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DISCURSO SOBRE EL MÉTODO – RENÉ DESCARTES

PRIMERA PARTE

El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo, pues cada uno piensa estar tan bien provisto de él que aun los
más difíciles de contentar en cualquier otra cosa, no suelen desear más del que tienen. Al respecto no es verosímil
que todos se equivoquen, sino que más bien esto testimonia que la capacidad de juzgar bien y de distinguir lo
verdadero de lo falso, que es propiamente lo que se llama el buen sentido o la razón, es naturalmente igual en todos
los hombres; y así la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que los otros,
sino solamente de que conducimos nuestros pensamientos por distintas vías y no consideramos las mismas cosas.
Pues no se trata de tener el ingenio bueno, sino que lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces
de los mayores vicios, tanto como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden avanzar mucho
más, si siguen el camino recto, que los que corren pero se alejan de él.

Por mi parte, nunca he considerado que mi ingenio fuese en nada más perfecto que el del común de los mortales;
hasta he deseado a menudo tener el pensamiento tan pronto, o la imaginación tan nítida y distinta, o la memoria tan
amplia o presente, como algunos otros. Y no conozco otras cualidades sino éstas que sirvan a la perfección del
ingenio; pues en cuanto a la razón, o al sentidob, en tanto que es la única cosa que nos hace hombres y distingue de
las bestias, quiero creer que está entera, sin ninguna reserva, en cada uno de nosotros y seguir en esto la opinión
común de los filósofosc que dicen que el más y el menos se da sólo entre los accidentes y de ningún modo entre las
formas, o naturalezas de los individuos de una misma especie.

Por ello, tan pronto como la edad me permitió salir de la sujeción de mis preceptores, abandoné por entero el
estudio de las letras. Y resuelto a no buscar otra ciencia sino la que pudiera encontrar en mí mismo o bien en el gran
libro del mundo, empleé el resto de mi juventud en viajar, en ver cortes y ejércitosm, en frecuentar gentes de
diversos temperamentos y condiciones, en recoger diversas experiencias, en probarme a mí mismo en las
circunstancias que la fortuna me deparaba, y en todas partes hacer tal reflexión sobre las cosas que se me
presentaban que pudiera obtener algún provecho de ellas. Pues me parecía que podía encontrar mucha más verdad
en los razonamientos que cada uno hace en lo tocante a los asuntos que le interesan, y cuyo resultado le debe
castigar poco después si ha juzgado mal, que en los que hace un hombre de letras en su despacho, en lo tocante a
especulaciones que no producen efecto alguno y que no le reportan otra consecuencia, sino que tal vez aumentará
tanto más la vanidad cuanto más alejadas estén del sentido común, puesto que habrá debido emplear más ingenio y
artificio en procurar hacerlas verosímiles. Y tenía siempre un extremado deseo de distinguir lo verdadero de lo falso,
para ver claro en mis acciones y caminar con seguridad por esta vida.

Es verdad que, mientras no hacía sino considerar las costumbres de los otros hombres, no encontraba apenas de qué
estar seguro, y advertía casi tanta diversidad como antes la había observado entre las opiniones de los filósofos. De
suerte que el mayor provecho que obtenía era que, viendo muchas cosas que, aunque nos parezcan muy
extravagantes y ridiculas, no dejan de ser comúnmente admitidas y aprobadas por otros grandes pueblos, aprendía a
no creer demasiado firmemente nada de aquello de lo que no se me había persuadido sino por el ejemplo y la
costumbre; y así me liberaba poco a poco de muchos errores, que pueden ofuscar nuestra luz natural y volvernos
menos capaces de escuchar la razón. Pero después que hube empleado algunos años en estudiar así en el libro del
mundo y en tratar de adquirir alguna experiencia, tomé un día la resolución de estudiar también en mí mismo y
emplear todas las fuerzas de mi ingenio en escoger los caminos que debía seguir. Lo cual me salió mucho mejor, eso
me parece, que si no me hubiese nunca alejado de mi país y de mis libros.

SEGUNDA PARTE
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Estaba por entonces en Alemania, adonde la ocasión de unas guerras aún no acabadas me había llamado; y
volviendo de la coronación del emperador hacia el ejército, el comienzo del invierno me detuvo en un lugar donde,
no encontrando ninguna conversación que me distrajese, y no teniendo por otra parte, afortunadamente, ninguna
preocupación ni pasión que me turbaran, permanecía todo el día encerrado y solo en una habitación con estufa,
donde disponía de todo el tiempo libre para cultivarme con mis pensamientos. Entre los cuales, uno de los primeros
fue caer en la cuenta que a menudo no hay tanta perfección en las obras compuestas de varias piezas y realizadas
por la mano de distintos hombres como en aquellas en que uno solo ha trabajado. Así se ve que los edificios que un
solo arquitecto ha empezado y acabado son habitualmente más bellos y están mejor dispuestos que aquellos otros
que varios han tratado de componer, utilizando viejos muros que habían sido levantados para otros fines. Así esas
antiguas ciudades, que no habiendo sido al principio sino aldeas han llegado a ser, con el paso del tiempo, urbes,
están ordinariamente tan mal trazadas, comparadas con esas plazas regulares que un ingeniero traza según su
fantasía en una llanura, que aunque al considerar sus edificios cada uno por su parte se encuentra a menudo tanto o
más arte que en aquellas otras dibujadas por un ingeniero, sin embargo, al ver cómo están dispuestos, aquí uno
grande, allí uno pequeño, y como hacen las calles curvas y desiguales, se diría que es más bien la fortuna, que no la
voluntad de algunos hombres usando la razón, quien así la ha dispuesto. Y si se tiene en cuenta que, a pesar de ello,
ha habido siempre unos oficiales encargados del cuidado de los edificios de los particulares para hacerlos servir al
ornato público, se reconocerá que es dificultoso, trabajando sobre lo hecho por otro, hacer cosas perfectas. Así, me
imaginaba que esos pueblos, habiendo sido antaño medio salvajes y no habiéndose civilizado sino poco a poco, que
no han hecho sus leyes sino a medida que la incomodidad de los crímenes y las disputas les iban apremiando, no
pueden tener costumbres tan acomodadas como los que, desde el comienzo en que se juntaron, han observado las
constituciones de algún prudente legislador. De la misma manera es muy cierto que el estado de la verdadera
religión, cuyas ordenanzas Dios solo ha hecho, debe estar incomparablemente mejor establecido que todos los
demás. Y para hablar de cosas humanas, creo que, si Esparta fue en otro tiempo muy floreciente, no se debió a la
bondad de cada una de sus leyes en particular, visto que muchas eran muy extrañas, e incluso contrarias a las
buenas costumbre, sino a causa de que, habiendo sido inventadas por uno solo, tendían todas a un mismo fin. Y así
yo pensé que las ciencias de los libros, al menos aquellas cuyas razones son sólo probables y carecen de
demostraciones, habiéndose compuesto y aumentado poco a poco con las opiniones de varias personas diferentes,
no son tan próximas a la verdad como los simples razonamientos que puede hacer naturalmente un hombre de buen
sentido en lo tocante a las cosas que se presentan. Y así también pensé que como todos hemos sido niños antes de
ser hombres y hemos habido menester durante mucho tiempo de estar gobernados por nuestros apetitos y nuestros
preceptores, que eran a menudo contrarios unos a otros, y, tal vez, ni los unos ni los otros nos aconsejaban siempre
lo mejor, es casi imposible que nuestros juicios sean tan puros y tan sólidos como lo serían si hubiésemos tenido el
uso pleno de nuestra razón desde el momento de nuestro nacimiento y no hubiésemos sido sino conducidos por
ella.

TERCERA PARTE

Y en fin, como no es bastante, antes de comenzar a reconstruir el alojamiento que se habita, con derribarlo y hacer
provisión de materiales y arquitectos, o ejercitarse uno mismo en la arquitectura y además de esto haber trazado
cuidadosamente el diseño, sino que también hay que haberse provisto de alguna otra habitación, en donde se pueda
estar alojado cómodamente durante el tiempo en que se trabajará; así, a fin de no permanecer irresoluto en mis
acciones, mientras la razón me obligara a serlo en mis juicios, y no dejar de vivir desde ese momento lo más
felizmente que pudiese, hice mía una moral provisional que no consistía sino en tres o cuatro máximas, de la que
quiero gustosamente haceros partícipes.

La primera .era obedecer las leyes y las costumbres de mi país, conservando con constancia la religión en la que Dios
me ha concedido la gracia de ser instruido desde mi infancia, y rigiéndome en todo lo demás con arreglo a las
opiniones más moderadas y más alejadas del exceso que fuesen comúnmente aprobadas en la práctica por los más
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sensatos de aquellos con quienes tendría que vivir. Pues, comenzando ya a no contar para nada con las mías propias,
a causa de que quería someterlas todas a nuevo examen, estaba seguro de no poder hacer nada mejor que seguir las
de los más sensatos. Y aun cuando haya tal vez tan sensatos entre los persas o los chinos como entre nosotros, me
parecía que lo más útil era acomodarme a aquellos con quienes tendría que vivir; y que, para saber cuáles eran
verdaderamente sus opiniones, debía estar atento más bien a lo que practicaban que a lo que decían, no sólo
porque dada la corrupción de nuestras costumbres hay pocas personas que deseen decir todo lo que creen, sino
también porque muchas lo ignoran ellas mismas; pues el acto del pensamiento por el cual uno cree una cosa, al ser
diferente de aquel por el cual uno conoce que se la cree, se halla a menudo el uno sin el otro. Y entre varias
opiniones igualmente aprobadas, no escogía sino las más moderadas: tanto porque son siempre las más cómodas
para la práctica, y verosímilmente las mejores, ya que todo exceso suele ser malo, como también a fin de desviarme
menos del verdadero camino, en caso de que fallase, si, habiendo escogido uno de los extremos, hubiese sido el otro
el que debiera seguirse. Y en particular, colocaba entre los excesos todas las promesas por las que se cercena algo de
la propia libertad. No es que yo desaprobase las leyes que, para remediar la inconstancia de los espíritus débiles
cuando se tiene algún designio bueno, o incluso para la seguridad del comercio cuando el designio es indiferente,
permiten que se hagan votos o contratos que obligan a perseverar, sino que, porque no veía en el mundo ninguna
cosa que permaneciera siempre en el mismo estado, y porque, en lo que a mí se refiere en particular, me proponía
perfeccionar más y más mis juicios, y no hacerlos peor, hubiera creído cometer una grave falta contra el buen
sentido si, al aprobar por entonces alguna cosa, me hubiese obligado a tomarla por buena también después, cuando
hubiese cesado de serlo o cuando hubiese cesado de estimarla como tal.

Sin embargo, esos nueve años transcurrieron antes de que hubiese tomado alguna decisión tocante a las dificultades
de que suelen disputar los doctos, y comenzado a buscar los fundamentos de una filosofía más cierta que la vulgar. Y
el ejemplo de varios excelentes ingenios que, habiendo tenido antes el propósito, me parecía que no lo habían
conseguido, me hacía imaginar tanta dificultad en ello, que tal vez no me hubiese aún atrevido a emprenderlo si no
hubiese visto que algunos dejaban ya correr el rumor de que lo había llevado a cabo. Yo no sabría decir sobre qué
fundaban esa opinión; y si en algo he contribuido a ella por mis discursos, debe haber sido al confesar lo que
ignoraba más ingenuamente de lo que suelen hacerlo los que han estudiado un poco, y tal vez también al hacer ver
las razones que tenía para dudar de muchas cosas que los demás estiman ciertas, antes que por jactarme de poseer
doctrina alguna. Pero teniendo el corazón bastante orgulloso para no querer que se me tomase por otro distinto del
que era, pensé que era necesario que me esforzase, por todos los medios, en hacerme digno de la reputación que se
me daba; y hace precisamente ocho años, ese deseo me hizo tomar la decisión de alejarme de todos los lugares en
donde podía tener relaciones, y retirarme aquí, a un país en el que la larga duración de la guerra ha hecho establecer
tales ordenanzas que los ejércitos que se mantienen no parecen servir sino a hacer que se goce de los frutos de la
paz con otro tanto más de seguridad, y en donde, en medio de la multitud de un gran pueblo muy activo, y más
cuidadoso de sus propios asuntos que curioso de los ajenos, sin carecer de ninguna de las comodidades que hay en
las ciudades más concurridas, he podido vivir tan solitario y retirado como en los desiertos más apartados.

CUARTA PARTE

No sé si debo hablaros de las primeras meditaciones que hice allí, pues son tan metafísicas y tan poco comunes, que
no serán tal vez del gusto de todo el mundo. Sin embargo, a fin de que se pueda juzgar si los fundamentos que he
considerado son bastante firmes, me encuentro de alguna manera obligado a hablar de ellas. Hacía mucho tiempo
que había advertido que, respecto de las costumbres, es necesario algunas veces seguir opiniones que se saben muy
inciertas, como si fueran indudables, tal como ha sido dicho en la parte anterior; pero, como por entonces quería
dedicarme solamente a la búsqueda de la verdad, pensé que era preciso que hiciese todo lo contrario y que
rechazase como absolutamente falso todo aquello en que pudiese imaginar la menor duda, a fin de ver si no
quedaría, después de esto, algo en mi creencia que fuese enteramente indudable. Así, puesto que nuestros sentidos
nos engañan algunas veces, quise suponer que no había cosa alguna tal como nos la hacen imaginar. Y puesto que
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hay hombres que se equivocan al razonar, incluso en lo tocante a los más simples asuntos de geometría, e incurren
en paralogismos, juzgando que yo estaba sujeto a equivocarme, tanto como cualquier otro, rechacé como falsas
todas las razones que había admitido con anterioridad como demostrativas. Y en fin, considerando que todos los
pensamientos que tenemos estando despiertos se nos pueden también aparecer cuando dormimos, sin que haya
ninguno entonces que sea verdadero, resolví fingir que todas las cosas que en cualquier momento habían entrado en
mi espíritu no eran más verdaderas que las ilusiones de mis sueños. Pero, inmediatamente después, advertí que,
mientras quería de ese modo pensar que todo era falso, era preciso necesariamente que yo, que lo pensaba, fuese
alguna cosa. Y dándome cuenta de que esta verdad: yo pienso, luego soy, era tan firme y tan segu¬ra que las más
extravagantes suposiciones de los escépticos no eran capaces de hacerla tambalear, juzgué que podía admitirla, sin
escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que buscaba.

Así, pues, después de que el conocimiento de Dios y del alma nos ha proporcionado la certeza de esa regla, es muy
fácil conocer que los ensueños que imaginamos estando dormidos no deben, de ninguna manera, hacernos dudar de
la verdad de los pensamientos que tenemos estando despiertos. Pues, si sucediese, incluso durmiendo, que una
persona tuviera una idea muy distinta, como, por ejemplo, que un geómetra inventase alguna nueva demostración,
su sueño no le impediría ser verdadera. Y en cuanto al error más corriente en nuestros sueños, que consiste en que
nos representan diversos objetos del mismo modo que lo hacen nuestros sentidos exteriores, no importa que nos dé
ocasión de desconfiar de la verdad de tales ideas, porque ellas pueden también engañarnos con bastante frecuencia
sin que estemos durmiendo: como ocurre cuando los que tienen ictericia ven todo de color amarillo, o cuando los
astros u otros cuerpos muy alejados nos parecen mucho más pequeños de lo que son. Pues, por último, sea que
estemos en vela, sea que durmamos, no debemos dejarnos persuadir nunca sino por la evidencia de nuestra razón. Y
es de señalar que digo de nuestra razón, y no de nuestra imaginación ni de nuestros sentidos. De la misma manera,
aunque veamos el Sol muy claramente, no debemos juzgar por ello que sea del tamaño que le vemos; y podemos
muy bien imaginar distintamente una cabeza de león encajada en el cuerpo de una cabra, sin que haya que concluir,
por ello, que exista en el mundo una quimera, pues la razón no nos dicta que lo que nosotros así vemos o
imaginamos sea verdadero. Pero nos dicta que todas nuestras ideas o nociones deben tener algún fundamento de
verdad; pues no sería posible que Dios, que es todo perfecto y verdadero las hubiese puesto en nosotros sin eso. Y
puesto que nuestros razonamientos no son jamás tan evidentes ni tan completos5 durante el sueño como durante la
vigilia, aunque algunas veces nuestras imaginaciones sean tanto o más vivas y explícitas, la razón nos dicta
igualmente que lo que nuestros pensamientos, no pudiendo ser todos verdaderos porque no somos totalmente
perfectos, poseen de verdad debe infaliblemente encontrarse en los que tenemos estando despiertos antes que en
aquellos que tenemos en nuestros sueños.

QUINTA PARTE

Mucho me agradaría proseguir y exponer aquí toda la cadena de las otras verdades deducidas por mí de esas
primeras. Pero, como para ello sería necesario que hablase ahora de varias cuestiones que están en debate entre los
doctos, con quienes no deseo indisponerme, creo que será mejor que me abstenga y que diga solamente en general
cuáles son, a fin de dejar que juzguen los más sabios si sería útil que el público fuese informado más detalladamente.
He permanecido siempre, firme en la resolución que había tomado de no suponer ningún otro principio que el que
acaba de servirme para demostrar la existencia de Dios y del alma, y de no admitir cosa alguna por verdadera que no
me pareciese más clara y más cierta de lo que lo habían sido antes las demostraciones de los geómetras. Y sin
embargo, me atrevo a decir que no sólo he encontrado el medio de satisfacerme en poco tiempo, en lo tocante a
todas las principales dificultades que suelen tratarse en la filosofía, sino que también he observado ciertas leyes que
Dios ha establecido de tal manera en la naturaleza y de las cuales ha impreso tales nociones en nuestras almas, que
después de haber reflexionado suficientemente, no podríamos dudar de que son exactamente observadas en todo
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cuanto hay o se hace en el mundo. Después de esto, considerando la serie de esas leyes, me parece haber
descubierto varias verdades más útiles y más importantes que todo lo que había aprendido con anterioridad o
incluso esperadas aprender.

Pero puesto que he tratado de explicar las principales de entre ellas en un tratado, que algunas consideraciones me
impiden publicar, no sabría darlas mejor a conocer sino diciendo aquí sumariamente lo que ese tratado contiene.
Antes de escribirlo, tuve el propósito de incluir en él todo lo que creía saber acerca de la naturaleza de las cosas
materiales. Pero, exactamente del mismo modo que los pintores, no pudiendo representar igualmente bien en un
lienzo liso todas las diversas caras de un cuerpo sólido, escogen una de las principales, que colocan enfrente de la
luz, y sombrean las otras, que no hacen aparecer sino en la medida en que se las puede ver al mirar la principal, así,
temiendo no poder incluir en mi discurso todo lo que tenía en el pensamiento, me propuse tan sólo exponer muy
ampliamente mi concepción de la luz; luego, tuve la ocasión de añadir algo del Sol y de las estrellas fijas porque casi
toda la luz procede de ellas; de los cielos, porque la transmiten; de los planetas, de los cometas y de la Tierra, porque
la reflejan; y en particular, de todos los cuerpos que hay sobre la Tierra porque son o coloreados, o transparentes, o
luminosos; y, finalmente, del hombre, porque es el espectador. Incluso para dar un poco de sombra a todas esas
cosas y poder decir con más libertad lo que juzgaba, sin estar obligado a seguir ni a refutar las opiniones admitidas
entre los doctos, resolví abandonar este mundo de aquí a sus disputas y hablar solamente de lo que ocurriría en uno
nuevo, si Dios crease ahora en alguna parte, en los espacios imaginarios, bastante materia para componerlo, y
agitase diversamente y sin orden las diversas partes de esa materia, de suerte que compusiera un caos tan confuso
como los poetas pudieran fingirlo, y, después, no hiciese otra cosa que prestar su concurso ordinario a la naturaleza,
dejándola obrar según las leyes por El establecidas. Así, en primer lugar, describí esa materia y traté de representarla
de tal suerte que no hay nada en el mundo, a mi parecer, más claro y más inteligible, excepto lo que antes se ha
dicho de Dios y del alma; pues incluso supuse, expresamente, que no había en ella ninguna de esas formas o
cualidades de que se disputa en las escuelas, ni en general cosa alguna cuyo conocimiento no fuera tan natural a
nuestras almas que no se pudiese ni siquiera fingir que se ignora. Además, hice ver cuáles eran las leyes de la
naturaleza; y sin apoyar mis razones en ningún otro principio que las perfecciones infinitas de Dios, traté de
demostrar todas aquellas sobre las que pudiera haber alguna duda, y de hacer ver que son tales, que aunque Dios
hubiese creado varios mundos, no podría haber ninguno en el que no fuesen cumplidas. Después de esto, mostré
cómo la mayor parte de la materia de ese caos debía, en virtud de esas leyes, disponerse y ordenarse de una cierta
manera que la hacía semejante a nuestros cielos; cómo, mientras, algunas de esas partes debían componer una
Tierra, y algunas otras, los planetas y los cometas, y otras, un Sol y las estrellas fijas.

SEXTA PARTE

Hace tres años a que había llegado al término del tratado que encierra todas esas cosas, y comenzaba a revisarlo a
fin de ponerlo en manos de un impresor, cuando supe que personas a quienes profeso deferencia y cuya autoridad
no es apenas menor sobre mis acciones que mi propia razón sobre mis pensamientos, habían reprobado una opinión
de física publicada un poco antes por otros, de la cual no quiero decir que yo la compartiera, pero sí que no había
advertido nada en ella, antes de su censura, que pudiese imaginar perjudicial ni para la religión ni para el Estado ni,
por consiguiente, nada que me hubiese impedido escribirla si la razón me hubiese persuadido de ello; y esto me hizo
temer que no fuera a haber, de la misma forma, alguna entre las mías en la que me hubiese extraviado, a pesar del
gran cuidado que he tenido siempre de no admitir opiniones nuevas en mi creencia de las que no tuviese
demostraciones muy ciertas, y de no escribir ninguna que pudiese redundar en perjuicio de alguien. Esto fue
suficiente para obligarme a cambiar la resolución que había tomado de publicar mis opiniones. Pues, aunque las
razones por las que había tomado anteriormente esa resolución fuesen muy fuertes, mi propensión, que me ha
hecho aborrecer siempre el oficio de escribir libros, me proporcionó inmediatamente otras para excusarme. Y esas
razones, tanto de una parte como de la otra, son tales que no sólo yo tengo algún interés en decirlas aquí, sino que
tal vez el público también tenga interés en conocerlas.
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Nunca he concedido mucho valor a las cosas que provienen de mi ingenio, y mientras no he recogido del método del
que me sirvo otros frutos sino quedar satisfecho respecto de algunas dificultades que pertenecen a las ciencias
especulativas, o tratar de ordenar mis costumbres de acuerdo con las razones que me enseñaba ese método, no he
creído estar obligado a escribir nada. Pues, por lo que toca a las costumbres, cada uno abunda tanto en su propio
sentido, que podrían encontrarse tantos reformadores como cabezas, si a otros distintos de los que Dios ha
establecido como soberanos sobre sus pueblos o de aquellos a quienes ha concedido suficiente gracia y celo para ser
profetas, les estuviera permitido dedicarse a modificarlas en algo; y aunque mis especulaciones fueran muy de mi
gusto, he creído que los demás tendrían también otras que les gustaran tal vez más. Pero tan pronto como hube
adquirido algunas nociones generales relacionadas con la física y comenzado a probarlas en diversas dificultades
particulares, observé hasta dónde pueden conducir y cuánto difieren de los principios de los que nos hemos servido
hasta el presente, y creí que no podía tenerlas ocultas, sin pecar gravemente contra la ley que nos obliga a procurar,
en la medida que podamos, el bien general de todos los hombres. Pues esas nociones me han hecho ver que es
posible alcanzar conocimientos que son muy útiles para la vida, y que, en lugar de esa filosofía especulativa que se
enseña en las es cuelas, se puede encontrar una práctica, por la cual, conociendo la fuerza y las acciones del fuego,
del agua, del aire, de los astros, de los cielos y de todos los demás cuerpos que nos rodean tan distintamente como
conocemos los diversos oficios de nuestros artesanos, podríamos emplearlos del mismo modo en todos los usos
apropiados, y así convertirnos como en amos y poseedores de la naturaleza. Lo cual no es de desear solamente por
la invención de una infinidad de artificios que harían que disfrutásemos sin ningún esfuerzo de los frutos de la tierra
y de todas las comodidades que se encuentran en ella, sino también principalmente por la conservación de la salud,
la cual es, sin duda, el primer bien y el fundamento de todos los demás bienes de esta vida; porque incluso el espíritu
depende tanto del temperamento y de la disposición de los órganos del cuerpo que, si es posible encontrar algún
medio que convierta habitualmente los hombres en más sabios y más hábiles que lo han sido hasta aquí, creo que es
en la medicina en donde hay que buscarlo. Verdad es que la que ahora se practica contiene pocas cosas cuya utilidad
sea tan notable; pero, sin que yo tenga ningún ánimo de despreciarla, estoy seguro de que no hay nadie, incluso
entre los que hacen de ella su profesión, que no confiese que todo lo que se sabe no es casi nada en comparación
con lo que, en esa ciencia, queda por saber, y que podríamos librarnos de una infinidad de enfermedades, tanto del
cuerpo como del espíritu, e incluso tal vez de la debilidad que lleva consigo la vejez, si tuviésemos suficiente
conocimiento de sus causas y de todos los remedios de los que la naturaleza nos ha provisto. Y como yo había
concebido el propósito de emplear toda mi vida en la búsqueda de una ciencia tan necesaria, y como había
encontrado un camino que me parecía tal que, siguiéndolo, se la debe encontrar infaliblemente, a no ser que lo
impida la brevedad de la vida o la falta de experiencias, juzgaba que no había mejor remedio contra esos dos
impedimentos que comunicar fielmente al público todo lo poco que hubiese encontrado e invitar a los ingenios
notables a que tratasen de ir más allá, contribuyendo cada uno, según su inclinación y sus posibilidades, a las
experiencias que habría que hacer, y comunicando asimismo al público todas las cosas que aprendiesen, a fin de
que, comenzando los últimos donde los precedentes hubiesen acabado, y de esta manera, juntando las vidas y los
trabajos de muchos, llegásemos todos juntos mucho más lejos de lo que podría hacerlo cada uno en particular.

Incluso observaba, en lo tocante a las experiencias, que son tanto más necesarias cuanto más se ha avanzado en el
conocimiento. Pues al principio es preferible servirse de las que se presentan por sí mismas a nuestros sentidos y
que no podríamos ignorar aunque hiciésemos poca reflexión, que buscar otras más raras y estudiadas; la razón de
esto es que esas más raras engañan a menudo, cuando aún no se saben las causas de las más comunes y que las
circunstancias de las que dependen son casi siempre tan particulares y pequeñas, que es muy difícil observarlas.
Pero el orden que he seguido en esto ha sido el siguiente: primero he tratado de encontrar en general los principios
o primeras causas de todo lo que es o puede ser en el mundo, sin considerar nada, para este efecto, sino a Dios solo,
que lo ha creado, ni sacarlas de otra parte, sino de ciertas semillas de verdades que están naturalmente en nuestras
almas. Después de esto he examinado cuáles eran los primeros y más ordinarios efectos que se podían deducir de
esas causas, y me parece que de esta manera he entrado unos cielos, unos astros, una Tierra, e incluso en la Tierra,
agua, aire, fuego o, minerales y algunas otras cosas que son las más comunes de todas y las más pies, y por
consiguiente las más fáciles de conocer. Luego, cuando quise descender a las que eran muy particulares, se me
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presentaron tantas tan diversas, que no he creído que fuese posible al ingenio humano distinguir las formas o
especies de cuerpos que hay en la Tierra de infinidad de otras que podría haber en ella, si hubiese sido la voluntad
de Dios el ponerlas, ni, por consiguiente, convertirlas en utilizables, a no ser que salgamos al encuentro de las causas
por los efectos y que nos sirvamos algunas experiencias particulares. Después de lo cual, repasando en mi espíritu
todos los objetos que se habían presentado a mis sentidos, me atrevo a decir que no Sirve cosa alguna que no
pudiese explicar con bastante comodidad por medio de principios que había encontrado. Pero es preciso también
que confiese que el poder de la naturaleza es tan amplio y tan vasto, y que sus principios son tan simples y tan
generales, que no observo casi ningún efecto particular, que de antemano no sepa que puede ser deducido de
diversas maneras, y que mi mayor dificultad es de ordinario encontrar por cuál de esas maneras depende de
aquellos principios. Y respecto de esa dificultad, no conozco otro remedio sino buscar nuevamente algunas
experiencias que sean tales que su resultado no sea el mismo según que se lo deba explicar por una u otra de esas
maneras. Además, estoy ahora en tal punto, que veo, al parecer, bastante bien qué artificioso medio debe utilizarse
para realizar la mayor parte de esas experiencias que pueden servir para este efecto; pero también veo son tales y
tan numerosas, que ni mis manos ni mis rentas, aunque tuviese mil veces más de lo que tengo, bastarían para todas;
de suerte que, según tenga en lo sucesivo comodidad para hacer más o menos experiencias, asimismo avanzaré más
o menos en el conocimiento de la naturaleza. Todo eso pensaba darlo a conocer en el tratado que había escrito, y en
él mostrar tan claramente la utilidad que el público puede recibir, que obligaría a todos los que desean en general el
bien de los hombres es decir, a todos aquellos que son efectivamente virtuosos y no por apariencia a ni por mera
opinión, tanto a comunicarme las experiencias que hubieran hecho como a ayudarme en la investigación de las que
quedan por hacer.

Punto 2

Para Descartes las ideas innatas (propiedad del alma, nacemos con ellas y son las más fiables) reproducen fielmente
la realidad y permiten captarla tal cual es. Se caracterizan por tener las propiedades de claridad y distinción.
Descartes demuestra la existencia de Dios mediante el innatismo (las ideas innatas). Esas ideas innatas han tenido
que ser puestas por alguien y así explica que ese alguien es Dios.

Para salir del solipsismo en el que había quedado encerrado, Descartes necesitaba tras tener la primera verdad
evidente saber lo que hay fuera de él (res extensa), necesitaba un punto de enlace, que tuviera garantía, entre el yo
y el mundo exterior.

Demuestra la existencia de Dios. Dios no puede engañarse ni engañarme, por tanto esto me garantiza el que yo
pueda conocer lo que hay fuera de mí.

Descartes se había dado cuenta de que existían muchas ciencias, pero no todas ellas son verdaderas ni tampoco
útiles, tal como lo habían hecho los matemáticos de su tiempo quienes según el "se han sujetado tanto a ciertas
reglas y a ciertas cifras que han hecho de ella un arte confuso y oscuro, que confunde al espíritu, en lugar de una
ciencia que lo cultive.“

Por eso él creyó que debía existir un método que sin ser demasiado extenso en sus pasos permitiera lograr el
conocimiento verdadero, ya que si un método o una fórmula es muy larga, en la práctica resultara difícil de aplicar y
bastante confusa. Descartes considera que aunque la lógica tenía muchas reglas válidas, en general éstas son
inútiles, puesto que, como afirma en las Reglas para la dirección del espíritu, la capacidad de razonar es básica y
primitiva, y nadie puede enseñárnosla.
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Punto 3

Cuando los ataques a la Doctrina de la Iglesia Católica parecían ser sólo de tipo dogmáticos y literales, aparece René
Descartes para determinar esta nueva idea de la Subjetividad del pensamiento. "Dudar" era una palabra que
atormentaba la Doctrina de la Iglesia Católica. Pero Descartes ya había dado con la idea de que cada uno de
nosotros, sin que nadie se lo diga, puede dudar de lo indudable. Buscar la explicación sin recurrir a la Biblia,
utilizando el propio raciocinio, es una vía que hoy puede parecer lógico y natural, pero que para el 1600 era una
"abominación atea".

Pensar por sí a través de la duda es la visión que se proyectará por la burguesía como un arma para dudar sobre la
verdad indudable de Dios y su Doctrina. Dudar de Dios no parece una intención de la burguesía, pero sí es dudar de
la realidad impuesta por la "Televisión de la Iglesia Católica". La duda permitía cambiar el canal y ver la "Televisión
luterana", "la Televisión calvinista", "la Televisión escéptica" e incluso "la Televisión atea".

Descartes, para ser más concreto, abrió el camino alternativo a la filosofía tomista aristotélica. Si Santo Tomás
incorporó el aristotelismo al mágico mundo idealista del Neoplatonismo católico, Descartes no hizo una
incorporación a la filosofía Católica, sino que abrió un camino aparte, el camino del subjetivismo, de la explicación de
la realidad según nuestra propia visión, de la explicación de nuestros comportamientos según nuestra propia visión,
un camino que quizás siguió Humé, Kant, Hegel, Schopenhauer (o como se escriba), Nietzsche, Jh Magno, Heidegger,
entre otros.

Punto 4

LAS MEDITACIONES METAFÍSICAS DE RENÉ DESCARTES

Las meditaciones metafísicas de Descartes tienen como principal objetivo la demostración de Dios mediante
razonamientos lógicos y de definir las bases del conocimiento del momento con el fin de disponerlo sobre unas
bases más sólidas de las que había hasta entonces. Descartes también estudiará la naturaleza dual del hombre
compuesta por la “res cogitans” (pensamiento) y la “res extensa” (cuerpo). En resumen y en palabras del autor,
podríamos decir que Descartes busca encontrar “la verdad” de las cosas a través de la razón.

Meditación primera

En esta primera meditación Descartes se plantea la duda principal y la que conlleva todo el desarrollo posterior.
Descartes vio que afirmar o negar todas las verdades individualmente sería una idea estúpida e inútil. Sin embargo,
se percató de que todos los conocimientos que había adquirido a lo largo de su vida se basaban en los sentidos. Por
eso se planteó: ¿puedo fiarme de los sentidos? No, puesto que si he podido comprobar que a veces me han
engañado, quién me dice que no lo hacen siempre. Otra observación que lo llevo a la duda fue el hecho de que no
pudiera distinguir el sueño de la vigilia. Todo esto llevó a Descartes a pensar si realmente, este Dios que el tanto
quiere demostrar, quiere que vivamos en un mundo de engaño y mentira. Pero esto no es posible, puesto que Dios
es bondad suprema y no sería coherente que quisiera que fuéramos engañados. Así pues, llega a la conclusión de la
posibilidad de la existencia de un genio maligno, que mediante trampas nos lleva al error.

Meditación segunda
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Una vez destruidos todos los conocimientos que había adquirido durante su vida, busca volverlos a reconstruir
mediante un patrón fiable y de mucha más solidez. Para encontrar algo 100% fiable, Descartes busca entre las
funciones del alma, pues las tareas que necesitan del cuerpo no pueden afirmarse puesto que no podemos
demostrar la existencia de tal cuerpo. Descartes llega a la conclusión de que si piensa, existe (“cogito ergo sum”).
Con esto ya ha encontrado la verdad absoluta y ya ha demostrado la existencia del espíritu. Luego el cuerpo no es
más que el medio que usa el alma para interactuar con el mundo material creado por Dios.

Meditación tercera

En esta tercera meditación, Descartes demuestra la existencia de Dios. ¿Cómo demostramos su existencia? Los
humanos son una sustancia, pero una sustancia pensante, una sustancia que desea, si desea es porque le falta algo,
si le falta algo es porque hay algo mejor, completo, perfecto. ¿Cómo sabemos que nosotros no somos seres
perfectos? Porque nosotros, aunque captemos las cualidades de los objetos, no sabemos si realmente estas
cualidades son las auténticas o si simplemente son aproximaciones nuestras, distintas seguramente a las que
realmente son de su naturaleza. Descartes distingue entre dos tipos de cualidades: las primarias y las secundarias.
Las primarias son las que captamos a través de la razón y las secundarias a través de los sentidos; por lo tanto, las
cualidades primarias son claras y distintas, mientras que las secundarias nos pueden llevar al error.

Meditación cuarta

Habiendo demostrado la existencia de Dios hemos apreciado también que nosotros somos imperfectos, una
imperfección que se demuestra a la hora de realizar juicios. No podemos saber si algo es cierto o no, pero si Dios es
perfecto el engaño y el fraude son imperfectos, lo que nos lleva a pensar que no pueden proceder de Dios. Aunque
nosotros, a través de la razón, podemos distinguir entre lo verdadero y lo falso, también muchas veces hemos sido
inducidos al error. Pues siendo producto de Dios, como somos, ¿cómo es posible que seamos imperfectos? Cuando
queremos distinguir entre lo verdadero y lo falso usamos el entendimiento y la voluntad. El entendimiento nos
permite captar nuestro entorno pero no afirma ni niega nada; por lo tanto el error tiene que proceder de la
voluntad, al ser más amplia realiza juicios sobre cosas que no conoce, llevándonos al error.

Meditación quinta

En esta meditación Descartes vuelve a demostrar la existencia de Dios a base de razonamientos matemáticos e
incluso vuelve a demostrar la esencia de las cosas materiales. Dice que nosotros percibimos la esencia de los objetos,
de tal manera que sin haber visto un paralelogramo cuadrilátero cualquiera, podemos tener una idea clara de tal
figura. De la misma manera nosotros tenemos una idea de la esencia de Dios: la fe, y es una idea clara y distinta;
además Dios es perfecto y cómo una cosa puede ser 100% perfecta: existiendo. No puede haber luz sin oscuridad de
la misma manera que no puede haber la perfección y no existir.

Meditación sexta

Esta es la última meditación de Descartes en “Meditaciones Metafísicas”. En esta última meditación se une todo lo
adquirido en las anteriores para definir finalmente el dualismo cartesiano. Descartes piensa que el hombre a través
de la “res extensa” (cuerpo) tiene percepciones y sentimientos. La “res cogitans” (alma) piensa, reflexiona, razona,
imagina... pero necesita de un cuerpo para interactuar/unir el alma con el mundo exterior. Evidentemente será
también tarea del cuerpo toda decisión que afecte al cuerpo. No comemos ni bebemos por voluntad, sino por
necesidad; dicho de otra forma, las reacciones emocionales dependen del cuerpo.
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Punto 5