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HANS URS VON BALTHASAR J
Luz de la Palabra ~rf,t ;
Comentarios a las lecturas dominicales et au t!et
A-B-C
Hans U rs von Balthasar nació en Lucer­
na en 1905. Estudió en las universidades
de Zurich, Viena y Berlín, y en 1928
obtuvo el doctorado en Germanística. En
1929 entró en la Compañía de Jesús,
estudiando Filosofía en Munich y después
Teología en Lyon (Founiere). En 1940,
mientras trabajaba en Basilea como cape­
llán de estudiantes, conoció a Adrienne
von Speyr, a la que introdujo en la Iglesia
católica y con la que fundó posteriormen­
te un instituto s ecular (Johannes Ge­
meinschajt). Creó lajoha11nes Ver!ag, en la
que desarrolló una intensa actividad como
editor, traduciendo y publicando las gran­
des obras de los Padres de la Iglesia y de
otros «maestros cristianos» antiguos y
modernos. Fue miembro de la Comisión
Teológica Internacional desde su funda­
ción (1968-1988) y cofundadorde la edi­
ción alemana de Communio. En 1984 reci­
bió el Premio Pablo VI de manos de Juan
Pablo 11. Murió en Basilea en 1988, do s
días antes de la celebración del acto en
que iba a ser nombrado cardenal.
Su pensamiento, uno de los más ricos y
fecundos del catolicismo contemporáneo,
se encuentra recogido sobre todo en su
gran Trilogía: Gloria. U11a estética teológica
(7 vols.), Teodramática (5 vols.) y Teológica
(3 vols.).
Ensayos
71
HANS URS VON BALTHASAR

Luz de la Palabra
Comentarios a las lecturas dominicales

Een�u�ntro3
ed1c1ones
Título original
Licht des Wortes
Skizzen zu allen Sonntagslesungen

© 1992
Johannes Verlag, Einsiedeln

© 1994
Ediciones Encuentro, Madrid

Traducción
Felipe Hernández Rodríguez

En portada
Cristo en Majestad con los símbolos de los evangelistas,
Moralia in Job del monasterio de Valeránica, fol. 2

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Orche, Doña Mencía, 39 - Madrid
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Sanfer, Hnos. Gómez, 32 - Madrid
ISBN: 84-7490-347-5
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Redacción de Ediciones Encuentro
Cedaceros, 3-2.º - 28014 Madrid - Tels. 532 26 06 y 532 26 07
INDICE

Págs.

introducción .......................................................... 9

CICLO A B e
Primer domingo de Adviento ................................. 13 123 211
Segundo domingo de Adviento. ............................. 14 124 213
Tercer domingo de Adviento .................................. 16 126 214
Cuarto domingo de Adviento ................................. 17 127 216
Natividad del Señor ............................................... 19 129 217
Misa vespertina de la vigilia .............................. 19
Misa de medianoche. ......................................... 20
Misa de la aurora ............................................... 22
Misa del día....................................................... 23
Sagrada Familia: Jesú.s, María y José ....................... 25 129 217
Solemnidad de Santa María, Madre de Dios ............ 27 131 219
Segundo domingo después de Navidad ................... 28 131 219
Epifanía del Señor .................................................. 30 131 219
Bautismo del Señor ................................................ 32 131 219
Segundo domingo del Tiempo Ordinario................ 33 132 221
Tercer domingo del Tiempo Ordinario ................. .. 35 134 223
Cuarto domingo del Tiempo Ordinario .................. 36 136 224
Quinto domingo del Tiempo Ordinario .................. 38 137 226
Sexto domingo del Tiempo Ordinario..................... 40 138 228

5
Indice

Págs.

CICLO A B c
Séptimo domingo del Tiempo Ordinario ................ 41 140 229
Miércoles de Ceniza ............................................... 43
Primer domingo de Cuaresma ................................ 44 141 231
Segundo domingo de Cuaresma ............................. 46 143 233
Tercer domingo de Cuaresma ................................. 47 144 234
Cuarto domingo de Cuaresma ................................ 49 146 235
Quimo domingo de Cuaresma ............................... 50 147 237
Domingo de Ramos ............................................... 52 149 239
Jueves Santo ........................................................... 54 150 240
Viernes Santo ......................................................... 55 150 240
Domingo de Pascua ............................................... 57 151 241
Vigilia pascual .................................................. 57 151 241
Misa del día ...................................................... 59 152 242
Segundo domingo de Pascua .................................. 61 152 242
Tercer domingo de Pascua ...................................... 62 153 244
Cuano domingo de Pascua ..................................... 64 155 245
Quinto domingo de Pascua .................................... 65 157 246
Sexto domingo de Pascua ....................................... 67 158 248
Ascensión del Señor ............................................... 68 160 250
Séptimo domingo de Pascua ................................... 70 161 251
Pentecostés ............................................................ 72 163 252
Santísima Trinidad ................................................. 73 164 254
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo ...................... 75 166 256
Sagrado Corazón de Jesús ....................................... 76 167 257
Octavo domingo del Tiempo Ordinario .................. 78 169 259
Noveno domingo del Tiempo Ordinario ................ 80 170 260
Décimo domingo del Tiempo Ordinario ................ 81 172 262
Undécimo domingo del Tiempo Ordinario ............ 83 173 263
Duodécimo domingo del Tiempo Ordinario ........... 84 175 265
Decimotercer domingo del Tiempo Ordinario ........ 86 176 266
Decimocuarto domingo del Tiempo Ordinario ....... 87 177 268
Decimoquinto domingo del Tiempo Ordinario ...... 89 179 269
Decimosexto domingo del Tiempo Ordinario ......... 90 180 271
Decimoséptimo domingo del Tiempo Ordinario .... 92 181 272

6
Indice

Págs.

CICLO A B e
Decimoctavo domingo del Tiempo Ordinario ......... 93 183 274
Decimonoveno domingo del Tiempo Ordinario ...... 95 184 275
Vigésimo domingo del Tiempo ordinario ............... 97 186 277
Vigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario ... 98 187 278
Vigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario .. 100 189 280
Vigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario ..... 102 190 281
Vigésimo cuarto domingo del Tiempo Ordinario .... 103 192 282
Vigésimo quinto domingo del Tiempo Ordinario ... 105 193 284
Vigésimo sexto domingo del Tiempo Ordinario ...... 106 195 285
Vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario . 108 196 287
Vigésimo octavo domingo del Tiempo Ordinario .... 110 197 288
Vigésimo noveno domingo del Tiempo Ordinario .. 111 199 290
Trigésimo domingo del Tiempo Ordinario ............. 113 200 291
Trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario .. 114 202 293
Trigésimo segundo domingo del Tiempo Ordinario .. 116 203 294
Trigésimo tercer domingo del Tiempo Ordinario .... 118 205 295
Jesucristo, Rey del Universo ................................... 119 206 297

Indice de citas bíblicas ........................................... 299

7
INTRODUCCION

Estos comentarios a las tres lecturas de las misas dominicales no


pretenden suministrar modelos acabados para homilías o para la
meditación personal, sino simplemente ofrecer sugerencias que cada
lector podrá elegir a su gusto. En ellos se ha intentado en primer
lugar establecer una íntima conexión entre las dos lecturas (tomadas
normalmente del Antiguo y del Nuevo Testamento) y el evangelio,
conexión que los oyentes rara vez perciben directamente durante la
celebración de la Eucaristía, pues la variedad de los textos muchas
veces, más que orientar, desconcierta. Como es sabido, entre los pasa­
jes sacados del Antiguo Testamento y del Evangelio existe casi siem­
pre como una especie de correspondencia mutua, mientras que la
segunda lectura (tomada de una secuencia continua de las cartas neo­
testamentarias) está a veces como fuera de contexto y su relación con
las otras dos no siempre es evidente. Por eso se ha intentado poner de
relieve algunos temas comunes que ---en el caso de que se lean las tres
lecturas en la celebración- muestran claramente la íntima unidad
existente entre los tres textos bíblicos. Pero estos comentarios tam­
bién pueden ser útiles cuando se utilizan sólo dos lecturas en lugar de
tres. Aunque evidentemente aquí había que renunciar a una interpre­
tación en profundidad de los textos -incluso de los de los evange­
lios-, se ha procurado hacer justicia a las exigencias exegéticas más
importantes que afectan a determinadas perícopas. Naturalmente se
supone que la homilía, aunque se aluda en ella a cuestiones pastorales
de actualidad, se hace siempre sobre las tres lecturas que se acaban de
leer, especialmente sobre el evangelio. Como las aplicaciones concre­
tas han de ser necesariamente muy distintas según la edad y el carác­
ter de los participantes en la celebración, aquí se ha renunciado a este

9
Introducción

tipo de cosas; los comentarios se refieren únicamente a las afirmacio-


nes fundamentales de la revelación bíblica. En los pasajes donde el
leccionario ofrece «versiones abreviadas», se ha panido siempre de la
versión c,ompleta, pues en las versiones abreviadas no pocas veces
desaparecen temas importantes. A veces el evangelio se interrumpe
tan bruscamente que es preciso recurrir a lo anterior o a lo que sigue
para una cabal comprensión del mismo; en tales casos se alude breve-
mente a lo que falta. Todo lo que aparece en estas páginas no pretende
ser más que una cantera de la que cada lector, si encuentra en ella algo
que le sirve, pueda extraer lo que quiera.

Hans Urs von Balthasar

10
CICLO A
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Is 2,1-5; Rm 13,l l-14a; Mt 24,29-44

1. Dios viene. Antes de distinguir entre una primera y una segun­


da venida de Dios, deberíamos comprender el mensaje central del
Adviento y la apremiante exhortación que contiene: Dios está en
camino hacia nosotros. Tal era el presentimiento creciente de todo el
Antiguo Testamento, que con el advenimiento de su Mesías esperaba
también el final de los tiempos; éste era también el presentimiento
inmediato de Juan Bautista, quien, según los tres sinópticos, no que­
ría sino preparar en el desierto un camino al Señor y anunciar un jui­
cio decisivo: «El hacha está tocando la base de los árboles» (Le 3,9).
Lo que viene después de él es la última decisión divina de la historia.
Los tres textos están orientados hacia esta venida de Dios: pretenden
despertarnos del sueño y de la indiferencia; exhortarnos a esperar al
Señor con la cintura ceñida y con las antorchas encendidas o con acei­
te en las lámparas. En la segunda lectura Pablo nos apremia de una
manera especial: se puede percibir la proximidad de Dios en el tiem­
po de la propia vida; él está ya cerca de nosotros desde el momento de
nuestra conversión. El evangelio insiste en la necesidad de permanecer
en un estado de alerta que no crea poder observar la venida de Dios en
las relaciones terrenas. Dios irrumpe en la historia en cierto modo
verticalmente, desde lo alto; viene para todos a una hora que nadie
espera: precisamente por eso hay que estar siempre esperándole.

2. La espera. El estado de vigilancia que se nos pide, exige en pri-

13
Luz de la Palabra

mer lugar distinguirse del curso del rnundo que no tiene esperanza o
que a lo sumo aspira a metas intramundanas, que no cambian nada
esencial en las costumbres de la vida cotidiana: «comer, beber y casar-
se», sin sospechar siquiera que con la venida de Dios puede irrumpir
en el mundo algo comparable al diluvio. Pablo llama a estas acti~ida-
des puramente terrenales «las obras de las tinieblas», porque no han
sido realizadas de cara a la luz que comienza a brillar. El apóstol no
desprecia lo terreno: hay que comer y beber, pero «nada de comilonas
ni borracheras»; hay que casarse, pero «nada de lujuria ni desenfreno»;
hay que trabajar en el campo y en el molino, pero sin «riñas ni pen-
dencias». Lo terreno es regulado, refrenado por la espera de Dios, que-
dando así reducido a lo necesario. La actividad del mundo es un sueño
y ha llegado la hora de espabilarse: es el mejor momento para desper-
tar. Este estar despierto es ya un comienzo de luz, un penrecharse con
las «armas de la luz» para no volver a caer en el sueño, para luchar con-
tra la modorra que produce el tráfago del mundo abandonado de Dios.

3. A fa luz del Señor. La gran visión inicial de Isaías (en la primera


lectura) muestra que los que esperan a Dios son un monte espiritual
por cuya luz pueden orientarse todos los pueblos, pues únicamente de
aquí saldrá «la ley, el árbitro de las naciones»; sólo aquí la intermina-
ble guerra intramundana cesará y se tornará sosiego en una paz de
Dios; sólo aquí puede el mundo, oscuro de por sí, «caminar a la lu2
del Señor». Naturalmente -tanto en la perspectiva vetero como neo-
testamentaria- esto no sucederá sin división y juicio: unos serán
tomados, otros dejados. La promesa del Dios que viene contiene tam-
bién necesariamente una amenaza. Pero amenaza sólo en el sentido de
una exhortación a estar despiertos y preparados. Para el que está des-
pierto, la llegada de Dios no es motivo de temor: cuando Dios llegue,
«alzad la cabeza, que se acerca vuestra liberación» (Le 21,28).

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Is 11,1-10; Rm 15,4-9; Mt, 3,1-12

l . El que está lleno del Espíritu. Dios viene ahora en una figura
terrena, como el «renuevo del tronco de Jesé». Pero su venida es única
y definitiva. Según la primera lectura, tres cosas caracterizan esta veni-

14
Ciclo A

da: en primer lugar la plenit11d del Espíritu del Señor que capacita al
que viene para las otras dos cosas: para el juicio separador en favor de
los pobres y desamparados contra los violentos y los pecadores, y para
la instauración de una paz supraterrenal que transforma totalmente la
naturaleza y la humanidad. El Espíritu de sabiduría y de conocimiento
que llena al que viene, se derrama sobre el mundo, de modo que el
mundo queda «lleno de la ciencia del Señor, como las aguas colman el
mar». Lo que el que está lleno del Espíritu es y tiene, lo ejerce juzgan-
do; lo reparte llenando al mundo con su Espíritu. En la Biblia conocer
a Dios nunca es un conocimiento teórico, sino impregnarse totalmente
de la comprensión íntima de lo que Dios es; y este conocimiento es la
paz en Dios, la participación en la paz de Dios.

2. Bautismo con el Espíritu Santo y fuego. El evangelio presenta al


precursor en plena actividad. Prepara el camino al que viene, confe-
sando a los pecadores que se convierten y bautizándolos, a la espera
del que viene detrás de él y puede más que él. Se preparan para acoger
al que viene. No puede uno fiarse simplemente del pasado, de la per-
tenencia carnal a la descendencia de Abrahán. Las palabras del
Bautista: «Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras»,
son extrañamente proféticas: para los judíos esas piedras son los pue-
blos paganos; el que está lleno del Espíritu y viene detrás de Juan
puede convertirlos en hijos de Dios. Juan se prosterna ante él en una
actitud de profunda humildad. Porque, en lugar de con agua, él bau-
tizará con el Espíritu Santo y fuego. Un fuego que es Dios mismo, el
fuego del amor divino que él viene a «arrojar sobre la tierra», un
fuego que consume todo egoísmo en las almas; el fuego del amor que
será al mismo tiempo el fuego del juicio para los que no quieren
amar, para los que son paja: «Quemará la paja en una hoguera que no
se apaga». «Dios es un fuego devorador»: quien no quiera arder en su
llama de amor, se abrasará eternamente en ese fuego. El amor es más
que la moral de los fariseos y saduceos. La moral que no se consuma y
no se supera en el fuego del amor del Espíritu, no resistirá ante el que
tiene el bieldo en la mano para aventar su parva.

3. «Acogeos mutuamente». La llama de amor que trae el portador


del Espíritu desborda los límites del pueblo de Israel y llega al
mundo. Los judíos, elegidos desde antiguo, y los paganos, no elegidos
pero ahora admitidos a la salvación, formarán en lo sucesivo una uni-

15
Luz de la Palabra

dad en el amor. Pablo exige de ambos en la segunda lectura que «se


acojan mutuamente» como y porque Cristo «nos ha acogido» para
gloria del Creador, que nos ha creado a todos con vistas a su Hijo. El
Hijo realiza las dos cosas: la justicia de la alianza de Dios, pues en su
existencia terrena cumple todas las profecías, y la misericordia divina
para con todos aquellos que todavía no saben nada de la alianza. El
portador del Espíritu que Isaías ve venir, instaurará una paz verdade-
ramente divina sobre la tierra. Si las naciones quisieran --como lo
espera el profeta- buscar este «renuevo del tronco de Jesé», queda-
rían también ellas llenas del «Espíritu de la ciencia del Señor», en
cuya paz «ya no se hace nada malo».

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Is 35,1-6a.10; St 5,7-10; Mt 11,2-11

l. « e" EreJ tú?». El que Juan el Bautista tenga que soportar en la


cárcel esta oscuridad que Dios le impone, forma parte de su futuro tes-
timonio de sangre. El había esperado un hombre poderoso, que bautiza
con Espíritu y fuego. Y en el evangelio aparece ahora un hombre dulce
que «no apaga el pábilo vacilante». Jesús calma su inquietud mostrán-
dole que la profecía se cumple en él: en milagros discretos que aumen-
tan la fe que persevera: « Dichoso el que no se sienta defraudado por
mí». Quizá sea precisamente esta oscuridad impuesta al testigo, la
razón por la que Jesús le alaba ante la multitud: Juan se ha entendido a
sí mismo como lo que realmente es, como el mensajero enviado delante
de Jesús, el que le ha preparado el camino. Juan se ha designado a sí
mismo como simple voz que grita en el desierto, anunciando el milagro
de lo Nuevo que ha de venir; y efectivamente: el más pequeño en el
reino que viene es más grande que él, que se ha considerado como per-
teneciente a lo Antiguo, y que sin embargo, como «amigo del Esposo»,
precisamente por tener la humildad de ceder el sitio y eclipsarse, ha
sido iluminado por la luz de la nueva gracia. En los iconos aparece con
María, la Madre, que procede también de la Antigua Alianza y como él
pasa a la Nueva, a derecha e izquierda del Juez del mundo.

2. «El desierto se regocijará». En la primera lectura Isaías describe la


transformación del desierto en tierra fértil corno consecuencia de la

16
Ciclo A

venida de Dios. «Mirad a vuestro Dios». El desierto es el mundo que


Dios no ha visitado todavía; pero ahora Dios viene. El hombre es
ciego, sordo, cojo y mudo, cuando todavía no ha sido visitado por
Dios. Pero ahora los sentidos se abren y los miembros se sueltan. Los
ídolos que se adoraban en lugar del Dios vivo eran, tal y como nos los
describen los salmos y los libros sapienciales, ciegos, sordos, cojos y
mudos; y sus adoradores eran semejantes a ellos. Estaban alejados del
Dios vivo, pero ahora «vuelven los rescatados del Señor», son liberados
de la muerte espiritual y renacen a la verdadera vida. Es a esto precisa-
mente a lo que alude Jesús en el evangelio cuando describe su acción.

3. Paciencia. Pero el retorno a Dios con motivo de su venida a


nosotros, exige --como indica Santiago en la segunda lectura- la
espera paciente. El labrador y la actitud paciente que normalmente le
caracterizan, se nos ponen como ejemplo. El labrador aguarda pacien-
temente el fruto de la tierra, que, como dice Jesús en una parábola,
crece por sí solo, '«sin que él sepa cómo» (Me 4,27). No atrae la lluvia
con magia, «espera pacientemente la lluvia temprana y tardía».
Santiago sabe que la paciencia cristiana no es una espera ociosa, sino
que exige un «fortalecimiento del corazón», y esto no en un entrena-
miento autógeno, sino «porque la venida del Señor está próxima».
Paciencia significa no precipitar nada, no acelerar nada artificialmen-
te, sino dejar venir sobre nosotros todo lo que Dios ha dispuesto
(cfr. Is 28,16). Saber que «el Juez está ya a la puerta», no nos da dere-
cho a abrirla bruscamente. Con gran sabiduría, a los cristianos impa-
cientes, que no pueden esperar con paciencia la venida del Señor, se
les dice que tornen como ejemplo a los profetas y su paciencia perse-
verante. Con el mismo derecho se podría invocar el ejemplo de la
paciencia de María en su Adviento. La mujer encinta no puede ni
debe precipitarse. También la Iglesia está encinta, pero no se sabe
cuándo le llegará el momento de dar a luz.

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Is 7,10-14; Rm 1,1-7; Mt 1,18-24

l. María en la penumbra. Finalmente aparece en el evangelio


María, la puerta por la que Dios quiere entrar en el mundo. «Resultó

17
Luz de la Palabra

que ella esperaba un hijo», antes de haber hecho vida marital con
José, el hombre con el que estaba desposada. María es el receptáculo
del silencio. No le toca a ella desvelar el acontecimiento silencioso
que ha tenido lugar entre ella y el Espíritu Santo. José, en cuya casa
ella todavía no habita, lo nota. ¿Cómo podrían no haberlo notado
también otros? Las murmuraciones son inevitables, pero ella no puede
hacer nada para acallarlas. La gente, como dice el evangelio, ve al
Niño como un hijo de José. Pero hay algo extraño en este Niño. Dios
tiene tiempo, no tiene prisa; decenios más tarde los evangelios arroja-
rán luz sobre el misterio. Tampoco José lo ve claro al principio, está
profundamente turbado: ¿cómo podría él hacerse a la idea de que es el
mismo Dios el que viene a través de su esposa? El silencio de María
hace que José decida repudiarla en secreto. Pero con ello la condenaría
a la deshonra. Con bastante retraso, se le aclara el misterio y se le
invita a recibir a María en su casa. Dios tiene tiempo, no tiene prisa.

2. Jesús en la penumbra. La segunda lectura, el comienzo de la carta


a los Romanos, ha confundido a más de un lector. Jesús, así parece, es
considerado como «nacido de la estirpe de David según la carne», Y
sólo «por su resurrección de la muerte, corno Hijo de Dios con pleno
poder». Las dos afirmaciodes son absolutamente correctas, porque
como Hi~o de David él es el Mesías de Israel, y sólo a partir de su
resurrección se manifiesta, tras la bajeza de su vida terrena, tras su
obediencia de siervo hasta la cruz, «como Hijo de Dios con pleno
poder». La gente se inquieta ante lo inaudito de su doctrina y ante el
poder que tiene de hacer milagros «¿No es éste el carpintero, el hijo
de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón?» (Me 6,3);
«¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su
madre?» (Jn 6,42). El que se «haga igual a Dios» (Jn 5,18), es razón
suficiente para atentar contra su vida, para matarle finalrnente (J n
19, 7). El Padre no interviene, todo esto pertenece al plan divino. Dios
tiene tiempo, no tiene prisa.

3. La profecía en la penumbra. De la profecía de la primera lectura


se ha dicho que es el pasaje más controvertido de la Biblia (Buber). Al
rey Acaz se le ofrece una señal de parte de Dios; pero la rechaza por-
que no quiere tentar al Señor. Isaías le reprende por este rechazo, pero
Dios da una señal por medio de él. Ningún exegeta ha podido desci-
frar su verdadero significado. ¿Quién es la doncella o la virgen (la

18
Ciclo A

palabra puede significar ambas cosas)? ¿Quién es ese niño que debe
llamarse Emrnanuel, «Dios-con-nosotros»? ¿Es una promesa de salva.-
ción o el anuncio de la desgracia? Dios no tiene prisa. Sólo en la tra.-
ducción griega del Antiguo Testamento se habla claramente de la
«virgen» mucho antes de Cristo, y ahora se espera que el «Dios-con-
nosotros» será el Mesías esperado. Y sólo cuando tuvo lugar el aconte-
cimiento discreto y poco vistoso de Nazaret, quedó claro el sentido
último de la profecía. los evangelistas -una vez más con bastante
retraso- descubrieron su verdadero sentido gracias a la iluminación
del Espíritu. Dios tampoco tiene prisa a la hora de desvelar el sentido
de sus palabras.

NATIVIDAD DEL SEÑOR

MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA

Is 62,1-5; Hch 13,16-17.22-25; Mt 1,1-25

1. El rey prometido. Los textos de la misa de la vigilia giran en


torno a este tema: el salvador prometido a Israel será su rey. En el con-
cepto de rey se incluyen dos elementos: él rey es el resumen represen-
tativo de todo el pueblo y, a la vez, el que le supera, el que le confiere
sentido y orden. El árbol genealógico de Jesús, tal y como lo presenta
Mateo en el evangelio, muestra tres peculiaridades. En primer lugar
se menciona a Jesús como descendiente de la estirpe de David, rey
que desciende a su vez de Abrahán, el fundador del pueblo y de su fe.
Después se mencionan los reyes de Israel según se fueron sucediendo,
aunque se silencian los nombres de los que fueron especialmente
impíos. Y finalmente aparece la extraña serie de nombres de mujeres
y de madres: Tamar, Rut, Betsabé y María, la última de todas. El
árbol genealógico de los descendientes de David termina con «José, el
esposo de María», de la que nace el Mesías. Los judíos consideran
como padre legal al que reconoce al niño. Es lo que hace José, por
indicación del ángel. Esto coloca ajesú.s dentro de la sucesión real: los
Magos preguntarán por el «rey de los judíos que ha nacido».

2. Las nupcias reales. El texto de la primera lectura, tomado de


Isaías, insiste también en el tema y lo asocia con el de las nupcias de

19
Luz de la Palabra

Dios con el pueblo elegido. Unas nupcias que brillan como una luz
sobre el mundo entero, «todos los reyes verán tu gloria». Y en la
entrega definitiva de Dios a su pueblo --que acontece en el envío de
su Hijo--, Israel será «una corona fúlgida en la mano del Señor, una
diadema real en la palma de tu Dios». Pero no se trata de una conce-
sión externa de poder, sino de la creación de una íntima relación de
amor, «como un joven se casa con su novia, como la alegría que
encuentra el marido con su esposa». El poder divino que el pueblo
recibe en Jesús, y que le hace partícipe del poder real de Dios, es el
poder del amor, en el que Dios como Esposo confiere su poder supre-
mo a la criatura, quien de este modo, ella que era una simple esclava,
se convierte ahora en reina: la humanidad de Jesús deviene así digna
de ser adorada junto con su divinidad.

3. Homenaje. En la segunda lectura Pablo describe el comporta-


miento del hombre elegido con respecto a esta gracia recibida de
Dios. Sólo Dios ha «enaltecido» al pueblo elegido. Ya en tierra
extranjera, en Egipro: «Con su brazo poderoso los sacó de allí».
«Después suscitó a David por rey». Esta elevación procede exclusiva-
mente de Dios, y se produce para que el hombre elegido pueda «cum-
plir todos mis preceptos»: la realeza por gracia divina es siempre puro
servicio a Dios. El salvador de la estirpe de David consumará esto en
cuanto que, como rey del universo, «no hará su voluntad, sino la
voluntad del Padre». Este servicio se cumple en el gesto de homenaje
del último precursor, que se declara indigno de «desatar las sandalias»
al rey supremo que viene detrás de él. Todavía en el Apocalipsis, los
elevados a la dignidad real son los que adoran más profundamente al
Rey eterno.

MISA DE MEDIANOCHE

IJ 9,1-3.5-6; Tt 2,11-14; Lc2,l-14

l. El signo del Niño. La providencia de Dios crea la constelación


perfecta que se requiere para el acto central de la historia de mundo.
El Mesías, en el evangelio, debe no solamente descender de la estirpe
de David, por medio de José, sino también nacer en la ciudad de
David. El decreto del emperador romano debe contribuir a ello. El

20
Ciclo A

Mesías debe nacer corno niño porque así lo quiere la profecía: «Un
niño nos ha nacido». Y sólo porque es un niño «su reino será grande».
El Niño debe nacer en la pobreza del mundo (no es casual que no
haya sitio en la posada), para participar así desde el principio en su
pobreza. Y si sobre esta amarga pobreza (de un establo y un pesebre)
se manifiesta todo el esplendor del cielo, es sólo para, desde el gran
canto de alabanza, remitir a la gente sencilla al signo más pobre toda-
vía: en la hora suprema del cumplimiento de Israel, ésta es la señal:
«Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».
Es como una universalidad vertical: entre la gloria más esplendente de
arriba y la pobreza más extrema de abajo, reina una perfecta corres-
pondencia y unidad.

2. Tetmina la guerra. La gran alegría mesiánica resuena en la pri-


mera lectura -la profecía de Isaías- en la luz que resplandece sobre
la humanidad que caminaba en tinieblas; con motivo del nacimiento
del niño, su júbilo aumenta como en una donación festiva. «Nos ha
nacido un niño», «un hijo se nos ha dado». Todo lo que el niño será y
hará, lo será y lo hará «por nosotros». La profecía cumplida del Mesías
«sobre el trono de David» nos dice que la paz hasta ahora inimagina-
ble y la plena justicia de la alianza han comenzado definitivamente
«desde ahora y por siempre». Esta paz era inconcebible hasta el pre-
sente porque tiene el poder de acabar con la guerra; por este motivo,
el nuevo soberano debe llamarse a la vez «Dios guerrero» y «Príncipe
de la paz». Jesús dirá las dos cosas: él ha venido para traer la paz y la
espada; pero una espada que puede y debe destruir la guerra y traer
«una paz sin límites». Se trata de una nueva universalidad sobre todas
las fuerzas y posibilidades del hombre: la guerra que supone tomar
partido por el niño y comprometerse con su causa será el camino hacia
su reino de paz. «La muerte ha sido absorbida en la victoria» (1 Co
15 ,54) y la guerra en La paz.

3. «Para salvar a todos los hombres». La. última universalidad, por


así decirlo horizontal, es proclamada en la segunda lectura, de la carta
a Tito, que extiende la mesianidad del Niño más allá de Israel, a toda
la humanidad. El «pueblo purificado», que es «propiedad particular
de Dios», no será ya un pueblo separado del resto de los pueblos, sino
que todos los que en el mundo entero se decidan a pasar del ateísmo
al seguimiento de Cristo, pertenecerán en lo sucesivo a él. Por eso

21
Luz de la Palabra

aquí, desde la Navidad, se mira prolépticamente a la cruz: a la entrega


de Jesús «por nosotros (pro nobiJ) para rescatarnos de toda impiedad»
(v. 14). Navidad, como descenso de Dios en la pobreza, no es más que
el preludio de lo que se consumará después en la cruz y en Pascua: la
redención no sólo de Israel, sino la salvación de toda la humanidad.
Como dicen los Padres de la Iglesia: «Se hizo hombre para poder
morir».

MISA DE LA AURORA

/J 62,11-12; Tt 3,4-7; Le 2,15-20

l. La confirmación. Los pastores siguen -en el evangelio-- la


indicación del ángel. No solamente debían creer que lo que el ángel
les había anunciado era verdad, sino que debían confirmarlo y experi-
mentarlo mediante su propia experiencia. Todo el relato habla de ello.
Primero la decisión que toman en común: «Vamos derechos a Belén, a
ver eso que ha pasado». Después, cuando han podido confirmarlo por
sí mismos, cuentan lo que han experimentado; y ahora esta su expe-
riencia personal se convierte en confirmación para los que no han oído
nada del ángel ni del canto de alabanza celeste, de manera que no sólo
los pastores sino «todos los que lo oían se admiraban de lo que decí-
an». Y finalmente se pone de relieve una vez más que Íos pastores se
volvieron glorificando y alabando a Dios tanto por la aparición del
ángel como por lo que habían visto en el pesebre, porque «todo había
sucedido como les habían dicho». Si reflexionamos un poco sobre
nuestra vida cristiana, veremos que también a nosotros se nos exige
algo más que una simple fe: constantemente hemos de dar pruebas de
que nuestra fe es verdadera y de que también en nuestra gris vida
cotidiana transitamos por el camino recto, por el camino que Dios
quiere. Estas pruebas pueden ser silenciosas e insignificantes, de suer-
te que el que espera algo tangible no ve las señales de Dios. Hay que
imitar a María, que medita en silencio sobre lo que ha sucedido.

2. «Y ella conservaba todas estar coJaJ, meditándolas en JU corazón».


María conserva todas estas cosas en su corazón. No olvida nada de lo
que tiene relación con el Niño; sabe que todo tiene un significado
también para ella y para su misión. En último término, en la historia

22
Ciclo A

de cualquier vida cristiana, todo lo que ha sucedido forma -si no se


deja caer ninguno de los hilos- un tejido pleno de significado. Si se
tiene presente todo lo que ha sucedido hasta ahora y se intenta captar
su sentido más profundo, lo inesperado jamás aparece como algo
imprevisto. La permanente contemplación por parte de María de
todos los acontecimientos de la vida de su Hijo, no es superflua para
la renovación y profundización constantes de su sí, hasta la cruz.

3. «justificados por su gracia•. Las dos lecturas muestran cómo las


pruebas o confirmaciones que recibimos son pura gracia de Dios.
Nuestras obras y esfuerzos personales no servirían para nada, si no
tuviéramos -mediante los sacramentos y la renovación por el
Espíritu Santo-- la gracia de poder recibir y percibir la «misericor-
dia» de Dios. Toda nuestra existencia está tan impregnada por su gra-
cia que no debemos buscar, entre tibios y distraídos, una vida después
de la muerte, sino que debemos dirigir ya nuestra mirada, llenos de
una fuerte «esperanza» cristiana, hacia la «vida eterna». Y a la hija de
Sión se le dice que debe mirar ya a la salvación que llega como una
realidad perfecta. Pues también a ella se le da una prueba: ya puede
ver a los primeros hombres gamdos por Dios venir delante de él: son
los «redimidos del Señor». Para el pueblo veterotestamencario esto
significaba que en los profetas recibía constantemente la confirmación
de que Dios está realmente a pu.nto de llegar. Para la Iglesia esto sig-
nifica que en sus santos ella puede reconocer que la palabra de Dios en
Jesucristo es verdad, que esa palabra puede vivirse y de hecho se vive;
merced a esta verdad se acrecienta la esperanza cristiana.

MISADELDIA

Is 52,7-10; Hh 1,1-6;Jn 1,1-18

1. La Palllbra Je hace carne. En el grandioso prólogo de Juan se


despliega ante nosotros toda la plenitud del plan divino de salvación.
Ciertamente dentro de la historia surge el testigo que como precursor
da testimonio del más grande; pero este más grande es la entrada en
nuestro mundo de aquel que en el principio, antes de la creación de
todo mundo, estaba junto a Dios y como Dios ha creado, vivificado e
iluminado todo en el mundo. Navidad no es un acontecimiento

23
Luz de la Palabra

intrahistórico, sino la irrupción de la eternidad en el tiempo. Por eso


Pascua tampoco será un mero evento intrahistórico, sino el retorno
del Resucitado desde la historia a la eternidad. La ley dada por Moisés
era intrahistórica, pero toda ella remitía prolépticamente al verdadero
intérprete de Dios, el «único que es Dios y está al lado del Padre», el
que nos ha mostrado a Dios tal cual es, como «gracia y verdad».
Verdad quiere decir: «Dios es así»; y gracia quiere decir: «Dios es
amor puro y gratuito». Este primero de todos ha venido hoy al
mundo, al mundo que él ha creado y que le pertenece. Hay muchos
hombres que no le conocen y no le aceptan, pero a nosotros, que cree-
mos y le amamos, se nos ha dado la gracia de poder acogerlo en nos-
otros, y por él, con él y en él «llegar a ser hijos de Dios». Navidad no
es sólo su nacimiento, debe ser también nuestro nacimiento de Dios
junto con él.

2. «Hoy te he engendrado». La segunda lectura, de la carca a los


Hebreos, habla igualmente de la divinidad del Verbo encarnado.
Mientras que Juan acentúa más el alfa, ahora se pone el acento sobre
la omega: en distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios
antiguamente. «Ahora, en esta etapa final», al final de la historia, en
la omega, el Padre ha resumido todo en una única Palabra. Pero este
origen y este final de todas las cosas es un acontecimiento en el
«hoy». En Dios no hay ni pasado ni futuro, sino eterno presente, eter-
no hoy; y este eterno hoy se hace presente en lo temporal. Esto signi-
fica no solamente que todo lo precedente, lo veterotestamentario, era
desde siempre el alba de este hoy, sino también que el hoy de la irrup-
ción del acontecimiento eterno en Dios jamás podrá convertirse en un
pasado temporal. En cada fiesta de Navidad, el ahora de la venida de
Dios al mundo no solamente se hace de nuevo actual, sino que no
puede, en ningún momento de la vida cotidiana, no ser presente. Las
fiestas nos recuerdan solamente, a nosotros, hombres olvidadizos, que
la entrada de Dios en la historia se realiza siempre ahora. El Señor que
viene cada vez, está siempre por venir de nuevo; él nunca se aleja para
poder venir de nuevo. Esto es precisamente lo que hay que tener pre-
sente para su venida eucarística.

3. «Los confines de la tierra verán la victoria de nuestro Dios». En la


primera lectura el profeta introduce otros dos elementos: en primer
lugar la existencia de los mensajeros del gozo que anuncian la venida

24
Ciclo A

del Señor. Sin esta llamada permanente y este «regocijo» de los men-
sajeros, tal vez olvidáramos la actualidad de la venida de Señor.
Mensajeros eran los profetas, mensajero es la Sagrada Escritura; men-
sajeros son en la Iglesia los santos y todos aquellos que están anima-
dos por el Espíritu Sanco. Y el segundo elemento es que el mensaje
gozoso de la Iglesia no es una doctrina secreta sólo conocida en algu-
nos círculos esotéricos, sino que es un mensaje abierto al mundo: «El
Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán
los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios». En la revelación
de Cristo no hay nada oculto. Jesús dirá ante Pi lato: «Yo he hablado
públicamente a todo el mundo, siempre he enseñado en la sinagoga y
en el templo, donde se reúnen los judíos» (Jn 18,20). La profundidad
de su revelación es desde el principio un «misterio sagrado, pero
públicamente revelado».

DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


SAGRADA FAMILIA: JESUS, MARIA Y JOSE

Si 3,2-6.12-14 (3-7.14-17 a); Col 3,12-21; Mt 2, 13-15.19-23

1. Los vínculos del amor, que deberían mantener unida a la familia


natural, son vividos en el evangelio por la única familia sobrenatural,
en la que el Niño es el Hijo de Dios. En este sentido, esta singular
unión de Hombre, Mujer y Niño es la norma para el comportamiento
cristiano de cualquier familia terrenal. Se describe ante todo la abnega-
ción y los desvelos del Padre (e indirectamente también de la Madre)
por el destino del Niño. Las instrucciones que José recibe del ángel
del Señor tienen como único objetivo el bien del Niño. No se alude a
las dificultades que estas instrucciones entrañan para José. Las órdenes
son categóricas: «Levántate, coge al Niño y a su Madre (el Niño apa-
rece en primer lugar) y huye a Egipto». El propio José ha de decidir
cómo hay que cumplir tales órdenes: no importa que pierda su puesto
de trabajo; tampoco se dice cómo pudo arreglárselas para ganar el pan
de su familia en Egipto. Unicamente se alude, de nuevo por el bien
del Niño, a la orden de regresar a Israel, con la indicación expresa de
evitar el territorio de Arquelao, el cruel hijo de Herodes, y establecer-
se en Nazaret. El Padre está al servicio del Niño y de dos palabras
proféticas de las que entonces no podía presentir nada: «No son los

25
Luz de la Palabra

hijos quienes tienen que ganar para los padres, sino los padres para los
hijos» (2 Co 12, 14).

2. La abnegación y los desvelos de los hijos por sus padres son hasta
tal punto un deber de gratitud que aparecen como uno de los diez
mandamientos principales de la ley. Jesús Sirac (primera lectura) des-
cribe este deber muy concretamente y a la vez con suma delicadeza.
Los padres ancianos, cuya « mente flaquea», deben ser cuidados y tra-
tados con respeto, y no abochornados por el hijo «mientras es fuer-
te». El que no honra a sus padres, no experimentará ninguna alegría
de sus propios hijos. Pero el mandamiento es elevado al plano reli-
gioso: la piedad para con los padres será tenida en cuenta para obte-
ner el perdón de los propios pecados. Más aún: «El que honra a su
madre, honra a Dios». Detrás del progenitor humano se encuentra
Dios, sin la acción del cual no puede nacer ningún hombre nuevo.
Engendrar y traer hijos al mundo es un acontecimiento que sólo es
posible con Dios. Por eso en el cuarto mandamiento el amor agrade-
cido a los padres es inseparable de la gratitud debida a Dios. Si en el
evangelio se hablaba mayormente del deber y de la obediencia del
padre, aquí se coloca el cuidado de la madre por el hijo al mismo
~el. .

3. Reciprocidad. Pablo muestra, en la segunda lectura, la unidad


del amor en la familia: «Sobrellevaos mutuamente y perdonaos». El
amor es el único vínculo que mantiene unida a la familia más allá de
todas las tensiones. Y esto una vez más no en plano de la simpatía
puramente natural, sino que «todo lo que de palabra y de obra reali-
céis, sea todo en nombre de Jesús y en acción de gracias a Dios
Padre». El amor recíproco de los padres aparece diferenciado: a los
maridos se les recomienda auténtico amor (corno el que Cristo tiene
a su Iglesia, precisa la carta a los Efesios), sin despotismo ni comple-
jo de superioridad; y a las mujeres, la docilidad correspondiente. El
amor mutuo entre padres e hijos se fundamenta con una psicología
insólitamente profunda: la obediencia de los hijos a los padres «le
gusta al Señor», que ha dado ejemplo de esta obediencia (Le 2,51).
El comportamiento de los padres, por el contrario, se fundamenta
con precisión: «No exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan
los ánimos». La autoridad paterna incontestada ha de fomentar en el
hijo su propio coraje de vivir, cosa que pertenece ciertamente a la

26
Ciclo A

esencia de la auctoritas ( «fomento»). El delicado tejido del amor


mutuo diferenciado no puede romperse: la Sagrada Familia es el
ejemplo a seguir.

1 DE ENERO
OCTAVA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
SOLEMNIDAD DE SANTA MARIA, MADRE DE DIOS

Nm 6,22-27; Ga 4,4-7; Le 2,16-21

1. La bendición para el año. La solemne fórmula de bendición del


Antiguo Testamento abre en la primera lectura la liturgia del nuevo
año civil. La fórmula es prescrita por el propio Dios a Moisés y con-
tiene la doble plegaria del que bendice: que Dios se digne volver su
rostro y hacer brillar su resplandor sobre nosotros para concedernos
así la gracia y la salvación. La mirada de Dios sobre nosotros es
(según Pablo) mucho más saludable que nuestra mirada sobre él ( «al
que ama, Dios lo reconoce», 1 Co 8,3). «Ver al que ve» es según
Agustín la bienaventuranza suprema (Videntem videre). Pero nosotros
somos mirados al mismo tiempo por la Madre de Dios con un amor
infinito, como hijos suyos, y somos bendecidos por ella. Según el
Nuevo Testamento esta bendición es inseparable de la de su Hijo y
de la de todo el Dios trinitario, con lo que su maternidad queda pro-
fundamente entroncada y enraizada en la fecundidad divina. Ella nos
bendice al mismo tiempo como la Madre personal de Jesús y como el
corazón de la Iglesia «inmaculada» (Ef 5,27), que es la Esposa de
Cristo.

2. María conservaba todo en su corazón. Estas sencillas palabras del


evangelio, repetidas dos veces (Le 2,19.51), muestran que la
Santísima Virgen es la fuente inagotable de la memoria y de la inter-
pretación para toda la Iglesia. Ella conoce hasta en lo más profundo
todos los acontecimientos y fiestas que nosotros celebramos a lo largo
del Año Litúrgico. Este es también el sentido del rosario: los miste-
rios de Cristo deben contemplarse y venerarse con los ojos y el cora-
zón de María para poder entenderlos en toda su amplitud y profundi-
dad, en la medida que esto nos es posible. La veneración y la festivi-
dad del corazón de María no tienen nada de sentimental, sino que

27
Luz de la Palabra

conducen a esa fuente inagotable de comprensión de todos los miste-


rios salvíficos de Dios, que afectan a todo el mundo y a cada uno de
nosotros en particular. Poner el año bajo la protección de su materni-
dad significa implorar de ella, como hermanos y hermanas de Jesús
que somos, y por tanto como hijos de María, una comprensión conti-
nua para un constante seguimiento de Jesús. Como la Iglesia, de la
que ella es la célula primigenia, María nos bendice no en su propio
nombre, sino en el nombre de su Hijo, que a su vez nos bendice en el
nombre del Padre y del Espíritu Santo.

3. La segunda lectura concede una gran importancia al Espíritu


Santo. En ella se habla de María como de la mujer por la que nació el
Hijo, quien con su pasión consiguió para nosotros la filiación divina.
Pero como somos hijos de Dios, «Dios envió a nuestros corazones al
Espíritu de su Hijo, que dama: ¡Abba! Padre». No seríamos hijos del
Padre, si no tuviéramos el Espíritu y los sentimientos del Hijo; y este
Espíritu nos hace gritar al Padre con agradecimiento e incluso con
entusiasmo: «Sí, Tú eres realmente nuestro Padre». Pero no olvide-
mos que este Espíritu fue enviado por primera vez a la Madre, como
el Espíritu que le trajo al Hijo, y de que de este modo es, como
«Espíritu del Hijo», también el Espíritu del Padre. No olvidemos
tampoco que el júbilo por ello, ese júbilo que nunca cesa a lo largo de
la historia de la Iglesia, resuena en el Magníficat de la Madre. Es una
oración de alabanza que surge enteramente del «Espíritu del Hijo» y
se eleva hacia el Padre; una oración personal y a la vez eclesial que
engloba toda acción de gracias desde Abrahán hasta nuestros días; es
la mejor forma de comenzar el año nuevo.

SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD

Si 24, 1-2.8-12 (1-4.12-16); Ef 1,3-6.15-l B;Jn 1,1-18

Una vez más, como para profundizar en la liturgia de la Navidad,


textos sumamente importantes de la Sagrada Escritura que giran en
torno al milagro de la encarnación y lo explican en profundidad.

1. La .sabiduría habita en Israel. La sabiduría de Dios, esto es, su


plan de salvación con toda la creación, abarca siempre a la totalidad

28
Ciclo A

del mundo y de su historia; pero Dios realiza siempre esta salvación


universal desde un particular. De este modo Dios da a su sabiduría,
que primero está extendida sobre la creación entera, la orden de «esta-
blecer su morada» en Israel y en su tienda sagrada. Pero la sabiduría de
Dios --derramada según el libro de la Sabiduría sobre toda la crea-
ción, por lo que no es extraño que muchos hombres piadosos que han
buscado a Dios, hayan intentado primero venerarla en el maravilloso
orden y en la belleza del mundo, en la gloria de los cuerpos celestes (Sb
13,1-6}- sólo se convirtió en automanifestación definitiva de Dios a
partir de Israel, que encuentra su plenitud en Cristo y en su Iglesia.
Sólo la religión bíblica conoce una encarnación de Dios, que saca a la
luz de una manera única lo más profundo y escondido de la sabiduría
de Dios. Las encarnaciones de las religiones paganas (Grecia, India) son
siempre relativas: cada una de ellas esclarece la esencia de lo absoluto
sólo en parte y puede complementarse con otros «avatares».

2. «Por medio de la Palabra se hizo todo». En el evangelio la Palabra


creadora de Dios se hace «carne» en Jesucristo, es decir, en un hombre
como nosotros. Todas las cosas deben lo que son a esta Palabra; pero lo
que ésta es realmente no se revela al mundo más que cuando este uni-
versal supremo se convierte en un hombre absoh1tamente particular y
concreto. Este hombre ha tenido la fuerza de revelar a sus semejantes
con toda su existencia, no solamente que es la Palabra de Dios que
crea todo, sino que se manifiesta como el Verbo salido eternamente de
Dios, su origen y su Padre. Un ángel no hubiese sido capaz de ello,
porque los ángeles no pueden morir; era necesaria la «palabra de la
cruz» (1 Co 1, 18) para desvelar el misterio último y definitivo de
Dios: que El es amor, un amor que llega hasta. la muerte, hasta el
abandono en la muerte de su Amado por excelencia, por amor al
mundo Un 3, 16). Ninguna religión ha sido capaz de integrar, ni
siquiera de lejos, esta Palabra que se expresó en forrna humana. La
verdadera religión no es ni el intento de convertirse uno mismo en
Dios (mística), ni el de mantenerse en la distancia creatural con res-
pecto a Dios (judaísmo, islam), sino el de conseguir la suprema unión
con Dios precisamente sobre la base de la distinción permanente entre
creador y criatura.

3. la segunda lectura resume esto muy claramente en una única


«alabanza de la gloria de la gracia de Dios». La creación en la Palabra

29
Luz de la Palabra

de Dios era desde toda la eternidad un plan de salvación para inte-


grarnos, a nosotros los hombres, y con nosotros al mundo entero, en
la filiación del Hijo eterno, aunque est:o tuviera que realizarse
mediante la encarnación y la cruz (Ef 1,7). Resulta en cierto modo
inconcebible que el apóstol pida para nosotros el Espíritu Santo, a fin
de que podamos comprender «cuál es la esperanza» a la que somos
llamados por el Hijo; pues ningún hombre podría vislumbrar para sí
un destino tan desmesurado. Sólo el Espíritu de Dios, que ha sido
derramado en nuestros corazones, nos hace capaces de ta.l osadía: la
de considerarnos «herederos» de toda la «riqueza de gloria» de Dios.
Todo pensamiento debe convertirse aquí en un himno de acción de
gracias.

6DE ENERO
EPIFANIA DEL SEÑOR

b60,J-6; Ef3,2-3a.5-6;Mt 2,1-12

La historia de Navidad fue, a pesar del canto de alaba.nza celeste,


una. manifestación de Dios discreta, limitada a unos pocos. Pero valía
no sólo para Israel, sino para todo el mundo; y esto es precisamente lo
que se celebra en la fiesta de hoy: la epifanía de Dios está concebida
para el mundo en su totalidad, también pa.ra los pueblos paganos que,
aunque no habían recibido ningún anuncio profético previo como los
judíos, son ahora los primeros en venir a rendirle homenaje.

1. El evangelio describe la llegada de los astrólogos paganos que


han visto salir la estrella de la salvación y la han seguido. Dios les ha
dirigido una palab1a mediante una esuella insólita en medio de sus
constelaciones habituales; y esta palabra les ha sobresaltado y les ha
hecho aguzar el oído, mientras que Israel, acostumbrado a la palabra
de Dios, ha cerrado sus oídos a las palabras de la revelación: no quiere
que nada turbe el cuso habitual de sus dinast:ías (lo mismo suele ocu-
rrir en la Iglesia, cuando se siente molesta por el mensaje inesperado
de un santo). la pre_gunta ingenua de estos extranjeros: «¿Dónde está
el Rey que ha nacido?», provoca desazón e incluso susto. La conse-
cuencia será, en el caso de Herodes, un plan criminal secreta y artera-
mente urdido; pero los Magos, guiados por la estrella, consiguen su

30
Ciclo A

meta: rinden homenaje al Niño y, conducidos por la providencia divi-


na, evitan a Herodes, volviendo a su tierra por otro camino. El aconte-
cimiento es claramente simbólico: anuncia y preludia la elección de
los paganos; más de una vez, Jesús encontrará en ellos una fe más
grande que en Israel. A menudo son los conversos (raramente desea-
dos) los que abren caminos nuevos y fecundos a la Iglesia (cfr. Hch
9,26-30).

2. « Vienen todo1 de Sabá». Isaías (en la primera lectura) exhorta a


Jerusalén a brillar, ahora que no quiere reconocer a su salvador,
«porque llega tu luz». Jerusalén no tiene luz en sí misma, aunque
ella crea que la tiene: debe ver a los pueblos y a los reyes venir con
sus tesoros, pero no a ella, sino a· su luz. Sólo a esta luz podrá reunir-
se de nuevo a sí misma y salir de su fatal diáspora, pero no cerrándo-
se ya a los pueblos que le traen «los tesoros del mar» desde los paí-
ses más remotos, sino únicamente uniéndose con ellos. La multitud
que así se congregará será un nuevo pueblo, el «Israel de Dios», y
por este motivo Israel debería estar radiante de alegría y «ensanchar
su corazón». Ahora vienen codos de Sabá, pero no como cuando la
reina de Sabá vino a Jerusalén para ver la sabiduría de Salomón;
ahora se trata realmente de un pueblo de Dios elegido entre todos
los pueblos de la tierra y representado por los primeros en venir:
unos Magos que han seguido la luz y han rendido homenaje y adora-
do al Niño.

3. «Miembros del mirmo cuerpo». En el fondo Israel tendría que


haber presentido algo del «Mysterium» que ahora se revela a Pablo
(en la segunda lectura): que el viejo Israel va a abrirse a todos los pue-
blos, que éstos son también «partícipes de la promesa en Jesucristo» y
«coherederos» junto con Israel. Pero a pesar del anuncio hecho por
Dios a Abrahán de que los pueblos serían bendecidos en él, Israel no
ha comprendido la promesa e incluso ha rechazado «al rey de los ju-
díos que acaba de nacer»; únicamente por el «Espíritu Santo» se reve-
ló a los «apóstoles» y a los «profetas» del Nuevo Testamento que la
antigua promesa hecha a Abrahán y la alianza de Noé -más antigua
todavía- con la creación se ha cumplido en este recién nacido. Sólo
la Iglesia de Cristo ve la estrella que de él sale y cómo su epifanía bri-
lla sobre el mundo entero.

31
Luz de la Palabra

DOMINGO DESPUES DEL 6 DE ENERO


BAUTISMO DEL SEÑOR

Is 42,1-4,6-7; Rch 10,34-38; Mt 3,13-17

1. Todo lo que Dios quiere. En el evangelio, Juan, el precursor, no se


atreve a bautizar al que viene detrás de él y ha sido anunciado por él;
pero Jesús insiste porque debe cumplirse todo lo que Dios quiere (la
justicia). la justicia es la que Dios ha ofrecido al pueblo en su alianza
y que se cumple cuando el pueblo elegido le corresponde perfecta-
mente. Esto es lo que sucede precisamente aquí, donde Jesús será la
alianza consumada entre Dios y la humanidad, pero no sin la coopera-
ción de Israel, que ha caminado en la fe hacia su Mesías y que debe
incluir esta su fe en el acto divino de la gracia. Teniendo en cuenta la
humildad del Bautista, parecía más conveniente dejar a Dios solo la
gracia del cumplimiento, pero ahora es más adecuado que resplandez-
ca su obediencia. Muchos años después de la primera epifanía con la
adoración de los Magos, tiene lugar ahora la segunda epifanía con la
apertura del mismo cielo: el Dios unitrino confirma el cumplimiento
de la alianza; la voz del Padre muestra aJesús como su hijo predilecto
y el Espíritu Santo desciende sobre él para ungirlo como Mesías desde
el cielo.

2. La luz sobre Israel. Isaías, en el texto elegido como primera


lectura, habla del elegido de Dios, que no es Israel como pueblo,
sino una figura determinada. Esto queda definitivamente claro
cuando Dios dice: «Te he hecho alianza de un pueblo, luz de las
naciones». La alianza con Israel está ya pactada desde hace mucho
tiempo, pero Israel la rompió, y ahora este elegido viene a concluir
la alianza con Israel de un modo nuevo y definitivo. Jesús es la epi-
fanía de la alianza cumplida: es hijo de Dios y de una mujer judía,
Dios y hombre a la vez, la alianza concluida indestructiblemente. Y
como tal es la luz de los pueblos paganos a la vez que encarna en sí
mismo el destino de Israel: llevar la salvación de Dios hasta los con-
fines de la tierra. Jesús llevará a cabo esta potente iluminación del
mundo en la humildad y el silencio de un hombre concreto, «no
gritará», no actuará con violencia porque «no apagará el pábilo vaci-
lante»; pero precisamente en este silencio «no vacilará» hasta que la
justicia de la alianza de Dios se implante en toda la tierra. El es la

32
Ciclo A

luz que se eleva sobre la trágica historia de Israel, pero también


sobre la trágica historia del mundo en su totalidad: él «abre los ojos
de los ciegos», saca a la luz a los que están encerrados en sí mismos,
a los que habitan en las tinieblas.

3. En la segunda lectura Pedro nos dice que la unción de Jesús por


el Espíritu Santo, cuando fue bautizado por Juan, era el preludio no
sólo de su actividad en Israel, sino también de su actividad por toda la
humanidad. Pedro pronuncia estas palabras después de haber bautizado
al centurión pagano Cornelio y haber comprendido «verdaderamente
que Dios acepta al que lo teme y practica la jus6cia, sea de la nación
que sea». También la actividad mesiánica de Jesús en Israel -donde
«pasó haciendo el bien y curando a los oprirnidos por el diablo, porque
Dios estaba con él»- estaba ya concebida para todo el mundo, como
lo muestran los evangelios, que informan sobre todo esto y están escri-
tos para todos los pueblos y para todos los tiempos. En la acción bau-
tismal del Bautista, Israel crece más allá de sí mismo: por una parte se
convierte en el «amigo del Esposo», en la medida en que se alegra de
haber colaborado para que Cristo encontrara a la Iglesia universal como
su esposa; pero por otra parte está dispuesto a «disminuir» para que el
Amigo «·crezca», y, en esta humilde «disminución» dentro de la
Nueva Alianza, se equipara a la «disminución» de Jesús hasta la cruz,
concretamente visible en la degollación del Bautista.

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 49,3.5-6; 1 Co 1,1-3;]111,29-34

l. El testimonio. Del bautismo de Jesús (al que se referían tarnbién


las dos lecturas), se habló en el evangelio del domingo pasado, que es
además el primero del tiempo ordinario: Jesús es el siervo preferido
de Dios (primera lectura) que ha sido «ungido con la fuerza del
Espíritu Santo» que descendió sobre él (Crisma-Cristo-Mesías). El
evangelio de hoy habla del Bautista como testigo que da testimonio
de este acontecimiento. La figura del Bautista está tan centrada en el
testimonio, que el evangelista Juan, para quien el «testimonio» es
una noción central (testimonio del Padre, de Moisés, del Bautista, tes-
timonio que los discípulos dan de Jesús, testimonio que Jesús da de sí

33
Luz de la Palabra

mismo), ni siquiera menciona la acción bautismal. El Bautista está


tan centrado en su misión de dar testimonio del que es mayor que él,
que su acto personal ni siquiera es digno de mención: «A él le toca
crecer, a mí menguar» (Jn 3,30). Todo su ser y obrar remite al futuro,
al ser y al obrar de otro; él sólo es comprensible como una función al
servicio de ese otro.

2. La situación del que da testimonio es extraña. Es muy probable


que el Bautista conociera personalmente a Jesús, con el que (según
Lucas) estaba emparentado corno hombre. Por eso cuando dice: «Yo
no lo conocía», en realidad quiere decir: Yo no sabía que este hijo de
un humilde carpintero era el esperado de Israel. El no lo sabe, pero
tiene una triple presciencia para su propia misión. En primer lugar
sabe que el que viene después de él es el imponante, incluso el único
importante, pues «existía ames que él», es decir: procede de la eterni-
dad de Dios. Por eso es consciente también de la provisionalidad de
su misión. (Que él, que es anterior, ha recibido su misión, ya en el
seno materno, del que viene detrás de él, tampoco lo sabe). En segun-
do lugar conoce el contenido de su misión: dar a conocer a Israel,
mediante su bautismo con agua, al que viene detrás de él. Con lo que
conoce también el contenido de su tarea, aunque no conozca la meta y
el cumplimiento de la misma. Y en tercer lugar ha tenido un punto
de referencia para percibir el instante en que comienza dicho cumpli-
miento: cuando el Espíritu Santo en forma de paloma descienda y se
pose sobre el elegido. Gracias a estas tres premoniciones puede Juan
dar su testimonio total: si el que viene detrás de mí «existía antes que
yo», debe venir de arriba, debe proceder de Dios: «Doy testimonio de
que éste es el Hijo de Dios». Si él ha de bautizar con el Espíritu
Santo, entonces «éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del
mundo». Sacar semejantes conclusiones de tales indicios es, junto con
la gracia de Dios, la obra suprema del Bautista. Juan retoma la profe-
cía de lsaías: « Yo te hago luz de las naciones para que mi salvación
alcance hasta el confín de la tierra».

3. El Bautista es el modelo del testimonio de los cristianos que, de otra


manera, deben ser también precursores y testigos del que viene detrás
de ellos (cfr. Le 10, 1). Por eso Pablo los bendice en la segunda lectura.
Ellos saben más de Jesús que lo que sabía el Bautista, pero también
ellos tienen que conformarse con los indicios que se les dan y que son

34
Ciclo A

al mismo tiempo promesas. Al principio también ellos están lejos de


conocer a aquel del que dan testimonio como lo conocerán en su día
gracias a la ejecución de su tarea: cuanto mejor cumplen su tarea,
canto más descollará aquél sobre su pequeña acción como el semper
maior. Entonces reconocerán su insignificancia y provisionalidad, pero
al mismo tiempo experimentaran el gozo de haber podido cooperar
por la gracia al cumplimiento de la tarea principal del Cristo: «Por
eso mi alegría ha llegado a su colmo» On 3,29).

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is8,23h-9,3; 1 Col,10-13.17;Mt4,12-23

l. La luz comie11za a hri!/ar. Nada es precipitado, la luz aparece


poco a poco. En el evangelio, Jesús, tras enterarse de que habían arres-
tado al Bautista, al lado del cual estuvo y actuó (según Juan) en los
primeros momentos de su vida pública, se retira primero a Nazaret
(Le 4 y el episodio de Caná) y desde allí baja a Cafarnaún, pues su pre-
dicación había enfurecido a la gente de Nazaret. Galilea era considera-
da por Judea -muy celosa de la ley y de la que se esperaba que ven-
dría la salvación- como una región espiritualmente oscura y medio
pagana. Pero es precisamente en esta «región de los gentiles» (prime-
ra lectura) -«¿De Nazaret puede salir algo bueno?» On 1,46)--, y
no en la ciudad santa, donde «brilla una luz grande» que acrece la
alegría y aumenta el gozo. (También los lugares donde actúan los san-
cos o se aparece la Madre de Dios son a menudo rincones ocultos, pue-
blos o regiones apartados e insignificantes). El que Jesús sea oriundo
de esta región medio judía y medio pagana, y comience su actividad
en ella, es como una profecía. Pero en el fondo tanto los judíos como
los paganos han habitado hasta ahora «en tierra y sombras de muer-
te». Sólo Uno puede designarse como «la luz del mundo» y «la luz de
la vida» On 8,12). El «¡levántate, brilla!» que se grita a Jerusalén (Is
60, 1) es escatológico, esta dirigido al Mesías, pues los que entonces
volvían a casa clamaban: «Esperamos la luz, y vienen tinieblas, clari-
dad, y caminamos a oscuras» (Is 59,9).

2. Pero Jesús, la luz que brilla, no quiere actuar solo; todo hombre,
incluso el Hombre-Dios, es hombre con otros hombres. Por eso Jesús

35
Luz de la Palabra

busca enseguida colaboradores: unos sencillos pescadores a los que


promete desde el principio que hará de ellos pescadores de hombres.
Ellos le siguen inmediatamente. De momento todavía no los vemos
actuar; primero tienen que aprender a contemplar y a comprender lo
que hace y dice su maestro; sólo despu.és podrán anunciar el mensaje
del reino de Dios (del « reino de los cielos») y (por medio de él) curar
a los hombres de sus enfermedades. Ahora son contemplativos, para
poder ser enviados muy pronto a realizar activamente los fines que
Jesús se hapropuesto(cfr. Me 3,14-15).

3. Las misiones que los discípulos reciben en seguida son tanto


las mismas para todos como las adecuadas para cada uno de ellos. En
la comunidad en la que Jesús elige a sus discípulos no hay ni colecti-
vismo ni individualismo. Pablo inculca la unidad en un mi1mo pensar y
sentir dentro de la Iglesia (en la segunda lectura), aunque en otros
pasajes (Rm 12; 1 Co 12) pone de relieve la particularidad de la tarea
de cada cristiano. En la Iglesia quedan totalmente excluidas «las
divisiones y las discordias», los «partidos» que se designan según
determinados jefes y se oponen mutuamente: «¿Está dividido
Cristo?». los relatos vocacionales muestran que los llamados dejan
todo por amor del único Cristo (también sus opiniones particulares
anteriores) y, con la mirada puesta en él, única cabeza, tienen todos
un mismo espíritu. Seguir a Cristo significará en definitiva y necesa-
riamente seguir el camino que lleva a la cruz; si en este camino rei-
nan las divisiones y las discordias, «la cruz de Cristo pierde su efica-
cia» (1 Co 1,17).

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

So2,3; 3,12-13; 1 Col,26-31; Mt 5,l-12a

Las tres lecturas de la Escritura forman hoy más que nunca una
unidad. En el centro aparece el evangelio con las bienaventuranzas,
que sólo son comprensibles a partir de la figura y del destino de Jesús.
La primera lectura muestra la historia anterior, retomada y llevada a
plenitud por Cristo; la segunda lectura muestra la historia posterior
en la Iglesia, que está formada por Dios muy enfáticamente según el
modelo de Cristo.

36
Ciclo A

1. CriJto y las bienaventuranzas. La enseñanza de Jesús en el evan-


gelio se dirige expresamente a sus discípulos, es decir: a aquellos que
están dispuestos no sólo a oírle sino también a seguirle. La novena
bienaventuranza (Me 5, 1 l -12a) se refiere directamente a ellos. Lo que
Jesús expone aquí a modo de programa no es una moral universal,
comprensible para todo el mundo, sino la pura expresión de su misión
y destino más personales. El es el que se ha hecho pobre por nosotros,
el que llora por Jerusalén, el no-violento contra el que se desencadena
y estrella toda la violencia del mundo, el que tiene hambre y sed de la
justicia de Dios (hasta que, muriendo de sed, la ha traído a este
mundo). El es el que revela y realiza sobre la tierra la misericordia del
Padre; él es, como dice Pablo, «nuestra paz», porque mató la hostili-
dad en su cuerpo crucificado (Ef 2,14-17). El es el perseguido por
todo el mundo porque encarna en sí mismo la justicia de Dios. En
todas estas situaciones él es el bienaventurado porque encarna perfec-
tamente la salvación querida por Dios para el mundo y la hace posi-
ble. Por eso se alegra ya en el mundo en medio de todas las tribulacio-
nes (Le 10,21) y se alegrará eternamente como el que ha cumplido su
misión y vuelve al Padre. Jesús comienza su predicación con una
autopresentación que invita a seguirle.

2. Los pobres de Yahvé. Los discípulos no hubieran podido entender


nada de esto si no hubieran tenido una mínima precomprensión de
todo ello. La Antigua Alianza podía aceptar de Dios la pobreza y la
riqueza: ambas tienen sus ventajas relativas (Pr 30,8). Pero Israel no
discurre a la manera estoica (en la primera lectura): concibe la riqueza
como un valor y la pobreza como un contravalor; pero entiende cada
vez mejor que el pobre puede tener la ventaja de poner su confianza en
Dios y esperarlo codo de él, mientras que el rico corre el riesgo de con-
fiar en sus bienes, de oprimir a los pobres en su codicia y (como Ajab)
de robarles lo poco que éstos tienen. Ya la Ley, pero sobre todo los
Profetas condenan esta actitud como contraria a la alianza de Dios; la
Sabiduría y los últimos Salmos recuerdan la provisionalidad de todos
los bienes de este mundo, idea que Jesús reitera drásticamente en la
parábola del labrador rico (del rico necio). Pero la Antigua Alianza no
conoce todavía la pobreza voluntaria, como tampoco la tristeza volun-
taria o la renuncia voluntaria a toda violencia, etc. Sólo la misión
nueva y particular de Cristo las justifica. El óbolo de la viuda (a la que
Jesús admira) no era una pobreza voluntaria (en el sentido del consejo

37
Luz de la Palabra

evangélico), sino amor espontáneo a Dios y al prójimo, vivido a partir


de una comprensión radical del primer mandamiento.

3. Los discípulos de jesús. La segunda lectura describe exactamen-


te lo que es seguir a Jesús en la propia existencia según las biena-
venturanzas. Pablo enumera: lo necio (respecto a la riqueza espiri-
tual de la sabiduría), lo débil (lo que no puede defenderse contra el
poder y la prepotencia), la gente baja (que no puede producir nada
distinguido ni digno de consideración); en resumen: lo que no es
nada, lo que se considera corno algo o alguien sin valor en todos los
sentidos: todo eso lo ha elegido Dios para asimilarlo a la sabiduría
de la cruz de Cristo, quien, en esta fuerza de su debilidad, ha venci-
do a todos los poderes y autoridades de este mundo. «Gloriarse en el
Señor» Qr 9,23) significa aquí exactamente «gloriarse en la cruz de
Cristo» (Ga 6,14). Los discípulos que escuchan tendrán que apren-
der esto lentamente a través de la pasión, la resurrección y el envío
del espíritu.

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 58,6a.7-10; 1 Co2,l-5; Mt 5,13-16

1. Las tres imágenes. En el evangelio aparecen tres imágenes, las tres


introducidas por un apóstrofe que Jesús dirige a sus discípulos:
«Vosotros sois». En este indicativo se encuentra también, como clara-
mente muestra lo que sigue, un optativo: «Debéis ser esto», tenéis que
serlo aunque la amenaza que sigue ( «ser arrojado fuera») no deba cum-
plirse. Estas imágenes son muy sencillas y evidentes para todos. Las tres
tienen algo en común. La sal no existe para sí misma, sino para condi-
mentar; la luz no existe para sí misma, sino para iluminar su entorno; la
ciudad está puesta en lo alto del monte para ser visible para otros e indi-
carles el camino. El valor de cada una de ellas consiste en la posibilidad
de prodigar algo a otros seres. Esto, que para Jesús es evidente, se expresa
de un modo muy peculiar en la primera lectura, donde se habla dos
veces de la lw y una vez del mediodía: la luz brilla allí donde alguien
parte su pan con el hambriento, viste al desnudo y hospeda a los pobres
que no pueden dormir bajo techo. En la segunda lectura la fuerza de la
luz y de la sal se manifiesta en el hecho de que el apóstol «no quiere

38
Ciclo A

saber» ni anunciar cosa alguna «sino a Jesucristo, y éste crucificado».


Este es su don espiritual.

2. El de.rfallecimiento. Jesús lo explica en dos de las tres imágenes


del evangelio: el discípulo que debe ser sal puede volverse soso; enton-
ces ya no puede salar nada y toda la comida se vuelve insípida para la
comunidad que le rodea. Jesús dice « Vosotros sois»: se dirige tanto a la
Iglesia o a la comunidad como a cada cristiano en particular. El cristia-
no que no vive las bienaventuranzas, cada una de ellas, ya no alumbra
más; no debe extrañarse de que se le tire a la calle y de que le pise la
gente. En la parábola de la vid, el labrador poda las cepas, corta los sar-
mientos estériles y los echa al fuego, los quema. A una comunidad, a la
Iglesia de un país, puede sucederle algo similar: quizá una cruel perse-
cución sea el único medio de devolverle su capacidad de alumbrar y de
salar. Por esta razón Pablo (en la segunda lectura) teme difundir, «con
sublime elocuencia» o «con persuasiva sabiduría humana», difundir
una luz falsa, una luz que no remitiría la fe de la comunidad a la fuena
y a la luz de Dios ni construiría sobre ellas. Entonces el apóstol no
sería una luz que alumbra en el sentido de Jesucristo, sino que se colo-
caría sobre la luz y haría justamente lo que Jesús quiere decir con la
imagen de la vela que se mete debajo del celemín. Quien se pone sobre
la luz de Dios, la apaga inmediatamente por falta de aire.

3. Alumbrar, ¿para qué?: «Para que los hombres vean vuestras


buenas obras y den gloria a nuestro Padre que está en el cielo». Aquí
hay un peligro evidente: si los hombres ven nuestras buenas obras,
podrían alabarnos como cristianos buenos y santos, y entonces «ya
habríamos cobrado nuestra paga» (Mt 6,2.5). El justo del Antiguo
Testamento está expuesto a este peligro porque todavía no conoce a
Cristo: «Te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor» (Is
58,8). Pero Cristo jamás ha irradiado su luz y su sabiduría a partir de
sí mismo, sino siempre desde el Padre. Y por eso el cristiano debe ser
plenamente consciente de que todo lo que él puede transmitir le ha
sido dado por Dios para los demás: «Santificado sea tu nombre, hágase
tu voluntad». El homqre que reza verdaderamente (no como el fariseo,
sino como el publicano) aprende a experimentar más profundamente
que debe entregarse del todo porque Dios en sí mismo es el amor tri-
nitario que se da, un amor en el que cada una de las personas sólo
existe para las otras y no conoce ningún ser-para-sí.

39
Luz de la Palabra

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Si 15,15-20; 1 Co 2,6-10; Mt 5,20-22a.27-28.33-34a.37

l. El sentido de la ley. Al comienzo del evangelio, Jesús subraya


que no ha venido a abolir la ley dada por Dios en la Antigua Alianza,
sino a darle plenitud: a cumplirla en su sentido original, tal y como
Dios quiere. Y esto hasta en lo más pequeño, es decir, hasta el sentido
más íntimo que Dios le ha dado. Este sentido fue indicado en el Sinaí:
«Santificaos y sed santos, porque yo soy santo» (Lv 11,44). Jesús lo
reitera en el sermón de la montaña: «Sed buenos del todo, como es
bueno vuestro Padre del cielo» (Mt S,48). Tal es el sentido de los
mandamientos: quien quiere estar en alianza con Dios, debe corres-
ponder a su actitud y a sus sentimientos; esto es lo que pretenden los
mandarnientos. Y Jesús nos mostrará que este cumplimiento de la ley
es posible: él vivirá ante nosotros, a lo largo de su vida, el sentido
último de la ley, hasta que «todo (lo que ha sido profetizado) se cum-
pla», hasta la cruz y la resurrección. No se nos pide nada imposible, la
primera lectura lo dice literalmente: «Si quieres, guardarás sus man-
datos». «Cumplir la voluntad de Dios» no es sino «fidelidad», es
decir: nuestro deseo de corresponder a su oferta con gratitud. «El pre-
cepto que yo te mando hoy no es cosa que te exceda ni inalcanzable ...
El mandamiento está a tu alcance; en tu corazón y en tu boca.
Cúmplelo» (Dt 30, 11.14).

2. «Pero yo os digo». Ciertamente parece que en todas estas antíte-


sis («Habéis oído que se dijo a los antiguos ... Pero yo os digo»)Jesús
quiere reemplazar la ley de la Antigua Alianza por una ley nueva.
Pero la nueva no es más que la que desvela las intenciones y las conse-
cuencias últimas de la antigua. Jesús la purifica de la herrumbre que
se ha ido depositando sobre ella a causa de la negligencia y de la
comodidad minimalista de los hombres, y muestra el sentido límpido
que Dios le había dado desde siempre. Para Dios jamás hubo oposi-
ción entre la ley del Sinaí y la fe de Abrahán: guardar los mandamien-
tos de Dios es lo mismo que la obediencia de la fe. Esto es lo que los
«letrados y fariseos» no habían comprendido en su propia justicia, y
por eso su «justicia» debe ser superada en dirección a Abrahán y, más
profundamente aún, en dirección a Cristo. La alianza es la oferta de la
reconciliación de Dios con los hombres, por lo que el hombre debe

40
Ciclo A

reconciliarse primero con su prójimo antes de presentarse ante Dios.


Dios es eternamente fiel en su alianza, por eso el matrimonio entre
hombre y mujer debe ser una imagen de esta fidelidad. Dios es veraz
en su fidelidad, por lo que el hombre debe atenerse a un sí y a un no
verdaderos. En todo esto se trata de una decisión definitiva: o me
busco a mí mismo y mi propia promoción, o busco a Dios y me
pongo enteramente a su servicio; es decir, escojo la muerte o la vida:
«Delante del hombre están muerte y vida: le darán lo que él escoja»
(primera lectura).

3. Cielo o infierno. El radicalismo con el que Jesús entiende la ley


de Dios conduce a la ganancia del reino de los cielos (Mt 5,20) o a su
pérdida, el infierno, el fuego (Mt 5,22.29.30). El que sigue a Dios, le
encuentra y entra en su reino; quien sólo busca en la ley su perfección
personal, le pierde y, si persiste en su actitud, le pierde definitivamen-
te. El mundo (dice Pablo en la segunda lectura) no conoce este radica-
lismo; sin el Espíritu revelador de Dios «ni el ojo vio, ni el oído oyó,
ni el hombre puede pensar» lo que Dios da cuando se corresponde a
su exigencia. Pero a nosotros nos lo ha revelado el Espíritu Santo,
«que penetra hasta la profundidad de Dios», y con ello también hasta
las profundidades de la gracia que nos ofrece en la ley de su alianza:
«ser como él» en su amor y en su abnegación.

SEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lv 19,1-2.17-18; 1 Co 3,16-23; Mt 5,38-48

l. Lo católico en Dios. Si Dios es el amor, no puede odiar nada de


lo que él ha creado; eso es lo que dice ya el libro de la Sabiduría (Sb
1,6.13-15). Su amor no se deja desconcertar por el odio, la aversión y
la indiferencia del hombre; Dios derrama su gracia sobre buenos y
malos, ya aparezca esta gracia ame los hombres como sol o como llu-
via. Tolera que se le acuse, que se le insulte o que se le niegue sin
más. Pero no lo tolera en virtud de una indiferencia sublime, pues la
adhesión o la aversión humanas le afectan hasta lo más profundo.
Cuando un hombre rechaza seriamente el amor de Dios, no es Dios el
que le condena sino que es el propio hombre el que se condena a sí
mismo, porque no quiere conocer y practicar lo que Dios es: el amor.

41
Luz de la Palabra

La justicia de Dios no es la del «ojo por ojo y diente por diente»; más
bien hay que decir que cuando el hombre no supera la justicia penal
de este mundo (que es necesaria), ni comprende a Dios ni quiere estar
a su lado. Dios nunca ama parcialmente, sino totalmente. Esto es lo
que significa la palabra «católico».

2. Lo católico en jesucristo. Jesús es el Hijo único de Dios que nos


revela «lo que ha visto y oído» junto al Padre (Jn 3,32): que Dios no
ama parcialmente, ni es justo sólo a medias, ni responde a la agresión
de los pecadores privándoles de su amor. El manifiesta esto humana-
mente no respondiendo a la violencia con más violencia, sino ofrecien-
do, en la pasión, la otra mejilla, caminando dos millas con los pecado-
res, e incluso codo el camino. Se deja quitar por los soldados no sólo el
manto, sino también la túnica. Contra él se desencadena coda la vio-
lencia del pecado precisamente «porque pretendía ser Hijo de Dios»
(Jn 19, 7). Pero su no-violencia tiene mayor proyección que toda la
violencia del mundo. Sería un error querer convertir la actitud de
Jesús en un programa político, porque está claro (incluso para él) que
el orden público no puede renunciar al poder penal (Jesús habla inclu-
so de este poder en sus parábolas, por ejemplo: Me 12,29; Le 14,31;
Mt 22,7.13, etc.). Cristo representa, en este mundo de violencia, una
forma divina de no-violencia que él ha declarado bienaventurada para
sus seguidores (Mt S,S) y a la práctica de la cual les invita encarecida-
mente aquí.

3. Lo católico dt la alianza. El Antiguo Testamento conocía el amor


primariamente para los miembros de la propia tribu (primera lectura,
vv. 17-18): ellos eran entonces «el prójimo». Pero para Cristo todo
hombre por el que él ha vivido y sufrido se convierte en «prójimo». Por
eso los cristianos, a ejemplo de Cristo, tienen que superar también la
solidaridad humana limitada y amar a los «publicanos» y a los «paga-
nos». Pablo muestra (en la segunda lectura) la foana de la catolicidad
de la alianza. La sabiduría cristiana comprende que no debe ser parcial
ni partidista, porque, en virtud de la catolicidad de la redención, toda la
humanidad, incluso el mundo entero, pertenece al cristiano, pero en la
medida en que éste ha hecho suya la catolicidad de Cristo, que revela a
su vez la del Padre. «Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de
Dios». La verdadera forma de la catolicidad del cristiano no consiste
tanto en un dejar-hacer exterior cuanto en una actitud interior: «Amad

42
Ciclo A

a vuestros enemigos, rezad por los que os persiguen y calumnian. Así


seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo».

MIERCOLES DE CENIZA

JI 2,12-18; 2 Co 5,20-6,2; Mt 6, 1-6. 16-18

l. La /Jamaáa a la conversión y a un tiempo de penitencia parte (en


la segunda lectura) de la Iglesia; su portavoz es Pablo con sus colabo-
radores: «Somos embajadores de Cristo; os lo pedimos por Cristo:
dejaos reconciliar con Dios». Esto significa dos cosas: dejaos reconci-
liar con Dios personalmente, cada uno de vosotros, y dejaos reconci-
liar con Dios por nosotros, los representantes de su Iglesia. Son estos
colaboradores de Dios los que nos exhortan y se permiten llamar
nuestra atención: «Ahora es el tiempo de la gracia; ahora es el día de
la salvación». Aunque ciertamente somos libres para hacer penitencia
cuando queramos, forma parte de nuestra obediencia a la Iglesia
hacerla precisamente ahora en el marco del Año Litúrgico. El motivo
que la Iglesia nos da es la acción de Dios, que «por nosotros hizo
pecado al que no conocía el pecado, para que por él llegáramos a ser
justicia de Dios». Esta enorme gesta, que Cristo haya hecho ya por
nosotros la mayor penitencia posible, debe impulsarnos a no dejarle
solo, alegrándonos de que otro en nuestro lugar se haya convertido en
el representante del pecado ante Dios, pero estimulándonos también a
participar en su pasión con lo poco que nosotros podemos contribuir a
la expiación del pecado del mundo.

2. Ya la Antigua Alianza invitaba al pueblo (en la primera lectu-


ra) a entrar en un tiempo general de «conversión» y expiación.
También aquí hay que hacer penitencia, no como obra externa, sino
como actitud interior: «Rasgad los corazones, no las vestiduras».
También aquí no para hacer que Dios cambie sus sentimientos y acti-
tudes con respecto a nosotros, sino para convenirnos nosotros al Dios
de la gracia y de la misericordia. También en este caso como un acto
litúrgico común: el «ayuno sagrado» se entiende como «servicio a
Dios» de toda la comunidad. Aquí tampoco se trata de un querer
influir mágicamente sobre Dios, sino de una oración sencilla e intensa
para implorar la compasión divina.

43
Luz de la Palabra

3. jwís no suprime, en el evangelio, esta penitencia, sino que la


preserva definitivamente del fariseísmo y de cualquier devaluación
mediante la propia justicia: si queremos que esta penitencia tenga
algún sentido y algún valor ante Dios, debemos trasladarla al interior,
a lo invisible. Si Jesús, en los tres consejos que nos da -sobre cómo
hacer limosna, cómo rezar y cómo ayunar-, insiste en la convenien-
cia de la discreción para que nuestra acción conserve todo su sentido
cristiano, al enfatizar esta invisibilidad hacia fuera nada dice contra la
necesidad de tales obras, sino que subraya que esas obras son agrada-
bles a los ojos del Padre celeste, que sabe valorarlas y recompensarlas
adecuadamente. Pero que quede claro: si hacemos penitencia no es
para ser recompensados por Dios, sino ante todo simplemente porque
querernos seguir a Cristo con reconocimiento y agradecimiento, y
después porque percibimos claramente que la mejor manera de ayudar
al mundo en que vivimos es hacer penitencia. Jesús nos sugiere tres
formas eficaces para ello: limosna, oración y ayuno. Se puede ayunar
de muchas maneras: renunciando a la comida, a los placeres y comodi-
dades de todo tipo, al sueño, a los amigos, para preferir a los pobres, a
los necesitados, a los enfermos: a aquellos que no pueden pagarnos
(Le 14,14).

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Gn 2,7-9; 3,l-7a; Rm 5,12-19; Mt 4,1-11

1. Tentación y caída. La historia del pecado original de la humani-


dad (primera lectura) aparece explicada en la leyenda de la seducción
de nuestros primeros padres como tentación de querer ser como Dios.
Lo más importante del relato es primero que Dios no ha creado al
hombre como alguien extraño con respecto a él, sino en ttna relación
de amistad ofrecida por la gracia. Y después que Dios tiene que dejar
libertad de elección a una criatura a la que concede el mayor de los
dones, la libertad. Un ser «fosilizado» en el bien sería codo menos
libre. Y Aunque Dios sabe de antemano que el hombre, en esta su
libertad de elección, sucumbirá a la tentación de ser como Dios, sabe
más profundamente aún en su plan de salvación sobre el mundo, que
Uno, al que El enviará como su Hijo a la misma tentación, resistirá en
medio de la tentación y obtendrá para toda la humanidad la victoria

44
Ciclo A

sobre ella. Los primeros hombres habían imaginado que el conoci-


miento no sólo del bien sino también del mal les haría más semejan-
tes a Dios, pero quien quiere penetrar en las «profundidades de
Satanás» (Ap 2,24), pierde el gusto y el conocimiento del bien. Y
corno el bien es la verdad y el mal la mentira (la serpiente miente, el
diablo es el padre de la mentira: Jo 8,44), el hombre pecador se abis-
ma en una ignorancia más profunda.

2. Tentación y victoria. El evangelio describe el triunfo de Jesús


después de un ayuno de cuarenta días. Se trata por tanto de un
momento en el que, naturalmente, Jesús era más débil y estaba más
expuesto a la tentación que nunca, pero, sobrenaturalmente, era más
fuerte y estaba más seguro de su triunfo que nunca. Su tentación es
perfectamente auténtica: experimenta la atracción del mal no superfi-
cialmente, pues no se trata de una satisfacción sensible que está prohi-
bida, sino de algo mucho más profundo, de la desobediencia a su
misión divina. Podía procurarse el favor de la multitud realizando un
milagro espectacular, el poder sobre el mundo (que él debe conquistar
realmente para Dios) aceptando la oferta del que es de hecho «el jefe
de este mundo» On 12,31; 1 Co 2,6-8), pero a condición de recono-
cerle corno tal. Ninguna tentación ha sido más auténtica, más grave y
más decisiva para el destino del mundo. Jesús, que en su tentación
conoce tanto el poder del mal como el del bien, Dios, se decide con
verdadera libertad humana por el bien; bastan tres citas de la
Escritura para invalidar los falaces argumentos escriturísticos del dia-
blo («El demonio puede citar la Escritura según le conviene», dice
Shakespeare). La obediencia a Dios eleva la libertad de elección a la
libertad perfecta.

3. La lesproporción. Pablo muestra (segunda lectura), repitiendo


cinco veces la misma idea, que la universalidad e incluso la profusión
del pecado en toda la humanidad han sido superadas por la obediencia
de Uno, que no es un hombre cualquiera, sino el que representa ante
Dios a la totalidad de la humanidad: su resistencia a la tentación, su
perfecta obediencia tiene tal fuerza que gracias a ella «todos serán
constituidos justos». La afirmación es tan categórica y tan universal
que se podría pensar que todos los hombres se convertirían automáti-
camente en justos por la acción de Cristo. Pablo no dice eso, pero sí
que en virtud de la acción de Jesús los hombres ya no son esclavos del

45
Luz de la Palabra

pecado, sino que han recibido la gracia de la justicia, de la filiación


divina, la libertad concedida por gracia de decidirse por la justicia. Y
con ello también la libertad de elegir seguir a Cristo en el tiempo de
penitencia que viene.

SEGUNIX> DOMINGO DE CUARESMA

Gn 12,l-4a; 2 Tm 1,81,..JO; Mt 17,1-9

1. Si el relato de la transfiguración se encuentra tradicionalmente en


el tiempo de Cuaresma, es para recordarnos que esta manifestación de
la gloria de Jesús tiene lugar después de haber dicho a sus discípulos
que estaba dispuesto a subir a Jerusalén para padecer y morir allí; en
Lucas se añade además que la conversación del Transfigurado con
Moisés y Elías giró en torno a este final en Jerusalén. Los discípulos,
Pedro el primero, tendrán miedo y huirán cuando Jesús sea arrestado;
pero también aquí, ante la teofanía sobrenatural, «cayeron de bruces,
llenos de espanto». Mas ambas veces su miedo no podrá impedirles
comprender lo esencial del acontecimiento. Sobre la montaña verán el
cielo abierto y serán testigos de una epifanía del Dios trinitario: el
Padre les muestra a su Hijo predilecto, al que han de oír, y el Espíritu
Santo, en la forma de una nube luminosa que les cubre con su sombra,
los introduce en la órbita del misterio. Pero sólo después de Pascua
podrán realmente oír y comprender todo. Sólo la triple pregunta del
Resucitado liberará a Pedro del miedo de la pasión, un miedo seme-
jante al que experimenta ahora en la transfiguración, pues es él
el que quiere construir las tres chozas. En sus carcas se convertirá en el
testigo de ambos acontecimientos y de su relación íntima (2 P l ,16ss;
1 P 2,2lss).

2. Renuncia y fecundidad. La primera lectura nos muestra en el


destino de Abrahán como un primer anuncio velado de la transfigura-
ción y de la pasión. En la perfecta obediencia del patriarca, que aban-
dona todo lo que posee -patria, casa paterna, parientes- se concreta
la promesa de una bendición universal que procede de su fidelidad a
Dios. Semejante bendición de Dios sólo puede irradiar de un hombre
que por amor a Dios y siguiendo sus instrucciones ha dejado todo
cuanto tiene; de lo contrario, la bendición de Dios permanecería, por

46
Ciclo A

así decirlo, ligada a su persona y a sus bienes. Estos bienes, como


sucede a menudo en el Antiguo Testamento y en la bendición de
Israel, quedarían garantizados y aumentados. Pero de Abrahán se
dice: «Tu nombre será una bendición». En la renuncia total se
encuentra la fecundidad ilimitada. Tal es la idea y, por así decirlo, el
título que Israel pone sobre toda su historia y que tendrá su pleno
cumplimiento en su Mesías.

3. «Sufre conmigo por el evangelio», dice Pablo a su «hijo» Timoteo


en la segunda lectura. Ahora se trata del sufrimiento y la renuncia
ocasionados por el seguimiento consciente de Cristo, que ha sufrido y
resucitado. En este seguimiento la transfiguración y la pasión forman
una unidad. El designio de Dios de destruir la muerte por la resurrec-
ción de Jesús, de «sacar a la luz la vida inmonal» en las tinieblas del
abandono de Dios, se ha hecho comprensible para la Iglesia gracias al
Espíritu Santo, y Pablo ha tenido ocasión de comprender exactamente
esta unidad desde su conversión (el Transfigurado dice: «Yo le enseña-
ré lo que tiene que sufrir por mi nombre»: Hch 9,16). Toda la Iglesia
lo ha comprendido ya en los Hechos de los Apóstoles; y ahora debe
comprenderlo también la generación siguiente, a la que pertenece
Timoteo, y todas las generaciones que vengan después, por tanto tam-
bién nosotros. La transfiguración aparece en medio de la Cuaresma, y
en medio de la transfiguración, la pasión.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Ex 17,3-7; Rm 5,1-2.5-B;Jn 4,5-42

Nada es más importante para un tiempo de penitencia y ayuno


que la idea de que la gracia de Dios precede a toda nuestra acción, la
ha precedido siempre, siendo nosotros todavía pecadores. Todos los
textos de la liturgia hablan hoy de esto.

1. Agua de la roca. El pueblo, torturado por la sed en el desierto,


murmura contra Moisés y en el fondo contra el propio Dios. Esto es lo
que se dice al final de la primera lectura: el pueblo ha hecho algo que
estaba terminantemente prohibido, ha provocado a Dios, le «ha tenta-
do». Es el mismo pecado hacia el que el diablo quiso atraer también a

47
Luz de la Palabra

Cristo en el desierto. Moisés clama al Señor, no ve otra salida. Dios,


que prosigue su plan de salvación a pesar de todas las resistencias
humanas, oye el murmullo del pueblo (¿cómo se puede no ser indul-
gente con la gente que muere de sed?) y hace brotar agua de la roca
más dura y seca. Esto, que aquí es simplemente un episodio más en la
travesía del desierto, se convertirá en el texto neotestamentario en un
tema fundamental de la historia de la salvación.

2. «Siendo nosotros todavía pecadores». El episodio de la roca se con-


vierte (en la segunda lectura) en una especie de justificación de la doc-
trina paulina sobre la gracia que hemos recibido de Dios sin ningún
mérito por nuestra parte. Cristo no murió por nosotros porque fuéra-
mos «buenos» y «justos», sino que, incomprensiblemente, lo hizo
«siendo nosotros todavía pecadores», rebeldes contra Dios. ¿A quién
se le ocurriría morir por un enemigo? Sólo a Dios. El nos ha llamado
«amigos» ya antes de su muerte, muriendo por nosotros para demos-
trarnos su amor On 15,13). Y sin embargo sólo en virtud de esta
muerte nos convertimos en amigos, cuando, desde la herida del costa-
do de Jesús, «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazo-
nes •>, cuando, al entregar su espíritu en la muerte, «se nos dio el
Espíritu Santo».

3. Las dos lecturas preparan el maravilloso diálogo de jesis con la


Samaritana. Una primera oferta de gracia es el ruego de Jesús para que
la mujer le dé de beber. Un don que la pecadora no comprende, aun-
que no se niega a hacerle ese favor (no sabemos si realmente dio de
beber a Jesús). Después viene, en segundo lugar, la oferta del agua
viva, del don celeste de la vida eterna, oferta que la pecadora es inca-
paz de comprender. Sólo la tercera gracia encuentra eco en el cerrado
corazón de la mujer: la confesión que Jesús, en virtud de su propio
saber, arranca a la mujer; en lo sucesivo la Samaritana se muestra
receptiva a la palabra del «profeta»: comienza el diálogo sobre la ado-
ración de Dios. Tras el intercambio de dos o tres frases, se llega ense-
guida al culto con espíritu y verdad, y a la automanifestación de Jesús
como el Ungido de Dios. Aquí el agua de la gracia ha penetrado ya
hasta el fondo del alma de la pecadora, la ha purificado y la ha impul-
sado a la acción apostólica. La penitencia de la mujer ---que ella reco-
nozca de buen grado el pecado que se le atribuye- es casi insignifi-
cante ante la gracia que determina todo desde el principio.

48
Ciclo A

Esto se confirmará en la Iglesia cuando el verdadero creyente con-


sidere ya su penitencia cumplida ante Dios como un efecto de la gra-
cia generosamente derramada por Dios: es una posibilidad, no una
necesidad; la posibilidad de acompañar unos metros en su camino de
expiación al Hijo, que hace penitencia por todos nosotros.

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

1 S 16,lh.6-7.10-13a; Ef5,B-14;Jn 9,1-41

l. «Para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». La
larga historia (narrada en forma de drama en el evangelio) de la curación
del ciego de nacimiento termina con esta alternativa: el que reconoce
que debe su vista, su fe, a Cristo, llega, por la pura gracia del Señor,
definitivamente a la luz; pero el que cree que ve y que es un buen cre-
yente por sí mismo y sin deber nada a la gracia, ése es ya ciego y lo será
siempre. Es lo que Jesús dice al final a los fariseos: «Si estuvierais (com-
pletamente) ciegos no tendríais pecado; pero como decís que veis, vues-
tro pecado persiste». El ciego de nacimiento no pide a Jesús que le con-
ceda la vista, tampoco Jesús le pregunta si quiere ver; es simplemente
un objeto de demostración en el que la acción de Dios debe hacerse
manifiesta. Y después se transforma lentamente en un perfecto creyen-
te. Primero obedece sin comprender: « Ve a lavane a la piscina de Siloé.
El ciego fue, se lavó y volvió con vista». Después no sabe quién es real-
mente el que le ha curado. Pero ante los fariseos se muestra más osado y
confiesa que el hombre que le ha curado es un profeta, y como sus
padres no se atreven (por miedo a los judíos) a reconocer a Jesús como
profeta, el ciego tiene el coraje de desafiar a sus adversarios («¿También
vosotros queréis haceros discípulos suyos?») y de dejarse expulsar de la
sinagoga. Ahora está ya maduro para encontrarse con Cristo y (cuando
Jesús se da a conocer) adorarle como un auténtico creyente. Sale de las
tinieblas de la desesperanza para entrar en la más pura luz de la fe; todo
ello en virtud de una gracia que él ni siquiera ha pedido, una gracia
cuya lógica sigue obedientemente y que crece en él como un grano de
mostaza hasta convertirse en el mayor de los árboles.

2. La elección de David (primera lectura) es como una confirmación


de que el más pequeño, aquel en el que nadie ha pensado (ni Jesé, ni

49
Luz de la Palabra

Samuel), se convierte inopinadamente en el justo, en el elegido de


Dios que supera a todos sus hermanos mayores. «La mirada de Dios
no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira a las aparien-
cias, pero el Señor mira al corazón», dice el Señor al profeta que busca
al rey de ha de ungir. «En aquel momento», no antes, «el Espíritu del
Señor invadió a David y estuvo con él en adelante», el mismo Espíritu
que le hace crecer hasta convertirle en símbolo y antepasado de Jesús,
en el profeta que, en el trágico destino de su vejez, anticipa algo de la
pasión de su descendiente, Cristo. Como el ciego de nacimiento que
termina siendo expulsado de la sinagoga.

3. La segunda lectura nos exhorta simplemente a comportarnos


como «hijoJ de la luz». Todos nosotros hemos seguido el mismo cami-
no que el ciego de nacimiento: «En otro tiempo erais tinieblas, ahora
sois luz en el Señor»; es decir: habéis sido introducidos por el Señor,
que es la luz del mundo, en su luz; por eso: «Caminad como hijos de
la luz». Y como hijos de la luz debemos, al igual que el ciego de naci-
miento, sacar las tinieblas a la luz, transformarlas para que se vea
cómo están iluminadas por la luz y, en el caso de que se dejen trans-
formar, ellas mismas se convierten en luz. Aquí, como en el gran rela-
to del evangelio, queda claro que la luz de Jesús no sólo ilumina, sino
que transforma todo lo que ilumina en luz que brilla y actúa junto
con la de Jesús.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Ez 37,12b-14; Rm 8,8-ll;Jn 11,1-45

l. « Yo mismo abriré vue1troJ sepulcroJ». A medida que se aproxima


la pasión de Jesús, el tiempo de Cuaresma acrecienta la esperanza de
los pecadores que hacen penitencia. Si el hombre está espiritualmente
muerto por su culpa, el Dios vivo es más grande que la muerte, su
poder más fuerte que cualquier corrupción terrena. En ningún pasaje
de la Antigua Alianza está esto más enérgicamente expresado que en
la visión de Ezequiel (primera lectura), donde el profeta ve los huesos
dispersos por el suelo revestirse de carne y ponerse en pie formando
una muchedumbre inmensa. «Dios», dice el libro de la Sabiduría,
«no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivient:es. Todo lo creó

50
Ciclo A

para que subsistiera» (Sb 1,13s). Israel se ha precipitado en la muerte


con su rechazo del Dios viviente, pero la vitalidad de Dios es más
fuerte y puede devolver la vida y la fuerza a los huesos rnuenos.

2. En la Antigua Alianza esto es sólo una profecía para el futuro


del pueblo, pero se convertirá inopinadamente en realidad por la resu-
rrección de Cristo. Ahora, en la segunda lectura, se trata de nosotros los
cristianos, que ciertamente debemos morir, pero que, en virtud de la
resurrección de Jesús y de su Espíritu Sanco que habita en nosotros,
cenemos la seguridad de que Dios, por este Espíritu, «vivificará tam-
bién nuestros cuerpos mortales». La condición, dice la epístola, es que
no nos dejemos conducir por la carne, es decir, por lo mundano y
perecedero, sino por «el Espíritu de Dios» Padre y «de Cristo». Con
este Espíritu habita ya en nosotros el germen de la vida eterna de
Dios y tenemos ya la prenda, la entrada asegurada, por así decirlo, en
la vida de Dios. El cristiano que hace penitencia por sus pecados, no
puede hacerla con tristeza, sino con la secreta alegría del que sabe a
ciencia cierta que va al encuentro de la vida.

3. La resurrección de Lázaro es el último signo de Jesús antes de su


pasión; y se convierte también en el motivo inmediato de su arresto
Un 11,47-56). El que va al encuentro de la muerte, quiere anees ver la
muerte cara a cara. Por eso deja expresamente morir a Lázaro, a pesar
de los ruegos de sus amigas, Marta y María;Jesús quiere postrarse ante
el sepulcro de su amigo, cerrado con una losa, y llorar «conmovido,
consternado, irritado» (sea cual sea la traducción elegida) a causa del
terrible poder de este «último enemigo» (1 Co 15,26), que sólo puede
ser vencido desde dentro, desde lo más profundo de sí mismo. Sin estas
lágrimas ante el sepulcro de Lázaro, Jesús nos sería el hombre que es.
Pero enseguida todo se precipita: primero viene la orden de quitar la
piedra (a pesar de la objeción de Marca); después la oración dirigida al
Padre -porque el Hijo implora la fuerza de lo alto siempre que hace
un milagro: nunca se trata de magia, sino de una fuerza que le viene
dada de arriba-; y finalmente la orden: « ¡lázaro, sal fuera!». Su poder
sobre la muerte es parte de su misión, pero no será un «pleno poder»
hasta que, exhalando el espíritu Santo hacia Dios y hacia la Iglesia,
muera en la cruz. Esta muerte no será ya el destino de los hijos de
Adán, sino la manifestación de la entrega suprema de Dios a los hom-
bres en Cristo. Sólo porque muere de esta muerte de amor obediente,

51
Luz de la Palabra

puede Jesús designarse a sí mismo como « la resurrección y la vida» y


pronunciar estas palabras que acaban con el poder de la muerte: «El
que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

DOMINGO DE RAMOS

Is 50,4-7; Flp2,6-l 1; Mt 26,14-27,66

Si se pronuncia homilía las dos lecturas pueden constituir el marco


de la misma: Jesús no retrocede, se somete a todos los ultrajes de los
hombres. Es precisamente esto, su entrega y abnegación hasta la
muerte en cruz en medio de la historia, lo que hace de él el Señor de
la historia. Lo que sucedió una vez en la historia -porque la pasión
no es un mito, sino que ocurrió realmente «bajo Poncio Pilato», sobre
el suelo firme de la historia-, es la visibilización de lo que acontece
de principio a fin de la tragedia de la humanidad: Dios es «golpea-
do», cubierto de «insultos y salivazos», mientras él, por nosotros y
para tomar sobre sí nuestra inmundicia, se rebaja hasta el extremo,
hasta someterse incluso a la muerte. De la gran pasión según san
Mateo pueden extraerse algunos ternas fundamentales:

1. La cena. La entrega eucarística de Jesús se produce después de


que Jesús ha revelado el nombre del traidor que le va a entregar
(26,2S), por tanto con la pasión ya sobre la mesa y con la certeza de
que «esta misma noche» todos sus seguidores, incluido Pedro, y pre-
cisamente él (26,30-35), «van a caer por su causa». Jesús sabe que
debe sufrirlo todo en la soledad más completa; en el monte de los
Olivos los discípulos se dormirán: anees de la consumación de la
pasión, nadie puede seguir realmente a Jesús ( «tú me seguirás más
tarde», responde Jesús a Pedro: Jn 13,36). La carga del pecado del
mundo comienza, en la más absoluta soledad, con el Padre que desa-
parece, a mostrar su peso insoportable. Jesús, ante el peso excesivo
que se carga sobre sus espaldas, tiene que rezar: «Si es posible que
pase y se aleje de mí este cáliz» (en el Antiguo Testamento el cáliz es
la imagen de la ira de Dios por el pecado). Pero el que se ha entregado
ya eucarísticamente tiene que tomar sobre sí lo aparentemente inso-
portable, según la voluntad del Padre: en nuestro lugar, «por nos-
otros».

52
Ciclo A

2. Traición y juicio. Jesús es traicionado por un cristiano y nega-


do explícitamente por el discípulo en el que más confía, el repre5en-
tante de la futura Iglesia; nadie cree que este hombre que se deja
condenar sin oponer resistencia pueda ser el Mesías combativo que
esperan los judíos; hay miedo a ser reconocido como discípulo del
condenado. Los judíos cometen la segunda traición: este hombre,
que se tiene por Mesías y por Juez del mundo (26,63-64), no se
corresponde en absoluto con la imagen política del Mesías que ellos
habían imaginado (en el fondo se trata de una traición a la fe pura
de Abrahán); al igual que Judas piensa como un judío cuando trai-
ciona a Jesús, así también los judíos piensan como auténticos paga-
nos cuando en-tregan a Jesús al gobernador romano. Ahora es el
pueblo judío el que le traiciona. El interrogatorio ante Pi lato, el
pagano, no puede conducir a nada, pues ahora falta toda mediación
(de la revelación bíblica). Por eso Jesús, la Palabra de Dios, después
de haber declarado que es «el rey de los judíos», calla y no contesta
a una sola pregunta. No puede ni quiere detener el destino que está
ya en marcha, ni siquiera quiere dirigirlo a su manera. El destino
termina en la cruz, donde ahora también el Padre le «abandona»,
para dejar que se consume la pasión. El escarnio del mundo le acom-
pañan hasta el final, hasta que da su último grito y se abisma en las
sombras de la muerte.

3. El fin del mundo. Sólo Mateo describe el episodio de la cruz con


colores escatológicos: tinieblas, temblor de tierra, apertura de las
tumbas (pero los muertos no salen de ellas hasta después de la resu-
rrección de Jesús), el velo del templo que se rasga; todo ello como
signo de que el culto de Israel ha pasado. La cruz, que se levanta en
medio de la historia, es también su final: toda la historia corre a su
encuentro (Mt 24,30; Ap 1,7). El juicio del mundo tiene lugar aquí
(«ahora comienza un juicio contra el orden presente»: Jn 12,31). La
puesta en escena apocalíptica no es simplemente un lenguaje figurado
propio de la Biblia; con cada muerte se abre realmente el mundo de la
muerte y del abismo (Ap 1, 18) para, en virtud de la resurrección de
Cristo, dar a la humanidad la posibilidad de «resucitar con Cristo»
(Ef 2,6).

53
Luz de la Palabra

JUEVES SANTO

MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

Ex 12,1-8.11-14; 1 Col l,23-26;Jn 13,1-15

la liturgia de esta celebración se sale de lo normal en cuanto que la


primera lectura describe la anticipación veterotestarnentaria de la cena:
la comida del cordero pascual, y la segunda lectura, de san Pablo, su
consumación en el Nuevo Testamento, por lo que el evangelio no nece-
sita narrar otra vez la institución de la Eucaristía, sino que más bien
describe la actitud interior de Jesús en esta su entrega a la Iglesia y al
mundo: en la conmovedora escena del lavatorio de los pies. Esta escena,
seguramente histórica, debe abrir los ojos de los discípulos para que
comprendan lo que en verdad se realiza en la institución de la
Eucaristía y a partir de ella en toda celebración eucarística de la Iglesia.

l. El cordero pascual. En este misterioso relato (que se compone de


diversos elementos) de la cena pascual todo debe comprenderse en
función de su futura consumación en la celebración cristiana. Primero
se exige «un animal sin defecto, macho (de un año), cordero o cabri-
to» como víctima: sólo el mejor será lo bastante bueno para ello, pues
debe ser sin tacha. Después la cena ha de comerse «con la cintura
ceñida, las sandalias en los pies y un bastón en la mano», y «a toda
prisa». Cristianamente hablando esto sólo puede significar que el cris-
tiano debe estar dispuesto a dejar el mundo de los mortales para ir
hacia Dios a través del desierto de la muerte, para entrar en la tierra
prometida y vivir al lado de Dios; no para continuar viviendo en la
comodidad o caminar sin preocupaciones hacia un futuro terrestre.
Porque el Cordero cristiano es el Resucitado que nos introduce, tras
resucitar con él, en «una vida escondida con el Mesías en Dios» (Col
3 ,3 ). Y finalmente con la sangre del cordero debernos rociar las jam-
bas y dinteles de nuestras puertas para que el juicio de Dios pase de
largo. Sólo si se encuentra sobre nosotros la sangre de Cristo nos libra-
remos del justo juicio, porque él ha salido airoso en el juicio sobre el
pecado y se ha convertido como redentor en nuestro juez.

2. La Eucaristía. Pablo refiere la «tradición que ha recibido»: la


oración de acción de gracias de Jesús sobre el pan: «Esto es mi cuerpo,

54
Ciclo A.

que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía». Lo mismo


con el cáliz, que es «la nueva alianza sellada con mi sangre». Y añade
que toda comida eucarística es «proclamación de la muerte del
Señor». La ceremonia veterotestamentaria adquiere ahora todo su sen-
tido, de una profundidad insondable: «El cuerpo que se entrega por
vosotros, la alianza sellada con la sangre», significa abnegación, entre-
ga de amor hasta el extremo, y esto hasta tal punto que el que se
sacrifica se convierte en comida y bebida de aquellos por los que se
entrega. Y no sólo esto, sino que el poder de seguir realizando este
sacrificio se deja en manos de aquellos por los que se ha ofrecido: se
dice «haced esto» y no simplemente «recibid esto». Lo mismo se
repetirá en Pascua cuando el Resucitado diga: «A quienes les perdo-
néis los pecados», y no simplemente «recibid mi perdón y el de mi
Padre». Es como si lo máximo que podríamos imaginarnos, que el
Hombre-Dios se entrega a nosotros, sus asesinos, como comida para la
vida eterna, quedara superado una vez más: que nosotros mismos
debemos realizar lo que ha sido hecho por nosotros, ofreciendo el
sacrificio del Hijo al Padre.

3. El lavatorio de los pies es una «prueba del amor hasta el extre-


mo» (J n 13,1), un acto de amor que Pedro percibe, y es comprensible
que así lo perciba, como algo completamente inadmisible, como el
mundo al revés. Pero precisamente esta inversión de la realidad es lo
más correcto, lo que hay que dejar que suceda primero en uno (y exac-
tamente así, corno lo hace Jesús, ni más ni menos), en la humillación
por su amor infinito, para después tomar «ejemplo» de ello On
13, 14) y realizar el mismo abajamiento de amor con los hermanos. En
el evangelio esto es la demostración tangible de lo que se dará inme-
diatamente después a la Iglesia en el misterio de la Eucaristía: en
correspondencia, los cristianos deben convertirse en comida y bebida
agradables los unos para los otros.

VIERNES SANTO

l.r 52, 13-53,12; Hb 4,14-16; 5,7-9;Jn 18,1-19.42

Las grandes lecturas de la liturgia de hoy giran en torno al miste-


rio central de la cruz, un misterio que ningún concepto humano

55
Luz de la Palabra

puede expresar adecuadamente. Pero las tres aproximaciones bíblicas


tienen algo en común: que el milagro inagotable e inefable de la cruz
se ha realizado «por nosotros». El siervo de Dios de la primera lectura
ha sido ultrajado por nosotros, por su pueblo; el sumo sacerdote de la
segunda lectura, a gritos y con lágrimas, se ha ofrecido a sí mismo
como víctima a Dios para convertirse, por nosotros, en el autor de la
salvación; y el rey de los judíos, tal y corno lo describe la pasión según
san Juan, ha «cumplido» por nosotros todo lo que exigía la Escritura,
para finalmente, con la sangre y el agua que brotó de su costado tras-
pasado, fundar su Iglesia para la salvación del mundo.

l. El riervo de Yahvé. Que amigos de Dios intercedieran por sus


hermanos los hombres, sobre todo por el pueblo elegido, era un tema
frecuente en la historia de Israel: Abrahán intercedió por Sodoma, la
ciudad empecatada; Moisés hizo penitencia durante cuarenta días y
cuarenta noches por el pecado de Israel y suplicó a Dios que no aban-
donara a su pueblo; profetas como Jeremías y Ezequiel tuvieron que
soportar las pruebas más terribles por el pueblo. Pero ninguno de
ellos llegó a sufrir tanto como el misterioso siervo de Dios de la pri-
mera lectura: el «hombre de dolores» despreciado y evitado por todos,
«herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, tri-
turado por nuestros crímenes, ... que entregó su vida como expiación».
Pero este sacrificio produce su efecto: «Sus cicatrices nos curaron». Se
trata ciertamente de una visión anticipada del Crucificado, pues es
imposible que este siervo sea el pueblo de Israel, que ni siquiera expía
su propio pecado. No, es el siervo plenamente sometido a Dios, en el
que Dios «se ha complacido», sólo Dios, pues ¿quién sino El se preo-
cupa de su destino? Durante siglos este siervo de Dios permaneció
desconocido e ignorado por Israel, hasta que finalmente encontró un
nombre en el Siervo Crucificado del Padre.

2. El sumo .sacerdote. En la Antigua Alianza el sumo sacerdote


podía entrar una vez al año en el Santuario y rociarlo con la sangre
sacrificial de un animal. Pero ahora, en la segunda lectura, el sumo
sacerdote por excelencia entra «con su propia sangre» (Hb 9,12), por
tanto como sacerdote y como víctima a la vez, en el verdadero y defi-
nitivo santuario, en el cielo ante el Padre; por nosotros ha sido some-
tido a la tentación humana; por nosotros ha orado y suplicado a Dios
en la debilidad humana, «a gritos y con lágrimas»; y por nosotros el

56
Ciclo A

Hijo, sometido eternamente al Padre, «aprendió», sufriendo, a obede-


cer sobre la tierra, convirtiéndose así en «autor de salvación eterna»
para todos nosotros. Tenía que hacer todo esto como Hijo de Dios
para poder realizar eficazmente toda la profundidad de su servicio y
sacrificio obedientes.

3. El rey. En la pasión según san Juan Jesús se comporta corno un


auténtico rey en su sufrimiento: se deja arrestar voluntariamente; res-
ponde soberanamente a Anás que él ha hablado abiertamente al
mundo; declara su realeza ante Pilato, una realeza que consiste en ser
testigo de la verdad, es decir, en dar testimonio con su sangre de que
Dios ha amado al mundo hasta el extremo. Pilato le presenta como un
rey inocente ante el pueblo que grita «crucifícalo». «¿A vuestro rey
voy a crucificar?», pregunta Pilato, y, tras entregara Jesús para que lo
crucificaran, manda poner sobre la cruz un letrero en el que estaba
escrito: «El rey de los judíos». Y esto en las tres lenguas del mundo,
irrevocablemente. La cruz es el trono real desde el que Jesús «atrae
hacia él» a todos los hombres, desde el que funda su Iglesia, confian-
do su Madre al discípulo amado, que la introduce en la comunidad de
los apóstoles, y culmina la fundación confiándole al morir su Espíritu
Santo viviente, que infundirá en Pascua.

Los tres caminos conducen, desde sitios distintos, al «refulgente


misterio de la cruz» (fulget crucis mysterium); ante esta suprema mani-
festación del amor de Dios, el hombre sólo puede prosternarse en acti-
tud de adoración.

DOMINGO DE PASCUA DE LA R.ESURRECCION


DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL

Gn 22,1-18; Ex 14,15-15,l; Mt 28,1-10

l. Con la muerte de Jesús la Palabra de Dios llega a su fin. La


Iglesia ha velado en silencio junto al sepulcro, en la fatiga de María
traspasada por todas las espadas del dolor; toda fe viva, toda esperanza
viva se ha depositado ante Dios; no resuena ningún aleluya prematu-

57
Luz de la Palabra

ro. La Iglesia vigilante y orante tiene tiempo de rememorar el largo


camino que Dios ha recorrido con su pueblo desde la creación del
mundo, a través de todas las etapas de la historia de la salvación; siete
aco11tecimientos se presentan ante su mirada espiritual: la Iglesia ve la
salvación incluso en las situaciones más difíciles, como en el sacrificio
de Abrahán, como en el paso del Mar Rojo, como en el llamamiento a
volver del exilio; y la Iglesia comprende que todos ellos eran auténti-
cos acontecimientos de la gracia: también el sacrificio de Isaac era la
confirmación definitiva de la obediencia de Abrahán y de la promesa
de Dios; también el aparente hundimiento en el mar era la salvación
de Israel y la ruina de sus enemigos; el exilio era también un larga
purificación y un retorno a Dios.

2. Así la Iglesia reconoce también, en la segunda lectura, que su


propia muerte en el bautismo es un morir con Jesús para tener la salva-
ción definitiva en él: para resucitar con él a un nuevo vivir para Dios,
a una nueva vida sin pecado ni muerte. Este milagro no lo opera una
simple ceremonia, sino un verdadero «ser crucificado» con Cristo del
antiguo hombre pecador, que es el paso previo para que se pueda pro-
ducir el morir y ser sepultado con Cristo. Esto es esencialmente un
don que Dios concede al que se bauti2a, y una exigencia de verificarlo
en su existencia todos los días de su vida. Las dos cosas son insepara-
bles para que este don de Dios en Cristo pueda realizarse en la vida
del cristiano: lo que él es, debe llegar a serlo; .lo que tiene, ha de desa-
rrollarlo. Por eso el cambio que se produce entre el Sábado Santo y
Pascua sólo puede ser ambas cosas en una: alegría por el don supremo
que hemos recibido y firme decisión de mantener nuestras promesas
bautismales. Con razón éstas se renuevan en la liturgia de la vigilia
pascual.

3. Ahora sólo las santas mujeres pueden percibir el mensaje del


ángel. Este las invita a aproximarse y ver el sitio vacío donde yacía el
cadáver de Jesús. «No está aquí». Ya no es visible, ni tangible, ni
localizable en el espacio y en el tiempo: hay que renunciar a eso.
Nadie en la historia del mundo ha dejado tras de sí un «sitio vacío»
como el que ha dejado el que ayer yacía enterrado aquí. El, que entró
en la historia con tanta fuerza, ya no es aprehensible dentro de ella.
«Ha resucitado, como había dicho», ha abierto en la historia cerrada
una brecha que ya no se cerrará nunca. Los guardias que custodiaban

58
Ciclo A

la rumba no han podido impedir esa abenura, que se ha mostrado


tanto más llamativa cuanto más intentos se han hecho para cerrarla.
Lo que se regala a las mujeres en lugar de ese vacío es la alegría de
comunicar el mensaje a los discípulos, una alegría que se hace más
profunda aún cuando el propio Señor se les aparece y renueva la
misión: «Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me
verán». Allí, donde todo ha comenzado, en la cotidianidad de una
profesión mundana, debe comenzar la nueva vida: en lo insignificante
lo inconcebible-único.

MISADELDIA

Hch 10,34a-43; Col 3,l-4;Jn 20,1-18

l. Iglesia de hombres, Iglesia de mujeres. En el evangelio, María


Magdalena, la primera que ha visto la losa quitada del sepulcro, corre
a informar del hecho a los dos discípulos más importantes, Pedro, el
ministerio eclesial, y Juan, el amor eclesial. Se dice que los dos discí-
pulos corrían «juntos» camino del sepulcro, pero no llegaron a la vez:
el amor es más rápido, tiene menos preocupaciones y está por así
decirlo más liberado que el ministerio, que debe ocuparse de múlti-
ples cosas. Pero el amor deja que sea el ministerio el que dictamine
sobre la situación: es Pe~ro el primero que entra, ve el sudario enro-
llado y comprende que no puede tratarse de un robo. Esto basta para
dejar entrar también al amor, que «ve y cree» no en la resurrección
propiamente dicha, sino en la verdad de todo lo que ha sucedido con
Jesús. Hasta aquí llegan los dos representantes simbólicos de la
Iglesia: lo que sucedió era verdad y la fe está justificada a pesar de
toda la osc11ridad de la situación. En los primeros momentos esta fe se
convertirá en verdadera fe en la resurrección sólo en María Magdalena,
que no «se vuelve a casa», sino que se queda junto al sepulcro donde
había estado el cuerpo de Jesús y se asoma con la esperanza de encon-
trarlo. El sitio vacío se torna ahora luminoso, delimitado por dos
ángeles, uno a la cabecera y otro a los pies. Pero el vacío luminoso no
es suficiente para el amor de la Iglesia (aquí la mujer antes pecadora y
ya reconciliada, María Magdalena, ocupa sin duda el lugar de la mujer
por excelencia, María, la Madre): debe tener a su único amado. Ella le
reconoce en la llamada de Jesús: ¡María! Con esto todo se colma, el

59
Luz de la Palabra

cadáver buscado es ahora el eterno Viviente. Pero no hay que tocarle,


pues está de camino hacia el Padre: la tierra no debe retenerle, sino
decir sí; como en el momento de su encarnación, también ahora,
cuando vuelve al Padre, hay que decir sí. Este sí se convierte en la
dicha de la misión a los hermanos: dar es más bienaventurado que
conservar para sí. La Iglesia es en lo más profundo de sí misma mujer,
y como mujer abraza tanto al ministerio eclesial como al amor ecle-
sial, que son inseparables: «La hembra abrazará al varón» Ur 31,22).

2. El ministerio predica. Pedro predica, en la primera lectura, sobre


toda la actividad de Jesús; el apóstol puede predicar de esta manera
tan solemne, meditada y triunfante sólo a partir del acontecimiento
de la resurrección. Esta arroja la luz decisiva sobre todo lo precedente:
por el bautismo Jesús, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, se ha convertido en el bienhechor y salvador de todos; la pasión
aparece casi como un interludio para lo más importante: el testimoRio
de la resurrección; pues testimonio debe ser, ya que la aparición del
Glorificado no debía ser un espectáculo para «todo el pueblo» sino un
encargo, confiado a los testigos «que él había designado» de antema-
no, de «predicar al pueblo» el acontecimiento, que tiene un doble
resultado: para los que creen en él, el Señor es «el perdón de los peca-
dos»; y para todos será el «juez de vivos y muertos» nombrado por
Dios. La predicación del Papa es la sustancia de la Buena Nueva y la
síntesis de la doctrina rnagisterial.

3. El apóstol explica. En la segunda lectura Pablo saca la conclu-


sión para la vida cristiana. La muerte y resurrección de Cristo, aconte-
cimientos ambos que han tenido lugar por nosotros, nos han introdu-
cido realmente en su vida: «Habéis muerto», «habéis resucitado con
Cristo». Corno todo tiene en él su consistencia (Col 1, 1 7), todo se
mueve y vive con él. Pero al igual que el ser de Cristo estaba determi-
nado por su obediencia al Padre, así también nuestro ser es insepara-
ble de nuestro deber. Nuestro ser consiste en que nuestra vida está
escondida con Cristo en Dios, ha sido sustraída al mundo y por tanto
ahora no es visible; sólo cuando aparezca Cristo, «vida nuestra», podrá
salir también a la luz, juntamente con él, nuestra verdad escondida.
Pero como nuestro ser es también nuestro deber, tenemos que aspirar
ante todo a las cosas celestes, a las cosas de arriba; aunque tengamos
que realizar tareas terrestres, no podemos permanecer atados a ellas,

60
Ciclo A

sino que hemos de tender a lo que no solamente después de la muerte


sino ya ahora constituye nuestra verdad más profunda. En el don de
Pascua se encuentra también la exigencia de Pascua, que es asimismo
un puro regalo.

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Hch 2,42-47; i P 1,3-9;Jn 20,19-31

l. Confesión y fe. El evangelio tiene estos dos centros de gravedad:


Jesús, procedente de los infiemos, se aparece a los discípulos y les trae
la gran absolución del cielo por el pecado del mundo, que él ha lleva-
do y por así decirlo confesado sobre la cruz. Pascua es la fiesta en la
que se da a la Iglesia el poder de perdonar a todos aquellos que se
arrepienten de sus pecados, y para ello recibe el Espíritu Santo de
Jesús. La confesión no es una penitencia, sino un ser agraciado perso-
nalmente con el perdón concedido por Dios por medio de la Iglesia,
que nos transforma, a nosotros seres manchados e impuros, en hom-
bres puros «como niños recién nacidos» (1 P 2,2). Pero esto en la fe
que Dios deja actuar en nosotros, y no en la terquedad del que quiere
percibir esta acción también psicológicamente. Por eso se añade
inmediatamente después el episodio del incrédulo Tomás, que tiene
que oír estas palabras dirigidas a él y a todas las generaciones futuras:
«Dichosos los que crean sin haber visto» (v. 29). Lo que Dios obra en
nosotros es mucho más grande que lo que entra en el pequeño reci-
piente de nuestra experiencia.

2. No ver y sin embargo alegrarse. Por eso Pedro, en la segunda lec-


tura, pronuncia un elogio memorable de aquellos que aman al Señor
sin verlo; y esto no bajo la coacción de una fe impuesta, sino con un
«gozo inefable y transfigurado», un gozo que irradia a partir de la
entrega de la fe, sin que el cristiano quiera acaparar para sí esa irradia-
ción gozosa. Se trata de una fe alimentada por la «esperanza viva»
propiciada «por la resurrección de Jesucristo», una fe que se afirma
también y sobre todo en las pruebas terrenales de la fe, que avanza
hacia su «meta» en el seguimiento fiel del Señor sufriente y resucita-
do. Si se quiere llamar «experiencia» a este gozo inefable que brota de
la fe, se trata ciertamente de una experiencia que no quiere entrete-

61
Luz de la Palabra

nerse con los placeres del presente, sino liberarse de ellos para poder
alcanzar cuanto antes la «meta» deseada. Pero no es que nosotros
hayamos obtenido o alcanzado algo, sino que nosotros hemos sido
alcanzados por Cristo, que obtuvo esa meta para nosotros (cfr. Flp
3,12).

3. En comunión. Esta «experiencia» de la fe, deseosa de llegar


cuanto antes a la meta de la esperanza, el cristiano la tiene en la
comunidad de la Iglesia. La primera lectura no habla de otra cosa.
Tomás, como hombre incrédulo y escéptico, se había convertido en un
ser aislado con respecto a la comunidad de los discípulos. Jesús le
devuelve a la comu.nión, le integra de nuevo en esta comunidad. Se
trata de una comunidad de oración unánime, de comida en común e
incluso de posesión común de los bienes materiales. En el fondo esta
comunidad de fe en Jesucristo se mantiene por la celebración en
común de la Eucaristía; pues los creyentes comprenden definitiva-
mente que esta comunidad no la forman ellos, en un plano puramente
humano, sino que es una fundación del Señor: sólo en él y por él son
todos Iglesia, en la que la fe de cada uno de ellos es confirmada por la
de todos los demás, como una cuerda compuesta de múltiples hilos.

TERCER DOMINGO DE PASCUA

Hch 2,14.22-33; 1 P 1,17-21; Le 24,13-35

1. La interpretación de la Escritura. En el maravilloso episodio de


los discípulos de Emaús vemos cómo la fe pascual de la Iglesia se acre-
cien ta mediante la interpretación que Jesús hace de sí mismo. Los dis-
cípulos que caminan con el desconocido hablan de Jesús como si fuera
un simple profeta (v. 19), y corno éste fue ejecutado y los testimonios
de las mujeres no han bastado para sacarles de su abatimiento, Jesús
recurre a la Escritura que ellos debían conocer. No se trata de un mero
profeta, sino del propio Mesías, a cuya muerte y resurrección remiten
concéntricamente las tres partes de la Escritura: la Ley, los Profetas y
los demás libros (llamados por los judíos las Escrituras). Todo lo que
se narra proféticamente en la Escritura indica que el sufrimiento y la
muerte no son la última palabra de Dios sobre el hombre, sino que el
hombre arquetípico y definitivo, el Mesías, conducirá todas las irná-

62
Ciclo A

genes a la verdad completa en su persona. Que Dios es un Dios de


vivos y no de muertos, lo había dicho ya Jesús a los saduceos; en Jesús
Dios se muestra como la «resurrección y la vida» On 11,2 5 ). En
modo alguno se trata de una exageración o de una interpretación arti-
ficial posterior cuando esta idea fundamental se pone de relieve
-aquí por Jesús y posteriormente por la Iglesia- como el sentido
fundamental de toda la Escritura precedente. Como demostración de
esta autointerpretación aparece al final del evangelio el relato de la
bendición eucarística del pan --el verdadero maná- y de la desapari-
ción de Jesús, que deja su palabra y su sacramento a la Iglesia.

2. La primera lectura muestra la doctrina completa de la Iglesia,


sobre la que ha descendido ya el Espíritu Santo. Pedro se la explica a
los pueblos reunidos, y para probar la necesidad de la resurrección,
recurre a un texto particularmente penetrante de los Salmos de David
(Sal 16,8-11). El salmista expresa en él su «segura esperanza» de que
Dios no entregará su cuerpo a la muerte y a la corrupción. Poco
importa que el propio David haya muerto ya, su seguridad y confian-
za aluden prolépticamence al cumplimiento de la promesa divina de
vida en uno de sus descendientes. Y esta promesa veterotestamentaria
se ha cumplido ahora definitivamente con el descenso del Espíritu
Santo sobre la Iglesia (v. 33). «Si el Espíritu del que resucitó a Jesús
de la muerte habita en vosotros, el mismo que resucitó al Mesías dará
vida también a vuestro cuerpo mortal, por medio de ese Espíritu suyo
que habita en vosotros» (Rrn 8,11).

3. La segunda lectura llega aún más lejos, hasta anteJ de la creación


del mundo. ¿Por qué creó Dios este mundo lleno de penalidades y
sometido a la muerte? Los no creyentes no ven en la vida humana -y
es comprensible que así sea- más que un «proceder inútil», algo
absurdo (v. 18). Pero si la fe cristiana nos enseña que el plan divino de
salvación ya existía desde antes de comenzar la creación: que todo
estaba justificado sólo si reposaba sobre «la sangre de Cristo, el corde-
ro sin defecto ni mancha, previsto antes de la creación del mundo», y
todo ha adquirido su sentido mediante la autoinmolación del Hijo de
Dios por toda esta creación perdida, entonces no solamente el
Antiguo Testamento, sino también toda la historia del mundo, la cre-
ación entera corre hacia el acontecimiento de la redención, que trans-
forma todo sentimiento de «inutilidad» en fe y esperanza en Dios.

63
Luz de la Palabra

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

Hch2,14a.36-41; 1 P 2,20b-25;jn 10,1-10

1. En esta parte del evangelio del Buen Pa.rtor conviene tener pre-
sentes los acentos centrales: Jesús es el único pastor de sus ovejas; por
eso él las conoce y ellas conocen su voz, le siguen cuando las llama por
su nombre (en el aprisco hay otras muchas ovejas) y las lleva a pastar a
las verdes praderas. El es el pastor legítimo que entra en el aprisco por
la puerta, que --en otra imagen- es él mismo, y no como los ladro-
nes y bandidos que entran en el aprisco por otra parte para robar y
macar. Sus ovejas se caracterizan por tener un oído especial, una espe-
cie de instinto para distinguir al verdadero pastor-«a un extraño no
lo seguirán, porque no conocen la voz de los extraños»-, y adquieren
este oído especial mediante el sonido de la voz del Buen Pastor, por el
sonido único e inconfundible de la palabra de Dios <¡ue oyen en Jesús.
Esta palabra tiene un sonido totalmente distinto al de todas las visio-
nes del mundo, religiones e ideologías puramente humanas, y Jesús
sabe que su pretensión no es comparable a ninguna otra. « Yo soy el
camino ... Nadie se acerca al Padre sino por mí» (14,6); por eso codos
los otros caminos y puercas conducen al error y al extravío. El que rei-
vindica para sí toda la verdad tiene que mostrar una divina intoleran-
cia para con codos los caminos invent:ados por los hombres, pues nin-
guno de ellos conduce a los únicos pastos eternos que son capaces de
saciar, ninguno de ellos lleva a la casa del Padre. Algunos, que no
miran al corazón de los otros, pueden y deben ser tolerantes, pero no
son ni el pastor ni la puerta; éstos, en vez de buscar eclécticamente un
camino cualquiera entre otros muchos, deberían buscar el instinto
para percibir el auténtico sonido de la llamada divina, deberían
implorado ante Dios. Ciertamente la intolerancia del «yo soy» de
Jesús ha indignado hasta nuestros días al mundo postcristiano, que
opone a esta supuesta presunción la teoría de que existen muchos
caminos y por tanto también múltiples verdades. Pero la verdad de
Dios es indivisible, y lo es precisa.mente cuando se muestra como el
amor absoluto: el Buen Pastor dará su vida por sus ovejas; no existe
ninguna verdad que sea superior, ni siquiera comparable, a ésta.

2. La segunda lectura une la palabra de la cruz con la palabra del


pastor, confirmando con ello lo que se acaba de decir. Las heridas de

64
Ciclo A

Jesús, que soportó con dulzura todas las injurias y sufrimientos, car-
gando con nuestros pecados en el leño de la cruz sin rebelarse contra
el dolor del mundo, sino poniéndose obedientemente en manos del
Padre «que juzga justamente», nos han «curado» y nos han conferido
ese instinto que nos permite seguir su ejemplo como auténtica llama-
da de Dios: nosotros, que andábamos como «ovejas descarriadas»,
podemos, gracias a la palabra más sorprendente que se ha pronuncia-
do jamás en el mundo, «el mensaje de la cruz» (1 Co l, 18), seguir al
verdadero pastor y pedirle que sea el «guardián» de nuestras almas.

3. En la llamada de Jesús hay una certeza, es inconfundible. Por


eso Pedro puede (en la primera lectura) invitar a Israel a reconocer al
que había crucificado como el Mesías verdadero. Y las palabras de la
Iglesia, inspiradas por el Espíritu Sanco, «traspasan el corazón» de los
oyentes. Traspasan el corazón de los oyentes porque éstos se sienten
aludidos e interpelados por la prometedora voz de Dios. Del mismo
modo que la voz del Buen Pastor llama a los suyos y los saca fuera de
la multitud indiscriminada, así también el Papa exhorta a sus oyentes
a «escapar de esta generación perversa», y gracias a Dios su llamada
tiene éxito: «Aquel día se bautizaron unos tres mil».

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 6,1-7; 1P2,4-9;]1114,1-12

l. Jesús se va con el Padre, pero volverá. Los evangelios comienzan ya a


hacer referencia a los acontecimientos de la Ascensión y Pentecostés.
Pero Jesús invita primero a sus discípulos a no perder la calma: «Creed
en mí». Tened la seguridad de que lo que yo hago es lo mejor para vos-
otros. Después habla con suma circunspección de su marcha: me voy a
prepararos sitio y volveré para llevaros conmigo, «para que donde yo
estoy estéis también vosotros». Jesús se irá con el Padre. Los discípulos
comprenden que eso está muy lejos y preguntan por el camino a seguir.
La respuesta de Jesús es superabundante: el camino es él mismo,
no hay otro. Pero Jesús es aún más: él es también la meta, porque el
Padre, al que lleva el camino, está en él, directamente visible para el
que ve a Jesús como el que realmente es. El Señor se extraña de que
uno de sus discípulos todavía no se haya dado cuenta de ello después

65
Luz de la Palabra

de tanto tiempo de vida en común. En él, que es la Palabra de Dios,


Dios Padre habla al mundo; e incluso el Padre hace sus obras en él: se
alude aquí a los milagros de Jesús, que realmente deberían llevar a
todo hombre a creer que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre.
Y sin embargo la figura terrestre de Jesús debe desaparecer cuando se
vaya con el Padre para que nadie confunda esta figura con Dios. Jesús
volverá con una figura que no dará lugar a ningún malentendido: con
la gloria del Padre resplandeciendo en él. Pero en el entretanto no
dejará «desamparados» a los suyos: habitará con el Padre secretamen-
te en ellos, de una manera que él les revelará a ellos solos (Jn 14,23), y
el Espíritu Santo de Dios les hará comprender «que yo estoy con el
Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros» (ibid. 20). Al final apare-
ce una promesa casi incomprensible para la Iglesia: ella hará, si cree
en Jesús, «las obras que yo hago, y aun mayores». Ciertamente no se
trata de milagros más espectaculares; lo que Jesús quiere decir es que
a la Iglesia le está reservada una influencia dentro del mundo que el
propio Jesús no quería tener. Su misión era actuar, fracasar y morir; la
Iglesia, en el fracaso y la persecución, derribará todos los obstáculos
que se levanten ante ella.

2. La casa e1piritual. Tras la marcha de Jesús al Padre y el envío


del Espíritu Santo sobre la Iglesia, se construye (en la segunda lectu-
ra) el templo vivo de Dios en medio de la humanidad, y los que lo
construyen como «piedras vivas» son al mismo tiempo los sacerdotes
que ejercen su ministerio en él y que son designados incluso como
«sacerdocio real». Al igual que el templo de Jerusalén con sus sacrifi-
cios materiales era el centro del culto antiguo, así también este nuevo
templo con sus «sacrificios espirituales» es el centro de la humanidad
redimida; está construido sobre «la piedra viva escogida por Dios»,
Jesucristo, y por ello participa también de su destino, que es ser tanto
la piedra angular colocada por Dios corno la «piedra de tropezar» y la
«roca de estrellarse» para los hombres. La Iglesia no puede escapar a
este doble destino de estar puesta como «signo de contradicción»,
«para que muchos caigan y se levanten» (Le 2,34).

3. Servicio e1piritual y temporal. La primera lectura, en la que se


narra la elección de los primeros diáconos para encargarlos de una
tarea administrativa, temporal de la Iglesia, mientras que los apósto-
les prefieren dedicarse «a la oraci6n y al servicio de la palabra», mues-

66
Ciclo A

tra las dimensiones de la casa espiritual construida sobre Cristo. Del


mismo modo que el Hijo era auténticamente hombre en contacto per-
manente de oración con el Padre y anunciando su palabra, pero al
mismo tiempo había sido enviado a los hombres del mundo, a enfren-
tarse a sus miserias, enfermedades y problemas espirituales, así tam-
bién se reparten en la Iglesia los diversos carismas y ministerios sin
que por ello se pierda su unidad. Dicho con palabras del evangelio:
Cristo va a reunirse con el Padre sin dejar de estar con los suyos en el
mundo. El sabe <(que ellos se quedan en el mundo» (Jn 17,11) y no lo
olvida en su oración; el Espíritu que él les envía es Espíritu divino y a
la vez Espíritu misional que dirige y anima la misión de la Iglesia.

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

HchB,5-8.14-17; 1 P 3, 15-IB;Jn 14,15-21

l. Bautismo y confirmación. La primera lectura puede desconcertar-


nos un poco, pues en ella se dice qu.e en Sarnaría había hombres que
estaban bautizados porque habían aceptado la fe en la palabra de Dios,
pero todavía no habían recibido el Espíritu Sanco. Y sólo reciben el
Espíritu Santo cuando los apóstoles que bajan de Jerusalén les imponen
las manos. Ciertamente con esto no se niega que el Espíritu Santo se
confiere normalmente con el bautismo, pero aquí se ve claramente que
bautismo y confirmación son dos articu.laciones diferentes de un único
proceso, y que la Iglesia pudo considerarlos como dos sacramentos (cfr.
también la teoría de algunos Padres de la Iglesia según la cual los here-
jes conferirían u.n bautismo válido, pero sin poder comunicar el Espíritu
Santo en él; hoy ya no compartimos esta opinión). Por lo demás, la pre-
sencia de Pedro y Juan asegura la u.nidad de los bautizados en Samaría
con toda la Iglesia: Samaría era para los judíos un país herético.

2. El Espírit11 de la verdad. En el evangelio, Jesús, a punto de sepa-


rarse ya del mundo visible, promete a los que permanezcan en su amor
«el Espíritu de la verdad». Jesús se había designado a sí mismo como
«la verdad», en la medida en que en él -en su vida muerte y resurrec-
ción- se revela la esencia del Padre de un modo perfecto y definitivo:
sólo mediante el destino humano de Jesús se ha demostrado corno ver-
dadera la afirmación de Jesús de que (<Dios es amor» (1 Jn 4,8.16),

67
Luz de la Palabra

nada más que amor, y que todos los demás atributos no son sino for-
mas y aspectos de su amor. Los discípulos no podían comprender esta
verdad que Cristo es y manifiesta en su vida, antes de que «el Espíritu
de la verdad» descendiera sobre ellos. «Entonces», les dice Jesús, com-
prenderéis la unidttd del amor entre el Padre y el Hijo, y la unidad
entre Cristo y los hombres que aman. Esta unidad es el Espíritu, y él es
el que la crea. Esta unidad exige a los hombres admitidos en el amor
de Dios vivir totalmente para el amor, pues de lo contrario no podrían
ser introducidos por el Espíritu en el amor divino. La gracia siempre
contiene también la exigencia de acogerla y corresponderla.

3. Dar razón. Lo que la segunda lectura exige del cristiano, que


«esté siempre pronto a dar razón de su esperanza», no es sino la con-
secuencia de lo dicho en el evangelio. El cristiano debe mostrar con su
vida que el Espíritu de la verdad le anima en todo. No se trata de afir-
mar con prepotencia y arrogancia que se posee la verdad; nuestra res-
pl.lesta a los que nos preguntan debemos darla más bien con «manse-
dumbre y respeto». Con mansedumbre, porque nosotros no somos los
dueños de la verdad, sino que ésta nos ha sido dada; y con respeto,
porque necesariamente hemos de ser respetuosos con la opinión de los
demás y con su búsqueda de la verdad. Por lo demás, la razón que
debernos dar de nuestra esperanza no ha de consistir mayormente en
discursos polémicos y en la manía de tener siempre razón, sino en
estas dos cosas: en una «buena conducta» ante la que deben quedar
confundidos los que nos «calumnian», y en el «padecimiento» por
amor a la verdad, porque así nos asemejaremos más a la verdad que
confesamos: también Cristo, el justo (y nosotros no lo somos), murió
por los injustos; y el mejor testimonio que podemos dar de él es imi-
tarle en esto como en todo. Y este testimonio puede costarnos final-
mente «la carne», es decir, la vida terrestre, pero precisamente así,
junto con el testimonio de Cristo, «volverá a la vida por el Espíritu».

ASCENSION DEL SEÑOR

Hch 1,1-11; Efl,17-23; Mt 28,16-20

l. Ascensión y misión. La primera lectura contiene el evangelio pro-


piamente dicho. los cuarenta días de la aparición del Resucitado fue-

68
Ciclo A

ron un período de transición muy misterioso entre la vida y la muerte


terrestres de Jesús, por una parte, y su ascensión al Padre, por otra.
Desde el comienzo de su vida pública, Jesús apareció como el engen-
drado por el Espíritu y el lleno del Espíritu: la elección de los doce se
produce expresamente en el Espíritu (v. 2). Ahora es el Glorificado
totalmente transfigurado por el Espíritu, «el segundo Adán del cielo»
(1 Co 15 ,47) que, cuando vuelva al Padre, se convertirá en «Espíritu
de vida» (ibid. 46) para la Iglesia. Lo único que le importa es el
«reino de los cielos» (v. 4) que los discípulos tendrán que anunciar en
el Espíritu «hasta los confines del mundo», mientras que para los dis-
cípulos, que aún no han recibido el Espíritu Sanco, todavía es impor-
tante «la soberanía de Israel» y la hora en que ésta haya de producirse.
Pero estas miras de los discípulos quedan eliminadas por dos cosas: la
espera en oración del Espíritu y el envío en él a todo el mundo corno
«mi.J testigos». Estas dos cosas, que son inseparables, constituirán la
esencia de la Iglesia: invocación del Espíritu de Dios y testimonio.
Los ángeles reenvían a los discípulos, que miran fijos al cielo viendo
desaparecer al Señor, a la doble tarea que les ha sido encomendada.

2. El poder sobre el universo y la Iglesia. La segunda lectura describe


el poder ilimitado que Dios Padre ha concedido al Hijo elevado al
cielo. La resurrección de entre los muertos, la exaltación a la derecha
de Dios y la superioridad sobre toda potestad creada constituyen un
único e idéntico movimiento. Y esto no sólo para el tiempo efímero
de este mundo, sino también para el mundo «futuro», glorificado en
Dios. Se podría pensar que, debido a esta concesión de poder tan ili-
mitada, la Iglesia quedaría rebajada al nivel de una pane (quizá insig-
nificante) de la soberanía de Cristo. Si él domina sobre todos los pode-
res del mundo -sobre la política, la economía, la cultura, la religión
y cualquiera de los poderes que dominan el mundo-, entonces la
Iglesia parece una institución más entre otras, una instancia escasa-
mente relevante. Sin embargo, sorprendentemente, se establece una
diferencia entre el poder del Exaltado sobre el universo entero y su
posición como cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo. El cuerpo de
Cristo no es el cosmos (no hay un «Cristo cósmico»), sino sólo la
Iglesia, en la que, por sus sacramentos, su Eucaristía, su palabra, su
Espíritu y su misión, Cristo vive de un modo misterioso que se ilustra
con la imagen del alma y el cuerpo. A partir de aquí se puede ver ya
que a la Iglesia no le está permitido vivir encerrada en sí misma y

69
Luz de la Palabra

para sí misma, sino que debe estar abierta al mundo que, a través de
la Iglesia, debe integrarse en la plenitud de Cristo y de Dios.

3. Pleno poder de mfrión. Eso es lo que confirma definitivamente el


evangelio, el brillante final del texto de Mateo. El Señor que aparece
aquí y ante el que se postran los discípulos, es ya el Glorificado «al
que se le ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra». «Dado», por-
que él es el Hijo que recibe todo del Padre, pero lo transfiere incondi-
cionalmente. La palabra «todo», que se repite cuatro veces, abarca
todas las dimensiones imaginables e incluye expresamente en ellas la
misión universal, <(Católica», de la Iglesia: el «pleno poder» es necesa-
rio para poder dar una orden tan categórica y universal: «a todos los
pueblos». La misión tiene por objeto enseñar a los hombres a guardar
«todo» lo que Jesús ha dicho y hecho, con lo que queda prohibida
cualquier selección reductiva en la doctrina y en la vida. Esta misión
aparentemente tan excesiva será posible porque el Señor estará ((todos
los días, hasta el fin del mundo» con los enviados y garantizará así el
cumplimiento de la misma.

SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA

Hch 1,12-14; 1 P 4,13-16;Jn 17,1-lla

1. Jesús implora el Espíritu. El evangelio de hoy contiene el


comienzo de la gran plegaria de Jesús al despedirse de este mundo y
podemos comprenderlo, en el sentido de los días previos a
Pentecostés, como una oración de Jesús al Padre para pedirle que
envíe al Espíritu. Jesús pronuncia esta oración en el momento de
pasar de este mundo al Padre: «Yo ya no voy a estar en el mundo, voy
a ti» (v. 11 ). Ya le había sido dado «el poder sobre coda carne», pero
sólo podía revelar a unos pocos el nombre del Padre y con él la vida
eterna. Jesús tiene que rezar por ellos, ahora qu.e se va; y lo hace para
que comprendan realmente lo que significa ser uno en él como él es
uno con el Padre. Comprender eso sólo será posible mediante el envío
del Espíritu, y este envío sólo será posible a su vez cuando Jesús haya
((coronado su obra» y transmitido el Espíritu Santo a su Iglesia.
Seguramente Jesús pronunció esta oración antes de su pasión, pero la
oración conserva su eterna validez, dado que él es en todo tiempo

70
Ciclo A

«nuestro defensor ante el Padre» (1 Jn 2,1), precisamente también en


lo que se refiere al Espíritu Santo que ha prometido enviar a los suyos
de parte de su Padre (Jn 15,26).

2. La lgle.ria reza para implorar el Espíritu. La Iglesia hace (en la


primera lectura) lo que Jesús le ha mandado: como discípulos de
Jesús, junto con María, algunas mujeres y los hermanos de Jesús, los
apóstoles «se dedican a la oración en común» para implorar el
Espíritu prometido. No tenemos ningún derecho a menospreciar esta
orden expresa del Señor, opinando, por ejemplo, que el bautizado que
no es consciente de ningún pecado grave posee sin más el Espíritu
Santo. Este, como Espíritu Santo que es, sólo puede entrar en los que
son «pobres en el espíritu» (Mt 5,3), es decir: en aquellos que tienen
su propio espíritu vacío y limpio o lo vacían para hacer sitio al
Espíritu de Dios. La oración de la comunidad reunida implora esta
pobreza para tener sitio para la riqueza del Espíritu. No deja de ser
maravilloso que María, el receptáculo perfectamente pobre del
Espíritu Santo, se encuentre entre los que rezan para completar con
su oración perfecta toda oración raquítica e imperfecta. Por medio de
ella la invocación del don del cielo se torna perfecta y es oída in-
faliblemente.

3. La IgleJia que ama es la que mejor reza. La carta de Pedro (segun-


da lectura) añade una nota más. Repite una de las bienaventuranzas
del Señor: «Si os ultrajan por el nombre de Cristo, dichosos vosotros»;
y añade inmediatamente: «porque el Espíritu de la gloria, el Espíritu
de Dios, reposa sobre vosotros». Es como si el padecimiento de la
humillación por amor a Cristo fuera ya en sí una oración para implo-
rar el Espíritu, una oración que es escuchada al instante. Sí, es una
oración que quizá hace ya que no soportemos nuestros padecimientos
en el abatimiento o en la rebelión, sino en el Espíritu de Dios. Esto,
que visto con los ojos del mundo es una vergüenza, no debe ser perci-
bido por el cristiano como algo de lo que hay que «avergonzarse»; el
cristiano debe saber más bien que es precisamente así como da gloria
a Dios. Los Hechos de los Apóstoles lo confirmarán en muchos pasa-
jes, así como las vidas de los múltiples santos que han existido a lo
largo de la historia de la Iglesia. En efecto: es siempre la Iglesia perse-
guida y humillada la que puede rezar más eficazmente para implorar
el Espíritu.
Luz de la Palabra

PENTECOSTES

Hch2,l-11; 1 Co 12,3h-7.12-13;Jn 20,19-23

l. No comprenderemos nada del acontecimiento de PentecostiJ que


nos describen los Hechos de los Apóstoles, si no tenemos siempre pre-
sen te que el Espíritu que desciende sobre la Iglesia es tanto el
Espíritu de Jesucristo como el de Dios Padre; dicho con otras pala-
bras: el Espíritu de su amor recíproco hasta la total inhabitación del
uno en el otro, amor que tiene al mismo tiempo su fruto, la tercera
persona en Dios. En la creación tenernos un símbolo lejano de este
amor sobre todo en el amor conyu.gal entre hombre y mujer, fecundo
más allá de sí mismo en el hijo de ambos; todo hijo es una prueba
encarnada del amor consumado: es el « un solo cuerpo» de sus padres.

La tempestad y el fuego, con el que el Espíritu llena en Pen-


tecostés a la Iglesia en su totalidad y a cada discípulo en particular
mediante una lengua de fuego que se posa encima de cada uno, es
para ella la prueba que Dios Padre y Dios Hijo le dan de su fecundi-
dad: en el Espíritu de la fecundidad divina, la Iglesia podrá ser tam-
bién fecunda en lo sucesivo, cosa que se manifiesta enseguida en el
milagro de que cada uno de los judíos devotos que entonces se encon-
traban en Jerusalén, procedentes de todas las naciones de la tierra,
oían hablar a los discípulos en su propia lengua. Es exactamente lo
contrario de lo que ocurrió cuando los hombres pretendieron cons-
truir la torre de Babel: pretensión de ser, a partir de la sola fuerza del
espíritu humano, una única unidad internacional que apuesta abierta-
mente contra la unidad de Dios ( «Son un solo pueblo con una Jo/a
lengua. Y esto no es más que el comienzo de su actividad»: Gn 11,6);
ahora la única lengua de la Iglesia, que «anuncia las maravillas de
Dios», deviene comprensible para todas las naciones por la fuerza de
Dios. Todos pueden y deben comprender que esta lengua no es como
las demás lenguas, sino que es superior a todas ellas, al igual que la
palabra y la verdad de Dios supera a todas las religiones inventadas
por los hombres.

2. Esto se aclara expresamente en la segunda lectura. La diversi-


dad de dones, de carisrnas, de servicios, que el Dios trinitario distribu-
ye, procede de JU unidad y tiende a su unidad. Evidentemente no se

72
Ciclo A

trata aquí de las numerosas culturas humanas que la historia progre-


sista del mundo intenta aunar en una unidad artificial (en vano, si es
que deben conservar su peculiaridad); se traca más bien de una unidad
fundada por el Padre en el Hijo y en el Espíritu Santo que, en cuanto
previamente dada, despliega su plenitud interior, donde cada elemen-
to particular está al servicio de la plenitud de la unidad. Para explicar
esto Pablo se sirve de la imagen del único cuerpo que sólo en virtud
de su vitalidad interior tiene muchos miembros. Este cuerpo es al
mismo tiempo un cuerpo espiritual, formado por el Espíritu, y un
cuerpo carnal, perteneciente al Hijo encarnado. las dos cosas son inse-
parables: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar
un solo cuerpo»: la vida interior-espiritual y la constitución exterior
son inseparables en la Iglesia de Dios.

3. El evangelio muestra finalmente el origm de esta unidad: el Hijo


de Dios se ha hecho hombre no por su propio arbitrio, sino porque
fue llevado por el Espíritu Santo al seno de la Virgen; él es desde el
principio tanto verdadero hombre, nacido de María, como portador
del Espíritu en todo su obrar hasta la cruz. Allí, donde él ha consuma-
do obedientemente coda su misión, espira su Espíritu en la muerte,
obteniendo después, corno resucitado por el Padre, un poder divino
de disposición sobre ese Espíritu. El exhala sobre su Iglesia el Espíritu
de su unidad con el Padre: aquí (en el evangelio de hoy) en cierto
modo en el silencio del cenáculo cerrado para el silencio del perdón
personal de los pecados, pero en Pentecostés en la tempestad y el
fuego audibles y visibles para todos, públicamente, ante el mundo
entero y para él; porque la Iglesia tiene las dos dimensiones: actúa en
lo escondido y públicamente, a plena luz.

SANTISIMA TRINIDAD

Ex 34,4b.5-6.8-9; 2 Co 13,11-13;Jn 3,16-18

1. Rico en clemencia y lealtad. La Antigua Alianza, como muestra la


primera lectura, no sabe nada todavía del misterio íntimo de Dios, de
su Trinidad. Pero tiene, como muestra Moisés aquí, un profundo e
inaudito sentido de la libertad interior de Dios, de su poder y de su
plenitud de vida, que se expresa ante el pueblo en todos los atributos

73
Luz de la Palabra

que se reconocen a Dios: él es «compasivo y misericordioso, lento a la


ira y rico en clemencia y lealtad». Se le puede pedir que se digne
caminar con el hombre, perdonar su culpa y su pecado. En estas
expresiones no hay el menor rastro de un querer influir mágicamente
sobre el ámbito de lo divino, todo es reconocimiento de lo que Dios
es en sí, independientemente del hombre. Dios no tiene necesidad de
la alianza con Israel para conservar estos atributos. Más bien Israel
confía en estos atributos propios de Dios desde siempre: «Tómanos
como heredad tuya».

2. La Trinidad como saludo. Jesús ha revelado el misterio íntimo de


Dios distinguiéndose a sí mismo del Padre pero manifestándose al
mismo tiempo como procedente de El, y distinguiendo además muy
claramente al Espíritu Santo, de él y del Padre, aunque el Espíritu es el
vínculo de su amor recíproco. Con la encarnación del Hijo, la vida
íntima de Dios, independiente del mundo y conocida ya en la Antigua
Alianza, no sólo se hace cognoscible para el mundo, sino que éste
puede tener parte en ella: no en el sentido de que el mundo quede
absorbido en Dios, sino en cuanto que puede entrar en el eterno círcu-
lo del amor en Dios. Son muchas las fórmulas neotestamentarias que
alaban la vida trinitaria de Dios; en la segunda lectura aparece una
muy clara que parte de «la gracia de nuestro Señor Jesucristo», pues
efectivamente toda la revelación de la Trinidad comienza con su gracia,
que consiste en que él nos ha dado a conocer «el amor de Dios» Padre
en toda su existencia, también y sobre todo en su pasión y muerte;
pero todo esto sería demasiado elevado e incomprensible para nosotros
si no tuviéramos además la «comunión del Espíritu Santo», es decir, la
participación en este Espíritu, rnediante el cual somos introducidos en
la «profundidad de Dios» (1 Co 2,10) que sólo El conoce.

3. Pero sólo el evangelio nos permite entrever las auténticas dimen-


siones del amor divino. Jamás podríamos haber imaginado que el Padre
eterno, que ha prodigado ya y por así decirlo agotado todo su amor en
el Hijo engendrado por él, amara tanto al mundo creado que pudiera
incluso entregar por él a su «Hijo predilecto» (Mt 3,17; 17,5), a las
tinieblas del abandono de Dios y a los terribles tormentos de la cruz.
Esto, que parece un sinsentido, sólo tiene sentido si este sacrificio del
Hijo se ve al mismo tiempo como su glorificación suprema: el Hijo
muestra todo el amor del Padre precisamente «amando hasta el extre-

74
Ciclo A

mo» (Jn 13,1); el amor de ambos, Padre e Hijo, se muestra en esta


entrega como un único amor: en el Espíritu Santo. Sólo este amor
absoluto es al mismo tiempo la verdad -«gracia y verdad» son una
misma cosa On l, 14}-, por lo que el que no lo reconoce se excluye a
sí mismo de la verdad y se entrega al juicio. Si el amor trinitario es lo
único absoluto, todo el que lo rechaza se juzga a sí mismo.

SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Dt 8,2-3.14b-16a; 1 Co 10,16-17;Jn 6,51-58

l. El maná. El diálogo entre los judíos y Jesús sobre la Eucaristía


se inicia expresamente con el milagro del maná, la providencial comi-
da celeste con que Dios alimentó a sus padres en el desierto. Pero el
alimento milagroso (agua de una roca de pedernal, maná del cielo) se
ofrece al pueblo en la primera lectura únicamente porque los israelitas
están a punto de morir de hambre y de sed, y ya no hay esperanza de
poder obtener comida alguna a no ser que ésta venga de Dios. Se dice
expresamente: el Señor tu Dios quiso «afligirte (mostrarte tu debili-
dad), para ponerte a prueba (para ver si has puesto toda tu confianza
en Dios)», antes de darte comida y bebida. Por eso la alimentación
con el maná se entiende como una prueba de que «no sólo de pan vive
el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de Dios». Este alimen-
to cor-poral proporcionado por Dios en el desierto sólo puede enten-
derse como palabra de Dios y respuesta a las necesidades del hombre.
Y sólo en el desierto, en un «sequedal sin una gota de agua», donde el
hombre no puede encontrar nada y depende totalmente de Dios, el
pan del cielo y la palabra de Dios se convierten en una misma cosa.

2. Yo soy el pan viw. Esta bi-unidad de la palabra de Dios y del pan


de Dios se completa en el evangelio con un milagro mucho más grande
realizado por Jesús, que se presenta a sí mismo como tal unidad. Esta
unidad es totalmente incomprensible para los discípulos, incluso des-
pués del milagro de la multiplicación de los panes y los peces que se
acaba de producir. Jesús puede transmitir la palabra de Dios, pero
¿cómo puede su carne y su sangre identificarse con esta palabra? ¿Y
como puede identificarse hasta tal punto que el que no coma su carne y
no beba su sangre no tendrá vida eterna? Jesús no se contenta con invi-

75
Luz de la Palabra

tar a esta comida: insiste, obliga a panicipar en ella. Sólo el que se ali-
menta de él tiene en sí la palabra de Dios y con ella a Dios mismo; aquí
toda comparación con el maná que los padres comieron en el desierto
carece de sentido, porque éstos «murieron» y no consiguieron la vida
eterna; ésta sólo se obtiene con la comida que aquí se ofrece. Ante esta
durísima revelación de Jesús sólo caben dos posturas perfectamente
diferenciadas: el no de muchos discípulos, que a partir de ese momento
se echaron atrás y no volvieron más con él, y el sí ciego que pronunciará
Pedro porque no ve más camino que el de Jesús. Conviene recordar
ahora la situación del desierto: Dios lleva a una situación límite, sin
salida, en la que no queda más alternativa que la confianza ciega en
Dios. Jesús no explica cómo es posible el milagro, únicamente afirma lo
siguiente: «Mi carne es verdadera comida y sangre es verdadera bebi-
da»; y el que no acepte esto no tendrá «vida en él». Al recibir la
Eucaristía cada uno de nosotros debe recordar que, en medio del desier-
to de esta vida, se arroja como un hambriento en los brazos de Dios.

3. Por eso, aunque somos muchos, formamos un solo c11erpo. En la segun-


da lectura el apóstol saca la conclusión de lo que se admite ciegamen-
te corno verdadero. Por eso, porque el cuerpo de Cristo es un solo pan
para muchos, formamos juntos un único cuerpo, y este cuerpo no es
un cuerpo cualquiera, sino únicamente el cuerpo de Cristo. Y esto es
así no porque en la comida en comtín se acreciente la simpatía que
existe entre nosotros, sino porque, de modo incomprensible y miste-
rioso, este único cuerpo físico, que al10ra torna forma eucarística, tiene
el poder de incorporarnos a él. Tampoco aquí se nos explica cómo es
posible este hecho. Esto no tiene nada que ver con la magia o la
hechicería; tiene que ver más bien con la «locura» del amor divino,
que puede hacer cosas que superan totalmente la capacidad de com-
prender del hombre. Pero precisamente por eso, porque Dios es el
amor, lo inverosímil debe ser verdadero.

SAGRADO CORAZON DE JESUS

Dt 7,6-11; 1 Jn 4,7-16; Mt 11,25-30

Se podría pensar que después de la solemnidad de la Santísima


Trinidad, en la que culmina tocio el Año Litúrgico, las celebraciones

76
Ciclo A

restantes sólo podrían significar un declive. Pero esto sería desconocer


que el misterio trinitario de Dios sólo se nos revela mediante la entre-
ga perfecta de Jesús. Tanto la solemnidad del Corpus Christi corno la
del Sagrado Corazón de Jesús son concreciones últimas del modo
como se nos revela el Dios trinitario: el Padre nos da al Hijo en la
Eucaristía realizada por el Espíritu; el corazón traspasado del Hijo nos
da acceso al corazón del Padre; y el Espíritu de ambos brota de la
herida para el mundo.

l. El evangelio designa a jesús como «humilde de corazón», pero en


un contexto eminentemente trinitario: la afirmación de que al conoci-
miento recíproco del Padre y del Hijo sólo tienen acceso aquellos a los
que el Hijo se lo quiera revelar, y éstos son precisamente los pequeños,
«la gente sencilla» o, en el sentido de Jesús, los «humildes»; aquellos,
por tanto, que tienen ya sentimientos afines a los del Hijo. Pero el
Hijo no tiene estos sentimientos únicamente a partir de su encarna-
ción, sino que los tiene, como «Hijo» que es, desde toda la eternidad:
su actitud frente al Padre, al que, como origen de la divinidad, designa
como «más grande» que él mismo, su actitud de perfecta obediencia y
disponibilidad, no es más que la respuesta a la actitud del Padre, que
no oculta nada a su Hijo, sino que le da y le revela todo lo que Dios
tiene y es, hasta lo último, hasta lo más profundo e íntimo de sí
mismo. Es casi como si la «herida del costado» más original, de la que
brota lo último, fuese la herida de amor del propio Padre, de la que
hace brotar lo último que tiene. Cuando el Hijo encarnado invita a los
que están cansados y agobiados a encontrar su alivio en él, está siendo
en el mundo la imagen perfecta del Padre: su Espíritu es el mismo.

2. La primera lectura es de la Antigua Alianza, que todavía no


conoce el misterio de la Trinidad de Dios, pero sabe ya, por la alianza
pactada entre Dios e Israel, que en Dios hay un misterio de amor inson-
dable. Aquí se prescinde de todas las razones lógicas que podrían
explicar por qué debía elegirse precisamente a Israel y únicamente
queda el amor como motivación de semejante condescendencia y elec-
ción divinas. Se recuerda ciertamente que con ello Dios se mantiene
fiel al juramento hecho a los padres, pero de este modo la elección
amorosa de Dios simplemente se traslada al tiempo de estos padres,
en el que en el fondo Dios tenía aún menos motivos para preferir de
una manera tan particular a unos pocos hombres, los patriarcas. Con

77
Luz de la Palabra

la mirada puesta en el amor insondable de Dios, Israel pudo formular


el «mandamiento principal», la respuesta de amor incondicional del
pueblo a Dios.

3. Con la mirada puesta en el amqr del Dios unitrino, manifesta-


do en Jesucristo y demostrado en su pasión, puede Jwn, en la segunda
lectura, designar a Dios simplemente como «amor». Juan es cierta-
mente el testigo privilegiado que ha visto el corazón traspasado de
Cristo en la cruz, confirmando el hecho de una manera triple y solem-
ne; y en su carta repite una vez más el acomecimienco en el que ha
leído su afirmación de que Dios es amor: «Nosotros hemos visto y
damos testimonio», dice Juan como testigo ocular, que puede decir
enseguida con la comunidad: «Y nosotros hemos conocido el amor
que Dios nos tiene y hemos creído en él». En la solemnidad del
Sagrado Corazón de Jesús celebramos la prueba última y definitiva de
que el Dios trinitario no es sino amor: en un sentido absoluto e incon-
cebible que nos supera infinitamente.

OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

I.s49,14-15; 1 Co 4,1-5; Mt 6,24-34

1 . Lo.s do.s amos. El evangelio de hoy puede parecernos difícil de


comprender, pues ¿cómo puede alguien no preocuparse del mañana?
Eso significaría probablemente condenarse a morir de hambre. ¿Cómo
no preocuparse al menos del porvenir de los hijos, de la propia fami-
lia? Más aún: si Dios alimenta a los pájaros y viste a las flores, ¿por
qué deja morir de hambre o vegetar en una miseria indecible a tantos
hombres? Si estas preguntas surgen en nosotros espontáneamente,
entonces hemos de tener en cuenta que todo este evangelio tiene el
siguiente título: dos amos; dos señores que en el fondo son incompati-
bles, y debemos elegir uno de ellos para servirle. Uno es Dios, del que
procede todo bien y, según la parábola de los talentos, nos entrega sus
bienes también para que los administremos y se los devolvamos
aumentados, con intereses. El otro es el bienestar entendido como
valor supremo, y ya se sabe que un bien supremo siempre es elevado
al rango de una divinidad. Aquí se indica que el hombre no puede
tener al mismo tiempo dos bienes supremos, dos fines últimos, sino

78
Ciclo A

que debe elegir. Debe jerarquizarlos, de modo que, en el caso de una


prueba decisiva, quede claro cuál de ellos prefiere.

2. «Me ha ahandonado el Señor». Así se lamenta Sión en la primera


lectura, así se lamentan también hoy centenares de miles de personas
que sufren en la indigencia o en desgracia. Así gritó también Jesús
sobre la cruz, en el momento del oscurecimiento de su espíritu. Se
sentía abandonado por Dios, porque quería experimentar y sufrir
hasta el fondo nuestro auténtico abandono: no el de nuestra indigen-
cia terrena, sino el de nuestro rechazo de Dios, el de nuestro pecado.
La respuesta de Dios es la de una suprema solicitud amorosa que
supera incluso a la que una madre tiene por el hijo de sus entrañas.
Por eso Jesús, antes de entrar en las tinieblas de nuestro pecado, ya
sabía esto: «Está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os
dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no
estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16,32). El Padre estará
a su Lado más que nunca cuando llegue La hora de la cruz, pero a Jesús
ya no le estará permitido saberlo. El está con Los pobres, los oprimidos
y los hambrientos más que con los ricos y opulentos, está más con el
pobre Lázaro que con el rico epulón, con Job más que con sus amigos;
pero pertenece a su servicio supremo, a imitación del Crucificado, el
que codos los pobres profieran su grito de angustia -por la salvación
del mundo-- en el sentimiento del abandono.

3. Dejar todo en manos de Dios. La actitud decisiva en este sentido


la describe Pablo en la segunda lectura. «Ni siquiera yo me pido
c11entas». Ni siquiera sobre la situación que Dios me asigna: si soy
reconocido como administrador de los misterios de Dios o llevado
ante el tribunal. Ni siquiera sobre si soy culpable ante Dios o no.
Incluso si no fuera consciente de ningún pecado, no por ello me consi-
deraría justo, «mi juez es el Señor». Esto significa «buscar sobre todo
el reino de Dios y su justicia», y no el propio bienestar material o
espiritual. Pablo ha trabajado para ganarse el pan. Los siervos de la
parábola tienen que esforzarse para acrecentar los bienes que les ha
confiado el Señor. La pereza no es precisamente «dejar todo en manos
de Dios». Pero los buenos siervos no trabajan para aumentar su bie-
nestar personal, sino para acrecentar las propiedades de su Señor. Y
esto sin especular de antemano con el salario, pues éste está escondido
en el «dejarlo codo»: «lo demás se os dará por añadidura».

79
Luz de la Palabra

NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dt 11,18.26-28; Rm 3,21-25a.28; Mt 7,21-27

1. Escuchar y actuar. La unidad de estos dos verbos constituye el


punto álgido del evangelio de hoy: «El que escucha estas palabras
mías y las pone en práctica, se parece a aquel hombre prudente que
edificó su casa sobre roca». Los peligros a evitar en este sentido son
dos: simplemente escuchar y no actuar: después, cuando vengan las
lluvias torrenciales y los vientos~ la casa se derrumbara estrepitosa-
mente; por mucho que entonces se diga «¡Señor, Señor!», la puerta
del cielo no se abrirá. O bien actuar sin haber escuchado primero, en
cuyo caso se actuará según el propio criterio y no como Dios manda.
El que no está dispuesto a escuchar primero la palabra de Dios, como
María, será censurado corno Marta a causa de su activismo. No hay
acción cristiana que valga sin contemplación previa (y siempre, de
nuevo, previa). El que no ha escuchado a Jesús cuando habló del
Padre celeste, nunca podrá rezar un verdadero «Padrenuestro». En la
primera lectura aparece exactamente la misma enseñanza. Israel reci-
birá la bendición de Dios «si escucha los preceptos del Señor y los
cumple» (v. 27 .28.32). Se habla ciertamente de «todos los preceptos»;
no se trata, por tanto, de escuchar sólo un poco -por ejemplo,
«dichosos los pobres»- y marcharse como si ya se supiera todo,
fabricándose una teología reducida o sesgada del obrar cristiano.

2. ¿Q1,1é hay que escuchar? Pablo nos lo dice en la segunda lectura,


donde habla ya desde la palabra de Dios cumplida, desde la cruz,
Pascua y Pentecostés. Y debemos escuchar toda esta palabra, una e
indivisible, si queremos comprender realmente lo que Dios nos dice.
Y nos dice que deberíamos ante todo acoger su libre gracia que nos ha
merecido la obra expiatoria de Jesús con su sangre derramada; fuera
de ahí no hay ningún medio de ser justo ante Dios. Sólo Dios desbro-
za el camino que conduce a él, el camino que nosotros podemos y
debemos recorrer. Pablo puede incluso decir que la propia Ley nos
muestra la preeminencia de la libre gracia de Dios (v. 21). Del evan-
gelio se puede sacar la enseñanza complementaria de que ningún
carisma, por maravilloso que éste sea, puede sustituir a la obediencia
debida a la palabra de Dios o garantizarla sin más: ni profetizar en su
nombre, ni arrojar demonios en su nombre, ni hacer muchos mila-

80
Ciclo A

gros. Pablo lo confirmará con bastante énfasis : « Ya podría yo hablar


las lenguas de los hombres y de los ángeles ... Ya podría tener el don
de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber... Podría
repartir en limosnas todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo; si
no tengo amor --amor a Dios y al prójimo, que es la única respuesta
que Dios espera del que escucha su palabra-, de nada me sirve» ( 1
Co 13,1-3). La respuesta a su amor, cuya manifestación incluye en sí
todo lo que él ha hecho en Cristo por nosotros.

3. La lluvia torrencial y la roca. Quien sólo escucha, y no actúa,


construye sobre arena, es decir, sobre sí mismo o sobre algo tan débil
como pasajero. Quien hace lo que oye de Dios, construye sobre roca,
esto es, sobre Dios, al que en los Salmos se le designa constantemente
como la roca. El es la roca que, de forma invisible, como fundamento,
preserva a la casa del derrumbamiento. En la Nueva Alianza,
Jesucristo, el Verbo encarnado de Dios, puede también ser designado
como la roca: petra autem erat Christus ( 1 Co 10,4); y Jesús da este
mismo nombre a la piedra fundamental de su Iglesia: Pedro se ha
convertido en esta piedra fundamental en vinud de su confesión de fe
(Mt 16,18), que se confirma en su acción de apacentar el rebaño de
Jesuqisto y morir por él. Dios-Cristo-Pedro tienen esta característica
en común: ser roca que resiste a la lluvia torrencial. Esta tiene que lle-
gar -Jesús no se cansa de repetirlo-- para poner a prueba la solidez
de la construcción. Se puede incluso añadir que la persecución no sólo
pone a prueba al cristiano, sino que aumenta su solidez ( 1 P 1,6-7).

DECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Os 6,3-6; Rm 4,18-25; Mt 9,9-13

l . La fe i11condicional. En el evangelio de hoy Mateo oye la voz de


un desconocido que le dice: «Sígueme». No pregunta quién es ese
hombre, no vacila, no pide un tiempo para reflexionar o para ocuparse
de los negocios más importantes; sólo hay llamada y respuesta. Y esto
definitivamente, pues Mateo (Leví) no abandonará ya el grupo de los
doce. Es la fe pura e incondicional, corno la fe de Abrahán que Pablo
alaba en la segunda lectura. Abrahán, cuyo cuerpo, como el de su
mujer, estaba «ya medio muerto», creyó sin vacilar en la promesa de

81
Luz de la Palabra

Dios de que llegaría a ser padre de muchas naciones, plenamente


«persuadido de que Dios es capaz de hacer lo que promete» (v. 21). La
llamada de Dios y de Cristo ni obliga ni condiciona al hombre, sino
que le da tanto la libertad como la capacidad de seguirla por propia
iniciativa. La llamada tiene un tono que contiene ambas cosas al
mismo tiempo: que aquí habla alguien que me hace capaz de tomar la
mejor decisión posible, y que, en cuanto que me necesita, me da tam-
bién el mejor contenido posible de mi vida. Esto se encuentra en la
llamada misma, y la respuesta no se produce únicamente después de
una larga reflexión sobre su carácter; las dos cosas se incluyen mutua-
mente. En el caso de Abrahán se añade: esta obediencia de su fe «le
fue computada como justicia». No es el que obedece el que computa
algo para sí, es Dios en su libertad el que lleva la cuenta y computa.

2. Misericordia, no sacrificios. La frase que Jesús pronuncia en el


evangelio: «Misericordia quiero y no sacrificios», es una cita de Oseas
(al final de la primera lectura). Tanto la exigencia de Dios en el profe-
ta como la llamada de Jesús en el evangelio son pura misericordia.
Pero en la Antigua Alianza Israel está tan ciego que cree que puede
contar con la gracia de Dios como si fuera un fenómeno natural y
ofrece sacrificios rituales de un modo puramente rutinario. Si Dios
«hiere» es únicamente para hacer sitio a su exigencia: el amor, no el
ritualismo; conocimiento de lo que Dios realmente es, no su sucedá-
neo mediante sacrificios. De este modo, en boca de Jesús, las palabras
del profeta se convierten en la explicación de su llamada totalmente
exigente al mundo: es pura misericordia para con los pecadores; y los
pecadores saben instintivamente que esta llamada es la del médico
que sana; los que creen tener buena salud, no tienen necesidad de
médico, y por eso tampoco oyen la llamada del que sana y salva.
Ofrecen o sacrifican algo de lo suyo ( «el diezmo de todo lo que gano»:
Le 18,12), pero no les cuesta nada, pues sus finanzas están también
más que saneadas. Estas, corno ellos, no necesitan salvación. El publi-
cano, por el contrario, que es pecador, y se sabe «enfermo», oye esta
llamada '1 la percibe como la llamada de la misericordia.

3. La comunidad de mesa. No deja de ser extraño que la llamada


dirigida a uno de ellos (Mateo), ponga a otros «muchos publicanos y
pecadores» en camino hacia Jesús, que verifica en ellos lo que se acaba
de decir a propósito de la misericordia: Jesús permite que compartan

82
Ciclo A

la mesa con él, en una comensalidad prevista en principio sólo para


Mateo. La comensalidad tiene siempre en la Biblia también un senti-
do religioso: relación de los miembros de la comunidad entre sí, pero
en Dios. Todas las comidas de Jesús tendrán algo de este carácter:
comunidad de mesa como expresión de la misericordia salvífica de
Dios, que se explicita en Jesús como médico y que se convertirá cada
vez más en esa comida en la que Jesús se da a sí mismo como medici-
na suprema, como medio de salvación por excelencia.

UNDECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ex 19,2-6a; Rm 5,6-11; Mt 9,36-10,8

1. La elección de los doce. La muchedumbre que se congrega en


torno a Jesús con una exigencia inexpresada, no provoca en él la más
mínima desazón de no poder estar a la altura de su tarea, sino que sus-
cita inmediatamente una profunda compasión interior (la palabra
griega expresa esta profundidad). Son varios los temas que aquí entran
en juego simultáneamente. Uno, todavía implícito en el evangelio
pero que aparece claramente en las lecturas, es que Jesús deberá cum-
plir solo su desmesurada tarea en pro de la muchedumbre: por su
muerte, como dirá Pablo, hemos sido «reconciliados con Dios» (Rm
5,10). Pero esta acción no queda aislada; en cuanto hombre que es,
debía tener colaboradores, y éstos a su vez debían, para poder ser real-
mente sus colaboradores, recibir algo de la naturaleza y del poder de
su misión. Y aquí se produce una reduplicación significativa: estos
colaboradores, al igual que él recibe su misión del Padre, deben ser
pedidos también al Padre; una oración que Jesús dirige indudable-
mente primero al Padre, y que es escuchada de tal forma que Jesús
recibe del Padre el poder de llamar él mismo a sus discípulos y de
conferirles los poderes que éstos necesitarán para su misión. Y sin
embargo este poder depende de la obediencia personal y total de Jesús
hasta la muerte: sólo en virtud de la fuerza de esta totalidad de su
obediencia puede obtener auténticos colaboradores.

2. La prioridad de la acción de jesús. La dos lecturas muestran que


la acción divina se produce con anterioridad a la inclusión en ella de
los colaboradores. En el Exodo es Dios solo el que ha liberado a Israel

83
Luz de la Palabra

de Egipto llevándole sobre alas de águila. El solo ha llevado a cabo la


formación del pueblo. Y solamente después de esta formación podrá
Moisés anunciar al pueblo de Israel que ha sido elegido por Dios para
«ser su propiedad personal entre todos los pueblos» y para hacer de él
«un reino de sacerdotes y una nación santa». Sólo posteriormente
actuará Dios junto con Israel en la historia del mundo; aunque «suya
es toda la tierra», ha elegido un pueblo para que actúe junto con él en
la historia del mundo. Pablo es aún más claro en la segunda lectura:
«Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros», algo
realmente inconcebible, porque ya sería extraño de por sí que alguien
se atreviera a morir por un justo, y aquí muere alguien por impíos
enemigos. Y sólo en virtud de este acto incomprensible hemos sido
asociados a él, nos hemos convertido como «reconciliados» y «salva-
dos» en «amigos» (Jn 15,13s) e incluso «cooperadores» (1 Co 3,9; 3
Jn 8). Preguntarse: ¿si él lo ha hecho ya todo, qué falta hacen los cola-
boradores?, carece de sentido, pues hemos sido introducidos en su
cruz y su resurrección, su obra capital.

3. Misión. El envío de los discípulos en el evangelio lo atestigua


ya: Jesús hace partícipes a sus discípulos de su poder misional.
Pueden y deben anunciar la llegada del reino de Dios, pero también
curar enfermos, resucitar muenos y arrojar demonios. En los Hechos
de los Apóstoles se narran múltiples ejemplos en los que esto sucede
física y literalmente. Pero, ¿no es en realidad cada confesión y cada
absolución sacramental una curación de enfermos, y a menudo tam-
bién una resurrección de muertos y una expulsión de demonios? A la
Iglesia en su totalidad -también los laicos participan a su manera en
estos dones y en estas tareas- se le confía lo que constituye la misión
más personal de Jesús. En esto el Padre, el «Señor de la mies», ha
escuchado la oración de su Hijo.

DUODECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jr 20, 10-13; Rm 5,12-15; Mt 10,26-33

l. Tres veces aparece en el evangelio de hoy el «No tengáis miedo»,


y una vez se añade aquello de lo que realmente hay que tener miedo.
No hay que tener miedo de todo lo que acontece en el espíritu de la

84
Ciclo A

misión de Jesús. En primer lugar los apóstoles no han de tener miedo


a pregonar abiertamente desde las «azoteas» lo que el Señor les ha
«dicho al oído», porque eso está destinado a ser conocido por el
mundo entero y nada ni nadie impedirá que se conozca.
Naturalmente el predicador se pone con ello en peligro; es como oveja
en medio de lobos, tiene que contar con el martirio a causa de su pre-
dicación. Pero tampoco en ese caso debe tener miedo, pues sus enemi-
gos no pueden matar su alma. En realidad sólo habría que temer al
que puede destruir con fuego alma y cuerpo; pero esto no sucederá si
el discípulo permanece fiel a su misión. Y en tercer lugar el apóstol
cristiano no debe tener miedo porque en las manos del Padre está
mucho más seguro de lo que él cree: el Padre, que se ocupa hasta de
los animales más pequeños y del cabello más insignificante, se preo-
cupa infinitamente más de sus hijos. Jesús habla aquí de «vuestro
Padre». Pero el contexto indica claramente que el hombre está seguro
en tanto en cuanto cumple su misión cristiana, aunque externamente
pueda parecer un tanto temerario.

2. La aT1UTJaza. Jeremías expresa en la primera lectura la medida de


la amenaza. Se delibera con cuchicheos cómo se le podría denunciar. La
peor venganza sería que el profeta se dejará seducir por una palabra
imprudent~, y entonces se le podría detener. Sus amigos más íntimos
están entre sus adversarios, aunque en realidad hay «pavor por todas
partes». Esta situación puede llegar a ser también la del cristiano, en
cuyo caso éste tendrá que recordar el triple «No tengáis miedo» de
Jesús. El profeta sabe que está seguro en medio del terror: el Señor está
con él «como fuene soldado»; «le ha encomendado su causa», y esto le
basta para estar seguro de que él, el «pobre», el indefenso, escapará de
las manos de los impíos. Su seguridad se expresa negativamente, con
fórmulas típicamente veterotestamentarias: sus enemigos «tropezarán»,
«no podrán con él», «se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno».
Pero en la Nueva Alianza el terror llega hasta la cruz; el canto de victo-
ria, que Jeremías entona al final, es ahora Pascua y la Ascensión.

3. La confianza. De ahí saca Pablo, en la segunda lectura, su con-


fianza inaudita. Por un lado no sólo hay algunos enemigos personales,
sino que está el mundo entero, sometido todo él al pecado y con ello a
la muerte lejos de Dios. Correlativamente, su canto de victoria
adquiere dimensiones cósmicas. Por la acción redentora de Jesús, la

85
Luz de la Palabra

gracia ha conseguido definitivamente la supremacía sobre el pecado y


sus consecuencias, y con ello también la esperanza ha conseguido su
victoria sobre el temor. También Pablo experimentará más de una vez
el mismo sentimiento de abandono que experimentó Jeremías (2 Co
1,8-9; 2 Tm 4,9-16). Pero, corno el profeta, añade: «El Señor estuvo a
mi lado y me dio fuerzas ... Me librará de coda acción malvada» (2 Tm
4,17-18). Y sabe aún más: que sus sufrimientos son incorporados a los
del Redentor y reciben en ellos una significación salvífica para su
comunidad.

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

2 R 4,B-ll.14-16a; Rm 6,3-4.8-11; Mt 10,37-42

El evangelio de hoy tiene dos partes: l. el riesgo de perder codo lo


propio y ganar la vida en Cristo (37-39, también la segunda lectura);
2. El riesgo de aceptar el más mínimo don que nos sea ofrecido por
Dios para recibir a Dios en él (40-42, también la primera lectura).

1 . El rie1go de perder todo lo propio. En Cristo, Dios da codo al hom-


bre; de ahí la exigencia de renunciar a todo lo propio para dejar a este
«Uno y Todo» el espacio que necesita. la conciencia que el propio
Jesús tiene de ser este «Uno y Todo» es ciertamente sorprendente: «El
que quiere a su padre o a su madre o a su hijo más que a mí... , el que
no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». La exigencia incluye
expresamente el camino de la cruz: el que no está dispuesto a acompa-
ñar a Jesús en este camino es que no ha arriesgado todo. Porque es
precisamente ahí donde adquiere coda su seriedad la sentencia final,
que habla de «perder la propia vida», y esto no en el sentido de una
ley natural de la vida (como el «muere y realízate» -_1tirh und
werde-de Goeche), sino que se añade expresamente «por mí causa»,
lo que en el fondo significa: una morir y un perder can definitivo que
excluye toda previsión tácita de recuperar lo que se ha perdido.

2. Morir, para 11i11ir para Dios. Pablo muestra, en la segunda lectu-


ra, que este morir y ser sepultado con Cristo incluye la esperanza de
resucitar a una nueva vida en Cristo para Dios; pero en esca esperanza
queda excluido codo cálculo de recuperar lo que se ha perdido. Sólo el

86
Ciclo A

«hombre viejo» podría permitirse semejante cálculo; pero nosotros, al


morir con Cristo, nos convertimos en hombres nuevos sobre los que la
muerte (y todo pensamiento egoísta pertenece a la muene) no tiene ya
ningún poder. Cristo murió «al pecado» no solamente porque le quitó
definitivamente el poder que ejercía sobre el mundo, sino también
porque así le privó de todo poder sobre los hombres; él vive, pero
«para Dios», en la entrega más incondicional a Dios y a su voluntad
de salvación con respecto al mundo. En el mismo sentido se exige
también de nosotros, como muertos al pecado, que «vivamos para
Dios en Cristo Jesús»; es decir, que, con los misrnos sentimientos que
tuvo Cristo, procuremos ponernos a su disposición para la obra de sal-
vación de Dios en el mundo. En esta disponibilidad ganaremos nues-
tra vida en el sentido del Señor, perdiendo todo egoísmo calculador.

3. La acogida de «urzo de estos pobrecil/os». Cuando alguien está dis-


puesto --como se exige en la segunda parte del evangelio-- a recibir
a un enviado de Dios, sea éste un «profeta», un «justo» o simplemen-
te un «pobrecillo discípulo» de Cristo (¿y quién no es uno de estos
«pobrecillos» ?), panicipa de su gracia. Esto debe saberlo tanto el que
acoge como el que es acogido. Este último irradia algo de la gracia de
su misión siempre que se le da la oportunidad de hacerlo. La primera
lectura nos ofrece un maravilloso ejemplo de ello: la mujer sunamita,
que invita a su casa al profeta Eliseo e incluso le prepara una habita-
ción permanente en ella, recibe de él lo que menos podía esperar: un
hijo, aunque su marido era ya viejo. La fecundidad de la misión profé-
tica se expresa aquí, veterotestamentariarnente, en esa fecundidad cor-
poral de la mujer que acoge. En la Nueva Alianza el don puede ser el
de una fecundidad espiritual aún mayor.

DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Za 9,9-10; Rm 8,9.11-13; Mt 11,25-30

El evangelio contiene tres afirmaciones: l. La revelación del Padre


se dirige a la «gente sencilla». 2. Las cosas del Padre únicamente son
conocidas por el Hijo, por Cristo, que se las cornunica a quien quiere.
3. El propio Cristo transmite esta revelación del Padre y del Hijo a
todos los cansados y agobiados, remitiéndoles a su propio ejemplo.

87
Luz de la Palabra

l. La revelación a la «gente rencilla». Todo procede del Padre: Jesús,


el revelador, da gracias al Padre por poder serlo. Y ya está previsto en
el plan de Dios que Jesús esconderá estas cosas a los «sabios y entendi-
dos», pues éstos creen que ya lo saben todo y que lo saben mejor que
nadie, y se las revelará a la «gente sencilla», es decir, a los que no son
expertos en la doctrina de los doctores de la ley y que son los mismos
que los «pobres en el espíritu», los «enfermos» que tienen necesidad
de médico, los que están «maltrechos y derrengados» como ovejas sin
pastor. Estos pobres tienen un espíritu abierto, un espíritu que no está
completamente obstruido con rnil teorías; aunque sean despreciados
por los sabios y entendidos, Dios los ha elegido como destinatarios de
su revelación. Se demostrará aún más profundamente que el Hijo, en
su humildad y abajamiento, sólo puede ser comprendido, tanto corno
mediador de las intenciones del Padre como en razón de sus propios
sentimientos, por la gente sencilla a la que se dirige.

2. Un 10/0 revelador. Precisamente porque él -y nadie más que


él- conoce las intenciones del Padre, puede pronunciar esta frase
solemne y soberana: «Todo me lo ha entregado mi Padre». La conse-
cuencia es que nadie sino el Hijo conoce a fondo al Padre, y nadie
conoce al Hijo más que el Padre: esta declaración levanta el velo del
misterio trinitario; y la comunicación de los sentimientos del Hijo a
los hombres, que viene a continuación, remite al Espíritu Santo, que
pone en nuestros corazones los sentimientos de ambos, del Padre y del
Hijo, algo que la segunda lectura subrayará expresamente. Al poder
contemplar esa íntima relación recíproca que existe entre Padre e
Hijo, descubrimos aún algo decisivo: que el Hijo no es un mero eje-
cutor de las órdenes del Padre, sino que tiene, como Dios que es, su
propia voluntad soberana: él re-vela al Padre y se revela a sí mismo
sólo a los que ha elegido para ello. La parte final del evangelio nos
dice quiénes son estos elegidos.

3. LoJ camadas y agobiados encontrarán alivio. Están invitados todos


los cansados, agobiados u oprimidos por la razón que sea; sólo a ellos
se les promete ali.vio, descanso (los que no están cansados no tienen
necesidad de él). Y ahora viene la paradoja: los que vienen a Jesús lle-
van «cargas pesadas», pero el «yugo» de Jesús es «llevadero» y «su
carga ligera». Sin embargo, su carga, la cruz, es la más pesada que
hay. Y no se puede decir que la cruz sólo sea pesada para él, y no para

88
Ciclo A

los que la llevan con él. La solución se encuentra en la actitud de


Jesús, que se designa en el evangelio como «manso y humilde de
corazón», que no gime bajo las cargas que se le imponen, no se queja,
no protesta, no mide ni compara sus fuerzas. «Aprended de mí», y
enseguida experimentaréis que vuestra pesada carga se torna «ligera».
No en vano, en la primera lectura, el Mesías viene cabalgando en un
asno, en una bestia de carga tan hwnilde como él. Y no en vano, en la
segunda lectura, se nos insta a tener en nosotros el «Espíritu de Dios»
(el Padre) y el «Espíritu de Cristo», y a dejarnos determinar por él. El
hombre carnal gime bajo su carga; nosotros, por el contrario, «esta-
mos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», pues la
carne conduce a la muerte, sino que podemos alegrarnos, por el
Espíritu que habita en nosotros, el Espíritu del amor entre Padre e
Hijo, de que el Hijo nos permita llevar con él parce de su yugo, de su
cruz. Así se nos concederá en el Espíritu el descanso y la paz de Dios.

DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 55,10-11; Rm 8, 18-23; Mt 13,1-23

1. La parábola del sembrador debería entenderse. En el evangelio,


Jesús (sentado en una barca) cuenta una parábola a la muchedumbre:
sólo la cuarta parce de la semilla sembrada brota y da un fruto sobrea-
bundante. Los discípulos le preguntan: «¿Por qué les hablas en pará-
bolas?». La respuesta detallada del Señor indica que en los corazones
de los oyentes debe encontrarse al menos un principio de compresión
de las cosas divinas para que la «palabra del reino» produzca fruto en
ellos. «Porque al que tiene (este principio) se le dará» (v. 12). En el
fondo, de Dios sólo se puede hablar en imágenes; el que tiene el cora-
zón duro como una piedra, o no está dispuesto a comprender a causa
de los afanes de la vida (v. 22) o de su espíritu superficial, no puede
penetrar en las imágenes hasta descubrir la realidad divina significada
en ellas; entonces la semilla se seca, el Maligno roba lo sembrado en
su corazón (v. 19).
En los discípulos existe, gracias a Dios, ese principio de compren-
sión. Lo que se presenta corno una explicación dada por Jesús, es, en
el fondo, la inteligencia, la comprensión de los misterios divinos que
el Espíritu Santo desarrolla en el corazón de la Iglesia.

89
Luz de la Palabra

2. La dicha de comprender. Pero esta comprensión no se producirá


hasta después de la Pascua. Por el momento los discípulos preguntan
por el sentido de los discursos en parábolas; sólo el Espíritu les ense-
ñará a pasar del símbolo a la realidad. Y los que son capaces en este
mundo de semejante conocimiento serán siempre una minoría. La
segunda lectura, de Pablo, nos dice que la creación entera está someti-
da a la «frustración», a la «esclavitud de la corrupción», que toda ella
gime con dolores de parto, pero no produce nada, y que «también
nosotros, que poseernos las primicias del Espíritu, gemimos en nues-
tro interior aguardando la redención de nuestro cuerpo». Nosotros,
los cristianos, pertenecemos a ese grupo privilegiado de hombres y
mujeres en cuyo corazón se ha puesto un germen, un principio de
comprensión, a pesar de lo cual nos cuesta mucho trabajo encontrar la
verdad en la parábola. Sería ciertamente lamentable que también en
nosotros, que deberíamos ver y entender, un suelo pedregoso abrasara
o secara la semilla que Dios ha puesto en nuestros corazones.

3. La infalibilidad de la palabra. Y sin embargo existe la absoluta


seguridad de que la semilla sembrada en tierra buena dará fruto y
producirá ciento, setenta o treinta por uno: la cosecha será, pues,
extraordinariamente buena. Dios recogerá el fruto previsto incluso en
la tierra yerma de este mundo; para él un solo santo vale más que cien
tibios o incrédulos. La primera lectura lo anuncia triunfalmente. La
gracia de Dios es como la lluvia que fecunda la tierra y la hace germi-
nar, da semilla al sembrador y pan al que come: «Así será mi palabra
que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará mi volun-
tad», y no sólo conseguirá una parte de lo que se encontraba en el
plan de Dios, sino que «cumplirá su encargo» totalmente. El cristiano
no puede oír este grito de victoria sin pensar en la cruz del Hijo: si la
obra de su vida pareció fracasar por la dureza del corazón de sus oyen-
tes, la cruz vicaria fue la lluvia que empapó la tierra reseca.

DECIMOSEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 12,13.16-19; Rm 8,26-27; Mt 13,24-43

l. El reino de Dios se impone. En el evangelio de hoy Jesús anuncia


el reino de Dios en otras tres parábolas, y en esta ocasión se dice

90
Ciclo A

expresamente que elige esta forma de discurso para anunciar lo secre-


to desde la fundación del mundo ( v. 3 5 ). En este mundo sólo se puede
hablar del cielo en imágenes, en parábolas.
Las tres imágenes que Jesús propone en esta ocasión muestran algo
de la paradoja del crecimiento del reino de Dios en este mundo tan
indispuesto para lo divino. En la primera, la semilla de Dios crece en
medio de la cizaña, que no ha sido sembrada por Dios, sino por su
enemigo, y qne Dios deja crecer para no poner en peligro prematura-
mente la cosecha. En la segunda se podría entender lo contrario: los
judíos celebran la fiesta de los ázimos (unida a la Pascua), la levadura
les parecía podredumbre. Ahora la levadura de la fiesta cristiana pene-
tra en la masa y hace que todo fermente poco a poco. Y finalmente el
reino de los cielos es la más pequeña de todas las semillas, pero terrni-
na siendo más grande que todas las demás plantas. Sólo se explica el
significado de la primera parábola -de nuevo por la acción del
Espíritu Santo en la Iglesia-, la segunda y la tercera son tan claras
que no necesitan explicación.

2. El Espíritu Sa11to es por tanto el que penetra e interpreta allí


donde la comprensión del hombre natural no llega. Eso es lo que se
dice expresamente en la segunda lectura. El hombre, incluso el cris-
tiano, puede a menudo quedarse perplejo cuando se pregunta cómo
debe dirigirse a Dios correctamente desde la tierra y sus campos lle-
nos de cizaña. Siente su oración como una mezcla impura de trigo y
cizaña que no se puede presentar así ante Dios. Entonces «el Espíritu
viene en ayuda de nuestra debilidad»; él sabe cómo debe ser nuestra
oración al Padre y la pronuncia en lo profundo de nuestros corazones.
Por eso el Padre oye, cuando escucha nuestra oración, no solamente a
su propio Espíritu, sino una unidad indisoluble de nuestro cora2ón
con él. Y de esta unidad el Padre sólo oye lo que es correcto, lo que
nos conviene. Y nosotros estamos presentes en ello. Nosotros rezamos
en el Espíritu, pero al mismo tiempo también con nuestra inteligen-
cia (cfr. l Co 14,15). No es verdad que el Espíritu sea el trigo y
nosotros simplemente la cizaña.

3. La separación y la indulgencia. Al final del evangelio de la cizaña


mezclada con el trigo se produce nna separación inexorable: la cizaña
se arranca, se ata en gavillas y se quema; el trigo se almacena en el
granero de Dios. La separación es necesaria porque nada impuro

91
Luz de la Palabra

pu.ede entrar en el reino del Padre. ¿Hay hombres que no son más que
cizaña e impureza? El juicio al respecto le corresponde sólo a Dios. En
la primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se nos dice que
Dios, en su «poder total», practica una justicia perfecta, pero que pre-
cisamente este poder ilimitado le lleva a gobernar con «indulgencia»,
con «clemencia», con «moderación»; y al mostrar esta su indulgencia
a su pueblo, le enseña que «el justo debe ser humano». Y no sólo esto,
sino que «diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das
lugar al arrepentimiento».

DECIMOSEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

IR 3,5. 7-12; Rm 8,28-30; Mt 13,44-52

l. Poner todo en juego. En el evangelio de hoy Jesús expone de


nu.evo tres parábolas muy claras sobre el reino de los cielos. Las dos
primeras se asemejan en lo que cuentan y en lo que exigen a los oyen-
tes: el tesoro que el labrador encuentra escondido en el.. campo y la
perla de gran valor hallada por el comerciante en perlas finas, exigen a
sus respectivos descubridores, el labrador y el comerciante, ya por cál-
culos y miras puramente terrenales, vender todo cuanto tienen para
poder adquirir algo que es mucho más valioso. Actuar así no es en el
fondo un riesgo, es casi pura astucia humana. El que comprende el
valor de lo que le ofrece Jesús, no dudará en desprenderse de todos sus
bienes, en convertirse en un pobre en el espíritu y en la fe pura para
adquirir lo que se le ofrece. «Bienaventurados los pobres en el espíritu
(es decir, aquellos que están dispuestos a renunciar a todo), porque de
ellos es el reino de los cielos». Pero no todos los hombres encuentran
el tesoro y la perla, no todos los hombres se deciden a arriesgarlo
todo. Por eso, como el domingo pasado, aparece una tercera parábola
que, de la decisión temporal, saca la consecuencia de la separación
escatológica: la red se saca sobre la playa y los peces malos se tiran.
Esto significa que tras la oferta de Dios, la posibilidad irrepetible, se
encuentra la seria advertencia de no desaprovecharla. Se trata de ganar
o perder todo el sentido de la existencia humana. Como el labrador y
el mercader que, por pura astucia, no dudan ni un momento, así tam-
bién el cristiano que ha comprendido de qué se trata aprovechará
enseguida la ocasión.

92
Ciclo A

2. ¿Habéis entmdido todo esto? Los discípulos le respondieron: Sí,


gracias quizá a la plena inteligencia que han adquirido tras la Pascua.
Pues en Pascua Jesús les ha explicado el sentido pleno de la Escritura:
«Todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y en los Salmos
acerca de mí tenía que cumplirse» (Le 24,44). A la luz de lo nuevo,
comprenden la «parábola» de lo antiguo. Y de este modo Jesús, al
final de su discurso en parábolas, puede compararse, para los «discí-
pulos del reino», a un «padre de familia que va sacando de una arca lo
nuevo y lo antiguo»: lo antiguo aquí no es sin más lo anticuado, lo
obsoleto, sino aquello que recibe, a la luz de lo nuevo, un nuevo brillo
y una significación más elevada.

3. Nuevo y antiguo. Las dos lecturas son apropiadas para simboli-


zar lo nuevo y lo antiguo. Dios se aparece al joven y todavía inexperto
rey Salomón y le dice que le pida lo que quiera, que está dispuesto a
concedérselo. Salomón le pide que le dé «un corazón dócil para juzgar
a su pueblo, para poder discernir el mal del bien». La actitud del rey
es la correcta: Salomón renuncia a codo por el tesoro escondido en el
campo y por la perla preciosa. Su petición agrada al Señor y Salomón
obtiene lo que realmente vale: todo lo demás se le dará por añadidura.

Esto «antiguo» se puede traducir íntegramente en lo «nuevo»,


donde se ofrecen bienes mucho más preciosos. A los que «aman a
Dios», a los que en virtud de su impulso más íntimo se han decidido
por Dios, se les dice que su decisión libre estaba ya eternamente englo-
bada y amparada en la decisión de Dios en su favor. Se les dice también
que, si realmente aman, son conformados a Cristo y que nada puede
apanarles del camino que conduce de la predeterminación a la voca-
ción, a la justificación y a la glorificación eterna. Esto no es la rueda
del destino (cfr. St 3,6), sino el círculo cerrado en sí mismo del amor.

DECIMOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 55,1-3; Rm 8,35.37-39; Mt 14,13-21

El marco del evangelio de la multiplicación de los panes y los


peces es significativo. El Bautista ha sido decapitado; Jesús está tam-
bién en peligro (Le 13,3 lss) y se retira a un lugar tranquilo y aparta-

93
Luz de la Palabra

do; la muchedumbre le sigue y a Jesús le da lástima de nuevo de ella:


enseña y cura a todos los enfermos. Se hace tarde y los discípulos le
recomiendan que despida ya a la multitud para que puedan ir a com-
prarse de comer. Jesús les responde: «Dadles vosotros de comer». Y
como ellos replican que no pueden hacerlo, Jesús debe realizar otro
prodigio. Las revelaciones de Dios en Cristo se insertan en las necesi-
dades de la humanidad.

1. Demasiado poco, demasiado. El tema atraviesa los evangelios de


principio a fin: desde Caná, la primera revelación pública, el hombre
tiene demasiado poco y Dios le ofrece demasiado. En la boda de Caná
no tenían más vino, y después, por así decirlo demasiado tarde, hay
vino en sobreabundancia. Ahora sólo hay cinco panes, y, después de
haber comido hasta saciarse miles de personas, los discípulos recogen
doce cestos llenos de sobras. Naturalmente la paradoja material no es
más que un «signo», una parábola de lo espiritual: el Todopoderoso
es manso y humilde de corazón; el revelador, rechazado por todos,
obtiene el juicio total sobre el mundo; no se trata simplemente de la
oposición entre la pobreza del hombre y la riqueza de Dios, sino de
una paradoja mucho más profunda: Dios se hace pobre para que
todos nosotros seamos ricos (2 Co 8,9); él, el perseguido, precisamen-
te en esta situación, reparte entre nosotros su riqueza inconcebible.

2. Gratuitamente. Esto supera toda relación de control humano;


entre Dios y el hombre no hay más negocio que el descrito en la pri-
mera lectura: « Oíd también los que no tenéis dinero: Venid, com-
prad trigo; comed sin pagar vino y leche de balde». Y sólo donde
tiene lugar esta gratuidad de lo dado y lo recibido, el hombre sale
ganando y queda satisfecho; Cuando hace cálculos y sus cuentas le
cuadran de alguna manera, sale perdiendo y queda insatisfecho: «¿Por
qué gastáis dinero en lo que no alimenta? ¿Y el salario en lo que no
da hartura?», pregunta la primera lectura. Esto significa simplemente
que sólo la gratuidad del amor y de la gracia es capaz de saciar el
hambre insondable del alma, lo que ciertamente presupone en ella la
existencia de un sentido de esta gratuidad o al menos la obligación de
engendrarlo. Nadie podría saciarse con el amor impagable de Dios, si
recibiera este amor calculadamente para sí mismo y pretendiera aca-
pararlo para sí. El hombre debe descartar todo cálculo si quiere entrar
en la «eterna alianza» ofrecida por Dios.

94
Ciclo A

3. Definitivamente. El exuberante canto de victoria de Pablo en


la segunda lectura nos muestra lo que sucede cuando el hombre
entra en la alianza. Dios nos da absolutamente todo lo que tiene y
por eso su alianza se convierte en «eterna». Y el que entra realmen-
te en esta sobreabundancia del don divino, penetra personalmente
en esta eternidad que está rnás allá de toda amenaza y agresión
mundanas. «Nada podrá apartarnos», no porque nosotros tengamos
la fuerza para «vencer» en todo; toda la fuerza requerida para esto
proviene «del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro
Señor».

DECIMONOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 R 19,Bb-9a. 11-1 Ja; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33

l. Dior como fantasma. El evangelio de hoy, en el que Jesús apare-


ce caminando sobre las aguas del lago en medio de la noche y de la
tempestad, comienza con su oración «a solas, en el monte» y termina
con un auténtico acto de adoración a Jesús por parte de los discípu-
los: «Se postraron ante él diciendo: Realmente eres Hijo de Dios».
Su mayestático caminar sobre las olas, su superioridad aún más clara
sobre las fuerzas de la naturaleza (pues permite que Pedro baje de la
barca y se acerque a él) y finalmente la revelación de su poder sobera-
no sobre el viento y las olas, muestran a sus dubitativos discípulos,
mejor que sus enseñanzas y curaciones milagrosas, que él está muy
por encima de su pobre humanidad, sin ser por ello, como creen los
discípulos, un fantasma. O mejor: el es un pobre hombre como ellos,
como demostrará drásticamente su pasión, pero lo es con una volun-
tariedad que revela su origen divino. Desvelar su divinidad para for-
talecer la fe de los discípulos puede formar parte de su misión, pero
también forma parte de esa misma misión velarla la mayoría de las
veces y renunciar a «las legiones de ángeles» que su Padre le enviaría
si se lo pidiera (Mt 26,53). Y tanto esta renuncia como el dolor asu-
mido con ella demuestran su divinidad más profundamente que sus
milagros.

Se trata aquí de iniciaciones a la fe: ante el aparente fantasma del


lago, los discípulos deben aprender a creer, por el simple «soy yo» del

95
Luz de la Palabra

Señor, en la realidad de Jesús; y Pedro, que baja de la barca, tiene


miedo de nuevo y empieza a hundirse, se hace merecedor de una
reprimenda por su falta de fe. En lugar de pensar en lo que puede o
no puede, debería haberse dirigido directamente, en virtud de la fe
que le ha sido dada, hacia el «Hijo del Hombre».

2. Dios Clm'lO susurro. En la primera lectura, Elías, en un simbolis-


mo sumamente misterioso, es iniciado precisamente en esta fe. Se le
ha ordenado aguardar en el monte la manifestación de la majestad de
Dios, que va a pasar ante él. Y el profeta tendrá que experimentar que
las grandes fuerzas de la naturaleza, que otrora anunciaban la presen-
cia de Dios en el Sinaí, la misma tempestad violenta de la que los dis-
cípulos son testigos en el lago, el terremoto que en los Salmos es un
signo de su proximidad, el fuego que le reveló antaño en la zarza
ardiendo, son a lo sumo sus precursores, pero no su presencia misma.
Sólo cuando se escuchó «un susurro», como una suave brisa, supo
Elías que debía cubrir su rostro con el manto; esta suavidad inefable
es como un presentimiento de la encarnación del Hijo: «No gritará,
no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará,
el pábilo vacilante no lo apagará» (Is 42,2-3 ).

3. No sin los hermanos. Pablo lamenta en la segunda lectura que


Israel no haya mantenido la fe de Elías hasta el final, hasta la encarna-
ción del Hijo de Dios. Israel --<iice el apóstol- h.abía recibido, con
todos los dones de Dios, la «adopción filial» (Rrn 9,4), que culmina
en el h.echo de que Cristo, «que está por encima de todo» (v. 4), nació
según lo humano como hijo de Israel. Los judíos tendrían que haber
reconocido la adopción filial definitiva en Jesús, en lo que en él había
de suave y ligero, en vez de seguir añorando una posición de poder
terreno como la que ellos esperaban de su Mesías. Pablo quisiera
incluso, «por el bien de sus hermanos, los de su raza y sangre», ser un
proscrito lejos de Cristo, si con ello éstos consiguieran la fe y la salva-
ción. Este deseo casi temerario forma parte de la plena fe cristiana,
que en el encuentro con el Dios suave y ligero ha aprendido de él que
también los débiles merecen amor. El cristiano, a ejemplo de Cristo,
no quiere salvarse sin sus hermanos.

96
Ciclo A

VIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 56,1.6-7; Rm 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28

l. El pagano cree. El evangelio de la mujer cananea tiene un tono


extrañamente duro. En un primer momento Jesús parece no querer
oír la fervorosa súplica de la mujer; después dice que su misión con-
cierne sólo a Israel, y una tercera sentencia lo subraya: el pan que él ha
de dar pertenece a los hijos y no a los perros. Pero después viene la
maravillosa respuesta de la mujer: «Tienes razón, Señor»; ella lo ve y
lo admite, pero también los perros se comen las migajas que caen de
la mesa de su amos. Ante semejante respuesta el Señor no puede resis-
tirse, como tampoco pudo resistirse ante la respuesta del centurión
pagano de Cafarnaún: la fe humilde y confiada en su persona se clava
en el corazón de Jesús y la súplica es escuchada. En Cafarnaún se oye-
ron estas palabras: «Señor, no te molestes; yo no soy quién para que
entres bajo mi techo» (Le 7 ,6); aquí se produce la humilde aceptación
del último lugar, bajo la mesa. E~ ambos casos se trata de la misma
fe: «En ningún israelita he encontrado tanta fe» (Mt 8, 1 O).

2.- Olvidamos fácilmente que la misión de Jesús concierne real-


mente a Israel: él es el Mesías dll pueblo elegido, en torno al cual -una
vez que este pueblo elegido ha sido salvado y ha llegado a la verdadera
fe- debían congregarse los pueblos paganos, corno se dice muy clara-
mente en la primera lectura. Jesús no puede actuar al margen de su
misión mesiánica, sino que ha de procurar su cumplimiento. Esta
misión se cumple en la cruz, donde, rechazado por Israel, sufre no sólo
por Israel sino por todos los pecadores. Y lo que sucede ya ahora es
que Jesús encuentra una perfecta confianza también fuera de Israel, y
esta respuesta correcta a Dios le obliga por así decirlo a considerar
también en su actividad terrestre como Mesías, ya antes de la cruz, la
misión de Israel de ser luz de todos los pueblos --como lo hace expre-
samente la primera lectura-.

3. Encerrados en la desobediencia. Si no se quiere ver aún hoy el


papel de Israel en el plan salvífica de Dios, no se puede comprender
su plan universal de salvación. Pablo nos lo explica en la segunda lec-
tura. Pero este plan, al ser el plan de Dios, sigue siendo bastante mis-
terioso incluso en esta explicación de Pablo. Los paganos parecían

97
Luz de la Palabra

tener un motivo para estar celosos de Israel: ¿por qué dispensaba Dios
a este pueblo semejante trato de favor? Pero ahora que el Mesías ha
sido rechazado por Israel y los paganos han comprendido que Jesús ha
muerto también por ellos, la situación cambia y son los judíos los que
pueden estar celosos. Estos celos les hacen comprender que la salva-
ción divina ha llegado ya, y Pablo cree que esto hará que al menos
«algunos de ellos» comprendan que su salvación procede realmente
del Mesías que ellos han rechazado. Además, la alianza que Dios ha
ofrecido a Israel es irrevocable, como se dice en otro pasaje: «Si
nosotros somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a
sí mismo» (2 Tm 2,13). Si los paganos pecadores han podido experi-
mentar el amor misericordioso de Dios sin mérito alguno por su
parte, entonces también el Israel pecador, que reconoce finalmente
que es pecador y que su justicia legal no le sirve de nada, <<alcanzará
misericordia» (v. 31). Misericordia es la última palabra: es, como en el
evangelio, el atributo más profundo de Dios, un atributo que sólo es
comprendido por nosotros pecadores cuando sabemos que no la mere-
cemos y que el amor de Dios es un don totalmente gratuito. De ahí
las palabras finales sobre el plan divino de salvación: «Pues Dios nos
encerró a todos en desobediencia» -judíos, paganos y cristianos-,
«para tener misericordia de todos».

VIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 22,19-23; Rm 11,33-36; Mt 16, 13-20

I. La roca. Dos imágenes dominan en el evangelio la respuesta de


Jesús a la confesión de fe de Simón Pedro: la imagen de la roca y la de
las llaves. Ambas tienen su origen en el Antiguo Testamento, se reto-
man en el Nuevo y finalmente, como muestra el evangelio, se aplican
il la fundación de Jesucristo. Primero la roca: en los Salmos se designa
a. Dios constantemente como la roca, es decir, el fundamento sobre el
que puede uno apoyarse incondicionalmente: «Sólo él es mi roca y mi
salvación» (Sal 62,3). Su divina palabra es perfectamente fidedigna,
absolutamente segura, incluso cuando esa palabra se hace hombre y
como tal se convierte en salvador del pueblo: «Y la roca era Cristo» (1
Co 10,4). Sin renunciar a esta su propiedad, Jesús hace partícipe de
ella a Simón Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi

98
Ciclo A

Iglesia». También la Iglesia participará de esa propiedad de la fiabili-


dad, de la seguridad total: «El poder del infierno no la derrotará». La
transmisión de esta propiedad sólo puede realizarse mediante la fe
perfecta, que se debe a la gracia del Padre celeste, y no mediante una
buena inspiración humana de Pedro. La fe en Dios y en Cristo, que
nos lleva a apoyarnos en ellos con la firmeza y la seguridad que da una
roca, se convierte ella misma en firme como la roca sólo gracias a Dios
y a Cristo, un fundamento sobre el que Cristo, y no el hombre, edifica
su Iglesia.

2. La llave. En realidad la propiedad de ser roca y fundamento


contiene ya la segunda cosa: los plenos poderes, simbolizados en la
entrega de las llaves a un seguro servidor del rey y del pueblo; las lla-
ves eran entonces muy grandes, por lo que el Señor puede cargar sobre
las espaldas de Eliacín «la llave del palacio de David» casi como una
cruz y en todo caso como una grave responsabilidad. Estos son los ple-
nos poderes: «Lo que él abra nadie lo cerrará, lo que el cierre nadie lo
abrirá» (Is 22,22). En la Nueva Alianza es Jesús «el que tiene la llave
de David, el que abre y nadie cierra, el que cierra y nadie abre» (Ap
3,7). Es la llave principal de la vida eterna, a la que pertenecen tam-
bién «las llaves de la muerte y del infierno» (Ap 1,18). Y Ahora
Cristo hace partícipe a un hombre, a Pedro, sobre el que se edifica su
Iglesia, de este poder de las llaves que llega hasta el más allá: lo que él
ate o desate en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo.
Adviértase que tanto en la Antigua Alianza como en los casos de
Jesús y de Pedro es siempre una persona muy concreta la que recibe
estas llaves. No se trata de una función impersonal como ocurre por
ejemplo en una presidencia, donde en lugar del titular de la misma
puede elegirse a otro. En la Iglesia fundada por Cristo es siempre una
persona muy determinada la que tiene la llave. Ninguna otra persona
puede procurarse una ganzúa o una copia de la llave que pudiera tam-
bién abrir o cerrar. Esto vale asimismo para todos aquellos que parti-
cipan del ministerio sacerdotal derivado de los apóstoles: en una
comunidad o parroquia sólo el párroco (y sus colaboradores sacerdota-
les) tiene la llave, una llave que no puede ceder a nadie ni compartir
con nadie. El párroco puede distribuir tareas y «ministerios», pero él
no está edificado sobre la roca de la comunidad, sino que la comuni-
dad, una parte de la Iglesia, está edificada sobre la roca de Pedro, del
que participan todos los ministerios sacerdotales.

99
Luz de la Palabra

3. Lo mejor posible. Ahora la alabanza de Dios en la segunda lectu-


ra puede sonar a conclusión: ¡qué ricas y sin embargo insondables son
las decisiones de Dios también con respecto a la Iglesia! «¿Quién fue
su consejero?». ¿Cómo hubiera podido construirse mejor su Iglesia,
de un modo más moderno, más adaptado al mundo de hoy? La Iglesia
edificada sobre la roca de Pedro y sobre su poder de las llaves se mani-
fiesta siempre, y también hoy, como la mejor posible.

VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jr 20, 7-9; Rm 12,1-2; Mt 16,21-27

1. Et programa. Cuando Jesús presenta en el evangelio el progra-


ma decisivo de su misión, no es solamente el mundo el que se escan-
daliza de la cruz, sino también y en primer lugar la Iglesia. Esta
Iglesia se compone de hombres, todos los cuales querrían huir lo más
lejos posible y durante el mayor tiempo posible del sufrimiento.
Todas las religiones, excepto el cristianismo, responden a este pro-
grama: ¿Cómo puede el hombre evitar el sufrimiento: mediante el
estoicismo, liberándose de la «rueda de las reencarnaciones», sumer-
giéndose en la meditación, etc? Cristo, por el contrario, se ha hecho
hombre para sufrir más de lo que nadie ha sufrido nunca. El que
quiere impedírselo es para él un adversario. Y éste no oirá decir a
Jesús: alégrate porque yo sufro por ti, sino esto otro: carga con tu
cnu, por amor a mí y a tus hermanos, por cuya salvación hay que
sufrir necesariamente. No hay más camino de salvación que yo
mism.o. Tu salvación no consiste en liberarte de tu yo, sino en sacrifi-
car constantemente tu yo por los demás, algo que no es posible sin
dolor y sin cruz.

Y la primera lectura nos muestra precisamente que, si nuestra per-


tenencia a Dios es coherente, la cruz es inevitable.

2. Et sieroo como el amo. El anuncio de la palabra de Dios -sin


edulcoraciones ni reducciones de ningún tipo- es para el profeta
Jeremías algo casi insoportable. Tiene que reprender al pueblo por su
injusticia e incluso tiene que «gritarle»: «Violencia y destrucción»
(dos palabras que aparecen a menudo en este profeta). Pero con ello

100
Ciclo A

sólo consigue el oprobio y el desprecio de todos. En la palabra del


Señor que él debe proclamar, prevé la ruina del pueblo, pero nadie le
cree. Se siente como engañado por el mismo Dios: su misión es algo
totalmente inútil. Se comprende que quiera eludirla: ¡no pensar más
en la palabra de Dios, no hablar más de ella! Pero entonces su situa-
ción sí que es realmente insoportable: ahora la palabra no dicha le
quema en su interior, es como fuego ardiente en sus entrañas.
También el cristiano debe hablar y exponerse a ser el hazmerreír del
pueblo; debe exponerse al desprecio y a las burlas de los que le rode-
an, de la opinión pública, de los periódicos, de los medios de comu-
nicación. La tentación de callar, de no decir ya más, de dejar que el
mundo siga su curso, es ciertamente grande. El mundo camina de
todos modos hacia su ruina: ¿de qué sirven las palabras?, ¿para qué
hablar más? Pero este silencio debería quemar también las entrañas
del cristiano corno quemaba las del profeta: no se debe callar, hay
que proclamar la palabra de Dios. Y resistir en medio del desprecio,
de las injurias y de las burlas de los hombres no es más que seguir a
Cristo: «No es el siervo más que su amo» Un 15 ,20). Precisamente
en la cruz Jesús fue despreciado e injuriado como nadie había sido
despreciado e injuriado antes. Y fue precisamente así como tomó
sobre sí el rechazo del mundo y lo venció y superó desde lo más pro-
fundo de sí mismo.

3. Sacrificio conforme al Logos. En la segunda lectura Pablo resume


en pocas palabras la tarea vital de los cristianos: éstos deben, por la
misericordia de Dios, ofrecer sus propios cuerpos como hostias vivas
y santas, y en eso consiste el culto verdadero, el culto conforme
al Logos, Cristo. La entrega de toda la vida por la causa de Dios
y de Cristo hace de la existencia entera una única celebración litúrgi-
ca. Esta se celebra ante el mundo, pero sin acomodarse, sin ajustarse
al mundo. Por eso la existencia cristiana, cuando es vivida conforme
al Logos, en la imitación de Cristo, es tanto una predicación al
mundo como un sacrificio por el mundo, pues los cristianos partici-
pan en la autoinmolación de Cristo por el mundo. Naturalmente,
dice Pablo, esto exige un examen de conciencia permanente en el que
cada cristiano debe preguntarse si realmente dice sí al escándalo de la
cruz, si dice sí a la presencia de la verdad de Cristo en el mundo que
le rodea.

101
Luz de la Palabra

VIGESIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ez 33, 7-9; Rm 13,8-10; Mt 18,15-20

1. Orden cristiano. Los textos de esta celebración dominical son


absolutamente decisivos para la figura de la Iglesia querida por Dios.
En el centro aparece la exhortación recíproca en un clima de amor
mutuo, de corrección fraterna. Todo cristiano está invitado y obligado
a ello, pues somos miembros de un único cuerpo y no es indiferente
para el organismo entero que uno de sus miembros se perjudique a sí
mismo y dañe con ello la vida de toda la comunidad. Naturalmente la
exhonación, y si es necesario también la corrección, sólo puede pro-
ducirse como referencia a la autorrevelación divina y al orden eclesial
establecido por Cristo, y el que exhorta debe tener por su parte la
humildad de remitir, prescindiendo totalmente de sí mismo, a la gra-
cia objetiva de Dios y a la exigencia que ella comporta. Esta exigencia
es enteramente transferida por Pablo, en la segunda lectura, al amor
cristiano, que integra en sí todos los mandamientos particulares y
cumple así la ley, la voluntad de Dios. El que peca replicará quizá con
su concepción del amor, en cuyo caso habrá que mostrarle que su con-
cepción es demasiado estrecha y unilateral para ser el cumplimiento
querido por Dios de todos los mandamientos.

2. Lar fronteras de la Iglesia. Pero el hombre es libre y lo será


siempre; incluso la mejor exhortación, la más fraterna de las correc-
ciones -ya sea personal, de tú a tú, o más oficial mediante el repre-
sentante autorizado de la Iglesia- puede llegar a un límite en el que
al admonitor se le responda claramente con un no. La primera lectura
es significativa al respecto: cuando el que exhona ha cumplido con su
deber y esto no obstante el culpable no quiere enmendar su yerro,
entonces el admonitor habrá cumplido con su obligación y, según se
dice, habrá salvado su vida. El deber de exhortar y corregir se inculca
con gran seriedad, pero Dios no promete que el éxito sea seguro. Por
eso en el Nuevo Testamento hay también una frontera trazada por
Dios más allá de la cual el pecador o el alejado no puede considerarse
como perteneciente a la Iglesia de Dios. No es la Iglesia la que le
excluye de su comunión, es él mismo el que se excomulga; la Iglesia
debe tomar buena nota de ello y sancionarlo para que los demás lo
comprendan. Así era ya en la Antigua Alianza, como lo muestra la

102
Ciclo A

primera lectura, y así debe ser también y en mayor medida en la


Nueva Alianza, donde la pertenencia a la comunidad eclesial de
Cristo es más personal, más responsable y más nítida.

3. La promesa deje.rús. Gracias a las dos sentencias finales de Jesús,


tenernos la seguridad de que la oración eclesial que recemos en común
será escuchada por Dios. Las dos promesas son ciertamente grandio-
sas: lo que dos personas pidan a Dios, en comunidad de amor, en la
tierra, será escuchado en el cielo. Cuando dos o tres se reúnen en nom-
bre de Jesús, allí está él en medio de ellos. En tiempos de Jesús existía
esta sentencia rabínica: «Cuando dos están sentados uno al lado del
otro y las palabras de la tora están entre ellos, entonces la shekina (pre-
sencia de Dios en el mundo) habita en medio de ellos». En lugar del
estar sentados, en el evangelio aparece la oración, en lugar de la ley, la
nueva ley viviente de Jesucristo y en lugar de la shekina, la presencia
eucarística encarnada. Debernos intentar volver a situar en este miste-
rio del centro eclesial a todos aquellos que se quedan en los márgenes
o que se han alejado más allá de ellos.

VIGESIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Si 27,30-28,7 (27,33-28,9); Rm 14, 7-9; Mt 18,21-35

l. Perdona nuestras ofensas. Pocas parábolas hay en el evangelio con


una fuerza tan impresionante como la de hoy: no se la puede poner la
menor objeción. Y ninguna como ésta pone ante nuestros ojos de una
manera más drástica las auténticas dimensiones de nuestra falta de
amor, de la culpabilidad de nuestro desamor: continuamente exigi-
rnos a nuestros semejantes que nos paguen lo que en nuestra opinión
nos deben, sin pensar ni por un instante en la enorme culpa que Dios
nos ha perdonado a nosotros totalmente. Con frecuencia rezarnos dis-
traídos las palabras del «Padrenuestro»: «Perdona nuestras ofensas,
como también nosotros ... », sin pararnos a pensar cuán poco renuncia-
mos a nuestra justicia terrestre, aunque Dios ha renunciado a la justi-
cia celeste por nosotros.

La lectura de la Antigua Alianza sabe ya exactamente todo esto,


hasta el más pequeño detalle: «No tiene compasión de su semejante,

103
Luz de la Palabn

¿y pide perdón de sus pecados?». Para el sabio veterotestamentario


esto es ya una imposibilidad que salta a la vista. Y para demostrarlo
remite no solamente a un sentimiento humanista general, sino tam-
bién a la alianza de Dios, que era una oferta de gracia a la vez que una
remisión de la culpa para el pueblo de Israel: «Recuerda la alianza del
Señor y perdona el error».

2. Libre para perdonar. La segunda lectura profundiza esta funda-


mentación cristológicamente. Nosotros, que juzgamos sobre lo que es
justo e injusto, no nos pertenecemos en absoluto a nosotros mismos.
En toda nuestra existencia somos ya deudores de la bondad misericor-
diosa del que nos ha perdonado y ha llevado por nosotros ya desde
siempre nuestra culpa. Cuando se dice: «Ninguno de nosotros vive
para sí mismo», se quieren decir dos cosas: nadie debe su existencia a
sí mismo, sino que cada uno de nosotros como existente se debe a
Dios; pero se dice aún más: se debe más profundamente al que ha
pagado ya por su culpa y del que sigue siendo deudor en lo más pro-
fundo. Esto no significa en modo alguno que él sería siervo o esclavo
de un amigo, al contrario: el rey deja marchar en libertad al empleado
al que ha perdonado la deuda. Si nosotros nos debemos enteramente a
Cristo, entonces nos debemos al amor divino que llegó por nosotros
«hasta el extremo» (J n 13, l); y deberse al amor significa poder y
deber amar. Y esto es precisamente la suprema libertad para el
hombre.

3. Juzgarse y condenar1e a sí miJmo. «El furor y la cólera son odio-


sos: el pecador los posee», dice Jesús llen Sirá. El evangelio, sin
embargo, habla de la cólera del rey, que mete en la cárcel al «siervo
malvado», es decir, le entrega a la justicia que él reclama para sí
mismo. Pero entonces ¿qué es la cólera de Dios? Es el efecto que el
hombre que actúa sin amor produce en el amor infinito de Dios. O lo
que es lo mismo: el efecto que el amor de Dios produce en el hombre
que obra sin amor. El hombre sin amor, el que no practica el amor, el
que no deja entrar en él la misericordia divina porque entiende de un
modo puramente egoísta la remisión de la falta, se condena claramen-
te a sí mismo. El amor de Dios no condena a nadie, el juicio, dice
Juan, consiste en que el hombre no acepta el amor de Dios (Jn 3,18-
20; 12,47-48). Santiago resume muy bien todo esto en pocas pala-
bras: «El juicio será sin corazón para el que no tuvo corazón: el buen

104
Ciclo A

corazón se ríe del juicio» (St 2,13). Y el propio Señor también: «La
medida que uséis la usarán con vosotros» (Le 6,38).

VIGESIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 55,6-9; Flp l,20-24.27a; Mt 20, 1-16a

l. Más allá de la justicia. El la parábola de los jornaleros de la


viña hay que tener muy en cuenta lo que realmente se quiere mostrar:
que Dios en su libre bondad puede muy bien superar la medida de la
justicia distributiva y que de hecho lo hace continuamente. Se pone
de relieve su libertad: «¿Es que no tengo libertad para hacer lo que
quiera en mis asuntos?». Y también su. bondad: «¿O vas a tener tú
envidia porque yo soy bueno?». Ciertamente se puede aplicar la pará-
bola al judaísmo y al paganismo: los judíos han trabajado en la viña
desde el amanecer; los paganos, en cambio, vinieron al caer la tarde.
Pero de hecho los dos pueblos reciben su salario conforme a una bon-
dad libre y desmesurada de Dios, pues la alianza con Israel era ya la
expresión de un comportamiento libérrimo y desbordante de bondad
por parte de Dios. Mas la parábola es significativa para todos los
tiempos y para todos los pueblos que quieran comprender el pensa-
miento fundamental de Jesús. Dios ha superado ya desde siempre el
plano de la mera justicia distributiva y exige por ello que se haga lo
mismo en Cristo: «Si no sois mejores que los letrados y fariseos no
entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20).

2. La justicia del amor de Dios. Pero esto no significa precisamente


que el amor y la misericordia de Dios sean injustos. La justicia es un
atributo de Dios tanto como el amor y la misericordia. Por eso en el
sermón de la montaña se insiste en que Jesús no ha venido a derogar
la Ley, sino a darle cumplimiento, y se dice expresamente que ningún
precepto de la Ley, en la medida en que procede de Dios, puede abo-
lirse (Mt 5,17-19). Toda interpretación del sermón de la montaña que
desconozca esto -también cuando se trata de la aplicación del amor a
los enemigos y del desarme en el ámbito de la sociedad- será siem-
pre una interpretación sesgada. El orden intramundano, tanto público
como privado, no es abolido, simplemente es superado mediante el
comportamiento de Dios en Cristo y en el comportamiento de los dis-

105
Luz de la Palabra

cípulos de Cristo. La primera lectura expresa drásticamente esta supe-


rioridad de los pensamientos de Dios sobre la idea humana de la justi-
cia y la equidad: los caminos del Señor están tan por encima de los
pensamientos humanos como lo está el cielo de la tierra. Y el pensar y
obrar divinos están caracterizados precisamente como misericordia y
perdón, que como gracia seguramente incluye en sí la exigencia de la
conversión; esto, considerado desde el punto de vista de la gracia, no
es más que lo justo.

3. El reflejo eclesial. Pablo nos ofrece en la segunda lectura una


magnífica confirmación de lo dicho. ¿En qué consiste para él la mejor
imitación de la bondad de Dios? Mientras que los hombres desean
tener una larga vida, Pablo, por el contrario, querría morir para estar
con Cristo. Pero, más allá de este deseo ardiente, la voluntad de Dios
podría ser que Pablo permaneciera en esta vida por el bien de la
comunidad y que dé fruto en la tierra. El no elige, sino que deja a
Dios elegir lo mejor. Lo mejor no está, como muchos piensan, en el
aumento constante de las buenas obras y del compromiso apostólico,
sino únicamente en la realización de la voluntad de Dios, cuyos planes
están tan por encima de los deseos y aspiraciones humanas como lo
está el cielo de la tierra. Del mismo modo los pensamientos del pro-
pietario de la viña son muy superiores a los de los obreros que traba-
jan en ella poco o mucho; en todo caso estos pensamientos son los
mejores para cada hombre y con ello también los más llenos de gracia.

VIGESIMO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ez 18,25-28; F/p 2, 1-11; Mt 21,28-32

1. Decir y hacer. La parábola de los dos hijos --el primero de los


cuales se niega a obedecer a su padre, pero luego se arrepiente y cum-
ple su voluntad, mientras que el segundo promete obedecerle, pero no
cumple su promesa- contiene en el fondo, si se la contempla a la luz
de todo el evangelio (con su conclusión sobre los fariseos y los pecado-
res), dos enseñanzas. La primera es que una conversión tardía es mejor
que el fariseísmo que cree erróneamente no tener necesidad de conver-
sión: Jesús no ha venido a invitar y a curar a los que creen tener buena

106
Ciclo A

salud, sino a los enfermos (Mt 9,12s). La segunda distingue claramen-


te entre decir y hacer, entre los piadosos deseos con respecto a Dios,
con los que uno puede engañarse a sí mismo porque piensa haber
hecho ya bastante, y las obras efectivas que a menudo realizan perso-
nas cuyo comportamiento externo no permitiría sospechar que son
capaces de realizar tales obras. Volvemos a encontrar aquí la enseñanza
de Jesús a propósito de los que dicen «Señor, Señor» (al final del ser-
món de la montaña) y de la casa construida sobre arena y no sobre
roca. Estas dos enseñanzas del evangelio se explican muy bien en las
lecturas.

2. Conversión tardía. La primera lectura, del profeta Ezequiel, se


refiere a la conversión tardía. Los caminos de la vida son confusos y no
pocas veces inextricables. El hombre puede perderse primero en los
dominios del pecado, lejos de Dios. Quizá dice, como el primer hijo
del evangelio, un claro no al Padre. Pero para poder pronunciar este
no es preciso haber oído antes la exigencia divina, y como ésta deja
siempre un eco en el alma, el pecador se siente incómodo con su con-
ducta. La mala conciencia le persigue y por así decirlo le estropea el
placer que proporciona el pecado: murmura como Israel contra el
Dios aguafiestas: «No es justo el proceder del Señor» (Ez 18,25), pero
sabe que Dios no puede ser injusto. Es lo que le sucedió a la pecadora
arrepentida que regó con sus lágrimas los pies de Jesús en casa del
fariseo (Le 7). Una conversión, aunque sea tardía -piénsese por ejem-
plo en la conversión del buen ladrón en la cruz-, es un aconteci-
miento tan esencial para Dios que éste lava todos los pecados anterio-
res en silencio y comienza una contabilidad totalmente nueva en la
vida del pecador convertido. Los datos de esta vida no son agregados o
sumados al final, en el juicio, sino que, cuando comienza la nueva
vida, se produce un borrón y cuenta nueva. Por eso los publicanos y
las prostitutas pueden llegar al reino de los cielos antes que los
fariseos.

3. Lo importante es hacer. La segunda lectura muestra que lo real-


mente importante no es decir sino hacer. El ejemplo más eminente es
el propio Jesucristo, que se despojó de su rango, tomó la condición de
esclavo y se hizo obediente a Dios hasta la muerte de cruz. Aquí no se
habla para nada de sus enseñanzas, si no únicamente de su acción, aun-
que ciertamente Cristo pronunciara ya todas sus palabras en obedien-

107
Luz de la Palabra

cia al Padre. Y la gran exhortación de Pablo a la comunidad pretende


únicamente lograr que todos sus miembros tengan los sentimientos
que corresponden a una vida en Cristo Jesús. Al igual que Cristo no
hizo alarde de su categoría divina, sino que murió en la cruz por todos
sus hermanos y hermanas, así también el cristiano no debe pensar pri-
mero en sí mismo, sino considerar «superiores a los demás», algo que
sólo es posible teniendo la humildad de Cristo, que se pone en último
lugar y no hace nada por «envidia ni por ostentación». El sí del
segundo hijo del evangelio era pura ostentación: quería aparecer como
el hijo modelo, con lo que se conviene automáticamente en un falso
miembro de la comunidad de Cristo.

VIGESIM0 SEPTIM0 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 5,1-7; Flp4,6-9; Mt 21,33-43

l. Rechazo del enviado de Dio.s. Indudablemente la parábola de los


«viñadores perversos» se refiere en primer lugar al componamiento
de Israel en la historia de la salvación: los criados enviados por el pro-
pietario de la viña para percibir los frutos que le correspondían son
cienamence los profetas, que son asesinados por los labradores egoís-
tas por exigir lo que corresponde a Dios. Pero la parábola no estaría
en el Nuevo Testamento si no afectara de alguna manera a la Iglesia.
Esta Iglesia, como se dice al final del evangelio de hoy, es precisamen-
te el pueblo al que se ha dado el reino de los cielos quitado a Israel
para que Dios pueda recoger por fin los frutos esperados. Pre-
guntémonos si los recoge realmente de la Iglesia tal y como nosotros
la representamos. Ciertamente los percibe de los criados enviados en
la Iglesia, sobre todo de los santos (canonizados o no), pero la cuestión
que acabamos de plantearnos sigue en pie: ¿cómo los ha recibido la
Iglesia y como los recibe todavía? En la mayoría de los casos mal, y
muy a menudo no los recibe en absoluto; muchos de ellos (también
papas, obispos y sacerdotes) experimentan una especie de martirio
dentro de la misma Iglesia: rechazo, sospecha, burla, desprecio. Y si
se les canoniza después de su muerte, su imagen se falsifica no pocas
veces según los deseos de la gente: así, por ejemplo, Agustín se cpn-
vierte en el promotor de la lucha contra la herejía, Francisco en un
entusiasta de la naturaleza, Ignacio en un astuto estratega, etc. Estas

108
Ciclo A

palabras de Jesús siguen siendo verdaderas: «No desprecian a un pro-


feta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa» (Me 6,4). Y
todo miembro de la Iglesia tendrá que preguntarse también si y en
qué medida la decepción de Dios a causa de la viña que él ha plantado
con tanto cariño -«esperaba que diera uvas y dio agrazones»- le
afecta a él personalmente, a él que está habituado a criticar a la Iglesia
como tal.

2. La decepción de Dios. ¡Sí, la decepción de Dios! A causa de la


Sinagoga y de la Iglesia, que tiende siempre a alejarse de él, y hoy
quizá más que nunca, porque cree saber --en las cuestiones de la fe,
de la liturgia, de la moral- todo mejor que Dios con su revelación
anticuada. Esa Iglesia que, en vez de alabarle y adorarle, corre cons-
tantemente tras dioses extraños -la misa como autosatisfacción de la
comunidad (al final, si la representación ha gustado, se aplaude), la
oración como higiene del alma, el dogma como arquetipo psíquico,
etc.- y da pábulo a la preocupación de Pablo: «Me terno que, igual
que la serpiente sedujo a Eva con astucia, se pervierta vuestro modo
de pensar y abandone la entrega y fidelidad al Mesías» (2 Co 11,3). Lo
mismo que de la Sinagoga quedó un «residuo» fiel y santo (Rm
11,5), así también subsistirá siempre -y en este caso ciertamente
mucho mayor- ese «resto santo» formado por María, los santos y la
Iglesia de los verdaderos cristianos.

3. El re.sto. Pablo, que se considera parte de ese resto, nos da en la


segunda lectura una descripción de los sentimientos que reinan o
deberían reinar en él. Y si en la Iglesia infiel predomina una inquie-
tud permanente, una búsqueda de lo nuevo o de lo novedoso, de lo
más aprovechable temporalmente, de lo que asegura la mejor propa-
ganda, en el resto fiel, a pesar de la persecución, o precisamente en la
persecución, domina «la paz de Dios que sobrepasa todo juicio». Y si
Pablo promete a la comunidad: «El Dios de la paz estará con vos-
otros», entonces se reconocerá al verdadero cristiano por esa paz
que reina en él, aunque lamente la actual situación del cristianismo
y pertenezca a los que tienen hambre y sed, que son llamados biena-
venturados.

109
Luz de la Palabra

VIGESIM0 OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

lJ 25,6-l0a; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14

l. La invitación del rey. El rey del evangelio es Dios Padre, que


prepara un banquete para celebrar la boda de su Hijo. Esta comida es
descrita en la primera lectura como un festín del tiempo mesiánico,
porque a él están convidados no solamente Israel sino todos los pue-
blos. El velo del duelo que cubría a los paganos ha sido arrancado, han
desaparecido todos los motivos de tristeza, incluso la muerte. Sobre la
imagen veterotestamentaria no planea sombra alguna. La imagen neo-
testamentaria, por el contrario, está cubierta con múltiples sombras.
Preguntémonos primero qué tipo de comida prepara Dios Padre para
su Hijo: un banquete de bodas; el Apocalipsis lo llama las bodas del
Cordero (Ap 19,7; 21,9ss). El Cordero es el Hijo que, por su entrega
perfecta, consuma no solamente como Esposo sino también en la
Eucaristía su unión nupcial con la Iglesia-Esposa. El Padre es el anfi-
trión en la celebración eucarística: «Tengo preparado el banquete», y
encarga a sus criados que digan a los invitados: «Venid a la boda». En
la plegaria eucarística, la Iglesia da las gracias al Padre por su don
supremo y más precioso: el Hijo como pan y vino. Y el agradecimien-
to viene de la Iglesia, que precisamente mediante este banquete se
convierte en Esposa. El Padre da lo más precioso, lo mejor que tiene,
no tiene nada más; por eso el que menosprecia este don preciosísimo
no puede ya esperar nada más: se juzga a sí mismo yse condena.

2. Formas de rechazar la invitación son el desprecio de la invitación


a la boda y la participación indigna en ella. Mateo une estas dos for-
mas de ser indigno del don supremo del Padre. La primera es la indi-
ferencia: los invitados no se preocupan de la gracia que se les ofrece,
tienen cosas más importantes que hacer, sus tareas terrestres son más
urgentes. Pero Dios, que ha pactado una alianza de gracia con el hom-
bre, no puede permitir semejante desprecio de su invitación. Al igual
que Jeremías tuvo que anunciar en la Antigua A.lianza el fin de
Jerusalén, así también el evangelista predice aquí el fin definitivo de
la ciudad santa: los romanos «prendieron fuego• a la ciudad. La
segunda forma de indignidad es, contrariamente a la indiferencia de
los invitados, la indiferencia totalmente distinta del hombre que
entra en la fiesta, en la celebración eucarística, como si entrara en un

110
Ciclo A

bar. ¿Para qué molestarse en llevar traje de fiesta?: el rey debería estar
contento de que yo venga, de que todavía participe, de que me tome
la molestia de salir de mi banco para meterme en la boca el trozito de
pan. A éste cienamente se le pedirán cuentas: ¿No te das cuenta de
que estás participando en la fiesta suprema del rey del mundo y
comiendo el más exquisito de los manjares, un manjar que sólo Dios
puede ofrecer? «El otro no abrió la boca». Quizá sólo después de su
expulsión del banquete se dé cuenta de lo que ha despreciado con su
grosería.

3. Comprender el espíritu de la invitación. Dios nos da dones inmen-


sos. Pero nos los da en el fondo para que aprendamos de él a dar sin
ser tacaños y calculadores. Pablo se alegra en la segunda lectura de
que su comunidad lo haya comprendido. Se regocija no tanto por los
dones que él ha recibido de ella cuanto porque la comunidad ha
aprendido a dar. En este nuestro dar de todo aquello que nos ha sido
regalado por el rey, se cumple plenamente el sentido de la Eucaristía.
Ciertamente jamás podremos agradecer lo bastante a Dios los dones
con que nos colma, pero la mejor forma de agradecérselo, la que a él
más le gusta y alegra, es que aprendamos algo de su espíritu de entre-
ga: que lo comprendamos y que lo pongamos en práctica.

VIGESIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 45,1.4-6; 1 Ts 1,1-5b; Mt 22,15-21

1. Jesús elude la trampa. Cuando se pregunta a Jesús en el evangelio


si es lícito o no pagar los impuestos al emperador, se le está tendiendo
una trampa. En el universo espiritual en que se mueven los que le
hacen la pregunta, parece imposible escapar a este ardid. Si Jesús res-
ponde que sí, se pronuncia contra la relación directa e inmediata del
pueblo santo con Dios y condena automáticamente los esfuerzos de
este pueblo por liberarse políticamente. Si responde que no, se declara
partidario de los celotes y de su teología política de la liberación, con
lo que se convierte tácita o abiertamente en un rebelde contra la auto-
ridad romana. En el plano político, que es en el que se sitúan los que le
plantean la cuestión, no hay tercera vía, no existe una solución inter-
media. Pero Jesús no se deja encerrar en este plano, cuya legiti-

111
Luz de la Palabra

midad sólo reconoce en la medida en que se lo supera y relativiza. Los


judíos como «pueblo carnal» se han adherido firmemente a éste
plano, aunque esto ciertamente no hubiera sido necesario; los cristia-
nos, siguiendo el ejemplo de Cristo, se elevarán por encima de este
plano y, desde un plano superior, se sentirán corresponsables de la
política de este mundo. La segunda lectura, en la que Pablo anuncia a
los Tesalonicenses la palabra de Dios con el poder (pero no político) y
la fuerza del Espíritu Santo, es el preludio de una teología de la libe-
ración totalmente diferente.

2. El emperador desacralizado. Jesús pide que le enseñen la moneda


del impuesto y, cuando le presentan un denario con la efigie y la ins-
cripción del César, da una primera respuesta a la pregunta de sus
interlocutores: «Pagadle al César lo que es del César». El poder del
soberano antiguo se extiende hasta donde llega su moneda. Pero este
poder es limitado, está muy por debajo del poder de Dios. La primera
lectura es significativa al respecto: Dios ha encomendado al rey Ciro,
a la vez que una tarea política, una misión religiosa: la misión de
dejar volver a casa a los israelitas exiliados. Pero la relación puede
también invertirse: Dios encomienda al profeta Jeremías la misión de
hacer comprender al rey Joaquín que debe someterse al rey de
Babilonia en vez de hacer «teología» política contra él. La respuesta
que da Jesús en el evangelio de hoy parece una respuesta política, pero
él habla desde un plano más elevado, como muestra claramente lo que
sigue.

3. A Dios le dehemos todo. «Pagad a Dios lo que es de Dios». A


Dios se le debe todo porque el hombre ha sido creado no a imagen del
César sino a imagen de Dios, y Dios es el soberano de todos los reyes
de este mundo. Los reyes de la tierra consideran que tienen poderes
sagrados y reivindican para sí atributos divinos. Pero Dios desencanta
esta sacralidad. Dios es el único Señor, y en el mejor de los casos a los
reyes de la tierra sólo se les confiere una tarea divina, la de velar por
encargo de Dios del orden en el Estado. Por defender esta idea, los
cristianos tendrán que derramar su sangre. Pero Jesús no se detiene en
esta cuestión de la legitimidad o ilegitimidad de las pretensiones de
la autoridad mundana. Lo único que a él le importa es que Dios reci-
ba todo lo que se le debe, y lo que se le debe es realmente todo, tanto
en el orden natural como en el sobrenatural. Y allí donde un poder

112
Ciclo A

mundano se rebela contra este todo -que supera ampliamente lo


político-- y lo reclama para sí, Jesús opondrá resistencia, y los suyos
con él. Jesús reconoce que Pilato tiene el poder de crucificarlo, pero le
dice que no tendría tal poder si no lo hubiera recibido de lo alto: tal
es -algo que Pilato ni siquiera sospecha- la voluntad del Padre.

TRIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ex 22,20-26 (21-27); 1 Ts 1,5c-10; Mt 22,34-40

l. El orden en la Ley. Los judíos, que tenían que observar 61 S


leyes, dividían los mandamientos en grandes y pequeños. A Jesús le
preguntan en el evangelio cuál es el más grande, el primero, el «prin-
cipal» mandamiento de la Ley. En realidad los judíos sabían muy bien
que el mandamiento del amor a Dios era el primero de todos, y sabían
también que el mandamiento del amor al prójimo había sido inculca-
do insistentemente por la Ley. Pero como habían perdido el norte en
el inmenso laberinto de sus innumerables mandamientos, Jesús esta-
blece de nuevo el orden de la manera más clara: ante todo está el amor
a Dios como respuesta del hombre entero -pensamiento, pero más
profundamente aún: corazón, y englobando a ambos: «toda el
alma»- a la entrega total de Dios en la alianza. Y porque Dios es
Dios y Hombre a la vez, puede unir definitiva e inseparablemente
amor a Dios y amor al prójimo, y puede también -y esto es lo más
significativo de su respuesta- hacer depender todas las demás leyes,
y la interpretación de las mismas mediante los profetas, de este doble
mandamiento como norma y regla de toda moralidad. De este modo
Jesús, retomando el saber anterior de los hombres, pero ordenándolo y
clarificándolo, establece el fundamento de toda ética cristiana.

2. La retilización eclesial. Si desde aquí se mira a Pablo (segunda


lectura), se ve que la «fe en Dios» como «volver a Dios abandonando
los ídolos» se encuentra también en el centro de su discurso a la
comunidad de Tesalónica. Pero con ello la comunidad se ha converti-
do inmediatamente en un modelo moral «para todos los creyentes»;
ha seguido el ejemplo de Pablo, que ha acentuado la inseparabilidad
del amor a Dios y al prójimo más que ningún otro apóstol. En su
«himno a la caridad» (1 Co 13), Pablo describe la caridad cristiana de

113
luz de la Palabra

tal forma que se ve en cada frase que el amor a Dios y a Cristo se tra-
duce en el comportamiento con respecto al prójimo: como Dios en
Cristo con respecto a los hombres, así también el amor del cristiano es
indulgente, benévolo, desinteresado, disculpa y soporta todo. Es cris-
tiano en un doble sentido: por una parte Cristo nos revela el amor del
?adre y por otra nosotros podemos regular todo nuestro comporta-
miento moral a ejemplo de Cristo. Ninguna ética es más simple y
transparente que la cristiana.

3. Amor al prójimo como agradecimiento a Dios. Pero ahora es el


A.ntiguo Testamento el que nos inculca, en la primera lectura, el peso
del amor al prójimo, y lo hace recordando no que Israel ha cumplido
su mandamiento primero y principal, el de amar a Dios por encima
de todo, sino recordando que Israel se debe enteramente a Dios, que
le sacó de Egipto. Dios les ha tratado, a ellos que eran extranjeros, con
un amor como el que se dispensa a los propios hijos, y haciendo
memoria de este hecho, Israel debe ahora tratar también a los extran-
jeros, a los pobres, a los huérfanos y a las viudas con el misino amor y
la misma indulgencia. Este antiguo texto, sacado del «libro de la
alianza» de Israel, nos hace pensar por adelantado en el texto que cie-
rra la Nueva Alianza: «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis
humildes hermanos, conmigo lo hicisteis». El primer amor que Dios
me ha demostrado: la gracia de haber sido creado por él, de ser hijo
suyo, me obliga no sólo a proclamar esta prueba del amor divino, no
solamente a «decir» este amor al más humilde de mis hermanos, sino
también, en la medida de lo posible, a demostrárselo.

rRIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

MI 1,14b-2,2b.B-10; 1 Ts 2,lb-9.13; Mt 23,1-12

l. S1Jcerdocio, ministerio de servicio. Todos los textos de la liturgia


de hoy se refieren a la posición del clero en el pueblo de Dios. En el
evangelio se critica ante todo el ejemplo falso y pernicioso que dan
los letrados y fariseos, que ciertamente enseñan la ley de Dios, pero
no la cumplen, cargan sobre las espaldas de los hombres fardos pesa-
dos e insoportables, pero ellos no mueven un dedo para empujar, y su
ambición y vanagloria les llevan a buscar los primeros puestos y los

114
Ciclo A

lugares de honor en todo tiempo y lugar. La Iglesia de Dios, por el


contrario, es un pueblo de hermanos, una comunión en Dios, el
único Padre y Señor, en Cristo, el único Maestro. Y cuando Jesús
funda su Iglesia sobre Pedro y los demás apóstoles, y les confiere
unos poderes del todo extraordinarios, unos poderes que no todo el
mundo tiene --como Jesús inculca constantemente y demuestra con
su propio ejemplo (Le 22,26-27)--, es para ponerlos al servicio de
sus hermanos. El ministerio instituido por Cristo es por su más ínti-
ma esencia servicio, «servicio de mesa». Se puede decir que el clero
es hoy más consciente de esto que en tiempos pretéritos, y que los
reproches que se esgrimen contra él de servirse del ministerio para
dominar proceden de un democratismo nada cristiano. Pero también
hoy hay algunos que acceden al ministerio sacerdotal con ansia de
poder y codicia de mando, como los fariseos, como si el ministerio
les garantizara una posición superior, privilegiada, algo que cierta-
mente no se corresponde ni con el evangelio ni con la conciencia de
la mayoría del clero.

2. Los reproches de Dios. En la primera lectura se censura un falso


clericalismo en Israel, y esto no sólo en los tiempos de Jesús, sino 450
años antes. Lo que Dios reprocha aquí a los sacerdotes está lejos de
haberse superado hoy. También aquí se aduce corno fundamento que
«todos tenemos el mismo Padre», y por lo tanto todos somos herma-
nos. Y como esto no se tiene en cuenta, se reprochan tres cosas al
clero: l. «No os proponéis dar la gloria a mi nombre». No se pone la
mayor gloria de Dios en primer lugar, sino que se predica una ética
psicológica y sociológica puramente intramundana, al gusto del pue-
blo. 2. Con semejante enseñanza «han hecho tropezar a muchos en la
ley»; no comprenden la religión de la alianza, se distancian de ella o
reniegan abiertamente de Dios. Los Salmos tardíos muestran clara-
mente esta situación. 3. Hay favoritismo en la instrucción del pueblo:
se prefiere a ciertos individuos, se trabaja con pequeños grupos de
gente selecta, se practica con ellos dinámica de grupos y cosas por el
estilo, y se olvida al resto del pueblo de Dios. las amenazas de Dios
contra tales métodos son severas: estos sacerdotes «profanan» la alian-
za, Dios lanza su «maldición» contra ellos.

3. El verdadero sacerdote. Pablo, por el contrario, nos da en la


segunda lectura una imagen ideal del ministerio cristiano; el apóstol

115
Luz de la Palabra

trata a la comunidad que le ha sido confiada con tanto cariño y delica-


deza como una madre cuida al hijo de sus entrañas, y se comporta en
ella no como un funcionario, sino de una manera personal: hace parti-
cipar a los hermanos en su vida, como hizo Cristo. .Además no quiere
ser gravoso para la comunidad, su servicio no debe ser una carga
material para ella, y por eso trabaja. Y su mayor alegría consiste en
que la gente le reconozca realmente como un servidor: en que com-
prendan su predicación corno una pura transmisión de la palabra de
Dios, «cual es en verdad», y no como la palabra de un hombre, aun-
que sea un sanco. El no quiere conseguir una mayor influencia en la
comunidad, sino que únicamente busca que la palabra de Dios «per-
manezca operante en vosotros los creyentes». También él será objeto
de calumnias: será acusado de ambición, de presunción etc. Pero sabe
que tales cosas forman parte de su servicio sacerdotal. «Nos difaman y
respondemos con buenos modos; se diría que somos basura del
mundo, desecho de la humanidad» (1 Co 4,13).

TRIGESIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb6,12-16 (13-17); 1 Ts 4,13-18 (12-17); Mt 25,1-13

Cuando el Año Litúrgico está a punto de llegar a su fin, la mirada


se vuelve hacia la conclusión de la historia y el retorno de Cristo.

l. Con la mirada puesta en la otra vida. Ante todo se trata de man-


tener despierta esca fe en nosotros. Pablo la despierta (segunda lectu-
ra) en aquellos que se afligen por sus difuntos como «los hombres sin
esperanza», y les hace ver que no se trata de una aniquilación ni de
una transmigración de las almas, sino de la participación en la resu-
rrección de Cristo, que ha superado la aparente definitividad de la
muerte. Y esta resurrección de los muertos es para el apóstol tan cier-
ta y apremiante que tendrá lugar según él antes incluso de que lle-
guen al cielo los que aún están vivos. Lo más importante no es, desde
luego, esta indicación cronológica, sino la certeza de que codos los que
pertenecen a Cristo «estarán siempre con el Señor»; se trata, por tanto
(como se recomienda incansablemente en todo el Nuevo Testamento),
de velar y de estar preparado para el día y la hora en que vuelva el
Señor.

116
Ciclo A

2. La s"biduría como vigilancia. En este estado de vela permanente


consiste precisamente para los cristianos la sabiduría de la que se
habla en la primera lectura. El hombre no tiene necesidad de buscar
lejos esta sabiduría o prudencia: la hallará sentada a su puerta, no
tiene más que dejarla entrar. Pero debe «velar por ella» (Sb 6, 15 ), y al
velar por ella pronto se verá «sin afanes», sobre todo se verá libre de la
preocupación por lo que le espera después de la muerte. La sabiduría o
prudencia dada por Dios es, en todo el libro de la Sabiduría, lo que
consuela, lo que reanima, lo que transmite la bondad de Dios. Ella
promete que «los justos vivirán eternamente» (5,15), que obtendrán
«la incom1ptibilidad» al lado de Dios y «reinarán eternamente»
junto a él (6,18.21). «Esperan de lleno la inmortalidad» (3,4).

3. La parábola de la disponibilidad. Con lo dicho se ha introducido


ya la enseñanza fundamental de la parábola de las diez vírgenes, cinco
de las cuales eran necias y cinco prudentes. Velar y perseverar en la
esperanza, aunque sea de noche, es prudencia; no estar dispuesto para
cuando llegue la hora, es necedad. A la hora de la muerte el hombre
debe tener consigo, en su alcuza, el aceite de su disponibilidad, y esta
vez ya no se puede volver atrás para procurarse en algú.n sitio la dispo-
nibilidad necesaria. En el evangelio se reconoce expresamente que las
horas de la noche y de la incertidumbre pueden ser largas, que en el
tiempo de la vida puede haber algo así como una cierta «flexibilidad»
incluso para los prudentes, pero en el Cantar de los Cantares se dice:
«Estaba durmiendo, pero mi corazón vela» (S,2). La disponibilidad
para Dios puede estar viva en todo momento, incluso en medio de los
asuntos mundanos. La imposibilidad de repartir entre diez el aceite de
las cinco vírgenes prudentes no tiene nada que ver con la comunión
de los santos, donde cada uno de los santos está dispuesto a compartir
con los demás todo lo suyo. Se trata de la obtención de la santidad
misma, que como tal no se puede compartir; con las santidades a
medias, el Esposo no puede hacer nada: sólo la santidad total es por su
esencia comunicable. Sólo el Hijo de Dios totalmente santo podía lle-
var sobre sí el pecado del mundo. Pero la parábola de las vírgenes
necias, que llegan tarde y son rechazadas por el Esposo como descono-
cidas, no indica que Dios tenga el corazón duro como el pedernal y no
quiera perdonar a los pecadores; simplemente indica que debido a
nuestra tibieza e indiferencia podría ocurrir que llegáramos «tarde» a
nuestra cita con él. Se nos sugiere esta posibilidad para que tomemos

117
Luz de la Palabra

en serio la advertencia final: «Velad, porque no sabéis el día ni la


hora».

TRIGESIMO TERCER DOMINGO DEL 'TIEMPO ORDINARIO

Pr 31,10-13.19-20.30-31; 1 TI 5,1-6; Mt 25,14-30

l. Los talentos. En el evangelio se habla de las cuentas que el hom-


bre ha de rendir ante Dios. El Creador ha confiado «sus bienes» a las
criaturas -y el Redentor a los redimidos-: «a cada cual según su
capacidad», de una forma, por lo tanto, estrictamente personal. Los
talentos son importantes cantidades de dinero, pero nosotros habla-
rnos de talentos espirituales, que se dan tambiin a cada cual personal-
mente: se nos han entregado en calidad de administradores y por eso
mismo debemos trabajar con ellos no para nosotros mismos (en
«beneficio propio»), sino para Dios. Pues nosotros mismos, con todo
lo que tenemos, nos debemos a Dios. En la parábola el amo se va de
viaje al extranjero y nosotros, sus empleados, nos quedamos con toda
su hacienda; pero naturalmente los talentos deben producir algo de
ganancia. El empleado negligente y holgazán 110 quiere ver en esto la
bondad, sino la severidad del amo, y se embrolla en las contradiccio-
nes: «Siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve
miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra~. Si realmente veía en el
talento que se le había confiado una prueba de la severidad del amo,
debería haber trabajado con mayor motivo; pero su supuesto miedo le
hizo olvidar que en la misma naturaleza de los dones confiados está el
que éstos produzcan su fruto. Dios nos ofrece, a nosotros los vivientes,
algo que está vivo y que debe crecer. No tiene sentido enterrarlo bajo
tierra como si fuera algo muerto, porque entonces ya no podrernos
devolvérselo a Dios como el don viviente que nos ha sido confiado. A
los empleados fieles, por el contrario, a los que le devuelven el don
que se les ha confiado junto con sus frutos, Dios les da como recom-
pensa una fecundidad incalculable, eterna.

2. Trabajo durante el día. Pablo nos advierte en la segunda lectura


que no debemos demorar nuestras buenas obras, porque no sabemos
cuándo llegará el día en que infaliblemente liemos de dar cuentas a
Dios de nuestros actos. Nosotros no vivimos en las tinieblas, sino que

118
Ciclo A

somos «hijos del día», del tiempo en que se debe trabajar. Los
«demás», los que prefieren dormir, pretenden fabricarse un mundo en
el que haya «paz y seguridad», en el que se pueda tranquilamente
holgar y dormir; pero nuestra vida temporal, privada o pública, no
está configurada de ese modo. Precisamente cuando los hombres se
han instalado cómodamente en la seguridad, sobreviene de improviso
la ruina, «como los dolores de pano a la que está encinta». La paz no
viene por sí misma: ésta sólo se puede conseguir, en caso de que pueda
lograrse en la tierra, mediante un esfuerzo «sobrio» y claro corno la
luz del día. Pero el que realiza este esfuerzo con un espíritu auténtica-
mente cristiano está siempre preparado para dar cuentas a Dios y el
día del Señor no puede sorprenderle «corno un ladrón».

3. El modelo de la mujer. El Antiguo Testamento pone ante nues-


tros ojos en la primera lectura el modelo de este compromiso genui-
namente cristiano en la mujer hacendosa. El cristiano, ante esta traba-
jadora ejemplar, piensa enseguida en María: «Su marido se fía de
ella»; Cristo puede confiarle todos sus bienes, pues « le trae ganancias
y no pérdidas». Gracias a su sí, a su perfecta disponibilidad para todo,
para la encarnación, para el abandono, para la cruz, para su incorpora-
ción a la Iglesia: gracias a todo lo que ella es y hace, puede él cons-
truir lo mejor de lo que Dios ha proyectado con esta creación y reden-
ción. En medio de los múltiples pecadores que dicen no y fracasan,
ella es la inmaculada, la Iglesia sin mancha ni arruga. «Cantadle por
el éxito de su trabajo». E incluso desde el cielo se ve que a ella se le
encomienda la «gran tarea» de la parábola: «Abre sus manos al nece-
sitado y extiende el brazo al pobre».

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Ez 34,11-12.15-17; 1 Co 15,20-26.28 (20-26a.28); Mt 25,31-46

l. «Tuve hambre y me disteis de comer». El Año Litúrgico termina


con la gran descripción del juicio final. Cristo aparece en el evangelio
como «rey» de la humanidad, sentado en «el trono de su gloria». Dos
motivos configuran este imponente cuadro: el primero y central es
que todo lo que hacemos o no hacemos con el más humilde de nues-
tros hermanos, lo hacernos o lo dejamos de hacer con Cristo. Esto con-

119
Luz de la Palabra

tiene ya e 1segundo motivo: si el primero vale como criterio absoluto,


debe producirse también una separación absoluta de los que son juz-
gados, debe haber una derecha y una izquierda, una recompensa eter-
na y un castigo eterno. El segundo rnotivo depende, pues, del prime-
ro, que constituye la enseñanza decisiva de toda la escena dramática:
el rey glorioso, que es el que juzga, se siente solidario de los más
humildes (que no por ello son menos respetables): de los hambrientos,
los sedientos, los forasteros y los sin techo, de los desnudos, los enfer-
mos y los presos. El es rey sólo en esta solidaridad, como el que real-
mente ha descendido a las situaciones humanas más bajas y humillan-
tes, y las conoce perfectamente. Al final de su vida todo hombre será
examinado de esto y por este juez, por lo que cada uno de nosotros
tendrá qu.e meditar muy seriamente sobre esto: cuando se encuentra
con los hombres más miserables, se está encontrando ya con el propio
juez. Todos nosotros somos como hombres miembros de un mismo
cuerpo, que son esencialmente solidarios, y por ello debemos serlo
también consciente y moralmente. Tú debes «partir tu pan con el
hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al qu.e va desnudo
y no cerrarte a tu propia carne» (Is 58,7).

2 _ « Time que reinar hasta que Dios 'haga de sus enemigos eJtrado de sus
pies'». La imagen final de la segunda lectura no sólo muestra la sobe-
ranía universal que el Hijo ejerce a lo largo de la historia del mundo,
sino que ofrece además la esperanza de que también se conseguirá el
sometimiento de todos los enemigos, «de todo principado, poder y
fuerza», por lo que cuando el Hijo devuelva al Padre la obra realizada
por él, para que «Dios» pueda ser <•todo para todos», no le llevará
ningún enemigo que pueda rebelarse contra Dios.

3 _ Pero no podemos excluir alegremente el motivo de la separación.


«Bu,caré lar ovejas perdidas», dice Dios como pastor de la humanidad en
la primera lectura, y «vendará a las heridas, curará a las enfermas», las
1pacentará «debidamente» a todas. A pesar de ello el juicio divino no
será una amnistía general, sino qu.e Dios «juzgará entre oveja y oveja»
o (corno se dice poco después): «Yo mismo juzgaré el pleito de las reses
gordas y las flacas. Porque embestís de soslayo, con la espaldilla, y
acorneáis a las débiles» (Ez 34,20s). El amor con el que Dios apacienta
a su rebaño no puede ser ajeno a la justicia, pero el Antiguo
TestaIUento tampoco dice que Dios ejerza su justicia sin amor.

120
CICLO B
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Is 63,16b-17.19b; 64,3-7; 1 Co 1,3-9; Me 13,33-37

l. ¡ Velad! El Año Litúrgico comienza con esta exigencia del


evangelio: velad, permaneced despiertos, pues no se sabe cuándo ven­
drá el Señor. Navidad es una fecha fija, pero no lo es la venida del
Señor a nuestra vida y a nuestra muert e, a la vida y al final de la
Iglesia. Tenernos «plenos poderes» sobre los bienes que Dios ha pues­
to sobre la tierra, a cada uno se le ha encomendado su tarea. Al porte­
ro, que debe estar pendiente de la venida del dueño y además debe
velar para que los criados de la casa no abandonen su trabajo --en este
ponero se puede ver tanto la imagen de la Iglesia como la de cada
cristiano--, se le ha encomendado la tarea especial de la vigilancia.
Mediante este personaje se interpela en realidad a todos los cristianos:
«Lo digo a todos: ¡Velad!». La tarea que se nos ha encomendado debe
llevarse a cabo; pero no se trata de nuestros propios bienes, sino de los
bienes del Señor. Hagamos lo que hagamos, ya estemos realizando un
trabajo espiritual o un trabajo temporal, no trabajamos para nosotros
mismos, sino para él: no construimos nuestro reino, sino su reino.

2. Con la ayuda de Dios. En la segunda lectura se dice que hemos


sido perfectamente equipados para ese trabajo por el Señor, con «los
dones de la gracia» que Dios nos ha dado para que podamos llevarlo a
cabo en ese tiempo intermedio durante el que aguardamos «la mani­
festación de nuestro Señor Jesucristo». Pero nosotros no esperamos esa
manifestación del Señor en la ociosidad, sino que trabajamos activa-

123
Luz de la Palabra

mente, pues el don que se nos ha da.do no es para esperar ociosamente


sino para actuar, para traducirlo en obras. El don se nos ha dado gra-
tuitamente, en Cristo Jesús hemos sido «enriquecidos en todo»: el don
del «saber», el del «testimonio», el don de la palabra (el «hablar») se
nos han dado para que produzcan el fruto que de ellos se espera. Pero
Dios tampoco se limita a mirar ociosamente cómo trabajarnos, sino
que colabora a.ctivamente en nuestro trabajo «manteniéndonos firmes»
en los momentos de inseg11ridad y de cansancio. Su ayuda nunca nos
falta cuando nos aplicamos diligentemente al trabajo que nos ha sido
encomendado. ¿Pero es éste nuestro caso? ¿Empleamos realmente
nuestro tiempo, lleno de ocupaciones y de negocios, en trabajar en pro
de la causa que Dios nos ha confiado o tenemos que entonar un mea
culpa (como el profeta en la primera lectura), un lamento que debe
resonar muy especialmente ahora, al comienzo del Año Litúrgico?

3. El rostro del mundo. «¿Por qu.é nos extravías de tus caminos y


endureces nuestro corazón para que no te tema?». Se trata claramente
de un lamento dirigido a Dios, no de una acusación contra Dios; por-
que ciertamente por Dios no queda, ya que es «nuestro redentor»
desde siempre. Todos nosotros somos los que desde siempre «éramos
impuros». Estamos tan perdidos en nuestros intereses mundanos que
«nadie invoca tu nombre ni se esfuerza por aferrarse a ti». Por eso no
se puede culpar a Dios de habemos entregado al poder de la lógica,
«al poder de nuestra culpa». Somos conscientes de nuestras propias
culpas, «toda nuestra justicia» y todo nuestro maravilloso y peligroso
progreso es «como un paño mancha.do», el presunto florecimiento de
nuestra cultura es como «follaje marchito, arrebatado por el viento».
Por eso a los que aún conocen a Dios y son sabedores de su fidelidad
sólo les queda gritar: «¡Ojalá rasgases los cielos y bajases!». Piensa
que a pesar de nuestra ingratitud «somos todos obra de tu mano», la
arcilla que Tú como «alfarero» siempre puedes remodelar.

SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO

Is 40,1-5.9-11; 2 P 3,8-14; Me 1,1-8

1. El Bautista aparece en el evangelio como «una voz en el desier-


to». Nuestro mundo es un desierto hoy más que nunca; «el desierto

124
Ciclo B

crece»: materialmente, por la deforestación de los bosques, contra la


que todos los planes de cultivo, conservación y repoblación forestal
parecen impotentes; y espiritualmente, por la desertización del paisaje
religioso, pues la humanidad apenas puede oír ya la voz que clama
«preparadle el camino al Señor». La «voz» se va extinguiendo en el
griterío confuso y turbulento de los medios de comunicación, de las
primicias informativas, de las noticias sensacionalistas que se pisan y
devoran unas a otras. Y si el profeta aparece con unos hábitos sorpren-
dentemente anti-culturales -vestido de piel de camello; saltamontes
y miel silvestre como alimento---, nosotros hoy estamos bastante habi-
tuados a un comportamiento similar por parte de la juventud incon-
formista; pero estos jóvenes que ahora protestan, a menos que quieran
explícitamente convertirse en seres marginales, terminarán entrando
por el aro y participarán en el gran juego de los adultos. Hoy sólo es
noticia, a lo sumo, la teología que se inmiscuye en los asuntos políticos
o promueve los cambios sociales. El Bautista lo tendría hoy más difícil
que entonces, cuando la gente acudía a oírle, confesaba sus pecados y le
concedía al menos un cierto crédito, creyendo que alguien más grande,
al que había que preparar el camino, vendría después de él.

2. La primera lectura aporta todo el contexto t:Ú su mensaje. El con-


tenido de éste es mucho más grande que lo que se puede realizar
mañana y pasado mañana: que los israelitas desterrados en Babilonia
podrán volver a su patria y reconstruir su templo. El mensaje habla de
un futuro, un futuro que está ciertamente próximo y en el que «todos
los hombres juntos verán la gloria del Señor», en el que Dios mismo,
como un pastor, reunirá a toda la humanidad para conducirla final-
mente a casa. Este acontecimiento escatológico debe ser proclamado
desde «lo alto de un monte», pues es un mensaje de gozo. La turbu-
lenta historia del mundo, con sus hondonadas y sus colinas --es decir,
con sus caminos escabrosos y tortuosos- se manifestará finalmente
como el camino recto y llano por el que Dios ha transitado desde
siempre. La historia, que desde el punto de vista intramundano parece
encaminarse hacia catástrofes imprevisibles, es, vista desde el final,
una vuelta a casa segura y entrañable.

3. El tiempo de Dios. La segunda lectura nos dice que no tenemos


una visión panorámica del tiempo; calculamos los días y los años, pero
nuestros cálculos resultan siempre falsos. En todos los siglos se ha

125
Luz de la Palabra

pronosticado el día la venida de Dios, pero éste nunca ha llegado.


Esto ocurre porque el tiempo de Dios no es como el de los hombres:
para Dios «mil años son como un día». Por eso algunos hablan con un
tono de superioridad y de sarcasmo de «retraso», de una espera inge-
nua del fin. Pero el Señor no carda en cumplir su promesa. Está
viniendo constantemente y saca como un pescador la gigantesca red
de la historia del mundo sobre la playa. Que el fin del mundo, visto
de una forma puramente incramundana, deba ser catastrófico, no
turba ni el plan de Dios ni la confianza de los cristianos. Estos sim-
plemente deben procurar que Dios los encuentre «inmaculados» y
«en paz con él» cuando vuelva. El Adviento prepara esca paz.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Is 61,1-2a.10-ll; 1 Ts 5,16-24;Jn 1,6-8.19-28

1. Domingo de Gaudete: esperamos a Dios no con temor y temblor,


sino con alegría. El profeta anuncia su llegada en la primera lectura e
indica. la razón de esta alegría: la venida del enviado del Señor signifi-
cará la curación y la liberación para todos los pobres, atribulados, cau-
tivos y prisioneros. Este «año de gracia del Señor» nos concierne a
todos, porque en el fondo todos nosotros estamos encerrados en nos-
otros mismos, encadenados por nosotros mismos; no somos incólu-
mes, sino que somos can pobres y estamos can atribulados que no
podemos curarnos a nosotros mismos. Pero Dios no nos traerá esca
curación desde fuera, por un milagro externo, sino desde dentro de
nosotros mismos, al igual que el organismo sólo se cura desde su inte-
rior. Y como Dios ha derramado su Espíritu en nuestros corazones,
éste puede transformarnos desde dentro: «Como el suelo echa sus
brotes, como un jardín hace brotar sus semillas». El Dios que nos ha
creado no está lejos de nuestro fondo más íntimo, ni es ajeno a él;
Dios tiene la llave de nuestra intimidad más secreta. Quizá sólo con el
paso del tiempo nos demos cuenca de que Dios trabaja ya en nosotros
desde hace mucho tiempo.

2. Crecimiento de la vida interior. Y así crecemos en los sentimientos


o actitudes que la segunda lectura exige de nosotros: porque pertenece-
mos a Cristo, debe prevalecer en nosotros la alegría; porque no pode-

126
Ciclo B

mos curarnos a nosocros mismos ni realizarnos plenamente desde nos-


otros mismos, debemos rezar, dar gracias a Dios y hacer sitio al
Espíritu que actúa en nosotros; no debemos menospreciar la enseñanza
que viene de Dios -¡cuántas veces la dejarnos de lado porque creemos
que ya no tenemos nada que aprender!-; hemos de aprender a distin-
guir el bien del mal y, dejando hacer a Dios, no pasivamente sino acti-
vamente, dar al Espíritu que habita en nosotros la oportunidad de
actuar. Corno contrapartida, se nos promete la paz de Dios en todo
nuestro ser, que aquí aparece dividido en tres aspectos: nuestro cuerpo,
nuestra alma y, más allá de ellos, nuestro espíritu, es decir, precisamen-
te esa profundidad secreta de nuestro yo donde actúa el Espíritu Santo
y donde, en lo más profundo de nuestra intimidad, se abre una puena
hacia Dios, a través de la cual él puede entrar en su propiedad.

3. Distancia como proximidad. El que es consciente de esto puede,


como el Bautista en el evangelio, ser testigo de la luz de Dios y a la
vez negar tenaz y rotundamente que él sea la luz. Está muy lejos de
querer decir que él sea la luz en lo más profundo de sí mismo, no es la
luz ni siquiera en la chispa más íntima de sí mismo, donde su espíritu
está en contacto con el Espíritu de Dios. Cuanto más se acerca el
hombre a Dios para dar testimonio de él, tanto más claramente ve la
distancia que existe entre Dios y la criatura. Cuanto más espacio deja
a Dios dentro de sí, tanto más se convierte en un puro instrumento de
Dios: una «voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor».
Cuanto más trata Dios a la Madre de su Hijo como su morada, más se
siente ella como la «humilde esclava». El Bautista, al que se pregunta
en el evangelio con qué autoridad bautiza, distingue finalmente: Yo
bautizo con agua, pero aquel del que yo doy testimonio bautizará con
el Espíritu Santo; y aunque Jesús le considerará como el mayor de los
profetas, él se siente indigno de desatar la correa de su sandalia. «Tú
puedes llamarme amigo, pero yo me considero siervo» (san Agustín).

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

2 S 7,1-5.Bh-12,14a.16; Rm 16,25-27; Le 1,26-38

1. La casa de David. En la primera lectura, el rey David, que


habita en su palacio, tiene mala con ciencia de que, mientras él vive

127
Luz de la Palabra

en casa de cedro, Dios tenga que conformarse con una simple tienda.
Por eso decide, como hacen casi todos los reyes de los pueblos, cons-
truir una morada digna para Dios. Pero entonces el propio Dios inter-
viene, y sus palabras son tanto una reprensión corno una promesa.
David olvida que es Dios el que ha construido codo su reino, desde el
mismo instante en que, siendo David un simple pastor de ovejas, le
ungió rey, acompañándole desde entonces en todas sus empresas. Pero
la gracia llega aún más lejos: la casa que Dios l:ia comenzado, el
mismo Dios la construirá hasta el final: en la descendencia de David y
finalmente en el gran descendiente suyo con el que culminará la obra.
Dios no habita en la soledad de los palacios, sino en la compañía los
hombres que creen y aman; éstos son sus templos y sus iglesias, y
nunca conocerán la ruina. La casa de David «se consolidará y durará
por siempre» en su hijo. Esto se cumple en el evangelio.

2. La Virgen desposada con un varón de la casa de David es elegi-


da por Dios para ser un templo sin igual. Su Hijo, concebido en su
vientre por obra del Espíritu Sanco, establecerá su morada en ella, y
todo el ser de la Madre contribuirá a la formación del Hijo hasta con-
vertirlo en un hombre perfecto. También aquí el trabajo de Dios no
comienza sólo desde el instante de la Anunciación, sino desde el pri-
mer momento de la existencia de María. En su Inmaculada
Concepción, Dios ha comenzado ya a actuar en su templo: sólo porque
Dios la hace capaz de responderle con un sí incondicional, sin reser-
vas, puede establecer su morada en ella y garantizarle, como a David,
que esta casa se consolidará y durará por siempre. «Reinará sobre la
casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». El Hijo de
María es mucho más que el hijo de David: «Es más que Salomón»
(Mt 12,42). El propio David lo llama Señor (Mt 22,45). Pero aunque
Jesucristo edificará el templo definitivo de Dios con «piedras vivas»
(l P 2,5) sobre sí mismo como «piedra angular», nunca olvidará que
se debe a la morada santa que es su Madre, al igwl que procede de la
estirpe de David por José. La maternidad de María es tan imperecede-
ra que Jesús desde la cruz la nombrará Madre de su Iglesia: ésta pro-
cede ciertamente de su carne y sangre, pero su «Cuerpo místico», la
Iglesia, al ser el propio cuerpo de Jesús, no puede existir sin la misma
Madre, a la que él mismo debe su existencia. Y a los que participan,
dentro de la Iglesia, en la fecundidad de María, él les da también una
participación en su maternidad (Metodio, Banquete 111, 8).

128
Ciclo B

3. El templo que Dios se construye no se concluirá hasta que «todas


las naciones» hayan sido traídas a la obediencia de la fe. Eso es precisa-
mente lo que se anuncia al final de la carta a los Romanos. Esta colls-
trucción definitiva es operada por los cristianos ya creyentes, que no se
encierran dentro de su Iglesia, sino que están abiertos al «misterio»
que les ha sido «revelado» por Dios y, en razón de la profecía de los
«Escritos proféticos», en los que se habla de David y de la Virgen,
creen que el «evangelio» no se limita exclusivamente a la Iglesia, sino
que afecta al mundo en su totalidad. El templo construido por Dios
remite siempre, más allá de sí mismo, a una construcción mayor que
ha sido proyectada por Dios y que no concluirá hasta que «haga de Los
enemigos de Cristo estrado de sus pies» y Cristo «devuelva a Dios
Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza» ( 1
Co 15,24s).

NATIVIDAD DEL SEÑOR


Ver ciclo A

DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


SAGRADA FAMILIA: JESUS, MARIA Y JOSE

Gn 15,1-6; 21,1-3; Hb 11,8.11-12.17-19; Le 2,22-40

1. ÚI fe de Abrahán. Es muy significativo que toda la liturgia de


esta fiesta esté bajo el signo de la fe. La familia, que se funda tanto en la
Antigua como en la Nueva Alianza, es en las dos lecturas una nueva obra
de Dios; el cuerpo de Abrahán está ya viejo, Sara, su mujer, es estéril y
Abrahán ha designado ya como heredero a un criado de casa, al hijo de
su esclava. Pero Dios cambia el destino: los padres se vuelven fecundos
milagrosamente y el hijo de la promesa será un puro don de Dios. Este
episodio constituye por así decirlo el distintivo de todos los matrimonios
de Israel: su fecundidad, orientada hacia el Mesías, recibirá siempre algo
de la gracia sobrenatural de Dios: el hijo es un don de Dios, en el fondo
le pertenece y sirve para que sus planes se cumplan; a la familia no le
está permitido cerrase en sí misma, sino que, al igual que Dios la ha
abieno en el origen, así también debe permanecer abierta a los designios
de Dios.

129
Luz de la Palabra

2. EJ sacrificio de Abrahá11. Esto llega hasta lo incomprensible,


raya en lo intolerable humanamente hablando, con la prueba a que se
somete a Abrahán, cuando Dios le exige que le sacrifique al hijo de la
promesa, a cuya existencia el propio Dios había vinculado sus prome-
sas (descendencia tan numerosa como «las estrellas del cielo»). Israel
ha considerado siempre este episodio como uno de los más importan-
tes de su historia. Dios entra en la familia que él mismo ha fundado
milagrosamente y la destruye. Humanamente hablando, Dios se con-
tradice claramente a sí mismo; pero como se trata de Dios, Abrahán
obedece y se dispone a devolver a Dios lo más precioso para él, lo que
el mismo Dios le ha dado. la segunda lectura hace también participar
a Sara en este acontecimiento; la familia, que se debe a Dios, se con-
vierte ahora no solamente en una familia abierta sino también en una
familia sangrante.

3. La espada en el alma de María. El acontecimiento sobre el que


se funda Israel encuentra su pleno cumplimiento en la Sagrada
Familia, que en el evangelio de hoy aparece en el templo. A José, el
último patriarca, Dios no le hace carnalmente fecundo, sino que debe
-¡suprema plenitud de la fecundidad humana!- retirarse para
dejar su sitio a la única fuerza generadora de Dios. El sacrificio per-
sonal que José ofrece, lo oculta en lo litúrgico, en lo aparentemente
insignificante: en el par de palomas, el sacrificio de los pobres. Y la
Madre oculta el sacrificio de su entrega total a Dios con el tupido
velo de la ceremonia de purificación prevista por la ley. Se produce
entonces la profecía que determinará la forma interna de esta familia:
por un lado la suprema significación del Niño ofrecido, donde ya se
puede ver que esta familia se dilatará mucho más allá de sus dimen-
siones terrenales; por otro lado la espada que traspasará el alma de la
Madre, que será así introducida en una realidad más grande, en el
destino de su Hijo: no solamente dejará que el Hijo se marche, con
lo que esto supondrá de sacrificio para ella, sino que será incluida en
el sacrificio del Hijo cuando llegue el momento, con lo que la anti-
gua familia carnal se consumará en una familia espiritual en la que
María -traspasada por la espada- se convertirá de nuevo en Madre
de muchos.

La Sagrada Familia de Nazaret es todo menos un idilio: está entre


el sacrificio del monte Moria y el sacrificio del Gólgota.

130
CicloB

1 DE ENERO
OCTAVA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
SOLEMNIDAD DE SANTA MARIA, MADRE DE DIOS
Ver ciclo A

SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD


Ver ciclo A

6DE ENERO
EPIFANIA DEL SEÑOR
Ver ciclo A

DOMINGO DESPUES DEL 6 DE ENERO


BAUTISMO DEL SEÑOR

ls 55,1-11; 1 Jn 5,1-9; Me 1,7-11

El tema que da 11nidad a los textos de hoy no es tanto el acto del


bautismo como la unión entre agua y salvación. El agua es el símbolo
de la gracia gratuitamente otorgada, purificante y refrescante a la vez.

l. Agua y Espíritu. En el evangelio de hoy se describe el bautismo


del Señor: el cielo se rasga tras su panicipación obediente en el bau-
tismo con agua al final de la Ancig11a Alianza, el Espíritu desciende
sobre el bautizado y el Padre declara que Jesús es su Hijo amado, su
preferido, arquetipo de todos los cristianos q11e recibirán después el
bautismo: todos ellos recibirán el Espíritu de lo alto y nacerán a una
nueva vida como hijos de Dios. El agua terrenal no se convertirá por
ello en algo superfluo, sino que quedará integrado en el acontecimien-
to trinitario del bautismo de Jesús. Lo que hasta ahora era un símbo-
lo, se convertirá en lo sucesivo en parte de un sacramento, e incluso en
una parte indispensable para todo el que quiera «nacer del agua y el
Espíritu» (Jn 3,5) para participar en la vida divina. Esto es así porque
el Hijo hecho hombre se sumerge en la historia de la salvación e inte-
gra los antiguos signos de esta historia --como la travesía salvífica del
arca de Noé por en medio del agua del diluvio (1 P 3,20s), el paso de
los israelitas a través del Mar Rojo (1 Co 10, 1-2) y finalmente el bau-

131
Luz de la Palabra

cismo de Juan- en el nuevo acontecimiento salvífica de la Trinidad


divina.

2. Agua gratis. En la primen lectura el agua se convierte antici-


padamente en imagen de la gracia dispensada desde lo alto, sin la que
canto la cierta como el cora2ón sediento del hombre se quedarían rese-
cos. «Oíd, sedientos codos, acudid por agua, también los que no
cenéis dinero». Todo lo que se compra con dinero «no alimenta» ni
«da hartura». Con Dios no hay trueque que valga, simplemente hay
que aceptar sus dones, que se comparan a la «lluvia» que baja del
cielo y sin la que nada germina ni da pan sobre la tierra (v. 10). Sólo
lo que ha sido impregnado por Dios es capaz de restituir a Dios, en la
lluvia enviada por él, el fruto deseado: en la palabra de Dios podemos
hablarle, en su Espíritu podemos renacer para él.

3. Agua y sangre. Pero la segunda lectura no se conforma con


«Espíritu y agua», sino que necesita como tercer elemento la sangre,
esa sangre que junto con el agua fluye del costado traspasado de
Cristo. Jesús, que en el bautismo es reconocido por el Padre como su
Hijo amado y preferido, es también el elegido para la cruz, el que ten-
drá que cumplir en ella tocia la voluntad del Dios trinitario. Ahora los
«tres: El Espíritu, el agua y la sangre» se han convertido en un único
«testimonio de su Hijo». Todo bautizado tiene que comprender que
debe su filiación divina a esca unidad de agua y sangre de Cristo; el
que entra en la vida de Cristo con el bautismo, tendrá que acompa-
ñarle de alguna manera hasta el final, para dar testimonio «junto con
el Espíritu» (Jn 15,26-27) de la fe en Cristo.

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 S 3,3b-10.19; 1 Co 6,13c-15a.17-20;Jn 1,35-42

l. Las primeras vocaciones. La escena del evangelio de hoy se sitúa


inmediatamente después de la narración del bautismo de Jesús, que
comienza ahora su actividad apostólica. Pero Jesús no comienza ense-
guida a llamar a sus discípulos; el Bautista -la Antigua Alianza que
concluye-, que sabe que es el precursor y el que ha de preparar el
camino, le envía los primeros discípulos. Uno se llama Andrés y el

132
Ciclo B

otro, cuyo nombre no se dice, es sin duda Juan, el propio evangelista.


Seguir a Jesús significa aquí, en un sentido totalmente originario, «ir
detrás de él», sin que los discípulos sepan de momento que son
enviados, que se les encomienda una misión. Pero esta situación no
dura mucho, Jesús se vuelve y al ver que lo siguen les pregunta:
«¿Qué buscáis?». Ellos no pueden expresarlo con palabras y por eso
responden: «Maestro, ¿dónde vives?». ¿Dónde tienes tu casa para
que podamos conocerte mejor? «Venid y lo veréis». Se trata de una
invitación a acompañarle, sin explicación previa; sólo el que le acom-
pañe, verá. Y esto se confirma después: «Lo acompañaron, vieron
donde vivía y se quedaron aquel día con él». Quedarse es en Juan
sinónimo de la existencia definitiva en compañía de Jesús, la expre-
sión de la fe y del amor. Tampoco el tercer discípulo, Simón, es lla-
mado por Jesús, sino que es traído ante él casi a la fuerza por su her-
mano. Jesús se le queda mirando y le dice: Yo te conozco, «tú eres
Simón, hijo de Juan». Pero yo te necesito para otra cosa: te llamarás
Cefas, Piedra, Pedro. Esto sucede ya, en el primer capítulo del evan-
gelio, absoluta y definitivamente. Jesús no solamente tiene necesidad
del hombre entero, sino que necesita además a Pedro como piedra
angular de todo lo que construirá en el futuro. En el último capítulo
será hasta tal punto la piedra angular, que deberá ser el fundamento
de todo, incluso del amor eclesial: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas
más que éstos?».

2. Un relato vocacional. La primera lectura narra la vocación del


primer profeta, el joven Samuel. Dios lo llama mientras el muchacho
está durmiendo. Samuel oye la llamada pero no sabe quién lo halla-
mado. «Aún no conocía Samuel al Señor». Por eso cuando se produce
la primera y la segunda llamada va a donde está Elí, hasta que el
sacerdote comprende finalmente que es el mismo Dios el que llama a
Samuel y dice al muchacho: «Si te llama alguien, responde: 'Habla,
Señor, que tu siervo escucha'». Esto es, visto desde el Nuevo
Testamento, la mediación eclesial, sacerdotal, de la llamada de Dios.
Ciertamente los jóvenes oyen una llamada, pero no están seguros, no
pueden comprenderla ni interpretarla correctamente. Entonces inter-
viene la Iglesia, el sacerdote, que sabe lo que es una auténtica voca-
ción y una vocación sólo presunta. El Dios que llama confía en esta
mediación. El sacerdote --<:orno Elí en la Antigua Alianza- ha de
poder discernir si es realmente Dios el que llama y, en caso afirmati-

133
Luz de la Palabra

vo, educar para una perfecta audición de la palabra de Dios y para


ponerse enteramente a su servicio.

3. la segunda lectura aclara que quien verdaderamente ha oído la


llamada de Dios, y sacado la consecuencia para su vida, «no se posee ya
en p,,opiedad». Ha sido comprado, se ha pagado un precio por él y per-
tenece al Señor como esclavo, en cuerpo y alma. Aquí se pone el acen-
to en el cuerpo, del que el llamado ha sido desposeído, pues se ha con-
vertido ---dice Pablo-- en un miembro del cuerpo santo de Cristo; el
que pecara en su propio cuerpo, mancillaría el cuerpo de Cristo. La
expropiación que se produce en los relatos vocacionales precedentes
no es parcial, sino total: el hornbre encero, en cuerpo y alma, se pone
al servicio de Dios, debe seguirle, ver y quedarse con él.

TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

jon 3,1-5.10; 1 Co 7,29-31; Me 1,14-20

El tema de los tres textos es la urgencia de la conversión; ya no hay


tiempo para nada más.

1. La predicación de jonás. La primera lectura ha sido motivo de


sorpresa para muchos. Jonás invita a la ciudad de Nínive a la conver-
sión: «Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada». La conversión se
produce, la destrucción no. Está claro que lo que Dios quería era
lograr esta conversión; en realidad la destrucción no le imponaba. Y
corno se produjo la conversión deseada, no había necesidad de ningu-
na destrucción. Pero con la amenaza de destrucción Dios no pretende
dar un simple susto a los habitantes de Nínive, la amenaza se pronun-
cia totalmente en serio y corno tal la tornan los ninivitas. Estos com-
prendieron quizá también su lado positivo: que Dios quiere siempre
el bien y nunca la destrucción, y que solamente cuando no se produce
la con"ersión, debe aniquilar el mal por amor al bien. La indignación
del profeta a causa de la inconstancia de Yahvé se debe al carácter más
bien irónico del libro de Jonás: ¿cómo puede un Dios amenazar con
catástrofes y luego no llevarlas a cabo?

2. En la segunda lectura Pablo saca no pocas consecuencias de la

134
Ciclo B

brevedad del tiempo. No se trata de una «espera inminente», sino más


bien del carácter general del tiempo terrestre. Este tiempo es de por sí
tan apremiante que nadie puede instalarse en él cómoda y despreocu-
padamente. Todos los estados de vida en la Iglesia deben sacar las
consecuencias; el apóstol se refiere aquí sólo a los laicos: a todas sus
actividades y formas de conducta se añade un coeficiente negativo:
llorar, como si no se llorase; estar casado, corno si no se tuviese mujer;
comprar como si no se poseyera nada, etc. Todos los bienes que posee-
mos y necesitamos en este mundo debemos poseerlos y utilizarlos con
una indiferencia tal que en cualquier momento podamos renunciar a
ellos, porque el tiempo apremia y la frágil figura de este mundo se
termina. Todo nuestro vivir es emprestado y el tiempo nos ha sido
dado con la condición de que en cualquier momento se nos puede pri-
var de él.

3. El evangelio muestra las consecuencias del plazo anunciado


también por Jesús como «cumplido». Con este cumplimiento el reino
de Dios se encuentra en el umbral del tiempo terrestre, y de este modo
adquiere pleno sentido consagrarse enteramente, con toda la propia
existencia, a esta realidad que comienza infaliblemente. Esto no se
hace espontáneamente, se es llamado y equipado por Dios para ello.
En este caso son cuatro los discípulos a los que Jesús invita a dejar su
actividad mundana -y ellos obedecen a esta llamada sin hablar pala-
bra- para ser equipados con la vocación que les corresponde en el
reino de Dios: en lo sucesivo serán pescadores de hombres -pescar
pueden ciertamente, ya que son pescadores de profesión-. Son éstas
vocaciones ejemplares, pero no se trata propiamente de excepciones.
También muchos cristianos que permanecen dentro de sus profesiones
seculares, son llamados al servicio del reino que Jesús anuncia; éstos
cristianos necesitan, para poder seguir esta llamada, precisamente la
indiferencia de la que hablaba Pablo en la segunda lectura. Al igual
que los hijos de Zebedeo dejan a su padre y a los jornaleros para
seguir a Jesús, así también el cristiano que permanece en el mundo
debe dejar mucho de lo que le parece irrenunciable, si quiere seguir a
Jesús seriamente. «El que echa mano del arado y sigue mirando atrás,
no vale para el reino de Dios» (Le 9,62).

135
Luz de la Palabra

CUARTO DOMINGO DEL 'TIEMPO ORDINARIO

Dt 18,15-20; 1 Co 7,32-35; Me 1,21-28

l. En el evangelio, con motivo de la expulsión de un demonio, se


reconoce que la enseñanza de Jesús es 1ma enseñanza totalmente «n11e11a»,
un «enseñar con autoridad» ante el que todos los circunstantes se
quedan «estupefactos». Estos ven la prueba de esta novedad en la
expulsión del espíritu inmundo, pero ésta es a lo sumo la confirma-
ción de su autoridad, no su enseñanza. Lo auténticamente decisivo
aparece al principio del evangelio: Jesús enseña en la sinagoga, y los
presentes «se quedaron asombrados de su enseñanza». En su misma
enseñanza se percibe ya la «autorizad divina» que la distingue de la
enseñanza de los «letrados». Lo que la nueva enseñanza exige es un
radicalismo en la obediencia a Dios totalmente distinto del rigorismo
en el cumplimiento de la ley exigido por los letrados. Este radicalis-
mo no exige en absoluto una huida del mundo, tal y corno la practica-
ban por ejemplo los miembros de la secta de Qumrán, sino, en medio
del rnundo, de su trabajo y de sus penalidades, una vida indivisa para
Dios y conforme a su mandamiento. Este mandamiento que Jesús
explica a los hombres es a la vez infinitamente simple e infinitamente
exigente; posteriormente Jesús lo repetirá constantemente: amar a
Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Eso signifi-
can la Ley y los Profetas (Me 7,12). Esta es la perfección que el hom-
bre puede alcanzar y en la que puede y debe parecerse al Padre celeste
(cfr. Mt S,48). Aquí sólo hay totalidad, no hay lugar para la división.

2. Pablo, en la segunda lectura, tiende al mismo radicalismo.


Aunque aparentemente distingue dos categorías de hombres: los céli-
bes, que se preocupan de los «asuntos del Señor», y los casados, que se
preocupan de los «asuntos del mundo, buscando contentar a su
mujer», ciertamente no quiere (como muestran sus textos parenéticos
sobre la vida doméstica) proscribir el matrimonio o las profesiones del
siglo, sino a lo sumo mostrar lo que se observa habitualmente en la
gente de mundo. Puede conceder al celibato una ciena preeminencia
( «a todos les desearía que vivieran como yo»: 1 Co 7, 7), mas inmedia-
tamente añade: «Pero cada cual tiene el don particular que Dios le ha
dado», gracias al cual es perfectamente posible, incluso dentro del
mundo y en la vida matrimonial, servir a Dios y amar al prójimo

136
Ciclo 8

indivisiblemente. Ciertamente en muchos casos cabe preguntarse si


esto es más ficil en el estado de los consejos evangélicos que en un
matrimonio cristiano correctamente vivido. Las cartas pastorales se
oponen a los que «prohíben el matrimonio» (1 Tm 4,3 ); no: «Todo lo
que Dios ha creado es bueno».

3. A esta doctrina definitiva de Jesús, en la que se resume tocio


con perfecta simplicidad, se refiere ya Moisé.r anticipadamente cuando
habla, en la primera lectura, del profeta que ha de venir, del que Dios
dice: •Suscitaré un profeta ... Pondré mis palabras en su boca y les dirá
lo que yo le mande». El Señor lo suscitará como cumplimiento de
todo lo iniciado en la Antigua Alianza. A él será, por tanto, al que
haya que escuchar en todo.

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jb 7,1-4.6-7; 1 Co 9,16-19.22-23; Me 1,29-39

l. «Para eso he venido». Este evangelio nos muestra que el trabajo


que Jesús hizo sobre la tierra era una exigencia totalmente desmesura-
da. Debía buscar a las «ovejas descarriadas de Israel», una tarea que,
dada la situación espiritual y religiosa del país, era imposible de llevar
a cabo y a la que no obstante él se entrega con todas sus fuerzas.
Cuando cura a la suegra de Pedro, «la población entera se agolpa a la
puerta» de la casa; entonces cura a muchos enfermos y expulsa
muchos demonios. Jesús se levanta de madrugada para poder por fin
orar a solas. Pero sus discípulos le siguen y cuando le encuentran le
dicen: «Todo el mundo te busca». Le buscaba.o los mismos de la
noche anterior. Jesús no se excusa diciendo que ahora quiere rezar,
sino que evita encontrarse de nuevo con la multitud alegando otro
trabajo: en «fas aldeas cercanas, para predicar también allí; que para
eso he venido». Y las aldeas son sólo el comienzo: «Así recorrió toda
Galilea». El auténtico apóstol cristiano puede tomar ejemplo del celo
incansable de Jesús: aunque la tarea que tenga ante sí le parezca irrea-
lizable desde el punto de vista humano, trabajará tanto como le per-
mitan sus fuerzas; el resto será completado por su sufrimiento o al
menos por su obediencia interior. Pero esta interioridad nunca puede
ser una excusa para no hacer todo lo que pueda.

137
Luz de la Palabra

2. «Esclavo de todos». Pablo, en la segunda lectura, sigue el ejem-


plo del Señor en la medida de lo posible. Ha recibido de Dios la tarea
de anunciar el evangelio, y esto es para él un deber, no lo hace por su
propio gusto. Pablo puede, para mostrar a Dios su libre obediencia,
remmciar a una paga, pero nada le exime del deber estricto de com-
prometerse plenamente en la tarea que le ha sido confiada. No se pre-
senta como el gran señor que está en posesión de la verdad, sino corno
el esclavo que está al servicio de todos. El apóstol dice (en los versícu-
los que se han omitido en la lectura) que se hace esclavo de los judíos
(se introduce en la mentalidad judía para hablar a los judíos del
Mesías), esclavo de los paganos (para anunciarles al Redentor del
mundo) y finalmente (aquí prosigue la lectura) esclavo de los débiles
(aunque él se considera fuerte) para ganar también para Cristo, en la
medida de lo posible, a los poco inteligentes, a los inseguros, indeci-
sos y versátiles. No se olvida de nadie: «Me he hecho todo a todos», y
esto no con la segu.ridad del que es ya partícipe de la promesa del
evangelio, sino con la esperanza del que participa también él en lo
que anuncia a los demás.

3. Como «un Jervicio» (militar): así define el pobre Job, en la pri-


mera lectura, la vida del hombre sobre la tierra. El hombre no es un
señor, sino une esclavo que «suspira por la sombra»; no es un amo (el
amo es Dios), sino un «jornalero». Se trata de una característica gene-
ral de la efímera vida del hombre. Cristo y su apóstol no contradicen
esta descripción de la vida humana. Sólo que la inquietud, la desazón
de que habla Job, se ha convertido en la Nueva Alianza en el celo
indomeñable de trabajar por Dios y su reino, ya se realice esto
mediante una actividad exterior o mediante la oración. Porque tam-
bién la oración es un compromiso del cristiano por el mundo, y cier-
tamente tan fecundo o incluso más fecundo que la actividad externa.

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Lv 13,1-2.43ac.44ah.45-46; 1 Co 10,31-11,1; Me 1,40-45

l. «Quiero: queda limpio». El encuentro de Jesús con el leproso,


que le suplica de rodillas que le cure, muestra la total novedad de la
conducta de Cristo con respecto al comportamiento veterotestamenta-

138
Ciclo B

rio y rabínico. Un leproso no sólo estaba excluido de la comunidad


-algo comprensible según las prescripciones higiénicas del
Pentateuco--, sino que los rabinos afirmaban que la causa de esta
enfermedad eran los graves pecados cometidos por el leproso y prohi-
bían acercarse a él; cuando un leproso se acercaba, se le alejaba a
pedradas. Jesús deja que el leproso del evangelio se le acerque y hace
algo impensable para un judío: lo toca. El es precisamente el Salvador
enviado por Dios que corno buen médico no sólo se preocupa de los
enfermos del alma (los sanos no necesitan médico: Mt 9,12), sino que
indica, al tocar al leproso, que no tiene miedo al contagio; más aún:
toma sobre sí conscientemente la enfermedad del hombre y sus peca-
dos. A propósito del comportamiento de Jesús, Mateo cita las pala-
bras del Siervo de Dios: «El tomó nuestras dolencias y cargó con
nuestras enfermedades» (Mt 8, 17; Is 53,4). Pero esto no sucede en la
impasibilidad más absoluta: el texto griego habla de una cólera de
Jesús ( «·le increpó») ante la miseria de los hombres, miseria que Dios
no ha querido. Y cuando el leproso queda limpio, Jesús le ordena,
para cumplir lo que manda la ley, que se presente ante el sacerdote,
que ha de constatar la curación. «Para que conste» significa dos cosas:
para que sepan que puedo curar enfermos y para que vean que no eli-
mino la Ley sino que la cumplo. Que el ex leproso no respete el silen-
cio que Jesús le impone, es una desobediencia que dificulta no poco la
actividad de Jesús: «Ya no podía entrar abiertamente en ningún pue-
blo»; Jesús no quiere que se le confunda con un curandero.

2. «¡Impuro, impuro!». La primera lectura recuerda las prescripcio-


nes de la Ley con respecto a la lepra. Se trata de medidas sumamente
severas que obligaban al enfermo no sólo a vivir solo, separado de la
comunidad, condenándole a descuidar su aspecto externo mientras
duraba su enfermedad, sino también a gritar « ¡Impuro, impuro!»
cuando alguien se le acercaba. Esto es precisamente lo que el pecador
contumaz debería hacer en la Iglesia, pues el que peca gravemente,
mientras permanezca en pecado mortal, puede contaminar a los demás
y no debería ocultar hipócritamente su separación de la «comunión de
los santos». Como impuro que es, debería cuanto antes postrarse de
rodillas a los pies de Jesús y suplicarle: «Si quieres, puedes curarme».

3. «Como yo sigo el ejemplo de Cristo». En la segunda lectura, el


apóstol procura asemejarse a su Señor en la medida de lo posible;

139
Luz de la Palabra

él no puede tomar sobre sí los pecados de los hombres, pues esto perte-
nece exclusivamente a Cristo («¿Acaso crucificaron a Pablo por vos-
otros?»: l Co 1,13), pero puede acoger a los enfermos del cuerpo y
mayormente a los del alrna para devolverles la salud en virtud de la
fuerza de Cristo. Su ir al encuentro de los enfermos y de los débiles no
es condescendencia, sino pura actitud de servicio que puede llegar
incluso a una participación en la pasión sustitutoria de Jesús (Col 1,24).

SEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDIN ARJO

1143, 18-19.21-22.24b-25; 2 Co 1, 18-22; Me 2, 1-12

l. «Potestad para perdonar /01 pecados». En el evangelio de hoy se


narra una escena ciertamente movida -la multitud de las personas
congregadas en Cafarnaún, el boquete en el tejado para descolgar por
allí la camilla con el paralítico, al que Jesús le perdona sus pecados, el
escándalo y enfado de los letrados por la actitud de Jesús, y finalmen-
te la pregunta de éste: ¿Qué es más fácil, perdonar los pecados o curar
el cuerpo?- que concluye con la declaración solemne de que el Hijo
del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar los pecados, lo
que se demuestra con la curación del paralítico. Naturalmente la
gente se queda atónita ante la curación, que sólo adquiere su plena
significación en virtud de la relación con el perdón de los pecados.
Jesús comienza con la curación de la más grave de las enfermedades,
esa parálisis espiritual que deja radicalmente impedido al hombre
cuando éste rechaza a Dios, una enfermedad de la que el hombre en
modo alguno puede curarse a sí mismo, ni siquiera con los múltiples
métodos psicológicos que los hombres inventan para tratar de olvidar-
se de su culpa o para darse a sí mismos la absolución de sus pecados.
Sólo Dios, que es realmente el ofendido, tiene el poder y la gracia de
perdonar la injusticia que se le ha infligido, y corno ha enviado a su
Hijo al mundo para proclamar y operar este perdón, el Hijo tiene la
potestad que Jesús se atribuye. La tiene porque el precio supremo de
esta gracia, la cruz y la asunción de la culpa por parte del Inocente,
del que no tiene pecado, está asegurado de antemano. Al igual que la
Cena será una anticipación de la cruz, así también lo será el perdón de
los pecados concedido durante la vida de Jesús. El perdón de los peca-
dos quita al hombre un peso del que éste no puede liberarse por sí

140
Ciclo B

solo, pero muestra, como se nos recuerda en la primera lectura, el


enorme esfuerzo y la tremenda fatiga que el pecador impone a Dios,
un esfuerzo y una fatiga que absorbe todo el amor divino para liberar-
nos del peso del pecado.

2. «Me cansabas con tus culpas». Así acusa Dios al pueblo por boca
del profeta. Mientras tú, pueblo ingrato, «no te esfon:abas por rní» y
me olvidabas: no me invocabas ni me ofrecías sacrificios, ya no creías
en mi poder y bondad, te habías liberado por así decirlo de mí, «me
avasallabas con tus pecados y me cansabas con tus culpas», yo pensaba
en tu salvación. ¿Cómo podría Dios, que ha prodigado todo su amor a
Israel, no experimentar un gran dolor ante semejante indiferencia y
aversión por parte de su pueblo? Pero el Dios del amor no se enoja
sino que piensa en nuevos caminos de reconciliación: «Mirad que rea-
lizo algo nuevo». En virtud de su divina fuerza creadora, Dios, que es
amor, borra los crímenes de su pueblo. Perdona y comienza de nuevo.
Pero con una condición: el pueblo debe darse cuenta de ello y aceptar
el don que Dios le ofrece.

3. El rí de Dios. En la segunda lectura, la cristiana, queda perfec-


tamente claro que Dios no dice unas veces sí y otras no, sino siempre
sí, y que para el hombre que ha comprendido esto a la luz de la fe ya
no hay otro camino: ya no puede decir «primero sí y luego no», sino
que debe responder siempre con un sí a la «fidelidad de Dios en
Cristo». Su acogida en el nuevo pueblo de Dios, que tiene lugar en el
bautismo, ha puesto ya en su corazón el Espíritu de Dios. Basta con
seguirle.

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Gn 9,8-15; 1 P 3,18-22; Me 1,12-15

l. «Creed la Buena Noticia». El Evangelio, la Buena Noticia que


Jesús empieza a proclamar y que es un mensaje para el mundo entero,
para éste y para el del más allá, comienza con su ayuno de cuarenta
días. Jesús no inicia su Cuaresma por propia iniciativa, como mero
ejercicio ascético, sino que es empujado al desierto por el Espíritu de
Dios. Como tampoco soportará el sufrimiento de la cruz (al final de la

141
Luz de la Palabra

Cuaresma eclesial) por ascetismo, sino por pura obediencia al Padre.


La inmensa e ilimitada fecundidad de la obra de Cristo supone tanto
al principio como al final una uemenda renuncia. Durante más de un
mes vive sin probar bocado, se alimenta únicamente de la palabra y de
la voluntad del Padre: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me
envió y llevar a término su obra» (Jn 4,34). Siguiendo el ejemplo de
Jesús, todos los santos cuya predicación haya de ser fecunda tendrán
que desprenderse de todo lo propio para anunciar eficazmente la pro-
ximidad del reino de Dios. El Señor vive su tiempo de ayuno entre las
alimañas y los ángeles, que «le servían», entre el peligro corporal y la
protección sobrenatural. Vive entre los dos extremos de la creación
entera. Al desprenderse de todo lo que llena la vida cotidiana de los
hombres, Jesús toma conciencia de las auténticas dimensiones del cos-
mos que, como Redentor del mundo, debe rescatar para Dios.
Después de esta preparación lejos del mundo -renuncia a todo,
incluso a lo más necesario pan vivir-, puede presentarse abierta-
mente ante los hombres y proclamar: «Se ha cumplido el plazo».

2. «Esta es la señal del pacto». Las dos lecturas muestran las


dimensiones del mundo que hay que redimir. La primera describe la
alianza primigenia y fundamental de Dios con Noé. Se trata de la pro-
mesa de una reconciliación definitiva de Dios con el mundo. los
nubarrones amenazadores del castigo inmisericorde han desaparecido
definitivamente del cielo, son lln pasado que nunca volverá. Tras la
tormenta de la cólera ha salido el sol y se ha formado el arco iris, que
se eleva desde la tierra hasta el cielo y recuerda a Dios su pacto con
«todos los animales, con todos los vivientes». Este pacto no ha sido
abolido ni ha quedado disminuido por la alianza con Israel y por la
posterior Nueva Alianza de Cristo.

3. «Fue a proclamar su mensa;e a los espíritus encarcelados». La segun-


da lectura da una respuesta, aunque ciertamente misteriosa, a la cues-
tión de la suerte de los difuntos precristianos. Jesús «murió por los
culpables», para conducirlos a Dios. Por eso él, corporalmente muer-
to, pero vivo espiritualmente, descendió a los infiernos para proclamar
su mensaje de salvación a «los espíritus encarcelados». Pues antes de
su muerte y de su descenso a los infiernos, nadie podía llegar a Dios
(Hb 11,40). Antes de la resurrección de Jesús, tampoco había bautis-
mo que pudiera preservarnos del seol veterotestamentario, de esa

142
Ciclo B

«cárcel» de los muertos que era una parte del mundo todavía no ple-
namente redimido. Pero para llegar al mundo de los muertos, Jesús
tenía que someterse también él a la muerte, de la que haremos memo-
ria al final de la Cuaresma y en virtud de la cual Cristo puede realizar
la promesa contenida en la alianza pactada con Noé de someter al
mundo entero, incluido «el último enemigo, la muerte» (l Co
15,26), para poner al universo entero «bajo los pies del Padre».

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Gn 22,l-2.9a.10-13.15-18; Rm 8,3lb-34; Me 9,2-10

1. «Toma a tu hijo único, al que quiereJ». Al evangelio de la transfi-


guración le precede, corno primera lectura, el relato del sacrifico de
Abrahán. Con razón: pu.es la transfiguración del Señor será la demos-
tración por parte de Dios de lo que es realmente su «Hijo amado»,
que será «ofrecido en sacrificio» por los hombres y para la salvación
de los hombres. Para los judíos el sacrificio de Abrahán es el momen-
to culminante de su relación con Dios, y subrayan que se trata de un
doble sacrificio: del padre, que toma el cuchillo para degollar a su
hijo, y del hijo, que consiente en su inmolación. Se suele decir que
Abrahán es en esto sólo una prefiguración, pues en realidad no tuvo
que ofrecer el sacrificio, no le hizo falta sacrificar a Isaac. Pero quizá lo
realizó ya en su fuero interno, en su interior, en su corazón cuando
tomó el cuchillo con la intención de degollar a su hijo. Se trata en
todo caso de algo extremo que Dios podía ex:igir del hombre que per-
manece en su alianza como imitación de su propio designio con res-
pecto a su Hijo. Lo horrendo del caso no está sólo en la orden de
matar al propio hijo --en las religiones circundantes e, ilícitamente,
también en Israel se practicaban sacrificios humanos-, sino en que
este hijo había sido dado expresamente por Dios mediante un milagro
y estaba destinado para garantizar con su persona el cumplimiento de
las promesas divinas. Pero Dios no se contradice a sí mismo cuando
da esta orden. Y a pesar de esta contradicción incomprensible para el
hombre, éste debe obedecer, porque Dios es Dios.

2. «No perdonó a stt propio Hijo». La segunda lectura resuelve la


aparente paradoja cuando dice que Dios se revela como el que es esen-

143
Luz de la Palabra

cialmente amor, como el que no se contradice cuando entrega a su


divino Hijo a la muerte real y precisamente así cumple la promesa de
«dar todo» con él, es decir, de conferir la vida eterna. Lo más grande
no es aquí la obediencia unilateral del hombre ante una orden incom-
prensible de Dios, sino la unidad de la obediencia del Hijo, que se
entrega a la muerte para la salvación de todos, y de la abnegación del
Padre, que nos da todo, sin ahorrar el sacrificio a su propio Hijo. Con
ello Dios no solamente está con nosotros (como el «Emrnanuel» vete-
rotestarnentario), sino que intercede definitivamente «por nosotros»,
sus elegidos. Y con ello no solamente nos ha dado algo grande, sino
todo lo que tiene y es. Ahora Dios está tan de nuestra parte que cual-
quier amsación (judicial) contra nosotros pierde toda su fuerza. Nadie
puede acusarnos ya ante el tribunal de Dios; el Hijo entregado por
Dios es un abogado tan irrefutable que toda acusación humana contra
nosotros enmudece.

3. Tramfiguración. A partir de aquí resulta comprensible (en el


evangelio) en su verdadero sentido la luz trinitaria que irradia desde
el Hijo sobre la montaña. En modo alguno se trata de una concentra-
ción en sí mismo (como en ciertos yoguis), sino de la esplendente ver-
dad trinitaria de la entrega total y absoluta, que muestra lo que el
Padre entrega realmente y «ofrece en sacrificio» por el mundo, lo que
el nuevo Isaac consiente que suceda en sí, en pura obediencia amorosa
al Padre, lo que la nube deslumbrante «que los cubre» con su espesu-
ra oculta en el misterio divino. El miedo y el balbuceo por parte de
los hombres es la consecuencia necesaria; pero también lo es la orden
de no profanar con habladurías lo que se ha contemplado. Todo se
aclarará por sí sólo con la muerte y resurrección del Señor.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Ex 20,1-17; 1 Co 1,22-25;Jn 2,13-25

1. «Destruid este templo». En medio de la Cuaresma se narra la


purificación del templo, para que reflexionemos sobre lo que es el ver-
dadero culto a Dios y la verdadera casa de Dios. El evangelio tiene dos
acentos principales: el látigo inexorable con el que Jesús expulsa a
todos los traficantes de la casa de oración de su Padre, y la prueba que

144
Ciclo B

da de su autoridad cuando los judíos le preguntan por qué obra con


tanto celo: el verdadero templo, el de su cuerpo, destruido por los
hombres, será reconstruido en tres días. Hasta que esto no suceda (la
muerte y la resurrección están todavía por venir), la antigua casa de
Dios ha de servir únicamente para la oración. El Dios de la Antigua
Alianza no podía tolerar a dioses extranjeros a su lado, sobre todo no
podía soportar al dios Mamón.

La dos lecturas aclaran en parte lo dicho en el evangelio: la prime-


ra, el primer acento principal, y la segunda, el segundo.

2. «Porque soy un Dios celoso». La gran autorrevelación del Dios de


la alianza, en la primera lectura, tiene dos partes (y una interpolación):
en la primera parte, Dios, que ha demostrado su vitalidad y su poder
haciendo salir a Israel de Egipto, se presenta como el único Dios (cfr.
Dt 6,4); por eso ha de reservarse para sí toda adoración y castigar el
culto tributado a los ídolos. En la segunda parte exige al pueblo con el
que pacta la alianza que se comporte, en los «diez mandamientos»,
corno corresponde a una alianza pactada con la única y suprema
Majestad. Todos estos mandamientos no son prescripciones del derecho
natural o preceptos puramente morales (aunque puedan ser también
eso), sino exigencias de cómo ha de comportarse el hombre en la alian-
za con Dios. Ha sido incluida en la lista la ley del sábado, que en este
contexto indica ante codo que entre los días de los hombres uno está
reservado para el descanso, día que está caracterizado como propiedad
privada de Dios y obliga a los hombres, con el descanso del trabajo
cotidiano, a ser conscientes permanentemente de ello.

3. «Lo1 judíos exigen signos». La segunda lectura aclara el segundo


motivo principal del evangelio, en el que los judíos exigen una prue-
ba del poder de Jesús: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». La
exigencia de signos para creer es rechazada por Jesús y al mismo tiem-
po escuchada, mediante la única señal que se les dará: «Esta genera-
ción perversa y adúltera ex:ige una señal; pues no se le dará más signo
que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el
vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del
hombre en el seno de la tierra» (Mt 12,38-40). Exactamente lo
mismo que en el evangelio: el templo destruido y reconstruido. El
único signo que Dios da es para los hombres «lo necio», «lo débil», la

145
Luz de la Palabra

cruz: se requiere la fe para poderlo captar, mientras que los judíos pri-
mero quieren ver para poder después creer. Por eso el signo que se les
da aparece como un «escándalo», mientras que para los llamados a la
fe es «Cristo, fuena de Dios y sabiduría de Dios», que se manifiesta
en el signo único y supremo de la muerte y resurrección de Jesús.

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

2Cro36,14-J6.19-23; E/2,4-JO;Jn 3,14-21

l. «El que no cree, ya está condenado». El evangelio nos da la opor-


tunidad, en este tiempo de penitencia, de revisar nuestra idea del jui-
cio divino. La afirmación decisiva es que el que desprecia el amor
divino se condena a sí mismo. Dios no tiene ningún interés en conde-
nar al hombre; Dios es puro amor, un amor que llega hasta el extremo
de entregar su Hijo al mundo por amor; Dios no puede ya darnos
más. La. cuestión es si nosotros aceptarnos este amor, de suerte que
pueda demostrase eficaz y fecundo en nosotros, o si, anee su luz, nos-
otros preferimos ocultarnos en nuestras tinieblas. En ese caso «detes-
tamos la luz», detestamos el verdadero amor y afirmamos nuestro
egoísmo de una u otra forma (el amor puramente sensual es también
egoísmo). Si hacemos esto, ya «estarnos condenados», no por Dios,
sino por nosotros mismos.

2. «Las buenas obras que ll determinó practicásemos». La lectura del


Nuevo Testamento nos muestra una vez más el «gran amor» de Dios
por nosotros, pecadores, pues nos ha resucitado con Cristo y nos ha
concedido un sitio con él en el cielo. Pero nosotros no hemos conquis-
tado ese sitio, sino que nos ha sido dado por el amor y la gracia de
Dios. Y sin embargo no por ello pasamos automáticamente a ser par-
tícipes de la vida·eterna, sino que debernos apropiarnos del don que
Dios nos hace con nuestras «buenas obras». Pero tampoco tenemos
necesidad de inventarnos trabajosamente estas buenas obras; el após-
tol no, dice que Dios «las determinó» de antemano para que nosotros
las «practicásemos»; El nos muestra mediante nuestra conciencia,
mediante su revelación, mediante la Iglesia y mediante nuestros
semejantes lo que debemos hacer y en qué sentido debemos hacerlo.
Es posible que practicar estas obras determinadas de antemano nos

146
Ciclo B

cueste algo, pero tenemos que darnos cuenta de que la superación que
se nos exige es también una gracia ofrecida por el amor de Dios, por
lo que debemos realizar nuestras obras en paz y gratitud.

3. La primera lectura nos muestra de una forma nueva lo que


ocurre con el juicio de Dios y con su gracia. En ella se recuerda la enor-
me paciencia que Dios tuvo al principio con el Israel infiel, hasta que
finalmente el desprecio y la burla de que eran objeto los mensajeros y
profetas de Dios por parte de Israel llegó a tal punto que «ya no hubo
remedio»: la única salida que quedaba era la destrucción total de
Jerusalén y la deponación a Babilonia. Y sin embargo éste no es el fin
del destino del pueblo: el exilio no durará siempre, surgirá la esperan-
za de un salvador terrestre --el rey Ciro-- que corno instrumento de
la providencia divina permitirá a los desterrados volver a su patria.
Estamos todavía en la Antigua Alianza y la gracia de Dios aún no se
ha «consumado», por lo que a partir de aquí no podemos deducir lo
que le sucederá finalmente al que menosprecia la gracia suprema de
Dios ofrecida en Jesucristo. Nos queda sólo la esperanza ciega de que
Dios tendrá al final misericordia incluso de los más obstinados y de
que su luz brillará hasta en lo más profundo de las tinieblas.

QUINTO DOMINGO DE CUARESMA

Jr 31,31-34; Hb 5,7-9;Jn 12,20-33

l. «El que se ama a sí mismo, se pierde». Este evangelio, ciertamente


impresionante, es preludio de la pasión. Algunos gentiles quieren ver
a Jesús; su misión, que incluye, más allá de los límites de Israel, a
codas las «naciones», sólo culminará con su muerte: únicamente desde
la cruz (como se dice al final del evangelio) atraerá hacia él a todos los
hombres. El grano de trigo tiene que morir, si no queda infecundo;
Jesús dice esto pensando en él mismo, pero también, y con gran énfa-
sis, en codos aquellos que quieran «servirle» y seguirle. Y ante esta
muerte (cargado con el pecado del mundo) Jesús se turba y tiene
miedo: la angustia del monee de los Olivos le hace preguntarse si no
debería pedir al Padre que le liberase de semejante trance; pero sabe
que la encarnación entera sólo tendrá sentido si soporta la «hora», si
bebe el cáliz; por eso dice: «Padre, glorifica tu nombre». La voz del

147
Luz de la Palabra

Padre confirma que todo el plan de la salvación hasta la cruz y la resu-


rrección es una única «glorificación» del amor divino misericordioso
que ha triunfado sobre el mal (el «príncipe de este mundo»). Cada
palabra de este evangelio está tan indisolublemente trenzada con
todas las demás que en ella se hace visible toda la obra salvífica ante la
inminencia de la cruz.

2. "Aprendió, safriendo, a obedecer». Juan, en el evangelio, amorti-


gua en cierto modo los acentos del sufrimiento; para él todo, hasta lo
más oscuro, es ya manifestación de la gloria del amor. En la segunda
lectura, de la carta a los Hebreos, se perciben por el contrario los
acentos estridentes, dramáticos de la pasión. Jesús, cuando se sumer-
gió en la noche de la pasión, «a gritos y con lágrimas, presentó oracio-
nes y súplicas» al Dios «que podía salvarlo de la muerte». Por muy
obediente que pueda ser, en la oscuridad del dolor y de la angustia,
tocio hombre, incluso Cristo, debe aprender de nuevo a obedecer.
Todo hombre que sufre física o espiritualmente lo ha experimentado:
lo que se cree poseer habitualmente, debe actualizarse, ha de re-apren-
derse, por así decirlo, desde el principio. Jesús gritó a su Padre y el
tex:co dice que fue «escuchado». Y ciertamente fue escuchado por el
Padre, pero no entonces, sino solamente cuando llegó el momento de
su resurrección de la muerte. Unicamente cuando el Hijo haya sido
«llevado a la consumación» podrá brillar abiertamente la luz del amor
ya oculta en todo sufrimiento. Y solamente cuando codo haya sido
sufrido hasta el extremo, se podrá considerar fundada esa alianza
nueva de la que se habla en la primera lectura.

3. "Meteré mi ley en 111 pecho». Una «nueva alianza» ha sido sellada


por Dios, después de que la primera fuera «quebrantada». Mientras la
soberanía de Dios era ante todo una soberanía basada en el poder - el
Señor había sacado a los israelitas de Egipto «tomándolos de la
mano»- y los hombres no poseían una visión interior de la esencia
del amor de Dios, era difícil, por no decir imposible, permanecer fiel
a la alianza. Para ellos el amor que se les exigía era en cierto modo
como un mandamiento, como una ley, y los hombres siempre propen-
den a transgredir las leyes para demostrar que son más fuertes que
ellas. Pero cuando la ley del amor está dentro de sus corazones y
aprenden a comprender desde dentro que Dios es amor, entonces la
alianza se convierte en algo totalmente distinto, en una realidad inte-

148
Ciclo B

rior, íntima; cada hombre la comprende ahora desde dentro, nadie


tiene necesidad de aprenderla de otro, como se aprende en la escuela:
«Todos me conocerán, desde el pequeño al grande».

DOMINGO DE RAMOS

Para las lecturas ver ciclo A; pasión seglÍn Me 14, 1-15 ,47

Si se tiene homilía se pueden extraer algunos de los principales


acentos de la pasión según san Marcos y tratarlos a la luz de las dos lec-
turas que la preceden: la del Antiguo Testamento, en la que se pone de
relieve la actitud del Siervo de Dios ante el sufrimiento -soporta todo
sin defenderse, sabiendo que Dios así lo quiere-; y la del Nuevo
Testamento, que describe el abajamiento voluntario del Hijo de Dios,
en perfecta obediencia, hasta la muerte en la cruz. Como este abaja-
miento no sólo es modelo para nuestros sufrimientos, sino arquetipo
de la perfecta obediencia humana, se describe la posterior elevación
pascual, sin la que tanto el sufrimiento de Jesús como todo sufrimiento
humano carecerían de sentido. Para el creyente que escucha el relato de
la pasión, este relato sólo tiene sentido como obra del amor divino que
culminará en Pascua. Pero este conocimiento previo que posee el cre-
yente no debe llevarle a edulcorar la dramática realidad del viacrucis
(al final « todo saldrá bien»), sino que tiene que tomarla -así lo exige
Dios y la Iglesia en nombre de Dios- lo más en serio posible.

1. La prodigalidad. No es casualidad que al principio aparezca el


relato del amoroso derroche del perfume de nardo que una mujer
derrama sobre la cabeza de Jesús y que se conoce como la unción de
Betania. Jesús rechaza toda crítica al respecto; lo que la mujer ha
hecho está muy bien, pues le ha ungido (Mesías significa el Ungido)
para su muerte: una acción definitiva de la Iglesia amante que tiene
validez hasta el fin del mundo. La prodigalidad es la primera actitud
cristiana, sólo después viene la caridad calculadora para con los
pobres. Cuando su muerte se ha convertido ya en cosa cierta debido a
la traición de Judas, Jesús se prodiga de una forma aún más ilimitada
en su Eucaristía. Todos beben por adelantado la sangre derramada, y
esto será así hasta el fin del mundo: la pasión entera está bajo el signo
de esta perfecta y pródiga autodonación del amor divino al mundo.

149
Luz de la Palabra

2. La traición general. La actitud de los hombres en la pasión está


descrita con un realismo que frisa con la crueldad. Es como una acu-
mulación de todos los pecados imaginables que los hombres cometen
en la persona de Jesús contra el propio Dios. Prirnero el adormeci-
miento de los discípulos mientras deberían velar y orar: una somno-
lencia q11e se prolongará a través de la historia de la Iglesia. Después
la traición abierta y confesa por mor de una ventaja material; y esto
siendo Jesús plenamente consciente no sólo de la traición con que le
pagará uno de sus discípulos, sino también de la negación de que será
objeto por parte del otro, sobre el que debe construirse su Iglesia. Y
finalmente la huída cobarde de todos los discípulos. Que la traición se
produzca con un beso, es algo que ciertamente se repetirá. Y en la
desbandada general de los que han sido llamados a seguir a Jesús
cunde tanto el pánico que uno de ellos se desprende de su vestido y
escapa desnudo. Esto en lo que a los discípulos se refiere. Después el
pueblo elegido, en el juicio público, reniega de su Mesías, entregán-
dolo a los paganos, impidiendo su liberación (elige a Barrabás) y
pidiendo a gritos su crucifixión. Judíos y paganos compiten en toda
forma de injuria, de humillación, de ultraje corporal y de tortura, de
menosprecio de la misión salvífica de Jesús hasta el momento supre-
mo de la cruz.

3. EJ último grito. En el relato de la pasión sólo se recogen estas


palabras de Jesús en la cruz: «¿Por qué me has abandonado?». A este
porqué no se le da ahora ninguna respuesta. De momento no hay
lugar para ningún tipo de alivio. Por eso la vida del Salvador del
mundo termina con «un grito muy fuerte» en el que da expresión, no
sólo humanamente, sino también divino-humanamente, a la tremen-
da injusticia perpetrada contra Dios por la historia del mundo, a la
ignominia más inconcebible. Y precisamente este grito, con el que
expira Jesús, conduce al centurión a la fe.

JUEVES SANTO
Ver ciclo A

VIERNES SANTO
Ver ciclo A

150
Ciclo B

DOMINGO DE PASCUA DELA RESURRECCION


DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL

Para las lecturas ver ciclo A; evangelio Me 16, 1-7

Las mujeres, que (según Mateo) habían permanecido fieles al pie


de la cruz corno representantes de la Iglesia que ama, siguen desem-
peñando este mismo papel en la mañana de Pascua. Es ciertamente
sorprendente que las mujeres no se arredren ante los terribles aconte-
cimientos que han tenido lugar, ni siquiera piensan en la imposibili-
dad de realizar su piadoso deseo ( «¿Quién nos correrá la piedra a la
entrada del sepulcro?»), sino que persisten imperturbablemente en su
propósito de embalsamar el cadáver de Jesús para protegerlo de la
descomposición en la medida de lo posible. Esto tiene algo de esa
ingenua piedad popular que con un instinto seguro sigue su camino
contra todos los impedimentos externos y contra todas las reservas
espirituales. Y esca piedad de las santas mujeres es recompensada por
Dios, pues el mismo Dios elimina los obstáculos -la piedra estaba ya
corrida- y cuando las mujeres, al final de su peregrinación sin cir-
cunstancias ni reflexiones, penetran en el santuario de la tumba vacía,
les proporciona una explicación tranquilizadora ante el hecho maravi-
lloso que se acaba de producir. Su susto es comprensible, es tradicio-
nal en la Escritura siempre que el hombre se encuentra ante una teo-
fanía. El discurso del ángel es de una belleza sublime, sobrenatural:
no se podría haber hablado de una manera más amable y al mismo
tiempo más pertinente. La tranquilidad que se les transmite al princi-
pio, permite a las mujeres comprender lo que se les dice. Después el
ángel pregunta, pues sabe lo que buscan: a un hombre concreto,
«Jesús el Nazareno», que murió anteayer. Y a continuación se produ-
ce esta sencilla declaración, como si fuera evidente: «No está aquí»;
como si se dijera a un visitante: la persona que buscas no está, ha sali-
do. Hay algo divino en esta sencilla declaración que suena a obviedad:
pertenece a la lógica de la cruz el que ésta vaya seguida de la resurrec-
ción. «Mirad el sitio ... », convenceos vosotras mismas de que el que
buscáis no está aquí. Y finalmente se transmite la orden de comunicar
la noticia a los discípulos, y corno prueba de que lo que se dice es ver-
dad, se recurre al testimonio del propio Jesús: «Allí lo veréis, como os

151
Luz de la Palabra

dijo». «En Galilea», en vuestra cierra, donde os encontráis como en


casa y donde todo comenzó para vosotros. Se trata de su patria, pero
sobre todo también de la vuestra, y le encontraréis allí donde se desa-
rrolla vuestra vida cotidiana.

MISADELDIA
Ver ciclo A

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Hch 4,32-35; 1 jn 5, J-6;Jn 20, 19-31

l. «Pa:. a wsotros». En el evangelio se describen las apariciones


del Resucitado en la tarde del día de Pascua y ocho días después: lo
que el Señor trae a su vuelta de la cruz, de la muerte y de los infiernos
es la paz definitiva y perfecta. Una paz no «como la da el mundo»,
sino mucho más profunda. El relato se estructura en tres escenas.
Primeramente desea a los discípulos la paz que es él mismo ( «porque
él es nuestra paz»: Ef 2,14), lo que testimonia mostrando sus heridas.
Precisamente la muerte que los hombres le han infligido funda la paz a
parcir de él; el odio se ha desfogado sobre él, pero el hálito de su amor
ha sido más fuerte y más duradero. No hay ninguna escena de reconci-
liación con los discípulos que le habían negado vergonzosamente y
habían huido llenos de miedo: codo esto queda como soterrado en la
gran paz que ahora se les ofrece. Pero el don va mucho más lejos aún.
Cristo exhala su aliento sobre ellos y les otorga el Espíritu de su
propia misión, con el que quedan autorizados en virtud de su poder a
transmitir a los hombres la paz que ellos mismos han recibido gratis:
«A quienes les perdonéis los pecados ... ». El don que reciben de Jesús
se les da desde el principio para que ellos a su vez lo transmitan. Al
igual que Dios juzga al hombre cuando le otorga el perdón (se requie-
ren la confesión y la contrición), así también el perdón de la Iglesia
tendrá que ser 1.20 juicio: debe producirse en la verdad y no en la
inconsciencia. La eventual «retención del perdón» se produce por
amor, el aplazamiento del mismo tiene por objeto la perfecta prepara-
ción para recibirlo dignamente.
Y todo esto-ciene que producirse en la fe, de ahí el episodio de
Tomás. No ver, no querer experimentar es el presupuesto para la

152
CicloB

recepción de la paz; la derelicción en la fe es la condición de toda


recepción de los dones divinos. Cuando el hombre duda y no quiere
entregarse, no puede tener paz. Para tener paz debe prosternarse y
decir en la fe: «¡Señor mío y Dios mío!».

2. «Nadie llamaha suyo propio ,zada de lo qtte tenía». La dimensión


comunitaria de la primitiva Iglesia es, en la primera lectura, el signo
de que vive en la paz de Jesús. Las delimitaciones entre lo mío y lo
tuyo, ya se trate de «propiedad privada» material o espiritual, son la
causa de las disensiones, de la falta de paz entre los hombres. la paz
de la que aquí se habla tiene una motivación puramente espiritual, no
sociológica. Desde el punto de vista sociológico sería difícilmente
alcanzable lo que aquí se constata: «Se distribuía según lo que necesi-
taba cada uno».

3. «Amar a Dios y cumplir sus mandamientos». La segunda lectura


ensancha la perspectiva. La paz instaurada por Cristo recibe ahora los
nombres (que son al mismo tiempo sus condiciones) de «amor a
Dios» (al Padre, al Hijo, a los hombres) y «fe en Dios» (que vence al
mundo que carece de paz), porque esta unidad del amor y de la fe es
propiamente el don pascual de Jesús: la instauración de la paz entre
Dios y el mundo. En la Iglesia este don se concreta en los sacramentos
del Bautismo (agua), de la Eucaristía (sangre) y de la Confirmación
(Espíritu), y el que los recibe en su sentido íntimo y los deja actuar en
él, recibe la paz de Cristo y la propaga en el mundo.

TERCER DOMINGO DE PASCUA

Hch 3,12a.13-15.17-19; ljn2,1-5a; Le 24,35-48

1. « Todo tenía que cumplirse». En su aparición a los discípulos reu-


nidos, Jesús les quita en primer lugar el miedo --creían ver un fan-
tasma-, haciéndoles reconocer su corporeidad del modo más tangi-
ble posible: deben ver -las llagas en sus manos y en sus pies-;
deben palpar -para convencerse de que no se trata de un fantasma,
sino de su propio cuerpo--; y deben finalmente verle comer un ali-
mento terrenal --el pez asado--. Pero todo esto no es más que la

153
Luz de la Palabra

introducción a su auténtica enseñanza: los discípulos deben com-


prender que las declaraciones que Jesús hizo durante su vida mortal
sobre el cumplimiento de toda la Antigua Alianza (según la clasifica-
ción judía: «La Ley, los Profetas y los Salmos»), se han cumplido
ahora en su muerte y resurrección. Este acontecimiento, dice Jesús,
constituye la sustancia de toda la Escritura, y esta sustancia, que
tiene su centro en el «perdón de los pecados», debe ser anunciada en
lo sucesivo por los testigos, por la Iglesia, «a todos los pueblos». Los
lectores del Antiguo Testamento, si se atienen a los pasajes panicula-
res, difícilmente descubrirán esta sustancia; sin embargo, toda la dra-
mática historia de Israel con su Dios no tiene otra finalidad y por
tanto tampoco otro sentido que lo resumido en el testimonio que
Jesús da aquí de sí mismo. El continuo y puramente terreno «des-
censo» de Israel al abismo (a las puertas del «infierno») y su libera-
ción «de la perdición» por obra y gracia de Dios (1 S 2,6; Dt 32,39;
Sb 16,13; Tb 13,2) es la iniciación a la inteligencia de la definitiva
muerte y resurrección de Jesús por el mundo entero. Pero Jesús debe
primero «abrir el entendimiento» de sus discípulos para que puedan
comprender todo esto.

2. «Lo hicisteis por ignorancia». Pedro lo ha comprendido muy


bien en su predicación en el templo (primera lectura). Por eso puede
reprochar al pueblo de forma tan drástica su crimen («matasteis al
autor de la vida»), pero añadiendo que el pueblo y sus autoridades lo
hicieron por ignorancia. No habían comprendido la enseñanza de los
profetas, según la cual el Mesías tendría que padecer mucho; los pro-
fetas sufrientes y todo su destino eran ya quizá la mejor predicción
de ello. Pedro no se pregunta si los judíos eran culpables o inocentes
de semejante ignorancia; como dirá Pablo, <(hasta hoy, cada vez que
leen a Moisés, un velo cubre sus mentes». Un velo que sólo «se qui-
tará» cuando Israel «se vuelva hacia el Señor» (2 Co 3,14-16). Por
eso Pedro exhorta a los judíos en estos términos: «Arrepentíos y con-
vertíos para que se borren vuestros pecados». Las dos cosas son corre-
lativas: la misteriosa «ignorancia» de Israel (Pablo hablará de cegue-
ra, de dureza de corazón) y la exhortación a la conversión. No se
habla de una superación de Israel mediante la Iglesia, pero tampoco
de una doble vía de salvación: para Israel su Mesías esperado (cfr.
Hch 3,20ss) y para la Iglesia Jesucristo. No: esperar al Mesías y
convertirse.

154
Ciclo B

3. «Tenemos un abogado ante el Padre». Jesús dice a sus discípulos


en el evangelio que su muerte y resurrección han operado el perdón
de los pecados. Estas palabras se celebran en la segunda lectura como
un acontecimiento sumamente consolador y lleno de esperanza para
nosotros, pecadores. Todo hombre, cuando peca y se convierte, puede
tener parte en la gran absolución que se pronuncia sobre el mundo.
Pero para ello se requiere la conversión, porque el mentiroso que se
confiesa cristiano y no cumple los mandamientos de Dios persiste en
la ignorancia precristiana; más aún: vive en la contradicción y no en la
verdad.

CUARTO DOMINGO DE PASCUA

H,h4,8-12; ljn 3,1-2;jn 10,11-18

1. «El buen pa1tor da la vida por la1 ovejas». La parábola del buen
pastor, por muy realista que sea Jesús en su descripción, sólo adquiere
toda su fuerza plástica en él, el «Pastor» asignado por Dios a los hom-
bres. Se mencionan dos distintivos: primero los desvelos del pastor
por su rebaño hasta la muerte y después un mutuo conocimiento
entre el pastor y las ovejas, un conocimiento cuya profundidad se
cimenta en el misterio más íntimo de Dios.

De la entrega hasta la muerte se habla al principio y al final del


evangelio. Esta entrega es lo contrario de la huida del «asalariado»,
que cuando llega el peligro tiene el pretexto de que la vida de un ser
humano vale más que la de cualquier animal irracional. Este argu-
mento sólo pierde fuerza cuando al pastor le importan tanto sus ovejas
que prefiere dar su vida por ellas antes de abandonarlas. En el ámbito
puramente natural esto resulta difícil de imaginar, pero en el ámbito
de la gracia se convierte en la verdad central, porque sólo se hace
comprensible con la ayuda del segundo elemento de la parábola: que
el pastor conozca a sus ovejas y éstas también le conozcan a él instinti-
vamente, es para Jesús sólo el punto de comparación para un conoci-
miento totalmente distinto: «Igual que el Padre me conoce y yo
conozco al Padre» . .Aquí no se trata ya de un instinto, sino del más
profundo conocimiento recíproco, como el que se da en el absoluto
amor trinitario. Y cuando Jesús aplica este supremo conocimiento de

155
Luz de la Palabra

amor a la íntima reciprocidad entre él y los suyos, eleva este conoci-


miento muy por encima de lo que se sugiere en la parábola.

Y así se aclara también que el primer momento de la parábola: dar


la vida por las ovejas, y el segundo: conocimiento mutuo, no están
simplemente yuxtapuestos sino intrínsecamente unidos: porque el
conocimiento entre el Padre y el Hijo forma una unidad con super-
fecta entrega recíproca; y por eso el conocimiento entre Jesús y los
suyos forma también una unidad con la entrega perfecta de Jesús a los
suyos y por los suyos, lo que ciertamente implica (aunque aquí no se
formule) la unidad del conocimiento y de la entrega vital de cristiano
a su Señor. Ambos temas aparecen expresamente unidos al final: el
Padre ama al Hijo (también) por su perfecta entrega a los hombres
-lo que es al mismo tiempo libertad del Hijo y «misión» del
Padre-, y esta entrega incondicional a los hombres es también -
porque es amor divino-- el poder de la victoria sobre la muerte («el
poder para recuperar la vida»).

2. «Ningún otro nombre bajo el cielo». Pedro, en la primera lectura,


atribuye al Señor todo el honor del milagro realizado por él. Se le
interroga, se le pregunta con qué poder y en nombre de quién ha
curado al paralítico. Respuesta: con el poder y en nombre de la «pie-
dra angular que vosotros desechasteis», pues únicamente en Jesús
pueden los hombres encontrar la salud, la salud espiritual y en est:e
caso también la corporal. No es que todos los guardianes de las ovejas
sean meros «asalariados», pues el propio Pedro ha sido designado por
el Señor para apacentar su rebaño. Pero se trata del rebaño de Cristo,
no de Pedro, de modo que todo lo que es eficaz y apropiado es obra
del supremo Pastor ( 1 P 5 ,4), si bien mediante la acción de sus cola-
boradores.

3. «El mundo no noJ conoce». La segunda lectura dice, leída en est:e


contexto, que el mundo no puede conocer la íntima relación que exis-
te entre Jesús y los suyos: por ejemplo la relación de un papa o de un
obispo con Cristo, su Señor. Como el mundo no conoce a Cristo, tam-
poco puede ver a la Iglesia en su unidad con Cristo, ni medir la dis-
tancia que la separa de él. Pero la lectura va aún más lejos: tampoco la
propia Iglesia puede comprender del todo esta relación mientras dure
su peregrinación en la tierra; es tan misteriosa que sólo se desvelará en

156
Ciclo B

la vida eterna: entonces la relación entre el Hombre-Dios y la Iglesia


quedará integrada en la relación trinitaria, sin disolverse en ella.

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 9,26-31; 1 Jn 3, 1B-24;Jn 15, 1-8

1. « Yo soy la verdadera vid». En la parábola de la vid encontramos


ante tocio una maravillosa certeza: que estamos enraizados en algo que
nos da estabilidad y fuerza, que no somos niños abandonados tras
nuestro nacimiento, que no somos seres aislados sin más apoyo que su
problemático yo, que tampoco somos criaturas de un Creador incom-
prensible que puede darnos la vida y -hasta que le place- también
conservárnosla, sino que más bien estamos vinculados a un origen que
nos da fuerza y produce fruto, en virtud del cual podemos vivir una
existencia útil y llena de sentido. Pero la afirmación que atraviesa
codo el evangelio es más que esta certeza: es, en razón de esta última,
la exige11cia de permanecer en este origen: «Permaneced en mí y yo en
vosotros». Esta exigencia es tan apremiante que tras ella aparece una
amenaza: el que no permanece en Cristo, se seca, se lo corta y se lo
quema. Esto se produce por así decirlo naturalmente --como muestra
la parábola de la vid y los sarmientos-, pero se produce también per-
sonalmente, pues el propio Dios Padre procura la unidad del Hijo con
sus sarmientos o miembros. Esta unidad es el acontecimiento central
del mundo y de su historia, y es tan estrecha que no permite las
medias tintas: o el sarmiento está unido a la cepa o está separado de
ella. Esto es lo que tenemos que meditar en nuestro corazón: «Sin mí
no podéis hacer nada».

2. La primera lectura sobre la inc-orporación tÚ Pahlo a la Iglesia


recibe su significación del evangelio. Los discípulos de Jerusalén des-
confían y no pueden creer que el célebre perseguidor de la Iglesia se
haya convertido de repente en un verdadero sarmiento de la vid. Es el
mismo Jesucristo, y no los hombres, el que elige a los hombres para
ser sus sarmientos. El futuro demostrará hasta qué punto Pablo ha
quedado implantado en la Iglesia y cuántos frutos producirá como
sarmiento («he rendido más que todos ellos»: 1 Co 15,10), aunque la
Iglesia desconfía a menudo de los conversos, como demuestra el hecho

157
Luz de la Palabra

de que Pablo sea despedido de Jerusalén y devuelto a su patria. El


mismo Bernabé, que lo presenta aquí a los apóstoles, irá a buscarlo a
Tarso para el apostolado común (Hch 11,25).

3. «Dios es mayor que nuestra conciencia». Pero nosotros, hombres


inconstantes, podemos preguntarnos: ¿estoy yo realmente enraizado
como sarmiento en la vid o no? ¿Qué predomina en nosotros: la con-
fianza en la gracia de Dios en mí o la desconfianza fundada de que yo
no corresponda realmente a esa gracia? La segunda lectura nos da la
respuesta a las dos preguntas. Puede predominar en nosotros la «con-
fianza», pero si esto es así es «porque guardamos sus mandamientos»
o intentamos guardarlos. Pero también puede ocurrir que «nos conde-
ne nuestra conciencia», en cuyo caso es justo e incluso necesario refu-
giarse en la misericordia de Dios: El, que «es mayor que nuestra con-
ciencia, conoce todo». Digámoslo con palabras del Pedro contrito a
causa de su negación: «Señor, tú conoces todo, sabes que te quiero»
(Jn 21, 17). Que esto presupone una auténtica voluntad de conversión,
nos lo muestra el propio Pedro; de lo contrario no podríamos estar
seguros de que «hablamos en el Espíritu que él nos dio».

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 10,25-26.34-35.44-48; 1Jn 4,7-10; jn 15,9-17

l. «Permaneced en mi amor». El evangelio de hoy, el último antes


de la ascensión del Señor, parece un testamento: estas palabras deben
permanecer vivas en los corazones de los creyentes cuando Jesús no se
encuentre ya externamente entre nosotros y nos hable sólo interior-
mente, en el corazón y en la conciencia. Escas palabras de despedida
son al mismo tiempo una. promesa inquebrantable, pero una promesa
que incluye en sí una exigencia para nosotros. Jesús habla de su amor
supremo, que consistió en dar su vida por sus amigos; pero para ser
sus amigos nosotros debemos hacer lo que él nos exige. Promete a sus
amigos que su amor permanecerá en ellos --esto tiene el valor de un
testamento-- si ellos permanecen en su amor, si guardan su manda-
miento del amor como él guardó el mandamiento del amor del Padre.
Las promesas de Jesús cuando está a punto de dejar este mundo son de
una grandeza tan impresionante que, desde su punto de vista, las exi-

158
Ciclo B

gencias que comportan para nosotros son algo implícito en ellas. Si ha


compartido todo con nosotros, toda la insondable profundidad del
amor de Dios y nos ha elegido para vivir en ella, ¿no es lo más natural
que nosotros nos conformemos con ese todo, fuera del cual no hay más
que la nada? E incluso este todo compartido es algo que podemos
pedir constantemente al Padre: si permanecéis en el Hijo «todo lo
que pidáis al Padre, os lo dará». Don y tarea son inseparables; más
aún, la tarea es un puro don de la gracia. Con esto el evangelio antici-
pa ya en cierto modo el episodio de Pentecostés: el don es el Espíritu
de Dios que nos ayuda a cumplir la tarea, el mandamiento del amor.

2. «Los paganos reciben el Espíritu». La gracia de llegar a ser cristia-


no y de serlo realmente no depende de ninguna tradición eclesial
puramente terrenal, sino que es siempre un libre don de Dios, que
«no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea
de la nación que sea». Esto es precisamente lo que muestra la primera
lectura, en la que al centurión pagano Cornelio y a los de su casa se les
confiere el Espíritu antes incluso de recibir el bautismo. La Iglesia,
representada aquí por Pedro, obedece a Dios cuando reconoce esta
elección y acoge sacramentalmente en su seno a los elegidos. la liber-
tad de Dios, incluso frente a cualquier institución expresamente fun-
dada por Cristo antes de abandonar este mundo, es inculcada a Pedro
al final del evangelio de Juan: «Y si quiero ... ¿a ti qué te importa? Tú
sígueme» (Jn 21,22). La Iglesia no puede pretender para sí las dimen-
siones del reino de Dios, aunque sea esencialmente misionera y tenga
que esforzarse por ganarse a todos los hombres por los que Cristo ha
muerto y resucitado. El amor sobrenatural puede existir perfectamen-
te fuera de la Iglesia («si quiero»), pero ciertamente es ese mismo
amor el que impulsa al centurión Cornelio a incorporarse a la Iglesia,
en la que el amor del Dios trinitario está en el centro, como se mues-
tra en la segunda lectura.

3. «Todo el que ama ha nacido de Dios». En la segunda lectura se


nos exhorta al mismo tiempo a amarnos unos a otros porque Dios es
amor, y se nos recuerda que no debemos creer que sabemos por nos-
otros mismos lo que es el amor, que sólo se deja comprender y definir
a partir de lo que Dios ha hecho por nosotros: nos entregó a su Hijo
como propiciación por nuestros pecados. Pero esta afirmación (el que
no sepamos naturalmente lo que es el amor) no debe desanimarnos a

159
Luz de la Palabra

la hora de practicar el amor mutuo, pues el amor se nos ha revelado


no solamente para saberlo, para decirlo o para creerlo, sino para poder
imitarlo y practicarlo realmente: «Queridos hermanos: Amémonos
unos a otros, ya que el amor es de Dios».

ASCENSION DEL SEÑOR

Hc/:J 1,1-11; E/1,17-23; Me 16,15-20

l. «Hasta los confines del mundo», Las tres lecturas de la solemni-


dad de hoy giran en tomo a un único misterio: que la vuelta de Jesús
al Padre es al mismo tiempo el envío de la Iglesia al mundo entero.

La primera lectura destruye ante todo la espera ingenua de los dis-


cípulos según la cual el Señor resucitado iba a restaurar sobre la tierra
el reino de Dios con su autoridad (ellos lo llaman la «soberanía de
Israel»), en el que ellos ocuparían automáticamente los puestos de
honor (como pensaron en su día los hijos de Zebedeo: Mt 20,21). Pero
para ellos está reservado algo más grande: deben -renunciando al
conocimiento de los tiempos y las fechas- consagrarse por entero a la
construcción de ese reino: el Espíritu Santo les dará la fuerza para ello
y serán los testigos de Jesús «en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría
y hasta los confines del mundo». Para abrirles y por así decirlo libe-
rarles este espacio tan amplio como el mundo, desaparece la figura
visible de Jesús: el punto central del mundo ya no estará en lo sucesi-
vo allí donde él era visible, sino en cualquier lugar donde su 18lesia
dé testimonio de él y se entregue por él.

2. Dos promesas. El evangelio completa el relato de la ascensión del


Señor con dos aspectos: mientras que la orden tiene la misma amplitud
(«id al mundo entero»), no se promete a los discípulos que encontra-
rán fe por todas partes: no son ellos los que confieren la fe mediante su
predicación, sino Dios -siempre que el hombre acepte su gracia-.
Pero el hombre puede también resistirse a creer y rechazar esta gracia
-por su culpa, no por culpa de los predicadores-, excluyéndose a sí
mismo de la salvación. Después se promete a los discípulos, como
signo de que cuando predican obedecen al Espíritu Santo, una protec-
ción y un poder especiales, aunque ellos han de atribuir sus éxitos no a

160
Ciclo B '

sí mismos sino al Señor que los envía, y lo mismo vale para los que
crean por medio de ellos. Y una vez más, con esta orden y esca prome-
sa, el Señor ha dicho lo último, lo que la Iglesia tendrá que saber, cum-
plir y esperar hasta el fin de los tiempos: por eso también inmediata-
mente después de estas palabras se produce su ascensión al cielo.

3. «Para construir el cuerpo de Cristo». La segunda lectura aporta un


importante complemento. Muestra la ascensión bajo dos nuevos
aspectos. En primer lugar se aclara que la ascensión de Cristo «al
cielo» en modo alguno significa que en lo sucesivo deje a la Iglesia
actuar sola; más bien es él quien desde su altura suprema determina y
confiere siempre las misiones personales diferenciadas dentro de su
Iglesia. No es el cristiano el que busca las misiones, sino que éstas le
son comunicadas desde lo alto, y aunque se designan como carismas
del Espíritu Santo, son también fundamentalmente formas de la imi-
tación de Cristo que él mismo distribuye entre los hombres. En
segundo lugar se explica que esta diferenciación dentro de la Iglesia
tiene un único fin: que «todos alcancemos la unidad que es fruto de la
fe y del conocimiento» de Cristo, hasta conferir incluso al propio
Señor su forma plena. A esta unidad se tiende siempre y es propiciada
por la gracia de Dios: si en el cielo un Padre de todos, un Hijo y un
Espíritu exigen la unidad eclesial, esta unidad debe corresponder,
mediante la unidad de los sacramentos («un bautismo») y de la acti-
tud espiritual ( <<Una fe, una sola esperanza»), a la unidad trinitaria
divina, para que Dios pueda también en su creación estar <<Sobre
todos, entre todos y en todos».

SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA

Hch l,15-17.20ac-26; 1 Jn4,11-16;Jn 17,6a.llb-19

1. La oración en el momento riel tránsito de este mundo al Padre. En el


evangelio de hoy aparece la parte central de la oración sacerdotal que
Jesús pronuncia en el momento de pasar de este mundo al Padre; para
él se traca del paso de la vida terrenal a la muerte en la cruz y a la
resurrección, pero nosotros podemos comprenderlo como tránsito
entre la Ascensión y Pentecostés: el Señor ha subido ya al Padre pero
el Espíritu no ha descendido todavía sobre la Iglesia.

161
Luz de la Palabra

En cierto modo vivimos siempre en este tránsito: Jesús dice que


pronuncia esta oración cuando está «todavía en el mundo», aunque
«yo no soy del mundo». Y ruega al Padre que «no nos retire» del
mundo, aunque, al igual que él, «tampoco nosotros somos del
mundo». La fórmula «en el mundo sin ser del mundo» aparece pues
en esta oración. La súplica de Jesús por los suyos es doble: ruega al
Padre que «los guarde del mal» que los amenazará mientras estén «en
el mundo», y que se «consagren en la verdad», lo que ciertamente
presupone la consagración de Jesús en su pasión ( «por ellos me consa-
gro») pero también puede aplicarse a nuestra santificación mediante
el envío del Espíritu Santo. Porque nuestra justificación por los méri-
tos de Cristo y nuestra santificación por el envío del Espíritu Santo
nunca son separables. Sólo si «el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm
5 ,5 ), estaremos «santificados en la verdad», porque para Jesucristo «la
verdad» no es otra cosa que el amor recíproco, revelado por él, entre el
Padre y el Hijo, y precisamente este amor es el Espíritu Santo.

2. «Nos ha dado su Espíritu». La segunda lectura confirma plena-


mente todo esto: deduce del amor de Dios Padre (que nos «envió a su
Hijo, para ser Salvador del mundo»), que «también nosotros debemos
amamos unos a otros», y si nos preguntarnos por qué esto se sigue de lo
primero y cómo es realmente posible, la respuesta es la siguiente: «El
nos ha dado su Espíritu». Por este don del Espíritu de Dios depositado
en nosotros somos capaces de dos cosas: primero del amor recíproco en
la forma que corresponde a Dios, y después del conocimiento de que el
amor de Dios y nuestro amor no son separables, sino que se implican
mutuamente: que «nosotros permanecemos en él y él en nosotros».

3. «Muéstranos a cuál dt los doI has elegido». ¿Qué tiene que ver la
primera lectura, en la que se narra la asociación de Marías al colegio
apostólico, con lo meditado hasta ahora? La manera en que se produce
esca asociación muestra que la joven Iglesia es plenamente consciente
de que las misiones eclesiales proceden de Dios y, aunque ciertamente
la Iglesia tenga que actuar, deben implorarse a Dios. Que se echen
suertes es el signo elocuente de que la elección se deja en manos de
Dios. La Iglesia no elige a ningún sacerdote, obispo o papa sin pedír-
selos interiormente a Dios. Con ello muestra que su existencia es una
existencia peregrina: que está de paso, que vive en el mundo, pero sin

162
Ciclo B

ser del mundo; velando por un ordenamiento del mundo, pero espe-
rando que sea el propio Dios el que decida al respecto.

PENTECOSTES

Hch 2,1-11; Ga 5,16-25;Jn 15,26-27; 16,12-15

1. El Espíritu de la verdad. El evangelio nos desvela la tarea fun-


damental del Espíritu que nos ha sido enviado: «El os guiará hasta la
verdad plena», porque él es «el Espíritu de la verdad». La verdad de
la que aquí se trata es la verdad de Dios tal y como ésta se ha revelado
definitiva e inagotablemente en Jesucristo: esta verdad consiste en
que Dios es amor y en que Dios Padre ha amado al mundo hasta el
extremo de sacrificar a su propio Hijo. Esto jamás habrían podido
comprenderlo los discípulos, ni nadie, ni siquiera nosotros, si el
Espíritu de Dios no nos hubiera sido dado para introducirnos en los
sentimientos íntimos y en la obra salvífica del propio Dios ( cfr. 1 Co
2). El Espíritu Santo procede del amor infinito entre el Padre y el
Hijo, es este amor y lo testimonia cuando como «amor de Dios ha
sido derramado en nuestros corazones» (Rm 5,5). Como es el fruto de
este amor recíproco en Dios, no habla de lo suyo, sino que simple-
mente desvela siempre de nuevo, a través de todos los siglos, cuán
insondable e inconcebible es este amor eternal. Introduce en lo
«mío», dice el Hijo, y esto mío es al mismo tiempo lo del Padre. Pero
al amor no se puede introducir como se introduce a una ciencia teóri-
ca, sino haciendo partícipe de su realidad, enseñando a amar dentro
del amor omnicomprensivo de Dios.

2. La segunda lectura muestra el fruto del Espíritu. Exige que nos


dejemos «guiar» por el Espíritu en nuestra vida, en nuestra existen-
cia cotidiana; por tanto no sólo debemos creer la verdad, sino que
debemos además ponerla en práctica. Pero esto no se produce sin
lucha contra lo que la Sagrada Escritura llama «la carne»: una vida
de espaldas a Dios y ávida únicamente de poder y placer terrenales
que arruina la dignidad del hombre tanto espiritual como corporal-
mente. Si, por el contrario, «nos guía el Espíritu», surge una huma-
nidad que es considerada incluso por hombres no creyentes como una
humanidad saludable. El que difunde «amor, alegría, paz, bondad»,

163
Luz de la Palabra

el que irradia «servicialidad y dominio de sí», es apreciado por


todos. Y sólo el que mira más al fondo se da cuenta de que estas cua-
lidades gratificantes no son meras disposiciones de carácter o presta-
ciones morales, sino que tienen una fuente más profunda, más secre-
ta. Pero estas personas que, a imitación de Cristo, «han crucificado
sus pasiones y deseos», no dejan que los demás noten que viven del
Espíritu de Dios, y menos aún que tratan de imitarlo o seguirlo. El
Espíritu es en ellos como un venero oculto del que brotan estas cuali-
dades agradables.

3. «Cada uno los oía hablaren su propio idioma». La primera lectura


narra el acontecimiento del primer día de Pentecostés: el Espíritu
hace que unos galileos incultos sean comprendidos por todos los hom-
bres en sus distintas culturas y lenguas. Los discípulos, gracias al
Espíritu de Cristo, hablan un lenguaje que todos pueden comprender
y aprobar. El cristianismo verdaderamente vivido sería al mismo
tiempo el verdadero humanismo que todo hombre comprende como
tal y, si no está totalmente deformado, también reconoce. La verdad
de Cristo presentada por el Espíritu no tiene necesidad de un compli-
cado proceso de inculturación; los frutos del Espíritu, tal y como han
sido descritos anteriormente, son apetitosos para cualquier paladar.
Ciertamente la Iglesia, a imitación de Cristo, debe ser también perse-
guida, pero ha de procurar que no sea por no saber exponer la verdad
de Cristo realmente en el Espíritu.

SANTISIMA TRINIDAD

Dt 4,32-34.39-40; Rm 8,14-17; Mt 28,16-20

1. « Bautizándolos en el nomhre del Padre y del Hijo y del Espíritu


Santo». El Señor glorificado da a la Iglesia la orden de bautizar a todos
los hombres que pueda bajo el signo de la Trinidad de Dios. El bau-
tismo cristiano es designado a menudo también corno la marca de un
sello; el bautizado debe saber a quién pertenece y según qué vida y
qué ejemplo ha de conducirse. La Trinidad divina no es para nosotros
simplemente un misterio impenetrable (como se la presenta a menu-
do), es más bien la forma en que Dios ha querido darse a conocer al
mundo y especialmente a nosotros los cristianos: El es nuestro Padre

164
CicloB

que nos ha amado tanto que entregó a su Hijo por nosotros y además
nos dio su Espíritu para que pudiéramos conocer a Dios como el amor
ilimitado. ¿Quién -se pregunta Pablo- conoce la intimidad de
Dios? Sólo su propio Espíritu. Pero es precisamente este Espíritu el
que El ha puesto en nuestros corazones: «Así conocemos a fondo los
dones que Dios nos ha hecho» (1 Co 2,12). Si se conoce la verdad cris-
tiana, es absolutamente falso decir que el hombre es incapaz de cono-
cer a Dios. Dios no sólo nos ha hecho conocer su existencia (de la que
tiene un presentimiento todo hombre que ve que las cosas del mundo
no se han hecho a sí mismas), sino que nos ha proporcionado también
una idea de su esencia íntima. Esto es lo que la Iglesia debe anunciar a
«todos los pueblos».

2. «Que somos hijos de Dios». La segunda lectura nos dice que la


Iglesia transmite a los creyentes y bautizados no solamente esa visión
de la interioridad de Dios, por así decirlo, desde fuera, sino que nos
permite penetrar en su vida íntima corno amor. La lectura comienza
con el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que nos muestra, si lo
aceptamos, que somos en Jesucristo «hijos de Dios» Padre: para esto
hemos sido creados (Ef 1,4-12). Y corno en Cristo «se esconden todos
los tesoros del saber y del conocer» (Col 2,3), los cristianos nos con-
vertimos en «coherederos» de todas esas riquezas, que no son tesoros
terrenales sino los tesoros del amor eterno, que son los auténticos
tesoros a los que el hombre aspira porque sabe que los bienes terrena-
les son efímeros y la polilla los echa pronto a perder. La esencia de
Dios que el propio Dios nos revela como el amor infinito siempre
nuevo y nunca aburrido es mucho más de lo que el anhelo humano
más exigente puede desear para sí.

3. «¿ Algún Dios intentó jamás ... ?». Ya en la Antigua Alianza, dice


la primera lectura, Israel quedó deslumbrado por el gran amor que
Dios le dispensó. Israel sabía que no hay nada en ninguna de las reli-
giones del mundo que sea comparable a este amor. Se nos invita a
experimentar esto nosotros mismos: «Pregunta, desde un extremo a
otro del cielo», si hay algo comparable a este amor que Dios ha
demostrado al hombre. Esto adquiere todo su sentido cuando Dios
culmina su alianza pactada con Israel en la vida, muerte y resurrec-
ción de Cristo, desvelándonos así totalmente la gloria de su amor;
cuando el velo que cubría todavía el Antiguo Testamento se quita y

165
Luz de la Palabra

nosotros «con la cara descubierta reflejamos la gloria del Señor» y nos


vamos «transformando» cada vez más profundamente en esa gloria
del amor (cfr. 2 Co 3, 18).

SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Ex 24,3-8; Hb 9,11-15; Me 14,12-16.22-26

l. «EJta e.r mi sar1gre, 1angre de la alianza». Jesús envía a dos discí-


pulos (en el evangelio) para que preparen la cena pascual, pero en rea-
lidad no tienen mucho que hacer porque el propio Jesús lo había pre-
visto ya todo y les había dado las instrucciones oportunas. Del mismo
modo nos encarga a nosotros una cierta preparación de la Eucaristía,
pero todo lo esencial es configurado por él mismo: sólo él es el centro
y el único contenido de lo que se celebra. En este centro la comunidad
no tiene nada que «hacer»; este centro es para ella siempre algo com-
pletamente imprevisible y grandioso: que Jesús toma un pan ordina-
rio y lo parte diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo». Y casi más
incomprensible aún es lo otro: que tome el cáliz y lo dé a beber a sus
discípulos con estas palabras: «Esta es mi sangre, sangre de la alianza,
derramada por todos». Dice esto cuando todavía está sentado a la
mesa con ellos, con lo que anticipa ya el derramamiento de su sangre.
Y como habla de la «sangre de la alianza», Jesús remite al origen de
la alianza en el Sinaí, de la que se informa en la primera lectura, pero
muestra también cómo esta Antigua Alianza queda ampliamente
superada en una «Nueva Alianza» ( 1 Co 11,25 ); la segunda lectura
indicará la distancia que existe entre aquel comienzo y esta plenitud.
Pero ambas lecturas muestran que Jesús, mediante la institución de la
Eucaristía, lleva a plenitud la obra de su Padre, y esto en el Espíritu
Santo, pues él mismo se ofreció como sacrificio en la cruz «en virtud
del Espíritu eterno» (Hb 9,14). Por eso la solemnidad del Corpus
Christi es una fiesta eminentemente trinitaria.

2. «Tomó MoiJé.r la sangre... dicimdo: Esta e.r la sangre de la alianuz».


La alianza que Dios ofrece al pueblo en la primera lectura ha sido
aceptada por éste unánimemente ( «a una»). Se ha convertido en una
alianza recíproca. Para sellar ritual y oficialmente su seriedad, su indi-
solubilidad, se inmolan novillos cuya sangre es derramada por Moisés

166
Ciclo B

como mediador entre Dios y el pueblo: la mitad sobre el altar de Dios


y la otra mitad, tras la lectura del documento de la alianza, sobre el
pueblo. Las palabras explicativas: «Esta es la sangre de la alianza»,
recuerdan una relación de fidelidad similar a la que se establece cuan-
do dos hombres concluyen entre sí una «fraternidad de sangre», pues
cada uno da al otro lo más íntimo y vivo de sí mismo. Pero a esta fra-
ternización del Sinaí le falta todavía un último elemento: la sangre
que se derrama sobre el altar y sobre el pueblo es sangre de animal. La
segunda lectura descartará este elemento extraño ( «la sangre de
machos cabríos y de becerros») y lo sustituirá por la sangre de aquel
que en su persona es tanto Dios como hombre.

3. «El mediador de una alianza nueva». La Antigua Alianza, indi-


soluble en cuanto tal, se consuma cuando el mediador definitivo apa-
rece ante el Padre «con su propia sangre», expía todas las infidelida-
des de los socios humanos del pacto y, porque «en vinud del Espíritu
eterno» puede ofrecerse a Dios como sacrificio, «consigue la libera-
ción eterna». Si Jesús nos ha legado este su eterno sacrificio no sólo
para recibirlo, sino también para «hacerlo»: «Haced esto en memoria
mía» (l Co 11,25), nosotros tendríamos que realizar este «haced» con
sumo respeto y fervor.

SAGRADO CORAZON DE JESUS

Os 11,1.3-4.Ba.c-9; Ef 3,8-12. 14-19;Jn 19,31-37

l. «Con correas de amor». La primera lectura nos describe el amor


de Dios por su «hijo» Israel. Se trata de un amor que se manifiesta
bajo todas las formas de ternura. De la misma manera que los padres
miman al hijo, lo llevan en brazos, lo dan de comer y más tarde le
enseñan sus primeros pasos, así también se ha comportado Dios con
su hijo elegido. Pero al igual que los padres a menudo no reciben nin-
gún agradecimiento por sus desvelos, así también Dios no cosechará
más que ingratitud por parte de su hijo Israel. El Señor lo «ha atraído
con cuerdas humanas, con correas de amor», pero son precisamente
esas cuerdas las que impulsan al hijo a liberarse de ellas y a hacerse
independiente: no de los padres humanos, sino de Dios, el amor por
antonomasia. Y ahora: ¿qué hará Dios? El, que quería envolver al hijo

167
Luz de la Palabra

con cadenas de amor, se encuentra ahora prisionero de esas mismas


cadenas, porque no solamente tiene amor sino que es el amor. Porque
«soy Dios y no hombre». Aquí el corazón de Dios aparece al desnudo:
El no puede irritarse, ni destruir, como sería lo justo; no puede aban-
donar al hijo infiel que se ha ido de casa -aquí se vislumbra ya la
imagen del padre de la parábola del hijo pródigo-, debe esperarlo,
correr a su encuentro, abrazarlo y dar una fiesta en su honor.

2. «Comprender el amor criJtiano, que trasciende toda filosofía». En la


segunda lectura se expresa precisamente esto: el amor de Dios, que
siendo el más libre se encadena a sí mismo, se ata por fidelidad a su
alianza, que ha sido rota de muchas maneras por su socio humano, el
cual (como muestra el matrimonio de Oseas con una prostituta)
muestra una fidelidad casi ridícula, casi desdeñosa, sigue siendo
incomprensible para el hombre. Pablo llega incluso a exigirnos que
comprendamos precisamente esto que es incomprensible, que reco-
nozcamos la locura de Dios como su suprema sabiduría, porque «la
locura de Dios es más sabia que los hombres», es «un saber divino y
secreto» (l Co 1,25; 2,7). Por eso, «el que se las da de listo al modo
de este mundo, vuélvase necio para ser listo de veras» (ibid. 3,18), y
por eso también los cristianos deben convertirse en «unos locos por
Cristo» (ibid. 4, 10). En todo esto se trata únicamente del amor de
Dios, un amor ante cuyo encanto y soberano designio todos los demás
atributos divinos (por ejemplo, la omnipotencia y la omnisciencia)
quedan como relegados. Esto es lo que el cristiano debe comprender.

3. El que lo vio da testimonio. El evangelio del corazón traspasado


de Jesús aporca la prueba de lo que se ha dicho en las lecturas. Su ver-
dadero sentido sólo es perceptible para el cristiano que es capaz de ver
en la muerte del Hijo el signo supremo del amor del Padre, y por eso
ese cristiano será también el único que comprenda la solemnidad del
testimonio del discípulo amado. Los brutales soldados romanos, que
no sólo crucificaron a Jesús, sino que le quebraron las piernas y le
atravesaron el corazón con la lanza, son, sin saberlo, instrumentos
humanos para que se cumplan las profecías anunciadas desde antiguo.
Lo que aquí se abre es el corazón del propio Dios (el corazón de Jesús
no puede separarse del Padre y del Espíritu); lo más profundo, lo últi-
mo que Dios puede dar de sí mismo, fluye y la herida permanece eter-
namente abierta: todavía al fin del mundo «Mirarán al que atravesa-

168
Ciclo B

ron». Ciertamente no se puede decir que la crueldad de los pecadores


haya aumentado el amor de Dios (que supera todo conocimiento),
pero sí que la actitud de la criatura para con su Creador ha permitido
contemplar los abismos que esconde dentro de sí este amor.

OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Os 2,16b.17b.21-22; 2 Co 3, lb-6; Me 2,18-22

1. Ahora no se debe ayunar. Juan el Bautista vino bajo el signo del


ayuno, Jesús bajo el signo de la comida y la bebida (Mt ll,18s). Por
eso son sobre todo «los discípulos de Juan» los que se extrañan de que
los discípulos de Jesús no ayunen. Jesús distingue. No rechaza el
ayuno, como muestran sus consignas al respecto en el sermón de la
montaña (Mt 6,16-18). Pero ante todo es Dios y hombre, el signo de
las nupcias entre el cielo y la tierra: su existencia es el supremo regalo
de bodas del Padre a Israel y al mundo entero.
Frente al largo período de espera que ha durado hasta el Bautista,
él es el paño nuevo que no debe coserse sobre un manto viejo, el vino
nuevo que no debe echarse en odres viejos. Otra cosa será cuando
Israel haya rechazado a su Mesías; entonces, cuando «se lleven al
novio», y Jesús no esté ya con sus discípulos, podrá comenzar un
ayuno totalmente distinto, un ayuno cristiano que no se vinculará ya
con la Antigua Alianza sino con la pasión. Pero entonces también la
Iglesia, que vivirá de la pasión y de la resurrección de Cristo, de la
seriedad más profunda y de la alegría más plena, tendrá que dar
expresión a ambas cosas; tendrá un tiempo de ayuno y un tiempo de
Pascua. Seguirá interiormente y también exteriormente, de una
manera simbólica, el movimiento de su Esposo.

2. La primera lectura se remonta a las primeras nupcias de Dios con


Israel. Se mencionan dos escenas: la primera es la de los esponsales de
Dios con Israel en el desierto tras la salida de Egipto, un tiempo de
amor en el que Dios estaba a solas con su esposa; desierto significaba
al mismo tiempo riqueza espiritual (el maná, las codornices, el agua
que brota de la roca) y miser~a, de la que Israel se lamentaba no poco.
Y ahora que el pueblo se ha convertido en una esposa infiel, se anun-
cia un segundo éxodo en el desierto, donde Dios cortejará de nuevo a

169
Luz de la Palabra

su amada, se casará con ella «en fidelidad» y le dará el «conocimiento


del Señor» («te penetrarás del Señor»), que para los judíos significa la
unión conyugal más íntima entre el hombre y la mujer. También aquí
el desierto -léase el exilio- significa la unidad de ayuno y de boda.
Se ve hasta qué punto es definitiva la alianza de Dios con Israel, y se
ve asimismo que sólo en Jesucristo se consumará el matrimonio de las
dos naturalezas.

3. La Iglesia como consumación. La alianza que se concluye en la


vida, muerte y resurrección de Cristo es indisoluble, porque ahora el
Espíritu Santo de Dios se ha derramado en los corazones de los cre-
yentes. Las «tablas de piedra» mosaicas son sustituidas, en la segunda
lectura, por las «tablas de carne del corazón», al igual que el templo
de piedra es sustituido por el templo del Espíritu Sanco, construido
con las «piedras vivas» que «sois vosotros». Lo que vale de la Iglesia
como esposa pura e inmaculada de Cristo, debería reflejarse también
en toda comunidad eclesial; de ahí el tono amonestador del apóstol: al
igual que él es un «servidor de una nueva alianza», «del Espíritu», así
también los creyentes deben ser una comunidad consecuente. Pablo
tiene una «confianza» tan grande en Dios «por Cristo», que la comu-
nidad, que es motivo de no pocas preocupaciones para él, podrá ser o
convertirse en una parte fidedigna de la Catholica, en la unidad de
renuncia ( «no buscar lo suyo»: 1 Co 13,5) y sobreabundancia de los
dones del Espíritu (ibid. 12).

NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dt 5, 12-15; 2 Co 4,6-11; Me 2,23-3,6

I. «Guarda el día del sábado». El sábado, que (según la primera


lectura) ha sido instituido por Dios, que mandó guardarlo, es un día
«santo» porque está dedicado al Señor. Esto significa no solamente
que en sábado no se debe trabajar (porque el hombre trabaja para sí
mismo), sino que en este día se debe pensar además en Dios corno
Señor de todo trabajo y de todo ser y obrar humanos. De lo contrario,
como día puramente negativo, por así decirlo como día muerto, el
sábado no tendría ningún sentido. Porque Dios en este día no está
muerto, sino que está precisamente más vivo que nunca para el hom-

170
CicloB

bre. Jesús aludirá a ello cuando explique su relación con el sábado:


«Mi Padre, hasta el presente, sigue trabajando y yo también trabajo»
On 5,17). Sólo la ignorancia humana en materia de religión podría
malinterpretar el descanso de las tareas mundanas -para estar libres
para la acción de Dios- como una pura inactividad formalista. Jesús
se rebela contra esto.

2. «El Hijo del hombre es Señor también del Jábado». En el evangelio,


cuando los discípulos son criticados por los fariseos por arrancar espi-
gas para comer en sábado, Jesús reprende a los que se han permitido
criticar esta actitud de sus discípulos: si el sábado es el día del Señor,
hay cosas queridas por Dios que se pueden hacer en sábado, y pone el
ejemplo de David, que comió con sus compañeros los panes sagrados
que sólo pueden comer los sacerdotes; en otro pasaje Jesús se refiere a
la necesidad de llevar a abrevar a los animales aunque sea sábado (Le
13,15) o a la obligación de sacar a un animal o a un niño que se ha
caído a un pozo (Le 14,5). Son éstas actividades en las que el hombre
no trabaja para sí mismo, sino que cumple el mandamiento divino del
amor. Y como Jesús ha venido a proclamar que este mandamiento es
el mayor de todos, él es también Señor del «sábado». Así se permite
curar en sábado al hombre que tenía el brazo atrofiado, porque actúa
en el Espíritu de la gracia de Dios que cura gratis y con ello honra a
Dios en su día. Para los formalistas esto es una bofetada en plena cara;
por eso toman ya ahora, al comienzo del evangelio, la decisión de
matar a Jesús.

3. «EntregadoJ a la muerte por causa de]míJ». En la segunda lectura


el apóstol ciertamente ya no habla del sábado, sino de que él, que vive
de la esplendente gracia de Dios, se encuentra constantemente al
borde de la ruina, de que la vida y la muene de Jesús se manifiestan
«continuamente» en su existencia. El sábado se ha convertido para él
en el sábado santo no solamente cuando en su apostolado escapa de
milagro a la muerte (2 Co 1,9), sino también en los largos períodos en
que languidece en prisión ajeno a toda actividad, y finalmente cuando
apenas puede soportar las bofetadas de «un emisario de Satanás» y
pide inútilmente verse libre de él. Debe experimentar con Jesús la
paradoja total de la pasión, que consiste en que la obra de Jesús alcan-
za su punto culminante precisamente cuando al clavado en la cruz se
le impide todo movimiento: «Pues cuando soy débil, entonces soy

171
Luz de la Palabra

fuerte». Estas palabras de Pablo podrían haber sido pronunciadas por


Jesús en la cruz. Aquí se consuma, más allá de todo presentimiento
humano, el sentido del sábado.

DECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Gn 3,9-15; 2 Co 4,13-5,1; Me 3,20-35

l. «Tiene dentro un espíritu inmundo». En el evangelio se acusa a


Jesús de dos cosas: sus parientes dicen que no está en sus cabales y
quieren «llevárselo» a la fuerza; pero los letrados dicen que está poseí-
do por el demonio porque evidentemente no actúa como un loco sino
como alguien dotado de poderes sobrenaturales. Jesús tiene una única
respuesta para ambas acusaciones: la obra que él está construyendo
tiene el carácter de la unidad y del poder de Dios y de su Espíritu
Santo -una obra de Satanás no podría mostrar este carácter-, y
muestra asimismo el carácter de una nueva comunidad espiritual que
no puede confundirse con la antigua comunidad terrestre. Por eso no
se deja pasar a sus parientes, y los que le acusan de estar poseído por
un espíritu inmundo equiparan al Espíritu de Dios con Satanás, lo
que ciertamente constituye la blasfemia más imperdonable. Porque es
una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús,
es visible para quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres
-también en la Iglesia- su acción puede ser criticada, pero donde
es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a El se condena a
sí mismo.

2. «La .rerpiente me engañó». El hombre que se opone a Dios con su


pecado ---esto es lo que enseña la primera lectura- pretende siempre
escapar de esta autocondenación echando la culpa a otro. Adán y Eva
son culpables ante Dios: la conciencia de su desnudez los delata, y
también su miedo ante la presencia de Dios como consecuencia del
pecado. El pecador es consciente de su oposición interior a Dios. No
ve más salida que acusar a otro como culpable de su situación. Adán
echa la culpa a Eva, Eva echa la culpa a la serpiente, el engañoso
poder de seducción de la desobediencia. Pero Dios (esto ya no aparece
en la lectura) los castigará a los tres, sin tener en cuenta las maniobras
para pasarse la pelota de uno a otro, para tranquilizar la propia con-

172
Ciclo B

ciencia inculpando al prójimo. Para los hombres (Adán y Eva) el cas-


tigo será doble: por una parte, las penas y fatigas de la existencia, con
las que podrán expiar en parte su culpa, y por otra la lucha sempiter-
na con el poder engañoso y seductor del maligno, que los debe mante-
ner en guardia para poder resistirse a este poder. Ambas cosas son
caminos abiertos para escapar de la autocontradicción del pecado;
pero esto último no se producirá definitivamente hasta que Jesús, que
realiza su obra en el Espíritu sin contradicción alguna, reúna a los
hombres en su unidad igualmente sin contradicción.

3. «El inmenso e incalculable tesoro de gloria». Pablo (en la segunda


lectura) representa al hombre que vive entre Adán y Cristo; la obra
realizada por Cristo ha integrado en sí la obra penitencial de Adán. El
que «la condición física se vaya deshaciendo» no es atribuible sólo a la
penitencia de Adán, sino ante todo a la obra de expiación asumida ya
por Jesucristo. El «inmenso e incalculable tesoro de gloria» no dismi-
nuirá el peso de la cruz. Lo que ocurre más bien es que cuanto más
pesada es la cruz, más incomparablemente grandes serán la resurrec-
ción y la gloria que vendrán después.

UNDECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ez 17,22-24; 2 Co 5,6-10; Me 4,26-34

l. «Sin que él sepa cómo». Jesús cuenta en el evangelio dos parábo-


las sobre el crecimiento del reino de los cielos, cada una de ellas con
un objetivo diferente. La primera pone el acento sobre el crecimiento
mismo de la simiente. El labrador no ha dado a la semilla la fuerza
que necesita para crecer, ni puede influir en el crecimiento progresivo
de la misma: «La tierra va produciendo la cosecha ella sola». Esto no
significa que el hombre no tenga nada que hacer: tiene que preparar
la tierra y echar en ella la simiente. Pero no es él quien realiza el tra-
bajo principal, sino -y esto es lo que acentúa la parábola- el propio
Dios, mientras el hombre «duerme de noche y se levanta de mañana»
día tras día. El reino de Dios tiene sus propias leyes, unas leyes que en
modo alguno le son impuestas por el hombre; el reino de Dios no es
11n producto de la técnica; la semilla, el tallo, la espiga, el grano, el
momento de la cosecha: todo esto pertenece a la estructura propia del

173
Luz de la Palabra

reino y en modo alguno depende de las prestaciones humanas. Esto es


precisamente lo que muestra la segunda parábola: el fruto en sazón,
que al principio parecía tan ridículamente pequeño a ojos de los hom-
bres, se revela al final más grande que todo lo que el hornbre hubiera
podido realizar. ¿Y la cosecha? Será ciertamente la cosecha de Dios,
pero en beneficio del hombre que prepara la tierra y esparce en ella la
semilla. Dios cosecha, como dice el empleado negligente y cobarde de
la parábola de los talentos, «donde no siembra», pero cosecha en el
fondo para ambos: pues encomienda al empleado fiel y cumplidor el
gobierno de un amplio territorio.

2. «Siempre tenemos confianza». La actitud del labrador que espera


pacientemente la cosecha es la de una permanente seguridad de que la
ley que Dios ha puesto en la naturaleza se cumplirá. Del mismo modo
la confianza de Pablo en la segunda lectura es una confianza perma-
nente, sea cual sea la apariencia del clima espiritual en su vida o en la
de su comunidad. «Caminamos guiados por la fe». El hombre preferi-
ría dirigir el tiempo, manejar el clima a su antojo, ser el dueño de los
imponderables; Pablo preferiría vivir ya junto al Señor antes que vivir
en la fe, en el «destierro», pero, como para el labrador, el abandono en
manos de Dios es más importante que sus preferencias, ya «estemos
en destierro o en patria». También el apóstol es sólo un labrador: « Yo
planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer» (1 Co 3,6).

3. «Más alta que la.J demás hortalizas». La segunda parábola sobre


el reino de los cielos que se expone en el evangelio de hoy, es un
nuevo ejemplo de las numerosas declaraciones de Jesús a propósito de
que «el más pequeño» en el reino de Dios se convertirá en «el más
grande», precisamente porque se ha hecho pequeño y se ha colocado
en el «último puesto», algo de lo que el propio Jesús dio ejemplo en
su vida terrena y sigue dándolo en su Eucaristía. Con esta imagen
Jesús retoma el pasaje de Ezequiel, que describe en la primera lectura
cómo gracias a la fuerza del Señor la frágil rama del pueblo de Dios ha
crecido hasta llegar a convertirse en el más poderoso de los árboles, de
suerte que «las aves de toda pluma pueden anidar al abrigo de sus
ramas». El profeta atribuye esto inequívocamente a la fuerza de Dios;
todos los demás árboles (es decir, todas las demás naciones) deben
saber «que yo soy el Señor», el que tiene poder para humillar a los
árboles altos y para ensalzar a los árboles humildes, para secar a los

174
Ciclo B

lozanos y hacer florecer a los secos. Tanto en la Antigua como en la


Nueva Alianza la parábola nada tiene que ver con la moralidad huma-
na, sino que se refiere enteramente al poder superior de Dios, que
trata al hombre según esta ley cuando el hombre se somete a El.

DUODECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

jb 38,1.8-11; 2 Co 5,14-17; Me 4,35-41

l. «¿Quién cerró el mar con una puerta?». El mar creado por Dios
parece tener preponderancia sobre la tierra; para muchos pueblos anti-
guos su poder salvaje e informe era algo así como un caos antidivino.
Pero en la primera lectura Dios muestra a Job que ha puesto límites a
est:a aparente superpotencia: lo que salía impetuoso del seno materno
Dios lo envolvió --como a un niño de pecho- entre rnantillas y paña-
les; a la furia del mar se le impuso un límite «con puertas y cerrojos».
Para Job esto significa que si Dios puede dominar esta.s potencias de la
naturaleza, cuyas fuerzas superan infinitamente a las del hombre, tanto
más podrá domeñar y dirigir el destino del hombre.

2. «Las olas rompían contra la barca». Y ahora el evangelio nos


muestra que este poder, que es capaz de domeñar la.s fuerzas de la
naturaleza, le ha sido dado también al Hijo del hombre, que lo posee
hasta el punto de poder dormir tranquilamente en la barca en medio
de «un fuerte huracán»: Jesús descansa seguro bajo la protección de
su Padre, que vela por su vida y su misión, y no permite que una fuer-
za de la naturaleza las domine. Y cuando a instancias de sus discípu-
los, que están muertos de miedo, increpa a la tempestad con estas
palabras: «¡Silencio, cállate!», no lo hace para mostrar su poder o por-
que también él tenga miedo, sino para tranquilizar a sus discípulos,
que tienen tanto miedo como poca fe: «¡Por qué sois tan cobardes?
¿Aún no tenéis fe?». Pero la escasa fe de los discípulos no debía limi-
tarse a milagros de este tipo, sino que debía extenderse a los milagros
mucho mayores inherentes a la misión de Jesús: él había venido al
mundo para aplacar una tempestad mucho mayor, el caos de nuestro
pecado; y esto mediante su muerte en la cruz, algo qu.e ciertamente lo
eleva por encima de todos los «criterios humanos•> y nos permite
ahora preguntarnos realmente: «¿Pero, quién es éste?».

175
Luz de la Palabra

3. La segunda lectura supone esta fe plena, que reconoce que


Jesús escapa a todoJ los criterios humanos porque ha realizado el
mayor milagro posible: el de «morir por todos, para que los que
viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por
ellos». Con ello a los hombres no solamente se les devuelve la seguri-
dad en su antigua vida mortal, como ocurre en el milagroso episodio
de la tempestad calmada, sino que, si «si viven en Cristo», son inser-
tados en una «nueva creación» en la que «lo viejo ha pasado y ha lle-
gado lo nuevo». La tempestad del lago fue calmada a causa de la poca
fe de los discípulos, para que éstos comenzaran a tener fe en Jesús. La
muerte en la cruz, que calma una tempestad mucho peor, exige a
todos los cristianos, incluso a los más timoratos, «no vivir ya para sí
mismos».

DECIMOTERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 1, 13-15; 2,23-24; 2 Co 8, 7.9.13-1 5; Me 5,21-43

l. Contra la enfermedad y la muerte. Las lecturas de hoy suscitan


preguntas terribles. Cristo cura a una mujer enferma y resucita a una
niña muerta. Esa es su vocación. ¿Por qué entonces tienen que enfer-
mar tantos hombres después de él y por qué tienen que morir codos?
¿Quiere Dios la muerte? Si nada ha cambiado en el mundo, ¿para que
vino Cristo a él?
Del largo relato del evangelio, en el que se entremezclan dos mila-
gros, extraigamos simplemente dos frases. De la hija del jefe de la
sinagoga, ciertamente muerta según nuestros conceptos, Jesús dice:
«La niña está dormida», lo que hace que los presentes se rían de él.
En el caso de la mujer que padecía flujos de. sangre, y que toca su
manto,Jesús pregunta: «¿Quién me ha tocado el manto?», con el
consiguiente desconcierto de los discípulos por la pregunta. Ante la
muerte corporal Jesús habla de sueño -lo hará otra vez en el episodio
de la resurrección de su amigo Lázaro: Jn 11,11-; la verdadera
muerte, la que en el Apocalipsis se denomina «segunda» (definitiva)
muerte, es para él otra cosa. Por otra parte, la enfermedad (que para
los judíos era una premonición de la muerte) es para él una menuden-
cia insignificante; para curarla debe «salir de él una fuerza» (en Lucas
esto sucede en todas las curaciones: Le 6,19). Jesús se designa a sí

176
CicloB

mismo como «la vida» (Jn 11,25: 14,6) y esca vida debe expandir sus
energías para vivificar lo muerto o lo caduco.

2. Sólo a partir de aquí se pueden comprender las afirmaciones de


la primera lectura: «Dios no hizo la muerte». Esto se repite: «No hay
irnperio del Abismo sobre la tierra, porque la justicia es inmortal». La
presencia de la muerte en el rnundo se atribuye a la envidia del dia-
blo. ¿Córno puede decir esto el sabio cuando sabe a ciencia cierta que
todos los hombres, tanto justos como injustos, tienen que morir?
Distingue, como Jesús, una doble muerte: una muerte natural, dada
con la finitud de la existencia, y una muerte no natural, provocada
por la rebeldía de los hombres contra Dios. Pensemos en estas miste-
riosas palabras de Jesús, aunque aquí ciertamente iluminadoras: «El
que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá»; y lo que sigue no las
contradicen: «Y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siem-
pre» Un 11,26). Si Dios ha creado al hombre finito, el hombre, con
sus pecados, ha creado la segunda muerte, la verdadera.

3. KPobre por vo.sotros». Superar esca obra destructiva del hombre


no es una menudencia para Dios. Lo dice la segunda lectura:
Jesucristo, «siendo rico, por vosotros se hizo pobre, para que vosotros,
con su pobreza, os hagáis ricos». No superó nuestra muerte con su
omnipotencia, sino descendiendo a la impotencia de esta muerte. Esta
segunda muerte sólo podía ser vencida desde dentro, sólo en virtud de
la fuerza divina que surgió de Jesús para penetrar en nosotros en la
cruz y en la Eucaristía. Pablo querría que imitásemos esto al menos en
parte, dando a los indigentes algo de nuestra fuerza material para que
haya al menos una «nivelación», como corresponde a los que se sien-
ten realmente hermanos. El ejemplo de Jesús, que desde la suprema
riqueza descendió a la pobreza más extrema, debe aparecer ante nos-
otros al menos como ideal (¡inalcanzable!).

DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ez 2,2-5; 2 Co 12,7-10; Mc6,1-6a

l. El e.scándalo. El escándalo consiste en rechazar con razones


penúltimas lo que habría que aceptar con razones últimas (que se

177
Luz de la Palabra

conocen muy bien). Eso es lo que hacen los paisanos de Jesús en el


evangelio de hoy. Ante todo no pueden sino asombrarse ante su ense-
ñanza; no comprenden «de dónde saca todo eso». Su sabiduría y su
poder, mayormente sus milagros, les superan, y así lo declaran. Pero
no quieren admitirlo e invocan como justificación de su actitud que
conocen a su familia y que conocen ciertamente también su vida ante-
rior entre ellos. Si antes era un simple carpintero, ¿de dónde había
sacado súbitamente todo eso? Jesús generaliza esta objeción que le
plantean sus paisanos: la extiende al destino de todo profeta en su tie-
rra, entre sus parientes y en su propia familia. Y mientras el hombre
mantenga esta objeción, no puede ser agraciado con ninguna cura-
ción, que ciertamente presupone la fe confiada en Jesús. Pero el envia-
do de Dios debe experimentar precisamente esca situación. Es lo que
muestra la primera lectura de una manera irrefutable.

2. «Enviado a un pueblo rebelde». Dios envía al profeta Ezequiel


(como había enviado ya antes a Isaías, a Jeremías y a otros profetas)
expresamente a «los que le han ofendido», a «los testarudos», a «los
obstinados», a «los que se han rebelado contra él»: «A ellos te envío»;
y el profeta no puede llegar a ningún compromiso con ellos, sino que
deberá transmitir únicamente la palabra del Señor. No importa que el
profeta tenga éxito o fracase en su predicación, eso ya no afecta a su
misión. El desprecio que Jesús experimenta en su tierra tuvieron que
experimentarlo no pocos profetas antes que él. Según el testimonio
del propio Jesús casi codos fueron asesinados para cerrarles la boca
definitivamente. Posiblemente la gente reconoció después «que hubo
un profeta en medio de ellos».

3. «Cuando soy déhil, entonces soy fuerte». El enigma de este desig-


nio divino se aclara con el destino universal de Jesús, que determina
también el de sus seguidores, los cristianos. Nadie ha sido rechazado
tan radical y universalmente como Jesús, que fue traicionado por un
cristiano, despreciado por los judíos y condenado a muerte por los
paganos. «Los suyos no lo recibieron», aunque eran «su casa» (J n
1,11). El propio Jesús equipara su destino al de los profetas (Le
13,33), pero le distingue de ellos su misión humana y divina: tornar
sobre sí el rechazo de los suyos y obtener el asentimiento en sus cora-
zones. Precisamente eso es lo que Pablo en la segunda lectura ha com-
prendido como ley de la cruz que se verifica también en él: la gracia

178
CicloB

demuestra «su fuerza en la debilidad». La cruz fue «la fuerza de


Cristo,.. Y a partir de ella puede decir también el cristiano: «Cuando
soy débil -impotente, maltratado, perseguido--, entonces soy fuer-
te; el destino victorioso de Cristo produce también su efecto en mí.

DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Am 7, 12-15; E/ 1,3-14; Me 6,7-13

1. Llamados y equipados. Jesús llama a los doce en el evangelio sin


ninguna explicación. ¿Por qué precisamente a éstos y no a otros? Nada
se dice al respecto. No se distinguen por su virtud, por una habilidad
especial o por sus cualidades oratorias. Si les falta algo necesario para el
cumplimiento de su misión, se les dará después. Les falta ciertamente
lo que se les da cuando son enviados: la facultad para proclamar el
reino de Dios, y esto con el poder de arrojar espíritus inmundos, algo
que sólo es posible si se posee el Espíritu Santo, que al difundirse redu-
ce el radio de acción del espíritu maligno. Corno han recibido estos
dones de Jesús, se les exige no mezclarlos con los propios instrumentos
de trabajo y de propaganda. Por eso se les dice que no deben llevar ni
alforja, ni pan, ni dinero, ni una túnica de repuesto; ni siquiera deben
buscar un alojamiento rnás cómodo. Se les encarga. predicar la conver-
sión, y no se les promete el éxito. El éxito no importa: si no se les escu-
cha, deben marcharse e intentarlo en otra parte. Al final se indica sim-
plemente que los doce salieron a predicar y obtuvieron cieno éxito. El
evangelio desnudo (sine ¡,lossa) es lo más convincente.

2. Llamados y rechaz1Zdos. Lo que la primera lectura dice a propósi-


to de Amós, es característico de todo enviado de Dios. «Si en un lugar
no os reciben», dice Jesús en el evangelio. Amós no es recibido, sino
expulsado del país por el poder oficial. Pero él insiste y dice que «no
es profeta ni hijo de profeta». Se trata de una vocación comparable a
la de los pescadores de Galilea. Ni Amós ni los doce han deseado o
elegido para sí esta misión, simplemente han sido llamados por Dios:
«Ve y profetiza a mi pueblo». Se trata aquí de una vocación en senti-
do original y radical, una vocación en la que el hombre no piensa si
debe o no, si puede o no (por ejemplo hacerse sacerdote o entrar en
religión). Dios le empuja; si no se resiste, lo notará. Poco importa

179
Luz de la Palabra

aquí que Amós aba11done el país y se marche de Samaría a Judea, o


que los apóstoles digan ante el sanedrín que «hay que obedecer a Dios
antes que a los hombres». Continuar el camino, tal y como Jesús reco-
mienda en el evangdio, también puede consistir a veces simplemente
en seguir haciendo lo que se está haciendo.

3. Destinados de antemano. El gran comienzo de la carta a los


Efesios (segunda lectura) inserta a los elegidos de Dios en el plan divi-
no de salvación, que es universal e intemporal: lo que yo soy y debo
ser ha sido determir1ado desde la eternidad, antes de la creación del
mundo; yo no soy llamado ni solamente en el tiempo ni como un
individuo aislado, sino que estoy integrado como desde siempre en un
proyecto universal predestinado que consiste en la encarnación de
Cristo y en la glorificación de la gracia del amor del Padre, en la
marca del Espíritu Sanco. Nadie es una isla, cada uno de nosotros sólo
es comprensible dentro de un paisaje inabarcable en el que todo irra-
dia «alabanza de la gloria del Señor».

DECIMOSEX"IO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jr 23, 1-6; Ef 2, 13-18; Me 6,30-34

l. «¡ Ay de los pastores!». En la primera lectura los reyes de Israel


son llamados pastores; en todo el mundo antiguo era costumbre dar a
los reyes el título honorífico de pastores. Dios había concedido a su
pueblo un rey, pero no de buena gana, pues «los que figuran como
jefes de los pueblos los tiranizan y oprimen» (Me 10,42). Creen poder
mantener unido al pueblo con su poder, pero en realidad con ese
poder «dispersan y expulsan mis ovejas». El puro poder no se preocu-
pa del bien de los súbditos, que lo único que tienen es «miedo» anee
él, sino que represer1ta únicamente la unidad de los gobernantes, que
se hacen llamar « bienhechores» (Le 22,25) en razón de su poder
omnímodo. Dios promete juzgar a estos potentados y sustituirlos por
el verdadero pastor salido de la casa de David, que ostentará con todo
derecho el título de «El-Señor-nuestra-justicia».

2. «Como ovejaJ sin pastor». Así califica Jesús en el evangelio a la


multitud que corre tras él. La gente ve instintivamente en él al buen

180
CicloB·

pastor enviado por Dios que no quiere ejercer su poder sobre ellos,
sino reunirlos y cuidarlos amorosamente por lo que son en sí mismos.
Los poderosos de la tierra los han dominado siempre: asirios, babilo-
nios, persas, griegos, romanos, pero también sus propios jefes, para los
que ellos eran una masa ignorante y «empecatada de arriba a abajo»
Un 9,34). Jesús quiere tener un momento para descansar un poco,
pero eran tantos los que venían a su lado que «no encontraba. tiempo
ni para comer». Jesús tendrá que entregarse a sí mismo como comida
a esta multitud hambrienta. No está allí para descansar, sino para
agotarse hasta el extremo. «Yo doy mi vida por las ovejas» (Jn 10,15).
«Y se puso a enseñarles con calma». Sus discípulos están con él y,
aunque aquí no se dice nada de su estado de ánimo, la consecuencia
del ejemplo que Jesús les da es que no les ocurrirá nada fundamental-
mente distinto de lo que le ocurre a su Maestro.

3. «Derrihando el muro que los separaba». La segunda lectura muestra


la obra final del buen pastor. Cristo consigue --ciertamente sólo gracias
a la entrega de su vida, en virtud de su muerte-- reunir al rebaño que
hasta entonces estaba separado en dos partes. En eso consiste incluso su
tarea y su plan de vida, corno el mismo Jesús reconocerá explícitamente:
«Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las
tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo pas-
tor» Un 10,16). Pero Pablo pone aquí todo el acento en la manera en
que esa «paz» se realiza: el pastor hace de su propio cuerpo, en la cruz, el
lugar de la batalla decisiva, en la que el cuerpo desgarrado se convierte
precisamente en el cuerpo entregado por todos que funda y garantiza la
unidad. Otra tiranía queda abolida: «La Ley con sus mandamientos y
reglas», cuya multiplicidad fragmentaba, rompía la vida de los hombres.
De ahora en adelante reina la paz gracias al único amor del que en la
cruz y en la Eucaristía se ha convertido en el reconciliador, impotente y
sin embargo todopoderoso, de toda división entre los hombres.

DECIMOSEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

2 R 4,42-44; Ef 4,J-6;jn 6,1-15

1. «Comerán y .robrará». En la primera lectura se narra un milagro


realizado por el profeta Elíseo. Este milagro, que tiene que ver con la

181
Luz de la Palabra

comida, es evidentemente una especie de imagen anticipada del mila-


gro de la multiplicación de los panes y los peces que se narra en el
evangelio. Algunos detalles de ambos relatos son comparables: la
escasez de los alimentos presentados, la orden: «Dadles vosotros de
comer» (cfr. Me 6,37 par), la comida y los restos (en Eliseo según lo
había previsto el Señor). El milagro del profeta es de un formato más
modesto: la cantidad de alimentos disponibles es mayor, la multitud
(cien personas) es menor; el milagro se realiza en virtud de una deci-
sión de Dios, no merced a la omnipotencia de Jesús. Esto no obstante,
el paralelismo es asombroso. Se muestra con ello que Jesús, tanto en
éste como en otros casos, no actúa según su propia fantasía, sino que
cumple exactamente, en perfecta obediencia, la Escritura, aunque la
supera ampliamente. Hasta que pronuncia sus últimas palabras en la
cruz, Jesús tiene muy claro que debe «terminar de cumplir la
Escritura» para que «todo quedara terminado» On 19,28). Las obras
que Dios había comenzado en la Antigua Alianza mediante el minis-
terio de sus profetas, se consuman mediante la omnipotencia del Hijo
en la Nueva, una omnipotencia que es al mismo tiempo obediencia
al Padre.

2. «¿Qué es e.ro para tanto.r?». El milagro que Jesús realiza en el


evangelio, dando de comer a unos cinco mil hombres, es al mismo
tiempo, como superación del milagro del profeta, la revelación de la
gracia divina otorgada a la humanidad: Jesús convierte -como en
Caná- lo poco que los hombres tienen que ofrecer en una sobreabun-
dancia inconcebible. Dios, que ya en la naturaleza es incomprensible-
mente pródigo, se revela en el orden de la redención más generoso
que el derrochador más despreocupado; pero, en primer lugar, aquí no
hace llover del cielo el maná como signo de su prodigalidad, sino que
utiliza las escasas provisiones del hombre; en segundo lugar no deja
que se pierda su sobreabundancia inconcebible, sino que manda reco-
ger las sobras para que sus discípulos -la Iglesia- tengan una pro-
visión eterna que pueda ser distribuida a todos los que tengan necesi-
dad de ella. Si en Caná el maestresala ve en las seis tinajas de vino una
locura incomprensible, aquí la locura divina, que da mucho más de lo
que puede consumirse, es al mismo tiempo la sabiduría de Dios que
hace perdurar esta locura de la sobreabundancia a través de toda la
historia; todos los que tienen sed reciben el agua «de balde» (Ap
21,6; 22,17).

182
Ciclo B

3. «Un solo cuerpo y un solo füpíritu». La segunda lectura remite a


la verdadera multiplicación de los panes de Jesús, la de su cuerpo en
la Eucaristía, al igual que la promesa de ésta en Juan sigue inmediata-
mente también al milagro de la multiplicación de los panes y los
peces. La aparente insignificancia de un trozo de pan se convierte en
la sobreabundancia de la autodonación del cuerpo de Jesús, que sacia
a los que lo comen, pero no individualmente, sino uniéndolos a todos
en un solo Espíritu, que se muestra en que todos participan en la
humildad, amabilidad y paciencia de Jesús, lo que les hace participar
también corno verdaderos cristianos en la fuerza milagrosa de Cristo,
que puede unir al mundo hambriento y desesperado en «una sola
esperanza» en un «único Dios y Padre de codos».

DECIMOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ex 16,2-4.12-15; Ef 4,17.20-24;/n 6,24-35

l. «Pan del cielo». El estado de ánimo del pueblo de Israel (en la


primera lectura) es comprensible desde el punto de vista humano:
Dios ha llevado al desierto a los israelitas y éstos están a punto de
morir de hambre porque allí no encuentran comida alguna. Es difícil-
mente imaginable que todo un pueblo, en una situación tan de-
sesperada, espere un milagro del cielo. Dios no se lo reprocha
aquí, sino que promete un doble milagro: al atardecer, carne -la
banda de codornices que cubrió el campamento--; por la mañana,
pan, que lo israelitas recogerán sin saber lo que es (Man-hu ¿Qué es
esto? = maná). De nuevo el milagro veterotestamentario -la carne y
el pan, el pan que es carne y la carne que es pan- no es más que la
imagen anticipada de lo que Dios dará al mundo en Jesús. Son
muchos los hombres que han muerto de hambre en el desierto, hasta
en nuestros días. la preocupación suprema de Dios no es alargar un
poco más la vida de estos mortales, sino, como dirá Jesús, darles el
pan del cielo para la vida eterna.

2. « Yo soy el pan de vida». La milagrosa multiplicación de los


panes ha quedado atrás. En el evangelio de hoy la gente corre tras el
taumaturgo para ser alimentada por él en lo sucesivo. Exactamente
como la Samaritana junto al manantial de Jacob: «Dame esa agua: así

183
Luz de la Palabra

no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla» (J n 4, 15 ).


También esto es comprensible humanamente hablando. Jesús propone
a los que han ido en su busca «trabajar» por otra cosa: por el alimento
que perdura y da la vida eterna, algo que evidentemente será una obra
de Dios. Por eso preguntan al momento: «¿Cómo podremos ocupar-
nos en los trabajos que Dios quiere?». No se dan cuenta de que con
esta pregunta están expresando una contradicción: el hombre no
puede «ocuparse» en las obras de Dios.Jesús indica la contradicción
así como la manera de superarla. La obra que Dios quiere es que el
hombre crea, en lugar de trabajar, que se entregue al que ha sido
enviado por Dios. Pero ellos quieren un signo para poder creer, se
imaginan siempre la fe como una obra. Entonces Jesús se opone, como
verdadero pan del cielo, al maná que se podía recoger en el desierto; el
hambre espiritual sólo puede saciarse con la aceptación creyente de
Jesús, que ha sido enviado por Dios al mundo como verdadero «pan
del cielo». El creyente también tendrá que obrar, pero únicamente a
causa de su fe, no para creer. Porque la fe es una entrega plena al Dios
que actúa en el creyente, no una prestación humana.

3. El hombre nuevo. Por eso (según la segunda lectura) hay que


despojarse del «hombre viejo, corrompido por deseos de placer», que,
debido precisamente a su permanente querer poseer, se deprava y se
priva de todo, para poderse vestir de la «nueva condición humana cre-
ada a imagen de Dios». La imagen original de Dios es Cristo, que no
conoce concupiscencia alguna, sino que es pura entrega; el hombre ha
sido creado según esta imagen arquetípica, para ser conforme a ella,
abandonando la concupiscencia para dejar que acontezca en sí única-
mente la obra del Padre: la impresión de la imagen original del Hijo
en nosotros mediante el Espíritu Santo.

DECIMONOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 R 19,4-8; Ef 4,30-5,2;jn 6,41-51

l. «Levántate y come». De nuevo encontramos en el evangelio una


parte del discurso en el que Jesús promete la Eucaristía a los suyos, y
en la primera lectura una maravillosa imagen veterocestamentaria que
la prefigura. El profeta Elías está a punto de desfallecer física y espiri-

184
Ciclo B

tualmente: todo lo que ha hecho le parece inútil, sólo desea la muerte.


Entonces se le ofrece en medio del desierto un alimento milagroso: un
pan cocido y una jarra de agua. Y este maravilloso don se le impone:
debe comer, pues de lo contrario no podrá soportar el largo camino
que resta hasta el monte del Señor. «Con la fuerza de aquel alimen-
to», pudo caminar «durante cuarenta días y cuarenta noches».
Cuando Elías está a punto de sucumbir, cuando cree que ha llegado el
final, la comida que Dios le ofrece le hace capaz de convertir este final
en un nuevo comienzo. No por propia iniciativa, sino por obediencia.
Pero lo que Jesús ofrece en el evangelio y exige desde entonces es
mucho más. Lo que le aconteció al profeta debe ayudarnos a ver el
don y la exigencia de Jesús como algo no imposible.

2. «El pan que yo daré es mi carne». Jesús dice que él es el verdade-


ro pan del cielo (en lugar del maná). Pero, ¿quién puede creerse esto
cuando todo el mundo conoce a su padre y su madre, que demuestran
que no procede del cielo? Jesús no remite aquí a sí mismo, a sus pala-
bras y a sus milagros, sino al Padre. Al Dios en el que hay que creer y
que conduce, a los que escuchan lo que dice y aprenden, verdadera-
mente de él, al Hijo. A ese Hijo que es el único que conoce verdade-
ramente al Padre, el único que puede revelar su esencia y llevar a su
vida eterna. El maná al que habían aludido los judíos en modo alguno
podría revelar al Padre como vida eterna, pues los que lo comieron
murieron. Pero ahora que el Padre lleva al Hijo y el Hijo lleva al
Padre, ahora que el Padre se da a sí mismo en el Hijo (pues todos los
que reciben al Hijo serán instruidos por Dios) y que el Hijo en su
autodonación revela el amor del Padre, la muerte terrena no tiene ya
poder ni significación alguna, «la vida eterna» es infinitamente supe-
rior a la muerte corporal. Y para que todas estas 'palabras no sean con-
sideradas por sus oyentes como una pura fantasía espiritual, Jesús
declara para terminar: «El pan que yo daré es mi carne». Este cuerpo,
que cuando sea entregado se convertirá en pan para la vida del
mundo, es tan realmente palpable como realmente palpables fueron
para Elías el pan cocido y la jarra de agua que aparecieron milagrosa-
mente a su lado en el desierto.

3. «Sed imitadore.r de DioJ». De nuevo Pablo, en la segunda lectu-


ra, saca las consecuencias del milagro eucarístico para los cristianos.
Al igual que Cristo «se entregó por nosotros corno oblación» por

185
Luz de la Palabra

amor, así también su actitud eucarística debe convertirse en el leitmo-


tiv de la vida cristiana, en la imitación del amor de Dios; y esta imita-
ción no puede consistir sino en el amor mutuo, la misericordia y el
perdón. De este modo los <<hijos queridos de Dios» se convierten los
unos para los otros en una especie de viático eucarístico, en algo seme-
jante al pan cocido y a la jarra de agua que se materializan de impro-
viso para nuestro prójimo en medio del desierto de nuestra vida.

VIGESIMO DOMINGO DEL TJEMPO ORDINARIO

Pr 9,1-6; Ef5,15-20;Jn 6,51-58

Continuación del discurso en el que Jesús prornete la Eucaristía.


Esta vez la imagen anticipada, no es, como el domingo pasado, el pro-
feta, sino la Sabiduría.

1. «Venida comer mi pan». La Sabiduría de Dios, en la primera


lectura, ha preparado el banquete divino para los hombres; ha dis-
puesto todo, ha enviado a sus criados para invitar al banquete a los
comensales. Como es la Sabiduría divina la que invita, la invitación
no es para los que ya son sabios, sino para los «inexpertos», los sim-
ples, los «faltos de juicio», los ignorantes. Los manjares que la
Sabiduría ofrece curan la «necedad» o la credulidad y llevan por «el
camino de la prudencia». La dificultad de esta invitación es que se
dirige a los que no son sabios y deben dejarse conducir a la Sabiduría.
Y si no son sabios es o bien porque se tienen ya por tales (por ejem-
plo: los fariseos y los letrados) o bien porque no pueden comprender
la invitación de la Sabiduría, porque la consideran absurda.

2. La Sabiduría encarnada de Dios invita en el evangelio a suban-


quete, ttn banquete que de nuevo sólo es cornprensible desde dentro
de la misma Sabiduría divina. Por eso los que no son sabios, aunque
se tengan por tales, discuten entre sí: «¿Cómo puede éste darnos a
comer su carne?». Dentro del mundo de la ignorancia esta objeción es
sumamente comprensible. Que un hombre como los demás pretenda
ofrecerse corno alimento es el colmo de la insensatez. Pero la
Sabiduría de Dios encarnada en Jesús no responde a la objeción, sino
que refuerza, por el contrario, lo absolutamente necesario de su oferta:

186
Ciclo B

«Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no


tenéis vida en vosotros». Los necios a los ojos de Dios son incluso
superados por la locura de Dios: se les obliga a algo que les parece
totalmente absurdo. No se les ofrece sólo una ventaja terrenal, sino la
salvación eterna: el que se niega a participar en este banquete no resu-
citará a la vida eterna en el último día. Para poder encontrar una
explicación a esto hay que remontarse al misterio último e impenetra-
ble de Dios: al igual que el Hijo vive únicamente por el Padre, «del
mismo modo, el que me come, vivirá por mí». Los que se creen sabios
son colocados ante el misterio para ellos incomprensible de la
Trinidad, para hacerles comprender que no pueden alcanzar la vida
definitiva más que en virtud de este misterio. El amor de Dios nunca
ha hablado más duramente que aquí a los hombres miopes que creen
tener buena vista. No se avanza con ellos paso a paso, sino que se los
coloca desde el principio ante el Absoluto.

3. "No seáis insmsatos». En la segunda lectura Pablo nos exhorta a


«no ser insensatos, sino sensatos». La sensatez de la que Pablo habla
aquí no es la mera inteligencia, seca y calculadora, sino que incluye el
júbilo del corazón, que, en alta voz o en silencio, recita ante Dios los
cánticos que inspira el Espíritu Santo. Esto no es más que la respuesta
al júbilo del corazón de Jesús, que alaba al Padre porque él, el Hijo,
puede entregarse por los hombres. Es un júbilo de alegría sobrenatu-
ral, algo totalmente opuesto a la embriaguez natural. El júbilo cristia-
no puede expresarse en cualquier situación vital, hasta en lo más pro-
fundo de las tinieblas de la cruz.

VIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

]os 24,l-2a.l 5-17.18b; E/ 5,2 l-32;Jn 6,60-69

l. "Escoged hoy a quién queréis servir». En la primera lectura se


narra cómo Josué, en la gran asamblea de Siquén, pone a todo el pue-
blo ante la elección de decidirse seria y definitivamente a servir al
Señor o no. Habla de otros dioses a los que se podría también servir,
pero él y su casa permanecerán fieles a Yahvé. Josué advierte al pueblo
que no tome su decisión a la ligera, añadiendo también que Dios cas-
tigará a los apóstatas (de esto ya no se informa en la lectura), pero el

187
Luz de la Palabra

pueblo hace caso omiso de tales advertencias: se ha decidido definiti-


vamente por Dios, y esto tendrá consecuencias en la trágica historia
de Israel, porque Dios castigará todas las infidelidades del pueblo y El
permanecerá siempre fiel a su alianza con Israel. «Los dones y la lla-
mada de Dios son irrevocables» (Rm 11,29). El sí que Israel pronun-
cia en este momento solemne determina su destino, hasta en los
momentos más trágicos de su «ceguera», de su «dureza de corazón»,
de su diáspora.

2. «¿También vosotros queréis marcharos?». La decisión ante la que


Jesús pone a sus oyentes en el evangelio -incluidos sus discípulos-,
a propósito de la promesa de la Eucaristía, es aún más inexorable.
Jesús no solamente no retira nada de lo dicho, por lo que a los oyentes
les parece «inaceptable» que se les someta a tan dura prueba, sino que
confiere aún más peso específico a su declaración cuando se dirige a
sus discípulos mediante la predicción de su ascensión al Padre y rei-
vindica para todas sus palabras la cualidad de ser «espíritu y vida»,
con lo que entre los propios discípulos se establece una línea divisoria
que él ya conoce de antemano; aquí se ha decidido ya quién le seguirá
en la fe y quién le traicionará. No es posible la neutralidad. En el
texto se dice que entonces «muchos discípulos suyos se echaron
atrás». Judas no es el único que no cree. Para Jesús no tiene importan-
cia el número, y por eso sitúa especialmente a los doce ante la elec-
ción: «¿También vosotros queréis marcharos?». Pedro, en representa-
ción de los pocos discípulos que permanecen fieles, pronuncia la pala-
bra del creyente, declarando que Jesús es el «Santo consagrado por
Dios». La fe le ha llevado al conocimiento, y el conocimiento ha
hecho posible una fe ciega, que es la que se exige en esta decisión.

3. «Como Cristo amó a su Iglesia». El gran pasaje (segunda lectura)


de la carta a los Efesios sobre la unión del hombre y la mujer como
imagen de Cristo y su Iglesia, tiene importancia en este contexto en la
medida en que en la Eucaristía prometida la entrega de Jesús a su
Iglesia, por la cual ésta se convierte en «Esposa sin mancha», es una
entrega irrevocable (y en esto el modelo de la entrega conyugal del
hombre). Y se comprende que esta entrega eucarística haya podido,
más allá de la inconstancia de la Sinagoga, hacer de la Iglesia la
«Immaculata», pero también que de la Iglesia como mujer se exija
«respeto a Cristo» y «sumisión». Porque con la Eucaristía la Iglesia se

188
Ciclo B

convierte en el verdadero «cuerpo de Cristo», y los creyentes en los


miembros de su cuerpo. Tal es el cumplimiento final de la promesa
del Dios que elige, de aquella promesa qu.e se selló en Siquén Y se
consuma en la Eucaristía del Hijo.

VIGESIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dt 4, 1-2.6-8; St 1, 17-18.21b-22.27; Me 7,1-8.14-15.21-23.

1. Los mandamientos de Dios. La primera lectura describe la incom-


parable superioridad de los mandamientos divinos con respecto a toda
sabiduría humana. Las grandes naciones tienen sus leyes, excogitadas
por una cierta sabiduría humana; estas leyes cambian según las diver-
sas coyunturas históricas y se adaptan a las nuevas circunstancias. La
ley que Dios ha promulgado para Israel, por el contrario, es inm11ta-
ble: «No añadáis nada a lo que os mando ni suprimáis nada»; pues
esta ley proviene de la vida eternamente válida del Dios legislador. Y
aunque Israel no sea más que un pueblo pequeño, políticamente
insignificante, las «grandes naciones» tendrán que reconocer que la
ley promulgada por Dios es más justa que otras legislaciones humanas
y que el pueblo que observa esta ley es más «sabio e inteligente» (en
las cosas divinas) que otros pueblos, los cuales reconocerán quizá
mucho de su sabiduría e inteligencia. Porque la inteligencia propicia-
da por la ley de Dios no es una simple cultura humana, sino una sabi-
duría del corazón que brota de la obediencia a Dios. La inteligencia de
Israel consiste en ser hechura de Dios.

2. «Engendrados con la palabra de la verdad». En el envío de su


Hijo a los hombres, el Padre ha superado ampliamente la excelencia
de la palabra de su ley. Su «don perfecto» es (como se dice en la
segunda lectura) que ha querido «engendramos con la palabra de la
verdad». Ahora su palabra no solamente nos es comunicada como
mandamiento, sino que ha sido «planeada» en nosotros. Esta palabra
está tan dentro de nosotros que debe ser, ahora más que nunca, no
solamente «escuchada» sino también llevada a la práctica, para que
la palabra viva del Padre produzca en nosotros un fruto divino, ver-
daderamente digno de Dios. Jesús es el cumplimiento, no la aboli-
ción de la ley en nuestros corazones (Mt 5,17), y·sin embargo en este

189
Luz de la Palabra

cumplimiento va mucho más allá de lo que era la fidelidad veterotes-


tamentaria a la ley (ibid. 5,20). Porque la palabra que se nos dijo
entonces desde fuera es ahora una palabra implantada en nuestro
interior.

3. «Lo que Jale de dentro tI lo que hace impuro al homhre». En este


contexto hay que situar la reprimenda de Jesús a los fariseos en el
evangelio de hoy. La palabra pronunciada por Dios se ha ido cubrien-
do de tantos aditamentos externos (prohibidos más arriba) que se lia
convertido en una forma de culto a Dios totalmente vacía (estas pala-
bras de Jesús son hoy tan actuales para los cristianos formalistas como
lo eran entonces para los fariseos). Jesús explicará lo que quiere decir
de una manera drástica: los alimentos que entran en el hombre desde
fuera jamás le hacen impuro; más bien el mal procede siempre de
dentro del corazón, ya se quede en mero pensamiento o se convierta
en obra. Y es tanto más perverso que el mal provenga de un corazón
en el que la palabra viva, encarnada de Dios ha sido plantada como
ley. Por eL contrario, todo lo que proviene de la palabra de Dios que
habita en nuestros corazones y es inspirado por ella, forma parte de lo
que Pablo llama «culto razonable» o «auténtico» (Rm 12, 1), ya sea
expresado o tributado directamente a Dios o a los hombres en la vida
cotidiana.

VIGESIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

II 35,4-7a; St 2,1-5; Me 7,31-37

l. «Effetá (ábrete)». En el evangelio de hoy Jesús cura a un sordo-


mudo. Está claro que para él no se trata solamente de un defecto cor-
poral, sino de un símbolo del pueblo de Israel (que representa a toda
la humanidad): Israel es, como dijeron a menudo los profetas, sordo
para la palabra de Dios, y por tanto incapaz de dar una respuesta váli-
da a la misma. Jesús no hace milagros espectaculares, por eso aparta al
sordomudo del gentío: busca un delicado equilibrio entre la discre-
ción (frente a la propaganda del mundo) y la ayuda que debe prestar
al pueblo. Los dos tocamientos corporales (en los oídos y en la lengua)
constituyen el preludio del momento solemne en que Jesús levanta
los ojos al cielo -todo milagro realizado por Jesús es una obra del

190
Ciclo B

Padre en él- y lanza un suspiro, que indica que está lleno del
Espíritu Santo; esta plétora trinitaria muestra bien a las claras que en
la orden «ábrete» resuena una palabra que no solamente produce una
curación corporal, sino un efecto de gracia para Israel y la humanidad
entera.

2. «Han brotado agNtls en el desierto». Cuando el pueblo, al final del


evangelio, proclama asombrado: «Hace oír a los sordos y hablar a los
mudos», está citando casi literalmente unas palabras de la primera
lectura, del profeta Isaías: «Se despegarán los ojos del ciego, los oídos
del sordo se abrirán». Aquí las palabras están en plural porque las
promesas del Señor se dirigen a todo el pueblo, y si inmediatamente
después se dice que han brotado aguas en el desierto y torrentes en la
estepa, es para mostrar que también las curaciones corporales signifi-
can mucho más que un mero proceso medicinal: se trata de una trans-
formación de la naturaleza entera por la cercanía del Dios que juzga y
salva. la salvación que se acerca se describe como una salvación esca-
tológica, tal y como se dirá en el Apocalipsis: «El primer mundo ha
pasado» (Ap 21,1-5).

3. Los pobres son ricos. La segunda lectura añade un tema nuevo.


los «ciegos, sordos, cojos y mudos» eran en lsaías los beneficiarios de
la gracia del Señor. Ahora se habla de los pobres en general, de los
«pobres del mundo que Dios ha elegido para hacerlos ricos en la fe y
herederos del reino». Son doblemente pobres porque son menospre-
ciados por el mundo rico y están condenados a vivir en lugares humi-
llantes. Pero los cristianos deberían verlos con ojos totalmente distin-
tos; lo que hace el mundo, y que, según Santiago, también suelen
hacer los cristianos -honrar a los ricos y despreciar a los pobres- no
sólo contradice expresamente las palabras de Cristo, sino que contra-
dice asimismo todo el orden divino del mundo descrito en el texto
veterotestamentario: es precisamente de la naturaleza depauperada,
del desierto, de donde brotarán las aguas que harán crecer los jardines;
de este modo Jesús, al comienzo de su predicación, declara bienaven-
turados a los pobres, es decir, dichosos, pero no en la tierra, sino
mucho más profundamente: amados de una manera especialísima por
Dios.

191
Luz de la Palabra

VIGESIM0 CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

lJ 50,5-9a; St 2,14-18; McB,27-35

1. «La fe, .ri no tiene obra.r, está muerta por dentro». La fe cristiana,
cuando es auténtica, pone a todo el hombre en movimiento. Con el
simple tener por verdaderos algunos dogmas propuestos por la Iglesia
no se hace todavía nada cristiano; es la vida entera la que debe respon-
der a la llamada de Dios. Esa es, en la segunda lectura, la doctrina de
Santiago, y el apóstol lo demuestra con la obediencia-fe de Abrahán,
que ofreció a su hijo -el hijo de la promesa que Dios le había
dado-- sobre el altar del sacrificio. Nadie puede cumplir su exigencia
mostrando una «fe sin obras», una fe sin ningún efecto en la vida.
Según Pablo la fe debe también «traducirse en amor» (Ga 5,6), pues
de lo contrario será una fe sin amor, y una fe sin amor está muerta: eso
es lo que dice Santiago a propósito del supuesto cristiano que rechaza
a un hermano desnudo y hambriento.

2. «Quecargue con .ru cruz y me .siga». ¡Y ahora el evangelio! Cier-


tamente a la pregunta que Jesús plantea a sus discípulos en el evange-
lio («Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»), Pedro ha dado una res-
puesta que no se puede decir que sea incorrecta, pero tampoco del
todo correcta: «Tú eres el Mesías». Sí, pero no un Mesías como Pedro
y seguramente la mayoría de los discípulos se lo imaginaban: como
un taumaturgo que liberaría a Israel del yugo de los romanos. Había
entonces en Israel una pujante teología de la liberación difundida no
sólo entre los celotes que combatían activamente a los romanos. En el
mismo momento en que oye por primera vez el título de Mesías,
Jesús interrumpe su discurso: prohíbe terminantemente a sus discípu-
los decírselo a nadie; en lugar de esto les anuncia, de nuevo por pri-
mera vez, la suerte que correrá el Hijo del hombre: mucho padeci-
miento, condena a muerte, ejecución y resurrección. Pedro, que no
quiere ni oír hablar de eso, es increpado por Jesús como Satanás,
seductor y enemigo. Jesús desvela aquí la obra decisiva para la que ha
sido enviado, una obra que no es para él solo, sino para todo aquel que
quiera seguirle en la fe. Aquí la doctrina de Santiago sobre la fe y las
obras adquiere su auténtico sentido. Una fe sin la obra de la pasión no
es una fe cristiana. La fe que quiere salvarse, y no perderse, perderá
todo. Querer salvarse es un egoísmo incompatible con la fe, que es

192
CicloB

inseparable del amor. .Aquí se encuentra el núcleo de la obra tal y


como la concibe Santiago, sin la que la fe no es nada: la obra de la
plena entrega a Dios o al prójimo. No se discute que esta obra pueda
ser dolorosa hasta la muerte para el hombre; en todo caso esta obra
contiene ya una muerte en sí: la renuncia al propio yo; y que esta
renuncia lleve o no a la muene corporal en el testimonio de sangre es
ciertamente algo secundario.

3. La primera lectura muestra esta pérdida del propio yo en una


especie de anticipación' veterotestamentaria. El «Siervo de Dios», en la
obediencia de la fe, no huye de los enemigos que le golpean, le arran-
can la barba, le ensucian el rostro con insultos y salivazos. El Señor le
da fuerza para que su rostro se torne duro corno el pedernal. Sabe que
en este sufrimiento está obedeciendo y que Dios -a pesar de cualquier
sensación de abandono- no lo abandona. En realidad se trata de un
«pleito» que engloba al mundo entero, un proceso que según Juan
(16,8-11) es dirigido por el Espíritu Santo y que concluye con la victo-
ria del Siervo de Dios, del Hijo de Dios que ce se va con el Pa.dre».

VIGESIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb2,la. l 2.17-20; St 3,16-4,3; Me 9,30-3 7

1. « Veamos el dtsenlftce de su vida». Resulta obligado aplicar este


texto de la primera lectura al «Hijo de Dios», a Cristo. Cada uno de
sus versículos concuerda con su comportamiento y con el de sus ene-
migos. El les ha echado en cara realmente sus pecados, su traición a la
ley de Dios y a la auténtica tradición; y ellos han decidido su muerte,
una «muerte ignominiosa». Las injurias de que Jesús fue objeto al pie
de la cruz se corresponden con las de los malvados aquí descritos: si es
realmente el Hijo de Dios, su Padre se ocupará de él; veamos si Dios le
proporciona la ayuda con la que dice contar. .Así considerada, la cruz de
Cristo sería la prueba de que los enemigos que le condenaron a muerte
tenían razón, aunque su muerte haya demostrado, como ellos preten-
dían, «su moderación y paciencia»: no ha sabido defenderse.

2. «El servidor de todor». El evangelio de hoy parece confirmar


una vez más la concepción de los «mal"ados», según la cual el cris-

193
Luz de la Palabra

tianismo sería una doctrina para niños indefensos y para los que
quieren convertirse en tales: para la gente débil. Y sin embargo lo
que se dice en él trastqc~ !adicalmente todo lo dicho y hecho hasta
ahora. En lugar de los malvados que acechan, aparece ahora la ense-
ñanza de Jesús a sus discípulos: él será entregado en manos de los
hombres, lo matarán y resucitará al tercer día. Pero es él mismo el
que determina su destino, no ellos; y lo hace con una libertad supre-
ma, como obra de su voluntad firme y decidida, obediente a Dios. Y
en lugar de los malvados aparecen, corno su desenmascaramiento y
caricatura, los discípulos, que, después de haber oído esta enseñanza
sin haber comprendido una palabra de la misma, discuten entre sí
sobre quién es el más grande o el más importante. Ser grande y
poderoso se opone a la paciencia y a la moderación de que Cristo
hace gala. Entonces Jesús, cuya predicción no encuentra ningún eco
entre los suyos, toma a un niño en sus brazos para demostrar en él
--en alguien cuya esencia todos conocen y comprenden- la verdad
que proclama toda su existencia: el más grande, Dios, manifiesta
su grandeza humillándose y poniéndose en el último lugar como
servidor de todos; y el niño, el más débil de los seres humanos, que
por esencia ha de ser cuidado y acogido, es el símbolo real de este
Dios que es acogido cuando se acoge a un niño: primero el Hijo
humillado, pero en él también el Padre, que ha consentido esta
humillación. Dios, en su servicio de esclavo asumido-por-libreamor
hacia todos los malvados y embriagados de ansia de poder, se ma-
nifiesta justamente como el mayor de todos. ¿Quién tiene el coraje
de seguirle?

3. «No podéiJ alcanzarlo». La amarga segunda lectura, que desvela


sin contemplaciones el interior pecaminoso del hombre ante Dios,
saca ahora las consecuencias. El ansia de poder y grandeza, que es la
causa de no pocas guerras y conflictos entre los hombres, no conduce a
nada porque el «ambicioso», el «codicioso» es contradictorio en sí
mismo. Ambiciona cosas que contradicen su naturaleza, vive en el
«desorden» y se opone a «la sabiduría que viene de arriba». Por eso
no obtiene nada cuando pide este tipo de sabiduría; no puede recibir
nada porque para recibir debería ser como un niño: «amante de la
paz, comprensivo, dócil». Sólo la doctrina de Jesús resuelve la contra-
dicción interna que anida en el corazón del hombre, en la que éste se
enreda y de la que no puede liberarse por sí solo.

194
Ciclo B

VIGESIMO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Nm 11,25-29; St 5,1-6; Me 9,38-43.45.47-48

l. «El que no estii contra nosotros e.stá a favor nuestro». El evangelio


tiene dos partes (Me 9,38-42 y 43-48). La primera habla de lo que es
admisible, tolerable; la segunda de lo que es intolerable.
Tolerable es que alguien que no pertenece a la comunidad de
Cristo haga algo saludable en nombre de Jesús. El que apela a este
nombre no es fácil que haga algo contra él. La comunidad tiene que
saber esto: el pensar y el obrar cristianos se dan no solamente en ella.
Dios es lo suficientemente poderoso como para suscitar una cierta
actitud cristiana --el vaso de agua ofrecido-- también fuera de la
Iglesia, y para recompensar al bienhechor por ello.
Intolerable es, por el contrario, que alguien, desde dentro o desde
fuera de la Iglesia, se convierta en seductor de personas espiritual o
moralmente inseguras ( «uno de estos pequeñuelos»). Su «superiori-
dad» espiritual, con la que trata de seducir al creyente sencillo, es
satánica y merece la aniquilación inmisericorde. Pero el hombre
puede también seducirse a sí mismo: en la mano, en el pie y en el ojo
se encuentran los malos deseos; en este caso hay que ser tan inmiseri-
corde consigo mismo como con el seductor mencionado anteriormen-
te. Hay que destruir lo que seduce; dicho simbólicamente: el miem-
bro que hace caer hay que cortarlo. Un hombre espiritualmente divi-
dido no puede llegar a Dios, lo antidivino en él pertenece al infierno.

2. «Habían quedado en el campamento dos del grujM». Las dos lectu-


ras pueden entenderse como aclaraciones de la primera y de la segun-
da parte del evangelio. Primera lectura: dos de los setenta ancianos
designados por Dios, sobre los que debía descender el Espíritu, no
habían salido del campamento con Moisés, sino que habían permane-
cido en él. Entonces el Espíritu se posó también sobre ellos y se pusie-
ron a profetizar. Josué quiere impedírselo, pero Moisés deja hacer al
Espíritu; lo mejor para él sería que todo el pueblo recibiera el
Espíritu. Al Espíritu, que «sopla donde quiere», no se le pueden
imponer barreras desde fuera. Su orden no siempre coincide con el
orden eclesial, aunque sea el mismo Espíritu el que prescribe el orden
eclesial y la Iglesia tenga que atenerse a él. Pero la Iglesia tampoco
puede hacerse de las libenades del Espíritu una regla para sus propias

195
Luz de la Palabra

licencias y tolerancias. Los pensamientos de Dios están muy por enci-


ma de los humanos, que deben atenerse a los mandamientos de Dios.

3. « Vue.rtra riqueza e.rtá corrompirla». La segunda lectura desenmas-


cara algo que es cristianamente intolerable: la riqueza que engorda
con el jornal defraudado a los obreros y que no renuncia a su avidez
aunque el día del juicio esté cerca (aquí llamado «día de la matanza,.),
la riqueza «corrompida», el oro y la placa «herrumbrados». El justo, a
cosca del cual se enriquecen los poderosos, es, en términos veterotesta-
mentarios, el «pobre de Yahvé», y en términos neotescamentarios es
Jesús y el que sigue a Jesús, el que no ofrece resistencia, el que, corno
cordero llevado al matadero, no abre la boca.

VIGESIMO SEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Gn 2,18-24; Hb 2,9-11; Me 10,2-16

l. «Lo que Dios ha unido... ». El evangelio clarifica la cuestión del


matrimonio, en la que Jesús, más allá de Moisés, se remite al orden
original de la creación de Dios. Un orden que no es um ley positiva,
cambiante, sino que está escrito en la naturaleza del hombre. Esta
naturaleza es a la vez e inseparablemente corporal y espiri cual. El
hombre y la mujer se convierten en «una sola carne» corporalmente, y
como el hombre «abandona a su padre y a su madre para unirse a su
mujer», y de esta unión nacen hijos c:¡ue deben ser educados, ambos se
convierten también en «un solo espíritu». Por eso la unión, que se
remonta a un acto de Dios, es definitiva y no puede ser rota por el
hombre. El episodio de la bendición de los niños, que se añade al final
del evangelio, puede relacionarse con lo anterior. Los niños son aquí
expresamente el modelo de todo hombre que acepta el reino de Dios,
y por tanto también de los cónyuges cristianos, que, si conservan ante
Dios la actitud del niño, no pueden adoptar frente al esposo o la espo-
sa la actitud superior del adulto. Permanecer juncos como niños ante
Dios hace posible una comprensión y una benevolencia mutuas, con
las que se superan las inevitables tensiones de la existencia.

2. « El Señor Dios trahajó la costilla que le había sacado al homlm,


haciendo una mujer». En la primera lectura aparece el relato de la creación

196
Ciclo B

de la mujer a panir de la costilla de Adán: el orden de la redención de


Jesús confirma plenamente el orden de la creación del Padre. El sentido
profundo de esta ingenua y plástica leyenda es evidente: el hombre y la
mujer son ya desde los orígenes una sola carne, a diferencia de todos los
demás seres inferiores, de modo que su unirse y su «ser una sola carne»
corresponde a su esencia más personal e intransferible. El hombre domi-
na los animales, pero en la mujer se reconoce a sí mismo: «¡Esta sí que es
carne de mi carne!». «Por eso» -se dice expresamente- el hombre se
une a la mujer y ambos se convierten en lo que ya son: una sola carne. A
la fecundidad de esta unidad se alude en el primer relato de la creación;
esta fecundidad penenece, como ya se ha dicho, a la fundación de la
indisolubilidad de la unión, como subraya Jesús.

3. «No Je avergüenza de llamarlos hermanos». Jesús, como se hace


saber en la segunda lectura, no se casará, porque, «por la gracia de Dios,
ha padecido la muene para bien de todos», se ha entregado enteramen-
te a todos, y no solamente a una mujer particular. La entrega de su
carne y de su sangre en el momento de la cruz, y permanentemente ell
la Eucaristía., es, es un grado más eminente, un símbolo, o mejor aún, el
arquetipo de toda entrega conyugal: en lugar de la mujer aparece la
humanidad entera, a la que Cristo se une y se mantiene fiel. Aunqut
esta humanidad entera está también representada por la Iglesia come
esposa de Cristo, aquí no se habla expresamente de la Iglesia, sino qut
se dice en general que Jesús, que nos santifica, y los miembros de fa
humanidad, que son santificados por él, «proceden todos del mismo»
del Creador, que es el Padre de Jesús; por eso «no se avergüenza de lla-
marlos hermanos»: hermanos ya por naturaleza, en razón del origer
común; pero hermanos también, y mucho más profundamente, er
razón de su entrega en la cruz y en la Eucaristía, en virtud de la cual s«
convierten de manera supereminente en «una sola carne». «Dios», e.
Padre, «para quien y por quien existe todo», es el que ha fundado ese«
orden salvífico «para llevar a una multitud de hijos a la gloria».

VIGESIMO OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 7, 7-11; Hb 4,12-13; Me 10,17-30

l. « Vende lo que tienes». La historia del joven rico que no quiert

197
Luz de la Palabra

renunciar a sus bienes y la de los discípulos que han dejado todo


para seguir a Cristo forman una unidad en el evangelio. Entre los
dos episodios aparecen las palabras de Jesús sobre la dificultad de
los ricos para entrar en el reino de Dios. ¿Quiénes son esos ricos para
Jesús? Los que se apegan a sus posesiones o riquezas. La cuantía de
las riquezas carece de importancia. Puede haber ricos que no están
apegados a sus bienes (Jesús conoció seguramente a algunos de ellos;
presumiblemente las mujeres que le ayudaban con sus bienes eran
de familias acomodadas: Le 8,3), del mismo modo que puede tam-
bién haber pobres que no están dispuestos a renunciar a lo poco que
tienen. Cuando ve que el joven rico no está dispuesto a renunciar a
sus bienes, Jesús habla primero de dificultad, y después, con la ima-
gen del ojo de la aguja, de imposibilidad práctica de entrar en el
reino de Dios para el que no esté dispuesto a renunciar a sus rique-
zas, para, finalmente, ante el espanto de los discípulos, confiar todo
al poder soberano de Dios. Y cuando Pedro afirma que él y los
demás discípulos han dejado todo para seguirle, Jesús radicaliza la
cuestión en varios aspectos: en primer lugar enumerando las perso-
nas y los bienes que es preciso dejar, después subrayando que esas
personas y esos bienes se han de dejar «por mí y por el Evangelio»
-por tanto: no por menosprecio de los bienes terrenales, sino pos-
tergándolos por un motivo muy concreto-, y finalmente mediante
la cláusula «con persecuciones»: el que se desprende de sus bienes
no llega necesariamente a un puerto seguro, el «céntuplo» que reci-
birá se promete sólo para la vida futura. El seguimiento del que ha
hablado Pedro consiste en esto: cruz en este mundo, resurrección en
el más allá.

2. «Invoqué y vino a mí un espíritu de sabiduría». Salomón, en la


primera lectura, aparece como una figura ambigua ante la exigencia
de Jesús en el evangelio. Como joven rey que es, ha pedido a Dios la
sabiduría; el pasaje del libro de la Sabiduría atestigua que el monarca
prefería la sabiduría a cualquier poder real, a cualquier riqueza, inclu-
so a la luz, la salud y la belleza. La actitud de Salomón no parece estar
lejos de la del discípulo del Nuevo Testamento. Pero en la Antigua
Alianza, en la que falta el modelo de Jesús, todavía no se aprecia el
valor de la «pobreza en el espíritu» y del «dejar todo»; por eso Dios le
concederá, debido a la rectitud de su petición, «riquezas incontables»
(cfr. 1 R 3,13). Y serán precisamente tales riquezas las que propicia-

198
Ciclo B

rán las locuras de su vejez. Será necesario el modelo de Jesús para


hacer comprender a los hombres que el Dios infinitamente rico no
tiene más riqueza que el amor, que puede también h.acerse pobre por
nosotros.

3. «Má.r tajante que espada de doble filo». La segunda lectura nos


describe de qué manera tan «viva y eficaz» la palabra de Dios penetra
y juzga nuestra actitud más íntima y más oculta al mundo. Esa pala-
bra divide «alma y espíritu», el alma que quizá se apega todavía a las
cosas terrenales y no quiere renunciar a ellas, mientras que el espíritu
«es decidido» (Mt 26,41 ). El hombre no ve las intenciones de su cora-
zón, pero para la palabra de Dios todo está «patente y descubierto»;
sólo a ella hemos de rendir cuentas, porque sólo en ella encontramos
claridad sobre nosotros mismos.

VIGESIMO NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 53,10-11; Hb4,14-16; Me 10,35-45

1. «¿Sois capacer de beber el cáliz que yo he de beber?». La petición de


los hijos de Zebedeo en el evangelio no es rechazada por el Señor por
ser inconveniente (lo sería si Santiago y Juan hubieran comprendido
el verdadero alcance de la misma; pero Jesús les dice que no saben lo
que piden). Cuando Jesús les pregunta si son capaces de beber el cáliz
que él ha de beber y de bautizarse con el bautismo con el que él se va
a bautizar, ellos le responden, sin saber lo que dicen, que son capaces
de ambas cosas. Entonces Jesús les promete una participación en la
pasión expiatoria de la cruz. Después, tras haber enseñado de nuevo a
los discípulos que el poder del mundo no debe tener ningún valor
para ellos, sino que deben buscar siempre el servicio a los demás, les
habla de su propio servicio: «Dar su vida en rescate por todos». Con
ello el auténtico sufrimiento cristiano --el sufrimiento espiritual o la
enfermedad, la tortura o el martirio por amor a Cristo- queda
incluido en la fecundidad redentora de su pasión e,cpiatoria. Como la
existencia de Jesús es una pro-existencia y su pasión un padecer-por
los demás, todo lo que se sufre por seguir a Cristo y tener sus mismos
sentimientos participa de alguna manera del carácter de este «por»,
de esta fecundidad redentora.

199
Luz de la Palabra

2. «Cuando entregue s11 vida como expiación». En la primera lectura,


del profeta lsaías, encontrarnos una parte de la gran profecía del siervo
de Dios que sufre por los demás. En esta profecía, casi incornprensi ble
en su tiempo, los cristianos han reconocido la predicción más impor-
tante del padecer-por-los demás de Cristo. Aunque ciertamente había
habido ya algunos atisbos de est:a idea -la intercesión de Abrahán
por Sodoma y, más claramente aún, el ayuno expiatorio de Moisés por
el pueblo ame el rostro de Dios durante cuarenta días-, el siervo de
Dios los supera a todos con creces, pues el sentido de toda su existen-
cia parece encontrarse en un sufrir por el pueblo, algo que nadie com-
prende. El eunuco etíope lee este texto y no lo comprende; el diácono
Felipe se lo explicará en función de Cristo. Los judíos, posteriormen-
te, verán en el destino de este siervo despreciado y masacrado por los
hombres un reflejo de su propio destino. Y tal vez no sin razón, si su
dolor ha sido integrado por Jesús en un pasión expiatoria universal.

3. «Pro/;ado en todo exaaammte como nosotros"· La segunda lectura


presupone el evangelio. Como nuestro «sumo sacerdote grande» ha
expiado suficientemente por nosotros, podernos, gracias a él, «acercar-
nos con seguridad al trono de la gracia». Nunca podemos poner nues-
tro dolor, aun cuando suframos por seguir a Cristo, al mismo nivel
que el suyo. Sólo él es el sumo sacerdote que expía por todos. Sólo él
«ha atravesado el cielo» y ha ent:rado «en el santuario una vez para
siempre con su sangre», ante su Padre (Hb 9,12). El que nosotros
podamos sufrir con él es pura gracia. Y ésta nos da ante todo la «segu-
ridad» de «alcanzar misericordia y encontrar gracia» por él. Nosotros
pertenecemos ante todo al pueblo reconciliado por Dios exclusiva-
mente por el siervo de Dios, y el que «tengamos que sufrir un poco»
con él «en pruebas diversas» (1 P 1,6), «en una tribulación pasajera»
(2 Co 4,17), debería ser para nosotros un supremo gozo, «el colmo de
nuestra dicha» (St 1,2).

TRIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

jr 31,7-9; Hh5, 1-6; Me 10,46-52

l. «Maestro, que pueda ver». El episodio -tan vivamente descrito


por Marcos- del ciego Barcirneo, que estaba pidiendo limosna a la

200
CicloB

salida de Jericó, está atravesado por un único motivo: poder ver. El


ciego oye que Jesú.s pasa a su. lado con bastante gente e intuye que ésa
es su única oportunidad. Por eso empieza a gritar: «Hijo de David,
ten compasión de mí». La expresión «Hijo de David» (que aparece en
los eres sinópticos) es sinónimo de profeta o taumaturgo (cfr. Mt 9,27;
15 ,22). La gente le regaña para que se calle, pero él grita aún más
fuerte; entonces Jesús se detiene, le dice que se acerque y le pregunta
qué quiere. Y lo que quiere es una sola cosa: poder ver. Su deseo de
luz es la causa de que se le conceda la vista y de que después pueda
seguir a JeslÍs por el camino. Este seguimiento muestra que el deseo
de luz es algo elemental: deseo de seg11ir el camino recto, que un
ciego no encuentra; deseo de seguir el camino que conduce a Dios,
cuya dirección y cuyas etapas hay que ver para poder tomarlo. El que
estaba excluido de la luz encuentra el camino de vuelta a casa.

2. «Una gran multitud retorna». La primera lectura describe esta


vuelta a casa. Los que se marcharon «llorando», en la ceguera, que
inútilmente implora la luz a gritos, retornarán a casa, «los guiaré
entre consuelos» para que vean el camino por el que Dios los conduce.
Se trata de KUfl camino llano en el que no tropezarán». Los que ven
pueden divisar fácilmente el camino. Pero recordemos aquí que Jesús
se designó a sí mismo como la luz del mundo: «El que me sigue no
camina en las tinieblas, sino que tendrá luz en la vida« (Jn 8,12).
Pero después viene la restricción: «Mientras estoy en el mundo, soy la
luz del mundo. Viene la noche y nadie podrá hacer las obras del que
me ha enviado» (Jn 9,5 .4). «Si uno camina de noche, tropieza, porque
le falta la luz• On 11, 10). Es decir: la luz no está en nuestro poder,
como tampoco el sol, que s~ pone todos los días. El Señor no se nos
oculta, no se sustrae a nosotros, pero no podemos aferrarlo ni disponer
de él como si fuera algo que nos pertenece y manejamos a nuestro
antojo. Mientras lo seguimos, su luz nunca nos falca.

3. «Crirto no se confirió a rí mismo la dignidad». Cristo se autodeno-


mina luz del mundo, pero es, como dice el Credo, «lumen de lumi-
ne». El no se confirió a sí mismo (seg11nda lectura) la dignidad de
sumo sacerdote de la humanidad, sino q11e la recibió del Padre, que le
«ha engendrado hoy». Como ha sido enviado por el Padre «para ofre-
cer dones y sacrificios por los pecados», y por eso «puede comprender
a los ignorantes y extraviados, ya que él mismo está envuelto en debi-

201
Luz de la Palabra

lidades», advierte a los suyos que su estancia en la tierra ha terminado


y que debe entrar en una noche de sufrimiento por los pecadores. Pero
también en esta noche de dolor es «sacerdote eterno»; es precisamente
en las tinieblas de nuestro pecado donde brilla -sin ser él mismo
consciente de ello- su luz suprema. Esta es su misión, que en su
totalidad, en los infiernos y en la oscuridad, es luz del mundo. Quien
sigue a Cristo puede ciertamente entnr en la oscuridad de la noche,
que es la del mismo Cristo, pero no puede tropezar en esa oscuridad.

TRIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dt 6,2-6; Hb 7,23-28; Me 12,28b-34

l. «¿Qué mandamiento es el primero de todos?». En el evangelio de


hoy queda claro que no habría sido necesario llegar a ninguna desave-
nencia entre judaísmo y cristianismo. Hay unidad en lo que respecta
al mandamiento más importante e incluso respecto a la necesidad de
añadir el mandamiento del amor al prójimo al del amor a Dios, que lo
trasciende todo. Aparece incluso una declaración de Jesús según la
cual el letrado que le ha interrogado en el evangelio «no está lejos del
reino de Dios». Pero la unanimidad llega aún más lejos: el letrado
añade al final de su réplica, aprobando lo que acaba de decir Jesús,
que este doble primer mandamiento «vale más que todos los holo-
caustos y sacrificios», con lo que se sitúa el cumplimiento del amor a
Dios por encima de toda veneración puramente cultual; algo que, por
lo demás, ya había sido previsto por Oseas: «Quiero misericordia y no
sacrificios» (Os 6,6; Mt 12,7). Pero es quizá aquí donde se manifiesta
la enorme distancia que existe entre la comprensión judía y la com-
prensión cristiana (de la que dará testimonio la segunda lectura): si
los sacrificios de la Antigua Alianza se tornan caducos con Cristo, es
porque su cumplimiento del amor a Dios y al prójimo en su muerte
en la cruz y en la Eucaristía hace coincidir pura y simplemente amor
vivido y sacrificio cultual, y porque gracias a esta suprema entrega de
amor, el amor de Jesús al Padre y a nosotros los hombres alcanza una
intensidad que era inconcebible en la Antigua Alianza. Pero esto no
invalida el «primer mandamiento» que Israel supo formular de modo
tan admirable (ni siquiera la Nueva Alianza pudo expresarlo mejor);
la diferencia está solamente en que antes de Jesús nadie pudo llegar

202
Ciclo B

«hasta el extremo» (J n 13, 1), como llegó Jesús, en el amor a Dios y al


prójimo.

2. «Erc11cha, Israel». Es aquí, en la primera lectura, donde el gran


mandamiento se expresa por primera vez y en toda su perfección. Está
introducido con la afirmación: «El Señor nuestro Dios es solamente
uno». No hay más dioses, «nuestro Dios» es el único Dios. El poli-
teísmo divide el corazón del hombre y su culto; el único Dios exige la
totalidad indivisa del corazón humano con codas sus fuerzas. Por eso
entre el amor que Dios exige y el corazón humano no hay ningún
dualismo: no es como si el corazón estuviera dentro y el mandamiento
viniera de fuera o de arriba, sino que, por el contrario, el mandamien-
to debe quedar escrito en el corazón del hombre: «Las palabras que
hoy te digo quedarán en tu memoria»; con otras palabras: el amor a
Dios exige desde dentro todo el corazón y todas sus fuerzas.

3. «]e.slÍs tiene el sacerdocio que no pasa». La segunda lectura subraya


una vez más de la manera más clara el carácter existencial del sacerdo-
cio de Jesús, que ya no necesita ofrecer sacrificios de animales en el
templo -algo que los sacerdotes anteriores debían hacer cada día por
sus propios pecados y por los del pueblo--, sino que se ofrece a sí
mismo como víctima sin mancha en una autoinmolación necesaria
para nuestra verdadera expiación. Y como «Jesús permanece para
siempre», su ofrenda sacerdotal en la cruz no es un hecho del pasado;
Jesús «tiene el sacerdocio que no pasa», su sacrificio es siempre y en
todo momento algo actual «porque vive siempre para interceder en
nuestro favor». Por eso su Eucaristía, a partir de esta su existencia
eterna, puede hacer presente aquí y ahora su sacrificio único en virtud
de su «sacerdocio que no pasa».

TRIGESINO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 R 17,10-16; Hb9,24-2B; Me 12,38-44

l. «Primero hazme a mí un panecillo». La historia de Elías y la


viuda de Sarepta (primera lectura) muestra toda la grandeza de la
Antigua Alianza. Se traca de una obediencia hasta la muerte. El profe-
ta reclama de la mujer lo poco que a ésta le queda, un puñado de hari-

203
Luz de la Palabra

na y un poco de aceite con lo que la pobre viuda había pensado hacer


un pan para comerlo con su hijo antes de morir -a causa del hambre
predicho por Elías-. El profeta se lo exige sin brusquedad. Comienza
diciendo a la mujer: «No temas», las palabras que Dios emplea a
menudo cuando se dirige a personas asustadas para transmitirles una
orden. Entonces la mujer, aunque ciertamente está en una situación
desesperada, se calma y se vuelve dócil. Primero recibe la orden de
preparar un panecillo para Elías (lo mismo que había decidido prepa-
rar para ella y para su hijo) y después se produce la promesa de Dios
de que sus provisiones no se agotarán hasta que cese la sequía. Lo
decisivo en la narración es la prioridad de la obediencia de la viuda
--que llega incluso a poner en juego la propia vida- con respecto a
la promesa que garantiza su vida y la de su hijo.

2. "Todo lo que tenía». El episodio de la pobre viuda, que aparece


depositando su limosna en el evangelio de hoy, es (en Marcos y en
Lucas) el punto culminante de los hechos y dichos de Jesús antes del
«pequeño Apocalipsis» y del relato de la pasión. Aquí tiene lugar una
última decisión. Los ricos echan en el cepillo de lo que les sobra, sus
cuantiosas limosnas no les suponen merma alguna en sus finanzas y
con ellas adquieren buena reputación ante los hombres (Jesús critica
duramente al comienzo de la perícopa su ambición y concluye: «Esos
recibirán una sentencia más rigurosa»). La pobre viuda, en cambio,
echa sólo dos reales: todo lo que tenía para vivir; lo hace libremente y
sin que nadie, excepto Dios, lo advierta: en esto supera incluso la
acción de la mujer veterotestamentaria. La viuda del evangelio de hoy
no abre la boca, ni siquiera intercambia unas palabras con Jesús; pero
Jesús la pone como ejemplo al final de toda su enseñanza: ella es,
quizá sin saberlo, la que mejor ha comprendido lo que él ha querido
decir en todos sus discursos. Y, al contrario que Elías, Jesús no dirá ni
una palabra sobre una eventual recompensa: la acción de la mujer es
tan brillante que tiene la recompensa en sí misma.

3. «Cristo se ha ofrecido una sola vez». Si se lee la segunda lectura a


la luz del evangelio, el sacrificio único e irrepetible de Cristo --en
lugar de los múltiples sacrificios de animales de la Antigua Alianza-
aparece claramente como la entrega última y definitiva, más allá de la
cual ya no es posible dar nada porque nada queda. Su sacrificio se com-
para expresamente con la muerte del hombre: al igual que ésta es abso-

204
Ciclo B

lutarnence única e irrepetible (se mu.ere una sola vez, en la Biblia jamás
se habla de una transmigración de las almas), así también este sacrifi-
cio basta para expiar los pecados del mundo de una vez para siempre.
Y tras la autoinmolación de Jesús se divisa el sacrificio del Padre, que
es enteramente comparable al de la pobre viuda del evangelio: también
El echa codo lo que tiene en el cepillo, lo más querido y más necesario:
«Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único».

TRIGESIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dn 12,1-3; Hb 10,11-14.18; Me 13,24-32

l. « Eldía y la hora nadie lo Iabe». El evangelio del fin del mundo


es extrañamente complejo y heterogéneo. No se trata de un reportaje
sobre los acontecimientos venideros, sino de un texto que reúne diver-
sos aspectos que nosotros no acertarnos a conciliar. Primero se anuncia
la angustia del fin de los tiempos con imágenes de catástrofes cósmi-
cas, y después la venida del Hijo del Hombre para el juicio, con moti-
vo del cual los ángeles reúnen a los elegidos (extrañamente sólo a
ellos). A continuación se habla de los signos precursores, por los que
se debe reconocer que el fin está cerca, y luego de su inminencia; pero
inmediatamente después se dice que nadie conoce el día y la hora: ni
los ángeles, ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre. Y sin embargo las
palabras de Jesús sobrevivirán a la destrucción del cielo y de la tierra.
Deberíamos dejar a cada afirmación su significación propia, y no que-
rer englobar todo esto en un sistema unitario. Ante todo la perenne
inminencia del fin, válida para cualquier generación. Estas palabras
son más imperecederas que nosotros y que todas las generaciones. Y
también la posibilidad de discernir los signos precursores: no amena-
zas o catástrofes históricas, sino un estado del mundo como tal que
anuncia su fin. Nosotros no podemos calcular nada, pues ni siquiera el
Hijo «sabe el día y la hora».

2. «MuchoI deipertarán». Daniel (en la primera lectura) es el pri-


mer apocalíptico que conocemos, el modelo, en varios aspectos, de los
apocalípticos posteriores. También en él las líneas se entrecruzan:
extrema angustia y al mismo tiempo protección del pueblo de Dios,
operándose también aquí una separación: los elegidos y los que no lo

205
Luz de la Palabra

son; los primeros resucitarán para la vida eterna y los segundos para
perpetua ignominia. Tampoco aquí se ofrece un reportaje, sino una
llamada de atención a las conciencias sobre una última decisión del
hombre por Dios y de Dios por el hombre.

3. « Un Jo/o Jacrificio». Más allá de toda la incertidumbre en la que


se ha de dejar necesariamente al hombre si éste ha de permanecer real-
mente en vela, aparece (en la segunda lectura) la única certeza de que
Jesús ha ofrecido el sacrificio único, irrepetible y perpetuo por los
pecados del mundo, una certeza que, sin embargo, nosotros no pode-
rnos manipular. La acción sacrificial de Cristo es hasta tal punto única
e irrepetible que se puede hablar de su «espera ... hasta que sus enemi-
gos sean puestos como estrado de sus pies». Y sin embargo se nos
priva de nuevo de todo acomodo, de toda seguridad adormecedora,
pues se dice que este sacrificio que basta para siempre es ofrecido por
<•los que van siendo consagrados»: se puede decir también por los que
dejan realizarse en ellos esta consagración por la acción amorosa de
Dios y no se resisten a ella. De este modo se nos concede una auténti-
ca esperanza cristiana (en caso de que reconozcamos la acción sacrifi-
cial de Dios) pero no una certeza, pues ésta no es conveniente para el
hombre peregrino en la tierra.

JESUCRISTO, REY DEL UNl~ERSO

Dn 7,2a.13b-14; Ap 1,5b-8;jn 18,33h-37

l. CriJto no Je declara rey haJta que llega el momento de su paJión.


.Anteriormente, cuando se le había querido hacer rey, Jesús lo había
evitado y se había retirado, como si se hubiera tratado de un malen-
tendido On 6,15). Pero ahora, cuando llega el momento de la verdad,
cuando se acerca la hora de la cruz, puede y debe manifestarse como el
que es: origen (principio) y fin del mundo, como se dice en el
.Apocalipsis. Los inevitables malentendidos ya no importan ahora:
Pilato no comprenderá la esencia de su pretensión de realeza, los judí-
os la rechazarán. Pero Jesús la mantiene: «Tú lo dices: Soy Rey», por-
que «he venido al mundo para ser testigo de la verdad». La verdad es
el amor del Padre por el mundo, amor que el Hijo representa en su
"Vida, muerte y resurrección. La cruz es la prueba de la verdad de que

206
Ciclo B

el Padre ama tanto a su creación que permite esto. Y el letrero, escrito


en las tres lenguas del mundo, que Pilato mandó colocar sobre la cruz
testimonia sin saberlo esta verdad para todos y cada uno. Ciertamente
se puede decir que Jesús, humillado hasta la muerte en la cruz, fue
constituido soberano del mundo e11tero con su resurrección de la
muerte. Pero esto es posible únicamente porque había sido elegido
para esta realeza desde toda la etemidad, e incluso la poseía desde
siempre en cuanto que la creación del mundo jamás habría tenido
lugar sin la previsión de su cruz (1 P 1, 19-20). Es investido con una
dignidad que ya poseía desde siempre.

2. «Su reino no acabará». La visión de Daniel en la primera lectura


muestra en imágenes lo que se dice en el evangelio: el Hijo es investi-
do por el Padre con la dignidad de la realeza eterna en un momento
intemporal en el que no se puede distinguir entre el plano de la crea-
ción y el de la redención. «Todos los pueblos, naciones y lenguas lo
sirvieron»: esto se dice en la Antiiua Alianza, antes de la cruz; lo
mismo dice el Apocalipsis del «Cordero degollado».

3. « Yo .soy el Alfa y la Omega». En la segunda lectura es el Señor


resucitado --que sigue siendo todavía, en el juicio final, el «traspasa-
do»- el que se designa como el «Todopoderoso», el Rey por excelen-
cia, el «Príncipe de los reyes de la tierra». Pero como él, que se decla-
ró rey ante Pilato, «nos ha liberado de nuestros pecados por su san-
gre», nos ha convertido también, a nosotros los redimidos, «en un
reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre»; nos ha convertido en
reyes que, al igual que él, somos a la vez «sacerdotes»; es decir, que
sólo podemos reinar en virtud de un poder espiritual. Aquí no se trata
del ministerio eclesial terreno, sino del sacerdocio de todos los verda-
deramente creyentes. Cristo como Rey dice de sí mismo: Yo soy «el
que es, el que era y el que viene». S11 supratemporalidad (el que es) es
a la vez el hecho históricamente único de su pasión y muerte (el que
era), que corno tal adviene siempre a nosotros desde delante, desde la
plenitud del tiempo venidero.

207
CICLOC
PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Jr 33,14-16; 1 Ts 3,12-4,2; Le 21,25-28.34-36

l. «Estad siempre despiertos» y orad. El Año Litúrgico comienza


en el evangelio con una visión anticipada del retorno de Cristo.
Con ello se nos enseña algo inhabitual: a ver la Navidad (su prime­
ra venida) y el juicio final (su segunda venida) como dos momentos
que se implican mutuamente. La Escritura nos dice constantemente
que con la encarnación de Cristo comienza la etapa final: Dios pro­
nuncia su última palabra (Hb 1,2); sólo queda esperar a que los
h ombres quieran escucharla o no. La última palabra que en
Navidad viene a la tierra, «para que muchos caigan y se levanten»
(Le 2,34), es «más tajante que espada de doble filo... Juzga los
deseos e intenciones del corazón ... Nada se oculta; todo está paten­
te y descubierto a los ojos de Aquel a quien hemos de rendir cuen­
tas» (Hb 4, 12s). la Palabra encarnada de Dios es crisis, división:
viene para la salvación del mundo; pero «el que me rechaza y no
acepta mis palabras ya tiene quien lo juzgue: el mensaje que he
comunicado, ése lo juzgará el último día» Un 12,47s). Lo que con­
sideramos corno un gran intervalo de tiempo entre Navidad y el
juicio final no es más que el plazo que se nos da para la decisión.
Algunos dirán sí, pero parece como si en este plazo que se nos deja
para la decisión el no fuera en aumento. Es significativo que cuan­
do se produce la' primera petición de información sobre el Mesías
deseado por toda la Antigua Alianza, «Jerusalén entera» (Mt 2,3)
se sobresalte, y q11e tres días después de Navidad tengamos que

211
Luz de la Palabra

conmemorar la matanza de los inocentes. La muerte de Jesús se


decide ya al comienzo de su vida pública (Me 3,6). El vino al
mundo no para traer paz, sino espada (Me 10,34). Navidad no es la
fiesta de la lindeza, sino de la impotencia del amor de Dios, que
sólo demostrará su superpotencia con la muerte del Hijo. En este
tiempo de nuestra prueba hemos de estar permanentemente «des-
piertos», vigilantes, «en oración».

2. ,<Señor-nuestra-justicia». Ciert:amente la Antigua Alianza anheló


-así en la primera lectura- los días en los que Dios cumpliría su
promesa de salvación a Israel. El vástago prometido de la casa de
David será, en el sentido de la justicia de la alianza de Dios, un vásta-
go legítimo que «hará justicia». Y esta justicia divina de la alianza en
modo alguno ha de medirse según el concepto de la justicia humana;
la justicia de Dios se identifica más bien con la rectitud ( «rectitudo»)
de toda acción salvífica de Dios, que a su vez se identifica con su fide-
lidad a la alianza pactada. Esto no excluye sino que incluye el que
Dios renga que castigar la infidelidad de los hombres para, en su apa-
rente desolación, hacerles comprender lo que realmente significan la
alianza y la justicia (cfr. Lv 26,34s.40s).

3. «Santos e irreprensibles cuando Jesús nue1tro Señor vuelva». Por eso


la vida cristiana será -según la segunda lectura- una vida dócil a
las «exhortaciones» de la Iglesia, una existencia en la espera del Señor
que ha de venir, una vida que recibe su norma del futuro. En primer
lugar se menciona el mandamiento del amor, un amor que ha de prac-
ticarse no sólo con los demás cristianos sino que ha de extenderse a
«todos», para que de este modo la Iglesia, más allá de sus propias
fronteras, pueda brillar con el único mensaje que puede llegar al
fondo del corazón de los hombres y convencerlos. Pero para eso se pre-
cisa, en segundo lugar, una «fortaleza interior» que debemos pedir a
Dios, porque sólo esa fortaleza puede ayudarnos para que nuestro
amor siga siendo realmente cristiano y no se disuelva en un humanis-
mo vago. El día que comparezcamos ante el tribunal de Cristo, nues-
tra santidad ha de ser tan «irreprensible» que nos permita asociarnos
a la multitud de sus santos (de su «pueblo santo»), que vendrán y nos
juzgarán con él (Ap 20,4-6; l Co 6,2).

212
CicloC

SEGUNDO DOMINGO DE ADYIENTO

Ba 5,1-9; Flp 1,4-6.8-11; Le 3, 1-6

l. «Preparad el camino del Señor». El evangelio de hoy, con sus deta-


llados datos históricos y cronológicos sobre el momento en que, con la
aparición del Bautista, ha comenzado el acontecimiento decisivo de la
salvación, se muestra seriamente decidido a situar este acontecimiento
en el marco de la historia del mundo. No se trata de imágenes, de sím-
bolos, de arquetipos, sino de hechos que se pueden datar con exactitud.
El primer hecho es que la palabra de Dios vino sobre Juan: el Bautista
es llamado y enviado como el último de los profetas, cerrando con ello
la serie de las misiones proféticas anteriores tanto mediante su existen-
cia como mediante su tarea, que corresponde a la gran promesa de Isaías
y, según se nos dice, la «cumple». Su misión personal, que no es mera
repetición de palabras antiguas, se distingue por su bautismo. Los sim-
ples llamamientos de los profetas anteriores quedan aquí, al final del
tiempo de la promesa, superados mediante un acción que afecta a todo
el pueblo. Cuando se sumerge en el agua del ba11tisrno, «el que se con-
viene» testimonia, con su inmersión-emersión, que en lo sucesivo quie-
re ser otro, vivir como un ser purificado, convenir su camino torcido en
un camino recto. En Juan Bautista toda la Antigua Alianza reconoce
que ella no es más que un preludio de lo decisivo, que viene ahora.

2. «Ponte en pie,Jerusaién». La primera lectura muestra que las antiguas


promesas de un nuevo tiempo de salvación (a la vuelta del exilio) anuncian
ciertamente algo glorioso, pero que esto no se realiza inmediatamente. El
recomo de Babilonia fue todo menos una marcha triunfal. La gloria prome-
tida era una promesa que debía cumplirse más carde y de un modo total-
mente distinto a como las imágenes proféticas pennitían esperar. La verda-
dera gloria que aquí se anuncia a Jerusalén es la venida de Cristo proclama-
da por el Bautista; pero esta gloria tampoco será un esplendor terreno, sino
exactamente lo que el evangelio de Juan designará como la gloria visible
para el que cree: la vida, la muene y la resurrección de Cristo. Este es en el
fundo el camino recto -«yo soy el camino»- por el que Dios viene a
nosotros, el Dios que ciertamente, como se dice al final de la lectura, en su
«misericordia» (que se consumará en la cruz) trae consigo su «justicia» de
la alianza. El profeta Baruc invita a Jerusalén a «ponerse en pie» y a «mirar
hacia oriente» para ver venir esta gloria sobre sí.

213
Luz de la Palabra

3. «Que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la lleva-


rá adelante». La segunda lectura nos traslada a la Nueva Alianza. No se
puede decir sin más que con la venida de Jesús hayamos llegado a la
meta, pues él es «el camino nuevo y vivo» (Hb 10,20). El sigue siendo
también para la Iglesia peregrina «el pre-cursor», el que «precede»
(Hb 6,20), y ningún cristiano puede permitirse el lujo de descansar
prematuramente: «Temamos, no sea que, estando aún en vigor la pro-
mesa de entrar en su descanso (de Dios), alguno de vosotros crea que
ha perdido la oportunidad» (Hb 4,1). La carta de Pablo a los Filipenses
habla constantemente de este «estar en camino», ciertamente ahora ya
con una mayor «confianza» que en la Antigua Alianza: porque Cristo
«ha inaugurado una empresa buena», y si nosotros permanecemos en
su camino, creciendo en «penetración y sensibilidad», él «la llevará
adelante» hasta el día de su venida última y definitiva. «El camino del
Señor» prometido en Isaías, el camino que es necesario preparar y que
fue anunciado con tanta seriedad como apremio por el Bautista, se ha
convertido ahora en el «Camino» que es el Señor mismo, que está
siempre dispuesto a llevarnos consigo a través de él.

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

So 3,14-lBa; Flp4,4-7; Le 3,10-18

1. «¿ Entonces, qué hacemos?». El evangelio presenta la enseñanza


del Bautista a los que quieren comenzar una nueva vida (dos versícu-
los antes Juan llama «camada de víboras» a los que se creen justos y
han venido a verle por pura curiosidad). En las respuestas que Juan da
a los que están realmente dispuestos a hacer penitencia --entre otros,
los publicanos y los militares, despreciados por los judíos-, se mues-
tra que el mandamiento radical del amor de Jesús estaba ya perfecta-
mente preparado en la Antigua Alianza y podía ser algo evidente para
toda conciencia no corrompida. Se trata de compartir solidariamente
los propios bienes con el prójimo que no tiene lo suficiente para ves-
tirse y alimentarse; de practicar la justicia en la recaudación de los
impuestos y otras casas; de ser moderado -algo que para los militares
puede resultar difícil- en el ejercicio del poder (ni robo, ni corrup-
ción, ni extorsión, ni exigencias desorbitadas). Lo que Juan exige a sus
oyentes se puede justificar a parcir de los profetas, por eso él no debe

214
Ciclo e

ser confundido con el Mesías que ha de venir. Este Mesías, ante el que
el Bautista se humilla, trae un instrumento de purificación totalmen-
te distinto: el Espíritu Santo, que nos mostrará nuestros pecados
desde Dios y que puede quemarlos con su fuego. Es el mismo Espíritu
que nos colocará también ante la decisión definitiva entre el sí y el no,
el trigo y la paja. Con estas advertencias el Bautista se sitúa, como «el
más grande entre los nacidos de mujer» (Le 7 ,28), al final del período
de preparación, contemplando ya plenamente el nuevo comienzo; y
quizá es precisamente su profunda humildad lo que le permite cruzar
la frontera como «amigo del esposo» (Jn 3,29), quien recibe y asume
su bautismo dotándole de un contenido nuevo.

2. «No temas, Sión». La primera lectura, en la que se invita a Israel


a regocijarse, habla ciertamente del presente, pero al mismo tiempo
remite al futuro: «Aquel día dirán a Jerusalén». Esto significa que ya
desde ahora puede el hombre alegrarse por lo que sucederá en el futu-
ro. Y no a medias, fluctuando entre el gozo y el temor, sino con una
alegría plena que se basa en el propio gozo de Dios: «El Señor se goza
y se complace en ti ... , se alegra con júbilo como en día de fiesta». El
Adviento no es para nosotros los creyentes un tiempo de fluctuación,
de vacilación entre el temor y la esperanza, pues la venida del
Salvador que se nos ha prometido es cosa cierta. La fiesta comenzará
con seguridad. A nosotros se nos exige solamente que «no desfallez-
can nuestras manos», en la incredulidad o la desconfianza, preguntán-
donos si Dios mantendrá su promesa o no. Esto vale tanto para su pri-
mera como para su segunda venida.

3. «El Señor está cerca». En la segunda lectura, ya en el Nuevo


Testamento, esta gozosa esperanza se acrecienta y se llega incluso a.
decir: «Nada os preocupe». Ciertamente aquí no se recomienda la.
pura despreocupación, sino la «alegría en el Señor», la única que pro-
porciona esa «paz» que «sobrepasa todo juicio» y nos impide pensar
que nuestra esperanza pudiera ser vana. Pero la visión anticipada del
Señor, que está a punto de llegar, exige también su verificación en el
amor fraterno de la comunidad, cuya «mesura» y bondad debe darse a
conocer a todo el mundo, también a los que no son cristianos. La ale-
gría por la venida dei Señor debe ser apostólica. Este abandono plena-
mente confiado de las preocupaciones mundanas para ponerse en
manos de Dios (como exige el sermón de la montaña), es cristiano

215
Luz de la Palabra

sólo si va 11nido a la oración que implora el pan cotidiano y da gracias


a Dios por los dones recibidos.

CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Mi5,l-4a (5,2-5a); Hb 10,5-10; Le 1,39-45

l. K ¡ Bendito el fr11to de 111 vientre!». En el evangelio de hoy se


narra, como última preparación para la Navidad, la visita de María,
que lleva ya a su Hijo en su vientre, a su prima Isabel. No es María
la que ha revelado a Isabel que se encuentra encinta -ni siquiera se
lo ha dicho a José-, sino el Espíritu Santo, que es el que hace «sal-
tar de alegría» al hijo que Isabel lleva en su seno. Un milagroso
ensamblaje, operado por el propio Dios, entre la Antigua y la Nueva
Alianza. Aunque después, en un principio, el Bautista no sabrá quién
es el que viene detrás de él y está por delante de él (J n 1,33: «yo no
lo conocía»), Juan es ya desde ahora santificado y elegido como pre-
cursor por el que está por delante de él. Por extensión podemos
decir: visto desde el cumplimiento, desde Cristo, todo el Antiguo
Testamento está destinado a ser precursor, de modo que sólo adq uie-
re su pleno sentido si se interpreta en función de Cristo. Un indica-
dor sólo tiene sentido si existe el lugar al que remite. Esto vale tam-
bién porque los hombres en la Antigua Alianza sólo tenían una lige-
ra idea de lo que esperaban como salvación en el futuro. Isabel, por el
contrario, llena junco con su hijo del Espíritu Santo, sabe perfecta-
mente en qué consiste esa salvación, y por eso puede saludar a la
mujer que tiene ante sí como a la representante de la fe perfecta, en
virtud de la cual Dios ha podido cumplir su promesa anunciada
desde antiguo. En la Nueva Alianza algunos hombres pueden tener
una vocación tardía, reconocer sólo tardíamente una elección qu.e se
ha producido ya desde mucho tiempo antes, por lo que pueden haber
sido elegidos y «llamados» «desde el seno materno» (Jr 1,5; Is 49,1;
Ga 1,15).

2. «Tú, Belén de E/rata». La sorprendente profecía de Miqueas en


la primera lectwa presagia, desde el punto de vista hiscórico-sahífico,
mucho más de lo que el propio profeta podía sospechar. El profeta se
remite, en tiempos de inclemencia (Samaría había sucumbido), a los

216
CicloC

orígenes de David, que había salido antiguamente de Belén, de la


estirpe de los efrateos. Y según la promesa será de Belén de donde sal-
drá el pastor de Israel que, cuando pase el tiempo del destierro,
instaurará un reino de paz q11e se extenderá hasta los confines de la
tierra. lsaías había h.ablado de la virgen que daría a luz al «Dios-con-
nosotros »; aquí la madre del Mesías es designada simplemente como
«la madre que dé a luz». El profeta se remonta hasta David, pero el
origen ( «desde lo antiguo, de tiempo inmemorial») de Jesús es la
eternidad, y su definitivo reino de paz superará ampliamente las
expectativas de Israel. Quizá el cumplimiento que tiene lugar en
María y en su Hijo remite a la Antigua Alianza sólo para superarla
con creces.

3. « Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Ahora, en la


segunda lectura, se desvelan el espíritu y la misión del Mesías que
viene al mundo. Su tarea es pura obediencia, ya el inicio de su
misión lo es. Esta obediencia no realizará actos litúrgicos externos;
su propio cuerpo, creado por Dios para este fin, será objeto de la
obediencia sacrificial. El antiguo sacrificio externo en la alianza del
hombre con Dios es abolido para hacer del hombre mismo un sacri-
ficio total. Y este sacrificio es válido «una vez para siempre», consu-
ma la alianza y nos santifica a todos. La Nueva Alianza remite una
vez más a la Antigua, pero la referencia es puramente formal: se
asume el concepto de sacrificio veterotestamentario, pero su sentido
se transforma totalmente: se pasa de lo ineficaz a lo infinitamente
eficaz.

NATIVIDAD DEL SEÑOR


Ver ciclo A

DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD


SAGRADA FAMILIA: JESUS, MARIA Y JOSE

1 S 1,20-22.24-28; lfn 3,1-2.21-24; Le 2,41-52

l. «Sin que lo s11pieran sus padres». la Sagrada Familia, tal y como


nos la presenta el evangelio de hoy, es una familia dolorosamente des-

217
Luz de la Palabra

garrada, más allá de todos los sufrimientos de las familias terrenales,


pero al mismo tiempo es un ejemplo para todas ellas. El padre recono-
ce como suyo al Hijo enviado por el Espíritu; tiene que hacerlo para
obedecer a Dios y hacer de su Hijo un descendiente de la estirpe de
David. La madre, a la que se predice que una espada le traspasará el
alma, ha cedido desde siempre su Hijo al Padre divino. Y el Hijo
reconoce a esta Padre divino de un modo tan espontáneo y natural
que no dice nada de ello a sus padres, que no lo comprenderían. Para
esta familia Dios y la obediencia a Dios constituye su centro y su
principio de unidad, un vínculo que ciertamente la mantiene más
estrechamente unida que los vínculos carnales entre madre e hijo.
Hasta ahora el Hijo había sido obediente a sus padres, y lo volverá a
ser después; pero la obediencia al Padre eterno predomina ahora sobre
la obediencia terrena, aunque esto sea incomprensible para sus padres
de la tierra y les depare la angustia de una búsqueda inútil y la congo-
ja más profunda todavía del «¿No sabíais ... ?». Dieu premier servi
(Juana de Arco).

2. «Cedo el niño al Señor». En la primera lectura Ana cede al Señor


a su hijo Samuel, el hijo que Dios le había concedido a petición suya:
una escena cienamente emotiva que parece un anticipo de la Sagrada
Familia. Que una mujer quiera ser madre para ofrecer a Dios el hijo
de sus entrañas, es en la Antigua Alianza algo muy especial y preh1dia
ya el sacrificio de María. Y se convierte con ello en el modelo para
todas las familias cristianas que están dispuestas a ceder uno o varios
hijos al Señor, si Dios así lo quiere. Ana es consciente (más que
muchas madres) de que debe su fecundidad al Señor y confiere a este
su agradecimiento la forma de la restitución. No solamente deja ir a
su hijo, sino que ella misma sube con él al templo para devolvérselo al
Señor. No _para librarse de él, sino porque ve en él algo valioso, segu-
ramente muy querido para ella, con lo que puede ofrecer un don agra-
dable a Dios.

3. «Llamarnos hijm de Dios, pues lo somos». En la segunda lectura el


espíritu de la familia cristiana se atribuye al ser-hijos-de-Dios de
todos sus miembros. Todos deben a Dios su existencia, y deben tam-
bién la fecundidad humana a la eterna fecundidad del Dios trinitario.
Al igual que en este Dios hay un orden de las procesiones (del Padre
procede el Hijo, y de ambos el Espíritu Santo), pero todas las personas

218
CicloC

tienen la misma esencia y la misma dignidad, así también puede


haber en la familia terrena un orden hecho a esta imagen, que hace
que el hijo proceda de los padres, aunque el hijo tenga la misma dig-
nidad que ellos. Y el orden de anterioridad y posterioridad no impide
en la familia humana, imagen de la Trinidad, la unidad del amor, tal
y corno la que reina en el Dios trinitario y mantiene unidas a todas las
personas divinas en la misma esencia. Si los que se pertenecen mutua-
mente en la tierra obedecen al Dios del amor, Dios les da siempre de
nuevo este amor; basta con pedírselo: «Cuanto pidamos a Dios, lo
recibiremos de El, porque guardamos sus mandamientos y hacemos lo
que le agrada».

1 DE ENERO
OCTAVA DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR
SOLEMNIDAD DE SANTA MARIA, MADRE DE DIOS
Ver ciclo A

SEGUNDO DOMINGO DESPUES DE NAVIDAD


Ver ciclo A

6DE ENERO
EPIFANIA DEL SEÑOR
Ver ciclo A

DOMINGO DESPUES DEL 6 DE ENERO


BAUTISMO DEL SEÑOR

Is 40, 1-5.9-11; Tt 2, 11-14; 3,4-7; Le 3,15.21-22

l. «En un hautismo general, Jesús tamhién se bautizó». Que Jesús se


deje bautizar con el pueblo que quiere la conversión y la purificación
de sus pecados, es un gesto que contiene en sí algo profundamente
misterioso; es como si quisiera, ya en su primer acto público, mani-
festar su solidaridad con todos los pecadores. Más tarde acogerá a los

219
Luz de la Palabra

suyos en su Iglesia con el bautismo cristiano, mediante la humilla-


ción de una inmersión en el agua como elemento de muerte y rege-
neración; Jesús no quiere imponer a los suyos nada que él mismo no
haya hecho. Y si el bautismo ha de ser realmente un ser sepultado
con él en su muerte y un resucitar con él a una nueva vida imperece-
dera-como lo describirá Pablo (Rm 6)-, entonces este primer
bautismo es ya para él una obligación anticipada de cara a su propia
pasión y resurrección: codo lo que acontece entre el bautismo y la
cruz está encuadrado por un sent"ido y 110 acontecimiento 11nitario.
El bautismo del Jordán es para Jesús un bautismo «con Espíritu
Sanco», el de la cruz será un bautismo «de fuego»; el primero es
solidaridad con los pecadores que han de purificarse, el segundo será
la extinción a sangre y fuego de todo el pecado del mundo. Sobre
este acontecimiento del bautismo de Jesús, aparece el cielo abierto y
Dios se da a conocer como trinitario: el Padre que envía confirma a
su «Hijo, el amado, el predilecto», que cumple por libre amor la
voluntad trinitaria de salvación; el Espíritu Santo aparece en forma
de paloma entre el Padre, en el cielo, y el Hijo que ora en la cierra:
transmitiendo al Hijo la voluntad de Padre y llevando al Padre la
oración del Hijo. Todo entre el bautismo y la cruz-resurrección
corresponderá a esta forma aquí visible de la decisión salvífica del
Dios unitrino.

2. «Mirad: aquí está vuestro Dio.r». En la primera lectura se anun-


cia a Jerusalén, y a través de ella a toda la humanidad, el consuelo de
que el tiempo de la salvación ha comenzado ya. El Salvador viene por
una parte en «gloria» y «con fuerza», pues la obra redentora de Jesús
vencerá y dominará toda la historia del mundo; pero por otra parte
viene con la solicitud de un pastor que lleva en brazos a sus corderos y
cuida de las ovejas madres: esta unidad de poder y cuidado amoroso le
muestra como el Dios encarnado, hecho hombre; sólo Dios reúne
estos dos atributos en una unidad perfecta.

3. «Así. .. somo.r herederos de ia vida eterna». La segunda lectura se


sitúa allí donde se ha realizado ya la obra salvífica de Jesús («él se
entregó por nosotros») y donde el bautismo cristiano, «el baño del
segundo nacimiento», nos permite participar en el primer bautismo
(de agua) y en el último bautismo (de sangre) de Jesús ( «tengo
que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla»:

220
Ciclo C

Le 12 ,50). De nuevo aparece el cielo abierto sobre Los cristianos


bautizados, y Dios revela todo su «Amor al hombre». La gracia del
Padre «ha aparecido para traer la salvación a todos Los hombres»; no
en razón de miestras obras de justicia, sino en virtud de su «miseri-
cordia». EL propio Jesús es Llamado «Salvador» y al mismo tiempo
«nu.estro gran Dios»; y el bautismo opera la renovación «por el
Espíritu Santo, derramado copiosamente sobre nosotros por medio
de Jesucristo», para nuestra justificación y santificación, que nos
hace dignos de obtener la vida eterna esperada. El milagro de la teo-
fanía en el bautismo de Jesús se continúa en su Iglesia en todos los
tiempos.

SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

/J 62,1-5; 1 Co 12,4-ll;jn 2,1-11

l. « En Caná... manifestó su gloria». La liturgia de la Iglesia ve en


la festividad de la Epifanía una triple manifestación de la gloria de
Dios en Jesús: ante los Magos, en la teofanía del Jordán (que se cele-
bró el domingo pasado) y en el primer milagro de Jesús en Caná,
donde Jesús «manifestó su gloria». Una pobre pareja de novios cele-
bra su boda; Jesús, su Madre y sus discípulos están también invitados
la boda; pero en medio del banquete los novios se quedan sin vino.
María, imagen ya de la Iglesia que ora e intercede, se dirige al Hijo:
algo ciertamente extraño, pues todavía no le ha visto hacer ningún
milagro externo. Pero a María le basta con saber que su Hijo lleva
dentro, interiormente, un misterioso poder. Jesús, consciente de que
el único milagro que el Padre le encargará será la cruz, no quiere
verse obligado a ejercer el papel de taumaturgo, papel que el pueblo
insaciable le impondrá a partir de ahora. Entonces interviene la
Madre, cuyas palabras, hermosas donde las haya, dejan codo en
manos del Hijo a la vez que instan a los servidores a obedecerle:
«Haced lo que él os diga». En realidad, aunque nadie lo advierta,
aquí brilla ya en todo su esplendor la gloria de María. Jesús no se
resiste, no puede resistirse: las palabras de la Madre le llegan al cora-
zón porque son muy familiares a lo que él lleva dentro, en lo más
íntimo de sí mismo. En el evangelio no se nos dice si se notó la
transformación de lo inútil en algo precioso, si Jesús fue ovacionado

221
Luz de la Palabra

como taumaturgo, algo que él siempre procuró evitar. Se nos dice


simplemente que «creció la fe de sus discípulos en él»; esto constitu-
ye el único éxito que él valora como tal. Muchos de los milagros que
realizará después, aunque él siempre mandó no decir nada a nadie,
serán pregonados con cierto sensacionalismo y dificultarán no poco
su verdadera misión.

2. «Como la alegría que encuentra el marido con su esposa». La pri-


mera lectura, que compara la alegría de Dios por el pueblo converti-
do y purificado con la alegría que experimenta el marido con su
esposa, remite ciertamente al evangelio, donde Jesús, con su milagro
en la boda de Caná, bendice el matrimonio humano y lo eleva a la
categoría de imagen de una alegría nupcial tot:almente distinta.
«Como un joven se casa con su novia», así hace Dios con su pueblo;
el amor erótico no es un símbolo rebajado o lejano del amor que Dios
siente por la tierra que El llama ahora la «Desposada», «mi favori-
ta». El amor natural, conocido por el hombre, debe ser para él un
punto de partida para barruntar cuánto le ama Dios. De este modo la
unión carnal del hombre y la mujer será una imagen insuficiente
para representar la intimidad de la unión entre Cristo y nosotros en
la Eucaristía.

3. «En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común». La


segunda lectura nos lleva en otra dirección: el milagro de Caná fue un
milagro realizado simplemente para gozo y utilidad de algunos. Pero
ahora, en la Iglesia, el Espíritu Santo dispensa un don de gracia a cada
creyente «para el bien común». Estos carismas se pueden comparar,
pues son dones sobrenaturales, con el poder de hacer milagros espiri-
tuales, aunque vistos desde fuera sean insignificantes. Pablo enumera
en esta lista también los dones extraordinarios, mientras que en otras
series (Rm 12) habla de carismas mucho más modestos. Cuando Jesús
dice con una imagen que la fe puede mover montañas, se refiere a su
fuerza espiritual, que ciertamente puede «mover», trasladar grandes
pesos en el corazón de los hombres: no mediante técnicas psicológicas,
sino en virtud del poder divino del que todo verdadero creyente parti-
cipa. Muchos santos han hecho también milagros materiales, pero los
milagros espirituales que han realizado son mucho más grandes y más
importantes.

222
CicloC

TER.CER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Ne 8,2-4a.5-6.8-10; 1 Co 12,12-3la; Le 1,1-4; 4,14-21
1. «Hoy er un día consagrado a nuestro Dios». Este «hoy» de la lec-
tura solemne de la ley a cargo de Esdras ante todo el pueblo reunido
en asamblea (primera lectura) es un preludio veterotestamentario del
«hoy» que pronuncia Jesús en el evangelio. Esta solemne lectura de la
ley en tiempos de Esdras se describe de forma impresionante, aña-
diéndose algunas explicaciones al respecto; el pueblo está visiblemen-
te emocionado: se inclina y se postra rostro en tierra en señal de ado-
ración; llora porque desconocía lo que acaba de escuchar, pero se le
invita a regocijarse y a celebrar un banquete porque su acogida de la
palabra de Dios hace que este episodio sea un acontecimiento gozoso:
«Pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza». Por eso nos extraña
tanto más que un «hoy» mucho más importante salido de la boca de
Jesús (en el evangelio) provoque entre sus oyentes reacciones total-
mente diversas.

2. «Hoy se cumple esta Escritura». En el evangelio de hoy escucha-


mos solamente la parte introductoria de la escena, cuando Jesús, en la
sinagoga de Nazaret, el pueblo donde se había criado, lee también la
Escritura y pronuncia unas palabras incomprensibles y blasfemas para
sus oyentes: que hoy se ha cumplido la profecía de Isaías, que «el
Espíritu del Señor está sobre mí, que me ha enviado para dar la Buena
Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los
ciegos, la vista. Para dar la libertad a los oprimidos». Jesús aplica
estas palabras a su persona: sale de la oscuridad de sus años de juven-
tud y aparece ante todos sus conocidos con una luz nueva e inaudita,
asumiendo precisamente el papel del Mesías. En el evangelio del pró-
ximo domingo se cuenta cómo fue acogido esto por los oyentes: no
con lágrimas y júbilo, sino con indignación. Pero nosotros nos dete-
nemos aquí y nos admiramos de dos cosas: del coraje de Jesús para
asumir su misión, y de su humildad al designar su actividad como
pura obediencia al «Espíritu del Señor» que está sobre él. Ambas
cosas unidas caracterizan su convicción más profunda y muestran su
singularidad: su misión es el cumplimiento de todas las promesas más
excelsas de Dios, pero él la lleva a cabo como el verdadero «Siervo de
Dios», en el espíritu del Siervo de Yahvé proclamado en el pasaje de
Isaías.

223
Luz de la Palabra

3. «Todos hemos bebido de un solo Espíritu». Pero, ¿que significa


para nosotros el hoy? Algo completamente distinto de lo que signi-
ficaba para el antiguo pueblo de Israel. La segunda lectura lo descri-
be: el pueblo antiguo era un pueblo que lloraba y se regocijaba ante
la ley. Pero nosotros somos un cuerpo, asumido en el hoy de Cristo.
Los judíos no eran miembros de un cuerpo, sino individuos dentro
de la comunidad del pueblo; nosotros somos los unos para los otros
miembros dentro del cuerpo de Cristo. Pablo describe esto detallada-
mente. Ya no hay individuos, sino sólo órganos, cada uno de los cua-
les actúa para el todo vivo del organismo. El todo, Cristo solo, es lo
indivisible, in-divid-uum. Nuestra diferencia no existe para nosotros,
sino para todos los demás que junto con nosotros forman lo indivisi-
ble. Y esto no fisiológicamente, sino éticamente: en el siempre-hoy
de Cristo nosotros ·vivimos para él y los unos para los otros. Por eso
cada uno tiene una tarea personal, insustituible, pero no para sí
mismo, sino para el todo vivo; una tarea que cada cual debe cumplir
en el Espíritu del todo, que es el que le ha conferido su singularidad.
Y como todos «han bebido de un solo Espíritu», todo el que posee el
Espíritu ha de vivir también fuera de sí mismo, en el amor a los
otros, en los otros. Este es el hoy que resulta del hoy plenificador de
Cristo.

CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jr 1,4-5.17-19; 1 Co 12,31-13,13; Le 4,21-30

l. «No les tengas miedo». Hoy se trata del valor del enviado por
Dios a los recalcitrantes, o sea: a los que se escandalizan. La primera
lectura muestra toda la dureza de la situación de un hombre que
debe representar y soportar la dureza de la resistencia de los hom-
bres contra Dios. Por eso el propio Dios es inexorable con él: no
debe tener miedo a nadie -ni a «reyes, príncipes o sacerdotes», ni a
la «gente del campo»-, si no el mismo Dios le meterá miedo de
todos ellos. Debe representar la oposición de Dios contra todos los
que se oponen a El; y esta oposición de Dios es tan fuerte que el que
la representa será como una «muralla de bronce» inexpugnable,
pero por eso mismo ha de endurecer «su rostro como pedernal»(Is
50,7). «Yo estoy contigo», le dice Dios: por eso no podrán vencerte.

224
CicloC

Pero lo que una misión semejante le cuesta al hombre débil que-


dará claro en las pruebas exteriores e interiores experimentadas por
Jeremías.

2. «NiTJgrin profeta es bien mirado en JII tierra». Jesús adopta en el


evangelio la actitud del profeta; comienza provocando abiertamente a
sus oyentes: les ha dicho que él es el cumplimiento de toda profecía;
para evitar toda eventual adulación por sus «palabras de gracia», Jesú.s
declara enseguida que su lenguaje profético no sería reconocido «en
su tierra»; pues la gente dice ya: «¿No es éste el hijo de José?»; es
decir: ¿qué puede decirnos de nuevo? Entonces Jesús suministra las
pruebas: el profeta Elías sólo pudo hacer su milagro en un territorio
extranjero, y su discípulo Elíseo sólo pudo curar a un leproso sirio.
Esta provocación de Jesús a sus parientes y paisanos tal vez nos parez-
ca una imprudencia. ¿No habría sido preferible que Jesús hubiera
comenzado diciéndoles cosas que ellos pudieran soponar y digerir
para pasar después poco a poco a cosas más difíciles? ¿No fue el pro-
pio Jesús culpable de que sus paisanos se pusieran «furiosos» y lo
empujaran fuera del pueblo con la intención de matarlo? Pero tam-
bién posteriormente la predicación cristiana imitará la técnica de
Jesús; Pedro dirá a los judíos en su discurso del templo: «Rechazasteis
al sanco, al justo y pedisteis el indulto de un asesino; matasteis al
autor de la vida». La prudencia diplomática llega muy pronto a un
punto muerto, y entonces sólo el salto hacia la verdad ayuda a progre-
sar. Pablo puede citar a poetas paganos ante los sabios de Atenas, pero
enseguida, bruscamente, debe hablar de Jesús, de la resurrección de
los muertos y del juicio. Ninguna «inculturación» puede obviar estas
verdades.

3. «Inmaduro eJ nuestro saber». Entre el texto de Jeremías (primera


lectura) y el evangelio aparece como segunda lectura el himno a la
caridad: el «camino mejor», el único que conduce a la meta. Todo lo
demás, incluso nuestro saber más profundo y nuestra ética más heroi-
ca («repartir en limosnas codo lo que tengo y aun dejarme quemar
vivo»), no basta. Cuando Dios provoca a los hombres, primero por
medio de sus profetas y finalmente por medio de Cristo y de la
Iglesia, está realizando únicamente una obra de su amor. Y a todos los
que se les confía la carea de vivir y proclamar ante el mundo este amor
de Dios de una manera provocativa, deben hacerlo por amor y con

225
Luz de la Palabra

amor; de lo contrario no son mensajeros de Dios y hablan no en nom-


bre de Dios, sino sólo en nombre propio, llevados de su desprecio de
sus semejantes, de sus errores, de su cultura del bienestar, de su abuso
del poder y de la naturaleza. Estos motivos no llegan al nivel de la
predicación cristiana. El amor «no se irrita, no lleva cuentas del mal,
no se alegra de la injusticia». Nuestros hermanos tienen que percibir
el amor de Dios que actúa en nosotros incluso en las palabras más
duras que hayamos de pronunciar en nombre de Dios.

QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

b6,l-2a.3-8; 1 Co 15,l-ll;Lc5,l-11

1. «Aquí estoy, mándame». Todos los textos hablan hoy de elec-


ción. Ciertamente se nos presentan grandes personajes, pero como
ejemplos para otros menos vistosos: pues todo creyente es un elegido
de Dios para una tarea concreta. En la primera lectura aparece la elec-
ción más solemne de la Antigua Alianza: la visión de Isaías, que con-
templa al Señor sentado sobre un trono alto y excelso, con la orla de
su manto llenando el templo humeante y rodeado por el canto de ala-
banza de los serafines, debe hacerle retroceder de puro miedo: «¡Ay de
mí, estoy perdido!». En realidad la misión comienza siempre con la
experiencia de la distancia absoluta, de la indignidad total. Después
un serafín enviado por Dios vuela hacia el asustado profeta con un
ascua en la mano, con la que toca sus labios temblorosos y los purifi-
ca: «Está perdonado cu pecado». No te obstines en tu indignidad. Y
entonces interviene Dios, no para transmitir una orden sino para
hacer una pregunta: «¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?». Ahora
ya no hay más reflexión sobre la dignidad o indignidad del elegido,
sino que simplemente se contesta: Dios tiene necesidad de alguien;
por eso: «Aquí estoy, mándame».

2. «Desde ahora, serás pescador de hombres». Exactamente lo mismo


sucede en el evangelio con la elección de Pedro. La única diferencia
es que aquí la visión de la omnipotencia, de la absoluta superioridad
de Jesús, está precedida de un acto de obediencia del hombre que ha
oído ya la predicación de Jesús y ha quedado impresionado por ella.
En contra de lo que le dice su experiencia de pescador, Pedro obedece

226
CicloC

la orden de echar las redes para pescar. Pero ent:onces se repite la


experiencia de la distancia insuperable: en Isaías: «¡Ay de mí, estoy
perdido!»; en el caso de Pedro: «Apártate de mí, Señor, que soy un
pecador». Ninguna misión auténtica puede renunciar a la experien-
cia de la distancia entre yo y Dios -y la misión procede de Dios-.
Sólo en este vacío de la distancia da Jesús a Pedro la misión de ser
pescador de hombres. Y esto eliminando el miedo, que sólo sería un
obstáculo para el cumplimiento de la misma. El «no temas» se repite
en todas las misiones, incluso en la de María, que se siente ante Dios
corno la humilde «esclava» antes de proclamar que el Señor «ha
hecho obras grandes por mí». La misión de ser pescador de hombres
es para Pedro tan desproporcionada con respect:o a su yo, que el
miedo no tendría ya ningún sentido. Aquí sólo cabe obedecer en
silencio: «Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo
siguieron».

3. «Por i/tiuzo, como un aborto, se me apareció también a mí». Y


ahora, en La segunda lectura, aparece Pablo, quien como perseguidor
de La Iglesia tiene razones más que sobradas para subrayar el hiato
entre su persona y su misión: «Soy el menor de los apóstoles, y no
soy digno de llamarme apóstol». Su misión era, más que otras, un
acto de violencia de Dios: cerca de Damasco, de repente, un relámpa-
go lo envolvió con su resplandor y cayó a tierra, quedándose ciego,
pues, al igual que Isaías, había contemplado al Señor en su gloria
celeste y hubo de ser llevado hasta la ciudad de la mano, como un
ciego. La misión en este caso no se da personalmente (para humilla-
ción del enviado), sino de manera brusca y por medio de otro: «Entra
en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer». Y más brusco es
aún lo que se dice al mediador, Ananías: «Yo le enseñaré lo que tiene
que sufrir por mi nombre». Semejantes humillaciones acompañarán a
Pablo a lo largo de toda su trayectoria misionera: será tratado como
«la basura del mundo, como el desecho de la humanidad» (l Co
4,13). Y como si esto no fuera suficiente, se añade un castigo especial
de Dios: Las bofetadas del emisario de Satanás «para que no tenga
soberbia» (2 Co 12,7s.); el apóstol pedirá tres veces al Señor verse
libre de él, pero se le contestará: «Te basta con mi gracia». Cuando
Pablo afirma en la segunda lectura haber trabajado más que todos,
debe añadir enseguida: «No he sido yo, sino la gracia de Dios
conmigo».

227
Luz de la Palabra

SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Jr 17,5-8; 1 Co 15,12.16-20; Lc6,17.20-26

l. «Dichosos los polms». En el evangelio de hoy aparecen cuatro bie-


naventuranzas (bendiciones) y cuatro maldiciones. ¿Qué significa
«dichoso»? Ciertamente no «feliz» en el sentido que los hombres dan
a esta palabra. No se trata de una invitación a que cada cual marche
por su camino con tranquilidad y buen humor. No significa realmente
nada que pertenezca al hombre, que el hombre sienta y experimente,
sino algo en Dios que concierne a este hombre. Jesús hablará en este
contex:to de «recompensa», aunque esto a su vez no es más que una
imagen; se trata del valor que este hombre tiene para Dios y en Dios,
de algo intemporal en Dios que se manifestará al hombre a su debido
tiempo. Y análogamente para las maldiciones. Los pobres a los q11e
pertenece el reino de Dios, es decir, los pobres de Yahvé, como los lla-
maba la Antigua Alianza, muestran que a su pobreza corresponde una
posesión en Dios: Dios los posee, y por eso mismo ellos poseen a Dios.
Lo mismo puede decirse de los que tienen hambre y de los que lloran,
y también de los que son odiados por causa de Cristo: éstos son amados
por el Padre en Cristo, que también fue odiado y perseguido por los
hombres por causa del Padre. Si los pobres han de ser considerados
como pobres en Dios, entonces también los ricos han de ser considera-
dos como ricos sin Dios, ricos para sí mismos, saciados y sonrientes,
alabados por los hombres; éstos no tienen tesoro en el cielo, y por eso
todo cuanto poseen no es más que apariencia pasajera. Los Salmos repi-
ten esto continuamente, las parábolas de Jesús (del rico epulón y del
pobre Lázaro, del labrador avariento) también. Los pobres son en últi-
mo término realmente pobres, aquellos que no poseen nada, y no ricos
a escondidas que acumulan un capital en el cielo. Dios no es un banco;
el abandono en manos de Dios no es una compañía de seguros. Es en el
propio abandono, en la entrega confiada donde se encuentra la dicha.

2. «Maldito el hombre... Bendito el hombre». La Antigua Alianza


conoce ya todo esto suficientemente, como lo demuestra la primera
lectura. El hombre bendito es el que pone su confianza en el Señor, el
que extiende sus raíces hacia la «corriente» de Dios o, como dice
Agustín, tiene sus raíces en el cielo y desde allí crece hacia la tierra.
Este simple abandono confiado en manos del Señor le basta para ser

228
Ciclo C

.. dichoso» (bienaventurado) en el sentido de Jesús y para, en cualquier


adversidad terrestre que se le pueda presentar, por amarga que sea, no
tener que inquietarse por la sequía. A este hombre se contrapone el
hombre que «confía en el hombre», en lo humano y lo terreno, y que
por eso «aparta su corazón del Señor»: aquí tenemos el comentario de
lo que significa la maldición de Jesús a los ricos y epulones. La senci-
lla antítesis del profeta, repetida en el salmo responsorial, divide a los
hombres, prescindiendo de todas las sutilezas psicológicas, en dos
campos: o viven por Dios y para Dios, o bien pretenden vivir para sí
mismos y por sí mismos. También en el juicio de Jesús sólo hay dos
clases de hombres: las ovejas y las cabras.

3. La segunda lectura divide también a los hombres en dos cate-


gorías: los que creen en la resurrección de Cristo y en la nuestra, y los
que la niegan. Si Cristo no ha resucitado, entonces «vuestra fe no tiene
sentido», los muertos «se han perdido» y «somos los hombres más des-
graciados» del mundo; los que no creen en ella al menos han puesto
su confianza en bienes terrenos reales, y no en un Dios del más allá
que no existe. Su vida está de alguna manera llena: de relaciones
humanas gratificantes, de placeres de codo cipo, de aucosacisfacción.
Pero esto es al menos algo, mientras que la fe en la resurrección es
jugárselo todo a una carta, una apuesta total en la que el apostante
finalmente pierde.

Todos los textos de la celebración de hoy exigen de nosotros una


decisión última, definitiva: ¿nos bastarnos a nosotros mismos o nos
debemos permanentemente a nuestro Creador y Redentor? No existe
una tercera vía, no hay solución intermedia.

SEPTIM0 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 S 26,2. 7-9.12-13.22-23; 1 Co 15,45-49; Le 6,27-38

Los textos de la celebración de hoy hablan de la magnanimidad. Ya


los filósofos y los moralistas paganos conocían y admiraban esca vir-
tud; en el Antiguo Testamento la magnanimidad recibe un funda-
mento más profundo; con Cristo se convierte, como amor a los enemi-
gos, en la imitación del propio Dios.

229
luz dr la Palabra

l. «DtnJid a,gi6 '4 /,au y d jarra tk 111••· David (según la pri-


rnrra lectura) tenía la ocasión de matar a su enemigo Saúl micntns
ntt dormía, y su compañero Abisaí así se lo aconseja, de acuerdo con
la lógica de la guerra. Pero David no lo hace, sin duda por magnani-
midad., aurquc la raz6n que da pua no haccdo es la siguience: cNo se
puede atentar irnpllllfflltntc contra el Unsido dcl Sci\or ... El tcmot
ame el que ha sido consagrado a Dios le lleva a ser magnánimo, una
magnanimidad que Da:wid no pnctica con Otros cncmigos. En ef«to,
cuando esú. a punto de morir, ordena a su hijoSalom6n que pracriq11C
la venganza contra sus enemigos.

2. .,5,J m,,¡,asillOJ ((JIIII) IIIUStn Padn u trm}aJillO•. Jesús va mucho


mú lejos: cAmad a vuestros encmigos, ... orad por los quc os inj11-
rian•. Ya no se trata de actos ex1ernos de magnanimidad, sino de una
actitud del coraz6n expiesamentc asimilada a los sentimientos del pro-
pio Dios, -que es bueno con los malvados y desagradecidos•. Y lo es
no en virt11d de una bondad superior al mundo que reposa c11 sí
misma, como lodemucsrra la entrega de su Hijo por los pecadores.por
los ..~migos» (Rm 5,10). Jesús se eleva expresamente de la ma¡na-
nimidad humana limimda (q~ ama a los que aman, da pan dcspués
recibir, etc.) a la magnanimidad divina absoluta, q11e dispensa su amor
a los que ahora le odian J dcsprteian. Jesús puede pcrmitinc esta ele-
vación porque él mismo es cl don de Dios a todos sus enemigos, un
don de amor no calculador que ahora convierte a todos los que han
sido colmados con él e11 cungidos del Scftor,.. Lo qiae Saúl era para
David, lo es ahora cualquier hombre para nosotros, pues todo hombre
ha sido ungido por la mt1me expiadora de Jesús. Y con ello la masna.-
nimidad pasa de ser una Yinud humana admirada (eso era en la filoso-
fía pagana) a convenirse rn algo natural y cotidiano <2Sde el punto de
visea cristiano, porque el cristiano sabe que fl mismo cs un producto
de la. magnanimidad diYiraa. Y todo hombre lo es tambiin, por lo que
no rengo necesidad de demostrarle que soy mis magnánimo qut él,
sino que simplemente Ir recuerdo con mi acción que todos nos drbc-
mos a la magnanimidad divina.

l. • lgu/ q., d trkst;./,.,, /., """"1n, trl,sn,,ks •. En la segunda lec-


tura a la actitud y la vimu:I cerrenas se conmponen una vez más la
actirud y la Yirtud celeslCS. El hombre, que procede de abajo, dt la
naruralcza, por m'5 que sr considere a sí mislDII como la flor supmm

230
Ciclo(

del cosmos, sigue siendo un ser «terreno» en el que están encarnadas


las normas que rigen en la naturaleza: el amor bien entendido comien-
za por uno mismo. Corno los recursos del mundo son limitados, una
justa distribución, en la que yo recibo lo mío, es el primer manda-
miento (cfr. Ap 6,5b-6). Pero el primer Adán ha sido superado por el
segundo Adán, el celeste. Este, que viene del Dios infinito, no conoce
los límites y las normas de la finitud: puede darse a sí mismo y repartir
el amor celeste de una manera ilimitada, y legar a sus «descendientes»,
los cristianos, que están hechos a su imagen, el mismo don.

PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

Dt 26,4-10; Rm 10,8-13; Lc4,l-13

El relato de las tentaciones de Jesús, que se lee siempre el primer


domingo de Cuaresma, aparece esta vez asociado con dos confesiones
de fe, en el Antiguo y en el Nuevo Testamento respectivamente. Por
eso en la escena de las tentaciones la confesión de fe de Jesús aparece
también en el centro.

1. «El Señor nos dio esta tierra». La ofrenda de las primicias aparece
asociada en la primera lectura a una antigua confesión de fe de Israel,
la cual narra en apretado resumen la acción salvífica de Dios: el ara-
meo errante y sin patria debe ser Jacob, que había servido en Aram,
en casa de Labán; venía del extranjero y se estableció en Egipto, una
tierra aún más extranjera. Sólo la salida de Egipto merced a la fuerza
de Yahvé y la tierra que Este dio al pueblo proporcionaron a Israel el
bienestar y la vida sedentaria. Por eso las primicias de los frutos del
suelo pertenecen a Dios. La confesión es aquí reconocimiento. Los
dones que se traen en la cesta no son más que la imagen simbólica de
la actitud interior de fe.

2. «Durante cuarenta días, el Espíritu Jo fue llevando por el desierto».


La actividad pública de Jesús comienza también, según el relato del
evangelio de hoy, con un vagar sin patria por el desierto, y aquí resue-
nan más fuertemente los cuarenta años que Israel anduvo errante por
el desierto. Fue éste un tiempo de prueba y a menudo de verdadera
tentación, a la que el pueblo sucumbió rnás de una vez. Fue también

231
Luz de la Palabra

un tiempo de ejercicio solitario de su relación con Dios, del mismo


modo que los confesores, los apóstoles y los santos cristianos con fre-
cuencia sólo han comenzado su misión entre los hombres después de
años de desieno y de estar con Dios a solas. Que durante este tiempo
su fe se forjara definitivamente, muestra que han seguido el camino
de su Señor, que también ayunó en el desierto y se vio sometido a las
tentaciones relativas a su misión mesiánica. En modo alguno debemos
poner en cuestión o subestimar la profundidad de estas tentaciones de
Jesús. El, que tomó sobre sí nuestro pecado, quiso también conocer
nuestras tentaciones, su maligno y engañoso poder de seducción. «Eva
se dio cuenta de que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable por-
que daba inteligencia» (Gn 3,6). A Jesús, que no había probado boca-
do durante cuarenta días, un pan al alcance de la mano debió parecer-
le a.petecible; la posesión de este mundo que él debía llevar al Padre,
deseable, y el milagro que se le propuso, muy útil para afirmar su
posición ante el pueblo. Todo esto era tan plausible. ¿Por qué elegir
un camino tan complicado de renuncia? Los tres versículos de la
Escritura con los que Jesús replica y se opone al diablo, no son fórmu-
las aprendidas de memoria, sino respuestas amarga y trabajosamente
conseguidas. Se las puede llamar, en un sentido más elevado, una con-
fesión de fe existencial.

3. «La fe del corazÓTI y la profesi6n de los labios». Esta confesión (en la


segunda lectura) no quiere decir que eso sea algo subjetivamente fácil:
la palabra (de la fe que la Iglesia anuncia) «está cerca: en los labios y en
el corazón» del creyente, porque esa palabra es en el fondo el mismo
Cristo; pero es una palabra que el propio creyente ha de pronunciar y
nadie puede pronunciar por él. Y esto de nuevo no como una fórmula
ap1endida de memoria, de todos conocida y sacada de la liturgia de la
comunidad, sino corno una afirmación que implica estar dispuesto a
sacar las consecuencias para la propia vida: «Jesús es el Señor (Kyrios),.
y ~Dios lo resucitó» de entre los muertos. Las dos cosas se implican
mutuamente: como el resucitado, Jesús es también el Kyrios que reina
sobre el mundo entero, por tanto también sobre mí, sobre mi corazón,
sobre mi vida; por ello también es el Kyrios «de todos, generoso con
todos los que lo invocan», ya sean judíos o griegos, chinos o indios. La
confesión de fe en este Señor, la entrega de sí que en ella se expresa,
proporciona «justicia y salvación», y no otra cosa que podamos imagi-
na, como instrumento de salvación o corno mérito.

232
CicloC

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

Gn 15,5-12.17-18; Flp 3,17-4,1; Le 9,28b-36

l. «Hablaban de su muerte». Esca lectura del relato de la transfigura-


ción según Lucas es la única que nos dice algo sobre el contenido de la
conversación del Señor transfigurado con Moisés y Elías: hablaban de la
muerte de Jesús; por tanto del acontecimiento capital de la redención
del mundo. En función de esto hay que interpretar toda la escena. Jesús
se muestra transfigurado ante sus discípulos, porque ya les había anun-
ciado su muerte. La voz del Padre que viene del cielo, y designa al Hijo
como el escogido, alude también a su acto redentor en la cruz. Y cuan-
do al final los discípulos ven de nuevo a Jesús solo, saben cuánta pleni-
tud de misterio se oculta en su simple figura, pues todo esto: su rela-
ción con toda la Antigua Alianza, su relación permanente con el Padre
y el Espíritu, que en forma de nube ha cubierto también con su sombra
a los discípulos, representantes de la futura Iglesia, se encuentra inclui-
do en él. Su transfiguración no es una anticipación de la resurrección
--en la que su cuerpo será transformado de cara a Dios-, sino, por el
contrario, la presencia del Dios trinitario y de toda la historia de la sal-
vación en su cuerpo predestinado a la cruz. En este cuerpo de Jesús
queda definitivamente sellada la alianza entre Dios y la humanidad.

2. «Un tem>r intmso y oscuro cayó sobre él». En el monte de la transfigu-


ración los discípulos primero se caen de sueño y después tienen miedo. Es
eso lo que sucede cuando Dios se acerca tanto al hombre. La primera lec-
tura se remonta a la primera conclusión de la alianza, que se realiza en
una primitiva ceremonia entre Dios y el patriarca Abrahán. La promesa
del Señor se había producido anteriormente, al igual que en el evangelio
la predicción de la cruz había precedido a la transfiguración. La confirma-
ción de esta promesa de Dios se produce en una ceremonia arcaica (atesti-
guada también en otros pueblos), pero lo esencial aquí es el sueño profun-
do que invade a Abrahán y el terror (intenso y oscuro), signos ambos de lo
numinoso del acontecimiento, el cual, al igual que la transfiguración de
Señor, remite esencialmente al cumplimiento de la promesa de Dios: la
donación de la tierra y la amplitud del reino. Estos dos acontecimientos
no están cerrados en sí mismos, sino que remiten al pasado y al futuro.

3. «Somos ciudadanos del cielo». La segunda lectura pone toda la exis-

233
Luz de la Palabra

tencia humana en esta provisionalidad, que ahora, como la transfigura-


ción, remite al futuro. El que está instalado en lo carnal es un «enemigo
de la cruz de Cristo». Pero el que sigue a Cristo, lo aguarda del cielo,
del que el cristiano es ya ciudadano por adelantado. Y el cielo no es un
lugar sin mundo, sino el lugar donde nuestra «condición humilde» se
transformará «según el modelo de su condición gloriosa», y donde el
mundo del Creador recibirá su forma última y definitiva como mundo
del Redentor. Aquí nosotros estamos definitivamente incegraclos en la
alianza corporal entre Dios y la creación en Jesucristo, que encarna en sí
mismo esta alianza entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra.

TERCER DOMINGO DE CUARESMA

Ex 3,1-Ba.10,13-15; 1 Co 10,1-6.10-12; Le 13,1-9

l. «A ver si da fruto». En el evangelio de hoy abundan las adverten-


cias. Se cuenta a Jesús que Pilato ha mandado matar a unos galileos y
que dieciocho hombres han muerto aplastados por una torre. Para él
todos los demás, en la medida en que pecan, están igualmente amenaza-
dos. Después el propio Jesús cuenta la parábola de la higuera que no da
fruto. Habría que cortarla, pues ocupa terreno en balde y es un parásito.
Pero merced a la súplica del viñador, se concede al árbol una última
oportunidad: «A ver si da fruto. Si no, el año que viene la corcarás». Los
primeros acontecimientos deberían interpretarse ya en este sentido: es a
cada uno de nosotros al que amenaza la espada de Pilato, a cada uno de
nosotros puede aplastarnos la torre. Aquí no se maldice a la higuera
estéril, sino que se pone a prueba hasta el extremo la paciencia del pro-
pietario; que se cave a su alrededor y se eche estiércol, es una gracia
-última- que el árbol no ha merecido. Una gracia que se le otorga y
que no produce frutos automáticamente, sino que él, el hombre simbo-
lizado por el árbol, debe hacer fructificar colaborando con esa gracia.

2. «Todo esto fue escrito para escarmiento nue.rtro». En la segunda lec-


tura se ofrece un resumen de las gracias otorgadas al pueblo de Israel
en el desierto: travesía del mar Rojo, alimento venido del cielo, agua
salida de la roca, que según la leyenda camina con el pueblo y cuya
agua vivificante es un preludio de Cristo. Pero de nuevo toda la des-
cripción debe servirnos de advertencia: el pueblo era ingrato, añoraba

234
Ciclo C

las delicias de Egipt:o, se entregaba a la lujuria, murmuraba contra.


Dios. Y por eso la mayoría de ellos, por castigo divino, no llegó a la.
meta, a la tierra prometida por Dios. la Iglesia, que es a quien se diri-
ge la advertencia, no pllede dormirse en los laureles, pensando que dis-
fruta de una seguridad mayor que la de la Sinagoga y que al final todo
terminará bien. Quizá precisamente por estar más colmada de gracil
está también más en peligro. Nadie termina cayendo en peores extra-
víos que aquellos que estaban predestinados por Dios para convertirse
en camino para otros y son infieles a su vocación. Los predestinados a
una mayor santidad pueden convertirse en los apóstatas más consuma-
dos y peligrosos, y arrastrar consigo en su caída a partes enteras de la.
Iglesia: «Un tercio de las aguas se convirtió en ajenjo» (Ap 8,11).

3. « Yo soy». En la primera lectura se describe el milagro de la


zarza que arde sin consumirse y la elección de Moisés para anunciar al
pueblo este nombre de Dios: « Yo soy», como el nombre del Salvador.
¿Qué puede significar esto en el contexto de hoy sino que las adver-
tencias que se dirigen al hombre, y que ciertamente pueden cumplir-
se, nunca ponen en CLJestión la fidelidad de Dios, que camina con
nosotros? Así pues, sería un error concluir que la paciencia de Dios
con el hombre que no da fruto puede llegar algún día a agotarse, }
que entonces al amor divino le sucedería la justicia divina. Los atribu-
tos de Dios no son finitos. Pero el hombre sí es finito en su tiempo y
sólo puede dar fruto en el curso de su existencia limitada. La adver-
tencia que se le dirige no indica qlle la paciencia de Dios se haya ago-
tado, sino que sus propias posibilidades, que son limitadas, tienen un
fin. Dios no puede pagar un salario a cambio de una vida estéril,
como muestra claramente la suerte que corre el empleado negligente
y holgazán en la parábola de los talentos.

CUARTO DOMINGO DE CUARESMA

]os 5,9a.10-12; 2 Co 5,17-21; Le 15,1-3.11-32

1. «El padre se le echó al cuello y se puso a besarlo». La parábola del


hijo pródigo es quizá la más emotiva y sublime de todas las parábolas
de Jesús en el evangelio. El destino y la esencia de los dos hijos sirve
únicamente para revelar el corazón del padre. Nunca describió Jesús al

235
Luz de la Palabra

Padre celeste de una manera más viva, clara e impresionante que aquí.
Lo admirable comienza ya con el primer gesto del padre, que accede al
ruego de su hijo menor y le da la parte de la herencia que le correspon-
de. Para nosotros esta parte de la herencia divina es nuestra existencia,
nuestra libertad, nuestra razón y nuestra libertad personal: bienes
supremos que sólo Dios puede habernos dado. Que nosotros derroche-
mos toda esta fortuna y nos perdamos en la miseria, y que esta miseria
nos haga recapacitar y entrar en razón, no es interesante en el fondo; lo
que sí es realmente interesante es la actitud del padre, que ha esperado
a su hijo y lo ve venir desde lejos, su compasión, su calurosa y desme-
surada acogida del hijo perdido, al que manda poner el mejor traje
después de cubrirlo de besos y antes celebrar un banquete en su honor.
Ni siquiera tiene una palabra dura para el hermano terco y celoso: lo
que le dice no es para apaciguarlo, sino la pura verdad: el que persevera
al lado de Dios, disfruta de todo lo que Dios tiene: todo lo de Dios es
también suyo. La glorificación del Padre por parte de Jesús tiene la
particularidad de que él mismo no aparece en su descripción de la
reconciliación de Dios con el hombre pecador. El no es aquí más que la
palabra que narra la reconciliación o más bien un estar reconciliado-
desde siempre; que él es esta palabra mediante la que Dios opera esta
su eterna reconciliación con el mundo, se silencia.

2. «Al que no había pecado, DioJ le hizo expiar nutJtroJ pecados». Jesús,
la palabra del Padre, ha glorificado al Padre hasta la cruz. En su predi-
cación no quiere revelar nada más que el amor del Padre, que «amó
tanto al mundo que entregó a su Hijo único». Sólo la Iglesia creyente
ha comprendid.o que Jesús, en todas sus palabras, y especialmente en
su pasión, reveló su propio amor junto con el del Padre. Esto estaba ya
implícito en su pretensión, que superaba la de los profetas, en sus bie-
naventuranzas, que él sólo podía proclamar dando ejemplo de ellas en
su total prod.igalidad a los hombres. Pero sólo la Iglesia primitiva lo ha
formulado claramente, y de una manera totalmente central en estas
palabras de la segunda lectura: «Al que no había pecado, Dios le hizo
expiar nuestros pecados, para que nosotros, unidos a él, recibamos la
salvación de Dios». El Padre no nos ha reconciliado con El al margen
del Hijo, sino «por medio de él», «en él»; y la Iglesia instituida por
Cristo ha recibido de Dios el encargo de anunciar este «mensaje de la
reconciliación». Su incómoda cercanía no permite ningún cómodo des-
plazamiento del acontecimiento hacia lo intemporal o el pasado lejano;

236
Ciclo(

nos recuerda que somos «una nueva creación» y que hemos de compor-
tarnos, ahora, en consonancia con ella.

3. «Cesó el maná». La primera lectura es familiar sólo para pocos.


En ella se cuenta que los israelitas, tras su peregrinación por el
desierto, llegaron a la tierra prometida y allí, después de mucho
tiempo, pudieron celebrar la comida pascual, para la que dispusieron
de los productos de la tierra. Desde entonces la comida celeste, el
maná, dejó de caer. Dios ha vuelto a situar al pueblo en lo cotidiano;
ya no se requieren las gracias sobrenaturales: el pueblo debe recono-
cer en los bienes terrestres, corno anteriormente la había reconocido
en los celestes, la providencia del Dios bueno. Los israelitas no
debían habituarse a la tierra prometida como si les perteneciera, por-
que les ha sido dada por Dios, que sigue siendo el propietario de la
misma. Lo cotidiano no está menos lleno de la gracia de Dios que los
tiempos extraordinarios.

QUINTO DOMINGO DE CUARESM.A

Is 43,16-21; Flp 3,8-14;Jn 8,1-11

l. «Tampoco yo te condeno». Curiosamente todos los textos de la


misa de hoy remiten al futuro, a la salvación de Dios que crea algo
nuevo y hacia la que nos dirigirnos. Y esto precisamente como intro-
ducción a la semana de pasión. Pero justamente aquí se realiza lo
nuevo, la salvación definitiva; y toda nuestra vida consistirá en diri-
girnos hacia esta acción de Dios.
El evangelio nos muestra a pecadores que, en presencia de Jesús,
.se permiten acusar a una mujer pecadora. Jesús, que aparece escri-
biendo en el suelo, está C(l!Ilº ausente. Sólo dos veces rompe su
silencio: la primera vez para reunir a acusadores y acusada en la
comunidad de la culpa; y la segunda para -<orno nadie puede ya
condenar a otro-- pronunciar su perdón. Ante su mudo sufrimiento
por todos, toda acusación deberá enmudecer también, pues «Dios
nos encerró a todos en desobediencia», no para castigarnos, como
querrían los acusadores, sino « para tener misericordia de todos»
(Rm 11,32). El que nadie pueda condenar a la pecadora pública se
debe no sólo y no tanto a las primeras palabras de Jesús cuanto y

237
Luz de la Palabra

sobre todo a las segundas; él ha sufrido por todos para conseguir el


perdón del cielo para todos nosotros, y por esta razón ya nadie puede
condenar a otro ante Dios.

2. «Olvidándome de lo que queda atrá5». Pablo, en la segunda lec-


tura, está totalmente subyugado por este perdón de Dios ocorgado
mediante la pasión y resurrección de Cristo. Comparado con esta
verdad, nada tiene ya valor: todo es abandonado como «basura»
para ganar el acontecimiento de la pasión y resurrección de Cristo.
El apóstol sabe que esto, que ya ha sucedido, es nuestro verdadero
futuro, hacia el que nos dirigimos directamente, sin mirar a derecha
o izquierda, mirando siempre hacia delante, con los ojos puestos
sólo en la «meta». Porque esta meta está ya presente --el hombre
ha sido ya «alcanzado» por Cristo»-, sigue corriendo corno si aún
no la hubiera conseguido (Pablo subraya esto dos veces). El cristiano
no mira hacia atrás, sino siempre hacia lo que está por delante: toda
su existencia recibe su sentido de esta carrera. Si corremos al
encuentro de Cristo, todo mirar atrás, hacia una falta del pasado,
para afligirse por ella, sólo puede hacernos daño, pues la falta está ya
perdonada.

3. « Mirad que realizo algo nuevo». Ya el Antiguo Testamento había


hecho de este mirar hacia delante un mandamiento: «No recordéis lo
de antaño» (primera lectura). En Israel era una costumbre profunda-
mente arraigada recordar el comienzo de la salvación, la salida de
Egipto: ciertamente pensando que este hacer memoria del comienzo
podía fortalecer la fe en el Dios que camina actualmente con el pue-
blo. Pero Dios no quiere que Israel permanezca cautivo de este recuer-
do del pasado, sobre todo no ahora, pues eso significaría pensar en el
tiempo del exilio: el Señor promete algo nue-vo, y es ciertamente algo
que «ya está brotando», cuya presencia se puede« notar», al igual que
en la Nueva Alianza el Espíritu Santo que se otorga a los creyentes
será una «prenda» de la vida eterna. De este modo Dios traza una
camino para Israel, a través del desierto, hacia la vida eterna; y para
nosotros, que estamos redimidos, traza un camino que conduce a la
bienaventuranza eterna.

238
Ciclo C

DOMINGO DE RAMOS

Ir 50,4-7; Flp 2,6-11; Le 22, 14-23,56

Para la primera y segunda lectura ver ciclo A o B. De la pasión


según san Lucas destacamos tres acentos fundamentales característicos
de su versión.

l. El testamento. La institución de la E11caristía, q11e también en los


otros sinópticos constituye el preludio de la pasión, aparece aquí acom-
pañada de una amplia declaración de Jesús que parece un testamento.
Así a los discípulos se les confía la tarea de asumir la responsabilidad
de velar por la venida del reino de Dios: KYo os transmito el Reino»;
pero esta tarea sólo puede ser asumida con el espíritu genuino de la
autoridad de Jesús, que se distingue de todo ejercicio de poder munda-
no: el primero entre vosotros «pórtese como el menor», y el propio
Jesús (que, aunque no lo diga, es el priniero) está «en medio de vos-
otros como el que sirve». Pedro será el primero según el ministerio,
pero sólo podrá ser el que sirve, el que «da firmeza a sus hermanos»,
cuando Jesús haya pedido por él, que le negará tres veces. Lo que será
en verdad el servicio de Jesús, se exprfia con palabras del profeta
Isaías: «Fue contado con los malhechores•, y ahora sus enemigos tie-
nen sobre él «el poder de las tinieblas». En la fuerza y la confianza su
pasión no habría sido un sufrimiento completo, por eso Lucas describe
de una manera tan realista la angustia del monte de los Olivos.

2. Participación. Jesús sufre solo; los discípulos, representados por


Pedro, no le acompañan. Los judíos, Pilato y Herodes se comportan
como en los otros relatos. Pero únicamente en el relato de Lucas apa-
rece un ángel en el monte de los Olivos para animar a Jesús. Sólo
puede tratarse de una confortación para mantenerse firme en la extre-
ma debilidad, para soportar lo insoportable: tener que beber el cáliz
de la ira de Dios contra el pecado. En el viacrucis lo siguen mujeres
que lloran por él, pero Jesús las rechaza aludiendo a la suerte próxima
e ineluctable de Jerusalén, que «no ha querido» (Le 13,34) y por eso
queda «abandonada» a su destino. Otra cosa es la acción de Simón de
Cirene: aquí se trata de llevar la cruz al menos externamente, pero con
las fuerzas de un hombre normal, que ciertamente son muy distintas
de las del que ha sido flagelado casi hasta la muerte. Y finalmente

239
Luz de la Palabra

otro hombre, uno de los malhechores crucificados con él, se vuelve


hacia Jesús para dirigirle una auténtica súplica. Este sabe algo de la
participación, está «en el mismo suplicio», pero distingue muy bien
entre su sufrimiento, totalmente merecido, y el sufrimiento totalmen-
te distinto «del que no ha faltado en nada» . .Aquí algo de la gracia
divina del sufrimiento de la cruz puede fluir ya hacia un recipiente
preparado. Y sigue fluyendo tras la muerte de Jesús: el centurión es
tocado por la gracia, e incluso se dice que «toda la muchedumbre que
había acuclido a este espectáculo, habiendo visco lo que ocurría, se
volvían dándose golpes de pecho».

3. PalahraJ de Ja/vación. Mientras que Mateo y Marcos sólo refie-


ren el grito del abandono («Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?»), las palabras que Lucas pone en boca de Jesús en la
cruz son de otro tenor. Son como la traducción en palabras pronuncia-
das de lo que el Verbo de Dios opera y siente esencialmente en su
pasión. Primero la súplica al Padre: «Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen». Los judíos están ciegos, no reconocen a su
Mesías; los paganos hacen lo que repiten miles de veces por imperati-
vos piofesionales: crucificar a un presunto malhechor por orden de la
autoridad militar. Nadie sabe quién es Jesús en realidad. La súplica de
Jesús quiere disculpar a los culpables y encuentra razones para ello.
Las palabras dirigidas al buen ladrón son una parte de la gracia del
perdón merecido mediante la cruz. Las palabras pronunciadas inme-
diatamente antes de morir: «Padre, a tus manos encomiendo mi espí-
ritu», sustituyen al grito del abandono (en Mt y Me): aunque el Hijo
ya no siente al Padre y no percibe el calor de sus manos, Jesús no
tiene ningún otro sitio donde reclinar su cabeza, donde recostarse en
el momento de morir. En las palabras de Jesús en la cruz, Lucas hace
irradiar visiblemente algo de la gracia que Jesús adquiere para nos-
otros con su pasión.

JUEVES SANTO
Ver ciclo A

VIERNES SANTO
Ver ciclo A

240
CicloC

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCION


DEL SEÑOR

VIGILIA PASCUAL

Para las lecturas ver ciclo A; evangelio Le 24, 1-12

l. «Recordaron stts palabras». Las mujeres, que van al sepulcro de


madrugada con sus aromas, encuentran corrida la piedra; entran dentro
del sepulcro pero no encuentran el cadáver que buscan. Están «descon-
certadas» porque lo que allí encuentran no tiene para ellas ningún sen-
tido, ni humano ni sobrenatural. Lo mismo le ocurrirá a Pedro cuando
a.cuda al sepulcro tras oír lo que cuentan las mujeres. Todo ello mues-
tra cuán inconcebibles seguían siendo para todos, incluso para los más
dispuestos y receptivos, las palabras de Jesús a propósito de su resu-
rrección al tercer día. En el hombre no existe una predisposición -y
tampoco en ninguna religión- para comprender un acontecimiento
semejante, que se produce en medio del curso normal de la historia, en
la que los difuntos están definitivamente muertos. Por eso las mujeres
necesitan que se les recuerde de un modo sobrenatural la predicción de
Jesús, «estando todavía en Galilea», de que «tenía que ser entregado
en manos de pecadores [ser crucificado] y al tercer día resucitar». Para
las mujeres es como si oyeran escas palabras por primera vez. las pala-
bras otrora incomprensibles se tornan ahora evidentes ante la tumba
vacía y la memoria explícita que los ángeles hacen de ellas. Lo que
anteriormente no había sido comprendido es transformado por los
ángeles en un presentimiento que facilita ahora la comprensión.

2. «Un delirio». No conocemos el tenor del relato de las mujeres a


los discípulos; no sabemos si también ellos recordaron las palabras de
Jesús sobre su resurrección. Pero aunque lo hicieran, esto no es sufi-
ciente para despertar la fe en los discípulos. Simplemente en la expe-
riencia humana no se da ningún caso que haga verosímil, ni siquiera
de lejos, semejante acontecimiento. Puede haber alucinaciones, pero
demuestran lo contrario. Puede darse todo tipo de experimentos espi-
ritistas con ciertas materializaciones, pero nunca algo que se asemeje a
las apariciones que se narran posteriormente. Se puede creer en la
transmigración de las almas, pero entonces no aparece la misma per-
sona (y menos con sus heridas), con su recuerdo preciso de lo que era y

241
Luz de la Palabra

es. Por eso la resurrección sólo puede ser «un delirio». ¡Para cuántos
lo ha seguido siendo hasta hoy!

3. «Admirándose de lo sucedido». Al final del evangelio de hoy se


informa que Pedro se levantó y acudió corriendo al sepulcro. Este final
del relato es diferente de todo lo anterior. Aquí no aparece ningún
ángel. En nuestro evangelio tampoco aparece el sudario enrollado aparte
del que se habla en el evangelio de Juan; Pedro sólo ve las vendas por el
suelo. ¿Por qué alguien las ha quitado del cadáver? ¿Para qué podía
querer alguien un cadáver? Algún sentido debe tener este cúmulo de
cosas incomprensibles. Justamente en esta constatación el pensamiento
se para como un reloj. «Admiración», quizá incluso «reflexión».
Muchos pueden alcanzar este estadio si leen la totalidad de los relatos
sobre la resurrección. Desde él, un camino conduce hasta la fe, si el
Señor concede la gracia de ser visto y adorado con los ojos del Espíritu.

MISA DEL DIA


Ver ciclo A

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

Hch 5,12-16; Ap 1,9-1 la.12-13.17-19; Jn 20,19-31

l. «Para que, creyendo, tengáis vida». El Señor se había designado


ya durante su vida como «la resurrección y la vida», y demuestra la
verdad de sus palabras en su evangelio. En su aparición a los discípu- •
los se muestra como alguien indudablemente vivo -un espíritu no
habría pronunciado el saludo de paz ni les habría mostrado las heridas
con tanta naturalidad- sobre todo por el hecho de que confiere a su
joven Iglesia el don pascual del perdón de los pecados. Pues con él los
discípulos y sus sucesores pueden hacer comprensible al mundo del
mejor modo posible la vitalidad de Jesús. Muchísimas personas a las
que les han sido perdonados sus pecados, han tenido la experiencia de
haber participado en una resurrección de entre los muertos, de haber
poseído una nueva vitalidad. Para esto no es necesario ningún contac-
to corporal, como el que exige el incrédulo Tomás; la experiencia
espiritual de un perdón sacramental de los pecados, cuando éste se

242
Ciclo C

recibe con auténtico arrepentimiento y propósito de enmienda, puede


ser más profunda que la que los sentidos pueden ofrecer. «La vida [de
Jesús] es la luz de los hombres» On 1,4): no solamente el bautismo,
sino también los demás sacramentos pueden ser llamados (como en la
Iglesia antigua) photismos, iluminación. Dispensar vida y dar luz a una
existencia oscura, es en la Iglesia u.na misma y única acción.

2. «Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los úg/os». La gran
visión inaugural del Apocalipsis, en la segunda lectura, confirma esto
totalmente, pues el Señor eterno se aparece al discípulo amado como el
que ha dejado la muerte tras de sí para vivir eternamente. No sólo la ha
superado corno una desgracia, sino que la posee ahora en su poder
viviente: « Yo soy el que vive, y tengo las llaves de la muerte y del
infierno». la muerte que amenaza la vida ya no es un poder que amena-
ce y limite la vitalidad de Jesús, más bien ha quedado integrada en el
ámbito del poder de su vida: «La muerte ha sido absorbida» en la victo-
ria de la vida (l Co 15 ,54). La vitalidad con que se aparece al vidente es
tan imponente que éste «cae a sus pies como muerto», pero es ensegui-
da levantado por la vida, que pone su mano sobre él, lo conforta y lo
penrecha para su misión. Por muy grande que sea la violencia con la
que los poderes de la muerte puedan manifestarse en la historia del
mundo, como muestra todo el Apocalipsis, éstos nada pueden contra la
vitalidad del «Cordero que parecía degollado»; al final «la muerte y el
abismo son arrojados al lago de fuego», son reducidos definitivamente a
la impotencia y abandonados a una autodestrucción eterna.

3. • Y todos se curahan». la primera lectura, en la que se informa


sobre los milagros vivificantes de la Iglesia primitiva, especialmente
sobre los realizados por Pedro, muestra que Jesús hace partícipe a su
Iglesia de su poder de resurrección y de vida. Se producen curaciones
tanto espirituales como corporales: crecía el número de los «hombres
y mujeres» que se adherían a la fe; la gente sacaba a la calle a los
enfermos y «todos se curaban»: bastaba con que la sombra de Pedro
cayera sobre ellos al pasar. Los apóstoles no se jactan de los milagros
que hacen; Pablo alude sólo de pasada a los realizados por él (2 Co
12,12), pues para él es mucho más importante la fuerza vital espiri-
tual de la palabra de Dios anunciada por la Iglesia. No es la fuerza
vital de apóstol la que es eficaz, al contrario: «Cuando soy débil,
entonces soy fuerte»; entonces manifiesta el Señor a través del apóstol

243
Luz de la Palabra

su «fuerza divina»: pues «la fuerza se realiza en la debilidad» (2 Co


12,9s; 13,4).

TERCER DOMINGO DE PASCUA

Hch 5,27b-32.40b-41; Ap 5, 11-14;Jn 21,1-19

l. « n llevará a donde no quieras». El evangelio de la aparición del


Señor en la orilla del lago de Tiberíades termina con la investidura de
Pedro en su ministerio de pastor. Todo lo anterior es preparación: pri-
mero la pesca malograda; luego la pesca milagrosa, tras la que Pedro se
arroja al agua para llegar nadando hasta el Señor y mantenerse a su
lado sobre la roca de la eternidad, mientras el resto de la Iglesia les trae
su cosecha, su pesca; después es Pedro solo el que arrastra hasta la ori-
lla la red repleta de peces. Y finalmente se le plantea a Pedro la cues-
tión decisiva: «¿Me amas más que éstos?». Tú, que me negaste tres
veces, ¿me amas más que este discípulo amado, que tuvo el valor de
permanecer junto a mí al pie de la cruz? Pedro, que es consciente de su
culpa cuando el Señor le repite tres veces la misma pregunta, pronun-
cia un primer sí lleno de arrepentimiento, pues en modo alguno puede
decir no, y torna prestada de Juan la fuerza para ello (en la comunión
de los santos). Sin la confesión de este amor más grande, el Buen
Pastor, que da su vida por sus ovejas, no podría confiar a Pedro la tarea
de apacentar su rebaño. Pues el ministerio que Jesús ha recibido del
Padre es idéntico a la entrega amorosa de su vida por sus ovejas. Y para
que esta unidad de ministerio y amor, absolutamente necesaria para el
ministerio conferido por Jesús, quede definitivamente sellada, se pre-
dice a Pe<iro su crucifixión, el don de la perfecta imitación de Cristo.
Desde entonces la cruz permanecerá ligada al papado, aun cuando
habrá papas indignos; pero cuanto más en serio se come un papa su
ministerio, tanto más sentirá sobre sus espaldas el peso de la cruz.

2. «Ultraje por el nombre de jesús». La Iglesia terrestre da ejemplo


de esto desde el principio. La debilidad de Pedro, que motivó la triple
negación de antaño, ha desaparecido, y ahora los apóstoles, con Pedro
a la cabeza, se atreven a replicar ante el sanedrín: «Hay que obedecer a
Dios antes que a los hombres». La prohibición de hablar en nombre
de Jesús no les impresiona, no están ni atemorizados ni abatidos; no

244
Ciclo C

buscan un compromiso diplomático, sino que salen «contentos de


haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús». En las partes
perseguidas de la Iglesia hay, cuando permanecen firmes, un tipo muy
especial de alegría espiritual que otras partes que viven en paz no
conocen. La experiencia lo confirma.

3. «Digno es el Cordero degollado». También la Iglesia celeste, en su


adoración del Cordero divino, toma parte en la unidad, vivida prime-
ro por Cristo e imitada después por la Iglesia terrestre, de ministerio
y amor, de misión y oprobio, de vitalidad e inmolación. Para Juan (en
la segunda lectura) esto es simplemente la gloria corno unidad de cruz
y resurrección. Ante esta unidad indisoluble, representada por el
Cordero degollado c¡ue vive por los siglos de los siglos, se inclinan
«todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra y en
el mar». Pues en esta unidad se manifiesta el misterio del amor divino
en toda su profundidad.

CU.ARTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 13,14.43b-52; Ap 7,9.14b-17;Jri 10,27-30

1. « Yo les doy la vida eterna». El evangelio del Buen Pastor contie-


ne una promesa que supera toda medida; incluso se podría decir que
supera toda previsión. A las ovejas de Jesús, a las que él conoce y que
le siguen, se les asegura por tres veces su definitiva pertenencia a él y
al Padre. Y esto porque ellas ya ahora han recibido por anticipado
«vida eterna». Porque lo que Jesús nos da aquí abajo con su vida, su
pasión, su resurrección, su Iglesia y sus sacramentos, es ya vida eterna.
El que la recibe y no la rechaza, jamás puede ya «perecer», nadie
puede ya «arrebatarlo de mi mano»; más aún: nadie puede arrebatarlo
de la mano del Padre, del que Jesús dice que es más que él (porque es
su origen), y sin embargo que él, el Hijo, es uno con este Padre más
grande. Las ovejas, que están amparadas en esta unidad entre el Padre
y el Hijo, poseen la vida eterna; ningún poder terreno, ni siquiera la
muerte, puede hacerles nada. Sin embargo, aquí no se promete el cielo
a todo el mundo, sino a. aquellos que «escuchan mi voz» y «siguen»
al pastor: una pequeñísima condición sine qua non para una conse-
cuencia infinita, inmensamente grande. Conviene recordar aquí las

245
Luz de la Palabra

palabras de san Pablo: « Una cribulación pasajera y liviana produce un


inmenso e incalculable tesoro de gloria» (2 Co 4, 17).

2. « Los q11e estaban destinados a la vida eterna». En la primera lec-


tura se muestra que el hombre no se salva automáticamente. Hay que
aceptar la palabra de Dios y de la Iglesia. Los judíos, a los que Pablo y
Bernabé predican la palabra de Dios, están celosos por el gran éxito de
su predicación, se burlan de ellos y responden con insultos a sus pala-
bras, por lo que los apóstoles les dicen: «Como no os consideráis dig-
nos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles». Y
explican a los judíos que estaba ya previsto desde siempre que de
Israel debía salir una luz que llegara «hasta el extremo de la tierra»,
que este viraje hacia los paganos se produce por tanto en el espíritu
del verdadero Israel. El pueblo de Israel no debía querer poseer la sal-
vación para él solo, pues ésta estaba destinada para todos los hombres:
desear la salvación de una manera egoísta significa autoexcluirse del
cielo. Pero también de los gentiles se dice: «Los que estaba.n destina-
dos a la vida eterna, creyeron», no en el sentido de una predestinación
limitada -semejante predestinación no existe-, sino en el sentido
de que también los gentiles deben aceptar personalmente la fe y vivir
conforme a ella.

3. « El Cordero será su past'or». Finalmente --en la segunda lectu-


ra- se nos ofrece una visión del cielo, donde se cumple la promesa
que el Señor hace en el evangelio y donde todos los que lo han segui-
do en la tierra como «sus ovejas» aparecen como una muchedumbre
inmensa de todos los pueblos delante del Cordero, su pastor, porque
han sido rescatados por la sangre de su cruz y ahora son apacentados y
conducidos por él «hacia fuentes de aguas vivas». La vida que se les
promete no es un estancamiento, sino algo que fluye eternamente; por
eso los que pertenecen al Señor «ya no pasarán hambre ni sed» .

QUINTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 14,2 lb-27; Ap 21,l-5a;jn 13,31-33a.34-35

l. « Me queda poco de estar con vosotros». El evangelio de hoy anun-


cia ya la ascensión del Señor, el tiempo en el que Jesús ya no estará

246
CicloC

presente visiblemente en su Iglesia. Pero Jesús enseña ya a sus discí-


pulos cómo deberán comportarse entonces para que él permanezca a
su lado de un modo invisible, pero eficaz y vivo. Esta enseñanza es tan
breve como clara: «Que os améis unos a otros como yo os he amado».
Es lo que Jesús llama «un mandamiento nuevo», porque aunque en e.l
Antiguo Testamento había muchos mandamientos, éste aún no podía
haber sido formulado porque Jesús todavía no se había presentado
como modelo del amor al prójimo. Ahora basca con mirarle a él para
conocer y guardar el único mandamiento que nos da y que vale por
todos. Ciertamente este mandamiento exige codo de nosotros: al igual
que Jesús da su vida por nosotros, sus amigos, así también nosotros
debemos poner toda nuestra vida al servicio del prójimo, que debe ser
nuestro amigo. Pero este mandamiento nuevo y que vale por todos es
también, como quintaesencia del cristianismo, el que le garantiza su
permanencia: ésta será «la señal por la que conocerán que sois discí-
pulos míos». Esca y solamente ésta. Ninguna otra peculiaridad de la
Iglesia puede convencer al mundo de la verdad y de la necesidad de la
persona y de la doctrina de Cristo. El amor vivido y repartido por los
cristianos será la demostración de todas las doctrinas, de codos los
dogmas y de todas las normas morales de la Iglesia de Cristo.

2. «Hay que pasar mucho». La primera lectura muestra que precisa-


mente es este mandamiento nuevo de Jesús el que hace que la Iglesia
que predica el evangelio tenga que «pasar mucho». Los hombres no
están preparados para esto: porque buscan por lo general su propio
interés espiritual o material, conocen cienamence también algo que se
asemeja al amor, pero que en la mayoría de los casos lleva en sí la
marca del egoísmo y por eso mismo está rodeado de limitaciones y
reservas. Pablo había tenido ocasión de constatarlo, en el viaje apostóli-
co del que acaba de regresar, especialmente entre los judíos, que, para
mantener sus fronteras, le habían cerrado la puerta. A su regreso puede
contar que, por el contrario, «Dios había abierto a los gentiles la puer-
ta de la fe». La apertura de la puerca, la renuncia a la delimitación del
amor, se describe aquí como una acción de la gracia divina, sin la que
el hombre no tiene ninguna posibilidad de superar su limitación. Pero
debe salir realmente de sí mismo a través de la puerca abierta para él.

3 . « Acamparé erztre e!los». La segunda lectura muestra cómo el


mandamiento nuevo que el Señor nos dejó produce su efecto allí

247
Luz de la Palabra

donde un día determinará nuestra existencia. Si en el evangelio el


amor mutuo es el testamento del Señor, al que le queda ya poco de
estar con sus discípulos, y que mediante el amor permanece en su
Iglesia de forma invisible, esta presencia se hace ahora visible. La
ciudad santa, que desciende del cielo a la tierra, no es más que la
manifestación visible de este eterno estar de Dios con el hombre:
«Esta es la morada de Dios con los hombres». Los hombres no reali-
zarán jamás por sí mismos esta convivencia, nunca conseguirán el
paraíso en la tierra. Al igual que el amor desinteresado es ya un
regalo que Dios nos hace, así también la manifestación definitiva de
este amor mostrará que Dios y el hombre están unidos en él, del
mismo modo que ya en Cristo la divinidad y la humanidad forma-
ban una unidad, como él demostró con su amor: «Como yo os he
amado».

SEXTO DOMINGO DE PASCUA

Hch 15,1-2.6.22-29; Ap 21,10-14.22-23;jn 14,23-29

l. «Mi paz os doy». En el evangelio, que remite de nuevo a su


salida de este mundo, ya muy próxima, Jesús inculca a su joven
Iglesia una palabra: la paz. Se trata expresamente de la paz que pro-
viene de él, que es la única auténtica y duradera, pues una paz como
la da el mundo por lo general no es más que un armisticio pre-
cario o incluso una guerra fría. Los discípulos poseen el arquetipo de
la verdadera paz en Dios mismo: el que guarda la palabra de Jesús
por amor, ése es amado por el Padre. El Padre viene junto con el
Hijo al creyente para hacer morada en él, y el Espíritu Sanco le acla-
ra en su corazón todo lo que Jesús ha hecho y dicho, toda la verdad
que Jesús ha traído. Dios en su Trinidad es la paz verdadera e indes-
tru.ctible. En esta paz los discípulos deben dejar marchar a su amado
Señor con alegría, porque no hay más alegría que el amor trinitario,
y éste se debe desear a cualquiera, aun cuando haya que dejarle
marchar.

2. «Hemos cúcidido por unanimidad». La Iglesia tiene que ser un


ejemplo de paz en el mundo sin paz. Pero ha de superar en su inte-
rior ciertos problemas que provocan tensiones y que sólo pueden

248
Ciclo C

resolverse bajo la guía del Espíritu Santo, en la oración y en la obe-


diencia a sus designios. El problema quizá más grave se le planteó a
la Iglesia (corno muestra la primera lectura) ya en vida de los apósto-
les: la convivencia pacífica entre el pueblo elegido, que poseía una
revelación divina milenaria, y los paganos que empezaban a incorpo-
rarse a la Iglesia, que no aportaban nada de su tradición. Conseguir
una convivencia verdaderamente pacífica exigía renuncias por ambas
partes, y las largas deliberaciones de los apóstoles debían conducir
necesariamente a exigir estas renuncias: los paganos no tenían necesi-
dad de seguir importantes costumbres judías, por ejemplo la circun-
cisión; pero en concrapanida debían hacer algunas concesiones a los
judíos en lo referente a ciertos usos alimentarios y a los matrimonios
entre parientes. Estos compromisos, que quizá hoy pueden parecer-
nos sobremanera extraños, eran entonces de palpitante actualidad, y
debemos tomar ejemplo de ellos para todo aquello a lo que nosotros
hemos de renunciar necesariamente aquí y ahora para que entre las
diversas tendencias de la Iglesia reine la verdadera paz de Cristo, y
no nos contentemos con un simple armisticio. Nunca un panido ten-
drá toda la razón y el otro ninguna. Hay que escucharse mutuamente
en la paz de Cristo, sopesar las razones de la parte contraria, no abso-
lutizar las propias. Esto puede exigir verdaderas renuncias hoy como
ayer, pero solamente si aceptarnos estas renuncias se nos dará la paz
de Cristo.

3. «Lo.r nombres de la.r doce trihu.r de l.rrael... los nomhre.r de los doce
apó.rtoles del Cordero». La figura de la definitiva «ciudad de la paz», de
la Jerusalén celeste, confirma en la segunda lectura la paz traída por
Dios entre el Antiguo Testamento de los judíos y el Nuevo Testa-
mento de los cristianos, la curación de la peor herida que ha desgarra-
do al pueblo de Dios desde los tiempos de Jesús. Mientras las puenas
llevan grabados los nombres de las doce tribus de Israel, los cimientos
llevan escritos «los nombres de los apóstoles del Cordero», y el núme-
ro de los que aparecen delante del trono de Dios es de veinticuatro.
Quizá esta escisión que se produjo con motivo de la venida de Jesús
no se supere del todo hasta el final de los tiempos, pero nosotros
debemos intentar superarla ya dentro de la historia en la medida de lo
posible. Aunque la unidad en la fe no sea del todo realizable, la uni-
dad en el amor es siempre posible.

249
Luz de la Palabra

ASCENSION DEL SEÑOR.

fl.ch 1,1-11; Hb 9,24-28; 10,19-23; Le 24,46-53

l. «M1e11traJ los bendecía, se ;eparó de ellos». Lucas nos cuenta h.oy, al


final de su evangelio y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, la
ascensión del Señor: en el evangelio con una mirada retrospectiva que
conduce al mismo tiempo a la misión en el futuro; y en los Hechos de
los Apóstoles, eliminando las falsas concepciones para hacer sitio a la
futura misión de la Iglesia. En el evangelio el Señor remite a la quin-
taesencia de la Sagrada Escritura: la pasión y la resurrección del
Mesías, y esto es lo que se anunciará de ahora en adelante a todos los
pueblos. Los discípulos han sido y siguen siendo los testigos oculares
de esta quintaesencia de toda la revelación, y esca gracia única
(«¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!») los convierte en
los «testigos» privilegiados. Pero el testigo principal es el propio
Dios, su Espíritu Santo, que conferirá a sus palabras humanas «la
fuerza de lo alto». Los discípulos han de esperar a este Espíritu de
Dios, de modo que su misión exigirá una obediencia permanente al
Espíritu Santo. La ascensión de Jesús hacia el Padre está precedida de
una bendición final que envuelve a todo el futuro de la Iglesia, una
bendición cuya eficacia durará siempre y bajo la que hemos de poner
toda nuestra actividad.

2. « Mis testigos hasta los co11fines del mundo». La primera lectura, el


comienzo de los Hechos de los Apóstoles, elimina las limitadas expec-
tativas de los discípulos, que siguen esperando todavía la restauración
del reino de Israel, y amplía expresamente el campo misionero de la
Iglesia, que parte de Jerusalén, pasa por Judea y el país herético de
Samaría, y llega hasta los confines de la tierra. la reconciliación opera-
da por Dios en Cristo afecta al mundo entero, tcx:los los pueblos han de
conocerla. Los apóstoles no hacen propaganda de una religión determi-
nada, sino que anuncian un acontecimiento divino que concierne a
todos desde el principio, que de hecho ya les ha afectado, lo sepan o
no. Pero todos deben conocerlo, pues entonces podrán poner su vida
bajo esta nueva luz que le da sentido y ordenarla en consecuencia. La
universalidad de la verdad de Cristo exige que su verdad objetiva sea
afirmada también subjetivamente por los hombres. A.firmada o nega-
da, rechazada: lo que es también una forma de ser conocida.

250
Ciclo C

3. «Un camino nuevo y viw a travéJ de la cortina». la segunda lectu-


ra subraya el carácter único y definitivo del acontecimiento de Cristo.
Si este acontecimiento fuera repetible, no tendría una validez univer-
sal. La Antigua Alianza estaba bajo el signo de la repetición, porque
la ofrenda de la sangre de los animales no podía producir una expia-
ción definitiva ante Dios; pero la autoinmolación de Jesús fue tan
irrepetible y suficiente que en virtud de ella podemos entrar en el
santuario de Dios a través de la cortina, que anteriormente era siem-
pre un elemento separador: lo que parecía separarnos de Dios, nuestra
carne mortal, se ha convertido precisamente, con la ascensión de
Cristo, en lo que ha penetrado hasta el Padre, ha purificado nuestra
«mala conciencia» y nos ha dado «la firme esperanza que profesamos»
en la «fidelidad» de Dios, ahora definitivamente demostrada.

SEPTIMO DOMINGO DE PASCUA

Hch 7,55-60; Ap 22,l 2-14. l 6-17.2O;Jn 17,20-26

1 . « EJte e.r mi de1eo: que 101 que me confiaste estén cor1migo... y contem-
plen mi gloria». Estamos a la espera del Espíritu divino de Pentecostés.
Todos los textos hablan hoy de una existencia en tránsito. En ella
vivimos siempre, y no sólo en el momento de la muerte: «En toda
ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús,
para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2
Co 4,11). En el evangelio de hoy Jesús termina su oración sacerdotal
al Padre con la perspectiva de entrar en su gloria, pero sin abandonar
a los suyos, sino llevándolos consigo a esta gloria. Aquí le oímos
decir: «Padre, éste es mi deseo ... ». Los discípulos deben poder seguir-
le en su tránsito a Dios, pues Jesús les ha traído la buena noticia del
amor de Dios y ellos la han acogido. Por eso ya en la tierra han sido
introducidos en el amor trinitario, y el deseo de Jesús de que lo sigan
coincide con el del Padre, que ha enviado al Hijo al mundo con este
fin. En el trasfondo de este único deseo del Padre y del Hijo aparece el
Espíritu Santo, que culmina en los creyentes la obra introductoria rea-
lizada por Jesús. La tarea de Jesús se ha cumplido ya en este Espíritu
Santo, y ahora el Espíritu de Dios, el vínculo entre el Padre y el Hijo,
ha de completar el vínculo entre el cielo y la tierra. De este modo el
mundo, si se abre al Espíritu, puede reconocer que el amor eterno del

251
Luz de la Palabra

Padre al Hijo incluye ya el amor a los hombres: «Que el mundo sepa


que Tú me has enviado y los has amado corno me has amado a mí».

2. «Señ01' JesúJ, recibe mi e.rpíritu». La primera lectura nos muestra


al primer mártir cristiano, Esteban, en el mismo tránsito. Esteban ha
pronunciado su gran confesión de fe y al final ve ya, «lleno del
Espíritu Santo», «la gloria de Dios (del Padre) y a Jesús de pie a la
derecha de Dios». Su tránsito es, como el de Jesús, un testimonio de
sangre. Ha seguido tan perfectament:e a Jesús que se apropia de sus
palabras en la cruz: ~Recibe mi espíritu», «no les tengas en cuenta
este pecado». Por eso su muerte se convierte no sólo en testimonio,
sino también en sustitución vicaria. Esta sólo puede producirse dentro
de la imitación del Señor, que ha exhalado ya su Espíritu sobre
Iglesia.

3. « El EJpíritu y la n()1lia dicen: ¡Ven!». Finalmente, en la segunda


lectura, vemos a toda la Iglesia en el tránsito. Tanto más cuanto que
el Señor le ha prometido su próxima venida y ha aumentado en ella el
deseo del árbol de la vida y de la gloria de la ciudad eterna. Pero este
deseo hace exclamar a la Iglesia junco con el Espíritu Santo el «¡Ven!»
e invitar a todos los hombres a sumarse a este grito. Estamos a la
espera de la fiesta de Pentecostés, pero la esperamos ya en el Espíritu
Santo; estamos esperando la llegada del Espíritu, implorando su luz y
su fuego purificador para poder llamar junto con él al Esposo con
.,mayor ansiedad, con una nostalgia más profunda. El Espíritu grita en
nosotros mejor de lo que nosotros mismos podemos hacerlo, y el cielo
oye este grito del Espíritu desde la tierra, pues «su intercesión por los
santos es según Dios» (Rm 8,27).

PENTECOSTES

Hd, 2,1-11; Rm 8,8-17; jn 14,15-16.23b-26

1. «Se llenaron todoJ ú/ Espíritu Santo». El Espíritu Santo es la per-


sona más misteriosa en Dios, por lo que puede manifestarse de múlti-
ples formas: como viento recio y fuego, tal y como lo presenta la pri-
mera lectura, en la que se narra el acontecimiento de Pentecostés;
pero también de una forma enteramente suave, silenciosa e interior,

252
CicloC

como se lo describe en la segunda lectura, donde de lo que se trata es


de dejarse guiar por su voz y su moción interior. Sea cual sea la forma
en que se nos comunique, el Espíritu Santo es siempre el intérprete de
Cristo, quien nos lo envía para que comprendamos el significado de
su persona, de su palabra, de su vida y de su pasión en su verdadera
profundidad.
La llegada del Espíritu como un viento recio nos muestra su liber-
tad: «El viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de
dónde viene ni a dónde va» (Jn 3,8). Y si además desciende en forma
de lenguas de fuego que se posan encima de cada uno de los discípu-
los, es para que las lenguas de los testigos, que empiezan a hablar
enseguida, se tornen espiritualmente ardientes y de este modo puedan
inflamar también los corazones de sus oyentes. Los fenómenos exterio-
res tienen siempre en el Espíritu un sentido interior: su ruido, corno
de un viento recio, hace acudir en masa a los oyentes y su fuego per-
mite a cada uno de ellos comprender el mensaje en una lengua que les
es íntimamente familiar; este mensaje que los convoca no es un men-
saje extraño que primero tengan que estudiar y traducir, sino que toca
lo más íntimo de su corazón.

2. «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios». Con esto estamos
ya en la segunda lectura, que nos muestra al Espíritu que actúa en los
corazones y en las conciencias de los cristianos. También aquí tiene
todavía algo del viento impetuoso por el que debemos «dejarnos lle-
var» si queremos ser hijos de Dios; pero ciertamente debemos dejar-
nos llevar como hijos libres, para diferenciarnos de los esclavos, que se
mueven por una orden extraña y exterior. A este «espíritu de esclavi-
tud» Pablo lo llama «carne», es decir, una manera de entender, buscar
y codiciar los bienes terrenos, perecederos y a menudo humillantes,
que nos fascinan y esclavizan. Pero si seguimos al Espíritu de Dios en
nosotros, nos damos cuenta de que esta fascinación que ejerce sobre
nosotros lo terreno en modo alguno es una fatalidad: «Estamos en
deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente», sino que pode-
mos ya, como hombres espirituales, ser dueños de nuestros instintos.
Pero esto no por un desprecio orgulloso de la carne, sino porque,
como hijos del Dios que se ha hecho carne, podemos ser hijos de Dios.
Esto es lo distintivo del Espíritu divino: que no hace de nosotros
hombres espirituales orgullosos o arrogantes, sino que hace re-sonar
en nosotros el grito del Hijo: «¡Abba! (Padre)».

253
Luz de la Palabra

3. « El Espíritu Santo será quien os lo enseñe todo». El evangelio


explica esta paradoja: el Espíritu se nos envía para introducirnos en la
verdad completa de Cristo, que nos revela al Padre. Es el Espíritu del
amor entre el Padre y el Hijo, y nos introduce en este amor. Al comu-
nicarse a nosotros, nos comunica el amor trinitario, y para nosotros
criaturas el acceso a este amor es el Hijo como revelador del Padre. De
este modo el Espíritu acrecienta en nosotros el recuerdo y profundiza
la inteligencia de todo lo que Jesús nos ha comunicado de Dios
mediante su vida y su enseñanza.

SANTISIMA TRINIDAD

PrB,22-31; Rm 5,1-5;Jn 16,12-15

l. «Os guiará hasta la verdad plena». En el evangelio de hoy Jesús


promete a sus discípulos el Espíritu Santo, que los guiará hasta le ver-
dad completa. Esta totalidad es el misterio íntimo de Dios, su esen-
cia, una esencia que sólo El conoce: porque al igual que únicamente el
espíritu del hombre conoce la intimidad del hombre, así también, y
mucho más aún, la intimidad de Dios nadie la conoce, si El mismo no
nos la da a conocer y no nos hace partícipes de ella (l Co 2,10-16).
Esta autoapertura de Dios es entonces también «la verdad plena»,
pues tras la verdad de Dios o más allá de ella no puede haber ninguna
otra verdad, y toda verdad contenida en el mundo creado no es sino
un reflejo y una imitación de la verdad divina. Pero la verdad íntima
de Dios es que Dios en cuanto origen y Padre se comunica ya desde
siempre total e incondicionalmente a su «Palabra» o «Expresión» o
«Impronta», que es «engendrada» en esta entrega total; se trata de un
acto del amor más original al que sólo se puede corresponder con un
amor recíproco igualmente total e incondicional. Pero cuanto más
incondicional sea el amor, tanto más fecundo será: un simple «yo-tú»
eterno se agotaría en sí mismo si el encuentro no fuera al mismo
tiempo la producción de un fruto que (al igual que el niño es el fruto
del encuentro de sus padres) testimonia el encuentro eterno del Padre
y el Hijo. Los seres finitos, incluso cuando se aman, engendran y dan
a luz en el amor, son seres yuxtapuestos; pero el ser infinito, que es
Dios, sólo puede ser único: los que se aman en El sólo pueden existir
el uno en el otro. Cuando el Hijo se hace hombre, no puede revelarnos

254
Ciclo e

otra cosa que el amor del Padre y su amor al Padre, y el amor de


ambos por nosotros. Pero nosotros sólo podemos comprender este
misterio y participar interiormente en él, si el Espíritu, que es a la vez
la reciprocidad y el fruto de este amor, se derrama sobre nosotros. Este
Espíritu no puede añadir nada más ni nada m1evo, pero su enseñanza
es tan ilimitada como el propio amor divino. Si la revelación del Hijo
ha «dado a conocer» (Jn 1,18) el amor divino «hasta el extremo» (Jn
13, 1), y este extremo se alcanza con la muerte y resurrección, lo que
comunique el Espíritu será tan ilimitado corno lo que ha enseñado el
Hijo.

2. «El amor de DioJ ha sido derramado en nuestros corazones con el


Espíritu Santo». La segunda lectura subraya esta verdad una vez más.
Con su pasión y muerte, Jesús ha realizado finalmente el amor de
Dios hacia nosotros y por nosotros, amor que no puede ser sino su
propio amor trinitario, pues Dios no nos ama de una forma distinta a
como se ama en sí mismo. El que nosotros, que hemos tenido «acce-
so» a este amor, seamos confonados en las tribulaciones y persevere-
mos en la paciencia, con la esperanza de participar en este amor, es
decir: el que el sufrimiento en este mundo no nos aleje de Dios sino
que nos acerque a El, y esto se convierta en nosotros en certeza, se lo
debemos al Espíritu del amor de Dios que ha sido derramado en nues-
tros corazones. Merced a este Espíritu, nosotros mismos quedamos
incluidos en la corriente eternamente fluyente del amor divino.

3. « Yo estaba junto a él, como aprendiz; yo era su encanto cotidiano».


Esto vale para los cristianos. Pero el misterio trinitario de Dios está
desde el principio impreso en toda su creación, como se indica en la
primera lectura. Ya antes de las aguas primordiales, existía esta
Sabiduría de Dios, que aquí es designada como su hijo [aprendiz, su
encanto cotidiano] y que en otros pasajes le ayuda a proyectar la crea-
ción; una Sabiduría que en la Antigua Alianza puede simbolizar
tanto al Hijo como al Espíritu, algo divino y a la vez distinto del
Creador paterno, de modo que todas las criaturas llevan impresa una
huella de la entrega y de la fecundidad divinas. Cristo y el Espíritu
Santo enviado por él no son simplemente la revelación de un miste-
rio extraño y totalmente nuevo, sino al mismo tiempo también el
desvelamiento para la criatura de su de su propio ser y de su sentido
último.

255
Luz de la Palabra

SANTISIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

Gn 14,18-20; 1 Co 11,23-26; Lc9,llb-17

l. «Jesr;s alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre los panes


y los partió,. El misterio de la festividad de hoy, como el de todas las
grandes solemnidades que siguen a Pentecostés y a la Santísima
Trinidad, es un misterio trinitario. El evangelio lo representa primero
en la imagen de la multiplicación de los panes. Esta no es un truco de
magia; para realizarla, Jesús levanta primero los ojos al cielo, en una
oración de petición y acción de gracias ( eucharistia) a un tiempo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado» (Jn 11,41), pues su
autoprodigalidad en los panes será un signo de cómo el amor del
Padre entrega total e incondicionalmente su Hijo al mundo; después
bendice el pan, pues el Padre ha confiado todo al Hijo, incluso el
poder de pronunciar la bendición del cielo; y finalmente lo parte,
gesto que alude tanto a su quebrantamiento en la pasión como a la
infinita multiplicación de sus dones que el Espíritu Santo realiza en
todas las celebraciones eucarísticas, y con ello se hace visible simbóli-
camente que el amor trinitario se hace presente en el don eucarístico
de Jesús.

2. «Esto es mi cuerpo, que se entrega por wsotros». En las lacónicas


palabras de la institución de la Eucaristía, que se recogen en la segun-
da lectura, se encuentra oculta la inagotable plenitud del don del
amor divino. Es como si se levantara una piedra y surgiera una fuente
que jamás se agota. Pablo refiere aquí únicamente lo que ha oído a los
primeros discípulos, pues en est:e punto no osaría añadir nada de su
propia cosecha. El contexto de la acción de Jesús, en «la noche en que
iba a ser entregado», es esencial; en último término es el Padre quien
lo entrega: en la cruz por los hombres y en la Eucaristía, igualmente
por nosotros. Por eso Jesús pronuncia la oración de acción de gracias:
porque el Padre hace esto, porque él mismo puede hacerlo con El y
porque el Espíritu Santo lo realizará continuamente en el futuro.
Jesús no sólo distribuye el pan partido que es él mismo, sino que da a
los que lo reciben, como supremo cumplimiento del don, la orden y
el poder de repetirlo ellos mismos en el futuro. No al margen de su
entrega, de su sacrificio, sino «en memoria suya», para que así su don
nunca sea algo puramente pasado, algo que se recuerda sin más, sino

256
Ciclo C

que siga siendo un presente siempre nuevo por el que se dan gracias al
Padre elevando los ojos hacia El, y en nombre del Hijo y con la fuerza
del Espíritu Santo se parte y se come el pan. La partición del pan
eucarístico es inseparable del desgarramiento de la vida de Jesús en la
cruz: por eso toda celebración eucarística es «proclamación de la
muerte del Señor» por nosotros. Pablo no necesita mencionar la resu-
rrección, pues ésta está contenida como algo evidente en el hecho de
que la muerte de antaño sólo puede hacerse presente si esa muerte era
ya una obra de la vida del amor supremo.

3. «Melquisedec ofreció pan y vino». El gesto del rey de Salem en la


primera lectura es un arq11etipo sumamente significativo para judíos y
cristianos. Pues antes de que se instituyera en Israel el ritual de los
sacrificios, el ofrecimiento de plantas y animales, existió ya esta senci-
lla ofrenda de pan y vino por parte de un rey de Salem, que no era aún
la Jerusalén que llegaría a ser después. Melquisedec es un misterioso
rey-sacerdote que (segú.n la carta a los Hebreos) preludia ya, más allá
del sacerdocio pasajero de Leví, el sacerdocio de Jesús. Lo primigenio
(alfa) remite a menudo más claramente a lo definitivo (omega) que los
estadios intermedios, de los que no hace falta ser conscientes.

SAGRADO CORAZ0N DE JESUS

Ez 34, 11-16; Rm 5,5b-11; Le 15,3-7

1. « Va tras la descarriada, hasta que la encuentra». En esta solemni-


dad del Sagrado Corazón de Jesús no se habla expresamente en nin-
gún texto del corazón, pero sí de esa forma especial de amor que sole-
mos asociar con la idea de corazón. El evangelio lo muestra en toda su
paradoja. Un buen pastor se preocupa de todo su rebaño por igual;
por eso, ¿cómo puede comprenderse que el pastor del evangelio deje
las noventa y nueve ovejas en el campo (en el desierto) y se preocupe
sólo de la oveja descarriada? Está claro: aquí no se miden las conse-
cuencias, no se calcula, no se piensa en el riesgo que supone dejar a la
mayoría de las ovejas sin protección; únicamente se tiene ante los ojos
el peligro que amenaza a una de ellas, como si sólo importara ésta. No
se tienen en cuenta otras posibilidades. Para Dios no es indiferente si
algunas personas se pierden, aunque se salve el grueso de la humani-

257
Luz de la Palabra

dad. Un corazón humano, que aquí se convierte en receptáculo del


amor divino, no piensa así, sino que para él es importante cada hom-
bre en particular, pues todo hombre es un destinatario irremplazable
de su amor. Los cristianos que celebran la festividad del Sagrado
Corazón de Jesús no sospechan por lo general cuánto ama Dios a cada
hombre. Tanto que algunos santos han llegado a decir que Cristo
habría muerto también en la cruz si sólo hubiera tenido que salvar a
una única persona. La idea nos parece un tanto descabellada, pero saca
su justificación de la parábola de la oveja perdida. Y con no menos
ér.fasis que la preocupación por la oveja descarriada se describe la ale-
gría que se produce cuando se la encuentra. En todo caso se puede
decir con seguridad que cada una de las noventa y nueve ovejas es
amada por el Buen Pastor de la misma manera: todas ellas son los
pecadores por los que Jesús muere en la cruz, no como masa anónima,
sino como personas irrepetibles.

2. <Cristo mur-ió por nosotros cuando todavía éramos pecadores». La


segunda lectura abunda en lo que acabamos de decir. La oveja desca-
rriada de la parábola es en realidad la persona que se aleja de Dios, la
que lo rechaza y le es hostil. El amor del Buen Pastor no se basa por
tanto en una reciprocidad: es un amor que sólo mediante su entrega
plena y perfecta busca engendrar reciprocidad, correspondencia. La
oveja sahada, cuando vuelve a casa sobre los hombros de su dueño,
comienza a saber cuán preciosa es para el pastor y cuánto le debe. Pero
la parábola no se pronunció con la intención de suscitar esta reciproci-
dad: el amor de Dios es «sin porqué». Y la segunda lectura tampoco
habla propiame·me del amor con el que ahora se debería corresponder
a los desvelos del Buen Pastor, sino solamente de la certeza de que
ahora estamos a salvo al amparo del amor divino, de que hemos obte-
nido la «reconciliación». Que esta certeza nos obliga a cada uno de
nosotros a dar una respuesta de amor, o que más bien la produce
espontáneamente en nosotros, podrá inferirlo todo el que realice lo
que hemos dicho.

3. « Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas». El texto veterotesta-


mentario de la primera lectura traslada el amor del corazón de Jesús al
corazón de Dios. Dios quiere «buscar personalmente a sus ovejas»,
quiere sacarlas de los lugares «donde se desperdigaron el día de los
nubarrones y de la oscuridad». Esto nos muestra una última cosa: que

258
CicloC

el corazón humano de Jesús, al que nosotros atribuimos este amor


personal único, no es el arquetipo --como si ·el amor de Dios sólo
hubiera obtenido esta cualidad cuando llegó el momento de la encar-
nación-, sino que ese corazón es más bien simplemente la expresión
comprensible para nosotros del amor inconcebible que el Dios eterno
experimenta desde siempre por sus criaturas.

OCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Si 27,4-7 (5-8); I Co 15,54-58; Lc6,39-45

l. «Lo que re/Josa del corazón, lo hahla la boca». Conviene partir de


esca sentencia final para reflexionar sobre el evangelio de hoy (que
contiene además otras sentencias). La relación entre lo que pensamos
interiormente y lo que expresamos, entre el corazón y la palabra, es
normalmente una relación de correspondencia. En Dios el Verbo, su
Palabra encarnada, es la expresión exacta del que habla, del Padre. En
los seres infrahumanos, su forma externa revela su esencia: si un ani-
mal ladra, se sabe que es un perro. En los hombres, que pueden men-
tir, hay que andar con más cuidado y examinar detenidamente su con-
ducta: a la larga será no una palabra sino todo su comportamiento lo
que revele su actitud interior. Al igual que el árbol se conoce por su
fruto, así también el hombre se conoce por todo su comportamiento.
Jesús nos da dos indicaciones al respecto: ante todo el hombre que ha
de juzgar a otro debe ser alguien que ve espiritualmente, no un ciego
o alguien que erre o no cree ciegamente. Después, anees de intentar
enmendar el equívoco en otro, debe examinar si entre lo que siente su
corazón y lo que dice su boca hay una auténtica correspondencia.
Conviene primero ajustarse a la medida de Cristo, que es la verdad
total y definitiva de su Padre; y tras haberse apropiado realmente de
esta medida, se estará más cerca de la forma correcta de ser veraz. Las
indicaciones de Jesús para juzgar a los hombres se mueven entre la
prudencia humana práctica y su propia comprensión divino-humana
de la verdad.

2. "En su reflexión se ven las vilezas ekl hombre» (texto de la primera


lectura según la Biblia de Jerusalén). El texto del Antiguo Tes-
tamento establece la misma proporción entre las convicciones de un

259
Luz de la Palabra

hombre y su expresión. (En el texto no se trata de probar a un hom-


bre, sino del criterio válido para probarlo). Del mismo modo que
Jesús quiere que se juzgue al corazón según lo que habla la boca
(como se conoce al árbol por su fruto), así también el sabio recomien-
da ya no elogiar a nadie antes de haber escuchado su palabra como
prueba de su corazón. Como los hombres pueden mentir y disimular,
hay que observar en cada persona si realmente se da una correspon-
dencia entre su corazón y su boca.

3. «Trabajar siempre por el Señor, Jin reservas». Si se quiere inser-


tar la segunda lectura en este contexto, hay que tener presente la
recomendación de Pablo de que el cristiano tiene que trabajar siem-
pre -lo que también puede incluir nuestro juicio sobre los hom-
bres y las relaciones humanas- «sin reservas», según el criterio con
el que Jesús juzga las cosas de este mundo. El las valora a la luz de
la verdad eterna, donde lo perecedero ha recibido su forma final
definitiva e imperecedera. Si se nos dice que «el día del juicio los
hombres darán cuenta de toda palabra falsa que hayan pronunciado»
(Mt 12,36), entonces no sólo Jesús si110 también su discípulo puede
distinguir ya en la tierra entre un discurso fecundo y un discurso
estéril. El Señor «no dejará sin recompensa esta fatiga».
Ciertamente hay discursos que sólo C1>nciernen a los asuntos tempo-
rales, pero también éstos deben ser pconunciados con una responsa-
bilidad definitiva.

NOVENO IX)MINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 R 8,41-43; Ga 1,1-2.6-10; Le 7,1-10

l. «No soy yo quién para que entrer bajo mi techo». Resulta cierta-
mente impresionante la manera corno el centurión pagano del evange-
lio transmite a Jesús su ruego de que cure a su criado enfermo. El se
siente indigno de presentarse personalmente ante el Señor y envía a
unos amigos judíos para que lo recomienden a Jesús. Y cu.ando Jesús
se acerca, el centurión tampoco sale de su casa, sino que envía de
nuevo a otros amigos, que deben informar a Jesús de la gran fe de que
hace gala el centurión, quien está convencido de que, al igual que le
obedecen a él los soldados que tiene bajo su disciplina, así también el

260
CicloC

poder de la enfermedad está sometido a Jesús. Esta confianza, expresa-


da desde una doble distancia, «admira» a Jesús, pues se diferencia cla-
ramente del comportamiento de los judíos, quienes le exigen signos o
malinterpretan muy a menudo los milagros que hace con habladurías
sensacionalistas. La verdadera fe no se limita a Israel, se la puede
encontrar fuera del pueblo elegido en una forma aún más pura (así
también en el caso de la mujer cananea). El antiguo Israel sabía ya de
la existencia de paganos sabios y piadosos que eran hombres modéli-
cos (Ez 14,14; 28,3).

2. «Haz lo que te pide el extranjerfJ». Este acento universalista


resuena ya en la oración de Salomón e11 el templo (primera lectura).
El rey de Israel amplía su oración por el pueblo incluyendo también
a los extranjeros, que, viniendo de lejos, rezarán en esta casa de
Dios; que Dios se digne escucharlos: «Así te conocerán y te temerán
todos los pueblos de la cierra». Aunque en la Antigua Alianza este
aspecto no es frecuente, en la Iglesia de Cristo no sólo está permiti-
do sino que está incluso expresamente prescrito: la Iglesia debe
hacer «oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos
los hombres, por los reyes y por todos los que están en el mando»
(1 Tm 2,2). Pues la voluntad salvífica de Dios es universal y mani-
fiesta desde la encarnación de su Palabra, que tiene poder «sobre
toda carne» (Jn l 7 ,2).

3. «No hay otro evangelio». De ahí, en la segunda lectura, la sor-


presa de Pablo de que los Gálatas hayan abandonado «tan pronto» el
evangelio de la «gracia de Jesucristo», que está pensado para todos los
hombres, para entregarse a una religión particular llena de prácticas
«sin eficacia ni contenido» (Ga 4,9) que jamás podrían justificar al
hombre ante Dios, aunque se cumpliera «la ley entera» con todas y
cada una de sus prescripciones. Esto sería «neutralizar el escándalo de
la cruz» (Ga 5,11), que ha revelado el a.mor de Dios a todos los hom-
bres y nos impone un solo mandamiento, el del amor, por el cual, si es
auténtico, queda cumplida de paso «la ley entera» (Ga 5,14). El man-
damiento del amor es el único universal porque es simplemente la
respuesta al acontecimiento de la cruz, y con ello, corno «amor al pró-
jimo», es también el único medio de salvación universal capaz de
traer la paz de Dios al mundo dividido.

261
Luz de la Palabra

DECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

1 Rl7,17-24;Gal,ll-19;Lc7,11-17

l. «Que1111el111t 11/ niño la respfrrJCión». La resurrección del niño ope-


rada por Elías en la primera lectura se diferencia de la que realiza
Jesús en el evangelio en la persona del hijo de la viuda de Naín. La
viuda veterotestarnentaria hace amargos reproches al profeta: le dice
que ha venido a 5U casa para avivar el recuerdo de sus culpas, a causa
de las cuales (se sobrentiende) habría muerto su hijo. En el fondo
Elías pide primero a Dios que devuelva la fe a la mujer, se echa des-
pués eres veces sobre el cadáver de niño y finalmente se lo entrega
vivo a su madre, quien acto seguido confiesa su fe.

2. «Al verla, le dio lástima». La resurrección operada por Jesús


en el evangelio está motivada únicamente por su compasión. Nadie
le pide que h.aga semejante cosa (como tampoco en los otros casos de
resurrecciones que se narran en el evangelio), y para la realización
del milagro no precisa ni de una onción especial de súplica ni de
una especie de transmisión de la vida (como el ritual de echarse tres
veces sobre el cadáver que realiia el profeta en la primera lectura),
sino únicamente del mayestático gesto que hace que se detenga el
cortejo fúnebre y ordena levantarse al muerto. Jesús se muestra aquí
(como en el caso de la hija muerta de )airo y en la tumba de Lázaro)
como el Señor de la vida y de la muerte. Por eso para tl la resurrec-
ción de un muerto no es más difícil que la curación de un enfermo,
y precisamente por eso puede ordenar de una vez a los discípulos
que envía a la misión: «Resucitad muertos, limpiad leprosos» (Mt
10,8). Para él tanto lo segundo corno lo primero es sólo un signo de
lo decisivo: la resurrección y la liberación del hombre de la muerte
espiritual del pecado, como muestra el episodio de Me 2,1-12,
donde al paralítico primero se le perdonan sus pecado y después se
produce la curación: «¿Qué es más fácil: decirle al paralítico "tus
pecados quedan perdonados" o decirle "levántate, coge la camilla y
echa a andar"?». Como Jesús, por su muerte en la cruz, tiene el
poder de perdonar los pecados, posee también el poder («más fácil»)
de curar físicamente a los enfermos y de resucitar corporalmente a
los muertos.

262
CicloC

3. «Pero cuando Dios se dignó revelar a s11 Hijo en mí». La segunda


lectura confirma en la conversión de Pablo el poder superior del Señor
glorificado para operar una resurrección espiritual, que aparece como
un acontecimiento mucho más poderoso en sus efectos que toda resu-
rrección física a una vida física. La soberanía del Señor glorificado que
se aparece a Pablo es mucho más elevada que su gesto terreno ante el
ataúd del hijo de la viuda de Naín. Pues aquí toda una existencia es
transformada en su contrario espiritual. La conducta pasada de Pablo
era la de una existencia fanáticamente militante, que defendía con
celo extremo las «tradiciones de los antepasados» y por eso perseguía
con saña la novedad de la predicación de Je'sús; pero esa existencia es
desposeída ahora de toda esa tradición nacional para anunciar un
evangelio que no ha recibido ni aprendido de ningún hombre, sino
«por revelación de Jesucristo». Y sin embargo, esa expropiación para
ponerse al servicio de una verdad extraña es precisamente para lo que
Pablo había sido «escogido desde el seno de su madre», algo que
marcó mucho más profundamente su personalidad que todo lo que
había aprendido de la tradición. La violenta expropiación que se pro-
duce cerca de Damasco es en realidad un retorno a la vocación más
originaria. Esto muestra una vez más que para Jesús la muerte física
puede ser un simple episodio (la llama dos veces «sueño»: Mt 9,24;
Jn 11,11). El mismo es «la vida», indivisa, y no una síntesis de vida y
muene.

UNDECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

2 S 12,7-10.13; Ga 2,16.19-21; Le 7,36-8,3

1. «Re pecado contra el Señor». El pecado de David, del que infor-


ma la primera lectura, es grande: abrasado por la concupiscencia, para
conseguir a una mujer, se ha convenido en un asesino. Su pecado es
más grave porque David ha sido agraciado por Dios con esplendidez.
Ha sido ungido como rey de Israel, su enemigo ha sido sometido y las
mujeres de éste han caído en sus brazos. Pero éstas no le bastaban,
quería acostarse con otra, con la mujer de Urías el hitita. Se le impone
un castigo: la espada no se apartará de su casa, y también el hijo de
Betsabé morirá. Sólo entonces se llena de compunción y confiesa su
pecado; y tras esta confesión, se le perdona su culpa.

263
Luz de la Palabra

2. Muy distinto es el perdón del que se habla en el evangelio. A la


pecadora que importuna en el convite del fariseo, se le perdonan sus
muchos pecados porque tiene mucho amor. ¡Qué declaración más
misteriosa! Ciertamente con el «mucho amor» no se está pensando en
sus pecados eróticos. Y sin embargo, aunque la prostituta era una
amante extraviada y pecaminosa, era y es una mujer de alguna manera
amable y amada, no instalada en su propia justicia, y en su amor aún
impuro encontrará la gracia divina del perdón un punto de contacto
para impulsarla a este maravilloso testimonio de arrepentimiento.
«Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino
del reino de Dios» (Mt 21,31). No es que el amor de la prostituta
haya movido a la misericordia de Dios a perdonarla, para que ella
pueda después demostrar al Señor un amor grande y puro. Pero el
concurso de la gracia siempre preveniente y del principio de un amor
auténtico en la mujer constituye un todo que no debemos intentar
disociar. En el escaso amor del que se cree justo, el amor divino que
perdona sólo puede arraigar difícil e insuficientemente. La parábola
que Jesús cuenta a su anfitrión fariseo (la del prestamista que tenía
dos deudores: uno que le debía quinientos y otro cincuenta denarios),
es y seguirá siendo paradójica: pues en realidad el fariseo debe mucho
más a Dios que la pecadora. La parábola se pronuncia desde el hori-
zonte espiritual del fariseo.
Pero quizá se pueda establecer un nexo con la historia de David,
pues el gravísimo pecado de éste tampoco procede en último término
de un corazón malvado y obstinado, sino de un amor extraviado por el
pecado. Por eso se hunde enseguida cuando se le acusa, se arrepiente y
confiesa su culpa.

3. «El hombre no se justifica ¡mr cumplir la ley». La enseñanza de


Pablo en la segunda lectura puede entenderse como una explicación
del evangelio. Pablo es un fariseo y un pecador que ha sido perdona-
do. Pero Jesús le ha convencido de su pecado ( «¿por qué me persi-
gues?»), y su falso celo ha sido transformado por la gracia en un celo
autentico. Por eso está «muerto pa.ra la ley, porque la ley me ha dado
muerte»; con su perseverancia en el camino de la ley (que produce el
pecado: Rm 7) ha llegado a su fin; no por sus propias luces sino por la
gracia del que se le ha revelado corno el Crucificado -por la ley, pero
Crucificado por mí- y lo ha crucificado con él. Crucificado en el
amor a Cristo, un amor que -Pablo lo sabe bien- es la única causa

264
CicloC

de mi conversión a la pura entrega. Ahora ya no están frente a frente


mi yo y la ley que yo debo guardar, sino el Cristo que me ama y mi fe
(es decir, mi entrega) en él, o mejor: esta relación ha quedado supera-
da porque el Señor, que me ha tornado consigo, a mí y a mi pecado,
me posee en sí, de manera que ya no vivo en mí mismo, sino en él; o
mejor aún: «Es Cristo quien vive en mí».

DUODECIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Za 12, 10-11; 13, 1; Ga 3,26-29; Le 9,18-24

l. «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho». I..a escena del evan-
gelio de hoy constituye un punto culminante en los sinópticos: es
como la línea divisoria de las aguas en la vida de Jesús. Hasta ahora,
conforme al encargo del Padre, Jesús ha actuado mesiánicamente; ha
suscitado, sobre todo entre sus discípulos, un presentimiento sobre la
esencia de su persona. Dada la importancia del cambio que se produce
en esta escena, Lucas la sitúa en el contexto de una oración de Jesús a
solas. Al plantear la cuestión de su identidad, Jesús aprovecha la oca-
sión para desvelar lo central de su misión. Las ideas de la gente al res-
pecto son tan vagas e imperfectas que él no puede seguir callando; la
afirmación de Pedro: tú eres «el Mesías de Dios», es correcta, aunque
la idea que Pedro tiene del Mesías es todavía enteramente veterotesta-
mentaria y está determinada por la mentalidad de la época, según la
cual el Mesías debe ser el liberador de Israel. De ahí la prohibición ter-
minante de difundir este título, y de ahí también -mucho más pro-
fundamente- la clara exposición de la verdadera misión del Mesías:
ser desechado, morir, resucitar. Y para que todo esto no sea percibido
como un acontecimiento incomprensible, en cierto modo mitológico,
se saca enseguida la consecuencia para todo el que quiera ser su discí-
pulo: que «cargue con su crw cada día y se venga conmigo»; eso es
seguir al Mesías. La fe exigida incluye la acción que implica: seguir a
Jesús no por una especie de ganancia ventajosa, sino mediante la pérdi-
da incondicional: «El que pierda su vida por mi causa ... ».

2. «Harán llanto como llanto por el hijo único». Ciertamente la pri-


mera lectura (del profeta Zacarías), por su proximidad a la cruz de
Cristo, seguirá estando siempre rodeada de misterio y nunca podrá

265
Luz de la Palabra

explicarse del todo. Quizá ni siquiera el propio profeta sabe quién es


este <•hijo único», por el que se entona un lamento tan grande como
el luto de los sirios paganos por su dios Hadad-Rimón, que muere y
resucita; del que se dice que los mismos que se lamentan lo han mata-
do, «traspasado». Además este gran llanto está suscitado por «un
espíritu de gracia y de clemencia» que es derramado por Dios, y con
motivo -de tan gran lamentación se alumbrará en la ciudad santa «un
manantial contra los pecados e impurezas». ¿Tuvo realmente el profe-
ta un presentimiento de que todo esto sucedería: el Hijo de Dios tras-
pasado, el manantial (que en último término brota de él mismo) y el
espíritu de oración que por la muerte del traspasado se derrama sobre
el pueblo? Resulta casi obligado suponer que aquí aparece un oscuro
barrunto de lo que se dice claramente en el evangelio: el Mesías ten-
drá que padecer mucho y morir, y el espíritu de oración y purificación
hará posible una com-pa.sión interior.

3. «Hijos de Dio1 m Cristo jesús». La segunda lectura cierra el abis-


mo que parece abrirse entre el destino del Mesías traspasado y el lla-
mamiento a seguirle que se hace en el evangelio a hombres completa-
mente normales. Si éstos «pierden su vida por mi causa», entran en la
esfera del que padece originariamente y por sustitución vicaria, se
convierten en «Hijos de Dios» en él, no en el sentido de los misterios
paganos de Hadad-Rimón, sino en el sentido que Pablo desvela cuan-
do muestra cómo el creyente por el bautismo «se reviste de Cristo».
Se sobrentiende que no se trata de algo externo como el vestido, que
permanece fuera del cuerpo, sino de una realidad dentro de la cual el
hombre se pierde. Por eso los cristianos no llevan cada uno su vestido
personal, sino el vestido de Cristo, el Cristo -vivo que acoge a todos en
sí para que todos sean «uno» en él y puedan así participar interior-
mente en su destino único ( «cargar con su cruz cada día»).

DECIMOTERCER DOMINGO DEL 'TIEMPO ORDINARIO

1 R 19,16b. 19-21; Ga 5, 1-13. 18; Le 9,51-62

l. « Ve y vuelve». Hoy se trata de la llamada al seguimiento, y en


la primera lectura aparece un modelo veterotestamentario ya muy
radical que será superado una vez más por Jesús. El profeta Elías echa

266
Ciclo C

su manto sobre Eliseo, mientras éste ara con su yunta, para significar
que lo ha elegido para ser su discípulo. Elías acepta que Eliseo vaya a
despedirse de sus padres, y el gesto de sacrificar los bueyes de su
yunta para invitar a comer a su gente muestra que Eliseo ha decidido
ponerse al servicio del profeta. «Luego se levantó, marchó tras Elías y
se puso a sus órdenes». No se trata de un servicio pwamente humano,
sino que, al ser Elías un hombre de Dios, es ya un servicio a Dios.
Para la Antigua Alianza esto es una obediencia grandiosa a una llama-
da de Dios transmitida por el profeta.

2. «Deja que los muertos entierren a sus muertos». Pero la exigencia


de Jesús va aún más lejos. En el evangelio tres hombres se ofrecen a
Jesús para seguirle. Al primero lo remite a su propio destino y ejem-
plo: Jesús ya no tiene casa propia. Ni siquiera la casa en la que ha cre-
cido, la casa de su madre, cuenta ya. No mira atrás. Es más pobre en
esto que los animales, vive en una inseguridad total. No posee más
que su misión. Y al comienzo del evangelio se dice a dónde conduce
esta misión: a su «ascensión» se dice literalmente: ¿a la cruz? ¿Al
cielo? Lucas deja abierta la cuestión. Es típico que no se le reciba en la
aldea de Samaría donde quería alojarse. Por eso no es necesario man-
dar bajar fuego del cielo. Es normal que «los suyos no lo reciban» On
1, 11 ). El segundo hombre quiere primero ir a enterrar a sus padres, y
el Señor de la vida le contesta: «Deja que los muertos entierren a sus
muertos». Los muertos son los mortales que se entierran unos a otros;
Jesús está por encima de la vida y de la muerte, muere y resucita
«para ser Señor de vivos y muertos» (Rrn 14,9). El tercer hombre
quiere despedirse de su familia. Aquí Jesús va más lejos que Elías.
Para el llamado a seguir a Jesús de un modo radical no hay compo-
nenda que valga entre familia y decisión por el reino. La decisión exi-
gida es indivisible e inmediata. A partir de su norma se regulará la
relación con la familia y con los demás hombres.

3. « Vuestra vocación es la libertad». La libertad de la que se habla en


la segunda lectura es la libertad para la que «Cristo nos ha liberado»,
y no otra. No una libertad individualista, pues la libertad cristiana
consistirá en el servicio al prójimo: «Sed esclavos unos de otros por
amor». Tampoco se trata del libertinaje, pues entre los deseos de la
carne y la libertad que nos da el Espíritu que nos guía hay una contra-
dicción directa, un antagonismo total. Que el hombre tenga que

267
Luz de la Palabra

luchar contra sí mismo y contra sus pasiones para conservar su verda-


dera libertad, nada dice contra la libertad que le ha sido dada; también
Cristo tuvo que luchar en sus «tentaciones» (Le 4,1-12). No se puede
ser libre para hacer al mismo tiempo dos cosas contradictorias, sino
que para ser libre hay que superar la contradicción en uno mismo. La
libertad de Cristo es hacer siempre la voluntad del Padre, y seguir a
Jesús en esto nos «hace libres» verdaderamente (Jn 8,31-32). La liber-
tad a la que Cristo nos llama es su propia libertad, a través de la cual
participamos en la libertad intradivina, trinitaria, absoluta.

DECIMOCUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Is 66,J0-14c; Ga 6,14-18; Le 10,1-12.17-20

l. «Como corderos en medio de lobos». En el gran discurso misional


del evangelio, Jesús envía a sus discípulos «como corderos en medio
de lobos». La imagen es terrible. Humanamente considerado, seme-
jante envío podría parecer irresponsable. Jesús puede decir algo seme-
jante únicamente porque él mismo ha sido enviado por el Padre como
el «Cordero» en medio de los hombres, que se comportan como lobos
con respecto a él, para que así se consiga el triunfo del «Cordero como
degollado» que le hace digno y capaz de soltar todos los sellos de la
historia del mundo (Ap 5). Jesús ha venido a los hombres completa-
mente indefenso; su única arma era su misión, la cual, mientras duró,
le protegió contra el ataque de sus enemigos, aunque a veces tuvo que
librarse de ellos a escape. Jesús desarma primero completamente a los
que tienen que anunciar su mensaje: a los «pocos obreros»; éstos en
primer lugar deben desear la paz: no importa que ésta sea aceptada o
no; y si esa paz no es aceptada, en modo alguno hay que tratar de
imponerla por la fuerza, sino que hay que marcharse a otro sitio. Pero
tanto a los que los acogen corno a los que los rechazan, sus mensajeros
deben anunciarles que el reino de Dios está cerca, para que la gente
pueda prepararse convenientemente, pues el tiempo apremia. No
deben alegrarse o entristecerse por el éx:ito o el fracaso; el éxito no está
incluido en la misión; el verdadero éxito se encuentra únicamente en
el Señor de las misiones, que mediante su cruz ha expulsado a Satanás
del cielo. El Cordero de Dios solo «ha vencido»: «ha vencido el león

268
Ciclo e

de la tribu de Judá», en cuyo honor se entonan grandes cantos de ala-


banza en el cielo (Ap 5,5.9ss). Unicamente en él, y no en sí mismos,
tienen los enviados «potestad para pisotear... todo el ejército del ene-
migo». Esta certeza debe bastarles a los enviados como consuelo.

2. cllevo en mi cuerpo laJ marcaJ deJeJúJ». En la segunda lectura el


apóstol habla en nombre de la Iglesia de Cristo. La indefensión de
Jesús y de sus discípulos se ha transformado ahora en su estar crucifica-
dos, en el que la aparente derrota se mostrará como la verdadera victo-
ria. El mundo aparentemente victorioso está crucificado, es decir, está
muerto y es inofensivo, mientras que el apóstol «está crucificado para
el mundo», ha hecho inofensivo lo que es mundano en él. Y estas dos
cosas en virtud de la cruz de Cristo, que es lo único de lo que Pablo se
gloría. Que lleve «en su cuerpo las marcas de Jesús», es sólo el signo
de su seguimiento estricto, un seguimiento en el que Pablo es cierta-
mente consciente de la distancia que le separa del Señor («¿Ha muerto
Pablo en la cruz por vosotros?»: l Co 1, 13 ). Sólo a partir de la cruz de
Cristo puede Pablo, en nombre de la Iglesia (del «Israel de Dios»),
prometer «paz y misericordia» a todos los que «se ajustan a esta
norma»: que la victoria sobre el mundo se encuentra únicamente en la
cruz de Jesús y en sus efectos sobre la Iglesia y sobre el mundo.

3. «Como a un niño a quien su madre consuela». En esta «norma» se


encuentra toda la riqueza de la Iglesia, que es la madre que nos ali-
menta y de cuyas ubres abundantes, corno dice la primera lectura,
debernos mamar hasta saciarnos. La Iglesia no tiene más consuelo para
sus hijos que el que le ha sido dado por Dios: que en la cruz de Jesús
el amor de Dios se ha convertido en algo definitivamente tangible
para el mundo; que sólo a partir de ella puede hacerse derivar hacia la
Iglesia, y a través de ella hacia el mundo, «la paz como un torrente en
crecida.».

DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Dt 30,10-14; Col 1,15-20; Le 10,25-37

l. «Anda, haz tú lo miJmo». La parábola del buen samaritano es


aparentemente una historia en la que Jesús no aparece. Y sin embargo

269
Luz de la Palabra

lleva claramente su marca; nadie más que él podía contarla en estos


términos: que los que debían practicar la misericordia, el sacerdote y
el levita, se muestren indiferentes y pasen de largo, y que sea precisa-
mente el extranjero el que tenga compasión del malherido «medio
muerto», lo cure, le vende las h.eridas, lo cuide y, tras su marcha, siga
preocupándose de él. Sólo Jesús puede contar esto así, pero no por sus
sentimientos humanitarios, sino porque lo que hace el extranjero con
el malherido, él mismo lo ha hecho por todos más allá de toda medi-
da. El samaritano es un pseudónimo de Jesús, y cuando se dice al
letrado: «Haz tú los mismo», se le está invitando a imitar a Cristo.
Un humanista habría hecho algo a medio camino entre la omisión
descarada de los dos primeros y la maravillosa obra de misericordia
del tercero: qui:zá se habría dirigido a un puesto de guardia de los
samaritanos, habría dado su informe y después habría proseguido su
camino. En la sobreabundancia de la obra de misericordia se encuen-
tra el sello de Cristo, algo que remite a la respuesta que Jesús había
dado cuando se le preguntó <¡ué hay que hacer para heredar la vida
eterna: «Amarás con todo tu corazón», no sólo a Dios, sino también al
prójimo.

2. «Por él q1tiso Dios reconciliar consigo todos los seres». Jesús, que se
oculta tras el extranjero de la parábola del evangelio, es en la segunda
lectura «el primogénito» en el que «se mantiene» toda la creación.
Sin este primogénito, sin este arquetipo, no habría creación alguna.
La creación sólo existe porque «en él quiso Dios que residiera toda
plenitud y por él quiso reconciliar consigo todos los seres», eliminar
todas las disonancias existentes en el mundo, hacer coincidir a todos
los contrarios que pugnan entre sí en su paz, lograda «por la sangre
de su cruz». También la injusticia social de la que se habla en la pará-
bola, que un hombre esté malherido en medio del camino, que las
clases altas de la sociedad, los acomodados espiritual y corporalmente,
pasen de largo sin hacer nada, t:ambién esto es expiado y reconciliado
en la obra del Buen Samaritano, que ha derramado su sangre por el
mundo. Por lo demás, no conviene olvidar las palabras del final:
«Anda, haz tú lo mismo». Pero antes de esta acción, está la obra uni-
versal de reconciliación realizada por Jesús, y antes de ésta, su elección
como fundamento y arquetipo de la creación entera. la cadena entre
estos tres eslabones es irrompible.

270
CicloC

3. «El mandamiento está "u,y cerca de ti». Es precisamente esto lo


que inculca ya la Antigua Alianza en la primera lectura, suprimiendo
la aparente distancia entre Dios con su mandamiento y el hombre,
que debe escucharlo y cumplirlo. La disculpa es tan fácil: el manda-
miento del cielo es demasiado elevado, no es aplicable en la vida coti-
diana, está demasiado lejos, más allá del mar, sólo pueden ponerlo en
práctica los emigrantes y algunos ascetas especiales. No, porque todas
las cosas tienen en Cristo su consistencia, el mandamiento está muy
cerca de ti: tu conciencia puede percibirlo, está en tu espíritu, puedes
comprenderlo, meditarlo, aplicarlo. Si el Logos es el arquetipo de
todos los seres, entonces tú eres su imagen, llevas su impronta en ti.
El humanismo no niega la posibilidad de poseer esta ley primordial y
de obedecer su imperativo; únicamente no ve que el hombre no es
más que expresión y no el sello mismo, y que hay que mirár a este
último para saber hasta dónde llega el deber del amor.

DECIMOSEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Gn 18,1-JOa; Cr>I 1,24-28; Le 10,38-42

l. "No pa.1es de largo junto a 111 Iiervo». La hospitalidad es una ley


suprema en los pueblos sencillos, y Abrahán la practica de la manera
más generosa y solemne con los tres caminantes extranjeros, como se
narra en la primera lectura. Prepara un banquete para ellos, como si
barruntara que en estos extranjeros le visitaba un poder supraterrenal.
Aunque son tres, Abrahán les h.abla en singular. Dios se le aparece en
una pluralidad para él incomprensible (posteriormente, cuando Dios
va a Sodoma, se habla de dos ángeles: Gn 19,1). El cornportamie11to
de Abrahán con respecto a Dios es aquí el preludio de la promesa
divina de que Sara tendrá un hijo antes de un año.

2. En el evangelio la cosa cambia: «Sólo urza cosa es necesaria».


Aquí no es la solícita hospitalidad de Marta lo que está en primer
lugar, sino la palabra de Dios que sale de la boca de Jesús. Ninguna
acción que pueda realizar el h.ombre para agradar a Dios merece el
don de esta palabra; ésta es dada gratuitamente a María porque está
abierta a ella y puede escucharla. Sería absurdo invertir este sentido
evidente del relato y atribuir a la criticada Marta una perfección

271
Luz de la Palabra

superior porque sabe estar «in accione contemplativa». El hombre


no puede actuar correctamente, si antes no ha escuchado la palabra
de Dios; eso es precisamente lo que se puede reconocer incluso en el
episodio de Abrahán en el encinar de Mambré, pues la historia
había comenzado con la escucha obediente de la palabra de Dios. Ya
en la Antigua Alianza todo comienza con el «Escucha, Israel». La
acción debe después corresponder a esa escucha; a ninguna ortopra-
xis le está permitido imaginar que puede sustituir a la ortodoxia o
producirla a partir de sí misma. La praxis de María se demostrará
como la correcta en el último convite de Betania, cuando unge a
Jesús para su sepultura; su acción será defendida por el Señor contra
todos los ataques y propuesta como modelo para toda la historia de
la Iglesia.

3. «Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria». También en la


Iglesia la palabra de la predicación debe preceder a la praxis, como
muestra la segunda lectura. «¿Cómo van a creer si no oyen hablar de
él?, y ¿cómo van a oír sin alguien que proclame?» (Rm l O, 14). La
obra suprema de Dios, la entrega de su Hijo por nosotros, es la quin-
taesencia de la palabra que nos dirige. Y percibir la palabra de este
Hijo como acción de Dios significa entrar en esa acción. Por eso el
apóstol puede atreverse a escribir estas palabras: «Así completo en mi
carne [lo que falta a] los dolores de Cristo». En la medida en que
Cristo como cabeza ha sufrido por todo su cuerpo, a este sufrimiento
no le falta nada; pero en la medida en que Cristo es «cabeza y cuer-
po», el cuerpo debe participar en la pasión de Cristo. La «comunión
en Cristo», en la que el apóstol quiere introducir mediante su predi-
cación a todos los hombres, incluidos los paganos, exige algo más que
la distancia entre el que habla y el que escucha, exige la acción
común.

DECIMOSEPTIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Gn 18,20-32; Col 2,12-14; Le 11,1-13

1. «¿ Es que vas a de.rtruir al inocente con el culpable?». La intercesión


de Abrahán por los justos de Sodoma, cal y como se cuenta en la pri-
mera lectura, es el primer gran ejemplo y el modelo permanente de

272
CidoC

toda oración de petición. Es insistente y humilde a la vez. Cada vez va


un poco más lejos: desde los cincuenta inoceotes que bastarían para
impedir la destro.cción de la ciudad, hasta cuarenta y cinco, cuarenta,
treinta, veinte, diez. Semejante descripción sólo puede entenderse
-aunque al final la súplica no pueda ser escuchada, pues ni siquiera
hay diez justos en Sodoma- corno un estímulo del todo singular para
animar al creyente a penetrar en el corazón de Dios hasta que la com-
pasión que hay en él comience a brotar. Ejemplos posteriores, sobre
todo cuando Dios escucha las súplicas de Moisés, lo confirman.
Cuando Dios se compromete en una alian:za. con los hombres, quiere
comportarse como un amig> y no como un déspota; quiere dejarse
determinar, humanamente se puede decir qu.equiere que el hombre le
haga «cambiar de opinión» , como las oraciones de súplica veterotesta-
mentarias mitiga.o muy a menudo la ira de Yahvé. El hombre que está
en alianza con Dios tiene poler sobre su coruón.

2. «Perdónauos nttestros jecado.r». En el evangelio Jesús se dirige a


Dios con la seguridad del q11e sabe que el Fadre le «escucha siempre»
Qn 11,42). Y, como está en oración, sus discípu.los le piden que les
enseñe a orar. Jesús les enseña su propia oración, el Padrenuestro, y
además les cuenca la parábola del hombre que despierta a su amigo a
medianoche pa1a pedirle q11e le preste tres panes. En la parábola el
hombre tiene q11e ini.istir hasta llegar a ser importuno para obtener lo
que desea. Con Dios en realidad sobra la indiscreción, pero se ex:ige la
constancia en la oración, en la búsqueda: hay que llamar a la puerta
para que Dios Fadre abra a sus criaturas. Dios no duerme, esta siem-
pre dispuesto a «dar su. Espíritu Santo a los que se lo piden», pero no
arroja sus preciosos dones a los que no los <lesean o sólo los demandan
con tibieza y negligencia. lo que Dios da es su propio amor inflama-
do, y éste sólo puede ser recibido por aquellos que tienen verdadera
hambre de él. Fedir a Dios cosas que por su esencia El no puede dar
(un «escorpión», una «serpiente») es un sinsentido; pero toda oración
que es según s11 voluntad r sus sentimientos, El la escucha, incluso
infaliblemente, incl11.so innediatamente, a11.nque no lo advirtamos en
nuestro tiempo pasajero. ~cualquier cosa que pidáis en la oración,
creed que os la han concedido, y la obtendréis» (Me 11,24). «Si le
pedirnos algo según su vol1mtad, nos escucha. Y si sabemos que nos
escucha en lo c:¡ue le pedimos, sabemos c¡ue tenemos conseguido lo
que le hayamos pedido» (1 Jn 5, 14s).

273
Luz de la Palabra

3. « Dios os dio vida en Cristo». La segunda lectura nos indica la


condición para esta esperanza casi temeraria. Esta condición es que
hayamos sido sepultados junto con Cristo en el bautismo y hayamos
resucitado con él en Pascua mediante la fe en la fuerza de Dios. De
este modo entre Dios, el Señor de la alianza, y nosotros, sus socios, se
establece una relación directa e inmediata que elimina todos los
impedimentos -nuestros pecados, los pagarés de nuestra deuda y las
acusaciones que pesan sobre nosotros-. La cruz de Cristo quita todo
esto de en medio; ella es la que ha «derribado el muro separador del
odio», laque ha traído «la paz» (Ef2,14-16).

DECIMOCTAVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Qo 1,2; 2,21-23; Col 3,1-5.9-11; Le 12,13-21

l. «Lo que has acumulado, c·de quién será?». Jesús distingue en el


evangelio entre ser y tener. El ser es la vida y la existencia del hom-
bre, el tener son las posesiones grandes o pequeñas que le permiten
seguir viviendo. La advertencia de Jesús consiste simplemente en que
el hombre no debe convertir el medio en el fin, ni identificar el signi-
ficado de su ser con el aumento de sus medios. Lo absurdo de esta
identificación salta a la vista cuando se considera no sólo la muerte
del hombre, sino que éste debe responder de su vida ante Dios.
Aunque esto no está todavía claro en el paralelo veterotestarnemario,
y aunque Jesús plantea la pregunta: «Lo que has acumulado (cuando
mueras), ¿de quién será?», esta cuestión no constituye el centro para
él, sino esta otra: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla
y la carcoma los roen ... Amontonad tesoros en el cielo» (Mt 6,19s).
Por tanto sabemos que ante Dios lo importante no será la cantidad
del tener sino la calidad del ser (cfr. 1 Co 3,11-1S). Esto se hace evi-
dente sobre todo mediante la palabrita «sí». El que quiere tener,
amontona riquezas «para sí»; el que tiene un ser de gran valor, renun-
cia a este «para sí» y piensa en su ser junto a Dios. Dios es el tesoro.
«Donde está tu tesoro, allí está tu corazón» (Mt 6,21). Si Dios es
nuestro tesoro, entonces debemos estar íntirnamente convencidos de
que la riqueza infinita de Dios consiste en su entrega y autoenajena-
ción, es decir, en lo contrario de la voluntad de tener.

274
Ciclo C

2. «Todo eJ vaciedad». Qohelet nos hace comprender ya en la pri-


mera lectura lo absurdo que es que los bienes que un hombre ha con-
seguido con su habilidad y acieno puedan ser heredados a su muerte
por un holgazán. De este modo en el esfuerzo permanente por los bie-
nes pasajeros hay como una especie de contradicción que se renueva
en cada generación siguiente, mostrando así claramente la vanidad de
tocia voluntad terrena de tener.

3. La segunda lectura saca la conclusión general: «Aspind a los


bienes de ª"iba, no a los de la tierra». Pero lo celeste no son los tesoros,
los méritos o las recompensas que nosotros hemos acumulado en el
cielo, sino simplemente «Cristo». El es «nuestra vida», la verdad de
nuestro ser, pues todo lo que somos en Dios y para Dios se lo debemos
sólo a él, lo somos precisamente en él, «en quien están encerrados
todos los tesoros» (Col 2,3). «Dejaos construir» sobre él, nos aconseja
el apóstol (ibid. 7), aunque con ello el sentido esencial de nuestra vida
permanezca oculto para los ojos del mundo. Debemos «dar muerte» a
tocias las formas de la voluntad de tener enumeradas por el apóstol, y
que no son sino diversas variantes de la concupiscencia, por mor del
ser en Cristo; y esta muene es en verdad un nacimiento: un «revestir-
nos de una nueva condición», un llegar a ser hombres nuevos. En esta
nueva condición desaparecen las divisiones que limitan el ser del
hombre en la tierra («esclavos o libres»), mientras que todo lo valioso
que tenemos en nuestra singularidad (Pablo lo llama carisma) contri-
buye a la formación de la plenitud definitiva de Cristo (Ef 4,11-16).

DECIMONOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 18,6-9; Hb 11,1-2.8-19; Le 12,32-48

Todos los textos de esta celebración nos exigen vivir en tensión, en


movimiento (éxodo), desinstalados, en estado de peregrinación; en
una palabra: vivir en vela, en vela en razón de la fe, en razón de la pro-
mesa de Dios, en razón de las cuentas que habremos de rendir pronto.

l. «La fe es seguridad de lo que se espera». La segunda lectura llama


a esta existencia desinstalada simplemente «fe». La fe se apoya en una
palabra recibida de Dios que anuncia una realidad invisible y futura.

275
Luz de la Palabra

Esto se muestra en la existencia de Israel, que comienza con el éxodo


de Abrahán y se continúa a través de los siglos; esta fe puede ser some-
tida a duras pruebas, como cuando se exige a Abrahán que sacrifique a
su hijo, como demuestra también el hecho de que todos los represen-
tantes de la Antigua Alianza «murieron sin haber recibido la tierra
prometida». Estos aprendieron casi más drásticamente que los cristia-
nos lo que significa vivir «como huéspedes y peregrinos en la tierra», y
buscar una patria que está más allá de toda su existencia perecedera.
Porque en el destino de Jesús y en la recepción del Espíritu Santo los
cristianos no solamente «han visto y saludado de lejos» la patria celes-
te, sino que, como dice Juan, «han oído, visto y palpado la Palabra que
es la vida eterna», y según Pablo han recibido el Espíritu Santo como
arras, como prenda o garantía de lo que esperan, por lo que pueden y
deben ir al encuentro del cumplimiento de la promesa con mayor
seguridad, y por ello también con mayor responsabilidad.

2. «La noche de la liberación se les anunció de antemano». La primera


lectura muestra que ya en la Antigua Alianza la fe no estaba despro-
vista de toda garantía: hubo anuncios que se cumplieron, como el de
la noche de la comida pascual o la promesa de Dios al rey David,
como la predicción de los profetas sobre el exilio y su duración. Todo
hombre atento recibe tales signos: Dios le muestra así que está en el
buen camino; si exige de él la fe, Dios no le deja en la incertidumbre,
aunque a veces sea sometido a una dura prueba como Abrahán o algu-
nos profetas, pues en último término su fe no puede apoyarse sobre
signos y milagros, sino sobre la fidelidad de Dios, que mantiene su
palabra de un modo inquebrantable.

3. «Al que m11cho se le dio, mucho se le exigirá». En el evangelio apa-


recen múltiples variantes de la exigencia dirigida a los cristianos de
vivir siempre preparados, en vela. Y esto tanto más cuanto mayores
sean los dones y tareas que Dios les ha dado y encomendado. Las tare-
as encomendadas por Dios se cumplen de la mejor manera cuando el
criado no pierde de vista que en cualquier momento puede ser llama-
do a rendir cuentas; por tanto, cuando cada uno de sus momentos
temporales es inmediatamente vivido y configurado de cara a la eter-
nidad. Si el cristiano olvida esta inmediatez, olvida también el conte-
nido de su tarea terrena y de la justicia que ésta implica («empieza a
pegarles a los mozos y a las muchachas»); ahora queda claro que el

276
CicloC

cristiano no practicará esta justicia, si no es capaz de mirar más allá


del mundo para poner sus ojos en las exigencias de la justicia eterna,
que no es una rnera «idea», sino el Señor viviente cuya aparición espe-
ra toda la historia del mundo.

VIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

jr 38,4-6.8-10; Hb 12,1-4; Le 12,49-53

l. «No paz, Jirzo división». El fuego que según el evangelio Jesús


ha venido a prender en el mundo, es el fuego del amor divino que
debe alcanzar a los hombres. A partir de la cruz, su terrible bautismo,
comenzará a arder. Pero no todos se dejaran inflamar por la exigencia
absoluta e incondicional de este fuego, de manera que aquel amor,
que querría y podría conducir a los hombres a la unidad, los divide a
causa de su resistencia. Más clara e inexorablemente que anees de
Cristo, la humanidad entera se dividirá en dos reinos, bloques o
Estados, lo que Agustín designa como la «ciudad de Dios», dominada
por el amor, y la «ciudad de este mundo», dominada por la concupis-
cencia. Jesús muestra que la división rompe los vínculos familiares
más íntimos y, según la descripción de Pablo, a menudo atraviesa
incluso los corazones de los hombres, donde la carne lucha contra el
espíritu (Ga 5 ,17), y el «hombre desgraciado» «no hace lo que quiere,
sino lo que (en el fondo) detesta» (Rm 7 ,15). Pero esto no es para
Jesús ni para Pablo una trágica fatalidad, sino una lucha que ha de
mantenerse hasta la victoria final: porque el amor y el odio no son dos
principios igualmente eternos (como pensaban los maniqueos), sino
porque nosotros podemos «vencer al mal a fuerza de bien» (Rm
12 ,21 ), para lo cual se nos da la fuerza de la gracia de Dios.

2. «Jeremías u hundió en el lodo». La lucha es dura, porque el


«reino de este mundo» está lleno de crueldad. La guerra, la tortura y
las múltiples formas de crueldad han reinado en el mundo desde
siempre, y parece como si hubieran aumentado más aún a raíz de la
aparición de Cristo, el «príncipe de la paz». Jesús divide y agrava las
oposiciones. Lo que le sucede a Jeremías en la primera lectura no es
más que un ejemplo de las innumerables atrocidades que se cometen

277
Luz de la Palabra

en el mundo, a veces también en nombre de la religión. El profeta es


sometido a semejante tortura, que según las intenciones de sus auto-
res debería haberlo matado, a causa de la palabra de Dios que se opo-
nía al ciego deseo de guerra de Israel. Los hombres piadosos piden a
Dios en los salmos con bastante frecuencia que los libre del lodo en el
que se encuentran hundidos (Sal 40,3; 69,15) y Job se compara a sí
mismo con este lodo (10,9; 13,12 etc.). Pablo dice que ha sido relega-
do al último lugar y considerado como «la basura del mundo» (1 Co
4,9.13).

3. «Sin miedo a la ignominia». En esta «pelea» de la que habla


también la segunda lectura, y de la que el cristiano siente la tentación
de retirarse, sólo importa una cosa: tener «fijos los ojos en el que ini-
ció y completa nuestra fe», recordando «al que soportó la oposición
de los pecadores». Innumerables hombres, «una nube ingente de
espectadores», de testigos de la fe, han hecho esto antes que nosotros
y han sido puestos a prueba, a menudo más duramente, llegando
incluso a derramar su «sangre». Jesús ha tomado sobre sí abundante-
mente la ignominia del mundo, todo su viacrucis estuvo acompañado
del escarnio y del desprecio. Fue precisamente a través de este fango
de la ignominia como él llegó a sentarse «a la derecha del Padre». El
que contempla este ejemplo se avergonzará de permanecer tan lejos de
él en lo que a la ignominia se refiere.

VIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

!J 66,18-21; Hb 12,5-7.11-13; Le 13,22-30

1. «De entre el/01 eJcogeré .sacerdotes y levitas». La profecía del final


del libro de Isaías (primera lectura) dice al pueblo de Israel con toda
claridad que Dios llamará también a hombres de países lejanos, que
« nunca oyeron su fama», y de entre ellos escogerá a algunos como
sacerdotes y servidores particulares. Para Israel es una tarea sumamen-
te difícil saberse el pueblo elegido y a la vez tener que relativizarse
hasta el punto de tener que admitir esto: la misma elección afectará a
otros cuando llegue el momento, un momento que sólo Dios conoce.
Estos otros, que en general eran considerados por Israel como enemi-
gos de Dios, son ahora llamados por Dios «vuestros hermanos». Los

278
Ciclo C

sacrificios que ellos ofrecerán en el templo del Señor no están mancha-


dos ni carecen de valor (corno los sacrificios paganos), pues traen
ofrendas «en vasijas puras». ¿Cómo se comportará Israel con respecto
a esta promesa?

2. «No sé quiérleJ sois». El evangelio da respuesta a esta cuestión,


pues se dirige ante todo a ese Israel que no quiere admitir la amplia-
ción anunciada por el profeta. Que desconocidos «de Oriente y
Occidente, del Norte y del Sur», vengan «a sentarse a la mesa en el
reino de Dios» con los patriarcas de Israel, es algo tan insoportable
para los interlocutores de Jesús que éstos, con «rechinar de dientes»,
pasan a convertirse en «últimos», aunque eran los «primeros», e
incluso ya no se les permite entrar. Tienen que reconocer que se com-
portaron como auténticos «malvados» cuando se empecinaron en su
presunta prerrogativa mientras comían y bebían con Jesús y éste
«enseñaba en sus plazas». Las duras palabras que oyen por boca de
Jesús son palabras de advertencia, de aviso, pero sólo pueden provenir
de su amor. Y aunque al final se les dice que serán «los últimos»,
conviene no olvidar que este último puesto (como confirman
muchas profecías: Ez 16,63) es ciertamente el lugar de la vergüenza,
pero no el de la desesperación. Hay una esperanza para todo Israel
(Rm 11,26).

3. «El Señor reprende a los que ama». La segunda lectura, que habla
de la reprensión de Dios, de la corrección que procede del amor, se
dirige ciertamente primero a los cristianos. Estos deben sentirse
igualmente interpelados por las advertencias del evangelio. Pues tam-
bién ellos pueden, como los judíos, alardear de su elección y de sus
presuntas prerrogativas, y por eso precisamente pueden quedarse fuera
y ser relegados al último puesto. Por ello han de recordar que no
deben entender la corrección simplemente como un castigo en su
vida, sino como un necesario instrumento pedagógico que quiere con-
ferir a su fe y a su vida relajadas un nuevo vigor cristiano. Pero tam-
bién el Israel posccristiano debería recordar estas palabras a propósito
de la corrección, que ya le fueron dichas en la Escritura de la Antigua
Alianza (Pr 3,11-12). Si es verdad que los dones y las llamadas de
Dios son irrevocables (Rm 11,29), entonces la larga pasión de Israel
no puede ser más que un acontecimiento histórico dentro de su
elección.

279
Luz de la Palabra

VIGESIMO SEGUNDO OOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Si 3, 17-18.20.28-29; Rh 12, 18-19.22-24a; Le 14,1. 7-14

l. «En el último p11esto». Se podría decir que el evangelio de hoy


trata de la humildad. Pero es difícil definir la humildad como virtud.
En realidad no se debe aspirar a ella, porque entonces se querría ser
algo; no se la puede ejercitar, porque entonces se querría llegar a algo.
Los que la poseen no pueden ni saber ni constatar que la tienen.
Simplemente se puede decir negativamente: el hombre no debe pre-
tender nada para sí mismo. Por eso no debe ponerse por propia inicia-
tiva en el primer puesto, donde se le ve, se le considera y se le aprecia
y agasaja sobremanera; tampoco debe calcular a quiénes debe invitar a
comer para que le inviten después a él. Si se pone en el último puesto,
no es para ser tenido por humilde, y si se le dice que suba más arriba,
no se alegra por él, sino porque ve la benevolencia de su anfitrión. No
se valora a sí mismo, porque no le interesa el rango que ocupa entre
los hombres. Y si el Señor le dice que su actitud se verá recompensada
«cuando resuciten los justos», probablemente para él esto sólo signifi-
cará que se le promete que estará cerca de Dios. Pues sólo esto le preo-
cupa: que Dios está infinitamente por encima de él en bondad, poder
y majestad.

2. OJ hahéis acercado a la •ciudad del Dios vivo». La segunda lectura


le asegura que pertenece ya a la «ciudad del Dios vivo», donde habi-
tan innumerables ángeles, primogénitos, justos, por encima de los
cuales se eleva Dios, el «jue2 de todos», y «Jesús, el mediador de la
Nueva Alianza». Se alegra de pertenecer a esta ciudad y comprende
que es una gracia de Dios poder estar en tan grata compañía, poder
vivir en una sociedad congregada en torno a Dios. No se pregunta si
es digno o indigno de pertenecer a ella, al igual que un niño tampoco
se pregunta si es digno o no de participar en un banquete de adultos;
simplemente goza con las cosas buenas que se le ofrecen y con la com-
pañía de que disfruta. Es en esto un modelo para nosotros, hijos de
Dios, a los que les ha tocado en suerte algo tan hermoso.
Naturalmente, sin haberlo «rnerecido»: pues ¿en virtud de qué hubié-
ramos podido «merecerlo» l Pero nos encontramos muy bien en
semejante compañía y no tenernos necesidad de sentirnos «forasteros»
en ella.

280
Ciclo e

3. «Los humildes glorifican al Dios vivo». Esto lo sabe ya el antiguo


sabio (texto de la primera lectura según la Biblia de Zurich). Dios es
honrado solamente por aquellos que no se dan irnponancia; porque
tampoco Dios se da imponancia: simplemente es el que es, el Señor,
el Poderoso. Es El el que distribuye todas las cosas buenas, todos los
dones, y el hombre no debe comportarse ante El como el «magnáni-
mo» que reparte sus dones. El hombre humilde puede haber recibido
rnuchos bienes, puede incluso ser considerado como una persona
importante por los demás hombres; pero él sabe que todo lo que tiene
se lo debe al único que de verdad es «Magnánimo». Es todo oídos
para la sabiduría de Dios, pues goza con ella y se olvida de sí mismo.

VIGESIMO TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 9, 13-19; Flrn 9b-10.12-17; Le 14,25-33

l. «El que no renuncia tt todos sus bienes... ». Esto es lo que Jesús


exige en el evangelio cuando alguien quiere ser discípulo suyo.
Bienes en este contexto son también las relaciones con los demás
hombres, incluidos los parientes y la propia familia. Y Jesús utiliza
la palabra «odiar», un término ciertamente duro que adquiere toda
su significación allí donde algún semejante impide la relación inme-
diata del discípulo con el maestro o la pone en cuestión. Jesús exige,
por ser el representante de Dios Padre en la tierra, aquel amor indi-
viso que la ley antigua reclamaba para Dios: «con todo el corazón,
con todas las fuerzas». Nada puede competir con Dios, y Jesús es la
visibilidad del Padre. El que ha renunciado a todo por Dios está más
allá de todo cálculo. El hombre tiene que deliberar y calcular sólo
mientras aspira a un compromiso. Si fija la mirada en este compro-
miso, no terminará su construcción, no ganará su guerra. Jesús plan-
tea esta escandalosa exigencia a una gran multitud de gente que le
sigue externamente: ¿pero quién en esta gran masa está dispuesto a
cargar con su cruz detrás de Jesús? (Los romanos habían crucificado a
rniles de judíos revoltosos, todo el mundo podía entender lo que sig-
nificaba la cruz: disponibilidad para una muerte ignominiosa en la
desnudez más completa). Jesús había renunciado a todo: a sus parien-
tes, a su madre; no tiene dónde reclinar la cabeza. El mismo tendrá
que «llevar a cuestas su cru.z» 0n 19,17). Sólo el que lo ha dejado

281
Luz de la Palabra

todo puede --en la misión recibida de Dios- recibirlo, «con perse-


cuciones» (Me 10,30).

2. «Me harás este favor con toda lihertad». En la segunda lectura


Pablo intenta educar a su hermano Filemón en este desprendimiento,
en esta renuncia a todo lo propio, un desasimiento que no sólo es
compatible con el amor puro, sino que coincide con él. Cuando le
remite al esclavo fugitivo, Pablo hace saber a Filemón que le hubiera
gustado retenerlo a su servicio, pero que deja que sea él, Filemón, el
que tome la decisión; le desliga de su propiedad (el esclavo pertenecía
a Filemón), pero también de todo cálculo (pues no gana nada si se lo
devuelve a Pablo). E incluso le expropia aún más profundamente, al
enviar a Onésimo no como esclavo sino como hermano querido, pues
en eso es en lo que se ha convertido para Pablo; por eso «cuánto más
ha de quererlo» Filemón, y esto tanto «como hombre» (pues el escla-
vo se ha convertido para Filemón mediante el amor de Pablo en un
semejante, en un hermano) como «según el Señor», que es el desasi-
miento por excelencia, superior a todo deseo de poseer.

3. «Se salvarán con la Jahiduría». El mandamiento de Jesús sobre la


perfecta expropiación --con vistas a la pura disponibilidad para Dios-
no es algo que pueda conseguir el hombre con su esfuerzo, es una sabi-
duría (en la primera lectura) que viene dada de lo alto. El que piensa
con categorías puramente intramundanas, tiene que preocuparse de
muchas cosas, porque las cosas terrenales son muy precarias; y esta preo-
cupación le impide divisar el panorama de la despreocupación celeste.
Su obligación de calcular no le permite hacerse una idea de los «planes
de Dios», que se fundamentan siempre en la entrega generosa y no en
cálculos o razonamientos. Sólo «la sabiduría» puede «salvar» al hombre
de esta preocupación que le impide toda visión de las cosas del cielo.

VIGESIMO CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ex 32,7-11.13-14; 1 Tm 1,12-17; Le 15,1-32

l. « Pero Dios tuvo compasión di mí». Todos los textos hablan hoy de
la misericordia de Dios. La misericordia es ya en la Antigua Alianza el
atributo de Dios que da acceso a lo más íntimo de su corazón. En la

282
CicloC

segunda lectura Pablo se muestra como un puro producto de la mise-


ricordia divina, diciendo dos veces: «Dios tuvo compasión de mí», y
esto para que «pudiera ser modelo de todos los que creerán en él»:
«Se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un
blasfemo, un perseguidor y un violento». Y esto por una obcecación
que Dios con su potente luz transformó en una ceguera benigna, para
que después «se le cayeran de los ojos una especie de escamas». Pablo,
para poner de relieve la total paradoja de la misericordia de Dios, se
pone en el último lugar: se designa como «el primero de los pecado-
res», para que aparezca en él «toda la paciencia» de Cristo, y se con-
vierte así en objeto de demostración de la misericordia de Dios en
beneficio de la Iglesia por los siglos de los siglos.

2. « Y bmca con cuidado». El evangelio de hoy cuenta las tres pará-


bolas de la misericordia divina. Dios no es simplemente el Padre
bueno que perdona cuando un pecador se arrepiente y vuelve a casa,
sino que «busca al que se ha perdido hasta que lo encuentra». Así en
la parábola de la oveja y de la dracma perdidas. En la tercera parábola
el padre no espera en casa al hijo pródigo, sino que corre a su encuen-
tro, se le echa al cuello y se pone a besarlo. Que Dios busque al que se
ha perdido, no quiere decir que no sepa dónde se encuentra éste, indi-
ca simplemente que busca los caminos -si alguno de ellos es el ade-
cuado-- en los que el pecador puede encontrar el camino de vuelta.
Tal es el esfuerzo de Dios, que se manifiesta en último término en el
riesgo supremo de entregar a su Hijo por el mundo perdido. Cuando
el Hijo desciende a la más profunda derelicción del pecador, hasta la
pérdida del Padre, se está realizando el esfuerzo más penoso de Dios a
la búsqueda del hombre perdido. «La prueba de que Dios nos ama es
que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros»
(Rm 5,8).

3. Apelación al corazón de Dios. La primera lectura, en la que


Moisés impide que se encienda la ira de Dios contra su pueblo y, por
así decirlo, trata de hacerle cambiar de opinión, parece contradecir en
principio lo dicho hasta ahora. Pero en el fondo no es así. Aunque la
ira de Dios está más que justificada, Moisés apela a los sentimientos
más profundos de Dios, a su fidelidad a los patriarcas y por tanto
también al pueblo, lo que hace que Dios, más allá de su indignación,
reconsidere su actitud en lo más íntimo de su corazón. Moisés apela a

283
Lw de la Palabra

lo más divino que hay en Dios. Este corazón de Dios tampoco dejará
de latir cuando tenga que experimentar que el pueblo prácticamente
ha roto la alianza y tenga que enviarlo al exilio. Ningún destierro de
Israel puede ser definitivo. «Si somos infieles, él permanece fiel, por-
que no puede negarse a sí mismo» (2 Trn 2,13).

VIGESIMO QUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Am 8,4-7; 1 Tm2,l-B;Lc 16,1-13

1. «Compráis por dinero al pobre». En la primera lectura se aborda


el tema del «Mamón injusto» --que se continúa en el evangelio-- de
una manera que toda la injusticia se sitúa no en el dinero mismo, sino
en el uso que los opresores hacen de él. No se trata sólo de ciertas
manipulaciones sin escrúpulos en la vida económica («disminuís la
medida, aumentáis el precio»), sino del fraude manifiesto ( «usáis
balanzas con trampa»), y esto unido a una valoración del pobre como
pura mercancía ( «compráis al mísero por un par de sandalias»). Todo
esto es un atentado contra el mismo centro de la alianza con Dios, que
no sólo condena la mentira y el robo, sino que exige amar al prójimo
como uno se ama a sí mismo. En el pensamiento del mundo de fuera
de la alianza muchos de estos hábitos pueden ser considerados «nor-
males» (aunque también en él los hombres de Estado se hayan preo-
cupado siempre de promover la justicia para todos), y J~sús puede en
el evangelio servirse de estos comportamientos «normales», califica-
dos de «astutos», para su enseñanza.

2. «Los hijos Je este mundo son más t,ututos que los hijos de la luz». El
administrador del evangelio, que ha derrochado los bienes de su rico
señor y al que éste le pide cuentas de su gestión, elige la estafa como
salida «astuta» a su comprometida situación. Para él ésa es la forma
de salir del atolladero en el último momento. Su calculada astucia
consiste en que, cuando se produzca el despido anunciado, espera
encontrar acogida en casa de los deudores a los que ha perdonado
parte de lo que éstos debían su amo. Cristo (el «amo» del versículo 5)
no alaba la estafa, sino la astucia, que en el ámbito mundano (en los
usos de la economía mundial) supera muy a menudo la astucia de los
cristianos, incluso cuando se traca de su ser o no ser. Los cristianos

284
Ciclo e

deberían tomar alguna precaución para que en su día los «reciban en


las moradas eternas», al menos dar limosna, repartir su dinero entre
los necesitados, en vez de esperar como holgazanes a que llegue el jui-
cio y se produzca el eventual despido.
las últimas cuatro sentencias de Jesús sobre Mamón (versículos
10-13) exigen formalidad en las cuestiones monetarias también en la
Iglesia (el dinero confiado a la Iglesia para las buenas obras debe
administrarse concienzudamente), y finalmente una clara decisión:
Dios y el dinero son dos amos que no comparten su soberanía, por lo
que nadie puede pretender servir a los dos a la vez.

3. «Dios quiere que todos los hombres se salven». La segunda lectura


ensancha la perspectiva: la Iglesia debe orar también por el gran ámbito
no-cristiano, pues Dios ha incluido también a ese ámbito en su plan de
salvación. Ella no puede dedicarse a la política, a la economía y a las
cuestiones sociales, pero debe hacer todo lo que esté en su mano para
que la igual dignidad de todos los hombres, proclamada inequívoca-
mente por Cristo, sea reconocida en todos estos ámbitos. Como el plan
divino de salvación incluye a todos los hombres, la Iglesia debe, más
allá de su ámbito propio, preocu.parse de toda la humanidad. Pablo se
denomina aquí «maestro de los paganos»: esto significa no sólo que
pretende convertir a algunos de ellos a la fe, sino qu.e quiere que las
norrnas auténticamente humanas que resplandecen en la Nueva Alianza
sean reconocidas también más allá de las fronteras de la Iglesia.

VIGESIMO SEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Am 6,la.4-7; 1 Tm 6,11-16; Le 16,19-31

l. «Tumbados .sobre /aJ camaJ». De nuevo la primera lectura de


Amós es importante para comprender el evangelio. No solamente se
echan pestes contra las posesiones y las riquezas, sino contra lo que
éstas producen en el hombre con harta frecuencia: sibaritismo, holga-
zanería, borrachera de bienestar sin tener para nada en cuenta la situa-
ción del país (Israel estaba entonces seriamente amenazado, pero «no
os doléis de los desastres de José»). Esta «despreocupación» egoísta y
esta falsa «autoseguridad» son condenadas por el profeta: «Se acabó la
orgía de los disolutos», «irán al destierro» los primeros.

285
Luz de la Palabra

2. «Se murió también el rico y lo enterraron». El evangelio subraya


ante todo la enorme fosa que se abre entre la opulencia de la vida del
rico y la miseria del pobre, que está «echado en el portal», con lo que
ve lo que ocurre dentro de la casa del epulón, sin que nadie se preocu-
pe de sus llagas, excepto los perros sucios y vagabundos que se acercan
a lamérselas. Jesús muestra solamente esto, y por eso no debernos tra-
tar de matizar teológicamente la parábola en ningún sentido (por
ejemplo, en los detalles de la concepción del más allá). Externamente,
esta imagen no parece ir más allá de la de los profetas; pero Jesús, que
definió mucho más concretamente el mandamiento del amor al próji-
mo, lleva el alcance del escandaloso contraste entre pobre y rico
mucho más lejos que la Antigua Alianza: en el más allá esa fosa se
convierte en un abismo definitivo -en un «abismo inmenso que
nadie puede cruzar»- entre el consuelo en el seno de Abrahán y los
tormentos provocados por las llamas del infierno. Ese abismo es tam-
bién infranqueable para Abrahán, y la petición que le hace el epulón
de que mande al pobre Lázaro a casa de su padre para advertir a sus
cinco hermanos, no tiene ningún sentido, porque si no escuchan a
Moisés y a los profetas, ¡cómo van a hacer caso de un pobre hombre!
Esta sencilla parábola no es más que una concreción de unas palabras
de Jesús que quizá nos resulten difíciles de entender: «Dichosos los
pobres. ¡Ay de vosotros, los ricos!» (Le 6,20.24).

3. «Conquista la vida eternt1». La segunda lectura ensancha de nuevo


la perspectiva. Hay dos actitudes radicalmente opuestas; ahora se trata
de adoptar la única correcta, la que salva. Timoteo, el discípulo de Pablo,
ha tomado ya su decisión, y esto públicamente, «ante muchos testigos»,
exactamente lo mismo que hizo Jesús cuando tomó su decisión y dio tes-
timonio de ella ante Pilato y codo el pueblo. Lo que importa de ahora en
adelante es perseverar en la elección que se ha hecho y «conquistar la
vida eterna» por anticipado, aun cuando esca perseverancia exige un
combate permanente, «el buen combate de la fe», que debe llevarse a
cabo «sin mancha ni reproche» como encargo de Cristo y de la Iglesia.
Pero «conquistar la vida eterna» no quiere decir tratar de aferrar o apre-
sar a Dios; la conclusión doxológica es aquí importante: Dios, «que
habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede
ver», sólo puede ser adorad.o, nunca aferrado o conquistado por el hom-
bre. Decidirse por El, dar testimonio de El, significa por el contrario que
se ha sido aferrado por él y que se cumple su encargo.

286
Ciclo e

VIGESIMO SEPTIMO OOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ha 1,2-3; 2,2-4; 2 Tm J,6-8.13-14; Le 17,5-10

l. «¿Por qué me haceJ ver desgracias?». Para el profeta de la primera


lectura la situación del mundo ya no puede soportarse más: ¡violencia,
ultraje, opresión por todas partes! No comprende que Dios pueda ser
aquí un mero espectador. El hombre por si solo no puede remediar la
situación del mundo, Dios debería intervenir o al menos ayudar a
mejorar las relaciones sociales. la respuesta de Dios es ciertamente de
un tenor claramente veterocestamentario: ten paciencia, pronto llega-
rá la salvación mesiánica: «Ha de llegar sin retrasarse». En lo esencial
ésta será también la respuesta neocestamentaria, por ejemplo en el
Apocalipsis, donde el hombre ya no puede resistir más en la lucha
contra los poderes infernales y diabólicos y grita a Dios: «¡Ven!», y el
Señor responde: «Sí, voy a llegar en seguida» (Ap 22, 17 .20). Pero hay
una diferencia: en la Nueva Alianza el cristiano no solamente espera
(«espera, porque ha de llegar»), sino que lucha junto con el Cordero y
cabalga con él en medio de la batalla (Ap 19,14), donde sucumbir
aparentemente con el Cordero puede ser ya una forma de triunfo.

2. «Dios no nos ha dado un espíritu cobarde». La segunda lectura


alude a esto. El elegido debe acordarse del Espíritu que le ha sido
conferido con la imposición de manos. Debe «avivar» en sí el fuego
que quizá sólo arde tímidamente, porque es un «Espíritu de ener-
gía, amor y buen juicio». En estas tres palabras podemos ver tres
realidades que se implican mutuamente: la fuerza se encuentra pre-
cisamente en el amor, que no es extático, sino sensato y prudente
para luchar contra los poderes antidivinos; esta fuerza del amor es el
arma del cristiano. Esto se inculca una vez más: hay que trabajar por
el Evangelio según las fuerzas que nos ha conferido el Espíritu, hay
que «permanecer» en el «amor» que se nos ha dado, y todo ello con-
forme al ejemplo de los santos, que incluso en prisión tuvieron fuer-
za para sufrir por el Evangelio; éste precisamente puede ser el «buen
combate» (2 Tm 4,7), el más fecundo, porque se libra junto con el
Cordero.

3. «Prepárame dt cenar». El evangelio lo aclara aún más: creer no


es sentarse a esperar hasta que venga el Señor y nos sirva con su gra-

287
Luz de la Palabn

cia, sino que la fe obtiene su inconcebible eficacia (arrancar el árbol


de raíz y trasplantarlo al mar) en el servicio al Señor, que se ha con-
vertido en el servidor de todos nosotros y que no puede soportar que
nos dejemos servir por él sin hacer nosotros nada (sola fides), sino que
considera como algo natural que sirvamos junto con él; y esto signifi-
ca en realidad que hay servirle «porque donde estoy yo, allí estará
también mi servidor» On 12,26), y esto sin llegar a pensar orgullosa-
mente que mi servicio será sumamente útil para el Señor (sin mí el
Señor no podría hacer nada), sino justamente al contrario: en la
humildad del que sabe que sin Jesús «no podéis hacer nada» On
15,5). Como él ha hecho ya todo por nosotros, la única manera de
valorarnos correctarnente a nosotros mismos es la que el propio Señor
nos recomendó: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que
teníamos que hacer».

VIGESIMO OCT..AVO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

2 R 5, 14-17; 2 Tm 2,8-13; Le 17, 11-19

l. «¿DóndeeJtán los otros nueve?». Diez leprosos son curados por el


Señor en el evangelio mientras van de camino a presentarse a los
sacerdotes por orden de Jesús. Los sacerdotes tenían la obligación de
declarar impuros a los leprosos (Lv 13,11-12), pero también la de
constatar su eventual curación y anular el veredicto de impureza (ibid.
16). Está claro que es únicamente Jesús el que opera el milagro, que
se produce mientras los leprosos van a presentarse a los sacerdotes.
Pero para los judíos enfermos el rito litúrgico prescrito en la ley es tan
decisivo que atribuyen toda la gracia de la curación a la ceremonia
prescrita. Exactamente igual que algunos cristianos, que consideran
que «practicar» es el auténtico centro de la religión y olvidan comple-
tamente la gracia recibida de Dios, que es el punto de partida y la
meta de la «marcha de la Iglesia». El fin desaparece en el medio, que
a menudo apenas tiene ya algo que ver con lo genuinamente cristiano
y que es pura costumbre, mera tradición rutinaria. Tendrá que ser un
«extranjero» (un samaritano), es decir, alguien no familiarizado con
la tradición, el que perciba la gracia como tal mientras va de ca-
mino hacia la «autoridad sanitaria» y vuelva a dar las gncias al lugar
adecuado.

288
Ciclo e

2. «Acepta un pre1ente de tu servidor». En el paralelo veterotesta-


mencario de la primera lectura se describe anteriormente (cfr. versícu-
los 1-13) el enfado de Naamán el sirio, que se niega a obedecer la
orden de Eliseo de bañarse siete veces en el Jordán para curarse de la
lepra. ¿Es que no hay ríos suficientes en nuestra tierra? Sus siervos tie-
nen que aconsejarle que obedezca al profeta. El sirio obedece finalmen-
te y queda curado: no propiamente por su fe, sino en virtud de su obe-
diencia. El agraciado se llena entonces de admiración y rebosa gratitud
por codas parces. Quiere mostrarse agradecido con regalos, pero el pro-
feta no acepta nada, está simplemente de «servicio». Entonces se pro-
duce la segunda curación del sirio, ésta totalmente interior: se llena
nuevamente de admiración, pero esta vez no por el poder que el profe-
ta tiene de hacer milagros, sino por la fuerza del propio Dios. En lo
sucesivo quiere adorar exclusivamente a este Dios, sobre la misma cie-
rra del país que pertenece a este Dios y que se lleva consigo. Se precisa
una distancia con respecto a los hábitos religiosos para experimentar lo
que es un milagro y demostrar la gratitud que se debe a Dios por él.
Jesús lo había dicho ya claramente en su discurso programático de
Nazaret (Le 4,25-27).

3. «Mi evangelio, por el que 111/ro». La segunda lectura muestra


que el verdadero cristianismo, tras su degeneración espiritualmente
mortífera en mera tradición, tiene la forma vivificante del martirio,
que es una confesión de fe (no necesariamente cruenta) mediante el
sufrimiento. Aquí se sufre «por los elegidos», para que éstos, a pesar
de su indolencia, «alcancen su salvación» en Cristo y la «gloria eter-
na». No podemos contentarnos simplemente con el último versículo
de este pequeño himno que cierra la lectura: «Si somos infieles, él
permanece fiel» --esta idea, justa por lo demás, puede convertirse
en una cómoda poltrona-, sino que hay que tomar igualmente en
serio el versículo anterior: «Si lo negamos, también él nos negará».
Si tratamos a Dios como si fuera u.na especie de autómata religioso,
El se encargará de demostrarnos que no es eso, sino que es el Dios
libre, vivo, y también la Palabra eterna, que se manifiesta libremen-
te y no está encadenada, cuando nosotros, por el contrario, «lleva-
mos cadenas como malhechores». Sólo «si morimos con él, vivire-
mos con él».

289
Luz de la Palabra

VIGESIM0 NOVENO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Ex 17,8-13; 2 Tm 3,14-4,2; Le 18,1-8

l. «Fijao.s en Jo que dice el juez injuJto». A menudo, como ocurre en


el evangelio de hoy, Jesús toma como punto de partida en sus parábo-
las situaciones inmorales tal y como las que se dan en el mundo
-aquí el juez injusto, en otros lugares el administrador astuto, el
hijo pródigo, el rico necio, el rico epulón, los obreros de la viña-, lo
que le permite, a partir de situaciones familiares para sus oyentes, ele-
varse hacia las leyes del reino de los cielos. El punto de comparación
es aquí (corno en la parábola del amigo importuno que llama a media
noche) la insistencia de la súplica importuna, que no injusta. Si esto
hacen los malos ... , ¿qué no hará el Dios bueno? Jesús quiere hacérnos-
lo comprender claramente: Dios quiere hacerse de rogar, quiere inclu-
so dejarse importunar por el hombre. Si Dios da libertad al hombre y
hace incluso un pacto con él, entonces no solamente respeta su liber-
tad, sino que incluso se ha unido a su partner en la alianza, sin perder
por ello su libertad divina: dará siempre al que pide lo que sea mejor
para él: «Cosas buenas» (Mt 7,11), el «Espíritu Santo» (Le 11,12). El
que pide algo a Dios en el Espíritu de Cristo es infaliblemente escu-
chado (Jn 14,13-14). Y el evangelio añade: «sin tardar»; Dios no
escucha luego, más tarde, sino que escucha y corresponde en seguida
con lo que mejor corresponde a la demanda. Pero la oración de peti-
ción presupone la fe, y aquí el evangelio termina con unas palabras
que dan que pensar: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará
esta fe en la tierra?» Esta pregunta va dirigida a nosotros, que escu-
chamos aquí y ahora, y no a otros.

2. «Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel». La imagen


de las manos levantadas de Moisés durante la batalla con Amalee es
sumamente elocuente en la primera lectura. Mientras Josué ataca,
Moisés reza y al mismo tiempo hace penitencia, pues es ciertamente
pesado y doloroso tener durante tantas horas las manos levantadas
hacia Dios. Así está hecha la cristiandad: unos combaten fuera mien-
tras otros --en el convento o en la soledad de su «cuarto»- rezan por
los que luchan. Pero la imagen va aún más lejos: como a Moisés le
pesaban las manos, Aarón y Jur tuvieron que sostener sus brazos hasta
la puesta del sol, hasta que Israel venció finalmente en la batalla. Las

290
Ciclo e

manos levantadas de los orantes y contemplativos en la Iglesia deben


ser sostenidas al igual que las de Moisés, porque sin oración la Iglesia
no puede vencer, no en los combates del siglo, sino en las luchas espi-
rituales que se le exigen. Todos nosotros debemos orar y ayudar a los
demás a perseverar en la oración, y a no poner su confianza en la acti-
vidad externa, si es que queremos que la Iglesia no sea derrotada en
los duros combates de nuestro tiempo.

3. «Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo». La Palabra


de la que habla la segunda lectura no es la palabra de la pura acción,
de la batalla de Josué, sino exactamente la palabra de la oración de
petición, de las manos en alto de Moisés. «Permanece en lo que has
aprendido», es decir, en lo que conoces de la «Sagrada Escritura», que
en ningún sitio recomienda la pura ortopraxis. Sólo cuando «el hom-
bre de Dios» es instruido por la «Escritura inspirada por Dios», está
«perfectamente equipado para toda obra buena», y la primera «obra
buena» es la oración, que debe recomendarse a los cristianos «con
toda comprensión y pedagogía».

TRIGESIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Si 35, 15b-17.20-22a; 2 Tm 4,6-8.16-18; Le 18,9-14

l. «Ten compasión de este pecador». La parábola de los dos hombres


que subieron al templo a orar, el fariseo y el publicano, nos muestra
cuál es la oración que realmente llega a Dios. Ya el lugar que ocupa
cada uno de ellos en el templo muestra la diferencia. U no se pone
«erguido» en la parte delantera, como si el templo le perteneciera, el
otro en cambio se queda «atrás» sin atreverse siquiera a levantar la
mirada, como si hubiese traspasado el umbral de una casa que no es la
suya. El primero ora « junto así» (aquí traducido y suavizado con la
expresión «en su interior»): en el fondo no reza a Dios, sino que se
hace a sí mismo una enumeración de sus muchas virtudes, presumien-
do que si él mismo las ve, Dios no podrá dejar de verlas, de tenerlas
en cuenta y de admirarlas. Y hace esto distinguiéndose precisamente
de «los demás hombres», que no han alcanzado su presunto grado de
perfección. Transita por un camino que conduce directarnente•al
encuentro de sí mismo, pero ése es precisamente el camino que lleva a

291
Luz de la Palabra

la pérdida de Dios. El publicano, por el contrario, no encuentra en sí


más que pecado, un vacío de Dios que en su oración de súplica («ten
compasión de este pecador») se convierte en una vacío para Dios. El
hombre que tiene como meta última su propia perfección, jamás
encontrará a Dios; pero el que tiene la humildad de dejar que la per-
fección de Dios actúe en su propio vacío -no pasivamente, sino tra-
bajando con los talentos que se le han concedido-- será siempre un
«justificado» para Dios.

2. « El Señor em,cha las súplicas del pobre y del oprimido... , sus penas
consiguen su favor». La primera lectura lo confirma: «El grito del pobre
alcanza las nubes». El pobre en este caso no es el que no tiene dinero,
sino el que sabe que es pobre en virtud, que no corresponde a lo que
Dios quiere de él. Pero de nuevo este vacío no basta, sino que más
bien se precisa: el pobre que sirve a Dios «consigue el favor del
Señor». Se trata de un servicio en la humildad del «siervo pobre»,
pero no de la espera ociosa del «empleado negligente y holgazán» que
esconde bajo tierra su talento. Es el servicio que se presta sabiendo
que se trabaja con el talento regalado por Dios, y que se confía para
que realmente produzca frutos para el Señor. A este pobre Dios le hará
«justicia» corno «juez justo» que es.

3. «El me libró de la boca del león». La segunda lectura muestra a


Pablo en prisión y ante los tribunales. El es el pobre que no tiene ya
ninguna perspectiva terrena, porque su muerte es inminente, y que
sin embargo «ha combatido bien su combate», no sólo cuando era
libre, sino también ahora, en su pobreza actual, pues codos le han
abandonado. Pero su autodefensa ante el tribunal se convierte preci-
samente en su último y decisivo «anuncio», el mensaje que oirán
«todos los gentiles». Al dar gloria sólo a Dios (como el publicano
del templo), el Señor le «salvará y le llevará a su reino del cielo». El
publicano que sube al templo a orar queda « justificado», Pablo reci-
be la «corona de la justicia», y ciertamente, como él mismo repitió
incansablemente, no de su propia justicia, sino de la justicia de
Dios.

292
CicloC

TRIGESIMO PRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Sb 11 ,23-12,2; 2 Ts 1,11-2,2; Le 19, 1-10

l. .. A todos perdonas, porque son tuyos». La maravillosa afirmación


de la primera lectura es que Dios ama todo lo que ha creado, pues si
no, no lo habría creado. Muchos hombres, incluso muchos cristianos,
no quieren creer esto debido a los males innumerables que existen en
el mundo. Pero la prueba que el libro de· la Sabiduría aporta para sos-
tener su afirmación es tan simple y clara que no se la puede rechazar
sin negar a Dios o acusarlo de contradicción interna. «Amas a todos
los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado algu-
na cosa, no la habrías creado». Ciertamente existe el pecado, que debe
ser necesariamente castigado, pero corno el pecador también ·pertenece
a Dios, no es castigado según la pura justicia, sino que es «perdona-
do» y castigado de manera que puede reconocer en ello al mismo
tiempo una exhortación a la conversión. La admirable sabiduría de
este libro veterotestamentario se encuentra en la declaración de que
Dios ama a todos los seres y por eso sólo castiga a los pecadores por
amor y para propiciar su conversión al amor.

2. "No perdáis fácilmente la cabeza». Parece como si la segunda lec-


tura quisiera recordar la enseñanza de la primera. Dios, que «corrige
poco a poco a los pecadores», nos da tiempo para cumplir todos «los
buenos deseos y la tarea de la fe». Por eso no hay que «alarmal"Se» por
el anuncio del fin inminente del mundo, aunque esto se asegure
mediante «supuestas» revelaciones o profecías, sino que hay que pro-
seguir con tranquilidad y sin pánico alguno la tarea cristiana: El
Señor no es solamente el que viene hacia nosotros desde el futuro
como una amenaza («corno un ladrón en medio de la noche»), sino
también el que nos acompaña constantemente en nuestro camino
hacia el cielo, nos ilumina con su presencia (como a los discípulos de
Emaús) y nos libra de todo miedo que pudiera haber suscitado en nos-
otros.

3. "Zaqueo, baja en seguida». El evangelio nos presenta una escena


del todo singular: un hombre rico que se sube a una higuera para ver
a Jesús. Zaqueo es considerado como un gran pecador, pues no en
vano es «jefe de publicanos»; pero es precisamente en su casa donde

293
Luz de la Palabra

Jesús quiere hospedarse. Y Jesús sabe que allí donde va, lleva consigo
su gracia: «Hoy ha sido la salvación de esta casa». Y esto «porque el
Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».
Jesús entra en casa de Zaqueo porque allí hay algo que salvar. Es decir,
no porque allí se practiquen las buenas obras y haya que recompensar-
las, sino porque «también este hombre es un hijo de Abrahán» que no
está excluido de la fidelidad y del amor de Dios. Por eso resulta ocioso
tratar de dilucidar si, cuando Zaqueo asegura que «da la mitad de sus
bienes a los pobres», se está refiriendo a algo anterior o es una conse-
cuencia de la gracia que le ha sido manifestada ahora. El evangelista no
está interesado en eso, sino únicamente en la salvación que Jesús trae a
esta casa. Es bueno saber que Jesús entra también en las casas de los
ricos cuando debe llevarles la salvación cristiana. La bienaventuranza
de los pobres no debe interpretarse sociológicamente, sino teológica-
mente. Hay pobres que son ricos en el espíritu (de codicia) y hay ricos
que son pobres en el espíritu (y que «ayudan con sus bienes»: Le 8,3 ).

TRIGESIMO SEGUNDO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

2 M 7,l-2.7a.9-14; 2 Ts 2,16-3,5; Le 20,27-38

1. « Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios
mismo nos resucitará». El martirio de los siete hermanos del que se
informa en la primera lectura, contiene también el primer testimonio
seguro de la fe en la resurrección. Los hermanos son cruelmente tortu-
rados -son azotados sin piedad, se les arranca la lengua, la piel y las
extremidades-, pero, ante el asombro de los que los torturan, ellos
soportan todo esto aludiendo a la resurrección, en la que esperan recu-
perar su integridad corporal. Dios les ha dado una «esperanza» que
nadie puede quitarles, mientras que los miembros que han recibido
del cielo y que les han sido arrancados, podrán recuperarlos en el más
allá. Se nos presenta aquí un ideal ciertamente heroico que nos mues-
tra concretamente lo que Pablo quiere decir con estas palabras: «Una
tribulación pasajera y liviana produce un inmenso e incalculable teso-
ro de gloria» (2 Co 4, 17), algo que en modo alguno vale sólo para el
martirio cruento, sino para todo tipo de tribulación terrenal que, por
muy pesada que sea, es ligera como una pluma en comparación con lo
prometido.

294
Ciclo e

2. «Dio.r no e.r un Dios de muertos». Por eso puede Jesús en elevan-


gelio liquidar de un plumazo la estúpida casuística de los saduceos a
propósito de la mujer casada siete veces. La resurrección de los muer-
tos será sin duda una resurrección corporal, pero como los que sean
juzgados dignos de la vida futura ya no morirán, el matrimonio y la
pocreación tampoco tendrán ya ningún sentido en ella -lo que en
modo alguno quiere decir que no se podrá ya distinguir entre hombre
y mujer-; los transfigurados en Dios poseerán una forma totalmente
distinta de fecundidad. Pues la fecundidad pertenece a la imagen de
Dios en el hombre, pero esta fecundidad no tendrá ya nada que ver
con la mortalidad, sino con la vitalidad que participa de la fecundidad
viviente de Dios. Si Dios es presentado corno Dios de Abrahán, de
Isaac y de Jacob, es decir corno Dios de vivos, entonces los que viven
en Dios son también fecundos con Dios: en la tierra en su pueblo
temporal, en el cielo con este mismo pueblo, de una manera que sólo
Dios y sus ángeles conocen.

3. «Hermano.r, rezad por nosotro.r». En la segunda lectura se nos pro-


mete --como a los hermanos mártires de la primera- «consuelo per-
manente y una gran esperanza»; pero se nos promete además, ya en la
tierra, una comprensión de la fecundidad espiritual. Esta procede de
Cristo y la Antigua Alianza todavía no la conoce. Los hombres que
«esperan» firmemente la vuelta de Cristo y la resurrección, los hom-
bres cuyo corazón arna a Dios y reciben de Dios «la fuerza para toda
clase de palabras y de obras buenas», pueden ya desde ahora mediante
su oración de intercesión panicipar en la fecundidad de Dios; el após-
tol cuenta con esta oración «para que la palabra de Dios siga su avance
glorioso» y poder así poner coto al poder «de los hombres perversos y
malvados». La oración cristiana es como una esclusa abierta por la que
las aguas de la gracia celeste pueden derramarse sobre el mundo.

TRIGESIM0 TERCER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

MI 3, 19-20h (4, 1-2a); 2 T.r 3,7-12; Le 21,5-19

Aquí tenemos la visión de Jesús sobre la historia del mundo que


vendrá después de él. Mientras que la primera lectura ve por adelanta-
do la última fase de la historia -separando a los malvados, que serán

295
Luz de la Palabra

quemados como paja, de los justos, que brillarán como el sol-, Jesús
en el e-vangelio ve la constantes teológicas dentro de la historia. La
predicción de la destrucción del templo no es más que un preludio.
Mientras está en pie, el templo es la casa del Padre que debe conser-
-varse limpia para la oración. Pero Jesús no se ata a templos de piedra;
tampoco a las catedrales o a los magníficos templos barrocos -ni al
cuidado y conservación de los mismos-, sino sólo al «templo de su
cuerpo», que será la Iglesia, sobre cuyo destino se predicen tres cosas:

l. ,MuchoJ vendrán usando mi nombre... ; no vayáis tras e/101». Pablo


habló de la inevitabilidad de los cismas, todos los cuales ciertamente
«vendrán en mi nombre». Jesús condenó irremisiblemente a todos
aquellos por los que viene el escándalo (Mt 18, 7); y sin embargo los
cismas son inevitables: así «destacarán también los hombres de cali-
dad» (1 Co 11,19). El que suplicó al Padre por la unidad de los cris-
tianos no podía pre-ver nada más doloroso. ¿Son irremediables los cis-
mas? Casi automáticamente vienen a la mente estas palabras: «Nadie
echa un remiendo de paño sin remojar a un manto pasado» (Mt 9,16).
Aquí se recomienda sólo una cosa: «No vayáis tras ellos».

2. Después viene la previsión de «guerras y levantamientos &Ü pueblo


contra p11ehlo y reino contra reino». Esto no es un empréstito del lenguaje
apocalíptico que hoy ya no habría que tomar en serio, es más bien la
consecuencia de que Jesús no viniera a traer la paz terrena sino la espa-
da y la división hasta en lo más íntimo de las relaciones familiares (Mt
l 0,34). Lo que su doctrina suscita en la historia, es precisamente la
aparición de las bestias apocalípticas. Y cuanto más aumentan los ins-
trumentos del poder terrestre, tanto más absolutas llegan a ser las opo-
siciones. Esto es bastante paradójico, porque Jesús declaró bienaventu-
rados a los débiles y a los que trabajan por La paz; pero justamente su
presencia hace que las olas de la historia del mundo se enfurezcan cada
vez más. La doctrina y la persona de Jesús fueron ya intolerables para
sus contemporáneos; « ¡Fuera, fuera! ¡Crucifícalo!». A su pretensión de
ser la Verdad ( «se ha declarado hijo de Dios»: J n 19,7), la historia del
mundo responderá de una manera cada vez más violenta.

3. Por eso la persecución no será un episodio ocasional sino un «exis-


tencial» para la Iglesia de Cristo y para cada uno de los cristianos. En
este punto Jesús es formal (versículos 12-17). «Os» perseguirán a vos-

296
Ciclo C

otros, los representantes de la Iglesia, y por tanto a coda la Iglesia.


Como lugares en los que los cristianos deben dar testimonio (martyrion)
se mencionan las sinagogas y los tribunales paganos. Se anuncian arres-
tos, cárceles, traiciones y odios por todas partes, incluso por parte de la
propia familia; en cambio, sólo «matarán a algunos» de estos mártires,
lo que ha de tenerse presente para el concepto de martirio. (También en
el Apocalipsis aparece más o menos lo mismo: se exige dar testimonio
con el compromiso de la propia vida, lo que a veces implica ponerla en
peligro, pero no necesariamente el testimonio de sangre).
¿Qué debe hacer el cristiano? Pablo da en la segunda lectura una
respuesta lacó11ica: trabajar. Y trabajar como él. Tanto en la Iglesia
corno «en el mundo» Pablo ha trabajado «día y noche»: «Nadie me
dio de balde el pan que comí». Al cristiano se le exige un compromi-
so en la Iglesia y en el mundo; visto desde la providencia de Dios:
«Ni un cabello de vuestra cabeza se perderá» (Le 21,18).

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

2 S 5,1-3; Col 1,12-20; Le 23,35-43

l. «EJte es el Rey de los judíos». El letrero colocado sobre la cabeza


del Crucificado: «Este es el Rey de los judíos», ha sido formulado por
Pilato corno provocación a los judíos; los soldados que lo leen se bur-
lan de él, al igual que las «autoridades» del pueblo, diciendo: «Si eres
tú el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Pero en el evangelio de
Lucas hay al menos uno que torna en serio este letrero, uno de los dos
malhechores crucificados con Jesús, quien se dirige a él en estos tér-
minos: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». La inscripción
colocada sobre la cruz indica que el reino de Dios tradicional se
entiende aquí por primera vez como un reino de Cristo, y que el anti-
guo «Dios es rey» de los salmos se trasforma ahora en «Cristo es rey».
Poco importa cómo el buen ladrón se imagina este reinado de Jesús;
en todo caso parece claro que piensa que este Rey puede ayudarle a él,
un pobre agonizante. Se trata del primer barrunto de la soberanía
regia de Jesús sobre el mundo entero.

2. «U11giero11 a David como rey de Israel». La primera lectura


recuerda brevemente que David como rey es el antepasado de Jesús;

297
Luz de la Palabra

David había sido ya ungido por Samuel cuando no era más que un
joven pastor y en una época en que todavía reinaba Saúl; aquí es reco-
nocido oficialmente por todas las tribus de Israel como el pastor de
todo el pueblo. Es una imagen anticipada de lo que sucede en la cruz:
Jesús era desde el principio el Ungido (Mesías), pero en la cruz es pro-
clamado Rey oficialmente (en las tres lenguas del mundo según Juan).

3. «fodo se mantiene en él. .. Por la sangre de su cruz». La segunda


lectura amplía el presentimiento del buen ladrón hasta lo ilimitado,
sin abandonar el centro de esta realeza de Jesús, su cruz. La creación
entera está sometida a él como Rey, porque sin él ella simplemente no
existiría. Toda ella «se mantiene» en él. El Padre ha concebido el
mundo desde un principio de modo que debe llegar a convertirse en
el «reino de su Hijo querido», y esto por así decirlo no a partir de sí
mismo, sino expresamente de modo que por Jesús «sean reconciliados
codos los seres» y todos recibamos por él «la redención, el perdón de
los pecados», y de modo que esta «paz» entre todos los seres, los del
cielo y los de la tierra, sólo debe fundarse en «la sangre de su cruz».
Sólo en esta entrega suprema, bajo las burlas de judíos y pa~anos y la
huida y la negación cobardes de los cristianos, se manifestó en el Hijo
todo el amor de Dios al mundo, de cal manera que este amor divino
en la figura del Hijo puede obtener ahora la soberanía sobre codas las
cosas.

298
INDICE DE CITAS BIBLICAS

GÉNESIS (Gn) 14,15-15,1 .................... S7


16,2-4.12-15 ................. 183
2,7-9; 3,l-7a ................. 44 17,3-7 ........................... 47
2,18-24 ......... :............... 196 17,8-13 ......................... 290
3,1-7a............................ 44 19,2-6a.......................... 83
3,6................................. 232 20,1-17 ......................... 144
3,9-15 ........................... 172 22,20-26 (21-27)........... 113
9,8-15 ........................... 141 24,3-8 ........................... 166
11,6............................... 72 32,7-11.13-14............... 282
12,1-4a.......................... 46 34,4b.S-6.8-9................ 73
14,18-20 ....................... 256
15,1-6; 21,1-3 ............... 129 LEVÍTICO (Lv)
15,5-12.17-18............... 233
11,44............................. 40
18,1-lOa........................ 271
13,l-2.43ac.44ab.45-46. 138
18,20-32 .......... ............. 272
13,11-12 ....................... 288
19,1............................... 271
13,16............................. 288
21,1-3 ........................... 129
19,1-2.17-18 ... ;............. 41
22,1-18 ......................... 57
26,34s ........................... 212
22,l-2.9a.l0-13.15-18 .. 143
26,40s ........................... 212

ExoDO (Ex) NúMEROS (Nm)

3,l-8a.10.13-15 ............ 234 6,22-27 ......................... 27


12,1-8.11-14 ................. 54 11,25-29 ....................... 195

299
Luz de la Palabra

DEUTERONOMIO (Dt) 1 REYES (1 R)

3,5.7-12........................ 92
4,1-2.6-8 ··············"······· 189 3,13............................... 198
4,32-34.39-40............... 164
5,12-15 ························· 170 8,41-43 ························· 260
17,10-16 ....................... 203
6,2-6 ····························· 202 17,17-24 ....................... 262
6,4................................. 145
7,6-11 ........................... 76 19,4-8 ··························· 184
8,2-3.14b-16a............... 75 l 9,8b-9a.11-13a ..... .. . .. .. 95
19,16b.19-21 ................ 266
11,18.26-28 ·················· 80
11,32............................. 81
18,15-20 ....................... 136 2 REYES (2 R)
26,4-10 ......................... 231
4,8-ll.14-16a............... 86
30,10-14 ······················· 269
30,11............................. 40 4,42-44 ························· 181
30,14............................. 40 5,14-17 ························· 288
32,39............................. 154
2 CRÓNICAS (2 Cro)

36,14-16.19-23 ............. 146


JosuÉ Oos)

NEHEMfAs (Ne)
S,9a.10-12..................... 235
24,l-2a.15-17.18b ........ 187 8,2-4a.5-6.8-10 ............. 223

1 SAMUEL (1 S) TOBÍAS (Tb)

1,20-22.24-28 .......... ..... 217 13,2............................... 154


2,6................................. 154
3,3b-10. 19 .................... 132 2 MACABEOS (2 M)
I6,lb.6-7.10-13a .......... 49
26,2.7-9.12-13.22-23.... 229 7,l-2.7a.9-14 ................ 294

Joe Qb)
2 SAMUEL (2 S)
7,1-4.6-7 ······················· 137
5,1-3 ····························· 297 10,9............................... 278
7,l-5.8b-12,14a.16 ....... 127 13,12............................. 278
12,7-10.13 .................... 263 38,1.8-11 ...................... 175

300
Indice de citas bíblicas

SALMOS (Sal) 11,23-12,2 .................... 293


12,13.16-19 .................. 90
16,8-l l ......................... 63 13,1-6 ........................... 29
40,3............................... 278 16,13............................. 154
62,3............................... 98 18,6-9 ........................... 275
69,15............................. 278
ECLESIÁSTICO (Si)
PROVERBIOS (Pr)

3,11-12 ......................... 279 3,2-6.12-14................... 25


8,22-31 ... .... .................. 254 3 (3-7.14-17a)............... 25
3, 17-18.20.28-29 .......... 280
9,1-6 ····························· 186 15,15-20 ....................... 40
30,8............................... 37
24,1-2.8-12 (l-4.12-16).. 28
31,10-13.19-20.30-31... 118
27,4-7 (5-8)................... 259
27,30-28,7 (27,33-28,9).. 103
ECLESIASTIS (Qo)
35,15b-l 7.20-22a ......... 291
1,2; 2,21-23 .................. 274
2,21-23 ......................... 274 lsAfAs (Is)

CANTAR DE LOS CANTARES (Ce) 2,1-5 ............................. 13


5,1-7 ............................. 108
5,2 ................................. 117 6, 1-2a.3-8 ... ........... ....... 226
7,10-14 ......................... 17
SABIDURfA (Sb) 8,23b-9,3 ...................... 35
9,1-3.5-6 ....................... 20
1,6................................. 41 11,1-10 ......................... 14
1,13s ............................. 51 22,19-23 ....................... 98
1,13-15 ......................... 41 22,22............................. 99
1,13-15; 2,23•24 ........... 176 25,6-10 ························· 110
2,la.12.17-20................ 193 28,16............................. 17
2,23-24 ......................... 176 35,1-6a.10..................... 16
3,4 ................................. 117 35,4-7a.......................... 190
5,15 ............................... 117 40,1-5.9-11 ................... 124
6,12-16 (l 3• 17)............. 116 42,1-4,6-7 ..................... 32
6,18............................... 117 42,2-3 ........................... 96
6,21............................... 117 43,16-21 ....................... 237
7,7-11 ........................... 197 43,18-19.21-22.24b-25.. 140
9,13-19 ......................... 281 45,1.4-6 ................... .-.... 111

301
Luz de la Palabra

49,1............................... 216 31,22............................. 60


49,3.5-6 ········· ....... ..... ... 33 31,31-34 ....................... 147
49,14-15 ······················· 78 33,14-16 ·······................ 211
50,4-7 ···············"·········· 52 38,4-6.8-10 ................... 277
50,5-9a.... ................... ... 192
50,7............................... 224 BARUC (Ba)
52,7-10 ··············"······... 23
52,12-53,12 .................. 55 5,1-9 ............................. 213
53,4............................... 139
53,10-11 ···········"····"···· 199 EZEQUIEL (Ez)
55,1-3 ........................... 93
55,1-11 ......................... 131 2,2-5 ............................. 177
55,6-9 ........................... 105 14,14............................. 261
55,10-11 ···········"········" 89 16,63............................. 279
56,1.6-7 ........................ 97 17,22-24 ....................... 173
58,6a.7-10..................... 38 18,25............................. 107
58,7 ············"·"·· .. ·········· 120 18,25-28 ....................... 106
58,8............................... 39 28,3............................... 261
59,9............................... 35 33,7-9 ........................... 102
60,1............................... 35 34,11-12.15-17 ............. 119
60,1-6 ........................... 30 34,11-16 ....................... 257
61,l-2a.10-l l ............... 126 34,20s ........................... 120
62,1-5 ........................... 19 37,12b-14 ..................... 50
62,11-12 ···········"·······... 22
63,16b-17.19b; 64,3-7.. 123 DANIEL (Dn)
64,3-7 ........................... 123
66,10-14c...................... 268 7,2a.13b-14................... 206
66,18-21 ....................... 278 12,1-3 ........................... 205

}EREMÍAS {Jr) OSEAS (Os)

l,4-5.17-19 ................... 224 2,16b.l 7b.21-22 ........... 169


1,5................................. 216 6,3-6 ............................. 81
9,23............................... 38 6,6................................. 202
17,5-8 ·········"····"·········· 228 11,1.3-4.Sa.c-9.............. 167
20,7-9 ........................... 100
20,10-13 ······················· 84 }OEL (JI)
23,1-6 ........................... 180
31,7-9 ........................... 200 2,12-18 ......................... 43

302
Indice de citas bíblicas

AMós (Arn) 2,3................................. 211


2,13-15.19-23............... 25
6,la.4-7 ......................... 285 3,1-12 ........................... 14
7,12-15 ......................... 179 3,13-17 ......................... 32
8,4-7 •••••••••••••••oo•••••••,.••• 284 3,17............................... 74
4,1-11........................... 44
JONÁS Qon) 4,12-23 ......................... 35
3,1-5.10 ........................ 134 5,l-12a.......................... 36
5,3................................. 71
MIQUEAS (Mi)
5,5................................. 42
5,ll-12a........................ 36
5,1-4a (5,2-5a)............... 216 5,13-16 ......................... 38
5,17............................... 189
HABACUC (Ha) 5,17-19 ......................... 105
5,20............................... 105
1,2-3 ····························· 287 5,20-22a.27-28
2,2-4 •••••••••••••••••••oo•••,.••• 287 5,33-34a.37 ................... 40
5,22............................... 41
SOFONfAS (So) 5,29............................... 41
5,30............................... 41
2,3................................. 36 5,38-48 ......................... 41
3,12-13 ......................... 36 5,48............................... 40
3,14-18a........................ 214 6,1-6.16-18 ................... 43
6,2................................. 39
2ACARÍAS (Za)
6,5................................. 39
9,9-10 ........................... 87 6,16-18 ......................... 169
12,10-11 ....................... 265 6,19s ............................. 274
13,1 ............................... 265 6,21............................... 274
6,24-34 ......................... 78
MALAQUÍAS (MI) 7,11............................... 290
7,12............................... 136
l,14b-2,2b.8-10 ............ 114 7,21-27 ......................... 80
3,19-20b (4,1-2a) .......... 295 8,10............................... 97
8,17............................... 139
MATEO (Mt) 9,9-13........................... 81
9,12............................... 139
1,1-25 ........................... 19 9,12s ............................. 107
1,18-24·......................... 17 9,16............................... 296
2,1-12 ........................... 30 9,24............................... 263

303
Luz de la Palabra

9,27 ··························"··· 201 22,45............................. 128


9,36-10,8 ······················ 83 23,1-12 ......................... 114
10,8............................... 262 24,29-44 ... ..... ... . .. . ... . .. .. 13
10,26-33 ...... ················· 84 24,30............................. 53
10,34............................. 212 25,1-13 ························· 116
10,37-42 ······················· 86 25,14-30 ······················· 118
11,2-11 ......................... 16 25,31-46 ....................... 119
11,18s ........................... 169 26,14-27,66.................. 52
11,25-30 . ...... .. . ... .. .. .... .. 76 26,30-35 ....................... 52
12,7............................... 202 26,41............................. 199
12,29............................. 42 26,53............................. 95
12,42............................. 128 26,63-64 ······················· 53
12,36............................. 260 28,1-10 ......................... 57
12,38-40 ....................... 145 28,16-20 ....................... 68
13,1-23 ......................... 89
13,24-43 ....... .. .... ... .... . . . 90 MARCOS (Me)
13,44-52 ....................... 92
14,13-21 ······················· 93 1,1-8 ............................. 124
14,22-3 3 .. ... . . .. . ... ... ... . . . . 95 1,7-11........................... 131
15,21-28 ······················· 97 1,12-15 ......................... 141
15,22............................. 201 1,14-20 ......................... 134
16,13-20 ······················· 98 1,21-28 ························· 136
16,18............................. 81 1,29-39 ......................... 137
16,21-27 ······················· 100 1,40-45 ......................... 138
17,1-9 ··························· 46 2,1-12 .................... 140, 262
17,5............................... 74 2,18-22 ......................... 169
18,7 ······························· 296 2,23-3,6 ............ ....... ..... 170
18,15-20 ······················· 102 3,6................................. 212
18,21-35 ······················· 103 3,14-15 ......................... 36
20,l-16a........................ 105 3,20-35 ......................... 172
20,21............................. 160 4,26-34 ......................... 173
21,28-32 ······················· 106 4,27............................... 17
21,31............................. 264 4,35-41 ......................... 175
21,33-43 ······················· 108 5,21-43 ......................... 176
22,1-14 ......................... 110 6,l-6a............................ 179
22,7 ······························· 42 6,3................................. 18
22,13............................. 42 6,4................................. 109
22, 15-21 ..... ·················· 111 6,7-13 ........................... 179
22,34-40 ..... ·················· 113 6,30-34 ......................... 180

304
Indice de citas bíblicas

6,37 par......................... 182 3,15.21-22 .................... 219


7,1-8. 14-15.21-23......... 189 4.................................... 35
7,31-3 7 ························· 190 4,1-12 ........................... 268
8,27-35 ................. ;....... 192 4,1-13 ........................... 231
9,2-10 ··························· 143 4,14-21 ......................... 223
9,30-3 7 ················......... 193 4,21-30 ......................... 224
9,38-43.45.47-48 .......... 195 4,25-27 .. ... . ... ....... .. ....... 289
10,2-16 ......................... 196 5,1-11 ........................... 226
10,17-30 ....................... 197 6, 17 .20-26 . ... ... .... .. ....... 228
10,30............................. 282 6,19............................... 176
10,35-45 ....................... 199 6,20............................... 286
10,42............................. 180 6,24............................... 286
10,46-52 ....................... 200 6,27-38 ......................... 229
11,24............................. 273 6,38............................... 105
12,28b-34 ..................... 202 6,39-45 ................ ......... 259
12,38-44 ........ ............... 203 7.................................... 107
13,24-32 ........ ............ ... 205 7,1-10 ........................... 260
13,33-37 ....................... 123 7,11-17 ......................... 262
14,1-15,47 ··········--········ 149 7,28 ............................... 215
14,12-16.22-26............. 166 7,36-8,3 .... ....... .... ......... 263
16,1-7 ........................... 151 8,3.... ... . .. ... .... ... .... .. 198, 294
16,15-20 ....................... 160 9,llb-17 ....................... 256
9,18-24 ......................... 265
LUCAS (Le) 9,28b-36 ....................... 233
9,51-62 ......................... 266
1,1-4; 4,14-21 ............... 223 9,62............................... 135
1,26-38 .......... ............... 127 10,1............................... 34
1,39-45 ......................... 216 10,1-12.17-20............... 268
2,1-14 ........................... 20 10,21............................. 37
2,15-20 ......................... 22 10,25-37 ....................... 269
2,16-21 ......................... 27 10,38-42 . .. . .. . ... . .. . .. ... .... 271
2,19............................... 27 11,1-13 ·······················" 272
2,22-40 ......................... 129 11,12............................. 290
2,34............................... 66 12,13-21 ....................... 274
2,41-52 ···············--······-- 217 12,32-48 ....................... 275
2,51............................... 27 12,49-53 ....................... 277
3,1-6 ............................. 213 12,50 ............................. 221
3,9................................. 13 13,1-9 ........................... 234
3,10-18 .......... ............... 214 13,15 ............................. 171

305
Luz de la Palabra

13,22-30 ···········"·· ... ..... 278 l,6-8.19-28................... 126


13,31ss.......................... 93 1,11 ............................... 178
13,33............................. 178 1, 14............................... 75
13,34............................. 239 1,18............................... 255
14,1.7-14 ······················ 280 1,29-34 ......................... 33
14,5............................... 171 1,33............................... 216
14,14............................. 44 1,35-42 ......................... 132
14,25-33 ............... ........ 281 1,46............................... 35
14,31............................. 42 2,1-11........................... 221
15,1-3.11-32................. 235 2,13-25 ......................... 144
15,1-32 ························· 282 3,5................................. 131
15,3-7 ........................... 257 3,8................................. 253
16,1-13 ················· ........ 284 3,14-21 ······•"················ 146
16,19-31 ······················· 285 3,16............................... 29
17 ,5-10 ················· ........ 287 3,16-18 ......................... 73
17, 11-19 . .. ......... .. . ..... ... 288 3,18-20 ......................... 104
18,1-8 ··························· 290 3,29............................... 35
18,9-14 ················· ........ 291 3,30............................... 34
18,12..................... ........ 82 3,32 ······························· 42
19,1-10 ................ :........ 293 4,5-42 ........................... 47
20,27-38 ··············· ........ 294 4,15............................... 184
21,5-19 ················· ........ 295 4,34............................... 142
21,18............................. 297 5,17 ............................... 171
21,25-28.34-36 ..... ........ 211 5,18............................... 18
21,28............................. 14 6,1-15 ........................... 181
22,14-23,56 .................. 239 6,15 ............................... 206
22,25............................. 180 6,24-35 ......................... 183
22,26-27 . ..... .... ..... .. ...... 115 6,41-51 ......................... 184
23,35-43 ....................... 297 6,42 ............................... 18
24,1-12 ························· 241 6,51-58 .................. 75,186
24,13-35 ······················· 62 6,60-69 ......................... 187
24,35-48 ······················· 153 8,1-11 ........................... 237
24,44............................. 93 8,12 ............................... 35
24,46-53 ······················· 250 8,31-32 ... ....... ... ..... ....... 268
8,44............................... 45
JUAN (Jn) 9,1-41 ........................... 49
9,5.4.............................. 201
1,1-18 ···················· 23, 28 9,34............................... 181
1,4................................. 243 10,1-10 ......................... 64

306
Indice de citas bíblicas

10,11-18 ....................... 155 16,12-15 ······················· 163


10,15............................. 181 16,32............................. 79
10,16............................. 181 17,1-lla........................ 70
10,27-30 ······················· 245 17,2............................... 261
11,1-45 ......................... 50 l 7,6a.llb-19................. 161
11,10............................. 201 17,11............................. 67
11,11............. .... ..... 176, 263 1 7 ,20-26 . ........ .. .. ..... ..... 251
11,25...................... 63, 177 18,1-19.42 ···················· 55
11,26............................. 177 18,20............................. 25
11,41 ............................. 256 18,33b-37 ..................... 206
11,42............................. 273 19,7................... 18, 42, 296
11,47-56 ······················· 51 19,17 ............................. 281
12,20-33 ....................... 147 19,28............................. 182
12,26............................. 288 19,31-37 ······················· 167
12,31............................. 45 20,1-18 ························· 59
12,47-48 ....................... 104 20,19-23 ....................... 72
12,47s ........................... 211 20,19-31 ······················· 61
13,1... 55, 75,104,203,255 21,1-19 ························· 244
13,1-15 ......................... 54 21,17............................. 158
13,31-33a.34-35 ........... 246 21,22............................. 159
13,36............................. 52
14,1-12 ......................... 65 HECHOS DE LOS APÓSTOLES (Hch)
14,6............................... 177
14,13-14 ....................... 290 1,1-11 ··························· 68
14,15-16.23b-26 ........... 252 1,12-14 ......................... 70
14,15-21 ....................... 67 l,15-17.20ac-26............ 161
14,20............................. 66 2,1-11 ........................... 72
14,23............................. 66 2,14.22-33 .................... 62
14,23-29 ... .................... 248 2,14a-36-41 .................. 64
15,1-8 ........................... 157 2,42.47.......................... 61
15,5............................... 288 3,12a.13-15.17-19 ........ 153
15,9-17 ························· 158 3,20ss............................ 154
15,13............................. 48 4,8-12 ··························· 155
15,13s ........................... 84 4,32-35 ............ ······· ······ 152
15,20............................. 101 5,12-16 .. ······················· 242
15,26............................. 71 5,27b-32.40b-4 l ..... ...... 244
15,26-27 ....................... 132 6,1-7 ····························· 65
15,26-27; 16,12-15 ....... 163 7,55-60 ......... ·········· ······ 251
16,8-11 ......................... 193 8,5-8.14-17 .. . . .. .. ... .. ...... 67

307
Luz de la Palabn

9,16............................... 47 8,35.37-39 .................... 93


9,26-30 ·············"·····"··· 31 9,1-5 ............................. 95
9,26-31 ......................... 157 9,4................................. 96
10,25-26.34-35.44-48... 158 10,8-13 ......................... 231
10,34-38 ....................... 32 10,14............................. 272
10,34a-43 ... .... ............ ... 59 11,5............................... 109
11,25............................. 158 11,13-15.29-32 ............. 97
13,14.43b-52 ................ ·245 11,26............................. 279
13,16-17.22-25............. 19 11,29...................... 188, 279
14,2lb-27 ..................... 246 11,32............................. 237
14,1-2.6.22-29.............. 248 11,33-36 .. ... ......... .. ... .. . . 98
12.................................. 36
ROMANOS (Rm) 12,1............................... 190
12,1-2 ·····················"···· 100
1,1-7 ............................. 17 12,21............................. 277
3,21-25a.28................... 80 13,8-10 ......................... 102
4,18-25 ......................... 81 13,ll-14a...................... 13
5,1-2.5-8 ....................... 47 14,7-9 ........................... 103
5,1-5 ............................. 254 14,9............................... 267
5,5.......................... 162, 163 15,4-9 ........................... 14
5,Sb-11 ......................... 257 16,25-27 ·················"···· 127
5,6-11 ........................... 83
5,8................................. 283 1 CORINTIOS (1 Co)
S,10........................ 83, 230
S,12-15 ......................... 84 1,1-3 ............................. 33
5,12-19 ·············............ 44 1,3-9 ............................. 123
6 .................................... 220 1,10-13.17 .................... 35
6,3-4.8-11..................... 86 1,13............................... 140
7,15............................... 277 1,17............................... 36
8,8-11 ........................... 50 1,18............................... 29
8,8-17 ........................... 252 1,22-25 ......................... 144
8,9.11-13 ...................... 87 1,25............................... 168
8,11............................... 63 1,26-31 ......................... 36
8,14-17 ......................... 164 2.................................... 163
8,18-23 ·············"·········· 89 2,1-5 ............................. 38
8,26-27 ......................... 90 2,6-8 ............................. 45
8,27 ............................... 252 2,6-10 ........................... 40
8,28-30 ··········............... 92 2,7................................. 168
8,3lb-34 ....................... 143 2,10............................... 74

308
Indice de citas bíblicas

2,10-16 ......................... 254 15,24s ........................... 129


2,12............................... 165 15,26............................. 51
3,6................................. 174 15,46............................. 69
3,9................................. 84 15,45-49 ....................... 229
3,11-15 ················· ........ 274 15,47 ............................. 69
3,16-23 ························· 41 15,54............................. 21
3,18............................... 168 15,54-58 ....................... 259
4,1-5 ····················· ........ 78
4,9.13............................ 278 2 CORINTIOS (2 Co)
4,10............................... 168
4,13............................... 116 1,8-9 ............................. 86
6,2.................