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La lengua bífida del nacionalismo | Opinion


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FRANCISCO ROSELL
12-15 minutos

ULISES CULEBRO

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Visto lo visto, todo indica que, más que un revés o una contrariedad, la
reciente anulación por parte del Tribunal Constitucional del parche ingeniado
por el ex ministro Wert para garantizar la enseñanza en castellano en
Cataluña va a suponer una excusa perfecta para que el Gobierno no haga
nada. Atrapado en el laberinto de la inacción, no encuentra el hilo de Ariadna
que le conduzca a la salida de un atolladero por el que a los
castellanohablantes se les convierte, de facto, en extranjeros desposeídos
educativamente de su lengua y de otros derechos constitucionales.
De este modo, con artículo 155 o sin él, en lo que hace a este derecho
fundamental, la irrefrenable política de hechos consumados del nacionalismo
remata irreversiblemente sus propósitos. En esta encrucijada, Rajoy debe
hacerse una reflexión semejante a la de aquel personaje de Bertolt Brecht
que aguarda a que le cambien un neumático pinchado: "No me gusta el lugar
de donde vengo. No me gusta el lugar adonde voy. ¿Por qué miro el cambio
de rueda con impaciencia?".
No ayuda, desde luego, que el Tribunal Constitucional, incapaz de garantizar
el cumplimento de sus sentencias respecto al carácter vehicular del
castellano, anteponga el fallo de este recurso de 2013 de la Generalitat sin
haber resuelto uno anterior de 2009 contra la Ley de Educación catalana.
Sugiere un juego de apaños y componendas difícilmente explicable, pero muy
en consonancia con la errática trayectoria de este Alto Tribunal.
Si urgía elucidar si el Ministerio invadió las competencias autonómicas al
anticipar 6.000 euros para escolarizar en colegios privados a los alumnos que
quisieran recibir enseñanza en castellano y no dispusieran de oferta pública,
cuánto más apremia su dictamen sobre la Ley de Educación catalana. Entre
otros menoscabos, no precisamente presupuestarios, esta norma sólo
permite proyectos lingüísticos (bilingües o plurilingües) del catalán con
"lenguas extranjeras", esto es, excluido el castellano. Si un alumno desea
recibir una educación bilingüe en catalán y en castellano, lo tiene prohibido,
pero no en el caso de que pretenda hacerlo en catalán y en inglés, francés o
en alemán.
Cuando parecía llegado el momento de restablecer el carácter de lengua
vehicular del castellano, junto al catalán, esta circunstancia no se produce y la
espera parece en vano. Como la llegada en vano de Godot, el personaje
teatral de Samuel Beckett. A resultas de tanto desvarío como dejación de
responsabilidades, los castellanohablantes son una mayoría discriminada en
Cataluña a la que, paradójicamente, sus autoridades ni siquiera le reconocen
los derechos políticos exigibles para cualquier minoría, lo que aúna el
sarcasmo y el abuso.
Frente a esta realidad incontrovertible por la que los castellanohablantes son
tratados como extranjeros en su propio país, también se registra la plausible
lucha a contracorriente de muchos resistentes. En su denuedo y en su fe de
carbonero, evocan aquello que se cuenta del gran poeta Arthur Rimbaud. Al
parecer, aprendió a tocar el piano practicando durante meses sobre una mesa
del comedor en la que había labrado un teclado con el cuchillo. Le impulsó su
confianza ciega en que su madre alquilaría el instrumento que al final
dispuso. Incomprensiblemente, estos encomiables padres
castellanohablantes son dejados a su suerte, cuando no estigmatizados.
Con la marcha de Tarradellas, en cuyo corto mandato se pusieron las bases
de la escuela bilingüe, Jordi Pujol emprendió la escuela en catalán, con clara
postergación de los castellanoparlantes. De esta forma, se pasó del
bilingüismo al monolingüismo en catalán. Hizo de la ley de inmersión lingüista
una auténtica ley de inversión, poniendo las cosas del revés y haciendo
visibles las advertencias de Tarradellas. Al romperse la etapa que éste había
comenzado con esplendor, confianza e ilusión el 24 de octubre de 1977, se
inició otra que condujo a la ruptura de los vínculos de comprensión, buen
entendimiento y acuerdos constantes entre Cataluña y el Gobierno. "Ello
nos llevaría -concluiría- a una situación que nos haría recordar otros tiempos
muy tristes y desgraciados para nuestro país".
Con la inconsciencia de los grandes partidos nacionales, deudos del voto
nacionalista para asentar las sucesivas mayorías parlamentarias, Pujol utilizó
los muchos medios a su alcance para lanzar su proyecto de ruptura con
España, después de implantar lo que Tarradellas tildó de "dictadura blanca".
A juicio de éste, más peligrosa, si cabe, que la roja porque, si bien "no
asesina, ni mata, ni mete a la gente en campos de concentración, se apodera
del país".
En pro de ese objetivo, Pujol controló férreamente que el ingreso a la
función pública correspondiera a creyentes del credo nacionalista.
Singularmente en el ámbito de la enseñanza, después de forzar la salida de
profesorado castellanohablante. Era consciente de que, para imponer su
pensamiento, era ineludible adueñarse de los colegios desde las aulas a los
patios hasta requerir a los padres que hablen en catalán en el ámbito familiar
para que los niños inadaptados lingüísticamente sean unos buenos catalanes.
Le movió más erradicar el castellano que promover el catalán.
Pujol empezó a popularizar una de su máximas de que "catalán es quien
vive y trabaja en Cataluña" para acabar reduciéndolo a aquellos que hablan
el catalán como paso ineludible a la formación del espíritu nacional. No en
vano, ateniéndose a la definición de charnego que figura en la Gran
Enciclopedia Catalana que él mismo promovió, no deja de ser "persona de
lengua castellana residente en Cataluña y no adaptada lingüísticamente a su
nuevo país". Lo hizo con la misma insaciabilidad con que este gran Tartufo y
los suyos saqueaban las arcas públicas, mientras atizaba a las masas con el
"España nos roba".
De esta guisa, hecho el país, se construyeron las estructuras de Estado para
no correr "el riesgo de perder el país", como presumió sin tapujos en marzo
de 2011 durante la presentación en Barcelona del libro Jordi Pujol y los
judíos. Después de moldear pacientemente la sociedad (fer país), levantó
sigilosamente un Estado (catalán) dentro del Estado (español) para, cuando
fuera menester, proclamar la independencia.
El nacionalismo siempre ha tenido claro que la lengua es un arma política de
primer orden frente a la torpeza inconmensurable de gobernantes como el
presidente Zapatero. En marzo de 2005, incluso desautorizó al presidente del
Congreso, Manuel Marín, por no permitir al diputado nacionalista Aitor
Esteban, expresarse en euskera en el hemiciclo. Ello acompañado de aquel
otro chusco episodio en el que dos andaluces, como Chaves y Montilla,
debatían en el Senado, con un pinganillo en la oreja, mediante traducción
simultánea.
Aquella frase de Zapatero -escrita desde entonces con tinta indeleble en el
argumentario de un plurinacional PSOE- de que "las lenguas están hechas
para entenderse" sublevó a Rafael Sánchez Ferlosio. Nuestro Premio
Cervantes no tuvo por menos que refutarle que están hechas para que sus
hablantes se entiendan entre sí. Nunca para entenderse una lengua con
otra. Los hablantes griegos y romanos para hacerse comprender entre ellos
habrían recurrido al lenguaje de los gestos para comunicaciones elementales,
a un intérprete que supiese ambas lenguas o a una tercera lengua por ambos
conocida.
Eran engañosos aquellos tiempos en los que los nacionalistas vascos
parecían de Marte, a causa del terrorismo etarra, y los catalanes de Venus,
como ha sintetizado el profesor Alfonso García Figueroa, hoy recluido en la
Universidad de Castilla-La Mancha, en un vivencial artículo sobre sus
"recuerdos de un charnego en el exilio" publicado en la Revista de Libros.
Tiene toda la razón cuando asevera que no es que el nacionalismo catalán,
tras 40 años en Venus, haya mutado de naturaleza para cultivar con
entusiasmo los campos de Marte, pues éste siempre ha sido marciano.
Pese a su máscara venusina, el nacionalismo catalán ha ejercido, en efecto,
una violencia, más sutil si se quiere, pero violencia al fin y al cabo, como este
mismo profesor sufrió en su propia familia. Incluido el momento doloroso de la
muerte de su padre -gran parte de su vida residiendo en Cataluña- en un
hospital barcelonés donde la enfermera se negó a responderle en
castellano hasta en la hora de su agonía. Por no referirse al día en que su
madre se reencontró con una vieja amiga, acompañada por su nieto, al que
saludó y con el que trató de conversar hasta que la abuela le advierte que el
pequeño no entiende el castellano, siendo esa la razón exclusiva de su
mudez.
En cierta manera, la lengua bífida del nacionalismo secunda las pautas que,
apenas dos años después de la derrota del nazismo, el filólogo alemán Victor
Klemperer recogió en su inexcusable libro sobre La Lengua del Tercer Reich.
Redactado a partir de las notas tomadas diariamente desde la llegada de
Hitler al poder, Klemperer explica que el habla del nazismo, como ahora el
habla del nacionalismo, acaba con la noción de verdad pública y distorsiona
el empleo de las palabras para hacerles decir lo que sus gerifaltes querían
que dijeran. "¡Cuántos conceptos y sentimientos han deshonrado y
envenenado!", se lamenta.
Además, de la mano de la lengua, se justifica el expansionismo propio del
irredentismo nacionalista . De ahí la lógica aplastante que mueve la
propuesta independentista de conceder la nacionalidad catalana a todos los
pueblos del entorno que hablen su lengua en alguna de sus variantes. Una
vez descartada la componente racista, como aquella que llevó a Junqueras a
asegurar que su ADN era más francés que al español sin caer en las locuras
del medidor de cráneo del tronado doctor Robert, pero rondándolas, se busca
por medio de la lengua anexionar a valencianos, baleares y hasta a los
aragoneses de la Franja para constituir esos Países Catalanes.
Sin ninguna base histórica, esta aspiración entronca con el lebensraum, el
"espacio vital" al que Hitler afirmaba que tenía derecho el pueblo alemán.
Todo un proyecto de ingeniería política que se completa con la modificación
de la toponimia hasta erradicar de la misma el castellano y ese impulso a
distanciarse de España promoviendo la catalanización de nombres y
apellidos. Algo que se puso de moda en la Alemania de la segunda mitad del
XIX, donde se dio en bautizar a los niños con sonoros nombres de la
antigüedad germano-escandinava y que se incrementó en el Tercer Reich. No
había manera más fácil de demostrar fidelidad al régimen que un nombre
nibelungo.
A esta ósmosis se sumaron entusiásticamente algunos judíos, como ahora lo
hacen los charnegos agradecidos, pero inevitablemente despreciados por el
clasismo supremacista de los que se arrogan el derecho para dispensar
certificados de limpieza de sangre.
Era la manera de pasar desapercibidos en una sociedad crecientemente
antisemita. Se registraron casos esperpénticos como el de padres que
llamaron a su hija Heidrun. Estaban persuadidos de que se trataba de un
nombre digno de una valquiria, cuando era la cabra que, según la mitología
noruega, produce en sus ubres hidromiel para los héroes muertos en
combate. Ya en la Cataluña de la II República hasta el mismísimo
Companys, ahondando en unos complejos que no disimuló ni cuando
proclamó la independencia por unas horas. Fue acusado de catalán indigno
por el periódico La Nació porque figuraba un inaceptable Luis en la placa de
su despacho.
Frente a esta realidad claramente escamoteada -y lo que es peor convalidada
por aquellos que deben garantizar plenamente los derechos constitucionales
de todos los españoles, independientemente de su condición o lugar donde
moren-, el nacionalismo ha impuesto su discurso después de adueñarse
del lenguaje. Gracias a lo cual, como señaló Julien Benda, puede practicar
el mal, pero honrando el bien.
Así, puede emplear como monedas de curso legal grandes mendacidades
como hablar de normalización, cuando ese modelo lingüístico sólo impera en
Groenlandia, y de éxito, como refutan los informes Pisa. No en vano las élites
catalanas ponen a salvo a sus hijos llevándoles a colegios internacionales
privados, como hizo el ex presidente Montilla con sus trillizas para que
aprendieran castellano en el colegio alemán, después de negarles esa
posibilidad a quienes no atesoraban esos caudales.
Como certificó Samuel Johnson, el intelectual por excelencia de Inglaterra,
las lenguas son el historial, el linaje de las naciones. Por eso, la erradicación
legal del castellano y la condena al ostracismo de sus hablantes no son males
que curen el tiempo ni el silencio, sino que los agrava irreversiblemente. Por
eso, nadie -y menos el Gobierno- debiera perder más el tiempo ni enmudecer.
Al contrario, actuar diligentemente y alzar su voz. Pero ambas cosas puede
que sea tanto como pedir peras al olmo. Han sido muchos lustros callando
y otorgando frente a un nacionalismo de lengua bífida que envenena la
convivencia de un modo tan letal como las serpientes.
... Y a eso le llaman amar a Cataluña.