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INTERNACIONAL

El El conflicto conflicto armado armado colombiano colombiano

y y las las tragedias tragedias no no contadas contadas

de de los los rromà rromà

YOSKA BIMBAY

“Nosotros los rromà tenemos una sola religión: la libertad. A cambio de ella renunciamos a la riqueza, al poder, a la ciencia y a la gloria. Vivimos cada día como si fuera el último”.

Trazos de la historia de un “pueblo sin historia”

Trazos de la historia de un “pueblo sin historia” Lejos de ser advenedizos o recién llegados,

Lejos de ser advenedizos o recién llegados, los rromà habitan en lo que hoy es Colombia desde la época de la dominación hispánica muchos siglos antes del establecimiento de la actual República. Originarios del norte de la India, hacia el año mil de nuestra era, los rromà dieron inicio a una gran diáspora que

Vittorio Mayer Pasquale (Spatzo)

aún hoy en día no concluye y que los ha dise- minado por los cinco continentes. El salto de los rromà hacia América se dio simultánea- mente a la invasión de este continente por parte de los europeos. Sobre el particular se ha podido establecer que Cristóbal Colón en su tercer viaje a América (1498) trajo como parte de su tripulación a cuatro rromà –co- nocidos en aquella época como egiptianos o egipcianos porque se tenía la equívoca

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creencia que provenían de Egipto– a quienes como sucedáneo de una prisión perpetua o

a una condena a muerte segura en España se

les ofreció la posibilidad de trabajar forzada-

mente en galeras en alguna de las naves que hacían la ruta hacia las Indias.

Muchas de las descripciones que se escribieron en ese entonces sobre las características de los “vagabundos” evocan con precisión el modo de vida y los usos y costumbres de los rromà

De conformidad con el Proceso Organiza- tivo del Pueblo Rromà (Gitano) de Colombia (PRORROM), un preliminar recorrido por la larga y nebulosa historia de los rromà en estas tierras en principio debe tener en cuenta ocho momentos clave, varios de los cuales se yuxtaponen y solapan entre sí. En un primer momento, entre 1492 y 1570, la corona española no sólo permitió el ingreso de rromà a sus colonias americanas sino que llegó a pensar seriamente en que la solución al “problema rromà” en la Península Ibérica pasaba por su deportación masiva hacia las

tierras “recién descubiertas”. Es así como a los numerosos rromà que llegaron a América permutando condenas que tenían en España

o huyendo de las persecuciones que soporta-

ban en Europa, se les sumaron aquellos que, bajo diferentes estrategias, fueron traídos con fines de colonización. Un segundo momento que se caracterizó porque la inmigración rromà hacia América se dio de manera ilegal y clandestina, se inau- gura en 1570 a partir de la orden impartida por Felipe II que prohibía el ingreso de los rromà a las colonias de ultramar y exigía la

captura y deportación masivas hacia la me- trópoli de todos aquellos que en estas tierras fueran hallados. De esta manera, acudiendo

a diferentes artilugios, los rromà se filtraron a través de los exhaustivos controles coloniales pasando a convertirse en uno de los principa- les grupos poblacionales que se conocieron como “llovidos”, término utilizado en la época para referirse a los pasajeros clandestinos y

a los inmigrantes irregulares que llegaban a

América. Un tercer momento de la presencia rromà aparece asociado a la reiterativa alusión en los documentos coloniales de normas diri- gidas a poner a raya a los que se denominan como “vagabundos”, los cuales con su modo de vida nómade, libre y sin ningún apego por la tierra, desafiaban permanentemente el orden colonial. Muchas de las descripciones que se escribieron en ese entonces sobre las características de los “vagabundos” evocan con precisión el modo de vida y los usos y costumbres de los rromà. Dado que en sus esfuerzos por asimilar a los rromà a un mo- delo estandarizado de súbdito obediente y sumiso, la corona española proscribió hasta la utilización del etnónimo gitano y otros simi- lares, se puede colegir que bajo el término de “vagabundos” se escondía, entre otros grupos poblacionales, a los rromà. Para un cuarto momento de la historia de los rromà hay que tener en cuenta que el común denominador de algunas regiones de lo que hoy es Colombia fue la existencia de una variopinta gama de “arrochelados”, es decir, de grupos afines de personas que vivían al margen del orden establecido y que, con el paso de los años, habían logrado configurar pequeñas sociedades alternativas al sistema de dominación imperante en la época. Estos “arrochelados”, los cuales la mayoría de las ve- ces aparecían invisibles a la pretendida mira- da omnímoda del establecimiento, se movían ampliamente por los resquicios dejados por los ordenes sociales, políticos, económicos y culturales hegemónicos. Las similitudes entre ciertas “rochelas” y grupos de “arrochelados” y algunas pautas propias del tradicional modo de vida de los rromà, no deben ser vistas

como simples coincidencias sino como la constatación de que entre los “arrochelados”

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se encontraban muchos patrigrupos familia- res rromà. El quinto momento, alrededor de la mitad del siglo XIX, ubica el período en el

posiciones legales que, a la vez que buscaban promover la inmigración y el establecimiento de colonias de europeos en el país, proscri- bían el ingreso de determinados pueblos y

cual la propia historia oral documenta que procedentes de España, más precisamente de Cataluña, y Francia tuvo lugar la llegada a Colombia de la gran mayoría de patrigrupos

grupos poblacionales considerados como indeseables. Sobre el particular, por ejemplo, las políticas de control de la inmigración fue- ron altamente discriminatorias con los árabes

familiares rromà. Los testimonios orales de

y

los chinos para los cuales se definió un

los viejos rromà se confirman con algunas referencias aportadas por viajeros y aventu- reros que mencionan que en el contexto de

odioso sistema de cuotas de ingreso anuales acompañadas siempre de requisitos legales onerosos y complicados. Pese a ello, a árabes

las guerras de independencia era frecuente

y

a chinos nunca se les prohibió tajantemente

ver caravanas de grupos rromà que tenían

el

ingreso al país, lo cual sí ocurrió con los

rutas establecidas a lo largo de varios países

rromà a los cuales, independientemente de

de América del Sur.

la nacionalidad que tuvieran, se les impidió

Los testimonios orales de los viejos rromà mencionan que en

el contexto de las guerras de

independencia era frecuente

ver caravanas de grupos rromà que tenían rutas establecidas

a lo largo de varios países de América del Sur

a toda costa su entrada al país. Sin embargo,

a pesar de estas prohibiciones y como ya lo habían hecho en otras épocas, varios grupos familiares rromà llegaron al país, algunos

con la finalidad de establecerse y otros úni- camente con el propósito de continuar su itinerancia hacia otros países menos racistas

y mucho más tolerantes. Un octavo momento tiene lugar en el contexto de la Segunda Guerra Mundial cuando algunos pequeños grupos familiares rromà, provenientes principalmente de Gre-

Un sexto momento clave sucede aproxi- madamente entre 1821 y 1851, período durante el cual en Colombia y otros países de la región se decretaron importantes leyes orientadas a la abolición de la esclavitud, las cuales, si bien aludían preferentemente a la que soportaban los afrodescendientes, se extendían a la que sufrían otros pueblos en otros lugares del planeta que pudieran ingre- sar en el país. Sin lugar a dudas esta situación incentivó la llegada de numerosos grupos familiares rromà, provenientes sobre todo de Rumania, los cuales ingresaban al país huyen- do de la esclavitud o porque recientemente habían sido liberados y habían llegado en busca de nuevos horizontes. El séptimo momento se puede ubicar entre 1880 y 1950 cuando los sucesivos go- biernos de Colombia promulgan distintas dis-

cia, Rusia y Serbia, llegan al país para salvarse del O Porrajmos, literalmente “la devoración”,

es

decir, el genocidio del pueblo rromà perpe-

trado por los nazis en Europa. Hasta la fecha esta ha sido la última oleada trasatlántica de patrigrupos familiares rromà que han llegado

al

país, toda vez que la diáspora derivada de

la

caída de los regímenes comunistas autori-

tarios de Europa del Este no se tradujo en la llegada a Colombia de grupos rromà, los cua- les prefirieron otros países de la región con mayor estabilidad y menos convulsionados como Argentina, Brasil, Chile y México.

Memoria y resistencia

 

Los rroconstruyen su memoria a partir de acontecimientos que revisten significación para su patrigrupo familiar específico. Sólo

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en casos excepcionales se rememora algún hecho que tuvo repercusiones en el país o el mundo para narrar su propia historia. Es por ello que para los rromà los hitos que de algu- na manera permiten una periodización de su propia historia son elementos constitutivos de su mundo cultural y familiar.

Cada patrigrupo familiar rromà teje su historia apelando casi exclusivamente a los referentes que ha construido en el decurso de su vida cultural

Por ejemplo, un rromà sólo dice que un hecho ocurrió hace diez años luego de recor- dar que este tuvo lugar algún tiempo después del abiao (boda) de su hijo menor, en tanto que otro rromà, para referirse a similares acontecimientos, podría tomar como referen- cia para ordenar su narración la realización de una Kriss o (tribunal de autoridades propias) en el que se juzgó un caso que involucró a uno de sus familiares. Cada patrigrupo fami- liar rroteje su historia apelando casi exclu- sivamente a los referentes que ha construido en el decurso de su vida cultural, los cuales, valga decir, se han jerarquizado y organizado de acuerdo a las repercusiones que para el mantenimiento de la cohesión de su grupo familiar han traído aparejadas, puede decirse que sobre un mismo acontecimiento se pue- den encontrar una gran variedad de historias, entre ellas la del padre que casó a su hijo y la del abuelo que participó en una Kriss. La memoria de los rromà es selectiva y harto maleable, dirigida siempre a ser fun- cional al eterno presente en el que viven y sueñan. Como todo pueblo nómada que no puede moverse con libertad portando elementos más allá de los realmente indis- pensables, los rromà no pueden convertir su memoria en una carga adicional que les dificulte su discurrir por la vida, razón por la cual llevan en su memoria apenas lo justo

para saber situarse en el aquí y en el ahora.

De esta manera para los rromà aquello que no les brinda utilidad en el desafío de la diaria sobrevivencia, prácticamente es condenado

al olvido; sin embargo, así como se olvida, los

rromà tienen la enorme capacidad de hacer emerger sus recuerdos cuando lo necesitan

y estos aparecen en el tamaño justo que la

coyuntura lo requiere. Al igual que lo que sucede con los re- cuerdos que le dan forma y contenido a su memoria, los rromà no se pueden dar el lujo de llevar a cuestas a sus muertos ni mucho menos dejarse atar por ellos a un lugar in- móvil. Luego de surtir los rituales que manda la tradición para acompañar a sus difuntos en el tránsito de la vida terrena al más allá, los rromà dejan atrás a sus muertos hasta el punto de que nunca los visitan en sus tum- bas y casi siempre proscriben mencionar sus nombres en presencia de algún familiar querido y cercano puesto que esto podría llevar a la apertura de puentes entre el mun-

do de los vivos y de los muertos y derivar así en desequilibrios y desordenes en el universo cultural de los rromà. Frente a sus muertos, los rromà despliegan un sentimiento ambivalente que va desde el abierto temor que los invade ante la eventua- lidad que sus espíritus decidan regresar para cobrar una afrenta pasada o presente, hasta el profundo respeto que se guarda por los seres entrañables de la familia. De esta manera, con

el propósito de mantener lo suficientemente

alejados a los espíritus del más allá, los rromà optan por alejarse de sus muertos y mantener el recuerdo de ellos solo en la medida de lo necesario para que se testimonie el respeto que se les profesa. Sobre la relación que los rromà establecen con sus muertos dicen mucho dos cuestiones. La primera tiene que ver con que los cemen- terios, en la práctica, se han convertido en lugares tabú, y la segunda, en que no hay peor

ofensa para un patrigrupo familiar rromà que

la que sus muertos sean maldecidos por la ira

de un miembro de otro patrigrupo. Ambas situaciones generan conflicto en la medida

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en que dejan abierta la posibilidad para que los espíritus de sus muertos se movilicen y regresen a entorpecer el transcurrir normal de su vida cultural, social y económica.

Si a las particularidades de su memoria y al lugar, digamos secundario, que allí ocupan sus muertos, se añaden los atávicos y arrai- gados temores que los rromà sienten por las instituciones de la sociedad mayoritaria

y sobre todo por la manera en que los gadyè

(no rro) resuelven sus conflictos y contro- versias, se encontrará un escenario muy hostil

si se pretende que los rromà hablen sobre los

hechos violentos de que han sido víctimas en el contexto del conflicto armado interno colombiano. Ciertamente el panorama no podría ser más desolador; nos encontramos así ante un protagonista colectivo que no quiere hacer más pesada su memoria con re-

cuerdos dolorosos, que no le gusta acordarse

y menos hablar acerca de sus muertos y que

siente que los gadyè siempre escarban sobre

sus vidas con propósitos inconfesables.

Nos encontramos así ante un protagonista colectivo que no quiere hacer más pesada su memoria con recuerdos dolorosos, que no le gusta acordarse y menos hablar acerca de sus muertos

Gracias a la invaluable colaboración de PRORROM se pudo establecer contacto con tres rromà, dos mujeres y un hombre, quienes aún sin dejar del todo el temor que los embarga, se animaron a narrar pequeños fragmentos de sus historias, algunas vividas como protagonistas de excepción en tanto que otras conocidas muy de cerca y escucha- das a otros rromà de sus kumpeniyi (plural, asociación de patrigrupos familiares que te- jen alianzas para convivir e incinerar conjun- tamente), sobre casos en que los rromà ter- minaron como víctimas del conflicto armado

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interno. Es así como en diferentes momentos entre agosto y diciembre de 2009 y en distin- tos lugares Estebo (47 años), Carmenza (65 años) y Yenny (34 años), Rrom Bolochoc de las kumpeniyi de Sahagún (Córdoba), Girón (Santander) y Bogotá, D.C., respectivamente, se decidieron a hablar sobre lo que antes nunca habían hablado y lo hicieron sólo con

la condición que no se revelaran los nombres

reales de algunas de las personas menciona- das en sus narraciones.

El extraño asesinato de Frinka

das en sus narraciones. El extraño asesinato de Frinka El viejo Frinka (65 años) era un

El viejo Frinka (65 años) era un hombre respe-

table no sólo en la kumpania de Itagüí donde vivía sino en otras kumpeniyi del país. Sus 65 años bien vividos le daban la experiencia suficiente para contribuir a resolver los con- flictos y controversias que se presentaban en su pueblo. En 1986 en un día y mes que no pueden

ser precisados por la memoria, cuando des- prevenidamente Frinka cruzaba una calle cerca del barrio Santa María en Itagüí, recibió por la espalda una mortal puñalada que le causó la muerte en forma instantánea. La puñalada fue dada con tanta fuerza y certeza que le afectó el corazón. “Antes de desplomar- se y caer al pavimento, ya había muerto”, dice lacónicamente su hijo Fardy. Fardy señala además que su patrigrupo familiar fue reiteradamente amenazado para que él no siguiera indagando ante las auto- ridades sobre el estado y evolución de las investigaciones. Algunos rromà piensan que estas amenazas que recibió la familia indican que detrás de este asesinato se encontraba gente poderosa, vinculada a organizaciones mafiosas. Las amenazas surtieron efecto, dado que

la familia guardó silencio, no siguió acudiendo

a las autoridades y el crimen de este honora-

ble rromà quedó en la impunidad. La extraña muerte de Frinka marcó el principio del fin de la kumpania de Itagüí, la cual, luego de varias décadas de existencia y

en su máximo esplendor, terminó disolvién- dose debido a que los patrigrupos familiares que la configuraban, ante el incremento des- mesurado de la violencia desatada por el Car-

tel de Medellín en su guerra declarada contra el Estado y temerosos por sus vidas, se vieron forzados a trasladarse a otras ciudades del país y del exterior, principalmente de Argen- tina, Venezuela y México. El deslazamiento de estos patrigrupos familiares rromà que com- ponían esta kumpania pasó desapercibido y

a nadie le pareció extraño que los andariegos rromà terminaran yéndose del lugar.

La tragedia de Pincho

rromà terminaran yéndose del lugar. La tragedia de Pincho Pincho, que para entonces tenía 52 años,

Pincho, que para entonces tenía 52 años, soñador impenitente, a contrapelo del des- apego ancestral que los rromà sienten por hacerse a la propiedad de algo que los ancle, pensó que la clave para salir de sus vicisitu- des estaría en hacerse a un pedazo de tierra para poner en la práctica el acumulado de todos los conocimientos agrícolas que había adquirido empíricamente tras largos años de estrecho contacto con los campesinos andi- nos a quienes les fabricaba no sólo las pailas de cobre sino los mismos trapiches paneleros.

Por esa simple razón y siguiendo el instinto de sus sueños, después de muchos esfuerzos y de solicitar el apoyo de sus incrédulos hermanos

a quienes no les cabía en la cabeza que un

rromà se volviera agricultor, a mediados de 1981 se hizo a una finca de aproximadamente 500 hectáreas, llamada Guamoco, ubicada en jurisdicción de Amalfi (Antioquia). Pese a su inexperiencia práctica en las la- bores agrícolas más allá de lo que él pensaba que había aprendido y sabía hacer, Pincho, con gran perseverancia e ingenio logró en muy poco tiempo ponerla a producir y hacer- la sostenible. Los primeros años en Guamoco siempre serán recordados con nostalgia infi- nita por Pincho y su familia. Fue una época de abundancia donde, si bien no les sobraba el dinero, tampoco les hacía falta nada para lle- var una vida tranquila. Allá, junto a su esposa

Carmenza y a sus tres hijos pequeños que por aquel entonces tenían 5, 6 y 7 años, Pincho vivió momentos felices. El hallazgo de una pe- queña mina de oro en sus predios desbordó sus fantasías, las cuales fueron el detonante para imaginarse mil y un proyectos para ayu- dar a su gente, los que desafortunadamente y, pese al empeño que se les puso, nunca se pudieron materializar. Con el paso de los años comenzaron a presentarse situaciones que indicaban que los tiempos tranquilos y felices iban a cambiar abruptamente. Siendo aproximadamente las 7:00 p.m., del 7 de mayo de 1985, la violencia irrumpió en la apacible vida de esta familia gitana. Pincho se encontraba haciendo algu- nos arreglos en el trapiche de su finca cuando de manera inesperada fue impactado por un disparo que le entró por detrás de la oreja y le salió por la mejilla, herida que por fortuna no le ocasionó lesiones graves. Nunca se conocieron las razones por las cuales le dispa- raron a Pincho y menos aún se tuvo certeza acerca del autor de este aleve atentado; sin embargo, en su momento se concluyó que pudo haber sido obra de un trabajador que había sido contratado temporalmente, el cual so pretexto de que Pincho y su familia eran colaboradores del Ejército de Liberación Nacional (ELN), realizó aquella acción con el propósito de ganar respeto y estatus entre los grupos paramilitares que para la época comenzaban a pulular en esa región. Transcurridas unas cuantas semanas luego de haber sido herido con un arma de fuego, Pincho y su familia se encontraron al amanecer con una señal macabra: cinco de los veinticinco patos que tenían en un estan- que cerca de su vivienda fueron decapitados y sus cabezas arrojadas cerca de un pequeño puente. Este hecho marcó un incremento en la ofensiva que los paramilitares habían lan- zado con el fin de desalojar de la región para lo cual acudieron a la aplicación sistemática del terror y al desplazamiento forzado de las supuestas bases sociales de la insurgencia. En este escenario generalizado de miedo, zozobra e inseguridad, la familia de Pincho

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fue testigo de varios homicidios selectivos cometidos indistintamente por los dife- rentes actores armados, hasta el punto que en muchas ocasiones no fue claro el grupo responsable de los hechos, máxime cuando la fuerza pública actuaba en connivencia con las estructuras paramilitares. Con el ar- gumento que los productos que circulaban por la región eran parte del avituallamiento de la insurgencia, a veces el ejército nacional y otras veces los paramilitares, ejercían un estrecho control sobre la circulación de per- sonas y productos en toda la región. De esta manera los campesinos fueron constreñidos hasta derivar en verdaderos confinamientos. A fines de 1987 la situación en el entorno de Guamoco se hizo insostenible: a la finca de Pincho llegaron mensajes y recados envia- dos por los paramilitares en los que le daban tres meses para que abandonara la finca y se fuera de la región. Ante estas amenazas tan directas, Pincho y su familia no tuvieron más opción que huir hacia Itagüí (Antioquia) y dejar atrás todo lo que habían construido a lo largo de siete años de arduo trabajo.

Con el argumento que los productos que circulaban por la región eran parte del avituallamiento de la insurgencia se ejercía un estrecho control sobre la circulación de personas y productos en toda la región

Diez años después, cuando se pensaba que tal vez la situación se hubiera estabiliza- do, Pincho regresó con la ilusión de recupe- rar la finca para de esta manera rehacer sus maltrechos sueños, pero se encontró con que los paramilitares ahora eran amos y señores de la región y que su finca había quedado entrampada en una bien montada y cuidada red de testaferros que hacía difícil demostrar que alguna vez allí vivió una familia rromà

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que quebrando su tradición nómade le había apostado a la agricultura. La vida de Pincho no volvió a ser la misma luego que la violencia política hiciera añicos sus sueños. Pese a que mantuvo siempre su contagiante optimismo, la nostalgia lo acom- pañó hasta el 6 de mayo de 2009 cuando a sus 74 años y luego de una penosa enferme- dad, murió en un hospital de Bucaramanga. Dicen los que estuvieron cerca de su lecho de moribundo que en sus últimos pensamientos estaba vivo el recuerdo de los buenos tiempos vividos en Guamoco.

Dos vidas arrebatadas en primavera

vividos en Guamoco. Dos vidas arrebatadas en primavera Yórgulo (32 años) y Pinchika (26 años) venían

Yórgulo (32 años) y Pinchika (26 años) venían planeando desde hacía varias semanas su viaje a Acacías (Meta), municipio al que se trasladaban con cierta regularidad a vender

sillas y aperos. Acacías era un buen lugar para los negocios puesto que desde allí fácilmente se podía acceder a varias importantes fincas ganaderas donde eran muy apreciados los productos comercializados por los rromà. Acordaron ir en vortechía (sociedad que se constituye en la unidad económica básica)

y entusiasmados partieron de la kumpania

de Ibagué (Tolima) un día cualquiera de un mes cualquiera del año 1992. Luego de una extenuante jornada de trabajo donde cier-

tamente no les había ido muy bien, al menos no como en otras ocasiones, entraron a un bar para tomarse algo y animar la conversa- ción. Tal vez estarían pensando en las visitas que harían al día siguiente o en el dinero que mandarían a sus casas en cuanto pudieran, cuando fueron abordados por varios hom- bres desconocidos quienes con el pretexto de querer comprar varias sillas, los sacaron del lugar, se los llevaron con rumbo desconocido

y posteriormente los asesinaron. Por mera cuestión del azar, la dueña del hotel donde se habían hospedado en aquella oportunidad se enteró de que los dos cadá- veres que habían aparecido tirados junto al

río correspondían a los dos hombres Rrom que esporádicamente llegaban hasta allí. Como pudo, la dueña del hotel se comunicó con Marina, esposa de Yórgulo y hermana de Pinchika y le comentó fragmentariamente lo sucedido. Después de cumplir con una serie de re-

quisitos legales, los despojos mortales de los dos rromà fueron trasladados hasta Ibagué para ser enterrados de conformidad con los usos y costumbres que ordena el zakono Rromanó (tradición de los rromà). Aún se recuerda que cuando los estaban velando llegaron hasta la funeraria dos tipos extraños que nunca supieron de dónde venían ni quié- nes eran. Se cuenta, además, que a pesar de haber transcurrido ya varios días de ocurrido el doble homicidio, ambos cuerpos comenza- ron a manar sangre, signo inequívoco para los rromà de que los asesinos de alguna manera

se hacían presentes en ese episodio. Yórgulo dejó una joven viuda y cinco hijos en tanto que Pinchika dejó pendiente un omanglimosh (pedida de mano) que ya había sido acordado. Los familiares enterraron a sus muertos sin llegar nunca a saber sobre las motivacio- nes y los autores de las muertes, pero por la fecha, el lugar y las circunstancias en que se sucedieron piensan, en todo caso, que fue obra de un grupo armado ilegal.

La huída de Ocaña

que fue obra de un grupo armado ilegal. La huída de Ocaña A mediados de 1993,

A mediados de 1993, Bomba de 24 años,

Natasha de 18 años, Espiro de 22 años, Yenni de 18 años y su pequeño hijo de 1 año, se encontraban en Ocaña (Norte de Santander) vendiendo aperos y sillas. Cuando estaban en una tienda tomándose unas gaseosas, cuatro tipos que calzaban botas de caucho y

llevaban armas cortas que venían por la calle entraron hasta el local donde se encontra- ban y sin mediar palabra les pusieron sobre

la mesa unos panfletos de “limpieza social”

donde les daban 24 horas para que se fueran

de la ciudad.

Presos del pánico los rromà inmedia- tamente se fueron hasta el hotel donde

estaban alojados, tomaron sus pertenencias

y presurosos se fueron hasta la Terminal de

Transporte para abordar un bus con destino

a Cúcuta donde estaba la kumpania a la que

pertenecían. Como los panfletos no tenían una identificación precisa y los hombres armados tampoco lo hicieron, los rromà no pudieron establecer cuál fue el grupo arma- do ilegal que los amenazó, aunque siempre intuyeron que fueron amenazados por el arte milenario de decir la buenaventura que ejercían las mujeres, lo que los paramilitares consideraban como algo atentatorio contra la moral y las sanas costumbres locales. La noticia de la amenaza se propagó rá- pidamente entre las diferentes kumpeniyi del país y de esta manera Ocaña terminó siendo excluida, durante varios años, de las rutas de los rromà.

Los restos de Lulo jamás fueron hallados

de los rromà . Los restos de Lulo jamás fueron hallados Lulo (48 años), miembro de

Lulo (48 años), miembro de la kumpania de Sampués (Sucre), a mediados de 1994 cuan- do se encontraba en El Carmelo, en Arboletes (Antioquia), fue asesinado por paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Lulo salió un día de la kumpania de Sampués y nunca más regresó. Durante cerca de dos años sus familiares lo estuvieron bus- cando intensamente por toda la región. Lo dieron por desaparecido hasta que por cosas del destino se enteraron de que había sido asesinado a sangre fría. Dos años después de ocurrido el hecho, cuando Estebo estaba por Arboletes inda- gando por el paradero de su pariente, fue

abordado por un viejo campesino que le comentó que habiendo escuchado que él hablaba el mismo idioma que otro hombre que había conocido años atrás, le iba a contar

la historia de cómo habían terminado los días

de aquel hombre. Fue así como los rromà

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pudieron acceder a este pedazo de historia que ha impedido que Lulo pase a habitar el limbo del olvido. Se cuenta que Lulo se dirigía hacia el pue- blo conocido como San José en dos burros a vender unos aperos y sillas de montar y que como todavía no conocía muy bien los reco- vecos de los caminos se hizo acompañar de un guía local con quien había trabado amis- tad recientemente. El testimonio refiere que cuando atravesaba el puente situado antes de llegar al poblado fue interceptado por varios hombres desconocidos los cuales se identi- ficaron como miembros de las estructuras paramilitares que operaban en la región. Se cree que tal vez por su apariencia de

forastero, ya que era blanco y muy alto, los paramilitares se imaginaron que Lulo era al- guien que estaba haciendo inteligencia para la insurgencia y sin hacer mayores indagaciones

lo asesinaron ahí mismo, arrojándolo desde el

puente a un precipicio de aproximadamente 8 metros de altura. Según se cuenta el cuerpo

se convirtió en festín de los goleros. Sus fami- liares nunca pudieron recuperar sus restos

y más allá de esta fragmentaria historia no

saben lo que le sucedió a Lulo. Lulo era hijo de Pochela y Mara. Dejó cinco hijos. Su viuda, conocida como Toña, actualmente vive en la kumpania de Ciénaga de Oro (Córdoba).

Cuando Natasha se libró de ser reclutada

Oro (Córdoba). Cuando Natasha se libró de ser reclutada Transcurría el año de 1995. Seis mujeres

Transcurría el año de 1995. Seis mujeres rromà de la kumpania de Cúcuta se en- contraban en Muzo (Boyacá) dedicadas al

antiquísimo oficio de decir la buenaventura

y a vender zapatos: Natasha (20 años), Chayo

(49 años), Chata (39 años), Mileva (66 años),

Kalía (49) y Nena (72 años). Cuentan que varios tipos que vestían uni- formes camuflados y portaban armas largas automáticas, las abordaron para informarles que Natasha sería incorporada a sus filas. Al

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parecer un comandante de este grupo arma- do ilegal había quedado prendado de su exó- tica belleza y había ordenado a sus hombres que fueran por ella.

Las viejas mujeres rromà desplegaron to- das sus habilidades para entender la psicolo- gía de aquellos hombres y con el fuego de su palabra los envolvieron con elocuencia hasta

el punto que estos aceptaron que, mientras

supuestamente ellas convencerían a Natasha para que accediera a las pretensiones del co- mandante, les leerían la suerte y los blindarían contra el poder de sus enemigos, obsequián- doles antiguos talismanes conjurados. Las mujeres rromà nunca supieron real- mente a qué grupo armado ilegal pertenecían esos hombres puesto que no esperaron para averiguarlo. En cuanto pudieron y como si se hubieran vuelto invisibles, salieron del pueblo sin que nadie se percatara. Lejos de Muzo y repuestas ya del tremen- do susto que habían pasado, las seis mujeres rromà se reían de la manera como habían lo- grado burlar el poder de las armas con lo que ellas llamaron la fuerza de la magia gitana.

La imborrable escena que presenció Kolia

la magia gitana. La imborrable escena que presenció Kolia A principios de 1999 tres rromà de

A principios de 1999 tres rromà de la kum-

pania de Cúcuta (Norte de Santander), los hermanos Milane (35) y Yanko (30), acom-

pañados por el todavía adolescente Kolia (14 años), hijo de Milane, llegaron hasta Saravena (Arauca) con el propósito de vender al menu- deo y de manera ambulante en los pueblos de

la región el calzado que en vortechía habían

comprado al por mayor en Bucaramanga. El viaje no revestía mayores dificultades puesto que anteriormente ya lo habían realizado en compañía de otros rromà. Sin embargo esta vez las cosas no salieron como se esperaba. Alrededor de las 7:00 p.m., de un día cualquiera de un mes indeterminado del año

1999, el joven Kolia salió de la habitación donde se encontraban alojados desde hacía

tres días para comprar unos fritos, ya que la comida no había sido suficiente para su ape- tito y había quedado con hambre. Cuando estaba llegando hacia el lugar de las ventas de las comidas rápidas, ubicado a ciento cincuenta metros de la residencia, escuchó el ruido de varios disparos. Temeroso de que los disparos continua- ran decidió regresar hasta la residencia para contarles a su padre y a su tío que algo raro estaba pasando en el pueblo. Cuando traspa- só la puerta del vetusto hotel se encontró con una imagen que lo atormentará por el resto de sus días: su padre y su tío yacían en el suelo en medio de un charco de sangre. Impactado ante esta escena Kolia no pudo reaccionar de otro modo y se puso a gritar como loco y a llorar inconsolablemente. El dueño de un almacén donde los tres rromà, horas antes, habían vendido algunos pares de zapatos, se acercó al muchacho y le ayudó a contactar con sus familiares en Cúcuta, los cuales llegaron a los pocos días a Saravena, para llevarse los cuerpos y realizar las honras fúnebres según la tradición de los rromà. Aunque nunca se pudo establecer con claridad, los autores y los móviles del doble homicidio, en su momento varios testigos propalaron la versión de que detrás de ese hecho pudo haber estado el Ejército de Libe- ración Nacional (ELN) que había confundido a los Rrom con miembros de la inteligencia militar.

De cómo le robaron a Estebo un pedazo de su felicidad

De cómo le robaron a Estebo un pedazo de su felicidad Era el año 2002. Estebo

Era el año 2002. Estebo se encontraba feliz. Las sillas y los aperos que había llevado se habían vendido rápidamente. Con dos mi- llones cien mil pesos de ganancia, en su viejo carrito Renault 12, emprendió el regreso a su kumpania en Sahagún (Córdoba) cuando en un lugar ubicado en el tramo de la carretera entre Plato (Magdalena) y Carmen de Bolívar

(Bolívar), se encontró con un retén que al principio pensó que era del ejército nacional pero que luego se dio cuenta que era de un grupo armado ilegal que no logró identificar plenamente. Este retén le iba a arrebatar la enorme felicidad que llevaba. Los hombres le ordenaron detener la marcha del vehículo y, luego de la requisa de rigor, le exigieron que les entregara todo el dinero que llevaba consigo. Las súplicas para que le dejaran algo para llevar a su familia y las lágrimas que se desbordaron de sus ojos debido a la tristeza que lo embargó ante la idea de llegar con las manos vacías a su casa, no sirvieron de nada y no lograron conmover a nadie porque le arrebataron todo el dinero que había conseguido en su trabajo. Estebo fue bajado de su vehículo y obligado a arro- dillarse y en ese estado de indefensión fue golpeado en las costillas, hasta casi dejarlo sin aire, con la culata de un fusil.

Si bien todo parecía indicar que el hecho fue cometido por la delincuencia común, el que los hombres estuvieran uniformados y portaran armas largas indicaba que no había sido así

A no ser por la oportuna intervención de uno de los hombres que formaba parte del grupo armado ilegal, quien intempestivamen- te intervino a favor de Estebo diciendo que lo dejaran tranquilo que ya había hecho lo que le habían ordenado, tal vez la golpiza hubiera sido descomunal. Cuando llegó hasta el Carmen de Bolívar se enteró de que su caso sólo había sido un eslabón más en esa larga cadena de robos que se sucedieron ese día. Si bien todo pa- recía indicar que el hecho fue cometido por la delincuencia común, el que los hombres estuvieran uniformados y portaran armas largas indicaba que no había sido así y que la

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acción se inscribía dentro de la guerra psico- lógica realizada por los grupos armados que se disputaban en ese entonces la región para inclinar a su favor la simpatía de la población civil.

El sobrevuelo de las “Águilas Negras” sobre Estebo y Butsule

de las “Águilas Negras” sobre Estebo y Butsule Estebo se encontraba, el 30 de agosto de

Estebo se encontraba, el 30 de agosto de 2006, en un remoto poblado de Puerto Escondido (Córdoba) vendiendo monturas para caballo. Había alquilado una pequeña casa donde tenía unos marranos que había comprado para luego venderlos en otro lugar. Estaba feliz pues los negocios estaban

marchando bien y pese a los problemas de la región, el dinero se veía. Hacia las 4:00 p.m., cuando se encontraba descansando frente a

la casa donde estaba alojado, llegaron cuatro

hombres fuertemente armados que se des- plazaban en dos motocicletas de alto cilin- draje. Uno de los hombres en tono enérgico

e intimidatorio le expresó que no lo querían

a él y a su gente por la región y que tenían 24

horas para que se fueran. “Si los veo por ahí los quemamos” fue lo último que alcanzó a escuchar, antes que los hombres se fueran raudos en sus motocicletas. Estebo quedó muy asustado e inmediata- mente buscó a su hermano Butsule para con- tarle lo sucedido. Consultó con los vecinos del lugar y estos le aconsejaron que lo mejor que podían hacer era irse pues esos hombres formaban parte de las “Águilas Negras” y ha- bían demostrado hasta ahora que cumplían con sus amenazas. Como pudieron Estebo y Butsule subieron todo en un caballo, malvendieron el resto de animales que tenían y tomaron camino para Puerto Escondido a donde llegaron hacia las 7:00 p.m. Allí duraron sólo lo necesario y se fueron para Montería en un camión que transportaba plátanos. Llegaron casi a la me- dianoche. En la capital de Córdoba tomaron un bus de Expreso Brasilia que, finalmente, los dejó en su kumpania en Sahagún (Córdoba).

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Estebo pese al temor que lo embargaba decidió, el 30 de agosto de 2006, declarar ante la Unidad de Atención y Orientación a la Población en Situación de Desplazamien- to (UAO), aunque lo hizo en Sincelejo y no en Montería porque tenía miedo de que las “Águilas Negras” se enteraran y tomaran alguna represalia. Según Estebo las pérdidas que tuvieron por esa situación rondaron los siete millones de pesos, que era el monto del plante que habían dispuesto en vortechía para esa gira de negocios. Estebo todavía se queja de que en la UAO el funcionario que lo atendió le orde- nara traer una certificación expedida por el inspector rural del corregimiento donde se encontraba y en la cual se certificara que los hechos realmente se habían presentado, lo cual le parecía absurdo. “Yo por allá no iré”. Y, efectivamente, desde esa fecha, nunca más, ni Estebo, ni su hermano Butsule han vuelto por esa región.

Duyo, quien luego de asesinado también pensó en su familia

quien luego de asesinado también pensó en su familia El viejo Duyo (60 años), experto de

El viejo Duyo (60 años), experto de mil bata- llas en el oficio de comprar y vender equinos y miembro de la kumpania de Girón (Santan- der), en agosto de 2007 llegó hasta El Difícil (Magdalena) con la finalidad de pagar unas mulas que había encargado y para las cuales ya tenía un comprador asegurado en otro lugar del país. Al día siguiente de recibir una llamada en la que le dijeron que las mulas ya estaban listas y que se hacía necesario pagarlas cuan- to antes para que el negocio no se perdiera, salió de su kumpania con el convencimiento de que acababa de hacer el negocio que lo sacaría de los problemas económicos que lo acompañaban desde hacía varios meses. Se fue llevándose consigo una pequeña maleta con su ropa y los doce millones de pesos que habían sido acordados para el pago de los animales.

En circunstancias bastante extrañas que hasta la fecha no han sido esclarecidas, Duyo no pudo concretar el negocio, fue asesinado y terminó enterrado en una fosa común como N.N. Preocupados por su intempesti- va desaparición sus familiares no perdieron tiempo, reconstruyeron sus pasos y luego de un par de días de intensa búsqueda ubicaron su cuerpo y lo exhumaron para trasladarlo a Girón y realizar los ritos funerarios propios del zakono Rromanó. Revisando el cuerpo del difunto Duyo, sus familiares se llevaron una sorpresa: es- condidos en el kustik, un cinturón utilizado por los rromà para ocultar el dinero, hallaron intactos los doce millones de pesos que había llevado para concretar el negocio. Los familiares de Duyo recogieron algunos testimonios de lugareños que responsabiliza- ron de este homicidio a hombres vinculados a grupos armados ilegales surgidos luego de la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Una kumpania bajo el control armado

de Colombia (AUC). Una kumpania bajo el control armado El 10 de mayo de 2002, Saveto

El 10 de mayo de 2002, Saveto Katar le Organizatsi ay Kumpeniyi Rromane anda´l Americhi / el Consejo de Organizaciones y Kumpeniyi Rromà de las Américas (SKOKRA, por sus siglas en shib rromaní), instancia de coordinación de varias organizaciones rromà del hemisferio entre ellas PRORROM, difun- dieron ampliamente a través de Internet un comunicado de prensa en el que se señalaba que grupos paramilitares pertenecientes a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) venían hostigando, amenazando y extorsio- nando a los rromà de la kumpania de Cúcuta (Norte de Santander), ubicada de manera dispersa en el barrio San Juan de Atalaya. En el mencionado documento se ponía en conocimiento que “la situación ha sido tan grave que individuos que portaban sofis- ticadas armas han penetrado violentamente en las casas de varias familias rromà, han

amenazado de muerte a niños, niñas y mu- jeres, y han obligado a los Shere Rromengue [autoridades tradicionales] a que les entre- guen sumas de dinero como garantía de que se les respetará la vida”. Según se advertía, la zozobra y el miedo ocasionados por el fuerte control social ejercido por los paramilitares eran tan profundos que varios patrigrupos familiares se vieron forzados a desplazarse hacia Venezuela.

“La situación ha sido tan grave que individuos que portaban sofisticadas armas han penetrado violentamente en las casas de varias familias rromà y han obligado a los Shere Rromengue a que les entreguen sumas de dinero como garantía de que se les respetará la vida”

El proceso de desmovilización de las AUC ciertamente estuvo lejos de comportar una variación significativa en la situación que la kumpania de Cúcuta venía presentando. Es así como las AUC bien pronto pasaron a ser reemplazadas por nuevos grupos armados ilegales de origen paramilitar. Al respecto, si bien los rromà no fueron identificados taxa- tivamente y con nombre propio, el escenario de riesgo configurado en el barrio Juan de Atalaya y otros barrios de la Comuna 8 de Cúcuta a partir de la presencia y accionar de grupos armados ilegales derivados de las antiguas AUC, fue identificado con meridiana claridad en varias advertencias emitidas por el Sistema de Alertas Tempranas (SAT) de la Defensoría del Pueblo, entre las que se puede destacar, entre otras, el Informe de Riesgo de Alcance Intermedio No. 036 del 14 de diciem- bre de 2007 y la Nota de Seguimiento No. 015 del 28 de abril de 2008. Espiro (35 años), un noble, servicial y muy querido miembro de la kumpania de Cúcuta, en octubre de 2007 en un día y un mes que la

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memoria no alcanza a recordar, en momentos en que se encontraba, junto a su esposa Lulu-

vi y a su hijo pequeño todavía de brazos, en la

terraza de su residencia ubicada en el barrio

Juan de Atalaya, fue asesinado por dos sica- rios que se desplazaban en una motocicleta de alto cilindraje, los cuales se aproximaron al lugar y le dispararon repetidas veces. Según los testimonios de algunos de sus familiares, Espiro pudo haber sido asesinado porque, como le estaba yendo mal en los negocios, se había visto obligado a atrasarse en el pago de un préstamo que meses atrás había solicitado a una red de prestamistas subordinada a grupos armados ilegales here- deros de las antiguas AUC. Pero Espiro no ha sido el único asesinado de la kumpania de Cúcuta. Algunos meses después, a comienzos de diciembre de 2008, Bangó (60 años), a media cuadra de su resi- dencia ubicada en el barrio Juan de Atalaya, caía asesinado a manos de dos sicarios que se desplazaban en motocicleta, los cuales for- man parte de las redes de coerción de grupos armados ilegales emergidos del proceso de desmovilización de las AUC. Tanto la familia extensa de Espiro como

la de Bangó, una vez ocurridos los asesinatos

y realizados los rituales fúnebres correspon- dientes, se desplazaron hacia Venezuela donde actualmente viven.

Julupe, el doblemente sobreviviente

actualmente viven. Julupe, el doblemente sobreviviente Corría el año de 2008 cuando Julupe (38 años), vecino

Corría el año de 2008 cuando Julupe (38 años), vecino de la kumpania de Ciénaga de Oro (Córdoba), en momentos en que se en- contraba descansando desprevenidamente en una modesta vivienda de Pueblo Nuevo (Córdoba), fue violentamente agredido por tres hombres desconocidos que ingresaron en su interior y quienes, sin mediar palabra, arremetieron violentamente contra él propi- nándole una monumental golpiza que lo dejó tirado en el piso. Dándolo por muerto los

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tres victimarios abandonaron el lugar como

si nada hubiera pasado. Julupe se encontraba en Pueblo Nuevo como parte de una correría que, una semana atrás, había emprendido por toda la región haciendo lo que mejor sabía hacer: comerciar con monturas, sillas y aperos. Sus familiares cuentan que tan bien le estaba yendo en ese viaje de negocios que, en poco tiempo, había logrado adquirir tres pequeños solares y una motocicleta que utilizaba en sus desplaza- mientos.

El proceso de desmovilización de las AUC ciertamente estuvo lejos de comportar una variación significativa en la situación que la kumpania de Cúcuta venía presentando. Es así como las AUC bien pronto pasaron a ser reemplazadas por nuevos grupos armados ilegales de origen paramilitar

El testimonio recogido refiere que Julupe fue acusado ante los grupos armados ilegales configurados a partir de la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los cuales operan en amplias zonas de Córdoba, de formar parte de las redes logís- ticas y de avituallamiento de la insurgencia y que por esa razón se había emitido la orden de asesinarlo. Hoy en día Julupe continúa residiendo en Ciénaga de Oro pero las secuelas de aquella golpiza, a la que sobrevivió de milagro, lo han dejado incapacitado por el resto de sus días para trabajar: presenta dificultades en sus movimientos y el pulmón afectado le ha desencadenado quebrantos respiratorios permanentes. En medio de las grandes difi- cultades económicas por las que atraviesa su familia, pese a que las redes de reciprocidad y ayuda mutua de su kumpania se han movili- zado en su favor, Julupe, ahora sobreviviendo

a la vida misma, tercamente insiste en soñar

pese a que su caso con seguridad quedará cubierto para siempre por la sombra de la impunidad.

Entre desplazamientos y confinamientos

de la impunidad. Entre desplazamientos y confinamientos Estebo, Carmenza y Yenni, los tres rromà que brindaron

Estebo, Carmenza y Yenni, los tres rromà que brindaron sus testimonios para que estos fragmentos de historias de violencia no se perdieran con el inexorable paso del tiempo, son coincidentes en señalar que, a pesar de la invisibilidad consuetudinaria del pueblo rromà, lo más paradójico es que el conflicto armado interno los hizo visibles y de esta manera los actores armados –tanto legales como ilegales– con la vorágine de violencia política que desataron, terminaron a la pos- tre afectándolo de una manera tal que no ha tenido antecedentes en su discurrir por la historia del país. Es así como un pueblo que trasegó sin mayores contratiempos a lo largo de las múl- tiples guerras civiles bipartidistas que anun- ciaron la llegada del siglo XX, que trascendió sin dificultades las acciones armadas de “Chu- lavitas” y de “Pájaros” perpetradas durante la llamada época de “La Violencia” de la década de los años cincuenta del siglo pasado, que pudo sobrellevar sin mayores problemas los momentos de surgimiento y consolidación de varias organizaciones guerrilleras y que logró en buena medida esquivar las consecuencias de las guerras del narcotráfico de mediados de los ochenta del siglo pasado, no pudo sustraerse al escenario de terror generalizado agenciado durante varias décadas por el fenó- meno del paramilitarismo del cual todavía el país no ha podido desembarazarse. En una comunicación enviada el 25 de junio de 2006 desde la kumpania de Bogotá al señor Walter Kälin, Relator Especial de las Naciones Unidas para el Desplazamiento

Interno, quien se encontraba en ese entonces de misión en Colombia, Ana Dalila Gómez Baos, Coordinadora General de PRORROM, escribía lo siguiente: “(…) a raíz del conflicto armado se configuran territorios del país en los que los rromà ejercían sus actividades económicas tradicionales, en los cuales por miedo –ya sea derivado de factores objetivos o subjetivos– ellos ya no circulan o no lo hacen con la frecuencia e intensidad con la que antes lo hacían. Esta situación ha sido asumida por algunas kumpeniyi como una suerte de con- finamiento, que al impedir la movilidad ha redundado negativamente en sus actividades económicas y las ha llevado a niveles de preca- rización nunca antes vistos. Paradójicamente, mientras el número de desplazados en el país ha crecido ostensiblemente de un tiempo para acá, los rromà que por su naturaleza se desplazan de un lugar a otro, no lo han podido hacer como antaño lo hacían”.

Es así como este pueblo no pudo sustraerse al escenario de terror generalizado agenciado durante varias décadas por el fenómeno del paramilitarismo del cual todavía el país no ha podido desembarazarse

Estebo, un conversador innato por ex- celencia que tiene las palabras precisas para describir con nitidez la realidad que vive su pueblo, ante la pregunta de cuál ha sido para los rromà la consecuencia más directa del conflicto armado interno, medita unos momentos y luego suelta esta simple pero contundente aseveración: “se nos encogió el país”.

Valledupar (Cesar), Colombia, 17 de junio de 2010

Yoska Bimbay es Miembro de la Secretaría Operativa del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom (Gitano)

Yoska Bimbay es Miembro de la Secretaría Operativa del Proceso Organizativo del Pueblo Rrom (Gitano) de Colombia, (PRORROM)

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