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Mailén Cielo Urrutia.

Algunas consideraciones sobre “En torno a Saramago y el significado de la


ceguera: un intento cartográfico” de Lissette M. Espinel.

El siguiente trabajo se propone analizar críticamente el ensayo de Lissette M.


Espinel Torres “En torno a Saramago y el significado de la ceguera: un intento
cartográfico”, perteneciente al libro Ensayo sobre la ceguera de J. Saramago.
Representación de la política y la educación, publicado en el año 2008 en Bogotá.
El texto de conjunto se propone pensar el objeto literario que propone la novela, la
sociedad moderna, a través de una gran metáfora: una epidemia de ceguera que
se expande por la ciudad, y los significados posibles que encierra.

La crítica de la autora se enmarca en una perspectiva teórica que propone a la obra


literaria en intertextualidad con otros recorridos de lectura posibles pensados a partir
de distintos tópicos, por ejemplo, el de la crítica a los sistemas religiosos en la
sociedad portuguesa, conectándose así con José María Eça de Queiróz, la reflexión
feminista en torno del personaje de la vidente, que puede leerse a partir de Teolinda
Guersao, y finalmente la crítica al Estado, para lo cual se propone leer en espejo a
Fernando Pessoa. De esta manera, se puede pensar en un tipo de crítica que
entiende al texto literario como tejido, urdimbre de voces que siempre están
retrocediendo infinitamente. Se trata de una perspectiva que recupera una palabra
nunca original pero siempre fundante, que no deja de decir y que siempre remite a
otras voces. El texto, desde esta mirada, no se cierra ni encierra para sí ningún
significado, porque siempre está tejiéndose. La tarea del crítico en este caso es la
de dialogar con ese tejido, unirse a la trama como lector que también escribe y se
inscribe dejando huellas, y que decide compartirlas para acompañar en su recorrido
a otros lectores. Se trata de hipótesis de lectura que intentan abrir al texto,
desdoblarlo, construir pensamiento crítico sobre él, pero de ninguna manera
desocultar un sentido ya dado a priori por la obra o por su autor. Esos sentidos
siempre están moviéndose y nunca se mantienen por mucho tiempo iguales, por lo
tanto, estamos frente a una crítica cuya perspectiva teórica es relacional. No hay un
sentido esencial en la obra a partir de la cual se piense la literariedad de Ensayo
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sobre la ceguera, sino que más bien la crítica parte de entender la novela en relación
a su contexto de producción y con el resto de los sistemas extraliterarios: el sistema
político, social, económico y cultural. La crítica al funcionamiento del Estado en
momentos de alarma social, la miseria, la ignorancia humana y la segregación son
elementos propios de las sociedades modernas, y sólo en vinculación directa con
ellas podemos entender la crítica que realiza Saramago desde dentro de la novela.
La historicidad así es un factor absolutamente relevante incluso en la construcción
de la mitología de la ceguera como forma social de mirada invisible que devora los
objetos y las consciencias, ceguera sólo entendida con la mirada puesta en las
relaciones de producción capitalista y la alienación del sujeto moderno.

Se recuperará, a continuación, algunos de los puntos de análisis que presenta la


autora en su crítica, agrupados a partir de tópicos que se pensaron para ordenar su
análisis y para enfatizar los aspectos que se han considerado más relevantes.

Los ojos del narrador

El trabajo de la autora comienza tomando como punto de análisis la reflexión de


Gregorio Andrés Ríos Montaño, que aborda la cuestión de la voz. – o en este caso,
sería más adecuado hablar de ojos como metáfora de la perspectiva de la novela -
Ojos que en el texto de Saramago se encuadra en la única persona vidente dentro
de una sociedad ciega: la mujer del médico. Este acertado análisis pone luz sobre
la luz de los únicos ojos que ven y que observan, única testigo de los
acontecimientos. Los ojos de la mujer son los ojos del relato, aun cuando se trata
de un narrador omnisciente. Espinel Torres sobre este punto aclara que este
omnisciente no es, como lo plantea Ríos Montaño, un narrador-dios, que está en
pleno conocimiento de los acontecimientos. Cabría agregar que se trata de un cuasi-
omnisciente, un narrador que, si bien no tiene rostro y está en tercera persona, no
conoce los hechos más que los propios ciegos, el narrador parecería depender
directamente de los ojos de la mujer del médico, de hecho, en algunos fragmentos
el lector podría preguntarse qué sucede con la historia si la vidente nos deja también
ella en penumbras. Los ciegos que son iguales son un mismo cuerpo, y sobre este
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cuerpo se construye un narrador, por eso no hacen falta nombres que diferencien a
los personajes, porque cada uno es también el otro, incluso las células muertas de
ese cuerpo:

“Este es el retrato de mi cuerpo, pensó, el retrato del cuerpo de cuantas aquí vamos,
entre estos insultos y nuestros dolores no hay más que una diferencia, nosotras, por
ahora, todavía estamos vivas” (Saramago – Ensayo sobre la ceguera: 187)

La autora plantea una relación que debe ser tenida en cuenta entre autor-narrador:
la ideología del narrador dentro del cosmos literario parece coincidir con la del autor
– extraliterario -. Sabemos, sin embargo, que esto no necesariamente es así, y que
en todo caso esa afirmación tiene bastante de inverificable, o nos llevaría a un
análisis de la obra basado en la biografía del autor, pues como dice Anderson Imbert
en Teoría y Técnica del cuento:

“Quien cuenta es un hombre concreto, de carne y hueso. Aunque sea nuestro


vecino, no lo conocemos bien. Su vida, como la de todos los hombres, es en
gran parte inescrutable. La mejor documentada biografía no nos revelaría el
secreto de su personalidad” (P. 55)

Y luego agrega:

“Aunque el escritor permita que se deslicen en el cuento experiencias que


vivó en cuanto hombre, esas experiencias se hacen ficticias por el sólo hecho
de haber sido encerradas en un cosmos artístico”. (P. 61)

Y esas experiencias, pueden entenderse, en este caso también, como ideología. No


resulta descabellado ni es recomendable descartar el análisis de la autora, sin
embargo, ya que nos permite pensar esta relación narrador-autor como clave para
dar con el enigma que propone Saramago en el título de la obra: “Ensayo sobre la
ceguera”. La idea de ensayo propone a la novela como simbología que está en lugar
de otra cosa, habilitando así un tipo de lectura que puede ser entendida como
ensayo crítico de la modernidad, del Estado, de la democracia o de la religiosidad,
desde la propia voz del autor, voz indiscutiblemente atravesada por la literatura. La
obra puede ser así intersección de discursos y fusión genérica que nos posibilita
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leer desde múltiples lugares y volver siempre a una obra nueva. ¿A un ensayo? ¿A
una novela? ¿A un tratado literariamente filosófico? Habrá que preguntarles a los
ojos de quienes se asoman del otro lado de la hoja.

La necesidad de las metáforas

Para Lissette M. Espinel Torres, el objeto literario de la obra de Saramago es la


sociedad moderna. La epidemia de ceguera es la soledad humana, en el centro de
la soledad, la lucha por el poder, y la contracara, el contrapoder, la resistencia, la
búsqueda de una luz. La autora así reconstruye el paradigma desde el que se edifica
la novela. Dice la autora:

“Se evidencia la falta y la necesidad de metáforas que potencien cada vez


más la idea de la ignorancia en las sociedades modernas, hija de sistemas
hegemónicos causantes de un adormecimiento absoluto de la misma, por lo
tanto, la obra de Saramago es un vestigio que heredamos para toda la
eternidad”.

De esta manera, la crítica de Lissette M. Espinel Torres inserta a la obra en el centro


de la tradición literaria, la inscribe en un canon que es leído como patrimonio cultural
para toda la humanidad. Y es para la posteridad y para toda la eternidad por ser las
problemáticas que aúna la novela de carácter universal, y particularmente del
funcionamiento de las sociedades y de la psicología del sujeto moderno, su
condición humana, filosófica, política, social y existencial.

Enfermedad y locura.

Uno de los puntos más ricos del análisis es la metáfora de la enfermedad. La


enfermedad, sobre todo cuando es desconocida, conduce al estigma, al
aislamiento, a la muerte. El miedo al contagio, a ser portador de ese estigma, es lo
que termina sacando las peores miserias humanas devenidas del individualismo.
¿Qué sucede cuando ese individualismo es promovido desde el propio Cuerpo
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social, desde lo políticamente organizado: el Estado? Una sociedad que intenta


sacarse su cáncer extirpando sus partes, una sociedad que tiene políticas
específicas para con el Cuerpo: vigilar, castigar. Es muy interesante esta
perspectiva que habilita la autora, porque permite pensar, no sólo el mecanicismo
del modus operandi de los gobiernos frente a la alarma social de lo desconocido,
sino cómo se pone en jaque los propios principios morales con los que se fundaron
las sociedades modernas y el propio Cuerpo social, el Estado. En tiempos de
violencia organizada…, lo bueno, lo justo, lo bello, cambian de signo. Así, matar
puede ser acción que devuelva algo de Humanidad a la existencia, a seres humanos
que fueron despojados no sólo de su condición de ver sino de su condición de ser,
porque “aquí todos somos culpables e inocentes” (Saramago – Ensayo sobre la
Ceguera: 132). La mujer del ciego, ese haz de luz viviente y vidente, es quien
ejecuta el acto de piedad de asesinar, por ella, por todas las otras, porque como dijo
la chica delas gafas oscuras, “adentro de nosotros hay algo que no tiene nombre”,
y ese algo es lo que, en momentos de ceguera, brota de la propia carencia, de los
ojos, el llanto “menos mal que todavía somos capaces de llorar, el llanto muchas
veces es una salvación”. Esta reflexión nos conecta inmediatamente con la noción
de ceguera como mito, ceguera que según Mircea Eliade es esencialmente “pérdida
de sí mismo”. Pérdida que lleva al aislamiento, la desolación, la locura.

Al respecto, la autora señala dos elementos ordenadores del funcionamiento de las


sociedades capitalistas que se plasman en Ensayo sobre la ceguera: por un lado,
la administración, y por otro, la legitimidad política. En la crítica se vislumbra la
espera de los no videntes de la intervención de un Estado también ciego, que
cuando interviene lo hace, como bien señala Espinel Torres, “recurriendo a lo más
bajo, a la deshumanización del ser”. La combinación de ceguera y administración,
dice la autora – y de ceguera en la administración, se podría agregar - aplaca
cualquier reacción incluso en los propios reclusos en cuarentena, privados de la
vista, de la libertad y del ser, cuando ellos mismos, sin cuerpo, formando un solo y
único cuerpo, se desintegran sus partes, de cercenan entre sí, se aniquilan:
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“Una organización, el cuerpo también es un sistema organizado, está vivo


mientras se mantenga organizado, la muerte no es más que el efecto de una
desorganización (Saramago – Ensayo sobre la ceguera: 297 – 298).

En efecto, los ciegos entran en su propia muerte, por no entenderse como parte del
mismo cuerpo, por exceso de ceguera, por falta de empatía, o en palabras de la
autora, de solidaridad.

El color de la ceguera.

Como lectores y lectoras de Ensayo sobre la ceguera, una de las cosas que más
llaman la atención es su color, y la intensidad y la intención con la que se la cuenta.
Esa niebla espesa, ese mar de leche ensordecedor, una luz que no se apaga nunca,
un mar que convierte en náufragos enajenados de sí a los ciegos. Espinel Torres
diferencia la ceguera negra, la de la materialidad de los ojos que no ven, de la
ceguera blanca, la de la ignorancia, que es metáfora sobre metáfora. Sobre la de la
Civilización y el Progreso, la Ceguera Colectiva, peste de todas las épocas, ceguera
tan letal que no se ve: la de la ignorancia y el sometimiento de los pueblos.

“(…) lo que llamamos ceguera es algo que se limita a cubrir la apariencia de


los seres y de las cosas, dejándolos intactos tras un velo negro. Ahora, al
contrario, se encontraba sumergido en una albura tan luminosa, tan total, que
devoraba no sólo los colores, sino las propias cosas y los seres, haciéndolos
así doblemente invisibles” (Saramago – Ensayo sobre la ceguera: 14)

Conclusión

La crítica que realiza Lissette M. Espinel Torres sobre Ensayo sobre la ceguera, de
Saramago, es de sumo interés. Da algunas claves de lectura para repensar la
novela desde la propia metáfora de la ceguera, que es el paradigma mismo desde
el que se edifica la obra de Saramago, y nos propone la vinculación con otros textos
y autores a partir de distintos tópicos compartidos con la novela, que cada lector
puede elegir según su interés. Es una crítica que sugiere textos y propone lecturas,
lo cual siempre es propicio para seguir entablando un diálogo con toda nuestra
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herencia cultural. Sumamente enriquecedora resultó la perspectiva desde donde la


autora piensa a la ceguera: la enfermedad como punto de partida para explicar el
mecanismo de los gobiernos frente a lo desconocido, y cómo deslinda el carácter
universal de la obra literaria, para insertarla dentro del canon literario como obra
fundamental de la cultura humana. Salta a la vista que se trata de un análisis
cimentado, minucioso y de rigor académico. Las fuentes con las que trabaja resultan
muy acertadas para el análisis, y las citas, aunque extensas, permiten volver, en su
totalidad o por fragmentos a Ensayo sobre la ceguera, y también a nuestra sociedad
actual, con los sentidos alertas. Y con los ojos desvendados.