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La pepita de sandía Verónica Quiñones

La pepita de sandia
Cuento infantil

Autora
Veronica Quiñones

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La pepita de sandía Verónica Quiñones

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La pepita de sandía Verónica Quiñones

En el pueblito de Huelquén vivía


un campesino viejito. Su campo era
muy conocido por las grandes
sandías que producían sus tierras,
las cuales eran llevadas a distintos
lugares para ser comercializadas
por los vendedores.
¿Te gusta comer sandía? Este fruto
tan jugoso retiene entre sus
paredes y su carne deliciosa,
muchas pepitas.
Esta es la historia de una pepita de
sandía.
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La pepita de sandía Verónica Quiñones

Un día, un grupo de sandías esperaban ser


vendidas en el puesto de una feria. Cada vez
que un comprador se acercaba, tomaba una
sandía entre sus manos y le daba
palmaditas, para ver cuál sonaba mejor y
poder decidir qué sandía comprar.
Las sandías estaban acostumbradas a este
zangoloteo, al igual que sus pepas, pero
existía una pepita rezongona que ya estaba
aburrida de que la sacudieran tanto: cada
vez que alguien palmoteaba a la sandía, la
pequeña pepita se
despertaba. Esto la
tenía muy furiosa y por
eso a veces exclamaba:
—¡No hallo la hora de
salir de aquí!

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La pepita de sandía Verónica Quiñones

La pepita también protestaba


cuando transportaban a la sandía
al término de la jornada, cuando
el gallo cantaba por la mañana, y
así, cada vez que algo interrumpía
su sueño.Hasta que un día, ¡por fin!,
alguien se llevó la sandía. Al llegar
esa tarde a la casa de las personas
que la habían comprado, hacía
mucho calor, por lo que el lamento
de la pepita retumbaba en el interior
de la sandía, que se había calentado
mucho. —¡Oh, qué calor!, el jugo de
esta sandía está a punto de hervir —
rezongaba.
—Tú sabes que no sucederá así, pepita
—le decían sus amigas—, ten paciencia.
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En ese momento escucharon voces


humanas. El hombre le pidió a su mujer
que partiera la sandía y la pusiera en el
refrigerador.
—¿Qué será eso? —se preguntó la
pepita. Un inmenso cuchillo atravesó la
sandía y la pepita sintió que el filo de la
hoja se deslizaba muy cerca de su
pequeño cuerpo.
—¡Ay! —exclamó—, aunque estoy lejos
del centro de la sandía casi me toca;
estuve a punto de que me cortaran, ¡uf!
Pronto, un intenso frío se apoderó de
ella, y le castañetearon los dientes. —
¡Sáquenme de aquí, me congelo! ¿Cuánto
más tendré que soportar este frío? ¿Lo
soportará mi paciencia?
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La pepita de sandía Verónica Quiñones

Alguien sacó la sandía del refrigerador y


la llevó a la mesa. La pepita ya no hizo
tantos comentarios, estaba aprendiendo
a escuchar más.
De pronto, la pepita fue arrancada
bruscamente de la sandía, dándose un
estrellón contra la cara de un niño.
—¡Ay! —gritaban las otras pepitas—,
estamos en medio de una guerra de
pepas iniciada por estos niños.
Algunas pepitas se divertían al ser
lanzadas por el aire de un extremo de la
mesa al otro. La pepita rezongona, en
cambio, no lo soportaba y en vano hacía
esfuerzos para salirse del juego.
—¡Déjennos en paz! —gritaba. En un
momento cayó al suelo.
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La pepita de sandía Verónica Quiñones
Una niña que no participaba en la guerrilla
la encontró tirada y, al verla un poco
retorcida, brillante y gordita, la imaginó
como un pequeño diamante y tuvo la
ocurrencia de convertirla en una
gargantilla.
La pepita suspiró pensando que al fin
tendría paz, pero un fuerte dolor se apode
de su pecho, rápido como una flecha:
la niña acababa de cruzarle una
aguja con hilo resistente. Dichosa
con su joya nueva, la chiquilla salió
a jugar con sus amiguitos.
Bastante agotada, la pepita se dejo
Balancear al ritmo del peso de
su cuerpo atravesado por aquel hilo.
¡tantos acontecimientos de su vida
eran increíbles!

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"Si hubiese aprendido a esperar, al igual que
las demás pepas, quizá habría tenido mejor
suerte", pensó.
El sueño empezaba a ganar a la pepita
cuando sintió un gran tirón, al tiempo que
escuchó una queja de la niña. Sin
proponérselo, un niño había alzado
bruscamente los brazos para tomar una
pelota, cortando el hilo que pendía de su
cuello.
—Oh! —exclamó la pepita, aunque con
menos enojo del que podía esperarse de
ella, y cayó sobre unos trozos de madera en
un lugar tranquilo y apacible.
Repentinamente, un pájaro de plumaje
jaspeado negro y blanco y con un moñito
rojo, se posó a su lado. La pepita lo observó
pensativa y creyó que era su fin:
"¡El pájaro me comerá!", gritó.

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Cuando volvió sus ojos hacia el pájaro, se


dio cuenta de que este la miraba como
queriendo preguntarle algo.
—Bueno —dijo la pepita—, estoy lista
para ser tu banquete. ¿Me vas a comer,
verdad?
Pero el ave le contestó:
—¿Qué dices? Yo no soy un pájaro
semillero, soy carpintero.
Al escuchar esto, la pepita sonrió con
mucha alegría.
—Nunca en mi vida había estado tan
tranquila esperando que me comieras, y
ahora me siento tan aliviada.
El corazón de la pepita era otro.

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—¿Puedo acompañarte un tiempo?
—preguntó la pepita al pájaro
carpintero.
—iClaro!, pero tendrás que
acompañarme a la parte más alta del
tronco de aquel árbol.
—Sí —afirmó la pepita—, tengo un lazo
que atraviesa mi cuerpo y de él podrás
colgarme en alguna rama.
—¿Y resistirás? —dijo el carpintero.
—iSí! —exclamó ella, y recordó con
agrado la breve temporada que había
vivido meciéndose en el cuello de la niña
que la había convertido en gargantilla.
—Qué paciencia tienes! —exclamó,
admirado, su nuevo compañero. A la
pepita se le iluminó el rostro mientras se
dejaba llevar en el aire por su amigo.
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En todo ese tiempo, la pepita convivió


con los ruidos que el pájaro carpintero
hacía al picotear el árbol, pero ahora ya
no se quejaba y el repiqueteo sobre el
tronco sonaba en sus oídos como gotas
de agua cayendo en un estanque,
envolviéndola en una nube de paz.
Un día, su amigo opinó que ella no
podía seguir en ese lugar para siempre,
porque la pepita pertenecía al mundo de
allá abajo; entonces, ésta, que había
aprendido a escuchar y aceptar los
consejos de los otros, estuvo gustosa de
bajar de nuevo y le pidió a su amigo que
la dejara en algún campo.

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El carpintero la tomó con cariño,


liberándola del hilo del que estaba
amarrada, y con nostalgia buscó un lugar
hermoso para ella: la depositó en el
huerto lleno de flores de una casa muy
pobre donde dos niñitos jugaban dentro
de un corral, intentando dar sus
primeros pasos.

Por primera vez la pepita miró con


ternura a sus futuros dueños, pues
presintió que la próxima oportunidad
que los viera, los pequeños ya estarían
caminando.

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Entonces, le pidió al carpintero que le


diera unos picotazos suaves y la dejara
enterrada, cubierta por la tierra húmeda
del lugar.
El carpintero, quien se había encariñado
su pequeña amiga y había conocido gran
parte de su vida mientras permaneció en
el árbol, sabía que en la pepita había
despertado la virtud de la paciencia, la
suficiente como para crecer y madurar al
ritmo del resto de los frutos que se
cultivan en el campo.
—¡Chao, pepita! —le dijo despidiéndose
con afecto—, tu paciencia alcanzará para
que algún,, día pueda verte convertida en
una hermosa sandía.
FIN
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