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Minotauro

La última vez que vi al flaco Martínez un bastón con ruedas le sostenía el pito, tenía una faja en las
pelotas y meaba por una sonda en la ingle. A pesar de su miserable estado no perdía aquella sonrisa
en la que resaltaban sus enormes dientes y humedecía de saliva la comisura de su boca. Estaré así
cuatro meses, ejen, ejen, y reía empujando el bastón y pasándose la mano por la barbilla. Flaco,
exclamé, jamás pensé que fuera para tanto y recordé, ahí mismo, en la calle donde nos habíamos
encontrado, aquella noche en casa del loco Renzo.
La fiesta fue anunciada con semanas de anticipación, pero yo, unos días antes, tenía los ánimos por
los suelos: le había caído a Brenda y reboté; luego le caí a Mili y lo mismo, bateado. Manuel me dijo
que era un bruto: Cómo se te ocurre caerle en una a la amiga. Quizá sí tenía razón, pero estaba
desmoralizado al saber que todos tenían levante, hasta el tímido de Alberto andaba escribiendo cartitas
de amor y Mili me estuvo haciendo ojitos antes de decidirme por Brenda. Ahí la cagaste, volvió
implacable Manuel. Así que estaba de ánimos caídos y, para que al menos algo se levante, me preparaba
a ver una película porno cuando oí unos toques contra la puerta. Como no hice caso, pronto reconocí
el silbido de Lalo. Saqué la cabeza por la ventana y, decapitados por las rejas del portón, el flaco
Martínez, Lalo y Manuel aguardaban de pie. Qué quieren, giles, les grité. Ya déjate de lloriqueos,
huevón, y vamos donde el loco Renzo, dijo Lalo. Calla oe, es solo que no tengo ganas, contesté. Si no
vas todos estarán hablando de ti, dijo Manuel, dirán que además de pobrecito eres un tremendo
huevonazo. Vamos, carajo, exclamó el flaco Martínez, acá tengo una chatita, y sacó de su bolsillo una
botella de ron. La etiqueta de platino brillaba como un revolver. Cállate, gilberto, quieres que nos oiga
su vieja, ya sabemos que es brava, advirtió Lalo. Ya mierdas, exclamé luego de soltar una risotada, ahí
bajo, espérenme. Apagué el televisor y escondí la película entre mis libros. En el baño me cambié de
camisa, me engominé los cabellos y salí bien perfumado. Qué guapos que están, putos, les dije al
saludarlos. También vestían camisas, pantalones negros y los tres olían a la misma colonia. Es la que
compra Lalo, dijo el flaco Martínez, las más baratas, ejen, ejen. De esas que usan las polillas de
Cailloma, agregó Manuel. Mal agradecidos de mierda, concha su madre, se quejó Lalo, la próxima vez
los dejó apestando a sobaco.
La casa del loco Renzo quedaba cerca. Solo había que cruzar Napo, seguir de frente por Aguaytía y
luego doblar a la derecha, pasando una zapatería, hasta llegar al parque Alto de Luna. El loco vivía en
una esquina, justo frente al parque. Una cuadra antes sentí la bulla de la fiesta y mi corazón dio un
brinco, pero el flaco Martínez, Manuel y Lalo siguieron sin detenerse. Al lado de la puerta había una
ventana redonda con rejas que dejaba ver el pequeño jardín, con flores y pasto, que separaba la entrada
del interior. Clavé los dedos en las palmas húmedas de mis manos y esperé ansioso cuando el flaco
Martínez tocó el timbre. Pero de pronto un gritó me estremeció: ¡Renzo, la puerta carajo! Era Lalo
que ya se mostraba impaciente. Manuel estalló en una carcajada, señalándome: Oe, lo has asustado a
este huevón. Tranquilo, fiera, continuó palmeándome la espalda, que Brenda no va a venir. Pero eso
mismo no podemos decir de Mili, parece que Rodrigo ya le cayó, recordó Lalo. Me importa un carajo,
exclamé en un arrebato y en eso la puerta se abrió.
El loco Renzo llevaba una camisa a cuadros celestes, con una chaquira artesanal al cuello. Se había
untado tanta loción en los cabellos que brillaban como un cerillo. Pensé que este no venía, dijo
sonriente al verme. Lo hemos traído a la fuerza, porque si no se quedaba llorando en su casa, dijo
Manuel. O jalándose la tripa, agregó Lalo. Ya, no jodan carajo, he venido por mi pata Renzo, ni siquiera
lo han saludado, salvajes. Feliz cumpleaños, loquillo, y le di un abrazo. Caramba, ese es mi brother,
aprendan de él, so mierdas, que ustedes no me han dicho ni un carajo. Es que a nosotros no nos gusta
la mariconada, ejen, ejen, dijo el flaco Martínez detrás de sus dientes. Ya cállate y mejor dame un beso,
volvió a decir el loco. Todos estallamos en carcajadas y luego el flaco sacó la chatita. Por tu cumple,
loco. Gracias, hermano, pasen que hay chelas como cancha. En serio, exclamó Lalo impresionado. En
serio, mi viejo se portó con doce joncas. Qué esperamos, entonces, dijo Manuel y entramos.
La mesa del comedor, lo mismo que las sillas, estaba contra la pared y sobre ella, en amplias bandejas
de vidrio, había empanadas de pollo, sánguches con jamón y rosquillas de mantequilla. Los sillones, a
mitad de camino entre la sala y el comedor, estaban ahora en el perímetro del aposento, de modo que
había espacio suficiente para ponerse a bailar. Sonaba una canción de Eddy Santiago, “Tú me quemas”,
y las luces, pese a que no había ningún efecto de discoteca, eran tenues. Luego me di cuenta de que a
la araña del comedor le faltaban varios focos. El loco Renzo nos presentó a los que habían llegado.
Además de unos primos suyos cerca de la mesa, estaba un grupo de chicas de su academia de inglés,
sentadas en los sillones. Estos son mis amigos del barrio, les dijo a las tres que acababan de levantarse
para saludarnos. Por favor, muchachos, agregó, no las vayan a asustar, son chicas decentes de sus
casas. Las tres rieron sonrojadas. Una, bajita y delgada, con una caballera que le llegaba hasta la cintura,
se llamaba Claudia. Otra, de braquets, espaldas anchas y ojos medio viscos, era Rocío. Y la última,
Fátima, la mejor de las tres, era alta, de ojos claros y tenía un timbre de voz delicado que inspiraba
ternura. Sin pensarlo dos veces, Lalo pidió sentarse en la silla que estaba a su lado. Escuché que le
decía Así que sabes inglés, entonces me podrás enseñar un poquito. Al toque nos madrugó este
pendejo, dijo el flaco Martínez. Déjalo al muchacho, agregó Manuel, déjalo, además, seguro que ya
vendrán las del barrio. Bueno, ya dijiste que Brenda no viene y que a Mili le cayó Rodrigo, recordó el
flaco. Sí, pero aún están las demás, Vane y Karen. El flaco Martínez hizo un gesto de que todo le
llegaba a las pelotas y en eso regresó el loco Renzo con la primera botella de la noche. Qué, tus viejos
no están, le pregunté. No, pasarán el fin de semana en Cieneguilla. De lujo, brother, la casa para ti
solo, dijo Manuel. Así es, incluso hasta Mateo se acaba de ir. Mateo era el hermano mayor de Renzo,
alguien a quien todos admirábamos. No había día que no fuera de gloria si es que uno, al saludarlo
diligentemente, había sido correspondido y aun más si para suerte tuya se acordaba de cómo te
llamabas. Nunca le faltaban cigarrillos, corría al parque a primera hora, tenía su propio carro deportivo
y, lo más importante, se había levantado a Gina, una flaca de su edad quien también vivía frente al
parque y que ahora trabajaba en la televisión de animadora. A veces, cuando íbamos los fines de
semana a la casa del loco Renzo, este nos pedía que no hiciéramos bulla, pues le podíamos arruinar el
plan: Mateo había metido a Gina a su cuarto con un par de botellas de vino. Eso recordaba cuando
descubrí a otro grupo de la fiesta en unas sillas. Pero pronto advertí que el loco Renzo no nos
presentaría, porque allí estaba la chica a la que quería caerle. Esa de lentes, me dijo Manuel al oído, un
día los vi caminando por la avenida Tingo María. Si lo hubieras visto no lo reconocías, continuó,
parece que lo trae loco al loco. De dónde será, pregunté. Es la amiga de uno de sus primos, para suerte
suya también vive en Breña, por la avenida Bolivia y la Venezuela.
Creo que lo último fue justo después que descubrimos a la gorda. De repente estaba en medio de la
sala, sola y dándose de tumbos con un vaso de cerveza en la mano. Cuando volvió a sonar una salsa
(“Lluvia”, también del flaco Eddie Santiago) comenzó a bambolearse lentamente, arrullada por la
música, sin dejar de canturrear la canción y de darle sorbos a su lúpulo. Su gordura era de aquellas que
no le hacían crecer el poto ni las tetas, de modo que parecía un camote. Vestía por entero de negro,
con los pelos sueltos y las cejas y pestañas delineadas con abundante rímel. Al terminar la canción se
sentó en la silla libre, junto al sillón donde estaban las otras chicas, jadeando y acomodándose los
cabellos que se le habían pegado a la cara por el sudor. Ya chochera, me palmeó el hombro Manuel,
ahí sí vas a lo seguro y te sacas el clavo, aprovecha que te está mirando. El flaco Martínez comenzó a
reírse. No seas pendejo, me defendí, esa gorda me va aplastar. Dicen que las gordas son bien cacheras,
dijo el flaco Martínez, basta un sagiro para que se te pongan, ejen, ejen. Puta, debe ser, dijo Manuel,
esta mira hacia todos lados como si buscara a su marido.
En ese momento el loco Renzo cruzó la sala trayéndonos más cervezas. Y de inmediato regresó a su
grupo. El primer vaso me entró como un puñal y al tercero, justo cuando el flaco Martínez me
proponía bajar a un chongo, Manuel señaló a Lalo: Miren al pingaloca, ya está bailando con la flaquita.
Y de verdad, ya la agarraba por la cintura y la llevaba de la mano en una salsa sensual, “Eres mía”,
siempre de Eddie Santiago. Y el loco Renzo no se queda atrás, dijo el flaco Martínez señalando el otro
extremo de la sala, miren cómo baila, carajo. Flaco, dije hinchándome de valor, mañana mismo nos
vamos donde las polillas. Si quieres te presto plata, no sale muy caro. Pero de repente Manuel nos
interrumpió: No hablen huevadas, carajo, mejor saquen a esas flaquitas. Como no le hicimos caso,
hizo su vaso a un lado y se acercó a la que se llamaba Claudia. Lo vimos caminar lentamente,
estacionarse frente a ella y estirarle la mano. La flaca se quedó entumecida y, antes de aceptar su
invitación, miró a su otra amiga, a la espera del gesto aprobatorio. Qué calentones, puta madre,
exclamó el flaco. Sí, agregué, hoy quiero emborracharme, por la concha de su madre. Mejor hazlo
rápido, mi brother, no quiero cagarte la noche, pero mira quién ha llegado.
En el umbral de la puerta aparecieron Mili y Rodrigo. Estaban cogidos de las manos y, desde allí,
buscaban con la vista al anfitrión. Ella llevaba la misma casaquita con la que le caí esa tarde, solo que
su blusa era azul y el pantalón blanco y, de pronto, ese aire de niña que tenía había sido remplazado
por el de alguien mayor. Rodrigo vestía una camisa a rayas, pantalones negros y zapatos con hebillas.
La formalidad de su apariencia no era tanto por su ropa, sino por la actitud solemne, su peinado raya
al medio y su tono circunspecto: saludaba a todos con un apretón de manos y sentenciaba con un
Mucho gusto que me recordaba a mi abuelo. Comprobar que hacían una bonita pareja aturdió mi
corazón, más aún cuando el flaco exclamó Uy, carajo, mi hermano, van a saludar a todos y empiezan
por acá. De golpe me arrepentí de haber ido y comencé a llenarme de amargos reproches mientras
iban acercándose: que era un donnadie, que no tenía voluntad para decir no y que era preferible
esconderse en casa y soportar los qué dirán a esta terrible humillación. No tuve tiempo de secarme el
sudor de la cara porque de repente ya estaban frente a mí. Hola amigo, dijo Rodrigo y me ofreció la
mano. Hola, cómo estás, contesté dándole un apretón también e incorporándome de la silla. Saludé a
Mili como si nunca le hubiera pedido que fuera mi enamorada. Qué bueno que hayas venido, dijo
precavida. Pues sí, el loco es mi pata. Espero que se diviertan, agregué y, tras saludar al flaco Martínez,
se alejaron. Viste, no fue tan malo, dijo, pasó rápido. Eso sí, continuó, sírvete otro vaso de cerveza
que estás temblando, ejen, ejen.
Al terminarse la canción, Manuel volvió con nosotros. Está en algo la flaquita, dijo. Te nos unes, le
preguntó de pronto el flaco Martínez, mañana mismo nos vamos de putas. Necesito quitarme este
clavo de cualquier manera, agregué. Carajo, pónganse a bailar, sarta de huevones, saquen a la gorda.
La gorda también es del instituto, preguntó el flaco. Sí y según su amiga quiere bailar con este cojudo.
Yo, pregunté llevándome la mano al pecho. Sí, tú huevón. Ahí está, carajo, ahí te desquitas y gratis,
ejen, ejen. Miren a Lalo, cómo baila el muy hijo de puta, se ha prendido de la flaquita misma ladilla,
dijo Manuel, ya está aplicando la técnica de llevársela al rincón. Igual no le entro a la gorda, dije. En
cambio, me di cuenta que el flaco comenzó a buscarle la mirada. Saben qué, dijo Manuel, vamos a
pararnos al lado de la mesa, a ver si el loco Renzo nos presenta en su grupito, ese donde está la flaquita
a la que quiere caerle. Para ese entonces los rostros serios y reservados, los comentarios cautos y
discretos habían cedido a un ambiente encendido, promovido por las botellas de cervezas que el loco
puso a circular. Una vez por la mesa, el flaco Martínez se abalanzó a las empanaditas, se las metía de
dos en dos a la boca. Cálmate, bruto, estás tirando tus migajas sobre los bocaditos, le dijo Manuel. De
pronto la gorda volvió al ruedo, como autoproclamándose el espíritu de la fiesta. Esta vez no vino
sola, sino que bailaba con la que se llamaba Rocío. Clarito se le escuchó decir Qué aburrido, amiga, en
esta fiesta no hay hombres. Envalentonado, Manuel volvió a la carga y sacó de nuevo a la amiga. El
flaco y yo nos quedamos igual que dos postes junto a la mesa. No sabíamos si ponernos a tomar,
derrumbarnos en los asientos o arrasar con los bocaditos. Sin poder evitarlo, ante nuestros ojos
desfilaban las parejas y, hombres y mujeres por igual, parecían no bailar con alguien de su sexo apuesto,
sino con un sentimiento parecido a la felicidad. Al ritmo de otra canción de Eddy Santiago, “Devórame
otra vez”, el loco Renzo bailó apretujado a su plancito, Lalo clavó las manos en las caderas de la que
se llamaba Fátima, lo mismo que Manuel, esforzándose al máximo por llevar el ritmo de la salsa.
Rodrigo y Mili, por cómo se miraban, parecían una pareja de recién casados.
Fui al baño a echar una meada y cuando regresé al salón, decidido a abandonar la fiesta, encontré al
flaco Martínez conversando con la gorda. Parecía que en mi breve ausencia el tiempo se hubiera
adelantado, pues de repente Lalo se agarraba a la altota contra la pared, metía mano y la pierna hasta
el fondo. Manuel, ahora, se llevaba al rincón a la que se llamaba Rocío y las demás parejas en los
sillones se besaban como si mañana fuera el fin del mundo. No quise ver en qué andaban Mili y
Rodrigo. Pero el flaco y la gorda ofrecían un espectáculo hilarante: un palo golpeando un palitroque,
una ramita que azotaba las ancas de una vaca.
Cuando volvió, el flaco Martínez me aseguró que la gorda quería echar un polvo. Quiero hablar con
el loco Renzo, dijo, a ver si me presta su cuarto del techo, ejen, ejen, y gotas de saliva se estrellaron
contra mi cara. No seas pendejo, flaco, esa gorda te va a matar. Pero él miraba ansioso a la multitud,
eufórico y sonrojado en su decisión. En eso apareció la gorda abriéndose paso entre las parejas, lo
tomó de la mano y se pusieron a bailar de nuevo. Ella se le ponía por delante apretándose las tetas y
pasándose la lengua por las comisuras de su boca. Finalmente, el flaco Martínez se acercó donde el
loco Renzo y luego desapareció por las escaleras con la gorda. Ajeno como una canción de Navidad
en una discoteca, me tomé lentamente el último vaso de cerveza derrumbado en un asiento, antes de
marcharme.
No sé cuánto tiempo habrá pasado, pero cuando atravesaba el jardín oí el primer grito. Me detuve un
instante y de repente retumbó el segundo. Esta vez el loco Renzo me dio el alcance. Lo único que
dijo, antes de volverse y subir corriendo las escaleras, fue Puta madre, el flaco Martínez. Los demás
seguían en lo suyo y ni un terremoto podría interrumpirlos. Trepando los peldaños, otro grito volvió
a estremecernos de pies a cabeza. Ya en el tercer piso, donde estaba la azotea, el loco Renzo comenzó
a forcejear el picaporte de la puerta. Está cerrado con seguro, exclamó, abre flaco, por la puta madre,
abre, y descargó patadas y puñetazos contra la madera. Pero del interior solo vino un cuchicheo y una
exclamación de dolor que nos erizó la piel.
Cuando finalmente hicimos volar la chapa con un martillo, nos detuvimos indecisos en el umbral. No
sé qué carajos me ha dado de entrar, admitió el loco. Yo solo lo miré a los ojos en señal de que sentía
lo mismo. La oscuridad de la habitación salía de entre el quicio de la puerta entreabierta y era gélida,
como si al otro lado hubiera una caverna. Así, vacilantes, nos encontró Manuel. Qué carajos pasa,
preguntó. Te imaginaba en el telo, le dije. De pronto me di cuenta que ustedes no estaban. Adentro
está la gorda y el flaco Martínez, continué. Algo ha pasado, dijo el loco Renzo, la frente cubierta de
sudor y las aletas de la nariz palpitándoles. Son rosquetes o qué mierda les pasa, exclamó agitando las
manos, a lo mejor están destripando a mi pata y ustedes ahí paradotes. Y se hundió en la oscuridad.
Pero solo duró seis segundos en la caverna y regresó sin expresión, lívido igual que una escultura de
yeso. Qué mierda vistes, Manuel, lo zarandeó de los hombros el loco. Por la concha de su madre,
alcanzó a decir, metiendo las manos en los bolsillos. Sacó una cajetilla de cigarrillos e intentó encender
uno. Tuve que ayudarlo a prender un Winston y lo vi más tranquilo luego de darle tres largas
bocanadas. Hay que entrar, nomás, le dije al loco Renzo, caballero.
Primero tuvimos que lidiar con un hedor insoportable. Este parecía venir del techo y de las paredes, y
aún de los objetos que allí habían: cajas rotas, sillas desvencijadas, libros mohosos y electrodomésticos
obsoletos, una aspiradora y un televisor a blanco y negro. Al fondo del cuarto, una sombra contra la
pared nos dejó alelados. Eso es, eso es un… dijo el loco Renzo. Sí, loco, es un minotauro. Y entonces,
sin nada más que hacer, nos sumergimos en aquel rectángulo de luz.
A cuatro patas, la gorda tenía la cabeza hundida en unas almohadas y el flaco Martínez venía incrustado
por detrás. Tenía la cara colorada, los ojos salidos y espumosa la comisura de la boca. Su piel brillaba
de sudor igual que un pez. Necesito ayuda, amigos, ejen, ejen. Flaco, qué mierda es esto, exclamó
Renzo. La cagué, no puedo sacar la pichula. Cómo que no puedes sacarla, pregunté, qué mierda estás
diciendo. No sé qué carajos pasa… la tengo atorada, e hizo un intento por zafarse, pero en ese instante
se oyeron los alaridos de entonces. Mejor no te muevas, dijo el loco Renzo con las manos en los oídos
y acercándose a ver. La concha de su madre, exclamó, es la cosa más aberrante que he visto en toda
mi vida. Me acerqué yo también. La gorda tenía el ano salido, como una trompa de elefante, y era
atravesado por el pito largo y flacuchento del flaco Martínez. Toda esa zona estaba salpicada de
esquirlas marrones y daba arcadas el solo observarla. Para qué te metiste con esta gorda de… Ya
huevón, nos está oyendo, le recordé al loco. Aquella no dejaba de sollozar con la cara enterrada,
tratando de balancear el peso de su cuerpo sobre sus cuatro extremidades. De pronto el flaco Martínez
movió una pierna para acomodarse y ella comenzó a berrear. No puedo moverme porque le empieza
a doler el ojete, ejen, ejen. Y entonces cómo te vamos a sacar, preguntó el loco Renzo, yo pensaba
ponerle el pie en el culo y jalar hasta que te despegues. No creo que sea una buena idea, dije, ambos
se van a desgarrar. Ya están desgarrados, dijo el loco. No su pito, si hacemos eso se le puede quedar
adentro. Uy huevón, eso te pasa por levantarte gordas, se burló. Todo lo que hace la arrechura, ejen,
ejen. Qué tal si voy por el lubricante que tiene Mateo en su cuarto, eso debería funcionar. Anda con
Manuel, dije, yo me quedo por si necesitan algo. Voy a abrir las ventanas mientras tanto, agregué. El
aire del invierno refrescó la habitación y ese olor, cual enjambre de moscas, comenzó a disiparse. El
flaco para acomodarse apoyaba las manos en las anchas caderas de ella; lo hacía despacio, como si le
estuviera jalando las tripas lentamente. Oye flaco, porque no la tratas de sacar despacito, le pregunté.
No se puede, ejen, ejen, y a mí también ya me está empezando a doler las piernas del cansancio. Eres
un bruto, seguro que la metiste al seco. Con su sonrisa bobalicona, admitió: Es que me ganó la
arrechura.
De repente regresó el loco Renzo con Manuel. Además del lubricante, el último traía una botella de
aceite en las manos. Yo creo que con eso será suficiente. Agarré el lubricante y lo dejé caer por el hiato
que formaban las piernas. Ya huevón, trata de mover el pajarito, dijo el loco Renzo. No puedo, carajo,
me duele y en eso un grito de la gorda, sus dedos arañando la manta y sus puños golpeando el colchón.
Yo creo, dijo Manuel, que la estás haciendo llegar, mira cómo se estremece. Cállate, sonsonazo,
exclamó el loco. Y agregó Para que veas que soy tu pata, voy a tratar de echarlo por debajo, y se
agachó. Mierda, brother, exclamó muy serio, tienes los huevos negros, parecen un par de higos. Eso
significa que la sangre ya no te está circulando por esa zona, intuí. No me asusten, mierdas, ejen, ejen.
A lo mejor los vasitos ya se le reventaron, dijo Manuel. Debe ser por eso que ya le está doliendo,
recordó el loco Renzo volviendo a echar un chorro en el coito. No puedo más, agregó incorporándose,
el olor es nauseabundo. Eres una bestia, flaco, volvió a decir Manuel, cualquiera le ponía un poco de
salivita y se la metías de a poquitos. La culpa la tiene el loco Renzo, mira qué amiguitas tiene, dije yo.
No es mi amiga del inglés ni de ningún lado, carajo, a esta nunca la había visto, se defendió. Ah no,
preguntó el flaco Martínez. Bueno, solo una vez en otra fiesta, se puso igual de borracha y pidió a
gritos que alguien se la cache. Qué tales levantes que tienes flaco, tú sí que le entras a todo, carajo, dijo
riendo Manuel. Ya mejor paren con la chacota y sigan echando lubricante, pidió el flaco.
Lo probamos todo, pero ambos seguían pegados. En un momento, a la gorda se lo oyó decir Me jodí
la vida por pecadora, por pecadora, y lo que siguió se hizo incomprensible. Seguramente, mientras
nosotros estamos acá, lamentó el loco Renzo, Lalo ya debe estar metiendo pinga en un hotel. Ojalá
no aplique la de esta bestia, dije mirando al flaco. Menudo regalito que le has hecho al loco, eh, flaco,
dijo Manuel, cagándole literalmente la fiesta. Pero el flaco Martínez ya no nos oía: de pronto se puso
pálido, con los ojos aún más salidos, y se desplomó sobre la espalda de la gorda.

La ambulancia llegó media hora después. Para ese momento, entre el loco Renzo, Manuel y yo nos
turnábamos para sostener el cuerpo del flaco Martínez. Pesaba más de lo que aparentaba. La gorda
parecía que se había quedado dormida, porque ya no lloriqueaba y sus manos estaban quietas. Los
paramédicos quedaron atónitos con el espectáculo. Eran tres, dos jóvenes fornidos, con mandiles
blancos y apariencia de carceleros, y uno viejo, seguramente a cargo. Este tenía el cabello blanco y sus
bigotes amarillentos parecían las cerdas de una vieja escobilla. Se notaba que fumaba, pues sus dientes
estaban negros y la piel de la cara reseca como un pergamino. A ver, se dirigió a sus ayudantes, vamos
a desarmar las patas de la cama para que puedan avanzar por el colchón. Cuando ya se disponían a
cargar al minotauro, el viejo volvió a pedirle un encargo al loco Renzo. Oye sobrino, le dijo, no tendrás
una manta para taparlos, seguramente que abajo sigue la fiesta y afuera debe de haber un montón de
gente. Solo en ese momento se me ocurrió mirar por la ventana. Mierda, exclamé, ya hay chismosos
frente a tu casa, loco. Qué chucha les pasa, dijo Manuel, acaso esto es un circo. Todos nos reímos
luego de un silencio, pese a que tratábamos de ser serios. La gente es bien sapa, dijo el viejo, consigue
esa sábana, sobrino, o no podremos salir de aquí. El loco Renzo salió y sus pasos se convirtieron en
ecos por las escaleras.
Los envolvieron en una sábana rosada con adornos de florecitas púrpuras. Los hombres cargaban
aquel fardo por las escaleras como si llevaran las andas de un ídolo pagano. Del jolgorio en el primer
piso quedaba poco. Lalo había desaparecido con la flaquita, lo mismo que la mayoría de invitados.
Cuando advertí que ya no estaban Mili ni Rodrigo el corazón volvió a darme un vuelco dentro del
pecho. Solo había un grupo reducido alrededor de las cervezas que quedó espantado cuando vio al
minotauro por las escaleras. En la calle fue peor: la gente había cercado la cuadra, de modo que los
carros no podían pasar. Y cada vez llegaban más curiosos que se quedaban mirando el lento de andar
del ídolo pagano hasta el interior de la ambulancia. Había una señora, gorda y vieja, con un vestido
blanco que arrastraba por el piso, que entraba y salía de la casa buscándolo al loco Renzo. En una de
esas lo agarró del brazo a Manuel y le preguntó si había visto a Maritza, su hija.
Cuando los paramédicos terminaron de subir al minotauro a la ambulancia, el viejo encendía un
cigarrillo apoyado de espaldas en la puerta del chofer. Solo queríamos preguntarle si al flaco Martínez
le iría bien en la operación. Pero sin darnos chance se nos adelantó: Tengo cuarenta años trabajando
de paramédico y en mi vida pensé ver un penis captivus, llegué a creer que eso solo pasaba en las películas.
Luego le dio un par de pitadas al pucho y lo arrojó humeante contra el suelo. Adivinando para qué lo
buscábamos, siguió diciendo Lo peor que puede pasar es que a su amigo ya no se le pare y que ella
tenga que cagar por una sonda abdominal. Es raro que los extremos se cumplan, así que yo creo no
habrá problemas. Aún se detuvo ante la puerta que ya había abierto y sin voltearse agregó: Quizá todo
esto sea una señal de que deba retirarme. Finalmente se subió, hizo sonar la sirena y el carro avanzó
entre las calles. El grupo de curiosos, poco a poco, fue dispersándose. Nosotros, también.

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