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Nicolás Rodríguez Sanabria

CRW 5364

Critical Analysis 3 / Nov. 5, 2017

La casa como metáfora de la vida femenina

en La casa en Mango Street

Leer La casa en Mango Street, la primera novela de Sandra Cisneros, es visitar un

vecindario, asomarse por la ventana de cada casa y echar un vistazo dentro. Esto es

precisamente lo que hace nuestra narradora, Esperanza, a lo largo del libro: espiar la

vida que trascurre en su casa y en las que la rodean. No es simple curiosidad de niña.

Esperanza no observa a cualquiera, observa a las mujeres porque ella es mujer y quiere

escoger qué mujer ser, busca en las mujeres de su vecindario la mujer que quiere ser. El

vehículo de esta búsqueda se da a través de la figura de la casa: Esperanza busca casa,

una casa propia. La casa se convierte, entonces, en una poderosa metáfora de la vida

femenina que se construye a lo largo de los cuentos de la novela para dar una imagen

íntegra de lo significa ser mujer.

Desde el principio queda claro: Esperanza quiere su propia casa. “Desde ese

momento supe que debía tener una casa. Una que pudiera señalar. Pero no esta casa. La

casa de Mango Street no” (5), dice la narradora en el primer cuento, insatisfecha del

lugar donde vive. Y sabemos que no es un impulso ni un pensamiento al azar porque

hacia el final de la novela la intención de Esperanza persiste: “Un día llenaré mis maletas

de libros y papel. Algún día le diré adiós a Mango Street” (112), afirma Esperanza en el

último cuento. De hecho, el primero y el último cuento comparten un pasaje idéntico,


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aquel que abre el libro “No siempre hemos vivido en Mango Street […]” (3 y 111). Esta

conexión establece el marco del libro: la búsqueda de una vida por fuera de Mango

Street. Y sabemos que en realidad se trata de una vida más que de una casa si prestamos

atención al penúltimo cuento “Una casa propia”, donde Esperanza describe la casa que

quiere: en realidad lo que describe Esperanza es una vida, no una casa.

A lo largo de la novela vemos la vida que transcurre al interior de las casas del

vecindario de Esperanza. La figura de la casa encapsula a la mujer y lo notamos cuando

la narradora menciona a alguna de sus vecinas y esclarece dónde vive cada una. Por

ejemplo, para introducir a Marín, Esperanza cuenta: “Bajo la casa de Meme hay un

sótano que […] rentó a una familia puertorriqueña. La familia de Louie” (23). En este

caso Louie es tan solo un vehículo para hablar de su prima, Marín. Esto sucede a

menudo en La casa en Mango Street: los personajes masculinos son tan solo un medio

para hablar de las mujeres. Lo mismo sucede en “El Earl de Tenesse” cuando se describe

dónde vive Earl para luego hablar de una mujer misteriosa que lo visita, o también en

“No Speak English”, que empieza con la frase “Mamacita es la mujer enorme del hombre

al cruzar la calle, tercer piso al frente” (78).

Todas estas mujeres que rodean a Esperanza se presentan como opciones de vida,

como casas posibles en las que podría vivir la narradora. Por supuesto, ninguna le

resulta atractiva. Y es que a lo largo del libro se demuestran las pocas opciones que

tienen las mujeres que rodean a Esperanza, muchas veces, precisamente, a través de la

figura de la casa. “Edna es la dueña del edificio de al lado”, leemos en el quinto cuento,

“Antes tenía un edificio grande como una ballena, pero su hermano lo vendió” (12). Algo

parecido sucede con la “mamasota” de “No Speak English” que vive en su casa porque su

esposo la trajo hasta allí, o con Rafaela en el cuento que sigue, que es prisionera de su
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propia casa porque “es demasiado bonita para que la vean” (81). Las mujeres de La casa

en Mango Street parecen condenadas a vivir donde viven sin poder elegir, tal como

vemos en el personaje Sally, a la que la narradora escribe: “Sally, ¿no deseas a veces no

tener que ir a casa?, ¿no te gustaría que un día tus pies […] te llevaran lejos de Mango

Street?” (84), y quien, siete cuentos después, se ha casado “para escapar” (103).

Es eso precisamente lo que significa la casa: la prisión femenina, la mujer siempre

relegada al ámbito doméstico. Es de ese tipo de casa que la narradora quiere huir, pero

no le queda tan fácil. Al final de la novela queda tan solo la intención: “Un día me iré”

(112), aquella intención establecida desde el primer cuento, aquel que termina con un

mensaje desesperanzador: “Pero yo sé como son esas cosas” (5). Esperanza termina por

ser su casa, Mango Street, la vida a la que están condenadas todas las mujeres de su

barrio.

Trabajos citados

Cisneros, Sandra. La casa en Mango Street. Trad. Elena Poniatowska. Nueva York:
Vintage Español, 1984.