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Teano

Tratado Sobre la piedad de Teano. He oído decir que muchos griegos creen que Pitágoras
dijo que todas las cosas proceden del número. Pero este aserto implica una aporía: cómo las
cosas que no son se considera que pueden ser principio de generación. Pero no dijo que
proceden del número, sino que todas las cosas se originan conforme al número, porque en el
número está el primer orden. Gracias a que participan de ese orden, se aplica a las cosas que
se cuentan en primer lugar, un segundo y así sucesivamente. (Estobeo 1.10.13 p.125 Wa,
Mullach 2 p. 115)

Teano la pitagórica escribe: En verdad que, para los malos que mueren tras cometer sus
fechorías, la vida sería un banquete si el alma no fuera inmortal (Clemente de Alejandría,
Stromata 4.7.44).

Dice Teano: Hay cosas de las que es bello hablar y hay otras de las que es vergonzoso guardar
silencio. Hay también cosas de las que es vergonzoso hablar y hay otras cosas de las que es
preferible guardar silencio. (Florilegio monacense 270)

Teano enseño el brazo al ponerse el manto. Alguien le dijo “bonito brazo”, y ella respondió
“pero no público”. Es necesario que no solo el brazo, sino también la palabra de la mujer
moderada no sean públicos y que frente a los extraños respete y cuide la voz como si con ella
se desnudase. Pues en la voz se ve la emoción, el carácter y la disposición de la que habla.
(Clemente de Alejandría, Stromata 4.121.2)

Preguntada Teano la pitagórica cómo llega a ser célebre respondió con un verso de la Iliada
(I,31) “aplicándome al telar y compartiendo mi lecho” (Estobeo 4.23.49).

Teano, la filósofa pitagórica, preguntada en cuántos días se vuelve pura mujer tras tener
relaciones con un hombre, respondió: “con el propio, en el acto; con un extraño, nunca en la
vida.” (Diógenes de Laercio VIII 43)

Preguntada Teano qué sería lo conveniente para una mujer, respondió: “complacer a su
propio esposo” (Estobeo 4.23.55)

Teano dice: “Es preferible confiar en un caballo sin freno antes que en una mujer que no
piensa.” (Florilegio Monacense 268)
Interrogada sobre qué era el amor, Teano respondió: “La inclinación de un alma desocupada”
(Florilegio Monacense 270)

A la mujer que iba a acostarse con su marido, la exhortaba despojarse al mismo tiempo de
los vestidos y del pudor, y, al levantarse, tomarlos de nuevo al mismo tiempo. Y al haberle
preguntado: “¿tomar qué?”, respondió: “aquello por lo que me llaman mujer”. (Diógenes de
Laercio VIII 43)

Cartas

Teano a Eubula: alegría. (1) Oigo que tratas la educación de los niños con blandura. Ahora
bien, lo propio de una buena madre no es el cuidado de los niños con vistas al placer, sino
educarlos en la moderación. Cuida que, en vez de ser una madre amante, te conviertas en una
madre lisonjera, porque el placer alimentado conjuntamente con los niños los hace
indisciplinados. Pues ¿qué es más agradable para los jóvenes que el placer habitual? Es
necesario, querida, atender a la educación de los niños, no a su perdición. El libertinaje es
perdición de la naturaleza cuando se hacen amigos del placer en lo relativo al alma y
voluptuosos en lo relativo al cuerpo: esquivos al trabajo en lo que se refiere al alma y en lo
que toca al cuerpo demasiado blandos.
(2) Es necesario también ejercitar a los que se educa en las cosas que son de temer, incluso
aunque fuera preciso padecer y sufrir, para que no sean esclavos de sus pasiones ni ansiosos
con los placeres o negligentes en las fatigas, para que honren las cosas bellas antes que todo
lo demás, alejándose del placer y manteniéndose firmes en las fatigas. No hay que
atiborrarlos de alimentos, ni hacer mucho gasto en los placeres, ni hacerlos indisciplinados
en los juegos sin reglas, y dejarles decir todo y hacer todo, ni mostrarte asustada si lloran ni
tener a honor si ríen, o mostrarte sonriente aun si golpean a la nodriza o si te hablan mal, y
no proporcionar mucha molicie, sea calor ardiente en invierno o frescura del verano. De todo
esto los niños pobres no tienen ninguna experiencia; son alimentados con sencillez pero no
por ello crecen menos y se comportan mucho mejor.
(3) Pero tú crías a tus hijos cual prole de Sardanápalo, debilitando con los placeres la
naturaleza de los varones. Porque ¿qué podría hacer uno con un niño que llora si no es
alimentado al instante, que busca las delicias de lo exquisito cuando come, que desfallece
cuando hace calor y se derrumba cuando hace frío, que contraataca cuando alguien lo
censura, que se aflige cuando no se está al servicio de sus placeres, que se enfada cuando no
devora, que derrocha el tiempo en el placer y que se contonea yendo de un lado a otro?
(4) Cuidado, pues, querida; sabedora de que los niños que viven en la molicie se hacen
esclavos cuando alcanzan la edad viril, suprime tales placeres, proporcionándoles una
educación austera, no blanda y permitiéndoles que soporten hambre y sed, también frío y
calor ardiente y el sentido de la vergüenza, proceda de sus colegas o de sus jefes. Porque de
esta manera ellos alcanzan a ser nobles de alma, sean exaltados o atacados, pues las penas,
amiga, son para los niños una especie de mordientes de una virtud que avanza hacia la
perfección: bañados en ellas de modo suficiente, llevan consigo el temple más íntimo de la
virtud. Así pues, mira, querida, no vaya a ser que, igual que los viñedos mal cuidados carecen
de fruto, del mismo modo los niños por causa de la molicie engendren una maligna cosecha
de insolencia y completa ineptitud. Que el vigor te acompañe.
Teano al médico Euclides
Ayer, alguien se había lesionado en una pierna y el que fue a llamarte llegó a tu casa (yo
misma también estaba presente, pues el herido era un amigo íntimo), pero regresó de
inmediato diciendo que también el médico estaba mal y que sentía dolor en el cuerpo. Yo (lo
juro por los dioses), dejando al margen la pena por aquel amigo, tenía en la mente al médico
y suplicaba a Panacea y a Apolo de insigne arco que no le sucediera nada penoso al médico.
No obstante, descorazonada, te escribo unas letras porque deseo saber cómo te encuentras,
no sea que tengas en mal estado la boca del estómago o que tengas dañado el hígado por la
fiebre o que te haya sobrevenido algún daño orgánico. De modo que yo, haciendo caso omiso
de las muchas piernas de mis amigos, saludo con alegría tu estimada salud, oh buen doctor.
Teano a la admirable Eurídice
¿Qué pena acongoja tu alma? Estás desalentada no por otra cosa que porque aquel con quien
convives va con una hetera y con que ella obtiene el placer del cuerpo. Pero no debes sentirte
mal, oh admirable entre las mujeres. Pues ¿acaso no ves que también el oído, cuando se llena
del placer de un instrumento como la lira, también se llena de melodía musical y que, cuando
se sacia de ella, desea la flauta y escucha el caramillo con placer? Ciertamente, ¿qué tipo de
comunidad guarda la flauta con las cuerdas musicales y el sonido admirable de un
instrumento de tan meliflua calidad? Lo mismo que para ti vale también para la hetera on la
que convive tu marido. Pues tu marido, por su actitud, su naturaleza y su razón piensa en ti,
pero cuando se sienta saciado, frecuentará de forma pasajera a la hetera. Porque aquellos en
los que se alberga un gusto corrompido, existe una cierta atracción por los alimentos que no
son buenos.
Teano a Calisto
A vosotras, las mujeres más jóvenes, por el acto mismo del matrimonio la ley os ha dado
poder sobre los sirvientes domésticos, pero la enseñanza se debe encontrar en las mujeres
más ancianas, siempre dispuestas al consejo en lo concerniente a la administración de la casa.
Pues es bueno primero aprender lo que no conocéis y considerar como más adecuado el
consejo de las más ancianas. Porque en estas cuestiones un alma joven debe ser educada
desde la pubertad. Las mujeres ejercen su primera autoridad de la casa sobre los sirvientes.
Es muy importante, querida, tener benevolencia con la servidumbre; pues la benevolencia no
se adquiere al comprar sus cuerpos, sino que la generan con el tiempo las amas de casa
inteligentes. La causa de esto es un comportamiento justo, de modo que ni enfermen por la
fatiga ni resulten incapacitados por la privación. Algunas amas de casa toman como ganancia
lo más improductivo: el maltrato a los sirvientes, agobiándolos con tareas y privándoles de
lo necesario. Y así, haciéndose con ganancias por valor de un óbolo, se perjudican con
grandes sumas pecuniarias, con malquerencias y con las peores insidias. Pero tú ten a mano
la mediad de alimentos proporcionados a la cuantía del trabajo de la lana que se realiza cada
día. Esto es por lo que toca a la dieta. En cuanto a la conducta indisciplinada, hay que atender
a lo conveniente para ti, no lo favorable para las sirvientas; hay que estimarlas conforme a su
merecimiento, porque la crueldad no aportará gratitud al espíritu: lo decisivo es la aversión
a la maldad en no menor medida que el cálculo. Pero si el exceso de maldad de tus sirvientes
es invencible, hay que sacarlos de casa y venderlos. Pues lo que es ajeno a la utilidad debe
ser también ajeno a la dueña de la casa. Que la razón sea para ti el juez en esta cuestión.
Gracias a ella evaluarás la verdad de mala acción en relación con la justicia de la condena, y
también la magnitud de lo mal hecho en relación con el castigo merecido. La clemencia y la
generosidad del ama de casa se abstienen de castigar por las faltas cometidas: de esa manera
conservarás lo conveniente y apropiado a tu modo de ser. Porque algunas, querida, por su
crueldad azotan los cuerpos de las sirvientas convirtiéndose en bestias por causa de los celos
o de la cólera como si dejaran grabado un documento de su exceso de brutalidad. Porque