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§[ MAS-HORCA

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GUSTAVO AIMARD

VERSION' ESPAÑOLA

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LUIS CALVO.

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BARCELONA:

TORCUATO TASSO SERRA, EDITOR


CALLE DEL ARCO DEL TEATRO, NUM 21 Y 2S

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Esta traducción es propiedad del Editor

...
le levantó suavemente y apoyó su cabeza contra su pecho.

LA MAS~ HORCA.
—Enhorabuena, iré delante con Córdova y el se¬
ñor,—dijo el joven de la espada designando al que
CAPÍTULO PRIMERO. habia hecho la proposición.
Mientras esto decia, corrió el cerrojo de la puerta,
LA EMBOSCABA. la abrió, se envolvió en su capa y, pasando á la
acera opuesta en compañía de las personas que ha¬
Entre diez y diez y media de la noche del 4 de bia designado, siguió la calle de Belgrano en direc¬
mayo de 1840, seis hombres atravesaban de puntillas, ción al rio.
y paseando incesantemente á su alrededor miradas Dos minutos después, los tres hombres que queda¬
inquietas, el patio de una casa de modesta aparien¬ ron atrás salieron á su vez, cerraron la puerta de la
cia de la calle de Belgrano, en Buenos-Aires, casa, y tomaron la misma dirección que los primeros,
Al llegar al zaguan, oscuro como el resto de la pero sujetándose á las disposiciones convenidas de
casa, uno de ellos se detuvo, y dijo á sus compañeros: antemano.
—Vayan Vds. con más precaución todavía. Después de haber caminado en silencio algunos
—Bien; y de esta suerte no acabaremos nunca de centenares de pasos, el compañero del joven de la es¬
lomar bastantes,—respondió otro que parecía ser el pada dijo á este, mientras el personage á quien habían
más joven de lodos y de cuyo cinto pendía larga es¬ dado el nombre de Córdova iba delante, envuelto en
pada, medio oculta bajo los pliegues de una capa de su poncho:
paño azul tirada sobre sus hombros. —¡lili! amigo mió, ¡qué posición más triste la
—Por muchas que se tomen, nunca serán bastan¬ nuestra! Quizás por la v ez postrera pisamos el suelo
tes,—repuso el primer interlocutor;—no podemos de nuestra ciudad natal; emigramos para ingresaren
salir somos seis, primero saldremos tres y
juntos: las filas de un ejército llamado á reñir sangrientas
pasaremos á la acera de enfrente; un momento des¬ batallas; Dios sabe lo que nos reserva el porvenir en
pués saldrán los tres restantes y seguirán la de este esta guerra homicida.
lado; nuestro punto de feunion será la calle de Val- —Mucha verdad encierran tus
palabras; sin em¬
earce, en el sitio donde se cruza con esta. bargo no podemos obrar de otra manera... Pero,—
Barcelona: Jmp. de Luis Tasso, hijo, calle del Arcó del
—Bien pensado. prosiguió el joven después de algunos minutos de
Teatro, callejón enlre los números 21 y 23.
l
6 LA MAS-HORCA. LA MAS HORCA 7
silencio.—existe en este mundo un hombre á quien llas, parecía la misteriosa respiración de ese jigante ban al lado de
de la
Luego seguían Palmero, Sandóval y Márquez, ar¬ sus víctimas para robarles sus joyas y
Dios ha creado completamente al revés de nosotros. América, obligado, á pesar suyo, en el momen¬ gentinos los tres. su dinero, y no se veia á nadie ni nada se oia en
—¿Cómo al revés? to en que pasa nuestra historia, á sustentar una es¬ Habían los medio de la oscuridad do
expedicionarios llegado á la parte del aquella noche horrenda, á
—Es decir que piensa que nuestro deber de argen¬ cuadra de treinta buques de
franceses.
guerra unos cien pasos poco más
Bajo que se encuentra entre la Residencia y la alia ó menos, algunos hombres
tinos es permanecer en Buenos-Aires. Aquellos de nuestros lectores que durante su per¬ barranca que desciende á Barracas en la calle de la se apiñaban alrededor de un solo individuo que se
—¿A pesar de Rosas? manencia en América hubiesen tenido el capricho de
Reconquista, es decir,se encontraban precisamente defendía con el valor de la desesperación. Aquel
—A pesar de Rosas. pasearse en noche oscura por las márgenes del Plata, delante de la casa habitada por Sir Walter Springh, hombre era D. Luis Belgrano que combatía contra
—¿Y no reunimos al en el sitio denominado el Bajo, en Buenos-Aires,
ejército? representante de S. M. Británica, cuando Córdova se cuatro asesinos.
—Perfectamente. habrán sin duda alguna notado cuán sombríos, me¬ He aquí lo que sucedió: en el momento en que los
detuvo diciéndoles:
—¡Bah 1 Entonces ese hombre es un cobarde ó un lancólicos é imponentes á la vez son aquellos pa¬
—Aquí es donde debe atracar la ballenera. ginetes daban la carga y el coronel Salazar era
mas-horquero. rajes. Todos intentaron entonces penetrar las tinieblas derribado, D. Luis, que iba detrás de él, de un salto
—Ni lo uno ni lo otro. Al contrario, reúne un va¬ La mirada se pierde en la inmensidad del rio; ape¬
con sus miradas, á fin de descubrir en el rio la em¬ prodigioso se habia lanzado á unos quince pies en
lor á toda prueba, y su corazón es el más puro y nas se distingue á lo léjos la luz insegura y vacilante barcación libertadora, mientras Córdova parecía, por dirección de las barí ancas. De esta suerte se encon¬
noble de nuestra generación. de uno que otro buque anclado en el interior de la
el contrario, buscar algo por la parte de la ciudad, tró en el flanco del destacamento, evitando su irre¬
—¿Qué quiere pues que hagamos? rada; la ciudad se descubre á algunos centenares de pues tenia los ojos fijos hácia Barracas, esto es en sistible choque. Este plan, que concibió y llevó á
—Quiere,—respondió el joven de la espada,—que pasos de la orilla, informe, oscura, grandiosa. Nin¬ dirección opuesta al rio. cabo segundo, le salvó momentáneamente y le
en un
uos quedemos lodos en Buenos-Aires,
porque el ene¬ gún ruido, excepto el murmurio monótono y salvaje —No está dió
aqui, hay que ir un poco más lejos,— tiempo de desenvainar su espada y de desemba¬
migo que debemos combatir está aquí y no en los de las aguas al deslizarse por la arena, turba el
silencio
dijo Córdova fin.
por razarse de su capa que arrolló en su brazo en guisa
ejércitos; hace una bella disertación para demostrar Siguiéronle pasivamente. de rodela.
que este derribará ménos hombres en las calles el dia Pero tan sólo aquellos hayan pisado aquel sitio
que Pero apenas habían andado dos minutos, cuando Pero si habiaescapado al choque de los caballos,
de una revolución, que en los campos de batalla en en medio de las tinieblas de la noche, huyendo de su el coronel Salazar, que se encontraba cerca del guia,
cinco ó seis meses, sin la más mínima probabilidad
no pudo evitar el que fuese descubierto á pesar de
patria, en la época siniestra en que odiosa y cruel percibió una masa confusa á treinta ó cuarenta me¬ la oscuridad de la noche; el muslo de un ginete ha¬
de triunfo... Pero no hablemos más sobre este punto; dictadura proscribía millares de ciudadanos honra¬ tros de distancia, y en el instante de volverse para bia rozado su hombro izquierdo. Este y otro compa¬
en Buenos-Aires el aire oye, la luz ve, el dos, tan sólo podrán manifestar las impresiones
polvo y el esos comunicar su descubrimiento á sus compañeros, un ñero suyo volvieron bridas, y rápidos como el pen¬
suelo comentan, y nuestras palabras serian al punto que les hacia experimentar aquel lugar maldito, en ¡quién vive! vigorosamente acentuado rompió de re¬ samiento se precipitaron con sable en mano sobre
repetidas á los verdugos de nuestra libertad. las horas siniestras en que debián caer bajo el puñal
pente el silencio de aquel sitio desierto, helando de don Luis.
El joven levantó al cielo sus grandes y rasgados sanguinario de la Mas-Horca si eran descubiertos, ó espanto á los fugitivos. Este no vió, pero adivinó por así decir la acción
ojos negros, cuya melancólica expresión estaba en dar el último adiós á la patria, á la familia, al amor, —No contesten Vds.,—dijo Córdova,—voy á ade¬ de los asesinos. Do un salto se lanzó entre los dos
perfecta armonía con la palidez de su semblante, á la fortuna, si lograban escapar en la frágil embar¬ lantarme un poco á fin de procurar distinguir el nú¬ caballos, cubrióse la cabeza con su brazo izquierdo
iluminado por la llama generosa que ardía en su co¬ cación que debia conducirles á tierra extraña en
mero de hombres que nos cierran el paso.
razón de veinte y cinco años. busca de
protegido por la capa, y hundió su espada en el pe¬
un poco de libertad, ó de un fusil, para Y sin esperar contestación, adelantó pausadamente cho del ginete colocado á su derecha, retrocediendo
A medida que la conversación se habia animado y combatir en las filas de los que luchaban contra la
algunos; perú de pronto se precipitó hácia las barran¬ luego vivamente del lado de la ciudad.
se aproximaban los interlocutores á las barrancas del tiránica dictadura de Rosas. cas dando un agudo silbido. En aquel momento otros tres asesinos se juntaron
rio, Córdova habia ido acortando el paso, y aun se En la época de que hablamos, el corazón más Un ruido confuso y terrible contestó al instante á al á quien acababan de matar su compañero, que
habia detenido un momento para envolverse cuida¬ fuerte se sentía
desfallecer, el valor más grande co¬ esta señal, ruido producido por la carga furiosa de vacia á los piés de su caballo, y los cuatro cargaron
dosamente en su poncho. menzaba á quebrantarse bajo el terror, esa terrible un piquete de caballería, compuesto de cincuenta contra 1). Luis. El joven se hizo á la derecha con
—Aquí es donde debemos aguardar á nuestros enfermedad del ánimo, conocida y estudiada en
ginetes que se arrojaron impetuosamente sobre los presteza inaudita para evitarla embestida, al mismo
compañeros,-dijo Córdova así que llegaron á la Francia y en Inglaterra mucho antes de aparecer en
desgraciados proscritos. tiempo que descargaba un golpe terrible en el cráneo
calle de Valcarce. América. El coronel Salazar apenas tuvo tiempo de cojer del caballo más próximo á él.
—¿Conoce V. bien el sitio de la playa donde debe¬ A los
encarcelamientos, á las personerías, á los una
pistola; mas antes de poder hacer fuego rodó por El animal sacudió la cabeza, respingó, se encabritó
mos encontrar la ballenera?—le preguntó fusilamientos sucedían ya los asesinatos oficiales eje¬
el joven. tierra lanzado violentamente por el pecho de un relinchando de dolor y se volvió hácia los otros; el
—Perfectamente ,—respondió Córdova;—me he cutados por la Mas-Horca, esc club de bandidos que caballo. ginete, creyendo herido mortalmcnte su caballo, se
comprometido á conducir á Vds. allí y sabré cumplir los amigos de Marat habrían rechazado con horror. Palmero y Márquez descargaron sus armas contra apresuró á descabalgar para 110 verse arrastrado en
mi palabra, del mismo modo que Vds., señores, han Así pues, el terror, que comenzaba á enseñorearse la masa más
compacta del destacamento, pero no su caida, movimiento que, aunque ignorasen la cau¬
cumplido la suya pagándome la suma convenida, no de los ánimos, no debia dejar de ejercer notable in¬ pudieron resistir el choque y á su vez fueron der¬ sa, imitaron al momento sus compañeros.
para mi, puesto que soy tan buen patriota que nada fluencia en aquellos hombres que caminaban silen¬ ribados. Don Luis retrocedió otros diez pasos;
la idea de
me importa, sino para pagar á los hombres que de¬ ciosos á lo largo del rio, dirigiéndose, en medio de Sandoval hundió huir cruzó
ben conducirles á la orilla opuesta; y pronto verán
su puñal
el vientre de un ca¬
en rápidamente por su imaginación, pero com¬
las tinieblas de la noche, hácia Barracas, con el in¬
Vds. qué hombres son.
ballo, pero el bruto cayó exámine encima de él, y prendió que al hacerlo'no conseguiría más que fati¬
tentó de emigrar, crimen de lesa Urania castigado también le derribó; el guíete, desembarazándose de garse y debilitarse sin ninguna probabilidad de éxito,
El joven tenia lijada tenazmente su mirada en
desapiadadamente con la pena de muerte. los estribos, se levantó, tiró de su cuchillo y lo clavó porque sus adversarios volverían á montar á caballo
los ojos de Córdova cuando se juntaron á él sus tres Elijamos el momento en que, engolfados en sus tres veces en el
pecho del malaventurado joven, pri¬ y no lardarían en darle alcance.
compañeros. meditaciones, los fugitivos caminan silenciosos, para mera víctima de
aquella noche funesta. No habia aun acabado de formular está rápida re¬
—Importa que no nos separemos más,—dijo uno revelar sus nombres al lector. Salazar, Palmero y Márquez, revolcándose por el flexión, cuando se precipitaron sobre él sus enemi¬
de los recienllegados,—pase Y. delante, Córdova, y El queiba delante sirviendo de guia á los demás, suelo, ensangrentados y aturdidos por los golpes que gos, tres de los cuales iban armados de sables de
sírvanos de guia. era José Córdova, hombre del
pueblo, de ese pueblo les habían inferido las herraduras de los caballos, se caballería y de un cuchillo de matar reses el cuarto.
Córdova obedeció; subió por la calle de Venezuela, de Buenos-Aires, parecido por su trage á la gente sintieron coger por los cabellos, al mismo tiempo que Tranquilo, intrépido, vigoroso y sagaz, don Luis
dobló la callejuela de Juan Lorenzo, y bajó al rio, civilizada, á los gauchos por su antipatía hácia la se extremecian al contacto de las frías hojas de los recibió á los cuatro asesinos parando sus primeros
cuyas ondas se deslizaban mansamen te sobre el lecho civilización, y á los pamperos por su holgazanería. cuchillos que buscaban su garganta, mientras una golpes y evitando por ataques parciales el que for¬
de esmeralda que cubre de este lado las márgenes de Detrás de él, á algunos pasos de distancia, iba el maran el círculo en que querían encerrarlo.
voz áspera é imperiosa ordenaba su muerte en me¬
Buenos-Aires. coronel D. Pablo Salazar, veterano de 1813, hombre dio de las más atroces blasfemias. Los tres asesinos armados de sables le atacaban
La noche era tranquila, el cielo, de un azul oscuro, de gran experiencia y de bizarra apostura. Los infelices luchaban, oponían desesperada resis¬ con rabia, le estrechaban y dirigían todos sus golpes
estaba cubierto de innumerables estrellas; fria brisa A lado del corone caminaba D. Luis Belgrano, tencia, pedian socorro, levantaban desgarradas
sus á la cabeza. Don Luis, que los paraba describiendo
del sud refrescaba la temperatura y anunciaba la pro¬
pariente del célebre general de este apellido, dueño manos para proteger su garganta; pero en vano, el un doble circulo con la espada y ensanchaba á su
ximidad del in\ierno. de una fortuna inmensa reunida
por herencias de cuchillo mutiló sus manos, corló sus dedos, abrió la alrededor el espacio entre el y sus enemigos con pri¬
Alpálido reflejo de las estrellas se percibía la in¬ familia; corazón intrépido y generoso, inteligencia garganta, y en medio de oleadas de sangre su alma mas y tercias, comenzó á ganar terreno del lado de
mensa argentada
extensión del rio de la Plata desier¬ nada común, desarrollada por el estudio. I). Luis era voló hácia Dios para pedirle justicia de su cruel la ciudad, redoblándolos terribles molinetes de su
ta é inculta como la pampa; el ruido sordo de sus el joven de la espada, de los ojos negros y melancó¬ martirio. temible tizona.
olas que corrían tranquilas besando sus arenosas ori¬ licos. que ya hemos dado á conocer al lector. Mientras los asesinos desmontaban y se arrodilla¬ Los asesinos, ciegos de cólera, anadian nueva fu-
8 IV MAS-HORCA
ría á sus ataques, no comprendiendo cómo un solo vantarse, más al mismo instante el segundo asesino LA MAS-HORCA. 9
hombre pudiese resistirles tan intrépidamente; y así, le cogió por los cabellos, le golpeó la cabeza contra
el el falta media cuadra y las piernas ya no me obedecen; trechándole alegremente entre sus brazos;—pero a
joven retrocediendo y ellos avanzando, no se aper¬ suelo, y apoyando la rodilla sobre el pecho del
cibieron que se be de detenerme, la respiración me falta. este contacto un
poco brusco, oí jóven lanzó un horri¬
encontraban ya á más de doscientos desgraciado, le dijo con voz cavernosa y descom¬
pasos de sus compañeros; táctica de don Luis, que El cuerpo del joven se deslizó suavemente inun¬ ble grito de dolor.
puesta por la rabia:
no adivinaron, y cuyo fin principal era alejarse lo —¡Por fin! ¡unitario! ¡hete aquí cogido!—y vol¬ dándole de sangre, y cayó en tierra. —¡Cielos!—exclamó don Miguel.
bastante para desaparecer con ellos entre las tinie¬ viéndose á su compañero agarrado á los piés del —¡Luis!—dijo el desconocido acercando sus labios —Debo,—repuso don Luis,—estar también., sí...
blas de la noche. herido: al oido del joven,—¡Luis! soy yo, soy Miguel, tu ami¬ herido aquí:—y le designó su costado izquierdo;—
Sin embargo el joven sentía disminuir sus fuerzas; —Dame tu cuchillo, que voy degollarle,—exclamo. go, tu compañero, tu hermano Miguel. pero es el muslo sobre lodo lo que me hace sufrir
de oprimido pecho se escapaba fatigosa respira¬ El herido movió lentamente la cabeza y entreabrió espantosamente.
su
—Toma,—respondió el otro alargándoselo.
ción. Sus adversarios que no Sin embargo don Luis no se dió por vencido, al los ojos; su desmayo, causado por la pérdida de —Aguarda,—dijo don Miguel; y sacando su pa¬
estaban menos cansa¬
dos, resolvieron acabar, excitados por las voces y sangre, empezaba á desvanecerse y la fresca brisa ñuelo vendó fuertemente el muslo del herido;—esto
contrario, buscaba el modo de librarse de las manos
de de ellos. Pero el momento en de la noche le reanimó un poco. detendrá cuando rnénos un poco la hemorragia. Va¬
amenazas uno en que le oprimían; pero sus esfuerzos no contribuían
que se disponían á caer sobre don Luis, este dirigió más que á hacer manar su sangre con más rapidez —¡Huye!... ¡Sálvale, MiguelI—fueron las primeras mos á ver ahora la cintura; ¿es aquí dónde te sien¬
dos golpes á derecha y á izquierda, con toda la fuer¬ y debilitar las pocas fuerzas que le quedaban. palabras que con voz apagada pronunció el joven. tes herido?
za de su brazo, pasó como un
rayo entre sus asesinos Risa feroz, infernal, iluminó el semblante del ban¬ Miguel le abrazó.

Sí.
y adelantó algunos pasos más hacia la ciudad. El dido al tomar el cuchillo de su compañero; sus ojos —No se trata de mí, Luis... sino de...
¡Veamos'! —Bien;—y quitándose la corbata la ató fuerte¬
hombre del cuchillo tenia la muñeca cortada por la se agrandaron, dilatáronse las ventanas de su nariz, pasa tu brazo izquierdo al rededor de mi cuello y mente sobre la herida.

espada y otro se desangraba por la profunda herida se le


contrajo la boca, y cogiendo con la mano iz¬ cójele tan fuerte como puedas... Pero... ¿qué diablo Hizo todo esto fingiendo una confianza
que estaba
es esto? ¿te has balido con la mano
que habia recibido en la cabeza; sin embargo los quierda los cabellos de don Luis que habia perdido izquierda que muy léjos de su corazón después de haber visto la
cuatro redoblaron sus esfuerzos. El mutilado, presa casi los sentidos, levantó el brazo... todavía sustentas con ella tu espada?... ¡pobre ami¬ última herida de su amigo, pues temió que hubiese
de un acceso de frenesí y de dolor, se precipitó so¬ go, esosbandidos le habrán herido la mano derecha! interesado algunas partes nobles Como por una iro¬
bre don Luis y le arrojó sobre la cabeza el inmen¬ ¡Al pensar que yo no me encontraba allí, á tu lado! nía amarga de la posición crítica en que se encon¬
so poncho que tenia en la mano izquierda; el
joven, —prosiguió con desesperación. traban los dos jóvenes, en medio de oscura nochef
no
comprendiendo la intención de su adversario, le CAPÍTULO II. Mientras proferia estas palabras buscando el me¬ en el fondo de estrecha
y húmeda zanja, llegaron á
recibió con la punta de su espada, y creyendo que dio de arrancar de. los labios de su amigo una res¬ sus oidos los acordes de un
piano.
le atacaba con el puñal, le atravesó el corazón. No EL LIBERTADOR. puesta cualquiera que le diese á comprender el ver¬ Sir Walter Springh celebraba tertulia aquella
obstante el poncho habia cubierto la cabeza y el dadero estado de sus fuerzas, deseando y temiendo noche.
conocer Ja gravedad de sus heridas, don Miguel se
cuerpo de don Luis, quien no por esto perdió la san¬ Pero en el mismo instante en que el arma del ban¬ —¡Ah—dijo don Miguel acabando de vendar las
gre fria; se tiró vivamente atrás y con la mano iz¬ dido iba á hundirse en la garganta del indefenso cargó de nuevo en hombros á don Luis, que vuelto heridas de
su amigo,—su excelencia el
embajador
en sí de primer desmayo, procuraba ayudar á su inglésse divierte.
quierda, desembarazada de la capa, que habia arro¬ joven, que no esperaba ya más que la muerte, resonó su

jado, cogió el poncho y empezó á quitárselo de la un golpe terrible, y libertador. —Mientras á su puerta se asesina á los ciudada¬
el asesino cayó sin proferir un
cabeza, mientras su diestra describía con su espada El movimiento y la brisa devolvieron al herido un nos de este
grito sobre el cuerpo del que iba á ser su víctima: país,—murmuró don Luis.
molinetes en todas direcciones. Pero en el momento era cadáver. poco de la vida que le habia robado la pérdida de —Precisamente por esto se divierte, dijo don Mi¬
en que sus ojos se veian libres de la tupida tela que —¡Ahora á ti! dijo la voz fuerte y tranquila de un sangre, y con acento de indefinible dulzura dijo á su guelcon risa burlona.
le cegaba, el joven sintió la punta de un sable pene¬ hombre que, como descendido del cielo, se dirigía amigo: Un inglés no seria buen embajador, si no repre¬
trar profundamente en su costado izquierdo, mien¬ con el brazo levantado hácia el último asesino que, —No lefatigues más, Miguel: apoyado en tu bra¬ sentase fielmente esta noble dama que baila y canta
,

tras otro le abria ancha herida que podría andar un poco. ai rededor de los
en el hombro de¬
{ según hemos dicho, sujetaba á don Luis por los piés
zo creo
muertos, como las viudas holento-
recho. por no haberse atrevido á adelantar más. —No es necesario,—respondió Miguel poniéndole les, con la sola diferencia que estas lo hacen de do¬
—¡Cobardes!—gritó don Luis,—no lograrán Vds. El bandido se levantó nuevamente en tierra,—hemos llegado al sitio donde lor y ella de alegría.
despavorido, retrocedió y
llevar mi cabeza á su amo sino después de haberme ! echó á correr hácia el rio. queria conducirte. Don Luis sonrió á esta humorada de su amigo, cu¬
hecho trizas. El hombre enviado, al parecer, por la Providencia, Don Luis se sostuvo por un momento y por sí mis¬ yo carácter festivo conocía, y se disponía á hablar
Y reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, el desdeñó perseguirle, y volviéndose hácia el monton mo en pié, pero la herida que le habían inferido en cuando don Miguel le puso un dedo sobre los labios.
joven paró en tercia una estocada que le tiró su ad¬ de heridos y de cadáveres en medio del cual yacia el muslo le llegaba hasta el hueso, y al tomar esta —Oigo ruido,—le dijo al oido mientras buscaba á
versario más próximo, y, desembarazándose del pon¬ don Luis, examinó atentamente al joven. posición las demás heridas se resintieron, y se le do¬ tientas la espada.
cho, tiró á fondo en cuarta; dos hombres rodaron á —¡Cielos! dijo al cabo de blaron las rodillas presa de horrible dolor. En efecto, no se
habia engañado.
un instante con expre¬
la vezel suelo: el adversario de don Luis con el
por sión de inexplicable inquietud,—¡Luis! —Yo que presumía que podías mantenerte en pié, El ruido de laspisadas de dos caballos se acerca¬
pecho atravesado de parte a parle, y el joven á quien Levantando entonces el cadáver del asesino que —dijo don Miguel aparentando un aire festivo, mien- ba; un minuto después el eco de voces humanas lle¬
la debilidad no le permitió recobrar su primera po¬ habia caido sobre el jóv en, le arrojó léjos de sí; lue¬ tras la sangre se le helaba en las venas creyendo gó hasta los dos amigos, voces que por momentos
sición, y que cayó sin perder, no obstante, la pre¬ go, hincando una rodilla, pasó su brazo al rededor que las heridas de su amigo eran mortales;—pero iban haciéndose más perceptibles y que pronto las
sencia de ánimo ni su valor. de la cintura de don Luis, le levantó suavemente y afortunadamente,—prosiguió,—nos encontrarnos al distinguieron claramente.
Los dos asesinos que quedaban todav la en pie, se fin sitio donde podré dejarte en seguridad, mien¬
en
—Escucha,—dijo uno de los dos gáneles que ade¬
apoyó sucabeza contra su pecho.
precipitaron sobre él. —¡Dios mío!— murmuró,—¿estará muerto? ¡No. tras buscaré los medios de conducirte á otra parte. lantaban cuando llegaron á diez ó doce pasos de la
—¡Todavía aliento!—dijo don Luis con nerviosa y vive!—dijo con expresión de inmensa alegría al sen¬ Al decir estas palabras, lomó de nuevo en brazos á zanja,—encendamos un cigarro, y á su resplandor
vibrante voz, primera que resonó
aquel desierto, tir semblante la su y descendió con extremada pena al fondo
amigo, podremos contar: tanto me da llegar hasta la boca,
en en su impresión de su débil aliento,
y que rompió el silencio terrible de aquella escena de zanja de cuatro ó cinco piés de profundidad,
una
prefiero irme á casa.
y la mano del joven corresponder á la presión de la
de muerte; voz que repetida por los ecos, iba á lo que algunos días antes habían comenzado á abrir no —Desmontemos pues,—repuso el otro.
suya, ¡vive y me ha reconocido! ¡Alabado sea Dios!
lejos á infundir el espanto entre los asesinos. Entonces, sin titubear irguió la cabeza y paseó á léjos de la pared lateral de una casa situada en Hiciéronlo los dos, y oyóse resonar las vainas de
Don Luis intentó levantarse apoyando el brazo de¬ su al rededor una mirada inquieta. la barranca que don Miguel habia señalado y que hierro de sus sables al rozar contra el suelo. Toman¬
recho sobre el cadáver que yaciaá su lado, y cogien¬ Todo estaba tranquilo, desierto y silencioso. no era
la del representante de S. M. Britá¬
otra que do entonces sus caballos por la brida, fueron á sen¬
do con la siniestra mano la espada, intentó todavía Se levantó, tomó al herido entre sus brazos, se lo nica sir Walter Springh. tarse en el reborde de la zanja, á cuatro pasos ape¬
sostener aquel desigual combate. Don Miguel sentó á su amigo en el fondo de la nas de don Luis y de don
Miguel.
cargó en hombros y se dirigió con paso que por lo
A pesar de su debilidad, el joven infundió respeto firme y seguro daba á comprender lo conocidos que zanja, le apoyó contra la pared, y le preguntó de dón¬ Uno de los recien llegados sacó entonces su me¬
á sus enemigos, quienes vacilaron por un momento eran para el aquellos de estaba herido. chero, sacó fuego del pedernal y encendió un
parages, hácia la barranca enor¬
en acercarse á el.
Por fin uno de ellos logró dar un más próxima, donde encontraba la casa de sir
se
—No sé,—respondió débilmente el joven loman¬ me cigarrillo.
sablazo en el muslo izquierdo de don Luis, que Walter Springh; pero de pronto se detuvo, murmu¬ do una mano de su amigo y llevándola sucesivamen¬ —Ahora,—dijo,—ve dándome
no uno por uno los pa¬
tuvo tiempo ni fuerza de dar quite. El dolor de rando: te á hombro derecho y á muslo izquierdo;—
un su
su peles.
la herida le hizo tentar un ultimo esfuerzo para sufro atrozmente. El segundo sequiló el sombrero, sacó de él un
le¬ —¡Ah! la emoción me roba las fuerzas: apenas me pero
—Si no tienes otras heridas nada,—dijo don
eso es paquete de billetes de banco, lomó uno y lo dió á su
Miguel animado por las palabras de su amigo y es¬ compañero. Tomólo éste, lo acercó al fuego del ci-
io LA MAS HORCA. LA MAS-HORCA 11

(carrillo, y aspirando con fuerza, alumbró lodo el instantáneamente sin proferir


un jayl el mismo gol¬ ga de Barracas sin haber encontrado alma viviente Mientras cambiaron estas palabras, don Miguel
billete. pe á oue habia sucumbido el que habia levantado el en su camino. Se acercó lo más que pudo á los edi¬ habia conducido el caballo al medio de la calle, y
cuchillo sobre la garganta de don Luis, golpe que ficios de la derecha, y puso su caballo al trole largo, poniéndole de cara al puente, después de haberle
—¡Cíenlo!—dijo el que había dado el billete, acer¬
cando al mismo tiempo su rostro al de su compa¬ produjo un sonido seco, ocasionado por un pequeño como si tuviese priesa por salir de aquella calle fre¬ atado la brida al cuello le dió un fuerte cintarrazo
ñero. instrumento que don Miguel llevaba en la mano \ cuentada de noche por algunas patrullas de policía. en la grupa con la espada de don Luis; no esperó el

—¡Ciento!—repitió el otro lanzando por boca y que parecía producir el efecto del rayo, pues los dos Algunos minutos después acortó la brida, miró á caballo segunda advertencia, y escapó al galo¬
una

narices una nube de humo. hombres habían caido de la misma manera. su alrededor, y convencido de que no veía ni oía pe en la dirección indicada.
Esta operación se repitió treinta veces consecuti¬ Don Miguel habia salido de la zanja deslizándose nada, volvió á poner su cabalgadura al paso, y diri¬ —Ahora.—dijo don Miguel,—entremos.
vas con otros tantos billetes de igual valor. en medio de la oscuridad hasta llegar junto al ban¬ giéndose á don Luis, le dijo: Se acercó á la puerta, llevó en brazos á don Luis
dido. Después de la caída de este, cogió el caballo —Ya estás salvado y
Después de haberse repartido mil quinientos du¬ pronto te encontrarás en sitio hasta el zaguan, y después de haber cerrado trás sí
roscada uno. el que había alumbrado los billetes por la brida, le condujo hasta la zanja y, sin soltarlo, seguro y asistido. la puerta de la calle, le trasportó al salón y colocó
con el cigarrillo, dijo á su compañero: se dirigió háciasu amigo. —¿Dónde?—preguntó don Luis con voz apenas encima de un sofá al joven á quien con peligro de
—Creí que habia más. Si hubiésemos degollado al —¡Animo! ¡ánimo, Luis!—le dijo abrazándole;— perceptible. su vida habia socorrido y protegido durante tantas

otro hubiéramos tomado su bolsa, que por cierto es¬ ¡estás libre, salvado! la Providencia nos envía un ca¬ —¡Aquí!—respondió don Miguel, parándose delan¬ horas, ai joven en fin de tan valeroso corazón y tan
taba bien ballo, que es lo único que nos hacia falla. te deuna casa,
cuyas ventanas, provistas de celosías clara inteligencia, cuyo cuerpo sin embargo doble¬
repleta de onzas.
—Me siento y cubiertas interiormente con tupidas cortinas de
—¿A dónde iban esos unitarios? á reunirse con las un
poco reanimado, pero necesito que gado por el sufrimiento no podia, á pesar de los más
me
sostengas, no puedo tenerme en pié. muselina blanca, dejaban vislumbrar algunos débi¬
cierto?
tropas de Lavalle, ¿110 es enérgicos esfuerzos de su voluntad de hierro, soste¬
—No te esfuerzes, —dijo don Miguel lomando otra les rayos de luz. ni minuto
—¡Caracoles! ¿adonde sino? Mi único sentimiento nerse un en pié.
es que no se les acuda á todos la idea de huir co¬ vez en brazos á su amigo y trasportándole al borde Hizo el joven acercar su caballo á las rejas, y pa¬
mo los de hoy, para que menudeasen las noches co¬ de la zanja. sando las manos éntrelos barrotes y
las celosías,
mo esta. Después de desesperados esfuerzos logró colocarlo llamó suavemente en los cristales. CAPÍTULO III

Pero si Lavalle entra algún día y somos denun¬ encima del caballo, cogió la espada de su amigo, se Nadie respondió. Sin descorazonarse por esto, don
ciados... puso de un salto en la grupa, pasó las manos por la Miguel llamó segunda vez. LA HOSPITALIDAD.

—¡Bah! nosotros cumplimos las órdenes que re¬ cintura de don Luis, oprimió los ¡jares del corcel y Entonces una voz de mujer preguntó con temor:
cibimos. En tal caso, cuando veamos la cosa mal pa¬ le hizo subir inmediatamente por un barranca —¿Quién hay? Mientras don
próxi¬ Miguel colocaba á don Luis en el so¬
ma á la casa de sir Walter —Yo, Hermosa, yo, tu primo.
rada, descansaremos, y Cristo con lodos; Ínterin, me Springh. fá, doña Hermosa, que así se llamaba la joven prima
baria matar por el restaurador; además soy uno de —Miguel, 110 vayas á mi casa, está cerrada y mi —¿Miguel?—repuso la voz de la persona invisible de don Miguel, entró apresuradamente en un ga¬
los hombres de confianza del comandante. criado tiene la orden de no pasar en ella la nocíie. acercándose á la ventana. binete contiguo al salón del que 110 estaba separado
—Fíate de eso, y verás lo que nos sucede el día —¡Caramba! no he tenido siquiera por un momen¬ —Sí, Miguel. más que por un espejo sin alinde, y tomó de encima
to la idea de pasearte por la calle del Cabildo, don¬ En aquel momento abrióse la ventana, levantaron de una mesa de mármol negro una lamparilla de ala
en quematemos uno menos.
—Pues bien, el comandante nos ha enviado á nos¬ de á estas horas veinte serenos alumbrarían nuestros la celosía, y una joven vestida de negro se inclinó bastro á la luz de la que leia las Contemplaciones
otros hácia este lado, á Cabrito por la parte del Ite- cuerpos fedrralmenlc cubiertos de sangre. hasta tocar con su mano la veja. Pero á la vista de de Víctor Hugo, cuando su primo llamó á la ventana,
tiro, y á Salmón con otros cuatro por las calles para —Es cierto; tampoco podemos ir á tu casa.
pero dos hombres colocados encima de un mismo caballo, y volviendo al instante al salón, colocó la lamparilla
dar con el fugitivo, ¿no es esto? —Todavía ménos, mi querido Luis. Creo no haber retrocedió vivamente y con sorpresa que 110 estaba sobre un velador de caoba cubierto de libros y de
—En efecto, esto es. hecho ningún locura en mi vida, y conducirte á mi exenta de terror. llores.
—Bueno. Mañana le diremos que hemos pasado casa seria la mayor de cuantas pudiera hacer. —¿No me reconoces, Hermosa?—dijo don Miguel. En aquel momento doña Hermosa, á consecuencia
la noche entera sin descubrirlo, y nos dispensará. —¿A dónde iremos pues? —Escucha, abre al momento la puerta de la calle, do las inesperadas emociones que habia experimen¬
—¡Cáspita! ¡qué miedo tenia Picado cuando fué á —Este es mi secreto. Por ahora no me preguntes pero 110 despiertes á tus criados: ábrela tú misma. tado. estaba excesivamente pálida; 110 obstante, aun¬
dar parte al comandante! ¡le dijo que cuatro hom¬ nada más y habla lo ménos posible. -«-¿Pero qué ocurre, Miguel? que su rostro estuviese alterado y en desorden los
bres habían acudido en socorro del unitario! Pero el Don Miguel sintiendo vacilar la cabeza de su ami¬ —No pierdas segundo, Hermosa; aprovecha, para rizos de su magnífica cabellera castaño claro, don
comandante no lo habrá creído, porque sabe que P¡ go, la apoyó contra su pecho Era tiempo, acababa de abrir, esta ocasión en que no pasa nadie por la ca¬ Luis notó que apenas tenia la joven veinte años, que
cado es un cobarde. sufrir un nuevo vértigo, que afortunadamente fué lle; va la vida en ello, más que la vida. ¿Me com¬ sus facciones eran encantadoras, que sus azules ojos

—Es posible, pero los demás no lo son, y un hom¬ de corta duración. prendes ahora? estaba llenos de dulzura y de sentimiento y que su
bre solo no era capaz de matarlos. Por lo que á mí Don Miguel llevaba su caballo al paso. Por fin lle¬ —¡Dios mió!—dijo la joven cerrando la ventana y conjunto tenia un no sé qué de maravilloso; su ves¬
hace, no voy en su busca. gó á la calle de la Reconquista, y se dirigió hácia dirigiéndose hácia la puerta del salón y de esta á la tido negro habría parecido escogido adrede para ha¬
Y montó tranquilamente á caballo mientras su Barracas; atravesó la calle del Brasil y la de los de la calle, que abrió sin reparar si hacia poco ó cer resaltar la blancura mate de su piel, si el corte

compañero permanecía sentado. Patagones, tomó á la derecha por una calle cuyas mucho ruido. severo del mismo no hubiese indicado que era un
—Bien, vete, quiero concluir de fumar el cigarrillo paredes estaban formadas de tapias, estrecha, cena¬ —Entra,—dijo á Miguel con este acento de espon¬ traje de luto.
antes cié irme á mi casa; mañana temprano iré á bus¬ gosa, y en la que no habia más edificios que algunas taneidad sublime que sólo las mujeres saben encon¬ Don Miguel se acercó á su prima en el momento en
carle para entrar juntos en el cuartel. guaridas de ladrones y vagabundos que limitan la trar en su corazón cuandoejecutan una acción vale¬ que ella colocaba la lámpara encima del velador, y
—Entonces, hasta mañana,—dijo el otro,—y ha¬ ciudad por la parle de Barracas. rosa, que en ellas es siempre el resultado de la ins¬ tomando entre las suyas las manos alabastrinas de la
ciendo dar media vuelta á su caballo, tomó al trole Después de un trayecto de unos seiscientos pasos, piración y no del cálculo. encantadora joven, le dijo:
largo el camino de la boca. esta calleja inmunda desemboca en la barranca ele¬ —Todavíanó,—respondió don Miguel que ya habia —Querida Hermosa, durante las muy raras visitas
Trascurridos algunos minutos, el que se habia vada y solitaria de Marcó, cuya rápida pendiente y desmontado con don Luis á quien sostenía por deba¬ que tengo el placer de hacerte, á menudo le he ha¬
quedado registró su faltriquera, y sacó un objeto angostísimos senderos llenan de espanto, aun de dias, jo del sobaco; y sin soltar la brida del caballo, llegó blado de un joven á quien me une la más íntima y
que acercó al fuego de su cigarrillo y examinó aten¬ á los que se dirigen á Barracas, quienes prefieren basta la puerla. fraternal amistad; ese joven, ese don Luis, es la per¬
tamente. tomar por la barranca embaldosada de Brovvn ó por —Reemplázame, Hermosa.—dijo,—y sosten á este sona á quien acabas de recibir en tu casa y
que se
—¡Un reloj de oro! —murmuró:—nadie ha visto la de Valcarce, antes que arriesgarse por aquella es¬ joven que no puede andar solo. encuentra gravemente herido. Pero sus heridas son
que lo lomase; no tendré que partir el dinero quede pecie de precipicio, sobre lodo cuando la tielra es¬ Sin titubear doña Hermosa pasó bajó el suyo uno oficiales, en una palabra son obra de Rosas; es pre¬
él saque. tá húmeda. de los brazos de don Luis, quien apoyado contra la ciso pues curarle, ocultarle y salvarle.
Y dió vueltas y más vueltas al reloj al resplandor Precisamente la mala reputación de que gozaba puerta hacia esfuerzos sobrehumanos para soste¬ —¿Pero qué puedo hacer yo, Miguel?—preguntó
de sucigarrillo. aquella barranca fué lo que decidió á don Miguel á nerse. doña Hermosa con emoción, volviendo los ojos hácia
—¡Anda! —dijo acercándolo á su oido,—pero no sé preferirla á las demás, y de la que por otra parte co¬ —Gracias, señorita, gracias,—dijo el joven con don Luis tendido encima del sofá, y cuyo rostro, lí¬
cómo puede conocerse la hora,—prosiguió admiran¬ nocía perfectamente los senderos, que bajó dirigien¬ voz dulce y conmovida. vido como el de un cadáver, destacaba siniestra¬
do la preciosa joya:—eso es cosa de los unitarios; do tan hábilmente su caballo, que 110 le ocurrió in¬ —¿Está V. herido? mente bajo su barba y sus cabellos negros, y cuyos
todo lo que sé es que es media noche y que... cidente alguno. —Si, señorita. ojos, desmesuradamente abiertos, brillaban como
—Es la última horade tu vida, ¡bribón!—dijo don Al llegar á la calle que pasa entre Barracas y la —¡Diosmio!—exclamó doña Hermosa que sintió carbones encendidos.
Miguel asestando en la cabeza del bandido, que cayó boca, dobló á derecha, y por fin llegó á la calle lar¬ humedecidas de sangre sus manos. —¿Lo que tú debes hacer, Hermosa? sólo una cosa
12 LA MAS-HORCA. LA MAS-HORCA.
¿dudas de que te haya siempre querido como her¬ —

Pues despiértale y hazle entrar. —Bien,—prosiguió don Miguel:—ahora, y sin des¬ —¿Detrás de san Juan?
mano? La —En los alrededores.
joven se disponía á salir, cuando su primo la pertar ningún criado, vaya V. á ensillar uno de los
—¡Olí! no. Miguel, nunca lo he dudado. retuvo, dicicndole: caballos del coche, condúzcalo hasta la puerta con —

Sí, señor.
—Bien,—repuso el joven,—entonces me obedece¬ —Un momento; hagamos á la vez muchas cosas á el menor ruido posible, ármese y vuelva. —Bueno, irá á casa del doctor, llamará V. has-
rás á ciegas durante esta noche; mañana volverás á fin de ganar El veterano llevó su mano á la sien derecha, como
tiempo: ¿dónde hay recado de escribir y la que abran la puerta, entregará V. esta carta di¬
ser la señora de la mia como siempre.
casa escritorio? si se hallase en presencia de su
y un
general, y dando ciendo que mientras se prepara el doctor va V. á
—Dispon, ordena lo quieras, pues en este mo¬ —En este gabinete,—contestó la joven indicándole media vuelta, fué á ejecutar las órdenes que había dar una vuelta y que de regreso
que se irá V. á recogerlo.
mento seria imposible que me acudiese idea alguna, uno
contiguo al salón. recibido.
Luego, pasará V. por mi casa, llamará suavemente
—contestó doña Hermosa cuyo semblante volvía á —Está bien, vé ó despertar á José. Cinco minutos después, oyóse resonar de herra¬ á la puerta, y entregará esta carta á mi criado que
recobrar su color sonrosado. Don Miguel entró en el gabinete, tomó una vela de duras, la puerta de la casa giró sobre sus goznes, y debe aguardarme y abrirá al momento. Esto lo eje¬
—Lo primero que ordeno, es que sin despertar to¬ encima de una basa y pasó á otra pieza, que era casi al mismo instante volvió á entrar el salón el cutará V. sin
el en perder minuto.
davía ningún criado, traigas tú misma un vaso de dormitorio de su prima, y de esta pieza á un lindo veterano cubierto con su poncho. —Bien, señor.
vino azucarado. cuarlito que servia de tocador, salpicando las porce¬ —¿Sabe V. dónde vive el doclor Parceval?—le —Otra cosa: he entregado á V. una carta para el
Doña Hermosa desapareció corriendo sin dejarle lanas y los cristales con la sangre y el barro de que preguntó don Miguel. doctor Parceval, y como pueden sobrevenirle en el
acabar de pronunciar la última sílaba. iba cubierto.
Acercóse don Miguel entonces á su amigo, á quien —¡Vive Dios!—exclamó al mirarse en un espejo
el descanso empezaba á proporcionar un poco de li¬ mientras se lavaba las manos,—si Aurora me viese
bertad á su respiración sofocada por el dolor y la así, creería que acabo de salir del infierno. ¡Ola!—
fatiga. prosiguió enjugándose las manos con una fina toalla
—Esa joven es mi prima,—le dijo,—la bella Níti¬ de tela de Tucuman,—he aquí la botella de vino de¬
da, la poética lucumana de que tan á menudo te he centada para Luis,
voy á beber un trago para que el
hablado, y que, desde su regreso de Tucuman, ha¬ diablo se lleve á Rosas, esté pronto curado Luis, y
ce cuatro meses, vive sola en esta quinta; creo que Aurora me quiera siempre.
si su hospitalidad 110 satisface tus deseos no pasará lo
Después de haber sorbido un vaso, don Miguel
mismo con tusojos. entró de nuevo en el gabinete, se sentó delante de
Don Luis sonrió, más recobrando al momento un pequeño
su escritorio, y dando á sus facciones una
gravedad ordinaria, exclamó: gravedad que parecía ser extraña á su semblante,
—Pero cometemos una mala acción, voy á com¬ escribió dos cartas, las cerró y extendió los sobres;
prometer la posición de esa señora. luego se volvió a! salón en el momento en que don
—¿Su posición? Luis cambiaba algunas palabras con doña Hermosa,
—Sí, su posición; la policía de Rosas cuenta con quien le preguntaba por su estado.
tantos agentes como hombres encorvados bajo el ter¬ En el mismo instante abrióse la
puerta, y entró
ror; hombres y mujeres, señores y criados, todos sombrero en mano y con aire respetuoso un hombre
buscan su seguridad en la delación; mañana Rosas de unos sesenta años, alto, robusto todavía, aunque
conocerá mi retiro, y el destino de tu joven prima se fuesen blancos sus cabellos y barba, vestido con cha¬
confundirá con el mió.
queta y pantalón fie paño azul, quien quedó lleno de
—Esto está para ver,—respondió don Miguel;—
sorpresa al ver un hombre de pié en medio del salón
cuando me encuentro rodeado de dificultades por y tendido en el sofá otro cubierto de sangre.
todas parles, estoy en mi elemento, y si en vez de es¬ —Creo. José,—le dijo don Miguel,—que no es V.
cribirme me hubieses comunicado esta tarde tu pro¬ á quien la sangre puede aterrorizar. En el que está
yecto de, fuga, apuesto ciento contra uno que en este aquí tendido, no ve V. á nadie más que un amigo á
momento no tendrías un solo rasguño en tu cuerpo. quien han herido gravemente algunos bandidos. Acer¬
—¿Pero cómo has sabido tú donde debia embar¬ qúese V.; ¿cuánto tiempo ha servido V. á las órdenes
carme? de mi lio el coronel Saenz, padre de doña Hermosa?
—Esto lo sabrás más adelante,—contestó sonrien¬ —Catorce años, señor, desde la batalla de. Salta
do don Miguel. hasta la de Junin la que
en el coronel cayó muerto
Doña Hermosa entró en aquel momento, trayendo en mis brazos.

un vaso de vino azucarado en una bandeja de —De los generales al mando de los que
ha servido
porcelana. V. ¿cuál es el
ha querido y respetado V. más,
que Don Miguel del Campo.
—¡Olí! mi bella prima,—exclamó alegremente don Belgrano, San Martin ó Bolívar?
Miguel,-los dioses habrían despedido á Hebe y le —El general Belgrano, señor,—respondió el vele-
hubieran dado el encargo de verter en sus copas la rano sin titubear.
ambrosía, si le hubiesen visto como yo en este mo¬ —Pues bien, José, en doña Hermosa y en mí ve V.
mento te veo; toma, Luis, un poco de vino le reani¬ una hija y un sobrino del coronel, camino mil incidentes, se liará V. malar antes de de¬
y allí tendido en —Tú conoces mi elección, no podia llamar á per¬
mará mientras aguardamos la venida del médico. el sofá, un sobrino del general Belgrano, que en este jarse arrebatar esta carta. sona que nos inspirase más confianza.
Y mientras sostenía la cabeza de su amigo y le momento tienen necesidad desús servicios. —Bien, señor. —Es
cierto,—exclamó don Luis;—pero comprome¬
hacia beber un poco de vino azucarado, doña Her¬ —Señor, no puedo ofrecer más que mi vida, y ella —Nada más; es la una ménos cuarto,—prosiguió ter al doctor Parceval...
¡Ahí Miguel, esta noche has
mosa pudo por la primera vez examinar al joven pertenece á los que por sus venas corre sangre de mi don Miguel consultando un péndulo colocado sobre jurado confundir con mi fatal destino el porvenir de
cuya palidez y sello de sufrimiento de su semblante coronel y de mi general. el mármol de una chimenea,—á la una y media pue¬ la hermosura y del talento; mi vida vale muy poco
le daban un 110 só qué más simpático, más viril y —Lo creo, José, pero no es solamente valor lo de V. estar de regreso con el doctor Parceval.
que para que por ella expongas una mujer como tu prima
más noble; los ojos de la joven se fijaron al mismo nos falta, sino también prudencia, y sobre todo El veterano saludó, giró sobre sus tacones y salió.
y un hombre como nuestro maestro.
tiempo en los dos hombres cuyo aspecto no era muy silencio. Cinco minutos después el rápido galopar de un —¡Estás sublime esta noche, mi querido Luis! tu
tranquilizador, tan cubiertos de sangre y lodo iban —Está bien, señor. caballo rompió de repente el silencio habitual que
sangre ha corrido abundante de tus heridas; pero tu
de pies á cabeza. —Excusaré palabras, José; me consta que reinaba á aquella hora en
tiene Y. la calle Larga. gravedad v tus dudas eternas quedarán siempre en
—Dime primita,—¿se encuentra en casa el viejo un corazón honrado, V. valiente Don Miguel suplicó con
que es y buen un gesto á su prima (pie tu ánimo. Parceval no se comprometerá más que mi
José?—preguntó don Miguel á doña Hermosa devol¬ patriota. pasara al gabinete, y después de recomendar á su prima, y aun cuando así se viesen, hoy asistimos á
viéndole el vaso casi vacío. —Si, señor, viejo patriota,—dijo el soldado ¡r- amigo que se moviese lo ménos posible mientras lle¬ un duelo en el que los buenos se deben á los buenos,
—Sí. guiendo la cabeza con orgullo. gaba el médico, repuso: y los malos á los malos. La sociedad de nuestra pa-
lí LA MAS HORCA LA MAS- HORCA. lo
tria está dividida en asesinos y víctimas; es pues ne¬ —¿Crees acaso?... cómo cortan las vendas para
po una persona de la familia de mi marido y que ha
se las heridas; V. debe
cesario de todo punto que nosotros, que no queremos —No creo nada, pero dudo; mi saber esto al dedillo.
querida Hermosa, salido otra vez, hace tres dias, para Tueuman. Esta
ser asesinos, consintamos en ser víctimas. tus criados te querrán mucho
porque eres buena, rica habitación encierra lodo cuanto pueda ser necesario El veterano salió,
—Pero Parceval ha hecho
no se
sospechoso toda¬ y generosa; sin embargo dada la situación que atra¬ á don Luis. —Ahora,—dijo el joven dirigiéndose á Parceval
vía, y haciéndole venir aquí puedes comprometerlo viesa el país, una orden, un grito, 1111 momento de Y diciendo esto abrió un armario, sacó de él sába¬ con emoción que no pudo disimular,—debo repetirle
gravemen te. malhumor hacen de un camarero un enemigo pode¬ á V., doctor, lo que le he dicho en mi carta: las he¬
nas y cobertores, desplegó los colchones, hizo la ca¬
—Luis, tu cerebro está enfermo; escucha: tú, yo, roso
y mortal. Se les ha abierto las vías de la dela¬ ridas de Luis son o fílales, y marcó intencionada¬
ma y lo puso lodo en orden, mientras don Miguel
cada uno de nuestros amigos, cada hombre de la
ción, y basta una sola palabra de cualquier misera¬ examinaba detenidamente un salón y un comedor mente esta última palabra.
generación á que pertenecemos y que ha cultivado ble para librar á la Mas-lh>rca la fortuna y la vida
cuya puerta, que daba á un zaguan, venia Melancólica sonrisa vagó durante un segundo por
su inteligencia en la universidad de Buenos-Aires, es
frente por
de .una familia. Venecia, bajo el consejo de los Diez, frente de la pieza en que una hora antes el pálido semblante del doctor Parceval quien, á pe¬
un compromiso viviente,
habia en¬
palpitante, elocuente del hubiera tenido piedad de nuestra actual situación. trado llevando en brazos á su andgo. sar de su gran reputación, era joven todavía, pues
doctor Parceval: nosotros somos sus ideas en acción, Sólo una excepción existe en las clases bajas, los —¿A qué lado mira esta ventana?—preguntó á su apenas alcanzaba los treinta y ocho.
la reproducción multiplicada de su virtud patriótica,
mulatos; los negros se han enorgullecido, y prostitui¬ prima indicando una de la pieza destinada á don Luis. —¿Cree V., acaso, que no he comprendido su car¬
de su conciencia humanitaria, de su pensamiento fi¬ do ios blancos; pero los mulatos, á causa de la pro¬ —A la galería por la que se entra de la calle á la ta?—contestó el doctor con tristeza.—Vamos á ver al
losófico; de lo alto de su cátedra enciende en nues¬ pensión que existe en esta raza cruzada de elevarse quinta por la puerta grande; tú sabes que la casa herido, mi querido Miguel,—prosiguió al cabo de un
tros corazones el entusiasmo por todo lo grande: el c instruirse, son casi todos enemigos de Rosas, por¬ está separada al extremo por un enverjado de hier¬ instante.
bien, la libertad, la justicia: nuestros amigos que se
que saben que los unilarios son inteligentes é ins¬ ro, que una vez cerrado permite á los criados entrar Atravesaron el patio y entraron en el salón. Don
encuentran hoy con Lavalle y han arrojado los guan¬ truidos, y á quienes loman siempre por modelo. Luis parecía dormir, bien que en realidad fuese más
y salir sin pasar por el interior de la casa, y por esta
tes para empuñar la espada, son el doctor Parceval. —Les despidiré mañana. la ausencia total de fuerza que el sueño lo que cer¬
puerta es por la que José ha salido.
Frías es el doctor Parceval en el ejército; Alberdi, —La seguridad de Luis, la mia, la tuya misma lo Es cierto, me acuerdo; pero... ¿no oyes ruido?

rase sus ojos.
Gutiérrez, Yrigoyen son el doctor Parceval en la exigen; tú puedes arrepenlirte de la hospitalidad
no —Sí... es producido por el galope de unos caba¬ Al ruido de las pisadas de las personas que entra¬
prensa de Montevideo; tú mismo aquí, bañado en tu que has concedido á 1111 infortunado y... llos,— exclamó la joven cuyo corazón latió con vio¬ ban, el herido volvió penosamente la cabeza, y vien¬
propia sangre, que acabas de arriesgar tu vida in¬ —¡Oh! ¡no, Miguel! 110 me digas eso; mi casa, mi lencia. do al doctor de pié á su lado, intentó sentarse en el
tentando huir de tu patria por no soportar más la fortuna, lodo cuanto poseo está á tu disposición y á —Es sofá.
probable que... se ha parado á la puerta,—
tiranía que la oprime, no eres otra cosa. Luis, que la la de tu
amigo. dijó súbitamente don Miguel trasladando la luz á otra —No se mueva V., Belgrano,—dijo el doctor con
personificación de nuestro profesor de filosofía, y... —Sin embargo debes emplear lodos los medios sala, volviendo al instante y abriendo uno de los voz amable y dulce,—110 se mueva V., aquí 110 hay
pero ¡bah! de qué tonterías me ocupo,—exclamó don para que tu virtud y tu abnegación no proporcionen postigos de la ventana que daban en la galería de la más que el médico.
Miguel percibiendo dos lágrimas que surcaban el armas contra lí á nuestros
opresores; pronto serás quinta. Sentóse en la orilla del sofá y
durante algunos se¬
cadavérico semblante de su amigo, ¡bah! ¡bah! no recompensada del sacrificio que te impones despi¬ —¡Dios mió! ¿quién puede ser?—murmuróla joven gundos consultó el pulso del herido.
hablemos más de esto. Déjame obrar conforme esli¬ diendo tus criados, tanto más cuanto que Luis no
pálida y bella como una flor de lis al declinar el dia. —Bien.—dijo al cabo de unos instantes,—vamos á
mo mejor. Y bien, si el diablo nos lleva, se nos lle¬
permanecerá bajo tu techo más que el tiempo indis¬ —¡Ellos son!—dijo el joven que habia apoyado su trasportarle á su cuarto.
vará juntos, y á fé mia, mi querido Luis, que no po¬ pensable que el médico determine, dos ó tres dias á rostro contra los cristales de la ventana. En aquel instante doña Hermosa y José entraron.
dríamos estar en el infierno peorque en Buenos-Aires. lodo estirar. La joven traia vendas.
—¿Quiénes son ellos?
Descansa un instante mientras voy á decir algunas —¡Qué poco! posible; sus heridas son graves
110 es —Parceval y —¿Son bastante anchas, doctor?—preguntó doña
José,—replicó con alegría don Miguel.
palabras á Hermosa. tal vez, y obligarle á abandonar la cama tan
precipi¬ —¡Oh! ¡el bueno, el noble, el generoso Parceval! Hermosa al médico.
Y diciendo esto, se dirigió hácia el gabinete cer¬ tadamente seria matarlo. Yo soy libre, vivo comple¬ Y corrió á buscar la luz que por prudencia habia —Sí, señora,—contestó este;—ahora necesitaría
rando vivamente los ojos para hacer desaparecer tamente aislada porque
por carácter busco la soledad; ocultado. un jofaina con agua fría y una esponja.
una lágrima que, á la vista de las que derramaba su no recibo sino
muy raras veces las visitas de mis Eran, en efecto, el viejo veterano de la indepen¬ —Todo esto lo encontrará V. en la pieza destinada
amigo, no halda podido retener. pocas amigas, el ala izquierda de la quinta está des¬ dencia y el sabio profesor de filosofía y al mismo al herido; ¿desea Y. otra cosa?
Más larde daremos á conocer ámpliamente al lec¬ habitada, y en ella podremos disponer para don Luis tiempo médico y cirujano. —No, señora; doy á V. mil gracias.
tor ese joven dotado de alma tan grande una habitación del lodo
y de tan independiente de las mias. José atirió la puerta, hizo entrar al doctor, condujo Tomó las vendas de manos de doña Hermosa cu¬
esquisi ta sen si bi I ¡dad. —¡Gracias! ¡gracias! mi querida Hermosa; ya sabia los caballos al establo, y luego abrió la verja de la yos ojos leyeron en los de D. Luis la expresión de su
—Miguel,—dijo á su primo la joven cuando este yo que la sangre generosa de nd madre corría por tus que tenia la llave. vivo reconocimiento.
entró en el gabinete.—en verdad no sé qué hacer; tu venas; pero quizás no pueda Luis vivir aquí, esto El doctor y
—Gracias, señor,—dijo don Miguel adelantándose don Miguel colocaron al herido en un
amigo y tú estáis cubiertos de sangre, teneis necesi¬ dependerá de muchas cosas que hasta mañana no hasta el centro del patio al encuentro del doctor á sillón, y con la ayuda de José le trasladaron al cuar¬
dad absoluta de mudaros el traje y los únicos que yo podré saber. Preparemos ahora el alojamiento de mi quien estrechó la maño con gratitud. to que le estaba destinado, mientras doña Hermosa,
poseo son de mujer. amigo y la cama en que le acostaré luego después de —¿Qué ocurre, amigo del Campo?— preguntó el que no se atrevióá seguirlos, permanecía en el salón.
—Quenos sentarían á las mil maravillas, mi que¬ su primera cura. doctor apresurándose á abreviar las demostraciones Bella, pálida y oprimido el pecho por las emocio¬
rida prima, si consentías en cedernos 1111 poco de tu nes que habia experimentado aquella noche, doña
—Sí,—respondió la joven,—ven por aquí, ven.— de agradecimiento del joven.
exhuberanle hermosura,—contestó sonriendo el jo¬ Y tomando una luz pasó con su Hermosa dejó
primo á su dormito¬ —Un momento,—repuso éste haciéndole entrar en se caer en un taburete, y apartó
ven;—pero no te apures, dentro de unos instantes rio y de este al tocador. la pieza donde se encontraba su prima, seguido de maquinalmente con sus diminutas manos los bucles
tendremos cuanto nos hace falta. No perdamos tiem¬
José, que llevaba en brazos una caja en apariencia que caian sobre sus sienes, como si de esta manera
po ahora y vayamos al grano. hubiese querido apartar de su mente la multitud de
muy pesada.
Y después de haber hecho sentará su prima en CAPÍTULO IV. ideas que
—¿Ha traído V., doctor, lodo lo necesario para la habían llevado la confusión á su cerebro.
un sofá y colocádose él á su lado, prosiguió de esta primera cura, conforme le he suplicado á Y. en mi Hospitalidad, peligros, sangre, abnegación, fatiga,
manera: El, DOCTOIt PARCEVAL.
carta?—repuso don Miguel. compasión, admiración, todo habia cruzado por su
—Dimc, Hermosa, ¿quiénes son tus criados en los —Así lo creo,—repuso Parceval saludando á doña mente en ménos de una hora. Era demasiado
para
que tienes más confianza? Doña Hermosa, seguida de su primo, tomó una Hermosa.—sólo tendré necesidad de vendas. ella que, en toda su vida, 110 habia experimentado
—Justo, María, sirviente que he traído de Tucu- llave colocada encima de una mesa del tocador, abrió Don Miguel cambió con su prima una mirada de jamás emociones tan violentas y tan imprevistas,
man, y la pequeña Lisa. el cuarto en el que la pequeña Lisa, afecta á su ser¬ inteligencia,y la joven salió al instante. bien que estuviese dolada sin embargo de una sen¬
—¿Y los demás? vicio particular, dormía el sueño dulce y tranquilo —Heaquí la pieza que Luis debe ocupar, ¿cree V. sibilidadesquisita, de una imaginación poética é im¬
—El cochero, el cocinero y dos ancianos de la infancia, salió por una puerta opuesta, descen¬
negros necesario trasportarlo aquí antes que Y. le haya exa¬ presionable, sobre la que los acontecimientos de la
que vigilan la quinta. dió al palio, que atravesó, y se encontró al lado de minado? vida podían en un minuto ejercer la misma influen¬
—¿El cochero y el cocinero son blancos? la casa opuesto al que ella habitaba: abrió entonces —Es indispensable,—contestó el médico lomando cia que sobre caractércs más fríos y positivistas en
—Sí. una puerta y penetró en una galería que daba á una la caja de instrumentos de manos de José y colocán¬ un año.
—Está bien, entonces los blancos porque son blan¬ habitación completamente amueblada. dola encima de una mesa. Mientras la joven intenta explicarse lo que pasa
cos y los negros porque son negros, hay que despe¬ —Aquí,—dijo la joven á su primo colocando la —José,—dijo don Miguel,—aguarde V. en el patio; en su ánimo, entremos en el cuarto del herido.
dirlos mañana por la mañana. luz sobre una mesa,—ha vivido durante
algún tiem- pero no, mejor será que vaya V. á enseñar á su ama Cuando después de duras penas lograron desnudar
LA MAS HORCA 17
16 LA MAS IIORCA. —Hasta mañana. independencia sentado á la cabecera de la cama del
á don Los dos amigos se abrazaron fraternalmente. herido.
Luis, por baber la sangre pegado sus vestidos —observó el
á su cuerpo, el doctor pudo examinar las heridas.
doctor,—y sobre todo desconfiar de los Don Miguel hizo una seña á José y á Tonillo, quie¬ Al volver al salón, doña Hermosa dirigió una mi¬
criados.
—No es nada,—dijo después de baber sondeado la nes habían permanecido en uno de los rincones del rada hacia el cuarto donde descansaba su húesped;
—No sobrevendrá ningún contratiempo, se¬
nos
del costado izquierdo,—la espada ha resbalado sobre cuarto, y salió con ellos. después pasó á sus habitaciones particulares.
ñor,—repuso don Miguel:—sólo Dios ha podido —Tonillo, toma esta caja,—dijo don Miguel á su Entretanto el maestro, el discípulo y el criado ha¬
las costillas sin interesar al pecho; esta tampoco
es guiarme hasta el sitio donde Luis iba indefectible¬ criado señalando la que encerraba los instrumentos bían enfilado á galope tendido la oscura y desierta
grave,—prosiguió después de baber examinado la mente á perder la vida, y Dios que no hace las cosas
del hombro,—el arma estaba bien afilada del doctor,—y arrea los caballos.—Luego, dirigién¬ calle Larga, y dirigiéndose á la ciudad por la barran¬
y no ha á medias, acabará su obra tan felizmente comenzada.
roto nada; veamos ahora el dose á José, le dijo: ca de Yalcarce que doce años antes habia visto des¬
muslo,—repuso. —Sí, creamos en Dios y en el porvenir,—dijo el
Pero á la primera ojead a que dio sobre esta herida, —Dejo á mi prima el cuidado de velar por don cender los escuadrones del general Lavalle para ir
doctor paseando su mirada de don Luis
Belgrano á Luis Belgrano, y al valor de V. la defensa de su vida, á sellar con su sangre los futuros males de ia patria,
larga lo menos de seis pulgadas, una expresión de don Miguel de! Campo, dos de
sus últimos discípulos si sobreviniese algún accidente. Seria fácil que los se detuvieron á la puerta de la casa del doctor Par¬
disgusto contrajo las inteligentes facciones del doc¬ de filosofía los más queridos, tres años antes,
y en el que han asaltado á mi amigo formasen parte de la so¬ ceval, situada á espaldas de san Juan, en la calle del
tor; durante cerca de cinco minutos examinó con es¬ corazón de los cuales veia desarrollar los frutos de
ciedad popular, y posible también que algunos de Restaurador.
crupulosa atención ¡os músculos cortados en el inte¬ virtud y de abnegación que sus lecciones habían
rior de la herida hecha en lo ancho de la
ellos quisiesen vengar á sus compañeros muer¬ Despidiéronse maestro y discípulo, cambiando al¬
nalga. sembrado en su alma. tos
—Es un sablazo por él si por desgracia llegasen á conocer su gunas palabras en voz bajafluego don Miguel, segui¬
horrible,—exclamó;—pero hano —Es tiempo de que Belgrano descanse,—prosiguió; retiro. do de Tonillo, atravesó el mercado, salió por la calle
interesado un solo vaso, sólo hay
un gran desgarro. —antes de amanecer
empezará á sentir la fiebre que
El doctor lavó entonces por sí mismo las —Será posible, señor, pero los asesinos no entra¬ de la Victoria, dobló á la izquierda, y pocos instan¬
heridas, va en pos de las heridas: mañana sobre el medio dia rán en la casa de la bija de mi coronel sin haber
luego lo curó de primera intención, no sirviéndose tes después Tonillo saltó del caballo y abrió la puer¬
volveré.
del ceralo ni de las hilas que habia metido en su ca¬ antes hecho añicos al viejo José, y para esto tendrán ta de una casa en la que sin descabalgar entró el
Pasó su mano por la sudorosa frente del joven,
ja, sino únicamente de las vendas. necesidad de combatir un poco. joven.
como hubiera podido hacerlo un
En aquel momento pararon caballos delante de la padre con su hijo, —Bravo, así me gustan los hombres,—dijo don Don Miguel estaba en ¡a suya.
y cogiéndole la mano, se la estrechó afectuosamente;
casa; prestaron todos atención, ménos el doctor, que Miguel estrechando la mano del soldado: cien como
luego salió al patio con don Miguel. V. y respondía de todo.
continuóimperturbable la curación del herido. Hasta mañana pues. Cierre
—¿Cree V., señor, que salvaremos á Luis?—le pre¬ V. la reja y la puerta tan CAPÍTULO Y.
—/lia entregado V. la carta á él mismo en perso¬ pronto como hayamos sa¬
guntó el joven. lido. Hasta mañana.
na?—preguntó don Miguel á José. —Su vida 110 corre ningún
peligro, pero su cura¬ —Hasta mañana, señor.
—Sí, señor,—contestó el veterano. ción será quizás lenta,—contestó el doctor.
COBRESrOINDENClA.
—Entonces vaya V. á abrir, no puede El doctor estaba en pié y se despedía de doña Her¬
ser otro que Al pronunciar estas palabras se hallaron en el sa¬
mi criado. mosa, cuando don Miguel entró en el salón. Una vez en el patio, don Miguel confió su caballo
lón, donde el médico habia dejado su sombrero.
Un minuto después, José entró acompañado de un Doña Hermosa permanecía sentada
—¿Se va V. ya, señor? á Tonillo, dándole orden de que no se acostara y de
en el mismo —Sí, me voy; pero V., Miguel, debe quedarse.
joven de diez y ocho á veinte años, de raza blanca, taburete, con la cabeza apoyada en la que aguardase sus órdenes; levantó en seguida el
mano cuyos
de ojos y cabellos negros y fisonomía inteligente y rosados dedos se perdían entre las —Dispense Y., señor, tengo necesidad absoluta de pestillo de una puerta y entró en un espacioso salón
vivaracha, quien, á pesar de sus bolas guedejas de su volver á la ciudad, y aprovecho esta circunstancia alumbrado por una lámpara de bronce; tomóla y pa¬
y su corbata tentadora cabellera.
negra, dejaba adivinar que era hijo legítimo del para ir en compañía de V. só á una pieza inmediata cuyas paredes desapare¬
—Señor,—dijo el joven dirigiéndose al doctor,— —Bien, partamos pues,—dijo el doctor. cían tras la estantería de una biblioteca
campo, es decir un perfecto gaucho sin chiripa ni esta joven es mi prima hermana, doña Hermosa
numerosa y
calzoncillos. —Un momento, señor; Hermosa, todo está arre¬ escogida. Salón y gabinete formaban parle de la ha¬
Saenz de Salaberry.
—¿Lo has traído todo, Tonillo?—le preguntó su amo. —En efecto,—repuso Parceval glado, Tonillo vendrá á medio dia á saber noticias de bitación particular de don Miguel.
—No falla nada, señor,—contestó el criado colo¬ después de cambiar Luis, yo estaré aquí por la noche á las siete. Ahora Este, uno de los personajes más importantes de
algunos cumplidos con la joven y sentándose á su vé á descansar, y cuanto más temprano
cando sobre una silla un enorme fardo lleno de mejor haz lo nuestra historia, era joven de veinte y ciuco años, de
blanca y vestidos.
ropa lado,—hay entre Yds. dos mucho aire de familia y 110 que te he recomendado, y nada temas. talla mediana y proporcionada, moreno algo sonro¬
creo equivocarme añadiendo
que existe entre Yds. —¡Oh! sólo tiemblo por tí y por tu amigo,—res¬
Abrió don Miguel el fardo, del que sacó una cami¬ sado, pelo castaño y ojos azules, ancha frente, nariz
una
gran afinidad de sentimientos, porque noto, se¬
sa
que puso á don Luis; luego, con ayuda del doctor, pondió con viveza y emoción doña Hermosa. aguileña, labios un poco abultados, pero de un vivo
ñora, que en este momento V. sufre porque ve sufrir; —Lo sé, pero no sucederá nada.
colocó al herido en la cama. encarnado que hacia resaltar ia blancura de sus
esta impresionabilidad del alma
El joven se retiró y esta propensión —¡Oh! el señor don Miguel del Campo goza de
después á una pieza inmediata simpáticason notables en Miguel.
magníficos dientes; su fisonomía varonil y un poco
seguido de José y Tonillo. Doña Hermosa se ruborizó sin saber grande influencia,—dijo irónicamente el doctor, fi¬ altiva respiraba á la par que inteligencia, dulzura y
En algunos minutos se lavó porqué, y dijo jando sus dulces y expresivos ojos en el semblante sensibilidad.
y cambió de piés á algunas frases entrecortarlas.
cabeza con las ropas que le llevara su
criado, mien¬ El joven se aprovechó del momento inteligente y noble de su discípulo. Don Miguel era hijo único de don Antonio del
tras explicaba á José de qué
en que su pri¬ —Protegido de los señores Anchorenas, consejero
manera debía obrar con ma recibía del doctor las instrucciones Campo, rico hacendado del Sud, de quien adminis¬
los demás sirvientes de la higiénicas re¬ de S. E. el señor ministro don Felipe, y miembro traba los intereses de los señores
casa, esto es que él mismo lativas al enfermo, para trasladarse de un sallo al mancomún con
lavara la sangre que había regado el correspondiente de la sociedad popular restauradora, Anchorenas, quienes á causa de su inmensa fortuna
piso del salón, lado de este.
que quemara los trages ensangrentados, etc. —declamó don Miguel con gravedad tan afectada
—Luis,—le dijo,—es preciso que me vaya para y do suslazos de parentesco y de opiniones con Rosas,
Entretanto don Luis enteraba al doctor de los que doña Hermosa y el doctor 110 pudieron contener gozaban en aquella época de gran reputación en el
acontecimientos que habían ocurrido tres horas
acompañar al doctor; José quedará á tu lado, por si la risa.
tienes necesidad de alguna cosa: hasta mañana partido federal.
antes. por —Rian Yds.,—prosiguió el joven,—que yo malditas
la noche 110 podré volver, pues me veo Don Antonio era un verdadero campesino, en la
Este, la cabeza apoyada en la mano y el codo
obligado á las ganas que de ello tengo, pues sé que esos hono¬
con
permanecer lodo el dia en la ciudad; pero man¬ acepción que dan á esta palabra en la banda orien¬
en la almohada del res de que me hallo revestido me sirven para...
joven, escuchaba con aire pen¬ daré á mi criado para saber noticias tal, y sobre esto honrado y sincero. Sus opiniones
sativo tuyas. ¿Me —Partamos, Miguel,—interrumpió el doctor. federales desde mucho
aquella horrible relación, (|ue inauguraba una permites que dé al luyo las órdenes que yo juzgue
eran
tiempo antes que Rosas;
era de sangre y de crímenes debia cubrir de
que necesarias? —Partamos, señor; Hermosa, hasta mañana. y á de la federación habia sido partidario pri¬
causa
luto y helar de espanto la Y depositó un beso en la mano que le tendió su de López,
desgraciada buenos-Aires. —Haz como mejor le parezca, Miguel,
á condición
mero
después de Dorrego, y de Rosas
—¿Cree V. que ese Córdova ignora su nombre?— de que 110 envolverás anadie en mi prima. últimamente, sin que por eslo supiese explicarse el
preguntó á don Luis.
desgracia. —Buenas noches, doctor,—dijo doña Hermosa
—¿Volvemos á las andadas? Tienes más talento porqué de sus opiniones; mal común, por otra par¬
—Ignoro si alguno de mis amigos me habrá nom¬ que yo, Luis, pero para ciertas cosas valgo cien veces
acompañándoles hasta el zaguan. te, á los nueve décimos de federalistas desde 1811, en
brado delante de él, á lo ménos no lo
recuerdo; pero más que tú. ¿Tienes que hacerme Después de cruzado el patio, salieron por el enver¬ que el coronel Artigas pronunció la palabra federa¬
si no lo han pronunciado, no ninguna recomen¬ jado que separaba la quinta, volvieron á la izquierda ción para
puede saberlo, porque dación especial? rebelarse contra el gobierno constituido,
Palmero fué el único que trató con él. y llegaron á la galería de la puerlecila, delante de hasta 1829, en que Juan Manuel Rosas se sirvió de
—Ninguna. ¿Has hecho que tu prima se retire? la que Tonillo les aguardaba con los caballos.
—Esto me inquieta un poco,—dijo don la misma para rebelarse contra Dios y contra el
Miguel que —¡Adiós! ¿empiezas ya á inquietarte por mi prima?
habia oído la relación del herido Al pasar por frente de la ventana del cuarto de diablo.
y entrando de nue¬ —¡Loco!—dijo don Luis sonriendo,—vete, vete, y
el
salón,—mañana lo aclararemos lodo. don Luis, don Miguel miró, y Vió al veterano de la Sin embargo
vo en
sé siempre mi amigo. don Antonio sentía todavía un amor
—Es preciso mucha circunspección,
amigos míos, —Hasta mañana, pues.
18 LA MAS-HORCA. LA MAS HORCA 19
más profundo que el de la federación, era el que laoposición y las intrigas de. sus enemigos, ciertas un discurso federal para entusiasmar á los defenso¬ hay en Buenos-Aires que 110 envidien los caballos
experimentaba por su hijo, que era su orgullo, su autoridades colocadas bajo las órdenes de V., no de¬ res del Restaurador, si bien es V. capaz de compo- que tú montas; sufrirías pues mucho si le separasen
ídolo, y á quien desde niño preparó para abrirle la jan de hacerle una guerra embozada, echando en n< rio V.
mismo, sobre todo cuando se trata de la (le mí.
puerta á la carrera de las letras á fin de que, como olvido el cumplimiento de sus deberes. santa causa de la federación
y de la vida del ilustre —Yo noquiero servir, señor; antes me dejaré ma¬
decía el buen padre, llegase á ser doctor. «La policía, por Restaurador de las leyes. tar que
ejemplo, se ocupa más en demos¬ abandonarle.
A la época en que trabamos conocimiento con trarse independiente déla autoridad de V. «Si.V. se decide á convocar esta reunión federa!,
que en —¿Y te barias matar por mí, en cualquier situa¬
don Miguel, estudiaba este el
segundo año de dere¬ cumplir eon su ministerio. tenga la bondad de contestarme antes de medio dia; ción en que yo peligrase?
cho; pero por motivos que más tarde explicaremos, «V. no ignora que la semana última emigraron podiendo entretanto disponer de su respetuoso ser¬ —Si, señor,—contestó Tonillo con el acento fran¬
habia abandonado sus libros hacia vidor que
algunos meses. cuarenta y tantos iudhiduos sin que la
policía se le saluda federalmenle co y sincero de un joven de diez y ocho años
que
Vivía el joven completamente solo en su casa, ex¬ hubiese opuesto, á pesar de los formidables medios tiene conciencia de su valor, y este parece innato
«MIGUEL DEL CAMPO.»
cepto cuando, aquella ocasión, tenia huéspedes
en de que dispone, y que S. E. el Restaurador lo supo entre los que han respirado el aire de la pampa.
que su padre le habia dirigido desde el campo. por V. á quien tuve el honor de dar parte; pero bas¬ —Ese hombre hará cuanto yo le diga,—murmuró
—Estoy convencido de ello,—dijo Miguel,—y si
Es probable que los sucesos que se irán desarro¬ ta que sea V. quien lo diga á S. E. para
que el señor Miguel con acento de completa confianza después de no he leido en el fondo de tu corazón seré
digno de
llando nos darán á conocer el género de vida y las escrita la carta que
Victoiica finja 110 saber nada. precede;—el y todos cuantos á naufragar en mis proyectos.
relaciones de ese joven que después de entrar en su «Esta noche, á las diez y media, volvía yo de la el se parecen devorarían á Rosas sin sospecharlo, si Mientras pronunciaba estas palabras, que parecía
gabinete, colocar la lámpara encima de un escrito¬ Boca á !a ciudad por el camino del Bajo, cuando tan sólo tres hombres como yo me ayudasen á diri¬ decirse á sí mismo, don Miguel lomó las tres prime¬
rio y rellenarse sillón á la Voltaire, habia que¬
en un al llegar delante de la casa de sir Walter Springh, girlos, el campo, otro en el ejército, el terce¬
uno en ras cartas que habia escrito,
y prosiguió:
dado durante un cuarto de hora entregado á profun¬ he visto ro cerca de Rosas, y yo en todas
un grupo de hombres que, á
numeroso partes, como Dios ó —Bien, Tonillo, ten confianza, no entrarás en el
das meditaciones. de el diablo... Vamos á ver, me falta escribir todavía servicio. Escucha lo que voy á decirte: esla mañana
causa proximidad al rio, tenian, supongo,
su
—Sí,—exclamó de repente y pasando sus dedos la intención de embarcarse. lié
aquí la ocasión una carta. á las nueve, llevarás un ramo de flores á doña Auro¬
por sus cabellos,—no queda otro medio; de esta ma¬ de desquitarse V. con el señor Yictorica enterando Tiró entonces de un cajón secreto de su escritorio, ra, y cuando ella saldrá para recibirlo le entregarás
nera les cierro todos los caminos. V. mismo á S. E., porque me atreveré á sacó una hoja de papel llena de signos convenciona¬
asegurar esta carta, á ella en persona ¿oyes? Irás enseguida á
Entonces pausadamente, sin vacilar ni precipitar¬ que, si sabe lo ocurrido, ignora lo que debería sa¬ les, y se puso á escribir consultando el papel á me¬ de don Felipe Arana, á
casa quien entregarás es¬
se, como hombre seguro de lo que hace, se sentó á ber si la policía imitase la actividad y el ardor de dida que avanzaba la caria. totra; luego te dirigirás á casa del coronel Salomón,
su escritorio
y escribió las siguientes cartas, que re¬ V., eso es, el número de los fugitivos. Hé aquí el contenido de esta: á quien darás esta. Sobretodo párala atención en los
pasaba con la más cuidadosa atención á medida que «Esta larde tendré el honor de presentarme en sobres antes de entregar las cartas.
las terminaba. casa de V., «Buenos-Aires, 5 mayo 1840. Esté V.
y espero que el favorable concepto que tranquilo, señor.

de su talento y actividad me he formado quedará «Esta noche han sido sorprendidos cinco de nues¬
«5 de mayo, á las
—Después de cumplidos los encargos que le acabo
2','s de la madrugada. justificado plenamente al informarme de que V. lo tros amigos en el momento de embarcarse: Salazar, de dar, pasarás á casa de doña Marcelina.
«Hoy necesito de tu talento, Aurora mia, como ne¬ sabe lodo, sin la ayuda de la policía, así lo que ha Palmero, Sandoval y Márquez, han sucumbido bajo —La que...
cesito siempre de tu amor, de tus el hierro de los asesinos, ó al ménos lo supongo to¬
caprichos, de tus ocurrido como el número y calidad de las personas, —La misma, sí, la misma que hoy y con razón 110
enfados seguidos déla reconciliación, para experi¬ si, davía en estos momentos; uno solo ha logrado esca¬ has dejado entrar en mi casa; le dirás sin embargo
como espero, no se han engañado mis ojos.
mentar la mayor felicidad de mi existencia. En al¬ «Hasta la tarde. par milagrosamente. Si en otra parte oye V. hablar que venga á verme al instante. A las diez puedes es-
gunos de los raros momentos en que gustas de estar «Interin tiene el honor de saludarle con el más de este asunto, 110 cite V. ningún otro nombre que lar de vuelta, y si no estoy levantado despiértame tú
seria, me has dicho que yo habia hecho la educa¬ profundo respeto los que he escrito.» mismo. Da también la orden á los criados de que si
ción de
su adicto y humilde servidor.
tu corazón
de tu cabeza. Veremos pues
y
»Q. B. S. M., Después de doblada de una manera particular, mientras tú estás fuera viene alguien á verme me
cuáles son los progresos de mi discípula. cerró la carta y escribió en el sobre: avisen. Ahora, antes de irle á descansar quiero de¬
«Necesito saberde qué manera se comen la entre los «MIGUEL DEL CAMPO.»
Z. do 53. Montevideo. cirteuna palabra ¿la adivinas?
amigos de cfiifianza de doña Agustina Rosas ydc doña —¡Ah! mi querido don Felipe,—exclamó el joven —Sí, señor,—respondió Tonillo, cuya fisonomía
María Josefa Ezcurra un hecho acaecido esta riendo como un niño,—¿quién hubiera nunca creído Metióla tomó notable
no¬
luego en unsegundo sobre en el que ex¬ una
expresión de inteligencia.
che en el bajo de la Residencia, qué incidentes, qué tendió otra
que, ni aun en broma, se ensalzaría tu actividad y dilección,la ocultó debajo de su lintero de —Me alegro que la sepas y que jamás la olvides:
peripecias se le atribuyen, en fin lodo lo relativo á tu talento? pero nadie es inútil en este mundo,
y de¬ bronce, y después tiró de! cordon de una campanilla. para merecer mi confianza, has de ser mudo, sordo
este asunto. bes servirme todavía de algo. Vayamos á la otra. Tonillo entró al instante. y ciego, pues si cometes la menor indiscreción...
«Sé prudente, sobretodo con doña María Josefa; no Y se puso á escribir. —Las cosas no marchan como yo quisiera, Toni¬ —Esté V. tranquilo, señor.
dejes vislumbrar delante de ella el más leve interés llo,—dijo don Miguel afectando un aire distraído,— —Bien, puedes retirarle.
por saber lo que es preciso obligarla á que ella mis¬ «5 de mayo de 1840. el alistamiento es general, y me veré por segunda Don Miguel cerró la puerta de su cuarto, que daba
ma le cuente:
aquí de tu destreza. «Señor coronel Salomón. vezobligado á solicitar del general Pinedo tu hoja de al palio, á las tres de la madrugada de aquella no¬
«Tú comprenderás, alma mia, que un motivo
po¬ «Amigo y compatriota: Como Otros muchos, estoy exención, á ménos que tú desees servir. che durante el transcurso de la cual su cuerpo y su
deroso se oculta bajo lodo esto, y que tu cólera de convencido de que la federación tiene en V. el más —¡Eli! ¿cómo puedo desearlo, señor?—respondió ánimo habían soportado un trabajo tan penoso, y se
esta noche, tus caprichos infantiles, no tienen nin¬ firme apoyo, así como el heroico Restaurador de las Tonillo con este perezoso acento peculiar á los cam¬
entregó por fin al descanso.
guna relación con lo que hace referencia á la suer¬ leyes el amigo más fiel y más decidido. Por esta razón pesinos.
te de tu —Sobretodo parece que el servicio será penosísi¬
sufrocuandooigo decir en ciertas casas que frecuento
MIGUEL.» y que V. conoce Tnás ó menos, que la sociedad popu¬ mo; es probable que el ejército recorrerá la repúbli¬
lar. de. la que es V. digno presidente, 110 ayuda á ca de uno á otro extremo, y tú no estás acostumbra¬ CAPÍTULO VI.
la
—¡Pobre Aurora!—murmuró el joven después de policía con toda la actividad que debería hacerlo, do á tan grandes fatigas; tú naciste en la estancia
leer otra vez esta carta.—¡Rali! es viva como una de mi
para perseguir á los unitarios que. todas las noches, padre
y has sido educado á mi lado con toda EL ANTRO DEL TIGRE.
centella, y nadie es capaz de penetrar sus pensa¬ emigran para ir á engrosar las tilas del ejército de la dulzura posible. Por lo que á mi hace, creo que
mientos cuando ella 110 quiere dejarlos adivinar. Es¬ Lavalle. no te he causado nunca ninguna desazón. Mientras tenian lugar por las calles de Buenos-
cribamos la segunda carta; pero para esta hay nece¬ «El Restaurador debe de estar muy incomodado —V., señor,—exclamó Tonillo con lágrimasen los Aires los acontecimientos que acabamos de relatar,
sidad de adelantar el péndulo de algunas
horas. de esto, y yo, como amigo de V. que soy, le aconse¬ ojos.—¡Oh! nunca. otros más importantes todavía ocurrían en cierta
Y escribió, y volvió á leer una vez
terminada, la jaría que hoy mismo reuniese en su casa á los más —Te he encargado de mi servicio personal, por¬ célebre casa de la calle del Restaurador.
siguiente: consecuentes federales de la
sociedad, tanto porque que tengo en tí toda mi confianza: tú eres en mi casa Mas, para la completa inteligencia de nuestro re¬
le enterasen de lo que saben respecto de los que úl¬ el amo de mis criados, gastas el dinero que se te an¬ lato, conviene que el lector europeo sépala
«5 de mayo de 1840, á las 9 de la mañana. situación
timamente lian huido, como para escogitar los me¬ toja, yo recuerde jamás te he hecho la menor
»Sr. D. Felipe Arana, etc., etc. y (iue política en que se encontraba en aquella época la
dios de perseguir y aterrorizar á los que en lo suce¬ observación. República argentina.
«Muy Sr. mió y distinguido amigo: Mientras V. ve¬ sivo quisiesen imitarlos. —Es cierto, señor. De crisis lo era para la dictadura del general Ro¬
la yconjura con la energía que le caracteriza los peli¬ «Yo mismo tendré un placer en asistir á esta reu¬ —No hago venir nunca un caballo para mi sin pe¬
sas; ó habia de caer infamado y escarnecido de to¬
gros todos de que se halla rodeado el gobierno, por nión y escribir para V., como he hecho otras veces, dir á mi padre otro para ti. Tonillo. Pocas personas dos, ó levantarse más potente y más sanguinario que
20 LA MAS- HORCA

nunca, según fuese el desenlace de los aconteci¬ Rosas hubiera querido hacer frente á todos lados á LA MA s-IIüRCA.
la vez, pero por todo se encontraba 21
mientos. débil para afron¬ lado unaalianza entre el general y las autoridades
tar los peligros que le amenazaban; En principio la susceptibilidad nacional de los
un
Los peligros que le rodeaban partían de tres cau¬ sólo en su auda¬ francesas, en la Plata, para oponerse y combatir el
sas principales: la guerra ci\il, la guerra oriental y cia cifraba su confianza. emigrados argentinos se habia alarmado del conflic¬
A fines de marzo, el general
enemigo común. Las concesiones más importantes to francés. Los más moderados se creian en
el conílicto con Francia. La Madrid fué, por el deber
habían sido acordadas entre ambas partes; basta en¬ de permanecer neutrales en una cuestión internacio¬
La revolución delsud, inaugurada seis meses an¬ orden de Rosas, á restablecer su poder casi perdido tonces la buena fé y la lealtad
tes de la las provincias revolucionadas; pero encontrándose habían presidido en nal que se ventilaba con el
gobierno de su país, fue-
época comienza nuestra historia, ha¬
en que en
lasoperaciones contra Rosas, entre el gobierno de la se cuál fuese el sistema de
bía colocado de repente á Rosas en el peligro mayor casi solo, no se atrevió el antiguo competidor de gobierno que les rigiese.
república y las autoridades francesas. Los más celosos de su
en que se hubiese encontrado durante el curso de su Quiroga á pasar adelante, y se detuvo en Córdoba á nacionalidad, como el chan-
existencia política. Pero el desgraciado fin de aque¬ fin de reunir algunas fuerzas.
lla revolución espontánea, sin plan preconcebido ni Rosas á fin de acudir al socorro de Echagfie y de
dirección, habia, como acontece siempre en semejan¬ Oribe en la provincia de Entre-Rios, habia sujetado
tes circunstancias, dado mayor fuerza é importancia á suprema prueba la paciencia de Buenos-Aires orde¬
al vencedor Rosas, ese hijo predestinado de la casua¬ nando, durante marzo y abril, una leva escandalosa
lidad, que no debió su poder y su fortuna á otra co¬ de ciudadanos de todas condiciones, edades y profe¬
sa que á los desaciertos de sus adversarios. siones que no eran conocidos por sus opiniones fe¬
Sin embargo dos golpes terribles hacían bambo¬ derales, y que debian elegir entre incorporarse al
lear por su base el edificio de su poder: la derrota ejército, cual si fuesen veteranos, ó aprontar en dine¬
ro el valor de
de su ejército en el Estado oriental y la expedición diez, doce y hasta cuarenta veces el
del general Lavalle á la provincia de Entre-Rios. de la redención, quedando además sujetos á per¬
La victoria de Jeruá habia inducido al general li¬ manecer en la cárcel ó en el cuartel basta haber
bertador á provocar un movimiento revolucionario completado el pago.
en Corrientes. Este horrible prólogo de terror, que comenzaba de
En efecto, el (i de octubre de 1839, esta provincia una parte, y de otra el entusiasmo, la fiebre patrióti¬
se habia levantado en masa y rebelado contra Rosas. ca que conmovían el ánimo de la juventud al exten¬
Entretanto los vencidos deCagancha habían bus¬ derse el rumor de las victorias obtenidas por el ejér¬
cado refugio en la provincia de Entre-Rios, en los cito libertador,y la propaganda de la prensa de Mon¬
alrededores de Paraná, y con los refuerzos que en¬ tevideo, eran causa de la numerosa emigración de
vió Rosas en su socorro á toda prisa, se organizó un los más distinguidos ciudadanos, y entregaban de es¬
nuevo ejército, en el que se encontraba el ta suerte las
ex-presi- playas de Buenos-Aires al puñal de la
dente don Manuel Oribe. Mas-Horca.
Abandonó entonces Lavalle la provincia de Cor¬ Así pues, para oponerse á Lavalle, vencedor en
rientes, y con sus tropas, que habían aumentado en dos batallas, Rosas contaba apenas con algunos res¬
número, disciplina y entusiasmo, dió y ganó la bata¬ tos del ejército acorralado en el Paraná, en la pro¬
lla de don Cristóbal, el 10 de abril de 18i0, y arrojó vincia de Entre-Rios.
en la bajada los restos de aquel segundo Para contener las provincias, el único socorro que
ejército,
que una deshecha tempestad sobrevenida la noche podia enviar á sus partidarios era el general Larna-
misma de la batalla, salvó de una derrota completa. cllid, y ya sabemos en qué condiciones.
Por otra parte la tormenta revolucionaria tomaba Por lo que hace á la provincia de Buenos-Aires,
proporciones formidables en el Tucuman, en Salto, no le quedaba más que su hermano Prudencio, (ira-

la Rioja, Catamarca y Jujuy. nada, González y Ramírez al frente de débiles divi¬


La asamblea de los representantes del Tucuman, siones desmoralizadas y sin disciplina.
por ley de 7 de abril del mismo ano de 1840, habia Para aterrorizar la ciudad, contaba únicamente
cesado de reconocer comogobernador de Rueños- con la Mas-Horca.
Aires á Juan Manuel Rosas, y retirádole los pode¬ Sin embargo peligros todavía mayores le amena¬
res que le habia conferido para los asuntos concer¬ zaban en la época que narramos.
nientes al ministerio de Estado. El general Rivera, enorgullecido por su victoria de
El 13 de abril, el pueblo de
Salto destituyó á su Cagancha, perdía el tiempo paseándose con su ejér¬
antiguo gobernador, eligiendo otro interino, y negó cito de un extremo á otro de la república sin pensar
á Rosas la cualidad de gobernador de Buenos-Aires. en proporcionarse en el territorio de su enemigo los
La Rioja, Catamarca y Jujuy debian de un mo¬ beneficios de su victoria. Quizás ciertas pequeneces
mento á otro hacer idénticas declaraciones que las de carácter que registrará la historia, impedían la
provincias de Tucuman y de Salto. unidad de acción de dos generales á quienes acaba¬
De manera que de catorce provincias que compo¬ ba de favorecer la suerte. Sin embargo el pronuncia¬
nían la república, siete estaban contra Rosas. miento del pueblo era un hecho. Desde el primer
La de Buenos-Aires presentaba un aspecto parti¬ ciudadano del Estado hasta el último, lodos com¬ Colocarou el herido en un sillón
cular. La parte sur de lafmisma estaba despoblada á prendían la necesidad de obrar con energía contra
causa de la numerosa
emigración que siguió al des- j Rosas; el noble deseo de contribuir á la libertad ar¬
graciado éxito de la revolución y de las sangrientas gentina no entusiasmaba en aquella época más á los
venganzas de que la hicieron víctima. orientales, que á los hijos mismos de la república.
Eu el norte, los campos estaban llenos de descon¬ El general Rivera era el solo responsable de su inac¬ tre Stuzaingo, por ejemplo, hablaban sin reserva de tardó en establecerse entre las autoridades francesas
tentos; Rosas lo sabia y sin embargo no se atrevía á ción; pero la opinión unánime era de que de un mo¬ la audacia extranjera.
mento á otro darían principio las operaciones, y Ro¬
y los emigrados, primero una verdadera amistad
obrar, porque no tenia en ellos ni jefes ni partida¬ Sin embargo las declaraciones francas
v

rios conocidos. sas no podia ménos de creerlo asi.


repetidas
y luego alianza de derecho.
una
del gobierno y de los agentes de Francia en la Plata, En la República oriental la
En todas partes se respiraba esa atmósfera espe¬ En último lugar, el poder de Francia se levantaba no tardaron en convencer á los
emigración argentina y
cial que indica la proximidad de las grandes conmo¬ delante del dictador.
emigrados que no el poder francés en la
Plata, maniobraban de común
querían estos ofender la dignidad de la nación ar¬ acuerdo en sus operaciones contra Rosas.
ciones populares y que tienen origen de un mal que Después de la elevación del general Rivera á la gentina, ni atentar á ninguno de sus derechos; que Desgraciadamente en aquellos momentos la políti¬
gravita sobre todos sin ser definido. presidencia déla república oriental, se habia estipu- pretendían solamente obligar al déspota á respetar ca francesa comenzaba á sufrir ciertas fluctuaciones
derechos umversalmente reconocidos. Entonces no alarmantes.
2
21 1A MAS- HORCA. LA MAS -HORCA.
23
sustituido por el señor
ó de Paris, cuando dan caza á los presidiarios evadi¬ De repente uno de los que escribían levantó la
E1 señor Roger habia sido ca¬ por los traidores unitarios,—dijo el joven palidecien¬
Buchet de Martiguy, y el contra-almirante Leblanc dos, ó mejor á los asesinos que aguarda el pre¬ beza y colocó la pluma en el tintero. do hasta los ojos.
sidio. —¿Ha terminado V.?—le preguntó el hombre del —No he dicho eso, vuélvalo Y. á
por el de igual clase Dupotet. repetir.
Saliendo del zaguan, á mano derecha, se encon¬ sombrero de paja.
Por orden de este último, se habia levantado el —Pero, señor...
traba un angosto corredor con una puerta á la dere¬ —Sí, excelentísimo señor.
bloqueo en todo el litoral de Buenos-Aires, en la par¬ —¡Qué señor ni qué ocho cuartos! A ver, diga V.
te exterior del rio de la Plata, y limitado á su em¬ cha, otra al extremo y una á izquierda que daba á —A ver, lea V. en alta á lio de que no se le olvide: Comunica¬
voz
un cuarto sin otra comunicación, en el que se veia En la provincia de Tucuman: Marcos Avellane¬
el Océano. Esta medida debilitaba con¬
-

bocadura en ciones de las provincias dominadas


por los salvajes
sentado hombre vestido de negro, sumergido al da, José Toribio del Corro, Piedrabuena, José Ca¬
siderablemente los electos del bloqueo, y durante el
un
unitarios.
mando de Dupotet se propagaron entre los enemi¬ parecer en profundas meditaciones. lambres. En la provincia del Sallo: Toribio Tedin,
Repitiólo el joven con voz tan nerviosa y metálica,
La puerta del fondo daba á una cocina pequeña Juan Francisco Valdés, Bernabé López Solá.
gos de desconfianza. ¡
de Rosas los primeros síntomas que hizo abrir los ojos al anciano de la casaca en¬
Después de la mediación del comodoro de los Esta- 1 y ahumada, y por último la puerta de la derecha —¿No hay más? carnada, que habia acabado por dormirse profun¬
conducía á una especie de antecámara que comuni¬ —No, exententísino! Señor:
dos-Unidos Nicholson, en abril de 1839, se habían estos son los nombres damente.
hecho algunas proposiciones de arreglo. En el mes caba con otra sala más vasta, en la habia una
que de los
salvajes unitarios han firmado los docu¬
que —Así quiero que se les nombre en
mesa cuadrada cubierta con un tapete de lana encar¬ mentos del 7 y 10 de abril de la adelante, ya lo
de febrero de 1840, se entrevista á bor¬
efectuó una provincia de Tucu¬ be ordenado:
salvages ¿oye Y.?
do del buque de S. M. británica el Acteon, entre sir nado, algunas sillas arrimadas á la pared, una mon¬ man, y del 13 del mismo mes de la provincia de —Sí, excelentísimo señor, salvages.
tura completa arrojada en un rincón, y otras cosas Salto.
Walter Springh (1), don Felipe Arana y el contra-al¬ —¿lia concluido Y.? pregunto el
general al tercer
describiremos pronto. —Los en que dejan de reconocerme como
mirante francés, cuya entrevista abrió campo á vio¬ que gober¬ secretario.
lentas sospechas. El señor Buchet de Martigny esta¬
El cuarto donde se hallaba el hombre vestido de nador de Buenos-Aires y se me
despoja del ministerio —Sí, excelentísimo señor.
negro, recibía luz por dos ventanas con persianas que de Relaciones
ba encargado por su parte de entenderse diplomáti- exteriores,—dijocon sonrisa indefinible —Lea V.
mente con Rosas, no teniendo sin embargo poderes
daban á la calle, y por el tabique de la izquierda co¬ aquel á quien se daba el nombre de excelentísimo El secretario
municaba con un dormitorio y con muchas otras
leyó lo que sigue:
suficientes para declinar el ultimátum presentado señor, y que no era otro que el general Juan Manuel
por su predecesor el señor Roger; viéndose también piezas. En una de estas, alumbrada como las demás Rj^as, dictador de la República argentina. «¡Viva la confederación argentina!
á este, un mes después en la entrevista del Acteon, por algunas velas de sebo, habia una mujer dormida, —Lea V. el extracto de las comunicaciones recibi¬
echada vestida sobre una cama; su traje, muy ajus¬ das «¡Mueran los salvages unitarios!
rechazar las audaces proposiciones del execrable hoy,—prosiguió.
dictador de Buenos-Aires. tado, hacia dificultosa su respiración. —De la Rioja, con fecha 15 de abril, escriben que «Buenos-Aires, i del mes de América del 1840,
Martigny fué el único que supo defender
El señor
En la pieza de la mesa cuadrada habia cuatro los traidores Brizuela, se dicen te
gobernador, y Fran¬
»3I de la libertad, 25 de la
independencia, y 11
hombres sentados al rededor de la misma. El prime¬ cisco Ersilbengoa, se dicente secretario, en »de la confederación argentina.»
con firmeza los derechos y los intereses de su patria, compañía
ro, que frisaba en los cuarenta y ocho, era bastante de Juan Antonio Carmona
á pesar del débil apoyo que le prestaba su gobierno, y Lorenzo Antonio
de «El ayudante de campo de S. E. al comandante en
y fomentar con actividad y entusiasmo indecibles las grueso, de mejillas carnosas y encendidas, labios Blanco, se dicentes presidente y secretario de la asam¬
gefe del 2.°, coronel don Antonio Ramírez.
empresas de los aliados de Francia contra Rosas. apretados, frente alta y estrecha, ojos pequeños, me¬ blea, se disponen á sancionar una ley en la que dejará «El abajo firmado ha recibido orden del excelen¬
dio ocultos entre sus párpados, cejas espesas y juntas, de reconocerse como gobernador
Tal era la crítica situación del dictador cuyo go¬ de Buenos-Aires, tísimo gobernador de la provincia, nuestro ilustre
bierno se inclinaba más de cada día hácia el abismo; todo lo que le daba un aspecto que estaba muy léjos encargado del ministerio de Relaciones exteriores, Restaurador de las leyes, brigadier don Juan Manuel
de ofrecer ningún atractivo. Este hombre vestía pan¬ al ilustre Restaurador de las leyes, gobernador
tan sólo de vez en cuando recibía algunos consuelos y Rosas, de avisar á su gracia que S. E. juzga conve¬
de cumplido de sir Walter Springh, quien mantenía talón muy largo de paño negro, chaqueta de coloi¬ capitán general de la provincia de Buenos-Aires, bri¬ niente que cuando su gracia dé cuenta del número
relaciones con la escuadra francesa. Pero Inglater¬ de pasa de Corinto, corbata negra que daba sólo una gadier don Juan Manuel Rosas, y todo esto á instiga¬ de tropas que componen su división, su
vuelta alrededor de su cuello, y sombrero de paja ción del cabecilla unitario Marcos gracia decla¬
ra, á pesar de las vivas simpatías de su representan¬ Avellaneda, se re
siempre el doble del número real, añadiendo que
anchas alas le hubieran ocultado el semblante dicente gefe de la linea del norte.
te por Rosas, no podia desconocer el derecho de cuyas la mitad lo forman
tropas de línea y que lodos los
Francia de sostener el bloqueo en la Piala, aunque el si en los momentos en que le damos á conocer no —¡Brizuela! [Ersilbengoa! ¡Carmona! ¡Blanco!— soldados están animados del santo entusiasmo fede¬
comercio inglés se resintiese considerablemente de hubiesen estado arrolladas sobre su frente. repitió Rosas con los ojos lijos en el tapete encarna- ral, lo que su gracia deberá tener muy presente en
esta interdicción impuesta á uno de los más ricos Los otros tres jóvenes de veinte y cinco á
eran de, como si hubiese querido grabar en su memoria lo sucesivo.
mercados de la América meridional. treinta años, modestamente vestidos; dos de ellos es¬ oomo con un hierro candente los nombres «Dios guarde
baba de oir.
que aca¬ á su gracia muchos años.»
Sólo la casualidad podia salvar á Rosas de una taban pálidos y los tres escribían. —Esto es, dijo el general lomando el despacho
El hombre del sombrero leia un monton de cartas Prosiga V.,—dijo después de
posición tan terrible, pues lógicamente no podia ter¬ lencio.
un momento de si¬ que le presentó su secretario.—¡Eh!—gritó volviendo
minar sino con su ruina. colocadas delante de él. la cabeza hácia el lado donde dormitaba el anciano
A este extremo se hallaba reducido el dictador la En un rincón de aquella pieza veíase otra figura —De Catamarca, con fecha 10 de abril, escriben de la casaca encarnada, quien, como si hubiese re¬
noche en que tuvieron lugar los hechos que hemos humana: era un anciano de setenta y dos años, bajo, que el salvage unitario Antonio Dulce, se dicente cibido una conmoción eléctrica, se levantó y se diri¬
relatado al principio. Veamos ahora el aspecto que de rostro demacrado y taciturno sobre el que caian presidente de la asamblea, y José Cubas, se dicente
gió hácia la mesa.
ofrecía durante aquella misma noche el interior de en desorden los largos y blancos mechones de su ca¬ gobernador, se proponen publicar una ley en la que —¿Dormías ¿eh? perezoso?
una casa de la la calle del Restaurador. bellera, y cuyo cuerpo, escuálido y ligeramente con¬ se
infligirá el nombre de traidor al ilustre Restaura¬ -Perdone S. E...
trahecho estaba cubierto con una casaca de paño dor de las leyes, gobernador
En el oscuro zaguan de esla casa estaban tendidos y capitán general de la —Déjate de perdones y firma aquí, toma.
ponchos, dos gauchos
el suelo, envueltos en sus encarnado, cuyas doradas charreteras, que estaban provincia de Buenos Aires, brigadier don Juan Ma¬ El anciano tomó la
en
nuel Rosas. pluma que le entregó Rosas y
en peor estado que el qué las llevaba, caian de sus
y ocho indios de la Pampa, armados de tercerolas y —Ya les daré
al pié del despacho firmó con pulso inseguro:
sables, quienes vigilaban como perros guardianes. hombros, la una sobre el pecho y sobre la espalda la dulces,—dijo Rosas apretando los «MANUEL CORVALAN.»
otra. Una faja de seda encarnada, grasienta y llena labios y abriendo como fiera las ventanillas de
Un inmenso patio cuadrado, sin farol alguno que una
de pingajos sostenía en su costado izquierdo una es¬ su nariz.—A ver, Y.,—prosiguió
le alumbrase, dejaba ver sobre el empedrado la luz dirigiéndose á otro —Podias haber aprendido á escribir
de los secretarios mejor cuando
que filtraba por el resquicio de una puerta que daba pada corta que parecía haber heredado de los prime¬ cuya tarea habia terminado,—déme j estabas en Mendoza,—dijo Rosas riéndose del carác¬
ros capituladores del vireinato. Pantalón de color V. el acta de Jujúy del 13 de abril. Está bien:
á un compartimiento en medio del cual habia una ahora i ter de letra de Corvalan.
indefinible y botas cubiertas de lodo completaban el lea V. la lista de los
mesa sustentando un candelero con una vela de se¬ que la han firmado. Pero este no despegó los labios
y permaneció cerca
bo. Alrededor de la mesa habia colocadas algunas traje de este hombre que no daba otras señales de Leyó entonces el secretario cuarenta y dos nom¬ de la mesa inmóvil como una estátua.
vida que las cabezadas producidas por la lucha sos¬ bres los más honrados del
sillas ordinarias, en tres de las cuales estaban echa¬ país, mientras Rosas los —Dígame V., señor general Corvalan,—repuso
dos más bien que sentados tres hombres de grandes tenida entre su cuerpo y el sueño. comprobaba los del acta que tenia en la mano.
con Rosas siempre
En el rincón opuesto, se distinguía en el suelo un
riendo,—¿qué le ha respondido Simón
bigotes con el poncho echado al hombro y pendiente —Muy bien,—dijo devolviendo el acta al secreta¬ Pereira?
de su cintura el sable. Los tres eran de fisonomía hombre enroscado como un boa. Este personaje, rio.—¿Bajo qué título va V. á inscribir eso? —Que la ropa para el vestuario de las tropas no
repulsiva y de mirada torva, y tenian ese aspecto par¬ mulato, y, por lo que podia colegirse, grueso y de —Con el de comunicaciones de las
provincias do¬ podia darse hoy sino con un treinta por ciento de
ticular á los agentes de la policía secreta de Londres baja estatura, llevaba los hábitos de eclesiástico; con minadas por los traidores unitarios,
según me lo ha aumento.
las rodillas apoyadas contra el pecho, estaba entre¬ ordenado V. E.
—No he ordenado

¡Bah!—dijo el general haciendo girar su silla y


(1) Hemos creído deber cambiar el nombre del representante gado á un sueño tranquilo y profundo. semejante cosa. Repítalo Y. colocándose frente á frente de Corvalan,—mañana al
inglés.
El silencio era sepulcral. —Comunicaciones de las provincias dominadas medio dia irá Y. á verle, y delante de todo el mundo
LA MAS-HORCA.
u LA MAS-HORCA.
y acentuadas de su rostro; sus ojos, negros y La joven puso una chuleta en 1111
peque¬ plato que pasó al
hará V. así de partemía, repitiéndolo cada vez que Aquel hombre, talcomo lo hemos descrito, llevaba ños, eran vivos é inquietos; recta su nariz
los hábitos sacerdotales y era uno de dos estúpidos y de ven¬ mulato, quien le echó una mirada de cólera
objete algo, que soy yo quien lo envió; ¿tienes en¬ tanas movibles; su
boca, grande, pero de preciosa de que se percibió Rosas. salvaje
tendido? séres con los cuales se divertía Rosas.
dentadura, acababa de darle una expresión de ter¬ —¿Qué tiene V
—Sí, excelentísimo señor. Adolorido y estupefacto, el pobre mulato fijaba los quedad que en ella ofrecía un atractivo más. Era en , padre Vigua?—le preguntó—¿por
qué mira V. á mi hija de
1111 modo tan feo?
—Vamos á ver de
qué modo lo harás. ojos en su amo y se rascaba la espalda. fin una de esas adorables criaturas al lado
de quienes —Me da un hueso,—contestó el mulato
—El señor gobernador le envía á V. esto.—repitió Rosas le miraba riéndose de la facha del infeliz, uno tiene ménos prudencia que metiéndo¬
amor, más deseos se en la boca 1111 enorme
tres veces. cuando entró el general Corvalan. que entusiasmo. pedazo de pan.
—¿Qué le parece á V.?—le dijo el dictador,—su —¿Cómo se entiende? ¿tú 110 cuidas de quien te
Y cada vez se daba un con la mano derecha
golpe Su vestido de merino color de cereza, perfecta¬ ha de dar la bendición
nupcial cuando te cases con
abierta en el brazo izquierdo, con la más respetuosa paternidad dormía mientras yo trabajaba. mente ajustado al cuerpo, dibujaba la morbidez de el ilustre señor don Gómez
—Que está muy mal hecho,—respondió el ayudan¬ de Castro, hidalgo
gravedad. su
talle, y dejaba descubiertos sus hombros.
tugués que regaló ayer á su paternidad dos reales?
por¬
Rosas se echó á reir á carcajadas y los secreta¬ te de campo siempre impasible. Esta mujer era la hija de Rosas, quien la saludó haces mal, Manuela: anda, levántate y bésale la ma¬
—Y porque le he despertado ha montado en enojo.
rios sonrieron; pero el ayudante de campo de S. E. con estas palabras:
no para
que te perdone.
se mantuvoimpasible. —Me ha pegado,—dijo el mulato con voz sorda y —¿Dormías ya, no es eso? ¿Ha venido María Josefa?
—Mañana,—exclamó la joven sonriendo.
—Dime, general,—¿á qué hora ha llegado el mé¬ plañidera, abriendo sus amarillentos labios detrás de —Sí, tatita, ha permanecido en casa hasta las diez —Al
los que se percibían dos filas de dientes muy peque¬ instante.
dico que está aquí? y media.
—Al medio dia, excelentísimo señor. ños y puntiagudos. —¿Por qué, tatita?—replicó doña Manuela séria
—¿Quién más ha venido? y
| sonriente á la vez, como si no comprendiese la ver-
—¿Ha pedido algo? —Eso es nada, padre Vigua. Ahora alegrará á —Doña Pascuala y Pascualita I dadera intención de su
—Un vaso de agua, y dos veces fuego. vuestra paternidad lo que vamos á comer. ¿Ha salido —¿Con quién han salido? padre.
—¿Qué ha dicho? el médico, Corvalan? —Mancilla las ha acompañado. —Manuela, besa la mano á su paternidad.
—No quiero.
—Nada, señor. —Si, señor. —¿Ha venido nadie más? —Besa la mano á
—Esta bien. Llévele V. este memorial que me en¬ —¿Ha dicho nada? —Picolet.
su paternidad, repito.
—Ni una palabra. —¡Tatita!
tregó ayer; dígale V. que lo extienda de nuevo y pon¬ —¡Ahí el carcaman, mal sujeto; le hace el amor¿eh? —Padre
ga la linea marginal que le falta, y que otra vez 110 —¿Qué personal queda en casa? A mí no, á Vigua, bese V. la suya.
V., tatita.

El mulato se levantó arrancando


olvide las órdenes del gobierno. —Hay ocho hombres en el zaguan, tres ayudantes —¿Y el gringo con los dientes
no ha venido? un pedazo de carne de la chuleta; Manuela clavó en
—¿Dejaré que se vaya? en el despacho y cincuenta hombres en el patio pe¬ —No, señor, da esta noche, en su casa, una tertu¬ él sus ojos con
—Sí, ha permanecido doce horas sin comer, y tie¬ queño. lia de confianza para oir tocar el piano
expresión tal de altivez, desden y có¬
no sé á quien. lera, que aquella masa estúpida se hubiera detenido
ne miedo. Esto le enseñará á respetar otra vez las —Está bien. Aguarde V. en el despacho. —¿Quiénes son sus invitados? de repente sin la temible
órdenes que doy. —¿Si viene el gefe de policía? —Según tengo entendido, ingleses lodos. presencia de Rosas.
El mulato se acercó á la
Corvalan salió para ejecutar las que había reci¬ —Dirá á V. lo que se le ocurra. —Entonces deben hallarse en este momento en
joven quien, pasando de
la primera inspiración del
bido respecto del hombre vestido de negro, que era —Si el gefe de... delicioso estado. orgullo herido al abati¬
miento que le causaba su
el mismo que hemos visto sentado, solo, triste y pen¬ —Si viene el diablo, que diga á V. que quiere,— —¿Quiere V. comer, tatita? impotencia, ocultó las ma¬
sativo en una sala exclamó Rosas interrumpiéndole bruscamente.
nos debajo del sobaco, á fin de garantirlas de la pro¬
—Si, pide la cena. fanación ordenada por su padre. Pero
—Estábien, excelentísimo señor. Mientras doña Manuela se el mulato, que
—Escuche V., si viene Cuitiño, adviértame.
dirigía hacia las habita¬ más ganas de comer tenia
que de cumplir la bestial
ciones interiores, Rosas se sentó en el borde de una orden de su amo, se contenió con
CAPÍTULO Vil. —Está muy bien. cama que era la suya; se sacó aplicar sus grasicn¬
las botas, que llevaba tos labios en la manga del vestido de la
—Puedes marcharle. ¿Quieres comer? sin medias, se bajó, tomó de joven.
debajo de la cama un —¡Qué bruto es V.!—exclamó Rosas soltando
EL ANTRO DEL TIGRE. —Loagradezco á S. E., ya he cenado. par de chanclas, y después de enjugarse los piés, se una
carcajada y dirigiéndose al padre Vigua.
—Mejor para V. Puedes irte. calzó. Deslizó luego la mano entre la cintura de su Y vació un vaso de
Corvalan fué á reunirse cou ios tres hombres que pantalón, apartó una fina cola de malla que le cu¬ vino, mientras su hija, encar¬
(Continuación). nada hasta el blanco de los
hemos visto en la sala situada á la izquierda del pa-' bría hasta los muslos, y por espacio de cinco minu¬ ojos, se enjugaba las lá¬
lio, y á la que el ayudante de campo había dado el
grimas arrancadas por el despecho.
Después de un momento de silencio, Rosas repuso, tos estuvo rascándose con un
expresión de delicia Sin embargo el
dirigiéndose á de los secretarios:
uno nombre de despacho, quizás porque al principio de que daba á comprender cuánto en
general seguía engullendo con ape¬
administración, Rosas habia instalado el comisa¬ aquel hombre tito que atestiguaba su buena salud
y la vasta capa¬
—¿Se ha hecho el extracto de las comunicaciones su predominaban los instintos del bruto. cidad de su estómago, así como el
de Montevideo? riato de campaña en aquella pieza, pero que en la Poco tiempo después poder de su sin¬
entró de nuevo la joven y gular organización, que 110 parecían menoscabar en
—Sí, excelentísimo señor. época de nuestra historia servia de sala de fumar y anunció á su padre que la cena estaba
—¿Y los avisos recibidos por la policía? de cuerpo de guardia á los ayudantes de aquel que En efecto, en una mesa de la
dispuesta. lo más mínimo los
trabajos mentales. Después del
—Están anotados. así como habia invertido los principios políticos y
pieza inmediata asado, hizo desaparecer el palo, el plato de crema
veíanse pedazo de carne de vaca asada en las par¬
un y
los dulces sin que pareciese
—¿A qué hora debía efectuarse el embarco esta civiles de la sociedad, invertía el tiempo, haciendo rillas, menguar su apetito,
pato asado, una gran fuente de crema y 1111
un
mientras conversaba
noche? de la noche dia para su trabajo, su alimento y sus con el
padre A'igua, á quien de
plato de dulces, amen de un par de botellas de vino. cuando
—A las diez. Una mulata anciana,
en cuando arrojaba desdeñosamente algún
goces. antigua y única cocinera de
—Son las doce y cuarto,—dijo el general con¬ —¡Manuela!—gritó Rosas tan pronto como hubo Rosas, estaba de pié pronta á servir. pedazo.
salido Corvalan. Por findirigió á su hija, quien, si bien persistía
se
sultando su reloj y levantándose,—habrán tenido El general llamó con un
grito estridente á su cape¬ en
miedo. Pueden Vds. retirarse. Pero ¿qué diablo es Y entró, llamando de nuevo, en una pieza inme¬ guardar silencio, dejaba adivinar en los cambios
llán, quien se habia dormido arrimado á la pared del
:

esto?—exclamó reparando en el hombre que dormía diata donde ardia una vela de sebo cuya carbonizada gabinete de S. E y se sentó á la mesa con su rápidos de su fisonomía que interiormente sostenía
enroscado en un rincón de la pieza, envuelto en un mecha no esparcía más que una luz pálida y dudosa.
,
hija. consigo misma una conversación muy animada.
—¿Quieres asado?—le preguntó cortando un enor¬
—¡Tati la!—con testó una voz que partió de una —¿Te has disgustado, 110 es eso?—le
manteo. me pedazo de vaca
que se puso en el plato. dijo.
pieza interior. —¿Y cómo 110?—exclamó doña Manuela con viva¬
—¡Ehl ¡padre Vigual ¡despiértese su reverencial— —No, tatita.
cidad nerviosa,—110 parece sino
repuso dando una furiosa palada en el costado del á Pocos momentos después apareció restregándose —Entonces come pato. que se complaz¬
co en humillarme ante la
los ojos la joven que liemos visto dormida sobre un Y mientras la canalla más inmunda. ¿Qué
quien llamaba su reverencia. joven tomaba un ala del ave más
Este lanzó un grito espantoso dió un sallo, enre¬ lecho. y importa que sea este un loco? Eusebio también lo es,
y por cumplido otra cosa la corlaba, el general
que por
y por su causa me vi expuesta al escarnio
dado solana.
en su Era mujer de veinte y dos á veinte y tres años
una
empezó á engullir tajada tras tajada de carne, sin público,
cuando se obstinó, como V. sabe,
Los secretarios salieron uno detrás de otro aplau¬ lo más, de talla elevada, delgada y extraordinaria¬ olvidarse de beber vasos de vino cada en abrazarme en
segundo. medio de la calle, sin que nadie se atreviese
diendo con una risotada la chanza de S. E mente graciosa; sus facciones eran bellas, y su fiso¬ —Siéntese á im¬
su paternidad,—dijo Rosas á Vigua, pedirlo porque era el loco del gobernador.
Rosas se encontró solo con un mulato de baja esta¬ nomía dulce, inteligente y llena de atractivos. quien devoraba
,
conlos ojos los manjares colocados —Verdad es; pero también sabes
tura, regordete, ancho de espaldas, de cabeza enor¬ S11 semblante tenia esa palidez mate de las perso¬ sobre la mesa. que le hice apli¬
car veinticinco
me, frente aplastada y deprimida, abultadas mejillas, nas nerviosas que viven sobre todo por el corazón; Este no se hizo latigazos y que permanecerá en la
repetir la invitación. cárcel hasta la próxima semana.
chato, y en cuyas facciones se leia la falta absoluta su frente, aunque pequeña, era pura y correcta, y
—Sírvele, Manuela,—añadió el general. —¡Soberbia razón! ¿Acaso ese castigo hará
de inteligencia y el sello de la estupidez. sus cabellos, negros, daban realce á las lineas finas que se
LA MAS HORCA.
46 LA MAS -HORCA. 17
Doña Manuela colocó silla á ángulo de la
olvide el ridículo de que me cubrió imbécil? ¿Por
ese —¡No! ¡no!—repuso doña Manuela con indigna¬ una un —Así lo haré cuando nos reunamos, señor.
ción y huyendo. mesa, de manera que el comandante se encontró en¬ —¿Eran muchos?
ventura V. apli¬
los veinticinco latigazos que le hizo tre el general y su bija.
car harán que deje yo de ser objeto de hablillas y de
Pero en medio de las carreras de la hija y las car¬ —Cinco.
cajadas de su padre y de laencarnizada persecución —¿Quiere V. tomar algo?—preguntó el gobernador —¿Y les ha dejado V.
burlas? Comprendo que los locos de V. le hagan á Cuitiño.
con ganas de intentar em¬
del mulato, oyóse de repente un ruido formidable barcarse de nuevo?-
gracia, que sean su única distracción; pero la liber¬ —Mil gracias, señor.
tad que V. les permite para conmigo en presencia de producido por las herraduras de numerosos caballos —Les han llevado en una carreta á la sala de
po¬
llegaban á escape. —Manuela, ponle un poco de vino. licía. Córdova me ha asegurado que
V. mismo, les autoriza á faltarme al respeto donde que
Al extender la
había or¬
así lo
A una señal de Rosas, cada uno de nuestros perso¬ joven el brazo para alcanzar la bo¬ denado el jefe.
quiera que me encuentren; hasta cierto punto sufri¬ tella, Cuitiño sacó
ré cuanto les ocurra decirme, ¿pero que placer halla najes quedó inmóvil y con la ansiedad estereotipada su inano derecha echando sobre —Hé aquí á lo que se exponen; lo siento,
pero
en el semblante. Doña Manuela vióse, interinamente
su hombro un extremo del poncho,
cogiendo un y Vds. tienen razón, deben Vds.
V. en que me toquen y me irriten? defenderse, de lo con¬
al ménos, libre de la odiosa persecución del mulato, vaso, lo presentó á la joven para que lo llenase; pe¬ trario serán Vds. fusilados si triunfan ellos.
—Son tus perros que te acarician. ro al bajar esta los ojos hácia el
y dió desde el fondo de su corazón gracias á Dios de vaso, se apoderó de —A los de hoy no hay que temerlos,
—¡Mis perros!—exclamó doña Manuela cuya có¬ ella un movimiento nervioso que le hizo temblar el señor,—dijo
lera aumentaba á medida que sus palabras subían de aquella inesperada intervención. Cuitiño por cuyo innoble semblante erró una expre¬
brazo hasta el punto de derramar parte del vino en¬ sión de feroz
su corazón á sus labios,—¡mis perros me obedece¬ alegría.
cima de la mesa.
rían! un perro seria más útil á V. que ese bruto, por¬ —¿Cómo á los de hoy? ¿les han herido Vds.?
CAPÍTULO YII1. El brazo y la mano de Cuitiño estaban tintos en san¬
—Si, la garganta.
que un perro cuando ménos le defendería en caso de
en
gre. Rosas, que lo notó al instante, dejó vagar un rayo
llegar el acontecimiento terrible que algunos se obs¬ de alegría por su semblante, ordinariamente envuelto
—¿Ha visto V. si llevaban papeles?—preguntó con
EL COMANDANTE CÜITIÑO. viveza Rosas, cuya fisonomía 110 pudo por más tiem¬
tinan en pronosticarme sin ambages, pero cuyo sig¬ en una nube de sombría y
nificado no se me
misteriosa impasibilidad. po conservar su máscara hipócrita y en la que res¬
escapa. Doña
Los caballos se detuvieron á la puerta de la casa Manuela, pálida como un cadáver, retroce¬ plandecía la satisfacción de la venganza satisfecha,
Doña Manuela se calló. A las palabras de su hija dió instintivamente después de llenar el vaso.
el semblante del general se contrajo de repente con
de Rosas. Este 1111 después hizo una señaá
momento
después de haber llegado, á fuerza de rodeos, á sa¬
su bija, quien comprendió que su padre le encarga¬ —A la salud de S. E. y de doña
expresión siniestra.
Manuela,—dijo el ber la horrible verdad de loque 110 había
querido
ba que fuese á informarse de quienes eran los que comandante haciendo una profunda reverencia y va¬
—¿Y quiénes son esos profetas?—preguntó con voz preguntar clara y explícitamente.
tan inusitadamente llegaban. ciando su vaso, mientras el mulato intentaba por
sosegada, después de 1111 instante de silencio. —Ninguno de los cuatro traia papeles.
La joven salió por el gabinete, apartando con sus medio de signos llamar la atención de la joven bá-
—Todo el mundo, señor,—contestó doña Manuela —¿De los cuatro? ¿no me ha dicho V. que eran
finas manos los cabellos que sobre sus sienes caian, cia la mano de Cuitiño. cinco?
apaciguada ya,—todos los que vienen aquí y que pa¬ como si de esta manera hubiese querido apartar de —¿Qué ha hecho V.?—le preguntó Rosas
recen tener empeño en espantarme habiéndome de
con cal¬ —Si, señor; pero como se lia escapado uno...
sí el recuerdo de lo queacababa de pasar, para no ma afectada y los ojos fijos en los manteles.
conspiraciones que se traman en la sombra y de los —¡Cómo se entiende escapado!—profirió Rosas
pensar más, como acostumbraba, que en velar pol¬ —Como S. E. me ha recomendado que viniese á con voz de trueno, levantándose
peligros que rodean á V. y lanzando por sus
la seguridad de su padre. verle después de cumplir sus órdenes... ojos el fuego de su poderosa voluntad.
—¿A qué clase de peligros aluden?
—¡Oh! nadie dice una palabra, ni se atreven á ha¬ —¿Quién hay, Corvalan?—preguntó doña Manuela —¿Qué órdenes? El bandido, fascinado por el
poder infernal de
blar de guerra ni de política; pero todos pintan á los al ayudante de campo á quien encontró en el oscu¬ —¡Diantre! S. E. me ha encargado... aquella mirada, bajó los ojos temblando.
ro pasadizo que daba al patio. —¡Ahí sí, dar una vuelta por el Rajo; no recorda¬ —Se ha escapado, excelentísimo señor,—murmu¬
unitarios como capaces de atentar á cada instante
El comandante Cuitiño, señorita. ba. Córdova liabia hablado á Victorica de 110 sé qué ró Cuitiño
contra la vida de V.; todos me recomiendan que vele, apagada.
con voz

fulanos que querían ir á engrosar las filas del salva¬


que no deje á V. solo, que yo misma cierre las
puer¬
La joven, acompañada de Corvalan, volvió enton¬ —¿Quién es?
ces á entrar en la pieza donde se hallaba su padre. je unitario Lavalle. Ahora recuerdo que lie recomen¬ Lo ignoro.
servicios,

tas; y acaban siempre por ofrecerme sus dado á V. un poco de vigilancia, porque ese Victo-
—El comandante Cuitiño,—dijo Corvalan en¬ —Entonces ¿quién lo sabe?
que quizás no me brinda nadie leal
mente, pues sus trando. rica si bien es buen federal es muy dormilón. —Córdova debe saberlo.
ofertas son más bien hijas de la jactancia que verda¬
—¿Con quién viene? —¡Carapel —¿Dónde está Córdova?
dera abnegación. —¿Y lia ido V. al Bajo?
—Con una escolta. —No be vuelto á verle desde que me hizo la seña
—¿Por qué crees esto? —He ido por el lado de la Boca, después de
—¿Por qué lo creo? ¿cree V. acaso que Garrigos,
—No pregunto á V. esto, ¿cree V. que soy sordo y po¬ convenida.
nerme de acuerdo con Córdova
Torres, Arana, García, que todos esos hombres que que no he oído el ruido de los caballos? respecto de lo que —Pero ¿cómo ha escapado ese salvaje unitario?
—Viene solo. debíamos hacer. No sé... pero explicaré á V. E. lo ocurrido.
sólo el deseo de estar bien con V. trae aquí, son ca¬

—Que entre. —¿Y les ha encontrado V.? Cuando hemos cargado, ha habido uno que se ha di¬
paces de arriesgar su vida por nadie? si temen, por —Si: iban con Córdova, y á
ellos es que 110 por V.
Rosas permaneció sentado en una de las esquinas una señal suya be rigido corriendo hácia la barranca. Algunos soldados
—Tal vez tengas razón,—dijo con tranquilidad Ro¬ de la mesa, y doña Manuela se colocó á su derecha, cargado sobre ellos. le han seguido, lian descabalgado
—¿Les trae prisioneros? para atacarle...
sas haciendo rodar el plato que tenia delante;—pero dando la espalda á la puerta por la que había salido pero dícese que el fugitivo traia una espada con la
si los unitarios no me matan este año, no me matarán el ayudante. El padre Vigua se sentó en el extremo —¿Por qué? ¿No recuerda S. E. las órdenes que que lia dado muerte á tres...; luego dicen que le ha
lia dado?
en el trascurso de los, venideros. Con todo tú has va¬ opuesto, la sirviente puso una botella de vino sobre me
llegado socorro... y que esto aconteció... por los al¬
riado la conversación, ti; has enojado porque su pater¬ la mesa, y se retiró á una señal de su amo. —¡Ah! verdad es; ¡como esos salvajes me tienen rededores de la casa del cónsul
la cabeza trastornada! Estoy fatigado, 110 sé
inglés.
l'ronto se oyó rechinar contra el suelo las enormes qué ha¬
nidad te ha dado un beso: quiero que con él bagas las —¿Del cónsul?
cer de ellos. Hasta ahora no he hecho más
paces. Padre Vigua,—prosiguió dirigiéndose al mula¬ espuelas del comandante, y breves instantes después que ar¬ —Si, por allá, hácia la residencia.
tosériamenteocupadoen lamer el plato de dulces que entró en el comedor aquel célebre personaje de la fe¬ restarles y tratarles como un padre trata á hijos des¬ —Está bien ¿y luego?
deración, con sombrero en mano,lacopa del cual es- obedientes. Pero 110 se enmiendan. Digo á V.
tenia casi pegado al rostro;—padre Vigua, dé V. dos que los —Un soldado vino á darme cuenta de lo que ocur¬
abrazos á mi hija para disipar su cólera. ba rodeada de una gasa encarnada, luto oficial orde¬ buenos federales deberían encargarse personalmente
ría, y he expedido por lodos lados individuos en su
nado por el gobernador con motivo de la muerte de de su persecución, porque en resumidas
—No, tatita,—exclamó doña Manuela levantándo¬ cuentas, si busca... pero yo 110 le vi cuando
escapó.
su mujer, y cubierto con un poncho de paño azul Lavalle triunfa con Vds. se las habrá.
se, con acento de terror y de incerlidumbre imposi¬ —¿Y por qué 110 lo vió V.?—exclamó Rosas con
bles de describir, porque era el reflejo del tropel de que le bajaba basta las rodillas. Sus cabellos le caian —¡Voto al diablo! hay temor de que triunfe.
no voz de trueno, dominando con el
poder magnético
desorden sobre su tostado rostro haciendo más —Me harían un favor
quitándome del poder; si lo de su mirada al bandido, en cuyo rostro estaban im¬
sentimientos que en aquel momento rugían en su co¬ en

razón á la vista del objeto repulsivo cuyos brazos


horrible la expresión de su cara redonda, carnosa, conservo es porque
Vds, me obligan. la abyección
presos y el terror de la fiera delante de
—S. E. es el padre de la federación.
debían oprimir su talle, bajo el fútil pretexto de que, en la que se veian trazadas como por la mano de su domador.
costase lo que costase, debía ser acatada la voluntad Dios las líneas horribles que el crimen imprime con —Como decía á Y., ustedes deben
ayudarme. Ha¬ —He degollado á los demás,—contestó el coman¬
de su padre. estigma indeleble en la fisonomía humana. gan Vds. lo que quieran con esos salvajes á quienes dante sin atreverse á levantar los ojos.
—Entre V., amigo,—le dijo Rosas, quien con la ra¬ no arredra la
cárcel, porque si triunfan les fusila¬
—Abrácela V., padre,—repitió Rosas. Vigua, que durante este siniestro diálogo se había
rán á Vds.
—Déme V. un abrazo,—dijo el mulato acercándose pidez del rayo le había examinado de pies á cabeza. ido alejando de la mesa, dió un salto tal hácia atrás
á la joven. —Muy buenas noches, con el permiso de S. E. —No triunfarán. con su silla al oir las últimas
palabras, que fué á
—No,—repuso ésta alejándoserápidamente de él. —Entre, entre. Manuela, da 1111 silla al comandan¬ —Se lo repito á V. para que V. lo comunique á dar de cabeza contra la pared, en tanto
que doña
—Cójala V., padre,—exclamó Rosas. te, y V., Corvalan, salga. sus amigos. Manuela, pálida, temblorosa, no se atrevía á hacer
HORCA. LA MAS -HORCA. J9
28 LA MAS
movimiento alguno ni levantar los ojos, por temor
ta habia sacado del fango para hacerlos los sicarios verás ú oirás cerca de mí. A
gentes les doy á
esas
de su poder, habia sido reducida por él tiempo ha¬ comprender únicamente lo que quiero que {sepan CAPÍTULO IX.
de ver sea la ensangrentada mano del bandido, sea de mi pensamiento, y lo ejecutan sin más meditar.
cia á una obediencia pasiva, ciega, irreflexiva, tan
la terrorífica mirada de su padre.
formidable es la influencia de la inteligencia sobre Tú debes mostrarte satisfecha y popularizarte entre DON IIKBNAUDO VICTORICA.
El golpe dado por la silla del mulatohizo volver la materia bestial y sin cultura cuando se emplea en ellos, primero porque te conviene, y después porque
maquinalmente la cabeza á liosas, y esta fugaz dis¬ le lo mando. El señor-don Bernardo Victorica, jefe déla policía
tracción bastó para dar otra dirección á sus ideas y envilecer á esta halagándola.
aquella hora terrible en que Buenos-Aires se
En —Entre V., Victorica,—prosiguió el déspota vol¬ del Restaurador, entró en el comedor.
un nuevo giro á su pensamiento, que según las cir¬
agitaba en las convulsiones de sus libertades agoni¬ viéndose hácia la puerta, en cuya dirección se oia el Era el de policía hombre de cincuenta á cincuenta
cunstancias cambiaba en menos de un segundo.
zantes, Rosas, ese Mesías sanguinario, representante ruido de las pisadas de un hombre que se acercaba. y dos años, de regular estatura, y robusto; su rostro
—Pido á V. estos informes,—dijo el general reco¬
lleno de granos, era moreno muy subido, y su ne¬
brando su primitiva calma,—porque ese unitario es indigno del más odioso absolutismo, era realmente
sin duda el que estaba encargado de las cartas para el jefe querido de la plebe ignorante y fanática cu¬ gro pelo empezaba á platear; tenia ancha la frente y
Lavalle y no porque me duela que no esté muerto. yos feroces instintos fomentaba, al mismo tiempo que
—¡Ah! ¡si le hubiese yo cogido! desapiadadamente les doblegaba bajo su férreo yu¬
go; y Cuitiño, aquel monstruo de cara bestial apenas
—¿Si V. lo hubiese cogido?—replicó Rosas con
ironía:—es necesario despavilarse para coger á un humana, aquella máquina de degollar, era realmen¬
te el modelo más acabado de aquella plebe asque¬
unitario; apuesto á que no se da con él.
—Le buscaré, si es preciso, hasta en los rosa que en medio de horribles blasfemias y tintas
infiernos.
Pido perdón á S. E. y á doña Manuelita.
en sangre las manos cantaba las alabanzas de su
—¿Quién lo encontrará?
amo y señor.
—Yo, así lo espero. —Buenas noches, doña Manuela,—dijo Cuitiño á
—Sí, es indispensable que V. le eche la mano,
la hija de Rosas, á quien encontró volviendo al ga¬
binete de su padre acompañada deCorvalan.
porque las cartas de que es portador deben de ser
—Buenas noches,—respondió la joven acercándo¬
importantes.
se cuanto pudo al ayudante, como si hubiese temido
—Esté Iraquilo S. E., le encontraré, y veremos si
á mí se me
el contacto de aquel demonio destilando sangre que
escapa.
—Manuela,—dijo Rosas á su hija,—llama á Cor¬ pasó por su lado.
va lan. —Corvalan,—dijo Rosas,—vaya V. al instante á
—Córdova debe saber cómo se llama, y si S. E. buscar á Victorica.

quiere...
—Acaba de llegar, señor, y se encuentra en el des¬
—Véase Vi con Córdova. ¿Necesita V. algo? pacho; no hace un minuto que me ha preguntado si
—En la actualidad nada, señor. Sirvo á S. E. con V. E. se dignaria recibirle.
mi vida y me haré matar cuando quiera. S. E. nos —Que entre.
dá bastante defendiéndonos contra los salvajes uni¬ —Voy á llamarle.
tarios. —Aguarde V.
—Señor.
—Tome V., Cuitiño, llévese V. eso para su familia.
—Monte V. á caballo y vaya á casa del embajador
general sacó del bolsillo de su chaqueta un
Y el
rollo de billetes de banco que dio al bandido que se inglés, y diga V. á él mismo en persona que tengo
habia ya levantado. necesidad de verle sin pérdida de momento.
—Los tomo porque S. E. me obliga á ello,—dijo. —¿Y si duerme?
—Se despertará.
—Sirva V. á la federación, amigo.
—Sirvo á S. E., porque la federación es S. E. y Corvalan saludó y salló para cumplimentar las or¬
doña Manuelita. denes que acababa de recibir.
—Bien, vaya V. á buscar á Córdova. ¿Quiere V. —¿Cómo diablo le ha espantado á V. de tal modo
más vino? Cuitiño?—prosiguió Rosas dirigiéndose al mulato,—
—He bebido bastante. acérquese V. á la mesa, ¿qué hace V. aquí pegado á
—Entonces, vaya V. con Dios, y tendió la mano á la pared como una araña? ¿De qué ha tenido V.
Cuitiño. miedo?
—Está sucia.—murmuró el bandido vacilando en —De la mano,—respondió el Padre Vigua acer¬
dar suensangrentada mano á Rosas. cándose á la mesa con su silla y con aire de no equí¬ .estallan cebados más bien que sentados tres hombre:

—Venga acá, amigo, es sangre de unitario.


voca satisfacción al verse por fin libre de la odiosa
Y como si hallase grato el contacto de aquella ma¬ presencia del bandido.
no, Rosas la retuvo algunos inslanles estrechada en¬ —¿Te has encontrado indispuesta, Manuela?
tre la suya. —¿Por qué, la tita?
—Espero hacerme matar un dia por V. E.,—ex¬ —Porque me ha parecido que no te hallabas bien muy abultada encima de sus revueltas y pobladas ce¬ sombrero cuya copa estaba rodeada de una gasa co¬
mientras Cuitiño ha permanecido aquí. jas: ojos pequeños de mirada solapada, dejaban lorpui.íó, luto ordenado por el Restaurador de las le¬
clamó el bandido con aspecto radiante. sus y
—Vaya V. con Dios, Cuitiño. —¿Pero V. ha visto?... veren el fondo de sus pupilas el fuego en queardian; yes con motivo de la muerte de su mujer.
Rosas le siguió con la mirada en la que se re¬ —Lo he visto lodo. dos profundos partían de las alas de su nariz,
surcos Después de saludar profundamente, aunque sin
flejó una expresión singular: admiraba y media, —¿Entonces? y bajaban hasta la extremidad del labio inferior. afectación, al general, á una invitación muda de es¬
—Entonces debías disimular. Escucha, á los hom¬ En su semblante llevaba impreso el sello de la más te, se sentó la silla que momentos antes ocupa¬
por decirlo así, la fuerza de aquella guillotina de bres como el que acaba de salir hay que
en
carne y hueso que obraba bajo la inspiración de pegarles repulsiva insensibilidad, producida más que por los ra Cuitiño.
fuerte ó no tocarles; un golpe bien dado los aniquila, años por el abuso de las pasiones: jamás la sonrisa
su única voluntad; cuyo puñal siniestro, levantado —¿Viene V. del cuartel de policía?—le preguntó
una picada les hace saltar como víboras. habia dulcificado las facciones de aquella cara feroz. Rosas.
siempre sin piedad contra la garganta de todo lo que —lie tenido miedo, tatita. Vestía Victorica pantalón negro, chaleco escarlata,
el país encerraba en hombres sensatos, honrados, —Acabo de salir de él.
virtuosos, sin dejarse enternecer por las lágrimas de —¡Miedo!—repuso Rosas con desden,—¡miedo! levita de paño azul con forros de seda, de uno de —¿Ha sucedido algo?
los niños, de las jóvenes ó de los ancianos, lo depo¬ cuando puedo matar al miserable de una mirada. cuyos botones pendía una divisa federal tamaña de —Han llevado allí los cadáveres de los
que han
nía á sus pies á la menor señal que se le antojase —Miedo de lo que ha hecho. 1111 palmo. intentado embarcarse esta noche, es decir, tres cadá¬
—Lo que ha hecho ha sido por tu seguridad y por U11 fuerte y corlo látigo con puño de piala pendia
hacerle. veres y un moribundo.
la mia: 110 expliques nunca de otra manera lo que de su muñeca, y con la mano izquierda sostenía
Toda aquella turba infame é innoble que el déspo- su —¡Ah! ¿y este?
30 LA MAS HORCA. LA MAS- IIORCA. 31
—Ha muerto ya. He creido que debía participar V. E., he trasmitido mis órdenes á Córdova para que —Debe haber... dista, ha venido á enlabiar queja contra Cayetano
de la suerte de sus compañeros. se pusiese de acuerdo con el comandante Cuitiño. —Los suficientes para prender á Y. y á todos los porque habia dado de latigazos á su hijo que se pa¬
—¿Quién era? —¿Cuándo ha vuelto Y. á ver á Córdova? federales, si yo no estuviese aquí trabajando por to¬ seaba á caballo por la plaza del Reliro.
—El coronel Salazar. —Esta mañana á las ocho. dos y haciendo las veces de jefe de policía. —¿Quién es ese muchacho?
—¿Sabe V. el nombre de los demás? —¿No le ha dicho á V. si sabia los nombres de los —Señor, hago lo que puedo en servicio de S. E. —Un estudiante de matemáticas.
—Si, señor. Además de Salazar han sido recono¬ amigos de Palmero? —Posible es que haga V. todo lo que pueda, pero —¿Qué motivos dió .para que Cayetano le mal¬
cidos un tal Palmero, Sandoval y el joven Márquez. —Hasta esta mañana no conocia ninguno. no todo lo que es indispensable,
y voy á probárselo tratase?
—¿Ha acaecido algo de particular en el asunto de esta circunstancia. Quiere Y. echarse á la pista
—¿Se les han encontrado papeles? en
—Cayetano se habia acercado á él para pregun¬
—Ninguno. esta noche? de un unitario en la ciudad, como si dijéramos en tarle por qué no habia puesto una testera federal á
—¿Ha hecho V. firmar á Córdova su delación? —Parece que uno de los salvajes unitarios ha lo¬ busca de un grano de trigo en una parva, cuando su caballo; el
joven, muchacho de diez y seis á diez
—Sí, señor, las hago firmar todas, según me tiene tiene V. en el bolsillo, sino el nombre del unitario, el
grado escaparse, según me han dicho los que escol¬ y siete años escasos, le respondió que no se la habia
ordenado \. E. taban la carreta. medio más fácil de saberlo. puesto porque siendo su caballo un buen federal no
—¿La trae Y.? —Sí, uno de ellos lia escapado, y es preciso que ¡Yo!—exclamó don Bernardo más y más turbado

necesitaba de divisa alguna. Cayetano se indignó y


—Hela aquí,—contestó el jefe de policía. V. le eche mano. y haciendo inusitados esfuerzos por conservar su la emprendió á latigazos contra el chico hasta que le
Y sacó del bolsillo interior de su levita una cartera —Espero que lograremos cogerle, excelentísimo sangre fria. derribó del caballo.
de piel de Rusia, llena de papeles, de los que escogió señor. —V., sí. —Hoy dia,—dijo Rosas con aire pensativo,— los
uno, lo desdobló y lo puso encima do la mesa. —Sí, preciso agarrarle, porque una vez la mano
es —Juro á V. E. que no comprendo. unitarios más temibles son los muchachos.
—Lea V.,—dijo Rosas. del gobierno se ha posado en el traje de un unitario, —lié aquí porque me duelo de verme obligado á —Ya he tenido el honor de decírselo á V. E., los
Don Bernardo tomó el papel y leyó lo que sigue: conviene de todo punto que no pueda este decir informarle á Y. de todo. ¿Por quién supo Córdova el estudiantes de la universidad y las mujeres son in¬
nunca que tal mano 110 aprieta; en semejantes cir¬ proyecto de fuga del salvaje unitario Palmero? corregibles; es imposible obligar á los estudiantes á
«Juan Córdova, natural de Buenos-Aires, de pro¬ cunstancias el número de hombres nada significa: un —Por una sirviente. llevar la divisa ordenada. Cuando me ven en la calle
fesión cortador de carnes, miembro de la sociedad individuo solo que se burle de mi gobierno le hace —¿Al servicio de quién estaba esa sirviente, mulata desde lo más léjos que pueden, se quitan la cinta del
tanto mal como doscientos, como mil. ó de cualquier otro color?
popular, empleado en el matadero público temporal¬ ojal y se la meten en el bolsillo; tampoco hay medio
—V. E. tiene sobrada razón. —Al de la familia Palmero, según dice la decla¬ de conseguir que las mujeres lleven con gorro ni sin
mente y por recomendación de S. E. el ilustre Res¬
taurador de las leyes, se ha presentado al jefe de —Sé perfectamente que la tengo; además, según ración. él el lazo. Yo, á ser de V. E., Ies prohibiría llevar
policía el dia 2 del corriente por la tarde y ha decla¬ las noticias que se me han dado, el unitario fugitivo —¡AI servicio de la familia unitaria Palmero, don gorros.
se ha defendido, y lo que es peor todavía, ha reci¬ Bernardo! —Deben obedecer,—repuso Rosas con acento de
rado: que habiendo sabido por una sirviente del sal-
bido socorro de alguien; un hecho como el presente —Perdone V. E. reticencia que sólo él comprendía,—deben obedecer;
vage unitario Palmero, con la que mantenía relacio¬
nes secretas, que este tenia el intento de huir á no debe repetirse, no quiero que se repita. ¿Sabe V. —¿Con quién debia huir el hombre que se ha pero no es tiempo todavía de emplear un medio que
Montevideo, se personó el dia siguiente por la ma¬ porqué nuestra patria ha vivido siempre sepultada escapado? me callo. Cayetano ha hecho bien; mande Y. á decir

ñana en casa del mencionado salvaje unitario Palme¬ en la anarquía? porque cada vez que se le antojaba —Con el salvaje unitario Palmero y los demás sal¬ á la madre del muchacho que 110 se ocupe más que
ro, á quien hacia muchos años conocía, para supli¬ al primer advenedizo, tiraba de la espada para com¬ vajes que con este iban. de cuidar á su hijo. ¿Hay algo más?
carle que le prestase quinientos duros con objeto batir al gobierno constituido. Desgraciado de Y. y —¿Y ha podido V. suponer que Palmero se hubiese —Nada absolutamente, señor ¡Ahí he recibido
de huir á Montevideo, pues no podia emprender la desgraciados los federales todos, si yo permito que ido por esas calles de Dios buscando á los salvajes una petición de tres conocidos federales, solicitando
los unitarios le opongan resistencia al cumplir V. mis con los cuales quería embarcarse? permiso para hacer el sorteo de los billetes de la lo¬
fuga sin esta cantidad, por serle indispensable para
órdenes. —No ciertamente, excelentísimo señor. tería durante las fiestas de mayo.
pagarla embarcación de un hombre conocido de él y
que se dedicaba al trasporte de emigrados; que ape¬ —Es un imprevisto,—respondió don Bernar¬
caso —Luego esos salvajes eran amigos de Palmero. —El sorteo correrá por cuenta
de la policía.
nas pronunciadas estas palabras, Palmero le hizo do, quien real y perfectamente comprendía la impor¬ —En efecto, así debe de ser,—contestó don Ber¬ —¿Tiene V. E. intención de preparar alguna so¬
varias preguntas, y finalmente le declaró que él y tancia futura de las consideraciones de Rosas y del nardo que empezaba á entrever el punto hacia donde lemnidad particular?
cuatro de sus amigos tenían también el intento de descalabro experimentado aquella noche. le dirigía Rosas. —Añadirá Y. dos caballos de madera y una cucaña.
huir, pero que desgraciadamente no podían poner su —¡Un caso imprevisto! Por esto precisamente es "
—De consiguiente si eran amigos suyos, debían —¿Nada más?
ejecución, porque 110 conocían á ninguno de por lo que es indispensable obrar con tiento,—repuso ¡sitarle. —No me haga V. preguntas impertinentes; ¿ignora
plan en
los patrones de las balleneras (pie conducían á los el general;—porque en la situación en que nos en¬ —Sin duda. V. que el 25 de mayo es la fiesta de los unitarios?
emigrados;quePalmero ofreció entoncesal declarante contramos, sólo yo quiero dar golpes imprevistos. Es —Ergo la sirviente que denunció á Palmero debe —¿Ordena V. E. algo más?
que se encargase de su fuga y de la de sus amigos, un caso nuevo, pero antes de poco se convertirá en saber quiénes eran los que con más frecuencia iban —No, puede V. retirarse.
mediante la cantidad de ocho mil duros, lo que el común si pronto no se hace un ejemplar castigo. á su casa. —Esta mañana pondré en ejucucion las órdenes de
declarante aceptó sin discusión. El declarante pro¬ —Pero Córdova lia debido estar entre ellos y por —Cierto. V. E. respecto de la sirviente.
testó entonces tener muchas diligencias que cumplir consecuencia al que se ha escapado.
conocer —Estos han ido á su casa boy, ayer y antes de —No he dado á V. orden alguna, sino una lección.
y precauciones que tomar, y finalmente fijó la fuga —Es lo que 110
sabemos. ayer. —Doy á Y. E. las gracias por ella.
para el i, á las diez d,e la noche; debiendo el mismo —Voy á mandar por él inmediatamente.

Efectivamente, la sirviente debe saberlo. —No hay de qué.


dia 4 á las seis de la tarde en punto ir á casa de —No se moleste Y., otro ha ido ya en su busca, y —Tal y tal le han visitado. Salazar, Márquez y Yictorica, haciendo una profunda reverencia al
Palmero, á fin de informarse del sitio ó casa de uno esta mañana sabrá V. si conocia ó no al fugitivo, á Sandoval han muerto; pregunte V. nombres que no padre y á la hija, salió de aquella pieza después de
de los fugitivos donde se reunirían. quien tengo interés en descubrir. En uno ú otro caso sean estos, y si de esta manera no alcanza V. á des¬ haber pagado, como todos los (pie en la misma pene¬
cubrir al busca, será inútil que pierda V. el traban, su tributo de humillación, de terror y de ser¬
«Lo que el declarante pone en conocimiento del tomará V. las disposiciones convenientes. que
jefe de policía, á fin de que lo comunique á S. E. en —Sin perder momento. tiempo ocupándose más del asunto. vilismo, sin saber positivamente si dejaban á Rosas
cumplimiento de sus deberes de fiel defensor de la —Vamos á ver, ¿qué hará V. si Córdova no sabe —El genio de Y. E. no tiene rival; liaré al pié de incomodado ó satisfecho; incertidumbre cruel y fati¬
sagrada causa de la federación; añadiendo que en el nombre? la letra lo que V. E. me indica.
gosa á la
que tenia sistemáticamente sujetados á sus
este asunto ha tenido el más escrupuloso cuidado de —¿Yo? —Mejor seria que lo hiciese V. de inspiración pro¬ servidores, porque suponia que el miedo podia indu¬
entenderse con don Jacinto Rosas, hijo de S. E., de —Sí, V., el jefe de mi policía. pia, sin que yo debiese intervenir, porque no tenien¬ cirles á huir y la confianza enorgullecerás y darles
quien ha tomado consejo. —Comunicaré órdenes á los comisarios y
á los do nadie que me ayude, me veo obligado á trabajar demasiada familiaridad.
«Y firma en Buenos-Aires á 3 de mayo de 1840. agentes superiores de la policía secreta para que mucho,—respondió Rosas.
multipliquen entre sus subalternos las precauciones El señor Victorica bajó los ojos en los cuales se
«JUAN CÓRDOVA.» necesarias á fin de apoderarse de un hombre que... habia clavado como un dardo de fuego la mirada CAPÍTULO X.
—¡Un hombre, unitario en Buenos-Aires!—inter¬ imperiosa y despreciativa del general.
Terminada la lectura, el jefe de policía dobló el rumpió Rosas con risa sardónica llena de desprecio, —Ahora sabe V. lo que debe hacer ¿110 es eso? TIGRE Y ZORRA.

papel. que confundió al pobre diablo que se figuraba desar¬ —Si, excelentísimo señor.
—En virtud pues de esta declaración,—prosiguió rollar el plan más perfecto y maquiavélico.—¿Sabe —¿Ha ocurrido algo de particular esta noche? Dilatado silencio sucedió á la salida del inspector
Victorica,—que esta misma noche he recibido de Y. cuántos unitarios hay en Buenos-Aires? —Una señora, doña Catalina Cueto, viuda y mo- de policía; pero mientras Rosas y su hija absorbidos
32 LA MAS-HORCA. 33
LA MAS-IIORCA.
en sus pensamientos lo guardaban dispiertos, el pa¬ Sir Walter Springh (1), plenipotenciario británico —Valen...
dre Vigua lo guardaba durmiendo profundamente cerca del gobierno argentino, habia obtenido de Ro¬
encuentro realmente dichoso sino al lado de la fami¬
lia de V. E. —Nada, señor plenipotenciario.
con los brazos sobre la mesa y la cabeza sobre los sas lo que este habia rehusado á su predecesor M.
—Es V. escesivamente amable, señor Springh,— —¡Oh!
brazos. j Hamilton, es decir la conclusión de un tratado sobre —Nada. Vds. loseuropeos divagan siempre cuando
—Ve á acostarte,—dijo Rosas á su bija. la abolición de la esclavitud, y de este primer triunfo dijo Rosas con sonrisa tan tina y maliciosa, que no
nacieron las simpatías de sir hubiera comprendido otro hombre menos perspicaz quieren dar á entender que conocen á fondo una co¬
—No tengo sueño, señor. Walter Springh por sa que ignoran Vds. de todo punto; pero este sistema
—No importa, es muy tarde. Rosas, simpatías que crecieron rápidamente y aca¬ y menos acostumbrado que sir Walter al lenguagey
baron por trocarse en adhesión ilimitada hácia la per¬ á la fisonomía del general. produce un resultado contrario al que Vds. se propo¬
—Pero V. va á
quedarse solo.
—No sona del Restaurador, quien tenia en él la más com¬
—Si V. me lo permite,—prosiguió Rosas,—dejemos nen, porque Vds. sefundan habitualmente sobre prin¬
estoy nunca solo, Springh va á venir, no cipios falsos.
quiero que pierda el tiempo cumplimentándote: vete. pleta confianza; es decir sabia que sir Walter, como por el momento los cumplidos á un lado y hablemos —No
¡os demás, estaba atacado de la enfermedad del mie¬ de cosas un poco más sérias. comprendo á V. E...
—Bien, tatita, llámeme V. si necesita algo. —Quiero decir, señor Springh, que por lo común
—Nada más grato para mí que ponerme en armo¬
Doña Manuela se acercó á su padre, dióle un beso do, y contaba con su destreza cuando tenia necesidad hablan todos Vds. de cosas que no entienden, cuando
de desorientar á los políticos de Europa, como con el nía con los deseos de V. E.,—respondió el diplomá¬
en la frente, y tomando una vela de encima de la ménos por lo que atañe á mi país.
mesa, se retiró á las habitaciones interiores. puñal de sus mas-horqueros cuando queria sacrificar
tico acercando la silla á la mesa y acariciando más
Entonces el víctima á su feroz ambición. por costumbre que por otra cosa la chorrera de su
—Pero un representante exfrangero nopuedesaber
general se levantó, cruzó los brazos una
los pormenores de una política la que no semezcla.
en
detrás de la espalda y empezó á pasearse de la puer¬ Sir Walter Springh era hombre camisa de fina balista.
de sesenta años, —Es por esta razón que el
ta de su dormitorio á la de su de —¿Qué día piensa V. expedir el paquete?—le pre¬ representante exlran-
despacho. baja estatura, de frente ancha, calvo, de fisonomía
Diez minutos hacia que se paseaba de esta ma¬ guntó Rosas cruzando los brazos sobre el respaldo de gero que desea verdaderamente ilustrar á su pais,
distinguida, ojos pequeños, azules, pero de mirada debe acercarse al gefe cerca del cual reside, escu¬
nera entregado al la silla.
parecer á profundas reflexiones,
. inteligente y penetrante, y en aquel momento un po¬ charle y apreciar sus explicaciones.
cuando llegó á sus oídos el ruido producido por al¬ co enrojecidos, como el
resto de su semblante por lo
—Por lo que hace á la legación mañana; pero si —Es la conducta que observo.
común muy pálido; nada por otra parte más natural
V. E. desea que se retarde su salida...
gunos caballos que se acercaban rápidamente á la —No siempre.
—Precisamente lo deseo.
casa. que esto si se tiene en cuenta que eran las tres de la —A mi pesar.
El —Daré entonces las órdenes necesarias para que
general se paró un instante, precisamente al madrugada, hora muy avanzada para un hombre de —Tal vez... Veamos: ¿conoce V. el verdadero es¬
lado del padre Vigua, y tan pronto se hubo conven¬ su edad
y que momentos antes habia entrado en ca¬
se detenga todo el tiempo que necesite V. E. para
cido de que los caballos se habían detenido delante lor sorbiéndose un punch mónstruo en compañía de terminar su despacho. tado político actual? ó usando el lenguage favorito de
Vds. ¿cuál es el espíritu de los despachos que espide
de la puerta de su casa, dió tan tremenda manotada algunos amigos. —¡Oh! están terminados desde ayer.
V. á su gobierno respecto del mió?
en la nuca del pobre mulato, —Entre V., señor Springh,—dijo Rosas levantán¬ —¿Me permitirá V. E. que le haga una pregunta?
que si este no hubiese —¿El espíritu?
tenido apoyada la cabeza sobre los brazos, le aplasta —Las que Y. guste.
dose, pero sin adelantar un paso hácia el ministro —Sí, señor; ó hablando más claro, ¿en estos des¬
inevitablemente- la nariz contra la mesa. que en aquel instante aparecía en el umbral de la —¿Podré conocer el motivo de ese retraso, sino se
trata de despachos? pachos me coloca V. en buena ó mala situación? ¿es¬
—¡Ayl ¡ay!—exclamó el pobre padre levantándo¬ puerta. pera V. el triunfo de mi gobierno ó el de la anar¬
—Es muy sencillo, señor Springh.
se despavorido. —Tengo el honor de ponerme á las órdenes de quía?
—De poco se queja V.,- le dijo Rosas;—despiér¬ V. E.,—contestó sir Walter saludando con finura y —¿V. E. espide un pliego ministerial? —

Señor...
tese V., viene gente: escuche V., se sentará V. al acercándose al general á quien tendió la mano. —Nada de eso.
—Esto noes contestar, hable V. sin reticencias.
lado del hombre que entrará y cuando se levante le —Le he incomodado á V., señor Springh,—repuso —Entonces no comprendo...
abrazará V. fuertemente. —Mis despachos están listos, pero no los de V. —¿V. E. quiere saber lo que digo respeto de la si¬
Rosas con voz melosa é insinuante y señalando con
tuación actual de su gobierno?
El mulato después de mirar por un instante al ge¬ un gracioso gesto un sitio á su derecha. —¿Los mios? —Eso es.
neral, se resignó á obedecerle con manifiesto mal¬ —¡Incomodarme! ¡oh! no, señor general, V. E, me —¿No lo ha oido V.? —Me parece...
humor. llena de satisfacciones cuando me hace el honor de —Creo haber tenido el honor de decir á V. E. que
—Hable V. con franqueza.
El Restaurador volvió á sentarse en el mismo sitio llamarme á su presencia. ¿La señorita Manuelita si¬ están terminados y aun sellados desde ayer; no aguar¬
do más que algunas cartas particulares.
—Me parece que todas las probabilidades de triun¬
que antes ocupaba. gue bien? fo están del lado de V.
Corvalan
apareció. —Perfectamente. —No hablo de cartas.
—Si V. E. se dignase esplicarse.. —¿En qué se funda V?
—¿Ha llegado el inglés?—preguntó Rosas á su —No lo creía así. o —En el
—Creo que es deber de V. informar fielmente, y poder de V. E.
ayudante tan pronto lo percibió. —¿Por qué, señor Springh?
—Está ahí, excelentísimo señor. fundándose sobre hechos ciertos, al gobierno de S. M. —¡Jum! vaga es la palabra en este caso.
—Porque siempre permanece al lado de V. á la —¡Vaga, señor!
—¿Qué hacia cuando ha entrado V. en su casa? hora de la cena. respecto de la situación en que se encuentran los
—Iba á acostarse. asuntos del Rio de la Plata en el momento de la sa¬
—Indudablemente, porque si en efecto tengo po¬
—Cierto es.
—¿Estaba abierta la puerta de la calle? —Y lida del vapor para Europa; ¿no es asi?
der y fuerza, los anarquistas tienen también fuerzas
en este momento no tengo el placer de verla.
—No, señor. —Ciertamente, escelentísimo señor. y poder. ¿No es esto?
—Acaba de irse á su cuarto.
—Pero Y. no ha podido hacerlo porqueignora cier¬ —¡Oh! señor...
—¿No han opuesto dificultad alguna en abrir —¡Oh! siento en el alma no haber llegado un mi¬
cuando ha dado tos hechos. —¿Sabe V. la situación de Lavalle en Entre Rios?
se
V\ á conocer? nuto antes.
—Sí, señor, se encuentra en la imposibilidad de
—Hablo á mi gobierno de los asuntos generales, de
—Ninguna, han abierto al instante. —Mucho lo sentirá ella también.
los acontecimientos públicos, pero no puedo infor¬ obrar después de la batalla de S. Cristóbal, en laque
—¿El gringo quedó sorprendido? —¡Oh! la más amable de las argentinas.
es las armas confederadas obtuvieron un triunfo com¬
—Hame parecido que sí. marle de los actos que pertenecen á la política inte¬
—Al menos hace cuanto puede para que así sea.
—¡Me ha parecido!... ¿de que demonio le sirven á —Y lo rior del gabinete argentino, porque me son del todo pleto.
logra. —Sin embargo el general Echagüe está reducido á
V. los ojos? ¿Le ha preguntado á V. algo? —Le desconocidos.
doy á V. las más espresivas gracias en su la inacción, fallo de caballos.
—Nada; tan pronto le he comunicado el deseo de nombre; sin embargo no puede V. quejarse de esta
—Esto es cierto; ¿pero sabe Y. el valor de esos
V. E., ha hecho ensillar su caballo. noche. asuntos generales, señor Springh? —Es cierto, pero V. E., que todo lo puede, le pro¬
—Que entre. —¿Lo que valen?—repitió sir Walter para tener porcionará los caballos que le faltan.
—¿Por qué, general?
El tiempo de reunir sus ideas y no aventurar una res¬ —¿Conoce V. la situación de Corrientes?
nuevo personage que vamos á dar á conocer al —Porque la ha pasado V. muy agradablemente en
lector, iba rigurosamente vestido de negro, y era uno su casa. puesta comprometida.
—Creo que una vez batido Lavalle, Corrientes en¬
de esos tipos que, bajo el punto de vista de su egoís¬ Rosas se encontraba entonces en su terreno habi¬ trará de nuevo enla federación.
—V. E. tiene razón hasta cierto punto.
—Entretanto Corrientes está sublevada contra mi
mo escencialmente inglés, la diplomacia
británica —¿Cómo se entiende? tual, es decir, en el campo de las ideas desnudas de
ofrece numerosos ejemplares en todas las naciones, capciosidades, y con las que acometía á los demás gobierno, y con esta van ya dos provincias.
—Porque V. E. está acertado al decir que he pa¬
—Bueno, dos provincias, pero...
pero los que, por el olvido de su rango y de su dig¬ sado algunas horas bastante agradables, cuando discutía materias graves, ó cuando queria
pero no me
nidad, no pueden encontrarse mas que en una socie¬ dominar la inteligencia de su interlocutor por medio —¿Pero qué?
dad cuyo gobierno tenga semejanza con el de Rosas; de golpes imprevistos y repetidos. —La confederación tiene catorce.
lo que quiere decir que en Buenos-Aires (1) De intento hemos cambiado el nombre de este personage, —Lo que valen, sí, señor,—prosiguió Rosas,—lo —¡No tantas!
solamente, que fué realmente el representante de Inglaterra cerca de Kosas
—¿Cómo?
en aquella época, podía encontrársele. en aquella épora que valen para instruir al gobierno á quien se escri¬
ben esas generalidades. —Que hoy no hay catorce, porque no pueden con-
34 LA MAS-HORCA. 35
LA MASl-HORCA.
siderarse provincias las que se han puesto del
como talles? ¡Oh! V. no lo ha
comprendido, V. no se ha las que descubría la explicación de todas las reticen¬ migos que habia debido combatir y que, queriendo
lado de los unitarios. dado cuenta de mi franqueza,
que le ha dejado per¬ cias y paradojas que hasta entonces no pudo com¬ derribarle, le dieron el poder y los medios que le hi¬
—Cierto es, excelentísimo señor;
pero el movimien¬ plejo é inquieto; voy á explicársela á V.; he hablado prender, á pesar de su experiencia y de su talento cieron tan temible á los ojos del mundo, y que por
to de esas provincias carece de
importancia, á mi á V. del modo como lo he hecho, de diplomático que, de cuando en cuando, le permi¬ sí mismo no hubiera tenido nunca ni el talento ni el
modo de ver al menos. porque sé perfecta¬
mente que de esta entrevista resultará tían adivinar las reticencias del dictador. valor deconquistar.
un protocolo
—Siempre divagando, señor ministro, siempre fun¬ que enviará V. inmediatamente á su gobierno, y que —¡Oh! lo comprendo, lo comprendo, excelentísimo
dándose hechos
—Con ellos mismos,—prosiguió Rosas tranquila¬
en
imaginarios ó falsos. Tucuman, es precisamente lo
que deseo. mente,—y ellos son hoy dia mi principal ejército, mi señor,—esclamó el embajador frotándose las manos
Salta, la Rioja, Catamarca y Jujuy son provincias —¡Esto desea V. E.l—exclamó el inglés tanto más con esta satisfacción que experimenta todo hombre
importantísimas, y el movimiento de que V. ha ha¬ poder más irresistible, ó por mejor decir, el más des¬
admirado cuanto confundido se hallaba en un prin¬ tructor para mis enemigos. al salir sin contratiempo de una incertidumbre ó de
blado es una revolución que cuenta con muchos re¬
cipio. —En efecto, V. E. me plantea la cuestión en un un conflicto;—reharé mi correspondencia y procuraré
cursos y muchos hombres. —Lo
primero por la razón de que me conviene que que lord Palmerston se haga cabal concepto de la
—Esto seria lamentable.
terreno en el que había yo soñado.
francamente no
el gobierno inglés conozca esos detalles
por mí mismo —Lo sé, señor Springh, lo sé,—respondió Rosas situación de los negocios bajo el punto de vista tan
—Tucuman, Salta y Jujuy me amenazan al norte antes que por mis hábil y positivo como Y. E. me ha espuesto.
hasta la frontera de Bol i v i a; Catamarca
enemigos, ó cuando ménos por los que no perdía ripio para hacer sentir á ios demás sus
y la Rioja al dos conductos á la vez. —Haga V. lo que juzgue conveniente, lo único que
oeste hasta la mitad de las
¿Comprende V. ahora mi idea? errores ó su ignorancia.—Los unitarios,—prosiguió,
cordilleras; Corrientes y ¿Qué ganaré en ocultar al gobierno inglés una situa¬ no han tenido hasta hoy ni tendrán nunca lo que les deseo es que sea V. veraz,—contestó Rosas con ade¬
Entre-Rios por el litoral, man indiferente, pero á través del cual, si sir Walter
y además... ¿qué hay más ción que conocerá pública y oficialmente por mil con¬ falta para ser fuertes y poderosos, á pesar de su nú¬
todavía, señor Springh? ductos diferentes? ocultarla seria mostrar temores, y hubiese estado tan entusiasmado, habría adivina¬
mero y por sólido el apoyo que reciban. Tie¬
que sea no
—¿Qué más? yo no temo. No, se lo juro á V., no temo á mis actua¬ nen hombres de gran capacidad así como los mejores do que comenzaba la escena de disimulo.
—Sí, señor, se lo pregunto; pero yo se lo diré á les enemigos. soldados de la República, pero les falta un centro co¬ —Importa tanto al gabinete inglés conocer la ver¬
V., puesto que V. teme nombrar á mis enemigos; —Por eso he dicho á V. E. que con su dad, como importa hoy á V. E. darla á conocer.
poder... mún de acción; todos mandan y nadie obedece;
además, Rivera me amenaza. —Déjeme V. de una vez con mi poder, señor tienden todos á un mismo fin, pero van todos por —¿A mí?
—¡Ola! Springh. distintos caminos y nunca llegarán á él. Ferrer no

¡Cómo! ¿V. E. no consideraría como el mejor


—No vale tan poco como V.
cuenta con un
supone, pues hoy dia —Pues entonces, si no es con su poder... si V. E. obedece á Lavalle, porque es gobernador de una apoyo posible el auxilio de Inglaterra?
ejército en el Uruguay. no tiene poder...
provincia; Lavalle no obedece á Ferrer, porque es —¿En qué sentido?
—Ejército que no adelantará un paso. —Lo tengo, señor embajador,—interrumpió brus¬ —Por ejemplo, si Inglaterra obligase á Francia á
—Es probable;
el general de los unitarios, el general Libertador,
pero debo creer que sí, y entonces camente Rosas. como ellos le llaman. Lavalle tiene necesidad de la zanjar su diferencia en la Plata, ¿no seria para V. E.
me tiene V. rodeado por todas partes
de enemigos Este exabrupto hizo perder á sir Walter la espe¬ cooperación de Rivera, porque Rivera conoce nues¬ la mitad del triunfo sobre todos sus enemigos?
excitados, favorecidos y protegidos por Francia. ranza de comprender, aquella noche, al dictador, y —¿Pero no me viene V. ofreciendo esta interven¬
—La situación es, en
tro sistema de guerrear,pero su amor propio le
efecto, grave,—dijosir Walter sin saber qué responder, murmuró: hace que se bastará á sí mismo, y le desprecia.
creer ción desde el principio del bloqueo?
hablando lentamente, pues en realidad se encontra¬ —Entonces... Rivera tiene necesidad de combinar sus movimientos —Cierto es, excelentísimo señor.
ba perplejo no pudiendo todavía entrever el fin que
se
—¡Entonces! ¡entonces! una cosa es tener poder y con Lavalle, porque este es un jefe indígena, y sobre —¿Y de correo en correo no ha transcurrido el
proponía Rosas, al descubrir así él mismo los pe¬ otra contar el para
ligros que le amenazaban, acción que, á causa de la
con salirse de una mala situación. todo porque no tiene sus talentos militares; pero Ri¬ tiempo sin que haya V. recibido nunca las instruc¬
¿Cree Y. acaso que lord Palmerston no sabe sumar ó vera menosprecia á Lavalle porque esteno es monto¬ ciones que V. pedia?
sagacidad y de la astucia del dictador, debia encu- restar? ¿Cómo puede Y. —Así es, excelentísimo señor; pero esta vez, á la
brirotro motivo más imaginar que si el eminente nero, y le odia porque es porteño. Los literatos, los
importante. ministro suma el número de mis enemigos y los me¬ menor insinuación del gobierno inglés, el de S. M. el
—Muy grave,—repitió Rosas con políticos, como ellos se intitulan, aconsejan á Lava¬
un aplomo y san¬ dios de que disponen contando con el
poderoso au¬ lle; Lavalle quiere seguir sus consejos, pero ios mi¬ rey de Francia se apresurará á enviar un plenipo¬
gre fria que acabaron de desconcertar al xilio de Francia, que amenazan el sistema federal del
represen¬ litares que le acompañan miran con desden á los que tenciario para arreglar el desgraciado incidente sur¬
tante inglés;—y ahora (|ue conoce V. todas las cau¬
país, tenga gran confianza en mi triunfo, aun cuando no forman parte del
ejército, y Lavalle, que no sabe gido entre V. E. y su nación.
sas del
peligro,—prosiguió,—¿quiere V. decirme en Y. le presente una suma igual de poder á mi dispo¬ hacerse obedecer, presta atención á la gritería de —¿,Y á motivo de qué?
qué razones apoyará V. cerca de su gobierno la es¬ sición? ¿y creeque se esforzará
peranza de mi triunfo completo y definitivo sobre los
mucho en apoyar sus
subalternos, y para no descontentarlos, les pone —Porque el gobierno francés se encuentra hoy en
á un gobierno cuya situación no le ofrece probabili situación gravísima, excelentísimo señor. En Argel
unitarios, ya que V. no duda de él?
en pugna con los hombres inteligentes de su partido.
dados de existencia más allá de algunos meses, de al¬ Todos los nuevos unitarios de provincias, por la ra¬ la guerra se ha encendido de nuevo con más encar¬
—¿Sobre qué otra cosa podría ser, excelentísimo
gunas semanas quizá? y admitiendo que el gobierno zónmisma de que son unitarios, están atacados del nizamiento que nunca; Abd-el-Kader es hoy para
señor, sino sobre el poder, el prestigio y la populari¬ de V. quisiese protegerme
¿supone V. que se va con mismo mal que aquellos, es decir que cada uno de Francia un enemigo formidable. Respecto de la cues¬
dad de V. E. que le han dado tanto
renombre y más rapidez de Londres á París tión de Oriente, sólo esta tiene pretensiones diferen¬
gloria? y de París á Buenos- ellos se cree un jefe, un ministro ó un gobernador,
Aires, que de Entre-Rios al Retiro y de Tucuman á y nadie quiere obedecer, sea soldado, empleado ó tes ycontrarias á las de las cuatro grandes potencias
—¡Bab! ¡bah! jbahl—dijo Rosas riendo, como
hombre que se compadece ó desprecia la j Santa Fé, y que esto no lo sabrá lord Palmerston?
ciudadano. Luego, señor representante de S. M. la que se interponen entre el sultán y el pachá de Egip¬
ignorancia ! ¡Bah! ¡bah! señor Springh, no he esperado nunca reina de Inglaterra, cuando hay que habérselas con to. Quince navios, cuatro fragatas y otros buques de
de otro.
gran cosa del gobierno inglés en mi diferencia con tales enemigos, se les deja el tiempo de destruirse' menor porte han sido enviados por el gobierno fran¬
—No sé, señor general,—dijo sir Walter, descon¬
certado por el mal efecto
Francia, pero hoy espero ménos todavía en vista que ellos mismos, y es lo que bago. cés á los Dardanelos, y si insiste en sus pretensiones
producido por su adulado¬ los informes que recibe el gobierno británico los es¬ ó si Rusia se obstina en proteger Constantinopla, an¬
ra mentira ó
quizás por la expresión verdadera de —Perfectamente, es un plan magnífico,—exclamó
cribe Y. fundándose en mi poder. alborozo sir Walter. tes de poco el rey Luis Felipe se verá obligado á en¬
con
sus
creencias,—qué palabra de las que he tenido el —Pero, señor general,—dijo sir Walter desespera¬ —Permítame V.,no he terminado todavía,—dijo viar todas sus escuadras á los Dardanelos ó al Bosforo.
honor de pronunciar ha
podido provocar la risa do, porque cada vez comprendía ménos el pensa¬ En el interior, Francia no está más tranquila ni se¬
de V. E. Rosas con la misma flema.—Cuando uno ha de ha¬
miento de Rosas velado por este cúmulo de ideas bérselas con tales enemigos, decia yo, no se ha de gura; la tentativa de Estrasburgo ha excitadoálos bo-
que
—Todas, señor diplomático europeo,—respondió parecían excitarle á anunciar la tempestad que se
Rosas con mordaz ironía. tener en cuenta el número, sino el valor que repre¬ napartistas todos, y los partidos antiguos empiezan á
le echaba encima y debia quebrantarle tremolar la bandera parlamentaria; el ministerio
—Pero, señor...
y derribarle, senta cada fracción, cada grupo, cada hombre; y
—¿si no es con el
poder, con las armas, con los fe¬ comparando esas fracciones con el poder contrario, Soult, si no ha sido derribado, no tardará en serlo; la
—Escúcheme Y., señor Springh, todo lo
que V. derales, con qué piensa V. E. vencer á los unitarios?
sólido, organizado, donde no manda mas que uno y oposición mina y trabaja, para hacer que se nombre
acaba de decir es
muy bueno para repetir al pueblo, —Con ellos mismos, señor
Springh,—respondió los demás obedecen como el brazo á la voluntad, de¬ presidente del consejo á uno desús miembros influ¬
pero muy malo para escribirlo á lord Palmerston, á Rosas con fiema alemana y fijando al mismo
tiempo dúcese entonces que el triunfo de este otro poder es yentes. En semejante situación, Francia está obliga¬
quien los unitarios de Montevideo llaman el ministro una mirada
eminente.
inquisitorial en el embajador, á fin de cierto, infalible aunque parezca inferior á la masa de da á consolidar más que nunca su alianza con Ingla¬
descubrir la impresión que le causaría el levantar de terra; y por una cuestión tan poco importante para
—¿V. E. mehará el honor de explicarme porqué?
sus enemigos. ¿Ye Y. ahora claro el modo cómo de¬
repente una punta del velo que cubria el fondo mis¬ ella como es la de la Plata, el gabinete francés no
—A
be apreciarse la situación de mis Contrarios y la mia?
eso voy. Lehe dado á V. cuenta de todos los terioso de su pensamiento. se expresaba Rosas no perdió el aplo¬
Mientras así querrá dar tan peligroso desaire en las actuales cir¬
peligros que en este momento amenazan mi gobierno, —¡Ah!—exclamó sir Walter abriendo desmesurada¬ cunstancias á lord Palmerston.
es decir el orden y la paz de la Confederación
mo con halda empezado á desarrollar aquel plan
que
mente los ojos, mientras su
argen¬
tina. ¿Sabe Y. porqué he descendido á lodos esos de¬ espíritu se dilataba en el original de campaña, resultado del estudio prolijo —Hágalo Y. ó no lo haga, esto me es indiferente,
inmenso círculo trazado por estas tres ningún peligro en Constan-
palabras, bajo que durante su vida pública halda hecho de los ene¬
señor Springh; no corro
86 LA MAS HORCA. LA MAS -HORCA. 37
bre que cho y en su sombrero. Este individuo, sin embargo, nuestros lectores y que era la por la cual don
tinopla ni en Africa, y en cuanto al bloqueo, no es á le ha detenido delante de la puerta de esta Miguel
raí á quien causa el mayor perjuicio ¿V. sabe? casa no es un celador, ni un comisario de policía,
sea
casualidad, sea con intención, teníala torpe¬
por y su criado habian entrado algunas horas antes.
za de
—Lo sé perfectamente, excelentísimo señor, el co¬ sino un bueno y verdadero gaucho. dejar caer dos ó tres veces á cada cuadra el Apoyóse por un momento en la pared nuestro pa¬
mercio es el que soporta todo el peso de ese prolon¬ Sir Walter hizo un ligero movimiento de hombros magnífico junco de Indias con puño de marfil que seante, y quitándose el sombrero
se enjugó la frente
llevaba en la mano y que á cada momento rodaba con su pañuelo; pero
gado bloqueo. y se levantó. casualidad, por distracción
por
—¿Sabe V. á cuánto asciende el capital inglés en¬ En aquel momento entró Corvalan en el comedor por el suelo detrás de él; cada vez que esto le sucedía ó no sabemos porqué, mientras se entregaba á este
cerrado en Buenos-Aires y porqué la escuadra fran¬ volvía atrás con paciencia angélica para recoger su ejercicio, miró atentamente á derecha y á izquierda,
con un pliego
en la mano.
cesa no le deja salir? Rosas se lo
quitó bruscamente y lo desdobló. Ape¬ bastón, y fijaba la mirada en las cuadras que habia y después de asegurarse de que no habia nadie en
—A dos millones de libras en géneros del país, que nas hubo recorrido las
primeras lineas, cruzó rápida¬ recorrido, es decir hácia el campo, pues el escéntri- una distancia de doce cuadras al menos
y que no
co paseante venia del lado del oeste corría peligro de ser percibido, acercóse á ía puerta,
se deterioran de día en dia. mente por su semblante una expresión tai de furor y seguía la calle
de la Victoria en dirección á la plaza. Después de y no haciendo caso de un soberbio picaporte de
—¿Sabe V. á cuánto asciende el gasto mensual de salvage, que el señor Springh al percibirse de ello
conservación de esos géneros? haber dejado caer el junco veinticinco ó treinta ve¬ bronce en forma de león, llamó muy quedo por dos
quedó dudando si era ilusión ó realidad lo que habia
—A veinte mil libras, excelentísimo señor. visto. ces, se detuvo delante de una puerta que conocen ya ó tres veces con el pomo de su junco.
—Exactamente. —¿Así pues, señor Springh,—dijo el dictador in¬
—Comunico todo esto á mi gobierno. terrumpiendo su lectura y tendiendo la mano al di¬
—¿Sabe V. qué capital británico en géneros manu¬ plomático qué habia ya tomado su sombrero,—se
facturados ha sido interrumpido en su tránsito y de¬ retira V ?
positado en gran parte en Montevideo? —Dejo á V. E. tranquilo con sus amigos.
—Un millón de libras, también doy de ello cuenta —¿Cuándo piensa V. espedir el vapor?—preguntó
á mi gobierno. Rosas que no habia oido nada.
—Mealegro de que V. lo sepa, puesto que á Vds. —Pasado mañana, excelentísimo señor.
les agrada experimentar tales pérdidas. Vds. son los —Demasiado tiempo es; haga V. trabajar asidua¬
interesados; por lo que á mí hace, sé cómo defender¬ mente á su secretario y que el vapor salga mañana
me contra el
bloqueo. por la tarde, ó mejor hoy, pues son ya las cuatro de
—Repelidasveces he dicho áV. E. que V. E. todo la mañana.
lo podia,—contestó sir Walter con la sonrisa más in¬ —Saldrá á las seis de la tarde, excelentísimo
sinuante y aduladora, y al mismo tiempo con la más señor.
íntima convicción. —Buenas noches, señor Springh.
—No todo, señor Springh,—respondió Rosas arre¬ Sir Walter saludó dos ó tres veces y salió.
llenándose en su silla y fijando su investigadora mi¬ —Corvalan,—dijo Rosas á su ayudante,—acom¬
rada en el semblante del hombre á pañe V. ai señor y vuelva V.
quien parecía
querer sondear la conciencia,—no todo. Por ejemplo, —¡Señor! ¡señor! ¿qué hay que hacer al gringo?—
cuando un representante extrangero abre las puertas exclamó el mulato despertándose en aquel momento.
de su casa á un unitario perseguido por la justicia y
Pero Rosas, sin oirlo, se sentó, extendió el pliego
me lo
ocuita, no puedo contar con su sinceridad pa¬ sobre la mesa, y con la frente apoyada en las dos
ra venir, al relatarme este
acontecimiento, á pedirme manos, reanudó su lectura á cada una de cuyas fra¬
una gracia
que concedería sin hacerme de rogar. ses se inyectaban en sangre sus ojos, y su frente ya
—¡Cómo! ¿esto ha sucedido? Por lo que á mí hace, se ponia lívida ya enrojecida.

ignoro de qué representante quiere hablar V. E. Un cuarto de hora después, luego de haber cerra¬
—¿V. lo ignora, señor Springh?—repuso Rosas do por dentro él mismo la puerta de su gabinete, se
acentuando sus palabras y mirando fijamente á sir paseaba por él con agitación y entregado completa ¬
Walter. mente á la impetuosidad de sus pasiones que se des¬
—Doy á V. E. mi palabra... bordaban en furiosa cólera.
—[Basta!—interrumpió Rosas, el in¬
que antes que
glés hubiese acabado de hablar habia adquirido ia
convicción de que este ignoraba, en efecto, lo que tan¬ CAPÍTULO X!.
to interés tenia en saber y que era el único motivo de
haberle llamado ásu presencia;—¡basta!—repitió le¬ DOÑA MAKCmiNA.
Aurora Barrault.
vantándose para ocultar la rabia que le devoraba.
Sir Walter empezó de nuevo á sumerjirse en sus La aurora del 5 de mayo vino á reemplazar las ti¬
prudentes perplejidades ante aquel hombre á cuyo nieblas de aquella noche siniestra, durante la que
lado nadie podia permanecer tranquilo ni retirarse habían tenido lugar los terribles sucesos que hemos
satisfecho. narrado en los precedentes capilulus.
Después dedar algunos pasos por el comedor, Rosas En el momento en que empezaba el dia á bañar el Dejemos, por ahora, á nuestro nuevo personaje en —Ella misma, señor.
se detuvo repentinamente delante del mulato quien horizonte con sus eternos tintes de rosa y que el si¬ la calle, aguardando áque abran la puerta en la que —¿Y la carta?
se habia dormido
profundamente desde el principio lencio de la ciudad era apenas interrumpido por el tan ligeramente habia llamado, y penetremos en la —Con las flores.
de la larga conversación que hemos referido, y rumor sordo y monótono de alguna que otra carreta casa un poco antes
de su llegada, es decir sobre las —¿Has notado si estaba satisfecha?
apo¬
yándose en el respaldo de la silla en que estaba este que se dirigía al mercado, un hombre alto, ílaco, de nueve déla mañana, pues el alto y flaco individuo —Me ha parecido que sí, pero la carta la ha sor¬
sentado, permaneció en la posición de hombre que color más que pálido, amarillo, y como de cincuenta del chaleco encarnado habia ido ya muchas veces prendido y me ha preguntado si habia ocurrido al¬
escucha con la más séria atención. á cincuenta y cinco años, pasaba por la calle de la hasta la puerta en cuestión. guna novedad.
En efecto un caballo venia á escape Victoria DonMiguel, despierto de desde hacia algunos ins¬ —¡Pobre chica! Vamos á ver ¿cómo iba vestida?
del oeste pol¬ apoyado magislralmente en su bastón. Ca¬
la calle Restauradora, minaba nuestro hombre con tal pausa y gravedad, tantes, se vestia con ayuda de su fiel Tonillo que ha¬ cuéntamelo lodo; pero antes dime ¿qué hacia cuando
y antes de un minuto se detu¬
vo delante de la casa del dictador. que parecía no haber salido tan temprano de su ca¬ bia desempeñado ya lodos los encargos que su amo has llegado?
—Algún parte de la policía,—dijo sir Walter, quien sa sino para pasearse y respirar el aire puro de la le habia dado. —Estaba cerca del acirate de jazmines que hay en
buscaba un medio de reanudar la conversación tan mañana, á no ser que fuese para hacer brillar al sol —¿Doña Aurora en persona ha recibido las flores? el palio y se quitaba los papillotes de sus rizos.
bruscamente interrumpida. primero que lodo_ otro habitante de la ciudad el in¬ —preguntó don Miguel á Tonillo mientras se peina¬ —De sus rizos de oro, cada uno de cuyos cabellos
—No, señor diplomático,—dijo Rosas mirándole con menso chaleco encarnado que le bajaba hasta el ba el pelo y las patillas, separadas en la barba, se¬ ata mi al suyo.
corazón Prosigue,—dijo el joven
desprecio,—ese caballo viene del campo, y el hom- vientre y las divisas federales que lucian en su pe- gún las prescripciones federales de la época. acabándose de anudar negligentemente la corbata.
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38 LA MAS ilOltUA. LA MAS -HORCA. 3<j
—No hacia nada más. —contestó la recien llegada sentándose y haciendo Y Doña Marcelina, cuya sangre comenzaba á infla¬ —Pues bien, ese don Quijote era hombre muy
—¿No te he pedido qué traje llevaba? desaparecer la silla que ocupó bajo los pliegues de marse, se pasó el pañuelo por la frente y se hizo aire parecido física y moralmente al general Oribe, que
su vestido. el mismo, mientras dejaba caer el chai hasta su
—Un peinador blanco á rayas verdes, abierto por con decia que no podia existir república bien gobernada
delante y sujeto á la cintura. —Ante todo ¿cómo se encuentra V. y qué tal se cintura. sin cierto empleo, y este empleo es el que V. ejerce.
—¡Magnífica descripción! Héteme feliz por todo el portan de salud los de su casa?—preguntó don Mi¬ —Fué una atroz injusticia,—contestó don Miguel, —¿Quiere V. decir la de protectora de mis desgra¬
dia, Tonillo. ¡Qué bella debia estar! ¿Y después? guel, quien afrontaba nunca un asunto de impor¬
no cuyo grave y serio semblante reflejaba, á pesar suyo, ciadas sobrinas?
—Nada más. tancia antes de explorar minuciosamente el terreno. el deseo de reir que le devoraba interiormente. —Exactamente.
—No sé dónde dar de cabeza, señor: la vida que —Atroz.
—Eres un tonto, —Hago por ellas lo que puedo.
se lleva en Buenos-Aires es una verdadera peniten¬ —Y de la que
—Pero, señor, si no llevaba otro traje. únicamente la salvaron sus elevadas —¿Pero qué seria de V. si el señor Gaeta encon¬
cia por numerosos que sean los pecados que uno relaciones.
—Cierto es, pero debia llevar zapatillas ó botitos, trase en su casa lo que encontré yo el dia en que por
tenga. —Así fué,
un pañuelo cualquiera, una cinta, qué sé yo, algo como le he contado á V. repetidas veces; vez primera estuve en ella por recomendación del
más que has debido ver para contármelo. —Todo esto tendrá V. ganado para la otra vida,— me salvó uno de mis más
respetables amigos, quien señor Douglas?
—¿Cómo quiere V. que yo parase mientes en todo contestó don Miguel con aire indiferente. se apiadó de la inocencia oprimida por la barbarie, —¡Oh! ¡Dios miol estaría perdida; pero el señor
eso, señor?—respondió Tonillo con esa calma y esa —Otros hay que han pecado más que yo y que sin que es lo que existe de más inhumano, como dijo Gaetano será tan curioso como el señor don Miguel

expresión particular de los gauchos y que, á pesar embargo ganarán el cielo,—dijo doña Marcelina vol¬ Rousseau,—esclamó con énfasis doña Marcelina, delCampo,—dijo doña Marcelina haciendo un mimo.
de su estancia en la ciudad, no habia todavía per¬ viendo la cabeza. cuyo flaco eran las citas históricas. —V. tiene razón y yo también: yo fui á casa de V.
dido. —¿Por ejemplo? —Rousseau estuvo muy acertado al escribir esta
para entregarle una carta que debia V, hacer llegar
—Los que V. sabe. admirable y nueva verdad,—dijo don Miguel
—Peor para tí. Vamos á otra cosa: ¿quiénes son apre¬ á manos de cierta persona; le pedí pluma y tintero
las personas que aguardan en la antecámara? —Hay cosas que olvido muy fácilmente. tando los dientes para
que no le escapara la risa. para poner el sobre, y en aquel momento llamaron á
—La mujer á quien he ido á buscar de parte de V. —No así yo, pues las hay que no olvidaré nunca, —Esto dijo aquel gran talento. No podria la puerta; V. me hizo ocultar en su dormitorio, di-
V. for¬
aun cuando viviera doscientos años. marse idea de la memoria
y don Cándido. que tengo: hace algu¬ ciéndome que encima de la mesa encontraría una
—Hace V. mal: perdonar á nuestros enemigos es nos dias aprendí verso
—¡A.h! mi maestro de escribir, el genio de los ad¬ por verso la Arjia y la Dido, escribanía; la busqué, pero en vano; tiré de un ca¬
unprecepto de nuestra santa religión. viéndolas representar una sola
jetivos y de las digresiones. ¿Qué le trae aquí? ¿te lo v ez. jón y...
ha dicho, Tonillo? —¡Perdonarles! ¡después de lo mucho que me han —¡Sopla! eso es admirable. —V. 110 hubiera debido leer lo que dentro de el
—No, señor, únicamente me ha dicho que tiene mortificado, después de haber manchado mi reputa¬ —¿Verdad que sí? ¿Quiere V. que le recite el sue¬ habia, picarillo,—interrumpió doña Marcelina con
necesidad absoluta de hablar con V., que ha venido ción confundiéndome con esas criaturas sin pudor ño de Dido, ó el delirio de Creon, que bien alcanzará tono más mimoso, tono que no olvidaba emplear cada
á las seis y ha encontrado cerrada la puerta, que ha y que son la vergüenza de nuestro sexo! ¡Nunca! sus doce páginas y que
empieza con este verso? vez que don Miguel hablaba del mismo asunto, cosa
vuelto á las siete, y que desde entonces se ha pasea¬ ¡tengo un corazón de Capuleto! que sucedía cada vez que la veia.
«¡Triste fatalidad! ¡dioses supremos!»
do por los alrededores aguardando que estuviese V. —¡Bah!—exclamó don Miguel conteniendo á du¬ —¡Y cómo resistir á la curiosidad al ver periódicos
visible. ras
penas la risa ante la singular comparación de —No, 110, gracias, no se moleste V.,—interrumpió de Montevideo!
—¡Demontre! mi antiguo maestro de gruesos y per¬ doña Marcelina,—V. exagera siempre que habla vivamente don Miguel. —Que, como dije á V., me habia enviado mi
files pierde, á lo que parece, la costumbre de
no de esto. —Como V. quiera. hijo.
amolarme; ¡y quería hacerme levantar á las seis —¡Que yo exagero, dice V.! En efecto, es nada ar¬ —En la actualidad¿qué lee V., doña Marcelina? —Si, ¿pero y la carta?
de la mañana para hablar con éll ¡está gracioso! rojarme en una carreta con las otras, confundirme —Concluyo el Hijo del carnaval, y luego leeré la —¡Ah! ¡la carta! Por ella me hubieran fusilado los
hazle entrar en mi despacho. Por lo que respecta á con ellas, querer enviarme al Arroyo azul (1), á nú Lucinda, que mi sobrina Tomasita termina. bárbaros. ¡Cuán imprudente fui! ¿y qué ha hecho V,
doña don Miguel po¬
Marcelina que pase,—repuso que no he recibido en mi casa más que la flor y na¬ —¡Excelentes libros! ¿Y quién le presta á V. una de ella, señor? ¿la conserva V.?
niéndose un abrigo de tartan azul, cuyo color hacia ta de la buena sociedad de Buenos-Aires! Y no crea colección de obras tan escogidas?—le preguntó don —¡Oh! ¡cuándo pienso que se atrevió V, á escribir
resaltar la blancura de sus modeladas manos. V. que lo motivase mi conducta, no; fué una ven¬ Miguel apoyándose en el respaldo de la silla y fijando que se cortarían las trenzas á todas las mujeres déla
—¿La haré entrar aquí?—preguntó Tonillo con ganza polílica por mis opiniones bien conocidas. Mis su mirada
tranquila y penetrante en el rostro de familia de Rosas el dia que Lavalle entrase en Bue¬
acento de duda. primeras relaciones fueron con los unitarios; recibía aquella mujer más que medio loca. nos-Aires! esto es muy grave, doña Marcelina.
—Sí, aquí, mi casto señor don Tonillo, me parece ministros, abogados, poetas, médicos, literatos, en —Nadie, el señor Gaela los lleva á mi sobrinila —¿Qué quiere V.? el entusiasmo, las ofensas reci¬
fin lo mejor que encerraba la ciudad; hé aquí el mo¬
que no hablo en griego; aquí en mi dormitorio, y Andrea. bidas; pero V. sabe que soy incapaz de hacer seme¬
pon cuidado de cerrar la puerta de mi gabinete que tivo por el cual el tirano de Perdriel me inscribió en —¡El señor Gaeta!—exclamó don Miguel prorum- jante cosa. ¿Y la carta, la conserva V.? ¡dígamelo,
da al salón y la de esta pieza cuando esa mujer haya la lista cuando Tomás Anchorena decretó el destierro piendo á pesar suyo en sonora carcajada. caramba!—preguntó doña Marcelina ensayando una
entrado. ..
de lasmujeres perdidas, ese viejo Tartufo, ese viejo —Y le estoy muy agradecida, porque las personas sonrisa
parecida á una mueca.
Un instante después oyóse el crujido de un vesti¬ usurero de quien con razón se ha dicho: ilustradas saben que hay necesidad de que las niñas —Ya le dije que me la habia llevado para salvar¬
do de seda, y entró en el dormitorio del joven doña El inmortal macuquino,
lean lo bueno como lo malo, á fin de no caer en la á V.
Marcelina. Gran sacerdote apostólico, engaño. —Hubiera V. debido romperla.
El traje de esta consistía en una falda de seda color No gastara un real de vino —Discurre V. con talento, doña Marcelina; pero lo —Torpeza insigne habría yo cometido.
Aunque reviente de cólico. (2)
de vino sucio, y un chai de merino amarillo borda¬ que no comprendo es que una persona de los prin¬ —¿Pero por qué la conserva V.?
do en negro echado sobre sus hombros. Un pañuelo —Lindos versos, mi señora doña Marcelina,—repu¬
cipios políticos que V. admita la anústaddeesc señor, —Para tener en poder mió una prueba que hacer
blanco muy almidonado sujeto por el centro para que es hoy uno de los más decididos campeones de valer en favor del patriotismo de V. tan pronto las
so haciendo esfuerzos por permanecer serio.
el joven
que pudiesen verse los cupiditos bordados en lana
la federación. cosas cambien. Quiero que los servicios que V. me
—¡Magníficos! se escribieron en 1838. [Ah! este
rosa de los cuatro ángulos cubría su cabeza, de cu¬ —Ya se lo echo en cara todos los dias. preste queden generosamente recompensados más
insulto lo recibí en la época de la primera adminis¬
yo lado izquierdo pendía una enorme moña de-cin¬ —¿Y soporta sus reproches sin chistar? tarde.
tración de ese gaucho asesino, que me hizo víctima
tas encarnadas. Tal era el exterior de aquella mujer, —Es tolerante, y se ríe, y volviéndome las espal¬ —¿Es este el solo motivo porque la guarda V.?
de mis opiniones políticas y tal vez de nú amor pol¬
cuyo redondo sólo tenia de bueno
rostro moreno y la literatura, porque ese salvage proscribió á todos
das va á leer alguno de los libros que le he citado á —Hasta hoy no me ha dado V. alguno para que
negros y grandes ojos, que debieron ser bellos en
Gértrudita. cambie de parecer,—contestó don Miguel recalcando
los que, como yo, se dedicaban á las bellas artes.
susjuveniles años, pero que en aquel entonces acu¬ Todos mis amigos fueron desterrados, ¡Ah! ¡época
—¿También tiene V. en su casa una joven llamada sus
palabras.
saban muy bien de cuarenta y ocho á cincuenta pri¬ feliz la de los Várelas y de los Gallardos, has pasado
Gértrudita? —Y no le daré á V. nunca,—exclamó la pobre
maveras. —Es una sobrina que he adoptado hará cosa de mujer exhalando un suspiro de satisfacción.
para no volver!... ¡acuérdese V., señor don Miguel!
Don Miguel la recibió sin levantarse de la silla, un mes.
—Estoy convencido de ello; ahora hablemos de
con esa fina sonrisa que la gente de cierta clase sabe ¡acuérdese V.! —¡Santa Bárbara! tiene V. más sobrinas que Adán nuestros asuntos. ¿Ha visto V. al señor Douglas?
estereotipar en sus labios cuando tiene necesidad nietos por la línea de Setli, hijo de Cain y de Ada. —Hace tres dias: durante la antepenúltima noche
de sus inferiores. (1) Lugar dereclusión para las mujeres perdidas. ¿Ha leido V. la Biblia, doña Marcelina? ha embarcado cinco personas, de las cuales yo le
(2) Pedimos al lector que nos dispense estos detalles, un poco
—Necesito de V., doña Marcelina,—le dijo seña¬ cliabacanos, pero indispensables para poder formarse cabal con¬ —No. recomendé dos.
lándole un sitio enfrente de él. cepto del estado de Buenos-Aires en tiempo de la odiosa tiranta —Cuando ménos el Don Quijote. —Perfectamente. Irá Y. á verle hov.
de Rosas: no inyentamos, al contrario suavizamos.
—Estoy siempre á sus órdenes, señor don Miguel, —Tampoco. -¿Hoy?
LA MAS -HORCA.
LA MAS-HORCA. Í|
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ra Y de la cuestión,—dijo don Miguel que conocía —Quisiera que me prestases un favor inmenso,
—Sin perdida de momento. á fondo á su interlocutor
y sabia que formaba parte Miguel.
—Iré cuando salga. CAPÍTULO XII. de esta clase de
personas que hablan de todo ménos —Creo que esto mismo es lo
que me ha dicho V.
Don Miguel se su despacho, levantó su
dirigió á de! asunto principa!
si no se tiene la precaución de al
oo.n candido. principio, señor.
escribanía, tomó la carta que habia ocultado debajo atajarles en sus divagaciones. —Poco á poco se va lejos...
de ella durante ia noche anterior, la metió en un —A eso voy.
Apenas habia extinguido el de los pasos —Vayamos al paso que V. quiera, pero vayamos
segundo sobre, y tomando una pluma, entró de nue¬ se rumor —Lo mejor, señor, es empezar las cosas por el adelante.
vo en su dormitorio.
de doña Marcelina, cuando Tonillo introdujo á nues¬
principio é ir directamente al asunto. Al grano pues, —¿Tienes relaciones?
—Escriba V. la dirección. tro paseante matutino en el dormitorio de su amo.
—repuso don Miguel quien á veces se solazaba con —Sí, señor.
Con el sombrero en la mano izquierda y en la dies¬
-¿Yo? los abundantes adjetivos con
que, viniesen ó no á —¿Poderosas?
—Si V. tra el bastón, D. Cándido entró con paso magistral, y
pelo, salpicaba su conversación don Cándido, pero —Sí, señor.
colocando junco y sombrero encima de una silla, se
—¿Y qué he de poner? que en aquel dia ni estaba para bromear ni tenia
—Al señor Douglas; nada más. acercó á don Miguel con la mano tendida. —¿Tienes también amistad con Victorica?
tiempo que perder. —Sí, señor.
—Buenos dias, mi querido y estimado Miguel,—
—Irá V. á casa de este señor,—dijo don Miguel j —Bueno, voy á hablarte como á un muchacho
á doña Marcelina cuando esta hubo terminado,—le dijo,—el dia que más necesidad tengo de hablarte, —Entonces, Miguel, hazme...
querido, amable, discreto y razonable. —¿Qué?
llamará á solas y de mi parte le entregará V. esta ha sido el en que he debido luchar con más difi¬
-Como lo último, esto basta, señor.
cultades para lograrlo, yo, tu primer maestro; pero Prosiga Y. Miguel, en nombre de las primeras páginas que

carta; ocúltesela Y. en el pecho. Ahora otra cosa: —Se que eres considerado como hombre de mu¬ escribiste y que con tanto amor yo corregía, hazme...
en fin héme aquí á tu lado, y con tu
necesito quedarme solo en casa de Y., durante media permiso tomo cha inlluencia,—prosiguió don
Cándido, de quien
asiento. ¿estamos solos?
hora, por la tarde, mañana ó pasado. las circunlocuciones
y los adjetivos formaban el ca¬
—Podrá Y. permanecer en ella el tiempo que me¬ —Y. sabe, señor, que por lo común me levanto
rácter distintivo de su conversación.
—Completamente solos,—contestó don Miguel un
tarde. poco sorprendido de ver que don Cándido palidecía
jor le cuadre; yo llevaré á pasear á mis sobrinas; —No comprendo. á medida que hablaba.
pero... ¿y las llaves? —Siempre has tenido esta singular costumbre, ese —Quiero decir, que tus elevadas relaciones, tus
instinto innato; muchas veces te he castigado seve¬ —Entonces, mi querido y estimado Miguel, hazme
—Hoy mismo mandará V. construir un doble jue¬ amigos distinguidos, la amistad estrecha y no inter¬ el favor de... hacerme
go que mañana temprano cuidará Y. de enviarme,
ramente por haber faltado á las horas de clase. encarcelar,—dijo don Cándido
—Y á pesar de todas las penitencias que V. me im¬
rumpida cultivada por el trato frecuente, familiar y acercando sus labios al oido de su discípulo quien
dándome aviso del dia y hora de su paseo: como 110
poderoso de tus propios negocios, y las recomenda¬ irguióse y le miró con fijeza, á fin de convencerse de
quiero ser visto, iré de noche, á la oración. puso 110 consiguió enseñarme á escribir, que es lo ciones de tu señor padre...
peor que podia sucederme, mi querido señor don que su antiguo maestro no estaba loco.
—¡Oh! la calle en que vivo es un desierto; durante —Por Dios, señor, esté V. convencido de
la primavera tan sólo, como la casa está próxima al Cándido. que mi —Esto te admira,—repuso don Cándido,—sin em¬
—De lo que me felicito.
organización física no me permite resistir mucho bargo exijo de tí este gran favor, como el más impor¬
rio, de cuando en cuando pasan por delante de ella tiempo ciertas situaciones. ¿Quiere V. hacerme el tante
—Gracias, señor. y más estimado que de sér viviente pueda
algunas personas que van á bañarse. favor de decirme de
—Deseo también que deje Y. abiertas todas las —Durante los treinta y dos años que he ejercido
una vez
qué quiere? recibir.
—A eso voy, joven impaciente. Tenias ya el mismo
la noble, árdua y delicada misión de profesor de pri —¿Y por qué razón quiere V. irá la cárcel?—pre¬
puertas interiores. carácter cuando te sentaba á mi
—Poco hay que robar. mera enseñanza, he observado que únicamente los derecha, entonces guntó don Miguel que dudaba todavía de que el
cuando eras pequeñito y llevabas el pelo rizado maestro estuviese
—Más adelante habrá más; sólo pido á V. discre¬ imbéciles llegan á adquirir un carácter de letra bo¬ que en su sano juicio.
caia sobre tus hombros, y tu
ción y silencio: la más leve imprudencia, que no me nito, claro, legible, limpio, en poco tiempo, y que capotólo azul: al orde¬ —¿Por qué razón? para vivir seguro y tranquilo
narte escribir, si encontrabas abierta la
todos los niños de grandes y brillantes esperanzas puerta, te cuando se desencadene sobre nuestras cabezas la
costaría á mí un cabello, le costaría á Y. la cabeza. dejabas la gorra y huías corriendo hácia tu casa.
—Mucho tiempo há que mi vida está entre sus como tú, no alcanzan á poseer más espantosa y horrible tempestad que nos amenaza.
que un carácter Decia pues que tu posición y la amistad de tu
padre, —La tempestad...
manos, señor don Miguel, pero aun cuando así no de letra apenas regular.
tan noble, tan generoso
—Gracias por el cumplido; pero le confieso que y tan patriota, te han hecho —Si, hijo mió; tú
110 sabes todavía lo que son las
fuese, me haria matar por el último de los uni¬ llegar por un camino ancho, recto y florido, así como horrorosas y sangrientas revoluciones de los hom¬
tarios. preferiría tener ménos talento y mejor letra. tu sin
—No se trata ahora de unitarios, y jamás le he —Pero eso no es obstáculo para que sientas por mi igual talento y tu fino trato.". bres, y sobre todo los fatales errores que en este caso
—Conforme, ¿y qué puedo hacer por Y.? se cometen. En 1820, año en
dicho á V. que yo lo fuese. ¿Lo tendrá V. presente un verdadero afecto, ¿no es eso? que todo el mundo pa¬
—Escúchame. recía haberse vuelto loco en
todo? —¡Oh! no, señor, le quiero á V. así como á cuan¬ —Escucho.
Buenos-Aires, me pren¬
dieron dos veces
—Pocas personas tendrán tan buena memoria como tos dirigieron mi infancia. por error, y temo que en 1840 no
—Sé que á medida que los acontecimientos se vuelvan todos demonios y también por error no
y0;—contestó doña Marcelina algo confundida por —¿Y podré contar contigo el dia quenecesite de tí? apre¬
el tono grave con que el joven habia pronunciado las
mian, que las circunstancias se presentan, vale más.,. me corten la cabeza. Sé lo que pasa y lo
—Sin vacilar, si está en mi mano servirle en lo que que va á
últimas palabras. Y. me pida. Hoy los quebrantos de fortuna son casi
—¿Pero no valdría más que me dijese V. de una suceder, y hé aquí la razón porqué quiero ser encar¬
\cz qué quiere?
celado por algún motivo civil y de
—Bien, hágase Y. la ilusión que le he enseñado generales, nada más común que la necesidad de di¬ —A eso
ningún modo
unos versos nuevos. nero en una época como la que
voy. político.
atravesamos; no tema —¡Paciencia!—murmuró don Miguel reprimién¬
Esto diciendo, don Miguel entró en su despacho, Y. hablar,—dijo don Miguel quien con delicadeza —¿Pero qué sucede? ¿qué se prepara?—preguntó
dose. don
abrió su escritorio y lomó un billete de quinientos quiso ahorrar á su maestro el pesar de esplicarle su Miguel comenzando á sospechar algo grave en
duros. mala situación caso de hallarse en necesidad.
—¿Tienes relaciones? el fondo del pensamiento de don Cándido.
—Muchas.
—Aquí tiene Y. las llaves y comprar
con que pagar —No, no se trata de dinero; afortunadamente, con —¿Qué hay? ¿No Ices por ventura la Gaceta? ¿No
—¿Conoces al señor gefe de policía don Bernardo lees cada dia las amenazas del furor
popular,
algunos dulces á sus sobrinitas, el dia que las acom¬ mis economías y la renta de un pequeño capital vivo llenas
Yictorica, no es eso? de sangre y de exterminio?
pañe Y. á paseo,—dijo á doña Marcelina don Miguel con bastantecomodidad; es más importante lo que
entrando otra vez en su dormitorio y poniendo en la —Sí, mucho, ¿porqué? —Pero si 110 me engaño, no se trata más
que de
quiero pedirte. Hay en la vida épocas terribles, cala¬
de interlocutora el papel moneda. —Escúchame, Miguel, á mí que te enseñé de es¬ los unitarios, y V. nunca se ha mezclado
política.
en
mano su mitosas, de trastorno, en las que, inocentes ó culpa¬ cribir y te quise siempre como á un hijo, por la
—¡Vale V. un Perú!—exclamó la mujer vuelta á la bles, las revoluciones nos ponen en peligro; porque las —¡Jamás! Pero esas amenazas terroríficas, fulmi¬
vida á la vista del billete;—de una sola vez y sin revoluciones son parecidas á las tempestades desen¬
vivacidad, el atolondramiento, la inteligencia, la ac¬ nantes é incendiarias son no sólo contra los
unitarios,
tividad... sino contra todo el mundo; y
interés es V. más generoso que no lo será nunca en cadenadas, furiosas, que asaltan en alta mar al barco luego yo tiemblo sobre
—Gracias, gracias, señor. todo por las equivocaciones.
un año el señor Gaeta. y amenazan hacerlo zozobrar con toda su tripulación, —Eres casi el único de mis
—A pesar de lo cual conviene que 110 rompa V. buenos ó malos, cristianos ó judíos. Me acuerdo de antiguos discípulos —¡Locura! señor.
cuya amistad cultivo aun hoy dia. La fatal época en —¡Locura! ¿No ves por ventura esos hombres de
con él. Ahora déjeme V., y hasta otro dia. un viaje que hice á las Vacas ¡qué viaje! venia con
que nos encontramos, envuelta, rodeada, preñada de aspecto siniestro y sanguinario que de desde hace
—Soy de V. en cuerpo y alma señor D. Miguel,— nosotros un fraile franciscano, excelente sujeto, por¬
convulsiones y peligros, labra ó labrará pronto la
dijo doña Marcelina saludando casi con elegancia al que mira tú, por más que digan de los frailes, los
algunos meses han salido, creo, de los infiernos, y
desgracia mayor y más fatal de mi existencia. que uno encuentra en los cafés, en la calle, en las
joven y saliendo del dormitorio con un garbo impro¬ hay buenos; en nuestra misma ciudad los hay que —Pero aun no me ha dicho V. qué desea,—excla¬
pio de su edad. son modelo de caridad y de virtudes; los plazas, á las puertas sagradas y purificadas de los
hay malos, mó don Miguel mordiéndose los labios
es cierto, pero todo es así en la vida, y... para ocultar templos, y en el cinto de los cuales brillan inmensos
la impaciencia que le devoraba.
—Dispense Y., señor, pero me parece quesesepa- puñales parecidos, de perfil, á una A mayúscula?
42 LA MAS HORCA. LA MAS HORCA. 43

—¿V qué? ¿Ignora Y. que el puñal lia sido y será gos, honrados, leales, que no hablaban nunca de los que me han causado esas noticias, desnudo como en lugar de malar á Perico de los Palotes, darán los
asuntos políticos de nuestros tiempos desdichados,
siempre el arma de la federación? estaba, y en pié detrás de la puerta del cuarto de despachos para el otro barrio á don Cándido Rodrí¬
infortunados y calamitosos; pero en la actualidad no
—Pero esos son los primeros sintonías, los relám¬ Nicolasa. guez, antiguo profesor de escritura, hombre honra¬
voy, y me encierro en mi casa al toque de oración.
pagos, los truenos que se aproximan de la tempestad —Sí, sí, prosiga V.,—dijo don Miguel que devora¬ do, pacífico, caritativo y de intachables costumbres.
que he previsto; sólo el momento es desconocido, —¡Válgame Dios! señor, ¿qué tiene que ver la ba por palabra todas las que salian de la
palabra —¡Pero eso seria horrible!
malilla con?...
pero llega. boca de don Cándido, y que hubiera comprado con —Sí, señor, horrible para mí, inaudito, espantoso,
—A eso voy.
—¿Y por qué va á llegar ese momento? Veamos, toda su fortuna, aunque en apariencia, gracias á su cruel, pero que, á pesar de eso, tendría que sufrirlo
expliqúese V. —¿A la partida de malilla? fuerza de voluntad, permanecía frió y tranquilo. inocente y dolorosamente.
—¡Oh 1 es este un secreto que llevo en el fondo de

No, al acontecimiento. -Entonces


—¿Qué otra cosa te diré? ¿necesitamos saber más? ¿qué hacer?
mi pecho, como un haz de puñales, desde las cuatro —¿Al de La Madrid? Todo cuanto contó después á su madre no versó so¬ —Evitarlo, impedirlo, rechazarlo, escapar del pe¬
—Sí.
de esta madrugada. bre otra cosa que las fiestas, la alegría y los movi¬ ligro, huir de él.
—Señor, le confieso á V. que si no me habla con —¡A Dios gracias! mientos militares de las provincias que se declaran —¿Cómo?
claridad y sin secreto, no podré prestarle atención
—Esta madrugada á las cuatro, estaba yo, como de casi todas contra Rosas. —Muy sencillo: encarcelado, no por orden del se¬
por mucho tiempo y tendré el sentimiento de decirle costumbre, desvelado, cuando de pronto he oido pa¬ —¿Pero no pronunció ningún otro nombre? ¿nada ñor gobernador, sino por cualquier fútil pretexto,
rarse un caballo delante de la puerta, y un ruido
(juc en este instante tengo una visita importante que dijo de notable? este, quien no .me conoce ni nada sabrá, porque
hacer. metálico que me ha dado á comprender claramente no seré preso político, no dará ninguna
—Nada; permaneció diez minutos escasos con su orden que
—No, tú no te irás sin oirme. que el que ponía pié en tierra era un oficial ó un madre, y salió después de darle un poco de dinero y haga referencia á mí. La cárcel no corre riesgo
soldado. Yo no soy temerario, me horroriza la san¬
—Escucho pues,—dijo don Miguel con impa¬ besarle la mano, prometiéndole volver hoy, si no le de ser allanada, y admitiendo que lo fuese, el alcaide
ciencia. gre, y te confieso que un temblor persistente se ha hacian salir esta mañana; porque ese hijo, ¡oh! voy siempre tendrá tiempo suficiente para indagar los
Don Cándido se levantó, fuése de puntillas á mirar apoderado de mi cuerpo y que estaba bañado en su¬ á contarte la historia... motivos de mi prisión; de esta manera, encarcelado,
dor desde la cabeza á los pies; razón habia para ello,
por el ojo de la cerradura, y después de cerciorarse —¿Qué edad tiene ese hombre? viviré tan feliz como en mi propia casa, en tiempos
de que no habia nadie al otro lado de la puerta, ¿no es cierto? —Es joven, veinte y dos ó veinte y tres años lo en que estaba tranquilo: los soldados no me asusta¬

volvió al lado de don Miguel y le dijo con tono mis¬ —Prosiga Y., señor. más: es alto, rubio, de nariz aguileña, buen chico, rán, al contrario, serán para mí una garantía contra
terioso: —Prosigo. Salté de la cama, abrí silenciosamente esbelto, vigoroso, valiente. los ataques de la sociedad popular, y sobre lodo con¬
un postigo de la ventana, y miré por el intersticio;
—La Madrid se ha pronunciado contra Rosas. —A los veinte y dos años el hombre por lo común tra toda equivocación.
la noche estaba oscura, sin embargo percibí, del otro
Don Miguel dió un salto en su silla, un rayo de no es malo. Un hijo que cuida de su madre desde lé- —Todo esto es absurdo; pero suponiendo que fue¬
lado de la puerta, que el ginete llamaba suavemente
alegria iluminó su semblante, rayo que se apagó sú¬ jos es hombre de corazón; él no tenia ningún inte¬ se lógico, ¿cómo diablo quiere V., señor don Cándi¬
en la ventana del cuarto de mi sirviente Nicolasa, y
bitamente gracias á la fuerza de voluntad del joven, rés en engañar á su madre; don Cándido no me ha do, que le haga encarcelar? ¿bajo pretexto de qué?
quien hacia un estudio particular para conservar en que un minuto después, luego de cambiadas algunas dicho ninguna palabra que no sea verdadera, luego —Nada más fácil, vas á verlo, tengo estudiado un
todas circunstancias una impasibilidad marmórea. palabras que no pude comprender, abrióse la venta¬ el hecho es cierto. ¡Providencia divinal—murmuró plan. Te vas ahora mismo á casa de Victorica y le
—¡Está V. loco, señor,—dijo volviéndose á sentar na y el hombre penetró en el cuarto. Perturbóse para sí don Miguel sin parar mientes en los últi¬ dices que hace un instante te he insultado grosera¬
tranquilamente.
mi mente, mi cabeza era un volcan en ebullición; mos adjetivos de su cx-profesor. Luego, dirigiéndose mente, y que mientras intentas contra mí una acción
—Estoy tan seguro de lo que digo, como de que los creíme denunciado, y sin perder momento me diri¬ á este, exclamó: criminal, pides que se me encarcele inmediatamen¬
dos estamos aquí hablando. ¿De veras estamos solos? gí al patio, descalzo, y fui á mirar por el ojo de la —Y bien, aun suponiendo que cuanto me ha di¬ te: me prenden, yo no hago reclamación alguna, tú
—Si no me dice V. todo cuanto pretende saber, cerradura lo que tenia lugar en el cuarto de Nicola¬ no das ningún paso, y yo permanezco á oscuras has¬
cho V. respecto del general La Madrid sea cierto,
sa. ¿A quién crees que he reconocido en el ginete?
creeré que me toma Y. todavía por un niño y que se no veo la consecuencia
personal que V. saca de ello. ta tanto que yo te pida que me hagas poner en li¬
está V. burlando de mí. —Dígamelo V. y lo sabré más pronto. —¿Por lo que á mí interesa? por lo que intere¬ bertad.
Al decir estas palabras, don Miguel fijó una mirada —Al hijo obediente, sumiso y cariñoso de Nicolasa, á lodo el —Pero señor, en este país no es costumbre que un
sa mundo, deberías decir. Vamos á ver, ha¬
obstinada y particular en su interlocutor. á quien esta abrazaba; á pesar de esto no me retiré, blemos hombre de mi edad acuda á los tribunales cuando
con franqueza; á pesar de todas las aparien¬
—No te enojes, mi querido y estimado Miguel, es¬ quise convencerme de que no me amenazaba ningún cias, es imposible que seas partidario de un gobier¬ recibe de otro un insulto; sin embargo la posición de
cúchame y quedarás pronto convencido. Tú sabes que peligro inminente, y escuché con atención. Nicoiasa no
que no quiere más que sangre y desorden, ¿no V. me interesa,—dijo don Miguel preocupado por la
de desde que dejé mi clase de escritura, es decir de ofreció á su hijo disponerle una cama, pero este re¬
es eso? importante noticia habia recibido, y calculando
que
desde hace cuatro años, me retiré á mi casa para husó pretestando tener que dirigirse nuevamente y
Señor, respecto de las confidencias que tenga

el partido que podia de aquel hombre enfermo


sacar
vivir tranquilamente de las rentas de mi pequeño cuanto antes á casa del gobernador, á quien hacia V. á bien hacerme, puede V. estar seguro de mi dis¬ de miedo, quien se prestada fácilmente á todos sus
un momento acababa de entregar los documentos de
capital. He conservado á mi servicio, para que cui¬ creción, pero esta no es razón para que le dé á V. á caprichos á condición de verse un poco seguro con¬
dase de los asuntos interiores de mi casa, una mujer que habia sido portador, procedente de Tucuman conocer mis opiniones políticas. tra los peligros de que le rodeaba su fantasía.
de edad, blanca, alta, muy buena, limpia, honrada, —Prosiga Y., pero sin olvidar el menor detalle, —Veo que eres prudente; pero yo me entiendo. —¡Obi ya sabia yo que le interesarías por mí.
económica... —dijo don Miguel á quien ya no impacientaban Dccia pues, ó quise decir, que el asunto del general Eres el más noble, el mejor, el más fino de mis
—Pero señor, ¿qué puede haber de común entre los adjetivos y las circunlocuciones de su antiguo La Madrid va á irritar en gran manera al señor go¬ antiguos discípulos; me salvarás ¿no es cierto?
mujer y el general La Madrid? maestro. —Creo que sí. ¿Se contentada Y. con un empleo
esa bernador, que su exaltación sanguinaria va á comu¬
—Vas á verlo. Esa mujer tiene un hijo que hacia —Todas palabras han quedado grabadas en
sus
nicarse á todos esos caballeros que ni tú ni yo tene¬
mi memoria, como si lo hubiesen sido con un hierro
particular cerca de una persona cuya actual posición
diez años era peón en el Tucuman; buen hijo, no el honor de conocer, y que, créelo, nos ha en¬
mos política es la mejor recomendación de federalismo
deja nunca de enviar parte de su soldada á su ma¬ candente; le dijo que los despachos que habia traído viado el diablo. Quise decir también que van á para los individuos que están á su servicio?
dre. ¿Has comprendido bien? estaban escritos por ciertas personas muy ricas de
llevarse á efecto todas las amenazas de la Gaceta; —¡Ah! seria el colmo de mis desos. No he sido ja¬
—Perfectamente, señor. Tucuman, y que probablemente notificaban al go¬ que van á herir y á matar á diestro y siniestro, y más empleado, pero lo seré. A más, seré empleado
—Así pues, llegamos á lo que me atañe. Mi cuarto bernador lo que habia hecho el general La Madrid. que aun cuando tenga yo la convicción profunda, sin sueldo, que renuncio desde este instante para
tiene una puerta que da á la calle. ¡Ahí me olvidaba Nicolasa, curiosa como toda mujer, le hacia pregun¬ religiosa y santa de mi inocencia, no las tengo todas que haga de él lo que quiera mi distinguido y noble
decirte que el hijo de esa mujer vino de correo á tas sobre el particular, y el hijo, conjurándola á que
conmigo y temo que, aunque no sea más que por er¬ jefe, á quien desde ahora profeso el más, sincero,
mediados del año último. ¿Estás? guardase el más profundo silencio, le dijo que La ror, me maten; esto es lo que quiero evitar y lo que profundo y leal respeto; tú me salvas, Miguel.
—Estoy. Madrid, luego de su llegada á Tucuman, se habia es necesario, indispensable que me evites, tú, mi Don Cándido se levantó y abrazó á su discípulo
—Pues como te he dicho, mi cuarto tiene una pronunciado públicamente contra Rosas, que el pue¬ querido y estimado Miguel. ¿Me comprendes ahora? con una efusión y reconocimiento que no hubiera él
blo lodo lo habia recibido con muestras de regocijo
puerta que da á la calle, y el de mi sirviente una —Lo mejor que podría V. hacer, según mi modo temido en calificar de entusiasta, ardiente, espontá¬
ventana con rejas que daá la calle también. Dedesde y que el gobierno le habia nombrado y hecho reco¬ de ver, es permanecer encerrado en su casa á doble neo ysimpático.
hace algunos meses vivimos aquí en Ruenos-Aires, nocer general en jefe de todas las fuerzas regulares y
llave, hasta que la terrible tempestad que, según V. —Yáyase V. tranquilo á su casa, don Cándido, y
en zozobra continua; el sueño ha buido de mis
una milicias de la provincia, y que, además, habia sido nos amenaza, se desate sobre nosotros y haya pa¬ tenga la bondad de venir á verme mañana por la
párpados, porque no es dormir el estarse en cama nombrado jefe de estado mayor el coronel don Lo¬ sado. mañana.
presa de viva inquietud. Tiempo atrás iba todas las renzo Lugones, y jefe de coraceros el coronel don —Lo que sucederá si sigo tu consejo, es que en¬ —No haré falta.
noches á jugar á la malilla en casa de antiguos ami- Mariano Acha. Calcula tú, hijo mió, la impresión trarán en mi casa por penetrar en la del vecino, y —Pero no á las seis.
Í4 LA MAS HORCA. LA MAS -HOltCA. i5
sentadas en el suelo, les dijo que la señora no podia lares visitadoras
—Vendré á las siete. nos-Aires, y en su andar habia un no sé qué de fan¬ de la cuñada del gobernador de
recibirlas antes del anochecer, pero
—Tampoco: á las diez. tástico y vaporoso que seducía y encantaba. que no hiciesen Buenos-Aires.
—Está bien, vendré á las diez; seré exacto Parada delante de la puerta de falla. La sirviente
y pun¬ la casa de que he¬ salió; más el soldado, que no habia
Si bien obedecieron sin chistar, una de las
tual á la cila. mos hablado, la jóven tuvo necesidad de reunir todo negras recibido orden alguna y estaba allí por habérsele lla¬
—Una palabra; guarde V. el más profundo secreto su valor y recurrir á los
perfumes de su pañuelo,
no pudo contener una mirada de cólera que lanzó mado, se creyó autorizado para sentarse, cuando mé-
á la jóven, causa inocente de la afrenta que se les
sobre el asunto la Madrid. para no desfallecer, y abrirse paso en medio de una nos,al umbral de la puerta de la sala, quedando de
hacia: pero fué trabajo perdido,
—Estoy resuelto á no dormir esta noche por temor multitud de negras, mulatas, chinas, patos, gallinas pues desde su en¬ esta suerte sola doña Aurora.
trada en aquel departamento, doña Aurora no se
á soñar en alta voz; te doy mi palabra de hombre y enfin de todos los animales de la creación, com¬ Sentóse la jóven en el único sofá que allí habia, se
habia dignado volver los ojos hácia aquellas cubrió los ojos con sus diminutas manos, en
honrado y de ciudadano pacífico. prendiendo en el número algunos hombres vestidos singu- cuya
—Su juramento
inútil, señor; hasta mañana,—
es de encarnado de piés á cabeza, quienes, á juzgar por
contestó sonriendo don Miguel, quien acompañó á la apariencia, estaban destinados, más tarde ó más
su antiguo maestro hasta la puerta del gabinete. temprano, al patíbulo. Aquella multitud abigarrada
—Hasta mañana, mi querido y estimado Miguel, llenaba por completo el patio de la casa de que he¬
el mejor y más generoso de mis discípulos. Hasta mos hecho mención, casa
que no era otra que la de
mañana. doña María Josefa Ezcurra, cuñada de don Juan Ma¬
Don Cándido salió de la casa, con el bastón debajo nuel Rosas.
del brazo, y sin tomar ninguna de las precedentes Con muchas dificultades alcanzó llegar la desco¬
precauciones; no tenia ya nada que temer, puesto nocida hasta la puerta de una antecámara, de la que
que algunas horas después estaria empleado cerca golpeó ligeramente los vidrios, y entró, pensando en¬
de un gran señor de la federación de 1840. contrar allí alguien que la anunciase á la señora de
—Es medio dia, Tonillo, dame una levita ó un pa¬ la casa.

leto, pero deprisa,—dijo don Miguel á su criado tan Sin


embargo: en la mencionada pieza no habia más
pronto hubo salido don Cándido. que dos mulatas y tres negras sentadas en el suelo,
Han venido de casa el coronel Salomón,—le dijo

salpicando con el barro que manchaba sus vesti¬


Tonillo. dos la estera de esparto blanco que cubria el piso, y
—¿Han traído una carta? hablando mano á mano con un soldado vestido con

—No, señor, el coronel Salomen ha mandado á de¬ una


chiripa punsó, semblante era de estos en
y cuyo
cir que no contestaba á V. por escrito, porque no los que es imposible reconocer donde acaba el ani¬
encontraba el tintero en aquel momento, pero que mal y empieza el hombre. Aquellos seis singulares
la sociedad popular se reunía hoy á las cuatro, y personages miraban con curiosidad é insolencia á la
aguarda á V. á las tres y media. recien llegada, sobre la que no acertaban á ver otros
—Está bien. Mi levita. signos distintivos de la fedeiacion, de que ellos iban
profusamente cubiertos,que las puntas de un diminu¬
to lazo de cintas color de rosa, que apenas se dejaba
CAPÍTULO XIII. entrever por debajo el ala izquierda de su sombrero.
Hubo un momento de silencio.
ANGEL Y DEMONIO. —¿La señora doña María Josefa está en casa?—pre¬
guntó la. jóven sin dirigirse á nadie en particular.
Casi á la misma hora, una calesa pintada de ama¬ —Sí, pero está ocupada,—contestó perezosamente
rillo y arrastrada por dos briosos caballos negros, una de las mulatas.
pasaba al trote largo por la calle del general Man¬ Lajóven vaciló un instante, pero decidiéndose
cilla, doblaba la esquina de la del Potosí, y entrando pronto á salir de aquella situación molesta, se acercó
por fin en lá de Piedras se detenia detrás de san Juan, á una de las ventanas que miraban á la calle, la
frente á una casa cuya puerta parecía una de las del abrió, y llamando á su lacayo le ordenó que fuese á
infierno, tal era la profusión de brochazos encarna¬ reunirse con ella.
dos que la cubrían de arriba á bajo. El lacayo obedeció, y tan pronto como apareció á
la puerta de la sala, le dijo la jóven:
Una joven bajó del coche, ó por mejor decir saltó
ligeramente al suelo, colocando apenas su diminuta —Llame V. á la puerta del segundo patio de esta
mano, cubierta con un guante color de paja, encima casa y pida V. á doña María Josefa si puede recibir
del hombro de su lacayo, y al saltar dejó entrever á la señorita Aurora Barrault.
El tono imperativo de esta orden, el prestigio mo¬
por un segundo un delicioso piececilo calzado con
un fino botito color violeta. ral que las personal
bien nacidas ejercen sobre el
Tenia la
jóven diez y siete ó diez y ocho años lo populacho, sea cuál sea la situación en que se en¬ Tan abstraída estaba, que no se apercibió de que se hubiese abierto la puerta del salón...
más y era de sorprendente hermosura: sus rubios cuentren, si saben sostenerse á la altura de su con¬
rizos se escapaban por debajo las alas de su sombre¬ dición, produjo un efecto inmediato en aquellos seis
ro de paja de Italia, formando rico marco á su sem¬ individuos quienes, por los vergonzosos azares de la
blante perfectamente oval y de una blancura deslum¬ revolución, se creían con derecho á parangonarse
bradora; su frente ancha y un poco baja, sus ojos lím¬ con la gente instruida y de buena reputación, vícti¬
posición permaneció algunos segundos, como si hu¬ formaban la menor parte los patos y las
gallinas del
ma cotidiana y consentida de la rapiña ó del puñal
pidos y grandes azules como el cielo de los trópicos biesequerido dar á su vista un descanso después de zaguan; apresurábase, decimos, porque la señorita
y algunas veces de mirada vaga, coronados por finas de aquellos asesinos. haber sido impresionada por tantos objetos desagra¬ Aurora Barrault pertenecía por su madre á una de
pestañas de color más oscuro que el cabello y dibu¬ Doña Aurora, en quien el lector habrá reconocido dables. las más antiguas y distinguidas familias de Buenos-
jadas como con un pincel; su nariz recta de alas ro¬ el ángel gracioso y travieso de don Miguel, aguardó En sala
una
contigua á la en que se encontraba doña Aires, estaba unida á la de Rosas de desde hacia
y
sadas, moviblesy casi trasparentes; su pequeña boca, un instante.
Aurora, doña María Josefa se apresuraba á despedir mucho tiempo con los lazos de la amistad, si bien
burlona y espiritual, de encarnados y un poco grue¬ Enefecto, pocos minutos después una sirviente ele¬ á dos muchachas de servicio con las que estaba ha¬ hacia algunos meses que, bajo el pretexto más ó me¬
sos labios,
completaban el rostro más encantador que gantemente vestida entró en la sala y rogó con mu¬ blando cuando aquella se hizo anunciar, mientras nos plausible de la ausencia del señor Barrault, la
imaginarse pueda. Su talle esbelto, sus graciosos mo¬ cha cortesía á la jóven que tuviese la bondad de to¬ colocaba unos encima de otros multitud de memoria¬ esposa de este y su hija se dispensaban casi comple¬
vimientos, su traje elegante y de esquisito gusto re¬ mar un poco de paciencia;
luego, volviéndose hácia les queaquella mañana habia recibido con el acom¬ tamente de visitarla.
velaban que pertenecía á la mejor sociedad de Bue- las cinco señoras de la federación, que permanecían
pañamiento obligado de regalos, entre los que no El lector deseará sin duda conocer qué clase de
LA MAS HORCA. 47
LA MAS-HORCA.
46
—Es verdad que yo 110 puedo
relaciones podía doña María Josefa tener con las ne¬ lia, creería que se habian convertido en unitarios, poseer los secretos —Puede V. creerlo como si lo estuviese viendo.
porque ahora estos se dan á conocer en el aislamien¬ que V. y Manueíita saben; pero creia que encontrán¬ —Así pues habrá V. debido lanzar á lo ménoscien
gras y las mulatas que invadían continuamente su to en que viven. ¿Y sabe V. por qué esos locos se
dose Entre-Rios, teatro de la guerra, tan léjos de hombres en persecución del fugitivo.
casa. Pronto lo sabrá. Baste por ahora decir que mu¬ encierran de esta manera? nosotros, los unitarios de aquí no intentarían nada —Nada de eso; he mandado á buscar á
chas de las malas semillas que, según la fantástica Córdova,
contra el gobierno.
—No, señora, ¿cómo quiere V. que yo lo sepa? que es quien los denunció; pero este hombre no co¬
opinión de Hoffman, siembra el genio del mal du¬ —Se encierran para no ponerse la divisa como está —¡Pobrecital Y. no conoce más que sus vestidos, noce ni el nombre ni las señas del
que se ha escapa¬
rante la noche, germinaban en el corazón de la cintas y sus gorros. ¿Y los unitarios que intentan
terminantemente ordenado y por miedo de lomar un sus
do; he hecho llamar entonces á muchos de los solda¬
cuñada de Rosas. embarcarse? dos que han asistido á la expedición,
baño de alquitrán, lo que no es más que un castigo y uno de ellos,
Los años historia de Buenos-
1833 y 183o de la
Aires no podrían explicarse sin el concurso de la mu¬
inocente; yo se la sujetaría á la cabeza con un clavo —¡Oh! en cuanto á eso nadie podrá impedírselo, el que está sentado á la puerta de la sala, es el que
la costa inmensa.
que no pudiesen quitársela ni en su casa ni... ha proporcionado
es
para
me mejores noticias, y... verá V.
jer de don Juan Manuel Rosas, quien, aunque no fue¬ —¿Y V. que no se lo impedirán?
se mala en el fondo, poseía sin embargo un genio no¬
pero Aurora, V. tampoco lleva la divisa como se cree qué indicios. ¡Picado!—gritó.
debe. —Lo supongo. El soldado entró y se acercó con sombrero en ma¬
tablemente intrigante, así como los años 1839, 1840 á doña María Josefa.
—Sin embargo la traigo, señora. —¡Bah! ¡bah! ¡bah!—exclamó riendo doña María no
y 1842 110 podrían tampoco comprenderse, si no co¬ Josefa y enseñando tres pequeños dientes amarillos,
locásemos en nuestro cuadro histórico á doña María —Sí, pero de un modo como si no; así se la ponen —Dime, Picado,—prosiguió esta,—¿qué noticias
los unitarios. Aunque sea V. hija de un francés, no únicos que se sostenían en sus encías.—¿Sabe Y. puedes darme sobre el inmundo y asqueroso salvaje
Josefa Ezcurra, cuya influencia fué notabilísima y cuántos han sido detenidos durante la última noche? unitario que ha escapado esta noche?
es razón para ser inmunda y asquerosa como son
cuya acción se hizo sentir sin cesar durante todo es¬ —Lo —Que debe de tener muchas señales
aquellos; V. la lleva, pero... ignoro, señora,—contestó la joven con fingida en su
cuerpo
te período. —Es todo cuanto señora,—dijo resuel¬
debo hacer, indiferencia. y yo sé dónde se encuentra una de
Estas dos hermanas sonverdaderos personages ellas,—respondió
tamente la joven interrumpiéndola é intentando to¬ —Cuatro, hija mia. con expresión feroz el soldado.
políticos de Buenos-Aires, de los que no es posible mar la iniciativa en la conversación, á fin de calmar —¿Cuatro? Estos no podrán escaparse pees supon¬ —¿Dónde tiene esta señal á que te refieres?—pre¬
hacer abstracion, porque ellas mismas no quisieron
un poco aquella furia infernal con rostro humano, go que los habrán reducido á prisión. guntó la vieja.
que se hiciese caso omiso de sus entidades, y porque en la que una de las principales virtudes era la ava¬ —No, le respondo á V. de que estos no se escapa¬ —En el musloizquierdo.
aparte de sus actos políticos 110 sentían ninguna de ricia.—Le traigo á V. una modesta ofrenda,—pro¬ rán, porque han hecho mejor que meterlos en la —¿Con qué ha sido herido?
las dulces emociones propias de su sexo.
Sólo la actividad y el fuego violento de las pasio¬ siguió,—que por via de las respetables manos de V. cárcel. —Con el sable.
mi mamá hace al hospital de mujeres, cuyos recursos, —¡Mejor!—exclamó doña Aurora fingiendo grande —¿Estás seguro de lo que dices?
nes políticas eran los únicos móviles que hacían la¬
tir el corazón de la cuñada de Rosas. Ciertas circuns¬ dicen, alcanzan apenas á cubrir sus necesidades. admiración, á fin de no dejar adivinar que conocía —¡Qué si lo estoy, señora! yo mismo soy quien le
Diciendo esto, doña Aurora sacó de su pecho un la suerte de aquellos infortunados, que pocos mo¬ ha dado el sablazo!
tancias particulares de su vida habían desarrollado
en ella esos gérmenes de que la dotara naturaleza;
mamotreto de marfil del que tomó cuatro billetes de mentos antes le habia sido revelada
por la señora Doña Aurora horrorizada, se dejó caer sobre el
la posición de su hermano político, las convulsio¬ banco, que entregó, doblados, á doña María Josefa, Mancilla, aunque no le hubiese dicho palabra res¬ brazo del sofá.

y que no eran otra cosa que los ahorros de la joven pecto del que logró huir. —¿Le reconocerías si le vieses?—repuso doña
nes de la sociedad argentina le habían abierto un
del dinero que todos los meses de desde que tuvo —Mejor, de fijo... los buenos federales les han Josefa.
teatro vasto, tumultuoso y terrible, tal y como lo
catorce años, le daba su padre para alfileres. arreglado la cuenta; les han... les han fusilado. —No, señora, pero si le oyese hablar le reconoce¬
exigia su organización. La furia desdobló los billetes y dilató sus ojos para —¡Ah! ¡les han fusilado! ría en la voz.
Sin elevadas miras, sin talento, jamás un ser de
mediana inteligencia ha prestado servicios más im¬ contemplar la cifra 100 que indicaba el valor de cada —Y han hecho bien; esto ha sido una suerte, aun¬ —Está bien, puedes retirarte.
uno, doblólos después, los ocultó en su pecho, y con que ha habido un ligero contratiempo. —¿Lo ha oido V.?—prosiguió la cuñada de Rosas
portantes á un tirano, como á Rosas la mujer de que esta satisfacción de la avaricia tan bien pintada por —¡Oh! persona de la importancia de V. no se ocupa dirigiéndose á la joven, quien no habia perdido pa¬
hablamos, y le ha facilitado más ocasiones de apagar de una cosa insignificante. labra de la declaración del bandido,—¿lo ha oido Y.?
su sed rabiosa de hacer mal. Moliere, exclamó:
embargo doña María Josefa no
Sin obraba bajo —¡Hé aquí lo que se llama ser federal! diga V. á —Alguna vez sí: uno de ellos se ha escapado. está herido en un muslo; ¡qué precioso dato!
¿qué le
—Poco deberá mortificará V. esto, pues la policía parece á V.?
ningún punto de vista por cálculo, no; obraba por su daré parte á Juan Manuel de este acto
mamá que
de humanidad que tanto la honra, mañana por la es muy activa y le prenderá pronto. —Confieso á V., señora, que no adivino la
impor¬
verdadera pasión, por verdadero fanatismo por la
mañana sin falta, mandaré este dinero al señor don —No lo es mucho. tancia que puede tener para V. el saber que el hom¬
federación y por su cuñado. Ciega, vehemente, obs¬ bre que ha escapado está herido del muslo
Juan Cárlos Rosado, ecónomo del hospital de mu¬ —Dicen sin embargo que el señor Yictorica es un izquierdo.
tinada en su odio contra los unitarios, era la perso¬
jeres. verdadero genio,—insistió la astuta diplomática que —¿V. no lo adivina?
nificación de aquella época de trastornos individuales
—Mamá estará á V. muy reconocida, si tiene Y. la quería herir el amor propio de doña María Josefa. —Ni eso, porque supongo que en este momento el
y sociales creados por la dictadura, época que no ha bondad de no decir nada de esta pequeña limosna —¡Yictorica! 110 diga Y. necedades, yo soy y nadie herido debe estarse cuidando, sea en su
propia casa,
sido todavía estudiada y que llenará de pavor á los más
corazones más animosos, cuando conozcan todos los que es para ella un deber de conciencia. Y. sabe que quien lodo lo hace. sea en la ajena, y 110 es posible ver las heridas á tra¬

crímenes por ella cometidos. el señor gobernador 110 puede ocuparse de todo; la —Siempre lo he creído así, y en la circunstancia vés de las paredes.

Abrióse por finla puerta, y la mano elegantemen¬ guerra absorbe sus momentos, y si V. y Manueíita presente, estoy convencidísimade que será V. mucho —¡Pobre chical—exclamó doña María Josefa le¬
te enguantada de doña Aurora se vio aprisionada
no estuviesen á su lado, 110 podría el pobre atender más útil que el gefe de policía. vantando ydejando caer su mano descarnada y hue¬
á todos las atenciones que le abruman. —Ya puede Y. jurarlo. sosa sobre las rodillas de la
entre los dedos mugrientos y sucios de doña María joven,—¡pobre chica!
Josefa. á los bue¬
La lisonja es más dulce á los malos que —Bien que, por otra parte, sus numerosas ocupa¬ esta herida me proporciona tres medios de averiguar
nos; así es que doña Aurora acabó de cautivar á su
ciones le impedirán á V. quizás... quién es él.
Era esta una de fisonomía
mujer pequeña y flaca y
interlocutora con esta segunda ofrenda hecha de tan —Nada, nada me priva; á veces no sé cómo tengo —¿Tres medios?
solapada; sus ojos pequeños y como abiertos con una delicada manera. tiempo para todo. Mire V., hace dos horas que he —Sí, escuche V. y aprenda: los médicos que cu¬
barrena, brillaban con fuego siniestro y no se fijaban
en ninguna parte. En sus cabellos, desgreñados y —¡Oh! sí, le ayudamos al pobre,—dijo doña María llegado de casa Juan Manuel, y sé ya más tocante al ran á los heridos, los farmacéuticos que
proporcio¬
Josefa haciéndose un ovillo encima del sofá. que se ha escapado, que ese Yictorica á quien tanto nan los medicamentos, y las casas en las que se des¬
casi blancos, flotaban las puntas de una enorme
moña de cintas color de sangre, y aunque no tenia
—No sé, en verdad, como Manueíita no cae enfer¬ ensalzan. cubre la aparición súbita de un enfermo, ¿qué me
más que cincuenta y ocho años, la acción que había ma, si pasa, como dicen, las noches en vela; acabará —¡Es posible! dice V. á eso?

ejercido y ejercía sobre ella la violencia de sus pa¬ por no poder sostenerse,—dijo doña Aurora fingien¬ —Tal como digo á V. —Si V. cree que esos medios son eficaces, señora,
siones la hacían parecer mucho más vieja. do á las mil maravillas un aire condolido. —¡Parece increíble!... ¡en dos horas!... ¡una se¬ es que lo son sin duda;
por lo que á mí hace, no
—¡Qué milagro! ¿Y por qué no ha venido también
—Ciertamente acabará por caer enferma; esta no¬ ñora!... creo pueda adelantarse gran cosa haciendo uso de
doña Matilde?—preguntó la arpía sentándose en el che, por ejemplo, no se ha acostado hasta las cuatro. —Es tal digo á Y.,—repitió doña María Jo¬
como ellos.
sofá á la derecha de doña Aurora. , —¡A las cuatro de la madrugadal sefa, una de cuyas debilidades era ensalzar sus pre¬ —Si. pero me reservo otro, por si estos no surtie¬
—Y bien dadas. claros hechos y criticar á Yictorica, para excitar la sen efecto.
—Mamá se halla indispuesta, y no pudiendo, con
—Afortunadamente en la actualidad no tenemos admiración de los que la escuchaban. —¿Otro más?
sentimiento suyo, venir á ofrecerla personalmente
nada que temer. —Lo porque V. lo dice, señora,—contestó do¬
creo —Otro más. Los primeros emplearán las
sus respetos, me ha encargado que lo hiciera yo en se en
su nombre. —¡Bah! como se conoce que no se ocupa V. en ña Aurora que se precipitaba rápidamente en la gruta pesquisas de hoy y de mañana; pero lo más tarde el
política: ahora más que nunca. donde aquella fanática mujer guardaba sus secretos. lunes habré arrancado una pluma á mi pájaro.
—Si yo no conociese á doña Matilde y á su fami¬
is LA MAS'-HORCA. LA MASi-HORCA. 49
—Temo (jue 110 vea V. ni pluma ni pájaro, señora, —¡Obi mi querida Aurora, no se case Y. nunca á Y. todo todavía! ¡son Vds. muy Cándidas las jo- esta calle y dirigiéndose hácia el Bajo, la siguió hasta
—contestó doña Aurora con sonrisa graciosa y lige¬ con un unitario, pues sobre ser inmundos y asquero¬ vencitas! la de la Reconquista.
ramente burlona calculada para poner en movimien¬ sos, son imbéciles, y el federal más estúpido necesita —¿No es todo? Ninguna noticia proporcionó á don Miguel el se¬
to la máquina de puñales que tenia al lado. dos. Y á propósito de bodas ¿qué tal se encuentra de —Nada, 110 hablemos más de esto, no quiero ape¬ ñor de Arena respecto de su amigo don Luis, ó me¬
—¡Bueno! el lunes verá V. salud el señor don Miguel, á quien hace tanto tiem¬
sadumbrar á nadie. Y se pusoá reír nuevamente, jor quedó altamente satisfecho cuando adquirió el

¿Por qué el lunes y no otro dia? po no se ve en ninguna parte? satisfecha de la tortura que infligía á su víctima. convencimiento de que el ministro no sabia palabra
—¿Por qué? ¿cree V. acaso que las heridas de los —Bien, señora. —Me retiro, señora,—dijo doña Aurora levantán¬ de lo que habia ocurrido durante la noche, aunque
unitarios no manan sangre? —Me alegro; pero vaya V. con cuidado, abra V. en el momento en que don Miguel entraba en el mi¬
dose temblorosa.
—Si, señora, manan sangre como las de los demás los ojos y vigile; es un buen consejo que le doy.
—¡Pobrecita! déle V. un buen tirón de orejas, no nisterio, aquel acababa de llegar de casa de S. E. el
hombres, es decir deben de manarla, porque yo no —¿Que abra los ojos? ¿y por qué, señora?—pre¬ gobernador y se ocupase en tomar, por su parte, to¬
se deje V. engañar,—repitió la condenada vieja rien¬
he visto nunca correr sangre. guntó doña Aurora picada en su curiosidad de-mujer do con más fuerza. das las medidas que juzgó indispensables para saber
—Los salvajes unitarios no son hombres, niña. amante. antes que Victorica lo que habia sucedido en el Bajo
—Señora, me retiro,—repuso de nuevo la tierna
—¿No son hombres? —¿Por qué? ¡oh! V. lo sabe perfectamente; los joven, llevando la muerte en el alma. de la Residencia. Tal era lo que en resumen le habia
—No, son fieras, y andaría yo con sangre
perros, enamorados lo adivinan lodo. dicho don Felipe.
—Adiós pues, querida mia; mis afectos á su mamá
suya hasta el tobillo sin la menor repugnancia. —¿Pero qué quiere Y. que yo adivine? Era precisamente lo que deseaba don Miguel, una
y que se restablezca pronto para que pueda verla
Un temblor nervioso agitó el cuerpo de la joven; —¡Esta es buena! ¿no ama Y. al señor del Campo? cuanto antes mejor. Adiós y abra V. los ojos ¿oye V.? ignorancia completa ó tal confusión de datos que fue¬
pero se contuvo. —¡Señora! Y sin interrumpir su diabólica risa acompañó se imposible sacar nada en limpio.
—V. conviene, al ménos,—prosiguió doña María —No intente V. ocultarme lo que sé de buena
á
doña Aurora Barrault hasta la puerta de la calle. Sabia ya que el ministro ignoraba cuanto habia pa¬
Josefa,—en que las heridas destilan sangre. tinta.
La pobre joven subió á su calesa. Tiempo era de sado; iba entonces á informarse por la hermosa boca
—Sí, señora, convengo. —Si V. lo sabe... de doña Aurora de lo que sabian doña Agustina Ro
huir de aquella furia del averno; doña Aurora se aho¬
—Entonces convendrá V. también en que esa san¬ —Sí, lo sé, y porque quiero á V. como si fuese hija sas de Mancilla y doña María Josefa Ezcurra respecto
gaba, y por un instante temió desvanecerse; pero la
gre mancha las ropas. mia, quiero advertir á V. que hay moros en la costa; corriente del aire y el movimiento del vehículo la delacontecimienlo. Recibiendo estas las noticias direc¬
—Sí, señora, convengo también en eso. no se deje Y. engañar. reanimaron, y ya un poco repuesta empezó á refle¬ tamente de Rosas, eran tanto más preciosas cuanto
—Que mancha las vendas colocadas sobre las —¿Engañarme? ¿quién? le aseguro á V., señora, xionar. que serian oficiales, y en último caso aquella noche
heridas. que no la comprendo,—contestó doña Aurora turba¬ —Enefecto,—decíase para sí,—don Miguel monta misma sabria hasta qué punto la sociedad popular
—También. da, pero esforzándose en dominar su emoción para á menudo á caballo; jamás me ha dicho donde pasa estaba al corriente de lo que tanto le interesaba.
—Las ropas de la cama. descubrir el secreto que quería conocer. No habia por otra parte
las noches; muchas veces, ayer por ejemplo, salló de don Miguel perdido el
—Así debe de ser. —Vaya una broma, ¿de quién sino de Miguel pue¬ tiempo durante su visita al ministro; habia consegui¬
do hablar?
mi casa que apenas eran las nueve; nunca me ha
—Los paños en que se limpian las manos los ciru¬ ofrecido presentarme su prima. Por otro lado, esa do envolver á este en una enmarañada red de la que
—Es imposible, señora,—exclamó la joven con
janos que cuidan del herido. mujer que todo lo sabe, que tiene á su servicio los esperaba libraría. Don Miguel, impulsado
que 110 se
—Es posible. altivez,—Miguel no me ha engañado nunca. medios diabólicos que le sugiere su imaginación per¬ por su amor á la patria, en aquel terrible momento en
—Así quisiera yo creerlo, pero tengo ciertos indi¬
—¿Cree V. todo eso? versa, para conocer todo lo que se hace y todo lo que que se aflojaban bajo el peso del terror todos los lazos
cios...
—Sí, señora, lo creo; pero de cuanto me ha dicho se dice en Buenos-Aires; esa mujer que me ha ha¬ del honor, de la lealtad y del valor, habia decidido
V. 110 puedo sacar nada en limpio. —¿Indicios? blado con tal certitud, y que, según dice, tiene prue¬ solo, por así decir y sin apoyo de ningún género, em¬
En efecto, doña Aurora, á pesar de la vivacidad —Pruebas. ¿No ha pensado Y. nunca en Barracas?
bas, esa mujer no tiene ningún motivo para odiarme prender la lucha contra la tiranía, hacer frente á Ro¬
de su imaginación, intentaba en vano descubrir el Yarnos á ver, dígame V. la verdad, nada me ocul¬
y querer engañarme. ¡Oh! cierto es lo que me ha di¬ sas y derribar el odioso despotismo bajo el que el ti¬
maldito pensamiento que se ocultaba detrás de tanlos te V. rano quería doblegar un pueblo entero.
cho, cierto es, Dios mió!
preámbulos. —Alguna vez; pero 110 comprendo qué relación Y Don Felipe Arenas tenia en gran estima el talento
pueda tener Barracas conmigo.
se puso á llorar.
—Bueno, vamos á ver. ¿En qué dia se dá la ropa calenturien¬ de don Miguel, á quien á menudo consultaba res¬
—Tiene con V. una relación indirecta, pero la tie¬
Los celos, añadiendo combustible á su
á las lavanderas?
ta imaginación, la precipitaron en un caos de re¬ pecto de la redacción de ciertas fórmulas para ciertas
—Por lo regular el primero de la semana. ne directa con don Miguel.
cuerdos, de meditaciones y de dudas. Pálida, agita¬ traducciones del francés, cosa de gran importancia
—De ocho á nueve de la mañana, y á las diez la —¿V. lo cree? para un ministro de relaciones exteriores; no siendo
—Mejor da, con los ojos anegados en llanto, 110 pensando más
llevan al rio.¿Comprende V. ahora? tal Hermosa, prima hermana
que yo, una pues de admirar que hubiese admitido el consejo
de tal que en las conversaciones de Miguel relativas á Her¬
—Sí,—contestó doña Aurora horrorizada de la un y algo más de una tal
Miguel, conocida
mosa, de quien habia delante de ella ensalzado tan¬ que el joven le diera, y del que por ahora nada dire¬
imaginación de aquella mujer, á quien sujeria pen¬ Aurora, tiene la certeza. ¿Comprende Y. ahora, pa¬ tas veces la belleza, el talento y la imaginación, do¬ mos y
cuyas consecuencias se desarrollaron pronto.
samientos que no le hubieran acudido á ella duran¬ lomita sin hiél?—dijo la repugnante vieja acariciando
ña Aurora llegó á su casa decidida á contarlo todo á Volvamos á don Miguel.
te toda su vida. con su súcia mano el rosado hombro de la joven.
—Casi comprendo lo que Y. quiere decir; pero creo
su madre, porque en toda su vida habia sentido otro Siguió el joven con paso tranquilo y seguro la ca¬
—Sea unitaria ó no la lavandera, está obligada á lle de la Reconquista, y saludando con rostro risueño
amor que el de Miguel ni otra amistad que la de quien
lavar su ropa delante de las demás, y por consiguien¬ que hay error en todo eso,—respondió con orgullo la la llevara en su seno. á los amigos que encontraba, llegó por fin ácasa de
te trasmitiré las órdenes debidas para llevar á cabo joven, aunque sentía quebrantado el corazón. Afortunadamente la señora Barrault habia salido. la señora Barrault.
mi plan. —Yo no me equivoco, señorita. ¿Qué personas son
Aurora permaneció sola en el salón aguardando la De pié delante de una mesa encima de la cual ha¬
—Que excelente,—exclamo la joven haciendo
es las que visitan esa Hermosa, viuda, independiente,
aislada en su quinta? Tan sólo don Miguel. ¿Qué
visita de don Miguel quien, según la carta que le ha¬ bia unmagnífico ramo de llores colocado en una
sobre sí misma esfuerzos inusitados para soportar la
bia escrito aquella misma mañana, 110 podía hacerse jardinera, doña Aurora, absorta en tristes pensamien¬
presencia de aquella mujer cuyo hálito le parecía quiere V. que haga don Miguel, joven y buen mozo, tos, ni veia las flores ni aspiraba sus penetrantes
al lado de su prima, joven, bella y dueña de sus ac¬ esperar.
tan envenenado como su alma.
ciones? ¿cuál es la causa de la vida retirada que lle¬
perfumes; no alimentaba su trastornada imaginación
—Excelente, estoy segura de que no se le hubiera más que el recuerdo de las palabras crueles que le
acudido á Victorica en un año. va doña Hermosa? Don Miguel lo sabe, él, que es el
habia dicho doña María Josefa, y se hacia á sí misma
—Ya lo creo. único que la visita. ¿Qué hace don Miguel, que no se
CAPÍTULO XIY. un retrato de aquella doña Hermosa que á ella se le
—Y ménos todavía á ninguno unitarios fá- le encuentra en parle alguna? ¿Por qué don Miguel
de esos antojaba ser su rival.
va todas las noches á casa de su prima y de dia á la
tuos y estúpidos' que creen saberlo todo y ser bue¬ UNA EXPLICACION TEMPESTUOSA. Tan abstraídaestaba, que no se apercibió de que
de V ? Esta es la moda de los jóvenes del dia, com¬
nos para todo. se hubiese abierto la puerta del salón y hubiese en¬
—¡Oh! en cuanto á eso no cabe ninguna duda,— partir el tiempo entre todas... las que pueden. ¿Pero Pocos minutos fallaban para que el gran reloj del trado alguien, sino cuando sintió el calor de los labios
exclamó la jóven-con tanta satisfacción y vivacidad qué tiene V.? V. palidece. Cabildo señalase las dos de la tarde en el momento que imprimían un tierno beso en su mano izquierda
que toda otra persona que la á quien ella se dirigía —Nada, señora,—contestó doña Aurora, pálida en
hubiera adivinado el placer que experimentaba al efecto como una perla, pues toda su sangre se aglo¬
en que don Miguel del Campo, saliendo del palacio apoyada en el reborde de la mesa.
rendir este tributo de justicia á los unitarios, áesta meraba á su corazón.
del ministro de relaciones exteriores, don Felipe de —¡Miguel!—exclamó la joven volviendo el rostro
Arena, situado en la calle de Representantes, se di¬ súbitamente y saliendo del letargo en que se hallaba
clasedistinguida á la que ella pertenecía por su na¬ —¡Balil— exclamó la vieja rompiendo en una car¬
rigía hacia el sud hasta dar con la calle de Venezue¬ su merjida.
cimiento y su educación. cajada estridente.—¡Bah! ¡bah! ¡bahl; y no se lo digo la. que corta la ciudad de este á oeste, y doblando El movimiento de doña Aurora fué tan natural y
50 LA MAS -HORCA. LA MAS HORCA. 51
rostro expresó tal sentimiento, no de cólera sino políticos, pero creo que en este momento no nos
no morirse en el momento más feliz de su vida. Sólo
su —Gracias, señorita,—dijo don Miguel mordiéndo¬
de desprecio, al par que se cubría de palidez mortal, se los labios. ocupamos de política.
temo que no se deje V. herir en el muslo izquierdo,
que don Miguel quedó petrificado de admiración y de —Gracias, caballero. Se engaña V.
— la que es una herida terrible, sobre todo cuando ha
—¡Cómo! sido inferida con un sable enorme.
inquietud. —¿De qué, señorita?
—¡Caballero!—prosiguió la joven con voz tranqui¬ —De su conducta. —Si, se engaña V., pues son los únicos asuntos —¡Están perdidos, Dios mió!—exclamó el joven
ocultando rostro entre sus manos.
su
la y acento de dignidad,—mamá está ausente.
—¿De mi conducta? que le agradan á V. tratar conmigo, ó cuando mé- Guardaron nuevamente silencio aquellos dos jóve¬
—¡Mamá está ausente! ¡Caballero!—exclamó don —¿Se ha vuelto V. sordo, caballero, que necesita nos tengo razones para suponer que no sirvo á V.
Miguel como si hubiese tenido necesidad de repetir para otra cosa.
nes que se adoraban y que en aquella ocasión se tor¬
repetir mis palabras como si las hubiese aprendido
turaban el alma á más y mejor, bajo la influencia del
el mismo estas palabras para convencerse de que de memoria?—dijo la joven riendo y lanzando á don Don Miguel comprendió que doña Aurora le echa¬
habían salido de los labios de su amada.—Aurora,— Miguel una mirada preñada de desden. ba en el servicio que le habia pedido en la car¬
cara genio perverso que habia despertado los celos de una
prosiguió,—juro por mi honor que no comprendo ni ta que le escribiera por la noche. Este tiro á su joven inesperta.
—Hay ciertas palabras que tengo necesidad de re¬ Pero fué corto el silencio esta vez; sin dejar á doña
el valor de las palabras que has pronunciado ni lo delicadeza le hirió horriblemente y encendió su ros¬
petirlas comprenderlas bien.
para
que en tí pasa. —Se toma V. un trabajo inútil. tro con el carmín de la vergüenza, mientras la joven
Aurora el tiempo de evitarlo, don Miguel se arrojó á
—Quiero decir que estoy sola, y que espero guar¬ —¿Puedo saber por qué, señorita? le miraba fijamente más con expresión de piedad que sus piés, y aprisionando su talle entre sus manos, le¬
de V. liácia mí todo el respeto que se debe á una se¬ de cólera.
vantó los ojos hácia ella, y pálido como un cadáver,
—Porque es obligación oir y comprender instan¬ le dijo:—Por el cielo, Aurora, por tí que eres mi Dios
ñorita. táneamente lo que se dice á quien tiene dos orejas, —Creí que la señorita Aurora Barraull,—dijo con
Don en la tierra, explícame el misterio de tus palabras.
Miguel enrojeció basta los ojos. dos ojos y dos almas. sequedad don Miguel,—se interesaba por la suerte
¡Yo te amo! ¡tú eres el primero, el único amor de mi
—Aurora, por amor de Dios, dime si te burlas de —¡Aurora!—exclamó don Miguel con voz irritada, de Miguel del Campo, para sacrificarse por él cuan¬
mí ó si es verdad que yo he vida; te pertenezco! ¡no existe en el mundo mujer más
perdido la cabeza. —aquí hay una terrible injusticia, y exijo una satis¬ do peligraba la vida de sus amigos y quizás la suya.
amada que tú lo eres! pero ¡ah! no es en el amor en lo
—Otra cosa ha perdido V. facción en este mismo instante. —¡Oh! en cuanto á la última, caballero, no puede
que debemos pensar en el momento en que la muerte
—¿Otra cosa? —¿Exijo, dice V.? inquietar mucho á la señorita Barrault!
—Si. bate sus alas sobre la cabeza de tantos inocentes, y
—Sí, señorita, exijo. —¿Y desde cuando?
—¿Qué cosa es esa, Aurora? —¿Me hará V. el favor de repetirlo? —Desde que la señorita Barrault sabe perfectamen¬ quizás sea yo uno de ellos; pero no es de mi vida la de
que se trata, mucho tiempo há que la juego cada dia,
—Mi amor, señor. —¡Aurora! te que si un peligro al señor del Campo, no
amenaza
—¿Tú amor? ¿yo? —¡Señor! le faltará un asilo retirado, cómodo y lleno de felici¬
á cada hora, á cada minuto; mucho tiempo há que
—¿Y qué le importa á V. mi amistad ó mi amor?— —¡Oh! basta, esto es ya demasiado. dad donde ocultarse y escapar de él. sostengo un duelo á muerte contra un brazo por
cierto más poderoso que el mió; es la vida de... Es¬
repuso la joven con sonrisa fugaz llena de desden -¿Cree V.? —¡Yo!
—Me parece que hablo con V.
cucha Aurora, tu alma es mi alma, confiándote mis
que contrajo su diminuta boca. —Creo, señorita, que esto es un juego cruel, ó
—Un sitio lleno de felicidad donde ocultarme,— secretos, creo confiarlos á Dios: es la vida de Luis y
—¡Aurora!—exclamó don Miguel dando un paso buscar un pretexto de ruptura indigno de personas
la de Hermosa las que están en peligro á la hora pre¬
hácia ella. de nuestra clase. Tres años de constancia y de amor repitió don Miguel más y más desorientado.
sente; pero su sangre no podrá correr sin mezclarse
—¡Deténgase V., caballero!—dijo la joven sin mo¬ me dan el derecho á
interrogar á V. sobre los mo¬ —¿Quiere V. que hable en francés, señor, ya que
con la mia, y el puñal que atravesará el corazón de
verse, irguiendo la cabeza y extendiendo su brazo tivos de tal proceder y preguntarle los que la indu¬ parece que entiende Y. el español? He dicho
hoy no
Luis deberá también hundirse en mi pecho.
hácia don Miguel. cen á tratarme así. en lo repito, un lugar lleno de fe¬
buen castellano y
Pronunció con tal dignidad la joven estas palabras —¡Ah! ya no exige V., sino que pide ¿no es eso? licidad, una gruta de Armida, una isla de Gnido, un —¡Miguel!—profirió la joven con espanto bajándo¬
se hácia su amante y cogiéndole la cabeza con las
y habia tanta resolución en su actitud, que don Mi¬ ya es otra cosa, mi estimable señor,—dijo doña Au¬ palacio de hadas. ¿No sabe V. dónde se encuentra?
—Esto es insoportable. manos, como si hubiese temido que la muerte se lo
guel quedó clavado en el sitio. rora, midiendo al joven de piés á cabeza con una mi¬ arrebatara.
Al cabo de un instante retrocedió y apoyó su mano rada de soberano desprecio. —Al contrario, señor, muy agradable; hablo de lo
en una silla, mientras doña Aurora descansaba la Toda la sangrede don Miguel afluyó á su sem¬ que más le interesa á V. en el mundo.
La espontaneidad, la pasión, la verdad brillaban
en el semblante y en las palabras del joven; el cora¬
suya en el borde de la mesa. blante; su amor propio, su honor, la conciencia de ¡Aurora, por Dios!

zón de doña Aurora comenzó á verse libre de la hor¬


Los dos amantes permanecieron en esta actitud y su buena fé habian sido heridos por la envenenada —¡Ah! ¿no le parece á V. buena la comparación?
mirándose silencio por espacio de algunos segun¬
en mirada de la joven. pues bien, compararé entonces esa mansión encan¬
rible presión de los celos.
dos, creyéndose ambos con derecho á pedir expli¬ tada á la isla de Calipso, de la que será V. el Telé- —Sí,—prosiguió don Miguel sin abandonar su po¬
—Exijo ó pido, como V. quiera; pero quiero ¿oye
caciones. Y. bien, señorita? quiero una explicación de esta es¬ maco. ¿Le gusta á V. más? sición,—Luis ha corrido riesgo de ser asesinado esta
La escena cambiaba. cena;—y diciendo esto volvió á colocar su mano en
—Por el cielo ó por el infierno, ¿dónde se encuen¬ uoche, y he logrado salvarle casi moribundo; los ase¬
—Supongo, señorita,—dijo por fin don Miguel,— el respaldo de la silla. tra ese sitio al que hace V. todas esas insoportables sinos eran agentes de Rosas; era preciso ocultarlo,
que si he perdido su estima, me queda cuando mfi¬ —Cálmese V., señor, cálmese V., pues tiene Y. alusiones? pero no podía hacerlo en su casa ni en la mia.
nos el derecho de preguntar los motivos de tal des¬ necesidad de conservar su voz y es lástima que la —¿Con que V. no lo sabe? —¡Asesinado Luis! ¡Dios mió! ¡pobre amigo! ¡qué
gracia. gaste de esta manera levantándola tanto; supon¬ —Aurora, esto es insufrible. desgracia! pero no morirá ¿no es cierto?
—Y yo, señor, si
tengo el derecho de hacerlo,
no go que no querrá Y. olvidar que habla V. á una
—Al contrario, muy divertido. ¿Y son muy hermo¬ —¡No, está salvado! Escucha, escucha todavía: era
me queda la facultad de no contestar á esta pregun¬
mujer. sos los jardines? preciso conducirle á sitio seguro, y le he llevado á
—¿Pero hácia dónde está esa gruta, esa isla, ese casa de Hermosa; Hermosa, que es la única persona
ta,—contestó doña Aurora con esta altivez desdeño¬ Don Miguel tembló, este reproche le habia herido
sa
que tan bien poseen las mujeres, cuando son ó más dolorosamenle que todo cuanto le habia dicho palacio de badas? ¿dónde? ¿dónde? que me queda de la familia de mi madre; Hermosa,
creen ser ofendidas por quien ellas aman y tienen lajoven hasta entonces. —En Barracas, por ejemplo;—y diciendo esto la la sola mujer que, después de tí, amo en el mundo,
como se quiere á una hermana, como debe quererse
conciencia de que nada tienen que reprocharse. —¡Estoy loco, debo estarlo, Dios mió!—exclamó joven volvió la espalda á don Miguel y comenzó á
del Campo inclinando la cabeza y ocultando el rostro abandono por el salón, mientras su co¬ á una criatura. ¡Gran Dios! habré causado su pérdida
—Entonces, señorita, me tomaré la libertad de de¬ pasearse con
cir á V. que si en todo eso no se oculta un juego entre sus manos. razón ardía en celos, terrible enfermedad que de sú¬ lapérdida de ella, que tan tranquilay dichosa vivia.
que se ha prolongado ya por demasiado tiempo, hay Guardaron silencio nuevamente los dos jóvenes. bito se habia apoderado de ella. —¡Su pérdida! ¿por qué, Miguel? ¿por qué?—dijo
Don Miguel fué quien lo rompió —¡En Barracas!—exclamó adelantando rápidamen¬ Aurora sacudiendo los hombros del joven, cuya pa¬
de parte de Yr. una injusticia que la hace perder primero.
mucho en mi concepto,—contestó don Miguel con —Pero Aurora, el proceder de
V. es injusto, inusi¬ te algunos pasos hácia doña Aurora. lidez y lenguaje la llenaban de espanto.
gravedad. tado, y no me negará V. que tengo derecho á una —¡Y qué!—repuso la joven volviéndose hácia él y —Porque para Rosas la caridad es un crimen. Luis
—Lo comprendo, pero no lo admito. explicación. moviendo su hermosa cabeza,—¿no estaría V. bien está en Barracas, y tú has nombrado este pueblo,
Don Miguel estaba desesperado. —¿Una explicación? ¿y de qué, señor? ¿de mi ¡iro- allí? Y sobretodo pondría V. mucho cuidado en que Aurora; Luis está herido en el muzlo izquierdo, y...
instante de silencio. ceder injusto? no le hiriesen á fin de evitar que su retiro no fuese —No saben nada, no saben nada,—prorumpió la
Hubo un nuevo

—Aurora, si ayer noche me retiré á las nueve, —Es lo que pido, señorita. descubierto por los médicos, los farmacéuticos ó las joven radiante de alegría y golpeando una contra
lavanderas. otra sus diminutas manos; no saben nada, pero pue¬
fué porque un asunto de importancia me llamaba lé- —¡Bah! es pedir una bobería, caballero; en la épo¬
ca en que vivimos no se pide explicación de las in¬ —¡En Barracas! ¡herido! Aurora, tú me matas si den saberlo todo. Escucha.
jos de aquí.
le explicas. Y Aurora, que habia olvidado sus celos, desde que
—Señor, V. es libre de entrar y salir de mi casa á justicias recibidas. no

las horas que más le plazcan. —Sí, esto estaría conforme si se tratasen asuntos —¡Oh! no se morirá V., ó por lo ménos procurará supo que tantas existencias pendían de sus palabras,
52 LA MAS- HORCA.
hizo sentar á la LA MAS -HORCA.
su amante en primera silla que en¬ quiero dejarte una prenda que jamás se ha apartado 53
contró á mano, y colocándose ella á su lado en otra, de mi pecho. dad de revolver la bilis de su hermano mayor, padre al poder, fué demasiado violenta para encontrar pe¬
le contó en cinco minutos su conversación con la se¬ Y don Miguel se quitó del cuello un cordon hecho de Quintina, quedó soldado á su apellido paterno. sada aquella enorme masa de lodo y carne, y del
ñora de Mancilla y doña María Josefa. Peroá medida con cabellos de su madre, que Aurora conocía per¬ Comenzó don Julián á crecer en volúmen como en umbral de la puerta le elevó á la altura de coronel
que llegaba al punto en que debia hablar de Hermo¬ fectamente. Esta noble acción del que ella amaba, nombre, y en dignidades como en nombre y en vo¬ de milicia y más tarde á la de presidente de la So¬
sa, su semblante se iba poniendo grave y su voz se hizo vibrar las cuerdas más delicadas de su corazón, lúmen, pues ascendió rápidamente en la milicia cí¬ ciedad popular restauradora, la unión de cuyos miem¬
hacia menos segura. y ocultando su rostro entre sus manos mientras Mi¬ vica, sin que las ocupaciones de uno ú otro cargo le bros fué simbolizada por una marzorca de maíz, á
DonMiguel la escuchó hasta el fin sin interrum¬ guel le ponia al cuello el cordon, sus lágrimas em¬ impidiesen lomar su horade solaz al umbral de la imitación de antigua sociedad española cuyo
una

pirla; en nada se alteró su rostro al explicarle doña pezaron á correr hilo á hilo, y con ellas se desvane¬ puerta de su casa. Don Julián González Salomón y símbolo era el
mismo; pero la sociedad popular ar¬
Aurora el episodio de Barracas, lo que no se escapó cieron las últimas dudas que el hombre en mangas de camisa
le quedaban en el al¬ que hemos co¬ gentina, dando un giro equivoco á la pronunciación,
á la penetración de la joven. ma: era
completamente feliz. nocido tomando un mate, eran un solo individuo convirtió el mazorca en ritas horca para determinar
—¡Infames!—exclamó don Miguel para sí, tan pron¬ Don Miguel salió. verdadero é indivisible. La ráfaga que levanto del la idea que les
guiaba y el fin que se proponían.
to como hubo terminado su amada,—¡toda esa fami¬ Dos minutos después, doña Aurora, sentada en un polvo á tantos séres envilecidos cuando Rosas subió ! A las cuatro de la tarde del 5 de
mayo de 1840, la
lia es una raza de demonios! ¡ella y todo el partido sofá, besaba el cordon de cabellos, mientras el jóven
de Rosas tienen en las lugar de sangre ve¬
venas en se alejaba á pasos precipitados y doblaba la calle de
neno! ¡Cuando no pueden quitar la vida con el puñal, Venezuela.
matan el honor con la calumnia! ¡Infames! ¡Compla¬
cerse tan ferozmente en torturar así el corazón de
una joven! Aurora,— prosiguió volviéndose hacia
esta,—si yo creyese que pudieses poner en balanza CAPÍTULO XV.
mis palabras con las de esa mujer, te insultaría; todo
lo que esa infame te ha dicho, es una calumnia, con EL PRESIDENTE SALOMON.

la que te ha querido martirizar, porqué el martirio


de todos es el gozo de los que pertenecen á la familia En la senda fronteriza á la fachada lateral de la
Rosas; es una calumnia, te lo repito. pequeña iglesia de san Nicolás, en el sitio donde se
—Por lo común es así; pero en la circunstancia cruzan las calles de Corrientes y del Cerrito, habia
presente, Miguel, todo lo que puedo hacer es suspen¬ en la época en que tuvieron lugar los sucesos que
der mi juicio. narramos, una casita con pequeñas ventanas salien¬
Aurora no conservaba ninguna duda; ¿pero qué tes, puerta de una hoja, con umbral de madera que
mujer confiesa que ha acusado á su amante con de¬ se elevaba media vara sobre el nivel del suelo, y
masiada ligereza? donde cada dia, al toque de oración, teníase la se-
—¿Dudas de raí, Aurora? | guridad de ver sentado al habitante y propietario de
—Miguel, quiero conocer á Hermosa y ver las co¬ la casa, en mangas de camisa y el pantalón arreman¬
sas con mis propios ojos. gado hasta más arriba de las botas, con un pitillo en
—La conocerás. la mano derecha y en la izquierda un mate, cuya
—Quiero ser su amiga. agua era renovada cada dos minutos por espacio de
—Bien. una hora.

—Quiero que sea esta misma semana, el primer Tendría nuestro hombre como cincuenta y ocho ó
dia que volvamos á vernos. sesenta años, era de elevada talla y estaba tan gor¬
—Bien ¿quieres otra cosa?—repuso con serenidad do, que cada uno de sus brazos tenia el grosor de
el jóven. un muslo, cada muslo el de un
cuerpo, y su cuerpo
—Nada más,—contestó doña Aurora,—y tendió la valia por diez.
mano á don
Miguel, quien la retuvo entre las suyas. Dijo de un español antiguo pulpero de Buenos-Ai¬
En otra ocasión, el jóven hubiera cubierto de be¬ res, él y un hermano suyo llamado Genaro hereda¬
ron de su
sos aquella
mano tan querida, pero en aquel momen¬ padre la pulpería, inmediata á la casa que
to, debemos confesarlo, su ánimo se hallaba fuerte¬ hemos descrito, y el vulgar apellido González.
mente preocupado por los peligros que amenazaban Genaro, que era el mayor de los dos hermanos, se
á sus amigos de Barracas. puso al frente de la pulpería: la tradición no cuenta
—¿Estás segura de que el bandido no ha dado porqué los pílleles del barrio le apodaron Salomón:
otras señas de Luis?—preguntó el jóven. pero lo que es positivo, es que á este nombre el diguo
—Segurísima. Genaro se ponia furioso como una pantera, y en su Don Miguel no pudo menos de detener su caballo para admirar el magnífico
furor hacia panorama
—Es
..

preciso
que me vaya, mi querida Aurora, y prodigios de pugilato contra los que,
lo más triste para mi es que hoy no volveré á verte. bajo el pretexto de comprar vino ó aguardiente,
—¿Ni por la noche? learrojaban en cara este ilustre nombre bíblico.
—Ni por la noche. Al par que pulpero, el tal Genaro era capitán de
—¿Irás sin duda á Barracas? milicia, y entre 1822 y 1823 tuvo la desgracia de
morir fusilado, á consecuencia de hallarse compli¬ cuadra de que formaba parte la casa del coronel Sa¬
—Sí, Aurora, y será muy tarde cuando regresaré. enorme puñal al cinto, cuyo mango pasaba por de¬
cado motin lomón estaba obstruida por caballos con arreos fe¬ bajo de la chaqueta hácia" el costado derecho, y la
¿Crees que no debo estar junto á Luis, velar por su en un militar, dejando prematuramente
vida y por la de mi prima, que he comprometido en viuda á su esposa doña María Riso y huérfana á su
derales, esto es enjaezados con mantillas punsó, espada de la federación, como llamaba don Miguel á
testeras de plumas ó de lana encarnada, etc. Aun¬ esta arma. Lo mismo
este sangriento asunto? ¿Tendré que abandonar á hija Quintina. que sus trajes, los rostros de
Luis, mi único amigo, tu hermano como le llamas? A su muerte, su hermano menor, Julián González, que una reunión de caballos en aquel sitio fuese co¬ aquellos individuos parecían llevar también unifor¬
—Vé, Miguel, vé,—contestó doña Aurora levan¬ quedó propietario de la pulpería,
sa ordinaria, los habitantes de las casas vecinas á me: eran formidables
bigotes, llevaban las pa¬
y, por un rasgo de san Nicolás estaban en las
sus

tándose y bajando los ojos cuyo cristal acababan de filosofía popular ó tal vez porque el nombre de Sa¬ puertas y en las ventanas. tillas separadas en la barba,
y sus truculentas fi¬
La sala de la casa de Salomón se veia llena de gi- sonomías eran de aquellas que se encuentran tan
humedecer las lágrimas. lomón sonaba mejor á su oido que el de González, á
la muerte de su hermano el don Julián neles á quienes pertenecían aquellos caballos; en sólo en los momentos más terribles de las conmocio¬
—¡Oh! tú dudas de mí, Aurora. empezó á fir¬
cuanto á las prendas exteriores de aquellos, iban todos
—Ye, Miguel, vela por Luis, es todo cuanto puedo mar y hacerse llamar por sus amigos, Julián Gonzᬠnes populares y que uno no recuerda haber visto
uniformemente vestidos, es decir llevaban sombrero nunca en dias
decirte hoy. lez Salomón. tranquilos.
—Toma, no volveremos á hasta mañana, Desde entonces, este nombre que tenia la negro con una cinta de color punsó, ancha de cuatro Los unos sentados sillas de madera ó de
vernos propie- en
paja,
dedos, chaqueta azul oscuro, chaleco encarnado, y un exparcidas en desorden, los otros en los alféizares
LA MAS HORCA.
u LA MAS -HORCA. 35

circunstantes, quienes, 110 contentos con gritar, blan¬ dijo don Miguel fingiendo enjugarse la frente con su bros de la sociedad popular restauradora, y que
de las ventanas, algunos en fin sentados en la mesa, son
dían por encima de sus cabezas sus puñales desen¬ pañuelo. ya ventajosamente conocidos, sólo la'repúbli¬
cubierta con un paño punsó, donde el señor presi¬ —Ahora pasemos al asunto de esta noche,
110 en
vainados. Los gritos proferidos en la sala, y que se repitió ca, sino también la América toda.
en
dente Salomón tenia la costumbre de firmar sus
-
con calma el presidente,
sentencias y procesos verbales con un cacho de oyeron lo menos á la distancia de cuatro cuadras, como si este lapsus formase Este adulador exordio fué acogido
con gritos y
fueron repetidos por el populacho que pasaba por la parte de su discurso. aplausos frenéticos.
pluma y un tarro de pomada, único recado de escri¬ Don
Miguel le tiró del pantalón con violencia
bir que había en la pulpería. Cada uno de aquellos calle, no preocupándose mucho de decir ¡viva! cuan¬ —Pero, señores,—prosiguió don Miguel,—á losque
caballeros era un incensario de tabaco que dejaba
do Salomón decia ¡muera! y vice-versa. —Señores,—prosiguió Salomón,—todos los aquí se hallan aquí presentes es á quienes debo
dirigir las
Calmada la tormenta, Salomón se sentó en la silla, reunidos sabemos que durante la noche última felicitaciones que merecen los buenos federales, por¬
escapar espesa nube de humo á través de la que
algu¬
teniendo á su secretario Boneo á la derecha y á don nos salvages unitarios han intentado
huir, pero no lo que, ysin querer por ésto negar el entusiasmo de los
aparecían medio velados sus curtidos y repugnantes han logrado, gracias al comandante demás asociados por nuestra santa causa, son Yds.
rostros. Miguel á su izquierda. Cuitiño, que se
—Señor secretario,—dijo el presidente, arrellenán¬ ha portado como buen federal; sin sin embargo los que permanecen
El presidente se encontraba en un cuarto inmedia¬ embargo uno de siempre en la bre¬
dose en su asiento,—lea V. la lista de los señores que ellosse ha ocultado no se sabe cha y
to á la sala, sentado al pié de una cama, y aprendía
dónde, y tales acci¬ están siempre dispuestos á sostener al ilustre
dentes nos sobrevendrán cada dia si no nos conver¬ Restaurador de las leyes, mientras los otros no asis¬
de memoria un discurso de veinte palabras, que por están presentes.
timos en defensores de la federación. Les he reunido ten á las reuniones federales. La federación
Boneo tomó un papel de encima de la mesa, y leyó
centésima vez quizás le hacia repetir un hombre que á Veis, para que de nuevo juremos perseguir á
no cono¬

en alta voz los nombres que pocos momentos antes los ce


privilegios: abogados, comerciantes, empleados,
era precisamente la antítesis más completa en cuei—
habia señalado con un lápiz; eran en número de diez inmundos unitarios que intenten refugiarse en Mon¬ todos somos aquí iguales, y cuando hay una
po y alma del coronel Salomón, y que no era otro reunión
y nueve. tevideo, reunirse al cobarde traidor Rivera y vender¬ ó algo que hacer en interés de S. E., nuestro deber
que don Miguel. se al asqueroso oro francés; tal es la voluntad de
Ambos personajes sostenían el siguiente diálogo: —¿No hay más?—preguntó Salomón. es responder todos al llamamiento del presidente y
—Son los asociados presentes, señor presidente. nuestro ilustre Restaurador de las
—Creo que lo he aprendido perfectamente. leyes. He dicho. hacer rostro al peligro, y no dejar á un corto núme¬
—A las mil maravillas, coronel, tiene V. una me¬ —Lea Y. la lista de los ausentes. ¡Viva nuestro ilustre Restaurador de las leyes, y ro de nosotros todas las dificultades
y trabajos. Ad¬
mueran todos los enemigos de la santa causa de la
moria prodigiosa. —¿De torios los que forman la asociación?. mito que los ausentes son todos buenos federales,
—Si, señor. Aunque seamos menos en número que federación! pero los que están presentes no son unitarios para
—Sin de sentarse a
embargo me hará V. el favor
—¡Matemos á puñaladas á los salvages éinmundos
los representantes, somos tan buenos federales como que así se desdeñen de reunirse con ellos. Les digo á
mi lado, y si algo me olvido, me lo soplará Y. bajito.
ellos, y debemos saber quiénes son los presentes y unitarios!—aulló otro entusiasta federal. Yds. eso, porque creo que tal debe de ser el pensa¬
—Ya tenia intención de pedírselo á V. Recuerde
Este y todos los otros gritos fueron repetidos fre¬
V., coronel, que debe V. presentarme á nuestros ami¬ quiénes los ausentes, como es uso y costumbre en la miento de S. E. el ilustre Restaurador, pensamiento
cámara de los representantes. Lea V. la lista. néticamente, no sólo por los asociados, sí que tam¬ que debemos respetar más en el porvenir.
gos y hacerles presente lo que le he dicho. bién en la calle, donde una
—No lo olvido; ¿entremos? —Asociados ausentes,—dijo Boneo;—y leyó la lista muchedumbre, tan hon¬ Don Miguel no dióel golpe en falso; el entusiasmo
de los miembrSs de la sociedad popular restauradora, rada como los que se encontraban del producido
—Aguarde V. un poco; cuando se haya V. senta¬ en casa coro¬ por su discurso excediósus esperanzas;los
que contenia los nombres de ciento setenta y cinco nel, seapiñaba á las ventanas. miembros presentes de la sociedad gritaron, juraron,
la lista de los
do, dará orden al secretario de leer —Pido la palabra,—dijo el comandante Cuitiño le¬
asociados presentes, pues es importante, coronel,
individuos pertenecientes á todas las clases de la so¬ blasfemaron á porfía contra los asociados que no ha¬
ciedad. vantándose. bían asistido á la sesión, y cuyos nombres,
que sigamos en nuestra sociedad federal el mismo —V. la
que ha¬
orden que se sigue en la cámara de los represen¬ —¡Bravo! ahora nos conocemos todos,—murmuró tiene,—contestó el presidente haciendo un bían sido leídos por el secretario Boneo,
empezaron
tantes. don Miguel para sí,—si bien en esta lista hay asocia¬ cigarrillo. ó circular de boca en boca, no como de asociados,
—Esta noche he cenado el ilustre Restaurador sino como de unitarios disfrazados. Don Miguel apro¬
por fuerza; y tiró del pantalón del presidente.
dos con
—Se lo he dicho ya á Boneo, pero este es un pico¬ de las leyes y su hija doña baba con risa burlona y movimientos de cabeza es¬
—Señores,—dijo entonces Salomón,—la federación Manuelila Rosas y Ezcur¬
tero y nada más. El Restaurador es más que Dios, pues es el padre tos calificativos.
—Lo mismo da, repítaselo V. y lo hará. está simbolizada por el ilustre Restaurador de las le¬ ra.

de la federación, y haré con lodos los unitarios que —Bien, bien,—murmuraba in pello,—no temáis
—Está bien. Entremos. yes, por quien debemos hacernos matar, porque so¬
mos las columnas de la santa causa de la federación. caigan en mis manos lo que he hecho con los que he nada, mis lebreles, yo os excitaré de tal manera unos
El presidente Salomón y don Miguel del Campo,
vestido siempre con su paleto negro abrochado, pe¬ —¡Viva el ilustre Restaurador de las leyes!—gritó sorprendido esta noche. Cierto es que uno de ellos contra otros que acabareis, así lo espero, por
devo¬
se ha escapado, pero se ha Itevado ciertas señales, raros entre vosotros.
ro ostentando una divisa un poco más ancha y no uno de los asociados, con quien formaron pronto co¬

llevando guantes, entraron en la sala de sesiones. ro los demás. y esta mañana he mandado un emisarioá doña María El presidente recomendó por segunda vez á los afi¬
Josefa, quien le habrá proporcionado buenos datos. liados que redoblasen la vigilancia contra los unita¬
—Buenas tardes, señores,—dijo Salomón con el —¡Viva digna hija, la señorita doña Manuclita
su
de Rosas y Hombres y mujeres somos nosotros federales, y en rios y vigilasen con escrupulosidad los puntos del
tono formal que le fué posible afectar y
más grave y Ezcurra!
consecuencia debemos ayudar á S. E. que es el padre rio por donde pudiesen intentar embarcarse,
disponiéndose á sentarse en la silla colocada ¿lelan- —¡Viva el héroe del desierto, Restaurador de las y des¬
de lodos. pués de una nueva explosión de alaridos de entu¬
te de la mesa. leyes, nuestro padre y padre de la federación!
Desenvainó entonces Cuitiño su puñal mostró en siasmo, declaró, á las cinco y media, levantada la
—Buenas tardes, presidente, compadre, coronel, —¡Mueran los inmundos franceses y su rey!
la hoja algunas gotas de la sangre en que
y
se habia ba¬ sesión.
e¡C-;—respondieron cada uno de los asistentes según —Señores,—prosiguió el presidente, — para que
ñado la precedente noche. Don Miguel recibió muchos
el título que estaban acostumbrados á dar á don Ju¬ nuestro ilustre Restaurador de las leyes pueda salvar apretones de mano y
A esta acción, todos los mas-horqueros respon¬ abrazos federales, se despidió
lián Salomón, lanzando al mismo tiempo una mirada la federación de... pueda salvarla federación de... de lodos y se retiró,
dieron blandiendo los suyos y rompiendo en furiosos
inquisitorial al hombre que le acompañaba, quien, para que nuestro ilustre Restaurador de las leyes acompañado hasta la puerta de la calle por el presi¬
gritos contra los unitarios, contra Rivera, contra los dente Salomón, que reventaba en su piel desde que
según su modo de ver, 110 llevaba bastantes distinti¬ pueda salvar la federación de...
vos federales y tenia demasiado blancas y demasiado —Del inminente peligro,—le sopló al oido don franceses, y sobre todo contra Luis Felipe. hubo pronunciado su magnífico discurso, y no sabia
Don Miguel fué el único que durante aquella esce¬ cómo testimoniar su satisfacción al hijo cíe don An¬
finas las manos. Miguel.
na guardó una
—Señores,—dijo Salomón,—el señor don Miguel —Del inminente peligro en que se encuentra, de¬ impasibilidad marmórea. Frió, sose¬ tonio del Campo.
bemos perseguir de muerte á los unitarios. Luego gado, tranquilo, sondeaba hasta los pensamientos No tenia la Mas-horca ningún indicio de don Luis;
del Campo, haciendero y patriota federal á quien más íntimos ocultos en el fondo de la conciencia de don Miguel salió satisfecho.
debo muchos favores; el señor, que es tan buen fe¬ pues, todo unitario debe morir á nuestras manos.
deral como su padre, desea entrar'en nuestra socie¬ —¡Mueran los inmundos salvages asquerosos uni¬ aquellas furias, calculando in mente el partido que Tomó este por la calle de las Artes, y ála esquina
dad Restauradora, y aguarda la llegada de su padre tarios!—aulló asociado llamado Juan Manuel Lar-
un podría sacar de su frenesí. de la de Cuyo encontró á Tonillo que le aguardaba
Cuando se hubo apaciguado el tumulto, Miguel teniendo un caballo de la brida.
para hacerle afiliar al mismo tiempo que él; entre¬ razabal, á quien se unieron los demás blandiendo sus
tanto desea venir alguna vez á participar de nuestro
pidió la palabra con el aire más resuello, y concedi¬ La calle estaba llena de bote en bote,
puñales. do que se la hubo el presidente, dijo:
por cuyo
entusiasmo federal. [Viva lafederación! ¡Viva el ilus¬ —Señores, nuestro deberes perseguirlos sin piedad. motivo don Miguel, sin mirar á su criado, le dijo so¬
tre Restaurador de las leyes! ¡Mueran los inmundos —¡Hombres y mujeres!—aulló el mismo Juan Ma¬ —Señores, no me cabe todavía la honra de perte¬ lamente y muy quedo:
necer á esta ilustre y patriótica sociedad, si bien es¬ —A las
y asquerosos franceses! ¡Muera el rey Luis Felipe!
nuel Larrazabal que parecía el más entusiasta de nueve.
pero afiliarme á ella dentro de breve tiempo; mis —¿Allá abajo?
¡Mueran los salvagesy asquerosos unitarios vendidos lodos.
al oro inmundo de los franceses! ¡Muera el traidor —Nuestro ilustre Restaurador de las leyes 110 de¬ opiniones y mis amistades son conocidas de todo el —Si.
idiota Rivera! be estar satisfecho de nosotros, porque no le servimos mundo; y espero, con el tiempo, prestar al ilustre Montó á caballo el joven y dirigióse al trote largo
Restaurador de las leyes y á la federación, servicios
Estasexclamaciones, proferidas con la voz de true¬ como debemos,—prosiguió Salomón. por la plaza de las Artes en dirección á Barracas;
tan importantes como los que le prestan los rniem-
no del presidente, fueron repetidas en coro por los —Ahora pasemos al asunto de esta noche,— le pronto alcanzó la calle del Buen Orden y llegó á la
LA MAS HORCA. 37
36 LA MAS" HORCA. delante de la puerta de una casa que se elevaba á la —Esto es lo que yo
quería que V. me repitiese.
barranca de Yalcarce, en el monento en que se ex¬ generoso joven, diez y ocho horas antes, llevando en derecha, al principio de esta última calle. Ahora al
el arzón de su caballo el ensangrentado é inanimado
trabajo, trabajo de cinco minutos nada mas.
tinguían las últimas luces del crepúsculo. —Vuélvase V. con precaución, y mire si viene al¬ —De un año, de dos,
¿qué Importa?
Don Miguel, cuyo ánimo habia pasado por tantas cuerpo de su amigo, conduciéndole á casa de doña guien detrás de nosotros,—le dijo don Miguel. —Suba V..—le dijo don Miguel señalándole la es¬
emociones durante aquel dia y la noche precedente, Hermosa y á quien iba á volver á ver dentro de al¬ El bastón
con puño de marfil rodó inmediatamente calera.
no pudo ménos de detener su caballo, para admirar gunos instantes. porel suelo, según la costumbre de don Cándido —¿Que suba?
de aquella altura el magnífico panorama que se des¬ Rodríguez cuando quería esplorar su camino. —Sí, al terrado.
arrollaba á sus piés iluminado por los últimos tintes —Nadie, mi querido Miguel,—le dijo recogiendo —¿Qué quieres que haga en el terrado?
del dia. En efecto, los floridos valles de Barracas, de¬ el bastón. —Suba V.
trás de los que se desliza mansamente un murmura¬ CAPÍTULO XYI. Sacó entonces el joven una llave de su bolsillo, —Pero nos verán.
dor riachuelo y á cuya izquierda se extiende la es¬ abrió la puerta con la mayor calma, hizo —Suba V., con mil...
pasar de¬
meraldina explanada de la Boca, son una de las más TRES LLAVES PARA UNA SOLA PUERTA. lante á su compañero, detrás de quien entró, volvió —Ya estoy en él,—dijo don Cándido subiendo la
expléndidas perspectivas de los alrededores de Bue¬ á cerrar la
puerta y se metió la llave en el bolsillo. escalera lo más rápidamente que le permitió el
Daban las cinco de la tarde en el reloj de san
nos-Aires, vistas desde la altura de la barranca de Don Cándido se habia vuelto más pálido que la miedo.
Valcarce. Francisco; la atmósfera estaba cargada de esos va¬ inmensa corbata blanca que llevaba. —Y yo también,—dijo el joven llegando en dos
Comenzaba don Miguel á descender la barranca pores densos y húmedos tan comunes en invierno en —¿Que significa esto?—murmuró,—¿cuál es esta saltos de
Buenos-Aires.
cerca su compañero.—Ahora sentémonos.
cuando oyó una voz que le llamaba por su nombre; casa misteriosa á la
que me conduces, mi querido —Ya estoy.
volvió la cabeza y percibió veinte pasos atrás á su La calle del Comercio, en la que, á pesar de su Miguel? El
joven sacó del bolsillo de su paletó una hoja de
digno profesor de escritura que corría hácia él, pero nombre, no hay ni comerciantes ni comercio, estaba —Una como las demás, mi querido señor,
-dijo el papel bristol, un compás y un lápiz, desarrolló el pa¬
casi desierta. Entre las pocas personas que por ella
á quien empezaban á faltar las fuerzas, y llevando en joven levantando el pestillo de una puerta que daba pel, le extendió en el suelo, y con voz que no admi¬
una mano el sombrero y el bastón en la otra. cruzaban, se veian dos hombres que caminaban á al zaguan y comunicaba con una pieza
que servia de tía réplica, dijo:
Llegado al estribo, el buen hombre se apoyó en el paso apresurado en dirección al rio. Uno de ellos recibidor, seguido paso á paso de don Cándido que —Señor don Cándido, un croquis de los alrededo¬
muslo de su discípulo y permaneció tres ó cuatro mi¬ llevaba capa azul, corla y sin esclavina, parecida á
parecía cosido á su capa. res de esta casa en diez
minutos, pues nonos queda
nutos sin poder pronunciar palabra, tanta era la di¬ las que usaban los antiguos caballeros españoles y
—Aguarde V. aquí,—repuso don Miguel. de dia más que un cuarto de hora.
los nobles venecianos; el otro iba envuelto en un
ficultad que experimentaba en la respiración. Pasó este á una pieza contigua en la que
habia una —Pero...
Cándido? sobretodo blanco que le llegaba hasta el tobillo.
—¿Qué tiene Y.? ¿qué le pasa á Y., don de esas camas inmensas, á las cuales no
puede uno —A grandes líneas, no tengo necesidad de detalles,
—le preguntó el joven espantado de la palidez de su —Apresurémonos, mi querido maestro, pues se va subir sin la ayuda de una escala; levantó los colcho¬ las distancias y los límites tan sólo. Dentro de diez
rostro. haciendo larde,—dijo aquel á este. nes, para asegurarse de que entre ellos no habia nadie minutos bajará V. é irá al recibidor, donde me en¬
—Es horrible, bárbaro, atroz, sin ejemplo en los —Si hubiésemos salido más temprano, no nos ve¬
oculto, entró en las demás habitaciones donde prac¬ contrará V.
anales del crimen. ríamos obligados á llevar un paso tan fatigoso, pre¬ ticó la misma operación, registró por fin la casa
toda, Frió sudor inundaba la frente de don Cándido,
—Señor, nos encontramos en la via pública, diga cipitado é incómodo,—contestó el otro colocándose, sin dejar rincón que pudiese recelar un
curioso, que pues á medida que la escena se hacia más misteriosa,
V. lo que quiera, pero pronto. debajo del brazo izquierdo un bastón con puño de no registrase
minuciosamente; luego salió al patio, le parecia ver más cerca de su garganta el puñal de
marfil que llevaba las manos siguiendo el
—¿Te acuerdas del bueno, del noble y generoso en y paso arrimó una escala á la pared y subió al terrado.
Ape¬ la Mas-horca; pero por otro lado se sentía, por su im¬
hijo de mi vieja y honrada sirviente? ligero de su amigo. nas quedaban quince ó veinte minutos de dia.
prudente revelación, entre las manos de don Miguel,
—Si. —No es culpa mia: el clima del Plata, más capri¬ Don Miguel esploró con su mirada de águila el
choso que un niño, me ha engañado. Hace dos horas,
cuyas ardientes miradas le fascinaban.
—¿Te acuerdas que te dije que habia venido esta espacio que se descubría desde aquel elevado punto; Don Cándido no era más que un muy mediano in¬
noche, y...? el cielo estaba azul, creí que el crepúsculo duraría no habia en los alrededores eminencia alguna
que geniero, pero lo que se le habia exijido era excesi¬
—Sí, sí. ¿Qué le ha sucedido á ese hijo? sobre media hora y de repente se ha cargado el cie¬ dominase el sitio donde él se encontraba. En vamente fácil, y antes de diez minutos hubo termi¬
frente,
—ILe han fusilado! mi querido y estimado Miguel, lo, el tiempo se ha oscurecido, y mis cálculos han habia una hermosa quinta, al fondo un terreno des¬ nado completamente su trabajo; las distancias esta¬
|le han fusiladol salido fallidos. Pero poco importa, nos acercamos y igual y las casucas que daban principio á la calle de ban tan próximas que la vista suplió fácilmente la
—¿A qué hora? V. apresurará su trabajo. san Juan, á la derecha algunos barrios en ruinas, falla de instrumentos.
—A las siete; tan pronto como han sabido que ha¬ —¿Que apresuraré mi trabajo? una casa inhabitada con vistas á la Barranca Cuando bajó, la casa
—Si, señor.
y en empezaba á envolverse en
bia salido por la noche de casa el gobernador. Han cuyo lado habia una ventana de cocina. Don Miguel sombras.
temido sin duda... —¿Qué trabajo? lo examinó todo en un minuto y volvió á bajar al —¿Está terminado?—preguntó el joven saliendo á
—Que revelase ó que hubiese revelado lo que sa¬ —Adelante, mi querido maestro, adelante. patio. su encuentro.
bia, le ahorro á V. el decirlo. —¿Quieres que te diga una cosa, mi querido y es¬ —Mi querido y estimado don Cándido,—exclamó. —Sí, pero hay que ponerlo en limpio.
—¡Entonces estoy perdido! ¡condenado! ¿Qué ha¬ timadoMiguel? —¡Miguel!—contestó el maestro con voz temblona. —Termine V. lo que falta durante la noche, para
cer, mi querido Miguel? ¿qué hacer? —Diga V., pero sin detenernos y sin digresiones. —Ha llegado el momento de trabajar y
sobre todo entregármelo mañana por la mañana antes de las
—Cortar sus plumas, para entrar mañana en cali¬ —Tengo un miedo muy justificado, razonable, de no tener miedo,—repuso el discípulo viéndole
pᬠdiez.
dad de secretario particular en casa del señor mi¬ profundo. lido como cadáver. —Bien, mi querido Miguel; pero ahora vamos á sa¬
nistro de relaciones exteriores. —V., señor, tiene dos cosas que no le abandonan —Pero. Miguel, esta casa, esta soledad, este mis¬ lir de esta casa ¿no es eso?
—¿Yo, Miguel?—y en medio de su alegría don nunca.
terio, en las circunstancias por que atravesamos, mi —Nada más nos queda que hacer en ella,—con¬
Cándido cubrió de besos la mano de su discípulo. —¿Cuáles, mi querido y estimado Miguel? posición de empleado secreto de S. E. el ministro, testó el joven dirigiéndose hácia el zaguan, ya oscu¬
—Ahora vuélvase Y. á su casa. —Un capital inagotable de adjetivos, y una dosis y... ro del todo.
de cobardía en el cuerpo que no podrá V. digerir en
—Sí; he llegado á tu casa en el momento en que —Señor don Cándido. V. ha propalado la noticia Pero en el momento mismo en que iba á meter la
Tonillo salia con tu caballo. Le he seguido, te he se¬ toda su vida. de la rebelión de La Madrid. llave en la cerradura, introdujeron otra por la parte
guido, y... —Bien, bien, de lo primero hago gala, porque ello —¡Miguel! ¡Miguel! exterior y la puerta se abrió tan bruscamente que
—Está bien; vayamos áotra cosa: ¿Tiene V. algún prueba los vastos estudios que he hecho sobre nues¬ —Es decir que V. me lo ha dicho, y á fé mia, que á don Cándido apenas le quedó tiempo de pegarse
tro rico, fecundo y elocuente idioma; por lo que ha¬
amigo ó conocido en casa del cual haya V. dormido estas cosas tanto vale decirlas á uno solo como á mi!. contra la pared, y á don Miguel de retroceder dos ó
ce á lo segundo, te confesaré que no he tomado mi
alguna vez? —Tú perderás, Miguel,— exclamó el pobre
no me tres pasos y llevar la mano al bolsillo de su paletó.
—Si. dosis sino cuando, más ó ménos, hemos sido lodos don Cándido, próximo á caer de rodillas delante del Pero este movimiento fué instintivo, pues hacia
—Pues vaya V. al instante á entenderse con él pa¬ atacados de la misma enfermedad en Buenos-Ai¬ joven. algunos minutos que esperaba que aquella puerta se
ra quedar convenidos de que V. ha pasado la noche res, y... —Alcontrario, á fin de salvar á V. la vida le he abriese y diese paso á una ó más mujeres, mas no
última en su casa, por si ocurriese algo. Adiós, —Silencio y despacio,—dijo don Miguel al mo¬ hecho obtener un empleo por el cual muchos darían á un hombre.
señor. mento que llegaban á la prolongación de la calle de cien mil duros. Sin embargo era un hombre quien entró.
Y
espoleando á su caballo don Miguel, bajó al ga¬ Valcarce. —Y por esto le daria mi borrascosa, huérfana y Don Miguel se armó entonces de aquel singular
lope la barranca de Valcarce y tomó por la calle Nuestros dos personages prosiguieron tranquila¬ temblorosa existencia,—exclamó el ex-maestro abra¬ instrumento que, por no haberlo visto, no podemos
Larga ya completamente oscura. mente su camino, llegaron á la calle de Cochabam- zándole. describir todavía, y con la ayuda del cual habia sal-
Por este mismo camino habia pasado el valiente y ba, que siguieron hasta cerca del rio, y se detuvieron
LA MAS-HORCA.
58 LA MAS HORCA. —Tómela V., ¡no me mate! maestro está demasiado grueso para dar con nuestra
vado á Luis hiriendo á los mas-horqueros que le ase¬ —Sí, V. Don Miguel 110 se dignó contestarle, lomó la llave, pista, aun cuando el mismo diablo su patrón le hu¬
diaban . —¿Por cuál de ellas? pero señor, si no conozco á le arrastró hasta el interior del recibidor, y cerró la biese hecho salir por el agujero de la cerradura.
El recien llegado hizo lo que antes el joven, es de¬ ninguna. puerta tras él. —¿Qué maestro Miguel?—exclamó don Cándido
cir cerró la puerta y guardó la llave. —Confiéselo V. ó le malo. —Noperdamos tiempo, ¿dónde está V.? respirando con toda la fuerza de sus pulmones y
Don Cándido temblaba como un azogado, y hacia —Confiese Y. á su vez por cuál viene V., ó le rom¬ —Aquí,—contestó don Cándido desde el patio. apoyándose en su bastón.
esfuerzos sobre humanos para incrustarse en la pa- po eTcránco,—dijo cerca del desconocido la voz de —Venga V., ¡pronto! —¡Oh! mi buen amigo, no quiera V. conocer nun¬
red;"pero aquello no era nada todavía. un hombre que con una mano le habia sujetado el —Salgamos de esta casa, salgamos,—dijo el maes¬ ca á semejante bandido.
El zaguan estaba oscuro como boca de lobo. brazo derecho y con la otra le golpeaba la cabeza tro de escritura acercándose á don Miguel y cogién¬ —Dios me libre de trabar relaciones con él.
Al volverse para entrar en el primer aposento de ligeramente con un instrumento extremadamente dose fuertemente del brazo de este. —Pero V. se portará siempre de la misma mane¬
la casa, el recien llegado rozó con el brazo el pecho duro. Pero por segunda vez, en el momento en que iba ra, señor.
de don Cándido y dió un salto hasta el extremo Aquel hombre no era otro que don Miguel, quien á introducir la llave en la cerradura, metieron otra —¡Ah! Miguel, créelo, es unefecto de mi organi¬
habia asistido impasible á la escena cómica que ha¬ zación sensible, delicada,
opuesto de la puerta. por el lado de la calle la puerta se abrió.
y impresionable. Tenga hor¬
bia tenido lugar entre el desconocido y don Cándido, ror á la
—¿Quién hay ahí?—dijo con voz robusta y desen¬ —¡Santos y querubines del cielo!—exclamó don sangre, y...
vainando un tremendo cuchillo, cuya acerada punta hasta que juzgó ser tiempo de intervenir y poner fin Cándido cojiendo al joven por la cintura. —Baje V. la voz.
rozó casi el peclio de don Cándido. á la misma. —Quédese V. afuera,—dijo don Miguel casi al oido —¿Qué hay?—preguntó don Cándido volviendo la
Silencio profundo sucedió á la pregunta del des¬ —¡Socorro! de la persona que acababa de abrir la puerta y á cabeza á todos lados.
conocido. —¡Silencio! ó le expido á V. pasaporte para los in¬ quien habia reconocido, así como á otras tres que la —Nada, pero las calles de Buenos-Aires tienen
—¿Quién hay ahí?—repitió,—conteste quien quie¬ fiernos,—dijo el joven dándole un golpe más fuerte seguían, á la dudosa claridad de la noche. oidos.
ra que sea ó le mato como á unitario, porque sola¬ y que medio le aturdió. Aquellos cuatro personages eran mujeres. —Cambiemos pues de conversación, Miguel.
mente los unitarios tienden emboscadas á los amigos —¡Piedad! ¡piedad! soy un maestro de primeras El joven arrastró hasta la acera á don Cándido quien —Silencio, y no nos detengamos.
de la federación. letras, el mejor federal, el señor Gaeta; no cometa V. apenas podia sostenerse en pié, cerró la puerta, y Don Miguel dió la vuelta á la calle de los Estados-
Tampoco obtuvo respuesta. la indignidad de derramar mi sangre. dando la llave á la persona con la cual habia habla¬ Unidos, á las de Tucuari y del Buen Orden que si¬
—¿Quién es V? conteste V. ó le mato,—repuso el —Tire V. el cuchillo, señor maestro. do, le dijo: guió hasta la de Cangallo, en cuya esquina se'detu-
—Démelo V. á mí,—exclamó don Cándido buscan¬
interpelante, quien sin embargo, léjos de intentar —Importa que no entre V. en su casa antes de un vo, apoyó el codo sobre un pilar de madera, y mi¬
avanzar un paso, procuraba ganar la puerta, tenien¬ do á tientas el brazo que tanto miedo le habia infan¬ cuarto de hora; el señor Gaeta está en el recibidor. rando con singular expresión de mofa y de amistad
do tendido hác.ia delante el brazo armado del cu¬ dido y cogiendo el puñal. —¡El señor Gaeta! ¡Dios mió! ¡una trajedia en mi el pálido semblante de don Cándido, iluminado en
chillo. —¡Arrójelo V! casal aquel momento por los faroles de la calle, rompió
—Soy su servidor, mi honorable y estimable señor —Lo he dado,—contestó el señor Gaeta, según —No, V. sabe quien yo soy; pero si V. abre la puer¬ en una
carcajada en las barbas de su ex-profesor.
á quien no tengo el honor de conocer, pero que apre¬ pretendía llamarse; suélteme V., le he dicho ya ta podrá seguirme,y esto es lo que no quiero,—dijo —¿Sonríes, Miguel?
cio infinitamente,—contestó por fin don Cándido con quien era. el joven envolviéndose en su capa y hablando en voz —No, señor, rio con todas mis fuerzas, como
voz tantemblona y débil, que inspiró al instante al —¿Por cuál de ellas viene V. á esta casa, mi que¬ queda á fin de no ser visto ni reconocido por las otras V. ve.
desconocido todo el valor que le faltaba, y del que rido maestro?—repuso el joven parodiando las pala¬ mujeres.—V. sostendrá,—prosiguió,—que no sabe —¿Y de qué?
habia querido hacer alarde un momento antes. bras pronunciadas por el desconocido. quién soy ni cómo me he introducido en su casa, —De ver que atribuyen ¿ V. empresas amorosas,
—¿Pero quién es V.? -¿Yo? ¿entiende V.? mi querido maestro.
—Su humilde servidor. —Si, V., preceptor indigno, federal inmundo, hom¬ —Sí, señor, perfectamente. —¿A mí?
—¿El nombre de V.? bre abyecto; V. á quien yo debería aplastar como rep¬
—Chiton,—interrumpió con viveza don Miguel,— —¡Diantre! ¿110 se acuerda V. ya de la cuestión
—Tenga Y. la bondad de abrir la puerta y dejarme til venenoso, pero cuya sangre no vierto porque su sola palabra referente á mí le podría costar á V.
una
que ha tenido con su rival?
salir, mi honorable y amable señor. hedor no me infecte. Le siento á V. temblar, misera¬ muy cara, doña Marcelina; pero como sé que será V. —Pero tú sabes...
—¡Ahí con que no quiere V. decir su nombre, poi¬ ble, y mañana levantará V. su cabeza de demonio muda y por consecuencia quedaremos siempre ami¬ —No, señor, yo 110 sé nada, y por esto me he de¬
que es V. un unitario, un espia, ¿eh? para ver si reconoce el rostro del hombre á quien no gos, mientras el señor Gaeta descansa, vuelva Y. á tenidoaquí.
—Mi querido señor, yo soy capaz de hacerme puede V. ver en este instante y que le hace temblar; tiendas con sus sobrinas y cómpreles V. alguna —¡Cómo! ¿tú 110 sabes'que yo 110 conozco á nadie
prender por el servicio del ilustre Restaurador de las V. que con moral perversa inocula todo el veneno de friolera. de aquella casa?
sus podridas entrañas en el corazón de los inocentes
leyes, gobernador y capitán general de la provincia Y diciendo esto puso en la mano de doña Marceli¬ —Lo sé.
deBuenos-Aries, brigadier don Juan Manuel Rosas, seres cuya educación le confian padres infames ó na algunos billetes de banco, cruzando con rapidez
y —Entonces ¿qué
lo que ignoras?
es
marido de su difunta esposa la señora heroína doña descuidados; V. que, el puñal en la mano, excita al la calle, se reunió ádon Cándido quien le aguardaba —Una cosa V. á decirme,—le contestó el
que va
Encarnación de Ezcurra que en paz descanse, padre pueblo al degüello de los unitarios! apoyado contra la pared y temblando como un azo¬ joven, que se complacía en llenar de confusiones á
de la señorita federal doña Manuelita de Rosas y Ez¬ —¡Piedad! ¡piedad 1 suélteme V.,—exclamó loco de gado; cogióle del brazo, y tirando de él, ambos des¬ don Cándido, y al mismo tiempo se procuraba un
curra, y de los señores ilustres federales don Pru¬ terror el dónime.
aparecieron pronto en medio de la oscura y solitaria poco de descanso, pues él y su compañero no habían
dencio, don Gervasio, don..; —¡De rodillas, miserable,—dijo don Miguel po¬ calle de Cochabamba. dejado de hacer una caminata de más de media le¬
—¿Ha terminado V.? ¡en nombre de lodos los dia¬ niéndole la mano en la espalda y obligándole á arro¬
gua á través de las calles peores ríe la ciudad.
blos! le lie preguntado su nombre. dillarse. —Nada puedo rehusarte, Miguel; habla, interroga.
—Soy capaz también de hacerme prender por el —¡Permanece en esta po-icion!—prosiguió el joven CAPÍTULO XVII. —Deseo saber una cosa bien sencilla, y es en
servicio de V. y el de su al cabo de
qué
amable familia. ¿Tiene V. un instante,—¡permanece en esta posi¬ calle se encuentra su casa de V.
familia, estimable señor? ción, infame, ministro de ese culto de sangre con el TREINTA Y DOS VECES VEINTE Y CUATRO. —

¡Ah! ¿querrás hacerme el honor de ir á mi casa?


—Ya le daré á V. una familia, va V. á ver. cual se
profana hoy la libertad y la justicia! ¡perma¬ —Tal es mi deseo.
—¿Ver qué?—preguntó don Cándido, inerte y sin nece en esta posición, asesino! ¡de rodillas! ¡de ro¬ El
digno profesor de escritura, á pesar del miedo —¡Oh! está cerca, no
nos encontramos más que á
fuerzas para sostenerse contra la pared. dillas! dos cuadras de la misma.
que le acosaba, sevió por fin obligado á suplicará
—Va V. á ver, golpee V. una mano contra otra... Y sacudió violentamente la cabeza del miserable su antiguo discípulo que acortase el paso, pues esta¬ —Sabia que se encontraba en este barrio. ¿Quiere
Vivo, vivo, sino le mato á V. medio desmayado. ba sofocado y podia apenas sostenerse .en pié. V. acompañarme? -
Don Cándido no esperó una segunda amenaza, y se —Ahora, levántese V. —No vayas tan deprisa, Miguel,—exclamó al llegar —Vayamos por aquí,—dijo don Cándido cruzando
puso á dar palmadas con toda sú fuerza sin poder —¡¡No! ¡no! ¡piedad! ¡piedad! á la esquina de la calle de Chacabueo;—no vayas tan la plaza ue las Artes y entrando en la calle de Cuyo.
atinar lo que significaba tal pantomima. —¡Piedad! ¿La tienen \ds., sacerdotes sanguina¬ deprisa, que me ahogo y no puedo tenerme en pié. Pocos minutos después el profesor llamaba á la
Tan pronto como su adversario se aseguróale que rios de esta heregía política á la que Vrls. llaman
—¡Adelante! ¡adelante!—le contestó imperiosa¬ puerta de una casa cuyo aspecto le daba un respeta¬
este estaba desarmado, se arrojó sobre él, y le puso federación? mente el joven obligándole á proseguir la marcha. ble carácter de antigüedad, dejando adivinar
que si
la punta del cuchillo al pecho. —¡Piedad! Por fin penetraron en la calle de las Piedras. 110 hija, era cuando ménos nieta de las
que se co¬
—Dígame V.,—le preguntó,—por cuál de ellas ha —¡De pié, le digo! —Bueno,—dijo entonces don Miguel acortando el menzaron á construir en aquella parte á partir del
venido V., ó de lo contrario le cla\o contra la pared. —¡Señor! miércoles 11 de junio del año de gracia de
paso,—hemos doblado cuatro calles, y el bueno del 1580, dia
-¿Yo? —La llave de esta puerta.

4. "
tío LA MASÍ-HORCA. LA MASl-HORCA. 61
en el lugarteniente del gobernador don Juan de
que política en tiempos revueltos, es exponerse á lo que bra en carácter de letra español, en esos otros pa¬ —Tengo aquí una botella de la encarnada, supe¬
Caray fundó la ciudad de la Trinidad y él puerto me sucedió en 1820: salía yo de casa de un amigo peles,—dijo don Miguel entregándole ocho. rior, excelente, brillante.
de Buenos-Aires, dividiendo en ciento cuarenta y mió, originario de... —¿Es decir que quieres que cambie de escritura? —Sírvase V. pues de ella para esos otros papeles.
cuatro manzanas el plan de esta ciudad, de las cua¬ —De importa donde, lo mismo da.
no Esto está prohibido, Miguel. —¿Qué carácter de letra?
les recibió don Juan de Basualdo la en que se encon¬ —No —Señor don Cándido, ¿quiere Y. hacerme el favor
quieres que prosiga, te conozco; te pedía —Francés.
traba la casa, propiedad en la época en que ocur¬ pues qué interés tienes en conocer los secretos de de escribir lo que le dicto? —El peor de todos los caractéres de letra... Ahí
rieron los sucesos que narramos, de don Cándido don Felipe. —No te enojes, Miguel, ya sabes que estoy dis¬ los tienes.
Rodríguez. —¡Bah! curiosidad de hombre ocioso, nada más. puesto á... Toma, ya están. —Abamos ahora á los últimos ocho papelitos.
Una mujer, á la cual no le haremos injusticia al¬ —¿Nada más? —¿Tiene V. tinta de color? —¿Qué tinta emplearé?
guna atribuyéndola cincuenta inviernos, y á quien —Nada más; pero se me contraria cuando no se sa¬
un buen español habria dado el nombre de ama de tisface mi curiosidad, hasta el punto de olvidar los
llaves, pero que los americanos llaman señora ma¬ lazos que me unen á los que me irritan. Por otra par¬
yor, alta, enjuta de carnes, envuelta en un gran pa¬ te, ¿no es justo pagar favor con favor, mi querido
ñuelo de lana, abrió la puerta y lanzó á don Miguel maestro?
una de esas miradas de mujer vieja, sin egoísmo, —Justo, muy justo,—respondió el secretario del
pero curiosa. señor don Felipe, creyendo haberse extralimitado.
—¿Hay luz en mi despacho, doña Nicolasa?—le —Entonces estamos de acuerdo,—repuso don Mi¬
preguntó don Cándido. guel;—vamos á ver, y como en prueba de nuestra
—Desde la oración,—le contestó la vieja con el alianza: tenga V. la bondad, mi buen amigo, de to¬
acento particular de los hijos de la provincia de Cu¬ mar la
pluma y darme una hoja de papel.
yo, y que no pierden jamás, haga los años que haga —¿Vamos á escribir? pero hijo mió, con la mesa
que de ella hayan salido, y que parece ser un peda¬ entre los dos y tú con el papel y yo con la pluma,
zo de su país natal que se
les haya quedado en la te aseguro que lo que escribamos será
prodigioso;
garganta. sin embargo hé ahí el papel.
Doña Nicolasa atravesó el patio y don Cándido Don Miguel sonrió, y empezó á doblar y multipli¬
entró con don Miguel en unasala cuyas sillas, me¬ car las dobleces del papel; luego tomó un cuchillo y
sas
y una biblioteca atestada de libros encuaderna¬ cortólo en todas las dobleces, formando cuadritos,
dos en pergamino, pero esencialmente históricos cada uno á poca diferencia del tamaño de una tarje¬
y
monumentales, confesaban sin ser interrogados que ta de visita.
el oficio de su dueño era ó había sido el de enseñar Después de cortar hasta treinta y dos, tomó ocho
niños, quienes la primera cosa que aprenden, es á cuadritos de aquellos y los dió á don Cándido, quien
levantar astillas en las sillas, escribir sobre la mesa examinaba la operación de su discípulo y se rompía
con un cuchillo
y derramar la tinta. el cerebro para adivinar lo que hacia.
—Siéntate y descansa, Miguel,—dijo don Cándido —¿Qué quieres que haga con esto?
dejándose caer sobre una inmensa silla de baqueta, —Una cosa muy sencilla y muy fácil. ¿La pluma
mueble tradicional y hereditario colocado delante que tiene V. en la mano es la mejor del escritorio?
desu mesa escritorio. —Está cortada para los rasgos,—contestó el anti¬
—Con mucho gusto, señor secretario,—contestó guo maestro de escuela levantando la pluma á la
don Miguel sentándose frente de su profesor. altura de sus ojos.
—¿Por qué no me dices, como de costumbre, mi —Ilien. Escriba V. en cada uno de estos cuadros
querido maestro? y en carácter inglés el número veinte y cuatro.
—Porque V. ocupa hoy una posición más elevada. —Mal número es, Miguel.
—De la que reniego todos los dias. —¿Por qué, señor?
—Y que es sin embargo importante que con¬ —Porqué es el máximum de palmetazos que yo
serve V. daba á los niños perezosos, niños que hoy dia son
—No hay duda. Hoy es mi áncora de salvación, y hombres de valer, precisamente porque no me die¬
luego como tengo los pulmones fuertes, vigorosos, ron grandes esperanzas sobre nada; que pueden
excelentes, no me cansaré del señor don Felipe querer vengarsede mi. Sin embargo...
Arena. —Escriba V. veinte y cuatro, señor don Cándido.
—Ministro de relaciones exteriores de la confe¬ —¿Nada más?
deración argentina. —Nada más.
—Esto es, Miguel; tú sabes de memoria todos los —24... 24... 24... ya está.
títulos de S. E. —Bien. Ahora escriba Y. en el reverso: Cocha-
—La tengo mejor que Y., señor secretario. bamba. V treinta y dos Cochabamhas, — aliadlo don Cándido.
—¿Es ironía? ¿qué intentas? —¡Cochabamba!
—Una tontería: decir á V. que en
ocho dias que —¿Qué tiene V.?—le preguntó con calma el joven.
hace que ejerce V. el empleo de secretario, no me
—Tengo, que esta palabra me recordará siempre
ha dado V. á conocer más que dos notas del señor la casa de esta tarde, y como las ideas se trabazonan
don Felipe, y á fé mía poco imporlantes. instantáneamente, este nombre me trae á la mente
—Esto ha sido por —Moje V. en la negra la pluma de que se ha servi¬ —Doy á V. gracias, mi querido amigo,—dijo el jo¬
no olvido, Miguel; te he dicho la calle, luego la casa, luego el asesino, y...
do V. para
ya que en la actualidad don Felipe me hace poner en —Escriba V. Cochabamba, mi querido maestro.
la encarnada. ven, después de haber contado los papeles que metió
—¿Qué carácter? en su cartera.—Ahora, mi estimado maestro,—pro¬
limpio las cuentasque debe presentar al gobierno, de —Cochabamba, Cochabamba, Cochabamba... Ahí —Sui
los gastos ocasionados en sus estancias por las tro¬ están los ocho.
generis, es decir imitando letra de mujer. siguió dirigiéndose á don Cándido,—me hará V. el
—¿Y he de escribir lo mismo? obsequio de olvidar para siempre jamás lo que aca¬
pas de la provincia; pero nada absolutamente de po¬ —Ahora coja V. la pluma de corte más grueso. —Lo mismo. ba de escribir.
lítica más que las dos notas que le he enseñado —Esta es excelente, superior.
bajo —Yaestán;hay treinta doscuadraditos de papel.
y —Te doy mi palabra, Miguel,—respondió el se¬
la garantía del secreto. Y á propósito, Miguel, ¿qué
j —Coja V la más gruesa. —Esto es; treinta y dos veces veinte y cuatro. cretario de don Felipe estrechando la mano al joven
deseo tienes y cuál es tu interés en saber los secre-
—Aquí tengo una á propósito para tirar rayas. —Y treinta y dos Cochabambas,—añadió don Cán¬ que se habia levantado y se disponía á salir;—vé
|

tos del Estado? Vé con tiento, Miguel: mezclarse en —Escriba Y. el mismo número y la misma pala¬
dido, á quien preocupaba este nombre. tranquilo y sé feliz como mereces.
LA MAS>—HORCA.
LA MASl-HORCA.
—Mil gracias, amigo mió. Antes de marcharme le únicas horas de recreación pudiese pasarlas lejos de
recomiendo de nuevo el plano. la que amaba. de tul, y desparramaba sobre los objetos una luz —¿De quién?
pálida que convidaba al alma á la meditación. —De V., señora, casi siempre, pues ese señor don
—Mañana, antes del medio dia, yo mismo lo lleva¬
Doña Hermosa, sentada en sillón delante de un Luis eslo más curioso que
ré á tu casa. un he visto; quiere saberlo
magnífico espejo, daba fin á su locado con ayuda de todo: si lee V. por la noche, los libros que Y. lee, si
—Buenas noches, pues, mi querido maestro. CAPÍTULO XVIII.
—Adiós, mi querido Miguel, mi amigo, mi salva¬ Lisa, su linda y fiel camarera. escribe V., si V. prefiere las violetas ó los jacintos, si
O por mejor decir, su cabeza se habia dulcemente se cuida V. de sí
misma, de sus pájaros, si... qué sé
dor, hasta mañana. LA ROSA BLANCA.
Don Cándido inclinado hácia atrás, habianse cerrado sus ojos, y yo cuántas cosas más.
acompañó hasta la puerta de la ca¬
abandonádose á ese estado de languidez que no es —¿Y han hablado Vds. de todo eso hoy?
lle á su antiguo discípulo de primeras letras que de¬ El Tucuman es el jardín del universo, por la gran¬
deza y majestad de sus comarcas y la belleza de su vela ni sueño y durante el cual el alma, rompiendo —Sí, señora.
bía ser más tarde su protector y su salvador, como
asi le llamaba. los lazos que la sujetan á la tierra, vuela por los es¬ —¿Y de su salud? ¿no les has preguntado por su
clima, dijo el capitán Andrews en su Viaje á la Amé¬
rica del Sur, pacios imaginarios. salud?
Don Miguel, embozado en su capa, se fué tranqui¬ publicadoLondres en 1827.
en
lamente por la calle de Cuyo, y algunos minutos des¬ Este viajero, lo que sucede muy raramente, ha Lisa, inmóvil al lado de su ama, la contemplaba —¡Diantrel hubiera sido necedad hacerlo, puesto
estado muy por debajo con la sonrisa en los labios. que lo veia con mis propios ojos. Me parece que hoy
pués llegó á su casa de la calle de la Victoria delante de la verdad empleando esta
de cuya puerta le aguardaba con inquietud su fiel metáfora tan hiperbólica en apariencia. El péndulo dió la media. cogea más que aver, que fué el primer dia que bajó
Todo lo que la naturaleza tropical ha podido reu¬ Perezosa como una lis del trópico blandamente me¬ a! patio; cuando se apoya sobre la pierna
Tonillo. En efecto, eran las ocho y media de la no¬ izquierda
cida por la brisa vespertina, doña Hermosa entre¬ parece que sufre mucho.
che, es decir una hora más tarde de la en que acos¬ nir, en el aire y en la tierra, en gracia, esplendidez y
tumbraba á irá cambiar de traje para dirigirse á abrió los ojos, volvió lánguidamente su cabeza del —¡Oh! ¡Dios miol si 110 debiera moverse todavía;
poesía, se encuentra reunido allí, como si la provin¬
cia de Tucuman fuese el retiro escogido por los ge¬ lado de su camarera, y con dulce sonrisa le pre¬ pero es tertarudo, es testarudo, — exclamó doña
casa de doña Aurora, por quien sentía el joven pro¬

nios de aquel inmenso territorio desierto y salvaje, guntó: Hermosa hablando consigo misma;—y
fundo y sincero amor. quiere irse,
En aquel período de la dictadura, la mayor parte que se extiende desde el Estrecho hasta Bolivia y —¿He dormido mucho tiempo, Lisa? —prosiguió después de un instante de silencio.—Es
de los jóvenes argentinos obligados á emigrar de im¬ desde los Andes hasta el Uruguay. —No, señora, media hora lo más. evidente que Miguel quiere perderle y volverme lo¬
—¿He hablado? ca. Acaba de
proviso, se habian visto precisados á abandonar á En medio de aquel jardín poético y encantado, lle¬ vestirme, Lisa, y después...
sus amadas, romper todas las dulces afecciones de no de luz y de —No ha pronunciado V. ni una palabra, pero ha —Y después tomará Y. el vaso de leche
perspectivas grandiosas, de flores y azucarada,
su corazón; la mano de hierro de Rosas posándose de pájaros, nació doña Hermosa. sonreído V. dos veces. señora, porque está V. muy pálida; y se comprende,
sobre aquellas desgraciadas comarcas habia ahogado El coronel Saenz, su padre, quien la amaba con —Lo sé. está V. todavía en ayunas y es tan tarde ya...
los tiernos sentimientos de una generación entera, delirio, murió cuando ella contaba apenas seis años —jCómo! ¿V. recuerda despierta lo que hace dur¬ —¡Pálidal ¿acaso te parezco fea, Lisa?—dijo doña
de edad, mientras su esposa, hermana de la madre miendo? Hermosa sonriendo y mirándose al
para arrojarlas al fracaso de las sangrientas y homi¬ espejo.
cidas luchas de la guerra civil. de don Miguel del Campo, se hallaba en Buenos- —No duermo, como supones, Lisa,—contestó doña —¿Fea? no, señora; V. es bella como siempre; está
Bien que en aquella época brillase en los ojos de Aires. Hermosa con acento pensativo,—velo cuando crees V. un poco pálida y nada más.
los emigrados la esperanza de un próximo triunfo, Doña Hermosa creció como las flores y los pájaros que el sueño pesa sobre mis párpados que no se cier¬ —¿De veras?
sin embargo por esta misma razón, alejados de to¬ de su magnífico país, indolente y risueña, y cuyas ransino á impulsos de una fuerza superior que me —De veras, señora, y esta tarde...
do lo que amaban, el sufrimiento se hacia más y miradas domina y me subyuga; ignoro lo que pasa en torno —¡Ahí 110 me hables de esta tarde.
pensativas se perdían á veces en el azur del
más cruel y hacían votos para que se alcanzase pron¬ cielo, no comprendiendo de la vida más que la dicha. mió, y sin embargo no duermo; se me presentan á la —¡Cómo! ¿no quiere V. parecer bella esta tarde?
to la victoria que debia á la vez derrocar al tirano y mente hechos que no han acaecido, hablo con séres —AI contrario, quisiera estar enferma.
Cuando, accediendo á las súplicas de su madre,
abrirles las puertas de la ciudad dentro de la cual dió á los diez y siete años su mano al señor de Sala- que me rodean, y siento alegría ó pesar según la es¬ —¡Enferma! pues mire V., señora, cuando yo ten¬
latían los corazones de sus prometidas y de sus berry, antiguo amigo de su familia, no habia sentido cena
que mi imaginación me representa, y sin em¬ ga algunos años más y me inviten á un baile, desearé
madres. todavía impulso amoroso alguno, por lo que más que bargo no sueño. Cuando de los espacios imaginarios encontrarme muy bien de salud y ser bonita.
Nuestro héroe, en medio de aquel conflicto, era á un esposo, se unió á un amigo y á un preceptor vuelve mi alma á lo real, recuerdo perfectamente —Pues ya lo ves, hija mia, tu querrás sentirte
bien,
relativamente feliz, pues aun cuando trabajaba con todo cuanto por mí ha
pasado; más aun, quedo suje¬ y yo deseo estar enferma.
para el porvenir. Pero el destino le reservaba cruen¬
todas sus fuerzas para acelerar la caida de Rosas, tos dolores. ta pormucho tiempo á la influencia poderosa de los —¡OhI ya sé porqué.
habitaba en Buenos-Aries y podia cada dia, durante El señor de Salaberry, que sentía por ella un amol¬
hechos que me han dominado y creo estar todavía —¿Tu?'
una hora ó dos, contemplar á su satisfacción el en¬ de en medio de los
objetos creados por mi fantasía, co¬ —Sí, señora, yo; ¿cree V. que no lo conozco?
padre, de hermano y de esposo, murió al año de
cantador semblante de la mujer á quien adoraba. mo en este instante, por
matrimonio, decir ocho meses antes de la época
es ejemplo, me parece estar —¿Y tú sabes porque yo deseo estar enferma?
Entró pues don Miguel en su casa con el corazón en que da comienzo nuestra historia. viéndole como no há mucho le veia, aquí, á mi lado. —Apuesto á que lo adivino.
alegre, pues debia salir un momento después para No quedaba
en la tierra á doña Hermosa más que —¿A quién, señora?—preguntó la joven, quien no —Vamos á ver, di.
ir á hacer á doña Aurora su cotidiana visita. el amor de madre, amor que suplía todos los de¬
su comprendía nada de aquellas palabras;—dice V. que —Para no ponerse Y. la
divisa-, ¿no es esto?
—¿Ha venido alguien?—pidió al entrar. más, el único desinteresado y que no se entibia ni le ha visto, y nadie ha venido aquí. —Has adivinado casi la
mitad,—dijo doña Hermo¬
—No, señor. —Mi espejo,—repuso doña Hermosa mirándose sonriendo.
apaga hasta la muerte. La madre de doña Hermosa sa

—Pues tráeme la ropa. espiró entre los brazos de su hija, tres meses después en él. —Bien, apuesto que adivinaré la otra.
El criado cumplió el encargo con la prontitud del de haber sufrido la pérdida del esposo que ella le ha¬ —¡Ah! si V. no lia visto otra cosa que su espejo. —Habla.
rayo. bia destinado. —Nada más, Lisa... Termina pronto mi tocado y... —Porque 110podrá V. tocar el piano á media no¬
Don Miguel encerró en su escritorio la cartera en Sola en el mundo, doña Hermosa, como las sensi¬ Apropósito, ¿qué me has dicho cuando me he des¬ che, como hace siempre antes de acostarse ¿eh?
que habia metido los treinta y dos pedacitos de pa¬ tivas que se encojen al menor contacto ó á los rayos pertado? ¿qué tal?
pel, luego se vistió, se peinó y se calzó los guantes. demasiado ardientes del sol, se refugió en sí misma, —¿Del señor don Luis? —No lo has adivinado.
—¿No toma V. la capa, señor?—le preguntó To¬ decidida á vivir con el recuerdo de aquellos á quie¬ —Esto es, del señor Belgrano. —Entonces poco interesa; lo más importante, es
nillo. nes habia perdido y la habian amado. —Pero, señora, ¿lo olvida V. lodo por ventura? que es V. excesivamente bella.
—No. Resolvió abandonar el Tucuman, donde, á cada van ya cuatro veces que digo á V. lo mismo. —Gracias, Lisa, gracias; sin embargo quiero creer
—¿Quiere V. las pistolas? paso, tropezaba con algún triste recuerdo de sús des¬ —¡Ah! ¿me lo has dicho ya cuatro veces? bien, lo que me dices, porque, por la vez primera de mi
—Tampoco. venturas, y se fué á Buenos-Aires en donde fijó su. Lisa mia, después de la quinta 110 le lo pediré más. vida, siento la pueril ambición de parecer bella á
—¿Iré pronto á reunirme con V.? residencia. Ocho meses hacia que vivía sola en esta —Ya que V. lo quiere, señora, lo repitiré: cuando los ojos de los demás.
—Sí, á las once; ve con mi caballo y mi poncho. ciudad, tranquila sino dichosa, cuando los aconteci¬ he bajada al palio, he ido, como me tiene V. ordena¬ Al decir estas palabras se contuvo, como si se hu¬
—¿Le acompañaré á V. esta noche? mientos de la noche del i de mayo nos condujeron do que haga todas las mañanas, á preguntar al cria¬ biese arrepentido de pronunciarlas.
—Sí, vendrás conmigo á Barracas; no olvides ir á á su casa. Veinte dias después de este encuentro en¬ do de don Luis qué tal se encontraba el señor: pero —Dejemos esas tonterías,—prosiguió—¿Qué ho¬
buscarme á las once. traremos de nuevo en la quinta de Barracas. ni uno ni otro estaban en su habitación; volvíame ra es?
—¿A casa de doña Aurora, señor? Eran las diez de la mañana. ya, cuando á través de la verja les he visto en el jar- —Las once.

—¿Dónde sino, imbécil?—contestó don Miguel, in¬ El sol matutino penetraba en el gabinete que nues¬ din; el señor don Luis escogía flores y hacia un ra¬ —Está bien. Paso á mi salón; vé á decir al señor
comodado de que su criado pudiese suponer que sus tros lectores conocen, á través de gruesas cortinas mo. Acerquéme á él y después de saludarnos hemos Belgrano que tendré sumo gusto en recibirle, si le es
hablado mucho de... posible llegarse hasta aquí
64 LA MAS HORCA.
LA MAS HORCA. 6o
Lisa dirigió apresuradamente á cumplir el en¬ mi sangre
se compraría cada minuto la tranquilidad de
su alma. —¡Oh! levántese V.,—contestó la jóven obligán¬ tar aunque sea un dia al año, con mi Aurora, si me
cargo.
—¿Quién sabe?—murmuró doña Hermosa cuando dole á sentarse de nuevo en el sofá. la presta la señora doña Hermosa.
—¿Qué habría pues de noble y grande en el cora¬
encontró sola. zón de una mujer, —Una sola palabra, Hermosa. —Concedido,—dijo esta.
se
sino se expusiese también á al¬
Estas dos palabras resumían, sin duda, los pensa¬ gunos peligros por la salvación del hombre que ella... —¿Sobre qué?—repuso esta ruborizándose. —Muy bien; ahora recapacitemos: fijemos la hora
como hacen los ingleses, que no se equivocan nunca
mientos de la encantadora mujer. ha llamado amigo?
su —Una palabra que me diga lo que adivina mi
Una bora después volvemos á encontrarla en el amor. excepto en lo que atañe á América. ¿Te parece bue¬
—¡Hermosa!—exclamó don Luis apoderándose de na hora las diez?
salón, sentada en un las facciones más ani¬
sofá, con una de las manos de la jóven. —Basta, señor, basta;—murmuró doña Hermosa
madas que de costumbre, y los ojos fijos en una mag¬ llevando la mano á su corazón como para contener —Preferiría que fuese más tarde.
—¿Cree V. acaso, don Luis, que bajo el cielo que
nifica rosa con la que jugaba; á su izquierda sus violentos latidos. —¿Las once?
estaba nos cobija no se encuentran mujeres que identifican —Más tarde todavía,—contestó doña Hermosa.
sentado don Luis Belgrano, quien tenia pálido vida y su destino á la vida y al destino de los hom¬ Su alma era víctima de esta lucha terrible que
el sem¬ su

blante, y fijos sus negros, vivos y melancólicos ojos bres? ¡Oh! ya que los argentinos han olvidado lo que tortura á las en ciertas circunstancias
mujeres en —¿A media noche?
la joven. quiere hablar y se obstinan sus labios
que su corazón —Sí, á media noche.
en ser debieran, deje V. al ménos á las mujeres conser¬
—En buenhora. A media noche pues estarás en ca¬
en permanecer mudos.
Ni uno ni otro decían palabra. var la generosidad y la nobleza de
su carácter. Si
Don Luis se aventuró por fin á romper el silencio, tuviese yo un hermano, un esposo, un prometido que —No,—prosiguió don Luis,—déjeme Y. al ménos, sade Aurora para acompañarla al baile, porque la
señora Barrault 110 consiente que vaya su hija sino
que comenzaba á hacerse embarazoso, y dijo con voz se viese obligado á huir de su patria, le seguiría en por quizás, jurar á sus
la primera vez, por la última
esta condición.
débil y tímida: el destierro: si el peligro le amenazaba, interpondría piés consagrarle rhi vida. De Y. es mi primero, mi con

único amor. —Convenido.


—¿Qué me contesta V., señora? mi pecho entre él y el puñal de los asesinos, y si
—Que Y. no me conoce, puesto que me confunde fuese preciso morir por la libertad en esta tierra ame¬ Doña Hermosa apoyó su mano en el hombro del —¿Quién irá contigo en el coche?
Y. con la generalidad de las personas de mi sexo, ricana que fué su cuna, acompañaría á mi esposo, jóven, sus ojos irradiaban de pasión, sus purpúreos —Yo,—exclamó con viveza don Luis.
—Poco á poco, caballero, poco á poco; se guar¬
cuando supone que mis labios puedan decir lo que á mi hermano ó á mi prometido y con él subiría al labios dibujaban una fugitiva sonrisa, y tranquila,
no siente mi corazón. cadalso. sin dejar de tener fija la mirada él, extendió el
en dará V., por el contrario, de acompañar quien quie¬
ra que sea esta noche.
—Sinembargo, señora, yo no debo... —¡Hermosa! ¡Hermosa! voy á decir una blasfemia; brazo y señaló la rosa caida sobre el estrado.
—No hablo de sus deberes,—interrumpió doña puesto que tales sentimientos le inspiran á Y. los ma¬ —¡Ahí—exclamó don Luis apoderándose de ella y —¡Cómo! ¿la señora irá sola?
Hermosa con encantadora sonrisa, sino de los míos; les de mi patria, los bendigo. Perdóneme V., la he llevándola á sus labios,—¿me la da Y., Hermosa? —¿Cómo puede V. ir con ella durante la noche del
he llenado para con V. uno sagrado que me im¬ —Hoy 110,—contestó la jóven tomándosela,—hoy 24 de mayo?—repuso don Miguel mirando fijamente
engañado. Yo hahia adivinado la nobleza y genero¬
ponía la humanidad y cuyo cumplimiento ha sido sidad de su corazón, sabia que ningún temor vulgar necesito de esta flor, mañana se la daré á Y. á su amigo y acentuando con intención la cifra 24.
grato para mí; Y. buscaba un asilo, y le abrí las puer¬ podia hacer temblar á V.; pero mi ausencia la exige —Pero esta flor es mi vida, Hermosa, ¿por qué Don Luis bajó los ojos, pero doña Hermosa con su
tas de mi casa; estaba V. moribundo, y le socorrí; ne¬ otra causa, el honor... Hermosa, ¿no comprende V. quitármela? viva inteligencia habia adivinado que algún misterio
cesitaba V. cuidado y consuelos, y se los he prodi¬ lo que pasa en el corazón del hombre á quien ha —¡Su vida, Luis! ¡Basta! en nombre del cielo ni encubrían las palabras pronunciadas por su primo,
gado. conservado V. la vida para hacerle vivir en un deli¬ una palabra más,—respondió la tucumana apartán¬ á quien se dirigió con la prontitud de las mujeres
—Lo que le agradezco á Y. en el alma, señora. rio que no dose del jóven:—sufro. ¡Esta flor caida en el mo¬ cuando se hiere alguna de las cuerdas de esta arpa
ha experimentado jamás? de celosas afecciones llamada corazón.
—Permítame V., 110 he terminado todavía; obran¬ mento en que me hablaba V. de amor!... una idea
—¿Jamás?
do así, no he hecho más que cumplir lo que Dios y
—¡Jamás! ¡jamás! horrible ha cruzado por mi supersticiosa imagina¬ —¿Puedo saber,—preguntó,—por qué la noche
la humanidad me ordenan; pero 110 cumpliría más
—¡Oh! repítalo V., don Luis, —exclamó la jóven ción! ¡Basta! ¡hasta! del 24 de mayo es diferente de las demás para el se¬
ñor que me hace el honor de acompañarme?
que la mitad de mis deberes, si accediese yo á sus estrechando á su vez entre las suyas las manos del —¿Quién podrá ahora en el mundo impedir nues¬
deseos. V. quiere abandonar mi casa; volverán á tra dicha? justa, mi querida Hermosa,
—Tu observación es
jóven.
abrirse sus heridas, mortales esta vez, porque el que —Jamás, Hermosa; hasta el dia que la vi á Y. por —No importa qué locura, cosa muyfácil para —respondió don Miguel,—pero hay ciertas cosas
se las infirió se precipitará de nuevo sobre Y. tan vez
primera no había vivido nunca para el corazón, ciertas personas en determinados momentos de la que nosotros los hombres no podemos decir á las
vida, en este mundo, el mejor de los mundos posi¬ damas.
pronto se descubra el misterio en que la casualidad y ahora...
ble, como dijo no sé quien,—dijo don Miguel en¬ —Se trata de política, ¿no es eso?
yla actividad de Miguel lograron envolverle. —¿Qué?—dijo la jóven con mal disimulado anhelo.
—V. sabe, doña Hermosa, que mis enemigos 110 —Ahora vivo para él y por él; ¡amo Hermosa! trando en el salón sin haber sido oido de los jóvenes —Tal vez.
han logrado recoger dato alguno respecto del fugi¬ —No tengo ningún derecho á exigir que ese caba¬
Don Luis, pálido, temblando de pasión y de felici¬ que no pensaban más que en su amor.
tivo de aquella noche nefasta. dad se arrodilló á los piés de la jóven á quien aca¬ Don Luis hizo un brusco movimiento para retirar¬ llero me acompañe, pero creo tener bastante sobre
—Los adquirirán; es necesario que salga V. com¬ baba de confesar su primer amor, su primera espe¬ se del sofá.
al extremo opuesto él y sobre tí para recomendar á Yds. dos un poco de
pletamente restablecido de mi casa... y quizás se ve¬ ranza de dicha. —No se incomoden por mí,—repuso jovialmente prudencia.
rá V. obligado á emigrar,—añadió la jóven bajando La rosa blanca se escapó de las manos de la jóven don Miguel;—tú me haces sitio, muy bien, me senta¬ —Te respondo de Luis.
,

los —De tí y de él,—se apresuró á decir doña Hermosa.


ojos;—y bien,—prosiguió con cierta animación, y fué á caer á los piés de Belgrano. ré enlre Vds. dos.
—yo soy libre, señor, completamente libre; no debo Al pronunciar este las últimas palabras, el rostro Dicho y hecho, el primo de Hermosa se sentó entre —Bien, de los dos. Quedamos en que á media no¬
á nadie cuenta de mis acciones; sé que cumplo un de doña Hermosa brilló de felicidad; pero de súbito, esta y su amigo, y les tomó á cada uno la mano. che irás á casa de Aurora; Pedro te servirá de co¬
deber riguroso de conciencia; y, sin por eso obligar¬ —Empiezo por confesar que 110 he oido más que chero y el criado de Luis de lacayo. Una vez en casa
rápido como el pensamiento, extinguióse aquel rayo
le, porque no tengo derecho á ello, le repito que si de su alma y la reacción del pudor hizo inclinar las últimas palabras de Luis, aunque era inútil que de la señora Barrault, subirás con ella á su coche
se va Y. de mi casa como Y. desea, sin estar com¬ el enrojecido semblante de la encantadora tucu- las oyese, porque hace mucho tiempo que las sé de para trasladarle al baile, y el tuyo irá buscarte á
pletamente curado, será contra mi voluntad. mana. memoria, líe dicho. las cuatro.
—¡Como yo deseo! ¡oh! no, doña Hermosa, ¡no!— Sucedió á aquella escena un silencio delicioso, Saludó entonces con aire burlón á su prima, en¬ —¡Oh! cuatro horas son demasiado, con una ha¬
exclamó don Luis acercándose con viveza á su inler- misterioso, elocuente intérprete del corazón. cendida como una amapola, y á don Luis que frun¬ bría bastante.
iocutora;—110, yo pasaré mi vida, una eternidad en —Perdón, Hermosa,—dijo por fin don Luis sacu¬ ció las cejas. demasiado poco.
—Es
esta casa. Durante los veinte y seis años que cuento diendo la cabeza;—perdón, he sidoun insensato; pe¬ —¡Ah! ¿no quieren Yds. contestarme?—prosiguió, —Me parece que atendido el sacrificio que hago
de existencia, 110 he vivido sino cuando he creido sobra.
ro no, estoy tan orgulloso de mi amor
que lo decla¬ —muy bien, continuaré en el uso de la palabra. ¿Qué
morir, mi corazón no ha experimentado la dicha si¬ raría á la faz de Dios; amo sin esperanza: esta es mi determina V., mi señora prima? el coche de la seño¬ sé, Hermosa, pero este sacrificio lo haces pol¬
—Lo
no cuando he sentido desgarrado mi cuerpo por el defensa si la he ofendido á V. ra Barrault vendrá por V., ó irá V. en su coche á la seguridad de tu casa al mismo tiempo que por la
hierro homicida; he esperado en fin ser feliz sino
no Doña Hermosa miró al jóven con los ojos hume¬ buscar á la señora Barrault? de Luis; te lo he dicho ya repetidas veces, 110 asistir
cuando la desgracia
me ha envuelto. Amo de esta decidos por las lágrimas, y en cuya mirada —Iré,—contestó doña Hermosa con sonrisa forzada. al baile dado á doña Manuela, cuando has recibido
leyó don
casa el aire, la luz, el polvo mismo; pero tiemblo por Luis un poema de amor. —A Dios gracias que la veo sonreir á Y., ¡oh! y á de ella misma una invitación solicitada por doña
los peligros que amenazan á V. Si hasta hoy la Pro¬
—Gracias, Hermosa, gracias,—exclamó el de Bel¬ V. también, señor don Luis. Loado sea Baco, dios del Agustina, es exponerte á que lo consideren como
videncia ha velado por mí, esc demonio sanguinario
grano;—pero en nombre del cielo, una palabra, una buen humor; creí que estaban Vds. verdaderamente una afrenta, y entonces lo pasaremos mal Agustina
puede descubrir mi asilo, y entonces... ¡oh! doña sola que pueda yo conservar eternamente en mi co¬ incomodados porque habia yo oido un poco de ese tiene en mucho recibirte: entrar en el baile y reti¬
Hermosa, quiero comprar su sosiego como con toda razón. mucho que naturalmente tienen que decirse Vds. en rarte delante de los concurrentes, es disponer contra
esa solitaria quinta encantada, donde vendré á habi- tí á todos los invitados.
6li
LA MAS -HORCA.
LA MAS- HORCA. 07
—¿Y qué me importan esas gentes?—exclamó la —No, desgraciadamente. —Eso triste la imponente fortaleza, abandonada y trasfor-
joven con desprecio. es.

—Es cierto —¿De quién, pues? mada en cuartel de caballería cuando el advenimien¬
¿qué importan á la
señora los resenti¬ —De tí. —¡Demontre!
mientos de esas gentes? No he sido nunca de tu to de Rosas al poder.
opi¬ —¿No te parece bien esto?
nión, Miguel, y creo que doña Hermosa no debe ha¬
—¿De mí? —Ni aun en broma. Los espaciosos salones en los cuales la marquesa de
—Sí. de ti; haoido hablar de tu Sobre-Monte diera en otros tiempos aquellos esplén¬
cerles el honor de asistir á su
baile,—dijo don Luis hermosura, de tus —Pues lo haré.
á su amigo. muebles, de tus ricos trajes, y la reina de la belleza didos bailes y sus alegres veladas, deslumbradores
y del capricho quiere conocer á su rival; helo
—¿Quieres decir?
—¡Muy bien! ¡bravo!—exclamó don Miguel salu¬ aquí —Sí, esta noche haré comprender á la pobrecita de lujo en la época de la presidencia y testigos de
todo.
dando sucesivamente á su
prima y á don Luis;— lo que se le espera con un marido tan insoportable. intrigas amorosas y de pendencias domésticas en
—¡Bah! ¿y don Luis? tiempos del gobernador Dorrero, destruidos y saquea¬
están Vds. inspirados, me han convencido
Vds., es —Me lo llevo —¡He! tomarás tu revancha. Luis, ¿quieres hacer¬
una locura que mi querida prima conmigo. me el favor de despedirte de Hermosa? dos por orden del Restaurador de las leyes, habían
vaya al baile. Que —¿Tú?
no vaya pues; pero hará bien en —Es irresistible, señora,—dijo don Luis levantán¬ sido barridos, tapizados con las colgaduras de san
comenzar por que¬ —Yo.
mar sus cortinas azules dose y besando la mano que le tendió la joven. Francisco y amueblados con las sillas prestadas por
que podrían ofender los de¬ —¿Ahora?
licados ojos de la Mas-horca, cuando dentro de al¬ —És una de las condiciones de todos los de mi fa¬ los buenos federales, para el baile que daba al señor
—Ahora. ¿No hemos convenido que
gunos dias tendrá el honor de recibir
isita. su v rías por hoy?
me lo presta¬ milia: somos irresistibles,—dijo sonriendo don Mi¬ gobernador y á su hija su guardia de infantería; bai¬
—¡Esa canalla en mi casa!—exclamó con los ojos guel, dirigiéndose hácia la ventana y mirando por le al cual podia asistir S. E., quien aquel dia hon¬
no
—¡Pero salir de dia! tú me has hablado de llevarlo ella al exterior, mientras las manos de los dos jóve¬ raba con su presencia la mesa del caballero Walter
chispeantes de orgullo é irguiendo con altivez la ca¬ á tucasa esta
beza;—mis criados harán con ellos lo que hacen con noche, por algunas horas. nes parecían querer despedirse un dia entero. Springh, que celebraba el 'cumpleaños de su so¬
—Cierto es; pero yo no podría volver berana.
los perros, los arrojarán á la calle.
de mañana.
aquí antes Ni él ni ella pronunciaron palabra alguna: sus
—De bueno en mejor ojos se lo dijeron todo. Cuando don Miguel se volvió, Como la salud de S. E. hubiera podido resentirse
¡magnífico!—repuso Miguel —¿Entonces?
don Luis se dirigía hácia la puerta y doña Hermosa si hubiese pasado de un banquete á un baile, se ha¬
frotándose las manos y apoyando su cabeza
en el —Luis 110 saldrá sino
respaldo del sofá.—¿Cómo van las
conmigo. tenia tija la mirada en la rosa blanca. bía convenido que su hija le representaría en esta
heridas, Luis?— —¿De dia? fiesta.
prosiguió con calma glacial. —Mi querida Hermosa,—dijo don Miguel cuando
—De dia, ahora mismo. Las brillantes iluminaciones de la plaza de la Vic¬
Un calofrió nervioso recorrió á estas
palabras el —Pero le verán.
estuvo solo con su prima,—nadie en el mundo velará
cuerpo de doña Hermosa. por Luis más que yo; yo que velo por todos, mien¬ toria, las luces que iluminaban todas las ventanas de
—No, Hermosa, no le verán, mi coche aguarda á la fortaleza y se proyectaban hasta la plaza del "25
Don Luis no contestó.
la puerta.
tras la Providencia vela por mí. Tampoconadie más
Los dos habían de mayo, unido á la lotería pública, á los caballos
elcomprendido pensamiento del que yo desea tu dicha; lo adivino todo y lo apruebo
joven. —¡Ah! no lo he oido llegar. todo: déjame hacer. ¿Estás contenta? de madera, y sobre todo la proximidad del aniversa¬
—Lo sé, y no te extrañe que
—Iré al baile, lo adivine; pero soy —Sí,—contestó la joven con los ojos anegados en rio de la proclamación de la independencia, que no
Miguel,—dijo la joven enjugándose muy buen fisonomista,
una
lágrima. salón...
y cuando he entrado en el llanto. deja nunca de ejercer mágico influjo en el ánimo del
—Pero es terrible que yo sea la causa de
esto,—
—Luis te quiere, y esto me satisface. pueblo argentino, atraían como irresistible imán las
—Señora, hágame V. el obsequio de ordenar á su oleadas de este pueblo que tan fácilmente pasa del
dijo Luis levantándose paseándose precipitadamen¬
y —¿Lo crees así?
te, sin parar mientes en el dolor que tan bruscos primo que se calle, para que no nos diga alguna ton¬
—¿Lo dudas acaso? llanto á la risa, de lo serio á lo pueril; puebío en fin
movimientos le causaban. tería,—exclamó don Luis cortando la palabra á su —Dudo de mí. cuya historia será digna de ser contada, si es dado á
—Por el amor de amigo y dirigiendo una sonrisa de inteligencia á la —¿No te hace dichosa este amor? un escritor de talento poder escribirla.
Dios,—dijo don Miguel obligando joven.
á amigo á volverse á sentar;—hay
su —Sí y nó. Los coches de los invitados podían á duras penas
que tratarte —Me
como un niño. ¿Me anima
por ventura otra cosa que
callo,—repuso Miguel;—pero nota, Hermosa, —Esto vale tanto como si no me dijeras nada. pasar por las calles vecinas á las plazas de la Victo¬
tu que nuestro querido Luis se imagina que yo iba á co¬ ria y del 25 de mayo.
seguridad? ¿no he hecho lo mismo con la señora meter la inconveniencia de —Digo sin embargo lo que siento.
Barrault, obligándola á asistir á ese baile con doña repetir lo que él te decia —¿Le amas y no le amas entonces? De repente apareció en la calle del Retiro un co¬
cuando he entrado, puesto che que se dirigía á la plaza de la Victoria, y cuyo
Aurora? Y dirigiéndose á su que trata de tontería la —No, le amo, Miguel, le amo.
prima, añadió:—¿poi¬ frase que me ha
qué, Hermosa? para aclarar un poco el porvenir de interrumpido. —¿Y pues? cochero hacia inauditos esfuerzos para abrirse paso
todos —¡Ola! es V. cáustico, caballero,—dijo doña Her¬ entre la apiñada multitud.
librarle
y de esas prevenciones, de esas mosa
—Soy feliz con su amor y sin embargo me hace
sospechas que hacen boy rugir la tempestad sobre acompañando sus palabras de una mímica poco temblar. —Da la vuelta á la calle de la Federación y toma
agradable á don Miguel, es decir, arrancándole, sin luego por la de los Representantes,—dijo al cochero
nuestras cabezas; la muerte extiende hácia
nosotros
—¡Supersticiosa!
que don Luis se apercibiese de ello, algunos cabe¬
su descarnada mano; el acero y el hierro están le¬ —Quizás, pero la desgracia me ha enseñado á uno de los que iban dentro.
llos, y esto de un modo tan brusco, que el joven ex¬
vantados y es preciso salvarnos. Es al
precio de esos haló un grito de dolor.
serlo. Algunos minutos después el coche se detenia en el
miserables sacrilicios que yo les —Por el camino del infortunio se llega á la dicha, sitio donde se cruzan las calles de la Universidad y
protejo y me prote¬ —¿Qué hay?—preguntó doña Hermosa con la cara
jo, á mi que hoy tengo necesidad de la amiga mia. de Cochabamba.
confianza y más séria del mundo.
puedo decir de la estima de esas —Bien. Vé, Luis te aguarda. Cuatro hombres descendieron Je él, uno de los
gentes, para más —Nada, nada, estaba pensando que esta noche tú
tarde, dentro de un dia, de un momento á —Hasta luego,—dijo don Miguel estrechando cari¬ cuales dió orden al cochero para que se hallase en el
otro, ar¬ y Aurora sereis las mujeres más bellas del baile. mismo sitio á las diez y media.
rancar la máscara de mi rostro
y...
ñosamente las manos de su prima.
—Gracias á Dios que por fin te
Al llegar aquí don Miguel oigo decir algo ra¬ Un instante después, los dos amigos subieron á un Los cuatro desconocidos se embozaron en sus ca¬
se interrumpió brus¬
zonable,—exclamó don Luis.
camente, y con el dominio que sobre.si mismo coche; en el instante en que los caballos partían á es¬ pas y se dirigieron de dos en dos hácia rio el por la
ejer¬ —Gracias; pero es hora de que pidas tu sombrero calle de Cochabamba, oscura y solitaria en aquel
cía, devolvió á sus facciones tan graves un momento cape, abrióse una celosía del salón y dos miradas
antes su indolente y me sigas. último adiós. entonces.
sonrisa, á fin de no acabar de des¬ cambiaron un
cubrir á su prima —¿Ya? todavía es temprano,—dijo don Luis. En el momento de entrar en la última calle, que de¬
los misterios de su vida política. —Al
—¿Quedamos convenidos, no es eso?—añadió. contrario, es tarde. bía conducirles á una casa aislada situada en las
—Como dispongas.
—Sí,—contestó doña Hermosa,—á media noche en CAPÍTULO XIX. barranca, se encontraron de súbito cara á cara con
casa de la señora Barrault,—esas —Miguel ¿quieres hacerme el favor de ver tempra¬ tres hombres tan cuidadosamente embozados como
nuevas amigas no á Aurora?—dijo doña Hermosa.
tú me has dado que El. VEINTE Y CUATRO. ellos y que venían del lado de la calle de Valcarce.
y cerca de las cuales parece que te
—¿Por qué prima? Los dos grupos se detuvieron y se examinaron con
complaces en hacerme ya importuna.
—Para recibir tu audiencia de
—¡Bah! La señora Barrault es una santa
despedida. El sol de M de mayo de 1810, víspera del aniver¬ inquietud durante algunos instantes.
Aurora está encantada de
mujer, y —¿Despedirme Aurora? —Es preciso salir de esta situación; en todo caso
ti, desde sario de la independencia, acababa de trasponer el
que sabe que no —Sí, despedirte.
eres su rival. horizonte. somos cuatro contra tres,—dijo á sus compañeros
—Y Agustina, ¿qué interés —¿Ha hablado doña María Josefa con ella? El cielo estaba cubierto con un manto de estrellas. uno de los que habían bajado del coche; y avanzando
puede tener en recibir¬ —No.
me? ¿es también por celos? Del palacio de los antiguos vireyes españoles se algunos pasos hácia los tres que habian encontrado,
—¿Entonces?
—También.
—Seré yo quien le hablaré.
escapaba una luz deslumbradora que sorprendía con prosiguió:
—¿De tí? razón al pueblo de Buenos-Aires, acostumbrado de —¿Puedo saber, señores, si somos nosotros la cau¬
—¿Para decirla que me despida? desde muchos años á ver continuamente oscura y sa de que hayan Vds. interrumpido su paseo?
68 LA MAS-HORCA. 69
LA MAS-HORCA.
Una triple carcajada fué la única Jujuy, han sacudido el yugo del tirano y se han le¬ —Van Vds. á saberlo, señores,—continuó don Mi¬
respuesta que por los asesinos del tirano, nuestra muerte seria se¬ vantado en armas contra él. Aldao no tiene fuerzas
recibió ásu interpelación. guel,—pero silencio, todavía no es hora de proferir
gura; pero he tomado las precauciones necesarias ahogar la revolución,
y Córdoba se rendirá á la
—El diablo cargue con Vds.,—exclamó con acento 110 deben Vds.
y para gritos por las calles de Buenos-Aires. He dicho la
jovial el que habia hecho la pregunta,—nos han da¬ abrigar temor alguno. Esta casada en primera amenaza. Rosas habia cifrado su esperanza verdad: el general La Madrid, enviado por Rosas á
la barranca del rio; á cincuenta en La Madrid, y La Madrid le ha abandonado.
do Vds. un miedo atroz. pasos apenas se des¬ apoderarse del arsenal de Tucuman, se ha dejado
liza el Plata y balanceándose blandemente
Una vez reconocidos, se reunieron sobre sus —¡Cómo!—profirieron á una y con viveza los asis¬ seducir por la revolución; el 7 de abril, colocóse al
y continuaron hay varias balleneras prontas á recibirnos. Sor¬
aguas tentes levantándose
hácia el rio. como movidos por un resorte. pecho la cinta blanca y azul de la libertad y pisoteó
prendidos, nos escapamos por una ventana interior Sólo don Luis permaneció inmóvil, sumergido en la ignominiosa divisa de la federación de Rosas.
Pronto llegaron delante de una casa en la
que el que da en la barranca, y aun cuando fuésemos ata¬
lector ha visto anteriormente á don sus reflexiones. —¡Bravo!¡bravo!
Miguel y su an¬ cados, supongo que veinte y tres hombres bien ar¬
tiguo profesor. mados lograrán llegar sin dificultad al borde del rio.
En vez de llamar, uno de los desconocidos acercó Una vez embarcados,
su boca al
los que querrán volver á la
agujero de la cerradura y profirió en voz ciudad podrán fácilmente y sin ser molestados ha¬
baja estas palabras: Veinte y cuatro. cerlo; los que al contrario prefieran emigrar,
Abrióse la puerta silenciosamente
y se cerró detrás rán en alguuas horas á las costas orientales.
llega¬
de los siete personajes. Algunos minutos Mi fiel
después lle¬ Tonillo está ála puerta de la
calle, el lacayo de Luis,
garon otros, luego otros todavía, ya de dos en dos,
cuya fidelidad lodos conocemos, guarda la ventana,
de tres en tres ó de cuatro en
cuatro, y todos fueron y por fin en el terrado se encuentra emboscado un
introducidos tan pronto hubieron dado la
consigna: hombre quien tengo la más completa confianza y
en
viente y cuatro.
cuya naturaleza cobarde es la
mejor garantía; es un
Penetremos á nuestra vez en
aquella casa, que no antiguo profesor de la mayor parte de los que aquí
era otra
que la de doña Marcelina. nos hallamos
El salón de la digna reunidos; ignora la presencia de Vds.
mujer habia sido trasformado en esta casa, pero sabe que
yo me encuentro en ella
en una especie de campamento militar: su cama y y esto le basta. ¿Están Vds. satisfechos?
las más modestas de sus sobrinas habían sido lleva¬
—El exordio ha sido
das y alineadas cerca de la
un poco largo,
pero en fin ha
pared; todas las sillas de terminado, y después de haberlo oblo,
no hay uno de
la casa y tres cofres habían sido colocados en semi¬
nosotros que no se crea tan
círculo delante de una mesa sobre la seguro aquí como se en¬
que habia dos contraría en Paris,—contestó un
joven de rostro ale¬
velas, y al lado de la cual habia un sillón, destinado gre, quien, mientras don Miguel habia hablado, se
sin duda al presidente de
aquella reunión impro¬ habia entretenido en jugar indolentemente con
un
visada.
cordon de cabellos que llevaba al cuello.
Muchos hombres, sentados más ó ménos cómoda¬ —Conozco el terreno que piso, mi
mente en las camas, en las sillas ó en los querido amigo,
cofres, —repuso don Miguel;—sé que ninguno de Vds. está
aguardaban silenciosos, á la luz incierta de las es¬ tranquilo, y sé, además, que nadie más que yo es res¬
trellas, que penetraba en la sala á través de los vi¬ ponsable de lo que pueda acontecer. Pasemos ahora
drios no muy limpios de la ventana. al asunto que
Si por casualidad se cambiaban
motiva nuestra reunión. Hé aquí, se¬
algunas palabras, ñores,—prosiguió el joven presidente tomando un
eran proferidas en voz pa¬
apenas perceptible, y de cuan¬ pel desu cartera colocada
do cuando uno de los individuos
en
cerca deél, el primer docu¬
presentes se mento de que deseo ocuparme: es la lista de las
acercaba á la ventana y dirigía una mirada escudri¬ per¬
sonasque durante el mes de abril y la primera quin¬
ñadora á la desierta y oscura calle. cena de mayo han
El logrado refugiarse en la república
reloj del Cabildo llevó hasta aquella misteriosa oriental; son en número deciento sesenta, jóvenes
reunión la vibración metálica de su
campana. todos, patriotas y entusiastas; puedo además asegu¬
—Las nueve y media, señores, nadie
puede equi¬ rar á Vds. que
vocarse de una hora cuando es
después de los asesinatos del 4 de ma¬
aguardado á una cita yo, más de trescientos amigos nuestros se han puesto
grave,—dijo la bien conocida del lector de don
voz de acuerdo con las gentes que se
encargan del tras¬
Miguel;—los que no han venido no vendrán ya: va¬ porte á la banda oriental para emigrar lo más pronto
mos áabrir la sesión.
posible; resulta pües que, por todo el mes de julio,
Cerráronse inmediatamente los
postigos de las ven¬ habrán salido de Buenos-Aires cuatro ó
quinientos
tanas, y la luz penetró en el salón por la puerta abier¬ patriotas, sin contar las dos terceras partes más que
ta de una pieza adyacente. abandonaron nuestro desgraciado
Don pais en 1838 y
Miguel tomó sitio
á la mesa, teniendo á don 1839. Ahora, escuchen Vds. cuál es la situación del
Luis á su derecha.
Los demás puestos fueron al
ejército libertadory la de las provincias del interior,
punto ocupados por á fin de hacerse cabal cargo La rosa blanca se escapó de las manos de la joven.
veinte y un hombres de los cuales el de más edad de los hechos preceden¬
tes. Después de la acción de don Cristóbal en la que
tendría apenas veinte y seis años
y cuyas facciones se ganó la batalla y se perdió la victoria, el ejército
y trajes dejaban adivinar que pertenecían á la más libertador se encuentra en el
elevada clase de la sociedad argentina. Arroyo Grande blo¬
queando á las tropas de Echagiie, acorralado en las
—Amigos míos,— dijo don Miguel saludando —¡Silencio, señores! ¡silencio! Hé aquí el docu¬ de los coraceros de la guardia, el coronel don Ma¬
ciosamente á la asamblea,—esta noche debíamos ha¬
gra¬ Piedras, á pocas leguas de la Bajada. Todas las pro¬
mento. escuchen Vds. su lectura. riano Acha.
llarnos reunidos aqui treinta
babilidades, en caso de nuevo choque, son para La-
y cuatro, y sin em¬ La lectura de este documento produjo general
valle; si sale vencedor, el paso del Paraná será la
bargo no somos más que veinte y tres; pero sea cuál consecuencia inmediata de la victoria, ¡LlBERTAn Ó MUERTE! alegría;no hubo gritos ni se profirieron vivas, pero
fuere la causa de la y la campaña hablaron los semblantes. Don Miguel paseaba su
ausencia de nuestros compañe¬ se abrirá entonces contra
ros, ninguno de nosotros les hará la
Buenos-Aires; si es derro¬ Orden general del 9 de abril de 1840. mirada de águila por aquella reunión de jóvenes
injuria de su¬ tado, vendrá á reorganizarse al norte de nuestra
ponerles traidores ni alimentará el más leve temor provincia, puesto que dispone de todas las embarca¬
«Por orden del Excmo. gobierno, ha sido nombra¬ entusiastas; frió é impasible estudiaba á lodos aque¬
por la seguridad de nuestro secreto: respondo de los ciones del bloqueo. Ven Vds. pues do general en jefe de las tropas de línea y de las llos hombres.
ausentes como de los que, en uno como
presentes. Añadiré ahora, para en otro caso, la milicias de la provincia, el señor coronel mayor ge¬ —Ya lo ven Vds., señores,—prosiguió con voz
provincia de Buenos-Aires espera á
inspirarles á Vds. completa confianza en la casa en Lavalle. En provincias, latinease ha extendido como neral don Gregorio Araoz de La Madrid; jefe de es¬ tranquila,—por todas partes la revolución se levan¬
que nos encontramos, que si fuésemos sorprendidos incendio: tado mayor, el coronel don Lorenzo Lugones, y jefe ta gigantesca; pero esta revolución necesita una ca-
un Tucuman, Salta, la Rioja, Catamarca y
70 LA MAS HORCA. LA MAS -HORCA. 71
beza para hacerla poderosa y esta cabeza es Buenos- cientos fuésemos cuatro mil los enemigos del tirano —la asociación hoy defendernos de la Mas-hor¬
para —¿Pero y Rosas?—preguntó don Miguel.
Aires; todos los esfuerzos deben tender á este fin. presentes en la ciudad; ¿saben Vds. lo que represen¬ ca, para aguardar la revolución y derrocar á Rosas. —Rosas la expresión brutal de nuestro estado
es
¿No es cierto, señores, que todos debemos trabajar ta esta cifra en Buenos-Aires? un hombre solo. Un —La asociación mañana,—dijo don Miguel levan¬ social, y este mismo estado le sostiene entre nosotros.
á fin de asegurar el triunfo de esta revolución? partido 110 es poderoso por el número de sus secua¬ tando por primera vez la voz y sacudiendo su ca¬ —Sin embargo, si lográsemos matarle.
—¡Si! ¡sil—gritaron todos los asistentes. ces, sino por la asociación. Un millón de hombres beza correcta é inteligente,—la asociación mañana
—Poco á poco, señores, seamos lógicos antes que tomados individualmente, no valen lo que dos ó tres —¿Quién?—preguntó sonriendo el interlocutor del
para organizar la sociedad do nuestra patria; la aso¬ joven.
entusiastas. Vds. dicen sí, pero primero, cuenten asociados por las ideas, por el brazo y por la volun¬
ciación mañana para ser fuertes, poderosos, conquis¬ —No importa qué hombre de corazón.
Vds. los patriotas que han huido de Buenos-Aires y tad. Estudien Vds. del modo que quieran el meca¬ tar las virtudes que nos faltan
nismo de la dictadura de Rosas, y reconocerán Vds.
y ser europeos en —No, don Miguel, no: para ser tiranicida se ne¬
los que tienen el intento de hacerlo, y díganme Vds. América. cesita una de dos cosas, ó una gran venalidad de
si el número de hombres expatriados hoy no seria que la
causa de su fuerza está en el individualismo —Sí, sí, nos asociaremos,—prorumpieron á una y alma para vender su puñal, y tales hombres no se
suficiente para ayudar aquí á la revolución que nos de los ciudadanos. Rosas no es el dictador de un
con indecible entusiasmo los jóvenes. encuentran en nuestro partido, ó un gran fanatismo
traen de provincias las armas del general Lavalle ó pueblo; esta verdad es demasiado vulgar para que —[Ahí—exclamó don Luis con desaliento,—esta
las de la coalición de Cuyo. La emigración abando¬ hombres
republicano, y este no existe en nuestro siglo.
detengamos en ella. Ro¬
como nosotros nos
asociación, por la que hago votos, somos incapaces —¿Qué hacer? repito, ¿qué hacer?
na al poder de los traidores, de las mujeres y de los sas tiraniza á cada familia en su
hogar, á cada indi¬ de llevarla á cabo; somos niños y no hombres, tene¬
—Trabajar, trabajar siempre,
viduo en su vivienda, y para llevar á cabo este pro¬ un solo hombre, por
mas-horqueros la ciudad de Buenos-Aires, es decir, mos entusiasmo, pero nos falta fé. débil que sea, conquistado á la libertad y á la civi¬
señores, el punto central de donde parten los rayos digio, 110 necesita más que una ó dos docenas de —Silencio, amigo mió, en nombre del cielo,—dijo lización es un triunfo. ¿No es así, Belgrano?
del poder de Bosas. ¿Acaso tres ó cuatrocientos hom¬ asesinos; ¿por qué? porque 110 hay unión entre el don Miguel al oido de don Luis;—y dirigiéndose á —Sí, señor.
bres más en las filas del general Lavalle pueden pueblo, porque todos navegan á su antojo y no pien¬ los allí reunidos, prosiguió con voz enérgica:
san más que en sí mismos. Hé aquí porqué prefiero
—Vámonos, amigos mios, hemos hecho ya bastante
asegurar su triunfo? Si así fuese, tres ó cuatro¬ —Sí, amigos mios, nos asociaremos; separémonos
cientos hombres bastarían entonces para sublevar caer en el campo
estanoche; Dios dará á Vds. el premio que merecen
de batalla á ser asesinado en mi ca¬ bajo la influencia de este pensamiento regenerador. sus
generosos sentimientos.
la ciudad y colgar de los faroles de las calles á Bosas sa esperando una revolución que los hijos de Bue¬
Yo me encargo de redactar los estatutos de nuestra
nos-Aires son incapaces, á pesar de su número, de
—Vamos,señor,—contestaron los dos jóvenesaban-
y su Mas-horca, el dia que les sorprenderá de im¬ sociedad; serán sencillos, entrañarán la expresión de donando el salón en compañía del personage que pa¬
proviso la noticia de la aproximación de los ejércitos llevar á cabo jamás, porque en realidad son extra¬
lanecesidad, la obligación de reunimos en ménos de recíaejercer sobre ellos, mucho tiempo hacia, una
libertadores. No podemos hacer que vuelvan los que ños unos á otros y ningún lazo les une entre sí. Sin
cuarto de hora cuando brille por
nos han abandonado, pero sí podemos, si queremos,
un
fin el dia de la grande influencia moral.
embargo mi amigo ha dicho la verdad, el único ene¬ venganza. Nos encontramos á 24 de mayo, separé¬ Ofreció este su brazo á Luis, quien andaba con
contener esta emigración tan perniciosa á la libertad. migo que debemos combatir es Rosas; muerto él, monos antes de que el sol del 23 sorprenda á tantos mucha dificultad.
Cierto que es peligroso quedarse en Buenos-Aires, queda derrocada la tiranía. Díganme Vds. si nos es argentinos reunidos sin ser libres. El 13 de junio, á Tonillo, sentado á la puerta de la calle, vigilaba
¿pero dónde no es inminente y terrible el peligro en posible asociarnos, y seré el primero en abandonar la misma hora, nos reuniremos de nuevo en esta casa. atentamente los alrededores.
este momento? Créanme Vds., amigos mios, yo estoy toda idea de emigración. Una palabra más: recomiendo á cada uno de Vds. —¿Ha llegado el coche?—le preguntó don Miguel.
más cerca de Bosas que ninguno de Vds.; en esta General silencio acogió este discurso.
que procure por todos los medios que estén á su al¬ —Hace media hora que está en la esquina de la
conjuración expongo más que mi vida, porque ex¬ Los concurrentes bajaron los ojos; sólo don Mi¬
cance impedir la emigración de sus amigos; pero si calle.
pongo mi honor á las sospechas de todos. Créanme guel tenia erguida la cabeza, y paseaba una interro¬ los hay que se obstinen en huir, adviértaseme, que yo El acababa de cantar las once.
sereno
Vds., repito, el mayor mal que puede causar á la gadora mirada por la asamblea. respondo de su salvación. Pero que no se pongan en A orden de su amo, Tonillo fué á buscar al
una
libertad la juventud patriótica de esta ciudad, es sa¬ —Señores,—dijo por fin,—mi querido amigo Bel- relación conmigo más que en este caso; fuera de es¬ lacayo dedou Luis que vigilaba detrás de la casa.
lir de ella. grano les ha hablado por mí revelando á Vds. el to, huyan Vds. de mí, blasfemen de mi conducta de¬ Don Luis, el desconocido y el criado se dirigieron
—Soy de esta opinión,—dijo uno de los presentes, individualismo que desgraciadamente ha caracteri¬ lante de los indiferentes, pronuncien mi nombre con al sitio donde aguardaba el carruaje.
—y moriré bajo el puñal de la Mas-horca antes que zado siempre á los argentinos; recomendar á Vds. la
cólera; momento vendrá en que le devolveré todo el Cuando don Miguel quedó solo en el patio, dió un
abandonar la ciudad. Rosas está en Buenos-Aires, á asociación era para mí uno de los principales motivos
lustre que hoy le falta. ¿Están Vds. satisfechos? ¿tie¬
él es á quien debemos combatir cuando uno de nues¬ de la reunión de hoy: debemos permanecer en Buenos- ligero silbido.
nen Vds.
completa confianza en mí? —Aquí estoy, ¿puedo descender de esta altura fria,
tros ejércitos pisará el suelo de esta provincia. Muer¬ Aires, pero no aislados, porque todo nuestro valor Por toda contestación levantáronse unánimes aque¬ oscura y terrible, mi querido y eslimado Miguel?
to Rosas,no tendremos más enemigos. seria inútil. Recuerden Vds. que en estos momentos
llos jóvenes y precipitándose hácia don Miguel le —Sí, baje V., mi querido y estimado maestro,—
—¿Son Vds. del mismo parecer?—preguntó don estamos encima de un volcan en fermentación, ru¬
estrecharon entre sus brazos. contestó el joven imitando la voz y el acento de nues¬
Miguel. giente, y cuya explosión es cercana. Los crímenes Abriéronse las puertas, y cinco minutos después tro amigo don Cándido Rodríguez.
—¡Sil ¡sí! debemos permanecer en la ciudad,—con¬ ya cometidos110 son el íin, sino por el contrario el don Miguel y don Luis se encontraron solos. —Miguel, tú me echas á perder la salud y el alma.
testaron con entusiasmo los jóvenes. principio de una era de terror. Los puñales se agu¬ Cuando estos entraron de nuevo en la sala donde —Partamos, señor, nos aguardan en el coche.
Cuando se hubo restablecido el silencio, don Luis zan, los brazos levantan, las víctimas están ya
se
había tenido lugar la reunión, encontraron al lado joven arrastró á don Cándido fuera de la casa
El
tomó la palabra. designadas. No es una venganza, sino un sistema or¬ de la mesa, de pié, cubierta la cabeza y la capa so¬ de doña Marcelina, de la que Tonillo cerró la puerta
—Señores,—dijo,—no hay en las que ha pronun¬ ganizado; nuestros enemigos están atacados de un bre el brazo, á un personaje que, desde un departa¬ y se metió la llave en el bolsillo.
ciado el señor del Campo una sola palabra que no delirium de sangre; la hora de la carnicería no se
mento contiguo, habia asistido invisible á la asam¬ Don Miguel y don Cándido subieron al carruaje,
esté en perfecta armonía con mis opiniones; sin em¬ hará esperar; si vivimos aislados, nuestra salvación
blea y oido todo lo que se habia dicho. y cuando el lacayo y Tonillo se hubieron colocado en
bargo he sido del número de los que han intentado es imposible. Asociados, organizados, no tan sólo
—¿Y bien, señor? ¿está V. satisfecho? la zaga, el vehículo penetró en la oscura calle de
emigrar, y todavía ignoro, si de un momento á otro, lo nos salvaremos, sí
que también seremos vencedores. —No. Cochabamba. Un cuarto de hora después, se detuvo
intentaré de nuevo. Revelo á Vds. una contradicción Yo que al precio de mi nombre y de mi tranquilidad
Don Luis sonrió y se puso á pasear por la estancia. en la del Restaurador, detrás de san Juan, donde
entre mis opinionesmi conducta, de la que debo á
y compro los secretos de mis enemigos; yo que, con el
Vds. una explicación, y voy á dársela. Cierto que corazón encendido
—¿Pero cuál es la opinión de V., señor?—pregun¬ se apeó el personaje de que hemos hablado; luego
por la cólera, estrecho entre las tó don arrancó otra vez y se detuvo delante de la casa de
debemos permanecer en la ciudad; cierto que en mias las manos de los asesinos, les impulsaré al cri¬ Miguel al nuevo personaje.
—Mi opinión es que todos han salido conmovidos don Miguel, donde bajaron todos. Eran las once y
vez de ensancharlo, debemos estrechar más y más el men, les excitaré á la muerte; porque el dia en que
un hombre de corazón hundirá su puñal en el pecho
por la santa virtud del entusiasmo patriótico; que to¬ media.
círculo de hierro en que hemos encerrado á Rosas, á
de uno de los asesinos, aquel será el último del tirano; dos, en este instante, serian capaces del mayor y más
fin de ahogarle en él el dia que sonará la hora de la
heroico sacrificio; pero que, antes del 15 de junio, la
libertad argentina. Ninguna teoría seria más lógica porque los pueblos oprimidos no tienen necesidad mitad de ellos habrá huido de Buenos-Aires y la otra CAPÍTULO XX.
ni más conveniente en otro pueblo que el nuestro en más que de un hombre, de un grito, de un segundo
mitad habrá olvidado la asociación.
semejantes condiciones. Pero nosotros somos una ex¬ para pasar súbitamente de la esclavitud á la liber¬
—Pues entonces ¿qué hacer? señor, ¿qué hacer?— UN BAILE FEDERAL.
cepción muy marcada entre los pueblos, y voy á de¬ tad, del abatimiento á la acción.
exclamó el joven dando 1111 puñetazo sobre la mesa
mostrarlo: el señor del Campo ha dicho á Vds. que El rostro de don Miguel parecía transfigurado, sus
y olvidando por un momento el respeto que parecía A las nueve de la noche comenzaron á afluir los
para levantar la ciudad contra Rosas bastarían tres ojos despedían rayos. Todos los asistentes tenían las
ó cuatro cientos hombres
tener por aquel personaje cuyo hermoso y \aronil convidados al palacio del gobernador. A las once, los
admito, que este número miradas fijas en él; únicamente don Luis permanecía
semblante respiraba una inteligencia superior. salones estaban atestados y terminaba el primer ri¬
sea suficiente; más todavía admito, que todos los triste y pensativo.
—¿Que hacer? Insistir, insistir siempre y adelan¬ godón.
emigrados hayan vuelto y que en lugar de cuatro- —Sí, la asociación,—exclamó uno de los jóvenes, El gran
tar una obra á la que darán Iin nuestros nietos. salón ofrecía 1111 espectáculo agradable; los
LA MAS-HORCA 73
72 LA MAS-HOUCA.
Don Miguel permaneció de pié entre daría V. esta
bordados de oro de los uniformes y los diamantes de A la media noche en punto apareció don Miguel á su prometida rosa que lleva V. prendida en el cabello
las damas brillaban ála luz de centenares de bujías, la puerta del salón, y después de cambiar desde léjos
y su prima. ó el demonio se lo llevaria.
Doña Manuela presentó las dos damas á doña Agus¬
mal colocadas, es verdad, pero una mirada con doña Aurora —¡Oh! entonces nada hay que temer, señora; va¬
que en suma espar¬ que se paseaba del brazo tina,y después que las recien llegadas se hubieron
cían claridad deslumbradora.
una de uno de sus amigos, don Miguel adelantó resuella- yamos á la mesa,—contestó doña Hermosa cogiendo
sentado, entablóse animada de nuevo el brazo de su acompañante.
Entre los invitados, que se hablan dividido en dos mente hácia su prima, á quién ofreció el brazo des¬ y amistosa conversación.
Jóvenes y bellas las cuatro, debían simpatizar ó —Poco á poco, señora,—dijo la de Negrete,—V. ig¬
campos, reinaba una especie de repulsión indefinible: pués de saludar fríamente á la señora con quien esta
los federales, gente novata, salida de la hez del pue¬
aborrecerse desde el primer instante; la simpatía nora qué hombre es Mariño.
hablaba, y se alejó con rapidez. triunfó. —No puede ser más que un loco,—repuso doña
blo en su mayor parte y llegados, gracias á Rosas, á —¿Sabes quién es esa señora con quien hablabas?
las altas posiciones que ocupaban, poco acostumbra¬
Iba don Miguel á tomar parte en la conversación Hermosa haciendo un imperceptible movimiento de
—Sí. Es la unitaria más intratable, la por teña más
con el fin de hacerla más
animada, cuando una pa¬ hombros y saludando á la señora Negrete con gra¬
dos, ó para hablar con más propiedad, ignorando allanera que jamás ha existido. ¿Hace mucho tiempo
reja, compuesta de un caballero gordo, pequeño, y ciosa sonrisa.
por compl