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Es cierto que la Revolución mexicana fue, en gran medida, detonada


por un ánimo político. Esto es, que algunos idealistas como Francisco I.
Madero vieron la oportunidad de cambiar al país con el pretexto de
que, después de casi treinta años en la silla presidencial, ya era hora de
convencer a Porfirio Díaz de que se buscara otra chamba. Y, la verdad,
no era mala idea, puesto que el país estaba sumido en una crisis social
espantosa precisamente a causa del general Díaz. Pero lo cierto es que
no bastaba hacer un pacto para que él se fuera y todo cambiara, y la
prueba está en que Porfirio Díaz dejó el país en mayo de 1911 y los
cañones siguieron tronando muchos años después. La razón es muy
sencilla: la Revolución mexicana en realidad no estalló porque don
Porfirio ya hubiera aburrido a sus seguidores, sino porque el país era
un semillero de injusticias. Y, como siempre ocurre en estos casos, las
víctimas de todas esas injusticias eran los más pobres, los que no
podían reclamar, los más desprotegidos. En pocas palabras, los
campesinos y los obreros. c

Porfirio Díaz basó su gobierno en el positivismo, una ideología que le


permitía creer que en México, para lograr el bienestar de todos, era
necesario hacer una distinción de clases, donde correspondía a unos
(pocos) mandar y a otros (muchos) obedecer. Parecía una ideología
muy linda y fascinante, sí, siempre y cuando te tocara estar del lado de
los que mandan. Si no, entonces no podías esperar más que penurias. c

Sin exagerar, la vida de los campesinos y los obreros en el México de


finales del siglo XIX era terrible; a los primeros los explotaba a más no
poder el hacendado; a los segundos, el empresario. Y en algunos casos
las condiciones en que tenían que trabajar eran casi idénticas a las del
esclavo porque si desobedecían a sus respectivos patrones, bien podían
ser deportados o encarcelados como si fueran delincuentes. c

No es de extrañar que los oprimidos literalmente estallaran en una


revuelta ²dígase, pues, revolución² porque era imposible seguir
aguantando tal situación. c

Específicamente en lo relativo a los obreros mexicanos, éstos tenían


que aguantar jornadas de más de doce horas y trabajar todos los días
de la semana, bajo reglamentos que parecían sacados de las más
espeluznantes novelas de terror. Como ejemplo, lee la siguiente
cláusula del reglamento de una textilera de aquel entonces: c

Por el hecho de presentarse en sus labores los obreros aceptan las condiciones
de trabajo y los horarios que los administradores de las fábricas hayan tenido a
bien ordenar, para cada turno y para cada semana de labor.c

Que, traducido al español de nuestros días significa algo así como:


"Tú te presentas a trabajar y te aguantas a lo que tu jefe te pida, sin
importar cuán horrible o inmoral te parezca su petición". Con una ley
de tal naturaleza era perfectamente legal que un obrero tuviera que
trabajar sin parar hasta las tres de la madrugada si al patrón se le
antojaba. O sin ir al baño. O sin comer. Perfectamente legal en todos
los casos. Si en Chicago ya habían muerto varios trabajadores en 1886
defendiendo una jornada laboral digna, en México tenía que empezar a
prenderse una llama ante tales iniquidades. c

Fue el 1º de junio de 1906, cuando en Sonora miles de mineros de la


empresa estadunidense Cananea Consolidated Copper Co. se fueron a
la huelga. Así dicho parece no tener chiste, pues hoy en día a cada rato
vemos en las noticias que la empresa fulana o la universidad mengana
están en huelga. Pero en el régimen de Díaz no existía el derecho de
huelga para los trabajadores. Así que esto era ya, en gran medida, un
acto revolucionario, con la notable diferencia de que los obreros no
eran gente armada. Al llamar a huelga estaban manifestando de
manera pacífica su descontento ante las condiciones en que trabajaban,
no sólo ellos como mineros sino prácticamente todos los obreros del
país. Pero, desarmados o no, era un acto fuera de la ley a los ojos de las
autoridades, tanto las políticas como las empresariales. Y había que
hacer algo al respecto. c

Como ocurre con todas las huelgas, ésta comenzó con la entrega de
una lista de peticiones (entre las que se encontraba la jornada de ocho
horas, un salario mínimo de cinco pesos y derecho de ascenso) que el
gerente de la compañía, William Green, desde luego rechazó. A esto
siguió una marcha pacífica en que los mineros quisieron instar a otras
secciones de la compañía a que se unieran a la huelga. Al llegar a la
maderería, dos estadunidenses, los hermanos Metcalf, recibieron a los
manifestantes con una manguera de agua que los empapó en una clara
provocación. Los mineros se defendieron con piedras y, en respuesta,
los Metcalf echaron mano de sus rifles. Varios mineros muertos fue el
saldo de tan desigual batalla de piedras contra balas. Green,
naturalmente, terminó pidiendo auxilio a las autoridades locales. c

Al día siguiente, el gobernador del estado, Rafael Izábal, llegó a


Cananea acompañado de una tropa formada por soldados gringos para
aplacar a los revoltosos. Comenzó así una brutal cacería que puso fin a
la huelga de la manera más sangrienta que se pueda imaginar. Los que
no murieron fueron conminados a volver a sus labores y en poco
tiempo todo volvió a la "normalidad" (la terrible e injusta normalidad
de siempre). Manuel M. Diéguez, José María Ibarra y Esteban Baca
Calderón son los nombres de los valientes que lideraron la huelga de
Cananea y que terminaron presos en San Juan de Ulúa. c

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Con todo, la maquinaria ya estaba andando. Y los obreros del país se


sintieron inspirados por los mineros de Cananea. En todo México
empezaron a proliferar los Círculos de Obreros Libres, organizaciones
con toda la intención de convertirse en sindicatos. Era un primer paso
para lograr el cambio. Y la revolución, la de 1910, comenzaba ya a
gestarse.c

Todavía corría 1906 cuando los obreros de una textilera en Puebla


decidieron irse también a la huelga tratando de promover un cambio
en sus horribles condiciones de trabajo. Los gerentes de la empresa, en
respuesta, decidieron no hacer nada, seguros de que los inconformes
terminarían por rendirse al faltarles el ingreso que les permitía hacerse
de un sustento. En pocas palabras, pensaban que el hambre los haría
desistir. Pero no contaban con que otros obreros de la misma textilera,
éstos emplazados en Río Blanco, Veracruz, se unieran a la causa. Y que,
muy inteligentemente, en vez de irse a la huelga, decidieran seguir
laborando en la fábrica para poder enviar parte de lo que ganaban a sus
compañeros poblanos y que así continuara la resistencia. c

Los empresarios no vieron otra salida que la de forzar un paro y


cerrar las fábricas, dejando así sin medios de subsistencia a todos sus
obreros, tanto poblanos como veracruzanos. Ya sin trabajo, los obreros
de Río Blanco declararon la huelga formal, uniéndose así por completo
a la causa de sus compañeros. Pero a los dos meses, hartos de comer
hierbas y raíces, fatigados y desesperados, optaron por recurrir al
presidente Díaz para que la hiciera de árbitro y dijera cuál de los dos
bandos tenía la razón, porque eso de aguantar con el estómago vacío
una situación a la que no se le veía el fin no parecía ya tan buena idea. c

Ingenuos, creían que el general iba a fallar a su favor y aguardaron


pacientemente su decisión. Qué va. El presidente hizo como que
estudiaba el caso y, después de un tiempo, pronunció su fallo: las
fábricas debían abrir de inmediato y los obreros debían volver a sus
trabajos de trece horas diarias. Y al que no le pareciera, nada más fácil
que deportarlo a Quintana Roo o encerrarlo en la cárcel, que para eso sí
se pintaban solas las autoridades políticas del país: para intimidar y
reprimir.c

El lunes 7 de enero de 1907, cuando se suponía que debían


presentarse en sus labores nuevamente (según lo dispuesto por el
mismísimo presidente), los obreros de Río Blanco, al parecer acatando
la orden, desfilaron hacia las fábricas. Pero, en vez de entrar a éstas, se
apostaron en las puertas para impedir que se volviera al trabajo.
Tenían la firme intención de seguir, aunque de manera callada y
pacífica, con su lucha inicial. c

Pero, justo frente a dicha multitud, a las puertas de la fábrica, se


encontraba la tienda de raya, donde se vendían productos a precios
excesivos que endeudaban por largo tiempo a los obreros. Y si ésta de
por sí era ya un símbolo de la opresión burguesa, también estaba
repleta de comida. Así que no es difícil comprender lo que sucedió
después.c

Los obreros pidieron por las buenas al encargado que los abasteciera
de comida, dada su precaria condición. "A estos perros no les daremos
ni agua", es lo que se cuenta que dijo el encargado. La verdad es que
hay que ser muy corto de entendimiento y muy falto de entrañas para
negar a miles de obreros hambrientos e indignados un poco de maíz y
frijol. A los pocos minutos, los trabajadores ya habían saqueado e
incendiado tanto la tienda como la fábrica. c

En breve arribaron a Río Blanco los soldados que el jefe político de


Orizaba envió para aplacar los ánimos. Se cuenta que el batallón, fusil
en mano, se apostó frente a la gente desarmada y que sólo estaba
esperando la orden para detonar la metralla y diezmar a los revoltosos,
pero que una mujer, retrato mismo de la miseria, desgreñada y
haraposa, dio un paso al frente enarbolando una bandera roja. Se
llamaba Lucrecia Toriz y consiguió, con este sencillo acto de valentía,
impedir que los soldados abrieran fuego. La multitud tomó entonces el
camino de Orizaba, ante los impávidos ojos de los rurales. c

A la turba ya se habían sumado niños, viejos, familias enteras. Y


marchaban rumbo a la ciudad con la rabia que producen años de
injusticia coronados por una decisión cruel y arbitraria del propio
presidente de la República. Lamentablemente, en un lugar llamado La
Curva de Nogales, los sorprende una lluvia de plomo y se consuma la
matanza. Ni uno solo de los que marchaban portaba fusil; era una
marcha implacable, furiosa, enardecida, sí, pero pacífica a la vez. El
general Rosalino Martínez, jefe de armas de Orizaba, había dispuesto
que sus soldados esperaran a los manifestantes en La Curva. Al
aparecer éstos por el camino, da la orden de disparar y siembra el
campo de cadáveres. Más de doscientos muertos y heridos registra ese
primer choque. Luego comienza la persecución. c

Buscan a los obreros en los bosques, en los caminos y en los trenes. Y


donde dan con ellos, ahí mismo los fusilan. Al final no menos de
cuatrocientos obreros, mujeres y niños, encontraron la muerte a manos
de los soldados de Rosalino Martínez. Al menos dos días duró el terror.
Luego, el miércoles por la mañana, aunque aún estaba fresca la sangre
de las víctimas, se convocó a los trabajador es sobrevivientes a que
volvieran a sus faenas. Varias tropas se encargaron de que todo,
también en Río Blanco, volviera a la "normalidad". Los empresarios no
tardaron en telegrafiar a Porfirio Díaz su agradecimiento. La huelga de
Río Blanco también había sido aplacada. c

A tres años de la otra Revolución, la de 1910, el país ya estaba en


llamas. Los innumerables "amolados" que, según el positivismo de
Porfirio Díaz debían obedecer a unos cuantos privilegiados, ya no
estaban dispuestos a someterse sin dar la pelea. Se estaban
organizando y estaban clamando por justicia. Era cuestión de tiempo
que el país estallara en una conflagración que, a la postre, abriría las
puertas a esas conquistas en materia laboral que hoy conocemos y que
no nos parecen la gran cosa porque se nos olvida que los obreros de
otro tiempo tuvieron que morir para obtenerlas. Jornadas y salarios
más dignos, por ejemplo. Uno o más días de descanso, también.
Vacaciones. La posibilidad de un ascenso. Y el derecho a huelga, desde
luego. c

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La primera vez que vi al dictador fue hace poco más de diez años. Él
acababa de cumplir setenta y aún se veía fuerte. Ese día nadie hubiera
imaginado que renunciaría y saldría del país. cc

Mi abuela siempre habló bien de don Porfirio. Decía que había sido
el caudillo necesario, el imponedor de la paz y del orden. Y ella y yo lo
admirábamos. Pero cuando crecí me di cuenta de que lo que no
entendía mi abuela era que a pesar del progreso que había llegado al
país con Porfirio Díaz, también habían llegado la injusticia y la miseria. c

Con Porfirio Díaz, México tuvo dos caras: una, la del progreso, la
modernidad y los anhelos de civilización presentes en la capital y en
algunas otras ciudades importantes; otra, la de la pobreza y la
desolación en el resto del país. Y con ello, una gran brecha entre pobres
y ricos. c

Como hace unos días leí en El Siglo XIX, un periódico muy popular:
"Conforme progresa el volumen físico del régimen porfirista, aumenta
el número de días de fiesta; tamaño lujo no hace sino crear la
propensión a la maldad en las clases subestimadas y la tendencia a la
molicie en las de riqueza". c

Frente al esplendor del tren, los telégrafos, el teléfono, el alumbrado


público, el desagüe, las obras públicas y los centros comerciales ²que
nos vinieron bastante bien², estaba la oscuridad de un lugar horrible:
la hacienda, ejemplo de explotación. Los hacendados hicieron y
deshicieron con peones y campesinos. Alguna vez llegué a oír de un
hacendado de Morelos, cuando alguien le reclamaba un pedazo de
tierra, una frase que se me quedó grabada: "Si quieren sembrar,
siembren en maceta". c

La situación no fue mejor para los obreros. Las duras jornadas de


trabajo de más de doce horas sin ningún derecho laboral, sin servicio
médico, vacaciones o aguinaldo, contribuyeron al estallido del
movimiento revolucionario. En este sentido, don Porfirio tuvo avisos,
pero no los escuchó o no los quiso escuchar. Hace unos años, en 1906 y
luego en 1907, sucedieron dos revueltas obreras, en la mina de
Cananea y en la fábrica textil de Río Blanco, que fueron reprimidas con
violencia brutal, lo que provocó que se tambaleara la estabilidad
pregonada siempre por el régimen porfiriano. c

Y luego, en 1908, el dictador concedió una entrevista al periodista


James Creelman que ayudó a despertar nuestra conciencia cívica: Díaz
había eliminado varias libertades públicas ²como la libertad de
prensa² y lo más grave fue que nos había hecho cederle nuestros
derechos políticos al instaurar la reelección indefinida y hacer trampa
elección tras elección. Por eso fue importante la entrevista, pues el
viejo presidente aseguró que "México estaba preparado para la
democracia y que vería con buenos ojos el surgimiento de partidos de
oposición". c

Fueron tan impresionantes sus palabras, que transcribo algunas: c


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Hemos conservado la forma de gobierno republicano y democrático; hemos


defendido y mantenido intacta la teoría; pero hemos adoptado en la
administración de los negocios nacionales una política patriarcal, guiando y
sosteniendo las tendencias populares, en el convencimiento de que bajo una paz
forzosa, la educación, la industria y el comercio desarrollarían elementos de
estabilidad y unión en un pueblo naturalmente inteligente, sumiso y benévolo.
He esperado con paciencia el día en que la República de México esté preparada
para escoger y cambiar sus gobernantes en cada periodo sin peligro de guerras,
ni daño al crédito y al progreso nacionales. Creo que ese día ha llegado.c

Como él mismo decía, la entrevista "desató la caballada", y


empezaron a aparecer partidos de oposición por todos lados, lo que
desató una gran efervescencia política. Incluso, uno de ellos postuló
para la presidencia a Bernardo Reyes, quien fue gobernador de Nuevo
León y en algún tiempo secretario de Guerra del propio Díaz. A don
Porfirio no le gustó y para deshacerse de él le encargó una comisión
fantasma en Europa. Pero ocurrió que el reyismo siguió en pie y se unió
al otro gran partido de oposición: el Antirreeleccionista. c

Con todo este alboroto y Díaz sin poder restaurar la estabilidad


política, hubo quien llegó a decir que el dictador padecía
arteriosclerosis física y también "mental", que no sé si exista, pero lo
cierto es que a punto de cumplir sus ochenta años ni Díaz ni el país se
veían bien. c

En ese mismo 1908, en el norte de México, en Coahuila, un


empresario ranchero llamado Francisco Ignacio Madero recogió las
ofensas de diversos grupos y "prendió la mecha que incendiaría al país"
al publicar su libro þ sucesión presidenci l en 1910. A partir de
entonces, nada volvió a ser igual. Curiosamente, Madero inició la lucha
para recuperar las libertades públicas con la misma bandera con que
Díaz había llegado al poder en 1876: "Sufragio efectivo, no reelección". c

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Don Panchito ²así le decían de cariño² recorrió el país haciendo su


campaña antirreeleccionista. c

En junio de 1910, contra lo que había prometido en aquella dichosa


entrevista, Díaz mandó parar la campaña electoral de Madero y ordenó
su aprehensión para encarcelarlo en San Luis Potosí. Esto tenía el fin
de que nada impidiera su reelección, lo que logró mediante el fraude
electoral. c

En septiembre, mientras los opositores al régimen se encontraban en


las cárceles del país, los porfiristas se dispusieron a celebrar en grande
el Centenario de la Independencia de México como si nada estuviera
sucediendo.c

En los primeros días de octubre, Madero escapó de San Luis y huyó a


los Estados Unidos. Ya sin recurso legal para protestar contra el fraude,
decidió seguir el camino de las armas y convocó por medio del Plan de
San Luis a iniciar la revuelta el 20 de noviembre. c

El triunfo Revolucionario llegó en mayo de 1911. Invadido por los


achaques propios de la edad, Díaz recibió las noticias que daban cuenta
de que la revolución cundía por todo el país. Agotado, con ochenta años
de edad, un ejército envejecido y aislado, terminó por rendirse. Decidió
no pelear y firmar su renuncia el 25 de ese mes. c

La carta fue realmente emotiva y se publicó en algunos diarios. Por


ello me permito transcribirla: c

México, mayo 25 de 1911c

Señores diputados: c

El pueblo mexicano, ese pueblo que tan generosamente me ha colmado de


honores, que me proclamó su caudillo durante la guerra internacional, que me
secundó patrióticamente en todas las obras emprendidas para robustecer la
industria y el comercio de la República, fundar su crédito, rodearle de respeto
internacional y darle puesto decoroso ante las naciones amigas; ese pueblo,
señores diputados, se ha insurreccionado en bandas milenarias, armadas,
manifestando que mi presencia en el Supremo Poder Ejecutivo es la causa de la
insurrección.c

No conozco hecho alguno imputable a mí, que motivara ese fenómeno social;
pero permitiendo sin conceder, que puedo ser culpable inconsciente, esa
posibilidad hace de mí la persona menos a propósito para raciocinar y decidir
sobre mi propia culpabilidad. En tal concepto, respetando como siempre he
respetado la voluntad del pueblo, y de conformidad con el artículo 82 de la
Constitución Federal, vengo ante la Suprema Representación de la Nación a
dimitir el cargo de Presidente Constitucional con que me honró el voto nacional;
y lo hago con tanta más razón, cuanto que para retenerle sería necesario seguir
derramando sangre mexicana, abatiendo el crédito de la Nación, derrochando
su riqueza, cegando sus fuentes y exponiendo su política a conflictos
internacionales.c

Espero, señores diputados, que calmadas las pasiones que acompañan a toda
revolución, un estudio más concienzudo y comprobado, hará surgir en la
conciencia nacional un juicio correcto, que me permita morir llevando en el
fondo de mi alma una justa correspondencia de la estimación que en toda mi
vida he consagrado y consagraré a mis compatriotas.c

Porfirio Díazc

Aun antes de renunciar, Díaz sabía que esa sería la demanda


innegociable del movimiento revolucionario y que eso implicaría el
exilio. Por eso planeó una salida acompañada de parientes, sirvientes y
escolta militar, protegido por sus viejos aliados europeos. Su castigo
fue la mayor condena que un general como él podía recibir. c
Salieron discretamente el 26 de mayo hacia el puerto de Veracruz,
donde abordaron el vapor alemán que los llevaría a Francia: el
Ipir ng . c

Hay quien dice que Díaz todavía se dio el lujo de pronosticar, o mejor
dicho, advertir a Francisco I. Madero sobre lo complicado de gobernar
un país como el nuestro: "Madero ha soltado al tigre ²afirmó y mi
abuela estaría de acuerdo², habrá que ver si puede controlarlo". c

Lo que sí sorprendería a mi abuela fue la velocidad con que el


régimen de don Porfirio se cayó. Entre noviembre de 1910 y mayo de
1911 se acabó. Creo que, como el propio Díaz, parecía fuerte y estable,
pero los agravios generados ²sobre todo la desigualdad reflejada en la
riqueza de unos cuantos y la miseria de los más² habían sido
demasiados como para permitirle mantenerse en el poder c

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Ya pasaban de las nueve, la campana de la iglesia acababa de dar el
toque de la oración y se habían ido los invitados. Después de la tertulia,
andaba yo apagando velas, guardando barajas y partituras, cuando con
un ademán de la mano me llamó a su lado y me echó de nuevo esa
mirada verde, intensa y pacífica que tenía: c
²Me recuerdas al niño que fui, José Macario ²me dijo, así, de
pronto, con el último sorbo de chocolate. c

Yo no supe qué se respondía en esos casos, así que nada más bajé la
mirada. A la gente de respeto no se le mira a los ojos, me lo tiene muy
bien dicho mi padrino, pero es que los del padre Miguel como que lo
atrapan a uno y, para no ser grosero, uno debe estar siempre pendiente
de volver la vista hacia otra parte. c

²A ver ²me dijo revolviéndome el cabello², quita ya esa cara de


espantado. c

²No, no es que esté espantado ²respondí², sino que la presencia de


vuestra merced me impone. c

Yo pensé que me había quedado muy bien compuesta la frase, pero él


se rió. c

²Déjate de muchachadas y dile a Vicenta que me sirva otro poco de


chocolate. c

Me extendió su mancerina de plata (una especie de plato con un


soporte para poner la jícara en que se servía el chocolate); la tomé y salí
hacia la cocina mientras oía a mis espaldas:c

²¡Ah, qué niño este! ¡Vuestra merced me impone...! c

´c

Al párroco Hidalgo, igual que a mí, se le murió de parto su mamá


cuando nacía otro de sus hermanitos menores. Esto fue allá, en la
hacienda de Corralejo, donde vivió de niño, jugand o en el huerto y
entre los corrales con sus hermanos, tomando leche recién ordeñada y
carcajeándose de verse bigotes blancos en la cara. Nada más que, a
diferencia de mi papá, el del padre Miguel se volvió a casar y volvió a
enviudar y se volvió a casar po r tercera vez. Por eso él tiene tantos
hermanos: cuatro de su mamá, uno de la segunda señora y otros cinco
de la tercera, la mamá de las señoritas Vicenta y Guadalupe, que le
hacen casa aquí en San Felipe Torresmochas (llamado así porque la
torre de su iglesia y la de algún otro templo cercano se quedaron
construidas a medias). c

Mi papá cuando enviudó, se quedó con Josefina, mi hermanita,


recién nacida, con Faustino de un año y Soledad de tres. Fue entonces
cuando mi padrino, José Santos Villa, le prometió a mi papá que él se
encargaría de mí. c

²Que tenga vuestra merced buena mano ²cuenta mi padrino que le


dijo mi mamá, emocionada, cuando él me entregó de vuelta a sus
brazos, después del bautizo. Tenía yo tres días de nacido y era el
viernes después del jueves de Corpus. En el atrio de la parroquia
todavía estaban algunos indios de los que bajan del campo, con sus
mulas cargadas de costales, para pedir una buena cosecha, según la
tradición. c

²Que tenga vuestra merced buena mano ²le dijo mi mamá. Y mi


padrino José ha cumplido, porque desde que ella murió, me ha cuidado
y ha visto por mí. c

'c

Mi padrino José es pariente del cura Miguel Hidalgo. Llegó con él a San
Felipe en enero de 1793, pocos meses antes de que yo naciera. Es muy
entendido en música, mi padrino, y por eso desde el principio fue el
encargado de formar la orquesta y de enseñarle a tocar a todo el que
quisiera aprender algún instrumento. Le enseñó a don Guadalupe
Somorrostro, el criollo, dueño de la tienda, a tocar la flauta. También
fue el maestro de trompeta de Simón, el aguador del pueblo, que la
hace sonar "como los ángeles de la Anunciación", según mi padrino. Él
le ha dado lecciones a toda la orquesta: al señor Tomás Tzehé, que se
empeñó en aprender a tocar el clarinete con sus rec ias manos de
sembrador; a don Antón, el boticario español, delgadito y enfermizo,
que hace vibrar el violonchelo como si padeciera de fiebres; y hasta a
Juanita, la lavandera, que aprendió a tocar el clavecín. c

Lo que sí no perdonaba el padre era que las visitas lo distrajeran de


su lectura. Tenía muchísimos libros, en diferentes idiomas. No sólo
sabía latín para cantar la santa misa: también sabía hablar y escribir en
francés. Yo llegué a ver en la sacristía catecismos y misales en tarasco,
que los indios de aquí le dicen purépecha, y en otras lenguas de las que
hablan entre ellos los pueblos de alrededor. c

Alguna tarde, después de las labores, el padre me leía. Un libro muy


bonito, con ilustraciones de animales: þ s fábul s de þ font ine. Mi
favorita era la de "La zorra y la cigüeña", porque el padre Miguel hacía
con mucha gracia las voces de los personajes y los dos terminábamos
muertos de la risa. c

>c

Dice el padre Miguel que cuando era un muchacho a él mismo le decían


el Zorro. Eso era cuando estudiaba con su hermano José Joaquín, el
que también se hizo cura, allá en el colegio de San Nicolás, uno de los
más antiguos de América. Así le apodaron sus compañeros porque era
muy listo, muy astuto para argumentar y entender las lecturas más
difíciles. Yo creo que sí era cierto, porque mi padrino me ha dicho que
desde muy joven daba clases en el mismo colegio y luego estuvo ahí, en
Valladolid, de rector. Yo no soy tan astuto como él, pero me gustaría
serlo.c

Le he prometido a mi padrino aplicarme mucho en mis lecciones. No


quiero que el maestro me vuelva a colgar del cuello el letrero de
"Atolondrado" que me puso la otra vez, cuando le tiré el tintero en los
zapatos.c

²Si me van a colgar algo del cuello ²le dije a mi padrino², será un
cartel que diga "Estudioso". Aunque, en el fondo de mi corazón, lo que
le pido a Nuestro Señor todas las noches es que el maestro discurra
colgarme uno que diga "Zorro", para poder ser de grande como el
padre Miguel. c

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A mí lo que más me gustaba era el chocolat e que hacía la señorita


Vicenta. Tenía una espuma tierna que hacía cosquillas y hasta sonaba,
así, quedito, cuando le alcanzaba a uno los labios. Se me figuraba que
así habían de sonar los besos en la boca, pero luego dejaba de pensar
en esas cosas, no fuera que el padre José María me dejara de vuelta tres
rosarios de penitencia en el confesionario.

Después me gustaba el teatro. Una vez el padre Miguel puso esa


obra: el ± rtufo, de un escritor llamado Molière. Como estaba en
francés, primero la tradujo completa al español, luego escogió a los
actores entre la gente de la parroquia, encargó las telas a la capital,
diseñó el vestuario, dirigió los ensayos, ayudó a fabricar la
escenografía... A mí me gustó mucho verlos a todos disfrazados
actuando tan bien, especialmente a la señorita Josefina, que era
Elmira, la heroína de la obra. Dice mi padrino José que en Francia
prohibieron que se presentara el ± rtufo, porque critica a los que
llamándose buenos católicos son en realidad unos cínicos hipócritas.
Sólo que mi padrino no me deja repetir exactamente esas palabras.

A la gente le dio por llamar a la casa del padre Hidalgo "La Francia
Chiquita". Unos decían que porque, como en esa revolución que hubo
en Francia, ahí todos eran tratados con igualdad y fraternidad. Otros,
porque había en ella teatro y música, veladas literarias y tertulias, como
dicen que hay en Francia.

Ahora que lo pienso bien, tal vez me gustaba un poco más, o igual
que el chocolate, eso de pasar las hojas de las partituras cuando toca ba
la orquesta. Ahí me estaba yo, de pie y calladito, con el cabello alisado y
la ropa limpia, muy pendiente de las notas con ojos y orejas, junto al
atril de mi padrino José, o al lado del mismo padre Miguel, cuando
tocaba el violín cerrando sus ojos verdes.

Yo de reojo lo veía, pero él no. ¡Qué va! Cuando el padre Miguel toca
su violín se puede caer el mundo alrededor, que él no se da cuenta.
Cierra los ojos y ni la partitura ve. Yo no sé para qué mi padrino me
mandaba a voltearle las hojas, si él ni las miraba. Traía las notas dentro
de su cabeza y hacía gestos muy inspirados. Era como si estuviera
bailando en un sueño y no despertaba hasta terminar de tocar.
Entonces veía el pentagrama y sonreía. A veces me miraba y era
conmigo con quien se sonreía.

²Bien hecho, José Macario ²me dijo la primera vez que le ayudé. Y
me extendió un puño de jamoncillos de leche, de esos riquísimos que
hacía su hermana Vicenta sólo para él. Esa noche se me ocurrió que
también quería yo tocar el violín, y a la mañana si guiente mi padrino ya
me estaba enseñando.

Cuando cumplí los ocho años, el padre Hidalgo me preguntó si quería


ser acólito en la iglesia. Por supuesto que le dije que sí. Estaba
dispuesto a aguantar la comezón de los cuellos almidonados, con tal de
ayudarle cuando él cantaba la misa. Me gustaba dar le brillo a la patena
y hacer caras sobre ella cuando nadie me veía, encender los cirios y
tocar las campanitas para que todos bajaran la cabeza a la hora de la
consagración.

Yo no entendía entonces sus sermones, pero veía a la gente muy


atenta. Decían que hablaba con gran sabiduría. Lo que sí me consta es
que los preparaba con dedicación: incluso dejó algunos por escrito.
Dice mi padrino que el padre Miguel es un hombre de ideas
novedosas. Que aprendió desde niño con sus profesores jesuitas, antes
de que una mañana los sacaran del colegio, encadenados, porque el rey
los expulsó de la Nueva España. Dice que también aprendió del obispo
Antonio de San Miguel, que hasta hoy lo protege, eso de la "teología
positiva", que ordena a los padres de la Iglesia predicar, dar los
sacramentos y todo, pero también llevar a cabo acciones a favor de los
demás. El obispo Antonio de San Miguel tuvo muchas acciones de ésas
cuando "el año del hambre", en 1786. Abrió industrias para dar trabajo
a las personas y compró muchos costales de grano para regalar. Fue él
quien dio la orden a los curas de la diócesis de aplicar a los recién
nacidos, junto con el bautismo, la vacuna contra la viruela, para que se
terminaran las epidemias, que tantas muertes causaron en la Nueva
España.

Por eso el padre hace tantas cosas; trabaja con sus manos con los
campesinos y toma como ellos el azadón para labrar la tierra. Por eso
fundó en San Felipe el taller de alfarería, donde hoy trabajan muchos
que antes no tenían en qué trabajar.

Estando yo en Valladolid, cuando mi padrino me mandó a estudiar al


colegio de San Nicolás, el padre Hidalgo se fue para Dolores. Lo llamó
el obispo: se había muerto el párroco don José Joaquín Hidalgo y
Costilla, hermano del padre Miguel, y tuvo que tomar su lugar. Hace ya
siete años que se fue, y también allí lo siguió mi padrino.

Fui a buscarlos hace poco a Dolores, pero no los hallé. La iglesia


estaba cerrada y sólo encontré l Cojo Galván, el sacristán. Me dijo que
hacía unos días se habían ido a hacer la guerra de independencia, para
quitarnos el yugo de los españoles. Que salieron de allí la madrugada
del 16 de septiembre con unos tres mil hombres. Él mismo, que además
de sacristán es campanero, fue quien, por órdenes del padre Hidalgo,
llamó aquel domingo antes de tiempo a la misa de madrugada, para
reunir a la gente. Así es que se fueron y yo no los vi.

²Pero ven, muchacho ²me dijo el señor Galván². Déjame


enseñarte lo que ha hecho aquí el padre junto con su hermano
Mariano.
Y me llevó a ver una casa donde pusieron industrias. Varias, no sólo
la de alfarería como en San Felipe.

²El mismo padre Miguel se puso a estudiar ²me contó añorante² y


luego les daba pláticas a sus obreros por las noches, para enseñarles los
oficios.

Me mostró una alfarería más grande que la de San Felipe, donde ya


no sólo se hacen cacharritos de barro, sino finas vasijas y lebrillos de
talavera de muy hermoso colorido. A un lado, una curtiduría de pieles
de la que salen artículos de cuero que parecen hechos en los talleres de
la capital; una carpintería de muebles finos; una herrería donde incluso
se acuñaron monedas de cobre.

²Y para más adelanto ²siguió contando el sacristán², sembró


viñedos y olivos por todo del pueblo. ¡Incluso llegamos a hacer nuest ro
vino! No estaba mal, pero tuvimos que quitarlos porque son cultivos
ilegales (la Corona los prohibía para obligar a que estos productos se
importaran de España).

Ya entrando la tarde, me mostró los apiarios que inició el padre


Miguel con abejas traídas de La Habana.

²Pasando el tiempo ²me dijo con una sonrisa franca², con la cera
que sacaban no sólo se hicieron las velas para todos los altares del
templo y para las casas de Dolores: tan bien se dieron que... ¡hubo que
llevar enjambres a otros lugares!

El padre Miguel también sembró moreras, esas plantas de las que se


alimenta el gusano de seda, y puso telares para hilar los finísimos hilos
que producían. Se sabe que la seda de Dolores llegó a ser tan buena
como la de la Mixteca y que el propio padre Hidalgo lleva,
orgullosamente, una sotana de seda de sus talleres.

Finalmente, al atardecer de aquel día, 20 de septiembre de 1810, el


Cojo Galván me llevó a la casa del curato. Al compás de su paso lento
nos adentramos en el cuarto del padre Miguel.

²Ven, José Macario ²me dijo emocionado², que aquella larga


noche, antes de ordenarme llamar a la misa, me dejaron un encargo
para ti.

Abrió el armario a la luz de la vela y me entregó, como se entrega un


tesoro, el violín del padre Miguel.

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