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HISTORIA DE BOGOTA-ENVIADO POR LVRAMIREZ

Los primeros pobladores de Bogotá fueron los Muiscas, pertenecientes a la familia lingüística Chibcha. A la llegada de los
conquistadores, se calcula que había medio millón de indígenas de este grupo. Ocupaban las tierras altas y las faldas templadas
entre el macizo de Sumapaz en el suroeste y el nevado del Cocuy en el noreste, en una extensión de unos 25.000 km2 que abarcan
la altiplanicie de Bogotá, parte del actual departamento de Boyacá y una pequeña región de Santander.
En esta zona, la población estaba organizada en dos federaciones, cada una bajo el mando de un jefe: la zona suroccidental era
dominada por el Zipa, cuyo centro estaba en Bacatá, actual Bogotá. La zona nororiental constituía el dominio del Zaque, cuyo
centro era la región de Hunza, actual Tunja. Sin embargo, la población Muisca, a diferencia de la Tairona, no desarrolló grandes
ciudades. B Los Muiscas, eminentemente agricultores, conformaron una población dispersa que ocupaba numerosas y pequeñas
aldeas y caseríos. Además, existían algunas tribus aisladas libres: la de Iraca o Sugamuxi, la de Tundama y la de Guanentá. La
ocupación principal de sus habitantes era la agricultura complementada por la caza y la pesca. Sus principales cultivos fueron el
maíz, la papa, los fríjoles, las calabazas, los tomates, los cubios, la yuca, el tabaco, la arracacha, la batata, además diversas frutas y
hortalizas. En el campo de la minería, la explotación de la sal y de las esmeraldas fue fundamental para su propio uso y para
comerciar con otras tribus que les suministraban oro y algodón.
COLONIA: FUNDACIÓN DE BOGOTÁ
Con la consigna de los conquistadores de fundar y poblar, Quesada resolvió crear un asentamiento urbano donde pudieran vivir
en forma ordenada bajo un gobierno estable. Hacia el oriente, al pie de los cerros, hallaron un poblado de indios llamado
Teusaquillo cerca de la residencia de recreo del Zipa, provisto de agua, leña, tierras para sembrar y resguardado de los vientos por
los cerros de Monserrate y Guadalupe.
Aunque no existe acta de fundación de la ciudad, se ha aceptado como fecha de fundación el 6 de agosto de 1538. Según la
tradición, aquel día el sacerdote fray Domingo de las Casas ofició la primera misa en una iglesia pajiza, levantada cerca de la actual
catedral o del actual Parque de Santander. Se dice que ese día la región recibió el nombre de Nuevo Reino de Granada y el
poblado se llamó Santa Fe.
LA EXPEDICIÓN BOTÁNICA
El aporte más importante de esta época al conocimiento científico de la naturaleza americana está constituido por la Expedición
Botánica, cuyo objetivo fue el estudio de la flora nativa. Inició por orden del arzobispo-virrey Caballero y Góngora bajo la dirección
de José Celestino Mutis y con el aporte de científicos como Francisco José de Caldas, Jorge Tadeo Lozano y Francisco Antonio Zea.
Tuvo su sede en Mariquita y en 1791 se trasladó a Santa Fe, donde perduró hasta 1816.
LA RELIGIÓN
Después de haber dominado a los indígenas a través de la guerra, comenzó la conquista de las conciencias por la religión con
ayuda de las órdenes religiosas que se establecieron desde el siglo XVI en todo el territorio de la actual Colombia. Se construyeron
iglesias y conventos a cargo de las comunidades franciscana, dominica, agustina y más tarde, en 1604, de los jesuitas, los
capuchinos y las monjas Clarisas, Dominicas y Carmelitas Descalzas. Estas comunidades marcaron el espíritu y las costumbres de
los santafereños, pues ejercieron un dominio ideológico, político y cultural que apenas se vio un tanto menguado cuando, en
1767, Carlos III ordenó la expulsión de los jesuitas de las colonias de España en América.
LA PATRIA BOBA
La agitación política que se vivía en las colonias de España en América Latina, tuvo en la Nueva Granada diversas manifestaciones
que aceleraron el proceso independentista. Una de las de mayor trascendencia fue la Revolución de los Comuneros, alzamiento
popular iniciado en la Villa del Socorro —actual departamento de Santander— en marzo de 1781. El movimiento fue reprimido
por las autoridades españolas y José Antonio Galán, su líder, fue ajusticiado. Sin embargo dejó una huella que siguieron, en 1794
Antonio Nariño, precursor de la independencia con la traducción y publicación en Santafé, de los Derechos del Hombre y del
Ciudadano, y los líderes del movimiento del 20 de julio de 1810. Este grito de independencia se originó en una disputa en
apariencia intrascendente entre criollos y españoles, por el préstamo de un florero, pero pronto se convirtió en una sublevación
popular.
Se le ha dado el nombre de Patria Boba al período comprendido entre 1810 y 1815, pues durante estos años los criollos se
enfrentaron entre sí en busca de formas ideales de gobierno, aparecieron las primeras pugnas ideológicas y los dos primeros
partidos republicanos —federalistas y centralistas—.
LA ÉPOCA DEL TERROR Y LA INDEPENDENCIA
En 1815 arribó a las costas de la Nueva Granada la Expedición Pacificadora al mando de Pablo Morillo, que intentaba reconquistar
la colonia sublevada. Se inició entonces una época de represión que se prolongó hasta 1819. La Nueva Granada vivió el período de
la Guerra de Independencia, que costó la vida a insignes personalidades y culminó con el triunfo de la campaña libertadora
dirigida por Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander en las batallas del Pantano de Vargas y de Boyacá (1819), que sellaron la
independencia.
DISEÑO URBANÍSTICO
El trazado urbano se diseñó en forma de cuadrícula y desde entonces se implantó la medida de cien metros por cada lienzo de
cuadra. Las calles de travesía —oriente-occidente— tuvieron 7 metros de ancho y las actuales carreras, 10 metros. En 1553 se
trasladó la Plaza Mayor —hoy Plaza de Bolívar—, al sitio que ocupa actualmente y se inició la construcción de la primera catedral
en el costado oriental. En los otros costados se localizaron las sedes del Cabildo y de la Real Audiencia. La calle que comunicaba la
Plaza Mayor con la de las Hierbas, —actual Parque Santander— se llamó la "Calle Real", hoy Carrera Séptima.
CENTROS EDUCATIVOS
Como en el resto de la América hispana, las órdenes religiosas fueron fundamentales en el campo de la educación. Las dos
primeras cátedras universitarias se deben a los frailes dominicos (1563 y 1573). En 1592 se fundó el Colegio Seminario de San
Bartolomé para impartir educación superior a hijos de Llos españoles; los jesuitas dirigieron este colegio en 1605 y fundaron el
Colegio Máximo, situado en una de las esquinas de la Plaza Mayor.
En 1580 los dominicos fundaron la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino para Artes y Filosofía, y en 1621 los jesuitas
iniciaron los cursos en la Universidad de San Francisco Javier o Javeriana. En 1653 fray Cristóbal de Torres fundó el Colegio Mayor
de Nuestra Señora del Rosario. En 1783 se inició la primera comunidad educativa y la primera escuela para la educación de la
mujer en la Nueva Granada: el colegio de La Enseñanza, de la comunidad de María. Desde ese momento, iniciaron las lecciones
escolares para las mujeres, derecho que hasta entonces estaba reservado a los varones.
LA POBLACIÓN
Aunque Bogotá careció de un flujo importante de inmigrantes extranjeros, según los censos llevados a cabo durante el siglo XIX la
población tuvo un crecimiento bastante regular: en 1832 tenía 36.465 habitantes; en 1881, 84.723 habitantes y hacia finales del
siglo casi 100.000.
El crecimiento de la población a partir de 1850 se debió en parte a las reformas del Medio Siglo que ampliaron las fuentes de
trabajo. Bogotá ofrecía la posibilidad de trabajar en el comercio o de desempeñar funciones de diversa índole. Este aumento
produjo una ampliación física de la ciudad, que se expandió hacia el norte y creó nuevos barrios hasta el caserío de Chapinero, a
cinco kilómetros del centro de la ciudad.
LA VIDA CULTURAL EN LA CIUDAD
Bogotá era una ciudad aislada por las vías de comunicación que eran muy precarias. Tan sólo a fines del siglo ese aislamiento fue
cediendo gracias al ferrocarril y a algunas carreteras que la pusieron en contacto con el río Magdalena y a través de éste con la
costa Caribe.
En la década de los sesenta, escritores de diversas tendencias se agruparon alrededor de la revista Mosaico, fundada y dirigida por
José María Vergara y Vergara, y conformaron uno de los primeros intentos de historiar la literatura colombiana y de consolidar la
identidad cultural del país.
La vida cultural de la ciudad se concentraba en las tertulias literarias que durante el siglo XIX les permitieron a los bogotanos
asistir a presentaciones musicales y de obras dramáticas. En el Teatro Maldonado se llevaban a cabo representaciones de teatro y
de ópera y ya a finales del siglo XIX Bogotá contaba con dos teatros importantes: el Teatro de Cristóbal Colón, inaugurado en
1892, y el Teatro Municipal, inaugurado en 1895, que ofrecía zarzuelas y revistas musicales.
Durante el siglo XIX se conservaban las tradiciones y costumbres de la época colonial, combinadas con algunas influencias
europeas. En las reuniones se impusieron el chocolate con colaciones y dulces elaborados en las casas que se servía en las noches,
y el ajiaco se convirtió en el plato típico. En las veladas nocturnas se tocaba en el piano las piezas musicales de compositores
locales, y en las reuniones más numerosas se bailaba el pasillo, una forma de vals rápido llamado así por los pasos cortos que se
daban al ejecutar la danza.
EL FERROCARRIL
El proyecto del ferrocarril del Norte que uniría a Bogotá con el río Carare, afluente del Magdalena, se remonta a la época del
radicalismo, pero sólo comenzó a tomar forma con el primero de los tramos que fue el ferrocarril de Girardot, contratado por el
gobierno con Francisco Javier Cisneros en 1881, y cuyo primer trayecto unió al puerto sobre el Magdalena con Tocaima. En 1898 la
vía llegó a Anapoima y en 1908 se unió con Facatativá. A partir de ese momento los bogotanos pudieron trasladarse por vía férrea
hasta el río Magdalena. El trayecto Bogotá-Chapinero-Puente del Común se inauguró en 1894. La sabana de Bogotá contaba con
cien kilómetros de vías férreas.
EL TELÉFONO
La primera línea telefónica que hubo en Bogotá unió, a partir del 21 de septiembre de 1881, al Palacio Nacional con las oficinas de
correos y telégrafos de la ciudad, y el 14 de agosto de 1884, el municipio de Bogotá concedió al ciudadano cubano José Raimundo
Martínez el privilegio de establecer el servicio telefónico público en la ciudad. En diciembre del mismo año se instaló el primer
aparato en la oficina de los señores González Benito Hermanos, conectado con otro en Chapinero.
SIGLO XX : LA REPÚBLICA LIBERAL
En 1938 se celebró el cuarto centenario de la fundación de Bogotá, cuya población era ya de 333.312 habitantes. Esta celebración
produjo un buen número de obras de infraestructura, nuevas construcciones y fuentes de trabajo. Dividido el partido liberal, en
1946 subió de nuevo al poder el candidato conservador y en 1948, a raíz de la muerte del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el
centro de Bogotá fue prácticamente destruido y se recrudeció la violencia. A partir de esa fecha, la ciudad tuvo una serie de
cambios fundamentales en su aspecto urbanístico, arquitectónico y poblacional.
LA VIDA CIUDADANA EN EL SIGLO XX
Durante estos años se aceleró la transformación de la vida cultural Bogotana, en parte gracias a los nuevos medios de
comunicación. Se multiplicaron los periódicos, las revistas nacionales y extranjeras, el cine, la radio, las comunicaciones telegráfica
y telefónica, y el transporte aéreo comunicó a Bogotá con el resto del mundo. Las oleadas de campesinos y dueños de fincas que
huían de la violencia, y de quienes llegaban a Bogotá en busca de trabajo y de mejores oportunidades, triplicó la población que
pasó de 700.000 en 1951, a 1.600.000 en 1964 y a 2.500.000 habitantes en 1973. Durante los años de la dictadura del general
Rojas Pinilla (1953 a 1957), se inició la televisión en Colombia y se llevaron a cabo obras como el aeropuerto El Dorado que
reemplazó al viejo aeropuerto de Techo.
BOGOTÁ, DISTRITO ESPECIAL Y DISTRITO CAPITAL
En 1954 se anexaron a Bogotá los municipios de Usme, Bosa, Fontibón, Engativá, Suba y Usaquén, creando así el Distrito Especial
de Bogotá, que se proyectó hacia un crecimiento futuro y organizó la nueva estructura administrativa de la ciudad. En 1991, por
la nueva Constitución, Bogotá pasó a ser Distrito Capital. Según el censo de 1985 la población de la capital había aumentado a
4.100.000 y en 1993 llegó casi a 6.000.000. En la actualidad (2016), los habitantes de la ciudad son más de 8.000.000.
TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA
La economía de la ciudad ha tenido gran desarrollo y diversificación. La producción industrial es inmensa, lo que ha hecho
necesaria la creación de importantes zonas industriales especializadas. La producción artesanal se ha convertido en una de las
expresiones ornamentales y utilitarias más apreciadas y en una fuente de ingresos para empresas familiares.
La Sabana de Bogotá se ha convertido en un centro productor de flores que se exportan a muchos países, generan divisas y son
una fuente de trabajo que absorbe una cantidad inmensa de mano de obra. La economía informal y la microempresa dan
ocupación a un amplio sector de la población en diversas actividades.
VIDA CULTURAL
A partir de 1950, en Bogotá se inició un profundo desarrollo en la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la literatura y la
educación. En la actualidad, las universidades ofrecen estudios y especializaciones en las diversas carreras artísticas. Las facultades
de Filosofía, Literatura, Historia, Humanidades y Ciencias Sociales, en los niveles de pregrado, maestría y doctorado, están
formando profesores, investigadores, científicos, escritores, músicos y cineastas reconocidos internacionalmente.
EL CERCO DE BOGOTá
Santiago Gamboa
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Fragmento
Prólogo
Confesiones de un escritor bipolar
Escribí la mayoría de estos cuentos en París, a fines de los años noventa, y puedo decir que casi todos responden a
mi falta de personalidad o incapacidad de decir no. Me explico. A diferencia de muchos colegas, mi primer libro no
fue una colección de cuentos, sino una novela, y esto porque mi vocación de escribidor surgió justamente de mi
pasión por leer novelas. Sobre todo de autores latinoamericanos. Tal vez por eso lo que mi intención creadora me
dictó desde un principio fueron historias largas, complejas, con muchos personajes y puntos de vista. Podría decir,
incluso, que soy un escritor bipolar o con trastornos graves de personalidad, pues necesito desdoblar la narración en
un concierto de voces opuestas, contradictorias a veces, que me permitan saltar de punto de vista y de estado de
ánimo a lo largo de las historias.

El primer cuento que escribí en mi vida, “La vida está llena de cosas así”, surgió de una llamada telefónica del
escritor chileno Sergio Gómez, a fines de 1995, quien me invitó a participar en una antología que, junto con Alberto
Fuguet, pensaban titular McOndo. Me preguntó si tenía algún cuento para enviarles y yo, incapaz de decir no, le dije
que claro, que en un par de días le enviaba algo. Y me puse en la tarea. Gracias a ese pequeño cuento pude publicar
después mi segunda novela en España, lo que me dio una gran alegría. En otra ocasión, hacia 1999, volvió a sonar el
teléfono. Esta vez era mi editora francesa, Anne Marie Metailié, quien me preguntó si tenía algún cuento de amor
para una antología que estaba preparando con motivo de los veinte años de su editorial. Volví a decir que sí, y de
nuevo me puse en la tarea. ¿Un cuento de amor? Lo más que logré fue “Tragedia del hombre que amaba en los
aeropuertos”, una versión algo saltarina y accidentada del amor, pero era lo que vivía por esos días. Y así, cada
cuento nació de un encargo. De mi incapacidad de decir no.

Recibe antes que nadie historias como ésta


ME APUNTO
He leído y acepto las condiciones legales y acepto recibir comunicaciones electrónicas

“El cerco de Bogotá”, la narración larga que da título a este libro, fue un caso diferente. Yo había estado como
corresponsal del diario El Tiempo, de Bogotá, en la guerra de Bosnia, en 1993, y desde entonces quise escribir algo
localizado en Sarajevo, ciudad sitiada, que me permitiera contar algunas de las experiencias que viví en esos meses
complicados, duros, trágicos, pero al mismo tiempo llenos de vida y experiencias. Intenté una y otra vez comenzar
una narración, pero algo no funcionaba. Hasta que un día, no recuerdo muy bien a cuento de qué, decidí trasladar
ese Sarajevo en el que yo fui periodista de guerra a una hipotética Bogotá sitiada. En ese momento, durante el
gobierno de Andrés Pastrana, cundía el pesimismo sobre la suerte de la guerra contra las FARC, que se habían
levantado de la mesa de negociaciones después de que el gobierno concediera para los diálogos de paz un territorio
llamado Zona de Distensión, en el que la guerrilla se instaló a sus anchas, reforzándose, y cuando al fin los diálogo s
se rompieron y volvieron los combates, las cosas se pusieron muy difíciles para el Estado. Sin duda el nerviosismo
por lo que pasaba en Colombia, unido a mis recuerdos de guerra de Sarajevo, me impulsaron la mano, y al final me
sentí muy cómodo escribiendo la guerra de Bosnia pero en mi propio país, es decir, poniéndome como narrador del
lado de las víctimas, y dejando que el grupo de periodistas extranjeros del que yo formé parte en Bosnia estuviera
ahora del otro lado. Para esta nouvelle, pues no me atrevo a llamarla cuento (su longitud no lo permite), recuperé a
uno de mis personajes más entrañables de la novela Perder es cuestión de método: Emir Estupiñán. Y como todos
mis escritos están de algún modo entrelazados, más adelante, en mi novela Necrópolis , volví a utilizar a la valiente y
seductora periodista islandesa Bryndis Kiljan, por quien sentí siempre cierta debilidad.

A este volumen vinieron a sumarse otros cuentos escritos para antologías, pero siempre que pienso en este libro me
convenzo de que el novelista y el verdadero cuentista son dos animales diferentes en el ecosistema literario. Un gran
cuentista como Julio Ramón Ribeyro, por ejemplo, nunca pudo hacer una novela que no fuera una sucesión de
episodios (cuentos), del mismo modo que para mí, novelista, se me dificulta contar una sola historia, directa y
esférica, como decía Cortázar que debían ser los cuentos. Este libro contiene, pues, los intentos de un novelista por
abordar un género que no es el suyo. Diré por último que estos cuentos tien en en común tener periodistas o estar
ambientados en el mundo del periodismo, que siempre presentí muy cercano al literario. García Márquez nos
enseñó que la escritura de una buena crónica debe resolver los mismos problemas narrativos de una buena novela, y
que la diferencia primordial está en que el periodismo debe respetar los hechos y la novela no. Estas historias no
son crónicas, claro, pero casi todos sus personajes son periodistas en ejercicio, que no sólo buscan una verdad sino
que pretenden explicarla a otros con palabras, al igual que los novelistas e incluso los poetas, pues en el ir y venir
son vidas llenas de preguntas, soledades y extraños encuentros. Por eso este libro está dedicado a mi amigo y colega
argentino Eduardo Febbro, de Página 12 y RFI, con quien estuve en Bosnia, en Argelia y en infinidad de otros viajes
de cubrimiento periodístico, y con quien aprendí mucho más sobre la vida y la condición humana que en tantos
libros.

A Eduardo Febbro de Página 12 y RFI, por los peligros compartidos

EL CERCO DE BOGOTÁ
I
Bryndis Kiljan, corresponsal de guerra del Ferhoer Bild de Reykjavík, comprendió que había bebido más de la
cuenta al abrir los ojos y notar dos cosas: que no estaba en su habitación, en primer lugar, y en segundo que estaba
desnuda. Intentó recordar algo pero su mente, maltrecha, se negó a responder, y por un instante el dolor de cabeza
se mezcló con un devorador sentimiento de culpa. Entonces se dio vuelta pero no vio a nadie en la cama, lo que le
produjo un cierto alivio. A los pies de un pequeño sofá vio sus calzones y sobre la alfombra el resto de su ropa. El
aire olía a cigarrillo y a vodka, también a sudor. Sintió náuseas. “¿Quién habrá sido?”. No podía recordar. La
memoria le llegaba hasta el final de la cena, cuando fue a beber con un grupo de periodistas recién llegados a
Bogotá. Sobre la mesa vio un empaque rasgado de condones Durex y pensó, con alivio, que aun en medio de las más
espantosas borracheras sabía mantener las prioridades.

De pronto escuchó un ruido en el baño: alguien bajaba el agua de la cisterna y se lavaba las manos. Supuso que al
abrirse la puerta conocería la identidad de su amante, pero cuando esto sucedió quedó aún más intrigada. Era Eva
Vryzas, fotógrafa de la agencia Komfax, de Lituania.

—Hola, Bryndis —dijo Eva, también desnuda—. ¿Tienes dolor de cabeza? Caray, anoche bebiste como una prostituta
de Minsk. Olvidaste tu número de habitación y no encontré la llave en tu cartera, así que te traje a la mía.

—Pero... —dijo Bryndis— ¿por qué estoy desnuda? ¿Acaso...?

—No, no te preocupes —respondió Eva—. Los condones no tienen nada que ver contigo. Los usé yo. Estabas tan
profunda que ni te diste cuenta. Quien me ayudó a traerte se detuvo un poco conmigo. Pesabas tanto que tuve que
dar algo de propina, je je.

—¿Quién fue?
—Bueno, eso es secreto profesional —dijo Eva—. En realidad, estás desnuda porque insististe en ir al baño antes de
dormir. Pero nadie te tocó, créeme. Por cierto que fue divertido hacerlo al lado tuyo. Sentí que eras solidaria.
Roncabas.

—La verdad es que no me acuerdo de nada —dijo Bryndis.

—Yo preferiría no acordarme —repuso Eva—, pero tengo un ardor muy fuerte. El de anoche era una verdadera
bestia, un chimpancé con miembro de elefante.

El ruido seco de un obús las devolvió a la realidad. Entonces volvieron a escuchar el eco de los tiros. Las ráfagas.

—¡Arriba! —se animó Eva—. La guerra nos espera.

Bryndis se levantó viendo estrellas y maldiciendo. Luego fue a su bolso y extrajo una polvera.

—¿Quieres?

Se metieron cuatro rayas de cocaína, aún desnudas, con los rubios cabellos húmedos del sudor de la noche, y luego
intentaron poner algo de orden en el cuarto. No podían abrir las ventanas para que saliera el vaho agrio del alcohol,
el sexo y los gases orgánicos, pues los francotiradores, apostados en los edificios cercanos al cerro, podrían verlas.
Casi nunca disparaban hacia el hotel, pero no había por qué darles la oportunidad de hacerlo por primera vez.
Afuera los colombianos se mataban y las dos mujeres, bellas periodistas, célebres por sus notas aguerridas, estaban
en muy mal estado. Eva extrajo un tubo de crema, se llenó los dedos con un líquido baboso y lo esparció en la parte
interna de sus muslos, adquiriendo, de inmediato, una expresión de alivio. Bryndis encendió un cigarrillo, tomó un
sorbo de vodka de una botella semivacía, olvidada debajo del sofá, y se preparó otra raya de polvo blanco.

—Voy a ducharme a mi cuarto —dijo Bryndis—. Gracias otra vez. Eres una buena amiga. ¿Qué tal va eso?

—Mejor, ya está pasando.

—¿No vas a decirme quién...?

—Fue agradable mientras lo hacía —respondió Eva—. Pero no te lo diré, a menos que sea necesario.

—Me alegro de que ya no te duela. Nos vemos luego.

El corredor del hotel Tequendama, a esa hora de la mañana, era una espectral galería de luces y sombr as. Alguien
había cubierto los ventanales con tela asfáltica de modo que no se viera hacia adentro, pero el sol se colaba por las
comisuras creando chorros de luz que parecían rayos artificiales, linternas al fondo de una caverna.

La ciudad estaba sitiada hacía siete meses. Las fuerzas de la guerrilla habían logrado tomarse la zona sur de la
ciudad, estableciendo un frente en la avenida de los Comuneros, lo que les daba el control de un tercio de Bogotá, y,
sobre todo, de la Autopista Sur; por el occidente habían entrado hasta la avenida Boyacá y una parte de los cerros de
Suba, y por el oriente hasta los cerros de Guadalupe, Monserrate y El Cable. Por el norte, las primeras trincheras
estaban en el Tercer Puente. Bogotá estaba cercada. Al menos tres millone s de capitalinos habían huido hacia las
regiones gubernamentales, es decir, las zonas costeras del Caribe.

Desde las posiciones altas de los cerros, con nidos de ametralladoras y lanzagranadas, obuses y bombonas de gas
repletas de tuercas —un arma no convencional, deplorada por los enviados de Naciones Unidas, que la guerrilla
seguía usando en recuerdo de los inicios del conflicto—, los subversivos tenían un control estratégico de todo lo que
sucedía en Bogotá. El ejército se defendía con las uñas, pero las armas escaseaban. El gobierno había huido a
Cartagena de Indias y mantenía diálogos de paz con el secretariado de la guerrilla, aunque reinaba el pesimismo. La
aviación, cada tanto, bombardeaba las posiciones de la guerrilla en los cerros y esto traí a breves periodos de calma,
pero les era imposible soltar bombas sobre los frentes urbanos.

Los paramilitares, que peleaban con milicias civiles contra la guerrilla, pero también contra el ejército nacional, se
habían tomado el aeropuerto El Dorado y, de hecho, la prensa internacional debía obtener de ellos un visado para
aterrizar en Bogotá en cualquiera de los aviones de Naciones Unidas que traían el suministro de ayuda humanitaria.
De la zona bajo su control se oían cruentas historias que Bryndis y Eva h abían transmitido a sus respectivos medios
de prensa: sindicalistas colgados de la lengua en los postes, líderes comunales emasculados, profesores de izquierda
fusilados después de horribles torturas: uno de ellos con el pene seccionado por cuchilla de afe itar, algo que, por
primera vez, hizo vomitar a Bryndis.

En los frentes directos de guerra entre los paramilitares —llamados “paras”— y la guerrilla, también se veían
horribles atrocidades. Los paras habían inventado una catapulta con la cual podían lanzar , a cuatrocientos o
quinientos metros de distancia, cadáveres sobre la zona enemiga. Cada vez que sorprendían a un sindicalista, espía
o a cualquier sospechoso de haber tenido un pasado de izquierda, éste era ajusticiado y luego catapultado al bando
enemigo con el cuerpo cargado de bombas.

La plaza de Bolívar era un terreno baldío repleto de cráteres y escombros, pues ahí la lucha había sido fuerte. El
Capitolio Nacional, el Palacio de Justicia y la Casa de Nariño mostraban sus vientres reventados. La gente , en un
acto de suma desesperanza, había saqueado lo que quedaba de las antiguas oficinas, de los amplios salones y aforos.
En sus ruinas, los mendigos se protegían de la lluvia y del frío haciendo fuego con viejos legajos. El gobierno, al
principio de la guerra, intentó defender la sede histórica y esto avivó la destrucción. Llovieron bombas desde las
montañas, hubo atentados ciegos, se ametralló sin piedad el centro de la ciudad hasta que no quedó un alma. El
ejército logró repeler los ataques, pero la antigua zona del poder quedó reducida a escombros, un paisaje lunar de
detritos, muros negreados por el humo, perforaciones de metralla, estructuras metálicas retorcidas por el fuego. En
el fragor de los incendios, las llamas fueron tan altas que algunos bog otanos recordaron lo ocurrido el 9 de abril de
1948, esa memorable fecha de destrucción a mediados del siglo anterior.

En la escalera de servicio del hotel —la única que se usaba, ya que los ascensores estaban en pésimo estado—,
Bryndis se encontró con Olaf K. Terribile, corresponsal del diario The Presumption, de la isla de Malta.

—Hola, Bryndis, ¿dormiste bien? —Olaf la saludó acariciándola con los ojos. A pesar de su timidez, la hermosa rubia
lo atraía.

—No estoy segura de haber dormido, Olaf —le dijo ella—. Mi cabeza parece un obús a punto de caer a tierra.

—Tengo aspirinas, ¿quieres una?

—No. Una aspirina no llegaría ni a la periferia de mi dolor. El trabajo es lo único que me cura.

—Cuídate, Bryndis. No te metas en la trinchera equivocada.

—No te preocupes, ya sabes que la pólvora se asusta conmigo.

Olaf y Bryndis se conocían hacía cuatro guerras —Afganistán, Palestina, Irak y Somalia—, pero Olaf jamás se había
atrevido a expresarle sus sentimientos, mucho menos a proponerle algún contacto íntimo, y est o a pesar de haber
vivido juntos varios momentos difíciles, como una vez en que Bryndis debió llevarlo alzado, inconsciente, y subirlo a
una camioneta de alquiler, en Jalalabad, tras haber sido golpeados por un grupo de manifestantes afganos. Esto de
la timidez en Olaf parecía un rasgo congénito. Hacía poco, en Belice, había acudido a una ayuda psiquiátrica.
Cuando le hicieron el test de identidad respondió lo siguiente:

“Me llamo Olaf Keith Terribile y soy corresponsal de guerra. He vivido en Moscú, Nicosi a, Goma y Nairobi, además
de Valletta, capital de Malta, mi ciudad natal. Hablo seis idiomas de la rama indoeuropea. Tengo cuarenta y seis
años y uso gafas de aumento, pues me aqueja una fuerte miopía. Mi color preferido es el verde por lo que éste
representa de esperanza. Soy viudo y no tengo hijos, modo eufemístico de sugerir que estoy más solo que una piedra
en el desierto, admitiendo que las piedras puedan sentirse solas. Ignoro cuál pueda ser el origen de mi timidez. Mi
infancia fue feliz y holgada. Jamás me hizo falta nada ni lamenté algo profundamente; jamás fui visto con
indiferencia por mis seres queridos. Me gusta el mar, aunque me inquieta. Me hace daño la leche. Mi comida
preferida es el cuscús, en primer lugar, y en segundo el pato lacado pekiné s. No tengo inclinaciones homosexuales.
Me enamoré muy joven de una estudiante polaca de inglés, en Malta, que luego se convirtió en mi esposa. Se
llamaba Myla, y digo se llamaba pues murió a los seis años de matrimonio. Myla Posvlo. Por cierto que murió e n el
parto de la que debía ser nuestra hija. Fue entonces que tuve mi primera a ...
Cultura Precolombiana Tayrona
El noroccidente de la Sierra Nevada de Santa Marta, al norte de Colombia, fue habitado desde el año 200 d.C. hasta la Conquista
por agricultores y artesanos de la piedra y el metal que aprovecharon los recursos disponibles desde el mar hasta las nieves
perpetuas, a quienes se les denomina la nación Tayrona.

Los Tayrona contaban con una compleja organización sociopolítica, y con un avanzado conocimiento de la ingeniería y la
arquitectura que se refleja en los restos de grandes obras líticas, plantas de habitación, caminos, muros de contención, escaleras y
puentes.

Inicialmente asentados en el litoral, se expandieron luego hacia las zonas altas donde construyeron ciudades de piedra. Su historia
prehispánica comprende los períodos Nahuange y Tayrona. Actualmente habitan allí los koguis, wiwas, ikas y kankuamos.

Colgante Tumbaga Cultura TayronaLos Tayronas descuellan como ejemplo de la insistencia en al autenticidad, que les costo ser
aniquilados bárbaramente después de un siglo de constante lucha contra el dominador. Indómitos y belicosos, no aceptaron el
yugo español, que implicaba el renunciamiento a sus costumbres ancestrales, a su idioma, a su núcleo social y sobre todo a sus
creencias religiosas.

Ubicación Geográfica Cultura Tayrona


Ubicación de la Cultura Tayrona – Tayrona ColombiaLa Sierra Nevada de Santa Marta localizada en la parte norte de Colombia, es
un macizo montañoso, aislado del sistema de los Andes. La variada topografía de la Sierra Nevada, produce gran diversidad de
condiciones ecológicas, radicalmente diferenciadas de las que presentan las regiones adyacentes, e influye sensiblemente en las
condiciones climáticas de una gran parte de la región caribe del país.

Los Tayronas se situaron entre el nivel del mar y una altura aproximada de 2.000 metros, principalmente en la zona de Santa
Marta, cerca del río Bonda y a lo largo de los ríos Ariguaní, Cesar y Ranchería, también en los valles de los ríos Palomino y Buritaca.

Los Tayrona se acogieron, tanto a las bondades que le brindaban la Sierra Nevada como a las restricciones que esta les imponía, y
poco a poco lograron combinar esas bondades y esas restricciones del medio para afianzar y garantizar su permanencia y
reproducción biológica en esta región, como lo señalan hoy día las ruinas de numerosos poblados con infraestructura de piedra,
caminos terrazas de cultivos, canales y puentes.
Vivienda Cultura Tayrona
Casas Tayronas Las casas Tayrona eran admirablemente construidas, en forma de enormes cabañas de madera o bahareque con
techos de paja y de palma, por lo general, de forma cónica, y que por su elaboración se deduce que fueron excelentes carpinteros.
Las puertas eran adornadas con caracoles colgados de hilos, los cuales, soplados por el viento producían un armonioso sonido. Su
mobiliario era de espartos y de cañas, y las esteras que tendían en el suelo eran tejidas y pintadas con muchos y variados colores.
En los tapetes de algodón dibujaban figuras de animales, como tigres, águilas, y serpientes.

Las viviendas Tayrona se construyeron sobre terrazas artificiales a las que se llegaba por caminos o escaleras de piedra. Según el
tipo de cimiento, de acuerdo con lo expresado por al arqueólogo Reichel-dolmatoff hay tres tipos de construcción:
1) Un primer tipo constituido por un anillo sencillo de piedra casi redonda y sin talla alguna, no bien unidas entre si y que forman
una superficie discontinua. En este caso las únicas piedras talladas son las que conforman los pisos de las entradas que en todos
los casos son dos diametralmente opuestas. Se encuentran en lugares algo alejados del centro de la aldea, en lugares
relativamente poco favorables para construir.

2). Un segundo tipo, conformado por dos anillos. El primero, exterior, de lajas delgadas, regularmente talladas, enterradas
verticalmente, el extremo enterrado es recto, el saliente redondeado y generalmente están bien unidas entre si. A veces estas
lajas bien talladas se encontraron solo cerca de las dos puerta, mientras que le resto del circulo esta construido con otras menos
elaboradas. El segundo anillo, en el interior del primero, es de lajas colocadas horizontalmente al nivel del piso de la habitación.
Estos dos constituyen propiamente el cimiento de la casa pero con frecuencia se encuentran al exterior de la misma y a un nivel
mas bajo, un segundo y a veces un tercer par de anillos escalonados como los anteriores. En ellos las lajas horizontales de cada
anillo interior y las verticales enterradas del exterior forman como los pasos y los contrapasos respectivamente, de una escalera
perimetral. De esta manera se forma una construcción a modo de pirámide circular escalonada, que sirve de base a la vivienda, a
la cual se accede, frente a cada una de las dos puertas opuesta, por medio de escalones de lajas muy bien talladas.

3) El tercer tipo, menos frecuente y que se encuentra solo en los núcleos mas densamente habitados tiene las mismas
características estructurales el segundo, pero se diferencia de él por la perfección de trabajo. Las lajas horizontales de los anillos
interiores tiene en planta, cada una la forma de un sector de circulo perfecto para encajar completamente con las otras y las
verticales de los anillos exteriores están talladas por todas sus seis caras. También las lajas grandes que forman el piso de las
puertas tiene la forma del sector de circulo para adaptarse a la configuración de la circunferencia.

Poblacmiento y Arquitectura Cultura Tayrona


La región estuvo densamente poblada; se menciona en las crónicas la existencia de centenares de poblaciones y ciudades, algunas
con mil casa grandes. Pocigueica, Bonda y Tayronaca se mencionan como las ciudades más importantes. La primera era la capital o
ciudad principal, la más rica; quedaba en la región entre las cabeceras de los ríos Córdoba, Mendiguaca y Don Diego, a dos leguas
del mar y con clima fresco. Bonda se encontraba en las actuales sabanas de Limón o de Terán. Por su parte Tayronaca estaba
localizada en las márgenes del río Don Diego, ya en tierra templada.

Los grandes centros poblados y la arquitectura lítica, son las características más destacadas de la cultura Tayrona, pues ninguna
otra alcanzó tal desarrollo en cuanto a las realizaciones materiales. Tayronaca tenía plazas triangulares, de grandes lajas y con casa
grandes en las esquinas, donde moraban los caciques principales, y que podían albergar cómodamente trescientas personas. Las
calles estaban bien trazadas y para llegar a la ciudad se ascendía por anchos caminos de piedra y por escaleras hasta de
novecientos escalones.

Vestidos y Adornos Cultura Tayrona


En sus trabajos los Tayrona acostumbraban estar casi desnudos. Pero cuando salían de sus faenas usaban trajes de telas firmes de
algodón. Las mujeres, además de la falda, se echaban sobre las espalda una especie de chal o pañolón de tela blanca. Hombres y
mujeres se adornaban con joyas de oro, penachos de plumas y mantas pintadas, adornadas con cristales de cuarzo, coralina,
jaspes y otras piedras engarzadas en oro.

Los Tayrona fueron hábiles en el arte plumaria; de plumas de papagayo, de pavas y otras aves hicieron diademas, penachos, capas
como mucetas, flores, rosas, vestidos de colores vistosísimos, abanicos; inclusive mantenían en cautiverio guacamayas y tominejas
para extraerles el plumaje cada año y utilizarlo en sus trajes de ceremonia.
Encima de tan lujosa indumentaria se ponían sus joyas de oro, consistentes en narigueras, chagualas como patenas o medias
lunas, petos, collares de caracoles y cuentas. Para las mujeres había, además, brazaletes, ahorcadas y gargantillas.

Agricultura Cultura Tayrona


Los Tayrona eran excelentes horticultores y, favorecidos por la diversidad de sus climas, pudieron cultivar e intercambiar casi
todos los frutos que se cosecharon en Precolombia. En ninguna otra cultura de nuestro territorio aparecen tan claros los
procedimientos para mantener la fertilidad del suelo, consistentes en terrazas que impedían la erosión de los suelos, ni otras
aplicaron tan hábilmente la irrigación artificial, conduciendo por canales el agua de los ríos hasta sus sementeras.

Como no tenían rebaños, sino que vivían principalmente de vegetales y frutas, su vecindad al mar determino para los Tayrona una
alimentación a base de pescado, mientras que sus montañas les dieron cuantiosa cacería de venados y aves como paujiles,
tórtolas y pavas. También el mar les suministraba la sal, no sólo para condimentar sus alimentos, sino para conservar el pescado
seco, del cual hacían comercio con las tribus que les proveían de oro.

Complementaban su nutrición con la miel de abejas, que supieron cultivar con gran esmero y en abundancia tal, que cierto
soldado español contaba haber visto en tierras Tayronas hasta 8.000 colmenas. De frutas y granos supieron fermentar muchas
clases de bebidas embriagantes.

Comercio Cultura Tayrona


Las relaciones comerciales se efectuaron interna y externamente. Los grupos de la Sierra daban oro y mantas a cambio del
pescado y la sal de los costeros. Las esteras, los collares de oro y cuentas de piedras semipreciosas, sirvieron de elementos de
trueque con otras culturas, inclusive con las de las tierras altas de Cundinamarca y Boyacá, de donde llegaron esmeraldas a la
Sierra NevadA

Armas Cultura Tayrona


Sus principales armas eran arcos, dardos, flechas, carcajs y macanas; también tensores de arco, flechas silbantes y flechas
incendiarias con las puntas envueltas en algodón que disparaban ardiendo. Las puntas de los dardos eran de madera o de espina
de raya y estaban generalmente envenenadas. Empleaban también piedras como proyectiles.

Eran tan buenos tiradores que, teniendo que alcanzar un blanco a distancia, arrojaban las flechas a lo alto para que al caer se
clavaran en su enemigo. Tenían cerbatanas curiosísimas que, con sutiles flechas, mataban toda clase de aves.