiares y de tradición. En los pueblos y las zonas rurales, la gente se mantiene
unida por vínculos familiares, de vecindad y de amistad. Comunidad es, por
tanto, cualquier contexto social en el que la gente forma parte de lo que podría
considerarse un único grupo primario. En la ciudad moderna no hay
organizaciones de este tipo. Por el contrario, la urbanización impulsa la aparición
de asociaciones, un tipo de organización social en la cual la gente está unida
entre sí débilmente y motivada por el propio interés. En este caso lo que se busca
es más la satisfacción de las propias necesidades y deseos que la promoción del
bienestar colectivo. Los habitantes de las ciudades muestran poco sentimiento de
comunidad o de identidad común y ven a los demás, sobre todo, como un medio
para conseguir sus propios objetivos personales. Así pues, la urbanización
erosiona las relaciones sociales primarias favoreciendo los vínculos esporádicos
e impersonales típicos de las relaciones económicas. Es inevitable establecer un
paralelismo entre esta dicotomía y las sociedades basadas en la solidaridad
mecánica u orgánica de Durkheim.
También Georg Simmel utiliza un esquema dicotómico para estudiar las
transformaciones que experimenta la vida social en el marco de la gran ciudad
moderna; pero esta vez su interés se centra en las formas psíquicas de la vida
social, pues lo que le preocupa son sobre todo los cambios que acusa la
personalidad del habitante de la gran ciudad. En el interior del individuo operan
dos tipos de fuerzas: las fuerzas profundas (sentimientos y relaciones afectivas)
y las fuerzas superficiales (el raciocinio). En realidad se trata de dos vidas
psíquicas divergentes que se corresponden con dos formas de organización
social: por un lado, la comunidad rural y la ciudad pequeña, por otro, la gran
metrópolis. La primera está dominada por la costumbre, por el ritmo lento y
uniforme de las sensaciones, por la emotividad y el sentimiento; la segunda se
caracteriza por el cambio constante y por el ritmo febril de las sensaciones. La
vida en la gran ciudad moderna significa ante todo una ampliación inusitada de
las posibilidades de elección, por tanto, la gran ciudad es el reino potencial de la
libertad, el ambiente ideal para activar aquella propensión a la libertad propia de
la naturaleza humana. Ahora bien, mientras la vida afectiva necesita un marco de
regularidades y de certidumbres para poder desarrollarse, porque se adapta con
muchas dificultades al cambio, la gran ciudad intensifica los estímulos nerviosos
del individuo y lo somete a un desgaste permanente. La respuesta del individuo
ante el ambiente metropolitano —si no quiere caer en la psicosis— no puede ser
otra que la de desarrollar el raciocinio. El resultado es que el habitante típico de
la metrópolis occidental se caracteriza por su actitud intelectualista, por su
apatía, por su no implicación afectiva. En la gran ciudad domina la economía
monetaria, basada en la extensión del mercado. Las relaciones mercantiles se
caracterizan por su pragmatismo y por el anonimato creciente. Todas las
relaciones sociales tienden a convertirse en mercantiles, dejan de ser personales.
El dinero se convierte en el centro alrededor del cual se mueven las relaciones
interindividuales, desvalorizando las relaciones emotivas y revalorizando las
relaciones racionales. Al final el individuo es simplemente uno entre cien mil; un
ser solitario entre una multitud de seres solitarios, semejantes a él en esta
indiferencia; una unidad en una masa amorfa de individuos idénticamente
apáticos, incapaces de cualquier sentimiento que no responda a las reglas de una
sociedad basada en el valor monetario, primero de las cosas, luego también de
las personas. Paradójicamente, esta visión tan negativa de la vida en la gran
ciudad —en buena medida premonitoria— no conduce a Simmel hacia ningún
tipo de nostalgia por la organización social de la comunidad pequeña. A pesar de
todo, para él la metrópolis es el reino de la libertad individual: el lugar donde
todo ser humano, una vez liberado de la mezquindad y los prejuicios típicos de
la mentalidad de la ciudad pequeña, puede por fin expresar su personalidad de
modo particular e incomparable.
G. Bettin ha reivindicado la necesidad de recuperar el original enfoque
weberiano para entender el fenómeno urbano. Weber intenta construir una teoría
del desarrollo urbano occidental comparando las características distintivas de la
ciudad medieval europea con el medio rural circundante y con las
aglomeraciones urbanas orientales, que a pesar de su tamaño nunca llegaron a
constituirse como verdaderas ciudades. En el fondo Weber está elaborando una
primera aproximación al nacimiento y desarrollo de la democracia en Europa y,
por tanto, en el mundo. Según él la ciudad es un invento occidental que tiene su
origen en las ciudades estado griegas y pasa por las ciudades del Imperio
Romano, los burgos medievales fortificados y las ciudades estado renacentistas
hasta desembocar en las ciudades europeas y americanas del siglo XX.
Lo que caracteriza al burgo medieval es que antes o después se dota de una
legislación, tribunal y órganos de gobierno al menos parcialmente propios; es
decir, la consecución de cierta autonomía política que permite a los ciudadanos
participar de alguna manera en el nombramiento de las autoridades municipales.
El habitante de la ciudad es un individuo que antes o después puede escapar de
su condición de siervo y acceder a la categoría de ciudadano. La ciudad es, pues,
el lugar de emancipación de la servidumbre feudal, donde el ciudadano accede a
un estatuto jurídico particular que le distingue del campesino. El concepto de
ciudadano en contraposición al de campesino no existía fuera del ámbito cultural
europeo. En China, por ejemplo, nunca llegó a desarrollarse la ciudad como
entidad independiente, no se desarrolló una administración autónoma ni llegaron
a elaborarse leyes ciudadanas; la ciudad china nunca reivindicó sus derechos
frente al gobierno de las provincias ni frente al gobierno central. Fue quizás el
complejo equilibrio de fuerzas entre el poder de la Iglesia, el de los señores
feudales y el de la monarquía el que permitió que comenzara a desarrollarse el
poder ciudadano. Fueron en todo caso las peculiaridades del mercado urbano
occidental y el derecho de comerciar con el suelo urbano lo que permitió
desarrollarse una actividad económica libre cuyos beneficios se utilizaron para
romper los vínculos feudales. La ciudad occidental es para Weber la condición
necesaria, aunque no suficiente, para el desarrollo del capitalismo.
Profundizando en esta dirección el historiador H. Pirenne, en obras como Las
ciudades en la Edad Media (1939), explicará cómo en la ciudad reside el germen
que ha hecho posible el desarrollo de las democracias actuales. Podríamos decir
que la historia del desarrollo urbano occidental es la historia de la ampliación de
aquella parte de la población a la que se le reconocen los derechos de
ciudadanía.
Mientras en Alemania se están desarrollando unas teorías en las que la ciudad
es casi una excusa para reflexionar sobre las características de la nueva sociedad
emergente, en Estados Unidos el proceso de urbanización está conociendo una
aceleración brutal y provocando problemas sociales y políticos de primer orden.
La gran ciudad americana es el punto de llegada de un amplio flujo migratorio
proveniente de Europa y de las ciudades pequeñas y comunidades rurales de la
misma América, un conglomerado de grupos étnicos, nacionalidades y clases
sociales. El paro, la falta de viviendas, el crimen y la confusión caracterizan la
vida urbana en fuerte contraste con el cuadro social típico de las comunidades de
origen de la mayor parte de la población recién llegada a la gran ciudad.
Chicago, por ejemplo, en apenas tres décadas duplica su población pasando de
1.700.000 habitantes en 1900 a 3.400.000 en 1930. Durante los años veinte esta
ciudad constituía un terreno ideal para las investigaciones de quienes se
ocupaban de los fenómenos de desorganización social y cambio institucional, ya
que era uno de los casos más virulentos de explosión urbana registrados en la
historia de la ciudad occidental.
No es por tanto casual que en la Universidad de Chicago la investigación y la
reflexión sociológica sobre la ciudad conociera un desarrollo sin precedentes. Es
allí donde nace la llamada sociología urbana, reconocida oficialmente como
disciplina autónoma por la Asociación Americana de Sociología en 1925, con
motivo de un coloquio dedicado al tema.
La preocupación de los investigadores de Chicago por independizar la
sociología de la filosofía y de otras ciencias sociales académicamente rivales, y
de dotarla de un aparato conceptual y de métodos científicamente irrefutables —
a imagen de los de las ciencias naturales— al objeto de proporcionar
conocimientos operativos con los que poder hacer frente al problema urbano, les
llevó a adoptar un enfoque ecológico, inspirado en el pensamiento de Darwin. A
pesar de que la perspectiva ecológica ha recibido diversas críticas y de que la
actividad investigadora y las propuestas de la Escuela de Chicago están
fuertemente condicionadas por la situación de esta ciudad durante las primeras
décadas del siglo XX, la contribución teórica de los ecólogos urbanos constituye
todavía una fuente aprovechable de la que pueden extraerse conceptos e
hipótesis utilizables para estudiar la ciudad occidental contemporánea. Veamos
pues algunas de las propuestas de esta escuela.
Los fenómenos sociales —como es el caso de la ciudad— no se distribuyen de
manera aleatoria en el espacio sino de acuerdo con cierta lógica que tiene que
ver con las características del medio y con los procesos de adaptación al mismo.
Por tanto, para estudiarlos es necesario aplicar el esquema teórico de la ecología
vegetal y animal. Según Robert E. Park, la comunidad humana es un caso
especial de comunidad simbiótica, que se desarrolla allí donde varias
poblaciones de plantas, animales o personas ocupan un determinado hábitat por
cuyos recursos compiten.
El primer problema que tiene que resolver todo agregado de seres vivos es el
de la lucha por la existencia y, por tanto, el de la adaptación de las especies al
medio ambiente. Esto implica en primer lugar competencia y, por tanto,
conflicto. Ahora bien, particularmente en el caso del grupo humano, la
adaptación se produce también mediante modificación del medio a través de un
proceso de división del trabajo que requiere formas de cooperación y en
definitiva un sistema cultural que regule la lucha por la existencia y permita el
establecimiento de relaciones de solidaridad. Dicho de otra manera, a través de
la competencia se alcanza una situación de equilibrio entre las diferentes
especies que componen una comunidad humana y entre todas ellas y el medio.
Mientras el equilibrio se mantiene, la competencia se supera y se convierte en
cooperación; pero cuando el equilibrio se altera —por ejemplo, a causa del
crecimiento desproporcionado de una de las especies (inmigración)— vuelve a
agudizarse la competencia que dará lugar a una nueva situación de equilibrio
mediante reajustes en la división del trabajo.
Así pues, aun en la caótica vida urbana conviven, junto a la competición, otras
tendencias que mantienen unidos a los hombres en una comunidad de valores, a
pesar de aquellos impulsos «naturales» que les llevan al conflicto. Por tanto, la
organización social se articula en dos niveles analíticamente distintos y
característicos de las comunidades humanas: el biótico y el cultural. Ambos
niveles responden a principios diferentes. Si la ley de la lucha por la
supervivencia prevalece a nivel biótico, el principio de la comunicación y del
consenso prevalece a nivel cultural. Así, la competición encuentra un elemento
de freno y de regulación en la cultura. La ecología humana intenta analizar cómo
se mantiene el equilibrio y cómo puede volver a alcanzarse cuando se altera.
Un concepto particularmente útil derivado del enfoque ecológico es el de área
natural. Cada ciudad desarrolla tendencias y crea situaciones que se encuentran
de forma similar por doquier. Estas fuerzas generan en el tejido urbano una
determinada distribución de la población. Siempre según Park, la comunidad
urbana se ofrece al observador atento como un conjunto de áreas más pequeñas,
diferentes entre sí incluso en el precio del suelo pero todas más o menos típicas,
que están definidas por una característica clave: su función o principio
catalizador de la comunidad que vive allí. Toda gran ciudad tiene un centro
comercial, áreas exclusivamente residenciales, áreas industriales, ciudades
satélite, suburbios, guetos, colonias de inmigrados, zonas que conservan una
cultura más o menos extranjera y exótica; casi toda gran ciudad tiene barrios
habitados por bohemios y vagabundos, donde la vida es más libre, más
aventurera y más solitaria que en cualquier otra zona. Éstas son las denominadas
áreas naturales. En ellas reaparecen las relaciones primarias típicas de la
comunidad rural —el vecindario— al tiempo que la ciudad-comunidad se
debilita y pierde significación para el individuo. Son naturales, en primer lugar,
porque nacen, existen y se desarrollan sin planificación alguna y cumplen una
función; y, en segundo lugar, porque tienen una historia «natural», es decir,
porque con el paso del tiempo asumen algo del carácter de sus habitantes, son el
producto en términos históricos de quien ha vivido y de quien continúa viviendo
allí. Toda planificación urbana que no tenga en cuenta la existencia de áreas
naturales está condenada al fracaso.
La aportación más conocida de la Escuela de Chicago es probablemente la
teoría de los círculos concéntricos que elaboró Ernest W. Burgess, inspirándose
en el caso de Chicago, para explicar el crecimiento de la ciudad. La expansión
del espacio urbano sigue un proceso que se desarrolla en varias fases sucesivas y
puede representarse mediante cinco círculos concéntricos.

1) El centro, que es el asentamiento originario. Contiene, como un


microcosmos, la ciudad tal como se irá materializando posteriormente en una
serie de zonas diferenciadas, cumpliendo cada una de ellas funciones
particulares indispensables para el conjunto. Con la expansión, el asentamiento
originario se convierte en el núcleo de la ciudad, es decir, el punto donde se
concentran las funciones generales: comercio, oficinas, ocio, nudos de
comunicación y poder político-administrativo.
2) En torno al centro encontramos una segunda zona caracterizada por la
presencia de actividades industriales y por el deterioro residencial; aquí se
instalan los recién llegados a la ciudad, la primera generación de inmigrantes.
3) A continuación aparece una tercera zona de carácter residencial habitada
por obreros que han abandonado el área deteriorada pero que quieren
permanecer cerca del lugar de trabajo, por ejemplo, la segunda generación de
inmigrantes.
4) Zona también residencial, pero se diferencia de la anterior por la mayor
calidad de las viviendas y por las mejores dotaciones de equipamientos; está
ocupada por las clases medias.
5) Barrios dormitorio, ocupados por los trabajadores que se desplazan
diariamente, en movimiento pendular, hasta el lugar de trabajo; están situados
como máximo a una hora y como mínimo a media hora de viaje del centro
comercial.

Todas estas zonas no están rígidamente delimitadas sino que se van


modificando a medida que la ciudad se desarrolla. La expansión urbana es el
resultado de dos tipos de movimientos o fuerzas, uno de extensión-sucesión y
otro de centralización-descentralización. Cada zona tiende a extenderse en
superficie, lo que provoca la invasión del área contigua y la sustitución de los
habitantes: a las «grandes familias» les suceden las clases medias; en el área
deteriorada, habitada ahora por neoinmigrados y delincuentes habituales,
residían pocos años antes los trabajadores autóctonos. Es decir, en la ciudad
encontramos procesos de invasión, asimilación y rechazo similares a los que se
dan en la naturaleza. El centro de la ciudad, por su parte, ejerce una atracción
determinante sobre todas las demás zonas a causa de los servicios y
equipamientos de todo tipo que allí se concentran. También el sistema de
comunicaciones tiende a hacer gravitar la población de la ciudad hacia el núcleo
central, pero las dificultades ocasionadas por la congestión de este núcleo y la
creciente complejidad de los transportes urbanos favorecen un proceso de
descentralización que actúa en dirección opuesta.
El modelo de Burgess despertó reacciones muy diferentes. Muchos lo
aceptaron como esquema para la interpretación de los datos más variados sobre
desorganización social en el espacio urbano, pero tampoco faltaron críticas que
incluso desembocaron en modelos alternativos. Así se señala, por ejemplo, el
hecho de que dentro de cada espacio formado por círculos concéntricos se
encuentran los datos más heterogéneos y no existe correspondencia alguna entre
zonas circulares y áreas naturales, ya que estos espacios geométricos no respetan
la red de relaciones culturales y funcionales. Además, el núcleo central tiende a
adoptar formas irregulares o al menos en ángulo recto más que circulares.
Finalmente, la falta de adecuación de la propuesta de Burgess a la evolución real
de muchas ciudades propició intentos de explicaciones alternativas, como la
hipótesis de los sectores radiales o la de los núcleos múltiples. Más en general,
como ha señalado Bettin, parece que Burgess dio demasiada importancia a la
distancia respecto al centro en cuanto variable explicativa de la distribución de la
población, mientras que no consideró otros factores relevantes como la
localización espacial de los demás grupos sociales, económica y étnicamente
diferentes, el tipo de vivienda o la misma antigüedad de la ciudad.
En torno a los años setenta del siglo XX nace en Europa la llamada nueva
sociología urbana (V. Urrutia). Frente al enfoque ecológico, ésta se caracteriza
por una concepción menos determinista del espacio y por su inspiración
weberiana o marxista. Tras una amplia variedad de intereses investigadores y
objetivos analíticos se esconden algunas preocupaciones fundamentales. Cómo
intervienen los diferentes grupos y clases sociales en conflicto en la
configuración del espacio y la gestión de la ciudad; es decir, cómo se materializa
el poder en la vida urbana. Cómo se distribuyen los recursos urbanos (viviendas,
equipamientos de todo tipo) en el espacio; más en concreto, qué papel
desempeñan los gestores urbanos (individuos que ocupan posiciones estratégicas
en el sistema), el Estado en sus niveles central o local, las asociaciones de
vecinos, etc. en la planificación urbana. El espacio como espejo en el que se
reflejan las desigualdades sociales, como escenario de la lucha de clases o como
recurso que intentan controlar los movimientos sociales urbanos. Las
peculiaridades y paradojas de un mercado tan especial como el de la vivienda, en
el que a pesar de haber viviendas vacías y personas que no pueden acceder a
ellas se sigue construyendo a precios cada vez más altos.
Manuel Castells —uno de los sociólogos con una trayectoria investigadora
más larga y fecunda en este dominio— concibe la ciudad, entre otras cosas,
como una unidad de consumo colectivo. En las sociedades de capitalismo
avanzado, más que lugar de producción, la ciudad es un contenedor espacial
dentro del cual la fuerza de trabajo se reproduce a través del consumo colectivo
(educación, sanidad, etc.); aunque también es el lugar donde los diferentes
grupos sociales compiten por el poder político y defienden su identidad cultural.
Los fenómenos de segregación residencial hay que estudiarlos en relación con la
estratificación social; las desigualdades sociales urbanas, en relación con la crisis
del Estado de bienestar y sus repercusiones sobre los servicios colectivos
locales; la ciudad dual, con los procesos en curso de polarización social. Un
tema que llama cada vez más la atención es el del uso y acceso a las nuevas
tecnologías de la información desde las diferentes unidades espaciales como
factor decisivo que refuerza las relaciones jerárquicas entre las ciudades.
En general, la sociología urbana tiende a trabajar cada vez más coordinada
con otras disciplinas (arquitectura, derecho urbanístico, economía regional,
geografía urbana) tanto para estudiar la ciudad como para intervenir en la
planificación urbanística. Pero la ciudad es contemplada cada vez menos en sí
misma y cada vez más como lugar en el que pasan cosas, donde se pueden
analizar procesos sociales más complejos. Tiende pues a reforzarse
analíticamente la vinculación entre lo local y lo global, entre lo microsociológico
y lo macrosociológico; entre lo que está pasando en un lugar concreto, y por
tanto puede observarse empíricamente, y teorías más amplias sobre la sociedad
en su conjunto.
Esta evolución intelectual es en buena medida inevitable, pues si la reflexión
sociológica sobre la ciudad tuvo como objeto de estudio en un principio un
fenómeno indiscutiblemente diferenciado, en la actualidad lo que hay que
distinguir es lo no urbano, porque la ciudad y el modo de vida urbano están cada
vez más extendidos y afectan a toda la sociedad. La historia de la humanidad es
la historia de la lucha por urbanizar una Naturaleza enemiga. Cuando la
dominación técnica de una naturaleza domesticada (sometida al hombre) ha
hecho cierto el peligro de acabar definitivamente con ella, se ha descubierto que
la naturaleza es también una aliada del hombre, porque la vida no es posible sin
ella. Ahora hay que ponerle puertas y murallas al campo para protegerlo; ¿qué
son si no los parques naturales? Y las ciencias sociales han tenido que acuñar
nuevos conceptos que permitan captar el fenómeno urbano en la medida en que
éste ha desbordado las barreras de los términos municipales, levantadas en base
a criterios administrativos cada vez menos operativos, para hacer frente a los
problemas que se pretende analizar. Veamos algunos de estos conceptos.
El proceso de urbanización supone en muchos casos la transformación de la
ciudad en el centro de una extensa zona geográfica cuyas actividades
económicas y sociales forman un sistema más o menos integrado. Eso es el área
metropolitana. A. de Esteban ha analizado sistemáticamente las diferentes
acepciones de este concepto. Retengamos algunas ideas clave. La difusión de la
ciudad hacia su entorno implica también generalmente la expansión de los
núcleos periféricos relativamente próximos y el aumento de su dependencia
respecto a ella, intensificándose las relaciones de todo tipo con el centro. El
espacio libre entre los diferentes núcleos poblacionales es ocupado
progresivamente, la densidad demográfica crece, los movimientos pendulares
entre centro y periferia (de lugar de residencia a lugar de trabajo) se multiplican,
las actividades económicas se diversifican y surge una gran variedad de servicios
tanto a las familias como a las empresas.
El área metropolitana se va conformando a medida que la ciudad engulle en su
demarcación administrativa municipal los núcleos periféricos originariamente
autónomos, hasta que tropieza con procesos expansivos similares procedentes de
localidades más alejadas que se acercan hacia ella a costa del espacio rural. Al
final lo que tenemos es varias docenas de municipios formalmente
independientes pero que de hecho constituyen un espacio urbano continuo sobre
el territorio, muchos de cuyos problemas sólo pueden ser abordados desde un
punto de vista unitario. El área metropolitana puede ser definida también como
una zona en la que existe una gran ciudad central que extiende su influencia
sobre los municipios circundantes dando lugar a una cierta continuidad urbana y
a un complejo estable de relaciones cotidianas socioeconómicas.
Pero el concepto de área metropolitana tampoco agota la realidad del proceso
de urbanización, lo que ha dado lugar a la definición de ciudad región o región
urbana: varias áreas metropolitanas fuertemente conectadas que forman un
sistema polinuclear con o sin preponderancia clara de un centro dado, que
contiene varias cuencas de movimientos pendulares domicilio/trabajo, áreas de
recreo y núcleos económicamente especializados dentro de una diversificación
general de actividades industriales y terciarias. Se habla igualmente de
megaciudades (las que tienen más de ocho millones de habitantes); y de
megalópolis, término acuñado en 1961 por el geógrafo J. Gottmann para
designar una amplia región urbana que contiene varias ciudades y las zonas
periféricas que las circundan. Aunque llegados a este punto uno ya no sabe si la
megalópolis es una región urbana muy grande o varias regiones urbanas cada
vez más inter- conectadas, pues está constituida por cientos de ciudades y sus
correspondientes áreas de influencia que, vistas en vuelo nocturno, dan la
impresión de ser una ciudad interminable; como ocurre en el litoral atlántico y
pacífico de los Estados Unidos.
Finalmente, en 1986 J. Friedman desarrolló la idea de la existencia de
ciudades mundiales: amplias regiones urbanas fuertemente conectadas entre sí, a
través de las cuales fluyen las finanzas, las decisiones económicas y la cultura.
Estas ciudades (Chicago, Londres, Los Ángeles, Nueva York, París, Tokio) no
pueden entenderse al margen de la gran red financiera mundial. Son ciudades
con mucho poder económico que dirigen las inversiones globales y la
concentración y acumulación del capital. La actual economía globalizada
mundial tiene el poder financiero localizado en tres centros neurálgicos: Nueva
York, Londres y Tokio.
En las cinco ciudades más grandes del mundo vive hoy más gente que en todo
el planeta cuando las ciudades aparecieron por primera vez. A medida que lo
urbano tiende a confundirse con la sociedad misma, la sociología urbana parece
condenada a disolverse en la sociología general. Sea como sea, no debemos
olvidar al menos un rasgo distintivo de ella: su insistencia en que ningún
fenómeno social se produce en el vacío sino vinculado inevitablemente al
territorio, y por tanto que el espacio es una variable a tener siempre en cuenta al
intentar abordarlo.

III. URBANISMO Y PLANIFICACIÓN URBANA

No es lo mismo construir un puente que intentar recuperar un barrio


degradado o forzar el crecimiento de la ciudad hacia el norte. En el primer caso
estamos ante una intervención concreta y coyuntural sobre el territorio que va a
tener efectos inmediatos y ajustados a un objetivo perfectamente definido. En el
segundo necesitamos una teoría que nos permita explicar cuáles son las fuerzas
que operan sobre la ciudad, definir una estrategia amplia que oriente procesos de
desarrollo, formular determinadas previsiones de futuro, diseñar conjuntos de
acciones o intervenciones combinadas y establecer las etapas de la actuación.
Urbanismo es el conjunto de conocimientos que permiten actuar racionalmente
sobre la realidad urbana. Planificación urbana es el conjunto de procedimientos
mediante los cuales se organiza una serie de intervenciones sobre el territorio
encaminadas hacia la consecución de objetivos más imprecisos que sólo pueden
alcanzarse a largo plazo, si es que se alcanzan. Históricamente, la planificación
urbana se ha ido afirmando como una necesidad a la vista de los perjuicios e
inconvenientes provocados por el proceso espontáneo de urbanización. Es un
instrumento para establecer un orden en el desarrollo de ese proceso tanto a nivel
espacial como temporal. El urbanismo moderno surge básicamente como
respuesta a los problemas generados por la revolución industrial en relación con
la ciudad.
Siguiendo básicamente a F. de Terán, comenzaremos distinguiendo entre dos
grandes tipos de respuesta: el utopismo reformista y las intervenciones efectivas.
El primero parte de una visión crítica de la situación social existente, rechaza la
realidad urbana y propone alternativas. El desorden urbano es valorado como la
manifestación de la desorganización de la sociedad, la cual debería ser
reconstruida sobre bases nuevas. Los orígenes de esta corriente hay que
buscarlos en las ideas de la Ilustración y en la Revolución francesa. A partir de la
crítica de las doctrinas liberales se asocia reforma social con cambio de la
realidad urbana. El cambio consiste en organizar la sociedad en una serie de
células comunitarias de carácter urbano-rural capaces de contrarrestar las
consecuencias del desarrollo industrial. Robert Owen en Gran Bretaña y Charles
Fourier en Francia son las dos figuras más destacadas del utopismo reformista.
El primero, un empresario de origen humilde, intentó mejorar las condiciones de
vida de sus trabajadores y en 1817 propuso reorganizar la sociedad a partir de la
creación de comunidades reducidas de unas 1.200 personas que se alojarían en
viviendas unifamiliares formando un rectángulo con los equipamientos en el
centro. El segundo en 1822 expuso sus propuestas de organización socio-
espacial que se concretaron en la idea del Falansterio o Palacio Social: un gran
edificio dispuesto para albergar la vida y el trabajo en común de 1.620 personas.
Por lo que se refiere a las intervenciones efectivas, se hacen tanto para crear
tejido urbano nuevo como para modificar el ya existente. A partir del siglo XIX,
el laberinto medieval característico del centro de muchas ciudades europeas
comienza a transformarse mediante actuaciones como la apertura de grandes
avenidas, el derrocamiento de las murallas y la creación de barrios nuevos
caracterizados por su regularidad geométrica y la mayor anchura de sus calles.
Era la respuesta al crecimiento de la población, del tráfico y de la conflictividad
social, que planteaba problemas de orden público difícilmente controlables en
las callejuelas del casco antiguo. El ejemplo más claro es el de París. A partir de
1860, bajo la autoridad de Napoleón III y la dirección del prefecto Hausmann, la
ciudad fue sistemáticamente demolida y reconstruida, el viejo corazón medieval
se vio atravesado por una impresionante red de bulevares muchas veces
rematados por monumentos, se diseñaron grandes panorámicas y París se
convirtió en un espectáculo singularmente seductor, un festín visual y sensual.
Hacia 1880 el modelo de Hausmann era generalmente aclamado como el modelo
del urbanismo moderno, y no tardó en imponerse a otras ciudades.
Pero algunas de estas actuaciones reflejaban también las nuevas concepciones
higienistas, que pretendían acercar los atractivos de la naturaleza a las viviendas
y dotarlas de un entorno más saludable. Estas ideas cristalizarán a finales del
siglo XIX en la importante contribución teórica del británico E. Howard. Para
detener la corriente migratoria hacia las ciudades —generadora de toda clase de
problemas— había que crear un nuevo tipo de ciudad capaz de ofrecer a la gente
un atractivo superior al que ejercían la ciudad tradicional o el campo por sí solos
conjugando las ventajas de ambos: la ciudad jardín. Ésta se construiría formando
constelaciones con otras ciudades semejantes de acuerdo con un modelo de
ordenación espacial en el que varias ciudades menores se distribuirían, como
satélites, en torno a la ciudad central.
La propuesta de Howard ejerció una poderosa influencia sobre el urbanismo
posterior. Por una parte, se materializó efectivamente en la creación de ciudades
nuevas, por otra, inspiró intervenciones encaminadas a descongestionar ciudades
ya existentes. La primera ciudad jardín, concebida para 35.000 habitantes, fue
Letchwort, que empezó a construirse a principios del siglo XX cerca de Londres.
Pero lo que más proliferó fueron las colonias y suburbios ajardinados que
surgieron en algunas ciudades inglesas, francesas, alemanas y estadounidenses,
en principio para acoger a los obreros de las grandes fábricas, y que se
distinguirían por su baja densidad, sus viviendas unifamiliares con jardín y los
espacios verdes comunes. En todo caso, la idea de contener el crecimiento
urbano mediante un cinturón rural y organizar una constelación de ciudades
menores en torno a una central fue el principio más ampliamente aceptado por la
teoría urbanística posterior y sirvió realmente como base a los modelos de
planeamiento utilizados durante mucho tiempo para el tratamiento de ciudades
concretas, por lo general grandes ciudades.
La idea de acercar el campo a la ciudad como respuesta a los problemas
generados por la revolución industrial arraigó pronto en España —Ildefonso
Cerdá, autor del Plan de Ensanche de Barcelona (1859), utilizaba como lema
«urbanizad el campo, ruralizad la ciudad»— y conoció un desarrollo particular y
original de la mano de Arturo Soria. Este madrileño inquieto y polifacético es el
padre de la ciudad lineal. Su propuesta fue expuesta por primera vez en 1882 y
es uno de los principios teóricos más importantes de la historia del urbanismo,
combinando las ideas higienistas con el intento de dar una salida racional al
problema de la locomoción y el transporte. En esencia la ciudad lineal consiste
en una larga franja urbanizada que une dos ciudades preexistentes. El eje sería
una calle de quinientos metros de anchura por la que discurrirían ferrocarriles en
alturas diferentes. Esta misma vía albergaría en el subsuelo todas las
conducciones de servicios urbanos, tales como agua, alcantarillado y
electricidad. Intermitentemente, coincidiendo con las estaciones, se establecería
una cadena de centros de vida comunitaria animados por el comercio y los
servicios públicos. La edificación —a ambos lados de la calle y flanqueada por
bosque— sería obligatoriamente dispersa, de escasa ocupación de parcela, y las
viviendas serían unifamiliares, rodeadas de huerta y jardín. Aunque la
formulación teórica era grandiosa —unir Cádiz con San Petersburgo, Bruselas
con Pekín— Arturo Soria intentó hacerla realidad a escala más modesta en la
periferia de Madrid, proyectando una ciudad lineal de cincuenta kilómetros de
longitud para treinta mil habitantes. Sólo llegó a construirse un primer tramo de
cinco kilómetros cuya calle central tiene cuarenta metros de anchura; en la
actualidad ha quedado englobado en la ciudad.
En 1943 se publica la Carta de Atenas, un documento que sintetiza las
conclusiones de los primeros congresos internacionales de arquitectura moderna
y que puede considerarse como la partida de nacimiento de la ciudad funcional.
Tras afirmar que las funciones fundamentales que se desarrollan en la ciudad no
están bien atendidas en las aglomeraciones urbanas actuales, se defiende una
concepción de la ciudad basada en su organización al servicio de las funciones
del individuo y de la sociedad. Para ello es preciso identificar, caracterizar y
cuantificar las funciones humanas básicas (habitar, trabajar, descansar, circular,
cultivar el cuerpo y el espíritu) de un individuo estándar, universalmente válido y
de comportamiento tipificado, y a partir de ahí distribuir el espacio urbano de
forma que satisfaga a esas funciones individualizadas, asignando localizaciones
precisas e inequívocas a cada una de ellas.
Los antecedentes de la ciudad funcional están en la Bauhaus, la escuela que
funda el arquitecto alemán Walter Groppius en 1919 con el objetivo de renovar
la metodología del proyecto. Para diseñar una vivienda hay que analizar primero
las funciones o necesidades que debe satisfacer y luego proponer una solución.
De los nuevos tipos de vivienda así concebidos se pasa, por integración, a la
configuración de nuevos conjuntos arquitectónico-urbanísticos y de ahí a la
unidad urbana total. Estas teorías toman cuerpo en muchos barrios nuevos
construidos en varias ciudades alemanas durante los años veinte y fácilmente
identificables por la rigidez de la edificación, en formaciones paralelas de
idéntica orientación y características arquitectónicas repetidas. En algunos casos
las filas de viviendas unifamiliares fueron sustituidas por bloques altos, ya que
ello permitía concentrar una gran cantidad de viviendas sobre suelo escaso y
dejar espacio libre a su alrededor. Se defiende pues el bloque alto desde
consideraciones económicas, funcionales, higiénicas y estéticas. Inspirándose en
estos planteamientos, a partir de 1922 Le Corbusier irá definiendo una
concepción de la ciudad cuya fisonomía se caracterizará por la edificación
concentrada en gran altura y levantada del suelo sobre pilotes, al igual que las
vías de circulación rodada, a fin de liberar todo el terreno convirtiéndolo en un
parque continuo para disfrute del peatón.
Otra idea fuerza ya presente en el utopismo reformista y que ha inspirado
algunas propuestas del urbanismo moderno es la de recuperar el papel de la
comunidad, es decir del grupo basado en relaciones primarias, en la constitución
de una ciudad mejor. Para contrarrestar la decadencia de la vida comunitaria
provocada por el proceso de urbanización, se defiende una concepción de la
ciudad (y de la sociedad) como conjunto de grupos primarios vinculados a un
fragmento del espacio, lo que dará lugar a la idea de unidad vecinal. Ésta podría
definirse como un área poblada delimitada físicamente por vías de tráfico, de
manera que las vías interiores sólo se utilicen para acceder a la misma. Este
fragmento espacial debe ser capaz de mantener y requerir una escuela primaria
que atienda la demanda correspondiente a una población total comprendida entre
cinco mil y seis mil personas. La unidad vecinal sería, pues, la célula primaria de
la estructura social, el fragmento espacial básico del tejido urbano. Varias
unidades vecinales próximas forman una unidad física y social superior —el
barrio—, y varios barrios forman a su vez lo que podríamos llamar la ciudad
comunitaria.
En síntesis, la mayoría de las intervenciones encaminadas a hacer la ciudad
más habitable han compartido la pretensión de integrar la naturaleza en el tejido
urbano, de rescatar la salubridad y el soleamiento, han dado un tratamiento
segregado a las diferentes funciones ciudadanas —en particular al tráfico— y
han intentado reconstruir los grupos sociales primarios como base de una nueva
vida comunitaria.
Pero la ocupación de los nuevos espacios urbanos puso pronto de manifiesto
muchos aspectos negativos que si en unos casos eran producto de la
improvisación, de la rapidez del proceso o de la mezquindad de las
construcciones, en otros se revelaron como la consecuencia de las insuficiencias
o errores de las propias concepciones teóricas. A partir de los años sesenta
diversas voces críticas —como la de H. Lefèbvre— comienzan a señalar algunos
de estos errores. Por ejemplo, el énfasis puesto en la integración de la naturaleza
provoca una disolución exagerada del espacio urbano, la desaparición de la calle
comercial y de la plaza como lugar animado de encuentro ciudadano, de estancia
placentera. Frente a este espacio urbano empobrecido se vuelven a reivindicar
algunas de las características del espacio urbano tradicional, cuya importancia y
validez había ignorado el urbanismo moderno con su concepción simplista de la
nueva forma de vida urbana. El caso de Brasilia —de la que se ha llegado a decir
que no es una verdadera ciudad sino sólo bellos edificios entre carreteras y
praderas— ilustra espectacularmente esta crítica.
Más en general el hecho cierto es que, por una parte, el desarrollo real de las
ciudades se ha ajustado muy pocas veces a las previsiones de los planes
urbanísticos y, por otra, que las recomendaciones de éstos apenas han sido
seguidas. Frente a la imposibilidad de construir un urbanismo científico más allá
del bien y del mal, desde los años sesenta se va configurando una nueva forma
de entender el urbanismo que, al reconocer que las decisiones sobre la ciudad
son al mismo tiempo de naturaleza técnica y política, se abre a la participación
ciudadana y se hace sensible a los puntos de vista de quienes al fin y al cabo van
a disfrutar o padecer la ciudad.
IV. LA REALIDAD URBANA ESPAÑOLA

La inmensa mayoría de las ciudades españolas se han desarrollado durante


siglos a partir de los núcleos medievales originarios, primero dentro de las
murallas y posteriormente englobándolas en el cuerpo urbano hasta llegar en la
mayoría de los casos a hacerlas desaparecer. Pero no es hasta la segunda mitad
del siglo XIX cuando la realidad urbana comienza a conocer modificaciones
sustanciales. Lógicamente el crecimiento de las ciudades españolas se produce,
como en otros países, muy ligado al proceso de industrialización. Sin embargo,
en nuestro caso también desempeñó un papel significativo otro factor: la
creación de las provincias y la aparición de las capitales provinciales. Tras
diversos intentos que tienen su origen a finales del siglo XVIII, en 1833 el
conocido como decreto de Javier de Burgos estableció la división provincial que
llega con escasas modificaciones hasta nuestros días. Con ella se pretendía
homogeneizar el territorio de manera que cada división administrativa pudiera
ser gobernada desde la capital provincial y que toda su superficie pudiera ser
recorrida en una jornada de viaje.
La creación de las provincias determina la aparición de la capital provincial,
en la que se concentra un buen número de servicios administrativos: el Gobierno
civil (las actuales delegaciones y subdelegaciones del Gobierno central en las
comunidades autónomas), la Diputación y Audiencia provinciales, las
delegaciones ministeriales y, en algunos casos —lo que confería a las capitales
así dotadas un rango superior—, las audiencias territoriales, las capita- nías
generales y los arzobispados. Como ha señalado H. Capel, la concentración de
funciones administrativas en núcleos que en muchas ocasiones tenían cifras
inferiores a los diez mil habitantes y a veces no rebasaban los cinco mil
determinó el crecimiento de estas capitales provinciales, que en muchos casos se
convirtieron en las ciudades más dinámicas de cada provincia desplazando
incluso a otras de mayor peso histórico. Alguna de estas ciudades adquirió
carácter urbano precisamente al asumir estas funciones administrativas y
depender menos del desarrollo agrario de su comarca. Las relaciones que las
provincias habían de tener necesariamente con sus capitales dieron a éstas la
posibilidad de convertirse también en centros comerciales y de instalar en
ocasiones pequeñas industrias, apareciendo así o consolidándose una incipiente
burguesía comercial o industrial y una estructura social relativamente compleja.
Dado el atraso con que se desarrolla la industrialización en nuestro país, los
cambios más importantes del tejido urbano no llegan hasta la segunda mitad del
siglo XX. En consecuencia puede decirse que el paisaje urbano español es
relativamente nuevo: más de la mitad de las viviendas urbanas se construyen
después de la Guerra Civil. La trama urbana actual de las ciudades españolas
puede descomponerse en una serie de elementos que, de manera general,
corresponden a fases distintas de la evolución. Capel distingue entre los cascos
antiguos, los ensanches, los núcleos rurales integrados en el tejido urbano, los
barrios de ciudad jardín, los sectores de barraquismo y autoconstrucción y los
polígonos residenciales de grandes bloques. A estos elementos añade los sectores
de urbanización secundaria del espacio periurbano y los núcleos turísticos. En
general, estos elementos aparecen plenamente desarrollados en las grandes áreas
metropolitanas de antiguo desarrollo urbano, mientras que en las ciudades
pequeñas y medias puede faltar alguno de ellos; asimismo pueden existir
desfases importantes en cuanto a su época de desarrollo. Por ejemplo, mientras
que los primeros ensanches datan de mediados del siglo XIX, muchas ciudades
siguieron realizando planes de expansión de acuerdo con los principios de
ensanche durante varios decenios del siglo XX.
El casco antiguo es la ciudad preindustrial, es decir, la existente antes de
iniciarse las transformaciones ya señaladas. Es la ciudad amurallada que en la
actualidad, en las aglomeraciones más grandes, sólo representa una parte
pequeña del espacio urbanizado. Con la aceleración del crecimiento urbano que
se produce durante el siglo XIX se incrementan la densidad, el número de
viviendas por edificio y el hacinamiento, con su corolario de empeoramiento de
las condiciones de vida y de aumento de la insalubridad y de la mortalidad. Todo
esto hace la ciudad todavía más vulnerable a las epidemias, lo que propicia
diferentes medidas de reforma interior del tejido urbano como son la supresión
de los enterramientos y la construcción de cementerios generales, la traída de
agua y la construcción de alcantarillados y mataderos y la apertura de nuevas
calles más espaciosas y regulares que las anteriores.
A pesar de las reformas, el crecimiento demográfico desbordó la capacidad de
absorción de los cascos antiguos. Así, el derribo de las murallas y la expansión
de la ciudad más allá de las mismas, es decir, la realización de un ensanche, se
convirtió en una aspiración generalizada desde mediados del siglo XIX en las
ciudades de mayor dinamismo. El espacio ocupado antes por lo que llegó a
llamarse «el opresivo cinturón de piedra» se convirtió en calle de circunvalación
y de enlace con los barrios del ensanche. Éstos se concibieron como áreas de
residencia destinadas esencialmente a la burguesía y las clases medias, las únicas
que podían pagar las elevadas sumas que requería la construcción de un edificio
de varios pisos, lo que no significa que el resultado fuera siempre el buscado.
Por un lado, en muchas ocasiones la burguesía prefería seguir habitando el
centro tradicional; por otro, en los proyectos más ambiciosos podía ser rentable
destinar a vivienda modesta los sectores más alejados del centro y de las áreas de
mayor calidad.
Pero la construcción de los ensanches tampoco pudo absorber todo el
crecimiento demográfico. Fuera de éstos y del casco antiguo la inmigración
obrera se fue instalando también en arrabales próximos o en los núcleos rurales
cercanos a la ciudad, es decir, en lo que a fines del siglo XIX se conocía como el
extrarradio. El hecho de que el precio del suelo fuera bastante inferior aquí
explica que el extrarradio creciera con más rapidez que el ensanche. La
formación de arrabales —por lo general aprovechando la red de caminos— ha
sido históricamente la forma más corriente de extensión del casco urbano de las
ciudades. A diferencia de los ensanches, su característica esencial es la ausencia
de toda ordenación pública en su desarrollo. En consecuencia, los caminos y las
estructuras rurales preexistentes suelen convertirse en los elementos
organizadores, apareciendo muy bien reflejados en la trama y en la morfología
actuales. Los núcleos rurales, por su parte, crecieron extendiendo su propia
organización espacial interna, sobre todo a través de la prolongación de algunas
de las calles existentes. La incorporación de unos y otros al espacio urbanizado
de la ciudad ha ido seguida muchas veces de la anexión jurídica del municipio.
Los núcleos rurales han evolucionado de diferentes maneras. El mayor
crecimiento corresponde a los más industrializados, que recibieron fuertes
contingentes de población obrera; otros se convirtieron en ciudades dormitorio
para los trabajadores de la ciudad, y unos pocos atrajeron a la burguesía o a la
aristocracia y se han convertido en barrios residenciales para las clases
acomodadas de la aglomeración.
Como ya se ha apuntado, las ideas naturalistas e higienistas que desembocaron
en la teoría de la ciudad jardín tuvieron un desarrollo temprano en España.
Aunque las presiones especulativas impidieron que se materializaran
efectivamente en los ensanches, en diversas ciudades dieron lugar a la aparición
de numerosos proyectos para promover parcelaciones de residencia secundaria y
principal en la periferia de las aglomeraciones. Ahora bien, los propietarios del
suelo, convertidos en promotores y propagandistas, sólo adoptaron algunos de
los elementos de la concepción originaria —como la idea de residencia unida a
la naturaleza domesticada— olvidando todo lo relativo a la lucha contra la
especulación del suelo o a la organización de equipamientos colectivos,
cuestiones que eran también esenciales en la obra de Howard. Para los
promotores, la teoría de la ciudad jardín en muchos casos fue una simple
coartada que les ayudó a parcelar y comercializar terrenos situados en lugares
periféricos de acceso relativamente difícil.
Otro elemento importante del paisaje urbano español han sido —y en parte
continúan siéndolo— los barrios de chabolas o barracas y aquellos que, aunque
utilizando materiales más sólidos, proceden esencialmente de la
autoconstrucción por sus propios habitantes. Son los barrios que a su morfología
deteriorada unen la carencia de los servicios más elementales. El desarrollo de
este tipo de barrios es paralelo al proceso de crecimiento de las ciudades a partir
de la industrialización. Durante las primeras décadas del siglo XX el problema
llegó a ser particularmente grave en algunas grandes ciudades, como Barcelona,
donde atrajo la atención de médicos e higienistas. Tras la Guerra Civil, el agudo
déficit de viviendas provocado por las destrucciones de la contienda y las
dificultades de la industria de la construcción motivó un crecimiento
extraordinario del barraquismo, que se agravó todavía más a partir de los años
cincuenta cuando se reanudaron de forma masiva los movimientos migratorios
desde el campo a la ciudad. Según datos oficiales, entre los años sesenta y
setenta llegó a haber en España más de cien mil infraviviendas de este tipo en las
que vivía más de medio millón de personas. La importancia de este fenómeno ha
disminuido mucho con la política de viviendas sociales; sin embargo, ni las
ciudades pequeñas ni las estancadas o de crecimiento débil han dejado de ser
visitadas por las chabolas, lo que demuestra que no se trata de un fenómeno
simplemente coyuntural. Según datos del censo de 2001, el 1 por 100 de los
españoles carece de aseo en su vivienda.
El último elemento de la trama urbana española analizado por Capel son los
polígonos de viviendas. En términos generales puede afirmarse que son el
resultado de operaciones urbanísticas puntuales que tenían como objetivo la
construcción simultánea de cierto número de viviendas para hacer frente al
problema de la escasez de alojamientos y más en concreto al del chabolismo.
Aunque había algunos precedentes, la incorporación masiva de polígonos a la
trama urbana de las grandes ciudades españolas comienza a pro- ducirse a partir
de los años cincuenta. De dimensiones variables —desde pocos centenares de
viviendas, por lo general pequeñas y de baja calidad, a varios millares—, los
polígonos suelen localizarse en la periferia de las aglomeraciones y se
caracterizan por su aislamiento, el déficit de equipamientos y su trazado
geométrico y uniforme.
Contemplada en su conjunto, la realidad urbana española ha sufrido
alteraciones radicales durante la segunda mitad del siglo XX y continúa
modificándose sin solución de continuidad. En pocas décadas hemos asistido a
una rápida concentración de actividades y población en las ciudades, que han
visto cuando menos duplicarse sus habitantes y su extensión. A principios del
siglo XXI el 40 por 100 de los españoles viven concentrados en las ciudades de
más de cien mil habitantes, y el 17 por 100 en las seis que tienen más de medio
millón (Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y Málaga, por orden de
tamaño). Hay que destacar, sin embargo, que las tres ciudades más grandes están
perdiendo población desde 1981 (un indicador de su menor atractivo), aunque
parte de las fugas han ido a parar a las llamadas ciudades dormitorio: seis de los
nueve municipios que más han crecido desde 1981 están en el área de influencia
de Madrid. Es también significativo que entre los diez municipios que más han
crecido durante el mismo período sólo haya dos capitales de provincia (Murcia y
Alicante), mientras que entre los diez que más se han despoblado hay cinco
(además de Barcelona y Madrid, Cádiz, Granada y Valladolid). En el otro
extremo del espectro, unos tres millones de españoles siguen viviendo en los casi
seis mil municipios que no superan los dos mil habitantes, pero ya sólo
representan el 7 por 100 de la población frente al 27 por 100 de principios del
siglo XX.
Muchos de los problemas a los que se enfrentan las aglomeraciones más
grandes son típicos de todas las ciudades modernas; por el contrario otros, que se
han puesto de manifiesto a partir de las primeras elecciones municipales
democráticas celebradas en 1979 y que afectan también a ciudades pequeñas,
son más bien consecuencia de la falta de libertades ciudadanas que ha padecido
nuestro país durante buena parte del siglo XX.
Evolución de la población española durante el siglo XX según el tamaño del municipio


Tamaño del municipio 1900 1950 1991 2001*

Hasta 2.000 5.125.333 4.707.712 3.115.007 2.998.575

De 2.001 a 10.000 7.495.852 8.767.359 6.615.901 6.652.836

De 10.001 a 50.000 3.462.374 6.018.247 9.169.692 10.531.191

De 50.001 a 100.000 856.723 1.884.194 3.601.953 4.231.248

De 100.001 a 500.000 603.513 3.332.672 9.163.242 9.446.485

Más de 500.000 1.072.835 3.407.689 7.206.473 7.005.000

Total 18.616.630 28.117.873 38.872.268 40.847.371

* Datos provisionales.
FUENTE: Instituto Nacional de Estadística.

BIBLIOGRAFÍA

BETTIN, G. (1982): Los sociólogos de la ciudad, Gustavo Gili, Barcelona.


BORJA, J. y otros (1990): Las grandes ciudades en la década de los noventa,
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frontera, Barcelona.
CASTELLS, M. (1986): La ciudad y las masas. Sociología de los movimientos
sociales, Alianza, Madrid.
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ecológico, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid.
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MACIONIS, J. J. y PLUMMER, K. (1999): Sociología, Prentice Hall, Madrid.
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RIESSMAN, L. (1972): El proceso urbano, Gustavo Gili, Barcelona.
URRUTIA, V. (1999): Qué es la ciudad. Teorías sociales, Editorial Verbo Divino,
Estella.
7. LA FAMILIA

Los seres humanos, a diferencia de las demás especies animales, nacemos en


condiciones de gran desvalimiento y para nuestra supervivencia necesitamos
durante cierto tiempo de la ayuda de los adultos. En torno a este hecho todas las
sociedades humanas se han dotado de unas formas organizativas que conocemos
bajo el nombre de familia. El diccionario de la Real Academia define la familia
como un grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas bajo la
autoridad de una de ellas. Se trata en todo caso de un grupo muy particular que
tiene al menos las siguientes características. En primer lugar, lo encontramos
bajo formas cambiantes en todas las sociedades. Es de tamaño reducido, aunque
no tanto como ha llegado a serlo en la actualidad. En él coexisten al menos dos
generaciones y adultos de ambos sexos. Las personas que lo componen están
relacionadas por vínculos de sangre y por un sistema de parentesco que varía de
unas sociedades a otras. Es el grupo primario por excelencia, es decir, las
relaciones que se establecen entre los miembros implican a cada individuo en su
totalidad y no sólo a uno u otro aspecto de su personalidad. Es la institución de
socialización más importante, aunque no la única. Sus miembros comparten
residencia o vivienda en común. El grupo está estructurado de acuerdo con unas
pautas de autoridad que han sufrido modificaciones a lo largo del tiempo y se
diferencian de unas sociedades a otras. Finalmente, en toda familia existe una
división del trabajo por sexos y edades. Todas estas peculiaridades hacen que la
familia sea la fuente de las influencias primeras y más poderosas a las que el
individuo normal está sometido en todas las sociedades.
El hecho de que en toda sociedad la gran mayoría de los adultos estén o hayan
estado casados y de que prácticamente todo el mundo, en todas las sociedades,
crezca en un contexto familiar, ha llevado a muchos autores a definir la familia
como la institución social básica o incluso como la célula de la sociedad. Quizás
por ello el comportamiento de sus miembros, lejos de ser considerado un asunto
privado, ha estado sometido desde siempre a un rígido control social, no sólo
consuetudinario sino también sancionado por las leyes. La amplia aceptación de
que la procreación y crianza de los hijos entraña responsabilidades sociales de
trascendencia mucho mayor que las derivadas de cualquier otro tipo de relación
voluntariamente establecida entre particulares, ha permitido al Estado ejercer un
riguroso intervencionismo sobre la familia. Toda una especialidad jurídica —el
llamado Derecho de Familia— regula la edad mínima a la que se puede celebrar
matrimonio, las obligaciones que contraen los cónyuges entre sí y respecto a los
hijos, y las condiciones de disolución. En definitiva, el matrimonio es un
contrato cuya transgresión puede hacer caer sobre el infractor todo el peso de la
Ley.

I. ESTRUCTURAS FAMILIARES, PARENTESCO Y MATRIMONIO

Muchas de las cosas que sabemos en la actualidad sobre la familia se las


debemos a George Peter Murdock, quien en su libro Social Structure, publicado
en 1949, analiza las estructuras familiares de más de quinientas sociedades
humanas. Para Murdock la familia es un grupo social caracterizado por la
residencia común, la cooperación económica y la reproducción. Este grupo
incluye adultos de ambos sexos, de los cuales al menos dos mantienen relaciones
sexuales socialmente aprobadas, y uno o más hijos, propios o adoptados, de los
adultos que cohabitan sexualmente. Este autor llega a la conclusión de que la
inmensa mayoría de los humanos pasan los primeros años de su vida en
presencia de una pareja de adultos, a los que llaman padre y madre, y de otros
hijos de ella a los que llaman hermanos. Esto es lo que se conoce como familia
nuclear. Murdock encuentra estos grupos familiares en todas las sociedades que
estudia. Desde entonces se habla de universalidad de la familia, aunque quizás
sería más prudente utilizar la expresión estructuras familiares para destacar el
hecho de que la familia ha conocido formas organizativas muy distintas según el
tipo de sociedad y el momento histórico. Ahora bien, la mayoría de las veces
este núcleo o familia nuclear está integrado en un grupo más amplio: la familia
extensa, es decir, dos o más familias nucleares vinculadas por una ascendencia
común.
Según Murdock el grupo familiar cumple cuatro funciones sociales esenciales:
socialización de los hijos, cooperación económica, reproducción biológica y
regulación de las relaciones sexuales, es decir, canalización de los impulsos
sexuales a través de formas socialmente aceptadas. En todas las sociedades están
permitidas y se espera que tengan lugar las relaciones sexuales entre la pareja de
esposos de la familia nuclear; las demás relaciones sexuales dentro de la familia
nuclear suelen estar severamente prohibidas. En muchas sociedades están
permitidas las relaciones sexuales entre determinados grados de parentesco (con
cierta frecuencia, por ejemplo, entre un hombre casado y su cuñada soltera), y
sólo un pequeño número de sociedades consideran ilícitas las relaciones sexuales
entre personas no casadas. La forma concreta bajo la que se desarrollan estas
cuatro funciones esenciales varía de unas sociedades a otras y a lo largo de la
historia. Como, además, han existido y existen diferentes tipos de familia,
tendremos que aceptar que no están determinados biológica, genética o
naturalmente y, por tanto, que la familia es una construcción social que tiene su
origen en el matrimonio y que se estructura de acuerdo con un sistema de
parentesco.
El parentesco es el vínculo que une a dos personas por consanguinidad o bien
por afinidad (matrimonio). Así, los parientes de un individuo son cada uno de los
ascendientes, descendientes y co- laterales del mismo, el cónyuge y los parientes
de éste; y la parentela es el conjunto de parientes. Ahora bien, es excepcional
que el grupo familiar en el que está integrado un individuo esté constituido por
todos sus parientes vivos. En cada sociedad un sistema de parentesco define,
entre todos los parientes, quiénes son los individuos que tienen algún tipo de
obligación respecto a los miembros del grupo y, por tanto, quiénes son los
individuos que forman el grupo familiar en la práctica. En las sociedades
tradicionales los grupos de parentesco suelen ser amplios y van mucho más allá
de las relaciones familiares inmediatas. Un ejemplo significativo es el clan,
cuyos miembros —que pueden llegar a ser varios centenares— creen descender
todos de un ancestro común, comparten creencias religiosas similares, tienen
obligaciones económicas recíprocas y viven en la misma localidad. Por el
contrario, en la mayoría de las sociedades occidentales los vínculos de
parentesco, a todos los efectos prácticos, se reducen a un número limitado de
parientes cercanos, y la mayoría de las personas sólo tienen una conciencia muy
vaga de sus familiares más allá de los primos de primer o segundo grado.
Si el sistema de parentesco define quiénes son los individuos que forman parte
del grupo familiar, en toda sociedad existe además un conjunto de normas que
regulan el matrimonio y que determinan con quién no debe uno casarse y con
quién es conveniente que lo haga. En las sociedades occidentales el matrimonio
y, por consiguiente, la familia, está asociado con la monogamia, que es el
matrimonio de un solo hombre con una sola mujer; es ilegal que un hombre o
una mujer estén casados con más de un individuo al mismo tiempo. Sin
embargo, la monogamia no es el tipo más frecuente de matrimonio. En más del
80 por 100 de las sociedades estudiadas por Murdock estaba permitida la
poligamia, es decir, cualquier forma de matrimonio que permita a un hombre o a
una mujer tener más de un cónyuge. Hay dos tipos de poligamia: la poliginia
(varias esposas simultáneamente) y la poliandria (varios maridos
simultáneamente). Por lo general, la poligamia suele consistir en el matrimonio
de un hombre con varias hermanas o de una mujer con varios hermanos. La
poliandria es rarísima, crea una situación en la que no se conoce el padre
biológico de los hijos y al parecer sólo existe en sociedades que viven en
pobreza extrema y en las que, a causa del infanticidio femenino o por otras
razones, el número de mujeres es extraordinariamente escaso. En la mayoría de
las sociedades poligínicas casi todos los matrimonios son de hecho monógamos,
ya que sólo unos pocos hombres de gran riqueza o estatus superior pueden
sostener dos o más familias. En todo caso, la proporción equilibrada entre los
efectivos de ambos sexos, que es la situación habitual, impide que la mayoría de
los hombres puedan tener más de una mujer. Finalmente, hay que señalar que en
la mayoría de las sociedades está permitido el divorcio.
Todas las sociedades tienen unas normas de exogamia en función de las cuales
el cónyuge debe ser seleccionado fuera de determinado grupo; y prácticamente
todas tienen también unas normas de endogamia que obligan o al menos
sugieren la conveniencia de elegir cónyuge dentro de una categoría social
determinada que puede estar definida por factores como el lugar de nacimiento,
la etnia, la religión, la edad o el estatus socioeconómico. Dicho en otras palabras,
las leyes o las costumbres designan para cada individuo un número restringido
de personas con las que puede contraer matrimonio. En algunos casos la
regulación es tan amplia que un hombre puede contraer matrimonio con
cualquier mujer exceptuando su abuela, madre, hermana, hija o nieta; en otros es
tan restringida que sólo le permite, por ejemplo, casarse con la hija mayor del
hermano de su madre y con nadie más. La prohibición del incesto es una regla de
exogamia y parece ser una práctica social universal. Esta norma proscribe el
matrimonio entre parientes cercanos, aunque la definición de pariente cercano no
es siempre la misma. Por ejemplo, en algunas sociedades no se permite que un
hombre se case con la hermana de su esposa fallecida, mientras que en otras se le
permite casarse con su propia sobrina. En la actualidad todas las sociedades
prohíben el matrimonio entre padres e hijos y entre hermanos.
Cuestiones como el lugar de residencia, la transmisión del patrimonio familiar
o la distribución de la autoridad están también reguladas por normas que
orientan el comportamiento de los individuos y contribuyen a estructurar el
grupo familiar. Un sistema familiar es patrilocal si la esposa normalmente va a
vivir con los parientes de su esposo, matrilocal si el esposo normalmente va a
vivir con los parientes de su esposa, y neolocal cuando se espera que la nueva
pareja se instale en una residencia independiente. La herencia puede llegar por
vía patrilineal, cuando la propiedad sigue la línea masculina, matrilineal, cuando
sigue la línea femenina, o bilateral si sigue ambas líneas. Finalmente, por lo que
se refiere al sistema de autoridad, no deben confundirse las familias matrilocales
y matrilineales con el matriarcado, que quiere decir familia dominada por la
esposa. En una familia matrilineal quien ejerce la autoridad normalmente no es
la esposa sino sus parientes masculinos, y el estatus de la mujer no es
necesariamente más alto que en un sistema patrilineal. No se conoce ninguna
sociedad en la que los maridos se hallen habitualmente bajo la autoridad de sus
esposas o en la que los hombres estén habitualmente dominados por las mujeres.
En función de la distribución de la autoridad, la gran mayoría de los sistemas
familiares pueden clasificarse como patripotestales (patriarcado) y
equipotestales. En la familia patripotestal la autoridad del padre no puede
ponerse en duda ni puede verse superada por ninguna clase de coalición entre la
esposa y los hijos. En la familia equipotestal el marido y la mujer no son
necesariamente considerados como iguales, pero el padre puede ser dominado
por una coalición entre madre e hijos. La fórmula patriarcal se constituyó en el
tipo predominante de familia no sólo en las grandes civilizaciones de la
Antigüedad sino también en la sociedad feudal de la que se ha derivado la
nuestra.
Como ha señalado T. Caplow, el antecedente remoto de la familia occidental
actual son las instituciones familiares griegas y romanas, que eran
auténticamente patriarcales. Las leyes griegas y romanas reconocían al padre un
poder ilimitado que le venía dado por la religión. Los numerosos derechos que
estas leyes le conferían pueden dividirse en tres clases según consideremos al
padre de familia como jefe religioso, como dueño de la propiedad o como juez.
Como jefe religioso, además de regular todos los detalles del culto doméstico, el
padre poseía el derecho de reconocer a su hijo en el momento del nacimiento o
de rechazarlo, de repudiar a su esposa cuando quisiera, de dar a su hija en
matrimonio, de permitir o prohibir el matrimonio de su hijo, de excluir a un hijo
de la familia, de adoptar a un extranjero y de nombrar un tutor para los hijos de
su esposa en el momento de su muerte. Como dueño de la propiedad familiar era
considerado amo único de ésta y ni la esposa ni los hijos tenían en ella parte
alguna. La dote de su esposa le pertenecía sin reservas, ella no podía poseer nada
independientemente. La situación del hijo era la misma: todo lo que él pudiera
ganar u obtener de cualquier modo pertenecía a su padre, no a él, y en algunas
circunstancias su padre podía venderlo sin su consentimiento. Sólo el padre
podía aparecer ante un tribunal como parte demandante, como defensor o como
testigo. Se le consideraba responsable de las acciones de todos los miembros de
su familia y tenía el derecho de juzgarlos por la mayor parte de los delitos
públicos y privados. Si condenaba a muerte a la esposa o al hijo ninguna
autoridad podía modificar su sentencia.
La familia actual está muy lejos de este modelo, pero al menos en el plano
simbólico todavía quedan muchas reminiscencias, como, por ejemplo, la
costumbre de que el padre conceda la mano de la novia. Por otra parte, conviene
no olvidar que en la sociedad española la equiparación jurídica de la esposa es
muy reciente, pues el proceso no se inició hasta la muerte de Franco en 1975, y
que durante el franquismo las mujeres eran en realidad ciudadanas de segunda
clase.

II. DE LA FAMILIA TRADICIONAL A LA FAMILIA MODERNA

Durante décadas, el enfoque dominante en sociología para explicar las


transformaciones que ha conocido la familia occidental hasta llegar a su
configuración actual tomaba como punto de partida la familia extensa campesina
de la Europa preindustrial y como punto de llegada la familia nuclear urbana
moderna. El telón de fondo era la secuencia de acontecimientos que arrancan de
la revolución industrial inglesa de mediados del siglo XVIII y de la Revolución
francesa de finales del mismo siglo y que conducen a la sociedad capitalista
actual; y el corolario de tal enfoque una negra previsión sobre la disolución del
núcleo conyugal y la muerte de la familia si se confirmaban ciertas tendencias en
curso.
Se suponía que en la sociedad tradicional predominaba la familia extensa
caracterizada, entre otros, por los rasgos funcionales siguientes. En primer lugar,
como su nombre indica, está constituida por varios núcleos familiares que tienen
ascendencia común y comparten residencia con criados y otros adultos no
parientes, como los aprendices en el caso de la familia artesana. Se trata, por
tanto, de un grupo humano relativamente numeroso en el que se pretende que
convivan tres generaciones siempre que la muerte no lo impida. Esta última
matización es muy pertinente ya que la muerte era una realidad evidente y
omnipresente, no algo que sucedía sobre todo a los ancianos. Piénsese que en la
Europa preindustrial aproximadamente la tercera parte de los niños morían
durante su primer año de vida y la mitad antes de cumplir los diez años. De
hecho, la mitad de la población tenía menos de veinte años y sólo una exigua
minoría superaba los sesenta.
En un contexto económico caracterizado por la escasez, la subsistencia, el
predominio de la agricultura y la autosuficiencia imperfecta, la familia extensa
es a un tiempo unidad de consumo y unidad de producción. Lo cual lleva a una
superposición entre el espacio de trabajo y la residencia doméstica y, por tanto, a
una profunda imbricación entre el ámbito de la reproducción de la vida —tanto
en sentido biológico como sociológico— y el ámbito de la producción de los
medios necesarios para la subsistencia, es decir, el propiamente económico. La
baja productividad del trabajo obliga a aprovechar al máximo todos los brazos
útiles. Aunque, por supuesto, existe una división del trabajo por sexos y edades,
los niños se incorporan precozmente a la rutina laboral de los adultos, en torno a
los siete años de edad. Así, crecen en estrecho contacto con el mundo adulto, no
separados de él, y en la familia aprenden todo lo que necesitan para
desenvolverse en sociedad. La actividad productiva sólo se abandona con la
enfermedad y la decrepitud anunciadoras de la muerte, y mientras ésta llega la
familia —es decir, alguna mujer— se hará cargo del impedido. Por tanto, la
familia tradicional desempeña funciones socializadoras y educativas de la nueva
generación y funciones asistencial-sanitarias en relación con los ancianos y los
enfermos.
Cuando el horizonte vital está delimitado por tales condiciones económicas y
por un régimen de mortalidad tan duro, la supervivencia del grupo, que depende
del patrimonio familiar, es el objetivo primordial. Las aspiraciones y los
intereses individuales deben someterse a los de la familia, que son definidos por
el padre-esposo cuya autoridad está legitimada por la tradición y por la religión y
no puede ponerse en cuestión. Por tanto, todos actúan en beneficio de la familia,
no al revés, y la pauta de distribución de la autoridad está más cerca del
patriarcado romano que del modelo actual.
En estas circunstancias poco espacio queda para la afectividad, tanto en las
relaciones conyugales como en las paternofiliales. El matrimonio de los hijos,
por ejemplo, no es una decisión de los individuos afectados, sino una cuestión
que forma parte de las estrategias de conservación o incremento del patrimonio
familiar; se trata de un negocio en el que cuentan poco o nada las inclinaciones
de los principales implicados: es la familia la que decide quién puede o no
casarse y cuándo y con quién debe hacerlo. Todo lo cual no deja de ser coherente
con una concepción de la sexualidad que la definía sobre todo como un impulso
pecaminoso sólo justificado por el mandato divino de perpetuar la especie, con
la creencia ampliamente aceptada de que la felicidad era cosa del otro mundo y
con el escaso valor que se concedía a la vida y a la libertad individual. La
persona sólo tenía identidad en tanto que miembro de una unidad familiar en
cuya totalidad disolvía su individualidad, de la misma manera que el universo
familiar tendía a confundirse con el universo social. Lo privado, tal como lo
entendemos ahora, estaba reducido a la mínima expresión y no había ruptura
sino continuidad entre el espacio familiar (privado) y el espacio social (público).
Todo este mundo comienza a descomponerse convulsionado por los cambios
técnicos, económicos, demográficos, políticos e ideológicos que han dado lugar
a la modernidad. En primer lugar, el industrialismo y la eclosión del modo de
producción fabril multiplican la productividad del trabajo y extirpan el ámbito
propiamente económico de la residencia doméstica. El espacio laboral (fábrica)
se diferencia del espacio vital (vivienda); y la familia, desde la perspectiva
económica, sólo es una unidad de consumo y no una unidad de producción. Ese
consumo, cada vez más alejado del nivel de subsistencia, dependerá de las rentas
salariales obtenidas por el padre-esposo fuera del hogar, en el ámbito de la
producción (público), mientras que la madre-esposa quedará relegada a las tareas
domésticas, a partir de ahora definidas como no productivas pero en todo caso
imprescindibles para la reproducción de la vida y para que el proceso productivo
pueda funcionar. La mujer sólo abandonará el ámbito doméstico (privado)
cuando lo exija el mantenimiento de un determinado nivel de consumo familiar,
pero entonces tendrá que hacer doble jornada (dentro y fuera del hogar) y por lo
general trabajará en peores condiciones que el hombre y a cambio de un salario
inferior. Sólo mucho tiempo después, al calor del movimiento feminista, la mujer
comenzará a valorar la incorporación al ámbito de la producción como una
liberación y exigirá hacerlo en las mismas condiciones que el hombre.
El incremento de la productividad del trabajo tiene repercusiones de todo tipo
sobre la vida cotidiana y sobre la organización familiar. Permite liberar a los
niños de la actividad laboral alargando la infancia y dando lugar a la aparición de
la adolescencia como etapa intermedia entre ella y la incorporación plena a la
vida adulta. Durante este período preactivo el niño se incorporará a la institución
escolar, tendencialmente a una edad cada vez más temprana, con lo que pasará
una parte importante de su tiempo separado del mundo adulto y la familia
perderá sus funciones educativas y compartirá con otras agencias sus funciones
socializadoras. Visto desde otra perspectiva esto significa que, al contrario de lo
que ocurre en la familia campesina, los hijos dejan de ser una fuente de ingresos
para convertirse en fuente de gastos.
En el otro extremo del ciclo vital, tanto la mayor productividad del trabajo
como el aumento de la esperanza de vida darán lugar a la aparición de un
período posactivo en el que los ancianos ya no estarán forzosamente bajo la
responsabilidad directa de sus familiares. Así, la familia pierde (o al menos
comparte igualmente) sus funciones asistencial-sanitarias en favor de agencias
especializadas. Todos estos factores, así como el cambio de régimen
demográfico, harán viable la existencia de la familia nuclear aislada —el
matrimonio y los hijos menores de edad— como forma predominante de
estructura familiar moderna. Una familia caracterizada por su tamaño reducido y
por que sólo comparten residencia dos generaciones, no siendo frecuente la
presencia permanente de adultos no parientes en el domicilio familiar.
El hecho de que el sustento se busque cada vez más fuera de la familia, en el
trabajo asalariado y, por tanto, que dependa cada vez menos de la propiedad
familiar, imprime a las estrategias de supervivencia un carácter más individual y
menos grupal, por lo que el individuo comienza a ganar primacía frente a la
familia. Los cambios en la esfera política derivados de los ideales
revolucionarios de libertad, igualdad y fraternidad, refuerzan esta tendencia al
tiempo que comienzan a moderar la dominación del padre-esposo sobre la mujer
y los hijos. En la misma medida en que, en el plano político, cobra fuerza la idea
de que el poder no emana de Dios sino del Pueblo, en el plano familiar las
relaciones entre los cónyuges y con los hijos tienden a hacerse más
democráticas. Simultáneamente, en el plano ideológico se abre paso una nueva
concepción de la sexualidad que la relaciona con la realización personal y que
contempla con mayor tolerancia las relaciones sexuales al margen del
matrimonio; gana terreno igualmente la afectividad, que irá convirtiéndose en el
elemento central de las relaciones conyugales y paternofiliales. Por una parte, la
elección de pareja se desvincula de las estrategias de conservación del
patrimonio familiar y se deja en manos de los individuos implicados, quienes
pueden fundar su hogar separándose de las familias de origen y deciden sobre
todo en función de sus intereses emocionales; es el triunfo del amor romántico.
Por otra, ahora ya no se tienen hijos porque sus brazos son necesarios en la
explotación familiar, sino porque se quiere y en el marco de un proyecto de
realización personal. El resultado final sería una estructura familiar definida
como el espacio de lo privado, el refugio afectivo donde el individuo recupera
las fuerzas necesarias para seguir compitiendo por su supervivencia en un
mundo exterior hostil.
En definitiva, el enfoque dominante durante mucho tiempo en sociología ha
hecho depender el cambio familiar del proceso de industrialización y
urbanización, y lo ha conceptualizado como una pérdida progresiva de las
funciones que desarrollaba la familia en relación con el conjunto del sistema
social. Así, por ejemplo, para W. F. Ogburn, el mayor nivel de complejidad y la
progresiva diferenciación de las distintas partes del sistema social que lleva
consigo el paso de la sociedad tradicional a la sociedad moderna imponen, en el
plano familiar, una adaptación a la sociedad industrial que se concreta en una
reducción de las funciones económica, protectora, religiosa, educativa, afectiva,
recreativa y conferidora de estatus. Buena parte de dichas funciones pasan a ser
desempeñadas por otros agentes sociales, y las formas modernas de
desorganización familiar tendrían su origen en el desajuste típico de la etapa
transitoria desde un modelo familiar a otro.
Esto no significa, sin embargo, que al final del proceso nos encontramos con
una institución caduca debido a que se ha visto despojada de todas sus funciones
sociales. En realidad, el menor compromiso de la familia en el desempeño de las
funciones llamadas institucionales o extrínsecas, le permite especializarse en
otro tipo de funciones —llamadas expresivas— que tienen un carácter más bien
psicológico y afectivo en torno a los roles conyugales y paternofiliales y que la
familia moderna desarrolla de manera más intensa que la tradicional.
Parafraseando a Talcott Parsons podríamos decir que de las diversas funciones
que se atribuyen a la familia hay dos que son básicas y permanentes —la
socialización primaria del niño y la estabilización emocional del adulto— y que
el rasgo distintivo de la familia moderna sería su concentración en el
cumplimiento de estas dos funciones.
Este modelo explicativo es útil por su simplicidad, al contraponer dos tipos
extremos de estructuras familiares, pero durante los últimos años la
consideración de nuevos elementos ha venido a matizar la interpretación
convencional. A ello han contribuido no poco un mejor conocimiento de la
evolución histórica de la familia y las investigaciones de matriz feminista. Una
visión menos esquemática del cambio experimentado por la familia occidental
hasta alcanzar su configuración actual debe tener en cuenta, al menos, que la
familia extensa en realidad no era mucho más numerosa que la actual, que la
familia nuclear no es una novedad introducida por la sociedad industrial, que el
núcleo familiar actual no está tan aislado como han querido ver muchos
estudiosos y, finalmente, que la estructura familiar está fuertemente
condicionada por la clase social.
En primer lugar, por lo que se refiere al tamaño de la familia tradicional, algún
estudioso ha llegado a afirmar que, posiblemente, bastante más de la mitad —y
aun más del 80 por 100— de todos los individuos de la historia que vivieron en
sociedades que no tenían tecnología moderna, de hecho vivieron en familias con
el mismo número de miembros que si su ideal hubiese sido la familia nuclear.
Así, a causa sobre todo de la elevada mortalidad pero también de prácticas como
el matrimonio tardío de las mujeres, en la Europa preindustrial era muy difícil
que, en un momento dado, en una familia pobre (la mayoría de las familias)
hubiera más de dos o tres hijos vivos. En segundo lugar, de la investigación del
historiador L. Stone sobre la evolución de la vida familiar en Inglaterra desde el
siglo XVI hasta principios del siglo XIX se deduce que la familia nuclear es muy
anterior a la revolución industrial. Según Stone, la estructura familiar dominante
al comienzo del período por él estudiado era la que llama familia de linaje
abierto, es decir, un tipo de familia nuclear que vivía en una casa pequeña pero,
eso sí, fuertemente integrada en una red de relaciones comunitarias que incluía
las relaciones con otros parientes. Se trataba, por tanto, de una familia abierta al
apoyo, consejo, examen e interferencia exterior de vecinos y parientes. A este
tipo de familia —que presenta muchos de los rasgos que hemos atribuido a la
familia tradicional— le sucedió la que Stone denomina de manera un tanto
redundante familia patriarcal nuclear restringida, que duró hasta los primeros
años del siglo XVIII; un modelo de transición que se situaba entre las formas más
antiguas y el advenimiento de un tipo de familia similar a la acepción moderna
del término. Aunque fue un fenómeno en gran parte limitado a los estratos
superiores de la sociedad, sin embargo tuvo mucha importancia ya que dio lugar
a actitudes que desde entonces se han ido generalizando. Los vínculos de lealtad
que en el pasado ligaban a las familias nucleares con otras familias y grupos en
la comunidad local se debilitaron y fueron sustituidos por la fidelidad al Estado.
Dentro de la familia, la autoridad del padre-esposo se vio reforzada en
correspondencia con su poder civil en el Estado y el elemento afectivo ganó
importancia. La familia nuclear se convirtió en una unidad más claramente
definida. Todo esto preparó el terreno para la aparición de un tercer tipo, la
familia nuclear doméstica cerrada, que es la base de la organización familiar
dominante en el siglo XX en la sociedad occidental. Se trata de un grupo
fuertemente vinculado por lazos emotivos, entre los esposos y en las relaciones
con los hijos, en el que se desarrolla un interés hasta entonces inédito por la
correcta educación de estos últimos.
Del cuadro dibujado por Stone se deduce que el cambio consistió sobre todo
en la reducción de la presencia de familias extensas y en el aislamiento de la
familia nuclear, definiéndose un espacio privado en el que se recluye la vida
familiar. Ahora bien, la insistencia en el enclaustramiento y en la disminución
del número de parientes que actúan efectivamente como tales ha contribuido a
popularizar lo que I. Alonso Hinojal considera una imagen inexacta del tipo
moderno de familia. Datos como la proximidad entre el domicilio de una familia
y el de los progenitores de uno de los cónyuges y la elevada frecuencia de los
contactos, incluso diarios, con ellos, deben hacernos pensar que la familia
moderna es más una familia extensa modificada y adaptada a la nueva situación
que una familia nuclear aislada. Según este autor, la supervivencia de lazos de
parentela no debe ser vista como restos del pasado, que desaparecerán con el
progresivo ajuste de la familia al sistema industrial, sino como unas relaciones
adecuadas y funcionales para ambos sistemas, familiar e industrial. No parece
lógico que unos lazos afectivos y de ayuda mantenidos y cultivados en la familia
de origen, de pronto sean rotos al constituirse la nueva familia de procreación. El
sistema industrial, si por un lado dificulta esas relaciones de convivencia
extensa, por otro ofrece medios eficaces para mantenerlas. Además, la sociedad
industrial no dispone de las organizaciones adecuadas para suministrar a la
familia la múltiple asistencia que recibe de los parientes, tanto por el volumen y
variedad de dicha asistencia como por su marcado carácter afectivo. Por tanto —
concluye Alonso—, los lazos propios de la familia extensa, persistentes en el
sistema familiar de la sociedad industrial, no son reliquias del pasado aún no
eliminadas, sino exigencias de dicha sociedad y del tipo de familia adaptada a
ella.
El hecho de que el segundo modelo de familia detectado por Stone se diera
sobre todo entre las elites permite pensar que, dentro de una misma sociedad, la
estructura familiar puede presentar diferencias en función de las distintas
posiciones de clase. Independientemente del tipo de sociedad —preindustrial o
capitalista— en que nos situemos, parece que una organización familiar próxima
al modelo extenso tradicional es más típica de las clases altas, mientras que el
modelo nuclear moderno sería más frecuente entre las clases bajas. Estas
diferencias se aprecian en cuestiones como la posición ocupada por la mujer en
la familia. W. J. Goode, después de afirmar que la cultura industrial es la primera
que ha permitido a la mujer elegir y ocupar posiciones sociales con notable
independencia, matiza que su situación es diferente según la clase social y nos
ofrece la siguiente paradoja: en las clases bajas, donde la cultura más tradicional
le concede menos derechos, la mujer ostenta una posición más fuerte en relación
con el marido que en las clases altas, en las cuales se le reconoce una posición
más destacada a nivel de valores y de principios. Alonso explica las diferencias
existentes en las estructuras familiares en función de las clases sociales
inspirándose en Engels. Entre las clases altas perdura la propiedad familiar y el
control de las nuevas posiciones que se ofrecen a los jóvenes en el sistema
productivo; entre las clases bajas los adultos no disponen de estos ni de otros
mecanismos de control y la posición de la mujer se fortalece a causa de la
escasez de servicios y medios económicos de que dispone la familia y de los que
es, con frecuencia, administradora y destacada contribuidora.
Más allá de las diferencias de clase, frente a la solidez de la institución
familiar tradicional, existe un amplio consenso en definir a la familia actual
como estructuralmente inestable, lo que ha llevado a algunos a temer por el
futuro de la familia. Tal inestabilidad se explica por la enorme importancia que
ha llegado a adquirir la afectividad a la hora de constituir y mantener la mayoría
de las nuevas unidades familiares, en detrimento de la presión social que en otro
tiempo se ejercía sobre los cónyuges. Este hecho y las limitaciones de la
interpretación convencional han propiciado la aproximación sociológica a la
familia actual desde una perspectiva diferente.

III. LA FAMILIA EN LA ACTUALIDAD

Para dar una idea de cómo es la familia occidental actual —sostiene S. del
Campo— debe tenerse en cuenta, en primer lugar, que su rasgo distintivo es la
primacía del elemento afectivo, en segundo lugar, hay que dejar constancia de la
coexistencia de diversos modelos matrimoniales, en tercer lugar, hay que
explicar las diferentes etapas por las que atraviesa utilizando el enfoque del ciclo
vital y, finalmente, hay que plantear la cuestión del porvenir de la institución
familiar. Si entendemos la afectividad como amor romántico —definido en
términos de fuerte vinculación emocional entre personas de distinto sexo en la
que intervienen por lo menos el deseo sexual y la ternura— tendremos que
aceptar que tal sentimiento está presente en todas las sociedades. Por tanto, lo
sociológicamente relevante no es su existencia, sino el grado en que éste se halla
institucionalizado, es decir, la medida en que es tenido en cuenta formalmente a
la hora de constituir nuevas unidades familiares. En este sentido nuestra
civilización asigna al amor un papel excepcional, pues considera que es el
fundamento del noviazgo y del matrimonio. Se ha llegado hasta aquí a través de
un proceso muy complejo, en parte ya explicado, que tiene que ver también con
la incorporación creciente de la mujer al trabajo extradoméstico, lo que le
proporciona independencia económica y en consecuencia libertad para elegir
pareja.
Ahora bien, la presencia de la componente amorosa como elemento fundante
de la relación matrimonial no suele ser una cuestión de todo o nada sino de
grado. En nuestra sociedad, contrariamente a cuanto se deduce de la visión
convencional, la familia sigue desarrollando funciones extrínsecas relevantes,
como es la relacionada con la colocación de los hijos, es decir, con la posición
social que van a ocupar de adultos. El papel que desempeña el matrimonio
dentro de las estrategias de colocación —presumiblemente más importante
cuanto mayor sea el estatus socioeconómico— puede llevar a contemplar el
sentimiento amoroso con cierta desconfianza y a intentar controlarlo
canalizándolo en la dirección que se considere adecuada. Según el peso que se le
conceda al amor romántico como elemento fundante de la nueva unidad familiar,
L. Roussel distingue cuatro modelos matrimoniales vigentes en la sociedad
actual. El primero es el matrimonio institucional o de conveniencia, que se
corresponde de alguna manera con lo que hemos llamado familia tradicional. Su
finalidad es asegurar la supervivencia de los individuos a través del apoyo
intergeneracional, primero de los padres a los hijos y más tarde de éstos a
aquéllos. Es autoritario, defiende y transmite el patrimonio familiar y concibe la
relación conyugal como indisoluble, de manera que sólo se extinguirá con la
muerte.
Desde el momento en que se admite el divorcio aparecen tres tipos nuevos
caracterizados por su alejamiento progresivo de la indisolubilidad, que son el
matrimonio alianza, el matrimonio fusión y el matrimonio asociación. El
matrimonio alianza es una flexibilización del modelo anterior que se caracteriza
por la pérdida de importancia del fundamento material o económico en favor de
la noción de felicidad. La gente ya no se casa sólo para establecer una familia,
engendrar hijos y transmitirles un apellido y un patrimonio, sino también para
ser personalmente feliz. Sin embargo, la carga institucional —la presión social—
sigue presente, pues en este modelo matrimonial el deber pesa tanto como el
afecto y la desaparición del amor no justifica la ruptura del vínculo conyugal. El
divorcio es valorado como un atentado contra la institución familiar y contra la
misma sociedad, y sólo se concibe acompañado de una sanción jurídica para el
culpable —siempre tiene que haber al menos uno— a quien se castiga, por
ejemplo, negándole el cuidado de los hijos.
El matrimonio fusión es el que prevalece hoy en el mundo occidental y tiene
su fundamento en la solidaridad afectiva. Su característica principal es el amor,
mientras que la dimensión institucional queda relegada a un plano secundario: en
la mayoría de las ocasiones se limita a una serie de ceremonias y signos rituales
externos que sirven de mero recordatorio de lo que fue el matrimonio
institucional y de poco más. La boda se celebra ante el juez, pues el elemento
religioso ha sucumbido ante la tendencia secularizadora, y la presión social se
retira al pasar a primer plano la voluntad de los individuos implicados. Se reduce
la autoridad del marido y también su obligación de sostener económicamente el
hogar, y con frecuencia las uniones se establecen entre protagonistas de sendas
carreras profesionales que se consideran iguales en todo dentro y fuera del
matrimonio. El divorcio aparece como un simple corolario del teorema de que el
matrimonio sólo dura mientras hay amor y no es objeto de sanción ni acarrea
estigma alguno. La sociedad —a través del juez— se limita a tomar nota de la
ruptura y a proveer algunas medidas en beneficio de los directamente afectados,
por ejemplo para evitar que los hijos sean utilizados como moneda de cambio en
el conflicto que pueda surgir entre los cónyuges. Porque éstos, sin embargo,
suelen vivir la experiencia del divorcio de manera traumática, pues la fuerte
implicación emocional con que se embarcaron en su proyecto de vida en común
deja paso al sentimiento de fracaso y a la sensación de que no se está capacitado
para la convivencia íntima.
El matrimonio asociación, finalmente, se define por la pura y simple
cohabitación, es decir por su contenido, puesto que ahora la ceremonia de la
boda ya no es ni siquiera una formalidad indispensable. En este modelo se huye
de la exaltación amorosa, es decir no se mitifica el amor romántico, y la
intensidad afectiva es menor, por lo que Roussel lo ha llamado matrimonio de
razón. Su duración —que depende exclusivamente de la voluntad de las partes—
está en función de la satisfacción que produce; y la separación no supone sino un
ligero trauma, porque la unión no es concebida como irrompible sino como una
convergencia de intereses de la que forman parte el intercambio sexual y la
compañía. Se llega así a la desintegración del aspecto institucional de la familia
mediante la privatización total de la relación de pareja. Sin embargo, la relación
suele mantenerse durante cierto tiempo y a los ojos de todos es considerada
como una unión estable y consolidada que no se distingue del matrimonio
fusión, al igual que los hijos nacidos de estas uniones gozan exactamente del
mismo estatuto que los nacidos dentro del matrimonio convencional. En todo
caso, cuando este tipo de convivencia se prolonga más allá de diez o doce años,
la ruptura provoca en las partes efectos similares a los que produce el divorcio en
el modelo de matrimonio fusión.
Como suele ocurrir con las aproximaciones sociológicas, los cuatro modelos
matrimoniales presentados sólo son simplificaciones cuya utilidad analítica no
debe hacernos olvidar que la realidad social es mucho más compleja y no se
presta con facilidad a la reducción a unos pocos tipos ideales puros. Así, entre el
modelo seguido aparentemente por una pareja y el que vive realmente en su
intimidad puede haber diferencias considerables; tampoco son inverosímiles las
variantes que combinen características que aquí se han atribuido a modelos
diferentes. Además, en la actualidad nadie se encuentra aprisionado de por vida
en un modelo y siempre puede pasar a otro sin que ello le suponga
necesariamente contratiempos insuperables. Por ejemplo, no es inconcebible que
una persona que vivió una experiencia fracasada de matrimonio alianza durante
su juventud encuentre posteriormente la estabilidad afectiva en un matrimonio
asociación.
Mientras el análisis de los modelos matrimoniales nos proporciona sobre todo
una visión estática de la familia, el enfoque del ciclo vital tiene la ventaja de que
incorpora la dimensión temporal y, por tanto, ofrece una visión dinámica de las
transformaciones que experimenta en los diferentes momentos de su vida. Desde
esta perspectiva ha sido posible concluir, por ejemplo, que la concepción de los
tipos de familia extensa y nuclear como mutuamente excluyentes no siempre se
ajusta a la realidad, dado que es posible postular la existencia de un ciclo
evolutivo a lo largo del cual una familia nuclear se transforma, primero, en
extensa, para fragmentarse más tarde en una o más nucleares. El enfoque del
ciclo vital concibe la familia como un proceso que se abre con su constitución y
se cierra con la muerte de los cónyuges tras haber pasado por diferentes etapas.
Pueden distinguirse, al menos, las cinco siguientes.

1) Constitución (matrimonio).
2) Nido sin usar (desde la constitución al nacimiento del primer hijo).
3) Etapa fecunda (desde el nacimiento del primer hijo hasta el nacimiento del
último).
4) Plataforma de colocación (desde que se va el primer hijo hasta que se va el
último).
5) Nido vacío (desde que se va el último hijo hasta la muerte de uno de los
cónyuges).

Este esquema básico puede complicarse introduciendo variables de referencia


como la edad del primogénito o de la esposa en determinados acontecimientos
(matrimonio, incorporación a la escuela, independencia, nacimiento del primer
nieto, etc.) o la relación de la esposa con el empleo.
Las novedades más importantes que se aprecian en el ciclo vital de la familia
occidental a lo largo del siglo XX son tres. En primer lugar, la reducción de la
etapa fecunda, lo que es consecuencia sobre todo de la caída de la natalidad y
facilita el retorno o la incorporación de la mujer al mercado de trabajo. En
segundo lugar, la aparición y alargamiento de la etapa de nido vacío. Mientras a
principios de siglo el matrimonio del último hijo solía darse después de haber
fallecido alguno de los progenitores, cincuenta años después este acontecimiento
da lugar a un largo período de más de diez años durante el cual los cónyuges
vuelven a vivir solos como cuando esperaban su primer hijo. En este caso la
explicación hay que buscarla en la caída de la mortalidad y el correspondiente
aumento de la esperanza de vida, factor que ayuda a explicar igualmente la
tercera novedad: el alargamiento del ciclo vital familiar en su conjunto, que pasa
de treinta a cincuenta años, y la aparición de familias ancianas. A estas tres
novedades habitualmente señaladas habría que añadir una reflexión sobre los
cambios que se pueden haber producido dentro de la cuarta etapa en países como
España, donde los jóvenes tienden a abandonar cada vez más tarde el hogar
familiar.
Pero el enfoque del ciclo vital también tiene sus limitaciones. Al centrarse en
el análisis de la familia nuclear típica constituida por el matrimonio y sus hijos,
que sigue siendo la más extendida, deja de lado acontecimientos como la muerte
temprana de algún cónyuge, la falta de descendencia, la vida en solitario, el
divorcio y las segundas nupcias. La frecuencia de este tipo de fenómenos ha
provocado la proliferación de estructuras organizativas atípicas —como la
llamada familia monoparental, caracterizada por la ausencia de uno de los
cónyuges, generalmente el padre— que ponen en cuestión el concepto clásico de
familia y, a juicio de algunos, la propia supervivencia de la institución familiar
occidental.
E. Lamo de Espinosa cree efectivamente que la familia nuclear moderna está
amenazada de muerte. No obstante su análisis está muy alejado de las
interpretaciones conservadoras —que atribuyen esta evolución a la crisis de los
valores tradicionales y religiosos, en retroceso frente al hedonismo, feminismo y
la generalización de las nuevas concepciones de la sexualidad— y se basa en
factores mucho más prosaicos. Si la transición de la sociedad preindustrial a la
industrial se vio acompañada por la decadencia de la familia extensa y el
predominio de la familia nuclear aislada, ahora la transición hacia la sociedad
posindustrial significaría la decadencia de esta última frente a la importancia
creciente de otras formas de convivencia que nos llevarían de una sociedad
estructurada en torno a familias a otra estructurada en torno a individuos. En
apoyo de esta tesis se aduce el fuerte incremento de los divorcios, las familias
monoparentales y los hogares unipersonales.
Es cierto que durante los últimos cincuenta años la incidencia del divorcio ha
aumentado mucho. En Estados Unidos afecta ya al 55 por 100 de los
matrimonios y en diversos países europeos la tasa de divorcialidad se ha
duplicado en dos décadas, situándose en valores próximos a los americanos.
Asimismo, durante los años ochenta el 25 por 100 (el doble que quince años
antes) de los hogares estadounidenses con hijos dependientes eran
monoparentales, porcentaje que se supera ligeramente en Rusia y que contrasta
con el modesto 4 por 100 del Japón. En la Unión Europea se calcula que las
familias monoparentales representan el 8 por 100 del total de unidades
familiares.
La preocupación con que se contemplan estos datos proviene de su
vinculación con fenómenos como la infantilización y feminización de la pobreza
y de su repercusión sobre el proceso de formación de la personalidad de niños y
adolescentes que crecen en un ambiente en el que está ausente la figura paterna.
Se recuerda igualmente que la familia típica entre la minoría negra en Estados
Unidos desde la abolición de la esclavitud se caracteriza precisamente por dicha
ausencia, lo que da lugar a una estructura familiar débil que puede ser uno de los
factores que explican la exclusión social de esta minoría generación tras
generación, en contraste, por ejemplo, con el relativamente exitoso aunque lento
proceso de integración de asiáticos e hispanos, protegidos por una sólida y
extensa red de parentesco. El hecho de que en los países escandinavos más de la
mitad de los niños sean hijos de madre soltera, si por una parte debe estar
relacionado con la proliferación del matrimonio asociación, por otra puede
reforzar también el aumento de familias monoparentales.
Finalmente, por lo que se refiere a los hogares unipersonales, en la década de
los noventa en la Unión Europea representan el 26 por 100 del total de unidades
familiares. En países como Holanda, Alemania y Dinamarca la proporción
supera el 30 por 100; en Italia, Luxemburgo, Bélgica y Gran Bretaña se sitúa
entre el 20 y el 30 por 100, al igual que en Francia, donde París (con un 50 por
100) comienza a ser conocida entre los demógrafos franceses como la capital de
la soledad. En España y Portugal supera el 10 por 100. Si a todo esto sumamos la
minoría de hogares pluripersonales constituidos por individuos no emparentados
y otras fórmulas organizativas como la agrupación de varios matrimonios
ancianos que viven en vecindad compartiendo diversos servicios, que comienza
a proliferar en Suecia, no es fácil oponerse a la conclusión de que la familia se
encuentra efectivamente en crisis estructural.
Para Lamo, a la base de estos procesos hay ante todo factores demográficos.
La drástica reducción de la mortalidad en la sociedad moderna reduce en la
misma medida las necesidades de reproducción, lo que a su vez reduce la
necesidad de familias, o al menos de familias estructuradas en torno a la función
básica de evitar la extinción de la especie mediante un sobreesfuerzo de
producción y crianza de hijos. Si antes una sociedad que quisiera mantener sus
efectivos debía reproducirse cada 36 años, ahora debe reproducirse cada 80 años.
De modo que si la familia es la unidad básica para la reproducción, hace falta,
por así decir, la mitad de familias que hace cien años o, si se prefiere, que las
existentes tengan la mitad de hijos. Están ocurriendo las dos cosas al mismo
tiempo: hay menos familias y éstas tienen menos hijos. En estas circunstancias,
si la actividad sexual no se desvincula de la función reproductora, o practicamos
el sexo un 50 por 100 menos que nuestros ancestros (y aun más porque ahora
vivimos más años) o vamos a provocar una explosión demográfica sin
precedentes en la historia de la humanidad. Obviamente, el progreso en los
métodos de control de la natalidad permite mantener los niveles de actividad
sexual, pero ahora orientada también hacia otras finalidades.
La menor necesidad de familias es lo que permite la aparición de nuevas
formas de convivencia, nuevos tipos de hogares y, en última instancia, la
evolución hacia una sociedad de individuos. De todo esto se derivan
consecuencias importantes para la mujer, ya que la parte femenina de la especie
humana se ve liberada por primera vez en la historia de una terrible y agotadora
tarea. Antes las mujeres tenían que dedicar la práctica totalidad de su vida adulta
a la gestación y crianza de los hijos: vivían una media de treinta y seis años y
necesitaban tener no menos de cuatro hijos para que dos llegaran a la edad de
reproducirse. Hoy las mujeres viven setenta u ochenta años y basta con que
tengan dos hijos. Así, las mujeres se han visto desvinculadas de la función
reproductora como tarea inevitable, lo cual les permite disponer a su voluntad de
una enorme cantidad de tiempo y energías que pueden dedicar a actividades
extradomésticas. Finalmente, una parte del aumento de los hogares
unipersonales puede atribuirse igualmente a factores demográficos, en este caso
a la mayor diferencia en la esperanza de vida entre hombres y mujeres.
Sin restar importancia al papel que desempeña la variable demográfica en el
desencadenamiento de la crisis de la familia nuclear, no podemos dejar de
insistir en la necesidad de tener en cuenta también la incidencia de los factores
ideológicos, en particular el triunfo del individualismo afectivo y la cada vez
mayor aceptación —cuando menos en el plano de los valores— de ciertos
postulados que tienen su origen en el movimiento feminista. En este sentido
podría decirse que la crisis es el resultado de la decadencia relativa del tipo ideal
de pareja asociado al modelo de matrimonio alianza y de la mayor aceptación
del tipo ideal de pareja asociado a los modelos de matrimonio fusión y
matrimonio asociación.
En el primer tipo, el mayor peso de la componente afectiva respecto al
matrimonio institucional todavía no evitaría cierta preponderancia en la posición
del padre-esposo, en la distribución de la autoridad y en el reparto sexual de
funciones (las económico-instrumentales sobre todo para el hombre, las afectivo-
expresivas sobre todo para la mujer) y el modelo ideal de esposa-madre sería el
ama de casa económicamente dependiente del marido. Asimismo, la pareja sin
hijos sería valorada en buena medida como una familia incompleta. Por el
contrario, el segundo tipo ideal de pareja estaría basado exclusivamente en el
afecto y pretendería una distribución democrática tanto de la autoridad como de
los roles sexuales. Su objetivo primordial sería el logro de la felicidad mediante
el desarrollo de un proyecto de vida en común pero respetuoso con la autonomía
personal de los dos individuos que forman la pareja. Dentro de ese proyecto
caben los hijos, por supuesto, pero la vida sin ellos seguirá teniendo pleno
sentido. Lo que no lo tendría sería el mantenimiento de la relación cuando ésta
ya no produzca felicidad. Ahora bien, si la estabilidad del grupo familiar pasa a
depender exclusivamente de su capacidad para generar felicidad, a su vez
fuertemente dependiente de la intensidad del amor romántico —que debería
durar, recuérdese, una media de cincuenta años— es evidente que la crisis tiene
muchas posibilidades de manifestarse.
Pero entre la crisis de la familia nuclear y su desaparición queda todavía un
largo camino por recorrer y otros datos arrojan dudas sobre su inevitabilidad. La
mayoría de la gente, aun en las sociedades más avanzadas, no piensa que el
matrimonio sea una institución caduca y, por el contrario, desea vivir en familia.
De hecho se sabe que una elevada proporción de divorciados —en torno a tres de
cada cuatro— vuelven a casarse; y una parte de los hogares unipersonales puede
estar constituida por individuos en tránsito desde un modelo matrimonial a otro.
Pues lo que sí parece cierto es que al matrimonio se le exige cada vez más en
términos afectivos y, en coherencia con ello, cada vez se soporta peor la idea de
seguir casado si no se es feliz. Así pues la crisis, más que apuntar hacia la
desaparición de la familia, podría ser el síntoma de un proceso de ajuste que
transcurre desde el modelo de convivencia familiar todavía dominante a otro
mejor adaptado a mayores exigencias de democratización de las relaciones
sociales en la vida privada y de autonomía personal de los individuos que
integran el grupo familiar. Digámoslo en palabras de I. Alberdi: la familia sigue
siendo algo muy importante para la gente y así lo reflejan todos los estudios
sobre ella. No hay crisis de la institución familiar, lo que hay es crisis de los
valores tradicionales. Los valores propios de la familia tradicional, como la
estabilidad matrimonial por encima del conflicto entre los esposos, el
sometimiento de las mujeres a los maridos, la reclusión en el hogar y la
maternidad como destino natural de las mujeres fue una forma de entender la
familia que está desapareciendo. En este sentido es muy pertinente recordar que
aún queda una distancia considerable entre la amplia aceptación —a nivel de
principios— de algunos planteamientos feministas críticos con la situación
actual y sus modestas consecuencias prácticas. Más allá de las distinciones
convencionales entre actividades económicas productivas y actividades
domésticas no productivas, lo cierto es que la mayor parte del trabajo realmente
necesario para que el sistema social —y, por tanto, el económico— pueda
funcionar sigue recayendo sobre las mujeres, lo cual no guarda correspondencia
con la posición subordinada que siguen ocupando en la familia, en la economía y
en la sociedad. Como ha señalado en más de una ocasión M. A. Durán, quizás es
saludable que la familia siga siendo el refugio de la afectividad y de la
solidaridad, pero esto no debería depender exclusivamente del sacrificio de las
mujeres.

IV. EL FEMINISMO

La reflexión sobre la igualdad y desigualdad entre hombres y mujeres tiene


una larga tradición histórica, aunque es en la filosofía de la Ilustración donde
adquiere un carácter más sistemático y decisivo. La cuestión que centra el debate
ilustrado es si hombres y mujeres tienen la misma naturaleza. El concepto de
naturaleza será, por tanto, el que va a servir de instancia legitimadora de las
diferencias entre hombres y mujeres en la sociedad. Rousseau es uno de los
primeros que defiende la desigualdad natural entre hombres y mujeres, cuyas
funciones sexuales y reproductivas las hace naturalmente dependientes y las
excluye del contrato social. Así, la desigualdad natural se convierte en
desigualdad política.
Otros filósofos, como Montesquieu, Diderot o Voltaire se alinearán a favor de
la causa de las mujeres. El más destacado fue Condorcet: ¿Cómo dejar al margen
del progreso a la mitad de la humanidad?, escribió en el ensayo Sobre la
admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía, donde defiende que la
democracia requiere la extensión de los derechos políticos a todas las personas.
De hecho, la Constitución francesa de 1791 fijó la mayoría de edad para
hombres y mujeres en los veintiún años y declaró el matrimonio como un
contrato civil; y la de 1792 admitía el divorcio en pie de igualdad. Pero al mismo
tiempo la Declaración de los Derechos distinguía dos categorías de ciudadanos:
los activos, varones mayores de veinticinco años, independientes y con
propiedades; y los pasivos, que incluía a los hombres sin propiedades y a todas
las mujeres.
Ahora bien, el feminismo propiamente dicho aparece en Estados Unidos hacia
mediados del siglo XIX como un movimiento reivindicativo de mujeres de clase
media que luchan por el derecho a la educación, a una sexualidad libre, al
control de sus propiedades y al sufragio. En este país el contrato social que da
origen a la sociedad política es horizontal, su legitimidad no deriva de una ley
natural superior o de la tradición, sino del mutuo consentimiento, de la
reciprocidad. Este pacto se plasmará en el We the people (Nosotros el pueblo) de
la Declaración de Independencia.
En Estados Unidos la concepción de la política favorece la participación en la
sociedad. La igualdad se reivindica como un derecho natural y, por tanto,
universal, y se afirman los derechos individuales. Por eso las sufragistas hicieron
suyos estos principios de universalismo, republicanismo y derechos individuales.
El movimiento abolicionista, que luchaba contra la esclavitud de los negros,
asumió las aspiraciones universalistas de igualdad y se unió al sufragismo, que
pedía la igualdad de derechos para todos con independencia de la raza o el sexo.
Pero se consideraba que esto sólo se conseguiría mediante una acción colectiva
en y desde la política. En 1848 tuvo lugar la primera Convención sobre los
Derechos de la Mujer, un acontecimiento clave en la historia del feminismo
estadounidense, que se inspira en la Declaración de Independencia y mantiene
una concepción iusnaturalista y universalista de los derechos. En un primer
momento las reivindicaciones estaban ligadas a los beneficios sociales de la
ciudadanía y sólo después de la Guerra Civil (1864) se planteó la cuestión del
sufragio femenino.
En 1869 aparece The Subjection of Women de J. S. Mill, que supone el apoyo
de un intelectual de prestigio a las sufragistas americanas. Sus principios
liberales son la primacia de la moral de la persona frente a la colectividad
social, la afirmación igualitarista, el universalismo y la igualdad de
oportunidades. Mill rechaza la idea de una naturaleza femenina específica y
señala el origen social y cultural de las diferencias entre hombres y mujeres. En
ese mismo año la mujer obtuvo el derecho al voto en el territorio de Wyoming,
pero hasta 1882 no se le reconoció el de disponer de sus propiedades.
En Europa, sin embargo, durante el siglo XIX la cuestión de la emancipación
femenina estuvo ligada al movimiento socialista y tuvo una mayor conexión con
la clase obrera. Autores como Saint-Simon, Fourier y Owen defendieron la
eliminación de las fuentes de desigualdad. Una reflexión más sistemática se la
debemos a los fundadores del marxismo.
Para Marx y Engels la opresión de la mujer se produce a través del
matrimonio y la familia. Las relaciones de género son subsumidas bajo las
relaciones de clase: el hombre representa a la burguesía y la mujer al
proletariado, una analogía que se circunscribe al ámbito de la familia pero no se
aplica a la esfera productiva. Será Bebel, en Mujer y Socialismo (1885), quien
vinculará la opresión de clase a la de género. Más tarde, en 1907 se crea la
Internacional Socialista de Mujeres en la que Alexandra Kollontai va más allá de
la ortodoxia marxista reivindicando salario igual para hombres y mujeres,
legalización del aborto, socialización del trabajo doméstico y sexualidad libre.
Todos estos movimientos convergen a finales del siglo XIX en una conciencia
feminista claramente internacionalista. En 1908 cerca de medio millón de
personas acuden a Londres a un encuentro en favor del sufragio femenino. Pero
no será hasta después de la Primera Guerra Mundial cuando éste comenzará a
generalizarse en Europa.
Así pues, al hilo de las distintas teorías —universalista, liberal, marxista— se
irán entretejiendo los temas que configuran las grandes cuestiones que debatirá
el feminismo del siglo XX: la identidad de las mujeres, la percepción de la
diferencia o la sexualidad. En esta tarea supone una ruptura importante la obra
de Simone de Beauvoir, El segundo Sexo (1949), que inicia un nuevo camino en
la lucha feminista: la construcción de una teoría explicativa acerca de la
subordinación de las mujeres. El feminismo se presenta como una teoría que
explica la organización social y filosófica del mundo. Su reflexión inspira la
investigación feminista que iba a desarrollarse a partir de los años setenta y
ochenta y defiende que las características humanas consideradas como
«femeninas» no derivan de la naturaleza biológica sino de la construcción
sociocultural de los comportamientos, actitudes y sentimientos de hombres y
mujeres. El género es la construcción de la diferencia entre hombres y mujeres,
que convierte la diferencia en desigualdad: «la mujer no nace sino que se hace».
Esta definición pretende acabar con las teorías biológicas deterministas y con las
funcionalistas de los roles sociales que se adscriben a ambos sexos, haciendo una
distinción clara entre sexo y género. El sexo comprende las características
anatómicas del cuerpo y las morfológicas del aparato reproductor, mientras que
el género es la elaboración cultural de lo femenino y lo masculino. De esta
manera, El segundo sexo presenta una reconstrucción cultural de lo que significa
ser mujer a través de la biología, el psicoanálisis, la historia y los mitos.
A partir de los años sesenta, en Estados Unidos el feminismo impulsa nuevos
temas de reflexión teórica. El eslogan «Lo personal es político» resume una
nueva concepción del espacio público en función de las relaciones sociales que
se establecen en el ámbito privado, en particular en la familia. No es posible
comprender la posición que ocupa la mujer en la sociedad sin tener en cuenta la
posición subordinada que ocupa en la familia. Esta posición es consecuencia de
la opresión de género que impone el patriarcado, un sistema de dominación que
beneficia al hombre. La situación de la mujer es contemplada desde tres puntos
de vista: el feminismo liberal, el radical y el socialista. Cada uno representa
conceptos y metodologías diferenciados, pero siempre referidos a la ampliación
de los derechos de la mujer, el reconocimiento de la igualdad, la reivindicación
de la sexualidad libre, la denuncia de los estereotipos femeninos, etc.
Para el feminismo socialista la dominación del hombre sobre la mujer es
consecuencia del capitalismo. Para el liberal, la estructura de dominación es
resultado de la inexistencia de igualdad de oportunidades. Para las feministas
radicales, finalmente, la estructura de dominación responde al ejercicio del poder
masculino, presente en todos los contextos de la vida. El análisis feminista pasa
a ser guiado por la noción de patriarcado y abarca tanto la opresión en el
matrimonio como la sexual, la desigualdad de derechos en la vida cotidiana y la
violencia sexual.
El feminismo liberal insistirá en la política de derechos individuales y exige
para las mujeres el derecho de autodeterminación y la igualdad de
oportunidades, que sentaron las bases de avances posteriores. La mística de la
feminidad, de Betty Friedan, identifica a las mujeres, sobre todo en Estados
Unidos, con la idea de igualdad de oportunidades e independencia. Por tanto, su
tarea principal es erradicar la desigualdad desde el punto de vista legislativo, y
reclama mayor intervención estatal. El objetivo de este feminismo es incorporar
a las mujeres a la vida pública, las empresas, el comercio, la educación, la
política, etc. Las leyes no han de tener en cuenta el sexo de las personas. A
finales de los años sesenta consideran necesario impulsar cambios en las normas
constitucionales que aseguren la igualdad de oportunidades.
El feminismo socialista analiza la opresión de la mujer en términos
económicos. Aunque también utiliza elementos del feminismo radical, acusa a
éste de no tener en cuenta las relaciones económicas y de clase en su análisis del
poder. Para las socialistas, el poder tiene sus raíces en la clase social tanto como
en el patriarcado. El capitalismo y el patriarcado no son autónomos; la
combinación de ambos sistemas de dominación —sexual y de clase— es
conocida como Teoría de Doble Sistema. Ahora bien, el feminismo socialista no
es una nueva suma de socialismo y feminismo sino una redefinición de ambas
teorías, un replanteamiento del método marxista basado en la comprensión
dialéctica de las relaciones entre sexo y clase.
Las radicales, aun tomando elementos de la teoría marxista, se distanciaron de
las organizaciones de izquierda y se organizaron autónomamente en torno a las
experiencias vitales de las mujeres. Desplazaron el énfasis desde la cuestión de
la igualdad hacia la de la liberación de la mujer. La autoridad debe ser dividida y
compartida, la democracia no es una cuestión de «representación» sino un
reparto igualitario de poder. Tenían centros regionales, de atención a las mujeres,
cooperativas, y atendían a fines muy variados. Este movimiento supo crear
espacios de participación política que los partidos de izquierda habían ignorado.
Debatían temas como las experiencias personales en torno a la sexualidad, la
familia y la maternidad, tradicionalmente considerados privados y sin
trascendencia política, que eran analizados como causas de opresión de la mujer,
poniendo de relieve las implicaciones políticas de las relaciones personales.
Estos grupos fueron criticados por su carácter más terapéutico que político.
Pero las radicales insistieron en la transformación social a través de la
transformación personal, lo cual les permitió desarrollar su autoestima y hablar
por primera vez de sus frustraciones. Los problemas que encontraron en su
actuación fueron: 1) carencia de estructuras para afrontar estos temas, lo cual
desembocaba en ineficacia; 2) imposición de una falsa unidad; 3) problemas de
liderazgo y representación: al rechazar la profesionalización de la actividad
política al final no sabían en nombre de quién hablaban. Hacia mediados de los
años setenta la mayoría de estos grupos de autoconciencia se habían disuelto,
pero el enfoque radical constituye una parte importante de la teoría feminista de
nuestros días y ha dado pie a los estudios sobre las diferencias de género.
En la década de los ochenta estas corrientes de pensamiento dieron paso a
otros desarrollos que radicalizaron o matizaron muchos de estos presupuestos
teóricos básicos que tanto han influido a lo largo del siglo XX en el cambio de la
legislación en lo que se refiere a la igualdad en todos sus aspectos y a
sensibilizar cada vez más a la población en la igualdad de género.

V. LA FAMILIA EN ESPAÑA
La familia española sigue, aunque con cierto desfase, el mismo proceso
evolutivo experimentado en todos los países de Europa occidental desde finales
de los años sesenta del siglo XX, caracterizado por el aumento de la
divorcialidad, disminución de la nupcialidad, difusión de las uniones libres,
descenso de la fecundidad, incremento de los nacimientos extramatrimoniales y
crecimiento de las familias monoparentales y de los hogares unipersonales.
Como ha señalado J. Iglesias de Ussel, esta evolución hay que entenderla dentro
del proceso más amplio de cambio general que viene experimentando la
sociedad española en su conjunto y que ha conocido una fuerte aceleración desde
1975, fecha que marca el inicio de la transición hacia la democracia. Si hubiera
que resumir en pocas palabras en qué ha consistido esencialmente el cambio,
podríamos decir que el Derecho de Familia ha dejado de estar bajo control de la
Iglesia y que hemos pasado de un modelo tradicional de familia único con
respaldo legal al pluralismo de las distintas alternativas familiares. Un dato
simboliza perfectamente esta evolución: mientras en 1975 los matrimonios no
católicos estaban muy por debajo del 1 por 100, a partir de 1981 crecen
paulatinamente y en 1990 el 20 por 100 de los matrimonios celebrados era civil.
Los dos hitos fundamentales de este proceso son la Constitución de 1978 y la
reforma del Código Civil de 1981. La mujer deja por fin de ser contemplada
jurídicamente como un menor de edad o un deficiente mental y es equiparada
legalmente al hombre; y se consagra asimismo la igualdad de derechos de todos
los hijos respecto a sus padres, que son garantizados por el Estado. Algunas de
las disposiciones del Código Civil anterior —aprobado en 1889 y vigente
durante casi todo el siglo XX, salvo en el efímero período democrático de la
Segunda República— tenían su origen en la legislación medieval y conferían
una gran autoridad al padre esposo en detrimento de la mujer y los hijos. Estas
prerrogativas masculinas desaparecen en 1981, equilibrándose el poder de ambos
progenitores sobre los hijos y limitándolo. El divorcio no requiere la
identificación legal de un culpable, sino que se reconoce la libertad individual
para romper el matrimonio; la función del juez se limita a procurar que los
perjuicios correspondientes sean mínimos para las partes afectadas más débiles:
los hijos y (habitualmente) la esposa. Puede decirse que la legislación española
actual sobre matrimonio y familia es de las más avanzadas del mundo. Por
ejemplo, en Francia se sigue distinguiendo entre hijos legítimos e ilegítimos (los
nacidos fuera del matrimonio). Sin embargo, se discute la conveniencia de exigir
un período previo de separación legal para acceder al divorcio, y la regulación
del aborto sigue siendo restrictiva ya que en los países más tolerantes es una
prerrogativa absoluta de la madre durante las primeras semanas de gestación. Así
pues, desde el punto de vista legal la familia española hoy es igualitaria, aunque
persisten (en retroceso) actitudes y comportamientos muy tradicionales en
cuanto a las relaciones entre marido y esposa y la vida cotidiana de ésta.
Antes de la legalización del divorcio en 1981 la ruptura del contrato
matrimonial estaba en manos de los tribunales eclesiásticos. Desde entonces la
divorcialidad ha ido creciendo lentamente. En 1995 por cada cien matrimonios
celebrados hubo 15,8 divorcios; una tasa muy baja en el contexto europeo ya que
sólo los italianos se divorcian menos (quizás porque su legislación es más
restrictiva, pues no reconoce el divorcio por mutuo acuerdo). Presumiblemente
irá aumentando a medida que lo haga su aceptación social, porque las actitudes
de los españoles ante el divorcio son ambiguas: por una parte, se considera que
es la mejor solución en determinadas circunstancias, por otra, es visto (y es
vivido) como un fracaso. Sin embargo, la exigencia de la separación legal previa
puede dificultar su crecimiento, ya que la situación jurídica de los separados es
la misma que la de los divorciados salvo en lo que se refiere a la posibilidad de
volver a casarse, por lo que muchos separados no llegan a divorciarse. En cuanto
a las uniones libres, sólo el 2 por 100 de las parejas españolas viven en situación
de cohabitación, aunque una amplia mayoría de los españoles no ven mal esta
forma de convivencia. En coherencia con ello, sólo el 10 por 100 de los
nacimientos se producen fuera del matrimonio.
El análisis del proceso de cambio desde la perspectiva de la composición de
las unidades familiares —lo que se conoce como forma de la familia— ofrece
resultados significativos. La tendencia general es hacia la constitución de
hogares de menor tamaño a causa de su menor complejidad en términos de
parentesco y de la menor fecundidad de las mujeres. Así, entre 1970 y 1991 los
hogares que más han crecido relativamente son los constituidos por uno y dos
miembros (que en 1991 representan el 36 por 100 del total de hogares), mientras
que los que más han reducido su número son los constituidos por cinco y más
miembros: en 1970 uno de cada tres hogares tenía este tamaño, en 1991 ya sólo
uno de cada cinco. En esta misma fecha el tamaño medio del hogar español era
de 3,28 personas, algo mayor que el europeo medio. El aumento de los hogares
unipersonales y la simplificación de las unidades familiares (no más de dos
generaciones compartiendo residencia) hay que relacionarlo, entre otros factores,
con la tendencia cada vez más pronunciada de los ancianos viudos a vivir solos
en vez de convivir con alguno de sus hijos. Según datos del censo de 2001, casi
tres millones de españoles viven solos (1,6 millones en 1991), de los que casi 1,4
millones son mayores de 65 años; y las viviendas ocupadas por una sola persona
suponen ya el 20 por 100 de los hogares. En 2001 el 68,4 por 100 de las
unidades familiares tienen de dos a cuatro miembros.
La forma típica de convivencia familiar es la familia nuclear aislada
constituida por el matrimonio y, en su caso, los hijos. Así son dos de cada tres
hogares españoles y en ellos vive el 70 por 100 de la población. La importancia
que ha llegado a alcanzar esta forma de familia —que sigue siendo hegemónica
en la sociedad occidental— está muy ligada al proceso de urbanización de la
población española y a la homogeneización del estilo de vida urbano industrial.
En todo caso, aunque en el entorno rural se aprecia más diversidad de formas
familiares y mayor presencia de familias extensas, el proceso de nuclearización
también avanza en él. No obstante, España continúa siendo junto con Portugal el
país de la Unión Europea con mayor proporción de hogares extensos (algo más
del 10 por 100). Por el contrario, el fuerte aumento de los hogares unipersonales
no ha impedido que su presencia entre nosotros se mantenga todavía muy por
debajo de la media europea. Además, la génesis de este tipo de hogares no
responde a la misma lógica que se aprecia en las sociedades más avanzadas. En
España la soledad residencial sigue estando estrechamente asociada con la
ruralidad y el envejecimiento, mientras que el porcentaje de solitarios entre
jóvenes y adultos es relativamente reducido. Finalmente, las familias
monoparentales (en torno al 10 por 100) también han crecido con rapidez, y
mientras se reducen las que tienen su origen en el fallecimiento de uno de los
cónyuges aumentan las derivadas de la separación, el divorcio y la maternidad
extramatrimonial. En conclusión puede decirse que la forma de la familia
española está evolucionando de acuerdo con la pauta europea, pero que una parte
significativa de las familias no nucleares no pueden ser clasificadas como
«posnucleares» (fruto de la decadencia de la familia convencional como forma
de convivencia), como lo demuestra la persistencia de familias extensas y la
todavía elevada presencia de viudos (sobre todo viudas) entre las familias
monoparentales y unipersonales.
Por debajo de la estructura o forma de la familia está el contenido, es decir, el
conjunto de relaciones establecidas entre sus miembros, los sistemas de roles y
las actitudes familiares. Desde esta perspectiva estamos asistiendo también a
cambios significativos, aunque éstos son más evidentes en el plano de las
opiniones y no se traducen automáticamente en comportamientos concretos. En
general se aprecia una lenta transición hacia una redefinición de los roles
conyugales, con una distribución de las tareas domésticas más igualitaria que la
que caracteriza a la familia nuclear tradicional. Ahora bien, mientras comienzan
a ser mayoría —sobre todo entre los jóvenes y a mayor nivel de estudios— los
españoles que prefieren idealmente un modelo de familia simétrica en el que el
hombre y la mujer trabajan fuera del hogar y se reparten las tareas domésticas,
de hecho, según datos recogidos por Alberdi, a principios de los años noventa el
76,6 por 100 de los hombres casados reconocían que no hacían nada en casa
(frente a un 61,6 por 100 en la media europea). Y compatibilizar la maternidad y
la presencia de niños pequeños en el hogar con el empleo es el gran problema de
las mujeres, que intentan hacerle frente echando mano de estrategias como la
reducción de la fecundidad, el recurso a la solidaridad familiar (generalmente a
los abuelos), al servicio doméstico, a guarderías infantiles privadas (porque la
oferta pública es raquítica) o exigiendo mayor participación del marido en las
tareas domésticas. Un buen indicador de lo poco que se ha avanzado en este
dominio es la contradicción existente entre una opinión mayoritaria que
considera que hoy en día tener un trabajo es importante para las mujeres y, al
mismo tiempo, que el trabajo extradoméstico de la madre es negativo para los
niños pequeños.
Por lo que se refiere al papel de los hijos dentro de la familia y a las relaciones
con ellos también se aprecian cambios. Aunque siguen siendo valorados como
un factor importante de felicidad conyugal, ya no se considera que sean
imprescindibles para la realización personal ni tampoco un elemento sin el cual
la pareja pierde casi todo su sentido. Se tienen hijos cada vez más porque se
quiere tenerlos, no porque sean el fin básico del matrimonio o una obligación
para con la sociedad. Además, las relaciones entre padres e hijos se han
democratizado mucho, al menos en las grandes ciudades. Según datos de una
encuesta realizada a principios de los años noventa, tres de cada cuatro niños
españoles manifiestan que sus padres suelen respetar sus opiniones; si bien
también es cierto que la autoridad de los padres no se pone en discusión, pues
prácticamente todos los niños consideran que es importante hacer lo que ellos
dicen.
Por otra parte, el período juvenil es en la actualidad muy prolongado. A
finales de los años noventa sólo el 32 por 100 de los jóvenes están emancipados
económicamente a los 25 años, y a los 29 aún no lo está el 28 por 100. El censo
de 2001 registra que el 35 por 100 de las personas de 30 años son solteras y
viven con alguien de la generación anterior, casi siempre sus padres. La
convivencia de los jóvenes con su familia de origen es mucho más duradera en
España que en cualquier otro país europeo. Esto explica que la unidad familiar
más extendida en España sea la constituida por padres e hijos, pues es más
frecuente el matrimonio con hijos mayores de edad que la familia formada por el
matrimonio y los hijos menores de edad. Si por un lado esto hay que relacionarlo
con la especial incidencia que tiene la crisis del empleo entre los jóvenes en
España, por otro puede ser un indicador de que la mayoría de ellos se encuentran
a gusto en su hogar de origen.
Los padres españoles de hoy tienden a ser muy tolerantes, quizás como
reacción a la familia autoritaria que conocieron bajo el franquismo. Esto, las
dificultades de acceso al empleo y a la vivienda y los niveles educativos cada
vez más altos de las jóvenes, son algunos de los factores que explican que desde
hace unas décadas la nupcialidad se haya ido reduciendo hasta los cinco
matrimonios por cada mil habitantes en 1995, la edad media de la mujer al
contraer el primer matrimonio haya ido aumentando hasta los 26,6 años y que el
primer hijo se tenga a una edad cada vez más avanzada (29,7 años, más o menos
cuando las generaciones anteriores habían dejado de tenerlos). En todo caso se
trata de una situación no muy diferente a la que conocen los demás países de la
Unión Europea, donde la nupcialidad oscila entre el 3,8 de Suecia y el 6,6 de
Dinamarca y Portugal; la mujer se casa entre los 24,8 años de Portugal y los 29
años de Dinamarca; y el primer hijo se tiene entre los 27,7 años de Austria y los
30,2 de Irlanda.
A pesar de que la regla dominante de residencia para las familias de nueva
creación es la neolocal y de que la familia nuclear se halla firmemente instalada
en España, sin embargo, las intensas relaciones forjadas en el seno de la familia
de origen se prolongan en el tiempo y se extienden en el espacio. Así, padres e
hijos ya independizados siguen alimentando una interacción frecuente y
procuran vivir unos cerca de otros, en el mismo barrio o bien en localidades
próximas. Esto permite mantener unas redes de solidaridad que facilitan la
prestación, aunque no sea de forma exclusiva, de las funciones extrínsecas
características de la familia preindustrial. Ya nos hemos referido al recurso a los
abuelos. Otro tanto puede decirse en relación con el cuidado de ancianos y
enfermos, que suele ser asumido por las mujeres de la familia. De cada mil amas
de casa españolas se estima que 39 cuidan durante más de seis meses al año a un
pariente gravemente enfermo, además de atender a los minusválidos o
incapacitados, y que 162 cuidan por lo menos a un minusválido o enfermo grave
durante alguna época del año. Este tipo de datos, así como la mayor presencia de
amas de casa y de ancianos viviendo con sus hijos dentro de la familia española,
es lo que lleva a algunos estudiosos a relacionar la esperanza de vida de la
población española (una de las mayores del mundo) más con las estructuras
familiares que con el nivel del gasto sanitario en nuestro país.
La pregunta que ahora se plantea —y que no tiene respuesta— es si esta
estructura nuclear no demasiado cerrada, que algunos incluyen en un llamado
modelo familiar «mediterráneo», resistirá el paso del tiempo o seguirá
evolucionando hacia un modelo «nórdico» en el que los individuos tendrán que
recurrir al Estado o al mercado para resolver todos aquellos problemas que aquí
se descargan sobre el trabajo no pagado de las mujeres. Los mayores niveles
educativos de éstas, así como su creciente incorporación al mercado de trabajo,
arrojan serias dudas sobre el futuro de esta forma de familia si los hombres no se
replantean su posición en ella.

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8. CLASES SOCIALES, ESTRATIFICACIÓN Y
MOVILIDAD SOCIAL

I. DESIGUALDAD Y CLASES SOCIALES

En todas las sociedades, desde las más primitivas a las más desarrolladas,
encontramos desigualdades sociales más o menos pronunciadas. Existen y han
existido sociedades fuertemente igualitarias y otras con grandes desigualdades, y
el pensamiento social se ha ocupado de reflexionar acerca del estado de igualdad
o desigualdad entre los seres humanos. Uno de los pensadores clásicos más
conocidos en este campo ha sido Rousseau, quien en su Discurso sobre el origen
y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres fue uno de los primeros
en estudiar de manera sistemática los orígenes, las formas y las consecuencias de
la desigualdad social. Los hombres son por naturaleza iguales pero la
convivencia social, la satisfacción de las necesidades en el grupo humano y la
vida en común establecieron las preferencias, el mérito y la belleza, los celos y el
amor, el intercambio y el comercio. Del cultivo de las tierras nació la propiedad
que estableció la competencia, la rivalidad y la oposición de intereses cuyas
consecuencias fueron la desigualdad y la servidumbre, las guerras y los
asesinatos. De esta manera la desigualdad de clases y los conflictos entre éstas
influyen sobre todos los aspectos de la vida humana.
En el siglo XIX, con el nacimiento de la sociedad industrial, los socialistas
utópicos también vieron en la desigualdad entre los hombres la causa del
hambre, de la explotación y de los conflictos sociales. Algunos de ellos, llevados
de su celo y la lucha por la igualdad, llegaron incluso a formar pequeñas
comunidades utópicas (falansterios) donde pensaban instaurar entre sus
miembros relaciones de igualdad perdurables y justas.
En Europa fue la revolución industrial la que empezó a generar grandes
desigualdades entre ricos y pobres, entre quienes vivían en el campo y en la
ciudad, entre quienes tenían o no tenían acceso al trabajo, entre hombres y
mujeres y, en general, entre aquellos grupos pequeños que controlaban los
medios de producción de bienes y servicios y las grandes masas de obreros que
se formaron en los países en vías de desarrollo durante los siglos XIX y XX. Estas
grandes desigualdades se han ido mitigando a lo largo del siglo XX en los países
desarrollados, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial.
Desigualdad, por tanto, en la sociedad moderna quiere decir que no todos los
individuos, familias o grupos tienen las mismas oportunidades o acceden en la
misma medida a los diferentes bienes o recursos de los que dispone la sociedad.
Es decir, que las personas son desiguales ante la riqueza, la renta, la salud, la
educación, el empleo o la vivienda.
La aproximación a este fenómeno desde el campo de la sociología se remonta
a los clásicos, cuyo enfoque del análisis sobre la desigualdad difiere de unos a
otros, pero en todos los casos constituye un aspecto fundamental para entender la
estructura de la sociedad actual. En el caso de los tres clásicos que hemos visto
desde el comienzo de este texto el problema de la desigualdad tiene una génesis,
desarrollo y consecuencias diferentes. Para Marx, la desigualdad constituye la
esencia de la sociedad capitalista y su génesis está vinculada al sistema
productivo y las relaciones de producción que se estructuran como una sociedad
dividida en clases; para Weber la desigualdad es el resultado de la diferencia que
imprimen a la acción social los diversos agentes sociales en función de la
naturaleza y los fines de cada actor. La desigualdad no se muestra tanto en las
diferentes posiciones que ocupamos las personas en el sistema productivo cuanto
en las diferencias resultantes de una acción desigual; mientras que para
Durkheim y, en general, para los funcionalistas la desigualdad social es un
fenómeno vinculado a la desigualdad de la naturaleza humana y a la necesaria
división del trabajo en una sociedad cada vez más compleja.
Marx es el autor que da más importancia a la desigualdad y a las clases
sociales y el que más ha influido en los desarrollos posteriores de esta
importante parcela del análisis social. Para Marx la sociedad de clases aparece
cuando la aplicación de la tecnología al proceso productivo provoca la división
del trabajo en la sociedad, lo que permite la generación de un excedente del que
se apropia una minoría de no productores. De esta manera las clases sociales se
configuran como conjuntos de individuos que mantienen una posición similar
respecto a los medios de producción. Esto da pie a que la sociedad se divida
desigualmente entre propietarios y no propietarios de los medios de producción.
Por tanto, las clases sociales se definen por la posición que ocupan las personas
y los grupos humanos respecto al proceso productivo.
Marx quiso formular la teoría de las clases en el capítulo 52 del volumen
tercero de El Capital donde distinguía tres clases: los propietarios del trabajo, los
propietarios del capital y los propietarios de tierras, cuyas fuentes de ingresos se
basaban respectivamente en el salario, los intereses y las rentas rústicas. Ahora
bien, según Duverger, el problema de la desigualdad social para los marxistas no
consiste en comprobar que hay ricos y pobres, propietarios y no propietarios de
los medios de producción, sino en determinar lo que produce la riqueza de unos
y la pobreza de otros. Si la riqueza y la pobreza dependiesen únicamente de las
actividades individuales de cada persona, de la inteligencia o del trabajo de cada
uno, no habría clases porque se entiende que todos los humanos son iguales por
naturaleza. El concepto de clase se basa en la idea de que las diferencias de
status social, es decir, de posición en la sociedad, no dependen únicamente de los
individuos sino que, en cierta manera, se imponen a ellos, a través de su
situación respecto de las relaciones de producción.
Ahora bien, las relaciones de producción, según Marx, han ido cambiando a lo
largo de la historia y su variación ha modificado las relaciones sociales entre los
seres humanos. Al aplicar nuevas formas productivas (innovación tecnológica) a
la relación entre los hombres y la naturaleza, los hombres cambian su modo de
producción, la forma de ganarse la vida, así como todas sus relaciones sociales.
Por tanto, según el estadio del desarrollo técnico de la humanidad, los
instrumentos de producción tendrán formas diferentes (molino de agua, máquina
de vapor, máquina eléctrica) lo cual comporta formas de propiedad también
diferentes. A cada régimen de propiedad de los medios de producción
corresponden tipos de clases antagónicas: amos y esclavos, señores feudales y
siervos, burgueses y proletarios.
Hemos dicho que en todo trabajo humano existe un aspecto de creación. Al
objeto fabricado por el hombre y todo lo que ha servido para producirlo se le
añade un valor del que no se apropia quien lo produce. Marx llama a este valor
añadido la plusvalía del trabajo humano. Según él el capitalista, es decir, el
propietario de los medios de producción, confisca (se apropia) esta plusvalía del
trabajo humano al no pagar al trabajador más que lo necesario para poder vivir.
De esta manera quienes poseen y controlan estos medios de producción son
quienes deciden cómo se distribuye el excedente del trabajo y sus beneficios.
A este mecanismo de explotación legitimado por los presupuestos filosóficos
del liberalismo capitalista se añaden dos elementos estructurales sobre los cuales
reposa según Marx la noción de clase social: la desigualdad colectiva de las
condiciones de las personas ante los medios de producción y la transmisión
hereditaria de los privilegios. Muchos individuos no podrán alcanzar los niveles
superiores de la sociedad porque pertenecen a un grupo que la estructura
productiva mantiene condicionado en los niveles inferiores y, al contrario, otros
se encuentran situados en un nivel social superior a causa de su pertenencia a un
grupo dotado de un status privilegiado. El sentimiento de pertenencia a una u
otra clase es lo que los marxistas llaman la conciencia de clase.
Ahora bien, estas clases no son totalmente homogéneas y están conformadas
por capas sociales. Si en las sociedades tradicionales existían grandes y
pequeños señores lo mismo que diversas categorías de siervos en la sociedad
capitalista todavía se dan más capas o grupos dentro de una misma clase,
pudiendo distinguir dentro de la burguesía, entre la burguesía financiera, la
industrial o la comercial, y entre la clase trabajadora hay obreros y empleados,
técnicos y funcionarios. Por otra parte, las diversas capas de una misma clase no
tienen intereses absolutamente idénticos y existen contradicciones entre ellas.
Así pues, cada clase, en la lucha de clases, utiliza las contradicciones de la clase
contraria para debilitarla. La burguesía utilizará las contradicciones del
proletariado a fin de mantener su dominación y el proletariado utilizará las
contradicciones de la burguesía para provocar la aparición del socialismo. Pero
los marxistas distinguen claramente las contradicciones entre las capas de una
misma clase de los antagonismos entre las mismas, que dan pie al conflicto de
clases. Marx piensa que las leyes del desarrollo del capitalismo, debido a la
acumulación constante de la plusvalía por parte de los propietarios, conducen a
la polarización de las clases —es decir, al enriquecimiento progresivo de unos
pocos y al empobrecimiento también progresivo de la mayoría— y, por tanto, al
conflicto revolucionario que acabará superando el sistema de clases y las
contradicciones del capitalismo.
¿Pero cuál es esta contradicción fundamental del capitalismo? En la sociedad
tradicional se daba una conexión directa entre las necesidades humanas y la
producción (se produce lo que se necesita y se consume directamente). En el
capitalismo, como sistema productivo, se rompe esta conexión porque su
finalidad es producir para el mercado: se da así una dislocación entre el
momento de la producción y el momento del consumo. No está garantizado el
consumo de todo lo que se produce, lo cual provoca en el sistema económico la
posibilidad de crisis cíclicas, endémicas y de sobreproducción.
Estas crisis se superan mediante procesos de concentración del capital. En
cada sector muchas pequeñas empresas desaparecen y las empresas que quedan
tienden a hacerse más grandes, lo cual provoca la aparición de unidades
productivas a gran escala. Una consecuencia de esta concentración del capital es
la polarización de la estructura de clases, que, por un lado, se traduce en una
gran concentración urbana de la clase obrera y, por otro, en el aumento constante
de las grandes empresas; en la pauperización relativa de la clase obrera con
salarios a nivel de subsistencia, mientras una minoría cada vez más reducida de
capitalistas es cada vez más rica; en la homogeneización de la clase obrera cuyas
condiciones de vida y trabajo son cada vez más similares y en la desaparición de
las clases medias.
Todos estos factores, que a Marx le parecían objetivos y estructurales, harán
que la realidad de las clases sociales se haga cada vez más visible, que quienes
pertenecen objetivamente a la clase obrera, se sientan miembros de tal clase, se
cohesionen, empiecen a funcionar como grupo tomando conciencia de su
existencia de clase en sí que se convertirá poco a poco en clase para sí, es decir,
para la defensa de sus propios intereses. Ésta será la verdadera clase social para
Marx.
Cuando los intereses compartidos por la posición que se ocupa en el proceso
productivo generan conciencia y acción comunes, esa clase se convierte en
agente social. Y si la conciencia y acción comunes asumen un carácter
directamente político ese agente social será un factor clave del cambio (lo que
sólo ocurre bajo ciertas condiciones) que emprenderá una lucha contra la clase
capitalista dominante hasta suprimir la dominación y llegar a constituir una
sociedad sin clases.
De esta manera si la Historia de la sociedad hasta nuestros días no ha sido más
que la historia de la lucha de clases, tal como expresó en la frase que abre El
Manifiesto Comunista de 1848, esta lucha se convierte en el motor de la Historia
y es la causa fundamental que explica el cambio de una formación social a otra.
Así, del capitalismo se pasará al socialismo y finalmente al comunismo. La
futura sociedad sin clases se convertirá desde este punto de vista en el fin de la
Historia.
Ya hemos visto antes que Weber tiene una concepción distinta a Marx sobre la
génesis y formación de la sociedad capitalista. Para Weber la acción social se
refiere siempre a la lógica necesidad-medio-fin; el actor social interactúa con los
demás a fin de alcanzar los objetivos que corresponden a la satisfacción de sus
necesidades conforme a su naturaleza. El hecho social resulta ser así el producto
de la acción individual orientada hacia los fines del actor, y el medio es la
condición que permite la realización de esos fines. La desigualdad entre los
individuos es el resultado de acciones individuales diferentes en función de las
cualidades, aptitudes, intereses y valores de los individuos. Por consiguiente, la
desigualdad se presenta como una teoría de la estratificación social, es decir un
proceso de selección social fundado en la selección natural, cuyo resultado es
una jerarquía de posiciones individuales que se configuran alrededor de estratos.
La importancia de los grupos de status se debe a que se basan sobre criterios
de agrupación diferentes puesto que derivan de las situaciones de mercado. El
contraste entre clases y grupos de status es descrito por Weber como una
oposición entre lo objetivo y lo subjetivo, pero también entre la producción y el
consumo. Mientras la clase se expresa por su relación con el proceso de
producción, los grupos de status expresan relaciones implicadas con el consumo
de bienes, en forma de estilos de vida concretos de las personas (Giddens).
Para la formación de grupos de status no es necesario que tales grupos estén
organizados, ni que se constituyan en asociación, ni que representen una
estructura o unidad cualquiera. Esto último puede llegar a ocurrir pero no es
indispensable. Basta con que una cierta cantidad de individuos cuya ubicación
no es posible precisar se vean colocados en la misma «situación de clase».
Weber sugiere la distinción entre tres tipos de clases (o grupos de status): 1)
las clases definidas por la posesión de riqueza, cuya situación de clase está
determinada en primer lugar, por su diferenciación desde el punto de vista de la
propiedad; 2) las clases definidas por las formas de consumo, cuyas
posibilidades de acceso a los bienes o prestaciones disponibles en el mercado
determinan en primer lugar su «situación de clase» y 3) las clases sociales
basadas sobre el conjunto de situaciones entre las que se asientan y tienen lugar
los intercambios desde el punto de vista del poder. Dicho en otras palabras, en el
momento de estudiar la distribución de la sociedad en clases o grupos de status,
conviene fijarse también en los mecanismos de los grupos competitivos en
conflicto respecto a la distribución del poder en la sociedad. Por tanto, hay que
distinguir tres planos o niveles: el económico, el social y el del poder político.
En el nivel económico se encuentran las formas de participación en el proceso
productivo. Aquí nos referimos básicamente a los propietarios y no propietarios.
Pero dentro de estos dos grandes grupos hay que distinguir entre situaciones
diferentes o incluso muy diferentes según el tipo de propiedad (tierra, bienes
urbanos, máquinas, dinero) o el tipo de fuerza de trabajo (cualificada o no y
nivel de cualificación).
En el nivel social la estratificación no se estructura en clases económicas sino
en grupos de status, que no se forman en el ámbito de la producción sino en el
del consumo. Aquí nos encontramos con diferentes «estilos de vida» y grupos
humanos con más o menos prestigio social. En el capitalismo los grupos de
status y la distribución del prestigio están muy condicionados por las clases
económicas, pero éstas no los explican totalmente. De hecho, puede haber
individuos o grupos mejor situados en la escala de status y peor en la escala
económica, como los profesionales.
Por último, en el nivel político, la sociedad moderna está conformada por
partidos y organizaciones políticas en las que se agrupan individuos con
orígenes, aspiraciones o intereses comunes. El juego de los partidos y las
organizaciones en su competición por el poder político puede influir sobre la
estratificación con independencia de la clase o status de las personas que los
componen.
Así pues, Weber rechaza el análisis de Marx sobre las contradicciones que se
producen en la estructura de clases capitalista y sobre su antagonismo y la
progresiva pauperización de las clases trabajadoras. Por el contrario, entendía
que la complejidad de las relaciones de mercado crea una variedad enorme de
intereses económicos diferentes, entre los que subrayaba el aumento de la
burocracia y de la proporción de trabajadores no manuales en el mercado de
trabajo. Para Weber, por tanto, la formación de las clases sociales y el conflicto
no desempeñan un papel tan importante en el desarrollo del capitalismo
occidental, sino que más bien la tendencia al aumento de la racionalización y la
burocratización en todos los procesos y relaciones de la vida humana es lo que
expresa el carácter fundamental de la vida moderna independientemente de que
se desarrolle en el seno de una sociedad capitalista o socialista.

II. LA POBREZA

Al hablar de desigualdad no podemos olvidar otro fenómeno social de


especial gravedad que pervive en todas las sociedades y en todos los tiempos: la
pobreza.
Los individuos o grupos ubicados en el último nivel de la escala de
estratificación y que, por tanto, acceden en menor medida a los diferentes
recursos de que dispone la sociedad, suelen encontrarse en situación de pobreza.
La pobreza ha sido la situación normal de gran parte de la población en las
sociedades tradicionales y hoy día es un mal endémico en los países
subdesarrollados. Pero en las sociedades avanzadas (ricas) sigue habiendo una
minoría más o menos significativa (entre algo menos del 10 por 100 y el 20 por
100 de la población) que vive en la pobreza. Lógicamente se trata de un tipo de
pobreza muy diferente al anterior, por lo cual para poder ser estudiado requiere
categorías analíticas diferentes. En el primer caso (países subdesarrollados) se
trata de un problema vinculado a la incapacidad de producir los recursos
suficientes para que la sociedad mantenga en condiciones adecuadas a su
población. En los países pobres hay pobreza precisamente porque son pobres. En
el segundo caso se trata de un problema vinculado a la forma en que una
sociedad distribuye los recursos que produce entre sus miembros. En los países
ricos hay pobreza porque la riqueza está distribuida de una manera determinada
y no de otra; por tanto es un problema relacionado con las desigualdades
sociales.
Podemos comenzar definiendo la pobreza como la situación en que se
encuentran aquellas personas cuyo nivel de ingresos no les permite satisfacer sus
necesidades básicas (biológicas). Dicho en otras palabras, que no pueden
procurarse el mínimo de alimentos, ropa, vivienda, etc., imprescindible para
poder llevar a cabo una actividad normal sin que su organismo se deteriore
físicamente. Por actividad normal puede entenderse, por ejemplo, la que realiza
un individuo que recorre cuatro kilómetros en una hora. Toda actividad implica
un consumo de calorías; estará en situación de pobreza absoluta quien no pueda
procurarse los alimentos suficientes para reponer las calorías consumidas
durante esa actividad. Pobreza absoluta quiere decir desnutrición, hambre y
muerte. Es una situación típica de los países subdesarrollados.
En algunos de los países hoy avanzados los primeros estudios sobre pobreza
se llevaron a cabo entre finales del siglo XIX y principios del XX. El primer
problema que se encontraron fue el de convertir la noción de pobreza absoluta en
un concepto operativo, es decir, cuantificar en términos monetarios el
presupuesto necesario para cubrir las necesidades básicas. Pronto se descubrió
que esa cantidad dependía de factores como el clima y aun de otros más
difícilmente objetivables, como lo que entiende cada sociedad por artículos de
primera necesidad. Por tanto, la línea o umbral de pobreza, que sirve para
distinguir entre los pobres y el resto de la población tenía que fijarse
convencionalmente. En la actualidad, instituciones internacionales como el
Banco Mundial definen como pobres a las personas que viven con menos de un
dólar diario, situación que afecta aproximadamente al 30 por 100 de la
población mundial, aunque también se ofrecen datos sobre la población que vive
con menos de dos dólares diarios. Ahora bien, si se aplicara este criterio en los
países ricos se llegaría a la conclusión de que en ellos no hay pobreza, lo cual no
es cierto. Lo que ocurre es que aquí el fenómeno tiene connotaciones diferentes
y, por tanto, requiere instrumentos analíticos diferentes. Se llega así al concepto
de pobreza relativa: situación en que se encuentran aquellas personas cuyos
ingresos no les permiten llegar a un nivel de vida normal, es decir el accesible a
la mayoría de la población. La línea de pobreza se sitúa en la mitad de la renta
media del país en cuestión, y se distinguen dos modalidades: 1) pobreza
moderada (entre el 25 y el 50 por 100 de la renta media), 2) pobreza severa
(hasta el 25 por 100 de la renta media). Este concepto de pobreza relativa es el
que se utiliza en la Unión Europea. En Estados Unidos la línea de pobreza se
calcula de otra manera, más en relación con el concepto de pobreza absoluta que
relativa: se calcula el coste de lo que se considera una dieta básica habitual y se
multiplica por tres.
Como se ve, el concepto de pobreza relativa es también un indicador de
desigualdad social, por lo que países con renta media más alta pueden tener
mayor proporción de pobres que países con renta media más baja. De hecho, la
Unión Europea es ahora mucho más rica que hace tres décadas, mientras que el
número de pobres no ha dejado de crecer (en números redondos, de unos
veinticinco a unos cincuenta millones). España, con cerca del 20 por 100 de la
población (o de las familias) por debajo del umbral de pobreza, es uno de los
países desarrollados donde este fenómeno está más extendido.
En relación con el recrudecimiento de la pobreza en las sociedades avanzadas,
se habla de nuevas formas de pobreza para distinguirlas de la pobreza
tradicional. Ésta afectaba a una minoría de la población durante las tres décadas
de fuerte crecimiento económico posteriores a la Segunda Guerra Mundial y se
atribuía al atraso de ciertas áreas geográficas o al desarrollo insuficiente de los
sistemas de protección social. Entre los pobres típicos se encontraban muchos
trabajadores agrícolas y jubilados. Por el contrario, las nuevas formas de pobreza
están vinculadas a fenómenos como las transformaciones del mercado de trabajo
(paro de larga duración, trabajo precario, infrasalarios) o los cambios en la
estructura familiar (familias monoparentales, etc.). Por eso se dice que estamos
asistiendo a un rejuvenecimiento y feminización de la pobreza y que ahora entre
los pobres típicos encontramos cada vez más jóvenes con trabajo precario y
mujeres con cargas familiares.

III. LAS CLASES MEDIAS

Ya en el siglo XIX, pero sobre todo en el XX, algunos autores comenzaron a


resaltar y estudiar la aparición de un nuevo estrato social que llamaron la clase
media. Empezaron a observar que con el proceso de industrialización y la cada
vez mayor y más compleja división del trabajo, emergía una nueva clase de
técnicos y burócratas quienes, desde el punto de vista sociológico, no podían ser
considerados como simples empleados o trabajadores. La importancia numérica
de esta clase aumentaba poco a poco con la creación de estratos socialmente
análogos en el comercio y los servicios públicos. Además la heterogeneidad de
su composición los distinguía y los separaba de los intereses de la clase obrera.
Las causas de esta disimilitud se cifraban sobre todo en que muchas veces
compartían la autoridad con los que mandaban y además poseían un nivel
superior de instrucción o educación.
Esta nueva clase nace de la creciente subdivisión de las funciones del
capitalismo, no son ni capitalistas ni trabajadores, no son propietarios de capital
pero controlan el valor creado por otros y trabajan al servicio del capital o del
Estado.
Estos estratos de clases medias han ido creciendo en la mayor parte de los
países desarrollados y han adquirido un peso fundamental sobre todo después de
la Segunda Guerra Mundial. El aumento considerable de los puestos de trabajo
para esta clase se debe: a los cambios tecnológicos, que han traído como
consecuencia una gran productividad; al crecimiento industrial a gran escala, que
ha comportado un aumento considerable de los sectores de marketing,
publicidad y distribución de los productos, y, sobre todo, al aumento sin
precedentes del sector terciario y de la comunicación. Por último, el crecimiento
del sector público y de las actividades gubernamentales con la implantación del
Estado del bienestar ha supuesto una fuerte demanda en puestos de
administración, coordinación y dirección.
Así pues, la creación y diversificación de este tipo de ocupaciones y el acceso
al consumo, más que la propiedad de los medios de producción, es lo que
constituye la base de la estratificación de las clases contemporáneas. Estas clases
y capas sociales aparecen diversificadas en su forma social, contradictorias en
sus intereses materiales y no muy similares en su ideología, de ahí que no se dé
entre ellas una homogeneidad de base que cristalice en un movimiento político
común.
Uno de los autores que recientemente más ha contribuido en Europa al análisis
de las clases medias y a la crítica de las clases sociales según la formulación
marxista ha sido R. Dahrendorf. En su reflexión nos indica que en la teoría de
Marx debemos distinguir los elementos propiamente sociológicos —como, por
ejemplo, que el conflicto de clases origina el cambio social— que pueden ser
empíricamente contrastables, de los filosóficos —como, por ejemplo, que la
sociedad sin clases conducirá a la realización de la libertad humana— que no
son empíricamente contrastables. Además conviene distinguir entre dos
conceptos que no son equivalentes, es decir, entre capitalismo y sociedad
industrial.
El capitalismo que estudia Marx es una forma concreta de sociedad industrial
que se desarrolla en un momento determinado y en la que en la figura del
empresario coinciden la propiedad privada de los medios de producción y su
control efectivo. Pero la sociedad que estudia Marx ha sufrido profundas
transformaciones que invalidan su método de análisis: Dahrendorf critica la
conexión excesivamente determinista que Marx establece entre propiedad
privada y clases. Para él la sociedad moderna es industrial y poscapitalista en
diversos sentidos:

1. Porque actualmente se ha producido una fragmentación entre el propietario


de los medios de producción y el gerente, que es quien los controla, y sus
intereses no son necesaria ni totalmente convergentes. Es decir, el capitalismo no
es monolítico, ni homogéneo, y en su seno se ha producido una separación de
roles y una descomposición de intereses. Aparece la propiedad múltiple de los
accionistas.
2. La clase obrera se ha fragmentado y es cada vez más diversificada y no más
homogénea. Las distintas cualificaciones en el mundo del trabajo dan lugar a
diversos intereses, con lo que también en este ámbito se ha producido una
descomposición.
3. Las nuevas clases medias han crecido de manera también heterogénea:
aumento de la burocracia y de los trabajadores de cuello blanco.
4. Todo esto conlleva el aumento de la movilidad social. Se desdibujan las
fronteras de clase y el conflicto es menos frecuente entre las clases y más entre
los individuos y grupos en competencia.
5. Poco a poco se han ampliado los derechos de ciudadanía: el sufragio
universal, la extensión de la política social y la legislación del bienestar, lo que
ha contribuido a reducir las disparidades políticas y económicas.
6. Por último, con el reconocimiento de la huelga y de los procedimientos de
negociación, el conflicto de clases se ha institucionalizado definitivamente. Los
conflictos se reducen a la esfera laboral industrial y no se convierten en
conflictos de clase generalizados.

Con todo, y a pesar de estas transformaciones, Dahrendorf conserva algunos


elementos del análisis de Marx pero con matices diferentes. Así, por ejemplo,
afirma que: 1) en la sociedad poscapitalista hay clases pero el sistema de clases
es diferente al del capitalismo; 2) el conflicto es inherente a la sociedad, y el
cambio social se produce casi siempre a partir del conflicto; 3) pero el factor
determinante de los conflictos sociales no son las relaciones de propiedad sino
las de autoridad.
La autoridad es, según Dahrendorf, el derecho legítimo a dar órdenes y en
función de ella se definen posiciones de dominación y subordinación con
intereses opuestos, y según el grado de conciencia y organización para defender
los propios intereses aparecen los grupos de interés. Entre estos últimos se
establece el conflicto social. Por tanto, la propiedad ya no es el elemento central
sobre el que descansa la división y lucha de clases; la autoridad, como ejercicio
legítimo del poder, es la variable central para la formación de las clases. La
autoridad se refiere a un tipo de relación social independiente de las relaciones
económicas y su estructura social, y es el determinante estructural de la
formación de clases y del conflicto. La propiedad de los medios de producción
es sólo uno de los múltiples fundamentos de la autoridad, que dará pie a la
autoridad económica, pero también se forman clases y grupos en base a la
autoridad política, religiosa, social.
Para otros autores, el uso del término clase media va asociado a un gran
número de trabajadores manuales y no manuales y a la pequeña burguesía que
han mejorado mucho su posición respecto al estilo de vida y la capacidad de
mercado. En primer lugar, analizan las diferencias entre la burocracia cualificada
y los trabajadores de cuello blanco no cualificados; en segundo lugar, subrayan
la importancia fundamental del conocimiento y la educación en la constitución
de tales clases y, por último, investigan algunos de los efectos más importantes
de su desarrollo en el capitalismo contemporáneo. Entre la burocracia
cualificada y los trabajadores de cuello blanco no cualificados identifican otras
fracciones como: 1) la pequeña burguesía tradicional; 2) la clase media del
sector público que no controla directamente puestos de trabajo, y, 3) la clase
media del sector privado que controla trabajo y se opone al gran capital y a la
expansión de Estado. Ahora bien, para conocer estas clases medias consideran
que son más importantes las formas de interdependencia entre ellas y las luchas
entre las distintas fuerzas; el análisis y clasificación de sus grupos e individuos
así como su capacidad de movilización, su complejidad y fragmentación.
En el campo de las teorías más liberales sobre las clases sociales D. Bell, al
hablar de las características de la sociedad postindustrial, afirma que lo más
relevante es que la producción industrial y la fabricación de mercancías ya no
constituyen el interés dominante de la fuerza de trabajo; la producción industrial
se ve desplazada cada vez más por el sector de los servicios que incluye todas las
formas de trabajo de cuello blanco (comercio, finanzas, seguros e inmuebles;
servicios personales, profesionales, de negocios y de reparación) y de la
Administración. El aspecto característico de tales ocupaciones es que requieren
el ejercicio de capacidades técnicas más que físicas, la posesión de
conocimientos más que de fuerza de trabajo manual. Bell argumenta que, en
cierto sentido, en la sociedad postindustrial la posesión de conocimientos
confiere poder de la misma forma que la posesión de propiedad lo hacía en el
siglo XIX y principios del XX en la sociedad industrial. Por eso es más exacto
afirmar que en la sociedad postindustrial una nueva forma de conocimiento
adquiere cada vez más importancia, el conocimiento teórico, de carácter
abstracto y altamente codificado, que puede aplicarse a un amplio espectro de
circunstancias (Giddens).
Por esta razón la universidad, que es el principal lugar en el que se formula y
evalúa el conocimiento teórico, se convierte en la institución clave de la nueva
sociedad que está naciendo. Si la fábrica fue el centro de la sociedad industrial,
como principal fuente de producción de bienes, la universidad, como fuente de
producción del conocimiento teórico, es el núcleo central del orden
postindustrial. Los tecnócratas reemplazan a los industriales o los líderes del
mundo de los negocios en la toma de decisiones que afectan a la sociedad.
La teoría de la sociedad postindustrial que se basa en la pluralidad de los
centros de poder, el aumento considerable de las clases medias y la desaparición
del conflicto en el sentido marxista de la palabra, que se ve confirmada por la
disminución de la población laboral empleada en puestos de trabajo de tipo
manual y por el continuo crecimiento de las ocupaciones técnicas y
profesionales, y toma como modelo de desarrollo y evolución la sociedad
americana de la segunda mitad del siglo XX.
Por último, el análisis marxista de las clases sociales también ha conocido
otras aportaciones recientes. Algunos de sus seguidores, vinculados al
estructuralismo francés, consideran que todo análisis de las clases debe ir
vinculado a un análisis del Estado, porque las clases se forman y reproducen en
íntima conexión con éste, mientras que otros han utilizado una formulación más
amplia del concepto de clase aplicándolo a todas las formas de dominación que
existen en la sociedad moderna.
La visión estructuralista pone el énfasis en la vinculación intrínseca que se da
entre la acción del Estado —la protección y reproducción del proceso productivo
capitalista— y el mantenimiento de un sistema de dominación basado en las
clases sociales. Esto se ve claramente en la simbiosis y coincidencia que existe
entre las políticas económicas y sociales del Estado y los intereses de la clase
capitalista. De ahí que la participación directa de los miembros de la clase
dirigente en los puestos de poder del aparato estatal no sea la causa sino el efecto
de esta coincidencia efectiva. Por tanto, el protagonista del poder es el
mecanismo reproductivo del Estado liberal cuyas estructuras
independientemente de quien ostente el poder, siguiendo la lógica del capital,
reproducen las relaciones de clase y dominación.
La teoría de las clases en Poulantzas —uno de los representantes más
significativos de esta corriente—, y siempre siguiendo los criterios de la
economía política, descansa sobre tres premisas básicas: 1) las clases no pueden
ser definidas fuera de la lucha de clases y coinciden siempre con sus prácticas de
clase, 2) las clases comprenden posiciones objetivas en la división social del
trabajo, y 3) las clases están determinadas estructuralmente, no sólo a nivel
económico, sino también a nivel político e ideológico. Dadas estas premisas, la
estrategia teórica que adopta Poulantzas para analizar las clases se centra en
elaborar los procesos económicos, políticos e ideológicos que determinan las
posiciones objetivas de clase dentro de la división social del trabajo en las que
también desempeña un papel fundamental el Estado como elemento reproductor
de la estructura de clases.
Recientemente la teoría marxista ha evolucionado hacia posiciones más
analíticas. Algunos de sus exponentes más significativos, como Laclau y
Mouffe, piensan que el mundo social se caracteriza por la existencia de diversas
posiciones y antagonismos, por lo que no es posible analizarlo con el tipo de
«discurso unificado» que Marx atribuyó al proletariado. El discurso universal del
proletariado «ha sido sustituido por una polifonía de voces, cada una de las
cuales construye su propia identidad discursiva irreductible». Estos teóricos, en
lugar de centrarse en el discurso único de la clase obrera, aconsejan el análisis de
los diversos discursos que surgen de una amplia gama de voces desposeídas,
tales como las de las mujeres, las minorías étnicas, los ecologistas, los
emigrantes, los consumidores, etc.
Roemer, por ejemplo, considera que existen diversos mecanismos de
explotación a través de los cuales los individuos y grupos se apropian de parte de
cualquier tipo de excedente social, generando desigualdades sociales. La clase se
convierte así en una más de las muchas opresiones sociales como son la sexual,
la racial, nacional, etc. En este caso la noción de explotación de Roemer se
fundamenta en la idea de una sociedad en la que la distribución de los recursos
es un juego de suma cero, es decir, que la ganancia de una parte de la población
supone una pérdida para la otra parte. La base material de la explotación radica
en la distribución desigual de los recursos productivos.

IV. LA ESTRATIFICACIÓN SOCIAL

Los fundamentos de la estratificación social, es decir, de una sociedad


conformada por grupos y estratos muy diversos, emergen ya en los clásicos de la
sociología, de su concepto de la variedad y heterogeneidad de las situaciones
humanas y de la complejidad natural de las sociedades. Así pues, la distribución
de los individuos y grupos humanos en planos diversos, y la disposición de sus
objetivos conforme a varios niveles se presenta como presupuesto constitutivo
de la estructura social para el análisis de las condiciones y formas de la
convivencia humana.
Tanto en Spencer como en Durkheim está presente la idea de una sociedad que
avanza desde estadios de composición y estructuras sencillas y homogéneas
hacia estructuras más heterogéneas y complejas, pero de una heterogeneidad
coherente. El enfoque de la sociedad como resultado de la acción social
individual, y el de las relaciones sociales y de grupo en las que el rol y la
posición de status ocupan un lugar importante desde el punto de vista
metodológico, son los que han dado pie y han ido madurando la observación
científica sobre la estratificación social.
La sociología de Durkheim, como ciencia de las instituciones y del
comportamiento humano en grupo, de Weber, como análisis de la acción social y
de los grupos de status conscientes de sí mismos como entidad común y estilo de
vida, y de Homans, como ciencia de las relaciones sociales de intercambio que
se estructuran en grupo, es la que da pie al análisis de la estratificación social.
Esta maduración histórico-epistemológica ha dado cada vez mayor protagonismo
a la sociología de los grupos como problema específico de la estructura
pluridimensional de la sociedad.
Para esta corriente de pensamiento la sociedad se considera como un sistema
de acciones orientadas hacia metas, y eso lleva consigo procesos de selección
dependientes de la motivación y de la voluntad de los individuos. Por otra parte,
para que una sociedad funcione los individuos han de desarrollar una
multiplicidad de tareas, de funciones, algunas de las cuales son más importantes
que otras. En ese sentido, la estratificación es el resultado de dos procesos
sociales: la diferenciación de roles y su clasificación según los valores
dominantes. Por tanto, los estratos emergen del proceso de diferenciación y
evaluación de los roles en forma de clases sociales, cada una compuesta de
actores que desempeñan sus roles y que disfrutan más o menos del mismo
prestigio. Entre los estratos existe una continuidad, no hay ruptura ni límite
definido entre uno y otro.
Así pues, por estratificación debemos entender el conjunto de procesos a
través de los cuales los individuos y grupos se sitúan en una estructura jerárquica
de niveles sociales que es relativamente estable. Tales procesos no son sino
formas típicas de interacción entre los roles que desempeñan los individuos
particulares y los grupos en un cuadro general de relaciones. El término
«estructura» indica una conjunción ordenada, es decir, la disposición de las
partes que entran en juego conforme a un cierto fin.
Por eso el sistema de estratificación de una sociedad es funcionalmente
integrador en la medida en que es expresión de una escala común de valores.
Ahora bien, aunque es cierto que toda sociedad se mantiene unida por un
conjunto de valores ampliamente compartidos por sus individuos, también es
cierto que probablemente ninguna dispone de una sola escala de valores
sustentados por todos y cada uno de los individuos de la sociedad en todas las
circunstancias. La consecuencia de que toda sociedad se experimente como
portadora de una mezcla de sistemas de valores (aunque predomine uno de
ellos), es que todo sistema concreto de estratificación será funcional para unos
valores y disfuncional para otros (Barber).
La estratificación como estructura organizativa lleva a cabo dos funciones,
una expresiva y otra instrumental. La función expresiva se refiere a que cada
estrato difiere en importancia funcional para la sociedad; la instrumental asegura
que los individuos más aptos, capaces y competentes ocupen las posiciones más
importantes, lo cual se consigue con la distribución diferencial de las
recompensas.
Si queremos representar gráficamente por estratos una sociedad determinada
en base a una variable como puede ser la riqueza o a diversas variables como el
poder, el consumo, la educación, etc., las cuestiones que se pueden plantear son
el número y la dimensión de los estratos, la distancia entre el superior y el
inferior o entre los más alejados, la permeabilidad de sus fronteras y la
posibilidad de cambiar de estrato.
En la sociedad industrial contemporánea el concepto más comúnmente
aceptado como indicador de estratificación social es la ocupación. Ahora bien a
pesar de su utilidad como medida de la estratificación las ocupaciones no
incorporan de manera adecuada las numerosas dimensiones que presenta la
desigualdad en la sociedad moderna porque no son capaces de captar totalmente
las relaciones de clase. En ese sentido después de la Segunda Guerra Mundial la
herencia weberiana ha intentado enriquecer este cuadro conceptual y
metodológico para captar las clases sociales y sus relaciones. En Inglaterra
Goldthorpe ha presentado una escala de siete estratos tomando como conceptos
de asignación para clasificar estas categorías profesionales: a) la «situación de
mercado» y b) «la situación en el trabajo». La primera contiene el nivel de renta,
el nivel de seguridad económica y las oportunidades de carrera, y la segunda, la
colocación dentro del sistema de autoridad y control, que es el que gobierna el
proceso de producción (Crompton).
Los siete estratos que constituyen el esquema de Goldthorpe que a su vez se
agrupan en tres grandes categorías son:


Clases I. Profesionales, administradores y funcionarios de nivel superior; dirigentes de grandes
Profesionales empresas; grandes empresarios.

II. Profesionales, administradores y funcionarios de nivel inferior; dirigentes de pequeñas
empresas; supervisores de trabajadores no manuales.

Clases III. Trabajadores no manuales (empleados) en el sector administrativo y en el comercio.
Intermedias

IV. Pequeños propietarios y trabajadores autónomos (artesanos).

V. Técnicos de nivel inferior; supervisores de trabajadores manuales.

Clase Obrera VI. Obreros cualificados.

VII. Obreros semicualificados y no cualificados.

Este esquema trata de reflejar la estructura de las relaciones de clase, pero ha


sido criticado por tomar la división del trabajo manual-no manual como una
delimitación de las fronteras de clase, porque no refleja las experiencias del
trabajo de la mujer y por presentar un modelo sistémico que procede según la
lógica de estructura-conciencia-acción separado analíticamente y, por tanto,
tratando empíricamente estos aspectos como fenómenos separados.
Por su parte, la herencia marxista en su corriente analítica ha modificado
considerablemente el enfoque del estudio de las clases sociales, no sólo
renunciando a las tesis más ortodoxas sino incor- porando algunos de los
presupuestos funcionalistas. E. O. Wright en sus trabajos de investigación
empírica más recientes ha hecho una distinción entre «ocupaciones» y «clases»,
tomando las primeras como posiciones definidas por las relaciones técnicas de
producción, y las segundas como relaciones sociales de producción. Para él la
agregación de ocupaciones no puede producir «clases» y trata de identificar las
formas en las que las relaciones de clase se agrupan en trabajos específicos, y
esos trabajos los incorpora a su sistema de clases marxista donde los conceptos
de control y explotación dentro de las relaciones sociales de producción ocupan
una posición central (Crompton).
En una primera versión ha distinguido seis clases sociales: las tres más claras
son la burguesía, el proletariado y la pequeña burguesía a las que ha añadido tres
clases en situación contradictoria: dirigentes y supervisores, trabajadores
dependientes semiautónomos y pequeños empresarios. Pero esta clasificación ha
sido criticada porque no proporciona un análisis de la explotación dentro de las
relaciones de producción capitalistas. Para corregir este error ha distinguido
cuatro tipos de recursos cuya posesión y control constituyen la base de las
distintas formas de explotación: la fuerza de trabajo (explotación feudal), el
capital (explotación capitalista), los recursos organizativos (explotación estatal)
y las cualificaciones (explotación socialista). Siguiendo este razonamiento ha
elaborado una tabla que refleja las relaciones de explotación que se pueden dar
en la sociedad actual referidas a los medios de producción y a las calificaciones
(Wright, 1994).
Tipología de las posiciones de clase en la sociedad capitalista
«Las estructuras de clases reales se caracterizan por un sistema complejo en el
que se intersectan diversas relaciones de explotación que pueden referirse bien a
la propiedad de los medios de producción, bien a los recursos organizativos o a
las cualificaciones. En consecuencia habrá ciertas posiciones que resulten
explotadoras según una dimensión de las relaciones de explotación, pero que
aparezcan como explotadas en una dimensión distinta. Los asalariados altamente
cualificados (profesionales) del capitalismo son una buena ilustración: están
capitalistamente explotados, pues carecen de bienes de capital, a pesar de lo cual
son explotadores de cualificaciones» (Wright).
Se puede trazar así un mapa de posiciones de clase dentro de la sociedad
capitalista que se aleja de planteamientos polarizados. Ahora bien, ¿se puede
decir que la explotación basada en el control o la posesión de fuerzas
productivas se debe ampliar a otros ámbitos y a otros mecanismos mediante los
cuales los individuos o los grupos consiguen apropiarse de una parte del
excedente social, como sucede por ejemplo con el control que tienen las iglesias
sobre los medios de salvación y su capacidad para explotar a los fieles, o que la
dominación masculina dentro de la familia hace posible que los varones se
apropien del plustrabajo doméstico de las mujeres? Algunos autores no son
partidarios de asimilar ambos sistemas de explotación al sistema de clases
sociales porque los segundos no están mediados por las relaciones productivas.
Por ejemplo, el varón se puede apropiar del plustrabajo de la mujer, pero no en
virtud de la distribución por géneros de los bienes productivos.
Estos autores restringen el concepto de clase a las relaciones de producción
por dos motivos; en primer lugar porque las fuerzas productivas desempeñan un
papel crucial en la teoría de la historia y porque las relaciones de producción
constituyen una base distintiva para la explotación por el modo en que están
sistemáticamente implicadas en la subsistencia básica del explotado. Además de
que otros mecanismos de explotación son esencialmente redistributivos de un
producto social previamente producido dentro de un conjunto de relaciones de
propiedad. Puede que la explotación basada en el género sea más decisiva para la
transformación de la sociedad, pero algunos de estos autores no la consideran
como explotación de clase.
Algunas de estas tesis y supuestos han sufrido cambios y modificaciones
posteriores en el marco del análisis marxista como muestra de que la importancia
y la discusión sobre las clases sociales continúa teniendo un papel relevante para
el estudio del cambio social.

V. LA MOVILIDAD SOCIAL

Hemos visto que el concepto de estratificación social como forma de


configurarse la sociedad supone una situación social de desigualdad. Pero en este
tipo de sociedad no todos los seres humanos permanecen siempre en el mismo
estrato durante su vida, muchos de ellos cambian de estrato. La mayor o menor
amplitud de estos cambios de estrato dinamizan el sistema de estratificación y
provocan la movilidad social de los grupos humanos y las personas.
Se entiende por movilidad social el cambio de individuos, familias y grupos
de una posición social a otra. Las teorías sobre la movilidad intentan explicar la
frecuencia, los factores y las consecuencias de tales movimientos. El primer
estudio clásico sobre movilidad fue publicado por Sorokin en 1927 y en él
aplicaba este análisis a diferentes sociedades de su misma época y del pasado.
Según este autor, la movilidad se mide esencialmente sobre individuos y sobre
grupos, pero se puede referir también a valores culturales. Por eso el concepto de
movilidad social interesa a todos los movimientos que se desarrollan en el
espacio social y que son fruto de la actividad creativa y de las modificaciones
operadas por los hombres y las culturas.
Dentro de estos movimientos se observan distintos tipos de modificaciones
como son: primero, el tamaño de las clases o estratos sociales puede cambiar con
el tiempo. En Europa hemos sido testigos de estos cambios durante el siglo XX,
por ejemplo, las ocupaciones agrícolas han disminuido considerablemente,
mientras que han aumentado los empleos en la burocracia; segundo, en algunos
casos la propia naturaleza de los ocupantes del estrato también ha cambiado, así,
por ejemplo, no tienen el mismo status los maestros o los médicos en 1920 que
en 1990. Algunos han mejorado su condición social mientras que otros la han
empeorado; tercero, las consecuencias que se derivan de ser miembro de una
clase también han cambiado con el tiempo, así la tasa de mortalidad infantil o la
renta han disminuido o aumentado según los casos, por eso conviene tener en
cuenta el cambio que se deriva de pertenecer a un estrato u otro.
Se dan diversos tipos de movilidad: a) de lugar (de locus) o geográfica por
desplazamiento de sus miembros; b) horizontal (de situs) entre profesiones; c)
vertical (de status), es decir cuando se cambia hacia arriba o hacia abajo en el
rango jerárquico de la sociedad. La movilidad vertical puede ser individual o
colectiva (por grupos), ascendente o descendente e intrageneracional, cuando se
produce dentro de una misma generación o intergeneracional, cuando se
produce de una generación a otra. Este último caso se da como resultado de
comparar la clase social de una persona (clase de destino) con la clase que su
familia ocupaba cuando esa misma persona era joven (clase de origen).
La cantidad de movilidad intergeneracional que observamos en una sociedad
dependerá en gran medida del grado de cambio en la estructura ocupacional o de
clase de esa sociedad. Una sociedad que se desarrolla rápidamente mostrará gran
movilidad al menos porque muchas ocupaciones disminuirán en importancia y
en esos casos se dará una «movilidad forzada». En ese sentido la clase
trabajadora se ha reducido mientras que la clase profesional ha aumentado.
Otro tipo de movilidad, la de intercambio, se interesa por saber cómo los
diferentes orígenes de clase influyen sobre la movilidad, y las desigualdades que
se derivan en las oportunidades de movilidad debido a esos mismos orígenes.
Las diferencias de origen proporcionan a la gente diferentes recursos para la
movilidad. De esta manera la gente que pertenece a clases con más ventajas
adquieren niveles más altos de cualificación formal.
Algunos autores han desarrollado un modelo sobre los mecanismos de
funcionamiento de la movilidad conformado por tres factores: 1) el deseo de las
diferentes personas y grupos por alcanzar una posición superior a la de su
origen; 2) las barreras que encuentran para entrar en las clases deseadas, y 3) los
recursos que poseen las diferentes clases de origen para vencer esas barreras. De
esto se sigue que si los recursos están más o menos igualmente distribuidos
habrá mucha movilidad intergeneracional en la sociedad. Por tanto, una sociedad
igualitaria —en el sentido de proporcionar igualdad de condiciones entre las
diferentes clases de origen— debería ser una sociedad que tuviese tasas altas de
movilidad.
Por otra parte, la movilidad de los grupos se articula de forma diferente según
los tipos de sociedad en que se dé este proceso. En otras palabras, se observa un
ritmo diverso de movilidad según se trate de sociedades de castas, de estamentos
o de clases. En las sociedades de castas el grado de movilidad es nulo, mientras
que en las de clases puede ser bastante mayor. Pero el estudio de la movilidad de
los grupos va acompañado necesariamente de la observación de la movilidad de
los individuos particulares que los componen: queremos decir que las posiciones
variables de los individuos son siempre las que definen la mayor o menor rigidez
de un sistema de estratificación. Por tanto, es una distinción apropiada la que se
hace entre estructuras rígidas y estructuras abiertas de un sistema social: de esta
manera se pasa del sistema rígido de castas, todavía en vigor en algunas
sociedades (India), a las sociedades y estructuras con una movilidad mayor hasta
llegar a los sistemas denominados «de clase abierta» como Estados Unidos
(Crespi).
Pero el análisis de la movilidad individual se ha concentrado sobre todo en la
movilidad ocupacional. Dado que las correlaciones entre tipo y nivel de
ocupación y clase social son amplias e intensas, el estudio de la estratificación
social es, sobre todo, el estudio de la ocupación, de sus variables y de su
dinámica. Por eso la movilidad de los individuos es el campo de mayor interés
en el sector de la sociología de la estratificación. Los cambios de que es
protagonista el individuo conciernen a la profesión, la renta, la religión, las
opciones ideológicas, el partido político, la residencia, etc. La movilidad puede
ser estudiada en cada sector particular de actividad y de experiencia, o bien
puede ser analizada sumando todas las movilidades particulares. Además, se
debe observar en relación con las condiciones que la fomentan o la entorpecen,
con la intensidad, la velocidad, las direcciones que adopta y las posiciones de
partida. Estos momentos tipológicos se presentan con una caracteriología
diferente en función de las diferentes sociedades en que se manifiestan.
Diversos autores, basándose en las reflexiones de estudiosos como Marx y
Weber, sostienen que la representación jerárquica de la estructura ocupacional
del enfoque funcionalista es equivocada, porque omite los múltiples aspectos
relacionales de la desigualdad ocupacional. Según estos estudiosos el carácter
distintivo de cada ocupación no es tanto la cantidad de renta o de prestigio social
asociada a ella sino su situación de trabajo típica, es decir su colocación dentro
del sistema de relaciones sociales de producción que configuran la división
social del trabajo. Tal situación depende no sólo de las características técnico-
funcionales de las ocupaciones, sino también de las relaciones de propiedad y de
autoridad a las que están vinculadas.
Las diferencias que existen entre las dos perspectivas teóricas, no son sin
embargo importantes. De hecho, en la práctica los representantes de los dos
enfoques han adoptado a menudo esquemas de clasificación de las ocupaciones
y estrategias analíticas muy similares, limitando sus divergencias a la fase de
interpretación de los resultados.
Actualmente a nivel internacional la mayor parte de los que estudian la
movilidad social utilizan un esquema de clasificación de la ocupaciones de tipo
relacional, de inspiración weberiana, elaborado por los sociólogos Erikson y
Goldthorpe tal como hemos visto en la tabla anterior.
Ahora bien, asumir —como hemos hecho hasta ahora— que la ocupación de
un individuo es el mejor indicador de su posición social y, por tanto, de su
sistema de recursos, hace referencia a una situación abstracta en la que cada
miembro de la sociedad: a) trabaja, y b) vive solo. Pero la realidad no es así y
por eso el enfoque tradicional ha sido criticado por distintos estudiosos en base a
diversos argumentos. En particular, se ha subrayado el hecho de que en los
últimos treinta años, en todas las sociedades avanzadas, se ha verificado un
notable aumento en la tasa de participación femenina en la fuerza de trabajo. Por
tanto, al determinar la posición social de una familia no es posible ignorar la
posición que las mujeres (esposa y madre) ocupan personalmente en el interior
de la estructura ocupacional, por lo que se ha pasado a un enfoque de
clasificación conjunta cuyos defensores mantienen que la posición social de
cualquier familia debe determinarse teniendo en cuenta la posición ocupacional
del marido y de la mujer al mismo tiempo.

1. LA TABLA DE LA MOVILIDAD

Una vez definida la estructura del espacio social en un sistema de


estratificación, es posible proceder al análisis de los movimientos que los
individuos hacen en su interior en el curso de su vida. El instrumento utilizado
más comúnmente para esta finalidad es la llamada tabla de movilidad, de la que
reseñamos un ejemplo que se refiere a una sociedad abstracta, formada por cien
individuos, cuyo espacio social se articula en tres posiciones únicas que, por
comodidad, llamaremos respectivamente «Clase Superior», «Clase Media» y
«Clase Inferior».
TABLA A
Tabla de movilidad


Origen Destino Total

Clase Superior Clase Media Clase Inferior

Clase superior 7 2 1 10

Clase media 9 18 3 30

Clase inferior 4 20 36 60

Total 20 40 40 100

La finalidad de toda tabla de movilidad es la de clasificar los individuos


objeto de análisis en base a la posición social que ocupan en dos momentos
distintos de su vida. A la posición social menos reciente (es decir, la ocupada en
el tiempo t0) se le llama el origen, mientras que a la posición más reciente (la
ocupada al mismo tiempo t1) se le llama el destino. Podemos observar (tabla A)
que en las tablas de movilidad las posiciones de origen se colocan en la fila,
mientras que las posiciones de destino se sitúan en las columnas. Normalmente
la misma representación del espacio social se adopta tanto para los orígenes
como para los destinos, de tal manera que la tabla de movilidad típica tiene un
número idéntico de filas y de columnas, dispuestas según un mismo orden. La
construcción de cualquier tabla de movilidad, por tanto, está subordinada a la
definición preliminar del origen y del destino (M. Pisati, 2000).
Una distinción fundamental es la que existe entre las tablas de movilidad
intrageneracional y las de movilidad intergeneracional. Las primeras
representan los itinerarios recorridos en el espacio social por los individuos en el
curso de su vida adulta. En este caso la definición de origen y la de destino son
homogéneas: las dos representan una posición social derivada directamente de la
ocupación desarrollada por los individuos en un determinado momento de su
carrera laboral. En general, el origen corresponde a la primera ocupación
mientras que el destino corresponde a la ocupación actual (o más reciente) o
también alternativamente, a la ocupación desarrollada después de un cierto
número de años (por ejemplo, diez) después de ingresar en el mercado de
trabajo.
En el análisis de la movilidad intergeneracional, sin embargo, la atención se
dirige hacia aquellos movimientos en el espacio social que se extienden a lo
largo de dos generaciones: la de los padres y la de los hijos. En este caso el
objeto de análisis son los hijos, y la posición social que ocupan en un
determinado momento de su vida adulta (tomada como destino) se confronta con
la posición social en la cual han crecido (tomada como origen), es decir, con la
ocupada por sus padres en su infancia o adolescencia. En el plano operativo, en
el análisis de la movilidad intergeneracional el origen se deriva de la ocupación
desarrollada por el padre (o más genéricamente por el cabeza de familia) cuando
el hijo tenía 10-14 años. El destino, sin embargo se saca de la ocupación actual
(o más reciente) del hijo o alternativamente, de su primera ocupación
Volviendo a la tabla A, podemos ver que el cuerpo principal de la tabla de
movilidad está constituido por un conjunto de casillas, cada una de las cuales
representa una combinación específica de orígenes y destinos. Cada casilla se
identifica por un par de coordenadas que indican la fila (la posición de origen) y
la columna (la posición de destino) correspondientes. En general la coordenada
de la fila está representada por la letra i, mientras que la coordenada de la
columna está representada por la letra j. Dentro de cada casilla (i, j) hay una cifra
que expresa el número de individuos que, en un tiempo determinado, se han
movido de la posición de origen i a la posición de destino j. Si observamos la
tabla A, podemos ver, por ejemplo, que en la casilla (1,2) está el número 2: eso
significa que, en el período examinado, dos individuos se han movido de la
posición 1 (es decir, de la clase superior) a la posición 2 (a la clase media).
Análogamente, el número 4 que viene en la casilla (3,1) indica que, en un tiempo
determinado, cuatro individuos se han desplazado de la clase inferior (fila 3) a la
clase superior (columna 1).
Las casillas de una tabla de movilidad pueden ser de dos tipos: diagonales y
extradiagonales. Las primeras son aquellas que ocupan la diagonal principal de
la tabla de movilidad (es decir, aquella que se desliza del ángulo superior
izquierda al ángulo inferior derecha) y, en cuanto tales, poseen una peculiaridad:
representan combinaciones de filas y columnas en las que la posición de origen
es exactamente igual a la posición de destino. Estas casillas representan la
inmovilidad social, es decir se refieren a todos aquellos individuos que, en el
período examinado, no han cambiado su posición en el espacio social. Volviendo
a nuestra sociedad imaginaria, podemos ver que entre el tiempo t0 y el tiempo t1
7 individuos han permanecido «inmóviles» en la clase superior, 18 en la clase
media y 36 en la clase inferior. En total, 61 individuos sobre 100 no han
cambiado de posición social. Se puede afirmar por tanto que en relación al
período de tiempo considerado, nuestra sociedad resulta caracterizada por una
tasa conjunta de inmovilidad social igual al 61 por 100.
En la tabla de movilidad los individuos móviles están representados por las
casillas extradiagonales, es decir por todas aquellas que expresan combinaciones
de fila y de columna en las que la posición de destino es diversa de la posición
de origen. En la tabla A estos individuos son en total 39 sobre 100. Por tanto, en
el período considerado nuestra sociedad imaginaria está caracterizada por una
tasa de movilidad social en conjunto igual al 39 por 100.
Cuando se pueda establecer un orden jerárquico entre las diversas posiciones
sociales (como en nuestro ejemplo), la movilidad social en sentido estricto podrá
ser a su vez subdividida en dos tipos: ascendente y descendente. La primera
comprende todos los movimientos que implican una mejora de la propia
posición social y, en la tabla de movilidad, está representada por las casillas que
forman la región triangular colocada debajo de la diagonal principal (ver tabla
B). La movilidad descendente, sin embargo, comprende todos los movimientos
que comportan un empeoramiento de la propia posición social y, en la tabla de
movilidad, está representada por las casillas que constituyen la región triangular
colocada encima de la diagonal principal. En nuestra sociedad imaginaria
resultan móviles en sentido ascendente 9+4+20: 33 individuos, mientras son
móviles en sentido descendente 2+1+3: 6.
Podemos por tanto concluir que, en el período de tiempo considerado, tal
sociedad presenta una tasa conjunta de movilidad ascendente igual al 33 por 100
y una tasa conjunta de movilidad descendente igual al 6 por 100. Como es fácil
ver, a nivel global, las oportunidades de acceder a una posición social mejor de
la que se parte superan en gran medida los riesgos de «caer» hacia posiciones
menos ventajosas.
Como nos muestra la tabla A, además de las casillas que forman el cuerpo
principal, la tabla de movilidad típica comprende una columna y una fila
suplementarias, en este caso identificadas con la palabra «Total». La columna
suplementaria (la última a la derecha) nos da la que hemos llamado distribución
marginal de los orígenes, es decir, el número de individuos que, en el tiempo t0,
ocupaban las distintas posiciones sociales. A su vez, la fila suplementaria (la
última de abajo) nos da la distribución marginal de los destinos, es decir, el
número de individuos que en el tiempo t1, ocupan las diversas posiciones en el
espacio social. Observando la tabla A, podemos ver que en el tiempo t0 los 100
miembros de nuestra sociedad imaginaria estaban repartidos así: 10 ocupaban la
clase superior, 30 la clase media y los restantes 60 la clase inferior.
Sucesivamente el espacio social ha sufrido un cambio: algunas posiciones han
aumentado, mientras que otras han disminuido. Precisamente en el tiempo t1 se
registra un aumento de la clase superior (que pasa de 10 a 20 miembros) y de la
clase media (que pasa de 30 a 40 miembros), a la cual hace de contrapeso una
sensible disminución de la clase inferior (de 60 a 40 miembros). Vemos pues que
el análisis de las distribuciones marginales desempeña un papel importante en la
valoración de la naturaleza y las características de los procesos de movilidad
observados en una sociedad determinada.
TABLA B


Origen Destino

Clase Superior Clase Media Clase Inferior

Clase superior 7 2 1

Clase media 9 18 3

Clase inferior 4 20 36

Inmovilidad Movilidad ascendente Movilidad descendente

Por otra parte, la intensidad de los fenómenos de movilidad concierne al


«espacio social» recorrido, es decir, al número de estratos que, por así decir, se
atraviesan; la velocidad, en cambio, está en función del tiempo. Tanto una como
otra tienen un campo de aplicación que se presta a varios tipos de enfoques
metodológicos: por ejemplo, se puede considerar el movimiento profesional en
su conjunto de una determinada clase de edad y confrontarlo con el de otra clase
de edad en el mismo período; además se puede medir la intensidad y la
velocidad no sólo dentro de una generación, sino también dentro de uno o más
tipos de profesión, y obtener correlaciones que, a su vez, permitan formular
sucesivos análisis sobre temas colaterales (Pagani).
Los canales de promoción de la movilidad se distinguen de las condiciones o
de las causas en cuanto representan el itinerario procesual del fenómeno. Los
canales más importantes los constituyen las instituciones que en toda sociedad
controlan y acompañan a la socialización del individuo, como la familia, la
escuela, la iglesia, el matrimonio, las organizaciones económicas. Pero la
movilidad tiene también sus limitaciones que pueden ser de naturaleza objetiva o
subjetiva. Las limitaciones subjetivas se refieren a las características personales
del individuo como su preparación, motivación, carácter; las objetivas, al grado
y ocasiones de oportunidad que se le presentan a lo largo de su vida.
Por último, podemos considerar los efectos que ejerce la movilidad social,
tanto respecto a toda la sociedad (efectos macro), como respecto a los individuos
particulares (efectos micro).
Respecto al primer caso el interrogante que se nos presenta es saber si la
movilidad es una fuente de estabilidad o de inestabilidad social, es decir, si
representa una especie de «válvula de seguridad» para la salvaguarda del orden
social existente o por el contrario si es una causa potencial de frustración y
descontento. Para algunos estudiosos la movilidad sirve como válvula de
seguridad del orden social porque ofreciendo una «vía de salida» a muchos de
los miembros más capaces de las clases inferiores, atenúa algunas de las
tensiones generadas por las desigualdades de clase, reduciendo de esta forma el
riesgo de una acción colectiva radical. Dicho de otro modo, para aquellos que
ocupan los estratos más bajos de la jerarquía social, tener la posibilidad de
acceder a las clases medias o superiores significa disponer de una solución
individual a la propia condición de desventaja inicial. Sin embargo, para otros la
movilidad es una fuente de tensión y desequilibrio sociales porque en las
personas que abandonan su clase se produce un desenraizamiento de las
relaciones sociales primarias, y la integración en la clase de destino puede ser
larga y difícil, lo cual puede llevar al aislamiento social del que pueden derivar
conductas radicales y alienantes.
Dentro de la corriente de pensamiento para la que la movilidad social es un
fenómeno muy importante en la estructura de la sociedad, ésta va unida siempre
al cambio social, es decir, a las transformaciones que se verifican en una
sociedad en un período determinado. El cambio social se entiende aquí no como
progreso o dirección hacia una finalidad sino como proceso de adaptación de las
tensiones que se crean entre los diversos intereses de los individuos y los grupos
sociales.

BIBLIOGRAFÍA

ALBERONI, F. (ed.) (1970): Cuestiones de Sociología, Herder, Barcelona.


BARBER, B. (1974): Estratificación Social, FCE, México.
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PISATI, M. (2000): La mobilità sociale, Il Mulino, Bologna.
WRIGH, E. O. (1994): Clases, Siglo XXI, Madrid.
9. CONFLICTO Y CAMBIO SOCIAL

I. EL CONFLICTO SOCIAL

El conflicto como clave de interpretación de los acontecimientos políticos y


sociales tiene una larga tradición histórica, pero fue durante los siglos XVIII y XIX
cuando alcanzó cierta coherencia teórica. Vamos a describir algunas de las
diversas teorías sobre el conflicto social y su evolución. Rousseau, por ejemplo,
creía que el conflicto era el resultado de la convivencia social. La guerra no es
un conflicto de los hombres individuales en estado de naturaleza sino que es un
fenómeno social. El hombre hace la guerra como miembro de una comunidad
organizada. Las relaciones entre los hombres, en las que unos son ricos y otros
pobres, algunos dominan y otros son dominados dan origen a la hostilidad y al
conflicto entre ellos (Zeitlin). Rousseau sostenía que en el estado natural de los
seres humanos reinaban la tranquilidad y la paz, y la regla era la abundancia de
bienes, no la escasez, lográndose así un perfecto equilibrio entre el hombre y su
ambiente. Los hombres crearon la sociedad como forma contractual de
convivencia sólo después de que se alterara ese equilibrio y finalmente
desapareciera. La condición social llevó, por tanto, a la desigualdad, la
desigualdad a la guerra y la guerra al Estado civil cuyas leyes y normas regulan
el comportamiento humano (Zeitlin).
Esta manera de entender la naturaleza humana y la formación de la sociedad
se oponía a la de otros pensadores como Hobbes, por ejemplo, para quien la
guerra entre los hombres en estado de naturaleza les llevaba a buscar y
establecer un Estado civil fuerte con el fin de escapar del conflicto permanente y
para su seguridad y protección mutuas. Para Hobbes, como para Maquiavelo, la
naturaleza humana es fundamentalmente mala y las principales formas de lucha
aparecen con la rivalidad entre los seres humanos para saciar apetitos idénticos,
como el deseo insaciable de reconocimiento y admiración y el deseo de
conquista. Por eso necesitaban defenderse los unos de los otros eligiendo al más
fuerte y prometiéndole obediencia. En estado de naturaleza el hombre está en
estado de guerra.
Esta especie de contrato forzoso (inevitable) que se establece entre los
humanos para que otro les gobierne no es aceptable para Rousseau, porque está
desprovisto de fundamento ético, basado en la bondad y fines naturales. Para que
la autoridad tenga un valor moral el individuo deberá someterse libremente a la
voluntad general, no a otro individuo o grupo. El problema era hallar una forma
de sociedad en la que cada uno de sus miembros, aunque estuviera vinculado a la
organización política, permaneciera libre e igual a los demás. Esta solución
pasaba por un contrato social en el que la nueva sociedad permitiese la absorción
del individuo en la voluntad común sin perder la suya propia, a fin de formar así
una sociedad de iguales (Zeitlin).
Muchas de estas proposiciones de la filosofía social y política del siglo XVIII
fueron aplicadas más tarde a los fenómenos económicos. Así, por ejemplo, las
ideas básicas de los economistas fisiócratas fueron: 1) que la libre y absoluta
competencia en los asuntos económicos, podría lograr la máxima productividad;
y 2) de tal manera las fuerzas naturales conciliarían las exigencias tanto de los
individuos como de los grupos. Para los fisiócratas el problema más importante
era la lucha por las necesidades de la vida, y el Estado se encargaría de equilibrar
las tensiones surgidas de los conflictos entre los individuos. Más tarde, en el
ámbito de la economía clásica, la lucha y el conflicto por los recursos escasos
desempeñó también un papel importante. Adam Smith entendía que la
competitividad era fundamental, porque la lucha de todos contra todos en la
prosecución de los intereses particulares tenía como resultado el bien universal y
el equilibrio de la sociedad.
En el siglo XIX uno de los exponentes más importantes de la teoría del
conflicto fue Karl Marx. Para él no existe armonía entre la naturaleza y el
hombre. Al contrario, mediante el trabajo y la técnica el hombre trata de
apoderarse de la naturaleza para ponerla a su servicio y en ese intento genera un
dominio tanto sobre ella como sobre los demás hombres. El interés particular se
opone con frecuencia al interés general, y las personas y los grupos humanos
luchan por imponer su predominio en la sociedad. El conflicto entre intereses
contrapuestos no afecta sólo a las relaciones productivas dentro de la estructura
social, sino a todo el sistema.
El marxismo se presenta no sólo como una interpretación científica de la
sociedad sino como un arma ideológica de pensamiento político que trata de
cambiarla a través del conflicto. Ya hemos visto que el posicionamiento de los
individuos y los grupos en clases sociales genera una lucha por la igualdad en la
que el conflicto social, la alianza de clases en momentos históricos determinados
e incluso la violencia desempeñarán un papel importante en la transformación y
el cambio de las instituciones que reflejan el sistema de producción. Así pues, el
conflicto debe mirar al cambio y superación de las relaciones contradictorias que
los humanos tenemos con la naturaleza y entre nosotros mismos a través de las
técnicas, la organización y la división del trabajo social.
En el ámbito de la teoría funcionalista normativa, desde Durkheim a Parsons,
se acentuó el estudio de las normas y los valores comunes descuidando la
importancia que tenían la distribución del poder y los recursos escasos como
variables explicativas del conflicto en la estructura social. Para Durkheim la
cuestión social era una cuestión moral que acentuaba la integración de los
individuos con la totalidad social, y no la contienda por el poder, el status o la
riqueza. Durkheim estaba tan interesado por el estudio de la cohesión social que
descuidó el examen de los fenómenos que provocan el conflicto; subrayó la
función integradora de la religión; no apreció debidamente el sentido de la
innovación y del cambio porque estaba preocupado por el orden y equilibrio
sociales y dejó de analizar el poder y la violencia en la estructura política de la
sociedad porque se interesaba demasiado por los factores que contribuían a la
armonía social. La jerarquía cumple una función importante en la sociedad y la
violación del principio jerárquico sólo puede deberse a factores patológicos. Para
este autor una sociedad dividida no puede ser ni normal ni moral. La sociedad
buena es integradora. Consciente de la debilidad de los cimientos en los que se
apoyaba la Tercera República francesa, consideró que su tarea principal era
contribuir al desarrollo de un nuevo orden moral republicano (Coser).
Otro estudioso que a comienzos del siglo XX consagró numerosas páginas al
conflicto fue Simmel, quien afirmaba que la sociedad tiene tanta necesidad de
asociación como de competición y que, lejos de ser motivo de disfunción social,
el conflicto es una fuente de regulación que invade y estructura una multitud de
campos y de formas sociales (familia, partidos políticos, industria, iglesia).
Simmel detalla las numerosas propiedades del conflicto: le da al individuo la
sensación de no ser aplastado completamente en una relación social, saca a la
superficie las disensiones internas, estructura las relaciones sociales y refuerza,
cuando no crea, la identidad social. Este autor subrayó la influencia que puede
ejercer el conflicto en el desarrollo del cambio social.
Después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolló una teoría social del
conflicto como alternativa a la teoría marxista de las clases sociales y se aplicó
sobre todo al análisis del proceso de industrialización. Algunos autores
subrayaron el hecho de que las sociedades industriales modernas se caracterizan
por dos rasgos contradictorios; por una parte se proclama la igualdad en base a
los derechos políticos de los ciudadanos, pero por otra éstos se estructuran en
una jerarquía de desigualdades económicas y sociales como consecuencia del
funcionamiento del sistema productivo. T. H. Marshall, por ejemplo, subrayó la
contradicción entre la tendencia igualitaria del desarrollo paulatino de los
derechos y libertades del ciudadano y la estructura de clases que pervive en el
sistema capitalista anclado en los mecanismos del mercado. El principio de
igualdad de oportunidades que proclama el Estado social de derecho choca con
la realidad desigual de los resultados.
Incluso autores que subrayan el consenso social y la integración del sistema
capitalista como objetivo primordial de su análisis no dejan de reconocer la
situación conflictiva de la sociedad industrial. Así, Parsons observa una
tendencia al conflicto derivada de los hechos siguientes: 1) El carácter
competitivo de la estructura ocupacional, que establece una jerarquía de
prestigio y una desigualdad de oportunidades. 2) La existencia de autoridad y
disciplina en la organización, que genera resistencias entre quienes obedecen. 3)
La tendencia de los poderosos a explotar a los más débiles. 4) La tendencia a
desarrollar distintas «culturas» por parte de quienes se encuentran situados en
zonas diferentes de la estructura social, lo cual dificulta la comunicación entre
los grupos y exige buscar mecanismos efectivos de integración. 5) La
imposibilidad del sistema de establecer una estricta igualdad de oportunidades.
Todos estos factores generan conflictos crónicos entre las clases y atentan contra
la integración del sistema. De ahí la preocupación de este autor por encontrar
fórmulas integradoras que lo mantengan en equilibrio (González Seara).
En el ámbito de quienes desean subrayar su función integradora, uno de los
primeros autores que sistematiza las funciones positivas del conflicto es Coser,
quien retoma algunas de las intuiciones de Simmel. Se trata de explicitar el
carácter funcional del conflicto social:

a) Los sistemas sociales no están organizados alrededor de un consenso sobre


los valores sino que implican situaciones conflictivas en aspectos fundamentales.
b) La existencia de tal situación tiende a crear, no una sociedad unitaria, sino
una sociedad pluralista en la que hay diversas clases. Las actividades de los
miembros del sistema adquieren significado sociológico y deben ser explicadas
en referencia a los intereses de los grupos en situación de conflicto.
c) En la mayoría de los casos la situación conflictiva estará caracterizada por
un desequilibrio de poderes, de modo que una de las clases surgirá como clase
dominante que tratará de obtener el reconocimiento y la legitimidad de su
posición entre los miembros de las otras clases.
d) La relación de poder entre la clase dominante y la dominada puede
modificarse como resultado de cambios ocurridos en una serie de factores que
aumenten la posibilidad de resistencia o revolución por parte de esta última.
Entre estos factores se encuentran el liderazgo, la capacidad de organización y la
violencia.

De esta manera el conflicto cumple una serie de funciones positivas que


ayudan a la integración, mantenimiento, cambio y renovación del sistema social.
Una respuesta crítica más directa a la teoría del conflicto basada en las clases
sociales es la de R. Dahrendorf, quien afirma que la intensidad del conflicto de
clases en las sociedades capitalistas del siglo XIX se debe a la superposición del
conflicto político y el conflicto industrial, fenómeno que ha desaparecido a lo
largo del siglo XX, en el que los conflictos social y político se han disociado.
Para este autor no es la propiedad de los medios de producción sino el control de
éstos y la dominación quienes constituyen los determinantes del conflicto social
moderno. Más exactamente, es la distribución desigual de la autoridad entre
personas y grupos lo que constituye la fuente estructural de los conflictos. La
distribución desigual de la autoridad en la iglesia, la industria y las
organizaciones priva a los individuos de este recurso.
Ya hemos visto en el capítulo anterior las tesis de Dahrendorf cuando afirma
que en lo que va de siglo el capital y el trabajo han sufrido un proceso de
descomposición. Al mismo tiempo la clase trabajadora ha perdido
homogeneidad, se ha diferenciado según la cualificación, el salario y el prestigio
y ha aparecido una nueva clase media de burócratas y empleados. Esto ha
modificado la estructura de la autoridad y las modalidades de su interrelación de
tal manera que la violencia del conflicto industrial ha disminuido
considerablemente. A su vez, los sindicatos y las patronales han regulado el
conflicto a través de los convenios colectivos y han institucionalizado la lucha
por los intereses.
Resumiendo, podemos decir que el conflicto es un elemento constitutivo de
las relaciones sociales que contribuye al cambio y evolución de la sociedad. Una
definición estructurada de este concepto la podemos tomar de Lorenzo Cardoso
(2001) que define el conflicto como «un proceso de interacción contenciosa
entre actores sociales que comparten orientaciones cognitivas, movilizados con
diversos grados de organización y que actúan colectivamente de acuerdo con
expectativas de mejora, de defensa de la situación preexistente o proponiendo un
contraproyecto social».
En esta definición se entiende por interacción contenciosa la lucha abierta
entre grupos sociales opuestos que comparten ideas y objetivos (orientaciones
cognitivas) similares, que han de tener un determinado nivel de organización que
les capacite para emprender acciones colectivas tendentes a objetivos comunes.
Ahora bien, estos conflictos pueden ser muy diversos y resulta difícil
agruparlos o clasificarlos en categorías definitivas. No obstante este mismo autor
nos ofrece una tipología bastante operativa que los subdivide en los siguientes
grupos:

1. Por la posición socioeconómica de sus participantes, la clase social o


socioprofesional.
2. Por la extensión o zona geográfica donde se produzcan: nacionales, locales,
rurales, urbanos, etc.
3. Por los objetivos, implícitos o explícitos, que persigan los rebeldes:
reformistas, revolucionarios, radicales, moderados, gremiales, clasistas, etc.
4. Por el grupo social, clase o institución contra el que se dirija la rebelión:
nobleza, oligarquías, Estado, señoríos, burguesía, etc.
5. Por los grados y formas de organización que presente el grupo rebelde:
conflictos espontáneos, movimientos sociales organizados, partidos políticos,
grupos de presión, organizaciones de base, etc.
6. Por las formas de lucha o de acción colectiva que se em- plean: violencia,
pleito judicial, negociación, resistencia pasiva, etc.
7. Por los períodos cronológicos o ciclos en que puedan agruparse.
8. Por los factores que propicien su aparición: económicos, sociales,
culturales, políticos, etc.

Las causas que provocan estos conflictos pueden ser muy diversas y
comprenden desde problemas territoriales, migratorios, étnicos, económicos y
sociales o ideológicos y políticos, etc. A su vez estas causas pueden ser
estructurales y permanentes o coyunturales, claramente manifiestas o latentes.
Pero la tensión o el antagonismo entre grupos sociales no provoca
inmediatamente el conflicto, para ello se requieren, como hemos visto, algunos
requisitos como la organización, los recursos, la oportunidad, etc., que
condicionan la capacidad de movilización y las formas de lucha.
La sociología del conflicto, que había sido aplicada siempre al ámbito de la
política y la economía, ha invadido durante estos últimos años otras parcelas de
la sociedad para analizar las relaciones raciales y étnicas, entre grupos
nacionales, entre sexos, la estratificación social y la relación del hombre con la
naturaleza. La lucha por la igualdad ante la ley, por la igualdad de condiciones
ante el trabajo entre hombres y mujeres, por la singularidad y la defensa de los
rasgos culturales, lingüísticos e históricos ha provocado a veces situaciones no
sólo conflictivas sino también revolucionarias. La sociedad moderna se mueve
así entre el conflicto, la cohesión, la institucionalización y el cambio.

II. EL CAMBIO: TEORÍAS EVOLUCIONISTAS Y CÍCLICAS

El cambio es una característica tan evidente de la sociedad moderna que


cualquier teoría social científica, sea cual sea su punto de partida, deberá
mencionarlo más pronto o más tarde. Ahora bien, las formas del cambio social o
sus características a lo largo del tiempo han variado mucho en la historia del
pensamiento.
El cambio social como concepto que trata de abarcar la dinámica continua de
unidades sociales específicas empieza a tomar cuerpo durante la Revolución
Francesa y la Revolución Industrial en Inglaterra, períodos ambos de
extraordinaria actividad que marcan definitivamente el paso de la sociedad
estamental a la burguesa o, como se dice también, de la sociedad tradicional a la
moderna. Una de las características fundamentales del capitalismo, que lo
diferencia fundamentalmente tanto de la Edad Media como del Renacimiento, es
su dinamismo y capacidad para generar cambios continuos en la sociedad, lo que
ha dado a las personas que lo vivimos una percepción distinta del tiempo.
A partir del siglo XIX el cambio en las sociedades empieza a ser una pauta
normal y tanto los filósofos sociales, primero, como los sociólogos, después,
comenzaron a reflexionar sobre él, reemplazando las viejas ideas sobre las
constantes naturales de la historia y la sociedad con los nuevos conceptos sobre
el cambio.
Sztompka comenta que en la corriente del evolucionismo clásico como forma
de cambio la analogía orgánica se refería en principio a la anatomía, a la
constitución interna de la sociedad. Tanto los organismos como las sociedades
están compuestos de elementos discernibles (células, individuos) agrupados en
unidades más complejas (órganos, instituciones), y unidos o integrados por una
determinada red de relaciones (anatomía orgánica, lazos sociales). En suma, se
les consideraba dotados de estructura aunque con diferentes grados de
integración.
Con respecto a las transformaciones dinámicas, en ambos casos (organismo humano y
sociedad) había interrelación visible de continuidad y cambio. Al margen del movimiento
continuo de elementos (células, tejidos, en el caso del organismo; personas, grupos en el caso
de la sociedad), hay una persistencia de las totalidades, que duran más que sus partes. En
ambos casos el lapso vital del organismo así como la historia de una sociedad están marcados
por el crecimiento. Ésta es la noción crucial para comprender el cambio; proporciona la
primera imagen de la transformación social, que arraigará profundamente en la teoría
sociológica así como en el sentido común, y será popular hasta nuestros días.
«Crecimiento» significa agrandamiento, expansión, complicación y diferenciación.
Presupone un proceso que 1) consiste en el despliegue de determinadas potencialidades
inmanentes presentes desde el principio en el objeto de estudio (desvelando y mostrando lo ya
codificado en la semilla o en el embrión), 2) opera en una dirección y es irreversible (no hay
forma de volver desde la madurez a la juventud), 3) persiste inexorablemente y no puede ser
detenido (no hay forma de mantenerse eternamente joven), 4) procede gradualmente,
incrementalmente, paso a paso, y 5) pasa por estadios discernibles o fases (p.e., juventud,
madurez, senilidad) (Sztompka, 1996).

Junto a esta versión aparece también la teoría de los ciclos que tiene una
perspectiva diferente del proceso histórico respecto a aquellas que tienen su
origen en el evolucionismo. En lugar de ver una dirección persistente, ve
recurrencia; en lugar de constante novedad, ve repetición; en lugar de despliegue
ilimitado de potencialidades, ve el agotamiento periódico de potencialidades y el
retorno temporal al comienzo del proceso. El cambio social e histórico no se
mueve a lo largo de una línea, sino en círculo.
Abandona la metáfora evolucionista del crecimiento orgánico, y en su lugar se vuelve hacia
la experiencia tan abundante en la vida cotidiana de las repeticiones, las recurrencias y las
ondulaciones. 1) Está la obviedad de los ciclos astronómicos y sus repercusiones: el día y la
noche (trabajo y sueño), las fases de la luna (mareas), las estaciones del año (períodos
regulares en la vegetación, en el ritmo del trabajo agrícola, en los patrones de vacaciones en la
sociedad moderna). 2) Hay ciclos biológicos, con importantes consecuencias para la vida
social: nacimiento, infancia, adolescencia, madurez, vejez, muerte (el ascenso y declive en la
participación activa en la vida social marcado por umbrales tales como ir a la escuela,
encontrar el primer trabajo, formar una familia, criar a los hijos, jubilarse). 3) Hay ciclos
políticos, económicos y sociales claramente perceptibles a macroescala: los gobiernos van y
vienen, las recesiones siguen a los booms, los períodos de prosperidad alternan con los
tiempos de crisis, las tensiones internacionales son seguidas de períodos de deshielo o détente,
de la agitación social se pasa a largos períodos de estabilidad. 4) Hay también ciclos obvios en
la microescala de la vida cotidiana: el ritmo diario de las cosas de la familia, el ritmo semanal
de los días de trabajo y de los fines de semana, el ritmo anual de las vacaciones (Sztompka,
1996).

La duración de un ciclo puede ser larga o corta, no puede medirse de forma


absoluta, sino tan sólo de forma relativa al tipo de procesos tomados en cuenta.
En política, el ciclo de sesiones parlamentarias (el calendario parlamentario) será
corto, y el ciclo de elecciones largo.
También es importante si el ciclo sigue modelos rítmicos o arrítmicos. En el
primer caso, hay un intervalo igual entre las fases del ciclo; en el segundo, el
intervalo es desigual. Si es completamente fortuito, tenemos un ciclo fortuito.
Pero puede haber alguna irregularidad subyacente a un modelo arrítmico.
Centrándonos en el campo de la sociología, los primeros representantes de la
corriente evolucionista —Spencer o Comte— contemplaron el desarrollo de la
sociedad como un proceso evolutivo parecido a la evolución de los organismos,
es decir un proceso de crecimiento, de complejidad y diferenciación creciente de
las estructuras y funciones sociales, y de una interdependencia cada vez mayor
entre las partes diferenciadas. Recordemos que Comte consideraba a la sociedad
de su tiempo como resultado de un proceso evolutivo progresivo, cuyo
pensamiento había pasado por tres estadios —el teológico, el metafísico y el
positivo— que dieron pie a tres formas históricas distintas de organización
social.
Sin embargo Spengler, a principios del siglo XX, trazó una visión cíclica de la
historia y de las sociedades y culturas que la componen. Para este autor las
culturas aparecen, se desarrollan, llegan a un gran momento de esplendor y
después decaen y desaparecen al tiempo que aparecen otras. Es decir que al igual
que les ocurre a los organismos humanos toda cultura cumple su ciclo vital de
nacimiento, infancia, madurez, vejez y muerte. Su tesis, fundamentalmente
pesimista, era que nuestra cultura occidental había pasado ya por algunas de esas
fases y se encontraba en el período de decadencia. También Pareto traza una
imagen de la sociedad como un sistema social que en sí, así como en sus
segmentos constitutivos (política, economía, ideología), pasa a través de ciclos
de equilibrio, desestabilización, desequilibrio y nuevo equilibrio. Hay un ciclo
social general, y hay ciclos específicos de cada segmento: político-militar,
económico-industrial e ideológico-religioso, y todos ellos siguen un modelo
parecido (Sztompka, 1996).
En el marco de estas teorías evolucionistas y cíclicas que toman en
consideración el proceso de desarrollo global de la sociedad podemos situar
también a Marx con su reflexión sobre el progreso y la igualdad de las personas.
Para Marx el avance hacia la sociedad sin clases se realiza mediante conflictos
dialécticos, en cada uno de los cuales la clase subordinada derriba a la clase
gobernante con el fin de crear una sociedad nueva. Este cambio y evolución de
la sociedad no es infinito sino que la revolución de la clase obrera contra la
burguesía dará pie a la sociedad sin clases en la que ya no se darán más
revoluciones, aunque no estará exenta de conflictos. Se habrá llegado así a una
formulación definitiva de la sociedad.
La literatura escrita sobre el cambio social es muy heterogénea y los enfoques
están en función de los diversos paradigmas que a su vez tienen su propio campo
conceptual. Al hablar de cambio unos distinguen las fuerzas materiales o
espirituales que los promueven, otros se fijan más en los procesos o desarrollos
de su evolución y subrayan los mecanismos desencadenantes. Los primeros
tienen una lectura macrosociológica del cambio mientras que los segundos
conciben el cambio circunscribiéndolo a un aspecto limitado del estudio social.
Las teorías holistas que engloban el devenir de la historia y de la humanidad
como un todo, creen que las fuerzas de la historia que promueven el cambio se
originan dentro de la sociedad humana, en su estructura económica y en su
cultura. Algunas de estas teorías centraban el protagonismo del cambio histórico
y social en las esferas espirituales del hombre y otras en las materiales; algunos
estudiosos subrayan como elemento primordial el papel de las ideas, otros el
papel de la producción y la economía, algunos se centran en los aspectos
culturales y otros en las innovaciones tecnológicas.
Entre los procesos más persistentes que aparecen en la literatura evolucionista
y neoevolucionista están los que se refieren a la diferenciación, integración y
conflicto, y a las relaciones entre ellos. La noción de diferenciación (o
especialización) fue central en la obra de Adam Smith, Karl Marx, Herbert
Spencer y Émile Durkheim.
Una forma de organizar el pensamiento actual sobre la diferenciación
estructural es configurar las formas en las que este fenómeno ha sido relacionado
con la integración y el conflicto. En las teorías de Adam Smith y Herbert
Spencer la diferenciación fue considerada como un principio fundamental del
cambio, pero la integración de actividades especializadas no fue problemática en
sus teorías porque se la consideró como el resultado que emergía de la
agregación de intercambios voluntarios en la sociedad. La diferenciación (la
división del trabajo) también desempeñó un papel central en las teorías de Karl
Marx y Émile Durkheim. Marx consideró las contradicciones, conflictos, y la
desintegración final de la sociedad como resultado de la diferenciación de las
posiciones económicas y sociales en los sistemas económicos. Durkheim
acentuó la necesidad de una integración positiva en una sociedad diferenciada
para que la anomia y el conflicto no llegaran a ser endémicos.
Una de las teorías más amplias sobre la diferenciación es la de Parsons, quien
puso gran énfasis en la mejor adaptación social que se consigue con una
especialización mayor de los roles, las organizaciones y las instituciones.
Recientemente encontramos en otros autores una gran insistencia en las causas
estructurales y los mecanismos de diferenciación. Algunos argumentan que para
mejorar la teoría de la diferenciación es necesario un modelo más específico de
las etapas de diferenciación general y del proceso social. Alexander, por
ejemplo, se centra en el papel clave que desempeñan la guerra y el conflicto.
Afirma que la teoría de la diferenciación no ha sido capaz de incorporar las
nociones de «represión política», «violencia feroz», «opresión», y «guerra».
Además de asistir al renacimiento del interés por la diferenciación, que es un
fenómeno referido sobre todo al nivel socioestructural, existe también una
revitalización del interés por el cambio cultural y por el poder de la cultura
como determinante activo del cambio institucional. Esta tradición nos recuerda
el trabajo de Max Weber, quien subrayó el poder dinámico de la cultura, y en
especial de la religión, en el cambio social.
Al considerar el cambio cultural distinguimos entre la explicación del cambio
cultural en sí y la explicación de otros procesos de cambio que se refieren a la
cultura como fuente constante de presión para el cambio. En este campo todo el
ámbito de los valores, las imágenes, los medios de comunicación de masas y las
últimas tecnologías aplicadas al lenguaje interactivo constituyen un terreno
novedoso de cambio e innovación que afecta cada vez más al desarrollo de las
relaciones sociales.
Las teorías evolucionistas continúan teniendo hoy día sus defensores y,
aunque han sido sometidas a crítica, los estudiosos partidarios de esta lectura de
la realidad continúan desarrollando sus conceptos. Así, en sus aportaciones más
recientes sobre el cambio y evolución de la sociedad tratan de identificar los
siguientes elementos: mecanismos desencadenantes del cambio, mecanismos que
apoyan el cambio, el estado final del cambio (direccionalidad), y el proceso del
cambio considerado como una totalidad.

1. Mecanismos desencadenantes. Además de los distintos mecanismos


internos (tales como la tecnología, las diferencias culturales, y las
contradicciones), Smelser sugiere que «las relaciones entre diversas sociedades
deben figurar como mecanismos desencadenantes. Otros autores se centran en
las contradicciones y las tratan como «mecanismos que inician o continúan la
comunicación». La comunicación, a su vez, inicia las secuencias del cambio.
Eisenstadt, por ejemplo, identifica la «variedad de las estructuras» como un
campo que alimenta los conflictos.
2. Mecanismos de apoyo. Algunos autores aluden a estos mecanismos en clara
referencia a las analogías biológicas. Hondrich considera la diferenciación y la
segmentación de la sociedad por ser «dos principios de evolución opuestos pero
que colaboran entre ellos»; el primero representa los aspectos dinámicos,
innovadores, abiertos y arriesgados de la evolución, el segundo se reserva para la
preservación, la estabilidad y la reducción de los riesgos.
3. Direccionalidad. Aquí los distintos autores difieren respecto a cuál será el
estadio final del cambio o la evolución, y en el nivel de las ideas morales
trabajan sobre la presunción de un cambio evolutivo en la conciencia moral.
4. Proceso global. Una de las características de la teoría evolucionista
contemporánea es que, aun afirmando que los modelos tradicionales de
desarrollo sobreviven, existe también una preocupación por las patologías,
paradojas, decadencia, disolución y crecimiento de las sociedades (N. Elias).

III. TEORÍAS MODERNAS DEL CAMBIO SOCIAL

Hemos visto que, en términos generales, la transición de la sociedad


tradicional a la moderna implica: 1) una revolución demográfica en la que
disminuyeron rápidamente la tasa de defunciones y la de nacimientos; 2) la
disminución del tamaño, alcance y permeabilidad de la familia; 3) la apertura del
sistema de estratificación a índices de movilidad mucho más altos; 4) la
transición de una estructura tribal o feudal a una burocracia de tipo democrático
o totalitario; 5) la disminución de la influencia de la religión; 6) la separación
entre educación, familia y vida de comunidad, la prolongación y enriquecimiento
del proceso educativo, la creación de escuelas y universidades; 7) el nacimiento
de una cultura de masas y la creación de los medios de comunicación; 8) la
aparición de una economía de mercado.
Estos cambios que se produjeron a lo largo del siglo XIX y comienzos del siglo
XX continúan su expansión y han dado pie a nuevas formas de vida que tienen ya
muy poco que ver con las anteriores. La sociedad moderna se ha convertido en
una estructura continuamente cambiante frente a la rigidez que caracterizaba a la
sociedad tradicional en sus lazos familiares, en su capacidad de cambiar de
status, en la secularización de todos sus valores. Todas estas manifestaciones
externas de cambio han puesto de manifiesto dos características fundamentales
que diferencian la sociedad moderna de la tradicional y son la capacidad de
generar cambio y como consecuencia la distinta percepción del tiempo que
tenemos ahora los seres humanos. Características que a su vez abonan cada día
el cambio social en toda su extensión.
Esta situación dificulta la elaboración de una teoría adecuada del cambio
social, de la misma manera que no existe una teoría global o plenamente
desarrollada de la sociedad. Por eso los autores modernos han formulado teorías
parciales o aspectos concretos del cambio pero no una teoría general del cambio.
Así, por ejemplo, Dahrendorf proporciona una teoría parcial del conflicto y del
cambio en las sociedades industriales modernas a base de analizar algunos de los
mecanismos que los provocan, como la educación, la autoridad o la desviación.
C. W. Mills, en la línea de quienes han querido continuar en la gran teoría,
asigna un papel considerable a los factores políticos —normativos y coercitivos
— y considera las élites políticas, militares, religiosas, como fuerzas de cambio.
Más recientemente Habermas, en su intento de formular una crítica general de la
sociedad moderna, fundamenta las posibilidades del cambio social en la relación
intercomunicativa de los seres humanos. Solamente si somos capaces de
erradicar la falsa percepción de la realidad que pervive en nuestro proceso
comunicativo seremos capaces de cambiar los presupuestos de nuestra
comunicación actual sembrada de falsas imágenes, errores y distorsiones.
En una revisión reciente de las teorías contemporáneas y descendiendo a su
aspecto más analítico, Strasser y Randall han tratado de fijar las características
que se han de estudiar en todo tipo de cambio social que pretenda explicar los
procesos de largo alcance. Así, una teoría del cambio debe contener tres
elementos relacionados entre sí, que son: 1) los determinantes estructurales, 2)
los procesos y mecanismos del cambio social, y 3) la dirección del cambio.

1. Determinantes estructurales del cambio social, tales como los cambios de


población, los desastres ocasionados por la guerra o las tensiones y
contradicciones de las sociedades.
2. Procesos y mecanismos del cambio social, incluyendo los mecanismos
precipitantes, los movimientos sociales, los conflictos políticos y la actividad
empresarial competitiva.
3. La dirección o direcciones del cambio, incluyendo los cambios estructurales
sus consecuencias y efectos.

Ahora bien, muchos de estos procesos analíticos están poco estudiados y son
poco conocidos. Esto se debe, en primer lugar, a que los cambios sociales no
pueden ser explicados mediante teorías monocausales; sin embargo este tipo de
explicaciones todavía sobreviven de una manera u otra. La segunda razón por la
cual el estudio del cambio social está poco desarrollado es que quienes aceptan
la necesidad de explicaciones multicausales se enfrentan a la tarea de clasificar
el enorme arsenal de elementos causales, mecanismos, procesos y consecuencias
que toman parte en la acción social, y convertirlos en modelos que sean
suficientemente complejos, interactivos y predictivos.
Entre las teorías actuales que tienen mayor predicamento están las que figuran
bajo el nombre de modernidad, que acoge también términos como desarrollo o
progreso. Estas teorías incluyen el desarrollo tecnológico, político y
organizativo, el desarrollo de la producción y en general analizan el bienestar
social. Según Sztompka (1996) estos principios generales organizativos de la
modernidad están reflejados en diversos subdominios de la vida social. Los
sociólogos habitualmente señalan varios fenómenos nuevos que surgen en las
sociedades modernas. Así, en el área de la economía, que es central para todo el
sistema, observamos los siguientes:

1. Velocidad y alcance sin precedentes en el crecimiento económico, lo cual,


por supuesto, no significa que no se produzcan recesiones ocasionales o locales,
pero tomado en su totalidad y a largo plazo supera cualquier cosa que pueda
encontrarse en períodos anteriores.
2. El cambio de la producción agrícola a la industria como sector central de la
economía.
3. La concentración de la producción económica en las ciudades y en las
aglomeraciones urbanas.
4. El aprovechamiento de fuentes no vivas de energía para reemplazar la
fuerza humana y animal.
5. Eclosión de innovaciones tecnológicas que abarcan todas las esferas de la
vida social.
6. La apertura de mercados de trabajo libres y competitivos, con un margen de
desempleo.
7. Concentración del trabajo en fábricas y en grandes empresas industriales.
8. El papel esencial de los hombres de negocios, de los empresarios, de los
«capitanes de industria», en la dirección de la producción.

Tal sistema económico no podía sino remodelar la entera estructura de clase y


las jerarquías de estratificación de modo que:

1. La situación de propiedad y la posición en el mercado son los determinantes


principales del estatus social (reemplazando a la edad, la etnia, el género, la
adscripción religiosa y otros factores tradicionales).
2. Grandes segmentos de la población sufren el proceso de proletarización y
de pauperización; se convierten en fuerza de trabajo no propietaria, obligada a
vender su fuerza de trabajo como mercancía, sin participar de los beneficios que
produce.
3. En el extremo opuesto, poderosos grupos de propietarios capitalistas
adquieren una riqueza considerable apropiándose y reinvirtiendo beneficios y,
por tanto, las diferencias sociales se hacen aún más marcadas.
4. Entre tanto, aparece una gran clase media en expansión, que incluye a
diversas profesiones, gente empleada en el comercio, la administración, el
transporte, la educación, la ciencia y otros «servicios».

En el dominio político los principales cambios incluyen:

1. El papel creciente del Estado, que toma nuevas funciones al regular y


coordinar la producción, redistribuyendo la riqueza, protegiendo la soberanía
económica y estimulando la expansión en mercados exteriores.
2. La difusión del imperio de la ley, que obliga tanto al Estado como a los
ciudadanos.
3. La creciente inclusividad de la ciudadanía, que proporciona categorías
sociales más amplias con los derechos políticos y civiles.
4. La extensión de la organización burocrática racional, impersonal, como
sistema dominante de gestión y administración en todas las áreas de la vida
social.

Recientemente Giddens ha comentado los rasgos del cambio que han dado
lugar a un período de «alta modernidad» bajo cuatro rótulos: confianza, riesgo,
opacidad y globalización. La importancia crucial de la confianza se deriva de la
presencia dominante en la vida moderna de «sistemas abstractos», cuyos
principios de funcionamiento no son completamente transparentes a la gente
corriente, pero sobre cuya fiabilidad depende la vida cotidiana. El transporte, las
telecomunicaciones, los mercados financieros, las centrales nucleares, las
fuerzas militares, las corporaciones transnacionales, las organizaciones
internacionales y los medios de comunicación (Giddens, 1993).
El segundo rasgo fundamental de la alta modernidad es el fenómeno del
riesgo. El riesgo significa incertidumbre acerca de las consecuencias de las
acciones propias, la probabilidad indeterminada de efectos dañinos al margen de
la propia voluntad. La inevitabilidad de vivir con peligros que están fuera de
nuestro control y constituyen una amenaza para la vida de millones de seres
humanos. A su vez la opacidad se refiere a la incertidumbre y el carácter errático
de la vida social debido al cambio continuo de los valores e intereses de los
grupos humanos que dan pie a una indefinición sobre el futuro personal y
colectivo. Por último, la globalización, es decir, la extensión de las relaciones
políticas, económicas y culturales a lo largo de todo el planeta.
De esta manera, bajo el epígrafe de modernidad subyacen diferencias teóricas
en su interpretación que van desde las lecturas optimistas a las más pesimistas.
Para algunos el cambio moderno ha sido un cambio hacia el progreso y el
bienestar de las sociedades más desarrolladas del que se han beneficiado poco a
poco los países en vías de desarrollo. Para otros, sin embargo, los cambios hacia
nuevas tecnologías y formas de vida han traído otras formas de dominación y de
pobreza que se ocultan bajo la apariencia del bienestar y el consumo.

IV. FACTORES, CONDICIONES Y AGENTES DEL CAMBIO

Los primeros sociólogos que se interesaron particularmente por la evolución


social, buscaban describir y explicar las tendencias seculares de la sociedad y de
la historia, y bajo ese prisma contemplaron y definieron la mayor parte de las
veces el contenido y los mecanismos del cambio social. Más tarde la sociología
y muchos de sus representantes más significativos han establecido una distinción
entre evolución y cambio social (Rocher). Existe un consenso generalizado sobre
el concepto de evolución social, que se define como el conjunto de
transformaciones que conoce una sociedad durante un largo período de tiempo,
es decir durante un período que sobrepasa la vida de una sola generación o de
varias generaciones. La evolución social se refiere entonces a lo que podríamos
llamar «tendencias seculares» que no se pueden observar a escala reducida pero
que aparecen cuando se adopta una perspectiva a largo plazo.
El cambio social, sin embargo, consiste tal como lo entendemos aquí en
transformaciones observables y verificables durante períodos cortos de tiempo.
Un observador puede, durante su vida o un breve período de ella, seguir el
desarrollo o conocer el resultado de uno o varios cambios sociales. En ese
sentido la microsociología, que observa fenómenos limitados y sociológica y
geográficamente localizados, ha hecho aportaciones interesantes en el estudio de
los cambios de las ciudades, los procesos productivos, las funciones de la familia
o las formas de comunicarse.
Siguiendo a Rocher, podemos definir el cambio social como: 1) un fenómeno
colectivo, es decir que debe implicar a un colectividad de individuos o grupos; 2)
que ha de comportar un cambio de estructura, una modificación de la
organización social en su totalidad o en algunos de sus componentes; 3) se ha de
identificar la duración temporal que ha supuesto dicho proceso; y 4) las
transformaciones observadas en el cambio han de tener cierta permanencia en el
tiempo, por lo tanto no se pueden considerar pasajeras. Resumiendo podemos
decir con este autor que cambio social es toda transformación observable en el
tiempo que afecta de alguna manera, que no sea provisional o efímera, a la
estructura o al funcionamiento de la organización social de una determinada
colectividad y modifica el curso de la historia.
Hoy día todos los estudiosos reconocen que el cambio social es siempre el
producto de una pluralidad de factores que actúan simultáneamente y que
interactúan unos con otros. Los factores más conocidos y estudiados son: la
demografía, la economía y la tecnología como elementos vinculados al proceso
productivo; los valores, las ideologías y las creencias religiosas, como elementos
vinculados a la cultura de los pueblos. Estos factores de cambio provocan en la
mayor parte de los casos conflictos sociales protagonizados por los grupos
profesionales, étnicos, sindicales o por los movimientos sociales (ecologistas,
pacifistas, feministas, generacionales) que actúan como agentes del cambio.
Ya hemos visto en capítulos anteriores la importancia del factor demográfico
en la composición de la sociedad. El volumen y la densidad de la población
actúan como elementos estabilizadores o como palancas de presión en la
creación de puestos de trabajo, en la demanda de recursos productivos o en la
necesidad de inversión en estructuras sanitarias, escolares, de los medios de
comunicación. La composición de la población —sea ésta joven o envejecida—
influye considerablemente en el dinamismo profesional, cultural y creativo así
como en el potencial productivo para la creación de riqueza.
Los movimientos migratorios han sido factores muy importantes en el cambio
de las sociedades; pensemos, por ejemplo, en la gran emigración hacia América
a finales del siglo XIX, o en la emigración del sur de Italia y España hacia el
Norte industrial en la década de los años sesenta del siglo XX. En el primer caso
la mezcla de razas, el enorme contingente de jóvenes que desembarcaron en
América y las expectativas que la emigración lleva consigo generaron un
aumento considerable de dinamismo industrial, un intercambio de valores, un
enfrentamiento de mentalidades, de conflictos étnicos, generacionales y de
grupos de interés. En Italia o en España las grandes ciudades se proletarizaron,
contribuyeron a la formación de los grupos de interés y con el tiempo alcanzaron
un bienestar generalizado.
Actualmente los movimientos migratorios, sobre todo de los países más
atrasados —África, Asia— hacia los más adelantados —Europa, Estados Unidos
— continúan siendo factores fundamentales del cambio. Las grandes ciudades
europeas y, poco a poco las medianas, continúan recibiendo población que
emigra de sus países en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida, y a
pesar de que las ciudades han alcanzado ya un cierto grado de cosmopolitismo,
estos grupos humanos no dejan de generar problemas de escolarización, de
racismo, de confrontación de valores que influyen tanto en las estructuras
sociales —la escuela, por ejemplo— de las sociedades que los reciben, como en
los valores de tolerancia, acogida o rechazo de sus habitantes.
Es tan importante el factor demográfico como elemento de cambio que los
países desarrollados tienen una legislación dedicada a regular este fenómeno a
fin de poder controlarlo y evitar que constituya un problema permanente de
conflicto de residencia, de trabajo y de valores de los inmigrados respecto a la
población autóctona. Estas leyes suelen ser normas de defensa y protección
contra la inmigración masiva, que tratan de regular el flujo de entrada para
ajustarlo a las necesidades del país de acogida.
La tecnología, el descubrimiento y la continua aplicación de nuevas técnicas
al proceso productivo y a las tareas de la vida cotidiana es considerada como uno
de los factores más importantes del cambio tanto en el aspecto material como en
el de los valores. El proceso de industrialización ha recorrido el hilo del
desarrollo tecnológico desde la máquina de vapor hasta la energía atómica,
pasando por la electricidad y las innovaciones en el sector químico hasta llegar
hoy día al uso particular de los ordenadores, las cintas magnéticas o la
comunicación por cable. Los procesos de concentración urbana en las ciudades,
la producción asistida por ordenador o el transporte aéreo han sido posibles
gracias a la electricidad, la termodinámica y la electrónica.
Todo el conjunto de la vida humana y social ha sufrido el impacto de la
revolución tecnológica y lo continúa sufriendo, lo cual ha modificado y sigue
modificando la vida familiar y religiosa, la profesión y el trabajo diario, la
literatura y las artes. Quizá sea la tecnología el elemento que más nos transmite
la sensación del cambio continuo de la sociedad, y nos da también una visión
distinta del tiempo. En pocos años la tecnología ha transformado el mundo rural,
ha dejado obsoletas las viejas culturas tradicionales, abre poco a poco al
desarrollo a los viejos países y continentes, ha barrido las fronteras de la
comunicación a través de la imagen y se está convirtiendo en la base y sustento
de un lenguaje común e internacional.
La tecnología no sólo modifica y homogeneiza el proceso productivo, sino las
condiciones de trabajo y, en los países desarrollados, el consumo. Modifica la
interacción entre las personas y los grupos humanos (el teléfono, la TV, el
ordenador) y por tanto las formas y los contenidos de la comunicación como
elemento simbólico de la vida cultural de los hombres. No sabemos como
evolucionará el proceso del desarrollo tecnológico, pero sí podemos afirmar que
continuará afectando a la organización, la producción, la comunicación y la vida
social de los seres humanos.
Otro elemento importante del cambio —sobre todo para la corriente de
pensamiento marxista— son los factores productivos y las relaciones de
producción que conllevan. Las relaciones sociales entre las personas —ya lo
hemos visto al hablar de Marx— están íntimamente vinculadas a las fuerzas
productivas y a las relaciones materiales que entre ellas se establecen, por tanto,
en la medida en que cambian estas relaciones materiales de producción
cambiarán también las relaciones sociales que están implicadas en ellas. Puesto
que estas relaciones de producción conllevan el dominio de unos hombres sobre
otros a través de la propiedad de los medios sólo un cambio en la propiedad y el
dominio llevará a un cambio en las formas de producir y en sus consecuencias.
Esta tesis, quizá demasiado determinista, ha sido revisada por los
neomarxistas, sobre todo porque también han cambiado sustancialmente las
condiciones sociales y el contexto en que se produjo esta teorización de la
sociedad. Aun así se concede una importancia fundamental como elemento de
cambio social a la actitud, los movimientos y la política del capital y los
capitalistas, de sus intereses, prioridades y fines.
No cabe duda que en una sociedad capitalista uno de los elementos
protagonistas del cambio es el propio capital en su versión financiera, industrial
o comercial. El movimiento de capitales, las inversiones, las fusiones y los
intereses de los grandes grupos internacionales y las compañías generan cambios
en los asalariados, en la legislación laboral, en la orientación económica e
incluso en el equilibrio comercial y económico entre los diversos países.
Desde el punto de vista cultural ya vimos la tesis de Weber sobre la
importancia de la religión y de los valores éticos como condición y caldo de
cultivo necesario para el nacimiento del capitalismo. Las ideas, por tanto,
ejercen muchas veces una fuerte influencia sobre el cambio social en la medida
en que proyectan valores a través de los cuales se orienta la conducta económica
y política de las personas. Todos somos portadores de una ideología
determinada, es decir de un sistema de ideas y juicios organizados de manera
general y explícita que sirven para describir, explicar, interpretar o justificar la
conducta o la situación de un individuo, un grupo o una colectividad, de sus
valores y de su orientación en la acción social.
La ideología comporta juicios de hecho y juicios de valor; juzga la realidad
describiéndola, la explica juzgándola. Las ideas explican la dominación, el
subdesarrollo, por qué un país va hacia la ruina, por qué hace falta cambiar de
gobierno. La ideología no es una explicación científica de la realidad sino una
explicación psicosocial porque explica, justifica y juzga a través de los valores
en que cree y se apoya, que son comunes al grupo al que se pertenece.
Para los marxistas la ideología es un tipo de explicación de la realidad social
basada en la posición que ocupa cada individuo en la sociedad y en la defensa de
sus intereses, por tanto es una percepción falsa de la realidad ya que se oculta
detrás de los intereses del grupo. Las ideologías han ido tomando cuerpo y
consistencia, entre las personas y los grupos sociales, como explicación de la
realidad a medida que ha disminuido la influencia de la religión como elemento
explicativo.
Los agentes promotores del cambio son múltiples y en función de su peso en
la sociedad cobran mayor o menor importancia. A título de ejemplo
enumeraremos sólo unos cuantos: los grupos profesionales (médicos, docentes,
funcionarios); las élites sociales (religiosas, militares); los sindicatos, los grupos
de presión (patronales, medios de comunicación) y los diferentes movimientos
sociales.
Los grupos profesionales han adquirido consistencia como agentes de cambio
a medida que la sociedad en su aspecto productivo se ha hecho más corporativa
y, por tanto, algunos colectivos profesionales en base a la importancia que la
gente otorga a su profesión se han convertido en grupos que pueden influir en
determinadas áreas que inciden en el cambio social, como la sanidad o la
educación.
Las élites de poder son grupos con cierta similitud de ideas, mentalidad e
intereses que, como consecuencia del poder que detentan o de la influencia que
ejercen pueden contribuir al cambio social en una colectividad, ya sea por las
decisiones que toman o por las ideas y valores que simbolizan.
Los sindicatos son organizaciones de trabajadores claramente estructuradas e
identificables, que tienen por principio agrupar a sus miembros para la defensa y
promoción de sus objetivos, principalmente de carácter laboral, como el salario,
las condiciones de trabajo, etc. Estos movimientos tienen un carácter
fundamentalmente reivindicativo. Los sindicatos han sido y son el más
importante de todos los movimientos sociales, tienen una gran tradición histórica
como representantes de los intereses de la clase obrera y actualmente se les
considera como un grupo integrado en la acción política de un país, sobre todo
en los países desarrollados. Su acción a lo largo del siglo XX se ha convertido en
uno de los motores más importantes del cambio social y el que más ha
contribuido a cambiar las condiciones humanas de las sociedades avanzadas.
En la creciente globalización de la economía, el trabajo es un factor clave en
el proceso de adaptación del sistema económico ante los nuevos retos que
plantean los avances tecnológicos, la creciente desregularización y liberalización
de las economías y las privatizaciones de las grandes empresas estatales. Las
nuevas formas de organización de la producción, la creciente movilidad de los
factores productivos, la movilidad funcional y geográfica, la implantación de las
nuevas tecnologías y el paro han reestructurado todos los ámbitos del mundo
laboral.
Los sindicatos han tenido que adaptarse a estos cambios reestructurando su
perfil organizativo, las metas reivindicativas y las formas de lucha pero sin
abandonar su finalidad última que es la defensa de los derechos de los
trabajadores y la prosecución de una sociedad más justa e igualitaria. Desde ese
punto de vista han contribuido a garantizar el futuro económico de los países
desarrollados y la modernización del sistema productivo pero al mismo tiempo
han defendido la seguridad social pública, los derechos de jubilación, la
formación permanente de los trabajadores, el poder adquisitivo y la mejora de
las pensiones más bajas.
La negociación colectiva se ha mostrado como el instrumento más eficiente
para conseguir las reivindicaciones sindicales sin romper la paz social, pero en
los casos extremos cuando este instrumento no resulta eficaz han tenido que
recurrir a la huelga como medio constitucional de presionar las medidas más
injustas de la patronal y el Estado que no contribuyen a mejorar las condiciones
laborales, la masa salarial y el reparto de la riqueza, sino por el contrario a
ensanchar las diferencias económicas, educativas y sociales.
Los grupos de presión utilizan su acción para ejercer influencia sobre los
poderes públicos, para hacer triunfar sus aspiraciones o reivindicaciones. Su
importancia está en función del número de miembros, de su peso social, de su
capacidad financiera, de su organización, de su incidencia bien en los poderes
públicos directamente, bien a través de la opinión pública. Entre los grupos de
presión adquieren especial relevancia hoy día los medios de comunicación que
son quienes generan e impactan en la opinión pública. Los medios de
comunicación, sobre todo en algunos países de bajo nivel de lectura y educación
se convierten en los protagonistas y árbitros de la situación pública. Los grandes
medios (TV, prensa, radio) manejan a su antojo la opinión de los ciudadanos y
ejercen una gran influencia en los organismos del poder.
Algunos autores piensan que la modernidad es el primer tipo de sociedad que
se reproduce a sí misma y los nuevos movimientos sociales son la fuerza
decisiva en este proceso. Hablar de nuevos movimientos sociales implica la
categoría de «viejos» movimientos sociales. Quienes se sitúan en esta tradición
conciben los viejos movimientos como aquellos que están asociados con el
sistema de clases del capitalismo industrial, con el liberalismo y el movimiento
obrero. A los viejos movimientos sociales se les ve generalmente como aquellos
que representan la lucha por el poder y el control sobre la organización de las
condiciones de vida; por eso se les concibe generalmente como de carácter
fundamentalmente economicista. Durante estas últimas décadas han perdido
fuerza y esta pérdida ha sido atribuida al aumento de la prosperidad durante
largos períodos, a las políticas del Estado del Bienestar y a la incorporación de
estos movimientos en la actividad de los partidos políticos y del Estado.
Los nuevos movimientos sociales irrumpieron con fuerza en las décadas
setenta y ochenta del siglo XX. Surgieron como espacios de concienciación y
reivindicación alternativa a los partidos políticos tradicionales y a los sindicatos
que se habían mostrado incapaces de cambiar los aspectos macroestructurales de
la sociedad industrial capitalista y habían contribuido a debilitar la participación
en la vida pública de las democracias occidentales.
En el mundo occidental se había quebrado la fe en el progreso social y en los
avances de la tecnología. Los límites del crecimiento industrial y la recesión
económica a la que acompañó un desempleo endémico y la crisis del Estado del
Bienestar provocaron una reorganización en los diferentes ámbitos de las
relaciones sociales y un interés creciente por los problemas de la vida cotidiana
donde el cambio social podía incidir más que en los aspectos macroestructurales.
Estos movimientos dirigieron la atención a los problemas de identidad personal
y colectiva, a la calidad de vida, la autorrealización, las consecuencias negativas
del crecimiento industrial y la creciente burocratización y racionalización de las
relaciones sociales. Una tendencia que muchos calificaron como conservadora,
porque estaba protagonizada por el nuevo moralismo de las clases medias ante
una izquierda que había perdido peso en la vida política y sindical, mientras que
otros los interpretaron como el crecimiento de una corriente crítica que
contribuyó a romper el consenso del modelo de desarrollo de la posguerra, ponía
en entredicho el crecimiento ilimitado y creía que la dominación basada en el
género tiene un carácter más universal que la que se sustenta en las clases
sociales.
Las características más importantes de estos nuevos movimientos son:

1. Su composición social trasciende la estructura de las clases tal como ha sido


entendida tradicionalmente por los marxistas.
2. Se defiende el pluralismo político y la defensa de la participación
democrática, luchando contra las tendencias burocráticas y jerarquizadas. No
presentan un nuevo sistema ideológico común a todos, pero no carecen de base
ideológica.
3. Sus reivindicaciones tienden a centrarse en aspectos de carácter cultural y
simbólico; en la defensa de nuevas formas de vida colectiva (ecologismo); de
identidad grupal (feminismo); de sentimiento de pertenencia a un grupo
diferenciado (nacionalismo) cuyos intereses colectivos han sido postergados o
excluidos; o como reivindicación de políticas más solidarias (ONG).
4. A estos movimientos subyace una defensa de la libertad y privacidad
personal, «lo personal es político», aunque muy relacionada con el grupo.
5. Desde el punto de vista organizativo sostienen una estructura
descentralizada, abierta y democrática más propensa a la participación que a la
representación.
6. No se presentan como alternativas políticas organizadas en competencia
con los partidos políticos o los sindicatos aunque reivindican una nueva
redistribución del poder político y económico en defensa de la autorrealización y
la calidad de vida de todos los ciudadanos.

Según su estructura organizativa Kriesi (1999) distingue cuatro tipos:

1. Movimientos sociales organizados: que son entidades destinadas a la


movilización de sus miembros hacia la acción colectiva, siempre con un objetivo
político vinculado al bien común.
2. Organizaciones de apoyo: que son entidades formadas por simpatizantes
del movimiento, al cual prestan algún tipo de servicio, pero sin tomar parte
directamente en el movimiento.
3. Asociaciones de movimientos: son sociedades de ayuda mutua formadas por
los activistas y que sirven para movilizar el consenso o activar el compromiso de
los militantes.
4. Partidos o grupos de interés: formados por élites que participan en la
política de una manera institucionalizada, de manera que no precisan, al menos
de forma ordinaria, movilizar a sus bases para lograr sus fines.
Si nos atenemos a la estructura de movilización que emplean, este mismo
autor los clasifica en tres grandes grupos:

1. Movimientos instrumentales, como los grupos pacifistas, los ecologistas y


los movimientos de solidaridad con inmigrantes, refugiados, ONGs y otros
similares que tienen como objetivos la búsqueda de bienes comunes (o evitar
males comunes) y carecen de cualquier criterio selectivo en el reclutamiento de
sus miembros.
2. Movimientos subculturales, como el feminista (o, más concretamente, sus
derivados actuales en grupos pro-aborto, contra los malos tratos a las mujeres,
etc.) o el movimiento gay, basados en la identidad común de sus miembros y
que, por lo general, persiguen objetivos restringidos a los intereses del grupo.
3. Los movimientos contraculturales, como las conocidas «tribus urbanas»
que interactúan de forma conflictiva con las autoridades u otros grupos y con
planteamientos ideológicos inexistentes o escasamente formalizados (los
ocupas).

Ahora bien, esta movilización estará en función de los recursos de que


disponga el colectivo, de las expectativas de cambio que tengan, de las
oportunidades que ofrezcan las circunstancias políticas del momento y de las
estrategias que se planteen a corto o largo plazo.
Para algunos autores (Inglehart) los nuevos movimientos sociales se basan en
valores posmaterialistas que se desarrollan después de haber alcanzado la
seguridad económica y física. Cuando estas seguridades ya se han conseguido se
vuelve la mirada hacia los valores posmaterialistas basados en la expresión de sí
mismo y la calidad de vida. Por tanto, la jerarquía de valores no está ya
determinada por la satisfacción de las necesidades primarias y urgentes que
protagonizaron las reivindicaciones de las primeras etapas de la sociedad
industrial que tenían como base los partidos y los sindicatos, es decir, la clase
obrera tradicional, sino que la composición de los nuevos movimientos sociales
está formada por la clase media.
A su vez estos movimientos no han aspirado nunca a integrarse en la política
tradicional por miedo a seguir el mismo itinerario de auge y decadencia de los
partidos y sindicatos y han apostado por nuevas formas de afiliación, estructura
y movilización. En ese sentido acusan a los grupos tradicionales de
corporativistas porque reciben ayudas del Estado y prestan servicios a sus
afiliados como seguros, créditos, etc., que los convierten en clientela y quedan
involucrados en la gestión política. Sus relaciones quedan estructuradas en el
marco del corporativismo porque ayudan a resolver los problemas del
capitalismo (Crouch), mientras que los nuevos movimientos sociales no se
pliegan a las componendas del poder y tienen las manos más libres para poder
actuar en cada momento en defensa de sus intereses y los de los ciudadanos.
Esto les da una capacidad mayor para resistirse a los intereses de la política
convencional y para influir en las decisiones políticas.
Sin embargo esta lectura tiene la contrapartida, según otros autores, de que los
nuevos movimientos sociales sólo aspiran a transformar aspectos parciales de la
realidad en función de los intereses de cada grupo y no presentan modelos
alternativos de sociedad, lo que a su vez contribuye al reformismo del sistema
industrial-capitalista renunciando a una alternativa más global de cambio social
que es la tarea principal de los partidos de izquierda.
Como señala Melucci (1994) «es cierto que los conflictos tienden a producirse
cada vez más en las áreas del sistema más directamente involucradas en la
producción de recursos de información y comunicación, que al mismo tiempo
están sometidas a intensas presiones de integración. A través de la producción y
procesamiento de la información se construyen las dimensiones cruciales de la
vida diaria, la satisfacción de las necesidades individuales en los sistemas que se
rigen por los principios del Estado del Bienestar, y la formación de la identidad
social e individual en los sistemas educativos. Individuos y grupos reciben un
volumen creciente de información con la que se autodefinan y construyen sus
espacios de vida».
Los bienes «materiales», prosigue este autor, son producidos a través de la
mediación de sistemas informativos y de universos simbólicos controlados por
las grandes organizaciones. Esos bienes incorporan información y se convierten
en signos que circulan por mercados de ámbito mundial. Los conflictos se
desplazan del sistema económico-industrial hacia el ámbito cultural: se centran
en la identidad personal, el tiempo y el espacio de vida, la motivación y los
códigos del actuar cotidiano. La pugna por la producción y reapropiación del
significado parece constituir el núcleo central de estos conflictos
contemporáneos; y ello implica una cuidadosa redefinición de lo que es un
movimiento social y sus formas de acción. En este sentido, la izquierda europea
parece estar sustituyendo el modelo marxista por otro de intercambio o de
racionalidad en las decisiones.
Otro aspecto de este proceso es la mundialización del sistema. La forma en
que hoy circula la información unifica potencialmente al sistema mundial y
plantea nuevos problemas de carácter transnacional respecto al control,
circulación e intercambio de esa información. Al mismo tiempo, se está
produciendo la mundialización de los problemas y los terrenos en los que nacen
los conflictos. La localización territorial de un problema deviene un aspecto
secundario respecto a su impacto simbólico sobre el sistema planetario.
Por último, otro agente promotor del cambio y siempre presente en la historia
de la humanidad es la guerra. Un tipo de conflicto que caracteriza la convivencia
humana y que algunos califican como el motor de la historia que ha provocado el
nacimiento y muerte de muchas civilizaciones. La guerra es una lucha armada y
sangrienta entre grupos organizados, que actualmente conlleva la utilización
masiva de material bélico tecnológicamente muy avanzado y un alto grado de
movilización social (Vestrynge, 1979).
Las causas del conflicto bélico pueden deberse a muchos factores como la
defensa del territorio, la ambición política, la religión, la explotación de
riquezas, las amenazas externas... Sus efectos también son muchos como la
mortalidad, la destrucción de bienes, la devastación ecológica, el aumento de las
desigualdades sociales, el retroceso o el progreso económico, cultural y
tecnológico, los nuevos equilibrios territoriales, las enfermedades físicas y
psicológicas.
Con el advenimiento de la era nuclear las armas tienen la capacidad de
destruir el planeta lo que podía conducir a que las guerras lleguen a un extremo
ilimitado e incluso al exterminio de la humanidad. Ante esta situación caben
distintas alternativas: a) la guerra limitada, con la renuncia a la guerra nuclear y
la vuelta a la contienda industrial clásica; b) la no renuncia al empleo de las
armas nucleares con el riesgo del exterminio total y, c) las formas menores del
conflicto como las guerrillas o el terrorismo.
La situación actual entre los países más desarrollados es la aceptación del
liderazgo norteamericano con el quasi monopolio de las armas nucleares y la
innovación tecnológica militar. Los Estados Unidos controlan los conflictos y la
lucha contra el terrorismo y los países que lo sustentan, que desean mediante
políticas de terror modificar el derecho establecido en las sociedades
occidentales democráticas y su sistema de capitalismo industrial moderno.
Actualmente el orden militar mundial se caracteriza por la hegemonía del poder
superior de las armas en sociedades fuertemente militarizadas, por el comercio
de las armas y por los sistemas de alianzas. Cada uno de estos poderes se
relaciona con los demás y ha construido un sistema mundial de equilibrio
precario.

BIBLIOGRAFÍA

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VESTRYNGE, J. (1979): Una sociedad para la guerra, CIS, Madrid.
IV. LAS RELACIONES SOCIALES
10. TRABAJO E INTERCAMBIO EN LAS
RELACIONES DE PRODUCCIÓN

I. TRABAJO Y SOCIEDAD CAPITALISTA

Si la Sociología es un intento de comprender racionalmente la sociedad que


nace de la revolución francesa y de la revolución industrial, el trabajo ha
ocupado desde el principio un lugar central en la reflexión sociológica ya que,
con el advenimiento y consolidación de la sociedad capitalista, experimenta una
profunda transformación que llama poderosamente la atención de los científicos
sociales. Entendemos por trabajo la ejecución de tareas que implican un esfuerzo
mental y/o físico y que tienen como objetivo la producción de bienes y servicios
para atender las necesidades humanas. El trabajo es la actividad a través de la
cual el hombre obtiene sus medios de subsistencia. Mediante el trabajo el
hombre entra en relación con la naturaleza a fin de adaptarla a sus necesidades y
así poder satisfacerlas mejor. El trabajo es, por tanto, la actividad humana por
excelencia: nos diferencia de las demás especies animales, que no tienen más
remedio que adaptarse a la naturaleza para sobrevivir. Pero mediante el trabajo el
hombre no sólo hace cosas, también se hace a sí mismo, porque redefine sus
necesidades y se desarrolla como tal. Además el trabajo es también una de las
formas más importantes de relación social y de autoafirmación. El hombre se
define muchas veces sobre todo en función de lo que hace, de su trabajo, y la
imagen que tiene de sí mismo está fuertemente influenciada por la valoración
que los demás hacen de su trabajo.
Cuestiones tan amplias como la aparición de la sociedad del ocio —o del paro
— como consecuencia del fuerte incremento de la productividad del trabajo, las
relaciones entre educación y empleo, entre actitudes ante el trabajo y estructuras
familiares, entre empleo y calidad de vida, y otras tan concretas como la
organización del trabajo en la unidad productiva o la evolución de un oficio, sin
olvidar el movimiento sindical, las organizaciones patronales o el conflicto
industrial, son sólo algunas de las muchas que interesan a la Sociología en su
aproximación al mundo del trabajo.
Para dar una idea de la transformación histórica que experimenta el trabajo en
la sociedad moderna fijaremos la atención sobre todo en tres aspectos, a saber, la
aparición del trabajo asalariado como forma por excelencia de prestación
laboral, la evolución de la división del trabajo y la extensión de una concepción
positiva del trabajo dentro de la escala de valores de la sociedad capitalista.
En las sociedades tradicionales la mayor parte de la población trabajaba en la
agricultura y cubría por sí misma las necesidades de comida, vestido y vivienda,
se procuraba directamente los medios de subsistencia. En situación similar se
encontraban casi todos los trabajadores no agrícolas: ya sea que prestasen su
actividad laboral como criados domésticos o en el taller artesano familiar, ésta
era remunerada básicamente en especie, y en todos los casos —en el campo y en
la ciudad— el espacio laboral se confundía con el espacio vital. Con la llegada
de la producción fabril capitalista, el trabajador se ve privado paulatinamente de
la posibilidad de procurarse por sí mismo los medios de subsistencia, el tiempo
de trabajo se diferencia claramente del tiempo de no trabajo y el lugar de trabajo
se separa del espacio vital. De ahora en adelante, el trabajador tendrá que ir al
mercado de trabajo a intentar vender su fuerza de trabajo. Si tiene éxito se
incorporará a una fábrica en la que, durante una jornada previamente delimitada,
desempeñará su actividad laboral a cambio de un salario que le permitirá
posteriormente adquirir los medios de subsistencia.
Adviertase que el objeto de transacción en el mercado de trabajo no es trabajo
propiamente dicho sino fuerza de trabajo, es decir, capacidad de trabajo; el
trabajo es la materialización efectiva de esa capacidad. Pero cuando se compra
fuerza de trabajo en el mercado tal materialización no está garantizada. La fuerza
de trabajo es una mercancía muy especial y quien la compra —el empleador—
tiene que hacer frente al problema de convertirla en trabajo efectivo; su nivel de
beneficios depende de que lo consiga en mayor o menor medida. Pero el
trabajador está interesado en vender su fuerza de trabajo lo más cara posible y,
por tanto, en que se materialice en trabajo efectivo lo menos posible. En
consecuencia, comprador y vendedor de fuerza de trabajo tienen intereses
contrapuestos, de donde se deriva que el conflicto es un rasgo inherente a toda
organización productiva. La génesis y las respuestas posibles a este conflicto son
objeto de análisis sociológico desde hace al menos un siglo.
La expresión división del trabajo tiene dos acepciones en sociología, con
inevitables puntos de contacto, una macrosociológica y otra microsociológica; en
el primer caso se habla de división del trabajo social o división social del
trabajo, en el segundo, de división técnica del trabajo. El estudio de la división
social del trabajo parte de la constatación de un doble hecho: 1) el trabajo
globalmente necesario para asegurar la reproducción y desarrollo de una
sociedad que ha alcanzado un grado mínimo de complejidad y evolución técnica
—es decir, cualquier sociedad si exceptuamos la horda primitiva— implica la
realización de diversos tipos de tareas; 2) tales tareas serán desempeñadas de
manera más eficiente si son asignadas a individuos diferentes que se especializan
en ellas. En general, las sociedades más desarrolladas o evolucionadas son
aquellas que tienen una división social del trabajo más acentuada.
En una sociedad tradicional mínimamente articulada ya se aprecia la
diferenciación de la actividad laboral en los tres sectores productivos típicos de
toda economía moderna: agricultura, industria y servicios. Sin embargo, cuando
nos fijamos en la subdivisión, dentro de cada sector, en los diferentes oficios,
artes, profesiones u ocupaciones, el paso de la sociedad tradicional a la moderna
supone un incremento enorme de la división del trabajo. Mientras en el primer
caso la lista de especialidades principales se limita a pocas docenas, los institutos
de estadística de las diferentes economías desarrolladas tienen registradas
oficialmente entre diez mil y treinta mil ocupaciones. Todos los fenómenos de
diferenciación de la actividad productiva en sectores económicos o profesiones
son designados habitualmente como división social del trabajo, aunque no
siempre resulta fácil determinar con certeza si una ocupación dada es el producto
de las sucesivas subdivisiones de un sector de actividad o el resultado de la
descomposición de una profesión, en otro tiempo constituida por un conjunto de
tareas más heterogéneas, en ramas especializadas.
Salvo casos extremos, en principio la inmensa mayoría de las actividades
humanas que conocemos como trabajo están constituidas por una combinación
de tres elementos: esfuerzo físico, habilidades o capacidades manipulatorias y
conocimientos o capacidades intelectuales. Dicho de manera más sencilla, toda
actividad laboral tiene en principio su momento de concepción y su momento de
ejecución. Cuando la subdivisión de un oficio implica la disgregación de estos
dos momentos, entonces estamos ante la división técnica del trabajo, expresión
mediante la cual se designan tres procesos fuertemente relacionados: 1) la
separación de los aspec- tos creativos, intelectuales y directivos, por un lado, y
de los aspectos rutinarios, manuales y ejecutivos por otro; 2) la estrecha
dependencia de los segundos respecto de los primeros; 3) la atribución de estos
dos tipos contrapuestos de trabajo a individuos diferentes entre los cuales se
establece una relación de subordinación jerárquica. La expresión trabajo
parcelado designa la fragmentación posterior de las tareas ejecutivas, con fuerte
contenido manual, en ciclos cortísimos y repetitivos.
La división social del trabajo, a la vez causa y consecuencia del progreso, es
anterior a la revolución industrial y suele ser valorada positivamente por los
estudiosos de la economía y de la sociedad. Por el contrario, la división técnica
del trabajo es un fenómeno típico de la sociedad industrial que desde el principio
ha sido objeto de valoraciones contrapuestas.
La utilidad de la especialización en un oficio o profesión es un dato presente
en la conciencia social de todos los pueblos en todos los tiempos. La aplicación
de un individuo solamente a un tipo de trabajo le proporciona unos
conocimientos y una experiencia que le permiten hacerlo mejor que si tuviera
que compaginarlo con otros trabajos. Él ofrece mejores prestaciones a los demás
y, a su vez, recibe de ellos mejores prestaciones que las que él mismo
conseguiría si se pusiera a realizar sus trabajos. Evidentemente, la búsqueda de
la excelencia en la propia especialidad tiene un precio: la incompetencia
creciente fuera de ella y, por tanto, la pérdida de versatilidad. El moderno
habitante de la ciudad es, quizás, el primer hombre de la historia que se moriría
de hambre si se le colocase en un desierto fértil con las herramientas apropiadas.
Los criterios más elementales para distribuir el trabajo son las aptitudes
psicofísicas, el sexo y la edad. Las diferencias psicofísicas entre los individuos,
ya sean innatas o adquiridas, más que predisponerlos hacia un tipo de trabajo u
otro lo que hacen es excluirlos del desempeño de determinadas actividades. El
sexo es el criterio más antiguo de división del trabajo que se conoce. Las formas
primitivas de división del trabajo están relacionadas probablemente con las
diferentes funciones del hombre y de la mujer en la reproducción de la especie y
en la alimentación y cuidado de la prole. Asimismo, las diferencias en cuanto a
fuerza, habilidad y experiencia entre el joven, el adulto y el viejo, favorecen la
atribución a uno u otro de trabajos que se adapten mejor a sus cualidades
específicas.
Estas consideraciones, sin embargo, no deben alimentar interpretaciones
ingenuas de la forma concreta que adopte la división del trabajo en un momento
dado, ya que ella suele estar fuertemente condicionada por factores sociales. En
efecto, la división social del trabajo está muy relacionada con otros dos
fenómenos de importancia capital: el valor positivo o negativo que se atribuye a
cada trabajo por parte de la colectividad y el poder que tienen algunos
individuos, grupos o clases de imponer ciertos trabajos a otros. Así como hay
trabajos interesantes y aburridos, cómodos y penosos, desagradables y
gratificantes, estimulantes y embrutecedores, en todas las culturas hay trabajos
que ennoblecen y confieren prestigio y poder a quien los realiza, y trabajos que
envilecen y que sólo son desempeñados por quien no tiene más remedio. La
división social del trabajo históricamente más importante es la que distingue
entre trabajos manuales y serviles, por un lado, y trabajos intelectuales más o
menos agradables pero sobre todo menos penosos físicamente, por el otro. Ahora
bien, la valoración de determinados trabajos como intrínsecamente
desagradables es un hecho antropológico universal, aunque el significado de
«desagradable» cambia de una cultura a otra. En función de estas valoraciones
los individuos, grupos o clases más poderosos se reservarán para sí los trabajos
más apreciados y obligarán a los demás a hacer los más desagradables.
Como ya se ha apuntado, la división técnica del trabajo nace con la nueva
sociedad industrial capitalista. La enorme trascendencia de este fenómeno no
pasó inadvertida para los primeros economistas clásicos. En 1776 el escocés
Adam Smith publica La riqueza de las naciones. Es célebre el pasaje en el que
analiza la fortísima mejora de la productividad obtenida mediante la
descomposición de un oficio en operaciones elementales confiadas a diferentes
trabajadores. Smith estudia el caso de la fabricación de alfileres y observa que,
mientras un artesano por sí solo no podía producir más de veinte al día, la
subdivisión del proceso completo de trabajo en unas dieciocho operaciones
distintas permite a diez obreros, trabajando en colaboración, producir cuarenta y
ocho mil alfileres al día, es decir doscientas cuarenta veces más. El autor precisa
que en cualquier otra manufactura la división del trabajo provocará efectos
análogos, aunque en muchos casos no será posible llegar a operaciones tan
simples.
Tanto Smith como Adam Ferguson —que en 1767 había publicado un Ensayo
sobre la historia de la sociedad civil— subrayan la función de la división del
trabajo como factor de prosperidad económica y de continuo desarrollo civil,
pero tampoco ignoran el hecho de que el trabajo cada vez más dividido
socialmente y fragmentado técnicamente produce individuos cada vez menos
capaces, ignorantes de los problemas ajenos a su limitado horizonte laboral y
sujetos a formas cada vez más opresivas de subordinación en el lugar de trabajo.
Ferguson llega incluso a denunciar que la subordinación de algunos y la
superioridad de otros, resultado de tal división del trabajo, corrompe el carácter
de los inferiores y es uno de los principales obstáculos a un gobierno
democrático y popular.
Estas observaciones dan pie a una rica corriente crítica que alcanzará su punto
culminante un siglo más tarde con la publicación en 1867 del libro primero de El
capital, de Marx. Como ha señalado L. Gallino, Marx enriquece el análisis
sociológico de la división del trabajo desde tres perspectivas ya esbozadas por
sus predecesores: 1) el aspecto humanamente más perjudicial de la división del
trabajo es la separación entre trabajo manual o ejecución, por un lado, y trabajo
intelectual o de control, por otro; 2) es la realización de un trabajo brutal e
insignificante durante toda la vida lo que mutila la capacidad intelectual de un
individuo; no es la pobreza de sus dotes naturales lo que le condena a tal trabajo;
3) la división del trabajo es el efecto, no la causa, de la división de clase entre
propietarios de los medios de producción y propietarios únicamente de su fuerza
de trabajo obligados a venderla en las condiciones impuestas por los primeros.
División del trabajo y propiedad privada son expresiones idénticas: en su unidad
e interdependencia son la fuente de toda desigualdad social.
El planteamiento marxista ha tenido una gran influencia sobre los desarrollos
posteriores de la sociología del trabajo, y la controversia entre detractores y
defensores de la división del trabajo sigue viva en nuestros días. A este respecto
debe tenerse presente que la división del trabajo no consiste únicamente en la
separación entre trabajo manual y trabajo intelectual. La sociedad industrial
moderna resulta inconcebible sin una profunda división del trabajo que incluya
una cuota significativa de tareas poco gratificantes. Pero esto no significa que
deban aceptarse como inmutables los contornos que ha llegado a asumir en la
sociedad capitalista, ni como legítimos los criterios de asignación de las
diferentes tareas a los diferentes grupos sociales.
Si con la nueva sociedad industrial capitalista cambian radicalmente las
formas concretas de trabajar y de organizar el trabajo, algo similar ocurre con la
concepción y la valoración de la actividad laboral, aunque esta vez el cambio se
había gestado mucho tiempo antes. No es casualidad que el término trabajo
proceda etimológicamente del latín tripalium, palabra que designaba un artilugio
con tres pies al que se sujetaba al condenado para someterlo a tormento; de
hecho, en toda la tradición cultural judeocristiana la idea de trabajo aparece la
mayoría de las veces relacionada con la de padecimientos. Por eso, durante
siglos el trabajo es considerado en esencia como una actividad que degrada;
sobre todo el trabajo manual, pero también muchas actividades relacionadas con
el comercio y las finanzas que en la Europa medieval eran valoradas como
impuras, pecaminosas, impropias de un buen cristiano, y dejadas en manos de
los judíos deicidas.
Ha sido Weber —sobre todo en su obra La ética protestante y el espíritu del
capitalismo (1901)— quien mejor ha sabido explicar el proceso a través del cual
el trabajo se convierte no sólo en un valor positivo sino también central en la
vida del individuo. El origen de este proceso se sitúa en la reforma luterana de
las primeras décadas del siglo XVI, en el desarrollo posterior del puritanismo y en
las consecuencias prácticas de la ética calvinista. En la nueva concepción
religiosa, frente al trabajo-castigo católico, va tomando cuerpo la idea de trabajo
como participación en la obra del divino Creador para perfeccionarla. La
angustia que provoca la creencia en la predeterminación se canaliza a través de
una intensa actividad reforzada por la convicción de que el éxito en esta vida —
apoyado en el esfuerzo personal y el trabajo bien hecho— es un signo
inequívoco de salvación. Para el puritano, la fatiga mundana es una especie de
sacramento, mientras que la indolencia, las diversiones y el placer son
rechazados por ser fuente de tentaciones. Por tanto, el puritano vuelca toda su
energía en el trabajo cotidiano para obtener de su éxito la prueba de la gracia. El
hombre dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, autoexigiéndose disciplina
absoluta y perfección, practicando la austeridad y reinvirtiendo todas sus
ganancias, era el capitán de industria que necesitaba la nueva sociedad capitalista
para desarrollarse sin las trabas que le imponían las concepciones religiosas
tradicionales.
Tal ideología productivista —hoy en día debilitada por el consumo de masas y
la eclosión del paro— sólo con dificultades ha podido tomar cuerpo en los países
de tradición dominante católica, particularmente en España, donde ésta —como
ha señalado M. Beltrán— se ha combinado con una industrialización tardía y un
desarrollismo intenso que ha premiado más la sagacidad especulativa que el
esfuerzo por la obra bien hecha y la competencia profesional, y donde la cultura
tradicional conserva una concepción señorial del trabajo que desprecia el
esfuerzo físico e incluso el intelectual cuando es por cuenta ajena.

II. POBLACIÓN ACTIVA Y MERCADO DE TRABAJO

Cuando se estudia la relación entre la población de un país y la actividad


económica —es decir, el trabajo— enseguida aparecen tres grandes grupos
principales: ocupados, parados e inactivos. Los dos primeros sumados
constituyen la población activa; el tercero, como indica su nombre, la población
inactiva. Población activa es, pues, aquella parte de la población total que tiene
edad para trabajar (en España, actualmente, 16 y más años) y que está
desempeñando o quiere desempeñar una actividad productiva. El conjunto de la
población activa —también conocida como fuerza de trabajo— constituye la
oferta de trabajo de una economía. El mercado de trabajo es el lugar donde se
encuentra dicha oferta con la demanda de trabajo, que es la que formulan las
unidades productivas para llevar a cabo sus procesos de producción de bienes o
servicios. Aquella parte de la oferta de trabajo que consigue acceder
efectivamente a un empleo constituye la población ocupada, mientras que la
parte que no lo consigue constituye la población parada; por el contrario, la
población inactiva no forma parte de la oferta y está fuera del mercado de
trabajo.
Todos tenemos una idea intuitiva de lo que significa tener un empleo o estar
en paro. Sin embargo, las conceptualizaciones científicas de las categorías de
ocupado, parado e inactivo están lejos de ser inequívocas, ya que las barreras
que separan a estos tres grupos no son nítidas. La diferenciación entre un
ocupado y un inactivo presupone un concepto determinado de trabajo
productivo: ocupados no son todos los que están desempeñando no importa qué
actividad, sino sólo quienes realizan actividades productivas. Si hay un concepto
escurridizo en ciencias sociales es éste. Por ejemplo, los economistas ilustrados
franceses que han pasado a la historia con el nombre de fisiócratas consideraban
que sólo era productivo el trabajo que se hacía en la agricultura; y dentro del
pensamiento marxista, la idea de que el trabajo en el sector terciario también
puede crear riqueza (plusvalía) y, por tanto, ser productivo, ha tenido que superar
muchas dificultades para abrirse camino.
El tema no está cerrado, por lo que sólo puede resolverse de manera
convencional si hay que ser operativos. Así, por ejemplo, la actividad de
sacerdotes y escritores se considera productiva y quienes la realizan son
incluidos en la población activa, mientras que las amas de casa quedan fuera. Es
más, la inclusión o no de un individuo en las estadísticas de población activa no
sólo depende del tipo de actividad que éste realice, sino también de las
condiciones bajo las cuales se realice esa actividad. En definitiva, sólo se
considera trabajo productivo el que se realiza a cambio de una remuneración, y
sólo quien trabaje en estas condiciones será considerado ocupado. Así, cocinar
será trabajo productivo o no según se haga al margen o en el seno de la
economía familiar; si dos madres intercambian el cuidado de sus hijos y se
pagan por ello, tanto la población activa (ocupada) como la renta nacional
aumentan, mientras que disminuyen cuando el catedrático solterón se casa con
su cocinera. Estos hechos, lejos de ser anecdóticos, tienen consecuencias
importantes sobre el volumen de empleo en el sector terciario. Necesidades que
en el sur de Europa siguen siendo atendidas a través de las unidades familiares,
en los países nórdicos se satisfacen vía mercado o mediante la intervención del
Estado. En consecuencia, entre unos y otros países existen diferencias notables
en el grado de participación de las mujeres en la población activa.
La distinción entre parados e inactivos tampoco es nítida. Aquí el problema
reside en las dos condiciones exigidas a un individuo que no está realizando una
actividad productiva para clasificarlo como parado: que busque activamente
empleo y que, una vez encontrado, esté disponible para ocuparlo de inmediato.
Según lo que entendamos por búsqueda y disponibilidad, quien no desempeñe
una actividad productiva será clasificado como parado o como inactivo. Para las
encuestas de población activa que se hacen periódicamente en todos los países
desarrollados, cualquier gestión es suficiente para definir a alguien no ocupado
como buscador activo de empleo, desde seguir los anuncios de la prensa sentado
en el sillón del comedor hasta bajar a la plaza a esperar al capataz del cortijo o
movilizar a familiares y amigos; por el contrario, para la Administración laboral
—en nuestro caso el Instituto Nacional de Empleo (INEM)— es necesario estar
inscrito en sus oficinas como demandante de empleo. Recientemente, a efectos
de las encuestas que se realizan en los países de la Unión Europea, para
considerar a una persona como buscadora activa de empleo se ha decidido que
ésta debe estar inscrita en una oficina de empleo, lo cual ha sido objeto de
polémica. El paro medido por encuesta se llama paro estimado, el medido por las
oficinas de empleo se llama paro registrado. Ambas mediciones no tienen por
qué coincidir; de hecho en España presentan diferencias muy importantes. En
cuanto a la disponibilidad, por lo general significa que se está en disposición de
ocupar el empleo encontrado en un plazo máximo de quince días.
Buscar un empleo y estar disponible para ocuparlo es una decisión individual
fuertemente condicionada por factores objetivos (ritmo de crecimiento
económico, nivel de desempleo) y subjetivos (comparación entre el coste de
hacerlo y la probabilidad estimada de tener éxito en el intento, lugar que ocupe
el empleo en la escala de valores del individuo). Muchas personas no ocupadas
cumplen efectivamente ambas condiciones, por lo que no abandonan nunca el
mercado de trabajo y se mueven de manera permanente entre las posiciones de
ocupado y parado. Por el contrario, otras son menos persistentes y abandonan el
mercado de trabajo (temporal o definitivamente) compaginando las posiciones
de ocupado y parado con la de inactivo. Por ejemplo, en las fases recesivas del
ciclo económico hay individuos que, al perder su empleo, pasan directamente a
la posición de inactivos, lo que hace que la reducción del nivel de empleo no se
refleje en un incremento equivalente del nivel de paro. En la fase expansiva del
ciclo puede producirse el fenómeno contrario, es decir, un aumento del empleo
sin que se reduzca el paro. Un concepto particularmente relevante en relación
con estas cuestiones es el de trabajador desanimado, que designa a aquellos
individuos no ocupados que, estando disponibles, no buscan empleo porque
creen que no van a encontrarlo.
La literatura especializada suele distinguir entre sector fuerte y débil de la
fuerza de trabajo según su mayor o menor propensión a abandonar el mercado
cuando se hace más difícil encontrar un empleo. El sector fuerte por
antonomasia está constituido por hombres adultos; el débil, por mujeres, jóvenes
y hombres maduros. Por supuesto, las fronteras entre juventud, adultez y
madurez tampoco son nítidas; y dentro de las mujeres habría que hacer diversas
distinciones y matizaciones: casadas y solteras, con o sin estudios superiores o
cargas familiares. En general, fuertes y débiles se diferencian, entre otras cosas,
por la distinta presión que la sociedad ejerce sobre ellos para que estén
ocupados. Las mejores alternativas al mercado de trabajo para los sectores
débiles son las tareas domésticas para las mujeres, el sistema educativo para los
jóvenes y el retiro para los mayores.
En resumen, empleo, paro e inactividad son categorías no inequívocamente
definidas, y la situación que conoce el mercado de trabajo de las economías
avanzadas desde 1973 propicia todavía más la consolidación de las posiciones
intermedias. Como ha explicado J. Freyssinet, entre el empleo y el paro se
encuentran los trabajadores a tiempo parcial por motivos ajenos a su voluntad;
entre el empleo y la inactividad se encuentran quienes trabajan voluntariamente
a tiempo parcial; entre el paro y la inactividad se encuentran los trabajadores
desanimados, los jubilados prematuramente y los aparcados en distintos cursos
de reciclaje y formación; en la encrucijada de las tres categorías se encuentran
finalmente los trabajadores clandestinos o sumergidos (trabajo negro).

Los indicadores más importantes para estudiar la relación de la población con


la actividad económica son la tasa de actividad y la tasa de paro. La tasa de
actividad expresa, en porcentaje, la proporción de activos respecto a la población
en edad de trabajar; la de paro, igualmente en porcentaje, la proporción de
parados respecto a la población activa. En la mayoría de los países europeos —
como en España— por población en edad de trabajar se entiende la de 16 y más
años; en Estados Unidos, el grupo de 16 a 64 años. Ambos sistemas de cálculo
tienen ventajas e inconvenientes. La diferencia entre la población activa
potencial —toda la población en edad de trabajar— y la efectiva suele ser
siempre muy significativa.
Al igual que ocurre con la natalidad y la mortalidad, las tasas de actividad y
paro pueden calcularse en términos agregados o para colectivos específicos:
según sexos, edades, estado civil (con diferencias apreciables en el caso de las
mujeres), regiones, nivel de estudios. En relación con todos estos indicadores es
importante retener algunas ideas básicas.
Desde hace al menos dos décadas, la tasa de paro española es la más alta de la
Unión Europea y aun de la OCDE, suele situarse en torno al doble de la media
europea, muestra una gran resistencia a reducirse por debajo del 15 por 100 y en
algunos momentos ha llegado a alcanzar el 25 por 100. La tasa de actividad se
sitúa en torno al 50 por 100, frente a un valor medio europeo cercano al 60 por
100, a su vez unos diez puntos porcentuales por debajo de las tasas
estadounidense y japonesa. Las diferencias se explican sobre todo por las tasas
femeninas, pero hay que tener en cuenta también la distinta incidencia del
trabajo a tiempo parcial, más desarrollado allí donde las tasas de actividad son
más altas. En España la tasa de actividad femenina (próxima al 40 por 100)
desde hace varios quinquenios están acercándose a los valores medios europeos.
En España, como en muchos países europeos, la tasa de paro femenino duplica a
la de paro masculino. La relación entre paro adulto y paro juvenil (16 a 24 años)
suele ser igualmente de uno a dos, pero en España ha llegado a ser muchas veces
de uno a tres. Así pues, España no sólo es el país con la tasa de paro más alta
sino también donde el problema del paro juvenil es más grave. Finalmente,
Andalucía y Extremadura son (junto al Mezzogiorno italiano) las regiones de la
Unión Europea donde la tasa de paro alcanza sus registros máximos.
A medida que una economía se desarrolla, es decir, a medida que se urbaniza
y pierde peso relativo la producción agrícola en favor de la producción de bienes
industriales y de servicios, las tasas de actividad por sexos y edades muestran un
comportamiento diferenciado. En el caso de los hombres tiende a reducirse como
consecuencia de la caída de la actividad en las edades extremas mientras que se
mantiene muy alta —valores próximos al 100 por 100— en las edades centrales.
Una primera explicación de esto hace referencia a la prolongación y
generalización de la escolaridad entre los jóvenes y de los sistemas de jubilación
entre los más mayores; una lectura menos optimista debe tener en cuenta
también que las dificultades del mercado de trabajo están forzando a
abandonarlo a una parte de los grupos menos competitivos de aspirantes a
ocupar un empleo: las tasas de actividad caen a partir de los cincuenta años, y el
sistema educativo ha sido definido también como un refugio alternativo al paro
juvenil.
En el caso de las mujeres se da el fenómeno contrario: partiendo de niveles
muy bajos, la tasa de actividad tiende a incrementarse. Ahora bien, el valor final
de la tasa femenina es la resultante de dos tendencias contrapuestas: reducción
en las edades extremas y fuerte aumento en las centrales. En el caso de las
edades extremas se considera que actúan los mismos factores que para los
hombres; en el caso de las edades centrales la explicación es más compleja y se
apoya en causas muy variadas relacionadas con cambios demográficos, técnicos,
económicos y sociológicos. La reducción y concentración en el tiempo de la
fecundidad, junto al incremento de la esperanza de vida, hace posible que
muchas mujeres se planteen la incorporación al mercado de trabajo tras el
período de crianza de los hijos; la mecanización de los hogares y la
escolarización precoz de los niños facilitan la compaginación de las tareas
domésticas con el trabajo fuera de la unidad familiar; el cambio ideológico en
cuanto al papel que debe desempeñar la mujer en la familia y en la sociedad
refuerza estas tendencias; y el desarrollo de una economía urbana y de servicios,
al generar empleos supuestamente más adecuados para las mujeres, actúa en el
mismo sentido.
Aunque esta interpretación es consistente, una riquísima línea de investigación
de matriz feminista ha puesto de manifiesto las dificultades con las que se
enfrenta el análisis de la relación entre la mujer y la actividad económica. Basten
dos observaciones como muestra de estas dificultades. Algunas estudiosas han
señalado que el incremento de la tasa de actividad es más aparente que real. No
es cierto que la mujer trabaje más en las economías desarrolladas; lo que ocurre
es que su forma de contribuir a la actividad eco- nómica cambia, pues antes se
hacía sobre todo desde unidades productivas familiares y ahora se hace
mediando una relación salarial. Los parientes del titular de una unidad
productiva familiar (el caso típico es la explotación agrícola) que trabajan en ella
sin remuneración explícita, son clasificados por las encuestas de población
activa como ayudas familiares, pero dificultades de orden diverso hacen que esta
bolsa de trabajo tienda a ser infravalorada, mientras que el trabajo asalariado se
capta con mayor fiabilidad en las estadísticas. Por otra parte, ciertas
investigaciones han demostrado que si bien es cierto que entre los trabajadores
desanimados hay muchas mujeres que abandonan la actividad en los momentos
de recesión, también lo es que en esas mismas circunstancias se incorporan al
mercado de trabajo otras muchas trabajadoras adicionales para compensar la
pérdida de ingresos de la unidad familiar provocada por la peor situación laboral
de los cabezas de familia.
Otros indicadores de interés utilizados en el análisis del mercado de trabajo
son la tasa de ocupación, la tasa de asalarización y la tasa de temporalidad. La
tasa de ocupación registra, siempre en términos porcentuales, la proporción entre
ocupados y población en edad de trabajar. Tiene la ventaja, respecto a la tasa de
paro, de que nos da una idea más precisa de la capacidad de una economía para
movilizar sus recursos humanos potenciales, ya que el valor de la tasa de paro
siempre está sesgado por el de la tasa de actividad. La tasa de asalarización mide
la relación entre los que trabajan por cuenta ajena y la población ocupada total.
Se supone que es mayor cuanto más alto es el nivel de desarrollo de una
economía; en la mayoría de las sociedades modernas oscila entre el 70 y el 85
por 100. Finalmente, la tasa de temporalidad (muchas veces llamada de
precarización) mide la relación entre los asalariados temporales y el total de
ocupados asalariados. La tasa de temporalidad española —superior al 30 por 100
— es la más alta de la Unión Europea y suele triplicar la media europea.

Resumiendo, los grupos principales en que se divide la población en relación


con el mercado de trabajo son los ocupados y los parados (activos) y los
inactivos. La mayoría de los inactivos son clasificados como estudiantes, amas
de casa y jubilados y pensionistas. Dentro de los parados se distingue entre los
que han perdido un empleo y quienes están buscando el primero (básicamente
jóvenes regresados del sistema educativo y mujeres tras el período de crianza de
los hijos). Dentro de los ocupados, finalmente, se distingue entre los asalariados
(estables y temporales) y los no asalariados (empresarios, profesionales liberales,
trabajadores autónomos, ayudas familiares).
En España, como en todos los países desarrollados, las fuentes de datos más
importantes en relación con estos temas son las estadísticas de paro registrado
que publica mensualmente el INEM y la Encuesta de Población Activa (EPA)
que administra el Instituto Nacional de Estadística. La EPA se hace desde 1964,
tiene periodicidad trimestral y sus resultados se basan en la información recogida
por encuestadores profesionales de 64.000 unidades familiares. Dada la
gravedad del paro en España, periódicamente se cuestiona la fiabilidad técnica
de la EPA. Sin embargo se trata de un dispositivo muy depurado homologable a
los que se utilizan en los países que cuentan con una tradición estadística más
consolidada. A efectos de comparaciones internacionales sólo deben utilizarse
los datos de paro estimado procedentes de las correspondientes encuestas, ya que
el paro registrado se define de manera diferente en cada país. En todo caso, no
tiene ningún sentido y es absolutamente erróneo calcular la llamada tasa de paro
registrado (como se hace todos los meses en España), ya que en el numerador se
utiliza el paro registrado en el INEM y en el denominador el paro estimado por
la EPA.

III. LA ORGANIZACIÓN DEL TRABAJO EN LA EMPRESA

Como se apuntaba más arriba, cuando el empleador contrata fuerza de trabajo


(trabajo potencial) no tiene garantizada su materialización en trabajo efectivo,
sino que debe proveer mecanismos que aseguren la colaboración del trabajador
en la consecución de los objetivos de la empresa. Dicho en otras palabras, el
empleador debe hacer frente al problema de la organización del trabajo en la
empresa. Si bien las diferentes disciplinas humanas y sociales han dedicado
importantes esfuerzos a estudiar este problema, la solución definitiva sigue sin
encontrarse, como lo demuestra el hecho de que el conflicto abierto o latente es
un elemento siempre presente en toda organización productiva. Desde la
perspectiva sociológica se han intentado respuestas muy variadas que tienen
como puntos de referencia fundamentales la llamada organización científica del
trabajo (OCT) y la escuela de las relaciones humanas (ERH).
Aunque es posible encontrar precedentes más remotos, puede decirse que la
OCT nace en Estados Unidos entre los siglos XIX y XX y que su fundador fue
Frederich Winslow Taylor. De padre abogado, este inquieto personaje se vio
obligado a abandonar sus estudios universitarios a causa de un defecto en la
vista. En 1878 inicia su trayectoria laboral de peón en una empresa y, pocos años
después, tras acabar los estudios correspondientes, se convierte en ingeniero jefe
de la misma. A partir de ese momento dedica cada vez más tiempo al estudio de
la organización del trabajo, actividad que acabará absorbiéndole por completo.
Sus ideas están recogidas en dos libros —La organización científica de los
talleres y Principios de organización científica— publicados en 1903 y 1911, y
han llegado a tener tal difusión e influencia (la Rusia revolucionaria incluida)
que el estudio del trabajo se ha identificado frecuentemente con el taylorismo.
En la época en la que Taylor desarrolla su carrera profesional, el capitalismo
competitivo de pequeña empresa más o menos artesanal estaba cediendo el paso
a la gran empresa monopolista, la producción en serie ocupaba un espacio cada
vez mayor a medida que los mercados se ampliaban, los instrumentos de trabajo
se hacían cada vez más sofisticados, la división técnica del trabajo se acentuaba,
el sindicalismo crecía con fuerza, la empresa ganaba en complejidad y los
problemas de coordinación de sus diferentes elementos se agudizaban. Taylor
observa que los obreros recurrían al frenado sistemático de la producción como
práctica defensiva. A su entender, dicha práctica obedecía a tres causas
fundamentales: 1) el prejuicio según el cual el aumento de la productividad
engendra paro; 2) una dirección defectuosa que hace necesario el frenado como
sistema de protección de intereses legítimos; y 3) métodos de trabajo empíricos e
ineficaces que provocan el derroche de esfuerzos. Frente a este estado de cosas,
la aplicación del método científico a la organización del trabajo acabaría con el
frenado y provocaría un extraordinario aumento de la productividad.
La dirección (o management) científica estaría constituida por una
combinación de los elementos siguientes: ciencia frente a empirismo, armonía
frente a discordia, cooperación frente a individualismo, rendimiento óptimo
frente a frenado y perfeccionamiento de cada hombre hasta que pueda alcanzar
la eficiencia y prosperidad máximas. Además, debería asumir cuatro tipos de
nuevas responsabilidades: 1) elaborar una ciencia para la ejecución de cada una
de las operaciones del trabajo, rechazando el viejo método empírico; 2)
seleccionar científicamente a los trabajadores, adiestrándolos, formándolos y
evitando, como en el pasado, que cada trabajador elija su propio trabajo y
aprenda por sí mismo como mejor pueda; 3) colaborar cordialmente con los
trabajadores para asegurarse de que el trabajo se haga de acuerdo con los
principios científicos; y 4) mientras que en el pasado casi todo el trabajo y la
mayor parte de la responsabilidad se hacían recaer sobre los obreros, la nueva
dirección debe repartirlos casi por igual entre ella y los trabajadores.
Todo el pensamiento de Taylor gira en torno a dos preocupaciones básicas,
una teórica (sustituir el empirismo por la ciencia) y otra de carácter ideológico-
práctico, a saber, que las relaciones de producción estén presididas por la
armonía, el espíritu de equipo y la búsqueda del rendimiento óptimo. Así pues,
para Taylor la OCT implica previamente una revolución en la forma de
desarrollarse las relaciones entre los obreros y la dirección: asumir como un
deber la cooperación y como una necesidad la sustitución del sentido común por
el conocimiento científico.
Taylor está convencido de que siempre existe un método y una herramienta
que permiten un trabajo más rápido, más económico y mejor que todos los otros;
para descubrirlo hay que hacer un estudio científico analizando todos los
métodos y herramientas utilizados y observando rigurosamente movimientos y
tiempos. Algunas de las recomendaciones que hace Taylor a este respecto están
ampliamente aceptadas en la actualidad. Por ejemplo: los movimientos de los
brazos se efectuarán en direcciones opuestas y simétricas y deben hacerse
simultáneamente; los movimientos suaves y continuados de las manos son
preferibles a los movimientos en zigzag; los materiales y herramientas deben
colocarse de manera que permitan la mejor secuencia de movimientos; debe
proveerse a cada obrero de una silla del tipo y altura que permita una buena
postura, etc.
Las tres aplicaciones prácticas más conocidas de las teorías de Taylor son la
medida de los tiempos de trabajo, la valoración de puestos de trabajo y los
sistemas de remuneración por rendimiento o de primas. Las técnicas de medida
del trabajo tienen por finalidad fijar el tiempo necesario para que un obrero
efectúe una tarea determinada de acuerdo con el método científico previamente
establecido. La más conocida y utilizada es el cronometraje. Mediante la
valoración de puestos de trabajo se pretende medir la importancia relativa de las
diferentes tareas, es decir, las exigencias de un puesto de trabajo concreto
independientemente de las características del individuo que va a ocuparlo, con la
finalidad de establecer unas bases objetivas para la remuneración del personal.
Finalmente, los sistemas de remuneración por primas hacen depender al menos
una parte del salario directo de los resultados efectivamente obtenidos por el
trabajador (o por un grupo pequeño de trabajadores) en cada período de pago; se
basan en la idea —que posteriormente se ha revelado simplista— de que el
hombre responde de forma automática al estímulo de tipo económico.
Si los diferentes puestos individuales y parcelados en que se convierte el
trabajo tras aplicarle la racionalización taylorista se conectan mediante una cinta
transportadora que hace transcurrir el producto en fabricación por delante de
cada obrero, entonces tenemos el trabajo en cadena. Esta innovación histórica
fue utilizada por primera vez por Henry Ford en 1913 en sus talleres de Detroit.
Así nació el fordismo, que desde esta perspectiva puede ser definido como
taylorismo más cadena de montaje. Ahora cada obrero debe hacer la misma
operación —o un corto ciclo de operaciones— dentro de un tiempo determinado
por la velocidad de la cinta, lo cual impide abandonar el puesto de trabajo
aunque sólo sea durante pocos minutos sin ser sustituido. Con el taylorismo y el
fordismo la experiencia laboral pierde todo significado. Realizar año tras año las
mismas operaciones no sólo no cualifica para tareas más complejas sino que
deteriora las capacidades manuales e intelectuales del individuo. Probablemente
por ello, un año antes —en 1912— los obreros de la Renault en París se
declararon en huelga para oponerse a la introducción de métodos de
racionalización del trabajo análogos a los propuestos por Taylor. Fue la primera
gran huelga que se produjo en Europa contra la OCT.
Con Taylor, la separación entre la componente manual e intelectual del trabajo
que había sido denunciada por Marx medio siglo antes alcanza el nivel máximo.
Sus planteamientos han sido objeto de numerosas críticas. Como ha señalado N.
P. Mouzelis, para el enfoque taylorista la unidad principal de análisis es el
trabajador individual, y el énfasis se pone en el estudio minucioso de las
operaciones físicas relevantes para la realización de una tarea concreta. Así, el
modelo de Taylor es un modelo maquinal que se concentra en los aspectos
instrumentales del comportamiento humano y deja de lado las variables
psicológicas y sociológicas que influyen en el funcionamiento de la
organización. Asimismo, la respuesta al problema de la moral y la productividad
de los trabajadores es muy simple —sólo premios y castigos económicos— y,
por tanto, muy limitada. En general, Taylor trata de aplicar los métodos de la
ingeniería al análisis de fenómenos y a la solución de problemas que forman
parte de una realidad más compleja y que, por tanto, requieren una aproximación
multidimensional; su insistencia en la solución científica —concluye Mouzelis—
le incapacita para situar el conflicto entre obreros y dirección en su contexto
institucional más amplio.
En términos similares se expresa J. M. Vegara, quien ha criticado
rigurosamente el supuesto carácter científico de las técnicas de cronometraje y
valoración de puestos de trabajo. Para él, un juicio general de la aportación de
Taylor requiere distinguir tres componentes en la OCT. En primer lugar, hay un
enfoque analítico de los problemas que supone un avance en el estudio del
proceso de trabajo respecto al enfoque empirista o intuitivo anterior. En segundo
lugar, hay unas aportaciones científicas de base experimental relativas a diversos
aspectos del proceso de trabajo que deben ser tenidas en cuenta. Pero en tercer
lugar el taylorismo incluye también unas contribuciones pseudocientíficas —
como las técnicas recién citadas— que son precisamente las que reclaman con
mayor insistencia el reconocimiento de su valor científico. Para Vegara el
problema reside en que mientras, aparentemente, la OCT se ocupa de las
relaciones entre hombre y trabajo, de hecho muchas veces su objeto son las
relaciones que se establecen entre hombres y hombres en el proceso de
producción (relaciones sociales). Al reivindicar su carácter científico, la OCT
está cumpliendo una función ideológica: sustraer del campo de lo discutible, es
decir, de lo que puede ser objeto de negociación, ciertos aspectos especialmente
conflictivos de la organización del trabajo y, en definitiva, legitimar las
decisiones de la dirección.
La temprana hostilidad sindical hacia los métodos de la OCT y la aparición de
la psicología industrial con sus encuestas hicieron que las empresas comenzaran
a interesarse por los llamados factores humanos. La dirección quiere conocer la
opinión de los trabajadores sobre la organización y nace y se populariza la
máxima «el elemento humano es lo más importante de la empresa». Éste es el
clima ideológico en el que surge la escuela de las relaciones humanas (ERH),
que engloba un conjunto de estudios que tratan de examinar empíricamente el
comportamiento humano en la organización, particularmente en la organización
industrial.
El punto de partida de esta escuela son los experimentos de Elton Mayo —
director del Departamento de Investigación Industrial de la Universidad de
Harward— en los talleres que la Western Electric Company tenía en Hawthorne
(Chicago). En 1924 un ingeniero de la empresa decide estudiar la influencia de
la intensidad de la luz sobre los obreros y su trabajo, y después de tres años llega
a resultados sorprendentes: la productividad podía aumentar tanto con más como
con menos luz, y lo mismo ocurría con el grupo de control cuyas circunstancias
no se habían modificado. Entonces decide poner el tema en manos de Elton
Mayo.
Mayo pone en marcha una serie de experimentos, que durarán cinco años y
que siguen siendo un ejemplo excelente de rigurosidad metodológica, con el
objetivo de analizar la evolución de la productividad en función de diferentes
tipos de variables. En primer lugar fija su atención en las modificaciones
introducidas en el ambiente mediante la manipulación de factores físicos como
iluminación, pausas, humedad o temperatura. Obtiene resultados confusos, lo
que le lleva a concluir que lo importante no son tanto los factores externos
cuanto las actitudes y sentimientos de los individuos respecto a ellos. A partir de
esta primera conclusión se interesa por la incidencia de las variables psicológicas
y comienza una segunda fase en la que somete a un cuestionario individual a los
veinte mil trabajadores de la empresa. De nuevo no totalmente satisfecho con los
resultados, en una tercera fase ya abierta a las variables sociológicas, observa
directamente el comportamiento del grupo humano en el trabajo y concluye que
las actitudes y sentimientos de los trabajadores —y en última instancia su
rendimiento laboral— no son función de las características de su personalidad
individual adquiridas en el pasado fuera de la empresa (aproximación
psicológica) sino de la organización social constituida por la propia empresa. Por
tanto, los determinantes principales del comportamiento laboral hay que
buscarlos en la estructura y cultura del grupo que se forma espontáneamente en
la empresa mediante la interacción de los individuos en el trabajo. Así, el obrero
ya no es considerado como un ente psicológico aislado sino como miembro de
un grupo, es decir, como un individuo cuyo comportamiento viene determinado
en gran medida por los valores y normas del grupo al que pertenece.
Siguiendo a A. Lucas podemos resumir en cuatro puntos las principales
innovaciones de la ERH en relación con el enfoque taylorista. En primer lugar, la
unidad de análisis ya no es el individuo sino el grupo pequeño de trabajo. El
modelo común de comportamiento, el conjunto de valores y creencias que
emerge de la interacción de los individuos, puede ser contemplado como un
sistema social, un todo interdependiente en el que no tiene sentido buscar
relaciones de causa-efecto: la situación organizativa hay que analizarla en su
conjunto. En segundo lugar, es muy importante la diferenciación analítica entre
organización formal y organización informal. Frente a las normas oficialmente
establecidas por la dirección, la organización informal estaría constituida por
valores y pautas de comportamiento derivados no de las reglas formales, sino
emanados espontáneamente de la interacción del grupo de trabajo. De aquí se
deduce la necesidad de estudiar empíricamente las relaciones entre organización
formal e informal. En tercer lugar, al descubrir el impacto de la vida del grupo
sobre el comportamiento del trabajador (motivación, moral, productividad), salta
a primer plano la evidencia de que éste no siempre se conduce con arreglo a las
normas de la dirección y de acuerdo con la lógica del homo oeconomicus; la
lógica de los sentimientos y de las normas del grupo puede ser diferente e
incluso opuesta a la lógica de la dirección. Por una parte, las normas informales
son utilizadas por el grupo para asegurarse una mayor independencia respecto de
la dirección (por ejemplo para fijar ciertos ritmos de producción); por otra, hacen
que la vida del grupo sea para el individuo una fuente de satisfacción social y de
estabilidad emocional, aumentando la gratificación del trabajador y
disminuyendo el absentismo.
Finalmente, pero muy en relación con lo anterior, si la dirección no tiene en
cuenta la organización informal se producirá una ruptura de la comunicación
entre la cúspide y la base de la pirámide jerárquica: la consideración del
trabajador sólo como homo oeconomicus no hará posible el flujo de
comunicación hacia abajo; y desde abajo no se transmitirá ninguna información
hacia arriba sobre la organización informal. Para restaurar las buenas
comunicaciones, la dirección no deberá intentar destruir la organización
informal, sino tenerla en cuenta y asegurarse —principalmente mediante
supervisores preparados en relaciones humanas— de que sus normas estén en
armonía con los fines de la organización. Si esto se consigue, la organización
informal no será un obstáculo sino, por el contrario, la más importante de las
fuerzas que coadyuvarán al logro de los objetivos de la empresa.
Todo el planteamiento de la ERH está impregnado de la filosofía particular de
Elton Mayo sobre los problemas de la civilización industrial y la forma de
resolverlos, que ha dejado reflejada en dos libros publicados en 1933 y 1946:
Problemas humanos de una civilización industrial y Problemas sociales de una
civilización industrial. Según Mayo, la industrialización provoca
desorganización social (aislamiento, ansiedad, debilitamiento de los grupos
primarios, etc.); para hacerle frente hay que ir hacia una sociedad en la que la
empresa —una vez bien integradas la organización formal y la informal— se
convierta en el centro de la vida individual. Gracias al desarrollo científico el
conflicto industrial será superado y aparecerá un orden nuevo basado en la
armonía y en la cooperación.
Al igual que la OCT, la ERH ha sido objeto de numerosas críticas.
Particularmente relevantes son las relativas a su manera de enfocar el problema
del conflicto y del poder en la organización. Desde esta perspectiva se apunta
que, por su ideología prodirectorial, la ERH sobrevalora la importancia de la
armonía en detrimento del papel que desempeña el conflicto. Ahora bien, lo que
impide tratar correctamente el problema del poder es el mismo método de
análisis: al limitarse al estudio del individuo y del grupo pequeño de trabajo, se
cae en el psicologismo. Como ha señalado Mouzelis, el conflicto se concibe
como un sistema de malas relaciones interpersonales derivado de la
incomprensión, por una parte, de los problemas, y, por otra, de los sentimientos.
El conflicto resulta ser, así, un caso patológico cuya resolución exige sólo una
mejor comunicación u otros remedios semejantes. Por tanto, la ERH elude la
distinción fundamental entre fricciones interpersonales y conflicto social, el cual
tiene su origen en las más amplias estructuras organizativa y social en las que se
encuentran inmersos individuos y grupos. Se ignora con toda naturalidad que
cuando se pasa al nivel organizativo y a la consideración de la estructura de
poder aparecen conflictos que no se deben ni a las malas comunicaciones ni a las
malas relaciones interpersonales, sino a la diferencia de intereses, diferencia en
el sentido de que lo que un grupo puede ganar es lo que otro puede perder y
viceversa. La ERH olvida que la empresa no es sólo una organización sino sobre
todo una organización económica con una estructura de poder en la que la
divergencia de intereses hace inevitable el conflicto social. En consecuencia,
muchas de sus proposiciones sobre democracia interna y participación en la
empresa son utópicas. De hecho, cuando la empresa hace suyos estos
planteamientos se enfrenta al dilema de ofrecer pseudodemocracia, es decir,
participación en todas aquellas cuestiones que no perjudiquen a la dirección, o
bien ofrecer participación real, lo cual implica la cesión de parte del poder de la
dirección. En realidad —concluye Mouzelis— la participación real a gran escala
implica nada menos que la transformación radical de las instituciones
sociopolíticas de nuestra sociedad. El error de la ERH consistió en querer
revolucionar la organización sin tocar para nada su fundamento social.
Otras críticas han puesto el acento en que la ERH no significa, como
pretendían sus precursores, la superación del taylorismo. A pesar de que los
mecanismos de control del trabajo sean ahora menos expeditivos, siguen siendo
una prerrogativa de la dirección al igual que en la época de Taylor. Y si ya nadie
reivindica el taylorismo es porque ha caído en cierto descrédito o bien porque se
da por descontado a la hora de diseñar la organización del trabajo. Desde esta
perspectiva se ha llegado a afirmar que el taylorismo sigue dominando el mundo
de la dirección y que los practicantes de las relaciones humanas y de la
psicología industrial son el equipo de mantenimiento de la maquinaria humana.
Dicho en otras palabras, las relaciones humanas están bien para el departamento
de personal, pero sus conceptos no son los que subyacen en la dirección real; allí
prima la OCT, que es la filosofía más sistemática y efectiva del trabajador y del
trabajo.
En todo caso no se puede negar que la ERH ha enriquecido el enfoque
ingenieril desde el que la OCT contempla el problema de la organización, y que
sus técnicas pueden ser útiles en determinadas circunstancias, pues es un hecho
cierto que tipos similares de organizaciones expuestos a las mismas presiones
ambientales no siempre soportan los mismos niveles de conflictividad.
A finales de los años sesenta del siglo XX, en varios países avanzados —
Francia, Italia, Estados Unidos, Alemania— estalló un vigoroso movimiento de
protesta contra el modelo de organización del trabajo que había venido
implantándose en todas las grandes empresas de las sociedades industriales. En
aquellos años, el largo período de crecimiento económico iniciado después de la
Segunda Guerra Mundial estaba llegando a su fin. La extremada parcelación del
trabajo provocaba conflictividad, pérdida de motivación y absentismo. La
evolución de la productividad no justificaba las costosas inversiones en unos
equipos que tenían que ser cada vez más sofisticados si se quería seguir
profundizando en la división técnica del trabajo. En consecuencia, en algunas
empresas se ensayan diversas fórmulas alternativas de organización del trabajo
que —con F. Miguélez— podemos resumir en las cuatro siguientes.

1) Rotación. El trabajador va recorriendo varios puestos dentro del mismo


nivel, con lo que se amplía el conocimiento del proceso productivo y se reducen
la monotonía del trabajo parcelado y sus posibles consecuencias nocivas para la
salud.
2) Alargamiento de tareas. Se aumenta el tiempo del ciclo de trabajo
reunificando dos o más puestos del mismo nivel (por ejemplo: perforar,
introducir tuerca y tornillo y apretar). La monotonía se reduce igualmente y el
trabajador recupera cierta autonomía en la organización de su trabajo. Aunque la
fórmula no deja de tener validez, su eficacia queda limitada por los extremos a
que se ha llegado en la parcelación del trabajo.
3) Enriquecimiento de tareas. Es una fórmula más ambiciosa que la anterior
porque implica la creación de una nueva tarea. Por una parte, se unen varios
puestos de igual nivel de complejidad (enriquecimiento horizontal); por otra, se
incorporan funciones, como control y preparación previa de la máquina, que
antes se reservaban a la línea de mando (enriquecimiento vertical). Se trata de un
cambio significativo que se ha introducido en muy pocas empresas y secciones.
4) Grupo de trabajo. Supone una alteración bastante importante de la
organización del trabajo diseñada por la empresa, que se caracteriza por conferir
al grupo una gran autonomía en la organización de su trabajo. Ahora el grupo de
trabajadores pasa a tener bajo su responsabilidad cuestiones como el programa
de producción, la asignación de los diferentes puestos o el control de calidad.
Algunas investigaciones han conseguido demostrar que el grupo de trabajo
consigue niveles de productividad equivalentes a los de la cadena de montaje
aunque, eso sí, a un coste superior porque necesita trabajadores más cualificados.
En su día llegaron a ser famosas las experiencias de este tipo en empresas como
Volvo, Mercedes y Olivetti, donde la cadena de montaje desapareció de
secciones enteras.

Todas estas experiencias representan de alguna manera la avanzadilla de un


movimiento al que se ha llamado posfordismo y en cualquier caso han puesto en
evidencia los límites del paradigma taylorista-fordista. En última instancia, la
OCT se basa en una concepción negativa del trabajo humano en función de la
cual una organización productiva será tanto más eficiente cuanto más perfectas
sean las máquinas y menos cuestiones por resolver dejen a criterio del
trabajador. Cuanto menos sepa el trabajador del proceso de trabajo, menos poder
tendrá para oponerse a los objetivos de la dirección y menos necesaria será su
cualificación profesional; en consecuencia será más barato y más fácilmente
sustituible. Desde esta perspectiva, la organización productiva ideal es la planta
completamente automatizada controlada desde la cabina de mando por unos
pocos ingenieros.
Ahora bien, en la mayoría de los sectores productivos esta visión se ha
manifestado como utópica, porque la automatización total es muy cara y porque
se ha demostrado que trabajadores bien cualificados, motivados y dispuestos a
colaborar lealmente en los objetivos de la empresa, operando con equipos menos
sofisticados pueden obtener resultados superiores. El problema es que para
conseguir esa colaboración leal hay que pagar buenos salarios y ceder poder
permitiendo la profundización de la democracia económica.

IV. EL FUTURO DEL TRABAJO

Con el advenimiento de la sociedad industrial capitalista, hace


aproximadamente doscientos años, el trabajo humano experimentó cambios
radicales. Desde entonces y hasta nuestros días, la sociedad industrial ha seguido
desarrollándose y ganando complejidad, y el trabajo humano transformándose
sustancialmente. Ahora podemos preguntarnos hacia dónde apuntan esas
transformaciones, es decir, qué futuro aguarda al trabajo en la sociedad
capitalista pos- industrial en la que, según algunos autores, ya hemos entrado.
Para no caer en la mera especulación sin base empírica, es bueno proceder con
cautela acotando temporalmente ese futuro a los próximos veinte años. Aun así
son muchas las zonas de sombra que persisten y respecto a las cuales resulta
arriesgado aventurar algún tipo de respuesta. Por ello nos limitaremos a glosar
algunas tendencias ya en curso que probablemente ganarán fuerza en los
próximos quinquenios. En concreto vamos a ocuparnos fundamentalmente de
tres cuestiones: 1) ¿Dónde trabajaremos? 2) ¿Cuánto tiempo trabajaremos? 3)
¿Será de mayor o de menor calidad el trabajo que haremos?
Una cosa parece fuera de duda: trabajaremos sobre todo en los servicios. Hay
dos criterios generales para clasificar el conjunto de actividades que se conocen
como trabajo, a saber, el resultado final del proceso productivo y el lugar que se
ocupa en este proceso; dicho de otra manera, lo que se hace y la manera como se
contribuye a hacerlo. En función del primer criterio, el empleo se distribuye en
sectores productivos (agricultura, industria, servicios) y, dentro de ellos, en
subsectores o ramas (pesca, metal, transportes, banca, sanidad, etc.). En función
del segundo, el empleo se clasifica en millares de profesiones u oficios, siendo
particularmente relevante la diferenciación entre ocupaciones manuales y no
manuales que, en sociología, suelen distinguirse como empleos de cuello azul y
empleos de cuello blanco.
Desde el punto de vista de los sectores productivos, el empleo evoluciona
hacia los servicios. El crecimiento económico entraña un trasvase de fuerza de
trabajo desde la agricultura hacia la industria y los servicios; en una primera fase
en beneficio sobre todo de la industria, posteriormente en beneficio sólo de los
servicios, mientras el empleo industrial decrece también o se mantiene
estacionario. Este proceso ha tenido lugar en todas las economías avanzadas
sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial. El caso español lo ejemplifica
perfectamente. En números redondos, a lo largo de los últimos cuarenta años
hemos pasado de una estructura del empleo en la que, de cada diez ocupados,
cinco trabajaban en la agricultura, tres en la industria y dos en los servicios, a
otra en la que sólo uno trabaja en la agricultura, tres todavía lo hacen en la
industria y los seis restantes en los servicios. Es difícil imaginar qué tipo de
fuerzas podrían impedir que, durante los próximos años, el empleo en la
agricultura española se reduzca a la mitad, en los servicios se ocupen siete de
cada diez trabajadores, y en la industria sólo haya trabajo para uno de cada
cuatro ocupados. De hecho, en la inmensa mayoría de las economías avanzadas
desde 1975 virtualmente sólo se crea empleo neto en los servicios.
Este proceso de terciarización de la economía tiene su reflejo en la estructura
del empleo por profesiones. Tanto en la agricultura como en la industria, el
enorme incremento de la productividad del trabajo inducido por el cambio
tecnológico ha reducido la necesidad de fuerza de trabajo directamente aplicada
a la producción mientras que, por otra parte, han aumentado los empleos
relacionados con la concepción, gestión y administración del proceso productivo
propiamente dicho y del producto. En consecuencia, los empleos de cuello azul
pierden importancia frente a los de cuello blanco, las clases medias ocupan un
espacio cada vez mayor y la clase obrera deja de ser el grupo mayoritario de la
población trabajadora. Cabe advertir, no obstante, que a esta interpretación de la
evolución de la estructura del empleo algunos autores oponen la objeción no
baladí de que, en realidad, una parte significativa de los trabajadores de los
servicios constituyen la nueva clase obrera de la sociedad capitalista
posindustrial.
El interrogante que ahora se plantea —y así entramos ya en la segunda
cuestión— es si la creación neta de empleo en los servicios será suficiente para
contrarrestar la destrucción neta en agricultura e industria y reducir de manera
significativa el paro estructural que hoy gravita sobre casi todas las economías
avanzadas. En realidad, la segunda cuestión encierra una pregunta doble, la de si
habrá trabajo para todos y la de cuánto tiempo trabajarán quienes consigan
acceder a un empleo.
En las sociedades capitalistas desarrolladas el tiempo de trabajo se ha
reducido de manera radical. Según algunas estimaciones, hace cien años un
trabajador medio dedicaba tres mil horas al año al trabajo y esta actividad le
ocupaba más de la mitad del tiempo total de su vida; en la actualidad, en la
media europea, el número de horas de trabajo al año se ha reducido ya casi a la
mitad, y la actividad laboral ya sólo ocupa menos de la tercera parte del tiempo
vital. En España a mediados de los años setenta la vida laboral de los hombres
duraba como media cuarenta y tres años; en la actualidad no alcanza los treinta
años. Es decir, en las tres últimas décadas la parte de la vida que un hombre
dedica al trabajo se ha reducido un 30 por 100. Durante el mismo período la
jornada media por ocupado ha pasado de 45,4 a 36,9 horas semanales. El efecto
conjunto de ambas reducciones nos dice que cada hombre ocupado, como media,
trabaja en su vida un 56 por 100 del tiempo de trabajo masculino de hace treinta
años. Si no se hubiese acortado la vida laboral ni reducido la jornada, el número
de españoles varones en paro crecería en más de tres millones.
Todo parece apuntar hacia un reforzamiento de esta tendencia en un futuro
próximo, de la que de momento sólo Estados Unidos parece escapar, ya que es la
única economía avanzada en la que ahora se trabaja más que hace cuatro
décadas. Si en los años treinta del siglo XX desde posiciones sindicales se
luchaba por el derecho a disfrutar de un período pagado de vacaciones al año,
ahora se comienza a reivindicar la generalización del año sabático de que
disfrutan los profesores universitarios en algunos países. En definitiva,
caminamos hacia un tipo de sociedad posindustrial en la que el trabajo
remunerado tal como hoy lo conocemos ocupará una parte cada vez menos
importante de la vida de las personas.
Ahora bien, ¿esto nos lleva hacia la sociedad del ocio o hacia la sociedad del
paro? Las respuestas a esta pregunta sólo pueden plantearse en el terreno de la
especulación, pues ambas salidas son teóricamente posibles. La globalización de
la economía ha puesto en marcha un proceso de desindustrialización en las
sociedades más ricas que deja la absorción del paro en manos de la expansión de
los servicios. ¿Podrá el empleo terciario desarrollarse en la medida suficiente?
Esto nos lleva, a su vez, hacia otros interrogantes no menos difíciles de
responder. Por ejemplo, durante décadas el crecimiento de los empleos de cuello
blanco ha dependido en gran medida del desarrollo del Estado del Bienestar,
pero la crisis fiscal del Estado ha puesto un límite a este proceso. Aunque en
países como España el problema todavía no es tanto el tamaño del sector público
cuanto su racionalización, parece evidente que el empleo público no puede
seguir creciendo indefinidamente. Parece evidente también que el futuro de las
sociedades avanzadas pasa por una redefinición, a escala planetaria, de las
relaciones Norte-Sur que permita a los países subdesarrolados y en vías de
desarrollo acceder paulatinamente a los niveles de bienestar occidentales.
Nuestro futuro depende cada vez más del suyo.
No podemos, por tanto, saber con precisión qué pasará con el paro estructural
a la vuelta de dos décadas, pero sí definir las dos situaciones límite entre las que
con mucha probabilidad nos encontraremos. En un extremo, la sociedad del ocio
liberador, en la que el tiempo de trabajo necesario para el mantenimiento y
desarrollo de los niveles de bienestar alcanzados se habrá reducido
enormemente, los empleos se repartirán de manera equitativa entre toda la
población y —en palabras de A. Gorz— el acceso a una renta plena ya no
dependerá del acceso a un empleo pleno. En el otro extremo, la sociedad del
paro masivo, en la que las desigualdades se habrán acentuado y se habrá
producido una profunda fractura entre un grupo de privilegiados con acceso a
empleos y rentas y otro grupo de excluidos dejados a su propia suerte.
¿Cómo serán, finalmente, los empleos del futuro, mejores o peores que los
que ahora conocemos? El interés de la sociología por la calidad del trabajo
deriva del hecho de que, históricamente, los trabajadores han venido
oponiéndose a los contenidos, a las formas organizativas y a las condiciones bajo
las cuales tenían que desempeñar su actividad laboral. El hombre en el trabajo
tiene una serie de necesidades. En la medida en que las características de un
empleo concreto sean más o menos respetuosas con ellas, puede hablarse de
niveles diferentes de calidad del trabajo. Ahora bien, las necesidades son muy
variadas, por lo que la calidad sólo puede definirse en función de una
multiplicidad de factores cuya mayor o menor relevancia todavía se discute en
los círculos especializados. No obstante, hay tres indicadores de calidad
ampliamente aceptados por los estudiosos del tema: tipo de contrato, salario y
nivel de cualificación requerido para desempeñar el empleo de manera eficiente.
Tradicionalmente tiende a identificarse terciarización con mejora de la calidad
del trabajo. Sin embargo, la evolución de los indicadores citados durante los
últimos quinquenios ha puesto en cuestión esta interpretación. Aunque el tema
no puede considerarse cerrado, en todos los países de la Unión Europea (con
España a la cabeza) se aprecia una tendencia a la sustitución del empleo estable
por el desempeñado bajo contrato temporal, discontinuo, a tiempo parcial y otras
modalidades no estables. Así, en España, mientras en 1985 sólo un 10 por 100
de los asalariados llevaba menos de un año en su puesto de trabajo, diez años
después el 40 por 100 se encuentra ya en esa situación. Al mismo tiempo se
observa que la mayoría de los empleos que desaparecen son los industriales, de
salarios medios, en sectores con fuerte presencia sindical y ocupados por
hombres a tiempo completo, mientras que la mayoría de los nuevos empleos de
los servicios son ocupados por mujeres y aparecen sobre todo en ramas de baja
presencia sindical y con salarios medios bajos. En consecuencia, tanto desde el
punto de vista de los contratos como de los salarios estaríamos asistiendo a una
polarización de la estructura del empleo (reducción de los empleos de calidad
intermedia y aumento, en mayor o menor medida, de los empleos de calidad
elevada y baja).
Algo similar parece que está ocurriendo en relación con la evolución de las
cualificaciones, aunque a este respecto la controversia entre los especialistas es
más viva. En todo caso suele aceptarse que los empleos de cualificaciones
medias ocupados tradicionalmente por la clase obrera industrial tienden a
reducirse y que no necesariamente van a ser sustituidos por una cantidad
equivalente de empleos de mayor cualificación. Lo que no se discute es que el
futuro del empleo no está tecnológicamente determinado, pues la tecnología no
es una variable independiente, sino que ella misma está socialmente
determinada, y que el progreso tecnológico puede ser orientado hacia una
sociedad de ocio liberador en la que el trabajo de baja calidad (en retroceso) se
repartirá democráticamente entre todos los grupos sociales, o hacia una sociedad
caracterizada por el paro masivo y la exclusión social.

BIBLIOGRAFÍA

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11. IMAGEN, PALABRA E INTERCAMBIO EN LAS
RELACIONES DE COMUNICACIÓN

Las generaciones que nos han precedido tenían un espacio comunicativo muy
limitado, y los amplios conocimientos que necesitaban para desenvolverse en su
pequeño mundo (de agricultura, ganadería, caza, artesanía, vivienda, medicina,
etc.) los aprendieron mediante transmisión directa, oral, interpersonal o cara a
cara. La inmensa mayoría de las noticias que recibían estaban relacionadas con
su vida cotidiana, con el medio local. Hoy, en las sociedades desarrolladas, hasta
el habitante de la aldea más remota, desde los primeros años de su vida, recibe
información sobre acontecimientos que ocurren en cualquier lugar del mundo a
través de los medios de comunicación, muchas veces al mismo tiempo que se
están produciendo. En este sentido hoy somos habitantes del mundo entero,
vivimos en lo que McLuhan ha llamado la aldea global.
Una parte muy importante de las informaciones que recibe el habitante de la
sociedad moderna no entrañan una relación directa entre emisor y receptor: entre
ambos se interponen los medios de comunicación de masas. Además, la
información que recibe el hombre moderno llega al mismo tiempo a otras
muchas personas —incluso a millones— que pueden estar muy separadas entre
sí, que no se conocen y muchas veces ni siquiera necesitan hablar la misma
lengua. Con la aparición de los medios de comunicación de masas la emisión y
recepción de informaciones deja de ser el resultado de un contacto personal, el
emisor y el receptor dejan de estar claramente identificados.
Los medios de comunicación son fuente de evasión, de entretenimiento, una
manera de utilizar el tiempo libre o de hacer más llevadera la tediosa rutina
laboral, pero también son un canal muy relevante de acceso al conocimiento, al
menos a un tipo de conocimiento del cual dependen muchas actividades sociales.
Es más, en ciertos casos, la falta de acceso a los medios de comunicación puede
ser interpretada como un indicador de marginación social. Se sospecha que
tienen una influencia significativa sobre las opiniones y actitudes del público
receptor, aunque se discute hasta qué punto dicha influencia puede ser
determinante.
¿Pero qué son los medios de comunicación de masas? La definición
convencional dice que son el conjunto de instituciones mediante las cuales
grupos sociales especializados se sirven de instrumentos tecnológicos (prensa,
cine, radio, televisión) para hacer llegar unos contenidos simbólicos (textos,
sonidos, imágenes) a públicos muy heterogéneos y dispersos.
Mc Quail nos da una definición más pormenorizada. Los medios de
comunicación están comprometidos con la producción, reproducción y
distribución del conocimiento (conjuntos de símbolos con referencias
significativas a la experiencia del mundo social). Este conocimiento nos capacita
para encontrar sentido a la experiencia, da forma a nuestras percepciones y
contribuye al almacenamiento de conocimientos del pasado y a la continuidad de
la comprensión del presente. Colectivamente, los medios de comunicación de
masas se diferencian de otras instituciones de producción y distribución del
conocimiento en varios aspectos:

— desempeñan una función general como portadores de todo tipo de


conocimiento;
— operan en la esfera pública, accesibles en principio a todos los miembros
de una sociedad sobre una base abierta, voluntaria, no específica y de bajo coste;
— en principio, la relación entre emisor y receptor es equilibrada e igualitaria;
— los medios de comunicación llegan a más gente que otras instituciones, y
durante más tiempo, pues tenemos acceso a ellos a la vez que a las primeras
influencias de la escuela, la familia, la religión, etc.

Además, los medios de comunicación de masas desempeñan un papel


mediador entre la realidad social objetiva y la experiencia personal.
Alternativamente, los medios de comunicación son:

— una ventana a la experiencia, que amplía nuestra visión y nos capacita para
ver por nosotros mismos lo que ocurre, sin interferencias ni prejuicios;
— un intérprete, que explica y da sentido a acontecimientos que, de lo
contrario, serían fragmentarios o incomprensibles;
— una plataforma o vehículo de información y opinión;
— un vínculo interactivo que relaciona los emisores con los receptores gracias
a diferentes tipos de retroalimentación;
— una señal, que indica activamente el camino, orienta o instruye;
— un filtro, que selecciona partes de la experiencia para dedicarles una
atención especial y descarta otros aspectos, ya sea o no deliberada y
sistemáticamente;
— un espejo, que refleja una imagen de la sociedad con respecto a sí misma,
en general con una cierta distorsión debido a la insistencia en lo que la gente
quiere ver de su propia sociedad y, a veces, en lo que quiere castigar o eliminar;
— una pantalla o barrera que oculta la verdad al servicio de fines
propagandísticos o de la evasión.
La problemática relacionada con los medios de comunicación es muy amplia
y tiene que ver, entre otras, con las tres cuestiones siguientes:

1. Se supone que los medios de comunicación reflejan las estructuras y los


valores de la sociedad, pero al mismo tiempo se les reconoce cierta operatividad
como agentes de cambio social; es decir, lo que ocurre en el nivel de los medios
de comunicación es a la vez efecto y causa de lo que ocurre en el nivel de la
estructura social.
2. El análisis de los medios de comunicación entraña no sólo el estudio del
proceso de transmisión de contenidos simbólicos y sus efectos sobre el público,
sino también el de la influencia que ejerce el público sobre el emisor.
3. A pesar de que la comunicación de masas ha conocido un desarrollo
espectacular durante las últimas décadas, no debe perderse de vista el hecho de
que la comunicación interpersonal, típica de la sociedad tradicional, sigue
teniendo mucha importancia en la sociedad moderna. Es cierto que ha cedido
espacio a las comunicaciones de masas, pero también influye sobre el emisor
masmediático, cuando produce los mensajes, y sobre el receptor cuando los
interpreta.

Más allá de estas cuestiones y otras de alcance similar, la gran pregunta a la


que intenta dar una respuesta la reflexión sociológica sobre los medios de
comunicación es si: 1) contribuyen al proceso de modernización acelerándolo, al
poner virtualmente al alcance de toda la población la información y, por tanto, la
posibilidad de tener un conocimiento más profundo de la sociedad en que vive
(tesis del funcionalismo estructural); o por el contrario 2) contribuyen a bloquear
la dinámica del cambio social, al ser un poderoso instrumento de manipulación
mediante el cual las clases dominantes imponen su ideología a las clases
dominadas (tesis de la crítica neomarxista de la Escuela de Frankfurt).
Nos encontramos pues ante una problemática compleja y muy amplia que,
junto a la relativamente larga tradición investigadora, plantea la necesidad de
proponer un esquema analítico que dé cuenta de las cuestiones más relevantes y
ofrezca una panorámica de los resultados más significativos que ha ido
produciendo la literatura especializada. La célebre pregunta múltiple que
formuló Harold D. Lasswell a mediados de los años cuarenta del siglo XX,
conocida como el paradigma de Lasswell, sigue siendo un buen punto de partida
para abordar de manera sistemática este dominio: ¿quién dice qué, en qué medio,
a quién y con qué efectos?
Lasswell denominaba análisis de control a los estudios relacionados con el
«quién». El «dice qué» análisis de contenido hace referencia a los mensajes que
se emiten o dejan de emitirse y a la forma en que se emiten. De la tercera
pregunta se ocupa el análisis de medios, que estudiaría la historia y
particularidades de cada medio de comunicación. Cuando el interés se centra en
el tamaño y características del público entramos en el terreno del análisis de
audiencia; y si lo que preocupa es el impacto de los medios sobre el público,
entonces hablaremos de análisis de los efectos. El problema de los efectos es el
que más ha llamado la atención de los investigadores. Los medios que ha
estudiado tradicionalmente la sociología son la prensa, el cine, la radio y la
televisión.

I. EL EMISOR

En la sociedad coexisten diferentes grupos e instituciones con intereses en


conflicto más o menos latente. La imagen y las opiniones que llegamos a
formarnos de todos aquellos grupos, problemas o cuestiones con los que no
tenemos relación directa, depende de manera crítica de los mensajes que
recibimos a través de los medios de comunicación. Desde esta perspectiva los
medios de comunicación tienen mucho poder. Hay quien ha llegado a
equipararlos con los partidos políticos o los grupos de presión, y a la prensa se la
conoce tradicionalmente como el cuarto poder. No en balde, las
administraciones públicas, empresas e instituciones de cierta entidad suelen tener
sus gabinetes de prensa, lo que demuestra la importancia que conceden al
tratamiento que pueden recibir en los medios de comunicación. En los regímenes
autoritarios los medios de comunicación están controlados por el Estado y la
información sometida a censura. Por tanto es muy pertinente preguntarse quiénes
son los propietarios de los diferentes medios, quién decide lo que es o no es
noticia y quién controla el proceso de elaboración de la información.
Las preguntas relevantes son muchas, aunque no siempre encuentran
respuestas contrastadas. En las sociedades democráticas desarrolladas, la imagen
que muchas veces se pretende hacer pasar como válida es que los medios de
comunicación en su conjunto son un conglomerado caracterizado, entre otras
cosas, por la pluralidad de las fuentes de información, la heterogeneidad de los
mensajes, la apertura ante todo aquel que tenga algo importante que transmitir y
la soberanía del público (que siempre puede cambiar de emisora o de periódico);
todo lo cual estimularía el sentido crítico de dicho público y el
desencadenamiento de una dinámica de participación generalizada en los medios
y de enriquecimiento cultural que acabaría contribuyendo al proceso de
modernización.
Aunque en cada país el sector de la comunicación tiene características
específicas diferentes —por ejemplo, en Estados Unidos no hay medios de
titularidad pública, lo que por el contrario es muy frecuente en Europa— en
general puede afirmarse que en las sociedades democráticas coexisten empresas
de comunicación de titularidad pública y privada, laicas y confesionales, más
orientadas ideológicamente hacia la izquierda o hacia la derecha, más proclives
al tratamiento sensacionalista de la información o más sensibles a una
concepción de su trabajo como actividad cultural al servicio de la ciudadanía,
directamente vinculadas a partidos políticos, sindicatos, grupos financieros o
confesiones religiosas, o formalmente «independientes» y presumiendo de no
defender otra causa que la de la objetividad, el derecho a la información y los
intereses del público en general.
Sin embargo, basta una simple ojeada al sector para convenir que el panorama
esbozado requiere ciertas matizaciones. Si en las sociedades democráticas por lo
general no puede hablarse de monopolio de las comunicaciones, la imagen
pluralista bajo la que suele presentarse el propio sector tampoco parece
demasiado realista. Es más correcto definir la situación como de oligopolio; es
decir, el mercado de la comunicación estaría caracterizado por la presencia de un
número relativamente pequeño de empresas muy poderosas ante las cuales la
supuesta libertad del público no sería muy diferente a la que tiene el consumidor
en unos grandes almacenes.
Toda una tradición de análisis crítico en este dominio, cuyo punto de
referencia más destacado es la Escuela de Francfort y su teoría de la cultura de
masas, ha subrayado que detrás de cada empresa de comunicación hay un
poderoso grupo económico y/o ideológico, la defensa de los intereses
particulares del cual es la razón última de su existencia y el elemento central de
su estrategia empresarial; y que, más allá de la aparente heterogeneidad de los
contenidos y de las diferencias en la forma de tratar el mensaje, todos los medios
de comunicación evolucionan de acuerdo con pautas similares hacia la
banalización y la degradación cultural, y defienden valores comunes, como son
la primacía de la esfera privada frente a la pública, de la competencia frente a la
solidaridad, de lo masculino frente a lo femenino, de lo emocional frente a lo
racional, etc., potenciando en definitiva las actitudes conformistas frente al
status quo antes que el distanciamiento crítico. En último término, si para la
sociología estructural funcionalista los medios de comunicación reflejan la
pluralidad de intereses presente en las sociedades industriales y son un elemento
importante de integración y mantenimiento del consenso y la estabilidad
sociales, para los críticos radicales nos encontramos ante un poderoso
instrumento de dominio y manipulación mediante el cual las clases hegemónicas
imponen sus valores, puntos de vista y modelos de vida a las clases dominadas.
Sin entrar a valorar la mayor o menor consistencia de tales planteamientos, lo
cierto es que de algunos datos se desprenden tendencias preocupantes. Como ha
señalado P. Crespo, los grandes imperios periodísticos son cada vez más fuertes.
Las empresas de Beaverbrook, Northcliffe y Hearts, frecuentemente invocadas
como el cénit de la omnipotencia, fueron menos importantes en el pasado que los
imperios multilingües de los actuales magnates. Ninguno de aquéllos controló
tantos mercados como Rupert Murdoch en Gran Bretaña, América, Asia y
Australia; Robert Hersant en Francia y en Europa del Este; o Conrad Black en
Gran Bretaña, Canadá y Australia. Y así como su influencia tiende a crecer, su
número tiende a reducirse. En 1970 se cifraba en ciento veinticinco el número de
familias propietarias de periódicos significativos en el mundo; hoy han quedado
reducidas a dos docenas.
El análisis sociológico del emisor puede abordarse desde dos grandes
perspectivas; la primera está relacionada con la sociología de las organizaciones,
la segunda con la de las profesiones. Desde la perspectiva de la sociología de las
organizaciones, a su vez, hay dos cuestiones clave que requieren un esfuerzo
investigador: 1) las relaciones entre la institución emisora (la empresa de
comunicación) y la institución promotora (el grupo económico, político,
religioso, cultural, el mismo Estado) que la financia; y 2) la estructura interna del
grupo emisor.

1) La dependencia financiera coloca al emisor en una situación de


organización promovida y, por tanto, subordinada a los objetivos del grupo
matriz. Si éstos son exclusiva o principalmente comerciales, la identificación
entre emisor y promotor tenderá a alcanzar el grado máximo. Pero si los
objetivos son de otro tipo (por ejemplo, ideológicos), el estudio del grupo emisor
debe incluir un análisis de los mecanismos a través de los cuales el promotor
controla el desarrollo de su actividad (censura y autocensura). En todo caso,
entre ambos grupos existirá siempre un conflicto más o menos latente provocado
por la necesidad de atender dos exigencias no directa ni necesariamente
conciliables: la de mantener la fidelidad a los valores y fines del promotor y la
de respetar los valores y normas de procedimiento que se reclaman como propios
del sector de las comunicaciones (derecho a la información, objetividad, etc.),
conflicto por lo demás parangonable al que se plantea muchas veces entre la
rentabilidad de la empresa y el tratamiento profesional de la información.
2) En relación con la estructura interna del grupo emisor surgen cuestiones
como las relaciones entre los grupos profesionales que conciben, producen y
difunden los mensajes y los otros grupos (técnicos, administrativos, comerciales)
que trabajan en el ámbito de la misma empresa de comunicación; y dentro del
grupo directamente implicado en la elaboración de los mensajes, relaciones entre
el creador, artista o intelectual que concibe la idea y el técnico que tiene que
darle forma para que el mensaje pueda ser emitido. ¿Qué poder de decisión tiene
cada uno de ellos en cuanto a la configuración definitiva del producto final? En
última instancia lo que nos interesa conocer es quién y cómo decide lo que se va
a emitir, bajo qué forma y qué importancia se le va a dar.

Desde la perspectiva de la sociología de las profesiones el interés se centra en


las características del grupo ocupacional directamente implicado en la
producción de los mensajes. Más en concreto, el origen social, sexos, edades,
nivel educativo y cultural y trayectorias profesionales de este grupo, en la
medida en que todo ello puede influir sobre el resultado final de su trabajo.
Otras cuestiones relacionadas con el «quién dice» formulado por Lasswell, no
carentes de interés, hacen referencia a temas como el prestigio y credibilidad que
se les concede a los medios de comunicación en los diferentes países, el código
deontológico explícito o implícito que regula los diferentes aspectos de la
profesión, o la manera de resolver el conflicto entre el derecho a dar y recibir
información y el derecho a la intimidad y a la propia imagen.

II. EL ANÁLISIS DE CONTENIDO

El tipo de mensaje que emiten los medios de comunicación es objeto de


polémica permanente. Quién no ha oído alguna vez afirmar que los dibujos
animados de la TV están cargados de escenas violentas o de insinuaciones
sexuales, o que la mayoría de las películas denigran la institución familiar o dan
una imagen distorsionada de la juventud. ¿Es cierto que tal medio de
comunicación en particular o todos ellos en conjunto ofrecen siempre una
imagen positiva (o negativa) de las actuaciones de la Administración Pública,
que favorecen los intereses de determinados grupos económicos, refuerzan la
posición tradicional de la mujer en la sociedad, atentan contra los valores
religiosos, silencian determinados conflictos mientras sirven de caja de
resonancia de otros, o están empeñados en que el partido gobernante pierda las
próximas elecciones? A estas y otras cuestiones similares trata de dar respuesta
el análisis de contenido desde que comenzó a utilizarse en los Estados Unidos
entre los años veinte y treinta del siglo XX. Dicho en otras palabras, el análisis de
contenido intenta ir más allá de las opiniones poco o nada fundamentadas para
explicar de manera rigurosa qué tipo de mensaje emiten los medios de
comunicación.
Un mensaje es un conjunto de palabras y/o sonidos y/o imágenes. Por tanto
puede ser visivo, auditivo o audiovisivo. Debe estar hecho de manera que pueda
ser reproducido y difundido a través de los medios de comunicación y descifrado
por parte del público al que va dirigido. Así pues, tiene que construirse de
acuerdo con un código inteligible para el receptor, de manera que éste pueda
descodificarlo e interpretarlo. Además, ha de reclamar la atención del público,
por lo que su contenido primario debe ir acompañado de elementos
complementarios que lo hagan atractivo. Lógicamente, el mensaje tiene como
objetivo estimular cierta respuesta por parte del universo receptor. De ahí el
interés por conocerlo.
H. D. Lasswell y B. Berelson fueron de los primeros que utilizaron el análisis
de contenido, que definían como una técnica de investigación capaz de describir
de modo objetivo, sistemático y cuantitativo el contenido manifiesto de la
comunicación. En esencia esta técnica consiste en descomponer el mensaje en
una serie de unidades de análisis que permitan su registro estadístico y,
posteriormente, su interpretación. La unidad más elemental es la palabra,
utilizada aisladamente o bien dentro de un contexto que le confiere una
connotación positiva o negativa. Pero la unidad de análisis que más se ha
utilizado, aunque no siempre resulta fácil aislarla, es el tema: una proposición
relativa a un sujeto que, desde el punto de vista gramatical, puede identificarse
con una frase o un párrafo. Se utiliza también el documento entero (un libro, un
artículo periodístico, un programa radiofónico), el tiempo y el espacio (minutos
de un programa de TV, páginas de un libro) o las características de los personajes
que aparecen en los diferentes contextos comunicativos (sexo, edad, etnia,
posición social...).
Esta técnica permite saber, por ejemplo, cuántas veces ha sido noticia el
presidente del Gobierno en determinado medio durante la semana pasada, si lo
ha sido más o menos veces que en otro medio y en qué contexto (positivo o
negativo); o que determinado acontecimiento ha recibido un tratamiento
preferente en tal periódico, mientras que en otro ha pasado prácticamente
desapercibido y en un tercero ni se ha mencionado.
El análisis de contenido se ha utilizado y sigue utilizándose con profusión
sobre todo, pero no sólo, en Estados Unidos. Sin embargo, ya a mediados de los
años cincuenta comenzaron a ponerse de manifiesto sus limitaciones, entre las
que destacamos las dos siguientes:

1. Por detrás del significado manifiesto, todo mensaje encierra un contenido


latente o incluso subliminal (concebido con la pretensión de que pueda llegar al
inconsciente del receptor sin que éste se dé cuenta de ello); más allá de lo que
aparentemente dice el mensaje, de lo que se trata es de descubrir lo que quiere
transmitir.
2. Si es importante detectar lo que dice o quiere decir el emisor, no lo es
menos averiguar qué es lo que realmente entiende el receptor.

El análisis cuantitativo y limitado al contenido manifiesto del mensaje no


tiene respuesta para este tipo de cuestiones y corre el peligro de acabar
descubriendo lo evidente sin garantizar que sea eso efectivamente lo que el
emisor pretende comunicar a través del mensaje y lo que llega de hecho al
receptor. Lo relevante no es lo que el mensaje dice explícitamente sino lo que
implica a la luz de su contexto y de las circunstancias en que es comunicado.
Según A. George, para detectar las intenciones del emisor, el análisis cualitativo
de un número limitado de mensajes significativos puede ser más adecuado que el
cuantitativo, lo que implica privilegiar el momento interpretativo de los datos (a
la luz de una teoría) frente al momento de recogida exhaustiva de dichos datos.
Es decir, el reto es saber leer entre las líneas de un mensaje para poder
desentrañar su significado. El problema es cómo hacerlo. Para seguir
profundizando en el análisis la sociología necesita el concurso de otras
disciplinas, como la ligüística y la semiótica.
Para distinguir entre el contenido manifiesto y el contenido latente de un
mensaje, la semiótica habla de significante y significado. El significado es lo que
se quiere transmitir, el significante —que lo enmascara— los signos o símbolos
que se utilizan para darle forma y que pueda ser efectivamente transmitido. Entre
ambos media un código. Conociéndolo podremos llegar al significado, es decir,
al auténtico contenido del mensaje. Lógicamente, el código ha de ser accesible al
receptor. En caso contrario éste no podría captar el significado correctamente y
el proceso de comunicación o no se produciría de hecho o seguiría un desarrollo
diferente al previsto por el emisor.
Todo esto, que parece muy sencillo, en realidad es bastante complicado y el
conocimiento científico del proceso comunicativo avanza penosamente y
rodeado de incertidumbres. Hay diversos tipos de problemas: un mismo
significado puede transmitirse bajo distintos significantes, un mismo significante
puede remitir a varios significados, el universo receptor puede utilizar códigos
de lectura diferentes para interpretar el significante que no siempre y no
necesariamente coinciden con el código usado por el emisor. Umberto Eco ha
explicado estas dificultades recurriendo a un ejemplo tan burdo como elocuente:
en determinado contexto cultural la vaca significa comida, en otro significa
divinidad. Para inspirar confianza, seguridad, felicidad, miedo, malestar,
transmitir una idea de justicia, libertad, igualdad, que los españoles somos un
pueblo acogedor, los franceses sibaritas, que hay que ayudar a los países pobres,
desconfiar del diferente, estudiar más, trabajar mejor, votar a López o consumir
ese producto, puede recurrirse a una enorme gama de símbolos lingüísticos,
musicales o iconográficos. Hace tiempo que sabemos que el color azul inspira
confianza y favorece la imagen televisiva, por eso lo han ido adoptando todas las
policías en sus uniformes y los políticos suelen utilizarlo durante la campaña
electoral. Pero en este dominio sigue siendo muchísimo más lo que escapa a la
comprensión científica que lo que sabemos. Dejaremos aquí el debate y
cerraremos este apartado resumiendo las conclusiones generalmente aceptadas
después de décadas de investigación en torno al «qué se dice» en los medios de
comunicación.
En primer lugar, se transmite un material muy seleccionado, no una muestra
representativa de todo lo disponible. Es decir, los medios de comunicación sólo
reflejan una parte de la realidad; y lo que se consume efectivamente también es
una selección no representativa de lo que se comunica. Edgar Morin ha señalado
que, para la prensa, acontecimientos (noticias) no son todas las cosas que
ocurren, sino sólo aquellos sucesos que se apartan de la norma, porque están por
encima o porque se desvían de ella. Además, la noticia no siempre es lo que
pretende: un reflejo objetivo del hecho en cuestión. Ya en los años veinte Robert
E. Park advertía que la noticia es una descripción construida, no una imagen fiel
de lo que está ocurriendo. La noticia no surge por mediación del periodista, sino
que éste la crea en la medida en que muchas veces no está presente en el lugar en
que se produce y trabaja con material de segunda mano.
Otro problema complica más la cuestión: el profesional de la información
forma parte de la realidad que pretende describir y al hacerlo no puede prescindir
totalmente de sus propios criterios valorativos. Así pues, la noticia es siempre
una mezcla de datos objetivos y de opiniones subjetivas de quien la elabora. Para
paliar este problema el buen profesional procura siempre contrastar sus fuentes,
desconfiar de los rumores y evitar los términos vagos, distinguiendo entre el dato
y su valoración del mismo. Ahora bien, la búsqueda de la objetividad es más una
actitud que un resultado plenamente alcanzable. El receptor del mensaje debe ser
consciente de que la objetividad absoluta —entendida como desvinculación total
entre la noticia y el sujeto que la transmite— es imposible en la práctica.
En segundo lugar, aceptando la distinción tradicional entre información,
evasión y publicidad, los contenidos de evasión o entretenimiento prevalecen
sobre los contenidos informativos, educativos o culturales. Esta conclusión, aun
siendo cierta, debe ser asumida con matices, pues presupone una distinción clara
entre tipos de contenido que muchas veces no es tan evidente. Por ejemplo, el
éxito de audiencia de ciertos documentales televisivos sobre la naturaleza sólo se
explica si se acepta que gran parte del público los sigue como entretenimiento, lo
que no impide que tengan un alto contenido formativo. Por otra parte, dada la
orientación hacia un público amplio, prevalecen los contenidos simples y
sencillos, normalmente envueltos en una carga emocional. Finalmente, suele
denunciarse la tendencia hacia la banalización de los mensajes y la degradación
cultural de los contenidos.

III. LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Históricamente, la prensa diaria es el primer medio de comunicación de


masas. Tal como la conocemos en la actualidad consiste en un cuaderno de hojas
impresas dirigido a un público de al menos varias decenas de millares de
lectores, cuyo contenido puede desglosarse en las secciones siguientes: 1)
noticias de actualidad de interés general sobre política, economía, cultura,
conflictos, catástrofes, etc. referidas a un ámbito que va desde el internacional al
local (la ciudad en la que se hace el diario); 2) artículos de opinión en los que la
misma empresa periodística o colaboradores externos comentan y valoran dichas
noticias u otras cuestiones de actualidad; 3) noticias que tienen como primer
objetivo entretener al lector, lo que no quiere decir que no puedan tener ningún
valor informativo (deportes, cotilleos sobre personajes públicos, anecdotario,
ideas para pasar el tiempo libre, etc.); y 4) publicidad, sobre todo comercial pero
también de otro tipo como, por ejemplo, institucional.
Como medio de comunicación de masas la prensa nace a finales del siglo XIX,
aunque pueden encontrarse antecedentes mucho antes. De hecho, el primer
diario del mundo parece que fue el inglés Daily Courant, que comenzó a
publicarse en 1702; noventa años después apareció el primer diario español:
Diario de Barcelona. Antecedentes todavía más remotos son los panfletos y
hojas informativas que aparecen ya en el siglo XVII en varios países por los
motivos más diversos, como, por ejemplo, un conflicto social. Pero no fue hasta
los albores del siglo XX cuando el progreso tecnológico y la producción de papel
barato hicieron posible el nacimiento de la prensa de gran tirada. En general, a
diferencia de la estadounidense, la prensa europea es desde sus orígenes un
medio de comunicación fuertemente politizado.
Sería ingenuo definir la prensa como la expresión de la opinión pública, se
acerca más a la realidad afirmar que la historia de la prensa es la historia de los
grupos o ideologías dominantes que la controlan. Desde el nacimiento de la
prensa diaria podemos distinguir dos tipos ideales de periódicos que se
corresponden con dos posiciones políticas presentes en la sociedad industrial —
con mayor o menor peso relativo según países y épocas— desde sus orígenes
hasta nuestros días: la prensa autoritaria y la prensa liberal.
El diario autoritario es el portavoz de los intereses particulares de un grupo
social determinado, ya sea explícitamente o bajo la coartada de defender el
interés general. Proclama que la prensa debe estar al servicio de quienes poseen
la verdad, entendida ésta como algo sólo al alcance de una minoría capaz de
aprehenderla e independiente de la opinión de la mayoría. Si quien posee la
verdad es el grupo que detenta el poder político, su misión en pro del interés
general exige que la prensa sea controlada o incluso gestionada directamente por
él mismo, ya que tal misión no debe verse dificultada por críticas procedentes de
masas irresponsables. La prensa autoritaria no se plantea necesariamente como
una empresa que ha de ser rentable, ya que su objetivo no es obtener beneficios
inmediatos dentro del sector de las comunicaciones, sino el control político o la
defensa de los intereses económicos o ideológicos del grupo que la financia. Su
actitud frente al público en general puede oscilar entre ignorarlo (pocos lectores
pero cualificados, sólo interesa influir sobre la elite política) o monopolizarlo
prohibiendo o censurando prensa de otro tipo.
La prensa liberal concibe la libertad de información, de opinión y de crítica
como un derecho ciudadano y niega que pueda determinarse a priori dónde está
la verdad; para que ésta florezca es necesario que cada cual pueda expresar
libremente su punto de vista. Este tipo de prensa nace casi al mismo tiempo que
la autoritaria, con voluntad de independencia respecto al poder político y
económico y, por tanto, con la pretensión de constituir empresas rentables,
económicamente sólidas, basadas en la fidelidad de un público lector amplio que
premiaría la profesionalidad de los redactores comprando el periódico.
Planteamiento que se ha revelado en parte utópico, ya que en la actualidad los
ingresos de cualquier diario dependen en gran medida de la publicidad, a través
de la cual es posible controlar de manera muy efectiva una línea editorial.
Esta tipología dicotómica refleja con cierta precisión el panorama de la prensa
en sus primeros tiempos, aunque en ella no encajan muy bien fenómenos como
los diarios que surgieron con la pretensión de ser los portavoces de las clases
subalternas o de los partidos políticos de izquierdas, es decir, la llamada prensa
obrera, sindicalista, comunista, socialista o anarquista. Pero para dar una imagen
más aproximada a la situación de la prensa en la actualidad en las sociedades
avanzadas, junto al factor ya considerado —que vamos a definir como forma de
aproximarse a la realidad social— hay que introducir otro elemento, que viene
dado por la difusión de la cultura de masas a partir de 1945 y que supone un
cambio radical en la concepción de los contenidos de la prensa.
Una larga tradición en sociología define las sociedades industriales como
complejas, a causa de la pluralidad de ideologías, intereses, creencias, estilos de
vida, posiciones laborales, etc., que coexisten en ellas. La prensa puede intentar
dar cuenta de esta complejidad haciéndose eco de las diferentes posiciones en
conflicto, o bien dar una imagen simplificada, estereotipada, de la realidad
defendiendo o privilegiando determinados puntos de vista en detrimento de
otros. En un polo tendremos la prensa democrática, en el otro la autoritaria.
En sus orígenes la prensa se define como un medio de información y opinión,
un producto cultural concebido más para provocar la reflexión e incluso la
movilización del lector que no su entretenimiento, un producto «serio» que
informa sobre cuestiones importantes que afectan directa o indirectamente a la
vida de sus lectores. Con la generalización de la sociedad de consumo y la
cultura de masas comienzan a aparecer publicaciones periódicas especializadas
en otro tipo de informaciones y con la finalidad explícita de entretener al lector
apelando más a sus emociones que a su capacidad reflexiva (prensa deportiva,
del corazón, especializada en sucesos o en chismorreos). Poco a poco la mayoría
de los periódicos tradicionales van incorporando estas secciones y, además, la
manera de tratar la información en las secciones «serias» y en las «frívolas»
tiende a mimetizarse. Por ejemplo, las noticias típicas de las secciones
tradicionales se presentan cada vez más bajo la forma de relato-reportaje en el
que los sentimientos o el punto de vista subjetivo de alguna persona involucrada
en el acontecimiento sustituye a la exposición aséptica del hecho o a su análisis
distanciado. Desde el punto de vista de la concepción de los contenidos, en un
polo tendremos la prensa seria, tradicional o elitista; en el otro lo que podríamos
llamar, según los casos, prensa sensacionalista o simplemente popular.
Combinando la forma de aproximarse a la realidad con la concepción de los
contenidos, en la actualidad tendríamos cuatro tipos ideales de periódicos.

1. Periódico autoritario tradicional. Combina la lectura reduccionista de la


realidad con el rechazo de los contenidos de la cultura de masas. A diferencia de
sus antecesores, en una situación de libertad de prensa se ve obligado a competir
con los puntos de vista reflejados en otros diarios. Aunque su objetivo central no
es la obtención de beneficios mediante el aumento del número de lectores, la
necesidad de enmascarar la defensa de intereses particulares con la cobertura de
un apoyo popular le obliga a evolucionar hacia el segundo tipo ideal, ya que en
la actualidad la capacidad de presión de un diario sobre los centros de poder está
directamente relacionada con su nivel de difusión.
2. Periódico autoritario sensacionalista. Extrema el recurso a los mecanismos
de manipulación más burdos de la cultura de masas y ofrece una lectura
fuertemente distorsionada de la realidad social. El paradigma indiscutible de este
tipo de diario es, desde hace décadas, el alemán Bild Zeitung; su fórmula está
siendo emulada desde hace unos años por el británico The Sun.
3. Periódico democrático serio o tradicional. Se muestra muy reticente ante
los contenidos más «populares» propios de la cultura de masas y pretende ser
respetuoso con la complejidad social y ofrecer a su lector —frecuentemente de
elevado nivel cultural— un panorama riguroso de noticias y comentarios para
que él saque sus propias conclusiones. Suele dedicar un espacio preponderante a
las secciones de política y economía y a la discusión de los temas propuestos
mediante el apoyo de una redacción altamente competente y especializada y una
densa red de corresponsales en el exterior. En este tipo se incluirían diarios como
los prestigiosos The Times y Le Monde. Su público no demasiado amplio y la
pretensión de mantener la independencia frente a intereses económicos o
políticos suelen plantearles serios problemas financieros.
4. Periódico democrático popular. Es una variante del caso anterior que
pretende combinar el respeto hacia la complejidad social con un recurso más
generoso a las técnicas de la cultura de masas; es decir, su filosofía es conseguir
el mayor número posible de lectores sin renunciar a ofrecer un análisis matizado
de los acontecimientos. Aquí podrían citarse El País —el diario español de más
difusión—, el francés Libération o el italiano La Repubblica.

En definitiva, en la actualidad un diario que quiera ser solvente se enfrenta al


dilema de, por una parte, intentar transmitir una imagen respetuosa con la
complejidad social, y, por tanto, apelar a la razón del lector ofreciendo
contenidos que amplíen su conocimiento de la realidad y estimulen su capacidad
de reflexión; y, por otra, conseguir un número suficiente de lectores que
garantice su independencia y profesionalidad.
En 1895 Louis Lumière expuso al público por primera vez, en París, una
realización cinematográfica. Se trataba de un breve reportaje documental cuyo
éxito sorprendió al propio Lumière, que no concedía a su invento otro valor que
el estrictamente científico. Un año después Georges Méliès, empresario teatral
parisino, empezaba a producir lo que hoy conocemos propiamente como
películas, es decir, a contar historias a través de una técnica cinematográfica.
Había nacido el cine y, a diferencia de la prensa, había nacido en principio para
divertir, aunque muy pronto se cayó en la cuenta de su capacidad para proponer
valores unitarios al gran público y, por tanto, de su poder potencial.
El cine es al mismo tiempo un arte y una industria, ya que en este medio la
idea del creador necesita inevitablemente, para ser llevada a la práctica, el
acompañamiento de una técnica y de una organización complejas. En efecto, el
autor-productor-director es una figura excepcional que, aun en este caso
extremo, suele ser ayudado por un guionista. Pero lo habitual es que entre la idea
inicial y el producto final se interponga una cadena muy compleja constituida
por recursos materiales, financieros, técnicos y humanos de diferentes
profesiones y cualificaciones.
El llamado séptimo arte experimentó un desarrollo muy rápido, y en Estados
Unidos siguió un proceso paralelo aunque con unas connotaciones más
industriales que en Europa, donde la componente artesanal se ha mantenido más
acentuada. Durante la Primera Guerra Mundial, un grupo de realizadores
cinematográficos se instaló en Hollywood, un pueblecito cercano a Los Ángeles,
y puso en marcha una industria que conoció una rápida expansión y popularidad
y que acabó sobrepasando la producción europea, semiparalizada en aquellos
años por la guerra y volcada en la realización de noticieros y propaganda. Desde
entonces la industria cinematográfica norteamericana domina el mercado
internacional. El éxito de Hollywood descansó en tres pilares: las películas de
vaqueros, el star system, que ponía de moda arquetipos éticos y estéticos como
el héroe, el malo, la ingenua, la vampiresa o el latin lover, y el cine cómico.
Después de la guerra el cine europeo se recupera y aparecen movimientos
como el vanguardismo francés, seguido del surrealismo (Luis Buñuel, Jean
Renoir, René Clair, Jean Cocteau), el expresionismo alemán (Fritz Lang), tras el
que se adivina la crisis moral de la derrota bélica, y el realismo socialista o
soviético (Einsenstein), corriente de exaltación revolucionaria que captó
enseguida las potencialidades del cine como arte de masas. Pero la supremacía
industrial se mantiene en Estados Unidos, con figuras como John Ford, Howard
Hawks y Walt Disney, a las que hay que sumar inmigrados europeos como E.
Lubitsch y Charles Chaplin. Entre finales de los años veinte y principios de los
treinta se incorpora el sonido y puede hablarse ya de una clara especialización
por géneros: negro, comedia, musical, denuncia político-social, etc.
Durante la Segunda Guerra Mundial predominaron dos tipos de películas: las
de evasión y las de intencionalidad patriótica orientadas a conseguir la
movilización de masas en pos del esfuerzo bélico. Particular interés tiene el
fenómeno del cine nazi. Los años posteriores son, entre otras cosas, los del
neorrealismo italiano (R. Rosellini, L. Visconti) y, en Estados Unidos, el
macartismo con su censura y persecución de intelectuales. En España, a
mediados de los años cincuenta, directores como Juan Antonio Bardem y Luis
García Berlanga comienzan una notable carrera que llega casi hasta nuestros días
y que da lugar a algunas películas que deben ser contempladas como auténticos
documentos sociológicos que reflejan una época de nuestra historia reciente.
Son también los años en que al cine le nace un poderoso competidor, la
televisión, primero en Estados Unidos y luego en toda Europa. El cine se
defiende generalizando el uso del color, incorporando espectacularidad (pantalla
de grandes dimensiones, superproducciones) y comenzando a producir series
para la televisión, principalmente en Estados Unidos. Desde entonces y hasta la
actualidad la industria cinematográfica de este país —que sigue siendo la
primera del mundo—, con escasas excepciones, interioriza cada vez más los
postulados de la cultura de masas produciendo un cine muy comercial y, en la
mayor parte de los casos, de discutible valor artístico.
En Europa, por el contrario, pervive una concepción menos industrial y más
artístico-cultural del cine. Esto ha hecho posible, junto al cine comercial,
fenómenos como el llamado cine de autor, con menos medios e independiente de
la gran industria, que ha permitido la incorporación de temas y tratamientos más
alejados de los usos de la cultura de masas. El caso extremo fue el del sueco
Ingmar Bergman. Corrientes como la nouvelle vague francesa (François
Truffaut) o el cine político-social italiano (Francesco Rossi) han sabido
conservar el rigor del producto cultural manteniendo cierta popularidad. Pero
este tipo de cine muchas veces no es compatible con la lógica del mercado y
necesita el concurso público para sobrevivir. De hecho Estados Unidos es el
único país occidental cuya industria cinematográfica no tiene acceso a ningún
tipo de ayuda estatal.
Como medio de comunicación de masas, la radio nace después de la Primera
Guerra Mundial. Las primeras emisoras que transmitieron programas con
regularidad fueron la de Pittsburg, en Estados Unidos en 1920, y la BBC de
Londres en 1922, seguidas inmediatamente despu