Está en la página 1de 236

EL PASTOR: LIDER

DEL REDAÑO

James Lee Beall


con Marjorie Barber

editorial clie
Libros CLIE
Galvani, 113
08224 TERRASSA (Barcelona)
PASTOR: LIDER DEL REBAÑO
Originally published in the USA under the title
YOUR PASTOR: YOUR SHEPHARD.
© by Logos International.
© 1980 por CLIE para la versión española.
Depósito Legal: B. 36.393 - 1988
ISBN 84-7228-531-6
Impreso en los Talleres Gráficos de la M.C.E. Horeb,
E.R. ne 265 S.G. - Poñígono Industrial Can Trias,
calles 5 y 8 - VILADECAVALLS (Barcelona)

Printed in Spain
CONTENIDO

P r ó lo g o : Sobre los “Pastores” . . . 7

1. Dios es un p a s t o r .........................................11
2. Jesús como O b is p o .........................................19
3. La fuente de toda autoridad . . . . 29
4. ¿De modo que quiere ser un pastor? . . 33
5. El pastor es más que un predicador . . 41
6. Servir, y ¡con g a n a s ! .................................53
7. ¡Hay que vigilar la puerta! . . . . 65
8. Cómo tendría que ser el redil . . . 75
9. Alimenta el rebaño de Dios . . . . 87

10. Somos una c o m u n i d a d .................................95


11. Peleando por el a g u a .................................107
12. ¡Sácatelo de e n c i m a ! .................................115
13. Curando a las ovejas lastimadas . . . 125
Las ovejas necesitan un líder 137
Gobierno. — ¿Qué es? . 149
El don del gobierno . . . . 157
Vocación. — L a llamada de Dios . 163
L a voz del pastor . . . . 177
R estaurando el carisma pastoral . 187
El gozo del trasquileo . 193
Invitando o esparciendo . 199
Dios inicia el cambio en los rediles 209
Dios disciplina a los pastores 215
Cómo pasan a ser pastores las ovejas 225
¿Son todos los ancianos pastores? 233
Ministros capaces del nuevo pacto 241
PROLOGO

Sobre los «Pastores»

«¿Cuenta para algo, la iglesia hoy en día, o bien


vivimos en una época que podríamos llam ar ‘post-cris-
tiana’? ¿Cuál es el papel del pastor? ¿Cuantas ovejas
puede un pastor cuidar propiam ente y alim entar en su
grey?» Estas preguntas y otras semejantes han pasado a
ser un tópico del día entre los miembros de las iglesias.
De un modo especial, entre los carismáticos, el tema
del pastoreo de las ovejas ha llegado a ser objeto de
discusión seria y aún de contraversia. Todo aquel que
está al corriente de la información del día sabe, que
ahora el foco de interés son los pastores.
Casi de la misma im portancia, entre los carismáti­
cos, es la cuestión de la dirección y guía. Muchos
carismáticos han p asa d o 'añ o s en las denominaciones
tradicionales, en que las decisiones eran hechas, para
ellos, por sus superiores, con frecuencia apartados de
los miembros de iglesia en la jerarquía eclesiástica. De
pronto, estas personas descubren que el Consolador o
Paracleto ha pasado a residir en su interior, y que

7
tienen acceso directo a la mente del Padre. Han descu­
bierto la realidad de la promesa de Jesús de que todas
sus ovejas oirán su voz. El péndulo ha oscilado yendo al
otro extremo en el énfasis sobre la guía del individuo
desde dentro. Después de todo, ¿no promete el Nuevo
Pacto que todos le conocerán por sí mismos desde el
mayor al más pequeño?
Durante los treinta años en que hemos pastoreado
una gran iglesia local en el centro de Detroit, hemos
experimentado estas oscilaciones del péndulo. Hemos
aprendido por experiencia la necesidad de alcanzar un
equilibrio en el área de la dirección personal. Este
equilibrio lo proporciona la debida comprensión de lo
que es la iglesia local y el papel del pastor. La dirección
no es sólo individual, sino tam bién corporativa o de
todo el cuerpo. La dirección individual ha de ser confir­
mada o corregida por lo que Dios está haciendo dentro
de toda la grey o rebaño, si la oveja está en la relación
que le corresponde respecto al redil o iglesia local.
Junto a la emoción de un derramam iento general del
Santo Espíritu sobre personas de toda clase de proce­
dencias, Dios está despertando y volviendo a la luz
muchas cuestiones doctrinales que habían estado dur­
miendo largos años. No sólo ha restaurado Dios el
énfasis del Nuevo Testam ento sobre los sacramentos y
la lectura de las Escrituras, sino que ha puesto en
circulación muchas cuestiones sobre el gobierno de la
iglesia que yacían archivadas desde mucho tiempo. Co­
mo el Espíritu Santo nos «guía a toda verdad», no está
dispuesto a pasar de lado aquellas cuestiones que noso­
tros encontramos que son causa de divisiones. En vez
de pasar de lado nos exige una resolución de las mis­
mas y la restauración de las prácticas o costumbres del
Nuevo Testam ento. Al intentar este proceso de restaura­
ción vemos que hemos de sufrir reajustes, hasta el pun­
to que a veces nos quedamos consternados. Pero, en
tanto que aceptemos la controversia como una parte del

8
movimiento saludable hacia la integridad y la totalidad
del cuerpo de Cristo, podemos dar la bienvenida a estas
preguntas difíciles y arriesgadas sobre el pastoreo, el
discipulado y el propósito de la iglesia local, y ponerlas
sobre el tapete. Por medio de este proceso alcanzaremos
un conocimiento superior de lo que Dios está diciendo a
su pueblo.
En este libro presentamos lo que el Señor nos ha
enseñado, como iglesia local, durante cuarenta años de
trabajo y lucha, para edificar una congregación local,
fuerte y grande. Somos una iglesia local independiente,
es decir, que no tenemos apoyo de ninguna denomina­
ción o agencia central. Los que dirigimos hemos apren­
dido a seguir la dirección de Jesucristo como nuestra
única Cabeza o Jefatura. Cuando hablamos del ministe­
rio como una extensión del pastoreo de Cristo, estamos
hablando de algo que es real para nosotros. Nos hemos
visto obligados a descubrir en nuestra experiencia diaria
la realidad de esta unión vital con el G ran Pastor, que
es el único que puede hacernos ministros capaces de
este Nuevo Pacto: pastores auténticos.
En las páginas que siguen espero com partir con el
lector lo que hemos aprendido como congregación local.
He hecho muchas observaciones personales con la espe­
ranza de que al com partir con otros las experiencias
desde el punto de vista especial de una gran asamblea
local, añadiremos la perspectiva necesaria. Yo creo que
la iglesia local no es una institución del pasado, sino
que es ahora precisamente que pasa a ser lo que debe
ser como com unidad de los redimidos de Dios en la
tierra. Creo que es en este redil local que el pastor
encuentra su lugar propio en el cuerpo de Cristo y no
en un ángulo de comedor o sala de estar. El pastor
tiene su sitio en el redil local.

9
EL PASTOR
I

Dios es un pastor

Iba observando desde el vallado a las ovejas, que se


iban acurrucando juntas a un extrem o del cercado o
redil, cuando me llamó la atención un agudo silbido.
Me volví y vi a un pastor, que tendría unos sesenta
años. Estaba dando unos silbidos cortos, repetidos y
estridentes llam ando a su perro. D etrás de mí se oyó un
ruido precipitado: algo se acercaba rápidam ente.
El perro -un perro pastor alemán de tam año media­
no se acercaba dando grandes saltos. Procedía de una
perrera cercada con alam bre. Su velocidad, crecía a
cada salto que daba. Al llegar a la valla de m adera del
redil, la saltó de un brinco pasando a más de un codo
por encima. Sus patas apenas tocaron el suelo al caer
en el otro lado. U na nubecilla de polvo se levantó del
punto de contacto entre las patas y la tierra y el perro
siguió su carrera tendida. En cosa de unos segundos ya
se había colocado detrás del rebaño e iba em pujando a
las ovejas en dirección hacia nosotros.
11
El perro iba corriendo de un lado a otro, dibujando
la figura de un ocho, por detrás del rebaño, sin ladrar y
sin gruñir. El único ruido que se oía en medio de esta
escena pastoril, cuyo escenario eran las colinas ondu­
lantes situadas a unas cincuenta millas al sur de Auck-
land, en Nueva Zelanda, era el viento que m urm uraba
entre las ramas de los cedros que habían sido plantados
en los lindes entre los campos y los prados, como pro­
tección contra el viento. Luego se oyó otro silbido seco.
El perro se paró. Las ovejas habían sido juntadas den­
tro del redil como un inmenso hormiguero.
El viejo -un escocés, que parecía haber salido de la
estam pa de un libro- llamó al perro. Le dió unas pal-
maditas en la nuca, le acarició la cabeza, alabó su
«demostración» y con ello el perro saltó la valla en
dirección opuesta y regresó a su perrera.
No tardaron mucho las ovejas sin embargo a poner­
se en movimiento otra vez. Una de ellas empezó a
andar y las otras la siguieron. No había ningún motivo
aparente para moverse, pero se movían. Cuando la ove­
ja de delante se paraba las que la seguían, hacían los
mismo. Al cabo de poco rato el rebaño se había puesto
de nuevo en m archa. Iban siguiendo los movimientos de
una de las ovejas, yendo de un sitio a otro.
El viejo volvió a silbar. Pero esta vez el que acudió
fue otro perro. E ra otra clase de silbido que le llam aba
a él. al parecer. El perro era más joven y no tenía la
agilidad del otro. Intentó saltar la valla pero aunque
logró hacer pasar las patas de delante sin tropiezo, las
patas traseras chocaron con el tronco superior de la
valla dando un ruido seco. No por ello se paró el perro.
Se apoyó y se dió empuje con las dos patas traseras y
saltó dentro del redil. Las ovejas se dieron cuenta y
empezaron a moverse en dirección al pastor. Este perro
las azuzaba con sus ladridos.
Al poco rato se oyó otro silbido y el perro cesó sus
correteos y se dirigió hacia el pastor, acercándole su

12
hocico. El pastor le pasó la mano por la cabeza, le dijo
unas palabras de aprobación, y el perro saltó hacia la
perrera. Pero un nuevo silbido del pastor volvió a lla­
marle para que fuera a buscar una oveja que se había
quedado rezagada en un redil adyacente. Fue el perro
allí y la encaminó ju n to a las otras.
Volví luego mi atención al rebaño. Ya estaban otra
vez en marcha, cada una con la cabeza pegada a la cola
de la que tenía delante, siguiendo a la oveja cabecilla.
Hubo un nuevo silbido que tendría que ser diferente
porque apareció un tercer perro, cuyo método de operar
era también diferente. Este se dirigió directam ente a las
ovejas que iban a la cabeza y empezó a ladrarles y
amenazarlas con mordiscos. Estas ovejas a toda prisa se
volvieron hacia el pastor, con lo que las otras fueron
siguiéndolas sin vacilación.
Este viejo escocés tenía las cosas bien organizadas.
En cuestión de m inutos podía poner en m archa o parar
o hacer cam biar de un lugar a otro a centenares de
ovejas, según quisiera. El pastor conocía bien a sus
perros y lo que podían hacer, y los usaba sacando de
ellos el máximo beneficio. Esto me enseñó algo acerca
de la administración de una iglesia local o parroquia.
Isaías dice: «Todos nosotros nos descarriamos como
ovejas, cada cuál se apartó por su camino...» (53:6). No
es muy halagador ser com parado a una oveja. Las ove­
jas son bobas, díscolas y antojadizas. Es por esto que
necesitan un pastor. Sólo el pastor y sus ayudantes, tan
eficientes, eran capaces de m antener junto al rebaño en
el prado en que debían pastar. Las ovejas eran incapa­
ces de seguir la dirección conveniente por su cuenta.
El viejo pastor no habría podido hacer todo el trab a­
jo solo. Este rebaño estaba constituido por más de siete
mil ovejas. Pero, los perros tam bién necesitaban un
pastor. Los perros no podían entrenarse ellos mismos ni
sabían como cuidar el rebaño.

13
A los animales se les había entrenado para que
condujeran a las ovejas al pastor, para que éste pudiera
m inistrar a sus necesidades. Las ovejas permanecían
quietas y en calma mientras el pastor hablaba con el
rebaño. El pastor lo hacía; iba pasando la mano por la
cabeza de una, mirando a la otra. Entretanto las ovejas
estaban alerta y escuchaban. Pero, a los pocos minutos
de haber parado ya estaban inquietas y empezaban a
dispersarse.

El Señor es mi pastor.

Cuando David estaba guardando ovejas en las coli­


nas de Palestina, hace muchos años, al parecer, apren­
dió una lección similar. Se dió cuenta de cuanto nos
parecemos a las ovejas. Descubrió también que había
alguien que le guardaba a él, cuidando con todo detalle
de su bienestar. Dios era quien cuidaba de él, de la
misma m anera que él, David, cuidaba el rebaño. David
exclamó:
«Jehová es mi pastor...» (Salmo 23:1).
David estaba hablando como una de las ovejas de
Dios. Verdaderam ente estaba hablando a todo hijo de
Dios. Jesucristo es nuestro pastor, y necesitamos que El
nos pastoree. Si le dejamos y vamos andando por nues­
tra cuenta, al hacerlo tam bién corremos el riesgo co­
rrespondiente.
Los nombres que se dan a Dios en la Escritura
todos revelan a Dios como alguien que provee para
nuestras necesidades. Cuando Dios dijo a Moisés en la
zarza ardiendo que su nom bre era «Yo soy el que soy»,
lo que le decía en realidad era: «Sea lo que sea que tu
necesites que Yo sea para tí, lo seré». A través de todo
el Antiguo Testamento Dios aparece a los hombres en
momentos de necesidad y les revela que El es exacta­
mente lo que ellos necesitan. Este proceso de revelarse

14
culmina en la persona de «Jesús», cuyo nombre significa
«Dios es mi salvación».
«Jehova-ra‘ah» significa el Señor es mi pastor. David
sabía, por el hecho de cuidar ovejas de un modo literal,
y por haber observado lo fácilmente que se descarrían,
que necesitamos que nos cuiden. Necesitamos que Dios
sea para nosotros lo que un pastor es para sus ovejas:
guía, protector, proveedor, amigo, corrector. David es­
taba expresando la profunda seguridad del cuidado per­
sonal propio, cuando comprendió que él tenía también
un pastor. Tenía a alguien que estaba preocupándose
de él y era capaz de guiarle.
Como sabemos, Jesús es el Buen Pastor. Marcos nos
dice: «Y vió una gran m ultitud, y tuvo compasión de
ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor, y
comenzó a enseñarles muchas cosas» (6:34). Las ense­
ñanzas de Jesús eran alimento para sus almas. Pero,
cuando la muchedum bre empezó a tener ham bre de
carácter físico, empezó a entrenar a sus futuros suceso­
res a pastorear diciéndoles que les distribuyeran panes y
pescado. Y, en la iglesia primitiva, los pastores empeza­
ron su entrenam iento sirviendo a las mesas (Hechos
6:1-7).
Jesús sabía que las ovejas se esparcirían, como h a­
bían hecho las de Juan el Bautista, si no las preparaba
para su propia muerte violenta que se acercaba. El iba
a morir, aunque no estaría ausente de ellos durante
mucho tiempo. Pero, sabía que, siendo ovejas, se ofen­
derían. tropezarían a causa de ello: «Todos sufriréis
tropiezo, pues está escrito: Heriré al pastor, y se dis­
persarán las ovejas. Pero después de que haya sido
resucitado, iré delante de vosotros a Galilea». (Marcos
14:27-28).
Pedro insistió que esto no le ocurriría a él. El sería
leal hasta la muerte. Pero, como las otras ovejas, cuan­
do el pastor fue atacado, Pedro sufrió tropiezo y se
descarrió.

15
Dios nos comprende. Nos hizo de la m anera que
somos, con la necesidad de ser pastoreados. Esto es
parte de la m anera en que nos ha hecho capaces de
responder a El. Jesús sabía que después de su ascensión
al cielo las ovejas volverían a desparram arse. Su minis­
terio invisible no sería suficiente; las ovejas necesitaban
a alguien que las cuidara. Por esta razón instituyó un
ministerio continuado entre su pueblo, una prolonga­
ción de su propio pastoreo.

Jesús dio Pastores

El ministerio de pastoreo de Jesús en el momento


presente se realiza por medio de hombres de carne y
hueso como yo. Yo soy un pastor -en realidad un ayu­
dante de pastor. Cristo es el G ran Pastor, y yo trabajo
con él y para El. Los pastores de una iglesia reciben el
mismo nombre que los pastores de rebaños. Este nom­
bre nos sirve pues muy bien para indicar a aquellas
personas que han sido llam adas y separadas por e!
Señor para ju n tar a las ovejas de Dios en un redil, y
cuidar este rebaño.
Cuando Jesús ascendió al cielo, envió al Santo Espí­
ritu para que m orara en nosotros, su pueblo. Este ad­
venimiento del Espíritu Santo añadió una nueva dimen­
sión a la vida hum ana. Pero, en adición al don del
Espíritu Santo (Hechos 2:38) a cada creyente, Cristo dio
además hombres y mujeres con dones p ara cuidar de
las ovejas: «Unos, los apóstoles; otros, los profetas;
otros, los evangelistas; y otros, los pastores y maestros».
(Efesios 4:11).
Esto no significa sólo que Dios dió a algunos el don
del apostolado, sino que a algunos los hizo apóstoles.
Todos pueden profetizar y muchos tienen el don de
profecía, pero algunas personas son ellas mismas profe­
tas. Cuando Dios dió pastores a sus ovejas, les dió

16
hombres y mujeres que eran pastores. Tenían las cuali­
dades necesarias para serlo.
Al dar a algunas personas como don a sus ovejas,
Jesús se estaba dando a sí mismo. En Hebreos 3:1,
leemos que Jesús es llamado: «Apóstol y Sumo Sacerdo­
te de nuestra profesión». Como Apóstol, El es el gran
Fundador de la iglesia y su Edificador. Y El era el gran
profeta del cual habla Moisés en Deuteronomio 18:15.
El Señor hablaría por medio de El a su pueblo y les
m andaría que oyeran sus palabras.
Además. Jesús era el Evangelista de Dios. Jesús
dice: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual
me ungió para predicar el evangelio a los pobres. Me
ha enviado para sanar a los quebrantados de corazón, a
proclamar liberación a los cautivos, y recuperación de
la vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimi­
dos. a proclam ar un año favorable al Señor» (Lucas
4:18-19).
Nicodemo, un hom bre im portante entre los judíos,
le dijo a Jesús: «Rabí, sabemos que has venido de Dios
como maestro...» (Juan 3:2). La enseñanza de Jesús era
diferente de la de sus contemporáneos en que: «les
enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los
escribas» (M ateo 7:29), que sólo repetían las tradiciones
de los hombres.
Finalmente. Jesús se identificó como pastor en Juan
10. Aquí mostró el contraste entre el buen pastor que
pone su vida por las ovejas y el asalariado que huye al
acercarse el lobo.
Jesús era y es nuestro apóstol, profeta, evangelista,
pastor y maestro. Y El ha enviado a personas dotadas a
Su iglesia para m inistrar en cada una de estas maneras.
Siempre las ha habido en la iglesia y continuaran en
ella hasta que hayamos alcanzado m adurez en Cristo.

17
II

Jesús como Obispo

Jesucristo es un pastor. Es corno un Pastor de los


pastores. En Jesús se manifiesta todo lo que un pastor
puede llegar a ser. El vino a buscar las ovejas perdidas
v entrenar a los pastores para que perpetuaran su mi­
nisterio. Vino para dem ostrar lo que debe ser un pas­
tor.
Hay cuatro referencias en el Nuevo Testam ento que
presentan cuatro aspectos diferentes del pastoreo de
Cristo. Las cuatro son esenciales para el bienestar de
las ovejas.
(1) Es el «Buen Pastor» que da su vida por las
ovejas (Juan 10:11).
(2) Es el «Gran Pastor» que fue a la muerte y se
levantó de los muertos, para cuidar de sus ovejas
(Hebreos 13:20-21).
(3) Es el «Pastor y Obispo» o guardián de nuestras
almas, el único que puede restaurarnos y hacer­
nos verdaderas ovejas del Padre ( I a Pedro 2:24-
25).

19
(4) Es el «Pastor Principal», a quien los pastores
ayudantes deben dar cuenta ( I a Pedro 5:1-4).
Estos cuatro elementos esenciales del ministerio de
pastoreo de Cristo pueden resumirse en las palabras:
redención, resurrección, restauración y recompensa.
Son ejercidos por el Hijo de Dios por medio del Espíritu
Santo y de hombres calificados.

El Buen Pastor

Un pastor auténtico difiere de uno que simplemente


cuida las ovejas, en que tiene su corazón en el rebaño.
Lo es todo para las ovejas: en el se origina todo: agua,
alimento, protección, salud, am istad, ¡todo! Y las ove­
jas expresan su amor y aprecio creciente a él por medio
de su dependencia, confianza y seguimiento.
El buen pastor pondrá su vida por las ovejas si es
necesario. Muchas personas se ponen primero a sí mis­
mos pero el buen pastor pone prim ero a las ovejas. F.B.
Meyer escribió lo siguiente acerca de Jesús:

Jesús tiene el corazón de un pastor, que late


con am or puro y generoso, que no considera
el precio de su sangre demasiado elevado p a­
ra pagarlo como rescate. Tiene el ojo del
pastor, que abarca a todo el rebaño, y que
echa de menos a una sola oveja que se ha
descarriado por la m ontaña, y sufre ahora en
la noche inclemente! Tiene la fidelidad del
pastor, que nunca falla ni olvida, que no nos
deja sin consuelo, ni huye al acercarse el
lobo. Tiene la fuerza del pastor, que nos
puede librar de las m andíbulas del león, o de
la garra del oso. Tiene la ternura del pastor;
no hay cordero débil al que se niegue a llevar
en sus brazos; ni santo tan débil a quien no
quiera conducir con cuidado, ni alma tan

20
decaída a la que no dé deséanso. (El Salmo
del Pastor, p.22).
Jesús reveló su corazón de pastor en la plegaria
íntim a que pronunció inm ediatam ente antes de ser de­
tenido y llevado al juicio y a la ejecución.
«Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo
sino por los que me diste; porque tuyos son, y
todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío y he sido
glorificado en ellos. Y ya no estoy en el m un­
do; mas éstos están en el mundo, y yo voy a
tí. Padre santo, a los que me has dado, guár­
dalos en tu nommre, para que sean uno, así
como nosotros. Cuando estaba con ellos en el
mundo, y yo los guardaba en tu nombre; y
a los que me diste, los guardé, y ninguno de
ellos se perdió... (Juan 17:9-12).
Las ovejas no se m antienen juntas de modo natural.
Tienen tendencia a vagar y dispersarse. Una vez separa­
das del rebaño y más allá de la distancia de la que
pueden oír el pastor, es muy difícil, si no imposible,
que puedan encontrar el camino de regreso. Las ovejas
no seguirán juntas a menos que haya un pastor que las
vigile cuidadosamente, él y sus perros. ¿Unidad sin un
pastor? ¡Imposible! La naturaleza de las ovejas exige un
pastor.
Pero, Jesús oró para que hubiera más que protec­
ción y unidad. Sus ovejas necesitan crecer a su seme­
janza, también.
«No son del mundo, como tampoco yo soy del
mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra
es verdad. Como tú me enviaste al mundo,
así yo los he enviado al mundo. Y por ellos
yo me santifico a mí mismo, para que tam ­
bién ellos estén santificados en la verdad».
(Juan 17:16-19).
21
¿Cómo se van a desarrollar sus ovejas? Sólo por
medio de su constante dirección personal. El pastor
debe dedicarse por entero a ellas: su tiempo, su perso­
nalidad, su poder e influencia, incluso sus objetivos
personales, para alim entar a las ovejas. El pastoreo exi­
ge esta clase de consagración. No era raro que un
pastor diera su vida, o por lo menos la arriesgara se­
riamente, para la seguridad de sus ovejas. David hizo
frente a un oso y a un león para salvar a su rebaño.

El Gran Pastor.
El Padre contestó la oración del Buen Pastor h a­
ciéndole el G ran Pastor. La resurrección y ascensión de
Cristo hicieron posible que El ayudara a m adurar a su
pueblo. Leemos:

«Y el Dios de paz que resucitó de los muertos


a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de
las ovejas, en virtud de la sangre del pacto
eterno, os haga aptos en toda obra buena
para me hagáis su voluntad, haciendo él en
vosotros lo que es agradable delante de él por
medio de Jesucristo: al cuál sea la gloria por
los siglos de los siglos. Amén. (Hebreos 13:
20 - 21) .

H asta que Jesús sufrió y murió por nuestra reden­


ción, su ministerio era limitado. Realizó milagros cuan­
do estaba presente en el m undo personalmente, y a
veces envió palabra de curación a una cierta distancia,
por medio de la fe. Pero su influencia estaba limitada
de modo prim ario a los que podían verle y oirle. Su
cuerpo era hum ano, como el nuestro, con las mismas
limitaciones físicas. Su poder estaba en sus palabras.
Dios no quería que su presencia quedara confinada
para siempre a la de un cuerpo hum ano, como no

22
quería que perm aneciera encerrada en la pequeña caja
que la Biblia denomina «el arca del pacto». El corazón
de Dios, rebosando de am or es demasiado grande: debe
alcanzar a todos. Jesús tenía que regresar sin las limita­
ciones hum anas. Esto fue lo que hizo, una vez se hubo
cumplido el propósito de su Encam ación. Jesús regresó
en la persona del Espíritu Santo. Es por esto que Jesús
dijo a sus discípulos que era mejor para ellos que se
fuera; su ascensión al Padre abriría una nueva dimen­
sión a su intim idad.

«Pero yo os digo la verdad: os conviene que


yo me vaya, porque si no me fuese, el Conso­
lador no vendría a vosotros; mas si me voy,
os lo enviaré».
(Juan 16:7).

El Consolador no era un sustituto para calmar a sus


desolados discípulos; era el Paracleto, el cual haría
la presencia de Jesús disponible a cada uno de ellos. El
Espíritu Santo era «otro» Consolador -exactamente co­
mo Jesús. El Espíritu del Pastor regresaría a las ovejas
y permanecería en ellas. Esto es lo que Jesús les dice a
sus discípulos, al prepararlos para esta transición. Les
corroboró para que no se consideraran abandonados
(Juan 14:16-18).
Antes de ser traspasado a la gloria, Jesús podía sólo
ejercer su influencia desde el exterior, pero mediante la
venida del Espíritu Santo, ha conseguido acceso en el
recinto más íntimo de la personalidad hum ana. Pudo a
partir de entonces cam biar a las personas desde dentro.
La redención nos trajo algo más que la salvación de la
ira de Dios; nos hizo posible un cambio básico del
carácter por medio de la obra interior del Santo Espíri­
tu. Jesús puede vigilar personalmente a cada una de las
ovejas desde el interior.

23
Pastor Obispo

Jesús llevó las iniquidades de la raza hum ana en la


cruz, pagando la pena total por ellas. Después de ello
pudo penetrar en la profundidad de la persona para
efectuar un cambio perm anente y quitar la raíz de
nuestra voluntariedad.

«Quien llevó el mismo nuestros pecados en su


cuerpo sobre el madero, para que nosotros,
muriendo a los pecados, vivamos para la ju s­
ticia; y por cuya herida fuisteis sanados. Por­
que érais como ovejas descarriadas, pero aho­
ra os habéis vuelto al Pastor y Obispo de
vuestras almas». ( I a .Pedro 2:24-25).

La obra de conversión es continuada por los pasto­


res. Esto significa que no basta simplemente llevar a las
personas ante el altar y presentarlas al Salvador que las
limpie de sus pecados y les perm ita empezar otra vez.
La verdadera obra de pastor empieza tan pronto como
han nacido las ovejas.
La palabra «obispo» hace énfasis sobre la responsa­
bilidad que tiene el pastor de vigilar a las ovejas. Pro­
cede del griego «episkopos», que quiere decir «superin­
tendente, inspector, guardián». Esta «vigilancia» espiri­
tual es una grave responsabilidad. Al criar al cordero,
para que llegue a ser una oveja o un cam ero, el pastor
debe atender a cada fase de su desarrollo.
Pedro describe a las ovejas antes de regresar al
pastor u obispo como «habiéndose descarriado». El vo­
cablo griego implica que habían sido víctimas de un
engaño. Se las había descarriado. Al carecer del cuida­
do de Jesús o sus pastores ayudantes, estas ovejas h a­
bían sigo engañadas, seducidas, se les había hecho

24
errar. El adversario había trabajado para crearse un
rebaño propio.
Los pastores auténticos deben enseñar a sus ovejas a
seguir sólo la voz del verdadero Pastor. Esto puede
requerir mucho tiempo y energía, dependiendo de cuan­
to daño han recibido estas ovejas como resultado de sus
experiencias previas. Pero una cosa es cierta: todas las
ovejas se han descarriado y necesitan ser restauradas.
(Isaías 53:6).

El Pastor Principal

Los pastores no son propietarios del rebaño que


conducen. Son mayordomos del Pastor principal. El
mayordomo cuida la propiedad de otro y tiene que
darle cuenta detallada de su administración. Como los
pastores ayudantes son responsables ante Jesucristo por
su mayordomía se les puede confiar las almas con segu­
ridad. Si no tuvieran que dar cuenta habría razón para
recelarse de ellos. Nuestra seguridad depende de su
integridad personal, aunque bajo el ojo vigilante de
Cristo.
Cuanta mayor responsabilidad Dios nos da, más
requerirá de nosotros. Los ayudantes seremos juzgados
más severamente que la oveja corriente. Santiago ad­
vierte: «No os hagáis maestros muchos de vosotros, sa­
biendo que recibiremos un juicio más severo» (Santiago
3:1).
El poder es corruptor. Hay grandes líderes en todas
las épocas que se han destruido a sí mismos y a sus
seguidores, porque se han embriagado con el vino de su
poder. Los pastores ayudantes están sujetos a la misma
tentación, pero, el hecho que tengan que dar cuenta al
Pastor principal es un freno que los constriñe. Pedro lo
expresa de esta m anera:

25
«Ruego a los ancianos que están entre voso­
tros, yo anciano tam bién como ellos, y testi­
gos de los padecimientos de Cristo, que soy
también participante de la gloria que ha de
ser revelada; pastoread la grey de Dios que
está entre vosotros, cuidando de ella, no for­
zados, sino voluntariamente; no por ganancia
deshonesta, sino con ánimo pronto; ni como
teniendo señorío sobre los que están a vuestro
cuidado, sino siendo ejemplos de la grey. Y
cuando aparezca el Príncipe de los pastores,
recibiréis la corona incorruptible de gloria».
( I a. Pedro, 5:1-4).

Pedro sabía que es de mayor atractivo el construir


para uno mismo que el ser un mayordomo. Es más
natural el usar las relaciones que tenemos para prove­
cho propio que para alim entar a los otros. Todos de­
seamos atención y aplauso -la emoción de saber que los
demás nos tienen en gran consideración. Y ¿quién es
que en un momento y otro no desea poseer m ás dinero?
Vamos a caer por estos derroteros a menos que se nos
ataje desde el exterior. Pero no hay nada en la tierra
capaz de doblar y poner coto a nuestra perversidad
hum ana; se necesita la actividad del mismo Príncipe de
los Pastores.
El apóstol Pablo dijo:

«... por lo cual tam bién anhelamos, o ausen­


tes o presentes, serle agradables. Porque to­
dos nosotros debemos comparecer ante el tri­
bunal de Cristo, para que cada cual recoja
según lo que haya hecho mientras estaba en
el cuerpo, sea bueno o sea malo. Conociendo,
26
pues, el tem or del Señor, persuadimos a los
hombres; pero a Dios le es manifiesto lo que
somos; y espero que también lo sea a vuestras
conciencias». (29. Cor. 5:9-11).

El cordero más indefenso está seguro en los brazos


del pastor que sabe que él mismo es transparente ante
los ojos del Príncipe de los Pastores.
Estas cuatro facetas del pastoreo deberían ser m ani­
fiestas en la iglesia. Los buenos pastores ponen su vida
por el rebaño. Cooperan con el Espíritu Santo para
efectuar cambios en la vida interior de la gente y en sus
relaciones. Restauran y educan a su grey hasta que las
ovejas están satisfechas de permanecer en el redil y
seguir al Pastor y Obispo por todas partes. Sus tratos
con el pueblo de Dios son a conciencia, porque el
Príncipe de los Pastores va a juzgar su mayordomía.

27
III

La Fuente de
toda autoridad

En la carta de Pablo a los Efesios vemos a la iglesia


como la plenitud de Cristo (capítulo I), «el nuevo hom­
bre» (2:11-18), «el templo de Dios». (2:19-22), «la fami­
lia de Dios» (capítulo III), «en unión con Cristo» (capí­
tulo IV). como «esposa de Cristo» (capítulo V), y como
«el ejército de Dios» (capítulo VI).
Estos siete cuadros, tan im portantes, dicen todos lo
mismo respecto a la iglesia. Dicen que Cristo está tan
íntimamente unido a su pueblo que El está en realidad
presente y activo en su iglesia sobre la tierra. Cristo
mismo es la fuente de la vida y el poder de la iglesia.
Su propia presencia activa todo lo que se realiza. No es
un propietario ausente y lejano, que dirije las cosas
desde «otra parte». Está activo, presente como Cabeza
del Cuerpo. El y su pueblo son «uno», como oró El para
que fueran (Juan 17). Todavía sigue siendo el Pastor de
los pastores y del rebaño.
Cristo pasó a ser la Cabeza de la Iglesia cuando su
Ascensión. El había descendido primero para eliminar

29
toda oposición a su autoridad suprema. Luego fue le­
vantado de los muertos y declarado Hijo de Dios (Rom.
1:4). Pero estos sucesos no tuvieron cumplimiento hasta
que Cristo ascensió a la diestra del Padre -en su lugar
de autoridad total. Este reinado es evidente ahora sólo
en los que creen en El. Pero un día, todas las naciones,
tribus y lenguas doblarán la rodilla ante El. Entretanto
el G ran Pastor está en medio de aquellos a los que ha
llamado del mundo para ser sus ovejas. En su redil, la
iglesia, podemos esperar ver su liderazgo permanente.

Un Pacto con el Pastor Rey

La exaltación de Cristo cumplió la promesa de Dios


a David, el antiguo rey que había sido pastor. El día de
Pentecostés, Pedro, explicó la resurrección y ascensión
en términos del Salmo 110, un salmo de David. En el
prim er sermón que tenemos registrado de Pablo encon­
tramos una relación plenam ente desarrollada entre el
pacto de Dios con David y la exaltación de Cristo:

Y en cuanto a que le levantó de los muertos


para nunca más volver a corrupción, lo dijo
así: «Os daré las misericordiosas y fieles pro­
mesas hechas a David. Por eso dice tam bién
en otro salmo: No perm itirás que tu Santo
vea corrupción». (Hechos 13:34-35).

¿Qué son las misericordiosas y fieles promesas he­


chas a David? Se refieren al juram ento inquebrantable
que hizo Dios a David. «No olvidaré mi pacto, ni m u­
daré lo que ha salido de mis labios. Una vez por todas
he jurado por mi santidad, y no mentiré a David. Su
descendencia durará para siempre, y su trono como el
sol delante de mí». (Salmo 89:34-36).

30
El rey David quería edificar un templo para el Se­
ñor. David era un hom bre de guerra: no estaba equipa­
do para construir un templo. Dios escogió para ello a
Salomón, el hijo de David, el cuál edifico realmente el
templo. Dios dió a David la pauta, pero el templo fue
llamado templo de Salomón.
Pero, fue el descendiente más lejano de David, Jesu­
cristo, quién construiría el templo espiritual: la iglesia.
El deseo de David de edificar un templo material habla­
ba de la mayor gloria futura, un templo espiritual, una
habitación para alabanza en las vidas del pueblo rendi­
do a El. (Efesios 2:19-22).
David quería construir una casa para Dios, pero el
propósito de Dios era construir una casa para David.
La palabra «casa» en este caso significaba una dinastía
perdurable, una línea que no tendría fin, mediante los
descendientes de David. Dios envió el profeta Natán
para especificar los términos de este Pacto. «Así ha
dicho Jehová de los ejércitos: Yo te tomé del redil, de
detrás de las ovejas, p ara que fueses príncipe sobre mi
pueblo de Israel» ( I a. Cron. 17:7). Dios y David eran
pastores los dos. Sabían como cuidar el rebaño.
El pacto de David contenía cuatro provisiones bási­
cas y una sola condición. Dios prometió dar a David:
(1) una «casa» -posteridad; (2) un «trono» -autoridad;
(3) «un reinado» -una esfera de gobierno; y (4) «miseri­
cordias permanentes» -continuidad. Pero si alguien de
la simiente de David se rebelara, Dios le castigaría. Sin
embargo este fallo no podía anular el pacto, y este
pacto fue finalmente cumplido en Cristo, el hijo de
David (Lucas 20:41-44), etc. Viviendo Cristo para siem­
pre, El pasó a ser las misericordias seguras a David.
Estas misericordias firmes significan que nosotros,
como ovejas, no seremos nunca dejados sin dirección.
Isaías profetizó: «Inclinad vuestro oído, y venid a mí;
oíd, y vivirá vuestra alma; y haré con vosotros un pacto
eterno, las misericordiosas y firmes promesas hechas a
31
David. He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos,
por jefe y por caudillo a las gentes». (Isaías 55:3-4).
Este pacto fue confirmado a M aría cuando el ángel
le entregó su mensaje: «Mira, concebirás en tu seno y
darás a luz un hijo, y llam arás su nombre Jesús. Este
será.grande y será llam ada Hijo del Altísimo. El Señor
Dios le dará el trono de su padre David y reinará sobre
la casa de Jacob para siempre; y su reino no tendrá
fin». (Lucas 1:31-33).
El reino de Jesús no es exterior y visible, pero ha
empezado ya en los corazones de aquellos que han
rendido su voluntad a su señorío. Pedro indicó los pasos
esenciales para entrar en las esferas del reinado de
Cristo: «Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo». (Hechos 2:38).
Cristo nos une a El espiritualm ente y a los otros que
también acuden a El. Pasamos a ser un «miembro en
particular» de Su Cuerpo. El juntarnos a la iglesia
significa que pasamos a ser un participante activo del
poder de la ascensión y gobierno presente de Cristo.
Pero, uno no puede hacerse él mismo un seguidor; debe
ser atraído, perdonado y cambiado por la obra sobera­
na del Espíritu Santo. Debe ser «añadido» a la iglesia
(Hechos 2:41-47, etc). Pasamos a ser la herencia de
Dios cuando nos convertimos en ovejas que se someten
a un pastor y permanecen en el redil.
Los rediles locales son formados a causa de la obra
del Espíritu, que levanta líderes que reúnen a las ove­
jas. Los que viven aislados, separados, solitarios, pronto
se sienten atraídos a unirse a un grupo, porque en él
sienten que hallan liderazgo, guía, el don del Espíritu o
carisma de guía. Pasamos a estar unificados bajo un
líder.

32
IV

¿De modo que quiere


ser un Pastor?

Hay m ucha gente que han asistido a una iglesia


toda su vida sin saber realmente lo que es un pastor.
Han llamado «pastor» a un hom bre o una mujer sin
entender bien el lugar especial que este ministro local
debería tener en sus vidas.
Un pastor de ganado se distingue de todos los otros
obreros del campo a causa de la naturaleza de su trab a­
jo. De la misma m anera el pastor de una iglesia se
distingue de los apóstoles, profetas, evangelistas y maes­
tros (véase Efesios 4:11) por lo que hace y cómo lo
hace. Podemos observar las siguientes cuatro im portan­
tes diferencias:
1. El pastor es responsable de un rebaño particular.
2. Establece relaciones en que se implica un contac­
to personal con individuos.
3. Raramente desarrolla una reputación como espe­
cialista, sino que se limita a sí mismo a los asun­
tos locales.
33
David. He aquí que yo lo di por testigo a los pueblos,
por jefe y por caudillo a las gentes». (Isaías 55:3-4).
Este pacto fue confirmado a M aría cuando el ángel
le entregó su mensaje: «Mira, concebirás en tu seno y
darás a luz un hijo, y llam arás su nombre Jesús. Este
será, grande y será llamada Hijo del Altísimo. El Señor
Dios le dará el trono de su padre David y reinará sobre
la casa de Jacob para siempre; y su reino no tendrá
fin». (Lucas 1:31-33).
El reino de Jesús no es exterior y visible, pero ha
empezado ya en los corazones de aquellos que han
rendido su voluntad a su señorío. Pedro indicó los pasos
esenciales para entrar en las esferas del reinado de
Cristo: «Arrepentios, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo». (Hechos 2:38).
Cristo nos une a El espiritualmente y a los otros que
también acuden a El. Pasamos a ser un «miembro en
particular» de Su Cuerpo. El juntarnos a la iglesia
significa que pasamos a ser un participante activo del
poder de la ascensión y gobierno presente de Cristo.
Pero, uno no puede hacerse él mismo un seguidor; debe
ser atraído, perdonado y cam biado por la obra sobera­
na del Espíritu Santo. Debe ser «añadido» a la iglesia
(Hechos 2:41-47, etc). Pasamos a ser la herencia de
Dios cuando nos convertimos en ovejas que se someten
a un pastor y permanecen en el redil.
Los rediles locales son formados a causa de la obra
del Espíritu, que levanta líderes que reúnen a las ove­
jas. Los que viven aislados, separados, solitarios, pronto
se sienten atraídos a unirse a un grupo, porque en él
sienten que hallan liderazgo, guía, el don del Espíritu o
carisma de guía. Pasamos a estar unificados bajo un
líder.

32
IV

¿De modo que quiere


ser un Pastor?

Hay mucha gente que han asistido a una iglesia


toda su vida sin saber realmente lo que es un pastor.
Han llamado «pastor» a un hom bre o una mujer sin
entender bien el lugar especial que este ministro local
debería tener en sus vidas.
Un pastor de ganado se distingue de todos los otros
obreros del campo a causa de la naturaleza de su trab a­
jo. De la misma m anera el pastor de una iglesia se
distingue de los apóstoles, profetas, evangelistas y maes­
tros (véase Efesios 4:11) por lo que hace y cómo lo
hace. Podemos observar las siguientes cuatro im portan­
tes diferencias:
1. El pastor es responsable de un rebaño particular.
2. Establece relaciones en que se implica un contac­
to personal con individuos.
3. Raramente desarrolla una reputación como espe­
cialista, sino que se limita a sí mismo a los asun­
tos locales.
33
4. Cuida de que sus ovejas alcancen madurez y esta
es la recompensa principal de su vida.

Responsabilidad respecto a La Grey

Dios da el pastor a las peronas a las cuales este


pastor sirve. Tanto el ser un pastor como el ser una
oveja del rebaño implica responsabilidad. Es una rela­
ción m utua. Si Vd. pertenece a una iglesia local no sólo
pertenece a Dios sino también al resto de las ovejas de
esta grey.
El pastor tiene la responsabilidad de ser como el
cabeza de una familia para su grey. Yo soy marido y
padre. Como adulto tengo la capacidad de hacer lo que
quiero hacer. Si me levanto m añana por la m añana y
quiero ir a Arizona, tendría que poder hacer las male­
tas e ir. ¿No sería esto magnífico? Pero, no puedo. No
vivo sólo para mí mismo. Debo hacer mis decisiones en
términos de las necesidades de los otros que forman
parte de mi vida: mi esposa y mis hijos.
He sido llamado por Dios para ser un pastor. Esto
implica responsabilidad que me atan como las que ten­
go respecto a mi propia familia. No puedo irme y
abandonar a mis ovejas, como no puedo dejar a mi
esposa. Por más atractiva que pueda parecerme la idea
de irme a Arizona mis compromisos con las ovejas de la
grey me lo impiden.
Por desgracia, muchos pastores no consideran estos
puntos cuidadosamente cuando sospesan las oportuni­
dades para su mejoramiento personal. Se consideran
simplemente libres para ir a cualquier parte y hacer
cualquier cosa que sea ventajosa para ellos.
No creo que un pastor puede dejar su redil simple­
mente diciendo que Dios se lo ha dicho bajito al oído.
Hemos visto demasiados casos así. El pueblo de Dios no
debe ser abandonado para que lo arrebaten los lobos.
Si es necesario un cambio de liderazgo el rebaño debe

34
ser dejado al cuidado de un sucesor que conozca y
cuide las ovejas. Israel hubiera sido presa de pánico si
el caudillaje hubiera sido transferido de Moisés a Josué
sin que el pueblo hubiera tenido ocasión de conocer al
nuevo líder. El pueblo conocía a Josué, sus dones, su
temperam ento, su amor hacia ellos. Y Moisés no se
levantó un sábado por la m añana y anunció su dimisión
al pueblo como un mazazo. Con antelación a la transfe­
rencia de autoridad Moisés había puesto sus manos
sobre Josué en presencia de los ancianos y de toda la
congregación.
No hay necesidad de ir muy lejos en nuestro país
para descubrir iglesias que no tienen cuidado pastoral
adecuado. Hay literalmente millares de púlpitos vacíos,
y las ovejas, o bien van dando vueltas ham brientas o
están desparram adas, porque un pastor local que les
servía antes, las abandonó sin que hubiera un sucesor
apropiado. Ahora carecen de una supervisión genuína.
No es de m aravillar que en tantas localidades las con­
gregaciones sean débiles y desfallecientes, si no son ya
muertas.

Relación con personas reales

De la misma m anera que un pastor conoce a cada


oveja por su nombre, un pastor conoce a cada uno de
sus miembros. Nadie es simplemente un nombre, o un
apretón de manos, o un número en las ofrendas. Cada
persona tiene una cara, una personalidad, y un lugar
especial en su corazón.
La iglesia que pastoreo es grande y a veces algunas
personas me preguntan: «¿Cómo puede Vd. conocer los
nombres de 3.000 miembros?» Pero, yo tengo una res­
puesta simple:
«Estoy metido con esta gente todo el día. Los veo en
la iglesia. Los miro cuando se acercan al altar para
recibir la gracia divina. Los veo entrar en las aguas del

35
bautism o. Oigo sus radiantes testimonios de como des­
cubren la realidad del bautism o del Espíritu Santo».
«Me siento con ellos en sus mesas. Hablo con sus
hijos. Hago la presentación de los recién nacidos. Los
caso. Los entierro. Los ayudo incluso a hacer el presu­
puesto fam iliar cuando las cosas van cuesta arriba. No
se term ina nunca».
Esto es lo que significa apacentar las ovejas. A
semejanza del médico de familia, el pastor sirve a todos
en la familia. Los especialistas pueden hacer milagros
curativos que el antiguo médico de familia nunca había
soñado, pero son impersonales. Nunca conocen a la
gente como personas, sino como sistema circulatorio, o
un par de ojos, o intestino delgado, etc. Pero, nosotros
todavía necesitamos el contacto del antiguo médico de
cabecera. El sabe a quién referirnos si necesitamos un
especialista. De modo similar el pastor puede referir a
una de sus ovejas a un especialista en curación, consejo,
liberación, según sea el área en que necesite ayuda. Al
hacerlo no renuncia a su interés personal. Averigua el
resultado. ¿Cómo resolvió Dios la necesidad? El pastor
conoce personalmente el ministerio de aquel a quién
nos envía.
Por encima de todo, el térm ino pastor implica rela­
ción. Cuando me llaman «pastor» yo reconozco una
relación, una relación viva y creciente.
No tengo esta clase de relación con toda la familia
de Dios. Los rebaños de Alemania no me conocen. Ni
los de Francia. Ni aún los de la ciudad de Cleveland,
mucho más cerca, me conocen. Pero en el Templo
Misionero de Bethesda, los que vienen al servicio son
mis ovejas, y yo debo trabajar con ellos cuidadosam en­
te. Esto no significa que empiezo a considerarme como
un Pastor Principal. No me enseñoreo de los que son la
herencia de Dios. Pero significa que mi relación y res­
ponsabilidad hacia esta gente es única.
Como predicadores, los que somos pastores, pronto
36
nos damos cuenta que recibimos más honor cuando no
estamos en nuestra propia congregación. Podemos con­
tar historias ya usadas y nadie lo sabe; usar ilustracio­
nes pasadas sin que nos abucheen, y com binar un ser­
món de otros sermones si creemos que habían resultado
satisfactorios. Es mucho más fácil que se nos elogie y
aún adule. Pero cuando volvemos a casa no hay un
desfile y una banda que lo celebra.
A mi me gustan los cumplimientos como le gustan a
cualquiera. De hecho me los trago. A través de los años
un cierto núm ero de personas bienintencionadas me
han dicho que mi ministerio es demasiado importante
para confinarlo sólo a una iglesia local. De momento
me he dejado entusiasm ar por halagos tan zalameros.
Pero no me dejé sonsacar. Eran tonterías. El hecho de
que les gusta a la gente oírme cuando les visito en mis
viajes a lo largo del país no me confiere autom ática­
mente el don apostólico de viajar. El Señor me llamó a
ser pastor. Y si tengo una miaja de buen sentido,
pastor quedaré.
El dinero es también un problem a. Lo que hago no
debe hacerlo por am or al lucro. Si lo es, me vuelvo un
asalariado y todo depende de cuanto me pagan. Las
ovejas conocen de modo instintivo cuando ocurre esto.
Si un pastor no tiene en el fondo de su corazón interés
por sus ovejas es mejor que no sea pastor.

No por la reputación o la fama

Una vez asistí a una convención en Indiana. D uran­


te los tres días que duró prediqué una vez.
Había un joven allí que me vió tres veces. Cada vez
que me vió, yo estaba comiendo. Me había oído hablar
sólo una vez. Finalmente se me acercó y me dijo: «Her­
mano Beall, ¿podría hacerle una pregunta?».
«Sin duda», le contesté.
«¿Qué hace Vd. como profesión?»
37
«Soy pastor, ministro».
«Ya sé que es un ministro, pero ¿qué más hace?»
«No hago nada más; ésto es todo».
El joven abrió los ojos asombrado. «Quiere decir
que. esto es todo lo que hace? ¿Cómo ocupa el resto del
tiempo?»
¡Para este joven un pastor es una persona que pre­
dica una vez en tres días y come el tiempo restante! Sin
duda el joven creería que ser pastor era algo muy inte­
resante. ¡Cuán lejos se hallaba la verdad! ¡Cuán poco
sabía de la inmensa responsabilidad y la presión intensa
que implica el cumplir esta vocación fielmente!
El pastorado no es un cargo que uno deba buscar
por am or a sí mismo. En los tiempo bíblicos nadie
decía que quería cuidar el rebaño. Esta tarea era asig­
nada al hijo menor o a una de las hijas. Era una tarea
humilde y no reconocida, de carácter rutinario. Día tras
día el pastor tenía que escuchar los incesantes balidos
de las ovejas que estaban totalmente bajo su cuidado.
Esto resultaba monótono en el curso de los años. No es
muy diferente el pastorear personas.
Moisés había sido criado como un príncipe en Egip­
to. Tenía educación y prestigio. Pero cuando Dios le
llamó, abandonó su posición. Y Moisés se encontró
pronto en una situación muy diferente.
En M adián no pudo hallar otra ocupación que la de
pastor. Esta profesión era considerada despreciable p a­
ra los egipcios. El suegro de Moisés, Jethro, le dió a
Moisés la tarea de apacentar su ganado en los andurria­
les del desierto, durante cuarenta largos años. Cuando
llegó para Moisés el momento de conducir a Israel para
liberarlo de su servidumbre, su orgullo había sido que­
brantado. Estaba preparado para hacerlo por amor a
los otros, no con miras a su propio nombre y prestigio.
El pastoreo era una ocupación necesaria, ya que la
mayor parte de la tierra no era adecuada para nada
más. Había suficiente hierba para las ovejas, pero no
38
hubiera crecido allí vegetación más exigente. Pero los
que estaban a cargo del ganado no eran tenidos en muy
gran estima. Cuando Samuel quería ungir rey a uno de
los hijos de Jessé, le costó bastante a Jessé recordar que
todavía tenía otro hijo, David, que estaba apacentando
el ganado. Cuando Jesús habló de sí mismo como el
Buen Pastor, se situó en una posición muy humilde.

39
V

El Pastor es más
que un predicador

El prim er oficio que se menciona en la Biblia des­


pués que el hombre fue expulsado del Jardín del Edén
fue el de apacentar ovejas. El prim er pastor, Abel, nos
da una excelente introducción a lo que la Biblia tiene
que decir acerca de los pastores, los de ganado y los
otros.
«... y Abel fue pasto de ovejas...» (Gen. 4:2).
La palabra hebrea que indica «pastor» es ra’ah, y
ocurre unas ochenta veces en el Antiguo Testamento.
Su significado incluye no sólo el de cuidado y atención
a las necesidades prácticas de las ovejas sino el de
compañía personal, (ver Salmo 122:8). Es pastor no
vigila las ovejas de un modo frío e impersonal.
«Guardamos» algo porque lo apreciamos o porque,
por otra razón, está cerca de nuestro corazón. Jesús
apacienta las ovejas de su Padre y procura no perder
ninguna. Cada oveja es una posesión que no tiene pre­
cio.

41
«Todo lo que el Padre me dá, vendrá a Mí; y
al que a Mí viene de ningún modo le echaré
fuera. Porque he descendido del cielo que me
envió. Y esta es la voluntad del Padre, que
me envió; Que de todo lo que me ha dado,
no pierda yo nada, sino que lo resucite en el
último día» (Juan 6:37-39).

El compromiso es serio: «no perder nada». Pero,


notemos que Jesús no estaba diciendo esto sobre los de
la m uchedum bre que le seguían, sino sobre un grupo
selecto, los que el Padre le había dado para que guar­
dara como ovejas. Estas personas en particular serían
llamadas aparte del mundo y personalmente acudirían a
El; le escogerían a El como a alguien especial y le
perm itirían que fuera im portante en sus vidas. Desa­
rrollarían una relación especial con El como su pastor,
y esta relación los «guardaría».

El pastor no puede ni pensar en perder alguna de


sus ovejas. Como en la parábola fam iliar (Lucas 15:3-7,
Mateo, 18:12-24), el pastor dejará las noventa y nueve
seguras en el redil y saldrá desafiando la intemperie en
busca de la que no ha regresado. Cada individuo es
importante pra él. No se preocupa de los números.
Puede que sea una iglesia grande la suya, pero si la
«querida herm ana Fulana» no va bien, el pastor se
preocupa. Va a buscarla y trata de resolver las dificul­
tades.
No podemos «guardar» algo hasta que lo hemos
recibido. El padre le dió a Jesús hombres y mujeres que
le buscaran y se sometieran a su cuidado. Pero El, a su
vez, tenía que recibirlos. Antes de que una oveja con­
sienta en que un pastor la cuide tiene que recibir la
garantía de que va a ser aceptada.
42
Todos tememos ser rechazados. Algunos hemos sido
heridos profundam ente por alguna relación que hemos
tenido, especialmente los que tienen autoridad en algu­
na forma, como padres, maestros y patrones. Estas
heridas pueden sanar sólo por medio de una relación
positiva y duradera. El ser guardado por un pastor que
se preocupa del bien de uno, restaurará la confianza en
la autoridad hum ana del tal, y sanará al herido de su
tem or hacia Dios, que es la últim a autoridad. La oveja
que sabe que es am ada y apreciada no se pierde tan
fácilmente.

El poner confianza exige tiempo.

Hay numerosas personas que quieren encontrar a un


pastor en quien puedan confiar. Han sido heridas por
alguien que representaba a Dios en el pasado, y quieren
poder confiar en otro líder espiritual, pero están recelo­
sos. Se sientan y escuchan. Observan. Quieren sondear
los motivos. Escuchan el tono de la voz de uno. Vigilan
cuidadosamente la forma como son tratados los otros y,
sólo después de años abren sus vidas al pastor para que
ejerza en ellos su ministerio.
Me atrevería a sugerir lo siguiente: algunas personas
se han sentado en nuestros servicios durante más de
cinco años antes de que fueran capaces de confiar en
mí como su guía espiritual. Cuando finalmente hicieron
la decisión, com entaron: «Había dicho que no confiaría
mi vida otra vez a otro ministro. Tenía que asegurarme,
antes de hacerlo con Vd.»
He descubierto que hay un deseo o necesidad mutuo
en la relación pastor-oveja. La oveja debe saber que es
querida, y el pastor debe tener la seguridad que ha sido
aceptado por alguien que va a seguirle. Esto hace que
la membresía en la iglesia sea algo más que un compro­
miso superficial; es de un valor decisivo en la vida
espiritual.

43
Jesús no guardaba las ovejas para sí mismo, sino
para el Padre. De la misma m anera los ayudantes de
pastor estamos guardándolas en el nombre de Jesús,
como u na responsabilidad doble, hacia Dios y hacia las
mismas personas a nuestro cargo. Pero, ¿cómo tiene
lugar esto? Isaías da una lista de cinco funciones del
pastor. Notémoslas en la siguiente cita:

«He aquí que Jehová el Señor vendrá con


poder, y su brazo sojuzgará para El; he aquí
que su recompensa viene con El, y su paga va
delante de El. Como un pastor apacentará su
rebaño: en su brazo recogerá los corderos, y
en su seno los llevará y pastoreará suavemen­
te a las que amamantan». (Isaías 40:10-11).

Las reglas del Pastor

Isaías estaba al corriente de los hábitos de los pasto­


res. Nota el papel im portante que juegan la mano y el
brazo en el oficio de pastor. El pastor usa su mano y su
brazo fuertes para defender a las ovejas de todo peligro
y para cuidarlas cuando necesitan atenciones especiales.
Cuando Isaías describe al Mesías como pastor diciendo
que «su brazo sojuzgará para El» está diciendo que su
influencia llegará por medio del contacto personal.
La imposición de manos es una forma común de
ministerio en el Nuevo Testam ento y en el Antiguo. Se
puede ver que floreció en plenitud durante el ministerio
de Cristo. Jesús no temía tocar a la gente. Y su contac­
to no siempre era eclesiástico. E ra un hombe tan afec­
tuoso que podemos pensar que ponía su brazo alrede­
dor de la espalda de sus discípulos cuando hablaba con
ellos.

44
Me he preguntado alguna vez que tal fue la conver­
sación cuando Jesús le dijo a Pedro que Satanás quería
zarandearlo como trigo, pero que El oraría por Pedro,
para que no le faltara la fe. Me imagino que lo dice con
el brazo sobre la espalda de Pedro m ientras van andan­
do y charlando. Jesús am aba a Pedro y no quería que
sufriera o fuera lastimado. Este zarandeo era necesario
para el crecimiento de Pedro. Jesús quería que Pedro
conociera que estaba en el centro de los pensamientos
de Jesús durante esta prueba.
He visto a hombres y mujeres reverdecer cuando les
he dicho que progresaban de un modo espléndido. El
mero hecho de retener un momento la mano después de
haberla apretado puede hablar mejor que un libro. Una
mano en la espalda cuando se anda hacia la puerta
puede dar la impresión de calor que la oveja necesita
quizá de un modo desesperado. Encuentro difícil tronar
desde el púlpito amenazas del juicio de Dios cuando
tengo la costumbre de pasar la mano acariciando la
cabeza, orejas y nuca de la oveja.
La palabra hebrea para «sojuzgar» usada en este
pasaje de Isaías habla de dominio, gobierno, reino con
poder. El pastor está a cargo del rebaño. El pastor hace
las decisiones y las ovejas le siguen; no es al revés. Su
gobierno es una extensión del de Cristo.
Como pastor de una iglesia local soy responsable de
lo que ocurre en ella. Debo ocuparme de saber lo que
está pasando y debo estar seguro de que es digno de ser
aprobado. Tendré que dar cuenta de ello al Pastor
Principal. Si perm ito algo en contra de mi conciencia
sin protestar de ello, será mía la culpa.
Cuando a mi vez delego autoridad a otros debo
mantener el contacto personal. Mi brazo rige por mí.
Debo saber a quienes pongo en una posición de autori­
dad, pero también debe seguir en contacto con ellos. Es
parte de mi deber el asegurarme de que están llevando

45
a cabo mis instrucciones como se las di, pero con am a­
bilidad y consideración.

El Pastor alimenta

La palabra griega «poimaino» se usa de modo lite­


ral y de modo figurado en el Nuevo Testam ento. Su
significado básico es «apacentar», «tener cuidado» o
«conducir al pasto» (Arndt y Gringrich). Pero tam bién
es usada en referencia a la iglesia, para describir la
actividad que protege, gobierna, estimula. Un pastor,
que es llamado en griedo «poimen» el que hace la obra.
No hay nada que substituya al hecho de tener el cora­
zón en la tarea: ni la educación, ni el talento, ni el
nombramiento eclesiástico. El hombre que conduce el
rebaño a pastor apetitosos es, al fin y al cabo, aquel
cuya voz van a escuchar las ovejas.
Ocurre con frecuencia que un joven aspirante de
seminario o de escuela bíblica se gradúa, em pezando su
carrera como ayudante de un pastor de una gran con­
gregación. Casi siempre estos aspirantes al ministerio
son personas de talento, instruidos, gente encantadora,
con los cuales los miembros establecen relación con
agrado. Juntos con el ministro responsable, hacen un
equipo magnifico. En esta posición, sin em bargo, se
sienten tentados a creer que ya han llegado al nivel en
que pueden aceptar mayores responsabilidades. Si a
esto se añade el cansancio de estar en segunda fila, se
comprende que pronto buscan la oportunidad de encon­
trar un rebaño en que pueden estar por su cuenta. Y
con frecuencia lo consiguen.
No es raro, sin embargo, que descubran que, aun­
que pueden predicar, orar, cantar, hacer visitas y tocar
el piano como el que más, tienen dificultades para
alim entar al rebaño de modo adecuado. Con el tiempo
el rebaño está flaco e irritable y el joven pastor se lo
toma a pechos no comprende por qué. Pero acaba

46
aprendiendo el viejo axioma en la práctica: si no puedes
alim entar a las ovejas, las ovejas no te seguirán. Las
ovejas buscan otros pastos.
Los ministros por radio que piden dinero con fre­
cuencia son los que no ofrecen alimento espiritual ver­
dadero. La gente lo sabe y acaba abandonando el pro­
grama. El ministro puede clam ar y hacer un llam a­
miento tras otro, y aún recurrir a trucos y supercherías,
pero tarde o tem prano la m aquinaria acaba parándose
en seco.
El alimento espiritual es la Palabra dentro de la
palabra. Son las palabras que llevan el mensaje, pensa­
miento y dirección que uno ha recibido del Espíritu. El
Espíritu habla, nosotros escuchamos; la Palabra es diri­
gida y luego es revestida del lenguaje corriente. Pero
esta Palabra se origina en la mente divina. Cuando el
Señor le dijo a Pedro: «Apacienta mis ovejas» le quería
decir a Pedro que consiguiera la dirección del Espíritu
Santo y que luego preparara sus palabras de modo que
sus oyentes entendieran en su lenguaje lo que el Señor
quería decirles. El alim entar, para mí, significa la habi­
lidad de articular de modo comprensible la carga que el
Espíritu Santo ha colocado en nuestro corazón.
El pastorear no es una dictadura arbitraria; es con­
ducir el rebaño a pastos abundantes de alimento. El
regir es una parte necesaria de llevar a las ovejas el
alimento que necesitan. Las ovejas no pueden encontrar
su propio alimento. Deben ser conducidas al pasto. Un
pastor responsable conoce el terreno y los mejores ca­
minos para ir de un área de pasto a otra. Las ovejas
sólo pueden llegar a pastos jugosos si se dejan guiar por
alguien que conoce el terreno mejor que ellas.
Una y otra vez las escrituras se refieren a los pasto­
res como alimentadores. Damos unos pocos ejemplos:

Pastoread la grey de Dios que está entre voso­


tros. cuidando de ella... ( I a. Pedro 5:2).

47
Por tanto mirad por vosotros, y por todo el
rebaño en que el Espíritu Santo os da puesto
por supervisores, para alim entar la iglesia del
Señor... (Hechos 20:28).
Los ancianos que gobiernan bien, sean teni­
dos por dignos de doble honor, principalm en­
te los que trabajan en predicar y enseñar. ( I a .
Timoteo 5:17).
Las ovejas no acuden al pastor para ser dominadas
o coaccionadas; van para ser alimentadas. La autoridad
en la piedad es el resultado natural de alim entar con la
palabra inspirada. Las ovejas aprenden a confiar por­
que cuando siguen, experim entan satisfacción. Son ali­
mentadas.
Las ovejas que no son conducidas a nuevos pastos
van a morir de ham bre. El pueblo de Dios no puede ser
alim entado con un aspecto de la verdad de Dios tan
sólo si es que se espera que crezca. Algún pastor predi­
ca sobre un punto particular de la verdad bíblica como
si estuviera m ontado en un caballo de m adera: no se
mueve del mismo sitio. Algunos escogen la justificación
por la fe, otros el bautismo de agua, otros la curación o
sanidad, otros sus ideas sobre la demonología, otros sus
teorías sobre la tribulación y el milenio. La lista sería
interminable. Y, tarde o tem prano, las ovejas rehúsan
acercarse a su mesa, porque su estómago ya no tolera
patatas hervidas recalentadas con un poco de salsa algo
distinta en cada comida.
Una vez tuve con un joven una corta conversación.
Durante los minutos que estuvimos juntos le pregunté
acerca de su iglesia. Me contestó: «Yo pertenezco a una
iglesia de las del tipo «cincuenta más dos».
Le contesté: «¿Qué clase de iglesia?»
Volvió a repetir: «Cincuenta más dos»
No pude por menos que contestarle: «No tengo la
menor idea de lo que me está diciendo».
48
El joven se sonrió y me contestó: «Una iglesia en
que se predica la salvación cincuenta domingos al año.
En los otros dos se predica el diezmo».

El Pastor recoge y reúne ^

Las ovejas se descarrían de un modo natural. El


saber recogerlas es una de las cualidades carismáticas
únicas que el Señor concede a los pastores. Por medio
de ella tiene tal atractivo sobre las ovejas que éstas se
agrupan a su alrededor. Le escuchan y siguen su ejem­
plo. Es capaz de engendrar confianza en ellas de modo
que puedan comer en paz y yacer con un sentimiento de
seguridad.
Hay muchas personas que pueden predicar pero que
no son capaces de agrupar las ovejas. Se les puede
poner en las manos una iglesia firmemente establecida,
de varios centenares de miembros, pero a los seis meses
ya han esparcido el rebaño. Esto no es debido a que no
conozcan la Biblia o no puedan establecer comunica­
ción. Es porque carecen de las cualidades personales
que hacen que el pastor conserve y guarde las ovejas.
Algunas personas que pueden predicar son simple­
mente repelentes a las ovejas. El aunar no es don de los
que Dios ha dado a todos. Esto no significa que no
tienen otros dones necesarios. Significa que no pueden
estar al frente de una iglesia local. En vez de esto,
deberían trabajar junto a alguien que haya agrupado a
las ovejas. Un pastor no se basta para guardar las
ovejas sólo. Necesita a otros, con otros dones, para que
le ayuden a cuidar el rebaño. Los que no pueden juntar
y recoger deberían trabajar junto a otros que puedan
hacerlo.
Recuerdo muy bien unas clases bíblicas que dirigí
hace años en Detroit, entre nuevos convertidos princi­
palmente. En respuesta a sus preguntas empecé un
estudio panorámico del libro de Daniel y del Apocalip­

49
sis. Todo fue bien hasta que tuve que salir de la ciudad
por un par de semanas a causa de una obligación en
otros pulpitos. Antes de salir, llamé a un amigo en el
ministerio, que conocía muy bien el tema que estába­
mos tratando. Convinimos que daría la clase en mí
ausencia.
Cuando regresé, la clase se había evaporado. C uan­
do empecé a buscar y a preguntar a las ovejas, me
contestaron: «Nunca voy a entender esto. Estoy confun­
dido. Creo que es mejor que no continúe».
Mi amigo conocía todos los textos bíblicos y las
teorías, pero no tenía la menor idea de donde se encon­
traban las ovejas y de lo que necesitaba como alimento.
He procurado siempre no hacer esta equivocación.

El Pastor lleva en sus brazos

Las ovejas dependen de su pastor. Esta dependencia


resulta de un reconocimiento sincero de las necesidades
personales y se funda en la confianza en el pastor. Las
ovejas son criaturas indefensas. No pueden cuidarse a sí
mismas. Lo mismo ocurre con el pueblo de Dios. Los
corderos, o los recién nacidos, son casi por completo
indefensos.
Isaías dice que el pastor lleva a los corderos en su
seno. Les permite que se le acerquen. Esto habla de
una atención personal que todas las ovejas necesitan.
Cuando llega el tiempo inclemente, el cordero que aún
no ha tenido tiempo de que le crezca la lana protectora,
necesita que el pastor lo am pare del frío bajo su propio
vestido, para que no le alcancen las ráfagas de viento y
la lluvia. El pastor espiritual necesita hacer lo mismo
con algunos de sus miembros.
A veces uno llega en la vida a un punto en que no
es capaz de hacer frente a la situación. Se tum ba y se
rinde a las circunstancias, a menos que alguien le lleve
a un lugar seguro. Un pastor no puede permanecer

50
indiferente a las necesidades verdaderas. A veces tiene
que interferir para el bienester de todos. Los corderos
crecen, por otra parte, y el pastor debe procurar no
protegerlos en exceso, más de lo que conviene para su
desarrollo personal. Debe criarlos de tal manera que
deseen seguir creciendo. Pero no les deja que se defien­
dan por su cuenta cuando sabe que no pueden.

El Pastor conduce ^

Isaías dibuja un cuadro cuando dice: «Como un


pastor apacentará su rebaño; en su brazo recogerá los
corderos y en su seno los llevará y pastoreará suavemen­
te a las que amamantan» (40:11). Las ovejas en estas
condiciones necesitan cuidados especiales, no se las
puede em pujar ni forzar, de lo contrario quedarían
agotadas.
Por amor al rebaño, el pastor debe frenarlo. Deben
andar a un paso que sea tolerable al miembro más
necesitado. Esto es lo que Jacob le estaba diciendo a
Esaú: «Mi señor sabe que los niños son tiernos, y que
tengo ovejas y vacas paridas, y que si las fatigan, en un
día morirán todas las ovejas». (Gen. 33:13). El pastor
debe vigilar a sus ovejas cuidadosam ente y estar dis­
puesto a ayudarlas si tienen dificultades para dar a luz.
Eligió a David su siervo, lo sacó de los apris­
cos del rebaño; de detrás de las ovejas lo
trajo, para que apacentase a Jacob su pueblo,
y a Israel su heredad. (Salmo 78:70-71).
Los pastores en el Oriente generalmente andan de­
lante del rebaño. Pero cuando las ovejas van a tener
crías van detrás. El pastor con paciencia y calma anima
a las madres a seguir al paso que pueden tolerar, y
retienen al resto del rebaño. El paso es importante para
las ovejas, como lo es en un trabajo, en la línea de

51
producción. Si se interrum pe el ritmo se crean proble­
mas. La im petuosidad puede destruir este sentido del
paso.
Un joven que había asistido a nuestra iglesia dejó de
hacerlo porque yo no predicaba lo que él consideraba el
«Reino de la Verdad». Lo que esto significa no es de
im portancia. Pero revela una actitud. En muchas igle­
sias y organizaciones religiosas hay personas que se
consideran «adelantados espirituales». M iran con des­
precio a los pobres que no tienen su comprensión espiri­
tual. Pero ellos no son obreros, no sirven a las mesas ni
visitan a los enfermos. En vez de esto m uestran su
actividad eliminando himnarios de sus iglesias, inte­
rrumpiendo clases de Escuela Dominical, cancelando
servicios los domingos por la noche, y así sucesivamen­
te, a causa de sus sentimientos de ser «selectos». Un
pastor verdadero debe oponerse a estas personas con
mansedumbre, pero efectivamente, a fin de proteger a
las ovejas.
El trabajo del pastor requiere mucha sensibilidad
para las diferentes necesidades de las ovejas. En dife­
rentes etapas del desarrollo, necesitan cosas diferentes.
El pastor debe conocer con anticipación estas necesida­
des. La única manera de conservar un rebaño es satis­
facer las necesidades de cada oveja individualmente.

52
VI

Servir y ¡con ganas!

El pastor es el líder del rebaño porque sirve a las


ovejas. No tendrían defensa sin él. Y esto da lugar a
tentaciones especiales. A todos nos gusta ser necesarios.
Cuando las personas acuden constantemente a nosotros
para que les demos ayuda y consejo es fácil acabar
pensando que somos algo especial y olvidar que somos
servidores.
Los jóvenes y faltos de experiencia son especialmente
vulnerables. Empiezan con ideas nuevas, energía a re­
bosar y una visión juvenil. Y creen que van a realizar
más cosas dando órdenes que sirviendo. Dan reglas
estrictas y establecen requerimientos estrictos para ase­
gurar la prosperidad del grupo.
Cuando el Rey Roboam sucedió a Salomón, empezó,
como todo nuevo líder debe hacer, llam ando a los con­
sejeros que habían ayudado a su padre. Estos tenían
experiencia en los asuntos del estado y podían ofrecerle
sus conocimientos al nuevo rey. Su consejo era oportuno
y sabio:

53
Y ellos le hablaron diciendo: Si tu te haces
hoy servidor de este pueblo y les hablas bue­
nas palabras, ellos te servirán para siempre.
( I a . Reyes 12:7).
¿Aceptó y puso en práctica Roboam el consejo?. No
lo hizo, sino que despidió a los hombres de experiencia
y llamó a sus amigos personales. Pidió consejo a los de
su edad, que estaban deseosos de ganarse su favor,
diciendo lo que el rey deseaba oír. Le instigaron a hacer
lo que él ya quería hacer: enseñorearse sobre el pueblo.
Roboam de un modo insensato decidió hostigar y acosar
al pueblo. Y pronto, un usurpador, Jeroboam, conven­
ció a las diez tribus del norte, cuya lealtad a la dinastía
de David era menos firme- a que se rebelaran contra
Roboam y le hicieran rey a él. El complot tuvo éxito y
el heredero de Salomón se quedó sólo con las dos tribus
de Judá y Benjamín.
Jesús tenía presente este espíritu de división que se
produce por un liderazgo arbitrario. Jesús pasó tres
años y medio preparando a sus discípulos a servir antes
de permitirles que llevaran a cabo el ministerio. Eran
demasiado egocéntricos. El liderazgo no significa decir
a los otros lo que tienen que hacer, sino servirles, serles
un ejemplo, y atraer su sumisión con una respuesta de
amor.
Los discípulos de Jesús disputaron más de una vez
acerca de cual de ellos sería el mayor. M arcos nos dice
que Santiago y Juan intentaron conseguir que Jesús les
concediera puestos de honor. Jesús aprovechó la ocasión
para dejar clara la diferencia entre lo que él considera­
ba estar al frente y lo que significaba estar al frente
para el mundo.

Y llamándoles adonde él estaba les dice Jesús:


«Sabéis que los que se tienen por gobernantes
de los gentiles, se enseñorean de ellos, y sus

54
magnates los sujetan bajo su autoridad. Pero
entre vosotros no es así, sino que cualquiera
que desee llegar a ser grande entre vosotros
será vuestro sirviente; y cualquiera que desee
entre vosotros ser primero, será esclavo de
todos: porque aún el Hijo del Hombre no vino
a ser servido, sino a servir y a dar su vida
como rescate por muchos». (M arcos 10:42-
45).

La palabra griega equivalente a «ministro» se tradu­


ce con frecuencia como «servidor». Es la palabra «dia-
konos», de la cual se derivan diácono y diaconisa. Sig­
nifica servir a la mesa como un sirviente, llevar encar­
gos como mensajero para otro, ayudar a los que lo
necesitan, proveer para las necesidades de la vida o
prestar amigable servicio. Nuestra moderna idea de diá­
cono está muy alejada de la idea bíblica de servir, y
nuestro concepto del ministerio aún está más desfigura­
do.

¿Qué es un sirviente?

El sentido de las palabras cam bia a lo largo de los


siglos. En el campo de la religión muchas palabras se
han «romantizado». Hemos pintado auras espirituales
alrededor de ellas. Ya no significan simplemente algo
concreto, sino que están cargadas de asociaciones afec­
tivas.
Las diversas palabras que hay en la Biblia indicando
«servidor» significan esclavo o empleado. No hay nada
sentimental acerca de ello. Servir significa ejecutar un
deber, hacer una tarea o realizar algo útil. Hoy usamos
la palabra «obrero» para dar la misma idea.

Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas,


enseñando en las sinagogas de ellos, y predi­

55
cando el evangelio del reino, y sanando toda
enferm edad y toda dolencia en el pueblo. Y al
ver las multitudes se compadeció de ellas;
porque estaban extenuadas y abatidas como
ovejas que no tienen pastor. Entonces dijo a
sus discípulos: «A la verdad la mies es m u­
cha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al
Señor de las Mies, que envíen obreros a sus
mies». (M ateo 9:35-38).

Jesús había estado m inistrando a esta gente: ense­


ñando, predicando, sanando y, con benignidad, procu­
rando atender a sus necesidades hum anas. Pero, había
trabajo para hacer que El no podía hacer personalm en­
te, porque no podía permanecer en un mismo lugar.
Jesús necesitaba colaboradores que siguieran la visita­
ción personal que había empezado en este gente -cola­
boradores que hicieran la labor día tras día de cuidar­
los.
Dios contestó su oración enviando al Espíritu Santo
a los hombres, haciéndoles personas con el don de
servir a otros. Algunos de estos ministros con dones
preparaban a otros para el reino, otros realizaban servi­
cios especiales, otros atendían a los trabajos inherentes
a la diaria rutina de la vida. El Apóstol Pablo conside­
raba a todos ellos como «colaboradores de Dios» ( I a.
Cor. 3:5-10).

Las Cualidades del siervo

Nuestro sentido religioso del término «siervo» no se


acerca mucho al concepto bíblico, pero en cambio el
sentido no religioso ha cambiado muy poco. Podemos
considerar los diferentes aspectos de lo que es un siervo.
1. Persona sujeta a las órdenes de un superior.
2. Personal de servicio o doméstico que ejecuta deberes
para las personas, en la casa de su señor.

56
3. Un siervo funciona como un instrum ento bajo la
dirección.
4. Un siervo es un subordinado que obra por cuenta de
su señor.
5. Un siervo es alguien que ayuda a otro de un modo
práctico.
6. Un siervo es alguien que se hace cargo de los asuntos
o propiedad de otro.
Podríamos hacer un sumario de estas cualidades de
un siervo con seis palabras: obediencia, ayuda, mayor-
domía, sumisión, utilidad y felicidad. Un día los dis­
cípulos de Jesús estaban discutiendo el problema de lo
que hay que hacer cuando uno es ofendido por las
acciones o las palabras de otros. Jesús les enseñó que
tenían que esperar ofensas y que debían perdonarlas.
Podemos ir derram ando más perdón que los otros
pueden infligirnos ofensas. Pero, esto sólo es posible si
podemos sacar, por fe, el poder hacerlo de los recursos
inagotables de Dios.
Los discípulos reconocieron que esto era más fácil
de decir que de hacer. En consecuencia, hicieron la
siguiente pregunta práctica. «¿Cómo se puede conseguir
bastante fe para seguir perdonando?»
Jesús les contestó: No se trata de cuanta fe tenéis.
Basta con una fe del tam año de un grano de mostaza;
lo que es im portante es como la usáis. ¡Es vuestra
actitud! ¿Servís a fin de que se os elogie o hacéis la
tarea con gratitud al Señor, que os ha comprado de tan
penosa esclavitud?

«¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que


ara o apacienta ganado, al volver él del cam ­
po. le dice: Pasa en seguida, y siéntate a la
mesa? ¿No le dirá más bien: Prepáram e algo
para cenar, cíñete y sírveme hasta que haya
comido y bebido; y después de ésto, puedes
comer y beber tú? ¿Acaso le da las gracias al

57
siervo porque hizo lo que se le había m anda­
do? Pienso que no. Así tam bién vosotros,
cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido
ordenado, decid; siervos inútiles somos, pues
hemos hecho lo que debíamos hacer». (Lucas
17:7-10).

No tenemos por que esperar una medalla por el


hecho de cum plir nuestro deber. Y el hombre en una
posición de líder que está buscando constantemente
alabanza se pone en una posición peligrosa, porque hay
personas rebeldes que están siempre buscando las debi­
lidades del líder a fin de atacarle precisamente en este
punto. Así que, por más de una razón, debemos procu­
rar ser humildes de corazón, de modo que cuando
obedezcamos a Dios no nos creamos que hemos hecho
algo extraordinario, pues sólo hemos cumplido con
nuestro deber.
La fe estim ula la obediencia, la cual, a su vez,
aum enta nuestra fe. Cuando ejecutamos un servicio
porque creemos que El nos lo ha perdido, seremos
corroborados al ver que El nos proporciona el poder
para ejecutarlo. La fe «obra» es decir, se vuelve operan­
te y efectiva, por el amor (G álatas 5:6). Cuando obede­
cemos a Dios porque le amamos, El nos ayuda a servir
a otros en am or. Y Su am or elim inará todas las punza­
das que sentimos cuando se nos ataca antes que puedan
alojarse en nuestro interior. La clave de la protección
divina es el comprender que estamos trabajando por
otro, no por nosotros mismos. Y de esto resulta nuestra
libertad para entregarnos por completo a las ovejas.
El gran expositor y pastor inglés, Charles Bridges,
vio clara la gloria del servicio generoso.

No hay pensamiento más responsable relacio­


nado con nuestro trabajo, que la obligación
de entregarnos a los otros, de modo que pue­
58
dan considerarnos como un don de Cristo pa­
ra éllos. ¡Oh! que podamos decirles: Pertene­
cemos a Cristo, El nos ha ofrecido a vosotros,
os pertenecemos por entero; somos vuestros
servidores por am or de Jesús; nos hemos en­
tregado a la obra, y deseamos estar en ella,
como si no hubiera nada por lo que valiera la
pena vivir aparte de ella: la obra es nuestro
placer y delicia. Le hemos consagrado de todo
nuesto tiempo, nuestras lecturas, nuestra
mente y nuestro corazón. (El Ministerio Cris­
tiano, p. 106).

Las ovejas son mi delicia

Cuando escribo esto llevo treinta años como pastor


en la misma iglesia en Detroit. He llegado a am ar a
esta gente de modo entrañable. Me he esforzado por ser
un auténtico pastor, esto es, una persona que se consi­
dera afectada por su estado o posición. Quiero ser una
persona que am a a los otros y puede mostrarlo. No
puedo engañar a las ovejas respecto a esto. Ellas saben
si nos gozamos estando con ellas. Perciben rápidamente
si tratamos de esquivarlas.
Lo mismo ocurre con los niños. Pueden ver inmedia­
tamente si nos gustan o no. Y ellos evitan a los que de
modo instintivo consideran poco amistosos, aunque sea
de un modo remoto. Un buen sitio para com probar la
condición del corazón es entre los niños de la congrega­
ción. ¿Se le acercan a uno y se le abrazan a las pier­
nas? ¿Le m uestran a uno sus vestidos nuevos, las ni­
ñas; o los niños, los zapatos y los pantalones?
Cuando un pastor ama verdaderam ente a su grey y
se deleita en ella, aum enta la piedad y la rectitud. Las
ovejas vacilan en hacer nada que pueda dañar la rela­
ción; que pueda poner una nube entre ellos y el Señor.

59
Nos amamos unos a otros. Y es un placer mutuo el
servirnos unos a otros.
Este deseo de servir a la gente y de estar con ellos
indica la diferencia entre un genuino pastor y el «predi­
cador». El pastor ama a su gente de un modo sincero.
Si no la am a, su trabajo es más bien penoso que delei­
toso.

El trabajo de un Pastor oriental

Como estamos buscando el verdadero concepto bí­


blico del pastoreo, hemos de volver a dar una m irada
de cerca a los pastores del Oriente. Estos, más que los
pastores de Europa o América, viven por y entre su
ganado. Su existencia es más primitiva y sus relaciones
con los animales son más intensas y personales -una
característica de la cultura arábigo-semítica, en contras­
te con la más formal de los países del norte de Europa.
Poco antes de amanecer conduce al rebaño a los
terrenos de pasto. Las ovejas comen cantidades enormes
de hierba y el pastor debe ir buscando nuevos pastos
continuam ente, a veces a considerables distancias de su
casa. Al mediodía tiene que encontrarles agua y un sitio
donde descansar y que ofrezca am paro contra el calor
de la tarde. Luego hay que volver a pastar y finalmente
regresa al aprisco por la noche.

A finales de otoño y durante los meses de


invierno, es difícil, a veces, para el pastor,
encontrar pastos disponibles para su ganado,
y entonces es responsable de alim entar a los
animales por su cuenta. Si el rebaño es pe­
queño puede que le dé acobijo en su propia
casa, y entonces la familia vive en el piso de
arriba, ya que el de abajo consiste en una
especie de establo. Pero además debe procu­
rarles alim ento... En algunas secciones de Si­
60
ria, los rebaños son llevados a las áreas mon­
tañosas, donde el pastor corta de los árboles
ramas con hojas verdes o brotes tiernos, que
las ovejas o las cabras pueden comer. (Cos­
tumbres de las Tierras Bíblicas, p.152).

No es necesario tener mucha imaginación para darse


cuenta de la gran cantidad de trabajo que todo ello
implica; ¿Cuántos hay que querríamos acarrear las
preocupaciones del negocio o la profesión a nuestro
propio hogar? Lo natural es dejar las responsabilidades
en la oficina o en el taller. Pero esto no es posible
cuando se crían ovejas.
El pastoreo no sólo es exigente, es tam bién peligro­
so. Hay enemigos tanto por parte de la naturaleza como
de otros seres hum anos que son una am enaza para las
ovejas y para el pastor. Esto es cierto hoy como lo era
en tiempos antiguos. W .M . Thomson dice:

Muchos de los encuentros con animales salva­


jes ocurren de una manera semejante a la que
cuenta David, y en estas mismas m ontañas;
porque, aunque no hay leones ahora, hay lo­
bos en abundancia; hay leopardos y panteras,
feroces en alto grado, que merodean por estos
«uadis» o pasos angostos. No es raro que ata­
quen al rebaño aún en presencia del pasto, y
el pastor debe estar dispuesto para defenderse
en cualquier momento. He oído con gran in­
terés narraciones gráficas de luchas a brazo
partido con estas fieras. Y cuando se acerca
el ladrón y salteador -como antaño- el fiel
pastor debe poner su vida a disposición del
rebaño en su esfuerzo por defenderlo... Un
pobre pastor la primavera pasada, entre Tibe-
rias y Tabor, en vez de huir cuando le ataca­
ron tres beduinos, luchó con ellos, con lo que

61
acabó cuarteado por sus alfanjes, muriendo
junto al ganado que trataba de defender. (El
País y el Libro, pag. 200-203).

Otro problem a grave, aunque menos serio es el que


tiene el pastor cuando una oveja va a dar a luz. Puede
ocurrir en una ladera fría o cuando el rebaño está
cruzando un vado. El pastor debe lanzarse en su ayuda,
dejando el resto del rebaño ir por su cuenta. Tan pron­
to como la oveja lame el corderito y empieza a am a­
m antarlo el pastor debe proteger a la débil criatura que
de otro modo, se helaría. El pastor no puede p arar al
rebaño para esperar a que el cordero pueda andar al
paso de las demás ovejas, así que el pastor tiene que
llevar al recién nacido en su seno y allí calentarlo. La
larga capa del pastor está hecha de lana, tejida de
modo que haya una bolsa en que meter al cordero.
Pero las ovejas preñadas no son la única causa de
atención especial para el pastor. A veces empieza hosti-
dad entre varios miembros del rebaño, o la enfermedad
se ceba en algunos, o bien algunos se lastiman o se
pierden. Para resolver estos problemas puede tratar de
aislar a los que son la causa del problema, para así
ayudarlos mejor. En las iglesias seguimos esta misma
táctica hoy, cuando establecemos grupos pequeños para
divorciados, matrimonios recientes, ancianos, etc. Pero
la experiencia dice que hay que mantenerlos a todos en
contacto con el rebaño. Es raro el caso en que le sea
necesario al pastor quitar o expulsar a alguna de las
ovejas.
El pastor avisado hace un uso considerable de los
perros y la honda. Con ellos tiene medios para hacer
frente a la mayoría de las eventualidades m ientras el
rebaño continúa su m archa para alcanzar los objetivos
del día. A veces requiere la ayuda especial de alguna
oveja. Por ejemplo, puede hallar otra oveja para que se
haga cargo de un recién nacido cuando la m adre muere

62
o por otra razón está incapacitada. Las ovejas son dis­
tintas, y un pastor experimentado dá esto por un hecho,
y no le causa problemas. Oigamos a W .M .Thomson
otra vez:
En Amur, noté que algunas ovejas del rebaño
permanecían cerca del pastor y le seguían por
dondequiera que iba, sin la menor vacilación,
mientras que otras tendían a descarriarse, o
quedar rezagadas; el pastor con frecuencia se
vuelve y las riñe, con un grito agudo, o les
lanza una piedra. Vi incluso que una cojeaba
como resultado de ésto. (La Tierra y el Libro
p. 202).

Dentro del rebaño de Dios, el Espíritu Santo ayuda


al pastor de m aneras maravillosas. El pastor conduce al
rebaño a pasajes bíblicos, y el Espíritu aplica el conte­
nido a cada oveja según sus necesidades. No debemos
nunca poner de lado la enseñanza y predicación regular
de la palabra. M uchas veces he visto en mi experiencia
que algunas personas que habían pedido hora para que
les aconsejara luego cancelaron la visita referente a
aquella necesidad particular, porque entretanto había
sido tratada y resuelta por medio de la predicación, en
el servicio regular.
Las ovejas requieren supervisión constante. El único
modo práctico de dársela es m antenerlas juntas, como
rebaño, tanto como sea posible. Esto requiere a su vez
una vigilancia constante. Esta guardia puede ser peno­
sa, pero tiene momentos de gozo y serenidad también.
George M .M ackie nos cuenta algunas de estas escenas
felices en el pastoreo.
De día y de noche vemos al pastor con sus
ovejas... Siempre está con ellas, procurando
darles lo que necesitan. No sólo está listo
para protegerlas, sino que las conduce al te­

63
rreno conveniente, por los mejores medios; les
ofrece música, con su flauta de ca’a, la cual
las jóvenes responden haciendo cabriolas a su
alrededor; arranca hojas de las ramas, las
lleva a un aprisco en el acantilado, o a la
som bra de un nogal o un sauce, a la vera de
un pozo o un arroyo... (Costumbres bíblicas,
p. 33).
El día term ina para el pastor cuando regresa al redil
por la noche, a menos que tenga que velar a la puerta.
Cuenta las ovejas, de dos en dos, haciéndolas pasar
bajo su cayado, o sus manos, y com prueba que no
tengan heridas o estén enfermas. Pero si falta una ove­
ja, su tarea no ha term inado. ¡Tiene que ir a buscarla!

64
VII

¡Hay que vigilar


la puerta!

Las ovejas necesitan mucha protección. Dios no les


dió garras ni colmillos, ni las hizo ágiles para escapar
de sus enemigos o encaram arse a un árbol para evitar
otros peligro. Las ovejas deben ser atendidas por los
pastores, que son los que las protegen.
Además de oso, lobos, leopardos, leones, jacales y
serpientes, las ovejas son presa fácil para el hombre.
Los beduinos, por lo menos algunos, vivían apoderán­
dose de ovejas ajenas. Los peligros, sean de las fieras o
del hombre, son mayores durante la noche, de modo
que los pastores ju n taban sus ganados en un aprisco o
redil. Estos no eran muchas veces otra cosa que cober-
li/os improvisados o provisionales. El pastor se echaba
junto a la puerta para asegurarse de que nadie iba a
penetrar a escondidas.
En el mercado, en la ciudad, las ovejas de varios
pastores eran recogidas en recintos más seguros, con
altas paredes alrededor, para m antener alejados a los
ladrones. H abía una guardia a la entrada. Conocía a

65
los pastores legítimos y los dejaba entrar. Pero impedía
la entrada a los otros. Una puerta es pues un medio de
acceso y de exclusión.
Es posible que Jesús estuviera junto a uno de estos
mercados de ovejas cuando se llamó a sí mismo el Buen
Pastor, y se comparó a la Puerta, según leemos en Juan
10. Para entender las palabras de Jesús, de la m anera
que las entendieron los que las escucharon de sus la­
bios, hemos de considerar otros puntos.
Jesús había curado a un hombre ciego de nacimien­
to. (Juan 9). Los principales de los judíos no estaban
acostumbrados a ver a Dios en acción, porque su reli­
gión era sólo de tipo preceptivo. Se enojaron con Jesús.
Jesús hizo uso de esta ocasión de controversia para
compararse a los que se consideraban, ellos mismos,
como pastores del pueblo de Dios.
Los fariseos y los escribas, según Jesús, eran ciegos.
No podían ver lo que Dios quería, y por tanto no
estaban capacitados para guiar a los otros. No entraban
en el redil de Dios habiendo sido llamados por El, sino
«de otra manera» Se arrogaban el derecho de pastorear
sin haber recibido la autoridad de Dios. No eran un
«don» de Dios al pueblo, sino que eran ladrones y
salteadores.
Hay una diferencia entre ladrones y salteadores. El
ladrón se introduce cuando no le ven, por engaño. El
salteador en cambio hace uso de la violencia. Lleva
armas y va en bandas, con otros forajidos, que exceden
en núm ero a los pastores que guardan los rebaños.
Vienen a saquear, atacar, destruir y llevarse todo lo que
puede. Ni, los ladrones ni, los salteadores se acercan a
la puerta, llaman y pide: «¿Se puede pasar?».
Jesús y los otros pastores a sus órdenes entran por la
puerta, de modo legítimo. El guarda los reconoce y les
deja pasar de buen grado adentro. La aprobación de
Dios es aparente en la vida del hombre que se ha
convertido en pastor en obediencia a la llam ada de

66
Dios. El pastor auténtico entre en la profesión identifi­
cándose con Jesús. Primero pasa a ser una aveja, y
luego permite al G ran Pastor que la vaya transform an­
do en líder. E ntra en el rebaño exactamente de la
misma manera que las ovejas todas, por medio de Cris­
to. la Puerta: «De cierto, de cierto os digo: El que no
entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que
sube por otra parte, éste es ladrón y salteador». (Juan
10:1).
Subir por otra parte, sin duda, puede requerir m u­
cho esfuerzo. Puede que sean necesarios años de ins­
trucción y preparación. Pero si este esfuerzo no conduce
a un encuentro personal con Cristo, el supuesto minis­
tro no será nunca más que un ladrón o salteador. El
Espíritu Santo no habrá ungido las palabras del tal,
pues sólo lo hace con los que han entrado por medio de
Cristo.
Las ovejas conocen la diferencia entre un pastor
instituido por Dios y uno que ha conseguido el puesto
por otros medios. Jesús dijo: «Mas el que entra por la
puerta, es pastor de las ovejas. A éste le abre el porte­
ro, y las ovejas oyen su voz; y llama a sus propias ovejas
por su nombre y las saca». (Juan 10:2-3).
Las ovejas tienen derecho a oír la voz de Jesús a
través del pastor. Tienen derecho a esperar también que
viva rectamente, en piedad y de modo sobrio. El que
predica la verdad del evangelio debe también vivirlo.
Debe experim entar la presencia personal de Cristo.
Hemos puesto demasiado énfasis en la educación y
demasiado poco en este punto crucial de la piedad
personal en la preparación de los ministros. Pensamos
que con enviar a una persona al «college» y al seminario
o a una Escuela Bíblica, saldrá de allí preparado para
ser pastor. Y, de modo inevitable, las congregaciones
pequeñas, que son las que menos pueden permitirse ser
pastoreadas por una persona poco experim entada, son
las que los reciben. Esto es verdad en cada denomina­

67
ción: episcopal, presbiteriana o congregacionalista- por­
que se trata, triste es decirlo, más que nada, de un
problema de orden económico.
Y ¿qué ocurre? Después de un tiempo, o bien la
congregación invita al pastor a marcharse o son los
miembros los que se van. Saben que algo va mal, pero
no se lo pueden explicar. Están impacientes, ocurre
porque el pastor es realmente un asalariado que no
alimenta al rebaño con las palabras que ha oído de
Dios, sino con las palabras que ha concebido en su
cabeza o quizá tomado de otros. A veces suenan muy
elocuentes, pero no dan vida.
El Apóstol Pablo, después de pasar bastante tiempo
en Efeso, estableciendo allí la iglesia, se marchó con
esta solemne advertencia:

Y ahora, he aquí que yo sé que ninguno de


vosotros, entre quienes he pasado predicando
el reino de Dios, verá más mi rostro. Por
tanto, yo os pongo por testigos en el día de
hoy, de que estoy limpio de la sangre de
todos; porque no he rehuido anunciaros todo
el consejo de Dios. Por tanto, mirad por voso­
tros, y por todo el rebaño en que el Espíritu
Santo os ha puesto por supervisores, para
apacentar la iglesia del Señor, la cual El ad­
quirió para sí por medio de su propia sangre.
Porque yo sé que después de mi partida en­
trarán en medio de vosotros lobos rapaces,
que no perdonarán al rebaño. Y de vosotros
mismos se levantarán hombres que hablen co­
sas perversas para arrastrar tras sí a los discí­
pulos. Por tanto, velad, recordando que, por
tres, años, de noche y de día, no he cesado de
am onestar con lágrimas a cada uno. Y ahora,
hermanos, os encomiendo a Dios, y a la pala­
bra de su gracia, que tiene poder para sobre­

68
edificaros y daros herencia con todos los san­
tificados. Ni plata ni oro ni vestido de nadie
he codiciado (Hechos 20:25-33).

Pablo ha actuado como guardián -una especie de


puerta- para el rebaño, m ientras los pastores locales
iban adquiriendo m adurez y experiencia. Trabajaron
con él para aprender a conservar las puertas cerradas a
los pastores y hermanos falsos. Les había mostrado cual
era la naturaleza de un verdadero pastor, en contraste
con los falsarios que se habían nom brado a sí mismos.
La diferencia consistía en que:
1. Les había dado un régimen de alimento equilibrado
en las Escrituras (v.27).
2. Sus advertencias proceden del interés personal en las
ovejas (v.31).
í. No deseaba ningún beneficio m aterial, sino que pre­
fería al dador (v.33-35).
En estos puntos Pablo da un ejemplo de lo que es
ser un pastor auténtico. Pero había hombres cuyos co­
razones no habían sido cambiados radicalm ente por el
líspíritu Santo, los cuales no llegarían a la altura en
ninguno de estos puntos. Probablem ente predicarían y
enseñarían uno o dos puntos de doctrina, dejando de
lado los otros, pensando que habían descubierto una
panacea o un alimento maravilloso. Pero, las panaceas
no existen y nada puede substituir una variedad equili­
brada de alimento.
Los pastores falsos es probable tam bién que den
mensajes de amenaza y destrucción, pero les falta la
unión, porque estos hombres se m antienen distantes de
sus oyentes. Pueden dar la alarm a -¡fuego!, ¡fuego!-
pero están demasiado ocupados para tener tiempo de
liacer planes para ejercicios de incendio o para dirigir la
evacuación ordenada de un edificio ardiendo. En vez de
esto parece que intentan causar estragos.

69
Lo que hay con frecuencia debajo de esta com pul­
sión a dar la alarm a es un deseo de ser notado que
puede parangonarse a una ambición que es idolátrica
(Col.3:5). La única diferencia entre los que buscan esta
notoriedad y los que buscan dinero es que los primeros
tienden a predicar mensajes alarm antes que enojan y
ahuyentan a los miembros ricos de las congregaciones.
De acuerdo con estos profetas, California va a caer
en el m ar, Henry Kissinger es el anticristo, J. Edgar
Hoover era un agente comunista. Hambres, inundacio­
nes, terremotos, y ¡qué se yo! adornan sus proclamacio­
nes. Pero estas cosas no sirven ningún propósito. Las
ovejas se inquietan, todo lo cual no las lleva más aden­
tro en la vida cristiana. Muchas de estas cosas no tocan
a sus vidas en ningún sentido real. Son sensacionalismo
y efervescencia, pero no un cambio de vida.

Como vigilan la puerta los pastores ayudantes

Jesús se asegura que los pastores ayudantes entren


legítimamente, y a su vez, les pide que estén con El a la
puerta, para asegurarse de que sólo las ovejas sean
adm itidas al redil. La doble función de la puerte resu­
me muy bien en el Comentario de la Biblia Broadman,
(Juan 10).
En el versículo 8 Jesús regula el acceso de los pasto­
res a las ovejas, m ientras que en el 9, regula el acceso
de las ovejas al redil y al pasto. En otras palabras,
Cristo sólo controla el ministerio y la membresía de la
iglesia. M ientras que los caudillos del viejo Israel, te­
nían sus credenciales por herencia (sacerdotes, reyes), y
por ordenación hum ana (rabinos), los líderes del nuevo
Israel fueron admitidos al servicio sólo por Cristo. De la
misma m anera en tanto que se entraba en el viejo Israel
por la circuncisión, sacrificio y fidelidad a la Ley, ahora
se entra en el nuevo Israel «por Mí», es decir, por
medio de la fe personal en Cristo, (vol.9, p.305).

70
El entrar a form ar parle del rebaño de Dios es una
de las mayores cosas que nos puede ocurrir. No es
extraño que muchos quieran entrar sin ser ovejas. Pero
es mi responsabilidad como pastor estar a la puerta con
Jesús, para prevenir que entren aquellos que quieren
hacerlo con apariencias fingidas. Nadie puede hacerse
una oveja a sí mismo; Dios es el que debe cambiarle.
Debo exam inar si los que quieren entrar han experi­
mentado esta obra sobrenatural de regeneración. Si no
es así, debo hacer todo lo que pueda p ara conducirlos a
Cristo. Debo mantenerlos aparte de la membresía hasta
que se conviertan en ovejas genuínas.
Cuando se transportan ovejas a otro estado, se las
inspecciona por si sufren alguna enferm edad. A veces
hay que ponerlas en cuarentena, para asegurarse de que
todo peligro de contagio ha pasado. No basta con la
palabra del dueño de que estas ovejas están sanas; el
empleado debe hacer sus propios exámenes.
Cuando alguien viene de otra iglesia local es esencial
que traiga una carta de su .previo pastor, pero no basta.
Yo tengo también que hacer mis pruebas.

El Catecismo determina las ovejas

En una iglesia tan grande como la nuestra no puedo


conocer a cada persona nueva inm ediatam ente. Así que
antes de perm itir que nadie pase a ser miembro de esta
iglesia local debe someterse a nueve meses de doctrina
bíblica básica, lo que llamamos «Catecismo Uno» Todos
los puntos fundam entales respecto a la salvación son
cubiertos por medio de preguntas y respuestas. No tra­
tamos sólo de asegurarnos de un conocimiento intelec­
tual, sino de que hay un auténtico cambio de corazón
en la experiencia de cada persona.
Los instructores y consejeros com prueban que la
persona ha participado en cada fase de la salvación:
arrepentimiento, fe, bautism o por agua, bautismo por

71
el Espíritu Santo. Hablan con las personas y tratan de
conocer sus actitudes íntimas. ¿Se les puede enseñar y
son dóciles? ¿Cómo reaccionan cuando la verdad no
m archa en la misma dirección de sus opiniones y estilo
de vida?
El tiempo requerido -nueve meses- es bastante largo
para eliminar a muchos que son meramente curiosos y
que por otra parte no se han consagrado de modo serio.
Pero los que tienen sed auténtica lo aceptan con entu­
siasmo.
Al com pletar el catecismo la persona puede ser con­
firm ada en la fe por el presbítero local (ancianos) que
imponen sus manos sobre ellos. Pero esto no es aún
membresía. La confirmación es un esfuerzo de la perso­
na en la fe y el sello sobre las verdades enseñadas en el
catecismo. Esto la prepara para las pruebas de la fe
que sin duda vendrán. La confirmación nos da raíces en
Cristo más que en una congregación particular. Vemos
esto en la obra de los apóstoles Pablo y Bernabé. «Y
después de anunciar el evangelio a aquella ciudad y de
hacer muchos discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y
a Antioquía, fortaleciendo los ánimos de los discípulos,
exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y dicién-
doles: «Es menester que pasemos por muchas tribula­
ciones para entrar en el reino de Dios». (Hechos 14:21-
22).
Es necesario dar un paso más para llegar a ser
miembro. Nosotros somos un grupo que cree en el
diezmo. Todos participamos en la responsabilidad de
construir y m antener la propiedad de Dios sobre la que
hemos sido hecho mayordomos. Nadie puede pertenecer
a ella a menos que prom eta dar el diezmo de ingresos y
su tiempo. Además de esto debe estar de acuerdo en
conformarse a nuestros standards de conducta y de
vestido. Cada uno pasa a contribuir en una forma u
otra. No hay miembros inútiles; cada uno tiene una
función importante, aunque no sea visible.
72
Algunos se ofenden por estas exigencias. Recuerdo
un seftor que deseaba hacerse miembro del Templo
Misionero de Betesda. Le describí cuales eran nuestros
procedimientos. T endría que asistir a las clases de cate­
cismo, recibir al Salvador, ser enterrado con Cristo en
el bautismo, recibir el sello del Espíritu, diezmar, y
someterse a la doctrina de la iglesia en cuanto a su
conducta personal.
Cuando term iné, tenía la cara encarnada: «Puedo
unirme a cualquier iglesia en la ciudad de Detroit. No
tengo por qué someterme a todo esto. Su iglesia me
gusta, pero no voy a aceptar estas imposiciones».
Estuve de acuerdo con él en que había otras iglesias
que no le presentarían tantas exigencias. Le dije que no
había inconveniente en que se buscara una. No por esto
teníamos que ser enemigos. Además, estaba a su dispo­
sición para todo lo que deseara.
Se fue indignando de mi estudio. Creí que no había
por qué esperar que regresara jam ás.
Sin embargo, unos meses después, recibí una llam a­
da telefónica de este señor. Me dijo que había asistido a
otras iglesias, pero que comprendía que no le convenía
ingresar en ellas. E ra fácil entrar y no había inspección
alguna.
Así que me pidió que le perdonara, se enroló en
nuestra clase de catecismo, y luego paso a ser miembro
de Betesda, y hasta el día de hoy continúa siéndolo.
El bajar estos standards haría crecer a la gente, en
algunos casos, que eran ovejas que pastaban en los
prados de Dios sin serlo. En vez de esto, Dios usa estos
standards para ayudar a la gente a someterse al proceso
que la Biblia llama conversión.
En el día de Pentecostés los apóstoles estaban a la
puerta del redil con Cristo. Después que Pedro hubo
predicado la palabra del Señor con poder y el pueblo le
preguntó que era lo que tenían que hacer, Pedro, y los
otros con él, les dieron instrucciones concretas: «Arre-

73
pentíos y bautícese cada uno de vosotros en el nombre
de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el
don del Espíritu Santo». (Hechos 2:38).
Este es el único camino -la puerta legítima- para
entrar en el redil. La sumisión a Cristo significa obe­
diencia a los pastores ayudantes. Si la persona no se
somete a los requisitos exigidos en la puerta, no se
someterá tampoco al gobierno de la iglesia una vez
dentro.

74
VIII

Como tendría que ser


el redil

En nuestros días hay muchas discusiones acerca de


la verdadera naturaleza del redil -la iglesia local. Algu­
nos insisten que esto significa toda la iglesia de una
vecindad, la iglesia de Detroit, de Seattle, de Filadelfia,
etc.., porque en el antiguo Oriente Medio, en cada área
estaba localizado un redil grande y se hallaba general­
mente en la ciudad más im portante del distrito. Este
redil constaba de muchos rebaños, cada uno con su
pastor. Esto puede haber sido verdad en las zonas ru ra­
les. pero sin duda no era el caso de una ciudad del
tam año de Jerusalén. Esta interpretación está basada
principalm ente en Juan 10:16: «También tengo otras
ovejas que no son de este redil, aquellas también debo
traer; y oirán mi voz, y habrá un sólo rebaño, y un sólo
pastor».
Pero aquí Jesús está hablando de la eliminación de
las distinciones entre los judíos y los gentiles. Una vez
las ovejas han entrado por la Puerta, que es El, pierden
sus características nacionales que pasan a ser una sola.

75
El énfasis es sobre el que hay un sólo Pastor, que es El.
La unidad es creada por el hecho que todas las oveja,
sea cual sea su origen previo, están unidas a El.
Muchas personas tienden a pensar que el redil se
refiere a un gran patio, en el cual las ovejas eran
conservadas cerca del mercado. A.W. Pink describe un
redil de este tipo:

En Palestina, que estaba infectada de anim a­


les salvajes en las regiones dedicadas al pasto­
reo, había en cada pueblo un gran redil, que
era propiedad común de los pastores locales.
Este redil estaba protegido por una m uralla
de unos doce pies de alto. Cuando caía la
noche, los pastores distintos conducían sus
rebaños hacia la puerta del redil, la cruza­
ban. y dejaban las ovejas al cuidado del por­
tero o guardián, y ellos se iban a sus aloja­
mientos particulares. El portero hacía guardia
a la puerta, toda la noche, dispuesto a prote­
ger a las ovejas contra los ladrones y saltea­
dores. o contra los animales que intentaran
saltar las murallas. Por la m añana los distin­
tos pastores regresaban. El portero les perm i­
tía entrar por la puerta. Cada pastor, una vez
dentro, llamaba a las ovejas de su rebaño.
Las ovejas conocían su voz, y el pastor las
conducía al pasto. (Exposición del Evangelio
de Juan, pag. 102-103).

Pero éste no era el único tipo de redil. Las ovejas


pastaban a veces lejos de los centros de población. En
este caso cada pastor construía su cercado o aprisco. En
algunos casos eran permantes recios, con altas murallas
y aún una torre. Otras veces eran improvisados, atando
zarzas o bien haciendo una pequeña muralla de piedras
a la entrada de una cueva.

76
Estos rediles son un reflejo de las iglesias en las
diversas comunidades. Los pastores son responsables de
construir cercados para las ovejas y tam bién de condu­
cirlas.
Hace algún tiempo tuve el placer de viajar por Aus­
tralia y Nueva Zelanda, en un viaje de predicación y
enseñanza. Unos años antes de mi visita otros predica­
dores habían viajado por el país enseñando una filosofía
contraria a construir rediles. Los argumentos que usa­
ban era:
1. El dinero hay que gastarlo en las personas no en
edificios.
2. La gente tiene tendencia a venerar los edificios.
3. Los edificios producen un orgullo espiritual que hay
que evitar.
Pero Dios creó al hombre con un deseo innato de
construir. Dios es tam bién un constructor y creador.
Jesús dijo: «Edificaré mi iglesia y las puertas del infier­
no no prevalecerán contra ella». Y Cristo está edifican­
do su iglesia con adornos que la hacen gloriosa y bella
(Efesios 5:27).
Los edificios de la iglesia deben ser adecuados y
confortables. Un edificio en general refleja la clase de
personas que lo ocupa. Uno puede conocer la clase de
personas que somos Ann, mi esposa, y yo, visitando la
casa en que vivimos y viendo la m anera en que lo
hemos decorado y la conservamos.
Cuando veo una iglesia cuyo edificio está mal pinta­
do, con las paredes rayadas, el patio con el cesped sin
cortar, los retretes descuidados, saco una impresión
muy pobre de la congregación.
La gente construye edificios que reflejan sus propios
sentimientos. En W ashington, D.C. nuestro gobierno
ha erigido edificios que hablan de la gloria y grandeza
de esta nación. El decaimiento físico de muchas de
nuestras ciudades dice muchas cosas acerca de nosotros
también. Ya no construimos y conservamos bibliotecas
77
magníficas, institutos de arte, palacios para conciertos y
música en general. Esto habla también de la clase de
personas que somos y de la culturas que ostentamos.
¿Debe el cuerpo de Cristo seguir este ejemplo? ¿Hay
que m antener las paredes de nuestros edificios despro­
vistos de arte, escultura y otros objetos bellos? Yo no lo
creo.
Esta es una razón entre otras por la que no me
parece bien la idea de la iglesia que se reúne en las
casas. No tiene el mismo valor para las necesidades
profundas hum anas que el pertenecer a algo de valor y
significado.

El redil habla del hogar.

La lengua hebrea, como es natural, tiene vanas


palabras que describen el redil. Nos será de ayuda
prescindir de ideas estereotipadas y examinar estas dife­
rentes palabras.
La palabra más común en hebreo para rediles:
«navah» que significa, en sus varias formas como nom­
bre y como verbo, un recinto para pastores o rebaños,
una habitación (poético), una pradera, un aposento, un
pasto. Da un sentimiento de paz, porque es algo a que
pertenecemos. Esta palabra puede ser aplicada a rediles
sencillos, como cuevas o puede servir para estructuras
más complejas. Lo que es im portante es la idea de que
las ovejas están «en casa».
El viajar es a menudo placentero. Pero no hay m a­
yor placer que el saber que podemos regresar al hogar.
Las vacaciones son un deleite, en parte porque sabemos
que podemos regresar al hogar.
El rey Salomón usa «navah» en su oración de santi­
ficación del templo (2a. Crónicas 6:40-42). Aquí signifi­
ca el lugar de deseando de Dios.
El templo de Jerusalén en esta época era el único
lugar de descanso de Dios. Dios se encuentra siempre

78
en todas partes en todo momento, pero ha designado
lugares específicos, en distintas épocas, para revelar su
presencia a su pueblo. Así se mostró en la columna de
fuego en la nube mientras Israel peregrinaba por el
desierto de Sinaí. Más tarde habitó entre los querubines
en el arca del pacto. Esta misma arca fue trasladada
del tabernáculo de Moisés al templo de Salomón. Lue­
go. Dios se hizo carne y habitó entre nosotros en la
persona de Jesús de Nazaret. En el día de Pentecostés
vino a morar en cada creyente en la persona del Espíri­
tu Santo. Esto continúa hasta el día de hoy. Y además
de esto, y de un modo muy especial y hermoso, viene a
cada iglesia local cuando nos reunimos para adorarle.
Pablo lo expresa cuando dice: «...en quién todo El
edificio, bien ajustado, va creciendo para ser un santua­
rio sagrado en el Señor; en quien también vosotros sois
¡tintamente edificados para m orada de Dios en el Espí­
ritu». (Efes. 2:21-22).
Dios tiene ahora un hogar -un lugar de descanso-
entre su pueblo que le alaba. No mucho después del fin
de la segunda guerra mundial nuestra iglesia empezó a
descubrir nuevas dimensiones de fraternidad y culto de
adoración cuando nos dimos cuenta que la iglesia local
lenía que ser «una morada -un hogar para Dios en el
F.spíritu». Vimos que Dios construye un templo de
nuestra adoración colectica y que Cristo canta con su
pueblo cuando se reúnen en su nombre (Hebreos 2:12).
Hoy parece que algunos han desviado el énfasis des­
de la adoración a la enseñanza y el discipulado. Han
quitado el gozo y alegría de ser una oveja de Dios.
K1 estudio y la enseñanza intensiva, sin el gozo del culto
<le adoración, produce sabihondos que saben muy poco
o nada de la vida real. La iglesia local es un lugar
donde deberíamos estar a gusto en la presencia de Dios
v gozar de la belleza del culto.
Cuando la congregación se separa en grupos se
orientan al estudio de problemas. En vez de centrarse
79
en el culto y en la predicación de la palabra, se deva­
nan los sesos con problemas de estructura y función. La
iglesia local debe ser un lugar en que descansa la pre­
sencia de Dios entre su pueblo cuando adoran colecti­
vamente. Es allí que han de hallar ricos pastos por
medio de la predicación de la Palabra. Es necesario
equilibrar el estudio con la adoración.

El redil protege

Las ovejas necesitan protección de los ladrones, los


animales salvajes y las inclemencias del tiempo. En
algunos sitios estos peligros son mayores que en otros.
A veces una cueva o unos matojos ofrecen toda la
protección necesaria. Pero en algunas áreas, infectadas
por forajidos que hacen presa en los rebaños de los
pastores alejados de zonas pobladas, son necesarias re­
cias estructuras, con torres para que los pastores pue­
dan ver el peligro desde lejos y prepararse (2a. Cron
26:9-10: Miqueas a 4:8. etc).
Pero algunas veces las fortificaciones no son bastan­
te. A las murallas hay que añadir la vigilancia. Thom ­
son. describiendo los presentes rediles en Líbano, dice:

Estos edificios bajos, aplanados hacia el lado


resguardado del valle, son rediles... en las
noches frías, los rebaños son encerrados en
ellos, pero en tiempo corriente se deja a las
ovejas en el patio. Este, como se puede obser­
var, está defendido por una muralla de piedra
en cuya parte superior hay colocados pinchos
agudos, para im pedir que un lobo, m erodean­
do alrededor, pueda escalarla... el leopardo y
la pantera de este país, cuando están acucia­
dos por el ham bre dan un salto sobre esta
m uralla y se introducen en el patio, en medio
del ganado aterrorizado. Este es el momento

80
en que se pone a prueba el coraje del pastor
fiel... Al avanzar la primavera, se trasladan a
regiones más altas y más verdes, y en los
meses de verano duermen con sus rebaños en
las frescas alturas de las montañas, sin otra
protección que una recia empalizada de zar­
zas entretejidas. (El País y el Libro, p»201-
202).

Pero, las ovejas se quedan, en general, fuera del


redil, con un pastor que las vigila (Genes. 31-39; Lucas
2:8, etc). De un modo instintivo las ovejas se acurrucan
juntas, confiando quizá en hallar seguridad en el núme­
ro. Pero, la protección verdadera procede sólo del pas­
tor y los perros. El pastor defiende a las ovejas con
armas: la honda, el cayado o la escopeta. Como David,
debe luchar personalmente con el intruso, sea un león,
un oso, o una pandilla de forajidos. Es cuando esta
valla hum ana es destruida, trátese de descuido, pereza,
falta de interés o lo que sea, que las ovejas están
realmente en peligro.
Los pastores se desaniman y, periódicamente, cada
pastor debe ser reavivado en su interés y vigilancia.
El proteger a .las ovejas significa más que amor y
preocupación afectica. Significa tam bién una actitud de
vigilancia respecto a los enemigos. Las ovejas son explo­
tadas fácilmente por aquellos que tergiversan las Escri­
turas para su propio beneficio. Esto significa que los
pastores deben ser capaces de distinguir los errores
sutiles y alim entar a sus ovejas para que no sean atraí­
das hacia vericuetos enrevesados. Pablo protegió a los
Efesios rehusando declararles menos que todo el consejo
de Dios. Insistió en que los ancianos se hicieran cargo
del rebaño en que el Espíritu Santo les había puesto
por guardianes y que alim entaran la iglesia del Señor.
Esto significaría la mejor protección contra los lobos de

81
fuera y los falsos maestros de dentro. Siempre es mejor
prevenir que curar.
Hace algunos años, un grupo de ministros que co­
nocía muy bien, cayó en la tram pa de creer que la
gracia de Dios significaba libertinaje. Uno de ellos, al
parecer, había recibido una revelación de Dios referente
a Romanos 8:10: «Pero si Cristo está en vosotros, el
cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, más
el espíritu vive a causa de la justicia». Esto significaba
según él que si la persona estaba en Cristo, el cuerpo
estaba muerto a la vista del Señor y cualquier cosa que
hiciera el cuerpo no tenía importancia. Esto abría las
esclusas para borracheras, adulterio, homosexualidad, y
todo lo que se quiera.
Cuando oí semejantes enseñanzas planté cara a estos
individuos. Pero su respuesta fue evasiva. Unas sem a­
nas más tarde recibí la visita de uno de ellos a quién
había conocido durante años. Me pidió si podía condu­
cir una serie de reuniones en Betesda.
Le contesté que no, por lo menos hasta que pudiera
aclarar los puntos que quedaban borrosos. Al poco
tiempo, y con horror, descubrí que lo que me habían
dicho era verdad. Me negué a dejarle conducir ningún
servicio, rehusé darles la bienvenida y le dejé bien claro
que ni él ni sus amigos serían aceptables en la iglesia ni
en la casa de ninguno de los miembros.

El redil constriñe a las ovejas

La palabra hebrea «miklah» significa tam bién un


cercado o vallado. Se deriva del verbo «kala» que signi­
fica encerrar, retener. Esto puede parecer contradictorio
a la descripción de redil como un sitio del que se puede
entrar y salir para hallar pastos, pero no es así. Bill
G othard ha dicho que la libertad es el poder de hacer
lo que debemos, y no la licencia de hacer lo que nos
place. ¡Breve y exacto!.

82
Dios hizo a las ovejas tales que pudieran ser domes­
ticadas por los hombres. Las ovejas salvajes no han
desarrollado m ucha lana. Tienen pieles pardas con una
cobertura de lana sólo durante el invierno. La fina lana
de oveja que tanto apreciamos para forros y tejidos
hoy, es resultado de cruzamientos controlados y super­
visados por el hombre. Como ovejas de los pastos de
Dios no somos de valor hasta que hallamos nuestro
lugar en la iglesia local y nos sometemos a un pastor.
Hemos preparado a varios hombres en Besteda para
ser pastores. En este momento me vienen a la mente
dos de ellos.
Los dos habían estado en am bientes religiosos en
que había poca disciplina o ninguna. Con el tiempo
llegaron a com prender que su potencial se disipaba por
carecer de directrices. Vinieron a Betesda y se sometie­
ron a su dirección y entrenamiento. Allí presentaron
metódicamente la palabra de Dios, dirigieron grupos de
oración y realizaron tareas al parecer humildes. Se so­
metieron e hicieron las tareas encargadas bien. Bajo
esta disciplina, el carism a del Espíritu Santo adquirió
mayores proporciones. Las ovejas respondían, les bus­
caban, les seguían.
Cuando, en los designios de Dios, estuvieron prepa­
rados para ponerse al frente de sus propio rebaños, las
ovejas se sintieron seguras con ellos. Demostraron que
no eran advenedizos y, cuando llegaron situaciones para
las cuales no estaban preparados, se mantuvieron en
estrecha herm andad y armonía con nuestra iglesia de
Detroit. M irando hacia atrás, no creo que ninguno de
los dos hombres hubiera llegado muy lejos si no se
hubieran sometido a la disciplina. Como con las ovejas
la lana se hizo abundante al ser domesticados.
Las ovejas en estado salvaje no están en tanta liber­
tad como puede suponerse al principio. Sin duda tienen
más recursos y tienen más denuedo, se pueden valer
más de sí mismas que las domesticadas. Pero, nunca

83
consiguen el grado de recursos e inteligencia que tiene
el pastor que cuida ovejas. Así que, cuando el frío o el
ham bre o la sequía se dejan sentir las ovejas salvajes
perecen en números mucho mayores que las que están
protegidas por el pastor. De la misma m anera, los
cristianos que se mantienen aislados de la autoridad de
una iglesia se colocan en una situación peligrosa. Las
ovejas de Dios están limitadas en lo que pueden espigar
de la Biblia. Las ovejas necesitan ser enseñadas por un
pastor competente.
Cuando se deja a las ovejas que vayan según les
gusta, en la dirección de la menor resistencia, no cre­
cen. En vez de ello se vuelven esclavas de sus hábitos.
Sólo la restricción externa puede arrancar a la oveja de
sus tendencias naturales y edificar en ellas el carácter
que Dios quiere.
Al estar confinadas en el redil cada oveja encuentra
su lugar. Pero, no considero este redil como un peque­
ño corral o patio. El profeta M iqueas habló de orden en
el remanente espiritual de Israel refiriéndose a los co­
piosos rebaños de Bosra (2:12-13). El orden y la disci­
plina no requieren por necesidad un grupo pequeño.
Debemos recordar que Dios llama insistentemente a
toda la nación de Israel su rebaño, y que en el tiempo
del éxodo ésto significaba quizá dos millones de perso­
nas. Lo que traía el orden, la disciplina y la seguridad,
era el cuidadoso caudillaje de su pastor Moisés, y de
sus ayudantes. Cualquiera que sea el tam año del reba­
ño, su orden, disciplina y seguridad dependen de la
habilidad y fidelidad del pastor. El sólo puede recoger
ovejas, que vagabundean y se descarrían fácilmente, y
hacer de ellas una com unidad beneficiosa, en que se
desviven unos por otros:

Apacienta tu pueblo con tu cayado,


el rebaño de tu heredad,
que mora solitario en la m ontaña

84
en el campo fértil;
busqué pasto en Basán y G alaad,
como en el tiempo pasado.

M iqueas 7:14

85
IX

Alimenta el rebaño
de Dios

Vamos ahora del tema del acobijo al tema del ali­


mento. Ningún pastor podrá conservar su rebaño si no
lo alimenta adecuadamente. Y el tam año del rebaño
depende en gran parte de la cantidad de pasto que
tiene a su disposición y el acceso al agua para beber.
No hace mucho un amigo mío que es pastor en
Virginia experimentó una maravillosa visitación de
Dios. Los servicios en su iglesia estaban llenos siempre;
había gente que de toda el área cercana, especialmente
los jóvenes, acudían a ellos. Finalmente uno de sus
compañeros en el pastorado en aquella vecindad le visi­
tó, para hacerle preguntas y m anifestar su desagrado.
Ellos habían trabajado largo y tendido para proporcio­
narles lo mejor en música y toda clase de actividades
que acostum bran atraer a los jóvenes, sin muchos resul­
tados. ¿Cómo conseguía él atraer a un número tan
grande de jóvenes? «¡No lo sé!» contestó mi amigo.
«Creo que es porque les doy alimento».

87
Las ovejas necesitan nuevos pastos

Cuando pensamos en alim entar, lo hacemos en tér­


minos de una botella con biberón o una cucharada en
la boca del crío, animándole a que se trague el conteni­
do. Pero, esta no es la idea de la Biblia cuando habla
de alim entar las ovejas. La palabra hebrea «ra’ah» sig­
nifica «proveer pasto y dejar pacer a las ovejas». El
pastor sólo tiene que conducirlas a la hierba y las ovejas
ya se cuidan de pacer. El pastor debe hacer que el
rebaño vaya de un sitio a otro, para no consumir excesi­
vamente la hierba de un lugar. Los pastores, del mismo
modo, no debemos repetir los mismos pasajes de la
Escritura o especializarnos en unas pocas doctrinas.
Debemos proclam ar el «consejo entero de Dios». Debe­
mos presentar una enseñanza equilibrada.
Los Miller, en su «Enciclopedia de la Vida en la
Biblia», describe como alim enta al ganado un pastor
oriental:

«(El pastor)... conocía los «pastos verdes»,to­


dos los que había, alrededor de las casas de
labranza en las terrazas más abajo de Belén.
Sabía como andar al frente de su rebaño,
dirigiéndolo -no siguiéndolo, como hacen los
pastores en el Occidente- para descansar «jun­
to a aguas apacibles». No se acercaba a las
corrientes torrenciales que se unen al Nimrin,
al Jordán, al Orontes o al mar. Las tranquilas
aguas conocidas por el Salmista estaban en
los pozos, los estanques los arroyuelos o en
las franjas arenosas protegidas como el Río de
los Perros cuando éste entra en el M editerrá­
neo en verano. Allí, bajo un puente, nunca
dejé de ver rebaños abrevando, vigilados por
los pastores que descansaban y que los habían
conducido allí desde las tierras altas de Siria.

88
Las «Sendas de justicia» eran antiguos sende­
ros para ovejas usados desde los comienzos de
la población hebrea», (p. 34).

Una buena parte de la alimentación del ganado es


procurar una atm ósfera sosegada para que coman y
digieran. No se echarán, a menos que se sientan segu­
ras. Y la presencia del pastor les tranquiliza más que
nada. Les muestra la mejor hierba y les protege de los
enemigos.
El alim entar el ganado es algo así como criar una
familia. Hay que poner una serie de alimentos nutriti­
vos delante de la familia y procurar disuadirlos de que
coman nada indigesto u ordinario aunque sea atractivo.
Algunas de las ovejas de mi rebaño preferirían que
pasara más tiempo hablando sobre sanidad o curacio­
nes de lo que hago; otros preferirían que tocara temas
apocalípticos como la marca de la bestia y su identidad,
y la de siete cabezas y diez cuernos. Otros me dicen que
quisieran oir hablar sólo de los dones del Espíritu San­
to. Otros no se cansan nunca de oír a un cuarteto de
música evangélica, y hay otros que sólo al mencionar el
cuarteto vuelven grupas y se alejan.
Es inútil explicar que el alim entar a una congrega­
ción significa conflictos, lágrimas, frustación, contrarie­
dades. Pero, a menos que se les alimente de modo
apropiado se pondrán enfermos o enflaquecerán. A la
larga las ovejas bien nutridas son ovejas contentas. Y
habrá tiempo para todo, a su hora.
Otro factor que determ ina la clase y la cantidad de
alimento que el rebaño debe comer son las diferentes
estaciones. Algunas veces los pastos son abundantes y
jugosos; en otras, son escasos y ralos. A veces, cuando
no hay pasto disponible, el pastor debe darles forraje
para mantenerlos en vida. Thomson hace énfasis en
que estas ocasiones son la excepción y no la regla:

89
«En circunstancias corrientes el pastor no «ali­
menta» a su rebaño, sino que los guía hacia
donde las ovejas lo van a encontrar ellas mis­
mas; pero no siempre es así. Al finalizar el
otoño, cuando los pastos están secos, y en
invierno, que en algunos puntos los cubre de
nieve, el pastor debe proveerles de alimento, o
las ovejas van a morir. En los extensos bos­
ques de robles en las laderas orientales del
Líbano, entre Baalbek y los cedros, hay reuni­
dos numerosos rebaños, y los pastores que
pasan el día en el arbolado, cortando ramas
del monte bajo y m atorrales, de cuyas hojas y
brotes tiernos las ovejas y cabras se alim entan
por entero. Esto mismo ocurre en todos los
distritos montañosos y hay extensos bosques
que se han preservado para este objetivo» (La
Tierra y el Libro, p.204).
Y en la «Enciclopedia Británica» leemo'"
Es en general poco económico alim entar a las
ovejas o corderos que m am an con grano
cuando hay gran abundancia de suculento fo­
rraje para pastar. Aunque les va mejor pacer
en pastos y dehesas que contienen hierba es­
cogida o plantas leguminosas forrajeras, bajas
y blandas, también consumen cantidades con­
siderables de material fibroso, alto y matojos
así como hierbas silvestres. El heno y la alfal­
fa pueden ser usados, particularm ente en ve­
rano o en períodos de sequía. El grano es
usado en cantidades pequeñas en épocas de
cría y, naturalm ente, para engordarlas» (vol.
20, pág. 364).

Así pues, en condiciones corrientes, el pastor abre


ante el rebaño las praderas y valles de la Biblia bajo la
guía del Espíritu Santo. El pasto depende tam bién del

90
Espíritu Santo para ayudar a cada creyente a alim entar­
se de lo que necesita. Hay verdades que «no hay necesi­
dad que nadie enseñe» ( I a Juan 2:27). Pero en general
no vamos a donde no queremos ir. El pastor debe
instigarnos a frecuentar aquellas porciones de la Pala­
bra de Dios que nos cam biarán si las obedecemos.
Necesitamos visión para m antener un equilibrio delica­
do en que ejerzamos nuestra autoridad pastoral de mo­
do decidido sin disminuir la relación directa con Dios
del creyente individual.
En Betesda, nos reunimos con los maestros de los
adultos de la iglesia una vez al mes para repasar las
lecciones que hemos escrito para su uso. Discutimos los
puntos culminantes de cada lección y explicamos los
particulares que no son claros y evidentes. Las lecciones
mismas dan a los maestros una gran cantidad de infor­
mación que ellos ingieren y digieren durante la semana.
Muchos de ellos no tienen ni el tiempo ni la oportuni­
dad de procurarse este pasto para ellos mismos. Pero
cuando se les guía a los verdes prados, ellos a su vez
pueden conducir a sus estudiantes en la clase a los
mismos sitios, el domingo.
Dios no quiere que la autoridad pastoral entre en
conflicto con el acceso a Dios de cada creyente (cada
creyente es un sacerdote según Hebreos), sino que tra­
bajemos juntos. En el Nuevo Testam ento encontramos
que se insiste plenam ente en las dos cosas, sin ningún
sentido de contradicción. Leamos, por ejemplo, los dos
pasajes siguientes, los dos procedentes de la pluma del
mismo autor:

«... Pondré mis leyes en la mente de ellos, y


las inscribiré sobre su corazón y seré a ellos
por Dios, y ellos me serán a mi por pueblo y
ninguno enseñará más a su prójimo ni ningu­
no a su hermano, diciendo: Conoce al Señor;

91
porque todos me conocerán, desde el menor
hasta el mayor de ellos» (Hebreos 8:10-11).

«... (que os hagáis) imitadores de aquellos


que por la fe y la paciendia heredan las pro­
mesas». (Hebreos 6:12).

No se contradicen, pero crean tensión. La tensión no


nos gusta, y en general nos sentimos más cómodos sin
ella. La historia de la iglesia es como un péndulo en
que se oscila entre el autoritarianism o a libertarianis-
mo. Queremos estar sentados cómodamente mientras
otro toma toda la responsabilidad sobre sus espaldas, o
queremos lanzarnos a hacernos lo que nos parece me­
jor, sin restricciones. Pero, Dios frustra nuestros deseos
de estar a uno u otro lado del péndulo. Ordena una
tensión entre la autoridad y la libertad y es en esta
tensión que experimentamos más plenamente Su vida.
Nuestros guías deben llevarnos a buenos pastos y
protegernos de los enemigos. Pero nosotros debemos
comer según el Espíritu nos hace vivas las Escrituras
personalmente a cada uno. Necesitamos oír la voz de
Dios que nos llega por sus pastores, y por medio de la
lectura de la Biblia. Si nos hacemos sordos a estas dos
fuentes de información, lo más probable es que nos
descarriemos.

«Hay un sólo cuerpo, y un sólo Espíritu, como


también fuisteis llamados en una misma espe­
ranza de vuestra vocación; un Señor, una fe
un bautismo, un Dios y Padre de todos, el
cual está sobre todos, por todos, y en todos».
(Efesios 4:4-6).

Cada uno de nosotros encuentra a Dios individual­


mente, pero somos atraídos unos a otros por varios
medios, porque Dios los escoge para nuestro bien. En
92
los versículos siguientes Pablo habla de los apóstoles,
profetas, evangelistas, pastores y maestros que ayudan a
los santos en la obra del ministerio para edificar el
cuerpo de Cristo. Sin estos hombres y mujeres ordena­
dos por Dios para ejecutar sus tareas en la iglesia, las
personas no llegarán a ser lo que estaban destinadas a
ser.
La Biblia presenta la verdad en forma paradójica
con frecuencia. El Santo Espíritu, periódicamente, nos
llama la atención sobre algún aspecto de la verdad,
cuando en estos días nos estimula en lo que se refiere al
caudillaje y cuidado del pueblo de Dios. Pero, la otra
parte de la paradoja -el sacerdocio de cada creyente-
está ahí para alcanzar un equilibrio. Al avanzar con el
pie derecho adelante, debemos apoyar el peso del cuer­
po en el izquierdo.
Durante algún tiempo un grupo de unas cuarenta
personas se había venido reuniendo en una pequeña
población de la Florida. Un pastor los visitaba desde
más de un centenar de millas de distancia cada viernes
por la noche. Cada semana estas personas se reunían
con él y le presentaban sus preguntas y sus problemas.
Le rogaron que em pezara estudios regulares de catecis­
mo o doctrina.
«No» les contestó lamentándolo. «No creo que tenga
derecho a ello. Es mejor que esperen hasta que venga
su pastor. Creo que Dios les está preparando uno, y
deberían orar por él». Este hombre comprendía algo
básico. Quien fuera que llevara a estas personas en
contacto vital con el Señor por medio de la enseñanza
de la doctrina, debía también reunirías a su alrededor
como ovejas. Este hombre no quería establecer una
relación con ellos que luego no podría mantener. Ni
tampoco quería hacer las cosas difíciles para el pastor
que luego reuniría las ovejas alrededor de sí.
Pasaron los meses, en que en la Florida y en Detroit
oraban, pidiendo que alguien oyera la llam ada de Dios

93
para alim entar a estas almas ham brientas. A su debido
tiempo, un matrimonio respondió y fue allí para reco­
nocer la situación. Insistí que fueran prudentes porque
no querría simplemente enviarles a una posición que
resultara temporal, habiendo ya hecho ellos la m udan­
za.
Antes de que fueran, el hombre que había estado
enseñando a este grupito había orado: «Señor, cuando
llegue la persona a quien envías, como prueba para mí,
permite que todos éstos que me han rodeado cada vier­
nes se junten con él, hasta el menor de ellos». M ientras
escuchaba el sermón de la persona enviada el pastor
que antes los visitaba oyó que Dios insinuaba a su oído:
«Este es el pastor». Sin embargo, esperó a ver la res­
puesta del grupo.
Después del grupo todos se reunieron para tom ar
unos refrescos. Los jóvenes habían hecho al horno unas
galletas para la ocación. Como de costumbre, empeza­
ron a aparecer preguntas y problemas para resolver de
entre el grupo. Pero, entonces ocurrió algo nuevo. La
conversación fue centrándose alrededor del visitante y
de su esposa. Pronto su mesa estaba llena. H abía dos o
tres hileras de personas de pie para escuchar lo que
tenía que decirles. Antes de poco el antiguo pastor
visitante quedó solo con su esposa. Cada una de las
ovejas, hasta la más pequeña, se había reunido con su
nuevo pastor. Dios había contestado la oración.
Esto era la garantía de que había llegado la persona
apropiada para tom ar la plena responsabilidad de la
obra. Luego le dijo al nuevo pastor: «Les he dicho a
esta gente que una vez llegue el nuevo pastor no deben
acudir a mí o llamarme de nuevo. Las ovejas deben ir a
Vd. para todas sus necesidades. Nos podemos ju n tar en
oración, o para charlar o simplemente lo que desee.
Pero las ovejas ya cuentan ahora con Vd. Para que les
proprcione el alimento».

94
X

Somos una comunidad

Las ovejas tienen relaciones unas con otras, así co­


mo las tienen con el pastor. Tienen algo en común.
Disfrutan del mismo cuidado. Comen la misma comida.
Se sienten cómodos unos con otros. Esto es lo que
constituye una comunidad. Dios ha hecho a sus criatu­
ras con la necesidad de juntarse.
La necesidad de reunirse es uno de los motivos
básicos en la vida animal y el com portamiento humano.
Consideremos que es normal el unirse a una comunidad
y anormal el rehuirla.

Las criaturas de la Naturaleza m uestran con


frecuencia impulsos afirmativos propios y
competitivos. Pero en todo el vasto panoram a
de la vida, estos instintos están equilibrados
por otro impulso. La Naturaleza im planta en
sus hijos un mensaje básico: «Procura por tí
mismo». Pero hay otra segunda orden, anti­
gua y universal «Júntate con otros». Es tan

95
vital como el respirar. Cada criatura necesita
compañía y biológicamente es tan im portante
como la comida y la bebida. Experimentando
con renacuajos los zoólogos han encontrado
que incluso estas humildes criaturas están tan
profundam ente influidas por las necesidades
sociales, que aunque un renacuajo aislado
puede regenerar una parte herida de su cuer­
po muy lentamente, si se le proporciona com­
pañía con otros renacuajos, sus poderes cura­
tivos se aceleran de modo milagroso. (Rea-
der’s Digest (editores) Nuestro asombroso
mundo Natural: Sus maravillas, p.20).

No estamos diseñados para funcionar mejor estando


solos. Los pájaros se juntan en bandadas. Las ovejas en
rebaños. Lo mismo el ganado vacuno. Todos los ani­
males. Ninguno quiere estar aislado. Esto debería hacer
ver como algo natural el que las ovejas se junten en
nuestras iglesias. Si no hacemos énfasis en este instinto
de unirse, o gregario si se quiere, estamos luchando
contra la tendencia natural. No es natural el repeler a
la gente. Algunos parece que siempre quieren ir contra
la corriente. Y como es natural recogen los resultados.
El Espíritu Santo añade una nueva dimensión a
nuestro instinto natural de reunim os en grupos. Los
que han sido hechos ovejas en los pastos de Dios por
medio de la redención sienten una afinidad especial
unos con otros. El Santo Espíritu atrae a las personas a
juntarse, derram ando su am or en nuestros corazones.
El mundo va de veras de mal en peor. En ciudades
como Detroit el sentido de com unidad se ha fragm enta­
do en mil pedazos. Cuando éramos pequeños había
comunidades de vecindario. Eramos «los crios de los
Beall». Eramos una familia que vivía en la m itad de la
manzana. Todo el mundo en el vecindario conocía al
Sr. y a la Sra. Beall y a sus hijos.
96
Si cometíamos alguna tropelía la gente sabía lo que
tenía que hacer. Bastaban unas palabras a nuestros
padres para que éstos se cuidaran de enseñarnos a usar
el tiempo de modo más útil. La com unidad era im por­
tante para los que crecíamos. Teníamos equipos de
baseball. Sabíamos que estábamos unidos, y esto nos
daba un sentimiento de identidad. Sabíamos que tenía­
mos raíces y que contábam os para los que nos rodea­
ban.
Pero, es nuestra complicada sociedad urbana, la
gente se siente anónim a, no hay sentido de pertenecer a
nada. Nuestra iglesia en Detroit no es una iglesia de
vecindario. Viene gente de toda el área m etropolitana,
hasta de sesenta y ochenta millas de distancia.
Pero, incluso si no servimos a una com unidad o
parroquia, el Espíritu Santo obra entre nosotros para
edificar una com unidad, no basada en la geografía,
sino en El. ¿Cómo hemos desarrollado el sentimiento de
pertenecemos el uno al otro?. Enseñando a las ovejas a
apreciarse. Por medio de la palabra y del ejemplo les
mostramos cómo cuidar y preocuparse de los demás.
La iglesia primitiva empezó en unidades locales b a­
sadas en el concepto de com unidad. Pero, después de
un tiempo, la iglesia pasó a ser ella misma una comuni­
dad -una com unidad espiritual. No era la ciudad ahora
lo que im portaba, sino los lazos mutuos en Jesucristo.
Como dijo Juan: «Lo que hemos visto y oído eso os
anunciamos también; para que también vosotros tengáis
comunicación con nosotros; y nuestra comunión verda­
deramente es con el Padre, ( I a .Juan 1:3).
Hasta que se establece nuestra relación con Dios por
medio de la redención, la base de nuestras relaciones
hum anas es frágil e inadecuada. «Koinonia» no significa
sólo compartir, sino un participar juntos en algo mayor
que nosotros mismos.
Por el hecho de que la com unidad está basada en
Dios últimamente, y no en interés hum ano, sus valores
97
■.mi muy diferentes de los del orden social del cual la
iglesia saca sus miembros. El orden social está edificado
sobre la idolatría que proclam a la supremacía del hom­
bre y sus deseo. Pero el nuevo orden está edificado
sobre el reino de Dios, cuyos caminos no son los nues­
tros. Jesús dijo que el reino de Dios era como un poco
de levadura, que leuda toda la masa. Entre otras cosas,
esto significa que donde hay la iglesia -en cualquier
sitio donde se obedezca y adore a Cristo- el orden social
del ambiente tiene que ser afectado por necesidad. El
cambio raram ente es dramático o súbito. Es como la
levadura que trabaja en silencio, lenta pero inexorable­
mente.
El orden social en la antigua civilización grecorro­
mana estaba dividido entre los esclavos y los hombres
libres. Las mujeres, aunque eran libres, tenían un esta­
do social sólo ligeramente superior al de los esclavos.
Pero el reino de Dios borró estas ignominiosas distin­
ciones (G álatas 3:28). Cristo dá una identidad positiva
a sus siervos los cuales, por tanto, ya no tienen que
encontrarla en ser judíos, mujeres o esclavos. Lo que
tienen en común en el Señor ha venido a ser más
im portante que las diferencias naturales o las distincio­
nes sociales.
Como la iglesia está más adelante que el orden
social, hay siempre una cierta tensión entre los dos. Si
ajustamos nuestra conducta a lo que la Biblia exige, no
nos será posible conformar nuestra vida a la del mundo
exterior al mismo tiempo. Sólo podemos ajustarnos a
un molde a la vez. Cuanto más im portante es la comu­
nidad del Espíritu menos tomaremos como modelo los
standards de fuera. Nos vestiremos y nos com portare­
mos según el grupo que es más im portante para noso­
tros. Las presiones de la com unidad nos ayudan a cor­
tar nuestras relaciones con el sistema del m undo y a
seguir a Cristo. En la com unidad nos encontramos ca­

98
paces de poner en práctica modos de vida que nos
parecerían difíciles si lo intentáram os solos.
Nos levantamos de las aguas del bautism o para an­
dar en novedad de vida, pero no de modo automático.
Los nuevos hábitos deben ser aprendidos. A menos que
abracemos los valores de la nueva com unidad y deci­
damos que nuestra identidad está decididamente entre
los redimidos y no en la opinión del mundo, incluso
nuestro cambio de conducta externa tendrá lugar de
modo lento.

Necesidades básicas humanas


Entram os en un nuevo reino por medio del segundo
nacimiento (Juan 3:3-5). Lo mismo que en el nacimien­
to natural, nacemos para el reino de Dios con muchas
necesidades básicas, que deben ser provistas para noso­
tros por otros. Estas necesidades no son sólo espiritua­
les, sino emocionales, intelectuales y físicas también.
Nos movemos de un orden social a otro, y todos nues­
tros valores e ideas cambian. La iglesia nos satisface
espiritualmente y es la respuesta para nuestras necesi­
dades psicológicas tam bién. De otro modo no podría­
mos ser destetados del orden social del mundo. La
nueva comunidad debe poder proveer p ara toda clase
de necesidades,que satisfacíamos antes en el orden so­
cial externo.

La necesidad de pertenencia
Tenemos que ver nuestro nombre en alguna parte.
Si no lo conseguimos de otro modo lo logramos al
firmar un volante con la carta de crédito en la gasoline­
ra. Es posible que ni aún usemos las tarjetas de crédito
cuando las tengamos, pero sabemos que pertenecemos a
algo.
La gente debe saber si pertenecen o no a nuestras
iglesias. El unirse a ellas debe ser por medio de un
99
acontecimiento destacado, que haga una fuerte y dura­
dera impresión. Es demasiado sencillo, si, como por
casualidad, un domingo el que quiere hacerse miembro,
se presenta ante la plataform a y le damos la mano. Si
la iglesia va a satisfacer la necesidad de pertenencia, el
entrar a form ar parte de la com unidad es algo im por­
tante.
Ya he indicado el procedimiento por medio del cual
una persona pasa a ser miembro del Templo Misionero
Betesda. En general se tarda un año desde el momento
en que la persona inicialmente decide que quiere ser
miembro hasta que se le dá la bienvenida formal por
parte de los pastores y ancianos. No hay que decir que
esta ocasión es también algo destacada. Creemos que
no es simplemente ostentación, sino que es un suceso de
im portancia en nuestra congregación. Y deja sin duda
un recuerdo en la mente de los que pasan por ella:
tienen un sentido de pertenencia a partir de aquel mo­
mento.
La necesidad de significación
La com unidad a la que pertenecemos debe hacernos
especiales en alguna m anera. Esto es posible sólo si la
com unidad misma es reconocida en una am plia escala.
La religión denominacional tiene un punto fuerte en
esto. Cuando se está en una reunión social y se toca el
tema de la religión, los que pertenecen a las denom ina­
ciones principales tienen ventaja. Alguien pregunta:
¿Cuál es su religión?.
El individuo yergue cabeza y hombros y dice: «Soy
luterano».
El otro contesta con orgullo que es católico.
Otro dice que es prebiteriano.
Estas etiquetas acarrean peso, prestigio. Pero,
cuando nos lo preguntan a nosotros, los que somos
independientes, tenemos que em pezar a explicarnos y la
tarea que tenemos entre m anos no es fácil.

100
Es un gran golpe psicológico el reconocer que no
pertenecemos a nada que tenga significación en el or­
den social. Aquellos que pastoreamos iglesias indepen­
dientes debemos trabajar bien este punto, especialmente
entre los jóvenes. Este asunto de la significación e iden­
tidad es realmente devastador en los adolescentes.
Cuando iba a la escuela secundaria teníamos buena
reputación como iglesia, pero el problem a que yo tenía
era que mi madre era el pastor y yo no quería que
nadie lo supiera, porque no podía explicárselo.
Algún chico se me acercaba y me decía: «¡Oye,
Beall, me han dicho que tu m adre es el predicador!
¿Qué clase de iglesia es ésta?».
Yo no contestaba: «Yo no te pregunto nada de tu
religión. Déjame en paz con la mía».
Ningún adolescente quiere que le miren como algo
raro o especial, y en puntos así, la presión del orden
social para adaptarse a los standards aceptados puede
ser abrum adora. ¿Qué significaba el que yo pertenecie­
ra a una iglesia independiente de la que mi m adre era
el ministro? ¿Significaba que yo era algo raro, fuera del
orden común? Sí, por lo menos en cierto sentido. El
viejo orden no había reconocido todavía ni se había
ajustado a este nuevo signo del reino de Dios. Hoy los
independientes son reconocidos de modo más amplio y
aún la iglesia Episcopal ha decidido adm itir al pastora-
do a las mujeres por medio de la ordenación. Pero, la
vida en la com unidad creada por Dios de un modo
inevitable pondrá a prueba nuestra necesidad de signifi­
cación. Podremos pasarla si ganamos fuerza para repu­
diar la idea de que somos algo extraño de modo inhe­
rente, de por sí, y si con la ayuda del Espíritu Santo
nos sentimos satisfechos de ser cristianos que perm ane­
cemos independientes de las denominaciones tradicio­
nales.
Lo mismo se refiere a los dones espirituales. El
pensar que lo único que los miembros pueden contri­
101
buir a la iglesia se reduce al área de los nueve dones
espirituales es una seria equivocación. Los dones del
Espíritu no deben ser minimizados, pero no debe per­
mitirse que eclipsen todo lo demás. En realidad hay
personas que ni saben que tengan dones espirituales o
no saben como ejercerlos. Si ponemos demasiado énfa­
sis en ellos estas personas no considerarán que puedan
contribuir nada a la com unidad.
En Betesda pasamos una vez un período muy bo­
rrascoso porque no sabíamos como ayudar a la gente a
encontrar la mejor m anera de contribuir. Dios nos mos­
traba que por la imposición de manos sobre las perso­
nas y profetizando sobre ellas, podían ser establecidas
en lugares útiles en el cuerpo de Cristo. Pero, en nues­
tro entusiasmo, perdimos de modo temporal al equili­
brio. Algunos en la iglesia acabaron casi por no hacer
nada, porque no habían recibido la imposición de m a­
nos y la revelación directa de Dios acerca de su voca­
ción. Consideraban, sin decirlo, sin embargo, que su
contribución no era realmente im portante hasta que
pudieran ser confirmados por el presbítero. De modo
que cesaron lo que hacían para esperar que les dieran
instrucciones los demás. Y los que habían recibido la
imposición de manos generalmente no contribuían sino
dentro de los puntos específicos de la profecía que
habían recibido. Teníamos la iglesia llena de gente que
estaba turbada acerca de su área de contribución.
En otro época, el aspecto más im portante del traba­
jo en nuestra iglesia parecía que era la enseñanza. Si se
era un m aestro se era algo im portante; si no, el trabajo
de uno pasaba a ser secundario. El cantar en el coro,
por ejemplo, no acarreaba tanto prestigio, ni mucho
menos, como la enseñanza. En consecuencia, había un
problema para conseguir gente que quisieran pasar las
colectas, cantar en el coro o servir en los comités de
carácter administrativo.
102
La solución, decidimos, se hallaba no en rebajar la
enseñanza sino en dar más im portancia a los otros
servicios. Mi herm ano Harry descubrió maneras de ha­
cer del coro un lugar destacado de contribución. T raba­
jo con los miembros del coro preparándolos para un
program a musical después del otro. La iglesia se llena­
ba a rebosar para estas festividades. M ucha gente que
nunca había cruzado nuestros um brales asistía en estas
ocasiones. Desplegaba luces, vestido y fondos complica­
dos. Cada cantata era gran acontecimiento. Al poco, la
gente hacía lista para entrar en el coro.
Hemos de desarrollar diferentes vías para contribuir
a nuestra com unidad. Cada una de estas vías debe ser
lenida en gran estima. Si ahora alguien viene a Detroit
encontrará no sólo los maestros de catecismo, sino tam ­
bién muchos que trabajan a sus órdenes como conseje­
ros a un nivel personal. Estos consejeros son una parte
esencial del departam ento de catecismo. No sólo eva­
lúan el trabajo en casa y tom an nota de la asistencia,
sino que ayudan a los estudiantes en sus problemas
personales. Hay una lista de personas que esperan en­
trar para ser consejeros de catecismo. ¿Por qué? Porque
hemos hecho énfasis en que esta es una área de contri­
bución vital.
O tras personas hacen su contribución recogiendo
materiales para estas clases. Otros ponen las mesas,
preparan reuniones sociales con los niños, hacen arre­
glos para los servicios de confirmación, cuidan de los
edificios o hacen trabajo de tipo burocrático. Pero, es­
tán contentos de poder hacer algo que saben que es
necesario. Apreciamos los servicios de todos.

La necesidad de aprobación

O tra necesidad básica hum ana es la de sentirse a-


probado. No basta con saber que la contribución de
uno es importante; hay que saber que se hace a satis­

103
facción de aquellos que están en autoridad. Se necesi­
tan elogios, de vez en cuando.
Por desgracia, no siempre es fácil para los que tie­
nen puestos de responsabilidad el satisfacer esta necesi­
dad. Pueden sentirse amenazados ellos mismos por la
competencia de los que trabajan bajo sus órdenes, y es
posible que procuren tenerlos a raya, para asegurar la
propia posición.
En las iglesias independientes, el pastor se encuen­
tra completamente a solas, dando la cara al viento, sin
que haya la denominación detrás prestando apoyo. Es
la persona que va a hundirse si la iglesia se hunde. Esta
situación crea un sentimiento de inseguridad.
Sin saberlo, el pastor transfiere este sentimiento de
inseguridad a los miembros. Los miembros del rebaño a
su vez compiten unos con otros. En vez de aceptar la
competición y el talento de los otros, como estímulo,
reaccionan de modo defensivo. La gente olvida que se
hallan en el mismo equipo, y que si alguien marca
tantos, la victoria es la de la iglesia en común. Son
incapaces de alegrarse cuando otro es honrado.
Cuando el rebaño empieza a sentirse inseguro y
ansioso, deja de alimentarse. El pastor puede ir soltan­
do desde el púlpito los mejores sermones del mundo,
pero las ovejas no digieren nada. Se vuelven nerviosas,
inquietas, irritables. Cuando nuestras necesidades bási­
cas no son cubiertas, no podemos pacer adecuadam en­
te. Antes de poco las ovejas empiezan a decaer, se
enseñan los dientes, y aún intentan morderse. La gente
no sabe lo que les pasa, pero pierden interés por el
pasto y abandonan el rebaño.
Los líderes debemos dar aprobación a los que traba­
jan con nosotros. Si una persona hace algo excelente,
debemos decírselo. Pero, si somos incapaces de dar
aprobación a causa de nuestra propia inseguridad, sus
necesidades no serán cubiertas y esto será causa de otro
problemas. Debemos aprender a dominar nuestra pro­
104
pia inseguridad y acostum brarnos a dar nuestra aproba­
ción cuando se merece.
Estas necesidades básicas no son teóricas. Existen
en la personalidad hum ana. Estas necesidades sociales
son tan reales como el instinto de conservación o el
impulso sexual. Si la com unidad de la iglesia falla y no
las cubre, las ovejas procurarán hallar satisfacción en
otra parte. Es parte de la alimentación del rebaño de
Dios el asegurarnos que nuestra com unidad local haga
frente a todas estas necesidades básicas. Sólo así pode­
mos conducir un rebaño contento y tranquilo.

105
XI

Peleando por el agua

Palestina es una tierra semiárida, situada al borde


sudoeste del M editerráneo, encajonada entre el mar y el
desierto. Como en California del Sur, el aire húmedo
del m ar es bloqueado por las m ontañas, por lo que casi
toda la lluvia cae en las vertientes occidentales; en el
lado oriental es casi un verdadero desierto. Durante seis
meses hay lluvia; Los otros seis meses son secos. Las
primeras lluvias empiezan a caer por el otoño y los
campesinos y pastores las aguardan ansiosos. Cae
abundante lluvia durante los tres meses que van de
diciembre a principios de marzo. Puede que haya tam ­
bién nieve hacia la Navidad. Luego, en marzo, las llu­
vias. van disminuyendo y los últimos chubascos caen
durante abril. Estas lluvias son de im portancia crucial
para la cosecha. Como ocurren al final de la tem porada
se las llama «lluvias tardías». Esta lluvia permite crecer
el grano, haciendo posible la cosecha.

107
Las lluvias tardías son esenciales para el pastor.
Llenas las cisternas para el verano. Contribuyen tam ­
bién a m antener la hierba verde durante más tiempo.

Según la Enciclopedia Británica:


«Las ovejas necesitan aproxim adam ente unos
seis litros de agua cada día; aunque el rocío
que hay sobre la hierba o bien la nieve, si la
hay, pueden suplir gran parte de estos reque­
rimientos. No deben andar más de tres a cua­
tro millas (unos seis kilómetros) entre los pas­
tos y el agua, en tiempo fresco, o dos millas,
en tiempo caluroso; los animales con crías
tienen que tenerla aún más cerca. Así que el
número de cabezas de ganado que pueden
mantenerse en un área semiárida está lim ita­
do al número y situación de los abrevaderos».
(vol.20. p.364).

Durante la estación seca, el pastor debe buscar po­


zos alimentados por corrientes subterráneas. Estos se
llaman pozos de agua viva, o agua que emerge por sí
misma. Como la fuente es subterránea, la corriente
depende en menor grado de las condiciones reinantes en
la superficie, por lo menos en el curso de una sola
tem porada. Las cisternas, por otro lado, son meros
depósitos de agua de lluvia. Tienen agua si ha llovido,
nada más y rápidam ente es agotada o bien se echa
a perder.

¿Qué tiene todo esto que ver con la iglesia local y


con las ovejas de Dios? Tanto en el Antiguo como en el
Nuevo Testam ento se usa el agua como figura del Espí­
ritu Santo (Juan 4, Isaías 55), y los pozos hablan de
nuestra capacidad para Dios (Juan 4).

108
El agua es el punto de reunión

Las ovejas deben abrevar cada mediodía. Los pasto­


res se reúnen en el pozo o abrevadero. En tanto que
hay agua éste es un rato agradable para los pastores.
Descansan, se refrescan y entretanto las ovejas se mez­
clan bebiendo. Oigamos a James Hastings describiendo
la hora de abrevar:

Es uno de los espectáculos más interesantes el


ver a un cierto número de rebaños de ovejas
sedientas acercándose, guiadas por los pasto­
res, al abrevadero o m anantial. Cada rebaño,
obedeciendo a la orden de su propio pastor se
echa, esperando su turno. El pastor de un
rebaño llama a sus ovejas en grupos, y saca
agua para ellas, vertiéndola en los depósitos o
abrevaderos. Cuando este grupo ha bebido,
les ordena que se marchen con silbidos o gri­
tos que las ovejas entienden perfectamente, y
llama a otro grupo. Cuando todo el rebaño ha
abrevado el pastor les da una señal y todas
las ovejas se levantan y empiezan a alejarse
lentamente, mientras otro rebaño acude a los
abrevaderos de la misma m anera, y así va
siguiendo hasta que todos los rebaños han
bebido. Las ovejas no se equivocan nunca con
respecto a las señales que las llaman a ellas.
(Un Diccionario de la Biblia, vol IV, p.487).

Los pastores se conocen bien y fraternizan durante


este rato. Tam bién, podríamos decir, tienen contacto
«social» las ovejas. De la misma m anera los pastores y
sus rebaños tienen necesidad de momentos de refrige­
rio en la presencia de Dios, cuando Dios en su sobera­
nía hace descender su gracia sobre el servicio. La ala-

109
banza es fácil y eleva. La gente acuden en masa al
altar. Las necesidades son cubiertas.
Hemos encontrado en el curso de los años que Dios
bendice las convenciones especiales que celebramos por
Pascua y en el mes de noviembre. ¿Por qué? Creo que
es por estas razones:
1. U na convención nos hace accesibles a los extra­
ños, incluso el abrir las puertas de nuestras casas
y el pasar horas en la labor de la cocina prepa­
rando las comidas, y el deleite de comer juntos.
2. Invitamos a predicadores y pastores de fuera -re­
galos para el cuerpo de Cristo- que ayudan al
pastor local y a las ovejas.
3. Cada uno se siente animado a romper la rutina
de esperar en Dios para reunirse con viejos y
nuevos amigos y asistir a servicios estimulantes
Hay una atmósfera de entusiasmo, expectativa y
franqueza. La gente esperan algo de Dios y no se sien­
ten decepcionados. El les dá una nueva visión. Los
sueños y objetivos que Dios nos ha dado en el pasado
son con frecuencia restaurados y nuevamente enfocados.
Y, de un modo especial, las verdades que Dios ha
venido diciéndonos durante semanas y meses son con­
firmadas por medio de dos o tres predicadores de fuera,
que sólo podrían decir lo que Dios les ha indicado que
digan. Se añaden nuevos coros a nuestro repertorio y
descubrimos nuevas vías para agradecer y loar a Dios
sus bendiciones.
Las convenciones que han hecho una impresión du­
radera en nosotros tienen algo en común: una presencia
real del Espíritu Santo derramándose copiosamente.
Los predicadores no habían hablado sobre temas indi­
cados previamente y con todo los mensajes encajaban
perfectamente. Jesucristo, Cabeza de la Iglesia, propor­
cionaba el agua necesaria para que todos pudiéramos
satisfacernos.
110
Luchas sobre el derecho al agua

Las disputas sobre el derecho al agua eran la causa


más común de guerra o contiendas entre familias o
tribus dedicadas al pastoreo en el Oriente Medio. Quien
cavaba un pozo y le ponía un nombre era su dueño.Pe­
ro los otros tenían envidia. La gente hacen cosas insos­
pechables cuando va en juego su supervivencia.
Los enemigos a veces cegaban un pozo. Isaac tuvo
que volver a cavar varios pozos en su día, porque los
filisteos, envidiosos de su riqueza, los habían llenado de
tierra (Génesis 26:15); tuvo que sufrir contiendas y odio
antes de hallar sitio para él en aquella tierra. Esto
ocurre también en el ministerio.
En los años cuarenta y principios de los cincuenta,
el Señor envió su gracia en abundancia en muchas
secciones de los Estados Unidos y el Canadá. Algunos
lo llamaron «lluvias tardías», otros «movimiento divino»
y otros «avivamiento de curaciones». En efecto, la elec­
ción del nombre dado reflejaba la asociación previa a
una denominación.
Era cosa digna de gozo descubrir nuevos pozos de
bendición que el Señor abría en toda la tierra durante
este período de visitación. Nos podíamos juntar, hom­
bro con hombro, con ministros y obreros de toda clase y
color, y beber en el agua que fluía en abundancia. ¡Qué
hermandad! ¡Qué cantos! ¡Qué amor!. Pero, al final,
¡qué contiendas!
Algunos pastores celosos y pusilánimes empezaron a
insistir que sus rebaños debían abrevar en un sitio
particular sólo, y a su manera.
Cosas insignificantes empezaron a dividirnos. Algu­
nos querían suprim ir los viejos himnarios: decían que
Dios nos había dado una nueva revelación; debíamos
tener vasijas nuevas para el nuevo vino. Otros replica­
ban que no había inconveniente en tener nuevos him ­
nos, pero que cada uno «saca de su tesoro cosas nuevas

111
y cosas viejas» (M at. 13:52). No querían cortar su con­
tinuidad con el pasado.
Esta contienda llegó a enm arañarse tanto alrededor
de algunos pozos por cosas insignificantes como las
mencionadas que al final todo el mundo acabó echando
tierra en los pozos y los cegaron; tierra de resentimien­
to, lucha y am argura.
O tra forma en que se expresó esta envidia y pugna­
cidad fue dando a nuestros pozos -congregaciones-
nombres y características particulares. Así algunas igle­
sias se especializaron en la alabanza, otras en la sani­
dad, otras en la liberación (exorcismo). La profecía era
prom inente de un modo especial entre estos motivos.
Triste es decirlo, pero tanto peso se puso sobre la
profecía que acabó aplastada. La gente se acostum bró a
pronosticar desastres, a usarla para usurpar autoridad,
y dar salida a su ira y rebellón. Se perdió toda capaci­
dad para edificar y consolar.
Cualquiera que fuera el motivo seleccionado por la
congregación, fue usado para elevar el grupo aquel por
encima de los demás. U na iglesia que se especializaba
en el exorcismo apenas daba oportunidad al hermano
que creía que la alabanza era el motivo esencial en el
reino de Dios. O un evangelista dedicado a curaciones
era recibido fríamente en las iglesias que hacían énfasis
en la profecía.
Con ello los pozos empezaron a secarse y nuestro
gozo se convirtió en tristeza. Empezamos a tener sed, y
esto era precisamente lo que el Espíritu Santo sabía que
necesitábamos. La gente sedienta, la gente necesitada,
es menos probable que tengan confianza en su propia
suficiencia o insistan en sus celos. Aprendimos a consi­
derar nuestros verdaderos sentimientos acerca de los
éxitos de otros pastores y otras iglesias, y sobre los
nuevos pastores y congregaciones que em pezaban en
nuestra vecindad. Entonces pudimos pronto confesar
nuestra envidia y ser limpiados de ella, de modo que
112
pudimos empezar a cavar pozos y orar para que hubie­
ra lluvia en toda la región. De esta manera hemos
aprendido a tener abundancia y al mismo tiempo gozar
de una comunión abierta con todos los hermanos.
Y esto es esencial, porque, generalmente, tenemos
que trabajar juntos a fin de obtener agua para nuestros
rebaños. La descripción que hace Thomson de un pozo
nos ayudará a entender el por qué.

He visto con frecuencia pozos cerrados con


grandes piedras.... en regiones desérticas. Es­
tas cisternas se cubren generalmente con una
gran losa de piedra, que tiene en el centro un
agujero de tam año suficiente para dejar pasar
un cubo de piel o una vasija de arcilla. Se
coloca en este agujero otra gran piedra, que a
veces requiere la fuerza de dos o tres pastores
para ser quitada. Lo mismo se hace en los
pfozos de agua viva. Pero cuando los pozos
son grandes y la cantidad de agua es abun­
dante no son necesarias estas precauciones...
He visto pozos cuya boca había sido cerrada
casi herméticamente incluso con mortero. Es­
tos pozos eran reservas para épocas de gran
necesidad, cuando todas las otras fuentes se
habían secado. (El país y el libro, p.589).

Leemos de iglesias que se nos dice han tenido que


cerrar sus puertas. La gente ha dejado de asistir a las
mismas. El problem a, en todos los casos, es la falta de
agua. El pastor no supo abrir las puertas a la obra del
Espíritu Santo. Pero, las que han hallado la manera de
dejarle paso gozan de un crecimiento excepcional. Las
ovejas son atraídas desde los alrededores a estos abreva­
deros y a estos rediles. En este día de visitación caris-
mática, hay muchos pozos cuyas piedras son sacadas y
se cavan muchos pozos nuevos. Hay agua abundante

113
para todos si somos capaces de descartar el temor, la
envidia y aprender a recibir a los hermanos con los
brazos abiertos.

114
XII

¡Sácatelo de encima!

Cuando nuestras necesidades básicas han sido cu­


biertas y nuestros órganos funcionan normalmente, de­
cimos que «gozamos de buena salud». Esto mismo se
puede decir de las ovejas. En los m anuales agropecua­
rios encontramos señales específicas que se usan como
guías cuando los pastores de un modo periódico com­
prueban si las ovejas tienen heridas o sufren enferme­
dad.
(1) La oveja sana se ve alerta, mira con ojos claros y
mantiene las orejas erguidas.
(2) La oveja sana tiene apetito.
(3) La oveja sana anda de modo coordinado, m an­
tiene alta la’ cabeza y el cuello.
(4) La oveja sana mastica y rum ia de un modo
regular.
(5) La oveja sana tiene el vellón firme y entero.
(6) La oveja sana se mantiene junto al resto del
rebaño, excepto cuando se aleja algo al pacer.

115
(7) La oveja sana tiene los pies intactos.
(8) La oveja sana tiene los dientes enteros.
Los pastores observan todos estos puntos cogiendo a
las ovejas y buscando señales de posible infección, cos­
tras o abatim iento. Cuando hay algo que va mal, apli­
can la medicación adecuada para eliminar la enferme­
dad. En algunas ocasiones es necesario hacer pasar a
las ovejas por dentro de un canal para limpiarlas. Cada
noche al regresar al redil el pastor aplica ungüento en
las rozaduras y rasguños, o friega, según necesario, a
las cansadas, con aceite o trata a otras según es necesa­
rio. Junto con la medicación el pastor da a cada oveja
abundante cuidado y aún cariño.
Un buen conocedor de este ganado, en el Líbano,
nos revela este secreto del oficio:

La palabra «shemen» se traduce por aceite,


pero en realidad significa mantequilla orien­
tal. muy conocida en todo el Oriente Medio, y
que todos los pastores usan como remedio
para sus ovejas enfermas. Una vez dentro del
redil el pastor cuida a las ovejas enfermas.
Saca «shemen» del recipiente y les friega la
cabeza con la medicina. Si no tiene «shemen»
lo hace con aceite de oliva; a veces usa u n ­
güento de cedro y lo aplica a las heridas y
rasguños; luego les da de beber. (La Canción
del Pastor en las Colinas del Líbano, p. 36,
112 )

Cuando las ovejas están sanas todas sus necesidades


básicas quedan satisfechas. Tienen la comida que nece­
sitan, agua y ejercicio. Están, para resumirlo en una
palabra «contentas». No están agitadas ni enfermas,
sino tranquilas. Demuestran su contento por su actitud
juguetona. Incluso saltan y danzan.

116
«Los montes saltaron como carneros, y los collados
como corderitos». (Salmo 114:4)

Manifestaciones de Descontento
De la misma m anera que podemos decir si una
oveja está contenta y sana por su comportamiento, tam ­
bién podemos discernir cuando las cosas no son norm a­
les. El descontento se puede notar. Se le ve en los ojos,
en el andar, en el gesto. Cuando una oveja no responde
bien y parece abatida, necesita los cuidados del pastor.
Tiene que ser restaurada. Puede que se eche y no sea
capaz de levantarse otra vez. El pastor la acaricia, le
hace masaje y gradualm ente la pone de pie.
Esta tarea de restaurar una oveja caída es lo que
quería decir David cuando alababa al Señor por «res-
laurar mi alma». R estaurar el alma significa volverla a
poner de pie.
El volver a poner de pie a una persona no significa
que no podía andar físicamente, sino que se hallaba
abatida emocionalmente y necesita a alguien que la
levantara. Llamamos a esto buscar am paro en el sentir
lástima por uno mismo, la depresión, la melancolía.
Significa estar abatida interiormente, espiritualmente.
Leamos en el Salmo 42:

«Fueron mis lágrimas mi pan de día y de


noche, m ientras me dicen todos los días:
¿Dónde está tu Dios? Me acuerdo de estas
cosas, y derram o mi alma dentro de mi. De
como yo iba con la m ultitud, y la conducía
hasta la casa de Dios, entre voces de alegría y
de alabanza del pueblo en fiesta. ¿Por qué te
abates oh alm a mía, y te turbas dentro de
mí? Espera en Dios; porque aún he de ala­
barle. Salvación mía y Dios mío. Dios mío,

117
mi alm a está abatida en mí. Me acordaré por
tanto, de tí desde la tierra del Jordán... (3-6).

Los hijos de Dios se abaten, como lo hacen las


ovejas naturales, y cuando esto ocurre deben ser restau­
rados. Podemos ser sinceros como cristianos y decir
cuando nuestra alma necesita restauración. No tenemos
por que hacer ver otra cosa, como si lleváramos una
máscara.
Algunos creen que deben presentarse con un frente
falso, no adm itiendo nunca que algo malo les está ocu­
rriendo. Pero, esto es un error. No tenemos porque no
adm itir que algo no va bien, como hizo David. Esto
abre la puerta para una curación genuina del daño que
está causando nuestra pesadum bre. La ira se ha trans­
formado en depresión porque pensábamos que no nos
serviría de nada el expresarla.
David pregunta a su alm a por qué está abatida.
Había ofrecido adoración diariam ente en el templo. Pe­
ro a p artir de cierto día pareció cam biar de color.
Todos podemos despertarnos un día y sentirnos depri­
midos. Podría ocurrimos m añana por la m añana, l^o
que tenemos que hacer en este caso es pedirle a Dios
que nos diga qué es lo que ha pasado, como hizo
David.
¿Por qué se altera un alma? ¿Por qué está turbada?
Muchas veces no sabemos por qué. Pedro escribe sobre
estos sentimientos:

«...aunque ahora por un poco de tiempo, si es


necesario, seáis afligidos en diversas tentacio­
nes. para que la prueba de vuestra fe, mucho
más preciosa que el oro, el cual perece aun­
que se prueba con fuego, se halle que resulta
en alabanza, gloria y honra en la revelación
de Jesucristo». ( I a Pedro 1:6-7)

118

i
Es necesario para nuestro crecimiento que pasemos
por estos períodos de tribulación. No siempre somos
librados rápidam ente. A veces esta pesadumbre conti­
nua día tras día. Pero es sólo por un poco de tiempo.
Ya saldremos de ella.
Dios permite la depresión para enseñarnos a vencer­
la. No quiere que seamos esclavos de nuestros senti­
mientos y humor. Tenemos un m anantial interno de
gozo que no está sujeto a m udanza a causa de las
circunstancias.

Hay que quedarse junto al Pastor

Las ovejas se abaten por varias razones. La más


común es por no prestar atención al pastor. Las ovejas
pueden quedar tan absorbidas en su afán de hallar
hierba comestible que dejan de notar que la voz del
pastor se vuelve distante. Preocupadas, no ven que el
rebaño se aleja. A veces se descarrían porque el pastor
no hs vigilado bastante. Las ovejas se encuentran aleja­
das del rebaño y son demasiado débiles para cuidarse a
ellas mismas. Agotadas y sedientas, se echan en una
hondonada. Una vez echadas su centro de gravedad se
ha desplazado y aunque lo intentan no pueden levantar­
se. Sus patas azotan el aire pero nada más. Sus balidos
frenéticos y su patear desesperado no sirve para nada.
Pronto van a morir si no son halladas y recatadas.
Algunas ovejas están siempre cerca; otras siempre
andan metidas en dificultades. Thomson describe las
diferencias que ha notado en la personalidad de las
ovejas:

Algunas ovejas siempre se m antienen cerca


del pastor y son sus favoritas. Cada una de
ellas tiene un nombre, al que responden con
alegría, y el pastor cariñoso siempre les está
distribuyendo bocados escogidos, que recoge

119
con este propósito. Estas son las que están
contentas. No hay peligro de que éstas se
pierdan o les ocurra ningún percance, sea por
ladrones o por fieras que se acerquen. El
cuerpo general del rebaño, sin embargo, está
compuesto de ovejas que van a lo suyo, bus­
cando la hierba más suculenta a su placer,
vendo de vez en cuando para ver donde está
el pastor, o las otras ovejas, ya que saben que
si se alejan van a recibir algo desagradable:
una piedra o los ladridos de un perro. Otras,
todavía, están inquietas y descontentas, sal­
tando en los campos, encaramándose en ar­
bustos y aún árboles tum bados, o inclinados,
para alcanzar las ramas bajas. Estas dan al
pastor toda clase de problemas. Las hay, fi­
nalmente, tan inquietas, que se descarrían y
acaban perdidas. (El País y el Libro, p. 203)

La parábola de Jesús referente a la oveja perdida


está sacada de la vida real. Si el pastor echa de menos
una oveja o dos por la noche cuando las hace entrar en
el redil por debajo de su cayado, debe ir inm ediatam en­
te a buscarlas. Unas pocas horas pueden significar la
vida o la muerte para la oveja, que es presa fácil de los
buitres, jaguares y otros enemigos.
El pastor busca hasta que encuentra a la oveja. Si la
oveja está echada abatida, se le acerca con cuidado,
poniéndola de pie. La calma y acaricia, aunque la re­
gaña, y le hace masaje para restaurarle la circulación.
Puede que la oveja se caiga otra vez, porque no puede
sostenerse sobre sus propias patas. Pero, el pastor con
paciencia empieza otra vez hasta que al fin puede te­
nerse en pie.
Todos nos descarriamos, inquietamos, deprimimos y
necesitamos ser restaurados, alguna vez en la vida. Por
esto San Pablo nos advierte que nos vigilemos unos a

120
otros: «Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna
falta, vosotros, los que sois espirituales, restauradle con
espíritu de m ansedum bre, considerándote a tí mismo,
no sea que tu tam bién seas tentado». (G álatas 6:1)
Las ovejas que se descarrían son un problema gene­
ral. Las tenemos en nuestra iglesia. Después de su
conversión son ovejas fervientes. Asisten al servicio cada
noche de miércoles, a dos servicios el domingo, y se las
arreglan para estar en todas las reuniones que se anun­
cian. Se ofrecen voluntarios para todo. Cuidan el patio
de estacionamiento, traspalean la nieve, cambian paña­
les, limpian platos -lo hacen todo, para estar junto con
otras ovajas. Pero, al poco, empiezan a enfriarse y
pronto se hallan tum badas y m oribundas.

Ministerio de Restauración

Necesitan ayuda y yo no puedo alcanzar a todas. Es


por esto que hay el ministerio de restauración de los
ancianos, los diáconos y los maestros, tan necesario.
Ellos saben cuando alguno a quien conocen bien no
anda en el Señor como antes hacía, y se halla tum bado
de espaldas, falleciente.
En una iglesia corriente si una de las oveajs está
descontenta y se aparta, el pastor la busca e intenta que
regrese. Pero esto no es siempre lo mejor. A veces
encuentro que es más efectivo llam ar a un amigo de la
oveja descarriada y encargarle que hable con ella y me
comunique el resultado. A veces, si el pastor responsa­
ble va a visitar a alguien que se siente un poco culpable
por el descarrío puede sentirse am enazado o abrumado.
I’cro si otra oveja se le acerca con cariño y le habla de
su falta, dándole su testimonio de restauración se puede
conseguir mucho más.
Creo que muchas iglesias locales no crecen porque el
pastor no es capaz de com partir el ministerio de restau­
ración con el resto del rebaño. Nuestra gente, los que
121
constituyen nuestras iglesias locales, han saboreado la
maravillosa gracia de Dios y son personas magníficas
que desean ser usadas por el Señor. Tienen medios o
maneras personales que, nosotros en posición de líderes
no tenemos. Dios quiere usar estos puentes naturales de
amistad para transm itir salud y restauración a las ove­
jas abatidas de la comunidad.
Pero, mejor aún que curar es prevenir. Si algo desa­
gradable ocurre entre mi herm ano y yo, lo mejor es ir a
el y tratar de resolver el problem a (M ateo 18:15-17). Si
no podemos entendernos y reconciliamos, debemos lla­
m ar a otra persona para que venga a ayudarnos. Los
ancianos deberían estar disponibles para este tipo de
necesidad. Sólo si una persona rehúsa ser reconciliada
debería ser el asunto llevado a la atención del pastor.
La gente no debería correr al pastor con toda clase de
agravios personales. El crecimiento incluye aprender a
resolver las diferencias personales de forma amigable y
ponderada.
Hace algún tiempo me dijeron que un joven de la
iglesia había dejado de asistir a los servicios. Pregunté
por qué y me dijeron que nadie en realidad se interesa­
ba si asistía o no. Cuando oré sobre este asunto, me
pareció que, si yo iba, sería un ejemplo más de un
pastor yendo detrás de la oveja porque es su deber. El
joven iba a pensar: «Ahí viene el pastor. El me dirá que
Dios se preocupa de mí, que él se preocupa de mí y que
todo el m undo se preocupa de m í...¡y qué!» En vez de
ir yo, les pedí a cuatro jóvenes que fueran a verle: un
par de chicas y un par de chicos. Fueron. En tres días
el joven estaba restaurado. Vió que alguien se preocu­
paba de él de un modo personal.

El gozo se encuentra en el centro de la corriente

Cuando el salmista declaró que hay un río para


alegrar la ciudad de Dios, no sólo estaba hablando de

122
la obra del Espíritu Santo, sino de interesarse por lo
que ocurre y lanzarse al centro de la corriente. El
I íspíritu Santo nos hace personas extrovertidas. Nos
estimula hasta que no podemos por menos que entre­
garnos a los otros. No sólo nos da nuevas vías para
contribuir con nuestras capacidades espirituales sino
que toca nuestra personalidad y nuestras habilidades
naturales hasta que encontramos un lugar que nos co­
rresponde en la iglesia local. Descubrimos que somos
«miembros particulares» y que la contribución que po­
demos hacer nosotros no puede hacerla nadie más. Al
pasar el tiempo nos sentimos confortables en este lugar
v gradualmente se extiende nuestra influencia. Nuestro
circulo de amigos se ensancha.
El mantenerse activo es la mejor garantía para no ser
nunca una oveja abatida. Nos mantiene en contacto con
las otras ovejas. No nos retiraremos con nuestros rasgu­
ños y nuestra depresión.
La mayoría de nuestros miembros trabajan la jorna­
da normal. Necesitan hacer algo más que asistir a los
servicios y reuniones. Así que, además de nuestro com­
plejo program a de educación cristiana, tenemos un
programa de deportes muy desarrollado, clases de artes
y oficios, excursiones y mítines de grupos para propósi­
tos especiales. La participación en estos grupos es una
salvaguarda im portante contra el sentirse solitario y
abatido.
Algunas personas son de natural abierto y eferves­
cente. Otros parecen ahuyentar a la gente. Cuanto más
desean compañerismo más alejan a los otros con su
propia tensión y ansiedad, precisamente a aquellos que
desearían atraer. Tienen que aprender a relacionarse.
Las personas solitarias encuentran amistades con
frecuencia sirviendo junto con otros. En una obra ex­
tensa como la nuestra son comunes los entierros, bodas
y otras ocasiones especiales. Siempre necesitamos perso­
nas que preparen mesas, cocinen comidas, arreglen ha­
123
bitaciones y limpien algo. Cuando las personas retraídas
vienen y ayudan, encuentran fácilmente a otros que les
ofrecen afecto y aprecio.
Las personas solas que no tienen familias o com pa­
ñeros tienen dificultades para alternar socialmente. Re­
cientemente en nuestra iglesia algunos se dieron cuenta
de las dificultades de estas personas y decidieron hacer
algo sobre ello. Organizaron un grupo llamado «La
Familia de Dios» para las personas viudas, divorciadas
y solteras de la congregación. No sólo organizan fiestas
en días especiales y salidas al campo, sino que tam bién
se ayudan en la limpieza de la casa, cuidado de los
niños y menesteres semejantes. M uchas personas que
habían sido ovejas abatidas durante años encuentran
que son útiles y se les busca.
Muchos problemas que nos abaten se desvanecen,
simplemente, cuando nos ocupamos en servir a otros.
Una de las mejores cosas que podemos hacer como
pastores en nuestra área de influencia es aliviar a las
ovejas abatidas, mostrándoles las oportunidades para
entrar en actividad. El descubrimiento por experiencia
propia de que otros pueden querernos y desearnos junto
a sí puede hacer por ellos más que horas de consejos o
psicoterapia.

124
XIII

Curando a las ovejas


lastimadas

Las ovejas y los cristianos tienen enemigos. Hay


lobos, serpientes, hombres y leones, todos los cuales
amenazan a las ovejas de modo real y de varias mane­
ras. Y las ovejas con razón están asustadas de estos
merodeadores. Los lobos causan terror entre las ovejas
hasta el punto de que éstas rehúsan pasar sobre los
restos enterrados de un lobo. Y es natural, porque las
ovejas, sin el pastor, están completamente indefensas
contra estas criaturas rapaces.
El pueblo de Dios tiene enemigos también y nos
asustamos también, de un modo natural. Sería conve­
niente, a criterio nuestro, que Dios elim inara simple­
mente a todos nuestros enemigos. Pero no lo hace. Ni
aún quita de nuestro camino las ocasiones para tener
lemor. La idea de Dios es hacernos vencedores, y esto
significa que El obra en nosotros, no sobre las circuns-
lancias. Nos da la firmeza espiritual necesaria para
hacer frente a nuestros conflictos y temores. Nos permi-
le seguir de pie en la vida.

125
Los pastores tienen la tarea de educar al pueblo de
Dios. Dios no piensa como nosotros; nunca lo ha he­
cho. Nosotros hemos de aprender a aceptar la vida tal
cual El lo ha hecho. Hemos de ajustam os al universo,
puesto que Dios no lo va a ajustar a nosotros. Pero
muchos creyentes tienen la idea de que en la vida todo
irá a pedir de boca y no habrá conflictos para ellos. A
menudo se ofenden porque Dios permite todavía que
tengan problemas y dificultades. No comprenden que
parte del plan de la salvación de Dios es entrenarnos de
nuevo a vivir. Dios insiste en que aprendamos a deslizar
la mano a lo largo de la fibra de la m adera, para que
no se nos claven astillas.

Como pastores hemos de enseñar a los miembros a


adaptarse al hecho de que tenemos enemigos. Cuando
estos enemigos son personas, hemos de aprender a
transform arlos de enemigos en amigos. Hemos de
aprender m aneras prácticas de am ar a nuestros enemi­
gos y bendecir a aquellos que nos perjudican. Al acon­
sejar a las ovejas de Dios, no les puedo decir que no
tienen por qué temer, porque Dios ha quitado todos los
obstáculos, pero puedo decirles que la gracia de Dios,
que ha sido puesta dentro de ellos en la persona del
Espíritu Santo, es suficiente para que puedan hacer
frente a la situación. Dios puede algo a partir de ellos
usando las personas y las situaciones que ellos temen.

M uchas veces cuando una oveja tiene un problema,


piensa que es ella sola que lo tiene. Está segura que
nadie hizo frente a semejante crisis antes. Mi prim era
tarea es, generalmente, asegurarles y hacerles entender
que estos problemas son lugar común. Es normal que
los cristianos encuentren enemigos y se hallen en situa­
ciones que requieran la fuerza divina en su interior.
M uchas veces les muestro lo que le ocurrió a David.
Oigamos su queja en el Salmo 22:

126
«Dios mío. Dios mío, ¿por qué me has de­
sam parado? ¿Por qué estás tan lejos de mi
salvación, y de las palabras de mi clamor?
Dios mío, clamo de día y no respondes; y de
noche, y no hay para mi reposo... Estoy de­
rram ado con agua, y todos mis huesos se
descoyentaron; mi corazón se torna como ce­
ra, derritiéndose en medio de mis entrañas.
Como un tiesto se secó mi vigor, y mi lengua
se pegó a mi paladar. Y me has puesto en el
polvo de la muerte. Porque perros me han
rodeado; me han cercado una banda de m al­
hechores; horadaron mis manos y mis pies».
(1-2; 14-16).

¿Qué es lo que está diciendo David? «He clamado


noche y día y nada ha cambiado. Tengo más enemigos,
que moscas acuden a un panal. Me rodean, no puedo
esquivarlos. Se burlan de mi fe. Se burlan de mi con­
fianza en Dios. Dicen: «¿Dónde está este Dios que tenía
que hacer tanto por tí?».
David tenía tendencia a estar abatido. Podríamos
decir que sufría una depresión, o que estaba tocado de
melancolía y que necesitaba sim patía y cariño. Como el
pastor friega con ungüento a la oveja para curarla de
las heridas inflingidas por el enemigo, lo mismo el
Señor ministra a las heridas que nos infligen los enemi­
gos del pueblo de Dios. Lo hace por medio del consuelo
directo del Espíritu Santo y por medio del ministerio de
sus siervos. Los pastores con frecuencia tienen la tarea
de curar las heridas que resultan de un encuentro con
el enemigo, y de enseñar a las ovejas a m anejar la
situación mejor la próxim a vez.
A veces las ovejas se causan daño unas a otras. La
competencia y los celos hacen a las ovejas embestirse y
herirse de vez en cuando. En la iglesia muchas heridas

127
son inflingidas por la lengua. M uchas veces hemos de
ayudar a la gente a sobrellevar los resultados de la
refriega y enseñarles a relacionarse mejor unos con
otros. Debemos ungir sus cabezas con óleo y pedir al
Espíritu Santo que entre en la herida y la cure.

El ungir la cabeza, tratamiento contra los bichos

Cuando oímos a una persona que se queja como lo


hacía David, tenemos que reconocer que algo está ocu­
rriendo en su cabeza: es decir, a sus ideas. David
estaba abatido y se sentía abandonado, tenía lástima
por sí mismo y estaba desesperado. Necesitaba cura­
ción.
El aceite es en la Biblia un símbolo para el Espíritu
Santo. El Espíritu Santo es la obra de Dios en nosotros
y sobre nosotros en el nivel más profundo posible. Su
obra tiene lugar sobre todo en la mente y en el corazón.
El Espíritu Santo cambia los pensamientos y las emo­
ciones.
Jesús habló de algunos de los cambios que el Espíri­
tu Santo obraría en nuestra mente: la persuasión pro­
funda de pecado, la justicia y el juicio (Juan 16:7-11).
Nos convence de que somos aceptados por Dios como
sus hijos queridos. Pablo decribe este aspecto de la obra
del Espíritu Santo como alivio del temor y para corro­
borar a la familia de Dios. Usa las siguientes palabras:

«Porque todos los que son guiados por el Es­


píritu de Dios, éstos son hijos de Dios. Pues
no habéis recibido espíritu de servidumbre
para recaer en el temor, sino que habéis reci­
bido espíritu de adopción como hijos, por el
cual clamamos: ¡Abba, Padre! El Espíritu
mismo da juntam ente testimonio a nuestro
espíritu, de que somos hijos de Dios». (Rom a­
nos 8:14-17).

128
El Santo Espíritu aplica la sangre de Jesús en nues­
tro corazón y nuestra mente, purifica la conciencia de
culpa y de obras m uertas. El Espíritu Santo escribe la
palabra de Dios en tablas de carne en el corazón y en la
mente, llevándonos a la posesión de la verdad. Nos
unge la cabeza con óleo y cura y ajusta nuestro modo
de pensar.
David está hablando en el Salmo 23 como si fuera
una oveja. Está describiendo el ministerio del Gran
Pastor para con él. En un punto im portante de su vida,
el Señor ungió la cabeza de David. David fue curado.
Estos seis versículos son su grito de victoria: «Unge mi
cabeza con aceite; estoy libre de estos pensamientos que
me habían torturado tanto tiempo».
Las ovejas tienen problemas constantes con los bi­
chos. El verano trae insectos. Las ovejas atraen ciertas
clases de moscas y otros bichos de la misma manera
que las personas atraen a los mosquitos.
Hay moscas que entran por las narices de las ovejas
y allí depositan sus huevos. Al salir los insectos de los
huevos ascienden por los pasajes nasales y su zumbido
deja a la oveja completam ente aturdida. No saben lo
que se hacen y en su torm ento dan cabezazos contra los
árboles o paredes, todo para pararlo. Incluso atacan a
otras ovejas.
Las ovejas deben sufrir de la misma m anera que
David cuando escribe el Salmo 22, como un hombre a
quien los bichos han llevado a un estado de desespera­
ción. Su cabeza debe ser ungida con aceite.
El pastor hace mezclas de aceite de oliva y terpenti-
na con azufre. El ungüento apesta horrores. Untan la
nariz de la oveja con ello, alrededor de los ojos, la
boca. Esto destruye y aleja a los insectos. La oveja
exclama como en el Salmo: «Ungiste mi cabeza con
aceite, mi copa está rebosando...»
He descubierto bichos que son pensamientos en la
cabeza de la gente, y tam bién, a veces, personas. Los

129
dos pueden molestar hasta que la cabeza es ungida.
Esta es una área im portante del ministerio del pastor.
De modo periódico hemos de observar si hay gente
turbada por bichos. Si es así vemos que no cantan,
están inquietos, se les ve en la cara.

Pensamientos molestos comunes

Voy a hacer una lista de los bichos que perturban a


las ovejas de Dios. Estas son las quejas que se oyen con
más frecuencia al aconsejar.
El bicho número uno es la condenación. Este persi­
gue a los cristianos con pensamientos así: «No eres
realmente salvo; no mereces la gracia de Dios. No eres
nada como cristiano...» Cada oveja conoce secretos so­
bre sí misma. Es posible por tanto que se condene.
Muchas personas se condenan por el hecho de no
hacer algo que tienen la sensación que deberían hacer,
pero no saben lo que es. Esta falsa condenación debe
ser barrida. Este bicho debe ser destruido.
Dios no es un Dios de condenación. Si esta fuera la
naturaleza de Dios ya estaríamos todos perdidos. Dios
tiene abundantes motivos para condenarnos: fallamos
en lo que deberíamos hacer y en lo que no deberíamos
hacer. Pero El es misericordioso y clemente. La Biblia
nos dice:

«Porque Dios nos envió a su Hijo al mundo


para condenar al mundo, sino para que el
m undo sea salvo por medio de El». (Juan
3:17).
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para
los que están en Cristo Jesús, los que no
están andando conforme a la carne, sino con­
forme al Espíritu». (Romanos 8:1).

130
No se puede perm itir a la idea de la condenación
que se introduzca en la cabeza. Las misericordias de
Dios son nuevas cada m añana. Hay que usarlas y apli­
cárselas.

Vencer la condenación bendiciendo a los otros

Como pastores trabajando con Jesús el G ran Pastor


aprendemos a aplicar apropiadam ente el ungüento que
disipa y ahuyenta a los bichos. Se necesita algo más que
una oración standard y un golpecito en la cabeza. Los
pastores aprenden por experiencia propia. Puedo ayu­
dar contra las moscas de la condenación porque he
recibido ministerio del Espíritu Santo para mis propias
necesidades.
Hace unos años sentí el alivio real de la peste moles­
ta de la condenación interior. Vino por medio del mi­
nisterio directo del Gran Pastor que me ungió la cabeza
con una nueva verdad y claridad. Sabía que algo me
pasaba, pero no podía averiguar que era. Una noche
mientras esperaba en Dios leyendo la Biblia me pareció
que las palabras saltaban de la página: «Bendice a tus
enemigos, bendice a los que te desprecian por causa de
la justicia». ¡Bendice a todos! No sabía si podría hacerlo
o no.
En este momento de quietud encontré que el Espíri­
tu Santo me estaba enseñando. Me decía: «Bendice a
todos aquellos a quienes te es fácil bendecir». Ni más ni
menos como hace el niño en sus plegarias antes de ir a
la cama. El Señor me estaba enseñando que debía
empezar por aquí... pero, luego después de estas bendi­
ciones, a los que las merecían, tenía que continuar
bendiciendo a aquellos a quienen no tenía ningún inte­
rés en hacerlo.
Tenía que recordar a todas las personas que me
hacían sentir incomodo. Hice lo que pude por recordar­
las y bendecirlas. ¡Oh! Es muy difícil bendecir a los

131
enemigos. Lo que desearíamos es que Dios les diera un
trastazo o algo semejante y desembarazarnos de ellos
definitivamente.
Había ciertas personas que no quería recordar, pero
que tuve que recordar. Había una en particular por la
que me fue muy difícil orar. Finalmente pude conseguir
que me saliera su nombre de la boca, aunque casi me
atraganto. Dije: «Señor, si la bendigo, soy un hipócrita.
No quiero bendecirla y no quiero que Tú la bendigas».
Sabía que mis sentimientos estaban metidos muy aden­
tro. Este resentimiento atascaba mi vida con pensa­
mientos de condenación. Me condenaba porque le esta­
ba condenando a él. Finalmente dije: «Señor, bendícele,
prospérale, séle favorable en toda forma posible».
Recuerdo mis sentimientos cuando me fui a la cama
aquella noche. Un peso como un mundo se me había
ido rodando espaldas abajo. El día siguiente era m ara­
villoso. H abía aprendido que si bendecía yo también
sería medido con la misma medida con que yo medía a
los otros.

Otros bichos comunes

El bicho número dos es la mosca común del descon­


tento. Hay puñados de personas que no disfrutan de lo
que tienen a causa de lo que no tienen. No pueden
descansar en las bondades que Dios les concede hoy,
porque les pica y atosiga pensar en las que desean para
m añana.
El descontento entra fácilmente en la oveja que no
se ocupa de actividades creativas dentro del rebaño.
Estas son las ovejas que creen que la hierba es siempre
más verde al otro lado de la valla, como dice el prover­
bio. Como resultado van pasando de una iglesia local a
la otra. Están descontentos e irritables y convencidos
de que la culpa es siempre del prójimo.
132
El Apostol Pablo dió un gran ejemplo cuando decla­
ró:
«He aprendido a contentarm e cualquiera que sea mi
situación.» (Filipenses 4:11)
Es necesario a veces buscar ayuda del pastor para
eliminar el bicho del descontento. Este insecto, que
anda a rastras, le hace sentir descontento de la clase
bíblica, del coro, del grupo de oración, del pastor, de
los amigos. Si uno se examina detenidamente descubre
que este bicho le está molestando y no se trata de los
«•Iros en absoluto. El día que uno nota que ha entrado
en una fase de descontento ha de correr en busca de
ayuda. El descontento destruye el gozo y la vitalidad.
Como ovejas en los pastos de Dios, aprendemos a
gozar de Dios y sus bondades. Hay que cantar durante
el día. Antes de ir a la cama hay que clasificar los
problemas y echar todo lo que es negativo. Hay que
ponerlos en las manos de Dios y echarse a dormir. Vaya
i la cama con la conciencia tranquila. Luego levántese
el día siguiente glorificando a Dios porque ha llegado
un nuevo día. Empiece cantando al poner los pies sobre
la alfombra. «Este es el día que el Señor ha dispuesto:
alegrémonos y regocigémonos en él.» Deje el ayer y no
considere con antelación los problemas de m añana.
Otro bicho, el tercero, es la sospecha im portuna de
que no somos «bastante espiritualmente». Hay personas
«|iie vienen y me exponen una gran preocupación: «Her­
mano Jim, estoy verdaderam ente preocupado; no pue­
do ser espiritual. No soy una persona espiritual.»
Les pregunto: «¿Qué es lo que uno debe sentir para
considerarse espiritual?»
Lo primero que hacen es quedarse perplejos. Luego
empiezan a reír, al com prender, y se sienten aliviados.
Se dan cuenta de que no existe este sentimiento. La
espiritualidad es como la hum ildad. En el momento que
se sabe uno humilde ya ha dejado de serlo. La espiri­
tualidad es una cualidad escondida e indefinible. Es
133
básicamente el sentimiento de bienestar, de que todo
está en orden entre uno y Dios. De que todo va bien
para el alma.
M uchas personas se sienten inadecuadas espiritual­
mente porque se com paran con otros. ¿Por qué no
tengo la fe de un Oral Roberts? Muy sencillo. ¡Porque
Vd. no es Oral Roberts! C ada uno puede ser sólo él
mismo y gozar del propio nivel de crecimiento y desa­
rrollo. No hay manera de decir lo que Vd. puede llegar
a ser si deja de poner limitaciones en su vida. ¿Por qué
quiere ser como otro? Esto le haría una persona de
segundo orden.

El problema del contagio

Los pastores deben intervenir rápidam ente cuando


observan que hay algo que altera el bienestar de las
ovejas. Los bichos son contagiosos. Se m ultiplican y
dispersan rápidam ente y pueden afectar todo el rebaño
si no se hace nada.
Un bicho en extremo contagioso en la iglesia local es
el sentirse amargado. Si la gente no resuelven su des­
contento e ira, inm ediatam ente éstos se transform an en
resentimiento profundo que es corrosivo, no sólo para
este individuo, sino alrededor. Las personas am argadas
viven en un mundo deformado y su modo de hablar
refleja esta deformación. Cada palabra puede contagiar.
El escritor de Hebreos habla de este problema:

«Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la


cual nadie verá al Señor. M irad bien, no sea
que alguno se rezague y no llegue a alcanzar
la gracia de Dios; que brotando alguna raíz
de am argura, os estorbe, y por ella muchos
sean contaminados.» (Hebreos 12:14-15)
134
Cuando hay alguien que m uestra síntomas de desá­
nimo y contrariedad se lo vemos en la cara. Cuando
visitaba Nueva Zelanda noté un rebaño de ovejas con
eczema facial. Esta erupción resultaba de una afección
del hígado. Los pastores m arcaban a estas ovejas con
un brochazo de pintura amarilla en la cabeza y en el
lado. De esta m anera podían seguir el curso de la
enfermedad más fácilmente. Llevaban la marca de la
enfermedad.
Si la enfermedad progresaba era necesario aislar a
la oveja y colocarla en otro cercado. Esto se hacía para
que pudiera recibir cuidados y medicación especial y
también para dism inuir o elim inar la posibilidad de
contagio al resto del rebaño.
De la misma m anera, las ovejas de la iglesia local
deben ser observadas, y si se ven señales de enferme­
dad, hay que hacer un examen más detallado e intenso.
A veces la oveja será curada con tiem po y la alim enta­
ción adecuada. Pero a veces su condición empeora, y
entonces debe ser separada del resto del rebaño para
aconsejarla de un modo especial. He comprobado que
el pastor que es débil en aconsejar encuentra su rebaño
contaminado de vez en cuando.

135
XIV

Las ovejas necesitan


un líder

Las ovejas necesitan un líder -un pastor. La gente


quiere ser dirigida. El instinto de seguir al guía está
profundamente arraigado en la oveja, como el instinto
de dirigir está profundam ente arraigado en el líder. Es
el orden natural de las cosas. Es probablemente este
hecho que hizo que Dios com parara a las personas con
las ovejas. Sólo es posible tener a las ovejas, o a las
personas, contentas cuando se han satisfecho sus nece­
sidades básicas. Si la necesidad de ser dirigido no se
cubre el resultado es la confusión y el desconcierto.
Si los hombres carecen de liderazgo, lo buscarán.
Vemos que esto sucede constantemente. Basta mirar a
los chicos que salen a jugar al baseball. No se puede
jugar sin organización, sin reglas, sin dirección. Alguien
licne que elegir los lados y los equipos. Pero también
hay que elegir los capitanes, y éstos, resultan ser siem­
pre los mismos. El elegir guías es tan normal como el
respirar.

137
Ocurre algo semejante con los animales. En un ga­
llinero un gallo establece su autoridad sobre los demás
y subyuga a los oponentes. El gallo que puede picar a
todos los demás es el amo del gallinero. Sigue luego
otro que pica a todos los restantes, y así sucesivamente.
Lo mismo se ve en los animales de cuerna. Es lo que
ocurre en las ovejas y cabras. El liderazgo aparece como
resultado de la competencia.
Siendo tan im portante la necesidad de líderes, m u­
cha gente siguen incluso a aquellos que piensan poco en
los intereses de los que los siguen. Como las ovejas, la
gente son esencialmente «seguidores». Si alguien guía,
lo natural es seguir. La gente teme carecer de dirección.
No quieren ser dejados solos. Un mal gobierno es mejor
que la falta total del mismo. Una dirección pobre es
mejor que la anarquía.
Desde los primeros tiempos, los hombres han busca­
do a otros para que sean sus «pastores».

La gente crea a sus propios líderes

Si los pastores que Dios intenta usar para guiar a su


pueblo no responden a su llam ada, la gente tom ará las
cosas por la mano. Si los guías escogidos por Dios no
aparecen, el rebaño elegirá a uno de los suyos para que
los dirija.
La responsabilidad de llam ar y preparar líderes do­
tados para la iglesia local corresponde a Dios. Con
frecuencia lo olvidamos. Somos propensos a precipitar­
nos. Hemos de ponernos en m archa. El asunto del
lugar y objetivo propios del liderazgo es una fuente de
confusión en la iglesia hoy en día. Por desgracia, la
cualidad carismática tan necesaria en el liderazgo no es
requerida del pasto por los ancianos o responsables de
las iglesias. El poner a un hombre tras un pulpito no le
cambio autom áticam ente en el hombre de Dios necesa­
rio para la situación.

138
La iglesia de hoy, en el mundo, se enfrenta con la
necesidad de revisar toda el área del liderazgo. Estamos
en transición. Las iglesias denominacionales han visto
que hay hombres y mujeres fuertes que han salido de
las filas para ejercer ministerios im portantes. Estos líde­
res carismáticos han conducido a decenas de miles a
nuevas experiencias con Dios. Muchos han sido curados
milagrosamente por medio de sus ministerios. Otros
lian sido llenados del Espíritu y conmovidos profunda­
mente. Hay hombres de negocios que testifican de la
gracia de Dios y de lo que el Espíritu Santo ha hecho
por ellos. Pero todos estos líderes no son pastores. Dios
110 ha querido nunca que lo fueran. Hoy en día las
ovejas están buscando liderazgo para las iglesias locales
cstablecidad, para que los guien día tras día en los
pastos de la palabra de Dios. Están buscando ejemplos
que les muestren como aplicar los principios bíblicos a
la vida cotidiana.
Es en este punto que el Espíritu Santo debe interve­
nir. Debe llam ar y preparar a los pastores. Si el Espíri­
tu Santo no llama a hombres y mujeres al ministerio y
los entrega a las iglesias, nos quedamos con un gobier­
no hum ano de la iglesia. Lo hemos tenido durante
siglos y no podemos continuar así. Es como si tuviéra­
mos polvo en la boca: no lo podemos tragar.
En cada generación Dios ha llam ado a líderes, pero
en general no son reconocidos por las masas. En conse­
cuencia la gente escoge los líderes aplicando sus medi­
das. Caemos en la misma tram pa en que cayeron nues­
tros padres: es decir, que creemos entender más que
Dios en lo que se refiere a las personas.
Los discípulos de Jesús, sin duda, pasaron mucho
tiempo pensando en el reino de Dios durante los tres
años y medio que anduvieron con su M aestro. Pero, el
problema era que sus pensamientos del reino no coinci­
dían con lo que Jesús sabía que era. Las luchas entre
ellos tenían que ver con quien sería el mayor. En estas

139
ocasiones Jesús con paciencia, pero también firmeza, les
explicaba el significado de ser un líder. Por ejemplo, en
Lucas 22:24-27, leemos:

«Hubo también entre ellos un altercado sobre


quien de ellos parecía ser mayor. Pero, él les
dijo: Los reyes de las naciones se enseñorean
de ellas, y los que sobre ellas tienen autoridad
son llamados bienhechores; mas no así voso­
tros, sino sea el mayor entre vosotros como el
más joven, y el que dirige, como el que sirve.
Porque, ¿cuál es mayor, el que se sienta a la
mesa, o el que sirve? ¿No es el que se sienta a
la mesa? Mas yo estoy entre vosotros como el
que sirve.»

Jesús estaba hablando de gobierno y liderazgo que


eran familiares a los discípulos: contrastaba el gobierno
de los gentiles con el del reino de Dios. Son simple­
mente dos mundos distintos.
El térm ino usado por Jesús «bienhechor» no es ori­
ginal. Lo usaban en el lenguaje político local en aquella
época. Los griegos habían hecho popular el concepto de
«bienhechor». El famoso filósofo Platón había escrito lo
que es probablem ente el mayor discurso sobre gobierno
de los hombres. Lo tituló «La República». Las ideas de
Platón influyeron no sólo en aquellos tiempos, sino que
sus escritos han sido lectura requerida hasta hoy de los
estudiantes. Muchos otros escritos posteriores han sido
influidos por «La República» de Platón.
Platón no estaba inventando una teoría sino obser­
vando lo que los hombres hacían. Había observado más
o menos lo que Jesús les decía a sus discípulos. La
gente elegirá a sus líderes, porque exige liderazgo. Los
llamaran benefactores porque creen que de un gobierno
se derivan beneficios. Platón describió en detalle el pro­
ceso. Si los hombres carecen de líder eligen uno. Lo

140
hacen grande, lo consideran beneficioso para ellos. Lo
llaman benefactor. Pero al poco, este benefactor se
transform a en un tirano. Este cambio empieza en la
mente del propio líder: «Tengo poder sobre esta gente
porque dependen de mí; puedo hacer que me sirvan en
vez de servirles yo a ellos». En este momento, han sido
plantadas las semillas de la tiranía. Pero, luego la gente
reacciona y quieren librarse del tirano. Es la revolución.
La misma sociedad que lo encumbró ahora quiere de­
rribarlo.
Este mismo proceso se repite en una iglesia si el
líder de la misma fue elegido por medios humanos en
vez de ser el Dios soberano que lo escogió y lo envió
como un «don» a la iglesia. Cuando es la iglesia la que
elige al pastor por medio de una elección, también
puede ser substituido en la siguiente, tan pronto como
la luna de miel entre iglesia y pastor ha terminado.

Ovejas sin pastor

Tan básica es nuestra necesidad de liderazgo que en


algunas ocasiones la Biblia registra oraciones y declara­
ciones en que se dice que el pueblo sin líderes era como
«ovejas sin pastor». Si algo ocurre al líder, la gente no
pueden funcionar como grupo unido. Todo se deshace.
Como dice Zacarías, el profeta:
«... Hiere al pastor, y serán dispersadas las ovejas»
(Zacarías 13:7).
Una de las grandes oraciones de la Escritura es la
de Moisés en Números 27:16-17:

«Ponga Jehová, Dios de los espíritus de toda


carne, un varón sobre la congregación, que
salga delante de ellos y que entre delante de
ellos, que los saque y los introduzca, para que
la congregación de Jehová no sea como ovejas
sin pastor».
141
La oración de Moisés abarca cuatro propósitos bási­
cos para la dirección pastoral. Se enuncian a continua­
ción:
(1) que salga delante de ellos;
(2) que entre delante de ellos;
(3) que los saque;
(4) que los introduzca.
Moisés era un pastor experimentado él mismo y
sabía que este equilibrio en el liderazgo era necesario
para la supervivencia del rebaño. No bastaba que el
líder conociera bien un punto, debía funcionar en todos
los aspectos directivos.
Estas acciones tienen un significado específico. Eran
expresiones militares y términos que describían el dere­
cho a la iniciativa que correspondía a un rey o a un
general en virtud de su posición. Las ideas combinadas
de salir y entrar daban la seguridad de que el líder del
pueblo de Dios se hará cargo de la operación desde el
principio al final, que no va a desertar a m itad del
camino.

Los líderes de Dios primero dan el ejemplo

Moisés habló de líderes que primero salen delante


del pueblo. Salen primero para abrir paso e indicar el
camino. Reconocen la situación y deciden un curso de
acción. Esto se puede hacer por medio de la experiencia
personal, que pasa a ser una pauta que los otros van a
seguir. En todas las Escrituras vemos que Dios requiere
de sus líderes la capacidad de vivir una vida ejemplar.
Pablo exhorta a Timoteo a ejercer un liderazgo respon­
sable.

«... sé ejemplo de los creyentes en palabra,


conducta, amor, espíritu, fe y pureza». ( I a
Timoteo 4:12).

142
Pedro se puso él mismo como ejemplo y luego habló
con autoridad a los otros líderes para que no dom ina­
ran como «señores» sino que los otros les siguieran por
su ejemplo:

«Ni como teniendo señorío sobre los que están


a vuestro cuidado, sino siendo ejemplo de la
grey». ( I a Pedro 5:3).

Los líderes sólo pueden conducir si los otros siguen.


A fin de atraer seguidores los líderes deben inspirar a
los otros a que sigan su propio ejemplo. Esto es necesa­
rio y precisamente por esto es que queremos asemejar­
nos a Jesús, nuestro Líder y Pastor.
Considero que el querer ser como otros es normal y
a tono con la realidad. Escucho a alguien que canta y
muestra tener mucho talento y me gustaría poder hacer
lo mismo. Recuerdo que cuando era un niño quería oír
tocar a la banda. M iraba los que tocaban el cornetín, y
los que tocaban el clarinete. Quería poder tocar como
ellos. Todos los niños sueñan con hacerlo, porque pare­
ce tan fácil.
Lo mismo ocurre con los pastores que tienen con­
fianza y aplomo y que son capaces de m inistrar la
palabra de Dios al parecer sin esfuerzo. Queremos e-
mularlos. Un buen pastor produce líderes que quieren
emularle, que quieren se como él. Alguien ha dicho que
la mayor forma de halago es la imitación. Sin duda, lo
es.

Los líderes de D ios m otivan a otros a entrar en la vida

Moisés dice a continuación que el líder debe «entrar


ante» el pueblo. Tenía que ser el primero en ir al
encuentro de cualquier situación nueva o confrontar
cualquier dificultad. U n buen ejemplo lo tenemos en
Josué. El y Caleb fueron los únicos que pudieron entrar

143
en la tierra prom etida de la vieja generación, debido a
la ira de Dios consecutiva a las murmuraciones que
tuvieron lugar en Kades-Barnea. Su actitud de fe entu­
siasta y valor fue tal que ellos pudieron elegir a los
otros al entrar en la tierra. Su confianza en Dios era un
ejemplo y estímulo que pudieron seguir los otros. Josué
podía hacer entrar al pueblo, algo que le fue negado a
Moisés. Moisés había permitido que el pueblo influyera
en sus reacciones. Josué en cambio determ inaba la acti­
tud de todo el campo: estaba lleno de confianza y
ánimo, porque su fe estaba anclada profundam ente en
Dios. Su entusiasmo era contagioso.
Los líderes de Dios motivan al pueblo a entrar en la
vida de la misma manera que Josué llevó al pueblo a la
posesión de su herencia en Canaán. El tono emocional
del líder da el paso que sigue el rebaño. Si el líder de la
iglesia está contento, es animoso, imaginativo, el pueblo
quiere ser como él es. Yo creo que algunos de los
líderes repelen a otros en la iglesia. Dan la impresión
de estar angustiados y desanimados. Nunca m uestran
que disfrutan en lo que hacen.
Cuando llego a los servicios el domingo por la m a­
ñana, o por la noche, o el miércoles por la noche, voy
al pulpito como un hombre que disfruta en su trabajo.
Cuando indico a la gente que se levante digo, general­
mente: «Este es el día que el Señor ha hecho, para que
nos alegremos y regocigemos en él». Si yo estoy gozoso,
también ellos acabaran estando gozosos. Si doy la im­
presión que llevo el m undo a cuestas, ellos querrán
ayudarme a llevar parte de la carga o sea com partir mi
depresión. Si soy un hombre de fe, impulsaré a otros a
la fe. Si me gusta cantar, la congregación disfrutará en
el canto.
He notado de un modo especial que cuando el pas­
tor no participa en el canto o abre su vida realm ente a
la alabanza, la iglesia es deficiente en ambos aspectos.
Las ovejas creen que, en un modo u otro, es así como

144
debe ser, de otro modo su pastor lo haría con gusto.
Puesto que él se m antiene reservado ellos no se atreven
a dar el paso. Ellos no creen que deben mostrar deci­
sión en que él m uestra vacilación.
He adquirido tam bién la costumbre, de sentarme
con el predicador invitado en la plataform a, para que la
gente me vea la cara, especialmente cuando nos visita
un evangelista. Creo que deben verme la cara. Si yo
recibo lo que el visitante tiene que ofrecer, ellos tam ­
bién lo reciben con agrado. Si hay la impresión de
desagrado en mi cara, ellos podrán leerlo y conocer que
el alimento presentado no es apto para la consumición.
Es posible que esto sea recibido con críticas por
parte de algunos. Pero yo contesto que esto es parte del
cuidado pastoral de las ovejas. Las ovejas saben cuando
el alimento es sano. La mejor prueba es que lo consuma
el pastor. Esto estim ula el apetito de ellas.

Los líderes de Dios dirigen y coordinan a los otros

La tercera tarea del líder, según Moisés, es que los


saque, es decir, que los guíe, los conduzca. El líder
tiene un cayado, que es un símbolo de autoridad, pues
indica el camino que otros deben seguir con disciplina.
Lo vemos esto en el pastor o en los militares. Incluso el
director de orquesta tiene su batuta. El líder establece
el paso y la dirección. Está delante del grupo los m an­
tiene unidos y les inspira confianza. M arca el paso.
Tiene el derecho a tom ar la iniciativa.
Creo que en cualquier grupo de gente, sean en un
redil o en una organización cívica, tiene que haber
alguien que ponga las cosas en m archa. Un presidente
abre la sesión con su mazo. O alguien suelta un disparo
para iniciar una carrera. O el pastor sube al púlpito y
empieza el servicio. La gente necesita un líder, alguien
que inicie el program a. En la iglesia el iniciador, nor­
malmente, ha de ser el pastor.

145
Es el pastor el que debe dar el paso y no el consejo
de la iglesia. El consejo de la iglesia tiene que dar su
opinión en todas las decisiones de importancia, pero en
la obra total de la iglesia el derecho de la iniciativa
debe recaer en las manos del líder señalado por Dios.

Los líderes ayudan a otros en su desarrollo y los sitúan

La frase final de Moisés describe la actividad de los


líderes de Dios como «que introduz.can», es decir que
consigan que el pueblo de Dios alcance fruición y cum ­
plimiento. Josué dividió la tierra de Canaán en porcio­
nes y la entregó a cada tribu, familia e individuo, todos
los cuales recibieron parte de esta herencia. Nosotros
somos todos herederos en Cristo de una posesión espiri­
tual. Los líderes de Dios, bajo la dirección del Santo
Espíritu, nos ayudan a ver nuestro lugar en Dios.
Es normal que el pastor vigile el rebaño para ver
donde hay talentos especiales. Algunos hacen bien una
tarea que otros no podrían realizar. Algunos tienen de
modo natural mejor aspecto que otros. Lo mismo con
otras características. Es natural que el pastor busque
entre el rebaño personas capaces de ser buenos líderes
cuando haya necesidad de los tales, personas con atri­
butos y talentos, piedad y dones espirituales.
Se puede notar en las Espístolas a Timoteo y a Tito
que el Apóstol Pablo da el derecho de iniciativa a estos
dos evangelistas. Les dice que dondequiera que vayan, y
en cualquier ciudad en que entren tienen la responsabi­
lidad de escoger ancianos, pero que deben escoger con
mucho cuidado. A Tito se le dice cuando fue a Creta
que los cretenses tenían características comunes poco
deseables. Por esta razón debía ser más cuidadoso en
seleccionar entre ellos sólo a hombres que tuvieran cier­
tas clasificaciones. No podía poner en un lugar de res­
ponsabilidad a alguien que pudiera acarrear reproche a
la iglesia de Jesucristo.
146
Se puede notar que en las epístolas evangelísticas de
Timoteo y Tito el derecho de iniciativa y el derecho de
selección no cae en manos de la congregación. Estos
evangelistas servían como pastores en aquellos momen­
tos. Cuando se desarrollaban estas iglesias locales no
hay duda que el don del pastorado aparecería entre
ellas. Entonces el nuevo líder tendría la responsabilidad
de buscar la propia dirección para las distintas áreas de
la iglesia.
Los líderes no deben ser puestos en la iglesia como
resultado de un concurso de popularidad. Los líderes de
la iglesia deben ser seleccionados con ayuno y oración,
es decir, debemos conocer lo que Dios quiere acerca de
los hombres y mujeres que van a tom ar los lugares
directivos.

147
XV

Gobierno - ¿Qué es?

El gobierno es el control social que hace posible que


el pueblo viva en paz y unido. A fin de tener un
gobierno son necesarias por lo menos tres cosas:
1. un territorio
2. un pueblo
3. un dirigente
El territorio del gobierno de Dios es la iglesia local.
Sin duda alguna, El es el Señor de toda la Iglesia pero
cuando hablamos de la expresión práctica del gobierno
de Dios lo encontramos en cada uno de los rediles
locales.
No encontramos fundamento bíblico para la fusión
de las iglesias locales en una jerarquía. La unión entre
las iglesias locales se realiza por fraternización y unidad
en el Espíritu, no por el gobierno. La iglesia local de
Jcrusalén no daba instrucciones a la iglesia de Roma, ni
la de Roma tenía poder sobre la de Corinto.

149
Dios ha limitado su gobierno personal y directo a
aquellos que se someten voluntariamente a su reino.
Sólo los que han entrado por la Puerta, Cristo, son
miembros del redil y elegibles para el cuidado y gobier­
no del Pastor. Dios no hace nada durante esta dispen­
sación para gobernar a los paganos, excepto por medio
de su Providencia y las oraciones de su pueblo. Su
gobierno personal está de momento en el «interior» de
los corazones individuales. Es experimentado por aque­
llos que forman ahora su reino, la esfera activa de su
reino.
Dios ha asignado líderes dentro de su iglesia para
actuar como subpastores suyos, en cada iglesia local.
Ha dotado a estos dirigentes de «carisma» no sólo para
reunir a las ovejas, sino también para regirlas.
Para el gobierno es necesario que haya una comuni­
dad, es decir, el lazo común que une a todos a pesar de
las individualidades variadas. El Espíritu de Dios nos
une, hasta que al fin experimentamos la unidad en el
nivel más profundo posible. Viviendo con objetivos co­
munes, desarrollando un lenguaje común, siguiendo a
líderes comunes, nos hacemos «uno»; experimentamos
este profundo sentimiento de unidad y conocimiento por
el que nos llamamos «nosotros», con un espíritu de
cuerpo en común.
Los sociólogos y políticos describen cinco tipos de
gobierno hum ano como posibles.
1. Oligarquía - el gobierno de unos pocos selectos.
2. M onarquía - el gobierno por un hombre sólo o
una mujer.
3. Gerontocracia - el gobierno de los ancianos.
4. Democracia -el gobierno de una gran parte del
pueblo, generalmente por medio de alguna repre­
sentación.
5. Teocracia - el gobierno de Dios por medio de las
autoridades designadas por El.

150
A lo largo de la Escritura encontramos que la teo­
cracia es designada como el gobierno de Dios sobre la
com unidad de los redimidos. Esto es verdad tanto de la
iglesia de Jesucristo como lo era de la nación de Israel.

Toda la autoridad es de Dios

El pueblo de Dios vive en su reino y está sujeto a


Cristo como su Rey. Tienen que obedecer a aquellos en
quienes ha delegado su autoridad en la iglesia. Pero,
también tienen que vivir en el m undo secular con sus
propios sistemas políticos. El pueblo de Dios no vive
junto en una com unidad física y política propia, disfru­
tando de inm unidad respecto a las leyes del país. El
pueblo de Dios vive esparcido alrededor del mundo bajo
gobierno humanos diferentes.
El pueblo de Dios tiene, pues, una ciudadanía do­
ble. La palabra de Dios les ordena someterse a la forma
de gobierno natural del territorio en que viven. Como
súbditos o ciudadanos del Reino de Dios deben obede­
cer a Jesucristo su Señor, y esto significa aquellos a
quienes El ha puesto sobre ellos en la iglesia. Deben
rendir obediencia al Cesar y a Cristo.
Dios ha prevenido conflictos en el área de autoridad
y obediencia al requerir que todos sus súbditos deben
obedecer a las autoridades como si fueran El mismo. El
apóstol Pablo al escribir a los Romanos, no deja lugar a
duda sobre esto:

«Sométase toda persona a las autoridades su­


periores; porque no hay autoridad sino de
parte de Dios, y las que hay, por Dios han
sido establecidas. De modo que quién se opo­
ne a la autoridad, a lo establecido por Dios
resiste; y los que resisten, acarrean condena­
ción para sí mismos. Porque los magistrados
no están para infundir tem or al que hace el

151
bien, sino al malo. ¿Quieres, pues, no tem er
a la autoridad? Haz lo bueno, y tendrás ala­
banza de ella porque es un servidor de Dios
para tu bien. Pero si haces lo malo, teme;
porque no en vano lleva la espada, pues es
servidor de Dios, vengador para castigar al
que practica lo malo. Por lo cual es necesario
estarle sometidos, no solamente por razón del
castigo, sino también por causa de la concien­
cia. Pues por esto pagais tam bién los tributos,
porque son funcionarios de Dios, dedicados
continuam ente a esto mismo. Pagad a todos
lo que debeis: al que tributo, tributo; al que
impuesto, impuesto; al que respeto, respeto;
al que honor, honor».(13:l-7).

Es imposible decirlo más claro: los súbditos de Dios


deben someterse al gobierno hum ano como parte de su
obediencia a Dios.
La iglesia, como hemos dicho, es una sociedad apar­
te, im puesta sobre el orden social secular. Es una co­
munidad dentro de la com unidad, una nación dentro de
una nación. El gobierno de la iglesia es muy diferente
del gobierno del orden social. Cuando los cristianos lo
olvidan y tratan de incorporar ideas y actitudes deriva­
das de las formas humanas de gobierno inmediatamente
aparecen problemas. Cuando tratam os de regir una
iglesia con una pauta de una asociación secular todo va
al revés. Dios ha designado a la iglesia para ser un
territorio bajo un régimen personal -su reino- ¡una teo­
cracia! Esta puede existir bajo el orden social que sea:
m onarquía, etc. El pueblo de Dios debe aprender a
rendir a Dios lo que es de Dios.
Todas las formas de gobierno hum ano tienen venta­
jas y desventajas. Si no hubiera aspectos buenos en
cada una de estas estructuras políticas no se habrían
ideado estos medios para gobernar. Pero, no por esto

152
hemos de sentirnos autorizados a incorporar ideales de­
mocráticos, o la simplicidad de una m onarquía u otra
estructura hum ana cualquiera en la iglesia. Dios ha
dicho claram ente que su forma de gobierno es una
teocracia, y ¡El es el Señor!

El tener a Dios en primer lugar no es fácil

Cuando vivimos en una sociedad es fácil adquirir


sus ideas y valores. Esto es parte del instinto gregario,
en que queremos ser igual que los vecinos. Esta misma
presión aparece con respecto al gobierno. El pueblo de
Israel quiso im itar a las naciones circundantes y tener
un rey. Rechazaron el orden querido por Dios -una
teocracia- a fin de copiar a los vecinos. Cuando Samuel
se quejó a Dios recibió como respuesta:

«Oye la voz del pueblo en todo lo que te


digan, porque no te han desechado a tí, sino
a mí me han desechado, para que no reine
sobre ellos». ( I a Samuel 8:7).

La iglesia no ha obrado mejor en Israel en este


asunto. Ha pasado por ciclos distintos de renovación,
prosperidad y declive, y, en cada caso, creo, la razón
por la decadencia consiste en la negativa del pueblo de
Dios a pagar al precio de seguir verdaderamente a
Cristo.
Jesucristo sólo es quién se reserva el derecho de
edificar la iglesia. Sólo El tiene la autoridad absoluta en
el cielo y en la tierra, y ejerce esta autoridad a través de
sus siervos. Empezó con los doce apóstoles y ha conti­
nuado a través de los apóstoles, profetas, evangelistas,
pastores y maestros.

153
Cristo delega su propia autoridad

En el día de Pentecostés, Pedro, junto con los once,


constituía el núcleo espiritual alrededor del cual se ju n ­
taron los convertidos. Estos apóstoles no tenían la auto­
ridad a causa de su cargo, sino porque nadie podía
negar el poder de Dios que obraba a través de ellos.
Estos mismos hombres se hicieron cargo de la direc­
ción de la iglesia y continuaron así hasta que otros
hombres de la congregación estuvieron preparados para
com partir parte de la responsabilidad. D urante este
período tuvieron que hacer todo el trabajo, y con 8.120
personas, no era pequeño. Pero esperaron fielmente en
Dios para que El tom ara la iniciativa y proveyera ayuda
en los cuadros de mando. Incluso así, estos otros fueron
designados sólo para hacerse cargo de las viudas.
Parece que al principio de los diáconos estaban a
cargo de la distribución de recursos de beneficiencia y
otros similares, pero, de hecho, dos de ellos, Esteban y
Felipe, pasaron a ser líderes de importancia. Esteban
tenía amplia oportunidad para ministrar. Por las calles
de Jerusalén predicaba a Cristom y condenaba a la mul­
titud judía por no reconocer lo que estaba pasando
entre ellos espiritualmente. Fue apedreado -el prim er
m ártir- y una vez cometido este crimen, empezó una
terrible persecución en la iglesia por todo Jerusalén. Los
discípulos se esparcieron, como resultado de la misma,
en Judea y Samaría.
Felipe se encontraba entre los que se escaparon a
Samaría y predicaba allí a Cristo. El pueblo se maravi­
llaba de los milagros que eran efectuados por medio de
él. Muchos se convirtieron y fueron bautizados. Cuando
llegaron Pedro y Juan no reprendieron a Felipe por esta
labor. Aprobaron todo lo que había hecho y procuraron
complementarlo. Reconocieron que los convertidos de
Felipe eran creyentes genuínos y pusieron las manos
sobre ellos para que recibieran el don del Espíritu San­

154
to. Sin duda los apóstoles en autoridad no estorbaron al
pueblo a que m anifestara verbalmente al Señor, y lo
com partiera con los que les rodeaban.
Los doce apóstoles originales (Judas fue substituido
por Matías) tuvieron una posición única en el Nuevo
Testamento. No son los mismos que los otros apóstoles
y líderes que vinieron luego a la iglesia, después de
Pentecostés. En el Libro del Apocalipsis de les llama los
doce apóstoles del Cordero (21:24). Son los únicos após­
toles que tienen este lugar especial.
Junto con estos doce había los ancianos en la iglesia
de Jerusalén (Hechos 15:2) incluyendo a otros apóstoles,
profetas, evangelistas, pastores y maestros.
Estos ancianos constituían el conjunto de los cinco
dones ministeriales que hemos mencionado. Entre ellos
había por ejemplo, profetas como Bernabé, Judas y
Silas. Si no hacemos esta distinción clara entre los doce
apóstoles y los apóstoles posteriores, de después de la
ascensión, nos confundiremos en la relación entre los
apóstoles y los ancianos.
La antigua tradición dice que los doce salieron de
Jerusalén, al final, (Jacobo, el hermano de Juan, fue
muerto, Hechos 12:2) y fueron a varias partes del m un­
do. Sabemos que Juan terminó en Patm os y de Tomás
se dice que fue a la India. El liderazgo de la iglesia de
Jerusalén pasó a manos de los ancianos que habían
trabajado con ellos. Uno de ellos, Jacobo, el hermano
de Jesús, había alcanzado una notable importancia en
la iglesia al tiempo del concilio mencionado en Hechos
15. Evidentemente había conseguido esta posición a
base de sus dones o carisma -su evidente autoridad en
el ministerio. Los otros ancianos reconocían que era un
hombre de Dios, que tenía los dones y talentos suficien­
tes para dirigirlos en su obra. Se sometían con agrado a
su autoridad.
Cuando Pablo escribe a los G álatas, dice que Jaco­
bo. el hermano de Jesús, era uno de los apóstoles, pero
155
no dice que era uno de los doce. Pero, yo creo que
Jacobo era principalm ente el pastor de la iglesia de
Jerusalén. Es por esto que en Gálatas, Pablo habla de
que «ciertos hombres que vinieron de Jacobo». En efec­
to, venían de Jerusalén. La iglesia y su líder eran sinó­
nimos.

156
XVI

El don del gobierno

El gobierno de la iglesia no es hecho por el hombre,


es un don de Dios, y el pastor es un don de Dios a la
iglesia local. Pedro dice:

«Cada uno según el don que ha recibido, mi­


nístrelo a los otros, como buenos adm inistra­
dores de la multiforme gracia de Dios. Si
alguno habla, que hable como si fuesen pala­
bras de Dios; si alguno ministra, que lo haga
en virtud de la fuerza que Dios suministra,
para que en todo sea Dios glorificado median­
te Jesucristo, a quien pertenecen la gloria y el
dominio por los siglos de los siglos. Amén».
( I a Pedro 4:10-11).

El gobierno de Dios significa personas con dones

Cristo es la Cabeza de la Iglesia. Pero, siendo su


gobierno ejecutado por medio de hombres y mujeres, la

157
tarea es asegurar que el gobierno permanezca en las
manos de personas dotadas por Dios y por El escogidas.
Esto requiere algunos medios para reconocer a estas
personas, y alguna m anera de designarlos delante de la
congregación. En tiempo de los doce apóstoles esto no
era ningún problema.
Desaparecidos ellos, sin embargo, empezaron los
problemas. Nadie podía ocupar su lugar. Pero, la im po­
sición de manos hecha por ellos había im partido bendi­
ción y carisma reales a otros. Por este medio pusieron
aparte para Dios a otros y les dieron honor a la vista
del pueblo al que tenían que guiar. Esto no era magia.
Era una transmisión espiritual hecha por fe y obedien­
cia.
La designación de líderes nunca fue arbitraria; era
evidente a todos cuando una persona había sido dotada
por Dios. Al escoger estos primeros diáconos, los após­
toles dijeron, simplemente, a la multitud de discípulos,
que buscaran entre ellos mismos y eligieran a siete
hombres que fueran de buen testimonio, llenos del Es­
píritu Santo y de sabiduría. ¿Por qué?. Esto no era una
elección a base de popularidad, sino que concurría con
la elección hecha ya por Dios. Estaban m eramente re­
conociendo los dones que Dios había dado.
En los capítulos de los Hechos que siguen encontra­
mos a los apóstoles yendo de ciudad en ciudad ordenan­
do ancianos. Los apóstoles no esperaban que la congre­
gación fuera capaz y m adura para poder escoger el
liderazgo de estas iglesias que Dios había levantado
entre ellos. Los apóstoles podían ver el potencial dado
por Dios en hombres y mujeres, que no era siempre
aparente en las congregaciones de nuevos creyentes.
Cuando estas congregaciones quedaron establecidas b a­
jo el cuidado de los pastores locales y otros ancianos, el
liderazgo futuro podía ser recogido entre la congrega­
ción por estos líderes locales.

158
A lo largo del Nuevo Testam ento encontramos que
el gobierno era siempre elegido en términos carismáti-
cos y no en términos burocráticos. Se dice muy poco
acerca de la estructura del gobierno, porque el foco y
objeto eran los individuos específicos que funcionaban
carismáticamente. No fue hasta que el pueblo perdió
esta simple y directa relación con Cristo que empezaron
a formularse sistemas de gobierno.
Olvidaron que el gobierno de la iglesia no es un
sistema sino un don. Como resultado, la iglesia prim iti­
va nos dejó una herencia de tres formas básicas de
gobierno de la iglesia, cada una de las cuales subsiste
hasta el día de hoy. Cada una hace énfasis en un
aspecto de la m anera en que Dios obra, cuando el
Espíritu Santo está libre para dirigir los asuntos de la
iglesia, pero todos ellos están lejos de la simplicidad
que hallamos en Cristo solamente.
¿Hay alguna relación entre el evangelio del reino
que la iglesia proclam a y la forma visible con que ella
se presenta ante el mundo? Jesús enseñó que la respues­
ta a esta pregunta era afirmativa, pero que seria vista
en términos de am or práctico y relaciones leales. Cuan­
to más la iglesia se alejó de la presencia viva de Dios,
más contestó a la pregunta anterior en términos de
estructura externa en la forma de gobierno y de arqui­
tectura. Robert S. Paul hace una aguda observación en
su reciente Libro «La Iglesia en busca de sí misma»:

«La manera clásica en que las iglesias han


contestado a esta pregunta es en términos de
gobierno -y esto da un medio de clasificación
que va desde la Iglesia Católicoromana, con
su estructura jerárquica con el Papa a la ca­
beza, como «obispo de los obispos», a la inde­
pendencia congregacional atomística. Los tres
patrones simples que han aparecido son para­
lelos a las tres formas o sistemas básicos de

159
gobierno civil conocidos en el mundo antiguo:
episcopal (monárquico), presbiteriano (oligár­
quico o aristocrático), y congregacional (de­
mocrático)». (p. 31).

Los nombres de estos tres tipos de gobierno se deri­


van de la palabra que mejor describe el foco de poder o
autoridad en cada uno. El vocablo griego para obispo o
guardián es «episkopos». Esta palabra describe el pastor
como uno que vigila y guarda al rebaño (skopos: «ver o
mirar», epi: sobre). La forma presbiteriana de gobierno
hace énfasis sobre un grupo de ancianos, tomando la
palabra griega «presbuteros», que significa «anciano».
Según este sistema el poder está en las manos de los
varios ancianos de igual rango, llamados presbiterio o
sesión. La forma de gobierno congregacional coloca el
poder en manos de la congregación entera y hace énfa­
sis en la independencia de cada iglesia en m aterias de
finanzas y directrices.
Bajo el gobierno episcopal, la autoridad es conferida
sobre el pastor local por sus superiores en una jerarquía
eclesiástica. Bajo el gobierno presbiteriano, la autoridad
procede de la concurrencia de criterio de una sesión de
ancianos. Bajo el gobierno congregacional el derecho a
regir es conferido por la elección del pueblo que va a
ser gobernado por un pastor particular. Bajo ninguno
de estos arreglos el pastor tiene la autoridad final para
declarar la voluntad de Dios a la congregación local. En
cada caso hay una autoridad hum ana superior a la
suya. De esta manera el carisma pastoral para gobernar
y adm inistrar queda limitado.
Cada una de estas formas históricas de gobierno
hace énfasis en un punto bíblico, pero ninguna de ellas
es la pauta bíblica. En nuestro Templo de Betesda nos
damos cuenta de la im portancia de la autoridad última
en manos de un anciano que presida, o de un obispo,
para que estos puedan hacer la decisión para la congre­

160
gación entera y hablar con autoridad representando a
todos los ancianos. Pero vemos tam bién la necesidad de
aguardar hasta que todos los ancianos que forman el
consejo de la iglesia puedan sentir que Dios está mo­
viéndose en una dirección determ inada, antes de proce­
der adelante en asuntos de mucha im portancia. Pode­
mos permitirnos esperar hasta llegar a la unanim idad, y
tener el sentimiento de paz y conocimiento de que es
bueno, para el Espíritu Santo y para nosotros, antes de
actuar. Ni tampoco pasamos por alto la voz del pueblo
de Dios en conjunto. Esperamos su consentimiento y
respuesta cuando intentamos edificar o em prender ex­
pansión en nuevas direcciones. Tenemos asambleas de
carácter administrativo anuales en que se pueden airear
estas cuestiones. Pero, el pueblo no elige a sus líderes;
los líderes son previamente designados por Dios. Al
combinar las contribuciones válidas de cada corriente
histórica, creemos que nuestro gobierno local es refor­
zado y aligerado p ara una mayor eficiencia.

161
XVII

Vocación - La llamada
de Dios

Todo se convierte en un problema cuando hay un


vacío. La disputa presente sobre el ministerio pastoral
se ha suscitado porque hay falta de dirección en el
mismo. Cada vez que hay problema en el reino del
liderazgo es porque los líderes no se levantan y expresan
su opinión. Siempre hay una crisis de liderazgo cuando
no hay tal liderazgo. Esto puede demostrarse en la
esfera de la política nacional. A veces faltan portaestan­
dartes. Los líderes no aparecen. A causa de esta falta,
muchos sacan espadas para probar que ellos son los
mejores.
A lo largo de la historia encontramos que los pro­
blemas con que se enfrentan las naciones pronto apare­
cerán en el seno de la iglesia. Dios quiso que fuera así.
Cristo rogó que su pueblo fuera dejado «en» el mundo,
no sacado del mismo, porque quería usarlos como ins­
trumento para el cambio social. El efectuar este cambio
en la sociedad requiere hacer frente a los problemas y
resolverlos en la iglesia primero. La influencia sigue al

163
ejemplo. Así que encontramos la iglesia luchando para
hallar respuestas a los muchos problemas de nuestros
días sobre liderazgo, autoridad y respeto al gobierno.
La iglesia se esfuerza en resolver estos problemas al
mundo.
En nuestros días vemos como la familia se está
disolviendo. Tal como profetiza la Escritura, los hijos se
volverán contra los padres (2a . Tim. 3:1-5). La falta de
respeto es pan del día. La pérdida de respeto a los
padres está directamente relacionada con la falta de
respeto a otras autoridades dadas por Dios. Como fam i­
lia de Dios debemos descubrir otra vez como relacionar­
nos con nuestros superiores en el Señor -nuestros padres
espirituales- antes de hablar con autoridad a la socie­
dad en general. Nuestro mensaje verbal sólo tendrá la
im portancia que tenga nuestro ejemplo. Hay que res­
taurar el respeto dentro de la iglesia.
Si cada uno se hace la ley, el resultado es la anar­
quía, la confusión, el caos. La cohesión que conserva la
sociedad intacta se disuelve. Los pactos son quebranta­
dos. No hay respeto para la familia, la iglesia, el go­
bierno. El Espíritu de Dios está estableciendo un ejem­
plo contra esta inundación por medio de la palabra y la
restauración de las iglesias locales como ejemplos de
orden y paz. A medida que el espíritu de los tiempos
presentes engendra más y más anarquía, el Espíritu de
Dios se derram a en una medida sin precedentes para
restaurar el respeto y la obediencia.
Acompañando este derram am iento general del Espí­
ritu Santo hay una restauración de la obediencia a la
autoridad delegada. Dios está restaurando la verdad de
que El está detrás de toda autoridad. Nuestra obedien­
cia a una autoridad es en realidad respeto a Dios. El
deber del hijo y el deber de la oveja es someterse y
respetar la autoridad -autoridad que es como el cemen­
to que asegura los fundam entos de la sociedad y de la
iglesia.

164
Las tendencias corrientes en algunos círculos tienden
a minimizar la responsabilidad y autoridad pastoral.
Esto refleja nuestro escepticismo nacional sobre el lide­
razgo. las presiones nacionales e internacionales se re­
flejan de modo paralelo en la iglesia. Pero, a causa del
plan de Dios, encontramos que el Espíritu se levanta en
el pueblo de Dios para vencer el mal con el bien. La
respuesta acerca de la autoridad delegada y el respeto a
la misma aparecerá prim ero en la com unidad de los
redimidos, donde el verdadero liderazgo viene del Espí­
ritu Santo. El pueblo de Dios servirá como sal para
corregir y preservar la sociedad, en tanto que la sal no
pierda su verdadero sabor por mezclarse con el mundo,
sus valores y su estrategia. El aviso de Pablo es bien
claro y vale incluso hoy, aunque fue esrito hace cente­
nares de años:

«No os adaptéis a las formas de este mundo,


sino transformaos por medio de la renovación
de vuestra mente, para que comprobéis cual
es la voluntad de Dios; lo bueno, lo que le
agrada y lo perfecto. Digo, pues, por la gra­
cia que me ha sido dada, a cada cual que
está entre vosotros, que no tenga más alto
concepto de sí que el que debe tener. (Roma­
nos 12:2-3).

Nuestra nación necesita liderazgo. Necesitamos go­


bierno -buen gobierno- porque sin él las cosas se desar­
ticulan. Esto es verdad tam bién de la iglesia, local y
universal. Este es el vacío que Dios quiere llenar redefi-
niendo el papel y autoridad del pastor. Dios restaura al
pastor local a su sitio como líder del redil local que le
corresponde; líder que debe ser respetado, honrado y
obedecido. Dios ha dado dones a la iglesia para llenar

165
esta necesidad de gobierno; estamos aprendiendo a re­
conocer el carisma pastoral y a darle el respeto que
merece.

Podemos vencer la desilusión

Cada vez que Dios se mueve adelante en la historia


hay muchas personas que se desilusionan con las insti­
tuciones y doctrinas del pasado. Cuando de repente nos
damos cuenta de la pauta original de Dios, Nos im pa­
cientamos con nosotros mismos y nuestros prójimos
cristianos porque hallamos que nos hemos desviado tan­
to de sus planes. Tendemos a reaccionar con violencia y
a hacer oscilar el péndulo hacia el extremo opuesto.
Pero, no encontramos esta actitud en el M aestro Alfare­
ro. Cuando El ve que un vaso se ha echado a perder
-una creación de sus manos que no ha salido como
quería- no la tira y la rompe con ira, sino que la
modela de nuevo. Sabe que puede sacar algo de noso­
tros que nosotros no podemos sacar. Q uitará lo excesi­
vo, pero da valor a la m ateria prim a de nuestras vidas.
Rehacerá el vaso tantas veces como sea necesario para
amoldarnos a sus propósitos.
Cuando Juan Carlos O rtíz se desilusionó con la igle­
sia institucional de la Argentina, indicó un vacío real en
el área del liderazgo pastoral vital. Sintió la falta de
relación auténtica entre el pastor y las ovejas. Com par­
tió esto con otros en otras partes del mundo de nuestro
país. Aparecieron tam bién deficiencias claras en la
práctica presente del pastorado. Ortíz y sus seguidores
dieron la voz de alarm a para despertar a la iglesia a la
necesidad de restauración de las relaciones personales y
la disciplina en la iglesia local. Están llamando nuestra
atención sobre una necesidad genuína.
Pero, al precipitarse a llenar este vacío, están ca­
yendo en la misma clase de error que yo he hecho y
otros muchos. En su desilusión van apresuradam ente.

166
Se han vuelto iconoclastas. Están dejando de lado el
valor que hay en la m ateria prim a de la iglesia local.
En vez de rehacer la vasija, la echan. Han olvidado que
la pauta de Dios es la iglesia local y que El todavia
proporciona a la iglesia individuos con dones para ser­
virle como apóstoles, profetas, evangelistas, pastores, y
maestros -y que éstos operan en el contexto de la co­
munidad reunida en cada localidad. Las ovejas son
todavía alimentadas y protegidas en el redil donde las
apacientan individuos llamados y equipados por el So­
berano para cuidar a las ovejas. La descentralización en
grupos, en casas o en celdas, no puede ocupar el lugar
de la com unidad ju n ta, que pasa a ser una morada
para Dios y el Espíritu sólo cuando se reúnen juntos. Es
el pastor local que tiene carisma para reunir a las
ovejas de esta m anera. Los hombres no se vuelven pas­
tores por nom bram iento arbitrario, sino por la llamada
sobrenatural de Dios.
No todos los ancianos están equipados de esta m a­
nera. No todos pueden pastorear, como no pueden pro­
fetizar como no tienen dones de curación. Dios divide el
carisma de varios modos según quiere. Esto significa
que la palabra «anciano» no es siempre sinónima de
«pastor». Tenemos muchos ancianos en nuestra iglesia
local, pero no todos ellos tienen el don pastoral. Algu­
nos tienen palabra de sabiduría, otros tienen palabra de
conocimiento. Algunos tienen don de curación. Pero
pastorear no es sinónimo de ser anciano. Depende de
los dones del hombre y de su vocación.
Si se toma un joven y se le pone sobre un grupo de
discípulos, puede sentirse exaltado por su importancia
Puede volverse arbitrario y su orgullo le hace hablar
recio. El va a tener discípulos, ¡de lo contrario!...; la
gente tiene que someterse. No debemos olvidar que
nuestra autoridad no es arbitraria, ni es eclesiástica;
nuestra autoridad es espiritual. Es nuestra habilidad
para alimentar. Si dividimos la iglesia local en peque­
167
ñas celdas y ponemos ancianos a cargo de algunas de
las ovejas, pero estos hombres no tienen don pastoral,
buena parte de estas ovejas no serán alim entadas sim­
plemente.

Debemos reconocer nuestra vocación

El poeta dijo que «sólo Dios puede hacer un árbol».


De modo similar hemos de reconocer que sólo Dios
puede hacer un pastor. Un pastor debe tener la voca­
ción divina de reunir, alim entar, proteger y dirigir el
ganado. Los otros hombres no pueden darlo a la iglesia
como un don, tiene que ser dado por Cristo. Tiene que
tener una vocación pastoral válida y darse, a sí mismo,
la preparación para cum plir esta llamada. Si hemos de
ver a Dios llenar el vacío en el área del liderazgo caris-
mático, debemos dejarle que haga la selección. Hemos
de poner de lado nuestras propias ideas e ideales y
escuchar la voz del Pastor Principal. El es el que debe
llam ar. Nosotros debemos esperar a estar seguros de su
llam ada antes de empezar a «andar dignamente» para
esta vocación (Efesios 4:1).
Me gusta lo que la Biblia dice acerca de nuestra
vocación. Me gusta el que Dios nos llame y nos dé un
sentido de misión. Hablo con frecuencia del sentido de
destino, porque es importe para mí. «No estoy por mi
cuenta; estoy bajo órdenes». Actúo como una autoridad
delegada.
Me acuerdo de mis días en la M arina de Guerra.
Entre los militares se sabe bien lo que es recibir órde­
nes. No queríamos ir a un campo de batalla y luchar
sin recibir instrucciones. Yo quería saber que a cual­
quier sitio donde me m andaran me darían órdenes y
que mis superiores sabían que yo estaba allí. Queríamos
estar seguros que se trataba del interés de la nación,
que estábam os en el Pacífico por razones válidas, y que
otros nos respaldaban. Necesitábamos respuestas.

168
Cuando Dios nos llama lo conocemos, y sabemos
por qué se nos asigna a localizaciones y situaciones
específicas. Nunca obramos por nuestra cuenta.
Este asunto de la vocación no tiene que ser un
misterio. Es tan claro y práctico como una orden mili­
tar. Cuando estamos bajo órdenes significa que sabe­
mos lo que Dios nos pide. Sabemos cuales son sus
órdenes. No hay duda en la mente de si tenemos voca­
ción o no la tenemos.
Quiero permitirm e insistir sobre lo que significa la
palabra «vocación». Es un vocablo religioso que ha per­
dido su significado original. Vocación viene de «voca-
tio», (latín), y significa «llamada, cita, m andato, invita­
ción». Dios nos invita o llama y nosotros respondemos a
su iniciativa. No decidimos con algún «consejero voca-
cional» que el pastorado sería una buena carrera para
nosotros. O bien Dios nos llama para sí y su obra y nos
«da» a su pueblo con la habilidad para ju n tar y alimen­
tar, o no tenemos tal vocación. Este énfasis sobre la
iniciativa divina se deja ver claram ente en la definición
de los diccionarios:
1. Vocación es la llam ada de Dios a un individuo (o
grupo) para em prender las obligaciones y ejecutar
los deberes de una tarea particular o una función
en la vida.
2. Vocación es la llam ada divina a colocarnos al
servicio de otros, de acuerdo con el plan divino.
Es el llevar a cabo sus órdenes.
3. Vocación es la llam ada divina a una carrera
religiosa como el sacerdote o el ministerio pasto­
ral que se m uestra por la adecuación, inclinacio­
nes naturales y convicción de la llam ada divina.
Tengamos en cuenta estas definiciones básicas al
explorar la evidencia bíblica que nos m ostrará si tene­
mos o no esta vocación dada por Dios.
169
El Pastor sabe que es llamado

Cuando Dios pone su mano sobre nosotros para


cualquier clase de ministerio, lo sabemos. Lo sabemos
tan seguro interiormente, que nadie nos puede persua­
dir de lo contrario. Sin duda, experimentamos períodos
de tentación en que nos preguntamos y dudamos sobre
el propósito de Dios en nuestras vidas, pero, por deba­
jo, en nuestro corazón hay la seguridad, el conocimien­
to que el Espíritu Santo ha colocado en él.
La historia de Elias y el llamamiento de Elíseo nos
sirve como una ilustración excelente de lo que llamamos
conocimiento de la vocación. Hallamos esta historia en
I a. Reyes 19:19-21:

Partiendo él de allí, halló a Elíseo hijo de


Safat, que araba con doce yuntas delante de
sí, y él tenía la últim a. Y pasando Elias por
delante de él, echó sobre él su manto. Enton­
ces, dejando él los bueyes, vino corriendo en
pos de Elias; y dijo: Te ruego que me dejes
besar a mi padre y a mi madre, y luego te
seguiré. Y él le dijo: Ve, vuelve; ¿qué te he
hecho yo? Y se volvió, y tomó un par de
bueyes y los mató, y con el arado de los
bueyes coció la carne, y la dió a sus gentes
para que comiesen. Después se levantó y fue
tras Elias y le servía.

Elias tenía buenas razones para actuar de la forma


en que lo hizo con Elíseo. Estaba probando la autenti­
cidad de la vocación de Eliseo. Este acto de echar su
manto sobre Elias era un lenguaje que entendían en
aquel día. Significaba adopción. Como los padres visten
a sus hijos, Elias tom aba a Elíseo bajo su cuidado
personal, para criarle en las cosas de Dios. Eliseo reco­

170
noció el significado pleno de este acto. Inm ediatam ente
contestó cortando la conexión con su familia y su oficio
de labrador. Elias trató de disuadirlo. Le habló como si
no supiera nada de todo aquel asunto: «¿Por qué todo
esto, no tienes por qué cam biar tu modo de vida?».
Pero, la vocación auténtica le había sido comunica­
da. Eliseo pudo contestar con la seguridad que sólo
Dios planta en el corazón: «Vengo porque estoy respon­
diendo a la llam ada de Dios para trabajar en el minis­
terio».
He visto que si puedo disuadir a un hombre de
seguir el ministerio, su vocación no es genuína. Si mis
palabras pueden hacerle volver la espalda, ¿qué haría
bajo la presión de la oposición real en la obra? Esto ha
resultado ser útil para hallar a los que sólo tienen
«ideas» acerca del ministerio.
Cuando Dios nos ha llamado estamos seguros que
nadie puede detenernos de seguir las órdenes de Dios.

U s pastores llamados muestran consagración

El conocimiento de la llam ada de Dios crece en


nosotros. Ocupa más y más nuestros pensamientos y
planes. Encontramos que ponemos de lado otros objeti­
vos menores para podernos dar más completamente a
esta llamada. Esta clase de consagración es obrada en
nosotros por el Espíritu Santo. El hace que los deseos
de Dios nos consum an y nos apasionen. Después de
algún tiempo encontramos que nada más nos importa,
aparte de nuestra vocación. Esto no es algo que hace­
mos nosotros sino que es nuestra respuesta a la iniciati­
va de Dios al llamarnos.
Después de un número de años de estar Eliseo al
servicio de Elias, vemos que este conocimiento ha pasa­
do a consagración. No puede ser disuadido del propósi­
to de Dios para él. Cuando el momento de la partida de
Klías se acerca, vemos que Eliseo hace una serie de
171
pruebas sobre su consagración. Todo el mundo, incluso
los compañeros en el ministerio y su propio tutor le
dicen que lo deje. Quédate satisfecho con lo que has
hecho. No perseveres más adelante. Pero, dentro del
corazón de Elíseo hay una pasión consumidora y una
decisión inquebrantable, similar a la del Apóstol Pablo,
que dijo:
«No que lo haya alcanzado ya, ni que ya haya
conseguido la perfección total; sino que prosi­
go, por ver si logro darle alcance, puesto que
yo tam bién fui alcanzado por Cristo Jesús.
Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya
alcanzado; pero una cosa hago: olvidando lo
que queda atrás, y extendiéndome a lo que
está delante, prosigo hacia la meta para con­
seguir el premio del supremo llamamiento de
Dios, en Cristo Jesús». (Filip. 3:12-14).

La historia de la preparación de Elíseo para tom ar


la posición de Elias en 2a. Reyes nos ilustra el impulso
a obedecer la llam ada de Dios que Pablo expresa en sus
palabras en Filipenses 3. Si no tenemos el sentimiento
de este «ser necesario» dentro, es que Cristo no nos ha
pedido que alimentáramos a sus ovejas. La vocación
genuína no puede ser negada. Si hemos oído su llam ada
se verá en la dedicación total de nuestra vida a contes­
tarla. Ningún coste en la preparación parecerá un sacri­
ficio demasiado grande para contestar a Dios. Si la idea
del ministerio fue nuestra propia o de otro, nos encon­
traremos en la posición de un asalariado. Cuando arre­
cie la oposición, la abandonaremos.

Los pastores llamados poseen fe y paciencia

Cuando oímos que Dios habla, se engendra la fe.


Esto es lo que hace siempre la auténtica palabra que

172
procede de Dios. Cuando la hemos oído respondemos
creyendo y obrando en obediencia. La misma fe oye la
llam ada y ve la visión es la que nos sostiene y nos hace
firmes en la paciencia.La vocación no es algo que ocu­
rre de la noche a 1 m añana. Se requieren años de
preparación en la escuela del Espíritu Santo. Dios nos
enviará en la vida las cosas que nos harán poder ser
aquéllo que Dios quiere que seamos. Lo mismo si so­
mos llamados a ser apóstoles, o pastores, o lo que sea.
Pero, debemos crecer en El antes de que esto pase a ser
una realidad. Esto significa que hemos de pasar la
prueba más difícil de todas: la prueba del tiempo.
Creo que el esperar es una de las cosas más difíciles
que Dios nos pide. Pero, no hay atajos en el cumpli­
miento del ministerio. A mí nunca me ha gustado espe­
rar. Recuerdo que cuando era un chico, una de las
cosas que más aborrecía oír de mis padres era: «Espera.
Nos lo pensaremos». Cuando quería una bicicleta la
quería al momento. Todos los chicos del vecindario la
tenían. ¿Por qué tenía yo que esperar? Al ir creciendo
para llenar nuestra vocación vemos que Dios espera
para mostrarnos su misericordia.
Es absolutamente esencial que la fe y la paciencia se
desarrollen en el pastor. Esto no es sólo para hereder
las promesas, sino una cualidad necesaria para atraer y
conservar seguidores. La gente no se nos juntarán y
permanecerán con nosotros si ven que nunca llevamos
a su término las cosas que empezamos. Se nos ordena
que busquemos líderes que sean capaces de pasar la
prueba del tiempo. El autor de Hebreos dice:

Pero deseamos que cada uno de vosotros


muestre la misma solicitud hasta el fin, para
plena certeza de la esperanza, a fin de que no
os hagáis perezosos, sino imitadores de aque­
llos que por la fe y la paciencia heredan las
promesas. (6:11-12).
173
Es im portante que el pastor lleve a cabo las visiones
que ha com partido con su pueblo. Las ovejas se despa­
rram an rápidam ente cuando ven que después de haber
dado su dinero para un proyecto éste no se completa
nunca. Los líderes deben tener fe y paciencia para
completar lo que han empezado en Dios. Es mejor
em prender proyectos dentro de los límites de la fe del
líder y llevarlos a cabo, que hablar de grandes cosas y
no hacerlas.

Los pastores llamados obran con confianza

La vocación genuína llega con una certidum bre sóli­


da. Podemos permitirnos estar tranquilos respecto a la
obra de Dios. Podemos ser amables con los otros. Les
hacemos paso a los otros que m uestran haber recibido
dones de Dios. He aprendido que la confianza es abso­
lutam ente esencial para triunfar en la vida. Incluso al
jugar al golf con los amigos encuentro que el estar
tranquilo es vital. Cuando uno de mis oponentes me
sigue demasiado cerca procuro ponerle un poco nervio­
so. Le digo bromeando: «¿Es esta la posición que adop­
tas siempre?». O, «¿es así que coges el bate?». Si insisto
pierde el aplomo. Lo mismo es válido en el ministerio
que en los deportes.
Es fácil notar que el novicio se esfuerza generalmen­
te demasiado. No se perm ite hacer errores ni se lo
permite a los otros. No es flexible. Es exigente y arbi­
trario. Se siente amenazado cuando hay alguien que
tiene dones y le parece que quieren competir con él, en
vez de estar agradecido por la ayuda. Pero, el hombre
que sabe que está en Dios, cuya vocación es segura,
puede permitirse relajar, ser simple y disfrutar de la
vida. Cuando tenemos confianza, la vida no es tensa y
difícil.
La confianza que resulta de la genuína vocación
pastoral consiste prim ariam ente en una autoimágen
174
perfilada, una identidad cuyo destino es servir a Dios
ayudando al prójimo. El saber lo que se es en Dios
libera al pastor de tener que usar los muchos trucos
psicológicos que la gente hace en sus esfuerzos para
hacer ver que son algo distintos de lo que son. El pastor
llamado no necesita proyectar ninguna imagen mayor
que lo que realm ente es en Dios. Puede permitirse ser
él mismo incluso cuando predica y aconseja a los suyos.
El problema de la identidad ha sido resuelto por medio
de su unión vital con el Pastor Principal. Esto deja en
libertad las energías emocionales del pastor para que en
vez de preocuparse de defender y proteger su imagen se
dedique a cuidar realmente de los demás.

175
XVIII

La voz del pastor

En Juan 10 encontramos varias comparaciones bien


delineadas entre los que son llamados por Dios para
alimentar su rebaño y los que se nom bran a sí mismos
para esquilarlo a mansalva.

Pastor Asalariado
1. Entra por la puerta; es 1. Sube «por otra parte».
reconocido por el porte­
ro como auténtico.
2. Las ovejas conocen su 2. Las ovejas no conocen
voz. su voz. Lo consideran
un extraño.
3. Llama a las ovejas por 3. No puede llam arlas por
su nombre y las saca. su nombre.
4. Las ovejas le siguen. 4. Las ovejas huyen de él.
5. Pone su vida para de­ 5. Las abandona si hay
fenderlas si es necesario peligro, para salvar su
vida.

177
6. Cuida de las ovejas. 6. Se preocupa del salario
solamente.

Jesús hizo estas comparaciones para ayudar al pue­


blo de aquel tiempo a distinguir entre los que realmente
los conducían a Dios y los que trataban de aprovecharse
de ellos. Presentó los contrastes entre su propio niniste-
rio y el de los que se decían líderes y pastores, pero en
realidad servían sólo sus propios intereses. Pero, estos
contrastes básicos son válidos todavía hoy cuando tra ta ­
mos de distinguir entre los siervos de Dios que son sus
colaboradores, de aquéllos que se introducen ellos mis­
mos en el ministerio para buscar su propio placer.
Todos estos atributos encuentran expresión en la voz
del pastor. Es por medio de su voz que llam a a las
ovejas para que le sigan. Las ovejas de modo instintivo
distinguen en el timbre de la voz si tienen que respon­
der a la llamada. El pastor con carisma concedido por
Dios tiene una voz que atrae a las ovejas. Esto es algo
que el asalariado no puede imitar.
La diferencia entre el asalariado y el pastor verdade­
ro es la m anera de relacionarse con el G ran Pastor. La
voz del pastor verdadero atrae a las ovejas porque lleva
los mismos timbres de genuino am or y cuidado que
Cristo tiene para cada uno de los suyos. El pastor está
tan vitalmente unido personalmente al G ran Pastor que
en un sentido real las ovejas son suyas propias. No se
preocupa del salario sino de que las ovejas estén ali­
m entadas. Esta clase de unión con Cristo resulta en
fruto abundante en su ministerio pastoral.

¿Cuántas ovejas puede cuidar un Pastor?

Algunos maestros dicen que como Jesús se limitó a


doce discípulos no deberíamos intentar alim entar a mi­
les. Pero la obra de Jesús con sus doce discípulos era
diferente de la obra que El realizó con las muchas otras

178
ovejas que Dios le dió. Las doce habían de poner los
cimientos de la iglesia en la doctrina apostólica y el
ejemplo.
Eran a miles los que se apiñaban para oír a Jesús.
Cuando Jesús contó la parábola de la oveja perdida,
habló de un pastor que tenía cien ovejas. Pero, no era
raro que los pastores de aquellos tiempos tuvieran cen­
tenares de ovejas y aún miles de ellas. Con frecuencia
tenían varios ayudantes y usaban muchos perros, pero
había un sólo pastor. Jesús consideraba a la multitud
como ovejas, no sólo a los doce.

Y al ver a las m ultitudes se compadeció de


ellas; porque estaban extenuadas y abatidas
como ovejas que no tienen pastor (Mateo
9:36).

Algunos dicen que cuando la iglesia alcanza los


doscientos miembros es mejor dividirla en iglesias filia­
les. Pero, éstos no han examinado bien los ejemplos del
Nuevo Testamento. Al principio de la historia de la
iglesia de Jerusalén, su número era de más de 8.120. Al
principio, los nuevos convertidos eran «añadidos» dia­
riamente, pero más tarde, cuando la obra de Dios entre
su pueblo se fue increm entando, los creyentes se «mul-
liplicaban». El número de personas en una iglesia local
depende de cuantas personas el pastor puede alim entar
con su voz. Con cuantas ovejas puede com partir la
carga de compasión del Señor. Esto depende de cada
persona. No se pueden establecer límites arbitrarios.
No se sabe a cuantas personas se puede cuidar hasta
que se empieza a alim entarlas. Pero, más importante
aún, no se trata de la cuestión de lim itar el número de
ovejas del rebaño, sino de como se expande la persona­
lidad del pastor. A medida que el pastor se va abriendo
a Dios y al pueblo, el carisma se vuelve más aparente.
Hay más ovejas que le escuchan y responden a su voz.

179
No hablamos aquí de elocuencia, sino del poder de
juntar y alim entar al pueblo.
Los pastores difieren en su capacidad para mantener
juntas las ovejas. Algunos atraen unas pocas durante su
vida, otros atraen a miles. Esto es debido a la diferen­
cia en los dones que Dios nos ha dado. Dios requiere de
nosotros que demos fruto según la capacidad que nos
ha dado. No se trata básicamente de más o menos
oración. M uchas veces se ofende a las personas por
falta de disciplina personal. Poco cuidado en cumplir
las promesas, ir poco arreglado, hacer tarde, comer
demasiado, todo ésto son pequeñas zorras que pueden
echar a perder la eficacia de un ministerio pastoral.
Somos responsables de cultivar el don que Dios ha
depositado en nosotros en su potencial total.
Durante los dos siglos que siguieron a la compila­
ción del Nuevo Testamento hubo una gran confusión en
la iglesia acerca de la autoridad del pastor como líder
carismático. Se daba por un hecho que el pastor, por
haberse establecido para cuidar el rebaño, en vez de
viajar con los apóstoles y profetas, debía carecer de
inspiración y ser inferior a ellos.
J. A. Robinson comenta sobre este abandono del
patrón del Nuevo Testamento:
El decir que el ministerio era local es algo
que no causa ningún daño; pero si se entien­
de que el ministerio local no es un don de
Dios al conjunto de la iglesia, se le rebaja en
comparación con los profetas y otros m aes­
tros, que salían del seno de la com unidad
local, pero cuyos dones podían ser reconoci­
dos en otras comunidades a las que visitaban,
y esto es ir mucho más allá de lo que permite
el Nuevo Testamento. La consecuencia sacada
es completamente equivocada si se llega a la
conclusión de que los profetas y maestros

180
eran personas de autoridad, que tenían dere­
cho a dirigirse a las comunidades locales en
nombre de toda la iglesia en conjunto. (El
Ministerio Primitivo, p.77).
Al declinar el carisma la autoridad tenía que ser
obtenida de otras formas. Por esta razón empezó a
exagerarse la idea de la jerarquía eclesiástica. El térm i­
no obispo fue separado de otros térm inos aplicados al
pastor y se le hizo una posición de mayor importancia.
En vez de ser el anciano que presidía la comunidad
local, el obispo fue elevado a la supervisión, no de una,
sino de varias iglesias. La organización de los hombres
había reemplazado la regla de Dios.

La voz del Pastor da confianza

Hay algo dentro de cada uno de nosotros, ovejas del


Señor, que clam a por la seguridad de estar bajo el
cuidado de alguien que sepa lo que hace y que lo haga
con una firmeza hija de la confianza. Esta necesidad de
la confianza que procede de la autoridad es tan eviden-
le en las ovejas reales como en el pueblo de Dios.
Veamos una ilustración:

Durante u n a guarda nocturna tem prana visité


una vez a un pastor en su redil; al oírle gritar
de vez en cuando: «¡Oh! ¡Ah! ¡Ah!» le pre­
gunté si era necesario gritar ésto durante la
noche. Su respuesta fue. «¡Amigo! si no llamo
a las ovejas así, oirán las voces de sus enemi­
gos y se asustarán. Si ellas no oyen mi voz,
oirán a los lobos que merodean y se acercan
más y m ás al aprisco. Necesitan oír mi voz
para estar tranquilas y disfrutar de un sueño
reposado. (La canción del pastor en las coli­
nas del Líbano, p.36).

181
De m anera semejante, los vaqueros americanos les
cantan al ganado. M uchas de nuestras canciones del
Oeste son en realidad producto de esta necesidad de
contacto con las vacas por parte del vaquero. Incluso la
rasposa voz del vaquero debe sonar agradable a las
vacas al cantar, pues se quedan tranquilas y quietas.
Un pastor oriental observó la semejanza entre las
ovejas naturales y el pueblo de Dios. Los dos tienen
necesidad de que les recuerde que son de valor personal
para el pastor. Los dos m edran con estos toques perió­
dicos de cuidado y afecto. Oigamos lo que dice en su
pintoresco lenguaje:
Cuando las ovejas salen cada m añana, cada
una toma su lugar, como un ejército discipli­
nado, hacia el pasto, y conserva la misma
posición durante el día. M ientras apacentaba
el ganado pensé mucho sobre esto. De vez en
cuando durante el día una oveja se acerca al
pastor, dejando el pasto, y le m ira con ojos de
expectativa, soltando un «bee» plañidero.
Los pastores conocen el significado de esta
balido: los pastores alargan la mano y la ove­
ja corre hacie el pastor. Entonces el pastor la
acaricia, le pasa la mano por la espalda y le
da unos golpecitos, m urm urando palabras
tiernas en su oído: «¿Qué tal te gusta hoy el
pasto, has comido bien? ¿H abían zarzas, o
serpientes que mordían?» Y sigue acaricián­
dola. La oveja, entretanto, arrim a la cabeza a
la pierna del pastor y la frota contra ella.. A
su m anera le dice que le quiere. Después de
unos momentos de esta fraternización e inter­
cambio de amor y am istad con su dueño,
gozosa y alegre en su presencia, la oveja se
vuelve a pastar en el lugar que el correspon­
de, refrescada y contenta del contacto con el
pastor. (El Espíritu del Pastor, p.59).
182
El consejo pastoral es a menudo el mejor medio
para resolver los problemas personales y familiares. Y
estas oportunidades en que hay atención personal au­
mentan el valor del ministerio público. He conocido en
estas sesiones cuales son los problemas comunes entre
las personas, en un período dado. Al darm e cuenta, de
un tal problema, a menudo veo que es un servicio a
todos el predicar sobre el mismo a toda la congrega­
ción. Pero, más im portante es que estas personas a-
prenden a escuchar con mayor confianza el consejo
entero de la Palabra de Dios, habiendo visto en una
pequeña experiencia personal que su sabiduría excede a
la nuestra.
Hemos de ser cuidadosos, sin embargo, en preservar
el equilibrio entre el tiempo empleado en el aconseja­
miento individual y el tiempo empleado en alim entar al
rebaño como un conjunto. Algunas personas parecen
necesitar un pastor privado para ellos solos. No quieren
la responsabilidad de hacer sus propias decisiones.

La voz dentro de la voz

Este fenómeno de la voz dentro de otra voz, la


palabra inspirada, es lo que hace la diferencia entre la
letra muerta y la viva. Hay dos palabras griegas para
traducir el vocablo «palabra» de nuestra lengua. Una de
ellas es «logos». Esta habla del principio eterno.
La segunda es «rhema». Este vocablo se refiere a
una afirmación hecha en una ocasión específica. «Rhe­
ma» se refiere a «ahora», en contraste con «eternamen­
te» de «logos». Dios se ha manifestado como «logos»,
inmutable. Pero El nos habla periódicamente, y «rhe­
ma» es la palabra apropiada para esta situación parti­
cular. Es sobre esta palabra viva que Jesús dice:

«El Espíritu es el que da vida; la carne no


aprovecha para nada; las palabras que yo os

183
he hablado son espíritu y son vida». (Juan
6:63).

Dios santifica, limpia, lava la iglesia por la palabra


viva que procede de su boca: «rhema» (Efesios 5:26).
Durante muchos años la gente ha oído sólo de «logos»
en una forma general e impersonal; no sabían que
podían oír la palabra que brotaba, viva, hablada direc­
tamente por el Espíritu Santo y también a través de la
palabra ungida del ministro. Y la gente está entusias­
mada acerca de esto.
Pero como en todo entusiasmo, hay que vigilar mu­
cho para no perder el equilibrio o la proporción. No
hay «rhesma» que no esté de acuerdo con «logos». Esto
es una prueba a que hay que someter a todos los que
pretenden haber oído la palabra de Dios, sea directa­
mente o a través de alguno de sus siervos. Dios nunca
se contradice. El Espíritu y la palabra escrita tienen
que estar de acuerdo.
Como hay la posibilidad de error, Dios nos ha dado
salvaguardas. Podemos juzgar las palabras. Podemos
ver si se cumplen. Podemos com probar si lo que se dice
está en contra de lo que está escrito bajo la inspiración
del Espíritu en la Escritura.
Probablemente la salvaguarda más im portante en
esta m ateria de oir la palabra directa de Dios es la
iglesia local. Aquí tenemos una caja de resonancia para
verificar toda profecía o revelación que creemos haber
recibido. Podemos expresarla públicamente y que los
otros, con ministerios probados, juzguen el sentimiento
de que la revelación es para el cuerpo entero de Cristo.
No creo que nadie tenga el derecho de imponer
enseñanza al cuerpo entero de Cristo hasta que se haya
mostrado operable como principio en la situación local.
Dios quiere que la iglesia local sea como un «plantel» en
el que podamos comprobar nuestras revelaciones y di­
recciones. Luego, cuando vemos que producen resulta­

184
do, otros verán la gracia de Dios entre nosotros y se
abrirán para recibir la misma revelación. La influencia
de una iglesia sobre otra es espiritual. Aprendemos de
otros, pero aprendemos lo que no debemos hacer tam ­
bién, no sólo lo que hemos de hacer.
Los ministros nacionales e internacionales no tienen
garantía escritural para procurar influir en otros en una
base más amplia si no se ha investigado la cosa en el
plantel local. Si tu enseñas algo, enséñamelo en térm i­
nos prácticos, en gente de carne y hueso. Si tu no
puedes darme esta demostración práctica estas teori­
zando. El teorizar es peligroso en extremo. Tenemos
que saber lo que hacemos. Hemos de ver como «rhema»
se acopla a «logos» y como opera en la vida real.
Somos pastores en situaciones locales. Tenemos las
manos ocupadas en la iglesia local. Mi voz puede influ­
irle a Vd. espiritualm ente, pero yo no puedo tratar de
influirle de modo arbitrario.

185
XIX

Restaurando el carisma
pastoral

No hay mayor bendición para la iglesia que la visi­


tación del Espíritu Santo. Por desgracia, algunos pasto­
res no entienden la brisa fresca del Espíritu Santo. En
vez de dar la bienvenida a esta visitación se sienten
amenazados. Su personal se escapa a reuniones de ora­
ción, a almuerzos de fraternización, incluso a grandes
convenciones en otras ciudades, donde se mezclan con
ovejas de toda clase de rediles. «¿Qué cosa buena puede
venir de tanta confusión?» se dicen.
Pero en realidad, la visitación carismática significa
no sólo que su gente serán revitalizados y recibirán
alimento nutritivo de la palabra de Dios, sino que su
propio carisma pastoral será restaurado. El pastor cesa­
rá de ser un cargo y pasará otra vez a ser un ministerio
concedido por el Cristo ascendido. Los que han sido
bautizados en la Señoría de Cristo podrán obedecer de
modo genuino la autoridad pastoral.
Los que estudian el crecimiento de la iglesia nos
dicen desde hace años que la gente están sedientos de
187
autoridad. Las iglesias que crecen rápidam ente han sido
descritas como conservadoras en doctrina y estrictas en
disciplina. Los pastores, deben, pues, levantarse y po­
nerse el m anto dado por Dios. Deben revestirse de la
autoridad que Dios les ha dado y las ovejas acudirán a
sus rediles en números asombrosos.

Dios tiene una pauta

La pauta de Dios siempre ha sido que un pastor


gobierne el rebaño mediante las funciones de alimentar,
reunir, llevar y conducir. Un pastor puede tener m u­
chos ayudantes y muchos perros, pero sólo hay un pas­
tor a la cabeza del rebaño.
Moisés clamó a Dios durante una crisis de liderazgo
y Dios respondió proporcionándole setenta ayudantes o
ancianos.

Entonces Jehová dijo a Moisés: Reúneme se­


tenta varones de los ancianos de Israel, que
tú sepas que son ancianos del pueblo y sus
principales; y tráelos a la puerta del taberná­
culo de reunión, y esperen allí contigo. Y yo
descenderé y hablaré allí contigo, y tom aré
del espíritu que está en tí, y pondré en ellos;
y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la
llevarás tú sólo. (Números 11:16-17).

No sólo debe el pastor tener carisma para reunir las


ovejas, sino que debe poder ju n tar a líderes capaces
alrededor de sí. Este es un aspecto muy abandonado de
la labor del pastor. Pero, si el pastor no obra por medio
del poder de Dios, los otros ministerios tampoco pueden
funcionar propiam ente. ¿Cómo puede enseñar un maes­
tro hasta que el pastor ha juntado a la gente en un
punto? ¿A quién puede profetizar el profeta si no se ha
juntado el rebaño?

188
Sin embargo, cuando Moisés estaba cerca de su
muerte, Dios no puso el manto de Moisés sobre las
espaldas de los setenta. Reconoció la necesidad básica
de un sólo caudillo. Dios contestó la últim a oración de
Moisés levantando a otro hombre para que tom ara su
lugar, Josué.
Y Jehová dijo a Moisés: Toma Josué hijo de
Nun, varón en el cual hay espíritu y pondrás
tu mano sobre él; y lo pondrás delante del
sacerdote Eleazar, y delante de toda la con­
gregación; y le darás el cargo en presencia de
ellos. Y pondrás de tu dignidad sobre él, para
que toda la congregación de los hijos de Israel
le obedezca. El se pondrá delante del sacerdo­
te Eleazar, y le consultará por el juicio del
Urim delante de Jehová; por el dicho de él
saldrán, y por el dicho de él entrarán, él y
todos los hijos de Israel con él, toda la con­
gregación. (Números 27:18-21).
En este pasaje se nos presentan varios aspectos im­
portantes del ministerio del pastor.
1. Dios dirige en la selección del líder que ha de ser
puesto sobre la congregación, incluso sobre sus
ancianos.
2. Este líder debe ser reconocido públicamente. De
esta m anera el pueblo sabe que le debe ser leal.
3. La obediencia del pueblo es una respuesta espon­
tánea espiritual al don de gobierno del líder
nombrado.
4. El pastor tiene la iniciativa; a su palabra el
pueblo debe entrar y salir.
5. A medida que el pastor avanza en su camino
delante del Señor, el pueblo le sigue. Su habili­
dad de reunir significa que el pueblo quiere estar
con él dondequiera que va en su prosecución de
los objetivos de la comunidad.
189
La mejor manera de medir el don de gobierno es
m irar la respuesta de los seguidores. Cuando Dios pone
un líder, su ministerio se dem ostrará provechoso con el
tiempo.
Hay tres semejanzas de la iglesia que nos ayudan a
com prender la naturaleza e este liderazgo: la iglesia
como la familia de Dios, la iglesia como el ejército de
Dios, la iglesia como el cuerpo de Cristo. Empezaremos
com parando el ministerio del pastor a la función del
padre de familia.

La Iglesia como familia de Dios

La mayoría estaremos de acuerdo en que un buen


padre no sólo provee para la familia sino que los disci­
plina, los protege, y les da un ejemplo. El pastor cuida
de sus ovejas como un padre de familia porque Dios le
da gracia para cumplir esta vocación.
Si el padre no mantiene a la familia y los alimenta
como debe, la relación familiar será una verdadera ca­
lam idad y todo acabará en un divorcio. El hombre que
pastorea el rebaño de Dios, debe proveer alimento espi­
ritual para el pueblo.
El apóstol Pablo hace énfasis en que el obispo debe
m antener orden y disciplina en su propia casa antes de
aceptar la responsabilidad de la iglesia. ( I a . Tim. 3:4-
5). El pastor u obispo del Nuevo Testamento era el líder
de la congregación. El tenía que procurar para ellos
como el padre por su familia.

La Iglesia como el ejército de Dios

El segundo cuadro en que presentamos a la iglesia


nos ayuda a entender que el liderazgo pastoral es el de
un ejército. El don del Espíritu Santo hace más que
bendecirnos con gozo y comprensión espiritual. Nos
cambia. Crea en nuestros corazones rebeldes la capaci­

190
dad de someterse a la autoridad. El Salmista profetizó:
«Tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente el día en que
guies tus tropas». (Salmo 110:3).
Los que pertenecen a Dios, los elegidos de Dios,
irán a El por su propia voluntad (ver Jun 6:37). Pero, la
idea no es sólo de ir voluntariamente sino con deleite
espontáneo.
Los rebeldes se transform arán en voluntarios por
medio del poder del Cristo ascendido. Y Cristo toma
estos voluntarios y los da a su iglesia. Los cinco minis­
terios después de la ascensión lo constituyen hombres y
mujeres que primero se han ofrecido a Cristo por su
propia voluntad. Cuando El los dió a la iglesia, el
espíritu de consagración se hizo contagioso y así m u­
chos fueron añadidos a la iglesia del Señor.
Cuando estamos en un ejército nos olvidamos de
nuestras minúsculas diferencias y todos trabajam os por
un objetivo común: la victoria. Ponemos de lado nues­
tras diferencias y trabajam os, hom bro con hombro, por­
que cada uno responde a algo más im portante que
nuestros propios intereses personales.

La Iglesia como cuerpo de Cristo

La tercera imágen de la iglesia -el cuerpo de Cristo-


nos ayudará también a comprender la verdadera fun­
ción del pastor. Subraya nuestra interdependencia, re­
lación y comunicación. Como Cristo puede mover direc­
tamente cada miembro de su iglesia por medio del
Espíritu Santo, ¿por qué necesitamos tener una estruc­
tura de autoridad visible en cada iglesia local?
La iglesia está estructurada de la misma manera que
el cuerpo humano, para proveer el marco para una vida
compleja. En el campo de la biología, la distinción y
orden entre las células de los organismos más complejos
hace que sean diferentes de los organismos de una o de
pocas células, las cuales en este último caso, ejecutan

191
unas pocas e idénticas funciones básicas. Pero en los
organismos complejos estas funciones están separadas:
hay células especializadas en la respiración, la elim ina­
ción, la digestión. Estas células se agrupan para form ar
órganos, los órganos, sistemas, para llevar a cabo tareas
especializadas. La especialización permite la gran varie­
dad de formas de vida, siempre y cuando estas partes
funcionen de modo coordinado.
Para asegurarse de la coordinación adecuada entre
las partes, hay células y órganos especializados en la
dirección, que es el sistema nervioso en general. Los
especialistas en el liderazgo son también esenciales en el
cuerpo de Cristo.

192
XX

El gozo del trasquileo

Las ovejas son una fuente de riqueza, de varias


formas, Hay la carne, la leche, la piel, el abono -los
huesos incluidos. Los cuernos de los carneros eran usa­
dos como vasijas para aceite y trom petas. Además, eran
usadas para el sistema de sacrificios de animales del
Antiguo Testamento.
Pero, lo más im portante que se saca de la oveja es
la lana. Cuando se logró domesticar a las ovejas, los
hombres cruzaron diferentes tipos para refinar la lana.
No todas las ovejas producen la misma clase de lana, y
aún entre ovejas de la misma raza, hay factores, como
la comida y otros, que determ inan la calidad de la lana.
Hay que trasquilar a las ovejas
Se trasquila a las ovejas después de nacer las crías,
en la primavera. Los pastores celebran el acontecimien­
to llamando a sus familias y amigos para una gran
fiesta. Es una ocasión para festejos, bailes y regocijo,
que dura más de una semana.

193
Las ovejas se resisten de modo instintivo a que las
trasquilen. Por esta razón los pastores deben atarles las
patas delanteras para impedir que se escapen. Es curio­
so, pero las ovejas no hacen el menor sonido cuando las
trasquilan. Es por ésto que Isaías dijo de Cristo: «... y
como oveja que delante de sus trasquiladores está m u­
da, tampoco él abrió su boca». (53:7).
Hay que trasquilar a las ovejas. Esto no es un acto
cruel, porque las ovejas sin trasquilar pronto se convier­
ten en problemas incluso p ara ellas mismas. La lana les
cae sobre los ojos, hasta que les impide ver. Se vuelve
tan pesada que cuando se echan no pueden levantarse.
En la lana se acumulan gran cantidad de barro y pin­
chos. Los insectos y bichos se encuentran en ella a las
mil maravillas. El trasquilarlas es hacerles un verdadero
favor.

El diezmo es una ley de bendición

El trasquileo de las ovejas nos presenta la relación


recíproca que existe entre el pueblo de Dios y su pastor.
Las ovejas de la iglesia deben también ser trasquiladas,
pues de lo contrario se suceden desagradables conse­
cuencias. Al pueblo le fue dicho que tenía que dar el
diezmo como ofrenda, que es lo mismo que recoger la
lana de la oveja. El negar al pueblo la oportunidad de
m antener con ofrendas el ministerio de aquellos que las
cuidan es tan cruel como perm itir que la lana las ciegue
y el peso las haga caer. Necesitan dar.
El diezmo es la décima parte de nuestros ingresos, y
ésto antes de substraer los impuestos y los gastos. El
diezmo ya pertenece a Dios y el substraérselo es robár­
selo (M alaquías 3:8-12).
Pero, cuando damos, Dios nos lo devuelve, no de
forma m aterial, sino en felicidad y bienestar espiritual.
La prosperidad siempre acompaña a la generosidad. En
Proverbios leemos:
194
Hay quiénes reparten y les es añadido más; y
hay quiénes retienen más de lo que es justo,
pero vienen a pobreza. El alm a generosa será
prosperada; y el que saciare, él también será
saciado. (11:24-25).

El dar nos permite dom inar nuestras tentaciones


materiales. El dejar de mantener subordinadas las ga­
nancias materiales a los objetivos del reino de Dios nos
hace imposible permanecer leales en nuestro amor por
el Gran Pastor. Nuestra lana entorpece nuestro progre­
so espiritual.
Una oveja debe ser trasquilada periódicamente. No­
sotros debemos dar en proporción a nuestros aumentos.
Como el río se vuelve un pantano si se entorpece su
corriente, nuestras vidas se encenagan si no dejamos
que los beneficios que Dios nos m anda pasen a otros.
Lucas lo dice de esta manera:

Dad y se os dará; una medida buena, apreta­


da, remecida y rebosante os pondrá en el
regazo. Porque con la misma medida con que
medís, os volverán a medir. (Lucas 6:38).

No hay nada que ciegue al hombre para ver lo que


es realmente, como el dinero. Jesús dijo que era más
fácil que un camello pasara por el ojo de una aguja que
no que un hombre rico entrara en el reino. Un hombre
con dinero casi inevitablemente tiene una opinión exa­
gerada de sí mismo. Después de todo, es autosuficiente.
Es casi imposible hacerle ver que está necesitado e
indefenso. La lana desciende por delante de sus ojos.
Uno de los mayores servicios que el pastor puede
rendir a un rico es ayudarle a desprenderse del exceso
de lana y ponerla a circular en el mercado del reino. El
diezmo es acum ular tesoros en el cielo. Es mejor que
una cuenta corriente en Suiza.

195
La lana trasquilada pertenece al pastor que cuida a
las ovejas. De la misma m anera el diezmo debe pasar a
la iglesia local, bajo la supervisión del pastor.
Esto es parte de la ley de bendición. Si bendecimos
a los que nos alimentan con la palabra de Dios, se
verán libres de la preocupación de carácter financiero, y
así podrán darse por completo a la tarea de pastorear­
nos. «El que está siendo instruido en la palabra, haga
partícipe de toda cosa buena al que lo instruye» (Gála-
tas 6:6).
La calidad y la cantidad de lana está directam ente
relacionada con los pastos y el estado general de salud
de la oveja. El pastor prudente sabe como escoger los
mejores pastos para el rebaño si quiere una buena
cosecha de lana. El alim entar y cuidar el rebaño de
manera que produzca lana en abundancia requiere tac­
to y sabiduría. Lo mismo, el pastor de la iglesia tiene
una tarea difícil entre manos para m antener el equili­
brio prudente con el grupo. El que lo consigue es digno
de elogio.
Hay una clara relación entre el gobierno y las finan­
zas. Cuando damos tributo al Cesar, reconocemos su
autoridad sobre nosotros. Es un deber de los gobernan­
tes el asignar la carga según las necesidades. A lo largo
de la Biblia vemos que la riqueza del pueblo de Dios
fluye a las autoridades delegadas por Dios, las cuales
las usan para los sacrificios y su propia m anutención.
En el Antiguo Testam ento el diezmo empezó antes
de la institución de la ley. Abraham daba diezmos a
Melquisedec, que le había bendecido en el nombre de
Dios, el creador de cielos y tierra y la fuente de toda
riqueza (Génesis 14:18-20). Jacob probablem ente a-
prendió el diezmo de su abuelo y de su padre, porque
vemos que promete dar el diezmo a Dios cuando se
encuentra en un apuro (G en.28:20-22).
Pero, la ley de Moisés hizo más claros los requeri­
mientos de Dios de lo que habían sido en tiempos

196
patriarcales. Dios quería m ostrar a los hombres su pro­
pia rebelión contra la autoridad y los prepara para
aceptar un Salvador de la corrupción interior del peca­
do. La ley dice que el dar debía ser proporcional, según
lo recibido. Debía ser dado a los sacerdotes y levitas,
los cuales lo usaban para su manutención y para aten­
der el tabernáculo.
En el Nuevo Testam ento, los diezmos y las ofrendas
eran entregadas a la iglesia local. Al principio los após­
toles decían como usar el dinero. Pero cuando las varias
asambleas locales m aduraron, se crearon ministerios lo­
cales, y el pastor y los ancianos decidían qué hacer con
el dinero. El Nuevo Testam ento no menciona que el
diezmo de una iglesia local deba pasar a otro o a
ningún cuartel general. Las riquezas pasaban de una
iglesia a otra en forma de ofrendas voluntarias, como
en el caso de los fondos de socorro recolectados por
Pablo entre las iglesias gentiles para ayudar a la de
Jerusalén.
Quien controla las finanzas de la iglesia tiene con­
trol, en cierto modo, de la iglesia. Los fondos deben ser
puestos en manos de los líderes nom brados por Dios.
Cuando no ocurre así el resultado es una confusión de
deberes y aparecen conflictos y se paraliza la dirección.
El pastor debe tener el derecho a la iniciativa para
decidir que hacer con los fondos de la iglesia y cuando
usarlos. Sin este poder no tiene prácticam ente autori­
dad. No debe hacerlo por coerción, sino porque inspira
confianza, la cual hará que todos quieran trabajar con
él para el bienestar de todo el rebaño.

197
XXI

Juntando o esparciendo

¿Qué es lo que hace a un pastor atractivo para sus


gentes? La Biblia está llena de ejemplos de hombres
que atraían a otros por am or a Dios: Moisés, Josué,
David, Pedro, Bernabé, Pablo, Jacobo el hermano del
Señor y Juan, por nom brar unos pocos. Pero había
otros que proclam aban la verdad de Dios con poder,
pero no tenían quienes les siguieran personalmente: E-
lías, Elíseo, Jeremías, Ezequiel y Apolos, entre ellos.
¿Cuál es la diferencia?
Charles Haddon Spurgeon juntó a miles y miles de
ovejas en el Londres del siglo diecinueve. He aquí algu­
na de sus explicaciones de su éxito.
El amor es el principal don de un pastor; el
pastor tiene que am ar a Cristo si quiere ser­
virle en capacidad de pastor. Nuestro Señor
trata de este punto vital. La pregunta no es
«Simón, hijo de Jonás, ¿me conoces?» aunque
esto no hubiera sido una pregunta fuera de

199
lugar, puesto que Pedro había dicho: «No co­
nozco a este hombre». Jesús podría haber
preguntado: «Simón, hijo de Jonás, conoces
tú los misterios profundos de Dios?». Los co­
nocía, porque su Señor le había llamado ben­
dito porque sabía algo que no le había sido
revelado por carne ni sangre. Nuestro Obispo
de las almas no le examina con respecto a sus
dotes intelectuales, ni sobre otra cualidad es­
piritual, sino sobre ésta: «Simón, hijo de Jo­
nás, ¿me amas?. Si es así, apacienta mis ove­
jas». ¿No nos m uestra esto claramente que el
don principal de un pastor es am ar a Cristo
de modo supremo? Sólo este hombre puede
cuidar de las ovejas de Cristo. El que llene
este puesto bien es que ama a Cristo: amor
que le conservará en la compañía del Señor,
le m antendrá bajo su inm ediata supervisión, y
le asegurará su ayuda. El amor a El engen­
drará amor para las ovejas, amor que da po­
der sobre ellas. La experiencia testifica que
nunca conseguimos una partícula de poder
para bien sobre nuestro pueblo con palabras
airadas, pero que obtenemos un poder abso­
luto para ellos con am or paciente; en verdad,
el único poder deseable debe proceder de este
origen. He tenido el gran placer de am ar a
algunas de las personas más desagradables,
hasta que no tuvieron más remedio que a-
marme a mí; y a algunas de las más am arga­
das y resentidas he ganado rehusando sentir­
me contrariado con ellas y persistir creyendo
que podían mejorar. (Spurgeon. Enciclopedia
Expositoria. vol.II, p.80).

Spurgeon hablaba de lo que sabía. Pero, hay más.


El amor no es una diferencia entre el hom bre que junta
200
ovejas y el hombre que declara la verdad profética con
fidelidad, que le hace sacrificarse a sí mismo, porque
ambos aman. La diferencia no está en la devoción, sino
en los dones y llamamientos de Dios.
Algunos hombres predican con elocuencia. Tienen a
los demás boquiabiertos y sentados sobre el borde del
banco cuando desarrollan la profundidad y riqueza del
mensaje de Dios a la iglesia. ¡Qué función tienen estos
hombres! Pero muy a menudo son hombres que no son
capaces de mezclarse con el pueblo. Con frecuencia me
piden que no de su número de teléfono en el hotel en
que residen.
He visto a algunos de estos hombres intentar pasto­
rear una iglesia local. Han empezado invariablemente
con un gran impulso,pero a los pocos meses o al aflo,
lodo había quedado reducido a nada. Su poder en la
predicación no había disminuido, pero las ovejas no
estaban satisfechas con la elocuencia y la revelación
sólo. Estos hombres poderosos en la palabra eran lla­
mados a un ministerio itinerante. Dios divide los dones
dando a cada uno según su voluntad.
Los que no son llamados a ser pastores deben a-
pronder a cooperar con el Espíritu Santo, si los dones
■le Dios han de operar de modo efectivo entre nosotros.
Algunas cosas sólo se aprenden por la experiencia. Hay
i i/ones por las que las ovejas se juntan y medran bajo
<1 ministerio de uno, y se dispersan rápidam ente cuan­
tío otro intenta pastorearlas.

< orno esparcir las ovejas

Hace veinte años creía que una de las cosas que


edificarían una iglesia rápida y sólidamente era el énfa­
sis en lo milagroso. Estaba seguro de que si podía
conseguir que Dios hiciera suficientes milagros la gente
vendría a bandadas.

201
Desde entonces he tenido oportunidad de aprender
que Dios no edifica una iglesia con señales y milagros,
sino con la enseñanza de la palabra. Los milagros entu­
siasman a las ovejas. Pero, a la larga, sólo la palabra
de Dios permite que las ovejas crezcan y se multipli­
quen.
El hacer énfasis sobre los milagros tiene un límite en
sí mismo. La cosa va como sigue: La prim era noche,
Dios curó a una mujer ciega. La mujer corre de un lado
a otro gritando «¡Puedo ver! ¡Puedo ver!» Todo el m un­
do está emocionado. La noche siguiente la gente espera
algo mejor. ¿Hay sordos? ¿Hay cojos?. De modo que la
segunda noche esperan que Dios perm ita andar a un
hom bre que antes estaba paralizado. Salta de su cam i­
lla y anda por la plataform a. La gente están locos de
alegría y emoción. Pero, luego esperan algo más, espe­
cialmente si es sensacional. La tercera noche no hay
más solución que resucitar a un muerto. Y es de temer
que incluso si se resucitara a un muerto las ovejas no
quedarían satisfechas.
Los carismáticos necesitan de un modo especial evi­
tar el orientarse demasiado hacia los milagros. M uchas
veces son gente que se sentaban en iglesias frías y secas
escuchando las cosas que Dios «solía» hacer. Luego
descubrieron por sí mismos que Dios todavía las «hace».
Pero los milagros, las maravillas y los dones del Espíri­
tu fueron dados para confirm ar el mensaje de la pala­
bra. El propósito de los mismos es atestar la veracidad
del evangelio. No están para substituir la predicción y
la enseñanza sino para reforzarla.
O tra m anera de esparcir las ovejas es darles dem asia­
da responsabilidad, demasiado pronto. Entre los pasto­
res de ovejas esto es conocido como «apresurar el reba­
ño». El forzarles a ir demasiado rápido o demasiado
lejos puede m atar a los corderos y a las ovejas débiles,
y, con tiempo, todo el rebaño. Lo mismo ocurre en las
iglesias locales. El pastor puede «apresurar» su rebaño

202
empujándole dem asiado rápido hacia enseñanzas que
no pueden comprender.
La Biblia hace una distinción entre la «leche» y la
«carne» de la palabra, por razones muy buenas. El
principiante tiene que alimentarse de leche hasta que
está bien fundado en Cristo. Si tratam os de ir adelante
sin asegurarnos de que los cimientos espirituales son
sólidos, nos saldrá el tiro por la culata, cuando menos
lo pensemos.
Hace algunos años tuvimos que am pliar nuestro pro­
grama educativo, locales destinados al mismo, etc. Se
planeó un edificio de cuatro pisos, que se uniría a la
nave del edificio de la iglesia. Se empezaron las excava­
ciones. A los pocos días el arquitecto y el contratista
pidieron una reunión. La pared del oeste de la iglesia,
nos dijeron, tenía que ser apuntalada, porque no tenía
un fundamento adecuado. Si se le añadía más peso se
derrum baría. Esto nos costaría unos 40.000 dólares
más. En aquel momento nos dimos cuenta de la im por­
tancia de tener un fundam ento sólido. Así que hemos
aprendido a apacentar el rebaño de Betesda en los
verdes prados de la doctrinas cristianas básicas, durante
todo el tiempo necesario. Nos hemos disciplinado a
evitar lo sensacional en favor de lo nutritivo.
El Templo Misionero de Betesda se especializa en la
preparación de personas que sirven a otros en las for­
mas que Dios escoge. En efecto, creemos que Dios no
ha mostrado que somos un «arsenal», porque Dios quie­
re que equipemos a la gente a funcionar según su
vocación. Pero, de nuevo, hemos aprendido a no «apre­
surar» el rebaño.
Yo creía que si cada persona en la iglesia local
experimentaba la imposición de manos, y tenía una
revelación directa de su ministerio, todo lo demás iría a
pedir de boca. Tendríam os una iglesia local fuerte y
activa. Pero pronto descubrí que no era éste el plan
que Dios tenía para nosotros.

203
En vez de motivar a la gente a ser vencedores y de
equiparles para el servicio, lo que hacía era paralizarlos
con temor, confusión y los apocaba. Dejaron de hacer
lo que estaban haciendo. No sabían qué hacer con
con todas las revelaciones para el futuro. Era más de
lo que podían tolerar.
O tra m anera de «apresurar» el rebaño es tener de­
masiadas actividades. En otro tiempo pensamos que
cuantas más reuniones pudieran atender la gente, cuan­
do Dios se movía y la verdad fluía, Más rápidam ete
crecerían. Nos parecía que nunca habría demasiado si
la predicación era buena y la adoración sincera. Pero,
la gente necesita tiempo para digerir lo que han ganado
en períodos de revelación e instrucción. Necesitan apli­
carlo y probarlo en la vida cotidiana. Es posible saciar­
se en exceso y hacer menos ejercicio del necesario.
En 1949 experimentamos un gran derram am iento
del Espíritu Santo, lo mismo que en otros lugares en
aquel entonces. Dios se movía en nuevas dimensiones.
Era fácil predicar. H abía buenos cultos de adoración.
Podían esperarse grandes cosas. La gente acudía a
nuestras reuniones procedente de los cuatro puntos car­
dinales.
Como que la gente venía de tan diversos orígenes
pensamos que el redil podía multiplicarse si evitábamos
las doctrinas divisivas. Por tanto no había por qué
dicutir sobre la cena del Señor, o el gobierno de la
iglesia, o la escatología. Era el tiempo de am ar a todo
el m undo y abrazar a todos los que querían ser parte de
nuestras cosas, o por lo menos así lo pensamos.
Casi dejamos de bautizar con agua. Eramos tan
libres que cualquiera podía ser bautizado de la manera
que quisiera, o de ninguna m anera. Queríamos que
todo el mundo se sintiera bien y bienvenido. ¡Fuera las
enseñanzas que categorizaban a la gente!
Después de unos años de bendición, estas personas
que habían empezado tan bien empezaron a apartarse.

204
Algunos perdieron interés por una razón u otra o sim­
plemente dejaron de figurar entre los miembros activos.
Otros se confundieron y siguieron vericuetos doctrina­
les. Habíamos fallado ante las ovejas al rehusar m ante­
ner los standards elevados, y por negligencia, al no
cim entar las verdades esenciales en sus vidas. Dios nos
llamó al arrepentim iento. Los líderes tuvimos que regre­
sar al orden establecido por Dios.
El resultado inmediato de nuestro cambio de actitud
con respecto a la doctrina y la disciplina fue devasta­
dor. La asistencia a los servicios dió, un bajón. Pero,
nosotros persistimos en nuestra fidelidad en lo que crei­
mos que Dios no estaba diciendo, y el crecimiento se
recobro. Las ovejas que empezaron a venir después
permanecieron con nosotros firmes. No eran llevadas de
acá para allá por todo viento de doctrina. Las modas no
tenian mucho atractivo para ellas. En cambio vimos un
crecimiento continuado, que estaban sanas y la lana
crecía en abundancia.
Un desequilibrio en el régimen alimenticio produci­
rá, con el tiem po,una pérdida del apetito. No se puede
comer bistec cada día, pués de intentarlo viene la sacie­
dad. Esto es tam bién verdad respecto a cualquier don
del Espíritu Santo si se hace un énfasis excesivo sobre el
mismo. He asistido a iglesias en que hay cuatro o cinco
declaraciones proféticas en cada reunión. Después de
dos o tres sesiones de esto uno deja de escuchar. Uno se
cansa y espera que el líder dirija la reunión a lo largo
de otra vía. Nos es imposible separar lo bueno de lo
malo, así es que se echa todo. Un mensaje profético en
el momento oportuno es edificante en gran manera,
pero demasiados, tienen el efecto opuesto.

Como juntar las ovejas

Hemos examinado varias prácticas con las cuales se


esparcen las ovejas. Pero la experiencia nos ha ensefta-

205
do algunos procedimientos que permiten ju n tar a las
ovejas. Ya he mencionado algunos. Parecen condenados
al fracaso e infalibles para acarrear divisiones, pero
resultan un medio de gran bendición. Cuando mi her­
m ana Pat propuso por prim era vez instruir a los niflos
de la iglesia en las verdades básicas bíblicas por medio
de un catecismo, yo estaba seguro de que la cosa no iría
bien. La palabra «catecismo» tenía un sonido raro. La
había asociado siempre con los católicos, los luteranos,
y otros grupos litúrgicos. Pero, cuando fuimos mirando
el significado de la palabra vimos que describía un
antiguo y sólido método de enseñanza, tan viejo como
la misma iglesia. El método consiste en una serie de
preguntas y respuestas que instila la doctrina de una
forma ordenada y sensata. Y su uso entre nosotros ha
traído grandes bendiciones a la iglesia y nos ha dado un
mayor sentido de unidad.
La doctrina, después de todo, es simplemente la
enseñanza sistemática de la Biblia. Cuando preparamos
la comida bien, las ovejas la comen, la asimilan y
crecen. Pero toda doctrina debe ser referida a la perso­
na de Cristo. Aparte de su presencia y de la obra
vivificadora del Espíritu Santo, la doctrina pasará a ser
letra muerta.
La presencia de Jesucristo en un servicio de adora­
ción es éste algo indefinible que junta a las ovejas.
Cada cristiano nacido de nuevo debería ser capaz de
discernir la presencia del Espíritu de Dios, aunque no
pueda articular exactamente lo que siente. Pero, una
vez la ha sentido, notará claramente cuando está ausen­
te. Si la falta de su presencia continúa en la iglesia
local y la congregación se ha despertado espiritualm en­
te, no tardará en irse a otra parte, para encontrar la
presencia que está buscando.
Pero quisiera dejar claro que no hemos tratado de
edificar nuestra unidad sobre doctrina, sino sobre el
Espíritu. Por más que lo intentemos nunca habrá, en
206
este lado del cielo, el momento en que toda la iglesia
esté completamente de acuerdo en todos los puntos de
doctrina. Esto nos ha enseñado a aceptar a la gente
como son y a recibirlos como Cristo nos recibe a noso­
tros. Cuando descansamos en el Espíritu de Dios, El
nos combina juntos en una «koinonia», o herm andad
genuína.
Cuando con mi esposa Anne estábamos criando a
nuestros tres hijos tuvimos que aceptar su falta de m a­
durez, al mismo tiempo que estábamos procurando con­
seguir que crecieran. Les hablábam os para explicarles
lo que no entendían. Les enseñábamos a hablar, a
cantar, a apreciar lo bello, a mezclarse con la gente, a
poner en orden una casa, a limpiar ventanas. Los tra tá ­
bamos con amor y gozábamos en ello, de modo que al
final, pudieron conversar de modo inteligente como a-
dultos y am aron y se gozaron de las mismas cosas que
los adultos.
Este es el camino a seguir en la familia de Dios.
Continuamos am ando y compartimos todo lo que recibi­
mos del Señor con todos los que nos rodean, con la
esperanza de que al fin, podrán sentir lo mismo con
respecto a las mismas cosas. Seremos una familia au--
téntica, gozándonos en el Padre, unos con otros, y
nuestro conocimiento atesorado.
¿Quiere Dios que nuestras relaciones en la iglesia
sean tan fuertes como las de una familia? Parece que El
quiere que sean más fuertes aún (M ateo 12:46-50). La
idea de una iglesia como una com unidad en el pacto se
va introduciendo y se hace operante.
La palabra «pacto» significa «un acuerdo que obliga,
un tratado». La sangre de Jesucristo no sólo nos une a
Dios sino que nos une a nuestros «hermanos de sangre»
El pacto nos hace a todos, una familia con una intim i­
dad y una voluntad de darse cada uno al otro, que está
por encima aún de nuestros lazos naturales de paren­
tesco.

207
El problema principal en nuestra sociedad en los
Estados Unidos es que nuestras relaciones se han hecho
superficiales. Conocemos a la gente, pero sólo por enci­
ma. Trabajam os en la misma compaftia, pero nos sen­
timos ligados a la misma sólo en el sentido de que nos
dan un cheque al fin de semana o de mes y nosotros
damos horas de trabajo. Si otra compañía nos paga
más, abandonam os la prim era y aceptamos el nuevo
trabajo sin el menor sentido de deslealtad.
El comprometernos de por vida con algo o con al­
guien es raro en nuestra sociedad. Esto es un inconve­
niente, no una ventaja. Tengo la idea de que hay algu­
nas personas en mi círculo social que me necesitarán
durante el resto de sus vidas. Esto es lo que quiere
decir ser la familia de Dios. El suplementarnos el uno a
otro, no por una sem ana, un mes o un año, sino por
toda la vida. Esto es lo que les falta a nuestros jóvenes,
que no tienen a nadie que realmente se preocupe de
ellos.
Jesús dijo: «El que no está conmigo, contra mi está;
y el que conmigo no recoge, desparrama». (Lucas 11:
23). Esto nos vuelve al principio del capítulo. Hemos
dado una m irada a las prácticas que desparram an y a
las que juntan. Y finalmente hemos considerado breve­
mente uno de los propósitos de Dios al reunim os juntos
en una familia.

208
XXII

Dios inicia el cambio


en los rediles

El pueblo de Dios no debe censurar o criticar a sus


líderes. Deben considerarlos como ungidos por Dios y
ni aún deberían usar con ellos palabras despreciativas
( I a. Cron. 16:22). La Biblia prohíbe reprender a los
líderes o considerar ninguna acusación contra ellos a
menos que pueda ser substanciada por testigos de con­
fianza ( I a. Timoteo 5:1; 19-20).
Las ovejas deben m irar a sus líderes con profundo
respeto y confianza y el deseo de ser como ellos. Sin
ésto no es posible una obediencia sincera ni la sumi­
sión. Si hemos de seguir a nuestros líderes sin reservas
o vacilaciones, sin embargo, su ejemplo debe ser impe­
cable.
Dios mismo inicia todo juicio, incluido el de tom ar
ovejas de un pastor y asignárselas a otro. Puede hacerlo
quitando a un líder descalificado y distribuyendo el
rebaño. Pero Dios no permite que las ovejas se tomen
los asuntos en sus propias manos.

209
Si ha habido un problema en un redil no se puede
evitar simplemente yéndose a otro, unas cuadras más
abajo en la calle. Las iglesias locales deben comunicarse
unas con otras. Si una oveja deja un redil por otro para
evitar disciplina, el pastor de este otro redil debe saber
qué es lo que pasa. A veces hay que resolver el proble­
ma con el prim er redil para que la persona pueda ser
recibida en el nuevo.
Llevamos con nosotros los problemas que tenemos,
dondequiera que vayamos. Lo que no resolvemos en el
prim er sitio, va a recurrir en el segundo, o en el próxi­
mo, hasta que hayamos llegado a la raíz del problema y
lo resolvamos. La fuente de nuestras dificultades está en
nosotros mismos más bien que en nuestras situaciones.
Tarde o tem prano, Dios insiste en que lo reconozcamos,
para que nos arrepintam os, nos convirtamos y seamos
personas distintas. Por esta razón El requiere que sus
pastores investiguen las razones por las que las ovejas
han dejado otros rediles y obrar con ellas según sea la
necesidad.

Permaneced bajo la nube

Sólo el Señor sabe donde está el pasto adecuado


para nosotros. Es fácil creer que somos conducidos,
cuando en realidad estamos nosotros mismos buscando
el camino. Dios «nos planta» en la casa del Señor, y si
nos sometemos, vamos a florecer. Esto es lo que descu­
brió el Salmista:

Plantados en la casa de Jehová, en los atrios


de nuestro Dios florecerán. Aún en la vejez
fructificarán; estarán vigorosos y lozanos.
(Salmo 92:13-14).

El liderazgo de Dios significa que sigamos propósi­


tos que no son los nuestros propios. Pedro era un
210
hombre impetuoso. Jesús le dijo que llegaría un día en
que le llevarían donde él no querría ir, en este día ya no
sería el hombre impetuoso y voluntarioso que había sido
antes. Y lo mismo Jesús nos llam a de donde queremos
hacer nuestra voluntad a ser sus siervos, a entregar
nuestros objetivos y aceptar los suyos.
Cuando Israel salió de la tierra de Egipto, Dios los
llevó a otra parte. Tenían un destino. Iban a ser un
pueblo libre, algo que no habían sido antes. Antes eran
esclavos. Ahora iban a tener im portancia, algo con lo
que el mundo tendría que contar, todo ello como resul­
tado de que Dios los acaudillaba.
Dios los condujo a Canaan, al que podían llegar con
sólo días de camino a través de la Península de Sinaí.
Pero estuvieron andando cuarenta años de un sitio a
otro por el desierto porque no querían someterse a su
dirección. El pueblo que había salido de Egipto -con la
excepción de Caleb y Josué- nunca entró a recibir la
herencia. No queremos ser un pueblo de vagabundos
por negarnos a cooperar con Dios en su liderazgo.

La guía es un asunto de la comunidad

Oímos hablar mucho acerca de guía. Pero estamos


en peligro de hacer demasiado énfasis en la guía perso­
nal. Enseñamos que el Espíritu Santo tiene curso libre
en nuestras vidas. La Biblia nos enseña que aquellos
que son guiados por el Espíritu son los hijos de Dios.
Pero, no debemos perm itir que un segmento de la
Escritura parezca más importante que otros a este res­
pecto. No somos guiados sólo por el Espíritu Santo
personalmente, somos guiados por el Espíritu Santo a
través de nuestros líderes. Dios nos dirige a través de
las decisiones de nuestros pastores. Este es un asunto
im portante cuando consideramos la posibilidad de dejar
un redil e ir a otro.

211
M uchas personas no reconocen la dimensión de co­
m unidad en el pastoreo divino. Olvidan que las ovejas
de Dios están en un rebaño. Para ellos la guía es un
asunto privado, entre ellos y Dios. Pierden la seguridad
que se encuentra en el sabio consejo. No pueden creer
que si permanecen en la com unidad de una iglesia local
serán conducidos por Dios. Pero, con dem asiada fre­
cuencia, se engañan. Lo que temen realmente, es que si
se someten a un pastor, éste pueda oponerse a su volun­
tad o terquedad.
Notemos la forma en que Dios guía al pueblo de
Israel. Dondequiera que fuera Su nube o Su columna
de fuego, ellos tenían que seguir. Esto era muy simple.
Pero esta guía no era agradable al razonamiento natu­
ral de pueblo. Ellos hubieran preferido un m apa, un
horario, algo concreto y predictible. El movimiento de
la nube o la columna era impredictible. No podían
saber con antelación lo que iba a ocurrir el día siguien­
te. Ni tampoco donde pararía. Estaban reducidos a
depender de Su presencia.
Cuando Dios guia, lo hace por las mejores razones.
Pero El se guarda estas razones para sí. La nube prote­
gía al pueblo en una situación en que no habrían sobre­
vivido sin ella. Puede que no sea tan evidente, pero
nosotros dependemos del mismo modo de su presencia.
El puede guiarnos hacia experiencias y situaciones que
en modo alguno escogeríamos nosotros. Pero, a menos
que estemos bajo la bendición de su presencia, también
nosotros pereceremos en el desierto.
La nube permanecía en algunos lugares un día o
dos, en otros una semana, en otros un mes. De vez en
cuando permanecía en el mismo sitio durante un año.
Esto debe de haber sido origen de tribulación para el
pueblo de Israel. Y ¿qué diremos de nosotros mismos
hoy? «Yo soy salvo, he sido bautizado por el Espíritu
Santo y tengo los dones del Espíritu; me voy a tal sitio
rápido, con sólo que alguien me diga que vaya».
212
Cuando marchamos hacia Canaán, no queremos es­
tar plantados en un sitio del desierto un año. Vamos
mirando cada día a la nube, pero no se mueve. Nos
inquietamos. Ponemos presión sobre los otros, en nues­
tra ansiedad y desconfianza del caudillaje de Dios.
Pero, la nube permanecía en un sitio un año porque
el pueblo no estaba preparado para avanzar. Moisés no
podía guiar al pueblo adelante a menos que la presen­
cia de Dios estuviera delante de ellos. M ientras estaban
bajo la nube y experim entaban la provisión sobrenatu­
ral, no por esto dejaban de volverse más irritables. Su
ira se transform aba en rebelión.
Nosotros hacemos lo mismo. Empezamos a conside­
rar que no vamos a ninguna parte. Pero, si estamos en
la presencia de Dios, estamos en un buen sitio. En el
momento propicio la nube em pezará a moverse, no sólo
para nosotros, personalmente, sino tam bién para todos,
como comunidad.
La nube no nos sigue. No es posible ir a donde a
uno le place contando con llevarse la presencia y bendi­
ción con uno. Todos llegamos a años de retiro y mo­
mentos de cambio. Pero, éstos pueden ser períodos
peligrosos. He visto gente que al retirarse han decidido
ir a la Florida, California o Arizona, seguros que la
nube estaría allí. Pero no estaba. Esto no niega la
omnipresencia de Dios, sólo significa que no podemos
dar por sentado que Dios va a bendecir todo lo que
nosotros decidamos hacer. Hemos de movernos en obe­
diencia no de modo voluntarioso. La pauta de la visita­
ción de Dios no se puede predecir. Hay que esperar.
He visto a pastores hacer la misma equivocación.
Experimentan la bendición de Dios en un sitio y consi­
deran que pueden llevársela consigo a otro sitio. Creen
que llevan la nube consigo, a donde van. Pero, lo que
llevaban era sólo sus planes, y al ponerlos en práctica,
se dieron cuenta de ello.

213
La gente pregunta cosas a los ministros. Dicen:
«Tenemos un grupo aquí que necesita pastor. Vd. tiene
a m ucha gente entrenada en Betesda. ¿Por qué no nos
envía a alguien a ayudarnos?» Pero no podemos enviar
gente a otros sitios de modo arbitrario esperando que la
nube los siga. Debemos seguir la nube nosotros, es
decir, esperar la iniciativa divina.
M uchas personas me han preguntado: «¿No cree
que ha pasado demasiado tiempo en Detroit?»
Yo les contesto: «No. No me muevo. Tengo que
permanecer debajo de la nube».

214
XXIII

Dios disciplina a los


pastores

El mariscal de campo Montgomery dijo: «El grado


de la influencia (de un líder) depende de la personali­
dad del hombre, de la «incandescencia» de que es ca­
paz, de la llama que arde dentro del mismo, del mag­
netismo con el que atrae el corazón de los demás hacia
él». Luego dio una lista de siete características esencia­
les en un líder, que pueden ser parafraseadas del si­
guiente modo:
(1) Adopta una actitud objetiva y distante respecto
al detalle.
(2) Evita enzarzarse en pequeños problemas.
(3) No se toma a si mismo de modo demasiado
serio.
(4) Sabe seleccionar a personas aptas para ayudarle.
(5) Tiene confianza en sus ayudantes y los deja en
libertad de acción.
(6) Puede hacer decisiones claras y definidas.
(7) Inspira confianza.

215
Estas mismas cualidades que distinguen a los líderes
naturales m arcan también al líder con dones espiritua­
les. Dios no escoge a uno y luego transform a su poten­
cial natural y sus limitaciones, sino que estimula y
alimenta su propensión natural para el mando, que ya
reside en su personalidad. A causa de esto, es común la
tentación de los guías espirituales de confiar demasiado
en sí mismos. Empiezan a tener de ellos mismos una
opinión demasiado alta. Muchas veces esperan que sus
encantos naturales, su personalidad, su «manera de
obrar» con la gente, su don de gentes, conseguirá lo que
sólo el Espíritu de Dios puede conseguir.
U na tentación tan peligrosa como esta es la tenden­
cia a poner de lado lo que uno posee de modo natural,
en la suposición errónea de que el Espíritu le hará
capaz de llegar a ser lo que no es. Esta no es la manera
que Dios obra. Dios escoge la unión de lo espiritual y lo
natural, y hace de nosotros algo que no podríamos ser
aparte de El.
J. Oswald Sanders expresa bien este principio:

El liderazgo espiritual es una combinación de


cualidades naturales y espirituales. Incluso las
cualidades naturales no son nuestras propias,
sino dadas por Dios, y por tanto alcanzan su
eficiencia mayor cuando se usan en el servicio
de Dios y para su gloria... El líder espiritual,
sin embargo, influencia a los otros no sólo
con el poder de su propia personalidad, sino
por su personalidad irradiada e interpenetra­
da por el poder del Espíritu Santo. Como
permite al Espíritu Santo un control indiscu-
tido de su vida, el poder del Espíritu puede
fluir a través de él sin obstáculos hacia los
otros. El liderazgo espiritual es un asunto de
poder superior, que no puede ser generado
por uno mismo. No hay tal cosa como un
216
lider espiritual que se haya hecho a sí mismo.
(Liderazgo espiritual, p. 19—20).

El m antener el liderazgo espiritual en equilibrio es


algo tan difícil como andar por la cuerda floja. Debe­
mos aprender cuando nos debemos dejar llevar por la
corriente de su soberanía y cuando hacer presión para
reclamar las promesas por la fuerza de la fe. Aprende­
mos a ser «colaboradores» de Cristo por medio de aflos
de experiencia. Nadie, sino el G ran Pastor, puede mo­
delar la vida interior de un pastor.

Todos los líderes hacen frente a tentaciones similares

El líder es el miembro más im portante de un grupo.


A veces la supervivencia del grupo depende de la pru­
dencia y recursos del gran líder.
Los líderes de grupo emergen porque pueden ver a
mayor distancia que los otros miembros de la comuni­
dad y pueden guiar a los otros hacia esta meta. Los
líderes no sólo tienen imaginación para mejorar el pre­
sente, sino tam bién visión para preparar el futuro. Pue­
den compaginar y articular su program a de modo que
los otros quieran seguirlos.
Cuando vemos una bandada de patos silvestres en el
otoño volando hacia el sur para pasar el invierno, hay
un pájaro en el ángulo de la V que dibujan en el cielo,
y los otros que le siguen en rango, uno a cada lado
siguiéndole en orden. En la iglesia vemos también que
los dones de un hombre le abren paso. El que haya un
líder final responsable único es aparentem ente una ley
en el mundo. Dios escoge a los líderes y éstos, a su vez
expresan los deseos de Dios directamente a su pueblo.
Y el pueblo puede m irar al líder como la personifica­
ción y expresión de la voluntad divina. Asaph dice:
«Condujiste a tu pueblo como rebaño por mano de
Moisés y de Aarón». (Salmo 77:20).
217
Sin duda hay guías secundarios que pasan a servir a
la mano derecha del jefe, sea este un rey, un sacerdote,
un caudillo militar o un pastor. Pero, incluso estos
subordinados íntimos insisten en oír una voz de autori­
dad final y última. Y esta voz es la del lider visible.
La firmeza interna innata que hace de un individuo
un líder lleva en si una vulnerabilidad especial a las
tentaciones en la línea de la estimación propia y de la
ambición personal. Estas tentaciones son comunes a
todos los líderes. Hay pocas personas, sin duda, que
hayan estado largo tiempo en posiciones de liderazgo y
que hayan evitado estas tram pas con éxito.
Los líderes de Israel, aunque estaban sujetos a Dios
por la forma teocrática de gobierno, fallaron en su
intento de permanecer como eslabones entre Dios y su
pueblo. Insistieron en ponerse ellos mismos como auto­
ridad final, y con ello usurparon el lugar de Dios en el
corazón del pueblo. No es de extrañar que Dios les
avisara con voz de trueno en las ardientes palabras de
los profetas. Ahí van dos ejemplos:

«Vino a mi palabra de Jehová, diciendo: Hijo


del hombre, profetiza contra los pastores de
Israel; profetiza, y di a los pastores: Así dice
el Señor Jehová: ¡Ay de los pastores de Israel,
que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los
pastores apacentar el rebaño? Coméis la gro­
sura, y os vestís de la lana, degolláis la engor­
dad; mas no apacentáis a las ovejas. No for­
talecisteis las débiles, ni curásteis la enferma;
no vendasteis la perniquebrada, ni volvisteis
al redil a la descarriada, ni buscasteis la per­
dida, sino que os habéis enseñoreado de ellas
con violencia y con dureza. Y andan errantes
por falta de pastor, y son presa de todas las
fieras del campo, y se han dispersado». (Eze-
quiel 34:1-5).

218
¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan
las ovejas de mis pastos! dice Jehová. Por
tanto, así dice Jehová, Dios de Israel, a los
pastores que apacientan mi pueblo: Vosotros
dispersasteis mis ovejas, y las espantasteis, y
no las habéis cuidado. He aquí que yo visito
la maldad de vuestras obras, dice Jehová. (Je­
remías 23:1-2).

Ezequiel indica a los pastores de Israel tres pecados


básicos en el liderazgo: explotación, negligencia y do­
minación por la fuerza. Jeremías describe el resultado
de este abuso como destructivo. No sólo habían sido
dispersados los rebaños, sino que las ovejas individual­
mente habían sido destruidas. Las ovejas sólo pueden
recurrir a Dios cuando el pastor empieza a usarlas para
sus propios fines, y rehúsa hacer caso a sus objeciones.
Recuerdo una floreciente y próspera iglesia en una
de nuestras ciudades del sur. El pastor tenía un carisma
destacado para guiar a la gente. Pero, creía que no
podía equivocarse. Estaba seguro que Dios bendecía
cada una de las cosas que hacía. Empezó a despilfarrar
de un modo desaforado. Explotó a su pueblo. Pedia
más y más dinero para usarlo en un proyecto tras otro,
pero el dinero no llegaba a su destino, sino a su bolsi­
llo. Pedía prestado dinero a los miembros de la congre­
gación, pero se olvidaba de devolverlo. Cuando se le
pidió que devolviera un préstamo se indignó: después
de todo él era un hombre de Dios.
Vi como el Señor barría esta iglesia y dispersaba el
rebaño en todas direcciones. El Señor no permite que
los líderes exploten a las ovejas.
Otro pastor con dones de ministerio extraordinarios
fue «descubierto», para usar esta expresión popular, y
se le invitó a ser el «speaker» en muchas reuniones de
gran importancia. El estar ante el público le hizo subir
los humos a la cabeza. Se atildó y aderezo como una
219
reina de belleza. Cada vez que regresaba a «su» iglesia
era como sumergirse en el anonim ato y le deprimía. Su
congregación local no le apreciaba como estos audito­
rios de otras ciudades. En consecuencia aceptó más y
más solicitudes para hablar fuera. El orgullo le condujo
a descuidar su propio rebaño, una negligencia que Dios
no tolera de un pastor.
Finalm ente, poco a poco se fue creando en su iglesia
un espíritu de insubordinación. Era sólo cuestión de
tiempo hasta que Dios le reem plazara, y, cuando aban­
donó su vocación pastoral, las invitaciones que antes
recibía cesaron también. El descuido en que había teni­
do a sus ovejas había enturbiado su carisma.
O tra instancia de egoísmo carismático es el de un
hombre de considerable renombre que había sido ins­
trum ento para la apertura de vías de revelación para
otros ministros. En sus reuniones enseñaba la palabra
de Dios con un poder considerable. Generalmente con­
cluía sus reuniones imponiendo sus manos sobre los
otros ministros y dándoles alguna palabra de dirección
en el nom bre del Señor. E ra tan efectiva esta labor que
empezó a darse más im portancia de la que le corres­
pondía.
Esto ocurrió en una ocasión en que escribió una
carta a un compañero en el pastorado, que no seguía
las indicaciones que él le había dado. Decía la carta:
«Con esta fecha quito la unción de tu vida, y lo recono­
cerás por tu falta de eficacia, en el término de unos
días». Este ministro «estrella» está actualmente eclipsa­
do, m ientras que el otro a quien había amenazado
continua su pastorado en un rebaño que va prosperan­
do.
Dios protege a sus ovejas
Las ovejas, hablando hum anam ente, están indefen­
sas en contra de los pastores corrompidos. Pero Dios
interviene a su favor:

220
Por tanto, así dice Jehová, Dios de Israel, a
los pastores que apacientan mi pueblo: Voso­
tros dispersasteis mis ovejas, y las espantas­
teis, y no las habéis cuidado. He aquí que yo
visito la m aldad de vuestras obras, dice Jeho­
vá. Y yo mismo recogeré el remanente de mis
ovejas de todas las tierras adonde las eche, y
las haré volver a sus moradas; y crecerán y se
m ultiplicarán. (Jeremías 23:2-3).
Por tanto, pastores, oíd palabra de Jehová:
«Vivo yo», dice el Señor Jehová, «que por
cuanto mi rebaño fue expuesto al pillaje y a
ser presa de todas las fieras del campo, sin
pastor; y mis pastores no buscaron mis ove­
jas, sino que los pastores se apacentaron a sí
mismos y no apacentaron mis ovejas»; por
tanto, oh pastores, oíd palabra de Jehová.
Así dice el Señor Jehová: «He aquí, yo estoy
contra los pastores; y dem andaré mis ovejas
de su mano, y les haré dejar de apacentar las
ovejas; y los pastores ya no se apacentarán
más a sí mismos, pues yo libraré mis ovejas
de sus bocas, para que no les sirvan más por
comida». (Ezequiel 34:7-10).

La expresión «Vivo yo, dice el señor Jehová» es un


juram ento en el Pacto. Dios sin duda traerá a los pasto­
res al juicio por todos los actos perversos que han come­
tido. El les quitará el carisma que ha atraído a las
ovejas a ellos. Las ovejas se esparcirán y encontrarán
mejores pastos. Los pastores habían abandonado a las
ovejas -el efecto del juicio de Dios será que las ovejas
abandonarán a los pastores. Dio sólo puede cortar esta
hermosa relación. El crea y destruye y restaura.
Y vemos que este juicio está ocurriendo delante de
nuestros ojos. Dios está volviendo a ju n tar a sus ovejas
y restaurando el carisma pastoral genuino. Ezequiel y
221
Jeremías no sólo profetizaron este castigo a los pastores,
sino que predijeron también de la curación y la nueva
reunión de las ovejas.

Porque así dice el Señor Jehová: «Aquí estoy


yo; yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las
recogeré. Como recoge su rebaño el pastor el
día que está en medio de sus ovejas esparci­
das, así recogeré mis ovejas, y las libraré de
todos los lugares en que fueron esparcidas el
día del nublado y de la densa obscuridad. Y
yo las sacaré de los pueblos y las juntaré de
las tierras; las traeré a su propia tierra y las
apacentaré en los montes de Israel, junto a
los arroyos, y en todos los lugares habitables
del País. Las apacentaré en buenos pastos, y
en los altos montes de Israel estará su apris­
co; allí dorm irán en un buen redil, y serán
apacentadas con pastos suculentos sobre los
montes de Israel. Yo apacentaré mis ovejas, y
yo las haré reposar», dice el Señor Jehová.
«Yo buscaré la perdida y haré volver al redil
la descarriada, vendaré la perniquebrada y
fortaleceré la débil; mas destruiré a la engor­
dada y a la fuerte; las apacentaré con justi­
cia». (Ezequiel 34:11-16).

Podemos ver que Dios está haciendo todas estas


cosas hoy. En efecto, podemos hacer una lista de los
elementos básicos del renovamiento carismático y en­
contrar cada uno de ellos en la profecía mencionada:
(1) Dios está reuniendo a su pueblo a base de la
identidad espiritual, no haciendo caso de barre­
ras y etiquetas puestas por los hombres.
(2) El pueblo está descubriendo la Biblia como
fuente de las palabras de vida -un alimento espi­
ritual auténtico.
222
(3) Los ríos están llenos del Espíritu estos días -fin
yendo en adoración, gozo y en revelación reno­
vada del Señor.
(4) El énfasis sobre la adoración y la alabanza eleva
al pueblo a niveles más altos de receptividad -los
buenos- pastos se encuentran en las altas colinas
de la presencia de Dios.
(5) Las ovejas están contentas y libres de alarmas,
capaces de echarse y digerir enseñanzas sólidas.
(6) El Señor está restaurando los dones de liderazgo,
para hacer su reino más aparente -está pasto­
reando activamente a su pueblo por medio de los
subpastores.
(7) La iglesia ha vuelto a descubrir el poder curativo
del am or de Dios; la salud vuelve a los enfermos
física y emocionalmente, lo mismo que a los
abatidos en espíritu.
(8) Ningún líder descuella como dominando a los
otros; Dios levanta liderazgo dotado en todo el
mundo, y estos líderes están aprendiendo la ne­
cesidad de cooperación y fraternización.
El énfasis de Jeremías, al describir la restauración
del pueblo de Dios, es sobre el papel de pastor. Hace
siglos, pudo prever la restauración de este ministerio a
su función carismática y a su posición de respeto. Dijo
Jeremías:

Y pondré sobre ella pastores que las apacien­


te; y no temerán más, ni se am edrentarán, ni
serán menoscabadas, dice Jehová. (23:4).

223
XXIV

Como pasan a ser pastores


las ovejas

Yo no soy sólo un pastor; soy tam bién una oveja. Al


principio de este libro describimos un perro en Nueva
Zelanda que m aniobraba el rebaño entero mordiendo
las pezuñas a ciertas ovejas que se ponían a la cabeza
de un grupo. Hay algunas ovejas en cada rebaño que
son líderes. Son ovejas clave para controlar todo el
rebaño.
Hace unos años nos visitó el Pastor Kearney de
Australia. Nos enseñó muchas cosas acerca de las dife­
rentes clases de ovejas. Entre otras, discutimos el orden
que establecen las ovejas al darse topetazos unas a
otras, y que ovejas no sirven para dirigir a las otras,
lodo ello con mucho detalle.
Cuando el pastor guía a las ovejas, siempre hay una
oveja que le sigue cerca, otras detrás de ésta, y así
sucesivamente. Este orden en las ovejas es el mismo
cada vez que el rebaño se mueve a otro sitio. Es im por­
tante que el pastor conozca bien estas ovejas y entienda
las características y preferencias que puedan tener.

225
Hay tres clases de ovejas que quedan descalificadas
autom áticam ente para ser ovejas líderes, a causa de
características especiales. Son la oveja erm itaña, la ove­
ja de la valla y la oveja caprichosa. Para que el ganado
paste y descanse lo suficiente debe estar libre de ten­
siones y alarmas. Estos tres tipos de ovejas tienen ten­
dencia a introducir la discordia y la ansiedad en el
redil.

La oveja ermitaña

Esta oveja rehúsa mezclarse con las otras y no se


adapta a las reglas del redil. Cuando las otras están
paciendo, la erm itaña está dando vueltas. Cuando las
otras yacen descandando ella está en otra parte pacien­
do.
En la iglesia local las ovejas ermitañas son los soli­
tarios. No siguen al pastor, van por su cuenta, siguen
sus motivos personales. La oveja erm itaña es un espíritu
libre y suelto que no se somete a la disciplina. Hace
poner a todo el rebaño nervioso.
Estos parecen a veces poseer capacidad de liderazgo,
porque son ambiciosos y persiguen sus objetivos. Están
seguros de sí mismos y no les hacen cam biar las opinio­
nes a los demás. Pero, las otras ovejas raram ente los
siguen, más bien sospechan de modo instintivo de su
liderazgo, porque nunca siguen al pastor. Siempre están
hallando faltas en los demás, son quisquillosos y nunca
guían de forma constructiva. Sus objetivos se dirigen al
mejoramiento propio más bien que al bienestar del re­
baño.

La oveja de la valla

La oveja de la valla recibe su nombre porque se


mantiene tan cerca del borde del pasto que con fre­
cuencia encuentra algún punto por el que puede cruzar

226
la valla. Le gusta pastorear siempre cerca de la valla,
en vez de hacerlo en campo abierto, donde las otras
ovejas encuentran su pasto.
La oveja de la valla mira siempre al otro lado de la
valla, al m undo exterior. Como su objetivo está fuera
del pasto, siempre está descontenta. En su contrariedad
escarba agujeros que le permiten pasar por debajo de la
cerca y conseguir libertad para ir a lo suyo.
La oveja de la valla está muy alejada de las preocu­
paciones del rebaño o los objetivos del pastor. R ara­
mente está al corriente de nada. Los psicólogos sociales
llaman a esta gente «marginales», porque cuando dibu­
jan gráficas mostrando la interacción social, esta gente
se hallan fuera de toda relación con el resto del grupo.
Generalmente se trata de individuos poco estables emo­
cionalmente, profundam ente inseguros. Su capacidad
para confiar en el pastor es insuficiente; se quedan
aparte para no ser lastimados.
La oveja de la valla presenta serios problemas en la
granjeria del redil. No sólo encuentran agujeros en la
cerca y se escapan sino que sus corderos las siguen. Y
otras ovejas cercanas se deslizan fuera y son tentadas a
buscar lo que desean al otro lado de la valla.
En términos de la iglesia local, la oveja de la valla
es la que mordisquea aquí un poquito, y allí otro po­
quito. Cuando hay un nuevo predicador en la ciudad va
y asiste a la reunión. Sigue a varios predicadores por la
radio, se suscribe a varias revistas religiosas, contribuye
a varios proyectos alrededor del país. Pero no se puede
contar con ella para apoyar la escuela elemental de la
iglesia local, no quiere ayudar al jardín de infancia, y
tampoco diezma. C ada nuevo foco de interés pierde
pronto su encanto y descubre que está descontenta
dondequiera que va.
Asiste a la iglesia local durante unas semanas y
luego deja de hacerlo. Muchas veces es explotada por
ministros am bulantes, que se aprovechan de aquellos

227
que son atraídos por lo espectacular, pero nunca
aprende la lección. Después de recobrarse de la últim a
vez que la han esquilmado, ya está dispuesta para que
el prim ero que aparezca lo haga otra vez.

La oveja disidente y esquiva

La oveja caprichosa rehúsa tener ningún dueño. Si­


gue siempre un curso independiente. No se considera
parte del rebaño, va por su cuenta en todo. Es incon-
formista, recalcitrante.
Esta oveja es generalmente una persona de carácter
firme, en general agresivo y decidido. Pero, su falla
fatal es su incapacidad para someterse a la autoridad.
Es imposible llegar a ser un verdadero guía si antes no
se ha sido un verdadero seguidor. La oveja esquiva no
admite órdenes, tiene miedo que sus dones y talentos
sean puestos bajo el arnés, por el pastor. Por esta
razón, aunque tenga muchas habilidades es por com­
pleto imposible contar con ellas. La persona debe ser
flexible si ha de formar parte de un grupo antes de
atraer a otros para que sigan sus directrices.
La oveja disidente y esquiva a veces separa un pe­
queño grupo del rebaño, para conducirlo por su propio
y tortuoso curso. Pero, nunca busca conseguir liderazgo
por los medios legítimos. En vez de ello intenta juntar
a las ovejas descontentas para atacar juntos al líder.
Por razones evidentes, la oveja disidente es una verda­
dera am enaza a la paz y bienestar del rebaño.
En realidad, las ovejas erm itañas, las de la valla y
las disidentes no sólo están incapacitadas para el lide­
razgo; a veces es necesario echarlas del rebaño por
completo. En tanto que haya una subcorriente de rebe­
lión dentro del rebaño, las ovejas están inquietas. La
acción contra los miembros ingobernables es necesaria.
Y esta disciplina no es la idea de los pastores, porque
no les gusta que nadie desafíe su autoridad. Toda la

228
autoridad que poseen les ha sido dada por Dios y líl os
el responsable de protegerla. Oigamos las palabras del
profeta Ezequiel:

Y en cuanto a vosotras, ovejas mías, así dice


el Señor Jehová: «He aquí yo juzgo entre oveja
y oveja, entre carneros y machos cabríos. ¿Os
parece poco el haberos alim entado con lo me­
jor de los pastos, para que tam bién pisoteéis
con vuestros pies lo que queda de vuestros
pastos, y que habiéndoos bebido las aguas
claras, enturbiéis además con vuestros pies las
que quedan?». Así que mis ovejas comen lo
hollado de vuestros pies, y beben lo que con
vuestros pies habéis enturbiado. Por eso, así
les dice el Señor Jehová: «He aquí que yo, sí,
yo juzgaré entre la oveja engordada y la oveja
flaca, por cuanto empujásteis con el costado y
con el hombro, y acorneásteis con vuestros
cuernos a todas las débiles, hasta que las
echásteis y las dispersásteis. Por tanto, yo sal­
varé a mis ovejas, y nunca más servirán para
el pillaje; y juzgaré entre oveja y oveja.» (Eze­
quiel 34:17-22).

El Señor está tratando de varias formas de egoísmo


aquí: competencia, codicia, envidia, crueldad. Tales co­
sas descalifican a una persona para el liderazgo, pero
además le hacen candidato para la disciplina y el casti­
go.

Como aparecen los líderes


Un pastor debe descubrir aquellos que tienen caris-
ma del Espíritu Santo en sus vidas. Su tarea, realmen­
te, no es buscar sino confirmar lo que Dios ya ha
hecho. Esto es lo que los apóstoles hicieron cuando

229
fueron escogidos los primeros diáconos. Simplemente
dijeron: «Buscad, pues, hermanos de entre vosotros a
siete varones de buen testimonio llenos del Espíritu
Santo y de sabiduría, a quiénes encargaremos este tra­
bajo» (Hechos 6:3).
La congregación reconoció pronto a Esteban, Felipe,
Prócoro y otros que ya habían demostrado cualidades
de liderazgo evidentes. Estaban preocupados por el bie­
nestar de la iglesia por encima de todo. Cuando los
apóstoles los nom braron para hacerse cargo de las viu­
das, y asegurarse que las viudas griegas recibían el
mismo tratam iento que las viudas de los judíos, no
consideraron esta orden como rebajamiento de su digni­
dad.
He visto ovejas líderes aparecer en la congregación,
una y otra vez. Son las que se deleitan en servir al
rebaño, que com parten la palabra con los otros, que
tienen la habilidad de captar lo que está ocurriendo.
Los líderes no nacen, sino que más bien se desarrollan
en los grupos de que forman parte. Estos individuos
aparecen como líderes porque comprenden más rápi­
dam ente que los otros lo que está pasando.
Felipe tenía una gran habilidad para presentar la
verdad, no sólo a los miembros de la iglesia de Jerusa-
lén, sino también a sus enemigos de Samaría. Esteban,
lo mismo, era un hom bre de gran comprensión y sabi­
duría.
Me gusta la relación que los apóstoles tenían con
Felipe. E ra un hombre inteligente que conocía sus limi­
taciones. Comprendía que no estaba cualificado todavía
para imponer sus manos sobre los sam aritanos para que
recibieran el Espíritu Santo y llamó a los apóstoles para
que lo hicieran. Felipe reconoció que form aba un equi­
po con los apóstoles y que no era un equipo por sí solo.
En el Libro de los Hechos vemos que el Espíritu
Santo desarrollaba los dones de liderazgo dentro del
hombre de modo que con el tiempo eran visibles a todo

230
el mundo. Cuando una persona era elevada a la esfera
del liderazgo, todos los demás decían amén. La activi­
dad de Dios es siempre sobrenatural, pero raram ente es
un relámpago que cam bia el orden social en un abrir de
ojos. Con m ucha mayor frecuencia hay una transición
gradual de un nivel a otro, hasta que se realizan los
propósitos de Dios de una forma que parece natural y
sin esfuerzo.

231
XXV

¿Son todos los ancianos


pastores?

Un anciano es un cristiano m aduro. Ha vivido una


vida equilibrada, su personalidad es ponderada, su por­
te es digno y su ministerio excelente. Ha aprendido la
medida de la fe y cómo obra en el interior, y no trata
de alcanzar lo que está más allá de sus posibilidades.
Pablo describe este proceso de desarrollo en los siguien­
tes términos:

«Digo, pues, por la gracia que me ha sido


dada, a cada cuál que está entre vosotros,
que no tenga más alto concepto de sí que el
que debe tener, sino que piense de sí con
cordura, conforme a la medida de fe que Dios
repartió a cada uno. Porque, así como en un
sólo cuerpo tenemos muchos miembros, pero
no todos los miembros tienen la misma fun­
ción, así tam bién nosotros, siendo muchos,
somos un solo cuerpo en Cristo, mas siendo
cada uno por su parte miembros los unos de

233
los otros. Y teniendo diferentes dones, según
la gracia que nos es dada, si es el de profecía
úsese conforme a la proporción de la fe; o si
de servicio, en servir; o el que enseña, en la
enseñanza; el que exhorta, en la exhortación;
el que reparte, con sencillez; el que preside,
con solicitud; el que hace misericordia, con
alegría». (Romanos 12:3-8).

El desarrollo personal y el ministerial van juntos.


Cristo no sólo nos hace personas íntegras para nuestro
bien, sino para el bien de la iglesia. Todo el mundo
quiere a los niños, pero nadie acepta que seamos niños
cuando tenemos el tam año de adultos. Las personas
m aduran cuando aprenden a agradar a Dios y no a sí
mismas.
M adurar no es adquirir de repente talentos y carac­
terísticas que antes no poseíamos. M adurar es llegar al
punto el potencial que Dios nos había dado.
Veamos varias definiciones de m adurar:
1. M adurez es alcanzar la cima normal del desarro­
llo.
2. M adurez es alcanzar el estado final deseado, des­
pués de un proceso apropiado.
3. M adurez es la expresión de cualidades mentales y
emocionales que se esperan de un adulto normal
ajustado socialmente.
4. M adurez es adecuación al tiempo.
En la Espístola a los Efesios el apóstol habló de la
medida de la estatura de la plenitud en Cristo. Estatura
significa altura. Yo mido dos metros. Esta ha sido mi
estatura desde los diecisiete años. A esta edad, ¿era ya
un hombre maduro como lo soy ahora? ¡Ni mucho
menos! Era un adolescente alto, y además atolondrado.
En la Espístola a los Colosenses, el apóstol añade
otra dimensión que es el «conocimiento»:

234
Revestios del nuevo hombre, el cuál conforme
a la imágen del que lo creó se va renovando
hasta el conocimiento pleno. (3:10).

Hay mucho que aprender después de haber alcanza­


do la estatura física máxima. Hay que aprender a usar
el cuerpo, el intelecto, las emociones.
Cuando uno lleva el automóvil al garage para repa­
raciones espera que el que haga el trabajo sea experto.
Si el mecánico se dirige al coche para em prender el
trabajo con una sierra y una maza, vamos a llevarnos el
coche más que deprisa. Un mecánico debe conocer el
coche, saber m anejar sus herram ientas y todo lo perti­
nente a los coches. Lo mismo se puede decir de una
persona m adura, cristiano o no cristiano.
Pablo define la madurez en su carta a los Filipenses,
como plena obediencia. Cristo se hizo obediente hasta
la muerte, y muerte de cruz. La vergüenza y sufrimien­
to de la cruz era necesaria para que luego se sentara a
la derecha del Padre. Cada uno debe hacer frente a
realidades desagradables en la vida sin quejarse ni m ur­
murar.
Las cárceles están llenas de hombre y mujeres que
han alcanzado plena madurez en su estatura, su destre­
za y talentos, pero nada de esto les valió porque rehusa­
ron obedecer la ley. La madurez se mide en términos de
obediencia. El niño y la persona inm atura son los que
equivocadamente creen que pueden desobedecer sin te­
ner que pagar las consecuencias.
La madurez, pues, es la realización del potencial.
Uno no pasa a ser algo nuevo, sino que descubre lo que
Dios quiere que sea desde el principio. Dios nos ha
designado para ser algo especial y único, cada uno. Los
bebés se parecen todos, pero cuando crecen van apare­
ciendo las diferencias: sean naturales o espirituales.
Cuanto más examinamos la intrincada diversidad de
la naturaleza o leemos las Escrituras, más vemos que
235
Dios se deleita en la diversidad. Veamos, por ejemplo,
los dones esperituales o manifestacios espirituales enu­
meradas por el apóstol Pablo:

«Ahora bien, hay diversidad de dones, pero el


Espíritu es el mismo. Y hay diversidad de mi­
nisterios, pero el Señor es el mismo. Y hay
diversidad de actividades, pero Dios, que e-
fectúa todas las cosas en todos, es el mismo.
Pero a cada uno le es dada la manifestación
del Espíritu para provecho común. Porque a
uno es dada por medio del Espíritu palabra
de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento
según el mismo Espíritu; a otro, fe, en el
mismo Espíritu; y a otro dones de sanidades,
en el mismo Espíritu. A otro, el efectuar mi­
lagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento
de espíritus; a otro, diversos géneros de len­
guas; y a otro interpretación de lenguas. Pero
todas estas cosas las efectúa uno y el mismo
Espíritu, repartiendo a cada uno en particular
según su voluntad. Porque así como el cuerpo
es uno, y tiene muchos miembros, pero todos
los miembros del cuerpo, siendo muchos, son
un sólo cuerpo, así tam bién Cristo». ( I a. Co-
rint. 12:4-11).

Confusión a causa de la multiplicidad de palabras

Una causa común de confusión acerca de la verdad


bíblica es el uso de dos o tres palabras para describir
una misma cosa. A veces requiere tiempo y esfuerzo
separar las palabras que expresan realmente diferen­
cias, de las que son, en todo sentido práctico, sinóni­
mas. Una de estas controversias se refiere al bautismo
en el Espíritu Santo. Este bautismo es descrito con
varias frases en la Biblia, pero el escoger un térm ino u

236
otro no introduce un nuevo significado doctrinal. Son
simplemente otras m aneras de expresar el mismo con­
cepto: Dios inunda y sumerge al creyente con su presen­
cia. Otras expresiones para lo mismo son: el «don del
Espíritu», «lleno del Espíritu», «El Espíritu cayó sobre
ellos», y el «bautismo en el Espíritu».
Nos encontramos con una situación similar al m irar
las palabras griegas del Nuevo Testam ento usadas para
designar a un anciano: «presbíteros» y «episkopos». En
general en el Nuevo Testam ento el prim ero es traducido
por «anciano» y el segundo por «obispo». Pero, en reali­
dad son sinónimos.
¿Cómo sabemos que estas palabras, en el Nuevo
Testamento, significan lo mismo?.
En prim er lugar no vemos que los dos términos se
usen para designar entidades distintas en el Nuevo Tes­
tamento. Los obispos y los diáconos son contrastados en
(Filip. 1:1; en I a . Tim. 3:1-8), pero nunca los obispos y
los ancianos. Por otra parte encontram os por lo menos
un caso en que los obispos y los ancianos son usados
como sinónimos. «Por esta causa te dejé en Creta, para
que... y constituyeses ancianos (presbuterous)... como
yo te ordené, el que sea irreprensible, marido de una
sola mujer y que tenga hijos creyentes, que no estén
acusados de disolución ni de rebeldía. Porque el obispo
(episkopon) debe ser irreprensible, como adm inistrador
de Dios; no arrogante...» (Tito 1:5-7).
El término «presbuteros» había sido tomado de la
sinagoga judía con sus ancianos supervisores (Lucas
7:3). El término «episkopos» fue introducido por los
helenistas, y era usado en las ciudades-estado griegas.
Ambos términos en su contexto indicaban la idea de
superintendentes.
Pero, tan pronto como se escribió el Nuevo T esta­
mento, la gente empezó a confundir los dos términos en
su significado. Empezaron a hacer el «episkopos» supe­
rior al «presbuteros». Las Espístolas de Ignacio, escritas

237
al principio del siglo II ya hablan de «episkopos» como
distinto de «presbuteros» y como su superior. Los histo­
riadores describen esta ascendencia del gobierno de un
hombre como el desarrollo del episcopado. Cuando el
poder de los obispos creció empezaron a ser considera­
dos como herederos de la autoridad inicialmente deposi­
tada en los doce apóstoles del Cordero. Como este pro­
ceso histórico continuó, y por una serie de razones
políticas y económicas, el obispo de Roma empezó a
ejercer autoridad sobre las iglesias de la Europa Occi­
dental, mientras el patriarca de Constantinopla tenía
poder sobre las iglesias orientales.
No hay acuerdo entre los historiadores respecto a
como ocurrió ésto exactamente. Pero, hay dos direccio­
nes en la interpretación. Theodoret y sus seguidores nos
informan que el episcopado fue formado del orden a-
postólico por localización. Los apóstoles dejaron de via­
jar y se establecieron en un punto y allí residió su
autoridad.
Por otra parte, Lightfoot dice que el episcopado fue
formado del orden de los presbíteros, por elevación.
Gradualm ente un anciano fue separado en la iglesia
local para actuar con mayor poder ejecutivo.
Cualquiera que sea el proceso, la elevación al orden
del episcopado no se halla en las Escrituras. En vez de
ello, el nacimiento del mismo obedece a tendencias
hacia la construcción de una jerarquía que son hum a­
nas. Los hombres permitieron que sus propias ideas
substituyeran al ejemplo bíblico y la revelación. Frede-
rick W. Dillistone habló de ésto:

«En todas las grandes civilizaciones aposenta­


das del pasado halló expresión el principio
jerárquico. Hasta cierto punto es impresio­
nante y efectivo. La forma piram idal es una
de las más estables conocidas al hombre. El
peligro que existe, en último término, es la

238
distancia que separa a las figuras en el piná­
culo de la jerarquía, de las que se hallan a la
base. Es muy fácil que los que están encima
pierdan contacto con los de la base, que de­
pendan de un modo excesivo con los que se
hallan en el peldaño inferior al suyo en el
orden, y que exageren su propia importancia
hallándose tan cerca del ideal celestial, hasta
el punto de que se creen de un orden diferen­
te de los demás mortales, algo así como semi-
divinos. En general el proceso no tiene lugar
de modo consciente a su propósito. Una vez
ha empezado el movimiento hacia formas je­
rárquicas superiores va siguiendo hasta ter­
minar en aquel que es el último eslabón entre
la tierra y el cielo». (Cristianismo y Simbolis­
mo, p.123).

Lo que yo quiero afirm ar es que cada iglesia local


ha de ser una unidad autónom a por completo, sin suje­
ción ni supervisión respecto a ninguna agencia hum ana,
sea episcopal o presbiteriana. Sólo el Espíritu puede
sostener las iglesias en la vida de Jesús. Y lo que cada
congregación necesita de El es un pastor verdaderam en­
te ungido de carisma pastoral.
La partida de Pablo de Efeso (Hechos 20) abundó
en lágrimas y fue solemne, creo, porque el apóstol se
daba cuenta que el Espíritu Santo no había levantado
todavía un pastor ungido para los efesios. Su despedida
fue a los ancianos de la iglesia, ninguno de los cuales al
parecer destacaba como líder. Era realmente una oca­
sión para verter lágrimas, porque como Pablo profetizó:
«... sé que después de mi partida entrarán en medio de
vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño. Y
de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen
cosas perversas, para arrastrar tras sí a los discípulos».
(Hechos 20:29-30).
239
Pablo no pudo designar un pastor de entre los an­
cianos de la iglesia de Efeso, y por tanto sabía que
después de su partida em pezarían las disensiones. El
don pastoral era ausente en este presbiterio. Probable­
mente tenían muchos otros dones y ministerios en este
grupo de líderes; pero no existía el carisma pastoral.
Un pastor debe ser un anciano, pero ésto no signifi­
ca que cada anciano es autom áticam ente un pastor. Un
anciano puede tener el don de sanidad, o el de sabidu­
ría, o el de palabra de conocimiento, o de discernimien­
to de espíritus o puede ser un maestro. El carisma
pastoral es un don distinto y la capacidad de darlo
reside en Cristo.
Pero, es práctica común en algunas iglesias el consi­
derar a un anciano como un pastor. Estas iglesias se
dividen en «células de discipulado» con un anciano en
cada una de ellas como pastor. Esto no puede encon­
trarse en el Libro de los Hechos ni en las epístolas.
Cuando la iglesia de Jerusalén se reunió para el
prim er concilio ecuménico (Hechos 15), Lucas habla de
tres grupos distintos, la iglesia, los apóstoles y los an­
cianos (v.4).
En este punto, los apóstoles eran los pastores o
supervisores generales. Eran los que establecían la doc­
trina, las líneas de fraternización y las guías para el
culto. D urante los años que siguieron, uno que no era
de los doce originales, Jacobo, el hermano del Señor,
pasó a ser reconocido como pastor en Jerusalén. Fue
Jacobo el que concluyó este decisivo concilio con las
palabras: «Por lo cual yo juzgo que no se inquiete a los
que de entre los gentiles se convierten a Dios», (Hechos
15:19). Estas son palabras ungidas con la autoridad de
Dios. En los años que siguieron, el liderazgo de la
iglesia de Jerusalén y el hombre de Jacobo eran sinóni­
mos. Jacobo era considerado el pastor y nunca hubo la
menor sugerencia de que la iglesia de Jerusalén fuera
dividida geográficamente y cada anciano de Jerusalén
pastoreara una célula.
240
XXVI

Ministros capaces
del nuevo pacto

Hay una gran diferencia entre el liderazgo en el


Antiguo Testam ento y el Nuevo. Esta diferencia es de­
bida al cambio que Dios obró en el corazón de aquellos
que entraron en el nuevo pacto de Cristo. El nuevo
pacto fue escrito en corazones de carne por la obra
interna del Espíritu Santo, m ientras que el antiguo
pacto estaba escrito en tablas de piedra, y coercía desde
fuera. Por esto los líderes de Dios bajo el antiguo pacto
estaban limitados a medios externos para hacer volver a
las ovejas al buen camino, conforme a la voluntad de
Dios. Pero en el nuevo pacto, el mismo Espíritu Santo,
que dirige a los subpastores, está obrando en el interior
de las ovejas p ara que quieran hacer la voluntad de
Dios. (Filip. 2:12-13).
Pacto y consagración son dos conceptos bíblicos,
entre otros, que han sido restaurados por el Espíritu
Santo en nuestros días. Pero debemos ser cuidadosos en
el uso del lenguaje bíblico para hacerlo de la misma
m anera que la Biblia lo usa. No tenemos la libertad de

241
redefinir los términos para que se ajusten a las situa­
ciones modernas.
El Pacto es ante todo un contrato entre Dios y el
hombre. Sin duda hay muchos ejemplos de pactos entre
hombres, como el que hicieron David y Jonatán. Pero el
pacto sempiterno por medio del cuál el G ran Pastor
perfecciona a sus ovejas habla de lo que ocurre entre
Dios y los hombres (Isaías 42:6; 49:8-10).
Si miramos al pacto sempiterno como un gran río
que fluye a lo largo de las Escrituras, podemos vislum­
brar muchos ríos tributarios que han desembocado en
él, en varios puntos. Entre ellos tenemos:
1. El pacto con Adán (Gen. 3:14-17);
2. El pacto con Noé (Gens. 8:20; 9:29);
3. El pacto con Abraham (con circuncisión) Génesis
12:1-3; 15; 17; 22:15-18);
4. El pacto de sanidad (Exodo 15:26; 23:25; Isaías
53);
5. El pacto mosaico (Exodo 19, 20, etc).
6. El pacto de David (2a . Sam. 7:1-17; I a. Cron
17:7-15);
7. El nuevo pacto (Hebreos 8:6-13; 10:1-25; Col. 2:9
-13, etc).
El pacto antiguo incluye todos los acuerdos entre
Dios y el hombre que llevaron a la venida de Cristo
para redimirnos del pecado y reconciliarnos con Dios.
El nuevo pacto resulta de la muerte de Cristo, su entie­
rro y resurrección, que hizo posible la llegada del Espí­
ritu Santo que vive en nosotros y cambia nuestro cora­
zón. El corazón de piedra de rebelión y resistencia es
quitado y Dios escribe sus leyes en el corazón y la
mente del creyente, que hace de la voluntad de Dios su
deleite. El nuevo pacto junta a los creyentes de Dios
hasta que son un espíritu ( I a. Cor. 6:17).
De modo que el pacto hace énfasis esencialmente en
la relación del hombre con Dios. Nuestra herm andad
unos con otros es un producto resultante de la reden­
242
ción. La membresía en un redil local, ocurre como
resultado de que pertenecemos al G ran Pastor.
El pacto no empieza con un compromiso o entrega
del hombre a otros hombres, sino a Cristo. Como resul­
tado, nos son dados líderes para perfeccionarnos. Pero,
estos líderes cuidan de nosotros como mayordomos del
redil de Cristo, sabiendo que un día tendrán que dar
cuenta de cada oveja.

Coberturas o garantías.
Dios nom bra líderes, pero éstos no pueden tom ar
nunca el lugar del que los nombró. El famoso personaje
de la historieta cómica Linus exige su m anta, para
tenerla a mano, en todo momento: es su protección,
cobertura, garantía. No es raro pues oír hablar hoy del
«coberturas» o «garantías» en la iglesia. Lo que ésto
significa es que un hombre bajo autoridad está cubierto
o protegido por el otro, al cual se somete. De esta
manera varios ministros pactan entre sí con otro o con
un líder, para que sea su «cobertura».
Pero yo no encuentro ningún precedente para esta
práctica en el Nuevo Testamento. Pablo, por ejemplo,
nunca «cubrió» a Pedro, ni Pedro a Juan. Eran hombres
vibrantes, que sin temor declaraban el evangelio al
mundo pagano hostil. ¿Qué clase de protección tenían
para no sucumbir a las presiones que el sistema secular
ejercía sobre ellos? ¿Arrostraban los vientos de la ad­
versidad sin abrigo?
En todo el Nuevo Testam ento encuentro la significa­
tiva frase «en Cristo», que es lo que cuenta. Hasta que
una persona está «en Cristo» está lim itada a lo natural.
Pero una vez acude a Cristo, cruza la Puerta, y es
colocada en el cuerpo, la Biblia lo llam a de modo literal
«nueva criatura». Oigamos al apóstol Pablo:
De m anera que nosotros de aquí en adelante
a nadie conocemos según la carne; y aún si a

243
Cristo conocimos según la carne, ya no lo
conocemos así. De modo que si alguno está
en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas
pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas. Y
todo proviene de Dios, quien nos reconcilió
consigo mismo por medio de Cristo, y nos dió
el ministerio de la reconciliación. (2a. Corin­
tios 5:16-18).

El acudir a Cristo es mucho más im portante de lo


que m uchas personas en la iglesia creen; es la diferen­
cia entre la vida y la muerte. Pasamos a ser nuevas
criaturas cuando nos unimos a Cristo por medio del
nuevo nacim iento y nos unimos a El en términos del
nuevo pacto. Antes de ésto, éramos muertos, estábamos
desnudos, deshechos por el pecado y por nuestra natu­
raleza pecaminosa. Pero, «en Cristo» somos vueltos a la
vida. Estam os vestidos de su propia justicia y somos
hechos partícipes de su naturaleza. Pablo nos dice que
como parte de nuestra conversión-iniciación al entrar
por la puerta recibimos nuestra «cobertura». Oigamos
sus palabras en Gálatas:

«Porque todos los que habéis sido bautizados


en Cristo, os habéis revestido de Cristo. Ya
no hay judío ni griego, no hay esclavo ni
libre; no hay varón ni mujer; porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si voso­
tros sois de Cristo, entonces sois descendencia
de Abraham , y herederos según la promesa
(3:27-29)».

Es significativo que estas palabras sean expresadas


tan claram ente en la epístola de la libertad. La iglesia
de G alacia había tenido problemas a causa de un m a­
lentendido en la relación entre el antiguo pacto y el
nuevo. Estaban todavía obrando bajo la premisa de que

244
Dios actúa desde el exterior, aún cuando Cristo obra
desde el interior. Pablo tuvo que clarificar el hecho de
que todos los otros pactos habían sido cum plidos en la
persona de Cristo. En El somos herederos de todos los
pactos y promesas de Dios.
Los que insisten en «coberturas» hechas por hombres
no acaban de entender la herencia que ya han recibido
en Cristo, una «cobertura» tan completa que es incon­
cebible que nadie ni nada la pueda suplem entar. Una
de las maneras en que Cristo nos protege es destruyen­
do las antiguas distinciones hechas por Dios por medio
del pacto sinaítico, porque Pablo informa a los Efesios:

«Pero, ahora, en Cristo Jesús, vosotros que


en otro tiempo estábais lejos, habéis sido he­
chos cercanos por la sangre de Cristo. Porque
él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo
uno, derribando la pared interm edia de sepa­
ración, aboliendo en su carne la enemistad, la
ley de los mandam ientos expresados en orde­
nanzas, para crear en sí mismo de los dos un
sólo y nuevo hombre, haciendo la paz». (2:13-
15).

Cuando visitamos la Tierra Santa vimos esta m ura­


lla que dividía no sólo a los judíos de los gentiles, sino a
los hombres de las mujeres. ¡Qué vista más triste! Esta
experiencia hizo en mí una impresión muy viva, y com­
prendí la im portancia de las palabras de Pablo mucho
mejor. Cristo es el gran nivelador. No importa lo que
éramos antes de ir a El, ahora somos uno en El.
Allí, en el muro de lamentaciones se me dió un
yarmulke o una pequeña boina para colocar en la parte
posterior de la cabeza. No podía acercarme a este lugar
lan santo sin llevar la cabeza cubierta. Cuando hube
visitado la pared, regresé y vi la escena desde lejos. En
el. otro lado de la pared se acercaban las mujeres,

245
veladas y cubiertas. Me di cuenta perfecta entonces
que Cristo había traído una libertad trem enda a toda la
hum anidad -hombres y mujeres- cuando abrió este nue­
vo camino para entrar a la presencia de Dios.
Una mujer tiene el derecho de acercarse a Dios por
su cuenta, sin pedir permiso a nadie, su marido o el
anciano de la iglesia. Yo presento mis pensamientos,
deseos, planes al Señor sin necesitar el visto bueno de
ningún hombre. Puedo hablar a Dios de mi casa, mi
vestido, lo que quiero. El buscar permiso de alguien
que provee para mí con la llam ada «cobertura» es algo
completamente ridículo. Aquellos a quienes el Hijo ha
hecho libres ¡son verdaderamente libres!

El amor del pacto

Los diferentes términos para «amor» en el Antiguo


Testam ento han sido distinguidos como am or electivo
en oposición al amor del pacto o pactado. El amor
electivo o de elección es un concepto cercano al de la
gracia en el Nuevo Testam ento. Procede libremente de
Dios, y es totalmente inmerecido.
El am or del pacto, por otra parte, se refiere a la
fidelidad una vez la persona o nación ha sido unida a
Dios por un pacto. El am or del pacto se expresa en
términos de deber y lealtad.
Cuando Dios muestra am or del pacto a su pueblo,
demuestra lealtad y fidelidad para llevar a cabo sus
promesas. Los que estaban enlazados en el pacto de­
bían responder a Dios dándole su leal servicio y obe­
diencia. Dios les mostraría compasión y les daría ayu­
da, y aún castigo si éste había de restaurar la relación
del pacto quebrantado. En otras palabras, la ira, celos
y disciplina divinas eran una parte de su fidelidad en el
amor del pacto.
P ara resumirlo: el am or electivo estimula a Dios a
escoger a ciertas personas para sí de un modo incondi­

246
cional; el amor del pacto es a la vez la fidelidad para
cumplir todo lo que El en su am or ha prometido, y la
respuesta del hom bre de devoción leal a Dios.
Viendo que palabras tales como fidelidad, lealtad,
devoción, etc., no encandilan ya nuestra imaginación
como en otros tiempos, algunos maestros cristianos han
buscado la palabra «amor del pacto» para expresar la
idea de entrega del uno al otro y las correspondientes
obligaciones de lealtad m utua.
Debemos renovar el concepto de consagración, pero
es triste que éste se haya confundido con otros asuntos
tales como los grupos de células, y la obediencia ciega a
algún anciano que no es el pastor de la iglesia local. En
todo el Nuevo Testam ento, la consagración del hombre
se dirige prim ariam ente a Dios mismo, y de modo se­
cundario a los hermanos en el cuerpo de Cristo. La
lealtad y consagración se expresaban en la vida diaria
de los cristianos que am aban a Jesús ministrándose
unos a otros. No encontramos nada en el Nuevo Testa­
mento que sugiera un pacto en un pequeño círculo,
aparte de toda la asamblea local.
¿Por qué el am or del pacto nos ha llamado la aten­
ción estos días? El Santo Espíritu llama nuestra aten­
ción respecto a un área deficiente. Esta controversia
subraya la necesidad de restaurar la consagración o
compromiso del pacto dentro del marco de la asamblea
local corriente. Dios nos llama de nuevo al amor al
prójimo, especialmente un am or que sea práctico, que
ayude a sobrellevar las cargas pesadas de los necesita­
dos v a confortarlos. El pastor y sus asociados en el
ministerio no pueden hacerlo por nosotros. Desde el
principio Dios espera de todos que mostremos cuidado
el uno por el otro. El realizarlo requiere arrepentim ien­
to y restauración por parte de todos; no requiere una
reestructuración de la com unidad en pequeños grupos
de vecindario.
Los que estaban bajo Moisés dependían de él. No

247
podían acercarse a Dios por su cuenta. Pero, como
contraste, el nuevo pacto no depende de ningún hom­
bre; cada uno experiencia a Dios por sí mismo. Deben
ser guiados, pero no coaccionados; alimentados, pero
no se les debe prohibir la libertad de descubrir la pala­
bra de Dios por medio de la ayuda del Espíritu Santo.
Pablo se opuso fuertemente a los falsos profetas que
trataban de enseñorearse sobre el ganado. Los que se le
oponían se apoyaban en credenciales hum anas y en
tradiciones. Pablo no tenía por qué defenderse en estos
términos, porque su autoridad nacía del Espíritu. Veá-
moslo:

«¿Comenzamos otra vez a recomendarnos a


nosotros mismos? ¿O tenemos necesidad, co­
mo algunos, de cartas de recomendación para
vosotros, o de parte de vosotros? Vosotros sois
nuestra carta, escrita en nuestros corazones,
conocida y leída por todos los hombres; sien­
do manifiesto que sois carta de Cristo expedi­
da por nosotros, escrita no con tinta sino con
el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de
piedra, sino en tablas de carne del corazón».
(2a . Corintios 3:1-3).

Bajo el antiguo pacto, los corazones de las personas


eran tan duros para con Dios como las tablas de piedra
en que fueron inscritos los Diez M andamientos. Pero
una vez el corazón de piedra fue reemplazado por un
corazón de carne, cuando el Espíritu Santo pasó a
residir permanentem ente en ellos bajo el nuevo pacto,
fue fácil imprimir los deseos de Dios en los corazones y
mentes de los hombres. Cristo pudo ser formado dentro
de los creyentes, por medio de la enseñanza y el ejem­
plo de los líderes. El buen pastor, según los standards
del nuevo pacto, es el que imprime más fielmente la
imágen del Gran Pastor en las ovejas.

248
Pablo no estaba escribiendo para media docena de
personas en una casa, sino a una asamblea local esta­
blecida, probablem ente con varios centenares de ovejas.
Había escrito el mensaje de Cristo en sus mentes y
corazones no por medio de la atención individual, sino
la predicación sistemática, el buen ejemplo y la disci­
plina de la iglesia local. No había trabajado sólo, sino
que había usado a otros con varios dones de ministerio
para ayudarle a perfeccionar las ovejas. Cuando estu­
diamos las dos cartas a los Corintios y otra evidencia
del Nuevo Testam ento, nos sería difícil encontrar un
ministerio más efectivo que el de Pablo. El ministro
capacitado del Nuevo Pacto funciona de modo más
efectivo dentro del contexto de la iglesia local, en una
atmósfera de libertad creada por la actividad del Espíri­
tu Santo entre el rebaño.

249