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¿De qué trata lo Plurinacional?

Pedro Cayuqueo

De tanto escribir sobre el tema mapuche uno llega finalmente a ciertas conclusiones. Una de
ellas, que el conflicto no es mapuche como acuñaron erróneamente los medios; es cuando
menos Estado chileno-Pueblo Mapuche. Y si me apuran, el conflicto es incluso
primordialmente chileno. De Chile con su negado -y hasta no hace mucho despreciado-
componente indígena. De los chilenos con su memoria. De los chilenos con su morenidad.
De los chilenos cada mañana con el espejo.

Los mapuches actuales, unos más, otros menos, tenemos bastante claro lo que somos, de
dónde venimos y hacia dónde vamos. Esto resulta muy gráfico en las nuevas generaciones.
Lo veo a diario en mis sobrinos. Ellos no quieren dejar de ser lo que fueron sus abuelos. Y
cada día se enorgullecen más de su cultura y de su origen. No es para nada una idealización
del pasado. Es un salto con memoria hacia el futuro.

Puestas así las cosas, la posibilidad de diálogo, de encuentro, de convivencia intercultural


entre chilenos y mapuche, evidentemente, se torna compleja. No termina de cuajar. Y si bien
existen quienes aceptan, “toleran” o son respetuosos (y curiosos) de la identidad mapuche de
sus vecinos, lo que prima todavía es la desconfianza y el no entendimiento. También el
miedo, el racismo y la paranoia, como demostraron tristemente los recientes incendios en la
zona centro del país.

¿Qué impide al chileno común y corriente aceptar, comprender la porfía mapuche de querer
seguir siendo mapuche? ¿O la del rapanui de querer seguir siendo rapanui? ¿Acaso maldad?
En absoluto. Trata creo de otra cosa; de lo enraizada en Chile de aquella fantasía del Estado-
Nación, el modelo de identidad blanco, europeo y “libre de indios” que pensadores del siglo
XIX nos heredaron como destino. Un modelo que la educación chilena, década tras década,
ha seguido reproduciendo al pie de la letra. Casi como un mantra.
Es este molde cerebral, el de “una sola bandera”, “una sola nación”, “una sola cultura” y “una
sola lengua”, el que impide a los chilenos pensarse desde otro lugar y no desde la uniformidad
a la hora de abordar el tema. O de opinar equivocadamente sobre este en un almuerzo familiar
de domingo. “¿Por qué los mapuche tienen becas aparte si somos todos chilenos?”, “¿Por
qué reconocer otra lengua si Chile ya tiene una?”, “¿Qué ocurrencia es esa de la bandera
mapuche?”, “¿No somos acaso todos iguales ante la ley?”. Típicas interrogantes del chileno
medio. Y desde Los Dominicos a Cerro Navia. ¿Es posible superar el conflicto solo con
medidas paliativas en beneficio de las víctimas, un incremento en la dotación de Carabineros
y una que otra ley sectorial como propuso a La Moneda la Comisión Asesora Presidencial?
En absoluto. Es atacar los síntomas, no la enfermedad. Bien lo subrayó la Corporación
Mapuche Enama. Se requiere antes un cambio de mirada, un cambio de paradigma. En
concreto, dejar atrás el Estado-Nación del siglo XIX y dar un salto al Chile Plurinacional del
futuro.

¿De qué trata exactamente lo plurinacional? En simple, reconocer que el Estado lo compone
más de una nación y no solo la chilena moldeada en la vieja hacienda del valle central.
Hablamos de la nación chilena y otras nueve naciones originarias, pre-existentes al Estado y
que reclaman pese a más de un siglo de campañas de asimilación forzada, reconocimiento y
valoración. La nación mapuche, una de ellas. No hablo de separatismo, la sospecha de mentes
afiebradas y limitadas en ciencias sociales. Tampoco de “un estado dentro de otro estado”,
otro argumento en contra recurrente. Hablo de un nuevo Pacto Social entre el Estado y las
colectividades que lo conforman, pilar de un nuevo tipo de convivencia y de una paz social
basada en derechos. Es el paso que han dado muchas democracias modernas. Y que Chile,
tarde o temprano, deberá también atreverse a dar.

La modernidad de un país no se mide solo por la cantidad de cajeros automáticos en sus


calles. Se mide también por el respeto que le confiere la sociedad a quien, aceptando vivir en
una misma comunidad estatal, se piensa y siente de un origen distinto. De ello trata la
convivencia interétnica respetuosa, base de aquella forma de gobierno que gustamos llamar
democracia. Es el gran cambio cultural que debemos promover.

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